LA ALBOLAFIA: REVISTA DE HUMANIDADES Y CULTURA JORGE VILCHES 13 LA CONSTRUCCIÓN DEL HÉROE NACIONAL: LOS GUERRILLEROS DE 1808 EN LA HISTORIOGRAFÍA REPUBLICANA Jorge Vilches Profesor de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos Universidad Complutense de Madrid - Instituto Universitario Ortega y Gasset “Era semejante en todo a un héroe de la antigua Grecia, con cara de Apolo y cuerpo de atleta”. Vicente Blasco Ibáñez, ¡Por la patria! Roméu el guerrillero, 1888. RESUMEN: Los republicanos del siglo XIX recrearon la figura del héroe guerrillero de la Guerra de la Independencia tomando el modelo de la tragedia griega, pasado por el cristianismo y el romanticismo. No falsificaron los datos, sino que mostraron a los líderes de la guerrilla, sobre todo Juan Martín El Empecinado, como hijos del pueblo vinculados con la lucha por la libertad y la patria, lo que encajaba con su interpretación de la Historia de España y su proyecto republicano. Este modelo de héroe popular guerrillero ayudó a los republicanos a identificarse con un pueblo amante de la libertad que, a su entender, estaba olvidado y despreciado por la Monarquía y la Iglesia católica. ABSTRACT: The Republicans of the nineteenth century recreated the figure of the guerrilla hero of the Peninsula War taking the model of Greek tragedy, passed by Christianity and Romanticism. They didn't falsify the data, but showed the leaders of the guerrilla, especially Juan Martin El Empecinado, as sons of the people linked to the struggle for freedom and the country, which fitted with their interpretation of the Spain’s History and the Republican political project. This model of the popular hero was used to identify to the Republicans with a freedom-loving people who, in his point of view, was forgotten and despised by the Monarchy and the Catholic Church. PALABRAS CLAVE: Guerrilla, guerrillero, republicanismo, historiografía, héroe KEYWORDS: Guerrilla, Guerrillero, republicanism, historiography, hero IS S N : 2 3 8 6 -2 4 9 1 LA ALBOLAFIA: REVISTA DE HUMANIDADES Y CULTURA JORGE VILCHES 14 1.- GRIEGOS Y CRISTIANOS, AL ESTILO ROMÁNTICO El héroe trágico es uno de los tipos ideales creados por la cultura griega y, por tanto, presente en las enseñanzas de las escuelas y universidades españolas del siglo XIX. En este modelo, el mundo se representaba como una tragedia, con fuerzas enfrentadas y conflictos con los que el público podía identificarse. Esta tragedia ambiental permitía presentar al hombre ante una situación límite, inmerso en su soledad, y con la necesidad de tomar una decisión de la que cual dependía algo trascendental. El espectador o el lector podían así contemplar una circunstancia equiparable a su presente o su pasado, sentir empatía hace el personaje, con sus grandezas y miserias. El conjunto, además, se enmarcaba en una interpretación del mundo, del papel del hombre en él, y de los valores y principios que lo ordenaban. Esto proporcionaba un sentido a la acción del personaje; era, en definitiva, un buen ejemplo, ya fuera el protagonista o el antagonista. El episodio heroico, en consecuencia, era una lección. El héroe de la tragedia griega era un ejemplo de humanidad superior cuando se sometía a situaciones extremas, era el hombre culminando su ser. La actitud del héroe, tomada de la tragedia griega, constituía la lucha contra la resignación, el destino adverso, o unos principios inadmisibles, como la injusticia o la tiranía. Dicho comportamiento era reflejo fiel de sus principios, siempre expuestos de forma dicotómica: la acción, la decisión, la nobleza, la capacidad de sufrimiento, o el sobreponerse a las dificultades, frente a la resignación, la duda, la bajeza, y el egoísmo. De esta manera, el personaje se elevaba al límite de lo divino. La tradición cristiana tomó el modelo de la tragedia griega, y presentó la heroicidad como demostración de la fe del héroe y de su sacrificio por el bien común; de esta manera, se vinculaba la creencia y demostración de unos principios, valores y moral con una comunidad, cuyo bienestar era superior al del individuo. De esta manera, el héroe se convirtió en un mártir, en un ejemplo para su pueblo, adornado, además, de las mejores virtudes que en algún caso le llevaban a la santidad. La política de popularización del catolicismo como respuesta a la Reforma aumentó el número de santos y extendió su enseñanza a los fieles para que se identificaran con ellos. Era una manera sencilla de aprender los pilares teóricos y conductuales del catolicismo3. El liberalismo asumió las formas católicas de propaganda, como el formato del “catecismo” –publicaciones con preguntas y respuestas-, y utilizó la santificación laica de personajes como ejemplo básico de principios y conducta. Escritores y propagandistas se afanaron en buscar hombres de referencia que sirvieran para la identificación colectiva y la movilización. Manuel José Quintana lo hizo a principios del XIX. Transformó a Guzmán el Bueno, con una oda de 1807, en un héroe patriótico que ejemplificaba la lucha por la independencia 3 . Sobre la tradición del héroe griego y su adaptación al cristianismo, véase Francisco RODRÍGUEZ ADRADOS, El héroe trágico y el filósofo platónico, Madrid, Taurus, 1962; José S. LASSO DE LA VEGA, Héroe griego y santo cristiano, La Laguna, Universidad de La Laguna, 1962; María Amparo PEDREGAL RODRÍGUEZ, “El culto a los mártires: una herencia de la advocación mágica de los héroes”, en Jaime ALVAR, Carmen BLÁNQUEZ PÉREZ y Carlos G. WAGNER (coord..), Héroes, semidioses y daimones, Madrid, Ediciones Clásicas, 1992, pp. 345-360; y Rosa María SANZ SERRANO, “Santos y demonios como elementos de cristianización de Occidente”, en Jaime ALVAR, Carmen BLÁNQUEZ PÉREZ y Carlos G. WAGNER (coord.), o.c., pp. 463-484 . LA ALBOLAFIA: REVISTA DE HUMANIDADES Y CULTURA JORGE VILCHES 15 aun a costa del sacrificio personal (y familiar). Y el vínculo del patriotismo con el amor a la libertad lo expuso en “El Panteón del Escorial” (contra el “tirano” Felipe II), “A Juan de Padilla” (escrita en 1797 y publicada antes de 1808), Pelayo (1807), o la oda “Al combate de Trafalgar” (1805). En 1807 comenzó la serie “Vidas de españoles célebres”, en la que retrató a personajes históricos como modelos de patriotismo “heroico y sublime”. Durante la Guerra de la Independencia, la propaganda política fue muy intensa. Los tipos eran simples, como el buen patriota frente al mal hombre –francés o traidor-, la demonización de Napoleón, la mención a episodios históricos heroicos y a sus protagonistas individuales o colectivos como ejemplarizantes4. Esos héroes eran presentados como miembros del pueblo que habían decidido ser consecuentes con su patriotismo. La nación y sus hombres eran entonces público y protagonistas de la Historia. La consecuencia fue la popularización del género biográfico (o hagiográfico). Tras la represión durante el reinado de Fernando VII, las compilaciones de perfiles de opositores al tirano, incluso las ilustraciones y las obras de teatro, los denominaban “héroes” y “mártires de la libertad”. La Guerra de la Independencia se convirtió en el mito fundacional porque en ella se reunieron los elementos del