UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID FACULTAD DE CIENCIAS POLÍTICAS Y SOCIOLOGÍA TESIS DOCTORAL Ideal del yo femenino MEMORIA PARA OPTAR AL GRADO DE DOCTORA PRESENTADA POR María Bilbao Maté DIRECTORES Asunción Bernárdez Rodal Nora Levinton Dolman Jorge Marugan Krauss © María Bilbao Maté, 2023 UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID FACULTAD DE CIENCIAS POLITICAS Y SOCIOLOGIA INSTITUTO UNIVERSITARIO DE INVESTIGACIONES FEMINISTAS DOCTORADO EN ESTUDIOS FEMINISTAS Y DE GÉNERO Tesis Doctoral Ideal del yo femenino PRESENTADA POR María Bilbao Maté 2022 Directores de la Tesis: Directora: Asunción Bernárdez Rodal Instituto Universitario de Investigaciones Feministas Universidad Complutense de Madrid Directora: Nora Levinton Dolman Director: Jorge Marugan Krauss Departamento de Psicología Evolutiva y Educación Facultad de Educación Universidad Complutense de Madrid A Ama, con amor. Me hubiera gustado que hubieras visto esto y muchas más cosas. II Agradecimientos A Toni, porque amar es estar. A Beñat/Elsa por ser mi impulso y mi ideal. Por ser la persona más interesante y maravillosa que conozco. A Beth y Markel, Lutxu y Arkaitz porque son amor. A mis directoras y director: Nora Levinton, Asunción Bernardez y Jorge Marugan, por la confianza, la paciencia, el apoyo y el respeto. A Instifem que me devolvió la fe y la confianza en lo que estaba haciendo. A todas las feministas que me han inspirado con su obra: Nora Levinton, Emilce Dio Bleichmar, Mabel Burín, Concepció Garriga, Nancy Chodorow y muchas más. A Rachel por su amistad e inmensa paciencia. A María y Lucas por los consejos y la amabilidad. Al movimiento feminista del pasado y del presente, de este y de otros países por los que ha paseado esta tesis, por la fuerza, la inspiración, el motivo y la razón de ser. A todas aquellas personas que están en los márgenes, que son resilientes. A mis supervisoras de terapia y su quehacer feminista. A mis pacientes, de ellas aprendo mucho más de lo que yo les puedo ofrecer. Ideal del Yo Femenino Indice 0. Resumen / Abstract 1.Presentación y justificación 2. Método y objeto de estudio 2.1. Metodología: el psicoanálisis como modelo de investigación 2.2. Definición de una investigación psicoanalítica de la feminidad 2.3. Estructura y organización de esta investigación 2.4. Uso y ubicación de los conceptos básicos de esta tesis en la obra de Freud 2.5. Epistemología feminista 3. El ideal del yo en la obra de Freud 3.1. Introducción 3.2. El ideal del yo en la primera tópica 3.3. El ideal del yo en la segunda tópica 3.4. Otras aportaciones: Janine Chasseguet-Smirgel, Hermann Nunberg 3.5. Conclusiones 4. Concepto de feminidad en Freud: ¿qué es ser mujer? 4.1. Introducción 4.2. Feminidad en Freud 4.3 Conclusiones 5. Voces críticas y afines sobre la feminidad en Freud 5.1. Lou Andreas Salomé 5.1.1. Sexualidad femenina y diferencia sexual 5.1.2. Conclusiones 5.2. Helen Deutsch 5.2.1. Pasividad 5.2.2. Masoquismo 5.2.3. Narcisismo 5.2.4. Identidad femenina 5.2.5. La mujer femenina 5.2.6. La mujer masculina 5.2.7. Conclusiones 5.3. Karen Horney 5.3.1. Envidia de pene 5.3.2. Masturbación 5.3.3. Masoquismo 5.3.4. Conclusiones 5.4. Melanie Klein 5.4.1 El Edipo 5.4.2. En cuanto a la formación del superyó en la niña 5.4.3. Conclusiones 5.5. Françoise Dolto 5.5.1. Las mujeres 5.5.2. La diferencia sexual 5.5.3. Conclusiones 5.6. Joan Riviere. La feminidad como máscara 5.7. Lacan 5.7.1. Formación del ideal del yo 5.7.2. Yo ideal-Ideal del yo 5.7.3. La diferencia sexual 5.7.4. Conclusiones 6. El concepto contemporáneo de género 6.1. Introducción. Surgimiento del concepto de género 6.2. Usos y abusos del concepto de género 6.3. Rol de género e identidad de género 6.4. Ideal y mandatos de género 6.4.1. Mandatos de género 7. Psicoanálisis y feminismo, una relación controvertida. Nuevas teóricas psicoanalíticas. 7.1. Feminismo psicoanalítico y psicoanálisis feminista 7.1.1. Crítica al psicoanálisis 7.2. Nuevas escuelas psicoanalíticas 7.2.1. Desde la teoría de las relaciones objetables: Nancy Chodorow, Jean Baker Miller 7.2.1.1. Nancy Chodorow 7.2.1.2. Jean Baker Miler 7.2.2. Feminismo lacaniano: Juliet Mitchell, Silvia Tubert 7.2.2.1. Juliet Mitchell 7.2.2.2 Silvia Tubert 7.2.3.El nuevo paradigma: la incorporación de la subjetividad: Jessica Benjamin, Emilce Dio Bleichmar , Nora Levinton, Mabel Burin. 7.2.3.1. Jessica Benjamin 7.2.3.2. Emilce Dio Bleichmar 7.2.3.3. Nora Levinton 7.2.3.4. Mabel Burín 8. Ideal del yo en las mujeres. El malestar femenino. 8.1. Introducción 8.2. El sistema narcisístico de las mujeres 8.2.1. Belleza 8.2.2. Maternidad 8.2.3. (Hetero)sexualidad 8.3. El malestar del ideal del yo 8.3.1. La histeria 8.3.2. El malestar de género, el problema «que no tiene nombre»: 8.3.2.1. Bienestar 8.3.2.2. Malestar 8.3.2.2.1. El trabajo reproductivo 8.3.2.2.2. El Techo de cristal 8.3.2.2.3. Mujeres y depresión 8.3.2.2.4. Depresión postparto 8.3.2.2.5. Síndrome de la cuidadora 8.3.2.2.6. Envidia de Teta 8.3.2.2.6.1. Nuevas paternidades 8.3.2.2.6.2. La diada 8.3.2.2.6.3. El padre neopatriarcal y la envidia de teta 8.3.2.2.7. Las autolesiones adolescentes o la expresión del malestar posmoderno 9. Conclusiones 10. Bibliografía 
 RESUMEN / ABSTRACT Ideal del yo femenino El ideal del yo es una instancia que forma parte de la configuración del superyó, que en ocasiones ha sido objeto de confusión en el psicoanálisis, pero sobre la cual se ha llegado al consenso de su significado como instancia impulsora y motivadora del comportamiento, forjado este en la infancia a partir de la identificación con las figuras parentales y el entorno. El otro tema, también controver- tido, en el que se basa este estudio es la feminidad y las diversas teorías que intentan definirla y describirla. Articulando ambas temáticas nos planteamos cuál es el contenido del ideal del yo de una mujer y cómo este determina sus aspiraciones. Teniendo en cuenta que el ideal del yo no puede estar desligado de un contexto socio histórico patriarcal, cabe preguntarse si todos sus contenidos contribuyen a favorecer la vulnerabilidad del psiquismo en las mujeres. En la primera parte de este estudio se hará un repaso a la formulación teórica de estas cuestiones en la obra de Freud. Continuaremos con una revisión de dicho concepto en la obra de distintos autores y autoras psicoanalíticas clásicas como Helen Deutsch, Lou Andreas Salome, Karen Horney o La- can y contemporáneas como Nancy Chodorow, Jean Baker Miller, Emilce Dio Bleichmar, Mabel Burín o Nora Levinton entre otras. Para realizar esta investigación hemos utilizado una metodología psicoanalítica de los textos, a tra- vés de una epistemología feminista. Las conclusiones obtenidas después de la exhaustiva comprobación bibliográfica ponen de mani- fiesto la validez de la hipótesis inicial según la cual aquellos contenidos del ideal del yo de las mu- jeres, aquellos que estas se esfuerzan en alcanzar, son mandatos de género de un sistema social pa- triarcal que hace a las mujeres vulnerables psicológicamente. Teniendo esto en cuenta, hacemos una crítica de la práctica psicoanalítica por no haber puesto en cuestión dichos mandatos y convertirse en una institución mantenedora del status quo. The ego ideal is a part of what shapes the superego that has sometimes been the object of confusion in psychoanalysis, but on which a consensus has been reached on its meaning as a driving and mo- tivating instance of behavior, forged in childhood from the identification with the parental figures and the environment. The other issue, also controversial, on which this study focuses is femininity, and the various theories that try to define and describe it. As we articulate both themes, we ask ourselves what the content of women’s ego ideal is and how it determines her aspirations. Consider- ing that the ego ideal cannot be separated from a patriarchal socio-historical context, it is worth ask- ing oneself whether all its contents contribute to favor the vulnerability of the woman’s psyche. In the first part of this study, there will be a review of the theoretical formulation of these questions in Freud's work. We will continue with a review of said concepts in the work of different classical psychoanalytic authors such as Helen Deutsch, Lou Andreas Salome, Karen Horney or Lacan and contemporaries such as Nancy Chodorow, Jean Baker Miller, Emilce Dio Bleichmar, Mabel Burín or Nora Levinton among others. In order to carry out this study we have used a psychoanalytical methodology of texts, using a feminist epistemology. The conclusions drawn after an exhaustive bibliographical review show the validity of the initial hypothesis according to which those contents of women’s ego ideal, which they strive to achieve, are gender mandates of a patriarchal social system that makes women psychologically vulnerable. Having this in mind, we can make a critique of psychoanalysis for not having questioned said man- dates and convert them into an institution maintaining the status quo. 
 1. PRESENTACIÓN Y JUSTIFICACIÓN Se han realizado múltiples estudios que analizan la diferencia entre hombres y mujeres, tanto desde el psicoanálisis como desde el feminismo, que investigan sobre el desarrollo del superyó femenino (Levinton, 2000) y que han inspirado el tema que nos ocupa. Conocer este hecho diferencial si lo hubiera, nos puede ayudar a articular un determinado posicionamiento ante el mundo contextualiza- do por un momento histórico y un orden social que podría explicar una forma de relación, de en- fermarse y de sentir del sujeto, posicionado como femenino. El presente estudio tiene como objeti- vo analizar el ideal del yo femenino, su contenido, formación, y particularidades. Se va a realizar una profundización en los orígenes del concepto, así como en la formulación de la creación de la feminidad desde una perspectiva psicoanalítica. Con el término ‘profundización’ nos referimos a que no se pretenden conclusiones dogmá- ticas ni exhaustivas, sino un recorrido que permita entender y articular los conceptos de ideal del yo y feminidad y sus consecuencias para la vida de las mujeres. El ideal del yo es, en palabras de Janine Chasseguet-Smirgel, «un motivador de la conducta que nos impulsa por la nostalgia de nuestro glorioso pasado» (2003, p. 48). Es un término que fue desarrollado a lo largo del tiempo en la obra freudiana y que aún hoy genera discrepancias en su acepción. Ideal del yo como impulsor y modelo de conducta para lograr una supuesta perfección representada por el yo ideal. ‘Ideal’ como «eso» deseado por el padre que «la otra mujer» tiene. Nos constituimos en un ideal, Ideal como orientación y deseo como motor. Nos centraremos principalmente en el desarrollo que Freud hace del concepto, pero siem- pre desde un posicionamiento concreto sobre la acepción del mismo como instancia diferenciada que supone un modelo de aspiración del sujeto. Para ello citaremos además a distintos autores y au- toras que han investigado el tema.
 El sujeto mujer se ha estudiado desde el psicoanálisis y se ha intentado definir desde el feminismo y los estudios de género. Tubert (2000) afirma que el psicoanálisis aporta al feminismo una teoría del sujeto de la cual este carece y cuyo lugar, en cambio, ha sido ocupado por premisas ideológicas. El psicoanálisis ha fundamentado su estudio de la mujer sobre la teoría de la diferencia sexual, propor- ciona una explicación sobre cómo el sujeto sexuado se inscribe en la cultura y sobre cómo la dife- rencia sexual llega a ser algo más que una diferencia anatómica. El psicoanálisis se ha referido a la cuestión femenina cuando estudiaba a la mujer, la sexualidad femenina y la feminidad, obviando en ocasiones las cuestiones históricas, sociales, políticas que matizan cada término. Por estas 
 razones no podemos realizar una búsqueda de una concepción esencialista de «qué es ser mujer», no podemos conocer el fin último ni una esencia común e inalienable del ser mujer, algo así como el «eterno femenino»; esto supondría asumir que todo viene dado de manera anterior a la cultura y también que existe una única categoría de mujer, cuando ya nos dijo Lacan que «la mujer no existe» (Lacan 2012, p 563). Debemos tener en cuenta que ninguna de las representaciones de la mujer puede corresponder a un objeto real, sino que la construcción de la mujer se ha de entender como significante y no como categoría absoluta reducida a un significado. Entendemos lo biológico como refuerzo de lo cultural, no existe diferencia anatómica sin inscripción en un orden simbólico que le da un significado. La feminidad y la masculinidad, según afirma Freud, serían «construcciones teóricas de contenido incierto» (Freud, 1925 p. 276); es decir, no son construcciones monolíticas y cerradas que determinan la posición del sujeto. Al contrario, hablar de feminidad o masculinidad es hablar de diferencia sexual y el quid de la cuestión estaría en conocer cómo esta se organiza en la cultura. Hemos de tener en cuenta también que las distintas teorías sobre la construcción de la fe- minidad están enmarcadas en un contexto histórico condicionante, y que no podemos dejar de aten- der a este factor histórico. Rastrearemos con tal propósito la bibliografía existente estrictamente en la obra freudiana sobre el ideal del yo y sus contenidos y funciones, así como el concepto de feminidad. Al ser la fe- minidad un tema controvertido e irresuelto en la obra de Freud, analizaremos el concepto en otras autoras y autores coetáneos que han tratado el tema difiriendo y/o enfrentando, dando un sentido y complementando, teniendo en cuenta el psicoanálisis como una disciplina descriptiva y no prescrip- tiva. La investigación analizará el concepto de género que ha sido recientemente ampliado por estudios contemporáneos que ahondan en un camino que Freud inició con el estudio de la diferencia sexual, en un intento de explicación sobre qué constituye el ser mujer en un determinado contexto social, así como cuál es la normatividad psicosocial al respecto, algo que está estrechamente rela- cionado con el funcionamiento de la instancia del ideal del yo. Finalmente, tras una primera parte de revisión bibliográfica clásica, y una segunda de fun- damentación y contextualización de la perspectiva de género, introduciremos una tercera parte de discusión en la que hilar ambas secciones. Esta tercera parte tratará de centrarse en cual es el conte- nido de la subjetividad femenina, si es que podemos hablar de esta, y su posible relación con ciertas patologías psicológicas derivadas a partir del ideal del yo. 2. MÉTODO Y OBJETO DE ESTUDIO 2.1. Metodología: el psicoanálisis como modelo de investigación La metodología que vamos a emplear para este estudio es una lectura de aquellos documentos que se han producido acerca de los dos elementos que nos ocupan: el ideal del yo y la cuestión femeni- na. Siempre desde un marco teórico psicoanalítico. El método de investigación empleado será el método psicoanalítico. En su tesis, Marugan (2009) afirma: «Legitimar epistemológicamente el concepto de lectura psicoanalítica pasa, en primer lugar, por invocar y definir el inconsciente como objeto de estudio particular del psicoanálisis y, en segundo lugar, por reivindicar su método, la interpretación, como el único adecuado a la naturaleza particu- lar del objeto» (2009, p. 23). A partir de la Interpretación de los sueños (1900) Freud define el in- consciente dentro de la estructura psíquica del sujeto como el objeto de estudio del psicoanálisis. Y lo ratifica en Algunas lecciones elementales sobre psicoanálisis (1940): «La condición de conscien- te no puede ser la esencia de lo psíquico, solo es una cualidad suya, y por añadidura una cualidad inconstante, más a menudo ausente que presente. Lo psíquico en sí, cualquiera que sea su naturale- za, es inconsciente» (1940, p. 285). Señala en este texto que un filósofo alemán, Theodor Lipps, proclama de manera tajante que «lo psíquico es en sí inconsciente y que lo inconsciente es lo psí- quico genuino.» (1940, p. 286). Ya que el sujeto se encuentra sobredeterminado por su inconsciente, emplearemos el método de la interpretación por ser una búsqueda de sentido más allá de lo obvio. El método psicoanalítico es el modo de cuestionamiento del conocimiento establecido. El objeto de estudio del psicoanálisis, el inconsciente, requiere, por tanto, de un método específico, para Laplanche este método tiene «ca- rácter inaudito, revolucionario y al mismo tiempo científico» (G. Terrazas, p. 154) Gutierrez Terra- zas define el método psicoanalítico como una técnica de «descomposición de elementos conjunta- dos que lleva a la puesta en cuestión» (p. 155) es decir, el fin último es el cuestionamiento de lo que se da por cierto, se corrobora aquí la pasión por la verdad del psicoanálisis. Freud previene de la tentación pedagógica del analista en Esquema del psicoanálisis (1940): «Por tentador que resulte al analista convertirse en maestro, arquetipo e ideal de otros, crear seres humanos a su imagen y semejanza, no tiene permitido olvidar que no es esa su tarea en la relación analítica» (1940, p. 176). Y añade que: «Nuestro saber debe remediar su no saber, debe devolver al yo del paciente el imperio sobre jurisdicciones perdidas de la vida anímica. En ese pacto consiste la situación analítica» (1940, p. 174). Por tanto, la intención de este estudio no será pedagógica ni ma- gistral, sino analítica, tratando de descomponer los elementos para llegar a un cuestionamiento a partir de lo encontrado en los textos. No es mi intención ser prescriptiva, sino descriptiva en la ela- boración de conclusiones a partir de dicho análisis. 2.2. Definición de una investigación psicoanalítica de la feminidad Si el objeto de estudio del psicoanálisis es el inconsciente, en la exploración de este es fundamental la especificidad sexual. El mismo Freud para contestar su famosa pregunta «¿Qué quiere la mujer?» (Jones, 1961, p 258) apela a las mujeres psicoanalistas (algunas de las cuales se reflejan 1 en este estudio), al sujeto que sabe y se sitúa cercano al síntoma. En la historia del psicoanálisis se ha dado un acercamiento intermitente al estudio de la feminidad. Para Freud fue el «continente ne- gro» y un gran misterio,y su aproximación fue contestada o continuada por distintas psicoanalistas, discípulas o no. Desde la pregunta sobre qué quiere una mujer, que da a entender lo masculino como lo universal y lo femenino como lo peculiar, hasta el «No existe la mujer» que indica que no existe una generalización de lo que es ser mujer. En el psicoanálisis, por cierto, no hablamos de la mujer como un sujeto biológico, sino de una posición determinada en el orden simbólico, la «posi- ción femenina». La primera referencia de Freud al «problema» de la feminidad se encuentra en una carta que dirige a Fliess en 1897. La siguiente referencia se da años más tarde, en 1905, cuando se publica Tres en- sayos para una teoría sexual. A partir de 1920, el interés por la temática femenina aumenta entre dis- tintos analistas. Las pacientes histéricas supusieron para Freud algo más que casos clínicos, ya que eran una puerta de acceso a la cuestión femenina, representantes del enigma de la feminidad. Los casos Dora o Anna O. se convierten en paradigmáticos del inicio de la investigación de la subjetividad femenina. Esta pregunta queda reflejada en la correpondencia que mantuvo con la psiconalista Marie Bonaparte y que recogió 1 Ernet Jones en la biografía de Freud. Es una pregunta célebre en el psicoanalisis pues inaugura, en cierto modo, el inte- rés de la corriente psicoanalítica por la cuestión de la feminidad. La histérica representa a cualquier mujer que se desliga del destino de su anatomía, que se constitu- ye como sujeto. La histeria como síntoma transgrede el statu quo, la clara expresión de la feminidad instituida como norma. Los síntomas de la histérica son una expresión del malestar de todas las mu- jeres y un intento de desafío de la alienación de su identidad. Freud conflictúa el hecho biológico. Si el método psicoanalítico consiste en descomponer aquello establecido para su cuestionamiento, el estudio psicoanalítico de la feminidad consiste, por tanto, en preguntarse si más allá de lo biológico hay una vivencia del ser mujer como algo psíquico a partir de una historia. Freud afirmará que masculinidad y feminidad son dos «construcciones teóricas de contenido incierto» (Freud, 1925, p. 276). El enigma de la feminidad no se esclarece hasta descubrir cómo se ha diferenciado el ser viviente en dos géneros. El acento está ahora desplazado sobre la diferencia que determina ambos sexos. Si el hombre y la mujer son hechos en la cultura, investigar psicoanalíticamente la feminidad consiste en descomponer en qué consiste la diferencia sexual, nombrarla y desligarla del hecho biológico. 2.3. Estructura y organización de esta investigación Comenzaremos haciendo una lectura de los escritos de Freud, para proseguir con los de Lacan. Asimismo, se estudiarán distintos autores y autoras que se han interesado por la cuestión desde este mismo marco teórico. Esta investigación se estructura de la siguiente forma: En primer lugar, realizaremos una investigación bibliográfica en relación con el tema del ideal del yo y la feminidad dentro del marco psicoanalítico. En cada apartado se efectuarán las lecturas perti- nentes con la intención de extraer las ideas principales que serán comentadas al final de cada capítu- lo. Posteriormente, elaboraremos unas conclusiones generales con la intención de articular ambos conceptos. El estudio proseguirá con una revisión de las autoras coetáneas del freudismo, poste- riormente una breve revisión de autoras contemporáneas que han unido en sus obras psicoanálisis y feminismo. Se hará un repaso sobre el concepto de género, para concluir finalmente con una refle- xión sobre el malestar femenino en torno al contenido del ideal del yo y los mandatos de género. Las citas bibliográficas se realizarán según autor y año de publicación, excepto en el caso de Freud que citaremos según año de publicación original. En este estudio haremos un uso del lenguaje in- clusivo en la medida de lo posible cuando hablemos de autoras que han dedicado su obra al tema objeto de estudio. 2.4. Uso y ubicación de los conceptos básicos de esta tesis en la obra de Freud A. Ideal del yo Para este estudio utilizaremos la acepción de ideal del yo (Ichideal) definida en el Diccionario de Psicoanálisis de J. Laplanche y J.B. Pontialis: Término utilizado por Freud en su segunda teoría del aparato psíquico: instancia de la personalidad que resulta de la convergencia del narcisismo (idealización del yo) y las identifcaciones con los pa- dres, sus substitutos y los ideales colectivos. Como instancia diferenciada, el ideal del Yo constituye un modelo al que el sujeto intenta ajustarse. (Laplanche y Pontialis,1996, p 180) Existen otras definiciones de ideal del yo como la del Diccionario de Psicoanálisis de E. Roudines- co y M. Plon: «El modelo de referencia del yo, a la vez sustituto del narcisismo perdido de la infan- cia y producto de la identificación con las figuras parentales y sus relevos sociales» (Roudinesco y Plon, 1997, p. 501). En el diccionario de Chemama y Vanderbesch el ideal del yo es descrito como la «instancia psíquica que elige entre los valores morales y éticos requeridos por el superyó aquellos que constituyen un ideal al que el sujeto aspira» (Chemama y Vandermesch, 2004, p. 335). Para Lacan sería «la instancia de la personalidad cuya función en el plano simbólico es regular la estructura imaginaria del Yo» (Chemama, y Vandermesch, 2004, p 335) Laplanche y Pontialis citan a Nunberg para aclarar que el superyó y el ideal del yo son instancias diferenciadas, aunque correlacionadas, que surgen de procesos distintos: “Mientras el yo obedece al superyó por miedo al castigo, se somete al ideal del yo por amor” (Nunberg apud Laplanche y Pon- tialis, 1996, pp 181-182) Empleamos la acepción del diccionario de Laplanche y Pontialis por entender que es la que mejor diferencia entre instancias psíquicas y por ser la que mayor aceptación, uso y consenso tiene entre la comunidad psicoanalítica. B. Bibliografía ideal del yo Ideal del yo es un concepto eslabón entre la primera y segunda tópica freudiana, que fue claramente nombrado en Introducción al narcisismo (1914). Aunque hasta esta fecha no se nombra el término ideal del yo, desde un punto de vista metodológico encontramos apropiado remontarnos a años an- teriores en el recorrido de la bibliografía freudiana, ya que las primeras nociones del concepto de ideal del yo comienzan a esbozarse a partir de las nociones de narcisismo e identificación en obras anteriores a Introducción al narcisismo. Comenzaremos con el ensayo Sobre las causas ocasionales de la neurosis (1912) donde se presentan las patologías asociadas a la noción aún rudimentaria de ideal del yo. Continuaremos con Tótem y tabú (1913) y seguiremos con Introducción al narcisismo (1914), que es el texto en el que por primera vez aparece explícitamente mencionado el ideal como modalidad de referencia del yo. Continuamos analizando Pulsiones y destinos de pulsión (1915), Neurosis, líbido y narcisismo (1917), perteneciente a las Lecciones introductorias al psicoanálisis (1915-1917), y posteriormente se abordan los textos donde ya se presenta la segunda tópica: Psico- logía de las masas y análisis del Yo (1920), El yo y el ello (1923), El humor (1927), El malestar en la cultura (1930) y la Conferencia 31 de Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis (1932). C. Bibliografía feminidad El concepto de feminidad en Freud se desarrolla paralelamente a la evolución de la teoría sobre la sexualidad. El autor toma como modelo el desarrollo psicosexual del varón y matizando las varia- ciones de la niña hasta que avanzada su obra formula una teoría más compleja de la feminidad. Por esta razón iniciaremos un recorrido por sus siguientes obras: Tres ensayos sobre una teoría sexual (1905), Sobre las teorías sexuales infantiles (1908), Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci (1911), El tabú de la virginidad (1918), La organización genital infantil (1923), El sepultamiento del complejo de Edipo (1924), Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica (1925), Sobre la sexualidad femenina (1931), Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis: 33ª Conferencia: La feminidad (1933), Esquema del psicoanálisis: Capítulo VIII y Un ejemplo de la labor psicoanalítica (1940). D. Aclaración de términos Duplicidad yo ideal/ideal del yo En la literatura psicoanalítica podemos encontrar dos posturas distintas en torno a la diferenciación o similitud entre yo ideal e ideal del yo (Idealich/Ichideal). En el diccionario de Laplanche y Pontia- lis, así como en el de Chemama y Vandermersch, existen dos entradas diferenciadas para cada tér- mino; sin embargo, en el volumen perteneciente a Roudinesco y Plon la entrada correspondiente al yo ideal remite a la del ideal del yo como sinónimas (Roudinesco y Plon, 1977, p. 491). Otros auto- res citados en Laplanche y Pontialis como Nunberg diferencian el yo ideal de ideal del yo refirién- dose al primero como «el yo todavía no organizado que se siente unido al ello, corresponde a una condición ideal», un ideal que se va dejando atrás y al cual el sujeto aspira a retornar. Lagache con- cibe el yo ideal como «un ideal narcisista de omnipotencia que no se reduce a la unión del yo con el ello, sino que implica una identificación primaria con otro ser cargado con la omnipotencia, es de- cir, la madre», y lo diferencia del ideal del yo como «una formación más antigua que designa el modelo de conducta que el sujeto debe realizar para satisfacer una esperanza que le es propia, un ideal narcisista omnipotente» (Lagache, 1969, p. 111). Para Lagache, el yo ideal «se revela como la admiración apasionada hacia grandes personajes de la historia o de la vida contemporánea», es un soporte para la identificación con personajes prestigiosos o identificación heroica. Discrepancias al margen, para lo que sí existe consenso es para la formación inconsciente del yo ideal y su carácter narcisista. Para Lacan, el yo ideal es elaborado a partir de la propia imagen en el espejo, la cual es el soporte de la identificación primaria del niño con su semejante (Chemama y Vandermesch, 2004, p. 704). Freud comienza a dar pinceladas sobre la instancia del ideal del yo en Sobre las causas ocasionales de la neurosis (1912) y en Tótem y tabú (1913) pero de una forma no diferenciada del yo ideal. En este momento todavía no afina en la distinción entre las instancias psíquicas, sino que esboza lo que posteriormente será la segunda tópica. Tampoco utiliza la nomenclatura posterior (yo ideal/ideal del yo/superyó) sino que se refiere a partes del yo que cumplen determinadas funciones que después le son asignadas a las distintas instancias. En toda la obra, ambos términos son utiliza- dos de manera confusa, a veces indistintamente, pero existe cierto acuerdo entre la comunidad psi- coanalítica según el cual se desprende del contexto el significado atribuido al yo ideal cuando se refiere a identificación narcisista e ideal del yo cuando se refiere a funciones atribuidas a una parte del superyó. En El yo y el ello (1923), Freud atribuye al yo ideal y al ideal del yo las mismas fun- ciones de censura e idealización. (Chemama y Vandermesch, 2004, p. 704). Es en 1932, en Nuevas lecciones introductorias al psicoanalisis, cuando de manera más firme señala el ideal del yo como una instancia diferenciada alojada en el superyó. Confusión superyó/ideal del yo Según Laplanche y Pontialis, la mayoría de la comunidad psicoanalítica hace distinción entre su- peryó e ideal del yo y existe un relativo acuerdo en cuanto a lo que designa cada término. Autores como Jones (1926) y Nunberg (1932) explicitaron claramente la diferenciación entre superyó e ideal del yo. El primero define al superyó como la parte inconsciente de las prohibiciones interiori- zadas y al ideal del yo como la parte consciente y amante (en Chausseguet-Smirgel, 1975, p. 192). Numberg define el ideal del yo como la imagen de los objetos amados en el yo y el superyó de los temidos y odiados (en Chausseguet-Smirgel, 1975, p. 192). Otras autoras como Annie Reich (1954) sostiene que «El ideal del yo representa lo que se desea ser; el superyó, lo que se debería ser» ha- ciendo también una distinción entre ambos términos» (en Chausseguet-Smirgel, 1975, p. 194). Lampl-de Groot (1961) describe el ideal del yo como una instancia gratificadora y el superyó como restrictivo, entendiendo ambas también como diferentes (en Chausseguet-Smirgel, 1975, p. 197). Sin embargo, en la obra de Freud ambos términos aparecen en varias ocasiones solapados e indiferenciados. Chemama et al (Chemama y Vandermesch, 2004, p. 335) en su definición de ideal del yo añaden que éste, a partir de la formulación de la segunda tópica, es confundido con el super- yó a partir de sus funciones de autoobservación, juicio y censura, pero que, sin embargo se diferen- cia de éste al intentar conciliar exigencias culturales y libidinales. Con anterioridad a la formulación de la segunda tópica (1920) ya existía una primera conceptualización del ideal. Hasta 1932 en Nue- vas conferencias introductorias al psicoanálisis no se ofrece una diferenciación clara entre superyó e ideal del yo, ya que en momentos anteriores se confundían sus competencias. Es en este ensayo cuando el autor define claramente las funciones del superyó y sitúa al ideal del yo como una instan- cia parte del mismo con el cometido de identificación y comparación y cuyo origen es también dis- tinto al del superyó. Actividad/pasividad En el diccionario de Laplanche y Pontialis (Laplanche y Pontialis, 1977, p. 8) se define este bino- mio como «uno de los pares de contrarios fundamentales en la vida psíquica (…) Desde un punto de vista genético, la oposición activo-pasivo figuraría en primer lugar con respecto a oposiciones ulte- riores en las cuales viene a integrarse aquella: fálico-castrado, masculino-femenino». Actividad y pasividad hacen referencia a las modalidades de la vida pulsional pero no se oponen pulsiones acti- vas a pasivas, sino que cada pulsión es un fragmento de actividad. Bisexualidad En este estudio partiremos de la teoría psicoanalítica de la bisexualidad según la cual todos los suje- tos adquieren una orientación sexual a partir de la resolución de una serie de conflictos en su desarrollo psicosexual. Es un concepto vigente en toda la obra freudiana desde los comienzos epis- tolares con Fliess (1895-1897), que se desarrolla más ampliamente en Tres ensayos para una teoría sexual (1905), ya que nuestra líbido oscila entre objetos femeninos y masculinos y es tarea del psi- coanálisis investigar cuáles son los mecanismos psíquicos que determinan la elección de objeto. Para Fliess, el concepto de bisexualidad trata de representar al ser viviente atravesado por las ten- dencias masculinas y femeninas, y es el sexo biológicamente dominante el que reprime la represen- tación física del otro, que se obstina en ser representado, es decir, lo reprimido es aquello que perte- nece al sexo no biológico y que lucha por salir. Freud complejiza dicha teoría afirmando que todo individuo posee una bisexualidad psicológica, al igual que en su cuerpo conviven órganos atrofia- dos del otro sexo. La idea de la bisexualidad desplaza la dualidad mujer/hombre hacia femenino/ masculino como atributo psíquico desligado de la determinación biológica y, por tanto, siembra el terreno para la formulación de las teorías de género. Deseo El deseo se entiende como el motor de la conducta, el cual ante la necesidad se pone en marcha para restablecer el estado de primera gratificación. Para Freud, el deseo sirve para designar a la vez tendencia y realización de la tendencia en el marco de la teoría del inconsciente. El deseo inconsciente está ligado a signos infantiles y tiende a realizar- se para volver al estado de primera satisfacción (Roudinesco y Plon, 1997, p. 214; Laplanche y Pon- tialis, 1977, p. 95). Para Lacan es una codicia que tiende a satisfacerse fuera de toda realización. Hace distinción entre necesidad, demanda y deseo. Necesidad en Freud sería un estado de tensión interna que se satisface por la acción específica que procura el objeto adecuado. Goce La palabra goce aparece específicamente en la obra de Lacan. El goce reside en el intento perma- nente de exceder los límites del principio del placer, implica, por tanto, la idea de transgresión de la ley. Es una búsqueda de la falta en el Otro. El goce se utiliza de manera diferencial: para el hombre existe el goce fálico, limitado por la amenaza de la castración, y el padre es el fantasma del goce absoluto. La mujer no está amenazada por la castración; su goce es, por tanto, ilimitado, un «goce suplementario» (Roudinesco y Plon, 1997, p. 406). Masoquismo Es un término originalmente formulado por Kraft Ebing en 1886 (Roudinesco y Plon, 1997, p. 685) que designa la perversión sexual en la cual el placer sexual proviene del sufrimiento. Freud lo des- cribe como «un sadismo vuelto hacia el yo propio» (Freud, 195/1995, p. 122). Según Lacan, el ma- soquista desea provocar la angustia del Otro, siendo este Otro confundido en el límite con Dios. Por tanto, todo sujeto tiende al masoquismo, ya que plantea a Otro, Dios que no responde, la cuestión de la existencia. (Chemama y Vandermesch, 2004, p. 414). En este estudio emplearemos el término en el sentido amplio descrito por Freud, según el cual existen distintos tipos de masoquismo: • Moral, que es aquel según el cual los sujetos buscan situaciones penosas o humillantes mo- vidos por una necesidad de castigo o un superyó particularmente severo. • Erógeno, que alude a la perversión de obtener placer sexual ligado al dolor. • Femenino, que se entiende como una posibilidad en todo ser humano, independientemente de su sexo biológico. Freud lo describe sobre todo en hombres cuyo fantasma masoquista sería ser castrado, sufrir dolor en el coito o parir. Masculino/femenino Entendemos masculinidad y feminidad como el modo de situarse del sujeto en relación con su sexo biológico como resultado de un proceso conflictivo (Laplanche y Pontialis, 1977, p. 228). Freud señaló que para el niño no existe el par femenino-masculino desde un principio, sino que es el resul- tado de la superación de distintas fases en su desarrollo. Son dos «construcciones teóricas de conte- nido incierto» (Freud, 1925, p. 276) con diversas significaciones inherentes: • Biológica, en función de los caracteres sexuales primaros y secundarios, pero que no son suficientes para explicar el desarrollo humano. • Sociológica, variable según funciones reales y simbólicas de hombres y mujeres dentro de una determinada cultura. • Psicosexual, resultado de una imbricación de lo biológico y lo cultural. E. Voces alemanas La traducción de algunos términos en la obra freudiana varía según la edición, adulterando en algu- nos casos el sentido del ensayo. Como en el presente estudio no ha sido posible una continuidad entre las ediciones de los volúmenes consultados de la obra de Freud, intentaremos atender a la tra- ducción y significado que se le da a cada término significativo para evitar ambigüedades al respec- to. De esta manera, la palabra alemana Trieb es un vocablo polisémico que es empleado indistinta- mente como pulsión y como instinto, según la editorial. Trieb hace referencia, según el Diccionario de términos alemanes de Freud (Hanns, 2001, p. 382) a lo siguiente: • Fuerza interna que impele a la acción de modo ininterrumpido, ímpetu perenne. • Tendencia, inclinación. • Instinto, fuerza innata de origen biológico dirigida a ciertas finalidades. • Ansia, impulso en el sentido de algo que toma posesión del sujeto, voluntad intensa. En nuestro caso elegimos la traducción pulsión siguiendo la opción de Freud, quien reservó la pala- bra Instinkt para instinto, la cual tiene connotaciones de componentes animales y pulsión para las especificidades del psiquismo humano. El principal significado atribuido a pulsión es el de «carga energética que está en la fuente de la actividad motriz del organismo y del funcionamiento psíquico del inconsciente humano» (Roudiensco y Plon, 1997, p. 883). 2.5. Epistemología feminista Epistemología es la rama de la filosofía cuyo objeto de estudio es el conocimiento. Es decir, me- diante la epistemología vamos a hacer una reflexión sobre la manera en que nos aproximamos al saber, desde dónde establecemos el objeto de estudio: qué consideramos digno de estudio, qué cons- tituye un saber. La epistemología feminista complejiza esa aproximación al saber señalando el ses- go de género en la definición. Tanto la ciencia como el psicoanálisis históricamente han tomado la objetividad por androcentrismo, dando por hecho que el modelo único y universal es masculino, blanco y occidental. T.S. Kuhn (citado en Gómez Rodriguez, 1999) define el paradigma como el conjunto de teorías, creencias, valores y técnicas que comparte una comunidad científica. Se determina así la selección, evaluación y crítica de los hechos científicos según el contexto histórico en el que está vigente un paradigma. El psicoanálisis, por tanto, no es un corpus teórico aislado de su momento histórico; la cultura de la época influirá sobre la selección de objetos de estudio, la interpretación de los hechos observados y la jerarquización de los hallazgos. Sandra Harding (1993) ha abordado este tema desde la filosofía de la ciencia. Para Harding, las crí- ticas de los usos sexistas de la ciencia parten de dos supuestos problemáticos: • La existencia de una investigación científica pura que puede distinguirse de los usos sociales de la ciencia. • La existencia de usos adecuados de la ciencia que puede confrontarse con los inadecuados. Mala ciencia sería la que asume que los problemas de los hombres son los de la población en gene- ral, dejando sin explicar temas que resultan problemáticos para las mujeres. Este enfoque da por supuesto que las explicaciones de los hombres respecto a lo que les parece problemático no están deformadas por sus necesidades y deseos de género. La selección y definición de problemas lleva las huellas de los grupos dominantes; en el caso de las teorías psicoanalíticas, el enorme hueco que ha existido en el estudio de problemáticas específicas femeninas y la elección del varón como obje- to de estudio universal son pruebas de un sesgo androcéntrico que ha sido históricamente común a otros saberes. La aportación de las mujeres a la historia y cultura tradicionales han sido contribu- ciones a los que los hombres, desde su propia perspectiva, consideraron que era historia y cultura. No reflejan lo que significan para ellas mismas actividades de las mujeres en un universo mascu- lino. La introducción de la subjetividad femenina consiste en replantear desde los objetos de estudio hasta las conclusiones de las investigaciones. Es imposible, por tanto, distinguir entre mala ciencia y ciencia al uso, puesto que la metodología está impregnada de teoría y las observaciones están sesgadas por la metodología. Jane Flax (1990) se aproxima desde la posmodernidad a la conjunción entre psicoanálisis y femi- nismo y recomienda prestar atención sobre los supuestos saberes neutros y sus interconexiones con el poder. De esta manera señala que no existe una forma de conocimiento desprovista de ideología y de la influencia de su contexto y momento histórico. La crítica feminista ha producido una serie de cuestiones conceptuales que amenaza nuestra identi- dad cultural en tanto que sociedad democrática y progresista al interrogarse sobre la supuesta neu- tralidad del saber. Nos ha permitido formular nuevas cuestiones sobre el conocimiento. Nos llaman la atención sobre las incoherencias socialmente dañinas de los discursos no feministas. Tanto el psicoanálisis como el feminismo emplean el mismo método deconstructivo para diseccio- nar lo que es asumido como universal, para cuestionar la realidad, pues ambos forman parte del corpus del pensamiento crítico. El psicoanálisis es una disciplina con una enorme tradición crítica interpretativa; sin embargo, al igual que otras, ha estado imbuido de un sesgo de género difícil de disociar de su época y de sus principales creadores. La epistemología feminista, por tanto, supone una relación entre saber y ser; el observador no es un ser neutro, su identidad social es una variable importante. Concretamente, el género es un factor relevante. En psicoanálisis, como en otras disci- plinas, la gran mayoría de las personas que han producido teoría han sido hombres. Muchas mujeres se han aproximado al psicoanálisis por la posibilidad que este ofrecía de conocer las raíces de la subordinación y por la posibilidad emancipadora que parecía prometer. Sin embargo, tanto hombres como mujeres formaban parte de una sociedad patriarcal occidental con unos valores que fueron transmitidos en sus obras, restando ese poder sublevador, convirtiéndose el psicoanálisis en una de las instituciones de lo simbólico. Como en la ciencia, que halla mujeres psicoanalistas aumenta la probabilidad de corregir este sesgo de género, pero no es suficiente. Debe formularse un psicoanáli- sis que no dé por hecha una categoría esencial y unitaria. ¿Es posible un psicoanálisis del psicoaná- lisis? Desde una lectura feminista de la teoría psicoanalítica, se intenta detectar escisiones y sesgos. ¿Es posible una articulación de psicoanálisis y teoría feminista? En este estudio vamos a aproximarnos a los textos con una conciencia crítica feminista y un método psicoanalítico. Como apunta Ana María Fernández (1995), es imprescindible explorar las marcas de la sociedad patriarcal en el interior de la teoría psicoanalítica. El indudable sesgo de género está presente tanto en la elección del objeto de estudio, en la inexplicable demora del estudio de la psi- cología femenina y de aquellas condiciones y aspectos relevantes para la vida y la salud de las mu- jeres, como en las conclusiones a menudo patologizantes o mantenedoras del statu quo. Es un deber desde este lugar de investigación la aplicación al psicoanálisis del método psicoanalíti- co e ir más allá de lo establecido, trascender y actualizar el momento histórico de la creación del dogma. Si no existe una revisión y una crítica de las teorías, estaríamos perpetuando una institución que nació con vocación emancipadora, pero que de esta manera contribuye a la perpetuación de la subordinación. Es necesario, como apunta Dio Bleichmar (2002), revertir la mirada androcéntrica: Podríamos, en cambio, plantearnos cómo erosionar la mirada androcéntrica en cada dominio de nuestro saber y tratar de ir creando sistemas de explicación y de representación que desnaturalicen y deslegitimen la pretendida naturaleza y legalidad de las del orden simbólico vigente. Partiendo de esta epistemología feminista, vamos a cuestionar los textos y las teorías psicoanalíti- cas, poniendo atención a lo que subyace, intentando articular una alternativa desde el encuentro de psicoanálisis y teoría feminista, para que, sin desestimar los aportes de las teorías psicoanalíticas, se puedan incorporar nuevas perspectivas. 3. EL IDEAL DEL YO EN LA OBRA DE FREUD 3.1. Introducción Freud desarrolló el concepto de ideal del yo en el contexto de la segunda tópica; sin embargo, la elaboración de esta noción se fue desarrollando con anterioridad aportando distintos matices en cada etapa, es decir, formulaba el concepto y lo volvía a reformular posteriormente dando respuesta a las cuestiones que la investigación psicoanalítica iba planteando y sirviendo de eslabón entre am- bas teorías del aparato psíquico. Por este desarrollo extendido a lo largo del tiempo y de las obras, se manejan en psicoanálisis distintos significados para un mismo término. En esta tesis partiremos del significado que Laplanche (1977) otorga a la definición de ideal del yo en su Diccionario de Psicoanálisis «El ideal del yo es la instancia de la personalidad que resulta de la convergencia del narcisismo y de las identificaciones con los padres, con sus sustitutos. Como instancia diferenciada, el ideal del yo constituye un modelo al que el sujeto intenta adecuarse» (1977, p 180). Por tanto, es a este significado al cual nos remitiremos inicialmente cuando hablemos de ideal del yo. 
 3.2. El ideal del yo en la primera tópica Sobre las causas ocasionales de la neurosis (1912) En esta obra Freud comienza a perfilar cuáles serán las causas más comunes de neurosis y afirma que tanto el esfuerzo por alcanzar un ideal demasiado alto como la frustración por apartarse de este patologizan al sujeto. Apunta el autor a la frustración nacida del propio yo quien, impide al indivi- duo adaptarse a la realidad por la excesiva exigencia de un agente que podría tratarse del ideal del yo, que no es nombrado en este ensayo, ya que todavía aparece aquí como indiferenciado del yo, más bien como una facción de este. Parece que, aunque todavía en este ensayo, Freud no ha definido de qué manera se articula el ideal del yo con el yo, ni si el primero es una entidad en sí misma, sí parece tener claro que existe una instancia cuyo funcionamiento es distinto y menos consciente que el del yo. Sienta también las ba- ses para lo que posteriormente se considerará como el complejo o sentimiento de inferioridad pro- veniente de una distancia demasiado grande entre la realidad y aquello a lo que se aspira. Tótem y tabú (1913) En este texto Freud define el concepto de narcisismo como aquel estado mediante el cual el sujeto establece su propio yo como objeto (Freud, 1913, p.120) y que es además decisivo para el desarro- llo del carácter. Establece una progresión en la evolución del psiquis del sujeto mediante un parale- lismo con la evolución cultural, equiparando la fase animista a la fase narcisista, la fase religiosa al estadio de objetivación y fijación de libido en los padres, y la fase científica con la renuncia al prin- cipio del placer por las exigencias de la realidad y búsqueda de objeto fuera de sí mismo (Freud, 1913, p. 121). Al abandonar el niño su megalomanía infantil en beneficio del objeto, al dejar a un lado la omnipotencia, acepta ser dependiente del objeto. Esta instancia, por tanto, es un proyecto del niño de llegar a ser como sus padres. La megalomanía primaria es depositada fuera de sí mismo y es el ideal del yo el que impulsa al niño a llegar a su meta adulta. En el capítulo llamado «El retorno infantil al totemismo», Freud explica cómo el cambio de actitud con respecto al padre se extiende al orden social, y el padre asesinado se torna omnipotente, dando origen al sistema patriarcal. Es la derrota del padre y su humillación la que proporciona los materia- les para su triunfo posterior. El padre es asesinado por los hijos, y su omnipotencia se convierte en un ideal; la hostilidad aquí se extingue para ceder paso al amor que conforma el ideal. El padre es entonces entendido como un ser ilimitado y omnipotente y son los individuos con las características del padre los que son elevados a categoría de dioses. Freud explica mediante este proceso el surgi- miento de la cultura y de la moral. El sentimiento de culpabilidad es la antesala de la formulación del concepto de superyó en la obra de Freud: Odiaban al padre que tan violentamente se oponía a su necesidad de poderío y a sus exigencias se- xuales, pero al mismo tiempo, le amaban y admiraban. Después de haberle suprimido y haber satis- fecho su odio y su deseo de identificación con él, tenían que imponerse en ellos, los sentimientos cariñosos, antes violentamente dominados por los hostiles. A consecuencia de este proceso afectivo, surgió el remordimiento y nació la conciencia de la culpabilidad, confundida aquí con él, y el padre muerto adquirió un poder mucho mayor del que había poseído en vida […] Lo que el padre había impedido anteriormente, […] se lo prohibieron luego los hijos a sí mismos. (Freud, 1913, p. 186) El asesinato del padre por parte de los hijos constituye el acto fundacional de la humanidad, el amor predominante tras su asesinato produce el sentimiento de culpabilidad y la interiorización de las normas del padre y, por tanto, a la renuncia a las mujeres del clan. El padre se restaura en la figura del tótem y da lugar al primer tabú: la prohibición de matar al animal totémico. El segundo tabú es el tabú del incesto, al abstenerse de las relaciones con mujeres de la familia, lo cual da origen a las normas sociales. El tercero es el tabú del fratricidio: los hermanos no harán entre ellos lo que hicie- ron con el padre. Freud propone en esta formulación la evolución desde el comportamiento primiti- vo, modulado por la realidad, a la creación de la moral mediante la interiorización de normas que regulan la conducta. Introducción al narcisismo (1914) Freud perfila en este ensayo la teoría que define el origen del ideal del yo, que aquí todavía nombra como yo ideal. La antigua megalomanía y omnipotencia infantil se muestran moderadas en la adultez, lo cual lleva a pensar que tal vez toda la libido del yo ha sido invertida en sucesivas cargas de objeto hasta ago- tarse; sin embargo, el autor admite que sus observaciones lo llevan a manifestar que en los adultos normales las tendencias pulsionales libidinosas se aplacan cuando entran en conflicto con las repre- sentaciones éticas y culturales que el sujeto tiene. Este no tiene un conocimiento intelectual de di- chas ideas y no son igualmente válidas para todos los individuos. Esta represión de las pulsiones parte de la estimación que el yo hace de sí mismo, es decir, el sujeto ha construido un ideal con el cual su yo se mide, y la adscripción a ciertas normas que permitan o no liberar impulsos permitirá o dificultará al yo asemejarse a ese ideal. Esta formación del ideal que no es semejante para todos los sujetos, por lo cual no tiene el mismo contenido, parte de la necesidad que tiene el yo de volver a sentir la satisfacción anteriormente go- zada cuando él mismo era su propio ideal. Freud afirma que el narcisismo de la niñez aparece des- plazado sobre el yo ideal, adornado con toda clase de perfecciones. Es, por tanto, una especie de rescate de la omnipotencia infantil, de la desilusión del mundo externo, al cual el yo tiene la espe- ranza de regresar. 
 Pulsiones y destinos de pulsión (1915) En este ensayo Freud desarrolla el concepto de narcisismo como la fase temprana de desarrollo del yo cuando este se encuentra investido por pulsiones y es capaz de satisfacerse a sí mismo de forma autoerótica. Los cuidados que los padres propician al bebé desvalido prolonga el narcisismo prima- rio. Durante el narcisismo primario el yo coincide con lo placentero y el mundo externo con lo indi- ferente o displacentero. El objeto es aportado al yo mediante las pulsiones de autoconservación. A la etapa del narcisismo primario le sigue la etapa de relación con el objeto marcada por el placer y el displacer. Lecciones introductorias al psicoanálisis (1915-17) De esta obra comentaremos la lección 26, Neurosis, libido y narcisismo, a continuación. Neurosis, libido y narcisismo (1917) En la lección 26 de las Lecciones introductorias al psicoanálisis y haciendo mención a las enferme- dades narcisistas, Freud retoma el concepto de ideal del yo en su acepción de yo ideal formulado anteriormente. Habla en esta lección de una instancia forjada por el propio sujeto con el objetivo de restablecer la satisfacción que el narcisismo primario le brindaba. Define la función de esta instancia como censo- ra del yo, y alude a la disociación de esta mediante el delirio de observación, que revela los orígenes de esta en los padres, educadores y en el entorno social, y la identificación con los distintos agentes que han servido de modelo al sujeto. 3.3. El ideal del yo en la segunda tópica Psicología de las masas y análisis del yo (1920-21) En este ensayo Freud ya habla del ideal del yo como una instancia separada del yo que puede entrar en conflicto con este. Es una instancia heredera del narcisismo primitivo cuyas funciones son la au- toobservación, la censura onírica, la conciencia moral y la prueba de realidad, y que ejerce asimis- mo una influencia en el mecanismo de represión. Aquí todavía Freud asimila el ideal del yo al con- cepto de yo ideal al formular que el yo del niño se basta a sí mismo hasta que poco a poco va to- mando del exterior las exigencias a plantear al yo por influjo del medio. Según el niño crece, va en- contrando en el yo ideal la satisfacción narcisista que anteriormente encontraba en el yo. Es decir, Freud en esta obra postula que el yo infantil se vive omnipotente y que, según el medio va ejercien- do su influencia, el yo ideal se va separando del yo para convertirse en ese yo idealizado y omnipo- tente al cual el niño aspira regresar, pero que encuentra limitado por imposiciones del mundo real. Freud habla de varios procesos en los cuales se ve implicada la instancia del ideal del yo. En el enamoramiento se carga al objeto de una gran cantidad de libido narcisista, y se ama a este por constituir todo aquello a lo que nuestro yo ha aspirado. El yo se abandona al objeto, se da un empo- brecimiento necesario mediante la fascinación, y las funciones anteriormente atribuidas al ideal del yo (de censura, autoobservación, conciencia) desaparecen en favor del objeto. Las cualidades del objeto son sobreestimadas y se anula la crítica mediante el proceso de idealización. El objeto es tra- tado como un yo propio y en muchos casos sirve para sustituir un ideal del yo propio no alcanzado, o como Freud dice: «el objeto se ha puesto en el lugar del ideal del yo». Otro proceso es el de identificación: esta es la forma más originaria de ligazón afectiva con un obje- to, mediante el cual el yo se enriquece, puesto que aquí ya no es devorado por el objeto, sino que el objeto es reconstruido en el yo, el yo toma sobre si las propiedades del objeto. La identificación es parcial, se toma únicamente un rasgo del objeto. Diferenciamos, por tanto, entre dos procesos en los que el yo y el objeto están implicados: la identi- ficación, mediante la cual el yo se enriquece con las propiedades del objeto, y el enamoramiento acusado, fascinación o servidumbre amorosa, mediante el cual el yo se empobrece entregándose al objeto. En el proceso de hipnosis y de sumisión, otra persona ajena es colocada en el lugar del ideal del yo. Freud analiza este proceso en los casos de sumisión al líder y procesos colectivos de fascinación que explica mediante la sustitución por parte de multitud de personas del mismo sujeto en el lugar de su ideal. Ligando lo individual con lo colectivo se puede afirmar que cada sujeto pertenece a va- rios grupos, por lo que ha llevado a cabo distintas identificaciones y su ideal del yo se ha constitui- do según distintos modelos. En este ensayo también nos habla de cómo en el ideal del yo ejercen su influencia figuras cercanas a la persona (padres, maestros/as, entorno…), y es en el delirio de autoobservación en donde estas influencias se ven desplegadas. En nuestro yo se desarrolla una instancia que se separa del mismo, el ideal del yo, heredera del nar- cisismo originario en el que el yo se bastaba a sí mismo, y que se ha ido conformando a partir de las exigencias externas. La distancia entre ideal del yo y el yo actual es muy variable, y ambas no se encuentran muy diferenciadas en algunos individuos. Freud establece una serie de patologías aso- ciadas según la distancia que une o separa el yo y el ideal: La relación yo-ideal del yo constituye una tensión cuya coincidencia o separación provoca sensa- ción de triunfo, culpa o inferioridad, dependiendo del caso. En los maniaco-depresivos, yo e ideal se confunden periódicamente: en el maniaco se da un senti- miento de triunfo excesivo y en el depresivo el ideal condena al yo provocando una excesiva sensi- bilidad. El ideal del yo engloba la suma de las restricciones a las que el yo debe plegarse. En la me- lancolía se da una particular severidad en el ideal del yo que posteriormente evoluciona a una even- tual supresión. En la melancolía psicógena el yo es maltratado por su ideal, por la identificación del primero con un objeto rechazado. Freud presenta en este ensayo de manera indiferenciada el super- yó con el ideal del yo, al atribuirle a este las funciones de observación de sí, conciencia moral, cen- sura onírica o represión. Incluso es confusa la distinción que el autor hace entre el yo-ideal y el yo, al situar al objeto como sustituto del ideal del yo en el enamoramiento, y afirmar posteriormente que el yo se entrega al objeto. 
 El yo y el ello (1923) En esta obra Freud introduce la instancia del superyó aún indiferenciada del ideal del yo; aquí se emplean los dos nombres para la misma instancia. Aunque anteriormente presentaba al ideal del yo como un agente que ejercía el examen de la realidad, aquí rectifica y aclara que esta función corres- ponde al yo. En esta obra Freud hablará indistintamente de superyó e ideal del yo, intercambiando nombres y funciones, y lo sitúa en gran parte en el inconsciente, inaccesible al yo. Define en este ensayo cuál es la génesis del ideal del yo: detrás del ideal del yo se oculta la primera y más importante identificación del individuo, la identificación con sus padres mucho antes de que se dé una elección de objeto. Este proceso es denominado identificación primaria. Afirma también que el ideal del yo/superyó es heredero del complejo de Edipo: el bebé lleva a cabo la carga de objeto sobre la madre y se apodera del padre por identificación. Recordemos que pre- viamente habíamos explicado como en la identificación el objeto queda reflejado en el propio yo. En el Edipo puede ocurrir o bien que se abandone la carga de objeto sobre la madre y el niño se identifique con esta, o bien que quede intensificada la identificación con el padre. Como resultado queda un residuo en el yo resultante de ambas identificaciones que se define como ideal del yo o superyó que actúa de una manera sobre el yo, como veremos en las servidumbres del yo, similar a como el objeto con el cual se identifica ha actuado. La génesis del superyó representa la evolución de la especie a la cultura, pues significa el apropia- miento del Edipo por parte del yo. El ideal del yo o superyó representa la relación del sujeto con sus progenitores, la incorporación en nuestro yo por identificación. En su contenido encontramos los dictámenes de la educación, las normas sociales, la autoridad, y de su intensidad dependerá la relación con el yo y su trato con este. La autoridad del padre es transferida a los maestros o al entorno, permitiendo que ejerzan influencia en el modelado de su ideal del yo. El superyó regula qué es lo que se debe hacer igual que lo hacen los padres y lo que no se debe ha- cer porque solamente ellos pueden hacerlo. Es por esto que la tensión entre superyó/ideal del yo, por un lado, y yo, por otro, genera culpa por la diferencia entre aspiraciones del primero y rendi- mientos del segundo. Las servidumbres del yo El yo se encuentra sometido al superyó, ya que este conserva el carácter que le imprimió su génesis a partir del complejo paterno. La primera identificación se da siendo el yo aún muy débil, de niño, e introduce en este los objetos más importantes, los de esta primera identificación. 
 El humor (1927) 
 Freud señala en este ensayo al superyó como núcleo del yo. Lo declara instancia heredera de las figuras parentales que sigue tratando al yo como los padres a un niño. En el humor se desplaza la carga de la investidura libidinal sobre el superyó. El autor presenta aquí una imagen menos severa del superyó que mediante el humor quiere poner al yo a salvo del sufrimiento. El malestar en la cultura (1930) En esta obra, Freud profundiza en la relación entre superyó y yo, y en particular en una de las fun- ciones atribuidas a la instancia del superyó, la de conciencia moral. Freud se pregunta cuál es el mecanismo que ejerce la cultura para que los deseos agresivos del individuo se conviertan en ino- cuos: la agresividad es introyectada y devuelta al yo, incorporándose como una parte del mismo en calidad de superyó que se opone a otra parte del yo. El superyó despliega contra una parte del yo la misma agresividad que este contra un objeto externo. La tensión creada entre el superyó y el yo se denomina «sentimiento de culpa» y se manifiesta bajo la necesidad de castigo. Este es el mecanis- mo de la cultura para dominar la amenazante tendencia agresiva del individuo, haciéndolo vigilar por una instancia alojada dentro de su mismo psiquismo que se apodera de toda esta agresividad.
 El superyó está íntimamente ligado al yo, pero lo tortura con las mismas sensaciones de angustia, ya que no distingue entre hacer y desear el mal, pues lo malo ni siquiera es lo nocivo o peligroso para el yo, sino algo que le procura placer. El superyó es más severo cuanto más virtuoso es el individuo y la tentación es más poderosa cuanto más se respeta. La frustración exterior aumenta la severidad del superyó, ya que estas tensiones externas se interiorizan como una instancia paterna por la que ya no somos amados, y de nuevo el sujeto se somete al representante de los padres en el superyó. La fase infantil primitiva de la conciencia no se abandona, sino que subsiste junto al superyó. Freud sitúa los orígenes de la culpabilidad en el miedo a la autoridad exterior y a su agresión, que empuja a renunciar a la satisfacción pulsional, y en el temor al superyó que impulsa el castigo, ya que no se pueden ocultar los deseos prohibidos al superyó a pesar de renunciar a ellos. Toda nueva renuncia a la satisfacción aumenta la severidad contra el yo y la intolerancia del super- yó, pues dicha severidad se corresponde a nuestra agresión contra el objeto. Nuevas lecciones de introducción al psicoanálisis (1932) Conferencia 31: la descomposición de la personalidad psíquica. 
 En este ensayo, Freud ya presenta el superyó como una estructura global situada en el interior del yo con tres funciones diferenciadas: • Autoobservación. • Conciencia moral. • Función de ideal. La función ejercida por el superyó es desempeñada primero por los padres; como se ha citado en anteriores ensayos, la angustia del castigo parental y de la retirada del amor es la precursora de la posterior angustia moral. Sin embargo, el superyó no continúa con todas las funciones parentales, como la tutela amorosa, sino que únicamente ejercerá la función punitiva. En esta última acepción Freud sitúa claramente el ideal del yo como una parte del superyó. El yo se mide con el ideal del yo, lo intenta alcanzar y cumplir para ello una exigencia cada vez mayor. De la lectura de este texto se desprende que el superyó es una instancia temida que se forma sobre la ima- gen de figuras autoritarias y el ideal del yo por identificación con las figuras amadas; el ideal del yo expresa su admiración por las figuras parentales, a quienes en su primera infancia atribuía perfec- ción. En palabras de Nunberg: «El Yo obedece al superyó por miedo al castigo y se somete al ideal del yo por amor» (citado en Nassim, 1980). Esta definición del superyó que reconoce al ideal del yo como una instancia integrada en aquel, que cumple una función de identificación y comparación con un objeto idealizado, es la que nos guiará en este estudio. 
 3.4. Otras aportaciones Janine Chasseguet-Smirgel Chasseguet-Smirgel realiza una contribución fundamental en su obra El ideal del yo: ensayo psi- coanalítico sobre la «enfermadad de idealidad» (Chasseguet-Smirgel, 1991). En su obra, presenta el ideal del yo como un objeto bisagra entre el narcisismo infantil y la objetalidad; es un concepto que marca el proceso por el cual el sujeto evoluciona desde la omnipotencia infantil hasta la rela- ción de objeto, donde esta megalomanía infantil previa queda depositada en un objeto aparentemen- te externo, como son los padres, pero que pertenece a la constitución psíquica del sujeto. Es el pri- mer paso en el abandono del narcisismo primario y en la conquista del principio de realidad y de la objetalidad. El ideal del yo impulsa al sujeto a reconquistar un pasado glorioso en el que el sujeto era su propio ideal, el yo ideal, con la pretensión de repetir un modelo de satisfacción que ha dejado una marca en el yo. De esta manera, el ideal del yo actúa continuamente como «promesa» y «pro- yecto», ayudado por la madre, en el sentido de figura cuidadora, quien mediante las gratificaciones y frustraciones en cada etapa evolutiva ayuda al niño a proyectar ante sí su ideal del yo. Este se va conformando mediante las distintas identificaciones consumadas en las etapas evolutivas. Para el niño, el ideal del yo se proyecta sobre el padre con la promesa de una realización incestuosa que le devuelva a la fusión primitiva, al yo ideal; la unión incestuosa con la madre constituye la posibili- dad de recuperar el estado narcisista primario. En cambio, para la niña esta fusión incestuosa no tie- ne el sentido de fusión primitiva. Para la hija su deseo erótico se proyecta hacia el padre, y su deseo de recuperar la fusión primitiva con la madre se construye mediante su propia maternidad. El ideal del yo contendrá el proyecto de llegar a ser la madre, como madre y como mujer del padre. Hermann Nunberg El superyó es una instancia que genera la disrupción entre el ello y el yo ideal, que adquiere poder sobre el yo, el cual se ve obligado a aceptar las exigencias sociales. El superyó constituye una ins- tancia juez, que obliga al individuo a renunciar a ciertos placeres, obliga al espíritu de sacrificio e impone castigos a las infracciones de sus preceptos ideales. El superyó tiene su origen en la identi- ficación con el padre y es heredero del complejo de Edipo. Las personas con un ideal exagerado no consiguen nunca alcanzarlo y entra en escena el intenso sadismo del superyó. Las limitaciones im- puestas a la vida pulsional del niño se obtienen mediante el amor; el sujeto renuncia a la satisfac- ción de los impulsos por amor al objeto. El individuo permanece fiel a las exigencias del ideal por amor a este. Es un amor sublimado al transformarse la libido objetual en libido del yo; el narcisismo del ideal del yo es, por tanto, secundario. Los representantes del mundo externo en el yo son el su- peryó y el ideal del yo, por lo que la renuncia a la satisfacción de impulsos puede ser consecuencia de un acto de amor. El ideal del yo constituye una imagen del objeto amado y el superyó del objeto temido; sin embargo, se observa una cierta confusión e intercambio entre ambos conceptos. En eI ideal del yo se encuentra más libido materna, en el superyó, paterna. El primero comienza a desarrollarse en la etapa pregenital; el segundo, en la genital. El segundo se origina por el miedo a la castración que amenaza a la totalidad del yo, por la identificación de este con los genitales. El niño incorpora al padre al yo y obtiene la protección representada por el padre. El ideal del yo es amado por el yo y este a su vez por el superyó; por lo tanto, es lógico que el yo a veces se pliegue frente al superyó porque recibe de este amor y protección. El esfuerzo del yo para acercarse al ideal del yo a veces se acepta sin dificultad porque puede obtener una compensación narcisista. El en- torno en el que el sujeto se desarrolla es influyente a la hora de desarrollar el superyó-ideal del yo de una determinada forma: si es criado con odio, prevalecerá un superó severo; si lo es mediante el amor, crecerá de forma alegre y expansiva. Los «ideales del yo pueden modificarse con el tiempo, según el medio y las condiciones sociales, sin que, en la mayor parte de los casos, varíe en lo más mínimo la parte inconsciente o núcleo de los aquellos» (Nunberg, 1937, p. 151). Existe así mismo un superyó negativo que inclina al sujeto a un ideal opuesto al objeto identificado, pero es un ideal secundario injertado sobre el primario. 3.5. Conclusiones La conceptualización de la instancia del ideal del yo se da a lo largo de toda la formulación de la segunda teoría del aparato psíquico y está muy relacionada con conceptos centrales de la obra freu- diana como son «narcisismo», «identificación» y «superyó». Después de las diversas formulaciones y correcciones, obtenemos tres conceptos: • Yo ideal como aquella instancia que representa al sujeto como su propio ideal y a la que an- hela volver; • El superyó es la instancia situada en el interior del yo que actúa como censora, observadora y conciencia moral, y es heredera del complejo de Edipo; • El ideal del yo sería la instancia que mantiene o recupera la omnipotencia del bebé y que incluye funciones comparativas o de balance a partir de las cuales deriva la propia estima. Según esta concepción del ideal del yo, se constituye como un ente condicionante y limitati- vo con el objetivo de cumplimentar las pruebas exigidas por el objeto de amor para poder, después, someterlo; una instancia que contiene valores e ideales éticos y estéticos, pautas y aspiraciones del individuo. 
