EN U SOCIEDAD DEL Stuw - 1 v Y C O N F L I ~ I V IDAD MGiM MASTErnrn, POBlAON r CRBIS R SUBSISTEMIAS Revista ALFOZ Oepartamento de Historia Contemporánea Facuhd de Geografía e Historia Universidad Complutense COMUNIDAD DE MADRID Consejería de Cultura y Deportes MADRID EN LA SOCIEDAD DEL SIGLO XIX VOL. 2 Capas populares y conflictividad social Población, abastecimientos y crisis de subsistencias Cultura y mentalidades Coriscj:jcría de EdiiczciSn S!":CKETAR~ A GENERAL TÉCNICA ::,-: vic:lo dc Publicaciones ' . ! t . ..'::. 1." 3.3-32 , .. .i .< ' . : . - edición: Diciembre 1986. O Comunidad de Madrid. Consejería de Cultura. O Revista ALFOZ. CIDUR. Infantas, 13. 28004 - Madrid. Tel.: 232 71 03. Edición a cargo de Luis E. Otero Carvajal y Angel Bahamonde. Obra Completa: Depósito Legal: M-40222-1 986. I.S.B.N.: 84-86635-00-4. Vol. 11: Deposito Legal: M-40223-1986 I.S.B.N.: 84-86635-02-0 Fotocomposición: FOTO REVISTA, S. A. Paseo Sta. M.a de la Cabeza, 128. Madrid. Impresión: GRAFICINCO, S. A. Eduardo Torroja, 8. Fuenlabrada, Madrid. Printed in Spain. - Impreso en España. JFD1921 Cuadro de texto Esta versión digital de la obra impresa forma parte de la Biblioteca Virtual de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid y las condiciones de su distribución y difusión de encuentran amparadas por el marco legal de la misma. www.madrid.org/edupubli edupubli@madrid.org JFD1921 Sello www.madrid.org/edupubli mailto:edupubli@madrid.org Indice 1 VOLUMEN Pág. Presentación . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7 José Luis Carcía Alonso . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9 Araceli Pereda . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Introducción 1. La ciudad y su entorno . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Rafael Mas La propiedad urbana en Madrid en la primera mitad del . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . siglo xix Fernundo Roch Reflexiones sobre la reordenación urbanística en el Ma- drid de mediados del XIX . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . M. " Eulalia Ruiz Palomeque La localización industrial en el Madrid de la segunda mi- tad del siglo x ix . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Clemenrina Díez de Baldeón . . . . . . . . . Barrios obreros en el Madrid del siglo xix Sonsoles- Cabeza Sánchez-A lbornoz La Constructora Benéfica. 1875-1904 . . . . . . . . . . . . . . M." del Carmen Sánchez Carrera Las Rozas de Madrid en la segunda mitad del siglo xix Julio Alguacil y Concha Deuche Configuración de una periferia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 2. Madrid, centro de poder político . . . . . . . . . . . . . . . . . Manuel Espadas Burgos Madrid, centro de poder político . . . . . . . . . . . . . . . . . Joaquín Martín Muñoz La gestión del marqués viudo de Pontejos en el Ayunta- miento de Madrid . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Juan Carlos Pereira y Fernando Garcia Prensa y opinión pública madrileña en la primera mitad del siglo xrx . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Jesús Timoreo Alvarez Estructura subterránea de la prensa en la Restauración Gloria Franco Rubio La Iglesia secular de Madrid en la crisis del Antiguo Ré- gimen . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Gloria Nieva Cristóbal Madrid en la crisis finisecular . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Joaquín Toro Mérida . . . . . . . . . Pedro Mata y Fontanet, médico madrileño 3. Poder económico y elites locales .................. David Ringrose Ciudad, país y revolución burguesa: Madrid, del siglo xviii al siglo xix ................................ Angel Bahamonde Magro Crisis de la nobleza de cuna y consolidación burguesa (.1840- 1880) .................................... Luis Enrique Otero Carvajal El proceso de formación de la nueva elite de poder local en la provincia de Madrid. 1836-1874 ............. Jesús Cruz Valenciano Cambistas madrileños de la segunda mitad del siglo xviii José Cayuela Fernández Manuel Pérez Seoane y Domingo Norzagaray, banque- ros madrileños ................................. José Alejandro Martínez Andaluz Préstamo privado y elites en el Madrid isabelino. 1 856- 1868. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Juan Antonio Carmona Pida1 Aproximación a un noble madrileño: El marqués de Al- cañices . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Juan San Román Rodríguez La Hacienda madrileña en el siglo XIX ............. Julián Toro Mérida El registro de sociedades mercantiles. 1885-1900 . . . . Guadalupe Gómez Ferrer La clase dirigente madrilefia en dos novelas de 1890 Guillermo Gorrázar La nobleza en Madrid en la época de la Restauración 11 VOLUMEN Pág. 4. Capas populares y conflictividad s 7 Antonio Elorza Ideología obrera en Madrid: republicanos e internacio- nales . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9 Santiago Castillo La «irrupción» en sociedad de la agrupación socialista madrileña . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 35 Francisco Villacorta Baños Teoría y práctica del obrerismo democrático: el Fomen- to de las Artes, 1847-1876 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 71 M." Mercedes Gutiérrez Sánchez Anarquistas en el Madrid de la Restauración . . . . . . . 97 Antonio Ortega Carnicer Jornaleros y mendigos en el trienio constitucional . . 117 Juan Antonio García Borrega Los hechos violentos y su representación en el Madrid de 1867 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 125 Sergio Vallejo Fernández Las cigarreras de la Fábrica Nacional de Tabacos de Ma- drid . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 135 Rosa Aparicio El 1 . O de Mayo madrileño. 1890-1906 ............. 151 Matilde Cuevas de la Cruz Aproximación a la consideración social de la prostitu- ción madrileña . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 163 Marianne Krause La beneficencia pública en Madrid en el cambio de siglo 175 de subsis 5. Abastecimiento, población y crisis ilencias . . 189 Antonio Fernández García Las crisis de subsistencias en el Madrid del siglo xlx 191 Concepción de Castro El pósito de Madrid: evolución y crisis ............ 229 M." Victoria Vara Ara Crisis de subsistencia en el Madrid de comienzos de si- glo: 1800- 1805 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Pedro Villa Minguez Precios aiimentarios y nivel de vida en Madrid. 185 1-1 890 . ., Antonio Camarero Madrid finisecular, nuevo modelo demográfico . . . . . Leandro Higueruela del Pino La agricultura en la provincia de Madrid en la segunda . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . mitad del siglo XIX M. " Pilar Corella Suárez La población rural madrileña. Un ejemplo local: Naval- . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . carnero en 1897 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 6. Cultura y mentalidades José Simón Díaz Bibliografía madrileiia en el siglo xix . . . . . . . . . . . . . Elena Hernández Sandoica La Universidad de Madrid en el siglo xix. Una aproxi- . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . mación histórica. .. Antonia Fernández y Juana Anadón La formación de maestras en la Escuela Normal Cen- tral. 1858-1900 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Estr'baliz Ruiz de Azúa La enseñanza pública primaria en Madrid a mediados del siglo xix . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Jesús Martínez Marlín Las bibliotecas de las élites madrileñas . . . . . . . . . . . . Javier Fernández Delgado Silenciosos, comedidos y espléndidos. La quiebra de la función religiosa del testamento . . . . . . . . . . . . . . . . . . Pilar Blasco Ruiz Literatura popular en el Madrid decimonónico . . . . . JosP Luis Martínez Sanz El origen de los cementerios en Madrid . . . . . . . . . . . . Virginia Tovar Marfín Pintura decorativa neobarroca: Los salones del palacio del marqués de Guadalcázar ..................... Carlos Reyero Madrid en la pintura de Historia . . . . . . . . . . . . . . . . . 5 1 1 M. del Carmen Ariza Muñoz Los jardines madrileños en el siglo xrx . . . . . . . . . . . . 519 Juan Ignacio Sáenz El jardín zoológico del Jardín Botánico. 1858-1868 . 539 M. " del Carmen Cayelano Marlín El siglo xix en el Archivo de Villa . . . . . . . . . . . . . . . . 549 Capas populares y conflictividad social CAPAS POPULARES Y CONFLICTIVIDAD SOCIAL Antonio Antonio Elorza Ideologíz obrera el Madrid: republica~i~s , internacionales Caied Facult Comp ratico. Direc ad de Cienc lutense. ior del Departamento de Historia. :¡as Políticas y Sociologia Universidad L a historia obrera de Madrid en la segunda mitad del siglo >cix responde a tres variables: el escaso grado de industrialización, la capitalidad y la centralización cultural. El primer rasgo, de orien- tación negativa, sitúa los primeros pasos del asociacionismo y , so- bre todo, de la conflictividad obrera en una abierta inferioridad res- pecto a las zonas fabriles y, en primer término, respecto a Barcelo- na. Ya en el trienio esparterista los brotes reinvindicativos de tipó- grafos y obreros de la construcción, acompañados de las primeras reivindicaciones sobre el derecho de asociación, resultan un pálido reflejo respecto al auge de las sociedades barcelonesas en torno al textil. La historia del primer periodo del movimiento obrero espa- ñol puede, pues, escribirse sin apenas referencias a la capital. El desfase ha de mantenerse en el bienio progresista y de nuevo se re- rleja en cifras en la comparación del número de firmas de trabaja- dores madrileños y barceloneses en defensa del derecho de asocia- ción. Sólo al llegar el sexenio las cosas cambian algo, siempre den- tro de la disparidad, con la presencia de grupos de trabajadores y artesanos de distintas profesiones que han ido incorporandose al republicanismo. Uno de ellos, Anselmo Lorenzo, tipógrafo, escri- bió su crónica y el relato de su transición al internacionalismo en su versión bakuninista. Entran aquí en juego los otros dos factores. Por un lado, el con- traste entre capitalidad administrativa y protagonismo en el movi- miento social, un factor indudable del futuro apoliticismo. Aun- que como contrapartida figure la confrontación inmediata con la clase política y el aparato de Estado. Hacia otra vertiente opera la centralidad cultural de Madrid, su peso en la evolución ideológica del país, que interviene decisivamente al configurar la definición doc- trinal de ese incipiente movimiento obrero del Sexenio, al llegar con la Internacional a su autonomía. Intentaremos ver cómo se conjuga la acción de estos tres facto- res en una secuencia relativamente breve: la coexistencia de repu- blicanos y seguidores de la Primera Internacional en Madrid a lo largo de 1869. Los hechos son de sobra conocidos, así como su con- secuencia principal: primero, la adscripción a posiciones aliancis- tas; luego, el despegue de un núcleo de «internacionales» del alian- cismo en 1871-72, constituyendo el germen del que sera más tarde partido obrero ((marxista)). A corto plazo resulta evidente el pre- dominio bakuninista a lo largo de la etapa que marcan el Congreso de Barcelona y la publicación de La Solidaridad. El hecho es que esta rormación del obrerismo internacionalista madrileño es la puerta para la hegemonía de Bakunin sobre Marx en etapas posteriores. Es cierto que mas adelante ha de ser también la capital quien regis- tre la formación del grupo «marxista» en torno a Lafargue y con los tipógrafos por base profesional en el camino hacia la forma- ción del partido. Pero ambos pasos tienen que ser explicados y en ello convergen, a nuestro entender, los mencionados agentes (ideo- lógicos: continuidad entre republicanismo y bakuninismo e impo- sibilidad de dar el salto a Marx, donde la ideología depende del atraso económico, y socioculturales, con el distanciamiento de los traba- jadores de la imprenta respecto a otras capas profesionales y su vin- culación con un mercado nacional). El primer aspecto interviene de todas maneras sobre el segundo, haciendo que del mismo modo que los bakuninistas mantienen una clara continuidad doctrinal con los republicanos, a pesar de la cesura orgánica, otro tanto sucederá con los «marxistas» respecto a los primeros. A falta de un desarro- llo industrial en la capital, el ((desierto de declamaciones abstrac- tas)) reinante entre los trabajadores madrileños, según la conocida carta de Engels a Lafargue, se mantendrá como denominador co- mún de las sucesivas ideologías. 1 . Comencemos por sentar la continuidad entre republicanis- mo federal y bakuninismo. En realidad, la ideología internaciona- lista representaba un corte radical respecto al republicanismo en cuanto a: a) rechazo versus aceptación de la politica como medio de eman- cipación social, y, b) la dependencia de la pequeña burguesia en el marco intercla- sista que representa al pueblo como sujeto de la revolución; autonomía de clase versus dependencia. La radicalidad encubre dos hechos: a) la fuerza que seguirá con- servando el republicanismo en capas obreras, y b) lo que aquí 110s interesa mas, la estrecha vinculación que conserva la ideologia anar- quista respecto al republicanismo. E n este sentido, adquieren valor retrospectivo las estimaciones que hiciera Joaquín Martin en los años 20, medio siglo después de los acontecimientos que nos ocupan: «Los anarquistas que dirigen todavía el movimiento ex- hiben una total incomprensión de la lucha de clases; la mayoría de ellos se inspiran aún en una fraseología pro- cedente del radicalismo burgués y algunos de ellos son an- tiguos republicanos transformados en libertarios. Condu- cidos durante un tiempo por malos pastores, han conser- vado un horror profundo hacia toda política. Son Fede- ral is ta~, invocan en cada instante la libertad, admiran la revolución francesa y mantienen estrechas relaciones con los republicanos dejando de lado a socialistas y comunis- tas. No saben nada de la cuestión económica; para ellos se trata siempre de principios filosóficos y su filosofía sim- plista ignora todo de la complejidad de las relaciones exis- tentes entre la burguesía y el proletariado)) (1). Por debajo del lenguaje polémico hay elementos en la visión de Maurín plenamente aplicables a 1870. La descripción de los princi- pales elementos de la ideología: antipoliticismo, federalismo, an- tieconomismo idealista, fidelidad al sistema de valores de la filoso- fía liberal. Y a través de ello un enlace profundo con el antecedente republicano. No hay que olvidar que los dirigentes internacionales son hom- bres formados en las filas del republicanismo federal. Comparten con el: a) una visión de la sociedad tendente a trazar contraposiciones bipolares: despotismo versus libertad, reacción versus liberación, centralización versus federalismo, pobreza frente a riqueza u opu- lencia. Un sistema de contradicciones simples llamadas a ser supe- radas por una inversión radical con el pueblo por sujeto; b) una concepción federalista del orden político, de articulación piramidal de abajo a arriba, y eje en el comunalismo. c) el anticlericalismo, que implica tanto la afirmación de una vi- sión racionalista del universo como un rechazo del papel histó- rico de Iglesia y clero hasta abocar a una mitificación negativa (anticlericalismo que, llevado a su extremo lógico, desemboca en el antiteologismo bakuniniano). ' d) una condena moral de la opresión que de acuerdo con el enfo- que idealista de las relaciones sociales permite prescindir del ana- lisis económico y pensar la próxima subversión del orden vi- gente como simple precipitado de la degeneración de las capas dominantes, y e) por encima de todo, un racionalismo de raíz ilustrada tendente a sustituir el análisis de la sociedad capitalista por el trazado de ese ((orden natural)), agregado armónico de las relaciones ( 1 ) Joaquin Maurin: L'annrcl~o-syndicalis~~~e en Espugne, Paris. 1924. pág. 36 sociales una vez superados los factores de opresión. Como ele- mentos complementarios, cientifismo y progresismo. La lógi- ca del desenvolvimiento de la humanidad abocaría, segun los demócratas republicanos, a un orden de igualdad legal (civil y política) en cuyo ámbito se suprimirían las contradicciones de clase. Este mismo propósito surge no menos como resultado de la ({liquidación social)) bakuniniana, con la única diferencia de que a la armonía interclasista la sustituye la igualdad de que a la armonía interclasista la sustituye la igualdad una vez su- primidas las clases. Cabe, a nuestro juicio, una interpretación estrictamente econo- micista de esta secuencia ideológica. La incapacidad de pensar la revolución burguesa -lógica en la medida en que faltan las trans- formaciones capitalistas- se traduce en esa filosofía proyectiva del «orden natural)) como alternativa al régimen de opresión, de riqueza y miseria (más que de lucha de clases en el sentido estricto). Ahora bien, i y el Estado? Aparentemente, existe una gran diferencia, co- rrelato del papel (positivo para el republicanismo, radicalmente ne- gativo para los bakuninianos) diverso que la institución estatal jue- ga en una y otra ideología. Hay que recordar, empero, que el repu- blicanismo concebía ya como reducido al mínimo el papel del Esta- d o (austeridad, economía, descentralización), valorando negativa- mente los planteamientos estatistas de los politicos conservadores. Las clases populares (recordemos la doble oposión a fiscalidad -consumos- y quintas) sentían esa alteridad del Estado. Aquí, como en el caso del anticlericalismo, Bakunin hará posible llevar a las conclusiones lógicas el sistema de contradicciones previamen- te definido. Y queda el procedimiento. La revolución es vista siempre como revolución del pueblo, como levantamiento de barricada. Un suje- to genérico, el pueblo, y un instrumento organizador, la minoría conspiradora en forma de sociedad secreta. Aquí la continuidad es absoluta. En suma, el bakuninismo aportaba sólo la radicalización y, en muchos casos, la superación de las ambigüedades de la ideología democrática. A lo largo de medio siglo, ésta había aprendido a usar la vía insurreccional, descuidando por fuerza los procedimientos le- gales y parlamentarios que eran patrimonio de la burguesía censi- taria. Por otra parte, el pueblo, tras el 48, desconfiaba del Estado, de las instituciones y de las palabras políticas, en las que veía un instrumento adicional de la dominación de la burguesía. Y todo aconsejaba fundir el anticlericalismo con el papel de obstáculo de- sempeñado por la religión frente a los progresos del racionalismo. ¿Por que detenerse entonces en el tratamiento económico si la su- peración aparentemente lógica de las contradicciones estaba al al- cance de la mano, como lo estaba la articulación del sujeto pue- blo/sociedad secreta? Creo que es importante subrayar que la defi- nición anarquista de Bakunin resulta en sí misma el precipitado de una serie de frustraciones, desde el eslavismo a la revolución de- mocrática. Y que el enlace con esta última es decisivo para enten- der sus planteamientos. Podemos verlo en el primer esbozo coherente de su pensamiento revolucionario: el programa de la Fratellanza Internazionale fun- dada en torno a 1865 durante su periodo napolitano (donde, no lo olvidemos, el punto de partida es también la frustración de la revo- lución política en Italia, tema que enlaza en la mente de Bakunin con el fracaso de la insurrección polaca de 1863). Los componentes ideológicos ya están definidos: a) la revolución debe ser atea, reivindicando para el hombre todo lo que las religiones han transferido al cielo; requisito indispen- sable para la afirmación radical del racionalismo; b) debe ser la negación de la autoridad, forjando un conglomera- do negativo respecto a todo poder, económico, social y políti- co; c) debe ser igualitaria y hacer realidad -tributo al sentido del equi- librio social del Proudhon- la idea de justicia, y d) debe ser federalista, tanto hacia el interior como el exterior del país, superando el principio de nacionalidad. La revolución es esencialmente «cosmopolita»: se presenta como ((incendio uni- versal)), cuyo fulcro es la revolución social. Curiosamente, la anarquía -en cuanto contenido que rechaza el criterio de autoridad- se disipa al viajar al interior de la socie- dad secreta encargada de canalizar los ((instintos revolucionarios» de las masas (conviene tener esto en cuenta al valorar el ((autorita- rismo)) de Marx: en Bakunin el sujeto revolucionario declarado es movido por el efectivo de inspiración carbonaria] (2). 2. Como contrapartida, la posibilidad de un tránsito desde el reformismo republicano al marxismo era nula, en la medida en que la ((intelligentsia)) radical carecía del referente de un proceso de mo- dernización capitalista (como ocurre en Francia en la era napoleó- (2) Reproducido en Bakunin: Rivolra e liberid. ed. de M. Nejrocci. Roma. 1977. pigs. 57- 179. nica, haciendo posible el auge del positivismo) y el objetivo de la acción económica y política podía, en consecuencia, presentarse de acuerdo con el esquema ilustrado de un racionalismo que tiende a la consecución del ((orden natural)), ámbito en el que no existen las contradicciones específicas de la sociedad de clases. Es, pues, un enfoque idealista donde el análisis económico de la sociedad liberal es sustituido por una condena moral basada en una perspectiva fi- losófica. El elemento adicional de la revolución de barricadas ac- túa a la hora de suscitar la expectativa de una convulsión radical. El terreno estaba así abonado para Bakunin y sólo bastaba cam- biar de horizonte, llevando al extremo la lógica de inversión carac- terística del republicanismo, situando la ((liquidación social)) allí don- de los republicanos ponían el supuesto de la armonía social y polí- tica, la consecución del sufragio universal (y la experiencia concre- ta de la revolución del 68 y de las Constituyentes del 69 abonaba el terreno en este punto). La recepción, en cierto modo masiva, de Proudhon en torno al 68 es expresión de ese estado de cosas y garantía de bloqueo de ca- ra a la perspectiva de una recepción de Marx. Recordemos el papel central que juega a este respecto Francisco Pi y Margall. Se ocupa poco de la organización obrera, pero mucho de difundir a Proud- hon. Traduce en 1868 su Filosofíapopular. En 1869 traduce y pro- loga la Filosofía delprogreso. En 1868, Elprincipio federativo. En 1869 traduce y prologa De la capacidad política de las clases jorna- leras. En 1870 hace lo mismo con el Sisrema de las conrradicciones económicas. Y , como sabemos, no es el único difusor. Con razón, Max Nettlau le elogiará: ((11 rendit services autant au fédéralisme qu'a I'anarchie en traduisant Proudhon)) (3). Proudhon venía a cubrir estrictamente las necesidades de ese sin- cretismo interclasista a que aspira el republicanismo federal del 68. Critica la sociedad capitalista y lo hace con una pretensión de cien- tifismo. Corta, al propio tiempo, toda perspectiva de revolución es- trictamente proletaria. Sitúa el análisis económico en una perspec- tiva propia del artesanado, de esa confusión ((capitalista o maes- tro» a que alude el vocabulario de Anselmo Lorenzo. No entra así en el análisis del capitalismo industrial y recurre al principio de ar- (3) Mark N~ i l l au : La Preniierr In~ernocionole de Espogne (1868-18881. Dordrechi, 1969, pag. 28. monía expresado por el concepto de justicia, cuya expresión orga- nizativa es, cómo no, el federalismo. Por eso, ya desde los tiempos de La Emancipación, el combate contra las ideas y el prestigio de Proudhon constituye un objetivo de los ((marxistas)) españoles. Años más tarde, José Mesa, en carta a Engels, resaltará ese papel de Proudhon como puente para la pe- netración del bakuninismo en la conciencia de los trabajadores a través de la acción difusora de la ((intelligentsia)) radical: ((La fraseologia proudhoniana ha servido, y sirve, a los radicales españoles federalistas, cantonalistas, para ador- mecer a los obreros y engatusarlos; pero esto sería el mal menor. Es en las filas obreras donde el proudhonismo ha hecho más estragos; los anarquistas no son, en realidad, más que adeptos, mas o menos inconscientes de Proud- bono (4). La caracterización es tal vez exagerada, porque todos los elemen- tos de moderación y rechazo de la revolución que comporta la ideo- logía proudhoniana no pasan el vado que conduce a la ideología obrera. Tampoco, a la larga, sera muy importante el legado econó- mico. Es más fuerte el sustrato artesanal, precapitalista, y la nos- talgia de un equilibrio expresado metafísicamente por la noción de justicia. Es decir, cuenta más el obstáculo que el desarrollo ulte- rior. (En otros casos, la transmisión del ideario proudhoniano tiene lugar vía Bakunin. Es lo que ocurre con el tema de la trinidad de la opresión, Religión, Estado y Capital, cuyo núcleo se encuentra en Proudhon y que más tarde constiluye uno de los ejes del anar- quismo bakuniniano.) 3. iCÓmo conectar estos procesos con los cambios en la ideo- logía de las ((clases trabajadoras)) de Madrid en los inicios del Se- xenio? La lectura de la prensa republicana madrileña a lo largo de 1869 nos ofrece una situación en la cual, por una parte, la atención del partido republicano se encuentra centrada en la coyuntura poli- tica, oscilando entre el legalismo y la tentación insurreccional, y, - por otra, mantiene una labor de captación hacia las ((clases traba- jadoras)) que repercute, a fin de cuentas, en favor del bakuninis- mo. (4) Cii. por J . Jemniiz: «La correspondencia de Engels con JosC M a r i a Mesa y Pablo Iglesias (1887- 1895)n. Es~rrclior de Hiscoria Sociul. 15. 1980. pág. 275. Así, siguiendo el diario federal más significativo de Madrid, La Igualdad, fundado unas semanas después de la Gloriosa, el 11 de noviembre de 1868, y pronto convertido en ((corazón y centro del partido federal de España)), cabe observar un predominio absoluto del discurso político, centrado durante meses en exaltar las venta- jas de la federación y en combatir la perspectiva cada vez más ame- nazadora de la designación de un monarca extranjero. En su pri- mer número figura la reproducción de un discurso pronunciado por un conocido propagandista, Fernando Garrido, ante una reunión de obreros. Les recomienda ((orden en la calle y revolución en las urnas)). Lo decisivo es la forma de gobierno. La monarquía es siem- pre aristrocrática, en tanto que en la república mandan «el pueblo)), las clases productoras de la sociedad, los artistas, los artesanos, los obreros)). Pero «la gran cuestión, que está por encima de todas, es la de la libertad religiosa)). El clero es el principal factor de opre- sión e incluso ((los reyes no son, en realidad, mas que instrumentos del sacerdocio)) (5). Estamos lejos de los versos de inspiración ro- mántica que el joven Garrido dedicase veinte años antes a los de- mócratas trabajadores de Reus en su fase de socialismo utópico. Ahora «las clases trabajadoras)) tienen ante todo un cometido que cumplir: votar a los republicanos para, mediante el uso del sufra- gio universal, crear el marco de su propia liberación. El progreso tecnológico y la cooperación harán el resto, elevando al ((cuarto es- tado)) -el trabajador asociado-, al nivel de las restantes capas de la sociedad (6). Sólo excepcionalmente un suelto -como el 14 de abril de 1869- menciona los efectos de la crisis, al consignar: ((Triste es la situa- ción de las clases obreras en la mayor parte de nuestras provincias.)) Pero el problema social, en cuanto tal, no existe. Las exigencias de captacion determinan, sin embargo, la inser- ción esporádica de escritos ((internacionales)) dirigidos a los obre- ros españoles. En algún caso esa inserción ofrece precisamente ideas incompatibles con la asociación del proletariado a la causa republi- cana. Tal es el caso del manifiesto «La Asociación Internacional de los Trabajadores. A los obreros españoles)) que La Igualdad pu- blica el 15 de enero de 1869. El documento lleva fecha de 26 de di- ciembre de 1868, pero su texto corresponde, salvados los proble- mas de traducción, a la Alocución que reseña James Guillaume con ( 5 ) Lo Iguoldod. 1 1-XI- 1868. pag. 2. (6) Sobre Garrido. véase Elíseo Aja, Democracia y sociolis~no err el siglo srx espoirol, Madrid. 1976. enviada con fecha 21 de octubre de 1868 a los obreros españoles por el Comité central de la Internacional de Ginebra (7). El hecho es que en el texto, aun confuso en el uso de los vocablos ((anárqui- co» y ((anarquía)) -asignados, respectivamente, a la propiedad he- reditaria garantizada por el Estado y a la ((civilisation bourgeoise»-, suponía una crítica indirecta al Estado como tal y una advertencia contra la manipulación por los demócratas burgueses (de nuevo la novedad del vocabulario se refleja en la traducción: incita a des- confiar de ((vuestros soidisant demócratas mesocráticos» (8), lo que entraña una puesta en cuestión de la adhesión proletaria al republi- canismo. El tema de esta necesaria articulación subordinada del proletario se da por resuelto, por lo menos en cuanto los obreros tengan con- ciencia, porque los republicanos no pueden desconocer que en Ma- drid, a diferencia de Barcelona y otras ciudades, no ganan todavía las elecciones. Por eso presentan como obstáculo la acción de los sicarios del conservadurismo (así, en las vísperas de elecciones, los capataces que se oponen a que estudiantes republicanos distribu- yan las candidaturas de este signo entre los obreros de las obras, 17 de enero de 1869). El único manifiesto pro-republicano de obre- ros madrileños se publica precisamente en esa circunstancia, y pro- cede de ((varios obreros tipógrafos de Madrid)), el 15 de enero, in- vitando a los obreros a reconocer que sólo con el cambio de régi- men dejarían de ser «esclavos libres)). El intento más consistente de encuadrar la propaganda obrera den- tro del marco de los intereses republicanos tiene lugar en la segun- da mitad del mismo año y corresponde al semanario La Justicia So- cial, dirigido por cierto Joaquín Martín de Olías. La fórmula con- sistirá en intercalar noticias relativas al obrerismo internacional y textos de militantes madrileños en un conjunto de claro predomi- nio democrático. No obstante, las dosis van disminuyendo, porque a partir de un texto aliancista de Anselmo Lorenzo, en el tercer nu- mero (al que cabria quizá considerar como momento fundacional del anarquismo español), no hay nueva producción interior, aun- que hasta diciembre se publiquen intermitentemente escritos de «Mr. Bakounine)). La Justicia Social, cuyo primer número aparece el 5 de agosto de 1869, se convierte en órgano oficioso del Club de Antón Mar- (7) Texto redactado por Perron con retoques de Bakunin. crr. J . Giiillaume, L' ln~crna- lionule. Doeu~~ienu rr soi~venirs. 1. pag. 92. (8) La Igiraldad, 15-1-1869. tín, símbolo del asociacionismo popular republicano de los barrios del mediodía de Madrid, con una composición interclasista que la experiencia insurreccional aconseja conservar. Según explica el se- cretario del cluib, Luis Aner, en dicho primer número: «El club Antón Martin es anterior a la revolución de Se- tiembre. Los que en esta época le fundan y los socios que en él se afiliaron, formaban ya un todo homogéneo, un núcleo de conspiración constante que venía trabajando desde el año 1865; que en los distritos del Sur dio mues- tras de su existencia en la triste pero gloriosa lucha de 22 de junio de 1866 y que al día siguiente de esta derrota si- guió incansable su obra de conspiración. allegando recur- sos y preparando elementos que el 29 de setiembre de 1868 dieron por resultado la junta revolucionaria de Antón Martín)) (9). Luego, el club desarrolló con fuerza sus actividades en los pri- meros meses de 1969, con una orientación claramente política. En- tre tanto, según sabemos por el relato de Anselmo Lorenzo en El proletariado militante, tenía lugar el progreso de la propaganda in- ternacionalista, aprovechando que la captación republicana -«a todo trance querían aprovechar el movimiento proletario para be- neficiar a su partido»- no iba hasta la militancia conjunta en el internacionalismo. Ninguno de los líderes republicanos, con la ex- cepción de Garrido en una ocasión, se ocupa de asistir a las reunio- nes del «núcleo». «Los demás políticos -cuenta Lorenzo- fue- ron desapareciendo poco a poco de nuestras reuniones y solo cuan- tos teníamos empeño en continuar la obra de Fanelli nos encontrá- bamos a gusto y llevábamos adelante nuestra obra de la mejor ma- nera que podíamos.)) La impresión que dan los documentos reproducidos en La Justi- cia Social, con la lectura complementaria del libro clásico de Lo- renzo, es una hábil utilización de los espacios puestos a disposición de los obreros por parte de la burguesía, liberal y republicana, re- plegándose a la propia clase cuando creen disponer de medios para ello. La experiencia de las sociedades secretas y de los medios cons- pirativos hacía de los ((internacionales)) españoles unos discípulos (9) Luis Aner: eEl club de Ani6n Mariinn. L a Justicia Social. n." 1, S-Vlll-1869. pag. 7. (10) Anselmo Lorenzo: El proletariado milironre, Madrid, 1974, p6g. SS. espontáneos de las teorias de Bakunin respecto a la acción de las minorías en los procesos de preparación revolucionaria. Así las cosas, las concesiones republicanas generan un efecto boo- merang. Más aún en la medida que fracasan los ensayos de trasla- dar al campo obrero la elaboración de la propaganda democrática. Así, La Jusricia Social juega a fondo con la imagen de la armonía de intereses entre republicanos y obreros para lograr ese resultado. En su primer número no duda en consignar un abierto elogio ha- cia la A.I.T., en la que ve un proyecto de ((gran regeneración so- cial)), tan positiva para España como para el resto del mundo: ((Sabemos que se están redactando en Madrid las bases para fundar la asociación internacional de trabajadores. Siéndonos conocida esta sociedad por las ventajas que en los paises en que se halla establecida reporta a los obre- ros, nosotros escitamos a los trabajadores de Madrid y de provincias a que una vez unidos hagan sus esfuerzos solidarios, y de este modo podrán conseguir su objeto, que es la realización de la justicia y la destrucción de to- do privilegio)) (12). De acuerdo con esta predisposición favorable, LJS publicará los discursos pronunciados en la Bolsa de Madrid por los internacio- nalista~ Anselmo Lorenzo y Tomás González Morago y el articulo del primero «La cuestión social» (13). A partir del 16 de septiem- bre reproduce resúmenes muy amplios de las sesiones del Congreso universal de obreros de Bale (Basilea) y desde el mismo número la serie de ((Cartas de Mr. Bakounine a la Asociación Internacional de Obreros de Lode (Locle) y de chaud-de Fonds)) (sic). No era po- ca concesión, a efectos de conseguir una fiabilidad para desembo- car en el proyecto de un periódico obrero, órgano de la democracia socialista. Tal propósito fue lanzado a bombo y platillo el 24 de septiembre de 1869, con grandes tipos y en primera página. Una comision de obreros habría visitado al director para que la sesión de movimiento social de LJS se incorporase a un nuevo periódico estrictamente obrero, muy económico, que habría de llamarse El Prolelario. En realidad, el periódico saldría en torno a noviembre (1 1 ) Véase. entre otros articulos. el de Luis Aner. «El derecho al trabajo». La Juslicia Social. n.' 5 . 2-1X-1869. (12) LoJusliciaSociol, n . O l . pag. 15. (13) Lo Jirsricia Social, n.' 3 , 19-VIII-1869. de 1869 con el titulo de El Cuarto Estado y a las pocas semanas dejó de publicarse. Sus redactores, ciertos Francisco Pérez, Sebas- tián Gatell y Urbano Ruiz y Garcia confiesan el 27 de noviembre el fracaso del periódico ((republicano socialista)). La vía para el se- manario internacionalista La Solidaridad quedaba despejada. Co- mo es sabido, su primer numero ve la luz el 15 de enero de 1870. A cambio del ensayo, LJS había traducido número a numero las cartas de Bakunin, donde, si el tema central era el patriotismo, no dejaba de hacerse una crítica sin reservas de Iglesia y Estado, en- tendidos ambos como factores de deshumanización al convertir frau- dulentamente al ((hombre natural)) en santo y ciudadano, respecti- vamente. En particular, Estado se contrapone a pueblo («es una abstracción devoradora de la vida popular))) y se presenta como el enemigo principal, incluso a nivel simbólico ({(es el altar de la reli- gión política sobre la cual la sociedad natural es siempre inmola- da») (14). Pero la inserción más significativa corresponde a los textos de González Morago y Lorenzo, prueba de la facilidad con que de la radicalización del ideario federal podía pasarse al aliancismo ba- kuninista. Por supuesto, conscientes de su debilidad, ambos hom- bres se mueven dentro de una confesada modestia y aun parecen, según reseñas de prensa, rendir homenaje a la ideología profesada por ellos hasta pocos meses atrás. Segun-El Imparcial, uno de ellos debió proclamarse librecambista, enemigo de la protección y repu- blicano federal. No es, sin embargo, ése el cariz de los discursos publicados por LJS. González Morago juega mejor el juego del li- brecambio -tal vez le aluda la cita del Imparcial-, pero acaba so- licitando la igualdad politica, económica y social (15). Anselmo Lo- renzo es aún más claro y prueba la facilidad de esa deriva, una vez constatada la impotencia del reformismo democrático. La cuestión decisiva no es ya para él, siguiendo su intervención ante los libre- cambistas de la Bolsa que tal vez llamaron a los obreros para con- seguir una solidaridad similar a la alcanzada en Cataluña en torno al proteccionismo, ni la política, sino la social derivada de la explo- tación y de la desigualdad: «Volved la vista al pasado, y hallareis que el mundo ha estado siempre dividido en dos partes: una, la más nu- (14) La Justicia Social, n.' 1 1, pag., 17-X- 1769, pags. 8-9. (15) La Juslicia Social, n." 2, 12-Vlll-1869. pag. 10. Sobre las reuniones de la Bolsa. veanse los capiiulos correspondientes de El prolerariado ~nilitante. merosa, consumiendo su vida agobiada de sufrimientos y deberes, produciendo todo y careciendo de todo, que antiguamente se llamaba esclavitud y hoy proletariado; la otra gozando de todo, poseyendo el poder, ejerciendo el sacerdocio, estendiendo la ciencia o viviendo en la más estúpida molicie. LES esto justo?)) (16). Es el punto de partida para la exposición más completa del alian- cismo que refleja el articulo «La cuestión social)). La madurez ideo- lógica se ha alcanzado con suma rapidez. La raíz del socialismo, para Lorenzo, es una concepción progresiva de la evolución huma- na, cuyas normas son la razón como instrumento fundamental de conocimiento y la libertad y la igualdad en cuanto criterios. El punto de llegada de la evolución es un estado social en que los mismos alcanzarán un pleno desenvolvimiento. ((La humanidad llegará a formar un solo pueblo y una sola clase, cada individuo de los que vivan en una generación dispondrá de todos los beneficios que ha- yan producido las generaciones anteriores para aprovecharse según su carácter e inclinaciones)) (17). La condición para alcanzar este fin es la superación del sistema vigente de opresiones, trabado en torno a los conceptos de Dios, nacionalidad, Estado y propiedad individual. El ateísmo resulta necesario por implicar la religión la idea de un ((fantasma divino)) y, en consecuencia, la adopción de una visión providencialista enfrentada con el ejercicio de la razón, del que depende el logro de la libertad y la igualdad. Y si de forma mediata la religión viene a negar la libertad y la igualdad, la autori- dad del Estado lo hace de forma inmediata. Todo Estado. incluso el democrático, representa un modo de explotación incompatible con la libertad y la igualdad. El ejemplo elegido no puede revestir mayor significación, las Constituyentes, con el fin de mostrar que tan absurda es la autoridad basada en el sufragio universal como la asentada sobre el derecho divino: H... forma Cortes Constituyentes y cuando todo marcha en continuo progreso, una idea del momento o una con- veniencia se eleva a la categoría de Código fundamental y se estaciona, imposibilitándose para toda reforma. Con una Constitución así formulada y para cumplirla, o me- jor dicho, para oponerse a toda idea nueva, se crea una 1/61 La Jusricia Social, n.' l . 5-Vlll-1869, pag. 9. (17) Anselmo Lorenzo: <(La cuesiion social». La J~~sricia Social. n.* 3. 19-VI II-IRhO. autoridad que solo puede pensar en reprimir, y vuelve a pesar sobre el pueblo una nueva tiranía más pesada que la anterior, porque no se le concede el derecho de quejar- se, que esto sería un ataque a lo que se llama soberanía nacional. Como vemos, la autoridad también se opone a nuestro principio; neguemos, pues, la autoridad.)) La adopción de los planteamientos antiestatistas de Bakunin se veía así respaldada por un temprano sentimiento de frustración res- pecto al proceso político iniciado unos meses antes, formulándose implícitamente una expectativa análoga para el caso de triunfo de la república federal. Cierra el esquema la condena de «los egoís- mos nacionales)) superados por el principio de la fraternidad uni- versal. Sólo cabe la solución colectivista: ((Establecimiento de la igualdad política y social de las cla- ses y de los individuos de ambos sexos, empezado por la abolición de la herencia, a fin de que en lo sucesivo sea el goce igual a la producción de cada uno, los instrumen- tos de trabajo, como todo otro capital vengan a formar la propiedad colectiva de la sociedad entera, no pudien- d o ser utilizados sino por los trabajadores, es decir, por las asociaciones agrícilas e industriales)) (18). Según vemos, n o habia que aguardar a que viese la luz La Soli- duridud para que, todavía en el marco de la convivencia republicano- internacionalista el ideario de la Alianza encontrase una expresión del todo coherente en sus portavoces madrileños. La ruptura llega con el Manifiesto que, el 24 de diciembre de 1869, . hizo público la sección intern'acionalista de Madrid, convertida en Sección organizadora central provisional de España. Segun Ansel- mo Lorenzo, el extenso manifiesto se redactó sobre la base de un proyecto presentado por González Morago y había de preceder a la publicación, en enero, de un órgano de prensa que habia de pro- curar a los trabajadores adscritos a la A.I.T., con una voz propia, la independencia completa respecto al republicanismo. El contenido esencial del llamamiento ((a los trabajadores de Es- paña» consiste, pues, en una convocatoria a la organización autó- noma del proletariado mediante asociaciones profesionales despro- í 18) A. Lorenzo; art. cii vistas de toda tutela de ((la clase media)), fuera a través de la políti- ca o de la religión. La unidad de la clase obrera constituye el único criterio válido de asociación, frente a la preferencia hacia cuales- quiera partido o creencia politicos (entre otras cosas, porque «la república federal, como forma política, es, a nuestro entender, la menos mala de todas las formas de gobierno)), lo cual supone una valoración negativa de todas ellas). La refutación de las doctrinas democráticas que hablan de la ejecución de formas sociales bajo un régimen republicano constituye de hecho la principal preocupa- ción, contraponiendo las garantías jurídicas del programa a la exi- gencia de cambios de la organización social. Además, los interna- cionalista~ achacan a la adhesión a partidos políticos diversos la de- sunión de la clase. De ahí la llamada a los obreros de todos los par- tidos y confesiones, que tanto habría de irritar a los publicistas re- publicanos: ((Profesad en buena hora las ideas que querais, seais en política lo que seais, por encima y a pesar de tal división, como todos somos obreros, como participamos de las mis- mas desgracias y privaciones hay un extremo en el cual todos somos lo mismo (...): EL TRABAJO)) (19). Sobre este eje, ei~anifiesto propone un sindicalismo de base múl- tiple articulado según agrupaciones de oficio y con la resistencia co- mo objetivo fundamental. El funcionamiento de la solidaridad por oficios frente al capital se convierte en el primer instrumento para alcanzar la emancipación que corresponde a la clase trabajadora en cumplimiento de la ley del progreso. El paso siguiente sera la edición de La Solidaridad, a partir del 15 de enero de 1870. En su primer número, el programa redactado por el tipógrafo Anselmo Lorenzo afirmaba la decisión del «pue- blo trabajador)) por inaugurar una era de libertad y clausurar ((el imperio de la autoridad)). Había más de antipoliticismo que de ca- pacidad de ruptura con la cosmovisián propia del federalismo: los internacionales se califican a si mismos acertadamente de ((libera- les igualitarios)) (20). La reacción suscitada en medios republicanos de Madrid por la declaración de independencia internacionalista fue desigual. No faltó (19) ~~Manif ies io de los trabajadores iniernacionales de la secci<)n de Madrid», La Jlrsii- cia Social, nurns. 2 3 , 24 y 25. 14 a 28-1-1870. (20) Lo Solidaridad. n.' 1 . 15-1-1870. quien restó importancia a las opiniones expresadas en el manifiesto de 24 de diciembre. Así, La Igualdad, bajo la dirección de Ramón de Cala, lo reprodujo ampliamente y saludó su rigor expositivo, así como la lucha obrera por mejorar su condición económica. La du- reza de algunas declaraciones era justificada por la de la propia con- dición obrera: «El manifiesto contiene en muchos lugares expresiones de justificada tristeza y amargas y merecidas censuras de la actual situacion económica.)) Pero la etapa de consenso se había cerrado. Incluso republica- nos adscritos a la Alianza, como Francisco Córdova y Lopez, de- bieron comentar con acritud el Manifiesto, según prueba una carta del bukaninista Morago dirigida al redactor de El Huracan (21). En La Jusricia Social, su director, Martín de Olías, expresará re- chazo y sorpresa, incluyendo en esta ultima la inconsciencia mos- trada por la buena acogida que hacia el manifiesto muestra la prensa republicana (22). Pero tardará varias semanas en presentar una al- ternativa teórica. Otro tanto ocurre, en las páginas de La Igualdad con Fernando Garrido. Sólo después de la derrota de la candidatu- ra republicana en la elección de 20 de enero de 1870 escribe un arti- culo -((A las clases trabajadoras. ¿Por qué nos vencen nuestros enemigos?))-, en el cual alude a las víctimas cómplices de sus ver- dugos y exhorta a los trabajadores a asociarse en pro de la «eman- cipación económica, social y política)) (23). Pero rehúye aún entrar en polémica. Tardará meses en hacerlo, y entonces la divisoria en- tre «internacionales» y republicanos madrileños será ya infranquea- ble (24). 4.' volvamos a preguntarnos por las explicaciones de este éxito en la transmisión a España de la práctica aliancista: a) Dejemos de lado las explicaciones centradas exclusivamente al azar de la misión Fanelli y la confusión de documentos (25). b) Es cierto que a ese hecho del predominio de la aliancista co- (21) Debi6 ser la primera replica republicana. El Hiirocán no se ha conservado. Conoce- mos el episodio por la carta de Morago a Córdova, comunicada por el primero a Johann Ph. Becker y fechada el 4 de enero de 1870. (Iniernationaal Insiiiuut voar Sociaale Geschie- denis, Archivo, Arnsterdarn.) (22) Joaquín Mariin de Olías: «Juicio critico del manifiesto de los trabajadores inierna- cionales de la seccion de Madrid». 11. La Justicia Social, n.' 26, 7-11-1870. (23) Fernando Garrido. en Lo Igualdad, 29-1-1870. (24) VCase sobre el icma L. Arranz y A. Elorza, ((El Boletín de las clases trabajadoras: la definici6n bakuninista de la clase obrera madrileila)). Revisla de T~abojo; n.' 5 2 , pbgs. 353-448 - - - . . - . (25) Clara E. Lida: Antecedenres y desarrollo del movimiento obrero espor)ol(1835-1888). Madrid, 1973. págs. 24-25. rresponde una atención singularmente superior a Bakunin por España en relación a Marx y Engels, preocupados por el tema fundamentalmente cuando descubren un bastión bakuninista (26). c) En este punto influye el contraste entre los dos modelos de re- volución. Para Marx y Engels la revolución debía producirse -por lo menos tal será la visión general hasta que las reflexio- nes sobre Irlanda y Rusia hagan la construcción más compleja- en los países europeos avanzados; España pertenecía a la peri- feria (27). En cambio, para Bakunin, el sujeto de la revolución, las masas populares, está tanto más dispuesto a lanzarse a ella cuanto ma- yor es el grado de miseria y explotación. N o es la aristocracia obrera, sino la ((canalla popular)), virgen de toda civilización burguesa, la que guarda mayor proporción de ((instintos revo- lucionarios». El esquema se cerraba favorablemente al existir en España el segundo ingrediente para la preparación insurrec- cional, la forma orgánica de la sociedad secreta, encargada de adoctrinar y guiar al pueblo en su acción salvadora (28). De ahí que sea muy temprana esa atención y el 21 de octubre de 1868 se produce ya el primer llamamiento de los internacionales de Ginebra a sus ((hermanos españoles)) para que batan el hierro mien- tras está caliente y completen en el orden social la labor revolucio- naria iniciada un mes antes: ((Frkres d'Espagne, venez adhérer en masse a notre oeuv- re ... Ne vous laissez pas tromper par les exploités eternels de toutes les révolutions, ni par les généraux, ni par les démocrates bourgeois.. . Rappelez vous surtout que le peu- ple n'obtient jamais que les réformes qu'il arrache, et que jamais, dans aucun pays, les classes dominantes n'ont fait les concessions volontaires.. . Ouvriers, battez le fer pensant qu'il est chaud ... et que votre révolution devienne le signal et le commencement de I'afranchissement de tous les opprimes du monde)) (29). (26) E. J. Hobsbawm, Gl i ospel~ipolifici dello fronsizione del copifal~smo al socialismo, en Slorio del rnorxismo, I . l. Einaudi. Turín. 1978. phgs. 275-276. (27) Recordemos F . Engels. Los bokuninisfos en occidn. 128) «Ecrii conire Marx», en Marx/Bakounine, Sociolisme outoriioire ou liberfoire, 1. 2. París. 1975. pág. 47. (29) J . Guillaume: L'ln~ernofioiiole. Docurnenls el souvernirs. cit. pag. 91. Durante el Sexenio, la constante inestabilidad social y política le parecerá a Bakunin el mejor signo de esa confianza en el papel re- volucionario de España. El hecho es que en 1869-70 prevalece sin reservas la versión alian- cista de la Internacional. Como ha probado J. Maurice en su estu- dio sobre el episodio, incluso la traducción de un texto de Marx, la Inaugural Address que aparece en las páginas de La Federación de Barcelona resulta alterada en puntos esenciales, bakuninizada al borrar el papel de las reformas parciales, cambiar el sentido del juicio sobre las cooperativas y negada la articulación entre acción económica y política del proletariado. Ahora bien, esta misma preferencia sugiere otro componente, a nuestro juicio esencial, y al que ya hicimos referencia: la homolo- gia, las continuidades, entre ideario bakuninista e ideario republi- cano. Ello sin contar con el peso de dos factores coyunturales que, a nuestro juicio, explican la celeridad de la transición: d) El primero, apuntado por Termes, la frustración ante la políti- ca (o mejor el liderazgo) republicano federal, visible tanto en el plano insurreccional (los dos levantamientos fracasados de noviembre del 68 y de octubre del 69) y en el parlamentario (pre- sencia republicana sólo minoritaria y papel simbólico del di- putado obrero) (31). Como los franceses en 1848, los proleta- rios españoles aprendieron muy pronto entre 1868 y 1869 a cons- tatar en la práctica la alteridad de la política burguesa, incluso en su versión reformadora (32). e) El segundo, puesto de relieve por A. Bahamonde: el impacto de la crisis económica y sanitaria, dramática a lo largo de 1869, que hace de la subsistencia el primer problema y recuerda a los trabajadores la escasa atención que su situación real merece a sus mentores republicanos (33). Paralelamente, como ocurrie- ra en el 48 para el fourierismo, en particular, y el socialismo utópico, en general, la crisis de 1866-67 parece evocar un ine- xorable declive de la sociedad «burguesa» y favorece la lógica de inversión que preside la construcción bakuniniana. (30) Jacques Maurice: «Sobre la penetracibn del marxismo en Espana», Esftrdios de His- toria Social, 8-9. 1979. phgs. 65-74. (31) Josep Termes: Anarquismo y sindicalismo en EspaAa. Barcelona. 1972. pdg. 106. (32) Sobrc la conexibn entre los aconiecimientos de 1848 y el antipoliticisrno obrero, vease Alain Faure y Jacques Ranciire, L a parole ouvri6re. 1830-1851. Paris. 1976, pag. 379. (33) A. Bahamonde y J. Toro, Burguesia, especulació~i y cuesrio~i social en el Madrid del siglo x ix , Madrid. 1978. pag. 65. Así llegamos, a modo de sintesis de soporte social y anteceden- tes, a la ideología ((internacionalista)) analizada por M. Ralle. Po- demos suscribir sin reservas las apreciaciones del historiador fran- cés: «El desfase observable en la prensa de la primera Internacio- nal espaRola entre las especulaciones teóricas y abstractas sobre el funcionamiento de la sociedad futura y la simple relación, sin un análisis preciso, de los conflictos reales (las huelgas en particular) sirve de base a la apreciación anterior. Se aborda de este modo la organización de la sociedad futura de acuerdo con los principios de la libertad y de la igualdad absolutas; la aplicación de estos mis- mos principios a la organización -la A.I. de los T.- que permiti- rá alcanzar la citada transformación de la sociedad, lo que recoge en particular la preocupación de borrar toda huella de relaciones autoritarias. En ocasiones, como ocurre en el semanario La Soli- daridad, la presencia de la disertación doctrinal y de la crítica de los defectos morales de la sociedad ((burguesa)) reduce casi al silen- cio a las luchas reales...)) (34). Dicho de otro modo: nos encontramos ante una conjugación de utopía revolucionaria y sentimiento de fragilidad (el papel del atra- so económico reflejado en el ámbito ideológico). Los principales temas de la ideología son, siguiendo a Ralle: 1) La necesidad de un orden ideal, armónico, objetivo de la ac- ción y el rechazo de lo real. 2) La lógica de la inversión al definir el proceso revolucionario. 3) La concepción bakuniniana de la organización como contra- sociedad, el germen del mundo futuro, y 4) La huelga, signo de victoria y amenaza. El doble discurso: del Congreso de Bruselas (M. Pérez Ledesma) a la huelga regla- mentaria (35). El (tmarxismo» del grupo madrileño se reducirá entonces a acep- tar la forma partido y , expresamente, la politica en la medida que la conquista del Estado resulta imprescindible para llegar al objeti- vo citado. Pero, heredero del mismo sistema de limitaciones prac- ticas, el socialismo ((marxista)) madrileño contribuirá a preservar- las (36). De hecho, la llegada natural de la revolución y la critica moral de la sociedad burguesa ocupan el lugar del ((orden natural)). (34) Michel Ralle: «Acción y uiopia en la Primera Iniernacional espaliola>>. EHS. 8-9. pags. 75-88. 0 5 ) M. PCrez Ledesma: ((La Union General de Trabajadores: socialis~no y rerormismon. EHS. 8-9. págs. 21 7-226. (36) M. Ralle: «La Emancipacion y el primer grupo marxisia espahol: rupiuras y perma- nencias». EHS. 8-9 . pags. 93-127. La lógica de la inversión se mantiene y, de hecho, la revolución no será sino el asalto al poder, un día de tantos, cuando el sujeto, la organizacion, haya completado su fortalecimiento interno. El ((par- tido obrero)) vivirá durante décadas al margen de la política real (Ralle lo estudió ya para el periodo de La Emancipación). Y signo del equilibrio para cubrir el desajuste entre ideas y praxis, la huelga reglamentaria se mantiene como clave de la estrategia sindical. 5. Para terminar, la pregunta sobre la base social y los rasgos ideológicos del núcleo ((marxista)) nos lleva a otro terreno: los ras- gos económicos de la capital y la distribución profesional de su po- blación. Madrid de 1870 es una ciudad ya marcada por la capitalidad. Ex- perimenta un fuerte ritmo de crecimiento poblacional, que se tra- duce en un auge de las construcciones especialmente intenso a par- tir de 1870. Cuenta con una notable proporción de habitantes liga- dos para su subsistencia a la burocracia estatal. Y abriga un enjam- bre de actividades comerciales y productivas, pero no gran indus- tria. En suma, como nos describe el Anuario de Madrid de 1868, en Madrid hay abundancia de ((clases trabajadoras)), pero pocos proletarios. Lo que prevalece es un conglomerado de actividades artesanales, de diversos oficios ligados en unos casos a la satisfac- ción de la demanda interna de la ciudad, y en otros -la imprenta, la industria de confección- al mercado nacional. El propio An~ia- rio da una distribución triangular del ((corpus)) de 53.069 ((opera- rios)): casi los dos tercios son artesanos y casi el otro tercio no cua- lificados: ((jornaleros sin oficio especial)). Sólo un 3 por 100 son ((jornaleros de fábricas)). Ello responde a la estructura productiva de la capital: «La forma, el sistema y la organización del trabajo son distintos [respecto a la industria fabril de Barcelona, no- ta A.E.]; pero en el fondo hay en Madrid una gran acti- vidad industrial, si bien su industria, por no ejercerse en grandes establecimientos, ni agrupada al pie de grandes chimeneas, ni con el auxilio de poderosos agentes diná- micos, no presenta a primera vista ese carácter ostensi- blemente fabril que se revela desde luego en otras pobla- ciones que en realidad son menos industriales, aunque se vean coronadas por numerosos penachos de humo. Madrid mantiene infinitos talleres donde no hay máqui- nas, pero en que se produce mucho; se fabrican muchísi- mos muebles; la industria del vestido con todos sus acce- sorios, se extiende por toda la peníncula, como la de Pa- rís sobre toda la Francia; el arte de imprimir supera a to- das las poblaciones por la actividad que suponen sus 130 periódicos y las numerosas ediciones de libros. Las dife- rentes artes de la construcción encuentran aquí en tiem- pos normales una aplicación inmensa, y las de artículos de alimentación bastan quizás por sí solas a constituir un pueblo industrial de primer orden)) (37). En esta descripción aparecen algunos rasgos que han de contar en la historia de las organizaciones obreras. En primer término, la heterogeneidad del agregado profesional, lo que se refleja en la com- posición de los órganos de dirección internacionalistas (tipógrafos, grabadores, sastres, etc.) y en el escaso grado de afiliación, dato recordado por Bahamonde (((Dado el bajo índice de industrializa- ción de Madrid -escribe-, el crecimiento de la Internacional fue limitado. A finales de 1869 existían en la Corte 23 secciones, con 300 afiliados, que contrastaban con los 8.080 afiliados existentes en Barcelona en septiembre del mismo año)).) En este contexto, el sector obrero más significativo va a estar cons- tituido por los tipógrafos. Como es sabido, su papel será central en el desgajamiento de una minoría que, a partir de la ((disidencia marxista)) frente al apoliticismo en 1871-72 hasta la formación del partido obrero siete años más tarde. En cierto sentido, esa especifi- cidad se explica por formar un cuerpo aparte en el magma de las ((clases trabajadoras)) de la época: a) Sus salarios son más altos, segun corresponde a un oficio que inicialmente requiere un grado notable de especialización. b) Sus formas de vida se aproximan, en el vestido y los modos de comportamiento, a las de la pequeña burguesía. c) De ahí surge un distanciamiento respecto a otras categorías obre- ras, de cultura e ingresos inferiores, distancia aun mayor en la medida en que técnicamente el sector se encuentra aislado de cara a una eventual solidaridad en caso de conflicto. d) Existe una vinculación preferente con el mercado nacional y la centralización, dado el papel de cuasi-monopolio que desem- peña Madrid en el ámbito de la producción cultural en las dé- cadas centrales del xix. (37) A~iiiario de Madrid, 1868. pag. 505. Y , las! bur nor leas[, al entrar en la década de 1870 el sector está abocado a un proceso de cambio tecnológico caracterizado por la mecanización en los procedimientos de composición e impresión, con el correspondiente retroceso en el peso de la mano de obra al- tamente especializada. En resumen, una aristocracia obrera a la de- fensiva. En realidad, este ultimo aspecto se encuentra conectado con el primero. Según relatan los autores de la Histoire générale de la presse franqaise, 1865 es un año símbolo para el progreso en la impresión. En 1867, la Exposición de París lleva al triunfo la rotativa Marino- ni, la más cómoda y económica, que puede tirar diez mil ejempla- res por hora y economizar mano de obra. En España las instala por vez primera El Imparcial, que hasta 1870 utiliza máquinas Ilama- das ((imperiales)), que tiran mil quinientos ejemplares por hora, ne- cesitando ocho operarios para dos máquinas. Con la nueva máqui- na, al dividirse los pliegos, se llega a los veinte mil ejemplares con sólo dos marcadores. Un proceso similar tiene lugar en el campo de la composición, progresivamente mecanizada. «A partir de 1865, la máquina comenzó a invadir todos los dominios de la producción)), constatan los autores de la citada Hisroire de la presse. Los tipógrafos son trabajadores especializados, mejor pagados que otros oficios, si bien esa ventaja se encuentra en retroceso ha- cia 1870. El sueldo de 24 reales de los operarios de la Gaceta en 1871 resulta muy inferior a los 36 reales de 1823 en la Imprenta Real (pero entonces había que tener incluso conocimientos de gramática latina), pero es todavía superior a los salarios de los oficios de la construcción (en 1868, 17-18 reales para los oficiales de albañil y carpintero; en torno a ocho para el peón, y el jornal medio del ca- jista era ya sólo de 15 reales). Juan José Morato, con su habitual perspicacia, destaca ese sen- tido diferencial de los tipógrafos surgido antes que nada de un pa- sado privilegiado que encarnaban esos ((tipógrafos viejos que no trocarán jamás el raído chapeo por una gorra nueva, ni las raídas botas por unas alpargatas flamantes, ni se presentarán a las vistas de las gentes sin corbata)). Un tipógrafo nunca permitiría que se le confundiese con un trabajador corriente, y ello es un aspecto nunca borrado de la personalidad de Pablo Iglesias (recordemos su dis- curso en torno a las ((verdades elementales)) en la difusión del mar- (38) A. Baharnonde. er al, op. cit.. pag. 66. (39) Hisroire générule de la presre francuise, PUF. t . 3. pags. 64-83. xismo, o la caracterización de sí mismo como intelectual frente a los líderes anarcosindicalistas de Barcelona en 1916) (40). ((Subjetivamente los tipógrafos eran a la masa obrera lo que hoy son al proletariado las llamadas clases medias, los obreros de levita; lo que aun son, en cierto modo, y con las excepciones debidas, los dependientes de comer- cio y determinadas categorías de ferroviarios, por ejem- plo. Estaba el arte de imprimir en Madrid comenzando a tro- carse de industria gremial en explotación capitalista; se tocaban y se sufrían los males de esta transformación, que claramente no veía nadie en el oficio, que confusa e in- tuitivamente percibían algunos, y a este desconocimiento correspondía el estado de los espíritus. Tal era el criterio de la mayoria, y sobre todo de los ele- mentos más ilustrados de esta mayoria, entre los que se contaban los ((prestigios)) del arte: buenos operarios, re- gentes de ((cartel)), correctores de renombre y hasta algu- nos industriales)) (41). La po.sición de esta aristocracia obrera en pérdida de velocidad ha de analizarse también teniendo en cuenta la centralidad de Ma- drid en el mercado editorial español. Lo que la capital distaba de representar en otros ramos fabriles, lo hacia en el ramo de la im- prenta, con la concentración de las principales casas de edición y, sobre todo, de la edición de prensa periódica. Como escribimos ya hace algunos años al analizar los indicadores cuantitativos sobre la retirada de los periódicos, «la centralización administrativa encuen- tra un correlato estricto en la centralización de la comunicación so- cial y, por tanto, de la difusión ideológica)). Casi el 90 % del fran- queo pagado por los periódicos españoles se centra en Madrid a me- diados del xix exactamente en 1850, un 87,77%, frente al 5,70 % de Barcelona) (42). Luego estas distancias abismales se reducirán, pero ese sentimiento de centralidad de Madrid cuenta, sin duda, al determinar la conciencia de los tipógrafos. Desde esta perspectiva, los trabajadores de la imprenta se encon- (40) L. Arranz: «El guesdismo de Pablo Iglesias en los informes a la Comision de Reior- mas Sociales», Esllrdios de Historio Social, 8-9. phg. 21 l . En Anselmo Lorenzo hay una vi- sión similar; cfr. El proleioriodo milironre. pag. 53. (41) Juan Jod Moraro. Lo cuna de un giganle, 2.' ed.. Madrid. 1984. pág. 43. (42) M. Cabrera el al, Datos para un estudio cuantiiativo de la prensa diaria madrileha (1850-1875)~. en Prenso .Y Sociedad en EspaAo, 1820-1836, Madrid. 1975. pag. 92. traban en una posición privilegiada para asumir un proyecto de or- ganización de alcance nacional anclado en la capital. Su peculiar situación podía llevarles a pensar en la necesidad de una organiza- ción de nivel estatal centralizada. Para ellos sí existía un mercado nacional, a diferencia de otros sectores integrados, asimismo, en el movimiento internacionalista español. Y la distancia respecto a los restantes oficios propiciaba la pretensión de liderazgo, del mis- mo modo que la dinámica profesional y tecnológica del sector cons- tituía el soporte de orientaciones conservadoras. Los planteamientos ideológicos del ~ de las cronicas. al iiempo que desvela comporiamientos que nos han he- cho iraiar y conira5tar de forma minuciosa iodos los iexios. Los resultados de ial conrrasre seran expuesios al hilo del analisis de los miiines. Nuestro objeiivo.es demostrar que ian am- plio acopio de fuentes obedece a razones mas profundas que la mera acumiilacion erudita. (7) La misma iarde del mitin. L(I Epoca y La Iberia cifraban en ochocientos los asisten- les al comienzo del acto. Quinientos vcia El Correo. El Iitiparrial al dia siguienie no especifi- caba número de asisienies. El Libcrol daba la cifra de cuairocienias al comienzo del miiin. No obsianie. esios dos últimos periodicos haciaii su rcseiia copiando. sin citar. amplios pa- rrafoc de El Correo de la vi\pera. lo qiie devalua el caractcr de objetividad de sus criiicas (sobre El Liberal vide nota 24) . Todos los periódicos cicados. a excepción de La Iberia, que no indicaba más daios sobre asisienies. coinciden en dar por lleno el local en el transcurso del miiin. En ciianio a cifras globales de asisiencia. ElSocialis~a las esiimaba en «unas dos mi l per- sonas». calculo que no parece miiy descabellado si tenemos en cuenia que La Epoca, órgano c:iiio\.icia. vio acnrre obreros y curiosos tinas mil quinient;is personas*. No disponemos de iiincuna otra npreciacioii global fiable. Dc\carramos la de ^. La actitud anii socialisia de El Liberal venia de lejos. Ya en la huelga de tipógrafos de 1882 fue uno de los diarios que mas encarnizadamenie luchó contra los tipógrafos huelguis- tas que, precisamente, eran los oradores de los mitines del Felipe: cifr.: Morato, Juan José: La cuna de rrn giganle ... optrs cit. (25) El Ifnparcial. 