nacionalismo del siglo XIX: demostración de virtudes, sentimientos, y proyectos comunes, de unas mismas características y mentalidad, 4 . Jorge CAMPOS, Teatro y sociedad en España (1780-1820), Madrid, Editorial Moneda y Crédito, 1969; Ana María FREIRE LÓPEZ, “Teatro político en España durante el primer tercio del siglo XIX”, Juan VILLEGAS (ed.), Encuentros y desencuentros de culturas: siglos XIX y XX, Actas Irvine-92. Asociación Internacional de Hispanistas, IV, University of California, 1994, pp. 28-35. María Mercedes ROMERO PEÑA, MARÍA MERCEDES (2006a): El teatro en Madrid durante la Guerra de la Independencia, Madrid, FUE, 2006; Jorge VILCHES, Liberales de 1808, Madrid, Gota a Gota, 2008, pp. 73-112. que impulsaron entonces a luchar contra el invasor por la libertad y la independencia nacionales. La mitificación de la respuesta española en aquel conflicto animó, como no podía ser de otra manera, el nacionalismo del momento, y fue, lógicamente, una construcción cultural. Los literatos, políticos, periodistas e historiadores nacionalistas, sin coordinación conocida que respondiera a un plan general de construcción de un Estado- nación por parte de un grupo determinado, crearon un relato de los acontecimientos que variaba muy poco. Hicieron lo mismo con los guerrilleros y sus hechos. Estos hombres y mujeres eran mostrados como ejemplos de los mejores caracteres naturales de “la raza”. No es tarea del historiador el rebautizar o reprender a los hombres del pasado por los nombres que dieron, los conceptos que usaron, o la interpretación que hicieron. Lo cierto es que la gente del Ochocientos quería oír y leer esos mitos, verse reflejada en ellos dado el evidente éxito del discurso, de la cantidad de producción bibliográfica de procedencias ideológicas distintas, y de su duración, que no varió con los cambios de gobierno ni de régimen en todo el siglo. El modelo perduró todo el XIX, y se reflejó en la historiografía liberal. Si bien la obra de referencia era la Historia de España del padre Mariana, con continuadores ilustres, como Floridablanca, Toreno o Eduardo Chao, fue Modesto Lafuente quien marcó el sentido historiográfico desde el primer tomo de su “Historia general de España”, en 18505. El sujeto histórico permanente en dicho paradigma, desde los primeros albores, era la nación española, cuyas características venían dadas por el territorio y la religión, lo que había creado una mentalidad y naturaleza comunes. Todos los acontecimientos del relato de Lafuente iban encaminados a explicar el final: el establecimiento del Estado nacional bajo una 5 . J. SISINIO PÉREZ GARZÓN, “Modesto Lafuente, artífice de la Historia de España”, en Modesto LAFUENTE. Discurso preliminar a Historia General de España, Pamplona, Urgoiti editores, 2002. LA ALBOLAFIA: REVISTA DE HUMANIDADES Y CULTURA JORGE VILCHES 16 Monarquía constitucional. En ese paradigma historiográfico, tan positivo como optimista y voluntarista, quedaba la nación ejemplarizada en grandes personajes surgidos de las entrañas de un pueblo con un carácter propio, inimitable dado el carácter único del paisaje y la historia propias. En este paradigma, la Guerra de la Independencia era el momento fundador de la época final, la constitucional, y sus héroes –reales o construidos-, era los forjadores de la nueva España y, por tanto, ejemplarizantes. Además de las tres influencias citadas – griega, cristiana y romántica liberal-, el republicanismo español asumió también las tendencias procedentes de Francia. Aunque hubo reflexiones sobre la revolución francesa, como la de Flórez Estrada o Carlos Le Brun, el restablecimiento del régimen constitucional en 1834 supuso el aumento de la publicación de obras relativas a la Revolución Francesa6. En España se recogió el debate francés entre detractores y defensores, y se publicaron traducciones y trabajos en ambos sentidos. Los autores más publicados en España fueron Thiers, Lamartine y Michelet, así como Mignet, Quinet, Bouchez, Roux, Cabet o Louis Blanc. Los republicanos españoles dedicaron artículos, estudios y traducciones a la Revolución Francesa, aunque no todos en el mismo sentido. Unos personalizaron el episodio revolucionario, como Romero Quiñones, Vera González y Sebastián Orea, especialmente en Robespierre, al que consideraban un “apóstol” y “encarnación 6 . Álvaro FLÓREZ ESTRADA, Historia de la revolución de España. Estudio preliminar de Jorge Vilches, Madrid, Espasa-Fundación Dos de Mayo, 2009; Alberto GIL NOVALES, “Repercusión de la revolución francesa en España (1835-1889), en Jean-René AYMES (ed.), España y la revolución francesa, Barcelona, Crítica, 1989, pp. 367-401. Manuel MORENO ALONSO, La Revolución Francesa en la historiografía del siglo XIX, Sevilla, 1979. Emilio DE DIEGO GARCÍA, “En torno al Bicentenario de la Revolución Francesa, 1789- 1989 (I)”, Cuadernos de historia contemporánea, nº. 11, 1989, pp. 191-214. del progreso”7. Este tipo de interpretación asumía la violencia durante la Revolución como un precio desagradable, como hacía el socialista Louis Blanc –cuya obra “Historia de la revolución francesa” se publicó en España en 1848 como “versión libre” de Fernando Madoz-, pero la definían como partera de los principios democráticos en toda Europa. Otros republicanos defendieron a los Girondinos como ejemplo (ficticio) de hacer la revolución sin violencia –aspecto que recaía en los jacobinos-, los principios republicanos, la descentralización y la libertad con orden. Era una visión filosófica, casi hegeliana, de la Revolución, tomada de Thiers y Lamartine. Esto lo sostuvieron, entre otros, Emilio Castelar y Miguel Morayta8. Por último, estuvieron los republicanos que vincularon la República y sus principios con el pueblo como sujeto colectivo, sinónimo de clases populares y trabajadoras, no clases medias, como encarnación de la revolución, lo que seguía la visión de Michelet, Blanc y Cabet. La conversión del pueblo en sujeto le confería todas las atribuciones del héroe mártir, permitía eludir los errores de personajes y grupos, y salvar los principios. Es el caso, por ejemplo, de Abdón Terradas, o Blasco Ibáñez, quienes defendían el protagonismo del pueblo, ese “héroe anónimo” 9. 7 . Enrique VERA GONZÁLEZ y Sebastián OREA publicaron en 1881 y 1882 dos tomos de sus Estudios populares sobre la revolución, dedicados a la Revolución Francesa, con un prólogo de Pi y Margall. Ubaldo ROMERO QUIÑONES, Teoría revolucionaria. Precedida de la biografía de Maximiliano Robespierre, Madrid, 1874. 8 . Emilio CASTELAR Y RIPOLL, Historia de la revolución francesa. Prólogo de Francisco Villacorta Baños, Pamplona, Urgoiti Editores, 2009. 