 La confusión acerca de la función del ideal del yo y de su localización ha imperado en todo el desarrollo del concepto, en un primer lugar en la indiferenciación e intercambio entre ideal del yo y yo ideal, y posteriormente en la misma asimilación entre superyó e ideal del yo. Finalmente, la fun- ción de observación y comparación que Freud otorga al ideal del yo dentro del superyó parece sus- citar el acuerdo entre las posiciones teóricas al respecto. Por identificación con los objetos, se in- teriorizan los rasgos idealizados de los vínculos con personajes significativos, caracteres abstractos y funciones parentales más que de los objetos reales. La relación con el superyó es muy estrecha. No únicamente porque el ideal es una parte del superyó, sino porque este último ejerce su castigo cada vez que el sujeto no cumple con las expectativas marcadas por el ideal, según la teoría de Nunberg. El superyó observará al ideal del yo para confrontarlo con sus aspiraciones e ideales sim- bólicos, y de esta comparación surgirá una satisfacción narcisista o bien un sentimiento de inferiori- dad. Los ideales, además, se podrán alcanzar también en función de las normas a las que el yo se adscriba, normas que serán regidas por el superyó. En cualquier caso, lo que sí se aclara es que su- peryó e ideal del yo son dos instancias relacionadas, pero con dos cometidos distintos y unidas a dos sentimientos contrapuestos: el ideal del yo surge por el amor a las figuras parentales y el super- yó por el temor. Asociados al ideal del yo se introducen los conceptos de identificación, proceso por el cual el yo interioriza propiedades del objeto, e idealización, mediante el cual el objeto sustituye el ideal del yo del sujeto. La identificación primaria con los padres permite la adquisición de los contenidos que formarán parte del superyó y, por tanto, del ideal del yo, en forma de prescripciones, aspiraciones y mandatos. El ideal del yo y el superyó marcarán entonces el desarrollo moral del sujeto, prescri- biendo y dictando qué es aquello que este debe hacer igual que el padre y aquello que no debe hacer como el padre, ya que solo a este le es reservado. El ideal del yo es una instancia heredera del narcisismo infantil que se constituye como representan- te del mundo externo en el yo; es, por tanto, una instancia condicionada por el contexto cultural que determinará cuáles son las aspiraciones del sujeto para alcanzar ese ideal y regresar a ese estado de omnipotencia. En este desarrollo de la conceptualización del ideal del yo, Freud introduce un ele- mento que posteriormente daría lugar a toda una vertiente de la psicología: el influjo de lo social. En el desarrollo del ideal del yo se descubre la vital importancia de lo social y lo relacional; si el ideal del yo viene a confeccionarse por amor a los otros significativos del sujeto, se introducen las bases para comenzar a hablar de lo relacional y lo vincular en la construcción de la subjetividad. A pesar de que el superyó es considerado más débil en las mujeres, no aborda el tema del ideal en las mujeres como algo peculiar, aunque si hace referencia al estado de las cosas introduciendo el medio social como factor, si no determinante, sí influyente. 4. EL CONCEPTO DE FEMINIDAD EN LA OBRA DE FREUD: ¿QUÉ ES SER MUJER? 4.1. Introducción ¿Qué es ser mujer, de qué está hecha la feminidad? Freud proporciona una explicación sobre cómo el sujeto sexuado se inscribe en la cultura y sobre cómo la diferencia sexual llega a ser algo más que una diferencia anatómica. Debemos tener en cuenta que ninguna de las representaciones de la mujer puede corresponder a un objeto real, sino que la construcción de la mujer se ha de entender como significante y no como ca- tegoría absoluta reducida a un significado; no existe un «eterno femenino» ni una única mujer cuyo significado es anterior a la cultura. La categoría mujer se inscribe en la cultura y la diferencia sexual es algo más que la diferencia biológica. La feminidad y la masculinidad, según afirma Freud, serían «construcciones teóricas de contenido incierto» (Freud, 1925, p. 276); es decir, no son construccio- nes monolíticas y cerradas que determinan la posición del sujeto. Pero entonces, ¿qué es ser mujer y cómo se organiza la diferencia sexual en la cultura? ¿Cómo se llegaría a ese hacerse mujer de Si- mone de Beauvoir? Aunque Freud habló de masculinidad y feminidad, aclarando en repetidas ocasiones que no se refe- ría a hombres y mujeres sino a características que ambos poseen, y a pesar de lo deseable de adoptar esta indefinición como metodología, resulta complejo abstraerse de las numerosas ocasiones en las que Freud y otros autores y autoras nombran a la mujer como cuerpo que encarna dichas caracterís- ticas femeninas que en cierto modo jerarquizan y normativizan. Es esfuerzo de la persona lectora no asumir esta encarnación entonces como normativizante. Tampoco podemos dejarnos llevar por hi- pótesis biologicistas que dan a la diferencia anatómica un papel central sin una inscripción en lo simbólico, sino más bien afirmar que, en todo caso, lo biológico reforzará lo cultural. Hemos de te- ner en cuenta también que las distintas teorizaciones sobre la construcción de la feminidad están enmarcadas en un contexto histórico en cierto modo condicionante y que no podemos dejar de aten- der a este factor histórico, también para las formulaciones freudianas. 4.2. Feminidad en Freud Para Freud la feminidad fue, como él mismo dijo, el «continente negro», un gran misterio. Su apro- ximación fue contestada o continuada por distintas psicoanalistas, discípulas o no: desde la pregunta sobre qué quiere una mujer que da a entender lo masculino como lo universal y lo femenino como lo peculiar, hasta el «No existe la mujer» de Lacan que indica que no existe una generalización de lo que es ser mujer. La primera referencia de Freud al «problema» de la feminidad se encuentra en una carta que dirige a Fliess en 1897. La siguiente referencia se da años más tarde, en 1905, cuando se publica Tres en- sayos para una teoría sexual. A partir de 1920 el interés por la temática femenina aumenta entre distintos analistas. Las pacientes histéricas supusieron para Freud, algo más que casos clínicos, una puerta de acceso a la cuestión femenina como representantes del enigma de la feminidad. Los casos Dora o Anna O. se convierten en paradigmáticos del inicio de la investigación de la subjetividad femenina. La histérica representa a cualquier mujer que se desliga del destino de su anatomía, que se constituye como suje- to. La histeria como síntoma es transgresor del statu quo, la clara expresión de la feminidad institui- da como norma. Freud conflictúa el hecho biológico; el estudio psicoanalítico de la feminidad consiste, por tanto, en preguntarse si más allá de lo biológico hay una vivencia del ser mujer como algo psíquico a partir de una historia. El enigma de qué es ser mujer es también el enigma de la diferencia sexual. A lo largo de toda la obra de Freud se hace referencia a la diferencia de los sexos y a la sexualidad como elementos cen- trales del desarrollo psíquico de la persona. En concreto, su teoría sobre el desarrollo de la mujer, o más exactamente sobre el desarrollo de la feminidad, es expuesta en una serie de ensayos elabora- dos durante un periodo aproximado de diez años. Durante esta época, Freud parece haber resuelto otros aspectos de su obra y verse impelido tal vez por la conciencia de su enfermedad -como sugiere en Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica (1925), a profundizar en un tema subyacente, caballo de batalla de toda su obra, como es la feminidad. Freud desarrolla este concepto entretejido con el de complejo de Edipo, y a este vuelve una y otra vez al definir el desarrollo de la feminidad. La concepción Freudiana del Edipo se da en tres tiempos: Primer tiempo (1905-1923) En este primer tiempo Freud articula una premisa fálica igual para niños que para niñas. No existe todavía distinción entre angustia de castración y amenaza de castración, a pesar de que en El tabú de la virginidad (1918) señala la fase masculina de la mujer durante la cual envidia el pene. Segundo tiempo (1924-1930) El complejo de Edipo ni se produce ni se resuelve de la misma forma en la niña que en el niño. La niña mantiene en el inconsciente su deseo de poseer un pene y de tener un hijo. En la prehistoria del Edipo, el niño y la niña tienen el mismo objeto (la madre) y es posteriormente cuando la niña debe realizar el cambio de objeto, una vez percibida la castración. La niña entra en el Edipo por la misma razón por la que el niño sale de él: la castración. Tercer tiempo (1930 en adelante) El núcleo de la neurosis es la unión con la madre previa al Edipo y el cambio de objeto madre por el padre. Nos centramos en el desarrollo que el autor hace de la feminidad porque queremos entender qué es para Freud ser mujer o más bien, cómo se constituye una mujer y qué es lo que la diferencia del va- rón para poder determinar si sus aspiraciones, sus motivaciones y su entramado psicológico pueden considerarse distintos de los de los hombres. Freud define fundamentalmente el desarrollo de la feminidad en función del desarrollo de la sexua- lidad femenina; la sexualidad es el factor estructurante del psiquismo, por lo que la orientación del deseo y la evolución de la sexualidad femenina estarían ligados a la organización de toda la identi- dad femenina. Cada ser humano encarna el enigma de su ser en la sexualidad, que es algo que tras- ciende la realidad biológica del sujeto. En palabras de Marugán (2012): «investigar la sexualidad nos obliga, por tanto, a plantear cuestiones que van más allá de la búsqueda o la consecución del placer» (2012, p. 136). En el presente estudio hacemos un recorrido por la feminidad en la obra freudiana y las diversas respuestas que algunas mujeres psicoanalistas ofrecieron a lo que Freud expuso. La gran mayoría de las mujeres psicoanalistas eran seguidoras y discípulas del maestro, por lo que su obra es poco crítica y se aparta poco de la tendencia psicoanalítica. La introducción de la sexua- lidad del niño, que no de la niña, fue un concepto revolucionario para la época, sin embargo, hay que contextualizar los aportes del psicoanálisis en materia de feminidad en la conservadora Viena fin de siglo. Como en el punto anterior, iremos haciendo un recorrido por el desarrollo psicosexual específica- mente femenino a lo largo de la obra freudiana. Cartas a Fliess (1887-1904) Durante este periodo de correspondencia, Freud aborda la cuestión de la diferencia sexual desde un punto de vista clínico. Comienza preguntándose por el origen de los distintos tipos de neurosis y su asociación con el sexo anatómico de la persona. La condición más pasiva de la feminidad encuentra en las mujeres una correspondencia en la expresión de síntomas psíquicos. Freud recoge la incon- gruencia entre el papel de la educación, que trabaja para inhibir cualquier expresión sexual activa en las mujeres, al mismo tiempo que las impele a seducir al varón (Manuscrito E, 1894) En la correspondencia con Fliess, Freud escribe largamente sobre la histeria. La conceptualiza como una patología a partir de la vivencia primaria displacentera de naturaleza pasiva y por esta razón de mayor incidencia en las mujeres. La vivencia, preferiblemente de contenido sexual, se da en un momento en el que no existe la representación palabra; al igual que con otras neurosis, los restos mnémicos pasan a la memoria y posteriormente irrumpen en la conciencia, aunque la formación de compromiso se da en distintos lugares. Lo que se reprime no son las fantasías, sino los impulsos derivados de estas experiencias primarias. En un segundo momento, Freud decide que estos recuer- dos de abuso de las pacientes histéricas no son reales en todos los casos, sino que es la fantasía lo que se reprime. En el inconsciente no se puede distinguir la realidad de la ficción investida con afecto. Tres ensayos sobre una teoría sexual (1905) En este ensayo Freud analiza las manifestaciones de la sexualidad infantil y sus teorías sobre el em- barazo y nacimiento de los bebes. Según la primera teoría sexual infantil, el niño sostiene la hipóte- sis de que todo ser humano posee un pene y aunque la ciencia considera el clítoris como un homó- logo al pene, la niña reacciona con envidia al órgano masculino deseando ser un niño. 
 Sobre las teorías sexuales infantiles (1908) En esta obra Freud continúa desarrollando la hipótesis del descubrimiento de la diferencia sexual por parte del niño. El niño, tanto como la niña, en un principio atribuye a todos los seres humanos un pene. El clítoris es el órgano homólogo al pene y, al igual que este, es el órgano rector del ero- tismo en la infancia. Esta excitación ha de ser revocada en la adolescencia para darse una correcta maduración de la sexualidad femenina. La niña también cree que todos los seres humanos poseen pene y la curiosidad es sustituida por envidia cuando le indican que no tiene pene. Tanto el niño como la niña ignoran la existencia de la cavidad vaginal. 
 Fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad (1909) Las fantasías que emergen en la histeria están relacionadas con material erótico en la mujer, así como erótico y ambicioso en el hombre. Son «sueños diurnos» nacidos de la privación de una satis- facción. Cuando estas fantasías se hacen inconscientes pueden derivar en síntomas; son fantasías que en su día fueron conscientes y fueron relegadas por efectos de la represión. Un síntoma histéri- co es el resultado de la negociación de dos fantasías sexuales contrapuestas: la de un impulso libidi- noso y otro represor, pero también una fantasía sexual masculina y femenina. Es decir, en los suje- tos histéricos se deja ver con mayor claridad la originaria bisexualidad de las personas. 
 Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci (1911) Freud presenta de nuevo en este texto las teorías infantiles sobre la sexualidad e incluye la teoría sobre la castración: el niño varón supone la existencia del miembro viril en todos los individuos y cuando corrobora que la niña no posee pene, supone que posteriormente le crecerá. Al comprobar que esto no es así, atribuye el hecho a un castigo y desprecia a las niñas por su carencia. La atrac- ción erótica que emana la madre se convierte en deseo por su genital, que el niño supone un pene; al darse cuenta de que esto no es así convierte su deseo en aborrecimiento, mismo que en la adoles- cencia puede constituirse en impotencia, misoginia u homosexualidad. En cambio, la fijación en el pene, como objeto anhelado, deriva en fetichismo en quien toma una parte del cuerpo como sustitu- to de la mujer. El autor hace también en este texto la siguiente distinción entre actividad sexual y orientación se- xual: «lo que nos lleva a atribuir a una persona la inversión no es la actividad sexual, sino su dispo- sición sentimental» Atribuye el origen de la homosexualidad masculina a la excesiva influencia de una madre fálica y distante. Esto hace que el niño reprima el amor a su madre; en consecuencia, se identifica con ella y se toma a sí mismo como modelo a cuya semejanza escoge sus propios objetos eróticos. La homosexualidad sería entonces una forma de autoerotismo narcisista en la que el objeto erótico es una reproducción de sí mismo, lo que le permite amarse como la madre lo amó en su in- fancia. Es también una protección a la infidelidad del amor maternal; huye del amor a otras mujeres para no ser infiel a su propia madre. En un pasaje de este ensayo, Freud hace referencia a la pintura La Gioconda, dando a entender que la sexualidad femenina es lo contrario a la seducción y la reser- va. 
 Sobre las trasposiciones de la pulsión, en particular del erotismo anal (1917) En este ensayo se habla de la envidia del pene de la mujer como deseo infantil, que en ocasiones es reavivado en su vida adulta a través de los síntomas neuróticos. Otras mujeres presentan deseo de hijo y de su frustración resulta la neurosis. Hay otro tipo de mujeres que mantienen el deseo de pene y el de hijo, el segundo como evolución del primero. Si en la vida adulta no existen síntomas neuró- ticos, entonces se da el deseo del varón, quien es aceptado como un apéndice del pene (sic). Este deseo posibilita que las mujeres puedan amar de forma masculina o de amor de objeto, en contrapo- sición a la forma narcisista femenina. Si no se da el deseo de varón, es el hijo el que posibilita el paso al amor de objeto. 
 El tabú de la virginidad (1918) Freud perfila en este ensayo algunas propiedades del comportamiento sexual a partir del estudio de las costumbres primitivas. En primer lugar, habla de la servidumbre sexual, que es más común y se da con mayor intensidad entre las mujeres, refiriéndose por servidumbre sexual a la dependencia de la persona con quien se mantienen relaciones sexuales. Las sociedades primitivas consideran tabú a la mujer y desarrollan cierta hostilidad hacía su figura. El psicoanálisis explica este sentimiento que perdura en las culturas contemporáneas mediante la castración. El tabú de la virginidad se explica también por la reacción hostil que la desfloración desencadena en las mujeres, que en ocasiones puede tomar la forma de frigidez como efecto inhibi- torio. Muchas mujeres sienten envidia de pene y hostilidad derivada de esta, lo cual está en la base de sus neurosis. Únicamente cuando la libido se ha colocado en el padre, las mujeres superan dicha hosti- lidad deseando en lugar de un pene un hijo. Para Freud esta fase de envidia de pene está más cerca del narcisismo primario que del amor objetal. 
 Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina (1920) Freud en este ensayo, desarrollado a partir de un caso particular, aclara que el psicoanálisis parte de la premisa de la bisexualidad del individuo y, por tanto, de la construcción de la orientación sexual, lo que le aparta de cualquier interpretación esencialista. Para el autor lo masculino estaría asimilado con la actividad y lo femenino con la pasividad, pero dichos rasgos están presentes en los indivi- duos independientemente de su sexo. Freud hace distinciones entre caracteres sexuales somáticos (hermafroditismo físico), carácter sexual psíquico (actitud masculina o femenina) y tipo de elección de objeto. La anatomía, la posición sexual y la orientación sexual se presentan como elementos di- ferentes que se combinan, lo que da lugar a una configuración particular en cada individuo. La organización genital infantil (1923) En este ensayo Freud reconoce que solamente podemos confirmar las observaciones en torno a la vida sexual infantil sobre el desarrollo del varón, ya que no se ha observado el mismo proceso en las niñas. El pene es el órgano que domina la vida sexual infantil y, por tanto, solo puede apreciarse la profundidad del complejo de castración entendiendo el pene como órgano rector de la vida se- xual. El niño percibe la diferencia sexual, pero no atribuye esta a la posesión o no del pene e incluso cuando observa la carencia en la niña, entiende que no todas las niñas están desprovistas de pene; solamente aquellas que han llevado a cabo las mismas acciones prohibidas que él. Según el niño vaya elaborando sus teorías sexuales sobre el origen y nacimiento de los bebés, comenzará a darse cuenta de la diferencia genital. A lo largo del desarrollo sexual infantil se dan una serie de polarida- des. En la etapa oral la elección de objeto se opone a la imposición de la libido en el sujeto, mien- tras que en la etapa sádico-anal domina la polaridad activo-pasivo. En el siguiente estadio lo genital masculino se opone a lo castrado y no existe el polo femenino. En la pubertad se tiene conocimiento de la vagina como albergue del pene y finalmente se desarrolla la polaridad masculino-femenino, donde los contenidos de lo masculino son el sujeto, la actividad y la posesión del pene y el de lo femenino el objeto y la pasividad. 
 El sepultamiento del complejo de Edipo (1924) Este ensayo expone la teoría de que el niño una vez ha descubierto sus genitales recurre a la mas- turbación, lo que provoca la amenaza por parte de la madre o el padre de hacer desaparecer su pene o a veces su mano. Pero es la observación de la ausencia de pene en los genitales femeninos lo que provoca el verdadero miedo a la castración. El complejo de Edipo ofrece al niño una posibilidad activa y otra pasiva de satisfacción. La activa sería identificándose con el padre para tener a la ma- dre como objeto y la pasiva la identificación con la madre para ser amado por el padre. Ambas solu- ciones implican la castración, bien por el castigo paterno o bien por la identificación con quien no tiene pene. Se sustituye la investidura de objeto por identificación y se interioriza la autoridad del padre o de ambos padres, constituyendo el núcleo del superyó; se perpetúa la prohibición del inces- to y se asegura así el retorno de la investidura al objeto. Las aspiraciones libidinosas son sublimadas y desexualizadas y el sujeto entra en el periodo de latencia. Este proceso destruye el complejo de Edipo, porque si el yo lleva a cabo únicamente una represión, este subsiste en el ello. Freud se pregunta en este artículo cómo se da el complejo de Edipo femenino, dado que hasta ahora se ha descrito la génesis del complejo masculino. El clítoris de la niña se comporta como un pene, pero ésta al darse cuenta de la diferencia de tamaño se siente en inferioridad. Fantasea con que su órgano crecerá como el del varón y con que la dife- rencia se debe a una castración, que acepta como un hecho consumado, mientras que el varón la vive como una amenaza. En la niña la instauración del superyó no se debe a la angustia de castra- ción, sino al efecto de la educación, la retirada del amor y la presión externa. Su complejo de Edipo es más unívoco y se desarrolla a partir de la actitud seductora hacia el padre y la identificación con la madre; se desliza a través de una ecuación simbólica del padre-pene al hijo, mediante el deseo de que el padre le devuelva su pene mediante un hijo. Este deseo, poseer un pene y parir un hijo, per- manece en el inconsciente fuertemente investido y contribuye a formar a la mujer para su papel se- xual. 
 Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica (1925) En este ensayo Freud reconoce que el objeto de estudio de su obra, a partir del cual se han elabora- do las distintas formulaciones teóricas, siempre ha sido el varón; supone esto una simple simetría en el desarrollo de la niña, cuyo proceso abordará posteriormente. En la niña se plantea una dificultad, puesto que al igual que el varón, esta se encuentra apegada a la madre, a quien toma como objeto original, y, sin embargo, en su evolución se ha de dar un cambio de objeto. Este proceso da comienzo en la niña con la percepción de la diferencia anatómica a partir de la ob- servación del pene de un hermano, amigo, etc., hecho que sume a la niña en la envidia fálica al re- conocer este órgano como un análogo superior a su propio clítoris. Define a partir de este momento lo que llama complejo de masculinidad de la mujer, que consiste en la esperanza que la mujer mantiene en desarrollar un pene que le iguale al hombre, ante lo cual esta- ríamos hablando de un mecanismo de formación reactiva ante la castración. También se puede dar otro hecho llamado denegación, mediante el cual la niña niega su castración y se comienza a comportar como un varón. La envidia fálica tiene varias consecuencias para la niña: en primer lugar dota a esta de un senti- miento de inferioridad por saberse castrada; posteriormente desplaza este sentimiento y persiste en los celos que, según Freud, aun no siendo un rasgo propio de uno de los sexos, en la mujer reciben un especial reforzamiento proveniente de la envidia fálica. Lo anterior desemboca en rencor y dis- tanciamiento de la madre, a quien la niña culpa de no haberla dotado de un pene. La niña se aparta de la masturbación masculina o clitoridiana debido al reconocimiento de la dife- rencia anatómica y por ende de su inferioridad, lo que le permite transitar nuevos caminos que la orienten en su feminidad. De esta manera, la transición del objeto madre al objeto padre se daría a partir de esta renuncia al pene, para buscar en el padre quién le otorgue ese sustituto del pene, que sería el hijo. El complejo de castración en la niña, que ha inhibido su masculinidad y estimulado su feminidad, sería aquello que posibilitara su complejo de Edipo y es iniciado por la constatación de la diferencia anatómica de los sexos. Esta diferencia de contemporización de los procesos en la niña tendría además consecuencias psíquicas importantes que implican el tema que nos ocupa, ya que el comple- jo de castración da lugar al complejo de Edipo en la niña y no al revés, como en el varón. Esta abandona el Edipo lentamente o mediante la represión, pero no da lugar en ella a un superyó tan fuerte como en el varón. Freud (1925) afirma aquí que la mujer «tiene menor sentido de la justicia que el hombre, es más reacia a someterse a las grandes necesidades de la vida, es más propicia a dejarse guiar por sus juicios, por los sentimientos de afecto y hostilidad». Culmina Freud (íbid) su ensayo aclarando frente a la categórica afirmación mencionada que todos los individuos atesoran rasgos femeninos y masculinos, de modo que «la feminidad y la masculini- dad puras no pasan de ser construcciones teóricas de contenido incierto».(1925, p276) 
 Sobre la sexualidad femenina (1931) Freud retoma en esta obra las particularidades del complejo de Edipo en las mujeres, profundizando en su conceptualización y ampliando sus implicaciones psíquicas. Insiste en este texto en el estudio del hecho diferencial del ser mujer, complejizándolo y distinguiéndolo de la previa teorización del desarrollo evolutivo. Parte esta vez no de la diferencia anatómica ni del cambio en el modelo de sexualidad, de una se- xualidad dominada por el clítoris a una protagonizada por la vagina, sino de un cambio del objeto materno al paterno. Se remite a la fase preedípica de la mujer afirmando que cuando la vinculación de una mujer adulta con su padre ha sido particularmente intensa, se trata en realidad de un desplazamiento del anterior intenso apego a la madre. En esta fase preedípica la niña ve al padre como un rival ante el cual reacciona con violencia aunque, matiza, no tanta como la que el varón emplea. Freud descubre tam- bién que esta fase preedípica de vinculación materna prevalece durante más tiempo del que pensa- ba. La fase preedípica en la mujer es mucho más importante que en el varón; sobre la relación ma- terna se estructura la relación posterior con el padre y la elección de objeto de la mujer adulta. Freud afirma que la transferencia de lazos al objeto paterno constituye el contenido del desarrollo que conduce a la feminidad. Intentará aquí delinear los motivos que impulsan a la niña a iniciar ese trasvase de objeto: la relación con la madre está dominada por una intensa ambivalencia, por un lado, de intenso apego y por otro de actitud hostil hacia ella, derivada de la insatisfacción perma- nente por la intensa demanda. Este sería un motivo común a niños y niñas, pero señala también una razón específica por la cual la niña comienza a alejarse del lazo exclusivo con la madre. Se trata del complejo de castración, ante el cual la niña culpa a la madre. El complejo de castración y las restricciones a la masturbación pro- vocan en la niña resentimiento y rencor contra la madre, a la que considera responsable de dicha imperfección. Una vez que la niña descubre que la castración no es un castigo personal sino un he- cho universal, se da en ella la desvalorización de la feminidad y, por tanto, de la madre: la niña amaba a una madre fálica y descubre una madre castrada, ante lo cual se activan todos aquellos mo- tivos de resentimiento que había ido acumulando hasta dar lugar a la desvinculación. Ante el hecho de la castración, la niña se rebela y surgen varios caminos evolutivos. El primero es el apartamiento de la sexualidad, donde renuncia a la sexualidad clitoridiana debido a la compara- ción del clítoris con el pene, lo que implica también la renuncia a actitudes masculinas en otras áreas. El segundo es la afirmación de la masculinidad amenazada, en la que mantiene el anhelo del pene, convirtiéndolo en un complejo de masculinidad que puede desembocar en una elección de objeto homosexual. Toma al padre como objeto y alcanza la forma femenina del complejo de Edipo. Es importante también destacar cómo Freud señala que es imposible universalizar las descripciones aquí relatadas, ya que en un mismo individuo coexisten actitudes antagónicas. Igual que en el ante- rior ensayo, deja clara la imposibilidad de describir una feminidad o masculinidad puras, porque ambos rasgos forman parte de los individuos de ambos sexos. Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis. 33ª Conferencia. La feminidad (1933) En esta obra Freud vuelve a explicar su teorización sobre el desarrollo de la feminidad en la mujer, si bien introduce algunos datos sobre el carácter y la vinculación social de estas. Advierte en varias ocasiones sobre la importancia de la precaución, la complejización y la no generalización y parece tener en cuenta, como ya se observaba anteriormente, la influencia del medio social sobre el desarrollo de dichas características en las mujeres. Freud ahonda en la noción de la bisexualidad y manifiesta la confusión que plantea la complejiza- ción de los conceptos «masculino» y «femenino». Más allá de las diferencias anatómicas visibles, ni siquiera estos sirven para ejercer una división sexual real, ya que las características sexuales fe- meninas y masculinas se hallan presentes en ambos sexos. Apela en este texto a alejarse de observa- ciones simplistas con respecto a masculinidad/feminidad y su equiparación con actividad y pasivi- dad. Declara entonces que el psicoanálisis no pretende descubrir qué es ser mujer, sino cómo se de- viene mujer desde una posición originariamente bisexual. Para este estudio, Freud establece dos ex- pectativas: que la constitución femenina se ha de plegar a la función y que esta diferencia de los se- xos se dará antes de la pubertad. Establece, además de la diferencia genital fácilmente observable, una diferencia pulsional entre niño y niña. Define a la niña como menos agresiva y más dócil y dependiente, además de más inte- ligente y despierta que el niño y más orientada al mundo exterior, por lo que sus investiduras de ob- jeto son más intensas. A pesar de estas diferencias en el desarrollo libidinal infantil, las observaciones no han mostrado distinciones en el grado de agresividad propio de la etapa anal ni en el grado de activación sexual de la fase fálica. Freud plantea la posibilidad de que la niña pueda haber experimentado sensaciones en su vagina en esta fase, pero no le concede la importancia para el desempeño de un papel en el desarrollo libidinal. La niña debe desarrollar dos tareas con el objetivo de desarrollar su feminidad. Dichas tareas son aquellas a las que Freud se ha referido en sus obras previas: Sustitución del clítoris por la vagina como zona erógena en la etapa fálica y sustitución del objeto de amor madre por el objeto padre. La niña entonces tendrá que realizar un doble trabajo: cambio de zona erógena y de objeto, mientras el niño se mantiene constante en zona erógena y objeto. Freud repite entonces su teorización sobre la transformación de zona y de objeto e introduce algu- nos aspectos importantes en la configuración psíquica de la mujer. Cuando habla del complejo de masculinidad de la mujer hace alusión a la rebelión frente a la oleada de pasividad necesaria para iniciar un giro a la feminidad. Se refiere entonces la aptitud para desempeñar tareas u oficios inte- lectuales como una sublimación de dicho complejo. Presenta también algunas particularidades psíquicas que pretenden arrojar luz sobre lo que denomi- na el «enigma femenino» y advierte que no es sencillo distinguir qué pertenece al desarrollo psíqui- co inherente a la constitución femenina y qué al influjo social. La envidia del pene en este sentido marca su influencia en el carácter femenino: la vanidad parece ser una cualidad femenina derivada del narcisismo que compensa la inferioridad de sus genitales. Otra característica propia sería la ver- güenza, a la que Freud otorga un mayor grado de convención social, derivada también de esta infe- rioridad percibida. También el escaso sentido de la justicia tiene relación con la envidia de pene, ya que la necesidad de justicia viene derivada de la elaboración de la envidia. Así mismo describe a la mujer como menos interesada en lo social, por aquello de estar centrada en los vínculos sexuales. Finalmente, la elección de objeto también está marcada por este narcisismo y envidia de pene, pues se observa en esta elección en la mujer un reflejo del ideal de varón que la mujer quiso ser. Esquema del Psicoanálisis. Cap. VIII. Un ejemplo de la labor psicoanalítica (1940) En esta obra póstuma Freud resume toda su anterior postulación sobre el desarrollo de la sexualidad femenina. Insiste aquí en la bisexualidad psicológica y en que ningún individuo se limita a la moda- lidad reactiva de un solo sexo. Destaca como una equivalencia convencional y precaria la identifi- cación de lo masculino como fuerte y activo y de lo femenino como débil y pasivo. Después de llevar a cabo el proceso a la feminidad, la niña se identifica con la madre por amor al objeto perdido. Es el amor al pene, convertido en amor al portador del mismo, lo que posibilita la identificación con el padre, al igual que en sus primeros momentos pudo progresar del amor al pe- cho al amor a la persona de la madre. 4.3 Conclusiones: Según la evolución del concepto de feminidad en la obra de Freud quedan claros varios aspectos: 
 La diferencia anatómica Determinaría el desarrollo del psiquismo tomando como punto de partida la originalidad del pene frente al papel secundario de los genitales femeninos. 
 La castración Tanto el niño como la niña rompen con la naturaleza y se introducen en la cultura mediante la cas- tración. En palabras de Marugan (2012): «La castración introduce una función de renuncia fundamental respecto a la identificación exclusiva con esa imagen narcisista y rebosante de plenitud y autocomplacencia. La castración viene aguje- rear la identidad imaginaria, a volverla insuficiente, lo que obliga a buscar más allá de ella, a nece- sitar a los otros y a establecer vínculos» (2012 p. 137). La castración supone una evolución a lo cultural, un cambio desde un narcisismo primario a la obje- talidad. Pero además de este proceso común, en la niña ha de darse un cambio de objeto. Pasividad Siendo los rasgos femeninos asimilados como rasgos pasivos, la niña ha de hacer, según la teoría freudiana, un recorrido mayor y más activo para llegar a la feminidad que el niño. Este proceso de intercambio de zona erógena y de objeto convierten a la niña en un sujeto sexual, proceso que nue- vamente le otorga un papel activo y alejado de la pasividad. Frente a la actividad necesaria para ser un sujeto deseante, como es descrita la niña que desea el pene e incluso se rebela frente a la castra- ción, la mujer termina siendo descrita como pasiva por su rol en la labor reproductiva. Lo anterior resulta en un valor mucho más determinista a de la anatomía que el descrito en la totalidad del pro- ceso evolutivo. El destino del Edipo en la niña Al describir los caminos evolutivos posteriores al descubrimiento de la castración por parte de la niña, se presentan unas opciones limitadas en el desarrollo: a.- Renuncia o masculinidad Bien la mujer se aparta de la sexualidad, bien continúa en su empeño en el complejo de masculini- dad (lo cual no le depara un desarrollo adaptado) o bien evoluciona a la feminidad. 
 b.- El padre como objeto y ecuación niño-pene Esta feminidad, a la que la mujer llega como resultado de la resolución del complejo de Edipo, es descrita como carente de sentido de la justicia, con celos exacerbados, pasiva y dependiente y cuya única salida de restauración narcisista es la maternidad. Toda mujer que no desea ser madre entonces ¿ha optado por un camino menos saludable en su desarrollo evolutivo? Dio Bleichmar (1998) afirma, en este sentido, que es imposible concebir la sexualidad femenina como un reducto sustraíble de la colonización patriarcal para reivindicar un orden simbólico femenino. Posición sexual, identidad y orientación Debemos señalar la diferencia existente entre posición sexual, identidad de género y orientación sexual. Siguiendo lo expuesto por Marugan (2012), la posición sexual es «el lugar con respecto a su género y su deseo para poder expresar su sexualidad» (2012, p. 136). Se forma en la primera infancia, se confirma en la adolescencia y no llega nunca a cerrarse de forma acabada. No depende de nuestro sexo biológico, ni de nuestra intención consciente, ni del valor otorgado a uno u otro género (ibid). La identidad de género se define al situarse, independientemente de nuestra anatomía, en uno de los géneros mediante la identificación total o parcial con un conjunto de símbolos culturales masculinos o femeninos. Freud señala la primera diferenciación sexual por la presencia o ausencia de falo, vin- culando lo femenino a la ausencia de este, ya que la vagina no se representa en el inconsciente como el sexo femenino. La identidad de género no determina la elección del sexo de los objetos sexuales; una persona ade- más puede elegir objetos sexuales de distinto género a lo largo de su historia. Tanto identidad de género como orientación sexual son indeterminadas y su objeto es un sustituto del objeto primitivo de la pulsión. Para Freud la pulsión no está conectada al objeto, sino que surge independientemente de este y el sujeto no tiene vinculación natural con el otro sexo. La orientación sexual estará deter- minada por el fantasma, que es el producto de la fantasía, que corresponde a lo más íntimo del suje- to. «El fantasma conecta la pulsión con los personajes masculinos o femeninos fantasmeados que se convertirán en referentes para la excitación y gratificación a través de los objetos sexuales de la realidad» (Marugan, 2012, p. 139). En los textos de Freud se encuentran ya planteadas todas las cuestiones e interrogantes que poste- riormente han sido criticadas en su obra: la construcción cultural de la masculinidad y feminidad, la diferencia entre orientación sexual, posición sexual e identidad sexual y el androcentrismo. Una lec- tura superficial de su obra sugiere dudas sobre dichas cuestiones, sin embargo, el propio autor reco- noce la complejidad de estas y lo intrincado de las mismas por la imbricación social que conllevan. Aunque Freud habló de masculinidad y feminidad aclarando en repetidas ocasiones que no se refe- ría a hombres y mujeres sino a características que ambos poseen y a pesar de lo deseable de adoptar esta indefinición como metodología, resulta complejo abstraerse de las numerosas ocasiones en las que él, además de otros autores y autoras, nombran a la mujer como cuerpo que encarna dichas ca- racterísticas femeninas, mismas que en cierto modo jerarquizan y normativizan. Es esfuerzo de la persona lectora no asumir esta encarnación entonces como normativizante y alejarse del significante corporal. Sin embargo, y a pesar de las distintas contradicciones y vueltas a los postulados del orden social, resulta vanguardista la conceptualización psicoanalítica que diferencia orientación, posición e iden- tidad sexual desligando los rasgos anatómicos de dichos conceptos. En un momento histórico como el actual, en el que se abren posibilidades en cuanto a la deconstrucción de dichas asociaciones, re- sulta interesante acudir a la literatura psicoanalítica y descubrir como ya desde hace un siglo se re- velaba dicha teorización. Las distintas asociaciones, variaciones y combinaciones entre anatomía, sexo-género, posición e identidad sexual, no hacen sino reforzar el postulado de la construcción so- cial del género y su deslizamiento de lo biológico. Adquisición de la feminidad Psicoanalistas contemporáneas hacen una revisión de la adquisición freudiana de la feminidad. Un ejemplo lo pone Elise (1996) en la teoría que vincula el desarrollo del yo con la representación mental del cuerpo, según la cual la niña adquiere su feminidad primaria mediante las representacio- nes del cuerpo materno en diferencia con el paterno, antes de atribuir un significado sexual a dicha diferenciación. La autora formula el concepto de sentimiento primario de feminidad para poner el foco en la conciencia corporal temprana: «un sentimiento corporal del self que corresponde con el cuerpo sexuado que una habita como mujer» (1996, apud González Baz, 2009). Sostiene que al co- mienzo de la vida los infantes reciben una gran impresión sobre el cuerpo de la madre (Meltzer y Harris, 1988; Elise, 2006), siendo lo ideal que esto fuese una fuente de identificación saludable y de narcisismo para las niñas. La autora difiere de Freud en el origen del sentimiento de inadecuación de algunas mujeres. Mediante una propuesta teórica alternativa afirma que no es una cuestión de género, sino que es el rechazo edípico, con relación a ambas figuras parentales, en el que en uno y otro sexo se convierten en una castración que se origina como generacional. Lo que sigue es un sen- timiento de decepción y frustración en lo que se refiere al cuerpo sexuado y sus aspiraciones román- ticas. Es entonces cuando, mediante la diferenciación sexual, el niño es inscrito en el lugar privile- giado del orden simbólico mediante la restitución maniaca de la masculinidad y la niña es posicio- nada desde el lugar de la envidia del pene. El yo de la niña queda representado como faltante, por- que «no tiene lo que hay que tener» y ella internaliza una actitud inhibida. Para Elise (1996) la acti- tud del niño es contrafóbica frente al rechazo edípico; en la niña, en cambio, la vergüenza y la inhi- bición se aceptan como identidad propia. La inhibición femenina definida por Freud sería, por tanto, una consecuencia de la desaparición del narcisismo genital femenino. Siguiendo con las teorías que cuestionan la importancia biológica de la teoría freudiana, Deborah Rydel (2009), en su artículo La anatomía deja de ser destino, señala que Freud inicia muy acerta- damente la diferenciación de los sexos a partir de la observación que el niño y la niña realizan de la diferencia anatómica, pero es la jerarquización de esta diferencia la que constituye el sesgo al no aclarar que las diferencias no se excluyen ni se superponen. Esta jerarquización disociada de un momento histórico, social, económico y político particular (como fue la Viena fin de siglo) convier- te la descripción de la feminidad, en el orden simbólico patriarcal, en una normativización que con- cluye en la patologización de la diferencia femenina. Sin embargo, a pesar de que el esencialismo biologizante ha tenido consecuencias discriminatorias, no se puede negar que la anatomía es un des- tino para las mujeres; la realidad hormonal imprime un hecho en el carácter y la experiencia subje- tiva psicológica de muchas mujeres (Dio Bleichmar, 2002). Laplanche afirma (apud San Miguel, 2004), con respecto a la teoría freudiana de la feminidad, que es un «extravío» el tomar como base de lo humano la condición masculina. También realiza una crítica a las distintas escuelas por poner en el centro de la teoría psicoanalítica el mito de la castra- ción para simbolizar la diferencia sexual, algo que ella considera de origen social. Mª Teresa San Miguel responde a Laplanche (ibíd) que el mito de la castración no es un mito cualquiera, sino aquel que coloca en una asimétrica posición al sexo masculino y al femenino. Esta asimetría se da en las producciones culturales en las que la posición masculina está representada por la dominación, el triunfo y el placer y la femenina por la sumisión y la derrota, siendo los atributos genitales mas- culinos soporte para la agresividad sin un equivalente en las mujeres. Es decir, según dicha autora, el adulto transmite al bebe un código de desciframiento y ordenación de los sexos que tendrá efec- tos en la representación simbólica del propio sexo, lo que otorga a lo corporal, aspectos que no co- rresponden más que al orden simbólico. Freud formuló la teoría del Edipo en un momento en el que la sexualidad femenina era aún mucho menos visible que la del varón. Irene Garrido (2015), en su texto La influencia del género en la construcción de la subjetividad fe- menina, cita a Alda Facio para explicar la jerarquización de la diferencia sexual: «Porque la dife- rencia mutua entre hombres y mujeres se concibió como la diferencia de las mujeres con respecto a los hombres cuando los primeros tomaron el poder y se erigieron en el modelo de lo humano» (2015/web) Esta misma jerarquización es transmitida histórica y generacionalmente con mensajes implícitos, enigmáticos e inconscientes de padres y madres a hijos. Feminidad primaria Para el varón, entonces, su pene es un objeto parcial sobre el que descansa toda su masculinidad y para la niña es su cuerpo por entero el depositario de su feminidad y su valoración y, por tanto, la base de su narcisismo. La feminidad se implanta en la niña mediante identificación y semejanza con la madre, tanto por su discurso sobre qué es ser o no una niña, como por sus acciones. Previamente al nacimiento de la niña opera el fantasma de género, es decir, aquellas expectativas de los padres con respecto al sexo del bebe. La feminidad entonces es heterodesignada, nombrada desde fuera y su núcleo básico es el ser deseada. Es este ser para el otro lo que para algunas autoras contemporáneas constituye un núcleo de vulnerabilidad de la feminidad (Burín, 1987) como veremos en siguientes capítulos. Según lo aportado por diferentes analistas, de distintas épocas y corrientes, podemos concluir que la anatomía ha dejado de ser destino, que la diferencia sexual no está determinada por la biología, sino que es la representación de la misma y que son las identificaciones las que convierten a la niña en lo que es. Sin embargo, es la jerarquización de las diferencias sexuales lo que determina y confiere valor, mismo que se internaliza dando lugar a los rasgos socialmente conocidos de la feminidad. 5. VOCES CRÍTICAS Y AFINES SOBRE LA FEMINIDAD EN FREUD El mismo Freud, para contestar su famosa pregunta ¿qué quiere una mujer?, apela a las mujeres psi- coanalistas, algunas de las cuales se reflejan en este estudio, al sujeto que sabe y se sitúa cercano al síntoma. Hay que leer las aportaciones de las mujeres psicoanalistas de manera contextualizada, en una épo- ca y un lugar sujetos a una moral incuestionablemente androcéntrica. Las apelaciones que en su momento hicieron las mujeres psicoanalistas podrían parecernos, a día de hoy, poco críticas y muy varadas en la cuestión biológica como demostración de una feminidad primaria, pero indudable- mente abrieron un debate sobre la cuestión femenina. Sin hacer tambalear el orden simbólico pa- triarcal, sí introdujeron nuevos elementos de discusión y formas de ver la realidad femenina. 5.1. Lou Andreas Salomé Se considera a Lou Andreas Salomé una pionera que estableció la base de la comprensión psicoana- lítica de la posición femenina. Considerada una mujer interesante y cautivadora por su ingenio, ella abre la puerta de reconocimiento de lo femenino para Freud, con quien mantiene una intensa co- rrespondencia. Para Ferenczi (1921), Salomé es una de las primeras psicoanalistas y una discípula que no es ni judía, ni médica. Freud la definió como «una mujer de una inteligencia temible» (Mi- chaud, 1921, p. 241) o «comprendedora por excelencia» (ídem). 5.1.1. Sexualidad femenina y diferencia sexual Lou Andreas Salomé recoge su pensamiento sobre la diferencia sexual en varios escritos recopila- dos en distintas obras. Una de ellas es Lo Erótico (1910), donde expone este y otros temas en varios ensayos: El ser humano como mujer, un bosquejo de su imagen; La maternidad; La mujer y Mascu- lino y Femenino. En su escrito Sobre el tipo de mujer (1913), incluido en su obra El narcisismo como doble dirección (1921), recoge las ideas que Freud ha formulado en Tres ensayos para una teoría sexual (1905) y los textos Contribuciones a la psicología del amor (1910, 1912). Defiende la tesis freudiana de lo femenino como lo pasivo: la sexualidad femenina está obligada a replegarse sobre sí misma al apartar la sexualidad clitoriana en el proceso de la propia madurez. Las cualidades femeninas, virtudes para Salomé, están relacionadas con el repliegue de su sexualidad, ya que, según afirma, «En la mujer lo sexual coincide con lo psíquico» (1998, 28). No se trata de un movimiento regresivo, sino de un progreso para alcanzar la feminidad. En el interior de la pulsión sexual se produce una diferenciación con respecto a la agresividad de la pulsión yoica. Esto sucede de manera distinta en el hombre, quien mantiene conservada la agresividad en lo sexual. La prohibición del incesto produce la desunión de lo «tierno» y lo «sensual» en el infante y es la responsable del fin del «idilio infantil» y del repliegue femenino. La feminidad hace que la mujer viva la sexualidad como el ámbito más sublimado y que exista más sensibilidad a la expresión pri- migenia del amor y la fusión con el Todo reflejado en lo erótico. Para Salomé, el único elemento cultural posible para las mujeres es poder ver en lo sexual una energía transformadora que se agota en contacto con otros objetivos culturales. El principal acto cultural o creador de la mujer es tener hijos, por lo que para la autora una mujer sin hijos es socialmente menor. Así, siendo madre, la mu- jer experimenta una felicidad que el hombre no conoce. La mujer tiene la legalidad en otro lugar: en la maternidad. De la autoidentificación con el niño derivará la socialización, la relación con un otro o un mundo fuera de ella. Es, por tanto, el ejercicio de la maternidad un acto de sublimación para la mujer. El hombre posee también un poder femenino que le permite crear culturalmente lo que la mujer posee de manera natural. Lo femenino tiene en consecuencia un valor «cultural» espontáneo similar al del sentido de lo espiritual creativo. Salomé (1998), cuando habla de lo masculino y lo femenino, aclara que se refiere a principios des- vinculados de personalizaciones. Sin embargo, recurre en numerosas ocasiones a la fisiología para explicar las peculiaridades y la diferencia sexual: El ser humano existe de dos formas: femenina y masculina. Las características de esperma y óvulo expresan sus particularidades. El espermatozoide es la célula del progreso: el elemento que se desarrolla movido por la necesidad y el afán. El óvulo mantiene cerrado un círculo alrededor suyo (…) entraña lo femenino, la armonía más intacta, la redondez más segura, la perfección provisional y la mayor continuidad. (El ser humano como mujer, un bosquejo de su imagen. En El Erotismo, 1998,p. 10) O como cita aquí: «Lo maternal no es lo único donde se revela el modo como en la fisiología de la mujer se contienen los gérmenes de su desarrollo» (ibíd.p. 92). Aunque este paralelismo de lo fisiológico con lo psíquico está presente en toda su explicación sobre sexualidad femenina y diferencia sexual, Salomé insiste en que las referencias biológicas definito- rias de las cualidades masculinas y femeninas son tópicos que no se pueden tomar literalmente. Elabora su concepto de erotismo sobre la base de una diferencia constitucional entre hombre y mu- jer. La diferencia sexual determina una relación desigual entre los sexos. La mujer es un ser doble, es virgen y madre, dotada de un mecanismo que le permite respirar la vida hasta el fondo. No es cuestión de superioridad/inferioridad, sino de diferencia. Y aboga por una mayor relación de la mu- jer con la naturaleza, al estar más en contacto con su propio cuerpo que el hombre debido a sus fun- ciones reproductivas. Para Salomé el ideal de mujer es aquella centrada sobre sí misma, replegada, y considera los intereses profesionales como secundarios y no propios de la feminidad. La mujer está centrada en el amor y orientada hacia el mundo interior debido a su condición natural y es cen- trada en ese camino como llega a desarrollarse. Considera que la mujer no debe confundir su aspi- ración a metas emancipatorias con la búsqueda de su propio ser. Aun así, en todo caso, necesita li- bertad y han de romperse todos los límites impuestos a las mujeres. A este respecto no se puede dejar de predicar una y otra vez libertad y más libertad, y se deben derri- bar todos los armarios y rincones para conseguir más espacio, para incluso descubrir las voces de anhelo en personas, aun cuando las expresen de forma falsa bajo la expresión de teorías hechas y justificadas. (Salomé, 1998, p. 24) 
 5.1.2. Conclusiones: El pensamiento de Lou Andreas Salomé supone un significativo empuje al estudio sobre la diferen- cia sexual en el psicoanálisis. Su interés sobre el tema hace que el debate se intensifique y se enri- quezca Trabaja principalmente sobre las tesis freudianas de pasividad de la feminidad y repliegue e, igual que Freud, considera que la anatomía femenina determina su sexualidad y esta su carácter. Sin em- bargo, insiste en la desvinculación de las características atribuidas a la feminidad y masculinidad. Salomé introduce una dimensión reivindicativa en su pensamiento: las mujeres, para poder desarro- llarse plenamente, necesitan más libertad que la que una Viena fin de siglo les ofrece. Sin embargo, autoras como Aránzazu González (1997) consideran que cuando Salomé define a las mujeres como centradas en el amor, lo cual les sitúa por encima del varón, construye una posición idealizada de las mujeres. Cuando otorga a estas una mayor cercanía a la naturaleza por las características de sus funciones reproductivas o cuando ensalza la maternidad como el mayor acto cultural de las mujeres, contraponiéndolas a sus aspiraciones emancipatorias, lleva a cabo una vuelta esencialista que misti- fica a las mujeres. En esa mistificación la autora se despegaría de la realidad de las mujeres para erigir una teoría más normativa que descriptiva. En la obra de esta autora observamos un intento de formulación de una teoría emancipatoria que exalta las cualidades femeninas y, sin embargo, apreciamos en ella ambivalencia y esencialismo. Igual que idealiza la naturaleza procreadora de las mujeres y recurre insistentemente a la identifica- ción con los rasgos anatómicos, nos alerta sobre el peligro de la personalización. Al mismo tiempo que recomienda el repliegue sobre la feminidad, proclama que se rompan todos los límites impues- tos a las mujeres. 5.2. Helene Deutsch Fue considerada la verdadera «discípula de Freud». Deutsch reformula de manera ortodoxa las teo- rías freudianas de la feminidad poniendo el masoquismo como rasgo definitorio y la pasividad como polo fundamental. Según la autora la tríada narcisismo, pasividad y masoquismo se establece como el cimiento de la construcción de la subjetividad femenina. En su obra se reflejan sus conflic- tos en torno a la feminidad como un supuesto lesbianismo reprimido, la fidelidad al freudismo y la necesidad de liberación que parece le otorga el psicoanálisis (Vallejo Orellana, 2002). Comienza su obra Psicología de la mujer (1944) en la adolescencia y no estudia la infancia preedípica más que mediante la reactualización de temas en la adolescencia. Su aporte más original es la personalidad «como si»: la persona se identifica con objetos fugaces o inestables. Según la teoría psicoanalítica de los instintos, la autora teoriza sobre el fundamento biológico que da lugar a la psicología femenina, aunque reconociendo tanto la influencia social, como afectiva y relacional en este proceso. Helen Deutsch atribuye el desarrollo de la feminidad a un núcleo de fac- tores anatómicos, biológicos, fisiológicos y psicológicos, estos últimos sujetos a las variaciones in- dividuales y a la influencia del medio, que considera capaz de modificar las manifestaciones instin- tivas. La tesis de Deutsch es normativa en cuanto a que la feminidad se identifica claramente con la biología y prescribe las condiciones para la normalidad. Los tres rasgos fundamentales de la feminidad son: pasividad, masoquismo y narcisismo. 5.2.1. Pasividad Deutsch refiere que antiguamente, la sexualidad humana venía regulada por el momento madurativo del óvulo, pero por motivos evolutivos la sexualidad femenina comenzó a adaptarse al ritmo mascu- lino independientemente del ciclo de la ovulación. La pasividad femenina únicamente se refiere a la conducta sexual, pero el psicoanálisis ha demostrado la influencia que esta tiene sobre la conducta general. Aunque existan condicionantes externos para la pasividad femenina, se trata de una carac- terística que no se modificará hasta que no se incida sobre los condicionantes hormonales femeni- nos. Para la autora esta constitución genera insatisfacción en las mujeres, quienes luchan contra ella re- belándose mediante el complejo de masculinidad. La envidia de pene no tiene un papel relevante en este complejo de masculinidad, ya que al ser una respuesta a una actividad interna no se puede su- poner una razón de origen externo como su causante. La pasividad femenina solo puede ser expli- cada mediante la observación del desarrollo de los instintos sexuales femeninos, de su anatomía y de su yo. Deutsch sostiene que el hombre ha obtenido ventajas de la mayor sumisión de la mujer, derivada de su pasividad, así como de su mayor debilidad física y menor capacidad para la lucha activa. Deutsch define La fase fálica o clitorídea como aquella en la que la excitación se concentra en los órganos genitales, en concreto el clítoris; debido al tamaño de este órgano, la niña queda frustrada e insatisfecha. Entonces la niña sustituye un órgano activo, aunque insuficiente, por un órgano pasivo como la vagina, pero al no poder descubrirlo todavía lo convierte en invisible; esto es a lo que se llama giro a la pasividad. Según la autora la vagina no tiene una actividad independiente en la in- fancia y la niña no recurre a actividades para satisfacer la necesidad de aliviar la tensión en la zona, como ocurre con las tensiones orales en la boca. Esta ausencia da actividad vaginal constituye la base fisiológica de la pasividad femenina. Para la niña, la constatación de la diferencia anatómica da contenido real a un proceso interno que proyecta al exterior, pero no a la inversa. No es la envidia de pene la que produce un trauma en la niña, sino que la comprobación de lo que ella ya sabe, su inferioridad constitucional, puede producir envidia de pene. 5.2.2. Masoquismo Para Deutsch el amor narcisista a sí misma domina el impulso destructivo dirigido contra el yo, lo que crea una disposición al masoquismo. Se debe diferenciar el masoquismo femenino del maso- quismo moral, que es una consecuencia del sentimiento de culpa inconsciente y no tiene una fun- ción erótica. El masoquismo femenino se manifiesta en esta tendencia a sufrir por amor, propia de las mujeres. Según la autora, algunas mujeres toman una actitud activa masculina como huida y defensa de una feminidad excesivamente masoquista. También se da el caso en el que los componentes activo y masoquista actúan paralelamente, huyendo de la feminidad y al mismo tiempo buscando una satis- facción masoquista. El medio, mediante premios o sobornos de amor, también contribuye al carácter masoquista feme- nino, según la psicoanalista, ya que ejerce una presión inhibidora de los instintos agresivos acorde con los impulsos internos de la niña. La niña renuncia a sus impulsos activos y agresivos para ser amada y estos impulsos encuentran una salida dotando al estado pasivo de ser amada con un carác- ter masoquista. De esta manera se confecciona en la niña la sensación de culpa y el temor a no ser querida. Esto hace que incremente su capacidad masoquista, como máscara de los impulsos sádicos y agresivos que debe evitar. Para Deutsch se explica de esta manera cómo hay mujeres que toleran inconscientemente su maso- quismo debido al placer que este les proporciona. Lo anterior se debe a la identificación con unas madres sometidas por sus padres, o padres pasivamente tolerantes, ante lo cual reaccionan y se so- meten a un tirano como amante. La realidad para las mujeres es hostil, por lo que el masoquismo es un componente necesario de su psiquismo: la función reproductiva, aparte de potencialmente producir placer, es una fuente de dolor y de peligro que las mujeres han de soportar. Dos tendencias opuestas, dolor y placer, han de unifi- carse, para lo cual el masoquismo proporciona el mecanismo que hace esto tolerable. De esta mane- ra la sexualidad femenina adquiere un carácter masoquista. El temor al dolor puede derivar del ex- cesivo masoquismo o bien de una intolerancia narcisista del yo. 
 5.2.3. Narcisismo Deutsch defiende que el narcisismo cumple una función defensiva, principalmente en la adolescen- cia, que protege a la chica de los sentimientos de indefensión y debilidad frente al mundo exterior. La pubertad engloba una fase en la que el impulso sexual se dirige a ambos sexos, fase precedida por un periodo de atracción por el mismo sexo. Según la autora, esta relación homosexual de la pu- bertad ofrece a la niña una ventaja narcisista frente a la atracción de los lazos familiares, la regre- sión a la madre y el entorno hostil. En este periodo de la adolescencia la chica pone en el lugar de su yo ideal a otra mujer, de su misma edad o mayor. Con esta elección el amor a sí misma puede ser satisfecho y se alivia la presión del sentimiento de inferioridad que sienten las mujeres. Pero esta es una función que se perpetúa constituyendo un rasgo típico de la feminidad. Deutsch defiende que en la mujer el narcisismo puede cumplir la función de compensación por la carencia anatómica o bien de continuación de la adolescencia como defensa frente al entorno hostil. Pero en definitiva, ambas versiones tienen un fin común, que es la intensificación del sentimiento de seguridad interna por parte del yo. El narcisismo únicamente puede quedar explicado compren- diendo el masoquismo femenino inherente a su condición. El narcisismo es entonces una respuesta frente al masoquismo, que permite conservar el reservorio de energía libidinal del yo. Por esta cuestión económica, según Deutsch, la mujer femenina no ama, sino que se deja amar den- tro de un estilo pasivo-narcisista. El tipo de amor romántico ordinario tiene para las mujeres un sentido masoquista-narcisista: se ex- perimentan deseos profundos y tormentos por este deseo, pero finalmente el compañero ofrece una recompensa narcisista en forma de una gran prueba de amor. La elección del objeto amado tendrá también para la mujer una relación importante con sus lazos afectivos previos. Lo anterior puede verse en el padre idealizado y proyectado en una pareja que necesita de una identificación de la mujer para elevar el concepto de sí mismo. También puede ha- ber una elección determinada por el componente maternal del erotismo femenino o el de la mujer que necesita proyectar en el hombre su propia ambición exigiendo a este logros, sintiéndose ella en inferioridad para obtener estas metas. 5.2.4. Identidad femenina La niña no es un ser masculino en su primera infancia, pero sí existen semejanzas entre ambos se- xos. La agresividad y el instinto de la niña se hallan inhibidos por factores externos e internos y hace referencia al ambiente que limita en mayor medida a la niña que al niño, aunque no de forma total. La niña se identifica con la madre activa y esta identificación hace que la niña elija juegos de mu- ñecas. Este proceso presenta en la mujer un carácter permanente que conocemos como el instinto maternal. Sería, según la autora, una característica que diferencia a la niña del niño, ya que la acti- vidad y los juegos de esta se dirigen al adentro y al mundo interno. La diferencia es tan significativa como la que hay entre construir casas o cuidar de su contenido. Durante la fase fálica la diferencia anatómica de los sexos adquiere una significación para el niño y la niña siente envidia por la no posesión de un pene al igual que el varón. En la fase de latencia, el desarrollo del yo, el sentimiento de envidia es más intenso, mientras que los impulsos sexuales se encuentran en un grado más débil. La prepubertad es la última fase del pe- riodo de latencia y en la niña termina con la menarquia. Es este momento el que marca un aumento de la pasividad en las niñas y una búsqueda de nuevos objetos con los que identificarse, a pesar de hallarse ante la ambivalencia de querer seguir siendo niña y a la vez ser considerada adulta. Deutsch afirma que existe la tendencia a olvidar las primeras identificaciones y la niña se esfuerza en ser distinta del modelo materno, ya que éste representa el lazo más fuerte con el pasado, y en buscar objetos ideales como personajes de ficción, adolescentes mayores que ella, etc. Normalmente, señala la autora, suele darse la elección de una chica de su edad o un poco mayor como sustituto de su yo ideal infantil y suele tratarse de un alter ego que constituye una extensión del propio yo de la chica. La permanencia en la identificación de la niña con la madre da lugar a un estado de «infantilismo psíquico», refiere Deutsch, caracterizado por unas relaciones orientadas a la dependencia y la necesidad de apoyo. Sin embargo, el fin de la adhesión a la madre no se da por completo jamás, ya que en la vida de la mujer se darán diversos fenómenos psicológicos derivados de esos sucesivos intentos de separación de la madre. Ulteriormente, se observarán en la mujer pro- cesos neuróticos como consecuencia de una ofensiva, bien demasiado pasiva o bien demasiado agresiva, en su prepubertad con respecto a la madre. De esta manera, el desarrollo de personalidad de la mujer está invariablemente relacionado con la identificación de la niña con la madre y su ad- hesión o su defensa contra esta. Para la niña la influencia de la madre es inhibida, más que en el caso del niño, puesto que la madre siente que la niña es más débil y puede exponerse a peligros. 
 5.2.5. La mujer femenina Según Deutsch, las mujeres encuentran en la adolescencia una inhibición constitucional en su vida sexual que no tiene equivalente en los hombres y cuya determinación social es secundaria. Esta in- hibición se debe a una sublimación que subordina su sensualidad a la condición amorosa. La subli- mación hace que la satisfacción sexual individual sea más difícil de alcanzar, aunque la experiencia femenina sea más rica y variada. La meta adulta consiste en que la sexualidad pueda ser satisfecha de manera independiente a los deseos eróticos o afectivos. Esta idea de la división entre amor ideal y sexualidad proviene, en la mujer, de las fantasías que sustenta respecto al amor y las relaciones entre sus padres. Se da una desvalorización de la sexualidad al mantener la fantasía de que el padre toma a la madre como objeto sexual, pero es ella, la hija, la que comparte las confidencias, la que es objeto de amor y a quien reserva su mejor parte, que es su yo ideal. La mujer femenina, dice la autora, se identifica fácilmente con el hombre renunciando a la propia expresión de su yo. Se da una hiperestimación de los objetos a través de la cual se inviste el propio yo. Por este motivo se imponen condiciones narcisistas como el ser ardientemente amadas para po- der renunciar a sus tendencias activas. Aunque debido a esas renuncias solicitan mucho apoyo cuando sus actividades se dirigen al exterior, las mujeres son independientes en el desarrollo de su mundo interno. El peligro que conlleva este tipo de mujer es el sometimiento masoquista y la difu- minación de su propia personalidad. Primer tipo: La mujer que es fácilmente conquistada y no se niega ante la proposición sexual. Pero es una entre- ga solo aparente, puesto que existe una valla narcisista que protege un mundo rico de actividad in- terna. Se da una combinación pasivo-masoquista y narcisismo femenino. También es una mujer fá- cilmente abandonada. Corre el peligro de que su muro narcisista sea derribado y sea sometida por el masoquismo (al desconfiar de su propio juicio) y de estar ligada de forma neurótica de un objeto agresivo a otro. Segundo tipo: La mujer difícil de conquistar que defiende su personalidad física y psicológica por miedo a la su- misión masoquista. Únicamente ofrece acceso a su mundo interno cuando ve que no hay amenaza de sumisión para su personalidad. Carece de envidia y de otras formas de agresión y es tolerante. Es una mujer cuya confianza en sí misma le ha creado una posición bien defendida dentro de su femi- nidad, por lo que ha superado la herida narcisista de la envidia de pene. Asume este papel cuando está en condiciones de alcanzar su satisfacción narcisista. Una excesiva demanda narcisista puede empobrecer sus relaciones. Estos dos primeros tipos tienen en común que no expresan gran libertad sexual, puesto que esto se- ría hacer suya una cantidad importante de impulso activo masculino. Tercer tipo: Es un modelo fronterizo entre los que presentan rasgos femeninos intensificados. Tiene tendencia a la fantasía, vida emotiva profunda, tendencia pasiva-erótica hacia los hombres, intensa vida interna, pero también tendencias activas y masoquismo moral que le proveen de mayores sentimientos de culpa. Sustituye al narcisismo reduciendo su deseo de ser amada y su entrega erótica. Cuarto tipo: Subordina sus intereses con respecto a su medio, lo que puede proyectar en el desarrollo profesional de su marido, a quien siempre anima. Esta actitud puede estar reñida con la maternidad real, puesto que los sentimientos maternales pueden utilizarse para los fines propios del erotismo. Esta mujer idealiza al hombre y le devuelve esta ilusión como un espejo. Son mujeres cuya maternidad carece de un componente activo y muchas veces se identifican con un hijo, de tal manera que se niegan a tener más, puesto que no soportan la rivalidad. La maternidad, señala Deutsch, también puede ser una desviación de la energía sexual inhibida a causa de la desilusión que conlleva descubrir la inferioridad del clítoris. 5.2.6. La mujer masculina 
 El complejo de masculinidad de la mujer, que viene dado por el predominio de tendencias activas y agresivas que llevan a la mujer a conflictos con su entorno. El temor a la feminidad, fundamental- mente a las funciones reproductoras, moviliza las tendencias masculinas que ponen a las mujeres en conflicto con su entorno y su mundo interno. Puede asumir un tono depresivo cuando se pone metas para cuyo logro la feminidad, y sus funciones, son un impedimento y le llevan a pensar que es infe- rior. En todo caso, cuando las tendencias masculinas son sublimadas, se hace en conflicto con los valores femeninos. Se da un conflicto entre sus aspiraciones personales y su realidad social, lo que es en realidad un desplazamiento de un conflicto emocional profundo. Deutsch niega a las mujeres cualquier tipo de actividad intelectual y cuando ésta se da es a cambio de una merma en sus cualidades femeninas, como la intuición. El complejo de masculinidad en la mujer es explicado mediante problemas en los procesos de iden- tificación: La niña, en la prepubertad, se encuentra ante la contradicción del deseo de rechazo a la madre y el deseo de unirse a ella a la vez. O bien la niña continúa su identificación con la madre o bien la re- chaza por rivalidad. Uno de los dos componentes de su sexualidad deberá quedar reprimido si es reprimida la parte materna; la paterna se manifestará intensamente por sobrecompensación, lo que da lugar a una forma reactiva de masculinidad. Se puede incluso dar una disociación de ambas ex- presiones, la masculina y la femenina, permaneciendo la parte afectiva como femenina y la inteli- gencia como masculina. Tipo activa-mandona: Es el tipo de mujer derivado de la actividad de cuidado y de la identificación con una madre activa. Son mujeres con un carácter maternal y predispuestas a una maternidad múltiple o a actividades sustitutivas. Su principal actividad no es necesariamente intelectual y sus aspiraciones no rivalizan con el hombre. Son mujeres religiosas y de carácter conservador, que dirigen la familia y represen- tan el principio de la madre. Los maridos e hijos de estas mujeres permanecen pasivos y dependien- tes. Cuando su actividad maternal es inhibida desde fuera, se presenta agresiva, en forma de altera- ciones de carácter contrarias a la maternidad o de estados depresivos. 
 La mujer colega: Deriva de su identificación con el padre, renuncia a su papel femenino y adquiere una sublimación satisfactoria, no dando lugar así a sentimientos de inferioridad por ser mujer. La feminidad en estas mujeres puede adquirir un carácter pasivo y masoquista, pero también puede desarrollarse «dando un rodeo», en palabras de la autora, mediante el cumplimiento de una profesión típicamente feme- nina. Practican la seducción de manera activa, que puede resultar agresiva, siendo esto una huida de la feminidad y de los deseos instintivamente femeninos. La conducta sexual activa es una ilusión de progreso, ya que está contra las leyes biológicas; la conducta activa es en realidad un mecanismo de defensa frente al temor que les produce su pasividad. 
 La mujer intelectual de tipo no femenino: Esta identidad se origina debido a una frustrada feminidad, puesto que no ha podido identificarse con una madre activa. Este tipo de mujer no rivaliza con los hombres, pues es consciente de la limi- tación de su talento; no obstante, sí lo hace con otras mujeres, a las cuales desea superar como prueba de exclusión de su propia feminidad. Son mujeres poco productivas que reproducen proezas masculinas y justifican su escasa creatividad debido a limitaciones de las cuales esperan liberarse. 