22-XI-86. p. 1-2; El Correo: 21-XI-86. p. 3; El Restfmetr: 21-XI-86, p. 3. La Epoca, que en el primer miiin habia visto lleno el teatro a mitad del acio, itidicaba que en esia segunda reunión habia habido «la misma concurrencia». La Iberia iarnbien veia «casi ianta conciirrencia como el domingo anieriorn. Gómez Laiorre escribia. sin firmar, en El Socialisra: «si concurrido en extremo esiuvo el primer meerirrg, en el ultimo era imposible de iodo punto hallar un pequeilo espacio vacio en el local, hasta el extremo de que en sus alrededores hubiera muchos centenares de indivi- duos que en vano pretendieron penetrar en él», n.' 38, 26-Xl-86. p. 1-3. Recordemos que los cálculos mas acepiablcs de concurrencia al primer miiin parecían estar enire las mil qui- nientas y dos mil personas. viendo a ocupar la mesa los demás miembros del comité de la agru- pación. A las dos y media Crespo iniciaba el acto explicando su ob- jeto. Se dio la palabra a Iglesias que se centró en ((demostrar con hechos, cómo la república no mejora las condiciones materiales del trabajador, ni menos le emancipa)). Y tampoco garantiza los dere- chos políticos (26). Entró en materia refiriéndose a Francia, Suiza y Estados Unidos. Pasó por último a considerar lo realizado en España por los repu- blicanos: durante la república, la ley Benot no fue puesta en prácti- ca en los seis meses de que dispusieron, si hubieran querido en esos seis meses la hubieran podido imponer. Pero si durante su estancia en el poder los republicanos n o ha- bían hecho prácticamente nada, tampoco fuera de él daban mayo- res pruebas de interés por la clase obrera. Tras la caída de la repú- blica, habian defendido en sus periódicos y programas algunas re- formas, pero nadam as. Desde la restauración aquí, nada habían Iiecho en las Cortes las distintas fracciones republicanas que obtu- vieron representantes. .En el Congreso entonces en vigor, donde te- nían representantes todos los ((partidos burgueses avanzados)), nin- guno había reclamado las reformas de sus programas, ni pedido me- didas para remediar el malestar de las clases trabajadoras. La razón de ser del Partido estribaba en su defensa de la trans- formación de los instrumentos de trabajo en propiedad común o de todos como único medio de resolver los antagonismos sociales. Cosa bien distinta a los planteamientos burgueses de monárquicos y republicanos. Sin embargo, Iglesias no descartaba totalmente la posibilidad de alianzas: «no negaré -afirmaba- que pueda llegar una ocasión en que el interés de nuestro Partido exija que establezcamos con las fracciones republicanas o con alguna de ellas una coalición, una inteligencia; pero eso, que es accidental, no nos impedirá jamás que los consideremos como enemigos de nuestra clase y como defenso- res de la burguesía)). En realidad la hipótesis de esta coyuntural alianza parece haber sido contemplada sólo en el caso de los republicanos federales co- mo indicaba La Iberia. Actitud que, aparte otras consideraciones, (26) El Sociolisro: Meering ... ari. cit. n." 38. Todas las citas del discurso de Iglesias pro- vienen. salvo indicación en contrario. de este ariiculo y del que con el mismo iitulo publicó cl senianario en su n.' 39. 3-XII-86, p. 1-2. estaría, sin duda, basada en la especial honradez que reconocían los socialistas en la figura del líder federal Pi y Margall (27). Terminaba Iglesias la primera parte del mitin resaltando que tam- bién los republicanos les trataban como enemigos, acusándolos al- gunos federales de ser jesuitas y otros como El Progreso de estar vendidos al gobierno (28). Precisamente para responder a las acusciones de este periódico, declaraba abierta la segunda parte del mitin Górnez Crespo. Leyó la carta enviada a El Progreso y la contestación publicada por aquél periódico. Los redactores habían dicho que les era imposible asistir como sabemos, pese a ello, se preguntó varias veces si se hallaban presentes en el teatro, y al no obtener contestación, se volvió a con- ceder la ~ a i a b r a a Inlesias. - Este se centró pronto en rebatir las acusaciones de que no habian atacado a los monárquicos y que habían alabado a Sagasta y a su ministro de Fomento. «Yo sostuve aquí -afirmó Iglesias con energía- que estábamos más lejos de los partidos monárquicos que de los republicanos, pues estos con relación a aquellos representa- ban un progreso en la evolución política; yo indique también el con- cepto que cada uno de los partidos monárquicos merecía al Parti- d o Socialista Obrero, concepto inferior al que le merecen los parti- dos burgueses avanzados. ¿Qué culpa tenemos nosotros de que los periodistas (...) hayan faltado, como es costumbre, a la verdad (...)?)) Cerraba su discurso con alusiones concretas a El Progreso y sus re- dactores. ¿Partido Socialista o agitadores pro monárquicos? Una de las funciones principales de los mítines fue la de presen- tación social del aún embrionario partido. (27) (>. do tres, los mismos de siempre: los compañeros Gómez Crespo, Abascal y el último Iglesias)). Cabe, por tanto, afirmar que por estas fechas era ampliamente aceptada la existencia de un grupo de trabajadores que preconiza- ban una opción política concreta desde hacía años. Sin embargo, la prensa en general era renuente a aceptar que esa opción fuese un partido y, menos aún, el partido socialista. Y en eiio jugaban al menos dos factores. Por un lado, la escasa implantación de agrupaciones socialistas y swgran desconexión (30). Por otro, que el término socialista tenía para amplios sectores sig- nificados diferentes de los defendidos por la agrupación madrileña del P.S.O.E. En otras palabras, el término socialista era bastante equívoco. Uno de sus significados podía e e cuando, por ejemplo, se alegaba «el hecho de ser social si totalidad de los repu- mcontrars istas la cai iartido ofi .. . blicanos federales)), aunque su p cialmente no fuese ((ni individualista ni socialista)). Se entendía, el socialismo en esta acep- ción como la defensa genérica de ((reformas en la propiedad y el trabajo)) para su armonización (3 1). Este es claramente el sentido que subyace en la reseña que La Dis- cusión realizaba sobre la inaguración de un Casino Democrático Po- pular en la calle de Alcalá. El periódico federal, destacaba de en- trada entre los brindis el del señor Adrados que, según él, ((hizo uso de la palabra en nombre del partido socialista obrero)). Sin em- bargo, de las propias declaraciones de Adrados que el mismo pe- riódico trascribía, resultaba que éste era y se consideraba convenci- do republicano, polémicamente distante del P.S.O. Por otra parte, el Órgano federal se identificaba con Adrados ((cuyas ideas veni- mos -decía- con tanto empeño sosteniendo (...)»: la armonía entre el trabajo y el capital para llegar a la emancipación de los trabaja- dores 132). \ , La concepción del socialismo como reformas armonizadoras po- día llegar a emplearse, por otra parte, con muy difuminados con- tornos. «Las masas -decía La República refiriéndose a toda España- son aquí republicanas, es verdad; pero con un sentido, (30) No llegaba a In docena el niimero de agrupaciones del partido entonces consiiiuidas (cilr.: S. Castillo: Lo b~iplonrocion del P.S.O.E. hasrosir I V Congreso (1 886- 1894), en Esrir- rlios de Hisrorio Sociol. n.* 8.9. 1979. p.p. 197-206. (3 1 ) Lo Repiiblico. 10-X-86. (32) Cilr.: La Discusron. suplemenio al n." 2.096. 23-Xl-86. Los mitines del Felipe ser- virán para que Lo Discusioti. en números siguienles. se replaniee la cuestión del P.S.O. co- nio veremos. con una tendencia socialista perfectamente marcada (33))). Lo que hacía aun más el elástico el significado del concepto en las mentes de algunos periodistas. Y no sólo en la del Órgano federal. Esta opi- nión subyacía también en el comportamiento de otros periódicos. Por ejemplo, en el de aquellos que aparen~aron creer que los fines del mitin del 14 de noviembre eran discutir y adoptar acuerdos por todos los trabajadores que se considerasen socialistas. Planteamiento que suponía trastocar por completo el sentido de la convocatoria oficial que la mayoría habían reproducido (34). Cuando el mitin se desarrolle según lo previsto (exposición de las ideas de un parti- d o político concreto), se sentirán defraudados y criticarán por su exclusivismo a los miembros del P.S.O., descubriendo motivacio- nes ocultas en sus planteamientos. El más claro ejemplo en esta línea será El Globo, que escribía «creímos de buena fe que se trataba de tomar un acuerdo fijando las relaciones entre los socialistas y los partidos políticos; creímos que antes del acuerdo habría votación y, antes de ésta, la oportuna discusión y deliberación. Pues nada de eso; el presidente dijo que allí se iba, no a controvertir ideas, sino a exponerlas. Y aun esto de la exposición de ideas estaba limitado, no ya a los obreros, con exclusión de los burgueses, como era justo, sino de entre los obre- ros a los indivudios del comité, lo cual ya no parece tan equitativo. En suma que allí -sentenciaba el diario castelarista- no se iba a resolver nada, sino a hablar por hablar (35))). Ideas en que coinci- día con diarios conservadores, fusionistas o independientes de iz- quierda (36). El que tales críticas se repitiesen tras el siguiente mitin mostraba (33) La Repríblica. 1-IV-86. p. l. (34) El iexto oficial del anuncio era: «El Parrido Socialisro Obrero. Trabajadores. Con objeto de daros a conocer la aspiración y propositos de dicho partido. as¡ como sil actitud respecto a los partidos politicos burgueses. el Comiié madrileño os convoca a una reunion publica. que se celebrari el domingo 15 de noviembre. a las dos de la tarde en el teatro Feli- pe.» Recordemos que este anuncio fue pegado en diversas esquinas de Madrid y que. además. fue recogido en siniesis correcta por varios periódicos como El Resirnwn, El I~~rparcial. o La Epoca. (35) Cifr.: El Globo, suelto en el 14-Xl-86. p. 3 y 15-XI-86, p. 2. (36) El romerisia Diario Español Iiabia aludido aa los puntos de liberalismo que calzan los socialistas de Madrid» como muiiidores de mitines. «No habiendo discusión -comeiiiaba un diario fusionisia- se hace mejor aquello de Juan Palomo.» Por su partc. apostillaba El Liberal: ((No ovendo mas aue a los socialisias oradores. no hav miedo de aue nadie los . ~ convenza de los errores o de la; exageraciones en que estos piidierai iiicurrir.~ ( ~ i f r . : Diarlo Español. 14; Gacela Universal, 16 y El Liberal 15-XI-86). Idezis que, cn general. apuniabaii. como luego veremos, hacia la tesis de los maniobradorcs de la claseobrera. nianiobrados a su vez por el Gobierno. los jesuitas. los conservadores ... cómo las motivaciones reales de los que las emitían, eran otras, pues parecía obvio que el segundo mitin había sido convocado para acla- rar la razón o sinrazón de un ataque y, como tal, se preveía el dere- cho a contender sólo a acusadores y ofendidos. Y si solo estos últi- mos llegaron a expresarse, no fue, sin duda, por ningún afán ex- cluyente, sino por no aceptar los convocados el mantener las acu- saciones estampadas en su periódico. Tenia bastante de sarcástico que El Globo, por ejemplo, catalogase las graves acusaciones de El Progreso respecto a los socialistas, de ((cuatro palabras de u n periódico, las cuales no han sonado bien a sus oídos)). Como venimos viendo, esta línea interpretativa era compartida por diferentes periódicos de forma más o menos general. Pero, qui- zá, el caso de El Globo muestre un especial interés. El diario posibilista conocía de antiguo al P.S.O. y a su semana- rio. Días antes de la publicación del primer número de El Socialis- rn, por ejemplo, El Globo había publicado un extenso editorial ocu- pándose del partido obrero. En él comenzaba por considerar que ((los medios necesarios para alcanzar las aspiraciones)) del P.S.O. eran el programa socialista integro. Partiendo de este equívoco -ignorando las aspiraciones a la toma del poder político y sociali- zación de la propiedad de los medios de producción (37)-, el Ór- gano posibilista, veía a los obreros españoles en las antípodas del rupturismo de la 1 Internacional. Programas como el del P.S.O. -en teoría lo más radical dentro de los postulados obreros- esta- ban a la altura de cualquier ((partido genuinamente liberal)), mo- nárquico o republicano, por lo que, incluso habían dejado de ser la ((extrema izquierda del republicanismo)). No cabía, desde luego, mayor integración. Era lógico pensar que, dando por válido ese su- puesto, el problema social se redujese en nuestro país, a diferencia de otros, a ((prudenciales y justas transacciones)) aplicables por el Gobierno de la Monarquía, o por el propio futuro Estado republi- cano, a quien un destacado correligionario de El Globo, asignaba una función mediadora en tal sentido (38). No cabe duda de que en una interpretación como esta debían ope- rar, al menos, tres tipos de motivos genéricos. Por un lado, la si- ( 3 7 ) W Globo: El espcclro soriolisro, 2-111-86. p. l . ' (38) Desarrollando el lema Lo Repiiblico co~no i~islifuridn per~~io~ienre y proBico. el co- nocido fabricante castelarino Federico Alsina, afirmaba que «en el rata1 secular aniagonis- rno que domina en las relaciones entre el capiial y el irabajo ( . . . )era preciso un mediador, y este es papel que debe desempefiar el Estado» republicano. realizando una einiervención direcia en cuanto se relaciona con la higiene, moral. insirucci6n y seguridad del obrero y lirniiarse al papel de mediador. sin olvidarse de su cari'icr de guardador del orden publico. tuación general de postración en que se hallaban los diversos orga- nismos del movimiento obrero (F.T.R.E., naciente P.S.O.E., T.C.V., etc.) tras la eclosión de los primeros años de la década de los 80. Por otro lado, el análisis del periódico se vería sesgado, por su vinculación a sectores de pequeña burguesía que desearían que la fractura que supuso la experiencia del sexenio no fuese sino un sue- ño y la clase obrera volviese a tipos de subordinación política ante- riores a la 1 República. Por ultimo, es dable pensar que también pesaría en esos razonamientos, la peculiar figura de Castelar y el posibilismo en marcha por un camino de abierto apoyo a la Res- tauración monárquica que venía una vez más a quedar de mani- fiesto por esas fechas en el rechazo de la coalición electoral repu- blicana que acabarán firmando federales y progresistas. No obstante, lo que aquí nos interesa resaltar es que estas con- cepciones sobre la clase obrera subyacen, cuando no se manifies- tan explícitamente, en otras interpretaciones de los mítines obreros de noviembre. ((Estos meetings en España -comentaba por ejem- plo El Día- no producen afortunadamente graves consecuencias, mostrándose los oradores, aún con sus exageraciones, más pacífi- cos que los obreros franceses, y más tanquilo aquí también es el público adicto que asiste a estas expansiones dominicales, pues no hay rotura de cristales, ni sillas por el aire, ni otras libertades que en el extranjero cuestan caras a los empresarios de los locales don- de se resuelven con discursos pesimistas los problemas sociales (39))). Ideas que recogía El Globo una semana más tarde comparando las reuniones obreras españolas con las inglesas y norteamericanas: «la palabra mitin -decía el órgano posibilista- no lleva trazas de aclimatarse en España, o , por lo menos, las reuniones que con este nombre se celebran, no llevan trazas de resultar iguales a los mee- tings ingleses o norteamericanos)). Y esto porque hasta en los Mili- nes se apreciaba en España ese peculiar aburguesamiento de los tra- bajadores. Los preliminares del segundo mitin socialista, por ejem- plo, ((fueron absolutamente iguales a los empleados por nuestros representantes en Cortes, unos burgueses casi todos ellos individua- en las relaciones entre el capital y el irabajo». Cilr. conlereiicias pronunciadas en el Ciicirlo R~~)l,irblicano Hislorico de Barcelona. con el iitulo arriba expresado. los dias 26 de marzo y 19 de abril de 1887, reproducidas en Lo Publicidad, Barcelona 1-IV-87. p. 1 y 11-1\'-87. p. 1-2. (39) El Dio: 14-X1-86. p. 3. listas, cuando abren sus sesiones)), en el sentir del diario castelari- no. Hasta los mismos oradores actuaban como burgueses. Por ejem- plo, Gómez Crespo ((preside con la energía de aquél memorable bur- gués a quien llamaron Rivera)), mientras que «los burgueses allí pre- sentes)), según el mismo periódico, ((aplaudieron el movimiento ora- torio del compañero Matías Gómez, que lo dijo y accionó como lo hubiera dicho y accionado el más corrompido de los burgueses en el más corroído de los parlamentos (40))). Aburguesamiento que era también extensible al sector de públi- co más adicto de los oradores. Algunas de las ((mujeres de obre- ros» que aplaudían desde los palcos y ((llevaban guantes)) le habían hecho exclamar a El Resumen <. Estas evoluciones futuras, para él, Ileva- rían a ((nuevas organizaciones sociales si por ventura lo requiere el porvenir)) (56). Pero El Progreso aprovechaba sus articulas para lanzar una gra- ve acusación: ((en algunos paises -indicaba sin mas puntualizaciones- ha habido gobiernos que han subvencionado a la prensa socialista sólo para lograr que sus exageraciones asusten a las clases conservadoras, manteniéndolas adheridas a la protec- ción con que les brinda la vieja institución monárquica)) (57) . La acusación de momento era indeterminada, pues no se indica- ba ni pais ni fecha. Pocos meses faltaban para que El Progreso avan- zando un nuevo paso, atacase directamente, especificando que el pais era España y los vendidos los socialistas madrileños. Cosa que liará, como hemos visto, a raíz de los mítines de noviembre. (55) 11 clrsliiidar los ~ u i ~ r p o r , titulaba ;i ciiico coliiiiiiias cl diario federal dc Matar6 U h'ireio Idcol. Eii klataro la propaganda socialisia ienia cieno r'siio por esas feclins. (561 U Pro,qrc.ro: El partido obrero. ?O-VI-86. p. I .' 157) El Progreso: 17-VlIl-1886. Los partidos del turno y otras opiniones No era sólo el discurso republicano el que se oponía al del P.S.O. .Aunque con argumentos y por motivos diferentes, tanto conserva- dores como fusionistas, arremetieron de manera violenta contra los socialistas. Desde el campo canovista, por ejemplo, se desataron contra los trabajadores argumentos ya clásicos, como la inferioridad de inte- ligencia que el pensamiento conservador presuponía como parte de la inferioridad natural general de las masas obreras. inferioridad a la que no podía escapar ninguna clase de trabaja- dores. «Eso de suponer que los que tienen un ligero barniz de cul- tiira por razón del oficio que ejercen -sentenciaba La Epoca en clara alusión a los tipógrafos oradores del mitin- pueden erigirse en directores de la opinión y en jueces inapelables de todos los hom- bres y de todos los partidos, nos Iia parecido siempre bufo.)) El so- cialismo aparecia a los ojos de La Epoca como un intento de igua- lar a todos los hombres y poner ((a un mismo nivel los que brillan por su virtud y su inteligencia y los que son simples conductores de la ajena cultura)). En los argumentos de La Epoca se indicaban además, las vías de redención -que no de emancipación- de la clase obrera. Fren- te a la acción colectiva que presuponía el partido socialista, se de- fendía la promoción individual del trabajador a través de la virtud, el trabajo y el estudio que, recompensados con la ayuda de la bur- guesía, lograrían hacerles elevar a la situación de propietarios. Entre la prensa i'usionista encontramos diferentes actitudes. De las ponderadas crónicas de El Correo, por ejemplo, beberán, como hemos indicados varias veces, diversos periódicos de forma literal en más de una ocasión. Pero junto a él no faltarán periódicos fu- sionistas que desaten una gran agresividad contra los socialistas, Ile- gando a alusiones e insultos entre jocosos y soeces (58). Al mismo tiempo, ningún Órgano fusionista protestará, siquiera levemente, (58) \'). publicado por Lo Gurrri~ Uiiiversfll. #iaJin de siglo y Baroja. Madrid, 1974, pág. 168. de la Internacional. El mitin, en forma de controversia pública con los detractores de la Internacional, (controversia que no hubo) se celebró el 22 de octubre, y estuvo presidido por P. Iglesias. Apa- rentemente en calma, lo cierto es que sobre el grupo madrileño se cernía la tormenta. A partir de la Conferencia de Londres (septiembre de 1871) par- te del grupo habia inciado la evolución hacia las tesis marxistas. Evolución propiciada por la correspondencia entre Engels y Fran- cisco Mora, y más tarde por la llegada de Lafargue a Madrid. A principios de 1872 las diferencias entre los miembros de la Federa- ción Madrileña, así como su distinta actitud hacia el Consejo Ge- neral, eran evidentes (13). El 1 de febrero apareció EL CONDE- NADO, de tendencia antipolitica y antiautoritaria, publicado por González Morago para contrarrestar la campaña favorable al Con- sejo General mantenida por LA EMANCIPACION. Poco después se perfilaba la escisión a partir de una carta de los redactores de este periódico a la Asamblea Republicana Federal desautorizada por la Federación de Madrid, que además expulsó a sus autores. El Consejo Federal, a su vez, pretendió anular esta decisión de la Federación Madrileña (14), y se aplazó la resolución del conflic- to hasta el .Congreso de Zaragoza. El Congreso de Zaragoza, 11 de la F.R.E. se celebró en abril de 1872 (15). En el aspecto doctrinal las resoluciones adoptadas no di- firieron de las de Barcelona o Valencia. El nuevo Consejo Federal, formado íntegramente por aliancistas, residiría en Valencia, tras dos años de residencia en Madrid, que no habían incidido demasiado en el número de militantes. Respecto a los de LA EMANCIPACION se acordó dejar sin efecto las expulsiones, aunque no por ello el pro- blema quedó resuelto: en junio, los redactores del periódico volvie- ron a ser expulsados de la Federación madrileña y se constituyeron en la Nueva Federación Madrileña, reconocida inmediatamente por (13) La rivalidad entre F. Mora y GonzAlez Morago habia dejado de ser personal para convertirse en ideológica. Por otro lado, en noviembre de 1870, un grupo de tipógrafos ha- bía creado la Asociación General del Arie de Imprimir. En ella eniraria Iglesias. pero bas- tante más tarde. en mayo de 1873. (14) En la Conferencia de Valencia se habia elegido un nuevo Consejo Federal del que formaban parte varios redactores de LA EMANCIPACION. (15) Las sesiones públicas comenzaron el 8 de abril. pero ya se habían celebrado 10 se- siones clandestinas. Asistieron 38 delegados. más 7 miembros del Consejo Federal. En ese momento habia 50 Federaciones Locales con 187 secciones de oficio y 41 varias. y en consii- iución otras 52 Federaciones Locales con 97 secciones de oficio y 28 secciones varias. Ade- más se recibieron adhesiones individuales de 13 localidades y habia 10 Uniones de Oficio. En total cerca de 20.000 afiliados. Termes Ardevol, J., Anarquismo ... pilg. 163, difiere en parte de estos datos. el Consejo General. Los Congresos de La Haya y Saint-Imier hi- cieron irreversible la escisión. A la vista de las circunstancias el Consejo Federal decidió ade- lantar el 111 Congreso español (16). Este se celebró en Córdoba del 25 de diciembre de 1872 al 3 de enero de 1873 y se decantó en favor de las tesis bakuninistas. El consejo Federal se transformó en Co- misión Federal de Estadística y Correspondencia. Se reforzó el antipoliticismo, y el antisindicalismo hizo su apari- ción (17). La F.R.E. contaba entonces con unos 25.000 afiliados, de los que más de la cuarta parte pertenecían a la Federación Bar- celonesa. Madrid, sin embargo, sólo contaba con 380. En los meses siguientes el número de afiliados siguió creciendo, llegando, según algunos, a los 50.000, aunque nos parece excesivo. Pero tras los sucesos cantonales y los de Alcoy y Barcelona, empe- zó la persecución y la decadencia. Tras el golpe de estado de Pavia, la Internacional fue declarada fuera de la ley. Condenada así a la clandestinidad, celebró en ella el IV de sus Congresos (Madrid, 21-27 de junio de 1874) (18). El Congreso procedió a reformar los Esta- tutos y desaconsejó el empleo de la huelga reivindicativa de mejo- ras laborales, recomendando la vía revolucionaria. Se sustituyeron los Congresos por Conferencias Comarcales secretas y se eligió una nueva Comisión Federal de 5 de miembros, que, en principio, se instaló en Madrid, donde se encontraba alejada de cualquier res- coldo de organización obrera, por lo que al mes siguiente se trasla- dó a Barcelona. Pero la clandestinidad no había hecho sino empezar. El 28 de di- ciembre Martinez Campos se pronunció en Sagunto y proclamó Rey a Alfonso XII. Cánovas llegaba al poder, y con el seis años más de oscuridad. 3. Los primeros años de la Restauración Las primeras Conferencias Comarcales se celebraron en el vera- no de 1875. En ellas se decidió transformar en secreta la organiza- ción y se eligió una Comisión Federal, de amplios poderes, parti- (16) La Federaci6n de Madrid y Valladolid no aprobaron este adelanto. (17) Asistieron 50 delegados que representaban a 46 Federaciones Locales y a 10 Unio. nes de Oficio, pero los efectivos lotales de la F.R.E. eran 236 Fedeaciones Locales (consti- tuidas y en constiiuci6n) con 484 secciones de oficio y 119 varias. (18) Habia entonces 190 Federaciones con 349 secciones (y en consiiiución otras 135 fe- deraciones locales con 183 secciones). Daios de A . Lorenzo El Proletariado ..., pág. 337 que parecen los m8s fiables y son los que más coinciden con Termes. Anarqriismo .... plg. 233 Y con Nettlau, Lo Premiere .... pág. 251. daria de las tesis insurrecionalistas (19). Ambas cosas significaban cambios cualitativos importantes (20). Era hacer de la necesidad vir- tud. En las siguientes Conferencias Comarcales (21) la tendencia vio- lenta y favorable a la insurrección fue incrementándose al tiempo que iba haciéndose más profunda la decadencia de la organización. Decadencia palpable en comarcas como Castilla la Nueva, que en el verano de 1876 sólo contaba con dos Federaciones locales, la de Madrid y la de Chamartín de la Rosa, ambas con tan escaso núme- ro de militantes, que según la Memoria de la Comisión Federal a las Conferencias Comarcales de 1877, la federación madrileña no consistía en otra cosa que en una Sección de oficios varios (22). En 1878, poco antes de las Conferencias Comarcales de ese año, se produjo la ruptura entre los Aliancistas de Madrid y Barcelona; ruptura cuya primera causa según Termes (23) era la enemistad y divergencias entre García Viñas y González Morago, pues mientras el primero defendía el insurreccionalismo, el segundo, sin duda, el hombre más significativo del grupo madrileño en esa época, se pa- saba al terreno más amplio del ilegalismo y se sumaba a la tenden- cia pro-violencia de las secciones de Andalucía Occidental. Kropotkin, que se encontraba de viaje por España, recibió el en- cago de intentar la reconciliación de los dos grupos, aprovechando su estancia de una semana en Madrid; encargo que, sin embargo, rehusó, quizá porque tal como comentara con Max Nettlau, en Bar- celona sí había encontrado un verdadero movimiento obrero, mien- tras que en Madrid parecía que no había otra cosa que algunas per- sonas con proyectos más o menos terroristas, y sus militantes no pensaban más que en actos individuales (24). Enemistada con el grupo barcelonés y contraria además a los am- plios poderes discrecionales que se habían concedido a la Comisión (19) La Comision Federal. de cinco miembros, estaba formada por Francisco Tomás. Rafael Farga Pellicer. Trinidad Soriano. Garcia Viñas y S. Vidal. M. Nettlau. Lo Premie- re .... pág. 268. (20) La Alianza, vuelve a aparecer, convirtikndose en el verdadero motor de la F.R.E.. de cuyo funcionamiento fue responsable al menos hasta 1880. (21) Sobradamente conocidas por el relato de A. Lorenzo, El Prolerariodo, pags. 351 y sr.. y en las que no nos detendremos. (22) Según esta misma Memoria. la F.R.E. contaba entonces con 73 federaciones loca- les, de las cuales 31 estaban en Andalucia y 13 en Cataluria. Barcelona era la federacion lo- cal que mas secciones tenia. En segundo lugar iba la Federaci6n de Sans. A. Lorenzo. El Proleloriodo.. . , phg. 380. (23) Termes Ardevol. «Anarquismo...», pág. 253. (24) Man Nettlau, Lo PrenliPre ..., pág. 308. Federal, Madrid fue la Única federación local que, en las Confe- rencias Comarcales de ese año, apoyó la propuesta de Sabadell de reducir a la Comision Federal a simple mediadora entre las Federa- ciones Locales. Asimismo. en el examen de la conducta de la Co- misión Federal, (aprobada por unanimidad menos Jerez, que se abs- tuvo), Madrid pidió que se explicaran las causas de su inercia (25). En estas críticas, tal vez pueda detectarse una rivalidad entre Ma- drid y Barcelona, pues en el 74 Madrid no planteó problemas de este tipo. En la nueva Comisión Federal, que se renovo totalmente, ni Gar- cía Viñas, ni Lorenzo, ni Farga Pellicer obtuvieron votos suficien- tes para su reelección. Fue a partir de estas fechas, es decir en los dos últimos años de vida clandestina, cuando a los comunicados de tono cada vez más radicalizado y amenazador (26) vinieron a sumarse los primeros he- chos confirmadores del eco que en algunos individuos había tenido esta postura. Esto no quiere decir, desde luego, que las actuaciones violentas respondieron a la acción premeditada de la F.R.E., más interesada en un levantamiento masivo. Respondían en realidad a una acción espontánea de grupos o individuos y a un clima interna- cional de violencia y de preparación del futuro período de exalta- ción de la propaganda por el hecho (27), que tuvo sin duda una al- ta repercusión en nuestro país, y no sólo porque en determinados momentos la casi inexistente F.R.E. mostrara sus simpatías por to- dos aquellos capaces de atentar contra los tiranos. A este clima parecen responder los dos fallidos atentados contra Alfonso XII en Madrid. Tuvo lugar el primero de ellos el 25 de octubre de 1878, cuando Juan Oliva Moncusi, tonelero de Valls de 23 años, recién llegado a Madrid, disparó contra el Rey al pasar éste frente al número 39 de la calle Mayor. Completamente ileso, pues la bala rebotó contra la casa de enfrente sin herir a nadie a pesar del gentío, Alfonso XII continuó su camino, mientras que las mismas tropas que cubrían la carrera prendían al agresor. Se dijo que, al ser interrogado, afir- ( 2 5 ) Anselnio Lorenzo. El Prolerariado .... pág. 407. (26) Mas radicales a medida que la orgaiiizacion se debilitaba y . por tanto. el comunica- do tenia menos posibilidades de incidir en la realidad, aunque. desde luego. los gobiernos y las clases dominantes los uiilizaron como argumento irreiutalbe para reprimir a toda orga- nizacion obrera. (27) Recuerdese que es el momenio en que se producen en diversos paises europeos los mas sonados atentados; atentados que. por otro lado. no estaban coneciados con una accioii propagandistica de los anarquistas en la línea proviolencia sino mas bien con la lucha en pro de la consecucion de reformas deinocraiicas. especialmenie en Rusia. mó estar afiliado a la Internacional, pero no a titulo individual si- no con los de su oficio (28) lo que motivó registros en el Ateneo Tarraconense de la Clase Obrera y detenciones de algunos dirigen- tes de sociedades obreras. Parece también que admiraba a los autores de los atentados contra Guillermo 1, cuyas actuaciones conocía a través de los resúmenes publicados por la prensa sobre las causas incoadas a los autores de tales atentados. Condenado a muerte, fue agarrotado el 4 de enero de 1879. El segundo atentado acaeció meses más tarde, el 30 de diciembre de 1879, cuando a la vuelta de un paseo por el Retiro, cruzando ya la Puerta del Príncipe, un muchacho humildemente vestido dis- paró dos veces, casi a quemarropa, contra Alfonso XII y María Cris- tina, intentando huir acto seguido (29). Detenido a pocos metros del lugar del suceso, el agresor resultó ser Francisco Otero Gonzá- Iez, de 19 años y botellero de oficio. De familia humilde y numero- sa, natural de Guntín (Lugo), se había trasladado a Madrid a los 15 años gracias a la ayuda de un pariente que era portero en el Mi- nisterio de Gracia y Justicia. Carecía de antecedentes políticos y no se descubrió la existencia de inductores ni cómplices (30). Fue eje- cutado a garrote vil el 14 de abril de 1880. Aunque indudablemente estos atentados, los Últimos de antiguo estilo, respondían a una acción individual y no tenian que ver con la casi extinta F.R.E., sirvieron para reavivar la fuerte actitud in- ternacionalista y la represión gubernamental, sacandose nuevamente a relucir la supuesta relación anarquismo-terrorismo, máxime tras algunos sucesos de terror agrario, y la reafirmación por las Confe- rencias Comarcales de 1880 (en las que Madrid no estuvo represen- tado) de la actitud favorable a la actuación violenta y a las represa- lias. Actitud y línea de conducta que no tenían tras sí ningún apoyo real, y que a los pocos meses fueron absolutamente relegadas. Pero antes de pasar a la década de los 80, nos parece necesario dedicar unas palabras a la figura más significativa del núcleo inter- nacionalista madrileño de los años 70, Tomás González Morago (3 l), que además de ser un personaje pintoresco y el más vitalmente li- (28) Segun EL DIARIO ESPAROL (citdo por Antonio Padilla. El Movi~niento onar- qrrisla esparlol, Barcelona. 1976). (29) Fernandez Almagro. Melchor. Hisroria Polirica de la Esparla Contenrporaneo. To- mo 1 (1868-1885), Madrid, 1969. phg. 361. (30) Fernindez Almagro. klelchor, Historio ... pag. 487. (31) Hay una interesanle nola biogriirica en Anselmo Lorenzo. El Proletariado .... pag. 36. También Nettlau traza algunos rasgos biogrlficos, Max Nciilau. Lo Premiere ... En el primer aniversario de su muerte. BANDERA SOCIAL, num. 76 de 3 de septiembre de 1886 le dedicó una necrol6gica. bertado del núcleo de Madrid, fue hombre decisivo en la polémica marxista-bakuninista española. Grabador de oficio, perteneció al grupo fundador de la Internacional. Anteriormente había forma- do parte, como inspector de cátedras, de la Junta directiva del Ca- sino Artístico Matritense. Autor del Manifiesto de la Sección de Ma- drid de 24 de diciembre de 1869, fue elegido miembro del primer Consejo Federal. Ya en el Congreso de Zaragoza se mostró en de- sacuerdo con el grupo de Tomás aunque entonces tal vez fuera el único de esta opinión en Madrid. Editor de EL CONDENADO, fue delegado al Congreso de Verviers, y redactor de EL ORDEN (32). Al comienzo de los 80 fue redactor de REVISTA SOCIAL, e incluso participó en el consejo de redacción, pero sus ideas diferi- rían bastante de las del grupo dirigente (33). El 30 de septiembre de 1883 fue expulsado de la sección de oficios varios de la Federa- ción Madrileña por «su conducta inmoral y perjudicial para la or- ganización)). Al parecer había falsificado billetes con el fin de alle- gar fondos para causas revolucionarias. Murió de cólera en la cár- cel de Granada el 26 de agosto de 1885, absolutamente ignorado por la Federación. 4. La F.T.R.E. En los primeros meses de 188 1 con la llegada al poder de Sagasta y los liberal-fusionistas, los partidarios de una organización públi- ca y legalista, justificados además por la desintegración que para la F.R.E. habían supuestos los últimos años de clandestinidad, tu- vieron la oportunidad de hacer.prevalecer sus opiniones. Instrumento fundamental en la consecución de una nueva organización publica (34) fue la REVISTA SOCIAL, semanario fundado en Madrid el 1 1 de junio de 1881 por Serrano Oteiza. De tono moderado, esta publicación, que se subtitulaba «Eco del proletariado)) y que fue Órgano oficial de la F.T.R.E., defendía la necesidad de una nueva organización obrera, fuerte y centralizada, basada en el respeto a (32) EL ORDEN, hoja clandestina publicada en Madrid de 1875 a 1878 (63 numeros y varios suplementos). No se conoce ninguna colección. (33) BANDERA SOCIAL. 13 y 20 de septiembre de 1885. (34) Dado el corto espacio de que disponemos. no vamos a entrar en el relato de la histo- ria de la F.T.R.E. (que fue lema de nuestra Tesis Docioral) y que puede seguirse a través de la obra de Max Neiilau. Lo Prerniere .... El moderantismo de la F.T.R.E. y del grupo de Serraiio Oieiza ha sido claramenie expuesto por Alvárez Junco, J . . Lo ideologia politico > parece que no hay duda de que los hechos fueron un tanto diferentes. (55) Sesun la informaci6n oral que se me ha faciliiado en el Archivo Hist6rico de la Di- rección General de la Guardia Civil, y que confirma la voluminosa e inexacia obra de Agua- do Sáiichez Historio de la Guardia Civil. 7 tomos. Madrid. 1985. completa represión, que tras unas primeras medidas de urgencia (Cir- cular del Ministerio de Gobernación a los Gobernadores Civiles de 14 de diciembre de 1893) (56) se concretó en las dos leyes de repre- sión del anarquismo (10 de julio de 1894 y 2 de septiembre 1896). La espiral de la violencia se cerraba. Terminando el siglo era fácil descubrir los muchos cambios que durante los últimos treinta años se habían operado en Madrid en muy diversos terrenos, y el esfuerzo industrializador, aunque me- nor que en otras capitales de Europa, había dado lugar a una pri- mera concentración del proletariado. Anarquistas y socialistas, que habían compartido los trabajos para despertar la conciencia obre- ra, cambiaban sus posiciones, y mientras los primeros perdían mi- litantes e influencia, los segundos conseguían un cada vez mayor arraigo en la capital. Como dice Muñoz Florencio, a finales de los años 90, «. .. la in- fluencia anarquista en Madrid es escasísima, se reduce a un puña- d o de intelectuales o de periodistas, y a poco menos...)) (57). Situa- ción frustante sin duda para aquellos que a comienzos de 1870 veían con esperanza el nacimiento del anarquismo madrileño, y que se- guramente dictó las palabras de Manuel Buenacasa: (<... No he co- nocido ningún camarada madrileño que se sienta orgulloso de ha- ber nacido en la metrópoli que albergó a Fanelli y echó los cimien- tos de la poderosa A.I.T. en España [...l. Y es que en Madrid hasta nuestras minorías se hallan faltas de consecuencia. Mucho intelec- tualismo, mucho discurso en los lugares de recreo, mucho defen- der las bellas teorías, muy buena fe, pero la práctica ... iOh,la prác- tica!)) (58). Palabras duras y un tanto injustas, porque pese a no existir apenas organizaciones obreras, el peso político de la capital fue suficiente para atraer a un núcleo pequeño pero constante de anarquistas que influyeron profundamente sobre el conjunto de la organización, mantuvieron publicaciones estables y realizaron so- nados atentados. (56) A.H.N. Archivos de Gobernación, Legajo 2. expediente 17. (57) Nutiez Florencio. R . El Icrrorismo .... pag. 29. (58) Manuel Buenacasa «El movi~nienro obrero espofiol 1886-1926)). Paris, 1966, pag. 179. CAPAS POPULARES Y CONFLICTIVIDAü SOCIAL Antonio Ortega Carnicer Antonio Ortega Carnicer Jornaleros y mendigos en el trienio constitucional Licenciado en Historia D urante los años del Trienio Constitucional Madrid continúa re- cuperándose de los desastres demográficos de la Guerra de la Independencia, cuando el hambre y la enfermedad asolaron la ciu- dad. En esta recuperación confluye tanto el crecimiento vegetativo como la corriente migratoria hacia la capital, una característica se- cular de la historia demográfica de Madrid. Las dos Castillas y tam- bién Levante, Asturias y Galicia enviarán el grueso de esta inmi- gración, que será absorbida mayoritariamente por los barrios del sur de Madrid: Puerta de Toledo, San Francisco, etc. La clasificación profesional de estos inmigrantes apenas presen- ta dudas. Jornaleros, criados y oficiales artesanos, gentes que vie- nen huyendo de la miseria y que esperan encontrar en Madrid que la construcción o la caridad alivien sus penas. La mendicidad, el vagar por las calles o el robo será muchas veces el final de este viaje sin retorno. Y es que eran malos años para encontrar trabajo en Madrid. Una encuesta realizada por el Ayuntamiento en el año 1821 entre los fa- bricantes y talleres de la ciudad, y citada inicialmente por Baha- monde y Toro ( l ) , mostrará claramente una profunda crisis de la producción artesanal, incapaz de reformar sus estructuras produc- tivas. En dicha encuesta, los maestros artesanos presentarán como cau- sas fundamentales de esta quiebra la introducción de productos ex- tranjeros y catalanes, la venta realizada por oficiales al margen del gremio, los altos costos de alquileres y jornales y las cargas imposi- tivas. También señalan factores más coyunturales, como el cambio en la moda o el retraimiento en el consumo de los más adinerados. Pasando de las causas a las consecuencias sociales, éstas son evi- dentes para los llamados ((operarios)), oficiales y aprendices: paro y miseria. Según los mismos datos de esta encuesta, se puede calcu- lar que aproximadamente dos tergios de los trabajadores ocupados en 1800 han perdido su empleo en este año de 1821. Además, a la pregunta de cuántos trabajadores emplean en ese momento abun- dan respuestas tales como, «en verano cuatro y en invierno seis)), ((cinco, varia según despacho)) o M... de ocho hombres o más que tenía anteriormente sólo ha quedado reducido a los tres expresa- dos, y éstos muchas semanas se hallan parados)). Vemos c6m0, aparte de un descenso del número de ocupados, los (1) Bahamonde. A. y Toro. J . : Brrrguesía. esperulac~on y cuesrion social e11 el Madrid del s. xrx, (Madrid. 1978). pág. 7. La encuesta citada en Archivo de la Villa de Madrid. Secretaria (A.V.S.). 2-369-1. que lo están se encuentran sometidos a unas variaciones estaciona- les de la oferta muy considerables. Esta falta de empleo sólo puede reportar miseria, ante la cual só- lo queda el recurso de la mendicidad; o el robo. Dice el latonero Juan de Ancares: ((Este Gremio si no se toma Providencia, con tanto am- bulante, se arruinará enteramente y de consiguiente no se podrá mantener ninguna familia, pues muchos de los oficiales despedidos por falta de Irabajo, andan pidien- do limosna. Esta decadencia de la producción artesanal arroja a la calle a gran número de oficiales, los cuales han de recurrir a la mendicidad pa- ra sobrevivir. ~Proletarización artesanal? El término sugiere la idea de que estos trabajadores son absorbidos por industrias capitalis- tas alternativas, lo que no puede estar más alejado de la realidad. Pauperización tal vez sea el termino más adecuado. Esta pauperización está identificando cada vez más a jornaleros, oficiales y mendigos. Igualmente contribuye a mantener el excedente de mano de obra, algo consustancial a la estructura económica ma- drileña. Las autoridades liberales tratarán de remediar los efectos sociales de estas situación con procedicimientos poco originales. En primer lugar, con una legislación represiva contra los vagos y (tfal- sos» mendigos. Una vez identificado el mendigo «bueno», el pobre «de verdad)), el recurso la constituirán las obras públicas y un in- tento serio de racionalizar la Beneficiencia. En un artículo de M. Rouff en 1909, citado por G . Rudé (2), de- mostraba aquél que la mayoría de las personas afectadas por las leyes represivas sobre la mendicidad y el vagabundeo, en París y durante los dos primeros meses de 1789, eran trabajadores en paro y no mendigos profesionales. El método usado consistió en estu- diar los domicilios y ocupaciones de los encarcelados, y los perio- dos en que habían estado en paro. Nosotros no disponemos de es- tas fuentes policiales, pero la afirmación de M. Rouff parece evi- dente también para el Madrid de 1820. Dice una Real Orden de 17 de octubre de 1820 (3): (2) M. RoulT: «Le personnel des premieres émeutes de 1789 B Paris)), Lo Revoliilion Fran- coise, LXll (1909). págs. 2 13-23 1, en G. .RudC: Proresro popular y revoliicio~~ en el siglo i i ' r r i . (Barcelona, 1978), pág. 88. (3) A.V.S., 2-176-6. «Articulo l. o Los Gefes Políticos, Alcaldes y Ayunta- mientos Constitucionales deben velar muy eficazmente y bajo su responsabilidad acerca de los que no tienen em- pleo, oficio o modo de vivir conocido, los cuales están suspensos por la Constitución de los derechos de ciuda- dano. Arl. 2. Los antes llamados gitanos vagantes, o sin ocu- pación útil; los demás vagos, holgazanes y mal entreteni- dos (...), serán perseguidos y presos, previa la informa- ción sumaria que justifique sus malas cualidades.)) El problema es que la mayoría de los jornaleros no tenían em- pleo ni oficio, y raramente se conocía su modo de vivir, convirtién- dose casi automáticamente en sospechosos y merecedores de cuida- do y observación. Más significativo aún es el bando municipal del día 21 de enero de 1822. Dicen dos de sus artículos (4): «Ar!. 4. O Pasados los ocho días referidos no se permi- tirá vagar por las calles, pararse en ellas, ni en plazas, pla- zuelas ni portales a ninguna persona de ambos sexos, sea de la edad que fuere, pidiendo limosna en alta ni baja voz, ni aún a titulo vergonzante. Art. 5. Contra cualquiera persona que se encuentre in- fringiendo el artículo precedente se tomará por ahora la medida que haya lugar.)) Entre los que se hallan pidiendo limosna, aparte de mendigos pro- fesionales, hay muchos jornaleros emigrantes y oficiales sin traba- jo. Si, además de mendigo, se es forastero, la situación se complica. El mismo bando señalado anteriormente amenaza con que «se res- tituyen a sus pueblos, o se abstengan de pedir limosna todos los po- bres forasteros; porque, de lo contrario y aprehendidos «in fragan- ti», serán tratados como vagos)). Igualmente las ayudas en forma de limosnas o asistencia médica, facilitadas por las Juntas parro- quiales de beneficencia, s610 se proporcionarían si se era vecino re- sidente y de buenas costumbres (...). Por tanto, a través de un discurso legal dirigido contra el vago, el mendigo, el maleante, se genera una práctica represiva contra el mendigo profesional, pero también contra jornaleros y oficiales que (4) A.V.S., 2-176-87. no encuentran trabajo todos los días y que necesitan de la limosna para sobrevivir. Paralelamente a esta política represiva contra vagos y mendigos, las autoridades liberales tratarán de corregir los desajustes sociales provocados por el desempleo crónico de los jornaleros recurriendo a la realización de obras publicas. La medida se va a aplicar con criterios restrictivos, siendo los grandes perjudicados los trabaja- dores inmigrantes. Ya en abril de 1820 el Ayuntamiento constitucional de Madrid decide la construcción de dos caminos en los límites de la ciudad con el fin de «dar trabajo a un crecido número de jornaleros que se halla sin tenerle)) ( 5 ) . El número total de trabajadores ocupados en estas obras oscila- ba en el mejor de los casos, entre 400 y 600, aunque con fuertes reducciones a lo largo del año. La justificación del Ayuntamiento para explicar estas reducciones será la falta de dinero y el hecho de que estos jornales puedan ganarse en otra parte, por ejemlo, cuan- do es época de cosecha. Los jornales que se pagaban eran de 6 reales para los peones, y 4 reales para los aprendices; un salario de subsistencia. La única prueba que tenemos de la no aceptación de estas condiciones por parte de los jornaleros es la exposición hecha al Jefe Político de Ma- drid solicitando un aumento de dos reales diarios, aparte de que- jarse del trato recibido por los sobrestantes (6). Las ausencias al trabajo eran motivo de despido inmediato, Ile- gando la situación hasta e1 extremo que en una ocasión hacen otra exposición varios jornaleros, solicitando que en caso de caer enfer- mos y tener que ser hospitalizados, se les readmitiese en el trabajo. Como contrapartida, digamos que eran frecuentes las advertencias por parte del Ayuntamiento a los sobrestantes para que hiciesen cum- plir el trabajo a los jornaleros, no permitiéndoles ((holgazanear)). Por ultimo señalemos que los trabajadores contratados tenían que ser preferentemente nacidos en Madrid o con varios años de resi- dencia. Esta norma no se aplicaría con todo rigor y daría lugar a varios incidentes. En una ocasión, el Jefe Político expone una que- ja recibida por varios soldados licenciados que habian sido despe- didos de estas obras municipales. Contesta el Ayuntmiento dicien- do que «las causas que han obligado al Ayuntamiento a intentar dichas obras, las cuales fueron siempre con la idea de que fuesen ( 5 ) Libro de Actas del Ayunlainienio de Madrid (L.A.Ay.), 22 de abril de 1820. (6) L.A.Ay.. 3 1 de mayo de 1820. vecinos de Madrid los trabajadores que allí se admitiesen, cualida- des que no concurren en los soldados licenciados que se han despe- dido, los cuales deben restituirse a sus respectivos pueblos, así co- mo otra mucha clase de sujetos que se hallan en esta Capital...)) (7). Esta política se afirmará aún más cuando se plantee la reduc- ción del número de jornaleros contratados. En este caso se encar- gara a uno de los miembros del Ayuntamiento que lleve a cabo esta reducción, de acuerdo a su criterio, aunque ((prefiriendo a los fo- rasteros en la despedida)). Resumiendo, la iniciativa del Ayuntamiento de realizar obras pú- blicas se empleasen jornaleros en paro, no pretende resolver el pro- blema del desempleo crónico de estas capas de la población, sino que es una política simplemente apacigüadora, tendente a evitar un posible conflicto. Ya dijimos anteriormente como una de las características más sig- nificativas de la estructura económica madrileña es la existencia de un excedente de mano de obra. En este contexto tiene lugar la pro- puesta de un tal Luis Murgón Armada, capitán de los Ejércitos Na- cionales, Alcalde del Barrio del Hospicio en 1821 y propietario de varias casas en la calle Mayor. Según cuenta él, decidió invertir 346.000 reales para establecer una maquinaria de cardar e hilar la- na y algodón en el Hospicio madrileño con la finalidad de emplear a trabajadores pobres y evitar así los males que se derivaban de la vagancia y falta de trabajo (8). Su propuesta, hecha el 20 de diciembre de 1820 y desarrollada a lo largo de 43 artículos, es un proyecto claro de sobreexplotación del excedente de mano de obra que vaga por Madrid (9). Su idea básica era crear una Casa que fuese lugar de trabajo y de asilo, dirigida por dos directores, encargado uno de todo lo re- ferente a fábricas e industrias, y el otro de régimen interno. Las personas admitidas serían ((Pobres mendigos, huérfanos y jornaleros sin trabajo de ambos sexos y todas edades)), teniendo especial cuidado en que no se enviase allí a ningún delincuente que fuese a cumplir un castigo. Los ingresos serían educados bajo la idea del carácter regenera- dor del trabajo. Serían adiestrados en el aprendizaje de un oficio y se les pagaría a destajo, con el fin de que aprendieran la máxima de que «el que mas trabaja más gana)). El dinero ganado se le re- (7) L.A.Ay., 17 de mayo de 1820. (8) A.V.S., 2-398-54. (9) A.V.S.. 2-398-54. tendría, formándoseles un fondo particular del que se descontaría el coste del mantenimiento en el Hospicio. Ningún jornalero po- dría abandonar la Casa hasta que no supiese perfectamente un ofi- cio y tuviese ahorrado el dinero suficiente para establecerse por su cuenta. La vida interna se organizaría de acuerdo a rígidos criterios mo- rales. Por supuesto, los distintos sexos estarían separados, e inclu- so los hijos serían dedicados a salas separadas de las de los padres, permitiéndoseles verse juntos sólo en las horas de descanso; igual ocurría con las visitas que pudiese recibir cualquier internado. El trabajo por encima de todo. Como medidas «innovadoras», se permitiría salir a la calle to- dos los días de fiesta por la tarde, con lo cual «se conciliará el desa- hogo y oportuna distracción de todos ellos, y dará mucho vigor a su salud)). Una oportunidad, por otra parte, para que los padres pudiesen reunirse con sus hijos. Ni que decir tiene que no se permi- tía la entrada en las tabernas y «otros sitios donde concurren los viciosos)). Los productos que se elaborasen serían sólo de consumo genera- lizado, es decir, de fácil venta, pudiendo hacerse ésta al por mayor y al por menor. Los intermediarios que interviniesen en la venta, sólo recibirían un tanto por ciento de lo obtenido finalmente. Dice al final de su exposición Luis Murgón: «¿Que resta pues, buelvo a decir, para la ejecucion? po- ner en movimiento los centenares de Telares, oficinas y demas recursos que tiene la Casa de Beneficencia para- dos, y que se hallan en buen estado, ocupar y educar en ella a hombres, Mujeres, Niños y Gentes de todas clases, elegir hombres de providad y acendrado patriotismo que lo efectuen, y hacer que desaparezca de aquella piadosa Casa la arbitrariedad y la ignorancia que la ha goberna- do hasta el presente, y dar principio a este util y necesa- rio Sistema que no solo deve hacer desaparecer la miseria y el ocio que tanto abunda por desgracia, sino que en su lugar veremos a estos centenares de pobres, que en la ac- tualidad son perjudiciales a la Sociedad, comvertidos en individuos de familias honradas y productivas que aumen- tarán considerablemente lo población formando a un mis- mo tiempo la riqueza de este Reyno.)) «Tales son los fines y los sentimientos patrióticos del autor)), di- ce el Capitán Murgón. Las verdaderas finalidades, creo yo, eran las de aprovechar el excedente de mano de obra, buscando obtener una fuerte productividad en unas condiciones de sobreexplotación, condiciones que están enmascaradas bajo un código moral que, apa- rentemente, sólo pretende recuperar al individuo y reintegrarlo en la sociedad. En conjunto, vemos cómo la situación económica, con la crisis artesanal, la emigración de jornaleros, unido todo a la escasa capa- cidad de la ciudad para crear más trabajo, tiende a equiparar a jor- naleros y mendigos, a crear una frágil frontera entre el trabajo oca- sional y la mendicidad. Frente a esta situación, las autoridades li- berales actuarán movidos únicamente por el temor a que esta masa de desocupados pueda intervenir políticamente frustrando así su pro- yecto político. Su respuesta tenderá únicamente a apaciguar el po- sible conflicto fomentando las obras públicas, teñido todo ello con un discurso moralizante sobre las virtudes del trabajo, y practican- do una política represiva contra los vagos, que muchas veces alcan- zará a trabajadores en paro. CAPAS POPULARES Y CONFLICTIVIDAD SOCIAL Juan Antonio Garcia Borrega Juan Antoilio Garcia Borrega LOS hechos violentos y su representación en el Madrid de 1867 Licenciado en Historia. 1 día 17 de julio de 1834 se publicó el siguiente bando en Ma- E d n d : ((Manda la Reina Nuestra Señora Doha Isabel 11, y du- rante su menor edad la Reina Gobernadora, y en su Real nombre la Real Audiencia de Madrid: Que para evitar los graves perjuicios que se siguen de la inobservancia de las repetidas providencias que estan dadas, a fin de que sin la menor dilacion, y con la prontitud que exige la huma- nidad, sean curados los heridos, tanto de mano violenta como de casualidad, se repita por medio del presente Ban- do, y para su debida ejecución, lo prevenido por la nota en la Novísima Recopilación de la ley 6.a del libro 8.", titulo 11, que dice: Y por auto del Consejo de 10 de Agosto de 1766 se mando que los Cirujanos, antes de dar cuenta a las Justicias de los heridos, curen a los que lo estuvie- ren de mano violenta o de casualidad, que les Ilamaren, ó fuesen a su casa ó á otra aplicando los remedios de pri- mera intencion, y despues avisen inmediatamente al que corresponda, bajo la pena de veinte ducados por primera vez, cuarenta por la segunda, con cuatro años de destie- rro, y sesenta por la tercera y mas seis años de presidio.)) Ocho años más tarde el 25 de octubre de 1842 los alcaldes de barrio hacen saber al Ayuntamiento: «Que viendo tan frecuente la necesidad que tienen de con- ducir al Hospital los heridos de mano airada, viendo la imposibilidad que tienen de conducir al Hospital los he- ridos de mano airada, viendo la imposibilidad de poder hacer con aquella comodidad que requiere la humanidad al doliente por la falta de camillas se atreven a suplicar a VS tenga la bondad de hacerlo presente el Excmo. Ayun- tamiento que tantas pruebas esta dando de su filantropia para que se sirva si lo tiene a bien asignar una o más de las que tiene almacenadas para cada distrito, fijándola en un parage céntrico de el que se pueda echar mano de ella cuando la necesidad lo exija, y de este modo tal vez se le puede sacar al herido de las garras de la muerte.)) Seis días después los alcaldes constitucionales responden: «Que en vista de esta reclamación se sirva acordar que de las camillas existentes en el Almacén General de esta M H Villa, construidas con motivo de la invasion del có- lera morbo se destine una en cada distrito de las doce en que se halla dividida esta población, cuya camilla podra ser colocada en la Parroquia mejor situada en el Distrito para atender al urgente servicio de que trata esta comu- nicación; dandose conocimiento de la misma a los Sres. Alcaldes Constitucionales de los juzgados para que en su vista se sirvan adoptar las disposiciones que les sugiera su celo por el mejor servicio publico a fin de asegurar que los facultativos existentes en los mencionados distritos cumplan exactamente con lo prevenido por las leyes y de- más disposiciones vigentes, asistiendo, sin escusa a prac- ticar las primeras curaciones de los heridos segun sean llamados en semejantes casos por las autoridades locales.)) La violencia de la sociedad del pasado choca a nuestras sensibi- lidades modernas. Una mirada antropológica sobre nuestro pasa- do nos revela la importancia de la violencia en la vida social de nuestros ancestros. En los textos precedentes apreciamos, además de esta particular frecuencia de la violencia sobre la que insistiremos ampliamente, su puesta en discurso. Sobre todo en un discurso médico/sanitario que nos revela la naturaleza de la violencia física, objeto de nuestra reflexión. ¿Es la violencia fisica objeto de reflexión histórica? Por- que, aparentemente en su naturalidad la violencia física es un he- cho neutro. Pero en su contexto inmediato esta violencia se inscribe en un conflicto de poder en su definición mas amplia, es decir, una relación social asimétrica. En un contexto más amplio, a su vez, estos conflictos son más o menos tolerados, aprobados o denun- ciados, lícitos o ilícitos en función de unas normas sociales que no son siempre claramente definidas. Interrogarse por esta puesta en contexto lleva a una respuesta so- bre la especificidad histórica del fenómeno. Pero sobre todo es en el discurso judicial y policial, paralelo al discurso médico/sanitario donde están contenidos los testimonios Y la problemática fundamental de la historia de la violencia. Mi propósito en la presente comunicación es presentar los pri- meros resultados sobre el peso de la violencia dentro de la estructu- ra de estadísticas policiales, judiciales y periodísticas establecidas a partir de series homogéneas, documentales y hemerográficas. En concreto sobre el peso de los hechos violentos o mejor de su repre- sentación -excluidos suicidios e infanticidios que requieren un aná- lisis al margen-, en un conjunto de hechos criminales producidos en Madrid en el año de 1867 sobre el que disponemos de una infor- mación más completa. Antes de proseguir en este análisis son inevitables importantes re- flexiones de método, de distinta naturaleza que están entremezcla- das entre sí. Unas provienen de la incorporación de esta problemática en la estructura histórica, en la «duración» y otras del desarrollo, metodológico de la historia de lo penal desde que Louis Chevalier hace treinta años pusiera de relieve la importancia de la misma con su libro sobre clases laboriosas y peligrosas en París a principios del siglo xix. Situar nuestra encuesta del año 1867 en la duración de lo penal o mejor de las mentalidades a través de lo penal remite a un fenó- meno de resistencia del Antiguo Régimen y a una situación de emer- gencia provocada por la revolución burguesa, anunciada por las reformas que la precedieron. Es en esta coyuntura que se produce la gran mutación de lo pe- nal: autonomización y secularización del derecho penal, construc- ción del aparato judicial y policial actual. Paralelamente se produce en el plano social, lo que los historia- dores de lo penal llaman la superación de lo infrajudicial -especialmente interesante para la historia de la violencia-, que consiste en el paso de una sociedad acostumbrada a resolver sola sus tensiones por sí misma, a una sociedad administrada desde arriba que obliga a la población a recurrir cada vez más a la justicia públi- ca. En este mismo marco de emergencia institucional y legal, y de implantación de lo estatal en el cuerpo social, aparece, como lo ha señalado Michel Foucault, la objetivación de lo delictivo. Proceso que marca el paso de una civilización de la costumbre a una civili- zación del Código. En concreto aparece en el Código Penal el deli- to de ((lesiones)), concepto que estaba desdibujado anteriormente, en las representaciones criminales del Antiguo Régimen en la des- cripción de una serie de prácticas ilegales. Desde los primeros estudios históricos cuantitativos sobre fuen- tes policiales y judiciales se ha señalado la necesidad de ser cons- cientes de la distorsión de la estructura obtenida con la realidad -lo que conoce entre los penalistas como la cifra negra- de hablar de criminalidad aparente en estos casos. En la actualidad, tanto entre los historiadores como entre los sociólogos de lo penal, la regla ge- neral es considerar que las estadísticas penales reflejan mucho más la actividad de los servicios que las producen y no las infracciones cometidas. Volviendo a Madrid, la emergencia de instituciones policiales y judiciales hay que buscarla entre las medidas que se tomaron des- pués del motín de Esquilache de marzo de 1766: la creación de los 64 Alcaldes de barrio. Primera institución exclusivamente policial de Madrid que reforzaban a los 12 alcaldes de Casa y Corte exis- tentes, que cumplían al mismo tiempo funciones judiciales y poli- ciales y atendían tanto asuntos civiles como criminales, auxiliados por cuarenta alguaciles y 24 porteros de vara. En 1834 fue extin- guida la Sala de Alcaldes de Casa y Corte y creados los actuales Juzgados de Primera Instancia. En 1867 los efectivos de Policía Urbana de Madrid se compo- nían de 13 inspectores, 13 subinspectores, 56 celadores, 56 oficiales primeros, 69 oficiales segundos y 138 ordenanzas que eleva el nú- mero de sus miembros a 345. Reforzados por el cuerpo especial pa- ra Madrid de la Guardia Civil Veterana compuesto por 1.102 miembros sobre el que tenemos testimonios de que actuaban en Ma- drid en asuntos criminales, al menos esporádicamente. Sin hablar del cuerpo de serenos de comercio que en distintas ocasiones pres- taba servicios policiales, a «groso modo» se puede decir que en 1867 se han triplicado ampliamente los efectivos policiales municipales -al margen de otras policías- desde las primeras reformas de 1766 en un espacio de tiempo en que a duras penas se ha duplicado la población. Tras esta breve e imprescindible mirada sobre la invención de la Policía de Madrid podemos pasar al análisis de los testimonios pro- ducidos por esta institución. Es fundamental insistir en que los datos que vamos a presentar dibujan mucho más la realidad de la puesta en marcha de estas ins- tituciones que la criminalidad real. Así, cuando se habla de Ma- drid, a partir de estadísticas criminales, como el lugar donde se producen más delitos, en realidad lo que reflejan estas cifras es que la actividad represiva sobre las infracciones es mucho mayor. En esta perspectiva de enfocar las distintas distorsiones del he- cho criminal, no se terminan las reservas sobre la utilización de es- tadísticas criminales, en especial las producidas por la Administración de la época, aunque se trate de una época protoes- tadistica o estadística plenamente. El riesgo más importante es no comprender que son distintas las finalidades de los que las produ- jeron que las de los historiadores de nuestros días. Normalmente son objeto de estadísticas los ritmos de los Tribunales Mayores que remiten a diversas realidades geográficas, por ejemplo, las estadís- ticas de las Audiencias. En concreto, la Audiencia de Madrid, no sólo refleja la criminalidad de Madrid, sino la de toda la provincia y la de las provincias adyacentes. Igualmente estas estadísticas es- tán datadas respecto a las fechas de funcionamiento del Tribunal y no reflejan en absoluto las fechas en que se producen los hechos delictivos. Finalmente estas estadísticas, como las de las institucio- nes penales, remiten mucho más al medio delictivo, al hampa, que a los hechos delictivos producidos en la sociedad en general. Al contrario, en el estudio serial que proponemos a partir de ins- tancias menores policiales y judiciales podemos localizar los hechos en su tiempo y espacio precisos. Privilegian las faltas menores res- pecto a graves delitos, que no se reflejan en las estadísticas ya ela- boradas. Así podemos enfocar cuantitativamente de una forma más aproximada los hechos delictivos, comprendidos los violentos, en relación estrecha con sus marcos locales de encuadramiento poli- cial y judicial. Se trata ahora de describir la compleja problemática de compa- ración entre los resultados de las distintas series que presentan dis- tintas estructuras de representación del hecho delictivo, policial, judicial y periodístico, sobre hechos ocurridos en un mismo tiempo y en un mismo lugar. Esta estrategia de investigación para un fenómeno sociocultural de historia regional o local, nos permite interrogar el siguiente ((cor- pus documental)): En primer lugar se conservan en el Archivo Municipal completos los 8.030 partes de los Visitadores de Policía Urbana de día y de noche proporcionados diariamente por los celadores de Policía Ur- bana correspondientes a los 11 distritos policiales de Madrid, du- rante los 365 días del año 1867. Entre los cuales 1.594 se refieren a actuaciones de policía sobre hechos delictivos. Es la serie más im- portante que se pueda encontrar en su género. En el Archivo General de la Administración de Alcalá de Hena- res, Sección de Justicia, entre la documentación de los Juzgados de Primera Instancia de Madrid, en su mayor parte todavía sin ca- talogar, hemos podido consultar el Registro de Causas Pendientes del Juzgado de La Latina. En él están registrados los casos Ileva- dos al Juzgado, correspondientes a lo criminal del año. En este re- gistro están numeradas las causas pendientes hasta la número 284 de 24 de noviembre de 1867. El registro recoge una fecha muy pró- xima a la que se producen los hechos, asi con el número 202 está registrada la causa por lesiones a Ramón Garcia en 15 de agosto, pasada en la noche del 14. De estos 284 hechos registrados, 253 co- rresponden a hechos criminales, las 