9 . Abdón TERRADAS tradujo la obra de Etienne de Cabet titulada Historia popular de la Revolución francesa desde 1789 hasta nuestros días (1846-1847), aunque en 1839 se tradujo Revolución de 1830 y situación presente de la Francia (noviembre de 1833), explicadas e ilustradas por las revoluciones de 1789, 1792, 1799 y 1804, y por la Restauración. Vicente BLASCO IBÁÑEZ, tradujo en 1898 la obra de Michelet Historia de la revolución francesa (Valencia, LA ALBOLAFIA: REVISTA DE HUMANIDADES Y CULTURA JORGE VILCHES 17 La influencia de la revolución francesa sobre los republicanos en la construcción de las imágenes del héroe guerrillero español reforzó dos elementos ya presentes en la historiografía española. Por un lado, la consideración del pueblo como protagonista y estandarte de los principios democráticos, y, por otro, el estilo romántico y heroico en el relato de la vida de los personajes, ligándolos con grandes ideas, comportamiento consecuente, e incluso sacrificio de sus vidas. Los personajes respondían a los prototipos de género del momento, con las virtudes que la burguesía atribuía al pueblo; especialmente la honestidad y el sacrificio por el bien común10. La virilidad era propia de los héroes guerrilleros, y la serenidad, valentía y fortaleza en las heroínas, que rompieron el papel tradicional, aunque estas ocuparon menos espacio que en el relato de la Guerra de la Independencia salvo dos, Manuela Malasaña y Agustina de Aragón, ambas convertidas rápidamente en mártires de la patria y cuya realidad estaba cruzada por la épica11. Solamente los autores republicanos españoles que dieron protagonismo al pueblo en sus relatos históricos, especialmente Rodríguez Solis y Blasco Ibáñez, dieron un tratamiento especial al héroe guerrillero. Estos escritores sostuvieron un republicanismo más popular que el posibilista de Castelar, y menos intelectual que el de Pi y Margall, por lo que prefirieron la exaltación de personas de extracción baja como ejemplo de los principios democráticos arraigados en las clases populares. En su narrativa, los héroes guerrilleros suplían, y superaban, a los Biblioteca Popular), en tres tomos, con un estudio suyo titulado “Michelet, su vida y sus obras”. 10 . Jesús Cruz, El surgimiento de la cultura burguesa. Personas, hogares y ciudades en la España del siglo XIX, Madrid, Editorial Siglo XXI, 2014. 11 . Marion Reder Gadow, “Mujeres en las barricadas durante la Guerra de la Independencia (1808-1814): la rondeña María García ‘La Tinajera’”, Dossiers Feministes, 15, 2011, pp. 9-25. grandes políticos como personas pertenecientes y representantes del pueblo. En definitiva; en este trabajo se estudia el modelo de héroe popular recreado por los historiadores y escritores republicanos del XIX, referido a los guerrilleros de la Guerra de la Independencia. El objetivo es confrontar las narraciones entre 1854 y 1898 con el tipo ideal descrito, que conjuga las características del héroe griego –contexto extremo, persona puesta a prueba, actitud ejemplarizante-, con las del mártir cristiano – la demostración de fe en principios y valores, y el sacrificio por el bien común-, y la predestinación –una vida encaminada a un fin heroico-. La intencionalidad prevista en el mensaje apunta a ser la clásica: el ejemplo para la movilización, la creación de una memoria y una identidad colectivas, y justificar una dirección del progreso. 2.- LA HISTORIOGRAFÍA REPUBLICANA En la historiografía del republicanismo español, entre 1854 y 1898, no penetró aún el método histórico, la erudición con marchamo de objetividad, sino que mantuvo la Historia como un género literario. La idea republicana se había fraguado como la culminación de la fórmula del progreso, tomada vagamente de Rousseau y Condorcet pasada por la Revolución francesa. Ya Emilio Castelar así lo había expresado en su obra más conocida, publicada en 1858, al aplicar una Filosofía de la Historia que parecía encaminar el sentido de los acontecimientos hacia la democracia. En su traducción a las formas políticas, la República se convertía en el régimen del futuro, en una mecánica histórica imparable. En este sentido, se reinterpretaba el pasado. Tomaban de la historiografía liberal, nacionalista y romántica su filosofía whig, a la nación como sujeto, y al individuo como LA ALBOLAFIA: REVISTA DE HUMANIDADES Y CULTURA JORGE VILCHES 18 ejemplo de la identidad racial e histórica, pura, de las características del pueblo republicano. Toda una mitología se levantó en torno al republicanismo, tanto de la Historia como de su presente, proyectando hacía atrás los acontecimientos de su día a día. Esos anclajes históricos, auténticos lugares de la memoria sobre el papel, servían para crear una identidad colectiva, una cultura política propia, y la movilización, conmemorando fechas como el 11 de febrero o a “héroes” populares. Esa recreación histórica, por otro lado, trascendía las fronteras, y permitía vincular al republicanismo español con el francés, el italiano o el estadounidense. En consecuencia, el republicanismo tomó la historiografía como un género político que combinaba la explicación del pasado con la prognosis o predicción del porvenir. Esa historiografía tuvo lugar antes de la aparición en España de las nuevas formas tomadas del positivismo francés, y que aplicó Rafael Altamira ya iniciado el siglo XX. El escritor republicano de acontecimientos históricos no puede entenderse como un historiador profesional, sino como un literato político que cargaba el relato histórico con erudición, pero al mismo tiempo con providencialismo y una explicación teleológica bajo la idea de progreso. Aquellos escritores estaban en una fase de transición historiográfica hacia el historicismo, que mezcló a periodistas con profesores de Universidad. El conjunto es un relato muy similar sobre el pasado español y, en lo que a este trabajo concierne, al guerrillero de la Guerra de la Independencia. Los republicanos tomados en este estudio eran a la vez periodistas, historiadores, políticos y escritores. Eduardo Chao (1821- 1877) es el de los historiadores el más significativo, tanto como el más prestigioso al ser uno de los continuadores de la “Historia General de España” de Juan de Mariana, convirtiéndose así en un referente de la época hasta el triunfo de Modesto Lafuente. Escribió en periódicos como El Huracán, El Espectador o La Discusión, y fundó El Correo de España (1862). Pasó por la política en las revoluciones de 1854 y 1868, y fue elegido diputado en ambos procesos. Salmerón lo nombró ministro de Fomento en la República de 1873, y tras su fracaso, se dedicó principalmente a escribir. Eduardo Chao fue el referente para todos estos escritores republicanos porque puso al pueblo como protagonista, envolviéndolo en unos vagos ideales democráticos y patrióticos, superiores a los defensores del absolutismo y a los conservadores de toda condición, en un proceso histórico encaminado hacia una fórmula popular de gobierno. Blasco Ibáñez llegó a decir sobre Chao: “escritor que hasta el presente es el que ha tratado con criterio más avanzado la historia general de nuestra patria”12. Fernando Garrido (1821-1883) también atesoró estas profesiones en el mismo periodo, aunque tuvo menor relevancia política y más como historiador y ensayista. Son de interés aquí “La España contemporánea”, dada a la imprenta entre 1865 y 1867, y el tomo VI de su “Historia de las persecuciones políticas y religiosas”, publicada con el seudónimo de Alfonso Torres de Castilla en 1866. Miguel Morayta (1834-1917), fue catedrático de Historia en la Universidad Central de Madrid, diputado republicano, castelarino y masón, y publicó una “Historia general de España, desde los tiempos antehistóricos