 La mujer activo-agresiva: Mujeres con un carácter hipomaníaco que buscan una racionalización de su excesiva actividad, que en realidad se trata de la negación del elemento pasivo-femenino y de su angustia de castración. Cambian de objetivos y de objetos amorosos con mucha facilidad. Suelen ejercer la prostitución. Otro tipo de mujeres que no cambian su objeto amoroso con frecuencia suelen elegir varones pasi- vos 
 5.2.7. Conclusiones Helen Deutsch presenta una postura claramente biologicista al afirmar que las características feme- ninas están determinadas por procesos fisiológicos y biológicos derivados de su naturaleza anató- mica. Para ella el factor cultural tiene un influjo modelador, pero leve, puesto que la biología siem- pre se impone. Considera que el varón ha obtenido provecho de las condiciones biológicas de las mujeres, que trata como inferiores, pero no considera el efecto normativizante que sus clasificacio- nes tienen para la construcción de ese mundo hostil al que se refiere en varios de sus artículos. De- fine una identidad de mujer monolítica, en el fondo, porque a pesar de advertir que no existen tipos puros, cualquier identidad que describe tiene un factor patológico si no está adscrita al masoquismo, el narcisismo y la pasividad que constituyen su, según la autora, biológicamente determinada femi- nidad. (Deutsch, 1944) Afirma que la envidia de pene no tiene un efecto traumático en la niña, sino que en realidad es la comprobación de la inferioridad del tamaño del clítoris frente al pene, lo que hace constatar a la niña una inferioridad anteriormente sospechada. Lo anterior no aclara cuál es esa inferioridad y cómo ha llegado la niña a esa conclusión, si por la imagen que su entorno le devuelve de sí misma o por una fantasía con respecto a su anatomía, pero en definitiva esa inferencia y autopercepción de inferioridad determinarán su desarrollo psíquico posterior. Cuando habla de masoquismo como rasgo propio de la feminidad, la autora distingue éste del ma- soquismo moral. El masoquismo es descrito casi como un símil de tolerancia al dolor o como lo que Dio Bleichmar (apud Levinton, 2000,) describió como pseudomasoquísmo, que se da cuando el displacer es inevitable. Las mujeres han de desarrollar este rasgo para poder hacer tolerable el parto e incluso el acto sexual, que además está moldeado y desarrollado por la sociedad desde que la niña es pequeña. La niña es sobornada con amor para inhibir la agresividad masculina de su carácter, en el cual entran en pugna aspectos activos, agresivos y aspectos inhibidores femeninos. Ofrece al mismo tiempo una explicación circular al admitir el carácter hostil del mundo para las mujeres. Es decir que para la autora el mundo es un lugar difícil para las mujeres debido a su escasa capacidad para la lucha y por esta razón desarrollan una capacidad de tolerancia a este hecho, lo cual les vuel- ve más vulnerables y torna al mundo más hostil. El narcisismo es un rasgo compensatorio, tanto de la inferioridad que las mujeres perciben de su diferencia biológica como del entorno hostil. El narcisismo de las mujeres es entonces un elemento necesario para su ajuste mental frente a una carencia, pero al mismo tiempo impide a las mujeres amar, por lo que entonces se convertirían en seres patológicos por definición. El instinto maternal es definido en la infancia y marca el grado de feminidad y de ajuste, por lo que Deutsch está asimilando el ser mujer con ser madre y definiendo al sujeto mujer en función de su capacidad biológica. La relación con la madre es un lugar de controversia para Deutsch con Freud, ya que la autora sostiene que la mujer no termina nunca de cambiar de objeto y mantiene a la madre como tal durante toda la vida. También es esta una relación inhibitoria para las hijas, puesto que la madre ejercerá esa influencia sobre ellas preocupada por la agresividad del mundo. Ante esta in- fluencia y la adherencia a la madre, la niña se defenderá; es su lucha contra ella, o su sumisión, lo que moldeará su carácter. Es decir que el conflicto individuación-fusión es particularmente intenso en la niña, pero además el entorno y la actitud de la madre marcan un grado menor de individuación en las mujeres. Deutsch afirma que esta lucha por la separación dejará una notable dependencia y demanda infantil en la mujer. Siguiendo a Dio Bleichmar (1981), el éxito del conflicto separación- individuación no favorecería la adquisición de la feminidad sino al contrario. Resulta paradójico que el desarrollo de la feminidad convencional, la aquí descrita por Deutsch, vaya en contra de uno de los criterios de salud mental como es la individuación. El mundo del padre sería el tercero en la escena, con su atractivo monto de actividad y como representante de la realidad; en él la niña acce- de a la actividad, pero inhibe su agresividad ante la recompensa de amor y la presión exterior. Deu- tsch presenta a la mujer femenina como el modelo deseable en cuanto a que es la mujer que com- pleta con éxito su desarrollo y no huye de los rasgos caracterológicos de la feminidad: narcisismo, masoquismo, pasividad. Las características asociadas a la mujer femenina son la tolerancia, la com- prensión, la fantasía y un ser para el otro, la autora propone tales rasgos como paradigma de ajuste psicológico. Explica también la división amor ideal-sexualidad de las mujeres como un desplaza- miento que la niña tiene de la fantasía de ser un yo ideal para su padre, quien toma a la madre como objeto sexual. Sin embargo, no explica por qué el varón con el mismo tabú no lleva a cabo esta di- visión; sobre esto se limita a la conceptualización de la sexualidad como una función de la actividad masculina y, por tanto, no esperable en la mujer femenina, que ha inhibido su agresividad y ha he- cho el giro a la pasividad. Las tendencias activas del yo, no de la pulsión, llevan a la mujer a un conflicto con su entorno, el cual actúa como inhibidor. A pesar de que Deutsch considera el entorno hostil para las mujeres, asume la lucha contra dicha hostilidad como patológica, pues implica una activación contraria a la determinación fisiológica de su anatomía. Entonces el conflicto de las aspiraciones personales con la realidad cultural son el desplazamiento de un conflicto profundo, entre tendencias masculinas y femeninas, que ocurre en el mundo interno de las mujeres. No obstante, no contempla la posibilidad de que el conflicto externo permeé en el mundo interno, puesto que los condicionantes biológicos son para ella inmutables. Otra autora coetánea, Joan Riviere (1929), conceptualiza también sobre la masculinidad en la mujer en su texto La feminidad como máscara. Para ella, las mujeres con actitudes masculinas se colocan una máscara de feminidad defensiva, que Lacan considera una identificación latente con el falo, lo que les impide encontrar la satisfacción sustitutiva de la maternidad. Riviere estaría de acuerdo con Helen Deutsch cuando afirma que la feminidad heterosexual estaría basada en la fase oral de suc- ción, donde la única gratificación de orden primario que se obtiene sería la de recibir. Asimismo, defiende que la capacidad de sacrificio y abnegación femenina provienen de un intento de reparar y restituir a las figuras paternas, lo que les ha sido robado, por los deseos sádicos de castración. Sin embargo, esta autora contempla la dimensión social al afirmar que la transgresión de los ordena- mientos sociales femeninos produce tal angustia en las mujeres, que es cuando aparece la máscara como forma de defensa de los ataques por parte de los varones. En resumen, Deutsch define una mujer biológicamente determinada, algo que autores posteriores, como Money (1972), contradijeron con sus experiencias clínicas, que si bien es modelada parcial- mente por la experiencia personal y relacional en su desarrollo, apenas es permeable a la cultura porque su anatomía determina toda su construcción psicológica. Podemos estar de acuerdo con as- pectos definidos como el grado de masoquismo, la pasividad e inhibición por la presión que la cul- tura ejerce sobre el sujeto. También podemos estarlo respecto a algunas conductas que las mujeres interiorizan como respuesta a las distintas experiencias y al entorno social, aunque no determinadas biológicamente y por igual en todas ellas. Pero Deutsch ofrece una perspectiva de callejón sin salida en su definición de la feminidad: La mujer femenina, la cual presenta como paradigma, es un mode- lo con unas características asociadas de dependencia, comprensión y generosidad que ya han sido ampliamente descritas como indicadores de vulnerabilidad por parte de autoras como Burín (1992) o Barberá (1996). Sin embargo, la otra alternativa que propone, la de la mujer masculina, se presen- ta como una solución más patológica por ser una puerta de huida ante la intolerancia a las caracte- rísticas de su sexo. Ante esto nos preguntamos qué salida deja a las mujeres. La obra de Deutsch entonces no deja otra alternativa que la resignación para las mujeres: el mundo es hostil y así debe ser y soportarse. Si bien es cierto que Freud hablaba de masculinidad y feminidad, presentes en to- dos los sujetos, o del fin pasivo de la pulsión, Deutsch desliza los conceptos de feminidad-masculi- nidad hacia tipos concretos, con lo que caracteriza rasgos como masculinos y femeninos y los fun- damenta en funciones biológicas que convierte en rasgos psicológicos. 5.3. Karen Horney Karen Horney constituye la crítica culturalista a la obra freudiana, marcada por la influencia de los estudios antropológicos y sociológicos. Vivió siempre en continua disputa con el psicoanálisis y entre otras fue legendaria su polémica de más de una década con Freud y Deutsch, pero no fue la única. Llegó a fundar su propia escuela, la Asociación para el Progreso del Psicoanálisis en 1941, en Estados Unidos. Sin embargo, en un primer momento intenta combatir argumentos biologicistas freudianos con otros igualmente esencialistas sobre la «atracción natural» entre los sexos. En la po- lémica que Horney mantuvo con Adorno, este mantenía que el revisionismo cultural de ella no era una crítica al psicoanálisis, sino otro modelo interpretativo. (Vegetti- Finzi, 2002) Según Horney, la doctrina freudiana tiene un sesgo androcéntrico que ha hecho que todas las expli- caciones sobre el desarrollo vengan determinadas por el género de su autor: «El psicoanálisis es la creación de un genio masculino (…) Es lógico y razonable que les fuera más fácil elaborar una psicología masculina» (1982, p. 57) (original 1926) Según esta perspectiva androcéntrica, la posición objetiva se le ha venido atribuyendo al hombre, lo que en realidad hace de la teorización sobre la psicología femenina un depósito de los deseos mas- culinos. La objetividad del análisis entonces se pone en cuestión cuando no se ha aislado la variable del androcentrismo y esto nos alerta sobre la posibilidad de la existencia de un sesgo de género que normativice la conceptualización del desarrollo femenino. Según Juliet Mitchell en Psicoanálisis y Feminismo (1976), Horney pone de manifiesto su hipótesis de que "las teorías psicoanalíticas de la feminidad son fantasías masculinas” (Horney, apud Mitchell, 1976), con referencia a la posición filosófica de George Simmel, quien sostenía que «toda nuestra civilización es masculina» (Horney, 1982, p. 141) No es una racionalización de la envidia de pene lo que hace que las mujeres tengan una sensación de desventaja social, sino la realidad misma. Existe por este androcentrismo un sesgo en la concep- tualización que obvia lo que denomina envidia del embarazo masculina, lo que hace de la escasa presencia de teorización al respecto un síntoma del desprecio de los varones hacia el embarazo como consecuencia de dicha envidia. Karen Horney desarrolla su teoría sobre el complejo de castración de la mujer como crítica a la teo- ría freudiana y partiendo de ella, porque afirma que tomar como axiomática la formulación de que las mujeres se encuentran insatisfechas con su anatomía le resulta insuficiente. A partir de aquí desarrollará nuevos conceptos. 5.3.1. Envidia de pene Horney refiere que la envidia de pene se manifiesta de manera directa mediante el deseo de orinar como un varón. Ésta se da en primer término por la sobreestimación narcisista que niños y niñas tienen hacia los procesos excretores y a su asociación con fantasías de omnipotencia de carácter sá- dico, principalmente. Dicha fantasía, asociada a la micción masculina, se configura sobre todo por la potencialidad de observarse y manipular los genitales que el niño tiene al orinar. La niña, en cambio, al miccionar no puede descubrir su sexo igual que el niño, por lo que esta se siente injus- tamente tratada al sentir que ha sido sometida a restricciones que no le han permitido obtener satis- facciones importantes para su vida pregenital. La envidia de pene condiciona las formas en las que el complejo de castración se manifiesta en las mujeres, pero dicha envidia no excluye el apego a la figura paterna, sino que es cuando la niña des- cubre «la infidelidad» del padre. Es entonces cuando abandona este apego y desemboca en repulsa por el rol femenino y en la reactivación de la envidia de pene. Esta reactivación lleva consigo una identificación con el padre en sustitución de su deseo por él. Esta identificación implica la constata- ción de la diferencia anatómica y de la ausencia de pene, siendo entonces el origen del complejo de castración. La feminidad herida da origen al complejo de castración, el cual surge mediante la fantasía de haber mantenido relaciones con el padre, y lesiona la feminidad. El clítoris tiene el mismo valor que el pene en el psicoanálisis. La mujer huye de la feminidad y desea ser hombre para escapar del deseo por el padre, que le produce culpa y ansiedad. Al querer ser varón y descubrir que no tiene pene termina sintiéndose inferior, pero este sentimiento es más llevadero para el yo que el sentimiento de culpa que le produce el deseo por el padre. Es en este momento en el que la niña está en el rol masculino ficticio; la ansiedad genital se traduce en angus- tia de castración bajo la sombra del antiguo sentimiento de culpa, lo que genera deseo del pene como prueba de inocencia. Horney defiende que existe un factor social cuando se observa que la huida al rol masculino se ve reforzada por la desventaja real de las mujeres en la sociedad. Además, la niña se vive, desde que nace, sometida a la insinuación de su inferioridad, por lo que es lógica su huida del rol femenino. Es la subordinación social, señala Horney, la que ha hecho que las mujeres no encuentren terreno so- cial para poder sublimar la culpa, por lo que se ve reforzado su sentimiento de inferioridad. El sen- timiento de inferioridad y la constatación de la desventaja real del papel femenino en la sociedad es lo que hace, para Horney, que las mujeres se refugien en el amor, con lo que logran negar la derrota de la inferioridad. La diferencia de roles de hombres y mujeres es un factor diferencial y determinante, además de la diferencia anatómica a tener en cuenta. Sosteniendo la teoría de la diferencia anatómica, las mujeres solamente estarían en desventaja en la etapa pregenital, sin embargo, no habría una desventaja para el coito y sí una superioridad fisiológica para la reproducción. Horney desliga la maternidad de la castración al negar la ecuación simbólica hijo-pene y afirmando que existe un deseo primario en las mujeres para la maternidad. La pregunta que Horney se hace es entonces de dónde viene el despre- cio de los hombres a las mujeres si no está sustentado en una condición biológica inferior y amena- zante. En cuanto a las aspiraciones femeninas y sus motivaciones, lo que podríamos considerar contenido del ideal del yo, estas están en amplia medida determinadas también por el deseo de los hombres, que queda reflejado en el deseo femenino. 5.3.2. Masturbación: Según Horney la niña no acude a la masturbación clitoriana por no tener conocimiento de la vagina, sino porque teme dañarse internamente con la acción, y porque todo lo referente a la misma le pro- duce ansiedad: • Por la diferencia de tamaño entre genitales de la niña y la visión de los de su padre. • Por las fantasías generadas por la menstruación de las mujeres adultas. • Por las fantasías de destrucción que generan los intentos de masturbación. Estos motivos conllevan a la represión y posterior negación de la existencia de la vagina. 5.3.3. Masoquismo Para la autora el masoquismo femenino no obedece a factores esencialistas ni genéticos, dado que no hay una predisposición biológica para ello. El masoquismo tiene un factor sociocultural presente en toda cultura que normativiza la sexualidad y la maternidad, hecho que otorga una valoración so- cial a las mujeres. Encierra a las mujeres en áreas circunscritas al hogar y la familia y les hace de- pendientes de la economía y afectos masculinos. Estas condiciones culturales generan ideologías que naturalizan la condición femenina presentando este papel de subordinación social como ideal de realización. Sin embargo, también hay condicionantes anatómicos y somáticos que posibilitan que las mujeres acepten este rol masoquista: • La mayor fuerza física de los hombres. • La posibilidad real de violación, que puede generar fantasías en las mujeres. • Menstruación, desvirgación y parto, que canalizan deseos masoquistas. • Diferencias biológicas en la sexualidad que hacen que el rol femenino de receptividad se preste a ser interpretado como masoquismo. 
 5.3.4. Conclusiones Karen Horney introduce nuevos elementos para el debate en la teoría psicoanalítica: la influencia social, el androcentrismo, los roles sexuales y la ideología. Advierte sobre la posibilidad de un ses- go de género al no aislarse la variable androcéntrica en el análisis y su crítica se dirige a Freud cuando afirma que el análisis, en cuanto a lo que la feminidad se refiere, se ha conceptualizado a imagen de su creador. La propuesta de Horney sería la de crear una teoría del desarrollo de la femi- nidad no como contraposición a la teoría general, masculina y del desarrollo, sino una propiamente de las mujeres. Tubert (2000) encuentra esta posibilidad remota, porque sería negar la diferencia sexual y recurrir a un esencialismo. Podemos estar de acuerdo en esto, pero nos preguntamos si al describir la masculinidad se plantea en términos de contraste o bien como modelo único per se. Lo que parece que Horney propone es tomar el hecho diferencial biológico femenino, la capacidad re- productiva al menos simbólica, como resorte a partir del cual comenzar una psicología diferencial femenina. En este sentido incurriría en un biologicismo que ella misma rechaza. Horney no resuelve la pregunta sobre qué quiere una mujer o cuál es su ideal, porque a pesar de la crítica al androcen- trismo, sostiene que los deseos de las mujeres se hallan subordinados a los deseos de los hombres. Se pregunta si también el psicoanálisis se ha confeccionado a partir de un modo de pensar mascu- lino. Al introducir el factor social, Horney correlaciona la diferencia anatómica con la desigualdad social. Invierte los términos al afirmar que la percepción de desigualdad no corresponde a una racionaliza- ción de su sentimiento de inferioridad, sino que desde pequeña la niña ha sido alimentada con una imagen devaluada de su sexo. Este hecho se corresponde con una desigualdad real que le impulsa a huir de la feminidad, no como patología sino como adaptación. Al conceptualizar la envidia de pene de la niña como angustia de castración al descubrir que no tie- ne pene (cuando se identifica con el padre de manera defensiva frente al deseo culpabilizador), Horney asemeja la orientación del deseo sexual a feminidad, confundiendo dos conceptos que son independientes. Al mismo tiempo, supone la heterosexualidad en las mujeres como un elemento in- nato y no construido por las vicisitudes del desarrollo, por lo que aun a pesar de su crítica culturalis- ta, la autora incurriría en un esencialismo que no nos serviría para explicarnos este aspecto. Supone además una superioridad biológica no considerada previamente por el psicoanálisis, debido al an- drocentrismo, que es la capacidad reproductora de las mujeres y que despierta la envidia masculina, lo que se refleja en la representación de la maternidad como desventaja. Al igual que Deutsch, Hor- ney habla de lo que es la maternidad para una mujer adulta, pero no de lo que la madre supone en el psiquismo de la hija preedípica. En conclusión, Horney introduce factores como el androcentrismo o la desventaja social, que cues- tionan la construcción del discurso psicoanalítico de desarrollo femenino. La desventaja y devalua- ción social del sexo femenino complementan la teoría de la diferencia sexual anatómica. Lo anterior sucede al añadir la dimensión social que da sentido a una diferencia que no constituye una de- sigualdad, más que por la inscripción en un orden simbólico patriarcal que ha jerarquizado la dife- rencia. Los cuestionamientos de Horney acerca del hecho biológico y su lectura psicosocial ponen en escena una dimensión que, hasta el momento, otros analistas no habían considerado en la cues- tión femenina. A pesar de comenzar su estudio con un propósito de alejamiento del falocentrismo para intentar di- rimir qué hay de la cuestión femenina, finalmente recurre a elementos y hechos biológicos para de- signar la diferencia y alude a una lectura social de ésta que queda sin explorar. En cualquier caso, la obra de Horney, siendo imperfecta, supone un salto cualitativo con respecto a otras autoras al añadir variables sociales que sitúan el discurso. 5.4. Melanie Klein Melanie Klein fue una de las psicoanalistas más conocidas y respetadas del S. XX. Mantuvo una polémica bastante encendida con Anna Freud y aunque es seguidora de la teoría freudiana, en mu- chos aspectos difiere en muchos otros, lo que da lugar a un modelo teórico propio. Melanie Klein inaugura lo que se dio en llamar la Escuela Inglesa de Psicoanálisis, misma que ha contado con re- presentantes fundamentales en las nuevas formulaciones psicoanalíticas como el pediatra Donald Winnicott. 5.4.1. El Edipo El complejo de Edipo comienza a desarrollarse sobre el primer año de manera similar en ambos se- xos, partiendo de la relación con el pecho materno. En concreto, en ambos, por la frustración debida a la demanda ilimitada. Dicha frustración permite a la niña dirigir su atención hacia otros objetos; concretamente hacia el pene del padre, que es tomado, junto con el pecho, como objeto primario de los deseos orales. El pene se convierte en un objeto ideal sobre el cual recaen nuevas exigencias y demandas aumentadas. Klein difiere de Freud al no considerar las tendencias edípicas como conse- cuencia del complejo de castración, ya que al contrario de él atribuye la castración a componentes instintivos femeninos. Los imagos del pecho materno y del pene paterno se integran en su yo constituyendo el núcleo del superyó. La relación con las imágenes internas se entremezcla con la relación ambivalente del niño con sus progenitores en el mundo externo. Los deseos genitales tempranos van dirigidos a la madre y al padre y ambos sexos tienen un cono- cimiento inconsciente de la existencia tanto del pene como de la vagina, algo que se ha constatado por la masturbación vaginal real en la primera infancia, así como por las diversas teorías sexuales infantiles. Según Klein, son los deseos genitales por el pene del padre por parte de la niña, unidos a los deseos orales, los que forman la raíz del complejo de Edipo positivo de ella, así como del com- plejo de Edipo invertido del varón. Estos deseos del pene vienen determinados por la naturaleza re- ceptiva de los genitales de la niña, es decir, existe un componente anatómico para el deseo edípico. La niña convierte al pene paterno en objeto fuertemente idealizado por ser el objeto que otorga los bebés y que está equiparado con estos. Si la niña mantiene una posición femenina, adoptará una actitud humilde y sumisa frente al pene y al sexo masculino, pero también de resentimiento por negarle lo que deseaba; si la actitud es mascu- lina, despierta la envidia de pene. Klein alude a las formaciones reactivas contra la propia omnipo- tencia sádica que le permiten la sublimación en características opuestas, como son la capacidad de dedicación al otro y la predisposición a la tarea. La niña no se compara con el padre portador del pene, sino con la madre dotada de un poder mágico (esta cuenta con un pecho del cual procede todo lo bueno) y con el pene del padre y los bebés. Esta comparación despierta en la niña sentimientos agresivos y deseos de robarle a la madre el pene y los bebés. Estimula también sentimientos persecutorios y de ansiedad por temor a que su interior halla sido robado por una madre vengativa, es decir, despierta la rivalidad edípica y la ansiedad corres- pondiente predominante en esta etapa, que es la del temor a la destrucción de su interior y de sus objetos internos. He aquí la pasividad femenina representada en el deseo no ya de poseer pene, siendo este deseo se- cundario, sino de tomar el lugar de la madre con relación al padre y recibir niños de él. El deseo del hijo se desarrolla sobre el narcisismo o bien sobre la equiparación con el pene paterno. 
 5.4.2. En cuanto a la formación del superyó en la niña El superyó comienza su formación en la fase oral, en ambos sexos, mediante la internalización de las imágenes reales e imaginadas de los padres por parte del niño y la niña, así como de todos los factores que cumplen un papel en sus relaciones de objeto, lo que hace del pecho materno la base del superyó. Debido a la naturaleza receptiva de su constitución y a la importancia que para ella tie- ne el mundo interno, la niña se ve impulsada a llenarlo con objetos buenos, intensificando los pro- cesos introyectivos. Desde la posición masculina se identifica con un padre en la posesión de un pene imaginario, imitando sus aspiraciones y sublimaciones masculinas; mezclando esta identifica- ción con actitudes femeninas, piensa que ha interiorizado un pene glorificado y constituye el núcleo del superyó paterno. Desde la posición femenina interioriza el pene paterno, desde su deseo sexual y anhelo de bebés. Klein afirma que el superyó femenino es más amplio y poderoso que el mascu- lino debido a que en éste las tendencias edípicas están dominadas por impulsos orales. La identifi- cación con la madre es más compleja debido a la configuración de los genitales y la dificultad de comprobación. El objeto de mayor ansiedad es la madre perseguidora, pero al internalizar una madre buena equili- bra el temor persecutorio, lo que genera además una actitud de carácter maternal hacia el padre bueno internalizado. La mujer se encuentra más ligada a la madre que el varón y durante más tiem- po. Como hemos mencionado es el miedo a la madre lo que le ayuda a abandonar una posición fe- menina, más que las tendencias masculinas. 5.4.3. Conclusiones En primer lugar, Klein critica, al igual que las otras autoras, que el psicoanálisis se halla centrado en el desarrollo del varón. Construye una teoría alternativa a la de la angustia de castración masculina, pero fuertemente ligada a aspectos biológicos. Freud planteaba el deseo de poseer el pene como re- paración de la herida narcisista que supone a la niña el descubrirse en desventaja al no poseer uno. Para Klein la posesión del pene es un deseo objetal y la envidia de pene surge posteriormente. Se- gún Tubert (2000), Klein asume en este postulado una heterosexualidad natural inherente a la femi- nidad. La posición femenina viene de nuevo definida por las cualidades de humildad, sumisión y dedicación al otro, sin más sustento que la interpretación que Klein hace de la posición adoptada por el deseo edípico de la niña por el padre, que en última instancia viene determinado por las ca- racterísticas genitales de la misma. Podríamos decir entonces que la feminidad viene asociada a una serie de características que al ser determinadas por la anatomía no pueden encontrarse en los varo- nes. En dicho caso no hablaríamos aquí de masculinidad y feminidad como elementos del sujeto, independientemente de su sexo, porque trataríamos con rasgos asociados a la feminidad codificados dentro de una ideología concreta. La concepción de un superyó femenino más potente que el masculino es otro punto en el que la au- tora difiere de Freud, pero no por ello concede superioridad moral, sino que en el fondo asemeja a la mujer con el niño en cuanto a que es más dependiente de su superyó. 5.5. Francoiçe Dolto Dolto fue una psicoanalista francesa de mediados y finales del S. XX, formada en medicina y en- fermería, que se acercó a los postulados de Lacan. Fue considerada una de las mayores autoridades del psicoanálisis francés, a pesar de destacar siempre por su «atipicidad». En su obra, centrada fundamentalmente en la infancia, destaca la importancia del lenguaje en el ser humano, explorando y perfeccionando una técnica basada en la expresión de «lo no dicho». Aborda la diferencia sexual en distintos títulos como Sexualidad femenina (1982), Libido femenina (1987) y Lo Femenino (1998). Además de teórica, Dolto fue clínica y atendió un consultorio radiofónico, por lo que tiene un estilo casi pedagógico en sus formulaciones. 5.5.1. Las mujeres Para Dolto las mujeres representan el deseo pasivo. La ausencia de angustia de castración hace que las niñas sean menos temerosas y más arriesgadas que el varón, lo cual facilita un carácter más so- ciable. Para el hombre la mujer es el falo, pues hace que éste se ponga en erección, pero para la mujer el falo es el bebé. El falo aparece en la conjugación del hombre y la mujer que han sabido renunciar a sus identificaciones primarias. Eva y Adán, metáfora de lo activo y pasivo en todo ser humano. La mujer es mucho más tranquila que el hombre porque su sexo es interior. 
 5.5.2. La diferencia sexual El descubrimiento de la diferencia para Dolto se da por la dialéctica fálica. El niño descubre la dife- rencia sexual cuando la madre ya no le toca y entonces se pregunta qué ha hecho mal y si ha prefe- rido al hermano. Es decir, la diferencia sexual se infiere en el momento en el que se perciben el ero- tismo del contacto y los distintos significados del significante. La diferencia sexual está ligada a la posibilidad de la discriminación de las formas. La niña quiere ser como las otras mujeres, le gusta saber que algún día ella también será así, siente envidia del pecho de la madre y no envidia de pene. No obstante, esta se desplaza al pene al percibir que los hombres son principalmente los que en nuestra cultura ostentan derechos sociales. No existe una tensión sexual que convierta a la madre en objeto de deseo para la hija, por lo que hay menor regresión hacia la madre. El deseo le hace alejarse de su madre para fijarse en el padre. La castra- ción habla de la prohibición del padre. El niño, en cambio, siente mayor angustia de castración, pues ha estado identificado con la madre, quien es un sujeto castrado. Ahora debe cambiar de objeto y al identificarse con la madre, lo hace con alguien que él imagina mutilada. Sin embargo, hay va- rones neuróticos que no consiguen renunciar a esa identificación por el miedo a la castración mater- na y continúan imaginando a la madre fálica. La novedad que introduce Dolto está en la madre fáli- ca, que lo es por sus pechos, sin los cuales el padre no podría amarla. La angustia de violación es al desarrollo edípico de la niña lo que la angustia de castración al niño: la angustia llega al darse cuenta de la descompensación en el volumen de los cuerpos de ella y el varón adulto y es el resultado de la imaginación de realización inmediata del deseo. La angustia de violación desaparece cuando la niña renuncia conscientemente al padre. La niña sigue una evolu- ción en su sexualidad: Al principio el padre y la madre son uno para la niña. Para el padre la niña es un cualificador de la madre y para la madre, del padre. Quince meses: Agresión sobre objetos pequeños y hurtos como intento de recuperar lo que le han robado. El pezón en la madre y los excrementos. Todo objeto hueco es la niña. Dieciocho meses: Dualidad con la madre y unicidad con el padre. Tres años: La niña antes de los tres años pone en escena juegos sexuales con naturalidad. A esta edad comienza el proceso edípico. La niña busca qué es lo permitido, hacer o imaginar, según la reacción de la madre, el padre y otras personas valoradas por el padre y la madre. La niña es consciente de su sexo hueco. Los juegos ex- perimentales socializados bajo juegos de «papás y mamás» o «juegos de médicos» entre niños son frecuentes y es ésta la razón por la que se evita el contacto corporal con el adulto «de esta noción intuitiva, no reflexiva, es de donde se derivan sus sueños de evitación del cuerpo a cuerpo con los adultos» (Dolto 1994) La niña y el niño, de esta edad y en adelante, ocultan la mirada al adulto por prudencia, ya que el adulto por su peso y estatura es una persona fálica. El adulto del otro sexo es turbador, por ser demasiado tentador. La niña quiere la atención de una persona de género mascu- lino, pero en general la distancia se da más por la diferencia en el desarrollo corporal entre adultos y niños que por el sexo del sujeto. Es el momento de las teorías explicativas sobre la sexualidad y se hacen preguntas sobre la sexuali- dad sensorial y afectiva; la configuración de una sexualidad sana dependerá de si la respuesta es culpabilizante o explicativa. La niña verbaliza la rivalidad con la madre advirtiendo «me casaré con papá». Relativizar sus verbalizaciones en lugar de prohibirlas le permite sublimar sus afectos a ima- gen de las mujeres poderosas de su entorno y continuar su evolución edípica. Las fantasías de riva- lidad, deseo del padre e identificación son estructurantes del yo femenino como promesas de reali- zación y autonomía. Lo que la madre permita verbalizar se convertirá en el conjunto de los fantas- mas corporales edípicos. Seis años: La angustia de violación se manifiesta por la propia corporeidad. Es la renuncia sexual consciente de la hija al padre la que apacigua tal sentimiento. Siete a nueve años: Entre los 7 y los 9 años experimenta rivalidad con su madre. Puede haber un residuo edípico compatible con sublimaciones femeninas. También una dependen- cia homosexual imitadora de su madre y de otras mujeres que su padre valora. Esta tensión edípica de rivalidad sexual y el residuo de dependencia homosexual generan tensiones entre madre e hija, sobre todo cuando está el padre. Adolescencia: Esta fase edípica se resuelve una vez llegada la menstruación. La confianza y cierta permisividad de los padres permite a la joven estructurarse emocionalmente conservando su narcisismo y ello favo- rece la adaptación frente a sentimientos depresivos de inadecuación y frente a la angustia de viola- ción que camufla el deseo sexual. Cuanto más rico haya sido el periodo preedípico, mejor es la adaptación a la condición genital de mujer de la niña. Muchas adolescentes manifiestan deseo re- primido que no recibió ayuda para ser expresado, por parte de los adultos, en forma de regresión sintomática cuando tienen la regla. El desarrollo sexual de la mujer depende mucho de su primer coito y de la actitud de su compañero sexual. Una mujer en sentido pleno es aquella que tiene orgasmos vaginales y útero-anexiales y lle- gar a alcanzar este estadio depende de ese primer coito, donde se pone más en juego para la mujer que para el hombre. Si el primer coito no ha sido satisfactorio, la mujer ha podido sentirse violada y generar una herida narcisista en ella. La frigidez estaría originada por una falta de valoración por parte de la otra persona en el encuentro sexual y un fracaso orgásmico sistemático, siempre que sea una mujer edípica. Hay frigideces que pueden ser bien soportadas por mujeres casadas con una pareja de alto nivel social, o por mujeres consciente o inconscientemente homosexuales. Existen otros grupos de mujeres frígidas: las histéri- cas y las depresivas. Por último, está el grupo de las frígidas psicosomáticas, cuyo cuerpo mismo es su sustituto del pene, el lugar de cuidados erotizados. Estas mujeres son quienes a veces esclavizan a la hija con los cuidados para sí misma, como en una regresión edípica. Es muy frecuente el incesto entre hermanos, ya que no se ha especificado una ley contra éste como sí la hay para el de padres a hijas; en ese caso la niña sufre una merma en la capacidad de simboli- zación. Es muy común que la niña mayor se ocupe de sus hermanos más pequeños, algo perjudicial para su propio desarrollo porque la retrotrae a una etapa de rivalidad y deseo incestuoso. 5.5.3. Conclusiones Dolto también ofrece una teorización en la que la anatomía femenina tiene mucho protagonismo. Como otras autoras, considera que las características de la genitalidad influyen sobre el carácter pa- sivo de la feminidad. Para Dolto, la identificación de la niña con la madre es fundamental y completamente estructurante. La niña encuentra modelos empoderantes en una madre que percibe como fálica por su pecho y en otras mujeres y no existe envidia de pene hasta que se da cuenta de la situación privilegiada de quien ostenta el pene como falo. La gran aportación de Dolto está en hablar de la sexualidad de la niña y en el Edipo diferenciado. Para esta autora la niña es un ser sexual cuyo equivalente a la angustia de castración sería la angus- tia de violación invirtiendo el deseo por el padre. La formulación de Dolto, aun desde la heteronormatividad, reconoce una feminidad mucho más ac- tiva y sujeto de deseo. Reconoce también una identificación empoderante de la niña con la madre y con las mujeres de su entorno, que si bien se daña con la herida narcisista que supone saber a su gé- nero en desventaja social, ello le permite posicionarse desde un lugar más fuerte, más presente y menos frágil para la creación de una subjetividad femenina. 5.7 Joan Riviere. La feminidad como máscara El texto de Joan Riviere “La feminidad como máscara”(1929) es un artículo clásico basado en su experiencia clínica, que defiende que la feminidad es una máscara defensiva para muchas mujeres competentes que, en sus palabras, muestran fuertes rasgos masculinos. Partiendo del texto del psi- coanalista Ferenczi, sobre el mecanismo de defensa de formación reactiva que esconde la homose- xualidad exagerando la heterosexualidad en hombres (“El lenguaje obsceno y la homosexualidad”, 1916), Riviere señala que las mujeres toman la máscara de la feminidad para escapar de la angustia de la represalia de los hombres. Algunas de sus pacientes, mujeres con un buen desempeño intelec- tual en un mundo masculino, mostraban una cierta necesidad de afirmación por parte de los varo- nes. Según la autora, esta necesidad de aprobación no era sino un mecanismo de defensa que les hace parecer inseguras y humildes para no desatar la venganza masculina. Estas mujeres mostraban intensa rivalidad edípica, tanto con su madre como con su padre, que nunca había sido resuelta. Ha- bla de la “inversión compulsiva”: una intensa rivalidad con los varones por parte de las mujeres que hace que éstas desplieguen su actividad intelectual y al mismo tiempo se entregue a ellos en su fan- tasía como movimiento defensivo para evitar la temida represalia. La autora menciona en varias ocasiones como en el caso de una de sus pacientes analizadas, el mecanismo de defensa frente a las agresiones fantaseadas es la seducción y la infantilización. Sin embargo, la autora defiende que no existe una línea divisoria entre feminidad genuina y máscara. Para Riviere, las tendencias homo u heterosexuales son el resultado de una interacción de conflictos y no necesariamente un rasgo esencial. Su texto, deudor de Ernest Jones y Helene Deutsch, confunde continuamente la identidad y la posi- ción sexual con la orientación. Es un texto casi centenario, por lo que esta confusión es lógica. Sin embargo, deja entrever lo que ha continuado vigente hasta nuestros días, una obsesión dentro de las disciplinas que se ocupan de la mente por poner a cada cual en su sitio en materia de género. Es de- cir, se alecciona a las mujeres que tienen comportamientos o se desarrollan fuera de lo estrictamente esperado para su género. Las mujeres que en la esfera privada son consideradas masculinas, la in- cursión en el terreno de otro género, la mezcla o la indefinición, es algo que debe ser digno de estu- dio o incluso de patologización. Frente a una transgresión de los atributos de la feminidad, las muje- res temen ser agredidas o represaliadas por parte de los varones, no siendo propios de su género el desarrollo intelectual o la solvencia práctica de problemas, y deben retroceder posiciones para pare- cer desvalidas y no desatar la venganza masculina. Tal vez hubiera sido más interesante que la lec- tura de este patrón hubiera sido contextualizada y puesto el acento no en la defensa de las mujeres sino en su temor o en la necesidad de venganza de los varones. Esto hubiese ayudado a entender la formación de la subjetividad de cada género en clave de relaciones de poder y contribuir a su de- construcción. 5.7. Lacan Lacan es uno de los autores más importante del psicoanálisis, que ha supuesto una enorme influen- cia para algunas pensadoras feministas y una corriente propia dentro del psicoanálisis. En su obra revisa los textos freudianos aportando, además, elementos del estructuralismo, la lingüística o la filosofía. Lacan se aleja de posturas biologicistas y a lo largo de su compleja obra desarrollada en 27 Seminarios y numerosos escritos formula conceptos, a menudo intrincados, sobre la estructura- ción del inconsciente, la concecptualización del yo, la diferencia sexual o una revisión del complejo de Edipo. 5.7.1. Formación ideal del yo El ideal del yo en Lacan se adquiere por identificación en la resolución del complejo de Edipo; es, por tanto, una instancia condicionada a la adquisición del estatus de sujeto de deseo por parte del niño una vez que ha concluido que es el padre el supuesto depositario del falo. Para llegar a esta formulación revisaremos el proceso mediante el cual el niño concluye esta identificación. El complejo de Edipo es contemporáneo al estadio del espejo. Lacan se refiere a este proceso como una estructura en la que cada lugar puede ser ocupado por distintos personajes. • Estadio del espejo Lacan introduce el Estadio del Espejo en 1936 en el Congreso de Marienband con el fin de concep- tualizar la constitución del Yo, y lo plasma en un escrito en el año 1949. Mediante este término La- can revisita el narcisismo freudiano y lo conceptualiza como una identificación. Entre los 6 y los 18 meses el niño realiza la conquista de la imagen de su propio cuerpo, se abando- na la imagen fragmentada y angustiante del cuerpo y se cambia por una unitaria del cuerpo propio. A pesar de no tener aún control sobre su propio cuerpo, es capaz de reconocer su imagen unificada en el espejo. Primer momento Existe una confusión entre uno mismo y el otro. Hay una relación del niño con el registro imagina- rio . 2 Segundo momento El niño descubre que el otro del objeto es una imagen y sabe distinguir la imagen del otro de la realidad del otro. Tercer momento Adquiere la convicción de que esa imagen es la suya y tras este reconocimiento reúne la dispersión del cuerpo fragmentado en un cuerpo unificado. Es una imagen estructurante que ayuda al niño a efectuar la identificación primordial. • Complejo de Edipo 
 Lacan formula los tres tiempos del Edipo en el Capítulo X del Seminario 5. Seminario sobre las Formaciones del Inconsciente, dictado entre los años 1957-1958, donde Lacan formula una teoría de la subjetividad. Lacan desarrolla el complejo de Edipo como una estructura en la que cada sujeto se define en relación a un lugar y al otro y lo divide en tres momentos. Primer momento Al finalizar la fase del espejo, el niño sigue manteniendo una relación simbiótica con la madre. Se encuentra identificado con lo que él supone, es el objeto de deseo de la madre: el falo. El niño se hace deseo del deseo de la madre, lo que es una posición que se ve facilitada por las atenciones que la madre propicia al niño. Se encuentra instalado en una dialéctica de ser o no ser el falo. El falo es, en Lacan, aquello que completa una falta haciendo sentir al sujeto que no le falta nada. Lacan emplea los términos real, simbólico e imaginario para denominar los registros psíquicos que forman una tópica 2 y posibilitan el funcionamiento psíquico. Estos registros se representan anudados formando un nudo borroméo. Los procesos mentales tienen una representación en cada uno de los registros. Lo real es aquello no imaginario y que no se puede simbolizar, aquello que no se puede poner en palabras. Lo imaginario es aquel pensamiento que se da en imáge- nes previo a su conceptualizacion, el tipo de pensamiento más primario, previo a la simbolización. El registro de Lo simbólico se origina en el lenguaje y en el Otro. El niño se inscribe en el orden simbólico cuando es capaz de formular su deseo mediante el lenguaje e ingresa en el orden cultural basando su pensamiento en símbolos. 
 Segundo momento: El niño es introducido en el registro de la castración por la intrusión de la dimensión paterna en la relación intersubjetiva madre-hijo. El padre interviene como privación; es él quien priva a la madre de su objeto fálico y al niño del objeto de su deseo. También como prohibición y frustración, porque prohíbe la realización del impulso y frustra al hijo de la madre. De esta manera se cataliza la fun- ción del padre castrador y el niño se ve obligado a cuestionar su identificación fálica y a renunciar a ser el objeto de la madre. La madre y el niño quedan sujetos a la ley del padre. Aparece aquí la dia- léctica del tener o no tener y la madre no depende de un objeto que es el hijo, sino de un objeto que el otro, el padre, tiene o no tiene. Esta transición de la dialéctica del ser o no ser a la del tener o no tener se da por la mediación de la madre, quien reconoce esta ley del padre y presenta a este como aquel que hace la ley y de esta manera se ve elevado a la categoría de padre simbólico, al ser el de- positario del falo o del objeto de deseo de la madre. En este momento el niño se ve obligado a acep- tar que él no es el falo y que además no lo tiene, al igual que la madre, es lo que se llama el comple- jo de castración. La castración simbólica consiste en la instauración del falo como algo que no se puede poseer y que está más allá de cualquier personaje. El falo tiene la propiedad de romper la unión madre-hijo para hacer nacer al hijo como sujeto de deseo en función de la naturaleza andro- céntrica del propio orden simbólico. Para la constitución del sujeto, este debe haber adquirido el nombre del padre, que es una designa- ción del reconocimiento de una función simbólica circunscrita al lugar en el que se ejerce la ley; es el nuevo significante que reemplaza el deseo de la madre. 
 Tercer momento: Es el momento de la declinación del complejo de Edipo y lo marca la simbolización de la ley. La función paterna en Lacan es un ideal, pues el padre es un sujeto castrado también. Madre e hijo se encuentran inscritos en la misma ley y en la misma dialéctica del tener o no tener y esto da lugar a las identificaciones. El niño prefiere al padre y de la identificación surge el ideal del yo: el niño se identifica con el padre, que supuestamente tiene el falo, y la niña encuentra la dialéctica del tener en la modalidad del no tener, por lo que se identifica con la madre. El niño deja de identificarse con el yo ideal, ese estado de plenitud, al no ser el poseedor del falo y pasa a identificarse con el ideal del yo. Esto es una identificación no con el padre, sino con los ele- mentos significantes de los que es soporte. El ideal del yo tipifica sobre todo en cuestión del género, que queda definido como resultado de la identificación con significantes que adscriben ideales cul- turales al sujeto. En este aspecto, Lacan afirma que cuando el niño quiere hacerse querer por el pa- dre, corre el riesgo de pasar al rango mujer. Sin embargo, el amor es indisoluble de la identificación para él: el padre es amado, el sujeto se identifica con él y se resuelve el Edipo. 5.7.2.Yo ideal-ideal del yo En los Escritos Técnicos de Freud (1953-1954), Lacan y sus discípulos dedican una sesión a la dis- cusión de la Introducción al Narcisismo (1914) de Freud y en concreto a la formulación de los con- ceptos de yo ideal e ideal del yo. Comienzan exponiendo el desarrollo de los conceptos: el yo ideal como instancia con la cual el sujeto compara su yo actual, al que se ha consagrado un amor del cual anteriormente era objeto el yo verdadero en la niñez. Tras abandonar la omnipotencia, el narcisismo aparece desplazado sobre el nuevo yo ideal adornado con todas las perfecciones, ya que el desarro- llo del yo consiste en un alejamiento del narcisismo primario y en la activación de un impulso para volver a conquistarlo. Llamamos entonces ideal del yo a: • Una imagen del yo sobre la cual se desplaza la libido. • Algo que está más allá de la forma del yo, que es propiamente un ideal y que se acerca más a la idea, a la forma. El ideal del yo se impone desde el exterior y su cumplimiento proporciona satisfacción al sujeto. Lacan, mediante el esquema óptico, retoma la distinción entre yo ideal e ideal del yo. El yo ideal se circunscribe al terreno narcisista y al formarse en la primera etapa del estadio del espejo forma parte del registro imaginario. El ideal de yo pertenecería al «segundo narcisismo» o la identificación nar- cisista. En el seminario de los Escritos técnicos de Freud, Lacan (1953-54) concluye que el ideal del yo dirige el juego de relaciones de las que depende toda relación con el otro y es de esta relación con el otro de quien depende el carácter más o menos satisfactorio de la formación imaginaria. En el ser humano no puede establecerse ninguna regulación imaginaria completa si no es mediante la inter- vención de otra dimensión y la posición aquí solo puede establecerse mediante un guía en el plano simbólico del intercambio verbal, que es el ideal de yo. La palabra o el intercambio simbólico vin- cula a los seres humanos y permite identificar al sujeto y el ideal del yo es el otro en cuanto tiene conmigo una relación simbólica. 5.7.3. La diferencia sexual Lacan, revisa la «primacía del Falo» publicada en el texto de Freud Tres Ensayos para una Teoría Sexual (1924) y retoma las cuestiones abiertas por la psicología freudiana sobre la diferencia sexual. Lo masculino y lo femenino se definen en función del falo, la diferencia entre hombre o mujer se marca por la posesión o no del falo, pero no se establece la diferencia anatómica como la diferencia sexual. Lo femenino se identifica con la carencia en el plano imaginario y lo masculino con la pre- sencia también en el plano imaginario. Es decir, a la mujer en el plano real no le falta nada, pero en el imaginario se representa como la carencia, como la mujer no-toda. No hay representación de lo femenino en el inconsciente, excepto por la representación de lo castrado. “La mujer no existe” (Lacan, 2012, p 563) esa es la afirmación de Lacan, que niega el estatuto 3 como categoría absoluta de la mujer. La mujer no existe porque no hay un significante para la mu- jer. La posición sexual es independiente de la identidad sexual. Por lo anterior hombre y mujer son significantes sometidos a los usos del lenguaje y son los sujetos hablantes quienes se sitúan en una u otro significante al margen de su constitución anatómica, lo cual nos remite al concepto de bisexua- lidad de Freud. Esta formulación lacaniana desvincula la identidad sexual y la sexualidad de una formulación biologizante. La mujer es el no-todo en el lugar del goce fálico. Cuando el niño nace tiene o no tiene pene, pero esto no lo constituye como masculino o femenino. Los significantes masculino o femenino son un resultado de un llegar a serlo como emergencia de la sexuación. La función simbólica de la castra- ción establece la diferencia sexual y todo ser, esté o no provisto de pene, puede inscribirse en la par- te femenina. No se establece esta posición desde el sujeto, sino desde el otro. La mujer es falo (sos- tiene el deseo del hombre) sin tener pene y el hombre no es falo sin tener pene. .: Lacan tacha el artículo La porque no se puede aludir a la mujer en su conjunto, solamente 3 podríamos utilizar el artículo determinado una mujer. 5.7.4. Conclusiones Lacan reconoce una cierta confusión en la formulación teórica freudiana de los conceptos ideal de yo y yo ideal. Con su desarrollo del estadio del espejo y del complejo de Edipo, Lacan deja claro que para él ambos son conceptos diferentes. En un primer momento, el niño está identificado con el falo, lo que llamamos narcisismo primario: él es todo lo que la madre necesita. Este momento para- disíaco es el que Freud conceptualiza como yo ideal. Con el paso del ser o no ser el falo al de tener o no tener el falo, el niño se convierte en sujeto deseante; abandona el estado de narcisismo prima- rio y todas sus aspiraciones comienzan a ser el retorno a este estado omnipotente. Lacan entonces nos habla de identificación con una madre en primer término castrada, igual que él, que mira a otro lado donde supuestamente está el falo. Sería este un primer momento de descenso de este narcisis- mo, para después identificarse con un padre que puede tener ese falo. Ese es el momento de adqui- sición en el niño de ideal del yo, y pertenece al mundo simbólico. Se podría decir que para Lacan como para Freud, el yo ideal es el estado ilusorio de omnipotencia del bebe y el ideal del yo la aspi- ración de retorno a este estado, cuyas aproximaciones producen satisfacción. El ideal del yo perte- nece a lo simbólico porque no se pueden hacer aproximaciones a este ideal sin rastrear la huella en el otro. Es decir, no se alcanza el ideal en sí mismo, sino que se alcanza para ser observado por el otro. Sobre la feminidad, Lacan, introduce un aspecto revolucionario, si bien incide en algo ya propuesto por Freud, como es la bisexualidad de los cuerpos. Para Lacan, hombre y mujer son dos significan- tes independientes de su anatomía y en este aspecto es mucho más radical que Freud, puesto que la anatomía no marca la diferencia, sino la castración simbólica. Un niño o una niña no llegan a ser hombre o mujer por nacer con o sin pene. Tenemos, por tanto, una conceptualización totalmente desbiologizante que desliga orientación sexual, identidad y sexualidad. Existe una intención de aclarar, por parte de Lacan, que la mujer no puede ser definida como cate- goría unitaria y que además en el orden simbólico es definida como incompleta, lo cual no deja de tener una carga política importante. Está definiendo el orden simbólico patriarcal desde el cual los sujetos se construyen. Aunque es realmente innovador, en realidad estaríamos hablando de una re- formulación de los conceptos de feminidad y masculinidad, elaborados por Freud, inherentes al su- jeto, sea del sexo que sea. Estaríamos hablando también de cómo Lacan no prescribe, sino que des- cribe el orden de las cosas en cuanto a la cuestión de la feminidad. Sin embargo, no está de más preguntarse si la obligada definición de qué es masculino y qué femenino, a pesar de la independen- cia de la posición sexual del sujeto hablante con respecto a su anatomía, no estaría contribuyendo a la preservación del orden simbólico androcéntrico y patriarcal. 
 6. EL CONCEPTO CONTEMPORANEO DE GÉNERO 6.1. Introducción. Surgimiento del concepto de género Masculino/femenino es la primera diferenciación al enfrentarse con otro ser humano, como decía Freud (1932) en Nuevas Lecciones introductorias al Psicoanálisis. Sexo y género son dos términos que se han utilizado en psicología indistintamente para referirse a la diferencia sexual. De hecho, el término género no se ha comenzado a emplear en psicoanálisis hasta los años sesenta con Stoller en 1963 y más intensamente en la actualidad con autoras psicoa- nalistas contemporáneas como Burín, Benjamin, Dio y Tubert. Desde luego también con relación al surgimiento del movimiento Queer y con representantes como Judith Butler, Paul B. Preciado, Ju- dith Halberstam, etc. Es un término que procede del lenguaje y de las ciencias sociales y que se concibe como un principio clasificatorio que diferencia y distingue entre tipos. Género también ha sido ampliamente utilizado por teóricas feministas para hablar de la dimensión sociocultural cons- truida de la diferencia sexual y de la jerarquización de las relaciones de poder. En la actualidad se considera una categoría no unitaria, que funciona en continuo cambio y modulación. Connel (2003, p 6) lo define como: Una práctica social que constantemente se refiere a los cuerpos y a lo que los cuerpos hacen, pero no es una práctica social reducida al cuerpo. El género existe precisamente en la medida que la biología no determina lo social (Connel 2003, p 6) Dio Bleichmar es, tal vez la primera psiconalista de habla hispana en inrroducir el concepto y define el género en 1981 refiriendose tanto a a aspectos psicológicos como sociales y culturales de la fe- minidad/masculinidad, relegando la palabra sexo a componentes biológicos, y añade (2009) que es «una estructura amplia y compleja del self configurada desde su comienzo en el intercambio inter- subjetivo inconsciente del niño/a con sus figuras parentales.» (2009, p 5) Margaret Mead introducía en 1935 la distinción entre los aspectos biológicos y culturales de la con- ducta afirmando que la diferencia sexual estaría regida por la cultura y no por la diferencia biológi- ca. Simone de Beauvoir recogía en 1949, en El Segundo Sexo, esta misma idea de construcción cul- tural del género con su célebre frase: «No se nace mujer, se llega a serlo» El concepto de género comenzó a ser empleado por el médico John Money (1951), quien afirmaba que el ser humano se desarrolla sobre un sistema filogenético de dos sexos, aunque puede darse un sexo intermedio. Según Money se dan una serie de variables sexuales independientes entre sí: • Sexo genético o cromosómico. • Sexo gonadal. • Sexo hormonal fetal. • Sexo morfológico interno. • Sexo morfológico externo. • Sexo hipotalámico. • Sexo de asignación y crianza. • Sexo hormonal puberal. • Identidad y rol de género. Clasificación según la cual cada segmento se constituye como una fase que influye sobre otra. Money, en 1955, a partir de sus estudios con personas hermafroditas, llegó a la conclusión de que no es la anatomía, sino el modelado de los padres, mediante sus creencias y deseos, lo que convierte a la persona en niño o niña. A partir de las relaciones de la persona con sus cuidadores cercanos se instaura en el psiquismo el sentimiento íntimo de la identidad de varón o niña. Años más tarde, Dio Bleichmar reafirma, desde el psicoanálisis a lo largo de su obra, la influencia de los deseos de los progenitores sobre el futuro género del infante. Hellman (2000), desde una perspectiva biopsicosocial, afirma que el género se puede entender se- gún distintos aspectos: • Género genético: basado en el genotipo y combinación de dos cromosomas sexuales. • Género somático: basado en el fenotipo y desarrollo de características sexuales secundarias. • Género psicológico: basado en la autopercepción de la persona y en su comportamiento. • Género social: basado en las amplias categorías culturales sobre lo masculino y lo femenino, que definen cómo la sociedad percibe a los sujetos y sus prescripciones. El concepto de género fue introducido en psicoanálisis por Robert Stoller, quien en el XXIII Con- greso Internacional de Psicoanálisis, en 1963, presentó el término identidad de género para referirse al sentimiento formado por identificación y de manera circular con el entorno de ser niño o niña. Dio Bleichmar (1998) defiende la utilización del concepto género por parte del psicoanálisis, ya que este se construye a partir de (1998, pg 79) siendo este deseo tan poderoso que en el caso de no coin- cidir con la realidad anatómica, sea el poder de la representación lo que prevalezca. Es necesario, en este análisis de la identidad del sujeto, indagar qué proyectos y deseos conscientes o inconscientes operan en la mente de los padres en torno a la feminidad o masculinidad. Stoller (1968) nos hablaba de la confirmación parental refiriéndose al conjunto de valores y creencias referidos a su sexo y su género que los padres transmiten a los hijos, actuando como moldeadores del núcleo de género por encima de las sensaciones corporales de su sexo anatómico. Es decir, los órganos genitales externos indican la pertenencia a uno u otro sexo, sin embargo, no crean sentimiento de pertenencia, identi- dad de género. Según Stoller, es la creencia de otro ser humano, sobre la adscripción de un niño a uno u otro géne- ro, lo que aportaría esta identidad. Lo sostiene en una serie de postulados: • Los aspectos de la sexualidad concernientes al género son modelados por la cultura, cuyo proceso comienza desde el nacimiento, y forman parte de la estructuración del yo. • La biología refuerza o perturba esta identidad de género. • La identificación da cuenta de la organización de la identidad de género. • El núcleo de la identidad de género se establece antes de la etapa fálica. • La identidad de género se va complicando a lo largo del crecimiento, conjugando un núcleo con distintas variaciones masculino-femenino. Stoller distingue tres estratos en la estructura de la identidad: Feminidad originaria: Identidad primaria femenina como resultado de la simbiosis materna. Núcleo de identidad de género: Introduce aquí el entorno del sujeto, restricciones, estímulos y expectativas una vez asignado un sexo al bebe. Constituye un núcleo indisoluble. Nivel edípico de la identidad: El conjunto de valores introyectados, es decir, el ideal de feminidad/masculinidad como organiza- dor. Stoller, apoyado en Money, divide el género en dos categorías: 1. Identidad nuclear de género 2. Rol de género El género, que es adquirido y no innato, se establece al final del primer año y es inmutable a partir del tercer año. Se adquiere a partir de la percepción por parte del niño de la diferencia anatómica de los sexos, pero es el género lo que organiza al sexo y no al revés. Dio Bleichmar (1998), apoyada en autores como Laplanche, acuña el término Ideal de Género y se refiere al género como una asigna- ción continua que incluye un arsenal social e institucional, un mensaje del adulto dirigido al niño. Según este proceso y según cómo el niño o la niña se han apropiado de él, según cómo lo han inter- pretado, se dará una «naturalización del género» y una teoría propia sobre la diferencia anatómica de los sexos. Las teorías queer se inspiran indirectamente en lo que algunos psicoanalistas denominan la asigna- ción continua del género. Estas nuevas teorías del género surgen principalmente a partir de la teoría de la performatividad del género de Judith Butler, quien afirma que llegamos a ser nuestro género, al margen de nuestro cuerpo. No se puede rastrear el origen del género porque es una actividad que tiene lugar de manera incesante. La autora no contempla el género como un constructo cultural pro- ducido por las relaciones sociales y psíquicas, como otras escuelas lo habían formulado, sino que lo ve como una forma de organizar las normas culturales y de situarse a través de esas normas, como un estilo de vivir el propio cuerpo en el mundo. Llegar a ser género o llegar a ser mujer, como diría Beauvoir, es un proceso sutil y encubierto que requiere interpretar una realidad que a su vez com- porta sanciones y prescripciones. Por ser mujer nos referimos aquí a una identidad subjetiva cultu- ralmente condicionada. No existen identidades de género por debajo de las expresiones de género, ya que la categoría sujeto se logrará, tradicionalmente, a partir de identificaciones que responden a esta lógica binaria que es el ser hombre o mujer. La Teoría de la performatividad de Judith Butler se resumen en: • La anticipación hace que las categorías de género se nos presenten como dadas. • El género es performativo porque constituye la identidad que se supone desde un principio. Ésta se performa a partir de categorías sexuadas que nos subordinan y nos producen como sujetos. • Es posible subvertir y desplazar las categorías mediante la repetición. Para la teoría Queer el género y la percepción de género es una categoría política y no un hecho na- tural. La noción de sexo permitió agrupar en una categoría artificial elementos anatómicos, biológi- cos, funciones y conductas, funcionando como principio causal de esa categoría artificial. Según la Teoría sociológica del construccionismo social, el género se hace en interacción. Afirma- ción que nos aproxima a una teoría performativa, como la de Judith Butler, pero también intersubje- tiva, pues habla del género no como algo esencial ni construido a partir de la fantasía del niño, sino en relación con el otro y a partir también de la percepción de los otros. 6.2. Usos y abusos del concepto de género Silvia Tubert (2003) remite a la «crisis del concepto de género», ya que, según la autora, es un tér- mino que ha dado en sustituir el concepto de sexo ocultando situaciones de opresión mediante la pantalla de lo cultural. Tubert remite a la instrumentalización e ideologización del concepto género. El género presenta cuatro dimensiones: 1. Es una relación social que está modelada por otras relaciones: raza, clase, etnia, etc. 2. Es una forma de poder. 3. Es una categoría de pensamiento y el feminismo ha dado cuenta de los efectos del género en la construcción de modelos teóricos. 4. Es central en la representación del sí mismo y de las nociones culturales que definen a la persona. Para Tubert, género es una categoría sociológica no aplicable en psicoanálisis por distintos motivos: • Limita la profundización del pensamiento. • Es una categoría genérica que reproduce y perpetúa lo que la produjo: la homogeneización de hombres y mujeres en grupos y la oposición binaria en términos excluyentes. Coloca a sexo y género en oposición binaria y no recoge posiciones imprecisas. • El género tiene un cariz esencialista al tomarse como factor explicativo de la opresión de las mujeres y al aislarse de otras variables como raza, clase, cultura, etc. Hace ontológica la diferencia y la presenta como categoría ahistórica. La categorización de género no critica al binarismo como fuente de opresión a pesar de considerar a este como modificable. • Deja fuera la subjetividad del individuo. Solo el psicoanálisis introduce el deseo como de- terminante de la organización de la sexualidad y la elección de objeto. Irene Meler (2020), siguiendo la crítica realizada por Tubert, cita a Robert Connell (pg2) cuando afirma que existe una concepción aditiva que supone una elaboración cultural de la diferencia se- xual. En ella se desarrollarían las teorías sociológicas sobre roles sexuales, pero se alejan de la vi- vencia corporal del psicoanálisis. Objeta que estas asignaciones de género son dicotómicas y polari- zadas y constituyen una operación ideológica. La estereotipia de género homogeneiza las similitu- des entre mujeres negando las diferencias individuales y polariza las disimilitudes con los varones. Jane Flax (1990) critica, por otro lado, la equiparación de género con sexo, porque contribuye a que no pensemos en el género como un constructo social sino como un atributo natural del yo que no es consecuencia y un síntoma de culturas particulares e históricas construidas por la sociedad. La antropóloga y psicoanalista Marta Lamas (1994) afirma que el concepto género rige el orden y todos los aspectos del ser humano y explora cuál es la «diferencia entre los cuerpos sexuados y los seres socialmente construidos» (1994, p. 3). El orden cultural produce percepciones específicas so- bre hombres y mujeres que se erigen en prescripciones que normativizan la convivencia. A pesar de estar de acuerdo con algunas de las disensiones de las distintas autoras sobre la corrup- ción del concepto de género al equipararlo al de sexo (ocultando de esta manera situaciones de opresión y su esencialización y homogeneización, que contribuye a la polarización y a dejar fuera otros factores importantes que construyen la identidad como son: raza, clase, etnia, cultura, etc.), sí consideramos el concepto género como una categoría psicoanalítica por distintas razones: • Es una categoría sociológica pero eminentemente psicológica. Se trata de un sentimiento que entronca con la identidad, antes de descubrir la diferencia sexual, otorgándole a esta un sentido. • Se construye a partir de la fantasmática y del deseo del otro que se implanta instituyendo el yo del sujeto. • Es capaz de reorientar lo que la anatomía marca. Es el concepto que recoge la imprecisión de las categorías masculino y femenino y plasma el conte- nido de la diferencia sexual por encima de la diferencia anatómica y es, por tanto, fundamental para comprender la tesis sobre la diferencia sexual. El término género ayuda a entender las representaciones mentales de la diferencia anatómica y es- tructura el psiquismo y reproduce patrones de relación. Además de esto, consideramos necesario emplear un concepto que pueda hacer referencia a la dife- rencia sexual y a su dimensión socio construida. En la actualidad la nomenclatura género se ha convertido en un tema controvertido. Las teorías queer defienden ampliamente la separación del binomio sexo-género y se resisten al esencialismo, la categorización totalizadora en función de una lógica heteronormativa. Este protagonismo del gé- nero como constructo social mutable, sin embargo, no es del agrado de algunos sectores feministas que consideran que se invisibilizarían las historias de las mujeres si la categoría género fuera fluida y/o autodesignada. 6.3. Rol de género e identidad de género Se define rol de género como el conjunto de expectativas sobre el comportamiento de las personas según su sexo. El rol está normativizado y tipificado para cada sexo y conlleva una serie de penali- zaciones sociales por su incumplimiento. En cada niña y niño se estimulan y sancionan los aspectos conductuales, afectivos y emocionales esperados culturalmente por su género, que fue adjudicado en función de su sexo. El rol de género es dicotómico como expresión de la dicotomía del género, y esta última se convierte en problemática por la desigualdad y jerarquización en la atribución de los roles de género. El género es uno de los elementos que forman el yo. La identidad de género se adquiere antes de la etapa fálica. A partir de los dos años se establecen en la niñez las diferencias de género, según la teoría freudiana, y es al final de la etapa anal cuando el niño y la niña descubren las diferencias anatómicas. Este descubrimiento imprime atributos específicos en el psiquismo de cada uno. El niño o la niña incorporan las conductas de sus figuras idealizadas y posteriormente establecen las diferencias de género según la rotulación de género del discurso materno y paterno. La percepción de la identidad de género se origina más por cómo los adultos interactúan con niños y niñas que por la función de su sexo biológico. La identidad de género comienza a formarse en el momento en que la fantasmática y el deseo de los padres entra en juego. Feminidad y masculinidad se construyen en interacción e intersubjetividad y sus contenidos son representaciones de la mente de los adultos que se transmiten intergeneracionalmente. La identidad de género se inscribe, por tanto, en el registro de lo simbólico. En el registro simbólico está aquello que determinará la identidad de género. Nos ubi- camos en uno u otro género al establecer identificaciones parciales pertenecientes al conjunto uni- versal de símbolos culturales, masculinos o femeninos. Ambos sexos pueden tomar estas identifica- ciones independientemente de su anatomía. Marugan (2009), desde un punto de vista lacaniano, plantea la identidad de género también como un proceso que se desarrolla paso a paso. El primer paso es la constitución de una identidad imagi- naria, el segundo la de una identidad simbólica y el tercer la posición sexual. La identidad imaginaria se construye a partir de la identificación con las imágenes constitutivas de su ser, que son aquellas que reflejan el brillo de la mirada de la madre, aquella figura que sabe in- terpretar sus necesidades ayudándole a fijar su ser hasta entonces disgregado en múltiples pulsiones y como resultado, formar su yo. La identidad imaginaria constituye la primera identificación con un «órgano sexual», pero al estar mediada por la mirada de la madre es posible que esta identificación no coincida con el sexo anatómico del sujeto. La identidad simbólica se forma a partir de la identificación con rasgos que permiten al sujeto dife- renciarse y relacionarse. Tiene que ver con aspectos del lenguaje y con símbolos como el nombre, elemento que tiene una relación directa con lo social. Se produce a partir de la castración, porque la criatura renuncia a la identificación narcisista marcada por la mirada de la madre. Por tanto, la iden- tidad simbólica agujerea la identidad imaginaria y permite que el sujeto nazca como ser deseante y el establecimiento de vínculos con los otros. La posición sexual se refiere al lugar, con respecto a su género, en el cual el sujeto se sitúa para po- der expresar su deseo y su sexualidad. A esta el sujeto llega en función de su identidad imaginaria y simbólica, que le llevarán a una identificación con símbolos masculinos y femeninos y a la produc- ción de una fantasía que canalice su pulsión sexual. La posición sexual no tiene que ver con el sexo anatómico, la valoración social de un determinado género o la identidad de género; puede darse una combinación de éstos. Una persona puede sentirse de un determinado género, correspondiente o no con su sexo anatómico y su posición sexual. No se elige conscientemente y, aunque comienza a formarse en la primera infancia, no se da por totalmente acabada nunca, sino que permanece como un proceso abierto, como una discontinuidad. El autor señala cinco registros, que se conjugan en la sexualidad humana, en los que fluctúan las posiciones masculina y femenina: 1º. La influencia de lo biológico. Aquello donde no interviene lo psicológico. Aspectos hormonales y neurofisiológicos de la sexuali- dad. 2º. La imagen del cuerpo con la que nos identificamos. La identificación con las figuras que reflejan el brillo de la mirada de la madre y dan consistencia al ser permitiendo el surgimiento del yo. 3º. La identificación con rasgos simbólico-culturales de cada género. La identidad simbólica se produce a partir de la castración, cuando la identidad imaginaria cae y el sujeto nace como ser deseante. El sujeto toma del universo simbólico los objetos pertenecientes a lo masculino y lo femenino y produce una fantasía que canaliza su pulsión. La identidad de género supondría la toma de posición masculina o femenina. • Posición simbólica femenina: el sujeto se identifica con el objeto de deseo del padre. • Posición simbólica masculina: se identifica con un padre omnipotente y no descubre la falta en él, sino que aísla un rasgo fálico que simboliza su potencia. 4º. La identificación con una forma masculina o femenina de gozar. El sujeto masculino goza, según la ley fálica, el orden impuesto. Este es determinado como sexual y representado por la existencia del órgano sexual. El goce femenino va más allá del orden fálico y del goce del órgano sexual y no puede ser localiza- do ni simbolizado. Para la mujer el goce va unido al amor y a la renuncia que el objeto amado hace de su falicismo. Amor para ser y no para tener, como en el hombre. 5º. La orientación sexual. Es independiente de la identidad de género y sugiere el tipo de goce pero no la orientación, que es abierta y discontinua. Desde una perspectiva intersubjetivista, Stern (1995) reconoce que el mundo mental tiene un papel importante en la determinación de la relación que mantienen los padres con el bebé. Esta compren- de las fantasías, miedos, sueños, temores y recuerdos del modelo parental de los padres. En los pa- dres el modelo de estar con el bebé se construye a partir de la experiencia interactiva de estar con él. Influyen tanto las expectativas que sobre el niño se generan como la propia personalidad del niño y el juicio que los padres hacen de ella. En la relación madre-hija, dice Stern (1995), está implicada toda una red de modelos: la interacción presente y una larga historia prenatal en la que existen re- presentaciones no solamente del embarazo, sino las que se dieron en los juegos de muñecas y jue- gos infantiles y adolescentes de la madre sobre la maternidad. Según esto, es posible inferir que las prescripciones de género sobre la niña influirán sobre el modelo de maternaje de la adulta. En la madre además se da un cambio en la identidad, forzada por el bebé. Pasa a ser hija de su madre a madre de su hija, lo que desplaza en ella un importante centro de gravedad; debe abandonar el de- seo de reparar o de volver a su infancia para ser madre. Las representaciones familiares en definiti- va influyen en el papel que cada progenitor adopta y cada cual lleva consigo redes de modelos-de- estar-con que incluyen a sus propias familias de origen. La posición de cada uno en esta, así como sus miedos, expectativas y deseos, serán puestos en la relación con el bebé. Es, por tanto, el mode- lado de género un proceso complejo en el que se hallan implicados muchos elementos del mundo de los padres. Sobre el papel de modelado que ejercen los padres en la adquisición de la identidad de género, se han realizado más estudios (Winnicott, 1972; A. Oakley, 1972; J. Williams, 1979). Estos apuntan a un «doble standard de crianza y educación» de niños y niñas según las percepciones de los padres acerca de la diferencia sexual. Kohlberg (1966) afirma que es necesario el desarrollo cognitivo para que el niño perciba cuáles son las expectativas del rol. Piensa como otros autores (Bleichmar, Abelin, Burgner) que afirman que, a pesar de las formulaciones del psicoanálisis clásico, en esta edad, aunque los niños aprendan a dife- renciar los sexos por medio de significantes lingüísticos y anatómicos, todavía no otorgan a sus ge- nitales el significado de la diferencia sexual. Una vez establecido el núcleo de la identidad de géne- ro, el niño/niña/niñe busca a sus iguales como modelos con los cuales identificarse y se fortalece, 4 poniendo en acción los comportamientos que, supuestamente, corresponden a cada género. En la adolescencia las experiencias fuera del hogar se amplían y se adquieren modelos de identificación adicionales a los edípicos. El niño, la niña o niñe crean representaciones del rol de género y mode- los de interacción entre él y los objetos mediatizados por el género. Actualmente, ha tomado fuerza una nueva realidad que es la condición de intergénero o la identifi- cación con el género no binario. Ya Money, en sus estudios, advirtió del amplio espectro sexual que se podía hallar a nivel anatómico, hormonal y gonadal y actualmente se alude al no binarismo como una categoría social y política. Cuando hablamos de una identidad de género no binario hacemos referencia a aquellas personas que no se definen dentro de uno u otro género, que no se enmarcan en el par binario masculino-femenino. Los psicoanalistas Ken y Lisa Marcus (2017) relatan junto a sus hijes cómo vivieron en su familia el largo camino que llevó a su hije Sara a definirse como per- sona no binaria. Existe en psicoanálisis extensa literatura sobre la constitución de la identidad de género. Otras disciplinas más o menos biologicistas, más o menos constructivistas, también han desarrollado sus teorías. Sin embargo, poco se sabe de las vías de desarrollo para personas transgé- nero, transexuales y mucho menos para las no binarias. La psicología y la psiquiatría han patologi- zado estas identidades a lo largo de la historia bajo términos como disforia, Trastorno Límite de la Personalidad, etc. Sin embargo, es imposible ya eludir la crisis del paradigma de género., Lisa Mar- cus se pregunta en su artículo si el modelo de género binario explica suficientemente los diversos fenómenos que existen, se cuestiona también sobre la interpelación de factores biológicos, socioló- gicos y psicológicos confluyendo a la vez, como para mantener dicho paradigma. Corbett (2009) Empleamos aquí, y en lo sucesivo, la letra “e” como marca del lenguaje inclusivo para personas no binarias.4 alude a lo que denomina «Crisis categorial», pero se podría hablar de una crisis más amplia y tras- cendental; una crisis del modelo que rompe con toda categoría. Cabe mencionar a teóricas Queer como Anne Fausto Sterling (1985), quien introduce la noción de continuum, que afirma que el miedo a la indefinición de género ha generado una reacción defensiva en la ciencia, dónde se han hecho esfuerzos para sentar los criterios para la asignación de género psicológico y sexo biológico. No obstante, ni el sexo biológico ni el género psicológico son bina- rios. La bióloga además cuestiona la objetividad de la ciencia, que no puede desprenderse de su car- ga cultural: « Nuestros cuerpos biológicos colectivos no comparten el empeño del Estado y la legislación por man- tener solo dos sexos. Machos y hembras se sitúan en los extremos de un continuo biológico, pero hay muchos otros cuerpos que combinan componentes anatómicos atribuidos a uno u otro polo […]. Si la naturaleza realmente nos ofrece más de dos sexos, entonces nuestras nociones vigentes de fe- mineidad y masculinidad son presunciones culturales. (Sterling, 2006, web) 
 Es imposible, por tanto, patologizar, aislar y desoír esta nueva realidad que dinamita, o al menos cuestiona, toda teoría sobre la identidad de género binaria. Hay que abrirse a la posibilidad de las infinitas combinaciones e identificaciones, lo que nos haría poner muy en duda un proceso estanda- rizado de adquisición de la identidad de género. 6.4. Ideal y mandatos de género El ideal de género es una subestructura que articula y organiza los sistemas de valores y es también el organizador intrapsíquico de la feminidad, sujeto a unas normas y una moral que lo legisla a par- tir de las representaciones sociales acerca de los géneros. El contenido de los ideales de género ha sido históricamente determinado por el orden simbólico y desde la ilustración opera un modelo de feminidad definido por Rousseau, cuyo ideal estaría compuesto por dos características fundamenta- les: La maternidad: La mujer debe ser tierna y solícita con sus hijos. El ideal de mujer pasa por un ideal maternal en el que esta abandona la idea de amor de sí para centrarse en un «nosotros», a través de sus hijos, dejando de lado la individualidad. La sujeción al esposo: Mediante el consentimiento, la obediencia y a través del amor. Mujer casta y modesta, orientada al otro, dedicada a su familia. Mujer virtuosa que controla las pasiones sexuales mediante el matrimonio. El ideal de mujer de la ilustración es el de una mujer casta, con una sexualidad contenida, sujeta al contrato matrimonial y dispuesta para los otros. Una mujer que posterga sus necesidades para prio- rizar las ajenas. Según este ideal se consigue la realización en pro del bien común y propio median- te la desindividuación, con la maternidad como destino y con la fusión madre-hijos como objetivo. También propone el amor como herramienta de sujeción de la esposa al marido, por lo que instaura el ideal de amor romántico como elemento de control social. Este ideal puede parecer desfasado y no operante en la actualidad, y, sin embargo, no es difícil encontrar cómo las transgresiones a este marco socialmente normativo son ampliamente castigadas con calificativos como «mala madre», «puta» «zorra» «guarra» y todo el repertorio de violencias machistas que se pueden articular en el imaginario social. El ideal de género se obtiene mediante identificación. La madre, al ser la principal cuidadora en nuestra cultura, se convierte en un objeto libidinal, narcisante y anaclítico que sirve de principal modelo de identificación para el hijo, sea este varón o niña. Por lo anterior, el niño varón deberá desidentificarse de la madre y buscar activamente la identificación con el padre para establecer su núcleo de identidad de género. La identidad de género es un factor importante en las diferencias preedípicas entre niños y niñas. Dio Bleichmar (1998) afirma que en el hallazgo de la castración materna se da no únicamente el descubrimiento de la diferencia anatómica, sino también la inscripción de la niña en un universo simbólico que le devuelve una imagen devaluada de su género, lo que tiene consecuencias psíquicas sobre su sistema narcisístico, al descubrirse como segundo sexo. Continuando con este discurso, Mabel Pla (2012) afirma que el mensaje de infravaloración de lo femenino dificulta, crea ansiedad y desdibuja el ideal en la niña, porque esta tiene un sentimiento de incontención y de no ser querida. Durante este proceso se inscribe a los varones en un orden simbólico en el que tienen legalizada la expresión del deseo, convirtiéndose así en sujetos, mientras que las niñas ven dificultada su estruc- turación psíquica al convertirse en objetos de este deseo, a pesar de nacer ambos con los mismos sistemas motivacionales. Es la madre quien mediante la función especular transmite a sus hijas el relevo de la maternidad. Según este planteamiento se añadiría otra interrogante a la pregunta clásica del psicoanálisis, que se cuestiona cómo hace la niña para cambiar de objeto, de la madre al padre. La nueva pregunta sería como hace esta para desear ser mujer cuando la feminidad se convierte en algo desidealizado en un orden patriarcal. Cuando la percepción de lo femenino es de desvaloriza- ción, o de un puesto secundario en la jerarquía, es oportuno preguntarse en qué lugar queda la niña. El reconocimiento mutuo entre géneros es importante para una perspectiva intersubjetiva. 6.4.1. Mandatos de género El género es prescriptivo, es decir, tipifica lo que corresponde a niños y niñas. Apartarse de estas prescripciones está censurado y penalizado socialmente, por lo que las criaturas se adscribirán rígi- damente a las conductas que se les suponen. Podríamos definir entonces los mandatos de género como aquel conjunto de expectativas colectivas, de prescripciones y normas que rigen la conducta de los seres humanos en función del género al que pertenezcan. Hay una moral que legisla lo co- rrespondiente al género, una no escrita pero sí formulada en forma de refuerzos, o sanciones, con respecto a la manera en que se espera que una persona se comporte, sienta, luzca, se exprese o desee dependiendo de si es hombre o mujer. Los mandatos de género son aquellos contenidos del susper- yó que están estrechamente relacionados con la identidad de género. Marta Lamas (1994), refiriéndose al género, afirma que esta prescripción en muchos casos pone en contradicción a las personas con sus deseos y limita el desarrollo de los sujetos. Patricia Amigot (2007) interpreta el texto clásico de Joan Riviere, La feminidad como Máscara, afirmando que en las mujeres la angustia aparece en relación con la transgresión y desbordamiento de los ordena- mientos sociales de lo femenino. Es entonces cuando aparece la máscara de lo femenino en la año- ranza de lo masculino, para evitar represalias de los hombres, entendidos aquí como el conjunto so- cial patriarcal. Los mandatos de género se definen a partir de los roles de género que son el conjunto de conductas esperadas y/o asignadas a hombres y mujeres. Lo que diferencia al rol del mandato de género es que el rol es un conjunto de expectativas y el mandato son las prescripciones acerca del papel que debe desempeñar el sujeto en tanto hombre o mujer. El rol de género se construye a partir del estereotipo, y se define como un sistema de creencias acerca de las características, atributos y comportamientos propios, adecuados y esperables para determinados grupos. «El rol es considerado como el vínculo de unión entre lo social y lo individual (y viceversa) pu- diendo entenderse, asimismo, como una unidad de conducta que, por su permanencia, impresiona como «normal» o «natural», a la vez que orienta y normativiza la vida propia y la de los demás.» (Sáez Buenaventura, 1986, p 59) En nuestra cultura se ha tomado como categoría psicosocial la capacidad reproductiva, lo que le atribuye un determinado lugar en la cultura y en el orden simbólico que prescribe y fomenta unas determinadas conductas. Barberá (1998), desde una perspectiva de psicología social, explica que los estereotipos femeninos y masculinos se generan como resultado de expectativas sociales, de expe- riencias, de exposición a modelos prototípicos e interacciones comportamentales. Lo anterior gene- ra un feedback continuo entre el sistema de creencias sociales, la representación psíquica de los demás y el procesamiento de la información. Pasividad, dependencia y masoquismo, según el mo- delo freudiano de construcción de la feminidad, serían atributos femeninos que conforman el carác- ter femenino, es decir, lo que actualmente se consideraría como parte del estereotipo femenino. Un estudio realizado por J. Sherman (1978) revela cómo las diferentes actitudes en la crianza, en torno a niños o niñas, configuran la dependencia-pasividad en la resolución de problemas como co- rrespondiente al estereotipo femenino. 
 
 7. PSICOANÁLISIS Y FEMINISMO, UNA RELACIÓN CONTROVERTIDA. NUEVAS TEÓRICAS PSICOANALíTICAS En este capítulo abundaremos en la estrecha relación existente entre psicoanálisis y feminismo. Existe el feminismo psicoanalítico y el psicoanálisis feminista: diferentes autoras, mujeres casi ex- clusivamente, se han acercado a la teoría de una y otra disciplina, desde posiciones activistas o bien desde la teoría y la práctica psicoanalítica. Ambas tendencias se han nutrido, criticado y comple- mentado generando un cuerpo de conocimiento profuso y extenso. En las siguientes líneas desarro- llaremos las distintas corrientes existentes que relacionan el psicoanálisis con el feminismo y los estudios de género. Presentaremos la obra de algunas autoras haciendo especial hincapié en la obra de aquellas más significativas y relevantes para este estudio. Por razones de espacio hemos escogi- do únicamente aquellas autoras que consideramos influyentes para el desarrollo de este estudio. Hay por supuesto muchas más teóricas psicoanaliticas que han colaborado con valiosas aportacio- nes a la elaboración de una corriente interesada en el estudio de la feminidad, el género y el femi- nismo dentro del psicoanálisis contemporáneo. Este capítulo es un homenaje y un paso necesario para la creación y comprensión de esta tesis. Las diferentes autoras han sido inspiración, estímulo y marco teórico para este viaje y sin sus trabajos no hubiera comprendido la necesidad y la urgencia del estudio de los aspectos de la feminidad que, humildemente, he pretendido analizar o al menos aproximarme a su estudio. No podrían no estar. Sus ideas emocionan, enfadan, impactan, incomodan y reconfortan. No podrían no estar. 7.1 Feminismo psicoanalítico y psicoanálisis feminista La aproximación a la dialéctica entre psicoanálisis y feminismo se ha dado desde distintos campos de conocimiento: tanto feministas provenientes de la sociología, el activismo político y la filosofía, como psicoanalistas descontentas con la explicación que las teorías clásicas ofrecían acerca de las mujeres han enriquecido el debate. En este estudio, sin jerarquización alguna, hablaremos de femi- nismo psicoanalítico para referirnos a aquellos estudios que desde una vertiente política o socioló- gica han intentado complementar las teorías feministas con aportaciones de estudios psicoanalíticos. Hablaremos de psicoanálisis feminista cuando hagamos alusión a aquellas psicoanalistas que han cuestionado y deconstruido las teorías clásicas desde una epistemología feminista. Ann Ferguson, en su artículo Psicoanálisis y feminismo (2003), señala que las teóricas feministas evalúan las teorías sobre el género según su capacidad para alcanzar los siguientes objetivos:
 • Ofrecer una teoría consistente sobre la construcción social del género que pueda dar una ex- plicación sobre las diferencias históricas y culturales. • Ofrecer una explicación sobre la posibilidad de cambio social que permita desafiar las con- diciones psicológicas en las que se apoya la dominación masculina. • Evitar la universalización del género que no tiene en cuenta la interseccionalidad con otras variables como la raza, clase social, edad. • Tener en cuenta las implicaciones de su análisis para la práctica política feminista. Ferguson realiza una clasificación del feminismo psicoanalítico en tres escuelas: 1. Enfoque lacaniano: representado por Juliet Mitchell y su obra Feminismo y Psicoanálisis (1976). Otras autoras como Julia Kristeva o Luce Iriagaray estarían vinculadas, aunque de una manera crítica, a este enfoque. 2. Enfoque de la diferencia sexual: del colectivo de la Librería de Mujeres de Milán (1990), quienes abogan por la creación de un nuevo imaginario social femenino mediante prácticas sociales trans- formadoras que creen nuevas genealogías entre mujeres (affidamento). 3. Escuela de las relaciones objetales: proveniente de las enmiendas realizadas a las teorías freudia- nas por parte de Karen Horney y especialmente Melanie Klein. Este enfoque otorga especial im- portancia a la relación preedípica de la niña con la madre y una de sus más célebres representan- tes contemporáneas es Nancy Chodorow. Desde el punto de vista psicoanalítico, Emilce Dio Bleichmar (1998) realiza también una clasifica- ción histórica del estudio de la diferencia sexual desde la teoría clásica:
 • Primera etapa: Comienza el debate de la diferencia sexual con Freud y las primeras genera- ciones de psicoanalistas (Fenichell, Jones, Abraham, Andreas-Salomé, Lampl-de-Groot, Ri- viere, Bonaparte, Klein). En esta etapa (1920-1930) se da un intenso debate entre Horney, Freud y Abraham. Mack Brunswick cierra el debate y no aparecen más artículos hasta el libro de Marie Bonaparte, Sexualidad Femenina (1953). • Segunda etapa: teorías de Lacan, Luce Irigaray, Julia Kristeva y psicoanálisis francés (años 1970-1990). En esta etapa se discute sobre la hegemonía del falo y del complejo de castración como ejes del or- den simbólico en el establecimiento de la subjetivación en la sexuación. Previamente a esta corriente, Robert Stoller introdujo el concepto de género, en 1963, en el 23º Congreso de Psicoanálisis celebrado en Estocolmo. En 1968 publicó su obra Sex and Gender: On the Development of Masculinity and Femininity, introduciendo de nuevo la temática de la diferen- cia sexual en el debate psicoanalítico. 7.1.1. Crítica al psicoanálisis El psicoanálisis ha ejercido una enorme influencia en la teoría feminista. Aunque algunas mujeres ya habían hecho sus aportaciones, con anterioridad a la década de los 70, hay que señalar fue el fe- minismo de la segunda ola el que se interesó por las tesis psicoanalíticas como disciplina estudiosa de la subjetividad humana connotada por el género y la sexualidad. El feminismo ha estado en constante dialéctica con el psicoanálisis, así como con el marxismo y el existencialismo, por su discurso crítico con la realidad establecida. Siendo el feminismo un movi- miento y una teoría que cuestiona los cimientos mismos del orden social, ha sido atraído por el psi- coanálisis en distintos momentos históricos por su teoría del sujeto. En varios países europeos existió un movimiento sufragista que impulsó el movimiento de mujeres en el continente desde la segunda mitad del S. XIX. Este mal llamado sufragismo, ya que entre sus demandas exigían muchos más derechos y mejoras para las mujeres que el derecho al voto, ha sido considerado la primera ola feminista y comenzó a hacer sonar la lucha feminista en Occidente. El interés que el psicoanálisis ha manifestado en las décadas de los años veinte y treinta por la cues- tión de la diferencia sexual está directamente influída por los movimientos feministas de la época que constituyeron una auténtica rebelión contra la moral sexual burguesa. Figuras como Rosa Lu- xembourg, Clara Zetkin o Alexandra Kollontai fueron referentes en la Europa del S. XX con el fe- minismo socialista, que proponía una sexualidad desligada del yugo de la reproducción, la cual re- cluía a las mujeres en el ámbito privado y les alejaba de los medios de producción y del escenario público. Además del feminismo ligado al movimiento obrero, también existía un grupo de mujeres burguesas organizadas en un ala radical y un ala moderada. Entre los temas de los cuales se ocupó el movimiento de mujeres burguesas estaban la moral sexual, que sobre todo aquejaba a las clases altas europeas, y la relación entre sexualidad y política. Por dicha razón, estas mujeres se sintieron atraídas por la obra de Freud, la cual supuso una promesa de liberación. El mismo Freud se unió a la Liga para la protección de la maternidad y la reforma sexual de este colectivo y escribió algunos artículos para su publicación (Tubert, 2014). El feminismo norteamericano de segunda ola en los años setenta, y su especial acercamiento a Wi- llhem Reich, estuvo representado por mujeres como Kate Millet y Sulamith Firestone, en su ala más radical, y por Betty Friedan, en el ala más académica. El feminismo de la diferencia, que intenta revalorizar lo femenino y hacer de la diferencia un valor, ha sido también inspirado, directa o indirectamente, por psicoanalistas como Melanie Klein o Ernest Jones, quienes en sus obras hablaban de una sexualidad femenina originaria basada en sensaciones preceptivas vaginales en contraposición a la sexualidad femenina subalterna formulada por Freud. El feminismo de la diferencia propone un orden nuevo en el que lo femenino queda resignificado. Algunas de sus exponentes más reconocidas han sido Luisa Muraro, del colectivo de la Librería de Mujeres de Milán, y ecofeministas como Mary Read. En los años noventa en Europa, principalmente en Francia, aunque ninguna de sus más destacadas exponentes sea francesa, se da un repunte del feminismo filosófico. Este, muy influido por la teoría lacaniana, es representado por autoras como Luce Irigaray o Julia Kristeva. El feminismo posmoderno ha llevado a cabo una intensa revisión del psicoanálisis y del concepto de género. Autoras como Judith Butler han teorizado sobre el binarismo de género desde el femi- nismo queer y la lectura crítica de la teoría lacaniana. Pero la dialéctica entre feminismo y psicoanálisis no ha sido fácil y a pesar de la curiosidad inicial del primero por las expectativas emancipatorias que el segundo prometía, el feminismo ha ejercido una crítica constante de las teorías psicoanalíticas, con mayor o menor justicia. Esta crítica ha sido realizada desde el movimiento feminista y desde las propias filas psicoanalíticas por parte de muje- res psicoanalistas que han rebatido algunos de los postulados psicoanalíticos. En prácticamente to- dos los casos tanto la crítica como la investigación han sido realizadas por mujeres. Silvia Tubert (apud Flax, 1990) subraya las similitudes existentes entre teoría feminista y teoría psicoanalítica: 1. Cuestionamiento del conocimiento establecido que ha derivado en una conversión de para- digmas. Tanto feminismo como psicoanálisis se constituyen como pensamientos influyentes sobre la percepción que el ser humano tiene de sí mismo. 2. Diferencia sexual como elemento central de sus investigaciones. 3. Ambos herederos del pensamiento ilustrado y críticos con sus pretensiones y promesas in- cumplidas. Las principales críticas que el psicoanálisis ha recibido del feminismo son: androcentrismo y hete- ronormatividad, biologicismo, ahistoricismo y perpetuación del statu quo. Estas críticas se han rea- lizado tanto desde fuera como desde dentro del psicoanálisis. En la mayoría de los casos, lejos de ser destructivas, han permitido una constante revisión de la teoría, lo que la ha hecho crecer y am- pliarse incorporando conceptos como la perspectiva de género y nuevos enfoques como el relacio- nal.
 1.-Androcentrismo y heteronormatividad Freud manifiesta a lo largo de sus libros una dificultad declarada para abordar el desarrollo del psi- quismo femenino. Todo el desarrollo del infante fue explicado con el varón como modelo y el pene como diferenciador. El pene y el falo han sido la clave explicativa para la gran mayoría de procesos desde Freud hasta Lacan; el falo entendido conceptualmente y el pene como elemento a partir del cual se constituye la diferencia sexual. El varoncito sale del Edipo con la angustia de castración y la niña lo hace con su envidia de pene. El falo, en Lacan, será el elemento que circula; se es el falo o se tiene el falo (o se cree tenerlo). La crítica más habitual al psicoanálisis ha sido el androcentrismo. El objeto de estudio elegido siempre ha sido el varón como modelo. El estudio de la feminidad se ha dado por parte de algunas psicoanalistas interesadas y por el propio Freud, quien ha intentado entender lo femenino como lo peculiar, como el hecho diferencial de lo universal que, a su entender, es lo masculino. El complejo de Edipo es originalmente masculino; el niño varón reprime el deseo sobre su madre por el miedo a la castración y al padre. Esta represión posibilita la identificación con el padre y con lo masculino. No existe un equivalente femenino como el complejo de Electra, en el que la niña no siente miedo a ser castrada porque ya lo está. La crítica al androcentrismo es también la crítica a un principio aceptado sin discusión, el de la complementariedad genérica, en el que el hombre es sujeto y la mujer objeto. (Dio Bleichmar, 2002) El androcentrismo, criticado por muchas autoras, es considerado como algo más allá de la pura epistemología y elevado a falocentrismo. Según Nora Levinton (2000), el psicoanálisis no se limita a describirla, sino que contribuye a la je- rarquización de la diferencia sexual tomando al varón como patrón y las diferencias anatómicas de las niñas como una desviación de dicho patrón. Desde las filas psicoanalíticas coetáneas de Freud surgieron voces que cuestionaron las teorías de la feminidad por androcéntricas. Karen Horney (1926) fue quizá la psicoanalista que más se desvió de la teoría freudiana presentando una teoría alternativa. Denuncia la tendencia de Freud de tomar a los «hombres» por los «seres humanos» y formular su teoría desde el punto de vista masculino: «El psicoanálisis es la creación de un genio masculino (…) Es lógico y razonable que les fuera más fácil elaborar una psicología masculina» (Horney, 1926, p. 57). Horney posteriormente desarrolló toda una teoría alternativa a la envidia del pene en la que los va- rones presentarían envidia de útero. Horney, de esta manera, toma la capacidad reproductiva feme- nina como el hecho diferencial para la creación de una psicología propia. Otras autoras contemporáneas como Dio Bleichmar (2007) continúan debatiendo sobre la envidia del pene, en este caso para hablar de la envidia de la masculinidad, que se refiere a de todos los pri- vilegios de los cuales los varones disfrutan en la sociedad patriarcal. Desde el feminismo también se ha interpelado en varias ocasiones el concepto de envidia del pene como una forma de patologización de una reivindicación lógica por parte de las mujeres (Friedan, 1963; Beauvoir, 1949). Lo que Freud considera que es un rasgo neurótico, la teoría feminista en- tiende que es una respuesta a una sociedad desigual. A esta lectura crítica del feminismo, el psicoa- nálisis la ha denunciado como exceso de culturalismo. Otra crítica habitual es la de heteronormatividad, siendo una de las salidas ajustadas al Edipo para la teoría freudiana, la heterosexualidad, es imposible pensar en el psicoanálisis entonces como una teoría revolucionaria y transgresora en ese aspecto, puesto que no contempla otras opciones como válidas. 2.- Biologicismo y ahistoricismo Otra crítica que se le hace al psicoanálisis freudiano es el biologicismo y la ausencia de perspectiva cultural. Las autoras y autores que han replicado las teorías por su excesivo biologicismo han sido tachadas de culturistas, como Horney. La psicoanalista norteamericana Clara Thompson (1951), en su obra El Psicoanálisis, recoge esta crítica: «Freud no solamente acentuó lo biológico, con detrimento de lo cultural, sino que su propia teoría cultural la elaboró con apoyo en su teoría biológica» (1951, p. 141). Betty Friedan (1963), en su obra clave, La mística de la feminidad, también hace la crítica al freu- dismo por su esencialismo que se olvida de las influencias culturales: «La investigación moderna ha puesto de manifiesto que mucho de lo que Freud creía ser biológico, instintivo e inmutable es en realidad consecuencia de unas causas culturales específicas.» (2009 original 1963, p 148) Y hay más aún, pues, critica también el ahistoricismo con que las teorías freudianas se han traslada- do a otros contextos socioculturales: «Mucho de lo que Freud describía como característico de la naturaleza humana era solo característico de determinados hombres y mujeres de la clase media eu- ropea de finales del S. XIX» (2009 original 1963, p. 148). Toda la superestructura de la teoría freudiana se basa en el estricto determinismo que caracterizó el pensamiento científico de la era victoriana. En la actualidad, el determinismo ha sido sustituido por una perspectiva más compleja de causa y efecto, en términos de los procesos y fenómenos físicos y psicológicos (2009 original 1963, p. 149). Aunque no podamos compartir que el psicoanálisis halla sido una mera transmisión del pensamien- to imperante en la Viena de fin de siglo, sin más análisis ni disección, es juicioso admitir que el con- texto social y político tuvo que influir en los planteamientos y los objetos de estudio elegidos. Deborah Rydel (2010), en La anatomía deja de ser destino, también critica el ahistoricismo de Freud: Si bien Freud con semejantes planteamientos logra liberarse en forma importante de las condicionan- tes históricas, culturales, económicas, etc. de su época, es claro que permanece prisionero de las mismas en varios aspectos. Vive en una sociedad patriarcal, con una diferenciación de roles muy marcada para los sexos y la supremacía de lo masculino. Las diferencias anatómicas son interpreta- das jerárquicamente, la falta de pene, era un rasgo de inferioridad orgánica y es el origen de la infe- rioridad de lo femenino en todos. (2010, web s.p) La autora señala la influencia del pensamiento de la Viena fin de siglo en la teoría freudiana y tam- bién la jerarquización de la diferencia sexual, crítica que como hemos visto ha sido recurrente. 
 3- Perpetuación del statu quo o teoría descriptiva Durante algún tiempo ha existido un debate abierto en el que han participado varias teóricas del psi- coanálisis y el feminismo sobre la contribución del psicoanálisis. Se discutía si la teoría psicoanalí- tica ha sido emancipadora para las mujeres o, por el contrario, ha contribuido a la perpetuación del statu quo. Si bien todas las autoras estarían de acuerdo con los sesgos androcéntricos y biologicistas del psicoanálisis, el debate se centra en sí es una teoría puramente descriptiva o bien normativizante en distintos aspectos, entre ellos las relaciones de género. Si bien el psicoanálisis surgió con una vocación crítica, algunas teóricas han considerado que más bien ha contribuido en la perpetuación del statu quo. Existe una clara división entre quienes consi- deran que el psicoanálisis es una teoría puramente descriptiva limitada por el contexto sociocultural de su creador y entre quienes consideran que es una teoría normativa para la construcción de los significados de la diferencia sexual. En palabras de Dio Bleichmar (2002): El psicoanálisis es una de las instituciones de lo simbólico que ha contribuido a situar las representa- ciones de la mujer en tanto subordinadas a pesar de su coincidencia epistemológica deconstruyendo los saberes conocidos, el feminismo considera que el psicoanálisis tiene una visión esencialista de la diferencia sexual y que convierte dicha diferencia en desigualdad (2002, web s. p) Deborah Rydel (2009), también sostiene esta afirmación: Es importante visualizar que el psicoanálisis no es solo una descripción de cómo se configura la fe- minidad en un sistema simbólico patriarcal, sino que ha sido, con su teorización y práctica, un siste- ma normativo que configura tales subjetividades, tornando ciertas explicaciones en verdades no cuestionadas, no pensadas, que todos los actores reproducimos más o menos conscientes de ello. (2009, web, s.p) Desde el feminismo se han realizado críticas feroces de la obra de Freud como sostenedora de un orden simbólico de subordinación. Kate Millet (1969), en su influyente obra Política Sexual, enjui- cia la legitimación del psicoanálisis de una valoración conservadora de la diferencia que contribuyó a reducir aún más a las mujeres a sus roles tradicionales, lejos de colaborar en su liberación. Millet (1969) dice: Freud representa la mayor fuerza contrarevolucionaria de la ideología que sustenta la política sexual. (...) Aun cuando suele considerarse el portavoz de la liberación sexual y uno de los principales res- ponsables de la mitigación de las inhibiciones sexuales y del puritanismo inveterado, tanto su obra como la de sus seguidores, y más aún, de sus divulgadores, racionalizaron la denigrante relación que existía entre los sexos, ratificaron los valores tradicionales y validaron las diferencias temperamenta- les. (…) Los descubrimientos de este gran innovador, cuyas teorías sobre el inconsciente y la sexua- lidad infantil representaron un valiosísimo avance en la comprensión de la psicología humana, llega- ron a invocarse para respaldar un punto de vista esencialmente conservador. La postura freudiana se puso al servicio de la contrarrevolución, en lugar de ayudar a liberal al sexo femenino de su larga subordinación.(1969, p. 319) Entre las autoras que argumentan que el psicoanálisis, aun siendo influido por la ideología de la época, es una teoría puramente descriptiva, están Juliet Mitchell y Silvia Tubert. Mitchell es autora del ensayo pionero Psicoanálisis y Feminismo, publicado por primera vez en 1974. «El psicoanálisis no constituye una recomendación para una sociedad patriarcal, sino un análisis de la misma» (Mitchell, 1982, p. 9). Estas autoras, aunque asumen las críticas feministas al psicoanálisis freudiano, no se posicionan como antagónicas, sino que defienden que el pensamiento psicoanalítico ha sido fundamental para la teoría feminista. Tubert (2010) sostiene que el psicoanálisis es una teoría limitada por la época de su formulación: El psicoanálisis mismo como teoría se inscribe en un universo histórico, cultural, político. Luego no podría entenderse en forma absoluta, sin otras determinaciones que las exigencias internas de la teo- ría, sino que es preciso referirse a sus límites externos. (…) Está limitado por la historicidad del uni- verso simbólico en el que se inscribe. (…) Si postulamos un orden simbólico universal, ajeno a toda contingencia histórica, corremos el riesgo de transponer lo imaginario a lo simbólico y confundirlo con un orden social dado. (2010, p. 9). Tubert señala en estos párrafos el psicoanálisis como una teoría inacabada, alejada del dogma:«La obra freudiana conserva su vigencia en virtud de sus enunciados no definitivos, ni concluyentes, contradictorios y aun oscuros» (ibid., p. 10). «Lo ideológico, entonces, es no reconocer el carácter precario e inestable de toda positividad, la imposibilidad de una sutura última» (ibid., p. 12). En Deseo y Representación. Convergencias de psicoanálisis y teoría feminista, Tubert (2014) no solo no considera el psicoanálisis como una institución perpetuadora de la subordinación de las mu- jeres, sino que señala a Freud como responsable de «algunos de los importantes cambios producidos en la última centuria» (p. 13). Por tanto, el debate interno se mantiene entre quienes consideran que el psicoanálisis únicamente describe una sociedad donde la diferencia es jerarquizada y quienes señalan a la institución psicoa- nalítica como una más de las que contribuyen a este statu quo. Desde aquí nos posicionamos en un punto intermedio teniendo en cuenta que si bien el psicoanálisis ha supuesto una irrupción y puesta en relieve de aquellos asuntos que permanecían invisibles, como la sexualidad y el malestar feme- nino en la cultura, no siempre su puesta en práctica ni su doctrina han sido liberadoras, sino que se han puesto al servicio de un orden social dominante. Se podría decir que el psicoanálisis dejó pasar la oportunidad emancipadora y revolucionaria, plegándose en algunos momentos a aquella moral que pretendía combatir en sus inicios. La actualización, incorporación de nuevos enfoques, la reco- gida de nuevas realidades sociales y la escucha de la crítica pueden ayudar a cumplir la promesa inicial de emancipación. 4- Diferencias epistemológicas A pesar de que feminismo y psicoanálisis coinciden en sus métodos deconstructivos de la realidad, realizan un camino inverso en su entendimiento de esta autora (Dio Bleichmar, 2002). Para el femi- nismo lo personal es político (Millet, 1969), ya que todo hecho humano tiene una lectura política, mientras que para el psicoanálisis lo político es personal, dado que entendiendo que todo lo univer- sal es asumido por un sujeto que lo subjetiviza. Cualquier relación es susceptible de ser una relación de dominación y es esta teoría de la subjetividad humana precisamente la que ha nutrido al pensa- miento feminista y su espíritu crítico, lo que se ha constituido como una herramienta fundamental para los feminismos. Tubert (1990), en el prólogo a la obra de Jane Flax, Psicoanálisis y feminismo. Pensamientos fragmentarios, señala este punto de coincidencia, más que de conflicto. Afirma que: El psicoanálisis y el feminismo han coincidido en el esfuerzo por comprender la construcción cultu- ral de la diferencia sexual, por localizar las causas de la opresión y de la violencia sexual, y por de- construir las formas en que nos vemos afectados por nuestra inclusión en el orden simbólico patriar- cal. (1990, p. 20). Se puede decir que se da una intersección entre ambas teorías, en donde coinciden en la crítica a la moral sexual, la importancia del inconsciente y de los mandatos y presiones sociales. 7.2. Nuevas escuelas psicoanalíticas 7.2.1 . Desde la teoría de las relaciones objetales Nancy Chodorow, Jane Baker Miller y el Stone Center. Tanto Chodorow como Baker Miller se erigen como figuras fundamentales que desarrollan sus pos- tulados a partir de lo que conocemos como la Teoría de las Relaciones Objetales o corriente inglesa del psicoanálisis, pero complementando su visión (especialmente Chodorow) con teorías sociológi- cas y sociopolíticas que dan un sentido feminista a sus investigaciones. Ambas autoras y sus obras han sido tremendamente influyentes para el desarrollo de posteriores investigaciones psicoanalistas feministas en distintos países. 7.2.2. Feminismo lacaniano Tubert y Mitchell En este apartado destacan dos corrientes: las seguidoras de Freud representadas por Marie Bonapar- te o Helen Deutsch, quienes afirman que existe una única libido masculina, y la corriente inglesa, cuyos máximos exponentes serían Melanie Klein y Ernest Jones. Esta última corriente afirmaría que existe una libido específicamente femenina, lo que da un lugar protagónico a la anatomía femenina y define la feminidad primaria. Esta tendencia reaparece con Lacan e influye significativamente en el feminismo de la diferencia. Estos autores y autoras iniciaron un movimiento en contra del andro- centrismo del freudismo. Reafirmaron la sexualidad fálica de la niña demostrando el conocimiento de la vagina y la percepción de sensaciones vaginales por parte de esta. Para Emilce Dio Bleichmar (2000) y Alicia Puleo (1992) si bien esta teoría de una sexualidad femenina primaria constituye una crítica al falocentrismo de la teoría del sexo único, en realidad se registra dentro del mismo para- digma esencialista: la constitución del sujeto a partir de lo biológico. Silvia Tubert (2010) también señala que esta teoría alternativa a la freudiana incurre en la misma falla que critica, pues incurre en el esencialismo, pero esta vez femenino. La teoría lacaniana supuso una promesa para el feminismo, una promesa de desbiologización del psicoanálisis. Lacan no se sitúa del lado del constructivismo y rechaza la división entre naturaleza y cultura. Lacan no centra la experiencia humana en la diferencia sexual anatómica, sino en la repre- sentación del falo: «tener» o «ser» el falo como elemento metafórico. La mujer no está castrada frente al varón, sino que todos los seres humanos son castrados. Sin embargo, la crítica que muchas feministas han proferido ha sido, precisamente, la dificultad de desligar el falo cómo símbolo de la masculinidad y de mover el foco de la identidad sexual. Para Lacan no existe La mujer. Es decir, la diferencia sexual no es innata y está mediada por la re- presentación; es ficticia y responde a una división simbólica entre hombres y mujeres. Con esta ex- presión, el artículo tachado determinado tachado, Lacan se refiere a que es imposible referirse a las mujeres como colectividad porque no hay un universal de las mujeres. Se ha considerado en oca- siones que para Lacan la mujer no entra en el registro simbólico, lo que crea una feminidad mística. Para Lacan, sin embargo, según platea en el Seminario 20, las mujeres están desdobladas entre el goce fálico y el goce “más allá del falo”, su goce es dual, lo cual quiere decir que no está entera- mente sujeta a la lógica fálica y su goce trasciende el falo (más allá del falo), no depende del falo sino que su goce se da en todo el cuerpo. Algunas psicoanalistas feministas como Silvia Tubert, Juliet Mitchell se han sentido más cercanas a las tesis lacanianas. 7.2.3. El nuevo paradigma: la incorporación de la subjetividad Jessica Benjamin, Emilce Dio Bleichmar, Nora Levinton, Mabel Burín. 
 Desde finales del S. XX se ha venido desarrollando un nuevo paradigma en psicoanálisis, que viene a introducir nuevos elementos en la dialéctica freudiana/lacaniana. El paradigma intersubjetivo, he- redero de los postulados de Winnicott y Bowlby y su teoría del apego, entre otros, hace referencia a la construcción de la personalidad humana en interrelación. Da primordial importancia a las prime- ras relaciones del bebé y su acompasamiento con las figuras cuidadoras para la configuración de la subjetividad. La perspectiva feminista ha cuajado perfectamente en este nuevo paradigma y las teó- ricas que aquí exponemos han podido desarrollar sus conceptos de una manera crítica con el psi- coanálisis clásico, lo que nos ofrece versiones más actualizadas y comparadas de las mismas. 
 7.2.1. Desde la Teoría de las Relaciones objetales: 7.2.1.1. Nancy Chodorow Nancy Chodorow es socióloga, formada en la Escuela Norteamericana de la Psicología del Yo. Al- gunos de sus escritos fueron rechazados en sus comienzos en publicaciones psicoanalíticas y femi- nistas. Es una de las primeras psicoanalistas americanas en basar su obra en la Escuela de las Rela- ciones Objetales y formuló la idea de que la personalidad femenina es relacional, pero no se consi- dera a sí misma una psicoanalista relacional. Psicoanálisis y feminismo Chodorow considera el feminismo como una teoría y una práctica liberadora. El psicoanálisis tam- bién estudia cómo las personas pueden apropiarse de sus vidas y qué hacer para cambiarlas, por lo tanto, también puede ser liberador. El psicoanálisis coincide con el feminismo en sus focos tradicio- nales de estudio: heterosexualidad y maternidad, y en que la masculinidad y feminidad son cons- tructos sociales, ya que la biología no es suficiente para conformar una identidad de género. Chodorow realiza una crítica a postulados clásicos de la teoría feminista, como el popular lema que es piedra de toque del feminismo: «lo personal es político» (Millet, 1970). Si lo personal es político, ello implicaría que los sentimientos son generados por fuerzas externas y que no habría que investigar su creación y constitución interna. Chodorow reclama que una teoría feminista se pregunta por el ejercicio de la maternidad, de lo con- trario naturaliza este ejercicio. La autora, posicionándose dentro de las Teorías de las Relaciones Objetales, lleva a cabo una crítica extensa al psicoanálisis tradicional alegando que su visión esencialista del desarrollo sexual, ha condicionado la identidad de hombres y mujeres. El psicoanálisis para Chodorow, describe una dinámica de dominio masculino que convierte al niño sexualmente polimorfo en generalmente heterosexual, lo que explica cómo los varones se apropian de las prerrogativas masculinas y las mujeres se convierten en sumisas y pasivas. Como muchas otras autoras dentro del psicoanálisis critica el mantenimiento del statu quo al que este contribuye. Chodorow mantiene que los supuestos preteoréticos sobre la noción de género sos- tienen las siguientes hipótesis: las mujeres son naturalmente maternales, instintivamente pasivas y masoquistas; la heterosexualidad debe darse por hecho, pero la homosexualidad tiene que ser expli- cada; la psicología masculina basada en la superioridad sobre las mujeres o el temor a la castración no requiere análisis clínico; la violencia o la agresividad solamente requieren explicación si se da en la mujer. Denuncia también que se consideran patológicos los modelos de parentalidad no tradicio- nales. Al señalar los excesos de Freud en sus teorías menciona que él solamente en algunas ocasiones ha- bla del desarrollo de las mujeres y en otras muchas hace afirmaciones apoyadas en hechos biológi- cos que no ha podido demostrar. O que son suposiciones culturales aceptadas acríticamente, pero no tienen evidencia en experiencias clínicas, ni en interpretaciones, ni en la metodología psicoanalítica. Su principal formulación sobre la feminidad consiste en afirmar que su conocimiento es «incomple- to y fragmentario» (Freud, 1925) Chodorow (1985) denuncia que las conclusiones a las que llega el psicoanálisis sobre las mujeres obedecen a sus intereses políticos antifeministas y que no son suposiciones casuales ni accesorias en el núcleo del psicoanálisis, ya que son centrales en la teoría de la diferencia sexual y poseen se- rias implicaciones terapéuticas. Freud y sus seguidores trasladan las «descripciones clínicas de fan- tasías a la descripción científica de la realidad» (1985, p. 217) cuando afirman categóricamente que la niña y la mujer están castradas debido a la fantasía de sentirse castradas. La teoría freudiana hace también una valoración jerárquica de las diferencias anatómicas entre los sexos y allí Freud asume acríticamente un sistema de valores patriarcal y sus estimaciones imple- mentan dichos valores y juicios, que son presentados como observaciones científicas neutrales (Schafer apud Chodorow, 1985, p. 219). Esto hace que Freud aparezca, por una parte, como «agen- te de la hegemonía patriarcal y por otra como astuto analizador de la cultura patriarcal» (1985, p 231). Incluso en algunos casos, según Chodorow, da por supuesto que la diferenciación sexual está al servicio de la reproducción biológica. Por ejemplo, cuando describe (posteriormente lo ratificará Deutsch) como objetivos de desarrollo femenino la pasividad y el masoquismo, que son aspectos que sirven a objetivos biológicos ( Chodorow, 1985, p. 231). Los rasgos de pasividad y masoquismo fueron fundamentados en correlatos biológicos como la -supuesta- pasividad del óvulo, la pasividad vaginal (denominada giro a la pasividad por Helen Deustch) o el sufrimiento implícito en la mens- truación, en el parto e incluso en el coito para las mujeres. Se hace una traslación a aspectos psico- lógicos que configuran el correcto desarrollo de la feminidad en la teoría clásica. Señala otros ejemplos: al referirse al «normal desprecio a las mujeres», en La fase preedípica (1940), como re- sultado normal del Edipo, Freud no considera la experiencia social ni que pueda no pertenecer al orden natural de las cosas. Algunos de los postulados del psicoanálisis que han sido criticados por Chodorow son los siguien- tes: • Superyó más débil de las mujeres. • Clítoris como pene atrofiado y no como órgano propio. • Una definición falocéntrica de la sexualidad. • La teoría de la construcción de la feminidad que impide reconocer que los deseos maternales puedan surgir de otro lugar distinto que la conversión de la envidia del pene y el deseo de la niña de ser masculina. • Primacía psicológica de la masculinidad: la sensación de masculinidad del varón es más problemática que la de feminidad en la niña, ya que es una mujer la que cría generalmente. Además, para que se dé la resolución edípica, la niña y el niño tienen que haber sido cons- cientes de su género y del significado social y familiar de este. • Distinta valoración de los genitales femeninos y masculinos: concepción androcéntrica del desarrollo y ecuación de lo femenino con lo heterosexual. Esto ha tenido implicaciones en la terapia. • Masoquismo, pasividad, narcisismo y envidia del pene en las mujeres. Han sido conceptos muy discutidos en la historia del psicoanálisis por autores disidentes, quienes no consideran que en la terapia se observen estos rasgos femeninos con la misma intensidad que Freud. • Maternidad y heterosexualidad como coartadas para obtener el pene del que han sido su- puestamente despojadas. Redundancias en esta concepción androcéntrica de la sexualidad. En The Fantasy of the Perfect Mother (Chodorow, Contratto, 1982), la autora responde además a otra cuestión central en las teorías psicoanalíticas, sobre todo en aquellas que responsabilizan a las madres de todo el desarrollo del infante. Citan a Alice Balint (1939) en Reproduction: «La madre ideal no tiene intereses propios (…) los intereses de la madre y del niño son idénticos» (p. 93). Contratto y Chodorow, por el contrario, dibujan una madre sujeto y no una madre objeto que deba ser evaluada por su hijo. Chodorow hace una revisión de las críticas que Freud ha recibido sobre estas teorías por parte prin- cipalmente de mujeres psicoanalistas (Horney, Klein, Jones). Estas autoras afirman que la envidia de pene es de tipo reactivo porque las mujeres no se creen inferiores, aunque llegan a pensarlo de forma defensiva ante su entorno. El apego de las mujeres a sus madres en la primera infancia no les hace abrazar un destino menos femenino. Conocen de manera consciente e inconsciente sus genita- les interiores. La autora pone como ejemplo a Chasseguet-Smirgel, quien demuestra mediante el caso Juanito cómo los niños tienen conocimiento de la vagina, refutando así el «monismo sexual» freudiano (únicamente hay un genital y se tiene o no se tiene). En este caso, el embarazo de la ma- dre de Juanito hace patente la existencia de la vagina y el niño se defiende de la importancia de este embarazo y de los sentimientos de desamparo y dependencia que le producen, mediante la negación de la vagina. En su artículo Heterosexualidad como formación de compromiso (1992) señala que la heterosexua- lidad es normativa no solamente en la sociedad, sino también en el psicoanálisis. De modo que se genera la pregunta ¿Qué pasaría si tratásemos a la heterosexualidad como problemática, tal y como hacemos con la homosexualidad? Para Chodorow las cosas no mejoran con Lacan. Cuando el feminismo introduce una psicología suele ser el psicoanálisis lacaniano el que concibe el género como un divisor absoluto. A pesar de la revisión que este autor hace de la teoría de la diferencia sexual, las mujeres continúan en una posi- ción de inferioridad, situándose en el ámbito imaginario, lejos del mundo simbólico superior del padre, siempre reservado al falo y al nombre del padre. Una vez más la significación de la madre es precultural y no simbólica, quedando limitada a una esfera de lo imaginario. Otra de las críticas de Chodorow (2003) al psicoanálisis es sobre la universalidad que este confiere a sus teorías: «el pensamiento psicoanalítico tiende a englobar la universalidad y la diferencia en la universalidad y la similitud» (2003, p. 111). En concreto, Chodorow afirma que el psicoanálisis no comprende los aspectos culturales inherentes a la psicología del género ni destaca la unicidad individual, porque teoriza sobre la esencia de la feminidad o la masculinidad. Tanto psicoanalistas lacanianos y antilacanianos, basados en la castra- ción fálica o en la diferencia sexual, hacen afirmaciones sobre identidad de género y su esencia psi- cobiológica. Tienden a generalizar y a entender que las expresiones de la feminidad y la masculini- dad son únicas y no múltiples. Las teóricas del sí mismo en relación (Gilligan, Jordan, Kaplan, etc.), aunque son quienes más se cuestionan sobre el género, plantean afirmaciones universales sobre cómo son y cómo deberían ser las mujeres. Destaca que hay excepciones como Phyllis Tyson (1990), quien sugiere que no hay una historia de las mujeres, sino muchas historias de las mujeres, muchos temas y muchos resultados posibles del desarrollo femenino. La universalización puede llevar a la esencialización y definir lo que es masculino y femenino. La esencialización y la universalización psicoanalíticas pueden verse explicadas en parte, según otra visión feminista, presentada por primera vez por Karen Horney y Clara Thompson y otras intereper- sonalistas, a causa del rol de la cultura en nuestras conceptualizaciones de género (Chodorow, 2003, p. 118). La autora señala que los pensadores psicoanalíticos necesitan reconocer las complejas maneras en las que la cultura interviene en la configuración del género. Sin embargo, en la mayoría de los enfo- ques existe un modelo precultural de la feminidad y la masculinidad basado en la anatomía y una tendencia general a reducir la psicología de las mujeres a la sexualidad femenina. Género: Para Chodorow no existe un corpus teórico que explique por completo el género y el lugar de las mujeres en la sociedad. Rescata el culturalismo del feminismo, pero señalando que este adolece de una falta de perspectiva subjetiva. Al mismo tiempo añade las teorías psicoanalíticas sobre la dife- rencia sexual y va discutiéndolas y complementándolas. Según Chodorow, el sentido que cada persona le da al género es una construcción individual, por- que hay tantas vivencias y expresiones de género como personas. Introduce la dimensión personal en la conceptualización del constructo género y aúna teorías feministas y psicoanalíticas intentando complementar en una visión de conjuntos los déficits de los que, a su juicio, adolece cada corpus teórico. La identidad de género es una combinación de la significación personal y cultural y, por tanto, no puede entenderse fuera de la cultura. Chodorow realiza una crítica a la teoría feminista que entiende el género como fragmentado y toma políticamente las diferencias como raza, clase, etnia, orienta- ción sexual, etc. El feminismo ha eliminado la dimensión individual, la significación emocional y personal de sus teorías explicativas, de la misma forma que el psicoanálisis eliminó la dimensión cultural y política del género. Chodorow (2003) expone la influencia subjetiva del género que interviene en la construcción psico- lógica del sujeto. El género, para la autora, no puede ser algo construido enteramente por la cultura y determinado por la política. Se debe considerar la significación como un proceso personal para poder captar las im- plicaciones y significaciones que el género tiene para el sujeto y hay que tener en cuenta la subjeti- vidad experimentada del género. La creación de significación del género está constituida psicológi- camente además de culturalmente y se experimenta emocionalmente en contextos interpersonales y emocionales. La subjetividad, el punto de vista y la identidad tienen que ver con la situación y el contexto y, por otro lado, son una creación psicodinámica activa, antes que algo dado. El sentido de género de cada persona fusiona las significaciones personales creadas psicodinámica e idiosincráticamente desde su interior con las significaciones culturales que se le presentan desde el exterior ( Chodorow, 2003, p. 147). El posicionamiento cultural y social de una persona incluye la historia psicológica, la cual se desarrolla y cambia constantemente. El recelo feminista de la psicología y la tendencia de la psico- logía a universalizar hacen que no tengamos en cuenta la influencia de lo personal sobre el género. Otro componente constitutivo del género es la cultura. Todo el mundo nace en una cultura, pero cada persona filtra esta cultura según sus introyecciones y proyecciones personales. Toda expresión corporal tiene una representación psíquica, pero esta representación también está mediatizada por su entorno cultural. El género está compuesto por distintos componentes: fantasías sobre el cuerpo, familia, la cultura y la tonalidad emocional dominante. Chodorow considera que en la elección y el ejercicio de la sexualidad de una persona existe un componente político que debe ser desafiado. Al igual que el género, la sexualidad está modelada por una cultura heterosexista que hay que tener en cuenta. La maternidad El libro más conocido de Nancy Chodorow es The Reproduction of Mothering: Psychoanalysis and the Sociology of Gender (1978) (editado en España en 1984 como El ejercicio de la maternidad: psicoanálisis y sociología de la maternidad y paternidad en la crianza de los hijos). En este título desarrolla sus tesis sobre la maternidad femenina y sobre el concepto del ser-en-relación femenino. Chodorow se interesó por las relaciones madre-hija y la maternidad influida por las lecturas clásicas de Lampl-De-Groot, Freud, Riviere, Deutsch, Horney y Klein. The Reproduction of Mothering:(1978) repensó radicalmente la psicología femenina. Comenzó planteando, como otras psicoanalistas habían hecho, que no es suficiente reducir la psicología fe- menina a la sexualidad y cuestiona cómo es posible que las diferentes escuelas psicoanalíticas no hubieran avanzado nada en pensar la condición femenina. Esta obra toca los siguientes temas: ¿Cómo se desarrolla la maternidad? ¿Por qué quieren las mujeres ser madres? Hasta ese momento en el psicoanálisis consideraba la maternidad desde el punto de vista del infante y el libro de Chodorow habla de la madre como sujeto y de su subjetividad. El psicoanálisis no ha tenido en cuenta la importancia, para la psicología de género, de que las cui- dadoras primarias sean mujeres, según refiere Chodorow. Para Chodorow no se puede hablar de una relación genérica madre-hija o madre-hijo, porque difieren. Las madres perciben a sus hijas como iguales y a sus hijos como diferentes y eso en cierto modo es recibido de manera inconsciente por estas y estos. El libro denota la influencia de Engels al señalar el ejercicio maternal como el punto central de la división sexual del trabajo y cómo esto contribuye a la perpetuación de la desigualdad. La maternidad para la autora no es un hecho universal e invariable. Chodorow afirma también que los vínculos familiares y de parentesco son de gran importancia para las mujeres al constituirse la familia como la institución más importante en la vida de estas y también en la más opresiva. Chodorow afirma que según el Instituto de Frankfourt, la familia empuja a que las personas desarrollen personalidades que garanticen que obtendrán gratificación por realizar actividades nece- sarias para la reproducción de la estructura social. Para Chodorow una teoría feminista debe pregun- tarse por el ejercicio de la maternidad, porque de lo contrario se naturaliza este ejercicio. Los soció- logos, teóricos marxistas y feministas marxistas estudian las relaciones de trabajo en la sociedad capitalista, en tanto que Chodorow ha estudiado desde el psicoanálisis las relaciones en la familia. El psicoanálisis nos muestra cómo la división familiar del trabajo, en la cual las mujeres ejercen la maternidad, da significado histórico y social preciso a los sexos diferenciados (…) la división sexual, por una parte, produce las diferencias sexuales, y por otra, es reproducida por estas. (Chrorodow, 1984, p. 62). Ofrece así una crítica de la reproducción sexual y de la reproducción de la diferencia sexual. El sis- tema género-sexo crea asimetrías heterosexuales que reproducen la familia y el matrimonio, pero deja insatisfechas a las mujeres, en tanto que viven en un sistema opresivo que cultiva la desigual- dad y que además es naturalizado como un destino biológico, según la autora. Por consiguiente, la maternidad, según Chodorow, no se explica por imitación ni por coacción del poder de los hombres; las mujeres no podrían ofrecer un adecuado cuidado maternal, a no ser que ellas mismas se perciban consciente o inconscientemente como maternales. Las capacidades para obtener satisfacción de la maternidad están fuertemente interiorizadas y reforzadas psicológicamen- te. El ejercicio maternal de las mujeres, dentro de la aislada familia nuclear de la sociedad capitalista contemporánea, crea en los hombres una personalidad con rasgos específicos, que reproduce una ideología y una psicodinámica de la superioridad masculina y de su sumisión a los requerimientos de la producción. Prepara a los hombres para que participen en una familia y en una sociedad dominada por los hombres, para que tengan poca participación emocional en la vida familiar y para que parti- cipen del mundo capitalista del trabajo. (Chorodow, 1984, p. 267) 
 Las teorías psicológicas explicativas de la maternidad suponen un entrenamiento mediante el cual las niñas se identifican con un rol maternal. Es un rol de base psicológica, que consiste en la expe- riencia personal del self en relación con el niño. Lo parental no es solamente una serie de conductas, sino que tiene un aspecto relacional fundamental, interaccional y afectivo. «La maternidad suficien- te» requiere capacidades relacionales que están incorporadas a la personalidad, una percepción de ser uno-mismo-en-relación» (ibid., p. 55). Chodorow plantea en este libro la tesis de que se desarrolla una relación diferencial para niños y niñas con la madre, que es quien culturalmente se erige como principal cuidadora. La índole de la relación del bebe con su madre afecta a su sensación del self y sus percepciones con respecto a las mujeres en general. La continuidad del cuidado permite al bebe desarrollar un self. La relación con el ejercicio maternal crea en los niños expectativas y actitudes diversas sobre la capacidad de sacri- ficio y el cuidado y las asocian con sus propios temores y frustraciones. Los niños fantasean sobre los padres y los asocian con virtudes idealizadas y de crecimiento. Para el niño varón, el apego y dependencia materna representa lo que no es masculino y debe negarlo, por lo que reprime las cua- lidades que considera femeninas; en consecuencia, rechaza y devalúa a las mujeres y a lo femenino en la sociedad. Por esta razón es importante para la identidad masculina que existan actividades so- cialmente importantes consideradas masculinas, pues en ellas se asienta su superioridad social. La estructuración psíquica del bebé se da mediante un mundo de objetos internos y diferentes expe- riencias inconscientes del self que tienen que ver con la relación con la madre Esto lleva a un inte- rés/evitación por aspectos relativos a la intimidad y fusión primarias, según Michael Balint ( citado en Chodorow, 1984). La relación del niño con la madre es «el fundamento sobre el cual se apoyan todas sus futuras relaciones con objetos de amor» (Fairbairn apud Chodorow, 1984, p. 125). Para Balint la relación madre-hijo no está sometida al principio de realidad y, por lo tanto, el niño, cuan- do descubre que la madre tiene otros intereses, no lo acepta. Se idealiza a las madres y se crea una ideología social, en la cual se espera que los intereses de las mujeres potencien su maternidad. El buen trato maternal proviene de la empatía con el bebé y de que la madre lo considere como una prolongación de sí misma. A pesar de ello, las teorías psicoanalíticas definen el desarrollo como un progresivo alejamiento de las madres. Según Chodorow, la mayoría de los analistas (varones) no analizan la cuestión de las capacidades parentales de los padres, porque suponen que la biología ex- plica las responsabilidades de cuidado de las mujeres. Chodorow cita a Horney, quien considera que la devaluación de la maternidad es el resultado de un temor por parte de los hombres a las mujeres, a la omnipotencia maternal y a haber sido materniza- dos por una mujer. Es un temor ambivalente: el niño la teme a la madre y al mismo tiempo la en- cuentra seductora. Por lo tanto, aleja el miedo mediante la proyección y la objetivación. «Los hom- bres y niños desarrollan mecanismos psicológicos y cultural/ideológicos para manejar este temor sin abandonar a las mujeres» (Horney apud Chorodow, 2003, p. 270). Es decir, los hombres ideali- zan o demonizan a las mujeres. En su libro, Chodorow afirma que existe una diferencia relacional preedípica que da lugar a las dis- tintas capacidades y sensaciones del self resultantes de una familia donde la cuidadora principal es mujer. La niña se encuentra fusionada con la madre más tiempo, además de que la madre la percibe como igual, como su continuación, y el niño, ante dicha circunstancia, se ve alejado de la relación. La relación madre-hija es fundamental para la psicología femenina y que la primera cuidadora sea una mujer es muy importante para las relaciones entre los géneros y para el desarrollo de la identi- dad de género en los niños. Para la autora, el hecho de que los hombres sean maternizados por mu- jeres reduce sus capacidades parentales. Es más fácil que las madres no sobreprotejan a los niños si tienen un trabajo productivo satisfactorio o si los padres contribuyen a la crianza, sin embargo, el rol principal de cuidador recae de manera más generalizada en las mujeres. Las cualidades de las mujeres se podrían crear en los hombres si estos ejercieran su rol parental como las mujeres, pero esta modalidad unilateral del cuidado crea modalidades ideológicas y psico- lógicas que reproducen en cada hombre individual las orientaciones y las estructuras de dominio masculino y que insertan la afirmación de la superioridad masculina en la definición misma de la masculinidad. (Chorodow, 2003, p. 273). La desigualdad sexual y la ideología de la superioridad masculina se reflejan en la familia. La mas- culinidad está menos disponible para los cuidados porque el padre suele estar menos presente, por lo que se le idealiza y se le confiere superioridad y así se convierte en más deseable. Chodorow critica el concepto freudiano de envidia de pene afirmando que las mujeres lo desarro- llan porque el padre les ha transmitido, consciente o inconscientemente, que el pene y ser varón es mejor. La envidia de pene puede ser o no un elemento central de su identidad de género y el género un elemento central o no de su identidad. Según la autora, los sentimientos de la niña en el periodo edípico no son de desprecio sino de temor y hostilidad y derivan en autodevaluación. La niña teme a la madre, pero no la siente amenazadora porque en una sociedad patriarcal este temor no adquiere importancia cultural o normativa y, por tanto, no generaliza el temor a otras mujeres. Las niñas emergen de este periodo con la base de la empatía, que es una base determinante para experimentar los sentimientos de los otros como si fueran propios. Según Chodorow, como las ha maternizado una mujer, las niñas se sienten menos diferenciadas del mundo objetal externo y agregan al padre a su mundo de objetos primarios. Se definen a sí mismas en un triángulo relacional (no hay sustitu- ción) en el que aparece la figura masculina. La complejidad del mundo endopsíquico femenino es mayor que la del masculino y como resultado de esta operación las niñas se ven inmersas en una constelación emocional más compleja y continúan preocupadas por los problemas relacionales. En las niñas no hay un cambio absoluto d e objeto ni un apego exclusivo a su padre. Las mujeres no resuelven el Edipo de la misma forma, no abandonan su apego preedípico a la madre ni su apego edípico al padre. Las niñas crecen con una lucha ambivalente en pro de una sensación de separación de la madre y en una oscilación bisexual emocional entre madre y padre. La negación de la cone- xión y el aislamiento de los afectos, en cambio, es un rasgo masculino propio de su desarrollo y puede producir un superyó más rígido y represor de los problemas relacionales. En el desarrollo femenino no se reprimen las relaciones objetales internas y externas y eso puede llevar a un superyó más abierto a la persuasión y a la influencia de los otros, no tan independiente de sus orígenes emo- cionales. Es decir, el superyó de las mujeres se construye en relación con los otros. Las mujeres, para Chodorow, emergen del complejo de Edipo orientadas a la heterosexualidad como objetos eróticos primarios, pero no emocionalmente; esto es algo distinto al lazo edípico del niño con su madre. El amor a las mujeres puede proporcionar la promesa de regreso a la experiencia del amor primario. El desarrollo heterosexual y la maternidad en la mujer son, para el psicoanálisis, el producto secundario de su sentido de masculinidad fracasada. Sin embargo, para la autora la hete- rosexualidad femenina es «bisexualidad constitucional» o «convencimiento y aprendizaje del rol adecuado», lo que quiere decir que la heterosexualidad no necesariamente implica la estimulación del deseo hetero por parte de la seducción paterna. Las mujeres, para Chodorow (2003), son «geni- talmente hetero, pero no desarrollan un objeto de amor heterosexual fuerte, sino que pueden perma- necer en la ambivalencia bisexual emocional» (2003, p. 250). Chodorow (2003) realiza una crítica al psicoanálisis afirmando que no posee una teoría adecuada sobre la reproducción del ejercicio maternal, pues considera que la maternidad es un destino natural femenino. La autora reinterpreta el relato psicoanalítico: El ejercicio maternal se reproduce a sí mismo gracias a las diferentes experiencias objeto- relaciona- les y a los diferentes resultados psíquicos que tienen hombres y mujeres. Como han sido materniza- das por mujeres, estas van a tratar de ser madres, a intentar conseguir gratificación de la relación que provee el ejercicio maternal. (2003, p. 302). En general efectúa una crítica al rol maternal y al ejercicio de la maternidad y su papel en el orden patriarcal. Señala que la reproducción de la maternidad es la base de la situación de las mujeres y de su responsabilidad en la esfera doméstica, lo que hace la reproducción social asimétrica. Las muje- res se reconstituyen a sí mismas cada día y se reproducen a sí mismas como madres, emocional y psicológicamente, en la generación siguiente. El ejercicio de la maternidad se perpetúa mediante mecanismos psicológicos inducidos social y estructuralmente, como hemos visto anteriormente, por lo que no se trata de un hecho fisiológico determinado para las mujeres por su biología. El ser-en-relación femenino Una de las premisas más importantes que mantiene Chodorow en su obra es que la personalidad femenina incluye una definición fundamental del self en relación. La relación del niño y de la niña con la madre configura, para Chodorow, una forma de ser diferencial de hombres y mujeres. Para la autora no existen diferencias entre las personalidades masculina y femenina, pero sí existen varia- ciones entre lo que es masculino y femenino de una cultura a otra y según las clases sociales. En casi todas las sociedades las mujeres son enseñadas a pensarse a sí mismas como inferiores al hom- bre. La socialización femenina desvaloriza lo que es ser una mujer, mientras que la identidad mas- culina no depende de la aprobación de otros hombres. Las niñas mantienen una preocupación mayor respecto a los asuntos de la primera infancia relativos a la madre, su apego mantiene más rasgos preedípicos. Las mujeres se definen y se experimentan relacionalmente. Para la autora, las hijas e hijos, desde la primera infancia, perciben una manera diferente de ser en relación, un sí mismo distinto que responde al inconsciente materno, al consciente, a las expectati- vas de género y las fantasías. La mujer experimenta un sentido de ser-en-relación (self-in-relation) en contraposición a la creación masculina, cuyo self niega la conexión con los otros. La relación madre-hija es tan importante para el psiquismo femenino que muchas de las experiencias de las mu- jeres son interpretadas en clave de la internalización de esta relación. Esta indiferenciación con la madre en el periodo preedípico hace que las niñas crezcan mirándose en un espejo de su mismo gé- nero, por lo que desarrollan una identificación personal con su madre que surge del lazo primario y, por tanto, sus fronteras yoicas son más permeables o flexibles. La niña es exigida a cumplir con demandas contradictorias. Se espera que se identifique con la ma- dre para aprender su rol adulto y al mismo tiempo se le pide que se separe de ella, como signo de buen desarrollo psicológico. Chodorow denuncia que la identificación del niño con el padre se rela- ciona con ajuste mental, mientras que la identificación de la niña con la madre no. Sin embargo, la culpa y la tristeza por la madre son emociones femeninas tan frecuentes y dominan- tes en las mujeres que pueden limitar el desarrollo, el placer y sus los logros como cualquier manda- to cultural. La vergüenza en relación con los hombres, por la dependencia de las mujeres o por que- rer lograr objetivos masculinos, es a veces modulada por fantasías inconscientes provenientes de periodos infantiles. Esto conforma el sentido de sí mismo y la experiencia de género. Conclusiones: Chodorow es una figura muy importante dentro del psicoanálisis feminista. Su obra se ha converti- do en un referente en el estudio de la feminidad y la diferencia sexual. Su principal obra, El Ejercicio de la Maternidad (1984) está muy influida, y así lo explicita, por teorías marxistas. Sus tesis sobre la relación materno filial ofrecieron una nueva perspectiva en la que la madre se presentaba como sujeto y como elemento fundamental de la diada, más que como elemento perturbador. En posteriores entrevistas (2000) sostiene que tal vez sus palabras han sido tergiversadas de manera interesada y que la crianza compartida es posible que no consiga la libera- ción femenina, como afirmaba en su obra, o al menos que las figuras de crianza no son intercam- biables, pues el vínculo entre madre-hija/o no es relativizable. En este estudio compartimos y consideramos como acertada su crítica tanto al psicoanálisis como al feminismo: su aporte crítico a las teorías de la diferencia sexual o la heteronormatividad es impor- tante y ha sido inspiración para muchas teorías posteriores. Es cierto que la autora recae en incon- gruencias, por ejemplo, al basar toda su teoría maternal en la familia tradicional heterosexual, sin embargo, sus esfuerzos de desnaturalización de la maternidad introduciendo una perspectiva social se pueden considerar útiles para otros desarrollos teóricos. La autora ha sido capaz de elaborar una crítica constructiva, argumentada y realista tanto del psicoanálisis como de la teoría feminista, apor- tando elementos para su complementariedad. 7.2.1.2. Jean Baker Miller Jean Baker Miller es seguidora de la tradición americana del feminismo liberal de los años 60. En su carrera se concentró en formular una teoría psicológica diferencial de las mujeres. Aun siendo crítica con algunas ideas del psicoanálisis, reconoce su aportación histórica y se funda- menta en sus teorías, complementando algunos aspectos. Junto con Nancy Chodorow y Carol Gilli- gan fue pionera en un movimiento crítico feminista, dentro de la psicología norteamericana, que se convirtió en un paradigma de la nueva psicología feminista. Fue militante feminista y también participante de distintos grupos de conciencia feminista en los años 60 y 70. Baker Miller fue seguidora de Betty Friedan, su obra se encuentra influenciada por la de esta y muy especialmente por La mística de la feminidad (1963). El principal aporte de Miller fue el esfuerzo por la formulación de una psicología femenina propia que despatologizase el comportamiento femenino y en la que las mujeres no fueran consideradas «hombres fallidos», sino que se les reconociese por sus cualidades propias, mismas que histórica- mente no han sido valoradas cultural y socialmente. El rasgo más importante y con un mayor aporte social para las mujeres es el ser en relación, que teoriza sobre la orientación de las mujeres a lo vin- cular y lo relacional. Miller se convirtió en directora del Stone Center for Development Services and Studies en 1986, un centro asociado al Weslley College, donde pudo desarrollar su enfoque relacional. Este instituto de investigación y atención estaba asociado a la Stone House, una institución alternativa a los psiquiá- tricos convencionales. El Stone Center actualmente continúa funcionando como servicio de consul- ta y publicando estudios sobre un enfoque relacional y cultural en psicoterapia. Psicoanálisis Aunque Baker Miller se enmarca dentro de un modelo teórico psicoanalítico, ella reconoce algunas de las críticas que el feminismo ha realizado a este, como el androcentrismo, al afirmar que la hu- manidad ha estado sujeta a una visión explicativa reduccionista de sí misma en función de la subor- dinación de la mujer. Y es, por tanto, fundamental el estudio y comprensión de las mujeres y la fe- minidad para entender el orden psicológico, algo que ha sido deficitario hasta el momento por el sesgo androcéntrico de todos los modelos explicativos. «El hombre como medida de todas las co- sas, la interpretación masculina del mundo nos define y dirige» (Baker Miler, 1992, p. 91). Alude a Jung, quien habla de la «mujer oculta en cada hombre» refiriéndose a una dicotomía que no toma en serio la base de desigualdad social. Baker tacha sus aportaciones de ahistóricas (ibid., p.103). El psicoanálisis ha desarrollado una teoría del desarrollo del yo desde un punto de vista androcén- trico, ya que los principios rectores de la psique femenina son distintos a los masculinos. El psicoa- nálisis afirma que las mujeres tienen un «yo más permeable» o un «superyó menos evolucionado». Dado que el psicoanálisis se desarrolla en un marco cultural concreto, con un sesgo androcéntrico, es lógico que las mujeres no sean un «representante perfecto de esta cultura» (Baker Miller, 1992, p. 94), ni se les halla permitido a actuar en beneficio directo de ellas, que es algo fundamental para su desarrollo. Para Baker Miller, la principal labor del psicoanálisis ha sido la de visibilizar aspectos de la expe- riencia humana, aspectos disociados de la experiencia de los varones y asociados con las mujeres (vulnerabilidad, debilidad, dependencia emocional). Las mujeres, por tanto, se presentan como por- tadoras de las necesidades humanas. El movimiento feminista ha desarrollado una serie de temáticas asociadas a la opresión de las muje- res, que proviene de esta disociación y delegación de aspectos vitales de los cuales estas son deposi- tarias: • Franqueza física: hablar y mantenerse en contacto con el propio cuerpo. • Franqueza sexual: eliminación del rol sexual y un mayor contacto entre significado sexual, personal y emocional. • Franqueza emocional: la expresión de sentimientos de vulnerabilidad y fragilidad no son bien vistos por la cultura dominante, lo que les convierte en un factor de riesgo para la salud mental. • Desarrollo humano: el cuidado de niños, niñas y adultas, así como la necesidad de cuidado a lo largo de todo el ciclo vital. • Función asistencial: redistribución de la responsabilidad de la asistencia y cuidado de los demás. • Cosificación: del cuerpo de las mujeres. • Sociedad humanizante: «emocionalizar» y humanizar significa expresar cualidades emocio- nales inherentes a la experiencia. • Igualdad privada y pública: demanda de estilos de vida igualitarios. • Creatividad personal: derecho a participar en la propia creación de la cualidad como perso- na, es decir, lo que significa no aceptar la heterodesignación. Los temas que preocupan a las mujeres podrían ser desarrollados en una tercera etapa en la historia del psicoanálisis, según la autora. En opinión de Baker Miller, el psicoanálisis se ocupa ahora de temas relacionales, aspectos que pre- cisamente tienen que ver con el lugar que las mujeres ocupan en el mundo. Es decir, el interés del psicoanálisis por lo relacional y la necesidad de (inter)dependencia tiene que ver con el lugar asig- nado a las mujeres en nuestro orden social. Por lo anterior, Miller considera que el psicoanálisis vi- sibiliza cuestiones esenciales para la humanidad de las cuales las mujeres han sido depositarias, aunque no solamente les conciernen a ellas. Feminidad y rasgos femeninos: Feminidad Baker Miller define a las mujeres como el grupo oprimido o subordinado de la sociedad frente al grupo dominante, que son los varones. Comparte rasgos con otros grupos oprimidos: • Heterodefinición del grupo por parte del grupo dominante: deficitario, disminuido debido a defectos innatos y biológicos. Rasgos psicológicos en función del beneficio del grupo domi- nante. • Definición de roles por parte del grupo dominante: los roles menos valorados los llevará a cabo el grupo subordinado. Especialmente aquellos relacionados con la satisfacción de ne- cesidades del grupo dominante. • Rechazo a las manifestaciones de disidencia del grupo subordinado. Algunos de los rasgos tradicionalmente atribuidos a la feminidad se explican en su teoría del grupo subordinado. Un ejemplo es la «intuición femenina», que se debe a la habilidad desarrollada por las mujeres para conocer y predecir las reacciones del grupo dominante. La autora la explica como «destrezas adquiridas con la práctica, consistentes en leer muchas pequeñas señales de origen verbal y no verbal» (Baker Miller, 1992, p. 25). Los rasgos femeninos se han definido como secundarios o inferiores, sin embargo, para la autora las cualidades asignadas a las mujeres como las más «elevadas» se mantienen cercanas a aspectos esenciales «y base de una forma de vida más «avanzada» (ibid, p. 43). Debilidad, vulnerabilidad e indefensión Se enseña al hombre a negar estos sentimientos y a las mujeres a cultivar este estado. Las cualida- des valiosas de la mujer no solo no se valoran, sino que se penalizan. La sociedad hace que los hombres se sientan débiles y las mujeres aún más débiles. Si los hombres niegan su debilidad y las mujeres la muestran, estas tienden a creer que hay una especie de «fuerza mágica» que hace a los varones invulnerables y se sienten más tranquilas teniendo un «hombre fuerte» que las proteja. Explica la envidia del pene en función de esta expresión de la debilidad femenina y negación de la masculina. Los varones, sabiendo que no poseen ninguna capacidad extraordinaria que no tenga una mujer, atribuyen su superioridad al pene. La sociedad ha asignado a un solo sexo la capacidad de acción, decisión y poder. Sin embargo, la autora propone que la mujer no debe alejarse de la debilidad, sino aceptarla, lo que supone una gran fuerza. Las mujeres tienen que asumir riesgos no solamente intrapsíquicos, sino también reales. Una parte necesaria de toda experiencia es el reconocimiento de todas las debilidades. Todo ser hu- mano depende de otros. Según Baker Miller, ayudar al desarrollo de los demás sin tener la misma oportunidad de desarrollarse es una forma de opresión. Emotividad Se intenta controlar la emotividad en lugar de aceptar las emociones. Las mu jeres tienen una mayor sensibilidad hacia las emociones, en parte por su condición de subordinadas, por lo que se asume que deben aprender a interpretar las emociones de los dominantes. Las mujeres son aleccio- nadas desde la infancia para que sean sensibles y emocionales y, por lo tanto, aprenden que un he- cho solamente tiene relevancia en función de su relación con la emotividad. Por esto están más orientadas a lo relacional. Sin embargo, de esta orientación a lo emocional y lo relacional también se derivan dificultades mentales y sociales. Creatividad Es una necesidad humana aún no suficientemente explorada por el psicoanálisis. Las mujeres se han visto obligadas a renovar sus estructuras psicológicas para adaptarse en un entorno dominante, es decir, han tenido que llevar a cabo cambios para que el cuidado y entrega al otro supusiera un bene- ficio para su propia autoestima. Baker Miller afirma que el varón lucha contra la identificación con la mujer porque ha delegado en esta aspectos disociados de sí mismo. Baker Miller intenta profundizar en un conocimiento de la psicología femenina a partir de la expe- riencia, no desde la heterodesignación androcéntrica. Los síntomas psicológicos y psicosomáticos de las mujeres están relacionados con la enorme exigencia a la que se ven sometidas y de la cual no se sienten autorizadas a liberarse. Actividad- pasividad La autora revisa el tópico que otorga a los hombres el rasgo de la actividad y a las mujeres la pasi- vidad. Sin embargo, muchas de las actividades que las mujeres llevan a cabo son definidas erró- neamente como pasivas: escuchar, aceptar al otro, cuidar, etc., son actos que requieren de una acti- tud y una respuesta activa. La mayor parte de actividades de las mujeres son puestas en marcha no para perseguir fines propios sino de cuidado y desarrollo del otro, lo que les penaliza cuando dirigen su acción hacia metas personales. Maldad femenina Se representa a las mujeres como la encarnación de los problemas no resueltos de la cultura. Las mujeres han sido educadas para complacer a los varones y cuando estos se muestran infelices, ellas tienden a asumir que son las equivocadas. La cultura masculina ha creado una mitología acerca de la maldad femenina ligada a los problemas no resueltos de los varones. La cosificación, a su vez, produce ese efecto sobre las mujeres: al ser consideradas objetos, las mujeres desarrollan la idea de que debe existir algo malo en ellas. Esto les hace pensar que los varones son valiosos y considerar que ellas deben ser objetos debido a su maldad. La autora considera que «la cosificación añade un motivo profundo y directo a la disposición de la mujer a aceptar la maldad que se le asigna». (Baker Miller, 1992, p.78). El cuidado (ser para los demás): La vida de las mujeres se ha organizado en torno al cuidado de los demás. Las mujeres se han visto obligadas a desarrollar un psiquismo con relación al otro y, por tanto, no interactúan directamente con la realidad, sino que actúan en función de las intenciones del otro en dicha realidad. Servir a los demás es una forma de describir el modo básico en que se estructuran los vínculos de la mujer con los demás (…) hay un tema aún más básico a analizar: la importancia y el significado de las relaciones con ellos. (Baker Miller, 1992, p. 95). La mujer existe en función de su dedicación a los otros, es educada para actuar como si no tuviera necesidades propias. Baker considera que la mujer está mejor dotada para detectar las necesidades de los demás, el problema estriba cuando este cuidado se debe ejercer por fuerza. El rol de cuidadoras ha creado una serie de complejidades psicológicas en las mujeres. Desde pato- logías que la autora conceptualiza como el «síndrome de la mártir» o el de la «esposa o madre asfi- xiante», hasta dificultades por pensar que no pueden permitirse un cuidado para sí mismas. Ello les hace verse obligadas a traducir sus motivaciones en forma de servicio a los demás, para reducir la culpa y hacerlas más tolerables. La mujer ha crecido ajena a la cultura, pero inmersa en las necesidades de la vida y el crecimiento. La mujer se desarrolla en un contexto de vinculación con los demás. Esta estructuración psíquica hace a las mujeres más vulnerables a la depresión relacionada con el sentido de perdida de afilia- ción. Las mujeres son animadas y castigadas por basar su identidad en los vínculos, pasando por el apego de la figura cuidadora a la pareja. La necesidad de filiación es tan importante en hombres como en mujeres, aunque son las mujeres las que basan su identidad en esto, que es un factor de avance social, pero también una fuente de vulnerabilidad para ellas. Lo anterior se explica porque muchas maneras de afiliación han sido serviles y ello ha llevado a las mujeres a una posición de sumisión, algo que constituye una fuente de neurosis. Para Baker Miller, esta orientación de las mu- jeres a la relación constituye una forma de sumisión en la que el grupo dominante intenta hacer que las subordinadas participen. La palabra autonomía es un término construido desde el androcentris- mo que no tiene el mismo significado para las mujeres; para ellas es una palabra amenazante, ya que los intentos por conseguir independencia han resultado en abandono en muchas ocasiones. Poder El término poder también tiene connotaciones masculinas. Baker Miller propone un uso del poder diferente para las mujeres, que no limite a los demás. Para ella, las mujeres temen el poder por las connotaciones agresivas de la palabra, y por la reacción que el uso del mismo provoca, pero para salir de la posición sumisa se requiere una cierta dosis de poder. Otra explicación de la autora es que los hombres han inoculado en las mujeres el temor que ellos tienen a la eficacia de estas, interiori- zando las mismas el miedo al poder. Incluso son inhibidas del ejercicio de la asertividad mediante la construcción de figuras femeninas despectivas como «puta» o «castradora» y esto es así porque, cuando la mujer sale de la posición sumisa, el varón siente la amenaza de reintegrarse a aspectos esenciales del desarrollo humano de los cuales no se ocupa y que rechaza. Masoquismo Baker relaciona masoquismo con poder y la relación que las mujeres tienen con el poder. Debido a la necesidad de vínculo que tienen las mujeres, emplear el poder y expresar rabia y cólera por su situación de víctima o subordinada es peligroso, pues eso puede suponer un abandono y, por lo tan- to, es menos arriesgado para ellas soportar sus condiciones y culparse a sí mismas. 
 Conflicto Para las mujeres es difícil conflictuar la cultura dominante y salir de la situación de subordinación. Para Baker Miller, asumir el conflicto de manera colectiva es primordial. Conclusiones La teoría de Jean Baker Miller se puede considerar pionera en el enfoque relacional e iniciadora de un nuevo paradigma psicológico feminista norteamericano, donde se cuestiona el androcentrismo imperante en el modelo de salud mental. Miller proviene de un modelo teórico psicoanalista y de una tradición política feminista y conjuga ambos modelos interpelando al psicoanálisis desde una epistemología feminista. Desarrolla sus tesis a partir de la práctica clínica y pone en marcha su pro- pio modelo de intervención terapéutica a partir de la misma. Sin embargo, la propuesta de Miller (1992) incurre en algunos errores de signo opuesto a su propia crítica. La autora ofrece una explicación culturista para la posición de las mujeres en la sociedad y, sin embargo, les atribuye ciertas cualidades completamente esencialistas, como cuando dice que: «las cualidades asignadas a las mujeres, como las más elevadas, se mantienen cercanas a aspectos esenciales y base de una forma de vida más avanzada» (p. 43). Esta esencialización se podría situar dentro de la corriente del feminismo de la diferencia, que en- salza el valor de las cualidades tradicionalmente asignadas al género femenino y denostadas por la sociedad patriarcal. Para nosotras este intento de revalorización, que asigna una feminidad genuina y no construida, puede ser contraproducente y poco fundamentada, porque además negaría la cons- trucción social y el entramado intrapsíquico que constituye la edificación del género. Se puede considerar la aportación de Miller como original y fundante para muchas otras teorías pos- teriores, por distintas razones: • Baker Miller introduce el concepto de deseo de filiación como rasgo principal de la femini- dad. Este ser en relación es un concepto proveniente del psicoanálisis del yo inglés, que pos- teriormente ha sido desarrollado por toda una rama del psicoanálisis y en concreto por psi- coanalistas que han aportado una perspectiva de género a sus obras, como Jessica Benjamin, Mabel Burín o Emilce Dio Bleichmar. De estas autoras nos ocuparemos en otro apartado, pero vale decir que han estudiado ampliamente la relación entre patología y género en el campo de lo relacional. Baker Miller incluso atribuye el concepto de intuición femenina a la situación de subordinación que las mujeres tienen con respecto a los varones, lo cual les obliga a desarrollar una habilidad para conocer las intenciones del grupo dominante. Una teoría similar, la del apego patológico y la mentalización, en un contexto muy diferente, el de los menores víctimas de trauma por violencia y maltrato, ha sido desarrollada por Peter Fonagy (1999). Según esta teoría, los menores en situación de violencia, por parte de sus adultos, desarrollan un estado de alerta y de especial sensibilidad sobre el estado mental e intenciones de los mismos para poder garantizar su propia supervivencia. 
 • Baker Miller da un especial valor a la utilidad social del cuidado que las mujeres ejercen. Para la autora las mujeres son depositarias de todos aquellos aspectos que los varones no soportan, como son la debilidad y la pasividad. Las mujeres han ejercido por siglos el cuida- do de la sociedad sin tener oportunidad de desarrollarse ellas mismas por la penalización que esto conlleva. Sin embargo, para Miller, no son cualidades negativas, sino que lo conve- niente sería aceptar la debilidad y revalorizar estas tareas de cuidado por el bien común y otorgarles un lugar de prestigio en el orden cultural. La teoría de Baker Miller entronca aquí con teorías que algunas autoras provenientes del ecofeminismo y la economía feminista, como Amaia Pérez Orozco (2006), han defendido. Esta autora, desde una perspectiva eco- nómica, plantea la necesidad de «poner la vida en el centro», lo que pone en valor lo repro- ductivo por encima de lo productivo. Esta idea parte de que aquello relacionado con las ac- tividades más feminizadas siempre está peor valorado económica y socialmente. Sin embar- go, son estas actividades reproductivas y feminizadas las que sostienen el sistema socioeco- nómico y sin estas ninguna labor productiva sería viable (Pérez Orozco, 2006). • Los aportes de Baker Miller no han tenido una consideración muy destacada en Europa por provenir del campo clínico y no contar con un estricto rigor académico. Sin embargo, su in- fluencia ha sido notable en el terreno práctico: Miller recogió el testigo de Horney en lo psi- coanalítico y de Friedan en lo político y dio lugar a una nueva corriente, junto con Chodo- row y Gilligan, de psicoterapeutas feministas estadounidenses. 7.2.2. Feminismo Lacaniano 7.2.2.1. Juliet Mitchell Juliet Mitchell es una psicoanalista británica de influencia marxista, cuya principal obra Psicoanáli- sis y feminismo (1974) es considerada una de las más influyentes dentro de la literatura sobre géne- ro y psicoanálisis. En su libro, Mitchell realiza primero una presentación de las teorías freudianas con respecto a la feminidad. En la segunda parte lleva a cabo un repaso de otras teorías críticas con Freud, o de la psicoterapia radical, como las formuladas por Reich y Laing, y posteriormente expone sus conclu- siones sobre la aplicabilidad de la práctica psicoanalítica a las teorías feministas. Para esta autora, las críticas al psicoanálisis por parte de feministas no están suficientemente fun- damentadas, ni cuentan con la consistencia necesaria, debido a que estas son seguidoras de la psico- logía del yo norteamericana (disidente de las teorías clásicas freudianas) y de autores influyentes en este Movimiento como fueron Reich, que profundizó en la sexualidad humana, y Laing, quien abordó el tema de la familia. Según Mitchell, la crítica feminista al psicoanálisis no comprende el lenguaje freudiano, porque ha extrapolado las teorías fuera de su contexto y las ha combinado con las de otros psicoanalistas, vol- viéndolas ridículas o peligrosas. Las interpretaciones de la teoría freudiana, en opinión de la autora, se dividen entre quienes la ven como una modalidad de determinismo biológico y entre quienes la consideran el resultado de un análisis de la sociedad de la época que no puede extrapolarse a otros momentos históricos. Mitchell se posiciona claramente entre quienes consideran que el psicoanálisis es hijo de su época y, por tanto, adolece de ciertos sesgos asociados al contexto sociocultural de su principal representan- te: la Viena fin de siglo. La autora piensa que debemos conocer este contexto para no limitar la obra. Aun reconociendo cierto sesgo, ella exculpa a su autor por la ineludible influencia cultural del momento. Mitchell (1974) defiende que en ningún caso el psicoanálisis fue concebido con una fina- lidad normativa, sino que en todo momento es un pensamiento descriptivo de las dinámicas resul- tantes de dicho contexto sociohistórico. «El psicoanálisis no constituye una recomendación para una sociedad patriarcal, sino un análisis de la misma» (1974, p. 9). Biologicismo A lo largo del libro, Mitchell va exponiendo la teoría freudiana y respondiendo a las críticas que la misma recibe. En cuanto a la crítica sobre el excesivo biologicismo al hablar de la sexualidad feme- nina, Mitchell sostiene que para Freud la sexualidad se mantiene a un nivel psicológico y que son los intentos por biologizar las teorías psicoanalíticas, en sus interpretaciones posteriores, los que han convertido el psicoanálisis en una teoría al servicio del statu quo. Ante la acusación al psicoaná- lisis de ser biologicista, Mitchell lo defiende explicando que cuando Freud habla de la naturaleza de la feminidad, se refiere a la forma en que esta es vivida mentalmente. Feminidad Para Mitchell (1974) las críticas del feminismo al psicoanálisis son fruto de la incomprensión de la teoría. Admite, sin embargo, que los conceptos formulados en torno a la feminidad demandan una reflexión: «ni la contribución de Freud sobre la feminidad ni la ciencia del psicoanálisis son inta- chables ni completas, pero para poder avanzar es indispensable retornar a estas fuentes» (p. 306). Dicha autora defiende que la interpretación de la sexualidad femenina y la influencia social sobre esta debe ser uno de los puntos de interés del feminismo y la contribución psicoanalítica ofrece una comprensión del funcionamiento del patriarcado. El psicoanálisis puede dar una explicación, al me- nos parcial, sobre el amor romántico, la psicología femenina y los roles diferenciados entre hombres y mujeres. Según Mitchell, la teoría general de la sexualidad es esencial para la comprensión de los argumen- tos freudianos sobre la feminidad. La teoría freudiana de la sexualidad, sin embargo, demanda una redefinición de esta. Freud la reformuló observando que solamente existe en el contexto de la cultu- ra humana, es decir, aportó la dimensión cultural de la sexualidad alejándola de la concepción ins- tintual. Transformó una teoría de los instintos en una teoría de la pulsión humana. Mitchell critica que la interpretación de los analistas postfreudianos de las teorías psicoanalíticas ha derivado en una antítesis entre hombres y mujeres, lo que ha concluido en que la anatomía es el único destino de los sexos. Nuevamente, responsabiliza a las interpretaciones erróneas del psicoaná- lisis de las consecuencias de sus teorías. Sin embargo, Freud significó que hombres y mujeres se hacían eco en su vida psíquica de esta dualidad (somos psicológicamente bisexuales), lo que consti- tuye una figura irresuelta en el campo teórico. En este sentido, Mitchell (1974) afirma que Freud no consideró la histeria como una patología femenina, que afectase únicamente a las mujeres, sino que se trata de una «neurosis femenina» que afecta a hombres y mujeres, ya que la «bisexualidad podía hallar respuestas psicológicas de naturaleza tanto masculinas como femeninas» (p. 107). Frente a las críticas feministas sobre la denostación de la sexualidad clitoridiana en la teoría de Freud, Mitchell responde nuevamente con la necesidad de no interpretar de forma normativa lo que Freud considera una descripción del estado de las cosas, al considerar el clítoris un objeto pasivo y desvalorizado. La mujer, por tanto, realiza una transición a la sexualidad vaginal, en parte como metáfora del cambio de objeto amoroso de la madre al padre. Mitchell, al hablar de feminidad, se refiere también al lugar de las mujeres en el patriarcado: desde la influencia de las teorías de Levi-Strauss, según reconoce en su obra, dicha posición de subordina- ción no es debido a su rol reproductivo sino a su papel como objetos de intercambio por parentesco. De esta manera intenta desmontar las tesis que critican el biologicismo del psicoanálisis fundamen- tado en la tarea reproductiva. Mitchell hace una crítica también a los autores que han discutido la teoría de la feminidad de Freud, Jones y Horney, aludiendo a la búsqueda esencial de la feminidad en su obra en contraste con la teo- ría de la bisexualidad psicológica de Freud, quien categoriza la masculinidad y la feminidad como hechos culturales. Conclusiones Mitchell es una de las autoras más conocidas y una de las pioneras en conjugar psicoanálisis y fe- minismo. Su obra ha ido encaminada a defender la vigencia de las tesis freudianas, argumentando principalmente la distorsión que sus sucesores han hecho de la teoría y la mala interpretación de las lecturas por parte del feminismo. Mitchell sostiene que el psicoanálisis es una herramienta funda- mental para comprender la historia del desarrollo de la feminidad y que siempre ha sido un corpus teórico descriptivo de la realidad social en la que surgió y en ningún caso normativo o prescriptivo. Para la autora es relevante conocer el contexto histórico y sociocultural en el que nació el psicoaná- lisis, por lo que define a la disciplina como un diálogo entre el hombre -Freud- y su época. Podemos estar de acuerdo con algunas de las afirmaciones que hace la autora, y que muchas otras comparten, pero no con la totalidad del rechazo a las objeciones que se hacen desde el feminismo: El psicoanálisis surgió en un contexto muy concreto, pero se ha universalizado, sobre todo en el mundo occidental, de manera bastante acrítica y se ha resistido a modificaciones desde sus oríge- nes, lo que ha impedido adaptaciones que favoreciesen una teoría sobre la feminidad más ajustada a la realidad de las mujeres. Desde el giro dado en la teoría sobre la histeria (cuando se dejó de creer las narraciones de abusos de las mujeres que Freud sentaba en su diván) hasta la actualidad y pa- sando por el cuestionamiento y jerarquización de la sexualidad femenina y la utilidad de sus órga- nos genitales, el psicoanálisis ha marcado buena parte de los criterios de la salud mental de las mu- jeres de manera formal e informal y ha influido en el bienestar o malestar de varias generaciones. De esta manera es imposible considerar el psicoanálisis como un pensamiento únicamente descrip- tivo, sin una responsabilidad en la creación cultural y en el universo simbólico patriarcal. El aporte de Juliet Mitchell ha sido muy valioso y fundamental en la inauguración del debate y en la visibilización de la crítica feminista. Sin embargo, consideramos que es necesaria una visión algo menos complaciente con el sesgo machista de este pensamiento, algo que no necesariamente deja caer en saco roto toda la importancia y valor de la teoría psicoanalítica y sus aportes al pensamiento contemporáneo. 7. 2.2.2. Silvia Tubert Silvia Tubert fue una reconocida psicoanalista que investigó sobre la interrelación entre psicoanáli- sis y feminismo desde hace mucho tiempo. Su tesis versó sobre la construcción de la sexualidad femenina en la teoría psicoanalítica y desde ahí ha realizado numerosos aportes en forma de libros, artículos y compilaciones a la literatura relacionada con lo femenino y el psicoanálisis. Su obra es fundamental para la construcción de un epígrafe propio en la teoría psicoanalítica. A continuación expondremos la aportación de Tubert a la crítica que desde el feminismo y movi- mientos de mujeres se ha hecho al psicoanálisis, dialéctica que ha contribuido al enriquecimiento y construcción teórica. Androcentrismo Tubert acepta las críticas al psicoanálisis por su androcentrismo y mantenimiento del statu quo, sin embargo, encuentra una explicación a esta posición del psicoanálisis: no se puede elaborar una teo- ría de la diferencia sexual fuera de la diferencia sexual y, por tanto, la teoría freudiana estaría pen- sada desde su creador y estaría limitada por escribirse dentro de la propia cultura patriarcal, ya que el sujeto se constituye dentro de un orden cultural patriarcal. Acusar de androcentrismo a la teoría psicoanalítica implica dar una explicación sobre el malestar femenino únicamente en relación con la realidad social externa. Si se reflexiona sobre el malestar de las mujeres en la cultura, no se puede pensar en estas como víctimas pasivas ni como agentes responsables únicas de su situación: «hemos de rastrear las mediaciones existentes entre la violencia material y simbólica de la que son objeto y su realidad psíquica» (Tubert, 2001, p.101). La problemática de las mujeres tiene también una di- mensión inconsciente que se abre paso mediante el síntoma, los sueños, los lapsus, etc. y es esta dimensión inconsciente la que es olvidada por la crítica feminista, a juicio de Tubert. La teoría de las dos libidos, formulada por otras analistas como Melanie Klein o Ernst Jones, no es válida para Tubert ni resuelve la cuestión del androcentrismo, ya que la diferencia anatómica simbo- lizada en función del falo no tiene un valor determinante en la diferencia sexual y está atravesada por el orden patriarcal. Para Tubert la construcción de la diferencia sexual no está exenta de la in- fluencia de las relaciones de poder, por lo que el psicoanálisis únicamente viene a constatar lo que el androcentrismo cultural define: es el falo el que simboliza esta diferencia porque el pene real se presta a dicha simbolización y la niña está en déficit al no tener motivos (ni anclajes anatómicos) para definir la falta. Es decir, las identidades sexuales son ficticias, la división es simbólica y es el orden cultural patriarcal el que otorga el valor al falo y el psicoanálisis quien describe esta realidad. Feminismo vs. Psicoanálisis Tubert fue pionera en plasmar en sus obras la dialéctica feminismos-psicoanálisis en lengua españo- la. Heredera del pensamiento de Juliet Mitchel, Tubert establece un diálogo entre feminismo y psi- coanálisis que enriquece a ambos pensamientos. Para ella existen dos corrientes en este debate, la derivada de la publicación de Psicoanálisis y feminismo (Mitchell, 1974) y la de la publicación de El ejercicio de la maternidad (Chodorow, 1978). Ambos libros vieron la luz en la misma época y a ambas autoras dedicamos un apartado propio. En su obra Mitchell, de influencia lacaniana, dibuja el psicoanálisis como una teoría descriptiva y explicativa de la realidad de las mujeres dentro de la sociedad patriarcal. Por su parte, Chodorow es mucho más crítica y recibe la influencia del psicoa- nálisis desarrollado por Melanie Klein, del cual se nutrieron también feministas de la diferencia. Su obra considera el psicoanálisis como normativo y responsable del mantenimiento de este malestar de las mujeres. Esta corriente es la que Tubert critica por considerarla demasiado superficial en sus apreciaciones. En primer lugar, la autora crítica el feminismo norteamericano de segunda ola (Millet, Firestone, Greer, Friedan), que incluyó la libertad sexual de las mujeres entre sus principales reivindicaciones, por su «empirismo a ultranza». Para la autora, estas teóricas no tienen en cuenta ninguna instancia psíquica para dar una explicación sobre el malestar de las mujeres, sino que atribuyen la situación de opresión únicamente a la influencia externa. Tubert considera que no se puede articular una teo- ría explicativa de lo femenino sin tener en cuenta el papel del inconsciente y además de ello acusa a este feminismo de descontextualizar las teorías psicoanalíticas, obviando las diferencias entre auto- res y distorsionando los textos. Crítica que de algún modo también lleva a cabo Chodorow. Tubert establece una diferencia entre el psicoanálisis europeo y el norteamericano; ve el primero mucho más orientado a la filosofía y el segundo más vinculado a la práctica médica y experimental. Esta deriva del psicoanálisis norteamericano se explica por la prohibición de la práctica psicoanalí- tica para profesionales no médicos en este país, lo que da prioridad a la influencia medioambiental por encima de la noción del inconsciente. Es probable entonces que las diferencias entre ambos psi- coanálisis también hallan influido en la producción teórica feminista en cada región. Las teorías psicoanalíticas feministas se elaboraron a partir del auge feminista de los 70, que pre- tendió romper con el aislamiento histórico de las mujeres. Tubert distingue tres momentos en el estudio de la diferencia sexual que posibilitaron la confluencia entre psicoanálisis y feminismo: 1. Estudios de la mujer. 2. Estudios de género que incluyen feminidad y masculinidad. 3. Estudios de la diferencia sexual (estudios queer) en articulación con otros sistemas de opresión y diferencias socioculturales. Es en el tercer momento en el que surge la convergencia, una vez analizados, escuchados y visibili- zados los problemas de las mujeres y hecha la comparación con las teorías psicoanalíticas. Muchas de las teorías forjadas por mujeres en psicoanálisis, en la actualidad, han sido desarrolladas por au- toras provenientes de otras disciplinas como la historia, la filosofía o la filología como consecuencia de la prohibición de ejercer esta disciplina a los no médicos en la escuela estadounidense y por la dificultad de las mujeres para entrar en la facultad de medicina en el pasado. El psicoanálisis llegó al feminismo para socavar las contradicciones propias del debate feminista; lejos de considerar el factor social como el único determinante, el feminismo europeo intenta anali- zar el lugar social que ocupan las mujeres y analizar las propias contradicciones internas. Una sub- jetividad conflictiva, dividida vs. conflicto con el orden sociocultural. Ambas disciplinas han coincidido en: • Construcción cultural de la diferencia sexual. • Localizar causas de la opresión. • Deconstruir formas en que nos vemos afectadas por nuestra inclusión en el orden simbólico patriarcal. Tubert (2001) defiende que el psicoanálisis «describe los procesos psíquicos inconscientes y sus efectos, sin formular normas ni preceptos (…) el feminismo, por el contrario, es prescriptivo y valo- rativo, precisamente porque se fundamenta en un movimiento político» (p. 98). El analista, en cam- bio, asume neutralidad técnica, no juzga. Estaríamos entonces frente a dos categorías de pensamien- to diferentes: una política, el feminismo, y otra que sin finalidades políticas puede operar un cambio de pensamiento. El psicoanálisis se define no solo por un conjunto de elaboraciones teóricas, sino por la aplicación de un método de análisis deconstructivo y, por tanto, debe estar en permanente cuestionamiento (Tubert, 2003, p. 15). No es un dogma unitario sino desarrollos teóricos articulados por la práctica clínica. Diferencias epistemológicas Aun siendo una de las principales teóricas que conjugan psicoanálisis y feminismo, Silvia Tubert realiza objeciones a las distintas perspectivas adoptadas por los estudios feministas. Críticas al punto de vista de las mujeres: Es importante rechazar la denigración de las cualidades asignadas a la feminidad, pero también hay que recordar que las mujeres «se construyen para ocupar una posición social subordinada» (Tubert, 2000, p. 118), mediante estas cualidades, por lo que celebrar lo femenino acríticamente es un riesgo. Se mantiene una definición esencialista y no se discute la necesidad de una definición de la identi- dad femenina. La revalorización de aspectos tradicionales de la feminidad «deja intacta la configu- ración de lo femenino en lo simbólico» (ibid, p. 121). Reproduce los supuestos de la cultura domi- nante sobre las mujeres y promueve expectativas sobre una feminidad «normal» que funciona de manera normativa. El punto de vista de las mujeres y las prácticas del feminismo de la diferencia ensalzan una cultura propia basada en la revalorización de aspectos tradicionalmente asignados a la feminidad que Tubert considera «el baluarte más importante de la subordinación sexista: la creencia de una feminidad propia de la «verdadera» mujer» (ibid). Una supuesta «ciencia femenina» pretende corregir el sesgo de la ciencia androcéntrica, lo cual pre- supone una ciencia libre de valores. Sin embargo, la ciencia no puede desligarse de la cultura en la que se genera. La ciencia que genera un sesgo no es incorrecta, no existe una ciencia pura, aunque tampoco se puede legitimar. El feminismo está compuesto de una serie de teorías sobre el género, las mujeres y la diferencia se- xual que tienen implicaciones emancipatorias. Es decir, tiene motivaciones políticas. Pero la moti- vación política no convierte a la ciencia en ideología. No existe una forma de percibir como muje- res, sino las consideraciones políticas que modelan la interpretación. Para Tubert no es posible ge- nerar un marco de referencia único para las mujeres porque no existe una concepción universal de lo que es ser mujer. Por esta misma razón, la práctica política feminista se va configurando como una práctica de alianzas basada en el reconocimiento de la diversidad. La postura postestructuralista, en cambio, entiende que se deben deconstruir los conceptos referidos a la categoría mujer, porque son una ficción que debe ser desmantelada. Pero este movimiento no permite elaborar una concepción positiva inmune a la deconstrucción. La especificidad de una teoría feminista estaría en la práctica política, teórica y en el análisis de las relaciones y experiencias de las mujeres. La propia historia se interpreta según la codificación de la cultura en un momento histórico dado. Surge una subjetividad múltiple y cambiante marcada por la pertenencia a distintos grupos sociales y culturales y por el sexo, pero no de manera sobredetermi- nante. Tubert (2000, p. 122) señala a Denise Riley como una de las autoras que, desde este marco teórico, pretende evitar la negación de la diferencia sexual tanto como su esencialización. Linda Alcoff es también citada por Tubert (2000, p. 123) por su perspectiva relacional y posicional del género. Para ella la posición en la red de relaciones intersubjetivas del sujeto es el lugar donde se construyen una serie de valores: «La posición de las mujeres dentro de la red (de relaciones inter- subjetivas que incluye condiciones económicas, instituciones e ideologías culturales y políticas) no tiene poder y movilidad y requiere un cambio radical» (ibid). Es necesario articular representaciones de la feminidad sin carácter normativo sin caer en la tesis «neutra» del «humano genérico» que encubre el androcentrismo. Pensamiento Freudiano y feminidad Freud habla en su obra de la construcción de la masculinidad y la feminidad como categorías, no de hombres y mujeres, por lo que establece estas como puntos de llegada, ya que el sujeto no nace constituido ni como sujeto psíquico, ni como sujeto sexuado. Por tanto, la feminidad y la masculi- nidad son el producto de la historia de las relaciones que el niño y la niña establecen. Por esta razón no es posible asignar unos rasgos prefijados a lo femenino y lo masculino sin someterse a lo bioló- gico y excluyendo procesos subjetivos. Una de las críticas más frecuentes que el freudismo recibe, la de su androcentrismo, Tubert la desmonta afirmando que el psicoanálisis fue concebido como un pensamiento deconstructivo, pero que se ha interpretado precisamente como aquello que se preten- día desarticular al operar con términos producto de una lógica binaria. Según el pensamiento freudiano, la mujer funciona como un referente social del conjunto de muje- res, representa la realidad anatómica del cuerpo femenino y se convierte en signo, cuyo significado remite a la diferencia sexual. La estructuración del deseo sexual femenino y su elección de objeto son el resultado de un devenir precisamente porque no existe esa condición previa de sujeto preconstituido. La feminidad es el producto de la conjunción de inconsciente y cultura, de la posición de la mujer en el orden cultural y de su propia subjetividad. Al ser este orden patriarcal, la feminidad se manifiesta como un sínto- ma del malestar en la cultura. No existe un sujeto femenino dado en concordancia con su anatomía, porque esto supondría que no existe una operación simbólica a partir del cual el sujeto se construye como hombre o mujer. El orden simbólico establece las diferencias entre los sexos produciendo efectos imaginarios marcados por las ideologías y constituye la identidad femenina. No existe una feminidad genérica compartida por todas las mujeres, dado que eso es un esencialismo sociológico que asume que hay un resultado uniforme del proceso. El psicoanálisis afirma que la sexuación es, en cambio, resultado de una historia singular para cada sujeto. La feminidad, por tanto, es el resul- tado de la identificación con ideales culturales que operan como paradigma de esta. Hablar de la mujer y sus rasgos comunes nos lleva a elaborar representaciones y paradigmas normativos. El es- tudio de los deseos femeninos corresponde a la práctica clínica, es decir, al espacio en el que se despliega su singularidad. Tampoco existe una feminidad primaria que es corrompida por el orden simbólico patriarcal, no hay una imagen unívoca y parcial de nosotras mismas, sino que se trata de representación narcisista del yo modelada en función de un ideal diferente para cada sexo y mediatizada por el entorno. Es el orden simbólico el que establece la diferencia de los sexos para el ser humano y esa diferencia al ser asumida por un sujeto en un cuerpo sexuado produce efectos imaginarios que se traducen en identidad femenina o masculina. No existe un sujeto femenino dado en concordancia con el sexo biológico. No existe una esencia femenina previa a la operación del orden simbólico. Tampoco exis- te una feminidad genérica asumida por todas las mujeres y no hay un sujeto que asuma o no un gé- nero que la sociedad le asigna, ni la posición sexual del sujeto y su deseo son el resultado de un gé- nero sociológico. Género Tubert se ha ocupado en varias de sus publicaciones del término género. La autora problematiza la utilización de esta palabra al considerar que se ha convertido en un eufemismo, pues al sobreutili- zarla se elimina la capacidad analítica de la categoría. Para Tubert (2003) «el género es una pantalla que encubre cuestiones de importancia teórica y política» (p. 11) y añade que: El término género no dice nada de cómo se han construido las diferencias entre los sexos mediante prácticas y discursos sociales en diversos contextos y espacios temporales, ni de las distintas formas de asumir el poder entre mujeres y hombres. Género no es un concepto pertinente en psicoanálisis porque desplaza el foco del objeto de estudio: la diferencia sexual implica «la constitución del sujeto del inconsciente como sujeto sexuado a partir de la posición que asume con la diferencia entre los sexos» (Turbert, 2003, p. 15). Al emplear la palabra género en lugar de mujeres para nombrar la diferencia sexual estamos opo- niendo sexo a género, según Tubert, y al mismo tiempo estamos reproduciendo el binarismo de la cultura occidental. Sin embargo, realizamos una distinción artificial, pues es imposible desligar en el sujeto aquello que resulta de su condición biológica de lo cultural. La concepción freudiana del inconsciente cuestiona el dualismo cuerpo/mente porque el cuerpo requiere ser explicado en tanto espacio simbólico. En cambio, es habitual hablar de género como constructo cultural, algo que para Tubert no tiene sentido, ya que el sexo mismo y su interpretación de este se entiende como una ca- tegoría del género. Citando a Joan Scott afirma que «género es un término utilizado como sinónimo de mujeres, ajustándose a la terminología «neutral» de las ciencias sociales y alejándose de concep- ciones políticas feministas. No plantea una amenaza ni supone una declaración de desigualdad» (Scott apud Tubert, 2003, P. 13), en conclusión, defiende el uso de la expresión perspectiva feminis- ta, en lugar de perspectiva de género, con la intención de recuperar la proyección crítica y reivindi- cativa. El malestar en la cultura Tubert (2000) alerta que no debemos confundir el malestar en la cultura y la mujer, síntoma del ma- lestar en la cultura con una «sociogénesis ingenua de la psicopatología como la que se ha desarro- llado desde la llamada perspectiva de género» (p. 131). El estudio de la psicopatolgía femenina debe tener en cuenta las redes en las que cada persona se encuentra inmersa y el lugar de lo feme- nino en la cultura. Las condiciones de vida de las mujeres no han de llevarnos a generalizaciones sociológicas que relacionen la producción sintomática con condiciones de frustración objetiva. Hay que tener en cuenta: • Criterios de salud • La medicalización de la demanda. Una de las escasas ocasiones de las mujeres para expresar su dolor psíquico. La mujer como sujeto que se cuestiona por su propia condición de mujer. La limitación al ámbito privado puede ayudar a libidinizar y favorecer una sensibilidad hacia todo lo relacionado con lo personal. Los varones, al tener mayor presencia en lo público, desplazan en mayor medida su malestar hacia factores políticos y sociales, y, por tanto, también condenan el ma- lestar a enquistarse, pues no buscan las soluciones en el sitio adecuado. Las peculiaridades de la re- presentación del propio cuerpo por parte de la mujer hacen posible una mayor y mejor localización del malestar en este y como resultado una mayor demanda médica. Los programas de salud se ocu- pan principalmente de la salud reproductiva y del cáncer ginecológico, lo que reduce a las mujeres a su cuerpo y a su capacidad reproductora. Todo esto forma parte de la miseria psíquica y social que condiciona a las mujeres en la obtención de su condición de sujeto. Lo femenino no concierne al cuerpo biológico sino a una norma de lo que es una mujer en un grupo social y un modelo que cada cultura propone como ideal para sus miembros. Tubert rechaza los factores sociales como desencadenantes de problemáticas psíquicas, porque lo interesante es ver cómo se articula el deseo en la historia del sujeto: una serie de factores desenca- denantes actúan sobre la predisposición, que es resultado de la constitución y las primeras experien- cias infantiles. La psicopatología personal es producto de sus conflictos subjetivos, de las relaciones familiares que le oprimen e imponen el sacrificio de sus deseos y estos solamente podrán expresarse mediante el síntoma. Hay un exceso de sufrimiento psíquico en algunos grupos que padecen la opresión por parte de otros sectores sociales. En el caso de las mujeres, el sufrimiento tiene que ver con que la cultura les identifica con lo corporal, natural y mortal de la existencia humana, que es algo que nos angustia a todos ( Tubert, 2000, p. 206). Lo que la mujer es resulta de los discursos sobre la feminidad que varían según la época y el lugar. La feminidad es contingente y cambiante en cuanto a producción histórico-cultural. Que la feminidad no tenga un contenido fijo ni universal también es una fuente de ansiedad porque no hay una respuesta inmediata a lo que es ser mujer ni al enigma de la diferencia sexual. Esta definición se elabora a partir de los mensajes que se transmiten en grupos sociales. En nuestra cultura ser mujer equivale a ser madre y, en consecuencia, toda mujer que no es madre no encuentra símbolos que la puedan representar y que le permitan acceder a un espacio social. Las representaciones culturales de la feminidad se han ido configurando como estereotipos que son en sí mismos una fuente de coerción y de alienación y además denigran la feminidad. Se asigna a lo femenino el descontrol emocional, la hipersensibilidad, la pasividad, las demandas irracionales, la dependencia y la inseguridad subordinadas a su fisiología y especialmente a lo que concierne a su capacidad reproductora. Al mismo tiempo, sus funciones reproductivas se hallan sujetas, dirigidas y legalizadas desde discursos y prácticas patriarcales. Se produce una apropiación por parte de la ciencia, la ley y la religión. Es un hecho despojado de valor social y económico para su protagonis- ta. El valor que se asigna a la feminidad y las limitaciones que los modelos del orden simbólico le impone se convierten en factores de vulnerabilidad o de génesis de psicopatologías. El malestar que no puede ser expresado en palabras para soluciones adecuadas, se manifiesta mediante el síntoma en demanda de reconocimiento. El reto de cada mujer es construir su feminidad en función de sus propios deseos y de manera crítica con los ideales de su cultura. Esta propia definición supone un conflicto en relación con su propio cuerpo, con los otros y consigo misma y esto se pueden expresar como malestar, como síntomas psicopatológicos o como enfermedad. Conclusiones Silvia Tubert es una figura de suma importancia para la corriente de psicoanalistas y pensadoras feministas, cuya obra ha supuesto un aporte fundamental a la construcción de un pensamiento pro- pio. Su contribución al diálogo entre feminismo y psicoanálisis ha servido para esclarecer lo que a su juicio han sido malentendidos y confusiones sobre una teoría psicoanalítica más subversiva y atravesada por el momento histórico de su creación que lo que sus posteriores interpretaciones y puesta en práctica han querido ver. Su pensamiento es particularmente rico y lúcido a partir de una visión muy propia de ambas disciplinas. Sin embargo, aun reconociendo el aporte significativo de su obra, hay cuestiones que no comparti- mos con la autora. Cuando Tubert rebate las acusaciones que el feminismo hace al psicoanálisis por su androcentrismo, explica que el pene es lo que se presta a la simbolización del falo gracias al orden patriarcal, lo que deja a la niña en déficit al no contar con anclajes anatómicos para tal simbolización. El psicoanálisis se limita a realizar una descripción del estado de las cosas donde es el pene lo que ostenta el poder circulante y la niña la quien que lo desea. Sin embargo, es difícil entender cómo lo anatómico puede no ser tan determinante cuando es precisamente un apéndice anatómico lo que define la diferencia sexual y permite la operación simbólica. Por otra parte, Tubert, citando a Freud, define la feminidad como un enigma y como depositaria de la diferencia sexual, lo que es el significante de la diferencia. De nuevo incurre en una explicación circular, una explicación androcéntrica para aludir al androcentrismo. Lo femenino, y el cuerpo de la mujer, representan la diferencia porque lo universal es lo masculino. Si el niño elabora sus teorías sexuales a partir de la extrañeza del cuerpo femenino, entonces cabría preguntarse qué teorías po- dría elaborar la niña si ella misma ha de considerarse lo otro. Creemos que es muy pertinente la explicación de Tubert sobre un psicoanálisis mediatizado por su momento histórico y formulado desde un orden simbólico patriarcal. Epistemológicamente, no po- dríamos plantearnos un pensamiento desprovisto de lastres ideológicos y culturales. Sin embargo, Tubert parece medir de manera diferente el feminismo y el psicoanálisis y olvidar dicha situación cuando afirma que el feminismo juzga y normativiza y que el psicoanálisis no lo hace al mantener el analista la neutralidad técnica. Sabemos que, aunque deseable, no es posible dicha neutralidad absoluta. De la misma manera que el investigador contamina de alguna forma sus productos con el sesgo interpretativo, también lo hace el analista al seleccionar el objeto de estudio y aquello que es reseñable e interpretable. Sin embargo, en algunas ocasiones pareciera que ciertos autores psicoanalistas no se han sentido particularmente incómodos al hacer pasar sus planteamientos descriptivos por normativos, con lo que han contribuido, de manera involuntaria y desviándose de esa intención subversiva y decons- tructiva inicial del psicoanálisis, al mantenimiento del statu quo convencional. 7.2.3. El nuevo paradigma: la incorporación de la subjetividad 7.2.3.1 Jessica Benjamin Jessica Benjamin es otra autora referente del paradigma intersubjetivo, mismo que describe las ca- pacidades que surgen de la interacción entre el self y los otros. Ve la relación con el otro como un continuo intercambio de influencias, como una tensión entre igualdad y diferencias. Su obra más famosa es Los lazos del amor (1996), libro que une la teoría feminista, estudios sobre primera infancia y la crítica a Freud. La interdependencia y el reconocimiento Para Benjamin todo el mundo es dependiente de otros y no podemos sustraernos de la necesidad de reconocimiento, lo que da comienzo a la dominación como un intento de negar la dependencia. El centro de la organización psíquica es la necesidad de reconocimiento del otro. Benjamin postula que el bebé regula su estado de ánimo a través de la interacción con los demás. Si la interacción con la madre es exitosa, entonces el bebé siente que su acción reestructura con éxito el mundo. En su obra la autora intenta analizar cuáles son las razones por las que se aceptan la opresión, la humillación y el servilismo. Benjamin define el sometimiento como forma pura del reconocimiento del otro y el dominio como la incapacidad de una persona atrapada en la omnipotencia de reconocer la subjetividad del otro. Habla de la paradoja del reconocimiento: el reconocimiento se da a partir de la respuesta de un otro que hace significativos mis pensamientos, sentimientos, y acciones, pero solamente puede darse a partir de alguien que esté reconocido. Se da una lucha por el reconocimiento del otro que constituye el núcleo de las relaciones de dominación y es necesaria una dialéctica continua para el reconoci- miento, de lo contrario, basándose en la dialéctica del amo-esclavo hegeliana, se caería en el domi- nio o sumisión. Masoquismo Según la autora, el masoquismo ha sido simplificado por Freud porque no recoge el dolor psíquico. El masoquismo ha sido asociado a lo femenino y el sadismo, a lo masculino por la aún existente complementariedad de roles y desde el psicoanálisis, que lo atribuye a causas biológicas. El psicoa- nálisis considera el masoquismo como un aspecto defensivo, pero no tiene en cuenta el género en la construcción de la subjetividad. El masoquismo refleja la incapacidad de expresar el deseo propio, de ejercer la independencia. Esto la autora lo explica por el lugar que se ha otorgado a la madre como objeto, no como sujeto, como veremos más adelante y por la complementariedad de los roles de género que suponen una jerarquización. Según Benjamin, el varón niega la existencia del otro desde el punto de vista del androcentrismo y la mujer se niega a sí misma. Los sujetos se someten a otros que consideran inalcanzables y representan la fantasía de participar en un ideal de grandiosi- dad de ese objeto idealizado. La mujer construye su subjetividad desde la fusión a expensas de la individualidad y la independen- cia, porque no necesita diferenciarse de la madre. La maternidad La autora parte de una crítica al androcentrismo del pensamiento contemporáneo y del psicoanálisis y refiere que cuando hablamos de sujeto o de individuo en realidad lo hacemos del sujeto varón. Para Benjamin la subjetividad de la madre no es reconocida por el psicoanálisis, ni en nuestra cultu- ra; la madre existe más como objeto del niño. Se ha teorizado sobre la individualización conside- rando a la madre como objeto del cual el bebé se separa, pero no como sujeto propio. El niño al desidentificarse de la madre y por su dependencia con respecto a ella puede no tener la vivencia empática de su subjetividad. Cuando la madre es un ser no subjetivado, que ha sacrificado su propia independencia, la niña no tiene una base identificatoria para afirmar la suya propia. Benjamin expone el debate del determi- nismo freudiano que explica el narcisismo dando una explicación a partir de la diferenciación de los géneros y del desigual proceso de individualización. Propone resituar el proceso de diferenciación y revisar el ideal maternal, ya que una madre sin subjetividad no puede tampoco poner límite a la agresión del infante. La formulación de la individualización actualmente privilegia la separación frente a la dependencia-necesaria negándola y negar que se necesita al otro no es una liberación. Esta ausencia de subjetividad también se da en otros aspectos, no solamente en la maternidad, ya que la mujer tampoco cuenta con una subjetividad sexual y eso conlleva a la idealización del amor. Benjamin sugiere el término conservadurismo genérico para hablar de cómo se jerarquizan los valo- res de la competencia, el éxito y el trabajo emprendedor sobre el cuidado y la responsabilidad colec- tiva. Se niegan las necesidades de cuidado porque la figura de la madre/esposa ideal se anticipa a su satisfacción, por lo que dichas necesidades se invisibilizan. Sin embargo, la autoridad moral de la madre se ha visto menoscabada, aunque sea el eje central del mantenimiento de la vida. Los varones no captan la diferencia sexual, sino que tienden a jerarquizarla devaluando y escindiendo aquellos rasgos que consideran femeninos. La pasividad Para Freud uno de los destinos de la feminidad es la pasividad. Benjamin vuelve a la idea de la au- sencia de subjetividad de las mujeres, en especial de las madres. No son seres que deseen algo acti- vamente para sí mismas porque son figuras desexualizadas. La idealización de la maternidad persi- gue este fin e idealiza la desexualización y la falta de ser sujeto activo de las propias acciones. Esto se traduce en que «Ser mujer es vivir para otro» y ni siquiera cuando una mujer es sexy lo es para sí misma, sino que lo es para el deseo de un otro. Envidia de pene Es el deseo de identificación con el padre, quien es el representante del mundo externo. Esa identi- ficación, además, le permite al niño una unidad con quien ostenta el poder que siente que le falta. En nuestra cultura el padre es el liberador y esa es una idealización que desvaloriza a la madre. El varón repudia todo lo referente a la madre y lo femenino por considerarlo una amenaza a su inde- pendencia. Se repudia la feminidad y, sin embargo, se niega el terror que el poder paterno ha produ- cido históricamente. En psicoanálisis se considera patológico el deseo de las mujeres de ser como los hombres y aun así el miedo masculino a ser como las mujeres se considera un hecho simple e inmutable. El repudio de la feminidad genera un daño en los varones, pero se disfraza de dominio e invulnerabilidad. Para Benjamin, como para tantas otras autoras, la mujer (la madre) no es incompleta, no tiene ca- rencias, sino que en su relación con el padre la niña percibe la asimetría de los géneros, responsabi- lidades y derechos desiguales y ello hace que se perciba en desventaja. La niña llega a la identifica- ción con un género que no está subjetivado y que está desvalorizado y esta desvalorización no se debe a la ausencia de pene sino a la desvalorización de la feminidad. Benjamin propone una identificación cruzada, en la que cada padre integre aspectos femeninos y masculinos. De otra manera, el varón se identifica con un padre sujeto de deseo y la niña con una madre que no desea, por lo cual termina renunciando a su derecho a desear. Benjamin habla de amor identificatorio de la niña con el padre. Al ser un amor frustrado se da un deseo de reparación mediante el amor ideal. En este "amor ideal" la mujer busca que su deseo y su subjetividad sean reconocidas. Esta división de géneros hace que ser agentes de sus deseos sea in- compatible para la feminidad, siendo el falo el emblema del deseo, lo que la madre no tiene. Ben- jamin hace una propuesta de cambio sobre la teoría psicoanalítica en la que el padre hace retroceder el poder de la madre convirtiéndola en objeto. En el modelo intersubjetivo hombre y mujer se en- cuentran siendo ambos poseedores de subjetividad. La autora habla también del amor esclavo: la madre representa los cuidados y el padre el mundo exterior. La niña no tiene una identificación suficiente con la figura que representa la autonomía y la actividad, por lo que delega sus aspiraciones y las metas de su yo en sus parejas amorosas, lo que a su vez favorece la idealización de los varones. Esta es una actitud relacional frecuente que favorece la dominación erótica. Conclusiones Jessica Benjamin ofrece un paradigma innovador al introducir el reconocimiento y la interdepen- dencia como principal motor humano frente al paradigma del deseo. Esta nueva versión sitúa a las mujeres y particularmente a la madre -o a la mujer como proveedora de cuidados- en otro lugar en el que es agente, sujeto y no objeto. Estamos de acuerdo con Benjamin cuando pone en cuestión la patologización de las mujeres por ambicionar su agentividad. Existe la necesidad de que las niñas encuentren en la madre un espejo valorizado y no simplemente un objeto de quién hacer la separación que conduce a la idealización paterna. Benjamin problematiza el lugar del varón y lo presenta como aquel que ha ocupado un sitio privile- giado y realizado un movimiento de separación a costa de desprestigiar lo femenino. El psicoanáli- sis no ha reparado en los costes de esto y no ha habido en él una complejización de lo masculino, ni una profundización, debido al androcentrismo imperante y conveniente. La aportación de Benjamin es fundamental en la creación de una corriente feminista en el psicoaná- lisis que cuestione e interpele a las teorías clásicas desde un nuevo paradigma ajustado al momento contemporáneo. 7. 2.3.2. Emilce Dio Bleichmar Emilce Dio Bleichmar es quizá una de las autoras de habla hispana más prolíficas del psicoanálisis feminista. De origen argentino, pero residente en España, Dio Bleichmar se sitúa dentro del para- digma intersubjetivo. Se ha convertido en una de las psicoanalistas más influyentes dentro de esta corriente. Su obra se remonta a los años 80, cuando los ecos del estudio de la feminidad dentro del psicoanálisis únicamente llegaban desde el otro lado del Atlántico. Se puede decir que fue introduc- tora y referente de esta temática, y del concepto de género, en nuestro país. Dio Bleichmar se ha interesado por el psicoanálisis, la clínica infantil y por la diferencia sexual en sus decenas de libros, articulos y ensayos. Realiza una crítica fundamentada y consistente al psicoanálisis, rescatando y actualizando aquellos aspectos que comprueba de utilidad tanto para la clínica como para la teoría. Modelo intersubjetivo Emilce Dio Bleichmar (1998) se encuadra dentro del marco teórico de la intersubjetividad. Define este paradigma como la «interpretación que cada integrante de un vínculo hace de las interacciones, deseos y acciones del otro» (1998, p. 46). Es decir, este modelo teórico se fundamenta en el estudio de la configuración del sujeto en relación con el otro y con su entorno. El sujeto, mediante procesos de intercambio, lee el estado afectivo del otro. Se trata de un proceso de lectura e intercambio donde ambas personas interpretan las intenciones, los pensamientos y el estado afectivo del otro y tras ello se da una transacción. Este modelo teórico ha resultado de gran importancia en el conocimiento de las relaciones madre/padre-hijo/hija y, por tanto, del desarrollo de la subjetividad del infante. Algu- nos autores, como Trevarthen (1980), dividen la intersubjetividad en primaria y secundaria: Intersubjetividad primaria: es aquella que se da en las primeras respuestas interactivas del bebé ante la figura de apego y donde comparte la experiencia emocional del otro. Es decir, el bebé de dos o tres meses que sonríe ante la sonrisa del adulto comparte también su estado de alegría y, por tanto, el mundo interno del adulto mediante una forma rudimentaria de empatía. Este efecto es llamado interafectividad por Daniel Stern (1991). Intersubjetividad secundaria: se refiere a la gradual comprensión que el niño tiene de que las expe- riencias internas, los contenidos mentales y las emociones que pueden ser compartidas con otros. La intersubjetividad alude a una experiencia compleja cognitivo-afectiva de intercambio y comuni- cación entre seres humanos. En esta experiencia se da una continua traducción mutua donde operan la deformación y la represión y donde se hace una interpretación de la experiencia del otro. Este modelo teórico se ha ido consolidando enormemente dentro del psicoanálisis, estableciéndose como un cambio de paradigma, según refiere Dio Bleichmar (1998), que introduce «las creencias y valores subyacentes a la internalización y a la relación de objeto como organizadores psíquicos» (1998, p. 49). 