31 restantes corresponden a ac- cidentes y muertes naturales. Entre los numerosos periódicos que incluyen gacetillas sobre he- chos criminales después de más de dos décadas, hemos consultado los 365 números correspondientes al mismo año que en las anterio- res series por el periódico de mayor difusión de la época, La Co- rrespondencia, que incluye 198 gacetillas relativas a hechos delictivos ocurridos en Madrid. Los resultados obtenidos en la muestra policial son la constata- ción más evidente de lo anunciado sobre la frecuencia de la violen- cia. El conjunto de hechos violentos dentro de los 1.594 partes de policía se eleva a 784, es decir, al 49,18 por 100 de la muestra. Fue- ron arrestados en Madrid en ese año por lesiones 1.616 hombres y 190 mujeres que representa la no desdeñable suma de 1806 indivi- duos de ambos sexos. Dentro de la serie los robos sólo representan el 15,05 por 100. Un análisis más detenido de la muestra sobre la distribución es- pacial de lesiones y robos por distritos -la información es comple- ta en este sentido revela lo arriesgado de sacar conclusiones sobre zonas de mayor o menor criminalidad en relación con la situación social de cada -de lo que por otra parte no disponemos de mucha información-. La primera tentación al analizar por zonas la distribución de de- litos, teniendo en cuenta que los l l distintos distritos policiales tie- nen aproximadamente la misma población -salvo el de la Rivera de Manzanares, que no se trata propiamente de un espacio urbano-, y todos tienen destinados efectivos policiales homogéneos, sería de hacer una descripción de Norte a Sur de distritos más favorecidos a menos favorecidos socialmente, pensando en una situación em- brionaria de lo actual -a pesar de que en cada distrito se enmasca- ran realidades sociales muy diversas-. Sobre una desviaci6n típica entre el porcentaje de robos y lesio- nes del 2,9 por cada distrito, la desviación por cada distrito resulta de la siguiente manera: En los distritos del Norte, el de Palacio tiene el 2,9 favorable al robo; el de Universidad, 5,5 favorable a las lesiones; el de Hospi- cio, 1,4 favorable al robo, y el de Buenavista, 3,7 favorable al ro- bo. En los distritos del Centro: el de Centro, 1,6; el de Audiencia, 4,6, y el de Congreso, 1,l en los tres favorables al robo. En los del Sur: el de Latina, 0,8 favorable al robo; el de Inclusa, 8,5 favora- ble a las lesiones, y en el del Hospital, 3,7 también favorable a las lesiones. En el de la Rivera de Manzanares la desviación es insigni- ficante, 0,3 favorable al robo. Es decir, en términos generales, los distritos del Norte y del Cen- tro tienen una tendencia más favorable al robo y los del Sur a los hechos violentos. En este sentido los extremos se encuentran en el distrito de la Audiencia al Centro y en el distrito de la Inclusa al Sur. Esta tendencia se rompe al Norte en el distrito de la Universi- dad con una fuerte inversión de los términos y en el Sur en el distri- to de La Latina. La conclusión más evidente sobre la superposición de las dos dis- tintas áreas correspondiente a las dos modalidades de delito es el de la coincidencia en un 71 por 100. Lo que refleja un ritmo seme- jante de los servicios policiales en cada distrito. En la serie judicial del Registro de causas pendientes de lo Crimi- nal del Juzgado de la Latina de las 253 causas aludidas las lesiones representan el 39,52 por 100 y los hurtos y robos el 31,22 por 100, un porcentaje más equilibrado que en la serie policial, pero todavía favorable a los hechos violentos. La estructura más alejada de la muestra de la Policía Urbana es la arrojada, por la cuantificación de las gacetillas de La Correspon- dencia. De los 198 gacetillas aludidas 160 corresponden a hechos ocurridos en el mismo año de 1867. Los hechos violentos corres- ponden a un 36,25 por 100, porcentaje superado por los delitos de propiedad que ascienden aquí al 46,87 por 100. La aparición de la crónica de sucesos en el siglo xix se explica por el fenómeno social de la privatización, correlativo a la consti- tución de una sociedad de masas en la que cada vez es más difícil a los individuos de participar de una forma concreta y activa en la vida como en la gestión de la colectividad que conlleva al mismo tiempo el repliegue sobre lo privado, de la reducción del mundo a un espectáculo. Al buscar el significado de las cifras anteriores, dentro de lo co- municacional en lo que el suceso es el signo de la trasgresión de una norma para los lectores. ¿En qué medida se puede decir que para los lectores de las gacetillas de La Correspondencia suponen una trasgresión mayor el robo que el hecho violento, dado que en el mis- mo año en lo policial y judicial sucede lo contrario? La respuesta está en una lectura más detenida de la serie, poniendo de relieve la jerarquización del hecho violento. Si en la serie poli- cial del año hay siete homicidios dentro de la masa de hechos vio- lentos. En la judicial del distrito de la Latina dos. En las gacetillas de La Correspondencia hay cinco, pero en casi todos los hechos vio- lentos hay mención a heridos graves. Si a las 160 gacetillas anteriores añadimos las 38 gacetillas relati- vas a juicios y ajusticiamientos producidos durante este año sobre homicidios cometidos en años anteriores, sobre un total de 198 re- presentan el 19,20 por 100, y son las gacetillas con un texto más largo y las que ocupan más espacio en los periódicos. Pero la clave de la representación del hecho violento esta en el siguiente análisis lexicométrico de la muestra de los partes de Poli- cía Municipal. Estos documentos son extremamente económicos en este aspecto, se trata de documentos mucho menos parlantes que los documentos judiciales de tribunales civiles o eclesiásticos del An- tiguo Régimen, fruto del proceso de objetivación antes aludido. El único calificativo que acompaña a los partes sobre hechos violen- tos es el de escándalo. Está presente en el 87 por 100 de los partes acompañando al sustantivo riña -utilizado actualmente- que des- plaza a los más antiguos de cuestión o quimera e incluso aparece en el 37 por 100 de los casos como sustantivo. La constatación de estas cifras nos revela la puesta en marcha de la moral burguesa. Caracterizada por el pudor ante lo privado, por la repugnancia an- te los excesos y el gusto por la moderación y nos explica los móviles de la represión de la violencia dirigida más a sus manifestaciones mas públicas que a las privadas. Podemos concluir que el hecho violento estaba aún muy extendi- do en la sociedad posrevolucionaria madrileña en la generación si- guiente a la emergencia y puesta en funcionamiento de las instituciones policiales y judiciales actuales, fruto de la revolución burguesa. Que era más reprendido y sobre todo en sus manifesta- ciones externas que castigado y más consentido en sus manifesta- ciones privadas. Para la opinión pública el hecho violento estaba muy censurado en sus manifestaciones extremas y muy consentido en sus formas menores. Interrogando convenientemente un sistema de representaciones, aunque sea el mismo que el de la actualidad, a la luz de la metodo- logía de los historiadores de nuestros días, se puede percibir un pai- saje social diferente. La sociedad madrileña del siglo xrx tiene aspectos que remiten a un fenómeno de resistencias de larga dura- ción acompanado de ciertos aspectos de modernidad. Componen- tes típicos de lo que Francois Furet llama la ((cultura mestiza)) en la civilización europea de la época. Sergio Vallejo Fernández CAPAS POPULARES Y CONFLICTIV J DAD SOCIAL Sergio Vallejo Fernandez Cela Cela Las cigarreras de la Fábrica Nacional de Tabacos de Madrid Licenciado en Historia. L OS principales motivos por I U ~ quc liemos elegiuu ci cb~udio de las cigarreras han sido, por una parte, el interés que ofrecen co- mo grupo específico dentro de las clases populares madrileñas del xix y, por otra parte, el plantearnos algo crucial cuando se hace Historia Social, y que es la pervivencia de conflictos preindustria- les en una sociedad que lentamente va sufriendo un proceso de in- dustrialización, como es el caso del Madrid del xIx. Además, uno de nuestros propósitos es intentar acercarnos a un nuevo tipo de Historia Social, y más concretamente en el terreno de los conflictos sociales, que no se limite a reproducir ciertos es- quemas de un estructuralismo marxista tales como el concepto de consciencia de clase inherente en las formas históricas de la lucha de clases y del conflicto social. Efectivamente, muchas veces se han querido fundir dentro de un mismo significado a la Historia Social con la Historia del Movi- miento Obrero, que, aunque van estrechamente unidas, discurren muchas veces autónomamente. Conviene, por lo tanto, distinguir entre lo que es movimiento obrero y la tipología de los conflictos, que son factores íntimamente ligados. Por lo tanto, nuestra intención es demostrar que en el Madrid del siglo xrx hay un amplio sector dentro de las clases populares en el que todavía perviven bastantes hábitos y mentalidades más propios de una sociedad preindustrial como es el caso de las ciga- rreras de la Fábrica de Tabacos. De aquí que nuestro trabajo no se ocupe ni de una élite ni van- guardia dentro de la clase trabajadora madrileña, como otros estu- dios clásicos de la historiografía marxista. No podemos aplicar a las operarias de la Fábrica de Tabacos los esquemas de una Histo- ria Social basados sólo en la identificación de clase entera con ac- ción sindical, asociación o, incluso, la ideología que presiden a éstas. Hay que partir de la realidad socioeconómica preexistente antes de cualquier proceso de concienciación y de transformaciones de las clases y los grupos sociales. Y nuestra modesta intención es abrir un camino para llegar a ha- cer una Historia Social que refleje las peculiaridades propias de la sociedad madrileña en el xrx, en la que quepan, desde las luchas por la subsistencia, los conflictos políticos, sociales y laborales, hasta las manifestaciones más elementales de su cultura. De alguna manera nuestro trabajo pretende enmarcarse dentro de las formas de hacer Historia de autores como E. P. Thompson o E. J. Hobsbawm y llegar a conocer lo más posible la realidad de . las clases populares madrileñas durante el siglo xrx. Las ciga omo grupo específico dentro de las clases trabajadoras madrileñas Uno de los rasgos más característicos de las cigarreras, como grupo específico dentro de las clases trabajadoras madrileñas en el xrx, es el hecho de que estas manifiesten una gran conflictividad social y laboral a lo largo del siglo. Esto nos obliga a hacer unas conside- raciones sobre la evolución de la Fábrica de Tabacos y de la indus- tria madrileña durante el xix. En efecto, hay que partir de un dato fundamental, y es que la Fábrica de Tabacos representa la mayor concentración de fuerza de trabajo en Madrid durante el siglo. El numero de trabajadores osciló entre unos 3.000 y 5.000. Y esta cifra, considerable para una ciudad como Madrid, nos enlaza con el problema de la industriali- zación de la capital a lo largo de la centuria. Efectivamente, ello representaba una proporción muy elevada si tenemos en cuenta que Madrid no era una ciudad con un proletariado industrial numero- so. Esto no significa, por supuesto, que en Madrid no haya obre- ros industriales. Los hay, pero la industria madrileña no se tipifica en torno a sectores como el textil o el hierro, como caracterizará a Cataluña y al País Vasco. El proceso industrializador madrileño comienza a mediados de siglo y se desarrolla en torno al gran ta- ller, a la industria de la alimentación, al calzado y curtidos, a los materiales de construcción, la tipografía, la fabricación de objetos de consumo de lujo. Y esta industrialización conlleva un proceso de proletarización muy ralentizado, que es un rasgo específico de la evolución social madrileña en el xix y que culminaría una vez ya en la Restauración. La hipótesis principal de la que partimos es la de considerar o no a la Fábrica de Tabacos como industria con características ple- namente capitalistas. Analizando las estructuras de la Fábrica de Tabacos, se Uega a la conclusión de que ésta no es una fábrica moderna, sino una ma- nufactura típica del Antiguo Régimen, con un sistema de produc- ción netamente capitalista. Hay una serie de elementos que conforman esta aseveración: En primer lugar, hay que señalar que la fabricación de tabacos está en manos del Estado, que tiene el monopolio de su compra y venta, dependiendo directamente del Ministerio de Hacienda y con una relación estrecha con el sistema fiscal del Antiguo Régimen. Por otra parte, el nivel técnico es generalmente débil, aunque a lo largo del siglo progresivamente se irá mecanizando. Pero estas cir- cunstancias destacan hasta qué punto la manufactura de tabacos permanecía todavía en los viejos esquemas. Ahora bien, la realidad es que, por otra parte, la Fábrica de Ta- bacos va experimentando ciertos cambios durante el siglo x i ~ . que la diferencian en algunos aspectos de las manufacturas del Antiguo Régimen: Es una gran concentración de mano de obra, lo que la distingue radicalmente de la producción artesanal. Las relaciones de trabajo están basadas en la compra y venta de la fuerza de trabajo, siendo, además, remuneradas las trabajadoras a destajo. La organización del trabajo en la Fábrica tenía las siguientes par- ticularidades: En primer lugar, hay que hablar de las condiciones sociales y de trabajo que imperaban en la Fábrica. Las operarias estaban dividi- das en secciones dirigidas por una maestra, que ejercía una función inspectora, y, a su vez, había grupos de seis mujeres denominados «ranchos», controladas por una capataza en cada mesa. Esta ca- dencia de trabajo refleja las estructuras del régimen de manufactu- ra del Antiguo Régimen. Existía cierto nivel de especialización en- tre las cigarreras, que dependía del taller en donde desarrollaban su labor y de la mayor o menor calidad de las distintas clases de tabaco y de la dificultad en su elaboración. La porción de tabaco en hoja que tomaba la operaria para el tra- bajo diario se llamaba data, con la que se hacían los mazos, con sus cigarros correspondientes (unos 50 mazos de 25 cigarrillos cada uno). En el día de la paga se entregaban los mazos de datas que se habían hecho y se cobraba su parte al peso. Pero, jse pueden establecer los jornales reales de las cigarreras? Las informaciones de Madoz en su Diccionario Geográfico- Estadístico permiten suponer que estaba entre cuatro y ocho rea- les. Antonio Flores, en su artículo «Los españoles vistos por sí mis- mos)), de 1843, habla de 36 cuartos para las obreras y ocho para las maestras. Gustav Doré, en 1862, indica una cifra de cinco o seis reales para cada 100 cajetillas o paquetes. Estas remuneraciones pue- den parecer incluso altas para la época si se comparan con las que percibían otros trabajadores, pero hay que tener en cuenta varios aspectos importantes: El factor de variabilidad en la percepción del jornal que hay en el trabajo a destajo. La compra por parte de las operarias de sus útiles de faena, endeudándose y teniendo que reembolsar sus com- pras con el dinero de la paga. La limpieza de los talleres también corría a cargo de ellas y pagaban a ((escote)) a las barrenderas. Ade- más, como casi todas comían en el establecimiento, tenían que pa- gar también el almuerzo, lo que hacían por ranchos, a las cocine- ras, que fiaban hasta el día del cobro. Por último, hay que mencio- nar que se creó un Asilo anexo al edificio, en 1840, gracias a Ra- món de la Sagra, para los hijos de las operarias, lo que nos revela un cierto paternalismo por parte de la Administración de la Fábrica. Hay otros aspectos que conviene señalar, como es que la gran mayoría de estas trabajadoras se concentraban en las calles próxi- mas a la Fábrica de Tabacos. (En mi Memoria de Licenciatura so- bre un muestre0 de 120 cigarreras obtenido del Registro de Empa- dronamiento Municipal del año 1871, un 79 por 100 de éstas vivían en las calles más cercanas a la Fábrica, y casi un 90 por 100 de ellas residían en el distrito de Inclusa.) El lugar de residencia, evidentemente, se encontraba estrechamente vinculado al alquiler de las viviendas, a los niveles salariales y a la proximidad del lugar de trabajo. Por lo tanto, puede afirmarse que las cigarreras formaban uno de los grupos más definidos entre las clases populares madrileñas que poblaban los barrios al sur de la capital. De las 120 cigarreras, un 58 por 100 habitaban viviendas con al- quileres inferiores a 40 reales, entre las que había un 22 % entre los 20 y 30 reales. Estos eran los alquileres más bajos en el Madrid de la época. Hay otros aspectos interesantes de las cigarreras que nos revelan los empadronamientos, como es el que el 69 % de ellas tenían entre uno y dos hijos; un 24 por 100, tres, y sólo un 6,8 '70, más de tres. ¿Qué significa esto? Sin lugar a dudas, es síntoma de una elevadísi- ma mortalidad infantil, al igual que en las clases trabajadoras ma- drileñas. Y, por Último, cabe destacar unos datos significativos: el 9 % de las operarias eran madre e hija, lo que suponía que había una cierta transmisión de oficio. Pero, además, pone también de mani- fiesto la existencia de mano de obra infantil. Concretamente, el muestre0 da un 10 % de menores de quince años. (Antonio Flores afirmaba en su articulo que la edad de ingreso como aprendiza en la Fábrica era de doce a quince años.) Una vez que hemos analizado de manera muy somera las condi- ciones de trabajo y ciertos aspectos sociales de las cigarreras, hay que volver a un punto crucial en nuestro estudio sobre las cigarre- ras; el problema de la conflictividad de las operarias de la Fábrica de Tabacos en el xix. Aquí es donde caben hacerse una serie de preguntas al respecto: ¿Son las cigarreras parte integrante del creciente proletariado de la capital? ;Puede hablarse de un proceso de «concienciación» de dichas trabajadoras? ¿Hay una relación entre los conflictos prota- gonizados por las cigarreras y el desarrollo del movimiento obrero madrileño? Si se analizan los diversos hechos ocurridos en la Fábrica de Ta- bacos durante el siglo XIX, puede establecerse una tipología de la conflictividad laboral de las cigarreras. Para confeccionar esta tipología se ha utilizado, por una parte, el estudio que hace Claude Morange de la revuelta de cigarreras de 1830, titulado «De manola, a obrera)) publicado en Estudios de His- toria Social, y, por otra, las diversas noticias que nos facilita la pren- sa madrileña de la época, ya que apenas hay otra fuente disponible por haber desaparecido los archivos de la Fábrica de Tabacos. El tiempo transcurrido entre la revuelta de 1830 y la huelga de 1891 permite ofrecer una amplitud suficiente en el trabajo. - En primer lugar, hay que señalar la espontaneidad, la rapi- dez y la violencia de los acontecimientos cuando estalla algún conflicto en la Fábrica de Tabacos. En efecto, desde el motín de 1830 a la huelga de 1891, y pasando por los casos de ludis- mo de 1872 y 1885, se puede observar que siempre hay un in- cidente inicial, que hace el papel de detonador. Aunque la prensa señala algunas veces cierto descontento entre las ope- rarias días antes de los incidentes, lo cierto es que no puede hablarse de una previa organización de éstas ni de ningún ti- po de negociación con la dirección del establecimiento. En 1830 el incidente se produce al momento de ser registradas las ci- garreras. En 1871 y 1885, la sospecha de que van a ser insta- ladas unas nuevas máquinas para picar tabaco y en 1891 la caída de un cristal que hiere a varias operarias provoca unos disturbios que desembocan en huelga. - La violencia es otra de las características más uniformes de los conflictos acaecidos en la Fábrica de Tabacos a lo largo del siglo XIX. Esta violencia siempre desemboca en una inter- vención de las fuerzas del orden, que acaban reprimiendo sin contemplaciones cualquier tipo de manifestación o de desor- den. En 1830, las cigarreras atacan a la guardia de la Fábrica y han de intervenir la Guardia Real y el Cuerpo de Cazado- res, ocupando la Fábrica y los barrios adyacentes para sofo- car la revuelta. En 1872, la fuerza pública ha de pacificar a las cigarreras después de que éstas se lanzan a la destrucción de todas las máquinas de la manufactura. En 1885, al producirse un nue- vo caso de ludismo y ocupar las operarias la Fábrica, han de intervenir dos compañías de la Guardia Civil de a pie y dos de a caballo y doscientos cincuenta guardias de Seguridad para controlar los disturbios y poder dominar a las cigarreras y a las personas que las apoyaban en el exterior, procediéndose a tomar el establecimiento y las calles próximas por la Guar- dia Civil y los Guardias de Seguridad algunos días después. En la huelga de 1891, nuevamente la Guardia Civil a caba- llo y los Guardias de Seguridad han de enfrentarse violenta- mente a las operarias de la Fábrica, que trataban de entrar en manifestación en el Palacio de Bellas Artes (sede provisio- nal de la Fábrica). El Gobierno Civil vuelve a disponer que las fuerzas del orden público se sitúen en los alrededores du- rante los días posteriores al conflicto. Como puede observarse, los enfrentamientos violentos con las fuerzas del orden público, ya sea el Ejército o la Guardia Civil, son algo corriente en cualquier conflicto ocurrido en la Fábrica de Ta- bacos. El hecho de que gran parte de los conflictos acaben en seguida en disturbios violentos revela la absoluta carencia de organización por parte de las operarias de la Fábrica de Tabacos. En los casos de ludismo de 1872 y 1885, y en la huelga de 1891, sólo hay unas tímidas conversaciones entre algunas operarias y el gobernador ci- vil después de que se hayan producido los primeros incidentes. Otra de las características que conforman esta tipología del con- flicto es el punto de mira que canaliza la protesta de las cigarreras. En todas las revueltas que han sido estudiadas, éstas arremeten con- tra todos los empleados en la Fábrica y, en particular, contra el di- rector, el administrador o hasta el propio ministro de Hacienda. En efecto, tanto en la revuelta de 1830 como en las de 1872,1885 y la huelga de 1891, son atacados, sobre todo, los empleados, el director de la Fábrica, los inspectores y el administrador de la com- pañía arrendataria (en la huelga de 1891), mientras que las autori- dades, como el gobernador civil o el ministro de Hacienda, son ob- jeto de menos ataques. Hay que hacer la salvedad de que en 1885 el gobernador civil si hubo de refugiarse con los empleados y otras autoridades en la Escuela de Veterinaria. Sin embargo, parece, se- gún la prensa, que el gobernador civil fue acogido con aplausos en 1891. Es de seaalar que todavía en la huelga de 1891, las cigarreras manifiesten al gobernador civil su intención de elevar sus peticio- nes a la regente. Y, por último, hay que destacar un hecho absolutamente signifi- cativo que caracteriza la tipología del conflicto en las cigarreras, y es la resistencia a cualquier introducción de maquinaria, aunque no todos los conflictos se deban estrictamente a este motivo. En los dos casos de ludismo que hemos estudiado, el de junio de 1872 y el de marzo de 1885, la sola sospecha de las operarias de que seaninstalados aparatos mecánicos que puedan sustituirlas en el trabajo desencadena inmediatamente los incidentes que se tra- ducen en la destrucción de todas las máquinas que encuentran en el establecimiento. Los gritos más corrientes, según la prensa, eran: «¡Mueran las máquinas!)), «iNiñas, arriba; vamos a destrozar las máquinas!)). Un periódico republicano de la época, «El Globo)), nos describe así los destrozos causados por las operarias: ,a irritación de las operarias crecía a medida que aumen- ban los destrozos, siempre buscando a la maldita má- .~ina. Su furia aumentó al llegar al taller de las máquinas de pi- car, donde rompieron algunas de éstas, junto con el mo- tor y varias piezas, y arremetieron contra el maquinista y el ingeniero, Sr. Hebert. Este fue maltratado y herido en la cabeza. En el laboratorio químico, recientemente instalado, ha- bían visto las cigarreras útiles y artefactos que descono- cían. La furia de los destrozos sólo dejó una báscula.)) Además de destrozar las máquinas, es interesante señalar que las cigarreras atacan también a todos los que tienen que ver con ellas. En 1872 es atacado el propietario e inventor de una máquina para picar tabaco, que tiene que salir huyendo. Y en 1885, como se ha visto, es un ingeniero el objeto de las iras de las operarias. Pero, además, es muy curioso observar cómo las cigarreras arre- meten contra los introductores de la máquina al saber que éstos son extranjeros. En 1872, la prensa señala que éstas se soliviantan al creer que el inventor de la máquina era francés (cuando era cata- lán), y en 1885, se extendía el rumor de que un inglés, francés o catalán había visitado los talleres para instalar una máquina de em- boquillar cigarrillos. «El Globo» pone el siguiente grito en boca de una cigarrera cuando la Guardia se llevaba a los detenidos por el motín: ((¡NO los llevan por ladrones, sino porque no quieren que los extranjeros, con sus máquinas, dejen sin comer a un millón de pobres!)) Todo esto nos lleva a plantearnos una serie de consideraciones en cuanto al fenómeno del ludismo y, más concretamente, a este fenómeno y su incidencia en las cigarreras. El historiador inglés E. J . Hobsbawm, en un articulo titulado «Los destructores de máquinas)), afirma que la destrucción de máquinas no era un arma ineficaz contra el naciente industrialismo por parte de los trabajadores. Para Hobsbawm, no se trataba de una hostili- dad hacia las máquinas como tales, sino de una especie de primiti- va forma de lucha obrera, que, evidentemente, no logró detener el progreso técnico. Ahora bien, ¿puede decirse que es comparable el caso de las ci- garreras a las destrucciones de máquinas en la Inglaterra de la re- volución industrial? Ciertamente es difícil establecer una relación. Los luditas del Lancashire utilizaban los ataques a la maquinaria como un medio de presión para obtener de sus patronos concesio- nes salariales o de otro tipo. Respecto a las cigarreras, parece claro que la violencia que les lleva a destruir todos los aparatos mecánicos que encuentran a su paso en la fábrica es más bien propia de una reacción desesperada que de una acción consciente dirigida a obtener una serie de mejo- ras laborales. Aun cuando tampoco se debe despreciar el hecho de que cuando arremetían contra las máquinas pensaban que la intro- ducción de éstas, capaces de hacer miles de cigarrillos en pocas ho- ras, implicaba su sustitución como mano de obra. Puede afirmar- se, sin lugar a dudas, que la destrucción de máquinas es uno de los factores que más claramente tipifican el conflicto en la Fábrica de Tabacos durante el siglo X i x . Cigarreras y otros conflictos sociales en Madrid Si comparamos los conflictos protagonizados por las cigarreras del siglo xix con otros conflictos laborales del mismo período en Madrid, observamos que hay una cierta uniformidad en los prime- ros durante toda la centuria. En efecto, los problemas laborales se registran en la Fábrica de Tabacos, como hemos visto, ya desde la época de Fernando VII, antes de que la clase obrera madrileña, co- mo tal, entrase de una forma homogénea y organizada en las lu- chas sociales hacia finales del siglo. En efecto, si se exceptúan huelgas como la masiva de jornaleros municipales en agosto de 1854, sofocada por la Milicia Nacional, o la tambien de jornaleros contratados por el Ayuntamiento, en di- ciembre de 1868, en protesta por la disminución de un real en el jornal, y que son disueltos enfrente de éste por los Voluntarios de la Libertad, no se encuentran muchas huelgas en donde sea necesa- rio recurrir a las fuerzas del orden para dominar la situación. No se incluyen.aqui, por supuesto, los motines u otros sucesos que no sean la consecuencia de un conflicto especificamente laboral. También hay que decir que las huelgas en las que intervienen los trabajadores de una manera organizada se desarrollan a partir del Sexenio y, sobre todo, en la Restauración. Un ejemplo claro de ello es la huelga de tipógrafos de la Editorial Pérez Dubrill, llevada a cabo por la Asociación del Arte de Imprimir, o las huelgas de obre- ros panaderos de julio de 1895 y octubre de 1897. Pero hay que señalar algo muy importante, que cualquier con- flicto o huelga en la Fábrica de Tabacos que se produce durante este periodo no puede inscribirse dentro de las luchas que la clase trabajadora madrileña lleva a cabo en la Restauración, y que la Ile- vará a organizarse dentro de un partido y de un sindicato de clase. Conclusión En la introducción nos planteábamos el estudio de las cigarreras de la Fábrica de Tabacos como una forma de hacer una nueva His- toria Social de Madrid que buscase analizar los conflictos sociales y laborales como factores indicativos que la pervivencia de estruc- turas preindustriales en la sociedad madrileña. A lo largo de nuestro trabajo hemos hecho hincapié en la mani- fiesta conflictividad de las trabajadoras de la Fábrica de Tabacos, y es a partir de aquí de donde sacamos nuestra hipótesis para defi- nir más exactamente el papel de las cigarreras dentro de la evolu- ción de la sociedad madrileña en el siglo xix y, más específicamen- te, de las clases trabajadoras. Después de haber visto someramente las relaciones de trabajo, las condiciones de vida y los conflictos en la Fábrica de Tabacos habría que hacerse una pregunta clave: ¿Son las cigarreras parte integrante del proletariado industrial madrileño o, por el contra- rio, son todavía los personajes tradicionales de la capital que des- criben los autores costumbristas del xix? En primer lugar hay que decir que Madrid no presenta en el xix, ni siquiera en las últimas décadas, una industria potente y con ma- no de obra concentrada. Esto no significa, en absoluto, que en Ma- drid no haya obreros industriales. Los hay, aunque la industria ma- drileña no se tipifica en torno al sector textil o del hierro, sino a otros, como la fabricación de objetos de consumo de lujo, los cur- tidos o la industria editorial. Además, el lento pero progresivo cre- cimiento industrial que experimenta la ciudad a partir de los años 40 del xix no significa la desaparición de las pequeñas unidades de producción. Coexisten en Madrid los viejos talleres y las nuevas fa- bricas, pero la proletarización artesanal se verifica de forma lenta pero irreversible. Todo esto confiere unos rasgos específicos a la sociedad madrileña y, más concretamente, a la clase trabajadora, conglomerado de artesanos, jornaleros y obreros especializados, ti- pógrafos, curtidos ...) que la diferencian de otros focos industria- les, como el catalán. Y es en este contexto en el que hay que situar a las operarias de la Fábrica de Tabacos, que, como se ha visto más arriba, es la ma- yor concentración obrera del Madrid del xix. Esto implica el que sean consideradas como parte integrante de la clase obrera madri- leña decimonónica. Sin embargo, hay que señalar que estas muje- res presentan unos rasgos bastantes anacrónicos en su modo que actuar, que no se corresponden con el de la clase obrera madrileña de finales de siglo. Las características que se manifiestan en los diversos conflictos muestran en las cigarreras una mentalidad preindustrial más pro- pias del motín del Antiguo Régimen. En efecto, la espontaneidad en la revuelta, la falta de una mínima organización reivindicativa, las relaciones en cierto modo paternales en la Fábrica, el dirigir la protesta hacia las «más altas autoridades)) esperando la misma so- lución paternal. Es significativo el hecho, por ejemplo, de que en 1891 quieran ir al Palacio Real en manifestación para hacer sus pe- ticiones a la regente. Ahora bien, también hay que tener en cuenta la violencia que muestran las cigarreras cuando se sienten amenazadas por la intro- ducción de maquinaria, que aunque no pueda considerarse producto de un posicionamiento de clase ni de una reivindicación organiza- da, implica una fuerte capacidad de lucha y un cierto grado de soli- daridad. Pero, ¿puede afirmarse que las operarias de la Fábrica de Taba- cos evolucionaron a lo largo del xix? Ciertamente que las cigarre- ras conservaron unos caracteres específicos de la sociedad preindus- trial que las diferenciaron de los sectores más concienciados de la clase obrera madrileña a fines de siglo, pero también formaban parte de esa clase trabajadora madrileña que luchaba duramente por la subsistencia en el Madrid decimonónico. Y , además, su combativi- dad ya era algo probervial en ese Madrid si hacemos caso al perso- naje galdosiano de los ((Episodios Nacionales)). ((Vuelve los ojos a otra parte y verás la Fábrica de Taba- cos, que alberga la comunidad de cigarreras, alegría del pueblo y espanto de la autoridad.)) Palabras que reflejan la opinión de los contemporáneos de la épo- ca, de la que nos habla «La Epoca)), con motivo del caso de ludis- mo de 1872: ((Siempre han sido propensas las cigarreras en Madrid, y en todas partes, al alboroto; pero la frecuencia, y aun la gravedad de los que de un tiempo a esta parte se vie- nen sucediendo en Madrid, merece llamar la atención de las autoridades, y aun del Gobierno, para que esta puni- ble costumbre de amotinarse cada ocho días desaparez- ca.» Esto es el reflejo latente de que para la burguesía y las clases me- dias madrileiías, en el último tercio del XIX, las cigarreras de la Fá- brica de Tabacos ya no son las castizas «manolas» de treinta o cua- renta años antes, sino un grupo de alborotadores y levantiscas mu- jeres que habitaban en los barrios populares de la ciudad. En definitiva, a pesar de su mentalidad preindustrial y de su ausen- cia de cualquier tipo de conciencia de clase, las cigarreras pasaron de ser personajes tradicionales y pintorescos de la ciudad, retrata- dos por la literatrua costumbrista, a formar parte de la clase traba- jadora madrileña. APENDICE La prensa madrileña y las cigarreras Es interesante conocer el tratamiento que la prensa madrileña ofre- ce sobre los diversos conflictos ocurridos en la Fábrica de Tabacos, ya que reflejan la opinión de los grupos políticos y de la burguesía madrileña sobre estos hechos. La prensa obrera, como es obvio, reflejará también su opinión. Uno de los principales rasgos que toda la prensa madrileña en general muestra ante los conflictos que hemos analizado es la reti- cencia a tratarlos como un conflicto social, y sí, en cambio, como un problema de orden público. Solamente la prensa obrera del Sexenio, y concretamente «La Emancipación)) (no se ha podido encontrar ningún ejemplar de «El Condenado))), plantean los conflictos de la Fábrica de Tabacos den- tro de la problemática de las luchas obreras del momento. Estas diferencias al tratar los mismos acontecimientos se pueden observar, en primer lugar, en el modo que cada periódico tiene de dar la noticia. Toda la prensa burguesa, por ejemplo, sitúa éstas en un lugar poco destacado en general, mientras que «La Emancipación)) del 15 de junio de 1872 dedica al caso de ludismo ocurrido en la Fábri- ca los días 6 y 7 un comentario en primera página, en la sección ((Sucesos de la Semana)), que funcionaba como una especie de edi- torial. («La Emancipación)) era una publicación de carácter sema- nal.) Hay otra característica también muy significativa, como es el he- cho de que en los casos de ludismo de 1872, 1885 y en la huelga de 1891, todos los periódicos, incluido «La Emancipación)), se re- fieren a los sucesos tratándolos de «motín>). Esto refleja, evidente- mente, cómo la prensa de la burguesía madrileña enfocaba el con- flicto social a partir del último tercio del siglo xix. En el caso de «La Emancipación)) hay que interpretar el empleo de la palabra «motín» como la utilización normal de un vocablo del léxico de la época. Además del tratamiento que da la prensa al hecho del conflicto protagonizado por las cigarreras, hay que ana- lizar otro factor muy importante: e! punto de vista o, dicho con otras palabras, el reflejo ideológico que cada periódico ofrece al opinar sobre estos conflictos y que representan a cada determinado grupo político o social. Si tomamos como ejemplo el caso de ludismo ocurrido en junio de 1872, solamente «La Emancipación)), periódico internacionalis- ta, defiende a las cigarreras de una manera clara. En su editorial, ((La Emancipación)) llama a las trabajadoras a que se asocien para defender sus intereses. Además, se ataca en cierto modo la intro- ducción de máquinas en la manufactura: (c.. Tratábase no sólo de la administración pública, sino de un particular que pensaba con las máquinas hacer for- tuna, y las obreras, viendo sus reclamaciones desatendi- das,.ciegas de desesperación, destruyeron el instrumento de progreso, para ellas instrumento de muerte.» El periódico republicano-federal ((La Igualdad)) comenta los he- chos y alude a que el salario de las operarias sea pagado con más regularidad. El resto de la prensa portavoz de la burguesía madrileña conde- na los hechos. Destaca especialmente, por lo significativo de su vi- sión del conflicto, «Las Novedades)), órgano de los demócratas- progresistas: «Y apaciguando el tumulto volvieron éstas a su trabajo, quedando completamente defraudadas las esperanzas del laborioso industrial, a quien las operarias han arrebata- do en un minuto el fruto de su trabajo honrado. Ahora bien, las novisimas teorías de ciertos internacio- nalista~ dicen que la equidad exige que el obrero se apo- dere de su instrumento de trabajo; pero, jexige la equi- dad que lo destruya y que prive de su legítima propiedad al propietario? Estas operarias de la Fábrica de Tabacos tenían derecho a apoderarse del instrumento de trabajo; y el industrial, jno tenía derecho también a lo mismo? ¿Qué son las ope- rarias si no instrumento de trabajo? O ellas, que se creen con derecho al trabajo, ¿le negarían ese mismo derecho al industrial que a fuerza de constancia y estudio ha lle- gado a una idea feliz que constituye su fortuna? ¿En qué derecho fundan las operarias la idea de que el derecho de mil es superior al de uno solo? ¿Dónde está entonces la igualdad? Después de esto, lamentamos se abuse de las masas indoctas, predicándoles doctrinas y teorías en las que ni creen ni se atreverían a demostrar científicamente.)) Como puede observarse, la opinión de los demócratas-progresistas es claramente favorable al industrial propietario de la máquina, y muy agresiva para con las cigarreras. Además, se puede percibir la ideología de la burguesía progresista acerca de las cuestiones eco- nómicas y sociales. Por otra parte, son interesantes la clara alusión que se hace de la Internacional como instigadora del conflicto. A esto hacia refe- rencia ((La Emancipación)) en su número del 23 de octubre de 187 1, en el que se comentan ataques a la Internacional como instigadora de disturbios. «La Epoca)), órgano de los alfonsinos, también ataca la revuelta exigiendo la intervencidn directa del Gobierno y haciendo también veladas alusiones a la Internacional. La misma tónica de ataques y condenas a los sucesos de 1885 y 1891, por parte de periódicos como «El Imparcial)), «El Liberal)), <(El Globo)) (portavoz de los republicanos de Castelar). Es de des- tacar la muy significativa ausencia de alusiones al conflicto de 1891 de «El Socialista)), señal de que los socialistas madrileños no con- fiaban en la capacidad revolucionaria de las trabajadoras de la Fá- brica de Tabacos. Como colofón, he aquí lo que comentaba el director de «El Im- parcial)) en su columna de ((Los lunes de El Imparcial)), del 18 de enero de 1891: «Ha perdido la cigarrera lo que le daba cierto barniz sim- pático para los pintores de costumbres. En la irrupción de trajes y costrumbres francesas no se salvan ni las cigarreras, que visten ya, poco más o me- nos, como todas las mujeres del pueblo de Madrid.)) CAPAS POPULARES Y CONFLICTIVIDAD SOCIAL Rosa Aparicio Rosa Aparicio El 1. de Mayo madrileño (1890-1906) Licenciada en Historia A raíz de las jornadas de lucha en Chicago por la consecución de las ocho horas de trabajo se producen huelgas, manifesta- ciones, detenciones y sentencias de muerte en 1886. El sindicato nor- temaricano A.F.L. (Federación Americana del Trabajo), en el Con- greso de 1888, decide celebrar todos los primeros de mayo una jor- nada rememorativa por los anarquistas sacrificados y para la ob- tención de la jornada laboral de ocho horas. Se marca como fecha el 1 de mayo de 1890 para hacerlo efectivo en todo el país. De esta forma, la fecha de 1 de mayo como jornada reinvindicativa en fa- vor de la reducción de las horas de trabajo se instauraba entre los trabajadores norteamericanos. En Europa el 11 Congreso Internacional Socialista, celebrado en París en 1889, decide también celebrar un día al año para el logro de las ocho horas de trabajo y de las mejoras laborales. Al Congre- so asiste una representación del partido socialista español. El Con- greso decide solicitar: «Una legislación protectora y efectiva del trabajo es absolutamente necesaria en todos los paises donde impera la producción capitalis- ta; como bases de esta legislación el Congreso reclama: a) Limitación de la jornada de trabajo al máximo de ocho horas para los adultos. b) Prohibición del trabajo a los niños menores de catorce años, y de catorce a dieciocho reduccion de la jornada a seis horas para ambos sexos. C) Supresión del trabajo nocturno, salvo en aquellas ramas de in- dustria que por su naturaleza exige un funcionamiento interrum- pido. d) Prohibición del trabajo a las mujeres en todas las ramas de la industria que afecten muy particularmente al organismo feme- nino. e) Supresión del trabajo nocturno para las mujeres y los obreros menores de dieciocho años. f) Reposo ininterrumpido de treinta y seis horas, por lo menos, semanalmente para todos los trabajadores. g) Prohibición de ciertos géneros de industria y ciertos modos de fabricación perjudiciales para la salud de los trabajadores. h) Supresión del regateo y supresión del pago en especie, así co- mo de las cooperativas patronales. i) Supresión del trabajo a destajo y por subasta. j) Supresión de las agencias de colocación. k) Vigilancia de todos los talleres y establecimientos industriales, comprendiendo la industria doméstica, por inspectores retri- buidos por el Estado y elegidos, al menos la mitad, por los pro- pios trabajadores.)) Se llega al acuerdo de organizar una manifestación ((a fecha fija de manera que en todos los países y en todas las villas a la vez, el mismo día convenido, los trabajadores emplacen a los poderes pú- blicos ante la obligación de reducir legalmente a ocho horas la jor- nada de trabajo y de aplicar las demás resoluciones del Congreso)). Adoptan la fecha del 1 de mayo de 1890, a la vista de que la Fede- ración Americana del Trabajo tiene organizada «una parecida ma- nifestación)). En España, y concretamente en Madrid, socialistas y anarquis- tas deciden solicitar la jornada de ocho horas, pero no se ponen de acuerdo en el día y en los medios. El gobierno, de corte liberal, presidido por Sagasta decide autorizar las manifestaciones y míti- nes que se celebren estos días. La organización de la jornada obrera, sencilla en su inicio, es más compleja con el transcurso del tiempo y está en función de la co- yuntura del año concreto. Hay años en que «El Socialista)) descui- da la preparación de la jornada, ello obedece a que otros temas más candentes o que le preocupen más acaparan las páginas del sema- nario, como son los preparativos de las elecciones o los años de gue- rras coloniales. En general, se sigue este esquema: comienzan con la publicación de un manifiesto o un editorial, en el que recuerdan que la fecha se acerca; a continuación hacen públicas las adhesio- nes de las agrupaciones obreras; la tabla reivindicativa aparece ge- neralmente todos los días desde que comienza la campaña. Asimis- mo, anuncian el número extraordinario que sacarán el 1 . O de Ma- yo, que es una forma indirecta de anunciar la fiesta obrera. La pu- blicación tan detallada y .minuciosa de los preparativos tiene, sobre todo, misión propagandística, de concienciación a todos los lecto- res de la trascendencia del acto y la importancia de la asistencia. Los socialistas españoles, junto con los ingleses, el primer año de celebración de la fiesta obrera, optan porque sea el 4 de mayo, domingo, en vez del 1, día laboral, argumentando que, «dado que en nuestro país las organizaciones obreras son relativamente esca- sas y, por lo mismo, la masa proletaria se halla más diseminada e influida por el dominio patronal, verificar las reuniones o manifes- taciones en día de labor es exponerse a sufrir un fracaso o, por lo menos, quitar a aquéllas gran parte de su importancia)); lo que pre- tenden es ((congregar en todas partes a muchos proletarios, que es, sobre todo, lo que interesa)). En los años sucesivos se celebrará in- variablemente el 1 .O de Mayo. Dos son, al menos, los fines de sus campañas propagandísticas: estimular a los trabajadores para la participación y disuadirlos de que acudan a los actos organizados por los anarquistas. Otro de sus objetivos es combatir el miedo a la asistencia, infundido por los sectores conservadores a través de su prensa y por el Gobierno con las llamadas ((medidas de precaución)). Los socialistas muestran gran interés en aclarar que no se trata de una huelga general «ni por tal se ha entendido jamás)), aunque la prensa burguesa la califique de esta manera. Se trata, insisten, de una manifestación ((imponente, aterradora quizá para la burgue- sía, pero pacífica, completamente pacífica)). Se extienden en acla- rar el sentido pacífico de la manifestación a fin de calmar los áni- mos y apaciguar el miedo, desean que esta jornada sea pacífica, or- denada. El desarrollo de estas jornadas consta de un mitin en los prime- ros años y, posteriormente, de una manifestación, un mitin desde el balcón de la Casa del Pueblo, la entrega de las reivindicaciones al presidente del Gobierno y una merienda campestre. La anima- ción que se respira en estos actos es grande, entonan himnos y can- ciones al trabajo, al 1 . O de Mayo, la ((Internacional)) y la ((Marse- Ilesa)). Los lemas y los vivas son generalmente por la jornada de ocho horas, por la solidaridad y la unión entre los trabajadores, por el 1 . O de Mayo, por la Internacional Socialista, por la libertad y la igualdad. En los mítines se insiste y se aclaran las reivindica- ciones, se critica la política del gobierno, la situación social, econó- mica, . . . Los asistentes responden con aplausos, ovaciones y vivas. Un aparato importante en la fiesta obrera lo constituyen las peti- ciones. En primer lugar, analizaremos la forma externa de la pre- sentación. LA quiénes van dirigidas? Se trata de reclamar a los Po- deres Públicos. Piden, por lo tanto, la intervención del Estado en materia de legislación social. Se proponen presionar a los poderes públicos para modificar la legislación social, para obtener mejoras en las condiciones de vida, para que modifiquen una política deter- minada. La fórmula de dirigirse es la convencional: ((Excmo. Sr.» si las conclusiones son presentadas al presidente de Gobierno, o bien «Se- ñores)) si se dirigen al Consejo de Ministros, como en 1891. A con- tinuación pasan a explicarles por qué se dirigen a ellos, la finalidad y las ventajas de la consecución de las reivindicaciones y concluyen relacionándolas. Estos escritos van firmados por los representan- tes de la Agrupación Socialista y de otras Asociaciones y Agrupa- ciones obreras. La forma de entrega, generalmente, es personal: en Presidencia de Gobierno se entrevista una Comisión con el presidente del Con- sejo de Ministros, mientras, en la calle, esperan los manifestantes. Con respecto a los posibles criterios de elección de las reivindica- ciones se pueden llegar a la siguiente clasificación: a) Constantes: son las acordadas en el 11 Congreso Internacional Socialista. b) Coyunturales: surgen de las circunstancias, preocupaciones, ne- cesidades económicas, sociales, ... del momento. c) Programáticas: son las correspondientes a los acuerdos de los Congresos socialistas españoles y a los programas del partido ante las elecciones. Figura en este apartado, por ejemplo, la pe- tición de la reglamentación del trabajo en las prisiones, acuer- do del Congreso socialista, celebrado en Bilbao en agosto de 1890. Las consignas manifiestan una correlación entre los programas socialistas españoles y las tendencias del socialismo de la 11 Inter- nacional. De la relación tiempo reivindicaciones se llega a las siguientes con- clusiones: l." Desde 1890 a 1906 se reivindica mayormente la legislación protectora del trabajo. Concretamente la acordada en el aludido Congreso Internacional. 2.a En 1905-1906 se interesan por las reivindicaciones relacio- nadas con el salario, el coste de vida y el paro. Son las siguientes: abaramiento de las subsistencias, modificación del Arancel de 1906 y obras para los parados. La petición ((legislación protectora del trabajo)) engloba bastan- tes peticiones relacionadas con la legislación socjal, motivo éste pa- ra profundizar en la solicitud, que figura en las conclusiones desde 1890 hasta 1919, en que se legisla la jornada máxima de trabajo de ocho horas. Su falta de aplicación en la práctica conduce a que en los años posteriores se reivindique el cumplimiento de la legislación social. Reclamar legislación protectora del trabajo es pedir refor- mas, es reflejo del reformismo, de las tesis reformistas de Bernstein en el socialismo español. La relación de peticiones que engloban esta solicitud nos muestra la situación del trabajador en el siglo xix y primeras décadas del siglo xx. «La jornada de las ocho horas de trabajo)) se reclama, igualmente, todos los años hasta 1919, insistiendo en ella particular y especial- mente. Esta reivindicación sirve de lema, consigna, de tema y de titulo para los editoriales, artículos ... Se estudian las consecuencias de su posible aplicación por los diversos sectores de la sociedad. Debemos tener en cuenta que, al pedir el acortamiento de la jorna- da, los trabajadores reivindican un mayor tiempo de ocio, descan- so, y que el llevar a cabo esta petición tienen unas consecuencias económicas, pero no es esencialmente de índole económico esta exi- gencia, sino cultural, vital. Es precisamente por las consecuencias económicas por las que los empresarios se niegan a su legislación y su posterior puesta en práctica. Haciendo una breve historia sobre la jornada de trabajo, remon- tándonos al Sexenio Democrático, nos encontramos con unas jor- nadas laborales que varían segun las zonas, oficios y empresas. Ge- neralmente son jornadas de once horas en adelante. En el decenio 1876-86 continua la desigualdad, con tendencia a disminuir la jor- nada. Hasta 1900 no se experimentan grandes cambios con relación a los decenios precedentes, son jornadas de diez horas (mineros, ladrilleros, costureras), de once horas (albañiles y sombrereros), de diez y once horas para los tipógrafos y de doce horas en la rama textil algodonera. Desde 1900 a 1910 sigue siendo muy variable, segun los oficios, nos encontramos con oficios que ya han conseguido las ocho ho- ras, los canteros de Madrid, los albañiles y ebanistas de Valencia. Con 8,30 horas los estuquistas y albañiles de Madrid. Hasta llegar a oficios de 12 y 14 horas: panaderos y cocheros. Según Tuñon de Lara, el acortamiento de la jornada de trabajo está (ten función de la correlación de fuerzas obreros-patronos, ofer- ta y demanda de trabajo,huelgas ganadas o perdidas, rasgos parti- culares de la provincia etc.)) La petición del ((abaratamiento de las subsistencias» en 1905-1906 surge como consecuencia de la crisis de producción por la subida del precio de los alimentos y no de los salarios. «Obras para los parados)), petición simultánea a la anterior. Pi- den que el Ayuntamiento realice obras, tengamos en cuenta que Ma- drid es un centro receptor de emigrantes provincianos en busca de ocupación. Las dilatadas jornadas de trabajo, el encarecimiento de los pre- cios y el aumento del desempleo son tres cuestiones que provocan un alto grado de conflictividad en este período. «Que se modifiquen aquellas partidas del nuevo Arancel afecto a los artículos de primera necesidad, en el sentido de reducción del precio de las mismas)). Se refieren al Arancel proteccionista de 1906, y esta petición data del mismo año. Esta medida entra a formar parte de la política económica de orientación proteccionista iniciada a co- mienzos de siglo. Al subir los aranceles a las importaciones suben los costes de los bienes de consumo y se encaren los precios, esta medida afecta directamente a los que tienen menos poder adquisi- tivo, a 10s obreros, y solicitan que bajen los precios y que el Go- bierno modifique el Arancel. La lucha por la consecución de la ((Armonía de las leyes Munici- pal y Provincial con la ley de sufragio, a fin de que desaparezca el absurdo de que quienes pueden ser representantes de la nación -los obreros mayores de veinticinco años- carezcan de derecho para representar la Provincia y el Municipio)). Estiman que al igual que se reconoce a todos la capacidad de ser legisladores, se les re- conozca también la de ser administradores, miembros de la admi- nistración municipal y provincial. Entra a formar parte esta reivin- dicación de la labor del partido socialista por la consecución del sufragio universal pasivo, de la lucha contra el caciquismo local y provincial, por la democratización de la sociedad. Su consecución traería parejamente al partido el poder presentar sus candidaturas en provincias y municipios y la extensión de su radio de acción en el terreno político. En 1898 la reivindicación alusiva a la guerra colonial que vive el país es esta literalmente: «El servicio militar obligatorio necesa- rio siempre para que la clase dominante contenga sus bélicos arran- ques, y legal y justísimo hoy que España se halla en lucha con otro país.» Esta postura del partido socialista con respecto al tema del ejército viene fijada en el.programa del partido desde 1879, uno de cuyos puntos propone: «El servicio de las armas obligatorio y uni- versal y milicia popular.)) Universal y obligatorio, para que nadie pueda quedar redimido del servicio militar mediante la entrega en metálico de una cantidad de dinero. Piden igualdad social ante la participación en la guerra. Las primeras insurrecciones cubanas co- mienzan en 1895, la intervención de los Estados Unidos en Cuba en 1898, y en este año la postura del socialismo español con respec- to a la guerra de España con Estados Unidos en Cuba, es de llegar a la independencia si fuese necesario, como ultimo recurso, con tal de que la guerra termine. Inicia su política antibelicista y se opone a la guerra en 1898, pide abiertamente la independencia cubana. En la manifestación del 1 . O de Mayo de 1898, la nota que domi- na todos los mitines es la condena a la ((avaricia del capitalismo ame- ricano y de la gran estupidez de la clase dirigente española, así co- mo la benevolencia y fraternidad hacia los proletarios americanos)). «El Socialista)) afirma que las insurrecciones de Cuba y Filipinas fueron provocadas «por la mala política de la burguesía española y por la vergonzosa avaricia de algunos privilegiados)), reconocien- do implícitamente que una buena administración del territorio ul- tramarino podría haber evitado el conflicto, obviando, por lo tan- to, el problema colonial. Según Carlos Serrano, a pesar de que la guerra con los yanquis está perdida, ((no parece haber renunciado, con todo, el PSOE a un vago ensueño colonial)). La vigilancia, el control y la represión están presentes en el 1." de Mayo. Asociaciones obreras y poderes públicos preparan este día, aquéllas, la celebración, y éstos, el control de los actos. El tema de la jornada del 1 .O de Mayo es tratado en el Consejo de Ministros el 28 de abril, en el que se acuerda que se auxilien las autoridades civiles y militares, se tomen las medidas de precaución necesarias y se ((reprima con energía cualquier trasgresión de las le- yes)). El gobernador civil, Alberto Aguilera, publica un bando, en el que expone minuciosamente la ley del derecho a manifestarse, pero redactado de manera que resulta intimidatorio y amenazador para los posibles participantes. En 1890 todas las fuerzas de control están alertas: Guardia Civil, agentes de vigilancia, el ejército, guardias de seguridad ... Los te- nientes alcaldes de Madrid se reúnen para delimitar su esfera de ac- ción y control. Las tropas son acuarteladas. Para el 4 de mayo en algunos puntos se doblan las parejas de guardias de seguridad. El año siguiente y sucesivos, a la vista de las pacíficas manifesta- ciones, los controles disminuyen. A pesar de ello, la prensa no deja de quejarse por la abusiva ostentación de fuerzas llamadas de ((se- guridad)) presentes en las marchas y mítines. A los mítines todos los años asiste un delegado del gobernador civil. La postura y valoración que la prensa hace sobre las medidas de control es muy diversa. «El Siglo Futuro)) publica detallada y pro- lijamente cualquier medida encaminada a mantener el orden, a fin de tranquilizar a los temerosos, a la burguesia. «El País» estima que es exagerado el alarde de fuerzas que el Gobierno ha hecho. Para «El Liberal)), todas las precauciones son necesarias. Según «El Socialista)), «las autoridades se apercibían contra peligros imagi- narios)). ((La Epoca)) opina que son ((lógicas y naturales)) las pre- cauciones tomadas para reprimir cualquier desorden que se pueda producir. Referente a la respuesta de los madrileños a estas convocatorias, podemos decir que tras unos primeros años de gran participación, hasta 20.000 en 1890, pasa por otros de estancamiento, cientos en 1897 y 1898, para lentamente afirmarse el 1 .O de Mayo, al igual que los afiliados al partido socialista, hasta llegar a 50.000 en 1912. Profesionalmente son trabajadores manuales en su mayor parte, la incorporación de los intelectuales es más tardía, datada en 1912: tipógrafos, carpinteros, zapateros, albañiles, dependientes en ge- neral, canteros, electricistas, fontaneros. Los centros de trabajo son pequeñas empresas, fábricas, talleres, comercio, otros trabajan di- rectamente al servicio de una persona. Los anarquistas tienen un papel activo en las jornadas del 1 .O de Mayo. Por primera vez no asisten al Congreso de la Internacional Socialista; no obstante, son partidarios de apoyar la huelga general el I . O de Mayo en pro de la jornada de ocho horas, símbolo de gue- rra abierta entre la burguesía (republicana, además, en este caso) y el proletariado, como afirma Alvarez Junco. Los anarquistas celebran también este día para protestar contra las actuales instituciones, con huelga como paso previo a la revolu- ción. No comparten y critican con dureza la forma de conmemorar el 1 .O de Mayo socialista, de presentar las peticiones al Gobierno, porque no conciben que mediante manifestaciones se logren los ob- jetivos y porque son los patronos y no con el Gobierno con quienes tienen que negociar. Son partidarios de ponerse en huelga hasta con- seguirlas. Recriminan el que los socialistas hayan dado un carácter festivo al 1 .O de Mayo, que este día se convierta en la ((fiesta obrera)) co- mo figura en primera página en ((El Socialista)) en repetidas oca- siones, perdiendo de esta forma el carácter inicial de jornada de lu- cha, satisfaciendo así al Gobierno y a los sectores burgueses y con- servadores. Segun los anarquistas, los socialistas habían converti- do al 1.' de Mayo en un acto ((desprovisto de peligro para la bur- guesía)), motivo por el cual este día entró en una fase de decadencia. Para Núñez Florencio, el enfoque legalista que le dieron los socia- listas a las manifestaciones del l .' de Mayo hizo que descendieran los niveles de lucha y combatividad en torno a esta fecha. Los anarquistas celebran el 1 .O de Mayo mediante la huelga y un mitin. En los discursos se quejan de la pésima situación en la que se encuentran los trabajadores, critican a la sociedad burguesa y al Gobierno, explican el porque dirigen sus peticiones a los patro- nos y no al Gobierno como los socialistas. La asistencia a estos ac- tos es menos numerosa, la prensa habla de cientos y no de miles. Los dias siguientes al 1 . O de Mayo recorren las obras de Madrid intentando vanamente que continúe la huelga. En la prensa, como órgano de opinión de los diferentes grupos políticos y sociales, recogemos sus opiniones sobre el 1 .O de Mayo, las reivindicaciones y la forma de celebrarlo. «El Siglo Futuro)), diario integrista y católico, reprocha las ma- nifestaciones organizadas por socialistas y anarquistas por consi- derarlas antipatrióticas, antimonárquicas y anticristianas; en el fondo intenta demostrar y convencer que los más perjudicados por la con- secución de la jornada de ocho horas serían los propios trabajado- res, ya que los precios se encarecían o los empresarios cerrarían las empresas, aumentando con ello el desempleo o disminuyendo su po- der adquisitivo. Advierte en la fiesta obrera un día de holganza. ((El País)), tras unos primeros años de recelo frente a las peticio- nes, pasa a un actitud elogiadora resaltándola y engrandeciéndola y animando a la participación desde sus páginas. ((El Liberal)) esta de acuerdo con el acto de manifestarse, con que las manifestacio- nes sean libres y pacificas, lo que más critica no son las peticiones en sí mismas, sino a quienes van dirigidas. Se muestra en desacuer- d o de que se dirijan a los Poderes Públicos, al Estado; mientras es- te sea un estado normal de derecho, argumenta, el Estado no debe intervenir en las relaciones entre los obreros y los patronos. «La Epoca)), diario conservador, ante una actitud inconcebible hacia las manifestaciones obreras y sus peticiones, al comprobar que no pa- san de ser pacíficas y ordenadas, y que su trascendencia no es tanta como suponía, que no provocan ningún cambio en el sistema, las comenta brevemente, sin detenerse en explicaciones, quitándole de esta forma importancia al acto. ((El Socialista)), como órgano de prensa del partido organizador, prepara, estimula y resalta los ac- tos del 1 . O de Mayo. Hay años que este tema ocupa la mayor parte del periódico, mientras que otros apenas le dedica espacio, como son en 1897 y 1898. Las celebraciones socialistas del 1.' de Mayo, organizadas me- diante pacíficas manifestaciones, demuestran una vez más la actua- ción, el talante legalista y reformista del socialismo español al rei- vindicar legislación social, en definitiva, piden reformas, reformas que solicitadas pacifica y festivamente tardan muchos años en con- seguirse. Estas manifestaciones entran a formar parte de las accio- nes por las mejoras laborales, por captar simpatizantes y por la ex- pansión del partido socialista. Globalmente contribuyen a la toma de conciencia política y social de los trabajadores madrileños. Por último, decir que no hay que perder de vista que el 1 . O de Mayo es un día de reivindicación internacional por la jornada la- boral de ocho horas y que se consigue el primitivo propósito de aunar a los trabajadores en una misma petición. Matilde Cuevas Aproximación a la consideración social de la prostitución madrileña Matilde C U ~ V ~ S Licenciada en Historia. Miembro del Seminario de Fuentes Orales L a intención al elegir el tema de la presente comunicación res- ponde a la necesidad de tener presente e integrar, en todo pro- yecto serio de reconstitución de la Historia, a aquellos grupos que han sido marginados de la sociedad y de la historiografia tradicio- nal. Al mismo tiempo, el estudio y acercamiento a las minorías que han sido tradicionalmente excluidas de la sociedad, en este caso con- creto la prostitución, nos va a permitir un conocimiento más am- plio, sino diferente, de la realidad social que es vivida en estos años. La importancia del tema en sí viene reforzada por el interés que este fenómeno va a suscitar en el último tercio del Siglo por parte de Higienistas, Moralistas, Criminólogos y Antropólogos. Reflejo de la preocupacion que provoca el problema de la prostitución lo hallamos en el aspecto jurídico, desde el cual se va a tratar de ajus- tar y definir dicho fenómeno dentro de un marco legislativo, Ile- vándose a cabo incluso su propia reglamentación. Asimismo lo en- contramos en la proliferación de los estudios que se realizan du- rante estos años y que tratan de analizar la prostitución desde muy diferentes Ópticas y en la plasmación de la literatura del momento (Galdós y Baroja para el caso madrileño). Esta preocupacion viene a costatar que la prostitución existe co- mo problema real, reflejo al mismo tiempo de una situación social muy determinada. Especial importancia va a tener en Madrid, donde con el proceso de crecimiento de la ciudad desde la segunda mitad del siglo, va alcanzar unos niveles elevadísimos con respecto de otras zonas. No en vano sera Madrid la primera ciudad de España donde se realice la primera reglamentación y ordenamiento de la prostitu- ción y dónde los estudios sobre este fenómeno se van a producir en mayor cuantía. Las obras literarias también nos van a plasmar la situación de la sociedad madrileña del momento: «El árbol de la Ciencia)), ((Fortunata y Jacinta)), entre otras, son testimonio de uno de los problemas existentes en la realidad social madrileña de estos años. 1. Situación de la prostitución en el siglo XiX Durante el siglo xix la consideración de la prostitución sufrirá una transformación con respecto de los años anteriores del Anti- guo régimen. El cambio más importante va a consistir en la defini- tiva separación del Derecho Penal de la Ley Moral o Religiosa y Ley Natural, en consecuencia, la prostitlición ya no va a ser con- templada como un delíto y la prostituta dejará de ser objeto de la penalidad. Tal modificación tendrá su plamación en los Códigos Penales de 1848 y 1870 que introducirán sustanciales transforma- ciones con respecto del Código de 1822 (1). Expulsada la prostitución de la penalidad, ésta va ser entendida ahora como un mal, mal menor, que ha de ser vigilado y controla- do por la sociedad, al margen de la Justicia, a través de su regla- mentación y ordenamiento. Esta reforma del Derecho Penal nos pone de manifiesto el triun- fo de la ideología burguesa, como ideología dominante en la socie- dad de mediados de siglo. La sociedad burguesa va a imponer, de este modo, sus principios en materia de moral sexual, que serán di- ferentes para el hombre y la mujer. En apariencia estos principios son los mismos de la moral cristiana, pero desnaturalizados en su verdadero sentido por la mercanlilización de la existencia. La vir- ginidad, exigida a la mujer, significa ahora un ahorro de sentimientos y actos amorosos para su buena inversión (el matrimonio). El hom- bre, por el contrario, será libre de contravenir las leyes de la fideli- dad, siempre que se comporte con discreción y no atente contra su propia respetabilidad. En este sentido la institución del matrimo- nio y la familia van a ser las encargadas de encarnar la idea de la ((defensa de la sociedad)). Con este fin se va a desarrollar al maxi- mo, en este siglo eminentemente mercantil, en el que libremente se compra y se vende todo, la compraventa del amor, es decir, la pros- titución. (Aranguren). Frente a la idealización del amor conyugal -donde las relacio- nes sexuales se contemplan como mecanismo reproductor de la fa- milia burguesa-, y donde lo que más se valora es la castidad de la mujer «decente», encontramos en la prostitución y en la prosti- tuta el lugar de realización del acto sexual y el objeto con el que el hombre satisface sus instintos e imperiosas «necesidades». Se manifiesta de esta forma la doble moral burguesa justifican- dose la actitud del hombre -«siempre que se sepan guardar las apa- riencias»- y definiéndose al mismo tiempo el papel asignado a la mujer burguesa como mantenedora de su ((honestidad)). La difusión de estos principios, de los diferentes comportamien- tos morales asignados al hombre y la mujer, se van a imponer a (1) Cuevas. M. Otero. L. E.: Pros~i~ucidn y Legislacidn en el Siglo xfx. Aproximacidn a la conríderacidn social de la prmfilula. Comunicación leida en las IV' Jornadas de Investigación Interdisciplinaria sobre la mujer, U.A.M.. 1984. Donde se trala este aspecto con mayor profundidad. través de los distintos medios y mecanismos de dominación ideoló- gica: prensa, púlpito, libros, etc. Resulta significativo el siguiente texto en el que se hace referen- cia a las características y cualidades que debe reunir la mujer: ((Me preguntas mi querido Roberto, cuál es mi parecer acerca de la libertad que debe disfrutar la mujer ... Libertad es una de las palabras más bellas del dicciona- rio de la lengua española y, sin embargo, si hubiera un diccionario aparte, para la mujer, es la primera que debe- ría suprimirse, porque la libertad de nada sirve al sexo débil y es, por el contrario uno de sus mayores males. Acaso esta necesidad de apoyo en la mujer consista en lo atrasado de su educación, sobre todo en España, y en que ningún estudio serio ha dado fortaleza a su carácter; más esto, a mi juicio, le hace poca falta, y es más amable con su debilidad, que con la fortaleza que amo y estimo en tu sexo. ... La mujer amante por naturaleza, adora la esclavitud de todos sus amores: hija, hermana, esposa, madre, su gloria, su dicha mayor es ser Útil, precisa a todos los su- yos: el sacrificio le es más grato que el triunfo)) (2). Pero este modelo, ideal de mujer burguesa, recogido por M.a Pilar Sinues de Castro no resulta aplicable para las mujeres pertenecien- tes a las clases más bajas de la sociedad: la precariedad de sus me- dios económicos, la necesidad de buscar el pan diario, las condi- ciones de hacinamiento en las que vive, la falta de educación, etc., impiden la asunción e identificación del modelo. 