hasta nuestros días” (1893-1898). Su monumental obra de nueve tomos no tuvo suerte, ya que Rafael Altamira dio un vuelco a la disciplina histórica en el paso de siglo que dejó anticuada la interpretación de Morayta. El catedrático republicano fue especialista en Historia antigua, especialmente de Grecia, de la que publicó un manual. Los dos escritores más relevantes en el tema de los guerrilleros fueron Vicente 12 . Vicente BLASCO IBÁÑEZ, Historia de la revolución española. Desde la Guerra de la Independencia a la Restauración en Sagunto, Barcelona, La Enciclopedia Democrática, 1891, I, p. 611. LA ALBOLAFIA: REVISTA DE HUMANIDADES Y CULTURA JORGE VILCHES 19 Blasco Ibáñez (1867-1928) y sobre todo Enrique Rodríguez Solís (1844-1925). El primero, cuya conocida vida periodística y literaria omito, escribió al respecto una novela titulada “¡Por la patria! Roméu, el guerrillero” (1888), con todos los tópicos y en el estilo romántico adecuado, y otra histórica con el nombre de “Historia de la revolución española. Desde la Guerra de la Independencia hasta la Restauración en Sagunto” (1891-1892). Rodríguez Solís, el escritor republicano del XIX por antonomasia –aunque el más prolífico fue Emilio Castelar-, dedicó buena parte de su obra entre 1870 y 1898 a la Guerra de la Independencia y a los guerrilleros. Enrique Rodríguez Solis fue quien mejor recogió la mitología liberal y republicana sobre los guerrilleros, tratando a estos como héroes en el sentido arriba indicado: el prototipo dramático griego, pasado por la tradición cristiana, con el estilo romántico. Publicó veintidós cuadernos semanales, entre 1887 y 1888, sobre el tema, que recogió luego en dos volúmenes titulados “Los guerrilleros de 1808. Historia popular de la Guerra de la Independencia”. A estos se podrían sumar las obras de otros historiadores y escritores republicanos que repitieron, aunque superficialmente, los tópicos sobre el héroe guerrillero. También resulta de interés la obra de Enrique Vera y González (1861-1916) titulada “Pi y Margall y la política contemporánea”, ya que recoge tópicos de la interpretación republicana; así como la obra del periodista Eugenio García Ruiz (1819-1893), ensayista, diputado y ministro en 1874, que llamó “Historias” (1879). Un perfil muy similar tuvo Francisco Pi y Margall (1824-1901), de trayectoria periodística, política y filosófica conocida, y que como historiador fue muy prolijo, pero no abordó el tema de los guerrilleros, y su tratamiento en “Historia de España en el siglo XIX”, publicada póstumamente, es superficial. Juan Ortega Rubio (1845-1921) fue catedrático de Historia en Madrid y Valladolid, escribió mucha historia local, pequeñas biografías, colaboró en la prensa, y dio a la imprenta varias obras de referencia para el siglo XIX; una de ellas es “Historia de España”, en seis tomos publicados entre 1908 y 1910, donde utiliza los adjetivos calificativos sentimentales y grandilocuentes del republicanismo clásico para referirse a los guerrilleros13. En suma, los autores resaltados no hicieron por lo general un relato frío o una colección de datos históricos, sino apasionado y novelesco. La historia se contaba como una epopeya trágica ejemplarizante, subordinando la erudición al efecto propagandístico de la prosa grandilocuente. Anidaba en ellos el deseo de hacer propaganda del republicanismo a través de su interpretación de la historia de España. Pretendían la identificación de los personajes heroicos con el lector, con sus ideales y aspiraciones, incluso con los líderes coetáneos del republicanismo a los que presentaban como sus herederos. La lucha del pasado era la misma lucha de su presente. Escribieron la historia con una clave ideológica. No se trataba de la expresión de una investigación, sino de un deseo de apuntalar sus convicciones y propósitos políticos. En su visión dicotómica de la historia se iban diferenciando el pueblo, sus portavoces y luchadores, de la monarquía y su oligarquía. El choque entre las dos Españas era una retahíla de revoluciones y reacciones, pronunciamientos y golpes de Estado, con un sentido histórico finalista –el gobierno popular- que daba sentido al sacrificio individual. 13 . He tratado en profundidad la historiografía republicana del XIX en “La propaganda republicana: la Monarquía contra el pueblo. El caso de Isabel II (1854-1931)”, Historia y política: Ideas, procesos y movimientos sociales, núm. 18, 2007, págs. 231-253; “Estudio preliminar” a Miguel MORAYTA, Las constituyentes de la República, Pamplona, Urgoiti Editores, 2013, pp. V-CLIV; y “Un historiador en transición. La historiografía republicana de Miguel Morayta (1834-1917), Revista de Estudios Políticos, núm. 161, julio-septiembre (2013), págs. 207-238. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2523661 https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2523661 https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2523661 https://dialnet.unirioja.es/servlet/revista?codigo=1576 https://dialnet.unirioja.es/servlet/revista?codigo=1576 https://dialnet.unirioja.es/ejemplar/181983 https://dialnet.unirioja.es/ejemplar/181983 LA ALBOLAFIA: REVISTA DE HUMANIDADES Y CULTURA JORGE VILCHES 20 3.- LA GUERRA DEL PUEBLO Los historiadores y escritores republicanos se empeñaron en mostrar que la Historia nacional indicaba que la forma de gobierno natural, por el carácter del español, era la República. Los grandes momentos nacionales eran aquellos en que la monarquía y la Iglesia no habían ejercido su hegemonía, sino que el pueblo había podido demostrar su temperamento y naturaleza. De esta manera, los republicanos equiparaban el patriotismo – y las virtudes y comportamiento del héroe- con el republicanismo. Por esta razón, Rodríguez Solís biografió al partido republicano contando la historia del pueblo español. Fernando Garrido y Pi y Margall definían entonces “pueblo” por su estatus social, la carencia de poder y su deseo de libertad; aunque en unos momentos lo equiparaban a “clases trabajadoras” y en otras a “nación”. En este sentido, aunque de forma más retórica, coincidían Emilio Castelar, o Miguel Morayta. Sin embargo, el republicanismo popular de Rodríguez Solís o Blasco Ibáñez aumentó la definición de “pueblo” añadiendo la compartición del amor a la libertad y a la democracia que, a su entender, solo podía tener forma en la República. El pueblo español era republicano sin saberlo, y ellos tenían la misión de mostrárselo a través de la propaganda. Y en esa tarea proselitista era imprescindible enseñar a los españoles que personajes del pasado, patriotas y liberales, eran republicanos. De esta manera, la Guerra de la Independencia, el mito nacionalista por excelencia, se convirtió en el mejor episodio para demostrar dicho axioma. El hecho determinante de aquel conflicto, al menos desde el punto de vista español, fue la labor de la guerrilla, expresión de la ira y la venganza, pero también de la solidaridad y el amor popular a la libertad y a la independencia. Entre los republicanos, fue Eduardo Chao el primero que recogió el vínculo que la historiografía liberal había establecido entre guerrilla con el carácter español. Este tipo de guerra