 Crítica al psicoanálisis Dio Bleichmar realiza una profunda y elaborada crítica al psicoanálisis en su obra y desarrolla tam- bién un ejercicio de deconstrucción y reformulación de las teorías de la diferencia sexual. Señala varios momentos históricos en el debate de la diferencia sexual: • Primera etapa iniciada por Horney, en la que se contesta a Freud y Abraham. (años 1920-1930) Se comenzó a hablar sobre la diferencia sexual en las décadas de los años 1920-1930 con Freud y las primeras generaciones de psicoanalistas (Freud, Fenichell, Jones, Abraham, Andreas-Salomé, Lampl-de-Groot, Riviere, Bonaparte, Klein). Esta primera etapa comprende los debates inaugurados por Honey, que serán de gran importancia para el desarrollo posterior de una crítica al psicoanálisis. Mack Brunswick cierra el debate y no aparecen más artículos sobre el tema hasta la publicación de alguno firmado por Helen Deutsch y el libro de Mari Bonaparte Sexualidad Femenina (1953). • Segunda etapa continuada por las teorías de Lacan, Julia Kristeva (psicoanálisis francés) y Luce Irigaray (años 1970, 1980, 1990). Los autores de esta época pretenden discutir sobre la hegemonía del falo y del complejo de castra- ción como ejes del orden simbólico en el establecimiento de la subjetivación en la sexuación. Previamente a esta corriente, Robert Stoller introdujo el concepto de género en 1963, en el 23º Congreso de Psicoanálisis celebrado en Estocólomo, y en 1968 publicó su obra Sex and Gender: On the Development of Masculinity and Femininity, donde introduce de nuevo la temática de la dife- rencia sexual en el debate psicoanalítico. La autora clasifica la literatura sobre la diferencia sexual en psicoanálisis en tres ramas: a.- Partidarios de Freud que rechazan toda revisión de la teoría freudiana y valoran las divergencias como sesgos ideológicos o culturalistas. b.- Los que critican la obra de Freud sosteniendo que ha sido elaborada sobre fundamentos ideoló- gicos asumidos acríticamente por este. Un ejemplo de esta actitud lo representaría el asumir en su teoría la ecuación niño=pene. c.- Los que critican la persona de Freud a través de su obra, alegando que los deseos y el incons- ciente de este se dejan ver en los postulados de su obra. Dio Bleichmar critica en su obra que el psicoanálisis se ha convertido en una más de las institucio- nes de lo simbólico porque ha olvidado su aporte subversivo inicial desarrollando una normatividad perpetuadora del statu quo, en especial para las mujeres. El psicoanálisis y las teorías de la femini- dad tienen un peso normativo y participan junto con otras instituciones de lo simbólico en la cons- trucción del significado de la feminidad. Dio Bleichmar señala que en la concepción de sexualidad en la teoría freudiana parece dominar el supuesto de que la anatomía es el destino. El cuerpo como determinante de los rasgos psíquicos de la mujer y el varón, ajeno a las marcas de otro ser humano y la cultura. Lo anterior significa que no se registra en la teoría la influencia de lo relacional ni de lo cultural en la construcción de la femini- dad y la masculinidad, lo que deja esta responsabilidad a lo biológico. Según dicha autora la secuencia del desarrollo postulada por Freud es normativa y asume el peso causal de las hipótesis de la normalidad y de la patología de la mujer. El psicoanálisis ha sido un modelo heterónomo en la descripción y explicación de la subjetividad femenina. La feminidad se ha teorizado al margen de las mujeres y desde modelos explicativos que no recababan su experiencia subjetiva. Androcentrismo Sobre este tema Dio Bleichmar (1998) afirma: El pene como objeto parcial es el punto de vista del varón en torno al cual se han establecido las re- ferencias de la teoría clásica y los elementos disímiles al poner en correspondencia la historia del varón y de la niña (Dio Bleichmar, 1998, p. 325). Se ha dado, según Dio Bleichmar, en el psicoanálisis una fuerte invisibilización de la mujer a pesar de la presencia de mujeres psicoanalistas y estas han reproducido los mismos postulados androcén- tricos: envidia de pene, enigma de la feminidad, etc. Otro problema es que han utilizado el molde masculino para referirse a la niña como un varón incompleto o modificado, lo que permite que siga dominando la lógica falocéntrica en sus propuestas teóricas. Según la autora se da una homologación de lo genérico humano con lo masculino. Existe un sexo de base único a partir del cual se postula una experiencia infantil de sexo único; es esta la lógica fálica. Los fantasmas y los mitos se ordenan por el falocentrismo existente. Dio Bleichmar se reali- za esta pregunta a lo largo de su obra: ¿Es posible atribuir a la palabra falo algún significado ajeno al órgano masculino? A pesar de que desde Freud hasta Lacan se ha insistido en desligar el signifi- cado del órgano masculino, se sigue utilizando el mismo significante que alude a la anatomía mas- culina como aquella que ostenta el poder. Para Dio Bleichmar con Lacan se modernizan las teorías que jerarquizan lo anatómico, pero no se inaugura una teoría más igualitaria; más bien se continúa con el mismo sesgo, esta vez conceptuali- zando una disimetría a nivel simbólico. La mujer como derivado del hombre no es una tesis nueva, afirma Dio Bleichmar, sino una repetición de todas las teorías de la diferencia sexual desde los al- bores de la civilización. Este modelo androcéntrico, además, ha llevado a la clínica psicoanalítica a operar con un sesgo de género. En materia de sexualidad y subjetividad femenina, el psicoanálisis no se aparta de las nociones im- perantes y dada su gran consideración contribuye a que tales nociones se convierten en normativas. El complejo de castración El psicoanálisis ha otorgado un peso enorme a la hipótesis sobre el complejo de castración que no se corresponde con las investigaciones de la infancia. La sexualidad humana se constituye por el poder estructurante de las instituciones de lo simbólico. La sexualidad humana es cultural: se trata de un sistema múltiplemente determinado y normativiza- do que denominamos sistema sexo-género, fórmula que encierra un giro copernicano para la teoría psicoanalítica, pues pone de relieve que es el género el que configura y normativiza la sexualidad (Dio Bleichmar, 1998, p. 25). Los estudios sobre género se convierten en una teoría crítica de los supuestos imperantes sobre la diferencia sexual. La niña al nacer encuentra que las distinciones femenino/masculino y los signifi- cados asignados al ser niña están ya claramente definidos. La inscripción en este sistema sexo-géne- ro y su fantasmización, así como su rechazo o aceptación, constituirán la construcción individual del significado sexual de su vida psíquica y sus comportamientos sexuales. La castración pone en tela de juicio el papel narcisista de la madre y ahora se espera la valorización del padre. La madre fálica, que era capaz de todo, ahora se descubre como perteneciente a un géne- ro devaluado. En este sentido la autora señala que: «La niña se inscribe en un universo simbólico que la reenvía -quiéralo o no y más allá de sus vicisitudes personales compensatorias- una imagen devaluada de su género» (Dio Bleichmar, 1991, p. 70). La niña no envidia el pene como órgano, sino que envidia el falo y la posición social que este otor- ga. Descubre que la posesión del falo sitúa en una posición privilegiada y, por tanto, cabría esperar que la niña ambicionase dicha posición. Sin embargo, el efecto que el conocimiento de dicha deva- luación de género produce, según Dio Bleichmar, es la pérdida del ideal femenino primario. Es de- cir, ya no existe la madre fálica, omnipotente, que supone un espejo de género para la niña; la niña ahora es consciente de formar parte del «segundo sexo». Dio Bleichmar se pregunta cómo es posi- ble que la niña constituya un ideal dentro de su género en un mundo patriarcal. Para asumir la doble decepción o herida narcisista que supone el descubrimiento del desempodera- miento materno, la niña tiene tres opciones, según Freud: 1. Seducir al padre y mediante una sustitución simbólica desear el hijo equivalente al falo. 2. Renunciar a la sexualidad. 3. Masculinizarse y competir con el varón. Las soluciones 2 y 3 serían opciones patológicas, según Freud. Lacan también propone salidas al Edipo femenino: 1. Catectización del deseo sexual. 2. Seducción del padre mediante identificación con la madre (belleza, seducción) para restituir el narcisismo perdido. La castración decide el destino que la niña dará a su sexualidad, bien de un modo tradicional me- diante la seducción, bien luchando contra el modelo imperante. Dio Bleichmar señala que la crisis de la castración no define el género, sino que estando previamente definido lo consolida y, sin em- bargo, orienta la posición sexual de la niña. Ideal del yo Dio Bleichmar aporta los conceptos de ideal primario e ideal secundario, que desarrollaremos a continuación. El modelo de la madre como identificación entra en crisis por la castración. La niña reconoce en la feminidad un modelo devaluado, como hemos mencionado anteriormente. La madre no es omnipo- tente, como la niña pensaba; peor aún, pertenece a un género subordinado. Es por esta razón por la que debe reconstruir su sistema narcisista de ideales de género y reinstaurar una feminidad valori- zada. Dio Bleichmar afirma que el ideal del yo de género o feminidad es una subestructura que forma parte del sistema global de ideales y está sujeto a factores evolutivos y sociales y a los cam- bios que en el sistema acontezcan. El género es un articulador al cual el superyó y el ideal del yo están subordinados. Existe un ideal de género primario imaginario-individual y un ideal de género secundario sujeto a la moral y las convenciones sociales. Otras autoras han descrito el ideal del yo como dinámico: la niña o el niño abandonan la ilusión omnipotente para centrarse en logros posibles acordes a los límites del yo y se produce una evolu- ción desde el yo ideal al ideal del yo. La castración permite este pasaje entre la omnipotencia a la desidealización y ajuste a la realidad. Las mujeres ven pulverizado su yo ideal femenino primario y descubren que no solamente no son el reflejo de una madre omnipotente, sino que su género no corresponde con un ideal, por lo que de- ben iniciar un proceso de reinstauración de su narcisismo. Esto sucede en el periodo de latencia, cuando se va a consolidar el rol de género: por identificación, por ejercicio del rol y por modelado a través de las expectativas del entorno. Para la niña existe una fuerte oposición entre feminidad y narcisismo por la escasa valoración social de la feminidad y porque los valores y experiencias aso- ciadas a la feminidad tampoco le proveen de habilidades yoicas que aumenten su autoestima. Para la niña, entonces, el derrumbe del ideal femenino primario complejiza la narcisización de sus metas femeninas. Existen entonces varias modalidades de ideal del yo en las mujeres: a.- Idealización del objeto sexual: La meta es ser la esposa de algún varón idealizado. Esta modalidad vendría muy facilitada por la cultura al ser la mujer constituida como objeto pasivo consumidor de estereotipos sociales que favo- recen la idealización y por la posición de subordinación en aspectos que atañen incluso a la super- viviencia. b.- El objeto en el lugar del ideal de yo: La mujer localiza las metas de su ideal del yo en el hombre, que es quien debe conseguir las metas que le gustarían para sí misma, pero le son vetadas por su género y hace suyos los ideales del otro como si fueran propios. El hombre en este caso puede ocupar distintas posiciones: • Hombre como niño y mujer como objeto anaclítico proveedor de cuidados. • Hombre como imago parental idealizado. • Hombre como objeto del self que otorga y estimula y apoya a la mujer. • Hombre que contiene en su personalidad aquellos aspectos que desearía para sí misma. c.- Masculinidad como ideal del yo: La mujer incorpora como metas de su ideal del yo rasgos convencionalmente considerados como masculinos, integrando en su estructura psíquica aspectos masculinos y femeninos. Esta sería la modalidad más contemporánea con ideal del yo postconvencional para las mujeres que han sido criadas alejadas de un modelo tradicionalmente femenino. d.- Deseo masculino como ideal del yo: El deseo se homosexualiza al instaurar el comportamiento sexual masculino como ideal del yo. Narcisismo en la mujer Dio Bleichmar refire que Freud describe la feminidad acusada de un fuerte narcisismo por las si- guientes razones: • Prefiere ser amada a amar. • Cultiva su belleza como elemento fálico. • La elección de objeto se da conforme a un ideal narcisista del hombre que hubiera querido ser. • El hijo compensará la frustración de no recibir aquello que esperaba de su ideal masculino. • Tiene una intensa envidia de pene que le hace tener un menor sentido de la justicia. 
 El hijo La maternidad, para la autora, exalta el narcisismo de la mujer. Esta encuentra mayor retribución narcisista en tanto más limitado es el espectro de actividades que lleva a cabo. En la teoría psicoa- nalítica el hijo representa el falo que le ha sido negado por la castración. La belleza Dio Bleichmar defiende que estos cinco ideales femeninos de la niña se construyen sobre los de su madre: 1. Grado de aceptación y satisfacción de la madre de su cuerpo femenino. 2. Grado de aceptación y satisfacción de lo que significa la feminidad. 3. Grado de aceptación y satisfacción de la heterosexualidad. 4. Grado de aceptación y satisfacción de su rol en la pareja. 5. Grado de aceptación y satisfacción de la maternidad. La mujer aprende que su belleza es su moneda de cambio para ser amada y, por tanto, es valiosa. Mediante ella encontrará la valoración en la relación interpersonal y en el ámbito privado. Tanto la madre como otras mujeres se constituirán como un ideal femenino fruto de la identificación especu- lar. La sexualidad El ejercicio de la sexualidad devalúa a la mujer, la convierte en «masculina», según el psicoanálisis, y, por tanto, fracasa en la resolución de su Edipo. Sus genitales no se nombran, ni se representan, y en consecuencia no existen. La mujer debe desear ser deseada, lo cual la convierte en una narcisista, pero no la satisfacción del deseo, lo cual la mantiene en un nivel de erotismo infantil. Dio Bleich- mar desarrolla esta crítica más ampliamente cuando alude a las histéricas como patología de un sis- tema patriarcal, como veremos en este mismo apartado. Superyó y moral femenina Para la autora, la relación primaria de la niña con la madre va a tener una consecuencia en el super- yó y, por tanto, en el ideal del yo de esta, que va a ser configurado con los valores éticos del ser-en- relación. Es decir, el superyó de la niña se va a regir por la importancia de la interrelación y eso es lo que va a poner en primer plano. Para Dio Bleichmar, desde esta perspectiva intersubjetivista, la moral femenina incluye la preocu- pación por los otros y la responsabilidad por el cuidado. La salud mental prioriza la autonomía y la individuación frente a la preocupación por el otro o la dependencia, que es considerada como inma- durez. En la mujer la identidad y la relación de objeto están fusionadas. Ella se define en el contexto interpersonal y, por lo tanto, según los paradigmas de la salud mental, está condenada a la patología. El modelo de feminidad más tradicional escindirá el ideal del yo en dos modelos: uno femenino de apego que sustituirá el imago personal idealizado por la del varón, su pareja, y otro masculino de aspiraciones y ambiciones personales y profesionales, delegado en el varón. En formas menos tradi- cionales y más contemporáneas de feminidad esta escisión se mantiene y, sin embargo, no se delega en el varón. Dio Bleichmar (1991) afirma que existe una disparidad entre las descripciones teóricas donde se dibuja a las mujeres con un déficit de moralidad y la experiencia personal de las mismas. La moral se halla relacionada con el sentimiento de obligación: las mujeres nos sentimos obligadas ante cosas diferentes y es esta diferencia la que no ha sido reconocida históricamente. Existe una equiparación de las mujeres con los niños tradicionalmente en el psicoanálisis. Sin embargo, el contenido de la moralidad de las mujeres es diferente al de los varones: ellas no equiparan la moralidad con cum- plimiento de leyes, derechos o deberes, sino con cuidado, respeto y justicia hacia los otros. Su mo- ral se sostiene en bases emocionales como el «no herir al otro», «no dañar» o «dar a cada cual lo que necesita» (1991, p. 92). Dio Bleichmar cita a Guilligan en su crítica a la explicación de Kolberg sobre moralidad femenina. Las mujeres estarían sujetas a una ética humanística: Una perspectiva que incluye creencia en la comunicación como medio de resolución de conflictos y preocupación por lo relacional. Guilligan supera una visión que devalúa la imperfección ética de las mujeres. El imperativo categórico de las mujeres es el cuidado de la vida y lo que sucede cuando fracasa son sentimientos de culpa, remor- dimiento, sensación de inutilidad y depresión. (Dio Bleichmar, 1991, p. 97). Feminidad La autora defiende que se hace necesaria una reescritura de los mitos y una apropiación de la ima- gen femenina por parte de las propias mujeres para implantar figuras que transformen tanto la cultu- ra como los fantasmas individuales. Para una reformulación de la feminidad es necesario incluir el género desde el origen porque está presente en: • El o la psicoanalista. • La paciente, quien tiene un género y una orientación sexual. • La identidad del niño o la niña. • Las leyes. • El contenido ideológico y las estructuras de las instituciones que conforman la cultura y la sociedad. 
 La feminidad tal y como es construida en nuestra cultura es un factor de predisposición a la patolo- gía. En su obra La depresión en la mujer, Dio Bleichmar (1991) explica cómo hay aspectos de la feminidad que enferman a las mujeres, y las hacen más vulnerables a la depresión: • Estereotipo de feminidad. Son los rasgos asociados a la feminidad tradicional, y en concreto aquellos descritos por el psicoanálisis como esperables en una mujer, tales como la pasivi- dad y la dependencia. • Ausencia de atributos «masculinos»: O los que son considerados masculinos y, por tanto, «patológicos» en una mujer que no ha resuelto exitosamente su Edipo. Estos son ambición, determinación, confianza, etc. • Ausencia de atributos femeninos positivos: Son aquellos tradicionalmente atribuidos a su género, pero que pueden redundar en un beneficio, como la simpatía o la disponibilidad para complacer. La mujer adulta ha sido formada para funcionar psicológicamente como una niña, para no tener au- tonomía, lo que favorece una regulación más inestable y mayores fluctuaciones de su autoestima y en consecuencia una mayor vulnerabilidad. Se estimula la pasividad y se desalienta la actividad y el ejercicio del poder, creándose un ideal del yo que valora el sacrificio y el cuidado a otros, por enci- ma del propio bienestar. Todos aquellos rasgos que presuponen un éxito en la consecución de la fe- minidad son precisamente aquellos que patologizan y subordinan a la mujer. Dio Bleichmar también señala cómo las mujeres se identifican con sus madres al construir su femi- nidad, quienes en la mayoría de los casos son mujeres también depresivas por haber estado adheri- das a este rol femenino tradicional y por haber estado sometidas a unas condiciones de vida que mantienen la desvalorización, la impotencia y la limitación de oportunidades para las mujeres. El investimento narcisista de la feminidad (de la niña) depende de la valoración que el padre haga de la feminidad, de la resolución de la rabia a la madre y de su identificación con el rol femenino o su oposición a éste, así como de la valoración del esquema corporal de la niña en la fase maternal (Dio Bleichmar, 1998, p. 301). La feminidad en psicoanálisis se ha construido en un movimiento vertical, de hija a madre. Según la teoría kleiniana existe un complejo mundo de amor y odio de la niña a la madre y la psicopatología de la mujer, posteriormente, se fundamentaría en esta ambivalencia. La hipótesis de Dio Bleichmar propone, desde un paradigma intersubjetivo, un movimiento inverso, desde la madre a la niña. De esta manera son las figuras de apego y la cultura quienes moldean esta feminidad. En la mente de los padres se despierta el fantasma de género parental a partir del cuerpo de la niña y de los estereo- tipos de género de los propios padres. La construcción de la feminidad a veces se da transformando la identidad femenina de tal manera que la madre es desinvestida. La construcción del yo género tendría tres tiempos: 1º Madre fálica: La feminidad primaria de la niña se halla constituida en torno a la función maternal. El juego de muñecas de la niña fue considerado por Freud como una expresión de masculinidad de la niña, sin embargo, Dio Bleichmar considera que este juego es la expresión paradigmática del primer signifi- cado de feminidad en la niña, o sea un núcleo de identidad temprana establecida por identificación con la madre. Esta feminidad materna o identificación con la madre no genera sentimientos de cas- tración o falta provenientes de su identidad femenina. La madre es considerada fálica a partir de la función narcisizante de esta y la niña se identifica con esta madre generadora de apegos, cuidados y afectos. Se identifica con ella como otra igual e ideal, haciendo suyos dichos aspectos. 2º Castración: La castración como un contenido «sangriento», como castigo, no se da en la niña. Esta se supone víctima de una injusticia y piensa que le darán el pene en algún momento. Para el varón la femini- dad es una amenaza narcisista y por eso la repudia universalmente. Para la niña, sin embargo, la fe- minidad está vinculada a una condición múltiple. El complejo de castración no es universal para la niña: • La niña no tiene que transformar su sexualidad de masculino a femenino. • No necesita cambiar su órgano de placer. La ciencia ha demostrado que el clítoris no es un órgano masculino. • No todas las niñas desarrollan envidia de pene, sino que más bien depende de la valoración de la feminidad que los padres y el entorno hagan de esta. La envidia de pene recae en los privilegios otorgados a la masculinidad. • No es lo mismo la orientación sexual que la identidad de género, aspectos que en la teoría freudiana se presentan indistintamente. La niña resuelve el complejo de Edipo o vinculación libidinal con el padre más tardíamente porque se encuentra ocupada en la metabolización de lo que la sexualidad afecta a su identidad femenina, que ha sido construida en torno al rol maternal. Es un proceso complejo y de difícil resolución nar- cisista porque no siempre es seguro para el proceso de sexuación de la niña. Esto es lo que Dio Bleichmar llama la construcción del significado sexual, que se puede considerar el tercer momento de la construcción de la feminidad. Para las mujeres el bienestar consiste en la experiencia de ser incluidas, de ser parte activa de una relación. Se trata de una práctica participativa, porque mediante el estar «junto» sienten que son «alguien». Esto es el ser-en-relación definido por Baker Miller. Las mujeres le encuentran el sentido a su vida en la capacidad de filiación y cuidado. La identidad se adquiere mediante un vínculo y ello supone un problema para las mujeres. Las mujeres se consideran altamente calificadas para respon- der a los estados afectivos de los otros. El territorio de poder de las mujeres es el ámbito privado. Existe una permanente oposición entre feminidad y poder y cuando las mujeres acceden a esferas de poder se sienten perseguidas, atormentadas y rechazadas (Baker Miller, 1991, p. 87). Las mujeres poseen más empatía como efecto de la división sexual del trabajo, que implica la re- ducción milenaria de las mujeres a tareas maternales y de cuidado. Actividad/Pasividad El binomio actividad/pasividad ha sido clave en la explicación de la diferencia sexual en la teoría psicoanalítica. Freud intentó alejar los términos masculino/femenino del psicoanálisis dejándolos en la indefini- ción. En lugar de ello, prefirió referirse al par activo/pasivo para atribuirlo al fin de la pulsión. Sin embargo, lo masculino se ha asemejado con la actividad y lo femenino con la pasividad y la justifi- cación de esto es la supuesta pasividad de la célula sexual, pero para llegar hasta la recepción del pene se requiere cierta actividad. Para Dio Bleichmar este planteamiento excluye todo aquello que la mujer haga fuera de la recepción vaginal. Masoquismo Las mujeres, según esta autora, sienten culpa inconsciente por el contraste entre sus vidas y la de sus madres. Necesitan aliviar dicha culpa mediante la expiación a través del rol maternal. Muchas mujeres sostienen la fortaleza de su yo, su valor, en una feminidad ejemplar adaptada a la norma que otorga cierta cohesión a su self. Esta feminidad entiende el sufrimiento como medio para alejarse de un sufrimiento mayor implícito en la desadaptación. En este sentido, Dio Bleichmar se- ñala cómo la autoestima de muchas mujeres se nutre del esfuerzo y cumplimiento de las normas. El cuerpo de las mujeres está colonizado por la norma social. En La depresión en la mujer la autora recuerda que la agresividad que no se expresa se vuelve con- tra el propio sujeto. Las mujeres no se sienten autorizadas a expresar la rabia y al no haber una legi- timación para la percepción y expresión de este sentimiento son comunes las siguientes consecuen- cias (Dio Bleichmar, 1991, p. 205): • Profunda inhibición queda lugar a fobias y restricciones sociales múltiples. • Somatizaciones. • Represión que da lugar a explosiones fuera de lugar. • Masoquismo. • Depresión. Género La autora es una de las primeras psicoanalistas en utilizar el término género, y lo defiende a lo largo de su obra. «Bajo el sustantivo de género se agrupan todos los aspectos psicológicos, sociales y cul- turales de la feminidad/masculinidad, reservándose el sexo para los componentes biológicos, anatómicos y para el intercambio sexual en sí mismo» (Dio Bleichmar, 1981, p. 4). Género no es un término psicoanalítico. Freud no utilizó jamás esta palabra, ni Melanie Klein, ni Lacan. Sin embargo, todos ellos han trabajado con el par feminidad/masculinidad de forma equiva- lente y/o con la diferencia sexual. Cada vez más autores han incorporado la categoría género a sus investigaciones. Sin embargo, la invisibilización del concepto tiene consecuencias. Stoller inauguró esta nomenclatura en el psicoanálisis en 1963. Acuñó la expresión identidad de gé- nero para dar cuenta del sentimiento íntimo de saberse niño o niña, lo que es un sentimiento circular por el cual el niño se identifica con sus padres e iguales, obteniendo un feedback sobre su género. La autora afirma que se ha confundido la asimilación y el uso que se ha hecho del concepto desde distintas disciplinas sociales. Sin embargo, es un concepto psicológico, no externo al sujeto, un sen- timiento íntimo. Es una manera de ser que se organiza con anterioridad al conocimiento de la dife- rencia sexual. Es una categoría psicoanalítica, porque se construye a partir de la expectativa y el deseo del otro. Los y las psicoanalistas, para la autora, tienen la labor de dar una explicación de por medio de qué mecanismos psíquicos el sujeto construye una identidad femenina o masculina. De qué manera un adulto contribuye, de forma consciente o inconsciente, en la construcción de dicha identidad en el infante. El género es asignado por otros, algo que no fue resaltado suficientemente por Stoller ni por Green- son (1964; 1968) cuando introdujeron el concepto de género en el campo psicoanalítico. Laplanche (2007) ayuda a entender por qué la comunidad psicoanalítica no acepta el término género. Su teoría es que supone un desafío al naturalismo de la teoría psicoanalítica que indica que lo biológico es antes que lo social. Exige repensar el proceso de identificación. Dio Bleichmar reflexiona sobre un concepto de género basado en la estructura intersubjetiva que configura la feminidad y la masculinidad desde el nacimiento hasta la edad adulta, dado que los rasgos femeninos y masculinos están psicológicamente abiertos y la identidad cambia a lo largo de la vida. Dio Bleichmar toma de Laplanche la importancia de la asignación. El proceso de identificación se da muy temprano, como Freud formuló en su interpretación de identificación primaria, pero este es un proceso iniciado y mantenido por los adultos antes de que la descendencia inicie el proceso acti- vo de identificación con la feminidad de la madre. La comunicación no pasa únicamente por el lenguaje corporal; también el código social, y estos mensajes son especialmente mensajes de asignación de género, provistos por los adultos cercanos al niño: padres, abuelos, hermanos y hermanas. Sus fantasías, sus expectativas conscientes o incons- cientes. Este campo se ha explorado poco últimamente, el campo de la relación inconsciente de los padres con sus hijos. (Laplanche, apud Dio Bleichmar, 2007, p. 215) La adquisición del género, por tanto, se da en el vínculo y comienza antes del nacimiento del niño o de la niña, con las expectativas y las representaciones que los padres tienen de lo que es ser hombre o mujer. Desde el momento en que se conoce el sexo del bebe, y antes incluso, se inicia un movi- miento de construcción de su identidad, de feminidad o masculinidad, a través del lenguaje, actitu- des, expectativas, deseos, etc. Dio Bleichmar apunta a que el género se construye en la intersubjeti- vidad y en la interacción y que es una representación en la mente de los adultos: son significados conscientes y preconscientes en la mente de la madre, el padre y los abuelos y también son conteni- dos inconscientes transmitidos intergeneracionalmente. Los padres implantan en el cuerpo del bebe sus fantasmas inconscientes y múltiples estereotipos sobre la feminidad/masculinidad en relación a su propia historia. Es decir, el género es heterónomo, asignado por otros y previo a la biología, a diferencia de la concepción general que se tiene sobre el sexo y el género. La asignación enfatiza la influencia de los otros en el proceso. La niña reconoce un igual en su madre y es nombrada por ella y por otros adultos. La niña escucha cómo la madre es nombrada en femenino. Posteriormente, la experiencia se unifica en el yo del niño/a en un proceso intersubjetivo, en el que se suma el deseo identificatorio del género propio y la diferenciación y complementariedad hacia el otro género. El poder explicativo del concepto kleiniano (identificación proyectiva, mecanismo in- tersubjetivo) es altamente relevante para la estructuración de la identidad de género, ya que no se trata de una mera proyección, sino que, en el acto de proyectar, se identifica ese contenido como perteneciente al otro y se pasa a tratarlo en consecuencia. De modo que si el padre o la madre iden- tifican proyectivamente sobre la niña una futura feminidad desvalorizada, este significado será do- minante en la relación y caerá como una sombra sobre el Self femenino. Cada rechazo o aceptación puede hacer sentir a la niña apoyada o frustrada en su sentido del poder y su autoestima. El aspecto intersubjetivo -el significado social del género- está en constante desarrollo desde que las representaciones conscientes e inconscientes de feminidad o masculinidad, de la madre y el padre, son incluidas en sus modalidades de interacción y, por tanto, también, en cómo la pareja se relacio- na entre ellos. El núcleo del género depende de la incorporación del niño o niña, de la relación más que de una figura, así que cuando las niñas se identifican con su madre, el núcleo de identidad que interiorizan es la relación que mantienen con su padre. Dio Bleichmar señala un triple origen de la adquisición del género en la infancia: • La codificación interna del/la niño/a de las formas de ser Femenino/Masculino (F/M) de los padres. • La codificación parental de sus maneras de ser F/M. • La transmisión intergeneracional de las formas de ser F/M. El género es prescriptivo. Se despliegan códigos de género desde la infancia, cuya transgresión es fuertemente penalizada. La construcción social y relacional del género fue corroborada por Money, quien señalaba que la codificación del género en la mente es tan poderosa como la que realizan las hormonas en el perio- do prenatal. Dio Bleichmar menciona a Money cuando afirmaba que se precisaba un desplazamiento desde la formulación dicotómica herencia/ambiente a otra de tres términos: herencia/periodo crucial/ambien- te. La naturaleza y el ambiente interactúan durante un periodo importante en el desarrollo y dichas interacciones continúan hasta que el producto final queda fijado. Las histerias El Feminismo Espontáneo de la Histeria es una de las obras más importantes de Emilce Dio Blei- chmar y fue distinguido, en 1984, con el Premio de Ensayo Clara Campoamor (principal impulsora del sufragio universal en España). El pasaje de la histeria a la feminidad se da, según Freud, cuando la mujer abandona la sexualidad fálico clitoriana para alcanzar la sexualidad vaginal. Es en ese momento cuando alcanza la hetero- sexualidad -equiparada en su teoría a salud mental- y deja de oscilar entre el Edipo positivo y nega- tivo y sustituye el deseo de falo por el deseo de hijo. Lacan también propone la heterosexualidad como fórmula para la «verdadera feminidad», heterosexualidad cuyo principal propósito sería obte- ner el hijo-falo. Para ello debe mantener una identificación latente con el falo, lo que significa que para ser deseada debe contar con un cierto grado de narcisismo. En este sentido, la feminidad se desliza hacia la histeria mediante la dialéctica de el «tener» y el «ser». La histérica es pasiva y dependiente, como ejemplo de los rasgos femeninos de nuestra cultura. La histérica pone en su sexualidad, una sexualidad permitida para el varón, pero cuestionada en las mu- jeres, su narcisismo. Pero hay más: «Existe un feminismo espontáneo en la histérica que consiste en la protesta desesperada, aberrante, actuada, que no llega a articularse en palabras, una reivindicación de una feminidad que no quiere ser reducida a la sexualidad, de un narcisismo que clama por poder privilegiar la mente, la acción en la realidad, la moral, los principios y no quedar atrapado solamente en la belleza del cuerpo» (Dio Bleichmar, 1991, p. 179). Cuando las mujeres se identifican con aspectos considerados masculinos no han conseguido alcan- zar una feminidad madura, según Freud, cuando ejerce una feminidad no tradicional se considera abyecta y cuando se adscribe a un modelo convencional entonces se le patologiza. Dio Bleichmar habla entonces del feminismo de la histeria, que es una forma de rebelión de las mujeres frente a los mandatos reduccionistas de la cultura. Conclusiones Dio Bleichmar es una de las autoras más influyentes dentro del nuevo paradigma del psicoanálisis de género. Su obra ofrece una crítica fundamentada y actualizada a la teoría freudiana y lacaniana. Rescata aquellos aspectos aún vigentes y cuestiona aquellos que pueden considerarse obsoletos por la evidencia actual. Es notable la aportación de la autora a la teoría actual sobre la construcción de la feminidad y tam- bién lo es su influencia en la clínica y la psicología femenina. La revisión que hace Dio Bleichmar a la teoría clásica es excelente, siempre de una manera fundamentada. Su aportación, al igual que la de muchas otras teóricas, inicia un recorrido que podría ser suscepti- ble de ser ampliado con otras perspectivas interseccionales (etnia, clase, edad), una vez que han iniciado un campo de indagación más allá de la perspectiva feminista, que nos hagan cuestionarnos ¿Cómo se construye la identidad de una mujer negra? ¿De una mujer pobre? ¿Cómo afecta a su Self la valoración social que se hace de otros aspectos de su identidad? El modelo teórico intersubjetivo recoge no solamente las variables intrapsíquicas que afectan a la niña en la formación de su identidad femenina, sino también todos los aspectos interrelaciones que hemos visto son fundamentales para dar una explicación sobre el desarrollo humano. Dio Bleichmar propone desde dentro del psicoanálisis un modelo que no renuncia a los aspectos subversivos o emancipadores del mismo y señala las taras que este pensamiento ha ido acumulando en su teoría y en su práctica. Lleva a cabo una propuesta emancipadora, reflexiva y escrupulosa so- bre los aspectos del género como una variable transversal en la teoría, la clínica y la práctica psi- coanalítica, algo que hasta hace poco parecía ser tangencial a la disciplina. 
 7. 2. 3. 3. Nora Levinton Teórica contemporánea que se enmarca dentro del paradigma intersubjetivo y relacional, haciendo referencia en su obra al paradigma del Enfoque Modular Transformacional (1999), de Hugo Blei- chmar. Su principal obra es El Superyó Femenino: La moral en las mujeres (2000), donde realiza una críti- ca a los cimientos teóricos que categorizan el superyó femenino. Un superyó definido como débil y que otorga una endeble moral a las mujeres, según las teorías clásicas. El superyó tiene una función de juez y guardián de la moral, de observación crítica y control del resto del psiquismo. Es la instancia que aloja también el ideal del yo. El surgimiento del superyó en la teoría freudiana se da a partir del abandono de los deseos incestuo- sos hacia los padres. Todo lo relacionado con la niña y el surgimiento de la feminidad se ha concep- tualizado a partir de un modelo masculino ejemplificador. La feminidad es el modelo desviado, de- valuado con respecto al modelo masculino. Su superyó,, por tanto, es inferior y otorga a la mujer un menor sentido ético, menor capacidad para la sublimación o mayor labilidad emocional. Levinton pone en cuestión este planteamiento y realiza las siguientes críticas: • Se ha concebido a partir de un modelo experiencial masculino. • No se ha tenido en cuenta la experiencia interrelacional-intersubjetiva del infante con el adulto, a partir de la cual se configura la subjetividad. • No se tienen en cuenta las motivaciones del sistema de apego que operan en la subjetividad femenina, como el cuidado o los aspectos relacionales, a pesar de describir una instancia (superyó) normativa que surge de la interacción de el o la infante con la madre, principal- mente. • No se tiene en cuenta el género como identidad preconsciente y uno de los pilares del siste- ma ideal/superyó. Parece fundamental tener en cuenta estas observaciones, sobre todo porque el superyó es una ins- tancia crítica que forja en el sujeto y, en este caso, en las mujeres una serie de ideales. También aplica restricciones y establece comparaciones moldeando el comportamiento social y la imagen que tiene de sí misma. El superyó moldea la relación consigo misma y con el entorno y es el princi- pal generador del sentimiento de culpa o vergüenza cuando no se ajusta a estos mandatos. La teoría freudiana indica que una adecuada resolución del conflicto edípico va a propiciar un su- peryó ajustado y firme. Sin embargo, en el superyó femenino el proceso es complicado desde que la niña necesita despegarse de la madre, sustituir su objeto amoroso y nuevamente realizar una identi- ficación con la madre. Es un proceso con muchas posibilidades de fallo, que no vamos a repetir por haber sido desarrollado en múltiples capítulos de este estudio, pero que da lugar a varios destinos posibles de feminidad «equivoca» que llevan asociada una moralidad frágil y deficitaria. Levinton propone como idea central el temor a la retirada del amor como el principal ansiógeno en las muje- res, algo distinto a la teoría de la sexualidad como elemento edificante del superyó propuesta por Freud. De esta manera, la autora se sitúa dentro de un paradigma intersubjetivo y relacional que pone en el centro la interrelación de la niña con sus figuras de apego como fuente de moldeamiento y edificación del superyó. Envidia del pene Levinton efectúa una crítica al concepto freudiano de envidia del pene y al monismo fálico. La teo- ría sexual freudiana encadena propuestas convertidas en axiomas, las cuales indican que la niña está en falta de la posesión del pene y que esto tiene diversos efectos en su subjetividad. En la teoría el pene erecto se convierte en el falo y este en el símbolo del poder. Levinton cita a Dio Bleichmar (1997) para referirse a este aspecto: «El pene erecto pasa a ser símbolo del apoderamiento mascu- lino de las instituciones de lo simbólico» Para Levinton, la rebelión de las mujeres ante el orden patriarcal es patologizado y calificado como envidia o sentimientos de inferioridad. Esta patologización convalida el orden simbólico que se ins- tituye como «natural» y no como hegemonía patriarcal. Esta culpabilización y patologización tiene efectos en la subjetividad de las mujeres, quienes perciben su feminidad como inadecuada e impo- tente. La envidia de pene, en psicoanálisis, se ha tomado con una literalidad que hace que se entien- da que del órgano genital masculino emana poder y una superioridad esencial de la cual la mujer carece por su condición anatómica. De hecho, la teoría clásica psicoanalítica invierte la realidad de la relación materno filial, pues considera a la madre castrada y con necesidad de un hijo-falo, lo que niega la dependencia del infante de la madre. Superyó Las mujeres son poseedoras de un superyó débil, según la teoría clásica, a pesar de ser sometidas a un baremo más rígido y con mayores prohibiciones, algo que las convierten en las guardianas de la moralidad, sobre todo en lo que a sexualidad se refiere. Según la autora, las niñas cuyo SY se ha constituido mediante identificaciones con sus objetos primarios son consideradas más formales y obedientes. Ellas han sido sujetas a prohibiciones desde bien temprano, que se han interiorizado y progresivamente van inhibiendo y orientando otras expresiones. Levinton mantiene como tesis cen- tral, antes mencionada, el miedo a la retirada del amor en las mujeres por parte del objeto como condición determinante en su SY, algo tan determinante con el miedo a la castración en el varón. Masoquismo El masoquismo se ha considerado un rasgo pasivo, clásico de la feminidad, mientras que la agresi- vidad se considera un rasgo activo y asociado a la masculinidad. Ambas características, antitéticas, han sido asociadas a la masculinidad y la feminidad y a sus condiciones biológicas. Levinton alude también a Dio Bleichmar cuando se refiere a la inhibición de la agresividad como mandato de género: las mujeres no tienen derecho a expresar su ira y su rabia, por lo que esta emer- gerá de diferentes formas, algunas inadecuadas o inoportunas, que terminan repercutiéndoles nega- tivamente. La docilidad frente a quien ostenta el poder es valorada y, por tanto, también es valorado el abandono de los propios deseos. Las mujeres se hacen depositarias de las debilidades masculinas idealizando su -falsa- fuerza. El masoquismo cumple entonces la función de sosegar un superyó ti- ránico. Se da en las mujeres la paradoja de la censura de su agresividad para poder cumplir con el rasgo de «bondad» y sensibilidad a las necesidades del otro (algo que se considera inherente a la feminidad), lo cual es definido como un rasgo de debilidad moral. Feminidad y Ser en relación La identidad femenina está fuertemente asociada a la relación con el otro y la necesidad de apego. Cuidar y ser cuidada se conforman como organizadores de la identidad femenina. Esta motivación de apego es un factor fundamental de la regulación psicobiológica a lo largo del ciclo vital para to- dos los seres humanos, sin embargo, las mujeres han visto calificadas las necesidades emocionales y de apego como debilidades o incluso patologías por parte de la clínica. La autora afirma que la organización del narcisismo femenino está sujeta a la satisfacción de esas necesidades y del reconocimiento y cuidado de los objetos que las satisfacen. Por tanto, cuando las mujeres sienten en peligro este sistema de apego o no son capaces de acceder al modelo interioriza- do como ideal, se deprimen y ven dañado su narcisismo. Cuando las mujeres depositan unas expec- tativas demasiado altas en el sistema de apego, surgen los problemas, porque no encuentran la mis- ma satisfacción derivada de los logros en diferentes áreas de sus vidas. Además, esta escasa valora- ción social de lo emocional y lo relacional hace que las mujeres conviertan esta necesidad en desva- lorización y autorreproches, lo que genera un constante sentimiento de inadecuación. Conclusiones Consideramos que la obra de Nora Levinton constituye un aporte fundamental y esclarecedor dentro del psicoanálisis contemporáneo. Siguiendo la pista de otras autoras dentro de su misma escuela, la autora pone en cuestión los axiomas de las teorías clásicas que tienden a demonizar y patologizar la feminidad. Levinton trabaja para ofrecer la guía para un cambio de paradigma en el que se tenga más en cuenta la realidad social en la que la feminidad se desarrolla. La autora toma como pretexto el superyó femenino y su supuesta debilidad para evidenciar la paradoja femenina y la exigencia en la que la feminidad se desarrolla: las mujeres son mandatadas a una bondad y un cuidado que no les está permitido desatender y sin embargo es eso lo que las convierte en vulnerables cuando estos rasgos son leídos como pusilánimes o menores dentro de un determinado orden social. Son patolo- gizadas cuando se rebelan a la abnegación, pero también son señaladas si se corresponden con el contenido de su ideal. Levinton apunta a un cambio de modelo que tenga en cuenta y ponga en va- lor el sistema motivacional de apego, pero que al mismo tiempo ofrezca un margen de rebelión y de propia definición para la construcción de la subjetividad femenina. Su obra se erige por tanto como de gran valor, no únicamente en el campo teórico del psicoanálisis feminista sino también para la práctica clínica. Otorga una mirada diferente de lo que es patología y lo que es salud en la psicolo- gía femenina, misma que siempre está ligada a un contexto sociohistórico. 7.2.3.4. Mabel Burín Mabel Burín es una autora argentina cuya prolífica obra se ha centrado en gran medida en analizar las causas del malestar de las mujeres. Es una de las autoras de habla hispana que más ha escrito sobre género, mujeres y feminismo desde dentro de la tradición psicoanalítica, pero con una visión crítica. Se puede situar dentro del grupo de otras autoras de su generación como Emilce Dio Blei- chmar o Irene Meler, autoras adscritas al paradigma intersubjetivo en el que se destacan los aspec- tos relacionales. Burín ofrece una visión cercana a Nancy Chodorow en algunos de sus plantea- mientos, además de una perspectiva biospsicosocial para reelaborar los paradigmas de salud mental relacionados con las mujeres. Psicoanálisis y género Burín afirma que existen puntos de intersección, pero los comienzos fueron tensos entre ambas dis- ciplinas. Se han dado críticas por parte de los estudios de género al psicoanálisis por su ahistoricis- mo, biologicismo, esencialismo e individualismo. La mayoría de estas críticas parten de que las teo- rías psicoanalíticas asocian a la mujer a un cuerpo biológico y a su capacidad reproductiva, lo que niega que a lo largo de la historia la mujer ha variado su condición económica y social y también que esto produce cambios en su subjetividad y en las definiciones de la feminidad. El individualis- mo aísla a las mujeres de su contexto social y de su biografía suponiendo que todas responden de igual manera al concepto de feminidad. Para la autora la conjugación de feminismo y psicoanálisis ofrece un enriquecimiento de ambas estructuras teóricas. Al poner en relación feminismo y psicoanálisis debemos hacerlo desde un paradigma de la complejidad que utilice pensamientos sofisticados, que sea tolerante con las contradicciones, que sostenga la tensión entre aspectos antagónicos y que aborde con recursos com- plejos los problemas resultantes de esta alianza entre teorías. Género El concepto de género, como categoría de análisis y categoría histórica, para Burín tiene siempre una cualidad relacional los estudios de género aluden a relaciones de poder entre género masculino y femenino. Estas relaciones son enraizadas históricamente de forma cambiante y dinámica. El problema de la categoría género, señala Burín (1996), estriba en que en ocasiones se utiliza como un concepto absoluto, sin tener en cuenta otras variables que interactúan en el indivi- duo. La autora afirma que es necesario mantener la categoría género como instrumento de análisis de algunas problemáticas específicas de mujeres y varones «para lograr ampliar la comprensión tra- dicional» (p. 65). Las teorías de género consiguen dar una explicación de cómo la cultura patriarcal deja su marca en la construcción de la subjetividad femenina. El Rol Femenino Burín sitúa el origen del Ideal Maternal en la Revolución Industrial, cuando los límites de la familia se van estrechando y confinan a las mujeres al hogar convirtiendo éste y sus tareas asociadas en su ámbito natural. Esto fue configurando una moral que prescribía unos rasgos de la feminidad asocia- dos a los cuidados y entre tanto la función materna se fue disociando cada vez más y asilándose del mundo extradoméstico. Las mujeres interiorizan un ideal maternal que pasa a ser constitutivo de su definición como sujetos. El trabajo femenino de cuidado y reproducción se naturaliza y se invisibi- liza, lo que implica el surgimiento de una serie de malestares en la subjetividad femenina. Burín sigue las teorías de Chodorow, que afirman que tanto niñas como niños crecen en familias cuyo cuidador principal es una mujer, por lo que las niñas desarrollan una identificación personal con la madre y entrelazan los procesos afectivos y de aprendizaje del rol incorporando ras- gos de la personalidad y comportamiento del otro. Los niños desarrollan una identificación posicio- nal con aspectos del rol masculino, incorporando el rol pero no necesariamente valores ni actitudes, ni identificándose con el padre como persona; se trata de una identificación que niega la relación con la madre. La niña en la adolescencia pone en crisis el vínculo identificatorio con la madre y ne- cesita de otros modelos femeninos. Los roles femeninos tradicionales tienen asociadas una serie de prescripciones: • Para el rol maternal, el de ser una «madre suficientemente buena» , descrito por Winnicott. 5 La moral maternal ordena una subjetividad femenina domesticada, con características psí- quicas de receptividad, capacidad de contención y de nutrición no sólo de los niños sino también de los hombres que volvían a sus hogares luego de su trabajo extradoméstico (Winncott, 2010, p. 11). El rol doméstico propicia una subjetividad vulnerable propensa a estados depresivos. Burín señala en su obra algunos estudios que indican cómo las mujeres, cuyo único o principal rol social es el de ama de casa, obtienen una única fuente de gratifi- cación dentro de la familia. Es además un rol que se presupone que no requiere alguna habi- lidad especial, por lo que es poco prestigioso y escasamente valorado en nuestra cultura, como han desarrollado ampliamente economistas feministas como Amaia Pérez Orozco (2006; 2014). Además, el trabajo de ama de casa, al ser poco estructurado, no tiene apenas elementos para medir su eficacia y solamente es percibido cuando no se realiza o se realiza mal, lo cual produce incertidumbre y dependencia del reconocimiento ajeno. Burín (1998, p. 85) cita a Tudor (1979) cuando dice que las mujeres entonces se aíslan del contexto social y se centran en sí mismas. Esto da lugar a una serie de patologías denominadas «neurosis del ama de casa», que consiste en tristeza, abatimiento, sentimientos de desvalorización, culpa, desamparo, ansiedad, anhedonia, alteraciones del sueño y del apetito y trastorno psicosomático. • El rol de esposa está adecuadamente desempeñado cuando está suficientemente maternali- zado y desarrollando funciones nutricias y de sostén emocional. La mujer se posiciona como ayudante del otro obteniendo su confirmación narcisista y satisfaciendo un ideal social. Para Winnicott la madre suficientemente buena es aquella que es capaz de adaptarse a las necesidades madurativas del 5 bebé de manera adecuada en el momento preciso. Este rol desarrollado por la principal figura cuidadora tiene las siguientes funciones: Holding: la capacidad de sostener emocionalmente al niño especialmente cuando le desborda la afectividad y la impul- sividad. La madre le presta capacidad de contención y sostén a su emoción. Handling: se refiere a la capacidad parental de estar atentos a las necesidades físicas para atenderlas y darles un sentido. Presentación del objeto: tiene que ver con la ilusión de omnipotencia del bebé. La madre otorga el pecho al bebé en el momento preciso y éste cree que es él quien lo ha creado. El bebé se siente, y necesita sentise, omnipotente para poste- riormente ir aceptando la frustración. Winnicott al mismo tiempo reconoce que estas funciones, competencias marentales, no tienen la posibilidad de desarro- llarse sin la presencia de un tercero (padre, otra madre u otra figura) que ejerza el cuidado de la madre del bebé. Los roles femeninos tradicionales son descritos por Burín como patógenos y potencialmen- te depresógenos. Sin embargo, señala también roles de género femenino considerados factores de protección: el rol en la comunidad, el rol sexual extraconyugal y el rol de trabajadora extradomésti- ca remunerada, siempre y cuando no sea limitado por el techo de cristal. Subjetividad femenina y salud mental. Psicopatología de género femenino Burín plantea un modelo teórico-clínico de comprensión de patologías de género femenino asocia- das al poder específico que las mujeres han podido ejercer. Para los varones está reservado el poder económico y racional y para las mujeres el poder de los afectos. La sociedad identifica a las mujeres como sujetos en cuanto madres y pone en marcha distintos re- cursos simbólicos para mantener dicha identificación, como el rol maternal, el ideal maternal, la función materna, etc. Para las mujeres, tal distribución de poder, el poder de los afectos, constituyó un espacio y un rol específico dentro del hogar, desde donde pueden ir controlando y regulando las emociones dentro de la familia. Así mismo significó modos específicos de enfermar y de expresar el malestar. Burín señala cómo los avances sociales que propiciaron una liberación a las mujeres de sus roles, como las escuelas infantiles, la anticoncepción o el trabajo extradoméstico, al mismo tiempo hicieron que los roles tradicionales femeninos dejaran de tener el sentido social y el valor que habían acumulado. La crisis de los roles femeninos tradicionales también supuso la crisis de la subjetividad femenina y en concreto de su liderazgo emocional. En ese momento surgieron muchas teorías psicológicas cul- pabilizantes para las madres que restaban poder a su rol (madres patógenas, madres simbiotizantes, etc.). Se han descrito numerosos cuadros clínicos sobre la centralidad que estos roles femeninos y su puesta en crisis supusieron para muchas mujeres. Entre ellos se encuentran el síndrome del nido vacío, la neurosis del ama de casa y la depresión de las mujeres de mediana edad. La autora señala la tendencia de las mujeres a maternizar todos sus roles, más allá del rol maternal, como un factor de riesgo para la salud mental, cuya expresión patológica se asocia con sentimientos de culpa, an- gustia, hostilidad reprimida y trastornos psicosomáticos. Burín compara la histeria, como modo de expresión de la represión sexual de la época freudiana, con la depresión como modo de expresión del malestar de las mujeres de finales del siglo XX. El proyecto de modernidad ofrecía salud mental a las mujeres que cumplieran con su rol femenino, pero esta promesa es ya obsoleta. Defiende una concepción participativa de la salud mental femenina, en la que las mujeres son suje- tos sociales activos. Para la autora, muchos de los problemas de salud mental de las mujeres pueden ser comprendidos desde una perspectiva de resistencia a sus condiciones de opresión, como sería el caso, antes mencionado, de las histerias. Burín (2010) relaciona estas maneras específicas de en- fermar de las mujeres con el concepto foucaultiano Dispositivo de Poder, afirmando que se da «una producción de subjetividades enfermizas femeninas que garanticen las condiciones en las cuales puedan operar los dispositivos de poder para controlarlas.» (2010, p. 2.). Burín insiste en que es necesario un modelo crítico y de debate ante las representaciones ofrecidas a las mujeres en salud mental, en lugar de un modelo adaptativo a las condiciones culturales. Propone el concepto de malestar, en concreto malestar de género, como término intermedio entre las nocio- nes de salud y enfermedad. Esta noción sirve para investigar cuáles son las variables que constitu- yen factores de riesgo o factores de protección en la salud mental de las mujeres. La autora apremia a una necesaria revisión de los modelos imperantes en salud mental que, en mu- chos casos, han constituido una iatrogenia sobre las mujeres al patologizar sus modos de respuesta ante el malestar. Pone en cuestión los conceptos de salud y enfermedad e insta a un modelo partici- pativo en el que las mujeres sean sujetos activos en la definición de salud y donde se dé un análisis de las condiciones culturales en las que se desarrollan. El techo de cristal Burín estudia cuáles son las condiciones de construcción de la subjetividad femenina que hacen po- sible las imposiciones patriarcales. El «techo de cristal» es gestado en la temprana infancia y va ad- quiriendo una dimensión más relevante en la pubertad. El techo de cristal es construido a partir de los condicionantes que las mujeres encuentran para desarrollarse y ascender competitivamente en sus profesiones. Algunos de estos condicionantes son: a. Las responsabilidades domésticas Horarios vespertinos e incompatibles con el cuidado de otras personas o con el desarrollo de una vida personal fuera del trabajo. El mundo laboral, basado en un máximo de racionalidad, es poco compatible con el entrenamiento de las mujeres con una feminidad más tradicional, en vínculos humanos con predominio de la afec- tividad (positiva o negativa). Burín (1993), a partir de un estudio, diferencia entre tres tipos de fe- minidades: tradicionales, innovadoras y transicionales. Las mujeres tradicionales encuentran muy complicado el paso de un mundo de afectos al mundo estrictamente racional laboral. Las innovado- ras establecen una dicotomía entre el mundo laboral y el doméstico y no tienen dificultad en asimi- lar el tipo de vinculación masculino necesario para el triunfo profesional. Las transicionales inten- tan combinar ambos tipos de vinculación -afectivo y racional- dentro del mundo laboral, lo cual les produce un gran monto de tensión. b. El nivel de exigencias Las mujeres perciben que se les requiere un nivel de excelencia en su desempeño laboral, frente a un nivel mediocre que se exige al género masculino c. Estereotipos sociales sobre las mujeres y el poder Las mujeres internalizan estereotipos negativos acerca de la relación de ellas mismas con el poder: «las mujeres temen el poder», «a las mujeres no les interesan los puestos de responsabilidad». d. La percepción que tienen de sí mismas las mujeres Los escasos referentes que tienen las mujeres las llevan a sentir inseguridad y temor en cuanto a su eficacia. Además, al desenvolverse en entornos masculinizados afrontan riesgos como el acoso la- boral, mayor escrutinio de sus vidas privadas o la atribución de sus errores a su género. e. El principio de logro Las mujeres en general son orientadas para profesiones menos ambiciosas, e incluso aquellas muje- res profesionalmente muy cualificadas terminan situándose en aquellas ramas peor pagadas o me- nos atractivas. Las mismas mujeres suelen mostrar un nivel inferior de «habilidades extrafunciona- les» que tienen que ver con la planificación profesional o con demostrar intereses ambiciosos. Mu- chas mujeres entienden su vida laboral como complementaria a su vida personal y la consideran in- compatible con una subjetividad femenina. En general, a las mujeres la preparación laboral, el ta- lento y la capacitación no les garantiza éxito profesional equitativo. f.- Los ideales juveniles: Para muchas mujeres los medios importan tanto como los fines y el respeto al otro, los vínculos afectivos y la confianza constituyen los valores de una ética femenina que consideran irrenunciables e incompatibles con los criterios del mundo laboral. El deseo hostil La autora formula un concepto que denomina como el deseo hostil. Este concepto tiene que ver con los factores de constitución del aparato psíquico femenino, que con su invisibilidad contribuyen a la creación del techo de cristal. Cuando las mujeres de mediana edad, las que han sido su objeto de estudio, encuentran que los roles de género desplegados en el espacio privado, especialmente los cuidados, dejan de tener sentido psíquico y social, entran en crisis. Es aquí donde la autora describe este concepto del deseo hostil. El deseo hostil es un «deseo diferenciador, cuya constitución, y despliegue permite la creación de nuevos deseos, por ejemplo, el deseo de saber y del deseo de poder.» (Burín, 1996, pp. 88-89). Es un deseo que se ha visto reprimido porque atenta contra el vínculo fusional con la madre, y nuestra cultura identifica a las mujeres con las madres. El deseo hostil no es hostilidad, sino que su puesta en marcha puede producir el resquebrajamiento del techo de cristal. Burín habla también del juicio crítico como aquel que permite desatribuir el valor positivo de la equivalencia mujer=madre, y ope- ra sobre la base del deseo hostil. Es a partir del sentimiento de injusticia surgido de las crisis en mu- jeres de mediana edad, cuando sienten que su rol ha sido vaciado de sentido, desde donde se desarrollan este juicio crítico y el deseo hostil que permiten la ampliación de los intereses e identifi- caciones femeninas. Pone en crisis el paradigma tradicional sobre el que se ha construido durante siglos la subjetividad femenina. 