11. Control y ordenamiento de la prostitución Producto de la legitimación de la doble moral burguesa, y acep- tada la prostitución como un mal necesario, se va a plantear la ne- cesidad de mantener bajo control la compraventa del acto sexual. Con este fin y bajo la influencia de las corrientes higienistas y de la nueva antropología criminal, de gran aceptación en nuestro país, se hará público en Madrid, en 1865, el primer reglamento que (2) Sinues de Marco. M.' del Pilar: «El Imparcial», Madrid, 30 de julio de 1877, p. 4. ordena el cómo, cuándo y dónde de la prostitución. Este servirá de modelo para los reglamentos que posteriormente entrarán en vi- gor en otras ciudades como Barcelona, Bilbao, Valencia ... Los higienistas, representados en España por Hauser y Méndez Alvaro, (3) entienden la prostitución como un foco de enfermeda- des infecciosas, considerandola altamente dañina para el conjunto de la sociedad. En este sentido el primer reglamento se va a hacer eco de las ideas difundidas por los higienistas ya que someterá pe- riodicamente a la prostituta a una inspección médica. La preocupación de los contemporáneos por el fenómeno de la prostitución y el interés mostrado por organizar el control de la mis- ma se va a ver reforzada por la consideración que de la prostituta ofrece la nueva antropología criminal, representada en nuestro país por Lombroso (4) y la doctora Tarnowski (5). Ambos parten de la idea de que existe un tipo de delincuente nato, llegando a fijar los carácteres antropométricos del mismo. La Sra. Tarnowski se en- cargará de la realización de una tipología y caracterización de la prostituta señalando, como elementos básicos de la misma, una ano- malía psiquica (debilidad intelectual) más o menos manifiesta y una especial constitución neurapática. Segun ella la prostituta habitual es: <<. . . Un producto degenerativo, una individualidad mor- bosa en la cual se acumulan y resumen los elementos que alteraron la constitución de sus ascendientes, turbaron la evolución de sus facultades, desnaturalizaron sus tenden- cias y viciaron sus instintos ... . . . Presentan estigmas de degeneración física y psiquica incontestables, merced a los cuales la mayoría de ellas no podrían ser clasificadas entre los sujetos sanos y norma- les (deformaciones craneanas, anomalías de la cara, dien- tes defectuosos, orejas mal implantadas, etc ...). La esterilidad, que condena a la prostitución a extinguir la raza, confirma su estado degenerativo)) (6) . (3) Hauser, Philip: Madrid bajo el punro de visro ~~iédico-social. Madrid. 1902. 2 vols. (4) Marisiany. Luis: El gabinere del doctor Lo~~ibroso. (Delincrie~icio y j i t ~ de siglo en España). Madrid, Anagrama. 1973. ( 5 ) Tarnowski: Elude anrropomérrique sur lesprosrirutes er les voleuses». París, 1889. (6) Cf. r . a , : BernaldodeQuir6s y Llanas Aguilaneido: Lo niala vidoen Madrid. Madrid. 1901. PP. 244-245. En este caso se asume plenamente la idea de la determinación bio- lógica de la tonducta, teniendose en cuenta muy poco los condicio- namientos sociales de la*misma. La naturaleza misma de la prosti- tución va a ser tenida ahora como una de las causas determinantes del ejercicio de la prostitución. Quedando encubierto de esta for- ma, bajo una doctrina científica, un problema de carácter socio- económico. Dichos planteamientos vienen a reforzar la idea de que la prosti- tución debe permanecer fuera de la penalidad, puesto que la pros- tituta muchas veces no va a ser responsable de sus propios actos ya que es considerada como una enferma. Respaldandose al mis- mo tiempo la teoría de que el acto de compraventa sexual no puede ser tema de la jurisprudencia. De este modo, con el triunfo de las mencionadas corrientes y las reformas introducidas en los ya citados Códigos Penales se va a man- tener y reforzar lo anteriormente apuntado sobre la moral burgue- sa. Aumentan así las diferencias en cuanto a la apreciación de la prostituta entre las clases burguesas y las clases más bajas de la so- ciedad. 111. El caso concreto madrileño Como ya se ha dicho el fenómeno de la prostitución adquire es- pecial incidencia en Madrid. El importante número de mujeres que se dedican al ejercicio de la prostitución debe ponerse en relación con las transformaciones económicas y sociales que se producen a lo largo del Siglo, espe- cialmente desde su segunda mitad. El proceso de crecimiento que experimenta la capital de España, junto con otros centros urbanos; crecimiento demográfico, proceso de urbanización y extensión de la ciudad, no va a ser correspondido por un desarrollo industrial que dé salida a la gran remesa de inmigrantes provenientes en su gran mayoría del medio rural. Estos sectores, caracterizados por su descualificación profesio- nal, van a quedar excluidos del acceso a los oficios artesanales. Su localización espacial, en arrabales y suburbios ubicados fuera de la ciudad, unido al pauperismo, a la precariedad de sus medios de vida y a la situación de hacinamiento en que se desarrolla ésta, van a contribuir a que parte de estos hombres y mujeres surtan las filas de las denominadas ((gentes del mal vivir)). En este caso la prostitu- ción va ser utilizada como un recurso para la mejora de la condi- ción económica de estos grupos. Tal situación queda reflejada perfectamente en la descripción que de ello nos hace Rafael Eslava, jefe médico de la Sección de Higie- ne Especial en el año 1900: ((La aglomeración de las capitales trae consigo el paupe- rismo, y ya se ha visto en el capítulo respectivo, que esta calamidad social es una de las causas determinantes mas terribles de la prostitución. La civilización moderna ha creado muchas necesidades, y la mujer que no tiene me- dios decorosos para hacer frenta a ellas, acude a la pros- titución, olvidando, si es preciso, hasta el ilustre linaje de sus progenitores)) (7). En los llamados barrios bajos se desarrollará un tipo de habitat característico que ocuparán las clases más populares; son las deno- minadas casas de vecindad. Constan esas frecuentemente de una sala, una cocina y dos alcobas oscuras «todo menguado a una pequeñez que espanta)). Allí viven una familia, a veces numerosa, que para poder pagarla subalquila frecuentemente a uno o más individuos una habitación entera, un rincón de la misma o una parte del le- cho. Estas condiciones del hacinamiento y pobreza en las que se desa- rrolla la vida de las capas mas bajas de la población propiciarán el ejercicio de la prostitución. El siguiente texto de Bernaldo de Qui- rós resulta suficientemente ilustrativo al respecto: ((Al mismo tiempo se producen graves irregularidades mo- rales en estas circunstancias. Viviendo y durmiendo en la promiscuidad, es maravilla que el adulterio y el incesto no sean más frecuentes de lo que son, con serlo mucho más de lo que se cree generalmente)) (8). La prostitución madrileña se va a surtir de aquellas mujeres per- tenecientes a las clases más bajas. Segun los datos oficiales publi- cados por Rafael Eslava, en el año 1900, el numero de mujeres ins- critas superaba la cifra de 1.500. De las cuales, (7) Eslava. Rafael: La prosrirucidn en Madrid. Apirnres para un estudio sociológico. Madrid. Vicente Rico. 1900, pp. 78-79. (8) Bernaldo de Quiros: opus. cit. p. 128. el 27% eran criadas de sevir, el 6% modistas en todas sus formas, el 24% arrastradas por el pauperismo, el 3 1 Yo seducidas por amantes, el 3% vendidas por sus familias. La procedencia geográfica de las mismas era la siguiente: 638 de Madrid y su provincia. 135 de Toledo. 113 de Valladolid y 1 14 Guadalajara. De las inscritas: 900 tenían entre 21 y 25 años, 148 más de 50 años, y el resto lo componían menores de 20 años. La extensión de la prostitución en Madrid viene confirmada por los datos ofrecidos por Eslava, que aunque no resultan estadisticas minuciosas y rigurosas, si nos aproximan al fenómeno. Por otra parte la inexistencia de otro tipo de fuentes que nos per- mitan contrastar estas cifras, hace que las podamos considerar co- mo indicativas de la magnitud del problema. Debemos tener en cuenta que estos datos sólo hacen referencia a la prostitución reglamentada, pero el fenómeno tiene que ser con- templado necesariamente con la inclusión de la prostitución clan- destina, la cual resulta imposible de cuantificar. A este respecto Hauser nos dice: «F. Vahillo estimó en 1872 el número de las mujeres que ejercen en Madrid la prostitución clandestina, en 17.000; el Dr. M. S. Bombín, jefe médico de la Sección de Higie- ne, la calcula en 15.000; por consiguiente, esta forma lar- vada de la prostitución es siete veces mayor de la regla- mentada. Y segun el Sr. Eslava, se puede afirmar, sin equi- vocarse, que el gusano corroedor de la prostitución ha mordido a un 7 por 100 de la población femenina de Ma- drid)) (9). (9) Hauser. Philips: opus. cit. p. 140. Aunque estos datos apuntados resultan exagerados si son al me- nos indicativos de la importancia de la prostitución en Madrid. La prostitución, como hemos podido apreciar, extendida entre las clases más populares, les resultará un ejercicio cotidiano con el que están acostumbrados a convivir. Tal familiaridad va a afectar necesariamente a la consideración social que de la prostitución ten- drán los componentes de las propias clases: «La mala vida en los barrios bajos esta completamente aparente. Calles hay en ellos que son, según la expresión de Quevedo barrancos de género femenino: tanto abun- dan allí las prostitutas; unas viviendo de pupilas en casas de aspectos vergonzosos ...; otras mezcladas entre vecin- dad del bien, que las admite en su trato y se relaciona con ellas sin repugnancia. "Van a ganarse un pedazo de pan", dice, y conociendo a cuantas bajezas obliga el deseo de vivir, las perdona)) (10). A través de estas palabras de Bernaldo de Quirós podemos apre- ciar que la prostituta no va a ser vista como una mujer «que se ha perdido)) y en la que se concentran todos los vicios de la sociedad, al contrario queda reflejado con bastante claridad que ella no rea- lizara este tráfico por gusto, sino que se verá obligada a ello. En este sentido destaca la solidaridad existente entre los miembros de dicho grupo social, puesta de manifiesto por el mismo autor en el siguiente texto: «Pero si las Injurias -como todo grupo social, aunque en grado y formas distintas, según su estado de cultura-, ofrece al extraño que se acerca el lado erizado, aspero y rugoso, ... en cambio en su interior es, para la gente que le compone, blanco y aterciopelado como un estuche. Rei- na allí, como el medio es complementa homogéneo, una extremada simpatía, que de los mutuos servicios diarios pasa a la abnegación muchas veces, sin que nadie crea por esto hacer nada de particular ni cumplir deber alguno. La conciencia de que pertenecen a una misma especie les man- tiene en una perfecta solidaridad para producir, la cual no entraña ninguna clase de vínculos mecánicos. El gru- (10) Bernaldo de Quir6s: opus. cit. p. 131. po social se descompone y compone continuamente, da- da la condición nómada de sus elementos celulares, y, con todo, ofrece siempre la misma conexión fuerte que hace de él un albergue seguro de malhechores)) (1 1). Al no existir constancia escrita acerca de la cosmovisión, los mo- dos de vida, la moral y cotidianidad de las clases más bajas y mar- ginadas de la sociedad, nos vemos obligados a leer entre líneas aque- llos textos excritos por quienes tiene la palabra, esto es: las clases dominantes, los sectores ilustrados, profesionales, etc., para de es- te modo poder acercarnos a la realidad de este sector de la pobla- ción. Los textos arriba mencio'nados nos muestran dos mundos total- mente diferentes y contrapuestos: de una parte la visión de las cla- ses más bajas de la sociedad, de otro lado la de las clases burgue- sas. Un discurso circula entre la sociedad -el discurso burgués-, pero éste se encuentra con la imposibilidad de mantener un diálogo con la realidad que viven las capas populares, como nos lo pone de ma- nifiesto el siguiente párrafo: ((Recordamos la respuesta que, desde el lecho, di6 a Ja- rro una mujer que le compartía con su marido, hijos, yer- nos y nueras: -usted debe ser un hombre malo. ¿NO so- mos de la misma familia? ¿Por qué no hemos de dormir juntos?-. Y duermen en la misma cama como comen en el mismo lecho; hasta que una noche el hombre, desper- tado en el orgasmo y en estado de semi-inconsciencia, se halla entre los brazos de su hija, de su hermana, o de la mujer más próxima)) (12). Sólo con la disolución de los modos de vida, con el fin de las con- diciones infrahumanas en que se desarrollan, desarrollan estos la ruptura de los lazos de solidaridad, tradiciones y costumbres de es- tas clases más bajas; en definitiva con la desaparición de dichos sec- tores sociales, el discurso dominante se convertirá en hegemónico, siendo asimilado o interiorizado por el conjunto de la sociedad. (1 1) Bernaldo de Quirós: opus. cir. pp. 118-1 19. (12) Bernaldo de Quir6s: opus. cit. p. 128. 173 1. Prostitución reglamentada Para el año 1900 el número de prostitutas matriculadas se eleva a más de 1.500 11. Prostitución clandestina TOTAL 753 445 537 AÑOS 1895 . . . . . . . . . . 1896 . . . . . . . . . . 1897 . . . . . . . . . . F. Vahillo estimó en 1872 el número de las mujeres que ejercen en Madrid la prostitución clandestina, en 17.000 El Dr. Bombín, jefe médico de la Sección de Higiene, la calcula en 15.000. FUENTE: Hauser, P.: Madrid bajo el punto de vista rnédico- social. Madrid, 1902, 2 vols. Núm. de Prostitutas ingresadas en el Hospital de San Juan de Dios Domicilio propio 396 21 4 234 Casa de lenocidio 357 23 1 303 CAPAS POPULARES Y CONFLICTIVIDAD SOCIAL Marianne Krause ' 1 Marianne Krause La beneficencia pública en Madrid en el cambio de siglo Profesora agregada de 1.N.B L a beneficencia española durante la Restauración no sufre mo- dificaciones en su definición, sino más bien la legislación de los últimos años del siglo xrx amplía su cauce, dando cabida en ella a todos los servicios asistenciales (1). Sin embargo, este período com- pletivo de la Beneficiencia daría paso a otro en que el gran cuerpo de leyes se orienta hacia el campo de la previsión social del Estado; pues el nuevo siglo, con un marco socio-económico cada vez más definido, traería la necesidad de precisar estos servicios asistencia- les en su relación a cuestiones de orden laboral. De esta manera los conceptos de previsión social, represión de elementos sociales mar- ginados y amparo de la población indigente, irán poco a poco dis- tanciándose, saliendo del gran saco de la Beneficiencia en el que tantos años permanecieron. La Beneficiencia madrileña de ese preciso periodo es definida por una serie de características que la diferencian de la mayoría de las provincias españolas. Madrid se sitúa entre las mejor dotadas eco- nómicamente: su Diputación y Ayuntamiento dedican unos de los porcentajes nacionales más altos en concepto de Beneficiencia; su gastos medio por habitante es el mayor y aun es elevado más por las inversiones de las fundaciones particulares. Madrid oferta, pues, una amplia gama de servicios asistenciales marcando el paralelis- mo entre el- grado de desarrollo de la Beneficiencia y las demandas que generan los núcleos económicamente más evolucionados. En primer lugar, la distribución geográfica de la Beneficiencia estatal se limita a la provincia de Madrid, con la excepción de los centros de Toledo y Guadalajara (2), reforzándose así la capacidad asistencia1 provincial y municipal madrileña. La inrormación so- bre el estado de la Beneficiencia estatal es escasa para los años de la Restauración en el siglo xix, no así en el xx cuando, empujados por el afán estadístico, se elaboran estudios más completos. En el primer decenio, la Beneficiencia general tuvo el siguiente movimiento de enfermería: en 1905, 3.028 enfermos ingresados; en 1908, 3.632; (1) Por el Real Decreto de 14 de marzo de 1899 se considera instituciones de Beneficien- cia a «los establecimienios o asociaciones permanentes destinadas a la saiisfaccion gratuita de necesidades inielectuales o fisicas. como Escuelas. Colegios, Hospitales, Casas de Maier- nidad, Hospicios. Manicomios, Posiios. Monies dc Piedad. Cajas de Ahorros y otros analo- gos. y las fundaciones sin aquel caricier de permanencia, aunque con desiino semejante. co- nocidas comunmenie con lo, nombres de Paironaios. Memorias. Legados. Obras y Causas Pias» (Art. 2.'). (2) En Madrid. Flospiial de la Princesa; Insiituto Ofiilmico: Hospital de incurables - de Jesijs Nazareno y de Nuestra Serlora del Carmen-; Manicomio deSania Isabel. en Lega- nés; Asilo de inválidos del irabajo, en Vista Alegre; Colegio de ciegos de la Sania Catalina de los Donados, en Vista Alegre; Colegio de Iiuerfanas de la Unibn, en Visia Alegre; en To- Icdo. Hospiial del Rey; en Cuadalajara, Hospiial hidrologico de Carlos 111. en 191 1 , 3.595 (3); su crecimiento se centra en el aumento de ingre- sos en dos centros -Hospital de la Princesa e Instituto Oftálmico- pues no se abre en este periodo ningún nuevo establecimiento gene- ral. El único cambio se opera en otro tipo de instituciones estatales que se desarrollaron en el nuevo siglo-, aquellas que se especializa- ron en ciertos campos socialmente críticos o no cubiertos por los servicios asistenciales ya existentes: el Rel Patronato para la repre- sión de la trata de blancas (1902), Consejo Superior de protección a la infancia (1904), Comisión permanente contra la tuberculosis (1906), Patronato Nacional de Sordomudos, ciegos y anormales (1910), entre otros. Por otro lado, Madrid capital concentra también todos los esta- blecimientos provinciales (4) pero no por ello cubre la demanda asis- tencial. Por ejemplo, en el Hospital Provincial: «La suma de camas distribuidas en todas las salas en tiem- po normal, se eleva a 1.043, y en tiempo de crecimiento de enfermedades, como sucede en el otoño y en el invier- no, o en época de epidemia de viruela, sarampión y de tifoidea, que no dejan de ser frecuentes en esta capital, el numero de camas se eleva a 1.500, y para esto es nece- sario recurrir a crujias de las salas y a estrechar los espa- cios entre dos camas)) (5). En general, todos los centros provinciales adolecen del fallo de encontrarse muy limitados en su oferta asistencial. Madrid conta- ba con 4.282 camas al finalizar el primer decenio -y a tenor de lo expuesto es fácil suponer que la situación no fuera muy diferen- te diez años antes- y su media de estancias diarias era de 4.028 (6). No en vano es una de las pocas provincias españolas que se ha- llan en el límite de su capacidad asistencial. La Beneficiencia municipal, por último, se aplicaba a través de unos canales diferentes a los utilizados por la Beneficiencia general (3) Antonio Marin de la Bárcena: Apitnres paro el esrudio .v la orgirriizoción eri Espatio (le los inslirucio~ies de Beneficiencio y Previsión. Madrid, 1909. p. 545: Minisierio de la Go- bernación: Nuevos apir~ifes paro el escirdio y la organizacidti en Espatio de las insficitciones de Beneficiencio y Previsión. Madrid. 19 12- 1918. (4) Hospital Provincial. Hospital de San Juan de Dios. Hospicio y Colegiode Desampa- rados. Asilo de Nuestra Seilora de las Mercedes. Inclusa, Colegio de la Paz. Casa de Maier- nidad y Asilo para los hijos de las cigarreras. ( 5 ) Philip Hauser: Madrid bajo el pirnio de visra ~nédico-social. Madrid, 1979, t . l . " , P . 428. (6) Antonio Marin de la Barceiia: obra citada, p p . 506-509 o provincial, basados en la hospitalización y asilo de los necesita- dos únicamente; en este caso se trata de la asistencia domiciliaria y el socorro en casas de refugio. De este campo hay que destacar tres conceptos: qué tipo de personas disfrutan del servicio asisten- cial, dónde se practica el mismo y finalmente, cuántos individuos son socorridos por la Beneficiencia municipal. En primer lugar, el Reglamento particular de las Casas de Soco- rro vigente desde 1875 hasta bien entrado el siglo xx, con escasas modificaciones (7) define sus limites sociales. Mientras en la legis- lación vigente los pobres o mendigos válidos son excluidos del dis- frute de los servicios de los establecimientos de beneficiencia públi- cos o privados, y como tales se clasifica a las Casas de refugio y hospitalidad pasajera y la beneficencia domiciliaria (8), la reglamen- tación municipal sugeriría un concepto más amplio que el descrito, considerando que ciertos socorros se aplican sin excepción y que el recogimiento provisional de pobres o mendigos válidos es un co- metido importante dentro de la función de asilo a cargo de los ayun- tamientos. Sin embargo, habría que diferenciar lo que es el asilo definitivo de infancia desamparada y vejez inválida de lo que signi- fica el asilo coyuntural de mendigos y pobres válidos. En este Últi- mo caso, ciertas funciones que caen dentro de la Beneficiencia mu- nicipal deben ser consideradas más como represivas que como «be- néficas)), de canalización del orden publico. En segundo lugar, la práctica asistencia1 se divide entre la asis- tencia domiciliaria y el socorro en Casas de refugio y de hospitali- dad pasajera, ejercida desde las Casas de Socorro y los Asilos. Las primeras, institución tradicional madrileña desde 1858, se encon- traban en cada distrito de la capital e incluso establecieron sucursa- les siguiendo el ritmo ascendente de la población, a la vez que se introducían nuevos servicios: desde 1893 comenzó a funcionar la consulta especial de enfermedades de niños, debida a la iniciativa particular; en ellas se inauguraría en 1907 un reparto de biberones para niños más necesitados, servicio del que se hizo cargo el Ayun- tamiento en 1908. Los centros de refugios dependientes del muncipio eran: el Cole- gio de San Ildefondo, para niños y jóvenes pobres en régimen de asilados; los Asilos de San Bernardino, con tres centros, uno en Ma- (7) La mas significativa fue la supresión. en sesión de 24 de julio d e 1903, de los ariicu- los que privaban del derecho de asistencia a madres solteras. ( 8 ) Ley de Beneliciencia de 20 de junio de 1849 (Ari. 18.') y Reglamento General de 14 de mayo de 1852 para ejecución de esta ley (Art. 4."). drid y dos en Alcalá de Henares, para pobres de cualquier edad; los Asilos de la noche que facilitaban acogida indiscriminada a los mendigos, sin limitación ni requisito alguno; y los Depósitos de men- digos donde se acogía accidentalmente a éstos mientras se les pro- curaba trabajo -a los válidos-, se preparaba el ingreso definitivo de los inválidos en institucionales determinadas, o se organizaba su salida de la capital caso de no ser madrileños. Por ultimo, la amplitud del socorro queda reflejada en la prácti- ca cotidiana de los establecimientos descritos. La Beneficiencia mu- nicipal se mantenía por la caridad y las asignaciones variables de su presupuesto. Tomando el ejercicio económico de 1903 (del 1 . O de enero de 1903 al 30 de junio de 1904) (9 ) , en que se consiguió un 3,67070 del presupuesto general a beneficiencia, se observan los siguientes resultados (en pesetas): Ingresos propios de los establecirnienlos del ramo 88 070 06 Gasios de benelicencia 1 109 503.25 Gasios principales desglosados: Casas de Socorro y auxilios rnedicos larrnaceuticos . . . . . . . 683.270.76 Asilos de San Bernardino y Asilos de la Noche o provisionales 304.263,38 Auxilios beneficos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 79.000.96 Socorro y conduccion de pobres Iranseunles . . . . . . . . . . . 41.74565 Es destacable la existencia del concepto del socorro y conducción de pobres transeuntes, pues ya quedó señalado que paralelamente a la prestación de auxilio a los necesitados madrileños existe un ver- dadero afán de expulsar a todo aquel que sea de otra provincia y no pueda valerse por si mismo (10). Los gastos destinados para los Asilos de San Bernardino y los de la noche o provisionales suponen la segunda partida más importante pero no por ello suficiente. Los (9) Archivo de la Villa Secretaria: ((Cuentas y balances correspondientes al ailo de 1903 aprobados por la Junta Municipal en 2 de octubre de 190S». (10) Las normas elaboradas para reprimir la mendicidad van acompailadas generalmen- te de la mención de impedir la entrada en la capiial de mendigos o la expulsion. a cargo de los Ayuntamienios. de los que en ella viven; en 1903, por Real Orden de 7 de mayo, se i,. Estudios de Historia Social. n." 7 , pp. 353-360. A caballo entre los siglos xrx y xx la distribución de papeletas para trabajar en las obras municipales se pretendía que amortigua- ra la crisis obrera y las alusiones en las sesiones del Ayuntamiento a la urgencia de poner en marcha las obras pendientes con objeto de ((conjurar la crisis» son constantes. Las papeletas, o credencia- les de trabajo como se denominaron desde 1903, se distribuían en los Almacenes de la Villa en la calle de Santa Engracia, teniendo una vigencia máxima de seis o siete días. Según la coyuntura eco- nómica se limitaba su percepción a los residentes con más de un año en Madrid, o se incluía a los inmigrantes recientes. El Ayunta- miento destinaba «hasta 20 papeletas por semana)) a la Asociación Matritense de Caridad, en ciertas ocasiones, para su distribución (20). Las partidas presupuestarias para obras municipales contenían los fondos destinados a los jornales de crisis obrera pero éstos no constituían proporciones fijas. En situaciones críticas se arbitraban ampliaciones presupuestarias para este concepto y en otros momen- tos eran las partidas que más sufrían la necesidad de recortes gene- rales de gastos. En la publicación anual de las actividades municipales consta tarn- bién el numero de papeletas distribuidas por la Villa. Contrastadas las cifras con los propios listados semanales que se levantaban para el pago de jornales, resultan bastante fiables (21). De tal manera, las cifras para el quinquenio 1898-1902, son las siguientes: Las contrataciones se verifican en mayor número durante los me- ses de otoño e invierno, frente al resto del año en que los parados podían dedicarse a las faenas agrícolas coyunturales en los campos cercanos a Madrid, y en general, descendía el número de inmigran- tes que llegaban a la capital. Tomando como muestra el año 1900, Año (201 Eduardo Vicenii: L a caridad en Madrid. Guía de estobleciniientos benéficos, oficia- les y privados. Madrid, 1906. p. 46. (211 Ayuntamiento de Madrid: obra ciiada. Anos 1899-1903. Papeletas distribuidas las contrataciones semanales evidencian la gran diferencia entre unas épocas del año y otras (22): Es innecesario extraer una media mensual de obreros contrata- dos en cada año de los mencionados al variar tanto entre diferentes épocas del año el número de papeletas distribuidas; las cifras sema- nales del año 1900 corresponden al número de individuos -una pa- peleta por persona-, puesto que en una misma semana nadie po- día ser contratado dos veces. Cabe destacar cómo desde noviembre se inicia el ascenso, de forma brusca, hacia los máximos de las con- trataciones, que se dan en enero. El alcance de la asistencia benéfica MBximo de contrataciones semanales en el mes 593 471 5 1 52 55 245 Mes 1 . . . . . . . . . . Enero Marzo . . . . . . . . . Mayo . . . . . . . . . . . . . l Julio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Septiembre Noviembre . . . . . . . . De la Beneficiencia pública madrileña se constata que cuenta con un alto número de instituciones y que la capital concentra los cen- tros no sólo municipales sino los provinciales y generales. La capa- cidad asistencial, no obstante, es baja considerando su población: en 1900, Madrid capital tiene 539.835 habitantes y su conjunto, la provincia, 775.034. La relación entre las camas disponibles y las es- tancias medias diarias demuestran lo reducido de la oferta asisten- cial madrileña, que con 5.696 camas provinciales y municipales se causa una media de 5.489 estancias diarias en los primeros años del siglo. Comparando el estado de otras beneficiencias se observan pro- vincias peor preparadas, como Vizcaya, con 967 camas y 1.3 18 es- tancias diarias, o, en el extremo opuesto, Barcelona, con 9. 317 ca- mas y 3.274 estancias diarias. Destaca la amplitud de la oferta municipal: asilo permanente o coyuntural de niños, ancianos e impedidos; acogida en refugios de Minimo de contrataciones semanales en el mes 410 404 42 43 55 79 (22) Archivo de la Villa Coniadiiria: al is ia de jornales devengados por los operarios des- iinados al scrvicio del ramo de Vias Publicas.-Crisis Obrera». noche, y, desde las Casas de Socorro, asistencia sanitaria - medicinas, aparatos ortopédicos, ...- y extraordinaria -socorros en metálico, bonos de comestibles y combustibles, lactancias, ro- pas de cama Cjergones, sábanas, mantas) y de uso personal (cami- sas, chalecos, mantones, vestidos, camisetas, toquillas, envolturas, tapabocas...). En el primer caso, los asilos municipales se encon- traban saturados, dotados con escasas plazas y muy solicitados, co- mo lo demuestra el «mercado» de recomendaciones que existió en el Madrid de la época. En el segundo caso, los asilos de la noche eran insuficientes para la cantidad de madrileños sin hogar que ter- minaban el día acudiendo a las Casas de dormir situadas en el sur madrileño. Philip Hauser contabilizó treinta casas de este tipo; el precio por noche oscilaba entre los 10 y los 30 céntimos, hospedán- dose «el cesante que empeñó el último trapo, el mendigo, el vende- dor de periódicos, el jornalero sin trabajo, el ratero y el que ha gas- tado el ultimo céntimo en sus vicios...)) (23). Por Último, los servi- cios prestados por las Casas de Socorro, si bien ofrecen una varie- dad considerable, el alcance de los mismos se limita a individuos más o menos estables económicamente, pero fuera del universo de marginación que su propio Reglamento proscribe. Y la práctica dia- ria, en el caso de las ayudas en alimentación, resulta escasa si se compara con el número de personas que diariamente acudían a ins- tituciones privadas en busca de alimento. Como ejemplo, la aso- ciación «La Caridad)) del distrito de Congreso, repartió 8.500 bo- nos, 4.000 de pan y el resto de comida -patatas, arroz, judías, ba- calao y una botella de vino-, en el año 1903. Esto en un sólo dis- trito madrileño. De esta manera, el cauce de la Beneficiencia se desborda con las subvenciones a centros privados o con la concesión de auxilios ex- traordinarios que, aun dificultando la cuantificación, revelan la in- suficiencia de los socorros públicos habituales, y sobre todo, po- nen de manifiesto el carácter paternalista de la Beneficiencia. También hay que destacar el escaso alcance del sistema de con- trataciones municipales, limitado por unos presupuestos bajos y una practica que disuadía a los trabajadores, en su mayoría viejos, los Únicos que se amoldaban a la eventualidad de estos contratos (24). Queda por último indicar que en el estudio de la Beneficiencia madrileña se plantea como fundamental la consideración de la Be- neficiencia particular como institución paralela que servía a la pú- (23) Philip Hauser: obra citada, p. 328. (24) El Socialisra, 6 de abril 1906. blica como soporte de la acción social, pues eran muchos los luga- res en los que la primera ofertaba idénticos servicios y, en ocasio- nes, más amplios, como ayuda el mantenimiento de ciertos secto- res de las cases más necesitadas. El estudio de las clases populares no se agota en su relación con la Beneficiencia pública, sino más bien se limita si a ella nos remitimos en exclusiva. Por ello, profun- dizar en el conocimiento de la Beneficiencia aportará nueva infor- mación sobre el estado de las clases populares, hasta ahora tan en- corsetadas en estudios de tipo ((obrerista)) que no contemplaban el peso social de elementos marginados y de la pobreza en general, de tanta importancia en la España de la Restauración. Abastecimiento, población y crisis de subsistencias Antonio Fernández García ABASTEClMTENTO POBLACION Y CRISIS DE SUBSISTENCIA Antonio Fernandez Garcia La crisis de subsistencias en el Madrid del siglo XIX Catedrático. Director del Deparlamenlo de Historia Conlemporanea. Universidad Complulense. Miembro del Instiluto de Estudios Madrileños. l. Esquema Teórico A demás de perfilar un cuadro económico propio del antiguo Ré- gimen, y especialmente una estructura del transporte poco ar- ticulada, nos parece que las crisis de subsistencias del siglo xix es- pañol ofrecen interés para conocer a través de las fluctuaciones del abastecimiento algunos aspectos de las sociedades urbanas, ya que, como veremos, al igual que otras pulsaciones criticas -epidémicas, de sobremortalidad, politicas, etc.- afectan desigualmente a los diferentes grupos sociales. El tema tiene sus clásicos. Labrousse mi- dió con precisión la reducción de la.dieta; Meuvret, al correlacio- nar las variables alimentación-población, estableció índices de in- cremento de la mortalidad (1); para España, Nicolás Sánchez Al- bornoz diseñó el cuadro completo de las repercusiones (2). Es sabido que a Labrousse debemos una tipologia de las crisis, atribuyendo origen agrario a las de ((tipo antiguo)), definidas por la secuencia mala cosecha-subida de precios-disminución de la de- manda de productos artesanales-baja de salarios-generalización de la crisis .a otros sectores. Los trabajos de Nicolás Sánchez Albor- noz se han diseñado sobre la hipótesis de la regularidad de esta se- cuencia que otros historiadores creen que debe ser completada. En opinión del alemán Wilhelm Abel (3) los efectos dependen de los excedentes, de manera que mientras las alzas pueden resultar anu- ladas para el pequeño propietario el gran cosechero se ve favoreci- d o por la subida de los granos, y en efecto en algunos estudios se (1) E. Labrousse: «Fluciuaciones económicas e historia social)). Madrid. Tecnos, 1973. y aEsquisse du mouvement des prix ei des revenus en France au xviii sikclen. Paris. 1933.- J. MEUVRET: ~Demographic crisis in France from [he sixieenih to ihe eighteenih ceniury)), en GLAS y EVERSLEY. ~Popu la t ion in liistory. Essays in hisiorical demography)). Lon- dres, 1965, y «Les crises de subsistentes et la démographie d e la France D'Ancien Rtgimen. «Population» n.' 1 (1946). (2) Nicolas Sánchez Albornoz: «Las crisis de subsistencias en Espaila en el siglos x~x.. Rosario, Facultad de Filosotia y Letras-lnsiiiuto de Investigaciones Hisioricas, 1963.- eCrisis de subsistencias y recesión demográfica: EspaRa en 1868)). ((Anuario de la Facultad de Filo- sofia y Leiras, Rosario. 1962-63. Ha insisiido en el tema en <(La crisis de subsistencias d e 1857)). ya incluida en la primera publicación citada, y publicada en aEspaila hace un siglo: una economia dualn. Madrid. Alianza Universidad. 1977. volumen en el que además inserta ((Crisis alimenticia y recesión demogrlfica», en iorno a la crisis de 1868)). (3) Wilhelm Abel: uCrises agraires en Europe (xiii.sxsi~cle)». Paris. Flammarion. 1973. p. 23--24. (4) Ibidcm, p. 27. han tabulado niveles de propietarios que respectivamente se bene- fician del alza de precios, compensan la baja de la cosecha con la carestía, o se perjudican, en dependencia del excedente comerciali- zable. Otros autores analizan crisis generales señaladas por el des- censo de los precios en vez de su subida; así se comprobó en los viejos trabajos de Boisguillebert. Pero no será objetivo de esta po- nencia analizar crisis agrarias sino sólo tenerlas presentes como fondo en cuanto inciden sobre el mercado urbano. Y si nos ceñimos a tal incidencia nos parece plenamente válido el esquema de Sánchez Al- bornoz (5), en el que se detectan, para la crisis de 1857, al lado del descenso de la cosecha alzas súbitas de precios en las zonas peor comunicadas, urgente importación de grano estimulada por las co- rrespondientes disposiciones legales, efectos demográficos y agita- ción social que puede derivar en convulsión política. Confluirían por tanto en una crisis de subsistencias factores coyunturales, co- mo el alza episódica de los precios, con factores estructurales, en tanto que las defectuosas comunicaciones, factor agravante de la escasez, y que han de ser expresamente consideradas en el abasteci- miento urbano, ponen de relieve los inconvenientes de la débil arti- culación del mercado. Para analizar las crisis madrileñas convendrá que.destaquemos primero los principales indicadores. a) Alza de precios. Es un signo inequívoco y facílmente detec- table, a veces día a día. En 1804, primera hambruna del si- glo, se consignan noticias de esta índole: ((antes de ayer se vendió la fanega de trigo a 120 reales; ayer, a 128, y hoy, a 138)). Los precios que recoge Sánchez Albornoz (6) en 1856 ofrecen una tendencia evidente al alza. El hectólitro de trigo se vendía en Oporto a 839 reis por ((alqueire)), subía ese mis- mo año a 935, en 1856 se pagaba a 1.122, en 1875 descendía a 999 y en 1858 a 965; la curva es elocuente acerca de la esca- sa cosecha del 56. b) Contracción del consumo. La tesis de Labrousse acerca de la reducción de.la dieta se ha comprobado tras los estudios sobre historia de la alimentación, de Eiras, Hemardinquer, ( 5 ) N. Sdnchez Albornoz: «La crisis de subsisrencias de 1857». en ~Espaiia hace un si- glo», O.C. p. 27 a 67. 16) N. SBnchez Albornoz, ibidern. tabla pag. 3 1 .-Archivo Hisi6rico Nacional. Comse- jos, Ieg. 6782. expediente 18.- Gonzalo Anes: «Las crisis agrarias en la Espafia moderna». Madrid, Taurus, 1970, p. 407. Aron, Espadas, o nuestros propios trabajos (7). El trigo por sí solo señala abundancias y hambres, pero no es el cereal indicador único. En el consumo cárnico las crisis marcan dien- tes en una línea ascendente que caracteriza a la centuria. Wil- helm Abel ha destacado el aumento del consumo de carne en Prusia a lo largo del siglo xrx, donde se pasaría de dietas medias de 16 kgs. por habitante y año en 1831 a 32.5 kg. en 1892, tendencia únicamente interrumpida con flexiones a la baja en los años críticos. Según cálculo de Eiras la alimenta- ción de Madrid en 1826 a partir de los datos de Espadas y en 1867-68 a partir de los recogidos por nosotros rnanten- dría similar capacidad calórica, pero hemos comprobado que el consumo de carne, al igual que en Prusia, no deja de cre- cer esos años, tendencia que se interrumpe con la flexión de los años críticos, y a pesar de que la carne constituye un in- dicador más inseguro que el grano (8), las flexiones de sus gráficas de consumo señalan con bastante precisión los años de crisis de subsistencias. c) Perturbación del orden y movilización social. Son tiempos de desórdenes que exigen actitudes enérgicas de los poderes pú.blicos. Sánchez Albornoz documenta que en 1857 en Má- laga y Zaragoza las autoridades se vieron obligadas a solici- tar la intervención de la milicia nacional. Las diferencias en- tre o'Donnell y Escosura sobre la energía de la represión pro- vocaron la salida de éste y de los progresistas del gobierno y el fin de la experiencia del bienio (9). d) Prácticas especulativas. Según la tesis de Gregory King la es- peculación constituye un factor rnultiplicador de la reduc- ción de la cosecha; una reducción de un 10% generaría un (7) A. Eiras Roel: eLa hisioria cuaniitaiiva del consumo alimeniario: estado actual de las investigaciones». «Hispania» (1974). El conjunto mas imporiantede trabajos en J .J . He- mardinquer: 1íPour une histoire de L'alimeniarionn, presentador por -. ~ C a h i e r s des An- nales« n.' 28 (1970). Para nuestro tema ofrece en ese volumen mas directo interes el de R . Mandrou: «Les consommations des villes francaises (viandes ei boissons) a u milieu du xix siccle».- J .P . Ar6n. «Essai sur la sensibilite alimeniaire B Paris aii xix si&cle». n." 25 de «Caliiers des Annales».- M. Espadas Burgos: eAbasto y habitos alimenticios en el Madrid d e Fernando VII». «Cuadernos de Historia» (1973).- A. Fernlndez Garcia: «El abasieci- miento de Madrid en el reinado de Isabel 11)). Madrid. Instituto de Esiudios Madrilefios. C.S.I.C.. 1971. (8) Hemos precisado el aumento de este consumo en A. Fernández Garcia. O.C. p.96 a 102. (9) N. Sanchez Albornoz: ((Espalla hace un siglo ... » p. 57 y SS.- V.G. Kiernan: ([La rcvolucion de 1854 en Esparla». Madrid, Aguilar. 1970. p. 240-241 y 246 y SS. alza del 30% en el precio de los cereales; una reducción de un 20% lo elevaría en un 80% y un descenso del 50% de la cosecha de grano multiplicaría en un 450% el precio de ven- ta del hectólitro (10). En España se detecta este factor multi- plicador desde la primera crisis del siglo, la de 1804. Ya en mayo y junio de 1803 las autoridades perciben una escasez artificial, que se acusa más al superponerse la escasez real de los campos segados en el mes de julio. El almacenamien- to de los abastecedores a la espera de precios más altos y la demanda madrileña de una mercancía escasa provocan un efecto de tirón en otras provincias, como se expresa en un documento administrativo: «Los grandes rentistas acaparan el grano que hoy llega de otros sitios; lo acopian y guardan para venderlo a pre- cio más ventajoso, esperando que vayan de Madrid o pro- vincias ricas a comprarlo, aumentando así la escasez del lugar» (1 1). Para combatir estas prácticas especulativas las autorida- des disponen la importación urgente de granos, pero en el caso de Madrid su eficacia queda aminorada por el encare- cimiento del transporte, como veremos en el año 68, cuando la fanega de trigo ruso pasa de 49 reales en Odessa a 72 en puerto español con la adición de flete, embalaje y seguros, y algunos reales más con las tarifas del transporte de la mer- cancía hasta el centro, con lo que casi se duplica el coste. e) Impacto demográfico. En esta onda coinciden historiadores de hoy y organismos de la época. Sánchez Albornoz ha se- ñalado que el alza extraordinaria se traduce en aumento de defunciones, postergación de nupcias y retraso en las con- cepciones, y aunque no siempre se detecta la correlación carestía-mortalidad, su presunto paralelismo fue afirmado por la Junta de Estadística del Reino al confrontar los precios del trigo con la cota de óbitos en los años 1859 a 1862 y com- probar el aumento conjunto de los dos indicadores en veinti- cuatro provincias (13). (10) Gregory King: >,. 15 de marzo de 1847.- «Libros de Acuerdos)). sesi6n 16 de marzo.- eEl Heraldo)), 24 marzo y 25 de abril.- A.V. 4-36-35. (34) A. Fernendez Carcia: »El abastecimiento ... » o s . p. 160-161. (35) N. Sánchez Albornoz: «La crisis de subsistencias de 1857)) 0.c.- se aplica fielmen- te el modelo del profesor Sánchez Albornoz en el trabajo de Carlos Panadero Moya: ((Alba- cele a mediados del siglo xix: Precios agrícolas y crisis de subsistencias en 1857)). «Al-Basit». n." 1 (mayo 1979), 93 y ss. el azúcar se reduce en un 50%, pasando de 164.000 arobas a 85.000, para recuperarse totalmente al subir el consumo de los doce meses siguientes a 172.000. El de huevos, con sólo 1.858.000 docenas, es inferior al que conocemos para otras fechas. El del arroz es drásti- co; las 27.900 arrobas representan solamente un tercio de las más de 70.000 de 1.848. La patata, cuyo promedio se mantenia en el medio millón de arrobas, desciende a 200.000 en este año de ayu- no, descenso terrible en artículo tan popular. En contraste con este panorama de dieta, se mantiene la capaci- dad de demanda de elite y los articulas consumidos por los niveles más elevados de la pirámide social se sitúan en cotas habituales, y al respecto resulta significativo el consumo de carne, que global- mente presenta cifras de año normal, pero resulta todavía más sig- nificativo si atendemos a los diferentes tipos y precios, porque la carne más barata y popular experimenta una pequeña conlracción, la media se mantiene y la alta aumenta. Y así comprobamos como el carnero sufre una flexión, con sus 3.7 millones de libras frente a las 4.1 del año 48, lo mismo que el cerdo, con 6.6 millones frente a 6.9, en tanto que puede ser calificado de normal el consumo de vaca, con sus 11 millones de libras, y se produce el llamativo ascen- so de la ternera, con 1.117.965 libras, por encima de las 918.810 del año siguiente. En el p&cado observamos una evolución parecida. En el trienio 1846, 1847, 1848 el bacalao, articulo popular por excelencia, por- que era el que mejor resistía los inconvenientes del transporte, os- cila entre las 62.000 arrobas del 46, las 41.000 del 47 y las 60.000 del 48, con lo que podemos calibrar un descenso de algo más de un tercio. Otras especies experimentan contracciones menos inten- sas: el besugo, por ejemplo, pasa de 15.317 libras a 13.879; la mer- luza resiste aceptablemente, al pasar de 20.540 a 18.380, mientras, caso excepcional en un artículo popular, la sardina se sostiene e in- cluso se incrementa mínimamente en doscientas arrobas, situándo- se en 12.229 el consumo total del año. En conjunto nos parece interesantísima esta crisis de consumo en cuanto que permite algunas consideraciones de índole social que recapitulamos: - el pan y el carbón constituyen el mayor problema y la preo- cupación continua de las autoridades municipales. - se produce una reducción acusadisima de los consumos de ar- tículos populares: patatas, azúcar, bacalo. - se mantienen, por el contrario, los niveles de abasto y consu- mo de carne. Nos parece evidente que la crisis afecta desigualmente a las cla- ses sociales y que es posible que en ese año se produzcan hábitos de sustitución en las mesas opulentas, en las cuales la ternera o la merluza o la vaca ocuparon el espacio que la escasez de oferta pro- vocó en el bacalao o las patatas. En conclusión, las clases pudien- tes comieron igual, o incluso mejor, porque la capacidad de sus bol- sillos se lo permitía, mientras en los hogares humildes se pasaba ham- bre. La crisis de 1857 A diferencia de la anterior, nos enfrentamos aquí con una crisis suficientemente estudiada, al menos a escala nacional tras la aten- ción que le ha prestado Sánchez Albornoz, cuyos trabajos se han convertido en modelo de análisis (36). En nuestra opinión, y cen- trando nuestro enfoque sobre la capital, deben tenerse en cuenta cuatro circunstancias para resumir en pocas líneas el contexto en que se desenvuelve: - la crisis remata varios años problemáticos en el abastecimiento de trigo (36). Desde 1854 se produce en la capital escasez y carestía creciente en el abasto de pan, que se agudiza en las primeras semanas del 57 en medio de una crisis general agrí- cola, a la cual presta particular información la sección quin- cenal ((Revista Agrícola y Comercial)) del diario madrileño «La Iberia)). - la guerra de Crimea genera beneficios (37) en el sector, por- que permite la exportación de granos. Pero para Madrid la interrupción de las remesas rusas y la perturbación del tráfi- co comercial mediterráneo más el desvío de los circuitos del cereal hacia mercados de la periferia supuso un periodo de (36) A . Fernández Garcia: «El abasiecimienio ... » O.C. p. 72 a 76. Puede seguirse la crisis en las informaciones de la «Revista Agricola y Comercial>) de aLa Iberia» 13 de enero, 1 I de febrero y 10 de marzo de 1857. (37) V. trabajo de J. Nada1 en «El Banco de EspaRa. Una historia económica». Servicio de Publicaciones del Banco de Espaiia. Madrid. 1974. dificultades. Así se generó la subida constante del precio y la escasez en el mercado, a pesar de que se restablece el flujo comercial del trigo ruso y en febrero llegan a Málaga 73.000 fanegas de esa procedencia (38). - final del bienio progresista. Como hemos indicado, Sánchez Albornoz lo ha relacionado con la crisis de subsistencias, al provocar los desórdenes callejeros la dimisión de Escosura del ministerio de Gobernación y la posterior salidad de los pro- gresistas de la coalición. - restablecimiento de los consumos por Real Decreto de 15 de diciembre de 1856 y con efectos de 1 de enero siguiente. Su abolición había sido punto programático y resolución tem- prana del progresismo. Su restablecimiento en la onda de una crisis de subsistencias, por apremios del fisco pero también por inclinación ideológica de un partido hacia la tributación. indirecta, provocó tensiones explicables. . Ante el restablecimiento del impuesto de consumos la opinión pú- blica se dividió. La prensa conservadora apoyó la medida como ne- cesaria. Especialmente definitorio de la mentalidad más reacciona- ria es el editorial que en enero publicaba el órgano carlista ((La Es- peranza)) (39): «la clase pobre sólo consume aquellas especies que por ser tan indispensables para el sustento de la vida el go- bierno ha gravado con unos impuestos tan módicos que apenas cabe rebaja en ellos. La clase media, cuya suerte en nuestra sociedad no es la más lisonjera, pues se halla oprimida por necesidades que a duras penas soportan, tan indispensables para su sostenimiento como lo es para el pobre el pan que lleva a la boca, contribuye al Estado ca- da familia con una cantidad triplicada o cuadruplicada por la clase de alimentos que consume, que cualesquiera otra de doble número de personas de la clase jornalera. La clase opulenta, cuyas mesas se cubren diariamente con la mayor abundancia de esquisitos manjares, de vinos na- cionales y estranjeros, sustancias alimenticias las que con- sideradas como artículos de lujo están gravadas con cre- (38) aLa Iberia)), 11 de febrero de 1857. (39) eLa Esperanza, 3 de enero de 1857. cidos impuestos, y de las cuales en dichas casas se consu- men grandes cantidades, tanto en el gasto ordinario co- mo en el extraordinario de saraos y banquetes, esta clase contribuye más que ninguna de la sociedad por este ra- mo». Aparte de la exhibición de patente i.eaccionarismo, de innecesa- rias exégesis, el editorial, de ser correctas las comparaciones que introduce, lo que es dudoso -quedémonos al menos con notorias diferencias de presupuesto-, nos proporcionaría el dato de que la clase media gastaría seis u ocho veces más en alimentos por perso- na que la proletaria (triple o cuádruple que otra familia de doble número de personas), y por otro lado nos permite entrever un cla- sismo alimentario, apuntando una tipología de la dieta familiar con una banda que iría de las migajas al banquete. Mientras la prensa moderada defendía la necesidad del restable- cimiento de la imposición, sosteniendo «El León Español)) que en un país agrícola las sustancias alimenticias constituyen la única ri- queza y comercio, con lo que cada clase pagaría proporcionalmen- te el consumo de este bien común, era criticada por la prensa pro- gresista, representada por ((Las Novedades)) y con mayor vehemencia por «La Iberia)). El Ayuntamiento distinguió entre las necesidades de la Hacienda y las del propio Concejo, puesto que la recaudación de los dere- chos de puertas se distribuía entre el fisco y haciendas locales. A los Ayuntamientos se asignaban cupos que habrían de abonar al Tesoro, y la mayoría de los de la provincia de Madrid acordaron sacar a subasta la recaudación (40). El de la capital, aunque necesi- ta imperiosamente aumentar sus arbitrios, se opuso en principio al restablecimiento de los consumos y solicitó que no se aplicara la tarifa en todas sus partes, según recoge un escrito de la Comisión de Hacienda y Arbitrios, por considerar que en ese momento iba en perjuicio de los habitantes de Madrid (41). En otra ocasión he- mos demostrado que las tarifas de puertas en la capital eran más altas que en las restantes poblaciones. Ante su restablecimiento la Comisión municipal adjuntó al escrito mencionado un informe pa- ra demostar la creciente presión tributaria en el ramo de los abas- tos, del que entresacamos algunas cifras expresivas (42): (40) «Boleiin Oficial de la Provincia de Madridn. 3 de enero y 3 de enero y ss. 1857. (41) A.V. 4-199-37 y 4-180-47. (42) A.V. 4-199-37. 1 Aiio l ~ i f r a satisfecha por Madrid al Tesoro. 1 Resultando obvio que la población de la Villa no había aumen- tado cuatro veces desde comienzos del reinado isabelino se puede concluir que la carga fiscal que soportaba cada madrileño en el ra- mo de la alimentación se había triplicado. La tarifa que entraba en vigor el 1 de enero de 1.857 supondría para el Ayuntamiento un ingreso adicional con respecto a la tarifa precedente de 2.471.081 reales, los cuales, añadidos al incremento recaudatorio de la Ha- cienda, elevarían a 5 millones el total del recargo tributario, canti- dad no excesiva en sí misma, en años en que el déficit del presu- puesto municipal se elevaba a 6 millones de reales, pero significati- va de la nueva orientación política tras el bienio puesto que no ya el restablecimiento sino la elevación de los impuestos del consumo coincidía con una crisis de subsistencias. Para medir la intensidad de la crisis recurriremos a los indicado- res que hemos propuesto en nuestro esquema teórico. 1836 . . . . . . . . . . 1844 . . . . . . . . . . 1853 . . . . . . . . . . 1857 . . . . . . . . . . El alza de precios (43) de los artículos básicos, pan, carnes de va- ca y carneros, y patata es acusada. 6.964.379 reales 12.773.31 1 reales 23.91 6.923 reales mas de 25 millones (previsión, calculo aproximado). (33) A.V. 6-60-24 y 6-60-25. Libra de carnero 16 a 18 cuartos 18 a 22 14al8cuartos 18 a 22 cuartos 22 a 26 cuartos 14 a 16 cuartos 18 cuartos Libra de vaca 14 a 16 cuartos 14a 18cuartos 16 a 18 cuartos 16 a 22 cuartos 18 a 24 cuartos 20 a 22 cuartos 18 a 20 cuartos 1856 Enero . . . . . . . . . . . . Marzo . . . . . . . . . . . . Julio . . . . . . . . . . . . . Septiembre . . . . . . . . Octubre . . . . . . . . . Diciembre . . . . . . . . . 1857 Enero . . . . . . . . . . . . Febrero . . . . . . . . . . . Marzo . . . . . . . . . . Abril . . . . . . . . . . . . Mayo . . . . . . . . . . . . . Junio . . . . . . . . . . . . . Julio . . . . . . . . . . . . . Septiembre . . . . . . . . Diciembre . . . . . . . . Libra de pan 10 a 14 cuartos 12al5cuartos 15 a 19 cuartos 16 a 24 cuartos 16 a 24 cuartos 16 a 24 cuartos 12 a 21 cuartos 12 a 23 cuartos 18 a 20 cuartos 12 a 19 cuartos 12 a 18 cuartos La carestía se detecta a lo largo del año anterior. El pan elabora- do, que se expendía en enero de 1856 entre 10 y 14 cuartos la pieza de dos libras según las diferentes clases, se sitúa desde diciembre del 56 a marzo del 57 entre los 16 y 24 cuartos; a partir de abril comienza un descenso interrumpido por una pulsación al alza en mayo, pero en diciembre de 1857 todavía no había recuperado su nivel de dos años antes. La libra de carne de vaca sube desde los 14, 15 y 16 cuartos de enero de 1856 a los 22 en la de primera cali- dad en diciembre de ese año y los 24 en marzo del 57, para iniciar luego un descenso relativo, sin llegar a las cotas anteriores. Con el carnero puede observarse una evolución paralela, con su cota má- xima de marzo del 57. La patata de mejor calidad, que era vendida en enero de 1856 a 7.5 reales la arroba, subía a 14 en junio, bajaba en los meses siguientes hasta los 9 reales de enero del 57, y volvía a encarecerse hasta los 13 reales de mayo y los 18 de junio y julio. Salvo la patata, que continua su marcha ascendente, marzo señala el momento crítico porque en ese mes alcanzan su máximo nivel los precios del aceite, garbanzos, judías y leche. Todos los comesti- bles reflejan un alza intensa, en un porcentaje que no habíamos per- cibido en la escasez del 47. Por el contrario la contracción del consumo (44) no fue tan gra- ve como la de 1847. Sabemos que el pan escaseó los seis primeros meses, porque la documentación municipal recoge asiduamente la penuria del mercado, pero las cifras anuales no lo reflejan con cla- ridad, porque el pan elaborado que entra en puertas se reduce de 1.297.803 libras a 653.222, pero en compensación entra doble nú- mero de arrobas de harina, 922.511 frente a 407.381 del año ante- rior. Más clara resulta la contracción en el uso del carbón, con 3.150.403 arrobas entradas por puertas en 1856 frente a 2.847.666 en 1857, con un descenso de 300.000 arrobas en un artículo impres- cindible. Asimismo en la carne se pierden casi 300.000 libras en la vaca y 150.000 en el carnero; con lo que se interrumpe la tendencia alcista del consumo por vez primera ( 4 9 , pues recordaremos que ni siquiera en la crisis del 47 la carne había disminuido su asidua presencia en las pitanzas madrileñas. Con motivo del restablecimiento de los consumos la Comisión de Arbitrios municipales efectuó un estudio (46) sobre los recursos (44) A. Fernandez Garcia: «El abastecimiento ... » p. 161. (45) Ibidem, p. 98. (46) A.V. 4:180-47. Estado n.' l. para cubrir el déficit del presupuesto, y en él introdujo un cálculo prospectivo de recaudación de Puertas, basándose en lo que consi- deraba consumo normal: 3 millones de arrobas de carbón, 776.000 de leña, 179.000 de azúcar, 300.000 de garbanzos, 928.000 de trigo de todas clases, etc. Tomándolas como referencia podemos afirmar que el consumo de 1856 no resultó bajo y que en cambio puede til- darse de deficitario el de 1857. Una cuestión nos sale al paso: ¿influyó el restablecimiento de la tarifa de Puertas, al menos de forma inmediata, en el flujo comer- cial, en la entrada de mercancías en la capital?. Es una pregunta a la que se puede dar respuesta, ya que poseemos estadísticas de entradas correspondientes a 1856, sin arbitrio, y a 1857, con el ar- bitrio de consumos vigente. Con respecto al movimiento comercial del mes de enero disponemos de alguna estadística comercial y de los partes diarios de puertas que publicaba «Las Novedades)) (47). De su análisis no se desprende una alteración notable. Si nos limi- tamos a dos artículos básicos, el pan y la carne, comprobamos que se incrementan harina y trigo, mientras. baja el pan elaborado, y en la carne se produce un ligero aumento sobre el año anterior. Por lo tanto en nuestra opinión el restablecimiento de la tarifa no alte- ró el flujo comercial, aunque sin duda contribuyó al alza de los pre- cios en un momento de escasez de la oferta. Con respecto a la perturbación del orden es menos clara que en las provincias que cita Sánchez Albornoz, puesto que la prensa no la menciona, señal de que no se producen algaradas graves, y aun- que hemos encontrado alusiones en la documentación del Archivo de Villa en torno a la venta de pan, no parecen tener la dimensión que en otras crisis de subsistencias. Sobre posibles modificaciones de las tasas demográficas algo sugiere el estudio de la Junta de Es- tadistica del Reino para esos años, al que nos hemos referido (48), al correlacionar mortalidad-carestía. Por otra parte recordemos que es el año del primer Censo, pero su elaboración resultó tan insatis- factoria para las autoridades que sería aventurado intentar extraer conclusiones de sus datos. (47) aLas Novedades>>. enero de 1857. Algunos errores, con dalos repeiidos. Pueden con- trastarse con los datos municipales en A.V. 4-133-2. Tambikn datos en los estados de subsis- tencias de A.V. 6-60-24 y 6-60-25. Un resumen de la contribuci6n de consumos del xix. ela- borado por Feliciano Herreros Tejada, en «La Nueva Iberia)), 15 y 16 de octubre de 1868. (48) Junta General de Estadistica del Reino: «Memoria sobre el movimiento ... » o.c . , en nota 13. La crisis de 1868 Sobre el supuesto de que la revolución política que destrona a Isabel 11 tiene un trasfondo económico, sea financiero, como han sostenido Fontana y Tortella al constatar la crisis de los ferrocarri- les, sea agrícola, como ha estudiado Sánchez Albornoz (49), la cri- sis de subsistencias del año 1868 ofrece un interés relevante. En el abastecimiento de Madrid la perturbación es patente ya a lo largo de 1867, año de parvas refacciones, como demuestra la con- tracción acusada de la carne. Si para nuestra referecia elegimos 1866, los madrileños reducen el consumo durante 1867 en 400.000 libras de carne de vaca, 300.000 de carnero, 700.000 de cerda, 175.000 de ternera (50). Al reunirse para averiguar la causa la Comisión de Arbitrios, el procurador síndico D. José Díaz Agero propuso algu- nas medidas con el fin de abaratar la carne (5 1). En su opinión el alto precio que obligaba a los madrileños a reducir sus ollas se de- bía a la especulación propiciada por Compañías privilegiadas que habían instaurado un régimen oligopólico, obteniendo enormes ga- nancias en su actividad de intermediarios, puesto que al .ganadero se le pagaba la carne a 38 reales la arroba (12.5 kgs.) y al público se le vendía a 22, 28 y 30 cuartos la libra, lo que supondría multi- plicar por seis el precio de origen. Según Díaz Agero el Ayuntamiento al frenar los abusos de los panaderos había ahorrado al pueblo de Madrid aproximadamente seis millones de reales; estableciendo ta- blas reguladoras como en Barcelona el ahorro en los artículos cár- nicos podría resultar sensiblemente superior. Aun teniendo en cuenta que la proporción 6 a 1 debería reducirse al vaciar y despiezar la res, introduciendo la merma de peso hasta el de la carne estricta- mente comercializable, parece indudable que según la relación pre- cio de compra y de venta los abastecedores se llevaban la parte del león con perjuicio de ganaderos y público, y así lo consideró la Co- misión de Arbitrios, que en su reunión de 4 de julio decidió apoyar la propuesta de intervención mediante puestos regulares, pero fue (49) V. enire otros trabajos, los de Gabriel Toriella: ((Ferrocarriles, economia y revolu- cien)) y N. Sinchez Albornoz: «El irasfondo economico de la Revolucibn)), en Clara E. Lida e Iris M. Zavala: ((La Rcvoluci6n de 1868. Historia. Pensamiento. Liieraiura)). Nueva York. Las AmCricas Publishing Company, 1970. - J . Fontana: aCanvi econbrnic i aciituds politi- ques. Reflexions sobre les causes de la revolucio del 1868)). ((Recerquesn n.' 2 (1972). (50) A.V. Fernandez Garcia: «El abasiecimienro ... », p. 163. (51) A .V. 4-407-59 desechada por el pleno municipal con el argumento de mantener la libertad total del comercio en su sesión del día 5 de julio. Si 1867 había sido difícil, el año 1868 va a resultar crítico en ex- terisas regiones de Espaíía, especialmente en Andalucía, y, por lo que a nuestro tema se refiere, problemático para el abastecimiento de Madrid. Las medidas que el Concejo madrileño adoptará para mediar la escasez son de diversa índole. La más socorrida, con una óptica que afrontaba los conflictos sociales mediante convocatorias al ejerci- cio de la caridad, era la suscripción para adquirir raciones de me- nesterosos, y a tal efecto se forma una Comisión, compuesta por el Alcalde, miembros de la Comisión de Subsistencias y el Carde- nal Arzobispo de Toledo o persona en quien él delegare, que en el mes de septiembre organizó la distribución de raciones en los diez distritos. La actuación efectiva comenzó el 10 de octubre, bajo el nuevo Ayuntamiento nacido de la revolución política. En esas ra- ciones se alternaban con el pan y el arroz, patatas, judías, garban- zos, pastas, manteca y aceite. Ya anteriormente por algunos taho- neros generosos, cuyos nombres se consignan en la Gaceta, o con motivo de la boda de los infantes de España se habían repartido raciones de caridad. Otra medida que ofrece un carácter menos sentimental que la an- terior estriba en el reparto de trabajo a los braceros parados, reso- lución que se aprueba en febrero, cuando.se encarga de diversas tareas a un total de mil obreros eventuales con un sueldo de seis reales diarios, para cuyo mantenimiento el Gobierno aprueba un crédito de 200.000 escudos y posteriormente la asignación de 30.000 escudos mensuales con destino a las arcas de los ayuntamientos más afectados, y que muestra sus insuficiencias en el mes de septiem- bre, en el momento en que el Ayuntamiento madrileño acuerda re- ducir los días de trabajo de seis a cinco semanales con objeto de poder ofrecer trabajo a doscientos braceros más, y el Alcalde D. Bernabé Morcillo emite un patético bando para que la caridad po- pular llegue a donde no ha alcanzado la pública, afirmando que ((es urgente alimentar esos infelices que aun imploran la caridad pú- blica» (52). La compra de granos en Castilla y el extranjero constituye el re- medio habitual que el'Ayuntamiento adopta en los momentos en que la oferta privada en el mercado resulta insuficiente. La docu- (52) A.V. 5-82-7 mentación sobre gestiones de compra es muy abundante (53), lo que prueba, a nuestro juicio, que el municipio consideró la escasez de grano como el problema más acuciante a que debía hacer frente ese año. Cuando la escasa cosecha del 67 daba señales de agotamiento, la actividad del Consejo se aceleró. En el mes de junio, según las cuentas presentadas por la Compañia de Ferrocarriles del Norte, se transportaron desde Zamora a los Docks de Madrid 234.900 kgs. de trigo. Por los despachos telegráficos de los cónsules, despachos que archiva la Comisión de Subsistencias, conocemos el movimiento comercial del trigo en los puertos de Crimea y Marsella con destino a Madrid, y además la llegada a lo largo del verano de 7.000 Tm. de cereal consignado desde Chile, de 6.000 a 7.000 arrobas de Li- verpool y de 1.200 a 1.500 de California. Al lado de las raciones de pobres, del trabajo a los braceros y de las importaciones de choque, la fabricación de pan barato, a 12 cuartos la pieza de dos libras, y del cual se llega a fabricar 18.000 panes diarios (54), constituye el cuarto remedio adoptado por el con- cejo municipal para hacer frente a la esasez; pero todo resultó in- suficiente ante el doble embate de la cosecha avara y la descompo- sición de un régimen político tambaleante. La correspondencia de los agentes de compras con la Comisión de Subsistencias nos permite comprobar la subida continua de los precios del grano en origen durante los primeros meses del año 68, lo que limitaba las posibilidades de actuación de los organismos mu- nicipales. Y así vemos como en enero se pagaba una partida a 25 reales la fanega, quizás a un vendedor poco calculador, y otras a 65 y 66 reales, y en febrero a 70 reales, precio que fue rebasado rapidamente en una dinámica de alza. El día 21 el agente en Medi- na escribe que ha comprado a 28 reales, y al día siguiente le piden a 80 y no sabe qué resolver; la Comisión le telegrafía ordenándole la adquisición de cuántas partidas pueda encontrar a 80, porque se teme que el alza no se detenga, y efectivamente en marzo se paga a 82 reales la fanega. A esta primera dificultad de la subida continua del precio de los cereales ha de añadires las del transporte, que no se resumen en las consabidas de la posición central de Madrid y la débil articulación (53) A.V. 5-109-32 y 5-82-20. Las Actas de la Comisión de Subsistencias, en. 5-82-13. Para más amplia infonnacion, 5-85-40, 5-82-16. 