irregular era algo distintivo, “una creación especial, hija de la naturaleza de su suelo, de la índole de su raza y de su historia”. El paisaje quebrado y desigual generaba el espíritu y, al tiempo, propiciaba la actividad guerrillera. La austeridad del suelo, su dureza, incluso las difíciles estaciones del año, hacían del español “un excelente soldado para la guerra de ingenio” en todos los tiempos, contra “los romanos, los godos, los árabes, los austríacos y los borbones”. Rodríguez Solís apuntalaba dicho vínculo natural diciendo que “desde los más remotos tiempos hemos tenido guerrillas en España, y no creemos exagerado afirmar que al nacer el español nace guerrillero” y “donde hasta los niños saben ser héroes, cuando no mártires”. La españolidad de la guerrilla era tan exclusiva que no se podía imitar en otros países, como en Francia en 1814 y 1870, explicaban, porque allí carecían del “valor, sobriedad, resolución, energía, salud, resistencia” propia de los españoles 14. Esos guerrilleros, según Chao, eran “generales improvisados” no de la aristocracia, sino del “pueblo de donde salen los Viriatos, Díaz de Vivar, Miguelots, Vallejos, Tamarites y Minas”. El término “guerrilla” y “guerrillero” se incorporó a la historiografía liberal para describir los levantamientos populares irregulares contra el extranjero, y quedó en la cultura de la época. Era un término frecuente en los libros de 14 . Enrique RODRÍGUEZ SOLÍS, Los guerrilleros de 1808. Historia popular de la Guerra de la Independencia, Barcelona, La Enciclopedia Democrática, 2ª ed., 1895, I, pp. 128 y 440, y II, p. 835. Esta misma interpretación ya la habían dado José Muñoz Maldonado en “Historia militar de la Guerra de la Independencia de España contra Napoleón Bonaparte, desde 1808 a 1814: escrita sobre los documentos auténticos del Gobierno” (1833) y José Gómez de Arteche, cuya “Guerra de la Independencia. Historia militar de España (1808 – 1814)”, (1868-1903) fue la base de la del republicano. LA ALBOLAFIA: REVISTA DE HUMANIDADES Y CULTURA JORGE VILCHES 21 Historia, el teatro y en las novelas. Galdós, en el episodio nacional titulado “Juan Martín el Empecinado” (1874), colocó ese tópico en boca de uno de sus personajes: “púseme yo mismo el nombre de Viriato, en memoria del más grande y el más célebre guerrillero que hemos tenido”. El motivo era que el guerrillero se definía como un hombre del pueblo que luchaba por librar de sus invasores a España, país que, siguiendo la historiografía del momento, había existido siempre. Todos aquellos hombres, apostillaba Rodríguez Solís en este sentido, “lucharon por la independencia de España” 15. Rodríguez Solís fue quien expuso más claramente la idea de la Guerra de la Independencia como una guerra del pueblo. Si bien se apoyaba en las obras del conde de Toreno y Gómez de Arteche, el escritor republicano fusionó la historia de la vida cotidiana del momento con el protagonismo de la guerrilla en el conflicto. El resultado fue definir al pueblo y a sus guerrilleros como el sujeto patriótico que había luchado por la libertad y la independencia, quien salvo al país, y no la monarquía, las instituciones o las “clases altas”. Para apuntalar la idea de la guerra popular, junto a las derrotas del ejército regular, relató los éxitos de la guerrilla y llevó a cabo un recuento de nombres, números y enfrentamientos que superaba los trabajos de Toreno y Arteche. Cifraba en 282 partidas, distribuidas por trece territorios y por años. Además, apuntaba, no de forma sistemática, los nombres de los guerrilleros muertos más célebres, de sus presos y heridos. A esto sumaba la relación de las victorias, indicando los nombres de los vencedores y de los vencidos16. 15 . Eduardo CHAO, Continuación a la Historia General de España del Padre Mariana, Madrid, Imprenta y Librería de Gaspar y Roig, 1851, tomo IV, p. 261. Benito PÉREZ GALDÓS, Juan Martín el Empecinado, 1874, cap. III. Enrique RODRÍGUEZ SOLÍS, El primer guerrillero. Juan Martín El Empecinado, Madrid, La Última Moda, 1870, pág. 3. 16 . RODRÍGUEZ SOLÍS, Los guerrilleros de 1808, II, pp. 841-842. Los guerrilleros eran “la nación en armas”, y la guerrilla, la “guerra patriótica: a la vez terrible y grandiosa”17. Mientras las clases medias, decía Blasco Ibáñez, había ocupado las Juntas para gobernar el país en ausencia del rey y de sus instituciones tradicionales, “el elemento popular asalta los parques y se arma, formando batallones que desean luchar por la patria”. El Empecinado era “fiel representante de la grandeza del pueblo”18. Los escritores republicanos trataron al guerrillero como el hombre del pueblo; era el “soldado y el ciudadano”, la línea de continuidad entre un pueblo que amaba su libertad y odiaba la tiranía, y que cogía las armas para defenderla cuando las instituciones fallaban o traicionaban. Esos héroes trabajaban parte del día para mantener a su familia, y la otra luchaban. Había un claro reflejo de la interpretación republicana francesa de su Revolución en el ciudadano- soldado como prototipo de luchador y pilar de los valores republicanos, a veces traicionado, a veces vencedor, pero siempre inalterable19. El comportamiento de esos héroes provenientes del pueblo más humilde mucho mejor que de los aristócratas, demostraba, a su entender, el sentimiento igualitario y, por tanto, democrático de la nación española. La guerrilla había probado que no se podían “establecer distinciones de categorías ni clases” porque esos elementos populares habían sabido colocarse a la altura de las “clases aristocráticas”20. 17 . Enrique RODRÍGUEZ SOLIS, Héroes de Navarra. Mina el Mozo y Espoz y Mina, narración histórica, Madrid, Oficinas de La Última Moda, 1898, pág. 31. 18 . BLASCO IBÁÑEZ, Historia de la revolución española, I, págs. 111 y 554. 19 . Véase el capítulo IX del tomo II de Enrique RODRÍGUEZ SOLÍS, Historia del Partido Republicano Español. De sus propagandistas, de sus tribunos, de sus héroes y de sus mártires, Madrid, Imprenta de Fernando Cao y Domingo de Val, 1893. 20 . Fernando GARRIDO, La España contemporánea. Sus progresos morales y materiales en el siglo XIX, Barcelona, Salvador Manero, 1865, I, pág. 110. Hay edición de Urgoiti Editores de LA ALBOLAFIA: REVISTA DE HUMANIDADES Y CULTURA JORGE VILCHES 22 5.- LOS HÉROES El ambiente adverso, al límite, había sido el detonante que cambiaba al hombre normal era un héroe, hasta el punto de “mirarle como un ser sobrenatural”21. El guerrillero era, decía Rodríguez Solís, “un héroe en el más alto sentido de la palabra: pundonoroso y cortés con las damas, dulce y cariñoso con los niños, y humano y compasivo con los prisioneros y heridos”22. Ortega Rubio añadía que los guerrilleros manifestaron siempre “intrepidez, valentía y arrojo”23. Era características típicas del español, consustancial a su naturaleza, a la “patria de hombres esforzados y de soldados valerosos hasta lo inverosímil”24. Había una continuidad en el carácter de la raza, que se manifestaba en su estado más puro en los guerrilleros, combinando el apasionamiento romántico con la violencia. Las virtudes constituían el alma del héroe. Los escritores republicanos hacían así acopio histórico para la “superioridad moral” del republicanismo, porque sus referentes eran el reflejo de lo mejor de la raza. Era la correspondencia que querían entre la moralidad pública y privada y las ideas y el proyecto que defendían. Así, sus sentimientos eran nobles y puros: amor al pueblo, caridad, solidaridad, paternalismo con los suyos. Los hechos demostraban su virtud pública: siempre honestos y honrados, sin robar ni violar, altruistas; es más, sin poner contribuciones a los pueblos salvo para atender a heridos o enfermos. “Los fondos 2009, con prólogo de Manuel Pérez Ledesma y Florencia Peyrou. 21 . BLASCO IBÁÑEZ, Historia de la revolución española, I, pág. 554. 22 . RODRÍGUEZ SOLIS, Héroes de Navarra, pág. 31. 23 . Juan ORTEGA RUBIO, Historia de España, Madrid, Librería Editorial de Bailly-Bailliere e hijos, tomo V, 1908, p. 257. 24 . BLASCO IBÁÑEZ, Historia de la revolución española, I, págs. 554-555. del Estado –escribía Rodríguez Solís-, como los de los particulares, fueron escrupulosamente respetados por D. Juan Martín”25. Las cualidades del héroe guerrillero eran, según los republicanos, casi las de un personaje de novela romántica: “agilidad, buena puntería, muy andariego, gran conocedor del terreno, valiente hasta la temeridad, poco amigo del sueño, audaz y sobrio, activo y vigilante”26. Del mismo modo, carecían de los defectos de los políticos y personajes que los republicanos despreciaban y que contraponían a su ideal: orgullo, vanidad, ambición, egoísmo, o falsedad. La audacia del héroe guerrillero y sus altos valores y actos concitaban el amor del pueblo, tanto como la admiración y el temor de los extranjeros. Los republicanos contrastaban la prepotencia del ejército imperial frente a los guerrilleros, a quienes los de Napoleón, el “asesino más grande del siglo” decía Rodríguez Solís, creían reductibles “bandoleros”. Los autores buscaban la complicidad con el lector convencido de que la victoria por la libertad y la independencia se debía a esos héroes populares. Tras la burla, la fiereza del guerrillero con el enemigo francés estaba justificada. No solo era venganza por la ocupación, sino justicia y amor a la patria. Su fiereza era reconocida por los invasores, como no podía ser de otra manera. Ortega Rubio recogía así una copla sobre Julián Sánchez, el Charro, que decía: “Cuando don Juan Sánchez monta a caballo, exclaman los franceses: ya viene el diablo”27. 25 . RODRÍGUEZ SOLÍS, El primer guerrillero, pág. 30. 26 . RODRÍGUEZ SOLÍS, Historia del Partido Republicano, II, pág. 77. 27 . ORTEGA RUBIO, Historia de España, V, pág. 258. LA ALBOLAFIA: REVISTA DE HUMANIDADES Y CULTURA JORGE VILCHES 23 El comportamiento del héroe guerrillero, movido por altos ideales y con un sacrificio sin límites, encarnando lo mejor del carácter español, infundía miedo al invasor. Eduardo Chao lo decía claramente: “el terror que su nombre infundía a los enemigos” le servía para ganar batallas sin librarlas28. La fe, su patriotismo liberal, marcaba la existencia del héroe guerrillero. Garrido vinculaba la honradez y la honestidad con la defensa de los principios liberales y patrióticos, como si de la virtud cívica se tratase, en la persona de Juan Martín el Empecinado, que era “uno de aquellos honrados patricios que, aunque liberales acérrimos, no comprendían la sociedad sin su rey”. Se trataba del héroe en el que la lealtad pesaba tanto que era incapaz de pensar que Fernando VII podía ser un traidor, que incluso en 1823 “encontraba consuelo en la idea de que el rey había sido engañado por malos consejeros” 29. Siguiendo la tradición cristiana, los héroes guerrilleros estaban destinados a serlo desde su nacimiento. El relato de sus vidas era la propia de un santo laico: hazañas infantiles y juveniles que mostraban su carácter español, y los altos valores morales y principios populares que acompañaron toda su vida. La novelización de sus vidas también respondió al público que las demandaba, en plena exaltación patriótica y romántica. Eran hombres extraordinarios que “emprenden las más arriesgadas empresas y realizan actos que parecen fábulas o novelas”30. “La vida del guerrillero –escribió Ortega Rubio- era la de aventuras, de peligros y de combates, propia del carácter español y que tantos antecedentes tenía en la historia patria”31. Rodríguez Solis en su “Los guerrilleros de 28 . CHAO, Continuación, V, pág. 415. 29 . Fernando GARRIDO (como Alfonso Torres de Castilla), Historia de las persecuciones políticas y religiosas, Barcelona, Salvador Manero, VI, págs. 1067-1017. 30 . Enrique RODRÍGUEZ SOLÍS, Los guerrilleros de 1808, I, p. 129. 31 . ORTEGA RUBIO, Historia de España, V, pág. 257. 1808” combinó la descripción histórica y social con los diálogos supuestos entre los protagonistas32. 6. EL EMPECINADO, Y ESPOZ Y MINA No todos los guerrilleros merecían tal tratamiento. Morayta, catedrático de la Universidad Central, quiso hacer “historia imparcial” y dijo que hubo “guerrilleros desalmados” que causaron “no pocos inauditos atropellos”33. Los republicanos solo glorificaron, lógicamente, a los que podían vincular con las ideas liberales. Así lo decía García Ruiz, que rechazaba el “fanatismo del cura Merino, de Cuevillas y otros de escasa importancia”34. La vida heroica para los literatos republicanos era, señalaba el mismo García Ruiz, la de los “Porlier, segundo mártir de la libertad, la del Empecinado, protomártir de ella en 1824, de Amor, Julián Sánchez, Palarea, los dos Minas y otros”. Habían luchado contra la tiranía en cualquier circunstancia, ya fuera la francesa o la borbónica. El guerrillero era el mejor representante del pueblo, incluso que la Junta Central o las Cortes, en su combate por la libertad contra el antagonista: Fernando VII. Los héroes guerrilleros más queridos por los escritores republicanos fueron Francisco Espoz y Mina y especialmente Juan Martín El Empecinado, ya que a ambos se les podía relacionar con el pueblo, los principios liberales y patrióticos, y la lucha contra la tiranía. La coherencia entre el comportamiento, la fe y el suplicio final los elevaban a la categoría de héroes mártires. 32 . Véase cómo cuenta la decisión de Juan Martín de convertirse en guerrillero, RODRÍGUEZ SOLIS, Los guerrilleros de 1808, I, pp. 85-89. 33 . Miguel MORAYTA, Historia general de España, desde los tiempos antehistóricos hasta nuestros días, Madrid, Felipe González Rojas, 1895, V, pág. 143. 34 . Eugenio GARCÍA RUIZ, Historias, Madrid, Imprenta de El Pueblo Español, 1876, I, pág. 262. LA ALBOLAFIA: REVISTA DE HUMANIDADES Y CULTURA JORGE VILCHES 24 Rodríguez Solís fue el primero en dedicarle una biografía a El Empecinado, en una colección titulada “Lecturas patrióticas. Glorias de España”, en 1870. El relato es una hagiografía que exalta las virtudes de Juan Martín y su reflejo en sus hazañas, que son tratadas como las de un santo y sus milagros. El final para el héroe solo puede ser el suplicio porque no encaja tanta belleza en un régimen de maldad y traición como el de Fernando VII. El suplicio de el Empecinado había sido por “el horrible crimen de defender” la libertad35. El Empecinado era el hombre fiel hasta el final, confiado en la palabra de su rey, que le había entregado una exposición quejándose de que se rodeara de gente que no había luchado en la guerra, que persiguiera a los liberales, y finalmente aconsejaba a Fernando VII que escuchara al pueblo. La lealtad y la sinceridad fueron pagadas con el destierro, y El Empecinado volvió a ser un hombre común, un labrador. Sin embargo, el pueblo, como sujeto colectivo, no correspondía a sus altos valores, ni comprendía la situación. Los escritores republicanos achacaban esta falta de sintonía entre el amor a la libertad y la pertenencia al pueblo a “la ignorancia, blanda cera que el clero y la nobleza habían moldeado a su capricho”36. La muerte del héroe solo podía ser trágica, como la de un mártir, expuesto a un castigo físico que no había conseguido doblegar la fe liberal, ante los ojos atentos y malvados del público. El Empecinado sufrió once meses de prisión en Roa, mostrado en una jaula para el “ludibrio y la befa de los realistas”, llevándolo “de pueblo en pueblo, maltratándolo, insultándolo, haciéndole sufrir horribles martirios durante muchos días con ferocidad propia de caníbales”. El atentado había sido obra, decían, de sus convecinos de Roa, 35 . Enrique RODRÍGUEZ SOLÍS, Reseña histórica de las monarquías españolas, con un prólogo de Roque Barcia, Barcelona, Manero, 1869, pág. 46. 36 . RODRÍGUEZ SOLÍS, Historia del Partido, II, pág. 292. “excitados por los frailes”37. De nuevo aparecía la Iglesia como quien mantuvo al pueblo en la ignorancia y el engaño, lo que permitía a los republicanos eludir la responsabilidad de las clases populares. El relato de su muerte mezclaba el oprobio de la ingratitud, la ignorancia y la traición, enfrentándolo a la dignidad y a la fe liberal. El Empecinado era la mejor muestra, ya que fue “expuesto los días festivos en una degradante jaula, hiriendo en ella indefenso al hombre ante el cual temblaron un día Napoleón y sus aguerridas huestes”38. La descripción de la vileza del corregidor de Roa y de sus guardianes durante los casi dos años de cárcel era extensa y detallada en las obras republicanas. Fue, escribió Morayta, “uno de los hechos más infames que registra la Historia Universal”. Los escritores resaltaban que le acusaron de delitos comunes: robo, incendio y asesinato, pero que en realidad lo que querían castigar era su fe liberal. La condena fue ahorcamiento y descuartizamiento. La declaración del héroe solo podía ser ejemplarizante: “Digan que me ahorcan por haber sido fiel a mis juramentos, querido el bien de España; porque lo demás solo son insultos con que se me injuria hace muchos meses”39. El Empecinado se resistió a morir como un bandido, escribieron, y luchó contra sus captores hasta que exhaló su último aliento. Convertido en mártir liberal, “el bando apostólico” intentó arrasar su memoria y obra destruyendo su casa, y arrancando sus árboles y viñedos. Sin embargo, con el tiempo se produjo el reconocimiento popular: “la palabra empecinado fue sinónimo de ‘gran patriota’, de hombre dispuesto a sacrificarlo todo por la independencia y la libertad de España. 37 . RODRÍGUEZ SOLÍS, Historia del Partido, II, pág. 249. Fernando GARRIDO, La España contemporánea, I, pág. 220. 38 . RODRÍGUEZ SOLÍS, Reseña histórica, pág. 87. 39 . GARRIDO, Historia de las persecuciones, VI, pág. 1015. Enrique VERA Y GONZÁLEZ, Pi y Margall y la política contemporánea, Barcelona, Tipografía La Academia, I, págs. 31-32. MORAYTA, Historia, V, pág. 953. LA ALBOLAFIA: REVISTA DE HUMANIDADES Y CULTURA JORGE VILCHES 25 Llamar a uno empecinado era el mayor elogio que en el lenguaje de aquel tiempo se podía hacer del que más se distinguía en el servicio de la causa de la nación”. Por eso, explicaba Morayta, El Empecinado fue resarcido en 1845, conducidos sus restos mortales a su pueblo, Castrillo del Duero, y su nombre inscrito en el Congreso de los Diputados “entre los mártires de la libertad española”40. Eduardo Chao, como en otras ocasiones, fue el primero en señalar a Francisco Espoz y Mina con las características del héroe. Su apellido parecía “destinado”, decía en referencia a su sobrino Javier Mina, también guerrillero, “a ser la implacable pesadilla de los ejércitos franceses”. Le impulsaba el amor a la patria, pero también la justicia. Su sobrino Javier había sido detenido por el invasor, y la “superioridad de su genio” le puso al mando de la partida. El origen del héroe era humilde, de un “pequeño pueblo”, de familia de “honrados labradores”, quien no hubiera salido del campo a no ser por la “inicua invasión de los franceses”. Era el hombre común que, puesto en una situación extrema, ponía al descubierto las mejores cualidades de la raza. Sus valores eran los más altos: “Mozo de hidalgos sentimientos, alma ardorosa y corazón intrépido”. Chao dejaba claro sus ideales de justicia y patriotismo al decir que lo primero que hizo fue fusilar a tres falsos patriotas que aprovechaban la guerra para el pillaje y el ajuste de cuentas. A partir de ahí, la narración de la vida de Mina era un relato romántico de aventuras: “recorrió los campos, entró en pueblos, sorprendió a unos, persiguió a otros, fue una especie de fantasma que se aparecía a los franceses”. La heroicidad era sobrehumana, hasta el punto de que daba la impresión de “un ser misterioso, un hombre invisible, que aparecía y desaparecía de repente”41. Tan grande era su valía que el invasor le llamaba “el rey de Navarra”, lo que reforzaba la figura 40 . RODRÍGUEZ SOLIS, El primer guerrillero, pág. 31. MORAYTA, Historia, V, pág. 954. 41 . RODRÍGUEZ SOLIS, Héroes de Navarra, pág. 30. de Mina con el tipo ideal de héroe, de trayectoria indiscutible42. Su ejemplo había servido, escribió Rodríguez Solís, para implicar a los navarros en la lucha por la independencia, “obedeciéndose sus órdenes hasta en las poblaciones ocupadas por los imperiales”. El sacrificio de Espoz y Mina por el bien común –identificados en la religión de los padres, la patria, el rey- alentaba la lealtad a todos: “era rarísimo encontrar un traidor”43. El advenimiento de Fernando VII lo cambió todo. Era el traidor ingrato que marcó el destino de los héroes guerrilleros. “¡Haber combatido por la independencia, y verse abandonados por el rey!”, escribía Rodríguez Solís44. traición empujó a Espoz y Mina al primer pronunciamiento, en Pamplona, en 1815, junto a su sobrino, pero fracasó por la traición de unos y el desdén de otros. Nos encontramos de nuevo con la figura del héroe, convertido en caudillo que se vuelve a sacrificar por su fe, y por un pueblo que no le comprendió y que le dio la espalda. Los republicanos mostraban en el fracaso de Espoz y Mina que “la influencia de curas y frailes era mayor entre los navarros que la de su inmortal caudillo”45. A continuación, le seguía el exilio, que era mostrado como un desgarro patriótico, una enajenación de la identidad, una separación de la familia y de la tierra, de la propia naturaleza, al más puro estilo de la tragedia griega, con el toque romántico de la época. El héroe no podía volver a la patria hasta que el tirano muriera o fuera derrocado. El Trienio Liberal dio una nueva oportunidad al héroe Mina, que se enfrentó a los realistas y a los invasores, pero de nuevo traicionado, tuvo que volver al exilio. Este mismo tipo fue el que refirió Rodríguez Solís cuarenta años después, que 42 . CHAO, Continuación, IV, pág. 523. 