 Conclusiones Burín realiza un excelente trabajo de deconstrucción de los paradigmas de salud mental y normali- dad construidos sobre una base ideológica androcéntrica. Contextualiza la salud y la patología en un entorno cultural patriarcal, permitiendo poner en valor la labor de resistencia de las mujeres me- diante el síntoma. Su obra permite el cuestionamiento de la definición de feminidad desde un punto de vista aplicado. El tipo de mujer que Burín define es tal vez muy concreto -mujer heterosexual, mediana edad, occidental- y no puede aspirar a representar universalmente toda la problemática de las mujeres ni del binarismo de género y puede incluso no reflejar la problemática de mujeres in- mersas en modelos familiares más actuales y de crianza compartida, por ejemplo. Sin embargo, sienta las bases para un estudio en el que se tiene en cuenta la interseccionalidad, antes de que esta fuera definida para una deconstrucción epistemológica feminista. 8. IDEAL DEL YO EN LAS MUJERES: EL MALESTAR FEMENINO 8.1 Introducción En la conceptualización del ideal del yo, Freud introduce un elemento que posteriormente daría lu- gar a toda una vertiente de la psicología, esto es, el influjo de lo social. El ideal del yo nace por amor a los otros significativos del sujeto, por lo que hablar de lo relacional y lo vincular es muy re- levante en la construcción de la subjetividad. El ideal del yo tiene que ver con el anhelo de realización de los deseos incompletos de los padres (Waisbrot, 2000). En este momento surge la duda: ¿Si el sujeto está inmerso en una cadena inter- subjetiva e intergeneracional, cómo se configura la singularidad del sujeto desalienada de otras sub- jetivaciones? Lo ineluctable es que somos puestos en el mundo por más de un otro, por más de un sexo, y que nuestra prehistoria hace de cada uno de nosotros, mucho antes del desprendimiento del nacimiento, el sujeto de un conjunto intersubjetivo cuyos sujetos nos tienen y nos sostienen como los servidores y los herederos de sus sueños de deseos irrealizados, de sus represiones y de sus renunciamientos, en la malla de sus discursos, de sus fantasías y de sus historias.(Kaës, 1996, apud Waisbrot, 2000) Se nos hace, nos construimos entre vínculos significativos con otros, nos construimos en relación. El ideal del yo se construye en un contexto cultural con representaciones concretas sobre lo que se valora y se espera. Las mujeres construyen su autoestima sobre el ideal del yo y se les hace pensar que la consecución o aproximación a este retornará en forma de mayor valoración de sí mismas. En esta cita Dianne Elise señala como la perspectiva relaciónal, precisamente, tiene en cuenta la cons- trucción del ser en relación: El pensamiento objeto relacional ha sido un importante avance a la hora de teorizar las diferencias de género y la psicología femenina desde una perspectiva que no se basa en la inferioridad genital y la envidia al pene como paradigma explicativo central. (Elise 2009, web). Es decir, no podemos pretender un ideal del yo aislado, ajeno al influjo de lo social y la mirada del entorno. En este sentido, una parte importante del ideal del yo es la adecuación a lo que se espera de sí, el ajuste a lo que se espera de una mujer. Pero como veremos, lo que se espera de una mujer no es lo más saludable para su psiquismo. Todos los rasgos esperables de la «buena mujer» son aque- llos que le hacen más vulnerable y es este ajuste imposible el que se expresa en diferentes malesta- res. 8.2. El sistema narcisístico de las mujeres Hemos visto cómo la niña al descubrirse castrada y miembro de un género devaluado comienza un proceso para restituir la herida narcisista con distintas opciones según el paradigma psicoanalítico clásico: • Búsqueda del padre, quien le devolverá lo faltante mediante el hijo. • El destino de la feminidad. • Renuncia de su sexualidad. • Competición por el falo que derivará en neurosis u homosexualidad. Para superar la condición de frustrada, castrada y privada, Lacan afirma que la mujer se identificará con su madre y lo que esta hace para restituir su narcisismo. Es decir, tratará de seducir al padre. Debemos hacernos la pregunta de qué contenidos se encuentran en el sistema ideal del yo-superyó de las mujeres. ¿Qué constituye un ideal para la niña? Dio Bleichmar (1997) recuerda a Lacan para ilustrar que no únicamente los modelos presentes constituyen el ideal de la niña. También lo que el padre espera de esta va a modelar el ideal femenino, igual que el contenido del ideal de la madre. En este aspecto podríamos afirmar que el ideal del yo de una «verdadera mujer», entendiendo por ésta a aquella que ha resuelto satisfactoriamente su Edipo, estaría compuesto por el siguiente siste- ma de ideales: • Belleza. • Maternidad. • (Hetero)Sexualidad. 8.2.1 Belleza La belleza en la mujer es una herramienta de múltiples usos. Es aquello por lo que es valorada y alabada la niña y lo que esta aprende a decir cuando quiere halagar a otra persona. Cuando crece esta descubre que la belleza es el instrumento para poder cumplir con la expectativa de status de mujer casada, lo que hace que el concepto se naturalice como si lo que se considera bello fuese una categoría universal o si la belleza fuese el requerimiento para la reproducción de la especie. En la cultura occidental existe un innegable culto al cuerpo, con especial presión para las mujeres. Ellas han ostentado durante mucho tiempo el título de «bello sexo», casi como condición sine qua non de la feminidad, como prueba de lo integrada que la belleza está en su sistema de ideales. Sin embargo, según Lipovetsky(2015), no es hasta el S. XX cuando se democratiza el concepto de «be- llo sexo» para todas las mujeres. Hasta entonces únicamente las mujeres de la clase alta contaban con los recursos y el tiempo para cultivar su físico, por lo que no se les presuponía este ideal a las mujeres pobres. Los ideales de belleza no siempre y no en todas partes han sido los mismos. Como bien se conoce, desde la primera representación de una figura femenina como la Venus de Willendorf hasta la últi- ma portada del Vogue, el canon de belleza ha cambiado multitud de veces. El canon de belleza se entiende como una medida de representación corporal utilizada en medios artísticos. En el antiguo Egipto el canon se correspondía con la medida del Faraón y en la antigua Grecia Polícleto y Lisipo establecieron los cánones en función de la relación de armonía del cuerpo con la naturaleza. Lipovetsky señala tres períodos sociohistóricos en occidente en los que ubica lo que él llama la primera, segunda y tercera mujer: La primera mujer se desarrolló desde la Antigüedad hasta el pe- riodo del Renacimiento, donde la belleza femenina fue vista como sinónimo de tentación y maldad por la influencia judeocristiana. La segunda mujer se desplegó desde el Renacimiento hasta el siglo XIX y la imagen femenina fue reconocida como el bello sexo: mujer ícono y personificación su- prema de la belleza. La tercera mujer, la actual, se ha venido desarrollando desde el siglo XX y co- rresponde con un momento de emancipación. A lo largo de la historia los ideales han cambiado conforme a distintos requerimientos sociales. Se- gún Naomi Wolf (1990), lo que se ha considerado bello en cada momento tiene una intencionalidad política y es símbolo del comportamiento femenino que en ese momento se consideraba deseable. En la prehistoria el ideal de belleza representado por las Venus estaba asociado a la fecundidad y la reproducción de la especie, por eso sus representaciones eran maternales y se hacía hincapié en am- plios pechos y abultados vientres. En la Antigüedad y en Occidente los estándares de belleza feme- nina se caracterizaron por el orden, la armonía y la magnitud e inclusive Aristóteles declaraba que «lo bello está en el tamaño y el orden». En la Edad Media el concepto de belleza se unía al de bon- dad porque se asumía que Dios estaba presente en la belleza. Las representaciones femeninas en esta época eran fundamentalmente religiosas y se asociaba la belleza con la delicadeza, la pureza y el decoro. En el Renacimiento, con el triunfo del pensamiento humanista, se concede especial im- portancia al cuerpo humano y es la abundancia la representación de lo bello. Con la modernidad cambia el concepto de lo estético y se da paso a un ideal de belleza mucho más práctico. Es en este momento cuando las mujeres comienzan a compartir la vida pública, por lo que se da un cambio en el ideal de belleza; de la mujer sensual y exuberante se pasa a la mujer práctica y estili- zada, lo que genera una representación más ligera de la misma. En el S. XX los numerosos cambios sociales afectan también al concepto de belleza. Del ideal fascista de la mujer (aria, maternal, de anchas caderas) se pasa al modelo andrógino de los años 90. Los modelos de belleza también han pasado por la exuberancia y sensualidad de los años 50 (representado por las amas de casa de las familias fordistas y por las modelos hiperfeminizadas al estilo Monroe) y por la extrema delgadez, prototípica en los años 60. En la actualidad el ideal de belleza femenino es el de una mujer delgada, joven, blanca, occidental (principalmente modelo eurocéntrico) y con aspecto saludable. Esta es la primera vez en la historia que se liga belleza corporal con sexualidad. Este ideal es difundido y fomentado por los medios de comunicación, quienes lo naturalizan homogeneizando los cuerpos e instaurando un modelo como deseable. Las mujeres han contado históricamente con numerosas herramientas que les han servido para aproximarse a esos ideales, desde los corsés victorianos hasta las cremas de distintos precios o la cirugía estética. En el momento actual, la mirada obsesiva sobre lo físico y el terror al envejeci- miento, comprendido como desinvestimento libidinal, marcan la relación de la mujer con su cuerpo. El envejecimiento supone el abandono de un ideal que provoca en las mujeres sentimientos depre- sivos de fracaso y derrota. Según Naomi Wolf (1991), en el Mito de la belleza, la imagen de una juvenil modelo hoy en día ha sustituido a la del ama de casa como ejemplo social de éxito feme- nino. Cuando el valor social femenino ya no pudo ser definido como el logro de la domesticidad, se redefinió como el logro de la belleza. A pesar de que han pasado varias décadas desde la publica- ción de este libro, continúan sus tesis vigentes. Si entendemos que la valoración del propio cuerpo depende de la mirada del otro, entenderemos, por tanto, como los medios y la cultura contribuyen a la instauración de un ideal de belleza que es interiorizado por las mujeres. Dio Bleichmar (1997) sostiene que mientras se mantiene una división sexual en la crianza de la pro- le, esta contribuye a enfatizar el valor de la belleza y la seducción en la crianza de las niñas, ya que en una crianza tradicional, al estar el padre especializado en cuestiones «no femeninas» como de- portes, mecánica, etc., no encuentra un punto en común con la niña. Si esta comparte dichas aficio- nes con el padre, se masculiniza, algo que transgrede el mandato de género, por lo que la niña aprende a reclamar al padre mediante las distintas vías de seducción. Es lo que se entiende como la vía de acceso general a la atención masculina. Este sería el prototipo de «la niña de papá», que re- trata a la pequeña como una criatura dulce y seductora que consigue lo que de su padre se propone. Suponemos que es una hipótesis válida para aquellas familias tradicionales, pero para aquellas más actuales, donde los cuidados se comparten, ¿se puede decir que es este un canal de fijación de la belleza como valor del ideal del yo? Es posible que esta dinámica se haya visto modificada y, sin embargo, la creciente hiperfeminización y sexualización de las niñas, a través de la moda y las prác- ticas estéticas desde la temprana infancia, se podría decir que contrarrestan cualquier cambio en cuanto a los roles de crianza y su influencia sobre los mandatos de género. El ideal de belleza está tan vigente como siempre; sigue dándose una notable generificación de la infancia y poniéndose en el centro la imagen y el aspecto físico. Las redes sociales son otra potente y sofisticada herramienta para homogeneizar el ideal de belleza y para influir sobre las aspiraciones de las mujeres jóvenes, quienes ponen a prueba su narcisismo y encuentran en Instagram o Tik Tok un espacio donde exhi- bir, compartir y comparar cuánto se acercan a dicho ideal. Esto constituye en ocasiones un dispara- dor perfecto para las obsesiones como la «dismorfia de selfie», que hace que las personas vivan con muchísima ansiedad la distancia entre la imagen idealizada y distorsionada por las redes y su propia imagen real. Vergüenza La vergüenza en torno al cuerpo es un tópico habitual para las mujeres y la no adecuación a los cá- nones de belleza es una de las causas de vergüenza y de angustia más comunes en las mujeres occi- dentales. Para combatir ese sentimiento de inadecuación se ha desarrollado, desde hace décadas, una enorme industria cosmética que promete hacer alcanzar y mantener la belleza y por ende la fe- licidad a millones de mujeres occidentales. Según Morrison: «La vergüenza es un reflejo de sentimientos de todo el self en fracaso, como infe- rior en competición o en comparación con otros, como inadecuado y defectuoso» (apud Elise, 2009, web). Morrison (1989), siguiendo a Chasseguet Smirgel (1985), vincula la vergüenza con la incapacidad para estar a la altura del ideal del yo y con el narcisismo y la grandiosidad. Esto hace que la mujer se hunda en sentimientos de falta de valía y abatimiento y un deseo de ocultar un self inaceptable. Esta experiencia de fracaso en relación con el ideal del yo es, creo, regularmente desencadenada porque los objetos edípicos son inalcanzables, lo que es comprendido por el niño o la niña como un fracaso debido a un defecto en el self: ser pequeño, inadecuado, literalmente «quedarse corto». Schager (1967) escribió que «una representación del self ideal es una imagen de uno mismo como hubiera sido si hubiera satisfecho un ideal concreto» (apud en Elise 2009, web). Ciertamente, una imagen ideal muy investida es la de un pretendiente deseado/aceptado del objeto edípico. Al perse- guir el concepto de representación del self en relación con el ideal del yo (Sandler, Holder y Meers, 1963), Morrison enfatiza que el «fracaso en aproximarse a la forma del self ideal» conduce a la ver- güenza. El uso de la palabra «forma» nos recuerda que la representación mental de uno mismo se desarrolla mediante el yo corporal. Uno personifica el ideal del yo propio; un fracaso en el ideal del yo se siente básicamente como un fracaso a la imagen del self deseada (Jacobson, 1964; Milrod, 1982), sintiendo vergüenza si falla respecto a esta imagen. Las mujeres conocen bien la sensación de vergüenza y de inadecuación. Además del sentimiento de vergüenza por el propio cuerpo, el síndrome del impostor o de la impostora es un problema que acucia a muchas mujeres profesionales, a tenor de lo que se observa en las consultas clínicas. Este síndrome consiste en confusión en el autoconcepto, (baja) autoestima social y global, (baja) autoefi- cacia, externalismo, autoconciencia y ansiedad social (Fernández y Bermúdez, 2000). Las personas que sufren el síndrome del impostor consideran que sus habilidades son sobreestimadas por los de- más y presentan intensas dudas sobre las mismas y también sienten vergüenza por no considerarse merecedoras de tal reconocimiento, sobre todo cuando consiguen éxitos profesionales. Cuanto más se acercan las mujeres a un ideal de éxito profesional, más intenso parece ser su síndrome de la im- postora. Moverse en un mundo que históricamente ha sido masculino, como el laboral y de la vida pública, alejarse de lo que ha sido ideal y mandato de género durante siglos supone una factura que cobra forma de ansiedad y vergüenza como castigo por la transgresión. Elizabeth Cadoche y Anne de Montarlot citan en su libro El síndrome de la impostora (2020) a Fra- nçois Rush, quien afirma que la confianza en una misma se consigue mediante las experiencias de dominio: • Las experiencias vicarias. • La persuasión social. • Los estados fisiológicos y emocionales. Es decir que sin un camino previo de logros interiorizados y sin abundancia de referentes femeninos pero con un gran catálogo de estereotipos de género, que ponen en duda la capacidad, motivación o interés de las mujeres por el éxito profesional y generan un escaso reconocimiento social de su va- lía, las mujeres tienden en gran medida al sesgo cognitivo que les hace sentirse impostoras. Las mujeres que relatan este malestar frecuentemente hablan de vergüenza, de miedo a ser descu- biertas, de ansiedad y de sentimientos de inadecuación, de sentirse fuera de lugar y ocupando un puesto que no merecen. No es que no lleguen a su ideal, sino que cuando llegan no creen merecerlo. 8.2.2 Maternidad Para Freud el deseo maternal surge en la niña desde temprano, al situar la envidia de pene como eje central del psiquismo. Ruth Mack Brunswic (1940), también afirmaba, al igual que Freud, que el deseo de la maternidad es un deseo anterior a la envidia del pene y que surge como un deseo de po- seer lo que la madre omnipotente posee. La maternidad, según la teoría freudiana, es la salida más adaptada al complejo de Edipo, porque una vez descubierta su castración la solución de la niña con- siste en trasladar la carga objetal en el padre; el deseo del pene es sustituido por el deseo del hijo en la ecuación simbólica pene=hijo. Por tanto el hijo obtura la carencia para Freud. Es el deseo del hijo, el posicionamiento simbólico en la maternidad, lo que inaugura la entrada en la sexualidad adulta. Según Chasseguet-Smirgel (1975) la niña proyecta su deseo edípico sobre el futuro y constituye un ideal del yo que contenga el deseo de ser la madre en tanto madre y en tanto mujer del padre. Por tanto la maternidad constituye uno de los contenidos más importantes del ideal del yo, puesto que el deseo de hijo es el elemento esencial que le permite la adquisición de la feminidad. No es nuestra intención desarrollar ampliamente cómo se construye socialmente el ideal maternal o la im- portancia histórica del mismo, sin embargo sí ofreceremos unas breves pinceladas sobre este cons- tructo y su importancia sobre la subjetividad femenina. Para Dio Bleichmar (1997) la feminidad primaria de la niña se constituye alrededor de la función maternal. Su subjetividad se construye por identificación especular con una madre omnipotente y en torno a deseos de cuidado de la vida, así como por el despliegue de actividades y comportamientos de rol cuyo investimento libidinal pasa por la anticipación de actividades de cuidado como es el juego con muñecas. La maternidad, dentro de esta cultura, exalta de manera sublime el narcisismo femenino, sobre todo si hay un déficit de otras actividades que sustenten dicho narcisismo. La crea- ción de la vida y la indispensabilidad de los cuidados para otro ser convierten a la maternidad en un objeto fundamental del sistema de ideales de la mujer. El Ideal Maternal Desde el punto de vista histórico, la maternidad ha vivido distintos periodos en los que ha sido pen- sada de diversas maneras, pero en general las mistificaciones que del hecho maternal se han reali- zado han dado como resultado la ecuación mujer=madre, lo que naturaliza un hecho cultural y lo vincula a una concepción esencialista. El mito de mujer=madre se organiza desde multiplicidad de discursos como el científico, el político, el social o el ideológico y desde unas coordenadas determi- nadas por el contexto histórico. Por maternidad entendemos no únicamente la concepción y alum- bramiento por parte de la mujer, sino también las funciones de maternaje y crianza de los hijos, que tienen un significado de amor y entrega total. La biología y en este caso la maternidad, históricamente, han constituido un destino sometedor para las mujeres. Así, en la antigua Grecia y en el Imperio Romano las mujeres tenían la obligación de gestar y parir, pero por supuesto el producto de este proceso, llamémoslo así, era propiedad del pa- dre. En la Edad Media la maternidad era considerada de forma diferente según el estrato social al que se perteneciera. Los estratos más bajos tenían una amplia descendencia y la lactancia era habi- tual por su utilidad anticonceptiva. En estratos más altos la maternidad era obligatoria como alterna- tiva a la vida clerical y era muy frecuente la lactancia mercenaria, eso sí, pactada por los varones y muy sujeta a la clase social. A partir del S. XVIII la sociedad se seculariza y comienza la industria- lización. Según Elizabeth Badinter (1981) es a partir del S. XVIII cuando la diada madre-hijo comenzó a ocupar un lugar protagónico en la familia, porque hasta entonces esta venía regida por la autoridad del varón-marido-padre y la madre o los hijos eran elementos marginales. La autora considera que se inicia en este momento el mito del amor maternal, según el cual la madre amamanta y cuida al bebe a cambio de nada o, mejor dicho, a cambio de su santificación. La madre es la depositaria de la salud del infante y el padre de su educación moral. Esta tradición se refleja en las teorías psicoa- nalíticas según las cuales el niño hereda el superyó del padre. Antes de este momento la maternidad estaba asociada a la gestación y al parto, no a la crianza de los hijos. Sin embargo, esto se modifica progresivamente a partir de la ilustración. Este cambio de paradigma viene representado por Sofía, el ideal de mujer natural rousseaniano, que se representa como casta, modesta y dedicada siempre al hogar y la familia. En Rousseau se exalta la maternidad como la culminación del ejercicio de la vir- tud femenina y es el amor materno el que garantiza la unidad social. La maternidad se convierte en el eje de la identidad femenina en buena medida por la influencia de autores como Rosseau y por el impacto de personajes como su Sofía, la mujer ideal. Esther Vivas (2017) habla entonces de la «ma- ternalización de la mujer» como resultado de la naturalización de la función materna y la moraliza- ción de las prácticas que le eran propias, lo que convierte la identidad maternal en la única posible para las madres. Es a partir de este momento cuando, según Badinter (1991), la maternalización coincide con la emergencia del capitalismo y la familia se convierte en la unidad económica y social para la supervivencia de la prole. En estas circunstancias, según dicha autora, se instaura el mito del instinto maternal y la exaltación del amor maternal. Desde distintas instituciones: la religión, la me- dicina y más tarde la psicología, se dictan los rasgos de la buena madre y del modelo de familia que conocemos en la actualidad. Esta concepción tiene la finalidad de regular el nuevo orden social que el nuevo modelo económico capitalista necesita. Hays señala esto mismo en 1998:“Estas formas de subordinar a las mujeres benefician no sólo a los hombres sino también al capitalismo y al Estado moderno.” (Hays apud Medina bravo, p. 3). En este sentido, el psicoanálisis, como una institución de lo simbólico, contribuye a reforzar esta construcción de la maternidad ligándola a la anatomía., Termina siendo la maternidad el fin último de la feminidad y la consumación de un deseo presente en la etapa fálica infantil, como bien hemos expuesto en capítulos anteriores. Los mitos de la maternidad dan lugar a un imaginario social concreto que prescribe exigencias y prohibiciones, constituyendo la subjetividad femenina y masculina, en cuanto a la maternidad, como estructuras deseantes limitadas por las normas que este sistema produce y reproduce y por la jerarquía de valores en un momento histórico particular. El ideal maternal, por tanto, constituye una representación de la Madre Buena Imaginaria que con- lleva una serie de preceptos, exigencias, deberes y prohibiciones que son interiorizadas por las mu- jeres como parte de ese ideal del yo. Este ideal es constituido tanto por identificación con la madre como por influjo social y contiene una maternidad normativizada. Las exigencias prescriben una actitud de entrega, disponibilidad absoluta, amor sublime, paciencia, ecuanimidad, responsabilidad, fortaleza, capacidad y servicio. Las prohibiciones aluden al egoísmo, la agresividad, la impaciencia, el erotismo, el cansancio, la demanda para sí y la ansiedad. Este ideal ha ido consolidando una serie de características subjetivas en las mujeres que con el tiempo se han naturalizado. Se han hecho consustanciales a la maternidad por la ecuación mujer=madre: • Una organización del narcisismo centrado en el ser para otros, que posterga las propias ne- cesidades. • Una particular organización de sus vínculos afectivos que permiten a la madre detectar an- siedades del bebe para calmarlo. Es una organización que corresponde no solo a la madre biológica y que se atribuye a un «instinto maternal». Tiene que ver con prácticas sociales históricamente desarrolladas, además de factores biológicos. • Una mayor preponderancia de vínculos dependientes. Fernández (1993) profundiza en el mito del ideal maternal, construido sobre tres falacias discursi- vas: • La ilusión de naturalidad: La maternidad se adscribe como un fenómeno de la naturaleza y no de la cultura, lo que está fundamentado en la posesión de la mujer del aparato reproducti- vo y del instinto materno. El aparato reproductivo sería una condición necesaria para la ma- ternidad biológica, pero no la única y se constituye como una potencialidad. Según la teoría del instinto maternal, la madre posee un saber-hacer instintivo que le indica cuál es el mejor proceder para la crianza del niño o la niña. El instinto tendría un origen biológico filogenéti- co y otorga un sustento a la ilusión de naturalidad de una función materna infalible, incondi- cional e indisoluble. • La ilusión de atemporalidad: La maternidad se inscribe en el orden natural y no cultural, se • gún este ideal. Por lo tanto, se asume que «es así, siempre ha sido así y siempre será así». Sin embargo, como hemos visto, la noción de maternidad ha ido cambiando a lo largo del tiempo y de las condiciones socioculturales de distintos momentos de la historia. • A menos hijos, más mito: La mujer se define esencialmente como madre y como resultado prioriza la función maternal por encima de otras necesidades o deseos propios. En otras épo- cas de la historia las mujeres parían hasta 20 hijos y no es hasta el S. XIX que se da valor a la sobreprotección infantil, sin embargo, con el paso del tiempo, cuanto menor es el número de hijos, mayor es la atención que la madre les dedica. Según esta teoría, a medida que los factores biológicos van siendo menos importantes se van reorganizando factores culturales para el ejercicio de la maternidad. En definitiva, las mujeres dedican el mismo tiempo y energía al cuidado de un menor número de hijos en la actualidad que a la crianza de veinte hijos siglos atrás. Afortunadamente, gracias a la convención de Derechos del Niño (1989) se comenzó a poner la protección de la infancia en el centro de atención, lo que gradualmente permite ir virando a un modelo menos adultocéntrico. En Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci, Freud (1911) afirmaría que la madre lactante man- tiene una relación amorosa plena con el bebé, en este momento la madre está en estado pleno e idealizada, cumpliendo con las tareas de la feminidad. Dio Bleichmar (1997) contesta, sin embargo, haciendo referencia a la necesidad de holding de la madre y los sentimientos de vacío y persecución que aparecen en la mujer debido a la maternidad. Sin embargo, para la construcción del mito mater- nal es necesaria la exaltación de los aspectos idealizados y la negación de aspectos persecutorios como la agresividad, la ansiedad o el erotismo de la madre. De esta manera se constituye el princi- pal valor femenino que permite a la mujer su entrada en la cultura. Es decir, que ser madre ha per- mitido a la mujer acceder a un status que de otra manera era imposible, mediante la identificación con la madre y con lo que la madre hace, para restituir un narcisismo dañado y garantizarse la cons- trucción de una identidad. Silvia Tubert (1991), también hace referencia a la maternidad como la pantalla que absorbe la femi- nidad. Es en el deseo de hijo el lugar en el que la mujer se constituye como femenina, completa y sana. Pero el mito entonces esconde la dimensión del deseo de la mujer que puede ser de no-hijo. El cuestionamiento del esencialismo del mito y su visibilización como hecho cultural cuestionaría en- tonces la maternidad como destino de la feminidad. La crítica del pensamiento feminista al constructo de la maternidad se inaugura con De Beauvoir, quien en El Segundo Sexo (1949) separa el género del rol biológico subrayando el constructo social de la feminidad y advierte de la trampa del patriarcado, que condiciona a las mujeres con sus dis- cursos acerca de la maternidad, la feminidad y la domesticidad. De Beauvoir sirvió de vanguardia para la crítica feminista a la maternidad y al destino biologicista que sometía a las mujeres. Muchas otras teóricas feministas han continuado esta crítica desde enfo- ques más radicales, que abarcan toda la esfera de la opresión de las mujeres en el ámbito privado como el principal eje de dominación del patriarcado. Estos enfoques van desde el feminismo de Betty Friedan hasta el feminismo de la Nueva Izquierda norteamericana de los años 70 o el femi- nismo francés de inspiración psicoanalítica. Irati Fernández (2013) afirma que: El concepto de maternidad ha ido construyéndose respondiendo a diversos elementos sociales y cul- turales e incluso a diversos intereses políticos e ideológicos bajo parámetros patriarcales, la propia experiencia de maternidad es un proceso que se va construyendo de muy diversas maneras por parte de las mujeres, un aprendizaje en función de variables como el contexto sociohistórico, etnia, cla- se… (2013, p. 22). No existe un concepto unívoco y universalizable de la maternidad, llegando a definirse como una «ideología étnica y de clase» (Esteban, 2000, apud Fernández, 2013). O como afirmaba Silvia Tu- bert (1997), que decía que la maternidad se construye según el orden social y el universo simbólico del cual forma parte. La maternidad sin duda ha sido instrumentalizada por el totalitarismo religioso, por el capitalismo y por el neoliberalismo, al tiempo que se confronta con un proyecto individualista liberal. Y por su- puesto, el contenido y las directrices sobre la buena maternidad también han ido variando en fun- ción de los distintos intereses de los órdenes socioeconómicos imperantes. Los mandatos e incluso las prescripciones médicas sobre la lactancia artificial o natural, sobre métodos para dormir o estilos de crianza han ido variando principalmente en función de las necesidades del modelo económico imperante, lejos de guiarse por el bienestar de la infancia o de la madre como referente. El cansancio por el trabajo maternal está claramente asociado con el malestar de las mujeres, pero suele aparecer bajo la forma de angustia, sentimientos de culpa, hostilidad reprimida o trastornos psicosomáticos. Asimismo, las prescripciones respecto de la «moral materna» históricamente han supuesto una sub- jetividad femenina domesticada, con características psíquicas de receptividad, capacidad de conten- ción y de nutrición, no solamente de la infancia, sino también de los hombres que volvían a sus ho- gares luego de su trabajo extradoméstico. Un proceso similar se da entre los hombres, con el ideal del trabajo como ideal constitutivo de la subjetividad masculina. Las nuevas teorías ecofeministas revalorizan estos rasgos de cuidados del otro, sin embargo, apues- tan por una redistribución de los mismos y de las tareas de cuidados, que han de estar colectiviza- das. Es la sobrecarga de las mujeres y la imposibilidad de salirse de esta identidad lo que enferma, no el cuidado en sí mismo, que es indispensable para la vida. Por tanto, desde una ética feminista se aboga por poner los cuidados y la vida en el centro, pero reevaluando seriamente el patrimonio de los mismos para las mujeres, quienes se han visto confinadas a las mismas tareas, históricamente, como una forma de control social. Actualmente, dentro del feminismo existen también voces críticas con el tratamiento que este ha dado a la maternidad y en concreto con la ausencia de respuestas para las mujeres que sí desean ser madres. Algunas autoras ponen voz a mujeres que, siendo feministas, no se sienten cómodas ni re- presentadas o siquiera visibles dentro del feminismo, en lo que al discurso maternal se refiere. Julia Cañero Ruiz, en un artículo de 2021 de la revista Pikara Magazine, argumenta que el discurso ofi- cial del feminismo hegemónico con respecto a la maternidad se basa en cuatro soluciones: externa- lizar los cuidados, repartir tareas con hombres igualitarios, obviar la maternidad, y hablar sobre el aborto/defender el derecho a no ser madre. Sin que esto suponga un demérito de la lucha por el de- recho al aborto, el feminismo históricamente se ha centrado en el derecho a no elegir la maternidad sin fijarse ni recoger la experiencia y la voz de las mujeres que sí desean ser madres o que ya lo son. Esta y otras autoras, como Esther Vivas (2017), defienden el derecho a la maternidad fuera del mandato patriarcal y capitalista y lamentan el concepto formulado por Sharon Hays, recogido por Badinter, que acusa a estas madres de ejercer una «maternidad intensiva», que define la maternidad a tiempo completo de forma peyorativa. Sharon Hays, en su obra La contradicción cultural de la maternidad (1998), señala que la maternidad intensiva se basa en tres aspectos: una gran inversión en tiempo, dinero y desgaste emocional en la crianza de los y las niñas de lo cual se desprende que la maternidad es un rasgo femenino y emocionalmente absorbente. Otro aspecto sería desprecio de la aportación paterna a la crianza, siendo la madre la figura más implicada -o en exclusiva- al cui- dado, y consideración de la infancia como sagrada en contraposición a la sociedad capitalista, lo cual hace que se ponga énfasis en las perspectivas niñocentristas. Para la autora, la maternidad intensiva se convierte en una identidad a través de prácticas asociadas como la lactancia prolongada, el colecho y otras derivadas de la crianza con apego. Este concepto se convertiría, según la autora, en una ideología asumida por toda la sociedad, que al mismo tiempo impulsa a las mujeres a ser individualistas y competitivas en su trabajo. Las mujeres asumen este ideal, al igual que los varones, en pro del sistema neoliberal como única respuesta liberadora. Algu- nas investigadoras (Arciniega et. Al, 2020), sitúan la práctica de la crianza intensiva, denominada aquí como ideología, como eje de la violencia simbólica patriarcal y alertan de que las nuevas prác- ticas maternales pueden suponer una vuelta a la domesticidad y la subordinación. En el interesante estudio de Irati Fernández (2013), anteriormente citado, una pequeña muestra de madres definidas como feministas señalan sus propias contradicciones en torno a la maternidad. Es- tas mujeres señalan no estar exentas del mandato de la «buena madre» que les genera culpa y ansie- dad y apuntan a la ética reaccionaria del cuidado, concepto formulado por Amaia Pérez Orozco. Este es un sentimiento de profunda responsabilidad que obedece al mandato de la buena madre. Pero no solo eso, sino que además, como feministas, han de poder ser mujeres «todoterreno» que no descuiden debido a su maternidad, su carrera profesional, su vida social y su activismo político. Sin embargo, a pesar de las contradicciones e incoherencias que para las mujeres del estudio supone la maternidad, concluyen que: La maternidad ha significado una experiencia muy positiva en la vida de estas mujeres. Ha ofrecido una revalorización y una nueva concepción del tiempo, ha desarrollado sentimientos de trascenden- cia en las madres como sujetas que proporcionan bienestar y felicidad a otras personas y, sobre todo, ha empoderado a las madres como mujeres en un proceso de aprendizaje personal (Fernández, 2013, p. 112). Por todo lo anterior cabe concluir que la maternidad ha servido como herramienta de sometimiento y que distintas instituciones la han aprovechado a lo largo de la historia para distintos fines, con de- nominadores comunes: instrumentalización y sometimiento de las mujeres, y escasa preocupación por el interés superior de la infancia y de las madres. Es curioso que siendo un hecho biológico en la mayor parte de las maternidades y que ha servido de argumento patriarcal para la retirada de las mujeres del espacio público, se les haya arrebatado a las mujeres la agencia sobre este con tanta fre- cuencia, minimizando la experiencia corporal. Desde el conocimientoarc sobre su cuerpo y su se- xualidad a la soberanía sobre el parto o la lactancia. Los distintos estamentos sociales se han erigido en reguladores de la experiencia maternal, de manera prácticamente universal, dando diverso conte- nido al mandato de la «buena madre», a veces contradictorio y siempre al margen de los deseos de las madres y de las necesidades de la infancia. El mandato de la «buena madre» ha supuesto para las madres sacrificio, abnegación, exigencia y mucha culpa por no cumplir con dichas exigencias y por tener deseos propios al margen de la propia crianza o bien no adscritos a la corriente de crianza he- gemónica. Este mandato es posible que se halla constituido como uno de los más normativizantes para las mujeres y con más estigma social. Sin embargo, es aún más decepcionante cuando el feminismo como ideología liberadora y herra- mienta empoderante que es deja de serlo para convertirse en una nueva normatividad, que no centra sus esfuerzos en dar cabida a las voces internas de las mujeres madres y señala y critica el ejercicio de la maternidad por considerarla alineada con el patriarcado. Entendemos el feminismo como una ideología y práctica que debe ayudar a las mujeres a resolver sus encrucijadas, no como un nuevo marco normativo que persiga desde los feminismos hegemónicos aquello que no encaje en un dog- ma. El feminismo siempre debe estar y está en continua revisión. 8.2.3 (hetero) sexualidad: La sexualidad femenina siempre ha constituido un asunto público. La conservación de la «virtud» o la actividad sexual de las mujeres ha sido legislada, estudiada, regida y patologizada principalmente por varones y esto ha hecho imposible para las mujeres convertirse en agentes de su propia sexuali- dad y construir una subjetividad propia en torno a ella. No vamos a desarrollar aquí la historia de la sexualidad femenina porque excedería con mucho los márgenes de este estudio, sin embargo, sí haremos un brevísimo repaso a la legislación del deseo femenino por las distintas instancias sociales. Rocío Navarro (2013) en su artículo La imposición del discurso de la (a)sexualidad femenina, habla de cómo en la sociedad decimonónica, en España, todas las instituciones sociales, la iglesia, el Estado, la educación y la ciencia se aliaron para recor- tar cotas de libertad femenina. Una mujer que recibía educación formal o que se dedicaba en exceso a la vida pública perdía de vista su función principal, que era la atención al ámbito doméstico. Se llegó a hablar de que una excesiva dedicación a cuestiones poco femeninas podía derivar en una posible esterilidad, argumento que recuerda al cuestionamiento actual de la fertilidad o de la dismi- nución de la misma debido a la actividad laboral y el estrés derivado de esta de las mujeres. El ar- quetipo sancionado por la Iglesia Católica era el de la mujer «santa y virtuosa» acompañado de un severo dictado moral que regía únicamente para el sexo femenino. No era necesario dotar de educa- ción a las mujeres, excepto educación moral, lo cual excluía por supuesto todo tipo de educación sexual e incluso biológica sobre el funcionamiento de su cuerpo. A pesar de lo anterior, Cobo Bedia (2015) afirma Las mujeres fueron heterodesignadas como seres sexuales en el sentido de seres dotados para la pro- creación. Sin embargo, la asignación social de la reproducción como tarea femenina se ha expresado en un contexto simbólico binario en el que las mujeres fueron definidas como naturaleza y los varo- nes como cultura.(Cobo Bedia, 2015, p 3). La virginidad y la fidelidad se erigen como puntales de la moral y el único instinto permitido para las mujeres de fin de siglo XIX es el amoroso; ni rastro del deseo sexual. Según Navarro «La sexua- lidad femenina se entiende paradójicamente como la ausencia de sexualidad o de deseo» (Navarro 2013, P 39) Como vemos, el dibujo de esta sociedad, en este caso la española, no es muy distinto de la Viena de fin de siglo descrita por Freud. Navarro señala que la ciencia también negaba el deseo femenino li- gando las frustraciones a disfunciones biológicas propias del sexo, lo que confirmaba su debilidad. Por supuesto, se negaba cualquier tipo de autonomía sexual: masturbación y homosexualidad eran calificadas de histerismo, ninfomanía u otros trastornos. Como consecuencia, las mujeres lesbianas terminaban encerradas en los psiquiátricos una vez descubiertas a diferencia de los varones gais, quienes eran enviados a prisión. Citando a Irene Miglioranza (2018): «Las ciencias producen y facilitan determinados procesos de subjetivación, generando modelos normativos que implican la marginalización de lo que queda fue- ra de estos: la anormalidad, el error» (2018, p. 5). La ciencia, y entre esta la psicología en sus diver- sas escuelas, ha contribuido a patologizar la diferencia o lo no normativo, aunque esto fuera el de- seo femenino. Desde los años 70, con el inicio de la revolución sexual iniciada por el movimiento feminista y apoyada en las tesis psicoanalíticas de Wilheim Reich, la sexualidad se ha convertido en otro ideal femenino. Esta revolución buscaba romper con la rígida moral y los estrictos códigos de conducta vigentes hasta la época. La mujer completa y liberada es sexualmente activa, aunque dentro de unos parámetros convencio- nales. Cobo Vedia (2015) afirmaba que: Para los varones esta revolución significaba la posibilidad de usar su sexualidad fuera del matrmonio con total libertad, para las mujeres la revolución sexual tuvo otro significado: su disponibilidad se- xual para sus compañeros» (2015, p. 2). Y añade que: la cultura derivada de la revolución sexual de los años 60 inaugura una cultura de la abundancia se- xual hasta el extremo de que la sexualidad y la reivindicación del placer se colocan en el centro del imaginario simbólico. Sin embargo, esta nueva cultura de la sexualidad se articula en torno a la idea de que el placer erótico es un derecho masculino.(ídem). Esta supuesta liberación, seguidora de los criterios patriarcales más arcaicos, fue el disparador para que el feminismo radical de los 70 centrase sus tesis en la sexualidad femenina, intentando formular las verdaderas propuestas de liberación sexual para las mujeres. Estas propuestas se basaron en tres dimensiones: • Familia patriarcal como institución heteropatriarcal. Ámbito donde se desarrollan relaciones de desigualdad y subordinación para las mujeres. • Heterosexualidad como institución fundamental para el desarrollo de las sociedades patriar- cales. • Prostitución como práctica de explotación y violencia contra las mujeres. A pesar de que prácticas y elaboraciones teóricas del feminismo de los 70 posibilitaron una subjeti- vidad colectiva potente y crítica, prácticas como la promiscuidad, la homosexualidad y la bisexuali- dad femenina siguen siendo penalizadas -e incluso perseguidas- en distintos grados en la mayoría de las sociedades. Las distintas orientaciones o grados de actividad sexual de las mujeres son escru- tadas con mayor rigidez que la vida sexual de los varones: la promiscuidad masculina es altamente consentida en toda sociedad y la homosexualidad masculina, aunque también ha sido duramente reprimida y perseguida, es hoy en día mucho más popular, tolerada y visibilizada que la femenina. El deseo y el placer femenino han sido tolerados por las instituciones sociales en la medida en la que hayan sido funcionales al sistema. Según Miglioranza (2018), el placer sexual femenino ha sido funcional a la heternormatividad y clave para la estabilidad de la institución matrimonial. A lo largo del S. XX fue desvinculándose de la función procreativa, suponemos que gracias en parte a las teo- rías feministas, y vinculándose a la realización personal. También se acompañó de un cambio de paradigma explicativo de las disfunciones, poniéndose el énfasis en las teorías biologicistas que si- túan el cuerpo y las causas orgánicas en el origen de los trastornos. El cambio de los modelos etio- lógicos psicológicos a los fisiológicos es causa y efecto de las nuevas soluciones ofrecidas por la ciencia. Esto es lo que esta autora denomina la biomedicalización del deseo femenino, cuyo ejem- plo puede ser la prescripción de medicamentos como la flibanserina. No es casualidad que después de un periodo de revuelta feminista se dé una época de backlash o de reacción, cuya intención es revertir los cambios logrados y de nuevo reducir lo social, lo psicológico, lo cultural y lo complejo a lo biológico, que es el lugar donde siempre se ha situado a las mujeres. Según esta autora se intenta dar un pinkwashing o lavado rosa, que maquille de feminismo -neoliberal- la medicalización de un aspecto intrincado, complejo y sujeto a poderosas razones culturales como es el deseo femenino. Paradójicamente, hoy en día se da una sobrecarga en la sexualización de la mujer. La socialización femenina ofrece una normatividad que construye una identidad en torno a la objetualización del cuerpo y su sexualización. El cine, la publicidad y las redes sociales continuamente envían el men- saje sobre un modelo femenino hipersexualizado y basado en el atractivo físico. La sexualidad debe ocupar un lugar central en las representaciones de lo femenino: «los hombres miran, y las mujeres se miran mientras son miradas, una situación que determina tanto la relación entre los hombres y mujeres como la de las mujeres con ellas mismas, que existen como cuerpos objeto de la mirada» (Vidal Claramonte, 2002, p. 103 apud Cobo, 2015). Es decir que el cuerpo fe- menino, con su mandato de deseabilidad y atractivo sexual, expresa la jerarquía y la narrativa pa- triarcal sobre la sexualidad femenina. La nueva normatividad femenina exige que las mujeres sean seres sexuales disponibles para los varones, lo que hace de esta una cultura que articula la identidad de las mujeres en torno a la disponibilidad sexual. Esta nueva normatividad, que dibuja un nuevo ideal femenino, se gesta desde la infancia en alianza con el sistema neoliberal y ha creado una cul- tura de sexualización de las niñas. Esto se concreta en un extenso mercado infantil de la imagen: peluquería, manicuras e hiperfeminidad en la moda. En este sentido existe bastante consenso entre las autoras consultadas que hablan de una era de la hipersexualización. Delpino (2015) habla de un constante asedio de imágenes y discursos que inci- tan a la hipersexualización, lo que convierte a las mujeres en consumidoras acríticas. Las adolescen- tes construyen una manera de vivir la sexualidad en torno a estos mensajes como uno de los prime- ros ámbitos en el ejercicio de libertad en las decisiones. Este ambiente hipersexualizado está alejado del de sus padres, pero convive al mismo tiempo con él y al ser un modelo muy diferente empuja a las niñas a sumirse en la ambigüedad. Para las adolescentes la sexualidad supone un sinnúmero de desafíos. Por un lado, permite el reconocimiento de su autonomía y su ser sexuado, con sus gustos y derechos; por otro lado, implica la aceptación del entorno de su identidad sexual. Todo ello en me- dio de un fuerte mandato de sexualización, deseabilidad y atractivo sexual disfrazado de deseo pro- pio. Este nuevo paradigma y normatividad pone de nuevo, nada novedoso, el deseo sexual femenino al servicio del masculino. Al mismo tiempo pone la sexualidad al servicio de la necesidad de vincu- lación, lo que convierte a las adolescentes en proclives a los comportamientos de riesgo. Cuando Rosa Cobo se refiere a la cultura de la pornografía y señala cómo la cultura de la imagen crea las condiciones de posibilidad para este nuevo ideal, nos resulta imposible no pensar en los ideales es- téticos basados en la pornografía. Así mismo, la amplitud de orientación sexual ofrecida por la teo- ría queer y la conceptualización de esta como un espectro, la llamada orientación fluida, se ha podi- do constituir como una nueva revolución que rompe las rigideces de la heteronormatividad. Sin em- bargo, es difícil no suponer, al observar las prácticas sexuales de las adolescentes, que esta libera- ción ha sido cooptada por la cultura de la pornografía y por ende por el patriarcado neoliberal. Pare- ce que este ha logrado apropiarse nuevamente del deseo, bisexual u homosexual femenino, y poner- lo al servicio del deseo masculino. En un estudio de Martínez Benlloch (2008) llega a la conclusión de que la disparidad de percepcio- nes entre mujeres y varones adolescentes sobre las relaciones pone en evidencia diferencias de gé- nero que acompañan actitudes y comportamientos en las formas de vivir la sexualidad y la afectivi- dad que generan relaciones asimétricas. La identidad femenina sigue construyéndose en oposición a la masculina y expresándose en dependencia afectiva. Se suele dar al varón la autoridad para decidir sobre el control sexual y las emociones de las mujeres. Es decir, paralelamente a los nuevos mode- los de relación continúan en vigor los estereotipos tradicionales en las relaciones afectivas debido a que la socialización se da principalmente mediante los pares, sin que haya calado un pensamiento crítico en la educación en torno a la heteronormatividad patriarcal. Además, los cambios sociales no han modificado las normativas culturales sobre masculinidad/feminidad y se continúan justificando relaciones de poder asimétricas entre los sexos. Esto significa que a pesar de que las jóvenes se di- bujen como mujeres fuertemente sexualizadas, con un abanico de posibilidades mucho más extenso que el de sus madres, sus aspiraciones no han variado en exceso y siguen siendo la dependencia afectiva, la necesidad de aceptación y la aspiración romántica una constante a la luz de los estudios (Benlloch, 2008). Sin embargo, imbuidas como están en el patriarcado neoliberal, las adolescentes combinan un ideal femenino sexualmente muy activo, aparentemente deseante y atractivo sexual- mente, con una gran necesidad de vinculación afectiva, que les genera ambigüedad y confusión como se observa en los datos de la clínica. Tienen una imperiosa necesidad de aprobación, perte- nencia y afecto mezclada con un mandato neoliberal de individualismo. La vinculación afectiva y el apego se busca, por tanto, en las relaciones sexuales diversas, promiscuas y numerosas y en ocasio- nes con comportamientos de riesgo. Lo anterior no pone el deseo sexual femenino en el centro, sino la necesidad de apego y vinculación mediante la satisfacción del deseo masculino, aunque sea creando una falacia de satisfacción sexual. En conclusión, la sexualidad de las mujeres ha sido siempre usurpada, de diferentes maneras, y em- pleada en distintas épocas históricas para ordenar y mantener alienadas a las mujeres. Todas las ins- tituciones de lo simbólico, el Estado, la Religión y la Ciencia se han aliado para prescribir lo que era aceptable en cuanto a sexualidad y deseo no normativo, entendida como no normativa, toda se- xualidad no masculina, cis y hetero. Es curioso cómo todo intento de legislar la violencia sexual encuentra una resistencia social desmesurada al grito de que no se pueden legislar el deseo ni la es- pontaneidad o que intentarlo solo es producto del imperio de la corrección política. Sin embargo, el patriarcado y sus instituciones llevan siglos, milenios, legislando sobre aquello a lo que una mujer puede aspirar o desear, aquello en lo que se puede convertir y aquello que debe hacer con su cuerpo. No es voluntad de este estudio ofrecer una moralina sobre la libertad sexual de las adultas y adoles- centes, ni mucho menos, sino cuestionar cómo y por qué el deseo sexual femenino es instrumentali- zado a lo largo de la historia, generando ideales que roban toda agencia y autonomía a las mujeres poniendo siempre la sexualidad y el deseo al servicio del orden patriarcal 8.3. El malestar del ideal del yo Nos referiremos aquí a todos aquellos malestares, patologías y disfunciones relacionados con esa instancia del superyó que rige lo que una mujer debe aspirar a ser. El ideal del yo, como hemos ex- plicado a lo largo de todo este estudio, es una instancia que forma parte de otra superior llamada superyó, que constituye aquel modelo al cual la persona aspira. Seguimos la definición de Laplan- che y Pontialis (1996) que aportamos en el segundo capítulo: «El ideal del yo constituye un modelo al que el sujeto intenta adecuarse» (1996, pg 180). Es decir, en este ideal del yo irán insertos todos los contenidos, mensajes e incluso mandatos que guiarán al individuo para convertirse en lo que «desea ser», en sus aspiraciones. Sin embargo, como hemos visto largamente, estos deseos, particu- larmente los femeninos por ser el tema que nos ocupa, están sujetos a un contexto, a un momento histórico y a una condición social. Por tanto, las preguntas que debemos hacernos son: ¿A qué aspi- ra una mujer? ¿En quién o en qué se quiere convertir? ¿En sujeto o en objeto? ¿En un quién o en un qué? No son preguntas baladís. Algunas las formuló Freud en su momento y muchas han supuesto un objeto de estudio de numerosos autores y autoras. En este apartado expondremos algunas de las encrucijadas y malestares que las mujeres se encuen- tran en relación con estos mandatos para el «llegar a ser» del ideal del yo. El constructo de la femi- nidad, y, por tanto, el ideal del yo femenino con sus aspiraciones y modelos, ha supuesto un modelo de vulnerabilidad y patología para las mujeres a lo largo de la historia, aparejándose con una serie de patologías y disfunciones bien por adaptarse en exceso al modelo o bien por transgredirlo. Re- cordemos que el superyó es construido en el individuo como heredero del complejo de Edipo y a partir de las normas del entorno, sobre todo de las normas de los padres. El ideal del yo se construye a partir de la identificación con las figuras amadas. Es por tanto el super yo, que ha interiorizado las normas, quien convierte en imperativos los contenidos del ideal del yo, contenidos que se han ido extrayendo del entorno sociocultural. Los esfuerzos de las mujeres por “llegar a ser”, las convierten en vulnerables, o manifiestan con sus cuerpos una sintomatología que denuncia la jerarquización social de las diferencias. En las siguientes páginas hablaremos de algunos de los malestares que las mujeres han manifestado, y algunas autoras han recogido, malestares con una gran prevalencia fe- menina en la clínica, en la literatura y en los relatos de las consultas de psicología. Malestares que pueden entenderse en relación con estos ideales que se han ido construyendo socialmente para las mujeres. La lucha de las mujeres, estudiada por los feminismos, por convertirse en sujeto y abandonar la condición de objeto, no ha sido sencilla y ha supuesto una categorización y una estigmatización tan- to por parte el psicoanálisis como por los cánones de la salud mental. 8.3.1 La histeria La histeria ha sido considerada la patología femenina por excelencia. Estudiada por Freud y dada a conocer en su Tratado sobre la histeria (1895), escrito junto con Breuer. En este libro, los autores describen los casos de varias mujeres y de su tratamiento mediante hipnosis, en concreto el caso de Bertha Pappenheim, aka Anna O. Este método consistía en la recuperación de recuerdos traumáticos de contenido sexual, generalmente abusos cometidos por sus padres o familiares, aunque esto, como veremos, fue reconceptualizado posteriormente. En el diccionario de psicoanálisis de Laplanche y Pontialis (1967) se define la histeria como: Clase de neurosis que ofrece cuadros muy variados. Las dos formas sintomatológicas mejor aisladas son la histeria de conversión, en la cual el conflicto psíquico se simboliza en los más diversos sínto- mas corporales, paroxísticos (ejemplo: crisis emocional con teatralidad) o duraderos (ejemplo: anes- tesias, parálisis histéricas, sensación de «bolo» faríngeo) y la histeria de angustia, en la cual la an- gustia se halla fijada de forma más o menos estable a un determinado objeto exterior (fobias). En la medida en que Freud descubrió en la histeria de conversión rasgos etiopatogénicos fundamentales, el psicoanálisis logró relacionar con una misma estructura histérica diversos cuadros clínicos que se traducen en la organización de la personalidad y el modo de existencia (…) La especificidad de la histeria se busca en el predominio de cierto tipo de identificación, de ciertos mecanismos (especial- mente la represión, a menudo manifiesta) y en el afloramiento del conflicto edípico que se desarrolla principalmente en los registros libidinales fálico y anal. (Laplanche y Pontialis, 1996, p. 171). La histeria como enfermedad se estudia por primera vez en la Antigüedad egipcia y es retomada en la Antigua Grecia. Hipócrates habla de la histeria como una enfermedad consecuencia del despla- zamiento del útero, órgano definido por Platón como un animal que se desplaza a lo largo del cuer- po y que se altera si permanece estéril. Histeria proviene de la palabra hustera=útero, siendo lo que hace más que evidente su asociación con la condición biológica femenina. Galeno (130-200 d.C) atribuye la causa de la histeria, como Hipócrates, a la continencia sexual. Desde la Antigüedad la histeria se consagra como una enfermedad femenina, pero en la Edad Media se desmedicaliza y se contempla como una herejía, lo que la vuelve objeto de exorcismos y de persecución y da lugar a las cacerías de brujas. Pilar Errazuriz Vidal (2012) menciona seis millones de mujeres masacradas en Alemania por la caza de brujas y esto está en relación directa con prácticas contraceptivas, el ejercicio de parteras, las curanderas o con mujeres que simplemente ejercían su sexualidad en gene- ral y por ello eran acusadas de satanismo. El cuerpo de las mujeres y su sexualidad fue nuevamente criminalizado y perseguido. A finales del S. XV, el médico Parecelso devuelve la histeria al terreno de la medicina y en el S. XVI, el médico Jean Wier relaciona la patología histérica con fantasías sexuales inaugurando la vía psiquiátrica. En el S. XVIII el médico austriaco Franz Mesmer afirma que la histeria se puede curar por la relación médico-paciente y alude a condiciones imaginarias de la histeria, no sexuales, y su existencia en varones. En el S. XIX el médico francés Paul Briquet introduce factores psicosociales como el origen de la histeria, tanto en varones como en mujeres, y continúa tratándola con los mé- todos hipnóticos y el sonambulismo propuesto por Mesmer. En el S. XIX la histeria y la sexualidad se entremezclan y la primera es consideraba como sinónimo de sensibilidad y genialidad. La medicina toma el relevo de la religión en el control del cuerpo fe- menino, saturado de sexualidad. En este momento Charcot define la histeria como una afección que afecta tanto a hombres como a mujeres, pero con génesis diferentes: para los hombres considera que tienen que ver traumas rela- cionados con aspectos laborales y para las mujeres piensa que se trata de traumas relacionados con la sexualidad. A pesar de que Charcot estudiara la histeria en ambos sexos, la histeria masculina fue convenientemente silenciada, siendo las mujeres las protagonistas de sus Lecciones de los martes, en el Hospital de La Sâlpetrière. Esas mujeres provenían principalmente de clase baja y habían sido objeto de violaciones y abusos, a diferencia de las pacientes histéricas que protagonizarán la obra de Freud. Charcot distingue la histeria masculina de la femenina subrayando que en los varones la en- fermedad se manifiesta con más permanencia y estabilidad y en las mujeres su representación es más teatral e inestable. Se retrata así el célebre dramatismo de la histérica asociado a la fabulación y a la exageración, en contraposición con el sentimiento real masculino. Freud pronuncia en 1886, ante la Sociedad de Médicos de Viena, una conferencia sobre la histeria masculina que no tiene buena acogida. Abandona entonces la idea de la histeria masculina para cen- trarse en la femenina, aunque reconoce haber tratado varios casos de la primera en su obra La etio- logía de la histeria (1896). Llegamos entonces a la publicación de su obra Estudios sobre la histeria (1895), publicada junto con Josef Breuer. El aprendizaje de Freud del método catártico del Hospital de La Sâlpetrière supone para él la base sobre la cual, posteriormente, se erige el psicoanálisis. De Hyppolyte Bernheim toma la inspiración para el método de curación basado en la palabra. Freud claramente se posiciona en el origen traumático y sexual de la histeria: la histeria sería consecuencia de los abusos sufridos en la infancia por parte de las pacientes, la Teoría de la Seducción. A partir de 1897 abandona esta hipótesis por la Teoría del Fantasma, según la cual el trauma tiene su origen en la imaginación o en la representación que hace la paciente de sí misma o de su biografía. La teoría freudiana sobre la histeria concede a la sexualidad un papel predominante, siendo esta una de las razones de la ruptura con Breuer. El caso de Anna O. aka Bertha Pappenheim es uno de los mitos fundadores del psicoanálisis, por el cual se inicia la cura por la palabra. Sin embargo, Anna O. no fue realmente curada por Breuer, como se afirmaba en Estudios sobre la histeria. Errazuriz Vidal (2012, p. 55) cuenta en su libro cómo las investigaciones historiográficas de Henri F. Ellenberger, entre otros, descubren que la paciente fue ingresada varias veces después de la cura con Breuer y cómo fue su militancia feminista la que contribuyó a su recuperación. Pappenheim fue tratada me- diante hipnosis y morfina, de hecho se volvió morfinómana durante el tratamiento, lo cual le llevó a otros procesos médicos de desintoxicación posteriores y provocó un gran rechazo en la paciente. Los historiadores, según consta en la obra de Errazuriz, consideran una leyenda el embarazo histéri- co de Anna O., así como su enamoramiento de Breuer. Errazuriz afirma que la leyenda del embara- zo ficticio de Bertha fue reconstruida por Ernest Jones a partir de recuerdos y declaraciones del propio Freud y que ello cumplía la función de posicionar la teoría sexual como catalizadora del ori- gen de la histeria. Los historiadores que han investigado el caso son críticos con la versión oficial y afirman que fue el amplio compromiso militante de Bertha Pappenheim, que realizó labores socia- les feministas, tradujo la obra de Mary Wollstonecraft y fundó la Liga de Mujeres Judías, entre otras cosas, lo que contribuyó a la recuperación de su salud mental. Resulta paradójico entonces cómo un mito fundacional del psicoanálisis, como es el caso Anna O., se basa en una mujer que renegó de la cura psicoanalítica y halló su curación mediante la militancia feminista. Chantal Bernard se pregunta en la obra de Errázuriz Vidal (2012) si tal vez «¿no fueron las grandes representaciones histéricas en esa época la puesta en escena de un malestar social, una tentativa de comunicación con los representantes del otro sexo o una empresa para salir de una situación blo- queada?» (2012, p. 59). Esta misma pregunta es la que se dedica a investigar Emilce Dio Bleichmar (1991) en su famosa obra El feminismo espontáneo de la histeria, por el que fue premiada en 1984 con el Premio Ensayo Clara Campoamor. La mujer histérica pone en su sexualidad su narcisismo. Existe un feminismo espontáneo en la histérica que consiste en la protesta desesperada, aberrante, actuada, que no llega a articularse en palabras, una reivindicación de una feminidad que no quiere ser reducida a la sexualidad, de un narcisismo que clama por poder privilegiar la mente, la acción en la realidad, la moral, los principios y no quedar atrapado solo en la belleza del cuerpo. (Dio Bleich- mar,1991, p. 179) La histérica denuncia con sus síntomas el malestar social, la obligatoriedad de una sexualidad pasi- va y de un género devaluado. No es, por tanto, casualidad que Bertha Pappenheim dejase de ser Anna O. mediante el compromiso feminista, tras dar un nuevo valor a su género. Nora Levinton (2016) habla del giro copernicano que supuso el ya famoso dicho freudiano «mis histéricas me han engañado». Esto implicaba el abandono de la teoría de la seducción, que afirmaba que el abuso paterno estaba detrás de los síntomas histéricos de las pacientes, a la vez que suponía el inicio de la teoría del fantasma, que recurría a la fantasía y al mundo interno de las histéricas: mujeres que fabulaban, inventaban y engañaban con historias fantasiosas como justificación de sus síntomas. Esta reformulación, según la autora, pudo haberse debido a la posibilidad del escándalo, la presión de la clase médica o la necesidad de tener que seguir tratando con los padres o parientes abusadores de sus pacientes. Sin embargo, este cambio de concepto y el abandono de la teoría de la seducción supusieron una consecuencia para millones de mujeres, y hombres, a lo largo de la histo- ria: el desplazamiento del abuso sexual del centro de la clínica psicoanalítica. El abuso sexual dejó de existir para convertirse en una fantasía, un deseo encubierto, de mujeres histéricas. En lugar de investigar el abuso sexual y repudiar a los abusadores, de poner en el centro la aberración social si- lenciada que supone el abuso para millones de niños y niñas, de repudiar a los abusadores, de con- vertirlo en objeto de estudio del psicoanálisis, se ha hablado largo y tendido sobre el falo, sobre el padre y la función de corte frente a madres seductoras, fusionadas, fálicas u omnipotentes, sobre la ley del padre, etc. El abandono de la teoría de la seducción para hablar de los deseos incestuosos ocultos inaugura un momento de apertura del pensamiento a la sexualidad infantil, antes negada. Sin embargo, oculta por décadas la realidad del abuso sexual y esto convierte de nuevo al psicoaná- lisis en cómplice del statu quo patriarcal. Ya no hay diagnósticos de histerias; los síntomas históricos mutan con las épocas. Hemos querido incluir un epígrafe sobre la histeria dentro de este capítulo porque este diagnóstico ha constituido uno de los símbolos de la expresión del malestar femenino y, al mismo tiempo, de la violencia insti- tucional ejercida sobre las mujeres. En cambio, el trasfondo patriarcal denunciado por las histéricas no ha cambiado demasiado: un género devaluado, una sexualidad cuestionada, el abuso sexual, etc. Hoy sabemos que algunas de las manifestaciones de la histeria, como por ejemplo la amnesia o las parálisis, tienen que ver con una respuesta del sistema nervioso frente a un hecho traumático. No obstante, no es hasta la década de los 70 cuando las teorías, la clínica, la metodología y la investiga- ción sobre el trauma se desarrollan con amplitud. En concreto, se dieron avances para el tratamiento del Estrés Postraumático de los veteranos de guerra de Vietnam, por lo cual huelga decir que nue- vamente la investigación se pone en marcha cuando se trata de una afección masculinizada. ¿Qué hubiera pasado si el abuso denunciado por las pacientes de Freud hubiera sido tenido en cuenta? ¿Hubiera existido una teoría del trauma eficaz desde hace décadas? ¿El estamento médico se hubie- ra visto obligado a «feministizarse», a denunciar la organización patriarcal de la sociedad? No hu- biera existido otra salida que cuestionar la configuración de la sexualidad heteropatriarcal en lugar de naturalizarla y no hubiese existido otra salida que atender al mensaje que las histéricas estaban señalando, en lugar de cuestionarlas. La función de denuncia social del síntoma que hallamos en las mujeres histéricas hay que observar- lo hoy en otras patologías y en otras manifestaciones sintomáticas que se rebelan frente a lo estable- cido. 8.3.2. El malestar de género, el problema «que no tiene nombre» En este apartado analizaremos el malestar de las mujeres asociado a su rol social, pero antes de esto debemos definir nuestro objeto de estudio: qué es el malestar y qué el bienestar. 8.3.2.1. Bienestar El bienestar puede definirse como un estado que proporciona satisfacción y tranquilidad a la perso- na. Los estudios sobre bienestar se organizan en dos tradiciones: bienestar hedónico y bienestar eu- daimónico. El bienestar hedónico puede definirse como aquel ligado a la felicidad; el aumento del placer y la disminución del dolor serían condiciones para conseguir la felicidad. El bienestar hedónico se aso- cia al bienestar subjetivo y viene a ser el resultado del balance que la persona hace de sus recursos tanto personales como sociales, de sus experiencias y de la lectura emocional que hace de estas (Matud, 2006). Este bienestar subjetivo está modulado por constructos cognitivos afectivos como son el sistema de valores, las creencias dominantes y esquemas cognitivo-afectivos. Los bienes y recursos objetivos pueden ayudar a este bienestar subjetivo, pero no lo garantizan. Hernández (2005) afirma que hay emociones, como la ilusión, que influyen en el bienestar subjetivo de forma positiva, al igual que la inseguridad lo hace de forma negativa. Cummins y Cahill (apud, Matud, 2006) han intentado demostrar la existencia de siete ámbitos o dominios dentro del bienestar subje- tivo: salud, intimidad, bienestar material, productividad, bienestar emocional, seguridad y comuni- dad. El bienestar eudeimónico se centra en el desarrollo de las capacidades y potencialidades para alcan- zar nuestras metas frente a la obtención del placer y felicidad del bienestar hedónico. El bienestar eudaimónico se asocia al bienestar psicológico y está determinado por el equilibrio entre expectati- vas, ideales, realidad y logros. Se expresa en términos de satisfacción, competencias personales y capacidad de respuesta y de adaptación. Tanto para analizar el bienestar hedónico como el eudaimónico en los distintos estudios realizados se han tenido en cuenta variables como el género y la edad, así como el entorno urbano o rural para medir los grados de bienestar y satisfacción. En este análisis nos centraremos en la variable género y su influencia en el bienestar de las personas. Antes de continuar conviene aclarar a qué nos vamos a referir cuando hablamos de rol en este con- texto. Utilizaremos aquí la explicación que Sáenz Buenaventura (1986) ofrece sobre el rol en su trabajo en terapia feminista: El rol es considerado como el vínculo de unión entre lo social y lo individual (y viceversa), pudiendo entenderse, asimismo, como una unidad de conducta que, por su permanencia, impresiona como «normal» o «natural», a la vez que orienta y normativiza la vida propia y la de los demás (Saénz Buenaventura, 1986, p. 59). Es decir, siendo un concepto social normativiza la individualidad, la subjetividad, el concepto de sí misma y el comportamiento de las personas que viven en sociedad. En un estudio realizado en el año 2010, Pilar Matud llegaba a la conclusión de que las variables psi- cológicas, sociales, culturales, económicas y educacionales son mejores predictores de las diferen- cias en la salud de mujeres y hombres que la biología y también que el rol masculino, así como la androgínia, se asocian en mayor medida con salud mental. La feminidad, en cambio, se asocia con algunos componentes de la autoestima, como la autoconfianza. Para estos autores, la inversión en los ideales de género es estresante para hombres y mujeres porque son impuestos socialmente, difi- cultan la autorregulación y se relacionan con la representación externa de la autovalía. De hecho, la masculinidad tradicional afecta negativamente a la salud de los hombres debido a la identificación con las normas de su género, el cual predice mayor ansiedad, ira y comportamientos de riesgo (Ra- gonese, 2019). La depresión en los varones, quienes mantienen comportamientos externalizantes como la evitación o comportamientos violentos, distractores, es menos diagnosticada en gran medi- da por las dificultades para hacerlo, debido a que ellos no suelen reclamar ayuda para ello. Pese a las creencias tradicionales de la bondad del ajuste al rol de género, recordemos a la analista Chasse- geut- Smirguel, quien afirmaba que «aceptar las diferencias de género era el ancla necesaria a la realidad» (apud Garriga, Harris, Corbett et al, 2011), parece según este estudio, que la relación con la salud y la calidad de vida parece ser distinta. Sin embargo, los rasgos asociados a la masculinidad, tales como la independencia, la asertividad, la agencia, es decir, aquellos definidos como instrumentales, se asocian con una mayor autoestima tan- to en mujeres como en hombres y con todos los síntomas de salud mental. Las personas con dichos rasgos muestran menor sintomatología somática y depresiva, de ansiedad e insomnio y también se detecta menor disfunción social en las mujeres. Es decir que el efecto de la masculinidad en el ajus- te de mujeres y hombres es mayor que el de la feminidad, siempre teniendo en cuenta que la mascu- linidad es tomada como el predictor principal de salud psicológica (Matud, 2005). En un estudio (Barra, 2010) se llegó a la conclusión de que los indicadores de bienestar se correlacionaban positi- vamente con mayor frecuencia con los rasgos asociados a la masculinidad que a la feminidad. En este estudio los y las participantes se definían a sí mismas con rasgos masculinos, femeninos, indi- ferenciados o andróginos. Las personas definidas como indiferenciadas presentaban los menores niveles de bienestar, mientras que las andróginas los mayores niveles de bienestar. La explicación dada en el estudio se concreta en que los individuos indiferenciados tendrían menos capacidad de adaptación a las diversas demandas debido al infradesarrollo de recursos psicológicos relativos a las dimensiones de masculinidad y feminidad. Sin embargo, las andróginas muestran una adecuada adaptación por la posesión de rasgos tanto masculinos (instrumentales) como femeninos (expresi- vos), lo cual les permitiría comportarse de manera flexible según demande la situación. Los rasgos instrumentales asociados a la masculinidad promueven el ajuste y el bienestar mediante el ajuste afectivo, que amortigua el estrés, y buscando estrategias activas de afrontamiento. Los rasgos ex- presivos asociados a la feminidad están orientados a lo interpersonal y emocional, por lo que la per- sona es más proclive a un estilo de afrontamiento emocional y evitativo. En esta misma línea se centra el estudio de Calvete (2011) sobre diferencias de género en la depresión y ansiedad en la adolescencia. Este estudio concluye que son las chicas adolescentes las que más se deprimen y las que más estrés sufren y esto es debido, en gran medida, a la denominada vulnerabilidad cognitiva a la depresión, lo cual hace referencia al estilo de pensamiento mayoritariamente adoptado por las adolescentes y que les hace más vulnerables a la depresión. Estos estilos de pensamiento tienen en común el juicio negativo sobre ellas mismas y son los siguientes: • Modelo de Beck de Sociotropía y Autonomía (1983): Según este autor hay personas que po- nen el énfasis en las relaciones interpersonales y en ser aceptadas por los demás. La necesi- dad de aceptación está tan en primer plano que anteponen las necesidades ajenas a las pro- pias. En cambio, la autonomía enfatiza la autodefinición y la satisfacción de las propias ne- cesidades. El esquema de sociotropía de las adolescentes les hace vulnerables debido a la posibilidad de disputas interpersonales, rechazos o conflictos, lo cual les hace sentir depri- midas. • Teoría de la Desesperanza de Abrahamson (1989): La persona con estilo de pensamiento depresógeno hará atribuciones sobre los acontecimientos negativos a) debido a causas glo- bales y estables, b) con consecuencias negativas importantes y definitivas y c) percibiéndose a sí misma como defectuosa después de ese acontecimiento. Así, una adolescente que ha su- frido un rechazo puede interpretarlo como algo debido a su falta de atractivo y generalizarlo a todas sus relaciones sociales o proyectos. • Modelo de los Estilos de Respuesta de Nolen-Hoeksema (1991): Se centra en los factores que mantienen la depresión. Según este modelo, la forma en la que las adolescentes respon • den a la depresión puede que determine su gravedad y perdurabilidad en el tiempo. La ru- miación, que es mucho más habitual en chicas que en chicos, pone el foco en el interior, en el estado de ánimo y en el sobrepensamiento acerca de un acontecimiento, lo que incrementa la sintomatología depresiva. Estos estilos de pensamiento interactúan, se interrelacionan y se retroalimentan entre sí, fomentando y manteniendo la sintomatología depresiva. El estudio señala también como las adolescentes tienen mayor tendencia a experimentar aconteci- mientos negativos como conflictos interpersonales, rechazo o abusos en las relaciones y a interpre- tarlos como más severos. Es decir, como señalábamos, son más vulnerables a la depresión y, por tanto, al estrés. Este fenómeno se conoce como «generación de estrés» y se refiere a que los estilos cognitivos disfuncionales, junto con la depresión, posibilitan que aumenten los estresores y la per- cepción subjetiva de malestar. Menciona también cómo las adolescentes no perciben la agencia y tampoco la posibilidad de cambiar e influir sobre algunos tipos de estresores, como los denomina- dos estresores dependientes, lo que aumenta su atribución externa y estable. Otro estudio del año 2017 sobre género y adolescencia (Matud, 2017) informa que los valores ins- trumentales asociados a la masculinidad son útiles tanto en el bienestar como en la salud mental de hombres y mujeres, al igual que los rasgos expresivos asociados a la feminidad. Por lo anterior se entiende que al analizar las diferencias de género en cuestión de bienestar, lo que más importa es cómo la persona ha interiorizado los rasgos psicológicos asociados a los roles de género tradiciona- les. En el estudio se revela que los varones tienen más dificultades para desarrollar tareas no cogni- tivas, como prestar atención en clase o hacer trabajos en grupo, pero refieren mayor bienestar y sa- tisfacción con la vida que las chicas. La investigación concluye también que las personas andrógi- nas son las que mayores niveles de bienestar refieren. En la actualidad vivimos un momento en el que otras identidades, como la no binaria, son posibles y expresadas por aquellas personas que no sienten encajar en el género femenino ni en el mascu- lino. Existe todo un espectro de identidades en los márgenes fuera del binomio masculino/femenino, sin embargo, los relatos de las personas que pertenecen a ellos no parecen expresar que se benefi- cien del bienestar demostrado en la andrógina, más bien son relatos de búsqueda de identidad, de estigma social y confusión. Existen estudios sobre la identidad de género variante, fluida o no bina- ria, sin embargo las experiencias subjetivas referidas a este estatus fluido están más relacionadas con el malestar, con sentirse «sin hogar» o con «no encajar en las casillas del sistema binario» (Markus, 2017). En este interesante artículo, Sara Yaxte, hija de los psicoanalistas Ken y Lisa Mar- cus, relata cómo la sensación de inadecuación, la imposibilidad de mantenerse en la indefinición y los sucesivos intentos por definirse y etiquetarse han constituido una fuente de depresión a lo largo de su vida. Esta y otras muchas experiencias relatadas por personas transgénero y no binarias con- firman lo que los estudios previos señalaban: el sistema binario de género y la rigidez de roles ac- túan como depresógenos y como elementos patologizantes. Puedo entender intelectualmente por qué el problema reside en el sistema binario de género y no en mí o en otros seres humanos que no encajan del todo en estas casillas. Pero, sin embargo, he luchado duro contra los sentimientos de vergüenza por no cumplir las expectativas de otros en cuanto al gé- nero o mi propio deseo de encajar más fácilmente. (2017, web) Por todo lo anterior, fácilmente se puede inferir el peso que tiene la interacción con el ambiente en la funcionalidad del ajuste de género o de unos rasgos u otros. 8.3.2.2. Malestar: Una vez definido qué es el bienestar debemos abordar el malestar. La RAE define malestar como desazón, como incomodidad indefinible. Mabel Burín (2012) lleva años, décadas, estudiando el malestar de las mujeres. Especialmente estu- dia el malestar asociado a su rol de género y en concreto el malestar psíquico. Esta lo define como: Una noción transicional, a medias subjetiva y objetiva, externa e interna a la vez, que parti- cipa de una lógica transicional al no refrendar la clásica diferencia sujeto–objeto, externo– interno, sano-enfermo, normal–patológico. (Burín 2012, p. 2) Esta definición hace referencia al paradigma propuesto por la autora, que es alternativo al paradig- ma biologicista o psicopatológico que enfrenta salud con enfermedad y sitúa a los y las pacientes en un plano de pasividad, en lugar de constituirse agentes de su propia salud. Propone el término ma- lestar como un concepto intermedio entre salud y enfermedad, siendo este, además, «un criterio de crítica y debate ante las representaciones sociales ofrecidas a las mujeres sobre salud mental, para el cual la noción de conflicto y crisis es central» (Burín, 2012, p 3) Benlloch (2003) define malestar como «la autopercepción de pensamientos, sentimientos y compor- tamientos que informan del estrés percibido, de sentimientos de desánimo, desmoralización y mie- do, de los sufrimientos psíquicos y emocionales, producto de las contradicciones y tensiones entre la experiencia vital y las expectativas personales» (Benlloch 2003, p. 257). Al definir malestar de esta forma se desarticula el binomio salud/enfermedad y se hace necesario interrogarnos sobre los efectos del lugar históricamente construido para las mujeres. Las dimensio- nes socioculturales adquieren importancia y se atiende al efecto de los roles de género sobre la sub- jetividad femenina y sobre la salud global. Conceptualizar y definir el malestar femenino es una cuestión política y de justicia de género, ade- más de una buena praxis científica. Carme Valls (2014) manifiesta que: Falta construir una ciencia ligada a las diferencias y a la perspectiva de género. Para ello se precisa en primer lugar una revisión sistemática de la literatura que rompa estereotipos y proponga las bases a tener en cuenta género. Para ello se precisa en primer lugar una revisión sistemática de la literatura que rompa estereotipos y proponga las bases a tener en cuenta para un diagnóstico diferencial de las enfermedades y del malestar de las mujeres. La morbilidad prevalente en el sexo femenino está muy relacionada con anemias, enfermedades autoinmunes, violencia de género, carencias metabólicas, (de minerales y de vitaminas), lo que denominamos morbilidad invisible por las dificultades de su diagnóstico. (Valls, 2014, p. 2) Pero previamente a estos trabajos es indispensable citar a Betty Friedan, quien en 1963 publicó la primera edición de La mística de la feminidad, en donde por primera vez definía y nombraba «el problema que no tiene nombre», para hacer referencia al difuso malestar que las mujeres norteame- ricanas experimentaban en la década de los 50, lugar y época de su investigación, en torno a su rol de amas de casa principalmente. Las mujeres se sentían angustiadas, frustradas e insatisfechas con su vida y eran aquejadas por múltiples síntomas físicos y psicológicos. Friedan acuñó el término mística de la feminidad para dar nombre al origen de esta problemática colectiva: las mujeres eran relegadas a la vida doméstica y alejadas de toda esfera de poder, de autonomía, de realización per- sonal fuera de la maternidad o la domesticidad. El libro de Friedan constituyó una revelación para millones de mujeres que descubrieron que no eran ellas las inadecuadas, sino que era su vida las que les enfermaba. En este sentido, Friedan inaugura una época en la que distintas investigadoras ponen su atención en la subjetividad y la salud de las mujeres en relación con el espacio que ocupan en el mundo. 
 8.3.2.2.1. El trabajo reproductivo En su estudio titulado Ansiedad, depresión y síntomas psicosomáticos en amas de casa, Matud y Bethencourt (2000) llegaron a la conclusión de que en las amas de casa se da una alta relación entre sucesos vitales estresantes y la depresión y que aquellas amas de casa con peor salud mental son aquellas con más baja autoestima, menor apoyo social y un estilo de afrontamiento basado en la emoción. Siendo el de ama de casa un rol desestructurado y con escaso contacto social, con tareas muy demandantes, con poco reconocimiento y escaso control, las amas de casa muestran peor salud que las mujeres que trabajan fuera, ya que las primeras desarrollan más enfermedades crónicas, más sintomatologías agudas y una sensación subjetiva de peor salud. Las autoras concluyen, por tanto, que la calidad de la experiencia asociada al rol que las mujeres ocupan es un mejor predictor de su salud mental que el número de roles. Burín (2012) se refiere al trabajo de madre y de ama de casa como un trabajo invisible, que es percibido socialmente solo cuando se hace mal: a una mujer se le da por hecho su capacidad maternal o doméstica y solo se le tiene en cuenta cuando no lo hace bien. Es decir, es un trabajo sin reconocimiento social. En cambio, el trabajo reproductivo es contractual y delimitado específicamente, por lo que se espera un producto de él. Es un rol depresógeno el de ama de casa o el asociado al trabajo reproductivo en general, que no requiere una habilidad espe- cial, puesto que la socialización temprana femenina generalmente forma en estos conocimientos de cuidados. Es un rol poco prestigioso porque el trabajo reproductivo no está remunerado, no produce bienes objetivos y esto contribuye a que se considere de bajo status. Además, según Gove y Tudor (1979), favorece la «neurosis del ama de casa», puesto que las mujeres realizan esta labor en situa- ción de aislamiento, sin proyección de futuro y de forma muy rutinaria, lo que predispone a la ru- miación ansiosa. También propicia que las mujeres tiendan a solicitar el reconocimiento de los otros para reconocerse a sí mismas como trabajadoras. Sáenz Buenaventura (1986) llevó a cabo en el año 1977, en Madrid, junto a la psicóloga Naty Fer- nández, un grupo de terapia de orientación feminista para amas de casa con depresión. En esta ex- periencia confirmaron aquellas hipótesis que habían motivado la creación de estos grupos: las muje- res desarrollaban su labor en situación de aislamiento, lo cual las predisponía a las relaciones de de- pendencia, además de innumerables síntomas depresivos como tristeza, abatimiento y desespera- ción persistente unidos a sentimientos de desvalorización, culpa, desamparo, ansiedad, llanto y ten- dencias y/o ideas suicidas. Sumados a estos problemas también presentaban pérdida de interés por cualquier tipo de actividad cotidiana, hipocondría, trastornos en determinadas funciones fisiológicas (apetito, sueño, motilidad intestinal, deseo sexual, etc.) y molestias de tipo somático. Tanto Burín (2012) como los estudios mencionados alertan sobre la adscripción al rol tradicional de ama de casa como factor de vulnerabilidad. El doble rol (trabajo dentro y fuera de casa) es un factor de protección, pero únicamente cuenta así para los varones, pues cuando uno de los roles les resulta menos satisfactorio pueden recurrir al otro. Sin embargo, esto no es así para las mujeres (Burín, 2012), a quienes la duplicidad de roles les implica un factor de vulnerabilidad, por lo que se conoce como la doble o triple jornada. Las mujeres que trabajan fuera de casa, dada la precarización actual del mercado laboral, son la inmensa mayoría. Ellas conjugan sus ocupaciones de cuidado del hogar y de las criaturas con sus trabajos externos y aun en el caso de contar con ayuda dentro de la casa conservan la responsabilidad de la intendencia. Esto da lugar a situaciones de cansancio, tensión y estrés. En un estudio del año 2011 (Álvarez y Gómez, 2011), sobre el conflicto entre trabajo y fami- lia en mujeres, se llega a la conclusión de que las mujeres muestran síntomas tanto psicológicos como físicos y cambios en el estado de ánimo. Estas mujeres también presentaron cansancio físico, problemas gastrointestinales y dolor de cabeza, así como malestares y conflictos interpersonales, discusiones frecuentes y retraimiento. Los factores de protección referidos son el apoyo de la pare- ja, el apoyo familiar y la ayuda doméstica. Las mujeres con una posición social más baja en la esca- la de ocupación se encuentran en una posición de mayor vulnerabilidad por tener menor control so- bre el trabajo doméstico y sobre el trabajo asalariado (Valls, 2014). Existe otra variable que hace que para las mujeres el trabajo extradoméstico no constituya tan cla- ramente un factor de protección como para los varones, además de la duplicidad de tareas y de rol, y es el techo de cristal. 8.3.2.2.2. El techo de cristal Se denomina techo de cristal a la barrera invisible que no permite que las mujeres asciendan labo- ralmente una vez han llegado a un cierto límite. Esta es otra dificultad con la que las mujeres topan en su desarrollo profesional. Para Burín (2012), este límite se gesta ya desde la infancia porque nuestra cultura construye una serie de rasgos para configurar esta barrera: • Responsabilidades domésticas: En primer lugar, estaría el conflicto horario que es incompa- tible con la conciliación, pero además destaca la principal orientación de las mujeres a lo que se denomina «emociones cálidas» (amor, odio, ternura, etc.), que está en contraposición con las emociones frías y la máxima racionalidad del mundo laboral • Nivel de exigencia: La autora señala que las mujeres perciben que se les exige un nivel de excelencia en comparación con sus compañeros varones, quienes pueden desempeñarse en niveles mediocres. • Los estereotipos sociales: Que dictan que a las mujeres no les interesan los puestos de res- ponsabilidad o no tienen ambición. Estereotipos que son interiorizados por parte de las mu- jeres de tal manera que incide sobre sus elecciones y desarrollo profesional • La percepción que las mujeres tienen de sí mismas y la falta de modelos de referencia. • El principio de logro: Las mujeres son evaluadas como si tuvieran un potencial más bajo para determinados puestos, pero además muestran un grado inferior de "habilidades extra- funcionales", como demostrar intereses ambiciosos o capacitarse dirigiéndose a determina- dos fines. Es decir, el desarrollo de estas habilidades se percibe como incompatible con el desarrollo de una subjetividad femenina. Burín, además, señala otro obstáculo importante y son las denominadas fronteras de cristal que im- plican decidir entre desplegar sus habilidades profesionales con un alto grado de satisfacción o sus necesidades de vinculación afectiva con el mismo grado de satisfacción subjetiva. Para las mujeres esta elección es excluyente, no así para los varones y supone un alto costo subjetivo. 8.3.2.2.3. Mujeres y depresión La depresión en las mujeres tiene una prevalencia mucho más alta que en los varones, según estu- dios realizados en distintas épocas y en diferentes países. Cardila et al (2015) señalan que según avanzan los grupos etarios la proporción entre mujeres y hombres va en aumento y en algunos casos se observa el doble de prevalencia en mujeres (10,4%) que en hombres (5,3%) para Cuadro Depre- sivo Mayor (Vázquez y Blanco, 2008 apud Cardila et al 2015). En población anciana se han encontrado síntomas de depresión en el 19,6 % de los varones y en el 46 % de las mujeres (Valls, 2014). Hay autoras que afirman que en cuadros más leves la diferencia es aún mayor (Dio Bleichmar, 1991) y parece existir un consenso en considerar la depresión como una enfermedad de prevalencia mayoritariamente femenina. El mayor consumo de psicofármacos, el doble en mujeres que en hombres, según datos del Ministe- rio de Sanidad (2017), puede deberse al hecho de que son drogas lícitas. Lo anterior, a pesar de sus consecuencias adictivas, no las estigmatiza socialmente, ya que las conductas de trasgresión están mucho más condenadas en las mujeres y, por lo tanto, provocan sentimientos de vergüenza, culpabi- lidad y degradación personal. Por el contrario, el consumo de ansiolíticos o antidepresivos actúa como fuente de autorregulación de elementos exógenos con la finalidad de reducir el malestar (Bu- rín, et al, 1990) y termina convirtiéndose en una estrategia de afrontamiento de evitación. Parece tentador entonces acudir a la explicación biológica para entender el porqué de esta duplici- dad en las cifras. Se han realizado numerosos estudios que relacionan los niveles hormonales y más concretamente su déficit, como en el caso de la menopausia y la perimenopausia, con la depresión. No deja de ser simbólico que se plantee como primera hipótesis el fin de la vida reproductiva como primera causa de depresión en las mujeres. Sin embargo, según afirma Dio Bleichmar (1991), la depresión por menopausia no tiene una mayor incidencia, sino al contrario, porque se da una cierta disminución de esta enfermedad en este periodo. Además, cuando se da una depresión en la meno- pausia, los factores precipitantes suelen ser los mismos que en depresiones en otros momentos del ciclo vital. Estos son: • Muerte de la madre durante la infancia. • Condiciones de aislamiento social: migración, exilio, cambio de residencia. • Más de dos o tres hijos pequeños a su cuidado. • Red de apoyo deficitaria. Estos son factores de riesgo para hombres y para mujeres, sin embargo, ¿qué es lo que predispone a las mujeres para que se depriman mucho más que los hombres? Dio Bleichmar (1991) señala que las quejas de las mujeres no son escuchadas cuando se pone el foco en los factores biológicos y hace hincapié en aquellos aspectos que se constituyen como depre- sógenos para las mujeres: • La importancia de la intimidad y la pareja: los problemas activos de pareja son el origen más frecuente de depresión en mujeres. Cita que cuando el miembro depresivo de la pareja es la mujer se dan más rupturas, pues la mujer suele ser más tolerante a la depresión de sus pare- jas, de nuevo como síntoma de la importancia del vínculo en las mujeres. • Temor al abandono: las personas que sufren depresión suelen tender a las tendencias psico- lógicas de dependencia y restricción social. La necesidad de aprobación del otro para la re- gulación de la autoestima y el desempeño de un solo rol social reducen las fuentes de enri- quecimiento de la autoestima, así como de oportunidades de realización personal. Estas per- sonas se sienten inseguras en sus vínculos y temerosas del abandono. Acorde con lo que distintas autoras vienen anunciando, los factores que predisponen a la depresión, los ya citados y otros como los estilos de afrontamiento emocionales, la pasividad, etc., son la esen- cia misma de la así denominada feminidad. Es decir, el rol femenino enferma a las mujeres. La adscripción al rol femenino tradicional es lo que sitúa a las mujeres en situación de vulnerabili- dad para su salud mental. Dio Bleichmar recoge los distintos rasgos que alimentan dicha vulnerabi- lidad: • Ausencia de atributos positivos de masculinidad (ambición, confianza en sí mismo). • Presencia de atributos negativos de feminidad (dependencia y sumisión). • Ausencia de atributos positivos de feminidad (simpatía y capacidad para suavizar) (Dio Bleichmar, 1991). Esta misma autora enumera los factores que a su juicio predisponen a las mujeres a la depresión: • La socialización diferencial de las niñas, que genera una alta expectativa en cuanto a los vínculos afectivos y temor al abandono. • Tipificación de los comportamientos deseables para la feminidad: dependencia, sumisión, gentileza y obediencia. • Mayor dependencia en las mujeres adultas y dedicación al rol de cuidado, lo cual implica una regulación más inestable y fluctuaciones de la autoestima. • Ideal del yo que idealiza el sacrificio y la prestación de servicios. Estimulando la pasividad por encima de la ambición o el ejercicio del poder. • Identificación con otras mujeres, la madre, quien también observa estos rasgos por identifi- cación con el rol. 8.3.2.2.4. Depresión postparto Un embarazo y un parto conllevan una serie de cambios tanto bioquímicos, como emocionales y de vida que constituyen una etapa vulnerable en la vida de las mujeres. Se estima que el 80 % de las mujeres sufren algún tipo de alteración anímica (Medina Serdán, 2013) durante este periodo. Hay diferencias entre los distintos tipos de alteraciones que se dan principalmente en el puerperio. La tristeza posparto o baby blues es una alteración de tipo leve que consiste en un estado de irrita- ción, tristeza y preocupación en los días inmediatamente posteriores al parto. No se conocen del todo las causas de este estado, pero parece que el desajuste hormonal y los intentos de adaptación a la nueva situación pueden tener relación. La tristeza posparto es autolimitada, es decir, remite en unos pocos días sin necesidad de intervención terapéutica. La depresión posparto es definida como un trastorno o episodio depresivo de inicio en el posparto y está clasificado dentro del DSM-V (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales DSM, por sus siglas en inglés) como trastorno depresivo mayor. Se calcula que en torno al 10 % de las mujeres que dan a luz sufren este episodio, un 13 % según algunos estudios y hasta un 26 % cuando hablamos de madres adolescentes (Danés, I., 2003). Su sintomatología es la misma que la de cualquier otro trastorno depresivo: llanto, anhedonia, sentimiento de culpa y de estar abrumada, problemas de atención y de concentración o memoria, ansiedad, dificultades de vinculación con el bebé, cansancio y fatiga crónica, irritabilidad, sentimientos de ambivalencia con respecto al bebé, autorreproche, sensación de incompetencia, alteraciones en el sueño y en la alimentación, dificulta- des para establecer la lactancia, etc. Suele comenzar en cualquier momento posterior al parto, desde días o semanas hasta meses o un año después y dura entre dos y seis meses, aunque puede darse su cronificación o recurrencia en partos posteriores. Se desconoce un motivo exacto de las causas de su aparición, aunque sí se han descrito factores de riesgo como una historia con presencia de psico- patologías, falta de redes de apoyo, falta de apoyo de la pareja, dificultades socioeconómicas, malas relaciones familiares, antecedentes de perdida gestacional, violencia machista y complicaciones obstétricas en el embarazo. También se han señalado factores de riesgo de orden biológico como sensibilidad a los cambios hormonales, síndrome premenstrual, alteraciones en la función tiroidea y la falta de descanso y de sueño. Actualmente, hay estudios, como los de Kroll-Desrosiers (2017), que investigan la relación entre la administración de oxitocina sintética para la inducción al parto y el desarrollo de la sintomatología depresiva. Así mismo se ha comprobado como algunas mujeres que han vivido partos muy interve- nidos han desarrollado Trastorno de Estrés Postraumático (Dekel, S., 2017), Ibone Olza Fernandez sostiene que «El parto es un momento de gran vulnerabilidad para la mujer en el que a nivel cere- bral hay un escenario específico preparado para la impronta y el inicio del vínculo con el bebé, que hace que los eventos que transcurren durante el parto y las primeras horas del puerperio puedan quedar vívidamente grabados en la memoria consciente, tanto si son positivos como si no lo son.» (apud Liguori 2018). Por lo anterior, la autora llama a una atención del parto menos medicalizada y en el que la opinión y deseos de la madre se tengan en cuenta. También hay estudios que constatan el beneficio del contacto piel con piel, tanto para el bebé como para la madre. Esta práctica dismi- nuye el riesgo de aparición de síntomas depresivos (Dois, Lucchini, Col, 2015). Los trastornos del estado de ánimo posteriores al parto no suelen considerarse como una enferme- dad, por lo que existe un infradiagnóstico de los mismos de alrededor de un 75 %. La falta de se- guimiento de la salud de la mujer, especialmente la salud mental, después del parto, junto con la manipulación del entorno de la misma para que no verbalice sentimientos negativos en torno a una situación idealizada como es la maternidad, hace que se dé un subdiagnóstico de estas patologías y que erróneamente se les atribuya a dificultades, incapacidad, debilidad o falta de determinación de la madre. La depresión postparto, sin embargo, es una enfermedad que puede convertirse en una grave pato- logía con riesgo tanto para la madre, puesto que su no tratamiento en algunos casos puede acabar en autolisis, como para el bebé, porque la vinculación con el mismo puede verse afectada influyendo notablemente en el desarrollo del niño o la niña. La maternidad es una crisis vital en la biografía de las mujeres y sea biológica o no es una etapa de grandes cambios y un periodo de especial sensibilidad y vulnerabilidad. La mujer embarazada es centro y objeto de atención, en cambio, se convierte en invisible una vez ha dado a luz. El apoyo social es un factor de protección para la salud de la madre y el bebé y el sostén emocional es una necesidad de primera atención que combate el aislamiento de las madres, sobre todo en zonas urba- nas. La psicosis posparto no está clasificada en los manuales diagnósticos como tal, sino que aparece como un trastorno psicótico breve de inicio en el posparto. Tiene una incidencia de un 0,1/0,2 %. La sintomatología es similar a la de un episodio psicótico corriente de aparición larvada inicial en la primera semana de posparto y puede pasar a una fase aguda posterior. Entre los factores de riesgo están los antecedentes personales de trastorno psicótico previo y las complicaciones obstétricas en el parto o el embarazo. La depresión posparto es un tema poco visibilizado porque muestra una maternidad desidealizada, lejos de aquella imagen de pura felicidad. Ello hace que muchas mujeres no pidan ayuda, porque lo que se espera de ellas es que puedan con todo y que rebosen alegría. Esto es lo que Susan Maushart (apud Vivas, 2017) denomina «la máscara de la maternidad», que alude a un proceso tanto indivi- dual como colectivo que oculta las dificultades que la maternidad conlleva y termina silenciando la maternidad real en favor de una maternidad mistificada. En esta maternidad mistificada, la mujer que da vida a la madre se borra una vez parida: se difumina su cuerpo, como la escritora Najat El Hachmi narra en su artículo Maternidad sin cuerpo (2018). Según ella se traslada el mito de la vir- ginidad al embarazo y al parto cuando en las redes sociales y medios de comunicación se exhiben cuerpos de mujeres recuperados inmediatamente después del parto, sin huella alguna de haber vivi- do un embarazo, un parto o una lactancia. Por supuesto, esto borra el mundo interior y la subjetivi- dad propia de las mujeres, pues invisibiliza la depresión posparto y multitud de procesos mentales y afectivos que se producen en el embarazo, en el posparto y la crianza. 8.3.2.2.5. Síndrome de la cuidadora Si uno de los mandatos del ideal del yo femenino es la prestación de servicios, el cuidado de otros es una de las obligaciones de género más marcadas en la socialización femenina. El cuidado se ha conceptualizado de distintas formas a lo largo de varias décadas. Se ha considerado una parte fun- damental del trabajo reproductivo y un símbolo de opresión para las mujeres en los años 70, como un rasgo identitario femenino en los años 80 y también como un concepto deseable, que aúna la éti- ca del cuidado y la ética de la justicia, en los años 90. En este sentido, Victoria Camps señala que «el reclamo de la ética del cuidado es una forma más de insistir en la tesis de que lo personal es po- lítico» (apud García Calvente, 2004, p 85). De cualquier modo, el cuidado informal o no profesional es un trabajo no remunerado que se da en el ámbito privado y en el doméstico en virtud de relaciones afectivas y de parentesco. Como hemos visto, las personas cuidadoras a menudo tienen que compatibilizar este rol con otros como los de madre, hija, esposa, trabajadora remunerada, etc. El tiempo en el cuidado es circular y no lineal como en el trabajo productivo y es una tarea fundamentalmente invisible y casi en su totalidad fe- menina. El 60% de las cuidadoras de personas mayores son mujeres, también lo son el 75% de las cuidadoras de personas dependientes y se da el mismo caso en el 92% de las cuidadoras de personas que necesitan atención y cuidado por cualquier motivo. El síndrome del cuidador o de la cuidadora se refiere a las consecuencias que tiene la sobrecarga del rol de cuidado para la salud de las mujeres y se entiende como la respuesta del cuerpo a una serie de factores estresantes. El desarrollo de este padecimiento depende de factores como la valoración so- cial de la tarea, los recursos disponibles o el apoyo social. Las cuidadoras con mayor nivel de so- brecarga muestran peor autopercepción de salud y mayor probabilidad de sufrir problemas emocio- nales (García Calvente, 2004). Las mujeres muestran el doble de sentimientos de sobrecarga que los hombres y además manifiestan mayores sentimientos de culpa por sentir que no satisfacen todas las expectativas; ello sugiere la diferencia en las consecuencias que tiene este rol en los hombres y en las mujeres. En un estudio sobre cuidadoras realizado en Andalucía (García Calvente, 1999), la gran mayoría de mujeres manifestaba que el impacto negativo de las tareas de cuidado era mucho mayor en su salud psíquica que en su salud física. Las cuidadoras mencionaban problemas concretos como depresión o ansiedad (22%) y decían sentirse irritables y nerviosas (23%), tristes y agotadas (32%). Además, se constata que las tareas de cuidado limitan y dificultan la vida social de las mujeres, lo cual afecta negativamente este factor de protección de su salud mental. Otras repercusiones asocia- das al rol de cuidadora son la falta de intimidad, los gastos extras, la escasez de tiempo para sí mis- ma, la dificultad para compatibilizar cuidados y otras responsabilidades adicionales. 8.3.2.2.6. Envidia de Teta 8.3.2.2.6.1. Nuevas paternidades El ejercicio de la paternidad ha ido cambiando a lo largo de la historia. En el contexto histórico y cultural de occidente actualmente queda poco rastro de la paternidad tradicional, dándose el fenó- meno de la decadencia de la paternidad, una paternidad eclipsada. Hablamos de la decadencia de aquel padre que Luis Bonino (2003) define citando a Tubert como Padre Amo: dueño y señor de su hogar que ejerce un poder arbitrario e impone su ley. Sus hijas funcionan como muestra de prestigio y como perpetuadoras de la estirpe, sus hijos varones se ven obligados a pelear con él para disputar- se el poder que este no quiere ceder. Es el padre que encarnan los mitos de Zeus y Edipo. El otro perfil en extinción es el Padre patrón-educador: aquel que transmite las normas para inser- tarse en la sociedad, educando o acompañando desde la distancia por delegación y como comple- mento a la madre abnegada, pero sin cercanía emocional. Ambos modelos coexisten en decadencia con nuevas formas de paternidad, son formas que han ido desdibujándose en parte, porque el poder que ejercían, y las funciones que ostentaban, las han to- mado las mujeres o el Estado. Bonino (2003) habla de un lugar social vacío, abandonado, que ha dado lugar a nuevas figuras como el padre periférico y el padre ausente. Ambos coinciden en la delegación de autoridad y la escasa presencia física o emocional, variando en intensidad. Pero no son estas paternidades las que nos interesan comprender en este apartado, sino precisamente las pa- ternidades presentes y -presumiblemente- igualitarias. Estas nuevas paternidades son consustancia- les a la aparición de nuevas, diversas, formas de maternidad y priorizan la creación del vínculo pa- dre-hije, la paternidad para estos nuevos padres “no es un poder, sino un servicio y una relación” (Thus, 1980, citada en Bonino 2003, p 176). La relación es subjetiva, no basada en la transmisión genética, sino en la calidez, el afecto, la cercanía, y los aspectos vinculares y el disfrute mutuo, pro- pician la comunicación, la comprensión y la proximidad (Rebolledo, 2008). El nuevo padre es otro adulto que está a disposición del hije, no una función de separación de la madre y construyen su pa- ternidad de manera reactiva al modelo que han experimentado en su infancia. Es un padre igualita- rio, participativo y fomentado por las políticas de igualdad. Esto es así sobre el papel, pero como veremos, parece que no del todo. 8.3.2.2.6.2.La diada: La diada madre-hije es un ecosistema cerrado, es en palabras de Azorín Herrero “un ecosistema pe- rinatal cerrado y que funciona con lógicas internas” (2022, p 2). La diada lactante, así como el em- barazo, el parto, y la exterogestación, es un contrapoder y la expresión de una sexualidad no pa- triarcal que no tiene como objeto otra persona adulta. La lactancia es también un despliegue de se- xualidad con procesos libidinales específicos que desafía la heternormatividad patriarcal. Esther Massó (2013) también habla de “corporalidades no hegemónicas” cuando habla de la diada madre- bebé lactante. (2013, p 5) y refiere que dar de mamar altera la normatividad individualista, el cuerpo de la madre no es cerrado y exento, sino que está en conexión con el del bebé por la eyección de leche, se rompen los límites individualistas del cuerpo. El cuerpo de la mujer y del bebé está en in- terdependencia fisiológica y rompe con los límites de la individualidad. Massó define la lactancia como “sexualidad: una sexualidad no falocéntrica ni heterosexista, ni tampoco homosexista, sino, más bien, pregenerizada y mucho más holística” (2003, p 24). Para dichos autores (Azorín 2020 y 2022 Massó 2003) como otros como Casilda Rodrigañez (2007), la lactancia materna expone una sexualidad femenina con una dimensión reproductiva que cuestiona el sistema sexo-género. Es un hecho también que desafía las reglas del capitalismo: es gratis y no necesita infraestructura para po- der desarollarse, es sostenible en sí mismo, la diada es autónoma. Sin embargo, a pesar de ser un hecho que aparentemente tan solo involucra a madre y bebé, es un fenómeno colectivo que requiere de un entorno cooperativo para poder darse. Una de las principales críticas que se ha hecho a la lactancia materna es la esclavización de las madres lactantes, como si las criaturas que no toman teta no necesitasen ser alimentadas. Este supuesto sometimiento se ha dado en gran medida por la reclusión de las lactantes al hogar. La lactancia no ha sido un hecho pú- blico hasta el momento porque es una tarea ejercida por mujeres cuyos cuerpos han sido histórica- mente sometidos, supervisados y subordinados (Massó, 2003, p 19). Es decir, no es la lactancia la que recluye a las madres, es el hecho de ser un fenómeno que se da en un cuerpo femenino el que explica dicha reclusión. No vamos a entrar aquí en los beneficios de la lactancia materna, pero si vamos a detenernos en las causas de abandono más frecuentes. La tasa de lactancia a los 6 meses del nacimiento es del 46, 95% (Oliver, 2021), algunas de las razones de abandono son las dificultades al inicio de la lac- tancia (dolor, baja ganancia de peso), poco apoyo del sistema sanitario (desconocimiento, consejos contradictorios por parte de los y las profesionales), permiso de maternidad insuficiente, imposibili- dad de compatibilizar con los horarios laborales una vez finalizado el permiso de maternidad, esca- so apoyo social que no da un soporte real al amamantamiento. Como decíamos anteriormente, es un fenómeno que necesita en cierto modo del entorno para pervi- vir, y es la figura del padre, cuando la hay, la que juega un papel clave convirtiéndose en amenaza o facilitador del proceso. Azorin (2022, p 4) señala que “La experiencia en el ámbito terapéutico y en el ámbito de la educación social perinatal nos dice que la figura del padre pone en jaque muchas lactancias. Supone generalmente un elemento de conflicto que exige a la madre estar en una diná- mica de negociación continua, que desgasta, que le quita energía y que le dificulta la convivencia con la pareja durante el puerperio.” Y es que el padre en esta etapa de la crianza no tiene la capaci- dad de intervenir con su presencia más allá de preservar la diada y el proceso de lactancia. 8.3.2.2.6.3. El padre neopatriarcal y la envidia de teta En un apartado anterior nos referíamos a la decadencia de los modelos tradicionales de paternidad y la emergencia de las nuevas paternidades. Como hemos definido anteriormente, estas nuevas pater- nidades buscan fomentar la proximidad, el afecto, la comunicación con sus hijes. Son padres que se involucran en las decisiones importantes de las criaturas y ostentan un lugar dentro del hogar y de la familia en contraste con los modelos anteriores que se encontraban ausentes de este “territorio fe- menino”. Rebolledo (2008) habla de una coexistencia de varios modelos de paternidad que se dan “cohabitando los cambios con las continuidades” (2008, p 68) y se refiere a las nuevas paternidades como paternidad neopatriarcal, porque el ejercicio público de la paternidad de estos nuevos padres no siempre tiene un correlato en el ámbito privado, donde el reparto de responsabilidades no siem- pre es equitativo. Así se da una gran visibilidad a la asunción de tareas públicas de cuidado, pero en la práctica, el reparto del sostenimiento de la vida mediante las tareas invisibles sigue siendo inequi- tativo. Azorín (2020) introduce el concepto de Padre troyano señalando que la diada madre-bebé es un ecosistema cerrado y autoregulado definiendose la paternidad como enajenada. Es el pacto social patriarcal quien confiere al padre un lugar de legitimidad con el concepto de patria potestad, ha- ciendo confluir puntos de partida desiguales para sostener el modelo de familia tradicional hetero- sexual. Azorín habla así mismo del “Contrapoder materno” (2020, p 10) por las razones ya expues- tas, contrapoder validado en todo momento por el bebé que con o sin lactancia tiene un estrecho vínculo de preferencia por la figura materna. Las políticas de igualdad que no se desprenden de la perspectiva adultocéntrica, según este autor, no entienden ni respetan esta suerte de ecosistema pe- rinatal cerrado al imponer los cuidados al padre, quien jamás puede ser sustituto del vínculo ma- terno, por lo que define el padre troyano como “la figura masculina que, lejos de estar ausente, disputa cada uno de los espacios para que la lógica patriarcal y adultocéntrica termine imperando lo antes posible. Ayuda al sistema a socializar la experiencia reproductiva en base al modelo imperan- te.” (2020, p 12) Retomando esta idea y la de madre como contrapoder llegamos a la envidia de teta. Como el propio Azorín mencionaba (2022) el papel del padre puede ser el de facilitador o el de amenaza de la lactancia y por ende de la exterogestación, del vínculo maternofilial y de la crianza. Para poder ser facilitador es de rigor que entienda su papel secundario en estos procesos, sin em- bargo, no es un papel fácil, no es sencillo pasar de ser protagonista de la vida pública a tener una mayor implicación manteniéndose en un segundo plano en la vida privada. No es coin- cidencia que un gran número de parejas heterosexuales entren en crisis en el puerperio, en gran medida por la dificultad de los varones de situarse en este nuevo paisaje familiar en el que la mujer despliega una sexualidad no falocéntrica y no adultocéntrica que no atiende a sus demandas. Periodo en el que se sienten desplazados de esta diada que es y debe ser prin- cipalmente niñocéntrica, por una lactancia para la cual no son necesarios. Es por esto que gran número de mujeres, si las pusieramos a hablar como así demuestran en las consultas cuando son escuchadas, nos contarían las dificultades que encuentran para que sus parejas apoyen sus procesos de lactancia, o su papel en la crianza, bajo acusaciones de “hacer de- pendiente al bebé”, “sobreproteger” o “consentir”. Mucho se ha hablado a lo largo del psi- coanálisis, como hemos constatado, de la envidia de pene de las mujeres con respecto a los privilegios masculinos. Laing, citado en Rodrigañez (2007) habla de otro interesante con- cepto ya formulado por Horney, como es la envidia de útero La envidia uterina de la función biológica femenina es posiblemente más profunda que la conocida envidia de pene achacada a las mujeres (...) Una persona que pasa la mayor parte del día extirpando quirúrgicamente y con rutina úteros de mujeres puede naturalmente odiar a las mujeres en el fondo”( Rodrigañez, 2007, p 56). Este concepto lo desarrolla en torno a las histerotomías practicadas por ginecólogos como respuesta la anticoncepción. Victoria Sau (apud Rodrigañez, ibidem) ya se refiere al útero como un órgano declarado inferior con una intención política, ocultar el poder de la maternidad. Sin embargo, se ha hablado bastante menos de la irrupción de los varones en el ámbito privado y la envidia de teta de las nuevas paternidades: paternidades igualitarias formalmente, deseosas de cooperación, pero que no encuentran su lugar en un plano secundario y recurren a la usurpación en muchas ocasiones porque no saben como convertirse en facilitadores y cuidadores de la diada sin querer ocupar un lugar central y privilegiado. La teta, el pecho femenino no sexualizado, o mejor dicho, no visto con una mirada de sexualidad adultocéntrica, representa el desplazamiento del varón del lugar de privilegio, la subalternidad, aquel lugar al que las mujeres han sido relegadas históri- camente. Un lugar de servicio y espera, de cuidado, sin protagonismo que no todo varón está dis- puesto a ocupar. 8.3.2.2.7. Las autolesiones adolescentes o la expresión del malestar posmoderno: Nos vamos a detener en este apartado en el tema de las autolesiones en adolescentes, que he querido incluir en este estudio porque estas constituyen un motivo de consulta muy habitual en las consultas clínicas y más aún en las urgencias psiquiátricas. ¿Qué pasa con las y los adolescentes que necesitan mutilar su cuerpo? ¿Por qué expresan su malestar infligiéndose aún más malestar? ¿Qué nos dice su síntoma en este contexto histórico? Se define como autolesión cualquier conducta intencional y autodirigida que causa destrucción in- mediata de tejidos corporales (Kerr, 2010). Acto deliberado y en general recurrente de hacer daño al propio cuerpo, sin la ayuda de otra perso- na, de manera lo suficientemente severa como para ocasionar lesiones en los tejidos corporales y generar hematomas, fracturas, cicatrices o marcas (Montaño, 2012, p. 5). Frias distingue entre la definición norteamericana, que describe la autolesión como «actos que im- pliquen un daño directo y deliberado contra uno mismo (cuerpo), en ausencia de intencionalidad suicida» y la definición que denominan europea, que la describe como «todo acto con resultado no fatal que, siendo sancionable culturalmente, un individuo realiza de manera deliberada contra sí mismo.» Quedan excluidos como autolesión los comportamientos cuyo fin sea la excitación sexual, el abuso de sustancias o ciertas prácticas y rituales culturales, aunque comprendan infligirse daño a uno mismo. (Flores Soto, 2018) En cuanto a la tipología de autolesiones destacan sobre todo los cortes corporales, pero varios autores (Favazza, 1989; Sánchez, 2017) señalan cuatro grandes gru- pos de Comportamientos Autolesivos (CAL): • CAL mayores: castraciones, amputaciones y enucleación • CAL estereotípicos: mericismo, mordeduras y golpes contra superficies • duras. • CAL compulsivs: escoriaciones, tatuajes reiterados, exfoliaciones y • escoriaciones. • CAL impulsivos: cortes en la piel o «cutting», quemaduras o «burning», golpes, pellizcos con o sin ayuda de herramientasy cachetadas. Simeón y Favazza (1995) categorizaron la conducta autolesiva: • El comportamiento autolesivo mayor se define como un conjunto de actos infrecuentes de alto daño, como, por ejemplo, la castración. • La conducta estereotipada, propia de sujetos con retardo mental o espectro autista, implica actos como golpearse la cabeza o morderse la lengua. • El comportamiento autolesivo compulsivo consiste en realizar conductas repetitivas como rascarse la piel, morderse las uñas o tirarse del pelo. • El comportamiento autolesivo impulsivo, cuya severidad fluctúa de leve a moderada, inclu- ye quemaduras y cortes en la piel. Esta última puede ser de dos tipos: las autoagresiones re- petitivas, cuya frecuencia es casi diaria y se presenta como un patrón obsesivo-compulsivo que persiste décadas o incluso toda la vida, y las autoagresiones impulsivas episódicas, cuya característica principal es que existe un temor constante a ejecutar el acto autolesivo, pero el sujeto experimenta alivio posterior a la ejecución. En general, la práctica totalidad de los autores consultados coinciden en señalar la diferencia entre las autolesiones y los comportamientos autolíticos. Esto ha permitido que se halla consensuado el término NSSI (nonsuicidal self-injury/autolesiones no suicidas), acuñado para la 5ª edición del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM- 5, American Psychiatric Association, 2013). Por esta razón, a partir de ahora nos referiremos a estos comportamientos con la terminolo- gía NSSI o CAL (Comportamiento autolesivo). Como hemos referido en el anterior párrafo, existe una diferencia entre las NSSI y los intentos auto- líticos. Distintos estudios retrospectivos comunitarios indican que dos tercios de los adolescentes que se autolesionan presentan, en alguna ocasión, dicha ideación (Laye-Gindhu y Schonert-Reichl, 2005; Guerreiro, Neves, Navarro, Mendes, Prioste Ribeiro. Et al., 2009, apud Frias, 2012). La ideación suicida constituye un precipitante de la conducta autolesiva en adolescentes con alta impulsividad o víctimas de abusos sexuales (Madge, 2011). Autoras como Kirchner (2011) señalan que existe una importante asociación entre el comportamiento autolesivo y la ideación suicida, además de destacar que la probabilidad de autolesión en adolescentes con ideación suicida es diez veces superior que en adolescentes que no reportan dicho tipo de ideación. Sin embargo, el 95 % de los adolescentes que se autolesionan no terminan cometiendo suicidio, al menos no intencionadamente. Algunos investigadores plantean un continuum entre la conducta au- tolesiva y el suicidio, ya que ambos comparten la autoinflicción de daño como elemento esencial y únicamente se diferencian en la seriedad de la lesión causada (Stanley B, et al, 1992). Sin embargo, no podríamos estar de acuerdo en su totalidad con dicho planteamiento, puesto que como veremos, la motivación para las NSSI es variada y no tiene los mismos componentes que la ideación suicida. Concretamente en un estudio realizado por Pérez, Salvador y García-Alandete (2017) se concluyó que la desesperanza afectiva se relaciona con los intentos suicida y que los niveles bajos de sentido de la vida están en la base de las NSSI. A mayor desesperanza mayor riesgo de suicidio y a menor sentido de la vida, entendiendo este como un constructo que evalúa la satisfacción con la propia vida en el pasado y se focaliza en metas y propósitos futuros, mayor riesgo de NSSI (Pérez, et al, 2017). En cuanto al perfil de las personas que cometen NSSI, existe un cierto consenso en torno a los re- sultados de las investigaciones sobre el rango de edad en el que prevalecen. En la adolescencia co- mienza alrededor de los 13 años. Concretamente algunos estudios clínicos y poblacionales (Knock, 2004; Whitlock, 2007) se sitúa la edad de iniciación entre los 10 y 15 años y se afirma que el inicio de estas conductas, después de los 30 años, es poco frecuente. Sin embargo, no todos los investigadores han hallado evidencia sobre el predominio de un género sobre el otro. Frías (2012) afirma que «existe un relativo consenso entre muestras clínicas y comu- nitarias a la hora de considerar que las conductas autolesivas son más frecuentes en mujeres que hombres, con predominio de autolesiones a través de cortes en el caso de las mujeres» (p.3). Auto- res como Hawton y Harris (2008) concluyen que la proporción entre géneros es de 8 a 1 entre los 10 y los 14 años, siendo las chicas las que más se autolesionan, y de 3 a 1 entre los 15 y los 19 años. Otros estudios, como los de Laye-Gindhu A. (2005), también concluyen que son las chicas las que más recurren al comportamiento autolesivo. Algunos autores explican la mayor prevalencia de las NSSI en chicas «por la mayor presencia de sintomatología depresiva, baja autoestima y disregula- ción emocional en el sexo femenino» (Olfson et al., 2005; Kvernmo y Rosenvinge 2009; O`Connor et al., 2009; de Kloet, Starling, Hainsworth, Berntsen, Chapman y Hancock, 2011, apud Frías 2012). Sánchez (2017) afirma que «el perfil humano más estandarizado sería el de una mujer (en torno a los 16 años) deprimida y altamente alexitímica, impulsiva, con escaso control emocional y altamente modelable y sugestionable por el grupo» (2017, p.2). Además, también existen diferen- cias por género en cuanto a los métodos empleados, siendo los cortes el método más empleado (Lundh, et al, 2009). Ross y Heath (2002) también encontraron discrepancias en el medio que utilizan los adolescentes para autolesionarse: las mujeres tienden a realizarse cortes en la piel, mientras que los hombres son proclives a realizar conductas de riesgo. Se reproduce aquí el patrón clásico según el cual los varo- nes tienden más a externalizar el conflicto y a hacer patologías narcisistas y psicopáticas y las muje- res tienden hacia a la clínica depresiva. Hay autores como Favazza (1996) o Flores Soto (2018) sostienen que pueden existir bases biológi- cas para las NSSI, sin ofrecer una explicación determinante. Los factores biológicos pueden consti- tuir una base de vulnerabilidad para el desarrollo de estos comportamientos. La investigación sobre una hipótesis neurológica afirma que la autolesión puede ser el resultado de una disminución de los neurotransmisores cerebrales que ayudan a la regulación emocional. Un ni- vel bajo de serotonina, la cual facilita el transporte de impulsos nerviosos en la columna medial del tallo encefálico, puede influir en el control de la impulsividad y la agresión (Favazza, 1996). Otros neurotransmisores que parecen influir en la autolesión son los opioides. Estos regulan las emociones y el dolor, en concreto su supresión. Las personas que se autolesionan podrían hacerlo para e timular la producción de opioides y si esto fuese así, entonces la NSSI tendría un efecto anal- gésico que alivia y libera del malestar, además de producir sensaciones placenteras. Es decir, las personas aprenden a asociar la autolesión con sentimientos positivos (Del Rosario Flores-Soto, 2018). En cuanto a la motivación y finalidad del comportamiento autolesivo desde un punto de vista psico- lógico, hay autores, como Conterio et al, citado en Flores Soto et al, que clasifican las intenciones de la autolesión bajo dos categorías: • El propósito analgésico o curativo y el comunicativo. El propósito analgésico busca dismi- nuir el dolor psíquico que no es capaz de eliminar y los síntomas de despersonalización, mediante estímulos físicos. • El propósito comunicativo tiene la intención de expresar un mensaje al mundo sobre su mundo interno, y funciona también en forma de castigo físico. En ocasiones los adolescentes que se autolesionan se graban palabras en la piel con cuchillas o punzones para expresar cómo se sienten o de manera peyorativa, como elemento punitivo. Otros autores, como Sánchez (2017), realizan una clasificación en: • CAL (Comportamiento Autolesivo) catártico: cuyo objetivo es disminuir la tensión y el des- bloqueo de emociones haciéndolas fluir mediante la expresión corporal. • CAL reintegrativo: permiten el contacto del sujeto consigo mismo, lo que ayuda a superar la despersonalización y la disociación. • CAL manipulativo: proporcionan una ganancia de tipo social o personal. Esta autora también se basa en el modelo tetrafactorial (Nock y Prinstein, 2004): a) Intrapersonal positivo: La NSSI proporciona beneficios como aportar sensaciones novedosas y excitantes capaces de combatir la abulia, la apatía o la depresión esencial. b) Intrapersonal negativo: La NSSI sirve para aliviar la tensión emocional y las emociones negati- vas, tales como frustración, la decepción, la ira, la rabia, etc. c) Interpersonal positivo: La NSSI aporta cuidados y atención por parte de las personas referentes, quienes se asustan y quieren detener este comportamiento. d) Interpersonal negativo: La NSSI exime al individuo que la ejecuta de responsabilidades o com- promisos sociales, familiares, etc. Klonsky (2011) elabora una clasificación de las siete motivaciones más frecuentes de los CAL: 1. Modelo de regulación de afectos negativos; válido aunque disfuncional para aquellas perso- nas que no han desarrollado en su infancia estrategias más positivas de afrontamiento y de crecimiento personal. 2. Modelo de disociación, usado ante la contingencia de estados mentales de despersonaliza- ción o desrealización, como una fórmula para recuperar la identidad corporal a través del dolor, revitalizándose. 3. Modelo de la conducta parasuicida, recurriéndose a la autolesión como freno que detiene la intención mayor de quitarse la vida. 4. Modelo de influencia interpersonal sobre terceros, buscando producir cambios en los demás. 5. Modelo de límites interpersonales, cuya principal motivación sería 6. imitar en la propia piel su espacio personal de individuación y separación respecto al en- torno invasor, afirmando de este modo su propia autonomía. 7. Modelo de autocastigo, preferente para aquellos sujetos que precisan subjetivamente auto- rregularse mediante los daños corporales que se infligen a modo de penitencia, recuperando así su homeostasis psíquica o moral en el grupo de pertenencia. 8. Modelo de búsqueda de sensaciones, introducir excitación en una vida plana. 9. Así se entiende que los CAL cumplen distintas funciones, desde el autocastigo, la estimula- ción, la manipulación, aunque la más referida por los y las adolescentes es la liberación de la angustia cuando esta es demasiado intensa. La gran mayoría de los estudios clínicos concluyen que los comportamientos autolesivos se realizan como forma de regular estados de ánimo displacenteros o aversivos. En el estudio de Molla (2015) se afirma que los participantes declaraban usar las autolesiones como un «mecanismo de afronta- miento para la regulación emocional, el autocastigo, la búsqueda de atención o la búsqueda de emo- ciones». (2015, p. 2). Es decir, se emplea el reforzamiento negativo (a través de la reducción del malestar emocional), el reforzamiento positivo (por el aumento de endorfinas y la atención del en- torno) y el modelado, (a través de un factor de contagio social). En un estudio llevado a cabo sobre las autolesiones e internet, los y las participantes afirmaron que las principales razones para las autolesiones expuestas vía online fueron la búsqueda de ayuda o comprensión de otros o, simplemente, ver cómo reaccionaban amigos o conocidos. En este sentido internet servía de ayuda y apoyo social para estos adolescentes, pero también puede tener una in- fluencia negativa en cuanto a la continuidad de las autolesiones, pues facilita información y justifi- cación de las mismas en foros específicos (Gámez Guadix et al, 2020). Las redes sociales, donde es posible compartir imágenes de las lesiones y los sentimientos de dolor y malestar, pueden hacer sentir a las y los adolescentes falsas sensaciones de pertenencia, comprensión y especularización que refuerzan dichos comportamientos lejos de aliviarlos. En cuanto al modelado, distintos autores han encontrado esta conducta social determinante para las NSSI: el modelado e imitación de otros adolescentes predispone y mantiene el comportamiento au- tolesivo (Frías, 2012). Internet también es un medio que facilita la imitación, como hemos mencionado anteriormente. En- tre un 1% y un 9% de los adolescentes que recurren a las NSSI comenzaron a hacerlo por imitación, después de descubrir este comportamiento mediante búsquedas tangenciales en la red (Jacob et al., 2017 apud Gomez Guadix). Los diversos estudios clínicos y comunitarios, como los que cita Frías (2012), concluyen que las NSSI tiene un papel como estrategia de afrontamiento en la autoregulación de estados emocionales aversivos. Las chicas que reportan NSSI utilizan, según se ha comprobado, estrategias de afronta- miento de tipo evitativo ante los conflictos emocionales. Se muestran también más resignadas ante acontecimientos negativos y son más proclives a la evacuación emocional. Emplean en menor me- dida la resolución directa de los problemas, es decir, que ponen en marcha estrategias de afronta- miento menos activas y focalizadas en la emoción, lo cual puede incrementar el malestar psicológi- co y, por tanto, el comportamiento autolesivo (Kirchner, et al, 2011). Otros estudios, sin referir diferencia de género, afirman que las personas que recurren a las NSSI tienen insuficientes recursos cognitivos, como baja autoestima y propensión al estilo de afronta- miento evitativo. Estas personas tienen también un locus de control externo, sobre todo ante las di- ficultades interpersonales, lo cual explica la escasa habilidad al articular y verbalizar sentimientos (Flores Soto, et al, 2018). En este sentido se han relacionado en repetidas ocasiones los comporta- mientos autolesivos con altos grados de alexitimia que aumenta la posibilidad de frecuencia de las autolesiones. Otro factor de riesgo determinante, antes citado, ha sido el abuso sexual. Existen evidencias empíri- cas que demuestran cómo el abuso sexual puede ser un agente desencadenante de las NSSI (O ́Con- nor, et al apud, Frias 2012, 2009; Madge, et al, 2011). A menudo las NSSI presentan comorbilidad con consumo de drogas y otros comportamientos adictivos (a RRSS, foros, etc.) e incluso promis- cuidad sexual. Sánchez (2018), en su interesante artículo Autolesiones en la adolescencia. Significados, perspecti- vas y prospección para su abordaje terapéutico, afirma que el abuso sexual, así como la negligencia parental, es un factor determinante para un sinfín de expresiones psicopatológicas inmediatas o tar- días, como la aparición del Síndrome de Estrés Postraumático (SEPT). La autora afirma que: Los abusos generan más ‘patología de déficit’ que patología de conflicto, lo que aumenta la propen- sión de probar fórmulas relacionales e intrapersonales de fuga y alivio de las emociones negativas. Sobre todo, si los abusos han sido reiterados, se troquela un esquema cognitivo violento, una expec- tativa violenta y una percepción violenta del entorno, tornando a las víctimas candidatos a la revic- timización porque inadvertidamente incurrirán en decisiones y elecciones que reproduzcan los es- quemas ya conocidos. (2018, p196) Sánchez (2017) cita a Echeburúa y Corral (2006) y a Aguilar-Cárceles (2009) cuando afirma que el abuso produce reacciones violentas en chicos y de tipo autodestructivas en chicas. Sánchez (2018) se señala así mismo cómo el abuso horizontal, el bulling, el sexting o el ciberbullying pueden ser precipitantes de NSSI en adolescentes. Por tanto, aunque es importante no establecer conexiones precipitadas (según aconsejan todos los estudios consultados), no resulta exagerado suponer que cualquier tipo de abuso produce emociones y sentimientos de desvalimiento, daño y abandono que, mediante elaboraciones depresivas, disociativas o límites, dan como resultado la autolesión como expresión del malestar y del sentimiento de daño interno. La autora también se señala el riesgo de exclusión social o los antecedentes de desestructuración familiar como factores de riesgo de NSSI, pero sin que ninguno de estos datos sea específicamente precipitante o determinante. La psicopatología alimentaria, sobre todo la bulimia, también ha sido puesta en relación con las NSSI. Esto es algo que afecta más específicamente a las mujeres debido a la alta impulsividad que presentan estas pacientes. Se ha observado que la sintomatología depresiva es mayor cuando coexiste con patología bulímica y esto contribuye a mantener el comportamiento autolesivo (Frías; Vázquez, 2012). Sánchez (2018) señala que los TCA y las NSSI aparecen conjun- tamente en un 50 % de las chicas y en un 33% de los chicos y que presentan mayor gravedad cuan- do inician con NSSI y evolucionan en TCA. Cita varios estudios en los que convergen la sensación de posesión, control del cuerpo, así como una imagen corporal más dañada en adolescentes con comportamientos autolesivos (Sánchez, 2018) Habitualmente se han relacionado las NSSI con el Trastorno Límite de Personalidad (TLP) debido a que las NSSI se interpretan simplemente como un indicador de TLP. Lo anterior tiene su explica- ción en que en el DSM-IV-TR las NSSI aparecían solamente como un síntoma del TLP. Vega (2018) afirma que existe una relación robusta entre TLP y NSSI, pues en sus reportes de estudios clínicos se recoge que entre el 49 % y 90 % de los pacientes con TLP recurrían a las autolesiones. Aunque las NSSI son un claro predictor de TLP, ambas son entidades diferentes. Turner (2015) en- contró en su estudio clínico que los y las pacientes con TLP que presentaban NSSI llevaban a cabo comportamientos autolesivos más graves que aquellos que solamente presentaban síntomas de NSSI. El comportamiento autolesivo se asocia con frecuencia a otros trastornos: Trastorno del estado de ánimo, sobre todo depresión (Aguilera-Losada, López-López y Magán-Ma- gán, 2017 apud, Sanchez, T, 2018), Trastornos Disociativos, Trastornos de Espectro Autista (TEA), Trastorno General del Desarrollo (TGD), Trastornos del Control de Impulsos (TCI), Trastornos por Abuso de Sustancias (TAS), Esquizofrenia, Trastorno de Estrés Postraumático (TEP), etc. (Ibáñez- Aguirre, 2017; Nader y Boehme, 2003; Ulloa-Flores et al. 2013). Existe, por tanto, cierto consenso en afirmar que son una especie de lenguaje corporal y un intento de manejar sentimientos inaceptables, como la ira, la rabia o el abandono, que desbordan a la perso- na y exceden sus recursos. Las NSSI son comportamientos liberadores de tensión y los adolescentes y las adolescentes refieren un alivio psíquico al llevarlas a cabo. Vemos aquí un importante componente de género, en el que nuevamente las mujeres se centran en los aspectos emocionales de las situaciones que viven. Desde aquí no podemos evaluar esa estrate- gia como errática, pero parece demostrado que dichos estilos de afrontamiento no reducen el males- tar en las adolescentes, sino que lo mantienen o lo alientan. Otro aspecto significativo de los CAL es su componente exhibicionista, ya que al mostrar sus cica- trices en las redes sociales las personas adolescentes obtienen una fuente de reconocimiento. Las lesiones son publicadas en redes como Instagram, Facebook, Snapchat, etc., donde las chicas y los chicos encuentran una comunidad que les otorga comprensión, sentido y pertenencia. Los CAL dejan de ser sintomáticas de desequilibrio emocional y pasan a ser resignificadas con un cierto pres- tigio de valor e identidad. De hecho, en los últimos tiempos ha conocido un juego denominado «Ba- llena Azul», en el que las personas participantes van superando pruebas que consisten en autolesio- nes, aislamiento social, visionado de películas de terror, etc.; tras ir superando dichas pruebas (avances que las personas cuelgan en redes sociales) el juego culmina en el suicidio. Los CAL, como antes sucedía con los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), ocupan hoy gran parte de las consultas de salud mental. Aunque no hemos encontrado datos actualizados sobre la incidencia de los CAL como patología emergente, es vox populi entre los miembros de la profesión sanitaria la prevalencia de este padecimiento entre la población adolescente y sobre todo en las mujeres. Sofía Varona (2016), en su tesis Autolesiones en adolescentes: estilos de afrontamiento y afecto, lo define de esta manera «La autolesión refleja un llamado desesperado del propio individuo ante lími- tes que no puede establecerse y que ataca, reflejando dolor y un intento por reconfigurar el mundo externo, pero, sobre todo, su propio y complejo mundo» (2016, p. 35). En conclusión podemos decir que el comportamiento autolesivo es una sintomatología multicausal que afecta predominantemente a mujeres adolescentes. Es un comportamiento expresivo y autorre- gulador que tiene que ver con el daño interno y con unos rasgos de personalidad tradicionalmente asociados a la feminidad. Es decir, aquellos rasgos asociados a la feminidad como la evitación, la emocionalidad o la labilidad emocional son factores de predisposición para comportamientos dañi- nos para las mujeres, lo que convierte a las adolescentes en personas especialmente vulnerables. Otros de los factores de riesgo para la salud mental de las mujeres son los abusos sexuales; si bien es cierto que los estudios no atribuyen al abuso sexual una relación directa como causal de NSSI, no hay que olvidar que los traumas potenciales del abuso pueden derivar en cristalizaciones depresivas y Trastornos de Estrés Postraumático que sí tienen una expresión clara en las NSSI. Cabe recordar que la incidencia del abuso infantil en nuestro país se sitúa entre un 10% y un 20% de la población comunitaria. Las niñas son las principales víctimas de este tipo de abuso, con un 15% del total de los casos conocidos frente a un 8% de casos sufridos por niños, según un estudio publicado con muestras de 24 países (Barth, et al, 2014). Estas cifras, además, corresponden solo a los casos de abusos declarados, lo que significa que quizá son una parte mínima del total de abusos que suceden. Es muy probable que debido a la naturaleza del daño que los abusos sexuales causan en los niños y sus familias, la mayoría de los casos se quedan sin denunciar. Otro factor que se relaciona frecuentemente con las NSSI son los Trastornos de Conducta Alimenta- ria, de mayor prevalencia entre la población femenina. En cuanto al TLP, también relacionado con las NSSI, ha sido siempre considerado como una enfermedad de mayor prevalencia femenina. Sin embargo, actualmente hay estudios que confirman que, aunque las expresiones sintomáticas de este trastorno se observan mayormente en mujeres, ha existido un sesgo diagnóstico causante de que muchos varones hayan sido infradiagnosticados (Leichsenring, 2011). Estaríamos hablando entonces de una nueva patología que padecen mayoritariamente las mujeres adolescentes y que podría interpretarse como un nuevo lenguaje del malestar, que tiene como prin- cipal escenario el propio cuerpo. En este caso podemos decir que estamos ante un cuerpo adoles- cente que no encuentra límites apropiados en el mundo externo, que siente el dolor físico mucho más tolerable que el dolor psíquico y que elige el daño corporal como método de autocuidado. Pero además estamos frente a una patología compartida y colectivizada, que se exhibe en las redes socia- les y que sirve a sus protagonistas como nexo de unión, identidad y solidaridad. En virtud de la información recabada, cabe suponer que las niñas, por sus experiencias vitales o por la socialización diferencial que conforma su subjetividad, se ven especialmente desprotegidas y peor armadas frente a la tormenta existencial que supone la adolescencia. ¿Nos encontramos frente a una nueva sintomatología femenina? ¿Podríamos considerar el comportamiento autolesivo como una nueva forma de histeria? Si fuera así tenemos que preguntarnos: ¿Qué denuncia este síntoma? ¿Qué quieren denunciar a la sociedad las personas que se autolesionan? Si bien la histeria nos hablaba de una sexualidad que no tenía cabida y de un sistema que sometía y violentaba a las mujeres, las autolesiones nuevamente apuntan a la desesperanza, la insatisfacción, la inadecuación de recursos y el trauma silenciado. Las adolescentes que se autolesionan comparten un núcleo vivencial traumático (al igual que hemos visto con «las histéricas») y han crecido someti- das a violencia emocional y en ocasiones física. Esto ha dado como resultado una desesperación que amenaza su integridad. Nos muestran una adolescencia desarmada, sufriente y necesitada de un vínculo que busca desesperadamente en las redes sociales una manera de refuerzo social. El propio cuerpo es instrumentalizado para calmar un sufrimiento que no se puede aliviar de otro modo. 
 9. CONCLUSIONES El ideal del yo es una instancia inserta en un contexto y, por lo tanto, los ideales de las mujeres dependen de los mandatos sociales • El ideal del yo es la instancia perteneciente al superyó que acapara funciones de observación y comparación a partir de las cuales deriva la propia estima. Es en consecuencia un ente condicionante y limitativo cuya finalidad es cumplimentar las pruebas exigidas por el objeto de amor. 
 Los rasgos idealizados de las figuras vinculares son interiorizados y el superyó ejerce su castigo cada vez que el sujeto no cumple con las expectativas del ideal. El superyó observará al ideal del yo para confrontarlo con sus aspiraciones e ideales simbólicos, y de esta comparación surgirá una satis- facción narcisista o un sentimiento de inferioridad y vergüenza. Es una instancia condicionada por los contextos sociales. El contenido del ideal del yo viene determinado por aquello que los padres transmiten. Acorde con lo anterior, los rasgos asociados al género de la niña son adquiridos tempra- namente por ella mediante la identificación con la madre. La madre funge como figura principal y es de quien la hija aprende qué es ser una niña. En el desarrollo del ideal del yo se descubre que es de vital importancia lo social y lo relacional, En consecuencia podemos decir que el ideal del yo se confecciona por amor a los otros significativos del sujeto y se introduce las bases para comenzar a hablar de lo relacional y lo vincular en la cons- trucción de la subjetividad. Es una instancia que contiene valores e ideales éticos y estéticos, así como las pautas y aspiraciones del individuo. Por tanto, el contexto sociocultural, el contexto histó- rico, la ideología y la moral imperante van a ser determinantes para el contenido del ideal del yo y también para la respuesta del superyó. Esto significa que tiene sentido hablar de cómo los ideales y el sistema narcisistico de las mujeres se interelacionan con las condiciones materiales de vida y de cómo esto tiene un efecto en sus formas de enfermar, de desarrollar síntomas y de sentir bienestar o malestar. La diferencia está jerarquizada en el dogma psicoanalítico • La feminidad, en la obra freudiana, viene determinada por la diferencia, a pesar de lo cual Freud insiste en que tanto la feminidad como la masculinidad son contenidos psíquicos no sujetos a la realidad anatómica. En esta diferencia anatómica existe una jerarquización de la anatomía masculina sobre la femenina. Resulta complejo abstraerse de las numerosas oca- siones en las que Freud y otros autores y autoras nombran a la mujer como cuerpo que en- carna las características femeninas que continuamente jerarquizan y normativizan. Es la per- sona que lee quien debe intentar alejarse del significante corporal. • La castración es, para el psicoanálisis, el momento en el que el ser humano se inserta en la cultura y es también donde aparece la frustración de la omnipotencia infantil y se establecen los vínculos. Mª Teresa San Miguel Del Hoyo ( Del Hoyo, 2004) afirma que el mito de la castración no es un mito cualquiera, sino que coloca en asimetría a ambos sexos. La posi- ción masculina es representada en las producciones culturales como dominación, triunfo y placer, mientras que la femenina es expuesta como sumisión y derrota. Los atributos genita- les masculinos son presentados como soporte para la agresividad sin que exista un equiva- lente en las mujeres. Con este mito se transmite el código de ordenación de lo femenino y lo masculino. La aceptación de la castración y la resolución del complejo de Edipo en la niña han sido las prescripciones más normativizantes y aleccionadoras para las mujeres por parte del psicoanálisis. Se ha castigado con el estigma a toda aquella mujer que desafiase el estado de las cosas o que aspirase a incluir entre sus ideales aquello que no correspondía a su géne- ro. Un sistema narcisista basado en el cuidado • Uno de los rasgos más identificativos de la feminidad es el ser en relación. Cuidar y ser cui- dada se conforman como organizadores de la identidad femenina. Esta motivación de apego es un factor fundamental de la regulación psicobiológica a lo largo del ciclo vital para todos los seres humanos, no obstante la clínica ha señalado las necesidades emocionales y de ape- go de las mujeres como debilidades. La dependencia es uno de los rasgos más recurrentes al hablar de feminidad. La organización del narcisismo femenino está sujeta a la satisfacción de estas necesidades afectivas, por encima incluso de la consecución de logros en otras áreas de su vida. No tener las necesidades de apego cubiertas supone un factor depresógeno. La escasa valoración social de los aspectos emocionales y relacionales hace que las mujeres se sientan desvalorizadas e inadecuadas. Esto es algo funcional al sistema patriarcal porque la alta inversión emocional de las mujeres en los vínculos y en el cuidado ha permitido el man- tenimiento del estado de las cosas durante siglos. Es decir, para que haya una parte de la humanidad que pueda desarrollar una vida pública, otra parte de la misma tiene que mante- ner la vida funcionando. El ser para el otro y la priorización de los cuidados son intereses necesarios para la humanidad, pero la asunción de la mayoría de estos por parte de las muje- res ha supuesto un enorme costo psíquico para ellas. El Género también es un concepto psicoanalítico • Género es un concepto circular con el entorno de la criatura, ya que es la fantasmática y el deseo paterno/materno lo que influye en la adquisición de una identidad de género, además del contexto sociocultural. Es decir, el conjunto de valores, proyectos y deseos conscientes e inconscientes que operan en la mente de madres y padres en torno a la feminidad y la mas- culinidad influyen en el proceso de adquisición de esta identidad. La genitalidad no crea sentimiento de pertenencia a un género, sino que son las creencias y los deseos los que ins- criben a la criatura en el sistema sexo género. El rol de género además viene aparejado con una serie de mandatos que tienen una influencia directa en el comportamiento, la autoima- gen y las relaciones interpersonales. Estos mandatos de género constituyen aquello que po- demos denominar un ideal de género.
 • Diversos estudios a lo largo de las últimas décadas confirman a mayor adscripción a un rol de género, especialmente el femenino, mayor nivel de malestar psíquico. Lo anterior en con- tradicción con lo que se suponía en un principio, que además tenía una fuerte prescripción política. El esfuerzo adaptativo de la subjetividad de las mujeres a los ideales impuestos conlleva un sufrimiento psíquico que se traduce en diversos síndromes, malestares y patolo- gías. De todos estos padecimientos las mujeres han sido históricamente responsabilizadas y se ha desligado su explicación de las influencias contextuales.
 El psicoanálisis se ha convertido en una más de las instituciones de lo simbólico mantenedoras del statu quo • A lo largo de la historia del psicoanálisis han existido voces que intentaban interpelar a la corriente hegemónica. Muchas de estas voces han sido de mujeres. Cuando estas autoras po- nen en cuestión el dogma, como Karen Horney, quedan relegadas y sus obras se convierten en lecturas marginales a la vez que se les consideraron excéntricas. • En el debate que comenzó en la segunda mitad del S. XX, algunas psicoanalistas como Ju- liet Mitchell defendían el poder revolucionario del psicoanálisis e intentaban ver un parale- lismo entre este y el feminismo. Inclusive definían el psicoanálisis como un corpus teórico fundamental para el desarrollo del feminismo. Sin embargo, a pesar de que ambos pensa- mientos tienen un origen crítico y una supuesta finalidad de deconstrucción del orden esta- blecido, existen importantes diferencias epistemológicas. Un ejemplo de estas diferencias es el orden inverso del conocido lema “lo personal es político”. Para el psicoanálisis todo as- pecto político tiene un origen personal y esto desprovee la experiencia humana de una lectu- ra política. Autoras como Silvia Tubert o Jane Flax, también se posicionan del lado de una lectura descriptiva de la teoría psicoanalítica. En concreto, Tubert, al igual que Mitchell, considera que el psicoanálisis aporta un análisis no prescriptivo de la realidad y que es una teoría inacabada y alejada del dogma. Desde este estudio y a la luz de la revisión bibliográ- fica no podemos compartir estas conclusiones. Encontramos más convincentes posturas como las de Dio Bleichmar o Levinton, que hablan del psicoanálisis como una institución más de lo simbólico, misma que mediante las prescripciones implícitas en sus múltiples in- terpretaciones y en su práctica clínica contribuye a la perpetuación del statu quo. • Las teorías referidas a la diferencia sexual no han sido accesorias, sino que se han posicio- nado políticamente del lado del sistema y han tenido serias implicaciones terapéuticas. Fac- tores como el cuestionamiento hacia todo aquello que no es heteronormativo, la deslegiti- mación de las distintas formas de familia, la recurrente culpabilización de las madres o la traslación de aspectos biológicos para dar cuenta de rasgos negativos atribuidos a las muje- res, son los que han contribuido a la perpetuación de un orden que ha sido devastador para las mujeres y para todas aquellas identidades que se sitúan en los márgenes. Este no es un juicio sumarísimo a la figura de Freud -ni siquiera al psicoanálisis- y, sin embargo, es impo- sible no cuestionarse sobre cómo una herramienta con la capacidad de empoderar y liberar se convirtió en un instrumento más de sometimiento. Si volvemos a hacernos la pregunta de si se puede articular una teoría que aúne feminismo y psicoanálisis, la respuesta es que tal vez, pero siempre y cuando este fuera capaz de desprenderse del dogma para hacer psicoa- nálisis, del psicoanálisis y además revisitara algunos de sus argumentos más anacrónicos para echar un vistazo a lo que ocurre en la realidad. Sería posible siempre que el psicoanáli- sis dejase de lado su vocación elitista y recuperase su poder crítico y subversivo y no aco- modase la realidad a sus teorías. • Retomando la teoría de las histéricas, ese episodio casi fundante del psicoanálisis, ¿qué hu- biera pasado -recordando las palabras de Levinton- si Freud no hubiese pronunciado aquella famosa frase en su correspondencia con Fliess “mis histéricas me han engañado” y hubiese creído los relatos de abusos de las mujeres que pasaban por el diván? Lo que habría pasado es que la sexualidad hegemónica masculina hubiese sido puesta en entredicho, la violencia patriarcal hubiese quedado manifiesta y el malestar y el dolor de millones de mujeres hubie- se dejado de estar oculto y podría haberse legitimado y reparado. Tal vez también habría su- cedido que la investigación psicoanalítica y la clínica no hubieran tardado varias décadas en centrarse en la importancia del trauma y hubiesen desarrollado nuevas herramientas que va- lidasen las secuelas de las distintas violencias y hubiesen comenzado a pensar en su repara- ción, más allá de la estigmatización de las mujeres. El contenido del ideal del yo femenino tiene una relación directa con el malestar de las muje- res • El ideal del yo femenino se interrelaciona con el entorno y el contexto sociocultural. De lo anterior se desprende que si los mandatos sociales exigen a las mujeres ser madres, ser deseables, estar emocional y/o sexualmente disponibles, anteponer las necesidades de los demás a las suyas, etc., estas se sobreesforzarán en cumplir con “aquello que deben llegar a ser” hasta la enfermedad. Hemos visto como a lo largo de la historia estos mandatos, conte- nidos en el super yo de las mujeres, han ido variando en función de lo que en cada época se consideraba idóneo. En la actualidad el mandato patriarcal no es tan explícito, sin embargo, el ser para el otro de las mujeres ha permanecido casi inmutable; la priorización del vínculo sigue siendo un eje central de la identidad femenina, con la diferencia de que las niñas ya no aprenden a ser buenas esposas sino a ser sujetos deseables y sexualmente disponibles para ser amadas, reconocidas y vistas. • Como hemos visto, las consecuencias de dichos ideales son múltiples: una clara predisposi- ción de las mujeres a la depresión, porque los rasgos asociados a la feminidad no son com- petentes para el desempeño de la vida pública, lo que sucede especialmente en el mundo la- boral. Además, todo lo que hace que una mujer se ajuste a su rol la predispone a la depen- dencia y la priorización del otro. A pesar de esto y de la alta tasa de depresión en la pobla- ción femenina, se da una gran estigmatización de la emocionalidad y una creciente medica- lización de la sintomatología de los malestares. Esta dinámica sucede sin atender al mensaje de inconformidad o malestar que las sintomatologías nos quieren hacer llegar. • El ideal de belleza o de atractivo físico es también muy normativo para la gran mayoría de mujeres y los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) son otras de las enfermedades mayoritariamente femeninas. Las mujeres desarrollan un amplio catálogo de síntomas con relación a su imagen física. Los continuos y extenuantes esfuerzos por ajustarse al ideal de belleza hacen enfermar física y mentalmente a las mujeres. • El ideal de maternidad es también muy exigente para las mujeres. Por un lado, esta es una tarea reconfortante para muchas mujeres, pero al mismo tiempo ha existido siempre una his- tórica injerencia sobre su desempeño; la maternidad estándo siempre fiscalizada por distin- tos estamentos. La maternidad es un ejercicio muy cansado, con una gran demanda y escasa comprensión y apoyo social, es posible que este sea uno de los roles que con más exigencia desempeñen las mujeres. Teniendo en cuenta el ser en relación de la socialización femenina, ser madre es una de las tareas más importantes porque implica la creación y consolidación de un vínculo y, sin embargo, es aquello por lo que más fieramente es juzgada la población femenina. La depresión posparto, el Síndrome de la mala madre, el Síndrome de la madre maliciosa y el Síndrome del nido vacío son todos malestares reales no visibilizados y están compuestos por altas dosis de culpa, indefensión, soledad y sensación de inadecuación. Existen otros malestares como el Síndrome de alienación parental (SAP) o el Síndrome de la madre maliciosa, inventados para señalar a aquellas madres que no se ajustan a los dictáme- nes o bien para dar una explicación simplista o políticamente interesada sobre una realidad compleja, lo que en gran número de ocasiones encubre la violencia machista. • Las autolesiones son otro de los síntomas más llamativos y con una alta prevalencia femeni- na. Se asocian en gran medida a registros traumáticos diversos y en especial al maltrato y al abuso sexual infantil. Las adolescentes que se lesionan utilizan de forma muy visible su cuerpo para denunciar una situación psíquicamente insostenible. Las histéricas padecían lo que hoy se conocen como síndromes conversivos ante la presencia de traumas complejos. Según la literatura especializada, estos síndromes están basados en abusos sexuales infanti- les y con las heridas causadas en sus cuerpos las mujeres hacen pública la denuncia sobre una sexualidad perversa que las somete. Podemos establecer una analogía entre ambas pato- logías. Es posible que muchas de estas adolescentes pongan de manifiesto con sus autole- siones la función de denuncia del síntoma y para ello emplean sus cuerpos como forma y espacio de expresión. • Para concluir podemos afirmar que efectivamente el contenido del ideal del yo femenino está, por definición, fuertemente enraizado en el contexto sociocultural de la persona: esta aprende de sus figuras parentales y de su entorno cómo debe llegar a ser. Los mandatos de género se transmiten intergeneracionalmente y mediante los distintos agentes socializadores: escuela, entorno familiar, entorno social, medios de comunicación, etc. En una sociedad ca- pitalista, heternormativa y patriarcal, las instrucciones sobre cómo llegar a ser una mujer están claras y, como hemos visto, tienen una estrecha relación con la vulnerabilidad, el ma- lestar psíquico y emocional y en última instancia con la enfermedad. En este estudio hemos tomado el psicoanálisis como marco teórico y la epistemología feminista y el método psi- coanalítico como metodología para diseccionar los textos psicoanalíticos seleccionados. Y no podemos dejar de concluir cómo el psicoanálisis tuvo su oportunidad revolucionaria y emancipatoria y, sin embargo, se convirtió en una de las más poderosas herramientas de per- petuación de la subordinación de las mujeres. 
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PRESENTACIÓN Y JUSTIFICACIÓN 2. MÉTODO Y OBJETO DE ESTUDIO 3. EL IDEAL DEL YO EN LA OBRA DE FREUD 4. EL CONCEPTO DE FEMINIDAD EN LA OBRA DE FREUD: ¿QUÉ ES SER MUJER? 5. VOCES CRÍTICAS Y AFINES SOBRE LA FEMINIDAD EN FREUD 6. EL CONCEPTO CONTEMPORANEO DE GÉNERO 7. PSICOANÁLISIS Y FEMINISMO, UNA RELACIÓN CONTROVERTIDA.NUEVAS TEÓRICAS PSICOANALíTICAS 8. IDEAL DEL YO EN LAS MUJERES: EL MALESTAR FEMENINO 9. CONCLUSIONES 10. BIBLIOGRAFÍA