5-82-14.5-82-4. 5-82-21. 6-10-6. (54) Sobre pan barato. A. Fernández García: «El abastecimienio ... » p. 163. Gacela de Madrid* y «Diario de Avisos». 6 marzo de 1868. (55) Actas de la Comision de Subsistencias. 5-82-13. V. carta del cónsul en Odessa 25 jiilio y otra correspondencia consular de los meses de julio a septiembre. de los flujos comerciales. La multiplicidad de compañías ferrovia- rias se convierte en un fator complicador más. De la documenta- ción aneja a las cuentas que presenta Ferrocarriles del Norte se des- prende que mientras una de las Compañías ofrecía tarifas de trans- porte reducidas, en beneficio de la población de Madrid, otras se resistían a cualquier rebaja; o bien se presenta, como ha sido habi- tual en los ferrocarriles españoles, recibos con conceptos diferen- tes, de los que sólo en alguno se aplica la reducción de tarifa nor- mal, y así en la mencionada partida de 234.899 kgs. desde Zamora se reclaman 9.41 1 escudos por transporte (tarifa reducida), más 6.742 por gran velocidad (sin rebaja), más otra de introducción en la Vi- lla, con intervención de otras Compañías que reclaman el pago sin rebaja pero además sin demora, sin la espera o las trabas de los pa- gos administrativos. Entre la pluralidad de Compañías, la super- posición de tarifas de alta velocidad y reducidas y las complicacio- nes burocráticas sobre autorizaciones, firmas y contrafirmas, el re- sultado final es que el transporte urgente y barato resultaría al Ayun- tamiento lento y costoso. En otras ocasiones el transportista pide más de lo contratado, arguyendo, pérdidas de mercancía en el via- je, como se consigna en la instancia de D. Francisco Quesada, de Alicante, quien alega, provocando a buen seguro el asombro de los miembros de la Comisión de Subsistencias en su reunión de 19 de junio, que el trigo para el Ayuntamiento con el transporte ((desme- rece)), chusco eufemismo que intenta tapar la desfachatez de quien sólo piensa en aprovecharse de una situación de crisis. Pero proba- blemente la mayor complicación que tuvo que afrontar el Ayunta- miento en el capitulo del transporte fue el encarecimiento que pro- vocaba en el cereal la sucesión de pagos a transportistas por mar y ferroviarios, seguros, embalajes, etc., con lo cual el grano extran- jero se situaba en precios próximos a los nacionales y en momentos incluso superiores. Así ocurrió con el trigo ruso, considerado co- mo la solución. En julio costaba en Odessa a 49 reales, según carta del cónsul, quien expresaba su optimismo ante la recogida de la pró- xima cosecha; pero con el embalaje, el suplemento del flete de va- por y la comisión se situaba en 56 reales, y sumando la tarifa regu- lar de transporte mediterráneo colocaba la fanega en puerto espa- ñol a 72 reales, sin contar el seguro, a lo que habría que añadir los costos del transporte por vía férrea desde la costa, en los que el cónsul ya no entra. Los precios superiores a 80 reales, a que se pagaba la fanega en los campos peninsulares, eran de esta manera alcanza- dos por un grano que en origen no costaba mucho más de la mitad. En un año de abastecimiento problemático estalla la gran con- vulsión política de septiembre. Debemos considerar su inevitable impacto en el abastecimiento madrileño. Si seguimos por los datos de la Intervención de arbitrios municipales el movimiento de entra- da de los principales productos desde finales de agosto hasta pri- meros de octubre (56) podemos acreditar las siguientes comproba- ciones: - Se mantiene en niveles normales el abasto de carne de vaca, que oscila entre las 30 y 50 mil libras diarias, y el de carnero, entre 13 y 18 mil libras, y no se detecta nin- guna contracción brusca en los días de los acontecimien- tos de la revolución, cuyo nuevo régimen se proclama en Madrid tras los sucesos del 29 de septiembre, y así el car- nero alcanza su máxima cota, con cerca de las 20.000 li- bras, el 6 de octubre. - Se perturba intensamente la llegada de los granos. Las cifras usuales de 6.000 a 10.000 arrobas se reducen drás- ticamente los primeros días de octubre hasta alcanzar el nivel de unos pocos centenares, pero más drástica toda- vía es la reducción del flujo comercial de la harina, pues- to que, a partir de cifras que oscilaban las semanas ante- riores a la revolución entre las 2.500 y las 5.000 arrobas diarias, nos encontramos con que desaparecen algunos dias las entradas o se consignan 36 arrobas el 6 de octu- bre (el mismo día que se destaca por la máxima comer- cialización del carnero). - El carbón presenta grandes oscilaciones, lo que difi- culta deducciones seguras en torno a la fluctuación de los días críticos de la revolución, pero a pesar de ello pode- mos percibir como a lo largo del mes de septiembre, sal- vo el mínimo del día' 15, oscila entre las 2.000 y las 11 .O00 arrobas, mientras a primeros de octubre bascula su total entre las 300 y 1.000. En consecuencia podríamos afirmar que la revolución perturba gravemente el abastecimiento de dos artículos fundamentales para Madrid, el pan y el carbón, pero por el contrario no afecta al de (56) Se recogen en «La Nueva Iberia)). que en octubre vuelve a titularse «la Iberia», solo hasta el 9 de octubre. la carne, que posiblemente se convierte en artículo sustitutorio, si nos atenemos a la confluencia máxima y mínima de harina y carne- ro respectivamente en un mismo día, el 6 de octubre. Con la revolución son otras las personas que se responsabilizan de la operatividad de las instituciones, pero los problemas cotidia- nos, y entre ellos el de las subsistencias, son los mismos. La nueva Comisión de Subsistencias se reúne el día 15 de octubre (57) y ex- presa su preocupación por la triste situación de la mayoría de la población, ((clase numerosa de este heroico vecindario)), y su dis- gusto por la escasez de fondos, ya que se han gastado los 20.000 escudos del de calamidades públicas, cuando se esperaba que por no haber finalizado el año todavía quedaran existencias, y a dispo- sición del nuevo equipo sólo se contabilizan 7.535 fanegas de trigo y un crédito de 14.366 escudos. Se acuerda proponer la apertura de una suscripción, pero ante la multiplicación de comités y juntas revolucionarias se resuelve no dejar la iniciativa ni la responsabili- dad al albur del patriotismo de las Juntas de Distrito porque se re- caudaría más donde hay menos necesidades. En esta objeción nos topamos con uno de los inconvenientes de la parcelación del po- der, obligado a afrontar globalmente los problemas madrileños, y en otro sentido con las diferentes posibilidades de los distritos, co- mo se pone de relieve en otras calamidades públicas que hemos es- tudiado. Tanto los nuevos concejales del Ayuntamiento provisio- nal como los vocales de sus Juntas coincidían en que debía supe- rarse la atomización y centralizar la ayuda, posición no bien com- prendida por los dirigentes populares de las Juntas, que tenían una visión más cantonalista del proceso revolucionario. Otros problemas derivan de la ruptura revolucionaria, de la fal- ta de un traspaso de inventarios. Por ello en enero de 1869 la nueva Comisión que sustituyó a la provisional de octubre descubrió exis- tencias de granos «en razón a no haber tenido salida)) y pidió que se comercializaran inmediatamente (58). Quizás estos restantes se produjeran por la súbita interrupción de la actividad de la Comi- sión del régimen isabelino, pero la ignorancia de su existencia du- rante tres meses debe atribuirse al desorden propio de unas sema- nas de cambio político. De esta guisa hallamos algunos ribetes gro- tescos no exentos de una nota de humor. Los «voluntarios de la libertad)) permanecieron acuartelados para prevenir algún eventual (57) A.V. Actas de la Comiri6n de Subsisiencias 5-82-13. (58) A.V. 5-82-21. brote contrarrevolucionario bastantes días, en que eran abasteci- dos por las Juntas revolucionarios de Distrito, las cuales posterior- mente presentaron sus cuentas al Ayuntamiento para que pagara a los proveedores (59). El Ayuntamiento aceptó algunas con repa- ros, pero desechó otras calificando los artículos como «suculentos)), entre ellos tocino y chorizos, lo que podría ser discutible, pero tam- bién abundantes partidas de pasteles, que seguramente constituye- ron para los voluntarios las primeras «dulzuras)) de la Revolución. La crisis de subsistencias coincide con alteraciones en las tasas demográficas, perceptibles tanto si observamos los datos naciona- les como si nos ceñimos a los locales de Madrid, pero la tesis de la conexión entre las dos crisis exigiría un largo análisis. Veamos alguna cifra sobre el particular. La capital pierde población en los últimos años del reinado isabelino y las autoridades expresan en va- rios momentos su alarma (60): 1860 . . . . . . . . . . . . . 298.426 habitantes 1862 . . . . . . . . . . . . . 288.373 habitantes 1864 . . . . . . . . . . . . . 285.174 habitantes 1866 . . . . . . . . . . . . . 282.976 habitantes 1868 . . . . . . . . . . . . . 282.635 habitantes A escala nacional 1868 es el año peor del decenio 1861-1870, so- bre el que disponemos de abundante aparato estadisitico y de un estudio sobre el movimiento de población que publicó algunos años después el Instituto Geográfico y Estadístico (61). Para nuestro pro- pósito bástenos observar los datos de tres años: Años habitantes 61 7.536 487.151 574.242 548.690 596.696 550.560 (59) A.V. 5-287-36. 5-287-38. (60) En A. Fernindez Garcia, O.C. p. 148 recogemos la tabla completa de la poblacidn con la indicacion de las fuentes. (61) Los datos anuales del decenio pueden consuliarse en Insiiiuio Geografico y Estadis- iico: «Moviinienio de la población de Espaiia en el decenio de 1861 a 1 8 7 0 ~ . Madrid, 1877. La doble presión del aumento de las defunciones, aun sin llegar a la cota del 69, y la contracción de los nacimientos sitúan el coefi- ciente de crecimiento vegetativo en un bajísimo 0.15 anual, cinco veces inferior al del año interior, y poco más de la mitad que 1869, año crítico desde el punto de vista demográfico. Que sea coincidencia o repercusión la crisis demográfica de la agraria es cuestión que des- bordaría los limites de este trabajo, pero en principio defendemos la hipótesis de que las crisis agrarias ofrecen un reflejo poblacio- nal. Reparemos no obstante en la evolución de la natalidad, mortali- dad y nupcialidad de la Corte (62): De las estadísticas deducimos que 1868 es año normal en cuanto a los nacimientos, elevado por lo que se refiere a las defunciones, aunque sea superado en 1869 y 1870, y de clara contracción de los matrimonios. Como los restantes años aquí seriados de este dece- nio crítico, el saldo vegetativo es negativo en !868, pero queda muy lejos de las cifras alarmantes de 1869 y en menor grado de 1870. ¿Qué podríamos concluir a la vista de estas cifras y tendencias? En nuestra opinión existe un impacto de la crisis de subsitencias en las tasas demográficas, dentro de un arco cronológico más amplio que se caracteriza por sus especiales dificultades, y si no se percibe alte- vc ión en la natalidad se dibuja al menos un qlza que no ha alcan- zado su cénit en la mortalidad y, lo que a nuestro juicio resulta más significativo, es evidente la contracción de la nupcialidad, con un millar largo de bodas menos que el año anterior; y decimos que re- sulta especialmente significativa esta cota negativa que se destaca en solitario con respecto a los años precedentes y posteriores por- que la nupcialidad depende de manera inmediata de la voluntad de Madrid capital Años 1866 1867 1868 1869 1870 Nacimientos 1 1.991 12.168 12.934 12.819 12.803 Matrimonios 2.678 2.705 1.698 2.965 2.444 Defunciones 12.489 12.509 13.61 1 15.438 14.687 Saldo -498 -34 1 -677 -2.619 -1.884 los individuos, que postergan los enlaces en momentos de carestía o escasez. Probablemente fue el retraso de los talamos uno de los efectos de la penuria alimentaria del 68. 1. Apunte sobre las crisis de fin de siglo Sólo como un factor referencia1 aludiremos a las crisis de subsis- tencias del periodo de la Restauración, de menor envergadura y de otra naturaleza que las examinadas. No tendrán las cosechas men- guadas repercusión directa sobre las mesas de los hogares urbanos, porque la fluidez de los portes mediante el ferrocarril y los barcos de vapor permite a los poderes públicos disponer en plazo breve de géneros de otros países, y si la revolución del transporte oceáni- co provoca una aguda crisis en la agricultura europea y española, al situar en nuestros mercados a bajo precio cereal americano (63) con detrimento de los no competitivos del Viejo Continente, por el contrario suministra un recurso eficaz para aminorar los efectos de un año climatológicamente negativo. En esta nueva situación no ofrece relevancia la crisis de 1879 o la de 1882 y sus efectos en el mercado urbano resultan imperceptibles. Sin embargo merecen aten- ción las crisis de subsistencias generadas por factores sanitarios, aun- que su duración, a diferencia de las agrarias, no estará pautada por el ritmo anual de la cosecha y se limitará a periodos de tiempo más breves, los que delimita un embate epidémico. Certeramente «El Imparcial)), que dedica en 1882 una serie de artículos a la pobla- ción, arbitrios y subsistencias de Madrid, apostiiiaba (64): «una ali- mentación insuficiente acrecienta la predisposición a contraer en- fermedades, y viene a ser una de las múltiples causas de la mortali- dad» y a la inversa, añadimos nosotros, un estallido epidémico per- turba el abasto y provoca la penuria del mercado; se trata de dos factores interrelacionados de influjo mutuo. A la epidemia de cóle- ra de 1885 y a la crisis sanitaria de 1890 en Madrid hemos dedicado algunos trabajos; nos limitaremos ahora a apuntar su impacto so- bre los comestibles. El cólera del 85 adquiere su maxima virulencia en la capital a lo largo del mes de agosto (65). ¿Repercute en el abastecimiento? De (63) Ram6n Garrabou: «La crisi agraria espanyola de linals del segle i s una etapa del desenvolupameni del capiralisme)). «Receques» n.' 5 (1975). (64) «El Imparcial», 9 de agosto de 1882. (65) A. Fernandez Garcia: «Epidemias y sociedad en Madrid)). Barceloiia. Vives. 1985. p. 174. manera general la respuesta debe ser afirmativa, puesto que la te- rrible enfermedad producía una intensa perturbación del tráfico co- mercial con las cuarentenas de las poblaciones y los controles de los viajeros y de las mercancías, perturbación que se agravaba con la clasificación de una larga serie de artículos como peligrosos, lo que derivaba en quemas de portes y en la concentración de la de- manda en los alimentos considerados sanos. En un Informe sobre las finanzas municipales Alberto Aguilera comprobó que la recaudación de consumos, la más importante de las partidas de ingresos, se contrajo de forma alarmante precisa- mente en el año económico 1885-1886, contracción que a nuestro juicio esfa parcialmente determinada por la alteración del abasteci- miento en un momento en que la amenaza del cólera afectaba gra- vemente la llegada de mercacías a la Villa, y aunque ha de tenerse en consideración que en 1885 se aprueba una nueva ley de consu- mos con la modificación de algunas tarifas y una deducción del 10% para gastos de administración, la subida de los siguientes ejercicios demuestra que fue año de drástico descenso del volumen del abas- to (66): 1 Ejercicicios 1 Total. Pesetas 1 No obstante conviene que nos aproximemos al tema con un en- foque más cercano. La destrucción de los libros registro de fielatos que custodiaba el Archivo de ViUa impide seguir la fluctuación diaria de las mercancías por puertas pero disponemos de una tabla global de consumos durante el mes de agosto, el de máxima virulencia de la enfermedad, con las especies introducidas por puertas y el volu- men de carne sacrificada en el Matadero (67): (66) El triforme Aguilera se publicó junio con otros dos de Eduardo Dato y Corbalán Ejemplar en A .V. 9-245-8. V. datos en pag. 34. (67) «Diario Oficial de Avisos de Madrid». 29 de septiembre de 1885. ESTADISTICA DEL IMPUESTO DE CONSUMO RESUMEN de las especies introducidas por los Fielatos y de los derechos que han satisfecho en el mes de agosto de 1885 Especies Vino comun . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Aceitevegelal . . . . . . . . . . . . . . . . Trigo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Harina de trigo cernida . . . . . . . . . . Jamón . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Cebada . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Acelte mineral . . . . . . . . . . . . . . . . . Gallinas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Carbon vegetal . . . . . . . . . . . . . . . . . . Leche . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Huevos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Harina de trigo . . . . . . . . . . . . . . . . . . Paja . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Garbanzos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Pescado de rio y mar . . . . . . . . . . . . Carne de lernera . . . . . . . . . . . . . . . . . Aguardientes y alcoholes . . . . . . . . . . . . Lena . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Embutidos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Vinos generosos y espumosos . . . . . . Tocino salado . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Jabon . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Conejos y liebres . . . . . . . . . . . . . . . . . . Hielo nalural . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Palominos y pichones . . . . . . . . . . . . . . Escabeches . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Carne de cordero . . . . . . . . . . . . . . . . Cok . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Oueso . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Hielo artilicial . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Conservas de pescado . . . . . . . . . . . . . Cera . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Arroz . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Licores . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Algarrobas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Sebo en rama . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Conserva de verduras . . . . . . . . . . . . . . Esiearina . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Manteca extraida . . . . . . . . . . . . . . . . . . Carne de toro y vaca . . . . . . . . . . . . . . . ldem de cabrito . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Legumbres secas . . . . . . . . . . . . . . . . . . Ceweza . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Vinagre . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Cecila . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Cantidad 1.803.378 244.266 46.205.46 9.815.42 64.667 24.431.20 85.552 64.957 29.463 246.865 32.827.50 5.212.36 28.356.70 4.246.30 62.989 34.682 2 1.529 13.264 15.74 1 12.676 9.495 16.862 12.255 50.374 34.830 21.61 3 13 788 9.553.66 19.781 56.976 1 1.535 4.036 586.03 2.102 2.370.66 4.782 4.894 2.766 8.651 3.4 17 20.413 832.36 16.674 7.851 748 Unidad Litro . . . . . . . Kilogramos . qq . metrico . ldem . . . . . Kilogramos . qq . melricos Kilogramos . Una . . qq.metrico . . Litro . . . . . . Ciento . . . . pp . métricos ldem . . . . . . ldem . . . . . . Kilogramos . ldem . . . . . . Litro . . . . . . . qq . m6lncos Kilogramos . Litro . . . . . . . ldem . . . . . . ldem . . . . . . Uno . . . . . . . Kilogramos . Uno . . . . . . . Kilogramos . ldem . . . . . . qq . melricos Kilogramos . ldem . . . . . . . . . . . . ldem ldem . . . . . . qq . m6tricos Litro . . . . . . . qq . metricos Kilogramos . ldem . . . . . . ldem . . . . . . ldem . . . . . . ldem . . . . . . ldem . . . . . . qq . m8lricos Litro . . . . . . . ldem . . . . . . Kilogramos Importe . Pesetas Cents . 360.675.60 63509.16 60.277.26 25.86680 24.431.20 22.243.52 19.487.10 17.677.80 15.799.36 13.131 11.988.20 11.342.68 10.615.76 10.078.24 8.323.68 8.27 1.60 8.018.40 6.296.40 5.070.40 3.7998 3.709.64 3.676.50 3.526.18 3.483 3.458.08 3.330.72 2.866.10 2.650.66 2.051.14 1.845.60 1.574.04 1.465.08 1.187.52 1.185.32 1.147.68 968.80 957.04 865.10 820.80 469.48 4 18.28 416.86 329.72 224.40 Poco elocuente es la tabla en sí misma si no se compara con el total de los abastos en un agosto norma!. El más próximo del que disponemos de cifras seguras es el de 1888, porque en ese año la Sección de Estadistica publica mensualmente un ((Boletín de Esta- dística)) de enorme interés para temas varios (68). Los hemos cote- jado y comprobado que algunos artículos aumentan su comerciali- zación en 1885, cuando en Madrid entran 9.000 qm. mas de trigo, 8.000 kgs. más de queso y 34.000 más de aceite vegetal, o se com- pensa los 3.000 kg. de aumento en la leña con los 300 de disminu- ción en el carbón, pero en otros casos podemos verificar como se mantiene el artículo selecto mientras escasea el popular, al igual que en la crisis de 1847; por ej. aumenta en 2.000 litros el vino generoso mientras desciende en 150.000 litros el vino común; y sobre todo Continuación (68) aBoleiin de Estadistica de la Villa de Madrid)). Madrid. Ayuntamiento, 188. Importe - Pesetas Cenls. 185.80 185.80 143.28 134 104.70 93.10 82.80 60.24 54.40 31.50 15.24 8.64 3 90 272.894.88 36.376.24 25.448.60 22.523.48 678.10 2.814,02 2.500 2.199 1.143.854.30 Cantidad 6.771 6 771 47.76 134 349 286 180 25 1 136 63 5.52 . . . . 36 6 3 1.074.124.50 129.440.50 88.637.75 84.127 2.515 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ldem Especies Pastas para sopas . . . . . . . Pescado salpresado . . . . . . . . . . Harina de arroz . . . . . . . . . . . . . Pavos . . . . . Pollos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Carne lresca de cerdo . . . . . . . . Salvado . . . . . . . . . . . . . . . Conserva de lrulas . . . . . . . . . . Manteca salada de cerdo . . . . . . . . Conse~as de aves . . . . . . . . . . . . Pan . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Carne de cabra . . . . . . . . . . . . . Capones . . . . . . . . . . . . . . Perdices en las condiciones que precep. lua la Ley de Caza . . . . . . . . . . . A la suma anlerior hay que agregar por in. gresos de consumos en el Matadero lo si- guienle: Por vacas sacrilicadas en el Matadero ldem carneros . . . . . . . . . . . . . . . Idem ovejas . . . . . . . . . . . . . Idem lerneras . . . . . . . . . . . . . . . . ldem corderos . . . . . . . . . . . . . . Por el produclo de la leche de las vacas . . . . . . . insialadas en el casco y radio Abonado por los labricanles de cerveza m Por la venla de bonos de cazadores . . Total general Unidad . . ldem ldem . . . . . . qq. métrico . . . . Uno . . . . Idem . Kilogramos . qq. métrico Kil6grarnos ldem . . . . . . . . . ldem qq. métricos Kilogramos Uno . . . . . . . . . . Una Kilogramos ldem . . ldem . ldem . . . . . ldem ldern I d em l d em . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . como se produce una contracción notable en artículos esenciales, con 131 .O00 kg. de vaca y 26.000 de ternera menos sacrificados en el Matadero, que no pueden ser compensados por la subida de 12.000 kg. en el carnero y 36.000 en la oveja, y el descenso de 40.000 litros en la leche, de 3.000 kg. en el jamón, 800 qm. en el arroz, 1.300 kg. en los garbanzos, 500 cientos en los huevos, 10.000 kg. en el pescado fresco. De un examen atento de las tablas se desprende la convicción de que la epidemia ha perturbado los circuítos comer- ciales y ha provocado un descenso de los consumos, derivación no atendida por prensa ni autoridades, absorbidas por la contabilidad de los muertos y el freno médico a la difusión del bacilo. A la crisis sanitaria de 1890 hemos dedicado un trabajo (69). Con- fluyen en castigar a la población madrileña la gripe a principios de año, un amago de cólera durante el verano y la viruela durante el otoño y el invierno, elevando los tres coletazos el número de vícti- mas a 6.000 y colocando las rasas de mortalidad de la capital en un guarismo infrecuente en la Europa occidental a finales del xix. Bastenos recordar ahora que la simple amenaza del cólera, que pro- voca contadas víctimas en la corte, interrumpe las comunicaciones con Gandía, pablación a la que asignaban algunas noticias la con- dición de ser uno de los focos de la epidemia, y provoca la quema de seras de pimientos y otros productos horticulas, con quebranto de los abastecedores. Y que durante la epidemia de viruela estalla el conflicto de la carne. El abastecedor se quedaba en concepto de merma por pérdida de peso en la matanza media libra por carnero y una libra por cuarto de vaca. Al introducirse el sistema métrico decimal, con el nuevo sistema de pesadas tenía derecho a 3.5 kg. por el mismo concepto, lo que suponía a un promedio de 200 vacas diarias que el gremio se reservaba entre 600 y 700 kg. de cuota com- pensatoria y un beneficio añadido, tras la venta del ganado, de 1.500 ptas. diarias, cantidad exorbit.ante, de la que se quejó la prensa. El Ayuntamiento dispuso en su sesión de 15 de octubre que el des- cuento se reduciría a 100 gramos por res lanar y a 400 por cuarto de res vacuna. El enfrentamiento Ayuntamiento-abastecedores fue violento. El 4 de noviembre los abastecedores dejaron Madrid sin carne y el Ayuntamiento afrontó la compra directa del ganado y el suministro a la población mediante puestos expendedores. La po- blación sufrió jornadas de largas colas y molestias hasta que final- (69) A. Fernandez Garcia: «Madrid 1890. Aproximacion a una crisis sanitaria». Boletín de la Real Academia de la Historia, romo c ~ x x i i i , cuaderno 2, 1976, e incluido en «Epide- mias y sociedad ... » O.C. mente los abastecedores aceptaron la reducción de su tajada gre- mial. A nuestro juicio la perturbación guarda una relación directa con la situación sanitaria; es una crisis no de escasez sino de comer- cialización del abasto, espoleada por una circunstancia difícil de ín- dole epidémica, en la que la carne se considera un alimento idóneo para reforzar la defensa de la población. En definitiva, durante la Restauración ya no es la cosecha avara la desencadenante de los problemas del abastecimiento sino que se trata de crisis sociales, con un desencadenante sanitario y varias ver- tientes que se resumen en problemas político o de gestión y de sub- sistencias o de distribución del más imprescindible de los recursos: el alimento. Por sus dimensiones demográficas Madrid es un gran centro de consumo; por su situación central su abasto resulta problemático en años de escasez. En estas pulsaciones de la historia madrileña se revelan los arcaismos de la economía española, y en concreto la débil articularción de las comunicaciones, lo que impide una lucha eficaz contra las hambrunas de origen agrario. Las crisis de subsis- tencias repercuten en el mercado urbano con toda nitidez hasta los años 80, en tanto que en los dos decenios finales del siglo la revolu- ción del transporte incrementa las defensas sociales. Particular relevancia ofrecen las crisis de mediados de siglo, cuan- do el crecimiento poblacional de la Villa pone de relieve la incapa- cidad de adaptación del sistema comercial para afrontar situacio- nes excepcionales. En otro sentido las crisis de subsistencias desem- peñan un papel agravante o desencadenante en las convulsiones po- líticas y resulta llamativa la coincidencia de ambas en 1847, 1857 y 1868. El tema refleja problemas de articulación comercial, distribución interior, divisiones de clases, o calidad sanitaria. Cuando se amor- tigua su impacto ha de entenderse que en algún aspecto se ha mo- dernizado la economía española. Pero no todo se resume en datos acerca de la cosecha menguada en determinados años; más intere- sante nos Darece el análisis de estas crisis Dara el conocimiento de las sociedades urbanas, para aproximarnos a los intereses gremia- les que pueden esgrimir los abastecedores, o la condición desigual y los contrastes entre las clases sociales. Las tablas de comestibles enmascaran en su globalidad dietas diversas, pero en definitiva su perturbación permite atisbar la compleja situación de los habitan- tes de una gran ciudad, que en momentos de carestía va desde la indefensión y el ayuno hasta la mesa exenta de abastinencias. ABASTEClMlENTO POBLACION Y CRISIS DE SUBSISTENCIA Concepción de Castro Concepción de Castro El pósito de Madrid: evolución y crisis Profesora de Historia. Universidad Complutense. L a historia del pósito madrileño es paralela a la de otros pósitos urbanos en la Castilla del Antiguo Régimen. Los pósitos caste- llanos son instituciones municipales reguladoras del mercado local de granos, fundamentalmente del trigo. Similares a los cilleros por- tugueses, a los graneros de ciudades italianas o a las annonas de algunas de las francesas ( 1 ) , parecen nacer y organizarse de forma permanente durante el reinado de los Reyes Católicos. Su origen hay que buscarlo, sin embargo, en la previa intervención concejil en los mercados medievales de granos, intervención aún discontí- nua o circunstancial. La institución del pósito castellano se inscribe, pues, en el marco del intervencionismo mercantilista propio de la época y de la políti- ca europea de abastecimiento a las ciudades. Todos los Estados in- tervienen en la distribución de los productos alimenticios, en especial, en la del grano y el pan en las aglomeraciones urbanas. La ((policía de abastos)) se destina a lograr un abastecimiento abundante y ba- rato, previniendo con ello agitaciones populares y motines de sub- sistencias en los grandes centros consumidores que son las ciudades. En este sentido, la capital del Reino plantea siempre problemas, in- tervenciones y subvenciones superiores al resto: es la mayor aglo- meración urbana, centro político y administrativo, sede de la corte; el aprovisionamiento y el orden público en la capital ocupan, por tanto, un lugar destacado entre las precupaciones de los gobernan- tes. Así, reglamentos y controles son una característica general im- puesta a los mercados franceses de grano y de pan a lo largo del Antiguo Régimen; y, en años de carestía o de escasez, se refuerzan con la intervencibn directa de las autoridades locales y territoria- les. Mas el beneficiario de las gravosas operaciones estatales -las compras realizadas ((por cuenta del Rey» a través de grandes co- merciantes o financieros- es el público de Pans. El caso español es similar, dentro de su marco peculiar y caracte- rístico. En agosto de 1803, abierta ya la crisis del sistema tradicio- nal de subvención del pan, los fiscales del Consejo de Castilla resumen así la larga historia del pósito madrileño: «El pueblo de Madrid, por ser corte de nuestros ... sobe- ranos y porque la mayor parte de sus habitantes son po- ( 1 ) Cf. en E. lbarra y Rodriguez: Elproble~nocereolisioen EspoAo, Madrid, 1944, pág. 1512; y en F. Braudel: La Medirerraneeeer le Monde Medirerronéen, Paris. 1966. T . 1 , págs. 300-334. bres; porque esta corte está en el centro de la monarquía sin el auxilio de canales que faciliten la conducción y trans- porte de los bastimentos; porque ni ha habido ni hay que esperar en muchos tiempos que haya verdaderos comer- ciantes ...; siempre han querido (los Reyes) que se sumi- nistrase a este pueblo el alimento de primera necesidad a un precio equitativo, inferior al de su compra cuando la escasez y las circunstancias de los años lo exigen. Esto ha causado pérdidas en diversos tiempos, que las han su- frido unas veces el real erario ..., y otras se han suplido de diversos arbitrios que se han proporcionado por el Con- sejo» (2). La política de granos castellana, aunque del mismo tipo que otras políticas españolas y europeas, intensifica el control con la tasa ge- neral y permanente de los granos, así como con la intervención di- recta basada en la creación de una red de pósitos municipales. Las pragmáticas de la tasa se cumplen mal, pero condicionan la mar- cha regular del mercado; y el poder de los pósitos como institucio- nes públicas les permite conseguir grano al precio de la tasa cuando se eleva por encima de ella el precio de mercado. Los registros y requisas que conlleva la tasa forman parte de los medios a su al- cance. Llamados a paliar los efectos de las oscilaciones climáticas sobre la población, los pósitos deben acumular en periodos de precios bajos y vender o prestar, con un margen moderado, tan pronto como es- casee el grano en el mercado: Venden trigo barato a los panaderos, sujetos siempre éstos a la postura o tasa local del pan, que oscila, a su vez, con el precio final del trigo en cada lugar; los pósitos ven- den también, aunque en menor medida, el pan de sus propias taho- nas al consumidor; y prestan grano para la sementera al labrador del término municipal. Norma básica de los pósitos es la de operar a coste y costas, es decir, la de autofinanciarse. Se cuenta con el desinterés que debe presidir su actuación, con la eliminación del beneficio correspon- diente al comerciante intermediario. Para el logro de su objetivo, los pósitos reciben ciertos privilegios, como el derecho de tanteo, el de embargo a precio de coste en determinados casos, o el dere- cho a imponer la absorción anual del grano excedente. Esta Última (2) Archivo Hisi6rico Nacional. Consejos. Legajo 6.783, n.O 7. operación es la del renuevo que, ante la falta de un adecuado siste- ma de conservación, trata de garantizar la calidad de la reserva en los graneros municipales; los labradores de la jurisdicción reciben trigo viejo contra la entrega de trigo nuevo de la próxima cosecha, o bien lo compran obligatoriamente los panaderos o los vecinos del municipio. Existen, sin embargo, condicionamientos que los pósitos no pue- den superar y que los inclinan ineludiblemente al déficit. La previ- sión de las cosechas es tardía y la estimación de la reserva municipal resulta, con frecuencia, errónea; ante la escasez, se ajustan opera- ciones apresuradas y costosas, tantas veces resultantes en un supe- rávit que es preciso renovar o malvender después. Deficiencias técnicas y administrativas, transportes lentos y caros, fuerte pater- nalismo en años de escasez, son factores que, conjugándose con el caciquismo local de la sociedad de la época, elevan el coste de la intervención municipal. Es un coste que recae sobre los presupues- tos municipales, así como sobre los labradores que soportan el re- nuevo y sobre los mismos consumidores a los que se trata de proteger. Se crean así diversos arbitrios y sisas que recargan otros artículos de consumo para financiar la subvención del pan; y el precio de éste se eleva en años de buenas cosechas para paliar las pérdidas del pósito correspondiente. Creado por iniciativa de los Reyes Católicos, el pósito de Ma- drid empieza a funcionar entre 1514 y 1518. Las rentas de la villa y el sobrante de la alcabala integran el capital inicial. Antes de me- diar el siglo xvr el pósito ha fijado su sede en la Cava Baja de San Francisco, cerca de Puerta Cerrada; en 1666 se traslada junto a la Puerta de Alcalá. La capitalidad y el incremento demográfico convierten en tema primordial el aprovisionamiento de Madrid y la gestión del pósito. De ahí que, junto a la autoridad concejil como en los pósitos de otras poblaciones, en la dirección del madrileño intervenga direc- tamente el Consejo de Castilla, creciendo la vigilancia y la partici- pación del poder central de forma paralela a la población de la Villa y Corte. Con la población crece el volumen de las operaciones del pósito, mientras va eliminando los préstamos para la sementera y centrán- dose en la regulación del mercado urbano y en la subvención del pan consumido por los madrileños. El volumen de las compras de- termina, a su vez, la expansión del área de aprovisionamiento y la evolución en las formas comerciales. Desde los años de 1580, el pó- sito va creando una red de agentes fijos que operan desde los cen- tros productores y mercantiles de Segovia, Avila, Arévalo, Salamanca, Toro, Zamora, Valladolid y otros núcleos de Tierra de Campos y de la Mancha. Son grandes comisionados que operar,, a su vez, a través de otros agentes menores, a menudo vecinos de los pueblos productores (3). Al ir convirtiéndose Madrid en un gran centro de consumo, su demanda presiona, igual que la de otras capitales europeas, en fa- vor de la lenta comercialización de la agricultura castellana. Lo ha- ce con mayor fuerza que ninguna otra ciudad española; pero siempre desde el intervencionismo peculiar a Castilla y con la contrapartida de un fracaso también mayor en lo que a la autofinanciación del pósito se refiere. Así, hacia 1580 el municipio madrileño está ya en- deudándose para mantener el pósito, tomando capitales a censo, con garantía de los propios y rentas de la villa, y creando sisas que recargan otros artículos de primera necesidad para la atención de esos censos. Por otro lado, respaldado como está por el Consejo de Castilla, los privilegios de compra del posito madrileño resultan siempre ma- yores y más eficaces que los del resto. A ello se suma el pan de re- gistro, síntoma de la preocupación poiítica por el aprovisionamiento de la capital. La tasa local del pan deja un reducido margen de beneficio a los panaderos de las ciudades. Compran habitualmente el trigo en el mercado, fuera o dentro de su ciudad. Pero en tiempos de carestía se surten necesariamente en el pósito; la instrumentación consiste en la tasa municipal del pan, anormalmente baja ahora en relación al mercado, y en su estricta correspondencia con el precio del gra- no subvencionado Dor esa institución. La producción de los pequeños empresarios que son los panade- ros no suele cubrir toda la demanda urbana. Es frecuente, en cam- bio, que la venta de pan por los panaderos urbanos se complemente, en cada caso, con la de otros panaderos de los lugares del contor- no; son, a veces, labradores modestos que dan así salida a su pro- pio excedente, Ilevándolo periódicamente en forma de pan a la (3) Sobre el p6sito de Madrid y su historia. cf. C. de Castro: El comercio de granos y 10 economía de Madrid en los siglos X W I y XVIII. en Papeles de Economío, Madrid, 1984. n.' 20, págs. 350-360. ciudad más cercana. Es una oferta suplementaria que disminuye o falta, sin embargo, en períodos de carestía, forzando entonces a los pósitos urbanos a intervenir al limite de su capacidad. Madrid no es la excepción, ni en lo que a la modestia de los pa- naderos se refiere, ni en la introducción y venta de pan cocido del contorno. Pero la acusada pobreza de esos lugares les impide apro- vechar adecuadamente el mercado madrileño. En tal contexto, el abasto a la capital se garantiza con el pan de registro: desde 1581 al menos, los pueblos comprendidos en un radio variable en torno a Madrid quedan obligados a surtirla con una determinada canti- dad de pan, o de trigo en el caso de los mas alejados. El pan de registro, carga pesada para los pueblos afectados a causa de la pobreza del medio y lo escaso de su producción, se mantiene hasta 1758. En esta fecha se impone la agremiación a los tahoneros madrileños; en las ordenanzas se comprometen estos a mantener abastecida la capital, así como a comprar dos tercios, al menos, de su materia prima al pósito. Es entonces cuando se puede liberar al contorno del pan de registro y del renuevo del trigo atrasado del pósito. Pero la autoridad encargada del abastecimiento madrileño aspi- raba ya por entonces al monopolio del pósito como proveedor ex- clusivo del trigo en la capital. Los panaderos, atentos a ensanchar sus reducidos beneficios, solían negarse a recibir su cupo de trigo del pósito tan pronto como la coyuntura les ofrecía compras más baratas, o de trigo más reciente y de mejor calidad, en los merca- dos castellanos. Prohibirles toda adquisición fuera del pósito eli- minaba las pérdidas ocasionadas por esos stocks invendidos, aunque, al mejorar cosechas y precios, el público tuviera que consumir un pan más caro y de peor calidad de lo que la coyuntura permitía. El monopolio garantizaba, además, el surtido permanente a costa de acumular en el pósito grandes reservas de salida regular. La coyuntura alcista de los años 1760 refuerza esa tendencia mo- nopolista. Así, en 1765 los tahoneros madrileños se surten por en- tero en el pósito, Intensificada la política del pan barato para Madrid ante el aumento de los precios, las pérdidas del pósito suben en cual- quier caso hasta recaer sobre el Real Erario. Hacienda dedica, pues, sumas considerables al pósito, que, en 1765, «corre (ya) por cuenta del Rey)). La deficiente administración, los intereses creados en torno a administradores, municipes y comisionados de compras hacen su- bir el déficit. La liberalización de 1765 pone fin al monopolio del pósito en Ma- drid; no volverá a instaurarse hasta la crisis final del pósito, enmar- cada en la del Antiguo Régimen. La pragmática de julio y la provisión de octubre de 1765, junto a la abolición de la tasa y a una libertad controlada del comercio privado de granos, implican una reducción paulatina del papel de los pósitos, llamados ahora a ser lenta y progresivamente sustitui- dos por los almacenes de los nuevos comerciantes o intermediarios. Nada más opuesto al espíritu y a la letra de esas leyes que la ac- tuación monopoiística del pósito de Madrid. La iniciativa y la ac- ción enérgica de Campomanes se encargarán de imponer la vuelta al sistema tradicional, en lucha con el Ayuntamiento y el corregi- dor. Después, durante aproximadamente dos décadas, vigilará es- trechamente la actuación del pósito desde el Consejo de Castilla. El objetivo de Campomanes consiste en mantenerlo dentro de los limites de una moderada intervención; en dejar que la capital se sur- ta, como otras ciudades, por «vía de panaderos)), es decir, a través del mercado en la medida en que la escasez y el paternalismo del Antiguo Régimen lo permiten, cubriendo simplemente el pósito las deficiencias del mercado durante los meses mayores y los años de carestía. Exigencia en lo que a la presentación regular de cuentas se refiere y, sobre todo, limitación de fondos extraordinarios son los medios mas efectivos de que se vale Campomanes (4). La década que se inicia en 1780 ofrece una nueva escalada de los precios y el pósito, como otros campos del abasto madrileño, se endeuda en el empeño de frenar la subida sobre el consumidor. Alen- tado, en parte, por esa política de alimentos baratos, el crecimien- to de la población madrileña mantiene el ritmo más acelerado que iniciara hacia 1740 (5); así, el consumo madrileño, que en la segun- da parte de los años de 1760 se estimaba en 2.000 fanegas diarias de pan, alcanza las 2.400 en los primeros años del siglo xix, aun- que la fuerte carestía entonces reinante bien pudo sustituir parte de otros consumos por el pan, siempre más barato en relación a su su- ministro de calorías. Por otro lado, el ímpetu inicial de Carnpoma- nes para limitar la cuantía de la subvención va cediendo con las circunstancias, con el desengaño de una agricultura que no reac- (4) Cf. en C. de Castro. op, cit., y gn Lo polirica llusrrada y el abastecimienro de Ma- drid, en Historia Económica y Pensamienfo Social. Esrrrdios en homenaje a Diego Mareo del Peral, Madrid, 1983. ( 5 ) Sobre la evoluci6n demogrhfica madrileiia, cf. M.a Carbajo Isla: L a poblacidn de la villa de Madrid desde finales del siglo xvi hasla mediados del siglo xix, en Bolefin de la Asociación de Demografia His/órica, XI, 1984. págs. 4-18. cionar ante la política liberalizadora de 1765 y con su paso desde la fiscalía a la presidencia del Consejo de Castilla en 1783. La excelente cosecha de ese año de 1783 permite al pósito resar- cirse de buena parte de las pérdidas sufridas en la crisis de 1780. Después, la sucesión de cosechas medianas, sin el alivio de un año francamente favorable, va empeorando la situación financiera del pósito. En mayo de 1786, el Ayuntamiento declara que no le preo- cupan tanto las pérdidas del pósito, pues espera recuperarlas con ((10 ventajoso de las compras en tiempos felices, a precios cómodos que ... (compensen) el crecido a que ha costado la actual existen- cia» (6). El pósito pierde, pues, en proporción inversa a la calidad de la cosecha. Salvo si ésta es francamente buena, subvenciona el pan. En los años mejores mantiene un sobreprecio en el trigo que vende a los panaderos y que, en tales ocasiones, éstos se resisten a com- prar. Su resistencia sólo es parcialmente vencida con multas, casti- gos y prisiones. Cuando amenazan con la huelga y el desabastecimiento de Madrid, se les restituye por la fuerza a sus tahonas; pero el pretendido equilibrio del pósito entre buenas y malas cosechas es precario e incompleto. Así, al sobrevenir la crisis de 1788-1789, el pósito ha perdido ya el fondo que, por valor de unos 7 millones de reales, le cediera la Corona al desembarazarse de él en 1766. El nivel ascendente de los precios y la intensidad de la crisis de los años de 1790 sólo serían superados en el primer lustro del nue- vo siglo. En el pósito madrileño se van acumulando las pérdidas y el endeudamiento será ya permanente. En 1794 declaraba haber perdido, desde 1788, 23 millones de reales y sus deudas ascendían a 11.540.000 reales. En 1798, las deudas pendientes ascendían a 10.613.781 reales, a pesar de haberse rescatado otras por valor de 7.170.600 reales (7). A partir de 1787, sus principales acreedores fueron la Depositaría General de Madrid, el Banco de San Carlos y el fondo de Propios y Sisas de Madrid; disfrutó, además, la do- nación de diversas cantidades por la Corona y, sobre todo, la ce- sión de determinados arbitrios municipales a su favor y la del 50 % de la alcabala de Madrid. (6) A.H.N. Cns. Leg. 6.777, n.' 22. (7) Archivo de la Villa de Madrid. Secretarla, 2-134-13; y A.H.N.. Cns. 6.782, n.' 4. En sus Últimos años al frente del Consejo de Castilla, Campo- manes reclamó al pósito por su abandono en la presentación de cuen- tas ante el Consejo. Pero las dificultades crecientes del abasto, el retiro de Campomanes en 1791 y la decadencia de todo el sistema darán lugar a un fuerte deterioro en la administración del pósito, tal como quedara organizada tras su reforma de 1766. Para dirigir la gestión de todos los abastos, incluyendo al pósito, se crea en 1798 un nuevo organismo, la Real Dirección, que depen- de, a su vez, del Gobierno, no del Consejo de Castilla. Se busca con ello una solución a los continuos déficits sufridos por la gene- ralidad de los abastos bajo la gestión municipal (8). Pero a las pér- didas y a las deudas heredadas, sólo parcialmente rescatadas, se irán sumando otras nuevas en estos años de la crisis final del Antiguo Régimen. Las deficiencias administrativas son, desde luego, un fac- tor a tener en cuenta; mas la política paternalista y de protección al consumidor madrileño son la fuente principal de esas pérdidas, con independencia del organismo gerente. El pan solía ser abundante y de buena calidad en Madrid. Pero, mediado el mes de junio de 1801, ocurre algo insólito: apenas se encuentra ((pan candeal)) en sus puntos de venta. Por entonces, la mala calidad del «pan español)) --el pan común de mayor consu- mo tradicional-, unida a la pequeña diferencia de precio entre uno y otro, había desviado parte de la demanda hacia el candeal. Movi- lizados el Consejo y los Alcaldes de Casa y Corte, las causas saltan inmediatamente a la vista: la postura del pan madrileño es dema- siado baja respecto al precio de mercado del trigo, y el pósito, falto de medios, no está vendiendo a los tahoneros todo el trigo subven- cionado que éstos necesitan para atender al consumo madrileño. Los que les está dando es, además, de calidad deficiente, con lo que disminuye el número de hogazas de dos libras por fanegas de trigo. Se ha pretendido, pues, desplazar parte del costo de la subvención sobre los tahoneros, que han comenzado a su vez a fabricar menos pan y de peor calidad (9). Iniciada la inspección, pronto aparece el abandono y descuido en que ha caído el pósito bajo la Real Dirección: existencias reduci- das e insuficientes; mala calidad del género, sobre todo la de una de las partidas a punto de ser mezclada con el resto, echándolo to- do a perder; no se controla ya a los comisionados de compras, ni (8) CI. en V. Palacio Atard: Algo m& sobre el abustecimiento de Madrid en el siglo XVIII, en Anales Madrileños. T. V., 1970. (9) A.H.N. Cns, Leg. 6.782, n." 13. en lo que a calidad o a cantidades de trigo y dinero se refiere; no hay justificantes de las compras que la Real Dirección pretende te- ner hechas; desde hace bastantes años, las cuentas del pósito son incompletas o simplemente inexistentes; y el trigo ya no se airea ni apalea para mantenerlo en condiciones. El informe del Alcalde en- cargado de la inspección concluye afirmando que el pósito está arrui- nado, y perdidos con él los fondos que, a lo largo del tiempo, ha ido donandole la Real Hacienda. Es entonces cuando, desligando el pósito de la Real Direccion, se poneen pie lo que, de haberse aplicado su contrata fundacional, hubiera significado un nuevo sistema en el abastecimiento del pan a la capital. Se crea así, mediado el mes de septiembre de 1801, y por un plazo máximo de dos años, la Compañía de Panaderos de Madrid, abierta a todos los que acepten las condiciones estableci- das. La Compañía se compromete a surtir en exclusiva todo el consu- mo diario, 1 A00 fanegas de pan común o espafiol y otras 1 .O00 fa- negas entre el pan de flor (candeal y francés o de lujo) y el de terce- ra clase o de villa. Los panaderos se reparten las 2.400 fanegas dia- rias de acuerdo con el número de piedras de cada tahona. El Con- sejo fijara el precio de pan según el precio medio del trigo, pero a coste y costas, sin subvención. Los tahoneros podrán proveerse en los mercados castellanos o en el del mismo Madrid, a cuya al- hóndiga llegan habitualmente algunos, aunque pocos, granos. Se formará, en cualquier caso, un depósito de 60.000 fanegas de trigo en el pósito, para lo que el Gobierno realiza una nueva donación, esta vez de 4 millones de reales. El tahonero falto de grano para atender su obligación diaria lo comprará allí, pero pagándolo al pre- cio de los últimos mercados para ir reponiendo el depósito. Para compensar la reducida ganancia de los panaderos y la responsabili- dad que asumen, reciben -junto al monopolio del pan que exclu- ye toda entrada de pan del entorno- el de la fabricación y venta de harinas en la capital a reposteros, pasteleros o particulares. Fi- nalmente, se nombra a uno de los fiscales del consejo -Juan Igna- cio de Achutegui- «juez conservador)) del pósito y encargado ex- clusivo de las relaciones entre este organismo y la Compañia. Al presentar el nuevo sistema al Rey, el Consejo y el Fiscal Achu- tegui encarecen las ventajas de «ir acostumbrando insensiblemente al vecindario de Madrid a que coma el pan a coste y costas)). Y re- conocen al mismo tiempo que es algo ya indispensable, pues «los muchos millones de deudas ... han de conducir necesariamente (al pósito) a su Última ruina)). Las aspiraciones se reducen ya, más a reintegrar a sus legítimos acreedores, a poner en orden «las ofici- nas de cuenta y razón, de modo que puedan suministrar, en el mo- mento que se les pida, noticias prontas y exactas)) (10). Pero la viabilidad de la Compañía, tal como se ha planteado, de- pende ineludiblemente del respeto a los precios de mercado. Y esto es precisamente lo que no se va a cumplir. El 17 de septiembre se habían subido los precios del pan a 13 y 15 cuartos respectivamente el español y el candeal, dejando libre el precio del pan francés de lujo. La coyuntura alcista persiste, sin embargo, y , mediado el mes de octubre, los panaderos reclaman ya porque la tasa del pan no corresponde al precio del trigo; la di- ferencia es de ocho reales por fanega. Acuden entonces masivamente al pósito, como en tiempos y en contra de los principios tan recien- temente proclamados. Mas el pósito, falto de medios, sólo acepta- rá sufragar cuatro de esos ocho reales, recargando el resto sobre los panaderos. Estos, reunidos en el Ayuntamiento, reclaman la pro- visión de todo el trigo por el pósito al precio de la subvención esta- blecida por la tasa local del pan desde el Consejo. Desde ese momento, y hasta finales de 1803 en que vence la con- trata, la Compañía de Panaderos se mantiene de forma puramente nominal. El pósito, con el fiscal Achutegui al frente, se encarga de acopiar y de vender a los panaderos, subvencionándolo, todo el trigo preciso al consumo madrileño. Al asumir esa carga, Achutegui es- tima que, en los últimos cincuenta años, el pósito ha perdido más de 100 millones de reales. Pero el poder central se muestra incapaz de entregar la capital a los avatares del mercado en estos años, que registran una crisis que, cerrando un ciclo multisecular, supera en sus peores momentos a las del siglo xvii. Al iniciarse la recupera- ción con la cosecha de 1805, el abasto del pan madrileño se encau- zará por la vía de la libertad. Hasta esa fecha, el estado del pósito es el de un deterioro progre- sivo. Abandonada ya toda planificación tras la cosecha, las com- pras son continuas y apresuradas, aprovechando cualquier ocasión por pequeña que sea la partida o elevado el coste. La correspon- dencia que antes mantuviera la dirección del pósito con los princi- pales agentes de compras en las provincias, se disloca ahora en mul- titud de cartas y misivas a 139 comisionados, que se extienden has- ta los puertos para los granos de importación, más las dirigidas a los administradores y mayordomos de grandes propietarios eclesiás- (10) Op. cit. ticos o seculares, a intendentes y a corregidores. Y el área de com- pras se amplía por el sur hasta Andalucía y Extremadura, con in- dependencia del coste de los portes. No extraña, pues, que en Ma- drid se ignore, a veces, el precio y el volumen de las compras hasta' bastante después de realizadas (1 1). Ante la crisis, se afirma la preferencia que siempre disfrutaran los abastos de la Corte. Así, en noviembre de 1802 se insiste en la cédula de 1790 que, por primera vez desde 1765, prohibía la exis- tencia de grandes comerciantes y almacenistas de granos; y se so- mete a labradores y propietarios a vender sus sobrantes a los «pre- cios corrientes)) en los últimos mercados, tratando con ello de fre- nar la especulación. Pero en diciembre de 1803 se toman ya las me- didas precisas para que sea Madrid la primera beneficiaria de esas ventas obligadas (12). Los privilegios de la capital destacan sobre todo en lo que a la conducción del trigo se refiere. Las dificultades del transporte, siem- pre fuertes para abastecer a Madrid, aumentan cuando la escasez de pastos y de piensos reduce los animales de tiro disponibles y los debilita por no tener sus dueños, como sucede en esta situación ex- trema, ~garrobas ni paja para darles a cometer en el camino)), ha- ciendo «forzosa la muerte de aquellos y... total (la) ruina de los la- bradores)) (13). Con la intensidad de la crisis se generalizan, pues, las órdenes de embargo de carretas, carros y animales no ocupados en la siembra, Órdenes comunicadas a los alcaldes de los pueblos para auxiliar a los comisionados del pósito madrileño (14). A pesar de todo, desde 1803 la carencia de medios de transporte fue, a ve- ces, más agobiante que la misma escasez de trigo; así, ante el fre- cuente y peligroso descenso de las existencias en Madrid, el pósito compra un elevado numero de carros y de caballerías cuya inutili- dad se plantearía en el verano de 1805 (15). A los acreedores del pósito se suma, desde 1801, la Consolida- ción de Vales. En enero de 1804 los préstamos de la Consolidación, efectuados al 4 por 100, ascienden a 17.102.287 reales. Y Manuel Sixto Espinosa, contador general de esa institución, interviene en el acopio de granos para la corte (16). (11) A . H . N . C n s , L e g . 6 . 7 8 3 . n . " 8 , 2 3 y 3 ; y L e g . 6 . 7 8 3 , n . ' l 9 . (12) A.H.N. Cns, Leg. 6.783, n." 12. (13) A.H.N. Cns, Leg. 6.783, n .O 19. (14) A.H.N. Cns, Leg. 6.783, n.' 8; y Libro de Consejos, n." 1.502 para la circular de 25-1-1804. (15) A.H.N. Cns, Leg. 6.783, n .D 22. (16) A.H.N. Cns, Leg. 6.782. n.O 19. La subvención del pan madrileño había recaido siempre sobre el pósito. Pero la tendencia a recargar una parte sobre los panaderos, iniciada con la malograda Compañia a finales de 1801, no desapa- rece después totalmente. No es de extrañar que empeore en estos años la calidad del pan en Madrid, tradicionalmente célebre por la bondad de este género, ni que se venda también falto de peso, o que cunda, a veces, la alarma por su escasez en los cajones de la Plaza Mayor. En diciembre de 1801, ante las protestas de los pana- deros, se sube el pan a 14 y 16 cuartos respectivamente el español y el candeal, rebajándoles el trigo del pósito a 66 reales la fanega. Pero, mediado el mes de marzo de 1802, cuando la posrura se eleva a 16 y 18 cuartos y el trigo a 77 reales, los panaderos reclaman los 2 reales que están ellos perdiendo por fanega. El 23 de agosto de 1803 el pan sube en Madrid hasta 18 y 20 cuartos; pero los 86 reales a que se trata el pósito de mantener el trigo acaban siendo invia- bles, rebajándolo poco después a 80 reales. Es un trigo de mala ca- lidad, propio de aquellas pésimas cosechas, con mayores costes de transformación y menor productividad en pan. A pesar de todo, el pósito lo está pagando a un precio final de 100 y 110 reales; a principios de 1804, se ha elevado ya a 140 reales, cuando se entrega a los panaderos a 80, 100 y 112 reales; poco despuei se hace preciso elevar en 2 y eri 4 cuartos, respectivamente, el precio de cada clase de pan (17). Carestía y epidemia repercutieron en un sensible aumento de la mortalidad en el Madrid de 1804 (18). Pero, cubierto por el pósito todo el consumo de pan en la capital, los efectos de la crisis fueron aquí mucho menores que en la generalidad del país. Haciendo ba- lance en el verano de 1805, la Real Dirección de Abastos afirmaría que «en muchos pueblos del Reino, o no ... han comido (pan), o lo han pagado a precio superior y de (peor) calidad)). Ninguna otra población pudo disfrutar, en efecto, el apoyo incondicional del go- bierno para suplir las deficiencias del pósito y de los fondos muni- cipales. Así, los diputados de Aranda de Duero se quejaban, en ju- nio de 1803. de «no poder arreglar el precio del pan, ni hallarle pa- ra el abasto, ni atender la pública calamidad)). Valga de ejemplo el caso de Avila, donde el pan de 2,5 libras valía 38 cuartos en ene- ro de 1804. Pero debieron ser numerosos los lugares donde muchas (17) A .H.N. Cns. Leg. 6.782. n.' I I y sin n."; Leg. 6.783, n.' 45. 8 y 11; y Libro de Alcaldes de 1804, rolios 851-856. (18) Cf. en M.' Isla Carbajo. op. cit. pág. 9. Cf. iambien M . Espadas Burgos: El hoin- bre-de Madrid en 1812, en Hispania, 1968. 110, pags. 596 y SS. familias tuvieron que mantenerse, como en Villarejo de Fuentes (Cuenca), «con titos o almortas ... con salvados tostados)) u otros recursos por el estilo (19). En febrero de 1804, la Real Dirección se había declarado parti- daria de la libertad en todos los géneros del abasto, comprobada ya por la experiencia la imposibilidad de que el poder público se aventurara a venderlos a precio de coste. Un mes después sería el Consejo de Castilla quien, reconociendo el fracaso, votaría un dic- tamen en el mismo sentido (20). Previamente liberados los abastos menos problemáticos, la cosecha de 1805 iba a proporcionar la oca- sión propicia para deshacerse de la pesada carga del pósito, la car- ne y el carbón. Cuando los precios del grano inician un descenso generalizado en el verano de 1805, el pósito de Madrid tiene en sus paneras 200.000 fanegas de trigo acumuladas a precio de carestía suma. No obstan- te, y aunque las pérdidas se estiman entonces en torno a los 44 mi- llones de reales para los dos últimos años, el 21 de junio se publica la primera baja del pan, siguiendo la tónica de otras poblaciones y, con ella, la del trigo del pósito. La baja del 1 de agosto coincidi- rá con la última postura del pan en Madrid. El 23 del mismo mes se concede la libertad, «con facultad a todo género de personas y comunidades de Madrid, o de afuera, de introducir así pan cocido como trigo y harinas, amasarlo y venderlo a precios convenciona- les, sin más intervención del gobierno que en lo perteneciente a la salubridad)) (21). Mediado el mes de septiembre, el pósito dejó de surtir a los pa- naderos; suprimida la tasa local del pan, la alhdndiga madrileña y los mercados castellanos fueron desde entonces sus lugares habi- tuales de aprovisionamiento en régimen de libertad. El papel del pósito queda desde entonces reducido al de un panadero más, pa- nadero público, sin embargo, regulador del mercado del pan en Ma- drid. Compra pequeños repuestos de trigo en el mercado y fabrica en sus tahonas -construidas en el recinto del pósito en el siglo xvi1- una reducida cantidad de pan diario, bien para complemen- tar posibles deficiencias en el surtido de los panaderos, bien para corregir los que puedan ser «excesos» de éstos en lo que al precio, peso o calidad se refiera (22). En tiempos de carestía, aumenta tran- (19) A . H . N . , Cns. Leg. 6.783, n." 22 y 6.782, n.' 18. (M) A.H.N. , Cns. Leg. 6.783, n.' 8 . (21) A .H.N. , Cns, Lib. 1.503. (22) A .H.N. , Cns, Leg. 6.783, n.' 25, 22 y 33. sitoriamente el papel desempeñado por el pósito; pero la idea de sustituir al mercado no vuelve ya a plantearse. La liberalización de 1805 en el municipio madrileño se mantiene con la Restauración de 1815 y, más tarde, con la de 1823 (23). A lo largo del siglo xix, el pósito servirá como almacén de ese grano regulador, vendido tam- bién en ocasiones a precio barato a los panaderos, en cantidad va- riable según la coyuntura. Pero su exceso de capacidad en la nueva situación lo llevará a desempeñar aún otros papeles, como el de «cuartel de ingenieros)) o el de depósito para los telones y otros en- seres de los teatros del Príncipe y de la Cruz. El conjunto de edifi- cios del pósito fue derribado en 1869, al formarse la plaza de la In- dependencia en torno a la Puerta de Alcalá (24). Con la libertad de 1805 se iniciaba el proceso de reducción de em- pleados del pósito y la venta de utensilios inútiles. Pero quedaron por rendir las cuentas de los Últimos siete años. En marzo de 1806, los encargados del pósito hicieron presente la Consejo el cúmulo de dificultades que ofrecía esa labor, dado el desorden reinante du- rante la última crisis, la falta de recibos y de justificantes: ((Ocupa- dos los dependientes en lo más urgente ..., era consecuencia forzo- sa faltar a otras cosas menos precisas.)) Las cuentas quedaron, pues, remitidas -como dijera uno de los fiscales de Castilla- «a tiempo indefinido, que es el mayor que pudiera señalar el Consejo y el me- nor que necesitará la operación según los tomos que parece (la) com- ponen)) (25). (23) Cf. el Bando de 25-V111-1815, en A.H.N. , Cns, Lib. 1.515; Leg. 6.783, n.' 26 y 5 1.722. (24) M. de Mesonero Romanos: El Antiguo Madrid. Madrid, 1861. pág. 251; P. Madoz: Diccionario Geografico-Esiodístico, Madrid, Madrid. 1848. pág. 278 y A. Fernández de los Ríos: Guía de Madrid, Madrid, 1.876. págs. 165-166. Cf. iambikn A. Fernández Carcia: El abosfecimiento de Madrid en el reinado de Isabel II, Madrid, 1971. (25) A.H.N., Cns, Leg. 6.783, n.' 23. ABASTEClMIENTO POBLACION Y CRISIS DE SUBSISTENCIA Mma Victoria Vara Ara M e a Victoria Vara Ara Crisis de subsistencia en el Madrid de comienzos de siglo: 1800-1805 Profesora agregada de I.N.B. L as crisis de subsistencia constituyeron uno de los problemas más acuciantes de la España de comienzos del siglo xix. Entre 1800 y 1805, sucesivas catástrofes naturales provocaron por todo el te- rritorio peninsular violentas crisis agrarias -muy bien estudiadas por Anes y García Sanz-, cuyos efectos -escasez, carestía, ham- bre y mortandad- patentizaron los desequilibrios y contradiccio- nes estructurales del sistema socio-económico e institucional del An- tiguo Régimen (1). Las repercusiones de estas crisis fueron dramá- ticas en Madrid, donde, solamente, en el año 1804 murieron más de 1 1 .O00 personas. En esta comunicación, hemos intentado realizar un primer esbo- zo de las crisis de subsistencia de 1800-1805 en Madrid, a través del análisis de una de sus manifestaciones más significativas: los pro- blemas en el abastecimiento de pan. Esta cuestión permite abordar algunos de los aspectos sociales -el pan es en las sociedades prein- dustriales el alimento básico de la mayoría de la población y, por tanto, el ((agente inductor)) de la acción de las masas (2)- y políti- cos más importantes que entraña esta crisis -la actuación de los gobernantes en esta materia muestra la quiebra del sistema institu- cional vigente-. Como ha documentado Ringrose, en su investi- gación sobre la economía del Madrid dieciochesco, las condiciones de vida de las clases populares: jornaleros, criados y artesanos - que representaban más del 70% de la población activa de la ciudad-, se habían degradado de manera progresiva en las últi- mas décadas del siglo, hasta situarse al límite de la subsistencia, co- mo resultado de alza continuada de los precios y del descenso de los salarios reales, absorbiendo el pan un porcentaje, cada vez ma- yor, de sus presupuestos (3). Los poderes públicos, conscientes de esto y de la estrecha relación que existía entre falta de pan y con- (1) Las crisis de subsistencia de coinieiizos del siglo uix han sido, ampliamenie. desa- rrolladas por 6. Anes: Las critisagrarias eii /(I Esparlo iiioderna, Madrid, 1970, pp. 399-423 y 432 y A. Garcia Saiiz: Desarrollo y crisis del Aiitigiro Regimen en Casiilla la Vieja. Econo- ii~inysociedad oi iierrns (le Segoviu. 