43 . RODRÍGUEZ SOLIS, Héroes de Navarra, pág. 21 44 . RODRÍGUEZ SOLÍS, Los guerrilleros de 1808, II, pág. 820. 45 . GARRIDO, La España contemporánea, I, pág. 111. LA ALBOLAFIA: REVISTA DE HUMANIDADES Y CULTURA JORGE VILCHES 26 extendía las características clásicas del héroe a su sobrino Javier Mina. El destino le había marcado el camino por sus cualidades y su imagen: mujeriego, valiente en la pelea y deportista, culto y trabajador. El heroísmo estaba escrito en su partida de nacimiento: “bajo un rostro de niño, ocultaba un alma de héroe, y bajo un exterior dulce y tranquilo, un corazón tan grande como la Torre Nueva de Zaragoza”, pues “parecía nacido para la guerra” y “poseía las cualidades del verdadero caudillo popular”46. Rodríguez Solís, además, daba un aspecto providencial, divino, a la tarea emprendida por los Mina porque “su empresa era santa y el cielo la bendijo”. La personalidad, como la de todos los héroes guerrilleros, eran la valentía y la piedad, “prendas nobilísimas que forman el carácter de los hijos de España”. Sus esfuerzos y heroicidades le granjearon el amor en toda la patria, y el reconocimiento del enemigo por “tantas hazañas y tales victorias”, prueba ineludible de su condición de héroe. Blasco Ibáñez combinó perfectamente la figura del héroe de tragedia griega, con los rasgos cristianos, en el estilo romántico. En su novela ¡Por la patria! Roméu el guerrillero (1888) comenzaba diciendo que “su aspecto era el del hombre que está fuera de la clase vulgar”. En su descripción física “era semejante en todo a un héroe de la antigua Grecia”, de carácter recio, costumbres populares, querido por todos, alta moral, y principios patriotas inquebrantables47. La muerte del guerrillero solo podía ser heroica, y en el sentido del mártir; es decir, un “suplicio” injusto por sus ideas y comportamiento. La muerte era el producto de ser consecuente con su fe, o el resultado de una traición de los suyos, como Viriato, o de haber confiado en un rey traidor, como el 46 . RODRÍGUEZ SOLIS, Héroes de Navarra, pág. 7 y 13. Dada la fecha de publicación, 1898, el autor debió considerar conveniente el omitir que Javier Mina luchó por la independencia de México. 47 . Vicente BLASCO IBÁÑEZ, ¡Por la patria! Roméu el guerrillero, Valencia, Imprenta de El Correo de Valencia, 1888, pp. 17-18. Cid48. El relato de la heroicidad lo completaba el suplicio, que convertía al héroe guerrillero y patriota en mártir. El prototipo lo describía Blasco Ibáñez usando la figura de Roméu: un hombre sereno ante la muerte, digno, de confesión rápida de pecados, porque “una vez con la conciencia limpia y tranquila, portémonos en el suplicio como héroes”49. Antes de morir, Blasco ponía en boca del héroe todo el sentido de su comportamiento ejemplarizante: “Amad a la patria tanto como yo, y estad siempre dispuestos a sacrificaros por ella como yo me sacrifico. Pensad siempre en vuestra madre, que es España. ¡Viva la patria!”50. 7. CONCLUSIÓN El héroe guerrillero que tomaron los republicanos se basó en el modelo de la tragedia griega, con el sentido cristiano del sacrificio por el bien común, más la predestinación romántica. El tipo lo recogen, por tanto, de la cultura grecorromana aprendida en escuelas y universidades, pasada por el cristianismo, con el estilo y mentalidad romántica. A esto le añadieron la categoría “pueblo” como sujeto colectivo protagonista de la revolución, del cambio a un sistema democrático, que elaboraron los republicanos franceses desde 1830. El relato de la vida y muerte del héroe guerrillero, por tanto, era el de la tradición griega cristianizada, pasada por el romanticismo y el republicanismo francés. El héroe era el ejemplo perfecto del hombre del pueblo, que reunía las mejores virtudes desde el nacimiento –honradez, honestidad, laboriosidad, modestia, solidaridad, sacrificio por el bien común, patriotismo, amor a la libertad y a la democracia-, y que era pagado con la traición y el desagradecimiento que le llevaba al martirio. Su vida, obra y muerte eran ejemplarizantes, y los autores 48 . ORTEGA RUBIO, Historia de España, tomo V, pág. 331. 49 . BLASCO IBÁÑEZ, ¡Por la patria!, p. 353. 50 . BLASCO IBÁÑEZ, ¡Por la patria!, p. 368. LA ALBOLAFIA: REVISTA DE HUMANIDADES Y CULTURA JORGE VILCHES 27 republicanos españoles lo utilizaban para la propaganda de sus ideas, en un artificioso anclaje histórico. Ese modelo de héroe popular guerrillero les permitía no identificarse con ningún político relevante – Robespierre o Mirabeau, por ejemplo-, como sí hacían los franceses o incluso algún español, o con un grupo político como los girondinos, ya que no correspondía con el ejemplo puro que requerían. Además, ese republicanismo podía así hacer un llamamiento a las capas populares como sujeto olvidado y despreciado pero inmaculado, y confrontarlo con el sistema representado por la Monarquía, la Iglesia y sus partidos. Juan Martín el Empecinado fue el héroe guerrillero preferido por los republicanos, más que cualquier otro, incluidos Espoz y Mina, Porlier o Roméu. Era el personaje que encajaba perfectamente con el modelo del hombre del pueblo, tanto en su biografía, como características personales, comportamiento privado y público, victorias militares, y confianza traicionada que acaba con su vida de una forma humillante. La carga emocional en los relatos de la vida de El Empecinado era enorme: todos parecen una novela; incluso Pérez Galdós, aunque en su etapa monárquica, le dedicó un Episodio Nacional confirmando o reforzando su enorme popularidad. Frente al relato frío o superficial de autores como Ortega Rubio o Morayta, Rodríguez Solís y Blasco Ibáñez, tendentes a un republicanismo popular exaltaron su figura como argumento suficiente de su argumentación histórica contra la Monarquía y por la democracia “natural” del pueblo español. Era ejemplarizante: su monarquismo fue inútil frente a la perversidad del monarca y sus secuaces, por lo que si se quería libertad y democracia no quedaba más salida que la República. La vida de El Empecinado era perfecta para eso: ni siquiera los generales que se pronunciaron contra Fernando VII, como Porlier, Riego o Torrijos –con igual y trágico final-, sirvieron como él para la construcción del imaginario republicano. El relato de los héroes guerrilleros, que combinaba el dato cierto con la retórica romántica, todo envuelto en cierta novelización y martirologio, servía al propósito de los republicanos: construir una tradición popular frente a la monárquica, la historia de gente común virtuosa y sacrificada ante la vida corrupta y corruptora de los reyes. De esta manera, a través de la construcción de los héroes guerrilleros, los republicanos incorporaron a su historia particular de partido, como algo propio, el mito nacionalista por excelencia: la Guerra de la Independencia. BIBLIOGRAFÍA DE REFERENCIA ÁLVAREZ JUNCO, José: “La invención de la Guerra de la Independencia”, Studia Histórica-Historia contemporánea, vol. XII (1994), pp. 75-99. 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