1580-1814. Madrid. 1977, pp. 84-89 y 130-142. Un tra- bajo mas localizado es el dc J. L. Pese! y J. A. Salvalho: h hambre y enrermedad en Sala- manca: estudio de la repercusion de la crisis de subsisiencia de 1803-1805 en Salamancan en Asclepio, XXIV (1972). pp. 225-266. Para las crisis de subsistencia posreriorcs véase M. Espadas Burgos: «El Hambre de 1812 cn Madrid» en Hispania, 110 (1968). pp. 594-623; N. Sánchez.Albornoz: Las crisis de sitbsisiericio en Espaaa en el siglo xrx. Rosario. 1963 y A. Fernandez: El aBasrecimienio de Madrid en el reinado de Isabel 11. Madrid, 1971. (2) La importaiicia del paii en las crisis de subsisiencia dcl Antigiio Regimen es tratada por J. M . Palop: I-iaiitbre y Iircliu onii/ritdal. Las crisis de subsisrencia en Valencia (siglo .vi?rr). Madrid, 1977. pp. 2-4. (3) El progresivo enipobrccimicnto de las clases populares en el Madrid de fines del sviii Iia sido analizado por D. R. Ringrose: Madridv la econoniío espa~iola. 1560-1850, Madrid. 1985. pp. 78-82, 88-108. 136-140 y 158-161. flictividad social, no escatimaron esfuerzos para garantizar una con- currencia abundante de granos a la Corte. La amarga experiencia del motín de Esquilache, recordada por los acontecimientos revo- lucionarios de Francia, les había enseñado las perniciosas consecuen- cias que la escasez de este producto podía acarrear en Madrid, ca- pital del estado y centro neurálgico de la monarquía borbónica (4). Sin embargo, y pese a la intensa actividad desplegada por las auto- ridades responsables, el aprovisionamiento de pan en el Madrid de 1800- 1805 presentó una problemática irresoluble. Para comprender este contradictorio panorama es necesario ins- cribirlo en la coyuntura económica del momento, de la que son cla- ros indicadores la evolución de los precios mensuales del trigo y las fluctuaciones de las entradas de grano en la alhóndiga madrileña -mercado público para las transacciones privadas de cereales y harinas- recogidas en los cuadros ! y 11. Con las cotizaciones se- manales que aparecen consignadas en el Correo Mercantil de Espa- ña y sus Indias hemos elaborado en el cuadro 1, en el que quedan reflejadas las oscilaciones del precio medio mensual del trigo en el mercado madrileño durante el periodo comprendido entre los años agrícolas de 1798-1799 y 1807-1808. A la vista de los datos, destaca el alza constante, progresiva y violenta que se produce a partir de 1800 y hasta 1804 en el precio medio mensual de la fanega de trigo, que pasó de 51,3 reales en el mes de agosto de 1800 a 173,2 reales en el mes de mayo de 1804, lo que representa un aumento del 237,6% (5). Sí, por el contrario, nos detenemos en el cuadro II, confeccio- nado para la etapa que se extiende desde 1799-1800 hasta 1807-1808 a partir de las anotaciones diarias que aportan los libros de entra- das y salidas de grano de la alhóndiga, comprobamos que tiene lu- gar un proceso inverso al experimentado por los precios: descenso acelerado de las cantidades de trigo que los particulares introducen en Madrid desde 1800 hasta 1804-1805, alcanzándose el mínimo en el mes de junio de 1804, cuando no llega a la alhóndiga madrileña ni una sola fanega de trigo. Tanto la evolución de los precios men- suales, como las variaciones en las entradas de trigo en el mercado municipal son signos evidentes de la crisis agraria de subproduc- ción que, entre 1800 y 1805, se cierne sobre la España interior. Las malas cosechas de 1800, 1803 y 1804, originadas por condiciones (4) Sobre la iranscendencia de las crisis alirneniicias en la capital del Estado ver V. Pala- cio Aiard: «Abasiecimieiiio de Madrid de finales del siglo sviii)) en 11 S.~~~>iposiwn de His- lorio d e lo Adnii~iislroción. Alcalii de Henares (noviembre. 1969). ejemplar mecanografia- do, pp. 1-2. C U A D R O l P R E C IO S M E D IO S M E N S U A LE S D E LA F A N E G A D E T R IG O E N E L M E R C A D O M A D R IL EE i0 (E N R t A N O S A G R IC O LA S M es es 17 98 -9 17 99 -1 80 0 18 00 -1 18 01 -2 18 02 -3 18 03 -4 18 04 -5 18 05 -6 18 06 -7 18 07 -8 FU EN TE S: E l C or re o M er ca nt il d e E sp añ a y su s In di as . M ad rid . 17 G n- *a na A go st o .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. S ep tie m br e .. .. .. .. .. .. .. .. .. O ct ub re .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. N ov ie m br e .. .. .. .. .. .. .. .. .. D ic ie m br e .. .. .. .. .. .. .. .. .. . E ne ro .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. Fe br er o .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. . M ar zo .. .. .. .. .. .. A br il .. .. .. .. . .. .. M ay o .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. Ju ni o .. .. .. .. . .. .. Ju lio .. .. .. .. . .. .. .. .. 55 .2 57 63 .3 66 .1 67 67 .3 72 .5 83 .7 84 .4 82 .7 86 .6 71 .1 71 . 1 - 70 68 . 3 62 .6 64 .6 61 .2 56 .1 55 .3 61 .9 60 .7 50 . 2 61 69 75 .6 83 . 8 85 . 2 82 . 6 85 .2 81 . 3 85 .6 86 .2 86 . 7 88 .8 87 .5 83 .1 98 .8 12 2. 5 87 .9 57 57 . 8 10 3. 7 12 4. 6 10 2. 5 53 .1 56 .8 10 2 13 5 97 .5 51 . 9 53 .2 10 2. 3 - 89 .2 53 53 10 2. 5 - 85 .5 52 .2 53 .5 11 5 - 78 52 53 . 2 12 5 7 1 3 53 .1 59 .2 - - - 67 51 58 . 8 - - 69 .8 53 .6 63 11 1 50 .1 39 .6 42 .9 43 42 .6 43 44 49 51 .1 49 4 7 5 49 4 5 9 51 .3 51 .7 53 .7 54 . 2 54 . 6 54 . 7 56 . 8 56 . 8 55 .8 57 58 .2 57 . 6 55 .2 E N Tf M D A S D f F T R IG O E C U A D R O ll iO N D IG A M A D R IL E M ese 79 9- 1 8 00 18 00 -1 18 01 -2 18 02 -3 18 03 -4 18 04 -5 18 05 -6 18 06 -7 18 07 -8 - A go sl 39 .3 54 46 .5 99 32 .6 35 46 .7 31 2. 42 4 1. 09 4 7. 08 1 32 .2 61 43 .0 06 Se pt i~ ,,, ,,, . . . . . . . . . . . . . 37 .5 35 38 .8 85 27 .9 75 38 .3 55 7. 78 7 58 2 34 .5 58 25 .4 13 50 .9 44 O ct ut 36 .6 18 33 .6 85 27 .2 37 30 .9 76 30 .8 68 26 .8 39 43 .3 29 N ov ie 36 .9 76 29 .2 02 26 .9 66 21 .7 76 35 .2 22 20 .4 58 26 .7 31 D ic ie r 34 .5 88 26 .9 68 23 .8 97 13 .1 O0 28 .8 99 28 .6 01 24 .2 13 En er o 35 .2 27 24 .6 81 15 .5 74 10 .1 27 33 .8 85 24 .3 70 25 .5 32 Fe br e 35 .6 65 21 .9 76 o' o 14 .6 77 30 .2 36 27 .6 14 22 .8 75 M ar zc 38 .6 07 24 .6 38 14 .8 55 35 .1 95 25 .3 93 23 .7 95 A br il 30 .7 57 22 .2 98 21 .4 56 31 .5 57 29 .9 52 12 .6 51 M ay o 38 .3 41 27 .4 07 21 .4 33 38 .1 56 26 .8 66 21 .5 34 Ju ni o 38 .2 02 14 .5 04 13 .1 78 38 .9 40 36 .5 98 29 .7 68 Ju lio . . . . . . . . . 39 .7 67 17 .7 09 6. 54 5 56 1 46 .3 04 45 .2 1 1 26 .0 33 To ta l an ua l . . . . 44 1. 63 7 32 8. 55 2 25 3. 24 9 5. 78 3 39 8. 90 1 34 9. 57 6 35 0. 31 1 FU EN TE S: 1 79 9- 18 00 : A .V .M .. Pó sit o. lib s. M 4 2 y M -2 85 ; 1 80 0~ 18 01 : Ib id em . l ib s. M .8 9 y M -1 00 ; 1 80 1. 18 02 : I bi de m . M -9 4 y M -1 7; 1 80 2- 18 03 : Ib id em . l ib s. M -1 7 y M -1 1; 1 80 3- 18 04 : I bi de m . I ib s. M -1 1 i0 4- 18 05 : I bi de m . l ib . M .2 86 ; 18 05 -1 @ lib s. M -2 86 y M -1 3; 1 80 6- 18 07 : I bi de m . l ib s. M -9 5 y M -2 81 y 1 80 7- 1 y M -8 7. i. li bs . M -2 8 : A (E N F 10 6: Ib id em . climaticas adversas, causaron una enorme escasez y una terrible ca- restía, síntomas inequívocos de las crisis de tipo antiguo (5). Ante la gravedad de la situación, las autoridades se vieron obli- gadas a partir de 1800 a reforzar el intervencionismo en el abasteci- miento de pan de Madrid. Los gobiernos ilustrados habían preten- dido garantizar una confluencia abundante de cereales a los merca- dos, mediante la política liberalizadora adoptada en 1765. Con aque- lla legislación habían intentado acabar con la especulación y las ocul- taciones, atraer directamente los granos de los labradores a los centros de consumo y convertir los pósitos en instituciones regula- doras del mercado durante las épocas de escasez y carestía (7). Sin embargo, la ((libertad del comercio de granos)) no logró sus objeti- vos. Al iniciarse el siglo xix, los acaparamientos continuaban sien- do habituales y el pósito madrileño seguía desempeñando un papel fundamental en el suministro de cereales a la ciudad. Las crisis de subsistencia, que entonces se desencadenaron, iban a forzar a la Ad- ministración a agudizar sus prácticas intervencionistas, a fin de po- der asegurar el surtido de pan y el orden público en la capital. La pésima cosecha de 1800 se dejó sentir sobre todo en la prima- vera de 1801. En el mes de junio la escasez de pan era general en Madrid. Nos sirve como ejemplo el parte remitido por el Alcalde del Repeso -policía de abastos-, tras su ronda de reconocimien- to a los puestos de la Plaza Mayore del día 21. En él consta que sólo 3 de los 19 despachos de dicha plaza tenían pan y aún así en cantidad muy escasa, «tres o cuatro pares)) (8). El Consejo de Castilla, conocedor de la transcendencia que po- día adquirir el asunto, se apresuró a arbitrar medios extraordina- (5) La validez de los precios publicados por el Correo Mercantil de Espatia y sus Indias ha sido comprobada por C. Anes: Op. cit., pp. 83-84 y 222. Atestigua este autor que las cotizaciones que aparecen en el Correo son precios de mercado que concuerdan, rigurosa- mente, con los enviados al Consejo de Casiilla por Corregidores y Alcaldes Mayores. Sin embargo. en el cuadro que hemos confeccionado sobre la evolución de los precios del trigo en el mercado madrileho faltan algunos datos: en los meses de marzo, abril. junio, noviem- bre y diciembre de 1804 no se incluyeron los precios del trigo eii Madrid en el Correo; la ausencia de precios en el primer trimestre de 1805 se debe a que no hemos podido localizar los numeros del semanario correspondientes a este periodo. No obstante, consideramos que la serie presentada permite apreciar la evolución general de los precios del trigo en la etapa 1798-1799/ 1807-1808. (6) Las dimensiones de las crisis de producción de comienzos del siglo XIX quedan pro- badas en G. Anes: Op. cit.. p. 463 y A. Garcia Sanz: Op. cit., pp. 130-142. (7) Sobre la organización del abastecimiento de trigo y pan en el Madrid del siglo xvtii vise C. de Castro: «El comercio de granos y la economia de Madrid en los siglos xvii y xviii» en Papeles de Ecoriomia Espatiola, n.' 20 (1984). pp. 350-360; S. Madrazo: El sistema de tronsportecen EspaAa, 1750-1850, Madrid, 1984, vol. 11. pp. 694-700 y D. R. Ringrose: Op. cit.. pp. 177-188. (8) A.N.H.: Consejos, Libro de Gobierno de la Sala de Alcaldes, año 1800. f f . 371-174. rios para facilitar la conducción de granos a Madrid, tales como la Orden de 22 de junio cursada a todos los Justicias del Reino pa- ra que procediesen al embargo de todas las carretas, caballos y ca- ballerías precisos para agilizar el envío del trigo a la Corte. Estos arbitrios no consiguieron eliminar las dificultades en los acopios de grano ni evitaron el alza de su precio, por lo que las autoridades tuvieron que decretar un aumento del precio de pan, contenido en el Edicto del 17 de septiembre de 1801 (véase el cuadro 111). Parale- lamente, el Consejo decidió examinar y revisar -«reformar>) en definitiva- la organización del abasto del pan de Madrid. Al efec- to, se encargó a una «junta de ministros)) el estudio de un nuevo plan que permitiera garantizar el suministro de este esencial alimento. De los trabajos y diligencias realizados por la referida junta surgió un nuevo método para proveer de pan a la ciudad, implantado me- diante la Real Cédula del 9 de noviembre de 1801. En virtud de la misma se creaba la ((Compañía de Panaderos)), sociedad que se com- prometía a surtir abundantemente la villa durante un período de dos años. Para ello amasaría 2.703 fanegas diarias de pan. La Real Cédula contenía además una rígida reglamentación para este pro- ducto: fijaba la existencia de una tasa en su precio, sus puntos de venta, las normas que debían regir la Compañía, etc. Pero, este sis- tema tenía también sus contrapartidas. La nueva sociedad, integra- das por 92 panaderos, obtenía de la Corona el monopolio de este abastecimiento. Se señalaba en la citada disposición que «ha de ser absoluta en la fabricación y surtido sin que pueda vender al públi- co ningún otro particular)) (9). Sin duda, las autoridades se vieron forzadas a adoptar esta solución para obtener, en momento tan crí- tico, el compromiso de los panaderos de elaborar dichas cantida- des de pan; puesto que, sus continuas prácticas extorsionistas, de las que existen numerosas pruebas documentales, podían producir alteraciones en el orden ciudadano (10). La Compañía de Panade- ros quedó bajo la jurisdicción .del Consejo de Castilla a través de un Juez Conservador; designado por este organismo y nombrado, asimismo, director del pósito y de la alhóndiga. Era, por tanto, el máximo órgano de gobierno el que se responsabilizaba del abaste- cimiento de pan de Madrid. Sin embargo y a pesar de la constante atención del Consejo, las (9) A.H.N.: Consejos, Libro de Gobierno de la Sala de Alcaldes. ano 1801, fol. 1.3 16. (10) Encontramos en la documeniaci6n abundantes iestimonios de las prhciicas fraudu- lentasde los panaderos, como ejemplo ver: A.H.N.: Consejos, Libro de Gobierno de la Sala de Alcaldes, afio 1801. ff. 772 y SS. dificultades para lograr el surtimiento de la capital aumentaban día a día. El propio D. Gabriel de Achutegui, fiscal del Consejo de Cas- tilla, elegido Juez Conservador, indicaba: ((no hay hombre en el mundo que pueda dirigir el abasto del pan en Madrid)) (1 1). Los primeros meses del año 1802 fueron angustiosos. El trigo apenas llegaba al mercado libre madrileño, como podemos comprobar en el cuadro 11. El pósito, a su vez, tenía que hacer frente a multitud de obstáculos para conseguir grano. Sus comisionados tenían pro- blemas en todos los lugares, planteándose en ocasiones conflictos muy graves, como ocurrió en Segovia el mes de marzo de 1802, don- CUADRO III PRECIOS DEL PAN DE DOS LIB base 100 er . S #, o,, - 8 - Fechas 22-VC1801 . . . . . . . . 18-IX-1801 . . . . . . . . 2-Xll-1801 . . . . . . . . . 11-111-1802 . . . . . . . . 28-Vll-1802 . . . . . . . . 24-Vlll-1803 . . . . . . . 3-11-1804 . . 1 . . . . . . . 28-X-1804 . . . . . . . . . 1-VII-1E . . 1-VIII-11 . . (') Con 1 el precio de 22 de junio de 1801. FUENTES: vi y IA ae 1801: A.H.N., Consejos, Legajo 6782. Exp. 13; Xi i ae iaui, III y VI1 de 1802: A.H.N., Consejos, Legajo 6782, Exp. 11; Vlll de 1803: A.H.N., Consejos, Legajo 6783, Exp. 4; 11 de 1804: C. ALFAYA; .Datos para la historia Econdmica y Social de España en Revista de la Bibliote. ca, Archivo y Museo del Ayuntamiento de Madrid, X, (1926), pp. 203.221 ; X de 1804: A.H.N.. Consejos, Libro de Gobierno de la Sala de Alcaldes. año 1804, fol. 896 y VI1 y Vlll de 1805: A.H.N., Consejos, Legajo 6783, Exp. 22. de se produjeron alborotos al descubrirse que se intentaba trasla- dar trigo con destino a la Corte (12). Los continuos aumentos en el precio del trigo impulsaron a los responsables a establecer, a me- (11) A.H.N.: Consejos; Legajo 5.782. Exp. 11. (12) Ibidem, Exp. 14. Pan Español Precio en cuartos 11 13 14 16 15 18 20 24 23 22 Pan Candeal Números indices (') 1 O0 118,l 127,2 145.4 136,3 163.6 181.8 218,l 209 200 Precio en cuartos 12 15 16 18 17 20 24 28 26 24 Números indices (') 1 O0 125 133,3 150 141.6 166,6 200 233.3 diados del mes de marzo, una nueva subida del precio del pan, re- cogida en el cuadro 111. Esta decisión contribuía a empeorar las con- diciones de vida, cada vez más precarias, de un amplio porcentaje de población, acrecentado, al mismo tiempo, el malestar social. Por ello, no extraña que las sucesivas subidas del precio del pan, su es- casez y las permanentes prácticas fraudulentas de los panaderos cris- talizarán en la conmoción acaecida en Madrid el 6 de abril de 1802. Aquel día tuvo lugar un tumulto en la Plazuela del Rastro en cuyo transcurso se incediaron los puestos de venta de pan. El miedo al motín de subsistencia generalizado se trasluce en el oficio que esa misma noche remitió la Sala de Alcaldes al Gobernador del Conse- jo de Castilla: ((Ahora que son las once y media doy parte a V.E. de que todo está quieto y tranquilo. Y los Alcaldes que nos ha- llamos juntos hemos acordado rondar toda la noche y la amanecer hasta las ocho. Debiéndolo hacer en los princi- pales puntos de Madrid (donde habrá la tropa correspon- diente para que auxilie en caso de novedad). Se ha acordado también hacer presente a V.E. que se sir- va mandar que en las tiendas se vuelva a vender pan co- mo se ha hecho hasta el presente, que los puestos estén bien provistos de pan y se encargue a los panaderos que éste tenga su legítimo peso, traten bien a los comprado- res y no se resistan a que se pese, todo bajo de gravísimas penas. Los Alcaldes darán parte a V.E. de cualquier novedad por mínima que sea y en ei día de mañana a la hora en que se retiren lo harán del estado en que queda Madrid. También se ha acordado con el Excmo. Sr. Capitán Ge- neral que esté la tropa pronta dentro de los cuarteles pa- ra ocurrir sin retraso ni detención alguna al sitio para don- de la pida cualquier de los Alcaldes o Tenientes de Villa y que patrullen con particular cuidado todas las de diaria dotación, quedándose una guardia correspondiente en el sitio del Rastro que es donde se han quemado los cajones y notado el mayor desorden.» (13). Resultaba vital asegurar la tranquilidad en la Corte, raz6n por la que se procuraron los medios precisos para garantizar la seguri- (13) A.H.N.: Consejos, Libro de Gobierno de la Sala de Alcaldes, atio 1802. fol. 1.365. Lo que parece entre parkntesis en el texto esta tachado en el documento. dad, estableciéndose rondas de vigilancia por toda la ciudad, pero intentando no dar «motivo a despertar curiosidad o desconfianza al vecindario)) (14). Igualmente, fue necesario satisfacer de inme- diato las demandas populares que habían causado el alboroto, fi- jándose un estricto control en panaderías y tahonas para que los panaderos amasaran todo el trigo sacado del pósito y reforzando el cuidado sobre la calidad y el peso del pan, a cuyo objeto se emi- tió el Bando del 8 de abril de 1802, en el que se prescribía: (<. .. que en las tahonas, tiendas y demás parages donde se ha acotumbrado vender pan, haya peso donde puedan asegurarse los compradores de si tiene o no falta; y caso de tenerla se rebaxe la que sea del precio del pan, para que no experimenten el menor desfalco ... Todo esto sin perjuicio de castigarse con conocimiento de la gravedad de la falta y menor o mayor malicia del tahonero que la cometiere con la pena correspondiente.)) (15) Es evidente que nos encontramos ante una clara muestra de lo que Thompson ha definido como el ((modelo paternalista)) de ac- tuación política -propia de las monarquías europeas del Antiguo Régimen en épocas de crisis económica-, caracterizado por un es- trecho proteccionismo que pretendía demostrar que las autorida- des también se preocupaban por defender los intereses de los más necesitados (16). Aunque el gobierno reconocía, irnplicitamente, la justedad de los motivos que habian provocado la conmoción, tenía que oponerse de manera enérgica a todo aquello que pudiese derivar en un movi- miento de masas. Estos eran incompatibles con el orden sobre el que se asentaba todo el sistema institucional del Antigo Régimen. Así, el día 8 de abril el Consejo de Castilla exhortaba a la Sala de Alcaldes de Casa y Corte a activar las averiguaciones sobre el suce- so, encargando: ((la mayor actividad y esmero en un negocio tan impor- tante como es el de reprimir los movimientos del Pueblo contra las providencias y establecimientos del Gobierno.)) (17) (14) Ibidem, fr. 1.385-1.386. (15) Ibidem, fol. 1.387. (16) E. P . Thompson: «La economía "moral" de la muliiiud en la Inglaterra del siglo xviii» en Tradición, revuelta y consciencia de clase. Esludios sobre la crisis de la sociedad preindustrial, Barcelona, 1979, pp. 62-134. (17) A.H.N.: Consejos. Libro deGobiernode la Sala de Alcaldes. aRo 1802, fol. 1.463. A comienzos del mes de mayo de 1802 habían sido condenadas 24 personas a penas de diversa consideración, que iban desde los 10 años de destierro -incluyendo un año de trabajos forzados en el Camino Imperial-, hasta el pago de una multa de 50 ducados, continuando las investigaciones, de lo que se esperaba una amplia- ción de la causa. Particular atención se prestaba a la denominada «casa del curan en la que vivían 174 vecinos, «gente a lo que sale y jornalera)), cuya participación en el tumulto estaba probada (18). Controlado el conflicto, los responsables aumentaron su celo para proporcionar el suficiente pan a la ciudad, que debía estar aprovi- sionada aunque ello fuese a costa de la penuria de otros lugares. El 25 de mayo de 1802 por un escrito del Juez Conservador se co- municaba al Gobernador del Campo:, ((Habiéndose advertido la saca que hacen actualmente por las puertas y portillones de Madrid, los vecinos de los pue- blos inmediatos, perjudicando notablemente el surtido abundante que debe haber para el abasto de esta Corte, he de merecer el favor de V.S. que inmediatamente se sirva comunicar a los dependientes del resguardo que no per- mitan de modo alguno se extraiga más que un pan para cada persona de las que traigan comestibles y vituallas a Madrid y si fuesen carreteros o arrieros tragineros que con- duzcan trigo, carbón u otras especies se les permitirá tan sólo dos panes por persona y todo lo demás, a reserva de lo que acostumbran sacar los hortelanos y gentes que viven en la casa del campo y otras semejantes del casco de Madrid, lo detendrán y harán subir a la Plaza Mayor entregándolo a los visitadores de tahonas para que se ven- da en ella...)) (19). La perspectiva de la nueva cosecha permitió un respiro a los ge- rentes de este abasto que procedieron, en el mes de julio, a rebajar el precio del pan, como se aprecia en el cuadro 111. No obstante, esta momentánea mejoría no puso fin a las dificultades, agravadas por la especulación. Es lógico pensar que los poseedores y comer- ciantes de granos, ante los elevados precios alcanzados por el trigo en los meses mayores de 1802, retuvieran los mismos en espera de previsibles subidas. Por ello el gobierno emitió el 11 de noviembre (18) Ibidern, f f . 1.419-1.420. 0 9 ) A.H.N.: Hacienda. Legajo 2.235. de 1802 una Real Orden por la que mandaba cumplir lo dispuesto en la Real Cédula de 16 de julio de 1790, para así: (L. . evitar todo abuso en el comercio de granos, y que és- te quede en términos de que no se estanquen en monopo- listas, y circulen para el consumo y abastecimiento del Rey- no, conciliando el beneficio de los labradores y la como- didad posible de los consumidores, sin intervención de ma- nos intermedias que obsten a estos loables objetivos.)) (20) Por dicha Orden se podía obligar a los labradores y ((qualesquie- ra otros dueños de trigo que le tengan sobrante)) a vender todo el grano que no necesitasen para su consumo si, así, lo requerían las circunstancias. Esta norma anulaba buena parte del contenido de la Pragmática Sanción de 1765. La concepción de la libertad del comercio de granos, defendida por las autoridades borbónicas, te- nia poco que ver con la libertad que estaban reclamando ciertos sec- tores sociales, dedicados a actividades mercantiles, cuyos esfuerzos se concentraban en obtener las máximas ganancias. En el invierno de 1802-1 803 el horizonte volvió a ensombrecerse. Los pueblos mostraban una fuerte resistencia a los acopios de tri- go, destinados a Madrid. Las denuncias por fraude en el peso o la calidad del pan eran muy frecuentes. Y, sin embargo, lo peor esta- ba todavía por venir. La incidencia de dos malas cosechas consecu- tivas, en 1803 y 1804, iba a ser nefasta. En el verano de 1803, Ilega- ban a Madrid noticias de todas las regiones que coincidían en seña- lar que la cosecha era notablemente limitada -de lo cual hay cons- tancia tanto en la prensa, como en la documentación del Consejo de Castilla-. En el mes de agosto, el precio de la fanega de trigo superaba la barrera de los 100 reales en el mercado madrileño, ape- nas venían granos a la alhóndiga (véase el cuadro 11) y el pósito era, prácticamente, el único suministrador de la ciudad, como así lo ates- tiguaba su director: ((Este es un año en que todos los Panaderos de la Corte, incluso, el Panadero de Su Majestad y los conventos que nunca han venido al Pósito por trigo, vienen empeñando al Juez Conservador para que les dé trigo.)) (21). (20) A.H.N.: Consejos, Libro de Gobierno de la Sala de Alcaldes. aho 1802, Col. 1.906 y Legajo 6.782. Exp. 18. (21) A.H.N.: Consejos, Legajo 6.783. Exp. 7. fol. 16. El Consejo de Castilla no tuvo otra opción que aprobar una nue- va subida del precio del pan, consignada en el cuadro 111. Podemos suponer el efecto que causó este aumento en la población madrile- ña, teniendo en cuenta que al menos un 70% de las rentas de la ciudad bordeaban el nivel de la subsistencia (22). Aunque no he- mos podido reunir documentación para presentar una serie sobre la evolución de los salarios en el Madrid de principios del siglo xix, contamos con datos fragmentarios que nos permiten suponer que el poder adquisitivo de gran parte de la población activa madrileña se redujo al mínimo, sobre todo, en el caso de los trabajadores no cualificados. Al respecto, resultan clarificadores los salarios perci- bidos por los peones contratados por el pósito para realizar diver- sas obras en sus dependencias. A lo largo del año 1802 el jornal medio ascendía a 6 reales diarios, en el otoño de 1803 alcanzaba los 6,4 reales diarios, manteniéndose en 6,5 reales diarios en el mes de junio de 1804 (23). Frente a un alza del 42,8 en el precio del pan, durante estos dos años, los salarios de los peones del pósito aumen- taron sólo un 8.3%. Y ello si habían logrado conservar el empleo. El 18 de septiembre de 1803 el gobierno cursaba una Circular en la que encargaba a las Reales Sociedades de Amigos del País el es- tablecimiento de las Comidas Económicas para socorrer a: ((menestrales y jornaleros laboriosos a quienes las incle- mencias de las estaciones, los rigores de las enfermeda- des, o la adversidad de la suerte privan del trabajo y la subsistencia; como también todos aquellos infelices que habiendo sido miembros útiles del Estado se ven sin cul- pa reducidos a una indigencia inmerecida.)) (24). Basándose en esta Circular, la Sociedad Económica Matritense estableció las Comidas Económicas, cuyo precio se fijó en un real. En el prospecto de la suscripción se señalaba, explícitamente, quie- nes debían ser los beneficiarios: jornaleros y artesanos honrados, nunca mendigos o personas que no fueran residentes en Madrid. De alguna manera, se pretendía frenar la oleada de menesterosos que en los momentos más graves invadían la capital. En aquellos difíciles momentos, el abastecimiento del pan en la Corte adquiría aún más importancia. Sin embargo, los problemas (22) D. R. Kingrosc: Op. cit.. p. 103. (23) A.V.M.: Posifo, Sig. 1-405-1. (24) A.H.N.: Consejos, Libro de Gobierno de la Sala de Alcaldes. ano 1803, fol. 1.153. no dejaron de aumentar, a pesar de las resoluciones extraordina- rias tomadas por el Consejo de Castilla como la supresión de gra- vámenes a las importaciones de granos, harinas y legumbres extran- jeros -decretada el 18 de agosto de 1803-, o la retención, en to- dos los lugares con escasez, de hasta un quinto de los granos del diezmo, fuese cual fuese su receptor -prescrita en la Real Cédula de 8 de septiembre de 1803- (25). Sólo se consiguió que llegasen a Madrid pequeñas cantidades de trigo, agudizandose las dificulta- des en los meses de noviembre y diciembre por la carencia de me- dios de transporte, al encontrarse la mayor parte de los animales de tiro realizando las tareas de labranza. Por esta razón, se deci- dió, a finales del mes de diciembre de 1803, proceder al embargo de los carros y las caballerías, no ocupados en la sementera, para conducir a Madrid el grano que necesitaba para su consumo. En estos meses abundaban los testimonios sobre la falta extrema de pan en la ciudad. Como signo de cual era la situación, basta leer un párrafo de la nota remitida por los visitadores de tahonas, so- bre el estado de los puestos de la Plaza Mayor el día 13 de noviem- bre de 1803: «. . . en ninguno de sus caxones se halló pan de ningún ge- nero y sí mucho concurso de gentes pidiéndolo con la voz de que tenían hambre...)) (26). El invierno de 1803-1804 fue desastroso. Entonces, comenzaron a proliferar las noticias sobre la existencia de un verdadero ejército de indigentes vagando por la ciudad. No eran raras en la prensa reseñas como ésta: «La escasez del año ha traído a tu recinto una multitud de pobres de Jesucristo; éstos andan por las calles como cadavéricos; no tienen ningún albergue; duermen en los pórticos del Peso Real y en los de Martínez del Prado; sus camas son el lodo y sus pensamientos la desespera- ción...)) (27). El progresivo deterioro de la economía madrileña a finales del siglo xvrir y comienzos del siglo xix, como muy bien ha probado ( 2 5 ) A .H.N. : Consejos, Legajo 6.783. Exp. 7. (26) Ibidem, Exp. 8. fol. 34. (27) Diario de Madrid, 10 de enero de 1804. Ringrose, había paralizado la corriente migratoria hacia la capital. Madrid ya no era un estímulo para la emigración definitiva (28). Sin embargo, en una situación de crisis de subsistencia generaliza- da en la España interior, se produjo una considerable inmigración de carácter coyuntural hacia la Corte, como así queda demostrado en numerosos documentos de la época y en la propia política coer- citiva practicada por los gobernantes. En el Diario de Madrid del 26 de febrero de 1804 se podía leer: (L.. Vemos que diariamente aumenta el número de po- bres por los que vienen de las provincias; los vemos me- dio cubiertos de andrajos, y es un hecho que a su miseria y falta de alimentos son consiguientes las enfermedades que contraen, y el estar llenos los hospitales.)) Las autoridades, desbordadas por este flujo migratorio, sólo su- pieron responder con la represión. En 1803, el Consejo de Castilla había tramitado un expediente para proporcionar trabajo a los jor- naleros desamparados, del que se excluyó la población madrileña con esta argumentación: «En el dictamen del Fiscal no debe ser comprendida en este proyecto la Villa de Madrid por la confusión de su numerosa población, dificultad de dar ocupación a los mu- chísimos pobres que se acogen en ella y pueden ser oca- sión para que bajo de un igual pretexto concurriesen no pocos, unos huyendo del trabajo y creyendo pasar en es- te oficio por falta de destino y otros malintencionados que seguros entre la multitud de necesitados vendrían prepa- rados a cometer robos y otros excesos, siendo muy con- veniente que libre Madrid de mantener semejante clase de menesterosos pudiese el gobierno libremente providen- ciar la expulsión de ellos.)) (29) Posteriormente, se dictaron varias disposiciones -Real Cédula de 25 de marzo, Bando de 4 de abril y Edictos de 27 de mayo y 28 de junio de 1804-, ordenando el regreso a sus lugares de origen a todos aquellos que no tuviesen ocupación o residencia fijada en la capital. Para hacerlas efectivas se efectuaron rondas nocturnas, (28) D. R. Ringrose: Op. cit., pp. 61-62. (29) A.H.N.: Consejos, Legajo. 2.423. Exp. 2. como la realizada la noche del 10 de junio de 1804 por ((tejares, ventorrillos, lavaderos y demás casas de la Corte)), de la que resul- taron detenidas 89 personas -50 hombres, 23 mujeres y 16 niños-, por «no tener domicilio unas, otras por abandonadas y otras por mendigar)), según se notificó en el parte extendido por los alguaci- les (30). En un Madrid empobrecido y mísero, el pan se convertía en ali- mento imprescindible; precisamente, cuando su abastecimiento plan- teaba las mayores dificultades. En noviembre de 1803 había finali- zado el plazo concedido a la Compañía de Panaderos para proveer de pan a la urbe, abriéndose con ello una etapa de provisionalidad, díficil de solucionar, dadas las desfavorables circunstancias. Los de- fectos mostrados por este sistema determinaron que los responsa- bles modificaran, una vez más, la organización del aprovisionarnien- to del pan. Una Real Resolución del 18 de abril de 1804 volvía a integrar la administración del abasto del pan con la del resto de los productos básicos de consumo. Una Única Junta, presidida por el Gobernador del Consejo de Castilla e integrada por tres ministros de dicho Consejo -uno de los cuales era nombrado director del pósito-, el Corregidor de Madrid, el Procurador Sindico General, un ministro del Consejo de Hacienda, un Contador de la Caja de Consolidación de Vales Reales y un diputado de los Cinco Gremios Mayores de Madrid, asumía la dirección de todos los abastecimientos de Madrid (3!). No obstante, las directrices de la política de abas- tos continuaron inscritas en el modelo paternalista de defensa del consumidor, pese a no faltar, dentro de la propia Administración borbónica, los partidarios de una liberalización del mercado. Don Simón Viegas, fiscal del Consejo de Castilla, ya, en junio de 1803, había presentado un memorial en el que solicitaba la instauración del precio libre para el pan, exponiendo, entre otras razones, la si- guiente: ((¿Y qué es lo que los hombres hacen en la situación de poder ganar? Lo que hacen constantemente es ir por la ganancia. ¿Y también irán aunque no los conviden? Sí señor; y aún irán aunque hagan leyes para que no vayan y ésta es la práctica inconcusa de todos los tiempos, de todos los países, y de todos los negocios.)) (32) (30) A.H.N.: Consejos. Libro de Gobierno de la Sala de Alcaldes, ano 1804, 11. S20 y ss. (31) A.H.N.: Consejos, Legajo 6.783, Exp. 8, ff. 198-237. (32) Ibidem, Exp. 7. fol. 2. Sin duda, las crisis de subsistencia ofrecían a la burguesía mer- cantil grandes oportunidades para obtener excelentes beneficios, que se veían interceptados por la política proteccionista adoptada por el estado, en el que todavía tenían mucho peso las concepciones pa- ternalistas. Don Gabriel de Achutegui y Don Francisco Arjona, fis- cales primero y segundo del Consejo, contestaron a Viegas de ma- nera contundente: «El pueblo de Madrid, por ser Corte de nuestros augus- tos y amados soberanos y porque la mayor parte de sus habitantes son pobres; porque esta Corte está en el cen- tro de la Monarquía sin auxilio de canales que facilitan la conducción y transporte; porque ni ha habido ni hay que esperar en muchos tiempos que haya verdaderos co- merciantes sino indignos y avarientos regatones, siempre han querido SS.MM. y su Consejo que se suministre a este Público el alimento de primera necesidad a un pre- cio equitativo, inferior incluso al de su compra, cuando la escasez y circunstancias de los años así lo exigen.)) (33) Conforme transcurría el afio 1804, los problemas del abasteci- miento de pan iban adquiriendo tintes más oscuros, sobre todo. ante la perspectiva de una nueva cosecha que se anunciaba aún más exi- gua que la de 1803. Aunque el gobierno activó todos los medios a su alcance para conseguir una mayor concurrencia de granos a la capital, no se pudó resolver la cuestión. Los efectos de la crisis agraria se agravaron, además, por la actuación de los especulado- res, que contribuyeron a distorsionar, todavía más, el mercado. El comerciante madrileño Felipe Sainz de Baranda, el 30 de septiem- bre de 1804, anunciaba al administrador del pósito que: ((No teniendo ninguna precisión para la enajenación de las 80 fanegas de trigo de las tres clases que indique ayer a esa administración; reitero a V.M. que no acomodan- do a ese Red Pósito a los 100 reales que le ofreci, me es- peraré a ver la suerte que me cabe más adelante...)) (34). El propio Godoy, testigo de estos hechos, al referirse en sus me- morias al año de 1804, relata: (33) Ibidem, fol. 8. (34) A.V.M.: Pdsifo. Sig. 1-448-2. «Tal fue la ocultación de granos que se hizo en todas par- tes, aún en las mismas cillas decimales; tal el juego y el manejo de los monopolistas, atravesadores y logreros con- certado en todo el reino; tal la mala fe, los engaños y tra- zas con que los cargamentos extranjeros eran quitados de las manos, sin saberse más su paradero ... (que) subió el trigo en varios puntos al asombroso precio de cuatrocien- tos reales la fanega.)) (35) El Consejo de Castilla tuvo que emitir disposiciones excepciona- les. Por una Real Orden de 24 de mayo de 1804 se estableció un precio máximo para el trigo hasta la cosecha de 1805 -intento éste de fijar una tasa en el precio de los granos que, como señala Anes, fracasó (36)-, obligando además a todos los tenedores de grano, sin distinción de clases, a presentar una relación de la cantidad de cereales que poseían y a vender el ((sobrante)) que no necesitaran para su consumo. Esta decisión se justificaba así: u . . . a pesar de los más eficaces auxilios con que se ha so- corrido a los pueblos y se ha facilitado la introducción de granos extranjeros para aumentar la existencia nacio- nal y contener sus excesivos precios, ha conseguido el mo- nopolio y el estanco convertir la libre circulación y co- mercio de granos en la opresión más dura y reprehensi- ble; experimentándose, por desgracia, casi generalmente en las ventas de toda especie de granos, y señaladamente del trigo, un exorbitantísimo precio de 200 y más reales en cada fanega, ocultando los logreros el que tienen, pa- ra persuadir mayor escasez, y aumentar de día en día la dura ley de su insaciable codicia.)) (37) Por otra parte, ante la precariedad de la cosecha de 1804, se creó en el mes de julio, a instancias del gobierno, una Sociedad Patrióti- ca de Comerciantes, compuesta por destacados miembros de las Compañías de Comercio, los Cinco Gremios Mayores de Madrid y las Casas de Cambio, para importar masivamente cereales y hari- nas extranjeras (38). (35) M. Godoy: Memorias, Madrid, Biblioteca de Autores Espaiioles. 1965, vol. 11, p. 7. (36) G . Anes: Op. cit., pp. 412-413. (37) Real Orden de 24 de mayo de 1804 publicada en la Gaceta de Madridde 5 de junio de 1804. (38) Sobre la Sociedad Patri61ica de Comerciantes vCase G. Anes: Op. cit.. pp. 414-422. Sin embargo, no se pudieron evitar los funestos efectos de la cri- sis de subsistencia. En los últimos meses del año 1804 se manifesta- ron en toda su crudeza la escasez de pan, el hambre, el paro, la in- migración y la mortalidad. La provisión de trigo presentaba en Ma- drid trabas insuperables. Si observamos los datos del cuadro 11, ve- rificamos como a lo largo de 1804 apenas llegaron cereales a la al- hóndiga. Los panaderos se veían forzados a surtirse, exclusivamente, en el pósito por la ((imposibilidad en que se hallan tiempo hace de comprar por sí un solo grano)) (39). En esta situación el gobierno tuvo que dictar nuevos y fuertes aumentos en el precio del pan (véase el cuadro 111). El 17 de septiembre de 1804, el Consejo de Castilla publicaba una Circular por la que animaba a las autoridades locales a promover obras públicas para dar ocupación a los jornaleros parados, a cas- tigar a los mendigos útiles y, sobre todo, a controlar, cuanto fuese posible, los movimientos de personas hacia la Corte y los Sitios Rea- les. No obstante, las órdenes del gobierno no lograron frenar la co- rriente de pobres miserables hacia Madrid, complicándose el pano- rama de la ciudad con la propagación de la epidemia pestilente. Aun- que los responsables tomaron providencias para prevenir el conta- gio, la mortalidad alcanzó dimensiones cztastróiicas. De acuerdo con las cifras que incluye la Guía de Forasteros de Madrid (40). he- mos elaborado el cuadro IV que recoge la evolución del numero de fallecidos en Madrid entre 1795 y 1806. En él podemos apreciar que en el año 1804 se produjeron 11.307 fallecimientos -lo que supone un índice del 244,7 con respecto a la media de lustro 1795-1799-; de éstos 3.462 fueron inscritos en las parroquias y 7.845 en los tres hospitales madrileños. Los datos nos indican que fueron los más desposeídos -jornaleros, inmigrantes y mendigos- quie- nes sufrieron con mayor intensidad la acción de la epidemia, consi- derando que eran estos sectores marginales los que, habitualmen- te, eran trasladados a los establecimientos hospitalarios. Los primeros meses de 1805 continuaron siendo terribles. Sin em- bargo, las condiciones climáticas no fueron tan extremadas como en 1803 y 1804. Las buenas expectativas que ofrecían los cultivos provocaron un progresivo descenso de los precios del trigo y del pan. Paralelamente, la mortalidad iba remitiendo. (39) A.H.N.: Consejos, Libro de Gobierno de la Sala de Alcaldes. ano 1804. fol. 896. (40) La exactitud de los datos demogrificos de la Guía de Forasteros ha sido confirmada por M . Carbajo Isla: «Primeros resultados cuantitativos de un estudio sobre la población de Madrid (1742-1836)n en Moneda y Crédito, n . O 107 (1968), pp. 71-92. C U A D R O I V FA LL E C ID O S E N M A D R ID FU E N TE : K al en da rio M an ua l y G ui a de F or as le ro s en M ad rid . M ad rid . 1 79 6- 1 8 07 . V ea se n ot a 40 . (') El c om pu lo a nu al d e fa lle ci do s se r ea liz ab a de l 1 de d ic ie m br e al 3 0 de n ov ie m br e si gu ie nt e . (' ') C on b as e en la m ed ia d el lu sl ro 1 79 5- 1 7 99 . (' ") E sl as c ifr as n o in cl uy en a lo s ni ño s . lo s fa lle ci do s en la s C om un id ad es R el ig io sa s o en e l r es to d e ho sp ita le s de M ad rid N úm er os ln di ce s (' 7 85 . 6 97 .2 95 .2 1 1 3. 4 10 8. 4 11 7. 6 10 9. 7 12 2. 1 14 7. 7 29 4. 9 14 5. 7 93 .4 A ño s (') 17 95 . .. .. .. .. .. .. 17 96 . .. .. .. .. .. . 17 97 . .. .. .. .. .. .. 17 98 . .. .. .. .. .. .. 17 99 . .. .. .. .. .. .. 18 00 . .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. . 18 01 18 02 . .. .. .. .. .. .. 18 03 . .. .. .. .. .. .. 18 04 . .. .. .. .. .. .. 18 05 . .. .. .. .. .. .. 18 06 . .. .. .. .. .. .. N úm er os ln di ce s *) 93 .8 10 0. 2 97 .3 10 8. 2 10 0. 2 10 1. 7 10 3. 4 11 9. 7 10 2 17 6. 5 10 6. 9 98 .5 N.O de m ue rto s en la s pa rr oq ui as de la C or te 1. 84 0 1. 96 6 1. 90 9 2. 12 2 1. 96 5 1. 99 4 2. 02 9 2. 34 7 2. 00 0 3. 46 2 2. 09 7 1. 93 1 To ta l f al le ci do s en M ad rid (* 1 4. 11 8 4. 55 1 4. 44 1 5. 13 9 4. 85 0 5. 12 4 4. 94 7 5. 59 5 5. 93 0 11 .3 07 5. 97 4 4. 41 6 N.O de m ue rto s en lo s ho sp ita le s: G en er al . d e la P as ió n y de S an Ju an d e D io s 2. 27 8 2. 58 5 2. 53 2 3. 01 7 2. 88 5 3. 13 0 2. 91 8 3. 24 8 3. 93 0 7. 84 5 3. 87 7 2. 48 5 N úm er os ln di ce s ("1 89 . 1 98 .5 96 . 1 11 1. 2 10 4. 9 11 0. 9 10 7 12 1. 1 12 8. 3 24 4. 7 12 9. 3 95 .5 La llegada de la cosecha de 1805 permitió al gobierno cambiar el rumbo del abasto del pan. Por el Edicto del 23 de agosto de 1805, se establecía que: «el surtimiento de pan en Madrid sea absolutamente li- bre, desde el primero de septiembre próximo con facul- tad a todo género de personas y comunidades de Madrid o de fuera, de introducir así pan cocido, como trigo y ha- rinas, amasarlo y venderlo a precios convencionales, sin más intervención del gobierno que en lo perteneciente a la salubridad.)) (41) La Administración borbónica, gracias a la nueva coyuntura, volvía a liberalizar el comercio de granos y el aprovisionamiento de pan en Madrid. Entre otras razones porque este abasto había contribuido a agudizar los gravísimos problemas de la Hacienda pública que - como ha demostrado Fontana- fueron factor determinante en el hundimiento del sistema político del Antiguo Régimen. Las pérdi- das acumuladas por el Real Pósito madrileño desde el mes de julio de 1798 hasta el mes de octubre de 1804 superaban los 21 millones de reales (42). Después de haber realizado esta aproximación a la crisis de sub- sistencia de 1800-1805 en Madrid, a partir del estudio de las facul- tades planteadas por el abastecimiento de pan, concluimos señalando que dicha crisis fue algo más que el reflejo de una mala coyuntura agrícola. Fue un signo claro de la quiebra estructural del Antiguo Régimen. Mostró la incapacidad tanto del sistema económico para lograr un crecimiento autosostenido de población y producción, co- mo del sistema político e institucional para hacer frente a esos de- sequilibrio~ socio-económicos. Los gobernantes, pese a los esfuer- zos efectuados, no pudieron resolver la cuestión del aprovisiona- miento de pan, ni tampoco evitar la crisis de subsistencia. Resultó quimérico pretender surtir de grano la capital sin superar el blo- queo económicio de la España de finales del siglo xviii y comien- zos del siglo xix. Objetivo éste que el estado borbónico no podía abordar ((desde dentro)) -utilizando una expresión de Garcia Sanz (43)-, puesto que exigía la liquidación de sus propias bases jurídi- (41) A.H.N.: Consejos, Libro de Gobierno de la Sala de Alcaldes, aho 1805, fol. 639. (42) A.H.N.: Consejos. Legajo 6.782. Exp. 8 y Legajo 6.783. Exp. 22. Sobre el papel desempehado por la Hacienda en la caida del sistema politico del Aniiguo Régimen ver J . Fontana: Lo quiebra de la Monarquia absolirro. 18/4-1820, Barcelona. 1971. (43) A. Garcia Sanz: ». Madrid, 19 10 PP. 33. (5) En 1880, en Madrid. habia 20.000, según Bahamonde Magro y Toro MCrida. Julia11 en «El fraude ...N Ari. cit. Pp. 289. Cada alimento recibe un precio mínino y otro máximo. Para el pre- sente análisis, tomaremos el mínimo, más cercano a la dieta popu- lar, que nos ocupa. ¿Hasta qué punto es fiable esta fuente? La ausencia de alternati- va, si bien cierta para este caso (6) , no puede justificar una elec- ción; ésta se ha producido tras comprobar los siguientes puntos: - El título de «oficial», que figura en la cabecilla del diario, es gratuito; ya que no se trataba de una publicación editada por el Ayuntamiento. - Aunque era la corporación quien mandaba los estadillos, no parece lógico pensar en una manipulación, ya que el citado pe- riódico iba dirigido a las clases medias que no eran las más afec- tadas por las subidas de las subsistencias. - Los precios son algo difícil de ocultar a la opinión pública. En novelas (7) y periódicos (8), aparecen frecuentemente co- mentarios sobre sus alteraciones. - Por último, una simple ojeada a los gráficos, bastara para comprender que los precios subían y bajaban, y el «Diario Ofi- cial de Avisos de Madrid)) así lo reflejaba en sus rA-:-"- 2.2, Fuentes sobre jornales Para la construcción de la serie de jornales, hemos consultado anuarios de la época. En concreto, el ((Anuario Administrativo y Estadístico de la Provincia de Madrid)) (9) y Anuarios Estadísticos de España, si bien estos últimos -dado el carácter local de nuestro análisis- los desechamos posteriormente. Tampoco los legajos del Archivo de Villa, sección de contaduría, nos han servido, ya que se refieren a empleados del Ayuntamiento y son muy fragmenta- rios. Sí nos han sido de gran utilidad, libros de la época, tales co- mo la «Guía de Madrid)) de Fernández de los Rios (lo), el «Infor- (6) Existen otras series. como la publicada por la «Gaceta de Madrid)), pero no reflejan los precios al por menor ni tienen carhcter local. Por lo tanto. no nos servián para el estudio que nos proponlarnos. (7) Vkanse, entre otros, los peribdicos: «La Epoca» (17-V-1862); «El Pensamiento Es- pafioln (1 9-VII-1863). (27-111-1 87 1) y (1 1-VII-1871); «Lo Democracia» (23-111-1886); «Lo Co- rrespondencia de Espafian (24-XI-1867); «La Voz de la Caridad» (1 S-VI-1874); aEl Socialis- ta» (22-1X-1899); «El Heraldo de Madrid)) (22-VI-1909). (8) En «Fortunala y Jacinto» de Benito Perez Galdbs, son frecuentes las charlas sobre los precios. Ver. PP. 17, 101. 109, 171, 172. S96 y 731. Ed. Orbis. Barcelona, 1982. (9) Bona, Francisco Javier: «Anuario Administrativo y Estadístico de la provincia de Madrid)). Madrid. 1868. Pp. 284 y 285. (10) Fernánda de los Rios. A.: «Guía de Madrid». Madrid, 1876,. Pp. 676. me para la Comisión de Reformas Sociales)) ( 1 1) y ((Alimentos adul- terados y defunciones)) (12) de Enrique Serrano Fatigati. 3. Análisis estadístico 3 1 Análisis de los componentes de la dieta - Pan. Es elemento fundamental en la alimentación de las capas popu- lares del siglo pasado. El porcentaje gastado en pan, del total in- vertido en alimentación, oscila entre un 36,52% (1851) y un 50,70 (1868), es decir entre una terera parte y la mitad (13). Debido a ello, la serie muestra gran semejanza con la de la dieta, que estudiare- mos más adelante con mayor detenimiento. Comparándolo con el resto de los alimentos, el pan es un pro- ducto barato; siendo el de menos coste tras la patata en la mayoría de los años. Parámetros significativos de la serie. Coeficiente de Variación = 0,1314 7 = 0,0518 - x = 0,3925 pts. Oscilación = 0,34 pts. La serie del pan, a la vista del gráfico (1) y de los valores anterio- res, muestra unas variaciones porcentuales que, con respecto a los otros alimentos, podríamos calificar de normales o medias. - Tocino. Debido a su origen animal, el precio del tocino tiene unas brus- cas variaciones que no mantienen ninguna relación con las del res- to de los alimentos. Las causas de éstas, hay que buscarlas en las múltiples plagas que padecía (14) -y padece- el cerdo, y en lar mortandades consiguientes. (1 1) Comisi6n de Reformas Sociales: Tomo 1: «Inforniacidn ...m Op. cit. Tomo 11: «In- formacidn escrita». Madrid, 1980. (12) Serrano Fatigaii, Enrique: «Alimenfosadulteradosy defunciones». Madrid, 18883. PP. 64. (13) Estos porcentajes son te6ricos, ya que se supone que siempre se consumiría la mis- ma cantidad. Es fhcil pensar que cuando se produjera una carestía. el consumo disminuiría. (14) Hemos recogido algunos ejemplos ilustrativos: El c6lera produjo en 1913, en Espa- ha. la muerte de 2500 de los 3685 cerdos afectados. (Escoldhn. M.: «Elcerdo su euploracion y aprovechamienfo». Madrid. 1916. Pp. 240. Hacia 1921. se cifraban en 15 millones de d6- lares. las perdidas a causa de la peste porcina en EE.UU. Por su parte, la triquinosis causo 10s siguientes porcentajes de muertes, (siempre en EE.UU): 1876, 17%; 1877. 12%; 1878. 14%; 1879. 6%; 1880, 8%. Marcci-Pucci: «La crin del cerdo». Barcelona. 1921. Pp. 396 y SS. La curva representativa no permite la localización de ciclos en un sentido estricto. Son perceptibles las siguientes etapas (G.11): - Hasta 1857, se mantiene una tendencia alcista que para este último año adquiere valores difícilmente explicables, ya que si el valor medio en 1856 era de 1,73 pts./Kg.; al año siguiente alcanzaba el de 2,38, (un 63,58% más). En concreto, desde no- viembre del 56 a noviembre del 57, el precio había ascendido en un 68,04% (1,94 pts./Kg. y 3,26 respectivamente). - De 1858 a 1861, se registra un descenso pronunciado, hasta llegar a 1,81 pts. - Entre 1886 y 1887, observamos que el precio cae, llegando al mínimo de la serie, una peseta el kilo. - En los tres últimos años (1888, 1889 y 1890), el kilo de tocino se estabiliza en 1,50 pesetas. Parámetros significativos de la serie. - Coeficiente de Variación = 0,1871 1 = 0,3404 x = 1,8195 pts. Oscilación = 1,83 pts. Las peculiaridades de la serie son causa lógica de que el tocino sea el producto de mayor oscilación y desviación cuadrática media. Sin embargo, su coeficiente de variación es el cuarto; lo que es in- dicativo de que las variaciones porcentualmente no son tan gran- des como pudo parecer en principio. Hay que hacer constar que el tocino es el producto más caro de los diez, con una aportación importante al monto de la dieta oscilando entre un máximo del 13,92%, en 1857 y un mínimo de 5,36 en 1866. - Vino. La curva representativa del vino mantiene, hasta 1864, una irre- gular tendencia alcista. En 1865 se produce una inflexión a la baja que durará hasta el descenso de 1869. A partir de este año, se llega a once de estabilidad notoria, aunque con leve ascesión. Las cinco campañas siguientes marcan la mayor subida, con un porcentaje del 57,5% (de 0,46 a 0,80 pts./Kg.), debido a la epidemia causada por la ((filoxera vastratix)) (15). Si bien, en los últimos años la serie permanece estable. El vino mantiene un precio alto en todos los años de la serie, esto hace que sea el segundo alimento en que más dinero se gastaba el personaje objeto de nuestro estudio, (entre el 21,91% de 1890 y el 9,22 de 1869). (15) Grupo de Estudios de Historia Rural: «U vino. 1874-1907di/icrrlladespnro recons.. rrttir la serie de sus cofizaciones». kladrid. 1981. Pp. 16. EVOLUCION PRECIO - PAN GRAFICO N . O 1 OLUCION PRECIO - TOCIh --AFICO N.O 7 3.00 Parámetros significativos de la serie. Coeficiente de Variación = 0,2467 T = 0,14 - x = 0,5845 pts. Oscilación = 0,50 pts. Las continuas inflexiones relatadas anteriormente, las amplias di- ferencias entre algunos valores y el medio y en resumen, las impor- tantes variaciones dela serie, hacen que el vino presente el mayor coeficiente de variación de los de los alimentos estudiados. Nos per- mitimos insistir en lo dicho anteriormente sobre su carestía, quizá ésta evitaría un consumo mayor. - Carne de Vaca. La carne de vaca era un alimento caro, entre el segundo y el ter- cero de los principales; por eso -al igual que en el caso del vino-, las capas populares madrileñas no lo podían consumir en la canti- dad que hubieran deseado. Del total del dinero gastado en productos alimentarios, la carne se llevaba un porcentaje entre el 9,94010 de 1873 y el 4,99 de 1887. Las oscilaciones de la serie son difíciles de periodizar, y no guar- dan semejanza con ningún otro componente de la dieta. Hasta 1857, la curva de representación de la serie (Gráfico IV) muestra una tendencia alcista (de 0,77 pts./Kg. en 1851 a 1,17 en 1857. Los cinco años siguientes son de oscilaciones leves, entre 1,15 y 1,19 pts./Kg. No obstante, un aÍío después, en 1863, sube hasta 20 céntimos en relación con el año anterior. Tras dos años de alza, vendrían cuatro en los que la cotización de la carne sufrirá un fuer- te descenso, llegando en 1869 a una media anual de 0,84 pts./Kg. Es de destacar que entre junio y julio descendió de 0,91 a 0,68 (un 25,28010). Una vez más, al año siguiente -1870-, cambia la tendencia y el precio vuelve a subir, llegando en poco más de un año a niveles hasta entonces nunca alcanzados (1,54 pts./Kg., en abril. Esta su- bida será casi definitiva, manteniéndose hasta 1886 en un precio su- perior a la media (1,21 pts./Kg.). En este período, se producen tres años de máxima carestía entre 1883 y 1885. En los cuatro últimos años, se registran valores que oscilan siempre por debajo de la media. Parámetros significativos de la serie. Coeficiente de Variación = 0,1858 T = 0,2245 - x = 1,21 pts. Oscilación = 0,83 pts. Debido a su alto coste y a las grandes variaciones que sufre la serie, la desviación cuadrática media es alta, (la segunda de las es- tudiadas). El coeficiente de variación es el quinto, con lo que las EVOLUCION PRECIO - VINO GRAFICO N.O 3 EVOLUCION PRECIO - CARNE GRAFICO N . O 4 alteraciones con respecto a la media, pierden importancia porcen- tual. - Aceite. El aceite mantiene un precio considerable, pero su porcentaje en la dieta es mínimo, (entre el 6,27% de 1851 y el 3,36 de 1888). El hecho de que se pudiera almacernar, además de la poca cantidad que se le atribuye en la dieta, hace pensar en que los períodos de escasez no preocuparían demasiado a las capas populares. La gráfica de la serie anual muestra unas oscilaciones notables hasta 1881. Desde entonces, se estabilizan los precios, debido a la acción del ferrocarril, que permite que los aceites del sur se extien- dan por el norte y parte del ese del país (16). Gracias a él, pudo abastecerse Madrid, deficitaria en todos los alimentos; y, en el ca- so del aceite, rodeada de provincias tampoco productoras (17). Parámetros significativos de la serie. Coeficiente de Variación = 0,1358 T = 0,l t - x = 1,1948 pts. Oscilación - 0,51 pts. La serie del aceite tiene una desviación cuadr icada (la tercera). Su coeficiente de variación, no obstante, es el octavo; lo que nos obliga a recordar los casos de la carne y el tocino. En todos ellos ocurren circunstancias similares: Oscilaciones destacables en valor absoluto; pero que, en relación a su precio, pierden impor- tancia. (Gráfico V). - Patata. Es, durante toda la cuarentena, el producto más barato, con di- ferencia. Las oscilaciones que sufre (Gráfico VI) son pocas, coinci- diendo los picos con las crisis de subsistencias, de las que hablare- mos posteriormente. Debido a su baratura, su importancia en la dieta no es la que cabria esperar por su consumo, (máximo del 5,6170 en 1851 y mínimo del 2,69 en 1890. Parámetros significativos de la serie. Coeficiente de Variación = 0,1446 T = 0,020 - x = 0,1393 pts. Oscilación = 0,08 Como se ve, la patata tiene la desviación cuadrática más peque- (16) SBnchez-Albornoz, NicolAs y Carnero Arbat. Teresa: ((Losprecios agrlcolas duron- fe lo segunda mitad del siglo x ~ x . Vol. II. Vino y Aceile~. Madrid. 1981. Ver p. 114. (17) En el libro «Los precios del oceife de oliva en Espafla, 1891-1906~ del Grupo de Estudios de Historia Rural: la provincia de Madrid esti encuadrada entre las que. a duras penas, producen lo necesario para satisfacer su propio consumo. En este grupo también se encuentran Guadalajara. Cuenca y Ciudad Real. Por su parte, Avila y Segovia son clasifica- das como no productoras. Pp. 28 y 29. EVOLUCION PRECIO - ACEITE GRAFICO N . O 5 EVC PRECIO - PA TA TAS AFlCO N.O 6 ña de todas las series. Su coeficiente de variación es el séptimo pe- queño pero no despreciable. - Arroz. El arroz es el alimento de menor consumo en nuestra dieta, por lo que el dinero gasta en él también es el menor, sin llegar ningún año al 1,5% del total. La serie anual (Gráfico VII) presenta unos puntos máximos de inflexión en las crisis de 1857 y 1868. Entres estas carestías, se pro- ducen nueve años en los que el arroz costará invariablemente 0,64 pesetas el kilo. Tras la crisis de 1868, llegan tres años de descenso paulatino que concluye en 1871, éste años el kilo costaba 0,53 pese- tas. Desde 1873 a 1889, los precios oscilan en el entorno del valor medio de la serie. Por último, en 1890 se produce un importante descenso; siendo precisamente el último año registrado el mas ba- rato de todos. Parámetros significativos de la serie. Coeficiente de Variación = 0,0979 T = 0,0979 - x = 0,6263 pts. Oscilación = 0,28 pts. El arroz presenta unos índices de dispersión muy pequeños, sien- do el penúltimo en desviación cuadrática media y el último en coe- ficiente de variación. Sus oscilaciones siguen, en su mayor parte, las de cualquier producto agrícola, si bien en forma menos pronun- ciada que las del resto. - Lentejas. Junto con las otras dos legumbres de la dieta -judías y garbanzos-, presenta medios bajos, con oscilaciones similares. - Precios medios bajos, con oscilaciones similares. - Poca participación en el presupuesto alimentario. Por lo que respecta a las lentejas (Gráfico VIII); en los cinco pri- meros años, se observan precios muy bajos (de 0,26 a 0,29 pts. el kilo). A finales del 56, se comienza a notar el efecto de la crisis. En 1857, la gráfica sufre una inflexión al alza, muy acusada. Al año siguiente, el precio desciende notablemente (de 0,59 a 0,45 pts./Kg.). Una vez pasada la crisis, la serie inicia un crecimiento continuo y notable, elevándose 15 cts. desde 1858 a 1890, lo que supone un porcentaje del 300%. Este crecimiento sólo se interrum- pe durante tres años -de 1872 a 1874-, en los que el gráfico se quiebra, produciéndose un curioso «bache», bien visible. Parárnetros significativos de la serie. Coeficiente de Variación = 0,2056 T = 0,101 1. - x = 0,4918 Oscilación = 0,40 pts. EVOLUCION PRECIO - ARROZ GRAFICO N . O 7 EVOLUCION PRECIO - LENTEJAS GRAFICO N.O 8 Los índices de dispersión de la serie adquieren una cierta impor- tancia, a pesar de tratarse de un producto barato. Así, la desvia- ción cuadrática media es la sexta, mientras que el coeficiente de va- riación, el tercero. - Garbanzos. El paralelismo de la curva del garbanzo (Grafico IX), con las de las otras legumbres, es casi constante hasta 1863. Este paralelismo se rompe entre 1864 y 1871, aaos en los que la serie que nos ocupa sigue caminos muy particulares, con dos subidas pronunciadas, con sus correspondientes bajadas. Una vez transcurridos estos años, la serie del garbanzo vuelve a ser similar a las otras legumbres. Parámetros significativos de la serie. - Coeficiente de Variación = 0,2214 7 = 0,1475 x = 0,6700 pts. Oscilacihn = 0,55 pts. El coeficiente de variación, segundo de los diez alimentos, resal- tan aun más las peculiaridades anteriormente comentadas. - Judías. Las pecularidades más importantes de la serie de precios de las judías (Gráfico X) son el retraso en producirse la crisis de 1868, en las judías es notoria en 1869, y los altos precios que se registran en los cinco Últimos años. Parámetros significativos de la serie. Coeficiente de Variación = 0,1508 7 = 0,0854 - x = 0,5663 pts. Oscilación = 0,30 pts. Estas cantidades, al igual que el precio, pueden calificarse de me- dias o bajas. De ahí, que, dado el porcentaje reducido que las ju- días tiene en la dieta, su precio no ocasionaría grandes problemas, a las capas populares madrileñas. 3.2. Dieta Anual (Serie cronológica) 3.2.1. Serie Cronológica La serie anual refleja, en pesetas, el dinero gastado en alimenta- ción, por un obrero de la construcción, en Madrid y desde 1851 a 1890. El Gráfico XI nos permite establecer una primera conclusión, la ausencia de inflación -en el sentido estricto de la palabra-, co- mo corresponde a la economía española del siglo xrx. La tendencia general es levemente alcista, con un crecimiento me- EVOLUCION PRECIO - GARBANZOS GRAFICO N.O 9 EVOLUCION PRECIO - JUDIAS GRAFICO N . O 10 dio de 1,087 pts./año. La recta de ajuste, obtenida por el nétodo de mínimos cuadrados, es: y = 1,087 x + 227,78 Los valores de la Tabla 1 reflejan la distribución del total de la serie anual, en cada uno de los alimentos. 3.2.2. Ciclos La serie se divide en cuatro ciclos de una duración en torno a los diez años. Las rectas de ajuste, para cada ciclo, son: Recta para 1851-57: y = 13,898 x + 177,630 Recta para 1859-67: y = 3,086 x + 242,411 DIETA ANUAL EN PTS. TABLA N . O 1 Pan 66.24 82.80 91.08 107.64 85,56 110.40 113,16 110,40 99.36 93.84 102,12 107.64 104.88 104.88 93.84 102.12 118.60 151.80 96,60 99,36 Lent. 2.75 2.86 2.96 3,07 2.96 3.81 6,24 4.76 4,76 4.76 4.97 5.29 4.97 5.40 5.50 5.50 5.50 5.50 5.50 5.29 Arroz 2.55 2,53 2.62 2,62 2,94 2,99 3,59 3,27 2.94 2.94 2,94 2.94 2,94 2.94 2.94 2,94 2,94 $22 2.99 2.55 Vino 37.25 32.43 32,43 33,98 33,98 40,71 40,71 40,71 40,71 38,35 47,35 48.99 48,99 48,99 43,58 40.71 40.71 37-49 20,70 26,45 Carne 10.63 10.63 11,87 12,42 12,83 14,21 16.15 15.87 16.42 16,Ol 16,Ol 15.87 18.65 18.35 18.93 17,66 15.87 15,54 11.54 15,73 Tocino 17,ll 20.29 20,84 20,56 21,ll 23.87 39-05 30.22 32,02 28,15 24,98 28,57 27.05 26.22 27.05 28-15 21,94 26,SO 27,88 28,15 Garban. 17.83 16.97 17.65 19.39 17.93 19.16 26,07 20.22 20.36 20.02 20,02 20.02 20,02 24,37 32,30 33.91 31.64 25.28 28,46 28,46 Judias 8.11 6.62 7,78 7.78 7.45 9.44 11.10 8.99 8,45 8.45 8.78 9.77 8.45 8.94 10.60 10.60 9.60 9.77 10,60 9,27 Aceite 11.38 10.30 11.19 9.52 8.54 854 12.34 10.71 11.46 . 13.22 11.91 10.40 10.47 10,67 9,751 11.84 11.33 12.03 10.23 10,67 Patatas 10,17 8,13 6.83 8,13 8,13 12.20 12.20 8.81 10,17 9.49 9,49 8.81 10.17 10.17 11.52 9,49 9,49 12,20 9.49 10.16 DIETA ANUAL EN PTS. TABLA N . O 1 Recta para 1869-81: y = 2,240 x + 230,727. Recta para 1884-90: y = -3,598 x + 276,329. El único ciclo con coeficiente negativo (-3,508) es el último, de- bido a la progresiva articulación del ferrocarril y la sustitución del prohibiconismo arancelario por una política proteccionista (18). (18) Los tres primeros ciclos están diferenciados por tres crisis de subsistencias. Según Nicolás SSinchez-Albornoz las que se produjeron en el siglo xix fueron 1804, 1812, 1817, 1823-25. 1837. 1847, 1856-57, 1868, 1879. 1882, 1887 y 1898. Ver «Los crisis de subsisten- cias de EspaAo en el siglo x¡x». Rosario (Argentina). 1963. Pp. 8 y 9. Las mis notorias en Madrid. como se ve en el presente anilisis. entre 1851 y 1890, son las de 1857, 1868 y 1882. En 1870. hubo una sequia que posiblemente dio origen a la subida de 1871. Vease afifudio walítico de lo pluviometrio en el Observatorio de Madrid)). Revisfo de Zoofeenio. Julio-agosto- septiembre 1983. Villa Sánchez, D.; Guerra, J.; Carres. R. Pp. 175-183. Bahamonde y Torci afirman que la opinión publica atribuyó la subida al a exportación de granos. motivada por la guerra franco-prusiana. ~Burguesia. especulacidn y cuestión socialen el Madrid delsiglo xfs. Madrid, 1978. Pp. 75-76. La incidencia de la. distinras politicas arancelarias ha sido analizada por Sdnchez-Albornoz: «Lo crisis ... » op. cit. Pp. 16 y SS. «Espatio hace un siglo: uno ecano~nio duo/». Madrid. 1977. Pp. 43. Grupo de Estiidioc de Historia Rural: «Losprecios del trigo y lo ceboda en Espatia, 1891-19/7». Madrid, 1980. Pp. 90-91. Para el ferrocarril, ver: Conard. Pierre. ctc: «Problé- mes...» Art. cit. Gómez Mendoza. Antonio: «Ferrocorrilesy coinbio en Espatio 1855-1913)). Madrid, 1982 y Barthk et Barthé, AndrC: ~I~fluencio de los transportes en los mercados J en lo bajo de los precios». Madrid. 1899. Arroz 2.44 2,90 2.90 2.53 2,58 2.58 2,48 2,48 2.71 2,99 3,22 3.22 3,22 3,22 3,17 2,99 2.99 2.99 . 3 , 13 2,30 Pan 121.44 110.40 104.88 115.92 113.16 121.44 113.16 124,20 126.96 115.92 115.92 132.48 115.92 107.64 102.12 110.40 107.64 110.40 110.40 110.40 Vino 30,82 27.60 27.60 30.94 31.74 31-74 31.74 31,74 31.74 31,74 41.46 53,82 53.82 53,82 55.20 55.20 55,20 55.20 55.20 55.20 Tocino 28,43 23.87 22.77 23,05 27.60 24.84 27.74 27.19 25,81 25,12 26.50 28.43 20,57 27.88 26.63 13.80 14.08 20.84 20.70 20,70 Carne 20,56 20.01 20.42 20.01 17,94 17.94 18.22 18,08 17.11 16,70 16.84 16.84 21,67 22,08 22.05 21,39 12,42 15.87 16,28 13.25 Patatas 10.16 8,81 10,84 9.49 8,81 9,49 9,49 8.81 10,16 8.81 881 8,13 8.81 10,84 9,49 6.78 9,49 8.10 7,45 6.78 Garban. 25.73 15.64 16.19 16.89 16.89 16.89 16.89 18.32 19.71 20.67 21.90 20.07 20.91 20.33 20.33 20.33 20,33 20.33 19.37 16.66 Aceite 9,5 9.32 8.39 7,97 10.81 12,80 12.84 12,50 11.45 11,45 11.39 9.83 9.15 9.81 9.61 8.74 8,74 8.74 8.74 8.74 Judías 8.45 8,28 8,28 7.62 7,45 7.78 8,94 8,94 8.94 8,94 9,44 9,94 10,60 11,43 11.59 11.59 11,59 11.59 11.59 1159 Lent. 540 4.87 4.13 4.76 550 5,61 571 5,71 5,71 5.71 6.03 6.35 5.42 6.29 6,35 6,35 6,35 6.35 6.35 6,35 Parlmetros significativos de la serie. Coeficiente de Variación = 0,0988 r = 24,594. 7 = 248,98 Oscilación! = 115,36 pts. Estos valores permiten apreciar la distribución normal de la se- rie, y clasificar los cuarenta años por el criterio x = +- r, x i- 7 2 r y x = * 3 7. De esta manera, determinados los años «Muy Al- tos», «Altos», «Normales», «Bajos» y «Muy Bajos». Los extremos son: «Muy Alto». 1868; «Altos». 1857, 1882, 1883, 1884 y 1886. «Muy Bajos)). 1851 y 1852; «Bajos». 1853 y 1855. En los valores altos aparecen tres años de crisis de subsistencias (1857, 1868 y 1882); los otros tres fueron años en los que hubo ca- restía en la carne de vaca y en el tocino. 3.3. Indice de precios El porcentaje de gastos en alimentación, con respecto al total, oscila entre un 57 y un 80,98070, segcn las fuentes expuestas y, ob- viamente, respecto al siglo xix. La tasa de variación de la serie de la dieta permite, así, una cierta aproximación a las variaciones del mercado madrileño decimonónico. Lógicamente, la serie (Tabla 11) es semejante a la de la dieta. En el gráfico (XII) destacan los (. en Probletnas Conle~nporaneos. Madrid, 1884, vol. l . El texto que nos interesa reza así: sFuerza es luchar donde quiera, y por nosotros mismos. ora inquiriendo y ora propagando, asi en las cátedras como en los libros. las nociones. las ideas, las creencias que constiiuyen la conciencia moral de los individuos y el principio vital de las naciones cultas (...). Y gran parte, si no la mayor, de ial obra toca ejecutarla. a mi juicio. a las corporaciones docentes como la que. sin meritos basiantes, presidido esta no- che». Para la historia del Ateneo. F. Villacoria Balios. El Ateneo de Madrid (1885-1912). Madrid. 1985, donde hay tambikn referencias bastantes a otras instiiuciones. Informes del encargado de bibliotecas como éste del que procede la expresión citada pueden hallarse co- mentados en E. Hernández Sandoica, El modelo tnadrilerio de Universidad liberal. \sol. 1 de la citada Historia y acrualidad de la Universidad espatlola, memoria de investigación, F. March. 1984. (13) Ejemplos bien tempranos los tenemos en la sesión exiraordinaria de Cories de la noche del 9 de junio de 1921, por ejemplo (DSC, septiembre 1820-junio 1821). (14) B. Perez Galdós, Lo prohibido, Madrid. 1971, p. 79. Por otro lado, buena parte de la correspondencia sostenida por universitarios no puede ocultar -ni lo pretende- el constante vaivkn de unos y otros en este seniido. Por ultimo, hasia la documentación oficial se hace cargo de ello: en el Archivo Central de la Universidad de Madrid (Complutense) que- dan legajos enteros, rotulados como rrrjpr. kladrid. Forianei. 1893 y Con/erenciassobre viajesescolares. Madrid, Forianei. 1882. exterior, el propio Reglamento daba la respuesta al establecer co- mo obligatorio la organización de una biblioteca, de gabinetes de las distintas asignaturas (marcando los materiales o instrumentos mínimos que debían contener), de un Museo escolar con modelos que se irían enriqueciendo y renovando con materiales aportados por las alumnas y de una Caja de Ahorros que debía fomentar esta virtud y servir de ejemplo para ejercicios de contabilidad. El espa- cio necesario exigía un cambio de local. La Escuela se traslada ahora a la calle del Barco y realiza un esfuerzo de modernización y ade- cuación a los tiempos en su distribución y mobiliario (21). Por último, optando por ((la aplicación del método intuitivo en toda su extensión)), el Reglamento incitaba a salidas al exterior que desarrollen la capacidad de observación. Los métodos de la I.L.E. y la Asociación entraban en la Normal. De su puesta en marcha dan cuenta las sesiones de Junta de Escuela (22). El Ministerio es también responsable de la puesta en marcha a otro nivel: la exigencia de publicación de los Programas, que han de ser discutidos en Junta de Escuela. En un esfuerzo racionaliza- dor y en un proceso de discusión abierta que ocupa las sesiones de Junta de fines de 1882 a 1884 de forma ~rior i tar ia . las nuevas ideas pedagógicas se van materializando en un intento de evitar repeti- ciones y encaminar la enseñanza hacia una vía de formación inte- gral. Y es a través de esos programas y de las propias discusiones en Junta donde podemos descubrir las líneas básicas de la enseñan- za que recibe la mujer en la Normal Central y su por qué (23). El tan repetido slogan de educar para la vida en su doble aspecto físico-material y espiritual, se cumple en la escuela en un plan coor- dinado y dirigido a unos puntos clave. Así, por ejemplo, el tema de la higiene personal y social y del desarrollo y salud corporal-mental, está presente en los programas (21) Relaci6n detallada en Torres Campos, R.: La refornla de la ensetionza de la mujer y la reorganizacion de la Esertela Normal Cenrral de Maestras, Madrid. 1884, pp. 13 y SS. (22) Organo creado en la reforma de agosio de 1882 para codirigir con la directora la niarcha del centro. Sustituye a la Junta de Damas de Honor y Mkrito. (23) Los programas. editados en la imprenta del colegio de sordomudos y ciegos de Ma- drid. ligado a la Normal. son elaborados por: Pedro de Alcintara Carcia: los de Pedagogia. Bellas Artes. Moral y Derecho y Lengua Espanola para el curso especial de Parvulos; Josefa Barrera. frances; Mariano Burguefio, Doctrina cristiana: E U ~ ~ N O Cemborain y Esparla, Arit- metica; Adela Cines y Ortiz. Dibujo y Pintura industrial; Nieves Guibelalde. gimnasia; Rosa Izquierdo. solfeo y canto; Encarnacidn de la Rigada, Aritmktica (1892-93); Blas Lazaro e Ibiza, Ciencias Naturales y Geometría; Matilde Lorenzo, dibujo; Carlota Mesa, Lengua es- paflola; Carmen Rojo. higiene y economia domestica y labores; Joaquín Sama, nociones de ciencias físicas y naturales para el curso especial de párvulos; Agustin Sarda, Historia, Dere- cho y Moral; Jacinto Sarrasi. principios de pedagogía; Rafael Torres Campos. Geografía. Literatura y Bellas Artes. Se editan en 1883-84. de Pedagogía (24) y Gimnasia, además de existir como asignatura Higiene y Economía Doméstica. A las labores, siempre fundamen- tal, se supedita la asignatura de Dibujo. A una riquísima variedad de labores de adorno, que, según sus profesoras, son de suma im- portancia «por los recursos que pueden proporcionar el día de ma- ñana a las alumnas fuera de la enseñanza)) (25) , se añade la enseñanza de Corte en la que han insistido Torres Campos y Sama por el ahorro familiar que podía suponer. Para su existir cotidiano le preparan también el programa de Arit- rnética, en el que junto a las operaciones más o menos básicas, siem- pre acompañadas de ejercicios de utilidad práctica, las alumnas reciben nociones sobre contribuciones, seguros, Fondos públicos, contabilidad, etc. (26) y el de Derecho, centrado sobre todo en de- recho natural y civil, incidiendo en aspectos o situaciones que po- drían vivir las alumnas: contratos, propiedad, herencia, matrimonio ... Las nociones de Moral que completaban este Último tenían como tema único los deberes de la mujer respecto a su en- torno: Naturaleza, familia, Nación y, por supuesto, Dios. Porque la enseñanza en la Escuela sigue estando inspirada en los principios religiosos cristianos frente a las tendencias laicas de las institucio- nes privadas. Ello no impide la concesión de títulos a personas de- claradas no creyentes. A conseguir una mejor integración en sociedad se orientan tam- bién el programa de Lengua española que, con la finalidad última de conseguir una buena utilización de la misma, huye de reglas y conocimientos teóricos para trabajar fundamentalmente con ejer- cicios, y el de Francés que se canaliza hacia la traducción, compo- sición y conversación. En ambas materias la lectura comentada de autores clásicos de diversas épocas, graduadas según su dificultad, es la base del trabajo. La experimentación tiene cabida, básicamente, en el aula de Cien- cias, principalmente en la sección de párvulos que tiene a su cargo (24) La asignatura de Pedagogía es entendida en un seniido amplio que incluye, aparte de higiene. temas de Aniropologia, Psicologia social y evolutiva y organización escolar. El Plan creado por R. D. de 23 de sepiiembre de 1898 daria eniidad propia a estas materias. pero si1 duración fue efiniera. El proyecto de 1900 las eliminaba de nuevo. (25) Sesión dc Junta de 12 de febrero de 1883. ( 26 ) El mismo espírilii mariiienc el programa elaborado años más tarde por Encarnaci6n de la Rigada que indica: ,i fue m u y protestada por e l Ayuntamienio madrileho, pre- sidido por D. Francisco de Borja de Bazan y Silva. Marqiiks de Santa Cruz. Ello retrasaria la toma de posesión del cargo por el jefe politico hasta septiembre. La Comisaria rcgia va unida al programa de los moderados. Con los progresistas iiincionaria una Comisión Espe- cial (R.O. de 4 de julio de 1855). encargada de la direccibn y fuitcionan~iento de las escuelas publicas madrileiias. de la que formaron parte. ademas de los miembros de la Coinision pro- vincial de Instrucción Publica. 6 delegados de la Corporación municipal y 2, designados por el Gobierno -fueron nombrados por el Ejecutivo D. José Solano. Marques del Socorro. y U. Laureano Figuerola. ba un notable retroceso en el cambio de reforma legal emprendido abiertamente desde 1834 (13). Su vigencia, no obstante, fue escasa siendo derogada por el R.D. de 14 de octubre de 1868, decreto que abre en la historia de la legislación escolar un nuevo período más impregnado del espíritu que caracterizó al primer liberalismo. 1.2. Los libros de tAV'^ La ley de 1838 señalaba L U I I I U ~~laterias de estudio en la enseñan- za primaria elemental los Principios de religión y moral, Escritura, Principios de Arittnética y Eletnentos de gramática castellana. En la primaria superior se estudiarían Elementos de Geometría, Ma- yores nociones de Arirmélica, Dibujo lineal, Nociones generales de Física y de Historia Natural y Eletnenros de Geografía y de Histo- ria, especialmente referidos a España (14). La ley Moyano añadiría la Enseñanza del sistema legal de medi- das, pesos y monedas (15) y Breves nociones de Agricultura (16), Induslria y Comercio (según las localidades), en la enseñanza pri- maria elemental, y en la superior, la Agrimensuru (17). En cuanto a los libros de texto, la ley de 1838 dejaba al maestro y a la Comisión local de Instrucción pública libertad de elección. (13) Suprimia, por ejemplo. las Escuelas Normalcs. (14) Pocas novedades introduce este plan de estudios con respecto al Plan y Reglamento dc Etciiclas de primeras letras. de 16 dc febrero de 1825, salvo en lo que se refiere a los libros de texto que se indican explicitamente en 1825 a diferencia de 1838. Se ha señalado, lo que explicaria la semejanza. la influencia del Informe Quintana y Reglamento de 1821 sobre el Plan de 1825. V. Alvarez de Morales. o. c.. phg. 73; Puelles, Educación e ideologia ..., pp. 87-88. (15) La ley de Pesos y Medidas. de 19 de julio de 1849. señalaba en su articulo I I que <quer privdes a Paris au xnrr. Paris. 1978. Por otro lado, las bibliotecas particulares son una fuente de pri- mer orden para el estudio de lecturas y lectores, pero hasta ahora las publicaciones se han limitado a bibliotecas de personajes que por su carácter excepcional no son representativas. Es decir, el aná- lisis de la biblioteca de un personaje determinado perteneciente a la elite, si bien proporciona datos de interés, no son significativos a nivel global ni siquiera de la propia elite (2). El Único estudio se- rial a partir de los inventarios de bibliotecas particulares es el reali- zado por Philippe Bergier para Valencia entre 1474 y 1560. La total ausencia de estudios globales para el siglo xix, y no li- mitados como dijimos a una biblioteca particular, estimula la rea- lización de la investigación, más aún cuando el análisis, según cree- mos, debe partir de una perspectiva social, también inédita (3) . La cultura, el pensamiento y su expresión escrita a traves de l i - bros tiene un inestimable vehículo de comunicación y transmisión de cultura y de contribución al cambio de las mentalidades. Es pre- ciso insistir en que su análisis, el de las lecturas y los lectores como objetos y sujetos del libro, debe incardinarse en el contexto social, en el complejo proceso de relaciones sociales. En este sentido, abar- camos distintas pero interrelacionadas parcelas de conocimiento his- tórico: historia social, historia de la cultura e historia de las menta- lidades, y sus conexiones dialécticas en el amplio marco de una his- toria total. La elección de las coordenadas cronológicas y geográfi- cas para abordar este tema de excepcional interés no ha sido fruto de la casualidad. En efecto, dentro de esta consideración de una historia total, el estudio se inscribe en un momento crucial de trans- formaciones socio-económicas y políticas de la España contempo- (2) Existe un amplisimo repertorio de bibliotecas particulares publicadas de personajes de diversas epocas. Citemos entre otros a Marrasi. R. Arricles er disco~rrs oubliés. Lo bi- bliorli~que de Esproncedo. Université de Rennes, 2, 1966; Aguilar Piñal. F. Lo biblioreco de Jovellonos. 1778. Marid. 1984. y Clemeni. J . P. Los lecturas de Jovellonos (ensayo de reco~~stitircion de su biblioteca). Oviedo. 1980. o Dernerson, G. Don Juan Meléndez Valdés el son tetnps (1754-1817). París, 1962. Remitimos a la lista que proporciona Chavalier, op. cir.. y la existente sobre cat&logos, indices e inveniarios de bibliotecas pariiculares en el n.O 44 de Cuadernos Biblio~raficos, p. 109. (3) Para el siglo xix no existe pues ningiin estudio. Marrasi en 1974 esbozo algunas li- neas de investigación en ((Libro y lectura en la Espaha del siglo xis. Temas de investigación en Movimiento obrero. polirico y li!eratrrro en lo Espofio contemporaneo. Madrid. 1974. pp. 145-157. Por otro lado, sabemos que Maria Josk Alvarez Panioja en la Universidad de Sevi- lla inicia ahora su investigación sobre esta ciudad iarnbien a partir de protocolos noiariales. Tenemos noiicia a iravks de su comunicaci6n «La Revoluci6n Francesa en las biblioiecas sevillanas» al Coloquio La Revolución Francesa y la Península IbCrica, celebrado cn Madrid en febrero de 1986. cuyas Actas están en curso de publicación. Asimismo, ienemos conocimienio. por información de su autor, J. F. Botrel, de que esta en proceso de elaboración una historia de la leciura en Esparia enire el siglo xv y el siglo ss. a cargo de P. Berger. F. Lopez y el propio J. F. Botrel, que se encarga del siglo x i \ . ránea: en el proceso de revolución liberal burguesa que representa el tránsito del Antiguo Régimen hacia nuevas formas de relaciones sociales. El período cronológico seleccionado para analizar el cam- po de las lecturas, los lectores y los comportamientos culturales de éstos y su conexión con la evolución social española responde a es- tos parámetros: 1833-1868; ahora bien, no nos hemos circunscrito en la arbitrariedad de las fechas de un reinado -el de Isabel 11 o de la estricta cronología política-, sino abordando el estudio con cierta flexibilidad, más aún tratándose de fenómenos tan caracte- rísticos del tiempo largo como es la lectura, o más ampliamente, la cultura. El arco temporal ha quedado situado, con las reservas apuntadas, entre los años 30 y los años 70 del siglo xix. Hemos centrado nuestro interés en la Villa de Madrid, no sólo por la riqueza documental de su Archivo Histórico de Protocolos donde se albergan de forma dispersa miles de inventarias, como ve- remos, sino por la importancia de la capital en los más diversos as- pectos sociales, políticos, ciilturales, económicos, y el papel que juega en el devenir histórico español. Madrid, sin duda, presenta una sin- gularidad en el conjunto del territorio nacional si se compara con los medios rurales, empero si es representativo de otros entornos urbanos de indudable desarrollo cultural en la sociedad decimonó- nica, como Cádiz, Valencia, Barcelona ... donde la existencia de li- bros no tiene que envidiar a la capital, por un lado, y por otro por- que Madrid es punto de encuentro de diversos grupos socio- profesionales, desde las más altas instancias del mundo político, cul- tural y financiero hasta contingentes de población que engrosan las filas del proletariado urbano. Es el centro político administrativo por excelencia, en relación con el centralismo del Estado liberal y donde confluyen personajes del mundo de la política y la burocra- cia, también el foro racionalizador de las finanzas, cuyo papel se acentúa en la conformación de las nuevas coordenadas del merca- do nacional; asimismo, sede cultural que contempla el resurgir de la actividad en este terreno cuyos mayores exponentes bien pueden ser el afincamiento de exiliados o el nacimiento del Ateneo. El estudio de la lectura y los lectores, debe tener en cuenta, como primer caso, diferencias regionales y sociales que eviten conclusio- nes marcadas por la generalización. La Villa de Madrid permite di- ferenciar entre distintos grupos socio-profesionales, y establecer di- versas tipologías del público lector, ciertamente heterogéneos entre sí, pero homogéneos respecto a los demás en tanto cumplen los mis- mos criterios de actividad profesional, nivel y procedencia de sus rentas, y estimativa social desde su propia perspectiva y desde la del resto de la sociedad. Estos son los criterios que han definido los grupos socio-profesionales de la sociedad madrileña analizados, sin perder de vista que en la sociedad isabelina el tejido social está en acusada fase de transición en un proceso plural y complejo. Por otro lado, se han contemplado todas las materias que son objeto de lectura por los madrileños de la época. Miles de titulos y decenas de disciplinas, como veremos, delimitan un amplio aba- nico de temas. No es una investigación sobre literatura como suele ser frecuente al identificar las lecturas, aunque esta temática sea del máximo interés. No se trata tampoco de una investigación sobre bibliografía, aun cuando se desprendan interesantes noticias al res- pecto. Se trata de establecer todo tipo de preferencias e inquietudes de lectura, los intereses concretos y sus relaciones causales con su ubicación social y comportamiento cultural, los rasgos temáticos que modelan la tipologia del público lector. La fuente documental utilizada en esta línea de investigación son los fondos existentes en el Archivo Histórico de Protocolos de Ma- drid. Entre los diversos tipos de documentación notarial -definidos por el objeto de ésta- disponemos de los inventarios de bienes de particulares realizados ((post mortem)) con la finalidad de su tasa- ción y particion entre los herederos. La documentación notarial, en cuyas características y conteni- dos entraremos a continuación, no invalida otras fuentes de infor- mación, pero ninguna de ellas, y sin que sepamos de otras por el momento, reúne la fiabilidad y posibilidad de cuantificar para es- tablecer reglas generales en el siglo xix. Las memorias de persona- jes, los pedidos de libreria e inventarios de éstas, la información proporcionada por los papeles de Inquisicion o la solicitud de per- miso para leer determinadas obras, sólo las consideramos como com- plementarias de nuestro trabajo. La prensa e inventarios de libre- rías sólo nos acercan a la oferta y un deducible grado de aceptación o rechazo por parte del público lector de determinadas obras o re- mas, o a quienes van dirigidas las publicaciones -libros o prensa- pero no quién las posee. Tampoco las listas de suscriptores de li- bros o revistas sirven para extraer algún tipo de visión general. Esta fuente documental básica, sin desdeñar otras, proporciona un grado de información variable, aunque generalmente sarisfac- torio y homogéneo. La finalidad con que están elaborados dichos documentos ante notario permite adjudicarlos una elevada dosis de fiabilidad, y no es otra que la de partición de bienes entre los here- deros, ya sea extrajudicialmente o con juicio de testamentaría. La práctica secular delas particiones -en los diversos ámbitos urba- nos o rurales- transmite la mentalidad del deseo de herencia - incluso la irónica, pero tambien típica, imagen de los herederos li- tigando entre ellos por el mas mínimo objeto-, acrecentada por el sentido sacrosanto e inviolable que adquiere la propiedad en la centuria anterior. Todo ello implica que el inventario, tasación y partición se realice con una extremada escrupulosidad, de lo que da fe el notario (4), con el formulario habitual y ritual, que especi- fica dichos extremos de veracidad y pulcritud. Y , en efecto, la exac- titud es hasta tal punto buscada que a veces prolonga la elabora- ción de documentos varios años en un complejo proceso de testa- mentaría. Un deseo inequívoco y constante de los testadores es que el inventario, tasación y partición de sus bienes se realice amistosa- mente entre los herederos, sin ninguna intervención oficial y extra- judicialmente, incluso algunos toman la precaución de elaborar un inventario en vida y designar herederos. Cuando no existe testamen- to, el proceso de testamentaría ((ab-intestaton se complica aún más, al igual que si no existiesen herederos directos. El carácter de lado- cumentación y su conservación aleja pues cualquier duda sobre su autenticidad. De tal suerte que el grado de información es de indudable interés para el estudio de diversos aspectos de la sociedad decimonónica -también de otras épocas-. Excepto en casos muy aislados don- de sólo se escritura el resumen total del inventario, éstos detallan con meridiana exactitud y hasta límites tan extraordinarios como curiosos todas las posesiones del finado, con su correspondiente ta- sación, propiedad por propiedad, objeto por objeto, incluso deu- das a favor y en contra para realizar la liquidación y examinar y adjudicar lo que corresponde a cada heredero. Las diversas parti- das son, en términos usuales: bienes raíces, dinero, créditos, bienes muebles, ropas, alhajas, libros, cristal y loza, cuadros, deudas, ba- jo estos epígrafes o similares, o bien inventariados según su ubica- ción en las distintas estanterías de la casa, los relativos a bienes mue- bles. Otros objetos o posesiones se incluyen en determinados ca- sos, cuando se poseen, como los carruajes y caballos o herramien- tas. Todo ello expuesto con minuciosidad nos proporciona un ex- (4) Como se insistirá en mas de una ocasion, el notario aparece en el siglo XIX como ((con- fidente y consejero de la familia». en el coníesor laico que conoce el aspecio más importante de la nueva sociedad del dinero. Tierno, E. «Formas y modos de vida en torno a la revolu- cion de 1848~ . en Revisto de Estirdios Poli'ficos. Madrid (1949), n.' 46. p. 57. traordinario conocimiento de la vida material, intelectual y cultural de las sociedades pasadas. En el terreno que nos ocupa, el conocimiento en la mayor parte de los casos de todos y cada uno de los libros -también con diver- so grado de información, como veremos- proporciona una inesti- mable riqueza documental para los fines que pretendemos. El con- tenido de la información varía según los casos, dependiendo de di- versas razones, que aventuramos, deducidas de la forma de con- fección del inventario o de las explicaciones incluidas en los supuestos de la partición: economía, mentalidad, o incluso razones de espa- cio. En el primer caso, porque el escriturar todos los efectos supo- ne un desembolso importante por los honorarios del escribano - extremo éste nunca especificado-; en segundo lugar, el detalle de todos los libros tiene como finalidad el reparto, pero implica un interés cuando dicha relación no era necesaria y el caso contrario cuando se detallan todos los efectos exceptos los libros de los que sólo aparecen el resumen o incluso el soporte material -librería- únicamente, lo que demuestra un escaso interés independientemen- te del valor económico que se les aplique. Esta es a su vez otra ra- zón argumentada en el propio inventario: muchas veces se agrupan y no se detallan por ((tener escaso valor)). Asimismo, y este es el ejemplo más frecuente, se obvian «por evitar prolijidad)), ya que en muchos casos se había formado inventario aparte, se había he- cho reparto previo o la biblioteca era excesivamente extensa como ocurre con algunas grandes librerías cuya plasmación detallada en el inventario hubiera necesitado mucho espacio, como la del Con- de Santa Marca, Mesonero Romanos o la Infanta Carlota. Esto no impide que haya bibliotecas con sumo detalle cuyo volumen sea ex- traordinario, como la del Marqués de Torrecilla, con 10.000 títulos ocupando parte de un voluminoso protocolo. En ocasiones desafortunadas, pues, sólo se especifica el número de libros y el valor de tasación. Son las menos y exigen un trata- miento aparte, ya que no conocemos a través de ellas los libros con- cretos. Como norma general -consecuencia del carácter aludido de la documentación- se especifica libro por libro, unas veces ba- jo el epígrafe «libros», otras «librería» o «biblioteca» y en ocasio- nes mezclados con objetos del mas variado cariz. Detrás de estos términos o la colocación de los libros en determinado lugar del in- ventario, con o sin encabezamiento -y sin olvidar su ubicación ma- terial subyace una determinada forma de concebir los libros y las bibliotecas. La información proporcionada incluye como mínimo el titulo y la tasación de los libros, y además los volúmenes. Además, suele informar sobre la encuadernación y las medidas de cada libro, y con cierta frecuencia también sobre el autor. Solo los más comple- tos agregan lugar, número y fecha de edición, y/u otros datos de no menor interés: idioma en que está escrito -cuando el titulo no se expone en su lengua original y ha sido traducido por el tasador o escribano-, si se trata de traducción y quien es el traductor, y diversas noticias sólo de forma extraordinaria como el estado del libro o nivel de deterioro o uso -elemento, por otro lado, determi- nante en el criterio de tasación-. En fin, a veces una apostilla al lado de un título anónimo nos permite clasificar temáticamente la obra y arroja luz sobre su contenido como ((comedia)) o ((novela)), cuando no un grupo de obras va incluido detrás de un epígrafe con el tema, ((literatura)), ((historia)), etc. Tan heterogénea documenta- ción, aparentemente, proporciona una visión muy aproximada y con bastante precisión, sin duda, de los libros que conformaban las bi- bliotecas contando como caso más usual con título, autor, tomos y tasación, deduciendo otros como es el autor en su caso o el tema. Entre los casos extremos, aquellos en que se detallan todos y ca- da uno de libros con distintos niveles de información -la mayoría- y los que solo especifican el número de volúmenes y tasación, con referencia global a los temas de que tratan en algún caso singular, se sitúa el término medio en que se detallan solo algunos libros y el resto se engloban en una partida, citándolos en los términos an- tedichos, o con los simples enunciados de «una porción de libros)). Aunque son a su vez también pocos ejemplos, al menos sabemos algunos títulos concretos, precisamente los más valorados. Estas dis- tintas variables que proporcionan los inventarios nos obligaron en su momento a discernir entre varios tipos de bibliotecas según la información aportada con sus correspondientes conclusiones. Otros problemas surgen en este tipo de información, no ya en cuanto al nivel de precisión, sino en cuanto a la fiabilidad -no de la fuente documental sino de datos particulares-. Con ello nos re- ferimos a algunos errores -afortunadamente no muchos- detec- tados en los títulos o autores que dificultan su identificación, ya sea porque están mal escritos, incompleto o resumido el titulo. En esto último cabe deducir ahorro de espacio o tiempo, pero en el pri- mero de los supuestos, de títulos mal escritos, hay que relacionarlo sin duda con el nivel de preparación del tasador o del escribiente. Muchas veces tomados al oído, titulos o autores extranjeros se es- criben tal como suenan con ejemplos que tocan lo grotesco. Tales errores, pocos, dependen del tasador, ya sea especializado -esto es, librero-, o sea Único para todos los efectos; contamos con este dato, tampoco marginal a la hora de establecer la concepción de una biblioteca o el interés y mentalidad respecto a ella por parte de los herederos. De cualquier forma no supone, salvo muy rara excepción, ningún obstáculo para el análisis de las bibliotecas. Un segundo problema, minoritario también, pero que es necesa- rio tener en cuenta, surge cuando se plantean dudas al respecto de ciertos inventarios que no especifican que el propietario tuviera li- bros pero abren la posibilidad de que los tuviera y no se detallaran por razones que no se citan y en este caso al menos desconocidas por nosotros, a no ser la escasa valoración que se diera a los libros. Son los casos en que aparecen detallados exhaustivamente todos los efectos y propiedades y no hay libros -hasta aquí, como en mu- chos casos, se puede afirmar que no tenían- pero hay indicios o referencias a ellos, el más común de los ejemplos es cuando se cita el soporte material: uno o varios armarios librería sin aludir a su contenido. En buena lógica cabría suponer que dichos armarios o estantes tuvieran efectivamente libros -aunque haya casos consta- tables donde se les da otro uso- pero esta conjetura no permite afirmar que la tenencia del soporte material implique necesariamente la existencia de libros y en tal caso afirmativo no nos indica los da- tos mínimos: numero, tasación, etc. Por otro lado, hay casos donde no aparecienco ningún libro, la composición total del inventario, por analogía con otros o por la existencia de determinados objetos o su posición, hacen pensar en que el propietario sí tenía libros pero no se han especificado por razones que no se apuntan. Son casos marginales de individuos que, por su ocupación profesional o status social, extraña la ausencia de biblioteca ya que ni siquiera se hace referencia al soporte mate- rial, cuando además tiene otros objetos que demuestran que al me- nos sabía escribir -lo que no implica necesariamente que sepa leer, es simple hipótesis- o que poseía cuadros de indudable calidad. arte, ya que no conocemos a través de ellas los libros concretos. Los inventarios de bienes ((post-mortem» no suelen aparecer ais- lados sino que son el engranaje de una larga cadena, con la misma finalidad, de escrituras públicas y operaciones que en la mayoría de los casos aparecen unidos. Son todos aquellos documentos reu- nidos y elaborados como consecuencia de un fallecimiento para rea- lizar la transmisión de bienes, y que constituyen la testamentaría. Puede incluir testamento y memoria testamentaria si la hubiere - declaración de herederos para los casos ccab-intestato»-, poderes para representar en las operaciones o curadorías «ad litem» y «ad bona» para menores, partida de defunción y de matrimonio y naci- mientos de herederos en su caso, y los documentos relativos a las operaciones: Inventario de bienes, tasación, liquidación -equili- bradas deudas y gastos-, cuenta, partición -con todos los supues- tos explicando la forma y motivos en que se basan las operaciones con escrupuloso detalle- y la adjudicación de los bienes correspon- dientes a los herederos. El volumen es variable según lo complica- do de los casos, pero su interés reside, sin duda, en que tales docu- mentos dan noticias no sólo fundamentales sino imprescindibles. En efecto, proporcionan en la mayoría de los casos de filiación com- pleta del individuo, datos sobre su entorno y familia, se explica la situación económica y de sus propiedades, los legados que haga en su caso, y otros extremos como el destino de sus efectos. Permite, pues, no sólo un análisis sociológico de los propietarios, sino esta- blecer sus preferencias o inquietudes en el caso de que legue todos o algún libro, y el destino de éstos, a quién son adjudicados. En diversas ocasiones ha permitido, remitiendo una documentación a otra, seguir el hilo de las lecturas de una familia en varias genera- ciones, o los cambios culitativos de una biblioteca entre el momen- to en que es heradada y el inventario, a su vez, realizado a la muer- te del heredero. Existen, por fin, otro tipo de escrituras públicas, afines por su información, que en corto número de casos nos proporcionan si- milares datos aunque su finalidad sea distinta. Son las cartas de dote y escrituras de capital, esto es, la relación de bienes aportados al matrimonio por cada uno de los cónyuges, que es su vez y en su tiempo entran a formar parte de la testamentaria cuando llegue el caso. En ciertos ejemplos estas escrituras traen relación exhaustiva de bienes, incluyendo libros rara vez las primeras -las mujeres no suelen tener libros-, y más veces las segundas, de tal suerte que se pueden conocer las obras que posee un individuo en un momen- to determinado de su vida. El criterio general -ya ha quedado expuesto- son los inventarios en la fecha del fallecimiento, sin em- bargo no desechamos la información de las escrituras de capital, ya que si contamos con el inventario «post mortemn conocemos la evolución de la biblioteca con los libros adquiridos -por compra o herencia- entre las dos fechas. La documentación notarial no es, con mucho, la única fuente para deducir el tipo de lecturas y lectores de la España isabelina. Han quedado expuestas otras, sí es la mas completa, generalizada y con posibilidades de cuantificación. Hay lectores y lecturas no refleja- das en documentos públicos, ni tampoco en otros tipos de docu- mentación. En primer lugar porque hay lectores que no acudieron a notario, no se realizaron particiones, o los casos aludidos en que se obviaron los libros. Pero el problema reside en que había otros -y muy diversos- canales de lectura que no fueran la posesión de determinados libros, o lo que es lo mismo, no se puede restrin- gir la lectura al ámbito de las bibliotecas particulares. Son los casos de libros prestados, de bibliotecas públicas o gabinetes de lectura, de personas cuyas lecturas dependían de las bibliotecas de otros - la servidumbre de la nobleza, por ejemplo-, etc. De difícil preci- sión, sin duda, solo conocidos por testimonios sin base documen- tal homogénea. Se desprende, por tanto, que la documentación notarial permite el análisis de lecturas y lectores a través de sus bibliotecas particu- lares. Es, con todo, la fuente más completa y susceptible de ser uti- lizada para conclusiones de carácter general, aunque haya que te- ner presentes las salvedades realizadas. El volumen de documentación existente y hallado -inventarias detallados que contienen la enumeración libro por libro- desbor- da cualquier previsión inicial. La recogida, sistematización y clasi- ficación de datos supera los limites de una investigación individual, si se pretende para el caso madrileño contar con todos los fondos existentes referidos al tema. La muestra recogida es suficientemen- te amplia y representativa, no sólo por el volumen de documenta- ción recogido y analizado, sino por los criterios utilizados en la se- lección, y por el contenido de la información que en un determina- do número de inventarios se empieza a comprobar con una cohe- rencia y unas variables constantes donde lo realmente neuvo - títulos, autores ...- es excepcional. Es un sistema aleatorio donde, en principio y por definición, son los inventarios de individuos que escrituran. Los criterios de selec- ción y resultado final no han sido fruto de la casualidad o del esta- blecimiento arbitrario de cifras previas, sino que han venido en fun- ción del equilibrio entre años, notarios e individuos de las mas di- versas procedencias socio-profesionales, con un número total de in- ventario~ suficientemente amplio y representativo, por las razones expuestas. De 4.000 escrituras públicas consultadas y expurgadas de acuerdo a los fines de la investigación, excluyendo las que pre- sentataban deficiencias que entorpecían su tratamiento, se han se- leccionado, sistematizado y analizado 869 inventarios cuidadosa- mente detallados. Un muestreo a través del cual llegamos a genera- lizaciones de interés, permitiendo una cuantificación y unos por- centajes que despejan las dudas de datos aislados que proporcio- nan otros tipos de fuentes. En cuanto a los años, se han analizado inventarios de todos los años comprendidos entre 1833 y 1868 -cuya explicación de límites exponemos en otro lugar- pero con cierta flexibilidad, debido a la naturaleza de la documentación -a veces se tarda varios años en elaborarla- y a los objetivos que perseguimos, de ahí que los límites cronológicos precisos se hayan relajado entre los años 30 y los años 70 -a veces ampliados en casos singulares a los 80- de la centuria anterior, liberando el tema de sufrir un encorsetamien- [o, tan inútil como arbitrario, en los límites de un reinado. En cuanto a la elección de los notarios -este es el sistema de cla- sificación de los documentos, y no por los otorgantes de las escrituras- se han seguido dos procedimientos complementarios. En primer lugar, determinados notarios, cuya actividad abarca los límites cronológicos citados, o en su caso los sucesores de dichos notarios, obteniendo unas series completas de todos los años, de forma homogénea, contando además con la arraigada costumbre social de escriturar en el mismo notario por parte de las familias, de ahí que se pueda seguir en ciertos casos la evolución de éstas con sus bibliotecas. La elección de estos notarios, entre casi dos cente- nares, y que cubrieran el período de una u otra forma tampoco ha sido casual, ya que los elegidos responden a distintos grados de im- portancia dentro de la profesión, conociendo los más importantes a los que acudían buena parte de la élite madrileña de la época. El segundo procedimiento, y como complemento del anterior, ha con- sistido en un muestreo de gran número de notarios diferentes en distintos años, generalmente uno o dos años por escribano, de tal forma que obteníamos documentación emanada de distintas capas de la población y en diversos momentos, buscando no sólo la com- pensación cronológica sino social. Como tendremos ocasión de re- señar, contamos con las bibliotecas de una amplia gama de grupos sociales, con los matices pertinentes, y de personajes de indudable relieve político, social o cultural en la época, cuyo hallazgo es, la mayor parte de las veces, fruto de la casualidad mezclada con el seguimiento de algunos indicios, ya que no es posible localizar di- rectamente el inventario de una determinada persona si no se cono- ce el notario en el que escrituraba y si es que lo hizo. La localiza- ción, por tanto, es ciertamente difícil, si de un caso particular se trata (5). El primer problema que se plantea es la sistematización del ex- traordinario volumen de documentación. La posibilidad de cuanti- ricación exige un tratamiento estadístico que relacione las varieda- des extraídas de la documentación. Estas son, por un lado, los da- 10s referentes a la filiación personal, de la que nos interesa funda- mentalmente su situación socio-profesional y el nivel de fortuna; por otro, los referidos a la biblioteca: número de títulos y volúme- nes y tasación en primer lugar, y en segundo el título y autor, para establecer temas e idiomas. Planteada desde el principio la posibili- dad de utilizar un tratamiento inforrnático para sistematizar y co- dificar tal volumen de documentación, y de contar con un progra- ma (6) ha sido desechada, no tanto por la complejidad o las posi- bles conclusiones de tipo estadístico que de ello se pudieran extraer, como por la imposibilidad material de introducir tan voluminosa documentación en un plazo razonable de tiempo. Es, sin duda, una labor de equipo, que frustra cualquier aventurado intento indivi- dual, ya que la informatización de la documentación suponía tanto como almacenar en un banco de datos la casi totalidad de la biblio- grafía del siglo xix. Lo que justamente plantea menos problemas para un ordenador son las operaciones, por la rapidez y precisión, una vez codificada la documentación. El tratamiento informático, por ello, no es desdeñable, muy al contrario es fundamental, pero en casos como éste debe ser atendido por un equipo de investiga- ción. Por otro lado, aventuramos que las conclusiones que resultaran del análisis de los datos obtenidos por el ordenador no difererían de las obtenidas por medios ya rudimentarios; se pierde, eso sí, pre- cisión, y relación de algunas variables no esenciales para los fines perseguidos. En cualquier caso, servirá para formar un inestimable banco de datos sobre la bibliografía de la pasada centuria. Esta vez, de acuerdo con los objetivos planteados, el sistema de codificación (S) La informaci6n sobre el inventario de algún caso particular la debo a la generosidad de varios investigadores que coincidieron conmigo en el Archivo Hist6rico de Proiocolos como consecuencia de sus respectivas invesiigaciones: Angel Bahamonde Magro, Rafael Mis, Jose Cayuela, Alejandro Martinez Andaluz y Juan Carmona. (6) Este programa fue elaborado con tanto animo como paciencia por Francisco Fer- nandez Izquierdo, compaaero del Centro de Estudios Hist6ricos del CSIC, con la experien- cia que supone el haber sido autor de una tesis doctoral basada en el iraiamienio inform~ti- co. Las operaciones fueron realizadas en el Centro de Calculo del CSIC. manual y plantilla ha sustituido -creemos que con acierto- los adelantos de la técnica. Partiendo de la premisa de que las variables fundamentales que interesan son el tema y el idioma de los libros -como punto de partida-, la documentación se ha clasificado a través de 82 divi- siones y subdivisiones de tipo temático -que incluyen las más di- versas disciplinas- y de 9 según el idioma. Los criterios, han teni- do como guía los de la época, esto es, utilizando esquemas de clasi- ficación contemporáneos para encuadrar con más precisión y me- nos dificultad las obras en determinados grupos y subgrupos de te- mas (7). En cuanto a títulos y autores ha sido necesario un tortuoso proceso de identificación de muchas obras, cuando no la propor- cionaba la documentación o se deducía, utilizándose ficheros de Bi- bliotecas (8) y Catálogos de librería de la epoca así como bibliogra- fías (9). Se conoce como mínimo, salvo casos en que ha sido impo- sible la identificación, el tema y el idioma. Intentar conocer el con- tenido de todas las obras hubiera sido tanto como realizar un aná- lisis de la bibliografía del XIX, cuestión que no se ha pretendido. Sí que se conoce, por el contrario, el carácter y línea literaria, cien- tífica, etc., en que se inscriben. Finalmente, es necesario precisar dc ietodológicos de par- tida: la existencia de libros en una biviivrLGa ,,O presupone necesa- riamente su lectura. Empero es una probabilidad con la que hay que contar, y que al menos sitúa fielmente la posición de su propie- tario respecto a la lectura con la tenencia de libros como hecho sig- nificativo. En segundo lugar, se ha recogido documentación de pro- (7) Hemos utilizado para la confección de las divisiones y subdivisiones temáticas, y su reproducción en cuadros correspondientes a cada grupo socio-profesional, las líneas blsicas del indice que el librero valenciano Salva acunó para exponer su catálogo en 1872. (8) Biblioteca Nacional de Madrid. Biblioteca del antiguo Instituto «Jer6nimo Zurita» del CSIC, Biblioieca del Instituto <rofesional por su cxiraordiiiaria ,i~iciilaridaci. CULTURA Y MENTALIDADES Javier Fernández Delgado Javier Fernández Delgado Silenciosos, medidos y espléndidos. TAa quiebra 1 la función religiosa AA1 4-* stamento tulado en Histc ,,,, El testamento como fuente histórica E 1 tratamiento serializado de las fuentes notariales h; n manos de los historiadores un copioso conjunto de datos estruc- turado~ que han posibilitado un acercamiento nuevo al mundo de la historia de las sensibilidades colectivas. Las actas testamentarias han sido utilizadas, por ejemplo, para reconstruir la evolución de las actitudes y el complejo entremado de creencias y prácticas que conforman los sistemas de la muerte, tal y como hacen M. Volvelle (1) y P. Chaunu (2), o algunos investigadores españoles pioneros (3). La preocupación de estos autores se centra en los siglos de la época moderna, en que crece y madura el modelo de la «piedad ba- rroca», disolviéndose en sus prostrimerías. En España el tema nos es en gran parte todavía desconocido, tanto en su geografía como en su cronología, aunque existen ya algunos estudios que señalan la especificidad de nuestro país en el sentido de que a finales del siglo xviri parece que el sistema de la muerte consolidado en la época postridentina se encuentra aún incólume («conservatoires»). La disolución del mismo ha de ocurrir por fue- ra en el siglo xrx, y relacionarse con procesos tales como el esta- blecimiento del estado liberal, la consolidación de la sociedad bur- guesa, o el avance de la'secularización. La comunicación que presentamos pretende llevar un paso ade- lante nuestros conocimientos del fenómeno. Hemos tomado como materia prima una muestra de casi dos centenares de actas testa- mentarias madrileñas de 1800, 1850 y 1870, correspondientes a no- tarios de clientela selecta a partir de fondos del Archivo Histórico de Protocolos de Madrid. Obtenemos así una cierta visión secuen- cial de las prácticas notariales de sectores sociales acomodados y de elite de la capital en tres momentos significativos: epílogo del Antiguo Régimen, sociedad isabelina y Sexenio democrático (4). (1) Michel Vovelle, Pie14 baroque e! dechristianisation en Provence ou XVIII siécle. Pa- ris. L. Pon, 1973. (2) Pierre Chaunu, L a mor/ a Paris, svr, XVII. XVIII siheles. Paris, 1976. (3) Sus trabajos se encuentran principalmente en Actas de las 1 Jornadas de iMe/odolo- gía aplicada a las Ciencias Hisrdricas. V, Santiago de Compostela, 1975; Acrasdel 11 Colo- quio de Melodologia Histdrica Aplicada. L a Documenracidn No'ororial y la Historia. 1 y 11, Santiago de Cornpostela. 1984; y Acres Prinier Congrés D'Historia Moderna de Coralunya, 1 1 . Barcelona. 1984. ( 4 ) He seguido el metodo sincr6nico de cortes cronológicos anuales. lo que descarta otros interesantes documentos noiariales (memorias, inventarias y particiones ... ), pero concede al estudio una gran homogeneidad. Concretamente. hemos vaciado los protocolos corres- pondientes a las fechas citadas de doce notarios. alguno de los cuales trabaja en dos de ellas. Como nuestro interés principal radica en procurarnos unas vías de acercamiento a las formas de religiosidad y mentalidades socia- les consiguientes, de las que los testamentos son un reflejo, hemos realizado un tratamiento minucioso de aquellos indicadores que re- miten tanto a creencias (especialmente discursos religiosos) como a prácticas de aquel tipo. Para ello hemos llevado a cabo un esfuer- zo de ajuste metodológico y conceptual coherente con las peculia- ridades del caso madrileño. El testamento serializado madrileño y el modelo regular Dado que desconocemos los rasgos específicos del sistema de la muerte de la Corte en la epoca moderna, hemos tenido que buscar un sustituto como referente con el que contrastar la evolución de los índices cuantificados. La ((Librería de escribanos ... » de José Fe- brero ha representado ese papel en nuestro estudio (5). Original- mente publicada en 1769, fue reeditada intermitentemente, y con escasas modificaciones en lo que nos atañe, hasta 1852, constitu- yendo el principal manual que manejaron los notarios en ese inter- valo. La obra dieciochesca puede ser calificada de «modelo», pues entre otros elementos contiene un formulario de ((testamento regu- lar» con el que es cómodo comparar las actas serializadas madrile- ñas. Este modelo regular se ajusta más o menos al correspondiente a la ((piedad barroca)) descrito por los historiadores franceses. En éste como en aquél el testamento es pieza fundamental de un siste- ma de la muerte profuso en prácticas religiosas controladas por el otorgante desde el acta. El propio testamento, amén de los aspec- tos profanos que regulan la transmisión de bienes y la herencia, posee un contenido piadoso (o religioso) igualmente importante, que atien- de a la expresión de creencias, o a la resolución de cuestiones rela- cionadas con el ceremonial post-mortem o los legados piadosos me- diante cláusulas muy precisas y explícitas. Esta es la función reli- giosa del testamento que ha ocupado el núcleo de la investigación. En total 191 testamentas y 44 legajos. La rinica selecci6n proviene de la exigencia de buscar notarios que protocolizando un número elevado de actas aseguren una comunidad de clien- tela inierclasista, de tendencia acomodada y de Clite. ( 5 ) Jose Febrero, Librerio de ercribanos e inrrruccidn juridca kdrico-prucfica para prin- cipiantes. Madrid, A. PCrez, 1769-81. 4.'. 6v. Al menos se conocen quince ediciones hasta 1852. Hemos contrastado los datos que ofrecen las actas con el mode- lo regular, y hemos podido medir en cada momento su grado de vigencia, así como el progresivo distanciamiento de la práctica tes- tamentaria respecto al ideal regular. La selección de un repertorio significativo de indicadores, y la cuantificación subsiguiente de los mismos -generalmente en forma de frecuencias porcentuales de comportamiento definidos- ha permitido precisar tendencias y rit- mos evolutivos en aquéllos y, por tanto, ponernos en situación de describir procesos, y aun los mecanismos concretos de la manera en que se producen. Al fin, se dibuja una dirección global en los cambios, que permite un esbozo de interpretación de los mismos. No obstante, el tratamiento serial de los datos testamentarios poco sería sin un aparato de conceptos y categorías que concedan un sen- tido a los datos numéricos. Por nuestra parte, hemos considerado el acta como un repertorio de conductas, resultado tanto de la vo- luntad del operante como de la mediación técnica del notario, así como de la presión del contexto social. Los contemporáneos ya cla- sificaban algunas de aquéllas como piadosas (el ((testamento espi- ritual)) de Vovelle), y otras como profanas. A esta división noso- tros hemos añadido otra que distingue entre conductas expresivas y conductas instrumentales. Las primeras poseen el fin en sí mis- mas, suelen ser declaratorias y predominar en ellas el discurso; son formas de lenguaje shnbólico que expresan valores y creencias y res- ponden de fondo a las necesidades subsconscientes de la colectivi- dad. Las conductas instrumentales poseen una finalidad exterior a las mismas, suelen ser decisorias, y se pueden recopilar como in- ventario de gestos; dependen de la voluntad individual y son cau- salmente efectivas. La parte piadosa de los testamentos, y especial- mente el modelo regular, contiene un amplio repertorio de ambas: profesión de fe, justificación para testar, encomendaciones, invo- caciones, etc., por parte de las expresivas; decisiones sobre morta- ja, entierro, funeral, misas por su alma, legados piadosos, etc., por parte de las instrumentales. Nosotros hemos aislado con fines ana- líticos buena parte de ellas en forma de indicadores cuantificables, siguiendo en lo esencial los planteamientos de la escuela francesa. Toda la parte piadosa, y singularmente las cláusulas instrumen- tales, puede ser contemplada desde dos perspectivas distintas: la del testador, que considera el testamento (cristiano) como un instru- mento de intervención sobre el más allá, concepción que alcanza su máximo desarrollo con el sistema de la muerte barroca, y en es- trecha relación con el concepto de Purgatorio y la red de prácticas características; y la del investigador social, al que interesan tam- bién los efectos sobre el más acá de tales conductas: afirmación de determinados rasgos de mentalidad, consecuencias sociales como la cohesión, promoción de signos de jerarquía, transferencias eco- nómicas, etc. Dicho con un ejemplo: el encargo de un buen funeral puede indi- car tanto una creencia en su operatividad sobrenatural, como una voluntad de prestigio social. A este respecto es fundamental inves- tigar los vínculos entre el nivel de las mentalidades y las realidades estructurales sobre las que se sustentan, aunque esto no sea tarea sencilla precisamente. Por último, hemos tenido en cuenta a la hora de considerar las conductas testamentarias otra distinción conceptual de gran impor- tancia. El otorgante puede elegir por sí mismo, o puede delegar en sus ejecutores (albaceas), o sencillamente callar cualquier referen- cia a un determinado aspecto, o a una variedad de ellos. El modelo regular se caracteriza por la profusión de la parte piadosa y la mi- nuciosidad de las conductas electivas que aparecen en ella. En la práctica, casi excluye un silencio testamentario que, por contra, se convertirá en el rasgo distintivo del comportamiento de los otor- gantes hacia 1850/70. Los silenciosos serán entonces los testadores más comunes, lo cual señala el grado de hundimiento del modelo regular y de cuanto él representa. Es hora ya de examinar sintéticamente los rasgos de los otorgan- tes madrileños, de la evolución de la parte piadosa de las actas, en su doble vertiente expresiva e instrumental, y de describir algunos mecanismos y problemáticas de especial interés. Los otorgantes madrileños Los testamentos ofrecen multitud de datos acerca de los sujetos testadores, lo que permite en algunos casos un tratamiento diferen- cial de los mismos. Es de destacar (y lamentar) la poca precisión de las actas en los aspectos de cualificación socioprofesional, con lo que se nos escabuye una perspectiva muy importante. En el intervalo cronológico que estudiamos existen algunas cons- tantes generales en las características de los otorgantes y en sus com- portamientos: los hombres testan algo más que las mujeres y con cierta frecuencia lo hacen de mancomún (acta con más de un testa- dor, normalmente marido y esposa); se testa cuando se está casado o cuando se ha estado; el otorgante típico no ha nacido en la Cor- te, pero sí es vecino de ella; sabe firmar, e instituye por herederos a parientes. Se reserva la posibilidad de memoria testamentaria. En este panorama se detectan algunos importantes cambios que no son revolucionarios, dado el ritmo lento con que se transfor- man las prácticas testamentarias, pero sí significativos, y algunos en grado elevado. Lo común es el contraste claro entre 1800 y 1870, mientras que 1850 representa con frecuencia la transición, aunque a veces se encuentran ya consolidados los nuevos rasgos. A lo largo del período se tiende a testar más casado o en manco- mún que individualmente siendo soltero o viudo; y ha de hacerse sano. Es notable que sean los varones de 1800 los que siguen los comportamientos discrepantes que cambiará después. En 1870 la edad media al testar es de 48 años, en plenas facultades, con tiem- po y vida resuelta. En la muestra que manejamos se hace evidente el carácter de ca- lidad de las actas con datos socioprofesionales. El espectro que re- cogen es amplio y en parte radiografía la transición de la sociedad estamental a la de clases. Hay representantes de la élite madrileña, empleados del Estado y se aprecia al ascenso de la profesiones libe- rales. Están el Marqués de Astorga y el presidente González Bravo. La novena parte de herederos extraños de 1800 queda reducida a una veintena desde 1850. Testar es instituir a parientes por here- deros: obviamente los forzosos, pero en general son los de sangre los responsables del ascenso a costa de los políticos. En paralelo, son cada vez más frecuentes en las actas los nombramientos de tu- tores o la institución del tercio o quinto. En la trastienda de todos estos movimientos es posible que se ha- lle el fenómeno de una creciente preocupación familiar que se vin- cula cada vez más fuertemente con el hecho mismo de testar, y que de fondo vendría impulsada por razones demográficas y sociales. Otro aspecto de esta preocupación puede ser la confianza: la im- portante modificación de criterios que se observa en el nombramien- to de albacea parece apuntar en esa dirección. En 1800 hay un 40% de actas en que no hay ningún pariente como testamentario, mien- tras que éstas se reducen a un 7Vo en 1850. El criterio de parentesco desbanca al de cualificación del albacea, que si bien se anotaba en la primera fecha -existía, por ejemplo un eclesiástico en una de cada tres actas-, va silenciándose progresivamente. También aquí el ascenso más notables es el de los parientes de sangre. Los otorgantes remiten cada vez más las responsabilidades de las ejecuciones testamentarias a familiares, mujeres incluidas. Aque- llos mismos cambian en algunos puntos importantes sus propias ca- racterísticas y comportamientos a la hora de testar. Estos hechos no son ajenos a las modificaciones que vive el propio testamento a lo largo de nuestro período, tanto en la concepción que se tiene del mismo como de las funciones que cumplía. La parte piadosa y la disolución del modelo regular El modelo regular (Febrero) recoge en pormenor la doble moti- vación, religiosa y profana, característica del acto de testar cristia- no. Ofrece, por tanto, los elementos referenciales necesarios para elaborar los indicadores piadosos (religiosos) de mayor interés a nuestro intento. Las actas madrileñas se ajustan prodigiosamente al modelo, y siempre es posible encontrar ecos del mismo, lo cual además de facilitar la tarea de la comparación, permite medir la intensidad de los cambios. Como el espacio de que disponemos es limitado pasaremos por alto las conclusiones parciales alcanzadas en el análisis individual de los índices, y fijaremos nuestra atención en el proceso general de disolución del testamento regular, midien- do la evolución del conjunto decisional. Hemos de hacer constar que todos los documentos que hemos inventariado son testamentos cristianos, que expresan creencias per- tenecientes a la dogmática católica postridentina. No existen testa- mentos totalmente secularizados o laicos, o actas de librepensado- res, como parece que sí existían en algunos paises vecinos. El modelo regular representa normalmente la ortodoxia respeta- da en la estructura, orden, ideas, e incluso'frases textuales -fór- mulas a la que las actas se atienen. Aunque nació con una vocación intemporal, la realidad histórica continuó su marcha haciendo fra- casar al empeño. A través del simple análisis de las decisiones de otorgantes y no- tarios podemos ofrecer una descripción y una cronología del modo en que cambia toda esa concepción que Febrero refleja en su testa- mento regular, y del ocaso y crisis de éste. Siempre la decisión re- gular consiste en ajustarse al modelo; a veces a las ideas y aún a sus formulaciones textuales, como en la parte expresiva; en otras ocasiones basta con optar por conductas electivas, como en la par- te instrumental. Pueden existir dos hererodoxias: la regular, que res- peta lo esencial del modelo, y la no regular, que lo viola, bien mo- dificando la parte expresiva (o haciéndola desaparecer), bien dele- gando o callando en la parte instrumental. Una manera relativa- mente clara de precisar lo que ocurre y cómo ocurre es examinar a la vez la evolución de los indicadores más destacados. A este efecto hemos elaborado un cuadro resumen de la vigencia del testamento regular, en el que representamos para 1800 los porcentajes de actas en que se da el indicador propuesto a la izquierda, que suele estar tomado del modelo. En la parte expresiva se mide el ajuste a las formulaciones regulares, mientras que en la parte instrumental se tiene en cuenta el porcentaje de los que en las actas siguen conduc- tas electivas, que es precisamente el comportamiento regular. Para facilitar la lectura del cuadro, en 1850 y 1870 representamos el de- clive o ascenso de una fecha respecto a la anterior, y de la última respecto 1800, mediante una simple operación de resta de los por- centajes (en Q son cantidades de numerario en reales). LA QUIEBRA DE LA FUNCION 1 DISOLUCION DEL 1 LA PARTE PIADOSA 1 A) Tamaho relativo (regular. 400/0) 1 P. EXPRESIVA (010 ajuste al modelo) B) Prof. fe regular completa . . . C) Id. y heterodoxias regulares . D) Heierodoxias no regulares . . E) Justificación para testar: temor y previsión regulares . . . . . . . previsión sin temor (no regular) F) Refigiosidad en estado de salud G) Peticiones de encomendn. a Dios . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . P. INSTRUMENTAL (% conductas eleclivas) 1) Tamaño relativo (regular = 220/0) J) Mortaja . . . . . . . . . . . . . . . . . . ELIGIOSA DEL TESTAMENTO. 'ODELO REGULAR Continuación LA QUIEBRA DE LA FUNCION RELIGIOSA DEL TESTAMENTO. DlSOLUClON DEL MODELO REGULAR Salta a la vista la gran coherencia en el movimiento de los per- centiles y de los indicadores: una cosa es 1800 y otra 1850/70. En la primera fecha la práctica testamentaria ajusta sus comportamien- tos al modelo regular: los dos tercios o más de los otorgantes no sólo usan activamente el testamento en cuestiones pías religiosas - ((testamento espiritual»- sino que lo suelen hacer ciñéndose con mucha precisión al modelo. En 1850, mientras que la parte expresiva tiende a reconvertirse, aunque manteniendo niveles y características. regulares, la parte ins- trumental sufre un declive general del 50%. En 1870 la ruptura se consolida definitivamente en ésta, y aquélla la imita, si cabe, con mayor intensidad aún. Al fin, la caída porcentual baila entre el 50% y e l 70%. Una auténtica desbandada, como diría Chaunu, en dos ritmos: a mediados de siglo se hunde la práctica instrumental regu- lar; en 1870 lo hace la expresiva. Entonces, el testamento es ya no regular. Ha cambiado su uso y, por tanto, también lo ha hecho la concepción que lo mantenía. Quedan los restos del naufragio, mo- dificados o reducidos como en lo expresivo, o minoritarios como en lo instrumental. Las fechas extremas poseen una coherencia pro- pia que falta en 1850: en este año, el acta ya no es el lugar privile- K) Sepultura . . . . . . . . . . . . . . . . L) Enlierrolluneral . . . . . . . . . . . Entierro . . . . . . . . . . . . . . . . Funeral . . . . . . . . . . . . . . . . Actas con argumento expre. sivo (no regular) . . . . . . . M) Micas . . . . . . . . . . . . . . . . . . N) Deciden sobre algun indicador anterior . . . . . . . . . . . . . . . . . . O) Legados pios . . . . . . . . . . . P) Actas con intercambio mas allh 1 mas acá . . . . . . . . . . . . . . . TRANSFERENCIAS PlAS O) Gastos en idem (regu- lar = 1.200 r5) . . . . . . . . . . . . 1800 84 64 24 57 25 93 96 80 100 1 .O00 1850 -52 -35 -8 -36 t6 -51 -38 -53 -53 + 7.000 1870 - -4 (-56 O (-35 + 4 (-4 -2 (-38 +6 (+12 -2 (-53 -7 (-45 1 2 (-51 -2 (-55 +3.000 (+ 10.000 giado de intercambio con el más allá que era, y, sin embargo, la faceta expresiva no lo acusa. Es imposible no pensar en las contra- dicciones del moderantismo, del Madrid isabelino; recordar tam- bién la Corte del Antiguo Régimen y la Capital de la revolución burguesa-democrática del Sexenio. Visto el bosque, descendamos a los árboles. El proceso real que estudiamos está lleno, por supuesto, de matices de los que también debemos dar cuenta. 1800 es, desde el punto de vista que manejamos, una fecha regu- lar después de treinta años de haberse editado el modelo por pri- mera vez. En una perspectiva de tiempo largo estamos todavía dentro del sistema elaborado en el barroco. Ahora bien, se pueden detec- tar algunos síntomas importantes de que se ha iniciado la descom- posición del mismo, que los porcentajes desnudos no revelan bien. En las actas casi no se habla de traslado y acompañamiento del ca- dáver, los legados píos son de escasa cuantía, y prácticamente no se dan casos de cláusulas especiales para las mandas eclesiásticas. Esto es muy poco barroco, y se relaciona con la presencia no regu- lar de elementos expresivos que rehuyen la pompa y la ostentación entre las cláusulas decisorias (L). Cierto que la profesión de fe es de una ortodoxia impecable (B, C, D), pero ya la justificación para testar se ha reducido a los argu- mentos dominantes del temor y previsión de la muerte (E). Las apos- tillas religiosas proliferan en las actas (F, G). Salvo las enunciadas más arriba, las prácticas funerarias barrocas están generosamente presentes, encargándose muchas misas (M) -unas doscientas treinta por testador: novecientos reales de promedio-, y sirviéndose del testamento para intercambios con el más allá, que incluyen a las anteriores, las mandas forzosas graciosas y otros legados píos vo- luntarios (P) y que suman sobre un millar de reales en 1800 (Q). La delegación o el silencio sobre los indicadores instrumentales no los practica casi nadie (N). En 1850 el uso religioso activo del testamento ha menguado mu- cho; el silencio total abarca a dos de cada cinco testadores; los si- lencios parciales ascienden con frecuencia a dos tercios. No es difí- cil inferir que las simientes de la descomposición han fructificado en un uso pasivo del acta, en callar, en delegar. Hay no obstante, una minoría militante que mantiene comportamientos activos re- gulares o pseudo-regulares que encargan todavía misas en numero importante (M) -de un 42% de testadores que deciden, unas cien- to ochenta: mil setencientos reales, pues el precio medio de la misa se ha duplicado-, y que hacen constar que se gastan mucho dine- ro en intercambios con el más allá (y transfiriendo otro tanto en el más acá): unos siete mil reales en total por cada testador (Q). Gustan de establecer unos mínimos en las prácticas funerarias que desean, pero también les preocupan los máximos y se sirven del ac- ta para prohibir algunos ((excesos)) (L). Para éstos y para los demás, testar es todavía expresarse en tér- minos regulares, si bien van abriéndose paso las heterodoxias (D, E): es una especie de mantenimiento y reconversión simultáneas. Las apostillas religiosas espontáneas del testador sufren significati- vos descensos (F, G). La situación no deja de tener ambigüedad y carácter contradictorio: las apariencias son de presencia del ((testa- mento espiritual)). El Febrero se reeditará una vez más en 1852 ...; el silencio testamentario podría ser sólo una pista falsa ... Sin em- bargo aquella edición será la última, incapaz ya de adoptar sus nu- merosos volúmenes a los ingentes cambios que conocía la nación ...; y el silencio testamentario podría ser una pista verdadera y fértil: ser signo de que tras las apariencias se esconden profundas trans- formaciones. 1870 confirma, creemos, la última posibilidad. La minoría mili- tante, que conserva las mismas características, es algo más minori- taria, y se escinde definitivamente entre los comedidos y los esplén- didos particularmente militantes. La media de misas encargadas -unas ciento setenta equivalentes sin embargo a tres mil reales, pues el precio por unidad se ha vuelto a duplicar en solo veinte años- hay que desglosarla entre los más, que frecuentan encargos peque- ños, y los menos, que se encuentran muy por encima de la media, y son los responsables de los valores inflados. Otro tanto es lo que ocurre con los legados píos, y en general con los intercambios con el más acá y el más allá: once mil reales que habría que distribuir diferencialmente entre los dos grupos (Q). El fenómeno auténticamente novedoso es, sin embargo, la rup- tura del discurso en la parte expresiva: la profesión de fe queda re- ducida a un mínimo o es modificada conceptualmente de raíz (C, D); en la justificación para testar se abandona el inmemorial uni- verso del temor de la muerte y se entra con fuerte impulso en el de la exclusiva previsión (E). La única apostilla religiosa regular que conserva alguna presencia es el automático «me encomienden a Dios)) (H). ¿Cómo puede quebrar el discurso sin que ello signifi- que un virage paralelo en las sensibiiidades? Y es que el silencio instrumental contagia la parte expresiva, la presión de la realidad social ha vencido a la inercia notarial. El cres- cendo del elemento expresivo no regular que detectábamos en 1800 ha continuado, abarcando por igual a los que deciden y a los que delegan: su preocupación es ahora la «modestia», versión seculari- zada -que tiene su punto de mira en lo económico- de la ((humil- dad» de la primera fecha, y que desbanca el ambiguo rechazo de lo «mundano» del medio siglo (L). En todo esto, 1870 es muy distinto de 1850: la contradicción in- terna del acta está en camino de resolverse: el modelo regular ya no es tal para la generalidad de los testamentos de aquella fecha. Para éstos, el acta es un documento casi inútil a efectos piadosos. Sólo la minoría militante conserva un uso tradicional aparentemente de la misma, e intercambia a su través con el más allá. Es la anti- gua contradicción pero a la inversa: una potente parte instrumen- tal conviviendo con una raquítica parte piadosa. Silenciosos, comedidos y espléndidos. El nuevo sistema de la muerte El fenómeno, pues, que sintetiza este proceso es la quiebra de la función religiosa del testamento que apreciamos hacia 1850/70, tremendamente menguada en comparación al ideal regular, toda- vía intacto en la práctica de 1800. El proceso descrito por los histo- riadores franceses se realiza en Madrid con medio siglo de retraso, pero de forma acelerada. El indicador principal es el auge del silen- cio testamentario, en forma de conductas delegadas, que inutilizan el acta a efectos religiosos y piadosos. Ya no es el documento privi- legiado de intervención sobre el más allá que le reservaba la tradi- ción. La red gestual del nuevo sistema de la muerte lo ha excluido como piedra angular. De la misma manera ha perdido su cualidad de pagaré en moneda temporal en el que quedaban fijadas unas im- portantes transferencias económicas pías post-mortem en el más acá. Los silenciosos son los promotores y representantes de esta nue- va concepción del testamento. En la decisión de testar no cuentan razones religiosas, sino profanas de regular la herencia y asegurar la más adecuada transmisión de bienes, especialmente a los fami- liares. Philippe Aries ve en este hecho un indicador del paso de «la muerte propia)) a la ((muerte ajena», en que el testador obsesiona- do por su propia salvación deja su lugar a la persona confiada en las relaciones de afectividad con sus próximos familiares, a quienes comunica extratestamentariamente sus intenciones postmortem (6) . La religiosidad y sus certidumbres no habría sufrido cambios sus- tanciales. Ello es inaceptable para Vovelle, que hace una interpre- tación distinta del fenómeno, insistiendo en la importancia de los cambios y no subestimándolos. Para este autor la desestructuración del sistema de prácticas barroco, del que el testamento religioso era pieza esencial, muestra que se había vaciado de sentido (7). Un nuevo sistema de la muerte basado en otros ((ancrajes)) va sustituyendo al antiguo. La parte piadosa de los testamentos era, sobre todo, un mecanis- mo regulador de transferencias económicas coherentes con los re- ferentes de mentalidad. Las actas madrileñas más o menos secula- rizadas y laicizadas de 1850/70 en que los otorgantes delegan se han vuelto inoperantes a este respecto: las transferencias pías con oca- sión de la muerte ya no se controlan desde el testamento. Esto es de extrema importancia y supone el verdadero descabello del acta como pieza fundamental del sistema de la muerte. A su lado poco importa que la secularización sea parcial, y que sobreviva una pro- fesión de fe que no se traduce en cláusulas decisorias. El silencio testamentario después de varios siglos de intenso verbo, es un acon- tecimiento profano de primera magnitud. ¿Qué ha ocurrido? Pues que el sistema de la muerte que daba sentido a la charla ya no existe. He aquí algunos rasgos del nuevo sistema que se encuentra tras las actas madrileñas. La muerte se ha desclericalizado un tanto: prác- ticamente no hay eclesiásticos entre los albaceas; los regulares han abandonado los conventos desamortizados; la parroquia, que en sus relaciones con los otorgantes era un verdadero pilar del antiguo sistema ya no es la Única interlocutora en las prácticas funerarias: se han desarrollado sociedades mortuorias -las Sacramentales, al- guna de las cuales renueva sus estatutos significativamente-, que gestionan el problema del cadáver conservando sólo una fachada religiosa; se ha roto la inmemorial sepultura ((ad sanctos, apud ecle- siam» (pues ahora los enterramientos habrán de ser en cementerios extramuros) que hacía inevitable el concurso de la fábrica parro- quial; los fines piadosos no tiene por qué seguir vías institucionales eclesiásticas, hay otras poderosas alternativas de beneficiencia ci- vil. Existen muchos elementos heredados y tradicionales, pero ahora se encuentran interrelacionados de una forma estructural nueva que (6) Philippe Aries, El hombre ante la muerre, Madrid. Taurus. 1983. p. 389 (Paris, 1977). (7) Michel Vovelle, L a rnorr er I'occidenr de 1300 a nous jours, Paris, 1983, p. 421. les dota de sentidos inéditos. Un caso ejemplar es el de las pompas burguesas, que en apariencia podrían recordar las grandes mani- festaciones del barroco, pero que responden a realidades bien dis- tintas. Aquéllas pueden ser puestas en relación con lo que hemos llamado minoría militante en las actas ochocentistas. Este sector parece haber llevado a cabo una practica tradicional del testamento, pues mantiene su función religiosa más o menos in- tacta. En realidad los énfasis han variado bastante. Notemos que este comportamiento es ahora la excepción, y alcanza por tanto un sentido distinto en el conjunto del que tendría cuando era actitud mayoritaria. También para ellos han cambiado los soportes del nue- vo sistema de la muerte: la familia, la comunidad, el Estado ...; las sacramentales, la publicidad funeraria, el nuevo aparato y ostenta- ción del entierro y funeral, el culto a los muertos. Esta minoría militante está polarizada en los dos grupos caracte- rísticos ya aludidos. Los comedidos representan unos comportamien- tos a medio camino entre la actitud (regular) vigente en 1800 y la de los silenciosos. Para ellos el acta es un lugar de intercambio, pe- ro lo es en una medida distinta si atendemos a la proporción. H a disminuido el número de las misas y variado la forma de las trans- ferencias piadosas y su cantidad. Los espléndidos son, como los silenciosos, una especie nueva de otorgantes, que hacen un uso peculiar del testamento. Se sirven cier- tamente de su función religiosa, y sobresalen por el monto de las transferencias económicas pías que se regulan desde el acta, a bue- na distancia de sus compañeros anteriores y también de los valores que podríamos considerar regulares. Perfectamente integrados en el nuevo sistema de la muerte, son los vocales de un sector de élite recientemente consolidada que integra el aparato de las practicas funerarias como un mecanismo más de su reproducción como gru- po. Es como si el uso activo del testamento para los intercambios con el más allá fuera una función de la calidad social o de la posi- ción económica, un signo más de estratificación social. Se busca la apariencia de continuidad como forma de legitimación, y se ha- ce de la generosidad de las practicas piadosas -en paralelo a la ca- restía creciente de las mismas- el baluarte de su exclusividad en el seno de la nueva estructura social. Es posible que un conocimiento más exacto de este fenómeno pudiera arrojar nueva luz sobre el he- cho de la lentitud de la construcción de la sociedad civil en España. Realmente hay una gran distancia entre describir un proceso, ofre- cer una cronología y una geografía, e interpretarlo, poniéndolo en conexión con otras instancias históricas. Todavía nos encontramos -y no solo en España- en las primeras etapas del cambio. Un tra- tamiento adecuado de las fuentes notariales puede dar un impulso definitivo al intento, depurando los métodos y corrigiendo las con- clusiones aún demasiado provisionales. CULTURA Y MENTALIDADES Pilar Blasco Ruiz Pilar Blasco Ruiz ~~ieraiurti popular en el Madrid decimonónico Licenciada en Literatura. 1. Características generales de la literatura popular L a literatura popular se viene definiendo como vulgar, sin tener en cuenta que sobre ella ejerce una considerable influencia la literatura culta. Su vehículo de transmisión, generalmente, ha sido el pliego de cordel, las coplas de ciego, los romances, las ((alelu- yas» y la literatura por entregas. Vamos a centrar este trabajo, so- bre todo, en ((los pliegos sueltos)) y las <(aleluyas», pues es este tipo de literatura la que mayoritariamente llega al pueblo y a las clases más bajas. Sin embargo, la literatura por entregas es más selectiva puesto que necesita de un público receptor que, al menos, sepa leer, lo que no siempre se da en la literatura de cordel: he ahi la función del ciego recitador. La denominación de ((pliego de cordel)) se debe a que, al ser plie- go suelto, los recitadores o vendedores los vendían en sus puestos colgados de un cordel -bramante o cuerda- situado horizontal- mente y quedando fijos a este por una caña cortada a modo de pin- za. El ((pliego de cordel)) siempre hace referencia a un cuaderno de pocas hojas y por extensión sería un cuadernillo en el que se reco- gen obras de carácter popular, como romances, coplas, vidas de san- tos o novelas cortas ( l ) , incluso comedias, y vidas de otras perso- nas famosas (2). Segun Rodriguez Moñino ((. . . su extensión varía según la de la obra que contiene, y así, aunque en principio sirvió como norma atenerse a lo que era en verdad un pliego, es decir, una hoja de pa- pel en su tamaño natural, doblada dos veces para formar ocho pá- ginas, poco a poco, se ha ido extendiendo el concepto y se conside- ra, ((pliego suelto)) al cuaderno de hasta 32 planas y aún mas)) (3). A) Teniendo en cuenta todo esto, el ((pliego suelto)), que nace con la imprenta, va a presentar unas características muy concretas: 1 . Literatura condensada servida a bajo precio y asequible al gran público. 2. Presentada en hojas de papel basto, sin encuadernar, lo que permite una lectura rápida y su fácil destrucción. (1) Maria Moliner, Diccionario de uso delespaAol, Madrid. Grcdos 1984. p. 782 (T. 11). (2) D.R.A.E., Madrid. Espasa Calpe. 1970. ( 3 ) Rodriguez Moilino. Diccionario Bibhogrufico de pliegos suelros (s. xvi). Madrid. Cas- talia 1980, p. I l . 3. Fácilmente transportable: el ((pliego)) es trasladado al ámbi- to del comprador. 4. Aunque el ((pliego)) procede de una hoja de papel doblada, a la que se aplica uno o dos dobleces, resultando cuatro o ocho hojas, a veces, encontramos ((pliegos)), en folio o en tamaños más pequeños. Los primeros aparecerán impresos por una sola cara, y los otros por las dos (4). 5. La presencia de los grabados facilita la comprensión del tex- to, aunque a veces el grabado es aprovechado de otro ((plie- go» u obra, y apenas tiene que ver con el texto en cuestión. El hecho de que letra impresa se vea apoyada por la imagen supone un acercamietno al oyente/lector, sobre todo en aque- llos momentos en los que la masa analfabeta era muy gran- de. Cuando el número de analfabetos comience a descender, nos encontraremos con que el grabado se toma de otra obra o «pliego«: entonces la imagen acompaña al texto, pero no determina su comprensión, siendo una ilustración que hace llamativo el «pliego» a ojos del comprador. 6 . Se destaca la persona del ciego como transmisor oral o reci- tador, y se le convierte en un personaje arquetípico. Este ciego va acompañado en su deambular por distintas ca- lles y plazas de pueblos y ciudades, de tres elementos no siem- pre constantes: un lazarillo -que ayudaría al ciego, sobre todo, en el reparto de coplas y recogida de dinero-, un ins- trumento musical, con el que acompañar sus coplas -guitarra o cítara- y un perrillo que bailaba (5). En alguna ocasion el recitador de coplas no era ciego. Sin embargo, esta empresa no debía ser muy provechosa para aquellas personas que no padecían de ceguera, pues ya en el siglo xvii, en ((Vida y hechos de Estebanillo González», el autor dice: N.. . vendía las agujas a las mozas y cantaba las coplas a las viejas, pero aunque se las alababan, apenas com- praban una, así es que pronto dio fin a su caudal...)) (6). Con- cretandonos al siglo xix, Julio Nombela recuerda en una eta- (4) Ejemplos de pliegos impresos por las dos caras serían los recogidos por Julio Caro Daroja. tanto en la serie facsimilar de Pliegos de cordel, Madrid 1969; como los incluidos cn Ro~iia~ices de ciego. Madrid, Taurus 1966. ( 5 ) Estos dos iiltimos elementos segun recoge Covarrubias en Tesoro dc la Iengira casre- lln~ra o espa~lola. ed. Marlin de Riquer. Barcelona 1943, p. 940. La referencia al perro. explicaria el diclio popular «Pasa inas hambre que el perro de un ciego». (6) Vida y hechos de ~reboni l lo Gonzalez, cap. V (BAE XXXIII). pp. 310-31 1. pa de su vida en la que estando necesitado de dinero escribió romances nuevos basándose en temas de romances antiguos, los cuales vendía a un ciego, pero él nunca -pese a componerlos- fue cantor o recitador de esos romances (7). Creemos que es un hecho curioso que fueran normalmente cie- gos los recitadores de este tipo de coplas, aunque, como es sabido, se dice desde antiguo la leyenda que Hornero era un rapsoda ciego. Los testimonios de la función del ciego en relación a los «plie- gos» son abundantes. De entre ellos destacan dos cuadros de Go- ya: «El ciego de la guitarra)) y, dentro de la serie de pinturas ne- gras, «La romería de San Isidro)). Julio Caro Baroja alude a ellos recordando que ambos representan a un ciego cantando coplas (8). Su alusión a estas pinturas nos parece acertadísima: es una rela- ción entre pintura, literatura y costumbres populares que no siem- pre advertimos, al tiempo que muestra al ciego de los romances co- mo un tipo popular cotidiano y muy presente en la vida del pueblo, sobre todo de la clase baja madrileña. B) La estructura del ((pliego de cordel)) o pliego suelto cuando está impreso, es bastante fija, con pocas variaciones. Primero encontramos el grabado, al que sigue el título de la his- toria, y a veces un pequeño resumen del argumento. Después ven- dría la narración o romance propiamente dicho. Al principio del romance aparecen unos versos tipos, cuyas prin- cipales variantes o «entradas» son: (7) Julio Nombela, Itnpresiones y recuerdos. Madrid. Tebas 1976. Del libro IV (1860 a 1864) M... me entero de que en la calle de los Estudios vivia un ciego ya muy viejo que ven- diendo aquel genero averiado de liieratura callejera habia hecho ahorros; de vendedor se ha- via convertido en editor y se eniendia con los vendedores de romances de toda Espaiía ... En mi deseo de rescatar mi capa del poder del prestamista, decidi escribir un romance como los que alguna que otra vez habian caido en mis manos cuando la criada que fue con mi familia a Almeria los compraba y me pedia que se los leyese. No recuerdo el asunto que ele- si: seguramente fue muy ierrorifico, porque cuando me presenté al ciego recomendado por el cajista y ogo la lectura del romance, lo acepto de buen grado y me recompenso con el precio máximo, o sea con dos duros ... «Mi facil exiio fue completo, como he dicho antes ... Y me dijo el ciego -Pues ha dado usted en el clavo. y si me trae usted algunos mas como este, que voy a mandar a la imprenia e11 seguida. se los comprare ... «Y como le manifesii. que si el me indicaba algunos asuntos, dada su experiencia serian mucho mejores que los que yo podia inventar. -Hombre. si -medijo-. iengo agotados algunos romances muy antiguos que en su iiem- po llamaron mucho la atencion. Haciendolos de nuevo se venderan como pan bendito, por- que digan lo que quieran. en esto de romances ninguno ha llegado a echar la pata a los vie- jos)). (pp. 550-551). (8) Julio Caro Baroja, Ensayosobrela literaturadecordel. Madrid. Revista de Occiden- ie 1969. pp. 41-42. l. El autor/cantor llama la atención del auditorio al tiempo que pide silencio: Atención, nobles amigos y leales camaradas todo guapo enamorado ponga oido á mis palabras (9). Escuchen, señores míos (10). Silencio, atención, soniche, atendite, camaradas, que voy a contar un caso, que me sucedió en Granada pero para que lo cuente se han de estar manicruzadas, con silencio, y atención, sin manear las pestañas, sin toser, sin escupir, sin golpetear la caxa, sin sonarse las narices y no hay que pelar la paba, pues me volverá á sentar, y quedarán con la gana de saber lo que pasó que es una cosa estremada (1 1). Dentro de este grupo incluiríamos otra variante, en este caso se da una llamada de atención a la conducta, al comportamiento: A vosotros los piadosos, y católicos Christianos se enderezan nuestras voces, desde aquestos calabozos del Purgatorio, en que estamos. (9) «Los once atttores nrresos que rirvo irn esrirdianre en Salomoncna. Madrid 1873. Des- pacho de Marés y Compaiiia. calle de Jiianelo num. 19. (10) «Jiron Ponela». Madrid (s.f.). Despacho de J . M . Mares y Compailia, Juanelo, 19. (1 1) ~Relociori jocosa de la calabaza y el vino». Madrid 1874. Despacho de Mar& y Com- pailia. calle Juanelo. núm. 19. Oid, parad, atended, no apresureis tanto el paso: escuchad ya vuestras penas, nuesrro dolor, y quebranto, que al mas diamantino pecho ablandará nuestro llanto; vednos en penas tan grandes, que no es facil explicarlo (12). 2. Invocaciones religiosas, por las que el cantor pide ayuda a Dios o a la Virgen, sobre todo, para recitar su romance sin rudeza: Emperatriz de los Cielos Madre y abogada nuestra dadme, celestial Aurora terminos á mi rudeza, aliento á mi tosca pluma, para que referir pueda á todo este auditorio si un rato atención me presta (13). Atiéndame todo el Orbe arboles, flores, y plantas, y personas, pues por ellas aquesta historia se canta: porque los irracionales nos den capaz eficacia para poder comprehender lo que mi lengua relata. Atiendame, pero es fuerza que en cualquiera que se haga pongan un buen fundamento porque esté bien acertada. Imploremos el auxilio de la Virgen Soberana (14). (1.2) '«Me1norial911e con lammtables sollozos y fiernos gemidos presentan las benditas, y afligidas A111ias del Pi~rgatorio ante la piedad chrktiana. Escrito por el hermano Juan de Olmedon. Se hallara en Madrid. en la librería de Luis Siges (s.f.). (13) «La baraja delsoldado». Madrid 1873. Despacho de Marks y Compatiia. Juanelo 19. (14) «Griselda y Gitatero». Madrid (s.f.). Despacho de Marés y Compatiia. Juanelo 19. 3. En otros casos, el autor/cantor expresa razones morales que justifican su romance: Hoy mi lengua se prepara para poder explicar de la gente cortijara decir la pura verdad (15). Hombres que andais por el mundo por cumplir vuestros deseos, por ver tierras, y saber lo que hay de un Reyno a otro Reyno: Ninguno niegue su Patria sin haver impedimento, porque es .grande desventura la de un pobre Forastero, y si lo quereis saber de mi tomaréis exemplo (16). En la narración de la historia se dan referencias locales, en vez de temporales, que se describen con una gran vaguedad. Ejemplo de ello es el siguiente: Llevome la inclinación de servir al Rey de España y en este dichoso tiempo (17). Por los Reynos mas remotos la mas peregrina historia, el caso más prodigioso, el suceso mas heroico que jamas suceder pudo desde Adán hasta nosotros (18). (15) «Los guAones». Sin referencia. (16) «Dono Juuno de Acebedo». Madrid (s.f.). Despacho de Marés y Compaiiia, calle de Juanelo. núm. 19. (17) «Ni~evo y curioso rottionce en que se refieren los hechos y volen~irzr que execurd el volioile ~Vegro eti Flandes)). Madrid (s.f.). se hallara en la Imprenta de Figueroa. calle de las Aguas, carrera de San Francisco. (IR) «Logitonillode Madrid». Con licencia en Cordoba (s.f.). en la Imprenia de D. Luis Rainos y Coria. Plazuela de las Caiias. Y ya para finalizar, el ciego concluirá su romance: l . Excusándose por los errores cometidos: Y dando fin á la historia, antes de cerrar el pliego, Pedro de Fuentes suplica al auditorio discreto, que le perdonen las faltas que tuvieren estos versos (19). Y ahora pide el Poeta perdon de todas sus faltas (20). 2. Pidiendo una limosna o que compren el pliego: Con que agur, caballeritos, pues esto ya se ha acabado solo falta que regalen al pobre que lo ha cantado. Compre este papel pues aquí se vende, Compre este papel todo aficionado, compre este papel y afloxe la bolsa, compre este papel quien le haya gustado (21). 3. Con alguna moraleja: Y aquí Alonso Morales que este suceso halló escrito quiso reducirlos a versos al mandato de un amigo pues los que subditos nacen obedecer es preciso (22). (19) «DoAa Josefa Rotnirezn. Madrid (s.f.). Despacho de Mares y Cornpahia. Juanelo 19. (20) «Los virtudes del agua. Sentirnienros y quejas de un fino y tierno a~nanre». Madrid 1874. Despacho de Mares y Compaiiia. calle de Juanelo. nurn 19. (21) ~Coplosdel bolero)). Madrid (s.f.), se hallara este y oiros diferentes papeles de c6n- tico nuevos. relaciones y coplas en la Imprenta de Agapiio Fernández Figueroa. calle de las Aguas. carrera de San Francisco. (22) «Los princesas encanrados y deslealradde hermanos». Madrid (s.f.). Despacho, cn- Ile Juanelo, num. 19. Sirva de ejemplo á los padres que violentaban á sus hijos para que tomen estado por el interes movidos (23). Solo la Virgen María pudo haber sin tener mancha (24). 4. Invitando al oyente/lector a conocer el final de la historia en otra segunda, tercera, o cuarta ... parte: En el segundo romance se prosigue este fracaso donde allí verá el curioso este caso tan extraño que sucedió con el niño (25). Y en otra segunda parte segun consta por escrito dirase el fin que tuvieron doña Leonor y don Jacinto (26). Para concluir, el «pliego» muestra al final en algunos casos, a modo de propaganda, el lugar donde ha sido impreso el romance. Especificándose la provincia, el nombre de la imprenta o a quien pertenece y la calle donde se halla situada, y muy pocas veces se especifica el año de impresión. Un pie de imprenta tipo seria: - MADRID 1866. Imprenta de Marés y Compañía. Plazuela de la Cebada, núm. 13. - Con Licencia: en CORDOBA, en la Oficina de D. Luis de Ramos y Coria, Plazuela de las Cañas donde se hallará todo género de surtimiento, y es'tampas en' negro, e iluminadas. - VALLADOLID: Imprenta de Fernando Santarén - 1865. - REIMPRESO EN SEVILLA. Imprenta de D. Vicente Quin- tana, 1849. - ELCHE: Imprenta de Juan Ibarra - 1853. (23) «Don Jacinro del Castillo y doño Leonor de la Rosa)). Madrid (s.f.). Despacho de Mares y Compaiiia, calle de Juanelo. núm. 19. (24) «Los once o~nores nuevos que tcivo itn estudia~ite en Sala~nonca». Madrid 1873. Des- paclio de Mares y Compafiia, calle de Juanelo. núm. 19. (25) «Do11 Claudio y doño Margarita. Admirable y curiosa relocion)). Madrid (s.f.). Des- pacho. calle de Juanelo. núm. 19. (26) «Don Jacinto del Cosrillo y doña Leonor de la Rosa)). Madrid (s.f.). Despacho de Mares y Compañia, calle de Juanelo, núm. 19. 2. El ((pliego de cordel)) y las ((coplas de ciego)) en el Madrid del XIX Encontramos numerosos ((pliegos de cordel» (romances o coplas de ciego) en la España decimonónica, y concretamente en Madrid. Será en esta Villa donde centraremos el estudio de los temas que tratan estas composiciones populares. Nos basamos, para este aná- lisis, en la recopilación de romances de Pascual de Gayangos (27). Los temas de estos ((pliegos)) romances madrileños proceden de dos fuentes: a) Por una parte, hay «pliegos» que actualizan el romancero antiguo. El público se siente atraído cada vez con mayor fuer- za por la ((novedad)) del «pliego»: la desaparición de los ({plie- gos» del romancero tradicional era progresiva pero en nin- gún momento se produjo un abandono total. b) Por otra parte, se mantienen aquellos pliegos que están apo- yados por una vertiente musical popular, o cuyos temas coin- ciden con los gustos populares del momento. Así, en el pliego suelto se produce una reelaboración del tema antiguo. Se mantiene la trama, pero se transforman y actualizan la adjetivación, los diálogos, etc ... El «pliego suelto)), además no sólo cambia en su forma exterior sino que actualiza sus versiones según los cambios sociales producidos. Con ello se convierte en un elemento clave a la hora de estudiar los usos, las costumbres y las mentalidades populares. El desarrollo de un tema y no de otro, se debe a razones de gusto por parte del público que recibe la historia contada por el ciego. Los temas más característicos en el Madrid del xix van a ser: 1. Pliegos de cautivos. Este tipo de composición sólo existió a principios del xix y ya notándose un progresivo declive. Su base histórica aparece desfigurada y encauzada entre for- mas novelescas, portentosos milagros y favores que los San- tos conceden a sus rendidos fieles. El mundo del cautiverio de los españoles se presta a dos es- quemas argumentalt (27) Recopilación de romances del siglo xix. llevada a cabo por Pascual de Gayangos. Consta de tres volúmenes; el primero. recoge romances madrileiios; el segundo, impresos en la ciudad de Cdrdoba; y el tercero de distinta procedencia. (B. Nacional. signatura R/34632-4). a) La defensa de la fe cristiana en un país de herejes faná- ticos. Ejemplo de ello lo constituye el romance: La gran victoria que luvo don Juan de Austria, contra la arma- da turquesa en el golpe de Lepanto a 7 de octubre de 1571, dividida en tres famosos romances. b) El problema que plantea el amor entre cautivos y mo- ros. Ejemplo de ello sería: Doña Francisca la cautiva, nueva y curiosa relación en la que se refiere un porlen- toso milagro que obró la Santísima Virgen del Carmen con una señora viuda, devota suya, que navegaba para Roma con tres hijos pequeños, a los que cautivaron los turcos, y cómo los Iiberló milagrosamente. Los personajes centrales son el cautivo y la cautiva, pero a menudo interviene un tercero, que suele ser un renegado cris- tiano que, finalmente, se arrepiente de sus pecados y vuelve al seno de la religión verdadera. Ejemplo de ello: La renega- da de Valladolid, maravillosa historia de una singular mujer natlrral de Valladolid. Pliegos de aventuras. Se centran fundamentalmente en el ban- dolerismo. El bandolero sigue una senda vital establecida de antemano: las aventuras de los delincuentes son siempre pa- recidas. Con ello queremos decir que el peso del pasado es muy fuerte, así como los modelos literarios anteriormente tra- zados, que no hacen sino encuadrar más la vida del persona- je. Dentro de este apartado también incluiríamos los romances de contrabandistas, y guapos burladores, así como de amo- ríos. Este grupo es el que ofrece mayor interés, porque reflejan modos de vivir típicos de una época e ideales populares. A finales del xix crecerá el interés popular hacia los bandi- dos; merece la pena resaltar el bandolerismo andaluz, que adquiere una gran importancia desde ese momento, y que lle- gará hasta García Lorca, cuyo Romancero incluye el famo- so ((Romance sonámbulo» -romances de contrabandistas an- daluces. En general, estos romances pintan a héroes que, aunque al borde del crimen o dentro de él, aparecen como si fueran gran- des hombres y mujeres. Podemos extraer varios grupos para este tipo de ((pliegos)), basándonos en el cambio de sexo de los personajes o en su numero (28). a) Con protagonista masculino. Servirá como ejemplo Juan Portela, nuevo romance en el que se declaran los robos y asesinatos que ha contetido el valeroso Portela en las inmediaciones de Córdoba. b) Con un grupo masculino como protagonista. El ejem- plo en este caso sería Los bandidos de Toledo, curiosa relación en que se refiere la historia de una banda de fa- cirterosos que habitaron en los montes de Toledo, cotne- fiendo en ellos las más notables alrocidades, con lo de- más que verá el que lo lea. c) Con la mujer como protagonista (ya sea disfrazada de hombre, como bandolera, o como la que venga su ho- nor). Ejemplo de este tipo sería El maltés de Madrid. 3. Pliegos milagreros. Estos son menos numerosos que los an- teriores, quizá porque la lnquisicion los controló con cierta severidad. Ejemplos de estos ((pliegos)) seria El testamento de don Juan de Austria, dentro de una línea de tipo histori- co cristiano. En otros casos vamos a encontrar un mundo misterioso en el que se castigan sacrilegios, presentándose los castigos de Dios de formas diversas. Son castigos que corres- ponden a malos tratos de los hijos para con sus padres, infi- delidades, estupros, incestos, violaciones, etc. Ejemplo de ello lo encontraríamos en el romance El Despertador Espiritual, curioso romance en el que se expresan las voces con que se ha de despertar al pecador, que por su gran desdicha se está durmiendo en el pecado; también el Memorial, que con la- mentables sollozos y tiernos gemidos presentan las benditas, y aflijidas Almas del Purgatorio ante la Piedad Christiana, y Católica devoción, para encenderlos en fervoroso afecto, que han tenido siempre a las abrasadas Esposas del Christo. Siguiendo la tradición medieval conocida, el pecador empe- dernido va a encontrar una amparadora, o mediadora, en la Virgen, siempre, claro es, que haya conservado su fe. Cons- tantemente la fe en la Virgen María del Carmen es la más tratada por los cantores de romances. El castigo de Dios y (28) Tomamos la división en grupos de Joaquin Marco, Lileraruro popular en Espatio. Madrid. Taiirus 1977. (S610 tomamos los grupos que tienen un ejemplo en el romancero rna- drileño). el culto a la Virgen son los dos pilares fundamentales de la fe popular. Ejemplo de este último caso nos serviría La re- negada de Valladolid, maravillosa historia de una singular mujer natural de Valladolid. También encontramos en el caso de la Relación histórica, en que se refiere la peregrina y trágica vida de la penitente Ana- coreta, la princesa de Brabante Santa Genoveva, sacada de la verídica historia de la misma santa, un ejemplo del gusto por las vidas de santos trágicas y novelescas: los Santos sólo tienen pasión por Dios, divina y ellos son los que se salvan más fácilmente. 4. Pliegos de crímenes. Destaca el crimen que altera el orden natural esto es: el crimen sexual, la agresión brutal a niñas o personas indefensas. Los excesos pasionales de tipo eróti- co dominan en los romances de crímenes. Cuando ya no ha- bía apenas quien supiera componer un romance de este tipo, se imprimían'todavía relatos de crímenes con un encabeza- miento clásico y el resto en una prosa mala, lo que muestra el gusto popular del que gozaba. Ejemplo de este tipo de crímenes lo constituiría el «pliego» El crimen de la calle Fuencarral, de carácter totalmente ma- drileño. 5. Pliegos jocosos y satíricos. Hemos encontrado bastantes de este tipo en el Madrid del siglo xix. Tienen un marcado aire festivo, que invita a la diversión; en algunos casos, adquie- ren un cierto tono satírico y de burla. Este se puede dar cen- trándose en una persona en concreto que representa a un gru- po social o en la sociedad en general. Ejemplos de ellos se- rían: Relación hecha por un soltero manifestando los moti- vos que pueden considerarse para no casarse, Sermon bur- lesco, jocoso y entretenido para divertir a los concurrentes en una sala, después de haber llenado bien la barriga, Sátira graciosa en que se declaran las continuas disputas que ocu- rren entre la suegra y nuera, Nombres y faltas de los hom- bres: sátira graciosa en la que se manifiestan los nombres, propiedades y faltas, que han observado las mujeres en va- rios hombres del día, Relación burlesca del hombre más des- graciado conocido por el rigor de las desdichas, etc. 6. Pliegos de cuentos y prodigios. En estos la narración de la historia se desarrolla dentro de un marco de ficción, encan- tos, fantasía y espectacularidad. Y sobre todo, la espectacu- laridad es lo que más gusta a las clases populares: lo fantás- tico que se convierte en el «pliego» en algo real es lo que más atrae. De cualquier forma, esto no debe extrañarnos, pues hoy en día conocemos espectáculos con una asistencia masi- va, como la proyección cinematográfica de «Superman» o ((Encuentros)) (en cualquiera de sus fases), lo que demuestra que cambian los mitos y las posibilidades técnicas, pero la actitud popular es sustancialmente la misma. Citaremos como ejemplos de este tipo de romances: Lasprin- cesas encantadas y deslealtad de hermanos, Don Claudio y doña Margarina, admirable y curiosa relación en la que se refiere un suceso extraordinario acaecido a estos nobles se- ñores, El ratón de Canarias, relación graciosa y divertida, en que se refieren los estrafos, muertes y valenlías ejecuta- das por un ratón que se descubrió en las islas Canarias, en casa de un tejedor, según consta de una carta que recibió el autor de un amigo suyo; con lo demás que verá el curioso lector. 7. Pliegos de canciones, himnos, villancicos y letrillas. Son abun- dantes en el siglo xrx las canciones y los himnos, debido a las continuas guerras civiles que dividieron, ya desde la in- vasión francesa, a los españoles. a) Los «villancicos» aparecen referidos a hechos directamen- te relacionados con el nacimiento del Niño. Entre éstos destaquemos Villancicos al nacimiento del hijo de Dios con la pastorela de las vallecanas, Villancicos nuevos al nacimiento del Hijo del Dios. También dentro de esta línea religiosa Cantares místicos a María Santísima del Pilar sobre el bombeo de Zaragoza y demás cosas ocu- rridas. b) Destacan además, dos colecciones de Canciones (que re- cogen composiciones musicales de distinto tipo), en la recopilación de Gayangos, mencionada más arriba. 3. Las ((aleluyas» del Madrid decimonónico El segundo tipo de literatura popular son las «aleluyas», que en forma de estampa con un pareado puesto al pie de cada ilustración, relatan una historieta de cualquier clase. Pero, entre todos los te- mas que tratan, es quizás la biografía la de mayor importancia. Y serán la novela, la historia política, literaria, social o la literatura piadosa los que den esos elementos biográficos a la «aleluya». Así encontramos en Madrid toda una serie de «aleluyas» dedica- das a San Isidro. Estas ((aleluyas)) no sólo recogen la vida del san- to, sino que aluden a sus milagros, o a la romería. También dentro del tema político encontramos <(aleluyas» del Rei- nado de Isabel II, y la Historia del General Esparlero, ésta muy ce- lebrada en Madrid, pero en Barcelona duramente atacada tras la entrada de sus tropas. Generalmente estas «aleluyas» se imprimían en las mismas im- prentas dedicadas a la impresión de ((pliegos de cordel)). En Ma- drid encontramos las ya mencionadas en los «pliegos». En las «aleluyas», su valor y la inclinación del público hacia ellas, se basa en su estampa o grabado. Esto se debe a que el pareado que llevan al pie deja mucho que desear, a la vez que en éstas la figura del ciego recitador de romances, que se acompaña con su gui- tarra, no se da. Con ello su demanda era mucho más reducida. Quizá uno de los valores que más merecen destacarse con respec- to a la «aleluya» es que refleja mejor que otros impresos populares la importancia de la literatura extranjera para el lector del xix. Así, obras de escritores franceses fueron conocidas y adquirieron gran fama a través de las «aleluyas», que en sucesivas estampas iban des- velando la historia con una gran ramplonería en su desarrollo, pues se limitaban al pareado -así grandes descripciones quedan reduci- das a dos líneas-. En este sentido se «fusila» la obra original y sólo se busca la venta de una estampa que refleje un pasaje de una obra de moda, y que aparecerá colgada en cualquier parte de la ca- sa. También encontramos «aleluyas» sacadas de zarzuelas y obras teatrales de impacto popular: éstas últimas se vendían a la puerta de los teatros, junto con los programas o libretos. Tenemos «aleluyas» de corte costumbrista o con intención satirico- social, que sólo pretenden ser reflejos de los gustos, mentalidades, situaciones y costumbres de los hombres de la España del xix. En esta Línea encontraríamos Refranes castellanos en acción, procesiones del Viernes Santo y del Corpus en Madrid, La Romería de San Isi- dro en Madrid. En definitiva las «aleluyas» constituyen un comentario simpáti- co y burlón de la vida: en este sentido, son costumbristas. El perío- do de máximo esplendor de las aleluyas fue durante el reinado de Isabel 11 y en los años Posteriores a la revolución del 68; e incluso posteriores, la «aleluya» pasó a ser cultivada en revistas de gran tirada, por importantes dibujantes. 4. Conclusiones El ((pliego suelto)) y las «aleluyas» no constituyen toda la litera- tura popular. Pero, sin embargo, no debemos olvidar que tanto los autores de los «pliegos» como su transmisores -los ciegos-, jun- to con los impresores, deformaron los textos, y tanto éstos como el público al que iba dirigido los hacen doblemente populares. Sin embargo, no debemos abusar demasiado de los conceptos cul- to y popular en literatura, como conceptos enfrentados, pues no sólo la literatura culta muestra cómo funcionan las técnicas y me- canismos literarios. Además, al pretender etiquetar o clasificar una literatura como «culta» frente a otra «popular», ¿hasta qué punto nuestros esquemas de clasificación, en un momento dado en llamar ((subliteratura)) pueda ofrecernos la escala de valores real y objeti- va de una sociedad, y nos sirva a la hora de analizar la historia de sus mentalidades. Así nos vamos a encontrar con que las posibilidades de cambio en este género -ya sean ((pliegos sueltos)) o ((aleluyas»- son mí- nimas, quizás porque el público receptor no quiere otra cosa y es- pera oir lo que desea, aunque esté cargado de tópicos, paralelismos, repeticiones, etc. Además, tanto el autor como el consumidor de esta literatura tiende a valorar efectos exagerados, como la violen- ta extremada (ya sea física o sexual), al tiempo que gustan de la bipolaridad: buenos y malos -siempre enfrentados-. La expre- sión de esta violencia muestra que, sobre todo, el pliego es una vál- vula de escape a las tensiones sociales, y es en ellos donde parece real lo que de hecho no puede serlo. Al mismo tiempo, resulta sor- prendente la persistencia de rasgos estilísticos entre unos «pliegos» y otros a lo largo del tiempo. Se moderniza o actualiza sólo la su- perficie: en el fondo todo sigue igual. En el Romancero Nuevo se da una actualización de los temas, pero en verdad son los mismos mundos enfrentados, los mismos tópicos que en el Romancero An- tiguo; de ahí su vigencia, su permanencia. La mayor permanencia del romancero se debe a su reinserción social. Y acaso hoy en día periódicos con un número considerable de ventas, como El Caso, son reflejo de ese gusto del público por ese noticierismo violento, cruento, y ejemplo de cierta inclinación mor- bosa hacia lo macabro. Ese tremendismo no es de hoy y ha consti- tuido siempre parte del instinto literario popular. Pero, al mismo tiempo, los ((pliegos de cordel)) han sido un exce- lente instrumento de información, supliendo en ocasiones a los pe- riódicos; otras veces, fueron un eficaz sistema de propaganda polí- tica. El ((pliego)) sirvió como vehículo de la ((relación de hechos)), en prosa o verso, cercana al periodismo. Y no cabe duda de que el pliego suelto abre paso al periodismo al propagar en letra impre- sa las ((nuevas)) de lejanos países, o las noticias de la Corte. La di- ferencia del ((pliego)) con la «gaceta» consiste esencialmente en su falta de periodicidad. La combinación de noticia y propaganda que vemos en los periódicos ya estaba presente en los pliegos de cordel. La interrelación entre el «pliego» en verso, en el que se relatan he- chos históricos, y la ((Relación)) en prosa, que consideramos como folleto-periódico, es evidente. La diferencia radica en el sistema de venta: mediante los ciegos, o en la distribución clásica del periódi- co o folleto. En este sentido, merece la pena hacerse notar el caso del famoso crimen de la calle de Fuencarral, en Madrid. La impor- tancia de este hecho, y el gusto e interés que provocó en el pueblo, n o solo favoreció el aumento de las tiradas de algunos periódicos que durante un tiempo se hicieron eco de la noticia, sino que, ade- más, sirvió de tema a un ((romance)). Este aparece recogido en la recopilación de romances que realizó Pascual de Gayangos (27). También podemos encontrar el caso de que el tema de un pliego sirva para una obra de teatro, novela, comedia, etc. Uso de ellos han hecho autores tan destacados como Pío Baroja, Valle-Inclán, Unamuno, etc., y otros anteriores o posteriores a éstos. Así vemos que lileraturapopular y literatura culta se encuentran parejas. Y , en cierta medida, la literatura popular puede llegar a ser una deformación de la culta. E, incluso a principios del siglo X I X , el ((pliego de cordel)) adquiere un nuevo aire con el 'romanti- cismo, pero esta tendencia no desterrará la tradicional literatura po- pular que se mantendrá más allá de la revolución del 68 y hasta el siglo xx. Sobre la pervivencia de estos usos y mentalidades Julio Caro Bajo recuerda cómo a principios de siglo se seguían vendien- d o esos plieguecillos sueltos: N. .. Allá por los años de 1925, cuando de niño y en compañía de alguien me dirigía al centro de Madrid desde el barrio de Argüelles, calle de Mendizábal abajo, solía ver, pegado a un muro del antiguo Ministerio de marina, que con las caballerizas reales flanqueaban la plaza de España, tan distinta a la de hoy, un tingladillo de madera, pintado de verde, con peque- iíos cristales cuadrados, dentro del cual se veía a un hombre entra- d o en años, de barba gris, tocado con una gorrilla de visera y mira- da inexpresiva. El hombre no se movía y la mercancía que ofrecía en su tinglado tampoco, al parecer, se trataba de un vendedor de pliegos de cordel, que, si no recuerdo mal, vendía también betún, piedras de mechero, mechas, cordones para los zapatos y algunas cosas más de esta misma índole humilde y callejera...)) (29). Des- pués de nuestra guerra civil, los ciegos vendían su mercancía a la puerta de los mercados, o en las fiestas de los pueblos. Nuestro si- glo xx ha conocido, también, estos vestigios del pasado popular madrileño. (29) Op. cit.. Caro Baroja. Ensayo ..., p. 17. José Luis Martínez Sanz El origen de los MENTALIDADES cementerios en Madrid José LU¡S Martinez Sanz Prolesor de Historia Conternporanea Universidad Complutense. l . Introducción E n la mentalidad popular, todavía en nuestros días, la muerte y los comportamientos sociales que trae consigo, ocupan un im- portante papel en nuestra sociedad. España, como el resto de Euro- pa, mantiene una actitud ante la muerte y los ritos funerarios here- dada de la doctrina cristiana, e íntimamente ligada con las prácti- cas religiosas funerarias de la Iglesia Católica. En este estudio va- mos a recordar y analizar en profundidad un hecho y las creencias que supone; el hecho es el origen de los cemenlerios como lugares de inhumación de los difuntos, lo cual es conocido por muchos his- toriadores, pero totalmente desconocido por el gran público, que ignora los usos y costumbres del pasado reciente. Por supuesto, el punto de partida introductorio en el tema es el concepto o mentalidad social ante la muerte. Es sabido que, desde los tiempos del Imperio Romano y la Alta Edad Media, en que el cristianismo desplaza a las demás religiones, son sus formulaciones religiosas las que van conformando la mentalidad europea ante la muerte. Para el cristiano, la vida es una peregrinación por el mun- d o en busca de su encuentro con Dios, y la muerte es sólo el paso a la vida definitiva con El; lo problemático es vivir sin pecado, pe- ro como éste es una realidad cotidiana, tras la muerte y antes de reunirse con Dios, el cristiano debe purificar sus culpas en el Pur- gatorio. Justamente la creencia en el purgatorio es la idea base que explica la importancia de los ritos funerarios de la Iglesia. La exis- tencia del purgatorio fue definida como dogma de fe en los Conci- lios 11 de Lyon (1274), Florencia (1439), y Trento (1563), que esta- blecieron que las almas delpurgarorio pueden ser ayudadas por los sufragios de losfieles (misas, oraciones, indulgencias, limosnas, etc.). Estos sufragios por los familiares difuntos, para sacarles del pur- gatorio y conseguirles el cielo, son el transfondo de los ritos fune- rarios católicos y de los comportamientos sociales españoles ante el hecho natural de la muerte. 2. Los eiiterramientos hasta el siglo XIX Hace cuatro años, una conocida revista publicaba un artículo casi escandaloso: en cierta iglesia manchega se pretendía poner un sue- lo nuevo, y en las obras de cimentación habían aparecido bajo el solado anterior centenares de esqueletos, calaveras, huesos, etc., y gran cantidad de esqueletos infantiles. Hubo quien pasó en alguna atroz matanza cuando la guerra civil, ocultada, así, en aquella igle- sia; otros recordaban las barbaridades de la Inquisición, que qui- zás tuviese allí alguna cárcel; otros, finalmente, rememoraban vie- jos cuentos anticlericales, de curas o monjas amancebados, que en la propia iglesia ocultarían el fruto de sus pecados carnales. Mien- tras estas variopintas lucubraciones tenían lugar, los historiadores se reían a carcajadas; la explicación era totalmente lógica y distinta de aquellas hipótesis; como es sabido, en España (como en el resto de Europa), hasta el siglo xix, iodos los dijunios se enterraban en las iglesias. Tal costumbre tenía motivaciones religiosas, pero tam- bién sociales, y como fenómeno histórico tenemos varios estudios ( l ) , algunos referidos concretamente al caso de Madrid. Cuando los cristianos sc extendieron por el Imperio Romano, adoptaron sus costumbres funerarias; la Ley de las XII Tablas man- daba sepultar a los difuntos fuera de la ciudad: ese es el origen de las famosas ((catacumbas)). Pero las vestales tenían el privilegio de ser sepultadas en el templo de su diosa, lo que originó que algunos patricios y personajes, por vanidad y deseo de distinguirse de la plebe incluso en la muerte, iniciasen la costumbre de ser inhumados en un lugar especial de su hogar. Los cristianos enterraban sus muer- tos también en las catacumbas, pero como sus mártires eran consi- derados «ajusticiados» o criminales, a los que el rechazo social ne- gó las catacumbas, se comenzó a sepultarles secretamente en el in- terior de sus propias casas; cuando las persecuciones se volvieron más intensas y eficaces, los cristianos ricos de Roma ofrecieron al- gunas fincas cercanas para la sepultura de los numerosos mártires: estas fincas fueron denominadas coemeterium (((dormitorio)), en su origen griego). Con la paz de Constantino (313 d.C.), el cristianismo se vuelve la re1igión.socialmente predominante; en ese momento de triunfo, construyen basílicas en honor de sus mártires más importantes, que se elevan bien sobre el lugar del martirio, bien sobre el de su sepul- tura, y que además de monumentos funerarios serán lugares de culto. Subsiguientemente, el deseo, quizás supersticioso, quizás político, (1 ) Los ritos funerarios y el origen de los'cemeiiierios han sido esiudiados por Luis Ke- donei. Etlierrainienios y cetnenierios (Bol. de la R . Ac. de la H . a . 1947); Fklix Verdasco. El Madrid religioso del s. xix, (1978); Peier B. Goldman, Miros liberales, n~ei~ralidades bur- guesas e Hisloria social en la ludia en pro de los cemmierios iniinicipales (1980) y Federico Ponte Chamorro, Aporiacidn o la H. ' social de Madrid: los ettrerrainienros en el s. xix (1984). de ser enterrado cerca de las reliquias de los mártires hace que los Emperadores deseen sepultarse en los atrios de las basílicas, honor que luego se confiere a los Obispos, y que se extenderá a sacerdotes y cristianos de virtud o relevancia en la comunidad, acabando por generalizarse. Este es el origen de los enterramientos en los tem- plos. A pesar de algunas polémicas y problemas, en la mentalidad popular se creía que era provechoso para las almas de los difunlos enterrarse en los templos junto a las reliquias de los santos y los mártires, y la presión social acabó convirtiendo en frecuentemente lo que antes habia sido privilegio de Emperadores y Obispos. Fue- ron muchas las leyes que Reyes y Concilios dieron en Europa para cortar el abuso, pero la piedad supersticiosa, la vanidad, y la avari- cia de algunos obispos (que recibían dinero a cambio del permiso) hicieron que muchos se enterrasen en los templos; hacia el s. vi, los cementerios quedaron para el vulgo: las personalidades civiles y eclesiásticas eran sepultadas en las iglesias. España, por el contrario, se habia mantenido fiel a la costumbre romana de inhumar a sus muertos fuera de las ciudades, en cemen- terios y necrópolis, incluso durante la monarquía goda: hasta el s. xi se puede decir que se mantenía la vieja costumbre, aunque se hacían bastantes excepciones con personajes de santidad, con los patronos o fundadores de iglesias, con personas de la realeza, o de la Iglesia, etc:Pero pronto empezó a cambiarse, pues en las Parti- das de Alfonso X el Sabio se mandaría taxativamente: ((Soterrar non deben ninguno en la Eglesia ... )); pero, incluso en las mismas Partidas, se establecían excepciones a esta prohibición. De este mo- do, también en España, la costumbre europea de inhumación en las iglesias fue imponiéndose hasta generalizarse y llegar a la desa- parición total de los cementerios hasta entonces existentes. La Igle- sia acabaría admitiéndolo en el s. xvii, al sancionar Paulo V el Ri- tual Romano. 3. Ritos, transfondos sociales y consecuencias. El hecho de que en España las gentes se enterrasen en las iglesias produjo, desde su inicio, interesantes manifestaciones de índole so- cial y, posteriormente, consecuencias importantes que marcarían nuestra Historia nacional. Los entierros, en principio, mostraban la categoría social del difunto por dos conceptos: el rito y la sepul- tura. Prescindiendo de grandes personajes regios, nobles o eclesiásti- cos, y referido al común de las gentes, el rito funerario venía a ser el mismo, pero con ciertas variantes que marcaban las diferencias sociales según los servicios y gastos empleados en la ceremonia. Cuando el moribundo (o su familia) veía llegada su hora postrera, llamaba al Cura de su parroquia pidiendo confesión, la Unción y el Viático; muchos en ese momento, dictaban al Cura sus «man- das» testamentarias que, con auténtico valor legal de ccúltimas vo- luntades~, quedaban luego reflejadas literalmente en el Libro de Di- funtos de la Parroquia (2). También entonces, el moribundo (o su familia) elegía el tipo de entierro que deseaba, concretando minu- ciosamente los «servicios» a recibir: cada uno de ellos tenía unos «derechos» o ((estipendios)), y según los servicios contratados con la parroquia, el entierro venía a ser la manifestación final de la ca- tegoría del difunto y su familia en el entorno social. El cadáver era amortajado con un lienzo o sábana blanco, de li- no o hilo generalmente, o con el hábito de una orden religiosa, y colocado en una caja sencilla con forma de artesa grande, sin tapa: de ese mismo modo sería conducido a la sepultura. Al llegar el mo- mento del entierro, en la casa mortuoria se presentaban el Cura, con el negro «pluvial» (capa) litúrgico, el «crucero» (un sacristán portando la cruz parroquial), y los monaguillos con los ((blando- nes» (ciriales altos con velas); a veces también acudían otros cléri- gos o frailes de cercanos conventos (a los que se pagaba un ((esti- pendio))), portando cirios o hachones de cuerda con sebo, que da- ban más solemnidad al acto. Desde allí se dirigían en procesión to- dos al templo, cantando salmos e himnos litúrgicos funerarios, mien- tras el cadáver, cubierto sólo con el sudario, era conducido por familiares y amigos (o por pobres contratados al efecto) sobre unas (tandas)) o angarillas con cuatro palos o «varas» (similares a las hoy usadas en las procesiones con imágenes): tras la cruz y los blando- nes, iban el Cura (y los clérigos), el cadáver, su famiha, amigos y los vecinos, llevando éstos velas encendidas. Mientras, las campa- (2) Los libros parroquialss de casi iodos los lugares de Casrilla. y los de Madrid y sus pueblos concretamenie, contienen en sus ((partidas de defuncionn el nombre y apellidos del difunto, su edad, lugar de nacimienio. estado civil (a veces, nombres de padres y abuelos) y recepcion de los sacramenios. A coniinuaci6n, excepto en el caso de párvulos, pobres y mozos solteros, las t(mandas)>. Solian empezar diciendo: ~Pri~nera~trenre. ttiondb su driinia a Dios que la crio, y el cuerpo o la rierra. pidiendo ser septrlrado en la iglesia parroqirial de...»; a coniinuacion, los «servicios» del entierro y las «mandas)) testameniarias para su- fragios por su alma: misa de funeral, novenario y aniversario, oiras misas, oficios de Vispe- ras. rosarios, limosnas. donativos a pobrcs. etc. nas de la parroquia tocaban «a clamor)) (el toque de difuntos), de una a nueve veces, según contrato; si el muerto así lo había dispuesto (O la familia), durante el trayecto se hacían hasta tres ((posas)): se dejaban las (tandas)) con el cadáver en el suelo (o en un escabel al efecto) y el Cura cantaba un ((responso)) por el alma del finado, lo cual servía en trayectos largos para descanso del acompañamiento y relevo de los portadores. Al llegar al templo, el difunto era depositado en una ((tarima)) o «túmulo», cubierta con un gran ((paño)) negro de esquinas bor- dadas con las típicas calaveras y tibias, y rodeado de ((hacheros)) (de cuatro a doce) con cirios. Allí se decía la Misa de (ccorpore inse- pulto)), seguida de un solemne responso cantado, e inmediatamen- te era inhumado en la misma iglesia, en la sepultura elegida al efec- to. Cada uno de estos «servicios» era contratado por el moribundo (o la familia), y tenía un ((estipendio)) o ((derechos)), variando el coste de un entierro desde la gratuidad (para mendigos y pobres) hasta ciento cincuenta ducados, lo cual manifestaba públicamente las diferencias de fortunas entre unos y otros difuntos, convirtien- d o los entierros en un acto social, más que un hecho exclusivamen- te religioso (3). El otro elemento socialmente diferenciador era la sepulrura. La mayor parte de las iglesias españolas no tienen, como las basilicas romanas, tumbas de mártires, y las únicas reliquias de santos eran las que habian en el ara del altar, o en los «bustos-relicarios)) de sus retablos. A pesar de ello, todos se enterraban en las iglesias. Y también aquí había diferencias notorias, porque los muy ricos podían comprar ((sepultura propia)), que solían marcar con una lá- pida con su escudo de armas familiar, mientras que los demás se enterraban en la sepultura que podían contratar. Las más caras eran las las situadas en el presbiterio (((capilla mayor))), y oscilaban en- tre los 8.000 y 5.000 maravedies las inmediatas al Altar mayor, hasta los 3.000 mrs. Descendiendo del presbiterio al plano de la nave, la línea (((estado)) o ((grada))) inmediata a él costaba de 3.000 a 1 .O00 mrs., disminuyendo el precio de cada «grada» en 100 mrs. hasta el final de la nave. Se pagaba, además, una pequeña cantidad adi- cional a los sacristanes y sepultureros por el «rompimiento)) de se- pultura: levantar las piedras o baldosas del suelo y remover la tie- (3) Todo ello Iia sido bicn esiudiado por Ponte Chamorro. basado en la dociimeniacion parroquia1 de S. Gincs y otras parroquias madrileiias. en su trabajo arriba ciiado: en cl puc- den vcrse, como ejeniplo, las diferentes clases de cnticrros y de di ser vicios>). y los csiipcnilios de cada tino de esios di ser vicios^^. rra del fondo a fin de hacer hueco para enterrar el nuevo cadáver. Si al «romper» se encontraba otro cadáver ya descompuesto, se sa- caban sus huesos al «osario» y se los quemaba; pero si el cadáver anterior no estaba aún descompuesto del todo, se hacia ((monda de cuerpos)), separando los huesos (que iban al ((osario))) de la car- ne putrefacta, que se redistribuía entre la tierra de la tumba. Tan macabros usos eran muy desagradables por el fétido olor que que- daba en el ambiente de los templos, mezclado con el del incienso y el de las velas de sebo o de cera de abeja; pero, en general, la cos- tumbre los hacía llevaderos dentro de una sociedad demográfica- mente equilibrada. Los problemas de espacio o insalubridad, incluso el peligro de la peste, se presentaban en tiempos de aumento de mor- talidad (por hambrunas, carestía, guerras, epidemias, etc.), o en las zonas del fondo de la iglesia (donde se enterraban los niños y los pobres), y especialmente a partir del aumento demográfico. Ambos elementos, rito y sepultura, eran socialmente diferencia- dores, y permitían mostrar la grandeza y esplendor de los linajes de hidalgos y ricos, frente a los humildes, generalmente pobres cam- pesinos y menestrales. Pero la trascendencia del hecho estribaba en que, segun las creencias y dogmas cristianos, y concretamente el del purgatorio, el moribundo tenía al morir una mezcla de generosi- dad y de miedo al más allá, que se traducía en amplias ((mandas)): no sólo dejaba dinero para misas y responsos por su eterno descan- so, sino (a veces) tierras y fincas a la Iglesia, en orden a que sus rentas se empleasen en sufragios perpetuos por su alma. Esas ((man- das» testamentarias, fomentadas por los párrocos e inscritas lite- ralmente en los Libros de Difuntos parroquiales, consiguieron pa- ra la Iglesia en España un volumen extraordinario de propiedades rústicas y urbanas, que permitian la subsistencia de una gran canti- dad de gentes como colonos o arrendatarios de esas fincas, así co- mo una importantísima labor asistencia1 o de beneficiencia eclesiás- tica a huérfanos, viudas, pobres y enfermos, y el mantenimiento de hospitales, escuelas, pan y comida para mendigos, etc. Durante siglos, los eclesiásticos y sus empleados (sacristanes, mo- naguillos, etc.), y gran parte de los españoles ha vivido gracias a las donaciones o ((mandas)) testamentarias de los muertos, hasta que la desamortización de Mendizábal y otras medidas acabaron con el sistema. Ello explica la posterior ruina de las zonas rurales (los burgueses compradores de fincas desamortizadas aumentaron con- siderablemente las rentas de las mismas) y su desconfianza ante los liberales: el carlismo decimonónico tiene este importante transfon- do socio-económico, y no exclusivamente el religioso, foral o di- nástico, como es sabido. 4. El cambio en los enterramientos: intentos, reacciones e implantación . Al acceder al trono la Casa de Borbón, se puede decir que Espa- ' ña recibe el aire de Europa, pues estos monarcas del ((despotismo ilustrado)) introducirían en la vida nacional diversas mejoras para fomentar la riqueza y cambiar los usos sociales hispanos, como co- rrespondía al ((siglo de las luces)). Pronto se interesaron por el pro- blema de los enterramientos debido a su relación con la higiene pú- blica, por lo que sería uno de los más estudiados por el ((reformis- mo ilustrado)), pero con cautela por su raigambre popular y su tras- cendencia en el ámbito social y religioso. Aunque en la Europa del s. xviii surgen varias medidas para la creación de cementerios y salvaguardia de la salud pública (Fran- cia, 1776; Cerdeña, 1777; Austria, 1783), el asunto se plantea en España con Carlos 111 (1759-88), con ocasión de lo ocurrido en mar- zo de 1781 en Pasajes (Guipúzcoa): a casua del hedor que despe- dían los cadáveres sepultados en la iglesia parroquial, se produje- ron 83 casos de peste; con los nuevos enterramientos, la pestilencia fue tal que hubo que clausurar la iglesia y desmontar el tejado para ventilarla. Aquello hizo replantear la cuestión: evidentemente, los enterramietnos en las iglesias no eran la causa única de epidemias, pero si los templos eran, a la vez, lugar de sepultura de los muertos y de reunión de los fieles vivos, se convertían en un medio favora- ble a la extensión de epidemias; por si fuera poco, el número de parroquias no aumentaba paralelamente al crecimiento demográfi- co que se inicia en ese momento, con lo que las de más densa po- blación saturaban pronto sus posibilidades sepulcrales. Atendiendo a todas estas razones, el Rey envió una R. Orden aquel mismo mes al Consejo de Castilla, encargándose que debatiera el asunto y encontrase una solución que evitara desastres semejantes. El Consejo, a su vez, consultó a los Arzobispos, por una lado, y a la R. Academia de la Historia, por otro. Ambas instituciones, la eclesiástica y la científica, estudiaron con profundidad el tema, de- masiado delicado de cara a su aceptación o rechazo por el pueblo. Fruto de este esfuerzo fue el razonado INFORME dado al Consejo por la R. Ac. de la H. sobre la disciplina eclesiásrica, antigua y moderna, relariva al lugar de las sepulluras, de 1783 (impreso en Madrid en 1786), en el que se recomendaba volver al uso de los an- tiguos cementerios, solución que también al Rey y al Consejo de Castilla parecía la más adecuada y moderna. Curiosamente, la Iglesia se manifestó en el mismo sentido, acomodándose al deseo del Rey, como se evidencia en las posteriores Pastorales de los Obispos y en varios escritos de clérigos sobre tema tan vidrioso (4). Esta coincidencia de criterios animó al Rey a intentar en zonas de realengo lo que hoy denominaríamos una ((experencia piloto)): en 1786, Carlos 111 creaba por sendas RR. Ordenes un cementerio en El Pardo (Madrid) y otro en S. Ildefonso (Segovia). Al año si- guiente, el Rey sancionaba la más importante medida legal: la Real Cédula de abril de 1787 en que se mandaba «restablecer el uso de los cementerios venlilados para sepullar los cadáveres de los fieles)). Complementariamente, este deseo del Rey fue apoyado y refrenda- do por la jerarquía eclesiástica: el Cardenal Primado de Toledo, D. Fco. Antonio de Lorenzana, enviaba en mayo a las Parroquias de su extensa diócesis una Carta Pastoral en la que, además de trans- cribir la R. Cédula, ordenaba que, del dinero de las Parroquias, se construyesen cementerios eclesiásticos, destacando: ((Nuestros cuerpos, en la resurrección universal, saldrán de los cementerios lo mismo que de las iglesias.. . D. Además el Rey consiguió del Papa Pío VI la concesión, a todos los cementerios que se construyesen, de un «altar privilegiado)) con indulgencia plenaria (la mayor que concede la Iglesia) para los fieles que se sepultasen ellos. Tan importante noticia fue publicada en una segunda pastoral (octubre de 1787) del Cardenal Lorenzana, que reflejaba bien la ex- tremada situación del momento, y el pensamiento del Rey y del Cle- ro, y que concluía diciendo: (4) Al margen de las Pastorales de los Obispos. que reflejan la postura oficial dc la Iglc- sia. aparecieron entonces diversos escritos de clkrigos defendiendo el uso de cementerios ven- tilados. Así, la Diserracidn fisico-legal de los sirios y parajes que se deben desrinor para las sepulruras (1783), del sacerdote y mkdico Fco. Bruno Fernandez; Trarada de los firnerales y de lassepul/uras (1786). del catedrático y carmelita Fr. Miguel de Azero y Aldovera; Nue- va insrancia a favor de los cemenrerios conrra las preocupaciones del vulgo ( 1 972), del capu- chino Fr. Rambn de Huesca. S610 hay una excepcibn a esla actitud generalizada pro- cementerios, que no solo no es obra de un clérigo, sino que es también anterior a este mo- mento: DiscrrrsoJrsico en defensa de la coslumbra de enterrar los cuerpos denrro de los pue- blos, escrito por un mCdieo anónimo de Madrid. y que fue una de las obras estudiadas por la R. Academia antes de emitir su Informe. «Con el tiempo se admiraran nuestros sucesores cómo su- frían los fieles, que estando ellos en la iglesia estuvieran abriendo unas sepulturas, otras ya abiertas, y lleno el tem- plo de hedor, en tal grado que era necesario abrir las puer- tas para poder respirar. En lo sucesivo se admirarán to- dos de que habia monda de cuerpos, y que se abrían las sepulturas de las iglesias para sacar los huesos, y aún car- ne, y llevarlos en carros como si fueran estiercol. Esto se executa hoy y lo ignoran muchos; y en adelante con los Cementerios todos los difuntos descansaran en paz hasta la resurrección de la carne, y los vivos lograran entrar en sus parroquias sin riesgo de enfermar o de no poder su- frir la incomodidad. Dios nuestro Señor se compadezca de nuestra ignorancia.. .». Sorprendemente, a pesar de todas las indulgencias, Ordenes del Rey y recomendaciones de la Iglesia, los españoles no cambiaron sus costumbres ni lugares sepulcrales: salvo pequeñas excepciones, nunca asumidas por el pueblo, todo continuó igual. Pero algo im- portante se habia conseguido: trazarse un objeto sanitario con trans- fondo social y religioso, en el que concordaban los deseos del Rey, de la Iglesia y de los reformistas ilustrados. Los principios y la le- gislación ya estaban hechos: sólo quedaba aplicarlos. Una vez más, la puesta en práctica quedó aplazada al fracasar también los esfuerzos de su sucesor, Carlos 1V (1788-1808), en 1799. Pero, años mas tarde, el asunto tomó un nuevo giro; la crisis de subsistencias y la mayor mortandad influyeron decisivamente en un cambio de actuación: ante la razonada queja del Consejo de Casti- Ila, Carlos IV promulgaba en junio de 1804 una R. Orden urgiendo la cracion de cementerios públicos, con diversas instrucciones al res- pecto. Aún cuando sus resultados no fueron totalmente eficaces y se mantuvieron actitudes de rechazo a la ley por parte del vulgo, se confirmó la voluntad del Rey y sus ministros (5); fruto de esta ley fue el inicio, en la Puerta de Fuencarral, de las obras del primer cementerio de Madrid. Tales medidas se complementarían en 1807 con un Reglamento sobre cementerios: los cadáveres deberían ser llevados a la parro- quia, donde serían velados por sus familias en un local separado (S) Muestra de esta actitud de firmeza en la legalidad es que la mencionada legislacioii aparece ya recogida en la «Novisirno recopilaeióri» de Carlos IV. ediiada en 1805. para este menester, y, desde allí, conducidos al camposanto. Pron- to se iniciaron en nuestra capital las obras de un nuevo cementerio cerca de la Puerta de Toledo destinado a los habitantes de la zona sur de Madrid; las parroquias de la capital, por su parte, fueron dividas segun su ubicación en dos grupos: las situadas en la norte enterrarían a sus feligreses en el cementerio de la Puerta de Fuen- carral, y las del sur en el de la Puerta de Toledo. Por entonces Madrid conoció tiempos difíciles, de guerra y de muerte: las tropas napoleónicas asentaron a José 1 Bonaparte en el trono de los Borbones. En los sucesos de mayo de 1808, en que Madrid conoció el terror de la represión, los patriotas fusilados fue- ron enterrados en fosas comunes. Pero justamente este rey extran- jero, fuerte y autoritario por las armas que se apoyaba, fue el que con afán moderno y reformador, prescindiendo del prejuicio po- pular, impuso los enterramientos de todos los cadáveres en los ce- menterios (6). Así, en nuestra capital, desde marzo de 1809 se ini- cian los enterrarnienlos en el cementerio de la Puerta de Fuenca- rral; al a ñ o siguiente, también en el de la Puerta de Toledo. Ambas necrópolis aliviarían esos años el problema de la salubridad públi- ca: la carestía y el hambre produjeron en 1812 cerca de 20.000 vic- timas en Madrid, segun Mesonero Romanos. Este famoso autor ma- drileño, recordando las obras llevadas en nuestra capital por el Rey intruso, tan incomprendido entonces en sus medidas urbanísticas que era motejado «el Rey plazuelas)), dice: