UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID FACULTAD DE GEOGRAFÍA E HISTORIA DEPARTAMENTO DE PREHISTORIA © Juan Luis Gomá Rodríguez, 2017 TESIS DOCTORAL El bronce final y la protocolonización en la Península Ibérica MEMORIA PARA OPTAR AL GRADO DE DOCTOR PRESENTADA POR Juan Luis Gomá Rodríguez DIRECTORES Martín Almagro Gorbea Mariano Torres Ortiz Madrid, 2018             FACULTAD DE GEOGRAFÍA E HISTORIA Departamento de Prehistoria EL BRONCE FINAL Y LA PROTOCOLONIZACIÓN EN LA PENÍNSULA IBÉRICA Memoria para optar al grado de doctor presentada por JUAN LUIS GOMÁ RODRÍGUEZ Bajo la dirección de los doctores MARTÍN ALMAGRO GORBEA MARIANO TORRES ORTIZ A Fernando Arboledas González AGRADECIMIENTOS Este proyecto de investigación no hubiese salido adelante sin la colaboración y empeño desinteresado de muchas personas: Mi familia, que ha financiado este proyecto de investigación y que todos los días me ha padecido. Hannah, que ha llevado esta carga conmigo durante buena parte del viaje y que me ha padecido. Martín y Mariano, mis directores que, además de transmitirme su sabiduría, me han padecido. Joserra y Kechu, que siempre me han sonreído y siempre me han padecido. Thomas y Carlos, a quienes he torturado con mis ocurrencias y preguntas para las que siempre han tenido reacciones amables y respuestas inteligentes. El personal del DAI, que desde el principio me han padecido cada día. Gabriel, Juliancho, Arbi y Moli, que se han dejado padecer. Juan y Sarzu, que me han hecho todo más sencillo a pesar de padecerme. Alfredo y Miguel, que a última hora me padecieron. A todas estas personas les brindo con justicia y júbilo mi gratitud.     ÍNDICE TEMÁTICO AGRADECIMIENTOS, 3 ÍNDICE TEMÁTICO, 5 ÍNDICE DE FIGURAS, 13 RESUMEN, 15 SUMMARY, 19 1. INTRODUCCIÓN, 23 1. Propósito y contenidos, 23 2. Breve historia de la investigación, 26 3. Principios metodológicos, 29 4. Principios teóricos, 34 4.1. Teoría de Sistemas, 35 4.2. Teoría de la Continuidad, 37 4.3. Teoría de las Redes Sociales, 40 2. MARCO HISTÓRICO, 45 1. Introducción, 45 2. Complejo Cultural Atlántico, 45 2.1. Caracterización cultural, 45 2.2. Cronología, 57 3. Mediterráneo oriental, 63 3.1. Caracterización cultural, 63 3.2. Referencias lingüísticas a la Protocolonización, 68 3.2.1. Taršiš, 68 3.2.2. Terminación en –oussa, 71 4. Conclusión, 72 5     3. ARMAMENTO Y GUERRA, 75 1. Introducción, 75 2. Cascos, 75 2.1. Cascos cónicos, 76 2.2. Cascos astados, 78 3. Carro ligero y elementos de arreo, 81 3.1 Carro ligero, 82 3.2. Elementos de arreo, 85 4. Armas de tradición atlántica en el Mediterráneo, 89 4.1. Espadas pistiliformes, 89 4.2. Espadas de lengua de carpa, 90 5. Evidencias inciertas, 94 5.1. Puñales del grupo Porto de Mós, 94 5.2. Protectores pectorales, 96 5.3. Escudos con líneas paralelas o de tipo Ategua, 98 5.4. Escudos con escotadura en V o de tipo Cloonbrin, 99 5.5. Carros ligeros del noroeste, 104 5.6. Puntas de lanza flamígera de tipo Penha, 106 5.7. Armas de enmangue transversal, 109 5.7.1. Hacha de Muros, 109 5.7.2. Alabarda de La Lanzada, 114 6. Conclusión, 116 4. HERRAMIENTAS, 119 1. Introducción, 119 2. Azuelas de apéndices laterales, 120 2.1. Origen y clasificación primaria, 120 2.2. Azuelas de apéndices laterales planos, 121 2.3. Azuelas de apéndices laterales cilíndricos, 124 3. Azuela de tubo, 128 4. Ganchos de pastor, 128 5. Herramienta para atrapar serpientes, 130 6     6. Herramientas atlánticas en el Mediterráneo, 131 6.1. Hoces atlánticas, 131 6.2. Hachas de anillas, 133 6.3. Hachas de cubo, 134 7. Conclusión, 135 5. JUEGO DE BANQUETE, 139 1. Introducción, 139 2. Cuchillos, 139 2.1. Cuchillos de remaches, 140 2.2. Cuchillos de hierro, 143 3. Cuencos, 146 3.1. Cuenco de Berzocana, 147 3.2. Cuencos hemisféricos de bronce, 148 3.3. Asas sobreelevadas, 149 4. Soportes con ruedas, 152 5. Utensilios de banquete atlántico en el Mediterráneo, 156 5.1. Asadores articulados, 156 5.2. Ganchos para carne complejos, 158 6. Conclusión, 160 6. ESTÉTICA PERSONAL, 163 1. Introducción, 163 2. Peines, 164 2.1. Peines de marfil y hueso, 164 2.2. Peines de las estelas, 169 3. Espejos, 173 4. Fíbulas, 177 4.1. Tipología, filiación y cronología, 178 4.1.1. Fíbulas de arco de violín evolucionado, 178 4.1.2. Fíbulas de codo, 179 4.1.3. Fíbulas de arco curvo, 182 4.1.4. Fíbulas de bucle, 184 7     4.1.5. Ejemplares inciertos, 189 4.2. Origen y secuencia, 191 4.2.1. Origen, 191 4.2.2. Evolución de las fíbulas peninsulares, 195 4.3. Recapitulación, 201 5. Pinzas de depilar, 202 6. Colgantes y cuentas, 206 6.1. Materiales exóticos, 206 6.2. Arracada de Huelva, 211 7. Objetos atlánticos de estética personal en el Mediterráneo, 212 7.1. Fíbulas con gallones de codo central o de subtipo Moraleda, 212 7.2. Navajas de afeitar, 215 8. Conclusión, 217 7. INSTRUMENTOS MUSICALES, 219 1. Introducción, 219 2. Liras, 219 2.1. Lira de Luna, 220 2.2. Otras liras, 223 3. Idiófonos, 227 3.1. Crótalo, 227 3.2. Calcofones, 228 4. Aulos, 231 5. Conclusión, 233 8. CERÁMICA, 235 1. Introducción, 235 2. Cerámicas a torno, 235 2.1. Cuesta del Negro, 236 2.2. El Llanete de los Moros, 237 2.2.1. Fragmentos heládicos decorados, 237 2.2.2. Fragmentos no decorados, 238 2.3. Gatas, 240 8     2.4. Huelva y el aeropuerto de Málaga, 241 2.5. Cádiz, 247 3. Piezas a torno inciertas, 248 3.1. Coria del Río, 248 3.2. Paterna de Ribera, 250 3.3. El Pozancón, 251 3.4. Peñalosa y Mesas de Asta, 251 3.5. Alcalá del Río, 253 4. Cerámicas a mano: estilo Carambolo, 254 5. Cerámicas a mano inciertas, 261 5.1. Provincia de Granada, 261 5.2. Cerro de San Juan, 261 5.3. Coroneta del Rey, 262 6. Conclusión, 263 9. ORFEBRERÍA, 265 1. Introducción, 265 2. Evidencias, 266 2.1. Nuevos elementos técnicos, 266 2.1.1. Fusión, 266 2.1.1.1. Método primario de fusión, 267 2.1.1.2. Métodos secundarios de fusión, 269 2.1.2. Deformación plástica, 273 2.1.2.1. Métodos primarios de deformación plástica, 274 2.1.2.2. Métodos secundarios de deformación plástica, 276 2.2. Tipología, 277 3. Contexto, 280 3.1. Distribución y paralelos, 280 3.2. Cronología, 286 3.3. Filiación, 295 4. Metrología, 301 4.1. ¿Correlaciones con sistemas mediterráneos?, 301 9     4.2. Excursus: ponderales, 308 5. Conclusión, 321 10. TORÉUTICA DE BRONCE, 323 1. Introducción, 323 2. Objetos y métodos de fabricación, 324 3. Valor ideológico y valor práctico, 330 4. Problemática, 333 4.1. Filiación, 334 4.2. Plomo en la toréutica, 342 5. Conclusión, 348 11. METALURGIA DEL HIERRO, 349 1. Introducción, 349 2. Hallazgos, 350 3. Agentes introductores y coyunturas, 358 4. ¿Siderurgia protocolonial?, 361 5. Valor socio-económico del hierro en la Edad del Bronce, 368 6. Conclusión, 370 12. MINERÍA DE LA PLATA, 373 1. Tartesios, fenicios y el ciclo de la plata, 373 2. Oriente e isótopos de plomo, 377 2.1. Oriente, 377 2.2 Isótopos de plomo, 379 3. Mediterráneo occidental, 381 3.1 Cerdeña, 382 3.2 Francia, 386 3.3. Sureste de la Península Ibérica, 386 4. Conclusión, 388 13. INTERPRETACIÓN Y TRANSFORMACIONES I: INTRODUCCIÓN, 393 14. INTERPRETACIÓN Y TRANSFORMACIONES II: EL BANQUETE RITUAL, 397 1. Reformulación del ritual del banquete, 397 2. Ritual articulador de la comunicación, 403 10     3. Conclusión, 411 15. INTERPRETACIÓN Y TRANSFORMACIONES III: ÉTICA E INTERCAMBIO, 413 1. Economía heroica, 413 2. Dos sistemas, 423 2.1. Predominio del intercambio, 424 2.2. Predominio de la mercancía, 436 3. Hacia una nueva ética, 458 4. Conclusión, 465 16. INTERPRETACIÓN Y TRANSFORMACIONES IV: INNOVACIONES TECNOLÓGICAS, 469 1. Introducción, 469 2. Evidencias e indicios, 470 3. Tecnología y función social, 476 4. Tecnología y comunicación, 490 5. Tecnología y simbolismo, 505 6. Conclusión, 515 17. CONCLUSIONES FINALES, 517 1. Introducción, 517 2. Horizontes históricos, 517 3. Sentido cultural de la Protocolonización, 521 4. Sentido histórico de la Protocolonización, 528 5. Epílogo: la Protocolonización en la Antigüedad, 535 BIBLIOGRAFÍA, 539 LÁMINAS, 633 11     12     ÍNDICE DE FIGURAS Fig.1: Esquema de las redes sociales, 43 Fig. 2: Distribución de los principales grupos atlánticos peninsulares y sus zonas de influencia, 47 Fig. 3: Distribución de los principales recursos metálicos en la Península Ibérica, 48 Fig. 4. Modelos de integración de las comunidades, 54 Fig. 5: Secuencia cronológica del Atlántico, los Campos de Urnas, el Círculo Nórdico y el norte de Italia, 61 Fig. 6: Secuencia cronológica de Sicilia, el Egeo, Chipre y el Levante, 62 Fig. 7: Mapa de dispersion de los escudos de tipo Cloonbrin peninsulares, aparecidos en Irlanda, el Egeo y Chipre, 101 Fig. 8: Dataciones calibradas de los escudos irlandeses, 102 Fig. 9: Tipología básica para las azuelas de apéndices laterales, 121 Fig. 10: Mapa de dispersión de los asadores articulados (triángulo) y de los ganchos para carne (cuadrado), 158 Fig. 11: Familias de fíbulas primitivas derivadas de las agujas, 192 Fig. 12: Evolución de las fíbulas presentes en la Península Ibérica en el Bronce Final. Los rectángulos indican familias, los rombos tipos y los óvalos subtipos, 196 Fig. 13: Mapa de distribución de las fíbulas de subtipo Moraleda con localización segura en el Mediterráneo oriental, 214 Fig. 14: Mapa de dispersión de jarritos askoides fuera de Cerdeña, 244 Fig. 15: Distribución de la cerámica pintada de estilo Carambolo, 253 Fig. 16: Tabla comparativa de los modelos cronológicos alto y bajo a partir de los hallazgos de cerámica de estilo geométrica en Oriente, 257 Fig. 17: Mapa de dispersión de la cerámica de estilo GM II ático (círculo negro: Tel Abu Hawam, Samaria, Tiro, Huelva, Málaga, Útica, El Carambolo) y de estilo SPG III eubeo (círculo blanco: Tiro, Tel Rehov, Málaga, Huelva), 258 Fig. 18: Métodos de fusión primarios y secundarios propios tanto de la orfebrería como de la metalurgia del bronce, 267 Fig. 19: Métodos de deformación plástica primarios y secundarios, 273 13     Fig. 20: Método de rodado, 276 Fig. 21: Dispersión de artefactos significativos de la Nueva Orfebrería peninsular y otros elementos relacionados, 282 Fig. 22: Flujo de la Nueva Orfebrería de la Edad del Bronce, 301 Fig. 23: Metrología del Tesoro de Villena (sólo las piezas completas), 304 Fig. 24: Metrología del grupo Sagrajas-Berzocana y otros collares y brazaletes sólidos peninsulares, 304 Fig. 25: Metrología del tesoro de Caldas de Reyes (sólo piezas completas), 305 Fig. 26: Formas de los supuestos ponderales del BF III de la Península Ibérica, 314 Fig. 27: Circulación de la plata y del plomo en el Mediterráneo durante el Horizonte Peña Negra I incentivada por los fenicios, 390 Fig. 28: Objetos en circuitos morales de intercambio, también conocidas como “esferas”, 417 Fig. 29: Personas en circuitos morales de intercambio, 423 Fig. 30: Valores opuestos en sistemas de intercambio, 467 Fig. 31: Sistema socio-técnico, 487 14     RESUMEN Este trabajo parte de la peculiaridad de una serie de objetos que tienen en común el servir de evidencias directas o indirectas de los contactos entre el Atlántico y el Mediterráneo en la Península Ibérica durante el Bronce Final, en las cercanías de la colonización fenicia (1050-825 a.C.). En líneas generales, en esta época las comunidades de la Península Ibérica se encuentran en la órbita de dos grades complejos culturales con marcadas diferencias étnicas, especialmente perceptibles a nivel ideológico, aunque económicamente afines. Por un lado, el mundo atlántico, ampliamente extendido por todo el territorio peninsular aunque especialmente enraizado en la mitad occidental. Su principal característica es la metalurgia de bronce, rica en estaño, cuyos tipos se difunden por toda la fachada atlántica europea. En cambio, apenas ha dejado vestigios habitacionales y funerarios. Por otro lado, los Campos de Urnas, una tradición de origen alpina que se extiende por un enorme espacio en el centro-oeste de Europa, comprendiendo el noreste peninsular y el litoral levantino. Contrariamente, el registro de poblados y enterramientos tras un rito de incineración es notable, aunque la metalurgia es más pobre en cuanto a su cantidad y variedad. Ambas complejos culturales comparten una organización social de rango según la definición de Marshall Sahlins y de Morton Fried, jerarquizada aunque no estratificada. La sociedad está centrada en la figura de big men o líderes que dominan el colectivo legitimados por su prestigio en el combate y en la sabia administración de los recursos. Los big men no son, en principio, posiciones hereditarias, de manera que este rango va rotando a medida que otras personas les superan en prestigio o, simplemente, que mueren. La sociedad de rango se fragmenta en comunidades de pequeño tamaño formadas por familias. Las familias funcionan como unidades de producción y reproducción y en su seno los bienes circulan de acuerdo a unas normas de reciprocidad positiva. Igualmente, estas normas también están vigentes en cada comunidad, que explota los recursos de sus inmediaciones libremente. Pero mientras que las relaciones intrafamiliares se basan en los lazos de sangre, las relaciones interfamiliares se fundamentan en alianzas intencionadas, creando una red clientelar liderada por el big man. Por su parte, las relaciones fuera de las redes familiar y clientelar recaen en los líderes, quienes generan así la red diplomática en virtud de la cual se producen los intercambios y solidaridades suprarregionales. En este escenario cultural aparecen unos objetos e iconos grabados venidos del Mediterráneo, fundamentalmente originarios de Sicilia, Chipre y del Levante, que dejan entrever unas conexiones atípicas. Igualmente, en diversas zonas mediterráneas se identifican ciertos objetos de procedencia atlántica. Todas estas evidencias cimientan 15     el concepto de Protocolonización. Mediante este trabajo se busca llenar de sentido este concepto. Las evidencias se pueden clasificar y organizar de múltiples modos, aunque en esta investigación se ha preferido agruparlas en campos funcionales o por la materia prima y el método de fabricación. Así, se distinguen piezas de armamento, herramientas, utensilios de banquete, objetos de arreglo personal, instrumentos musicales, ciertas cerámicas a torno y a mano, artefactos metálicos fabricados a la cera perdida y determinados residuos de actividades mineras. Las evidencias relacionados se localizan, mayoritariamente, en el litoral atlántico occidental, en Extremadura y en Andalucía, zonas inmersas en el Complejo Cultural Atlántico. En cuanto a los hallazgos extrapeninsulares, Cerdeña, Chipre y el Levante son las zonas que concentran la mayor parte. Además de las evidencias indicadas, también forman parte de este elenco los hallazgos de La Rebanadilla-Cortijo de San Isidro (Málaga), el nivel inferior del barrio fenicio de Huelva y, muy probablemente, de Cádiz. Asimismo, el Taršiš bíblico y los topónimos terminados en –oussa aparecidos en la literatura antigua podrían constituir dos evidencias lingüísticas de la Protocolonización. La mayor parte de las evidencias protocoloniales se fechan, obviamente, en vísperas de la colonización. Sin embargo, el diagnóstico del análisis revela que ciertos materiales, especialmente cerámicos, tienen una cronología anterior al Bronce Final, entre los siglos XVI-XIII a.C. Con la salvedad de Huelva y Málaga, los materiales mediterráneos se introducen en la Península Ibérica mediante el rito del sacrificio-banquete. Se trata de un rito de hospitalidad y confraternización bajo el signo de la sacralidad, mediante el cual se rememora el origen del mundo y el orden social. A la llegada de las expediciones mediterráneas, las élites peninsulares les invitan a un banquete en el cual se produce el intercambio de regalos o dones. Los dones son bienes con alto valor ideológico y, por tanto, no cuantificable. Este intercambio es interpersonal, por tanto no se produce entre culturas, sino entre individuos. Los individuos implicados en el intercambio ritual se encargan, a su vez, de la redistribución de los regalos a través de los mecanismos institucionales de circulación de bienes que disponen todas las culturas. En el caso de las sociedades de rango peninsulares, el big man, figura central del sistema de redes sociales, adquiere y pone en circulación los dones sin llegar nunca a acumular demasiados. De esta manera, las introducciones mediterráneas se reparten entre las élites de las comunidades en virtud de las redes familiares y clientelares y se difunden hacia el interior y hacia otras regiones extrapeninsulares gracias a las redes diplomáticas. En esta primera etapa de contactos protocoloniales – técnicamente todavía precoloniales (1050-900 a.C.) –, buena parte de los dones que adquieren los peninsulares son productos perecederos, tales como aceite, vino y textiles, de los que las cerámicas y las fíbulas dan testimonio, aunque también obtienen armas y otros bienes de prestigio. Por su parte, los navegantes mediterráneos obtienen artículos de bronce ricos en estaño, la mayoría de los cuales se refunden en el viaje de vuelta. A medida que el flujo de contactos se va intensificando, las expediciones prolongan sus visitas hasta convertirse en estancias, en parte justificadas por la lógica de las 16                                                                  navegaciones a larga distancia. Fruto de dichas estancias la interacción entre mediterráneos y atlánticos supera el mero intercambio de regalos. De este modo se introducen y asimilan por parte de las comunidades peninsulares ideas ejemplificadas en conocimientos técnicos de artesanía. Así, la interacción cultural adquiere una profundidad sin recurrir a procedimientos violentos. La renovación de la metalurgia atlántica mediante el surgimiento de la toréutica es un síntoma de esta profundidad. Igualmente, la asimilación de elementos arquitectónicos, estéticos y, en general, simbólicos también se explican por la intensificación de los contactos. La interacción cultural redunda en un mayor prestigio de las élites sociales. Así, la dependencia de los contactos y de las innovaciones, por un lado, y las aspiraciones de otros individuos y familias por mejorar su rango, por otro, promueve una espiral creciente de consumo de dones y otros bienes de prestigio que se extiende por todo el Atlántico. En paralelo, las estancias prolongadas derivan en el descubrimiento de filones de plata (y oro) en Sierra Morena que los fenicios saben explotar a través de la copelación. El interés que despierta este metal en los fenicios debido a la escasez de este recurso en Oriente desemboca en la fundación de un asentamiento fenicio permanente en la aldea de Huelva bajo la autoridad del líder local. De esta manera da comienzo la fase protocolonial propiamente dicha. Asimismo, la explotación e intercambio de la plata también provoca una transformación en la ética de sociedad tartésica. Los tartesios no emplean la plata en la fabricación de artefactos, de manera no se intercambia como un don en sentido estricto, sino como una mercadería. Las mercaderías se caracterizan por su valor relativo, es decir, por tener un precio y, por tanto, por carecer del valor ideológico de los dones. Así, con la plata aparece la primera economía de mercado en Tartessos cuyas operaciones se desarrollan en el barrio fenicio de Huelva. La espiral creciente de consumo y la contradicción ética encauzan a las sociedades peninsulares, especialmente la tartésica, a una crisis que se resuelve en el Período Orientalizante (760-500 a.C.), cuando se reorganiza la estructura sociedad en pos de una estratificación. Entre tanto, los fenicios fundan Cádiz, la primera colonia en la Península Ibérica, lo que supone un lógico paso adelante en sus estrategias comerciales. En conclusión, con la Protocolonización se unifican dos macrocircuitos marítimos, el atlántico y el mediterráneo, a su vez integrados por varios circuitos menores. Las redes de las sociedades peninsulares ejercen de articuladoras de estos macrocircuitos, con especial incidencia en Tartessos y, sobre todo, en la aldea de Huelva. Así, Huelva se convierte en un gran lugar central en virtud del cual el Atlántico penetra en el Mediterráneo y viceversa. Pero la Protocolonización, ante todo, significa el germen de un cambio estructural en las dinámicas sociales de la sociedad tartésica, no tanto por el aspecto tecnológico como por el ideológico.1 1 Quiero agradecer a David Menéndez su disposición e indicaciones para la mejora en el estilo narrativo de este resumen. 17     18     SUMMARY This research starts from the peculiarity of a set of objects which have a common background as long as they work as direct or indirect evidences of the contacts between Atlantic and Mediterranean in the Iberian Peninsula during the Late Bronze Age, close to the Phoenician colonization (1050-825 BC). In broad terms, the Iberian communities of this period are situated in the realm of two great cultural complexes ethnically well different and particularly noticeable at ideological level, but both economically related, though. On the one hand, the Atlantic world, widely extended all over the peninsular range, especially rooted in the western half. Its main attribute is the bronze metallurgy rich in tin, whose types spread across the European Atlantic façade. By contrast, there are hardly any house and funerary remains. On the other hand, the Urnfields, an Alpine cultural tradition that covers a huge area in mid-west Europe, including the northeast and the east coast of the Iberian Peninsula. Contrary to the Atlantic archaeology, the register of villages and buries after an incineration rite is notorious, although the metallurgy is poorer in terms of quantity and variety. Both cultural complexes share a rank social organization according to Marshall Sahlin’s and Morton Fried’s models: hierarchized, but non-stratified. The society is centralized on the figure of big men or leaders whose rule is legitimated by their prestige in combat and by the wise managing of the resources. In principle, big men are not hereditary, so this honor rotates inasmuch as other people surpass them in prestige or simply die. A rank society is fragmented in small size communities formed by families. Families work as units of production and reproduction, and the goods circulate according to certain norms of positive reciprocity into them. Same way, this norms are also in force in each community, freely exploiting the resources of the surrounding area. But whereas inside­ family relationships are based in blood links, outside-family relationships stand on intentional alliances, creating a network of patronage ruled by the big man. Likewise, relationships out of the network of patronage and family are matter of the leaders who generate this way the diplomatic network whereby supra-regional exchanges and solidarities are generated. In this cultural scenario appear some objects and carved icons that come from the Mediterranean – mainly native to Sicily, Cyprus and the Levant –, letting guess atypical connections. Furthermore, in several Mediterranean areas certain objects of Atlantic filiation are identified. All this evidence constitutes the foundation of the concept of Proto-colonization. This research is focus on giving a meaning to this concept. The evidence can be classified and organized by a number of ways, although in this research they are grouped into functional fields or into materials and methods of 19     preparation. In this regard, there are distinguished pieces of weaponry, tools, feasting utensils, self-care items, musical instruments, some wheel- and hand-made pieces of pottery, lost-wax-made metal artifacts and certain particular debris of mine activities. The archaeological data is located basically in the western Atlantic coast, Extremadura and Andalusia, always involved in the Atlantic Cultural Complex. Concerning the extra- peninsular finds, Sardinia, Cyprus and the Levant are the zones that concentrated most of them. Beside the stated evidence, the finds of La Rebanadilla-Cortijo de San Isidro, the lower level of the Phoenician quarter of Huelva and probably the lower level of Cadiz also take part on this set of findings. Furthermore, the references to Taršiš in the Bible and the place names ended by –oussa that appear in the ancient literature might constitute two other linguistic items of the Proto-colonization. The very most of the proto-colonial data are obviously dated right before of the colonization. Nevertheless, the diagnosis reveals that some items, particularly ceramics, belong to an earlier period than the Late Bronze Age ranging 16-13 cent. BC. Aside from Huelva and Malaga, the introduction of the Mediterranean items in the Iberian Peninsula is entered by means of the sacrifice-feast rite. That is about a rite of hospitality and fraternization in an atmosphere of sacredness which reminisce the origin of the world and of the social order. After the arrival of the Mediterranean expeditions, the peninsular élites invite them to a feast. It is then when the exchange of gifts happens. The gifts are very high ideological valuables, therefore of unquantifiable value. The exchange is interpersonal, that means is not about cultures, but individuals. Same time, the individuals involved in the ritual exchange are in charge of the redistribution of the gifts by means of the institutional mechanisms of circulation of goods that all cultures have. In the case of the peninsular rank societies, the big man, as the central role of the social network system that they play, acquires gifts, makes them flow and never collects too many. So, the élites share the Mediterranean items through the networks of family and patronage in the communities. Those items reach the inlands and other extra-peninsular areas thanks to the diplomatic network. In this first stage of the proto-colonial links, technically still pre-colonial (1050-900 BC), a big part of the acquired gifts are perishable products, such as oil, wine and textiles of which the pottery and the brooches bear witness to, together with weapons and several other prestige goods. Likewise, the Mediterranean sailors get articles of tinned-bronze – most of them will be re-melt on the way back. As long as the flow of contacts increases, the expeditions extend their visits until they turn into longer stays, partly justified by the logic of the large-distance navigations. The interaction between Mediterranean and Atlantic peoples surpasses the mere gift exchange as the result of the longer stays. In this way, ideas such as know-how in crafts are introduced and assimilated by the peninsular communities. Henceforth, the cultural interaction deeps without violence procedures. The renewal of the Atlantic metallurgy through the rise of the lost-wax casting is a clear symptom of this depth. Same way, the assimilation of architectural, aesthetical and, broadly, symbolic features is because of the intensification of the links, too. 20     The cultural interaction increases the prestige of the élites. Therefore, the dependency of the links and the innovations, on the one side, and the aspirations of individuals and families in order to improve their rank, on the other, grow a spiral of consumption of gifts and some other prestige goods over the Atlantic circuit. Meanwhile, the long stays end up in the discovery of silver (and gold) outcrops in Sierra Morena that the Phoenicians can exploit them through the cupellation. The arising interest of this metal to the Phoenicians due to the scarcity of this resource in the East results in the foundation of a permanent settlement by Phoenicians in the village of Huelva under the authority of the local leader. This is the way the pure proto-colonial stage starts. Furthermore, the exploitation and exchange of silver also makes a transformation in the ethics of the Tartessian society. The Tartessians do not use the silver as a craft material, so it is not exchanged as a gift in a proper sense, but as a merchandise. Merchandises are characterized by their relative value, namely by having a price and, thus, by the lack of ideological value more likely to occur at gift level. So, the silver helps the emergence of the market economy in Tartessos, whose trade operations happen in the Phoenician quarter of Huelva. The upward spiral of consumption and the ethical contradiction drive the peninsular societies, particularly the Tartessian one, to a crisis that culminates in the Orientalizing Period (760-500 BC), when the social structure is reorganized in favor of a stratification. In the meantime, the Phoenicians found Cadiz, the first colony in the Iberian Peninsula, which means a logic step forward in their trade strategies. 21     22   1. INTRODUCCIÓN 1. Propósito y contenidos El tema del presente trabajo es la interacción entre diferentes culturas del Mediterráneo y del Atlántico que se produjo justo antes de la instalación permanente de los fenicios en sus colonias de ultramar a finales del siglo IX a.C. Por tanto, la geografía es muy extensa y la cronología muy corta. Sin embargo, buena parte de dicha interacción se centra en la Península Ibérica, con lo que la geografía, en cierto modo, se limita sustancialmente. Del mismo modo, la continuidad en las formas culturales y, sobre todo, algunas de las evidencias sugeridas de este contacto obligan a dilatar la cronología, abarcando los últimos siglos del II milenio a.C. y la etapa más arcaica del período colonial. A través del mismo título de la obra se pretende sugerir este escenario histórico de diversidad e interacción. Así, el concepto de Bronce Final encierra, a su vez, varios conceptos que relacionan una cronología (1350-760 a.C.) con las sociedades que habitan el espacio europeo, especialmente el Atlántico y la mitad occidental del Mediterráneo. Por su parte, el concepto de Protocolonización es el centro en torno al cual gira todo este trabajo y se vincula con los fenicios y otros pueblos del Mediterráneo oriental cuyas tradiciones culturales, aunque diferentes, guardan ciertas similitudes que las diferencian radicalmente de las tradiciones culturales europeas. Tales diferencias básicamente se resumen en que las culturas europeas se caracterizan por un estilo de vida heroico, mientras que las orientales son sociedades estatales, con un modo de vida urbano, una economía de mercado y una sociedad heterogénea y dividida en estamentos. En definitiva, el título se refiere a las distintas formas culturales que viven en una misma época. El concepto de “Protocolonización”, si bien no es un invento del autor de este escrito, introduce un matiz que por diversas razones habitualmente no se ha valorado de manera general con anterioridad. Debido a ello tradicionalmente se ha denominado “Precolonización” que a efectos de este estudio es preferible fragmentarlo en dos partes que nuevamente ponen en relación la cronología con las sociedades protagonistas. Así, por Protocolonización se entiende una fase intermedia entre la fundación de las primeras colonias estables por los fenicios y la fase anterior, llamada precolonial, mucho más extensa e indefinida en la que se documentan evidencias de contactos entre los pueblos peninsulares y del Mediterráneo más esporádicos y superficiales. Estas dos fases se articulan hacia el 900 a.C., cuando aparecen los primeros vestigios protocoloniales en Huelva (González de Canales y otros 2004; 2006) y en el actual aeropuerto de Málaga (Arancibía y otros 2001; Sánchez-Moreno y otros 2012). La justificación de un trabajo así atañe, fundamentalmente, a la desconexión entre trabajos previos que trataban el mismo tema y a que, en líneas generales, todos ellos 23   carecen una intención interpretativa con la que descubrir el sentido cultural e histórico de la Protocolonización. La desconexión se explica, razonablemente, por la enorme variedad de cuestiones a las que atender. Tales cuestiones abarcan un largo tiempo y un ancho espacio, es decir, una pléyade de culturas que se van transformado y que se caracterizan por múltiples rasgos en ocasiones difíciles de estudiar y de compilar. Por ejemplo, aunque las fíbulas se dispersen por buena parte de Europa y de Asia occidental desde fines del II milenio a.C., la mayoría de las investigaciones se enfocan en las variedades regionales que ya de por sí son muy complejas sin atender a los tipos que tienen en común culturas distantes. O, por ejemplo también, a pesar de los buenos estudios centrados en la variedad formal y técnica de la orfebrería europea, en muchas ocasiones no se presta la atención debida a los aspectos que la relacionan con las fíbulas. Por ello resulta necesario un estudio exhaustivo, afortunadamente apoyado en los trabajos previos de otros investigadores, para encontrar los enlaces existentes entre las distintas cuestiones abordables. Esta variedad desconectada dificulta una interpretación medida y rigurosa. Dado que el análisis de datos muchas veces es una tarea muy extensa, pesada y árida, las investigaciones finalizan cuando el registro arqueológico ha sido identificado, recopilado y analizado. Estas investigaciones suelen ser excelentes obras analíticas, como los que componen la serie Prähistorische Bronzefunde, pero no profundizan en materia interpretativa o, directamente, queda excluida del propósito de la investigación. En este sentido, la comparación entre distintos estudios analíticos supone un esfuerzo mucho mayor, de modo que la interpretación se pospone sine die y, en las más de las veces, no llega a realizarse. Por otro lado, también hay trabajos interpretativos sin suficiente base empírica. Estos trabajos, mucho menos áridos, son fruto de una importante corriente teórica dominada por la etnología que, si bien facilita la interpretación, no dispone de un armazón analítico con el que poder demostrar que las interpretaciones son plenamente coherentes con el registro arqueológico. Así pues, la presente investigación tiene el nada modesto propósito de fundir análisis e interpretación aplicados a un amplísimo elenco de artefactos. Algunos de estos artefactos componen las evidencias de los contactos protocoloniales y su consecuente transformación cultural en la Península Ibérica, mientras que otros son paralelos que revelan la filiación cultural de los primeros. Con todo, este trabajo no es perfecto ni está concluido. Quizá nunca llegue a estar concluido, pero con él se pretende responder con la mayor claridad y solvencia posibles a las preguntas más importantes que encierra el tema de la Protocolonización. Dichas preguntas se dividen en dos grupos. Por un lado, las de carácter analítico, que prestan atención a las cuestiones circunstanciales de la tipología, el tiempo, el lugar, la cantidad y la identidad de los actores que intervienen en la Protocolonización. Por otro, las preguntas interpretativas, que aluden al modo en el que se produce la interacción cultural y a su finalidad. Desde un punto de vista abstracto, estas son las preguntas básicas e imprescindibles para emprender un proyecto científico y deben seguir inexorablemente el orden propuesto de los grupos. Desde una perspectiva más concreta, las preguntas más importantes en esta investigación son las siguientes: 24   ¿Cuándo comenzó realmente la presencia fenicia en Occidente? ¿Desempeñaron otros pueblos orientales algún papel en los inicios del proceso de colonización? ¿Hasta dónde llegaron las influencias mediterráneas en el Atlántico? ¿Qué buscaban los fenicios en la Península Ibérica? ¿Y los pueblos peninsulares en los fenicios? ¿Qué elementos culturales se transformaron merced al contacto entre foráneos e indígenas? Las transformaciones, ¿fueron de manera pacífica o violenta, brusca o suave? Al margen de esta serie de interrogantes, cabe incluir un tercer grupo referido al significado histórico. Tal significado es un aspecto más reflexivo que científico, es decir, se adentra más en el valor humanístico de la Historia y de los metarrelatos que en el valor de las proposiciones y de la coherencia entre el análisis y la interpretación. Por ello, a pesar de constituir la cuestión más etérea y subjetiva, el significado cultural e histórico es una parte necesaria en toda investigación en Historia. La secuencia análisis­ interpretación-reflexión parte de los aspectos más concretos, principalmente las evidencias materiales, para desembocar en el aspecto más abstracto referido a la percepción de la Historia. Con la intención de ofrecer respuestas claras y ordenadas, esta memoria de tesis se estructura en un bloque de capítulos dedicado a temas analíticos y, a continuación, en otro bloque centrado en temas de interpretación cultural. El trabajo se abre con una introducción kantiana y se cierra con unas conclusiones igualmente kantianas en los que se atiende a la definición de conceptos esenciales y a los significados cultural e histórico de la Protocolonización. Los contenidos del bloque de análisis se definen a partir de dos criterios con el objetivo de establecer una organización lógica que facilite el estudio de los datos empíricos, en ocasiones difíciles de armonizar y clasificar. Dichos criterios son primeramente la funcionalidad y luego la tecnología. Así, el criterio funcional permite discernir entre campos semánticos. Estos campos son el combate, la tecnología, el banquete, la estética personal y la música. En cada uno de estos capítulos se exponen los objetos que en investigaciones previas (Coffyn 1985: 147 159; Almagro Gorbea 1989: 280-282; 1998: 82, 84; Lo Schiavo 1991; Giardino 1995; Ruiz- Gálvez 1995: 137-141; Celestino y otros 2008) se han considerado como evidencias de contactos pre- y protocoloniales y que parecen más sólidas, a pesar de que también se valoran otras evidencias que generan una mayor incertidumbre. Unas y otras se encuentran tanto en la Península Ibérica producto de las influencias mediterráneas, como en diversas regiones del Mediterráneo fruto de la bidireccionalidad de los intercambios, en muchas ocasiones inadvertida o ignorada. A continuación, siguiendo un criterio tecnológico se exponen y analizan diversos datos que, si bien algunos claramente encajan en los anteriores capítulos, su razón de formar parte del registro de evidencias pre- y protocoloniales no se debe tanto a su función práctica o, incluso, simbólica sino a sus métodos de fabricación y a su composición química, a veces valorados por separado y otras conjuntamente. Así pues, estos capítulos se asignan al estudio de objetos cerámicos, de orfebrería, de toréutica y de hierro, así como también a las primeras evidencias de extracción de plata por copelación. Al igual que sucede con los capítulos previos, todas estas evidencias han sido propuestas por investigadores que anteriormente han trabajado sobre la “cuestión precolonial”. ­ 25   Por su parte, los posteriores capítulos interpretativos reúnen los resultados analíticos con el objetivo de responder, principalmente, a las preguntas de para qué y cómo se produce la interacción entre los agentes mediterráneos y atlánticos en vísperas de la colonización. La interpretación se enfoca desde tres perspectivas. En primer lugar, la institucional, referida fundamentalmente al rito del sacrificio-banquete, mediante la cual se formaliza el contacto. En segundo lugar, la perspectiva tecnológica, que atiende a los procedimientos y finalidades en virtud de los cuales se produce una transmisión de conocimientos técnicos. En la medida en que la tecnología también implica un componente simbólico, también a través de la perspectiva tecnológica se atiende a la transferencia de símbolos y, por tanto, de ideas y de creencias. Por último, la perspectiva ética, bajo la cual se amparan los elementos sociales y económicos que experimentan un importante cambio luego de la intensificación de los contactos. Por tanto, los contenidos de este trabajo comienzan sobre aspectos concretos para detenerse después en otros más abstractos, siempre fundamentados en el registro arqueológico y abordando toda la problemática surgida por éste. 2. Breve historia de la investigación Los estudios pioneros sobre en la “cuestión precolonial” a cargo de Almagro Gorbea (1977a: 491-496) y Bendala (1977; 1979) centraron su atención en encontrar los inicios remotos del Período Orientalizante. En ellos se advertía la presencia de objetos de estirpe mediterránea durante el Bronce Final en territorio peninsular, vinculándolos a fenicios y griegos, dando origen a los conceptos de Precolonización, Protoorientalizante y Período Geométrico en el ámbito peninsular. La mención a estos dos investigadores se fundamenta en la referencia a la Península Ibérica y a la nueva terminología acuñada para este fenómeno en esta geografía. Sin embargo, resulta menester y justo aludir a los trabajos de Tarradell (1952: 171-172) sobre orientales no fenicios en la Península Ibérica, dejando entrever una fase de contactos precoloniales, y de Blázquez (1975: 22-32) sobre Tartessos, en el que se indican unos materiales orientales cuya fecha de llegada pensaba, erróneamente, anterior a la colonización, así como de Whittaker (1974: 69, 77 ss.), de carácter literario, sobre los viajes en época de Hiram I y Salomón en dirección a Taršiš. En la estela de estos primeros trabajos se sitúan buena parte de la investigación en torno al Mediterráneo en la década siguiente, enfocando desde la perspectiva de los agentes foráneos, principalmente fenicios y chipriotas, mostrando la apertura y el solapamiento de las rutas marinas emprendidas desde el Mediterráneo oriental hacia el Far West (Niemeyer 1981: 23-27; 1984: 5-11; Frey 1982; Blázquez 1983; 1985-1986; 1986; Moscati 1983; Schauer 1983; Bendala 1987; Acquaro y otros 1988). A partir de la década siguiente la investigación en curso recibe un impulso definitivo (Alvar 1988; Almagro Gorbea 1989; 1992; 1993; 1995; 1998; 2000; 2001; Burgess 1991; Ruiz- Gálvez 1993; 1995: 136 ss.; 1998a; 2005a; 2005b; 2009; 2013: 271-311; Almagro Gorbea y Fontes 1997; Crielaard 1998; Matthäus 2000; 2001; Mederos 1996; 1999; 2008a; 2009; Celestino 2001; Torres 2002: 79-82, 168-173, 249-251; 2008a; 2012; Vilaça 2003; 2008; 2013; Armada 2006-2007; Pellicer 2006; Delgado 2008: 347-369; Bendala 2013; 2016; Ruiz-Gálvez y Galán 2013), inaugurándose una etapa de crecimiento en los estudios sobre la materia, en la que se continúa profundizando en el completar un inventario sobre estos elementos hallados en territorio peninsular, descubriendo una vía de paso alternativa 26                                                                para ellos a través de las Columnas de Heracles1 y proporcionarles un significado cultural e histórico. A comienzos de la misma década de los noventa aparece por primera vez el adjetivo “protocolonial” con motivo de la introducción del hierro y del torno de alfarero en la Península Ibérica (Ruiz Zapatero 1992: 106) y del estudio de los objetos representados en las estelas (Galán 1993: 74). Si bien los estudios posteriores sobre la materia han seguido empleando los términos Precolonización y precolonial, un trabajo reciente de Pellicer (2010a: 435) ha distinguido y definido los conceptos de Precolonización – ss. XIV-IX a.C., exploraciones y expansión comercial de egeos y chipriotas – y Protocolonización – 850 770 a.C., “establecimientos permanentes fenicio-chipriotas (Cádiz y Huelva)” – con claridad, razón por la cual parece preferible asumir la terminología propuesta por este investigador. De esta manera, los estudios acerca de la Pre- y Protocolonización se integran en la investigación normal adquiriendo una personalidad propia y elevando este concepto a categoría por la comunidad científica, no sin reticencias (Vives-Ferrándiz 2005: 68-71; Aubet 2008). En esta misma época, tres importantes descubrimientos – el kārum de Huelva (González de Canales y otros 2004; 2006), los más antiguos restos de la fundación de Cádiz (Zamora y otros 2010: 205-206; Gener y otros 2012: 136-138; 2014: 17-18) y el asentamiento malagueño de La Rebanadilla (Arancibía y otros 2011: 130-131; Sánchez y otros 2012), pudiendo sumarse los últimos trabajos en Útica (López Castro y otros 2016) – van a apuntalar la investigación sobre la Protocolonización, causando gran repercusión en expertos internacionales y alterando la fechas tradicionales sobre los inicios de la colonización fenicia en el Mediterráneo. No obstante, la mayoría de estos trabajos se centran en un tema concreto. Así, a medida que los conocimientos sobre las fíbulas, la cronología, la orfebrería, la música, las estelas o el banquete se van ampliando, el descuido de trabajos de síntesis que proporcionen una imagen global como la generada en el Mediterráneo oriental con motivo de las destrucciones causadas por los Pueblos del Mar (Gitin y otros 1998; Oren 2000) impide un nivel mayor de profundización y, por su puesto, de comprensión. Por otro lado y al hilo de este último apunte, en las investigaciones se observa una doble perspectiva difícil de conciliar: “hispanistas” y “atlantistas” frente a “orientalistas”. Esta divergencia se agrava al olvidar u omitir el papel desempeñado por los pueblos del Mediterráneo central. Estos últimos también han sido objeto de investigación en el marco de las actividades precoloniales (Bisi 1968; Vagnetti 1982a; Bouzek 1985; Bietti Sesteri 1988; Domínguez Monedero 1989: 41-64; 2008; Cazzella y Recchia 2009), pero con alguna salvedad (Bernabò Brea 1953-1954) tampoco han prestado demasiada atención a las relaciones a la interacción con la Península Ibérica en el Bronce Final. En los últimos años se han realizado esfuerzos notables para aliviar las carencias, especialmente las desconexiones, de los trabajos previos. De dichos esfuerzos han resultado cuatro obras de especial interés. La primera de ellas es Contacto cultural entre el Mediterráneo y el Atlántico (siglos XII­ VIII ane). La Precolonización a debate (Celestino y otros 2008). Se trata de una obra de 1 Aunque la importancia de esta ruta se sugirió hace décadas (Leeds 1930: 25-28), la investigación proponía como vías de conexión cultural entre el Mediterráneo y el Atlántico las rutas fluviales desde el sur de Francia, fijando el territorio Cultura de los Campos de Urnas como zona de tránsito, como sucediera con el cuenco de Berzocana (Almagro Basch 1969: 278), los calderos de remaches y las hachas de combate repartidos en la fachada atlántica (Hawkes 1952: 96-113 fig. 1) y los asadores articulados (Almagro Gorbea 1974a: 385-386). En los últimos años se ha vuelto a reiterar esta vía, en detrimento de la marina, en relación a un extraño útil de presumible origen sículo hallado en Inglaterra (Needham y Giardino 2008). ­ 27   edición, cuyos capítulos han sido elaborados por diferentes autores. Es un trabajo muy analítico, quizá en exceso, y muy difuso debido a la falta de un propósito claro. Sus capítulos son muy desiguales en todos los planos posibles, lo que le resta uniformidad y coherencia internas. Entre sus virtudes es digno de mencionar que recoge muchos datos a nivel territorial en la Península Ibérica y en el Círculo del Tirreno y que pretende abordar todas las cuestiones que anteriormente se habían estudiado por separado, mostrándose especialmente brillante en el aspecto tecnológico, aunque adolece de una escasa carga oriental. A pesar de publicarse en el 2008, la mayoría de los capítulos de este estudio se realizaron en los años previos, de tal manera que la principal carencia es la escasa, prácticamente nula atención prestada al por entonces recientemente descubierto enclave fenicio onubense. El segundo gran trabajo sobre la Protocolonización está firmado por Marisa Ruiz-Gálvez y lleva el título de Con el fenicio en los talones. Los inicios de la Edad del Hierro en la cuenca del Mediterráneo (Ruiz-Gálvez 2013). En este caso se trata de una obra con la intención de ofrecer una imagen global a nivel Mediterráneo a la vez que escasamente analítica. El resultado es un trabajo marcadamente narrativo, escrito con mucho gusto pero poco empírico en comparación con otros trabajos de la autora. Al contrario que la mayor parte de los estudios precedentes, Con el fenicio en los talones enfatiza la perspectiva oriental, dejada de lado muchas veces por los investigadores españoles. Con este estudio Ruiz-Gálvez resucita y profundiza en una vieja idea muy etérea acerca de la vinculación de los Pueblos del Mar y la colonización fenicia (Montenegro 1970; Garbini 1988; Bendala 1997; Almagro Gorbea 1998: 93-96). Esta vinculación sirve de metarrelato, proporcionando una continuidad narrativa muy agradecida, si bien la falta de carga analítica le resta consistencia al trabajo. Con todo, quizá el punto más débil de esta obra es la falta de atención a la ascensión de Tiro como potencia naval y comercial, lo que contrasta con la explicación minuciosa de la caída del sistema palacial. La tercera obra de interés se titula The Mediterranean mirror. Cultural contacts in the Mediterranean Sea between 1200 and 750 B.C. (Babbi y otros 2012) y es nuevamente un compendio de trabajos concretos expuestos en el congreso celebrado en Heidelberg en octubre de 2012 sobre las conexiones mediterráneas. Se trata de un trabajo muy compacto y bien coordinado en el que, si bien se echa en falta una mayor cohesión entre sus capítulos, se observa un “hilo argumental” uniforme centrado en el macrocircuito mediterráneo. Como en el trabajo anterior, esta obra abarca desde el episodio de los Pueblos del Mar hasta el Orientalizante arcaico, mucho más sustanciosa esta último parte. Aunque se puede afirmar que los capítulos dedicados a la Península Ibérica son un poco pobres, la principal flaqueza de esta obra es la superficialidad con la que se tratan la mayoría de los temas, sin argumentos fundamentados en el análisis arqueológico y fruto la exposición de resúmenes sobre cuestiones muy densas. Early Iron Age Exchange in the West. Phoenicians in the Mediterranean and the Atlantic (Pappa 2013) es la última investigación aparecida relacionada con la Protocolonización. Su autora, Elefftheria Pappa, se centra claramente en esta cuestión hasta la colonización arcaica con la intención lograda de exponer la interacción producida entre los navegantes fenicios y los pueblos indígenas de la Península Ibérica y el norte de África. La obra brilla por sus interesantes ideas y desarrollos, expuestos con claridad y, aunque le falta profundidad en los temas más detenidos sobre la Protocolonización, es de las cuatro referidas la que más se acerca a comprender su significado cultural. 28   Parece igualmente justo en esta breve historia de la investigación acordarse del excelente y todavía no superado trabajo de Giardino (1995) en el que se exponen con nitidez los materiales arqueológicos compartidos por el macrocircuito atlántico y el Círculo del Tirreno. De la misma manera, también parece obligado mencionar el Hacksilber Project impulsado en los últimos años por Balmuth y Thompson y todavía en curso, destinado al estudio pormenorizado de los hallazgos de depósitos formados por piezas de plata en el Levante, imprescindible en la presente investigación. Cabe sintetizar la historia de la investigación sobre la cuestión precolonial como la contraposición de dos puntos de vista que todo lo engloban (López Castro 2001: 87-93). Por un lado, el que afirma que se trata de una continuidad de los contactos entre la Península Ibérica y el Mediterráneo comenzados desde mediados del II milenio a.C., quizá incluso antes, y, por otro lado, el que apoya que existe una fase más o menos intencionada de “preparación” para la colonización fenicia. Así pues, el presente estudio toma el relevo de los anteriores trabajos con la intención de enlazarlos de manera crítica para construir una imagen de conjunto en la que se valore todas las evidencias e interpretaciones posibles. 3. Principios metodológicos La Arqueología es, fundamentalmente, un método de investigación histórica que comprende varios métodos de excavación y de análisis. Por ello, los principios metodológicos de este trabajo aluden directamente a la Arqueología, sin más especificidades. Con todo, conviene aclarar ciertos detalles con el fin de no infundir a confusión en el desarrollo del trabajo. Así, en primer lugar debe reseñarse que el método arqueológico es, ante todo, analítico. El análisis sirve para identificar los atributos circunstanciales de los signos seleccionados. A nivel arqueológico, el análisis consiste en responder a las preguntas de qué es, dónde, cuándo y cuánto. En términos semióticos, el simple acto de identificar los elementos del entorno ya implica un nivel básico de interpretación: nada es si no está entendido dentro de las intuiciones puras del espacio y del tiempo que funcionan como condiciones necesarias para el conocimiento. La realidad son signos cargados de significado y, mientras que no sean percibidos como tales, no son auténticos ni, por tanto, pueden juzgarse. Éste es el principio a priori de la sensibilidad del que derivan los conceptos a partir de los cuales se construye el entendimiento. Un objeto arqueológico que no sea reconocido como signo arqueológico carece de valor arqueológico. Por extensión, un elemento arqueológico que sea reconocido como perteneciente a la serie de evidencias indicios pre- y protocoloniales se excluye de este estudio. Para incluirse en esta serie dicho elemento debe haberse identificado en dos contextos culturales diferentes – Atlántico y Mediterráneo – con una cronología pre- o protocolonial. La repetición de elementos en dos contextos diferentes los convierte en paralelos. Así, la identificación de paralelos constituye el criterio básico para referirse a una interacción entre sociedades, por muy superficial que sea. Los signos o elementos que van a ser examinados son de dos tipos: artefactuales e iconográficos. En cierto sentido, unos y otros coinciden, ya que determinados elementos se pueden encontrar bajo las dos formas y, lo que es más interesante, el significado 29   cultural de algunos elementos iconográficos engloba su suporte artefactual y viceversa. Las estelas son los elementos que mejor representan este solapamiento, aunque también está presente en la eboraria, la cerámica y la toréutica. Por tanto, los datos empíricos que componen la columna vertebral del análisis son artefactos e iconos. En cambio, a pesar de que ya existen en Oriente, los datos filológicos apenas contribuyen a una mejora en el estudio de la Protocolonización. Son más delicados, ya que pertenecen al ámbito ideológico y para su correcta interpretación resulta absolutamente necesario comprender los modos de comunicación escrita y la lógica de las sociedades orientales. Los relatos no constituyen datos objetivos, sino que encierran múltiples significados difíciles de descubrir e desentrañar. Además, plantean el inconveniente de que a veces contradicen la información ofrecida por el repertorio arqueológico que, con algunas notables salvedades, parece más fiable y, desde luego, más asequible a nivel metodológico. Como principio organizador, los datos se clasifican y se agrupan inicialmente en los campos semánticos referidos (combate, música, toréutica etc.). Para el análisis individual de cada uno de ellos o, si es posible, de sus conjuntos se estudia, en primer lugar, el contexto de aparición, sus paralelos y su cronología. Estas tres coordenadas permiten determinar la filiación de los materiales arqueológicos, es decir, la cultura histórica a la que pertenecen originariamente y las vías de movimiento hasta que alcanzan su lugar de destino y, en ocasiones, de deposición. En la medida en que ciertos objetos presentan variaciones formales con respecto a sus referencias, la filiación se identifican los prototipos de los que evolucionan los tipos y, a su vez, de éstos los subtipos. Precisamente la tipología es un concepto elemental en el análisis arqueológico. Mejor dicho, es el concepto elemental sin el cual resulta imposible construir el discurso arqueológico. Una buena definición de tipología es la propuesta por los hermanos Adams (Adams y Adams 1991: 91): “A typology is a conceptual system made by partitioning a specified field of entities into a comprehensive set of mutually exclusive types according to a set of common criteria dictated by the purpose of the typologist. Within any typology each type is a category created by the typologist into which he can place discrete entities having specific identifying characteristics to distinguish them from entities having other characteristics in a way that is meaningful to the purpose of the typology.” En la medida en que es un sistema conceptual, los tipos son conceptos y se relacionan entre sí a la manera de un sistema. Un tipo se rige por el principio lógico de identidad según el cual los elementos de la realidad son expresables a través del juicio “A es B”. Por tanto, el signo u objeto en cuestión pasa a ser entendido como una idea compuesta por unos atributos. Y sobre esta idea es posible formular juicios en el nivel del entendimiento. Entender un objeto concreto como un concepto con unos atributos finitos permite compararlo y ponerlo en común con otros objetos y, así, crear un concepto más amplio que comprenda todos los casos. Este concepto es el tipo y como la Arqueología tiene sus propios conceptos, entonces también tiene sus propios tipos. La tipología nace del empirismo, es decir, sirve para clasificar datos empíricos y no ideas metafísicas. Por este motivo, la arqueología sin tipología carece de sentido. A pesar de que no todos los elementos arqueológicos sean convertibles en tipos, la construcción de una tipología permite o facilita el establecimiento de una filiación, lo que implica una distribución geográfica y cronológica determinadas. Así, a través de la tipología surge 30   la categoría de cultura arqueológica que se comentará más abajo. En un estudio sobre interacción cultural, la tipología se antoja imprescindible ya que gracias a ella se descubren las relaciones entre sociedades y se puede valorar la asimilación que hace una sociedad de elementos materiales (e ideológicos) ajenos. Por tanto, una tipología es mucho más que una herramienta de clasificación; es una herramienta de racionalización. Una tipología puede ser aplicada a prácticamente todos los campos. El criterio básico a la hora de crear una específica centrada en la cultura material es la forma de los objetos. Por tanto, una tipología artefactual es, en primer lugar, una morfología, un estudio de las formas. Sin embargo, los mismos objetos pueden ser clasificados de una u otra manera dependiendo de diversos criterios, del mismo modo que otros elementos arqueológicos pueden verse organizados tipológicamente, como las viviendas y los depósitos. La tipología no sólo debe organizar todos los datos, sino que también debe comprender todos los posibles datos. Por ello, un estudio tipológico proporciona el empirismo necesario, aunque no suficiente, de la investigación arqueológica. Otros datos indispensables relacionados con el registro material proceden de estudios químicos – radiocarbono, composición – y físicos – huellas de uso – que también, en cierto sentido, contribuyen a la construcción de una tipología, ya que también permite considerar valores como el material y el proceso de fabricación y concretar mejor los tipos. La necesaria aspiración de contener todos los datos posibles está condicionada por la identificación de los mismos. En la medida que un signo se interpreta como una unidad de información arqueológica, éste se convierte en un dato susceptible de ser analizado. Por esta razón, si un signo no se considera relevante o si simplemente se ignora por desconocimiento de su potencial, aunque la tipología sea coherente, no es completa. En este sentido, la Historia de la Arqueología podría entenderse como la progresiva inclusión de signos como fuentes de conocimiento, de manera que el registro se va ampliando y se van añadiendo nuevos criterios de clasificación. Por tanto, no existe la tipología perfecta que todo lo engloba porque tanto el registro como los criterios de valoración sufren modificaciones. Otro aspecto fundamental en el estudio arqueológico es el contexto. Dónde aparecen y a qué se asocian los materiales examinados es tan importante como los mismos materiales. A través del estudio del contexto de aparición se advierte el uso y, por tanto, el valor de los objetos. Así, un ajuar funerario, un entorno doméstico, un pecio, un depósito e, incluso, un hallazgo aislado son cinco contextos posibles que permiten dilucidar el uso y el valor de los objetos. Precisamente por ello también es posible crear una tipología contextual que complemente a la artefactual y que, permita, entre otras cuestiones, determinar la cronología de los hallazgos. Y, lo que es más interesante en el caso de un estudio de interacción cultural, los contextos facultan comparar el significado que los objetos poseen dentro de cada sociedad en la que aparecen. Así pues, mediante la tipología se pueden establecer comparaciones y, después, extraer conclusiones. Es más, la elaboración de una tipología es un ejercicio tan básico como la comparación debido a que la primera comprende la segunda y a que las culturas también necesitan ser comparadas con el fin de ser identificadas y definidas. Así, los objetos arqueológicos por si mismos carecen de todo valor científico; únicamente analizándolos y comparando series se alcanza una idea sobre los objetos 31   que constituyen la “materia prima” de la Arqueología y los tipos con los que crear un discurso sujeto a la realidad y no una mera ficción. En la medida en que el análisis sirve para crear conceptos empíricos, la interpretación sirve para poner en relación dichos conceptos y descifrar el significado cultural de los objetos y de los contextos. Pero la interpretación en Ciencia supone, naturalmente, superar el nivel de entendimiento de los signos, que es ante todo analítico, para razonar sobre ellos. Las dos preguntas clave sobre las que se asienta la interpretación en Arqueología son para qué y cómo. Pero antes de entrar en esta cuestión, parece necesario volver a la semiótica y a la tipología. Los signos o elementos analizados en este trabajo son de dos tipos. Por un lado, los signos que funcionan como evidencias simples de interacción, es decir, los paralelos propiamente dichos. Estos elementos se limitan a evidenciar un contacto. Así, dos objetos idénticos o, como mínimo, muy similares en dos contextos culturales diferentes revelan un contacto entre ambos contextos. Por otro lado, todas las evidencias funcionan también como indicios. Los indicios son signos cuya información no radica tanto en lo que es, sino en lo que sugiere. Así, la presencia de herramientas en dos contextos culturales diferentes revela que no sólo hubo un contacto, sino que también hubo una transferencia de conocimientos técnicos y, sobre todo, una transformación tecnológica. Algunos indicios son muy claros y otros, en cambio, muy opacos. La correcta interpretación de los indicios permite profundizar y desentrañar la naturaleza de la interacción. Por tanto, los indicios requieren irremisiblemente una interpretación. La Historia, como cualquier otra ciencia, es interpretación. No basta con exponer datos brutos y resultados analíticos, sino que a estos debe atribuírseles un significado cultural que se fundamenta en el modo de proceder de las sociedades y la finalidad con la que se procede. Ambas cuestiones implican una relación causa-efecto en virtud de la cual los hechos sociales e históricos se suceden de una determinada manera. La finalidad implica una intencionalidad. Es decir, un hecho social se explica como el producto de una voluntad de acción por parte de las personas que integran las sociedades. La realidad no cambia por casualidad, sino porque hay una intención humana de cambio. Sin embargo, algunos hechos sociales tienen consecuencias imprevisibles con independencia de su repercusión. Por ello, parece muy presuntuoso por parte de la comunidad de historiadores el afirmar conocer el significado cultural de los hechos sociales, No todas las acciones intencionadas concluyen con el resultado deseado. Otras veces se producen consecuencias secundarias, no intencionadas, que pueden implicar cambios mayores que los intencionados. Por tanto, no siempre es posible determinar la finalidad de un hecho social reflejado en las evidencias e indicios arqueológicos porque o bien no existe tal finalidad o bien las consecuencias son demasiadas como para comprenderlas correctamente. No obstante, es imprescindible buscar la finalidad de las acciones humanas que han dejado rastro en el registro arqueológico. En la medida que el binomio causa-efecto implica unos elementos que se relacionan mutuamente, esta reciprocidad puede ser deconstruida. En Historia los elementos que interactúan son las personas y, en ocasiones, los artefactos, de tal manera que la referencia al modo de interacción equivale a la conducta y habilidades sociales en virtud de las cuales se produce una comunicación y una transformación de la realidad. La conducta y las habilidades se insertan en unas costumbres, creencias y valores y se 32   formalizan a través de las instituciones o de la iniciativa individual. Pues bien, responder a pregunta de cómo suceden los hechos sociales implica identificar, describir y entender todos los elementos culturales que intervienen en ellos. Descubrir la finalidad y el modo es una tarea muy subjetiva, a pesar de que a veces los datos disponibles sean muy esclarecedores. Sin embargo, tal y como sucede con el apartado analítico, la interpretación en Arqueología puede apoyarse en otras ciencias tales como la Geología, la Biología y la Medicina para crear un escenario físico auténtico, así como en Etnología, la Geografía o la Lingüística para crear un escenario cultural verosímil. En la medida en que las Ciencias Sociales son muy especulativas, a mayor cantidad datos analíticos, más probabilidad de interpretar correctamente dichos datos. La Etnología es la ciencia que permite inferir de manera más eficaz el uso que tuvieron los signos arqueológicos, no sólo desde un punto de vista práctico, sino ideológico. Igual que hay modelos etnológicas que se han aplicado con aparente éxito en Historia y, en especial, en Prehistoria (Hodder 1982), no sólo facilitando la interpretación del registro arqueológico, sino proporcionándole profundidad histórica, un abuso en el empleo de las analogías conlleva una interpretación errónea. A pesar de la similitud de ciertos rasgos culturales, no hay dos sociedades iguales. Por ello, confundir la analogía con la equivalencia constituye un error metodológico. Asimismo, aunque similares, Etnología y Prehistoria no son sinónimos ni comparten métodos ni principios teóricos, de manera que en ocasiones se puede llegar a confundir ciertos conceptos propios de cada disciplina (Hernando Gonzalo 1995: 20-22; Spriggs 2008; González-Ruibal 2016). Por ello, si bien resultan imprescindible unos conocimientos mínimos – incluso no tan mínimos – sobre las Ciencias auxiliares, son los mismos datos arqueológicos los que deben adecuarse a un razonamiento lógico. A nivel interpretativo, la lógica prevalece sobre la analogía. A través de la lógica se evitan contradicciones y se formulan certezas a partir del registro arqueológico previamente identificado y analizado. La lógica permite la inferencia o especulación racional. Es especulativo por cuanto se razona con ideas imposible de ser contrastadas, pero es racional por cuanto se razona a partir de datos empíricos que se enlazan a través de la lógica formal y de referencias etnológicas. Así pues, quizá haya varios caminos posibles que seguir, pero el de la especulación racional es válido. La especulación racional sin arreglo a los datos arqueológicos y a los modelos etnológicos es incorrecta y, de hecho, debe considerarse fabulación. Por tanto, la especulación racional significa valorar opciones verosímiles y elegir la que parezca más adecuada. El registro arqueológico es caprichoso. Lo componen los objetos e iconos y sus contextos de aparición que se han conservado pese a las variaciones meteorológicas, a los movimientos tectónicos, a la formación de madrigueras y similares y, sobre todo, a la intervención humana. Por ahora no es posible determinar el índice de perduraciones pérdidas, quizá porque no se ha desarrollado todavía un método coherente, pero no cabe duda de que los elementos conservados representan una parte mínima, casi ínfima, de la sociedad a la que los fabricó y les dio sentido. Asimismo, la ausencia de registro en un contexto no implica necesariamente que en el pasado también estuviese ausente. Mientras que se pueda establecer una coherencia entre lo conservado y lo no conservado en el registro arqueológico es lícito sospechar la existencia de otros elementos. Por ejemplo, si en todos los contextos conocidos en los que aparecen los elementos A y B también aparece C, entonces en aquel que solo se documenten los ­ 33   dos primeros también se puede considerar la existencia del tercero que no ha sobrevivido. Este apunte resulta especialmente reseñable en lo referido a los objetos orgánicos que, si bien parece lógico que constituyesen la inmensa mayoría de la cultura material, son perecederos a corto plazo. Si hay una azuela, parece lógico que haya carpintería; si hay una fíbula, parece lógico que haya una prenda de ropa; si hay un poblado, parece lógico que haya un cementerio; si no hay moneda, parece lógico que el valor relativo de los bienes se atenúe. De todos modos, lo importante son los datos empíricos y no los sospechados, por muy coherentes a nivel lógico que puedan resultar. Por tanto, la parquedad del registro arqueológico no se corresponde con la realidad histórica, al margen de que las culturas antiguas fuesen más austeras que las modernas. En cualquier caso, el registro arqueológico resulta suficiente para emprender una investigación histórica seria. Así pues, un principio lógico fundamental en interpretación arqueológica se resume en que si lo parece, lo es. Al menos hasta que se demuestre lo contrario. En definitiva, la interpretación en Arqueología es el medio de leer los objetos con vistas a descubrir y desentrañar el para qué y el cómo de los hechos sociales. O dicho de otra manera, la interpretación consiste en pasar del discurso arqueológico al discurso histórico en el que a unas referencias – datos empíricos, arqueológicos o no – hay que proporcionarles un sentido cultural – Historia (Dietler y Herbich 1998; Kristiansen 2011). Para ello es imprescindible hacer uso de la lógica y, después, de las analogías etnográficas y de otras ciencias auxiliares sin traicionar al registro. Por otro lado, resulta pertinente recordar que la interpretación en Historia no se limita a dar sentido cultural a las evidencias arqueológicas. Tan importante como esto es darles un sentido histórico, es decir, no sólo interpretar los signos como lo que fueron para la sociedad en la estaban vivos, sino como lo que son para la sociedad actual. ¿Qué se desprende de un hecho histórico concreto? ¿Qué implicaciones históricas tuvo un determinado hecho social? 4. Principios teóricos Si más arriba se afirmaba que la Arqueología es metodológica por definición, entonces la Historia es teórica por definición. Es teórica porque no es práctica, porque no es reproducible ni ejecutable, exactamente igual que todas las ciencias. Ciertamente algunas ciencias tienen una vocación práctica patente, pero en la medida en que son escritas y pensadas, en que sirven para crear un discurso sobre la Naturaleza, la Sociedad y el individuo, son teóricas. Así pues, más allá del largo y espinoso debate en torno al método, la Ciencia es, sobre todo y en un sentido muy amplio, una actitud de curiosidad ante los elementos del mundo. Pero la Historia, al igual que cualquier otra ciencia, no es teoría porque no consiste en un conjunto de hipótesis verificables. Por el contrario, sí tiene principios teóricos a partir de los cuales es posible razonar sobre elementos observables y deducir conclusiones. Dichos principios son fundamentos lógicos que proporcionan un sentido a los conceptos del entendimiento. Son formales pero no puros, es decir, no son empíricos pero tienen aplicación empírica. Por tanto, los principios teóricos equivalen a los principios lógicos del conocimiento. 34   Por lo que respecta a este estudio, los principios teóricos apenas difieren de otros estudios sobre Historia, motivo por el cual se exponen de manera resumida. Con todo, parece adecuado exponer con claridad que tales principios funcionan como condiciones a priori con los que construir un modelo interpretativo para el registro arqueológico. Así, los principios teóricos no están basados en la experiencia, sino en la lógica. La interpretación de los datos empíricos debe necesariamente ajustarse a los principios teóricos, porque sólo de esta manera, con independencia de la casuística, la interpretación tiene un sentido lógico. Por tanto, a través de los principios teóricos se construye una idea abstracta de la realidad en la que todos los elementos son coherentes entre sí. En el caso particular de este trabajo, la realidad equivale al mundo euromediterráneo de la transición del II al I milenios a.C. y los elementos equivalen a los datos históricos. Los principios de los que parte esta investigación son tres: por un lado, la Teoría de Sistemas, que da un sentido de la totalidad espacial, por otro, la Continuidad, que da un sentido de la totalidad temporal y, por último, la Teoría de las Redes Sociales, que permite humanizar los elementos arqueológicos. 4.1. Teoría de Sistemas Así y en primer lugar, en este estudio la Teoría de Sistemas se aplica a la Cultura (Clarke 1968). Sus principios teóricos son que la Cultura puede descomponerse en unidades y que dichas unidades mantienen una relación de interdependencia total, produciéndose una sinergia. Las unidades se agrupan en subsistemas (aparentemente) igualitarios. A su vez, los subsistemas se agrupan en un sistema que se denomina Cultura. Luego a través de esta teoría se integra toda la vida social. Las unidades que integran un sistema son elementos indivisibles con valor cualitativo y, en ocasiones, abstractos. Por tanto, las unidades son entidades perceptibles. El único criterio de agrupación de las unidades en subsistemas es que exista coherencia interna entre ellas. Así, las agrupaciones de unidades son arbitrarias aunque coherentes, por lo que no hay un número definido de subsistemas. Sin embargo, en los estudios habitualmente se distinguen cuatro: sociedad, economía, religión e ideología/psicología. Estos subsistemas son puramente culturales e interdependientes, sin una jerarquía. Sin embargo, el sistema cultural se inserta en otro sistema natural que incluye los subsistemas climático, geológico y biológico, en principio independiente del sistema cultural (Clarke 1968: 101-130). Es decir, la Cultura depende de la Naturaleza. En este sentido, es imposible referirse a cualquier aspecto de la vida social sin recorrer todos los elementos del entorno no sólo cultural, sino también natural. El sistema cultural puede ser cerrado o abierto. En el primer caso, las unidades son inalterables, de tal manera que no se produce ningún cambio y, por tanto, no es historiable. Se trata entonces de un sistema estático. En el segundo caso, las unidades son alterables, lo que implica una reacción por parte del resto de unidades y, por tanto, por parte del sistema. Se trata entonces de un sistema dinámico. La presencia de una alteración en una de sus unidades puede tener dos reacciones básicas (Clarke 1968: 43-53). Por un lado, se neutraliza y elimina sin ninguna consecuencia, lo que nuevamente conduce a un sistema no historiable. Un sistema que rechaza todas las alteraciones denomina sistema homeostático. Por otro lado, la 35   reacción puede consistir en la inclusión de la alteración dentro del sistema. En esta ocasión se dice que el sistema se retroalimenta. Las consecuencias de la retroalimentación pueden ser varias, dependiendo de la capacidad de aceptación de la alteración. Así, puede producirse un equilibrio estable, de tal manera que apenas supone una transformación en el sistema. Pero también puede producirse un equilibrio inestable, lo que supone una transformación global y el desajuste de los subsistemas. Con la finalidad de evolucionar hasta un equilibrio estable deben adaptarse todos los subsistemas a los nuevos componentes o bien introducirse otra alteración. Cuando el resultado de la incorporación del nuevo componente se traduce en una situación final de equilibrio, entonces se crea un efecto multiplicador. En cambio, cuando la incorporación del nuevo componente no revierte en una situación de equilibrio estable se produce la desintegración del sistema. Una reacción en cadena dentro del sistema significa que éste es dinámico y no estático, que está abierto a los cambios y que el vector tiempo es inherente al sistema retroalimentativo. Sólo cuando en un sistema se producen cambios se puede abordar desde una perspectiva histórica. Los cuatro subsistemas canónicos pertenecientes a la Cultura abarcan la totalidad de la vida social. Dentro de cada subsistema se aprecian otros subsistemas con suficiente entidad y definición como para valorarlos en igualdad de condiciones con respecto a los canónicos. Igualmente, la coherencia interna entre las unidades no anula su coherencia externa, de tal guisa que en ocasiones es harto difícil determinar cada subsistema canónico. Ante estos inconvenientes inherentes a la Teoría de Sistemas aplicada a la Cultura, en el presente estudio se proponen unas categorías intermedias que no actúan como subsistemas propiamente dichos pero que agrupan de modo coherente los elementos de la vida social. Estas categorías son los campos semánticos. Se denomina campo semántico al conjunto de unidades que se relacionan por su significado. Como cada unidad puede poseer muchos significados, el campo semántico en el que se integran es muy amplio y sus límites muy difusos. Además, normalmente los campos semánticos se componen de otros campos semánticos. Por ejemplo, el armamento y la guerra es uno de estos campos que, a su vez, está imbuido en los vínculos sociales para formar ejércitos y expediciones, la adquisición de riqueza mediante la rapiña, la metalurgia del bronce para la fabricación de las armas y el aumento de prestigio para los campeones. Por tanto, un campo semántico carece de límites, sino que se enlaza con tantos campos como se desee. En el fondo es una cuestión de perspectiva. La finalidad de trabajar con campos semánticos es doble. Por un lado, explicita la relación directa entre los artefactos y diversos ámbitos de la vida social a través de las instituciones y las actividades. Por otro, permite una mejor conciliación de los elementos concretos con los abstractos ya que se centra en el significado y no de forma exclusiva en una función o en un atributo visible. A pesar de las ventajas de los campos semánticos como sustitutos de los subsistemas canónicos, la totalidad de la vida social a nivel estrictamente cultural puede simplificarse en dos grandes subsistemas: la tecnología y la ideología. El primero de ellos se refiere a la capacidad de arte, es decir, de manipular y transformar los materiales, mientras que el segundo se refiere al sentido dado estos materiales, tanto brutos como elaborados. De la conjunción entre la materia y las ideas brotan las actividades 36   productivas y la organización social, de las que a su vez nacen la ética, la estética y la lógica, y de cada una surgen otros ámbitos, quizá infinitos. Todo ello compone la Cultura. La tecnología conforma la base empírica de la Arqueología mientras que la ideología se ubica en la cúspide de las deducciones lógicas con arreglo a un método racional. Así, tecnología e ideología se sitúan en los extremos de la escala de ámbitos culturales, desde lo más concreto y observable hasta lo más abstracto y sólo imaginable. Aunque desde un punto de vista teórico esta simplificación es plenamente aceptable, resulta poco operativa a nivel arqueológico. Todo es tecnológico y todo es ideológico a un mismo tiempo, de modo que es inabordable. Sólo mediante la segmentación de la vida social en los subsistemas canónicos o en campos semánticos es posible interpretar organizadamente los datos empíricos. En conclusión, aunque el criterio de organización de los sistemas sea subjetivo, siempre debe adecuarse a la vida social. No hay cultura que no pueda racionalizarse como un sistema. De hecho, la Cultura se pude definir como un sistema. Como los sistemas dinámicos (culturales) son históricos, estudiar un sistema implica necesariamente racionalizar el tiempo histórico. El tiempo es una categoría física y una categoría histórica pero es, ante todo, una intuición pura. Junto con el espacio, la noción de tiempo constituyen los fundamentos del primer nivel del entendimiento, la percepción sensorial. Pero tiempo y espacio se convierten en categorías cuando son racionalizadas. Dicho de otra manera, pensar sobre el tiempo y sobre el espacio conlleva pasar de la intuición a la categoría. Una categoría es un concepto puro que sirve para reconocer y clasificar los conceptos de la realidad. Ambas intuiciones sirven como coordenadas para ubicar todos los elementos racionales entre los que encuentran las Ciencias Sociales y, por tanto, la Historia. Un sistema, por naturaleza, es espacial, ya que la valoración inicial de los elementos es sincrónica. Pero en la medida en que tanto los elementos concretos como los abstractos cambian, la valoración también debe ser diacrónica. Por tanto, el tiempo es una categoría esencial en la Teoría de Sistemas aplicada a la Historia y, por extensión, en la vida social. De esta manera queda introducido el principio teórico de la Continuidad. 4.2. Teoría de la Continuidad La razón de ser de la Historia es el cambio cultural y éste se produce en el tiempo. El tiempo físico no se detiene ni se ralentiza ni se invierte, sino que siempre avanza hacia adelante. Por su parte, la sucesión de los acontecimientos sociales genera procesos sociales, y estos se dividen en coyunturas y estructuras según su duración. A la suma de las coyunturas y estructuras se le denomina tiempo histórico. Por tanto, a pesar de que el tiempo histórico sea lineal, no debe considerarse como una sucesión aritmética, sino como una categoría más voluble, consonante con las dinámicas sociales. De este modo, el tiempo histórico se fragmenta en períodos, estableciéndose así la diferenciación con respecto al tiempo físico. En Arqueología, cuando un sistema es plenamente identificable por sus rasgos tecnológicos, entonces cabe referirse a él como una cultura arqueológica. Una cultura arqueológica es una categoría historiográfica pretenciosamente neutral en virtud de la cual organizar y explicar el registro arqueológico. De acuerdo con G. Childe, una cultura 37   arqueológica es un conjunto recurrente de artefactos varios y de patrones arquitectónicos y funerarios (en Jones 1997: 19). La Teoría de las Culturas Arqueológicas atiende a las coordenadas temporales y espaciales de unos ciertos artefactos con el fin de relacionarlos entre sí y diferenciarlos de otros. De esta manera, mediante la categoría de cultura arqueológica se proporciona un hipotético contexto social a los artefactos. Es decir, a través de la cultura arqueológica se representaría una cultura o sociedad histórica de variable envergadura que permanece ligada a un territorio concreto. Si bien este modo primario de organizar el registro arqueológico tiene vigencia en la actualidad, en las últimas décadas se ha puesto en entredicho debido a las inconsistencias que han ido sugiriendo diversos investigadores, especialmente de escuela anglosajona (Jones 1997; Roberts y Vander Linden 2011). Una cultura arqueológica es una construcción artificial para referirnos a una serie de artefactos del presente delimitados en el espacio y que se refieren a otra época. Una cultura histórica, en cambio, alude a una sociedad real y auténtica del pasado. El escollo principal que impide hacer corresponder necesariamente una cultura arqueológica con una cultura histórica radica en la ausencia de documentos que expliciten la ideología social. La ideología es el componente de la cultura que cohesiona a los miembros de un grupo mediante valores, costumbres, creencias, instituciones y estilo de vida de la que los artefactos, los enterramientos y las estructuras arquitectónicas son tan solo un indicio parcial. La ideología establece los criterios que determinan qué le es propio y qué le es ajeno en términos simbólicos a una identidad social, siendo todos los componentes de la cultura símbolos en acción y siendo las fronteras de la identidad social invisibles. De esta manera, en la medida en que la materialidad es una expresión de la ideología, las culturas arqueológicas tienen un anclaje real con las sociedades históricas. Pero, por otro lado, ante la carencia de un indicador plenamente fiable que determine qué y, sobre todo, quiénes se incluyen y se excluyen de una cierta identidad social, no puede establecerse una correspondencia biunívoca entre cultura arqueológica e identidad social. La cultura no es neutra ni se reduce a una serie de formalidades. Así pues, una cultura arqueológica o histórica se reconoce por unos rasgos visibles. Al igual que sucede con los elementos de la vida social, las distintas culturas interaccionan a la manera de un gran sistema que, por supuesto, también se reconoce por sus rasgos visibles. A mayor estabilidad en el sistema cultural, mayor facilidad en su identificación. Por tanto, una etapa histórica se puede definir como un sistema estable. Por la misma razón, una cultura arqueológica o histórica está íntima y necesariamente ligada a un período. Una sociedad cualquiera, al igual que una lengua o un color, en todo momento es lo que es y no otra cosa. Es decir, nunca es perfecta ni imperfecta, nunca pierde su esencia ni su orden. Por ello, una sociedad que se transforma sigue siendo esa misma cultura, a pesar de que en algunas etapas históricas se acuse una reorganización drástica. En cambio, para la perspectiva del investigador resulta imprescindible crear unos puntos de anclaje a partir de los cuales poder racionalizar e interpretar los casos. De esta guisa se crean los modelos perfectos o los Idealtypen según Max Weber. El modelo perfecto de sociedad o de lengua o de color es inexistente en cuanto a realidad absoluta, pero con sus correspondientes matices se ajusta satisfactoriamente a la realidad siempre y cuando esté bien construido y se asuma que es una categoría artificial. 38   Un modelo perfecto, al igual que una cultura arqueológica, es un tipo de tipos en el que todos los elementos visibles permanecen inalterables y que se aplica al tiempo histórico. Sin embargo, la realidad histórica a la que hace referencia un modelo perfecto es cambiante, de manera que experimenta variaciones hasta el punto de convertirse en otra realidad que requiere otro modelo perfecto para interpretarla satisfactoriamente. Sin embargo, en la medida en que no cumple con los elementos mínimos para mantener el modelo, o bien se puede crear un modelo de transición ad hoc o bien desentrañar el modo en que el que se produce la interacción entre cada uno de los elementos integrantes del modelo y estudiar sus procedimientos de cambio. La primera opción es tan artificial como los modelos perfectos porque, de hecho, se trataría de idear un nuevo modelo perfecto. No existen sociedades específicas de transición. Las sociedades, en la medida que están vivas, sufren alteraciones continuamente aunque en muchos casos parezcan imperceptibles y se encarguen ella mismas, a través de sus propios mecanismos, de asimilarlos sin consecuencias radicales. Por ello parece más adecuado la segunda opción, ya que todas las sociedades disponen de medios para perpetuar sus costumbres y tradiciones a pesar de que sufran algunos vaivenes. Cuando un modelo perfecto de sociedad se rompe, entonces se evidencia una crisis. De acuerdo con Jürgen Habermas (1999: 21), “las crisis surgen cuando la estructura de un sistema de sociedad admite menos posibilidades de resolver problemas que las requeridas para su conservación. En este sentido, la crisis son perturbaciones que atacan la integración sistémica.” Así pues, una crisis no desemboca en la destrucción de la sociedad, sino en su reorganización con el fin de avanzar de un sistema en desintegración hacia un nuevo sistema estable. Una cultura, entendida como una categoría, es un conjunto de estructuras flexibles, de tal manera que nunca es tan rígida como para no poder asimilar algún elemento nuevo. La progresiva incorporación de nuevos elementos en cada estructura provoca un efecto dominó que, en último término, suponen una reestructuración de la sociedad. Por este motivo, dicha reestructuración nunca es un cambio brusco y traumático, sino paulatino que, en ciertas ocasiones debido a la confluencia de ciertos factores, muestra una aceleración. Así pues, la sociedad no funciona como un sólido incorruptible, sino como un líquido que, mientras no desaparezca, se va adaptando al continente. A esta capacidad interiorización de elementos materiales e ideológicos y de adaptación sin ruptura se la denomina habitus (Bourdieu 1980: 87 ss.) y complementa el concepto de crisis de Habermas. Ciertamente, en determinadas ocasiones el orden social experimenta un cambio más perceptible, lo que no es otra cosa que la reacción necesaria en un momento crítico con la finalidad de mantener o recuperar el orden social asumiendo el menor número de cambios posible. Dicha reacción es ser un éxito si todo sigue estructuralmente igual, o es un fracaso si las estructuras se han reajustado demasiado. Entonces, el fracaso equivale a una transformación patente de las estructuras sociales. Paradójicamente, tal fracaso significa un éxito, ya que la sociedad ha logrado sobrevivir a la adaptación. A través del concepto de habitus se soluciona la tensión artificial entre modelo estable y modelo transicional de sociedad. Es artificial porque, aunque se atenga a una base real, la sociedad nunca lo vive como una discontinuidad histórica. Los períodos históricos tienen sentido siempre y cuando contribuyan a racionalizar el tiempo histórico. Para 39   determinar un cambio histórico es necesario observar un cambio sistémico. Como también son observables ciertos cambios en los campos semánticos o en las entidades que componen los subsistemas, de tal guisa que los cambios históricos tienen un calado variable, lo que permite referirse a transformaciones menores que marcan las coyunturas. Así, el habitus de una sociedad permite una continuidad entre un modelo viejo y uno nuevo evitando la destrucción de la sociedad. Si se produjese una destrucción real por un proceso de entropía o una invasión o una pandemia, entonces no tendría sentido referirse al habitus ya que la sociedad habría desaparecido. Todas las sociedades viven en un habitus. Como el habitus encierra todos los aspectos de la vida social y ésta siempre está cambiando, entonces parece un sinsentido establecer fragmentaciones en el tiempo histórico. La realidad es, por definición, inabarcable. Por esta razón el habitus es un principio teórico: es un axioma lógico para racionalizar la sociedad organizada en un sistema dinámico. Y como es inabarcable, sólo es posible atender a ciertos elementos. ¿Qué elementos? ¿Qué criterio aplicar para la identificación de dichos elementos? Ninguno en particular. Por eso la Historia es interpretación y debe ser siempre revisada. Los elementos que asumen las sociedades peninsulares en el BF III suponen una contradicción interna que se resuelve en el Período Orientalizante, de nuevo una sociedad en movimiento. Se produce una transformación muy notoria en algunas estructuras sociales, aunque otras resisten prácticamente inmóviles. La Teoría de la Continuidad supone, de alguna manera, meterse en la piel de los agentes históricos y relativizar las transformaciones culturales que, si bien son reales, no son bruscas. Sin embargo, la Continuidad debe complementarse con el punto de vista histórico en el que necesariamente las estructuras y transformaciones se conceptualizan en Edades y períodos dotados de su propio significado. 4.3. Teoría de las Redes Sociales El tercer principio teórico que sirve de base en este estudio atañe a la organización de las sociedades. Éstas, con independencia de sus singularidades, se constituyen a partir de redes (Blake 2014: 66-86). Se puede definir una red social como los lazos entre las personas, tanto individuos como grupos, y las relaciones típicas que se crean entre ellas (Fuhse 2009: 58). Por tanto, las redes sociales son el marco de acción de la sociedad, su propia estructura (ídem: 62). Los individuos son y viven en función de las redes sociales a las que pertenecen y en las que se integran (Somers 1994). La existencia de una red social no delimita necesariamente las relaciones interpersonales, aunque sí las condiciona. En principio, siempre existe la posibilidad de creación de nuevas redes y de salirse de la estructura dada. Sin embargo, la ética de las sociedades contribuye sustancialmente al mantenimiento de las tradiciones y costumbres con la finalidad de que los nuevos miembros que se incorporan a las redes cumplan con unas normas básicas para evitar problemas de convivencia y, sobre todo, para no quebrar el orden social sustentado, en último término, en el binomio población- recursos, es decir, en el acceso a los bienes y medios de subsistencia. Una red social tiene tres componentes elementales: las relaciones, las identidades o funciones del individuo dentro de las relaciones y los símbolos mediante los que se 40   comunican entre sí (Fuhse 2009). Un símbolo puede ser cualquier cosa que encuentre su sentido dentro de la red, desde aspectos generales como el idioma de comunicación o las creencias y valores en los que todos los miembros se reconocen a otros más concretos como los estilos decorativos y los hábitos alimenticios. De los tres componentes elementales, los símbolos son los más visibles en registro arqueológico, ya que algunos de los símbolos son materiales, a pesar de que su identificación no siempre es tarea sencilla. A los tres elementos mencionados podría añadirse un cuarto más abstracto: la finalidad. Las redes cumplen con un propósito de tal manera que la generación de un nuevo lazo o red sirve para alimentar y engrandecer a los individuos que participan en ella. Así, aunque las personas nazcan y crezcan en el seno de una red social, ésta nunca es fortuita, sino que responde a un principio de necesidad con el objetivo de perpetuar la sociedad. En resumen, cualquier sociedad se organiza en redes sociales que constan de solidaridades, identidades, símbolos y de una finalidad. Un sistema de red social incluye tres redes menores: la familia, la clientela y la diplomacia. Las sociedades europeas de la Edad del Bronce y, de manera general e imprecisa, no-estatales dependen de estas redes menores para su desarrollo cotidiano ya que comprenden todas las posibles relaciones necesarias con las que subsistir, prosperar e, incluso, generar un nuevo escenario histórico. La caracterización de las sociedades no-estatales se fundamenta en su escaso volumen demográfico y su alta dependencia respecto a los bienes de subsistencia. En la Edad del Bronce se distribuyen en pequeñas comunidades o aldeas que actúan como unidades de producción, intercambio y consumo de tal manera que todos los miembros de cada comunidad participan de todas las actividades cotidianas e indispensables, empezando por la producción de alimentos con la que autoabastecerse. No hay, por tanto, división laboral, aunque existen otras fragmentaciones, principalmente por edades y por sexos, que sí atañen a los distintos quehaceres. Las comunidades son una agrupación de familias, aunque parece verosímil que las más pequeñas sean unifamiliares y fuertemente dependientes de las aldeas del entorno. La familia es un concepto de difícil definición porque en cada sociedad a lo largo del tiempo se interpreta de una determinada manera, no sólo en lo referido al valor y a la cantidad de los individuos que la componen, sino en las funciones y a su influencia en el resto de la sociedad (Torres-Martínez 2011: 358-360). Lo que está fuera de toda duda es que se trata de la institución universal más importante de la sociedad, ya que en la familia se aprenden las costumbres y valores con los que las personas se desenvuelven a lo largo de sus vidas, lo que comprende desde su aplicación rígida hasta la creación de nuevas costumbres y valores como respuesta al desarraigo. A través de la familia se tiene acceso a los medios de subsistencia en función de la posición en su estructura y tales medios pueden ser de su propiedad o de su usufructo, así como también por ejercer de intermediaria en la circulación los mismos. Por todo ello, la familia debe valorarse como la red social más importante. O, en palabras de Sahlins (1983: 215), “el parentesco es lo más importante en la sociedad primitiva, ya que es el principio organizador o la expresión organizadora de la mayor parte de los grupo y las relaciones sociales”. 41   Al contrario que la red familiar, las redes clientelar y diplomática no comportan necesariamente relación de consanguineidad, sino de política. Se define clientela al conjunto de individuos que mantienen una alianza institucional en virtud de la cual brindarse apoyo en determinadas circunstancias o, como mínimo, no ejercer una posición hostil (Sahlins 1963: 290-291; Harrison y Mederos 2000). Las clientelas se forman dentro de una comunidad aunque también pueden extenderse a otras aldeas y, habitualmente, implica una jerarquía. Así, al igual que sucede dentro de la red familiar, en la red clientelar una persona ocupa una posición dentro una escala. Dicha posición es, por tanto, política, pero engloba un carácter moral y económico esencial. Los individuos que gozan de mayor reconocimiento dentro de la redes clientelares desempeñan un papel social de liderazgo y autoridad, al margen de que ostenten el título de reyes o de (teóricamente) iguales. Por su parte, la que se puede denominar red diplomática supone un mayor distanciamiento con respecto a la familia y un nuevo nivel de política en el que sus participantes son considerados iguales por principio. En las familias y en las clientelas hay siempre una persona o personas destacadas que sirven de referencia para el resto de la red. En cambio, en una red diplomática las personas implicadas no guardan una relación de subordinación, al margen de que estas personas dispongan de un desigual nivel de influencia y autoridad dentro de su entorno. Mediante las relaciones diplomáticas se genera un canal de comunicación entre personas no pertenecientes a la familia y a la clientela propias, de tal suerte que es un escenario de apertura social hacia lo extraño. Gracias a la diplomacia se obtienen bienes y servicios que en las comunidades o en los dominios de las familias no existen o escasean y se procura un mayor prestigio social a los implicados, lo que redunda en su posición de liderazgo. Las relaciones diplomáticas se practican en el interior de las grandes aldeas así como entre aldeas distantes, en ocasiones muy distantes y distintas. Aunque esta cuestión se aborde más adelante en este estudio, conviene avanzar que el acceso a una red diplomática se logra por capacidad económica y moral, de tal manera que sólo las personas más destacadas en una comunidad logran tomar parte en ella. Por esta razón, los líderes sociales son, previamente, los líderes en sus respectivas redes clientelares y, quizá, familiares. Siempre se pertenece a varias redes simultáneamente, especialmente los líderes sociales. Es más, los líderes o big men concentran la autoridad del sistema de redes (Sahlins 1963; Harrison 2004: 70-74) (fig 1). En cualquier caso, dado que es imposible saber con certeza cuáles son los límites de las familias prehistóricas, es también imposible descubrir el umbral entre la red familiar y la red clientelar y, a su vez, entre esta última y la red diplomática. Por ello, la red social es un principio teórico, casi axiomático, que parece plenamente lógico aunque su alcance se antoja indeterminable. En las sociedades estatales antiguas las redes sociales también cumplen una función esencial, aunque estén supeditadas al dominio de una autoridad central. A nivel estrictamente sociológico, el afianzamiento de esta autoridad explica como el engrandecimiento de las redes clientelar y, sobre todo, diplomática, en detrimento de la red familiar. El líder social es la institución suprema que unifica todas las redes sociales de un territorio determinado y, por reducción, que vincula a todas las personas que residen en ese territorio (Kristiansen 2001: 78-79). 42   La Teoría de las Redes Sociales permite superar el encorsetamiento de las culturas arqueológicas y la nebulosa de las etnicidades. Las culturas arqueológicas son viables en la medida en que sirven para ordenar el registro arqueológico, pero esta categoría no aclara las dinámicas internas ni externas de las sociedades. Dicho de otra manera, el concepto de red social otorga dinamismo y, de algún modo, crea un efecto de vitalidad sobre el registro arqueológico. Igualmente, resulta obvio que las sociedades pretéritas, como las actuales, se diferencian conscientemente entre sí en términos ideológicos – en ocasiones con representaciones materiales. Esta diferenciación ideológica o étnica es esquiva a nivel arqueológico (Hodder 1982; Jones 1997), aun considerando su vertiente material, no sólo por lo que las culturas piensan de sí mismas, sino por lo que piensan de las otras. Por ello, mediante las redes sociales se puede observar el grado de acercamiento que tienen las comunidades, así como el nivel de integridad social dentro de un territorio que, en muchas ocasiones, se difumina con la región vecina habitada por otra cultura (arqueológica). De esta manera, al margen de las regiones naturales – penínsulas, cuencas fluviales, etc. –, la geografía debe valorarse como un mapa de relaciones humanas organizadas en redes (Rowlands 1998; Blake 2014: 87 ss.): a mayor cantidad de artefactos y otras formas culturales compartidas, más tupido es el sistema de redes sociales. Entonces, un lugar central no significa únicamente el control del territorio circundante, sino el dominio de un sistema de redes sociales (Knappett 2011; 2013). Fig. 1: Esquema de las redes sociales. 43   44     2. MARCO HISTÓRICO 1. Introducción El escenario histórico en el que se produjo la Protocolonización fenicia de la Península Ibérica está marcado por una economía de subsistencia y un estilo de vida sedentario o semi-sedentario, estructura común para todas las sociedades preindustriales. Sin embargo, mediante la movilidad brindada por las redes sociales las personas circulan por territorios de extensión variable que conduce a la creación de geografías culturales superpuestas a la estructura económica. Las dos grandes geografías culturales implicadas en la Protocolonización son el Complejo Cultural Atlántico y el Mediterráneo oriental-Egeo. El Mediterráneo central es la tercera zona geográfica en liza, con fuertes vínculos con las regiones vecinas. 2. Complejo Cultural Atlántico 2.1. Caracterización cultural El Bronce Final Atlántico (1350-760 a.C.) es un complejo cultural en el que se identifican varias culturas arqueológicas con sus respectivas características (MacWhite 1951; Coffyn 1985: 63 ss.; Chevillot y Coffyn 1991; Blasco 1993; Jorge 1998; Ruiz-Gálvez 1998b; Kristiansen 2001: 206-224). En la extensión de este complejo aparecen elementos consonantes y otros disonantes entre las diferentes culturas que lo integran, de tal manera que según el punto de vista adquirido puede interpretarse y categorizarse como un complejo homogéneo o uno heterogéneo. Por esta razón cabría incluso cuestionarse si ciertamente la categoría de Bronce Final Atlántico tiene una base real (Bettencourt 1998; Ruiz-Gálvez 1987; 1998b: 21-25) o, en el otro extremo, si la unidad cultural del mundo Atlántico europeo se remonta al Neolítico y en su evolución adopta diversas apariencias (Cunliffe 2001). Lo que parece seguro es que en la vertiente atlántica europea de fines del II milenio a.C. se reconocen unos rasgos compartidos por todas las sociedades que habitan en ella. Quizá los dos más reseñables sean la proliferación de artefactos similares de bronce rico en estaño y la ausencia de cementerios. Estos dos rasgos funcionan como estructuras que permiten definir u otorgar una identidad común para las comunidades de un territorio y, a su vez, diferenciada con respecto a otras épocas y regiones, a pesar de que los elementos culturales normalmente traspasan las fronteras. 45                                                                  Tomando como punto de partida el modelo de Georges Duby (1977) y de Jacques Le Goff (1999: 111 ss.), se puede afirmar que las estructuras históricas son aquellas formas reconocibles y perdurables que caracterizan una sociedad en el tiempo. Esta definición requiere dos anotaciones: a) se denominan formas o elementos étnicos a todos los aspectos materiales e inmateriales distinguibles en el comportamiento de la sociedad, de tal modo que podrían aislarse para su estudio, aunque en la experiencia de la vida de las personas estos aspectos están imbuidos unos en otros sin poder desconectarse de los demás; b) los límites temporales y espaciales de estas formas equivalen a los límites de la identidad de una sociedad, a pesar de que las formas puedan mutar y las mismas sociedades sean capaces de reconocerse y comprenderse en ellas, así como varias sociedades pueden tener en común algunas formas. A través de la observación del registro arqueológico es posible reconocer ciertas formas que permiten categorizar las culturas arqueológicas. Por ello, las culturas arqueológicas son construcciones actuales a partir de los vestigios materiales del pasado. Y, en la medida en que son interpretaciones actuales, son también artificiales. Sin embargo, la desconexión entre la interpretación historiográfica y la realidad histórica no significa irremisiblemente que las culturas arqueológicas no tuviesen una base de realidad. Es lógico explicar e interpretar las referencias arqueológicas en el marco de referentes históricos, sin olvidar que en la inmensa mayoría de las ocasiones lo que pensaban las culturas de sí mismas nos es desconocido (Jones 1997: 106-110). Por tanto, convertir una cultura arqueológica, es decir, una identidad artificial, en una cultura histórica entraña unos riesgos que necesariamente deben ser asumidos y que no impiden crear una imagen más o menos fidedigna a los hechos de pasado. Así pues, la metalurgia rica en estaño y la ausencia de cementerios en el BF III documentadas las regiones atlánticas de Europa constituyen dos formas básicas y estructurales de una gran cultura arqueológica, el Bronce Final Atlántico, diferenciado por las mismas razones de otras culturas como la nórdica o la alpina. Pero, al mismo tiempo, dentro de esta extensa cultura atlántica se observa una diversidad artefactual, con especial atención en la cerámica y las espadas, que permite trazar fronteras internas (Brun 1991). En el caso de la Península Ibérica, la cultura atlántica en el Bronce Final abarca el territorio comprendido entre la Cordillera Cantábrica y el valle del Guadalquivir, incluyendo la Meseta y todo el litoral occidental. En este espacio aparecen las mejores tierras de cultivo y de pasto y en él se distinguen varios grupos muy activos que se pueden simplificar en cinco (Blasco 1993: 129-132, 134-139) (Fig. 2): los pastores de la Cultura de Cogotas I en el inmenso interior, especialmente destacados en la submeseta norte, los tartesios centrados en el Guadalquivir y en Huelva y extendidos hacia Cádiz-Málaga, los alentejanos en el sur portugués, el Grupo Baiões en el interfluvio Duero-Tajo portugués y, por último, el noroeste. Es probable que el área extremeña septentrional estuviese dominada o, como mínimo, influenciada por comunidades pertenecientes al Grupo Baiões o al Grupo Alentejano1, mientras que la zona meridional perteneciese a Tartessos, y que en la cornisa cantábrica se asentasen varios grupos étnicos relativamente semejantes y distintos a los meseteños aunque mal identificados. En los últimos compases del Bronce Final, el arco comprendido entre la provincia de Málaga y la Cultura de Qurénima en el sureste asentada en el sureste 1 Almagro Gorbea (2012; 2014: 186; 2016: 135) denomina a este grupo extremeño “lusitanos” y los hace corresponder con los antepasados de los lusitanos que combatieron a los romanos. Estos lusitanos son quieres erigieron las estelas. 46     también se vincularán al mundo atlántico. Así pues, el Bronce Final Atlántico más que una amplia cultura es un complejo cultural que abarca un territorio enorme en el que se documentan varias culturas arqueológicas con algunas formas culturales comunes, es decir, las estructuras atlánticas. Fig 2: Distribución de los principales grupos atlánticos peninsulares y sus zonas de influencia. A nivel geológico la Península Ibérica es rica en minerales de muy diversos metales. Los más destacables por el contexto del Bronce Final son el estaño en la zona montañosa del interfluvio Duero-Tajo y del Macizo Galaico. En este segundo bloque y en la Cordillera Cantábrica también hay importantes filones de oro. Tanto en los Pirineos como en diversas zonas geológicas del cuadrante sureste abunda el plomo y la plata nativa. Y, por último, en el Cinturón Pirítico de la serranía onubense se encuentra una de las mayores reservas de cobre del planeta, junto con ingentes cantidades de plata y, en menor medida, oro (fig. 3). El estrecho de Gibraltar es un límite muy claro del ámbito atlántico, lo que no significa que sea inexpugnable. Hacia el sur, en África, la cordillera del Atlas reduce la franja costera y la separa del vasto y árido interior africano. Hacia el norte, después de la Península Ibérica se abre el Mar Cantábrico que igualmente funciona como una frontera natural. Las Islas Británicas y Bretaña componen otra notable región geográfica, a pesar de estar separados por el océano. Sin embargo, las cortas distancias que separan estas tierras facilitan las comunicaciones entre ellas. Irlanda configura la zona más aislada del mundo atlántico al encontrarse en un confín, aunque por vías marítimas mantiene contactos con muchas regiones (Almagro Gorbea 1995). Dispone de una costa muy 47     recortada, en especial hacia Poniente, y presenta un relieve que reparte por igual tierras llanas con montañas de poca altitud, si bien el tercio central es notablemente más llano que los otros dos. Bretaña, a pesar de ubicarse en territorio continental, tiene forma de península y presenta una orografía muy pronunciada en el Macizo Armoricano, así que claramente se orienta hacia el Atlántico. Fig. 3: Distribución de los principales recursos metálicos en la Península Ibérica (Bartelheim y Montero 2009: fig. 3). La ubicación y los accidentes geográficos de Gran Bretaña generan una cierta diversidad espacial. Así, mientras que el sur es llano, el norte y el centro es escarpado; la costa este se abre hacia el Mar del Norte, mientras que la del oeste lo hace al canal de San Jorge y, por tanto, a Irlanda; el sureste se encuentra próximo a Bretaña, con el Támesis funcionando como principal vía de comunicación siguiendo el paralelo, mientras que el suroeste presenta dos penínsulas sumamente accidentadas – Gales y Cornualles – que, una vez más, proporcionan una cierta separación frente al valle del Támesis. En fin, Gran Bretaña es un pequeño continente en el Atlántico. Cornualles y Bretaña poseen dos destacadas y cruciales reservas estanníferas. En Gales se conocen filones de oro, cobre y plomo, al igual que en Escocia. Irlanda, por su parte, cuenta con dos importantes depósitos de oro en el noroeste y el sureste de la isla y, secundariamente, también dispone de afloramientos de cobre. Entre Bretaña y los Pirineos se ubican las tierras llanas del Loira y del Garona que abren el paso hacia el interior europeo hasta limitar con el Macizo Central, rico en plomo, y lo 48     mismo sucede con la costa norte de Francia y la cuenca del Rin. En este estudio, la región del entorno de los Pirineos divide el mundo atlántico en dos, derivando una mitad Norte, con un núcleo en el eje Irlanda-Bretaña, y una mitad sur, cuyo núcleo se localiza en el interfluvio Duero-Guadalquivir. Así pues, la orografía y la (pen)insularidad del Complejo Cultural Atlántico propician: a) que las sociedades del Atlántico se orienten claramente hacia el océano; y b) que las sociedades atlánticas se encuentren de manera natural replegadas sobre sí mismas aunque en disposición de desplegarse por el océano, ya que funciona como un cierre tanto como una salida al exterior. Así, el océano es una frontera natural a la par que una vía de paso. Por tanto, la singularidad geográfica del mundo atlántico favorece la generación de un espacio diferenciado de sus vecinos europeos y, quizá, africanos. La aparente fisionomía excluyente del Complejo Cultural Atlántico no es razón para permanecer incomunicado con otras regiones de fuera de este espacio. Las más claras son las mantenidas con Escandinavia, la región alpina y el Mediterráneo occidental. Durante el Bronce Final en estas regiones se asientan diversas sociedades muy activas – especialmente las del Círculo Nórdico, de los Campos de Urnas y del Círculo del Tirreno – cuyos lazos con el Atlántico permiten la entrada de importantes innovaciones que generan importantes consecuencias para las sociedades atlánticas. En el caso concreto de los grupos peninsulares las relaciones con el Mediterráneo occidental adquieren una función determinante, especialmente durante el BF III, hasta el punto de poder considerarse como un circuito integrante del complejo en los últimos compases del Bronce Final. Por tanto, las distintas regiones del Atlántico, aunque en situación de un casi aislamiento geográfico, están volcadas hacia el océano, y es precisamente esta característica común la que las permite comunicarse entre sí y con otras regiones periféricas. Los principales recursos que aúnan a las comunidades de todo el macrocircuito son el bronce rico en estaño y el oro, si bien es altamente probable que la sal y, sobre todo, la lana y las pieles también se encuentren entre las mercancías más demandadas. Una tupida red de suministros con las que abastecer las demandas de las comunidades atlánticas fomenta la integración de todo el territorio a nivel material y, por extensión, también a nivel ideológico. Quizá por eso la circulación de metalurgia devino en la adquisición de los mismos ritos funerarios por parte de todos los grupos atlánticos. Pero el Complejo Cultural Atlántico se caracteriza por algo más que la metalurgia y la ausencia de cementerios, de la misma manera que los grupos regionales necesariamente tienen que disponer de otros rasgos étnicos al margen de la cerámica y las espadas. Empezando por estos últimos, en la medida que las comunidades locales estaban más ligados económica e ideológicamente a la tierra que comunidades modernas, los elementos étnicos no podían expandirse muy lejos, nada más que hasta donde alcanzasen las redes familiares y las lenguas vehiculares. Con respecto a las lenguas, es imposible analizar la diversidad lingüística del Bronce Final Atlántico ya que carecemos de los suficientes elementos orales, documentos escritos o topónimos como para establecer las variedades diatópicas. Sólo el vascuence es la única lengua moderna que claramente encuentra sus raíces en algunas comunidades que vivían en la fachada occidental europea en el BF III. Con más reservas, quizá las denominadas lenguas célticas – gaélico, córnico y britónico, fundamentalmente – puedan igualmente asociarse a los pueblos atlánticos de esta época, ya que sólo en el 49     interior continental no aparecen vestigios lingüísticos de esta familia (Ruiz-Gálvez 1998b: 348-358; De Hoz 2010: 52-53). Sin embargo, es probable que las lenguas célticas se vinculen a migraciones del I milenio a. C. hacia el occidente europeo (ídem; contra Cunliffe y Koch 2012). Más allá de cuestiones gramaticales y fonológicas, una lengua es el medio oral por el cual se entienden dos hablantes, a pesar de que puedan existir disparidades. Así, un hablante atraviesa la última isoglosa cuando deja de entender a sus interlocutores. En una sociedad como la atlántica, cuyas comunidades viven fuertemente ligadas a la tierra, parece acertado interpretar este complejo cultural como un tupido entramado dialectal en el que quizá comunidades cercanas geográficamente compartan una misma lengua y que a medida que se van alejando las diferencias entre sus hablantes son cada vez mayores hasta el punto de hacerse ininteligibles. De todos los elementos étnicos que engloban las culturas, la lengua quizá sea el más importante ya que sirve para comunicarse y expresarse y, por ello, para crear vínculos ideológicos entre los individuos. A través de las lenguas se trasmiten y preservan los valores y creencias y, en general, todo aquello que puede manifestarse oralmente de las comunidades a la par que constituyen un elemento de cohesión social (Riley 2008: 8-20; De Hoz 2010: 26-27). Venir al mundo implica introducirse en una comunidad lingüística, siendo la lengua el principal activo simbólico de un grupo humano. ¿Significa esto que cada cultura arqueológica tiene su propia lengua de manera exclusiva? Pues no necesariamente, ni mucho menos. Pero sí parece lógico por las razones expuestas que exista una tendencia real a que haya núcleos lingüísticos que se correspondan con núcleos ideológicos que se expresen, entre otros modos, a través de la decoración de la cerámica y la morfología de las espadas. ¿Significa que variedad lingüística del mundo atlántico cambia imperceptiblemente, como si fuera una gama de color? Pues tampoco necesariamente. Es más, puede que las lenguas habladas en mundo atlántico no pertenezcan todas a una misma familia, de modo que las diferencias lingüísticas entre comunidades vecinas no sean dialectales, sino integrales y, por tanto, insalvables sin intervención de otro código comunicativo internacional. Por tanto, la diversidad lingüística en el Bronce Final Atlántico no es una hipótesis, sino un hecho verificable a través de la diversidad artefactual que funciona igualmente como un medio de expresión de las comunidades. Las lenguas unen y separan grupos humanos, funcionando como un marcador social y geográfico básico que, no obstante, es imperceptible en el Bronce Final Atlántico. Pero la multiplicidad lingüística y étnica del Atlántico es contestada o relativizada por el repertorio artefactual y por ciertas costumbres que se observan a lo largo de todo este territorio. La presencia de múltiples materiales arqueológicos compartidos por los países atlánticos apunta claramente a un importante flujo de comunicaciones dentro de este complejo y, por extensión, de elementos ideológicos. Así, como los objetos son transportados por personas, el flujo de objetos evidencia un flujo de personas equivalente al grado de interacción entre comunidades que se refleja en el registro material. El complejo atlántico está integrado por muchas comunidades bien asentadas que, a la vez, mantienen contactos fluidos entre sí, lo que proporciona una cierta homogeneidad para todo el complejo. 50     Entonces, en la medida en que con los objetos viajan merced a las personas, parece adecuado deducir que: a) podría existir una lengua común; y b) lo que realmente viaja es la cultura. Así como las diferentes lenguas habladas en el Atlántico se antojan insondables, tampoco la lengua común resulta definible. Y con ello tampoco se puede aclarar la sociología escondida detrás de los medios de comunicación compartidos. Con todo, se pueden proponer varias situaciones y sus posibles alternativas. En una situación de monolingüismo – es decir, entre comunidades que comparten lengua - la cuestión comunicativa en términos lingüísticos es irrelevante. Este caso se limita al ámbito regional, cuya amplitud es variable. En una situación de plurilingüismo las opciones comunicativas son varias y no necesariamente excluyentes. En cualquier caso, el ámbito en el que se produce la comunicación es suprarregional. Se proponen las siguientes opciones: a) Existe una única lengua franca conocida por todos o, al menos, la mayoría los hablantes del complejo atlántico. Así, las diferentes sociedades atlánticas serían bilingües, disponiendo de una lengua regional de uso cotidiano y de otra universal o franca de uso restringido. Esta segunda lengua podría ser una herencia de un período de mayor uniformidad o bien de una lengua “surgida” ex profeso para el desarrollo de actividades muy concretas, a la manera de una lengua litúrgica o un pidgin. De hecho, considerando este último caso podría especularse sobre la existencia de si existiese en verdad una lengua litúrgica compartida por todo el complejo atlántico, ésta podría convertirse también en una lengua mercantil. b) Existen varias lenguas francas de alcance suprarregional, aunque no universal. Esto implicaría de nuevo que las sociedades que componen los circuitos suprarregionales sean bilingües. En este caso el obstáculo que salvar sería cómo contactar dos suprarregiones, lo que podría hacerse limitando dos de ellas en una única región en la que se hablan tres lenguas o bien mediante la intervención de una tercera lengua externa a las dos suprarregiones. c) No existe ninguna lengua franca. Los navegantes se desplazan en un circuito que se limita a las comunidades adyacentes o a ciertos enclaves lejanos con los que mantienen alianzas. Por su parte, cada una de estas comunidades posee sus propios acuerdos con otras comunidades. Así, el Complejo Cultural Atlántico se convertiría en una red de múltiples comunicaciones cerradas. Esta opción no parece acertada debido a la importancia de elementos compartidos por todas las comunidades atlánticas, pero el modelo de cadena de intercambios no es menos alguno desdeñable. d) Una o varias de las muchas etnias o grupos étnicos integrantes del Complejo Cultural Atlántico ejercen una posición de supremacía sobre el resto de culturas del entorno. Así, la lengua vehicular se corresponde con la de este grupo dominante, cuyas actividades se extienden por toda la vertiente. No es necesariamente un imperio territorial, sino una fuerte influencia cultural y mercantil generada a través de acuerdos políticos con los líderes de las comunidades circundantes. 51     e) Existe un grupo étnicamente diferenciado presente en varias regiones más o menos integrado en comunidades locales de todo el mundo atlántico que actúan como intermediarios, sin por ello ostentar ninguna posición de dominio. Este grupo puede no tener una región específica de asentamiento, como los judíos tras la diáspora o los actuales tuareg en el Sahara. Los miembros de este grupo son políglotas, de tal suerte que conocen o dominan las lenguas propias de los lugares a los que acuden frecuentemente a realizar los intercambios. En resumen, el mosaico lingüístico evidencia un mosaico cultural en el que las comunicaciones pudieron desarrollarse de varios modos simultáneamente y con arreglo a diversos fines. La variedad lingüístico-cultural no impidió a los pueblos del Atlántico crear un marco de entendimiento y una notable red de contactos con la que, de una u otra manera, generar un panorama cultural común. De hecho, parece más adecuado referirse a este panorama como una realidad plural que se muestre a medio camino entre la homogeneidad y la heterogeneidad. Tan interesante como las diferencias étnicas aparecidas en el Complejo Cultural Atlántico son los elementos de cohesión. La variedad dialectal es el principal indicador de la variedad cultural, ya que las ideas se expresan mejor mediante las palabras. Todas las sociedades atlánticas del Bronce Final comparten, entre otras características, la oralidad como único medio de comunicación. Son culturas ágrafas que a través del lenguaje oral crean su propia tradición cotidiana y sus propias fórmulas de preservación de sus tradiciones, su memoria. Empero, la memoria también dispone de otros soportes no orales plenamente integrados en la cultura (Bradley 1987; 2003). Por tanto, la oralidad primaria es una estructura invisible del mundo atlántico que se puede visibilizar de diversos modos. La importancia de la oralidad en el mundo atlántico radica en que su potencial complejidad fue salvada de alguna de las maneras propuestas con el resultado de unificar un territorio enorme integrando un macrocircuito de intercambios. Éstos conforman otra de las estructuras más sobresalientes del complejo cultural, cuya parte visible es la tecnología metalúrgica que comparten las comunidades desde Irlanda hasta Tartessos. En la medida en que los artefactos son manifestaciones culturales, la koiné material revela una koiné de mayor calado ideológico, hecho que se refuerza con la presencia de navegantes que viajan por todo el macrocircuito no sólo transportando objetos, sino conocimientos e ideas. Debido a ello en el Bronce Final acontece la formación de depósitos metálicos, de oro y de bronce, que explicitan una ética y una lógica común para todo el mundo atlántico (Bradley 1990). Así pues, dichos depósitos constituyen otra estructura compartida, esta vez visible. Otra estructura clave en el Complejo Cultural Atlántico es el modo de vida aldeano según el cual la economía de las comunidades se fundamenta en el autoconsumo. Un modelo autárquico coherente con un bajo volumen demográfico en el que la subsistencia es prioritaria y que choca con el modelo parasitario de las ciudades que no producen, sino que sólo consumen. En el estilo de vida aldeano todos los miembros de la comunidad son multifuncionales y, en principio, la división laboral no pasa de cuestiones elementales como la edad o el género. Estas comunidades se componen de familias, cada una de las cuales constituye una red social de extensión indeterminada debido al desconocimiento del estatuto del que gozan los padres con 52     respecto a los hijos, la familia natural con respecto a la familia política y, en general, a las normas sobre las relaciones entre los miembros. Con todo, parece lógico que las familias nucleares se agrupen en clanes en torno a figuras de referencia que aúnan a todos sus componentes, los big men (Sahlins 1963). Dentro de la organización familiar la propiedad de la tierra es comunal o, mejor dicho, los bienes de subsistencia circulan de acuerdo a un principio de reciprocidad en el interior de la cada familia (Sahlins 1983: 108-110). Esta característica unida a que el trabajo campesino es colectivo permite deducir que a mayor número de miembros, más mano de obra a la vez que menos recursos per capita. Las familias y, por extensión, las comunidades viven en un continuo y delicado equilibrio malthusiano que implica un estricto control de la natalidad, unas alianzas matrimoniales con las que ampliar o reducir el acceso a los recursos y, de vez en cuando, campañas de rapiña para apropiarse de los bienes de otros clanes y, de paso, aliviar la presión demográfica. A la luz de la arquitectura de las aldeas atlánticas del Bronce Final se adivina una condición de igualdad entre todos los miembros de la comunidad. Las comunidades cuyas viviendas son similares suelen evidenciar las diferencias sociales mediante los enterramientos, pero la falta de información funeraria no permite esclarecer esta cuestión. De hecho, parece recalcar la imagen de igualitarismo. Sin embargo, dicho igualitarismo no es tanto personal como familiar. Así, dentro de cada familia, en la medida en que funciona como una estructura con sus propias normas, la posición moral dentro de la misma es jerárquica. En cambio, de puertas para afuera las familias funcionan como empresas de producción, consumo y, normalmente, también de distribución de los recursos. Dado que las aldeas son unidades económicas, las aldeas son estructuralmente iguales a pesar de algunas sean mayores que otras. Con todo, la situación ideal de igualdad entre las comunidades muestra en el caso de Huelva una notable excepción en el ámbito de la Península Ibérica. Huelva es una aldea que, por su emplazamiento estratégico, goza de una ventaja a nivel distributivo. Por un lado, confluyen dos ríos potencialmente navegables que conectan la aldea con la montañosa zona interior. Por otro, su localización costera facilita las comunicaciones por vía marítima. La coyuntura y la apropiada explotación del entorno, tanto a nivel productivo como distributivo, hacen de Huelva un lugar diferenciado del resto de aldeas de la región, a saber, un lugar central o comunidad de paso (fig. 4) (Gómez Toscano 2006; 2009; Gómez Toscano y Campos 2008). Ambas categorías geográficas son muy similares, aunque a la postre los matices respectivos son determinantes a la hora de clasificar un poblado de una manera u otra. Muy resumidamente, un lugar central es una construcción teórica y perfecta mediante la que se designa una relación espacial entre un poblado que sirve como nudo de una red de poblados, normalmente por su ubicación estratégica en cruces de caminos (principio de desplazamiento), por redistribuir directamente un recurso fundamental para la subsistencia y desarrollo de las aldeas de los alrededores (principio económico) o por capitalizar las instituciones políticas de los poblados vecinos (principio administrativo) (Christaller, en Renfrew y Bahn 1998: 167). Un lugar central se ubica, teóricamente, en el centro de la región, de modo que los poblados circundantes equidistan con respecto al centro. Inicialmente esta categoría servía para estructurar y jerarquizar el espacio, aunque el concepto de centralidad también puede interpretarse desde un punto de vista socio-económico. 53     Por su parte, una comunidad de paso es un poblado que se sitúa en la frontera de una red regional con acceso a otra red regional o bien solapando dos regiones. Por ello, resulta concluyente para clasificar a un poblado dentro de esta categoría el tejido de vías de comunicación en la que emplaza y de las que se aprovecha (Hirth 1978: 37-38). Al contrario que un lugar central, el modelo de la comunidad de paso enfatiza el aspecto viario sobre el espacial y, en principio, no tiene necesariamente que identificarse uno de estos poblados periféricos con el centro organizativo, aunque a la larga suelen adquirir las funciones de socio-económicas del lugar central. Tanto en un caso como en otro el concepto de región es muy ambiguo, especialmente en épocas antiguas sin burocracia y sin fronteras claras. Parece razonable que una región se refiera al escenario físico de un circuito de intercambio cuyos límites geográficos coinciden con los límites personales de las redes clientelares y familiares y con las fronteras naturales. Así, una región sería el espacio más amplio posible cohesionado por las redes sociales, de tal manera que funde un criterio geográfico con otro ético. Sin embargo, en un único espacio geográfico pueden aparecer varios complejos de redes, igual que éstas podrían superar los límites geográficos naturales sin necesidad de recurrir a las redes diplomáticas. Fig. 4. Modelos de integración de las comunidades (Hirth 1978: fig. 2). 54     Así las cosas, estructurar el espacio no es tarea sencilla, máxime en tiempos prehistóricos. Los modelos teóricos, una vez más, proporcionan categorías útiles para pensar pero en modo alguno identificables universalmente con arreglo a las evidencias empíricas. En primer lugar, es preferible distinguir entre dos categorías de circuitos. Por un lado, los circuitos regionales que se forman a través de las relaciones interpersonales entre las personas. Por otro, los circuitos morales, que se definen por los contextos culturales en los que producen los intercambios y que se estudiará más adelante. Si Huelva tiene un status de centralidad no se debe a que se ubique en el centro geográfico de una región más o menos concreta, ni porque conecte dos regiones o circuitos, sino porque en ella reside una élite que encabeza un extenso complejo de redes sociales en virtud de los cuales se distribuyen los bienes, toda vez que también produce sus propios alimentos y demás bienes de consumo diario. Además, Huelva es un nudo de comunicaciones debido a su emplazamiento en la desembocadura de los dos ríos más importantes de la zona. En definitiva, Huelva es un centro socio-económico. Pues bien, en el BF IIIA Huelva recibe objetos elaborados, semielaborados y minerales de cobre procedentes del interior a través de las comunicaciones fluviales y lo pone en circulación interregional en forma de dones, a la vez que recibe bienes de prestigio de bronce binario a través de las comunicaciones marítimas para, quizá, reciclarlos y, seguro, distribuirlos por el interior y por el circuito occidental. Obviamente, las redes sociales que confluyen en Huelva no se dedican en exclusiva al ciclo de los metales, pero son los metales los principales dinamizadores de las redes y, por ello, la razón de ser de las mismas. Huelva es, además, el principal suministrador de cobre del mundo Atlántico (Ling y otros 2014: 121-123). Así pues, el modelo autárquico de las aldeas no se opone a la capacidad de los big men para establecer un red diplomática de largo alcance mediante la que suministrar un cierto bien a comunidades y regiones que lo demandan como sucede con Huelva, al igual que con Fort-Harrouard (Eure-et-Loir, Francia) (Mohen y Bailloud 1987) y con Nossa Senhora da Guía (Viseu, Portugal) (Silva y otros 1984). El autoconsumo supone la construcción de una ética que procure conciliar la oferta con la demanda, es decir, la estructura social con las necesidades de subsistencia. Sin embargo, la ética es un aspecto de la vida que conjuga la subsistencia con el honor, de tal manera que regla las relaciones entre los miembros de la familia y entre las propias familias a través del intercambio de bienes, servicios y, por supuesto, personas. Tal intercambio sugiere la existencia de una red clientelar y otra diplomática en virtud de las cuales se tejen las alianzas políticas, es decir, extrafamiliares y se estructura la sociedad partiendo de dos principios indisociables, el prestigio moral y la capacidad económica. Las familias como las comunidades se sumergen en circuitos de intercambio soportados en redes sociales. Hay redes más exitosas que otras y la posición dentro de la red es importante. De este modo, hay aldeas más destacadas por manejar un mayor volumen de recursos. Es la presencia de élites sociales más potentes y capaces lo que marca la diferencia entre las comunidades que, sin embargo, siempre producen lo que consumen con el fin de no colapsar y extinguirse. La visibilidad de las aldeas en la mayor parte del espacio atlántico contrasta con la ausencia de cementerios. Ciertamente, se conocen algunos enterramientos, si bien se trata de hallazgos excepcionales y, desde luego, no se corresponden con las aldeas. Los ritos funerarios y, muy probablemente, la actitud social ante la muerte también 55     constituyen una estructura del Complejo Cultural Atlántico que unifica a toda población a nivel ideológico. A la vista de las estructuras y rasgos expuestos, las distintas sociedades que integran el Complejo Cultural Atlántico se deben clasificar como jefaturas o sociedades de rango (Fried 1967: 109 ss.; Service 1971: 133 ss.; 1975: 71 ss.; Gilman 1981; 1995; Renfrew y Shennan 1982; Earle 1991; 1997; Kristiansen 2001: 73-100; Harrison 2004: 67-74; Stanish 2004: 7-19). Este modelo de organización social se basa en el entramado de redes sociales y la posición que ocupan las familias y los individuos dentro de ellas en el contexto de comunidades autárquicas. En el fondo, una sociedad de rango es una población en la que unas familias a través de algunos de sus miembros se encuentran en una situación de superioridad moral y económica sobre las demás, aunque esta condición es inestable. Es, efectivamente, inestable porque los principios de la autoridad son muy débiles. Estos principios son el control de los recursos de subsistencia, el dominio militar y la capacidad de imponer elementos ideológicos a la población (Earle 1997). Dichos principios se yerguen sobre las redes sociales para fortalecerlas, de tal modo que se trata de un sistema retroalimentado. El control de los recursos de subsistencia es un aspecto básico no sólo de la autoridad, sino de la supervivencia. Lo cierto es que en el contexto de una sociedad de rango no es una cuestión tanto de control en el sentido de crear un monopolio y una red de dependencia, sino en el de asegurar la continuidad de la producción de alimentos y otros bienes y, así, la prosperidad de la familia (Earle 1997: 67-75). A través de las redes sociales, en especial de la clientela y de los lazos familiares, una familia económicamente capaz se convierte en un referente para la comunidad en tiempos de carestía, generando una red de dependencia al avituallar a las demás familias y, con ello, ganando autoridad. Por tanto, una familia económicamente capaz es también una familia que goza de un rango social elevado. Como se dicho más arriba, la rapiña y el combate son partes consustanciales de las relaciones económicas y sociales. La familia que adquiere más rango es la familia victoriosa, la que vence a familias y clanes rivales en el campo de batalla o en combate singular y la que tiene la capacidad de armar más familias y sumarlas a su causa gracias a la posesión de los recursos necesarios (Earle 1997: 105-110). Nuevamente, el principio del poder militar se sostiene sobre la red clientelar. Así, en la victoria afianza su posición y en la derrota pasa a incorporarse a la clientela de la familia rival, o a ser exterminada o a pasar a la irrelevancia social. La guerra y el combate son, fundamentalmente, actividades varoniles que aúnan a toda la comunidad, puesto que todos sus miembros hacen cumplen con todas las funciones económicas. Por tanto, las sociedades de rango son sociedades de guerreros, sociedades de héroes. Por último, el principio ideológico del poder se asienta tanto en la imposición de un código y de unos valores como en la integración en un código y valores preexistentes (Earle 1997: 143-158). La ideología se manifiesta en todas las facetas de la vida social y personal. En el caso que aquí atañe, la ideología se expresa a través de instituciones, ceremonias y objetos diversos que tienen en común la capacidad de irradiar prestigio y autoridad. El mismo reconocimiento social es un activo ideológico y ostentar el liderazgo en la guerra y en los ritos también denota poder simbólico y moral. Celebrar banquetes y convidar a los clientes, repartir el botín tras la victoria y participar en la red de 56     intercambios políticos proporciona capital socio-ideológico digno de emular por parte de las demás familias y de reforzarlo para perpetuar el dominio social. En una sociedad heroica nunca se produce un vacío de autoridad. Cuando una familia pierde el control económico y el control militar, entonces otra u otras familias rivales ocupan su posición social. La ascensión y relevo social es cíclica debido a dos factores. Por un lado, la suerte en el combate en un contexto de guerra perenne. Por otro, una sucesión de malas cosechas que rompa el equilibrio malthusiano y conduzca a la quiebra de la familia y, de paso, a la de la comunidad que, para sobrevivir, puede recurrir a la escisión… o al combate. Aunque las culturas que habitan en el Atlántico en el Bronce Final se clasifiquen correctamente como sociedades heroicas, parece lógico pensar que no todas eran iguales. De hecho, la categoría de sociedad heroica o de rango o jefatura no es más que un modelo básico sujeto a múltiples formas (Kristiansen 1982; 2007; Sahlins 1984: 138­ 142; Van Bakel y otros 1986; Johnson y Earle 1987: 20-21, 160-161). Esto quiere decir que a pesar de observarse estructuras afines que, entre otros aspectos, facilitan la comunicación, cada grupo humano tiende a desarrollar unas instituciones y tradiciones que los distinguen de los demás, así como su propio y natural desarrollo histórico. Estas características étnicas a menudo son indetectables en las culturas arqueológicas debido a que la ausencia de documentos escritos reduce sustancialmente la información sobre las mismas. Por tanto, el mundo atlántico no es homogéneo, sino plural dentro de un marco estructural común. La distribución de los materiales arqueológicos permite subsanar mínimamente la indeterminación cultural, obteniendo una imagen generalista aunque suficiente. Así, en el Atlántico se pueden distinguir variantes regionales, es decir, redes sociales que se esparcen por un territorio más o menos concreto, pero resulta más cómodo referirse al conjunto de estas variantes bajo la denominación de complejo cultural que, por otra parte, es real. Y lo mismo sucede con otros grupos europeos y mediterráneos que también se organizan como sociedades heroicas: las diferencias existen, aunque en la mayoría de los casos no pueden detallarse. Pero antes de entrar en el ámbito mediterráneo, resulta indispensable exponer uno de los problemas más espinosos sobre el Bronce Atlántico: la cronología. 2.2. Cronología El principal problema del Complejo Cultural Atlántico en el Bronce Final respecto a la Península Ibérica se resume, precisamente, en la aparente exclusión de la Península Ibérica durante sus primeros siglos (Burgess y O’Connor 2008). En cambio, desde inicios del BF III la integración de este territorio en el macrocircuito atlántico es un fenómeno incontestable. Este problema se presenta a partir de la brusca reducción del registro arqueológico tras el final de la Cultura del Alentejo o Bronce del Suroeste (Schubart 1975) y de la Cultura de El Argar (Lull 1983) con las que concluye el Bronce Reciente (1550-1350 a.C.). En efecto, el hundimiento de estas dos sociedades deja un vacío material difícil de interpretar. No están claras las causas ni los procesos sociales que condujeron al abandono de las comunidades alentejanas y argáricas, pero parece coherente que sus habitantes se reorganizasen y adoptasen un estilo de vida más sencillo, acorde a la 57     nueva coyuntura de quiebra social en la que con seguridad se destruyeron las redes sociales tradicionales. Lo lógico es que exista una continuidad, ya que aunque las formas de organización social y sus correspondientes manifestaciones en la cultura material sufran una rápida transformación, la vida no se acaba. No se conservan ni poblados ni enterramientos, de manera que resulta indemostrable esta continuidad a nivel empírico. Por tanto, incluir la Península Ibérica dentro del Bronce Final Atlántico constituye un apriorismo, aunque necesario. Los hallazgos más sobresalientes los constituyen el depósito del río Ulla (Pontevedra) (Peña 1985), con dos estoques de tipo Rosnoën y una lanza de cubo, atribuidos al BF I y el depósito de Huerta de Arriba (Burgos) (Martínez Santa-Olalla 1942; Almagro Basch 1960: E.2), que contiene materiales metálicos diversos entre los que destaca un puñal de hoja pistiliforme, asignado al BF II. Además de estos materiales se documentan algunos otros objetos aislados por toda la Península Ibérica, fundamentalmente estoques y espadas de tipo atlántico (Brandherm 2007: 26-56 láms. 1-8.46) y hachas de talón de tipo normando y Rosnoën (Monteagudo 1977: 182-187 láms. 78.1134-79.1149) que mínimamente proporcionan una cierta consistencia empírica al BF I-II. Sin embargo, este incómodo hiato quizá esté relacionado con la cronología asignada al Bronce Reciente. Lo cierto es que tampoco dispone de una caracterización cultural, reduciéndose en la práctica a meras culturas arqueológicas en el sentido más descriptivo del concepto. En otras palabras, es un conjunto de objetos contextualizados a la espera de una interpretación histórica. Así pues, el Bronce Reciente se erige de nuevo como una solución de compromiso insatisfactoria con la que rellenar vacíos historiográficos. Por otro lado, tal vez algunos de los hallazgos tradicionalmente atribuidos al BF III deban elevar su cronología, tal y como propone Mederos (1997a) para todo el Atlántico. Puede que no haya poblados ni enterramientos visibles, pero el inicio de la serie de estelas se solapa o, como mínimo, sucede inmediatamente a la producción de losas alentejanas (Mederos 2012). Esto evidencia que sí hay actividad humana y que algunos de sus modos de expresión cultural son diferentes, aunque similares, a los de la etapa anterior. Igualmente, buena parte de la metalurgia asignada el BF III, especialmente la orfebrería, se oculta bajo el suelo sin poblados asociados (Perea 1994). Es más, la mayoría de las veces estos objetos áureos enterrados tampoco se asocian a otros objetos que por cronología cruzada permitan proporcionarle una cronología más segura. Así pues, en principio no debe descartarse que las estelas más antiguas y ciertos depósitos metálicos pertenezcan al mismo contexto cultural, hipótesis reforzada por la coincidencia geográfica de muchos de los hallazgos. En cualquier caso, la inercia histórica de los contactos atlánticos se convierte, por ahora, en el principal argumento para incluir la Península Ibérica dentro de las dinámicas que se observan con nitidez entre Bretaña y las Islas Británicas desde el BF I (Butler 1963; Burgess 1968), a su vez continuación de las relaciones patentes en el Bronce Medio del Atlántico norte (Needham 2000a). La periodización atlántica depende de dos criterios: los cambios tecnológicos y la cronología de los Campos de Urnas alpinos (Jockenhövel 1975; Brun 1984; 1988). El primero de ellos implica una continuidad cultural, ya que ninguno de estos cambios resulta suficientemente significativo como para evidenciar una crisis. Sin embargo, la 58     mera renovación formal explicita un cambio de ciclo en las dinámicas sociales. Además, a la luz de la filiación de ciertos elementos materiales que se van incorporando a la cultura atlántica se observa un giro en las relaciones diplomáticas al cambiar la orientación cultural de las influencias exteriores. Por su parte y ligado a este último apunte, los restos arqueológicos del entorno de los Alpes ofrecen más posibilidades para dataciones absolutas, de manera que a partir de la afinidad artefactual entre los grupos atlánticos y alpinos puede establecerse una secuencia coherente y bien ajustada a nivel cronológico. En del mundo atlántico el principal problema es la regionalización. A pesar de observarse fácilmente muchos elementos comunes en todo el territorio, dentro de cada una de las diferentes zonas culturales se aprecian unas evoluciones y singularidades que dificultan la sincronización de las mismas y, por tanto, el establecimiento de una secuencia histórica que abarque todo el ámbito atlántico sin contradicciones. Por todo ello, la herramienta clave para definir la cronología relativa en el Atlántico es la tipología metalúrgica y más en concreto la tipología de las espadas (Briard 1965; Jockenhövel 1975; Harding 2000: 9-18; Brandherm 2007: 7-17; Burgess y O’Connor 2008). El BF I (Horizonte Appleby/Penard-Rosnoën, 1350/1300-1200/1150 a.C.) se puede considerar como una fase de transición entre el Bronce Medio y el Bronce Final. En esta época aparecen los primeros objetos de bronce tubulares – hachas, hoces y lanzas –, los primeros calderos metálicos, las primeras hachas de talón anilladas, renovándose ostensiblemente el repertorio metalúrgico atlántico, aunque igualmente heredando algunos tipos de la fase anterior. También en el BF I se multiplican los depósitos, lo que denota un cambio en las estrategias de consumo y, por tanto, en la economía que se va prolongar hasta el comienzo de la Edad del Hierro (Briard 1965: 151 ss.). Estos dos rasgos se identifican sin mayores problemas en el en el circuito del Atlántico norte, restringido inicialmente al Támesis y a Bretaña, el corazón del Atlántico en este momento, para extenderse después por el resto de Gran Bretaña e Irlanda y, de manera más confusa y parca, por el Atlántico sur. Sin embargo, las afinidades metalúrgicas entre el circuito del Atlántico norte y el Círculo Nórdico evidencian que la conexión por el Mar del Norte es más intensa que las relaciones con las sociedades del sur (Smith 1959). El BF II (Horizonte Wilburton-Saint-Brieuc-des-Iffs, 1200/1150-1050 a.C.) está marcado por la evolución de las hachas de talón, que desde entonces incorporan una segunda anilla y, sobre todo, por la irrupción de la familia de espadas de hoja pistiliforme que remplazan a los antiguos estoques, iniciando la serie el tipo Ballinboter. Estas espadas son originarias de la región de los Alpes, lo que implica una mayor apertura a las influencias alpinas en detrimento de las relaciones norteñas. Pero lo más interesante es que en el sur de Gran Bretaña se emplea por primera vez el plomo en la fabricación de bronce (Northover 1982), danto lugar a una nueva aleación que, sin embargo, no afecta de manera sensible a las dinámicas socio-económicas de la isla ni se extiende fuera de este ámbito geográfico. Mientras que la producción de espadas de hoja pistiliforme pervive en el Atlántico norte, en el suroeste francés y en la Península Ibérica esta familia experimenta una evolución surgiendo la serie de lengua de carpa que funciona como fósil guía para el BF III (1050­ 760 a.C.) (Brandherm y Burgess 2008). En este tercer período las conexiones entre la Península Ibérica y el Atlántico norte son ya muy intensas. Se podría interpretar que el 59     corazón del macrocircuito atlántico se ha desplazado hacia el sur y que el Mediterráneo occidental se ha convertido en la principal zona de relaciones exteriores (Lo Schiavo 1991). Como ya se ha indicado, la Península Ibérica presenta el importante inconveniente de carecer de contextos poblacionales y funerarios, de manera que no solo resulta difícil asignar una cronología segura, sino también establecer una secuencia fiable. Sin embargo, el BF III puede dividirse en dos etapas articuladas hacia el 900 a.C.: Horizonte Ría de Huelva y Horizonte Peña Negra I. Esta segunda etapa está marcada por los primeros poblados visibles y por los primeros asentamientos fenicios, con el poblado de Peña Negra (Crevillente, Alicante) (González Prats 1979; 1989) y el kārum onubense como principales referencias (González de Canales y otros 2004). Sin embargo, hacia el 825 a.C. los fenicios fundan Cádiz, la primera colonia perdurable en Occidente, lo que implica crear una divisoria para esta coyuntura que permita distinguir entre la fase protocolonial y la colonial. Esta última fase es un muy breve y se sitúa entre medias de la cristalización del Período Orientalizante en el Mediterráneo y la fundación de las primeras colonias fenicias. El inicio del Orientalizante coincide con el surgimiento y difusión del estilo geométrico final en la cerámica griega, en el 760 a.C. Por todo ello, resulta más práctico dividir el BF III en tres fases. Las dificultades a la hora de unificar las diferentes fases culturales advertidas en los diferentes grupos atlánticos no impiden, sin embargo, formular una secuencia coherente para todo el Atlántico. Esta secuencia no encaja con precisión en cada uno de los grupos, pero permite disponer de un marco cronológico básico que funcione como una referencia para ordenar los materiales. Así pues, en este estudio la cronología atlántica queda de la siguiente manera (Quilliec 2007: 27 fig. 2; Torres 2008b; Gerloff 2010a: tab. 3; Milcent 2012: 181):  BF I: Horizonte Rosnoën - Appleby/Penard - Bishopland: 1350/1300-1200/1150 a.C.  BF II: Horizonte Saint-Brieuc-des-Iffs - Wilburton - Roscommoon: 1200/1150-1050 a.C.  BF III: Horizonte Blackmoor/Ewart Park – Braud-et-Saint-Louis/Vénat - Dowris A/B - Ría de Huelva/Peña Negra I: 1050-760 a.C. o BF IIIA: 1050-900 a.C. o BF IIIB 900-825 a.C. o BF IIIC 825-760 a.C. Del mismo modo, la similitud cultural de las distintas sociedades del Mediterráneo central, por una parte, y Oriente, por otra, más la vigorosidad de los circuitos de intercambio en los que se hallan inmersas todas ellas también favorece la simplificación cronológica, especialmente a partir de la crisis de los Pueblos del Mar (figs. 5, 6). 60     1300 1200 1100 1000 900 800 700 Atlántico CC.UU. Nórdico N. Italia BF I/Rosnoën Br D (Per. II) Peschiera Penard Per. III BF II Ha A1 Protovilanoviano Ha A2 Ha B1 Per. IV BF IIIA Ha B2/B3 Per. V BF IIIB Vilanoviano BF IIIC Ha C Per. VI Orientalizante 1300 1200 1100 1000 900 800 700 Fig. 5: Secuencia cronológica del Atlántico, los Campos de Urnas, el Círculo Nórdico y el norte de Italia (Müller- Karpe 1959; Harding 2000: fig. 1.2; Gerloff 2010a: tab 3; Lo Schiavo 2010: tab. 6; Roberts y otros 2013: fig. 2.1). 61     1300 1200 1100 1000 900 800 700 Sicilia Egeo Chipre Levante (Thapsos) Pantálica I nord Cassíbile Pantálica III sud Finocchito (HR IIIA) HR IIIB HR IIIC SM/PG GA GM I GM II GF Edad Arcaica TC IIC TC IIIA TC IIIB CG I CG II CG III (Kitión) CA (BF IIA) BF IIB H IA H IB H IIA H IIB 1300 1200 1100 1000 900 800 700 Fig. 6: Secuencia cronológica de Sicilia, el Egeo, Chipre y el Levante (Mazar 2005: tab. 2.1; Shelmerdine 2008a: tab. 1.1; Lo Schiavo 2010: tabs. 1; Kiely, en línea). 62     3. Mediterráneo oriental 3.1. Caracterización cultural Al contrario de lo que sucede en el Atlántico, en el espacio mediterráneo se identifica una pléyade de culturas cuyas características esenciales son muy distintas unas de otras desde fines del IV milenio a.C. A pesar de ello, localizarse en torno al mismo mar, que no es una frontera, sino un puente, y compartir unas particularidades climáticas afines ha supuesto un desarrollo histórico para estas culturas con multitud de enlaces y elementos comunes (Horden y Purcell 2000; Harris 2005). En el mosaico cultural del Mediterráneo a partir de mediados del II milenio a.C. se observa una divisoria que separa a las culturas orientales del resto, si bien las comunidades Chipre y del mundo egeo están lejos de poder clasificarse con facilidad, mostrando rasgos híbridos de las sociedades estatales de Oriente y las heroicas de Europa. Las comunidades de la vertiente mediterránea de la Península Ibérica (Ruiz-Zapatero 1985; 2014; Lull y otros 2014a), las Islas Baleares (Salvá y otros 2002; Lull y otros 2014b: 151­ 159), el sur de Francia (Guilaine 1972; Gascó 2014), el Círculo del Tirreno (Bernabò Brea 1957; Müller-Karpe 1959; Webster 1996: 108 ss.; 153 ss.) e, hipotéticamente, el norte de África comparten características estructurales con el Complejo Cultural Atlántico, por supuesto con ciertos matices. Se constituyen en torno a la figura de big men con su sistema de redes sociales, explotan y consumen los recursos de acuerdo con el modelo autárquico y viven en la oralidad primaria. En otras palabras, son sociedades de rango al uso, motivo por el cual se va a obviar su descripción minuciosa. Conviene, no obstante, resaltar que las relaciones entre el Círculo del Tirreno y la Península Ibérica alcanzan en el BF III una notable intensidad (Lo Schiavo 1991) permitiendo la formación de un circuito en el Mediterráneo occidental muy activo. En cambio, las sociedades orientales se organizan en Estados o, como mínimo, en sociedades estratificadas (Fried 1967: 185 ss.). Las estructuras comunes más destacadas del ámbito oriental son la vida urbana, el pago de tributos, la escritura (muy restringida), la centralidad palacial y el monopolio de las armas por parte de las monarquías (Liverani 1987a; Kuhrt 2000; Aubet 2007; Ruiz-Gálvez 2013: 15 ss.). Las sociedades orientales se asientan en aldeas y en ciudades de desigual tamaño y relevancia. Ciudad es un concepto de difícil definición (Finley 1981: 89 ss.), aunque puede interpretarse como un lugar central con un marcado tinte administrativo, de tal modo que capitaliza las instituciones de un territorio que comprende múltiples aldeas de variado tamaño. En la medida en que en ellas habitan muchas más familias que en las aldeas periféricas, no subsisten únicamente gracias al autoconsumo, sino que se benefician de una red de suministros bajo la forma de tributos que comprende dichas aldeas subyugadas a la autoridad de la ciudad. La ciudad, por tanto, no es una unidad de producción de bienes básicos, sino de redistribución y, sobre todo, consumo de tales bienes y de producción de manufacturas a gran escala. Algunas ciudades son independientes, dueñas de las tierras aledañas en el mejor de los casos y poseedoras de importantes flotas y caravanas gracias a las cuales avituallarse, como es el caso Ugarit. Por otro lado, otras ciudades están amparadas bajo la autoridad de una monarquía común cuyo dominio es territorial y que, en ciertas ocasiones, amalgama diversos grupos étnicos no siempre bien avenidos. Estos dominios territoriales 63     conforman los grandes Estados orientales que hacia el 1500 a.C. son cuatro: los Reinos Nuevos de Egipto y Hatti, el Imperio Medio Asirio y el Imperio Babilónico Kasita. A pesar de sus diferencias institucionales con sus propias redes espaciales de tributo, los cuatro grandes Estados se integran en un circuito único comercial y cultural que se extiende por el Levante, Chipre y, en menor medida, por el Egeo constituyendo el circuito oriental. La existencia de monarquía evidencia la estratificación social. Las sociedades del circuito oriental, especialmente perceptibles en los grandes Estados, no son homogéneas a nivel jurídico y económico, sino que presentan distintos sectores organizados jerárquicamente. Las personas pertenecen a familias que forman parte de un cierto estrato. Los estratos se definen por sus derechos y obligaciones, diferentes unos de otros, y se pertenece a ellos por nacimiento, aunque también existe una mínima movilidad social en virtud de la voluntad de los miembros de los estratos superiores. En la cúspide se encuentran los reyes con sus familias y en la base las familias dependientes y los esclavos, aunque la esclavitud de nuevo se trata de un concepto discutible. La tierra es una propiedad familiar, pero debido a la red tributaria, en última instancia la propiedad es un privilegio de la monarquía. La agricultura y la ganadería son actividades fundamentalmente de explotación familiar, en contraste con otros bienes estratégicos que están en manos del Estado bajo la forma de regalías – las plantaciones de papiro, las canteras y las minas, etc. Aunque el autoconsumo en el contexto de la aldea constituye el procedimiento normal, el acceso a los bienes de subsistencia en la ciudad no es una cuestión de solidaridad, sino de comercio. Los bienes de consumo habituales se acaparan y redistribuyen en la ciudad a través de instituciones oficiales y, quizá, intercambios privados. Una de estas instituciones es el mercado, en virtud de la cual los bienes se adquieren por otros bienes con valor relativo. Para participar en el intercambio de mercado es necesario poseer dinero, es decir, los bienes en especie con valor de cambio sancionados por la autoridad oficial, que pueden ser muy diversos pero nunca fuera del conocimiento y de la aprobación de las instituciones estatales. En una sociedad estatal las redes sociales operan de manera diferente a como ocurre en una sociedad heroica. La influencia y capacidad de la red familiar se limita al estrato, mientras que a través de la red clientelar se crean vínculos entre los estratos. Sin embargo, dichos vínculos esta vez no consisten en alianzas interpersonales, sino sancionadas por una entidad abstracta, el Estado, y se formaliza bajo la forma de tributos en especie y de servicios personales. El rey, en la medida en que se sitúa en la cúspide de la pirámide social, concentra todas las fidelidades clientelares, lo que significa que acumula todo el capital social y económico. En virtud de las redes diplomáticas se producen las relaciones dentro de los estratos que escapan a los lazos familiares, toda vez que también son el contexto social de las relaciones interestatales, muy intensas durante la época de los Reinos Nuevos (Zaccagnini 1987; Liverani 1998; 1999; 2003a; Yalçin y otros 2005; Aubet 2007; Parkinson y Galaty 2010). Los reyes y altos funcionarios de las diferentes demarcaciones administrativas de los reinos orientales residen en palacios que concentran una parte sustancial del poder y que, además, lo simbolizan (Jannsen 1979; Klengen 1979; Heltzer 1988; Silver 1995: 18 ss.; Shelmerdine y Bennett 2008; Ruiz-Gálvez 2013: 15 ss.). En una economía palacial los palacios pueden operar como centros de producción, redistribución y consumo que aglutinan una ingente mano de obra que trabajan en talleres y almacenes pertenecientes o dependientes del mismo palacio. Desde este centro se procura la 64     correcta administración de los recursos regionales que se destinan a las élites sociales, al pueblo llano y al acopio de bienes con el fin de sobrellevar el año agrícola. La función administrativa de los palacios integra a la comunidad urbana y, a escala mayor, a la población de los Estados. Sin embargo, no todas las actividades económicas se concentran y dependen de la gestión palacial. El palacio recauda tributos, que constituyen una buena parte de la producción global, pero deja un margen a la economía privada para bienes de consumo doméstico cotidianos. Esto es especialmente notable en las grandes ciudades que reúnen varias miles de personas, resultando imposible el control total de la población y, por consiguiente, de las actividades económicas. Dichas actividades alejadas del control palacial permiten el desarrollo de otros modos operaciones como la reciprocidad (positiva) característica y heredada de las sociedades heroicas de antaño y, en ciertas circunstancias, del mercado. Parece lógico suponer que en los Estados orientales desarrollasen un sistema mixto oficial en las actividades económicas (Aubet 2007: 139-142). Por un lado, la economía palacial que capitalizaba las actividades económicas del conjunto de la población. Por otro, el intercambio de mercado, esto es, la libre oferta y libre demanda de bienes. La existencia de la economía de mercado en el mundo oriental es una cuestión harto discutida (Zaccagnini 1976; Renger 1984; 2003; Knapp 1985; Silver 1995; 2004; Warburton 2003; Smith 2004; Aubet 2007; 2009a: 97 ss.), pero parece coherente en tres circunstancias: a) en los barrios de comerciantes cosmopolitas bajo la autoridad oficial urbana (Revere 1957; Polanyi 1963; Zaccagnini 1993; Aubet 2007: 355 ss.); b) en el contrabando intracomunitario e intercomunitario como alternativa a las directrices de la misma autoridad (Artzy 1994: 133-134; 1997); y c) en las transacciones a pequeña escala, es decir, el intercambio vecinal. Gracias a este sistema mixto podía convivir el modelo centralizado de los palacios con las transacciones efectuadas en los barrios comerciales, oficiales ambos casos. Sin embargo, el sistema mixto es asimétrico, de tal manera que a través del cobro de tributos y, en algunas ocasiones, de la fijación de precios el mercado se intervenía en favor del palacio. El Estado, gracias a sus instituciones, tiene el dominio de los recursos, los medios de producción, las vías de comunicación, los puertos y, en general, de las personas que se materializa en el cobro de impuestos y en el abastecimiento de los bienes de subsistencia a la población. La opción de burlar, al menos de manera parcial, a la normativa impuesta desde los palacios verosímilmente también la podían gozar otros dos grupos sociales: ciertos intermediarios mercantiles, especialmente los navegantes, y, en los reinos más extensos, los pueblos afincados en zonas remotas cuyo estilo de vida y organización no se ajustaban al modelo típico estatal (Artzy 1994; 1997), sino más bien heroico, conformando la “periferia interior” (Liverani 2003b: 127). En ambos casos el dominio y autoridad de los Estados era teórico, no fáctico. O, dicho en otras palabras, las redes sociales dominadas por los reyes nunca estuvieron exentas de fisuras. La comunicación interestatal es, en principio, un monopolio de las monarquías, por tanto coherente con la pretendida centralización económica y llevada a cabo de manera oficial. Para una mayor eficacia los intermediarios hablaban un mismo idioma, es decir, en los intercambios medía una lengua franca, el acadio. No obstante, en los 65     intercambios no oficiales el procedimiento prescindía de formalidades, lo que permite imaginar que se efectuaban gracias a participantes políglotas sin generar burocracia. Así pues, en la época de los Reinos Nuevos, la creciente comunicación entre las potencias orientales dirigidas de los palacios supuso, por un lado, una mayor integración suprarregional pero, por otro, el surgimiento y fortalecimiento de los grupos que vivían y operaban al margen de la Ley. A mayor amplitud, mayor cantidad de recursos aunque, por otra parte, mayor dificultad administrativa y política. Este contexto social permite a las monarquías orientales estar en posesión y disfrute de la totalidad de los recursos albergados en sus dominios, toda vez que enfrentarse a bandidos, forajidos y cargos públicos que, desde bastiones prósperos, amenazan la integridad territorial y la autoridad de los reyes. En definitiva, las sociedades estatales de Oriente son más complejas y, a menudo, más rígidas que las sociedades heroicas, aunque también en ellas viven grupos que llevan un estilo de vida heroico. En Chipre durante el Tardochipriota (1600-1050 a.C.) (Merrillees 1992; Keswani 1993; Knapp 2003; Karageorghis 2004: 21 ss., 36 ss., 65 ss., 77 ss., 113 ss.; Negbi 2005) y en el Egeo, en especial en el Peloponeso, durante el Heládico Reciente (1600-1050 a.C.) (Sherratt 2001; Cavanagh 2008; Crowley 2008: 261-267; Shelmerdine y Bennet 2008) el panorama parece diferente y, desde luego, más confuso. Tanto en la isla como la Cultura Heládica se distinguen grandes asentamientos dirigidos desde el palacio y, a la vista de las diferencias en los ajuares funerarios y en la arquitectura de las viviendas, parece que sus sociedades estaban estructuradas en estratos. Pero ni en Chipre ni en el Egeo se reconocen dominios territoriales que engloben a todas las poblaciones bajo una única bandera, al menos formalmente. Al contrario, estos dos ámbitos parecen un cúmulo de ciudades-Estado o, incluso, de grandes aldeas con alguna clara excepción urbana que, tal vez, colaborasen mutuamente coordenados desde algún centro (Keswani 1996). Esta particularidad pone de relieve el hecho de que, por un lado, no todos los Estados son iguales y, por otro, la dificultad para crear una tipología satisfactoria con la que racionalizar todas las sociedades. Mientras que las comunidades chipriotas, especialmente las asentadas en la bahía de Famagusta, estaban fuertemente implicadas en el circuito oriental (Åström 1989), las heládicas mantenían relaciones menos intensas dentro de este ámbito (Cline y Harris- Cline 1998), compensadas por sus extensiones e influencias a través de la Ruta del Ámbar (Galanaki y otros 2007) y por el Círculo del Tirreno (Vagnetti 1982a; 2010; Bietti Sestieri 1988; Ridgway 2006a; Cazzella y Recchia 2009; Iacono 2013) (para ambas conexiones Harding 1984; Laffineur y Greco 2005; Vanschoonwinkel 2006). Esta última región también mantenía relaciones con Chipre (Lo Schiavo y otros 1985), aunque la etapa álgida de estos contactos vendrá más tarde. Los circuitos de intercambio en los que se insertaban las comunidades egeas permitieron la circulación de personas, materiales e ideas que significaron un impulso cultural para las sociedades de buena parte de Europa. Simultáneamente, a través de estos circuitos productos como el ámbar llegaron en abundancia al Mediterráneo oriental. A pesar de ello, parece altamente probable que hacia el norte la Cultura Heládica durante el HR no tuviese el mismo impacto que hacia el Tirreno. Así, parece razonable que la Ruta del Ámbar estuviese o bien fuertemente atomizada por las comunidades repartidas a lo largo de todo el circuito o bien dominada por los big men de la región de los Cárpatos 66     y de los Alpes. En cambio, las conexiones con el Círculo del Tirreno implicaron el desplazamiento y asentamiento de pequeñas comunidades egeas en los enclaves de Lípari, Scoglio del Tonno, Antigori, Thapsos, Termitito y Vívara, donde se documentan tipos cerámicos heládicos fabricados con pastas locales (Vagnetti y Jones 1988; Vagnetti 1999). No está clara la finalidad de la conexión (chipro-)egeo-tirrénica, aunque es altamente probable que sirviese a los egeos para aprovisionarse de cobre sardo y de ámbar eolio. Tampoco debe descartarse la hipótesis de que estos asentamientos sirviesen como infraestructura de ruta con la finalidad de avituallar a las expediciones que se dirigían hacia el Mediterráneo occidental, tanto a la Península Ibérica como al sur de Francia. Así pues, tal vez a través de las la relación con las comunidades del Círculo del Tirreno, los navegantes egeos buscaran abrir una ruta estable con la que penetrar hacia el Atlántico y, de este modo, reducir el número de intermediarios y operaciones mercantiles que encarecían los costes del viaje, toda vez que asegurarse un mejor acceso a un recurso estratégico como el bronce binario, muy demandado en el circuito oriental. La influencia heládica en el Círculo del Tirreno sufrió un notable retroceso hacia el 1200 a.C. En torno a esta fecha aconteció una oleada de destrucciones protagonizadas por los Pueblos del Mar que más allá de su alcance material significó una reorganización interna en las sociedades del ámbito heládico-oriental (Ruiz-Gálvez 2013: 59 ss.; Cline 2014; Knapp y Manning 2016). En el caso de Chipre y del Egeo derivó en un retorno al estilo de vida heroico (Sherratt 1998; Antonaccio 2002; Deger-Jalkotzy 2006; Crielaard 2006; Mazarakis Ainian 2006), mientras que en el Levante se sembraron las semillas para el florecimiento de otros Estados (Kuhrt 2001: 16 ss.; Stampolidis 2003; Aubet 2009: 51-64; Ruiz-Gálvez 2013: 116-126): colapsa el sistema, pero la sociedad pervive y se transforma. Por tanto, el declive de las hegemonías egipcia, hitita y asiria significó el advenimiento de nuevos reinos y otros centros de poder, lo que significa la desestructuración de las antiguas redes sociales encabezadas por las familias reales en favor de otras redes emergentes. Este período es conocido por la historiografía tradicional como la Época Oscura que, no obstante, cada vez va gozando de mayor luminosidad con el avance de la investigación. La Crisis de los Pueblos del Mar supuso un período turbulento para la economía oriental. Sin embargo, en modo alguno significó una ruptura brusca con las dinámicas de la época precedente. Las nuevas organizaciones sociales tenían las mismas necesidades que las antiguas, lo que implicó una continuidad en la búsqueda de recursos estratégicos que escaseaban en el Mediterráneo oriental. Así pues, las conexiones entre Oriente y Occidente se perpetuaron más allá de la desestabilización palacial, tomando las comunidades chipriotas el testigo a los heládicos para convertirse, una vez más, en los principales redistribuidores de mercancías estratégicas en el Mediterráneo oriental (Karageorghis 1994a; Gilboa 1998). A la caída del sistema palacial, dos contingentes heládicos emigraron hacia Oriente. El primero de ellos se asentó en el sur del Levante, fundando la Pentápolis filistea, que se vio envuelta entre el empuje egipcio y cananeo hasta integrarse plenamente en la región (Yassur-Landau 2010; Maeir y otros 2013). El otro contingente, más polémico, se instaló en el occidente de la isla de Chipre (Coldstream 1994; Karagoerghis 1994b; 2004: 77 ss.; 2000; Voskos y Knapp 2008; Knapp 2009; Leriou 2011 contra Sherratt 1992; Iacovou 67     2013). Este segundo grupo dio continuidad a las relaciones entre chipriotas y heládicos que se extendían hasta el Mediterráneo central, sumándole la iniciativa chipriota (Knapp 1990; Matthäus 2000; Bonfante y Karageorghis 2001). Por su parte, las ciudades levantinas también participan activamente en el circuito oriental, síntoma de la revitalización de los intercambios que desde mediados del siglo XI a.C. ya era un hecho (Gilboa 2005; Aubet 2009: 57-59). De entre todas estas ciudades, Tiro se alza como la más capaz, responsable en última instancia de las empresas colonizadoras que se extendieron por todo el Mediterráneo (Aubet 2009). El dominio de las comunidades chiprolevantinas en el Mediterráneo forma parte del nuevo panorama socio-político en el que se producen los cambios en los que tendrá lugar la Protocolonización. 3.2. Referencias lingüísticas a la Protocolonización Aunque el análisis de datos comienza en el próximo capítulo, la referencia a las actividades ultramarinas de los tirios a partir de fines del II milenio a.C. sirve como excusa para introducir sucintamente una de las cuestiones más polémicas sobre este tema: el concepto de Taršiš. A su vez, aprovechando la deriva lingüística, es igualmente necesario atender a la extensión de los topónimos terminados en –oussa que se atestiguan en el circuito occidental. 3.2.1. Taršiš A lo largo del texto bíblico aparece en cuantiosas ocasiones el término Taršiš (Koch 2004), relacionándose en algunas de ellas con unas naves mercantes (“Naves de Taršiš” en 1 Re 10:22; 22:49; 2 Cr 9:21; 20:36; Sal 48:8; Is 2:16; 23:1; 60, 9; Ez 27:25). Todo apunta a que deba identificarse con un topónimo, indicando el lugar al que se dirigen dichas naves, toda vez que parece un término polisémico (Bunnens 1979: 332-333; González de Canales 2004: 195). De todas las citas referenciadas, conviene prestar atención a dos que sirven para contextualizar e interpretar el significado histórico de Taršiš. “(…) porque el rey tenía en el mar una flota de naves de Taršiš, con la flota de Hiram. Una vez cada tres años venía la flota de Taršiš, y traía oro, plata, marfil, monos y pavos reales.” (1 Re 10:22) De acuerdo con esta cita, el rey Salomón de Israel mantiene una alianza con el rey fenicio Hiram I (969-939 a. C.), permitiéndole acceder a los mercados del Mediterráneo a través de sus empresas de ultramar, obteniendo de ellas metales preciosos, animales exóticos y marfil. La flota enviada parece tener como destino Taršiš, localizándose en una región lejana a juzgar por la duración de la travesía, tres años. Resulta de particular interés que en 1 Re 11:41 se explicita que el contenido del libro, por tanto de la biografía de Salomón, está inspirado en los Anales del Rey, remitiendo a una supuesta fuente histórica. Esto quiere decir que el autor o relator de este texto, la Historia Deuteronomista, era conocedor de una versión sobre el pasado de su país alejada de los mitos y las epopeyas y, por tanto, más crítica. El texto se compiló a finales del s. VII a.C., antes del Exilio, y alude a la época de la Monarquía Unificada de Israel, lo que implica una cronología del s. X a.C. 68     En el capítulo 27 del libro de Ezequiel el profeta arremete contra Tiro y describe una ciudad imperial (Liverani 1991). En este pasaje Taršiš es mencionado en dos ocasiones (27:12.25) como lugar de aprovisionamiento de mercancías exóticas y lujosas en ultramar. Los primeros libros proféticos se componen en época exílica, por tanto después del 586 a.C., reuniendo los oráculos vertidos en época pre-exílica que se habían conservado en la tradición oral. Así pues, la distancia cronológica entre el tiempo del relato y la composición y edición del relato es de unas pocas décadas, lo cual concuerda con el expansionismo y esplendor fenicio descrito por Ezequiel, para el siglo VI a.C. ha sucumbido a la autoridad babilónica. Otro interesante testimonio bíblico que se refiere a Taršiš pero sin mención a las naves aparece en la denominada Tabla de las Naciones (Gn 10), en la que se nombran y estructuran todos los pueblos y gentilicios de la Ecúmene según la cosmovisión judía de principios del I milenio a. C. Este pasaje pertenece al ciclo mítico de la Biblia, cuya composición original carece de autoría y, en cambio, se sumerge en la tradición oral. Así pues, a pesar de posibles añadidos posteriores, la Tabla recrea una imagen del mundo propia de una época anterior a la de la compilación de los primeros libros bíblicos – pre-exílica – y, más aún, anterior a la asimilación de la escritura por parte del pueblo judío – inicios del I milenio a.C. En la oralidad primaria el mundo se organiza y se expresa en función de criterios ajenos a la lógica formal (Lévi-Strauss 1997; Ong 2006). Dos recursos orales mediante los que estructurar la razón son la genealogía y la eponimia (Goody y Watt 1963: 309-311). La genealogía sirve para organizar y memorizar series de nombres a partir de un eje temporal dado por los linajes y, en este caso, otro espacial dado por las relaciones de germanidad. Por su parte, a través de la eponimia se identifica un concepto geográfico con un nombre de personaje, remitiendo a los orígenes de dicho concepto. De esta manera, la Tabla, al igual que la familia de Jacob y de Cadmo, refleja un mapa oral en el que los conceptos no sirven para circular por el mundo, sino para pensarlos y relacionarlos. En este sentido, los conceptos en cuestión están organizadas por las relaciones históricas y culturales que mantienen o han mantenido entre ellas partiendo de un matiz rigurosamente geográfico, igualmente convertido en metáfora a través de un nombre de personaje. Así, Taršiš se sitúa en el grupo de Occidente, junto con Chipre y el Egeo (Gn 10:4; Bunnens 1979: 341; Koch 2004: 140-150). Así pues, la imagen proporcionada por Ezequiel sobre Tiro es análoga a la ofrecida en I Re, lo que sugiere que los fenicios ciertamente conocían Taršiš desde un momento muy temprano, lo que, a su vez, respalda la versión del Génesis (González de Canales y otros 2008; Beitzel 2010). Entonces, queda ubicar Taršiš. Cuatro son las localizaciones que gozan o han gozado de mayor aceptación: a) Tarso, en Cilicia (Lemaire 2000; Padilla 2006). Se trata de un importante puerto neohitita próximo a las ciudades fenicias, donde podrían conseguirse las mercancías señaladas, y cuya fonética resulta similar a la del topónimo bíblico. Cuenta en su favor con la mención en una estela del rey asirio Asarhaddón del topónimo Tarsisi, como uno de los territorios conquistados por su imperio, que en efecto llegó a incluir Cilicia. También con la identificación que Flavio Josefo hizo de esta ciudad con la Tarsis bíblica (Ant. Jud. 1.6.1) Sin embargo, parece muy cercano para un viaje de tres años y, sobre todo, no queda explicada la segunda fricativa sibilante de Taršiš, 69 http:27:12.25     igualmente presente en Tarsisi, vocablos procedentes de dos lenguas semíticas que emplean el trilítero TRZ para referirse a la ciudad anatolia, cuyo nombre en hitita se pronuncia «tarsa». b) Cerdeña (Albright 1941). La estela de Nora (Del Castillo 2003; Pilkington 2012) es uno de los más antiguos testimonios de la extensión del alfabeto fenicio por el Occidente, datándose por sus características formales en el siglo VIII a. C. Se trata de un mensaje de agradecimiento al dios o rey mítico fenicio Pumay por haber llegado a su destino. Contiene en su primer renglón las letras BTRŠŠ, cuya interpretación se antoja muy discutible, ya que las letras no vienen separadas, pudiéndose leer de distintas maneras. Aceptando que su correcta lectura se refiera a Taršiš, la preposición anterior no determina claramente si se trata del lugar de partida o de arribada del dedicante. De acuerdo con el registro material, Chipre y Cerdeña mantienen contactos desde antiguo (Lo Schiavo y otros 1985), pero en términos lingüísticos no parece seguro que este enlace pueda quedar demostrado a partir de la estela, y mucho menos que la ubicación de Taršiš se corresponda con la isla de Cerdeña. De hecho, resulta más aceptable integrar esta estela dentro del ciclo mítico tartésico, según el cual Nórax funda de la ciudad de Nora (Pausanias 10.17.5; Solino 4.1; Tsirkin 1997). c) Etruria (Wainwright 1959; Drews 1992; Woudhuizen 2006: 35-40). Los griegos antiguos se referían a los etruscos como tyrsenoi (Heródoto Hist. 1.94), apareciendo nuevamente el conjunto TRS en este etnónimo, de origen remoto, que se ha relacionado con los twršз/teresh pertenecientes a los Pueblos del Mar, tradicionalmente situados en el Occidente, junto con los sherden y los shekelesh. No hay, sin embargo, ninguna base lingüística ni arqueológica para relacionar a los twršз con los tyrsenoi, ni emplazar a los primeros en el Tirreno, y, secundariamente, tampoco disponemos de argumentos suficientes para identificar Taršiš con tyrsenoi nuevamente por la desaparición de la segunda fricativa sibilante. d) Península Ibérica (Schulten 1945; Tsirkin 1986; De Hoz 1989; Villar 1995; González de Canales 2004: 215-218; Koch 2004). Aunque los contactos entre la Península Ibérica y el Mediterráneo oriental a inicios del I milenio a.C. son el tema de este trabajo, estos están sobradamente demostrados (Almagro Gorbea 1998). Igualmente, también la existencia de referencias literarias en la Antigüedad al territorio peninsular y a sus gentes es un hecho corroborado. En este sentido, los conceptos de Mastia Tarseion y Tarseiou, con independencia de su significado, aluden a la Península Ibérica a partir del grupo consonántico TRS. De nuevo, la ausencia de la segunda fricativa se convierte en un obstáculo, y la mayoría de las voces recogidas por autores antiguos permiten diferenciar el conjunto TRT/TRD (Tartessos, Turta, Turdetania), y no el TRS, aunque podría explicarse mediante un proceso de asibilación de T hacia S para el hablante foráneo de lengua semítica (Villar 1995; De Hoz 2010: 226-231). Las opiniones más prudentes coinciden en situar Taršiš en alguna región del Occidente remoto (Bunnens 1979: 348; Alvar 1982; De Hoz 1989), desechando la opción de Tarso en Cilicia y del Tirreno, y, en cambio, inclinándose con reservas por la Península Ibérica. Otras posturas abogan directamente por identificar este territorio con el topónimo en cuestión (Villar 1995; Koch 2004; González de Canales 2004: 215-218), conjugando las fuentes filológicas con las materiales y proponiendo modelos explicativos para la 70                                                                  evolución de una voz indígena y su adquisición por parte de los navegantes semitas venidos de fuera. Así pues, ante la ausencia de una prueba definitiva, todos los indicios apuntan a que a través de este topónimo se designa el extremo Occidente donde se sitúa la Península Ibérica. Por consiguiente, Taršiš constituye un elemento perteneciente al campo ideológico que incorporan los fenicios y otros pueblos orientales después de las expediciones de ultramar en época protocolonial.2 3.2.2. Terminación en -oussa En esta ocasión no se trata de un concepto geográfico al que asignar una ubicación, sino de relación de topónimos griegos que podría indicar una ruta marítima por las islas del Mediterráneo centro-occidental y que llega hasta el Atlántico o bien una región de actividad (García Bellido 1948: 66-78; 1985: 181-189; García Alonso 1996; Moret 2006: 43­ 46; Domínguez Monedero 2015: 14-16). Los topónimos en cuestión terminan en –oussa, notablemente presentes en la costa egea de Asia Menor y en las islas de la zona (García Alonso 1996: 117 mapa 3), una zona de fuerte actividad eubea post-heládica y que, sin embargo, no registra ningún topónimo en esta isla. Este sufijo aparece en nombres de lugares tales como Pitecusa o Siracusa. Se trata de un sufijo en desuso en el Período Arcaico (760-480 a.C.) cuando la colonización griega de la mano de los foceos comienza su andadura y sólo persisten en el lenguaje poético. Igualmente, esta terminación no parece pertenecer al griego hablado en el Período Heládico, al menos durante su época de esplendor, cuando los egeos proceden a expandirse por el Círculo del Tirreno. Por tanto, el problema que entraña esta serie de topónimos es su correspondencia con alguna actividad ultramarina de agentes de habla griega en una época precolonial. Además, esta serie de topónimos se extienden por un territorio muy diferente al comprendido por la red colonial griega: no aparece en el Mar Negro y alcanza zonas que a buen seguro no fueron colonizadas ni probablemente visitadas por navegantes procedentes del Egeo (García Alonso 1996: 112-117). Este dato podría apuntar a empresas de exploración de amplio margen geográfico entre mediados del siglo XI a.C. y mediados del s. VIII a.C. efectuadas por navegantes egeos, quizá eubeos o jonios (ídem: 121; Crielaard 2006: 286-291), y tal vez asociados a fenicios (Boardman 2006a). Sin embargo, el predominio en la cantidad y dispersión de la cerámica fenicia frente a la greco-geométrica por las regiones en las que están presentes estos topónimos a inicios del I milenio a.C. no permiten confirmar la hipótesis de las tempranas exploraciones egeas. Una explicación alternativa sería que, en la medida en que no todos los topónimos identificados en la literatura han perdurado en sus supuestos enclaves, quizá se trate de un fósil lingüístico con el que nombrar lugares ajenos al mundo griego en una época tardía al margen de las empresas coloniales y precoloniales o bien directamente una manera poética de referirse a lugares desconocidos en un momento mucho más reciente que el de las colonizaciones (Moret 2006: 44-46). Tal vez su explicación guarde relación con las actividades de los chipriotas que, mezclados con emigrantes heládicos, se lanzaron por el Mediterráneo a inicios del Período Chiprogeométrico (1050-750 a.C.) 2 Mi agradecimiento a Guillermo Briones y los doctores Michael Koch y Javier de Hoz por ayudarme a la comprensión de esta cuestión. 71     siguiendo la ruta de las islas (Knapp 1990; Matthäus 2000; 2001). A fin de cuentas en Chipre, como en Eubea, no se detecta este sufijo y para cuando las comunidades chipriotas asimilan la escritura ya se ha vuelto un arcaísmo o se ha abandonado su uso. Ante este panorama resulta muy difícil proponer una respuesta satisfactoria sobre la dispersión de los topónimos rematados en –oussa por buena parte del Mediterráneo centro-occidental. Quizá la solución al enigma abarque distintas posibilidades, sin cerrarse a una única explicación. 4. Conclusión Las diferencias culturales entre las sociedades estatales de Oriente y las sociedades de rango europeas superan el nivel de simples diferencias étnicas que son naturales en cualquier época y zona del mundo. Parece más adecuado referirse a esta distancia cultural como dos habitus independientes. En términos historiográficos, se puede afirmar que ambos modelos sociales corresponden a dos Edades diferentes. Una Edad histórica es una categoría difícil de definir y sujeta a múltiples matices y observaciones. En este estudio se denomina Edad al cúmulo de estructuras básicas que integran una sociedad o varias sociedades afines en un ámbito geográfico conocido, aunque difuso, que no se identifican en las estructuras de otras culturas. Naturalmente, esta propuesta de definición requiere sus puntualizaciones. En primer lugar, ninguna sociedad es enteramente homogénea, de manera que se compone de varios grupos o microsociedades que comparten el reconocimiento y aceptación de ciertas instituciones suprafamiliares. Las grandes ciudades y las pequeñas aldeas pueden forman parte del mismo sistema institucional al margen de que los estilos de vida propios de cada ámbito sean diferentes, al igual que dentro de cada comunidad también pueden aflorar diferencias, especialmente en las de mayor tamaño. Además, sociedades pertenecientes a diferentes Edades pueden tener estructuras en común. Por ello, la elección de un criterio demarcador debe valorar características elementales e importantes que cualitativamente se contraponen. Al mismo tiempo, un relato histórico incluye unas ciertas estructuras y excluye otras, lo que significa que el criterio, aunque racionalizado con plena coherencia, es siempre subjetivo. Las estructuras, si bien reales, en muchas ocasiones son inconscientes y su identificación es obra del historiador – ¡la perspectiva histórica! Todas las sociedades poseen siempre y en todo momento sus propias estructuras, de manera que es imposible la ausencia de un habitus, incluso en las épocas de crisis. Por tanto, una estructura puede transformarse o bien ser sustituida inmediatamente por imposición. Un cambio visible, por transformación o por sustitución, de las estructuras básicas significa un cambio de Edad. Debido a esta razón, la identificación de Edades implica inexorablemente una periodización que, a su vez, puede subdividirse atendiendo a la vitalidad de estructuras menores. Así pues, en un mismo momento pueden coexistir varias Edades. Esta curiosa paradoja forma parte de la riqueza antropológica de la Humanidad. En definitiva, las Edades históricas no son neutras, sino que están cargadas del significado estructural que el historiador juzgue conveniente. Fragmentar la Historia en 72     Edades es producto de una teoría ampliamente extendida entre la comunidad de historiadores. Por este motivo, la Historia podría racionalizarse de otro modo, aunque por ahora no haya una alternativa satisfactoria hasta el punto de identificar el concepto de Historia con la división en Edades. La contraposición estructural entre los Estados (de la Edad Antigua) y las sociedades de rango (de la Edad de los Metales) se puede denominar abismo cultural. A pesar de todo, ambos modelos sociales establecieron lazos de interacción a comienzos del I milenio a.C. cuyas evidencias se analizan en los siguientes capítulos. 73     74 3. ARMAMENTO Y GUERRA 1. Introducción Uno de los campos temáticos más vistosos y extendidos en el repertorio material arqueológico es el de las armas. Este campo recibió un fuerte impulso en la investigación en los años noventa, habiéndose convertido en un tema recurrente en los trabajos sobre la Península Ibérica (Stary 1994; Quesada 1997; Almagro Gorbea 2009). La panoplia básica del Bronce Final Atlántico se compone de una lanza, una espada y un escudo, tal y como reflejan las estelas más antiguas de la serie (Coombs 1975; Celestino 2001: 92; Harrison 2004: 105-107; Harding 2006: 507-513). Esta terna reemplaza a la alabarda y, en menor medida, al puñal, que habían dominado el repertorio armamentístico durante los primeros siglos de la Edad del Bronce (Briard 1998: 171 fig. 4; Schuhmacher 2002; Harding 2006: 505-507). El armamento común en el occidente de la Península Ibérica desde el II milenio a.C. encuentra su filiación en mundo atlántico (Ruiz-Gálvez 1984: 240 ss.; Coffyn 1985: 34 ss.; Brandherm 2007). No obstante, un grupo reducido de armas de raigambre mediterránea se incorpora a este elenco desde el Bronce Final. De manera simultánea, espadas y escudos de tradición atlántica se documentan en diversas regiones del Mediterráneo. Ambos casos prueban el establecimiento de un contacto estable entre estos dos grandes circuitos desde finales del II milenio a.C. que implica una interacción cultural con importantes consecuencias para las sociedades participantes. La guerra es uno de los pilares esenciales de las sociedades atlánticas. Es un medio para adquirir riquezas variopintas, conocimientos y, en general, prestigio y rango (Van Wees 1992; 2004: 162-165; Vandkilde 2006a). El armamento, además, constituye una de las posesiones más preciadas por las sociedades heroicas, elevando su condición práctica a otra de naturaleza simbólica y mágica (Bradley 1990), dando sentido a su tráfico y creando el marco cultural en el que deben contemplarse los objetos analizados a lo largo de este capítulo. 2. Cascos Un objeto que aparece en el registro arqueológico por primera vez en la Península Ibérica en el Bronce Final es el casco. Quizá ya estuviese en uso desde fechas anteriores, debido 75 a que el material más común empleado en la fabricación de armas defensivas es el cuero (Ilíada 10.257-259). Y, de hecho, el cuero no se va a perder después de la introducción del casco metálico, dado que el interior sigue forrado en piel para proteger la cabeza de la dureza del bronce (Hencken 1971: 15-16; Iaia 2009-2012: 75). El casco metálico no sólo supone un refuerzo para atenuar o neutralizar los golpes en la cabeza, sino que también permite una distinción individual o grupal debido a las posibilidades que ofrece la metalurgia, alcanzado en ocasiones calidades artísticas espléndidas. Esta es la importancia del casco metálico en las sociedades atlánticas, que paulatinamente van a incorporar este arma dentro de su panoplia característica. No se trata solamente, en definitiva, de una protección, sino de un objeto de alto valor técnico e ideológico. En el BF III (1050-760 a.C.) se reconocen tres tipos de cascos en la Península Ibérica: los cónicos, los que incluyen cuernos y los que se ornamentan con una cimera o cresta. Este último es el único seguro de naturaleza no mediterránea, sino alpina, y entra en la Península Ibérica por vía atlántica (Hencken 1971: 58-74; Briard y Mohen 1983: 151-154; Egg 1986; Schauer 2003). Se localizan en los depósitos de la Ría de Huelva (Hencken 1955-1956; Coffyn 1985: 208 lám. XXXI.1-4; Ruiz-Gálvez 1995: 217 lám. 19.1-2) y de Vila Coba do Perrinho (Aveiro, Portugal) (Brandão 1963; Coffyn 1985: 208 lám. XL.10-11), así como en los grabados de las estelas de Santa Ana de Trujillo (Díaz Guardamino 2010: no. 339) y, con más dudas, los de Valencia de Alcántara III (ídem: no. 352), Zarza de Montánchez (id.: no. 355) y Aldeia Velha (Vilaça y otros 2011: 351-352 figs. 1, 3). A diferencia de los cascos crestados, los modelos cónicos y los astados son importaciones mediterráneas. 2.1. Cascos cónicos Inicialmente valorado como un caldero o una sítula (Almagro Basch 1940: 137), en el depósito de la Ría de Huelva se reconoce el extremo superior de un ejemplar de casco cónico (lám. I.A) (Ruiz-Gálvez 1995: 218 lám. 19.4). Dicha pieza constituye el único casco de este tipo en el repertorio material de la Península Ibérica, a pesar de que resulta verosímil interpretar como cascos cónicos algunos grabados aparecidos en las estelas sobre la cabeza de las figuras humanas, tal y como se observa en los monumentos de Almargen (Díaz-Guardamino 2010: no. 248), Ategua (lám. IV.C.1) (ídem: no. 254), Las Herencias I (íd.: no. 316) y Setefilla (íd.: no. 340). Llama la atención que los cascos siempre aparezcan en conjuntos muy variados, y que en todos ellos se detecten algunos objetos de filiación mediterránea. El origen último de los cascos metálicos es, de hecho, oriental. Sin ser posible distinguir si se trata de un casco o de un gorro, ni tampoco su material de confección, las más antiguas evidencias de este tipo de atuendo cónico se atestiguan en el Mediterráneo oriental. Se observan, por ejemplo, en algunos sellos de Kanesh de inicios del II milenio a.C. (Littauer y Crouwel 1979: fig. 29) y de Knossos fechados en el MM III o en el MR I (ss. XVII-XVI a.C.) (lám. I.D) (Gill y otros 2002: 375-377). En el Templo de los Obeliscos, en Biblos, se conocen decenas de estatuillas de bronce depositadas como ofrenda que incluyen un gorro con esta morfología, fechadas en el segundo cuarto del II milenio a.C. 76 (Seeden 1980: 73-76 láms. 71.1165-79.1349). Estos cascos o sombreros no sólo gozan de una aceptación en la cultura material y simbólica del Mediterráneo, sino que también se expanden por el continente siguiendo la Ruta del Ámbar hasta el Círculo Nórdico en clara manifestación del tráfico de personas y de la transmisión cultural que acarrea (Kristiansen y Larsson 2006: 342-349). En Biblos, en Ugarit, en Dogantepe (Amasia, Turquía) y en la tumba 4 de Megiddo aparecen otras figuritas de características similares, pero en clara actitud de combate, incorporando una lanza, y fechadas más tardíamente, entre los siglos XIV-XIII a.C. (Seeden 1980: 94, 112-113 láms. 94-96, 97.1686-84, 104.1737, 105.1738). También en el santuario de Hattusas aparece este objeto en el relieve de los Doce Dioses del Inframundo, de la época del rey Tudhalija IV (1237-1209 a.C.) (Akurgal 1961: láms. 86-87; Bittel 1976: figs. 250, 251). Por los contextos de aparición, la presencia de este elemento se justifica porque comporta un alto rango social, regio o sacerdotal. En Cerdeña también se atestigua este tipo de casco. Se trata de nueve figuritas antropomorfas de bronce que incluyen entre sus atuendos cascos o gorros cónicos (lám. I.C) (Araque 2012: 86-90 figs. 2.m-o, 4.e, 6.w). Los bronzetti sardos se sumergen en un mundo ritual de fuertes influjos orientales, fechándose los primeros de la serie en el Bronce Final y prolongándose los últimos hasta casi mediados del I milenio a.C. de manera residual (ídem: 104-105 tab. 3). Como en el caso de los anteriores, el casco es un elemento que impregna de un simbolismo sacro a estas figuritas. Pero los paralelos que claramente aparecen en un contexto bélico y que ofrecen mejores referencias cronológicas y tipológicas se encuentran en los países asiáticos, con origen en la Alta Mesopotamia y cuya zona de influencia abarca toda Asia occidental. La irrupción y pronta proliferación del casco cónico como arma defensiva data del siglo IX a.C., con el surgimiento de los reinos urártico y neoasirio que, aunque rivales, comparten ciertos aspectos de la cultura material. Los más antiguos ejemplares proceden del Imperio Neoasirio. Los cascos cónicos aparecen en los bajorrelieves del palacio de Assurnasirpal II (883-859 a.C.) en Nimrud (lám. I.E) (Hrouda 1965: 89, 132-133 lám. 23.1-3; Deszö 2001: 19, 116 nos. 76-87; 2012a: láms. 18-20, 28, 37-38, 42-43; 2012b: láms. 1-2; Collins 2008: 35-51), teniendo vigencia bajo los monarcas siguientes (Deszö 2012a: láms. 22, 26-27, 32-36, 40, 46-49; 2012b: láms. 3, 7-8, 9-11, 18). Este tipo de casco se incorpora a la panoplia de los ejércitos orientales desde entonces, expandiéndose por Asia occidental hacia el vecino Urartu (Deszö 2001: 79-94; Maner 2009: 256-258; Castelluccia y Dan 2013: 283-306), el Cáucaso (Deszö 2001: 97-98), los Zagros (idem: 70-74) y otras regiones al oeste de Mesopotamia, alcanzando Chipre (lám. I.2) (Karageorghis 1967: 212, 234-235 figs. 20, 24;) y el Egeo (Deszö 2001: 18-30, 56-69). La abundancia y variedad de este tipo en todo el territorio asiático durante los primeros siglos del I milenio a.C. (Deszö 2001: fig. 1) hacen suponer que también pasaron a formar parte de la panoplia fenicia. El surgimiento del casco cónico de combate podría entroncarse en la tradición de los gorros cónicos del País de Hatti, de tal manera que para el I milenio a.C. se incorporase un forro metálico exterior. En cualquier caso, la forma cónica ya era conocida en la región. 77 La presencia minoritaria de este elemento en el registro material (Castelluccia y Dan 2013: 284 fig. 8), aún ya siendo común en la iconografía asiática, permite afirmar una existencia para estos cascos anterior a los relieves neoasirios y urárticos, primero en material orgánico y después en metal. A través de estos primitivos cascos cónicos asiáticos se rellena el vacío creado entre las representaciones hititas del siglo XIII a.C. y las de los nuevos reinos orientales posteriores a los Pueblos del Mar. Una fecha factible para los cascos de Urartu y Asiria, entonces, se centraría en el siglo IX a.C., alcanzando incluso los últimos compases del II milenio a.C. Esta cronología equivale al BF III (1050-760 a.C.), es decir, al período de formación del depósito de la Ría de Huelva y al del levantamiento de las estelas mencionadas, pudiendo continuar su producción durante algún tiempo. Por esta razón, los cascos cónicos asiáticos se convierten en las referencias directas de los peninsulares (Schauer 1983: 185-187; Almagro Gorbea 1989: 281; Stary 1994: 40). Las figuritas sardas, por su parte, reflejan el tránsito hacia occidente de estos cascos. Por todo ello, no cabe duda alguna acerca de la extracción mediterránea para los cascos cónicos, con independencia de si son traídos desde el lejano Chipre o desde Cerdeña. Sin embargo, el análisis metalúrgico de la pieza del depósito de la Ría de Huelva revela una alta cantidad de estaño en su composición (Rovira 1995a: tabla 14 no. ref. 24/60/178.273.377). A pesar de que este dato no sea definitivo, a priori implica una fabricación en un taller local, ya que en las aleaciones atlánticas la proporción de este metal se sitúa entre el 10-15% de media, claramente superior a la cantidad empleada en los bronces orientales. No obstante, en algunas aleaciones urárticas se observan medidas similares de estaño (Kashani y otros 2013: tabla 2), implicando que sí pueda haber sido fabricado en un taller foráneo. En conclusión, la morfología del casco es el aspecto que mejor permite determinar un origen oriental para el mismo. La tecnología empleada bien puede ser atlántica o mediterránea. Aunque lo más sencillo y lógico es decantarse por la segunda opción, el conflicto creado por una hipotética fabricación atlántica se resolvería proponiendo que se trata de una copia a partir de un modelo oriental, quizá venido de Chipre. De ser así, el casco cónico de la Ría de Huelva se debería interpretar, entonces, como una prueba indirecta de los contactos entre la Península Ibérica y poblaciones mediterráneas. 2.2. Cascos astados La totalidad del repertorio peninsular de los cascos astados se documenta en las imágenes de numerosas estelas (lám. II.A). Su representación consiste en dos líneas salientes de los laterales de la cabeza de ciertos antropomorfos, de tal manera que la interpretación de estas figuras como personas portando un casco astado parece lo más razonable. Estos cascos aparecen en las estelas de Alamillo (Díaz-Guardamino 2010: no. 241), Aldeanueva de San Bartolomé (ídem: no. 245), Almadén de la Plata II (íd.: no. 247), Cabeza de Buey IV (íd.: no. 265), Cortijo de la Reina I (íd.: no. 282), Cortijo de la Reina II, (íd.: no. 283), Écija II (íd.: no. 286), Écija III (íd.: no. 287), Écija V (íd.: no. 289), El Carpio (Martínez Sánchez 2008: figs. 1-2) El Coronil (Díaz-Guardamino 2010: no. 292), El Viso I (íd.: no. 293), El Viso VI (íd.: no. 297), Esparragosa de Lares I (íd.: no. 299), Esparragosa de Lares 78 III (íd.: no. 301; Pavón y Duque 2010), Fuente de Cantos (Díaz-Guardamino 2010: no. 306), Las Herencias II (íd.: no. 317), Magacela (íd.: no. 320), Monte Blanco-Oliveza (íd.: no. 322), Montemayor (íd.: no. 323), Pocito Chico (íd.: no. 329), Río Guadalmez (íd.: no. 334), Valdetorres I (íd.: no. 348) y Orellana III (Blas 2010). 1 Estas representaciones muestran cuatro tipos – astas en V, U, L y liriformes –, pero para un mejor y más cómodo análisis van a ser considerados como un único conjunto, debido a que esta variedad puede responder a las dificultades en su grabado y también a que todos muestran una común filiación. El origen geográfico y cultural de estos cascos es incierto, pero es de nuevo en el Mediterráneo oriental y en Mesopotamia donde se descubre una tradición y concentración importantes de este elemento (Hencken 1971: 171-172; Araque 2012: 100­ 102) en la medida en que la cornamenta de los bóvidos alude al mismo bóvido, que es un símbolo de supremacía, autoridad, potencia, riqueza y fertilidad (Campbell 1964: 42 ss.; Rice 1998). Los cuernos, entonces, son símbolos de símbolos. De entre las más antiguas representaciones de estos cuernos cabe citar las imágenes de la diosa egipcia Hathor, cuyos dominios se relacionan con la maternidad. En este caso, al igual que ocurre con otras divinidades egipcias, los cuernos no van incorporados en cascos, sino que brotan de la misma cabeza de los dioses con la función de representar el vínculo entre las atribuciones de los dioses y sus referencias terrestres. Un personaje fundamental en la mitología oriental e indoeuropea es el Minotauro. No porta ningún casco, sino que es la imagen de un cruce monstruoso entre un toro, con todo su simbolismo, y un hombre. Quizá las imágenes de las estelas no deban interpretarse como hombres armados con cascos astados, sino como una figura astada, semejante o igual a la del Minotauro (Harrison 2004: 118-119, 141-143) y con reminiscencias muy claras, aunque no definitivas, en algunas estelas levantinas del I milenio a.C. (lám. II.E) (Celestino y López-Ruiz 2006). Una de las más antiguas representaciones de cascos con cuernos aparece en la Estela de Victoria de Naram-Sin, en la que se representa a este rey acadio del siglo XXIII a.C. derrotando a sus enemigos y portando un casco astado (Lloyd 1961: fig. 71). En Anatolia aparecen multitud de imágenes de cascos astados a lo largo del II milenio a.C., normalmente relacionadas con dioses (Akurgal 1949: 4-9), aunque también con otros personajes insignes. Por ejemplo, en tiempos de Mursili III (s. XIII a.C.), en un sello hitita se distingue un guerrero, armado con un atuendo similar, una lanza y un arco, custodiando al Dios de la Tormenta (Collins 2010: 68 fig. 15). El culto a esta divinidad de origen hurro-hitita se extiende en el II milenio a.C. por Asia occidental, sincretizándose con dioses regionales y asimilando estos sus atribuciones funcionales y simbólicas (Green 2003), entre las que se cuenta la presencia de astas. Así, el dios cananeo Baal también aparece representado de manera similar, portando un casco 1 En un abrigo de la localidad de Mosqueruela (Teruel) aparece pintado un guerrero armado con una espada, un escudo redondo y un casco astado (Lorrio y Royo 2013: 88-89). La tendencia dominante es asignarle una cronología de la Edad del Hierro debido a la similitud que ofrece el casco también con los de tipo hispano­ calcídicos (Graells y otros 2014). Pero lo cierto es que tampoco existen argumentos concluyentes que impidan equipar dicho casco con los astados aparecidos en las estelas y, por tanto, otorgarle una datación concordante con éstas. 79 con cuernos y otras armas tal y como se observa en la estela de Baal ubicada en el templo dedicado a este dios en Ugarit (Schaeffer 1933: 123 lám. XVI), aunque de tipología diferente a la de las estelas peninsulares. En Enkomi se registran dos estatuillas en bronce del “Dios Astado”, equiparables con Baal, en las que figuras antropomorfas llevan un casco de estas características, datándose en el TC IIIC (1190-1050 a.C. Una de ellas de nuevo se perfila como un smiting god, un dios guerrero en actitud de combate con lanza y escudo, cuernos cortos, sobre un pedestal taurodérmico (lám. II.C) (Karageorghis 1964: lám. 16; Seeden 1980: 123 lám. 112). La otra estatuilla, en cambio, no dispone de armamento y se muestra en una actitud reposada, luciendo un casco con decoraciones y con cuernos muy abiertos y largos (lám. II.D) (Catling 1964: 255-256 lám. 46). Pero el casco astado no sólo aparece en las representaciones de dioses, reyes y seres fabulosos. En la iconografía de la batalla naval de los Pueblos del Mar del templo de Medinet Habu (Sandars 1978: fig. 82; Oren 2000: fig. 5.6) queda reflejado que los cascos astados formaban parte de la panoplia de los sherden, con cuernos de pequeño tamaño (Woudhuizen 2006: fig. fig. 7.d). Cascos parecidos, con cuernos mayores, aparecen dibujados en el Vaso de los Guerreros de Micenas (HR IIIB-C) (lám. II.I), en el que nuevamente son hombres armados quienes portan esta indumentaria (Deger-Jalkotzy 2008: 399 lám. 15.3), lo que quizá ilustre algunas descripciones de cascos relatadas en la Ilíada (11.41-42; 22.314-316). Los cascos astados más cercanos a los peninsulares se documentan en Cerdeña, donde se incluyen en los complementos de las figuritas de bronce características de esta isla de finales del II milenio a.C. y los primeros siglos del I milenio a.C. Las figuritas en cuestión muestran semejanzas notables entre ellas, al disponer de cascos con cuernos, normalmente muy alargados y altos, e incorporar un juego de armas, con arcos, espadas y escudos (lám. II.H) (Thimme 1980: 378-384 láms. 90.a-93.c, 95,-99, 101.a-b, 106, 108.a-109; Araque 2012: 99 figs. 3, 4.b-c, g, 7.f). Esta imagen, a su vez, se parece notablemente a las representaciones de las estelas peninsulares, en las que también aparecen normalmente estas armas, en ocasiones acompañadas por antropomorfos. También en Córcega se descubren indicios de lo que apuntan a ser guerreros con cascos astados, ya que los menhires antropomorfos disponen de huecos en los laterales de las cabezas en los que verosímilmente se acoplarían cuernos o elementos similares (lám. II.F) (Grosjean 1966: 195 figs. 5-6). Estos últimos megalitos se fechan a mediados del II milenio a.C., siendo, por lo tanto, anteriores a las estelas y a los bronzetti. En el Círculo Nórdico se conocen algunos vestigios iconográficos elemento (lám. II.B). Junto con las representaciones de las estelas, todos estos cascos astados son los únicos registrados fuera del ámbito mediterráneo en Europa. El conjunto nórdico, fechado en los Períodos IV-V (1100-700 a.C.), lo integran una figurita de bronce hallada en el depósito de Grevensvaenge (Dinamarca), formada por dos antropomorfos que lucen sendos cascos y hachas de combate, un grabado sobre una navaja de afeitar y los petroglifos de Kalleby y Sotetorp (Suecia), además de dos cascos reales y completos y un cuerno suelto, ambos metálicos, en Viksø (Dinamarca) (lám. II.G) (Glob 1969: 175 figs. 140a-b, 211; Hencken 1971: 80 169 figs. 138-139). Por la cronología asignada a los diferentes grupos donde aparece este casco, unido a la existencia de otros elementos compartidos, se deduce que su origen es oriental y que a través del Egeo alcanza Escandinavia (Thrane 1990), mientras que al Mediterráneo occidental llega merced a la conexión chiprolevantina (Lo Schiavo y otros 1985; Almagro Gorbea 2001). La inclusión de los cuernos explicita el valor simbólico de los bóvidos, los cuales ocupan una posición de relevancia en el bestiario mitológico y ritual en la Antigüedad por sus atribuciones mágicas y económicas y por su papel en el sacrificio ritual, cuyo significado último es la conexión entre dioses y humanos (Almagro Gorbea y otros 2011-2012). Resulta difícil discernir si con los cascos astados penetra también el significado ideológico de los bóvidos, lo que supondría una innovación en el imaginario de nórdicos y occidentales o si, por el contrario, los cascos con cuernos viajan en el sustrato de una creencia compartida por pueblos repartidos en una geografía muy extensa, lo que podría sugerir un fondo común para todos ellos. Lo que sí parece certero es que con estos cascos se introduce una imagen de poder desconocida, aparentemente, en los confines de Europa (Kristiansen y Larsson 2006: 330-334). La imagen del “Dios/Rey Astado”, que se repite en contextos mitológicos y bélicos en el Mediterráneo oriental, implica una carga ideológica que reúne rasgos divinos y regios. El casco con cuernos simboliza, así, un poder de acción y protección ligado a su poseedor (Harrison 2004: 118-119). La representación de los cascos astados en las estelas y en todos los contextos en los que aparece en el Mediterráneo central y en los países escandinavos va acompañada de otros elementos materiales reservados a una minoría de la sociedad. Las élites sociales se definen por la participación y liderazgo en el combate, en las comunicaciones con el exterior y en el resto de actividades a escala comunitaria y regional, con un momento de expansión en el Bronce Final que es, en resumen, lo que manifiesta la distribución del casco astado (Celestino y López-Ruiz 2006; Brandherm 2008a; Vandkilde 2013). 3. Carro ligero y elementos de arreo Presuntamente evolucionado del carro de transporte, el carro ligero se convierte en uno de los elementos más representativos y funcionalmente más activos desde principios del II milenio a.C., con especial relevancia, en los países del Mediterráneo oriental y Asia occidental, sin poder aducirse un origen concreto (Piggott 1983; Moorey 1986; Pare 1987; Anthony 1995; 2007; Littauer y Crouwel 1996; Pogrebova 2003; Drews 2004; Quesada 2005; Feldman y Sauvage 2010; Crouwel 2012; Köpp-Junk 2016). La aparición en las estelas del carro ligero evidencia una cronología de BF III (Mederos 2008b). Otras piezas relacionadas con este vehículo y con el equipamiento de los caballos también se presentan por primera vez en este período. Por ello y por su origen mediterráneo, todos estos elementos deben valorarse como manifestaciones de los contactos protocoloniales. 81 3.1. Carro ligero Aunque el carro no se define propiamente como un arma, desempeña una función dentro del campo de batalla como medio de transporte de guerreros distinguidos tanto para su presentación como para el desarrollo del combate desplazándose y cargando contra el enemigo (Ilíada IV.293-307; Liverani 1996) o como plataforma móvil desde la que disparar flechas (Genz 2007). También puede adoptar otras funciones en contextos funerarios, tal y como se observa claramente en la estela de Ategua (Bendala 1977: 193). No deja de ser, por tanto, un elemento identificativo de las élites guerreras (Mederos 2008b: 457-460; Köpp-Junk 2013). El carro ligero irrumpe con fuerza en la Península Ibérica a comienzos del I milenio a.C. para extenderse rápidamente por las comunidades de la vertiente atlántica. Las primeras pruebas de su penetración aparecen en los grabados de las estelas, probablemente en un momento avanzado de la serie y, desde luego, no en el principio de estos monumentos (Almagro Basch 1966: 189-196; Pingel 1974: 6-11; Powell 1976; Almagro Gorbea 1977: 185; Piggott 1983: 131-133; Blázquez 1986; Fernández-Miranda y Olmos 1986; Quesada 1994; Stary 1994: 60-66; Celestino 2001: 211-232.; Harrison 2004: 55, 112-114, 144-151; Mederos 2008b). No obstante, habrá que esperar hasta el siglo VII a.C., en fase plena del Orientalizante tartésico, para encontrar los primeros indicios materiales seguros de la existencia de un carro, evidenciado por diversas piezas – cubos de las ruedas, refuerzo de bronce de la caja, varillas de sujeción, lanza, placas caladas, pasarriendas, pasadores, contera, etc. – descubiertas en la tumba 17 del cementerio onubense de La Joya (Garrido y Orta 1978: 66 ss.). Por su contexto y su cronología, todo apunta a que se trata de un modelo de carro diferente al representado en las estelas. Sin embargo, de igual modo que sucede con los carros mediterráneos y los grabados en las estelas, su construcción se realiza en madera, si bien se ornamenta o fortalece con chapas metálicas. Mientras que parece innegable que los carros de las estelas se ajustan a una cronología del BF III, su región de procedencia, en cambio, es objeto de múltiples debates. Se distinguen dos posturas mayoritarias polarizadas: el Mediterráneo (Egeo/Chipre/Fenicia) (Bendala 1977: 200; Muzzolini 1988; Burgess 1991: 40; Quesada 1994; Celestino 2001: 228, 230; Harrison 2004: 148; Mederos 2008b; Torres 2012: 460-461) y el continente europeo (Atlántico/Pirineos) (Almagro Basch 1966: 192; Fernández Castro 1988; Barceló 1989; Pellicer 1989). También hay un posicionamiento más ecléctico que aboga por flujos venidos de ambas vertientes (Almagro Gorbea 1977: 185; Coffyn 1985: 211). A pesar de las diferencias tipológicas internas observables en las representaciones, existe una tendencia hacia una cierta homogeneidad, lo que conduce a considerar un modelo único que sirva de prototipo para este artilugio. En este sentido, quizá el grabado de la estela de Ategua sea el más nítido y fiable. Con el fin de determinar el foco originario del carro peninsular y resaltar las convergencias y divergencias tipológicas, lo más conveniente es descomponer los elementos que integran el carro según lo apreciado en la iconografía (lám. III.A) (Quesada 1994; Mederos 2008b: 448-456). 82 A. Tiro. Todos los carros aparecen tirados por una pareja de caballos, al igual que en el Mediterráneo oriental. Sólo a partir de época asiria surgen las cuadrigas, extendiéndose por Chipre y el Egeo desde el siglo VIII a.C. (Littauer y Crouwel 1979: 113; Crouwel 1981: 97). De manera excepcional, el carro de Solana de Cabañas es tirado por un solo caballo, mientras que el de Carmona parece estar tirado por bueyes, también presentes en el Egeo (Crouwel 1981: lám. 117). B. Ruedas y radios. Por norma general, los carros de las estelas llevan dos ruedas, rasgo que lo convierte en el componente imprescindible para su definición como carro ligero o carro de combate. En algunas de las representaciones se aprecian radios, cuyo número oscila entre dos y cuatro. Naturalmente, las ruedas de dos radios son esquemáticas, ya que la tracción a la que se someten las ruedas requiere más radios que sirvan de apoyo y de transmisión de la fuerza para su sostenimiento. Cuatro radios, en cambio, es un número perfectamente factible desde la perspectiva de la Mecánica y de la Arqueología. Lo más lógico es que la representación de ruedas sin radios se explique igualmente debido al esquematismo típico de la iconografía de las estelas y no a una hipotético modelo macizo de rueda, propio de carros de transporte pesados, aunque esta opción tampoco deba descartarse a la ligera. El número de radios sirve como criterio demarcador de la filiación de los carros de las estelas. Las ruedas de cuatro radios se identifican en el Egeo, donde este modelo se encuentra en vigor desde el HR I hasta el Geométrico Final (ss. XVI-VIII a.C.) (Crouwel 1981: 81-90; 1992: 108-109). Aunque en algunos carros los orientales estén presentes las ruedas de cuatro radios por igual, son las de seis las más habituales con diferencia y, secundariamente, también existen ruedas con otro número de radios (Littauer y Crouwel 1979:78-80; Deszö 2012b: láms. 12-14; Sacco 2013; Mansfeld 2013: 184-192; Spalinger 2013). Las ruedas de cuatro radios aparecen en las estelas de Ategua (lám. III.A.3) y de Cabeza de Buey I (lám. III.A.1). C. Eje. Su posición es central siempre, proporcionando una mayor estabilidad y equidad en la distribución del peso. Los ejes centrales se encuentran también en muy diversas regiones del Mediterráneo oriental, pero sólo en el Egeo el eje trasero está ausente (Crouwel 1981: 78-81, 145). D. Caja. La planta tiene forma de “D” con el frente curvo en todos los ejemplares. A inicios del I milenio a.C., esta forma tiende a transformarse en Oriente y en Chipre en plantas cuadrangulares o liriformes y más grandes (Littauer y Crouwel 1979: 103; Crouwel 1987: 102-103, 115), mientras que en el Egeo permanecen inalteradas. Los asideros laterales traseros, a menudo hipertrofiados, constituyen otro rasgo definitorio de los carros peninsulares que también se registran en el Egeo, Chipre y Ugarit durante el HR I–IIIB (ss. XVI–XIII a.C.) (Crouwel 1981: 63-70) y sólo en el Egeo en el Geométrico Final Ático, ya en el I milenio a.C., aunque quizá perduren durante todo ese lapso (Crouwel 1992: 34). En definitiva, los argumentos esgrimidos apuntan a un origen egeo de la Época Heládica para el modelo de carro exhibido en las estelas (lám. III.B). Con dificultad, el mismo prototipo se reconoce en los petroglifos nórdicos (Malmer 1981: 43-46; Piggott 1983: 116­ 83 119; Rausing 1991; Coles 2002), en una cerámica de una tumba de Vel’ke Rasovče (Eslovaquia) (Mansfeld 2013: 165-166 fig. 67.c) y, de manera hipotética, en un grabado del Valcamónica (Anati 1964: 81; Piggott 1983: 119; Crouwel 2012: 71 lám. 100). En general, estos grabados rupestres son más escuetos que los peninsulares, prestándose a confusión en algunos casos y no permitiendo un análisis pormenorizado. Empezando por las reproducciones escandinavas, en una roca de Frännarp (Halland, Suecia) (lám. III.C) se observa una composición excepcional dentro del grupo de petroglifos nórdicos (Coles 2002: fig. 8 lám. 1). Se trata de un conjunto de, al menos, diecisiete carros de idénticas características que los peninsulares, no sólo en lo referido a sus detalles, sino a la perspectiva de representación, aérea y con las ruedas separadas de la caja. En las demás representaciones escandinavas se observan o se intuyen los mismos rasgos, fechándose entre los períodos II-III (1500-1100 a.C.). La tumba de Vel’ke Rasovče se fecha en el Br D continental, y en el grabado del carro se distinguen perfectamente dos ruedas de cuatro radios, la caja muy esquemática y el tiro con dos caballos (lám. III.D). El ejemplar de Valcamónica (lám. III.E) se ubica en Naquane, sin más carros en toda la región alpina, aunque aparece envuelto en un conjunto de abrigos con grabados de objetos y escenas de combate y agropecuarias (Anati 1964) cuya cronología se sitúa a finales del II milenio a.C., aunque se ha propuesto que el carro en cuestión podría pertenecer a una serie tardía (Piggott 1983: 119). Su representación es muy esquemática, distinguiéndose apenas las ruedas de cuatro radios, el timón y una pequeña caja, no disponiendo de tiro ni de auriga. Los paralelos heládicos para estos casos son los más evidentes, lo que permite explicar su aparición en el contexto del esplendor de la Ruta del Ámbar que conectaba el Mediterráneo con el Báltico (Thrane 1990; Galanaki y otros 2007). La identificación del carro heládico como prototipo para las representaciones peninsulares genera un problema muy interesante para resolver: el momento de su llegada. Los carros ligeros de las estelas se fechan en el BF III, mientras que los carros nórdicos y los egeos lo hacen en fechas visiblemente anteriores. Una posible solución consiste en elevar la cronología de introducción del carro ligero en la Península Ibérica a los siglos XIV-XIII a.C. (Mederos 2008b: 462), de tal manera que coincidan temporalmente los ejemplares egeos con las primeras cerámicas a torno aparecidas en la Península Ibérica (Almagro Gorbea y Fontes 1997), venidas del Egeo y de Chipre, así como con las hachas de enmangue transversal sicilianas. De esta manera, el carro penetraría por El Argar, pudiendo permanecer aisladamente en el suroeste hasta el BF III, cuando se transmitiría esta tecnología hasta la vertiente atlántica peninsular. Por supuesto, parece muy extraño y difícil de creer que el carro estuviese presente en la región occidental desde el BF I y que no se representara en las estelas. Parece más adecuado salvar la diferencia cronológica considerando otros aspectos igualmente relevantes. El colapso del sistema palacial frena la intensidad de la expansión heládica por el Occidente mediterráneo. En los siglos posteriores la cerámica modifica su estilo decorativo dejando atrás los motivos figurativos para implantarse un patrón geométrico que apenas refleja la cultura material, así como tampoco escenas naturalistas. Pero el reemplazo del estilo decorativo en las cerámicas chiproegeas no significa el reemplazo de los modelos de carros ni de otros objetos, sino que simplemente 84 se deja de enseñar lo que durante el Período Heládico se había reproducido en multitud de ocasiones. Con la caída del sistema palacial, lejos de producirse un hundimiento absoluto, algunas comunidades egeas se reorganizan prontamente para continuar con las relaciones exteriores con todas las dinámicas económicas internas que ello implica (Mazarakis Ainian 2006; Deger-Jalkotzy 2010: 392-396; Crielaard 2011) para volver a recuperar en el siglo XI a.C. la vitalidad de antaño (Crielaard 2006) en un escenario diferente marcado por la creciente actividad chiprofenicia y su proyección por todo el Mediterráneo (Mederos 1996; Crielaard 1998). En paralelo a esta reorganización interna, durante el HR IIIC parece que se produce una migración de población egea con Chipre como destino (Deger- Jalkotzy 1994: 20; 2010: 396, 406; Iacovou 1999; Voskos y Knapp 2008; Knapp 2009: 223-225; Leriou 2011) que va a dar continuidad a las relaciones entre la isla y el Egeo al igual que a las conexiones ultramarinas hacia el Occidente (Matthäus 2001; MacNamara 2002). Así las cosas, la aparición del carro heládico en las estelas no impide considerar que pudiera introducirse posteriormente, en el BF III, en la medida en que verosímilmente este tipo de carro pudo continuar en uso en la misma región egea, en Chipre o, incluso, en las islas del Mediterráneo central. Esta opción tardía parece más acertada, ya que el carro ligero se introduce en el Atlántico en un período de transformaciones en la sociedad peninsular en el que comienzan a fortalecerse los vínculos con los pueblos mediterráneos. En este sentido, con la introducción del carro se produce también de manera razonable la introducción del auriga-domador. El tráfico no sólo de objetos, sino de personas, implica un acercamiento cultural que parece más propio de un panorama de contactos fluidos como el de BF III que de contactos más esporádicos como el que parece que hubo en El Argar C. En conclusión, el carro ligero representado en las estelas evidencia una conexión sostenida entre pueblos mediterráneos y del Atlántico peninsular en el BF III. Aunque el carro es de origen egeo, no necesariamente hubo de ser traído desde ese ámbito, sino que marineros chipriotas o de cualquier otra región mediterránea pudieron desempeñar un papel de intermediarios (Muzzolini 1988: 365-366; Torres 2012: 460-461). 3.2. Elementos de arreo De los carros únicamente se conservan sus representaciones debido a que su material de fabricación, la madera, es perecedero, y lo mismo sucede con las riendas, probablemente de cuero. Sin embargo, los arreos de los caballos están hechos de bronce, lo que ha posibilitado la perduración de algunos de ellos hasta la actualidad. Desde los inicios del Período Orientalizante se documentan un buen número de ejemplares de elementos de arreo en la Península Ibérica (Jiménez Ávila 2002: 406-408 láms. XL-XLI). Sin embargo, los más antiguos pasarriendas o arneses se fechan en el BF III, de tal manera que son coetáneos a los carros de las estelas y, por tanto, algunos de ellos son protocoloniales. Así se han interpretado las anillas – simples, dobles y triples – que forman parte del depósito de la Ría de Huelva (lám. VII.A.2) (Ruiz-Gálvez 1995: 141; 225-226 lám. 18.81-93; véase discusión en Brandherm 2008-2009) en la medida en que forman 85 parte de un extenso lote de artefactos relacionados todos ellos con el prototipo de guerrero de una sociedad heroica, exactamente igual que la imagen ofrecida por las estelas. Por ello, el resto de anillas simples y dobles aparecidas en los asentamientos de Nossa Senhora da Guía (Viseu, Portugal) (lám. VII.A.6) (Silva y otros 1984: 92-93 lám. 11.4­ 33), Los Concejiles (Lobón, Badajoz) (Vilaça y otros 2012: fig. 23.4) y, con reservas, una extraña pieza de Cabezo de Araya (Arroyo de la Luz, Cáceres) (lám. VII.A.3) (Almagro Basch 1961: 16, 18 fig. 4.21-22, 30; Harrison 2004: 55) también parece coherente interpretarlas como pasarriendas. Además, en Nossa Senhora da Guía se incluyen dentro del material metálico un tubo de bronce con dos perforaciones laterales rematado en un grupo de anillas de las que sobresale un pincho y que se podría ser interpretado como un stimulus o aguijón para azuzar al caballo (lám. VII.A.4) (Silva y otros 1984: lám. IX.5; Ruiz-Gálvez 1993: fig. 4.40). La aparición de estos arreos se sumerge en la problemática cuestión de la entrada de la monta del caballo en la Península Ibérica y, de manera más general, en el mundo Atlántico, donde también aparecen objetos similares (Coffyn y otros 1981: láms. 41-42, 50.2). Los pioneros en la equitación son los pueblos de las estepas euroasiáticas, con un modus vivendi nómada y cuya economía se sostiene en la ganadería. Ellos son quienes introducen la domesticación y cría del caballo en el V milenio a.C. (Kristiansen 2001: 266­ 271; Drews 2004: 22). Aprovechando el paso natural de las estepas y la desestabilización en los Balcanes después de la caída del sistema palacial, este pueblo de pastores – cimerios, “pre-escitas” – inicia una época de expansión y desplazamientos. En este contexto se introduce el arte de montar en el Danubio en el Ha B2-3 (ss. X-IX a.C.), alcanzando los Alpes hacia el oeste, así como probablemente también en Asia occidental tras cruzar las montañas caucásicas en la misma época. Éste es el inicio del Horizonte Traco-Cimerio (Kossack 1954; Meltzer- Nebelsick 1994; Kristiansen 2001: 271-291), definido arqueológicamente en estas regiones por el surgimiento de una koiné material con un nuevo estilo cerámico de dibujos geométricos de incrustación, adornos personales y equipos de montar que rompen con la tradición anterior. La renovación cultural en el Horizonte Traco-Cimerio implica una oleada de migraciones, pero también el desarrollo de un macrocircuito de intercambios que trasciende a la renovación de la cultura material y afecta a la economía, al imaginario en el que las figuras del caballo y el jinete van a ocupar una posición central y, por supuesto, a las tácticas militares. En la Península Ibérica, el florecimiento de la ideología ecuestre acontece durante la Edad del Hierro, derivado de los influjos continentales y mediterráneos (Almagro Gorbea y Torres 1999; Almagro Gorbea 2005a; González García 2009). Las primeras evidencias indiscutibles de jinetes se documentan en el anillo del tesoro de Aliseda (Cáceres), datado en el s. VII a.C. (Almagro Gorbea 2005a: 155 fig. 1), juntamente con el más incierto del dibujo de un jinete con casco crestado en el abrigo de La Gasulla (Castellón), quizá una centuria anterior (Grimal 2003; Lorrio y Royo 2013: fig. 7.D.1).2 Otra confusa prueba 2 El caballo se introduce en la Península Ibérica a finales de la Edad del Cobre, tal y como revelan los restos óseos hallados en Cerro de la Virgen II (Orce, Granada) y en Fuente Flores (Requena, Valencia), lugar en el que 86 procede de Les Ferreres (Calaceite, Teruel) (lám. LXXVIII.B), donde un soporte de tallo incorpora la figura de un caballo en su pie (Armada y Rovira 2011). Su contexto deposicional apunta al siglo VI a.C. (ídem: 26-28), y su composición química alta en plomo evidencia que fue fabricado en la Península Ibérica en esa época (íd.: fig. 6). Sin embargo, los mejores paralelos estructurales para este artefacto, al margen de los soportes del sur de Francia (íd.: fig. 18), se encuentran en el ámbito chipropalestino de fines del II milenio a.C. (Matthäus 1985: 321-324 láms. 109.713-714, 137-139.1-2; Artzy 2006: 46, 49, 67-68 fig. 2.14.2-3 lám. 23), mientras que las mejores analogías estilísticas para el caballo proceden del Egeo en el siglo VIII a.C. (Latacz y otros 2008: no. 14), región en la que la monta era conocida desde el Período Heládico (Kelder 2012). Los pasarriendas citados constituyen una certera prueba del uso del caballo en el Bronce Final en la península, pero parece más prudente y adecuado insertarlos dentro del tiro de los carros (Ruiz-Gálvez 1995: 225-226) y, por ende, situar su origen en el Mediterráneo oriental, donde también se conocen aros idénticos desde el siglo XII a.C. (lám. VII.A.7) (Catling 1964: 226 fig. 23.5-6 lám. 48.G-I). En el presunto depósito de Sansueña (Zamora) se identifica un antiguo bocado de caballo (lám. VII.A.1), formado por dos piezas retorcidas rematadas en anillas (Delibes 1980: 223-233 fig. 2). Este tipo es oriundo de la región transcaucásica y a esta zona se restringe, aunque en la cultura material traco-cimeria y hallstática, dispersa por amplios territorios euroasiáticos, también se documentan formas similares (Müller-Karpe 1959: láms. 57.B.10, 65.D.5-6, 67.11; Delibes 1980: figs. 4-5; Kristiansen 2001: fig. 104), luego, en principio, lo más lógico es suponer que el carro no sólo se introdujo por vía mediterránea, sino también por vía pirenaica. En este sentido, los bocados que aparecen en el depósito de Monte Sa Idda (Taramelli 1921: 58 fig. 80) y las tumbas de guerrero 7 y 8 de Paleopaphos (Chipre) (Karageorghis 1967: 241 fig. 21.49-51) y en otras regiones mediterráneas son muy parecidos, razón que nuevamente apunta una posible entrada por vía marina a comienzos del I milenio a.C. o muy a finales del anterior milenio. No obstante, el contexto de aparición de la pieza de Sansueña es un misterio y, además, los demás objetos a los que presumiblemente está asociado proceden del Cáucaso Sur – caso de los puñales de espiga (Delibes 1980: 235-237 fig. 3.4-6; Curtis y Kruszyński 2002: 42, 44 fig. 27) – y del Atlántico – caso del hacha de talón con una anilla o de tipo Rosnoën, de la punta de lanza y de los brazaletes de bronce –, de tal manera que el conjunto parece ser, en verdad, dos conjuntos de igual cronología. Por ello, el depósito quizá sea artificial, habiéndose reunido en época moderna y con la incertidumbre de si el bocado zamorano llegó a la Península Ibérica en el Horizonte Peña Negra I o en la actualidad. Por su parte, el hipotético aguijón de azuzar de Nossa Senhora da Guía no se presta a una vinculación con el gobierno del carro tan clara. Quizá no sea tal, sino una pieza integrante de un artilugio de función incierta. No dispone de paralelos en la Península Ibérica, aunque cabe aducir algunas piezas similares halladas en Italia a inicios de la Edad del Hierro (lám. VII.A.5), en alguna ocasión asociada a bocados de caballo (Müller-Karpe parece que se criaban (Mederos 2009a: 42-43). Lo más probable es que su destino fuese exclusivamente alimenticio, a pesar de que no se puede afirmar con rotundidad que la ganadería equina de aquel entonces fuese por completo ajena a la monta. 87 1959: láms. 57.B.1, 65.G.4; Pare 1992: 192 fig. 132.3). Los análisis químicos efectuados sobre esta pieza, al igual que sobre las demás anillas pertenecientes al mismo conjunto, revelan una factura in situ debido al alto contenido en estaño (Valério y otros 2006: cuadros 8, 10). Así las cosas, en el caso de que verdaderamente se trate de un aguijón para estimular al caballo, constituiría la evidencia más antigua de equipos de monta en la Península Ibérica, lo que obligaría a revisar al alza la cronología de introducción de la equitación en el Atlántico, y a considerar que los pasarriendas no necesariamente deben ligarse al uso del carro ligero, en especial el ejemplar de Sansueña debido a su filiación cultural. Como complemento de esta hipótesis, la robustez que presentan los extremos superiores de los fémures del individuo B del sepulcro de Roça do Casal do Meio podría ser un indicio de un esfuerzo físico relacionado con la monta (“Horse-rider/Horsman syndrome”), aunque no se ha demostrado satisfactoriamente (Vilaça y Cunha 2005: 51-52).3 Por otra parte, tratándose de un artefacto extraño en Iberia de dudosa función, tampoco sirve como argumento sólido para evidenciar la monta en el Bronce Final, opción que resulta la más verosímil a la vista de los materiales peninsulares. *** A la vista de los datos ofrecidos, no cabe la menor duda de que los primeros carros documentados en la Península Ibérica son de filiación egea, al margen de la naturaleza de sus agentes introductores. Su aparición en las estelas denota que en el BF III ya eran conocidos por los pueblos que habitaban en la región atlántica, una tesis que se ve respaldada por los contextos de aparición de los más antiguos pasarriendas peninsulares. Sin embargo, existe un margen de incertidumbre acerca del momento exacto de la introducción del carro ligero en la Península Ibérica. Así, el BF III resulta el período más probable por la proliferación de evidencias arqueológicas no sólo referidas al propio carro, sino también de otros objetos oriundos del Mediterráneo. Pero es igualmente factible, si bien más improbable, que su introducción se produjese en el BF I o, incluso, a finales del período anterior. La ausencia de este ingenio en las primeras estelas de la serie supone un grave impedimento para afirmar esta segunda opción, aunque tal ausencia tampoco demuestra de manera inequívoca su total desconocimiento en Occidente. En cambio, lo que sí demuestra es que, de haber carros en la Península Ibérica en una fecha temprana, éstos no poseían el mismo significado simbólico que tuvieron en el BF III, razón por la que se incluyen en la iconografía de las estelas. Por otro lado, si bien los mejores paralelos del carro aparecen en el Egeo en época heládica, quizá los navegantes que lo trajeron a la Península Ibérica no procedieran de este ámbito, sino de las zonas periféricas. De esta manera, el carro ligero pudo ser una introducción chipriota o tirrénica, ya que ambas regiones mantenían estrechos contactos con el Egeo. Es más, podría incluso considerarse que son los chipriotas quienes dan a conocer el carro a las comunidades del Círculo del Tirreno a la vista de la profusión de 3 Agradezco profundamente a Marta Pernas Hernández la información e interpretación sobre estos síntomas, así como su paciencia y simpatía mostrada a lo largo de todas las veces en los ha salido en nuestras conversaciones temas relacionados con esta investigación. 88 objetos oriundos de Chipre en Cerdeña y, en menor medida, en Sicilia durante el Bronce Final (Lo Schiavo y otros 1985; 2009). 4. Armas de tradición atlántica en el Mediterráneo En el Mediterráneo se reconocen algunas familias de espadas de tradición atlántico- peninsular. Las primeras espadas de origen ibérico atestiguadas en el Círculo del Tirreno se remontan a la primera mitad del II milenio a.C., pertenecen a la Cultura Argárica y su tráfico es muy ocasional (Giardino 1995: figs. 19A.1-3; Schuhmacher 2004: 164 fig. 7.1-3). En cambio, son las espadas pistiliformes y de lengua de carpa del Bronce Final las que evidencian un flujo continuo y de mayor intensidad y calado de las aportaciones del mundo atlántico al Mediterráneo por vía peninsular. Las espadas, constituyen uno de los elementos más extendidos y representativos del Complejo Cultural Atlántico (Quilliec 2007). 4.1. Espadas pistiliformes La espada pistiliforme constituye el modelo de este arma más común durante el BF I-II en los territorios de los Campos de Urnas (Schauer 1971: 157 ss.), prolongándose por el Danubio, el Círculo Nórdico y el Complejo Cultural Atlántico (Gaucher y Mohen 1972: 521­ 55; Milcent 2012). En la Península Ibérica se registran unos veinticinco ejemplares pertenecientes a dos tradiciones culturales, la ultrapirenaica, en torno al valle del Ebro, y la atlántica, en la fachada occidental. Las espadas pistiliformes centroeuropeas son las más antiguas de esta familia, fechadas entre el Br D y el Ha A2 (h. 1350-1050 a.C.), y muestran una diversidad tipológica notable, todas compartiendo la guarda en V, el puño tripartito y el tercio inferior de la hoja ensanchado. Las primeras espadas pistiliformes en el Atlántico son importaciones desde Europa central en el BF II, desarrollándose a partir de éstas otra tipología diferente en este espacio (Colquhoun y Burgess 1988; Matthews 2011). Los ejemplares aparecidos en territorio peninsular se corresponden con el Hemigkofen y diversos tipos atlánticos. Del primer tipo, de naturaleza alpina, se conocen tres ejemplares en Olmedinilla de Alarcón (Cuenca), Mouruás (San Juan del Río, Orense) y otra en Zaragoza conservada en el Museo de Barcelona, ésta de la variante Elsenfeld (Brandherm 2007: 35-37 lám. 2.11-13), más un molde en El Regal de Pídola (Huesca) (Barril y otros 1982: 371-375 fig. 1) que atestigua una producción regional de este modelo. Los tipos atlánticos – Vilar Maior, Casalgrasso, Catoria, Évora, Saint Nazaire y Cordeiro – se distribuyen por toda la vertiente atlántica peninsular, especialmente presente en la ribera norte del valle medio del Duero (Brandherm 2007: 37-54 láms. 3-8.40). Las espadas pistiliformes en el Mediterráneo se atestiguan todas en el Círculo del Tirreno. En Cerdeña aparecen dos ejemplares completos en Oroe y en Bolotana y dos fragmentos en Su Tempiesu (lám. IV.A.1-4) (Lo Schiavo 1991: 219 figs. 4, 5.2; 2002: 58; Mederos 1997b: 119-120; Lo Schiavo y Miletti 2011: 322-324 fig. 6). La espada de Oroe se ha identificado como de “tipo Catoira variante Évora” (lám. IV.B.1-3), por tanto típicamente atlántica e ­mportada de este ámbito cultural (Lo Schiavo 1991: 219; Lo Schiavo y Miletti 2011: 322 323). Los otros tres ejemplares, en cambio, no se ajustan a ningún tipo atlántico ni alpino 89 i con precisión, razón por la cual parecen ser facturas locales inspiradas en tipos extranjeros (Coffyn 1985: 149; Lo Schiavo y Miletti 2011: 323). En cualquier caso, la espada de Bolotana, tanto por su empuñadura como por su hoja, recuerda al tipo Cordeiro (lám. IV.B.4-5), y lo mismo cabe aducirse sobre los fragmentos de Su Tempiesu, lo que apoya el origen atlántico de los ejemplares tirrénicos. A estas piezas debe sumársele la espada pistiliforme que porta la figurita de bronce de guerrero de Monte Arcosu (Cagliari) (lám. IV.A.5) (Lo Schiavo 1991: fig. 5.1), designada como tal debido a la amplitud de su hoja, aunque parece razonable dejar un margen de duda en cuanto a su clasificación tipológica. En Italia, los ejemplares de espada pistiliforme más meridionales se ubican en Contigliano (Rieti), donde se identifica con seguridad un mango y, con más reservas, tres fragmentos de hoja que podrían verosímilmente corresponderse con espadas de esta familia (Ponzi Bonomi 1970: 110-111 figs. 6.2, 7.2-5). Dichas piezas forman parte de un gran depósito en el que aparecen objetos muy variados de fundamentalmente de filiación alpino- mediterránea fechados en el BF 3 (Ponzi Bonomi 1970; Vagnetti 1974). Por ello, lo más lógico es que las espadas pistiliformes halladas en él deban vincularse a la expansión de los Campos de Urnas por Italia (Müller-Karpe 1959). Así, las espadas de la familia pistiliforme reconocibles en Cerdeña generan un punto de incertidumbre en cuanto a su origen geográfico, ya que aunque el ejemplar de Oreo haya sido producido en un taller atlántico, su introducción en la isla pudo seguir una ruta continental. Sin embargo, la conexión entre Cerdeña y el Atlántico evidenciada por los múltiples materiales ibéricos descubiertos en diversos yacimientos sardos del BF 3 (Ruiz- Gálvez 1986; Lo Schiavo 1991; Botto 2011; 2015; Gómez Toscano y Fundoni 2010-2011) favorece la consideración de una vía occidental para estas espadas. En conclusión, las espadas pistiliformes localizadas en Cerdeña visibilizan una ruta entre esta isla y la Península Ibérica, si bien la cronología de introducción no está clara. Si se acepta que las espadas llegaron a la isla a la vez que la mayoría de los objetos atlánticos, entonces se deben fechar en el BF IIIB-C/Horizonte Peña Negra I, siendo ésta la opción más probable; pero igualmente pudo haber llegado en fechas anteriores del Bronce Final cuando en Iberia todavía eran la familia más importante. Debe destacarse, además, que la espada de Bolotana se asocia a siete espadas votivas de otra tipología (Lo Schiavo y Miletti 2011: 323). Por tal motivo, la circulación de espadas de esta familia debe interpretarse en clave ritual, quizá como ofrendas tras viajes largos o como objetos de prestigio inmerso en un flujo de intercambios rituales. 4.2. Espadas de lengua de carpa Las espadas de lengua de carpa se registran en la Península Ibérica en forma material (Hencken 1956; Meijide 1988: 29-68; Brandherm 2007: 56-99 láms. 8.44-29; Mederos 2008c) e icónica en las estelas (Meijide 1988: 69-74; Celestino 2001: 102-108; Harrison 2004: 134-138; Brandherm 2007: 134-155). La inclusión de las familias lengua de carpa y pistiliforme en la iconografía – la última claramente minoritaria, casi residual – evidencia el solapamiento geográfico de ambas, siendo la espada de lengua de carpa una evolución de la otra. 90 La espada de lengua de carpa es un elemento típicamente atlántico y, a la vez, un claro indicador de la división cultural en este macrocircuito, ya que mientras que en las Islas Británicas perduran los ejemplares pistiliformes, en Francia y en la Península Ibérica se difunde con éxito los nuevos tipos (Milcent 2012: lám. 17). Al contrario que sucede con las espadas pistiliformes, el número de ejemplares de lengua de carpa aparecidos fuera de su área primigenia es bastante limitado, si bien la extensión territorial en las que están presentes es muy amplia, desde el Atlántico hasta Polonia (Brandherm y Moskal-del Hoyo 2010: figs. 3, 5, 7-8; 2014: figs. 7-12). Sin embargo, resulta muy reveladora la profusión de esta familia en el Círculo del Tirreno, ya que esta región desde el BF III se convierte en una prolongación del macrocircuito atlántico a la vista de la enorme cantidad de materiales compartidos (Lo Schiavo 1991). Por su concentración en el ámbito atlántico, su recurrente asociación a los mismos artefactos y su cronología ajustada al BF III, la familia de lengua de carpa es uno de los elementos más destacados de los grupos metalúrgicos Ría de Huelva y Vénat, por lo que también este período se identifica con el complejo/grupo lengua de carpa (Briard 1965: 199; Brandherm y Moskal-del Hoyo 2014). Valorando todos los ejemplares conocidos de esta familia se identifican tres tipos principales – Huelva, Nantes, Monte Sa Idda – con diversas variedades cada uno, además de otras formas transicionales (lám. IV.C) (Brandherm y Moskal-del Hoyo 2010: 432-443; 2014: 2-12). Algunos ejemplares de estos tipos se localizan en el Círculo del Tirreno, especialmente en Cerdeña. El primer lugar, el tipo Huelva, se define por su lengüeta tripartita con el pomo en cola de pez o T, la guarda en V, y la hoja con filos rectos o convergentes con un fuerte nervio central. En Iberia se cuentan más de un centenar de espadas de este tipo, entre piezas completas y fragmentos, advirtiéndose una concentración notablemente más elevada en la región tartésica (Brandherm 2007: 56-88 láms. 8.44-26.162). De este tipo se tiene constancia de una pieza de la variante Cambes en Nuoro (Cerdeña), de procedencia indeterminada (Lo Schiavo 1978a: 87 lám. 27.1; 1991: 215), y otra en el depósito de Santa Marinella (Roma) (Lo Schiavo y Miletti 2011: 325-326 fig. 7.3). En segundo lugar, el tipo Nantes es similar al anterior, aunque con los recazos muy marcados y el pomo cilíndrico o ligeramente ovalado. En la Península Ibérica apenas se cuentan ocho ejemplares pertenecientes a las variantes Safara y Vénat (Brandherm 2007: 88-93 láms. 26.163-27.170; Brandherm y Moskal-del Hoyo 2010: 437-439). La escasez de espadas de este tipo en la Península Ibérica marca una diferencia respecto del resto de áreas atlánticas en las que está presente, donde son muy abundantes. Además, el tipo Vénat está representado en el depósito sardo de Monte Sa Idda con un ejemplar (Taramelli 1921: 37 fig. 42). Por último aparece el tipo Monte Sa Idda o Ronda-Sa Idda, con los recazos fuertemente destacados, quedando una guarda muy abierta, y también con un fino nervio central en la hoja (Brandherm 2007: 97). Además de atestiguarse diversos ejemplares en la vertiente atlántica de la Península Ibérica (ídem: 93-99 lám. 27.171-29.178), en este territorio también se documentan los moldes de Ronda (Málaga) (Del Amo 1983), El Bosch (Crevillente, 91 Alicante) (Trelis 1997) y Ratinhos (Berrocal y Silva 2010: 110, 311-312 figs. 102, 144.23). Espadas de este tipo también aparecen en el Círculo del Tirreno, donde se documentan ejemplares de la variante Villaverde del Río en Falda della Guardiola-Populonia (Livorno, Italia) (Lo Schiavo y Miletti 2011: 326-329) y en Monte Sa Idda (Lo Schiavo 1991: 215), y de la variante Alcalá del Río en Monte Sa Idda, en Pirosu Su-Benatzu (Cagliari, Cerdeña) (ídem; Lo Schiavo y Ussai 1995: 162 fig. 13.1) y en Sant’Imbenia (Sassari, Cerdeña) (Depalmas y otros 2011: 237, 249-250 figs. 2.3, 4.9). Asimismo, en el poblado alicantino de Peña Negra (Crevillente) aparecen fragmentos del molde de una espada que quizá podría corresponder a la familia de lengua de carpa (Ruiz-Gálvez 1990: 317-318 figs. 1-2; González Prats 1992: 246 fig. 3). No obstante, la identificación del tipo concreto es harto dificultosa, quizá imposible, de manera que resulta preferible indicar nada más que su existencia. Es fácil relacionar estas espadas con el BF III. Sin embargo, establecer la secuencia crono­ tipológica resulta más delicado, no sólo por lo tocante a las espadas, sino por la cultura material atlántica de este horizonte. Esta cuestión no es en modo alguno baladí, ya que la última etapa del BF III equivale al momento de fundación de los primeros asentamientos fenicios estables. Las espadas de tipo Cordeiro y Saint Nazaire (Brandherm 2007: 48-54 láms. 6.33-8.10) son las últimas de la familia pistiliforme y muestran una notoria similitud formal con el tipo Huelva. Por esta razón, las espadas de tipo Huelva se consideran las primeras de la serie de lengua de carpa (Brandherm 2007: 56-88; Brandherm y Moskal-del Hoyo 2010: 433; Mederos 2008c: 46), originaria de la Península Ibérica y desde ahí distribuidas por buena parte del continente europeo. La elevada concentración de este tipo en el depósito de la Ría de Huelva (Ruiz-Gálvez 1995: 185-198 láms. 1-9) indica claramente a la fase BF IIIA (1050-900 a.C.) como época más probable para su surgimiento, probablemente desde su inicio o, tal vez, desde algo antes. Con respecto al tipo Nantes, las altas proporciones de plomo en su composición constituyen un dato que apunta, en principio, a un momento tardío para su irrupción, en el BF IIIC (825-760 a.C.) (Brandherm y Moskal-del Hoyo 2014: 21). No obstante, la aleación también podría señalar a una influencia británica. La metalurgia de las Islas Británicas se caracteriza desde el Horizonte Wilburton-BF II por el bronce ternario (Northover 1982), de tal manera que su cronología se adelantase a inicios del s. IX a.C. o, incluso, al s. X a.C. Dado que este tipo se concentra mayoritariamente en Francia, parece razonable que aparezcan igualmente en el Horizonte Ría de Huelva, pero en una fase avanzada. En cambio, no está tan claro el momento de conclusión de la serie. La aparición de un molde de espada de lengua de carpa en Peña Negra y de otro en El Boch pone de relieve que la producción de esta familia podría alcanzar el siglo VIII a.C. y haber llegado a Cerdeña ya en el siglo IX a.C. Peña Negra y los depósitos de Monte Sa Idda, Pirosu Su- Benatzu y Santa Marinella son cuatro yacimientos que se encuentran fuera del núcleo atlántico de fabricación de espadas de lengua de carpa, si bien están integrados dentro del circuito del Mediterráneo occidental que se vincula culturalmente a las comunidades y redes del Atlántico. En la medida en que la primera fase del yacimiento alicantino al que pertenece la espada se fecha entre el 900 y el 760 a.C., al depósito de Monte Sa 92 http:6.33-8.10 Idda se le puede asignar la misma cronología, aunque parece imposible fijar una fecha más precisa para su cierre. Por otro lado, los hallazgos de Sant’Imbenia podrían rebajar la cronología de las espadas de lengua de carpa hasta inicios del Orientalizante, en la medida en que en este poblado nurágico hay restos de GF eubeo (Ridgway 2006b: 245 fig. 3; Botto 2015: 180 fig. 11) que apuntan a la segunda mitad del siglo VIII a.C. Sin embargo, en la cabaña de Sant’Imbenia se atestiguan ánforas originarias de Cerdeña del tipo homónimo (Oggiano 2000: 238, 241 figs. 3.1, 4.2-4), exactamente igual que en el nivel primitivo de Sulky (Pompianu 2010: 34 fig. 6:28), en el barrio fenicio onubense (González de Canales y otros 2004: 70-71 láms. 14.1-9, 52.9-17) y en los niveles constructivos de ocupación fenicia más arcaicos de Cádiz (Torres y otros 2015: 53 fig. 2.l-o), entre otros yacimientos occidentales con presencia fenicia. Por tanto, la inmersión de Sant’Imbenia en el tejido comercial del I milenio a.C. puede remontarse con seguridad hasta finales del siglo IX a.C., si bien parece verosímil elevar dicha cronología unas décadas, en pleno BF IIIB (Oggiano 2000: 247-248). El depósito de Falda della Guardiola-Populonia constituye un signo de ocupación de este poblado etrusco desde el BF 3-Fe 1 itálicos (ss. X-IX a.C.) (Bartoloni 2004), lo que podría significar verosímilmente que la continuidad de materiales típicos del BF III en el Círculo del Tirreno es un fenómeno normal aunque residual. Un argumento similar cabe para el ejemplar de espada correspondiente al tipo Monte Sa Idda fabricado en hierro localizado en Cástulo (Linares, Jaén) (Blanco 1963: 46 fig. 10.15). De nuevo se trata de un poblado cuyas raíces arrancan muy a inicios del Período Orientalizante. Tal vez habría que poner esta espada en relación con las armas que preservan la lengua de carpa en el extremo de la hoja en la tradición del Hierro Atlántico, diferenciándose de las espadas propiamente dichas que pudieron perdurar como reliquias. Así las cosas, lo único seguro es que el tipo Huelva es el primero de la serie y que o bien el resto se ordena secuencialmente a partir del aquél, o bien son derivados directos que le reemplazan (Burgess y O’Connor 2008: 51-58; Brandherm y Moskal-del Hoyo 2014: 21-24). Los variados elementos que componen el depósito de Monte Sa Idda (Taramelli 1921) pertenecen al BF III, tal vez algunos sean incluso anteriores. Este depósito pudo cerrarse en el BF IIIC, al final de una coyuntura en la que las sociedades del circuito occidental abandonan la práctica de depositar metales en grutas y lechos fluviales. En esta misma etapa, entre los siglos IX-VIII a.C., el macrocircuito atlántico experimenta su máximo apogeo, cuando en el Círculo del Tirreno afloran multitud de objetos occidentales (Ruiz- Gálvez 1986; Lo Schiavo 1991). La ausencia de fíbulas de doble resorte en este depósito sardo, en principio, podría testimoniar una cronología de BF IIIB, aunque en los inicios del I milenio a.C. este tipo de fíbula todavía se encuentra muy restringida territorialmente,4 de modo que tampoco debe considerarse como una prueba de que el conjunto de Monte Sa Idda pertenece a un momento protocolonial. En conclusión, es difícil determinar el momento preciso de llegada de las espadas de lengua de carpa al Tirreno, aunque es seguro que se produce en el BF III y que lo hacen desde la Península Ibérica. Debido a que la producción de estas espadas coincide con el 4 Véase el apartado 4.2.2 del capítulo 6 sobre las fíbulas de doble resorte. 93 esplendor atlántico en que se integran las rutas del Mediterráneo occidental y viceversa, lo más razonable es que a lo largo del BF III estas armas estuviesen circulando desde el Atlántico hasta el Tirreno como bienes de prestigio o quizá como chatarra (Brandherm y Moskal-del Hoyo 2014: 32-41). 5. Evidencias inciertas Algunas armas del Bronce Final de la Península Ibérica y del Mediterráneo podrían razonablemente incluirse dentro de las relaciones entre estos dos ámbitos. Sin embargo, ciertos elementos composicionales de las mismas, unido a sus cronologías difusas y a la ambigüedad de sus representaciones no permiten sostener que tales armas constituyan pruebas inequívocas del flujo comunicativo pre- y protocolonial. Las armas en cuestión son los puñales del grupo Porto de Mós, los discos-coraza, los escudos de tipo Ategua y de tipo Cloonbrin, unos hipotéticos carros testimoniados en Galicia, las lanzas de tipo Penha y las armas de enmangue transversal. 5.1. Puñales del grupo Porto de Mós El arma más controvertida de la panoplia atlántica del Bronce Final es, sin duda alguna, el puñal. La razón de esta controversia se debe a las dificultades que entraña la fijación de una cronología, de una filiación tipológica y de una función para este elemento. La exclusión de los puñales en la iconografía de las estelas parece evidenciar que en el Bronce Final estas armas se encuentran en una situación de retroceso con respecto a épocas anteriores en las que constituía un elemento fundamental en el armamento (Harbinson 1969; Gerloff 1975; Gallay 1981; Brandherm 2003). Sin embargo, en el registro material siguen presentes. Por ello, tal vez se trate de un arma de rango menor o, quizá, ni tan siquiera deba interpretarse como un arma, sino como un instrumento sacrificial (Skak- Nielsen 2009). En la Península Ibérica los puñales más antiguos se remontan al III milenio a.C. y se caracterizan por disponer de una hoja triangular y de una lengüeta simple (Brandherm 2003). En cambio, en el Bronce Final aparece un significativo grupo de puñales de difícil definición tipológica cuyos rasgos son eminentemente diferentes (Fernández García 1997: 115-120). Se conocen unos treinta ejemplares en el mundo Atlántico, la mayoría de ellos en territorio peninsular con una reseñable concentración en la cuenca del bajo Tajo (lám. V.A). Algunos representantes reseñables de este grupo se localizan en los depósitos de la Ría de Huelva (Ruiz-Gálvez 1995: 198-201 láms. 10-11.8) y de Huerta de Arriba (Burgos) (Martínez Santa-Olalla 1942: 146-148; Fernández Manzano 1986: 53-54 fig. 6.4), en Cancho Enamorado (Salamanca) (Maluquer de Motes 1958: fig. 13 lám. XIV; Fernández Manzano 1986: 37 fig. 3.1), Columbeira (Leiría; Portugal) (Kalb 1980: 31 fig. 11.52.6), Ratinhos (Beja, Portugal) (Berrocal y Silva 2010: 310 fig. 143.25), Cabeço da Argemela (Castelo Branco, Portugal) (Marques y otros 2011-2012: fig. 18), Mesa de Setefilla (Lora del Río, Sevilla) (Aubet 2009b: 88 lám. II), Freixanda (Leiría) (Vilaça y otros 2012a: 317-318), São Martinho de Orgens (Viseu, Portugal) (Vilaça y otros 2014), Tavira (Faro, Portugal) (Maia y Gómez Toscano 2012: 332 figs. 7, 9.9), en los depósitos de Étang (Indre-et-Loire, Francia) (Cordier 94 2011: 31 fig. 2.6), Vénat (Coffyn y otros 1981: lám. 9) y otros muchos más en Francia (Gallay 1988: láms. 34.1101-42) y, por último, en la localidad que da nombre al grupo, Porto de Mós (Leiría) (Savory 1949: fig. 6.9; Coffyn 1985: lám. XXXVIII.6). Estas piezas presentan una clara heterogeneidad formal, teniendo como denominador común la disposición de una lengüeta bipartita con rebordes, la mayoría de ellas con remaches. La arqueología tradicional ha englobado a todo este diverso elenco de puñales dentro una única categoría, el “tipo Porto de Mós” (Ruiz-Gálvez 1984: 253-260; Coffyn 1985: 171, 174, 390-391 lám. XXXIX; Fernández Manzano 1986: 37; Meijide 1988: 36­ 37; Fernández García 1997), aunque formalmente es inaceptable referirse a todo el elenco como si fuese un único tipo debido a su imprecisión. Por ello, en adelante serán referidos como “grupo”. En la diversidad tipológica de estas piezas se observa una amalgama de elementos composicionales reconocibles en distintas tradiciones armamentísticas. Así, las espadas de tipo Ballintober (lám. V.B.6) poseen una lengüeta trapezoidal bipartita con, normalmente, cuatro perforaciones, los hombros marcados y una hoja pistiliforme (Colquhoun y Burgess 1988: 19-24 láms. 4.22-10.58). Estos rasgos se repiten en algunos ejemplares de los puñales del grupo Porto de Mós, y resulta altamente revelador que tales espadas, junto con los puñales, hagan su aparición en el mundo atlántico a finales del BF I. Por sus parte, los estoques de tipo Rosnoën (lám. V.B.7) típicos del esta época en el Atlántico también tienen la lengüeta bipartita con cuatro perforaciones, pero carecen de hombros (Gaucher y Mohen 1972: 312; Colquhoun y Burgess 1988: 15-16). Las espadas de tipo Ballintober se emparentan con las espadas pistiliformes de origen alpino que desarrollan una lengüeta tripartita (Schauer 1971: 157 ss.). A su vez, estas últimas espadas son las primeras de toda la serie centro-occidental, derivadas de las espadas egeas de tipo Naue II (Kilian-Dirlmeier 1993: 94-105 láms 34.227-40.272), que tienen los hombros mucho más marcados, la lengüeta bipartita, los bordes paralelos y son más cortas. De los ejemplares señalados, los puñales de Huerta de Arriba (lám. V.A.9) y de Cancho Enamorado (lám. V.A.1) guardan varias similitudes. Ambos se caracterizan por una hoja pistiliforme de sección romboidal y una prominente lengüeta bipartita con perforaciones. Divergen, en cambio, en que la lengüeta del primero es rectangular, mientras que la del segundo es trapezoidal. Las lengüetas de las espadas Ballintober son indistintamente de las dos formas. Por su parte, las piezas de la Ría de Huelva terminan en punta – “lengua de carpa” –, poseen un acentuado nervio central y las lengüetas presentan una gran variedad formal, en ocasiones trapezoidales y en otras triangulares. Una lengüeta como esta última es la del puñal de Columbeira-A, también con un ancho nervio central, aunque en estado muy fragmentario. La punta afilada de los puñales de la Ría de Huelva se relaciona inequívocamente con las espadas en lengua de carpa características de este depósito y de todo el BF III en el Atlántico (Brandherm 2007: 56-72 8.4-24.148; Brandherm y Moskal del Hoyo 2010; 2014). Fuera de la península, en el depósito de Gualdo Tadino (Perugia, Italia) se encuentra un puñal de filos paralelos, hoja ancha con nervio central y guías laterales, hombros muy marcados y de lengüeta rectangular bipartita, aunque muy larga, con tres perforaciones en línea (lám. V.B.5) (Bietti Sestieri 1973: 383 fig. 2.11). A través de esta pieza se pueden 95 http:4.22-10.58 vincular los puñales atlánticos con la región de los Campos de Urnas, si bien el puñal de Gualdo Tadino es único y recuerda más a algunos puñales sicilianos y egeos (Sandars 1963). En el ámbito Mediterráneo las piezas más afines se documentan en Sicilia y en Chipre. En la isla del Tirreno se conoce un ejemplar en la tumba 44 de Monte Dessueri (Siracusa) (lám. V.B.1) (Sandars 1963: 137-138, 151 láms. 25.41, 28.68) y otro en la tumba 48 de Pantálica Norte (lám. V.B.2) (ídem: láms. 25.43, 28.69) que se fechan por su contexto de aparición en el Horizonte Pantálica I (1250-1050 a.C.), muy probablemente en un momento avanzado. Estas armas pertenecen a la clase F de Sandars (1963: 133-139, 150-152; Papadopoulos 1998: 19-21, 55 láms. 12.83-14.94) natural del Egeo. En Pelynt (Cornualles, R.U.) se registra la empuñadura de lo que parece claramente un puñal o espada corta de esta clase (lám. V.B.3) (Childe 1951; Sandars 1963: 152 pl. 25.44; MacNamara 1973). Estas armas disponen de una lengüeta trapezoidal muy corta, con una única perforación, y la hoja plana y muy ancha, con los bordes más o menos rectos. Por último, en Chipre se documentan las piezas más orientales en las que es posible descubrir afinidades con los puñales del grupo Porto de Mós. Los filos de las hojas tienden a ser paralelos, la lengüeta es trapezoidal con dos o tres perforaciones y los hombros son muy marcados (lám. V.B.4). Cabe destacar los ejemplares de la tumba 14.43 de Ayios Iakovos, fechada en el TC IA (1650-1550 a.C.) (Catling 1964: 126 fig. 15.8 lám. 15.b), de la tumba 6 de Hala Sultan Tekke, asociado a una cerámica egea del HR IIIB/TC II (ídem: 127 lám. 15.d) (1450-1190 a.C.) y de la tumba 94 de Episkopi (íd.: 127 fig. 15.12), que contiene también un rhyton en forma de toro de estilo Base Ring II y un cuenco perteneciente al grupo White Slip II, fechado en el TC II. La generalización de los rasgos de los puñales del grupo Porto de Mós entre diversas tradiciones armamentísticas mediterráneas y europeas impide distinguir con nitidez una filogénesis y una ruta de llegada. Parece claro, no obstante, que las espadas y puñales de finales del II milenio a.C. tienen su inicio en el Egeo, pero esto no significa que el Egeo sea el núcleo originario de los puñales. El estado de indeterminación tipológica y filogenética de estas piezas es muy acusado. Los endemismos artefactuales de los distintos grupos culturales se desarrollan simultáneamente al tráfico de influencias y cruzamientos de estilos y elementos concretos de los objetos. Por tanto, si bien es cierto que en los puñales del grupo Porto de Mós se aprecian afinidades con tipos mediterráneos, no necesariamente deben entroncarse en una única filiación. Pero, igualmente, estas afinidades evidencian una interacción cultural entre el Mediterráneo, los Campos de Urnas y el Atlántico durante el Bronce Final. 5.2. Protectores pectorales Los protectores pectorales, comúnmente conocidos como discos-coraza o kardio philakés, constituyen uno de las armas más sobresalientes en la panoplia del Período Orientalizante así como en épocas ulteriores (Stary 1994: 103-106; Quesada 1997: 572-576; Graells 2014). Pero en tiempos previos ya se detecta este elemento integrando el conjunto armamentístico de la Península Ibérica, aunque quizá de manera testimonial. Las primeras y, aparentemente, aisladas evidencias de su uso se presentan en la iconografía de dos ­ 96 http:12.83-14.94 estelas, la de Cortijo de la Reina II (lám. VI.A.1) (Díaz-Guardamino 2010: no. 283) y, más dudosamente, la de Ategua (lám. VI.C.1) (ídem: no. 254), curiosamente ambas en la campiña cordobesa, en los confines de la zona de mayor proliferación de estos monumentos. El protector de Cortijo de la Reina II tiene forma cuadrada, está relleno de una retícula, cubierto por una sustancia rojiza (Murillo y otros 2005: 33), se sostiene mediante dos tirantes cruzados y se sitúa en el centro del cuerpo del antropomorfo, que también porta un cinturón. Esta estela exhibe una escena típica, con armas y objetos de tocado, que no dejan precisar nada especial excepción hecha del pectoral y del contorno anguloso del antropomorfo. La estela de Ategua, en cambio, muestra una decoración única, de naturaleza secuencial, presumiblemente escenificando un ritual funerario (Bendala 1977: 193). El supuesto disco-coraza, redondo y ornamentado con motivos geométricos, lo viste la figura antropomórfica principal, que luce un atuendo de estilo geométrico, lo que lo convierte en una figura única dentro del repertorio de estelas peninsulares, acaso comparable con la también insólita estela de Luna (lám. XLVIII.A) (Bendala 1983). Por la escena y, en menor medida, por algunos de sus elementos, esta estela debe situarse al final de la serie, en el BF IIIC. Ambos grabados, especialmente el primero, podrían complementarse con un protector dorsal equivalente. Estos protectores pectorales abundan en Círculo del Tirreno, donde se distinguen algunos de forma cuadrada. De material metálico se preservan, entre otros, los de las tumbas 86 de la Roma primitiva, 119 de Tarquinia (Viterbo, Italia) y Z15.A de Veyes (Roma) (lám. VI.A.2) (Tomedi 2000: 27-29 láms. 1.1, 4, 3.8), inmersos en la cultura etrusca. También se conocen algunas representaciones en una estatuilla de bronce de Cerdeña (ídem: fig. 4) que incluye un casco astado y en la estela de Foggia (lám. VI.A.3), perteneciente al grupo daunio del sur de Italia (Nava 1988: figs. 210, 230; Tomedi 2000: fig. 5.B). A los hallazgos etruscos se les asigna una cronología dentro del Horizonte Vilanoviano entre los siglos IX-VIII a.C. (Babbi y Piergrossi 2005), justo antes del comienzo del Período Orientalizante itálico. Una cronología similar, quizá ligeramente más tardía, debe sostenerse para las estelas daunias, mientras que la datación de los bronzetti sardos es más difusa, pero seguro existentes ya en las primeras centurias del I milenio a.C. Los paralelos orientales para los protectores circulares se corresponden con esta misma datación de inicios del Período Orientalizante. Los más tempranos de estos elementos se encuentran en Nimrud, capital de Asiria, en los relieves del palacio de Tiglatpileser III (745­ 727 a.C.) (Dezsö 2012a: lám. 10.32 y 34), identificados igualmente en otras figuras en construcciones erigidas bajo los reinados de sus sucesores (lám. VI.B) (Dezsö 2012a: láms. 11-12, 14, 16, 17.60). Es una protección normal en la infantería ligera auxiliar del ejército asirio, muy extendida en el cuerpo de lanceros, de muy probable origen foráneo (Nadali 2005: 223-225; Fales 2009: 92; Dezsö 2012a: 38-39), quizá procedentes de la zona del Alto Éufrates o de los Reinos Neohititas orientales a juzgar por los cascos crestados que visten, un fenómeno común en este ejército compuesto por diversas etnias durante su apogeo. Esta naturaleza exógena abre la puerta a un uso anterior al de tiempos de las conquistas de Tiglath-Pileser III. Los dos tipos conocidos en la región según estos relieves son similares a los dos vistos en las estelas, especialmente el de Cortijo de la Reina II, con un disco de tamaño reducido. Su ausencia en el registro material de la región apunta a una factura 97 en cuero. Pero es la Península Itálica el territorio que más discos-coraza y de más variada tipología aporta al registro arqueológico durante casi quinientos años (Tomedi 2010). El Samnio es la región más fértil de aparición de estos objetos en Italia, fechados en los siglos VII-VI a.C. la mayoría de ellos (Saulnier 1983). También de esta época surgen en Etruria unos pectorales cuadrados (Stary 1979: 108 fig. 2.4; Peltz 2013: 116-120 tabs. 12-14), como el de Cortijo de la Reina II, para ser reemplazados en el siglo siguiente por los típicos circulares (ídem: fig. 3.4). De las dos estelas peninsulares es, sin duda, la de Ategua la que más información ha aportado debido a su peculiar contenido. Esta estela no se ajusta a la iconografía común en el resto de las mismas. La estela parece representar una escena de carácter funerario expuesta secuencialmente, identificada por Bendala como una prothesis y su posterior procesión (ekphora), una costumbre típica del mundo egeo del Período Geométrico Final (760-700 a.C.) (Andronikos 1968: 43 ss.; Bendala 1977: 193; Almagro Gorbea 1998: 86). Parece un rito demasiado complejo como para haber sido introducido en una época en la que no hay un contacto sostenido y muy intenso. Además, la decoración tiene un fuerte carácter geométrico, al igual que sucede con otros elementos antiguo descubiertos en la Península, como los peines (Torres 2002: 249) y las cerámicas pintadas de estilo Carambolo (ídem: 130-137), lo que implica una cronología de finales del siglo IX hasta finales de la siguiente centuria. Por último, y sin pretender un análisis exhaustivo de esta estela, en ella aparece la imagen de un escudo con líneas verticales equivalente a los que aparecen en los mismos bajorrelieves de los palacios de los reyes asirios, apuntando una probable cronología ya de época colonial. Todos estos argumentos apoyan una cronología tardía para la estela de Ategua, que bien puede ser extensible a la de Cortijo de la Reina II, por encontrarse igualmente en el valle del Guadalquivir Medio, muy alejada de la zona nuclear de las estelas. Muy probablemente ambas se erigiesen en la misma época, al final de la producción de las mismas (Díaz Guardamino 2010: 346 ss.). Sin embargo, el hecho de que las primeras evidencias de la existencia de esta coraza sean iconográficas permite plantear la opción de que antes de fabricarse en metal se hiciesen en cuero o en alguna otra materia orgánica. De esta manera, es altamente probable que los protectores aparecidos en las estelas se introdujesen tímidamente en un momento protocolonial por vía itálica o sarda sin haber dejado un rastro claro en el registro arqueológico. 5.3. Escudos con líneas paralelas o de tipo Ategua. Este tipo de escudo ha pasado prácticamente inadvertido en la investigación, eclipsado por los mucho más numerosos y llamativos ejemplares con escotadura que se analizan en el apartado siguiente (Almagro Gorbea 1977: 178-179; Blas 2010: 32-35). Su contorno es redondo y las líneas paralelas simbolizan las juntas entre las láminas de madera que lo arman o de cuero que lo revisten. En la Península Ibérica se conocen tres imágenes de este tipo de escudo en las estelas de Ategua (lám. VI.C.1) (Díaz-Guardamino 2010: no. 254), Torrejón el Rubio III (lám. VI.C.2) (ídem: no. 344) y Orellana III (lám. VI.C.3) (Blas 2010). 98 Mientras que las estelas de Torrejón el Rubio III y Orellana muestran una iconografía consonante con el modelo típico, la de Ategua difiere sustancialmente en el aspecto tipológico y compositivo o narrativo. Así, mientras que esta última estela parece adscribirse a un momento temprano de la colonización, las otras dos, más sencillas, parecen adscribirse a una fase intermedia de la serie, durante la Protocolonización. Sin embargo, que las tres compartan el mismo escudo obliga a valorar la cronología con prudencia. Escudos muy similares a los de tipo Ategua, revestidos por pequeñas placas en toda la superficie, se vislumbran en los bajorrelieves de diversos templos y palacios neoasirios, coincidiendo con la época de plenitud imperial entre los siglos VIII y VII a.C., de manera que se produce una sincronía entre las estelas en cuestión y los paralelos orientales. Lo portan lanceros auxiliares y regulares de la infantería ligera, muchos de ellos extranjeros, con lo que no se sabe con exactitud su procedencia (lám. VI.B) (Hrouda 1965: lám. 24.5; Nadali 2005: figs. 3, 15.b; Dezsö 2012a: láms. 11, 12.42, 13-15, 26.83). Fuera de esta región no se encuentran analogías formales convincentes. Sin embargo, este elemento debió de fabricarse en madera, de tal suerte que no resultaría extraño que se hubiese extendido por otras regiones sin haber dejado rastro en el registro arqueológico material. Por la misma razón parece verosímil que estos escudos circulasen en fechas anteriores a los relieves imperiales asirios sin dejar huella, con la posible excepción de las estelas de Torrejón el Rubio III y Orellana. La espada en lengua de carpa de la primera y el casco astado de la segunda favorecen una cronología anterior a la estela de Ategua. Si se acepta que los escudos de tipo Ategua son equivalentes a los asirios, y así parece que es, resulta muy atractiva la idea de considerarlos como los sucesores de los escudos atlánticos para los guerreros peninsulares, que desde el BF III comienzan a experimentar un proceso de transformación de la cultura material anticipándose al Período Orientalizante. Sin embargo, que los paralelos aducidos no sean idénticos a los escudos de tipo Ategua y que pertenezcan todos ellos a época colonial constituye un impedimento para afirmar categóricamente que entre los ejemplares peninsulares y los orientales exista una relación tipológica. Por este motivo, el escudo de Ategua debe valorarse como una evidencia incierta de los contactos protocoloniales. 5.4. Escudos con escotadura en V o de tipo Cloonbrin Junto con el carro, el escudo con escotadura es el elemento que más bibliografía ha generado con respecto a la iconografía de las estelas (Almagro Basch 1965; 1966: 156­ 170; Hernando Grande 1976; Almagro Gorbea 1977: 167, 178-179 figs. 63-65; Bendala 1979; Blázquez 1985-1986; 1986; Celestino 2001: 108-151; Harrison 2004: 53, 105-106, 124-134; Mederos 2012: 430-439), al considerarse altamente significativo en cuanto a su abundancia, sus paralelos en el mundo chiproegeo y, por qué no, por ofrecer el suficiente detalle, claridad y variedad como para facilitar un estudio tipológico en profundidad. De hecho, su aparición en la mayoría de las estelas del Atlántico, del Valle del Ebro y de Francia confirma su amplia extensión no sólo en regiones atlánticas, sino también en el Mediterráneo occidental. La profusa bibliografía enfocada en el estudio de estos escudos, además, se produce en paralelo a la proliferación de obras compilatorias centradas en 99 los escudos europeos, y, por supuesto, sobre las mismas estelas. Los escudos con escotadura han aparecido siempre en el punto de mira de la investigación, fundamentalmente por sus homologías extrapeninsulares, habiéndose fijado tradicionalmente su región de origen en el Mediterráneo oriental (MacWhite 1947: 162-163; Hencken 1950: 303, 307 fig. 19; Coles 1962: 159-160, 163; Almagro Basch 1965; 1966: 160 161, 167; Almagro Gorbea 1977: 178; 1989: 280; Bendala 1979; Schauer 1980: 216; Blázquez 1985-1986), si bien se han apuntado otros focos de dispersión, como los Campos de Urnas (Sprockhoff 1954) y el Atlántico (Sprockhoff 1930; Mahr 1937; Soutu 1962), opción esta última que se ha convertido en una tendencia en los últimos años, desplazando a las anteriores (Cunliffe 2001: 284-286; Celestino 2001: 144-145; Harrison 2004: 131; Uckelman 2008; Mederos 2012; Torres 2012: 464-465). El modelo de escudo con escotadura presenta dos variantes, en forma de U o tipo Herzsprung y en forma de V o tipo Cloonbrin, a su vez este último clasificable en diversos subtipos (lám. VIII.A). Han sido muy pocos investigadores quienes han advertido o, al menos, considerado esta diversidad formal (Gräslund 1967: fig. 9, n. 16; Oliva y Chasco 1976: 397; Schauer 1980: 216; Niemeyer 1984: fig. 75) habiéndose englobado todos ellos normalmente en una misma categoría (Uckelman 2008; 2011: 191-192). No obstante, no resulta conveniente entender esta distinción como una cuestión de matices, sino que, más bien al contrario, se trata de una cuestión clave para el desarrollo de una correcta lectura de estos elementos. Así, rastreando este detalle se fijan dos diferentes filiaciones culturales y geográficas. Por un lado, los escudos de tipo Herzsprung se distribuyen principalmente por el Círculo Nórdico, extiendo, además, un ejemplar en Bohemia y otros tres en las Islas Británicas, más los que aparecen en las estelas de Fóios y Boux II (Hencken 1955; Coles 1962; Díaz- Guardamino 2010: nos. 260, 305; Uckelmann 2011: 191-192 fig. 1). Los nórdicos y el bohemio están fabricados en bronce, mientras que en Irlanda los tenemos de madera y uno grabado en una roca. Los escudos nórdicos se suelen adscribir a los períodos III-V de Montelius, entre 1300 y 800 a.C. (Uckelmann 2011: 192-193). Por otro lado, los escudos con escotadura en V o de tipo Cloonbrin, se dispersan más ampliamente, aunque en territorios discontinuos y lejanos (fig. 7). Se localizan en Irlanda, la Península Ibérica, Chipre y el Egeo. Los ejemplares irlandeses (lám. VIII.B) de madera son los de Churchfield (Mayo) y de Kilmahamogue (Antrim, Irlanda del Norte), mientras el de Cloonbrin (Longford) es de cuero (Coles 1962: 180-181, 186; Uckelmann 2012: 72-73 láms. 132-133, 136-137). Con respecto a los chiproegeos (lám. IX.A) (Hencken 1950; Lerat 1980; Uckelmann 2012: 63-68 figs. 7-9), tres ejemplares se localizaron en el santuario de Delfos, dos de ellos en estado fragmentario (Uckelmann 2012: 63 fig. 7), otro en la cueva del Monte Ida (Creta) (Kunze 1931: 30 lám. 43.67), el umbo de un escudo en Samos (Uckelmann 2012: 67 fig. 9.B), seis miniaturas fabricadas en terracota en el Heraion de la misma isla (Eilmann 1933: 118 ss. láms. 36.13, 16, 37.2-4), restos de un ejemplar en Idalion (Nicosia, Chipre) (Hencken 1950: 295 fig. 2) y otro ejemplar en la tumba de Katò-Alònia de Paleopaphos (Karageorghis 1963: 273-274 figs. 10-11). Únicamente se tiene constancia de grabados en piedra de los escudos peninsulares, si bien conforman la mayor concentración de todo el grupo y, además, presentan variantes atendiendo al número ­ 100 de escotaduras y a la disposición de las mismas en el escudo (Almagro Gorbea 1977a: figs. 63-64; Celestino 2001: 116-120 figs. 20-21; Harrison 2004: figs. 7.1-3). Fig. 7: Mapa de dispersion de los escudos de tipo Cloonbrin peninsulares, aparecidos en Irlanda, el Egeo y Chipre. Una de las cuestiones más discutidas con respecto a estos escudos es su cronología. En las últimas décadas se ha venido elevando en las distintas zonas de distribución, pero son los ejemplares irlandeses los que más han dado que hablar después de la publicación de una serie de fechas radiocarbónicas para el molde de Kilmahamogue (Antrim, Reino Unido) (Hedges y otros 1991: 128) y para el ejemplar de madera con escotadura en U de Cloonlara (Mayo, Irlanda) (Hedges y otros 1993: 316), al haber proporcionado unos intervalos a 1σ de 1879-1686 cal. AC y 1520-1311 cal. AC respectivamente y remontándose, por tanto, al II milenio a.C. Análisis más recientes han aportado cronologías afines y posteriores para el resto de escudos orgánicos descubiertos en el Atlántico, afianzando los datos anteriores y encajándolos a lo largo del II milenio a.C. (fig. 8) (Needham y otros 2012: tab. 5 fig. 7; Uckelmann 2012: fig. 27). Estas fechas parecen muy tempranas en comparación con las ideas existentes antes de su publicación, pero tanto por sus paralelos como por la proliferación de escudos metálicos en las Islas Británicas desde finales del II milenio a.C. (Uckelman 2011), parece acertado suponer que el tipo Cloonbrin ya se conocía durante el Bronce Final. Estas dataciones, especialmente la de Kilmahamogue, no están exentas de controversia, en la medida en que los escudos chiproegeos que mejor se pueden fechar rompen 101 claramente con esta cronología al adecuarse al Orientalizante. Pero también por la diferencia temporal con respecto a la época en la que se erigieron las estelas peninsulares. Esta diferencia puede deberse a un problema de la muestras (Harding 2000: 285; Celestino 2001: 134; Mederos 2012: 439), ya que al tratarse de madera es altamente probable que se produzca un efecto de “madera vieja”, en el que la materia prima es sustancialmente anterior al momento de fabricación de los escudos. No obstante, la cronología calibrada propuesta para el escudo de Cloonbrin – 1194-934 cal. AC (2σ) – procede de muestras de cuero, un material de vida mucho más corta y, por tanto, proporciona una fecha más fiable y concordante con las estelas que se adscriben al Bronce Final. Así pues, alegar un efecto de “madera vieja” para las otras fechas puede ser una interpretación factible y, en cualquier caso, no parece lógico que los escudos con escotadura irlandeses y peninsulares deban fecharse en el Orientalizante a partir de los paralelos orientales, lo que no significa necesariamente que dejasen de producirse y emplearse súbitamente al comenzar este período. Hallazgo Material de muestra Número de muestra Fecha BP 1σ cal. AC 2σ cal. AC Escudo con escotadura en V de Kilmahamogue Madera OxA-2429 3445±70 1879-1686 1943-1538 Escudo con escotadura en U de Cloonlara Madera OxA-3228 3150±90 1520-1311 1633-1164 Escudo con escotadura en V de Churchfield Madera Gr-45813 3015±40 1374-1212 1392-1129 Escudo con escotadura en U de Annadale Madera Gr-45812 2920±35 1193-1050 1258-1010 Escudo con escotadura en V de Cloonbrin Cuero Gr-45808 2880±35 1118-1008 1194-934 Fig. 8: Dataciones calibradas de los escudos irlandeses (a partir de Needham y otros 2012: tab. 5). Acerca de los escudos chiproegeos, de manera fiable el ejemplar de Paleopaphos se fecha entre finales del CG III y principios del CA I (primera mitad del siglo VIII a.C.), uno de Delfos en el siglo VII a.C. y los del Heraion de Samos se corresponden con los momentos 102 finales del siglo VIII-mediados del VII a.C. (Torres 2012: 464-465). Los demás escudos de la región se fechan de manera más imprecisa entre los siglos IX y VII a.C. (ídem), haciéndolos coincidir a todos en el mismo período y siendo notablemente más tardíos que los irlandeses. La cronología de los escudos de la Península Ibérica se deduce a partir de los elementos que los acompañan en la iconografía de las estelas. De los diversos tipos de escudos representados en las estelas, los de tipo Cloonbrin son notablemente los más numerosos. En relación a esto, en la estela de Baraçal se reproducen en relieve un escudo de este tipo y un estoque de tipo Rosnoën, razones por las cuales se considera la primera de toda la serie, fechada en BF I (Mederos 2012: 425). Las losas alentejanas, inmediatamente anteriores a las estelas, carecen de escudos, luego el ejemplar de Baraçal debe considerarse como la más antigua evidencia de estos escudos en territorio ibérico. En el otro extremo, la estela de Luna, debido a su marcada decoración geométrica, se perfila como el último de los monumentos conocidos hasta ahora que incorpora un escudo, pudiendo alcanzar los primeros compases del Período Orientalizante. Luego lo más verosímil es que los escudos de las estelas están comprendidos en todo el rango cronológico del Bronce Final y comienzos de la siguiente época, entre 1350-700 a.C. En resumen, los escudos primitivos se fechan en el II milenio a.C. en la isla de Irlanda en materiales perecederos, mientras que los más recientes se localizan en el Egeo en el siglo VII a.C. confeccionados en bronce y en cerámica. Las representaciones conservadas en la Península Ibérica suponen un hito intermedio en una ruta marítima, también con una cronología intermedia. La datación obtenida para el escudo de Kilmahamogue escapa a este modelo, luego es fácil que se haya producido un efecto de “madera vieja” en su muestra. En cambio, el escudo de Cloonbrin, hecho en cuero, se centra mucho mejor en la cronología sugerida para las estelas, a medio camino entre los primigenios ejemplares irlandeses y los más tardíos chiproegeos. La posición geográfica y cronológica de los escudos ibéricos en este panorama evidencia que a) los escudos son oriundos del Atlántico norte y alcanzan la Península Ibérica en el BF I, b) a medida que transcurre el tiempo se comenzaron a elaborar en metal en detrimento de las materias primas orgánicas, aunque la forma se preservó y, derivado de esto último, c) los escudos peninsulares y mediterráneos de tipo Cloonbrin se mantuvieron en uso hasta, como mínimo, el siglo VII a.C., a pesar de que en el Atlántico norte aparece otros tipos nuevos que los sustituyen. Por tanto, los escudos con escotadura en V encontrados en el Egeo y en Chipre se sumergen en un escenario de época colonial en el que se producen contactos entre estas dos regiones y la Península Ibérica, cuando las estelas ya han dejado de generarse, aunque seguro que estos escudos siguen siendo de uso común. Por otra parte, los escudos de este tipo habituales en Iberia e Irlanda evidencian el tejido de una red de comunicaciones atlántica en la que se comparten elementos materiales e ideológicos en el Bronce Final. La mayor parte de las armas defensivas del Egeo y del resto del regiones a finales del II milenio a.C. y principios del siguiente estaban fabricadas total o parcialmente en 103 materiales orgánicos. Las descripciones que aparecen en la Ilíada sobre los escudos de guerreros anónimos (4.447; 5.452; 8.62; 12.22, 105; 16.636) y de grandes héroes como Héctor (7.238-239), Áyax Telamonio (7.219-223, 245-248, 266; 11.545), Teucro (15.479) y hasta de Zeus (1.202; 5.115) y de Ares (5.289; 20.78; 22.267) así lo demuestran, siendo excepcional en todos los sentidos el escudo de Aquiles (Aubriot-Sévin 1999). A través de las imágenes en las cerámicas de Época Heládica, así como de otras representaciones, se observa la tipología existente en el Egeo. Los tipos más habituales son redondos, con forma de ocho y cuadrangulares, cada uno con sus variantes (eckiger Grundform) (Borchhardt 1977: 6 ss.). Así pues, debido a que el escudo de escotadura en V no es un tipo corriente ni en el Egeo ni en Chipre en la época en la que se fechan los ejemplares de Paleopaphos, Samos, Delfos, Monte Ida e Idalion, cabe cuestionarse si en momentos anteriores, cuando no había comenzado la producción en metal de estas piezas, también pudieron introducirse en el Mediterráneo. Se trata de una duda razonable, motivo por el cual los escudos de tipo Cloonbrin deben considerarse como potenciales signos de un tráfico protocolonial que enlaza la región chiproegea con la Península Ibérica. No obstante y a pesar de toda la lógica, este planteamiento no deja de ser una hipótesis. Otro aspecto relacionado con estos escudos es el de su función simbólica (Bendala 1987: 15-17). Su inclusión en la iconografía de las estelas demuestra que se trata de uno de los signos reconocibles del guerrero atlántico y un artefacto de alto valor práctico y, sobre todo, ideológico. Pero llama la atención que los ejemplares de escudos de tipo Cloonbrin en el Mediterráneo se inserten en contextos rituales. Es más, los ejemplares de Samos están elaborados en cerámica, una materia ajena al ámbito bélico, bajo la apariencia de miniaturas. Sin profundizar en esta cuestión por ahora, la presencia de estas armas en santuarios y lugares sagrados saca a luz el componente simbólico y místico de los intercambios antiguos, complemento de su función más profana (Cunliffe 2001: 286). 5.5. Carros ligeros del noroeste Además de los carros ligeros de las estelas, existen otros vestigios en la Península Ibérica que podrían interpretarse como tales y, por tanto, fecharse en época protocolonial. En el conjunto de petroglifos de Auga de Laxe I (Gondomar, Pontevedra) (lám. VII.B.1) (Vázquez Varela 1997) se advierten ocho figuras de marcado carácter geométrico con cierto perfil de cometa de viento. Se describen como formas subtriangulares con el vértice apuntando hacia abajo, divididos en dos mitades simétricas por una línea que sobrepasa dicho vértice. En su parte alta una línea horizontal separa la zona más ancha del triángulo de la más estrecha. Formas análogas, aunque más complejas, aparecen también en las rocas de Conxo (Santiago de Compostela) (lám. VII.B.2) y de Mogüelos III (Cangas del Morrazo, Pontevedra) (lám. VII.B.3) (Peña y Vázquez Varela 1979: 79 figs. 57, 66.5-9 foto 43). Aunque a estos extraños grabados se les ha venido denominando “escutiformes” o “idoliformes” entre otras designaciones (Peña y Vázquez Varela 1979: 79), lo cierto es que recuerdan sorprendentemente a la estructura de la caja de los carros de las estelas (Mielke y otros 2012: 18-19). La línea vertical parece simbolizar el timón, la horizontal el eje y la forma subtriangular la caja. De hecho, en la estela de Cabeza de Buey II se reconoce 104 junto al escudo un grabado de reducidas dimensiones de forma muy similar a las de los petroglifos gallegos (lám. III.A.2) (Harrison 2004: 236-247; Díaz-Guardamino 2010: no. 263), lo que no deja de ser raro, ya que en esta misma estela se identifica con facilidad otro carro. Además, en Pedra Alta (Castrelo do Val, Orense) ha sido descubierta recientemente una estela que incluye la imagen muy deteriorada de un carro, siendo éste el ejemplar geográficamente más cercano a los petroglifos en cuestión (Reboreda y Nieto, en Red). Esta estela es, hasta ahora, la única de este estilo descubierta en el noroeste peninsular y, por ello, constituye un hallazgo extraño. Los argumentos en contra de esta interpretación descansan, en primer lugar, en el modo de representación. De ser un carro, igualmente se trataría de una visión en planta, pero la ausencia del tiro y de las ruedas, dos elementos básicos, arroja muchas dudas al respecto. Una segunda razón contraria es que Galicia, en líneas generales, está volcada hacia el Atlántico, con una presencia muy minoritaria de elementos mediterráneos hasta la Romanización. Los argumentos a favor rebaten los expuestos en contra. Las comunidades del noroeste podrían representar el carro de manera diferente a como lo hacen las del suroeste, guardando una similitud ambas al no saber representar objetos complejos en perspectiva. Las sociedades peninsulares perciben el entorno de manera diferente a las más avanzadas tecnológica y políticamente del Mediterráneo oriental, que reproducen los objetos con fidelidad. Con respecto a la orientación de las relaciones exteriores, el acceso limitado al mundo mediterráneo no significa que no lleguen objetos de este circuito al Noroeste, tal y como atestiguan el hacha de Muros y los ganchos de pastor del depósito de Hío.5 Además, estos objetos mediterráneos no necesariamente deben de ascender por vía marítima, sino que perfectamente pueden alcanzar el noroeste siguiendo la red terrestre de caminos de la Península Ibérica. Y sobre la pluralidad de representaciones en la misma piedra, no hay razón concluyente que impida que sea así, como muestra la estela de Cabeza de Buey II, de la misma manera que tampoco hay razón concluyente para afirmar que la ratio carro representado-carro real sea 1:1 (Galán 1993: 52). Otra cuestión a tratar sobre este asunto es la cronología asignada a los petroglifos. De los motivos clasificados en estos grabados rupestres (Vázquez Varela 1983: 44-48), los más abstractos no permiten una precisión temporal y, de hecho, puede que su representación sea muy prolongada en el tiempo. En cambio, algunas de las representaciones reflejan formas concretas que ofrecen una referencia real en virtud de la cual se hace posible establecer una cronología más o menos aproximada (Vázquez Varela 1983: 48; Carrera y otros 2002: 75). Las armas – puñales y alabardas, principalmente – encajan bien en el final del III milenio a.C. y la primera mitad del II milenio a.C., mientras que los caballos se ajustan mejor al I milenio a.C. Junto a las “carros” aparecen representados puñales, alabardas, quizá de tipo occidental (Briard 1998: fig. 4), y una enorme figura interpretable como una espada. Si los “carros” fuesen coetáneos a las alabardas y puñales, su cronología es muy antigua, mientras que si lo fuesen a la espada cabría ajustarla al Bronce Final. 5 Véase el apartado 4 del capítulo 4 sobre los ganchos de Hío. 105 Como conclusión, puede alegarse que algunas de los petroglifos de Auga de Laxe I representan de manera sumamente esquemática carros de combate. En modo alguno esta identificación es concluyente, pero la ausencia de referencias mejores en el registro arqueológico faculta esta lectura. Una fecha del Bronce Final para estos grabados es factible, y necesaria para interpretarlos como carros, aunque podría ser anterior e invalidar esta interpretación. 5.6. Puntas de lanza flamígera de tipo Penha La lanza es un elemento esencial en la cultura material del Bronce Final, formando parte de la panoplia básica en los grupos del Bronce Final Atlántico. Es más, ya que su fabricación en madera es muy sencilla, no es ni tan siquiera necesario tener acceso al preciado y restringido metal para disponer de una lanza, lo que implica que el empleo de este arma fuese muy extendido entre la sociedad. De los miles de ejemplares conocidos en el Complejo Cultural Atlántico, dos de ellos aparecidos en la Península Ibérica no encuentran una filiación clara entre las familias atlánticas. Éstas se caracterizan por un cubo corto y unos pronunciados alerones muy sinuosos que les otorgan una apariencia flamígera. Las lanzas en cuestión se localizan en Santa Catarina da Penha (Braga, Portugal) (lám. IX.B.2) (Cardoso 1968: 278 fig. 5; Sampaio 2009: 63 fig. 18) y en Vendas de Figueiras (Coimbra, Portugal) (lám. IX.B.1) (Coffyn 1985: 385 fig 7.2; Vilaça 2008a: 82 fig. 5.2). Ambas piezas se encuentran en contextos evidentemente rituales – una peña, con otros objetos típicos del Bronce Final (Cardozo 1968; 1970; 1970-1971), y una sepultura –, lo que pone de manifiesto su valor simbólico. Del yacimiento de Santa Catarinha se dispone de una fecha 14C sobre madera (GrN-5568: 2880±65 BP) con el resultado de 1260-863 cal. AC (2σ) (Bettencourt 1998: cuadro I). Tanto la desviación como el intervalo obtenidos son muy amplios, ciñéndose al Bronce Final sin apenas concretar ninguna fase interna. Si bien la falta de paralelos atlánticos permite suponer un origen exótico – una razón que avalaría la naturaleza votiva de estas piezas –, tampoco en ninguna otra región euromediterránea se reconocen ejemplares de este tipo, con la posible excepción de una de las lanzas del depósito de Tenja (Osijek, Croacia) (lám. IX.B.3.6) (Holste 1951: lám. 14.6; Gimbutas 1965: 314 fig. 216.A.6). Este conjunto está integrado por diez lanzas de diferentes tipos, dos espadas pistiliformes fragmentadas, dos brazaletes de bronce con decoración incisa y tres puñales de tipo Peschiera que claramente apuntan a una cronología del horizonte homónimo (h. 1350-1200 a.C.) y que es coherente con el resto de piezas. La lanza de Tenja está partida y no se conserva la mitad superior. Sin embargo, el contorno sinuoso de la mitad inferior es muy similar al de las lanzas de tipo Penha. Así pues, emparentar los ejemplares portugueses con el croata entraña el problema de no poder explicar satisfactoriamente esta distribución tan caprichosa e insólita, ya que no existen argumentos suficientes para apuntar un origen cultural ni, por tanto, una filiación. No se identifican piezas afines en las zonas de habitual contacto directo o indirecto con el 106 Atlántico y, por el momento, se desconoce la panoplia norafricana de finales del II milenio a.C. Por otra parte, desligar los tres ejemplares supondría afirmar orígenes distintos que, a su vez, se pueden entroncar con una importante tradición armamentística en el campo de las lanzas flamígeras. En efecto, esta familia presenta múltiples tipos esparcidos por Europa (Hoslte 1951; Müller- Karpe 1959; Jacob-Friesen 1967; Briard y Mohen 1983: 113-146; Avila 1983; Tarot 2000). De todos ellos, hay cuatro especialmente reseñables en la medida en que guardan una mayor similitud con el tipo Penha, si bien en ningún caso es posible alegar paralelos exactos. Los más notables por su curiosa forma de alerones muy redondeados y pronunciados se encuentran en el sur de Iliria y en el Épiro (lám. X.C). En este espacio se documentan las piezas albanesas de Drino-Tal (Müller-Karpe 1980: lám. 159.F.4, 6), Pazhok, Çepune y Vodhinë (Avila 1983: 76 lám. 20.158-159) y las griegas de Hagia Kyriaki, Gribiani, Kangadhi, Tebas (Snodgrass 1964: 119; Höckmann 1980a: 116-123; Avila 1983: 68, 75-76 láms. 19.139, 20.155-157) y la tumba 59 del cementerio de Liatovouni (Douzougli y Papadopoulos 2010: 29-31 fig. 7.a). A todas las piezas meridionales se les asigna una cronología del HR IIIC (1190-1050 a.C.), si bien podría remontándose hasta la fase anterior y alcanzar la fase siguiente (Höckman 1980b: 306). El segundo tipo o, quizá, grupo de lanzas asimilables a los ejemplares de Santa Catarina da Penha y de Vendas de Figueiras es el modelo más generalizado y básico de lanza flamígera en Europa, caracterizada por unos alerones poco pronunciados. Este grupo es probablemente originario del territorio de los Campos de Urnas (Müller-Karpe 1959: láms. 39.B1, 40.A.1, B.3, 47.16; Ríhovskỳ 1996: 73-87 láms. 12.110-19.88; Bietti Sestieri y MacNamara 2007: 24, 125 láms. 92-97), desde donde se dispersa a las regiones circundantes para evolucionar localmente (Jacob-Friesen 1967: 220-224 láms. 111-113). En el Atlántico se documentan tres piezas de este grupo. La primera aparece en el depósito del río Ulla a la altura de Pontecesures (Pontevedra) (lám. X.A.3) en compañía de un estoque, un puñal de tipo Rosnoën y dos espadas pistiliformes (Peña 1985). En la medida en que el depósito fue extraído durante el dragado del río y que las hojas pistiliformes parecen corresponder al tipo Cordeiro, con la punta muy estrecha y larga, es acertado considerar que no todas las piezas pertenecen al mismo horizonte cronológico y que se pudieron arrojar en períodos discontinuos tras un largo tiempo. En cualquier caso, la lanza es anterior al BF III. La segunda lanza atlántica de este grupo pertenece a la colección de antigüedades de la Real Academia de la Historia y su procedencia y contexto son desconocidos (Almagro Gorbea 2004: 141-142). Por último, en el depósito de Rosnoën (Finisterre, Francia) (lám. X.A.1) se identifica el tercer ejemplar atlántico de este grupo, presentado el cubo largo y amplios alerones (Briard 1965: 171 fig. 51.1; Jockenhovel 1975: 141 fig. 18.A.22; Nallier y Le Goffic 2008: 142 fig. 11.58). Las que tal vez sean las piezas más similares a los ejemplares del depósito del río Ulla y de la RAH se localizan en Mineo (Catania, Italia) (lám. X.A.2) y Viterbo (Italia) (Bietti Sestieri y MacNamara 2007: 24, 125 láms. 97.436, 98.438). Estos restos forman parte de conjuntos metálicos pertenecientes al Grupo Piedeluco-Contigliano distribuidos por toda la Península 107 http:12.110-19.88 Itálica con centro en la región lacial. Dicho grupo metalúrgico se fecha, en general, entre el BF 3 y el Fe 1 itálicos (ss. X-IX a.C.), pero la abundante presencia de artefactos chiproegeos en el depósito de Contigliano (Ponzi Bonomi 1970) permite considerar, por lo menos para este yacimiento, una cronología más elevada, de finales del II milenio a.C. (Vagnetti 1974). El tercer tipo de punta de lanza flamígera que cabe vincular al tipo Penha posee un cubo corto en la que se embute el astil y los alerones muy angulosos en la zona inferior que bruscamente se estrechan hasta terminar en punta. Estas características confieren a este tipo una forma casi romboidal y más esbelta que las puntas flamígeras. A estas lanzas se les puede denominar tipo Júcar. Se registran cuatro ejemplares en la vertiente atlántica, hallados en el depósito del río Júcar (Alarcón, Cuenca) (lám. X.B.1.1) (Almagro Basch 1954: 27; Coffyn 1985: lám. XXXVI.9), en la ribera del Cea (León) (lám. X.B.3) (Delibes y Fernández Manzano 1986: 16-20 fig. 4) y en Aguilar de Campoo (Palencia) (Monteagudo y otros 1981: fig. 31), a los que se suma otra lanza conservada en el Museo Británico aparentemente de Badajoz idéntica a la del Cea (lám. X.B.2) (Almagro Gorbea 1977a: 74 fig. 20.3; Coffyn 1985: lám. XXXVI.11). Únicamente la lanza del río Júcar tiene otra pieza aparejada consistente en una azuela de apéndices laterales cilíndricos típicamente peninsular.6 A pesar de observarse un parecido superficial entre las lanzas flamígeras y las de tipo Júcar, resulta difícil reconocer alguna semejanza formal que implique una común filiación para ambas. La opción que parece más acertada es clasificarla como un elemento de naturaleza atlántica a la vista de las puntas análogas británicas descubiertas en Taplow (Buckinhamshire), Clifton (Nottighamshire) y “Britania” (Davies 2012: 116-117 lám. 40.701­ 703), fechadas en el Horizonte Penard/BF I. Por su parte, la azuela del depósito del río Júcar guarda una cierta similitud con la de Langa de Duero, sin poder en ningún caso determinar su cronología, aunque ésta queda comprendida en el Bronce Final. Además, en el Museo Ashmolean se hallan dos lanzas originarias de Zamora y de Mérida (Monteagudo y otros 1971: 140-141 fig. 27.29-30) relacionables, a su vez, con la del río Júcar y similares, aunque los bordes son menos angulosos. En resumen, ninguno de los paralelos indicados permite determinar la filiación de las lanzas de tipo Penha, si bien todas ellas parecen estar emparentadas. En todo el registro material del Bronce Final atlántico no se atestigua ninguna pieza cuya filiación apunte a Iliria o al Épiro, de tal manera que resulta un tanto remoto atribuir un origen balcánico a las lanzas peninsulares de este tipo. Por otra parte, en la medida en que a estos atípicos y excepcionales ejemplares no se les puede asignar una vía de llegada, los prototipos podrían proceder de cualquier lugar de Europa, de tal manera que no es descartable como una introducción mediterránea, si bien tampoco es posible confirmarlo. Con seguridad las lanzas de tipo Penha pertenecen al Bronce Final, pero lo más lógico es que deban asignarse a un período anterior al BF III y, por tanto, excluirse del repertorio protocolonial. 6 Véase el apartado 2.3 del capítulo 4 sobre las azuelas de apéndices laterales cilíndricos. 108 http:XXXVI.11 5.7. Armas de enmangue transversal Las armas de enmangue transversal constituyen un objeto atípico en el Complejo Cultural Atlántico. Por esta razón, a priori se consideran importaciones. En la vertiente atlántica de la Península Ibérica se reconocen dos armas con estas características, un hacha de combate y un artefacto raro y difícil de clasificar, probablemente una alabarda, ambos con claros paralelos en el Mediterráneo pero también en otros lugares del interior europeo. 6.7.1. Hacha de Muros El hacha en cuestión, integrante de la colección Bouza Brey y procedente del municipio de Muros (La Coruña) (Bouza Brey 1959-1960; Monteagudo 1977: 266-267 lám. 124.1793; Coffyn 1985: 393 lám. 64.6; Giardino 1995: 326-327 nn. 74-75 fig. 107.7; Almagro Gorbea 1998: 82 fig. 1.A), es, probablemente, la pieza de más difícil análisis, en particular por su filiación, de todos los artefactos que se mencionan en este estudio. Se define por el talón perforado de forma circular, funcionando como un enmangue para un astil, por los laterales cóncavos y por su perfil en el que se distingue perfectamente la hoja más estrecha que el talón, pero el rasgo más destacable es la estría o nervio central que refuerza el talón y que se prolonga hasta la mitad de la hoja (lám. XI.A.1). La pieza en cuestión no dispone de paralelos exactos que permitan identificar una vía de llegada y una cronología, ni tampoco se le han realizado análisis espectrográficos que faciliten discriminar su filiación. Así pues, como ocurre con las lanzas de tipo Penha, es a través de la comparación de tipos similares el método a través del cual aclarar la naturaleza de esta hacha. Sin embargo, los paralelos más cercanos morfológicamente al hacha de Muros son muy escasos y se distribuyen de manera desigual fundamentalmente por la Península Itálica, más otras dos piezas en Austria y Francia. Se trata de las hachas de tipo Talaccio y similares entre los que no se identifican dos ejemplares iguales. Dichas hachas se localizan en Villach-Sankt Agathen (Carintia, Austria) (Mayer 1977: 44 lám. 9.90), Bouclans (Doubs, Francia) (lám. XI.A.6) (Passard y Piningre 1984: 88, 90 fig. 4.6), Talaccio/Talasch (Bolzano, Italia), Sarentino (Bolzano), Ardea (Roma) (lám. XI.A.8), Bolonia y otras zonas itálicas (Carancini 1984: 228-229 lám. 170.4452-4458). Al igual que la de Muros, estas hachas poseen un mismo perfil, además de presentar tres o más nervaduras rectas en el talón. Sin embargo, la perforación de algunos ejemplares es oval. De todas ellas, únicamente la pieza de Bouclans – un fragmento correspondiente a la zona de unión del talón con la hoja, resultando imposible de aclarar si la perforación es oval o circular – se asocia a otros materiales que permite dilucidar su cronología. Se encuentra en un depósito de más de cincuenta objetos dispares, todos ellos de bronce (Passard y Piningre 1984), entre los cuales aparece un cuchillo de hoja curva y mango macizo al que se asigna una cronología del Ha A2-B1 (1050-950 a.C.) (ídem: 90, 93 fig. 5.1). También se documenta un hacha de alerones subterminales que por paralelos continentales se fecha en el Ha A2-B1 (1050-950 a.C.) (íd.: 86, 88 fig. 1.1). El resto de piezas del conjunto de Bouclans oscila entre el BF I-IIIA, sobresaliendo una greba y, sobre todo, 109 varios torques con decoración geométrica (Passard y Piningre 1984: 95- 97-100, 102 figs. 7, 13). Así pues, la cronología de este depósito y, por extensión, del resto de las hachas de tipo Talaccio es muy imprecisa y dilatada, abarcando prácticamente todo el Bronce Final. Asimismo, todos estos paralelos propuestos guardan un estrecho parecido con otras hachas de la mitad norte de Italia, esta vez lisas (Carancini 1984: 226-228 láms. 168.4432 170.4449), muchas de las cuales pertenecen al gigantesco depósito de San Francesco (Bolonia) que incluye artefactos de todo el Bronce Final y de inicios de la Edad del Hierro, A pesar de que la distribución de estos ejemplares es muy discontinua, todos ellos quedan comprendidos en el territorio central de la Cultura de los Campos de Urnas. Entre las armas más habituales de este grupo cultural y, de manera destacada en la zona itálica, se encuentran las hachas de combate de tipo Surbo cuyo ejemplar de referencia se integra en el depósito homónimo de la región de Apulia fechado en el HR IIIB-C (1300-1050 a.C.) (MacNamara 1970). Por tanto, a la luz de todos estos datos lo más razonable es que el hacha de Muros se entronque en la tradición continental y que alcanzase por vía atlántica la Península Ibérica en algún momento del Bronce Final, probablemente durante el Horizonte Ría de Huelva. De ser así, el hacha se debe relacionar con los cascos crestados que recorren el mismo camino por el occidente de Europa y distinguirse de los objetos de naturaleza mediterránea que llegan a la Península Ibérica en este mismo período. No obstante, esta filiación alpina presenta un importante inconveniente: las hachas no forman parte de la panoplia atlántica del Bronce Final, ausentes del registro material y, especialmente de las estelas en las que se ofrece la imagen ideal del guerrero atlántico con espada, lanza y escudo. Incluso cuando aparece el casco en la Península Ibérica, el hacha parece un arma desconocida entre las sociedades atlánticas. Por el contrario, en el período anterior el hacha de combate es sobradamente conocida en el Atlántico. Así, en este macrocircuito se conocen cuatro ejemplares de hachas de combate de enmangue transversal, aunque ninguno de ellos idéntico al de Muros y ambos ellos sin contexto estratigráfico ni materiales asociados. El primero se conserva en el Museo Pitt Rivers de Londres, para el que se aduce un origen en el Perigord (Dordogna, Francia) (lám. XI.A.5) (Cowen 1971: 230 fig. 3.2) y el segundo procede de Rennes (Ille-et-Vilaine, Francia) (lám. XI.A.4) (Briard 1970: 25-26 fig. 1.4). Ambas piezas se caracterizan por su perforación oval, su perfil en el que no se diferencia la hoja del talón, su hoja casi rectangular y por las finas estrías que luce el talón. El tercer ejemplar se descubrió en Montrichard (Loir-et-Cher, Francia) (lám. XI.A.7) (Cordier 1976: fig. 3.25), muy estrecha en la zona de la unión entre la hoja y el talon, con tres nervios prominentes en esta última parte, perforación oval y distinguiéndose ligeramente el enmangue de la hoja en el perfil. El cuarto hacha procede de Hengistbury Head (Dorset, Reino Unido) (lám. XI.A.2) (Hawks 1938; 1952: 101 lám. 1.1; Bietti Sestieri y MacNamara 2007: 61 lám. 22.95) y está deformada, aunque se aprecia perfectamente el perfil de un solo volumen, la perforación hexagonal y un grueso nervio que central que recorre el talón en su extremo. ­ 110 El hacha de Montrichard es un objeto singular que por su forma puede relacionarse con ciertos tipos presentes en el sur del Círculo del Tirreno. Por su parte, las piezas del Museo Pitt Rivers, Rennes y Hengistbury Head son claramente mediterráneas, emparentadas con tales tipos tirrénicos. La mayor parte de los paralelos de estas tres últimas piezas documentados en Sicilia y en Lípari poseen contextos muy ricos y muchos de ellos forman parte de depósitos. En cambio, los ejemplares afines del sur de Italia aparecen, en su mayoría, descontextualizados. Desde un punto de vista morfológico se reconocen tres tipos sudtirrénicos a los que se puede vincular otros ejemplares: A. El tipo I siciliano lo ilustra el hacha de Hengistbury Head, con forma de lazo, perfil monovolumen, perforación hexagonal u oval y, normalmente, con un fuerte nervio central en el talón. B. El tipo II siciliano es de forma similar al anterior, pero más estrecho. La mayoría de los ejemplares sicilianos carecen de nervio pero incluyen estrías normalmente formando una cruz. Los ejemplares del subtipo Cumas (lám. XI.A.3) tienen refuerzos muy marcados en el talón, mientras que los del subtipo Menaforno son planos. Estos dos últimos son típicos de la zona Nápoles-L’Aquila (Carancini 1984: 199-201 láms. 153.4238­ 154.4252). C. El tipo III siciliano es tiene forma sub-rectangular, sin distinguirse la hoja del enmangue en el perfil, con perforación oval y con finas estrías en el talón. En el Atlántico está representado por las hachas de Rennes y del Museo Pitt Rivers. En cuanto a los contextos de aparición, la mayor concentración de estas hachas se observa en el depósito de Biancavila (Catania), con 16 ó 17 ejemplares del tipo II (Orsi 1890; Giardino 2004: 348 fig. 1.A). Por su parte, en Cannatello (Agrigento) se documentan dos depósitos emparentados entre sí (Giardino 2004: 348 fig. 1.B, C). En el primero aparece, dentro de una gran olla globular, un hacha con nervio central de tipo II junto con dos espadas, una pistiliforme y la otra de tipo Thapsos. El segundo depósito lo componen cuatro puntas de lanza de cubo y alerones convergentes en el interior de un vaso cerámico. Al conjunto de la cabaña 5 de Erbe Bianche (Trápani) pertenecen cerámicas y artefactos metálicos, con un martillo de cubo decorado, otro gancho tubular, una punta de lanza de tipo danubiano y tres hachas de combate, dos las cuales disponen de nervio central, si bien en una de ellas es apenas perceptibles, mientras que la tercera presenta cuatro estrías en el talón (Giardino 2004: 348 fig. 2.A; Ingoglia y otros 2012: 886 fig. 2.D). El hacha con estrías es idéntica a los ejemplares de Rennes y del Museo Pitt Rivers. En la acrópolis de Lípari aparece un extenso depósito metálico compuesto por objetos muy diversos entre los que se cuentan tres hachas de combate, dos con nervio central en estado fragmentario y una tercera plana (Bernabó Brea y Cavalier 1980: 739-740, 758-763 111 pls. 278-282; Giardino 2004: 350, 352 figs. 2.B, 3.A). Asimismo, también se conocen una miniatura con nervio central en la tumba 22 del cementerio de Plemmyrion (Orsi 1891: 131 lám. XI.18). Por último, varios moldes se documentan en la cabaña 14 de Villagio della Montagnola (Filicudi) (Albanese Procelli 1991: 309-313 fig. a), en el taller de Colle Madore (Palermo) (Vasallo 2004: 21, 26-7 figs. 1.1-4, 2.1-4) y en Mokarta (Trapani) (Maninno y Spatafora 1995). Tres hachas de este tipo I se documentan en el depósito de Roca Badía-Malvagna (Messina) (Albanese Procelli 1993: 50-51 fig. 15; Giardino 2004: 348 fig. 1.D), de las cuales una no tiene nervio central y las otras dos son idénticas al hacha británica. En este depósito también aparecen un hacha plana y un gancho tubular. Algunas hachas de combate sicilianas se conservan en museos y sus contextos de aparición son desconocidos. Así, en el Museo Salinas de Palermo hay un paralelo idéntico al hacha de Hengistbury Head (Giardino 1995: fig. 107.3) que parece haber sido hallada en Vicari (Palermo) (Vasallo 2004: 32). Hachas de los tipos I y II de Piazza Armerina (Enna), Grammichele (Catania), Paternò (Catania), Licodia Eubea (Catania) y Santa Maria di Licodia (Catania) se preservan en el Museo de Siracusa (Bernabò-Brea y Cavalier 1980: 759). Por ultimo, otras tres hachas que pertenecieron a colecciones privadas se encuentran en el Museo Británico: una pieza de Paternò de tipo II (Bietti Sestieri y MacNamara 2007: 76 lám. 34.158) y dos ejemplares de tipo I que probablemente sean originarios de Sicilia (ídem: 60 lám. 21.93-94). La cronología de los depósitos sicilianos no es homogénea, ya que en ellos se documentan materiales de diferentes épocas. El conjunto de Lípari es el más complejo de todos tanto por su posición estratigráfica como por los artefactos que lo componen (Bernabó Brea y Cavalier 1980: 735-789 láms. 277-322). Se albergaba en el interior de un dollium en un estrato de cimentación de una cabaña del Período Ausonio II (1100-800 a.C.), aunque el estrato pertenece a un nivel del Período Ausonio I (1300-1100 a.C.). Además de las hachas, entre los materiales asociados se encuentran espadas de tipo Thapsos de filiación egea, un fragmento de un lingote de piel de buey, lanzas danubianas de alerones convergentes de tipo Bouzek A2 como las aparecidas en el pecio de Uluburun, hachas de cubo, un posible puente retorcido de fíbula de arco curvo, hachas de alerones y un fragmento de navaja de afeitar de tipología alpina. Estos objetos de origen múltiple confirman una cronología de fines del siglo XIV a.C. y principios de la siguiente centuria, aunque la fíbula y las hachas de alerones apuntan a una fase más avanzada en el Horizonte Cassíbile siciliano. Por tanto, se puede establecer un terminus ante quem a inicios del Horizonte Cassíbile, en el siglo XI a.C., con un posible inicio hacia el 1300 a.C., quizá algo antes. A la espada de tipo Thapsos de Canatello 1 debe asignársele una cronología del Horizonte Thapsos (1350­ 1250 a.C.) concordante con las lanzas afines a las de Lípari de Cannatello 2 que se ciñen al mismo horizonte arqueológico, aunque la espada pistiliforme de Canatello 1 parece algo posterior. Una cronología similar se le otorga a las cerámicas egeas de HR IIIA (1400­ 1300 a.C.) y a la lanza danubiana del Br D/Ha 1 del depósito de Erbe Bianche. Por su parte, la tumba 22 de Plemmyrion se data en el Horizonte Thapsos y la cabaña 14 de Villaggio della Montagnola pertenece a un estrato final del Horizonte Capo Graziano II 112 siciliano, convergente con los inicios del Horizonte Thapsos. Así, las hachas de combate con nervio central de Sicilia y de Lípari corresponden a un período comprendido entre mediados del Horizonte Thapsos y comienzos del Ausonio I, entre 1350-1250 a.C., lo que equivale a una etapa inicial del BF I en el Atlántico que encaja muy bien con el Horizonte Rosnoën bretón, a pesar de que en el depósito homónimo no se atestigua ningún hacha. Estas hachas forman parte de la fase más temprana de los depósitos sicilianos, el Horizonte I (Giardino 2004; Lo Schiavo 2010: tab. 4). Además, a medio camino las hachas sicilianas y el tipo Tallacio aparecen los ejemplares itálicos de Giulianova (Teramo) (lám. XI.A.9) (Carancini 1984: 201 lám. 154.4253) y Castrovillari (Cosenza) (Bietti Sestieri y MacNamara 2007: 76 lám. 34.157). Ambas se caracterizan por su perfil de un solo volumen, sin apenas distinción entre el talon y la hoja, por su perforación circular y por las nervaduras que exhiben en el talon, tres y cinco respectivamente, muy sinuosas las que se sitúan junto al borde. Estas dos hachas, especialmente la de Giulianova, es la más parecida a la de Muros en cuanto a la decoración y a la forma del filo de la hoja. Dichas piezas carecen de contexto, de manera que únicamente se puede indicar una cronología de Bronce Final. Fuera del Círculo del Tirreno se conocen otras hachas que guardan ciertos paralelismos con las hachas atlánticas. La primera se encuentra en Nitra (Eslovaquia) (Novotná 1970: 31 lám. 8.149), descontextualizada. Se trata de un tipo curioso y único, de forma similar a los tipos I y II sicilianos, pero más recto, con estrías muy largas y refuerzo en el talón, sin nervio central. Su singularidad resulta desconcertante y sorprendente, permitiendo una lectura muy abierta, desde un experimento hasta su vinculación formal por vías confusas con las sicilianas. También se reconoce un hacha similar en los relieves que decoran el exterior de una cajita de marfil procedente de Enkomi y fechada en TC IIIA (1190-1100 a.C.) (Buchholz y Karageorghis 1971: 163 fig. 1749.a). En uno de los laterales se divisa una escena de caza en carro junto al cual aparece un hombre a pie que porta un hacha de combate con estrías o rebordes similar a las eolio-sicilianas y a otros ejemplares orientales.7 En diferentes ciudades del Levante, como Ugarit y Ascalón, se registran hachas análogas a las atlánticas y tirrénicas cuya cronología se remonta a inicios del II milenio a.C. (Maxwell-Hyslop 1946: 115 láms. XXXV.23, XXXVI.14, XXXIX.4; Deshayes 1960: 76, 184 lám. XXIII.4). Tiene forma alargada y filos rectos, normalmente añaden nervio central e incluyen rebordes ligeramente cóncavos en las aperturas de la perforación para el enmangue. Debido a estas características, se observa un parecido superficial entre las hachas asiáticas y las sicilianas. Sin embargo, en términos tipológicos, cronológicos y geográficos 7 El hombre a pie que porta el hacha de combate con estrías representado en la cajita Enkomi luce un casco con plumas. Este casco muestra un parecido sustancial con los cascos que los tjeker visten en los relieves del templo de Medinet Habu en los que se expone el combate entre la armada egipcia y los Pueblos del Mar (Yasur- Landau 2013). Aunque el impacto de éstos en la Península Ibérica ha sido muchas veces sugerido, pero nunca demostrado (Montenegro 1970; Garbini 1988; Bendala 1997; Almagro Gorbea 1998: 93-96), de aceptar que el hacha representada en la cajita se emparentase con el ejemplar de Muros, éste se convertiría en el único argumento para relacionar los Pueblos del Mar con la Península Ibérica. Sin embargo, la filiación del hacha de Muros no guarda ninguna relación con las hachas orientales, sino con los Campos de Urnas. 113 http:XXXVI.14 la diferencia parece insalvable. Con todo, quizá se pueda arriesgar la interpretación de que las hachas levantinas sean un ancestro remoto de los tipos sicilianos. En cualquier caso, hachas con nervios en el talón aparecen copiosamente en el Levante y Mesopotamia, lo que se presta a apuntar a Asia occidental como la región originaria de estas hachas. El hacha de combate de enmangue transversal no es un elemento aparecido en las estelas del Bronce Final peninsulares, por lo que parece lógico que las comunidades atlánticas de este período la desconociesen o, al menos, prescindiesen de ella. Sin embargo, en algunas losas alentejanas sí se incluyen relieves que se pueden corresponder razonablemente con estas hachas, como las de Assento y Ervidel I (Almagro Basch 1966 a: 177-179; Díaz-Guardamino 2010: 306-307 nos. 209, 215, 225, 234). Estos monumentos pertenecen a la serie final de las losas, fechada nuevamente hacia el siglo XIV a.C., es decir, a finales del Bronce Medio atlántico (Díaz-Guardamino 2010: 314-315). Las losas serían, entonces, coetáneas al empleo de otro tipo de hachas de combate en Francia, las hachas de rebordes (Briard y Verron 1976a: 31-72). Por tanto, las hachas de combate forman parte de la panoplia básica del guerrero de élite del Bronce Medio y, quizá, del BF I atlánticos. Las piezas de Hengistbury Head, Rennes y del Museo Pitt Rivers se fechan por sus paralelos tirrénicos entre los siglos XIV-XIII a.C., evidenciando un tráfico de armas entre el Atlántico y el Círculo del Tirreno. De esta manera, el hacha de Muros cobraría pleno sentido en esta coyuntura armamentística. Sin embargo, los mejores paralelos para la pieza en cuestión son originarios de los Campos de Urnas, lo que dificulta, aunque no impide, su introducción por desde el Círculo del Tirreno a la Península Ibérica. Por esta razón es posible concretar ni el recorrido ni las circunstancias de llegada del hacha de Muros con certeza. Para concluir lo expuesto sobre las hachas de combate halladas en el Atlántico, cabe alegar una vía marítima como medio de introducción. Tradicionalmente, con motivo de la presencia destacada de estas armas en el Horizonte I de los depósitos sicilianos, se ha propuesto como vía de llegada de estas armas mediterráneas al Atlántico el paso por el mediodía francés. Los mejores indicios de la ruta francesa lo proporcionan los restos de dos lingotes de piel de buey de origen chipriota o sardo (Guilaine y Verger 2008: 222-224 fig. 3-4) y una espada cruciforme de naturaleza egea encontrada en el río Saona (ídem: 222 fig. 2). Sin embargo, la aparición de hachas de combate en algunas losas alentejanas respalda una vía alternativa por mar. Por ello, las hachas de combate de enmangue transversal pudieron perfectamente haberse introducido en la Península Ibérica cruzando las Columnas de Heracles, y de ahí alcanzado Gran Bretaña en el flujo de intercambios atlánticos entre los siglos XIV-XIII a.C. 5.7.2. Alabarda de La Lanzada No lejos del lugar del hallazgo del hacha de Muros, en La Lanzada (Sangenjo, La Coruña) se registra un artefacto de apariencia insólita, que a simple vista recuerda a un hacha de combate (lám. XI.B.1) (Ruiz-Gálvez 1984: 177 no. 167; Coffyn 1985: 394 no. 258 fig. 20.3; Almagro Gorbea 1998: fig. 1). Su rasgo más destacado son los nervios que exhibe en el 114 talón. Igualmente, también llama la atención la hoja, con un nervio central y cuyo eje longitudinal se curva ligeramente. Estas rarezas dificultan descubrir su filiación y cronología con claridad. La multiplicidad de hachas con talón nervado en el Mediterráneo oriental respalda una procedencia mediterránea para el objeto de La Lanzada. En este ámbito aparece un extenso repertorio de estilos y tipos de hachas de combate, en el que muchas de ellas incorporan refuerzos y adornos a base de nervios en el talón, rectos y curvos, en ocasiones adosados al arma y, en otras, sobresaliendo hacia el exterior (Maxwell-Hyslop 1946; Erkanal 1977; Miron 1992). Otro importante grupo de hachas con el talón nervado aparece en la cuenca del Bajo Danubio (Vulpe 1970: 46-48 láms. 12-13.200), excepcional en Europa y, sin lugar a dudas, vinculado a las hachas asiáticas. Tanto los ejemplares europeos como los orientales se fechan en el II milenio a.C., desapareciendo en la época de los Pueblos del Mar. La hoja, por su parte, requiere un análisis diferente. Debido a sus peculiares características, se muestra más problemática a la hora de establecer una filiación y una cronología. Se observa un cierto paralelismo entre ésta y las de las hachas fenestradas levantinas del II milenio a.C. (lám. XI.B.2) (Miron 1992: 51-71 láms. 15.233-16.257), si bien estas últimas presentan perforaciones y una arista en mitad de la hoja. El paralelismo, con todo, es superficial, y tampoco se adivinan similitudes entre la hoja de esta pieza con ningún otro artefacto. Los objetos comparables más aproximados son las alabardas, que se vinculan a las tradiciones armamentísticas atlántica y continental de la primera mitad del II milenio a.C. (lám. XI.B.3) (Briard 1998: 121 fig. 4; Schumacher 2002). Esta analogía no sólo no deja de ser igualmente discutible en términos tipológicos, sino que también es problemática, ya que dificulta aún más la cuestión de su adscripción cronológica. Sin embargo, aceptar esta interpretación permite definir esta pieza como un híbrido de tradiciones atlánticas y mediterráneas, lo que le confiere este aspecto tan extraño, toda vez que alabardas y hachas fenestradas son sincrónicas en la primera mitad del II milenio a.C. En concordancia con esta última hipótesis, la alabarda podría interpretarse como una creación local a partir de la tradición atlántica y de los estímulos recibidos desde el Mediterráneo en la época clásica de El Argar (Schuhmacher 2004). Sin embargo, este objeto también podría interpretarse como una importación procedente del interior europeo o, al menos, como una evolución a partir de ejemplares europeos. Es más, podría incluso tratarse de un experimento local a partir de las hachas de combate del Bronce Medio-Tardío, sin necesariamente tener que vincularse con las alabardas de la época anterior. Estos argumentos especulativos no permiten decantarse por una u otra alternativa, razón por la cual parece más justo referirse a esta pieza como una evidencia incierta. *** Valorando ambos artefactos, parece lógico admitir una filiación y coyuntura diferente para cada uno. Así, los mejores paralelos del hacha de Muros se encuadran en el Bronce Final I, mientras que las probables raíces formales de la alabarda de la Lanzada desaparecen hacia finales del siglo XV a.C. en Oriente, dejando una diferencia temporal 115 de dos generaciones activas como mínimo. Por otra parte, si bien parece válido sostener un prototipo oriental, aunque difuso, para el híbrido de la Lanzada, no queda claro que el hacha de Muros se introdujese por vía mediterránea atravesando las Columnas de Heracles o por vía Atlántica desde los Alpes, siendo ésta última opción la más viable. En cualquier caso, el diagnóstico tras el análisis es que ambas piezas deben descartarse del repertorio de armas ligadas a la Protocolonización. 6. Conclusión En este capítulo se han analizado una serie de elementos inmersos en el campo de la guerra documentados en la Península Ibérica en el Bronce Final de raigambre mediterránea. Asimismo, también se han analizado otras armas atlánticas localizadas en diversos enclaves mediterráneos en esta misma época. Del primer grupo, las más evidentes son los cascos cónicos y astados y los carros ligeros aparecidos en las estelas, la mayor parte de ellas de carácter defensivo. Estas armas se fechan en el BF III y proceden del Egeo, Chipre y el Levante como focos originarios, aunque tal vez partiesen de algún puerto siciliano o sardo en su recorrido hasta la Península Ibérica. En cambio, no es posible afirmar con seguridad que los puñales del grupo Porto de Mós, los escudos de tipo Ategua, los discos-coraza, las lanzas de tipo Penha y los hipotéticos carros del noroeste pertenezcan al elenco de piezas venidas del Mediterráneo en el tiempo anterior a la fundación de las colonias fenicias. Los puñales y las lanzas porque su filiación se relaciona con múltiples territorios, lo que imposibilita aducir un origen mediterráneo con claridad – por otra parte, la concentración de rasgos variopintos quizá refleje mejor el sentido de la interacción cultural en el Bronce Final. Los discos-coraza y los escudos porque probablemente sean de época colonial. Y los carros del noroeste, porque tal vez sea demasiado aventurado interpretar esos petroglifos como carros. La alabarda de La Lanzada constituye un curioso objeto de difícil clasificación tipológica, aunque verosímilmente debe relacionarse con el mundo oriental precolonial. La fusión de características atlánticos y mediterráneos y, sobre todo, una muy imprecisa cronología que oscila entre los inicios del II milenio a.C. y el BF I, no permiten incluir este objeto como una evidencia de contactos protocoloniales. El hacha de Muros también tiene una cronología anterior a la Protocolonización, probablemente del BF I o incluso algo antes, y no está claro si alcanzó la Península Ibérica por vía mediterránea o por vía atlántica. Sobre el segundo grupo, las espadas pistiliformes y de lengua de carpa sin duda pertenecen al repertorio de objetos atlánticos que circulan por el Mediterráneo antes de las colonias, evidenciando un importante nudo de comunicaciones en Cerdeña. Los escudos de tipo Cloonbrin, por su parte, no pueden ser aceptados incuestionablemente dentro de este repertorio, pero existen algunas razones para creer que ya en época 116 protocolonial se habían introducido en el Mediterráneo. A la luz de la distribución territorial de estas armas se puede trazar un mapa de relaciones internacionales en el Bronce Final en el circuito mediterráneo, donde Chipre, Sicilia y Fenicia ocupan los lugares más sobresalientes, ejerciendo de nudos de comunicación y articuladores del tráfico de artefactos, personas, conocimientos e imaginario entre el Atlántico y Asia a través de rutas marítimas. A pesar de lo novedoso de los protectores pectorales, no parece que ninguna de las armas integrantes de este repertorio implique un cambio en los modos de combate. El hacha de Muros y la alabarda de La Lanzada pertenecen a dos horizontes históricos en los que en las sociedades del Atlántico se combatía con este armamento. El resto de armas son de uso común en el Bronce Final, y más allá de su peculiar tipología, encajan bien en la panoplia del contexto cultural en el que aparecen. En la Península ibérica los guerreros se baten con lanzas, espadas, puñales y fechas y se protegen con escudos y, verosímilmente, con cascos ya desde antes del BF IIIA. Tan sólo el carro podría haber desempeñado un modo de combate verdaderamente novedoso siempre y cuando se emplease para cargar contra las tropas rivales y para disparar flechas en movimiento. Sin embargo, el aprendizaje de las técnicas y los modos de combate se produce por medio de mercenarios que han servido en otros ejércitos o bien por enfrentamiento directo contra ejércitos instruidos en otras disciplinas, lo que parece improbable en el caso de las poblaciones peninsulares del Bronce Final. Así pues, no resulta satisfactorio relacionar el tráfico de armamento con innovaciones en el campo militar propiamente dicho, ni en el Atlántico ni el Mediterráneo: la finalidad de este tráfico se explica de una manera muy distinta. Más allá de su valor práctico, las armas adquieren un valor simbólico y estético que amplifica su valor como mercancía y como propiedad personal (Bradley 1990: 129-142; Vandkilde 2006b: 485-487). Las lanzas atraen a los rayos de las tormentas, conectando el cielo y la tierra, convirtiéndose en artefactos mágicos y sacros, uránicos, e invistiendo a su poseedor de poderes sobre la naturaleza, tal y como le sucede a Olíndico (Floro, Epítome 1.33.14; Pérez Vilatela 2001: 141-148; ver también Torres-Martínez y otros 2011-2012: 238­ 239). Las élites sociales, en tanto que el campo por excelencia de reconocimiento y reafirmación de su rango es el combate, emplean el armamento como elemento para crear una imagen de prestigio y superioridad resplandeciente. En las estelas y en las losas del Alentejo se observan armas en una clara manifestación del ideal heroico propio de las sociedades agro-pastoriles de la Edad de los Metales (Galán 1993: 53; Harrison 2004: 170 176). Esta imagen se refleja fiel y claramente en la Ilíada de tres maneras. En primer lugar, se describe en muchas ocasiones con detalle las características del armamento de los héroes como signo visible de su nobleza, así como del valor moral individual que poseen las armaduras como extensión del valor moral de sus propietarios. Los troyanos se asustan y huyen al creer ver a Aquiles retornar a la batalla, cuando en realidad se trata de Patroclo ataviado con las armas de Aquiles (Ilíada 16.277-283). Otra manera en la que Homero da cuenta del componente simbólico de las armaduras es cuando los campeones gloriosos despojan de ellas a los muertos vencidos como recuerdo, testimonio y botín de la victoria (Il. 5.615-622; 16.544-546; 17.59-60, 188-214). La ­ 117 posesión de las armas del enemigo derrotado forma parte de la imagen del guerrero que adquiere el prestigio en el combate (Van Wees 2004: 136). Por último, Diomedes y Glauco intercambian sus armas en recuerdo de amistad ancestral entre sus familias (Il. 6.232-236). El sentido transcendental de las armas se demuestra también en el registro arqueológico protocolonial. Con seguridad, los escudos de tipo Cloonbrin documentados en el Egeo y en Chipre, la espada pistiliforme de Bolotona y, fuera de este registro, también la lanza de Santa Catarina da Penha se ubican en santuarios. Al margen de historia concreta de cada una de estas piezas, la lejanía entre su lugar de origen y el lugar de deposición también funciona como un elemento de carácter ideológico que proporciona prestigio y misticismo al objeto y, sobre todo, a su poseedor (Helms 1988; Kristiansen y Larsson 2006: 55-76). Depósitos como el de la Ría de Huelva, con centenares de espadas y lanzas arrojadas a las aguas (Bradley 1990: 1 ss., 55 ss.; Ruiz-Gálvez 1995: 21 ss.; Kristiansen 2002: 329-331; Brun 2003; Blitte 2015), revelan que las armas forman parte de conjuntos sagrados, lo que permite deducir que las armas también son objetos teñidos de simbolismo y sacralidad. Las armas son elementos emblemáticos y sagrados, y representan a sus poseedores y depende de ellas la conquista de la gloria y la preservación de la vida. Por ello, el intercambio de armas y su permuta de manos equivale a compartir un sentimiento de honra y un espíritu heroico. La presencia de estos elementos en la Península Ibérica, así como las espadas en el Círculo del Tirreno y los escudos en el Egeo y Chipre, indican la existencia de una koiné material y, sobre todo, ideológica con múltiples matices entre las aristocracias guerreras del Bronce Final (Harding 2007). Es en este contexto en el que debe entenderse la circulación de armamento, hermanando sociedades lejanas y afianzando la supremacía y la reputación de sus élites y de los dueños de las armas en particular reflejadas en los pactos de hospitalidad bajo los que circulan otros bienes de mayor impacto económico. En este sentido, la llegada de armamento a la Península Ibérica durante la Protocolonización pone de relieve el esplendor de una élite social formada por guerreros- comerciante como el enterrado en la tumba 79 de Lefkandi (Popham y Lemos 1995), cuya autoridad y prestigio se asienta sobre la guerra y sobre los intercambios y control de los recursos. 118 4. HERRAMIENTAS 1. Introducción Las actividades artesanales y productivas cotidianas de la Protohistoria quedan atestiguadas por la presencia de talleres dedicados a trabajos sobre diversas materias primas, así como a la variada y nutrida colección de herramientas. Todas las sociedades humanas, incluso algunas animales, poseen herramientas integrando su cultura artefactual. Esta universalidad refleja el enorme valor cultural de la tecnología, que de alguna manera se puede interpretar como un sinónimo de la cultura. En este sentido, vivir (en) la cultura equivale a vivir (en) la tecnología (Pfaffenberger 1988; Vermaas y otros 2011). Con el advenimiento de la metalurgia del cobre se comenzaron a fabricar herramientas metálicas que, progresivamente, fueron reemplazando a los viejos útiles de piedra (Petrie 1917; Childe 1944). Para el Bronce Final, la piedra ha perdido su uso como materia primera de las herramientas, siendo sustituida por el metal y, presumiblemente, por la madera y otros materiales orgánicos que no han dejado rastro en el registro arqueológico. En la medida en que la función determina la forma de los utensilios, las herramientas más básicas guardan estrechas similitudes entre las varias culturas, por muy divergentes que éstas puedan llegar a mostrarse. Las herramientas no son objetos definitivos, sino que están destinados al desempeño de tareas para las que la exclusividad de las manos resulta insuficiente y a la construcción y fabricación de otros objetos más elaborados. Esto implica que tanto las labores en sí como su modo de ejecución, al igual que la cultura artefactual en su conjunto de las sociedades tecnológicamente más simples muestran muchos paralelismos. Las herramientas más sencillas, por tanto, constituyen el grupo de objetos más homogéneo de toda la cultura humana y representan el nivel más elemental de la capacidad técnica (Homo faber). A pesar de ello, también existen ciertas diferencias en el utillaje que claramente manifiestan la riqueza y variedad culturales. De hecho, algunas de las evidencias de los intercambios pre- y protocoloniales pertenecen al campo semántico de las herramientas y, por ello, del trabajo manual. En este capítulo se van a analizar las azuelas de apéndices laterales, que presumiblemente se incorporan a la cultura material en vísperas de la colonización fenicia y que muy probablemente tengan un significado histórico muy importante, así 119 como otras piezas de impacto menor pero igualmente reveladoras de las relaciones ultramarinas. 2. Azuelas de apéndices laterales Las azuelas de apéndices laterales constituyen una herramienta de excepcional variedad y distribución que ha generado una ingente bibliografía a nivel internacional (Przeworski 1935; Dullo 1936; Heine-Geldern 1936; Maxwell-Hyslop 1953; Deshayes 1960; Wesse 1990), al igual que cuantiosos trabajos de ámbito regional. La multiplicidad y diversidad formal de las azuelas ibéricas son los dos rasgos más sobresalientes y también más comentados y discutidos (Monteagudo 1977: 135-147 láms. 50-55; Wesse y Díaz-Andreu 1988; Almagro Gorbea 1996a). Pero detrás de ellos se esconde una inevitable problemática en torno a su filiación, su cronología y su función. Se trata, por tanto, de un elenco complejo que requiere un detenido estudio. De manera general, las azuelas de apéndices se describen como hojas de metal planas y de borde afilado, de cuyos laterales brotan protuberancias o aletas. Estas piezas se sujetan mediante cuerdas en el extremo de un mango en disposición perpendicular al filo de la hoja, y se emplean principalmente en el trabajo artesanal de la madera y, quizá, también del metal (Harding 1975: 184; 1984: 130). 2.1. Origen y clasificación elemental Sin mayor precisión, el origen de las azuelas de apéndices se sitúa en Asia occidental. Desde ahí se expanden por el Cáucaso, Asia central y a lo largo del Mediterráneo y los Balcanes (Wesse 1990), donde se documenta un volumen muy elevado en contraste con la presencia testimonial de este elemento en otras regiones periféricas, como el Atlántico norte y la región alpina (Müller-Karpe 1959: lám. 129.8). En estas regiones se atestigua una diversidad tipológica difícil de clasificar ya que entre unos ejemplares y otros las diferencias son mínimas, si bien valorando colectivamente la totalidad de estas piezas se han propuesto tres tipos primarios (Maxwell-Hyslop 1953: 72 lám. VIII; Wesse y Díaz-Andreu 1988: fig. 2; Wesse 1990: 14-24 fig. 15). Estos tipos primarios en el fondo sólo sirven como referencias en torno a las cuales organizar toda la serie. Sin embargo, en esta organización un detalle se perfila como un criterio esencial para establecer dos categorías atendiendo a la forma de los apéndices (fig. 9) (Monteagudo 1977: 135). Las azuelas asiáticas disponen de apéndices planos o aletas. Cuando son muy angulosos se produce una visible diferencia entre el talón y la hoja, mientras que si son suaves la pieza entera presenta una forma más homogénea. Las azuelas del Mediterráneo occidental, por su parte, tienen los apéndices cilíndricos o cónicos y, en general, las hojas son estrechas. De todos modos, la forma de los apéndices en ocasiones se presta a confusión, e incluso cabría apuntar una tercera categoría básica intermedia aún menos definida. Así pues, no hay una tipología definitiva ya que los criterios de clasificación de las azuelas son muchos y la valoración de los matices es subjetiva. Sin embargo, una clasificación elemental a partir de la forma de los apéndices parece muy práctica. Las dos categorías resultantes están representadas en el depósito de Campotéjar (Granada) (lám. XII.A) (Bosch Gimpera 1929: 17 fig. 1). 120 Estas dos categorías, empero, permiten determinar una distribución geográfica y una cronología. La dispersión claramente señala los dos extremos del Mediterráneo como regiones de mayor concentración. En términos cronológicos, el mapa indica una expansión hacia el Occidente, en tanto que la producción de azuelas de apéndices planos se remonta al III milenio a.C., mientras que las de apéndices cilíndricos irrumpen a finales del II milenio a.C. Fig. 9: Tipología básica para las azuelas de apéndices laterales. Con todo, la divisoria territorial entre los dos grupos es difusa, ya que en el Círculo del Tirreno y en Iberia se detectan ejemplares tanto de apéndices planos como cilíndricos. Cronológicamente también se produce un solapamiento, ya que las azuelas de aletas perduran hasta inicios del I milenio a.C. A pesar de todos los problemas que entraña la clasificación formal de las azuelas de apéndices laterales, el establecimiento de dos grupos es lo que mejor permite un ordenamiento elemental a partir del cual evaluar los muy diversos ejemplares conocidos. En la Península Ibérica aparece un amplio repertorio de azuelas de apéndices laterales correspondientes a las dos categorías propuestas, destacando un conjunto muy nutrido de azuelas de apéndices cilíndricos. 2.2. Azuelas de apéndices planos Los modelos de aletas son claramente minoritarios y aparecen en el Cerro de El Berrueco (Salamanca-Segovia) (Morán 1924: 22 lám. XIII.B), en Villamanín (León) (Luengo 1941: 126 fig. 11.3; Monteagudo 1977: 136 lám. 50.814)1, en Villa Vieja (Casares, Málaga) (Suárez Padilla 2006: 266 lám. 4; Marzoli y otros 2014: 178-180 fig. 7), en Osuna (Sevilla) (Almagro Gorbea 1996b: 271-275), en Campotéjar(-2) (Granada) (Bosch Gimpera 1929: fig. 17) y otras dos conocidas en las colecciones del Museo Ashmolean 1 Ni los dibujos publicados ni la localización exacta de esta azuela coincide en los trabajos de Luengo y Monteagudo. Así, mientras que el primero afirma que se halló en el interior de la mina La Profunda, en el municipio leonés de Cármenes, y que “se notan en su parte superior los magullamientos” (Luengo 1941: 126) sin explicitar que esté fracturada, Monteagudo sostiene que se procede del municipio también leonés y colindante de Villamanín y aporta un dibujo de la azuela en el que claramente se da a entender que su estrado es fragmentario, así como se representa su hipotética forma original. 121 (Siret 1913: 362 fig. 134.2; Monteagudo 1977: 137 lám. 50.815) y del Museo Arqueológico de Granada, estas últimas de origen indeterminado, aunque muy probablemente granadinas.2 Estas piezas no son tipológicamente homogéneas, a pesar de reconocerse algunas afinidades internas. Los ejemplares del Cerro de El Berrueco (lám. B.3), Campotéjar-1 (lám. A.1) y las de los museos granadino (lám. 6) y londinense (lám. B.2) tienen las aletas muy pronunciadas, incluso apuntando hacia el talón. Éste tiene forma cuadrangular o trapezoidal muy marcado, y los bordes de la hoja se curvan hacia el interior. El resto de azuelas de apéndices planos son piezas únicas en la Península Ibérica. Todas ellas encuentran sus mejores paralelos en diversas regiones mediterráneas, en ocasiones modelos idénticos, en otras muy aproximados, y se fechan entre el último cuarto del II milenio a.C. y el BF III (1050-760 a.C.). No obstante, la datación de las azuelas de aletas peninsulares no está exenta de contrariedades, ya que ninguna de las piezas mencionadas tiene un contexto estratigráfico nítido, incluso algunas son hallazgos aislados. Tanto la primera azuela de Campotéjar como la del Cerro de El Berrueco están fabricadas en hierro. Las dos azuelas de Campotéjar proceden de las únicas publicadas de un depósito compuesto por unas treinta o cuarenta piezas similares, todas perdidas en la actualidad y de las cuales sólo estas dos han sido publicadas (Siret 1913: 361). Por su parte, la azuela del Cerro de El Berrueco se asocia a otros materiales, aunque de manera desordenada ya que todos provienen de un estrato revuelto en el que se identifica una pléyade de objetos comprendidos entre el Bronce Final y la Romanización de manera ininterrumpida (Morán 1924; Fabián 1986-1987: 1). Los mejores paralelos están hechos también de hierro, y se localizan en Bulgaria y Rumanía (Wesse 1990: 201-202 fig. 55 lám. 23.170-171, 174, 180), con una cronología de inicios del I milenio a.C., aunque alcanza sin dificultad el horizonte Ha C1 (s. VIII a.C.) (ídem: 143-144). En el castro de Sanchorreja (Ávila), fechado en el Hierro I, aparece un depósito de artefactos de hierro entre los cuales se cuentan cinco pequeñas espátulas o azuelas de factura similar a la del Cerro de El Berrueco (González-Tablas 1991-1992: 309, 326 fig. 15; Álvarez-Sanchís 1999: 89 fig. 25.2). Por su forma, el material de fabricación y la proximidad geográfica lo más lógico es valorar las azuelas de ambos yacimientos conjuntamente, de tal manera que se podría concluir que: a) el ejemplar del Cerro de El Berrueco es más reciente que sus paralelos mediterráneos; b) la azuela del Cerro del El Berrueco se introduce en el Bronce Final y su forma es asimilada por los artesanos locales, perdurando hasta un período más avanzado; c) las espátulas de Sanchorreja son tan antiguas como la azuela del Cerro de El Berrueco, lo que implica que los orígenes del castro de Sanchorreja se elevan hasta el Bronce Final. Pero otra opción es que no guarden ninguna relación las piezas del Cerro de El Berrueco con las Sanchorreja. Es más, en este último lugar se conocen varios utensilios similares a las espátulas provenientes de un estrato superior, de modo que podrían alcanzar una cronología cercana a la Romanización y, por tanto, muy distinta a la 2 Agradezco al Prof. Dr. Martín Almagro Gorbea la referencia y las imágenes de estas hachas. 122 azuela del Cerro de El Berrueco (Maluquer de Motes 1958a: 70 lám. XII.B). Así pues, el parecido formal no es un indicador suficiente para vincular cronológicamente los utensilios de las dos aldeas meseteñas ya que, no en vano, la función hace la forma de las herramientas. Con respecto a las piezas en bronce de los museos Ashmoleam y de Granada, en Asia occidental se conocen tipos prácticamente iguales en el Cáucaso fechados en el último cuarto del II milenio (lám. XIII.A.1) (Wesse 1990: 33-35, 225-230 láms. 8-10). También en el Mediterráneo central se documentan piezas en Monte Arrubiu (Cagliari, Cerdeña) (Taramelli 1926: 448-450 fig. 20; Ialongo 2010: 321-322 fig. 3.B), en Tula (Sassari, Cerdeña) (Lo Schiavo 2003: fig. 6.b.4) y en los depósitos de Módica (Sicilia) (Giardino 1995: fig. 10.B.5-6) y Rocca (Lecce, Italia) (Maggiulli 2009: 312, 324 figs. 2.1.17, 5.2.15-16) entre otros muchos casos, además del molde del taller de Sabucina (Caltanissetta, Sicilia) (Vasallo 2004: fig. 6.22), datados a caballo entre el BF 2 y el Fe 1 (ss. XI-IX a.C.) (Maggiulli 2009: 318, 327; Ialongo 2010: fig. 9.A). Los paralelos caucásicos apuntan a una cronología alta asignable al Bronce Final, razón por la cual parece más adecuado asignarles a los ejemplares peninsulares la misma cronología. No obstante, el ejemplar del Cerro de El Berrueco podría ser posterior, inspirado en un prototipo foráneo balcano-carpático. La pieza de Villamanín (lám. B.1) es un hexágono irregular de cobre en el que el lado inferior y los laterales cortos presentan síntomas de fractura. Por ello, la reconstrucción más coherente es la de una azuela de hoja ancha y con las aletas poco pronunciadas. Este ejemplar guarda un notable parecido con dos azuelas de Cesarea (Turquía), entre otros ejemplos anatólicos, fechadas en los siglos XIV-XIII a.C. (lám. XIII.A.2) (Erkanal 1977: 3-4 lám. 2.12-14; Wesse 1990: 222 fig. 16 lám. 5.424-425; Miron 1992: 4 lám. 2.12-13). Esta cronología es coherente con el terminus post quem de las azuelas de Osuna y de Campotéjar. Por último, la azuela de Villa Vieja (lám. 4), igualmente aislada, debido a sus paralelos sardos (Lo Schiavo 2003: figs. 6.b.5, 7.a.20-21) y levantinos (Miron 1992: 33, 36, 43 láms. 11.179, 13.215) y, en menor medida, al entorno arqueológico, permiten afirmar una datación de BF III (Marzoli y otros 2014: 172-178). En definitiva, la ausencia de un contexto estratigráfico claro para los ejemplares peninsulares de azuelas de apéndices planos impide fecharlas satisfactoriamente. No obstante, lo más probable es que todas ellas se introduzcan desde el Mediterráneo central u oriental a finales del BF I o en el BF III. Sobre su distribución global de las azuelas de apéndices planos, es importante destacar que las piezas peninsulares son las más occidentales de toda la serie, minoritarias en comparación con las mucho más abundantes azuelas de apéndices cilíndricos. Igualmente, también debe resaltarse la distribución interna en la Península Ibérica, ya que cuatro de ellas aparecen en el sureste, lo que en principio podría apuntar a una posible vinculación con las cerámicas a torno de fines de El Argar C (Almagro Gorbea y Fontes 1997), como fecha más temprana, o bien con la hipotética actividad minera del plomo en el BF III (Renzi 2010: 135-143). Por último, la fabricación en hierro de una de estas azuelas plantea un problema interpretativo desde la perspectiva de las sociedades peninsulares. Una herramienta 123 en este metal de uso artesanal choca con la percepción ideológica del hierro que se tiene en el BF III y en fechas previas. Las comunidades de la Península Ibérica de esta época no están familiarizadas con el hierro, reservado para cuchillos sacrificiales y otros elementos de prestigio. En cambio, al igual que la azuela, en Oriente se documentan otras herramientas de cronología precolonial elaboradas en hierro (Loud 1948: lám. 183.19), lo que revela que en dicha región este metal comienza a percibirse como un material de uso práctico desde fines del II milenio a.C. Así, lo más coherente es valorar la azuela de Cerro de El Berrueco no como una simple herramienta importada, sino como un objeto de prestigio, quizá relacionado con las destrezas agropecuarias de las élites en una sociedad de rango como la peninsular del Bronce Final, toda vez que para los navegantes orientales se tratarse de un útil de carpintería sin especial relevancia ideológica. 2.3. Azuelas de apéndices cilíndricos En la Península Ibérica se reconocen varias decenas de azuelas pertenecientes a esta categoría. De los tipos más claros, los que con seguridad pueden valorarse como los más antiguos tienen los bordes rectos (lám. XIII.B.2), ofreciendo una forma rectangular o trapezoidal. Pero a medida que transcurre el tiempo y su uso se afirma, este elemento sufre una progresiva transformación formal en la que los laterales tienden a ser cóncavos en algunas piezas (lám. XIII.B.3). Además, existe un tercer modelo de azuelas de apéndices cilíndricos que es más espinoso a la hora de ser clasificado. Lo constituyen la pieza de Osuna (Sevilla) (lám. XIII.B.1) (Almagro Gorbea 1996b: 271-275) y el segundo ejemplar de Campotéjar (Granada) (lám. XII.A.2) (Monteagudo 1977: 136 lám. 50.816), cuyas principales características son la hoja gruesa y los apéndices asimétricos ligeramente cónicos. Se observan azuelas similares en Pozzuoli (Nápoles), en Siena, en Abini y en Tell Al- Judaidah (Hatay, Turquía) con una cronología del siglo XI a.C. (Wesse 1990: 36, 216, 224 lám. 11.tipo IIIA1). Las dos azuelas de Campotéjar, hoy perdidas, aparecieron asociadas formando un depósito. Por su parte, el ejemplar de Osuna apareció, presuntamente, en compañía de un hacha de talón con una anilla (Almagro Gorbea 1996a: 269-271). Ésta última tiene el filo muy amplio y la hoja lisa. Esta pieza se corresponde con el tipo Rosnoën (Briard y Verron 1976a: 105-107), típico del Bronce Final I, localizándose el ejemplar príncipe en el depósito bretón homónimo, así como en Arroyo Molinos (Jaén) (Monteagudo 1977: 182 lám. 78.1134). Estas hachas añaden después nervios en la hoja y varían su grosor, perdurando a lo largo de todo el Bronce Final (Briard y Verron 1976a: 73 ss.). No existe ninguna certeza sobre la asociación original de las dos piezas de Osuna. En cualquier caso, si así fuese su cronología encajaría en el BF I merced al hacha de tipo Rosnoën. Por otro lado, si su reunión hubiese sido en época moderna lo más coherente sería emparentar el ejemplar mediterráneo con la pieza de Campotéjar y los otros paralelos indicados y, por tanto, otorgarle una cronología de BF III. En el depósito de La Sabina (Formentera), también han aparecido dos azuelas emparentadas con este tipo, aunque por su contexto y forma se deduce una cronología del Período Orientalizante (Almagro Basch 1967: E12 I.1-2; Fernández 124 Gómez 1973; Delibes y Fernández-Miranda 1988: 90-91). Existe otra azuela de iguales características en el Museo Arqueológico de Barcelona, de dudosa procedencia, para la que puede proponerse idéntica cronología (Martí Jusmet 1969-1970: 134-136 fig. 14.4). Estas azuelas son peculiares, ya que la hoja es alargada, levemente trapezoidal, asemejándose al resto de esta categoría, aunque sus apéndices muy suaves recuerdan al ejemplar de Villa Vieja. Por ello, quizá se trate de un híbrido de las categorías elementales propuestas. Por todo ello, lo más verosímil es que las azuelas de Osuna y Campotéjar-2 se correspondan al BF III. Con respecto a los tipos más claros, aunque aparecen en toda la extensión de la Península Ibérica, se observa un reparto desigual de los tres modelos (Monteagudo 1977: lám. 136.B). Por un lado, las azuelas de bordes rectos (Monteagudo 1977: 139-143, 145-147 láms. 50.820A-53.858, 54.881-55.897) se concentran en la zona de Albarracín y, de manera más dispersa, en el occidente peninsular, en el sureste y en el alto Duero. Por otro, la mayoría de las azuelas de bordes cóncavos se reúnen al norte del valle del Duero (ídem: 143-145 láms. 53.859-54.880). Los ejemplares de bordes rectos son fácilmente rastreables por distintas regiones del Mediterráneo y del Atlántico. Para comenzar, se documentan moldes de piedra para modelos rectangulares y trapezoidales en el nivel VIIb2 de Troya (lám. XIV.A.1) (Maxwell-Hyslop 1953: 83 fig. 6.11; Wesse 1990: 224 lám. 22.455), en un depósito cerca de Mogilica (Bulgaria) (Wesse 1990: 234 lám. 22.570), en Sabucina (Vasallo 2004: fig. 6.26-27) y en Verdolay (Murcia) (lám. XIII.B.4) (Monteagudo 1977: 139 lám. 51.827), lo que indica que se trata de una producción extendida entre las sociedades mediterráneas. Las primeras de la serie proceden de la región egea, donde se documentan desde el HR IIIC (Harding 1975: 184-185; Wesse 1990: 60-61, 217-218 lám. 22.grupo IIIF), entre las que destaca por su especial afinidad con las peninsulares un ejemplar de Asine (Argólide) (lám. XIV.A.2) (Maxwell-Hyslop 1953: 79 fig. 3.1; Wesse 1990: 218 lám. 22.374). Estas azuelas se expanden rápidamente desde el Egeo por el Mediterráneo central (Harding 1975: 186; Carancini 1984: 235 lám. 172.4486-87; Lo Schiavo 1991: 215-216; Giardino 1995: 323 figs. 93-95; 2000: 102; Albanese Procelli 2008: 406-407), región en la que aparecen en depósitos pertenecientes a un momento avanzado del Horizonte Pantálica I (1250-1050 a.C.), hasta alcanzar la Península Ibérica. Igualmente, en el elenco peninsular de azuelas de este tipo se puede establecer una secuencia. Por su distribución, morfología y composición química las azuelas primigenias son aquéllas aparecidas en la región atlántica. En esta región es donde se concentra la mayoría de las estelas del Bronce Final, lo que sugiere una correspondencia entre las herramientas y estos monumentos. Su cronología, verosímilmente, se ajusta al BF III, cuando irrumpen en la iconografía de las estelas representaciones de elementos de clara estirpe mediterránea, como las fíbulas, los espejos y las liras. Con más reservas podría incluirse entre los objetos llegados de ultramar las azuelas de Albarracín, que también aparecen de manera esporádica en la región argárica. Su forma es equiparable a la de las azuelas egeas y tirrénicas, razón por la cual cabría asignarles una cronología del BF II (1200/1150-1050 a.C.). Sin embargo, esta zona se 125 presenta muy desconcertante en lo que atañe a hallazgos mediterráneos pre- y protocoloniales. Las formas de la lira de la estela de Luna (Bendala 1983), de los soportes de Calaceite (Rafel 2005) y de las mismas azuelas apuntan a una cronología alta de II milenio a.C. En cambio, el estilo decorativo de la lira y los soportes y la composición química de estos últimos insinúan que se corresponden con un período más reciente comprendido entre los siglos VIII-VI a.C. Todas estas piezas se vinculan más al mundo egeo que al fenicio. Así las cosas, este grupo de azuelas queda, por el momento, en una situación de incertidumbre cronológica. Por último, muchas de las azuelas del sureste muestran unos matices composicionales y formales que las diferencian marcadamente de las anteriores. En primer lugar, porque son de plomo y cobre puros, algunos de cobre muy plomado, una característica atípica en cualquier herramienta. En segundo lugar, porque presentan restos del cono de fundición, de tal manera que no se concluyó el proceso de fabricación de estos artefactos con normalidad. Estos rasgos han llevado a clasificar a los ejemplares del sureste como lingotes (“lingotes-hacha”) (González Prats 1985; Simón 1998: 324; Renzi 2010). Dichas piezas evidencian, entre otros aspectos, que las azuelas funcionan no sólo como herramientas, sino como soportes para el acopio y transporte de una cierta aleación. Las azuelas-lingote se concentran, principalmente, en el asentamiento fenicio de La Fonteta y en el poblado indígena de La Alcudia, razón por la cual se fechan en tiempos de la colonización fenicia como muy pronto. Allende los Pirineos, en el mundo atlántico, también se atestiguan azuelas de apéndices cilíndricos. En la costa francesa se distinguen, como mínimo, seis piezas de bordes rectos (Briard y Verron 1976b: 87-88; Wesse 1990: 210-211). Una de ellas, la de Saint-Pierre-du-Regard-Athis (Orne) (Verron 1973: 388 fig. 38; Wesse 1990: 211 lám. 14.256) se asemeja claramente a las ya mencionadas de La Sabina y a la del Museo de Barcelona, con los apéndices muy sutiles. Las demás se ajustan fácilmente al modelo egeo, estableciendo, así, un terminus post quem en el BF II. Por su parte, la aparición de dos piezas seguras, más otras dos posibles, en el depósito de Vénat (Coffyn y otros 1981: 17 lám. 17.3-4, 21-22; Wesse 1990: 211 lám. 14.257-258) determina un límite superior en el BF IIIC (825-760 a.C.). La cronología que evidencian las azuelas francesas sirve igualmente para las ibéricas del grupo de bordes rectos. Las azuelas francesas se introdujeron, muy probablemente, desde la Península Ibérica a través del tejido de comunicaciones atlántico. Las rutas de dispersión de las azuelas de apéndices van en dirección este-oeste, con la Península Ibérica como principal centro distribuidor por el occidente europeo. No obstante, quizá algunos de los ejemplares hallados en Monte Sa Idda, si no todos, pudieron finalizar en el depósito merced a una ruta en dirección contraria, a la vista de que los materiales que lo componen son de naturaleza atlántica (Taramelli 1921; Lo Schiavo 1991). En Islas Británicas se documentan un grupo reducido de azuelas de apéndices cilíndricos y bordes rectos, muy alargadas y estrechas (Wesse 1990: 208-209 láms. 13-14 nos. 230-249). A la luz de sus paralelos, la introducción de este objeto no se produjo a través de las redes marítimas de Occidente, sino por el circuito nórdico. Así, las piezas afines más próximas a nivel geográfico se localizan en Francia, en Jutlandia y en el curso del Rin (Wesse 1990: 210 lám. 14.253). La zona originaria de este modelo se sitúa en el Egeo, donde se atestigua un ejemplar idéntico en Anthedon (Beocia) (Wesse 1990: 61, 217-218 lám. 22.373), fechado a finales del II milenio a.C. 126 En la Península Ibérica, en el valle septentrional del Duero, se descubre el último grupo de azuelas de apéndices cilíndricos. Son las de bordes curvos, que disponen de una hoja prominente y un talón estrecho del que parten las protuberancias laterales, en ocasiones orientados hacia la parte proximal. El área de diseminación de este grupo se limita a la región de desarrollo de la Cultura de Soto de Medinilla, cuyo florecimiento se ciñe al Hierro I (Romero y otros 2008: 657-680), a pesar de que también se conoce un ejemplar en Harbledown (Kent, R.U.) (Wesse 1990: 209 lám. 14.244). Estas azuelas son el resultado de una evolución regional del grupo de bordes rectos, que progresivamente fueron curvándose tal y como pone de manifiesto el molde de Verdolay. Se reconocen, no obstante, azuelas de apariencia similar en territorios muy lejanos e inconexos (Wesse 1990: lám. 21), razón por la cual lo más adecuado es vincularlas a otras tradiciones. *** Para poder valorar adecuadamente las azuelas de apéndices laterales peninsulares se han clasificado en dos categorías elementales tomando como criterio la morfología de los apéndices. Sin embargo, estas piezas, debido a su proliferación, su diversidad formal, su extensión por circuitos de intercambio y su rango temporal requieren un estudio más profundo y prolijo en que se detalle la tipología y la filiación. No cabe duda acerca de que las piezas valoradas encuentran sus prototipos en el Mediterráneo oriental y en el Egeo, desde donde se expanden a lo largo y ancho de Eurasia. Las azuelas de estirpe egea son las más numerosas en Iberia y, a pesar de su naturaleza foránea, su desarrollo peninsular es mucho más rico y exitoso que en su región originaria. Esto evidencia que las innovaciones en la artesanía de la madera se asimilan rápidamente por parte de las comunidades peninsulares. En este sentido, las azuelas constituyen el indicio de una transformación en la carpintería peninsular ligada a la Protocolonización. Por último, resulta sorprendente que sean las azuelas de apéndices cilíndricos y no planos las que disfruten de un arraigo sobresaliente en la Península Ibérica. Se trata de un fenómeno de difícil explicación, ya que significa que la transformación en la carpintería peninsular es impulsada navegantes egeos y no chiprolevantinos. En un contexto del Período Heládico podría interpretarse dentro de los movimientos por el Mediterráneo central y occidental protagonizada por agentes egeos cuyas influencias se extienden no sólo por el Mediterráneo, sino por el interior de Europa siguiendo la Ruta del Ámbar. Sin embargo, la cronología más coherente para las primeras azuelas de apéndices cilíndricos aparecidas en la Península Ibérica es netamente posterior, cuando la sociedad heládica experimenta una severa reorganización y sus actividades de ultramar se contraen en beneficio de chipriotas, levantinos y gentes del Tirreno. Así, en la medida en que en las azuelas de aletas son claramente más comunes en Chipre, el Levante e Italia (Carancini 1984: 232-235 lám. 172), parece más coherente que la introducción de las azuelas de apéndices cilíndricos en la Península Ibérica no sea obra de egeos, sino de sicilianos que las habían recibido en el siglo XII a.C. y que las exportan durante el BF III por el Mediterráneo occidental con el concurso de navegantes chiprolevantinos que, por su parte, introducen las piezas de apéndices planos. 127 3. Azuela de tubo En el Museo de Pamplona se conserva una pieza extraña (lám. XIV.B.1) (Maluquer de Motes 1952a: 253 fig. 3), atípica en los bronces de tradición atlántica y de procedencia y contexto desconocidas. Se trata de una pala plana de forma trapezoidal con bordes cóncavos que en un extremo tiene un filo curvo y en el otro un enmangue de cubo. Se la ha denominado azuela de tubo en la bibliografía española, si bien sus paralelos foráneos han sido calificados como azada o herramienta cavadora. Inicialmente, este objeto fue considerado como un producto natural del mundo celta relacionable con el hacha de alerones terminales del depósito de Ripoll (Maluquer de Motes 1952a: 258-260). Sin embargo, la ausencia de paralelos entre el repertorio metálico céltico y de los Campos de Urnas impide respaldar esta interpretación. No obstante, el enmangue de esta pieza recuerda algunas formas vistas en el Mediterráneo oriental desde la segunda mitad del II milenio a.C., cuando se generaliza su uso. En el Levante (Childe 1944: figs. 39, 40; Deshayes 1960: nos. 1041, 1085), Chipre (Catling 1964: 79-83 fig. 7; Matthäus 1985: láms. 124.10, 125.1-7; Blockmann y Sass 2013: 884 fig. 14.5.333), y en los pecios de Uluburun (Yalçin y otros 2005: 630 no. 186) y de Cabo Gelidonya (Bass 1961: figs. 27-29) se documentan objetos similares, con el enmangue abierto y los bordes de las hojas convergentes o paralelos. También en Sulky (Cerdeña) se documenta una pieza análoga a la peninsular, descontextualizada y con la pala redondeada y cóncava, de clara estirpe chipriota (Lo Schiavo y otros 1985: 27 fig. 10.4). Dicho ejemplar confirma la expansión de este elemento por el occidente del Mediterráneo. La aparición de varios de estos objetos en el “Depósito de Fundidor” de Enkomi (Chipre) (lám. XIV.B.2) (Matthäus 1985: láms 123-127.A) y en los pecios citados apunta a que no se trataban de aperos de labranza, sino de herramientas de carpintería o de metalurgia. Por tanto, esta azuela debe emparentarse funcionalmente con las azuelas de apéndices. En conclusión, la azuela de tubo del Museo de Pamplona tiene una filiación común con otras azuelas aparecidas en el ámbito mediterráneo. Su cronología es imprecisa, aunque lo más lógico es suponer que llegó a Iberia durante el Bronce Final precolonial. 4. Ganchos de pastor El gancho de pastor es un instrumento muy peculiar y específico, por ser característico de pastores de ovejas, ya que se utiliza para coger al animal por la pata por encima de la pezuña sin dañarlo y sin tener que correr tras él. El elemento en cuestión lo componen tres piezas pertenecientes al depósito de San Andrés de Hío (Cangas de Morrazo, Pontevedra) (lám. XV.A.1) (Almagro Basch 1962: E.9.4.3.13-15; Ruiz-Gálvez 1979: 144). A pesar de que todas se conservan en estado fragmentario, la combinación entre las tres facilita una descripción. Se trata de un 128 vástago macizo de sección cuadrangular, curvándose en un extremo, formando un gancho. Por el extremo inferior se abre formando un tubo, que sirve para insertar el mango, presumiblemente de madera. En el extremo superior del vástago más completo de las tres se observan huellas de fractura, indicando una continuación que verosímilmente podría ser otra curva hacia el exterior, resultando una forma en “S”. El conjunto lo componen, además de estas tres piezas, un lote de hachas con anillas, otro de puntas de lanza, dos brazaletes, dos escoplos, una espada en lengua de carpa y pequeñas chapas con remaches que parecen haber formado un caldero o sítula (Almagro Basch 1962: E9 nos. 13-15; Ruiz-Gálvez 1979; Coffyn 1985: 178 láms. LX­ LXI; González-Ruibal 2006-2007: fig. 2.44). Todos estos objetos encajan en una cronología de finales del II milenio a.C. La espada es un elemento propio del BF III, mientras que las hachas y los recipientes con remaches se conocen en Iberia desde el desde el BF II. Luego el depósito es un lote de artefactos que se cerró en el BF III, aunque algunos de ellos quizá se fabricasen en un momento previo. Las piezas integrantes del depósito se entroncan en la tradición atlántica, si bien los tres ganchos son problemáticos a la hora de clasificarlos y definirlos. Normalmente ha sido explicado como un gancho de la carne por las relaciones contextuales que otros ganchos, similares y diferentes, mantienen con calderos en el Atlántico (Jockenhövel 1974). En el Complejo Cultural Atlántico y en el Círculo del Tirreno se conocen ganchos de garfio único, como los de Hío, aunque el extremo superior de éstos termina en punta afilada (lám. LXXIII.A.2) (Needham y Bowman 2005: 98 fig. 2 tabs. 2, 7). Este matiz obliga a replantear la cuestión de su clasificación y definición, así como a desviar su tradición cultural hacia el Mediterráneo oriental. En Chipre se conocen seis ganchos de doble curvatura con enmangue de tubo que verosímilmente coinciden con las piezas fragmentadas de Hío y que se fechan, fundamentalmente, en TC II-III (1450-1050 a.C.), aunque algunos ejemplares alcanzan los primeros compases de Chiprogeométrico (Catling 1964: 259-260 fig. 23.1-2 lám. 47). Resulta interesante señalar que las piezas que aparecen en la isla vienen de contextos suntuarios, como el de Sinda (Schaeffer 1952: 58 fig. 14), con lanza, azagaya y un cilindro-sello, el de la tumba 409 de Lapithos (lám. XV.A.2), donde esta herramienta se asocia, entre otras piezas, a un cuenco de bronce de tipo Berzocana, o el del Tesoro de los Bronces de Enkomi (lám. XV.A.3) (Matthäus 1985: lám. 127.B.6), lo que evidencia su pertenencia a individuos de la élite social. Otra región donde surgen objetos paralelos es Egipto, y nada menos que como cetro real heqa, símbolo de poder y reminiscencia de los reyes-pastores de época predinástica, cuya virtud se enraizaba en el cuidado y posesión de ganado, razón por la cual los ganchos chipriotas han sido interpretados como objetos distintivos de rango (Schaeffer 1952: 60). Los ganchos peninsulares, por tanto, simbolizan la figura y el poder del rey-pastor, un ideal político característico de las aristocracias agro-ganaderas (Ilíada 1.263; 2.85, 105, 244, 254, 772; 4.296, 413; 5.144, 512-513, etc.; Ruiz-Gálvez y Galán 2012: 53-54; Ruiz-Gálvez 2013:109­ 110). Los paralelos extrapeninsulares de los ganchos de Hío pertenecen a un horizonte anterior al de las espadas de lengua de carpa, luego queda confirmado que el depósito está integrado por elementos de fases distintas del Bronce Final. Quizá el resto de ganchos de garfio único afilados documentados en el Atlántico y en el Mediterráneo sean objetos inspirados en los ganchos de pastor. Los ganchos 129 británicos de Feltwell (Norfolk) (Gerloff 1986: 88-92) y Flag Fen (Cambridgeshire) (Coombs 2001: 263-265 no. 58) muestran un parecido notable con los de Hío, a pesar de su remate en punta. Se fechan en el BF I (1350-1150 a.C.), una cronología compatible con los ganchos chipriotas, así como con los ganchos sicilianos de Roca Badia-Malvagna (Messina) (Giardino 2004: 248 fig. D), Erbe Bianche (Trapani) (ídem: fig. 2.A) y Niscemi (Caltanisetta) (Giardino 1995: 291 fig. 108.B.10-11), correspondientes a los períodos Thapsos (1350-1250 a.C.) y Pantálica I (1250-1050 a.C.) por su contexto fiable. No obstante, la asociación de uno de los ganchos de Lapithos a un cuenco de tipo Berzocana apoya una cronología más baja propia del BF IIIA. En esta época se produce una intensificación en los contactos entre peninsulares y chiprolevantinos, así como una reorganización social en las comunidades atlánticas, lo que favorece asignar con prudencia esta cronología a los ganchos de Hío. 5. Herramienta para atrapar serpientes El depósito de Solveira (Vila Real, Portugal) (Gonçalves da Costa 1963; Bottaini y otros 2015) está formado por cuatro piezas de bronce típicamente atlánticas del Bronce Final. O, al menos, tres de ellas (dos puntas de lanza y un hacha de talón y anillas). La cuarta es un extraño artefacto de difícil definición tipológica y funcional. Se describe como dos puntas paralelas al aire que su extremo proximal se unen formando una U de la que brota un enmangue tubular perforado. Junto al enmangue, en el espacio entre las puntas hay una chapa con nueve orificios e incisiones (lám. XV.B.1) (Costa 1963: 121-122; Kalb 1980: 29 fig. 6.29.4; Bottaini y otros 2015: 126 fig. 4). Las dos puntas están dobladas hacia el frente. Una de ellas está fragmentada, mientras que la otra presenta una ligera curvatura hacia el interior en su extremo distal. Esta curvatura ha sido clave para denominar “garfio” a este artefacto tradicionalmente. También ha sido designado como un gancho para carne por esta misma razón, en consonancia con otros artilugios culinarios con los que guarda una cierta similitud (Needham y Bowman 2005: 101-104 tab. 3; Armada 2008: fig. 9). Sin embargo, el parecido con los ganchos de la carne atlánticos es muy superficial. Los garfios de los ganchos atlánticos, orientales y alpinos disponen de varias curvaturas con la función de pinchar y sostener firmemente la pieza de carne. Tales curvaturas están ausentes en el artilugio de Solveira. A falta de argumentos mejores, lo más prudente y adecuado es excluir este objeto del elenco de ganchos para carne. Así pues, aunque el artefacto de Solveira se asocia a objetos característicamente atlánticos, no encuentra paralelos en este ámbito, razón por la cual quizá convenga no valorar este artefacto dentro de los tipos normales de la metalurgia del Bronce Final. En cambio, las analogías más coherentes se registran en el Mediterráneo oriental. En Egipto y, en menor medida, Palestina se documenta varias de decenas de regatones que, como el objeto de Solveira, rematan en dos puntas (Petrie 1917: 33 lám. XL.182-189; Dothan 1976). Los paralelos más evidentes se corresponden con los tipos IV-V de Dothan (1976: 25-27), con decoración calada entre las puntas (lám. XV.2­ 3). Muchas de estas piezas carecen de contexto, pero otras tantas pertenecen a enterramientos del Reino Nuevo y de inicios del III Período Intermedio, aunque se tienen representaciones pictóricas en épocas previas y ulteriores. La pieza de Solveira 130 no tiene paralelos exactos entre el conjunto oriental, pero parece más razonable vincularlo con este ámbito que con el de los ganchos para carne. Sin embargo, los análisis espectrográficos efectuados sobre esta pieza revelan un alto porcentaje de estaño en su composición, en concreto un 16±2 %, con un bajo contenido de plomo (0,9±0,2 %) (Bottaini y otros 2015: tab. 1). Así, en principio no parece extraño que se trate de un artefacto elaborado en un taller atlántico inspirado en un prototipo oriental. No obstante, su singularidad en Occidente y los claros paralelos orientales invitan a considerar esta pieza como una segura importación. Inicialmente, estos regatones debieron funcionar como herramientas para atrapar serpientes de campo y extraerlas el veneno o decapitarlas, hincándolos en el suelo y dejando el animal apresado por el cuello. Por tanto, resulta verosímil que su uso primigenio se vinculase al mundo del pastoreo y la agricultura con el fin de evitar los peligros naturales que acechan al ganado y a los humanos. No obstante, tales regatones se asemejan notablemente al cetro wзs. Se trata de un elemento habitualmente portado por el dios Seth, en cuyos extremos aparecen simbolizados los atributos más característicos del animal fabuloso que, a su vez, simboliza en la iconografía egipcia al propio Seth. Así, las puntas del regatón representan la cola bífida, mientras que la parte superior luce la cabeza con un hocico muy pronunciado. Aunque en este capítulo el artefacto de Solveira se valore como una herramienta – la herramienta que originariamente fue –, parece más probable que su introducción en el flujo de intercambios se debiera a motivos de prestigio social y no a su valor práctico. En cualquier caso, está clara su exclusión del repertorio de ganchos para carne atlánticos. 6. Herramientas atlánticas en el Mediterráneo. Hasta ahora las herramientas analizadas evidencian una fase de contactos precoloniales en la Península Ibérica procedentes del Mediterráneo. Simultáneamente, en el ámbito mediterráneo también aparecen algunas herramientas atípicas originarias del Atlántico. Tales aparejos pertenecen a la metalurgia Vénat característica del BF III (Ruiz-Gálvez 1986). Ciertas hoces, hachas de anillas y de cubo atravesaron las Columnas de Heracles en dirección al Mediterráneo en esta época. 6.1. Hoces atlánticas Las hoces son utensilios conocidos por las comunidades del II milenio a.C. en una geografía muy amplia. El mundo atlántico tiene sus propios tipos netamente diferenciados de los continentales y mediterráneos (Fox 1939; 1941; Nicolardot y Gaucher 1975: 89-101), si bien algunos tipos planos pueden emparentarse en toda la extensión europea. Las hoces atlánticas se caracterizan por disponer de una hoja ligeramente curva o casi recta, pero en ningún caso sinuosa ni semicircular. Los ejemplares se clasifican en dos familias básicas – de tubo y planas –, a su vez subdivididas en varios tipos. Tres de estos últimos están igualmente presentes en el Mediterráneo. Las hoces de tubo pueden tener el enmangue vertical o lateral (Fox 1939). Para ambos tipos, especialmente el de tubo vertical, se ha sugerido un origen mediterráneo 131 (Almagro Gorbea 1998: 82; Guilaine y Verger 2008: 227), ya que el enmangue de tubo aparece en otras hoces típicamente chipriotas (Catling 1964: 84-85 fig. 8.3-4 lám. 5.f-g), así como en las hachas de combate (Maxwell-Hyslop 1949). A pesar de ello, las hojas exhibidas por las hoces atlánticas no guardan ninguna relación con los paralelos mediterráneos, de perfil sinuoso. Quizá las hachas sí puedan emparentarse, pero no cabe duda que tipológica y funcionalmente son artefactos muy distintos. Las hoces de tubo atlánticas aparecidas en el Mediterráneo incorporan un enmangue horizontal (lám. XVI.A). Las hoces planas atlánticas halladas en el Mediterráneo, por el contrario, carecen de enmangue, añadiendo en su lugar una lengüeta o talón, y su hoja es más bien recta (McWhite 1951: 76-80; Ruiz-Gálvez 1979: fig. 12; Coffyn 1985: 222 láms. LVII, LXIII; Da Ponte 1994). Cuando el talón dispone de aletas laterales se corresponde con el tipo Rocanes (lám. XVI.C), mientras que si incluye apéndices laterales lo hace con el tipo Castropol (lám. XVI.B). En la Península Ibérica se han descubierto un buen número de estas piezas. De hecho, la gran cantidad de hoces de los tipos Castropol y Rocanes en este territorio, donde también se documentan moldes, y su escasa presencia en el exterior apuntan a un origen peninsular, mientras que las hoces de tubo lateral se reparten más homogéneamente a lo largo de toda la fachada atlántica europea, siendo originarias, probablemente, de las Islas Británicas, región donde aparecen decenas (Fox 1939: 233 ss.; O’Connor 1980: 239; Coffyn 1985: 55; Giardino 1995: 329 fig. 116). En la Península Ibérica, todas las hoces se localizan en yacimientos a lo largo de toda la costa atlántica (Coffyn 1985: mapa 43; Giardino 1995: 329 fig. 116). Las hoces de tipo Castropol se limitan al noroeste, diferenciándose territorialmente de las Rocanes, apareciendo éstas entre los ríos Miño y Guadiana, más un molde en Peña Negra (Crevillente, Alicante) (Coffyn 1985: 393-394; Giardino 1995: fig. 113). El territorio de distribución peninsular de las de tubo lateral coincide con las de tipo Rocanes, aunque los yacimientos en los que se encuentran son mucho más limitados. En el Mediterráneo, por su parte, las hoces atlánticas se hallan en los depósitos sardos de Forraxi Nioi- Nuragus, Sarule, Abini y Monte Sa Idda (Lo Schiavo 1991: 216; Giardino 1995: 328-329 figs. 113, 116). En definitiva, la dispersión de todas las piezas que se estudian en este apartado se concentran en dos áreas, la vertiente atlántica de la Península Ibérica y la isla de Cerdeña, más el molde en Alicante. Más problemática que la cuestión de su distribución es la de su cronología. A buen seguro se comprende en el Bronce Final e inicios del Hierro, pero valorando también las piezas esparcidas por las Islas Británicas y Francia, no resulta sencillo establecer una secuencia tipológica. Para las hoces de tubo lateral, Fox (1939: fig. 9) propuso una sucesión partiendo del tipo más simple que, adquiriendo mayor esbeltez y verticalidad y otros complementos, se ramificaba en tipos morfológicamente más complejos, abarcando todo el Bronce Final. En el depósito de bronces de Pleinseau (Amiens, Francia) se documenta otra hoz prácticamente de iguales características, aunque en esta ocasión añade una anilla en el tubo (Almagro Basch 1940: fig. 15.24). En el conjunto, formado por más de ciento noventa objetos, aparecen puntas de lanza de tipo Rosnoën y espadas de lengua de carpa de tipo Nantes. Estos dos tipos evidencian que el depósito contiene materiales de distintas épocas que se prolongan durante el Bronce Final. 132 El depósito británico de Downham Market (Norfolk) contiene un ejemplar similar a los que Fox supone más antiguos, caracterizados por un tubo corto y una hoja muy arqueada. La pieza se asocia a un estoque de tipo Stuntney variante West Row y a un hacha de talón de tipo Rosnoën, poniendo de relieve de manera incontestable su pertenencia a un horizonte de BF I (Burgess y Gerloff 1981: 84 lám. 133.C). Por otro lado, la presencia de ocho ejemplares de este tipo básico de hoz en el castro de Nossa Senhora da Guía (Silva y otros 1984: 79-81 lám. V) significa que siguen en vigor en el BF IIIB (900-825 a.C.), es decir, varios siglos después que la de Downham Market. Una fecha de BF I para las más tempranas hoces de tubo lateral es consonante con su evolución a partir de las hachas de combate sicilianas, a pesar de que agrupar las hachas y las hoces en una misma filiación es una hipótesis difícil de argumentar. Sea como fuere, los hallazgos de Downhan Market y Nossa Senhora da Guía no invalidan necesariamente la secuencia propuesta por Fox, si bien la producción de hoces de tubo primitivas continúa hasta muy avanzado el Bronce Final, incluso alcanzando el Hierro I. También en fase avanzada del Bronce Final es plenamente factible fechar el depósito de Monte Sa Idda, donde se encuentran ejemplares de los dos tipos planos considerados. Asimismo, la elevada cantidad de plomo en la hoz de Castropol (20,5 %) (Harrison y otros 1981: 148, 157, 172 fig. 18.90) debe relacionarse con el surgimiento del bronce ternario en el noroeste peninsular en el BF IIIC, si bien igualmente deja al descubierto la sospecha de una continuidad de esta forma a inicios de la Edad del Hierro, cuando surgen las primeras aleaciones ternarias (Rovira 1993: figs. 1-2; Fernández-Posse y Montero 1998: 200-201; Renzi 2010; Montero y Renzi 2012: 343-345). Por su parte, la aparición de un molde para hoz de tipo Rocanes en Peña Negra significa una producción de esta pieza en un contexto ajeno al de su distribución (González Prats 1992: 251). Este complejo yacimiento resulta fundamental para el estudio de la evolución tecnológica en el I milenio a.C. debido al descubrimiento de un taller de fundición, altamente significativo para las producciones y tráfico de metal en época precolonial y orientalizante (Ruiz-Gálvez 1993: 52-56). El molde se atribuye a la primera fase de ocupación del poblado, en el horizonte homónimo (BF IIIB-C), a caballo entre los períodos protocolonial y colonial (Ruiz-Gálvez 1993: 52-56; García Borja y Pérez Jordá 2012: 43-45). Otro molde hallado en Rocanes (MacWhite 1951: fig. 22.5) evidencia que su fabricación también se produjo en la región de máxima difusión de estas piezas, en el Atlántico, sin duda contemporáneo al de Peña Negra, pero sin mayor precisión. Así las cosas, las hoces planas estudiadas debieron circular entre los siglos IX y VIII a.C., entre los horizontes Monte Sa Idda-Peña Negra I, abriendo la posibilidad de que ya desde época precolonial su fabricación fuese un hecho. En definitiva, con independencia de su origen último, las hoces planas de los tiposs Rocanes y Castropol, así como las de tubo lateral deben ser valoradas como introducciones atlánticas en el Mediterráneo central en el BF IIIB-C. 6.2. Hachas de talón y anillas Entroncadas en la tradición de las hachas de talón desde el Bronce Medio (Briard y Verron 1976a: 73 ss.; Monteagudo 1977: 148-151 lám. 56.898-903), las hachas con anillas 133 o palstaves se convierten en uno de los elementos más representativos del Bronce Final Atlántico, esparcidos por toda la fachada y convertidos en marcadores territoriales y temporales de las fronteras de este complejo cultural que se extiende por las sociedades del Círculo del Tirreno (lám. XVII.2-4, 13-14, 18). Dentro del repertorio de hachas de anillas se distingue una tipología formal muy diversa, en ocasiones muy minuciosa (Monteagudo 1977: 151 ss. láms. 56.904 ss.). Las hachas se reparten de modo homogénea por todo el territorio atlántico, si bien aparece una concentración elevada en el noroeste de la Península Ibérica. Sin profundizar en la variedad tipológica, a partir de un criterio muy básico se distinguen con facilidad dos tipos, el hacha con una anilla o de tipo Rosnoën (Briard y Verron 1976a: 105-107) y el de dos anillas o de tipo ibérico (ídem: 109-112). Las primeras se remontan a los orígenes del Bronce Final, en el siglo XIV a.C., perdurando hasta el siglo IX a.C. En el Círculo del Tirreno se localizan, entre otros emplazamientos, en los conjuntos de Monte Sa Idda, Siracusa, Castelluccio y Tolfa (Lo Schiavo 1991: 216; Giardino 1995: 324-325 figs. 97, 99-100; Albanese Procelli 2008: 408). Las hachas de dos anillas, por su parte, arrancan en el BF II, adentrándose en los primeros compases del Hierro I, ya en época colonial. No sólo son más abundantes que las anteriores, sino que también alcanzan un espacio de dispersión más amplio, a pesar de su claro predominio entre las sociedades atlánticas. En el Círculo del Tirreno están presentes en los depósitos de Monte Sa Idda, Monte Arrubiu y Castelluccio (Lo Schiavo 1991: 216; Giardino 1995:325 figs. 102, 103-104; Albanese Procelli 2008: 408). Con más reservas se puede incluir en este segundo grupo las hachas de superficie plana de dos anillas (Fernández Manzano 1986: 116-117), a veces con rebordes en el talón (Monteagudo 1977: 161-162; Giardino 1995: 325 figs. 101, 104), en cuyo mapa de distribución se incluyen las Islas Baleares y el sureste de la Península Ibérica. La cronología de estas últimas se centra en el BF IIIC. A pesar de que estas herramientas tienen una vida muy dilatada a lo largo del Bronce Final, su llegada al ámbito tirrénico debió producirse, a juzgar por la cronología fiable de dos de sus depósitos – Monte Sa Idda (Dezimoputzu, Cagliari) y Tolfa (Roma) – a finales de este período, en el Horizonte Peña Negra I. 6.3. Hachas de cubo En Monte Sa Idda también aparece un lote de hachas pertenecientes a la familia de cubo (lám. XVII.1, 5-6, 9, 12, 19) (Taramelli 1921: 25-30; Giardino 1995: 326 figs. 105-106; Lo Schiavo 1991: 216; 2003: fig. 6.b.10-12). No hay dos ejemplares iguales, pero se pueden clasificar primariamente en hachas de dos anillas – ocho representantes – y hachas de una anilla – dos representantes. Las piezas del primer grupo, a su vez, presentan las disimilitudes típicas de las herramientas de esta familia, de tal manera que se aprecian ejemplares de contorno rectangular y trapezoidal, esbeltos y chatos, con la apertura cuadrangular y redonda y con diferentes salientes a la altura de la apertura, así como con nervio central y planos. Estas diferencias se perciben igualmente entre las dos piezas del segundo grupo. Además, perteneciente a una colección privada se conoce un cincel atribuido a la región sarda de Oristán (lám. XVII.20) (Giardino 1995: 326 fig. 105.C.1). La pieza se 134 asemeja notablemente a las hachas de cubo, si bien su tamaño es visiblemente menor. El cincel carece de anillas y su cubo es circular. Las hachas de cubo se distribuyen ampliamente por Europa, resultando imposible determinar cuál es la zona nuclear, ya que sus tipos se encuentran esparcidos en toda la extensión de este espacio de manera más o menos uniforme. En el Complejo Cultural Atlántico las hachas de cubo se atestiguan con total nitidez en Francia (Briard y Verron 1976b: 29 ss.), así como por Irlanda (Eogan 2000) y Gran Bretaña (Schmidt y Burgess 1981: 172 ss. lám. 70 ss.) a lo largo de todo el Bronce Final, arrancando incluso en la última etapa del Bronce Medio y llegando hasta el Hierro I. Por lo que respecta a la Península Ibérica, esta familia no es especialmente numerosa en comparación con las hachas de talón (Monteagudo 1977: 241-260 láms. 117-122). La distribución peninsular de estas piezas se limita a la fachada occidental y, en menor medida, a la región catalana (ídem: 142). La mayoría de ejemplares referidos de Monte Sa Idda poseen un grueso nervio central, cualidad que las vincula con las hachas atlánticas. En cambio, la pieza oristanense se relaciona mejor con las hachas de cubo y cinceles de los Campos de Urnas, en particular con los ejemplares del Grupo Rochelongue fechados en el BF IIIC e inicios del Hierro I (Chardenoux y Courtois 1979: láms. 67-68). Así pues, parece correcto establecer dos filiaciones para las hachas de cubo sardas: por un lado, las piezas de Monte Sa Idda se relacionan con las atlánticas, mientras que por otro el ejemplar de procedencia inexacta de Oristán se vincula con las de los Campos de Urnas y, por tanto, debe excluirse del elenco de evidencias protocoloniales. En cualquier caso, la cronología de llegada de las tres piezas a Cerdeña se enmarca en el Horizonte Peña Negra I. 7. Conclusión Las herramientas evidencian la interacción de los distintos circuitos regionales que conforman el espacio mediterráneo. El origen último de muchos de los nuevos utensilios del Bronce Final debe de situarse Mediterráneo oriental. En esta larga conexión, la zona del Tirreno se configura como un importante enlace entre los influjos orientales y los atlánticos. En este sentido, las herramientas también aparecen como elementos del tráfico bidireccional durante la Protocolonización. La circulación de herramientas en el Bronce Final por el Mediterráneo no es un simple tráfico de objetos, sino que deja entrever una transformación cultural que comprende una transformación artesanal, especialmente en el campo de la carpintería. En otras ocasiones sucede lo contrario: los objetos elaborados sugieren la introducción de nuevas herramientas, como sucede, por ejemplo, con los brazaletes de tipo Villena- Estremoz (Armbruster y Perea 1994), que requiere el empleo del torno horizontal. Las azuelas sirven como esclarecedores indicios del impacto que tienen las conexiones precoloniales, debido a la profusión de sus hallazgos, a la evolución formal que estas herramientas experimentan en el Mediterráneo centro-occidental, a su función práctica y al ámbito al que pertenecen. 135 Aunque las herramientas, en principio, no parezcan incluirse en la esfera elementos de prestigio propios de los intercambios protocoloniales, resulta lógico que las artes a las que se ligan sí lo sean. Las azuelas evidencian la movilidad de los artesanos, algunos libres y otros al servicio de señores que disfrutan de sus servicios como si de una mercancía más se tratase (Zaccagnini 1983: Liverani 1987: 69-72; Artzy 1997). A la luz de las azuelas de apéndices laterales desarrolladas en territorio peninsular, parece demostrarse que el elemento real que penetra en la sociedad y en la economía es el conocimiento. Este grupo de azuelas autóctonas ponen de manifiesto el aprendizaje de unas técnicas venidas del Mediterráneo con sus correspondientes maestros carpinteros. Las nuevas azuelas revelan que la artesanía de la madera se renueva merced al flujo de contactos con gentes extranjeras que enseñan a los maestros locales sus habilidades. La asimilación de las nuevas técnicas artesanales requiere un período prolongado de intenso contacto entre maestro y discípulo. Tal vez los artesanos que llegan actúen por su propia cuenta, a expensas de autoridades asentadas en tierra firme. No obstante, las comunicaciones que estos establecen con los grupos locales sí se realizan en un ambiente formal. En dicho ambiente local, los especialistas y virtuosos forman parte de las dinámicas de las unidades de producción domésticas sustentadas en fidelidades, lazos de sangre y, quizá, personas en propiedad, tal y como aparece la casa de Odiseo. Así, los carpinteros se integran en un entorno productivo junto con otros artesanos, protegidos y empleados por la autoridad del señor del oikos. Los conocimientos y destrezas del artesanado cualificado son demandados por las élites que pretenden distanciarse del resto de la comunidad y, de esta manera, reafirmar su posición. Así las cosas, el valor de las azuelas como evidencia de contactos precoloniales entre la Península Ibérica y el Mediterráneo, sino más bien como indicios de un cambio en la cultura material de la madera y del fortalecimiento de las élites locales que adquieren los servicios de especialistas lejanos, portadores de conocimientos distinguidos e, incluso, mágicos (Helms 1988). Son herramientas de trabajo diario, pero sucede con los ganchos de pastor, su más lógica interpretación encaja en el tráfico de bienes de rango. Al margen de su razonable inmersión en el ámbito de artesanos especializados y de su movilidad a larga distancia, las herramientas también podrán forman parte del campo de acción de las élites. La posición social y cultural – el prestigio – en las sociedades de rango de base agro-ganaderas se obtiene mediante las relaciones de parentesco y las habilidades personales. Aunque el lugar de mayor visibilidad de las élites sea el campo de batalla, las destrezas en materia de producción económica también facilitan la adquisición del prestigio y apuntalan la autoridad. Homero refleja esta condición a través de Odiseo, el paradigma del héroe en una sociedad de rango de estas características, quien desafía a uno de los pretendientes a segar la hierba y a arrear los bueyes para arar la tierra (Odisea 18.356-365). El héroe homérico es el mejor guerrero y también el mejor agricultor. Quizá por ello valga la pena inferir que la aristocracia agro-pastoril de la Edad del Bronce peninsular no sólo cobije y emplee maestros artesanos, sino que también algunos de sus miembros ejerzan como tales. En esta cultura del mérito y del esfuerzo se explica de manera similar la introducción de los ganchos de pastor que se hallan en los depósitos de San Andrés de Hío y de Solveira. El mejor pastor es aquel capaz conservar y multiplicar número de cabezas de 136 ganado, así como la calidad de éste. El mejor pastor es el administrador más audaz, y esta audacia, junto con el volumen del ganado, le proporciona el prestigio en una sociedad agro-pastoril y, al final, la autoridad. Esta idea se refleja poéticamente en el I Libro de Samuel (16.11-13), en el que se narra que David antes de ser coronado cuidaba el rebaño y por eso ataca a Goliath con una honda, el arma del pastor. Este es el fondo del concepto del rey-pastor que pervive simbólicamente en la monarquía egipcia del Reino Nuevo, ya muy alejada de los orígenes agro-ganaderos de la Cultura Naqada. En esta línea de elevación de las herramientas de simples utensilios a objetos de carácter simbólico, quizá las hoces no deban ser interpretadas como aperos de labranza, sino como instrumentos sacrificiales previos a la introducción y asimilación del cuchillo, elemento esencial en el ritual del sacrificio. Los primeros cuchillos documentados en la Península Ibérica datan de tiempos protocoloniales y constituyen uno de los más preciados objetos de las comunidades del Grupo Baiões que los reciben de los chipriotas, no sólo por su uso ritual, sino por su factura en hierro (Vilaça 2006). De todos modos, hierro como bronce, la producción de objetos de metal en el Bronce Final no parecen haberse extendido socialmente como lo harán en la II Edad del Hierro en adelante, de tal manera que su puesta circulación está muy limitada. Las hoces podrían funcionar como instrumentos sacrificiales desarrollados en la vertiente occidental europea durante el Bronce Final.3 Las comunidades atlánticas no disponen de ninguna otra herramienta para tal función, al margen de las armas y algún cuchillo importando del Mediterráneo. Además, uno de los primeros objetos hechos en hierro en la Península Ibérica es la hoz de Saõ Juliaõ (Vilaverde, Portugal), con una cronología protocolonial o quizá de los albores de la siguiente etapa (Bettencourt 1994: 176-177). Estos dos argumentos sirven para apoyar la hipótesis de un uso ritual de las hoces y, por tanto, de un campo de acción restringido a las élites. Por último, las hachas de anillas y de cubo que aparecen en el Círculo del Tirreno durante la Protocolonización tampoco deben tomarse como herramientas de uso práctico. Herramientas son, sin duda, pero al igual que sucede con las azuelas, podrían vincularse al ámbito de los conocimientos técnicos y, con ello, al de intercambios de artesanos entre élites. Sin embargo, en este caso concreto lo más probable no es que se relacionen con el ámbito de tráfico de conocimientos ni de servidumbre, ya que la forma y la composición masiva de las hachas apuntan más a la tala de árboles que al refinamiento de la madera. En cambio, precisamente el tamaño y peso y la aleación de la que están fabricadas las hachas sea el principal atractivo que despiertan estos artefactos en los comerciantes mediterráneos. El bronce ternario, rico en estaño, es uno de los reclamos más importantes de las sociedades mediterráneas, ya que con él se pueden elaborar objetos de toréutica y armas más tenaces. Luego las hachas no se intercambian con motivo de su valor práctico ni simbólico, sino por su valor material. Una de las ventajas del metal es que puede reciclarse para elaborar otros productos sin perder sus propiedades físicas y mecánicas. Las hachas, entonces, sirven como lingotes o como soportes de almacenamiento y transporte del metal deseado. 3 Una idea similar sostiene Maran (2012: 123) para las corrientemente denominadas hoces de la Cultura Heládica. 137 Esta interpretación significa el inicio de una metamorfosis trascendental en la economía y la mentalidad de las sociedades del Bronce Final peninsular. Las hachas atlánticas, al igual que otros objetos de bronce ternario que se introducen en el Mediterráneo, no funcionan como elementos de prestigio o sagrados con valor absoluto, sino como elementos que tienen un valor de cambio. En este sentido, las hachas forman parte de las primeras protomonedas naturales del mundo atlántico. Así las cosas, las herramientas que llegan a la Península Ibérica en el BF III y las que se exportan al Mediterráneo se sumergen en dos mundos esferas de intercambio. Por un lado, las azuelas, los ganchos y, probablemente, las hoces, que se intercambian por su valor simbólico y se circunscriben a los intercambios nobles de don y contra-don. Por otro lado, las hachas de talón y anillas y de cubo, que se intercambian por su valor material y se circunscriben a los nuevos intercambios de carácter comercial. 138   5. JUEGO DE BANQUETE 1. Introducción Entre las sociedades de la Antigüedad un hábito muy extendido y de suma importancia es el banquete ritual (Burkert 1972: 8 ss.; Dietler 1996). Se trata de una ceremonia trascendental en la que, tras un sacrificio de sangre, se consume la carne de la víctima. A través de este rito se recrea la unión del mundo sagrado con el mundo profano y, mediante su realización, se articula el orden del mundo, es decir, se materializa la conexión entre dioses y humanos. Además, el banquete equivale a un gesto político, mediante el cual las élites sociales exhiben sus riquezas, creando una imagen de poder y reafirmando su condición heroica. Uno de los signos más destacados de la interacción de las sociedades atlánticas del BF III es la extensión del juego del banquete (Gómez de Soto 1993; Armada 2008; 2011). A través de una serie de artefactos - calderos metálicos, asadores articulados y ganchos para carne - se identifica una koiné culinaria cargada de simbolismo que define, entre otros elementos, la identidad del Bronce Final Atlántico. En el repertorio del menaje de cocina se encuentran, sin embargo, algunos objetos de origen mediterráneo ­ cuchillos, cuencos, soportes - mucho más localizados y, desde luego, no tan numerosos. Sucede lo mismo en el Mediterráneo en esta época, donde tipos atlánticos resultan extraños en la cocina del Egeo (Bruns 1970; S. Sherratt 2004; Fox 2012) y del Levante (Greenfield 1974; King 1989). Esto implica una extensión del ritual por un espacio muy amplio (Ruiz-Gálvez y Galán 2012) que tiene en la Península Ibérica un articulador fundamental en esta circulación de utensilios de banquete y de los valores ideológicos asociados (Almagro Gorbea 1998: 86-89). 2. Cuchillos Un objeto impregnado de un sustancial significado simbólico y mágico en la Antigüedad lo constituye el cuchillo (Detienne 1979; Dietrich 1988; Almagro Gorbea y Lorrio 2011: 32-35). Se inserta en un acto trascendental como es el sacrificio de sangre, en el que sirve como herramienta básica para consagrar a la víctima (Il. 3.271-294; 19.252-266; Gn 22:10). Su empleo sacrificial se entronca en la tradición europea desde el II milenio a.C. junto con el puñal (Skak-Nielsen 2009) y el hacha plana (Gimbutas 1953), y en el mundo egeo con el hacha de doble hoja (Nilsson 1950: 227 ss.; Buchholz 1959; Dietrich 1988). Aunque es en el Período Orientalizante cuando los cuchillos se convierten en un elemento común en las sociedades peninsulares (Almagro Gorbea y Lorrio 2011: 33­ 139                                                                34), los primeros ejemplares descubiertos en Iberia se remontan a tiempos precoloniales y se localizan en la vertiente atlántica.1 Debido a la naturaleza ceremonial del sacrificio y del banquete, su introducción se comprende mejor en circunstancias de intercambio de bienes prestigio. Estos objetos, marcadamente homogéneos en su forma, se dispersan por todo el continente europeo durante el Bronce Final, alcanzando las costas atlánticas con anterioridad al cambio de milenio. Los cuchillos de remaches y el elenco de hojas férreas de la Beira Interior portuguesa parecen, por sus analogías extrapeninsulares y sus peculiaridades, proceder del Mediterráneo. 2.1.Cuchillos de remaches En la Sierra de Belmeque (Beja, Portugal) se ubica una gruta artificial que fue abierta como lugar de enterramiento. En su interior se escondía un importantísimo ajuar compuesto por diversos objetos de carácter suntuario – una extraña vasija cerámica y varias piezas bimetálicas –, siendo el más rico de todo el suroeste peninsular (lám. XVIII.A) (Schubart 1975: 91, 257-258 lám. 58; Soares 1994: 181-182 fig. 8; Mederos 2009c: 237-242). La pieza en cuestión es una hoja de bronce con dos remaches de oro blanco o elektron – más otros dos perdidos – y dorso recubierto de una fina lámina de oro (Mederos 2009c: 242) (lám. XVIII.A.2). La elevada presencia de estaño en su composición (13,8 %) permite sospechar que pueda tratarse de una producción local, común en todas las piezas broncíneas del Bronce Atlántico. No obstante, ciertos complementos del cuchillo permiten sospechar un origen foráneo o, al menos, un prototipo en el que inspirarse venido de lejos. En primer lugar, los remaches fabricados en oro blanco – 70,4 % Au/29,1 % Ag; 75,3 % Au/24,3 % Ag. Este material no deja de ser una aleación extraña en la Península Ibérica, sólo visto en una pieza argárica en Antas (Almería) (Hartmann 1982: 100-101, Au-1795, Au-1796), en el seno de una cultura que muestra algunos vínculos con el Mediterráneo, mientras que en el Egeo, en otras regiones orientales y en el Danubio su presencia es significativamente mayor (ídem: fig. 4; Mederos 2009c: 243 fig. 6). Quizá esta aleación sea natural, pero lo más probable es que sea un producto intencionado de taller que permite no abrillantar el metal y rebajar la temperatura de fusión del oro y, así, ahorrar combustible y acelerar el proceso de fabricación del artefacto. Además, este material se emplea normalmente en remaches de armas, con un resultado similar al del cuchillo de Belmeque (Lull 1983: 168). En segundo lugar, el fino revestimiento en oro de su dorso. Aunque la decoración de dorado sobre metal no es única en el territorio peninsular en época precolonial (Almagro Gorbea 1972; Lucas 1998), en el Egeo, el Mediterráneo oriental y los Balcanes es donde se acumulan más objetos elaborados mediante el uso de esta técnica (Laffineur 1990-1991: 269-276; Boss y Laffineur 1997; Perea y otros 2008: 118). Los mejores paralelos para este cuchillo se localizan en el Egeo (Sandars 1955; Buchholz y Karageorghis 1971: 54-55 fig. 23) y en el sur de Italia (Harding 1975: 196-197; Onnis 1 Los más antiguos cuchillos de la Península Ibérica tienen la hoja curva y aparecen en los yacimientos de la Edad del Cobre de Los Millares (Santa Fe de Mondújar, Almería), Vilanova de San Pedro, Chibanes y Rotura (Portugal) (Almagro Basch y Arribas 1963: 238 fig. 24). Los cuatro ejemplares son importaciones, probablemente procedentes de Egipto (Petrie 1917: láms. 24.15, 17.95). Sin embargo, estos cuchillos peninsulares son excepcionales en su tiempo. No es hasta los últimos compases del II milenio a.C. cuando comienzan a incorporarse a la cultura culinaria de las sociedades peninsulares merced a los contactos con el Mediterráneo oriental. 140   2011) con una cronología de Período Heládico, concordante con la expansión de la sociedad egea por el Mediterráneo central (Cazzella y Recchia 2009) y occidental (Schubart 1975: 91; Almagro Gorbea 2000: 713, 721 fig. 2; 2001: 243, 252; Torres 2008: 63­ 64; Mederos 2009c: 245-246). Mederos (2009c: 246: fig. 9) ha sugerido como paralelo el cuchillo de la tumba doble 52 de Prosymna, hallado junto al Heraeum de Argos, con dos de sus fragmentos localizados in situ (Blegen 1937: 343 fig. 270.4). Por su contexto más inmediato se fecha en el HR I (s. XVII a.C.), aunque también aparecen materiales del HR IIIA-B (1400-1190 a.C.) que muy probablemente se asocien al segundo cuerpo (Sandars 1955: 191). Por ello, quizá lo mejor sea relacionar el cuchillo con los hallazgos más antiguos (Mederos 2009c: 247-248). En cualquier caso, utensilios similares procedentes de multitud de enterramientos egeos se fechan a lo largo de II milenio a.C. (lám. XVIII.B) (Sandars 1955: 188-196). Por su parte, los vestigios óseos de la sepultura de Belmeque ofrecen unas dataciones 14C que si bien llegan a alcanzar fechas tan altas como la más temprana propuesta para el cuchillo de Prosymna, apuntan a un momento más tardío. El yacimiento portugués se fecha entre 1530-1420 cal. AC (1σ) y 1640-1390 cal. AC (2σ) (ICEN-142: 3230±60 BP) (Soares y Tavares da Silva 1998: 236 tab. 1; Torres 2008a: 87), por tanto centrándose entre los siglos XVI y XV a.C. Esta cronología se sitúa a caballo entre las dos fases reconocidas en Prosymna, y concuerda con la época del surgimiento de cuchillos afines en la zona del Egeo. En cuanto a la vasija cerámica (lám. XVIII.A.1), la ausencia de paralelos exactos dificulta su asignación cultural y, por tanto, su cronología y procedencia. Sin embargo, su color gris oscuro evidencia una cocción reductora típica de las cerámicas alentejanas y argáricas, en particular de los vasos votivos y ceremoniales. Asimismo, la forma cerrada y levemente achatada y la decoración a base de excisiones se asemejan notablemente a las cerámicas de la Cultura del Alentejo (lám. XVIII.C) que floreció durante buena parte de la Edad del Bronce en esta región del suroeste peninsular, siendo, por tanto, congruente con las fechas calibradas obtenidas de los huesos hallados en el enterramiento. Los dos pitorros que brotan de los laterales carecen de paralelos en el registro peninsular de la Edad del Bronce, si bien son comunes en los stirrup jars del Egeo (lám. XVIII.D) de esta misma época y, especialmente, del HR II-III (1500-1050 a.C.) (Furumark 1972: 611-614). Así pues, cabe concluir que lo más probable es que el cuchillo de Belmeque sea una importación del Egeo del Bronce Reciente alentejano y que la vasija sea un híbrido entre los tipos de los alfares de la región y la del Egeo de esta misma época. Esta filiación explicita una etapa de contactos entre el Atlántico y el Mediterráneo por vía peninsular justo después de la época de esplendor argárico. Otro interesante cuchillo de bronce que representa una rareza en la tradición metalúrgica peninsular y, en general, del Atlántico es la pieza del castro de La Peneda (lám. XVIII.E) (Redondela, Pontevedra) (Monteagudo 1981: 88 fig. 34; Coffyn 1985: 178 lám. XVIII.1; Armada 2003: 109-110 lám. I.1). Se caracteriza por su hoja curva muy pronunciada, casi en forma de hoz, y por su lengüeta plana. La hoja tiene la punta fragmentada y se ensancha a la altura del mango, mientras que la lengüeta presenta dos perforaciones en línea. El cuchillo de La Peneda es una pieza difícil de valorar. Las inconexas referencias sobre su hallazgo dificultan integrar el cuchillo en un contexto preciso dentro de la 141                                                                ocupación del castro. Por su morfología y material de fabricación, lo más probable es que pertenezca al grupo de objetos más antiguos del castro, entre los que se cuentan dos hachas de talón de tipo Rosnoën, dos hachas de talón de tipo ibérico y múltiples fragmentos de calderos (Armada 2003: 108-113). Si realmente el cuchillo se asocia a estos artefactos, entonces debe atribuirse al nivel de ocupación del Bronce Final, sin mayor concreción. Si no, necesariamente es más moderno. Los calderos y las hachas son artefactos típicamente atlánticos. El cuchillo, en cambio, es un objeto extraño y sus escasos ejemplares no alcanzan la misma difusión que otros objetos en este ámbito. Las piezas más occidentales de inicios del I milenio a.C. similares al cuchillo de La Peneda pertenecen al tipo Riegsee, cuya área de dispersión geográfica coincide con los Campos de Urnas (Nicolardot y Gaucher 1975: 53 figs. 2 3), por tanto lejos del noroeste peninsular. Sin embargo, los paralelos más convincentes para la pieza de La Peneda se descubren nuevamente en la zona del Egeo y del Adriático (Sandars 1955; Harding 1975: 196-197; Bianco Peroni 1976: 77, 81 láms. 44.391, 45.411, 46.415; Müller-Karpe 1980: láms. 232.18­ 19, 233.B.2-3, C.3; Onnis 2011). Guarda una cierta similitud con algún ejemplar de la clase I.a de Sandars (1955: figs. 1.5), cuya extensión cronológica es muy amplia. Pero, a pesar de que este tipo abarca unos mil años – desde el Minoico Medio hasta el Período Geométrico (ss. XVIII-VIII a.C.) –, durante el Horizonte Torre Galli (950-850 a.C.) aparecen los ejemplares geográficamente más cercanos, como el ejemplar de Spezzano Calabro (Cosenza, Italia) (lám. XVIII.F) (Bianco Peroni 1976: 77 lám. 44.391), que ofrece rasgos prácticamente idénticos a los del cuchillo de La Peneda. No obstante, los que quizá sean los paralelos formalmente más similares proceden de la región egea (lám. XVIII.G), su cronología es claramente del Período Heládico y se asocian, entre otras piezas, a cuchillos de tipo Belmeque (Müller-Karpe 1980: láms. 232.18-19; 233.A.4, C.3). Así pues, sea como fuere el cuchillo de La Peneda es una importación mediterránea de época precolonial, si bien su filiación no puede precisarse satisfactoriamente. Al margen del cuchillo de Belmeque, la única pieza en territorio peninsular con la que puede relacionarse mínimamente el ejemplar de La Peneda es un fragmento de bronce documentado en el yacimiento asturiano de Pico Castiello (Siero, Asturias) (lám. XVIII.H.1) que verosímilmente se corresponde con el principio de la hoja y el final del mango de espiga (Maya y Escortell 1972: 47 fig. 12.24). El yacimiento data de inicios de la Edad del Hierro y en él aparecen otros dos fragmentos de cuchillo de tipo indeterminado hechos en hierro (lám XVIII.H.2-3) (ídem: 28 fig. 13.25-26). Si la cronología del cuchillo de La Peneda es propia del Bronce Final, entonces éste podría asociarse al de bronce de Pico Castiello. Pero la presencia de espiga en el enmangue del ejemplar asturiano siembra la sospecha sobre si su origen es mediterráneo o alpino-atlántico (Guilaine 1972: fig. 82.8; Nicolardot y Gaucher 1975: 51). A falta de un análisis que revele la composición química del cuchillo de La Peneda, podría alegarse una fabricación en un taller itálico tomando como referencia los ejemplares calabreses. Llama la atención el asombroso parecido que muestra la hoja con las hoces atlánticas del Bronce Final (Fox 1939),2 las cuáles quizá tuviesen una función ritual similar a la del cuchillo. Esta hipótesis se apoya, igualmente, en que 22 Véase el apartado 6.1 del capítulo 4 sobre las hoces atlánticas. ­ 142   durante esta etapa se produce una intensificación en los contactos entre las comunidades atlánticas y mediterráneas que, entre otros elementos, traen los primeros cuchillos de hierro a la Península Ibérica (Vilaça 2006). Pero tal hipótesis parece muy aventurada. Lo que está claro es que el cuchillo tiene un origen último egeo, aunque es altamente probable que se fabricase en un enclave adriático, ya que en el Egeo y, en general en el Mediterráneo oriental, estos instrumentos se confeccionan en hierro desde el Período Geométrico (Sherratt 1994). Por tanto, la similitud formal entre los cuchillos de Belmeque y La Peneda es síntoma de que, inicialmente, ambos se entroncan en una misma filiación egea. Pero mientras que el primero pertenece a un horizonte de mediados del II milenio a.C., el de La Peneda se sitúa en plena Protocolonización. 2.2.Cuchillos de hierro Cinco yacimientos del Bronce Final de la Beira Interior han proporcionado una serie de fragmentos laminares y de puntas muy similares entre ellos que se han interpretado adecuadamente como cuchillos. Estas piezas tienen la particularidad de haber sido fabricadas en un metal extraño, el hierro, apenas conocido en la Península Ibérica en este tiempo. De hecho, casi la totalidad de los primeros objetos de hierro que aparecen en la Península Ibérica son cuchillos (Vilaça 2006; 2013a). En Monte do Frade (Castelo Branco) (Vilaça 1995: 125-163; 1997) una pieza de hierro se encuentra en un contexto de múltiples restos que evidencian una notable diversidad estilística y tipológica para la cerámica, así como para otros elementos. La presencia de moldes implica la existencia de un taller, hecho apoyado también en la abundante aparición de objetos de bronce. Aunque estos restos se localizan en distintos niveles, las cuatro fechas radiocarbónicas obtenidas se tomaron de muestras pertenecientes al conjunto en el que fue descubierto el fragmento de hierro. Los resultados con un intervalo de 2σ son 1001-902 cal. AC (GrN-19660: 2805±15 BP), 1207-900 cal. AC (ICEN­ 971: 2850±45 BP), 1291-939 cal. AC (ICEN-969: 2920±50 BP) y 1257-793 cal. AC (ICEN-970: 2780±100 BP), probando una cronología de BF II-III, con un límite inferior ajustado al siglo X a.C. (Vilaça 2006: 84-86; Torres 2008a: 66). El poblado de Moreirinha (Castelo Branco) (Vilaça 1995: 211-238) ha aportado ocho fragmentos de hierro hallados en un único espacio (lám. XVIII.I), además de otros elementos que evidencian una notable riqueza y una actividad similar a la de Monte do Frade. También del mismo ámbito proceden dos fechas radiocarbónicas, con valores de 1260-939 cal. AC (ICEN-835: 2910±45 BP) y 1186-803 cal. AC (OxA-4085: 2780±70 BP), nuevamente a 2σ (Vilaça 2006: 86-88). Otras dos muestras del mismo yacimiento, aunque provenientes de diferente ámbito, dan unos resultados similares (ICEN-834: 2940±45 BP: 1366-1001 cal. AC, y GrN-19659: 2785±15 BP: 996-863 cal. AC, ambas a 2σ) (ídem: 87; Torres 2008a: 66-67), lo que indica que se trata de un hábitat también de BF III, con un período de ocupación segura entre los siglos XII y X a.C. Monte do Trigo (Castelo Branco) (Vilaça y Cristóvão 1995) ha proporcionado quince fragmentos de hierro en cinco grupos diferentes, si bien el número de cuchillos se mantiene indeterminado. Aunque se trate de un poblado en el que se detectan varias fases históricas, las siete muestras de radiocarbono proceden del mismo nivel de ocupación que los restos de hierro. Los resultados son 1208-935 cal. AC (CSIC-1288: 143   2880±33 BP), 1259-944 cal. AC (CSIC-1289: 2913±41 BP), 1413-1049 cal. AC (Sac-1458: 3020±60 BP), 1255-919 cal. AC (Sac-1506: 2880±45 BP), 1370-1011 cal. AC (Sac-1507: 2960±45 BP), 1370-1011 cal. AC (Sac-1457: 2960±45 BP) y 1390-1046 cal. AC (Sac-1456: 2990±50 BP), todos calibrados a 2σ, evidenciando una cronología más elevada que los anteriores enclaves, pero dentro del mismo tejido socio-cultural (Vilaça 2006: 88-90). Entre los siglos XIII y XI a.C. parece seguro que fue el período de actividad en el que se contextualizan los cuchillos. Cinco fragmentos de hierro, tres de ellos con certeza de un cuchillo o un instrumento similar, aparecen en el Outeiro de Castelos de Beijós (Viseu) (Senna-Martínez 2000), poblado que también ofrece un espléndido repertorio de materiales metálicos y cerámicos afines a los de los otros yacimientos expuestos. Estas piezas provienen de un suelo intermedio del Sector B del yacimiento, para el que no se dispone de dataciones por radiocarbono, aunque resulta muy interesante el descubrimiento de un fragmento de un posible asador articulado en el mismo nivel. En cambio, para el Sector A se conocen tres fechas con un intervalo de 2σ: 895-546 cal. AC (Sac-1524: 2610±60 BP) para el nivel superior, y 1370-1011 cal. AC (Sac-1539: 2960±45 BP) y 1370-933 cal. AC (Sac-1566: 2930±60 BP) para el inferior (Senna-Martínez 2000: 47-48; Vilaça 2006: 91-92). Estos valores reflejan el período de ocupación total del poblado, permitiendo suponer una cronología de BF III para los artefactos de hierro de este enclave. También en Quinta do Marcelo (Setúbal) (Cardoso 1999-2000: 397) se atestiguan tres láminas de hierro, inmersas en un contexto formado por muy diversos materiales de buena calidad semejantes a los de los otros poblados, entre los que se cuentan una fíbula de doble resorte y otra de codo, aunque situados en los que parece una fosa y no un suelo de ocupación. Las fechas a 2σ proporcionadas por elementos orgánicos de este contexto son 1187-836 cal. AC (ICEN-920: 2830±50 BP), 1126-815 cal. AC (ICEN­ 922: 2790±60 BP) y 1000-788 cal. AC (ICEN-924: 2700±70 BP), más una cuarta con unos valores mucho más recientes, claramente de la Edad del Hierro (Senna-Martínez y Melo 2001: cuadro 1; Vilaça 2006: 92), apartándose de las expuestas que encajan en una fase de BF III, entre los siglos XII-IX a.C. y, así, coherente con las anteriores. En tanto en que los materiales se encuentran revueltos, no puede considerarse como un suelo de ocupación, y el rango cronológico puede ser relativamente amplio dentro del BF III (Torres 2008a: 68-69). Las dataciones por radiocarbono para estos yacimientos se remonta hasta los siglos XIII-XII a.C. Sin embargo, debido a la ausencia de calderos y de otros materiales metálicos, así como a la omnipresencia de cerámica de estilo Baiões-Santa Luzia en ellos, lo más adecuado es considerar una cronología de BF III, a partir de mediados del siglo XI a.C. (Torres 2008a: 86). Fuera del entorno del Grupo Baiões también se documentan otros cuchillos de hierro de cronología antigua. En el poblado de São Julião (Braga, Portugal) se localiza un pequeño fragmento laminar en forma de V muy suave que razonablemente puede identificarse con un cuchillo, a pesar de que su excavadora insiste en que se trata de una hoz (Bettencourt 2000: 27 lám. LXI.9). El cuchillo se asocia a un conjunto de elementos entre los que destacan dos cuentas de vidrio (ídem: 27 lám. CIV.1-2), una escoria de bronce y un fragmento de un arco de fíbula indistinguible tipológicamente (íd.: 27 lám. LXI.8). También se asocia a unos restos de carbón de los que se han obtenido cinco 144                                                                dataciones radiocarbónicas, con unos valores comprendidos entre fines del siglo XI a.C. y fines del siglo IX a.C. (íd.: 31-32), de manera que pertenecen sin duda al BF IIIA-B. Y, finalmente, en Pico Castiello se conocen dos láminas hechas en hierro mencionadas más arriba (Maya y Escortell 1972: 28 fig. 13.25-26) situadas en los niveles más antiguos del poblado que se fechan en el Bronce Final merced a los materiales a los que se asocia, entre ellos otro cuchillo de bronce (ídem: 47 fig. 12.24), de dudosa filiación geográfica.3 El estado de conservación de todos los cuchillos impide diseñar una tipología en virtud de la cual averiguar su filiación. No obstante, su factura en hierro y su cronología del BF III son datos suficientemente relevantes para rastrear paralelos extrapeninsulares que aclaren su origen. En esta etapa en el panorama mediterráneo se produce una regeneración en las relaciones de larga distancia que acercan la Península Ibérica con el Mediterráneo oriental. Simultáneamente, en esta última región se produce un florecimiento de la tecnología del hierro. Así, en estas fechas se localizan cuchillos de hierro en Chipre, el Levante, Anatolia, Egipto y el Egeo (Sherratt 1994: 71-75, 88-92). En todas estas regiones el uso del hierro experimenta un incremento sustancial en comparación con épocas anteriores. Se detecta la existencia de un buen número de cuchillos de hierro similares a los peninsulares en los cementerios de Kouklia-Skales y de Kourion-Kaloriziki, en Chipre (Sherratt 1994: 88-89), y en los asentamientos de Tel Zeror y Megiddo, en el Levante (ídem: 90-91), junto con otros enclaves cuya presencia de estas piezas es menor. La remarcable abundancia de cuchillos férreos en la isla en el siglo XII a.C. (Waldbaum 1978: 29; Sherratt 1994: 86-87) sugiere que se trata de la zona nuclear de estas herramientas, desde la cual se distribuyen por los territorios vecinos. En la medida en que los poblados de Monte do Trigo, Monte do Frade y Moreirihna pudieron recibir los cuchillos en los siglos XI-X a.C., Chipre se erige como el potencial foco emisor de estos objetos, sin por ello descartar la opción levantina como región originaria. Llama la atención que la mayoría de los cuchillos peninsulares se concentren en la zona del Grupo Baiões. De aquí se deducen dos aspectos sumamente interesantes. El primero de ellos es que el contexto donde aparecen es siempre habitacional, aunque ocasionalmente ceremonial. En cambio, el contexto más repetido en Oriente para estos útiles en el mismo período es el funerario. Sin duda, esto evidencia su naturaleza práctica para las gentes de la Beira Interior, quienes lo reciben dentro de un ambiente ritual como es el banquete, aunque imbuido de un simbolismo diferente al de su lugar de origen. El segundo de ellos es, precisamente, su concentración en esta cultura. El período de esplendor cultural de las comunidades que lo integran coincide con la llegada de los cuchillos, así como de otros objetos oriundos del Mediterráneo (Mederos 2009a: 291-298; Vilaça 2008b; 2013b; 2013c). El Grupo Baiões funciona, entonces, como uno de los articuladores del tráfico de mercancías en las rutas marítimas que unen el Atlántico con el Mediterráneo durante buena parte del BF III.4 3 En Laias (Barbantes, Orense) se documentan otros cuchillos de hierro similares que, hasta la fecha, permanecen inéditos. Estos ejemplares se asocian a otros materiales típicos del BF III-Hierro I como una fíbula de codo central de subtipo Moraleda (Carrasco y otros 2012: 312, 314 fig. 1.1) (Yolanda Álvarez, com. pers.). 4 Los artefactos de hierro más antiguos conocidos en Francia también se corresponden con cuchillos. Se trata de las piezas descubiertas en la Gruta de Quéroy (Charente) (Gómez de Soto y Kerouanton 1991: 352 fig.13.20, 28), que presentan unas hojas muy anchas ligeramente sinuosas y lengüeta de espiga, muy corta. 145 http:fig.13.20                                                                                                                                                                                  *** Concluyendo este apartado, debe recordarse que el cuchillo es un instrumento esencial en el sacrificio, lo que le confiere un valor mágico y, por lo tanto, de prestigio (Dietrich 1988). Los materiales raros con los que están fabricados muchos de ellos – elektron y hierro – revelan con claridad que no se trata de simples artilugios prácticos, sino de objetos muy altamente apreciados y distinguidos. Es más, algunos de ellos, como el de Belmeque y los de Moreirinha y Monte do Trigo aparecen en contextos votivos y no cotidianos, con lo que se define a la perfección el binomio objeto sacro- contexto sacro. Los cuchillos de hierro, la mayor parte de ellos integrando la cultura material del Grupo Baiões, y de La Peneda se presentan como testimonios de las conexiones protocoloniales efectuados durante el BF III. Mientras, el de Belmeque debe excluirse de este elenco de pruebas, ya que su cronología se eleva hasta mediados del II milenio a.C. o, como mínimo y de manera remota, hasta el BF II. El cuchillo de Belmeque sirve como una valiosa prueba de los contactos extrapeninsulares muy probablemente ligados a las relaciones exteriores de El Argar. El ejemplar de bronce de Pico Castiello podría ser tanto mediterráneo, lo cual es muy probable, o alpino, de modo que queda sumido en el conjunto de evidencias inciertas de la Protocolonización. La aparición del cuchillo no significa necesariamente la introducción del sacrificio de sangre en las sociedades de la Península Ibérica. Otros objetos afilados – puñales, hachas, incluso hoces - pudieron desempeñar tal función hasta el BF III, cuando son sustituidos total o parcialmente por las nuevas piezas orientales. En cambio, quizá sí se produzca una transformación en la técnica de ejecución de la víctima, que otrora podría haber sido apuñalada en vez de degollada. Dicha transformación técnica supondría una transformación ideológica, como la introducción de un nuevo mito, aunque todo esto pertenece al terreno de la especulación más arriesgada. Por último, un aspecto de suma relevancia referido a los cuchillos del Bronce Final es el de su tecnología. No únicamente se trata de un elemento de rango por su empleo en el ritual del sacrificio, sino por su exotismo como material raro, el hierro. Aunque este tema se estudiará con detenimiento más adelante, la introducción de la tecnología del hierro es uno de las cuestiones más significativas de la Protocolonización (Almagro Gorbea 1993; Vilaça 2013a). 3. Cuencos Un segundo elemento enmarcado en el juego de banquete y diagnóstico de la presencia de expediciones mediterráneas en la Península Ibérica lo conforman ciertos Por los materiales asociados y las fechas de 14C obtenidas del yacimiento es factible asignarles una cronología de inicios del I milenio a.C. (Ha B2-3/BF IIIb francés). La distinta tipología de estos dos cuchillos con respecto a los ibéricos impide, en principio, crear una relación entre todos ellos. De hecho, a la luz de los tipos cerámicos y algunos vestigios metálicos, parece adecuado vincular el depósito, cuchillos incluidos, con los Campos de Urnas. No obstante, su ubicación en el Atlántico y la cronología compartida con el Grupo Baiões deja abierta una posibilidad un tanto incierta de que los cuchillos de la Gruta de Quéroy se introdujesen desde la Península Ibérica dentro del flujo de comunicaciones del Bronce Final Atlántico. 146   cuencos broncíneos, así como los restos de tres asas que pertenecieron a sendos cuencos hoy perdidos (Jiménez Ávila 2002: 15; Armada 2006-2007 figs. 3.1-6 y 5.1-3). 3.1.Cuenco de Berzocana Pese a lo escueto de sus contenidos, el depósito de Berzocana (Cáceres) constituye uno de los hallazgos más controvertidos a la vez que interesantes del panorama arqueológico del Bronce Final. Este conjunto, descontextualizado, está formado por dos torques de oro con decoración geométrica de tipo Berzocana más un cuenco de bronce de tipo phiale desconocido en el repertorio de vajilla atlántica (Callejo y Blanco 1960; Almagro Basch 1967) (lám. XIX.A.1). El cuenco fue interpretado como un elemento de procedencia exótica desde su descubrimiento (Callejo y Blanco 1960: 254; Almagro Basch 1967: 278). No obstante, su cronología y vía de llegada han sido objeto de varias disquisiciones (Almagro Basch 1967: 278; Blázquez 1975: 105-106; Almagro Gorbea 1977a: 29, 244; 1989: 283; Schauer 1983: 179, 182; Niemeyer 1984: 8-9; Burgess 1991: 26-27) hasta mediados de los noventa, cuando se estabilizan a partir de un estudio de Mederos (1996: 104-107) en el que se propone un origen chipriota, un tránsito marítimo y una cronología del BF IIIA (Crielaard 1998: 192-193; Matthäus 2000: 64; 2001: 195; Almagro Gorbea 2001: 243; Armada 2006­ 2007: 271-272; Torres 2008a: 80; 2012: 456-457). En efecto, sus paralelos más precisos se encuentran al otro extremo del Mediterráneo. En Mesopotamia, formas afines se atestiguan entre finales del III milenio y comienzos del siguiente (Müller-Karpe 1993: 102, 104 lám. 43.713-724). Pero esta cronología se antoja demasiado elevada en comparación con los torques a los que se asocia el cuenco de Berzocana. Estos adornos exhiben detalles técnicos propios del grupo de orfebrería denominado tradicionalmente Sagrajas-Berzocana, definido por su fabricación por deformación plástica y desarrollado en el Atlántico durante el Bronce Final (Perea 1995: 71-73). Parece más lógico, entonces, establecer un vínculo entre los cuencos semejantes descubiertos en las regiones de Chipre, Egipto y el Levante, ya que apuntan a una cronología más baja que puede sostenerse también para los brazaletes (Mederos 1996: 106-107). Así, en Chipre aparecen diversas páteras equiparables a la de Berzocana (lám. XIX.A.2). Un ejemplar idéntico, de procedencia indeterminada (Matthäus 1985: 115 lám. 19.336), sirve para trazar una conexión directa entre esta isla y la Península Ibérica. Este objeto pertenece a una serie de cuencos de estilo similar, como los de los enterramientos 49 y 79 de Kouklia-Skales y el 22 de Amatunte, fechados en el CG I (1050-950 a.C.) (Matthäus 1985: 115-119 lám. 19.331-339). Si bien esta cronología parece óptima para toda serie, dos ejemplares, en Hala Sultan Tekke y en la tumba de 501 de Enkomi, permiten ampliarla por las fases TC IIIB y CG II (c. 1100-900 a.C.). Otra serie se ubica en diferentes enclaves egipcios, como los de las tumbas 914 y 960 de Beth-Pellet, datados en el lapso de las Dinastías XIX y XX (h. 1295- h. 1070 a. C) (Radwan 1983: 98-99 lám. 50. 269-275). También en el Levante se encuentran cuencos semejantes, como los albergados en las tumbas 1 de Dothan y 911C y 912B de Megiddo (Gershuny 1985: 5-8 láms. 3.33-6.77), en la tumba D63 de Azor (Dothan 1989: 169 fig. 19; Ben-Shlomo 2012: 157 fig. 5.24.1), en la tumba 7 de Beth Shan (Oren 1972: fig. 41.38), más otro notable paralelo de más reciente descubrimiento en el depósito de Tel Jatt (Artzy 2006: 28-30 figs. 2.1.6-11, 2.2.1-2, 55-46 láms. II-III), donde su cronología se ajusta a los siglos XI-X a.C. (ídem: 70), en concordancia con los cuencos chipriotas. 147 http:3.33-6.77                                                                Por último, es igualmente reseñable el ejemplar casi completo aparecido en la cueva del Monte Ida (Creta), junto con fragmentos de otros dos ejemplares, todos ellos facturados en fayenza, depositados en compañía de varias decenas de objetos diversos entre los que se cuenta un escudo de tipo Cloonbrin.5 A buen seguro se trata de una importación procedente del Levante y se fecha entre los siglos X-IX a.C. (Psaroudakis 2012-2013: 100, 121, 131 fig. C1). Comparando las cronologías y la tipología de la pieza de Berzocana y las orientales, Chipre y el Levante se yerguen como las potenciales regiones originarias de este cuenco único de la Península Ibérica. La fijación de un origen, una ruta y una cronología que encajan sin fisuras en el fenómeno protocolonial ha hecho del cuenco de Berzocana una de las piezas estrella del registro arqueológico. Se trata de una de las evidencias materiales más fiables que apuntan a la conexión entre la Península Ibérica y el Mediterráneo unos cien o doscientos años antes de la fundación de las primeras colonias fenicias. Los objetos que se analizan a continuación, sin embargo, no ofrecen tanta claridad, aunque existen argumentos que apoyan su inclusión en este grupo. 3.2.Cuencos hemisféricos de bronce En el castro de Nossa Senhora da Guía (Viseu, Portugal) se documenta un lote metálico típico de Bronce Atlántico, al que se suman otros objetos foráneos o, al menos, de inspiración mediterránea (Silva y otros 1984; Ruiz-Gálvez 1993: 49-53). Entre estos últimos se cuentan cinco cuencos hemisféricos de bronce (lám. XIX.B.1) de los que tres de ellos incorporan umbo en el fondo, uno de los cuales, además, presenta una cenefa en su borde exterior con motivos geométricos (Silva y otros 1984: 81-82 lám. VI; Armada 2006-2007: 272-274). Cuencos de morfología similar se encuentran en Iberia hechos en cerámica (Fernández Posse 1986: fig. 1.18; Pavón 1993: fig. 2) y en oro desde mediados del II milenio a.C. (Ruiz-Gálvez 1993: fig. 3), pero nunca de bronce en las mismas fechas. En cambio, la forma hemisférica en la vajilla broncínea cuenta con una larga tradición en diversas regiones de Oriente, desde Mesopotamia hasta el Egeo a partir del III milenio a.C. (Catling 1964: 148; Matthäus 1980: 277-279; Müller-Karpe 1993: 46 ss. láms. 23 ss.). Pero para el Bronce Final los mejores paralelos son chiprolevantinos y tirrénicos. En lo referido a los cuencos que no presentan umbo, Chipre es la región donde más piezas afines, incluso formalmente equivalentes, han sido localizadas (lám. XIX.B.4) (Matthäus 1985: 73-89 lám. 1-16.296.A), con una cronología comprendida entre el TC IIA y el CA II, sobresaliendo por su cantidad entre el TC IIIA-CG I (c. 1200- 950 a.C.) (ídem: figs. 6-7). En el Levante se conocen otros tantos paralelos, siendo los más similares los de la tumbas V de Tel Zeror y 383 de Tel Dan, Megiddo (Gershuny 1985: 2-3 lám. 1.1-5) y Tel Jatt (Artzy 2006: 27 figs. 2.1.1-2, 6.1 pl. 1.1-2), éste último fechado entre los siglos XI-X a.C., mientras que los demás lo hacen entre los siglos XIII-XII a.C., convirtiéndose en los primeros de la serie en todo el Mediterráneo oriental. Otro cuenco de forma similar se documenta en la tumba 202 de Torre Galli (Vibo Valentia, Italia), de cronología afín al de Tel Jatt o, tal vez, algo posterior (Bernardini y Botto 2010: 64 fig. 29.1). 5 Véase el apartado 5.4 del capítulo 3 sobre los escudos de tipo Cloonbrin. 148   Piezas de este tipo con umbo se encuentran en las mismas regiones (lám. XIX.B.2) (Matthäus 1985: 137-139 lám. 28.377, 379; Gershuny 1985: 4-5 lám. 3.29-32), aunque ninguno igual a los del castro portugués. Las cronologías de estos cuencos levantinos se encuadran en el Bronce Final de la zona, entre 1500-1200 a.C., mientras que los chipriotas y el ejemplar etrusco de la tumba FFGG 10 de la necrópolis de Quattro Fontanili de Veyes (lám. XIX.B.3) (Bernardini y Botto 2010: 64 fig. 29.3) son más tardíos, datados entre el CG III y el CA I (900-700/650 a.C.). El poblado de Nossa Senhora da Guía dispone de un único nivel de ocupación que ha aportado tres muestras de semillas para datación radiocarbónica, lo que significa un resultado altamente fiable. La serie, a 2σ, es la siguiente: GrA-29.095/S: 2745±40 BP: 997­ 811 cal. AC, GrA-29.097/S: 2680±40 BP: 903-797 cal. AC y GrA-29.098/S: 2650±35 BP: 891­ 793 cal. AC (Mederos 2009a: 285). Estas fechas confirman el siglo IX a.C. como plazo de actividad para el poblado, correspondiendo con el BF IIIB, justo antes de las fundaciones fenicias. Con estos resultados se evidencia un desfase cronológico entre los paralelos chiprolevantinos aportados (BF IIIA) y este poblado. Tal desfase se explica de dos maneras complementarias. Por un lado, en el castro se reúnen elementos de diferentes momentos del Bronce Final, perteneciendo al siglo IX a.C. los últimos materiales registrados (Armada 2008: 133 tab. 1). Los cuencos podrían corresponderse con este modelo, habiendo sido reutilizados o depositándose como chatarra para refundición (Ruiz-Gálvez 1993: 50; Senna-Martinez y Pedro 2000). Por otro lado, los análisis espectrográficos indican que su factura es local (Valério y otros 2006: 306-307 cuadro 7), a lo que debe añadirse que uno de estos cuencos presenta una secuencia de triángulos en su borde como decoración propia de los torques de tipo Berzocana. Se deduce, entonces, que los cuencos podrían ser interpretados como copias de otros cuencos foráneos, de tal suerte que se convertirían en una evidencia indirecta de objetos análogos que una vez circularon por el Atlántico (Burgess 1991: 38; Armbruster 2002-2003: 151). Parece claro, en último término, que estos cuencos son el resultado de una hibridación de tradiciones. No se trata, entonces, de un conjunto de objetos que hayan viajado por el Mediterráneo hasta el Atlántico, sino de un indicio de los contactos que mantuvieron las sociedades ibéricas con navegantes orientales en época protocolonial. 3.3.Asas sobreelevadas Cuatro asas sobreelevadas de anteojos en los enterramientos de Nora Velha (Beja, Portugal), Casa del Carpio (Belvís de la Jara, Toledo) y Los Higuerones (Linares, Jaén) conforman una prueba del conocimiento de modelos de cuencos venidos del Mediterráneo en la Península Ibérica (Jiménez Ávila 2002: 152-154; Armada 2006-2007; Armada y otros 2008: 480-483). El dispositivo de anclaje al cuenco se caracteriza por la disposición de una placa con perforaciones para remaches, de laterales redondeados, mientras que su sección central presenta un estrechamiento. El mango nace del frente de los laterales. La forma de la placa le otorga el nombre a este tipo de asa, y para su fabricación se empleó método de la cera perdida. El asa de Nora Velha (Viana 1959: 27-28 lám. V.40.42) aparece en dos fragmentos que se corresponden claramente con partes de la placa con el nacimiento del asa (lám. XX.A.1). A estos dos fragmentos se les suma restos de chapa metálica que probablemente formaron parte del cuerpo del recipiente (ídem: lám. V.38-39) y un 149   pequeño arco cilíndrico de bronce que pudiera ser otro asa (ídem: lám. V.43) Las piezas se albergan en un sepulcro megalítico con múltiples materiales muy heterogéneos, razón por la cual parece reutilizado. Los elementos más recientes conservados en su interior - fragmentos de cerámica a mano pintada, dos cuentas de oro y dos urnas - permiten fechar la reutilización entre los siglos IX y VIII a.C. (Schubart 1971: 179; García Sanjuán 2005: 95 tab. 1). Tales restos, sin embargo, proceden de tierras removidas (Viana 1959: 27), y otros enterramientos de su entorno inmediato evidencian una continuación temporal en su uso (García Sanjuán 2005: 96-97 tab. 3). La tumba de Casa del Carpio (Pereira 1989; Pereira y Álvaro 1990), por su parte, resulta mucho más homogénea. El resto del asa (lám. XX.A.2) se incluye en un ajuar del piso inferior de la tumba junto con fragmentos de un brazalete de plata, un pequeño vaso de plata, dos cuchillos de hierro, anillos, una fíbula, posibles brazaletes y otros fragmentos de bronces, recipientes de perfumes y cuencos pintados, todos él depositado en el interior de una vasija cerámica introducida en una imitación a mano de un pithos fenicio (Torres 1999: 111-112; Pereira 2006: 85-86; Armada 2006-2007: 276). A través de la tipología cerámica se puede asegurar que el enterramiento sucedió entre los siglos VIII y VII a.C. (Pereira 2006: 88). No obstante, la presencia de los cuchillos de hierro permite abrir la cuestión del empleo de materiales antiguos en el ajuar, entre los que se contarían el asa así como algunos otros restos metálicos. De ser así, el cuenco debió de haber llegado a la Península Ibérica en fechas previas al momento de la inhumación, tal vez todavía en época precolonial. Por último, dos asas de este tipo se hallan en el cementerio de Los Higuerones (Jiménez Ávila 2002: 153 lám. XXV.51) (lám. XX.A.3), junto a Cástulo, en un contexto claramente orientalizante que incluye un cuenco broncíneo de forma ovoide, un tymatherion, varios broches de cinturón y una esfinge sobre una plataforma. El conjunto se fecha en el s. VII a.C., definitivamente después de la fundación de las primeros asentamientos coloniales fenicios (Jiménez Ávila 2002: 153; Armada 2006-2007: 276). Ambas piezas, aunque incompletas, se conservan en mejor estado que las anteriores, y muestran un estilo peculiar en el que una figurita de una flor de loto queda incorporada en la parte superior del mango, éste de forma cuadrangular. Con seguridad, la tumba de Los Higuerones pertenece a un período ya colonial, y probablemente deban clasificarse así también las inhumaciones de Nora Velha y Casa del Carpio. No obstante, las asas en cuestión se revelan como muy probables indicios de las actividades protocoloniales, en tanto que estas piezas son únicas en la Península Ibérica a la par que los prototipos son mediterráneos. La pareja de asas de Los Higuerones constituye el más interesante de estos hallazgos debido a su estado de conservación y a su riqueza ornamental. Tal vez los otros dos ejemplares fuesen de un tipo similar, razón por la cual entran la misma categoría para su análisis de paralelos. Asas similares se encuentran repartidas por diversas zonas del Mediterráneo oriental y central, con un predominio chipriota (Matthäus 2001: 154-165, 179-181). En Chipre es donde se ha localizado el hasta ahora cuenco más antiguo con asa sobreelevada de anteojos con decoración de botón, en concreto en la tumba 40 del cementerio de Kourion-Kaloriziki, datado por su contexto hacia el final del TCIIIB (1100-1050 a.C.) (Matthäus 1985: 123-124 lám. 20.345; 2001: 157). Esta pieza encabeza una serie de cuencos que se extiende a lo largo de todo el Chiprogeométrico (1050-750 a.C.) (tumbas 13 y 21 de Amatunte, 49 y 58 de Kouklia-Skales, 2 y 66 de Enkomi, etc.), y que 150   disponen de un motivo floral o animal, como la de Los Higuerones (Matthäus 1985: 120­ 127, 195-196 láms. 20, 21, 50, 51.472b-473b, 52.470). Fuera de Chipre, en el Mediterráneo oriental se conocen ejemplares de este tipo de asas en el Egeo, Mesopotamia y el Levante comprendidos entre el siglo XI a.C. y el Período Orientalizante (Stampolidis y otros 1998: 71, 121; Matthäus 1985: 126-127; 2001: 181-188). Más interesantes parecen los paralelos hallados en el Mediterráneo central, donde se introducen una importante variedad de cuencos y otros recipientes procedentes de oriente en el Bronce Final (Lo Schiavo y otros 1985: 30-35; Matthäus 2001; Albanese Procelli 2008: 404-405; Botto 2008: 136-137; Lo Schiavo 2008: 425; Bernardini y Botto 2010: 75-85). Las relaciones entre los países del Tirreno y la isla de Chipre desde el Bronce Final son perfectamente conocidas, dejando múltiples vestigios en el registro arqueológico, especialmente objetos metálicos (Lo Schiavo y otros 1985; Knapp 1990; Bernardini 1993; Lo Schiavo 2001; Matthäus 2001; MacNamara 2002). Es en este contexto de contactos a larga distancia en el que se insertan estas piezas. En Cerdeña se localizan cinco asas, tres las cuales, al igual que las peninsulares, han perdido el cuenco al que iban acopladas. En Monte Sa Idda (Nuoro) se encuentra otra asa de gran tamaño (lám. XX.A.5) (Taramelli 1921: 62-63 fig. 88; Matthäus 2001: 164 fig. 6; Bernardini y Botto 2010: fig. 37.2). El mango no presenta decoración, aunque sí en la sección central de la placa, donde se aprecian tres bandas de trenzado en relieve. La placa y el mango, además, incorporan un refuerzo de unión en el reverso de la pieza. El depósito de Monte Sa Idda lo componen materiales de bronce de la denominada “metalurgia Vénat” cuya cronología se extiende por el BF IIIB-C/Horizonte Peña Negra I (Ruiz-Gálvez 1986), luego la deposición del asa en el conjunto hubo de producirse entre el siglo IX a.C. y mediados del VIII a.C. El asa de Dorgali (Nuoro) (lám. XX.A.4), fragmentada, incorpora una flor de loto, y por su contexto se deduce una cronología comprendida entre finales del II milenio a.C. e inicios del siguiente (Lo Schiavo y otros 1985: 33-35 fig. 13.9-10), por tanto en un horizonte equiparable al de Monte Sa Idda. En el depósito de Tadasune (Oristán) se encuentra otro asa singular, cuya tecnología se asemeja a las anteriores, aunque presenta una decoración mucho más rica (lám. XX.A.6) (Matthäus 2001: 163-164 fig. 5; Botto 2008: fig. 11; Bernardini y Botto 2010: fig. 37.1). La placa no tiene perforaciones y sí, en cambio, relieves de líneas paralelas en la sección central y de espirales en los laterales redondeados. Sobre estos últimos aparecen sendas figuritas ornitomorfas, y el mango está coronado por tres minúsculas esferas. El contexto de aparición de este objeto señala a un momento de principios del Orientalizante como fecha para su enterramiento, hacia el siglo VIII a.C. En el santuario de Sant’Anastasia de Sárdara (Cagliari) se atestiguan dos grandes cuencos enteros con asas de este estilo que llevan una flor de loto adosada en las mismas, cuya cronología también parece ser de principios del Orientalizante (Botto 2008: 136 figs. 7, 9; Bernardini y Botto 2010: 77-79 figs. 33.3, 34, 36.1-3). El en la parte interior de uno de ellos se graban círculos concéntricos y una banda, también concéntrica, con una secuencia de triángulos. En Italia se encuentra el último ejemplar del Mediterráneo central. Se trata del cuenco con asas de la tumba 2 del túmulo F de Satricum (Lacio) (Botto 1993: 16-29; 2008: 136 fig. 8; Bernardini y Botto 2010: 81-83 fig. 37.4), también con adornos florales en lo alto de 151   las asas. La tumba contiene varios enterramientos datados todos ellos por el ajuar cerámico que los acompaña a lo largo del siglo VII a.C. Las decoraciones vistas en los cuencos y asas de Sant’Anastasia de Sárdara, Monte Sa Idda y Tasadune sugieren que se trata de facturas locales, al no descubrirse paralelos entre los modelos chipriotas. Los contextos ofrecidos por Satricum, Sant’Anastasia y Tasadune para estas pieza indican que se trata, además, de producciones o deposiciones posteriores a los cuencos chipriotas que presentan estas asas. Dada la ambigüedad contextual de Monte Sa Idda y Dorgali, el momento de fabricación de las piezas halladas en estos dos depósitos podría coincidir con el CG I, aunque también podría ser más tardía. A partir de estas conclusiones preliminares se deduce que las asas sobreelevadas de anteojos del Mediterráneo central son testimonios indirectos de la introducción estos artefactos desde Chipre en una época anterior, enraizándose en la tradición metalúrgica de la zona hasta el punto de adaptarse a las innovaciones y gustos de las poblaciones locales. A la vista de los contextos de aparición de las piezas de Nora Velha, Casa del Carpio y Los Higuerones, parece coherente y válida una interpretación igual (Matthäus 2001: 165; Armada 2006-2007: 276). *** En resumen, los cuencos metálicos que aparecen en el Tirreno y en la Península Ibérica en el Bronce Final proceden del Mediterráneo oriental, presumiblemente de Chipre, región productora de los prototipos hallados en ultramar y principal impulsor de las relaciones con el Occidente en esta época (Crielaard 1998). Los cuencos hemisféricos de Nossa Senhora da Guía y las asas sobreelevadas de anteojos de los enterramientos de Casa del Carpio, Nora Velha y Los Higuerones prueban la asimilación de estos artefactos en la cultura culinaria y metalúrgica peninsular. Los cuencos de Nossa Senhora da Guía fueron elaborados en talleres locales, adoptando los prototipos foráneos a los estilos artísticos de las comunidades de la zona. Quizá los demás cuencos analizados en este apartado fueron resultado del mismo proceso, o quizá depositados finalmente después de pasar de generación en generación como un objeto heredado o quizá como parte de un tráfico de antigüedades. Con independencia del momento de enterramiento, sólo el cuenco de Berzocana, por su contexto tan simple, no deja lugar a dudas de que estos elementos se conocieron e introdujeron en una etapa del Bronce Final previa a la instalación definitiva de los fenicios. 4. Soportes con ruedas Se interpreta de esta manera tres de objetos de factura compleja en bronce destinados presuntamente al sostenimiento de recipientes. En la medida en que tales recipientes pueden englobarse dentro del banquete, los soportes se convierten en elementos accesorios en este ritual. Pero la función de los soportes podría ser diferente o, al menos, tener más de una utilidad. En este sentido, es altamente razonable que puedan emplearse para sostener recipientes en los que se quemen hierbas aromáticas y alucinógenas (Guerra 2006: 302-306), lo que también se comprende en actos rituales, entre los cuales se incluye el banquete. Así, aunque los soportes no necesariamente deben interpretarse como elementos propios del campo semántico del banquete, 152   esta opción es la más lógica y, en cualquier caso, forman parte del mundo del consumo ritual. Dentro del impresionante conjunto broncíneo de Nossa Senhora da Guía se documenta un soporte con ruedas en buen estado de conservación, aunque incompleto, y restos de copas, bastidores y ruedas que permiten cuantificar un mínimo de tres soportes rodados en el conjunto (Silva y otros 1984: 84 lám. VIII; Ruiz-Gálvez 1993: fig. 4.1-10; Armbruster 2002-2003; Schattner 2011-2012: 267-270) (lám. XX.B.1). A pesar de que los tres se consideran homogéneos, no parecen idénticos. El más completo (lám. XX.B.2) es el que sirve de referencia para su evaluación, aunque sin olvidar los demás vestigios, por supuesto. El soporte se compone de tres elementos estructurales (Armbruster 2002-2003: 150-152; Armada y otros 2008: 474-475). En la parte superior dispone de una copa sin fondo que sirve para sostener el recipiente contenedor. Su forma es más bien aplanada, y se ornamenta mediante figuras triangulares que se intercalan con espacios vacíos. La copa se termina con una corona de anillas en suspensión con una única sujeción en su borde. El segundo elemento estructural es el bastidor sobre el que se yergue la copa. Posee una decoración en relieve de trenzado, elaborada a la cera perdida y con amplios espacios abiertos. En la parte más baja del bastidor se acopla el último elemento estructural, consistente en cuatro ruedas de pequeñas dimensiones de cuatro radios cada una unidas por ejes. Con respecto a las restantes piezas que debieron ser igualmente carritos, sólo se distinguen con facilidad algunas ruedas de iguales características, un fragmento de copa con dos anillas fijas y las sujeciones de los ejes, muy estilizadas, aunque diferentes a las del carrito mejor conservado. Los detalles más significativos de los carritos son las anillas, su fabricación a la cera perdida y la aleación empleada en su factura. Las anillas circulares y suspendidas a través de un anclaje con molduras fijado al cuerpo por vaciado adicional tienen sus paralelos más cercanos en los calderos y sítulas atlánticos del Bronce Final (Gerloff 1986; 2010a). Estas características son, de manera general, extrañas tanto en el mundo Mediterráneo como en el continental. En estos dos ámbitos aparecen dos tipos de asas, móviles y rígidas, de diversas formas y siempre unidas al cuerpo de las cazuelas, cuencos, jarros, calderos y sítulas mediante remaches (Matthäus 1980; 1985; 2001: 169­ 174, 1919-199 fig. 12; Radwan 1983: láms. 54-58, 66-69; Patay 1990; Prussing 1991). Sin embargo, en Chipre, en Egipto y en Anatolia se documentan unos pocos cuencos que incorporan anillas formalmente similares a las atlánticas. Los más antiguos ejemplares con estos rasgos en el Mediterráneo se localizan en Egipto, en particular en Tebas (lám. XXI.A.1) (Radwan 1983: 109 lám. 57.318) y en la tumba 845 de Beni Hassan (lám. XXI.A.2) (ídem: lám. 57.322), coetáneos a las dinastías XIX y XX (h. 1295- h. 1070 a.C.). Menos fiable es la fecha de los cuencos chipriotas (lám. XXI.A.3) y anatolios ya que aparecen aislados, si bien su cronología oscila entre mediados del TC II (1450-1200 a.C.) y el Chiproarcaico I (750-600 a.C.) (Matthäus 1985: 134-136 láms. 26.373-374, 27.372-373, 375). En cuanto a los detalles de fabricación, la cera perdida es un método venido del Mediterráneo oriental (Hunt 1980) ampliamente difundido en el mundo atlántico, especialmente desde el BF III (Armbruster 2000: 74-85; 2002-2003: 148, 152). La inclusión de un metal blando como el estaño en proporciones altas en la aleación de bronce favorece el desarrollo del arte de la toréutica al aumentar sustancialmente la 153                                                                colabilidad. Esta aleación es típica en la metalurgia del Atlántico, tal y como evidencian los conjuntos de la Ría de Huelva (Rovira 1995a) y de Nossa Senhora da Guía (Valério y otros 2006), aunque con respecto a los carritos los análisis espectrográficos no se han realizado en el ejemplar más completo, sino en las ruedas de los otros dos (ídem: cuadro 8). Con todo, los datos parecen extensibles al tercer carrito, lo que unido a su probable ubicación en un taller de fundidor en el castro (Senna-Martínez y Pedro 2000) apuntan a una producción local para estos soportes. Cuestión diferente es la de sus prototipos y, con ella, la de sus vías de llegada a la Península Ibérica. Carritos de similar factura se registran en la Península Itálica (Ponzi Bonomi 1970: 134 figs. 13.2, 14.8), Chipre (lám. XXI.B) (Catling 1964: 207-210 láms. 35­ 36.a-g; 1984; Matthäus 1985: 316-321 láms.100.707, 103.706-109.712, 123.1-2), el Levante (Zukerman 2012)6, Mesopotamia (Fiorina y otros 1998) y en los Campos de Urnas (Egg 1996: 29-36; 2001: 64-68; Schattner 2011-2012: fig. 8). Este mapa muestra una dispersión muy amplia de este elemento, siendo los modelos chipriotas los más afines tipológica y tecnológicamente a los peninsulares (Mederos y Harrison 1996a; Papasavvas 2004), así como también los más numerosos. Por ello, la mayoría de los investigadores optan por Chipre como el lugar de origen de los prototipos de los ejemplares de Nossa Senhora da Guía (Burgess 1991: 38; Ruiz-Gálvez 1993: 50; 1998: 286, 300; Mederos y Harrison 1996a: 250; Armbruster 2000: 183; 2002-2003: 151-152; Correia 2001: 216; 2009: 76; Armada y otros 2008: 474-475; Torres 2008a: 81; Vilaça 2008b: 383). No obstante, en los últimos años se ha vuelto a plantear la cuestión de la filiación de los carritos, señalándose a los ejemplares continentales como los paralelos más cercanos a la vista de la copa y, especialmente, el bastidor de los ejemplares más incompletos del conjunto peninsular (lám. XX.B.3-4) (Schattner 2011-2012). La consideración de los restos de los soportes con ruedas menos definidos ciertamente dificulta defender la opción chipriota como la zona originaria de los prototipos para, al menos, uno de los carritos de Nossa Senhora da Guía, en la medida en que no poseen varillas torsionadas, un ornamento propio de la metalurgia chipriota. Por la misma razón, el ejemplar de referencia de este conjunto no se ajusta tanto a los modelos centroeuropeos, itálicos y nórdicos como a los de Chipre. Otra cuestión importante y directamente ligada a la de los prototipos es la de la cronología. El nivel de ocupación del castro portugués se fecha en el siglo IX a.C. por 14C (Vilaça 2008b: 385; Torres 2008b:139; Mederos 2009a: 285). Los carritos chipriotas aparecen en tumbas que vienen a coincidir con el tiempo de los Pueblos del Mar, entre 1250 y 1050 a.C. y sus consecuencias culturales (Matthäus 1985: 321). Estos son los más tempranos de toda la serie, exportándose y sirviendo de inspiración para la tradición hallstática de inicios de la Edad del Hierro (Schauer 1987; Pare 2004). Entre estos últimos y los anteriores se sitúan cronológicamente los ejemplares completos de Skallerup (Sjælland, Dinamarca) (lám. XXII.A.2) (Thrane 1962: 153 fig. 25), Strettweg (Estiria, Austria) (lám. XXII.A.3) (Egg 1996: 14-36), Acholshausen (Baviera, Alemania) 6 Las noticias de los soportes rodados en Levante son literarias. En la ciudad de Ugarit ha salido a la luz recientemente un documento donde se alude a la fabricación de cuarenta karkubbûma (¿Altares? ¿Soportes?) con ruedas (Zukerman 2012). También en un pasaje bíblico (1 Re 7:7-37) se mencionan soportes sobre cuatro ruedas de bronce muy ornamentados en el mobiliario del templo de Jerusalén construido bajo el reinado de Salomón en el siglo X a.C. ayudado por el rey fenicio Hiram I (Schauer 1987: 19 fig. 16). No queda claro si ambas citas se refieren a carritos como los aquí estudiados, pero de mayor tamaño, o a otros ingenios móviles, tal vez altares, aunque resulta reseñable el conocimiento de artilugios sobre ruedas con uso ritual en la zona levantina. Véase el artículo de Weippert (1992) al respecto. 154   (lám. XXII.A1) (Schauer 1987: 17-18 fig. 14), Bisenzio (Viterbo, Italia) (Woytowitsch 1978: 58-60 lám. 24; Egg 1996: 30 fig. 20.1), Sesto Calende (Varesse, Italia) (Woytowitsch 1978: 61 lám. 25.131; Egg 1996: 31-32 fig. 19.1), Ca’Morta (Como, Italia) (Woytowitsch 1978: 61 lám. 26.129; Egg 1996: 31-32 fig. 19.2) y del depósito de Contigliano (Ponzi Bonomi 1970: 134 figs. 13.2 14.8), y las ruedas de otro carrito en Fa (Aude, Francia) (lám. XXII.A.4) (Guilaine 1972: 298 lám. X.3), uno de los más cercanos en términos geográficos a la Península Ibérica de los continentales. Todas estas piezas son relacionables con los dos carritos incompletos de Nossa Senhora da Guía. La introducción del carrito ritual en el Atlántico se produce en un período en el que los contactos entre este ámbito y el Mediterráneo oriental comienzan a fortalecerse. El Grupo Baiões (Mederos 2009a; Senna-Martínez 2011) funciona como un importante nexo entre los navegantes orientales y las comunidades atlánticas. Este Grupo destaca por la introducción de numerosos elementos de naturaleza mediterránea para después distribuirse por la Península Ibérica y por los demás países del Atlántico, con el resultado de la generación de la metalurgia Vénat típicamente atlántica y rica en toréutica (Armada y otros 2008). Los contactos se afianzan desde el BF IIIA. En esta coyuntura se explica la introducción del soporte con ruedas principal de Nossa Senhora da Guía, muy probablemente hecho en un taller local a partir de un modelo importado de Chipre que pudo heredarse, fundirse y reproducirse hasta el siglo IX a.C. (Catling 1984; Matthäus 1988; Armada 2008). La conexión atlántico-mediterránea evidenciada por el Grupo Baiões no significa la exclusión de las relaciones entre el Atlántico y los Campos de Urnas. Aunque los dos carritos secundarios de Nossa Senhora da Guía parecen fabricados localmente, sus prototipos razonablemente pueden ser alpinos, en tanto que los bastidores son más austeros que los mediterráneos. La penetración de elementos materiales y rituales alpinos desde el sur de Francia en el Bronce Final está perfectamente atestiguada en la región ebro-pirenaica (Ruiz Zapatero 2014), pero también en la costa atlántica francesa, de tal modo que desde ambas regiones es factible que alcanzasen la Beira Interior. En este sentido, es importante traer a colación que en el Midi se documentan diversos ejemplares de carritos, todos ellos fragmentados pero reconocibles por las ruedas (Guilaine 1972: 300). Igualmente, en el ámbito atlántico francés también se distinguen restos de dos carritos, uno en el depósito de Vénat (Charente) (Coffyn y otros 1981: 23 fig. 73 lám. 49.34) y otro en el depósito de Côte-Saint-André (Isère) (Chapotat 1962: 33­ 54). No se han efectuado análisis espectrográficos sobre ellos, así que por la composición química no se sabe si son facturas atlánticas, centroeuropeas o mediterráneas. En el particular caso de Vénat, la multiplicidad de procedencias de los materiales que integran el depósito tampoco permite inclinarse por una filiación concreta. Sea como fuere, las ruedas de estos dos depósitos franceses confirman que los carritos atlánticos no son exclusivos de la Península Ibérica en el Bronce Final, sino que formaban parte de la tradición ritual y artesanal de los pueblos del Atlántico. En resumen, el diagnóstico de este análisis apunta a una doble filiación para el conjunto de soportes con ruedas de Nossa Senhora da Guía, a pesar de que el origen último de todos ellos sea chiprolevantino. 155   5. Utensilios de banquete atlántico en el Mediterráneo Como contraparte de la introducción de utensilios de cocina orientales en el Atlántico, en el Mediterráneo aparecen unos objetos pertenecientes a este campo semántico procedentes del Atlántico. En esta ruta, las comunidades de la Península Ibérica ejercen un papel de mediadores unificando dos grandes circuitos culturales. Los utensilios en cuestión son dos asadores articulados y dos ganchos de la carne complejos. Todos ellos tienen la peculiaridad de que, a pesar de ser naturales del Atlántico, el foco originario de ambos es oriental. Así, tanto asadores como ganchos en cuestión constituyen auténticos objetos de “reflujo”, ya que son creaciones atlánticas a partir de modelos mediterráneos. 5.1.Asadores articulados Los asadores metálicos (Burgess y O’Connor 2004) aparecen simultáneamente en el Atlántico y en el Mediterráneo en el Bronce Final. Desde entonces se convierten en un elemento característico del menaje de cocina ritual en la Península Ibérica y de las élites que participan en ella, adentrándose en el Período Orientalizante. En la Península Ibérica se conocen tres tipos básicos en el I milenio a.C. definidos por su tipología (Almagro Gorbea 1974a; Coffyn 1985: 177-178; Fernández Gómez 1993). Los más recientes se concentran en el área tartésica y se describen como largas piezas planas de bronce en cuyo mango sobresalen dos pestañas. Anteriormente, en el Alentejo se documentan unas varas compuestas por varias piezas fundidas a la cera perdida sin ornamentos. Finalmente, los asadores articulados son similares a los alentejanos, aunque rotatorios y luciendo una ornamentación a base de figuritas en la parte del mango. De los tres tipos, los articulados gozan de una mayor extensión geográfica y son los más complejos de fabricar. En la Península Ibérica se documentan once asadores articulados localizados en Orellana la Vieja (Badajoz), con tres ejemplares, la Sierra de Alvaiázere (Leiría) (lám. XXII.B.1), con otros tres, Reguengo do Fetal (Leiría), con dos, Nossa Senhora da Guía (Viseu), Cachouça (Castelo Branco), más restos fragmentarios en Canedotes (Viseu) y Outeiro dos Castelos de Beijós (Viseu) (Burgess y O’Connor 2004: 196, con bibliografía específica; Armada y otros 2008: 483). Otros ocho asadores de este tipo aparecen en el Atlántico norte, especialmente en la costa francesa (lám. XXII.B.2) (Burgess y O’Connor 2004: 196), mientras que se atestiguan sólo dos fuera de este espacio, en Monte Sa Idda (Nuoro, Cerdeña) (lám. XXII.B.3) y en Amatunte (Limassol, Chipre) (lám. XXII.B.4) (Burgess y O’Connor 2004: 196; Armada y otros 2008: 483-484) (fig. 10). La aparición de un espeto de este tipo en Chipre significa una conexión entre los extremos del Mediterráneo, lo que pone de manifiesto un estadio anterior en las relaciones coloniales entre el mundo fenicio y el peninsular en sentido inverso. El ejemplar sardo prueba la importancia de esta isla en los vínculos entre la Península Ibérica y los países mediterráneos. Pero es el asador chipriota el que adquiere una mayor relevancia en este tránsito. En efecto, su lugar de aparición, unido a sus detalles formales, permite entrever un mayor calado dentro de las relaciones existentes entre los confines del mundo por dos motivos. El más evidente emerge, por supuesto, del largo recorrido que esta pieza experimentó. La superación del circuito tirrénico en el camino por el Mediterráneo 156   indica el establecimiento de contactos a muy larga distancia. El acercamiento de los confines de este mar supone un paso trascendental en el tejido de relaciones panmediterráneas en fechas previas a la fundación de las primeras colonias fenicias. Aunque el núcleo territorial de estos asadores sea el Atlántico, parece lógico que los prototipos sean orientales (S. Sherratt 2004: 312-313). En la tumba 49 de Paleopaphos- Skales (Chipre) se documentan tres asadores de tubo (lám. XXIII.A), fechados por su contexto en el CG I (Karageorghis 1983: 75-76 lám. LXIII.16-18). Si bien su función es idéntica a la del tipo atlántico, su fabricación es más sencilla. El modelo articulado requiere un complejo proceso aplicación de métodos de fusión a la cera perdida (Armada y otros 2008: 484) que nada tienen que ver con los asadores chipriotas, aunque sí con otros objetos de la isla. También en los poemas homéricos aparecen alusiones a los asadores de manera implícita a través de las citas referidas a la carne trinchada (IIíada 1.465; 2.428; 7.317; 9.468; Odisea 3.462; 12.365;14.420-430; 19.422), aunque en este caso, obviamente, no se proporcionan detalles sobre su tipología, al igual que también es difícil precisar la cronología de los mismos. La extensión de las rutas de navegación hasta la Península Ibérica a finales del II milenio a.C. permite no sólo la llegada de objetos, sino también de personas y conocimientos. Por ello, lo más razonable es que los primeros asadores introducidos en la Península Ibérica fuesen como los de Paleopaphos. Las dinámicas sociales y la asimilación de los métodos de fusión aplicados al bronce en las comunidades atlánticas favorecen la creación de nuevos artefactos a partir de los prototipos orientales, proceso del cual surgen los asadores articulados. La cronología de estos objetos es uno de los temas más discutidos al respecto. Los contextos deposicionales de la mayoría de estas piezas ofrecen un grado importante de incertidumbre con respecto a su datación, siendo muy imprecisa. El asador de Amatunte se localiza en el contexto más definido y no por ello está exento de problemas. Aparece en una tumba de planta en L en compañía de otros restos funerarios de distintos momentos. Las cerámicas y otras piezas metálicas de este conjunto se enmarcan en el CG I-II (1050-900 a.C.), pero otros materiales depositados en la misma tumba son más tardíos, del CG III o inicios del CA I, atrasando su cronología hasta el siglo VIII a.C. (Karageorghis y Lo Schiavo 1989: 16). En fechas ulteriores, su excavador ha aclarado que su datación más adecuada se sitúa a caballo entre las fases I y II del Período Chiprogeométrico, a mediados del siglo X a.C. (Burgess y O’Connor 2004: 195; Karageorghis 2006: 669). Las claves para ajustar la cronología de los asadores articulados están en la pieza de Isleham (Gómez de Soto 1991) y en el ejemplar de Nossa Senhora da Guía (Kalb 1980: 30 fig. 9.27). Sobre el primero, el depósito al que pertenece se fecha en el BF II (1200­ 1050 a.C.), convirtiéndose en el más antiguo de la serie. Pero una revisión de las características técnicas de esta pieza ha excluido este objeto del repertorio de asadores articulados (Burgess y O’Connor 2004: 188-189), de manera que los primeros asadores articulados aparecen en el BF IIIA. Sobre el ejemplar portugués, las fechas radiocarbónicas confirman que el nivel de ocupación del castro de Nossa Senhora da Guía se fija en el siglo IX a.C. (Vilaça 2008b: 385; Mederos 2009a: 285). Esta última datación puede corresponderse igualmente con el depósito de Monte Sa Idda, aunque tal vez éste se cerrase en la primera mitad del siglo VIII a.C. Luego la serie de 157   asadores articulados se centra en el BF III, período de importantes cambios en el escenario peninsular e internacional. Fig. 10: Mapa de dispersión de los asadores articulados (triángulo) y de los ganchos para carne (cuadrado). 5.2.Ganchos para carne complejos Los denominados ganchos para carne constituyen uno de los elementos esenciales de la toréutica del Bronce Final Atlántico (Jockenhövel 1974; Needham y Bowman 2005). Dentro de este conjunto destacan unos ejemplares de elaborada fabricación, compuestos por varias piezas obtenidas a través del empleo de métodos de fusión secundaria y del torsionado de varas (Needham y Bowman 2005: 122). Tales ejemplares son los ganchos complejos y se distribuyen más allá de los límites geográficos del Atlántico (fig. 10). En el Mediterráneo se identifican dos objetos que, a pesar de su estado fragmentario, parecen corresponderse con ganchos atlánticos complejos. Uno de ellos aparece en el depósito siciliano de Mendolito de Adrano (lám. XXIII.B.4) (Müller-Karpe 1959: lám. 9.8; Giardino 1995: fig.15.6). Se describe como un vástago de bronce, formado por cuatro varas torsionadas, una anilla atravesándolas adornada con dos figuritas ornitomorfas hacia uno de sus extremos y un tope en el otro, sobresaliendo una incipiente continuación del vástago que ha sido quebrado. Más dudas despierta el segundo objeto formado por tres varas unidas y torsionadas rematadas en una anilla y ubicado en el depósito de Módica (Ragusa, Sicilia) (lám. XXIII.B.5) (Giardino 1995: fig. 11.6). Las varas torsionadas que muestra el objeto de Mendolito de Adrano aparecen habitualmente como parte de objetos complejos diversos, especialmente los soportes (Papasavvas 2004; Schattner 2011-2012), cuya dispersión se extiende por todo el Mediterráneo, así como también por algunas regiones atlánticas y centroeuropeas. Sin embargo, la presencia de un tope en dicho objeto permite excluir los soportes como 158                                                                elemento original del objeto, ya que este dispositivo está ausente de todos los ejemplares conocidos. La opción más viable es que se trate de un gancho para carne atlántico, en la medida en que estas piezas pueden disponer del mismo mango torsionado y topes que segmenten los componentes del gancho. Con independencia del tipo, las mayores concentraciones de los ganchos se localizan en la región de los Campos de Urnas (Hundt 1953), en Chipre (Catling 1964: 65-66 fig. 4.8) y en el Atlántico (Needham y Bowman 2005), mostrando una variada morfología que ha originado diversas tipologías, todas ellas muy próximas (lám. LXIX.A). La forma más común, incluyendo otras zonas como el Egeo (Branigan 1974: 30 lám.15.1181 y 1183) y el Levante (Müller-Karpe 1980: lám 122.D.2), se define como una vara de bronce de sección cuadrangular y arqueada por distintas partes para adquirir la característica forma de garfio o en S que, en ocasiones, presenta un dispositivo de anclaje tubular para una pértiga de madera. Pero los tipos más identificativos en el Bronce Atlántico no son tan austeros, sino que añaden mangos de bronce cuidadosamente ornamentados o, en su defecto, pequeños tubos de este metal que se acoplan al astil de madera, como sucede en el caso de la pieza de Nossa Senhora da Guía (lám. LXIX.B.2). El vástago de Adrano pertenece, sin duda, a la tradición atlántica, donde encuentra tres paralelos claros en los ganchos de Cantabrana (Burgos)7 (lám. XXIII.B.1) (Delibes y otros 1992-1993: 417-419 figs. 1, 3.1), Thorigné (Deux-Sèvres, Francia) (lám. XXIII.B.2) (Gómez de Soto y Pautreau 1988) y en el ejemplar fragmentado del depósito sevillano del Río Genil a la altura de Remanso de las Golondrinas (lám. XXIII.B.3) (Armada y López Palomo 2003). Estos tres artefactos, al igual que el de Adrano, se distinguen por sus vástagos torsionados, y su distribución se limita a los países del Atlántico. La totalidad ganchos atlánticos, al igual que los aparecidos en las demás regiones, se fechan entre los siglos XIII y VIII a.C. (Needham y Bowman 2005: 108-118 fig. 7). Sin embargo, afinar una cronología rigurosa para cada tipo resulta difícil, ya que los contextos de dichos objetos no permiten una mayor precisión. Con todo, son las noticias de sus hallazgos y los descubrimientos de los alrededores más próximos las claves que facilitan su ajuste cronológico. En el caso de los tipos de mangos torsionados, siendo los contextos muy imprecisos, el gancho de Cantabrana parece que puede ir asociado a un bocado de caballo y a otras piezas típicas de Bronce Final, lo que implica una fase tardía dentro de esta época o incluso ya entrada en la Edad del Hierro (Delibes y otros 1992-1993: 418-419). El gancho de Thorigné, por su parte, es un hallazgo aislado junto al lecho de un antiguo río, si bien los materiales hallados en su entorno se fechan en un momento muy avanzado del Bronce Final, incluso del Hierro Inicial (Gómez de Soto y Pautreau 1988: 39-40). Lo mismo le sucede a la pieza de Remanso de las Golondrinas, aunque en este caso la espada de lengua de carpa de tipo Ría de Huelva hallada en las inmediaciones posibilita elevar la cronología del gancho hasta el BF IIIA (Armada y López Palomo 2003: 173 ss.). A la luz de este último dato, la cronología de las piezas de Thorigné y Cantabrana razonablemente podría reformularse al alza. Parece más lógico que los nuevos objetos de toréutica en el Atlántico se fechen en el mismo período y no 7 No está claro el lugar del hallazgo de este gancho. A pesar de la opinión de sus publicadores, quizá proceda del cercano yacimiento de Monte Bernorio (Villarén de Valdivia, Palencia). Quiero mostrar mi agradecimiento al Dr. Jesús Francisco Torres-Martínez (Kechu) por esta indicación. 159                                                                de manera dispersa, de tal modo que si los asadores articulados, las fíbulas de molduras y los soportes rodados pertenecen al BF IIIA-B, a los ganchos debe asignárseles la misma cronología. Por su parte, en el depósito de Mendolito de Adrano se documentan materiales adscritos a la primera mitad del I milenio a.C. (Albanese Procelli 1989), siendo el vástago uno de los elementos más antiguos del conjunto. El depósito de Módica se ajusta sin problemas a una cronología de BF III merced a sus espadas de lengua de carpa y fíbulas tipo Cassíbile III (Giardino 1995: figs. 10.B-11), ambos elementos típicos de la koiné del Mediterráneo occidental en esta época (Ruiz-Gálvez 1986; Lo Schiavo 1991). Los ganchos de la carne atlánticos son el resultado de un complejo proceso de interacción cultural entre diversos pueblos orientales y europeos. Su aparición en Occidente revela una extensión de los modos culinarios y rituales oriundos del Mediterráneo oriental. Sin embargo, los tipos complejos, como los analizados en este apartado, se encuentran exclusivamente en el ámbito atlántico, igual que otros elementos tecnológicos, estilísticos y simbólicos integrantes de una transformación cultural que eclosiona en el Bronce Final. En este sentido, los ganchos ejemplifican a la perfección las dinámicas renovadoras de la sociedad atlántica, al asimilar las técnicas artesanales venidas del Mediterráneo con prácticas culinarias incorporadas desde el norte. 6. Conclusión Todos los elementos detallados en este capítulo dan prueba del banquete como práctica inmersa y destacada en los contactos protocoloniales. Cuchillos, cuencos, carritos, ganchos, asadores son objetos conocidos en el Egeo y el Mediterráneo oriental en el II milenio a.C. Pero las piezas halladas en el Atlántico, con la salvedad de los cuchillos, pertenecen a la cultura material más representativa de este ámbito, después de haber perdido sus rasgos tipológicos y estilísticos originales y desarrollarse según los gustos occidentales. Otro elemento de banquete típicamente atlántico es el caldero metálico (Gerloff 1986; 2010a). La serie arranca en el BF I, de manera que no se relaciona con la Protocolonización. Sin embargo, de cara a este estudio constituye un elemento fundamental, ya que se encuentra en el centro de la polémica sobre el advenimiento de la toréutica en el Atlántico. Por ello, aunque en este capítulo no se le dedique atención, más adelante será objeto de análisis.8 Aunque el ritual de banquete sin duda experimenta una reformulación en las sociedades atlánticas del Bronce Final, su práctica no surge con la llegada de gentes mediterráneas, sino que se explica por las dinámicas de las relaciones entre las élites de las comunidades del Atlántico (Gómez de Soto 1993; Armada 2011; Milcent 2015). La relevancia de esta ceremonia durante la Protocolonización radica en su instrumentalización como medio de acercamiento entre forasteros y lugareños, propiciando el intercambio de regalos y el establecimiento de alianzas e intercambio de información y conocimientos sobre otros pueblos y territorios, más las rutas que 8 Véase el capítulo 10 sobre la toréutica de bronce. 160                                                                deben emprenderse para llegar hasta ellos (Od. 3.418-486; 4.587-619; 7.159-178; 13. 4­ 15; S. Sherratt 2004: 308-311). En este sentido, este ritual desempeña un papel esencial como mecanismo de relación directa entre personas y culturas. En la medida en que el banquete constituye un acto simbólico y sociopolítico de máxima importancia, los objetos empleados en él son concebidos como objetos de prestigio. Esta condición deriva en la inclusión de estos conjuntos en depósitos rituales, como el de Berzocana o el de Remanso de las Golondrinas, y funerarios, como el de la tumba 523 de Amatunte. También deriva en que los regalos intercambiados sean, en multitud de ocasiones, el menaje de cocina y objetos asociados, como los soportes. Entre las cualidades de este elenco se cuenta el refinamiento estético y el empleo de la tecnología más avanzada para su elaboración. De este modo se explica que muchos de los primeros hierros conocidos en Iberia – y en el Mediterráneo – sean cuchillos, el elemento básico en el sacrificio, y que los soportes combinen diversas técnicas harto complejas. En relación con esto último, otro aspecto importante surgido del banquete es la trasmisión tecnológica. Los ganchos tubulares y los asadores articulados se fabrican en talleres atlánticos, pero los detalles técnicos son originariamente mediterráneos. Aunque los calderos incluyen componentes mediterráneos, pero es muy probable que la penetración en las Islas Británicas se produjese por una vía norteña en el BF I. Pero no es hasta el BF III cuando la artesanía del bronce experimenta una renovación generalizada que permite crear objetos de formas complejas y naturalistas. Con la Protocolonización se produce el advenimiento de la toréutica en el mundo atlántico. Finalmente, es importante no olvidar que los objetos señalados en este capítulo son metálicos. El juego de banquete se complementa con otras piezas de cerámica que desempeñan funciones destacadas en el ritual. Algunas de estas cerámicas, como las de estilo Carambolo (Ruiz Mata 1984-1985), aluden a las actividades protocoloniales.9 9 Véase el apartado 4 del capítulo 8 acerca de la cerámica pintada de estilo Carambolo. 161   162 6. ESTÉTICA PERSONAL 1. Introducción Al igual que hoy en día, la apariencia física de las personas es un aspecto básico en la construcción de una imagen pública y de una identidad tanto individual como colectiva en las sociedades de la Edad del Bronce (Chic 1993; Treherne 1995; Kristiansen y Larsson 2006: 255-260; Vilaça 2009; Ruiz-Gálvez y Galán 2013: 44-50). Es consustancial a una serie de creencias y valores relacionados con la posición que ostentan los miembros de una comunidad, de tal manera la imagen exhibida denota un cierto rango y dignidad que distingue a los individuos, al tiempo que los une frente a quienes exhiben un apariencia diferente. Por tanto, la apariencia física es un medio de expresión no verbal cargado de simbolismo plenamente coherente dentro del sistema ético y estético de una sociedad. La imagen pública y la identidad se crean mediante diversos elementos intrínsecos a ciertos campos semánticos. Uno de esos campos es la belleza personal, es decir, el cuerpo como soporte comunicativo – la piel, el pelo, las uñas, etc. Los elementos a los que se recurre en la creación de la belleza son, en muchos casos, temporales y muebles, de quitar y poner, tales como atuendos de ropa, joyas, tocados y peinados, pinturas para la piel y demás cosméticos En cambio, hay otros elementos como los tatuajes, deformaciones intencionadas, cortes y cicatrices de carácter perdurable. Estos últimos, en la medida en que son imborrables, se refieren a aspectos esenciales de las comunidades y son los más importantes. El significado concreto de los elementos semánticos de la belleza de las sociedades antiguas en la actualidad es indescifrable. No obstante, los escasos vestigios interpretables – básicamente la iconografía, algún enterramiento y la épica - sugieren que, a nivel estructural, el lenguaje estético es compartido por los distintos grupos étnicos de la Edad del Bronce. Prueba de ello es la presencia de objetos comunes propios de este campo en muy diversos ámbitos geográficos. Compartir objetos de uso personal evidencia compartir un código estético, al margen de las variedades regionales o locales que de manera natural entrañe. La mayoría de los elementos de belleza no se han preservado debido a su naturaleza perecedera. Las estelas y los objetos materiales permiten adivinar algunos de ellos de forma explícita e implícita. Los elementos explícitos son aquellos que reflejan la belleza e imagen, como las tiaras y diademas, los broches de cinturón, la vestimenta, las fíbulas y los brazaletes, los pendientes, los anillos y los collares. Los elementos implícitos, como los espejos, los peines, las agujas de tatuar, las pinzas y las navajas de afeitar, por sí 163 mismos no poseen valor estético, pero sirven para la construcción de la imagen personal. En este capítulo se van a analizar elementos implícitos y explícitos que aparecen en el Bronce Final en la Península Ibérica inmersos en la circulación de objetos – y de ideas estéticas y éticas – entre el Mediterráneo y el Atlántico. 2. Peines Todos los grupos humanos conocidos, históricos y actuales, cuidan el pelo – o se afeitan la cabeza – y se sirven de él como elemento básico en la identidad comunitaria (Treherne 1995: 125-127). El peine es un utensilio empleado por las comunidades de la Península Ibérica desde tiempos remotos (Castro 1988), de manera que a nivel instrumental los ejemplares del Bronce Final no suponen ninguna novedad. Sin embargo, a partir de esta época aparecen unos modelos que rompen con las distintas tradiciones manufactureras peninsulares fruto de las influencias procedentes del Mediterráneo (Almagro Gorbea 1996b; Torres 2012: 459-460). Con el fin de facilitar su estudio, se van a agrupar en objetos materiales y objetos representados en las estelas. 2.1. Peines de marfil y hueso Los peines materiales considerados son los de Roça do Casal do Meio (Setúbal, Portugal) (Spindler y Ferreira 1973: 82 fig. 10.a), Puente Tablas (Jaén) (Ruiz Rodríguez y Molinos 2007: 138 lám. 100), Mola de Agrés (Agres, Alicante) (Gil-Mascarell y Peña 1989: fig. 8), Huerto Pimentel (Lebrija, Sevilla) (Tejera 1985: 33 fig. 11 lám. VI.1-2), Ronda la Vieja (Málaga) (Aguayo 2001: lám. III.b), Huelva (González de Canales y otros 2004: 165 láms. XLI.3, LXVII.3), Cerro de la Mora (Moraleda de Zafayona, Granada) (Pachón y otros 1989-1990: 261 n. 207), Balneario (Alhama, Granada) (Pachón y otros 1989-1990: 260-261 n. 206). Estos cuatro últimos infunden un cierto nivel de cautela y escepticismo en su valoración, ya que para los granadinos tan sólo se dispone de someras indicaciones sobre su existencia, permaneciendo inéditas sus representaciones gráficas, mientras que la forma de los ejemplares malagueño y onubense no arroja toda la claridad deseable para identificarlos como un peine, si bien lo más coherente es designarlo como tal por sus hipotéticos paralelos estilísticos. En la pieza de Huelva, además, parece adivinarse el arranque de las púas, lo cual de ser así confirmaría su clasificación como peine que, pese a todo, es la opción más razonable. A pesar de ello, todas estas piezas tienen en común la disposición de una única hilera de púas, su composición en marfil (o hueso, en el caso del peine lebrijano) y la presencia de adornos grabados en los mangos. Las singularidades en términos formales y ornamentales que caracterizan a cada uno de estos ejemplares no impiden una evaluación conjunta que, de hecho, resulta más práctica. El peine de Roça do Casal do Meio (lám. XXIV.A.1) es el mejor conservado y, a la vez, el más confuso. Es una pieza de marfil cuyo mango tiene el dorso acodado, con un vértice central, presentando una ornamentación de líneas sinuosas grabadas a lo largo de toda la superficie, por ambos lados, que sugieren un motivo de arcos concéntricos. No obstante, esta decoración tal vez no sea intencionada o, al menos, no tal vez no sea un diseño artístico original, ya que parece razonable que los surcos sigan las vetas naturales del marfil. De esta manera, la decoración de este peine no dispone de paralelos que lo vinculen directamente con los ejemplares Mediterráneo. Sin embargo, su diseño 164 peculiar y novedoso con toda certeza encaja en la renovación formal y estilística emprendida en la cultura material de las sociedades peninsulares del Bronce Final. Así pues, el peine de Roça do Casal do Meio no puede valorarse como una importación mediterránea inequívoca, sino posible y, en todo caso, debe considerarse como un producto de los cambios que afectan a la sociedad del Atlántico peninsular. El monumento megalítico de Roça do Casal do Meio alberga dos enterramientos (Spindler y Ferreira 1973; Harrison 2007; Soares 2014). El peine forma parte del ajuar de uno de ellos y se asocia a unas pequeñas pinzas y un anillo (lám. XXV.A), ambos en bronce. El segundo enterramiento dispone de otras pinzas, el bucle de un broche de cinturón y una fíbula ad occhio (lám. XXV.B). Además, en el monumento aparecen tres recipientes cerámicos a mano, uno de ellos con decoración bruñida externa de estilo Lapa do Fumo (lám. XXV.C), y algunos restos óseos animales, también como ajuar funerario. La fíbula, en comparación con sus paralelos sicilianos (Lo Schiavo 2010: 611­ 616 láms. 371.5299-5307, 372-374), evidencia una cronología comprendida entre los siglos X-IX a.C., si bien tampoco puede definirse como una importación procedente de la isla del Tirreno, sino como un modelo regional (Spindler y Ferreira 1973: 88-89; Almagro Gorbea 1977a: 126; Torres 1998: 114, 169-170; 2002: 127-130). La cerámica, por su parte, no permite una datación precisa, con paralelismos estilísticos y formales muy diversos durante el Bronce Final y el Orientalizante (Schubart 1971; Belén y otros 1991: 237-240; Torres 1998: 169-170; 2002: 127-130). No obstante, la fecha de esta inhumación doble ha sido objeto de controversia (Belén y otros 1991: 237-240; Belén y Escacena 1995: 108) debido, fundamentalmente, a la escasez de enterramientos en la vertiente atlántica en el Bronce Final (Ruiz-Gálvez 1987: 252; Belén y Escacena 1995: 102-111), en contraste con el Orientalizante tartésico (Torres 1999). Esta “estructura ausente” característica del mundo atlántico sirve como principal pretexto para rebajar la cronología del sepulcro al siglo VIII a.C., interpretando el peine como una introducción fenicia desde las colonias (Belén y otros 1991: 237-240), con lo que la fíbula sería un objeto antiguo. Pero estos argumentos ya no parecen sostenibles después de la publicación de dos fechas radiocarbónicas obtenidas a partir de los restos óseos humanos, proporcionando unas cronologías a 2σ de 982-828 cal. AC (GrA­ 131501: 2760±40 BP) y 1053-892 cal. AC (GrA-131502: 2820±40 BP) (Vilaça y Cunha 2005: 52 tab. 1) que confirman una cronología del Bronce Final. La filiación del peine también es polémica. El marfil del que está hecho es africano, y procede de África occidental. A pesar de que los fenicios y, en menor medida, los griegos son quienes capitalizan el tráfico de marfil africano durante el Orientalizante, lo cierto es que los análisis petrográficos efectuados sobre múltiples de piezas de marfil halladas en Iberia desde el III milenio a.C. en adelante muestran que las conexiones con África no son producto de la actividad fenicia, sino que son mucho anteriores, y que este material se importaba en bruto para elaborarse en talleres peninsulares (Schumacher y otros 2009; Schuhmacher y Banerjee 2012; López Padilla 2012; García Sanjuán y otros 2013). La decoración no apunta a ninguna región en concreto. Por tanto, parece seguro que ni por el material de fabricación ni por el dibujo el peine es vinculable al Mediterráneo. Sin embargo, la forma acodada recuerda al tipo IIIc de Buchholz (lám. XXVI) (1984-1985: fig. 16) común en el área egea. Éste es el único rasgo que permite pensar en una filiación ultramarina sólo atendiendo a la pieza en sí. 165 El yacimiento de Roça do Casal do Meio entraña otras cuestiones muy interesantes de diversa índole que en este momento no se van a abordar. No obstante, debe mencionarse que la estructura megalítica, a pesar de ser un unicum, guarda un parecido con diversos sepulcros sicilianos del Bronce Final de la isla que combinan cámara y corredor (Torres 1999: 142; 2002: 355). Las pinzas también se atestiguan en el Mediterráneo oriental a finales del II milenio a.C., aunque no son exclusivas de este espacio (Ruiz-Gálvez y Galán 2013: 47). Así pues, una filiación mediterránea del peine de Roça do Casal do Meio podría ser viable aunque con un alto grado de especulación. Parece más lógico que esta pieza se fabricara en un taller atlántico o, al menos, peninsular, si bien su novedoso diseño y su aparición en un enterramiento junto con otros objetos de estética personal deben relacionarse con las conexiones entre el Atlántico y el Mediterráneo del BF III. Mucho más fiables, en este sentido, son las demás piezas propuestas. Sus contextos de aparición y su decoración son inequívocamente protocoloniales. La decoración de los peines referidos presenta tres variantes. En primer lugar, el supuesto ejemplar de Ronda la Vieja es un fragmento cuadrado en el que no se aprecia el nacimiento de las púas y que luce una decoración de metopas con líneas verticales paralelas. En segundo lugar, las piezas de Puente Tablas (lám. XXIV.A.2), Balneario y el más dudoso de Huelva se caracterizan por su mango rectangular y por su decoración a base de círculos concéntricos y simples con punto central muy característicos. Por último, los peines de Mola de Agrés, Huerto Pimentel y Cerro de la Mora presentan un dibujo geométrico a base de bandas quebradas y filas de rombos. Los ejemplares de Huelva, Mola de Agrés y Huerto Pimentel ofrecen unos contextos de aparición muy interesantes, además de funcionar como una buena selección de las principales características del conjunto. El peine de Huelva (lám. XXIV.A.3) forma parte de un impresionante y magnífico elenco de materiales de extracción mediterránea, con predominio claro de un componente fenicio. Su cronología está comprendida entre los siglos IX y VIII a.C. por cronología cruzada y por radiocarbono (Nijboer y Van der Plicht 2006: tab. 1; Torres 2008b: 139; véase discusión en Fantalkin y otros 2011: 184-185; Bruins y otros 2011). Por tanto, esta pieza aparece un contexto claramente protocolonial, en un kārum (Aubet 2012: 230 233). El estilo decorativo del peine constituye un rasgo demarcador de su filiación mediterránea muy fiable. A los círculos concéntricos que le caracterizan se les atribuye un simbolismo relacionado con el culto solar ampliamente extendido por el Mediterráneo y Europa desde el II milenio a.C. especialmente gracias a la expansión heládica (Kristiansen y Larsson 2006: 321-337). Además de los peines peninsulares decorados con estos motivos, también se conocen otros ejemplares con este estilo que perduran hasta época prerromana como los de Cerro de las Cabezas (Valdepeñas, Ciudad Real) (Benítez de Lugo 2004: 40, 49, 52), la villa romana de Oeiras (Lisboa) (Cardoso 2011: 122 fig. 78), Cabeço de Vaiamonte (Portoalegre, Portugal) (lám. XXIV.A.4) (Alarcão y otros 1979: lám. XXXV.244)1 y en algunas fíbulas de caballito (Almagro Gorbea y Torres 1999: 70 láms. 1-11) entre otros artefactos. 1 Almagro Gorbea (1996b: 480, 482, fig. 1.2) consideró esta pieza como de época precolonial. No obstante, el conjunto de artefactos muy heterogéneos que integran el yacimiento de Cabeço de Vaiamonte carece de ­ 166 En el Círculo del Tirreno, una zona bajo fuerte influencia egea desde mediados del II milenio a.C., es donde más y mejores paralelos se conocen para los peines que lucen una decoración como el de Huelva. Derivados de los peines de tipo Terramara (Bernabò Brea y Cardarelli 1997: 348 fig. 190.2), en Fratessina (Rovigo, Italia) aparecen cuatro piezas con este estilo (lám. XXIV.B.1), aunque su morfología es muy diferente, y se fechan en el Período Protovilanoviano (ss. XII-X a.C.) (Vagnetti 1986: 210 fig. 4; Bietti Sestieri 2008: 32 fig. 22). También en la acrópolis de Lípari (Islas Eolias) aparece otro muy similar al de Cabeço de Vaiamonte, aunque su mango tiene forma trapezoidal, procedente de un contexto inicial del Ausonio II (ss. XI-IX a.C.) (Buchholz 1984-1985: fig. 43.a; Buchholz 1987: 251-252 n. 61; Vagnetti 1986: 211), y otros sicilianos como el de Plemmyrion (Siracusa), asociado a unas cuentas de vidrio y ámbar, perteneciente a la fase Pantálica I (1250­ 1050 a.C.), probablemente a sus inicios debido a las afinidades con piezas de la fase anterior en su contexto (Buchholz 1984-1985: fig. 42.c). Estos tres ejemplares tienen en común su aparición entre materiales de importación o imitación egea y también chipriota, donde también han sido detectados peines y otros objetos con una decoración similar datados en el TC IIIB (1100-1050 a.C.), como el de la tumba 6 de Enkomi (Buchholz 1984-1985: fig. 43.c) o los de la tumba 7 de Beth Shean (Israel)2 (lám. XXIV.B.2-3) (Oren 1973: fig. 41.34, 36), objetos de muy probable origen tirrénico (MacNamara 2002: 156). También en Molino della Badia aparecen varios peines con estos motivos en la fase Cassíbile I (1050-900 a.C.) (Mitileno y La Piana 1969: 243-244 figs. 13.i, 16.c, 19.l, 21.n, 22.g), y otro en la sepultura 89 de Finocchito, en la horizonte homónima (730-650 a.C.) y ya con otra forma (Orsi 1897: 165 lám. 7.16). Los principales problemas que plantea el peine de Huelva son, en primer lugar, que se encuentra en estado fragmentario y resulta difícil interpretarla como tal. La forma de mango, la factura en marfil y la decoración de circulitos son los mejores argumentos para esta interpretación. En segundo lugar, y esto es mucho más serio, en la fase más antigua del kārum onubense aparecen cientos de piezas de marfil, algunas en bruto y otras elaboradas, que revelan la existencia de un taller local (lám. XXVII.A) (González de Canales y otros 2004: 165-166 láms. XLI-XLII, LXVII-LVIII). A falta de no haberse realizado pruebas espectroscópicas sobre estas piezas, la tradición peninsular prefenicia de importaciones de marfil africano no anima a considerar el peine como una introducción oriental (Banerjee y otros 2012; Schuhmacher y otros 2009; Schuhmacher 2012). Esta hipótesis se complementa con los resultados obtenidos sobre una placa ebúrnea de Medellín (Chamón y otros 2008: 861-862), la única pieza de este material analizada del Período Orientalizante que igualmente se vincula a África. Resulta por completo inverosímil que desde el asentamiento fenicio se produzcan objetos de marfil para introducirse en el mundo tartesio y, por extensión, peninsular cuando los indígenas tienen sus propios medios y modos para hacerse con esta materia secuencia estratigráfica. Así, el peine podría pertenecer a un nivel del siglo IX a.C. como muy temprano, quizá asociándose a una fíbula de doble resorte, aunque también podría ser posterior, del Hierro I (Arruda 2008: 362). 2 Círculos concéntricos con punto central aparecen como motivos ornamentales en piezas de marfil también en Asia central y la India, como los documentados en Altyn-Depe (Aşgabat, Turkmenistán), entre el III y el II milenios a.C. (Masson y Sarianidi 1972: fig. 29.a). Este dibujo es una de las maneras en las que se representa el sol y a la divinidad solar Ra en los jeroglíficos egipcios (Castel 1999: 362-365). Este estilo, por lo tanto, se remonta mucho más atrás de los paralelos ofrecidos en el Mediterráneo, y su distribución igualmente supera los límites europeos y mediterráneos. Dentro de este ámbito también se observan motivos afine en algunas azuelas itálicas de Bronce Final y Hierro Inicial, especialmente en la región etrusca (Carancini 1984: 86-87, 96-97 láms. 91.3330-3341, 96.3394, 3395, 3399). 167 prima y tallarla. Así las cosas, la presencia del peine en el kārum no parece poder explicarse dentro el circuito de importaciones mediterráneas. En cambio, parece más lógico suponer que el taller del barrio fenicio se aprovisiona de marfil atlántico para abastecer al mercado de bienes de lujo del Mediterráneo oriental (Suter 2011). El principal inconveniente de esta interpretación es, nuevamente, la ausencia de análisis petrográficos sobre las piezas asiáticas. Parece muy aventurado pensar que los peines ebúrneos del Adriático y del Círculo del Tirreno se fabricasen en Iberia. Aunque haya evidencias más que suficientes que demuestran las conexiones entre el Mediterráneo central y la Península Ibérica durante el Bronce Final, la decoración de circulitos que exhiben los peines de Fratessina y de las islas tirrénicas parece vincularse más a tradiciones locales, continentales u orientales que a estilos atlánticos. Sin embargo, si se acepta que los peines que incluyen esta decoración hallados en el Levante proceden del Mediterráneo central, es mucho más razonable pensar que el marfil de esta región provenga de Occidente, así como la plata, el estaño y, tal vez, el ámbar. En el Mediterráneo oriental las fuentes de marfil más claras durante el II milenio a.C. son sirias, aunque Egipto también abastece de esta materia al circuito oriental actuando como intermediario de los elefantes e hipopótamos de la región del alto Nilo (Lafrenz 2004: 21-56). No obstante, en Asia occidental el elefante está prácticamente extinguido a inicios del I milenio a.C. debido, fundamentalmente, a la caza de este animal (ídem: 55), y la fragmentación de Egipto durante el Tercer Período Intermedio pudo dificultar el suministro procedente del interior de África. El hipopótamo, en cambio, se mantiene como especie proveedora de marfil en estas fechas (íd.: 25-26). Aunque los dientes de este animal sean grandes, el tamaño de los peines no favorece interpretar este origen, ya que su superficie es aún más amplia que la de los molares de los hipopótamos. Los dientes de cachalote (Schuhmacher y otros 2013) y los colmillos de elefante, empero, sí permiten la fabricación de estas piezas. Así pues, en la medida en que buena parte del comercio levantino está orientado hacia el Mediterráneo, parece acertado suponer que el marfil como materia prima se localiza en el África atlántica, con varios potenciales puntos de abastecimiento para los mercaderes fenicios y de otros grupos étnicos. Por tanto, es altamente viable que la Península Ibérica, a través del kārum onubense y de su milenaria relación con el norte de África, provea de marfil a los mercados orientales desde el BF III en adelante (Mederos y Ruiz Cabrero 2004).3 Por su parte, el peine de Mola de Agrés (lám. XXIV.A.5) aparece de forma fragmentada, imposibilitando una mayor precisión tipológica, y dentro de un revuelto de materiales en una terraza del poblado que quizá sirviese de escombrera. Pero estos materiales diversos parecen conformar un conjunto cerrado, entre los que se incluyen una fíbula de bucle, un molde para hacha de talón y anilla, restos de marfil y una cerámica con incrustación metálica (Gil-Mascarell y Peña 1994: 148). Si bien el marfil y el hacha pueden datarse en un momento temprano de Bronce Final o, incluso, de Bronce Reciente (Pascual 2012), la fíbula y la vasija deben fecharse en el BF III, entre los siglos X-IX a.C. (Torres 2001: 277-278; 2002: 135-138, 250), cronología que podría hacerse extensible para el peine, a la vista de los demás ejemplares referidos. 3 Quiero mostrar mi agradecimiento al Dr. Thomas Schuhmacher por las conversaciones que hemos mantenido a lo largo del último curso sobre la cuestión del marfil. 168 Por último y sin embargo, el ejemplar de Huerto Pimentel (lám. XXIV.A.6) proporciona un contexto que, en principio, apunta al siglo VIII a.C. Fue hallado en el estrato IV del yacimiento, donde no hay presencia de cerámica a torno, pero sí de muros rectos de adobe y piedra (Tejera 1985: 92). Si bien la ausencia de cerámica torneada apunta a un asentamiento indígena del BF III, las estructuras de muros rectos no hacen su aparición en Tartessos antes de las colonias fenicias. En yacimientos como El Carambolo (Camas, Sevilla) (Fernández Flores y Rodríguez Azogue 2010) y Castillejos de Alcorrín (Manilva, Málaga) (Marzoli y otros 2010: 158-165) visibilizan la primera arquitectura de muros rectos fuertemente influenciada por el mundo fenicio, si no diseñada y construida directamente por los propios fenicios. Estos dos yacimientos suponen ciertos problemas en cuanto a su datación y, al igual que Huerto Pimentel, en sus fases más antiguas apenas está presente la cerámica a torno. No parece que las estructuras señaladas puedan remontarse más allá de finales del siglo IX a.C., al margen de que pueda haber una ocupación previa tartesia. Por tanto, por contexto de aparición y aceptando que las estructuras de Huerto Pimentel son análogas a las de otros yacimientos tartesios bien conocidos, el peine de asentamiento lebrijano se fecha en el primer horizonte colonial (BF IIIC, 825-760 a.C.). La decoración geométrica de estos dos peines y del de Cerro de la Mora se introduce inextricablemente en la cuestión acerca del estilo geométrico en la Península Ibérica, que fundamentalmente estriba en la muy debatida influencia eubea en la colonización arcaica (Bendala 1985: 602-612; Antonelli 2006; Domínguez Monedero 2015: 14-18) y en la aún más debatida cronología asignable este estilo (Brandherm 2006; 2008b; 2008c). Cabría añadir el aspecto relacionado con el significado social de este estilo atendiendo a su aceptación y a los objetos en los que se muestra. A pesar de que el estilo de estos peines no tiene paralelos exactos, sí es fácilmente parangonable a la decoración que lucen las piezas peninsulares de la cerámica pintada de estilo Carambolo (Cáceres 1997; Torres 2002: 130-135) y de la cerámica del GM II ático y SPG III eubeo (González de Canales 2004: 82-94, 184-185; Escacena 2008: 308 fig. 5; Sánchez-Moreno y otros 2012: 75 ilu. 12). La ausencia de peines análogos fuera de Iberia en contraste con y aparición de un estilo geométrico afín en este mismo territorio permite afirmar que las piezas no son importaciones ultramarinas. Es más, los ejemplares de Cerro de la Mora y de Mola de Agrés están fabricados en marfil, y en este último yacimiento se identifica un taller de eboraria (Pascual 2012). Sin embargo, el estilo es de inspiración foránea, en concreto egeo, tal y como manifiestan las piezas del GM II y del SPG III. En definitiva, los peines con decoración geométrica peninsulares deben valorarse como producciones locales a partir de influjos mediterráneos, datándose durante el Horizonte Peña Negra I, entre los siglos IX y VIII a.C. La cronología de los peines con circulitos es más amplia y parece lógico incluirlos dentro de las mercancías introducidas por los fenicios, aunque quizá se fabricasen en Huelva. Las peculiaridades del peine de Roça do Casal do Meio sugieren que sea una manufactura atlántica fechable en el BF IIIA. 2.2. Peines de las estelas Al margen de los peines del registro material, otros ejemplares aparecen en grabadas en las estelas complejas (lám. XXVII.B) (Celestino 2001: 166-168 fig. 34; Harrison 2004: 111­ 169 112, 159-161).4 Su aparición en este soporte en un momento avanzado de la serie en el que se incluyen algunos objetos claramente mediterráneos permite considerar que los peines también se entroncan con esta tradición. Por lo tanto, en principio deben relacionarse con los ejemplares anteriormente analizados que se conservan en estado material. Como sucede con otros objetos reproducidos en las estelas, la principal dificultad para su análisis es el elevado grado de esquematismo que ofrecen los grabados. Sin embargo, algunos de los peines presentan un alto nivel de realismo que permiten un estudio minucioso, aunque en este caso no por su decoración, sino por su morfología. Así sucede con el peine de la estela de Ervidel II de acuerdo con el dibujo de Sebastián Celestino (lám. XXVIII.A.1) (Celestino 2001: 447-448; Díaz-Guardamino 2010: no. 298), equiparable al peine integrante del conjunto áureo de Caldas de Reyes con tres arcos en el dorso (Ruiz-Gálvez 1978: lám. I.B; Armbruster 1996: fig. 2 lam. 11.a). Sin embargo, para otros investigadores (Almagro Gorbea 1977a: fig. 69.2; Gomes y Monteiro 1977: fig.4 láms. VI, VII.A, 8.B; Galán 1993: fig. 24.74; Harrison 2004: 312) sólo dispone de un apéndice central (lám. XXVIII.B.2), de tal manera que se trataría de dos peines de tipología distinta. Es altamente probable que Celestino confundiera por accidente las rugosidades fortuitas de la superficie de la estela teniendo en mente el peine del depósito galaico (Celestino 2001: 167). Si se acepta la interpretación habitual, aparentemente el peine de Ervidel II perdería realismo, ya que no se conocen peines materiales en Iberia que pudieran servir como referentes para el icono. Por otra parte, si se acepta que el peine presenta una triple curvatura dorsal, implicaría un serio problema cronológico, ya que el tesoro de Caldas de Reyes se fecha tradicionalmente en un momento muy anterior al BF III – el período de levantamiento de las estelas complejas – entre otros motivos por los paralelos alpinos y nórdicos en material orgánico del Bronce Antiguo-Medio (Armbruster 1996: 63-64; 2000: 131). Así las cosas, o bien el referente se conoce ya desde mediados del II milenio a.C. y perdura hasta el BF III, o bien es necesario revisar a la baja la cronología del tesoro. No es pertinente analizar ahora la producción orfebre peninsular prerromana, pero lo más probable es que el conjunto áureo de Caldas de Reyes pertenezca a los inicios del Bronce Medio atlántico (1550-1350 a.C.) cuando se emplea por primera vez el método de la cera perdida en la artesanía del oro en la Península Ibérica.5 Sea como fuere, más allá de la tipología de los peines, la mera presencia de este artefacto en las estelas funciona como un rasgo destacable en términos cronológicos e ideológicos, ya que no figura en la serie inicial de formato básico. La diversidad formal que se observa en las imágenes de los peines abarca con seguridad cuatro posibles formas, una vez excluida la presencia de un peine triple curvatura. Los tipos valorados en este estudio son los rectangulares macizos, triangulares/semicirculares, con perforación y con apéndice central, todos ellos con una hilera de púas. El peine de la estela de El Coronil (Díaz-Guardamino 2010: no. 292) también es objeto de controversia, ya que el dibujo ofrecido por sus primeros editores (Izquierdo y López 4 Parece inaceptable la interpretación de estos objetos propuesta por A. Tejera y J. Fernández Rodríguez (2012: 92-94), quienes los consideran liras torpemente grabadas. 5 Véase el capítulo 9 sobre la cuestión cronológica y la filiación del tesoro de Caldas de Reyes. 170 Jurado 1998: fig. 2) no permite discernir si el dorso es rectangular o si tiene otra forma, tal vez un trapecio invertido. En caso de admitir esta última lectura, el peine se podría vincular a los ejemplares con muescas laterales de tipo Cruz del Negro (Aubet 1979: 29, 32 figs. 1.CN.1, 2.CN.3, 7 láms. I-II, X) presentes desde finales del siglo VIII a.C. en adelante, los cuales también aparecen en el Egeo y en Cartago, quizá como importaciones (ídem: 62-69 láms. X-XII; Buchholz 1984-1985: 98 figs. 16.IIId, 17). El tipo rectangular aparece en las estelas de Cabeza de Buey III (Díaz-Guardamino 2010: no. 264), Chillón (ídem: 278), Cortijo de la Reina I (íd.: 282), Écija I (íd.: 285), El Viso I (íd.: 293) y Esparragosa de Lares I-Castuera (íd.: 299).6 Este tipo es el más repetido en la serie iconográfica, al igual que entre los materiales del Mediterráneo y de Asia occidental, además de algunas otras regiones europeas. El dorso es recto y no se distingue ninguna decoración en él, y se corresponde con el tipo IVa de Buchholz (1984-1985: fig. 16). Su origen se remonta a mediados del II milenio a.C., siendo atestiguados en el Reino Nuevo egipcio (h. 1550-1070 a.C.) (Ashton 2011: 26-29 láms. 4-5) y también vistos en Asiria, como los de la tumba 45 de Assur, en el Imperio Medio (1365-934 a.C.) (Feldman 2006: figs. 5­ 8). El tipo rectangular macizo perdura en estas regiones y en todo el Mediterráneo (ídem: 31-34), alcanzando de esta manera la Península Ibérica tal y como prueban los peines de Puente Tablas y Cabeço de Vaiamonte, que encajan en este diseño. En las estelas de Alamillo (Díaz-Guardamino 2010: no. 241), Écija III (ídem: no. 287) y Montemolín (íd.: no. 324) se distingue un peine de dorso triangular, semicircular o acodado comparable con el de Roça do Casal do Meio. Si bien en el Egeo se observa un tipo similar (Buchholz 1984-1985: fig. 16.IIIc), el peine portugués proporciona una línea más acorde con la reflejada en los iconos, de tal manera que éstos cabría relacionarlos con producciones regionales. Resulta muy extraña la estela de Río Guadalmez (Díaz-Guardamino 2010: no. 334), ya que en ella se representan dos peines, uno de ellos rectangular, mientras que el otro, de grandes dimensiones, dispone de mango semicircular con dos apéndices laterales. Es la representación más clara de dorso curvo y que más se aleja con respecto al peine de Roça do Casal do Meio por parte de los grabados sugeridos (Murillo y otros 2005: 11 n. 12). Quizá por ello deba tenerse por un tipo diferenciado, o incluso por otro objeto, aunque se correspondería igualmente con el tipo IIIc de Buchholz de aceptar su clasificación como peine y, por ende, con una importación mediterránea, tal vez egea. Así pues, no está clara la filiación de los peines representados en las estelas de Alamillo, Écija III, Montemolín y Río Guadalmez. Más discutibles incluso resultan los tipos restantes. El peine con perforación es un tipo aparecido en las estelas de Ategua (Díaz-Guardamino 2010: no. 254) y Brozas (ídem: no. 258). Estos singulares monumentos destacan, el primero, por su complejidad estilística y narrativa, recordando a un ritual de prothesis de arraigo egeo (Bendala 1977: 193) y constituyendo uno de los ejemplares más llamativos. El peine concuerda con el de Huerto Pimentel, también con perforación y estilo similar al de esta estela. El segundo, por su parte, se describe como una estela de formato básico, con lanza, espada y 6 Las representaciones de figuras cuadrangulares con líneas paralelas en el interior aparecidas en las estelas de Torrejón el Rubio II y Capilla III no parece que puedan identificarse como peines, sino como instrumentos musicales (Celestino 2001: 175-177, 331, 374). 171 escudo, a la que se ha añadido en un momento ulterior un peine, una fíbula y un espejo.7 No parece probable que ambas estelas se levantasen en el mismo período, pero a buen seguro que ninguna de las dos se completó antes del BF IIIA. En cambio, la factura de sus equivalentes mediterráneos es anterior. El peine sículo de Plemmyrion pertenece a la fase Pantálica I (1250-1050 a.C.) y los de Atenas y Micenas en el HR IIIC (1190-1150 a.C.), mientras que los de Megiddo y Ay, en Palestina, y el egipcio de Tarkhan se retrotraen a principios del III milenio a.C. (Buchholz 1984-1985: fig. 16.IIIa) (Buchholz 1984­ 1985: fig. 16.IIIa). A la vista de estos datos, parece adecuado interpretar este tipo como un modelo de larga pervivencia, cuyos últimos representantes se ubican en la Península Ibérica. El peine con apéndice central semicircular debe considerarse con muchas reservas, ya que el excesivo esquematismo formal de la estela en la que aparece representado no permite diferenciarlo como un tipo nítido o como una alteración o grabado poco natural. En cualquier caso, podría interpretarse de esta manera el peine visto en la estela de Cabeza de Buey II (Celestino 2001: 364-365; Díaz-Guardamino 2010: no. 262), correspondiendo al tipo IVb-c de Buchholz decorado con una roseta en el centro del dorso, repartido por todo el Egeo y debiéndose datar en HR II-IIIA (ss. XV-XIV a.C.) (Buchholz 1984-1985: 129-135 fig. 16), una cronología demasiado elevada para vincularse directamente con las estelas. Más cercano en el tiempo es el peine antes citado de la tumba 6 de Enkomi (1100-1050 a. C), pero su forma difiere notablemente del ejemplar propuesto. A pesar del desfase cronológico, este tipo no debe ser descartado, ya que podría tratarse de una evidencia de continuidad en su diseño, siempre y cuando se considere como tal y no como un dorso recto. *** Como conclusión, a pesar de que el peine es un utensilio empleado desde tiempos inmemoriales en la Península Ibérica, en el BF III surgen nuevos tipos ligados a las comunicaciones con el Mediterráneo y, por tanto, al proceso protocolonial chiprofenicio. No obstante, el hecho de que la mayoría de los peines atestiguados en Iberia en este periodo sean de marfil apunta a una producción en un taller de la región. No sería de extrañar que muchos marfiles mediterráneos sean originarios del norte de África y que su circulación se articulase en Huelva. Con total verosimilitud, la decoración geométrica que muestran muchos de los peines peninsulares del BF III evidencia la transmisión de un estilo y, por tanto, de una idea, más allá de que los objetos que lo lucen. Lo mismo cabe aseverar acerca de los motivos circulares, quizá símbolos solares, de notable éxito en la cosmología y las creencias de las sociedades euroasiáticas de la Antigüedad. La aparición del peine en las estelas, su decoración y su habitual composición en marfil revelan, por un lado, un uso restringido a las élites atlánticas y, por otro, un contenido místico relacionado con su procedencia lejana, su uso ritual y una transformación en el ideal estético del guerrero (Ilíada 2.219; 4.533; 23.135, 140 ss.; Marinatos 1967: 1-19; Ruiz- Gálvez 1998b: 109). 7 De acuerdo con R. Harrison (2004: 47-50; Díaz-Guardamino 2010: 340), algunas estelas han sufrido diversas transformaciones desde su grabado inicial hasta su forma final. Añadidos como la de Brozas también se observan en las de Torrejón el Rubio I, Carmona, El Viso IV y VI. 172 El sentido simbólico del peine alcanza su cima en el Período Orientalizante (Aubet 1979; 1980: 13-22; 1981: 261-262; Torres 2002: 251-256; Le Meaux 2013). En esta época se convierte en uno de los elementos más sobresalientes de la artesanía peninsular, así como en el soporte de un nuevo estilo artístico figurativo que también se advierte en la cerámica (Buero 1984) y demás registro iconográfico, contrapunto de los relatos literarios fenicios y orientalizantes (Almagro Gorbea 2005b). 3. Espejos Los espejos más antiguos documentados en la Península Ibérica pertenecen a los ajuares funerarios del túmulo de La Aliseda (Cáceres) y de la tumba 17 de La Joya (Huelva) (Torres 1999: 62, 109; 2002: 191; Jiménez Ávila 2002: 303-304), ambos en la Época Orientalizante. Pero los primeros vestigios de este utensilio son del BF III y se identifican en algunas las estelas y en dos petroglifos gallegos (Vázquez Varela 1983: 47-48).8 Además, en el poblado alentejano de Azenha de Misericórdia (Beja) se distingue un molde probablemente para un mango de espejo (lám. XXVIII.B) (Soares 1996: 105 fig. 8; Vilaça 2013c: 408 fig. 10). El vaciado tiene una forma alargada con tres gallones similar a los mangos con tres círculos como los vistos en las estelas de Aldea del Rey I (Díaz- Guardamino 2010: no. 242) y El Viso VI (ídem: no. 297). Su contexto resulta muy impreciso, debido a que los restos localizados en el poblado son fruto de un expolio, pero todos los materiales recogidos se encuadran en Bronce Final, Hierro II y época romana. De especial interés se muestran las cerámicas bruñidas tipo Lapa do Fumo (Serrão 1959; Schubart 1971: 164 fig. 8; 1975: 138 fig. 20; Spindler y Ferreira 1973: 91-106; Almagro Gorbea 1977a: 125-126; Cardoso 1996; Soares 2005: 131-141) a las que podría estar asociado el molde, permitiendo una cronología paralela a la de las estelas (Torres 2002: 18-19; Díaz-Guardamino 2010: 399 fig. 251) y concordando con su distribución territorial. Aunque el cúmulo de imágenes resulta bastante homogéneo, ciertos detalles formales permiten establecer una tipología, pudiendo, además, combinarse entre sí (Celestino 2001: 116; Harrison 2004: 151 fig. 7.18). El resultado es el siguiente (lám. XXIX): A. Paleta  Redonda/ovalada. La mayoría de las representaciones disponen de una pala de este tipo que encuentra paralelos en buena parte del Mediterráneo desde los tiempos de la unificación de Egipto o Mesopotamia. Ejemplos: El Viso I, Capilla IV, San Martín de Trevejo, Solana de Cabañas, Torrejón el Rubio I.  Cuadrada. Con toda seguridad, el espejo de Cabeza de Buey I se corresponde con este tipo, con dos pequeños apéndices laterales, muy naturalista, y posiblemente la figura de Capilla VIII también deba valorarse como tal. Las insculturas gallegas también concuerdan con este tipo.  Rectangular. Aparece únicamente en la estela de El Viso II.  Triangular. Se trata de una forma hipotética, pero que así parece describirse la figura de la estela de Benquerencia. 8 A. Tejera y J. Fernández Rodríguez (2012: 75-79) plantean la posibilidad de que en verdad se trate de mazas u objetos para golpear, hipótesis que parece del todo errónea. 173 B. Mangos  Liso. Un alto número de espejos redondos disponen de mangos así. Ejemplos: El Viso I, Capilla IV, Solana de Cabañas, Torrejón el Rubio I.  Un círculo en el extremo. Similares a los baleáricos, así aparecen las figuras de las estelas de Zarza Capilla I, Esparragosa de Lares I, Capilla II, El Viso IV.  Dos círculos. Una forma atípica, y por ello cuestionable, quizá producto de la torpeza del grabador, vista en la estela de Cabeza de Buey III.  Tres círculos. o Simple. Ejemplos: Aldea del Rey I, El Viso VI. Tal vez también los de Capilla VIII y Magacela. o Con travesaño. Muy numerosos, una línea transversal se divisa entre la paleta y el mango. Ejemplos: Valdetorres I, Ategua, Écija I y II. Ambas clasificaciones deben matizarse. Con respecto a las paletas, muchas conocidas en torno al año 1000 a.C. son lisas, aunque algunos espejos egipcios disponen de motivos ornamentales incisos que quizá por razones técnicas no pudieron reproducirse en las estelas, quedando, por tanto, abierta la posibilidad de que los espejos representados en verdad mostrasen algún tipo de decoración. Sobre los mangos, aunque se documentan muchos espejos en el Mediterráneo con apéndice, debe considerarse la opción de que se tratase de paletas con perforaciones que llevasen adjuntos mangos de materiales orgánicos, en ocasiones tallados. Sin embargo, el molde de Misericordia deja entrever que estos mangos gallonados también pudiesen haber sido fabricaciones en metal. Con todo, estas clasificaciones adolecen de dos aspectos. En primer lugar, no permiten dibujar una secuencia temporal ni fronteras territoriales, revelando una homogeneidad cronológica y geográfica en todo el repertorio tipológico. Sin embargo, la inclusión del espejo en las estelas se produce en la segunda fase de la serie que constituye el grupo IIb de Almagro Gorbea (1977a: 169 fig. 67), en el que ya no sólo hay representaciones de armas, sino también de otros objetos de adorno, instrumentos musicales y figuras humanas. En segundo lugar, no se descubre ningún equivalente claro y preciso para ninguno de estos tipos en otras regiones donde sí se encuentran espejos en estado material, dificultado enormemente rastrear una filiación clara. Pero es este segundo aspecto el que deja ver, igualmente, dos factores clave para comprender la naturaleza de este elemento. Así, no queda duda alguna acerca de la incorporación de un mango, al margen de sus rasgos, y se observa una diversidad formal en los discos, contrastando con la uniformidad en las demás zonas donde también está presente este objeto. La profusión de iconos de espejos y su variedad tipológica obliga a reflexionar si realmente hubo tantos como los que aparecen o si, por el contrario, su representación obedece a un modelo iconográfico, disminuyendo su cantidad (Galán 1993: 52). Sea como fuere, su abundancia y diversidad también conduce a considerar un hipotético origen local a partir de otros espejos anteriores documentados en el Mediterráneo. El espejo es un objeto que cuenta con una larga tradición en los países orientales, donde se fabrican en cobre, bronce, plata y oro (Warmenbol 2007: 378-385). Los más antiguos se encuentran en Mesopotamia y en Egipto, con funciones estéticas y sagradas, tanto como integrantes de ofrendas funerarias como atributos de divinidades. 174 Los espejos mesopotámicos aparecen en el registro material, iconográfico y literario, remontándose a fines del Período Uruk, en el IV milenio a.C., y perdurando hasta época neoasiria, en el I milenio a.C. (Albenda 1985; Nemet-Nejat 1993: 163-164). Junto a la granada, este elemento es uno de los atributos de la diosa hurrita Hepat, incorporada al panteón hitita con el nombre de Kubaba y convertida en la principal deidad de la ciudad de Karkemish a partir de finales del II milenio a.C. y en época neohitita, cuando aparece en multitud de relieves y estelas (Hawkins 1981). Pero es en Egipto donde este objeto alcanza un mayor desarrollo estilístico, compartiendo duración y significado con los asiáticos (Lilyquist 1979). La forma y decoración de las paletas y los mangos de los espejos egipcios alcanzan un mayor grado de variedad que en ninguna otra cultura oriental, experimentando un período de auge durante en el Reino Nuevo (Kozloff 1984; Nemet-Nejat 1993: 164-165). Los mangos, en ocasiones de marfil, son piezas talladas pertenecientes a la escultura egipcia (lám. XXX.C). Sin embargo, es en la koiné chiprolevantina donde se descubren los espejos más antiguos equiparables o, al menos, relacionables con los ejemplares peninsulares, que son derivados de los tipos egeos del II milenio a.C., a su vez de origen egipcio (Catling 1964: 227). Los espejos chipriotas se clasifican en dos tipos, redondos con perforaciones (tipo I) y redondos con apéndice, de lengüeta o espiga (tipo II) (ídem: 224-225 lám. 40). Este segundo tipo es el más característico de la isla, apareciendo en diversas tumbas entre TC IIC y CG I (c. 1300-950 a.C.) en Enkomi, Kouklia (Calting 1964: 224-225), Kitión (Karageorghis 1974: 90) y Paleopaphos (Karageorghis 1990: 65), aunque también se encuentran en Rodas (Catling 1964: 226), pudiendo llegar a Chipre desde esta isla egea o bien desde el norte levantino (Lo Schiavo y otros 1985: 30) (lám. XXX.A). Por su parte, el tipo I encuentra su mayor concentración en el cementerio de Zafer Papuora en Knossos. En este yacimiento del MR IIIA (1400-1300 a.C.) se localizan doce ejemplares junto con tres mangos de marfil tallado (Buchholz y Karageorghis 1971: 54 fig. 626; Harrison 2004:154-155). También en las tumbas 7 y 12 de Dendra (Argólide) aparecen sendas piezas de iguales características, fechándose en el HR IIIB y el HR II-IIIA respectivamente (Buchholz y Karageorghis 1971: 54 figs. 630, 632). Los espejos de las tumbas 114-118 en Deir el-Balah (Gaza) (Dothan 1979: 23, 72) son los más antiguos levantinos a la vez que coetáneos a los más antiguos mesopotámicos y egipcios. Sin embargo, es a finales del II milenio a.C. cuando irrumpe el modelo común del Mediterráneo. Es entonces cuando se ven los dos tipos, igualmente, siendo el segundo el más extendido, y quedan testimoniados en diversas tumbas de Gezer y Tell es-Saidiyeh, así como en Megiddo y en el depósito de Tel Jatt (Artzy 2006: 65-66). Los dos de Megiddo fueron descubiertos en el estrato VIA, compartiendo materiales cerámicos con Tel Jatt. Este depósito se a finales del s. XI a.C. o a mediados del X a.C. (Artzy 2006: 70), y es resaltable que en él también se documenta un cuenco de tipo Berzocana. Los espejos extrapeninsulares más cercanos se documentan en las Islas Baleares (Delibes y Fernández-Miranda 1988: 128-130). Los cuatro espejos baleáricos – Lloseta (lám. XXX.D) (ídem: 39 fig. 15), Son Juliá (íd.: 36 fig. 14) (ambos en Mallorca), Son Barranc d'Algendar (Menorca) (íd.: 65, 67 fig. 30.1) y la cueva de Mussol (Lull y otros 1999: 121 fig. 2.24) – carecen de paralelos exactos en las estelas, aunque lo cierto es que guardan un parecido razonable, analogía que ya advertida por Almagro Basch (1966a: 188) hace décadas. Se ajustan con el tipo II de lengüeta, siendo elaborados en bronce, y mostrando una placa transversal o semicircular en el extremo inferior del mango, 175 constituyendo su rasgo más singular. El espejo del depósito de Lloseta se asocia a diversos materiales de tipología controvertida, que apuntan a fechas de finales del II milenio a.C. o inicios del siguiente, así como el hábitat naviforme en el que fue hallado el espejo de Son Juliá, todo lo cual parece indicar que su producción y, por extensión la del espejo menorquín, se ajusta a una fase antigua del Período Talayótico o bien a un momento final o de transición del Bronce Naviforme, entre los siglos XI y X a.C. (Salvá y otros 2002: 208-209, 212-213). Sin embargo, los que pueden haber servido como referencia para los representados en las estelas se localizan en el Círculo del Tirreno (lám. XXX.B) (Lo Schiavo y otros 1985: 28­ 30 fig. 11). En Sicilia aparecen el cementerio de Pantálica Norte tres discos con perforaciones (tipo I de Catling), otro con lengüeta (tipo IIa) y un cuarto que añade una espiga (tipo IIb), más restos de espejos fragmentados imposibles de clasificar. También en Cerdeña aparecen dos espejos que presentan lengüeta, uno en Grotta Pirosu-Su Benatzu y otro de contexto desconocido. En el depósito de bronces de Lípari se conoce una pieza plana, fragmentada y, sin clasificación posible que podría interpretarse como los restos de un espejo (Bernabò Brea y Cavalier 1980: 780 lám. 315.283). A estos ejemplares se les debe sumar el hallado en la tumba 77 de Poggio Selciatello de Tarquinia, de tipo I, probablemente de origen egeo, en un entorno protovilanoviano y sin guardar coherencia temporal ni formal con los espejos etruscos, más tardíos y de minuciosa factura, auténticas obras de arte (Hencken 1968: 533 fig. 35.b). Los espejos sículos y eolios corresponden al Horizonte Pantálica I o final del Ausonio I (1250-1050 a.C.), mientras que los sardos son más confusos debido a sus contextos. En Grotta Pirosu se conocen materiales de diversas épocas, pero la presencia de un trípode de varillas indica una fecha de muy a finales de siglo XI a.C. como terminus post quem (Lo Schiavo y otros 1985: 42; Matthäus 2001; MacNamara 2002), mientras que la fíbula de doble resorte señala el límite más reciente en el siglo VIII a.C. o, quizá, finales del IX. Parece lógico, aunque no defintivo, que la cronología del espejo de Grotta Pirosu encaje en el siglo X a.C., así como el de Tarquinia, mostrándose coherente con la cronología la sugerida para los ejemplares chiprolevantinos. Además de los mencionados, existen en Italia otras posibles analogías con los de las estelas, curiosamente también conservados como representaciones y no en estado material. Se trata de las paletas reproducidas en los abrigos del Valcamónica (Ferri 1972; Anati 1964: 201-210) (lám. XXXI.K) y el relieve en una sítula cineraria hecha en bronce, perteneciente a la tumba 68 de Certosa (Bolonia) (Stary 1979: fig. 4.c), con la particularidad de ser los únicos posibles paralelos con la paleta de forma cuadrada, además de disponer algunos dibujos de remates similares a los baleáricos. Estas imágenes muestran claras correspondencias con los petroglifos galaicos de Portela de Laxe (Cotobade, Pontevedra) y Matabois IV (Campo Lameiro, Pontevedra) (lám. XXXI.A-J) (Peña y Vázquez Varela 1979: 95-98). La sítula se fecha sin inconvenientes en el siglo VI a.C., aunque su deposición se produjo a inicios o mediados del siglo V (Cherici 2008: 187-188). Las paletas de Valcamónica y las galaicas, en cambio, tradicionalmente se sitúan entre el Bronce Final y el Hierro Inicial. Por tanto, este objeto pudo perdurar desde finales del II milenio a.C. hasta mediados del I milenio a.C. No resulta seguro identificar estas representaciones como espejos, ya que ni sus contextos ni sus paralelos ofrecen indicios suficientes para definirlos. El ejemplar de la sítula parece un elemento de ofrenda o, en cualquier caso, un componente de un 176 ambiente ritual, tal vez una procesión, permitiendo entender este objeto como un espejo para un ajuar funerario o bien como un elemento liminal, poniendo en contacto un mundo tangible con otro imaginario. Más difícil de interpretar resultan los grabados rupestres de Valcamónica y del noroeste, ya que aparecen en un entorno de individuos armados en disposición de combate, caza o danza, telares y animales, de tal manera que si bien recuerdan por su morfología a los espejos cuadrangulares de las estelas, no pueden por su contexto definirse como tales con nitidez. En cualquier caso, parece más apropiado entender estos posibles espejos no como objetos de tocado, sino con otras funciones imprecisas relacionadas con otras funciones y ámbitos, tales como el envío de señales en la caza o algún otro ritual. Como conclusión, parece que lo más adecuado es fechar el comienzo de los espejos grabados en las estelas entre finales del siglo XI y el X a.C., prolongándose durante los siglos IX y VIII, a la luz de las cronologías propuestas para sus paralelos como también por los contextos iconográficos en los que aparecen, con espadas en lengua de carpa, peines, fíbulas y otros objetos que permiten fijar el levantamiento de las estelas a partir del BF IIIA. Esta época coincide, igualmente, con la de mayor producción de espejos en la Península Ibérica, atravesando una época de esplendor y transformaciones profundas. En los mundos celto-británico (Joy 2008), etrusco (Corpus Speculorum Etruscorum) y griego (Congdom 1981), la proliferación de espejos será más tardía y sus manufacturas más barrocas. La filiación de este elemento debe buscarse en los ejemplares tirrénicos y, en menor medida, en los chiprolevantinos, tipológicamente más próximos, y asociados a otros elementos comunes en este período en estos territorios. No obstante, no debe descartarse una producción local para la mayoría de los espejos peninsulares, respondiendo a estímulos exteriores, a la vez que satisfaciendo las crecientes necesidades de las élites que viven en este momento una etapa de transformación cultural y estética. 4. Fíbulas Las fíbulas se introducen en la Península Ibérica en el Bronce Final. Desde entonces, estos objetos se convierten en uno de los elementos más sobresalientes del repertorio arqueológico con motivo de su heterogeneidad estilística y de su abundancia. La diversidad, proliferación y dilatación temporal de estos artefactos facilita el descubrimiento de las redes de intercambio, así como afinar su periodización. Estos motivos convierten a las fíbulas en un elemento de máxima importancia para el estudio arqueológico de la Protohistoria en Iberia (Almagro Basch 1957-1958; 1966b; Cuadrado 1963; Schüle 1969: 175 ss.; Coffyn 1985: 255; Argente 1986-1987; Ruiz Delgado 1989; Storch de Gracia 1989; Argente 1994; Da Ponte 1999; 2002; 2006; Celestino 2001: 185-210; Carrasco y Pachón 2006a; Carrasco y otros 2012; 2013). En este apartado se valoran las más antiguas de la serie, las que alcanzan el territorio peninsular en época pre- y protocolonial desde el Mediterráneo y también las que sirven como indicios de los contactos ultramarinos. Para ello se van a agrupar según su tipología en familias, comprendiendo tanto los ejemplares reales como los iconos de las estelas (lám. XXXII). A continuación, y debido a la complejidad de estos objetos, se va a desarrollar una breve síntesis acerca de su origen y evolución. 177 4.1. Tipología, filiación y cronología 4.1.1. Fíbulas de arco de violín evolucionado También llamadas fíbulas de arco de violín asimétrico, su rasgo principal consiste en un puente ligeramente oblicuo con respecto a la aguja. Se conservan dos ejemplares de este tipo en Iberia. El primero se localiza en el Cerro de El Berrueco (Salamanca) (lám. XXXIII.A.1) (Delibes 1981), cuyo puente se eleva sobre la espira – fíbula de tipo de puente sobreelevado – y exhibe una decoración geométrica incisa que recuerda a los motivos de los torques de tipo Berzocana. La fíbula se integra en un interesante y riquísimo lote de artefactos descontextualizado debido a la remoción del suelo, de tal suerte que resulta harto difícil fijar una secuencia precisa para las distintas piezas, que se extienden desde la Edad del Cobre hasta época romana (Morán 1924). El segundo ejemplar procede del cementerio de Los Pajares (Villanueva de la Vera, Cáceres) (Celestino 2001: 204 fig. 51) y se caracteriza por su forma de lira – motivo por el cual se corresponde con el tipo Peschiera –, su acabado liso y su sección cuadrangular. En la medida en que esta última carece de datos fiables acerca del contexto de aparición y que todos los materiales del yacimiento pertenecen al Período Orientalizante (Celestino 1999), es preferible considerarla como un caso hipotético.9 La fíbula del Cerro de El Berrueco no dispone de paralelos exactos, aunque sí se conocen piezas análogas repartidas en diferentes áreas geográficas. Los mejores referentes y más cercanos geográficamente se documentan en Sicilia, región con conocidas conexiones con la Península Ibérica en la Edad del Bronce y, en general, durante toda la Protohistoria (Bernabò Brea 1953-1954; Albanese Procelli 2008). Ejemplares de arco evolucionado y con el puente elevado se registran en la tumba 15 de Monte Dessueri (Caltanissetta), en Madonna del Piano (Catania) y dos en Molino della Badia, una de estas última, además, con decoración geométrica, y todas ellas fechadas en la fase más antigua del Horizonte Pantálica I (1250-1050 a.C.) (lám. XXXIII.A.3-6) (Lo Schiavo 2010: 606-607 lám. 369.5283-85.B). Sin embargo, el puente de estas piezas es claramente más alto que el del ejemplar del Cerro de El Berrueco. Otras fíbulas del Mediterráneo central asignables a esta familia con decoración geométrica y nódulos en el puente se localizan en el sur de Italia, en los cementerios de Torre Mordillo (Cosenza), Broglio di Trebisacce (Cosenza) y en la tumba 177 de Timmari (Matera), las tres pertenecientes a la misma época (Lo Schiavo 2010: 89-90 lám. 2.16-18). En definitiva, la inexistencia de paralelos exactos no impide crear un vínculo estrecho con otras piezas. Los ejemplares citados del Círculo del Tirreno sirven de prototipo para la pieza salmantina, quedando desvelada su naturaleza mediterránea. La cronología alta de las fíbulas de arco de violín asimétrico se corresponde con otros materiales presentes en el conjunto del Cerro de El Berrueco como las cerámicas de Cogotas I (Morán 1924), cuya cronología abarca un período muy dilatado a caballo entre el II y el I milenios a.C. Además, la fíbula no es el único objeto de extracción tirrénica integrante del depósito, del que también forma parte una azuela de apéndices laterales fabricada en hierro (Morán 1924: 22 fig. 1.13B; Almagro Gorbea 1993: fig. 1.4) que tiene un origen anatólico o levantino e igualmente de época precolonial. 9 A pesar de que la fíbula de Los Pajares queda descartada en este análisis, conviene apuntar que en la tumba 74 de Enkomi, probablemente de muy a finales del Período Tardochipriota, se conoce un ejemplar que muestra una innegable afinidad tipológica con la extremeña (Blinkenberg 1926: 54 fig. 2; Giesen 2001: 42 lám. 4.15). 178 4.1.2. Fíbulas de codo Estas fíbulas derivan de las de arco de violín evolucionado. Se definen por su puente ondulado, en el que se aprecia un pliegue o codo de variable grado de cierre y situación en el puente, dejando éste dividido en dos brazos. Forman una de las familias más numerosas del Bronce Final peninsular, y son las más significativas por sus implicaciones culturales. Sus varios tipos – Cassíbile II, Cassíbile III y de antenas – y subtipos evidencian un tupido tejido de interrelaciones y pluralidad de talleres de fabricación. El tipo Cassíbile II10 se describe por su sencillez estructural, con el codo situado en un lateral del puente. En la Península Ibérica tan sólo se conoce un ejemplar de este tipo, conservado en el Museo de Valencia (lám. XXXIII.B.1) (Almagro Basch 1966b: fig. 3.7), con ambos brazos ornamentados mediante incisiones geométricas. Dado que el codo no es muy pronunciado, tal vez se trate de un modelo transicional entre las de arco de violín evolucionado y el resto de fíbulas de esta familia. Nuevamente es en Sicilia donde se descubren los paralelos más cercanos y afines, bien lisos o con una técnica decorativa similar consistente en líneas paralelas o quebradas. En el cementerio de Molino della Badia aparecen cuatro ejemplares (lám. XXXIII.B.2-5) (Lo Schiavo 2010: 593-594 lám. 360.5187-88, 5190, 5194), uno de ellos con el codo muy pronunciado, más otra fíbula de este tipo en la tumba 11 de Cassíbile (ídem: lám. 360.5196). También en Lípari se documenta un ejemplar análogo (ídem: 593 lám. 360. 5191). Otro subtipo muy similar incluye el puente torsionado (ídem: 591-592 lám. 359), y todos ellos se fechan a principios del Horizonte Cassíbile (1050-900 a.C.). Más controvertido resulta el tipo Cassíbile III. Éste tiene la aguja recta y el codo en un lateral, muy acentuado y cerrado, de tal manera que se destacada con nitidez del resto del puente. En la Península Ibérica se registran cuatro ejemplares de este tipo que se clasifican en tres grupos por criterios estilísticos: A. Presencia de estrías. El primer subtipo lo componen dos fragmentos hallados en Andalucía. El primero se halla en la Ría de Huelva (lám. XXXIII.C.1) (Almagro Basch 1957: fig. 1.10; 1957-1958: fig. 2), ornamentado mediante estrías y cuyo estado de conservación no permite describir más detalles. No obstante, su asociación a otras fíbulas de este tipo en el depósito aboga por su consideración como un ejemplar del tipo Cassíbile III. Igulamente, en el hábitat de Las Agujetas (Pinos Puente, Granada) aparece un fragmento estriado de forma y tamaño similar al de la Ría de Huelva (lám. XXXIII.C.2) (Carrasco y otros 2013: 38-39 fig. 1.8), motivo por el cual parece correcto incluirlo dentro del tipo Cassíbile III. B. Ausencia de decoración. El segundo grupo lo integran una de las fíbulas halladas en Los Concejiles (lám. XXIV.A.1) (Lobón, Badajoz) (Vilaça y otros 2012b: 148-150 figs. 18.1; Carrasco y otros 2013: 42-43 fig. 3.8) y otra de La Muralla (lám. XXIV.A.2) (Valdehúncar, Cáceres) (Barroso y González Cordero 2007: 17, 22-23 fig. 5.11), caracterizadas por la falta de decoración. C. Presencia de incisiones. En el tercer grupo está compuesto por las fíbulas que lucen una decoración de incisiones. Lo componen la segunda de las piezas Los Concejiles 10 Según la denominación de M. Almagro Basch (1957-1958: 200). Cassíbile III igualmente es una denominación del mismo autor. 179 (lám. XXIV.A.3) (Vilaça y otros 2012b: 148-150 figs. 18.2, 19; Carrasco y otros 2013: 42­ 43 fig. 3.7) más la del Cerro de la Muralla (lám. XXIV.A.4) (Alcántara, Cáceres) (Esteban 1988: 283 fig. VII.7 lám. VI). El fragmento de fíbula ubicado en la Ría de Huelva marca la pauta para el análisis del tipo Cassíbile III, ya que dispone de un mejor contexto para establecer su datación. En primer lugar, porque entre los materiales que componen el conjunto se encuentran diversos ejemplares de espadas y puñales de lengua de carpa (Almagro Basch 1940: 86 fig. 1; Mederos 2008c; Brandherm y Moskal del Hoyo 2010; 2014), así como un casco de tradición urártica (Ruiz-Gálvez 1995: 218 lám. 19.4), lo que apunta a una fase avanzada del Bronce Final Atlántico. Además, los resultados obtenidos de las dataciones radiocarbónicas sobre muestras de madera pertenecientes a este conjunto indican una cronología comprendida entre los siglos XIII-IX a.C.11 Esta horquilla temporal parece muy amplia para la serie de objetos integrantes del depósito, ya que la uniformidad tipológica indica que fueron hundidos en un único momento o, al menos, durante una etapa muy corta, quizá dos generaciones. Es cierto que tal vez los elementos de la Ría de Huelva pueden pertenecer a varias etapas del BF III, pero en ningún caso apuntan a una fecha anterior al siglo XI a.C. Así, un rango centrado entre los siglos XI-X a.C. resulta más factible (Ruiz-Gálvez 1995: 79 fig. 15; Torres 2008b: 136-137), correspondiendo al BF IIIA. Al margen de la fíbula en cuestión y del casco, en el depósito se identifican otros elementos de extracción mediterránea como la pieza de hierro y los arreos de caballo (Ruiz-Gálvez 1995: 129­ 135), revelando la importancia de las relaciones con el Mediterráneo para las comunidades tartesias de esta época. En el Sicilia y las Eolias es donde aparecen las fíbulas con el codo más pronunciado. Un gran número de ejemplares de estas características se halla en los cementerios de Cassíbile, Madonna del Piano, Molino della Badia, las tumbas 57, 69 y 74 de Monte Dessueri, Lípari y Castelluccio (Ragusa) (lám. XXXIII.C.3-6) (Lo Schiavo 2010: 595-601 láms. 361.5199-367.5269). Este conjunto dispone de los mismos o similares motivos ornamentales que presentan sus paralelos peninsulares. Todo el conjunto se fecha a inicios de los Horizontes Cassíbile/Ausonio II, lo que implica una correspondencia con la cronología propuesta para el depósito de la Ría de Huelva, muy probablemente en un momento temprano del BF IIIA. Una de las fíbulas mencionadas, la del Cerro de la Muralla, muestra una decoración singular, consistente en pequeñas marcas hundidas a lo largo de todo el puente que le otorgan una apariencia de oruga. Por ello, parece acertado considerarlo como un modelo intermedio entre el tipo Cassíbile III y el siguiente en la serie, el subtipo Ría de Huelva, ya fabricado en la Península Ibérica. La producción regional de este último subtipo unido a la singularidad de la fíbula del Cerro de la Muralla supone que ésta ha sido fabricada en un taller peninsular. A partir de la llegada del tipo Cassíbile III a la Península Ibérica surgen varios derivados en este territorio de codo lateral y de codo central (Carrasco y Pachón 2006b; Carrasco y otros 2013; 2014), también en BF III, que 11 Los resultados, con un intervalo de confianza de 2σ, son los siguientes (Almagro Gorbea 1977a: 524-525; Mederos 2006: tab. 1): CSIC-202: 2830±70 BP: 1255-901 cal. AC; CSIC-203: 2820±70 BP: 1210-826 cal. AC ; CSIC­ 204: 2800±70 BP: 1206-810 cal. AC; CSIC-205: 2810±70 BP: 1208-815 cal. AC; CSIC-206: 2820±70 BP: 1210-826 cal. AC; y CSIC-207: 2820±70 BP: 1210-826 cal. AC. 180 evidencian la plena asimilación de estos complementos a las maneras de vestir en algunas regiones ibéricas. Por último, en las estelas aparecen representadas unas figuras que parecen ser clasificables como fíbulas de codo (Celestino 2001: 185-210). No hay ninguna clave que facilite su precisión tipológica, ni tampoco es identificable su decoración pero, a cambio, permiten fechar las estelas en las que aparecen en el BF IIIA. Éstas son las siguientes: Alamillo (Díaz-Guardamino 2010: no. 241), Brozas (ídem: no. 258), Ervidel II (íd.: no. 298), Las Herencias I (íd.: no. 316), Monte Blanca-Olivenza (íd.: no. 322), San Martinho II (íd.: no. 338) y Torrejón el Rubio I (íd.: no. 343). Más dudosas son las figuras triangulares aparecidas en las estelas de Ategua (íd.: no. 254), Cabeza de Buey I (íd.: no. 262), Écija III (íd.: no. 282), Esparragosa de Lares I (íd.: no. 299), Quintana de la Serena (íd.: no. 332), Salvatierra de Santiago (ídem: no. 336) y Solana de Cabañas (íd.: no. 341), si bien resulta verosímil interpretarlas también como fíbulas de codo. La fíbula es un elemento que se incorpora al repertorio iconográfico después de un primer grupo de estelas que únicamente disponen de escudo, lanza y espada, el equipo básico (Harrison 2004:105-107; Mederos 2012: 425-430). La inclusión de este elemento permite especificar un marcador cronológico entre las estelas más simples y aquéllas más complejas que no sólo disponen de estas fíbulas, sino de otros elementos oriundos del Mediterráneo, como carros, peines y espejos. El tercer tipo de fíbulas de codo se caracteriza por incluir en su puente dos pequeños apéndices o antenas, y que aparecen tanto en el registro material como en el iconográfico de la Península Ibérica. La única fíbula de antenas peninsular se corresponde con un ejemplar conservado en el Museo Arqueológico Nacional, cuya procedencia se presume de la provincia de Soria o de la de Guadalajara (Almagro Basch 1966b: fig. 3.6) (lám. XXXIV.B.1). No constan noticias de su hallazgo ni de su contexto, sólo pudiendo añadirse que carece de decoración y que su estructura recuerda a la de una fíbula de tipo Cassíbile II. De la cúspide del codo salen dos antenas rematadas por un botón cada una. Otra fíbula de similares rasgos se distingue en la estela de Torrejón el Rubio II (lám. L.B.2) (Díaz- Guardamino 2010: no. 204), grabada junto a un antropomorfo que luce una diadema y un cinturón, más otro objeto dudoso interpretable como un peine o, con mayor acierto, como un calcofón. Los únicos paralelos de estas piezas se documentan en Sicilia e Italia. Correspondientes al tipo ibérico son las tres piezas localizadas en la necrópolis de Madonna del Piano, en Castelluccio y en la tumba 181 de Torre Galli (Vibo Valentia) (Albanese Procelli 2008: 411; Lo Schiavo 2010: 605 lám. 368.5279.F-80) (lám. XXXIV.B.2-5). Se ornamentadas con incisiones o estrías y se fechan en el Horizonte Torre Galli (950-850 a.C.). Así, las fíbulas de antenas peninsulares poseen claros paralelos en el Mediterráneo central, lo que aboga por suponer un origen exterior. La fíbula de Castelluccio es la que mejor se data en el siglo IX a.C., fecha aceptablemente extrapolable al resto de los ejemplares de este tipo. Esta datación queda respaldada por el dibujo del calcofón de la estela de Torrejón el Rubio II, puesto que estos instrumentos también están presentes en el Círculo del Tirreno en este momento (Colelli y Fera 2013).12 12 Véase el apartado 3.2 del capítulo 7 sobre los calcofones. 181 http:2013).12 Existe, además, una variante de fíbulas de antenas que por sus rasgos tan específicos debe considerarse como una familia diferenciada. Se trata de las fíbulas zoomorfas, aparentemente derivadas de aquéllas y no presentes en el repertorio peninsular pre- y protocolonial. En Monte Dessueri (lám. XXXIV.C.1) (Lo Schiavo 2010: 606 lám. 369.5281) se documenta una pieza lisa, hecha de una sola pieza y su vértice se asemeja a la cabeza de un cánido, en el que las orejas son sustituidas por antenas. El ejemplar de Priolo (Siracusa) (lám. XXXIV.C.2) (Lo Schiavo 2010: 606 lám. 369.5282), en cambio, muestra una decoración incisa de líneas paralelas, está hecha en dos piezas y el vértice parece la cabeza de un bóvido de prominentes cuernos. Esta segunda pieza podría ponerse en relación con la fíbula zoomorfa de Aloni (Creta) (lám. XXXIV.C.3) (Sapouna- Sakellarakis 1978: 41 lám. 3.50), también de dos piezas, cuya singularidad radica en su elegante forma de equino y algunos detalles en su decoración que evocan a estos animales. 4.1.3. Fíbulas de arco curvo Se trata de un tipo muy sencillo a nivel formal que se caracteriza por un puente semicircular, de manera que no se distinguen brazos en él. Al contrario que en el resto de los casos, los vestigios de este tipo en la Península Ibérica se conocen, principalmente, por las representaciones en las estelas. Sin embargo, en el Museo de Alcácer do Sal (Setúbal, Portugal) se registran otras dos fíbulas de esta familia sin contexto ni noticias de su aparición, aunque atribuidas a la necrópolis de Senhor dos Mártires sito en esta localidad (Da Ponte 1985: 139-140 figs. 1-2; 2006: 424-425). Los grabados de este tipo de fíbula se observan con cierta incertidumbre en las estelas de El Viso I (Díaz-Guardamino 2010: no. 293), El Viso VI (íd.: no. 297), Salvatierra de Santiago II (íd.: no. 336) y Valencia de Alcántara III (lám. XXXV.A) (íd.: no. 352), siendo esta última la más clara pero también incompleta debido a la fractura del monumento. Los grabados de las otras dos referibles como fíbulas de codo son semicircunferencias con el diámetro prolongado, de manera que no se identifica el resorte. Las cuatro estelas poseen rasgos que las convierten en piezas singulares. La estela de El Viso I incluye dos antropomorfos astados y una figura zoomorfa, aunque no aparece carro ni escudo. La de El Viso VI presenta un escudo radial, lo que lo convierte en un ejemplar único. El antropomorfo representado es una figura astada que parece lucir pendientes, un atributo único en este tipo de figuras. Las estelas de Valencia de Alcántara III no presentan antropomorfos, pero tampoco encaja con las estelas de formato básico ni con aquellas que presentan añadidos, a pesar de estar las dos fracturadas. La de Valencia de Alcántara III Incluye una representación de lo que parece ser un casco crestado, un espejo y, quizá, una espada, mientras que la de Salvatierra de Santiago II tal vez esté acompañada por una espada. Ante tales rarezas, no cabe afirmar con seguridad que los iconos en cuestión sean fíbulas, si bien su interpretación como ejemplares de arco curvo es lo más viable. Al igual que sucede con las representaciones de fíbulas de codo, no se distingue ninguna decoración en concreto que permita identificar alguna variante de este tipo, aunque en la imagen de Valencia de Alcántara III, debido a sus grandes dimensiones y su nitidez, parece reproducir fielmente un modelo de arco delgado sin molduras ni nódulos. La de Salvatierra de Santiago II tiene una apariencia similar, también muy grande y con dos líneas de arco en la parte que parece el puente. 182 Fuera de la Península Ibérica, este tipo se encuentra en diferentes regiones mediterráneas y continentales. De hecho, es el tipo más extendido y, por tanto, uno de los más cuantiosos. Las analogías más inmediatas se localizan, una vez más, en Sicilia, donde se cuentan por centenares (Bietti Sestieri y MacNamara 2007: láms. 59-61; Lo Schiavo 2010: 94-174 láms. 3.31-69.677). Algunas de las más tempranas se documentan en los cementerios de Catagirone (Catania) y Monte Dessueri (Lo Schiavo 2010: 95 lám. 3.32-33), a las que se asigna una cronología de inicios del Horizonte Pantálica I (1250 1050 a.C.). En la transición hacia el Horizonte Cassíbile se documentan, por ejemplo, el lote de este tipo localizado en la necrópolis de Pantálica Norte (Siracusa) (ídem: 112-114 láms. 13.98-15.124) y ya en la plenitud de este período las fíbulas de arco curvo de Molino della Badia, de las tumbas 1, 6, 7 y 46 de Madonna del Piano y de la tumba 70 de Cassíbile (lám. XXXV.B) (íd.: 117-119 láms. 21.164-22.176). Con respecto a las fíbulas portuguesas, ambas tienen el arco engrosado y decorado con motivos geométricos incisos, además de dos espiras en el resorte. Una de ellas (Alcácer-1) (Schüle 1969: 153 lám. 109.22; Da Ponte 2006: 111-116) claramente pertenece al tipo de sanguijuela, con el arco muy grueso (lám. XXXVI.B.1),13 mientras que la otra (Alcácer-2) (Da Ponte 2006: 116-120), de menores dimensiones, tiene un contorno ligeramente cuadrangular debido a la verticalidad del puente a la altura del pie y del resorte (lám. XXXVI.A.1). Debido a que no tienen contexto de aparición conocido, es necesario mirar al exterior para determinar su cronología y, de paso, su filiación. La mayor presencia de fíbulas de arco engrosado se produce el eje alpino-itálico. Empezando por las más meridionales, las fíbulas afines al ejemplar Alcácer-2 conforman el conjunto más numeroso dentro de la familia de arco curvo, especialmente en las regiones calabresa y campaniense (Lo Schiavo 2010: 128-174 láms. 28.250-69.677). De ellas, quizá la más similar a la fíbula Alcácer-2 sea la ubicada en la tumba Osta 33 de Cumas (Nápoles) (lám. XXXVI.A.2) (ídem: 174 lám. 69.677), también ligeramente cuadrangular, a la que se asigna una cronología de I Fe 1B/Horizonte Torre Galli II (s. IX a.C.) (íd.: 171). Las fíbulas de sanguijuela también disponen de una cuantiosa representación en el sur itálico, destacando las concentraciones de Capua (Caserta), Cumas y Suessula (Caserta) (Lo Schiavo 2010: 260-276 láms. 128-134). En este último lugar, sin contexto determinado, se documentan los dos mejores paralelos para la fíbula de Alcácer-1 tanto por su forma como por su decoración, y se fechan igualmente en la primera mitad del siglo VIII a.C., en la Fase Veyes IIB (lám. XXXVI.B.2-3) (ídem: 276 láms. 133.1648, 134.1650). En el norte de Italia aparece una mayor variedad si cabe de estas fíbulas, especialmente las de tipo Alcácer-2. De todos los múltiples hallazgos conocidos en esta región, en el cementerio de Este (Padua) se identifican las más similares de este tipo, igualmente fechados en el siglo VIII a.C. (lám. XXXVI.A.3-4) (Eles Masi 1986: 66 láms. 37.565-38.575). Por último, en el sur de Francia también se documentan fíbulas de arco engrosado, en especial del tipo de sanguijuela (Duval y otros 1974: 15-21). En esta área son los 13 Se tiene referido la existencia de una fíbula de sanguijuela en el yacimiento del Castillo de Arraiolos (Évora, Portugal), aunque no se ha aportado nunca más información sobre la misma (Arruda 2008: 363). ­ 183 ejemplares de Aviñón (lám. XXXVI.B.4) (ídem: 21 fig. 11.3) y de Isère (íd.: 21 fig. 11.5) los más similares a la fíbula Alcácer-1. En el Museo Etnográfico y Arqueológico Dr. Joaquim Manso portugués se conserva otra fíbula de arco perteneciente a un tipo distinto a las anteriores (Da Ponte 1984: 89-91 fig. 1; 2006: 120-123, 425) y, como las anteriores, las referencias sobre su lugar de aparición son muy escuetas, únicamente indicando que procede del castro de Las Pirreitas (Leiría). Por tal motivo es necesario una vez más guardar prudencia sobre su adquisición por parte del museo. La fíbula en cuestión es de tipo de arco engrosado y disco (lám. XXXVII.A.1), muy similar a las de Alcácer do Sal con el añadido de una placa circular plana en la prolongación del pie sobre la que descansa la aguja. La chapa está decorada con dos esvásticas y dos cuadrados incisos, más otras líneas y puntos igualmente incisos en el borde, mientras que el arco presenta molduras. El resorte está compuesto por cuatro espiras. Este tipo tiene una representación muy abundante en el sur de Italia, en particular en los cementerios de Pontecagnano y Sala Consilina, ambos en Salerno, por lo que parece lógico que se trate de su área originaria (Lo Schiavo 2010: 180-193, 244-255, 276-278 láms. 71.691-84.790, 106-120, 135.1653-136.1675). No se reconoce ningún ejemplar idéntico al de Las Pirreitas, si bien el disco de dos de las fíbulas afines de la tumba 580 de Pontecagnano es sorprendentemente similar (lám. XXXVII.A.2-3) (ídem: 188 lám. 80.750­ 751). Esta tumba se fecha igualmente en el I Fe 1B (s. IX a.C.) (íd.: 189). Así pues, las fíbulas de arco curvo más antiguas de la Península Ibérica entraron en este territorio en el BF III, quizá en el Horizonte Peña Negra I. De la serie peninsular, si acaso pueden considerarse como fíbulas las representaciones de las estelas de Valencia de Alcántara III, El Viso I y El Viso VI, éstas serían las primeras, presumiblemente con forma delgada y sin nódulos en el puente. En cambio, la supuesta fíbula de la estela de Salvatierra de Santiago II podría representar un ejemplar de tipo sanguijuela. Por su parte, las de arco engrosado también son controvertidas, toda vez que el desconocimiento de noticias sobre su ingreso en el Museo de Alcácer abre la puerta a la opción de tráfico de antigüedades o de una adquisición moderna. En el caso de aceptar que se trata de hallazgos originales en territorio portugués, las fíbulas aparecieron en los comienzos de la época colonial, quizá venida desde el sur de Italia o, quizá, por el Atlántico. La escasa presencia de esta familia en la Península Ibérica contrasta con su voluminosa proliferación a lo largo de un territorio tan vasto como Europa y Asia occidental. Por todo ello, los ejemplares de fíbulas de arco curvo peninsulares constituyen una prueba endeble y poco fiable de los contactos protocoloniales con el Mediterráneo. 4.1.4. Fíbulas de bucle Los elementos composicionales que caracterizan a las fíbulas de bucle o ad occhio son la aguja recta y, por supuesto, la espira o bucle en el puente, sin la función de resorte. Los ejemplares peninsulares se clasifican en dos tipos, Da Ponte-1a y Da Ponte-1b, según el diámetro del resorte. Las piezas del tipo Da Ponte-1a se identifican en la tumba 2 del sepulcro de Roça do Casal do Meio (Setúbal, Portugal), en los asentamientos de Santa Luzia (Viseu, Portugal), Cabeço do Crasto de São Romão (Guarda, Portugal), Nossa Senhora da Guia (Viseu), 184 Castelo dos Mouros (Viseu), Soto de Tovilla II (Tudela de Duero, Valladolid), Perales del Río (Getafe, Madrid), Mola de Agrés (Agrés, Alicante), Cerro de El Berrueco (Salamanca), Ratinhos (Beja, Portugal), Cabeço da Argemela (Castelo Branco, Portugal), en el en el tesoro de Baleizão (Beja,) y, con mayor incertidumbre, en el poblado de Monte do Trigo (Castelo Branco).14 El yacimiento de Roça do Casal do Meio proporciona el mejor y más interesante contexto de segura aparición de este grupo de fíbulas (Spindler y Ferreira 1973; Torres 1999: 114). De los dos enterramientos que lo componen, el A contiene en su ajuar la fíbula en cuestión (lám. XXXVIII.A.1), unas pinzas y un broche de cinturón. La tumba B, por su parte, alberga un peine de marfil, unas pequeñas pinzas de bronce y un anillo de bronce de sección rectangular Además, en la cámara sepulcral en la que se hallan ambos enterramientos aparece un recipiente bicónico de fondo plano y paredes ligeramente curvas con decoración bruñida en el exterior, un cuenco de carena alta con un elemento de suspensión perforado y fragmentos pertenecientes a otra pieza de similares características. Por tipología de materiales y por muestras radiocarbónicas, las fechas más razonables, aunque discutidas (Belén y otros 1991: 237-240), para este conjunto funerario oscilan entre los siglos X-IX a.C. (Torres 1999: 114; 2008a: 65-66; Vilaça y Cunha 2005: 52 tab. 1). Esta fíbula es el referente para las que siguen a continuación, que se engloban en la categoría Da Ponte-1a. La fíbula del castro de Cabeço do Crasto de São Romão (lám. XXXVIII.A.4) (Gil y otros 1989: 237-240 fig. 5.7002; Vilaça 2008b: 386 fig. 4.1) aparece en un nivel de Bronce Final junto con otros materiales metálicos típicamente atlánticos de la época, así como con un variado repertorio de cerámicas a mano – ejemplares finos con decoración bruñida, tazas carenadas, contenedores con asas (Guerra y otros 1989: 194; Gil y otros 1989: 236). Del mismo estrato de aparición de la fíbula se extrajo una muestra de carbón (ICN-197) que proporcionó una datación de 2910±35 BP: 1270-900 cal. AC(¿2σ?), de tal manera que nuevamente sugiere un horizonte BF III.15 En el castro de Santa Luzia aparecen dos fíbulas (Ponte y Vaz 1989: 181 lám. I.1; Vilaça 2008b: 385 fig. 4.2, 6). Una de ellas (lám. XXXVIII.A.3), aunque deformada, se clasifica sin problemas en este grupo y se caracteriza por su simpleza, careciendo de ornamento alguno, y por su sección cuadrangular. Dicha pieza guarda un parecido notable con la de São Romão y la de Nossa Senhora da Guía (lám. XXXVIII.A.5) (Kalb 1978: 123 fig. 10). De la segunda fíbula de Santa Luzia sólo se conserva un resto del puente ligeramente grueso y delimitado por dos espiras (lám. XXXVIII.A.12), de tal manera que con la debida cautela parece más lógico incluir este ejemplar entre las fíbulas de bucle y no entre las 14 En Portugal se documentan otros ejemplares de este tipo, aunque la ausencia de imágenes y las escuetas y parcas descripciones en las publicaciones de las piezas impiden un análisis en profundidad. Las fíbulas se localizan en Quinta do Marcelo (Arruda 2008: 360 fig. 1.4), Lavra (Porto) (ídem: 361), Alcácer do Sal (Setúbal) (íd.: 362) y, quizá, Nossa Senhora da Cola (Beja) (íd.: 365; Da Ponte 1986b: 76 lám. 1). 15 La información sobre la fecha es algo confusa. Por un lado, Guerra, Fabião y Senna-Martínez (Guerra y otros 1989: 196) indican que de la UE 15 del Sector B, el mismo del que procede la fíbula, se obtuvo una fecha radiocarbónica “estadísticamente idéntica” a la de la UE 105 del Ambiente III del Sector C (ICN-198: 2970±35 BP: 1370-925 cal. AC, sin precisar el intervalo de confianza) y a continuación se valoran conjuntamente, dando a conocer que su número de referencia es ICN-197. En cambio, Gil y otros (1989: 236) apuntan que la fecha ICN-197 procede de la UE 16 del Sector B, la cual no es estadísticamente idéntica, aunque muy similar. Por último, estos mismos autores vuelven a insistir en una muestra tomada de la UE 15 del Sector B cuyo resultado es 960 a.C. (ídem: 237), lo cual es coherente con las anteriores indicaciones, pero no aclara su número de referencia ni tampoco su intervalo. 185 http:XXXVIII.A.12 http:Branco).14 de doble resorte de periodización más avanzada. Otro caso parejo al de esta última se documenta en Castelo dos Mouros (lám. XXXVIII.A.13) (Vilaça 2008b: 385 fig. 4.7) y un tercer ejemplar afín podría ser el de Monte do Trigo (lám. XXXVIII.A.9) (ídem: 387 fig. 4.5), aunque la erosión de la fíbula no deja claro si se trata de un puente engrosado o delgado, luego no está claro su asignación a la familia de bucle o a la de doble resorte. Los castros de Santa Luzia, Nossa Senhora da Guía, Castelo dos Mouros y Monte do Trigo se integran en el conocido Grupo Baiões que prosperó en el Bronce Final, una de cuyas señas de identidad es el desarrollo de una rica metalurgia del bronce. De hecho, la fíbula de Santa Luzia procede de un depósito de fundición con materiales típicos del Bronce Atlántico, tales como fragmentos de calderos y de hojas de espada, cinceles, restos de lo que parecen fíbulas y una gran cantidad de piezas de bronce sin forma concreta interpretadas como chatarra (Senna y Pedro 2000: 77). Este último poblado ofrece cuatro fechas radiocarbónicas – ICEN-486: 2960±50 BP: 1373-1004 cal. AC (2σ), ICEN-489: 2960±50 BP: 1373-1004 cal. AC (2σ), ICEN-485: 2920±180 BP: 1524-789 cal. AC (2σ) e ICEN-487: 2810±100 BP: 1286-799 cal. AC (2σ) (Mederos 2009b: 282) – que sugieren un período de actividad comprendido entre los siglos XII-X a.C. Este arco temporal es muy amplio a la vista de los objetos aparecidos en el castro, en el que, además de la chatarra, sobresale la cerámica de estilo Baiões-Santa Luzia característica de la zona en el BF III (Vilaça 2008b: 385). Por ello, lo más lógico es suponer una alteración al alza en las fechas de 14C y situar la etapa de ocupación del castro a inicios del I milenio a.C. (ídem). Al mismo grupo cultural se adscribe el nivel más antiguo del castro de Cabeço da Argemela (lám. XXXVIII.A.8) (Marques y otros 2011-2012: fig. 18). La fíbula de bucle, junto con el fragmento de puñal del grupo Porto de Mós (ídem), un fragmento de cerámica de estilo Carambolo más otras cerámicas a mano carenadas (ídem: 92 fig. 16) muestran con claridad un nivel de ocupación de BF III. La fíbula presenta incisiones en los dos brazos del puente como elemento más distinguido. Parece correcto interpretar como una fíbula de este tipo el fragmento metálico localizado en el estrato la fase 2 del castro de Ratinhos (lám. XXXVIII.A.2) (Berrocal y Silva 2010: 306-307 figs. 112, 143.30. Se trata de una varilla de bronce con un bucle. Los materiales encontrados en esta fase, entre los que destaca una ingente cantidad de cerámica bruñida, se corresponden con los del período de mayor actividad de la ocupación del castro en el BF III (ídem: 214-228). La fase 2 ofrece dos muestras para fechas 14C (Sac-2324: 2550 ±45 BP y Sac-2323: 2570 ±35 BP) (ídem: 216, 306) centradas en el siglo VIII a. C que indican el final de la fase. No obstante, la fíbula procede de un nivel de relleno junto a la muralla, lo que indica que su cronología es ligeramente anterior, ajustándose a las fechas propuestas para Roça do Casal do Meio (ídem: 306). El tesoro de Baleizão está compuesto por un lote de artefactos de bronce y de oro (Vilaça y Lopes 2005). Además de la fíbula (lám. XXXVIII.A.10) (ídem: figs. 1-2), el tesoro lo integran un juego de ponderales, tres azuelas, un juego de anillas y dos torques de sección cuadrangular, más otras piezas áureas y de bronce. Este tipo de artefactos es típico del BF III y son similares a los hallados en el poblado de Nossa Senhora da Guía (Silva y otros 1984; Kalb 1990-1992), bien fechado en el BF IIIB por radiocarbono (Mederos 2009b: 283-285). Por su parte, la fíbula de este poblado se interpretó inicialmente como un ejemplar de doble resorte (Kalb 1978: 123), pero la presencia de sólo una espira en el bucle impide esta lectura. 186 http:XXXVIII.A.10 http:XXXVIII.A.13 Las fíbulas de Perales del Río (lám. XXXVIII.A.7) (Blasco 1987) y de Soto de Tovilla II (lám. XXXVIII.A.14) (Quintana y Cruz 1996: 21-22 fig. 5.10) son casi idénticas a las ya expuestas, con la particularidad de que la de Perales tiene una decoración de incisiones horizontales como la de la fíbula de codo central de Cerro de la Encina-1 (Carrasco y otros 2013: fig. 2.6). Sus contextos de aparición contienen cerámicas de una fase avanzada de Cogotas I (Blasco 1987: 19; Quintana y Cruz 1996: 17, 69 fig. 5), implicando una cronología similar a las otras fíbulas de la familia de bucle centrada en el BF III. Un argumento afín permite incluir la fíbula de Mola de Agrés (lám. XXXVIII.A.6) (Gil- Mascarell y Peña 1989: 131-135 fig. 3) dentro del repertorio de fíbulas de bucle del BF III. Esta pieza fue hallada en un nivel de revuelto en una terraza, de tal manera que resulta imposible definir la estratigrafía. Pero la presencia de cerámicas meseteñas de Cogotas I, de la tradición de los Campos de Urnas y, sobre todo, de una cerámica sureña con incrustación metálica y un fragmento de peine ebúrneo con decoración geométrica (Gil-Mascarell y Peña 1989: 137-141; 1994: 118) apuntan claramente al BF III. La fíbula en cuestión muestras algunas diferencias con respecto a las anteriores, razón por la cual debe considerarse como un subtipo único. Presenta decoración geométrica incisa, el bucle muy marcado y, como rasgo peculiar y altamente significativo, una segunda y tercera espiras en el bucle y el resorte, respectivamente. Sin embargo, todavía está formalmente lejos de poder clasificarse como una fíbula de doble resorte, razón por la cual es preferible incluirla dentro de la familia de bucle con sus interesantes matices. El arco de la fíbula de bucle de Cerro de El Berrueco (lám. XXXVIII.A.11) (Almagro Basch 1966b: fig. 3.3) se asemeja superficialmente a la de Mola de Agrés, ya que presenta una decoración de motivos geométricos y el bucle parece más elevado de lo normal en un ejemplar de tipo Da Ponte-1a. No obstante, la espira del bucle es simple, no doble, de modo que no puede igualarse a nivel formal, al margen de que no conserve ni el resorte ni la aguja. Además de los casos mencionados, en territorio portugués se documentan otros dos broches de bucle de tipología claramente diferente pertenecientes al Bronce Final, las fíbulas de tipo Da Ponte-1b (Da Ponte 2006: 88 fig. 15 cuadro 6). Son dos, la primera procede del castro de Las Pirreitas (lám. XXXIX.A.1) (Da Ponte 1984: 95 no. 2; 2006: fig. 1.1b1) y la segunda del cementerio de Senhor dos Mártires-Alcácer do Sal (lám. XXXIX.A.2) (Da Ponte 2006: fig. 1.1b2). Se distinguen de las anteriores gracias al resorte de gran diámetro y al pie vertical. La aguja es recta, y el puente se curva hacia el interior decorándose con incisiones paralelas. La primera pieza se conserva casi completa, mientras que de la segunda sólo queda el puente con las espiras. La mortaja de la fíbula de Las Pirreitas está fracturada, y en ella se observa un aplanamiento creciente que, verosímilmente, puede ser igual a la de Senhor dos Mártires. Este detalle permite identificar a dos fíbulas de Cairano (Avellino, Italia) (lám. XXXIX.A.3) (Lo Schiavo 2010: 627 láms. 380.5417, 381.5420) como paralelos exactos. En la mitad sur de la Península Itálica se reconocen ejemplares afines, con la mortaja en espiral estrecha (ídem: 623-627 láms. 378.5389-381.5421), así como otras variedades con la aguja curva. Todas ellas se fechan en el Horizonte Torre Galli, es decir, en la transición entre el BF 3 y el Fe 1 itálicos (ss. X-IX a.C.). En Zanica (Bergamo, Italia) (lám. XXXIX.A.5) (Eles Masi 1986: 200 lám. 162.2127) se registra otra fíbula muy parecida, aunque dispone de una mortaja en espiral estrecha y doble espira en el resorte, que se relaciona tipológicamente con los ejemplares de Fontanella Grazioli (Mantova), Fratessina (lám. 187 http:XXXVIII.A.11 http:XXXVIII.A.14 XXXIX.A.4) y Bissone Pavese (Pavía) (ídem: lám. 162.2126, 2128, 2132). Estas piezas evidencian una expansión del tipo hacia el norte de Italia. En los yacimientos de Barrios de Luna (León) (Delibes y otros 1992-1993: fig. 2), Cortes de Navarra (Tudela), Valdenovillos (Alcolea de las Peñas, Guadalajara), La Mercadera (Rioseco, Soria), Valtierra (Navarra), Tossal Redó (Calaceite, Teruel), Aguilar de Anguita (Guadalajara), Cerro de El Berrueco (Argente 1986-1987: 143-144) y, quizá, en Las Madrigueras (Carrascosa de Campo, Cuenca) (Almagro Basch 1966b: fig. 3.10; Almagro Gorbea 1969: 99) y algunos otros enclaves de la Meseta oriental (Argente 1994: 59-60) aparecen otras fíbulas que incluyen un bucle. Se trata de un tipo formalmente más complejo, en el que el pie es más largo y el resorte es una espira enrollada, en ocasiones doble. Esta diferencia formal, unida al contexto cultural protoceltibérico al que pertenecen, apunta a una cronología posterior a las fíbulas de bucle Ponte-1a y 1b y a una filiación relacionada con las fíbulas de doble resorte de la región de los Campos de Urnas, quizá cruzada con las otras fíbulas de bucle peninsulares (Argente 1994: 60). Por su cantidad, las fíbulas de bucle forman la segunda de las grandes familias de estos objetos, sólo después de la de arco curvo. No en vano, su extensión geográfica es enorme, abarcando fundamentalmente el Mediterráneo y los Balcanes. Debido a que una de las mayores concentraciones de piezas de esta familia se localiza en el sur de Italia y en Sicilia (Lo Schiavo 2010: 607-741 láms. 370-524.6686), resulta lógico suponer, una vez más, que las fíbulas de bucle fueron introducidas en el Atlántico desde esta región del Mediterráneo central. Dentro de la heterogeneidad tipológica que encierra la familia de fíbulas de bucle, las más similares a las tipo Da Ponte-1a guardan un cierto parecido formal con las fíbulas de codo de tipo Cassíbile III. Del mismo modo que este último tipo tiene el codo muy marcado, la fíbula de Mola de Agrés también distingue claramente la posición del bucle con respecto a la altura del puente. Descontando el número de vueltas del bucle y del resorte y siguiendo un criterio formal, las fíbulas extrapeninsulares más similares a la alicantina se localizan en las tumbas 3 y 119 de Cassíbile (lám. XXXVIII.B.1), la tumba 47 de Monte Dessueri (lám. XXXVIII.B.2), la tumba E55 de Cozzo San Giuseppe di Realmesse (Enna) y otros 23 ejemplares en el cementerio de Castiglione, todas en Sicilia y típicas del Horizonte Cassíbile (Lo Schiavo 2010: 612-616 láms. 372-374). Estas últimas piezas son ligeramente posteriores al otro tipo de fíbulas de un solo bucle, formalmente cercano al tipo Cassíbile II. Aparentemente se desconocen en la Península Ibérica, pero su presencia es muy notable en Italia y en Sicilia (Lo Schiavo 2010: 611-612 lám. 371.5299-5307), de donde es originaria esta familia. Por ello, parece acertado afirmar que las primeras fíbulas de bucle que alcanzaron la Península Ibérica lo hicieron después de haber dado un primer paso evolutivo en el Tirreno, muy probablemente en Sicilia.16 No obstante, conviene ser prudentes ya que la cantidad de fíbulas de tipo Da Ponte-1a es manifiestamente superior en Iberia que en el Mediterráneo central, donde se encuentras piezas similares, pero no idénticas. 16 Las piezas del Mediterráneo central pertenecientes a este tipo se registran en Calabria, Molino della Badia, Módica (Ragusa), Cumas (Nápoles) y las tumbas 17 de Cassíbile, 27 de Madonna del Piano, 167 de Butera (Caltanissetta), 1a de Cupola Foggia) y A52 de Carcarella (Enna) (Lo Schiavo 2010: 611-612 lám. 371.5299­ 5307). Se adornan con motivos incisos, cuando no carecen de decoración. Se les asigna una cronología comprendida entre finales del Horizonte Pantálica I y principios del Horizonte Cassíbile. 188 http:Sicilia.16 En conjunto las fíbulas tirrénicas se ajustan a una cronología del BF III precolonial, tal vez con algún ejemplar ligeramente anterior. Esta periodización es equiparable a la de las fíbulas de bucle más antiguas documentadas en la Península Ibérica. Por lo tanto, parece clara la conexión entre los dos territorios a través de este elemento. Al margen de detalles, las fíbulas de bucle peninsulares se caracterizan por la posición central del bucle y, salvo la curiosa pieza de Mola de Agrés, por la escasa separación entre el bucle y la aguja, así como también por la alta proporción de estaño en su composición (Blasco 1987: 20; Gil-Mascarell y Peña 1989: 143-144; Carrasco y otros 1999: tab. 2). Estos tres rasgos suponen un factor diferencial con respecto a los ejemplares mediterráneos, lo que sugiere una posible producción peninsular. En este sentido, este grupo constituye un indicio indirecto de los contactos protocoloniales, resultado de la copia de un modelo importado y de la adaptación al gusto de sus últimos portadores. La composición rica en estaño evidencia su elaboración en un taller metalúrgico atlántico, cuyos bronces binarios contienen un alto porcentaje de estaño (Rovira 1995a; Figueiredo y otros 2010: fig. 1). Ciertamente, casi la totalidad de las fíbulas de bucle peninsulares se localizan en la vertiente atlántica. Para finalizar, y complementando lo dicho anteriormente, puede sostenerse que este tipo de fíbula quizá fuese el antecedente inmediato del que derivasen las denominadas fíbulas de doble resorte (Gil-Mascarell y Peña 1989: 135). Estas fíbulas se definen por disponer de dos espiras que unen el puente con la aguja y la mortaja, respectivamente, careciendo del típico resorte en el extremo de la aguja. La pista de la que se deduce esta evolución es el mayor número de vueltas que presenta la fíbula de Mola de Agrés, detalle que la convierte en una pieza única.17 4.1.5. Ejemplares inciertos Se conoce un lote de fíbulas repartidas por todo el territorio peninsular que pueden pertenecer a los grupos de codo o de arco de violín evolucionado, aunque debido a su estado fragmentario no puede precisarse su tipología. Esta indeterminación obliga a clasificar los fragmentos con prudencia, resultando en ocasiones imposible establecer si se trata de facturas autóctonas o alóctonas. Por la decoración de los restos de los puentes se distinguen tres grupos, a los que hay que sumar una aguja del Cerro de la Miel (lám. XL.E.3) (Moraleda de Zafayona, Granada) (Carrasco y otros 1985: fig. 22.103). A. Incisiones. Los fragmentos de puentes que disponen de figuras geométricas incisas comprenden los tipos de arco de violín evolucionado, Cassíbile II y III y de codo central sin molduras. Se registran en los poblados de Talavera la Vieja (Cáceres) (lám. XXXIX.B.1) (Jiménez Ávila y Cordero 1999: 183-184 fig. 4.3), Las Lunas (Yuncler, Toledo) (lám. XXXIX.B.2) (Urbina y García Vuelta 2010: 181 fig. 4.L-10) y Monte Airoso (Viseu, Portugal) (lám. XXXIX.B.7) (Vilaça 2008b: 382 fig. 4.3). En el Cerro de las Agujetas (lám. XXXIX.B.3) (Carrasco y otros 2012: 317 fig. 1.6) aparece un fragmento de puente plano que presenta incisiones horizontales en los estrechamientos, sin 17 En el Tirreno se encuentra un tipo de fíbula de bucle que incorpora tres bucles, siendo el central de doble vuelta, como el resorte de la de Mola de Agrés, con una cronología del BF IIIB (900-825 a.C.) (Lo Schiavo 2010: 738-741 láms. 522.6446-524.6686). A pesar de la peculiaridad de la fíbula alicantina, no hay pruebas suficientes que conduzcan a pensar una vinculación evolutiva entre ésta y las de triple bucle debido a la marcada diferencia estructural entre ambas. 189 http:�nica.17 motivos geométricos, que podría corresponder a una fíbula de codo lateral pronunciado de tipo Cassíbile III de transición o incluso a un modelo Ría de Huelva, o bien a un modelo Moraleda con el codo central. B. Estrías. Se conocen fragmentos correspondientes con dos fíbulas en Mondim da Beira (Viseu, Portugal) (lám. XXXIX.B.4-5) (Da Ponte 1986a: fig. 1; Carreira 1994: 82-83 fig. 9.2-3; Vilaça 2008b: 381 fig. 4.8-9; Carrasco y otros 2013: 43-44 fig. 4.2-6). Estos fragmentos pertenecen a la familia de las fíbulas de codo, en el cual podrían ser de tipo Cassíbile III de codo lateral – especialmente patente, aunque no definitivo, en el caso del ejemplar de Las Agujetas – o bien de codo central sin molduras. Por el tamaño y la forma, así como por coherencia con las piezas que le acompañan, parece adecuado interpretar el fragmento estriado del depósito de la Ría de Huelva como una fíbula de tipo Cassíbile III y lo mismo cabe alegar sobre el fragmento la pieza estriada del hábitat de Las Agujetas. Asimismo, se documenta otro fragmento estriado de pequeñas dimensiones y sección rectangular en el castro de Nossa Senhora da Cola (Beja, Portugal) (lám. XXXIX.B.8) (Da Ponte 1986b: 76 lám. 1; 2002: fig. 1.1c; Carrasco y otros 2013: 44 fig. 4.8) valorado inicialmente como una fíbula de arco multicurvilíneo serpentiforme y posteriormente como una fíbula de codo. En cambio, por su decoración se asemeja a la fíbula de tipo Acebuchal hallada en sus cercanías, en concreto en la zona de Quintos (Beja, Portugal), hoy desaparecida (Da Ponte 1986b: 78). Sin embargo, la extraña forma de esta pieza sin paralelos aconseja poner en duda su clasificación como fíbula, debiendo considerarse como un hallazgo incierto. Igualmente, el ejemplar de Mondim se ha clasificado como perteneciente al tipo Ponte-1b (Da Ponte 2006: 76 fig. 15), lo que sin ser una interpretación necesariamente errónea, la decoración a base de estrías longitudinales parece aclarar que se trata de un ejemplar de tipo Cassíbile III. C. Lisas. La ausencia de decoración es el rasgo distintivo de este cuarto grupo. Los brazos lisos se localizan en los yacimientos de Abrigo Grande das Bocas (Santarém, Portugal) (lám. XXXIX.B.10) (Carreira 1994: 83 fig. 9.1), Canto Tortoso (Gorafe, Granada) (lám. XXXIX.B.7) (Carrasco y otros 2013: 39 fig. 2.9) y dos en Peña Negra (Crevillente, Alicante) (lám. XXXIX.B.9) (González Prats 1989: 475; Carrasco y otros 2013: 40 fig. 3.2). Sin la intención de adentrar en un estudio pormenorizado de cada uno de estos casos, algunas de ellos sí merecen una especial atención. Las más destacables por su contexto son las piezas de Peña Negra, Las Lunas y Talavera la Vieja. En Peña Negra se ha excavado un edificio con múltiples objetos de filiación atlántica, así como también otros materiales mediterráneos como cuentas de fayenza azul claro y de vidrio azul marino, restos de brazaletes de marfil y un cuchillo de hierro, todo ello en un mismo horizonte cronológico (González Prats 1989; 1992). En otros contextos del mismo yacimiento aparecen también tres fíbulas, de las cuales una posee el codo central, otra es difícil de determinar debido a su estado de conservación, si bien quizá perteneciese a algún tipo de bucle mediterráneo, y la tercera es de doble resorte y se encuentra por encima del estrato de las otras dos (González Prats 1989: 470), de manera que es algo más reciente. Para este horizonte del poblado se disponen de tres muestras sobre carbón que, con un intervalo de 2σ, proporcionan las siguientes dataciones 14C: CSIC-360: 2690±50 BP: 933-791 cal. AC; CSIC-484: 2670±50 BP: 922-776 cal. AC; y CSIC­ 190 http:XXXIX.B.10 410: 2580±50 BP: 834-539 cal. AC (Torres 2008a: 71). Estos resultados evidencian una cronología fiable comprendida entre el siglo IX a.C. y principios del siglo VIII a.C., aunque la última fecha parece sufrir el efecto plateau, razón por la cual se amplía hasta momentos tan recientes. Por tanto, los dos tipos de fíbulas identificados se relacionan entre sí, y sea del tipo que sea el tercer fragmento también debe asignársele una cronología del horizonte al que da nombre yacimiento, Peña Negra I (BF IIIB-C). En el interior del poblado de Las Lunas han aparecido diversos bronces, entre los que destacan dos hachas de talón y anillas, un lote de pequeñas piezas de estilo trenzado, más el fragmento de fíbula en cuestión. Todos estos objetos proceden de un contexto diferente, aunque del mismo nivel, al que ha proporcionado tres muestras de hueso y carbón válidas para datación, cuyos resultados a 2σ son los siguientes: Beta 314369: 2780±30 BP: 1000-840 cal. AC, Beta311481: 2810±30 BP: 1020-900 cal. AC y Beta 251309: 2870±50 BP: 1210-910 cal. AC (Urbina y García Vuelta 2013: 357-358). Mediante estas fechas se fija la fase de ocupación más temprana del poblado, comprendida entre los siglos XI-X a.C., correspondiéndose al BF IIIA. Esta datación permite despejar la duda inicial sobre la tipología de la fíbula, que parece corresponderse con un ejemplar de codo suave de tipo Cassíbile II. Por último, cabe alegarse que las fíbulas de Talavera la Vieja rompen, en principio, con la armonía de un conjunto muy rico de cerámicas, objetos de metal y otras piezas diversas del Período Orientalizante (Jiménez Ávila y Cordero 1999; Jiménez Ávila 2006). Las fíbulas, por cronología comparada, deben fecharse en algún momento del BF III, de tal manera que son anteriores al resto de materiales del poblado. Por ello, o bien los inicios de la actividad en Talavera la Vieja se sitúan en el BF IIIC, muy tímidos, o bien las fíbulas pertenecen a otra fase anterior escasamente documentada o de la que apenas quedan vestigios. Es difícil decantarse por una opción, pero resulta más coherente con el panorama de fíbulas peninsulares otorgar a los ejemplares de Talavera la Vieja una cronología de comienzos del I milenio a.C. 4.2. Origen y secuencia Dentro del repertorio de artefactos mediterráneos precoloniales en la Península Ibérica, las fíbulas son las piezas más sensibles al cambio formal. Esta cualidad permite utilizarlas como fósil guía del Bronce Final mediante el cual generar una tipología y una periodización, es decir, un auténtico árbol genealógico (fig. 11). La temprana aparición de los broches en esta época y su diversidad, ligadas a su distribución peninsular, posibilitan, a su vez, detectar las rutas de intercambio material y cultural. 4.2.1. Origen Los paralelos geográficamente más cercanos a las fíbulas peninsulares proceden del Círculo del Tirreno. En Sicilia, de hecho, aparece una ingente y variadísima diversidad de este elemento desde inicios del Bronce Final, superior a la de cualquier otra región mediterránea (Lo Schiavo 2010). No obstante, existen otros dos importantes focos primarios de concentración, desarrollo y difusión de las fíbulas: la zona alpina y la zona nórdica (Alexander y Hopkin 1982). Por la primitiva distribución y desarrollo tipológico, parece acertado considerar que es la región norte de los Alpes el foco originario de este elemento, desde el cual se extienden en poco tiempo hacia Escandinavia, por el norte, y hacia el Mediterráneo, 191 por el sur. El tipo más primitivo de fíbula es el de arco de violín de sección circular o romboidal (lám. XL.D), que surge de los alfileres perforados (lám. XL.A-B) (Alexander 1973; Alexander y Hopkin 1982: 401-405). Este tipo alpino se extiende rápidamente por las regiones aledañas, alcanzando otras dos regiones que se convertirán, a su vez, en dos focos dispersión más: Iliria y el Egeo. Las fíbulas de arco de violín son las únicas compartidas por los tres focos primarios y en cada uno de ellos este primer tipo evolucionará de manera autónoma y se expandirá hacia otros territorios. También en la región de los Alpes surge otra familia, la de las fíbulas de dos piezas con espirales (lám. XL.C) (Betzler 1974: 31-41, 49-60 láms. 3.51-5.83, 7-10), cuya área de dispersión se orienta hacia el Círculo Nórdico (Laux 1973). Estas fíbulas se desconocen en el Mediterráneo, donde aparecen tipos más austeros pero dotados una mayor riqueza formal. Las más antiguas fíbulas peninsulares se emparentan con las de tradición siciliana. Fig. 11: Familias de fíbulas primitivas derivadas de las agujas. En el ámbito ibérico, las primeras fíbulas en ser estudiadas sistemáticamente son las halladas en el depósito de la Ría de Huelva. Desde el principio se las supone como las primigenias de toda la serie peninsular y como una introducción procedente del exterior (Almagro Basch 1940: 138-139; Guzzo 1969). Excluyendo la fíbula de arco de violín evolucionado del Cerro de El Berrueco, una valoración de las más antiguas condujo a proponer un doble origen para ellas (Almagro Basch 1957-1958: 199-201; 1966b: 219 fig. 3; Blasco 1987: 24; Argente 1994: 46), según el cual las piezas con gallones y las que tienen el codo centrado vienen del ámbito chiprolevantino, mientras que las piezas lisas tienen un origen siciliano. Desde entonces y hasta fechas recientes se ha defendido una procedencia oriental para las primeras fíbulas peninsulares desde donde partirían hasta alcanzar Sicilia y la Península Ibérica, quizá de manera paralela (Hencken 1957; Schubart y Niemeyer 1976: 226; Almagro Gorbea 1989: 283; 1998: 85). 192 http:3.51-5.83 Sin embargo, la opción que goza de una mayor aceptación es una tercera vía que sostiene que sólo los tipos Cassíbile II-III proceden, en efecto, de Sicilia, mientras que las piezas con gallones y con codo central son evoluciones peninsulares a partir de las sicilianas (Birmingham 1963: 102 ss.; Guzzo 1969: 306-307; Mederos 1996: 101; Torres 2002: 171; Carrasco y Pachón 2006c). En los últimos años se ha propuesto una nueva interpretación de acuerdo con la cual las fíbulas se originan en la Península Ibérica sin ninguna relación genealógica aparente con las sicilianas (Carrasco y otros 2013: 49-50; 2014: 106). Sin embargo, el ejemplar de fíbula de tipología y estilo más arcaicos detectada en Iberia no se corresponde tanto con tipos mediterráneos como con los continentales. La fíbula de arco evolucionado del Cerro de El Berrueco es ligeramente asimétrica y está decorada mediante incisiones geométricas en el puente. Esta fíbula muestra un asombroso parecido con la de Gross Mügl (Korneuburg, Austria) (lám. XL.D.1) (Betzler 1974: 13-15 lám. 1.7), cuyo puente y aguja son paralelos, encajando con el modelo de arco de violín, y se fecha en el Bronce D alpino (1350-1250 a.C.). Aunque ambas fíbulas no sean idénticas, son muy similares, convirtiéndose la fíbula alpina en la más afín a la peninsular. La fíbula de Gross Mügl pertenece, además, al tipo más temprano de toda la serie. Entonces, ¿de dónde proviene y cuándo se fabrica la fíbula del Cerro de El Berrueco? En la región alpina, además de la de Gross Mügl, se conoce la fíbula de Corcelettes (Vaud, Suiza) (Betzler 1974: 9-11 lám. 1.1), que se fecha por comparación también en el Bronce D. En este espacio se identifica otro tipo más complejo, el Unter-Radl (Betzler 1974: 16-21 21 láms.1.8-2.22), cuya principal característica es el añadido de una espiral en el pie, y que podría encajar en esta cronología o ser algo más tardía, ya que en el Egeo aparecen unas fíbulas similares en la fase HR IIIB (1300-1190 a.C.) (Blinkenberg 1926: 48). Por el entorno de la región alpina también se distribuyen estas fíbulas de arco de violín. El ejemplar más simple se localiza en el depósito de Gualdo Tadino (Perugia, Italia) (Eles Masi 1985: 4 fig. 2.27), donde también aparecen otras tres fíbulas (Bietti Sestieri 1973: 389­ 402 fig. 2), y se fecha a finales del Horizonte Peschiera (1350-1200 a.C.) o inicios del Período Protovilanoviano (1200-1000 a.C.). En Mariconda (Verona, Italia), Fratessina (lám. XXXIII.A.2) y Padua (Italia) (Eles Masi 1985: 4-5, 8 lám. 2.27-29, 46) se conocen piezas de arco de violín con incisiones en el arco, guardando un mayor parecido con la fíbula del Cerro de El Berrueco. Las fíbulas con nódulos e incisiones, como una de las de Gualdo Tadino (Bietti Sestieri 1973: fig. 2.1-2), Lago di Garda (Verona, Italia), Peschiera (lám. XL.D.4) y Tiarno (Trento, Italia) (Eles Masi 1985: 11-12 lám. 3.69-61) son paralelas a las sicilianas de Scoglio del Tono, Cozzo del Pantano y la tumba 37 de Pantálica (Lo Schiavo 2010: 88-89 lám. 1.13-15), y se fechan a inicios del Horizonte Pantálica I, hacia 1250 a.C., si bien quizá deba adelantarse este período hasta el 1300 a.C. Todo esto implica que a las fíbulas de arco de violín con incisiones debe asignárseles una cronología equivalente, centrada en el final del Horizonte Peschiera. En la región sudalpina se registran en esta misma época, además, otras fíbulas de este tipo que presentan otros estilos en el puente, tales como la torsión, el aplanamiento, el rizo y la asimetría, en ocasiones combinados (lám. XL.B) (Eles Masi 1985: 1-13 láms. 1-3.65). La variedad estilística sirve de contrapeso a la monotonía formal de las fíbulas primitivas. 193 http:l�ms.1.8-2.22 La región de Iliria configura otra importante región de aparición de fíbulas de arco de violín. Se conocen dos ejemplares lisos en los depósitos croatas de Nočaj-Saleš y Mačkovac (Vasić 1999: 13-14 lám. 1.4-5) y otros cinco con una ornamentación de incisiones geométricas localizados en Salaš Noćajski (Mačva, Serbia) (ídem: 14 lám. 1.9), en la cueva de Hrustovač, en la tumba 1 de Talina (Glasinac, Bosnia-Herzegovina) y en la tumba 1 del túmulo 1 de Štrpci (Višegrad, Bosnia-Herzegovina) (lám. XL.D.2) (Gimbutas 1965: 331 figs. 232.A1-2, 232.B.1-2), este último con el puente curvado, además de varios fragmentos inciertos que podrían pertenecer a este tipo (Vasić 1999: 13-14 lám. 1.1-3, 7­ 8). La fíbulas de Talina y Štrpci se asocian a materiales del Bronce D, encajando con la cronología propuesta para la pieza de Gross Mügl y con la de uno de esos fragmentos inciertos, el hallado en Konjuša (Serbia), datado entre en la transición entre el Bronce D y Ha A1, a mediados del siglo XIII a.C. De la zona del Danubio medio proceden tres ejemplares (Betzler 1974: 13) a los cuales, por su tipología y su localización geográfica, parece lógico asignarles una cronología afín a la de los broches alpinos y balcánicos, en la segunda mitad del XIII a.C. En el área del Egeo se documentan un total de seis fíbulas lisas de arco de violín, cuatro de ellas en Micenas (Blinkenberg 1926: 46) y las tres restantes en Creta, en concreto en Psychro (lám. XL.D.5), en Vrokastro y en Gortyna (Sapouna-Sakellarakis 1978: 35 lám. 1.1 2; Bouzek 1985: 153). A estas piezas se suman una aguja también de Micenas (Blinkenberg 1926: 46) y otras piezas derivadas que incluyen detalles en el puente, como nódulos, aplanamiento – acompañado a veces en ambos casos de motivos incisos – y torsión (Blinkenberg 1926: 47, 49-54; Sapouna-Sakellarakis 1978: 36: 1.6-8; Bouzek 1985: 153-155). También se conocen dos ejemplares con pliegues y espirales en el pie en la tumba 61 de Micenas (Blinkenberg 1926: 48), equivalentes a los del tipo Unter-Radl alpinos, y una fíbula de arco de violín evolucionado en “Creta” (Sapouna-Sakellarakis 1978: 38-39 lám. 1.21). La mayoría de estas fíbulas pertenecen al período HR IIIB, si bien algunas se fechan en la siguiente etapa. De manera adicional, deben valorarse igualmente otras dos fíbulas que cabe vincular al Egeo. La primera de ellas – un modelo de arco de violín con nódulos con decoración geométrica – se conserva en el Museo de Estambul y su procedencia es desconocida (Caner 1983: 27 lám. 1.1). La segunda proviene de la tumba 74 de Enkomi, fechada en el siglo XII a.C., en el TC IIIA (Blinkenberg 1926: 54 fig. 2), y tiene el arco asimétrico y liso. Por la similitud con el resto de piezas citadas, resulta muy probable que ambas fíbulas pertenecieran inicialmente al mundo egeo y que desde ahí terminasen en Chipre o en algún lugar de Anatolia. El área egea es, de hecho, el más importante foco de dispersión de este elemento hacia Oriente (Stronach 1959; Birmingham 1963; Muscarella 1965; Bouzek 1985: 210). Por su parte, en Sicilia no se conocen ejemplares lisos de fíbulas de arco de violín. Las más arcaicas fíbulas de este tipo en la isla se fechan a comienzos del Horizonte Pantálica I e incluyen matices estilísticos tales como la torsión, la aparición de nódulos, el aplanamiento y la elevación del puente (lám. XL.D.3) (Lo Schiavo 2010: láms. 1-4, 369). En contraste con los anteriores casos, estos detalles significan que las fíbulas de este tipo no son oriundas de Sicilia, sino que llegan ya con muestras de una evolución muy temprana. Puentes retorcidos y con nódulos se encuentran en el Egeo y en los Balcanes a lo largo del siglo XIII a.C., compartiendo cronología con los ejemplares sicilianos. Esto ­ 194 indica que la entrada de las primeras fíbulas en la isla se produce desde estas regiones vecinas. Las relaciones entre el Egeo y Sicilia, y el área tirrénica en general, se reconocen con nitidez desde mediados del II milenio a.C. (Bietti Sestieri 1988; Vagnetti 1999; Cazzella y Recchia 2009). En lo referente a las fíbulas, esta conexión la prueban las piezas de Vrokastro y de Kavousi (Blinkenberg 1926: 55 figs. 25, 26), ambas en Creta, muy similares a las halladas en Sicilia de tipo Cassíbile II, con una cronología de Minoico Reciente IIIB. También la fíbula de bucle con decoración incisa encontrada en Kydonia (Creta) (ídem: fig. 27) y la ya mencionada zoomorfa de Aloni (Creta) sugieren estos contactos, igualmente en época de esplendor micénico. Ambas son piezas únicas en el Egeo, aunque en Sicilia las fíbulas de bucle de tipo similar son muy comunes y en Glasinac (Bosnia) también se conoce un ejemplar (ídem). Las fíbulas zoomorfas del II milenio a.C. son raras y nada más que se localizan en Sicilia y en el Egeo. A la vista de todos estos datos, la primera conclusión alcanzada es que resulta evidente que las fíbulas de arco de violín nacen en los Alpes orientales o en los Balcanes centrales a principios de la Cultura de los Campos de Urnas, a finales del siglo XIV a.C. o inicios de la siguiente centuria (Gimbutas 1965: 115-116; Alexander y Hopkin 1982: 405-406). Desde ahí llegan hasta el Egeo, al principio a través de la Ruta del Ámbar y quizá desde el HR IIIC por el Adriático a través de Fratessina (Padua, Italia) (Bietti Sestieri 2008: 32-34; 2010; Ruiz-Gálvez 2013: 203-204). Aunque lo más probable es que las fíbulas circulasen desde el Egeo hasta Sicilia (Tanasi 2004: 341-342) en una coyuntura de estrecha unión entre ambos territorios en el Horizonte Pantálica I (Bernabò Brea 1953-1954: 191-195; Bietti Sestieri 1988: 44-45, 49; Tanasi 2004), igualmente debe contemplarse la opción de un lazo sin mediación egea entre Sicilia y el norte del Adriático. La segunda conclusión es que parece más lógico que la fíbula asimétrica del Cerro de El Berrueco alcanzase la Península Ibérica por vía marítima, a pesar de que sus mejores paralelos se ubiquen en territorio continental (Delibes 1981: 180). La ausencia de fíbulas primitivas en el mundo atlántico (Duval y otros 1974), los tradicionales contactos entre Sicilia e Iberia reforzados desde la segunda mitad del II milenio a.C. (Albanese Procelli 2008), la existencia de una ruta noroeste-sureste que atraviesa la Península Ibérica en estas fechas (Mederos 1999: 129) y la existencia en Sicilia de fíbulas de arco de violín evolucionado de puente elevado (Lo Schiavo 2010: 606-607 lám. 369.5283-85.B) son argumentos sólidos que sugieren descartar la opción continental como vía de penetración de la fíbula del Cerro de El Berrueco en favor de la conexión con Sicilia. Además, las fíbulas de tipo Cassíbile II-III, de bucle y de antenas halladas en la Península Ibérica respaldan esta vía mediterránea. 4.2.2. Evolución de las fíbulas peninsulares La fíbula de arco de violín evolucionado del Cerro de El Berrueco debe interpretarse por separado con respecto al resto de fíbulas del Bronce Final halladas en la Península Ibérica. Aunque la vía de entrada en todos los casos es mediterránea y todos los ejemplares importados proceden de Sicilia, entre el broche del Cerro de El Berrueco y todas las demás se produce un salto cronológico con profundas implicaciones culturales. Las fíbulas aparecidas en las estelas pertenecen a la segunda serie de éstas, cuando ya no viene representada únicamente la tríada lanza-escudo-espada. En la segunda serie 195 se ilustran otros elementos, muchos de ellos mediterráneos, en ocasiones grabados en estelas ya erguidas. Uno de los elementos que mejor funcionan como marcadores cronológicos es la fíbula, por lo que la aparición de modelos de codo en las estelas aboga por situar el principio de la segunda serie en el BF IIIA, coetáneo al Horizonte Cassíbile. En cambio, la fíbula de arco de violín evolucionado del Cerro de El Berrueco por cronología comparada con otras piezas mediterráneas no se pueden fechar con posterioridad al siglo XIII a.C. La fíbula del Cerro de El Berrueco se introduce en la Península Ibérica en una coyuntura anterior a los Pueblos del Mar dominada por los influjos heládicos en el Mediterráneo central. Esta coyuntura en la que también se introducen el hacha de Muros y las más antiguas cerámicas a torno aparecidas en el sureste peninsular finaliza a mediados del siglo XIII a.C. Entonces, aunque las fíbulas de codo sicilianas sean derivados de las fíbulas de arco de violín (Sundwall 1943: 44; Ruiz Delgado 1989: 59), unas y otras en la Península Ibérica pertenecen a dos coyunturas diferentes temporalmente discontinuas (fig. 12). Fig. 12: Evolución de las fíbulas presentes en la Península Ibérica en el Bronce Final. Los rectángulos indican familias, los rombos tipos y los óvalos subtipos. Del Mediterráneo proceden las primeras fíbulas de codo, de bucle y de arco curvo que se documentan en la Península Ibérica en el BF IIIA. Lo más razonable, a la vista de la cronología y de la situación geográfica, es que sea Sicilia el foco difusor, aunque las fíbulas de arco curvo quizá estén relacionadas con el Egeo, región donde se conoce una prodigiosa y variada concentración de modelos de este tipo (Blinkenberg 1926: 60 196, 204-230). Estas tres familias son una evolución de las fíbulas de arco de violín (evolucionado), aunque en el desarrollo interno de cada una es plenamente palpable una interacción formal. De esta guisa, se antoja muy difícil establecer un cuadro evolutivo preciso para cada familia y, sobre todo, para cada tipo. A pesar de ello, es igualmente probable que las primeras fíbulas de bucle deriven de los ejemplares más arcaicos de codo. ­ 196 Las más antiguas fíbulas de bucle peninsulares corresponden al tipo Da Ponte-1b que dispone de múltiples paralelos en Sicilia. Sin embargo, el número de hallazgos occidentales es muy escaso, apenas sumando dos ejemplares en Las Pirreitas y Senhor dos Mártires. En contraste, la presencia del tipo Da Ponte-1a es muy notoria en la fachada atlántica peninsular y no tiene paralelos exactos en ninguna otra región. Luego la familia de las fíbulas de bucle en la Península Ibérica se desarrolla internamente a partir de una tímida introducción procedente de Sicilia. Con las fíbulas de codo sucede una situación similar. El tipo Cassíbile III estriado resulta un tanto extraño. Ello se debe a que, al contrario que las variantes lisas e incisas y el resto de importaciones, esta pieza sólo dispone de escasos paralelos extrapeninsulares concentrados en Castelluccio (Lo Schiavo 2010: 604 lám. 368.5279.B). En la Península Ibérica se conocen otros fragmentos de fíbulas estriadas que podrían encajar con este tipo, aunque la incertidumbre acerca de la posición del codo no permite afirmar que definitivamente se traten de fíbulas Cassíbile III (Carrasco y otros 2013: 43-44 fig. 4.2-6.8). Quizá por ello el estilo estriado de fíbula de codo deba interpretarse como el primer modelo de esta familia fabricada en un taller local, aunque no existen argumentos de peso que respalden esta hipótesis, ni que la invaliden. En cualquier caso, parece clara la evolución que lleva del tipo Cassíbile II al Cassíbile III, en la que se pasa de un codo lateral apenas marcado a uno muy acentuado. El tipo Cassíbile III tiene la peculiaridad, junto con la fíbula de bucle, de desarrollarse de manera endémica en Iberia una vez importados. Los ejemplares de estilo liso y los que presentan incisiones son, en principio, importaciones aunque también podría ser imitaciones. Pero lo que no deja lugar a dudas es que las piezas con molduras se fabrican in situ a partir de las anteriores. A este subtipo del tipo Cassíbile III se le denomina Ría de Huelva, que no sólo se diferencia por su estilo decorativo, sino por su técnica de producción a la cera perdida. Las fíbulas de codo central constituyen otro subtipo peninsular típicamente peninsular de las fíbulas de tipo Cassíbile III algo más tardío. Los ejemplares del subtipo Ría de Huelva deben su nombre a este depósito votivo de metales, donde se documentan cinco fíbulas prácticamente completas de este modelo y restos muy evidentes de otra (Almagro Basch 1957: fig. 1.1-5, 8), quedando abierta la posibilidad de que otros tres fragmentos puedan incluirse en este grupo (lám. XLI.A.1) (ídem: fig. 1.6-7, 9). Fuera de este conjunto, se conoce otro ejemplar en La Requejada (San Román de la Hornija, Valladolid) (lám. XLI.A.2) (Delibes 1978: 236 fig. 7), prácticamente idéntico a los de la Ría de Huelva, y también localizado en un contexto ritual. Procede de un hoyo con una inhumación de un grupo familiar acompañado de otros objetos de alto valor, como un collar de plata. Se sitúa en el interior de un poblado de cabañas típico de la Cultura de Cogotas I (Delibes 1978). Debido al contexto de aparición de las fíbulas Ría de Huelva y a sus notables paralelos formales con las fíbulas sicilianas de tipo Cassíbile III se les asigna una cronología comprendida entre 1050-900 a.C. Su fabricación a la cera perdida con un alto contenido de estaño evidencia una coherencia técnica con la toréutica atlántica característica del BF III. Por último, su estilo también denota una periodización. Estas piezas incluyen sobre la moldura central una serie de estrías, por tanto combinando gallones con estrías. Así, el modelo Ría de Huelva se intercala entre las fíbulas decoradas sólo con estrías y las decoradas sólo con molduras lisas, como la variante Moraleda. En cuanto a su composición química, los análisis efectuados sobre dos fíbulas onubenses y 197 la de La Requejada arrojan unas cifras coherentes con una metalurgia atlántica típica de alto contenido en estaño, en torno al 10% (Rovira 1995a: 45). El subtipo Ría de Huelva se desconoce en el exterior de la Península Ibérica. O, al menos, no existen indicios suficientes para poder afirmar lo contrario, a pesar del fragmento de Samaria-Sebaste lo que lo convierte en un endemismo muy limitado surgido a partir de un prototipo foráneo. El subtipo de codo central es más complejo debido a su diversidad estilística y técnica y, sobre todo, a su repercusión cultural. El codo central, entendido como un pliegue agudo en el puente, es otra aportación ibérica al variopinto elenco internacional de fíbulas. Nuevamente se observan cuatro variantes para este segundo subtipo: con gallones, con incisiones geométricas, estriada y lisa, estas tres últimas formando el grupo Monachil. A. Debido a su impacto en el exterior y a su peculiar distribución en el interior de la Península Ibérica, el modelo más destacado de este grupo es el Moraleda (Carrasco y Pachón 2006b; 2006c; Carrasco y otros 2012). El rasgo específico de este modelo es la presencia de molduras en todo el puente, para lo cual fue elaborado mediante cera perdida con un alto contenido en estaño (Carrasco y otros 2012: tab. 1). La mayoría de las piezas se concentran en la provincia de Granada, una zona caracterizada en el BF III por aprovisionar de plomo al circuito de intercambio de metales hasta época romana. Este modelo de broche es el único de los peninsulares que con toda seguridad se exporta al Mediterráneo oriental, verosímilmente inmerso en este circuito de metales. B. Una decoración incisa lucen los ejemplares del Cerro Alcalá (Torres, Jaén) (lám. XLI.B.1) (Carrasco y otros 1980: 226 fig. 4.12; 2013: 39-40 fig. 2.11), del entorno de Cerro de la Encina(-1) (Monachil, Granada) (lám. XLI.B.2) (Schüle 1969: fig. 39.b; Carrasco y otros 2013: 37-38 fig. 2.6) y de La Muralla (Valdehúncar, Cáceres) (lám. XLI.B.3) (Barroso y González Cordero 2007: 17, 22-23 fig. 5.10). Es particularmente interesante el ejemplar de Cerro Alcalá, cuyo codo se cierra casi por completo, en línea con las fíbulas chipriotas también de codo central, y porque su resorte tiene espiras. Las fíbula del Cerro Alcalá procede de un suelo removido y sin estratigrafía diferenciable y de La Muralla es hallazgos superficiales y sin contexto claro, aunque ambos casos aparecidos en asociación a materiales del BF III, mientras que la fíbula del Cerro de la Encina es un objeto aislado, próximo a este yacimiento (Molina 1978: 215). Si bien a través de estos datos no hay seguridad para realizar una precisión cronológica, parece acertado hacer corresponder estos objetos con un momento avanzado del Bronce Final, en concordancia con la proliferación de las fíbulas de codo. C. A una variante lisa pertenecen la fíbula de Cerro de la Encina-2 (lám. XLI.B.4) (Carrasco y otros 2013: 38 fig. 2.7) y las de Las Muelas (Almedinilla, Granada) (lám. XLI.B.5) (ídem: 39 fig. 2.9), Mansilla de las Mulas (Lancia, León) (lám. XLI.B.6) (Schüle 1969: fig. 39.a; Carrasco y otros 2013: 40-41 fig. 3.3) y Peña Negra (lám. XLI.B.7) (González Prats 1989: 475; Carrasco y otros 2013: 40 fig. 3.1). Con la excepción de esta última, de ninguna de ellas se tiene información exacta sobre su contexto de aparición o, al menos, una descripción nítida del mismo. La fíbula de Mansilla de las 198 Mulas se asemeja a un triángulo isósceles, convirtiéndose en un modelo único.18 Las otras dos son más amplias, con un codo muy pronunciado y una aguja curva, y recuerdan a la fíbula de La Muralla. Únicamente la fíbula de Peña Negra arroja un poco de luz acerca de su cronología, encuadrándose entre BF IIIB-C (900-760 a.C.) (Torres 2008: 71). No obstante, los descubridores de la fíbula de Las Muelas sugieren una cronología del siglo XIII a.C. para la misma (Carrasco y otros 2013: 47 fig. 6; ídem 2014: fig. 1) debido a su simpleza tipológica y a las fechas radiocarbónicas resultadas para la fíbula de subtipo Moraleda hallada en Cerro de la Miel. D. La última variante, con estrías, se identifica en el imperdible del poblado del Bronce Final de El Coronil (Sevilla) (lám. XLI.B.8), cuyas circunstancias de aparición se ignoran (Carrasco y otros 2013: 37 fig. 2.5). De acuerdo con criterios estrictamente estilísticos, esta pieza permite conectar el tipo Casíbile III de la Ría de Huelva con las fíbulas de codo central, en la medida en que ambas llevan el puente estriado. Sin embargo, esta hipótesis no es en modo alguno concluyente. Llama la atención la baja proporción de estaño en muchas de estas piezas. Las dos fíbulas de Cerro de la Encina no superan el 6,3 % de estaño (Carrasco y otros 2013: 37; ídem 2014: tab. 2), mientras que en la de Las Muelas la proporción de este metal es mucho más bajo, tan sólo un 0,002 %, componiéndose prácticamente de cobre puro (Carrasco y otros 2014: tab. 2). Al contrario que las fíbulas con gallones, éstas no fueron fabricadas a la cera perdida y, por lo tanto, no requieren una cantidad significativa de estaño. Sin embargo, la mayor presencia de este metal en las fíbulas atlánticas y, en general, de toda la metalurgia del bronce atlántico, y la alta concentración en el sureste de fíbulas de codo central invita a pensar que en esta zona se encuentra un taller dedicado a la manufactura de estos objetos, quizá en Cerro de la Mora o en Guadix (Carrasco y otros 2002: 368-369). No obstante, los análisis de isótopos de plomo obtenidos del cobre del que están compuestas las fíbulas revelan datos un tanto confusos (Carrasco y otros 2014: 104-105). Ninguna de las fíbulas analizadas descubiertas en el sureste (Cerro de la Encina-2, Las Muelas y Canto Tortoso) ofrece resultados que validen el origen sudoriental de las minas de las que se extrajo el metal de fabricación. De hecho, la fíbula de Cerro de la Encina­ 2 proporciona unos resultados consistentes con una procedencia tartésica. Los análisis isotópicos acarrean ciertos problemas metodológicos e interpretativos en su aplicación a la arqueología (Hunt 2003: 21). En principio, se trata de una prueba más que debe valorarse poniéndose en relación con otros indicios. Los resultados parecen confirmar en uno de los casos que la producción se vincula con el suroeste peninsular. Aunque no es lo más común, casi constituye una anomalía, en la metalurgia atlántica del BF III se documentan algunas piezas de bronce binario cuyo contenido en estaño ronda valores similares a los de Cerro de la Encina-2 (Rovira 1995a). Por ello, quizá los datos isotópicos sugieran que la producción de las fíbulas de codo central se inicie en Tartessos, aunque luego se desarrolle en el sureste. A nivel formal es sostenible, puesto que las primeras fíbulas de codo aparecen en la vertiente atlántica, aunque el codo se sitúe en un lateral del puente. Por otra parte, parece más lógico que, en la medida en que la mayoría de las evidencias más claras de fíbulas de subtipo Moraleda se 18 Ciertamente, la pieza de Mansilla de las Mulas es muy rara. Quizá no se trate de una fíbula, pero resulta difícil clasificarla de otra manera a la luz de ausencia total de paralelos exactos en contraste con la similitud ofrecida por otras fíbulas. 199 http:�nico.18 concentran en las Béticas, tal piezas sean originarias de este área y que las comunidades de la zona conociesen también las fíbulas de codo lateral. Con todo, las evidencias son las que son, y lo normal es que existan varios talleres de producción de fíbulas en diferentes zonas de Iberia, ya que su distribución se expande por todo el territorio ibérico. Dentro del grupo de codo central, con la salvedad del modelo Moraleda, ninguna pieza encuentra paralelos directos fuera de la Península Ibérica. Sin embargo, en Lefkandi se identifican en las tumbas 3 de Palia Perivolia (lám. XL.E.1) (Popham y otros 1979-1980: 142-143 láms. 239.h, 249.6) y 13 y 38 de Toumba (lám. XL.E.2) (ídem: 175 láms. 173.13.15, 231.c; 1982: 217, 237 fig. 8.38.43 lám. 33.d) tres extrañas fíbulas de bronce y oro de puente SPG II (950 850 a.C.) (Pare 2008: 93). Su singularidad morfológica apunta a una fabricación in situ. No obstante, a pesar de que sus descubridores piensan que se trata de una evolución de la fíbula de arco de violín, el codo central y la ausencia de molduras acercan estos tres ejemplares a las fíbulas peninsulares. El tipo de bucle también parece ofrecer detalles para plantear una evolución en la Península Ibérica. Los primeros modelos peninsulares y sicilianos se fechan a inicios del Horizonte Cassíbile/Ría de Huelva, hacia 1050 a.C., y debido a la extraordinaria proliferación de estos en Sicilia no cabe duda sobre su origen tirrénico. Es curioso, empero, que la fíbulas de Senhor dos Mártires y Las Pirreitas, ambas del subtipo 1b, se fechen hacia la segunda mitad del s. IX a.C., cuando son las únicas fíbulas de bucle claramente importadas de Italia, donde se encuentra un cúmulo de fíbulas análogas. Las primeras fíbulas de bucle halladas en la Península Ibérica son anteriores y todo apunta a que se trata de evoluciones regionales. Las fíbulas de Roça do Casal do Meio, Perales del Río y Soto de Tovilla II tienen el bucle muy bajo, de tal manera que resultan ser piezas alargadas sin equivalencias en Sicilia o en cualquier otra región. Esta peculiaridad señala que puedan tratarse de objetos producidos en talleres peninsulares rápidamente después de ser introducidos los modelos mediterráneos. De hecho, la elevada cantidad de estaño presente en la fíbula de Perales del Río (Blasco 1987: 28) refuerza la tesis de que, en efecto, deba considerarse una producción local y no una importación. La último gran familia de fíbulas halladas en la Península Ibérica del BF IIIC lo componen las de doble resorte (Ruiz Delgado 1987-1988; 1989: 69 ss.; Storch de Gracia 1989: 154 ss.; Argente 1994: 51-58 fig. 6 mapa VI; Giardino 1995: 331-332 figs. 121.B, 124; Torres 2002: 196-197). Se definen por la inclusión de dos resortes de varias espiras en los extremos del puente, careciendo del resorte típico al comienzo de la aguja. Del BF IIIC se documentan, entre otros, los ejemplares de en Quinta do Marcelo (Setúbal, Portugal), Quinta de Almaraz (Setúbal, Portugal), Abrigo Grande das Bocas (Vilaça y Arruda 2004: 30), Corôa do Frade (Évora, Portugal) (lám. XL.E.4) (Arnaud 1979: 65 fig. 6.7), Les Moreres (González Prats 2002: 106-109, 142-143, 251), Peña Negra (González Prats 1979: 141 fig. 97.47), el kārum de Huelva (González de Canales y otros 2004: láms. XXXVIII.4-5, LXIV.4-5), Trayamar (Niemeyer y Schubart 1968: fig. 13), la fase 2 de Ratinhos (Berrocal-Rangel y Silva 2010: 304 fig. 143.1-3), a los que cabe sumar con reservas los fragmentos Santa Luzia (Vilaça 2008b: fig. 4.2), Castelo dos Mouros (ídem: 4.7) y Monte do Trigo (íd.: 4.5). Sin embargo, la mayoría de los ejemplares de este tipo son de época aplanado y con un codo su el centro. Dichas piezas se fechan en el LPG y el ­ 200 http:173.13.15 orientalizante y se localizan por todo el territorio peninsular (Argente 1994: 53-56; Torres 2002: 197; Rafel y otros 2008a: fig. 17). El área de dispersión de este las fíbulas de doble resorte se amplía al sur de Francia (Duval y otros 1974: 38-41), Cerdeña (Lo Schiavo 1978b: 39-42 figs. 7.1), Italia (ídem: fig. 7.2) Sicilia (Schubart y Niemeyer 1976: 226 n. 315), el norte de África (Argente 1994: 52) y el Egeo (Storch de Gracia 1989: 185), aunque en todos estos casos siempre de manera esporádica. Parece lógico suponer un origen autóctono para este tipo a la vista de notable concentración de este tipo en Iberia a partir de un momento avanzado del Bronce Final (Lo Schiavo 1978b: 42; Pellicer 1982: 223; Coffyn 1985: 167; Torres 2002: 196). Esta idea puede verse defendida por la curiosa doble vuelta del resorte de las fíbulas de codo central de Cerro Alcalá (Carrasco y otros 2013: fig. 2.1) y Alto de Yecla (Silos, Burgos) (González Salas 1945: lám. XIX) y, sobre todo, a la triple vuelta del resorte de la pieza de Mola de Agrés (Gil-Mascarell y Peña 1989: fig. 3). Otra propuesta sobre el origen de este tipo que ha gozado de cierta aceptación aboga por hacerlas derivar de las fíbulas serpenteantes itálicas, que disponen de varios bucles con varias espiras cada uno (Sundwall 1943: 48 fig. 241; Ruiz Delgado 1989: fig. 11; Lo Schiavo 2010: 738-741 láms. 522.6446-524.6686). De acuerdo con esta hipótesis, tales fíbulas, bien por tierra o por mar, alcanzan la Península Ibérica donde evolucionan hasta adquirir la forma de doble resorte (Kimmig 1954: 55, 64; Guzzo 1969: 307; Schüle 1969: 142-145; Ruiz Delgado 1987-1988: 529). Una tercera opción apunta al Mediterráneo oriental como zona originaria de los prototipos que evolucionan en la Península Ibérica (Argente 1994: 53). El más antiguo ejemplar de fíbula de doble resorte procede de Hama (Siria), fechado a finales del II milenio a.C. (Riis 1948: 131 ss., 200; Almagro Basch 1966b: 9 fig. 12), del que podrían derivar tanto las tirrénicas como la serie peninsular. Igualmente, en Maa-Paleokastro (Chipre) se documenta un fragmento de fíbula de puente cilíndrico y doble espira (Karageorghis y Demas 1988: 227) más similar a los ejemplares ibéricos, también de cronología antigua. Sin embargo, debido a la escasez de fíbulas de este tipo en Oriente parece más lógico vincular ambas piezas a las fíbulas del Círculo del Tirreno desde donde se expanden por el Mediterráneo oriental, o bien suponer que se trata de individuos experimentales en cuya filogénesis no aparecen los tipos occidentales. En definitiva, parece sensato que la fíbula de doble resorte sea una evolución peninsular a partir de otras fíbulas importadas. La cronología más segura para el comienzo de este tipo se corresponde con el BF IIIC, aunque la inexactitud de los contextos de aparición de algunas de estas fíbulas en la Península Ibérica y en el exterior arroja la sospecha de que, quizá, puedan remontarse hasta el BF IIIB. 4.3. Recapitulación La serie de fíbulas peninsulares es estructura en cuatro familias – arco de violín, arco curvo, codo, bucle y doble resorte – en las que se observan distintos tipos, subtipos y variantes técnico-estilísticas. La riqueza tipológica es notable gracias a que estos objetos son muy sensibles al cambio estético y a que su éxito es absoluto. 201 Las fíbulas durante la Protocolonización en Iberia se importan, se copian, evolucionan y se exportan, convirtiéndose en el único elemento de la Edad del Bronce que cumple con todo el ciclo. La introducción de las primeras fíbulas en la Península Ibérica se produce desde Sicilia, primero de manera esporádica en el BF I-II/Horizonte Pantálica I y luego de manera general en el BF IIIA/Horizonte Cassíbile. Las convergencias estilísticas, formales, técnicas y cronológicas apuntan a que existe una relación genealógica entre las fíbulas sicilianas y las peninsulares. Dentro de estas últimas destacan los taxones de codo y de bucle, ya que terminan desarrollando endemismos de enorme éxito que incluso se exportan por el Mediterráneo dando lugar a nuevas fíbulas, como sucede en Chipre. Por otro lado, los influjos mediterráneos no se detienen en Iberia, de tal manera que las fíbulas también alcanzan el atlántico francés (Duval y otros 1974: fig. 19; Coffyn y otros 1981: lám. 27.34-35; Giardino 1995: 31 figs. 122, 123). La aparición de las fíbulas en conjuntos rituales y en las estelas evidencia que se trata de un elemento de alta carga simbólica y, por lo tanto, de prestigio y de rango. Su empleo como complemento en la vestimenta sugiere que junto con las fíbulas se introducen nuevos hábitos en el vestir (Muscarella 1964; Almagro Gorbea 1989: 282; 1998: 85). La generalización por buena parte del Mediterráneo y de Europa revela la creación de una koiné simbólica, estética y ética entre las élites de un territorio enorme, exteriorizando un acercamiento ideológico entre las élites sumido en un extenso macrocircuito de comunicaciones a la vez que la existencia de grupos regionales. El tráfico de fíbulas y textiles pone de manifiesto un contacto personal entre élites paritarias, lo que, unido a al componente simbólico de estos elementos, indica la creación de un vínculo entre ellas. Las fíbulas, al final, descubren el cauce mediante el cual se entretejen las relaciones entre comunidades. Un último aspecto de sumo interés referido a las fíbulas es el de su distribución peninsular. El conjunto en el Bronce Final a se distribuye fundamentalmente por el occidente peninsular y la Meseta, más otro importante foco en el sureste. El mapa de dispersión ofrece pistas de lo que, muy probablemente, se esconda bajo una forma de intercambio ritual. La región atlántica es rica en estaño, mientras que el sureste lo es en plomo. Ambos metales constituyen a lo largo de la Edad del Bronce, y especialmente durante su etapa final, dos importantísimos elementos que motivan el flujo de contactos internacionales. El estaño es un metal que escasea en el Mediterráneo y que abunda en el Atlántico, y sirve para elaborar un bronce de alta calidad, tenaz y muy colable, óptimo para la fabricación de armas y artefactos de toréutica. El plomo, por su parte, es imprescindible en el proceso de obtención de la plata, otro elemento raro en el Mediterráneo y altamente valioso. La búsqueda de estaño y de plomo-plata es, con toda seguridad, el motor de la inmersión de Iberia en los circuitos internacionales durante la Protocolonización. 5. Pinzas de depilar Otro elemento nuevo en Bronce Final en la Península Ibérica son las pinzas de depilar, aparecido igualmente tanto en el registro material como en las estelas. Estas últimas, en la medida en que se relacionan con peines, espejos y fíbulas, proporcionan la clave para interpretarlas como utensilios de cuidado personal y no como tenazas de artesano, siendo éste el caso de las de Freixianda (Leiría, Portugal) (lám. XXXVII.C) (Vilaça y otros 2012a: 207-208). 202 Las pinzas en cuestión son las del Cerro de los Infantes, Roça do Casal do Meio, las del Grupo Baiões, Ratinhos y Agullana, más los ejemplares representados en piedra. En el complejo nivel III del corte 23 del poblado del Cerro de los Infantes (Pinos Puente, Granada) se acumulan, entre otros materiales, unas pinzas, una fíbula de codo del grupo Monachil, cerámica de retícula bruñida y otras vasijas globulares con cuello marcado (Molina y otros 1983: 692-693 fig. 2), llevando a sus excavadores a datarlo en una fase tardía del Bronce Final. Una revisión del hallazgo muy posterior prefiere situar el conjunto en el siglo IX a.C. (Torres 2008c: 540), fecha que quizá deba incluso adelantarse ligeramente. En cualquier caso, el conjunto encaja sin problemas en el horizonte BF III. Integrando el ajuar del sepulcro doble de Roça do Casal do Meio (Setúbal, Portugal) se documentan dos pinzas de diferente forma (lám. XXV.A.3, B.5), una en cada tumba (Spindler y Ferreira 1973: fig. 10.b, e). Los enterramientos, en los que también aparecen una fíbula de bucle y un peine de marfil, tienen una datación de en torno al siglo X a.C. (Vilaça y Cunha 2005: 52 tab. 1). Las pinzas de Monte do Frade, con dos ejemplares, Monte do Trigo y Monte Airoso (lám. XXXVII.B) (Vilaça 2013c: 399-400 fig. 2), por su similitud tipológica, así como por los paralelos contextuales, van a considerarse conjuntamente. Estos tres poblados pertenecen al denominado Grupo Baiões, un complejo cultural típicamente atlántico distribuido por la Beira Alta portuguesa, en el destaca la destacada y nutrida presencia de materiales importados del Mediterráneo (Senna-Martínez 1994; 2011; Vilaça 2007; 2008a; 2013a; 2013b; Mederos 2009). Esta cultura arqueológica se encuadra, básicamente, en el BF III (Mederos 2009: tab. 1).19 Perteneciente a un nivel de relleno de la fase 2 del castro de Ratinhos aparece otro ejemplar (Berrocal y Silva 2010: 307 figs. 112, 143.32). En este relleno se hallan materiales típicos del BF III, entre los que sobresale la ya citada fíbula de bucle de tipo Ponte 1a. Otros cuatro ejemplares aparecen en el cementerio de cremación de Agullana (Gerona). En concreto, se documentan en los enterramientos 9, 70, 219 (Palol 1958: 28, 74, 188) y 403 (Toledo y Palol 2006:145, 186 fig. 177.4), tres de ellos masculinos y el restante indeterminado. Los enterramientos se caracterizan por las urnas cinerarias carenadas que lucen una decoración de triángulos acanalados, en muchas ocasiones acompañadas por algunos objetos metálicos tal y como sucede con los casos referidos. Estos cuatro enterramientos se fechan en el Horizonte Mailhac I-II (850-750 a.C.). Por último, con más reticencias cabría también señalar la presencia de pinzas de depilar en algunas estelas (Celestino 2001: 171). Nuevamente, la cuestión del esquematismo unida a las reducidas dimensiones y escasos detalles estilísticos de este elemento impide identificar con nitidez los grabados con pinzas como las expuestas (Harrison 2004: 55). Pero es difícil interpretar de otra manera los grabados con forma en V y en X de las 19 En el poblado de Fraga dos Corvos, en un estrato superior del sector M, se han registrado unas pinzas de ojiva (Senna-Martínez y otros 2012: 253 fig. 17), que se asocian a una varilla de hierro y los restos de lo que parece ser el arco de una fíbula (ídem: 253 fig. 18 tab. 1), presumiblemente de Bronce Final precolonial. Sin embargo, en el mismo sector se observa un estrato a continuación donde diversos materiales fechables a comienzos del Período Orientalizante aparecen mezclados. Por ello, no se puede trazar con seguridad la secuencia de ocupación a partir de estos vestigios ni, por lo tanto, identificar estas pinzas como un objeto de cronología precolonial fuera de toda duda. 203 estelas de Aldea del Rey II (Díaz-Guardamino 2010: no. 243), Ervidel II (ídem: no. 298),20 Écija III (íd.: no. 287) y, con mayor incertidumbre, de la estela de Las herencias I (Fernández-Miranda 1986: 467; Díaz-Guardamino 2010: no. 316). Se definen mejor como pinzas, en primer lugar, por la semejanza que guardan con las pinzas materiales y, en segundo lugar, porque su introducción en la iconografía de estos monumentos se produce al mismo tiempo que el de otros materiales propios del cuidado personal. Debido al estado de conservación y la simpleza de las pinzas es imposible diseñar una tipología fiable que permita detallar sus características para distinguir una filiación cultural. No obstante, se atisba una cierta afinidad formal entre el ejemplar aparecido en el enterramiento 1 de Roça do Casal do Meio y el representado en la estela de Ervidel II. La pieza del ajuar es cilíndrica en su extremo pasivo, es decir, que el mango es una parte formalmente diferenciada del objeto. Esta diferenciación se adivina igualmente en la pinza de la estela. También entre los grabados de las estelas de Écija III y Aldea del Rey II se descubre una semejanza. En ambos casos se reproduce un artefacto compuesto por dos piezas formando una palanca. El resto de pinzas disponen de una ojiva en el extremo pasivo más o menos marcada. Por ello, es menester valorarlas en conjunto, sin profundidad tipológica, a partir de sus contextos de aparición y de sus paralelos. El mapa de distribución de las pinzas de depilar más antiguas en la Península Ibérica muestra que la mayoría de ellas se concentran en el cuadrante suroeste, con cuatro ejemplares sueltos en el noreste y otro en Granada. Este reparto coincide con dos importantes tradiciones culturales: las comunidades del sur del Duero, vinculadas al mundo atlántico, y los Campos de Urnas, que se extienden principalmente allende los Pirineos. Estas regiones y sus áreas de influencia coinciden con las que más tarde, desde los siglos VII-VI a.C. en adelante, aparezcan las únicas pinzas de depilar en Iberia antes de la Romanización (Ruiz Zapatero y Lorrio 2000: 281-293; Torres 2008c). Los paralelos extrapeninsulares de las pinzas de depilar con una cronología de Bronce Final se encuentran en el Atlántico, los Campos de Urnas y el Mediterráneo oriental, siempre de bronce y normalmente formando parte de conjuntos funerarios. La única pieza afín documentada en el Atlántico se localiza en el depósito de Vénat (Coffyn y otros 1981: lám. 26.28-35). Este conjunto lo integran centenares de artefactos metálicos venidos de lugares muy dispares (ídem: 33-45, Kristiansen 2001: fig. 77), evidenciando el esplendor de la Cultura Atlántica. Las piezas que lo componen se fechan en el BF III, aunque la ausencia de fíbulas de doble resorte permite apuntar al siglo IX a.C. como momento más probable de su deposición y cierre. Allende los Pirineos aparecen varios yacimientos en los que las pinzas de depilar son un objeto relativamente común. Por ejemplo, el cementerio de Moulin (Aude, Francia), de similares características al de Agullana, dispone de un total de nueve ejemplares atestiguados en los enterramientos 102 (Taffanel y otros 1998: 87 fig. 120.15287), 135 (ídem: 114 fig. 174.15357), 174 (íd.: 147 fig. 225.15503), 216 (íd.: 177 fig. 271.15670), 217 (íd.: 20 S. Celestino (2001: 447-448) interpreta el grabado de la estela de Ervidel II como una navaja de afeitar, aunque se adivina un leve parecido con el ejemplar de la tumba A de Roça do Casal do Meio. De la misma manera, este investigador (ídem: 352-353) no incluye en su dibujo de la estela de Las Herencias I la supuesta pinza, que M. Fernández-Miranda (1986: 467) entiende como unas posibles tenazas. 204 180 fig. 274.15673), 264 (íd.: 201 fig. 301.15799), 288 (íd.: 212 fig. 319.15869), 289 (íd.: 212 fig. 320.15876) y 198 (íd.: 163 fig. 252.15617). Tanto Agullana como Moulin pertenecen a una misma tradición cultural, el Mailhaciense, que se extiende por el sur de Francia (Guilaine 1972: 314-327; Gascó 1994: 115, 118) y el noreste de la Península Ibérica (Ruiz Zapatero 1985), aunque su influencia se extiende por el levente peninsular. La Cultura Mailhaciense representa el grupo más occidental de los Campos de Urnas, cuyas señas de identidad más resaltables son los enterramientos de incineración y las agujas. Estos dos rasgos funcionan como claros delimitadores territoriales y culturales de los Campos de Urnas. El cementerio de Moulin es uno de los más importantes yacimientos del Mailhaciense, fechado en la fase I de este grupo (s. IX a.C.). Colindando con el Grupo Mailhaciense se ubica otra tradición también perteneciente a los Campos de Urnas. Se trata de la Cultura Protovilanoviana, que se extiende desde los Alpes hasta el tercio septentrional de la costa tirrénica de la Península Itálica. En esta región igualmente se atestiguan dos pinzas, una en el enterramiento 496 de la necrópolis de Bolonia-San Vitale (Müller-Karpe 1959: lám. 62.K.4) y otra en el 290 (ídem: lám. 71.C). Dichos enterramientos tienen la misma cronología que Agullana y Moulin. Las primeras pinzas de depilar del entorno mediterráneo se encuentran en Egipto (Capel y Markoe 1996: 75). Están hechas de cobre, tienen forma de U y se remontan al comienzo de la Época Dinástica. Forman parte del juego típico de arreglo personal desde entonces y se conservan muchos ejemplares en tumbas femeninas, muchas veces más de dos. En el Reino Nuevo hacen su aparición las pinzas de ojiva, como la que se documenta en la tumba D229 de Abydos (ídem: no. 21b). En el Egeo también se documentan pinzas de depilar similares en contextos funerarios, especialmente durante el HR IIIC junto con otros elementos de cuidado personal y armas (Deger-Jalkotzy 2006: 152, 172). Las pinzas se identifican en la tumba L de Elateia (ídem: 156 n. 7), la tumba 123 de Perati (íd.: 156-157), la tumba 2 de Spaliareïka-Lousika (íd.: 158), la tumba B de Kallithea-Spenzes (íd.: 161-162), la tumba Theta de Patras-Klauss (íd.:165) y en la tumba de guerrero de Delfos (íd.: tab. 9.1). También en las tumbas femeninas 72 y 87 de la necrópolis de Paleopaphos-Skales estos útiles están presentes (Karageorghis 1983: 191, 310 figs. CXXXV.9-10, CLXXXI.12 láms. CXXI.9-19, CLXXXIII.12), con una cronología de CG II-III (950-750 a.C.). Tanto en Chipre como en el Egeo las pinzas pierden protagonismo a medida que avanza la Época Geométrica. Este retroceso en su uso se ha interpretado verosímilmente como un cambio en la imagen de las personas (Ruiz-Gálvez y Galán 2013: 47). Sin embargo, la presencia de este elemento al sur del Duero deja entrever que todavía siguen en uso a inicios del I milenio a.C. En efecto, no parece casualidad que una de las áreas de irrupción de las pinzas de depilar en la Península Ibérica sea en la vertiente del Atlántico. En esta región se localiza un importante complejo minero-metalúrgico dedicado a la extracción del estaño y a la fabricación de artefactos de bronce que llama la atención de los navegantes y mercaderes mediterráneos. El Grupo Baiões actúa como articulador de las relaciones entre la sociedad del Atlántico norte y el Mediterráneo en el BF III. 205 http:CLXXXIII.12 http:CLXXXI.12 El surgimiento y proliferación de una metalurgia técnicamente homogénea con la compartida por poblaciones residentes en Chipre, Palestina y Cerdeña en esta etapa indica claramente la ruta y la procedencia de los agentes involucrados en la circulación de bronces y conocimientos por todo el Mediterráneo (Matthäus 2001; 2008; MacNamara 2002; Lo Schiavo 2008). Por su parte, la uniformidad ritual, material y estilística observada entre los cementerios de Agullana y Moulin explicitan una cohesión entre las comunidades que habitan a los dos lados de los Pirineos. Las pinzas del Grupo Mailhaciense quizá sean originarias del Egeo o de Chipre, pero no cabe duda de que forman parte de la cultura material corriente de esta sociedad. La aparición de los cuatro ejemplares de Agullana se debe a la penetración de gentes o, al menos, de los influjos culturales radicados en el continente, sin intervención de mediterráneos. En este paisaje cultural, las pinzas del depósito de Vénat podrían explicarse como el fruto de una influencia alpina o peninsular, pero no como un ejemplo de la cultura material típica del Atlántico. En definitiva, a pesar de resultar prácticamente indistinguibles los rasgos específicos de las pinzas peninsulares, atendiendo a los contextos regionales en los que aparecen sí es posible establecer una filiación para ellas. Así, los ejemplares hallados en Agullana claramente se vinculan a los Campos de Urnas, mientras que las atlánticas hacen lo propio con el mundo del Mediterráneo oriental, probablemente con Chipre como punto de origen. Esta últimas constituyen otra evidencia más de Protocolonización fenicia. La irrupción de este elemento en el BF III en la Península Ibérica revela que la metamorfosis en el ideal de belleza de las sociedades occidentales no sólo se manifiesta en el ámbito atlántico, sino que también se expande, con sus correspondientes matices regionales, por el entorno de los Alpes, en plena ebullición. Las pinzas son uno de esos elementos materiales que se difunden ampliamente por toda Europa y el Mediterráneo en el mismo lapso temporal, lo que denota un cambio en la estética corporal a escala internacional. 5. Colgantes y cuentas Debido a las características formales y materiales de composición de los colgantes y las cuentas del Bronce Final en la Península Ibérica, es preferible distinguir dos grupos en su estudio. En el primer grupo se incluyen los adornos de piedras preciosas y de ámbar, mientras que en el segundo grupo sólo aparece una pieza de oro. 5.1. Materiales exóticos Ciertos materiales con los que están fabricadas algunas joyas halladas en la Península Ibérica en el Bronce Final son de origen foráneo. Ámbar, fayenza, cornalina y vidrio son los elementos de collares y pulseras venidos del Mediterráneo más comunes entre las comunidades peninsulares de la Prehistoria. Tal vez algunos objetos de cuarzo puedan incluirse en este grupo, pero en la medida en que es un material que se encuentra también en Iberia queda excluido. Los objetos en cuestión son escasos, pertenecen al mismo campo semántico y muchas veces aparecen juntos. Por ello, para la realización 206 de un análisis satisfactorio no es necesario ir de uno en uno, sino que simplemente basta con atender a sus contextos de hallazgo y atender a los materiales de fabricación. El ámbar es resina fosilizada de coníferas, duro, ligero, transparente, de color anaranjado, muy luminoso. Es una sustancia rara, difícil de encontrar en la Naturaleza en grandes cantidades. Por ello y por sus cualidades estéticas desde tiempos inmemoriales se convierte en un material altamente apreciado, siempre ligado a las élites sociales y al intercambio de larga distancia. Las fuentes de ámbar en Europa se distribuyen prácticamente por todo el continente (Rovira 1994: 69). Pero las únicas regiones en las que su afloramiento permite una explotación a gran escala se limitan al Báltico y a Sicilia (Bellintani 2010). Las economías de estas regiones en la Prehistoria, especialmente la báltica, giran en torno a la producción y exportación de esta sustancia. De hecho, el ámbar supone para el Báltico en II milenio a.C. lo que el lapislázuli y las piedras blandas – diorita, esteatita, clorita y serpentinita – para Asia Central en los milenios IV y III a.C.: no sólo dinamizan la economía de las regiones productoras, sino que se generan uno movimientos y transformaciones culturales que implica a varias naciones en un territorio muy extenso (Herrmann 1968; Kohl 1978; Harding 1984; Thrane 1990; Potts 1993; Kristiansen y Larsson 2006; Aubet 2007: 214 fig. 42; Galanaki y otros 2007). Adornos de ámbar se documentan en la Península Ibérica desde el Paleolítico, normalmente importaciones, aunque los más antiguos quizá fuesen autóctonos (Murillo y Martinón-Torres 2012: tab. 1). La fayenza, el vidrio y la cornalina, por el contrario, pertenecen al reino mineral. La fayenza es un material compuesto artificial por arcilla y silicatos que, al cocerse, adquiere un aspecto resplandeciente, con una tonalidad azul o verde. El vidrio es una pasta muy dura y transparente que, aunque puede encontrarse al aire libre, desde el II milenio a.C. se produce artificialmente mezclando diversos componentes inorgánicos y calentándolos a muy alta temperatura. Las artesanías de la fayenza y del vidrio están íntimamente emparentadas debido a las materias primas con las que trabajan. La cornalina, en cambio, es una gema natural de aspecto rojizo-anaranjado. Estos tres materiales son oriundos de Egipto (Lucas y Harris 1999: 41-47, 179-194; Nicholson y Henderson 2000; Nicholson y Peltenburg 2000), aunque su elaboración se extiende por diversos talleres del Mediterráneo oriental, el Egeo y Mesopotamia desde el II milenio a.C. (lám. XLV.A-D) (Caubet y Yon 2006). Junto con el ámbar y otras piedras preciosas, en la medida en que funcionan como elementos para la confección de adornos muy costosos, son una de las mercancías más demandadas por las élites sociales de la Antigüedad y, por tanto, su producción y distribución constituye uno de los motores de la economía global. En algunas grandes ciudades orientales, como Megiddo, la cantidad de objetos elaborados con estas materias es inmensa (Loud 1948: láms. 205 218; Blockmann y Sass 2013: 867-868, 893-984, 896-897 figs. 15.10, 11-13). Igualmente, resulta muy llamativa la concentración de colgantes de cornalina en la tumba 7 del cementerio norte de Beth Shan (Oren 1973: 128-129 fig. 41), en la que también se hallan un cuenco de tipo Berzocana (ídem: fig. 41.38) y dos peines de marfil similares a los aparecidos en la Península Ibérica durante la Protocolonización. Sin embargo, es altamente probable que en la región del Danubio Medio haya afloramientos de vidrio, lo que propiciase la aparición de talleres dedicados a su ­ 207 elaboración desde inicios del II milenio a.C. (Harding 1971). Esto implica también a las manufacturas de fayenza, ya que comparte sustancias compositivas con el vidrio. Los análisis petrográficos realizados sobre fayenzas orientales y centroeuropeas no revelan ninguna diferencia significativa entre ambos, de modo que resulta erróneo excluir por principio la proveniencia de una de estas regiones. Por tanto, es imprescindible tener presente que algunas de las piezas vítreas halladas en Europa occidental quizá tengan un origen danubiano y es posible que se hayan extendido sin participación alguna de agentes mediterráneos (MacKerrel 1972). Igualmente, no cabe restar importancia a las actividades desempeñadas por los egeos en la expansión de elementos orientales por rutas terrestres hacia el corazón del continente y sus confines occidentales (Harding 1984; Bouzek 1985). A medio camino entre el Egeo y el Círculo Nórdico se sitúa Fratessina. Este enclave vive una transformación y período de esplendor desde finales del II milenio a.C. con el desvío de la Ruta del Ámbar hacia el norte del Adriático. Además de ser erigirse como una comunidad de paso, también es un centro de producción y distribución de materiales continentales y mediterráneos. El hábitat dispone de talleres de ámbar, de vidrio y de marfil (Bietti Sestieri 2008: 32-34; Ruiz-Gálvez 2013: 203-204) en los que se producen objetos de estilo mediterráneo, aunque las materias primas proceden del exterior. De este modo, un asentamiento de la periferia de circuito oriental podría ser el responsable de la manufactura de numerosas piezas atribuidas, normalmente, a talleres de otras latitudes. En cualquier caso, su salida al mar y su pertenencia a la koiné estilística mediterránea atenúa la confusión en torno al lugar de origen de los abalorios y peines presentes en el circuito internacional. Un ejemplo muy ilustrativo del tráfico interregional durante los Reinos Nuevos egipcio e hitita es el pecio de Uluburun, cargado de casi veinte toneladas de productos de variadas naturaleza y procedencia. Entre las mercancías presentes en su cargamento se registran objetos elaborados y en bruto de fayenza, ámbar, vidrio azul, cuarzo, amatista, jade y otras piedras preciosas (Yalçin y otros 2005: 588-592, 599-601). Además de estos elementos, el navío transportaba mercancías variopintas y muy valiosas como lingotes de cobre y estaño, marfil, ébano, joyas de oro y plata y otros bienes colectados en diversos puertos y, seguramente, con diversos puertos de destino (Pulak 1997; Blowedow 2005; Yalçin y otros 2005). Aunque seguramente no es el caso del barco de Uluburun, algunos de los puertos de atraque de otros navíos similares se localizan en Fratessina y en distintos puntos la Península Ibérica entre otras muchas plazas. La vieja desembocadura del Vinalopó y la Ría de Huelva son dos estupendas áreas para desarrollar actividades mercantiles para los barcos mediterráneos. En el nivel de base del poblado alicantino de Peña Negra se documentan una serie de elementos que evidencian que dicho enclave se encontraba en un importante nudo de comunicaciones entre el Mediterráneo y el Atlántico. Entre ellos aparecen cuentas de fayenza, así como de vidrio azul como el de Uluburun (González Prats 1989; 475; 1992: 253). En el nivel más antiguo del barrio fenicio de Huelva se documentan también tres cuentas de ámbar, cuarzo negro y vidrio de formas diversas (lám. XLV.F.1-3), además de numerosos vestigios de procedencia mediterránea (González de Canales y otros 2004: 141 láms. XXXVI.21-23, LXII.18-20). Peña Negra I y el barrio fenicio de Huelva son dos de los más importantes yacimientos de la Protocolonización, tanto por su emplazamiento como por los materiales que contienen, y son los más ricos en cuanto a diversidad de 208 abalorios exóticos. En este sentido, ambos yacimientos son excepcionales, ya que lo habitual es que no aparezca más de una cuenta de material foráneo por poblado. Al sur de Peña Negra aparece la Cultura de Qurénima, conocida por sus enterramientos y apenas por sus lugares de habitación (Lorrio 2008). Este grupo recoge la herencia de las últimas comunidades de El Argar C y recibe fuertes influencias de los Campos de Urnas, del Mediterráneo y, en menor medida, de Tartessos en el BF III y en los primeros compases del Período Orientalizante. Las más notables evidencias del influjo ultramarino son, precisamente, los abalorios de vidrio (ídem: 286-287), ámbar (íd.: 287-288), cornalina (íd.: 290-291) y, probablemente, de fayenza (íd.: 292) que forman parte de los ajuares de las tumbas más lujosas. En el sur de la Cultura de Qurénima, en el poblado de Gatas (Turre, Almería), a finales de El Argar C también se documenta una cuenta de vidrio (Castro y otros 1999: 248) junto con un fragmento de cerámica a torno (Castro y otros 1991: 19 fig. 4), ambos venidos del Mediterráneo. El ámbar y el vidrio son los materiales foráneos de confección de cuentas más antiguos conocidos en la Península Ibérica, y cuyas áreas de distribución se solapan en gran parte. La fachada atlántica, el sureste y el noreste peninsulares son las zonas más fecundas al respecto. Los más antiguos ejemplares de cuentas de vidrio en la Península Ibérica se concentran en las Culturas de El Argar y del Alentejo/Bronce del Suroeste y se fechan a lo largo del Bronce Pleno y el Bronce Reciente (h. 1700-1350 a.C.) (Schubart 1975: 98-100). Sin embargo, no es hasta el BF III cuando aparecen los subsiguientes lotes de cuentas en Iberia, distribuyéndose por ciertas comunidades atlánticas, especialmente en el Grupo Baiões, y por otras del litoral este. Con respecto a los hallazgos de cuentas en el Atlántico, con varios ejemplares se identifican los yacimientos de Monte do Trigo (Castelo Branco, Portugal), en el que se documentan seis piezas de vidrio (Vilaça 2008b: 397; Mederos 2009a: 281), São Julião (Braga), con dos ejemplares vítreos multicolor en el nivel de Bronce Final (Bettencourt 2000: 36), Nossa Senhora da Guía (Viseu, Portugal), con tres cuentas de ámbar (Mederos 2009a: 284), el lugar ritual de la Sierra de los Alegrios (Castelo Branco), en el que aparecen tres ejemplares de vidrio, cornalina y azabache (Vilaça 2008b: 386; Mederos 2009a: 272-280), y la aldea de Cachouça (Castelo Branco), donde aparecen una cuenta dorada y otra vítrea (Vilaça 2000: 35). De manera individual, otras cuentas de pasta vítrea atlánticas se identifican en los poblados del BF III de Santinha (Braga) (Bettencourt 2001: 29 lám. XLI), de aspecto multicolor, Passo Alto (Beja, Portugal), de color azul (Soares 2012: 260 fig. 21.1), y en las inmediaciones de la Ría de Vigo, sin contexto arqueológico (González-Ruibal 2004: fig. 2.B). Por su parte, los ejemplares de ámbar aparecen en Moreirinha (Castelo Branco) (Vilaça 2008b: 387; Mederos 2009a: 282) y Quinta do Marcelo (Setúbal, Portugal) (Mederos 2009a: 297), de la misma cronología. También en el castillo de Arraiolos se conoce una cuenta de calcedonia fechada en el BF III (Almeida y otros 2012: 232 fig. 5). El segundo gran cúmulo de cuentas es la región del noreste ibérico, una región comprendida por los Campos de Urnas (Rovira 1994; Rafel y otros 2008a: 245-248). Por ello, es altamente probable que dichas piezas alcanzaran el territorio peninsular por vías terrestres, de tal manera que deban excluirse del compendio de indicios de navegaciones del Bronce Final atlántico-mediterráneas. Con todo, cabe destacar que 209 la mayoría de estos adornos se fechan en el II milenio a.C., razón por la cual se van a dejar fuera de análisis en este estudio. En el sureste, además de las tumbas de Qurénima, el otro gran hallazgo se incluye en el Tesoro de Villena. Se trata de un pequeño disco de ámbar montado sobre un disco de oro unidos por un pasador cilíndrico, lo que permite creer que se corresponde con un botón muy lujoso (Soler 1965: 22 lám. XXXVI.48/50). Este conjunto es sumamente problemático y complejo en cuanto a su interpretación, y como la cuestión de Villena se aborda en otro capítulo de este trabajo, ahora no procede entrar a su análisis. No obstante, merece la pena exponer que se produce una clara analogía entre esta pieza compuesta y los discos de ámbar envueltos en oro por los bordes que se atestiguan en algunas sepulturas de Wessex I y la Tumba de las Dobles Hachas de Isopata (Knossos), esta última fechada en el MR II (1450-1400 a.C.) (Clark 1968: 265). Todas estas piezas, aunque diferentes mutuamente, pueden estar verosímilmente en consonancia. Con la finalidad de determinar el origen botánico del ámbar y con él su procedencia geográfica, se han efectuado análisis espectroscópicos sobre dos cuentas, la de Moreirinha y una de Nossa Senhora da Guía (Beck y Vilaça 1995; Vilaça y otros 2002). Los resultados revelan que se trata de succinita o ámbar báltico, de manera que estas cuentas recorrieron una distancia muy larga hasta alcanzar la Península Ibérica. A pesar de no disponer de datos químicos para toda la serie de objetos de esta materia, es lógico extrapolar estos resultados a todos ellos. Es importante insistir en que los análisis identifican origen geográfico de la fuente de la materia prima, pero no del obrador de facturación. En la Península Ibérica, en el Bronce Final no se conoce ningún taller dedicado a la artesanía del ámbar ni, en general, al de ninguna otra piedra preciosa de naturaleza foránea. Así pues, no cabe asegurar una ruta de llegada en la medida en que manufacturas de ámbar báltico se extienden por todo el continente y el Mediterráneo. Por tanto, quizá penetrase por vía atlántica o por vía mediterránea. Por último, las más antiguas piezas de cornalina halladas en la Península Ibérica se localizan en el primer nivel de ocupación del castro de Ratinhos (Beja, Portugal), en el poblado de la Sierra de San Cristóbal (El Puerto de Santa María, Cádiz), en el “fondo de cabaña” de Pocito Chico (El Puerto de Santa María), en Mesas de Asta (Jerez de la Frontera, Cádiz), en Los Castillejos (La Grajuela, Córdoba), en Cabezo de Córdoba (Castro del Río, Córdoba), en Villa Vieja (Casares, Málaga) y en diversas tumbas de la Cultura de Qurénima ya señaladas. En el castro de Ratinhos aparece un juego de catorce cuentas de diversa morfología distribuidas en tres fases de ocupación, una de ellas perteneciente con toda seguridad al BF III y la intermedia se encuentra a caballo entre el Bronce Final y el Hierro I (Berrocal- Rangel y Silva 2010: 312-316). Los investigadores principales del castro de Ratinhos afirman de inicio que el material de elaboración de las cuentas es cuarzo rojo y rosa (Silva y Berrocal-Rangel 2005: 155, 173 n. 8 fig. 17; Berrocal-Rangel y Silva 2010: 314). No obstante, los análisis por difracción de rayos X efectuados sobre estas piezas parecen revelar que se trata de cornalina (Gonçalves y Soares 2010: 389-396), lo que significaría que es el yacimiento peninsular con mayor representación de objetos de este material. Sea como fuere, las formas atípicas de muchas de estas piezas se asemejan a 210 ponderales bien definidos venidos de ultramar,21 razón que confirma la naturaleza oriental de las cuentas de Ratinhos. Del BF III son también las cuentas de, supuestamente, cornalina halladas en Álamo (Beja, Portugal) (Soares 2005: 127 fig. 13.6-8) y Corôa do Frade (Arnaud 1979: 69 fig. 8.3, 6). Asimismo, en el castro de Ratinhos se identifica una cuenta de color negra compuesta de un material pétreo impreciso, quizá de cuarzo como la de Huelva (Silva y Berrocal- Rangel 2005: 155; Gonçalves y otros 2010: 393-396). Sin embargo, no es posible asegurar un origen para estas piezas de cuarzo, material presente en la Península Ibérica y en otros lugares del Mediterráneo. Sobre las piezas andaluzas, todas tienen forma de cariópside de adormidera o de loto, una tipo muy característico de la artesanía egipcia de esta piedra. Sólo tres de ellas disponen de un contexto fiable de datación. La primera es la de la Sierra de San Cristóbal. El yacimiento tiene sólo un nivel de ocupación, muy destruido, en el que se reconocen claramente cerámicas carenadas típicas del BF III (Ruiz Mata, Pérez y Martín de la Cruz, en Martín de la Cruz 2004: 10-11). La segunda es la de Pocito Chico, asociada a objetos fenicios y tartésicos de inicios del Período Orientalizante (Ruiz-Gil y López Amador, en Martín de la Cruz 2004: 11-14). La tercera procede de la fase más temprana del poblado de Mesas de Asta (Torres 2013), por tanto de idéntica cronología a la de Pocito Chico. Las restantes piezas se hallan en superficie, de modo que precisar su cronología es más complicado. La de Los Castillejos se vincula a un yacimiento del Bronce Antiguo y la de Cabezo de Córdoba a un poblado de larga ocupación desde la Edad del Cobre hasta la Romanización. A la vista de las más seguras piezas gaditanas y a falta de datos que avalen otra interpretación, lo más probable es que las cornalinas de la campiña cordobesa pertenezcan al mismo horizonte del I milenio a.C. protagonizado por mercaderes fenicios. Lo mismo puede aducirse sobre los otros dos colgantes de Mesas de Asta (Torres 2013) y los otros dos de Villa Vieja, estos últimos relacionados con diversos elementos cerámicos y metálicos del BF III (Marzoli y otros 2014: 173, 175-176, 178-179). Como refuerzo de esta proposición cronológica es apropiado traer a colación el colgante de idénticas características hallado en Lípari (Vagnetti 1982b: 170-171 fig. 1.6). Dicha pieza pertenece al Horizonte Ausonio II (ss. XI-IX a.C.) y es la más occidental de este tipo al margen de las halladas en la Península Ibérica. Así, este enclave en el Mediterráneo central se configura como un paso intermedio entre Egipto-Levante e Iberia en la red mercantil fenicia. Por ello, el colgante de la Sierra de San Cristóbal es el único de los de forma de cariópside de clara cronología protocolonial. En conclusión, los colgantes de materiales exóticos del Bronce Final aparecidos en la Península Ibérica son oriundos del mediterráneo, si no de naturaleza, sí de fabricación. 5.3. Colgante áureo de Huelva Entre los miles de materiales de la fase más temprana del kārum de Huelva se detecta un pendiente de oro hueco con forma amorcillada (lám. XLV.F.4) (González de Canales y otros 2004: 155-156 láms. XXXVIII.8, LXIV.20). Esta pieza es la primera de una serie muy 21 Véase el apartado 4.2 del capítulo 9 sobre los ponderales. 211 abundante de arracadas que se extenderán por toda la Península a partir del Período Orientalizante (Almagro Gorbea 2008: 371-374). Los colgantes amorcillados orientalizantes tienen un origen fenicio, lo que confirma que el ejemplar del kārum también lo es, a pesar de la aparición de objetos de diversas procedencias en este yacimiento. Colgantes de aspecto similar hechos en plata se documentan en la fase 1 del cementerio de Akhziv, aunque hechos en plata y en bronce, algunos incluso con adornos de conchas (E. Mazar 2004: fig. 24). Esta fase es contemporánea al BF IIIB atlántico. Por tanto, a pesar de ser de un material diferente a de los paralelos propuestos, el pendiente del barrio fenicio de Huelva puede perfectamente incluirse como una importación de la misma época. 7. Objetos atlánticos de estética personal en el Mediterráneo 7.1. Fíbulas con gallones de codo central o de subtipo Moraleda Al margen de las fíbulas de doble resorte y de tipo Ponte 1a, las fíbulas más características del Bronce Final halladas en la Península Ibérica poseen un codo muy pronunciado, se adornan con gallones en el puente y, en general, contienen una elevada proporción de estaño (Rovira 1995a: 45; Carrasco y otros 1999: tabs. 1, 2; 2012: tab. 1; 2013: fig. 5). Por su forma, estas fíbulas se dividen en dos subtipos o variantes: Ría de Huelva y Moraleda (Carrasco y Pachón 200ba; 2006b; 2006c; Carrasco y otros 2012). El subtipo Ría de Huelva se define por la posición lateral del codo, mientras que el subtipo Moraleda incluye el codo hacia el centro del puente. Pues bien, los ejemplares de subtipo Moraleda no sólo se identifican en Iberia, sino que también se extienden por el Mediterráneo oriental. En la Península Ibérica se conocen los siguientes ejemplares de fíbulas de subtipo Moraleda (lám. XLII): Cerro de la Miel (Moraleda de Zafayona, Granada) (Carrasco y otros 1985: 296, 298 fig. 22.102), Casa Nueva-1 (Carrasco y Pachón 2001: 237 fig. 2.1), Cerro de Los Allozos (2) (Montejícar, Granada) (Carrasco y Pachón 1998a: 430-431 fig. 2.1-2 lám. I), Puerto Lope/Íllora (Carrasco y Pachón 1998b), Guadix-B (Carrasco y Pachón 2002: 177 fig. 2.2), Laias (Barbantes, Orense) (Carrasco y otros 2012: 312, 314 fig. 1.1), Cerro de los Infantes (Pinos Puente, Granada) (Mendoza y otros 1981: fig. 12.f; Carrasco y otros 2012: 315 fig. 1.2-3), muy probablemente los fragmentos de Abrigo Grande das Bocas (Carreira 1994: 81 lám. XXXIII.1) y la dicha de Burgos-Palencia conservada en Museo Arqueológico de Barcelona (Almagro Basch 1940: fig. 60.2; 1957: 39 fig. 27.1; Fernández Manzano 1986: fig. 42.5). Existe una pléyade de fragmentos de puente con gallones que no facilitan ninguna pista segura acerca de su pertenencia al subtipo Moraleda o al Ría de Huelva (lám. XLIII.A). Aparecen en el poblado de Talavera la Vieja (Cáceres) (2) (Jiménez Ávila y Cordero 1999: 183-184 fig. 4.1-2), en el castro de Nossa Senhora da Cola (Beja, Portugal) (Da Ponte 1986b: 76 lám. 1), La Cildad (Sabero, León) (Celis 1999), Alto de Yecla (Silos, Burgos) (González Salas 1945: lám. XIX; Fernández Manzano 1986: 128-131 fig. 42.4), Guadix-A (Carrasco y Pachón 2002: 177 fig. 2.1) y Guadix-C/San Miguel (Granada) (ídem: 177 fig. 2.3; Carrasco y otros 2002: 367-368 fig. 12), Casa Nueva-2 (Pinos Puente, Granada) 212 (Carrasco y otros 2012: 316 fig. 1.5), Cerro de las Agujetas (ídem: 317-318 fig. 1.7) y en el Cerro de El Berrueco (Salamanca) (Maluquer de Motes 1958a: 86-87). Así las cosas, estos broches se distribuyen por la vertiente atlántica y por el sureste de la Península Ibérica, aunque son las concentradas en esta última zona las que se identifican con mayor claridad. En principio parece una prueba de que el área de producción de estas piezas es el sureste, aunque valorando todas las evidencias podrían proceder perfectamente del Atlántico y, lo que resulta más probable, que hubiese diversos talleres por todo el territorio peninsular en los que se elaborasen las fíbulas de subtipo Moraleda. De entre todos los ejemplares de fíbulas de la variante Moraleda, las únicas que ofrecen contextos fiables son las del Cerro de la Miel y una de las del Cerro de los Infantes. La primera procede del interior de una cabaña y está asociada a una espada de lengua de carpa y a cerámica típica del BF IIIA-B (Carrasco y otros 1985). Esta cronología otorgada por tipología al nivel de ocupación del yacimiento choca bruscamente con los resultados obtenidos por radiocarbono a partir de una muestra de carbón (UGRA­ 143: 3030±110 BP) (Carrasco y otros 1985: 295) que elevan la datación del yacimiento hasta 1411-1128 cal. AC (1σ), aunque a 2σ (1505-974 cal. AC) sí es compatible con el BF IIIA. Los excavadores de este poblado últimamente se han servido de otra fecha del yacimiento vecino del Cerro de la Mora (Moraleda de Zafayona) para nuevamente probar una cronología alta, también obtenida de un resto de carbón (UGRA-263: 2990±90 BP), aunque esta vez no asociada a ninguna fíbula (Carrasco y otros 2014: 106 tab. 4). El resultado ofrecido es 1324-1115 cal. AC (57,12%) – 1432-976 cal. AC (99,95%). Debido a los problemas intrínsecos de las dataciones 14C, es preferible aceptar una cronología baja sustentada en la cultura material.22 La fíbula del Cerro de los Infantes viene asociada a cerámicas de decoración incisa y pertenece al horizonte III del yacimiento en el que aparece cerámica de retícula bruñida en todos sus niveles estratigráficos (Mendoza y otros 1981: 176-178 figs. 12-13), razón por la cual parece adecuado fechar esta fíbula también en el BF III. Esta cronología, por extensión, se puede aplicar razonablemente al resto de fíbulas peninsulares afines. Las piezas de subtipo Moraleda son las únicas fíbulas de fabricación peninsular localizadas en el Mediterráneo oriental (Ruiz Delgado 1989: 62; Mederos 1996: 98-101; Carrasco y Pachón 2006c; Torres 2012: 462-464; contra Guzzo 1969). Suman un total de doce ejemplares seguros, ocho de los cuales se hallan en Chipre y los cuatro restantes en el Levante (fig. 13). No son todos iguales, variando fundamentalmente el grado de cierre del codo y su altura con respecto a la aguja, en ocasiones curvada. En el Levante, los ejemplares de fíbulas de subtipo Moraleda más antiguo y más reciente en descubrirse proceden ambas de Megiddo (lám. XLIII.B.1-2). El primero aparece el estrato VA (Loud 1948: lám. 223.78) y se fecha en el siglo X o IX a.C., fluctuando según el 22 Ambas muestras tienen el problema de ser de carbón, por tanto susceptible del efecto “madera vieja”, así como el defecto de una alta desviación típica (110 y 90 años, respectivamente), por lo que los resultados debe valorarse con extrema prudencia. A simple vista, la datación propuesta parece muy alta, en relación al contexto de aparición de la fíbula de Cerro de la Miel, así como de los paralelos sicilianos, perfectamente periodizados y fechados. De todos modos, una fecha de siglo X a.C. queda comprendida en el intervalo de 2σ y se ciñe mucho mejor a las fíbulas de codo con molduras, situándose al comienzo de la serie de este grupo. 213 http:material.22 modelo cronológico convencional o bajo y sus revisiones (Mazar 2005). El segundo se localiza en el estrato IVA/L-2 que corresponde a la fase Hierro IIB (840/830-732 a.C., según Mazar 2005: tab. 2.2) (Blockman y Sass 2013: 900 fig. 15.14.537). La tercera fíbula del Levante se encuentra en la tumba 1 de Achziv (lám. XLIII.B.3) (E. Mazar 2004: 113 fig. 28.1), extraída de su fase más temprana, cuando los cadáveres eran inhumados y acompañados de ajuares ricos, con presencia de pilgrim flasks, y, por lo tanto, fechable a finales del Hierro I levantino, en el siglo X a.C. (ídem: 21-22). La cuarta fíbula levantina correspondiente con este modelo se localiza en la habitación C de Samaria-Sebaste (lám. XLIII.B.4), asignada por los materiales asociados al Período III de este poblado equiparable a la cronología propuesta (Crowfoot y Kenyon 1957: 441 fig. 102.1). Esta última fíbula está fragmentada y es probable que debido a la inclinación del brazo con respecto al pie pueda tratarse de un ejemplar del subtipo Ría de Huelva (Buchholz 1986: fig. 8.a). Fig. 13: Mapa de distribución de las fíbulas de subtipo Moraleda con localización segura en el Mediterráneo oriental. Con respecto a las fíbulas procedentes de Chipre, el ejemplar de la tumba 523 de Amatunte (Limassol) (lám. XLIV.A.1) (Giesen 2001: 180 lám. 44.1) es el más interesante y confuso por su contexto. En efecto, aparece asociado a múltiples objetos entre los que destaca un asador articulado de tipo atlántico (imagen). Sin embargo, no parece claro el horizonte exacto de aparición, ya que la fíbula y el asador están acompañados por cerámicas de estilos varios cuya cronología oscila entre el CG I y principios del CA I, por tanto entre los siglos XI y VIII a.C. Por sus paralelos peninsulares, lo más coherente es asignarle una cronología de CG I-II (1050-900 a.C.), plenamente acorde con el asador. 214 En el mismo cementerio de Amatunte también aparecen otras tres fíbulas en las tumbas 13, 229 y 243 (lám. XLIV.A.2-4) (Giesen 2001: 179: lám. 43.1-3), la primera de ellas del CG III (900-750 a.C.) y las restantes de cronología más imprecisa, aunque igualmente asignables a este período. Otra fíbula similar de procedencia chipriota – sin contexto conocido pero atribuida a Kourión (Blinkenberg 1926: 248 fig. 298) – pertenece a la Colección Cesnola (ídem: 179 fig. 43.4) que cabe fecharse en el mismo horizonte (lám. XLIV.A.5). Del mismo tipo, aunque con una interesante diferencia formal, es la fíbula hallada en la tumba 3 del cementerio de Ayia Irini (Lassithi), fechada en el CG II (950-900 a.C.) (Giesen 2001: 180 lám. 44.3). Este ejemplar posee el codo casi cerrado y en él se advierte la figura de doble hacha (lám. XLIV.A.6). Por ello parece tratarse de un modelo de transición hacia el tipo chipriota cuya principal característica es el codo cerrado y la presencia de un botón en el extremo superior del puente en sustitución del codo (lám. XILV.B.1) (Giesen 2001: 180 ss. láms. 45 ss.). La fíbula descubierta en la extinta Universidad de Madrid (lám. XLIV.A.7), originaria de Chipre (Almagro Basch 1966b: fig. 70.6; Guzzo 1969: 302-303), y, sobretodo, la del conjunto Periedes 780 (lám. XLIV.A.8), atribuida a Larnaka y de segura extracción chipriota (Buchholz 1986: fig. 2.b; Giesen 2001: 180 lám. 44.2), tienen una forma que recuerda a la del ejemplar de Ayia Irini, con el codo escasamente abierto. Las fíbulas de subtipo Moraleda no se encuentran en ninguna otra región del Mediterráneo o del Atlántico. No obstante, el tipo chipriota sí aparece fuera de Chipre, si bien en número muy reducido y presentado alguna variante. Así, se documentan ejemplares chipriotas en el Egeo (Sapoura-Sakellarakis 1978: 135 lám. 55.1721, 1723-24), el Atlántico francés (Cunisset-Carnot y otros 1971: 603-607 figs. 2.1, 3, 6; Duval y otros 1974: 35, 331 fig. 31.1-2), en Italia (Cunisset-Carnot y otros 1971: fig. 4.28, 30), en Cerdeña (Lo Schiavo 1978b: 42-44 fig. 6.3) y en la Península Ibérica, en concreto en Coria del Río (lám. XLIV.B.5) (Ruiz Delgado 1989: fig. 10.1; Storch de Gracia 1989: fig. I-13.I-2), que tal vez pueda todavía considerase dentro del subitpo Moraleda, y en un lugar indeterminado de la Meseta que se conserva en el Instituto de Valencia de Don Juan (lám. XLIV.B.2) (Almagro Basch 1957: fig. 28; 1966b: fig. 3.8; Cunisset-Carnot y otros 1971: fig. 1.15).23 Al hilo de esta última pieza, resulta tentador vincular el tipo chipriota con la fíbula de Villamorón (Burgos), caracterizada por un pivote e incisiones (lám. XLIV.B.3) (Almagro Basch 1966b: fig. 3.9). En resumen, los ejemplares de broches de la variante Moraleda hallados en el Mediterráneo oriental tienen un origen ibérico. Por lo menos cuatro de estos ejemplares orientales encajan con una cronología protocolonial, mientras que el resto pertenecen al BF IIIC atlántico, concordando a buen seguro con la serie peninsular. En Chipre este modelo experimenta una evolución formal, derivando un modelo endogámico que retorna hacia Occidente, probablemente inmerso en el proceso colonial griego. 7.2. Navajas de afeitar Las navajas de afeitar constituyen un elemento indispensable en el juego de objetos de arreglo personal masculino en el Bronce Final (Harding 2008). Junto con los peines, son las piezas del campo de la belleza más extendidas por Europa, lo que confirma la 23 Almagro Basch (1966a: fig. 70.5) recoge la noticia de la existencia de otra fíbula chipriota conservada en la antigua Universidad de Madrid (lám. XLV.B.4). Esta pieza pudo llegar Madrid en el siglo XX. 215 http:1.15).23 importancia social del peinado y de la barba, muy probablemente no sólo en su sentido estético, sino también étnico. En el repertorio arqueológico de Sicilia aparecen dos ejemplares de navajas de afeitar que difieren notablemente de los demás tipos registrados en la isla. Se trata de la pieza de la tumba 78 del cementerio de Cassíbile (Siracusa) (lám. XLVI.D) (Hencken 1955: fig. 1) y de la perteneciente al depósito de Castelluccio (Ragusa) (Albanese Procelli 2008: fig. 15) (lám. XLVI.I). Son piezas planas más o menos ovaladas de las que brota una espiga que se enchufa en un mango, probablemente de madera. La hoja de Cassíbile tiene una muesca en la parte superior y dos pequeñas muescas junto a la espiga. Con seguridad, la tumba en la que se halla la navaja se fecha en el Horizonte Cassíbile (1050­ 900 a.C.) (Hencken 1955: 362). La misma cronología cabe aplicar, en principio, a la del depósito de Castelluccio, en el que junto a la navaja aparecen dos azuelas de apéndices laterales de tipo egeo, dos hachas de talón y anillas, una bonita fíbula de antenas y un fragmento de mango calado, probablemente perteneciente a un espejo (Giardino 1995: fig. 12.B).24 Si bien estas dos navajas constituyen una rareza en el Sicilia y en toda la cuenca mediterránea, en el mundo atlántico encuentran paralelos muy evidentes. Los más similares son las navajas de tipo Dowris que se aglutinan en Irlanda, también con las muescas características (lám. XLVI.J) (Jockenhövel 1980: 72-75 láms. 11.190-12.203). Las tres localizadas en el depósito homónimo se asocian a un caldero tipo A y varias espadas pistiliformes (ídem: 72 láms. 94-96). Estos elementos están presentes durante todo el Bronce Final en Irlanda. Ciertamente, otros tipos similares de navajas como Feltwell (lám. XLVI.K) (íd.: 64-72 láms. 10.164-11.189) o Hénon (lám. XLVI.L) (íd: 58-61 láms. 8.137-139) se encuentran a lo largo de toda esta época (Briard 1965: 160 fig. 53), de manera que la cronología de estas piezas no puede precisarse. Las navajas atlánticas no son muy sensibles a los cambios estilísticos y sociales, al contrario que las fíbulas, pero justamente por esta razón se identifican fácilmente como materiales de naturaleza atlántica. Las navajas atlánticas, entonces, no se ciñen a los grupos regionales, sino a todo el ámbito cultural del Atlántico. A pesar de que los paralelismos con las navajas de Irlanda son los más claros, es en la Península Ibérica donde se encuentran los ejemplares geográficamente más cercanos, si bien mostrando pequeñas diferencias formales. En concreto, en el depósito de Huerta de Arriba (Burgos), donde se constatan cuatro ejemplares, dos de ellos claramente parecidos (Martínez Santa-Olalla 1942: 134-135, 144-155 lám. IX; Almagro Basch 1943: 274-276 fig. 4 lám. II; Fernández Manzano 1986: 83-89 fig. 6.11-14), y en el asentamiento de Abrigo Grande das Bocas (lám. XLVI.N) (Carreira 1994: 83-84 lám. XXXIII.5). Al primer conjunto se le asigna una cronología del BF II, mientras que la fecha del segundo es bastante imprecisa, pero ciertamente debe incluirse en el Bronce Final. Otra navaja afín es la descubierta en Caldas de Monchique (Beja, Portugal) (Schubart 1975: 91 lám. 10.46) la cual, aunque tipológicamente resulta mucho más sencilla, alejándose del tipo Dowris, demuestra igualmente una filiación atlántica. Pero el ejemplar más singular aparece en la estela de Capilla III (lám. XLVII.A) (Celestino 2001: 374-375; Díaz-Guardamino 2010: no. 269). En esta imagen, visiblemente de tamaño 24 Childe (1930: fig. 89) apunta la existencia de un tipo (“late Siculian II”) de forma parecida a algunos modelos atlánticos representado en dos piezas. Sin embargo, no aporta más información sobre las mismas, siendo difícil rastrearlas en la historiografía. Por tal razón, estas dos navajas no van a ser consideradas en este análisis. 216 http:12.B).24 exagerado, se aprecia la navaja al completo, reconociéndose en ella la hoja y su mango. Por lo tanto, queda evidenciado que la navaja es un útil compuesto y que el mango pudo haber sido fabricado en material perecedero o, incluso, en bronce, tal y como queda de relieve luego de la multiplicidad de ejemplares aparecidos en la vertiente atlántica el BF III (lám. XLVII.B) (Vilaça 2008-2009). Además de estas dos hojas, en Cerdeña se documenta con muchas dudas un fragmento de navaja de tipo Saint-Grégoire en Forraxi Nioi (Nuoro) (lám. XLVI.M) (Lo Schiavo 1991: 216), que nuevamente debe relacionarse con la metalurgia atlántica de Bronce Final (Jockenhövel 1980: 62-64 lám. 10.160-163) y con la Península Ibérica como muy probable ruta de llegada. De hecho, en el depósito de Monte Sa Idda se identifica un mango con claros paralelos ibéricos que verosímilmente perteneció a una navaja de afeitar (lám. XLVII.B.2) (Taramelli 1921: 56 fig. 77; Vilaça 2008-2009: 68 fig. 3.12). Las navajas atlánticas se desconocen fuera de su ámbito originario y de Cerdeña. Por este motivo queda asegurado que la vía de llegada a Sicilia de las piezas en cuestión implica el paso a través de la Península Ibérica en el Bronce Final, muy probablemente en el comienzo del I milenio a.C. 7. Conclusión En este capítulo ha quedado demostrado que entre las evidencias de los movimientos pre- y protocoloniales aparecen una serie de objetos dedicados al cuidado personal y al atuendo. Estos objetos dan testimonio de que la belleza y la buena presencia constituyen una cuestión esencial entre las élites del Bronce Final. Uno de los atributos de los guerreros de las sociedades heroicas es el aspecto físico. Aunque la buena presencia e higiene no es exclusiva de este grupo, sí es un elemento diferencial con respecto a los demás habitantes de las aldeas. La estética personal es también una estética de etnicidad, de acuerdo con la cual las diferentes etnias y comunidades se reconocen y se diferencian entre sí. En el caso particular de las élites, la koiné material que se divisa entre las diferentes culturas pone de manifiesto que entre ellas también hay un código estético que las acerca mutuamente y que, a su vez, las separa del resto. El valor de la estética en el Bronce Final Atlántico vive un reverdecimiento y una transformación ideológica. Las élites sociales, cuyos principales dominios son el combate, la preservación de conocimientos y la administración de la economía, ya no sólo se representan a través de sus armas, sino que también exhiben objetos personales relacionados con la imagen corporal. En este sentido, las estelas vuelven a ser referenciales, ya que desde el BF IIIA comienzan a grabarse fíbulas, peines, pinzas de depilar, navajas y espejos formando parte del discurso de poder. Es decir, estos objetos representados son más que pertenencias personales: son expresiones de rango, prestigio y autoridad. Así, en la medida en que su significado social trasciende la mundanalidad de la estética, los objetos en cuestión aluden a un cambio en el sistema de valores y en las creencias. Los nuevos objetos que integran el discurso de poder en el BF III – carros y liras incluidos – tienen un origen foráneo, de tal suerte que también simbolizan la enjundia de las 217 relaciones exteriores, superando la mera comunicación para teñirse de liderazgo y mística (Helms 1988). Tal vez las cuentas, los colgantes y los espejos sean los objetos más destacados en lo concerniente al valor trascendental. Los espejos tergiversan la realidad creando una dimensión espacial no física cuyo alcance va más allá del mundo tangible. A la vez que sirven como instrumentos de tocado, también son objetos mágicos. Los colgantes, por su parte, están dotados por naturaleza de propiedades peculiares como el brillo y la transparencia. Estas propiedades se sitúan en la misma línea ideológica que los espejos, ya que además de complementar la belleza, irradian una idea de diferenciación social. Los collares y las pulseras son los soportes típicos de los amuletos, talismanes y otros elementos relacionados con prácticas chamánicas. También adquieren un significado simbólico personal, en este caso potenciado por haber sido elaborados con materiales exóticos. Sus portadores lucen algo más que adornos, lucen vínculos simbólicos con las personas que se los dieron. En el intercambio de bienes de prestigio, algunos se conservan en calidad de keimēlion, esperando el momento de volver a ponerse en circulación, mientras que otros, como los collares y las pulseras, quedan ligados a los receptores que los lucen como signo de belleza, de exclusividad y de conexión espiritual con otras personas. Las fíbulas de estilo Moraleda, las navajas de tipo Dowris y, quizá, los peines revelan que las élites peninsulares no sólo reciben objetos de estética personal procedentes del Mediterráneo. Las fíbulas tienen la particularidad de ser el único elemento que se adquiere del circuito internacional, se copia, evoluciona internamente y se vuelve a introducir en el mismo circuito con el mismo valor estético. Es decir, cumplen con el ciclo completo. Su llegada al Mediterráneo oriental es altamente significativa, ya que pone de manifiesto que las relaciones mediterráneas de la Península Ibérica no se detienen en el Tirreno, sino que llegan hasta el otro extremo del mar. Probablemente constituyan la parte más visible de un total de exportaciones poco perceptibles hacia el Levante y Chipre, en las que se incluyeran otros elementos, como el marfil y la plata, difíciles de detectar. 218                 7. INSTRUMENTOS MUSICALES 1. Introducción Aunque recientemente ha sido objeto de un estudio pormenorizado (Román 2012), uno de los temas menos trabajados en la Pre- y Protohistoria peninsular es la música. La música, como la literatura y la danza, es un arte inherente en todas las comunidades humanas. Sin embargo, su huella en el registro arqueológico de los pueblos ágrafos es prácticamente invisible. Los testimonios etnográficos de autores antiguos sobre las costumbres de los otros, así como las tradiciones populares cuyas raíces se hunden en tiempos remotos constituyen dos herramientas de capital importancia para el estudio de las artes no-plásticas (Almagro Gorbea 2005b; 2013). Estos escritos, junto con las representaciones pictóricas en cerámicas y los pocos instrumentos musicales que han llegado hasta la actualidad suman todo el registro de la cultura material que puede estudiarse para comprender el arte como cultura inmaterial. Al margen de trabajos centrados en la tipología, filiación y cronología de los instrumentos musicales, buena parte de la investigación sobre la música más antigua atiende a cuestiones musicológicas, tales como la técnica de ejecución y los modos armónicos (Henderson 1986: 340-363; West 1994: 129 ss.; Kilmer 2000), y constructivas (Roberts 1981; Bèlis 1985). En este capítulo no se pretende abordar los entresijos y características de la música en cuanto a elemento sustancial de la cultura, sino simplemente analizar una serie de instrumentos. Tales instrumentos tienen la peculiaridad de irrumpir en el Bronce Final peninsular coincidiendo con la Protocolonización fenicia y de ser conocidos en otros ámbitos del Mediterráneo. Los instrumentos en cuestión son liras, ciertos idiófonos y un posible aulos que en este capítulo será la primera vez que se le preste atención. 2. Liras Las más antiguas liras conocidas en la Península Ibérica aparecen únicamente representadas en las estelas (Blázquez 1983; Almagro-Gorbea 1992: 649; 1998: 89-90; 2001: 245, 250-251; 2013: 26; Mederos 1996b; Celestino 2001: 172-181; Harrison 2004: 159; Torres 2012: 457, 459; Jiménez Pasadolos 2012). Dentro de todo este grupo, hay un ejemplar que tiene unas características netamente distintas del resto, la lira de la estela de Luna, razón por la cual es preferible analizarla por separado. Las demás representaciones, debido a su cohesión formal, contextual y territorial, se van a 219                                                                        estudiar por separado, aunque todas guardan manifiestas afinidades, lo que obliga a, en última instancia, valorarlas en conjunto. 2.1. Lira de Luna La estela de Luna (lám. XLVIII.A) (Fatás 1975; Bendala 1977: 187-191; 1983; Mederos 1996b; Díaz-Guardamino 2010: no. 172) es la más atípica de la serie. Primero, por su lugar de aparición, en el valle del Ebro, muy alejado de la zona nuclear de estos monumentos. Segundo, porque el soporte es una estela-menhir, esbelta y con hombros marcados, muy probablemente reutilizada. Tercero, por la escasez de elementos representados en ella, una lira y un escudo tipo Cloonbrin, en contraste con la mayoría de estelas, que presentan un variado repertorio de figuras y, en cualquier caso, nunca estos dos elementos en exclusiva. Finalmente, por el excepcional grado de realismo de su forma y sus proporciones, que de nuevo se opone al general esquematismo de los grabados. Se trata, en definitiva, de un caso singular. Los minuciosos detalles que ofrece la lira de la estela de Luna facilitan un mejor análisis. Se observa la forma redonda de la caja de resonancia, de la que sobresalen en su borde dos brazos o sostenedores de longitudes diferentes. En la caja, entre los brazos, se acopla un soporte interpretable como el puente o clavijero para las nueve cuerdas activas del instrumento. A los laterales de éstas y en paralelo se advierten otras tres líneas a cada lado, que cabrían ser entendidas como tiras o cuerdas no activas o bien como parte de los brazos. Por último, entre los extremos superiores de los brazos se sitúa una pieza transversal para tensar el cordaje. Además, se aprecia en todo el borde de la caja y en los brazos una decoración en línea quebrada y triángulos rellenos de líneas paralelas, motivos geométricos como los que adornan al escudo que la acompaña. El sorprendente grado de detalle tanto en su decoración como en su composición permite establecer similitudes con otros cordófonos conocidos en diversas regiones del Mediterráneo oriental y central, en la mayoría de los casos en relieve sobre sellos, dibujos sobre cerámica y frescos. Resulta indispensable atender al número de cuerdas de esta imagen, que ascienden a un total de nueve. Cabe destacar que se trata de una cantidad muy elevada en comparación con las más comunes liras de cuatro cuerdas o phorminx habituales de la “Edad Oscura” (Wegner 1968: 2-18 figs. 1-3; West 1994: 52-53).1 Liras con un número tan alto son propias de una etapa anterior al episodio de los Pueblos del Mar, aunque desde el siglo VII a.C. en adelante la presencia de siete cuerdas se vuelve normal en las liras del Mediterráneo (ídem: 9). De esta manera, el número de cuerdas se convierte en un indicador fiable de la cronología de estos elementos en términos generales, resultando el siguiente esquema evolutivo: 1. Época palacial (hasta h. 1190 a.C.): cinco o más cuerdas. 1 De acuerdo con Wegner (1968: 16), el prototipo de lira homérica contaba con cuatro cuerdas, siendo representaciones fallidas o inexactas todas aquellas en las que aparece con un número diferente. Sin embargo, la abultada muestra iconográfica de liras con cinco y tres cuerdas en el Egeo y Chipre, unido a los grabados de Quinterías-Herrera del Duque y Capote, permite cuestionarse si se copian instrumentos reales. De todas maneras, en estos casos el número de cuerdas puede tratarse de una cuestión secundaria, sin reflejar fielmente el modelo, sino únicamente el instrumento (Celestino 2001: 274; Jiménez Pasalados 2012). 220         2. Edad Oscura-Período Geométrico (hasta siglo VII a.C.): cuatro cuerdas. 3. Período Orientalizante: siete cuerdas. Sin embargo, se conocen casos que incumplen con este esquema. Liras con más de siete cuerdas se detectan en Zinçirli, hacia el 700 a.C., donde aparece un ejemplar con más de diez cuerdas (lám. XLVIII.B.1) (Lawergren 1998: fig. 1.ee) y en Assur (lám. XLVIII.B.2), también con esta fecha, otra de diez cuerdas (ídem: fig. 1.cc). Con nueve se localiza una en Megiddo (lám. XLVIII.B.3), en el siglo XII a.C., en un momento anterior a la presencia filistea en la región (íd.: 51-52 fig. 1.p), y otra en Kôm Firîm (lám. XLVIII.B.4), Egipto, entre el 900-700 a.C. (íd.: fig. 5.o). También disponen de un elevado número de cuerdas las thick lyres o liras de gran tamaño registradas en diversos enclaves egipcios y anatólicos, con una amplia cronología comprendida entre los milenios II-I a.C. (íd.: 43-47 fig. 4.). Por último, una notable concentración de harpas horizontales con más de siete cuerdas se documenta en los relieves de algunos palacios mesopotámicos a partir del siglo IX a.C. (Lawergren y Gurney 1987: 51). Resulta altamente reveladora la base redonda de la caja de resonancia, ya que su forma sirve como demarcador territorial de su área de origen. Las liras de base cuadrada se encuentran comúnmente en Mesopotamia, Egipto y el Levante (Lawergren 1998: 43-47), mientras que las liras de base redonda son más occidentales. Los más antiguos vestigios de liras de base redonda se localizan en el sur de Anatolia, con una cronología de Bronce Medio (1900-1800/1750 a.C.) (Lawergren 1998: fig. 5.a­ e), y en el Egeo durante el HR III (1425-1050 a.C.) (ídem: 47 fig. 5.f-j). Estos últimos ejemplares – dos en Hagia Triada, Nauplion (lám. XLVIII.B.5), Kalamion (lám. XLVIII.B.6) y Pilos – alcanzan las siete cuerdas, indicando que la lira egea disponía de un número elevado de cuerdas con anterioridad al Período Geométrico. Los demás ejemplares del repertorio se fechan en época postpalacial, adentrándose en el I milenio a.C., con una mayor concentración en el área egea, Chipre, Levante, Etruria (Lawergren 2007) y Apulia, de donde provienen las estelas de Daunia (Blázquez 1983: figs. 5-12; Lawergren 1998: 50-56 fig. 5). En la mencionada lira egipcia de Kôm Firîm se observa en su representación una curvatura en la base, lo que la convertiría en una pieza excepcional en su entorno, razón por la cual debe interpretarse como una importación, probablemente desde el área egea. La decoración de la lira de Luna, a pesar de su minuciosidad, no permite trazar analogías. Las representaciones de las liras mediterráneas muestran que los estilos ornamentales son claramente distintos. Nuevamente se evidencia la singularidad de la lira de Luna, aunque conviene recordar que en muchas ocasiones en dichas representaciones no se aprecian signos decorativos. Sin embargo, sus visibles motivos quebrados y triangulares invitan a considerar la opción de una raigambre chiproegea del Período Geométrico, etapa en la que este estilo se convierte en dominante (Coldstream 1968; Schweitzer 1971; Adelman 1976; Crielaard 1999), como prueba la cerámica, difundiéndose por buena parte del Mediterráneo hasta la Península Ibérica (Ruiz Mata 1984-1985; Cáceres 1997) o, de manera excepcional, en el borde del escudo grabado que acompaña a la lira de Luna. Así pues, ninguna lira conocida en todo el repertorio iconográfico y material internacional concuerda exactamente con la de la estela de Luna. El ejemplar más afín resulta ser una lira localizada en Egipto, siendo excepcional en su contexto, de tal manera que debe ser interpretada como una importación. La base redonda apunta a 221                                                                          un origen chiproegeo, y la decoración geométrica sugiere una cronología de Época Geométrica, entre los siglos X-VII a.C. La cuestión de su filiación está ligada a la de su cronología, resultando un caso similar al de los carros de combate.2 Los mejores paralelos formales con esta lira son de época tardoheládica, lo que en principio podría significar una temprana introducción en la Península Ibérica (Mederos 1996b: 121). Esta hipótesis podría verse apoyada en la aparición de los soportes de inspiración chiprolevantina en el valle del Ebro y en el sur de Francia (Armada y Rovira 2011), ya que nuevamente sus prototipos tienen una cronología similar. Al mismo horizonte cronológico pertenecen las cerámicas a torno de Montoro, Purullena y Gatas, traídas del Egeo y de Chipre,3 así como las hachas de enmangue transversal atlántica. 4 También encuentra un apoyo en la silueta antropomórfica del soporte, porque aunque a muy larga distancia, las losas alentejanas de forma similar se fechan con anterioridad al siglo XIII a.C. (Díaz- Guardamino 2010: 312-315). Además, esta cronología temprana no choca con el rango temporal de los escudos de tipo Cloonbrin.5 Pero esta interpretación plantea varios problemas. En primer lugar, el estilo geométrico de la lira y el escudo de Luna es propio de Época Geométrica, claramente posterior al Período Heládico. Tampoco puede proponerse una cronología alta tomando como referencia el geométrico de los Campos de Urnas, ya que la expansión de este grupo por el valle del Ebro se produce hacia principios del I milenio a.C. o, como muy pronto, a finales del milenio anterior. En segundo lugar, si en verdad la lira es única y se introduce en fechas tan tempranas, resulta difícil explicar cómo perduró hasta el momento en que fue representada según los nuevos gustos estéticos de las comunidades peninsulares del BF III que decoran su cerámica y su metalúrgica con motivos geométricos. La diferencia temporal se prolonga como mínimo doscientos años, equivalente a unas ocho generaciones, mucho tiempo para un objeto único heredado. Además, es importante recordar que se trata de un objeto elaborado íntegramente en material orgánico y, por tanto, perecedero. Así las cosas, esta opción parece poco probable y, desde luego, insatisfactoria por la cantidad de razonamientos ad hoc que engloba. Entonces, una cronología baja para la lira de Luna es mucho más aceptable, debiéndose considerar con prudencia. Llegado este punto, cabría preguntarse si la lira de Luna realmente se trata de una representación fidedigna o de una idealización, o incluso de una factura local. Si se tratara de una idealización, lo más pertinente sería considerar que el modelo importado es coetáneo al momento de su representación. Siendo así, muy probablemente la lira grabada aparece con más cuerdas y decorada mediante motivos geométricos propios del presente en el que se plasmó en piedra. Esta alternativa es verosímil, aunque demasiado hipotética. Si se tratase de una fabricación en un taller ibérico, entonces el referente sería heládico, y se habrían fabricado otros ejemplares entre el momento de la introducción 2 Véase el apartado 3.1 sobre el carro ligero. 3 Véanse los apartados 2-2.3 del capítulo 8 sobre el primer horizonte de cerámicas a torno en la Península Ibérica. 4 Véase el apartado 5.7.1 del capítulo 3 sobre hachas de combate. 5 Véase el apartado 5.4 del capítulo 3 sobre los escudos de tipo Cloonbrin. 222                                                                          del referente y el de su representación en la estela, de manera que no se trataría de una lira única. Esto implicaría que existe una larga tradición artística en la zona en la que la lira es un elemento integrante. La lira de Luna es resultado de una herencia cultural y no tanto material. En la medida en que la lira es un instrumento de fabricación complejo y que requiere unas habilidades y conocimientos específicos para su uso, su introducción en Época Heládica habría requerido una comunicación fluida y asentada entre mediterráneos y peninsulares. Una comunicación de estas características es necesaria para la asimilación de las técnicas orfebres mediterráneas de la cera perdida y del trabajo de chapa como las que se infieren sobre el tesoro de Villena, por ejemplo, al que se le debe asignar una cronología correspondiente a El Argar C, entre los siglos XVI-XIV a.C.6 El soporte de tallo con equino de Calaceite7 podría explicarse de manera parecida, ya que es una factura protoceltibérica o protoibérica que parte de un prototipo chiprolevantino de este mismo horizonte cronológico al que se le añade un caballo cuyos mejores paralelos son egeos y claramente más tardíos que el prototipo. A pesar de que esta alternativa sea verosímil, no es ni mucho menos definitiva. Una cuarta explicación sobre la aparición de la lira de Luna se enmarca en el proceso protocolonial protagonizado por los griegos arcaicos que desembocaría en la fundación de los enclaves de Massalia, Rhodes y Emporion. En esta ocasión se acepta que el prototipo de lira sea, en efecto, heládico, aunque la tradición se mantiene en el Egeo y es ajena al Mediterráneo occidental y a los Campos de Urnas. La llegada de la lira a la Península Ibérica se produce en el contexto de las exploraciones y empresas mercantiles dirigidas por navegantes egeos en regiones en las que terminarán por fundar asentamientos en el siglo VI a.C., lejos de la influencia y dominio fenicio. La lira podría introducirse en Iberia en algún momento a lo largo de ese proceso exploratorio del segundo cuarto del I milenio a.C., convirtiéndose en un objeto único o incorporándose a la tradición artística de las sociedades peninsulares. En este sentido podrían explicarse también de manera análoga los soportes, ya que aparecen en la misma región con una cronología similar. Así pues, de manera aislada es difícil otorgar una explicación a la lira de Luna, pero valorándola junto con otros artefactos parece menos dificultoso. En cualquier caso, todas las alternativas generan interrogantes e incluyen hipótesis arduas de demostrar o de esquivar. A pesar de todo, las opciones más completas y, por tanto, más satisfactorias son las de una introducción tardía durante el proceso protocolonial griego, o bien una introducción temprana del referente, durante El Argar C, inaugurando así una tradición de este instrumento en la región ibero-pirenaica. 2.2. Otras liras Las liras de las estelas de Zarza Capilla I (lám. XLIX.A.1) (Díaz-Guardamino 2010: no. 353), Capote (lám. XLIX.A.4) (ídem: no. 275), Quinterías-Herrera del Duque (lám. XLIX.A.2) (íd.: no. 333) y Cortijo de la Reina I (lám. XLIX.A.3) (id.: 282), son las otras cuatro que completan la serie peninsular más antigua. Existen, no obstante, otras figuras en las estelas de Ategua (lám. VI.C.1) (íd.: no. 254), Cabeza de Buey II (íd.: no. 263), El Viso II 6 Véase el capítulo 3.2 del capítulo 9 sobre la cronología de la orfebrería del Grupo Villena. 7 Véanse los apartados 4 del capítulo 5 y 2 del capítulo 10 sobre soportes (banquete y toréutica). 223                                                                        (íd.: no. 294), Esparragosa de Lares I (íd.: no. 299) y Zarza Capilla III (id.: no. 354) mucho menos definidos que se han interpretado en alguna ocasión también como estos instrumentos, y aunque por prudencia parece mejor descartarlas, la homogeneidad de los contextos iconográficos permite valorar a todas como iguales. 8 Las liras de este grupo se caracterizan por su base redonda, como la de Luna, aunque difieren en el número de cuerdas, ya que todas cuentan con una cantidad inferior. Las piezas de Zarza Capilla I y Cortijo de la Reina I, con cuatro cuerdas, remiten sin ambages a las liras de época geométrica en el Egeo (lám. XLIX.B.3) y en Chipre (West 1994: 52-53; Lawergren 1998: 49-51), así como a las orientalizantes de Daunia (lám. XLIX.B.2) (Nava 1988; Jiménez Pasalodos y Scardina 2015), mientras que las dos restantes, con cinco o seis cuerdas, rompen con los prototipos homérico y arcaico, si bien también encuentran equivalencias en el Mediterráneo oriental y en el Egeo en estos períodos (Lawergren 1998). Estas liras se asocian a elementos habituales de las estelas complejas, tales como antropomorfos, carros, espejos y escudos. Dichas estelas se fechan en el BF III (1050-760 a.C.). Se ha advertido la presencia de figuras antropomorfas y de carros en las estelas como signo de su tardía confección (Díaz Guardamino 2010: 350, 353), lo que implicaría que la introducción de estas liras en la Península Ibérica se produciría en un momento muy avanzado de la serie (Celestino 2001: 178), llegando incluso a los inicios de la época colonial (Galán 1993: 52, 80-81; Jiménez Pasalodos 2012: 220). La dificultad de interpretar como liras las extrañas figuras cuadradas de las estelas de Ategua y Zarza Capilla III, con seguridad de las últimas de la serie en BF IIIC, facilita sugerir una cronología para las liras durante la Protocolonización. De todas las estelas que exhiben la figura de una lira, la única que aporta elementos fechables en su contexto de aparición es la de Cortijo de la Reina I. Apareció enterrada, y bajo ella tres urnas bicónicas de incineración fabricadas a mano,9 una de ellas con decoración de incrustaciones metálicas (Murillo y otros 2005: 27-31), idénticas a las halladas en los cementerio de Setefilla (Lora del Río, Sevilla) (Aubet 1975; Torres 1999: 86-95) y de Vega de Santa Lucía (Palma del Río, Córdoba) (Torres 1999: 95-96), típicas de la tradición tartésica. La morfología, la técnica constructiva y la decoración metálica indican una producción local que se ciñe al BFIII (Torres 2001). Sin embargo, su factura a torno probablemente rebaje la cronología hasta inicios del Período Orientalizante, en época colonial (Díaz-Guardamino 2012: 402 fig. 1 tab. 3). La estela de Capote presenta además de la lira dos grandes antropomorfos y un carro del que sólo se conserva el tiro, un pequeño antropomorfo dispuesto en posición perpendicular al sentido de la estela y escritura del suroeste. Parece acertado interpretar que todo el conjunto iconográfico se definió en dos momentos, perteneciendo la escritura al segundo de ellos (Domínguez de la Concha y otros 2005: 36; Díaz-Guardamino 2010: no. 275). El carro ligero aparecido en las estelas 8 A. Tejada y J. Fernández Rodríguez (2012: 92-94) sostienen que todas las figuras que largamente han sido interpretadas como peines son, en verdad, liras. Cierto es que algunas figuras se prestan a confusión, pero tal afirmación resulta completamente errónea. 9 Los investigadores que dieron a conocer la estela de Cortijo de la Reina I afirman erróneamente que los recipientes cerámicos están hechos a torno (Murillo y otros 2005: 27). 224                                                                            peninsulares encuentra su filiación en el tipo heládico 10 muy probablemente introducido en la Península Ibérica en el BF III. Respecto a la filiación de los ejemplares ibéricos, la más probable área nuclear de la lira de base redonda en esta época es el Egeo, donde se documenta la mayor concentración de estos artefactos (Boardman 1990; Lawergren 1998: fig. 5.z). Tanto es así que desde hace décadas se ha venido insistiendo en esta región como el lugar de origen directo de las liras de las estelas, así como de otros elementos orientales precoloniales, cobrando sentido en el marco de una hipotética migración egea en el Período Geométrico (Bendala 1977; 1979; 1983). Se ha propuesto también un origen levantino (Blázquez 1983: 218; Almagro Gorbea 1989: 283; Celestino 2001: 180) a la vista de las liras de base redonda halladas en Ashdod (Lawergren 1998: 56 fig. 5.l, m, r), que se corresponde con una fase inmediatamente anterior a las colonias protagonizada por los mismos agentes fenicios. De acuerdo con esta hipótesis, son navegantes y mercaderes levantinos quienes transportan las liras, así como otros materiales, hasta las costas ibéricas, si bien las liras debieron haberse traído previamente desde el Egeo. Un planteamiento similar es el recientemente argumentado por Torres (2012: 459), según el cual se trata de chipriotas quienes se desplazan hacia Iberia transportando las liras de raigambre egea. Como prueba de esta conexión cabe alegarse las liras de características afines a las egeas en lugares como Paleopaphos, Kaloriziki y Vartivouras (lám. XLIX.B.1) (Lawergren 1998: 49 fig. 5.k, n, p, q). Igualmente, los vínculos entre las comunidades del Círculo del Tirreno con los eubeos durante el Período Geométrico (Boardman 2001; Ridgway 2006a: 306-308) pudieron haber llevado los cordófonos a Italia, Sicilia y Cerdeña, y desde ahí trasladarse hasta el Atlántico. Las liras de las estelas daunias permiten suponer que su introducción en Italia pudo ser previa al Período Orientalizante. Las más antiguas fíbulas halladas en Iberia proceden de Sicilia. 11 La ausencia de liras en Sicilia en registro arqueológico del Horizonte Cassíbile (1050-900 a.C.) no excluye que no existieran en la isla entonces. La combinación de estos hechos abre la posibilidad de un origen siciliano para las liras de las estelas lusitanas. Ciertamente, la opción de un origen egeo parece un tanto remota, ya que no se tienen pruebas firmes de intercambios a larga distancia con Iberia tras la caída de los palacios, aunque sí con Oriente, especialmente desde el siglo XI a.C. (Crielaard 2006: 285-291). De la misma manera, se tiene atestiguado con seguridad una migración de gentes procedentes del Egeo hacia Levante en el HR IIIC, los filisteos (Killebrew 1998; Barako 2000; Shai 2009; Yasur-Landau 2010), y otra hacia Chipre entre este período y el Submicénico (Deger-Jalkotzy 1994: 20; 2010: 396, 406; Iacovou 1999; Karageorghis 2000; 2004: 77 ss.; Voskos y Knapp 2008; Knapp 2009: 223-225; Leriou 2011). Esta circunstancia explicaría la proliferación de liras de base redonda a finales del II milenio a.C. en todo el Mediterráneo oriental, momento en el que comienzan a reactivarse con fuerza los intercambios internacionales en toda la región (Gilboa 2005). Es en este momento cuando Chipre se consolida como enlace entre el Occidente y el Oriente mediterráneos (Crielaard 1998; Matthäus 2000; 2001), en parte espoleado por las 10 Véase el apartado 3.1 del capítulo 3 sobre el carro ligero. 11 Véase el apartado 4.2.2 del capítulo 6 en el se desarrolla el tema de la introducción de las fíbulas en la Península Ibérica. 225 http:Sicilia.11             aristocracias egeas recién asentadas en la isla, y dando continuidad a las actividades occidentales que desempeñaban navegantes egeos y, en menor medida, chipriotas anteriormente (Lo Schiavo y otros 1985; Rigway 2006a; Cazzella y Recchia 2009). Por tanto, ante la falta de indicios concluyentes, lo más factible es que sean puertos de Chipre o de Levante desde la que parten las liras (y los aedos) que se representan en las estelas de Capote, Cortijo de la Reina I, Zarza Capilla I y Quinterías-Herrera del Duque. En ese largo viaje impulsado por agentes orientales, es altamente probable que participaran también agentes tirrénicos. *** Las cinco liras representadas en las estelas tienen una naturaleza mediterránea, y su prototipo es egeo tal y como se puede apreciar por la base redonda que las caracteriza. Sin embargo, su cronología y región originaria, así como su contexto de introducción, su factura y su significado entre los pueblos peninsulares son aspectos más difíciles de abordar. Parece una paradoja que sea la lira de Luna la más problemática cuando es, precisamente, el ejemplar que refleja con nitidez más detalles. Lo más adecuado es valorar esta lira por separado con respecto a las otras cuatro. Así pues, resulta altamente razonable la opción chipriota como agente introductor de las liras reflejadas en las estelas de la Lusitania. El desplazamiento de un contingente poblacional egeo a Chipre en el HR IIIC, la aparición de liras en esta isla de tipología semejante a las peninsulares, así como la ausencia de indicios claros de navegantes eubeos en la Península Ibérica en el BF III en contraste con otros objetos hallados en Levante y en Chipre sustentan, entre otros argumentos, esta interpretación. La opción chipriota comporta una cronología de BF IIIA (1050-900 a.C.), cuando arranca la serie de estelas complejas entre las que se encuentran las que incluyen las liras. Sin embargo, no por ello debe descartarse la opción fenicia, ya que desde el siglo IX a.C. se tienen atestiguados asentamientos estables de levantinos en la Península Ibérica (González de Canales y otros 2004; Sánchez Sánchez-Moreno y otros 2012). Desde Huelva y desde Málaga podría extenderse el conocimiento de la lira por las comunidades tartésicas y lusitanas, coincidiendo con un momento importante de multiplicación de las estelas. Tampoco es desechable la opción tirrénica como origen de las liras peninsulares. El Círculo del Tirreno es una región geográfica por la que se expandieron primero heládicos y luego chipriotas durante la segunda mitad del II milenio a.C. y comienzos del I. De esta manera, si bien las liras no se inventaron en el ámbito del Tirreno, sí es posible que desde este espacio se introdujesen en Iberia inmersas los flujos del circuito del Mediterráneo occidental junto con otros objetos de alto valor ideológico como es el caso de las fíbulas. En cualquier caso, el desarrollo de este circuito está auspiciado, parcialmente, por el empuje chiprofenicio. La lira de Luna, en cambio, es más dificultosa a la hora de establecer una interpretación. Podría incluirse en las dinámicas mercantiles de chiprolevantinos y vincularse a las otras cuatro lusitanas, pero también podría desmarcarse de esta corriente y relacionarse directamente con gentes del Egeo o, incluso, de Chipre. De ser así, la introducción de este instrumento en la región ibero-pirenaica podría ser 226               anterior o posterior al BF III, en el curso de exploraciones heládicas y chipriotas o de la protocolonización griega del Golfo de León. 3. Idiófonos También en las estelas figuran unos extraños objetos de difícil interpretación que se pueden igualmente clasificar como instrumentos musicales. Al igual que sucede con las liras, a estos objetos se les debe suponer un origen mediterráneo. Dichos posibles instrumentos pertenecen a la familia de los idiófonos, cuyo rasgo definitorio consiste en haber sido fabricados en materiales sonoros, como madera o metal. 3.1. Crótalos En la estela de Belalcázar (lám. L.A.1.a) se observa un icono que se describe como “dos trazos rectos, uno más corto que parte de otro más grueso, y que tienen ambos en el extremo sendos puntos o resaltes” (lám. L.A.1.b) (Enríquez Navascués y Celestino 1984: 8). Este icono se interpretó inicialmente como un hacha de combate (ídem), poco preciso y escasamente naturalista. Su contexto iconográfico no ofrece pistas claras que apoyen esta clasificación, ya que se aprecia en el centro de la estela la imagen de un antropomorfo, muy probablemente femenino, con un tocado o diadema de grandes dimensiones en la parte superior. Otros grabados en dicha estela resultan aún más opacos a la hora de definirlos, e incluso se han considerado simplemente como raspaduras inintencionadas sobre la superficie o daños posteriores (ídem; Harrison 2004: 271). El esquematismo de esta figura implica que cualquier interpretación de la misma resulte arriesgado, empero parece más verosímil evaluarla como si de un instrumento musical se tratase, tal y como se ha venido haciendo más recientemente. En concreto, se ha identificado con unos crótalos (Celestino 2001: 177; Almagro Gorbea 2013: 26, 30). Los crótalos en la Antigüedad eran pequeñas placas de madera, alargadas o redondas, unidas ambas por un extremo, el mango, de tal manera que sacudiéndolo producía un sonido similar al de las actuales castañuelas, siendo éstas más versátiles. Una variante de los crótalos también puede producir un sonido metálico cuando en lugar de placas de madera chocando entre sí son platillos sujetos por un mango o una cuerda atada a los dedos haciendo lo mismo. Aunque se aprecia una cierta diversidad tipológica en este instrumento, su descripción se ajusta a la del grabado de Belalcázar. Se trata de un instrumento no afinado, óptimo para marcar el ritmo y, sobre todo, para acompañar melodías y danzas, tal y como se documenta en numerosas cerámicas egeas, normalmente portado por mujeres (Wegner 1968: 23 ss.; West 1994: 123). En el mundo egeo los primeros crótalos se detectan precisamente en la iconografía cerámica, en concreto en dos recipientes cerámicos (Wegner 1968: 24; West 1994: 123 lám. 31) fechados en el Período Tardogeométrico (760-700 a.C.). Aunque esta cronología excede los límites del período precolonial, permite suponer que este instrumento ya se conociera en el Egeo con anterioridad. Sin embargo, su ausencia total en el registro material e iconográfico en Época Heládica aboga por una introducción posterior al episodio de los Pueblos del Mar. Asimismo, en los poemas 227           homéricos tampoco aparece mencionado, si bien no se trata de un instrumento virtuoso propio de los héroes y guerreros que protagonizan la épica. Un artefacto sorprendentemente afín se encuentra en Egipto, de procedencia indeterminada, formado por dos piezas de madera disponiendo en uno de los extremos una pequeña placa circular metálica, mientras que por el otro se unen, sirviendo de mango (lám. L.A.2) (Duchesme-Guillemin 1981: lám. 29). Se encuadra sin precisión en el III Período Intermedio o incluso en Época Baja, aunque se conocen crótalos de madera en Egipto similares a los egeos desde, como mínimo, el Reino Medio (lám. L.A.3) (ídem: 288 lám. 28). De hecho, instrumentos con una función similar se tienen bien documentados en Mesopotamia desde época sumeria y en el Egipto predinástico (Duchesme-Guillemin 1981: 288; Farmer 1986a: 239; 1986b: 266-267; West 1994: 122), aunque por su morfología no cabe establecer un paralelo entre éstos y la pieza de Belalcázar. En resumen, la falta de definición de la figura de la estela no permite una conclusión firme acerca de su significado. Empero, la insatisfacción de anteriores interpretaciones obliga a cuestionarse si este icono no es en realidad un crótalo. Según esta lectura, sustentada en argumentos comparativos más sólidos, su filiación se rastrea por el Mediterráneo oriental, aunque no puede precisarse su lugar de origen. 3.2. Calcofones Con más seguridad se pueden distinguir la forma cuadrangular rellena de líneas paralelas que se aprecia en las estelas lusitanas de Capilla III (láms. XLVII.A, L.B.1) (Enríquez Navascués y Celestino 1984: 239-240; Díaz-Guardamino 2010: no. 350) y de Torrejón el Rubio II (lám. L.B.2) (Ramón y Fernández Oxea 1950: 299-300 figs. 12, 27; Díaz- Guardamino 2010: 204). En la primera también se pueden identificar una figura antropomórfica coronada con unos puntos, una gran navaja de afeitar y diversas armas. La segunda, en cambio, pertenece al grupo de las diademadas y en ella aparecen una figura femenina luciendo un tocado y un cinturón, así como una fíbula de antenas, más el calcofón. Además, en otras tres estelas se reconocen formas similares, pero su equiparación a la forma descrita es más dudosa. Se trata, por un lado, del monumento con una representación femenina diademada de Capilla I (lám. LI.A.1) (Díaz-Guardamino 2010: no. 180), cuyo grabado de contorno rectangular ligeramente trapezoidal es difícil de interpretar, habiéndose dibujado con líneas paralelas (Enríquez Navascués y Celestino 1981-1982: fig. 1; Harrison 2004: 243) y sin relleno (Celestino 2001: 371). Por otro lado, las estelas con antropomorfos astados de São Martinho I (lám. LI.A.2) (ídem: no. 173) y Río Guadalmez (lám. LI.A.3) (íd.: no. 334), luciendo grabados más claros que se prestan a varias interpretaciones razonables. Los iconos rectangulares de Capilla III y Torrejón el Rubio II parecen encajar con la descripción proporcionada por Martin West (1994: 127) del calcofón, un instrumento musical que consta dos barras de bronce paralelas a modo de soporte unidas por diversas varas de madera, cada una de las cuales cubierta por una espiral de 228                                                                    bronce.12 Al igual que los crótalos, el calcofón es un instrumento no afinado y, por tanto, válido para el acompañamiento de melodías. Así se han interpretado los iconos referidos en varias ocasiones (Almagro Gorbea 1989: 281; 1998: 89; 205: 41-44; 2013: 29 n. 49; Celestino 2001: 175-176) a pesar de que no ha sido la única propuesta interpretativa, incluso para los más fiables (Almagro Basch 1966a: 86-88, 110; Enríquez Navascués y Celestino 1981-1982: 206; 1984: 239-240). De la misma manera, los grabados de las estelas recuerdan a los calcofones atestiguados en el espacio Mediterráneo. La mayoría de ellos – cerca de una treintena – se concentran en las regiones itálicas de Calabria y Basilicata, donde la influencia griega en el I milenio a.C. alcanza un grado sobresaliente. Los ejemplares conocidos se registran en los cementerios de Francavilla Maritima, Incoronata-San Teodoro, San Leonardo, Santa María d’Angrlona, Valle Sorigliano, Contrada Conca d’Oro, Piano di Bucita y Torre Mordillo (Bellia 2009: 15-24; Colelli y Fera 2013: 823-824), todos ellos en enterramientos femeninos. También en Palestrina, en el Lazio, aparece un objeto similar, si bien no tiene espirales, sino tubos o varillas macizas, que quizá sea una variante del calcofón o tal vez se corresponda con otro instrumento (lám. LI.B.2) (Colelli y Fera 2013: 824 fig. 5). Algunos de estos hallazgos, como los de las tumbas 209 de Incoronata y la 28 de Valle Sorigliano, presentan dos series de espirales separadas por unos aros metálicos evidenciando, presumiblemente, una estructura doble, armada por elementos compositivos de madera. La mayor parte de las piezas, sin embargo, poseen una única serie de espirales sobre una armadura metálica a veces decorada con volutas con apliques de madera, como la de la tumba 60 de Francavilla Maritima (lám. LI.B.1). Estos calcofones simples constituyen los modelos de los iconos de las estelas, sirviendo de precursores para los denominados “sistros” itálicos del Período Orientalizante y prerromano (Salapata 2002). Las tumbas en las que fueron descubiertos se fechan en el Horizonte Torre Mordillo (Fe 2A-B itálicos, 850-750 a.C.) (Colelli y Fera 2013: 824 fig. 2), por tanto muy a comienzos del Período Orientalizante o incluso en fechas previas. De este dato se desprenden dos conclusiones preliminares. La primera es que la cohesión cronológica demuestra que estos instrumentos pertenecen a un mismo horizonte histórico o, dicho de otra manera, son propios de una época concreta en una sociedad determinada. La segunda es que si los calcofones peninsulares fueron introducciones itálicas, entonces son de inicios de época colonial. No obstante, el Mediterráneo central no es la única región en la que se documentan calcofones. Así pues, en Nimrud se halla una copa de marfil con relieves de una escena musical en la que se distinguen dos de ellos (lám. LII.A) (Barnett 1975: 78-79, 191 láms. XVI-XVII; Niemeyer 1984: 14 lám. 4.3-4). Esta copa está datada en el siglo VIII a.C., en la plenitud del Imperio Neoasirio. Se conocen otros ejemplares seguro levantinos pero de procedencia indeterminada y arduamente fechables, dados a conocer mediante casas de subastas (Colelli y Fera 2013: 824 fig. 8). Así las cosas, lo más 12 Esta descripción del calcofón guarda una estrecha afinidad con la psithyrá de acuerdo con el Onomastikon de Julio Pólux (IV.60): “It consisted of a rectangular frame a cubit long, with bobbins drawn through it; these, when rotated, made a noise similar to a krotalon.” (en West 1994: 128). 229 http:bronce.12                                                                          conveniente es asignarles una cronología compartida con sus paralelos itálicos, debiendo encuadrarse entre los siglos IX y VIII a.C. La ausencia de estos Instrumentos en el Mediterráneo oriental y en el Egeo permite apuntar a Italia como la región originaria. Sin embargo, el sistro, que es un instrumento de morfología similar que reproduce un sonido igualmente similar al del calcofón, sí está documentado en Asia, Egipto y, en menor medida, el Egeo desde el III milenio a.C. (Schuol 2004: láms. 1.2.1-3, 21.57.2-3, 36.88). Esto implica que muy probablemente el origen último de los calcofones debe ubicarse en otra zona del Mediterráneo. Cuestión distinta es si los sistros evolucionan en el Mediterráneo central hasta la forma del calcofón o si, por el contrario, lo hacen en Oriente y desde ahí se extienden mediante la intervención fenicia en torno al año mil a.C. Aunque lo que parece más verosímil es que la primera opción, no es descartable que los calcofones alcanzaran la Península Ibérica gracias a la expansión chiprofenicia. Cercanos en términos formales y sonoros a los calcofones son las campanitas tubulares o tintinnabulum. Este instrumento se diferencia del calcofón por la inclusión de tubitos metálicos en lugar de espirales, quedando suspendidos de un soporte, en ocasiones ornamentado. Se conocen un ejemplar en el sur de Italia, en concreto en el hábitat de Santa Severina, y varios más en los cementerios sicilianos de Madonna del Piano (lám. LI.B.3) (Giaumlia Mair y otros 2010: 470), Mulino della Badia y Cugno Carrube (Mitileno y La Piana 1969: 241 fig. 14; Bellia 2009: 44-47). Los itálicos se fechan, en concordancia con los calcofones, entre los siglos IX y VIII a.C., mientras que la cronología de los sicilianos se eleva hasta el Horizonte Cassibile (1050-950 a.C.). Resulta de la mayor importancia esta datación, ya que no únicamente se corresponde con una etapa precolonial, sino que además en las necrópolis sicilianas se conocen fíbulas con idéntica cronología también presentes en la Península Ibérica, como las de arco de violín evolucionado y de codo (Giumlia-Mair y otros 2010: fig. 11).13 Luego no debe descartarse que la introducción de estos instrumentos musicales esté asociada a la de las primeras fíbulas peninsulares o ser ligeramente posterior, todavía con anterioridad a la fundación de las colonias fenicias. Por último, se ha señalado la opción de la existencia material de un idiófono como los aquí analizados en la Península Ibérica. En el poblado de Nossa Senhora da Guia se hallan tres piezas con forma semicircular cerrada que incluyen una serie de perforaciones en la base, mientras que la parte superior del arco disponen de una argolla (lám. LII.B) (Silva y otros 1984: 92 lám. XI.1-3; Vilaça 2009: 491 fig. 1). Su función resulta misteriosa, ya que ni su forma ni su contexto ofrecen pistas al respecto. Con todo, los orificios de su base han sido interpretados como pasadores de espirales sonoras “halladas conjuntamente pero no publicadas” (Almagro Gorbea 2005b: 42; 2013: 29). Al margen de la certeza de esta afirmación, lo cierto es que tales perforaciones podrían leerse como pasadores para las cuerdas o maderas con las que las campanitas y las espirales se acoplan a los soportes. Sin embargo, las reducidas dimensiones de estos objetos, unido a su peculiar forma, no apuntan a esta función, aunque sí parece acertado considerar que se trate de pasadores. 13 Véanse el apartado 4.1.1 sobre las fíbulas de arco de violín evolucionado y el 4.1.2 sobre las fíbulas de codo. 230           4. Aulos Entre los restos orientales descubiertos hace ya más de una década en Huelva se cuenta un extraño objeto definido cautelosamente como un instrumento musical (lám. LII.C1) (González de Canales y otros 2004: 166 láms. XLI.2, LXVII.2). Consiste en una pieza de marfil, de forma tubular con dos tramos de anchura desigual. Cada uno de estos tramos tiene un orificio, no alineados entre ellos. Aunque no se detectan paralelos exactos, este objeto recuerda a un aulos, si bien sus reducidas dimensiones obligan a considerar esta designación con prudencia. De todos modos, a la vista de los paralelos y ante la ausencia de mejores sugerencias, ésta parece la interpretación más acertada. Un aulos es, en efecto, de un instrumento musical, compuesto por varias piezas tubulares acopladas en línea con agujeros dactilares y una lengüeta doble de caña en la boquilla. Normalmente el auleta toca dos de estos tubos simultáneamente (auloi), de diferente longitud y registro sonoro cada uno (West 1994: 81), evidenciando la naturaleza polifónica de este instrumento y la destreza requerida por parte del intérprete. A pesar de ello, con frecuencia sirve como acompañamiento de otros instrumentos o del canto. La semejanza entre el objeto de Huelva y un aulos, como una fracción del mismo, invita a creer que, aunque no de manera terminante, sí resulta altamente verosímil esta identificación. El conjunto onubense formado por multitud de objetos variopintos se fecha, por cronología comparada y por 14C, en el Horizonte Peña Negra I (BF IIIB-C, 900-760 a.C.). Entonces, por los materiales asociados, el aulos pertenece a un horizonte a caballo entre la Protocolonización y la fase colonial más arcaica. Aunque es el aerófono más antiguo hallado en la Península Ibérica, no es el único prerromano, tal y como muestra la representación de un auleta en el Vaso de los Guerreros de La Serreta (Alcoy, Alicante), en el que se reproduce una escena de caza y combate que parece un rito iniciático, y se fecha en época ibera, entre los siglos IV-II a.C. (Olmos y Grau 2005). Quizá con motivo de la sencillez estructural del instrumento – un tubo con agujeros dactilares – no debería resulta extraño imaginar otros aerófonos similares en Iberia, ya que, de hecho, instrumentos afines son universales. En Charlesland (Wicklow, Irlanda) se conocen unos cilindros de madera huecos interpretados como instrumentos musicales fechados a comienzos de la Edad del Bronce (Holmes y Molloy 2006), poniendo de manifiesto su conocimiento en el mundo atlántico desde muy antiguo. Sin embargo, es el contexto de aparición lo que distingue al aulos de Huelva de cualquier otro anterior, ya que lo vincula directamente a los contactos protocoloniales o bien a los primeros compases de la etapa colonial. Piezas análogas se encuentran por el Mediterráneo a lo largo de toda la Antigüedad. Es en el Egeo donde se detecta una mayor concentración, extendiéndose a sus áreas de influencia, así como también una mayor variedad tipológica en la familia de los aerófonos. Aunque el aulos o, mejor dicho, auloi se convierte en un instrumento de notable importancia desde Época Arcaica en esta región, el más antiguo vestigio data de finales del siglo VIII a.C., en el Geométrico Final, y se encuentra representado en una cerámica de Egina (Schuol 2002: fig. 2.c). La ausencia anterior puede explicarse mediante diversas razones. Primeramente, la fabricación de estos instrumentos en materiales perecederos unido a la escasez de arte figurativo durante el Período Geométrico abren la posibilidad de que, aunque esta representación sea el 231     primer testimonio fiable del auloi en la Hélade, ya se conociera en este territorio. Otra razón es que este instrumento no gozase del valor y prestigio social suficiente, quedando relegado a la invisibilidad y silencio en el registro iconográfico en el Egeo, al contrario que en el sur levantino (Braun 2002: fig. IV.13-20). Por último, no parece casualidad que la irrupción del auloi en el Egeo coincida con los inicios del Período Orientalizante en la región. Por ello, parece que lo más adecuado es evaluar el auloi como una introducción foránea en esta época (Wegner 1968: n. 24; West 1994: 110), aunque este argumento puede combinarse con los anteriores. Así las cosas, si bien no debe descartarse un origen egeo para el aulos onubense, correspondiendo con otros materiales de esta misma procedencia en el mismo conjunto (González de Canales y otros 2006: 19 figs. 17-22), la abundante concentración de material cerámico fenicio en Huelva ligado a la cronología baja de los auloi egeos obligan a sospechar una raíz oriental para la pieza en cuestión. Este instrumento se conoce en Mesopotamia y Egipto desde fechas muy tempranas (Caubet 1987: 793 fig. 6; 2014: 174 fig. 2; Lawergren 2000; Manniche 2000; Schuol 2004: lám. 11.35, 14.44, 17.50.1, 18.51.2, 19.53), lo que habilita la hipótesis de que sea igualmente conocido en otras regiones circundantes que participaban del flujo de relaciones interregionales. De hecho, auloi llegan también al Egeo en el Período Heládico, aunque de manera testimonial a juzgar por los exiguos hallazgos. Pero el florecimiento del gusto por este instrumento en el Egeo se produce a la vez que la absorción de otras costumbres, valores y tecnologías con la Revolución Orientalizante. La música, por sus instrumentos y modos, y el arte en general es un aspecto más de la cultura que se ve fuertemente influenciado, incluso transformado, mediante las aportaciones venidas de Fenicia y, sobre todo, de Anatolia (West 2003; Franklin 2002; 2007; Schuol 2000; 2002). En este sentido, Anatolia parece ser la región originaria del auloi según el imaginario griego, tal y como recuerda el mito del sileno Marsias (Ovid. Metam. 6.382-400) y su identificación con un río en esta zona (Her. 7.26), así como también el pasaje de la Ilíada (10.13) en el que Agamenón escucha el sonido del auloi y del syrinx, también incorporado en el Orientalizante, procedente de campamentos troyanos. El más antiguo conocido en esta península se fecha en el siglo VIII a.C. y aparece en un relieve de Karatepe (Cilicia) (Aign 1963: 175). El symposion griego, introducido en este momento, es una práctica equivalente a la marzeah levantina, un acto social cuyo centro es el banquete ritual que en Asia contaba con siglos de tradición (Dentzer 1982; Burkert 1991; Carter 1997; Nijboer 2013). La música y la poesía constituyen dos elementos, ocasionalmente unidos, que amenizan el acto, aunque también poseen por naturaleza un componente mágico e ideológico que los sitúan en el centro del ritual. Aunque en las mejores descripciones sobre una marzeah-symposion, ofrecidas por el profeta Amós (6.4-6) y por Homero (Od. 9.5-10), se menciona la lira pero no el auloi, se puede suponer que también en este acto la participación de auletas no sería raro. Cabe remitir nuevamente a la pyxis de Nimrud en el que figura un auletes que tien una cronología del siglo VIII a.C. y en un contexto muy ligado a los reinos neohititas asentados en Anatolia y Siria. Pero la prueba más importante en este sentido es uno de los soportes de tallo de Megiddo (lám. LII.C.2) (Matthäus 1985: 323 lám. 138.1). Este artefacto, fechado entre los siglos XIII-XI a.C., incluye la figurita de un auletes en el lugar del tallo. Quizá fuese confeccionado en un taller local o se trate, tal vez, de una importación chipriota. 232               Sea como fuere, es totalmente aceptable el conocimiento del auloi en el Levante y en Chipre a finales del II milenio a.C., además de vincularse directamente a la ceremonia del banquete por aparecer a un objeto propio de este ámbito. Entonces, es fácil deducir que su incorporación al mundo egeo se produzca en paralelo a la del symposion, sino antes, a la luz de que la generalización de este instrumento por todo el Mediterráneo oriental. De la misma manera, tempranas influencias fenicias explican su aparición en Huelva y, quizá, también en Cerdeña (Araque 2012: 90 fig. 6.r). El estrato de aparición del auloi onubense se corresponde claramente con el Horizonte Peña Negra I tanto por los materiales hallados (González de Canales y otros 2004) como por las dataciones de 14C para el mismo (Nijoboer y Van der Plicht 2006). Por tanto, no es posible distinguir si se trata de una introducción protocolonial (BF IIIB) o colonial muy arcaica (BF IIIC). 5. Conclusión Tras este análisis se concluye que se carece de argumentos rotundos que determinen inequívocamente la condición precolonial de los sugeridos instrumentos. Es más, tampoco existe certeza de que, excepto las liras, se trate de instrumentos musicales. No obstante, sí se disponen razones prudentes que apuntan en la dirección con la que se abría el capítulo. Las liras, los auloi, los calcofones y los crótalos similares a los peninsulares se esparcen por el Mediterráneo y Asia occidental, de modo que es lógico sospechar su introducción en Iberia en un momento anterior a la fundación de las primeras colonias fenicias. Optando por este segundo planteamiento, resulta confuso indicar con precisión el lugar de origen del aulos y de los prototipos materiales que inspiraron los grabados en las estelas. Las pruebas arqueológicas evidencian que estos instrumentos se distribuyen por el Mediterráneo de manera desigual. Así, se observa un equilibrio en el reparto geográfico y cuantitativo de las liras por todo el Oriente, y desde el siglo VIII a.C. también por el Mediterráneo central. Mientras tanto, parece que sólo en esta última región es donde proliferan los calcofones y las campanitas tubulares a pesar de estar documentados tímidamente en Asia. Los aerófonos y los percutores de madera son instrumentos más extendidos y comunes, aunque los mejores paralelos de los peninsulares se localizan en el Egeo y en Egipto, respectivamente, con una diferencia cronológica sustancial. Este panorama lo único que significa con seguridad es que su origen es mediterráneo, sin mayor rigor. La abultada presencia de idiófonos en el Círculo del Tirreno en el BF IIIB y las representaciones de liras en esta misma zona inmediatamente después sugieren un paso por el Mediterráneo central antes de recalar en la Península Ibérica. Un paso, quizá, de una ruta con origen en el Egeo o en Oriente, aunque también podría ser un vértice articulador de dos circuitos hacia el oeste y hacia el este. Algo similar cabe alegarse sobre el aulos de Huelva, ya que en su contexto de aparición se encuentran materiales oriundos de Fenicia, Cerdeña y el Egeo. En este abanico de posibilidades tampoco debe descartarse el papel de Chipre como intermediario entre las regiones mediterráneas e Iberia debido a su ubicación estratégica y a las circunstancias históricas que facilitaron su expansión hacia el Occidente desde época palacial. 233                                                                  Que antes del BF III los instrumentos musicales sean indetectables en el repertorio arqueológico no significa que no existiesen. Todas las sociedades conocen la música, y construyen y desarrollan instrumentos, en ocasiones muy rudimentarios. Sin embargo, es muy llamativo que la primera vez que aparecen indicios de estos objetos en la Península Ibérica se vinculen a las estelas. En estos monumentos aparecen representados los elementos más notables de las comunidades que los erigieron. Las liras y los otros instrumentos, entonces, deben explicarse como signos de rango y de prestigio en el ambiente en el que fueron objetos vivos (Odisea 8.62-92). Pero su valor no se liga únicamente al prestigio que emanan. Los objetos representados son símbolos que aluden a relatos, ideas y otros elementos místicos en el marco de un código iconográfico de comunicación (Harrison 2004: 110-111). En este sentido, es altamente factible que las liras, así como los otros posibles instrumentos de las estelas, se relacionen con la introducción de nuevas divinidades o costumbres religiosas y, en general, a todo tipo de conocimientos esotéricos (Caubet 1987: 745-746; Franklin 2016).14 Como conclusión de este capítulo, y enlazando con la idea señalada en el último párrafo, resulta de vital importancia poner de manifiesto que los elementos analizados no sólo funcionan como pruebas de contactos, sino que se convierten en indicios arqueológicos de un campo semántico cultural mucho más amplio, profundo, dinámico y difícil de acceder como es el arte. A través de los instrumentos se evidencia la interpretación y composición de obras musicales y poéticas, normalmente ligadas entre sí. Este hecho recalca la necesidad de pensar sobre la transmisión de conocimientos durante la Protocolonización ya que no es un simple intercambio de objetos. Igualmente, la entrada de instrumentos musicales abre la cuestión sobre la adaptación de las tradiciones artísticas de los indígenas a la nueva tecnológica musical. Quizá los bardos peninsulares inicien un proceso de aprendizaje, lo que revela un contacto intenso y prolongado entre la población local y los foráneos. Por otro lado, proteger y amparar al bardo que canta y recita poesía en otro idioma tal vez fuese un signo relacionado con el dominio de conocimientos trascedentes por parte de las élites ibéricas. La cuestión queda en el aire. 14 Aprovecho para mostrar mi agradecimiento a Raquel Jiménez Pasalodos por darme a conocer esta cuestión. 234 http:2016).14   8. CERÁMICA 1. Introducción Al contrario que en los capítulos anteriores, en las siguientes páginas no se va a analizar un campo semántico más o menos concreto de la cultura, sino una serie de hallazgos que lo único que tienen en común es su composición a base de arcilla. La cerámica es el marcador más importante desde el momento en que está presente en el registro arqueológico. A través de un estudio detallado de sus formas, estilos de decoración y pastas junto a la valoración de sus contextos de aparición y cantidad, se pueden distinguir con facilidad fases cronológicas, filiaciones, desplazamientos humanos, costumbres sociales, avances tecnológicos, fronteras y un sinfín de elementos culturales. Entre los innúmeros materiales cerámicos de la Península Ibérica de la Edad del Bronce destacan un grupo que deben vincularse a las actividades mercantiles orientadas al Mediterráneo. Las piezas que integran este grupo destacan por haberse fabricado su mayoría a torno, una herramienta que no hará su aparición en Iberia hasta el Orientalizante gracias a los colonos fenicios. Sin embargo, algunos restos a mano también exhiben ciertas características que permiten entrever estas relaciones ultramarinas. 2. Cerámicas a torno Por diversas razones, las cerámicas a torno de El Llanete de los Moros, Huelva y el aeropuerto de Málaga configuran los hallazgos más importantes de la “cuestión precolonial”. Pero antes de entrar con el análisis de los objetos que integran este grupo, es de suma importancia adelantar un dato sobre la filiación de algunas piezas. Mediante el método de análisis de activación neutrónica quedó confirmada la proveniencia egea para los fragmentos pintados de El Llanete de los Moros. En concreto, su origen es el alfar denominado "Micenas-Berbati", ubicado en la Argólide (Mommsen y otros 1990; Martín de la Cruz y Perlines 1993: 335 ss.; Perlines 2005: 483). Los análisis por fluorescencia de rayos X realizados sobre las pastas de las demás cerámicas a torno no decoradas de este yacimiento, de Cuesta del Negro y de Gatas revelan que todas ellas poseen una idéntica composición química (Martín de la Cruz y Perlines 1993: 342-344). Dicho de otra manera, todas estas piezas se elaboraron en la 235   misma zona y, aunque se desconoce su localización exacta, es seguro que su ubicación se encuentra fuera de la Península Ibérica y que no se trata de la Argólide. Por último, los conjuntos de los asentamientos de Huelva y de La Rebanadilla no han sido examinados químicamente, pero no guardan ninguna relación cronológica ni cultural con los anteriores. 2.1. Cuesta del Negro En el estrato VI/Sur del hábitat argárico de Cuesta del Negro (Purullena, Granada) se reconoce un nivel de destrucción por incendio que cierra la secuencia estratigráfica del yacimiento. En él aparece una vivienda con múltiples restos cerámicos en su interior, incluyendo fragmentos con decoración de Boquique y otras cerámicas de tradición argárica, diversos materiales metálicos y pétreos y, como restos singulares, cuatro piezas de cerámica a torno sin decorar (lám. LIII.A.1) (Molina y Pareja 1975: 38 39). Los restos a torno aportan una información muy interesante. De las cuatro piezas, una de ellas fue encontrada bastante completa, de tal manera que se logra identificar su tipo como un ánfora o crátera pithoide, mientras que las otras tres se corresponden a bordes de grandes recipientes, lo que sugiere que fuesen todos de la misma forma o similares (Molina y Pareja 1975: 52 fig. 102; Almagro Gorbea y Fontes 1997: 350; Torres 2008a: 63). En el interior del ánfora apareció un grano de trigo carbonizado, convirtiéndose en una muestra óptima para la obtención de una cronología al ser de vida corta, con tan sólo unos pocos meses, quizá semanas, los transcurridos entre la cosecha y el consumo. Los resultados de esta muestra (GrN-7284: 3095±35 BP) revelan una cronología con un 93% de fiabilidad comprendida entre 1435-1288 cal. AC, es decir, centrada en el siglo XIV a. C (Torres 2008a: 62). Esta fecha se complementa con la ofrecida por una muestra de carbón del mismo estrato (GrN-7285: 3160±35 BP), señalando un intervalo de 1504-1380 cal. AC (2σ), confirmando un horizonte de El Argar C (ss. XVI-XIV a.C.) (ídem). Que la primera de las fechas proceda de una muestra de vida corta implica validarla como el momento del incendio que terminó con el poblado. Sobre la segunda fecha puede afirmarse razonablemente que acusa el efecto de madera vieja, lo que significa que la construcción de la cabaña es muy anterior al momento de su destrucción. De esta manera, las dos dataciones propuestas son compatibles. Partiendo de que los restos cerámicos tienen un origen mediterráneo y que se fechan entre los siglos XV-XIV a.C., la morfología de la crátera completa ha proporcionado la clave para, recientemente, asignarle una naturaleza chipriota (Torres 2008a: 63; Pilides 2000). Para ello se alega su notable semejanza con el pithos C9013 del grupo Plain White (lám. LIII.A.2) hallado en la habitación X4 de la casa X más otros tres ejemplares equivalentes en otros ámbitos de Kommós (Creta) en un contexto del MR IIIA2 (1370­ 1320 a.C.), para la que se apunta un origen chipriota por análisis de pastas (Tomlinson y otros 2010: 218 figs. 5, 11 tabs. 5, A). Otro paralelo aducido (Torres 2008a: 63) es el pithos o crátera pithoide presuntamente chipriota incluida en el cargamento del pecio de Uluburun cuyo número de registro es ­ 236                                                                  el KW 5833 (Pulak 1994: 9 fig. 1).1 Se trata del único recipiente con estas características de todo el conjunto, así como el más grande, albergando en su interior otros recipientes cerámicos. Aunque su forma es muy similar, dos elementos tan diagnósticos como las asas y el cuello difieren con respecto a los ofrecidos por la crátera de Cuesta del Negro, lo que tampoco impide poner ambas en relación. La datación del yacimiento subacuático de Uluburun no está exenta de debate (Kunihom y otros 1996: 782; Manning y otros 2009), aunque resulta válida la fecha referencial de 1327+4/7 a.C. para el mismo obtenida por dendrocronología (Manning y otros 2001: 2535 nota 38), la cual es coherente con las fechas radiocarbónicas que se ciñen al intervalo 1333/1332­ 1311/1307 cal. AC (1σ), 1343/1340-1289/1274 cal. AC (2σ) (1320±15 AC) (Manning y otros 2009: 176-187).2 El pecio de Uluburun funciona como un excelente indicador de las relaciones internacionales, ya que en su cargamento aparecen objetos chipriotas, egeos, asiáticos y egipcios (Pulak 1997; Yalçin y otros 2005; Bachhuber 2006; Cline y Yasur- Landau 2007). No está claro cuál es el puerto del que partió la nave, pero la elevada presencia de ánforas y vasijas cananeas y chipriotas abogan por un enclave de estas de estas dos regiones. Contendedores similares pertenecientes al mismo horizonte cronológico se dispersan por diferentes geografías del Mediterráneo oriental y central (Pilides 2000: 48-53). Estos indicios confirman una expansión chiprolevantina en el TC II (1450-1300 a.C.). Relativo a esta cuestión resulta del mayor interés el pithos en el que se alojaba el depósito de bronces de Kaleburnu/Galinoporni (Chipre) (Bartelheim y otros 2008: 170 fig. 12). El tamaño de la tinaja es suficientemente grande como para que en su interior cupiesen un total de veintiséis piezas, la mayoría de las cuales se corresponden con recipientes profundos y grandes. Aunque no disponga de asas, el pithos tiene el mismo perfil que la crátera pithoide de Purullena, de tal manera que con toda razón cabe traerlo a colación como un paralelo y como una prueba más del origen chipriota de este último. La tipología de materiales de su interior se fechan en el último cuarto del II milenio a.C. En resumen, a la cerámica a torno del yacimiento de Cuesta del Negro se le debe asignar un origen chipriota y una cronología típica de El Argar C. 2.2. El Llanete de los Moros 2.2.1. Fragmentos heládicos decoradas En el estrato III del Corte R-3 del poblado de El Llanete de los Moros se hallan dos fragmentos cerámicos decorados hechos a torno (lám. LIV.A). El primero es un galbo de un recipiente abierto, con desgrasante muy fino y pasta amarillenta, de cocción oxidante y, en definitiva, de buena calidad. El exterior, cubierto de engobe bruñido, 1 Quiero mostrar mi agradecimiento a la cortesía y atención del Prof. Cemal Pulak por hacerme llegar una copia del artículo citado y por sus indicaciones sobre la forma de la crátera de Uluburun. 2 Recientemente, Sturt Manning (2014) ha publicado un monográfico dedicado a la revisión y búsqueda de valores absolutos de carácter cronológico en diversas regiones del Mediterráneo oriental durante la segunda mitad del II milenio a.C. En sus páginas se vuelve a abordar la datación por dendrocronología del pecio de Uluburun, y se propone una corrección para ella. No he tenido acceso al monográfico, de manera que me es imposible actualizar y discutir la nueva fecha. Sea como fuere, la tipología de los materiales del cargamento del barco indican claramente que su último viaje se realizó en el TC II-HR IIIB, centrado en el s. XIV a.C. 237                                                                presenta una banda ancha rojiza muy oscura a modo de decoración. El otro fragmento es un pie del que arranca el cuerpo del recipiente, estando dicho pie pintado por ambas superficies (Martín de la Cruz 1988: 89 lám. 9.b-d; 1990; Almagro Gorbea y Fontes 1997: 345). La interpretación de ambas piezas resulta difícil debido a sus reducidas dimensiones, aunque se ha propuesto que el galbo pueda pertenecer a una copa o taza (lám. LIV.B.1) (Podzuweit 1990: 55-56; Martín de la Cruz y Perlines 1993: 337), mientras que el pie quizá perteneciese a una crátera (lám. LIV.B.2) (Podzuweit 1990: 53-55). Estos fragmentos se asocian a cerámica de Cogotas I, cuya cronología se extiende desde mediados del II milenio a.C. hasta comienzos del I milenio a.C. Esta cerámica es mayoritaria en los estratos III-IV, y en los siguientes también representa una proporción muy alta, aunque progresivamente combinándose con cerámica propia del BF III tartésico (Martín de la Cruz 1985: 208 figs. 2-3). Del mismo nivel procede una muestra de carbón de la que se ha obtenido una datación por 14C (CSIC-795 3060±60 BP), resultando el valor de 1441-1128 cal. AC con un intervalo de confianza de 2σ y, por tanto, centrado en los siglos XIV-XIII a.C. (Martín de la Cruz y Perlines 1993: 337; Torres 2008a: 62; Ruiz-Gálvez 2009: tab. 1).3 Los tipos propuestos para los fragmentos encajan cronológicamente entre finales del HR IIIA e inicios del HR IIIB (ss. XIV-XIII a.C.) (Podzuweit 1990: 53-56), de tal manera que se produce una solapamiento entre este período y las fechas obtenidas del yacimiento.4 Aunque estas piezas no configuran el único vestigio de cerámica a torno en el II milenio a.C. en la Península Ibérica, sí son los únicos materiales de incuestionable origen egeo con esta cronología descubiertos en este territorio. Este hallazgo singular determina su relevancia, pero igualmente permite considerar a tales piezas como una introducción casi anecdótica y difícil de explicar correctamente. Lo cierto es que el período señalado se corresponde con el del esplendor heládico. En esta época, las ciudades del Egeo experimentan una transformación cultural ligada a una expansión mercantil después de varios siglos de actividad creciente. 2.2.2. Fragmentos no decorados En el Llanete de los Moros aparecen, además, otros 42 fragmentos a torno (Martín de la Cruz y Baquedano 1987; Martín de la Cruz y Perlines 1993: 341-344; Almagro Gorbea y Fontes 1997: tab. 1). La mayoría de ellos se corresponden a formas indeterminadas, si bien cabe destacar un soporte de diábolo, un borde de un posible dinos y un asa de pithos hallados en el estrato I del Corte B1.2. Estos materiales se fechan merced a una semilla de cereal hallada en el mismo nivel (CSIC-624: 2900±50 BP), habiendo proporcionado una datación comprendida entre 1260-970 cal. AC (2σ) y 1131-1008 cal. AC (1σ) (Torres 2008a: 62). Sin embargo, no se han dado a conocer los demás elementos que se asocian a la cerámica a torno. 3 M.R. Perlines (2005: 480 n.1) valora estas fechas sin calibrar, conduciéndole a una cronología incorrecta. 4 M. Ruiz-Gálvez (2009: 99) considera que se trata de un argumento circular. Se toma como referencia para los paralelos egeos la cronología ofrecida por el yacimiento cordobés, sirviendo como criterio único para la búsqueda de tipos formales que podrían ajustarse a los fragmentos en cuestión entre el HR IIIA y el HR IIIB. Y no le falta razón. No obstante, difícilmente podría contemplarse otro período observando que el fragmento de pie tiene decoración interna y externa, rasgo que C. Podzuweit (1990: 53) valora adecuadamente como determinante y que, por extensión, aplica al galbo. Con todo, tampoco parece desacertado el procedimiento seguido que parte de la cronología sugerida para el estrato en el que se localizan las cerámicas micénicas. 238   En el estrato IIIA del Corte R-1 se documenta un fragmento del pie de un pithos (Martín de la Cruz 1987: figs. 23.133, 123.A no. 133) que es más problemático que las piezas anteriores, no por la pieza en sí, sino por su contexto. Esta pieza aparece en compañía de objetos típicos del BF III, como cerámicas con botones metálicos, cerámica pintada, alguna con decoración bruñida, cazuelas carenadas y fragmentos cerámicos de Cogotas I (idem: 205 figs. 21-38). El estrato se fecha por 14C, con una alta desviación típica (UGRA-190: 2930±110 BP), entre 1301-998 cal. AC (1σ) y 1413-894 cal. AC (2σ) (Torres 2008a: 69-70). Como los fragmentos a torno no decorados de El Llanete de los Moros son químicamente homogéneos a los de Cuesta del Negro, se deduce también para ellos una naturaleza chipriota. De acuerdo con los excavadores del Corte R-1, el estrato IIIA es el primero que evidencia una ocupación ininterrumpida del poblado hasta el Período Orientalizante (Martín de la Cruz 1987: 205). A partir del estrato IVA comienza a aparecer más cerámica a torno fenicia, aunque esporádica, aumentando progresivamente su cantidad hasta ser mayoritaria desde el estrato VA (ídem: figs. 127.B-149.B). El estrato II funciona como un nivel de preparación para el estrato IIIA, por tanto los dos son cronológicamente análogos. En cambio, el estrato I pertenece a un horizonte claramente anterior, con cerámica de Cogotas I, de manera que entre éste y el estrato II se produce un hiato (ídem: 205). La presencia de materiales típicos de BF IIIA relacionados con el fragmento de pithos, y la continuidad cultural observada en la estratigrafía a partir de entonces sugiere, en principio, que esta pieza pertenece a un horizonte posterior al de las piezas heládicas. Estas últimas pertenecen al estrato III del Corte R-3 que, junto con el estrato IV del mismo corte y la secuencia estratigráfica I-V del Corte R-2, cubren el supuesto hiato (Martín de la Cruz 1987: 208). Por otra parte, que el estrato II del Corte R-1 sea un nivel de relleno implica potenciales intrusiones entre los estratos adyacentes, lo que podría explicar la presencia de restos de vajilla de Cogotas I en los estratos I y IIIA. En esta línea, el fragmento de pithos también podría ser una intrusión procedente del nivel ocupacional anterior de El Argar C, lo que explicaría satisfactoriamente la aparición de esta pieza en su contexto. Esta interpretación es coherente con la datación radiocarbónica, la cual, aunque exacta, es muy imprecisa. *** En conclusión, resulta más adecuado valorar toda la cerámica a torno chiproegea de El Llanete de los Moros dentro de un único horizonte correspondiente a una fase de ocupación datable en el siglo XIII a.C. (Ruiz-Gálvez 2009: 99-102; contra Perlines 2005: 480). Que la mayor parte de la cerámica a torno precolonial peninsular en el II milenio a.C. se localice en un único asentamiento indica que El Llanete de los Moros ocupa un lugar importante en los flujos de intercambio entre los pueblos peninsulares y los mediterráneos en los últimos siglos del II milenio a.C. Los estratos de aparición, además, también son fértiles en otros muchos materiales meseteños y andaluces. Todo ello, unido a su emplazamiento en la ribera del Guadalquivir medio, permite vislumbrar que 239   se trata de una comunidad importante emplazada en lugar estratégico en las comunicaciones fluviales que conectan el Atlántico con las montañas del interior andaluz, así como terrestres, puesto que sirve como salida a los asentamientos periféricos ubicados en entornos montañosos y a las rutas ganaderas que nacen en el norte. De la misma manera que se produce esta sorprendente concentración de cerámica a torno en este lugar, llama la atención la ausencia total de restos metálicos de importación ultramarina. La cerámica y la metalurgia son los elementos más visibles en el registro arqueológico, aunque seguramente no los más importantes en los intercambios que éstos evidencian, en favor de alimentos y textiles. También resulta altamente llamativo que, ubicándose El Llanete de los Moros en un nudo de comunicaciones fluvial, no se detecten en el curso del río importantes signos de intercambios extrapeninsulares entre los siglos XIV-XII a.C., con la salvedad de la azuela de Osuna (Almagro Gorbea 1996a), y sí, en cambio, en el interior montañoso de Granada, donde aparece más cerámica a torno. 2.3. Cerro de Gatas La última fase de ocupación prehistórica del yacimiento ubicado en el Cerro de Gatas (Turre, Almería) se interpreta como un nivel de sedimentación y derrumbe. En un nivel superior de la estratigrafía de esta fase se registran restos de materiales cerámicos variados, entre los que se destacan fragmentos de vasos y cazuelas carenadas, un fragmento con decoración acanalada y una pieza a torno identificada como un borde de un ánfora o un pithos (lám. LIII.B) (Castro y otros 1993: 19 fig. 4), además de una cuenta de pasta vítrea (Castro y otros 1999: 248). No es posible establecerse ninguna secuencia estratigráfica para este nivel, de modo que tales materiales no necesariamente pertenecen a la misma época, si bien todos ellos son claramente del último cuarto del II milenio a.C. en adelante. Así las cosas, se presentan dos opciones sobre la cronología de esta pieza. La primera aboga por una datación alta. La cerámica a torno es un objeto exótico, tal y como ponen de manifiesto los análisis sobre su pasta, que confirman que su composición química es igual a la de las cerámicas a torno sin decorar de El Llanete de los Moros y Cuesta del Negro. Esta afinidad de su arcilla permite suponer un posible origen chipriota para este fragmento, a la vez que una cronología de II milenio a.C. en concordancia con las citadas piezas. Además, las fechas de radiocarbono obtenidas para la fase de abandono del poblado de Gatas quedan comprendidas entre h. 1550-1360 cal. AC (1σ) (Castro y otros 1996: 171), respaldando su equiparación cronológica con las cerámicas a torno de los otros yacimientos. Sin embargo, la presencia de cerámica acanalada – “un fragmento de urna decorada con acanalados en el cuello y el hombro, mediante una ‘banda de líneas horizontales sobre temas angulares’ procedente de Gatas VI (Castro et al., 1999, p. 242, fig. 154)”, en Lorrio 2009-2010: 145) – abre la puerta a una posible fecha más reciente. Este estilo decorativo es propio de los Campos de Urnas, que penetran en la Península Ibérica a finales del II milenio a.C. En el sureste se han encontrado más restos de este estilo, como los de las sepulturas de la cuenca de Vera (Almería), fechadas en el siglo IX a.C. y principios del siguiente (ídem: 142), y los influjos de esta corriente transalpina se dejan notar durante todo el primer cuarto del I milenio a.C. (íd.: 143-147). 240   Cualquiera de las opciones debe tomarse con prudencia. La cronología baja parece más segura debido a la coherencia de su contexto, aunque éste no determina en modo alguno que deba vincularse el fragmento a torno con la pieza acanalada. La cuenta de vidrio es el otro elemento de procedencia mediterránea relacionable con la pieza de cerámica, pero no aporta ninguna precisión acerca del momento de su llegada. En la medida en que la pieza a torno debe relacionarse con las piezas de este tipo más tempranas aparecidas en la Península Ibérica, y que todas ellas se localizan en una misma región, lo más lógico parece decantarse por una cronología alta acorde con El Argar C. 2.4. Huelva y el aeropuerto de Málaga Uno de los yacimientos más espectaculares y relevantes por los materiales encontrados en él y por su significado histórico es el solar ubicado entre la Plaza de las Monjas 12 y la Calle Méndez Núñez 7-13 del centro de Huelva. Consiste en un conjunto muy vasto de diversos elementos hallados en un único estrato alterado debido a las remociones naturales de las arenas y del agua del subsuelo urbano a lo largo de milenios (González de Canales y otros 2004; 2006). El elenco de materiales lo integran, fundamentalmente, varios miles de fragmentos cerámicos, además de otros artefactos de naturaleza y función variopinta. Las piezas cerámicas revelan una riquísima pluralidad de estilos y tipos, facilitando la identificación de restos de producción local de inspiración fenicia, producciones propiamente fenicias – grupos principales –, egeas, chipriotas, sardas y villanovianas – grupos secundarios (lám. LV) (González de Canales y otros 2004: 29-30). Este hallazgo resulta sorprendente, no únicamente por la heterogeneidad del origen de los materiales que alberga, sino también porque la suma de las piezas catalogadas hasta la fecha de su publicación no alcanza el 10 % del total de los miles de fragmentos recuperados, lo que implica que en el futuro podría redefinirse la interpretación del conjunto. Otro importantísimo yacimiento descubierto en los últimos años es el del aeropuerto de Málaga (Arancibía y otros 2011; Sánchez-Moreno y otros 2012). También excavado de urgencia con motivo de las obras de ampliación, el yacimiento consiste en los restos de un asentamiento en el que se distinguen cuatro fases de ocupación (La Rebanadilla) y un cementerio de cremación coetáneo (Cortijo de San Isidro). Los materiales cerámicos extraídos de estos dos cortes son visiblemente homogéneos con respecto a los de Huelva (Lám. LVI.A), aunque el número total de piezas es sustancialmente menor y sólo se han publicado aceptablemente los datos relativos a la fase III del asentamiento, la primera con estructuras urbanas (Sánchez-Moreno y otros 2012). Por ello, para facilitar el análisis y la interpretación del yacimiento del aeropuerto es preferible centrarse en el onubense y extrapolar las conclusiones con los correspondientes matices. Los tipos locales identificados en Huelva están facturados a mano se corresponden con los mismos documentados en la fase I del vecino yacimiento del Cabezo de San Pedro, esto es, básicamente cerámicas de retícula bruñida y de estilo Carambolo, más otros ejemplares peninsulares mucho más escasos (González de Canales y otros 2004: 241   107-130, 187-195). Por su parte, las formas locales de La Rebanadilla son recipientes esféricos y acampanados, en ocasiones con acabados bruñidos y decoraciones incisas y a la almagra, igualmente típicos entre los yacimientos circundantes (Sánchez- Moreno y otros 2012: 74 ilu. 11). El conjunto cerámico de tradición fenicia es más abundante y nutrido, compuesto por numerosos fragmentos diagnósticos que permiten un análisis más sofisticado. Entre estos, tomando como referencia la clasificación de Bikai (1978) para Tiro y complementándola con la establecida por Anderson (1988) para Sarepta (la serie DJ), destacan las jarras de los tipos 7-11, y también de tipo DJ-4, DJ-10 y DJ-11, los platos de los tipos 7-11 y 14, y las ánforas de los tipos 9, 12 y 20, más los modelos occidentales T­ 3.1.1.1/T-3.1.1.2 de Ramón, B2 de Bartoloni y ZitA de Docter (González de Canales y otros 2004: 34-38, 58-74, 179-184; Sánchez-Moreno y otros 2012: 73-74 ilu. 10). Las tapaderas y parte de la vajilla fina no encuentra paralelos exactos en el Mediterráneo, y debido a su elevada cantidad (491 fragmentos) y a sus semejanzas con algunos tipos fenicios, se han clasificado en la serie “Huelva”, bien representada por los tipos 1 y 4 perteneciente a bordes de plato, afines a los tipo 6 y 5 de Tiro, respectivamente (González de Canales y otros 2004: 39-50, 54-55; Sánchez-Moreno y otros 2012: 74). En Málaga se identifican dos quemaperfumes cerámicos completos (Sánchez-Moreno y otros 2012: 74 ilu. 10). Uno de ellos se describe como dos platos superpuestos (“doble cazoleta”), mientras que el segundo se caracteriza por su base cónica y hueca sobre la que descansa un plato. En Huelva también se reconocen fragmentos de quemaperfumes (González de Canales y otros 2004: 79-78 láms. XV.23-28, LIV.10-11) entre los que se encuentran cinco bases que sus excavadores determinan como pertenecientes a las de tipo 5 de Tiro, alcanzando un máximo en el estrato V aunque presentes desde el XII hasta el II (Bikai 1978: 25 lám. XCV.5.1-2 tab. 11A). Los quemaperfumes cerámicos de doble cazoleta se documentan en todas las regiones del Mediterráneo en las que hay presencia colonial fenicia (Bisi 1970: 53 ss.; Jiménez Ávila 2002: 191). De los grupos secundarios, el más relevante se corresponde con la vajilla de tradición egea. Entre los 33 fragmentos reconocibles dentro de la misma se identifican dos kantharoi, dos skyphoi y un jarro de boca trilobulada áticos de estilo geométrico, así como quince platos decorados con semicírculos colgantes y dos skyphoi de estilo protogeométrico eubeo, con líneas y bandas paralelas circulares y círculos concéntricos pintados en su superficie exterior (González de Canales 2004: 82-94, 184 185). En los estratos más antiguos de La Rebanadilla también se han registrado skyphoi de características semejantes (Sánchez-Moreno y otros 2012: 75 ilu. 12). Igualmente, aparecen en el depósito tres jarritas (juglets) de la serie Black-on-Red I (III) (González de Canales y otros 2004: 95-97, 185-186), de discutida procedencia chipriota o fenicia, cinco asas de askoi decoradas con círculos concéntricos, más otros fragmentos que también incorporan este motivo y algunos otros verosímilmente clasificables como jarros askoides, un cuenco y quince vasos a collo, todos de origen sardo y hechos a mano (ídem: 100-106, 186 láms. XXI, LX), a los que se añaden otros pocos fragmentos de cerámicas itálicas (íd.: 98-99). Recientemente ha sido publicado otra jarro askoide en el casco urbano de Huelva, en el solar de la calle Palos, 15-17 (González de Canales y otros 2011: 238 fig. 4). En La Rebanadilla, procedentes de ­ 242                                                                Cerdeña se documentan vasos askoides como los de Huelva, un jarro piriforme de tipo Pir 1 y una olla de tipo Boc 16 (Sánchez-Moreno y otros 2012: 72-73 ilu. 9). Aunque la totalidad del conjunto onubense se recoge en un mismo estrato en el que los materiales aparecen mezclados, la diversidad tipológica de las cerámicas fenicias resulta compatible con la serie tiria, de tal manera que es posible fijar una secuencia relativa para ellos y una cronología acorde con la misma. Del mismo modo, también es compatible esta seriación con las cerámicas egeas y chipriotas, así como con la de factura indígena. Toda la cerámica fenicia descubierta en Huelva dispone de equivalencias en la completa estratigrafía de Tiro. Por morfología, los materiales más cuantiosos se corresponden con los platos de tipo 7-10, ascendiendo a una suma de 948 fragmentos. De la serie de platos, el tipo 10 constituye la segunda mayor acumulación en Tiro, con 1619 piezas reconocidas, mientras que el tipo 8 alcanza la quinta posición con 936 piezas. El tipo 8 es el plato más común en el estrato IV, seguido del estrato V. Los tipos 7, 9 y 10 también aparecen muy representados en estos mismos estratos. Los tipos 6 y 5, equiparables a los 1 y 4 de Huelva, se documentan en los estratos I-IV, pero su presencia es muy escasa en el yacimiento levantino (Bikai 1978: 20-25 tab. 3.A). Así, el estrato V, seguido del IV y del VI, deben valorarse como los niveles más cercanos a Huelva en cuanto a la tipología de los platos. En cuanto a las jarras o escanciadores, los tipos 7 y 8 de boca trilobulada, con 34 y 32 piezas, respectivamente, son los más abundantes en Huelva. En los estratos IV y V encuentran su mayor concentración, sustancialmente menor que el número de platos, pero altamente significativa, ya que en Tiro este elemento es prácticamente irrelevante, con la excepción del tipo 10, el más numeroso y apenas presente en Huelva (Bikai 1978: 33-41 tab. 6.A). Por lo tanto, en lo referente a las jarras son de nuevo los estratos IV y V los más asimilables a Huelva. Para las ánforas, el tipo 9 es el más profuso en Huelva, con 28 piezas, y también el mejor representado en toda la estratigrafía de Tiro, especialmente del estrato IV en adelante (Bikai 1978: 43-49 tab. 10A). La cerámica egea, por los motivos ornamentales, se adscribe claramente al GM II ático (800-760 a.C.)5 y al SPG III eubeo (850-750 a.C.), mientras que las jarritas chipriotas Black-on-Red encajan con el CG III (850-750 a.C.), haciéndose extensible al resto de materiales foráneos hallados en Huelva. En la estratigrafía de Tiro, cerámicas de la serie Black-on-Red aparecen entre los estratos IV-IX, mientras que las egeas equivalentes hacen lo propio entre los estratos III-IV (Núñez Calvo 2008: fig. 5.10). Cerámica de familia de los askoi y con una decoración equivalente se conoce en algunas regiones mediterráneas, así como también en la Península Ibérica (fig. 14) (Køllund 1992-1993; Lo Schiavo 2003: 18-20; Botto 2004-2005: 19-20; González de Canales y otros 2011; Fundoni 2012). Piezas aisladas se localizan en el ajuar de la tumba 2 del tholos reutilizado de Kanniale Tekke (Creta), fechada entre el Protogeométrico B 5 Las fechas para estos períodos son los valores canónicos aceptados desde el trabajo de Coldstream en 1968 para la serie geométrica en el Egeo. En los últimos años se están revisando al alza en virtud de las dataciones radiocarbónicas efectuadas en diversos yacimientos mediterráneos. Para una síntesis sobre la discusión, véase Coldstream y Mazar 2003, Nijboer y Van der Plicht 2009 y Pappa 2012 y el apartado dedicado a la cerámica de estilo Carambolo del presente estudio. 243   y el Geométrico Cretense (ss. IX-VIII a.C.) (Vagnetti 1989), en el nivel de incendio de la acrópolis de Lípari (Islas Eolias), de finales del Horizonte Ausonio II (s. IX a.C.) (Ferrarese Cerutti 1998; Cavalier y Depalmas 2008: 294-295 figs. 2.4-3.6, 3.8), en la tumba 81 del cementerio de Pantálica SE, asignado al Horizonte Pantálica III (850-750 a.C.) (Orsi 1912: 317 tab. VII.66; Køllund 1992-1993: 209-210), en Monte Dessueri-Monte Maio (Sicilia), de la misma época (Lo Schiavo 2005a: 110 tab. 2.c), en los niveles coloniales arcaicos de Cartago (Køllund 1998) y en el substrato del templo del kothon, en Mozia (Trápani, Sicilia) (770-750 a.C.) (Lo Schiavo 2005b; Nigro 2010: 13). Pero es en Etruria (Delpino 2002; Ialongo 2010: 341), especialmente en Vetulonia, y en la mitad septentrional de Cerdeña (Campus y Leonelli 2000: 394-400 tabs. 229-238, 241) donde se reúnen la inmensa mayoría del total de estas piezas, tanto de cerámica como de metal. Ambos conjuntos se fechan entre el BF 3 y principios del Fe 1 (ss. X-IX a. C), lo que unido a su cercanía geográfica sugiere que se trata de su foco difusor, quizá más particularmente la isla, ya que su cantidad es mayor. Fig. 14: Mapa de dispersión de jarritos askoides fuera de Cerdeña. En la Península Ibérica, además de los restos de askoides de Huelva y La Rebanadilla, se atestiguan fragmentos en Cádiz, en el santuario de El Carambolo y en el campo de cultivo de La Orden-Seminario. En la colonia gaditana se detectan dos fragmentos, un asa procedente de un nivel de relleno asociada a materiales de épocas diversas en el yacimiento del Cine Cómico (Torres y otros 2014: 63 fig. 11) y el jarro casi entero del yacimiento de la Calle Cánovas del Castillo, 38 (Córdoba y Ruiz Mata 2005: 1300-1304; Botto 2015: fig. 22), en un contexto muy bien definido en el que destacada la cerámica fenicia de barniz rojo de variada tipología, las ánforas de tipo R-1 y Sagona 2 244   y vasos carenados de retícula bruñida de tradición local, pudiendo fecharse sin problemas este conjunto en una fase temprana de la colonia, en el siglo VIII a.C. aunque podría ser ligeramente anterior, en cualquier caso del BF IIIC. Los dos fragmentos de El Carambolo proceden el uno del “fondo de cabaña” (Carriazo 1973: 536 fig. 348; Torres 2004), sin estratigrafía definida, y el otro en la UE 15 de la ampliación del mismo fondo (Fernández Flores y Rodríguez Azogue 2007: fig. 55 lám. 9). Por último, los fragmentos de jarrito de La Orden-Seminario aparece en la estructura E-4 de este yacimiento, perteneciendo a su Fase IV y última de ocupación (Gómez Toscano y otros 2014: 154-155 fig. 8.b; Botto 2015: 187). Se trata de un poblado agrícola a las afueras de la ciudad de Huelva en el que aparecen otras cerámicas típicas de la zona características del BF III, así como de algunos ejemplares fenicios (Gómez Toscano y otros 2014). Tanto los fragmentos de El Carambolo como los de La Orden-Seminario se fechan en la misma época que los de Cádiz. La combinación de los vestigios cerámicos de Huelva y el aeropuerto de Málaga, por tipos y cantidades, con seguridad es concordante con los estratos IV y V de Tiro, aunque también aparecen materiales afines en estratos anteriores (VI-X). Esta disposición en la estratigrafía tiria se correlaciona básicamente con el Horizonte Salamis (900/850-760 a.C.) y con el final del Horizonte Kouklia (1050-900/850 a.C.) (Bikai 1987: 50-53, 58-62; Núñez Calvo 2008: 314-336 fig. 5.10). Dicha secuencia de estratos comparte los mismos tipos cerámicos con diversos yacimientos chipriotas y algunos siropalestinos, a caballo entre el Hierro IIA (h. 1000/980–h. 840/830 a.C.) y el Hierro IIB levantinos (h. 840/830–732/701 a.C.) (según Mazar 2005: tab. 2.2). El final del Horizonte Salamis es contemporáneo al estrato IV de Tiro, lo que combinado con la cronología de las cerámicas egeas y chipriotas aparecidas en Huelva permite trazar un terminus ante quem hacia el 760 a.C. Tres huesos hallados en este revuelto de materiales han servido como muestras para la elaboración de una cronología por 14C, obteniéndose la siguiente datación (2σ): GrN­ 29512: 2775±25 BP: 969-828 cal. AC; GrN-29511: 2745±25 BP: 998-834 cal. AC; y GrN­ 29513: 2740±25 BP: 968-827 cal. AC (Nijboer y Van der Plicht 2006: tab. 1; Torres 2008b: 139; Mederos 2013: tab. 7), con un valor medio de 2755±15 BP: 920–845 cal. AC (1σ) (Van der Plicht y otros 2009: 226). Los resultados son muy fiables, ya que la desviación típica es reducida, las tres muestras proporcionan fechas similares y, además, todas proceden de hueso de animales destinados al consumo, con lo que su vida no pudo superar los diez años. Por ello, la cronología radiocarbónica señala una fecha centrada en el 900 a.C. como terminus post quem, que remite a mediados del Hierro IIA levantino y a finales del Horizonte Kouklia. Para el aeropuerto de Málaga se dispone de cinco dataciones por radiocarbono. Una de ellas corresponde a la tumba 9 de la necrópolis de Cortijo de San Isidro, obtenida de un leño de la pira funeraria y perteneciente a la fase II del complejo (SISIDRO-59749: 2660±60 BP: 940-780 cal. AC (2σ)). Las otras cuatro provienen del asentamiento, dos de la fase I, la más reciente (REBANAVE-3140: 2710±40 BP; REBANAVE-2253: 2650±40 BP), y dos de la fase IV, la primigenia (REBANAVE-2168: 2800±40 BP; REBANAVE-2114: 2780±40 BP), con los valores de 920-800 cal. AC, 850-780 cal. AC, 1040-840 cal. AC y 1010-830 cal. AC, todos con un intervalo de confianza de 2σ (Arancibía y otros 2011: tab. 1; Sánchez-Moreno y otros 2012: ilus. 2-4). Así las cosas, las fechas más tempranas fluctúan entre los siglos XI-IX a.C., mientras que las más modernas lo hacen entre los siglos X-VIII a.C. 245   Ninguna de las muestras analizadas se corresponde con la fase III de La Rebanadilla, el nivel del que proceden la mayoría de las cerámicas estudiadas. Sin embargo, al disponer de muestras en los niveles adyacentes, lógicamente la cronología de la fase III debe quedar comprendida entre las fechas dadas, más cercana a los resultados de la fase IV. Combinando ambos resultados, el lapso de mayor probabilidad de ocupación para la fase III se centra en la segunda mitad del siglo X a.C., mientras que la vigencia total del poblado se fecha entre inicios del siglo X a.C. y la primera mitad del siglo VIII a.C. En definitiva, por las dataciones obtenidas de ambos yacimientos cabe concluir que pertenecen al mismo horizonte histórico del BF III. Sin embargo, esta homogeneidad cronológica no está exenta de controversia debida, básicamente, a dos razones (Fantalkin y otros 2011: 184-185). La primera de ellas es de ámbito local, y se sostienen la diferencia entre las fechas 14C (BF IIIA-B, Horizonte Kouklia) y las asignadas a la cerámica (BF IIIB-C, Horizonte Salamis). Aunque se produce un cierto solapamiento temporal, la presencia de vajilla egea típica del GM II funciona como un excelente referente para atrasar la cronología del conjunto hasta los albores de la época colonial, en el siglo VIII a.C. Las muestras de huesos y de la cerámica onubense proceden de un único estrato donde todos los objetos aparecen mezclados, lo cual dificulta establecer fases internas. La segunda razón se amplía al ámbito mediterráneo. Los paralelos cerámicos en oriente se sitúan en un polémico horizonte histórico, la transición del Hierro IB al Hierro IIA, que tiene dos claras posiciones en cuanto a la cronología. Por un lado, los partidarios de la cronología alta (Mazar 2005; Van der Plicht y otros 2009; Bruins y otros 2011), que proponen una cronología absoluta ajustada a la primera mitad del siglo X a.C. para esta transición. Por otro lado, los defensores de la baja cronología (Finkelstein 1996; 2005; Coldstream 2003; Gilboa y Sharon 2003; Gilboa 2013) sugieren que la transición se produjo en la segunda mitad del siglo X a.C., con una diferencia de unos cincuenta años. La diferencia temporal modifica la cronología de las fases del Hierro II, de tal manera que la fase Hierro IIB para unos es todavía siglo IX a.C., mientras que para otros es siglo VIII a.C. Es decir, los referentes orientales de la cerámica hallada en Huelva se debaten entre una fecha protocolonial y otra colonial. Esta disputa no parece tener solución. Quizá la mejor salida es considerar que el estrato de Huelva comprende varias fases (Mederos 2006: 172-175 tab. 13; 2013) que se prolongan desde el siglo X hasta el siglo VIII a.C. Los huesos pertenecerían a una fase antigua, mientras que la cerámica egea delimita el momento final de este estrato, que coincide con el de máximo esplendor del asentamiento fenicio. Quizá los huesos no guarden ninguna relación histórica con el asentamiento fenicio, ya que a fin de cuentas los navegantes foráneos se instalan en espacios desocupados propicios para el pastoreo. Pero lo cierto es que tanto los huesos como los artefactos se encuentran en un único estrato, y no parece casualidad que la cronología por radiocarbono para la cerámica del GM II sea homogénea. Por tanto, la periodización h. 900-760 a.C. que proponen los excavadores del yacimiento parece correcta, y se valida por la equivalencia cronológica con el asentamiento del aeropuerto de Málaga. Con todo, es de vital importancia recordar que la cerámica geométrica egea, habitual fósil guía para la periodización de múltiples yacimientos chiprolevantinos, ofrece un grado de incertidumbre cronológico remarcable (Brandherm 2008b; 2008c), de tal manera que 246                                                                  la fecha propuesta para el GM II podría elevarse hasta mediados del siglo IX a.C. y con ella la del yacimiento onubense. El BF IIIB, entonces, se presenta como el horizonte histórico en el que debe interpretarse mejor las actividades protocoloniales tanto en Huelva como el yacimiento malagueño, prolongándose hasta el principio de la época colonial. Sin embargo, mientras que la comunidad oriental de La Rebanadilla se abandonó en el siglo VIII a.C., el asentamiento foráneo de Huelva perduró hasta el siglo VI a.C., tal y como evidencian los abundantes restos de cerámica de filiación fenicia, griega y etrusca en el entorno del yacimiento (Rouillard 1977; Fernández Jurado 1986; 1988-1989a; Cabrera 1988-1989; 1995; Torres 2002: 152-158). Los yacimientos fenicios del aeropuerto de Málaga y el primer nivel del kārum de Huelva comprenden la esencia de la Protocolonización. El aeropuerto es una colonia, la más antigua atestiguada hasta ahora en la Península Ibérica, pero no perdura, y el yacimiento onubense no es propiamente una colonia, sino un asentamiento inmerso en una floreciente aldea tartésica.6 Por ello parece adecuado excluir ambos enclaves de las colonias históricas, estables e independientes económica y jurisdiccionalmente de los poblados indígenas. La primera colonia propiamente dicha en Iberia es Cádiz. 2.5. Cádiz El yacimiento de Cine Cómico ha desvelado los niveles primigenios de la fundación fenicia de Cádiz, en el que se aprecia una secuencia ininterrumpida desde el s. IX a.C. hasta la Alta Edad Media (Gener y otros 2014: tab. 1). No deja de ser paradójico incluir como indicios de la Protocolonización materiales del yacimiento que sirve, en principio, como conclusión de la historia precolonial de la Península Ibérica. Sin embargo, los estratos con estructuras orientales más antiguos de Cine Cómico se encuadran en la misma cronología que el kārum de Huelva y el aeropuerto de Málaga. Tal contemporaneidad no es una ironía. Mientras que los niveles más tempranos de los yacimientos malagueño y onubense se fechan entre el 900 y el 760 a.C. sin segmentos internos, es decir, en el Horizonte Peña Negra en Cádiz se distingue un nivel de ocupación bajo el nivel en el que visibilizan las primeras estructuras cuadrangulares. Dichas estructuras se fechan a partir del c. 825 a.C. (Torres 1998). Por tanto, el Horizonte Peña Negra I gaditano se diferencian las fases BF IIIB y BF IIIC, esta última ya plenamente colonial, pero tanto en Huelva como en Málaga no hay solución de continuidad entre ambas, como tampoco lo hay en el poblado indígena de Peña Negra I (Crevillente, Alicante) (Torres 2008a: 70-71). En otras palabras, el Horizonte Peña Negra I es asimilable al nivel más antiguo del barrio fenicio de Huelva y a la colonia fallida de La Rebadanilla, mientras que en Cádiz está claramente partido en dos fases, la más reciente de las cuales se identifica sin equívocos como la más antigua colonia estable en Iberia, con estructuras de planta cuadrangular y abundantes restos de cerámica a torno orientales similares a las halladas en Huelva y en el aeropuerto malagueño (Período II) (Gener y otros 2014: 18-37; Torres y otros 2014). 6 Algunos investigadores piensan que la presencia fenicia en Huelva se explica como una colonia que no logra sobrevivir al Período Orientalizante, y que su emplazamiento no siempre fue el mismo. Véase una brevísima síntesis al respecto en Mederos 2006: 170-171; 2013: 484. 247   Pero en el nivel de base gaditano también aparecen algunos vestigios que claramente remiten a las actividades fenicias (Gener y otros 2014: 17-18). Así, se descubren en él una estructura elíptica con “una masa muy compacta de color púrpura formada por arcilla y moluscos univalvos triturados (…), principalmente de la especie Murex trunculariopsis trunculus” (ídem: 18) en su interior, restos de hogueras y cerámicas a torno. Por tanto, en el mismo suelo de Gadir se documentan evidencias protocoloniales (Período I, BF IIIB). El estado de conservación de las cerámicas a torno no permite discernir ningún tipo concreto, pero por su contexto cabe afirmar que se trata de vasos fenicios, a pesar de no ser descartable que, como sucede en Huelva y en el aeropuerto de Málaga, también se presenten algunas cerámicas griegas y chipriotas (y sardas y etruscas). Aunque la estratigrafía de Cine Cómico no se ha agotado, en la medida en que la cerámica ha aparecido en los estratos inmediatamente por debajo del Período II, ésta debe asignársele una cronología de BF IIIB. La capa de color púrpura y los restos de conchas sugieren que en el Período I había una actividad fenicia relacionada con la pesca y con el tinte, presumiblemente englobada dentro de la artesanía textil. Con todo, esta etapa no permite una definición mejor. ¿Se trata de un hábitat indígena con habitantes fenicios, un campamento estacional o una colonia todavía sin arquitectura oriental, tal y como refleja Pseudo-Escílax (112) sobre Kerné? Ante la ausencia de argumentos seguros, lo más prudente es valorar el hallazgo dentro de los límites de la Protocolonización, en la que se adivinan fuertes influjos mediterráneos ausentes de elementos claros que evidencien la fundación de poblados con diseños urbanos y abundante cerámica fenicia hecha in situ. 3. Piezas a torno inciertas Otras cerámicas a torno más controvertidas se documentan en el litoral andaluz. Estas piezas no disponen de una estratigrafía evidente que determine su naturaleza precolonial. Empero, la confirmación de los restos de El Llanete de los Moros y de Cuesta del Negro como importaciones mediterráneas anteriores al período de introducción y generalización del torno en la Península Ibérica deja abierta la posibilidad de que los siguientes hallazgos también deban valorarse como importaciones tempranas. 3.1. Coria del Río De Coria de Río (Sevilla) procede uno de los más curiosos hallazgos cerámicos peninsulares, un recipiente globular de gran belleza hecho a torno y con decoración de bandas y ondas paralelas en marrón muy oscuro brillante (lám. LVI.B.1) (Pereira y Belén 1985; Belén 1993: 42 fig. 4.4; Almagro Gorbea y Fontes 1997: 346-347; Pellicer 2010b). Se le denomina anforoide debido a la incorporación de dos asas geminadas en línea. Estos rasgos convierten al jarrito en una pieza singular en la que se reconocen formas y estilos pertenecientes a diferentes regiones y épocas. La ausencia de contexto agrava aún más la confusión en torno a su naturaleza, pero en caso de proceder realmente de esta localidad, lo más lógico es suponerle un origen en el poblado tartésico de Caura, en el Cerro de San Juan. 248         La pasta es de color rosada o crema, con desgrasantes muy finos y compactada. Estos rasgos posibilitan descartar la zona levantina como su lugar de fabricación, a la vez que permiten apuntar a la región del Egeo en la Época Heládica o inmediatamente posterior como foco de origen (Almagro Gorbea y Fontes 1997: 346; Pellicer 2010b: 23). La base de la pieza es muy característica. Debe considerarse junto con el cuerpo esférico y grande, de tal suerte que puede observarse cierta semejanza entre el anforoide con un algún stirrup jar egeo del HR IIIA2 (lám. XVIII.D) (Mountjoy 1986: 7 fig. 92). Este tipo es común en el Egeo en el Período Heládico (Furumark 1972: 611-614; 1992: láms. 96-102). No obstante, aunque formalmente es el tipo que guarda más similitudes con el recipiente de Coria del Río, normalmente las bases son más estrechas y, sobre todo, ni la disposición ni la forma de las asas y el cuello coinciden. La decoración que luce el anforoide es altamente llamativa. El cuerpo presenta motivos de bandas de diferentes anchuras que se alternan entre sí de modo muy regular. Este estilo nuevamente remite al mundo heládico, en el que multitud de tipos exhiben esta decoración, especialmente entre el HR IIIA y el SM (ss. XIV-XI a.C.) (Mountjoy 1986). La inclusión de líneas onduladas paralelas es un rasgo observable en algunos vasos de esta región entre el HR IIIC y el SM (ss. XII-XI a.C.), típico del granary style (ídem: 155 ss.). En Chipre también se atestiguan recipientes con una decoración similar de tipología local pertenecientes a la serie White Painted I del CG I (Gjerstad 1948: figs. IV.12-14, V.9, 11, 14; Iacovou 1991: 203; Kling 2000). Las asas conforman, seguramente, el elemento más sorprendente de toda la pieza. Aparecen dispuestas sobre el hombro y alineadas con el cuello. Las dos son geminadas y de sección circular. Este último detalle señala al Levante, donde se conocen multitud de jarras o escanciadores con asas de idénticas características a lo largo del Bronce Final y Hierro levantinos (lám. LVI.B.2) (Amiran 1970: figs. 152-153; Núñez Calvo 2008: 181-182, 184-186; 2010: figs. 2.3, 4, 6), pero éstas incorporan sólo un asa y no dos. También en Chipre se detectan cerámicas del Chiproarcaico I (750-600 a.C.) con asas que cumplen con estos rasgos pertenecientes a las series Black-on-Red II (IV) (Gjerstad 1948: fig. XXXIX.22-23) y, sobre todo, Bichrome IV (ídem: fig. XXXIV.15.a, 16.b), así como en Rodas y en otros enclaves del Egeo oriental, cuya cronología se enmarca en el Geométrico Final (760-700 a.C.) y, sobre todo, en la Época Arcaica (ss. VII-VI a.C.), estando estos dos últimos probablemente inspirados en los modelos levantinos o chipriotas (Belén 1993: 42; Cook y Dupont 1998: figs. 5.4, 8.7-10, 8.20.26-27; Kerschner y Schlotzhauer 2005: figs. 37, 39). La inclusión de un doble juego de asas quizá obedezca a una evolución tipológica del jarro, que adquiere un parecido a la forma de ánfora (Pellicer 2010b: 24). Al margen de los paralelos mediterráneos, en la Península Ibérica también se localizan recipientes cerámicos de morfología y características similares. En la ciudad de Huelva hace algunos años se descubrió un recipiente cerámico a torno de forma globular, con el cuello centrado y muy estrecho y corto, y de pie ancho (lám. LVI.B.3) (Cabrera 1988-1989: fig. 7.136; Belén 1993: 42 fig. 4.6; Pellicer 2010b: fig. 5.B). Incluye un asa geminada de sección circular y aparece decorada con líneas paralelas circulares de dos en dos en una tonalidad oscura. Su procedencia es egea, muy probablemente de la isla de Samos, fechándose a finales del siglo VII a.C. o inicios del VI a.C. En la colonia griega de Ampurias y en el oppidum ibero de Ullastret (Gerona) se registraron hace ya 249                                                                  varias décadas sendas cerámicas globulares, esta vez más ovales, que muestran unas características iguales a las del jarro onubense y cuya cronología también es equivalente (Pellicer 2010b: 23 figs. 4.B, 5.C). En resumen, la pieza de Coria del Río resulta un problema de difícil solución a la hora de definir su origen y cronología debido a la heterogeneidad de los elementos que la componen. La decoración recuerda claramente a cerámica egea y egea de finales del II milenio e inicios del I milenio a.C. La forma globular está más difundida por el Mediterráneo oriental y central, con centro en el Egeo en Período Heládico. Las asas remiten principalmente al mundo fenicio precolonial o a Grecia de la Época Arcaica, estos últimos con paralelos seguros en Ampurias y en Huelva. Así las cosas, el anforoide de Coria del Río reúne elementos diversos que apuntan a un prototipo incierto en el Mediterráneo, pero su cronología presenta un elevado grado de inseguridad. Con exactitud, pero sin precisión, debe fecharse en algún momento comprendido entre la Protocolonización y el Orientalizante Pleno. 3.2. Paterna de Ribera Junto con el jarro de Coria del Río, las únicas piezas completas a torno precoloniales documentadas en la Península Ibérica son los tres recipientes cerámicos dichos de Paterna de Ribera (Cádiz)7 pertenecientes la colección Marsal. Por sus formas, se clasifican como pixys, oenochoe y ánfora o peliké (Pellicer 2007: 35-36 fig. 38.C-E lám. XVIII). El óptimo estado de conservación de estas piezas apoya que su procedencia sea un cementerio, contexto en el que la cerámica se preserva mejor. La pyxis (lám. LVII.A.3) dispone de dos asas, cuello y pie anular. Se desconocen paralelos formales exactos, aunque se atestiguan tipos parecidos Chipre en el Período Geométrico (Gjerstad 1948: fig. XVIII.15). Su diseño decorativo se basa en motivos lineales con los que se componen figuras geométricos pintados en un color oscuro. En su panza se dibuja una metopa que alterna líneas paralelas verticales con un motivo en damero, el cual, a su vez, alterna cuadrados blancos con cuadrados rellenos de dameros. En el interior de algunos cuadrados blancos aparecen cruces gamadas. En su parte superior se observan líneas paralelas circulares. Este estilo y forma recuerdan al de las cerámicas chipriotas de las series Bichrome I-II y White Painted I-II propias del CG I-II (1050-900 a.C.) (Gjerstad 1948: figs. I-VIII, XII-XV; 1960: fig. 5.1, 3, 5; Ella Riegel P-307, P­ 311, P-293) y, con más reservas, a la decoración de las cerámicas pintadas de estilo Carambolo (Torres 2002: 130-135). El oenochoe (lám. LVII.A.1) se describe como un cuerpo globular, ligeramente perfilado, del que arranca un cuello estrecho que se vuelve a abrir tímidamente en el borde, trilobulado, del sale un asa que termina en el hombro. Su patrón decorativo recuerda al jarro de Coria del Río, con líneas y bandas paralelas circulares, intercaladas con amplios espacios vacíos. En Chipre se identifica un paralelo exacto del CG III (Gjerstad 1960: fig. 10.3). En esta misma isla se conocen ejemplares del igual tipo, así como de otros con decoración análoga en la serie Bichrome II-III, del CG II-III (950-750 a.C.) (Gjerstad 1948: figs. XV.8-XVI.13, XXI-XXIV.8; Ella Riegel P-1779, P-21, P-29, P-256, P-3903). 7 J.L. Escacena (2008: 306) sugiere que quizá no procedan de esta localidad, sino de Cerro Paterna (Barbate, Cádiz). 250 http:XV.8-XVI.13 http:XVIII.15                                                                El ánfora (lám. LVII.A.2), de pequeño tamaño, se caracteriza por su base plana y por su cuello largo y ancho, lo que coloca el diámetro máximo del cuerpo en el tercio inferior de la pieza, razón por la que quizá deba clasificarse como una peliké. Al contrario que los otros dos recipientes, no se registran paralelos en Chipre para este tipo, ni tampoco en Canaán ni el Egeo ni en Fenicia, a pesar de que en estas regiones abundan formas similares más esbeltas. Sin embargo, la pieza muestra un cierto parecido con algunas jarras de la serie Plain White II chipriota del CG II (950-900 a.C.) (Gjerstad 1948: 86 fig. XVII.25). De acuerdo con este análisis, a dos de las vasijas se les asigna una filiación chiprogeométrica, seguramente de su fase media. La tercera, por su parte, permanece en una situación de incertidumbre, si bien por lejanos paralelos y por su asociación a las otras dos cabe entroncarla en la misma filiación. El desconocimiento, empero, del contexto de aparición admite una interpretación muy abierta para estas piezas. Quizá fuesen de época colonial muy arcaica, procedentes de algún cementerio fenicio o tartésico, ya que no es hasta el Período Orientalizante cuando comienzan a aparecer (Torres 1998a). Tal vez pudieran haber sido introducidas durante la Protocolonización desde el barrio fenicio de Huelva. O incluso podrían proceder del mercado de antigüedades internacional, de tal manera que se introdujeran en España en fechas recientes. En conclusión, aunque verosímilmente estas piezas pudieron alcanzar la Península Ibérica en el BF III, no existen argumentos suficientes para decantarse por una cronología colonial o anterior. 3.3. El Pozancón En el pequeño poblado minero de El Pozancón (Trigueros, Huelva), aparece un registro material más bien escaso, con cerámicas típicas de Bronce Final hechas a mano y escorias de “sílice libre” evidenciando el beneficio de la plata por copelación (Gómez Toscano y Pérez Macías 1991; Pérez Macías 1996: 129-130). Torres (2002: 108) recoge la noticia indirecta, aunque fiable,8 de que en este yacimiento también ha aparecido cerámica a torno, sin más detalles. Con estos datos se genera la incertidumbre sobre si la extracción de plata y la cerámica a torno son protocoloniales o coloniales. No obstante, hallazgos de “sílice libre” en otros yacimientos del entorno animan a creer que sí existía una explotación de plata por copelación en contextos precoloniales (Pérez Macías 1996: 79-154; Torres 2002: 108), lo cual podría ser extensible a El Pozancón y, por lo tanto, incluir el fragmento de cerámica a torno en el repertorio protocolonial. 3.4. Peñalosa y Mesas de Asta Un fragmento de cerámica a torno perteneciente a un pequeño cuenco hemisférico con engobe rojo por ambas superficies y de paredes rectas se localiza en el fondo de cabaña 2 del asentamiento tartésico de Peñalosa (Escacena del Campo, Huelva) (García Sanz y Fernández Jurado 2000: 45-46, 76-78 fig. 6 lám. 20.8). Es la única pieza hecha a torno dentro de un contexto que reúne multitud de cerámicas entre las que se reconocen restos de un cuenco pintado de estilo Carambolo (ídem: lám. 11.3) y de otros con decoración de retícula bruñida (ídem: lám. 14.4-5, 19.6, 20.1-5), así como de 8 Se trata de una comunicación personal de Juan Pedro Garrido Roiz, buen conocedor de la arqueología onubense del Bronce Final y del Período Orientalizante. 251                                                                otras formas típicas de cerámica común de la zona. También se documentan una escoria de “sílice libre”´, fragmentos de toberas y restos de plomo en el mismo nivel que evidencian el procesado del mineral en el poblado (íd.: 80-82). En Tartessos se conocen otros dos ejemplares de cuencos hemisféricos de iguales características. Se trata de sendos hallazgos superficiales recogidos durante los trabajos de prospección en la zona de cementerio de Mesas de Asta9 (Jerez de la Frontera) (González Rodríguez y otros 1995: 219 lám. 3.26; 2000: 786, 796 fi. 3.12-13). Entre los restos asociados se encuentran cerámicas a torno de origen fenicio, muchas de ellas de engobe rojo, y cerámicas varias a mano de tradición local que, en conjunto, pueden fecharse en el BF III (González Rodríguez y otros 1995; 2000). Los cuencos hemisféricos de engobe rojo pertenecen a la vajilla para beber del mundo fenicio y chipriota de la fase más temprana de la colonización. Forman parte, junto con los cuencos llanos, de la denominada Samaria Ware, que se presenta en la serie Red Slip – como el de Peñalosa –, Bichrome Ware y Plane Ware (Anderson 1988: 354-355; Briese y Docter 1998: 174; Núñez Calvo 2008: 209). En Sarepta aparecen por primera vez en el nivel F, asignable al final del Horizonte Kouklia (1050-900/850 a.C.) (según Núñez Calvo 2008: 206), y desde entonces su uso se extiende por la región, llegando a Hazor, Tiro y su cementerio de Al-Bass. El paralelo más próximo en la secuencia estratigráfica tiria se encuentra en el estrato V (Bikai 1978: 30 lám. XVIIIA.7), si bien formas muy similares se detectan entre los estratos IV a XIII-1. El estrato V de Tiro se corresponde aproximadamente con una cronología de la segunda mitad del s. IX a.C., extensible a los hallazgos equiparables en Al-Bass (Núñez Calvo 2008: 206-209). En la segunda mitad del siglo VIII a.C., estos cuencos están plenamente asimilados por el mundo fenicio y se procede a su reemplazo tipológico por los skyphoi griegos del Geométrico Final, que se imitan y se exportan por todo el Mediterráneo dentro de la red fenicia (Briese y Docter 1998). Así pues y en principio, por paralelos orientales a los cuencos hemisféricos de engobe rojo de Peñalosa y de Mesas de Asta debe asignarse a estos últimos una cronología protocolonial. Sin embargo, los análisis de pastas de las piezas de Mesas de Asta indican que su lugar de fabricación no se localiza en el Mediterráneo oriental, sino en la misma Península Ibérica, en concreto en la costa malagueña, junto con otros tantos restos cerámicos de tipología y tecnología fenicia repartidos por Andalucía occidental (Behrendt y Mielke 2011: 183 fig. 21 tab. 3). Esto quiere decir que en uno o varios alfares se produce la cerámica fenicia que luego se distribuye por la región, sin necesidad de importarla de ultramar (Behrendt y Mielke 2011: fig. 26; Behrendt y otros 2012: fig. 11). Por tanto, es posible inducir que el fragmento de Peñalosa también fuese fabricado en suelo peninsular. La colonización fenicia es muy fructífera en la costa de Málaga, donde se fundan importantes asentamientos que prosperan hasta convertirse en ciudades con una población y actividad notables. Sin embargo, de la misma manera que núcleos como Toscanos, Chorreras, Morro de Mezquitilla y Málaga se fortalecen con el tiempo, otros 9 En una publicación reciente, Sonja Behrendt y Dirk Mielke (2011: 147-148, 212, 217 fig. 3.28, 32) relocalizan uno de estos fragmentos dichos de Mesas de Asta en el yacimiento aledaño de Painobo sin aportar explicaciones. Por ello, sin negar esta reinterpretación, en este trabajo se mantiene la designación original. 252                                                                como Cerro del Villar y La Rebanadilla se desvanecen en un lapso muy breve. Este último enclave es el más antiguo de todos y uno de los más representativos de la Protocolonización, mientras que los demás se fundan a partir del BF IIIC. A la vista de estos datos, la salida más viable para encajar los fragmentos de Mesas de Asta y de Peñalosa en el horizonte protocolonial es que se fabricasen en un taller de La Rebanadilla. Otra opción es que con anterioridad al primer nivel de estructuras de los asentamientos fenicios del río Algarrobo ya hubiese una pequeña comunidad semita habitando el lugar y produciendo cerámica, aunque esta hipótesis no está demostrada.10 Por último, quizá los cuencos en cuestión se produjesen en el BF IIIC y deban ser considerados manufacturas de época colonial arcaica. Entonces, las piezas de Mesas de Asta y Peñalosa quedan suspendidas como una evidencia incierta de los contactos en vísperas de la fundación de las primeras colonias a falta de argumentos más concluyentes. 3.5. Alcalá del Río En la Colección Arqueológica Municipal de Alcalá del Río se encuentra una vasija cerámica sin contexto determinado, aunque lo más lógico es que proceda del poblado tartésico de Ilipa, ubicado en el mismo municipio de Alcalá del Río (Escacena 2007: 20). La pieza es un barrel jug (lám. LVII.B), fácilmente identificable por el cuerpo esferoide, el cuello centrado y abocinado, y el asa prominente que une el cuello con el cuerpo.11 A pesar de que tiene la superficie muy desgastada, el jarro retiene parte del barniz rojo de fondo, así como también dibujos en negro de círculos concéntricos y líneas paralelas. De acuerdo con su editor, la pieza pertenece a la serie chipriota Black-on-Red I (III), pero podría pertenecer sin problemas a la serie Bichome III (Gjerstad 1948: fig. XXII.1). El barrel jug es un tipo característico del Chiprogeométrico (Gjerstad 1960: fig. 7), aunque quizá se feche mejor en los inicios del CG III, a inicios del siglo IX a.C. (Núñez Calvo 2008: 192). Además de Chipre, el Levante también es una región rica en piezas de este tipo (ídem: 191 fig. 4.62), como prueban, por ejemplo, los ejemplares descubiertos en Al-Bass (íd.: 191 figs. 3.26.U51-4, 4.61), Akhziv (E. Mazar 2004: 75 fig. 16.6­ 8 fotos 95-96), Laschish y Jemmeh (Amiran 1970: lám. 97. 28-29). Con todo, no puede despejarse la incertidumbre de si el jarrito del museo de Alcalá del Río se trata de una importación de época protocolonial o no, ya que, en primer lugar, no es segura su procedencia y, en segundo lugar y sobre todo, tal vez deba fecharse en la fase BF IIIC. 10 Del nivel más profundo del asentamiento de Morro de Mezquitilla procede una muestra (B-4178) de material no explicitado de la que se ha obtenido la siguiente datación: 2750±50 BP: 932-831 cal. AC (1σ) – 1004-810 cal. AC (2σ) (Torres 2008a: 73). Las demás fechas calibradas del yacimiento son más recientes, aunque también más confusas debido al efecto meseta que sufren (ídem: 73-74). Así, quizá proponer un primitivo asentamiento fenicio en BF IIIB no sea, al final, tan descabellado. 11 En la publicación original no aparece ninguna imagen del recipiente, pero por la descripción que se proporciona se define fácilmente como un barrel jug o jarro-tonelete. 253 http:cuerpo.11 http:demostrada.10                                                                4. Cerámica a mano: estilo Carambolo Uno de los elementos más identificativos de la cultura tartésica es la cerámica pintada de estilo Carambolo o Guadalquivir I. Se define por su factura a mano y su decoración mediante motivos geométricos organizados en frisos y metopas a base de pintura roja. Estos rasgos han hecho de la cerámica de estilo Carambolo un elemento singular en la Península Ibérica, centrando la atención de multitud de investigadores (Maluquer de Motes 1960: 286; Carriazo 1969: 315-118; 1973: 504-516; Almagro Gorbea 1977a: 120-125; Blasco 1980-1981; Cabrera 1981; Ruiz Mata 1984-1985; 2014; Buero 1987; Pellicer 1987­ 1988: 472-473; Werner 1990: 34-43; Amores 1995; Cáceres 1997; Torres 2002: 130-135; Casado 2003; Buero y Fernández Gómez 2010; Fernández Gómez y Buero 2010). Su producción a mano sugirió desde su descubrimiento un origen en un alfar peninsular, hecho confirmado a partir de los análisis de pastas que señalan arcillas de la provincia de Sevilla como el material primario (Galván 1986: 297), aunque su elevada presencia en las provincias de Cádiz y de Huelva sugiere que puedan existir otros talleres (Mariano Torres, com. pers.). A su naturaleza autóctona se contrapone al estilo decorativo, desconocido en el sur peninsular aunque común en otras regiones mediterráneas. La inclusión de este conjunto en esta investigación radica, entonces, en su valor como evidencia indirecta de los contactos marítimos efectuados entre foráneos y tartesios. Desde el principio, esta cerámica ha sido siempre muy problemática con respecto a su cronología, filiación y significado en el ambiente orientalizante y colonial, especialmente en lo relacionado a la presencia griega en Tartessos. En el centro de esta discusión se encuentra el estilo decorativo de esta vajilla. Ligado a ello, también son importantes las relaciones y contextos estratigráficos en los que se encuentra, y a la distribución de los paralelismos por el Mediterráneo y sus dataciones por radiocarbono. Existe un consenso claro acerca de la vinculación de ciertas cerámicas de estilo geométrico, entre las que se cuenta la de estilo Carambolo, a los primeros compases de la colonización fenicia en Occidente y del surgimiento de Tartessos como cultura histórica. En este sentido, resulta altamente revelador que el área de distribución se concentra en el Bajo Guadalquivir con excepcionales aunque significativos hallazgos en el exterior, tales como Huelva, algunos yacimientos cordobeses y, quizá, Medellín (Badajoz) (fig. 15). Esta dispersión coincide con el área nuclear de la cultura tartésica, un hecho que se ve reforzado por el inexorable acompañamiento de ejemplares de retícula bruñida pertenecientes a la fase I de la tipología de Ruiz Mata (1979; 1995; Torres 2002: 125-130) en los hallazgos meridionales y, en ocasiones, de vasos con incrustaciones metálicas (Lucas 1995; Torres 2001; 2002: 135-137).12 En uno de estos 12 Por regiones, los restos certeros de cerámica de estilo Carambolo se localizan en (Mariano Torres, com. pers.): Huelva: Fase I del Cabezo de San Pedro (Huelva) (Blázquez y otros 1989: 13-17 láms. XX-XXIX, XXXII­ XXXIV; Pellicer 1989: 178), kārum fenicio de Huelva (González de Canales y otros 2004: 125-128 láms. XXXII­ XXXIII), fondos de cabaña 1, 2, 3, 5 y 6 del poblado de Peñalosa (García Sanz y Fernández Jurado 2000: láms. 7.4, 11.3, 20.6-7, 27.2, 32.5, 35.10) y fondo de cabaña XXXII-XXXIII de San Bartolomé de Almonte (Ruiz Mata y Fernández Jurado 1986: láms. IX.134-137, XIV.232-233); Cádiz: poblado de Mesas de Asta (Jerez de la Frontera) (Esteve 1945: 39 fig. 6 lám. IX) y su necrópolis (González y otros 1995: 219 lám. 1.7-8), fondo de cabaña 1 de Campillo (El Puerto de Santa María) (López Amador y otros 1996: 91-92 fig. 8.4) y fondo de cabaña de Pocito Chico (El Puerto de Santa María) (Ruiz Gil y López Amador 2001: lám. 24.4296); Sevilla: niveles III-IV del fondo de cabaña de El Carambolo (Camas) (Carriazo 1973: 517), Reales Alcázares (Sevilla) (Huarte 2002: 253-255 fig. 82), C/Abades, 41-43 (Sevilla) (Escacena 2008: 320), Coria del Río (Escacena 1983: 254 http:135-137).12                                                                                                                                                                                  yacimientos, El Carambolo, en concreto en el “fondo de cabaña” (lám. LVIII.B), también se identifican dos fragmentos de jarro askoide, de tradición sarda (Torres 2004; Fernández Flores y Rodríguez Azogue 2007: fig. 55 lám. 9), cuyos mejores paralelos se fechan entre los siglos IX-VIII a.C. (Køllund 1992-1993). Fig. 15: Distribución de la cerámica pintada de estilo Carambolo. La decoración que presentan las cerámicas peninsulares se asemeja notablemente a la exhibida en los vasos del GM II ático (lám. LVIII.A,C) (800-760 a.C.) (Almagro-Gorbea 1977: 123-124; Cabrera 1981: 328; Ruiz Mata 1984-1985: 239-240), con escasas representaciones figurativas y con motivos muy densos, sin apenas espacios vacíos entre ellos. Anteriormente se había propuesto también un paralelismo con los vasos chipriotas de la serie White Painted I-II (Maluquer de Motes 1959: 297; 1975: 145) pero, sin duda, son más cercanos los egeos. En cualquier caso, el fenómeno geométrico se 57 fig. 6.54, 57), Universidad Laboral (Sevilla) (Buero 1984: figs. 1.1, 6, 2.1, 4.e), Carmona (Pellicer y Amores 1985: figs. 46.13, 50.8), Cerro de las Cabezas (Santiponce) (Buero 1984: fig. 4.a; Domínguez de la Concha y otros 1988: lám. LXVII.758), Cerro de El Casar (Utrera) (ídem: fig. 2:5) y El Acebuchal (Lora del Río) (íd.: fig. 1:2); Córdoba: El Llanete de los Moros (Montoro) (Martín de la Cruz 1987: figs. 19.73, 83, 32.255, 46.587, 593, 596­ 597), La Saetilla (Palma del Río) (Murillo 1994: fig. 4.70.1664, 4.72.1364, 1368, 1371, 1376-1377, 4.72.1976, 2079, 4.76.730) y fondo de cabaña 8 de Vega de Santa Lucía (ídem: fig. 4.9.31, 4.11.63, 4.20.196, 4.23.74, 4.31.387b, 411, 4.42.666); Portugal: Moreirihna (Castelo Branco) (Vilaça 1995: 288 lám. CCXXV.2); Extremadura: Cerro del Castillo de Medellín (Cáceres) (Jiménez Ávila y Guerra 2012: 86 fig. 15.1-4), cata este del Teatro de Medellín (Almagro-Gorbea 1977: 446-447 fig. 181.7195b), Valcorchero (Cáceres) (ídem: 86 fig. 27), cueva de Boquique (Cáceres) (id.: fig. 42:3-4) y Los Concejiles (Lobón, Badajoz) (Vilaça y otros 2012: 140, 147 figs. 15-16.1-2); y Ciudad Real: Alcazaba de Alarcos (García Huerta y Rodríguez Fernández 2000: 56-57 fig. 5.2). 255   extiende por diversas regiones mediterráneas y europeas, lo que requiere un estudio detenido desentrañando las posibles ligaduras entre los diferentes grupos conocidos. El estilo mediogeométrico egeo no aparece en las colonias griegas de Sicilia e Italia ni en Cartago donde, en cambio, sí están presentes piezas del GF (760-700 a.C.) en adelante en las que se incluyen motivos naturalistas (Niemeyer 1985; Bernardini 1988; Rouillard 1990; Ridgway 1992: 60-65; 2006b: 244-247; Coldstream 1995; Docter 2001). No obstante, las diversas investigaciones de las que ha sido objeto la cerámica peninsular no coindicen en señalar si se trata de un elemento de época colonial fenicia o si, por el contrario, sus inicios son de una etapa previa. Durante décadas se había planteado un debate entre partidarios de una cronología alta (Maluquer de Motes 1959; 1960; Almagro-Gorbea 1977: 124; Cabrera 1981; Ruiz Mata 1984-85; Torres 2002: 130-135) o baja (Pellicer 1979-1980: 323-324 n. 47, 329; Amores 1995; Schattner 2000; Casado 2003) enmarcada entre finales del siglo IX a C. y comienzos del siglo VII a.C., cuando se pensaba que se fundaron las primeras colonias fenicias en Occidente hacia el 750 a.C. o ligeramente antes. En este sentido, el descubrimiento de los asentamientos fenicios del aeropuerto de Málaga (Arancibía y otros 2011; Sánchez-Moreno y otros 2012), de Méndez Núñez- Plaza de las Monjas en Huelva (González de Canales y otros 2004; Nijboer y Van der Plicht 2006) y, en menor medida, de Útica (Ben Jerbania y Redissi 2014; López Castro y otros 2014; 2016) ha reavivado la “cuestión geométrica”. En primer lugar por localizarse ejemplares de cerámica del GM II-SPG III fuera del ámbito egeo y oriental, lo que implica una relación territorial y cultural más directa entre el patrón decorativo referente extranjero y el patrón de imitación local. En segundo lugar, porque dichos establecimientos fenicios proporcionan unas fechas radiocarbónicas muy elevadas, que alcanzan los mediados del s. IX a.C. Y, en tercer lugar, porque vuelve a plantear el viejo interrogante sobre la participación egea en las actividades protocoloniales lideradas por los fenicios. Estos tres aspectos son esenciales en el significado histórico de la Protocolonización. Esta cerámica sirve como fósil guía para determinar la cronología de los estratos en los que está presente y, por extensión, la cronología de los estratos relativos (Lemos 2002). No obstante, a pesar de su coherente periodización, desde la primera sistematización que se hizo de este elemento en el Egeo se advirtió que las fechas más elevadas posibles incomodaban la secuencia histórica por parecer inverosímiles, de tal manera que se rebajó en unos cien años los orígenes de la serie del GM (Coldstream 1968: 302 ss.; 2003: 248-251 tab. 1). Así, todas las fases históricas en las que se segmenta la cerámica geométrica egea tienen una duración similar. Desde entonces, la cronología baja para la vajilla geométrica ha sido considerada como canónica, con los valores de 850-760 para el GM I y 800-760 a.C. para el GM II (Coldstream 1968: 328, 330; Fantalkin 2001), el estilo al que pertenecen las cerámicas halladas en la Península Ibérica. En los últimos tiempos se ha reabierto la discusión en torno a la cronología alta con motivo de la publicación de las fechas de 14C de diversos yacimientos de Oriente y los problemas estratigráficos que entrañan, así como de su correspondencia con la cronología histórica. Nuevamente, en el centro de la disputa se sitúa la serie geométrica distribuida por ciertos enclaves levantinos que funciona como fósil guía (fig. 16) (Hannestad 1996: 44-48; Brandherm 2008b: 105-106). Con respecto a esta 256                                                                cuestión, algunos de estos enclaves resultan problemáticos debido a la indeterminación estratigráfica de las piezas egeas, como Tel Abu Hawam (Gómez Toscano y Balensi 1999: 58-61 fig. 4.4a; Aznar y otros 2005: 29-30),13 Samaria (Coldstream 2003: 249-251 fig. 1) y, tal vez, Megiddo (ídem: fig. 2) (fig. 17).14 Fig. 16: Tabla comparativa de los modelos cronológicos alto y bajo a partir de los hallazgos de cerámica de estilo geométrica en Oriente (puntos de correlación: D = Tel Dor, H = Tel Hadar, M = Megiddo, R = Tel Rehov, S = Samaria) (a partir de Brandherm 2008b: fig. 1, a partir de Coldstream 2003: tab. 1). 13 En Tel Abu Hawam se identifican cuatro fragmentos de cerámica egea de inicios del I milenio a. C, tres de ellos fechados pertenecientes al estrato III, sellado y sin alteraciones (Gómez Toscano y Balensi 1999: 55-58 fig. 4.1-3; Aznar y otros 2005: 24-29). El último en descubrirse es problemático, ya que apareció en superficie durante una prospección. 14 La cronología absoluta de la cerámica del Geométrico Medio es un tema de ardiente debate desde mediados de los noventa hasta hoy. En el fondo de la polémica se encuentra la definición de la secuencia histórica de los acontecimientos en el Mediterráneo oriental durante el III Período Intermedio, el advenimiento de la hegemonía fenicia y la veracidad del relato bíblico. En relación a este tema, véanse Hagens 1999; Fantalkin 2001; Fantalkin y otros 2011; A. Mazar 2004; 2005; Van der Plicht y otros 2009; Bruins y otros 2011; Gilboa 2013; Toffolo y otros 2013. 257   Tel Rehov, por su parte, parece uno de los lugares más fiables para concretar una cronología absoluta merced a la segura posición de los fragmentos geométricos en su estratigrafía y a las muestras de vida corta que sirven para fechar estos estratos (Mazar y Carmi 2001; Bruins y otros 2003; Coldstream y Mazar 2003). La mayoría de estos aparecen concentrados en el estrato V, con dos piezas sueltas en los estratos relativos IV y VI. La cerámica egea aparecida en dichos estratos pertenece a los grupos SPG, PG y un fragmento de un vaso del GM I como ejemplar más reciente correspondiente al estrato IV. Las datación radiocarbónica a partir de un resultado combinado para este último estrato es 934-830 cal. AC con un 89,5% de confianza. Este resultado es coherente con las demás fechas obtenidas, lo que evidencia una cronología alta para el GM I de primera mitad del siglo IX a.C. o incluso algo anterior y, por tanto, un arranque más temprano para el GM II a mediados del siglo IX a.C. Fig. 17: Mapa de dispersión de la cerámica de estilo GM II ático (círculo negro: Tel Abu Hawam, Samaria, Tiro, Huelva, Málaga, Útica, El Carambolo) y de estilo SPG III eubeo (círculo blanco: Tiro, Tel Rehov, Málaga, Huelva). Las recientes excavaciones en el poblado de El Carambolo han aportado dos nuevas fechas 14C a este debate, además de una secuencia estratigráfica y una revisión de la interpretación del “fondo de cabaña” de Carriazo como un relleno de época más reciente de carácter ritual que no es único en el yacimiento (Belén y Escacena 1997: 114; Belén 2000: 72; Fernández Flores y Rodríguez Azogue 2010: 228, 257). Del estrato constructivo más profundo (estancia A-45), en la fase IV, procede un fragmento de cerámica a mano, seguramente el borde de una cazuela de tipo A.II.a.1de Ruiz Mata (Fernández Flores y Rodríguez Azogue 2010: 233) y una muestra tomada de la UE 2616, compuesta por “una fina capa de herbáceas carbonizadas (…) localizada entre el 258   estrato de nivelación (U.E. 2617) y la fábrica del edificio” (ídem: 231). La datación está comprendida entre 1020-810 cal. AC (2σ) (2770±50 BP) (íd.: 231 n. 2, 233). Del estrato inferior del “fondo de cabaña” (UE 15), que se corresponde con el nivel III de Carriazo, se han obtenido cerámicas a mano como las aparecida en la fase I de El Cabezo de San Pedro, y se ha extraído una muestra de carbón de la que se ha obtenido otra fecha (791-596 cal. AC (2σ)) que evidencia claramente una etapa posterior (Fernández Flores y Rodríguez Azogue 2010: 257-258). Bajo el fondo, en el nivel IV de Carriazo, también se documentan los mismos estilos cerámicos de retícula bruñida y Carambolo (Carriazo 1973: 234). De estos datos se deduce que la cerámica de estilo Carambolo, a mano y con formas homólogas a las de la Fase I de El Cabezo de San Pedro, es anterior a la fundación del santuario de El Carambolo, fechado en BF IIIC (825-760 a.C.), así como que en este preciso enclave ya había ocupación o actividad en un momento previo a la construcción de las estructuras del santuario, en BF IIIB. Durante el Horizonte Peña Negra I se produce la fundación de las primeras colonias estables por los fenicios en Occidente. El momento de la fundación parte en dos este Horizonte, quedando uno protocolonial antes del 825 a.C. (BF IIIB) y otro ya colonial después (BF IIIC). Tomando como referencia la cronología alta, la cerámica del GM II aparecida en la Península Ibérica debe incluirse en el conjunto de evidencias protocoloniales y, por extensión, la cerámica de estilo Carambolo. Si, en cambio, se acepta la cronología baja, estos dos grupos cerámicos deben atribuirse a la cultura material propia del BF IIIC, el primer horizonte histórico de la colonización. A pesar de todos los problemas metodológicos e interpretativos que entraña la datación por radiocarbono, parece más adecuado fiarse de las fechas calibradas que se reiteran con valores idénticos o similares por todo el Mediterráneo en estratos con materiales afines. En cualquier caso, las dataciones por radiocarbono para inicios del I milenio a.C. podrían recalibrarse en un futuro próximo de confirmarse una anomalía en la concentración de carbono en la atmósfera (Keenan 2002: 225-231). Más allá de la controversia generada por la cronología, la cerámica de estilo Carambolo es importante también por imitar un patrón decorativo foráneo. La presencia de ejemplares del grupo GM II y SPG III en Iberia evidencia que las cerámicas locales toman como referencia otras cerámicas in situ y, por lo tanto, evidencian una interacción cultural de hondo calado. Las cantidades de cerámica de estilo Carambolo representan una ínfima parte en el repertorio cerámico del BF III, y no se documenta ninguna pieza de cerámica griega con decoración geométrica en poblados y otros contextos indígenas, con la sola excepción de dos fragmentos de skyphos en el “fondo de cabaña” de El Carambolo, perteneciente a la serie de GM II o de GF I (Escacena 2008: 308 fig. 5). Es, por tanto, una cerámica muy exclusiva. Y no sólo por su decoración, sino por su factura, con una pasta muy compacta, un acabado muy pulido, y unas formas muy concretas y regulares. Los tipos cerámicos identificados en las piezas de estilo Carambolo se correspondan con cazuelas carenadas de los tipos A.I.a y A.I.b, a pequeños cuencos bicónicos de tipo A.I.f, los grandes contendedores de tipo E.I.a y E.I.b y a soportes de tipo D.I de acuerdo con la tipología diseñada por Ruiz Mata (1984-1985: 226-227 fig. 1). Estas formas son propias de la vajilla de banquete (lám. LIX.A) (Torres 2002: 135), en ocasiones tipológicamente afines a las de las cerámicas de retícula bruñida, muy 259     extendidas por el SE peninsular, y desempeñando la misma función. En término técnicos, esta loza también se caracteriza por su bajo grado de cocción, lo que facilita su degradación rápidamente (Schattner 2000: 65). Se ha especulado que esta cerámica pueda haberse elaborado a torno lento, un hecho nunca confirmado, aunque, aparentemente, rechazable. Sea como fuere, estas características singulares confieren a la cerámica de estilo Carambolo una distinción e identidad que encierra una transformación a gran escala. Esta cerámica posee un alto componente simbólico y parece estar destinada a un uso muy restringido, seguramente de carácter ceremonial, como es el banquete ritual (Almagro Gorbea 1986: 427-429; Buero 1987: 41, 45-47), una práctica relacionada con el enaltecimiento de las élites sociales y con la confraternización entre ellas. A la luz del repertorio cerámico indígena protocolonial, no se documenta una transmisión de vasos desde gentes foráneas a gentes autóctonas y, sin embargo, sí del estilo. La decoración geométrica no sólo aparece en la cerámica, sino en peines (Tejera 1985: 33 fig. 11 lám. VI.1-2; Gil-Mascarell y Peña 1989: fig. 8; Pachón y otros 1989­ 1990: 261 n. 207) y a buen seguro en otros objetos invisibles en el registro arqueológico, como los textiles. La cultura material incluye un elemento simbólico que se transmite de una población a otra. Ese elemento simbólico que comparten colonos e indígenas, en este caso estilístico y técnico, es la parte visible y más superficial de una trasformación incipiente que afecta a múltiples y muy diversos aspectos de la civilización tartesia que desembocará en una revolución cultural, el Orientalizante. Luego la cerámica de estilo Carambolo no prueba un fenómeno de aculturación, sino de adaptación y transformación, es decir, de hibridación de la cultura (Van Dommelen 1997: 319; 2005; 2006) durante la Protocolonización. Por último, no deja de ser curioso que el estilo que copian los ceramistas tartesios sea originario del Egeo cuando la corriente mediterránea que alcanza el Mediterráneo occidental durante el BF III es fenicia y, en menor medida, chipriota. El estilo geométrico es un fenómeno generalizado en buena parte del Mediterráneo oriental en esta época. El emporion eubeo de Al-Mina (Siria) es un importante centro de (re)distribución y producción de vajilla geométrica por el Levante (Boardman 1959; 1990a; 2002; Kearsley 1995; 1999; Luke 2003). También en Chipre el estilo geométrico está presente no sólo en importaciones, sino en la serie White Painted de factura local a partir de cerámica egea (Gjerstad 1948: 48-59). La cerámica de estilo Carambolo es el conjunto más occidental perteneciente al fenómeno geométrico mediterráneo hecho in situ. La extensión del estilo geométrico indica, por un lado, una fuerte interacción cultural en el Mediterráneo oriental entre egeos, chipriotas y levantinos a inicios del I milenio a.C., en la que los primeros aportan, entre otros elementos, un estilo decorativo, los segundos, conocimientos geográficos y una ruta hacia Occidente (Crielaard 1998) y los terceros, entre muchos aspectos, el alfabeto (Sass 2005: 134-145), los sellos del grupo del tañedor de lira (Boardman 1990b) y un nuevo arte (Markoe 1996). Así, los barros egeos poseen igualmente una carga simbólica mayor que los barros orientales no sólo entre los fenicios y chipriotas (Crielaard 1999), sino entre los propios tartesios. El diferencial entre la cantidad de cerámica egea y fenicia en el kārum de Huelva y el aeropuerto de Málaga revela que, al igual que sucede con la cerámica de estilo Carambolo, las piezas con decoración geométrica son muy minoritarias y, 260   razonablemente, su uso era muy restringido y de carácter ritual. Luego la presencia de cerámica egea en ambientes fenicios no debe interpretarse necesariamente como un signo de participación de agentes eubeos en las empresas protocoloniales, sino como un elemento de prestigio de uso altamente restringido que circula por todo el Mediterráneo resultado de la influencia mutua de fenicios y egeos, en Oriente, y de fenicios y tartesios, en Occidente. Empero, es complemente lógico que a lo largo de la historia del kārum agentes griegos también se asentasen e interviniesen en las actividades comerciales de este enclave. Después de todo, la multietnicidad es un rasgo intrínseco a la naturaleza de los barrios comerciales. 5. Cerámicas a mano inciertas En el repertorio de cerámicas a mano de la Edad del Bronce peninsular se identifican tres piezas que parecen explicarse en la red de comunicaciones mediterráneas protocoloniales. Sin embargo, ciertos detalles impiden afirmar sin ambages que sea así. 5.1. Provincia de Granada A pesar de no interpretarse como una evidencia de tempranos contactos entre el Mediterráneo oriental y la Península Ibérica, en la monografía dedicada a las cerámicas del Bronce Final y del Período Orientalizante en la provincia de Granada de J.A. Pachón y J. Carrasco (2005: lám. 9) se recoge una pieza única en la Península Ibérica. Se trata de un oenochoe de reducido tamaño, hecho a mano, con el cuerpo globular, cuello fino, borde exvasado y un asa que une el borde con el hombro (lám. LIX.B). Está barnizado en color rojo oscuro, aunque una cocción oxidante le proporciona un tono brillante, y presenta unas líneas blancas incisas paralelas rectas y quebradas por toda la superficie a modo de decoración. La pieza carece de contexto, aunque su excelente estado de conservación parece indicar que formó parte de un ajuar funerario. A partir de sus características estilísticas el jarrito se clasifica dentro de la serie chipriota Red Polished, probablemente de su fase III (Dikaios y Stewart 1962: 228-229 fig. XC­ XCII.4). Este grupo nace en el Período Philia (2500-2350 a.C.) y finaliza con la introducción del torno en los alfares chipriotas hacia mediados del siglo XVII a.C. (Dikaios y Stewart 1962: 223-232 figs. LIII-CLI; Swiny 1986; Barlow 1991; Crewe y Knapett 2012: 175, 179). Como conclusión caben dos alternativas. La primera de ellas, y más lógica pero altamente insegura, es suponer que el oenochoe pertenece a los restos de la época de esplendor de El Argar. La segunda es que la pieza llegó a España en fechas modernas inmersa en el tráfico ilegal de antigüedades. Ante la duda razonable, es preferible dejar esta pieza en el grupo de elementos inciertos. 5.2. Cerro de San Juan Hace unos pocos años se descubrió un fragmento de cerámica a mano localizado en un estrato perteneciente al Bronce Reciente en el yacimiento tartésico del Cerro de San Juan (Pellicer 2010b: 22). El fragmento se define por su pasta y pared finas, su engobe marrón claro y su forma de borde, atribuible a una copa o un skyphos de la serie Base Ring Ware chipriota (Åström 1972: 137-197 figs. XLVII.4-LIII). Este grupo se 261   caracteriza por la base en forma de anillo, sus paredes finas, su factura a mano y su acabado en un barniz marrón brillante, presentando algunos ejemplares líneas blancas circulares y bandas en relieve como decoración. La fase de predominio es el TC I (1650-1450 a.C.), aunque su producción se prolonga hasta mediados del siglo XI a.C., de manera que se puede ajustar fácilmente el límite cronológico superior a la estratigrafía del Cerro de San Juan. El fragmento en cuestión representa el ejemplar más occidental de esta cerámica, cuya extensión territorial abarca principalmente el Mediterráneo oriental (Höflmayer 2008: 343), donde también se imita (ídem: 345-354), pero también se descubren dos piezas completas en la tumba D Thapsos (Siracusa, Sicilia) (Lo Schiavo y otros 1985: 5 fig. 2.2-3; Vagnetti 2001: 80; Albanese Procelli 2008: 412) y en las estancias A y C de Sarroch (Cagliari, Cerdeña) (Lo Schiavo y otros 1985: 5 fig. 2.4-5). En la medida en que la mayoría de recipientes este tipo procede de Chipre, lo más lógico es suponer un origen chipriota para para las piezas del Tirreno. Sin embargo, las piezas de Thapsos no son chipriotas ni locales, de manera que lo más probable es que se trate de facturas levantinas (ídem). Así pues, lo más verosímil es que su llegada a la Península Ibérica se produjese en el ambiente de las exploraciones impulsadas por marinos chipriotas y egeos hacia el Poniente después de dominar la red de intercambios del Círculo del Tirreno y participar activamente en el circuito oriental. Es igualmente razonable que en la extensión hacia el Mediterráneo occidental de las influencias heládicas participaran las poblaciones tirrénicas. Quizá este fragmento cobre sentido si se asocia al jarro de Coria del Río, por su proximidad, su muy probable concordancia temporal y su prototipo mediterráneo. Sin embargo, la referencia bibliográfica de esta pieza es indirecta, carente de precisiones contextuales ni de imágenes con las que corroborar las apreciaciones de Pellicer. Por ello, es preferible guardar prudencia sobre su valoración como material chipriota de importación precolonial. 5.3. Coroneta del Rey En Coroneta del Rey (Alberique, Valencia), se documenta una olla o lebes (lám. LIX.C), recogida en un trabajo de prospección, junto con otros materiales cerámicos y líticos variados (Martínez Pérez 1988: 264 fig. 7). Morfológicamente, se define por su forma ovoide, su borde muy entrante, dejando una boca de poco diámetro en proporción con el tamaño de la olla, y por la presencia de seis asas de cinta estriadas, en posición vertical, con series de tres mamelones en el hueco entre las asas. Tanto su interior como su exterior están bañados por un engobe blanquecino y por espatulados. El lebes fue cocido a alta temperatura después de moldearse a mano. La forma ovoide de la olla, con sus mamelones, se corresponde con el tipo 3, especialmente la 3b1, de la tipología clásica de cerámicas argáricas (Argar B/II, 1950­ 1550 a.C.) (Arteaga y Schubart 2001: fig. 2), mientras que la boca se asemeja más a las de las ollas carenadas del tipo 6b (ídem). Simón (1997: 1-5), acertadamente, identifica el poblado Coroneta del Rey con el poblado de Loma de la Terrera/Perrera excavado por L. Siret y P. Flores hace más de un siglo. Los materiales y las estructuras, inéditos hace unos pocos años, pertenecen en su mayoría a la época argárica clásica (A-B), aunque también se distinguen algunos más recientes (ídem: 187-209). Los objetos dados a conocer por Martínez Pérez (1988: 262   13-18) casan sin dificultad con los extraídos a inicios del s. XX, aunque sugiera una cronología del Bronce Final para el poblado. Así las cosas, la olla se fecha con incertidumbre a lo largo del II milenio a.C. Los detalles que hacen única a esta pieza lo constituyen las asas estriadas, ya que ninguno de los tipos argáricos los incorporan. Almagro Gorbea y Fontes (1997: 235), por este detalle, sospechan que puede estar inspirada en un modelo metálico chipriota, como la olla de Tamassos (Nicosia) (Matthäus 1985: 210 lám. 57.498). En efecto, el asa de la olla valenciana muestra un cierto parecido con las referencias de Chipre, donde este tipo de asa es visiblemente minoritario. Aparece también en cuencos (ídem: 134­ 136 láms. 26.372-27.375), e igualmente en esta isla se documentan ollas metálicas con una morfología similar a la de Coroneta del Rey, con el borde menos entrante (ídem: 207 láms. 56.493, 57.495). Las similitudes son innegables, pero aceptar esta interpretación obligara a bajar la cronología sustancialmente hasta un momento tardío del TC II (1450-1200 a.C.), o incluso hasta el Período Chiproarcaico (750-600 a.C.), ya claramente fuera del rango precolonial. Por tanto, el lebes podría interpretarse como un objeto típicamente argárico con un añadido de inspiración chipriota. Igualmente, también parece razonable que esta pieza sea un tipo normal en los barros de la zona con un extraño matiz (Simón 1997). 6. Conclusión A la luz de las piezas analizadas se describen dos horizontes de contacto ente la Península Ibérica y el mundo mediterráneo. Tales horizontes resumen con claridad las diversas coyunturas económicas y sociales que atraviesan las poblaciones peninsulares, así como el papel que desempeñan las relaciones de ultramar. El primer horizonte lo marcan los hallazgos a torno de Cuesta del Negro, El Llanete de los Moros, Gatas y, con mayor incertidumbre, el oenochoe hecho a mano descontextualizado de la provincia de Granada y el caldero de Coroneta del Rey. Su distribución es manifiestamente argárica, lo que revela una participación de esta sociedad en el circuito del Mediterráneo occidental, especialmente durante El Argar C (ss. XVI-XIV). En El Llanete de los Moros el total de fragmentos asciende a 44, lo cual indica, por un lado, que este lugar era un importante centro económico y, por otro lado, que el tráfico con el Mediterráneo no era un tema menor dentro de las dinámicas mercantiles de El Argar. Las cerámicas de importación de época argárica se corresponden con contenedores y piezas de banquete de origen egeo y chipriota. Los contenedores muy probablemente impliquen la entrada de productos perecederos tales como el vino y el aceite, de tal modo que lo destacable no sólo es la cerámica en sí, sino los elementos que lleva asociados. Así, quizá no sólo se introdujese el consumo esporádico de estos alimentos, sino también su primer cultivo en tierras ibéricas, al menos el del olivo, aunque esta interpretación es muy hipotética. Que las demás piezas pertenezcan al juego de banquete muestra la relevancia de esta ceremonia en las relaciones con el exterior. Precisamente en el exterior durante este período se está produciendo una expansión mercantil y cultural desde el Egeo por los Balcanes hasta 263                                                                    el Círculo Nórdico (Thrane 1990) y por el Círculo del Tirreno (Vagnetti 1982b) alcanzando la Península Ibérica. El segundo horizonte lo indican con seguridad los conjuntos magníficos de Huelva, Málaga y Cádiz, así como la cerámica a mano de estilo Carambolo. Con menor fiabilidad, las piezas de El Pozancón, Peñalosa, Mesas de Asta, Coria del Río, Cerro de San Juan, Alcalá del Río y Paterna de Ribera entran en este horizonte. En este caso, no se trata de una continuidad territorial embrionaria hacia el Occidente, sino de la fundación de asentamientos con la consecuente transmisión cultural. Huelva y Málaga son claramente dos comunidades fenicias protocoloniales que establecen un hito en las relaciones de los pueblos peninsulares con el Mediterráneo. El estilo geométrico que luce la cerámica fina a mano tartesia manifiesta la profundidad de estas relaciones en las que no sólo se introducen elementos materiales, sino que también se asimilan elementos ideológicos. A pesar de las dudas que generan con respecto a su cronología, son especialmente significativos los fragmentos de El Pozancón y Peñalosa. De aceptar una fecha alta para ambos, servirían como prueba de una temprana explotación de las minas de jarosita tartesias. Estos hallazgos deben valorarse junto con la escorias de los niveles más antiguos de Corta Lago (Pérez Macías 1996: 79-83) y del kārum onubense (González de Canales y otros 2004: 150 lám. LXIII.24), así como de los depósitos de hacksilber en Levante (Thompson 2003), que apuntan al beneficio de la plata peninsular por copelación durante la Protocolonización.15 Resulta altamente revelador la ausencia de cerámica importada entre los siglos XII y X a.C. Este vacío material explicita una coyuntura intermedia marcada por las destrucciones ocasionadas por los Pueblos del Mar. Con todo, el declive que experimentan las relaciones panmediterráneas no debe interpretarse como una desconexión total, sino como un período de baja intensidad en dichas relaciones. Es igualmente interesante resaltar que la aparición de cerámica a torno en Iberia en la Edad del Bronce no equivale a la introducción de la tecnología del torno de alfarero (contra Carriazo 1973: 502, 504). La finura de las piezas de estilo Carambolo y de retícula bruñida obedece a una fabricación cuidadosa propia de una vajilla distinguida y reservada a prácticas muy elitistas. En definitiva, los artefactos cerámicos analizados evidencian la inmersión de la Península Ibérica en el tejido de comunicaciones mediterráneo a lo largo de la Edad del Bronce. A través de su estudio se distingue un desplazamiento de los principales puntos de enlace ultramarinos desde El Argar hasta Tartessos en dos etapas separadas, evidenciando las dinámicas socioeconómicas expansivas y regresivas de los pueblos mediterráneos. 15 Véase el capítulo 12 sobre la minería de plata del BF III en Tartessos. 264 http:Protocolonizaci�n.15 http:LXIII.24   9. ORFEBRERÍA 1. Introducción La orfebrería – tecnología del oro y de la plata – experimenta una importante renovación en el ámbito peninsular a partir de un momento avanzado de la Edad del Bronce (Cardozo 1957; Maluquer de Motes 1970; Almagro Gorbea 1974b; 1974c; Perea 1991; 1995; Pingel 1992a; Armbruster 2000; Perea y otros 2010; Correia 2013), al igual que en el ámbito europeo (Schauer 1986; Springer 2003; Armbruster 2012; 2013a). Hasta entonces, los objetos más notables hechos de oro se enlazan claramente con la tradición atlántica y se limitan, principalmente, a espirales y a piezas laminares como diademas (Hernando Gonzalo 1983; Perea 1991: 23-94; Pingel 1992a: 7-55; Armbruster y Comendador 2015). Mientras tanto, en Irlanda (Eogan 1964; 1967; 1994: 13-41) y en Bretaña (Eluère 1977: 399-401; 1982: 59-63; 1983: 82-85) existe una importante orfebrería en la que destacan las lúnulas – algunas quizá ya del Bronce Final –, a la vez que en la zona de Wessex los objetos más relevantes son los discos y los brazaletes (Taylor 1980: 22­ 50; Needham 2000b; Murgia y otros 2014), aunque en esta cultura se produce igualmente una transformación significativa en la orfebrería que, en parte, motiva el presente estudio. La artesanía del oro en el Atlántico permanece prácticamente inalterada desde la Edad del Cobre en cuanto a técnicas de fabricación y morfología, así como también con respecto a su distribución y empleo. Por lo que respecta a la plata, su presencia en la Edad del Bronce y, en particular en el Bronce Final, es prácticamente nula, tanto en la Península Ibérica como en otras regiones del Atlántico. Así, los artefactos de plata atlánticos son excepcionales, sobresaliendo las jarritas bretonas de Brun Bras (Côtes d’Armor) y de Saint-Fiacre (Morbihan) (Needham y Varndell 2006: 93-95), además de un reducido aunque significativo elenco de anillos concentrados en el suroeste peninsular, probablemente propiciado por la influencia argárica (Hunt 2003: 347-349). Precisamente en la Cultura Argárica sucede lo contrario: los artefactos argénteos son numerosos y alcanzan un valor equivalente o superior al del oro (Lull y otros 2014c), mientras que la presencia de este último metal queda relegada a un plano claramente secundario (Pingel 1992b; Murillo-Barroso 2013: fig. 7.1). A pesar de que los nuevos objetos áureos y argénteos son relativamente fáciles de identificar, la renovación en la orfebrería entraña ciertos problemas que convierten esta cuestión en un tema demasiado complejo y amplio para el propósito de este estudio. Con todo, su hipotética relación con la llegada de agentes orientales en el Bronce Final es razón suficiente para prestar atención a los novedosos objetos de oro y plata que componen la Nueva Orfebrería, especialmente desde los puntos de vista técnico y simbólico. En este sentido, el tesoro de Villena (lám. LX.A) (Tarradell 1964; Soler 1965; Almagro Gorbea 1974b: 53-74; Ruiz-Gálvez 1993: 46-39; Hernández Pérez y otros 2014) 265                                                                reúne los más interesantes y polémicos asuntos de discusión: ¿Desde dónde y cuándo penetra la Nueva Orfebrería en la Península Ibérica? La tecnología del oro es una de las más destacadas facetas del Complejo Cultural Atlántico. Sin embargo, parece necesaria una revisión global que ponga en relación la totalidad de las evidencias con el fin de organizar correctamente toda la producción, así como de aclarar las conexiones existentes entre las distintas sociedades que fabrican, movilizan y consumen orfebrería. En este sentido, el empleo de criterios tecnológicos, cronológicos, metrológicos y de patrones de distribución en el estudio integral de la orfebrería atlántica permitiría obtener una imagen más clara de la interacción e historia de las sociedades de este ámbito geográfico no sólo en la Edad del Bronce, sino en toda la Prehistoria. Por último, la inclusión de la tecnología del oro (y de la plata) en la “cuestión precolonial” está íntimamente relacionada no sólo con el resto de evidencias materiales, sino también con una transformación tecnológica a gran escala apoyada en a la vez que generadora de una reorganización social. Esto último se abordará en otro capítulo, de manera que en las siguientes páginas sólo se atenderá al registro orfebre que ha sido sugerido como un indicio de contactos precoloniales. 2. Evidencias 2.1. Nuevos elementos técnicos Los nuevos elementos técnicos perceptibles en la renovación de la orfebrería se aplican tanto al comienzo como en los pasos intermedios del proceso productivo. A partir de esta aplicación de nuevos métodos1 se generan nuevos diseños. A la combinación de los diseños y métodos antaño desconocidos en la producción metalúrgica del oro se le denomina Nueva Orfebrería y su surgimiento revela e implica una revolución tecnológica de primer orden a mediados de la Edad del Bronce. Aunque el diseño es, obviamente, lo más visible, para analizar y clasificar la Nueva Orfebrería parece más apropiado centrar la atención en los métodos. Dichos métodos se pueden agrupar en dos grandes categorías con diferentes modalidades cada una: fusión y deformación plástica (García Vuelta 2007: 34-42). 2.1.1 Fusión La fusión del metal no supone ninguna novedad tecnológica. Sin embargo, en la Edad del Bronce se introduce un conjunto de métodos directamente relacionados con la fusión que se traducen en el elemento de innovación más sobresaliente de la metalurgia de esta época en la Península Ibérica. Esta serie de métodos se puede dividir en fusión primaria y fusión secundaria, según el momento en el que se aplican en el proceso de elaboración de las piezas (fig. 18). Los métodos de fusión de la Nueva Orfebrería se resumen en términos prácticos en el arte de la cera perdida, mediante el cual se elaboran figuras complejas e imposibles de realizar empleando la deformación del metal por martillado (Hunt 1980: 64; Armbruster 1 Métodos, que no técnicas. El método se refiere al procedimiento seguido en la fabricación de un artefacto, de manera que es un modo más o menos generalizado. La técnica, en cambio, se refiere al modo de ejecución por parte del artesano, de tal guisa que se trata de una habilidad individual y no de unas pautas. 266   y Perea 1994: 79-80). Para tal fin se realiza una figura con la forma deseada en cera endurecida con una sustancia de origen vegetal – ceniza o resina –, actuando como molde positivo. A continuación se recubre totalmente con varias capas muy finas de arcilla, dejando una apertura. Se pone al fuego para que el núcleo de cera se derrita y se pierda por el orificio, cuyo producto es un molde negativo de arcilla en cuyo interior se encuentra un hueco con la forma exacta del primigenio molde de cera. Después, se vierte el metal fundido por la apertura hasta rellenar el hueco. El metal se enfría y se solidifica rápidamente adquiriendo la forma del molde positivo de cera. Por último, se rompe el molde de arcilla y se extrae la figura deseada, que debe ser sometida a un proceso de acabado por pulimiento con arenas o piedra para eliminar las imperfecciones externas y dejar la superficie lisa. 2.1.1.1. Método primario de fusión El método de la cera perdida se observa fundamentalmente en varias piezas de los conjuntos áureos de Caldas de Reyes, Villena y Lebrija, si bien se encuentra presente en más objetos tanto de oro como de bronce pertenecientes a otros depósitos. Fig. 18: Métodos de fusión primarios y secundarios propios tanto de la orfebrería como de la metalurgia del bronce. El tesoro de Caldas de Reyes (Pontevedra) se compone de múltiples piezas de oro, la mayoría de ellas torques, aunque destacan tres tazas y un peine (lám. LXI.A) (Monteagudo 1953: 304-309 figs. 24-29, 34; Ruiz-Gálvez 1978; Pingel 1991; Armbruster 1996). Tanto las tazas como el peine fueron confeccionados a la cera perdida, si bien el asa de una de las tazas es un añadido posterior por sobrefundido. Son piezas raras, únicas no sólo en el registro áureo de la Península Ibérica, sino también de todo el ámbito cultural atlántico en la Edad del Bronce. El peine se caracteriza por su contorno sinuoso, en cuyo dorso aparecen tres curvaturas decoradas mediante bandas intercaladas lisas y con incisiones de líneas paralelas. Las tazas son piezas gruesas que disponen de un asa. Una de ellas tiene un estrechamiento en el cuello, aunque no 267                                                                termina de ser una forma cerrada, mientras que las otras dos son iguales, luciendo decoración incisa de bandas similares a las del peine y triángulos rellenos de líneas paralelas tanto en los hombros como en la base. Las incisiones pudieron realizarse sobre el molde de cera al principio o bien sobre la pieza de oro en frío una vez acabada, lo que parece lo más probable. Sin embargo, los brazaletes cilíndricos son la forma más extendida entre los objetos elaborados a la cera perdida. Se identifican dos tipos, uno de sección gruesa y otro de sección delgada. En su proceso de fabricación es necesaria un eje rotatorio, presumiblemente de madera, sobre la cual se adhiere el molde de cera para así otorgarle la forma cilíndrica y regular que caracteriza a estas piezas, así como para facilitar el diseño de ciertos elementos ornamentales que presentan en su superficie (Armbruster y Perea 1994; Armbruster 1995a). Los brazaletes de sección gruesa constituyen los ejemplares más conocidos y estudiados entre los artefactos hechos a la cera perdida y comúnmente se les engloba bajo la denominación de Villena-Estremoz (lám. LX.B.3) (Almagro Gorbea 1974b: 64-70; Perea 1991: 97-100; 1995: 74-75; Armbruster 2000: 153). Las piezas de este tipo incluyen molduras y, a veces, púas, y aparecen distribuidos en dos áreas. Por un lado, la mayoría de ellos se concentran en el tesoro de Villena, donde se cuentan varias decenas, y también en el “tesorillo” de esta misma localidad. Por otro, otros tantos brazaletes se dispersan principalmente por el interfluvio Tajo-Guadiana, sin advertirse ninguna concentración. Además, existen otros brazaletes de factura gruesa que se pueden denominar “tipo Évora” cuya forma es completamente distinta aunque elaborados, presumiblemente, por este mismo procedimiento o, de manera más improbable, con la utilización del sobrefundido (lám. LXI.B).2 Se trata de los torques de dos piezas con decoración geométrica de Évora, probablemente localizado en Portel (Reinach 1925: 124 fig. 2), y Penela (ídem: 123: fig. 1), a los que también debe sumarse los ejemplares unidos de Sagrajas (lám. LXIV.C.1) (Almagro Gorbea 1974c: 261-264). Dichos torques se caracterizan por disponer de un cierre que se encaja a la pieza principal a través de apliques machihembrados. Es probable que tales artefactos se completaran con métodos de deformación plástica para curvarlos y decorarlos, lo que se analizará en el apartado correspondiente. Los brazaletes de factura fina o de tipo Melide son menos numerosos y claramente se vinculan con la fachada atlántica. Destacan el ejemplar del yacimiento homónimo (Armbruster 2000: 156, 205 lám. 63.1-3) y el de Urdiñeira (La Gudiña, Orense) (ídem: 156, 209 láms. 98.3, 99.1), los cuales presentan ondulaciones muy regulares en su superficie. Además, se conoce otro ejemplar en Monte da Saia (Braga, Portugal) (íd.: 156, 205 lám. 65.1-3), un cuarto ejemplar en La Torrecilla (Getafe, Madrid) (lám. LXII.A.1) (Priego y Quero 1978; Armbruster 2000: 209 lám. 97.5-8) y otros dos de procedencia indeterminada algo más toscos, pero confeccionadas del mismo modo (íd.: 210 nos. 103, 106 láms. 113, 115.1). Por su método de producción y su forma, este tipo de brazaletes se relaciona con otras piezas cilíndricas más pequeñas como las aparecidas en el tesoro de Villena 2 La pieza de cierre, de haberse producido por martillado, presentaría ensanchamientos a la altura de los orificios. Y no los tiene. Por su parte, más difícil es de explicar el proceso de fabricación de las protuberancias de la pieza principal a través de martillado. Por ello, parece coherente que los torques de tipo Évora sean obra de métodos de fusión y no de deformación plástica. 268   a las que se atribuye la función de mango de látigo o de cetro, con espacios abiertos en la superficie (íd.: lám. 111). Si bien muestran una diferencia formal notoria con respecto a los brazaletes, a nivel técnico los soportes o “candelabros” de Lebrija (Almagro Basch 1964; Perea y otros 2003; Almagro Gorbea 2004: 179-182) son prácticamente idénticos. Estas grandes y pesadas piezas también se produjeron a la cera perdida y para ello los orfebres tartesios se sirvieron de una vara giratoria gracias a la cual era más cómodo y sencillo moldurar el cilindro de cera, toda vez que dejaba el interior hueco facilitando un ahorro de materia prima. No obstante su diseño, casi todos los soportes son objetos formados por dos piezas para las que una de ellas, la situada en la parte superior, se añadió por sobrefundido. Por último, aunque las botellas del tesoro de Villena (lám. LX.B.1) se han descrito como una obra maestra de la orfebrería por batido (Armbruster 2000: 160, 162, 210 lám. 110), dos de sus rasgos dificultan seriamente incluirlas dentro de los artefactos fabricados mediante este método: la forma, cerrada y asombrosamente regular, y la ornamentación a base de nervios que lucen los cuerpos. Para obtener de una sola pieza una forma así no basta con percutir una placa de metal. Además, los relieves no pueden elaborarse desde el interior de un recipiente tan cerrado ni desde fuera sin dejar una marca en la pared interna. Cuestión diferente sería si se tratase un objeto compuesto, en el que varias placas se baten hasta adquirir la curvatura deseada y los bordes levantados por donde se unen entre sí. Entonces las botellas serían el fruto de una orfebrería por soldadura, y éste no parece el caso. En cambio, resulta más lógico que las botellas se confeccionasen a partir de un diseño fino de cera endurecida dispuesto en una vara de madera y que sobre él se vertiera el metal fundido. 2.1.1.2. Métodos secundarios de fusión Junto con el método primario de fusión, el método de la cera perdida también puede aplicarse de manera secundaria en la elaboración de elementos presentes en los artefactos metalúrgicos, tanto de orfebrería como de bronce. Los métodos secundarios de fusión tienen en común el empleo de metal en estado líquido sobre una pieza básica de oro o de bronce en estado sólido y para su estudio se pueden establecer dos variantes según la manera de aplicarse: sobrefundido y soldadura. El sobrefundido, vaciado adicional o casting-on es un método que permite el efecto de ornamentar una pieza básica mediante el añadido al aire de otras piezas metálicas y también el efecto de unir físicamente varias piezas básicas cambiando radicalmente su fisionomía (unión por fusión). Para ello es necesario realizar el mismo procedimiento de la cera perdida, esta vez colocando el molde sobre la pieza básica muy caliente. Así, tras verter el metal fundido y enfriarse, se reproduce la figura que queda unida a la base sin que ésta se fracture o agriete. Las campánulas del torques triple de Sintra (lám. LXII.B) (Hawkes 1971; Armbruster 1995b), la parte superior de los soportes de Lebrija y una de las asas de Caldas de Reyes son añadidos al aire por sobrefundido, mientras que los terminales del torques triple, del brazalete de “Alcudia” (Ciudad Real) (lám. LXIII.A.1) (Almagro Gorbea 1977a: 54-56 lám. XI.2; Perea 1991: 138-139; 1995: 73) y del brazalete de Cantonha (Braga, Portugal) (lám. LXIII.A.2) (Cardozo 1957: fig. 24; Armbruster y Perea 1994: 75 lám. II; Correia 2007: 91-92) se fabricaron mediante unión por fusión o falsa soldadura. En síntesis, a través del añadido al aire se incorporan complementos a una pieza básica, mientras que a través de la unión por fusión se modifica la estructura de las bases. 269   El segundo grupo de métodos secundarios de fusión se resume en la soldadura, definida como la unión de varias piezas por calentamiento, por presión o por la combinación de ambos. En la orfebrería antigua se distinguen dos tipos de soldadura: por reacción o coloidal y soldadura por difusión sólida. La soldadura por reacción es una clase de unión perteneciente al método de soldadura heterogénea. En este método, el material básico es de distinta naturaleza al del material de aportación, con lo que la soldadura heterogénea implica una reacción química. El soldante puede ser un metal o una disolución metálica y siempre con un punto de fusión más bajo que el de la base, de tal suerte que el soldante derretido no dañe ni deforme el conjunto. Cuando la temperatura de fusión del soldante es inferior a los 450ºC se denomina soldadura blanda. Cuando es igual o superior a dicha temperatura, entonces se denomina soldadura fuerte, más firme y segura que la anterior (Kearns 1978: 370-371). La utilización de la soldadura por reacción es, una vez más, hipotética, pero su uso parece lo más verosímil a la luz de su sencillez y de su conocimiento por parte de otros pueblos de la Antigüedad (Perea y otros 2010: 18). A diferencia de la soldadura por fusión, no se requiere el aporte de un segundo o tercer metal propiamente dicho, si bien es todavía un poco confuso cuál fue el procedimiento seguido (Perea 1990: 135-139). Lo que parece más probable es que se emplease una disolución con elementos metálicos microscópicos compuesta por un soluto formado por una cierta cantidad de polvo de mineral metálico (Cagnetti 2013), normalmente cobre, plata y oro, diluido en un líquido pegajoso a base de gelatinas o resinas. El método consiste en aplicar la disolución sobre una de las bases, normalmente la de menor tamaño, y pegarla a la otra base. Se deja secar y, a continuación, se caliente hasta una temperatura muy controlada y ligeramente inferior al punto de fusión del oro (1064 ºC). Luego se deja enfriar lentamente, soldándose las dos bases sin perjuicio de su forma inicial (Wolters 1981: 125-126). Esta soldadura fuerte es viable en la medida en que el oro de las bases contiene minúsculas cantidades de otros elementos metálicos como plata y cobre aleados de manera natural que son los que quedan unidos mediante el soluto, recombinándose los átomos de los tres componentes. En cierto sentido podría considerarse como una variante de la soldadura por fusión, pero a nivel macroscópico no se observa que el soluto se torne líquido, sino que simplemente se evapora. El método de soldadura por reacción lo introdujeron los fenicios en la Península Ibérica a inicios del Período Orientalizante o, quizá, muy a finales del Bronce Final, en cualquier caso en época colonial. Sin embargo, en Oriente ya era una tecnología consolidada mucho antes de la llegada de los levantinos al Atlántico (Nicolini 2010: 69-81; Prévalet 2012; 2014). A través de la aplicación de la soldadura fuerte se produce un salto cualitativo en la concepción y fabricación de las piezas áureas que supone una nueva gran transformación en este campo. Su uso es el más frecuente en la joyería fina gracias a que no deja huella y, por tanto, no altera la forma de la decoración (Anderson 2004: 111). La soldadura fuerte facilita la unión de piezas pequeñas, como los brazaletes áureos de varillas del tesoro de Herdade do Álamo (Beja, Portugal) (lám. LXIII.B) (Armbruster 2000: 167-168 lám. 5.6-7; Correia 2007: 93) y cada uno de los elementos que componen el falso torques triple del mismo tesoro (Armbruster 2000: lám. 5.3-4), al igual que la decoración harto laboriosa por granulado (Wolters 1981), por filigrana (Thouvenin 1971) (ambos en Perea 1990: 130-134; Anderson 2004: 108-110) y por semiesferas huecas. Gracias a la soldadura fuerte la unión es más 270   firme y resistente, lo que favorece el desarrollo del granulado, la filigrana y similares al tratarse de piezas muy delicadas y, en principio, más expuestas a su rotura y separación. El granulado es el arte de crear motivos a través del alineamiento o la disposición ordenada de minúsculas esferas de oro adheridas a la base. Dichas esferas son el producto natural de la reestructuración molecular del oro cuando gotas del mismo pasan rápidamente de estado líquido a estado sólido, normalmente en un ambiente húmedo, aumentando la fuerza de atracción intermolecular y la tensión superficial de la gota y, por tanto, reduciendo al máximo el número de moléculas en contacto con el otro fluido. Es decir, las esferas se crean de manera natural al verter gotas de oro fundido en agua muy fría, donde se enfrían rápidamente contrayéndose al máximo. Para cuando estas gotas tocan el fondo del recipiente con agua, ya se han solidificado en forma esférica. Otra opción es que la creación de gránulos de oro se produjese en seco. Para ello se calientan hasta la temperatura de fusión limaduras de este metal que, a continuación, se enfrían súbitamente. En este instante las moléculas proceden a reestructurarse y atraerse, generándose la forma más elemental posible: una esfera. Por su parte, la filigrana es el arte de elaborar, combinar, superponer y trenzar hilos dorados y ligeramente aplanados que se pliegan hasta formar una pequeña y sencilla figura determinada – espirales, círculos, arcos – para, acto continuo, unirlos a una base. Los hilos se pueden obtener mediante dos procedimientos. El primero, por rodado en frío, ya que la ductilidad del oro permite generar formas estiradas muy finas fáciles de manipular rodando microesferas. El segundo, torsionando una microlámina, método que seguramente fue el empleado durante el Orientalizante. Un derivado de la filigrana es el método loop-in-loop o de encaje de bucles mediante el cual se encadenan pequeños eslabones muy finos otorgando firmeza y flexibilidad a las cadenas (Perea 1991: 175 fig. 9). En tercer lugar, la semiesfera hueca es un elemento ligero elaborado presuntamente por embutido, es decir, presionando una lámina contra un espacio vacío que hace de molde para adquirir la forma de semiesfera. De manera hipotética, ya que no hay estudios que lo corroboren, este elemento podría estar aparecer en el revestimiento de dos de los brazaletes documentados en las Tumbas de las Reinas de Nimrud (Damerji 1998: 7 lám. 26). Las tres tumbas se fechan con plena seguridad en la segunda mitad del s. VIII a.C. y, por tanto, en la primera etapa del Orientalizante. Estos dos brazaletes muestran un parecido sorprendente con los brazaletes de El Carambolo, no sólo por las posibles semiesferas huecas – en este caso también podrían ser macizas –, sino por la forma global y, lo que sin duda es más interesante, por la base cilíndrica a la cera perdida que es idéntica a las tartésicas. En este sentido, resulta pertinente cuestionarse si los brazaletes y placas de El Carambolo son, en realidad, tan tartésicos como se ha venido sosteniendo hasta la actualidad. Ejemplos de este estilo colonial son el tesoro de La Aliseda (Almagro Gorbea 1977a: 204­ 221 láms. XXII-XXXIII) y el collar del tesoro de El Carambolo (Kukahn y Blanco 1959: 40 fig. 9; Blázquez 1975: 141 lám. 53.B), el disco de Extremadura (Almagro Gorbea 1977a: 51 lám. XI.1; Armbruster 2000: lám. 55.6-9), el tesoro de Ébora (Blanco de Torrecillas 1959; Carriazo 1973: 326 ss.) y el falso torques triple de Herdade do Álamo (Armbruster 2000: lám. 5.2, 5). Su impacto es notable, ya que no únicamente está presente en las joyería fina de fabricación fenicia, sino también en otras piezas producidas por artesanos tartesios. Prueba de ello es la aparición de las rosetas, un elemento ligero que también se suelda a la base y que, al contrario que los hilos, los gránulos y las semiesferas huecas, 271   es desconocido en otras tradiciones orfebres continentales y mediterráneas de joyería fina. Es el caso de los brazaletes y placas que componen el tesoro del Carambolo (Blázquez 1975: 138-143 láms. 52-53; Kukhan y Blanco 1959; Maluquer de Motes 1959; Carriazo 1973: 125 ss.; Perea y Armbruster 1998) y el brazalete hueco de Torre Vá (Armbruster 2000: 169 lám. 97.1-4; Correia 2007: 92). Pero además de los métodos expuestos, en algunas piezas se observa otro tipo de unión. El caso más claro es el del torques doble de Sagrajas, que presenta unas características peculiares en las zonas de unión que no se corresponden con el sobrefundido ni con la soldadura por reacción. Algo similar sucede con el brazalete compuesto de Cantonha, si bien en este segundo caso no es descartable una unión por fusión bajo la apariencia de un brazalete de tipo Villena-Estremoz. Poniendo la mirada sólo en la pieza de Sagrajas, está claro que el elemento empleado en la unión de los torques es oro y, por tanto, tiene la misma composición química que las bases. Así pues, en principio la opción de una soldadura homogénea emerge como la más viable (Perea 1995: 73). A través de la soldadura por difusión se pretende unir dos piezas sin generar elementos nuevos, al contrario que sucede con el sobrefundido. Las rebabas observables en el contorno de la zona de unión de los torques evidencian un excedente de material soldante impropio de una disolución como en la joyería fina y, en cambio, más consonante con una pieza elaborada íntegramente en oro fundido. Sin embargo, el procedimiento seguido en la confección del torques doble es muy confuso y no está exento de polémica debido a los problemas técnicos que plantea su empleo. Aunque la aplicación de la soldadura homogénea no es imposible, resulta difícil de imaginar dada la enorme dificultad que entraña la técnica de fluencia o aplicación del oro fundido sobre la superficie del torques con la intención de adosar los dos torques de la manera más estable y fuerte posible. Las piezas largas podrían cubrirse con una capa de arcilla para evitar que se desbordara el soldante (Armbruster 2000: 142), pero entonces ninguna de las bases podría calentarse con el propósito de evitar fracturas y grietas. Sin embargo, en el espacio de unión se aprecian rebabas de oro fundido, al igual que un pequeño hueco no soldado. Así pues, la explicación propuesta no parece la más correcta. Otra posibilidad es que no hubiese material de aporte. Para lograr el adosamiento de las dos piezas sería necesario calentar de manera exclusiva sendas zonas de unión hasta dejarlas en estado plástico y, a continuación, superponerlas y fijarlas fuertemente con pinzas o con un peso por encima. De esta manera, el principio tecnológico sería el mismo que el de la forja del hierro, es decir, la soldadura por difusión sólida o unión sin fusión, en virtud de la cual dos piezas llegan a fusionarse sin la intervención de un tercer material por las fuerzas de atracción de los átomos de un único elemento químico presente en las dos piezas básicas (Kearns 1980: 312 ss.). La ranura observable entre los dos torques es fruto de un defecto en el acoplamiento ya que ambos, si bien muy parecidos, no son exactamente idénticos, de modo que no hubo contacto íntimo en esa parte de los torques. Aunque no es firme, esta es la explicación más satisfactoria acerca del proceso de fabricación del torques doble. La soldadura por difusión sólida también podría haber sido empleada en la joyería fina, en particular en la soldadura de hilos y de rosetas. A través de una fuerte pero muy contralada presión sobre dichos elementos contra la base o golpeándolos suavemente con un percutor pequeño también podrían quedar unidos. Aunque este procedimiento 272                                                                  no parece el más probable, en la medida en que no es seguro por completo la aplicación de la soldadura fuerte no debe descartarse esta opción.3 2.1.2. Deformación plástica En cuanto a los métodos de deformación plástica, estos se definen, en primer lugar, por el empleo de la fuerza y de herramientas con las que alterar la forma y superficie de los objetos sólidos sin que se produzca una fusión, sino simplemente deformándolos y, en segundo lugar, por poder aplicarse tanto a piezas metálicas previamente manipuladas como a piezas vírgenes, es decir, metal nativo. Igualmente, dichos objetos metálicos pueden trabajarse en frío o recociéndolos a una temperatura comprendida entre 400­ 700ºC, de tal manera que su dureza disminuye hasta el punto de poder modificar su aspecto con relativa facilidad usando las herramientas adecuadas. Métodos  primarios de def.  plástica Martillado Batido •Forrado •Abombamiento Torsión Rodado •Estrechamiento Métodos  secundarios de  def. plástica Grabado •Incisión •Estampado Repujado/Embutido Fig. 19: Métodos de deformación plástica primarios y secundarios. La torsión, la incisión y, quizá, el rodado, se emplean tanto en orfebrería como en broncística. El martillado, el batido y el estampado no suponen ninguna innovación en materia de deformación plástica. A pesar de que algunos de estos métodos son tan antiguos como la propia metalurgia, simultáneamente a la introducción de la cera perdida se produce una renovación 3 Quiero dar las gracias a la inestimable paciencia y comprensión de Ana Lara por haberme explicado detenidamente los mecanismos y principios de los diferentes métodos de unión de los metales. Gracias a ella he podido volver a cuestionarme los procedimientos de mi investigación y mejorar las conclusiones obtenidas. 273   tecnológica, tanto formal como técnica, relacionada con la aplicación de estos métodos. Asimismo, algunos de estos métodos aparecen también en la broncística del Bronce Final y se identifican a nivel primario y secundario según su etapa de aplicación en el proceso productivo (fig. 19), al igual que en los planos formal y decorativo, de modo que se muestran muy polivalentes y económicos. 2.1.2.1. Métodos primarios de deformación plástica Los métodos elementales o primarios de deformación plástica son, por supuesto, de percusión y de carácter constructivo para crear las formas, habiendo sido ambos introducidos ya en el Calcolítico con la primera orfebrería. Tales métodos son el martillado y el batido, aplicables de modo sencillo gracias a la acusada maleabilidad del oro. El martillado se emplea con la intención de doblar y de redistribuir la masa metálica por la fuerza adquiriendo una forma determinada. A través del martillado se obtienen artefactos macizos. Por el contrario, con el batido se consiguen artefactos laminares de variado espesor mediante percusión indirecta, normalmente interponiendo una pieza de cuero con la finalidad de expandir e igualar la presión ejercida sobre la pieza con cada impacto. En la órbita del batido aparecen dos variantes que suponen una auténtica novedad en la orfebrería peninsular y europea de la Edad del Bronce. Esta novedad se visibiliza en los artefactos áureos en cuya fabricación se les proporcionó profundidad, es decir, pasaron de una forma plana a otra tridimensional y para ello se recurrió al forrado y al abombamiento. El forrado consiste en revestir con una lámina dorada una pieza de metal o madera (Perea y otros 2008). La lámina se dobla y pliega por medio de percutores hasta ceñirse a la pieza nuclear. Aunque una placa de oro es fácilmente plegable en frío, en el proceso de revestimiento quizá se procediese al calentamiento del metal con el fin de conseguir un acabado más ajustado al núcleo. Una de las ventajas de esta técnica es que permite un ahorro de material muy costoso, al prescindir del relleno macizo. Los pomos del tesoro de Villena (láms. LX.B.4, LXXX.A.1) (Lucas 1998) y las empuñaduras de las espadas de Guadalajara y de Abía de la Obispalía (lám. LXIV.A-B) (Almagro Gorbea 1972; Brandherm 1998) son obras de forrado. Por su parte, la profundidad propia del abombamiento también se logra a base de golpe de martillo y calentamiento, si bien el proceso completo de fabricación dista de estar claro. Es más, quizá hubiese varios procedimientos y múltiples técnicas variando según el tipo de artefacto que se desea elaborar y la “escuela” artesanal a la que pertenece el orfebre (Armbruster 2000: 159 figs. 44, 88; 2012: 382-385; Clarke 2012). De todos modos, con seguridad la placa de metal redonda se apoya en una superficie de piedra o madera probablemente de forma esférica que actúa como molde y se va golpeando y calentando intermitentemente. Después de adquirir así la forma abombada de la base, la pieza se apoya en otra superficie cilíndrica o cónica para darle forma a los hombros y al borde. De este modo u otro similar es como se fabricaron los diversos cuencos y cascos áureos y argénteos hallados en la Península Ibérica. Una variante del forrado se documenta en la joya del tesoro de Villena compuesta por un pequeño disco de ámbar encapsulado en un estuche laminar de oro (lám. LXV.A.1) (Soler 1965: 24-25 lám. XXXVI.48/50). Ciertamente no se trata de un forro propiamente dicho, sino de un revestimiento lateral del ámbar con una placa de bordes plegados. El 274   disco de ámbar se fija al estuche a través de un pasador de doble terminal que, al doblarse, evita que se separen las dos piezas. Una subvariante del batido similar al embutido permite crear artefactos huecos o, mejor dicho, tubos (Armbruster 2000: 98 fig. 45). Al igual que sucede con el forrado, una de las ventajas de esta subvariante es que permite un ahorro de oro al prescindir del relleno macizo. No obstante, los forros y las piezas huecas, a pesar de ser derivados del batido, son dos métodos netamente distintos en su finalidad, fabricación y acabado. En este sentido, es sumamente relevante recordar que el cierre de los tubos siempre se produce por soldadura fuerte. Torques huecos elaborados a través de esta subvariante se identifican en el tesoro de Herdade do Álamo (Beja, Portugal) (ídem: 167-168 láms. 4.2­ 5, 5.1-5; Correia 2007: 92-93). Un tercer método a medio camino entre los de fines constructivos y los fines ornamentales es la torsión (Armbruster 2000: 105-106 fig. 55). Se aplica atenazando los extremos de una vara metálica (de sección circular o cuadrangular) muy caliente haciendo girar uno de ellos en forma helicoidal. Buena parte de la filigrana presenta torsión, así como también los cierres del torques de sección cuadrangular de Sagrajas (lám. LXIV.C.6) (Perea 2005: lám. IV) y de “Coimbra” (Armbruster 2000: lám. 47.1-2). De la misma manera se elaboran los hilos, en este caso empleando una fina tira de lámina en lugar de una vara, dejando una costura helicoidal imperceptible a simple vista a lo largo del hilo (Perea 1990: 131). Además y en relación con esto último, de manera hipotética aunque razonable parece acertado valorar un cuarto método de deformación plástica elemental no basado en la percusión y que es posible aplicar debido a que el oro es un metal blando y altamente dúctil. Se trata del rodado, que se puede definir como la presión ejercida sobre una pieza metálica muy caliente colocada en una superficie plana y dura mediante el desplazamiento alterno de una herramienta pesada y también de base plana por encima de dicha pieza (fig. 20.1-2). A medida que la pieza va adquiriendo forma cilíndrica, el rodado supone un menor esfuerzo e incluso es plenamente factible trabajar con la pieza en frío. Si la pieza ya es más o menos cilíndrica desde el principio después de su moldeado, entonces también es factible rodarla en frío. Igualmente, si se continúa rodando después de haber logrado el cilindro, éste se irá haciendo cada vez más fino y largo hasta convertirse en una varilla o, incluso, un hilo (fig. 20.3). A través de este método no sólo resulta una forma cilíndrica regular, sino que su acabado es completamente liso. Los cilindros obtenidos por este método pueden curvarse por martillado apoyados en un yunque igualmente cilíndrico o cónico y transformarse en un torques como los del tesoro de Caldas de Reyes o en espirales como las de São Martinho (Setúbal, Portugal) (Armbruster 2000: lám. 89). El estrechamiento es una variante del rodado y uno de las más destacadas aportaciones de la Nueva Orfebrería. A través de su aplicación, quizá con una herramienta similar pero de mayor precisión, se consigue que un cilindro macizo disponga de un diámetro irregular. Así, los torques típicos del Bronce Final como los de Berzocana (lám. LXV.B.1) (Almagro Basch 1969), Nossa Senhora da Guía (lám. LXV.B.2) (Kalb 1990-1992), Valdeobispo (Cáceres) (Enríquez Navascués 1991: 218 fig. 1.1) y los tres unidos de Sintra (Armbruster 1995b) se estrechan hacia los extremos, mientras que en los tampones de Castrojeriz (Burgos) (Delibes de Castro y otros 1995) y del tesoro de Bodonal de la Sierra (Jerez de los Caballeros, Badajoz) (lám. LXV.C) (Almagro Gorbea 1977a: 43­ 275   48 lám. X; Pingel 1992a: 77 láms. 6.11-12, 7.1; Armbruster 2000: láms. 34.6-9, 35.1) – probablemente un brazalete en espiral – es el segmento interior el que se estrecha. No obstante, todas las piezas macizas y gruesas, incluidos los torques que componen el brazalete de Cantonha, también pudieron haberse confeccionado a la cera perdida y, por tanto, incluirse entre los torques de tipo Évora o, al menos, relacionarse con ellos. A priori, parece más probable que los orfebres siguiesen un método de deformación plástica en la medida en que así se ahorra cera y que no requiere dispositivos especiales de cierre. La cuestión permanece abierta. De todos modos, es muy probable que tanto los torques de los tipos Évora y Berzocana como los tampones de Bodonal y Castrojeriz se martillaran en estado plástico con la finalidad de curvarlos y proporcionarles la forma de toroide. Fig. 20: Método de rodado. La pieza original que va a ser rodada está muy caliente y carece de forma definida (1). La herramienta se desplaza rápida y repetidamente en la dirección indicada por las flechas hasta que la pieza original adquiere forma cilíndrica (2). Si se continúa rodando, la pieza original redistribuye su masa disminuyendo el diámetro y aumentando su longitud (3). En resumen, mediante la aplicación del martillado se obtienen barras gruesas y curvas de diversa sección; a partir del batido derivan dos métodos, el forrado y el abombamiento, con los que se fabrican las empuñaduras y los recipientes; a través la torsión las varas adquieren forma helicoidal y mediante del rodado se consiguen cilindros perfectamente lisos de variable grosor. 2.1.2.2. Métodos secundarios de deformación plástica Al margen de estos cuatro métodos expuestos, existen otros procedimientos en virtud de los cuales se embellecen y rediseñan las piezas metálicas por deformación plástica. Tales procedimientos secundarios son los métodos del grabado y el repujado/embutido (Armbruster 2000: 111-117). 276   El grabado es un efecto obtenido por dos métodos, a saber, el estampado y la incisión, empleados con la intención de marcar con un dibujo la superficie del metal. Por un lado, el estampado se emplea únicamente en los artefactos confeccionados por batido y consiste en imprimir un sello o un dibujo completo, bien por el interior, bien por el exterior. Este método se observa en la decoración de los cuencos de Axtroki (Escoriaza, Guipúzcoa) (lám. LXVI.A.2) (Barandiarán 1973) y el casco de Leiro (Rianjo, La Coruña) (lám. LXVI.A.3), éste rematado en un pincho hueco en el centro de la superficie exterior (Comendador 2003: 178-179). Por otro lado, los dibujos también se pueden grabar con la ayuda de un punzón con el que se rasca la superficie de los artefactos. Éstos deben ser lo suficientemente sólidos y firmes para resistir la presión ejercida, de manera que, al contrario que el estampado, la incisión nunca se presenta en las piezas hechas por batido, por lo que sólo los torques, las fíbulas y los cuencos hechos a la cera perdida se decoran mediante este procedimiento. Por último, el repujado/embutido es el método por el cual se abolla una superficie metálica. Para ello se emplea un punzón de punta roma que se percute indirectamente sobre el metal apoyado en un material denso y flexible. El repujado deja las abolladuras en el exterior de la superficie, como los observados en los cuencos dorados del tesoro de Villena (lám. LX.B.2), en el casco o cuenco plateado de Caudete de las Fuentes (Valencia) (lám. LXVI.A.1) (Hencken 1971: 139, 144 figs. 110-111; Graells y Lorrio 2013: 158­ 159 fig. 6.B) y en los forros de las espadas de Guadalajara (Brandherm 1998). Cuando el repujado es de fuera hacia dentro se llama embutido, aunque esta técnica se desconoce en la Península Ibérica hasta el Período Orientalizante. 2.2. Tipología Prestando atención al proceso de fabricación de las obras de orfebrería peninsulares junto con las formas de éstas se puede elaborar un criterio con el que clasificar y ordenar toda la Nueva Orfebrería. Así, los dos depósitos áureos de Villena, junto con el de Abía de la Obispalía (Cuenca), sirvieron a Almagro Gorbea (1974b; Pingel 1992a: 61-73) para definir un modelo de orfebrería, el “tipo/grupo Villena”. Las piezas halladas en estos depósitos ciertamente representan un cambio respecto a la artesanía del oro tradicional practicada en la Península Ibérica, de gruesos torques y finas espirales. La orfebrería de tipo Villena se caracteriza por las paredes finas, su minuciosa decoración a base de estampado, repujado y molduras y por la existencia de recipientes y brazaletes. Posteriormente, nuevamente Almagro Gorbea (1977a: 25; Ruiz-Gálvez 1984; Pingel 1992a: 73-84) identifica otro modelo de orfebrería que denomina “Sagrajas-Berzocana”, caracterizado por los torques macizos de sección circular, delgados en los extremos y con decoración incisa. A través de la obra estos investigadores se distinguen dos importantes modelos orfebres que facilitan la clasificación del conjunto de piezas de la Nueva Orfebrería. Sin embargo, sendos grupos presentan tres claros inconvenientes. Por un lado, existen piezas que combinan rasgos de los dos modelos señalados, como el brazalete de “Alcudia”, y algunas otras que se desmarcan sustancialmente de ellos a pesar de que conservan algunos detalles importantes, como las placas de El Carambolo. Por otro lado, la orfebrería de tipo Villena comprende objetos muy dispares que por su morfología y decoración parecen desligarse unos de otros, matiz del que ya da cuenta el propio Almagro Gorbea (1974b). Por último, algunos objetos áureos han sido excluidos 277   de esta clasificación a pesar de su similitud, caso de los torques de sección cuadrangular de Bélmez (Córdoba) (Armbruster 2000: lám. 32.1-3) y Sagrajas (lám. LXIV.C.7), las varillas torsionadas del cierre de ésta última pieza y de la de “Coimbra”, así como depósitos enteros como el de Caldas de Reyes. Desde los años noventa se han redefinido estas dos orfebrerías enfocándose la investigación en los aspectos técnicos y socio-culturales (Perea 1995; 2005; Armbruster 2000; Perea y Armbruster 2008). De esta manera y para empezar, el concepto de “tipo orfebre” se desecha y se sustituye por el de ámbito tecnológico en el que son, precisamente, las cuestiones de carácter técnico y la inmersión de los objetos en el complejo cultural total las coordenadas básicas en las que deben interpretarse los objetos y establecerse relaciones y separaciones entre ellos. En palabras de su principal teórica, Alicia Perea (1995: 71-72), un ámbito tecnológico es “aquél sistema que viene delimitado por las siguientes variables: A) técnicas, o conjunto de procedimientos concretos de fabricación; B) producción, o sistema de relaciones sociales de producción (…); y C) cultura material o producto. Estas tres variables marcarían los vértices de un triángulo que forman el sistema o ámbito tecnológico, relacionados por otras tantas variables o vías de conexión: a) la vía de la organización, conectando la cultura material con la producción; b) la vía de la transmisión que une las técnicas con la cultura material; y c) la vía del conocimiento, que une las variables técnicas y producción.” Asimismo, la insistencia en las cuestiones técnicas ha obligado a desvincular a los objetos de chapa de los brazaletes de molduras que coincidían en el antiguo tipo Villena, pasando los primeros a desaparecer de la investigación y volcarse toda la atención en los segundos, ahora reducidos al ámbito tecnológico de Villena-Estremoz (Armbruster y Perea 1994; Perea 1995: 74-75). Estos brazaletes se caracterizan no por sus molduras y meticulosos detalles, sino por haber sido fabricados mediante el método de la cera perdida y haberse empleado una herramienta rotatoria en el diseño del núcleo de cera. En el espacio peninsular, el ámbito tecnológico de Villena-Estremoz se complementa con el de Sagrajas-Berzocana (Perea 1995: 72-73). Éste pasa a caracterizarse de manera más imprecisa por el empleo de vaciado-martillado, vaciado adicional-falsa soldadura y martillado-forjado en la elaboración de los objetos. Es más impreciso porque no siempre intervienen todos los métodos. El vaciado-martillado sí es fundamental y sirve para obtener la estructura del objeto a partir de una colada vertida en un molde de piedra y después ser golpeada hasta adquirir la forma inicial. Estos dos últimos métodos son de especial relevancia. Con el vaciado adicional-falsa soldadura se incluyen ejemplares como el brazalete de “Alcudia” o el torques doble de Sagrajas y el triple de Sintra, mientras que con el martillado-forjado se elaboran, justamente, los torques simples y otras piezas planas como los brazaletes acanalados de Arnozela (Braga, Portugal) y “Beira Alta” y otros lugares del noroeste ibérico (Armbruster 2010). A partir del Período Orientalizante entra en escena un tercer ámbito tecnológico, el mediterráneo, caracterizado por el empleo del granulado y la filigrana y, por tanto, también por la soldadura fuerte (Perea y Armbruster 2008: 517-519). Este ámbito tecnológico es una clara materialización de la presencia fenicia en el circuito del Mediterráneo occidental, si bien algunas de sus joyas muestran rasgos impropios de la orfebrería oriental del I milenio a.C. 278   Sin embargo, esta triple clasificación deja en el aire dos cuestiones importantes. La primera de ellas es que no incluye a la orfebrería de formas profundas representada por los cuencos y los forros integrantes de los depósitos de la orfebrería del Grupo Villena como elementos diferenciados, prestándose a confusión con las piezas elaboradas a la cera perdida. La segunda es que deja en una situación de indeterminación a la orfebrería que entraña métodos mixtos, considerándola como una transmisión entre distintos ámbitos tecnológicos lo que, a su vez, implica una confusión cronológica y geográfica y, en definitiva, cultural. En resumen, de manera general se observa una profusa diversidad de métodos y estilos que se combinan entre sí. La disparidad de combinaciones dificulta el establecimiento de una clasificación normal que englobe todos los objetos de manera satisfactoria. Es menester reintroducir las variantes del método del batido, determinar la situación de los objetos hechos a partir de métodos mixtos y de otros métodos básicos que han quedado fuera de las ordenaciones de los últimos años, así como encontrar un sentido a la orfebrería del BF IIIC explicitada en el tesoro del Carambolo. Para tal finalidad, quizá sea mejor prescindir del concepto de ámbito tecnológico, al menos como principio organizador, y retornar al concepto más sencillo de grupo con sus obligados matices e insistiendo únicamente en aspectos técnicos y morfológicos. De esta guisa, se propone la siguiente clasificación en grupos básicos, cada uno de ellos con sus respectivos tipos y subtipos: A. Orfebrería de piezas macizas sin fusión secundaria. Incluye todas las formas y tipos de brazaletes y cierres gruesos y delgados, prismáticos y circulares, lisos, grabados y torsionados, regulares e irregulares. B. Orfebrería de piezas por batido. Incluye todos los objetos laminares – placas, diademas, gargantillas, lúnulas, trompitas, brazaletes, forros, recipientes y cascos – con o sin decoración plástica. C. Orfebrería de piezas macizas o casi macizas fabricadas a la cera perdida. Incluye las tazas y el peine del tesoro de Caldas de Reyes, las botellas y los mangos del tesoro de Villena y los brazaletes gruesos de tipo Villena-Estremoz y Évora y delgados de tipo Melide. Este grupo es muy característico de la Nueva Orfebrería. D. Orfebrería de piezas mixtas con sobrefundido y unión por fusión. Incluye todos los objetos confeccionados que combinan elementos de los grupos A y C, como el brazalete de “Alcudia”. E. Orfebrería de piezas mixtas con soldadura. Incluye toda la joyería fina – filigrana granulado y demás elementos ligeros – y los objetos tubulares y huecos, más algunos objetos que combinan la soldadura con otros elementos propios de los grupos A, B, C y D, tales como los integrantes de los tesoros de Herdade do Álamo y de El Carambolo y el torques doble de Sagrajas. Esta clasificación es sustancialmente menos sofisticada que los ámbitos tecnológicos de Perea y Armbruster por cuanto no atienden a aspectos culturales, sino exclusivamente a los técnico-formales, lo que implica, entre otras cuestiones, distinguir entre piezas formalmente similares elaboradas por métodos diferentes y viceversa. En cambio, por esta misma razón es más práctica y definida, con un rango cronológico y geográfico más dilatado en el que figuran la orfebrería de la Edad del Cobre, la Nueva Orfebrería de la Edad del Bronce y la joyería fina del Orientalizante-Edad del Hierro. 279   La Nueva Orfebrería comprende elementos de los Grupos A, B, C y D, lo que podría interpretarse como una tara de esta clasificación que no logra estructurar las renovaciones técnicas de esta artesanía. Sin embargo, enfatizar los elementos nuevos sobre los antiguos supondría igualmente aunar piezas muy heterogéneas desde el punto de vista morfo-técnico, especialmente en lo que a los torques se refiere. La principal virtud de esta tipología es que permite integrar todos los artefactos aparecidos en la orfebrería prerromana y demarcarlos de tal manera que se aprecie cómo los elementos que la componen nunca caen en desuso, sino que son acumulables. No obstante, es posible reagrupar algunas piezas y discernir un grupo de torques Évora-Berzocana como mínimo a nivel estilístico y un grupo Villena más general que reúne objetos de los Grupos B y C. Los Grupos Évora-Berzocana y Villena son los más representativos de la Nueva Orfebrería. El Grupo E está claramente marcado por la influencia fenicia colonial, pero no se limita a la joyería exclusivamente fenicia. Así, casi todos los artefactos que componen el tesoro de El Carambolo, elaborados en un taller tartésico, y diversos torques célticos y protocélticos con terminales huecos (Armbruster y Perea 2000) también forman parte de este grupo orfebre y lo mismo cabe alegarse de los pendientes amorcillados huecos (Almagro Gorbea 2008: 371-374). Otros torques de terminales macizos se engloban en el Grupo D (ídem). Igualmente, tampoco toda la joyería fenicia se engloba en este grupo, tal y como queda de manifiesto en los colgantes amorcillados de bronce revestidos de oro pertenecientes al Grupo B. El Grupo D es, de alguna manera, el equivalente en tecnología del oro y de la plata a la toréutica del bronce aparecida en el Atlántico en el Bronce Final que se expone y discute más abajo. Con el fin de despejar las dudas sobre la posible relación entre orfebrería y toréutica, a continuación se estudiarán los contextos de aparición y cronología de estas piezas. 3. Contexto 3.1. Distribución y paralelos El conjunto de artefactos que integran la Nueva Orfebrería aparece no sólo en la Península Ibérica, sino que también se extiende por Europa y por el Mediterráneo alcanzando el Asia central. Por lo que respecta al territorio peninsular, la Nueva Orfebrería se distribuye, fundamentalmente, por la vertiente atlántica (fig. 21). No obstante, la mayor concentración de brazaletes de tipo Villena-Estremoz y de cuencos áureos aparece en el Cabezo Redondo, muy lejos y en una situación de semi-aislamiento ya que apenas se reconocen objetos similares en el entorno. Igualmente, la segunda mayor concentración – o tercera, puesto que Cabezo Redondo se divide en el tesoro y el “tesorillo” de Villena – se localiza en Abía de la Obispalía, es decir, en la Meseta oriental. Villena y Abía de la Obispalía son también los lugares de hallazgo de los forros de empuñaduras y pomos, a los que se suman los dos revestimientos descubiertos en Guadalajara. Estos tres lugares parecen ser tres puntos de una ruta por la que circulan objetos pertenecientes a los Grupos B y C de la Nueva Orfebrería. En cambio, la mayoría de hallazgos de brazaletes de tipo Villena-Estremoz son individuales y aislados y su región de mayor concentración es el interfluvio Tajo­ 280   Guadiana. También en esta región aparecen muchos de los torques que presentan estrechamiento y, por supuesto, las estelas. En el noroeste se documenta una notoria presencia de brazaletes de tipo Melide, lo que a nivel territorial implica una continuidad por todo el Atlántico de los artefactos del Grupo C, ya que en el tesoro de Caldas de Reyes se identifica la tercera – o cuarta – gran concentración de objetos de este grupo orfebre. Los recipientes fabricados por batido tienen una distribución muy desigual. Por un lado, nuevamente el tesoro de Villena contiene el mayor número de ejemplares con mucha diferencia sobre la segunda concentración, Axtroki, que únicamente dispone de dos piezas. Los otros dos ejemplares conocidos de recipientes de este tipo se localizan en Leiro y en Caudete de las Fuentes, por tanto en el noroeste y el este peninsulares. A pesar de la discontinuidad territorial, se aprecia una interesante relación de estilo decorativo entre los cuencos norteños y los valencianos que igualmente se relaciona con la distribución de elementos estilísticos europeos como los círculos concéntricos. Llama la atención la ausencia de estas formas en el cuadrante suroeste de la Península Ibérica, un fenómeno de difícil explicación. Por su parte, el Grupo D se documenta en el ámbito atlántico, sin ninguna conexión espacial con el Grupo B y, en cambio, superpuesto con los Grupos A y C que les sirve de base. De esta manera, el área de distribución de los Grupos C y D se solapa con el área de distribución de los objetos de Nueva Orfebrería del Grupo A, de tal modo que, paradójicamente, las más importantes concentraciones de brazaletes de tipo Villena- Estremoz se pueden considerar como excepcionales. Es igualmente destacable y revelador que nunca coinciden torques de tipo Berzocana y similares con brazaletes de tipo Villena-Estremoz. Por tanto, en la Península Ibérica se distinguen dos zonas principales de distribución de la Nueva Orfebrería. La primera y más clara es la vertiente atlántica, que reúne artefactos de los Grupos A, C y D, siendo especialmente significativa la presencia de torques de varios tipos y cuyo mayor conjunto está representado en el tesoro de Caldas de Reyes. En esta zona se distingue, a su vez, una región al norte del Duero en la que abundan los ejemplares de brazaletes de tipo Melide y otra al sur del Tajo donde los brazaletes de tipo Villena-Estremoz son mayoritarios. La segunda zona no se observa con tanta claridad. Se trata de la diagonal El Argar-La Alcarria que podría incluso prolongarse hasta el noroeste, aunque también es harto verosímil que desde La Alcarria se desvíe por el Tajo hasta el Alentejo. En cualquier caso, esta diagonal es la columna vertebral por la que se distribuyen los objetos de Nueva Orfebrería del Grupo B, con ramificaciones hacia el Mar Cantábrico y el este. Esta ruta podría ser escenario de un tráfico de oro aluvial y, quizá, de estaño procedentes del noroeste y de sal del sureste (Mederos 1999: 123-129). El Grupo E, en la medida en que se enmarca el Período Orientalizante y el Hierro I queda relegado a un segundo plano en este estudio, si bien sus raíces en el Bronce Final obligan a hacer una mínima alusión. A pesar de constituir un grupo muy heterogéneo, resulta sencillo trazar una divisoria territorial sobre su distribución. Por un lado, la franja sur de la Península Ibérica, donde se encuentran las colonias fenicias y el área más influenciada por ellas. En esta franja predominan claramente las obras de joyería fina, principalmente placas ornamentadas mediante gránulos e hilos soldados (Almagro Gorbea 1977a: 203­ 235; Nicolini 1990; Perea 1991: 141 ss.; Torres 2002: 238-247; Armbruster 2013b: 70-76). Por 281   otro lado, el noroeste peninsular, en donde los torques continúan siendo la base de la orfebrería ahora también presentando granulado y filigrana (Armbruster y Perea 2000; García Vuelta 2007). Las piezas del Grupo E fechables en el BF IIIC se ubican en el suroeste, lo que pone de manifiesto que ésta es la región original en la Península Ibérica desde la que extiende por el norte hasta Galicia y por todo Tartessos y su área de influencia. Fig. 21: Dispersión de artefactos significativos de la Nueva Orfebrería peninsular y otros elementos relacionados. Tampones: Bodonal de la Sierra (Jerez de los Caballeros, Cáceres) y Castrojeriz (Burgos). Grupo Évora-Berzocana: Évora (Portugal), Penela (Coimbra, Portugal); Berzocana (Cáceres), Valdeobispo (Cáceres), Nossa Senhora da Guía (Viseu); torques de sección cuadrangular con decoración geométrica y cierre torsionado de Sagrajas (Badajoz), Coimbra y Bélmez (Jaén). Brazaletes de tipo Melide: Melide (La Coruña), Urdiñeira (La Gudiña, Orense), La Torrecilla (Getafe, Madrid) Colos (Beja, Portugal) y Monte da Saia (Braga, Portugal). Brazaletes de tipo Villena-Estremoz: Villena (tesoro y “tesorillo”), Abía de la Obispalía (Cuenca), El Torrión (Navalmorales, Salmanca), Évora, Estremoz (Évora), Trinidade (Beja), Aljustrel (Beja), Portalegre (Évora), Toén (Orense), Chaves (Vila Real, Portugal) y Orense. Otras formas del Grupo C: Caldas de Reyes (Pontevedra) y Lebrjia (Sevilla). Forros: Villena (Alicante), Abía de la Obispalía y espadas de Guadalajara. Abombamiento: cuencos/cascos de Axtroki (Escoriaza), Caudete de las Fuentes (Valencia), Leiro (Rianjo) y Villena. Grupo D: Sintra (Lisboa), Caldas de Reyes, “Alcudia” (Ciudad Real), Sagrajas, Cantonha (Braga). Grupo E: El Carambolo (Camas, Sevilla), Herdade do Álamo (Beja) y Torre Vá (Beja). La orfebrería peninsular típica del I milenio a.C. representada por el Grupo E y, en particular, la joyería fina, encuentra sus paralelos en diversas regiones mediterráneas, con especial incidencia en Oriente desde inicios del milenio anterior (Prévalet 2014) y en Etruria (Cristofani y Martelli 1983), y otras zonas del Mediterráneo (Becatti 1955: 33 ss.; Coldstream 1982: lám. 26) a partir del Período Orientalizante, aunque también en el Atlántico se identifican algunos torques en cuyo proceso de elaboración 282   probablemente se utilizase algún tipo de soldadura fuerte para piezas huecas y macizas (Eluère 1982: 101; Stead 1991; Delibes 2002: 63-65; Armbruster y Louboutin 2004: 140-141 figs. 32-49). Igualmente, en Europa y en el Mediterráneo se documentan paralelos para la Nueva Orfebrería peninsular, lo que indica que su irrupción no es un fenómeno regional, sino global y, por tanto, que tanto los métodos como las formas e, incluso, los estilos se transmiten a lo largo de zonas lejanas. Aunque estas conexiones son evidentes, la orfebrería peninsular durante la Edad del Bronce desarrolla unos tipos que muestran una cierta divergencia con los paralelos foráneos, especialmente patente en el surgimiento del Grupo D. Los brazaletes a la cera perdida similares a los peninsulares del Grupo C sólo se documentan en Europa, a pesar de que el método de fabricación sea oriundo del Mediterráneo oriental o alguna región de Asia occidental (Hunt 1980: 63-69). Así, los brazaletes áureos europeos de la Edad del Bronce más próximos son dos ejemplares de tipo Villena-Estremoz aparecen en los conjuntos de Saint-Babel (Puy-de-Dôme, Francia) (Eluère 1982: fig. 156) y Nehren (Tubinga, Alemania) (Armbruster 2000: 143 fig. 86). En el depósito de Gönnebeck (Schleswig-Holstein, Alemania) (Schauer 1986: 14-17; Springer 2003: 286 fig. 15) se incluye otro de aspecto similar a los de tipo Melide que, sin embargo, es abierto, razón por la cual parece más oportuno excluirlo del Grupo C. Otras piezas occidentales que se prestan a confusión son los brazaletes de oro con terminaciones en espiral de Rongères (Allier, Francia) (lám. LXVI.B.1) (Eluère 1982: 93 figs. 105, 108.3; Springer 2003: 296 fig. 26) y Lienewitzer Forst (Brandeburgo) (Springer 2003: 294 fig. 24), ambos con relieves en el exterior y lisos por su parte interior. No obstante, el hecho de ser abiertos y de carecer de molduras gruesas permiten nuevamente excluirlos del Grupo C y, en cambio, incluirlos en el Grupo A. Brazaletes similares a estos últimos con espirales se documentan igualmente en la zona de los Cárpatos, que es otra región europea en la que surge una importante artesanía orfebre desde mediados del II milenio a.C. Formando parte de este grupo carpático destacan unas piezas con una fina aunque prominente moldura que no deja lugar a dudas acerca de su fabricación a la cera perdida, tales como los brazaletes de Nyíracsád (Mozsolics 1973: 201 lám. 99), Biharkeresztes (ídem: 191 lám. 100), Szilágyperecsen (íd.: 206-207. lám. 101.1) y Hajdúszoboszló (íd.: 195. lám. 101.2). Dicho elenco, por ser más numeroso y concentrado que los hallazgos occidentales, aclara que los brazaletes con espirales son originarios de los Cárpatos, toda vez que explicitan que la cera perdida en esta región, al igual que sucede en el Atlántico, se aplica según el diseño y no de manera sistemática para toda la orfebrería y la broncística. Así, los brazaletes de espirales occidentales deben valorarse como importaciones pero, en ningún caso, como una introducción de la cera perdida. Con mayor incertidumbre, cuatro de las asas de las vajillas áureas de los depósitos de Borgbjerg (lám. LXVI.B.3) y Mariesminde, ambos en Dinamarca (Armbruster 2003: figs. 5.a, 7), tal vez se produjesen a la cera perdida. Reproducen cabezas de bóvidos, razón por la cual parece lógico incluirlas dentro del Grupo C, pero se observa una indefinición impropia de las piezas confeccionadas a partir de una escultura de cera, siendo, quizá, cuidadosas obras de forrado y de deformación plástica sobre asas de bronce o cobre. Además, su acoplamiento a los recipientes se llevó a cabo por medio de remaches y perforaciones, de tal manera que las asas son un añadido claramente posterior a los cuerpos perfectamente acabados. Por ello parece más adecuado diferenciar todas las 283   piezas de Borgbjerg y Mariesminde del tesoro de Caldas de Reyes y clasificarlas como pertenecientes al Grupo B. En resumen, los brazaletes peninsulares pertenecientes al Grupo C, es decir, hechos a la cera perdida no tienen claros paralelos ni en el Mediterráneo ni en el interior de Europa. Por el contrario, en el Atlántico, en los Alpes y, sobre todo, en el Círculo Nórdico se registra una importante cantidad de las formas profundas propias del Grupo B. En primer lugar debe hacerse referencia al cuenco de Zurich-Alstetten (Suiza) (lám. LXVI.A.4) (Kimmig 1991: 244-246 lám. 27; Armbruster 2004a), un hallazgo aislado decorado con abolladuras que se distribuyen por todo la pieza, si bien quedan algunos huecos libres que adquieren contornos figurativos. Se trata del único y sorprendente paralelo estilístico extrapeninsular para los cuencos de Villena y de Caudete de las Fuentes. Al margen de esta pieza excepcional, todos los demás paralelos reconocibles se adornan con figuras estampadas de estilo Axtroki. Algunos de estos artefactos se agrupan en grandes depósitos tan impresionantes como el tesoro de Villena. Éste es el caso del conjunto de Eberswalde (Brandenburgo), compuesto por cuatro recipientes, un torques torsionado, lingotes y espirales, todos de oro (Ellmers 2003: fig. 2), y de la ya mencionada vajilla de Mariesminde, entre otros muchos ejemplos. Otros, en cambio, son hallazgos aislados, como la “capa” de Mold (Flintshire, R.U.) (Powell 1953). Esta última pieza no posee una decoración de metopas con círculos concéntricos, pero su elaboración es plenamente afín a la del Grupo B y, además, añade pequeñas piezas pétreas y de ámbar incrustadas sobre su superficie, resultando un objeto de muy compleja producción y muy laborioso. Los más espectaculares quizá sean los grandes conos o coronas de elektron, una aleación oro-plata, de Avanton (Vienne, Francia) (Eluére 1982: 107, 11 figs. 128-130), Ezelsdorf-Buch (Frankonia-Baviera), Schifferstadt y el conservado en el Museo de Berlín (Schauer 1986: 24 ss.; Spriger 2003: 301-305). Mucho más cortos, aunque igualmente profundos, son los recipientes de Villeneuve-Saint-Vistre-et-Villevotte (Marne, Francia) (lám. LXVI.B.2) (Eluére 1982: 104-107; Springer 2003: 296 fig. 27), de los que cabe considerar el mismo proceso en su labor de composición y ornamentación. Tanto las coronas como los recipientes de Marne entrañan una dificultad notable en su fabricación. La extraordinaria maleabilidad del oro y de la plata permite crear láminas muy amplias y finas incluso en frío, aunque en el caso de las piezas señaladas, especialmente en las de mayores dimensiones, con toda certeza se sometieron a los efectos del calor. La profundidad de estas piezas permite pensar que se montaron sobre un torno horizontal y que al rotarse se fueron grabando las figuras de las metopas que exhibe. El Mediterráneo es otro ámbito en el que el Grupo B está presente. Los cuencos del tesoro de Villena y de Caudete de las Fuentes son los hallazgos más occidentales de este grupo. En Rocca Vecchia (Lecce, Italia), recientemente se han descubierto dos depósitos excepcionales compuestos por elementos de oro batido (Scarano y Maggiulli 2014). Cuatro de estos elementos son objetos cóncavos de estilo Axtroki, uno de los cuales es demasiado pequeño para interpretarse como un cuenco. Quizá sea el revestimiento de un pomo como los documentados en Villena o un botón. Los otros tres son de mayor tamaño, pero la aparición de uno de ellos cubriendo un trozo de madera 284                                                                semiesférico plantea algunas dudas sobre su función. No obstante, quizá sea el soporte para grabar las metopas sobre la lámina áurea. Micenas, “rica en oro” según el bardo, también alberga piezas pertenecientes al Grupo B. En los enterramientos de los círculos A y B de la ciudadela aparece un cúmulo magnífico de objetos de plata y de chapa de oro. Entre ellos se cuentan recipientes de variadas formas, máscaras humanas, empuñaduras de espadas, algunos damasquinados en las hojas de las espadas y figuras zoomorfas (lám. LXVII) (Marinatos 1959: 57-61 figs. 163-170, 176-196.a láms. XXXV-XXXVII, XXXIX) en abundancia suficiente como para situarse a la cabeza de los yacimientos con mayor acopio de oro de Europa. Piezas de rasgos similares se documentan también en Pilos (ídem: fig. 171 lám. XXXVIII), Skopelos (íd.: figs. 172-173), Argos (íd.: fig. 196.b), Knossos (íd.: figs. 112-113) y en Vapheio (íd.: figs. 178-185), donde las tazas presentan relieves en la superficie. El forrado en oro también se documenta en el Círculo Nórdico, donde aparece precisamente una de las piezas más llamativas elaboradas según este método. Se trata del carro de Trundholm (Zealand, Dinamarca) (Kaul 2003: 39 fig. 1), el cual incorpora un fino disco áureo decorado con metopas de círculos concéntricos y espirales como revestimiento de otro disco de bronce, muy probablemente una representación solar. El carro, aunque fabricado a la cera perdida, tiene sus mejores paralelos en los petroglifos nórdicos, a su vez inspirados en los carros egeos como los que aparecen pintados en las cerámicas del Período Heládico y en algunas estelas peninsulares del Bronce Final.4 Los exteriores lisos de las jarras y copas heládicas se asemejan a los de otras jarras orientales (Akurgal 1961: láms. 14-17, V-VI; Woolley 1952: 73; Zaccagnini 1979) y de Europa occidental que, a su vez, se relacionan con otros recipientes de este ámbito ornamentados mediante acanalado o bien lisos, todos ellos confeccionados por deformación plástica (Needham y Varndell 2006; Bernabó Brea y otros 2014). Igualmente, en la Tumba de las Hachas Dobles de Isopata (Creta) y en algunas sepulturas de Wessex como la del túmulo de Manton (Wiltshire) se identifican unos interesantes artefactos compuestos por piezas de ámbar encapsuladas o montadas en placas de oro similares al hallado en el tesoro de Villena (Clark 1968: 265). Como más adelante todas estas piezas serán abordadas con motivo de la filiación del Grupo B, parece adecuado no profundizar por ahora más en esta cuestión. El Grupo A es el más común en todo el continente, no sólo en cuanto a que acumula múltiples tipos, sino a que cada uno de ellos es muy numeroso. Muchos objetos pertenecientes a este grupo orfebre también tienen paralelos de bronce, compartiendo muchas formas y decoraciones con independencia del metal de fabricación. Atendiendo en exclusiva al campo de la orfebrería, en el Atlántico es la Bretaña donde se advierte una destacada concentración de objetos del Grupo A, si bien en otras regiones francesas y en las Islas Británicas también se registran muchos objetos de la misma categoría. Sirvan como ejemplo las espirales y cadenas de espirales de los depósitos de Heidolsheim (Bas-Rhin) (Eluère 1982: 136 fig. 146), Saint-Babel y Quimperlé (Finisterre) (Gallay 1981: lám. 56), y torques lisos en los conjuntos de Heidolsheim y Raudouallec (Morbihan) (Eluère 1982: fig. 153) y de Ballinghem (Pas-de-Calais) (Armbsuter y Louboutin 2004: fig. 1). También con decoración incisa y de diámetro regular en Kerviltrré (Finisterre) (Coffyn 1985: fig. 27.1), e incisos con estrechamiento lateral de tipo Berzocana en Vieux-Bourg-Quintin (Côtes-du-Nord) (Eluère 1982: 152 figs. 4 Véase el apartado 3.1 del capítulo 3 sobre el carro ligero. 285   154-155), Massigny (Vandea) (Coffyn 1985: fig. 27.2) y en Guînes (Pas-de-Calais) (Armbruster y Louboutin 2004: figs. 21-24). Sin embargo, de entre las formas francesas del Grupo A lo que más destaca es el prolífico elenco de piezas torsionadas que se dividen, grosso modo, en dos subgrupos: brazaletes de tampones y pendientes. Todos ellos están presentes en el depósito de Lanrivoaré (Finisterre) (Eluère 1982: 182-184), pero quizá el más curioso sea el de Stanton (Staffordshire, R.U.) (Murgia y otros 2014: 2.3.1) que se caracteriza por sus varias espiras. La única pieza en el Atlántico elaborada mediante soldadura por difusión es un anillo doble conservado en el Museo Británico (Murgia y otros 2014: 4.1.4.1). Los investigadores responsables de su publicación afirman que procede del condado de Devon, en Gran Bretaña, aunque carece de contexto de aparición, y que fue incorporada a la colección del museo en 1866 luego de una subasta en la que fue comprado a un coleccionista particular sin más noticias. Así pues, cabe especular que quizá su región originaria no sea Devon, sino la Península Ibérica. En cualquier caso, en el Museo de Bagdad se conservan dos piezas áureas procedentes de las Tumbas de las Reinas Yaba, Banitu y Atalia de Nimrud (744-705 a.C.) que recuerdan claramente tanto por su forma como por técnica de fabricación al torques doble de Sagrajas (Damerji 1998: 7 lám. 26). Así, no es en absoluto descartable un origen oriental para la soldadura por difusión, exactamente igual que para la soldadura por reacción, a pesar de que en el Atlántico se emplee en la composición de artefactos de diferente tipología. En resumen, con la salvedad del Grupo D, objetos áureos similares a los hallados en la Península Ibérica pertenecientes a la Nueva Orfebrería se extienden por distintas culturas europeas de la Edad del Bronce. La inmensa mayoría de todos estos artefactos aparecen en el Complejo Cultural Atlántico, en el que destaca la presencia de ejemplares del Grupo C hechos a la cera perdida, y en los Campos de Urnas-Círculo Nórdico, donde los recipientes son ampliamente mayoritarios. 3.2. Cronología Casi la totalidad de objetos y conjuntos áureos peninsulares (y extrapeninsulares) se localizan en contextos aislados y sin estratigrafía, lo cual dificulta gravemente su asignación cronológica. Además, la mayor parte de las veces son hallazgos aislados. De manera excepcional algunas piezas se asocian a objetos reconocibles en otros contextos mejor definidos. Estas excepciones son las más valiosas a la hora de establecer una cronología fiable, aunque no por ello están libres de discusión. Conviene recordar que una de las propiedades del oro y de la plata es que no se corrompen ante los agentes erosivos, así que las joyas pueden perdurar sin apenas daños hasta épocas muy posteriores a las de su fabricación. En el marco peninsular, con seguridad los dos conjuntos áureos de Villena y el tesoro de El Carambolo proporcionan la clave para periodizar o, al menos, trazar una secuencia temporal razonable para el resto de hallazgos pertenecientes a todos los grupos propuestos. Todas las piezas integrantes del conjunto áureo de El Carambolo se depositaron en un único momento en el interior del recinto del santuario. El collar es claramente una importación fenicia de plena época colonial, probablemente asignable al s. VI a.C. (Pingel 1992a: 117; Armbruster y Perea 1998: 132), que ilustra a la perfección la orfebrería oriental que durante el Período Orientalizante se expandió por diversas regiones del 286                                                                Mediterráneo. En cambio, el resto de joyas parecen fabricaciones tartésicas a partir de influencias fenicias de época colonial, así como de la orfebrería tradicional peninsular. La fundación del santuario se produjo en el BF IIIC (825-760 a.C.), es decir, en los primeros compases de la colonización, aunque parece verosímil que en la fase inmediatamente anterior el área ya estuviese ocupada de alguna manera.5 Igualmente, los brazaletes que componen el tesoro y las púas que algunas de sus piezas lucen recuerdan a los brazaletes de tipo Villena-Estremoz, visiblemente anteriores a la presencia fenicia, de tal manera que quizá las diferentes piezas que integran el depósito se elaborasen en distintos momentos a pesar de enterrarse todas juntas. Así, a la elaboración de los elementos del tesoro de El Carambolo se les puede asignar una cronología comprendida entre finales del siglo IX a.C. y el siglo VI a.C., por tanto en época colonial (Armbruster y Perea 1998: 136; Torres 2002: 237). Esto quiere decir que las más antiguas piezas del tesoro, las cuales ya presentan soldadura fuerte, deben fecharse en el BF IIIC o muy a inicios del Orientalizante. En el otro extremo se sitúan los dos conjuntos de Villena, cuya cronología ha despertado aún una mayor controversia. En un principio, con anterioridad a la madurez de los estudios sobre orfebrería ibérica, el tesoro de Villena se fechó en un momento temprano del Período Orientalizante, en el siglo VIII a.C. La presencia de hierro y los paralelos de estilo aducidos sobre las botellas en ciertas cerámicas aparecidas en el Foro romano hizo proponer a Almagro Gorbea (1974b: 62-63, 70) esta cronología de época colonial que se dio por buena en los años siguientes. Con alguna interesante salvedad (Perea 1994),6 desde los noventa esta primera propuesta quedó en desuso. A cambio, se han planteado dos posibles interpretaciones atendiendo a diferentes criterios y métodos que elevan la cronología de los conjuntos hasta el II milenio a.C.: a) ss. XVI-XIV/XIII a.C. (El Argar C) (Mederos 1999: 116-120; Hernández Pérez 2009: 299­ 300; Jover y otros 2014: 51 fig. 13; Lull y otros 2014: 141-142). El principal sostén de esta cronología lo forman una serie de veinte fechas de radiocarbono para el poblado de Cabezo Redondo. El rango temporal es muy extenso, entre 1987-1738 cal. AC (H 2277: 3550±55 BP) – muestra tomada de un poste de madera – y 1450-1190 cal. AC (Beta-181404: 3080±60 BP), ambas a 2σ. La amplia mayoría de los resultados encajan entre los siglos propuestos, entre los que se incluyen las muestras de vida corta y los huesos humanos procedentes de enterramientos amortizados como relleno, aunque estos últimos apuntan hacia una fecha alta centrada los siglos XVII-XVI a.C. – Beta­ 195928: 3410±50 BP: 1870-1600 cal. AC; Beta-189004: 3280±70 BP: 1770-1485 cal. AC – al igual que las muestras de carbón obtenidas del nivel que cubre este relleno – Beta­ 189003: 3310±40 BP: 1700-1520 cal. AC. A la luz de esta secuencia, recientemente se ha propuesto diferenciar entre dos etapas para el poblado articuladas hacia el 1500 a.C. (Jover y otros 2014: 60, 64). La primera etapa se corresponde con una coyuntura de lugar periférico dentro de las dinámicas socioeconómicas de la Cultura de El Argar, mientras que la segunda se desarrolla después del desmoronamiento de El Argar B, en las que Villena pasaría a ocupar el centro de las actividades en detrimento de La Bastida (Totana, Murcia) o 5 Véase el apartado 4 del capítulo 8 sobre la cerámica pintada de estilo Carambolo. 6 Alicia Perea, más que defensora de una formación del depósito a inicios del Período Orientalizante, sugiere que el conjunto se fue formando diacrónicamente desde finales del II milenio a.C. dada la heterogeneidad de sus componentes. Asimismo, también defiende que el tesoro fue ocultado con la finalidad de ser desenterrado por su valor protomonetario, pero algún infortunio desconocido truncó su destino y no se recuperó. ­ 287   Peñalosa (Bailén, Jaén). En este período tardoargárico, Cabezo Redondo se convierte en el principal receptor y productor de bienes de lujo, de lo que darían muestra los tesoros. b) ss. XIII-XI a.C. (Bronce Final) (Schüle 1976: 166-167; Ruiz-Gálvez 1992: 233; 1993: 48-49; 1998a: 108 fig. 5.a; 2013: 281, 283; 2014: 168-170; Perea 1994). Esta alternativa se fundamenta en varias premisas de corte histórico a escala internacional, aunque también en algunas peninsulares. Para empezar, los Pueblos del Mar no suponen un desastre total en la economía del Mediterráneo oriental, sino una reorganización de las rutas y las naciones protagonistas, así como el advenimiento de navegantes y comerciantes autónomos. Así, los chipriotas, seguidos de los levantinos, toman el testigo a los navegantes heládicos en sus incursiones por el Mediterráneo occidental, traspasando definitivamente la barrera del Tirreno. En esta línea, la introducción de la cera perdida en la Península Ibérica se produce a la par que el lote de las primeras cerámicas a torno (Ruiz-Gálvez 2013: 281; 2014: 170-171), todas testimoniadas en El Argar y alrededores. Como los heládicos ya no suministran estaño a las potencias orientales desde las redes continentales y los asirios están igualmente reorganizando sus relaciones con Asia, el Atlántico se convierte en el principal foco de atención para los agentes chiprolevantinos que, desde el TC IIIB (1100-1050 a.C.) se convierten en los proveedores de este metal en el circuito oriental. Por último, la presencia de dos piezas de hierro en el tesoro de Villena, además, vincula directamente este conjunto con los chipriotas, los primeros en distribuir hierro por el Occidente a partir de este período. El concepto de vajilla áurea, más la aparición de hierro y de ámbar en el tesoro cobran sentido en una coyuntura de contactos precoloniales al tratarse de objetos de prestigio y de banquete. Ambas cronologías propuestas se solapan en el siglo XIII a.C., aunque no esté claro que el final de El Argar C llegue hasta esta fecha. En cualquier caso, este solapamiento podría funcionar como justo medio y aceptarse una datación del s. XIII a.C., pero el factor diferencial entre las dos propuestas cronológicas no es tanto la fecha exacta de su cierre, sino el período, la coyuntura y las culturas que envuelve el tesoro de Villena. A pesar de los buenos argumentos esgrimidos en los planteamientos de ambas interpretaciones, las dos adolecen de prescindir de algunos datos que permiten afianzar o reformular las proposiciones. En este sentido, la segunda propuesta es la más débil, aun cuando el panorama internacional es de vital importancia para hacer una interpretación sólida, pero la primera propuesta debería considerar otras cuestiones de ámbito peninsular y extrapeninsular recíprocamente relacionados para valorar mejor sus conclusiones. En primer lugar, ciertos elementos cerámicos relacionables con el tesoro apuntan igualmente a una cronología alta. Por un lado, éste fue descubierto en el interior de una gran olla cerámica de estilo argárico. En los últimos años se ha venido corrigiendo la secuencia cultural de la sociedad de El Argar, prolongando su actividad hasta la segunda mitad del II milenio a.C. Esta corrección es acertada, aunque por el momento no parece haber un consenso sobre la cronología y las características socioeconómicas de las distintas fases (Castro y otros 1995: 116 ss.; Lull y otros 2014a: 127). Sea como fuere, la olla en cuestión se parece más a los tipos cerámicos más arcaicos que a los más recientes (Arteaga y Schubart 2001: fig. 2.3). 288   Por otro lado, la decoración y las formas de buena parte de la vajilla metálica de Villena ofrecen similitudes con cerámicas de la Edad del Bronce halladas en la Península Ibérica (Schüle 1976: 164-165; Mederos 1999: fig. 1; Cardoso 1999-2000: fig. 40). Las púas de algunos de los brazaletes encuentran paralelos muy claros en las púas de algunas cerámicas de paredes gruesas atípica en el repertorio cerámico argárico pero localizada en el departamento XX de Cabezo Redondo (Soler 1965: lám. XVII.2, 5). Esta misma pieza tiene, a su vez, un interesante paralelo en el túmulo G de Manton Barrow, fechado en Wessex II, muy probablemente hacia su final (Gerloff 1975: lám. 52.C.13), y en otros túmulos británicos de esta misma época (Piggott 1938: 69-71 figs. 8-11. La decoración de guirnaldas por repujado en las formas semiesféricas recuerda claramente a la decoración que exhiben algunas cerámicas de Cogotas I (Fernández- Posse 1986), como las dos de este grupo también halladas en Cabezo Redondo) (Soler 1965: fig. 9.2; Hernández Pérez y otros 2009: 329). La cronología de las cerámicas de Cogotas I se extiende desde mediados del II milenio a.C. hasta comienzos del I milenio a.C. (Fernández-Posse 1986: 231-232), concordando con los ejemplares de Cabezo Redondo que se fechan en 1630-1440 cal. A.C. (Beta-195424: 3270±40 BP) a partir semillas de cereal carbonizado procedentes del mismo contexto (Hernández Pérez y otros 2009: 329). A su vez, las formas de las botellas se asemejan ligeramente a las cerámicas bitroncocónicas argáricas (Arteaga y Schubart 2001: fig. 5.b-c; Lull y otros 2014a: fig. 5.5) cuya producción finaliza en un momento incierto anterior al BF IIIA (1050-900 a.C.) (Molina 1978: 164 fig. 2) y de manera mucho más acusada se asemejan formal e, incluso, estilísticamente a las botellas alentejanas (lám. XVIII.C) del Horizonte Santa Vitoria del Bronce del Suroeste o Cultura del Alentejo que se desarrolla en el Bronce Medio y Reciente, aproximadamente equivalente a los Horizontes B y, sobre todo, C de El Argar (Schubart 1971: fig. 2). Asimismo, botellas afines con la misma cronología se localizan en ciertas tumbas de cista onubenses (Del Amo 1975: láms. 98.2, 113, 114.2, 118.2, 119.2). En segundo lugar y luego de haber hecho referencia al Alentejo, en esta región aparecen unas losas decoradas con representaciones de armas en relieve cubriendo las inhumaciones de la élite social (Almagro Basch 1966a; Díaz-Guardamino 2010: 293 ss.). Las losas se fechan también en el Bronce Medio y en muchas de ellas se reconocen relieves de espadas argáricas típicas de la panoplia del período de apogeo de esta cultura en El Argar B (h. 1700-1550 a.C.) (ídem: 163-169) que o bien presentan una vaina como las de las losas de Santa Vitoria (íd.: no. 234) y Trigaxes 1 (íd.: no. 236) o bien podrían interpretarse como forradas por la empuñadura, al menos algunas de ellas como quizá sean los casos de Abela (íd.: no. 207), Assento (íd.: no. 209) y Defesa (íd.: no. 213) y, por tanto, paralelos a las espadas argáricas con la empuñadura forrada en oro de Guadalajara. Por ello, esta última pieza, más el tesoro de Abía de la Obispalía, la Cultura del Alentejo y la Cultura Argárica parecen estar interconectados. Además, la Cultura del Alentejo se encuentra en la zona de dispersión más importante de brazaletes de tipo Villena-Estremoz, lo que inequívocamente se enlaza con el tesoro de Villena. Así pues, los forros áureos peninsulares y las espadas a las que pudieron acompañar son coetáneos a los forros de oro de las espadas y puñales de las tumbas egeas (Marinatos 1959: figs. 112-113, 170-173; Benzi 1992), lo que apunta a una cronología alta para los forros del Grupo B y, por extensión, para la vajilla áurea con la que técnicamente se emparenta. 289   Sin embargo, la vajilla del Grupo B es muy heterogénea a nivel formal y, sobre todo, estilístico. Así, mientras que los recipientes egeos y noratlánticos son lisos o acanalados, los de Villena y Caudete de las Fuentes presentan repujado y los de Axtroki y Leiro decoración estampada en la que destacan los círculos concéntricos. El único paralelo extrapeninsular para la decoración por repujado se ubica en Zurich- Alstetten y es un hallazgo aislado y, por tanto, imposible de periodizar por estratigrafía ni por materiales asociados. Para los recipientes con decoración estampada, uno de los mejores contextos que permiten proponer una cronología lo ofrece el ejemplar integrante del depósito de Gönnebeck que también incluye un brazalete abierto de oro con estrías, un juego de clavos más otro de espirales, ambos áureos y, lo que es más relevante en este sentido, unas pinzas, un cuchillo, una navaja de afeitar y una espada pistiliforme. Esta familia de espadas goza de una amplia difusión en Europa durante el BF I-II (Schauer 1971: 157 ss.), de tal manera que se ajustaría a la cronología baja para Villena. Empero, la decoración del cuenco de Gönnebeck es muy peculiar, combinando estilos de repujado a base de líneas y círculos concéntricos, de tal manera que es una pieza única. Por esta misma razón, el contexto ofrecido tampoco significa de manera inequívoca que el estampado de círculos concéntricos deba corresponderse con el Bronce Final. En tercer lugar, en la Cultura de Wessex se registra un pequeño conjunto de colgantes compuestos por un estuche de oro normalmente de forma discoidal y por una pieza de ámbar u otro material precioso encapsulada en el estuche (lám. LXV.A.2) (Taylor 1980: 87-88 lám. 24.c-e; Hunter y Woodward 2015: fig. 5.9.1). Estas piezas pertenecen a la serie de enterramientos más recientes de este grupo como el del citado túmulo G de Manton Barrow (Gerloff 1975: lám. 52.C), de manera que su asignación cronológica es equiparable al Horizonte C de El Argar lo que implica la misma cronología en la que la comunidad de Cabezo Redondo vive su época de esplendor. Otro ejemplar de ámbar encapsulado en oro aparece en la Tumba de las Dobles Hachas cretense correspondiente al MR II-IIIA1 (ss. XV-XIV a.C.) (Evans 1914: 42 fig. 56), por tanto coetáneo al Horizonte Villena. Asimismo, cabe considerar una tercera joya formada por un núcleo de ámbar encerrado en una cápsula esférica de oro encontrada en un estrato superior y sin contexto claro del yacimiento urbano de Mozartstrasse, en la moderna ciudad Zurich (Barfield 1991). El yacimiento se fecha por materiales y por dendrocronología en el siglo XVI a.C. si bien su horizonte de ocupación podría prolongarse hasta el siglo siguiente. La forma de esta joya difiere notablemente del colgante del tesoro de Villena, pero guarda una estrecha similitud con otras joyas británicas como las dos aparecidas en el túmulo de Wilsford (Wiltshire), perteneciente a Wessex II (1650-1400 a.C.), si bien en este caso las cápsulas áureas contienen un núcleo perforado de shale (Taylor 1980: lám. 26.f-g). No lejos del hallazgo de esta cápsula alpina se localizan los cuencos de Eschenz y de Alstetten y los fragmentos de lingote de piel de buey del depósito de Oberwilflingen (Baden-Württemberg, Alemania) (Primas y Pernicka 1998), lo que revela la importancia de esta región en las corrientes de comunicaciones continentales. Así pues, aunque este tipo de joya compuesta pueda perdurar inalterable durante siglos, los paralelos británicos permiten sostener una cronología alta del Bronce Reciente para la misma y, de manera general, para el resto del tesoro de Villena y para los grupos orfebres en él representados. 290                                                                En cuarto lugar, la presencia de dos artefactos de hierro en el tesoro de Villena parece comportar una importante referencia cronológica. La extensión de este metal por la Península Ibérica y por todo el Mediterráneo se hace patente a partir del Período Orientalizante, cuando los fenicios y los griegos se asentaron en múltiples territorios e introdujeron nuevos elementos materiales en las sociedades con las que contactaron de manera estable. Sin embargo, los dos artefactos en cuestión ponen de manifiesto que con anterioridad a la fundación de las primeras colonias fenicias había artefactos de hierro circulando por el occidente del Mediterráneo.7 Los más antiguos objetos de hierro se documentan en Anatolia a inicios del II milenio a.C. (Maddin 2003) y desde esta región se expanden por el Mediterráneo oriental en los siglos posteriores. Al Egeo y a Sicilia llegan hacia el 1600 a.C. (Snodgrass 1982; Delpino 1990), de manera que ya desde este momento podrían alcanzar la Península Ibérica. Sea como fuere, está claro que los hierros de Villena son importados y no locales y que tuvieron que introducirse desde el Mediterráneo. Por tanto, la presencia de estos dos artefactos en el tesoro que antaño sirvieron como excusa para respaldar una cronología muy baja del conjunto, hogaño significan que éste pudo completarse tanto en el II como en el I milenio a.C. Es decir, en principio el hierro no determina una cronología alta o baja para el tesoro de Villena. Pero el hecho de que ambos objetos no sean cuchillos permite señalar la primera opción, ya que estos utensilios se difunden por el Mediterráneo sólo después de los Pueblos del Mar (Sherratt 1994). Por tanto, parece más apropiada una cronología alta para el arranque de la Nueva Orfebrería. En quinto y último lugar, aunque es muy difícil imaginar que en algún período histórico las sociedades de la Península Ibérica permaneciesen aisladas con respecto a sí mismas y con las sociedades extrapeninsulares, las relaciones con el Mediterráneo parece que experimentaron una contracción en los primeros siglos del Bronce Final, si bien con el Atlántico siguieron funcionando activamente. El florecimiento, la evolución, la desintegración, la caracterización interna y la relación con el exterior de la Cultura Argárica constituyen uno de los cúmulos temáticos más discutidos en los últimos años y también uno de los más sugestivos en la ciencia arqueológica (Lull 1983; Chapman 1990; 2003: 131-141; Lull y otros 2009; 2010). De manera general cabe aseverar que a finales del III milenio a.C. la población asentada en el sureste de la Península Ibérica vive un aumento demográfico que deriva en una reorganización socioeconómica. Las élites sociales tienen el control de la producción que trasciende el ámbito de la aldea para extender su autoridad por toda la región (Lull y otros 2010; Lull y otros 2014a: 134-135), tal vez como un poder central o tal vez como un cúmulo de comunidades microterritoriales más o menos autónomas e interrelacionadas. La plata es uno de estos productos estratégicos controlados por la élite argárica (Murillo-Barroso 2013: 391-397; Lull y otros 2014c). La explotación de este metal se realiza mediante una minería muy primaria, ya que las fuentes de aprovisionamiento son nativas. De hecho, apenas hay indicios de actividad minero-metalúrgica en El Argar, en donde únicamente Peñalosa parece un poblado especializado en estas tareas (Montero y Murillo-Barroso 2010; Moreno y Contreras 2010). Esta condición convierte al metal en un elemento secundario en la economía argárica, que se sostiene sobre la ganadería, la agricultura y las artesanías y producciones derivadas tales como el textil y la cerámica. Esto justifica, entre otras causas, que el 7 Véase el capítulo 11 sobre la introducción del hierro en la Península Ibérica. 291   cobre y después el bronce, la plata y el oro gocen de un alto valor social, y que su dominio y posesión sea materia de conflicto y de logro de un prestigio y un rango (Lull y otros 2014c: 570-571). Existe un debate tradicional en torno a la influencia foránea sobre el El Argar (Blance 1961; Schubart 1973; 1975-1976; Schuhmacher 2004). En los últimos años se está insistiendo en las dinámicas internas de la sociedad como motor del desarrollo cultural de El Argar clásico (fases A y B) (v. gr. Lull y otros 2010). En este sentido, el surgimiento y desarrollo de la élite social y, en general, de la estructura interna de las comunidades argáricas responde a un problema de apropiación y administración de los recursos de la zona. Es decir, El Argar es una civilización volcada hacia el interior con mínimas extensiones hacia el exterior, principalmente centradas en el abastecimiento de cobre desde el suroeste de la Península Ibérica. Si bien esta lectura reciente es razonable, no puede pasarse por alto que las relaciones con el mundo exterior también desempeñasen un función importante en las dinámicas internas. En primer lugar porque todas las sociedades, de alguna manera, están interconectadas, componiendo la economía global, con independencia de su modo de interacción. En segundo lugar, porque el monopolio sobre las conexiones entre comunidades apuntala el prestigio, el estatus social y la autoridad de las élites. La historia de las élites sociales está íntima o intrínsecamente ligada a las relaciones que mantienen con otros grupos de fuera del poblado, pertenezcan o no a la misma cultura. En la economía global las sociedades se nutren de elementos exógenos y aportan sus propios bienes, servicios e ideas. Las comunidades argáricas parece que se desarrollan en virtud de dinámicas internas o, al menos, la investigación desde los años setenta no ha prestado demasiada atención a las relaciones que mantienen con el exterior, especialmente las orientadas al Mediterráneo. Dentro de las fronteras de El Argar clásico se documentan sepulturas individuales en pithoi, cuentas de fayenza y vidrio y algunos tipos y estilos cerámicos que indican una apertura al Mediterráneo (Schubart 1973; 1975­ 1976; Schuhmacher 2004: 168-174). Como contraparte, las espadas y puñales de tipo argárico de Mochlos (Creta), Marakalagonis, Sant’Iroxi-Decimoputzu y las cerámicas carenadas de Villaperuccio, en Cerdeña (Giardino 1995: fig. 19.A; Schuhmacher 2004: 198), evidencian claramente la participación de las comunidades del sureste en los circuitos de intercambio ultramarinos. No obstante, estos objetos resultan a todas luces insuficientes para definir satisfactoriamente la función de los intercambios internacionales en la Cultura de El Argar y viceversa. La inmersión en la economía global, muy especialmente cuando ésta implica desplazamientos a larga distancia, requiere una aportación de mayor calado. Si hay algún elemento argárico que pueda despertar particular interés en el circuito mercantil global es la plata. Este metal precioso sirve como patrón de cambio en los Estados orientales que funcionan como motor principal de la economía internacional, y probablemente también sea el objeto de cambio más preciado en la economía interna de El Argar (Lull y otros 2014c: 569). Aunque la producción de plata del sureste no sea especialmente abundante, sí puede ser el principal atractivo para los navegantes egeos que recalan en puertos peninsulares y que articulan durante gran parte del II milenio a.C. las relaciones entre Occidente y Oriente (Schauer 1984; Briard 1990; Eogan 1990; Harding 1990). El Período clásico de El Argar coincide con la formación de las tumbas de Micenas que incluyen ajuares áureos. Éstos pertenecen a la fase HR I-MR IA, cuya datación absoluta se sitúa a caballo y no sin discusión entre los siglos XVII-XVI a.C. 292   (Manning y otros 2006; Manning 2010: 18-22 tab. 2.2), y evidencian una época de fortaleza y expansión exterior. Así, el oro y quizá la plata también pueden involucrarse sin problemas en estas relaciones con el exterior al tiempo que apuntalan la vitalidad de Cabezo Redondo durante este período de apogeo. En la Cultura de El Argar hay contabilizados más de setecientos objetos de plata, todos ellos facturados localmente. Tal cantidad supera con creces las concentraciones de objetos de plata distribuidos por Europa occidental durante el II milenio a.C. (Bartelheim y otros 2012: fig. 1). Siendo la plata tan valiosa en el Mediterráneo oriental, y a la luz de las evidencias de transacciones internacionales en las que las comunidades del sureste estaban implicadas, parece lógico suponer que las producciones argénteas de origen argárico o incluso la plata en bruto fuesen la más destacada aportación a la economía global mediante las redes de intercambio de bienes de prestigio. Quizá ello ayude a interpretar mejor el tesoro de Villena. En este sentido, las botellas de plata presentes en el tesoro bien pudieron servir como keimēlia o mercancías argáricas destinadas a circular por el Mediterráneo. De confirmarse esta hipótesis, la Cultura de El Argar se configuraría como el proveedor de plata para las comunidades del Bronce Medio asentadas en la región del futuro Tartessos en calidad de bienes de prestigio (Hunt 2003: 242-243). En cambio, hacia el Mediterráneo el valor simbólico de estos bienes sería insignificante, siendo apreciados por su composición con la finalidad de refundirse, almacenarse e intercambiarse dentro de un contexto de economías de mercado como las orientales. Haciendo un balance de todas las razones expuestas, no existen impedimentos para sostener que los conjuntos áureos de Villena puedan remontarse hasta inicios de El Argar C o, incluso, finales del horizonte anterior. Sin embargo, quizá en este momento nada más que empezase la elaboración de artefactos de Nueva Orfebrería, desarrollándose a lo largo del tiempo hasta la siguiente renovación en materia de diseños y métodos en época colonial. Los conjuntos de Villena no parecen prolongarse más allá de El Argar C, cuando esta cultura colapsa, y es muy probable que este límite sea válido también para los tesoros de Caldas de Reyes y Abía de la Obispalía. Pero quizá en la vertiente atlántica continuase la producción, evolución y circulación de artefactos a la cera perdida y por batido. De esta manera se puede unir cronológicamente los elementos del Grupo C de los tesoros de Villena y de El Carambolo, por un lado, y los cuencos de Villena con el de Gönnebeck fechable en el BF I-II, por otro. En el tesoro de Caldas de Reyes no se encuentra ningún objeto que por sí mismo permita determinar la cronología del conjunto. Sin embargo, por el estilo decorativo y por la forma de las tazas y, secundariamente, del peine sí es posible identificar paralelos con mejores contextos a partir de los cuales establecer una cronología. En efecto, la forma y la decoración de las tazas son comparables con las de ciertas cerámicas armoricanas de la Cultura de los Túmulos que incluyen un solo asa (Briard 1984: 122, 125 figs. 72-74). También disponen de un único asa los jarritos británicos fabricados en materiales exóticos datados en el Bronce Medio (Needham y Varndell 2006: 96-104). Tanto el peine como los torques también refuerzan esta cronología. Así, el peine posee paralelos de materia orgánica en los Alpes y en el Círculo Nórdico fechados en la primera mitad del II milenio a.C. (Monteagudo 1953: fig. 30; Gerloff 1975: 191; Armbruster 1996: 63-64; 2000: 131). El torques de extremos aplanados y perforados (Ruiz­ 293                                                                Gálvez 1978: 176 fig. 2.1), a pesar de ser una pieza única, en cierto modo recuerda a los denominados torques de paletas como el de El Viso (Córdoba) (Hernando Gonzalo 1983f: 88 fig. 1.1, Armbruster 2000: 203 lám. 51.2-3) y de Kerivoa-en-Borubriac (Côtes-du- Nord, Francia) (Eluère 1982: fig. 78), así como a las lúnulas irlandesas y bretonas de larga tradición en la orfebrería del Atlántico norte y de cronología antigua. En relación con el torques de extremos aplanados de Caldas de Reyes, resulta coherente que las piezas del Grupo A, macizas y sin elementos de soldadura, hagan su aparición en el Bronce Medio y perdurasen hasta la Edad del Hierro por ser la base de la orfebrería céltica, incluso para aquellas piezas pertenecientes al Grupo E en cuyo proceso de fabricación se aplicó la soldadura fuerte. Pero las piezas más interesantes vinculadas a la Nueva Orfebrería del Grupo A en la Península Ibérica no son los brazaletes gruesos en sí, sino los torques de tipo Berzocana. Estas piezas se definen por su diámetro irregular y, sobre todo, la decoración que lucen a base de motivos geométricos incisos. La ausencia de torques de tipo Berzocana en los conjuntos de Villena, Abía de la Obispalía y Caldas de Reyes del Grupo Villena evidencia que la introducción de la vajilla áurea, los forros y los objetos confeccionados a la cera perdida preceden a la evolución que sufren los brazaletes del Grupo A. En este sentido, resulta altamente significativo que los ejemplares de torques de tipo Berzocana del depósito homónimo y de Nossa Senhora da Guía pertenezcan a contextos del BF IIIA-B, ambos en compañía o, como mínimo, relacionables con artículos de toréutica importados del Mediterráneo oriental o inspirados en estos últimos. Dichos torques son los mismos que se emplean en el ejemplar triple de Sintra en el que se aplicó la unión por fusión, así como tienen la misma forma y decoración que los de tipo Évora, de manera que se puede intuir una misma cronología o, a lo sumo, correlativa para todas estas piezas. Así pues, es posible advertir una evolución en la Nueva Orfebrería representada en el Grupo A. Los torques del Grupo Évora-Berzocana y piezas relacionadas – tampones, Grupo D, torques irregulares lisos – se pueden interpretar como un estadio evolutivo intermedio entre los torques gruesos ya presentes en el tesoro de Caldas de Reyes del Bronce Medio y los torques célticos del Hierro I del Grupo E. Asignar a las piezas del Grupo Évora-Berzocana y similares una cronología de BF III parece plenamente viable, especialmente para los artefactos que incluyen algún método secundario de fusión debido a su proximidad técnica con la toréutica de bronce. Por otro lado, resulta igualmente válido ampliar la cronología estas piezas hasta el BF I. A tal respecto, la presencia de torques de bronce con decoración geométrica en la tumba 1 de Grünwald (Baviera) (Müller-Karpe 1959: 153 fig. 16 lám. 183) faculta el sostenimiento de una cronología del BF I para la aparición del estilo geométrico en los brazaletes. Luciendo este mismo estilo surgen también las primeras fíbulas alpino- sicilianas fechadas a inicios del Bronce Final,8 lo que igualmente posibilita reforzar una cronología temprana para los torques de tipo Berzocana. De igual modo, en Irlanda se documentan algunas lúnulas decoradas con motivos geométricos incisos muy similares de cronología imprecisa, aunque por la forma parece lógico asignar a estas piezas una cronología anterior al BF III, incluso anterior al BF I (Reinach 1925: fig. 10; Taylor 1980: 36­ 40 figs. 38-40 láms. 7-20; Eogan 1994: 30-37). 8 Véase el apartado 4 del capítulo 6 sobre el origen de las fíbulas. 294   Otro argumento para elevar la cronología de la orfebrería con decoración geométrica es la introducción de la cera perdida como método primario de fusión en el Horizonte Villena. De este modo, si se aceptase que los brazaletes de tipo Évora elaborados por este procedimiento fuesen coetáneos a los de tipo Villena-Estremoz y Melide, entonces también el inicio de los de tipo Berzocana podría remontarse hasta el BF I. De todos modos, un argumento concluyente sobre la cronología temprana del tipo Évora es la existencia de varios ejemplares de idénticas características aunque producidos en bronce en los depósitos bretones de Plounéour-Trez (Finisterre) (Hallegouët y otros 1971: 67, 69 fig. 4) y de Malasiss (Cher) (Briard y otros 1969: 61 fig. 19.180) (lám. LXXVI.B). Más adelante, en el estudio de la toréutica, se insistirá en estas piezas y sus contextos, así que por ahora baste con apuntar que su cronología es del Horizonte Rosnoën (1350-1150 a.C.) o, quizá, algo anterior. Por tanto, el origen de los brazaletes de tipo Évora se correspondería con el BF I. En resumen, la Nueva Orfebrería representada en el Grupo Villena entra en el escenario peninsular durante el Horizonte Villena-El Argar C para evolucionar en el Bronce Final a los torques del Grupo Évora-Berzocana y similares, a los brazaletes de tipo Melide y, por último, al Grupo D con la incorporación del sobrefundido y la unión por fusión que, verosímilmente, se produce a la par que el surgimiento de los ganchos tubulares y los asadores articulados y de otras piezas pertenecientes a la toréutica de bronce. A partir del asentamiento de los fenicios y, más exactamente, desde inicios del Orientalizante – mediados del s. VIII a.C. –, comienza una segunda renovación consistente en la incorporación de la soldadura fuerte del Grupo E. Por tanto, parece más seguro llevar la cronología de algunas de las piezas tradicionalmente englobadas en el BF III hasta el Orientalizante, lo que permite cubrir el incómodo vacío existente entre los elementos más persistentes de la Nueva Orfebrería y las primeras expresiones patentes de joyería fina como el collar de El Carambolo o el tesoro de La Aliseda. 3.3. Filiación La distribución, los paralelos y la cronología son los tres parámetros que permiten determinar la filiación de los diferentes componentes de la Nueva Orfebrería peninsular. Sin embargo, incluso después de analizar dichos parámetros, todavía no se han despejado todas las dudas sobre las vías de llegada y la coyuntura en la que entra en escena la Nueva Orfebrería. En este sentido, la extensión de elementos y manifestaciones propios del Grupo Villena y del Grupo A por distintas y distantes regiones europeas dificulta reconocer con nitidez el camino que recorrieron hasta llegar a la Península Ibérica y la época exacta en la que sucedió. Así, tal vez el principal interrogante con respecto a esta cuestión se pueda sintetizar en la siguiente pregunta: ¿tiene la Nueva Orfebrería una única filiación? Con la finalidad de responder a esta pregunta es necesario prestar atención a la Cultura de Wessex, donde aparece un riquísimo elenco de artefactos áureos vinculable al Grupo B que ha contribuido sustancialmente a un debate secular acerca de la mayor, menor o nula influencia de las culturas del Egeo en el Atlántico norte (Renfrew 1968; Branigan 1970; Harding 1990; Barfield 1991; Walker 1995; Gerloff 2010b). De acuerdo con la investigación actual, Wessex es una cultura más o menos coetánea a la Cultura de El Argar, por tanto sus límites cronológicos se sitúan entre fines del III milenio a.C. y c. 1300 a.C. No obstante, a diferencia de la Cultura Argárica, el primer horizonte de Wessex (h. 2000-1650 a.C.) parece ser el epílogo del fenómeno 295   campaniforme, fuertemente arraigado en la región. De hecho, la orfebrería por batido y, secundariamente, la presencia de espirales constituyen uno de los remanentes del Bell Beaker en Wessex I, si bien se aprecian unas ciertas características que lo diferencian de la orfebrería más tradicional y que se desarrollarán durante el apogeo de Wessex. De esta manera, en Wessex I surge una Nueva Orfebrería por evolución identificada en las primeras formas profundas documentadas en Europa occidental y los primeros brazaletes de tipo Arnozela. Entre las formas profundas se reconocen una variedad formal admirable, destacando los conos, los objetos cuadrangulares y los colgantes con joyas de ámbar y de piedras encapsuladas (Taylor 1980: láms. 24.a, 25; Needham 2000b: 27-32). Tanto los conos como los objetos cuadrangulares parecen servir de cubiertas o forros (Needham, en Hunter y Woodward 2015: 256-257), lo que funcionalmente se liga a los colgantes. Por ello, el primer conjunto de artefactos áureos de Wessex I se relaciona con los revestimientos de empuñaduras de espadas y pomos del Grupo Villena, si bien estos últimos logran resultados más naturales, es decir, se ciñen y adhieren con mayor precisión a los objetos que cubren. Por otro lado están los brazaletes de tipo Arnozela fabricados por batido. Sin embargo, tres de los ejemplares británicos identificados dentro de este tipo presentan una peculiaridad en su decoración que los diferencia de los peninsulares. Estos últimos se ornamentan mediante canales uniformes, de tal modo que su perfil es ondulado. Los brazaletes de Lokington (Leicester, R.U.) (lám. LXII.A.2), Masterton (Fife, R.U.) y Whitfield (Waterford, Irlanda), por su parte, lucen relieves o surcos a lo largo de toda la circunferencia del brazalete que, aunque regulares, no son uniformes como los canales del tipo Melide (Needham 2000b: figs. 7.1, 8, 10, 12.a). Además, otro brazalete de la zona, el de Melfort (Argyll, R.U.), posee una decoración a base de repujado (ídem: fig. 12.b), elemento que lo diferencia notablemente de los demás, aunque también ha sido fabricado por batido. Los brazaletes de tipo Arnozela-Lokington están presentes por igual en Wessex y diversos lugares de la vertiente atlántica Península Ibérica, lo que claramente pone de manifiesto un tráfico de objetos entre ambos territorios. Así, la aparición de un colgante de ámbar encapsulado en un disco de oro en el tesoro de Villena abre la puerta a que los forros del Grupo Villena sean también una importación británica. Como complemento de esta hipótesis aparecen los recipientes en principio atribuibles al final del Horizonte Wessex II localizados en Ringlemere (Kent, R.U.) (lám. LXVIII.A.1) y en Rillaton (Cornualles, R.U.) (Needham y Varndell 2006: 83-86). Ambas jarras se decoran a la manera típica de Arnozela. Además, cada una de estas piezas incorpora un asa plana unida por pequeños remaches al cuerpo. En el Círculo A de Micenas (HR I, s. XVII/XVI a.C.) se registra un jarrito de características similares (Marinatos 1959: fig. 215), lo que apunta a una conexión entre el Egeo y Gran Bretaña a mediados del II milenio a.C. En este mismo contexto aparece también un kantharos de superficie lisa y con las asas fijadas mediante remaches (ídem: fig. 214). Jarritos de oro afines a este último recipiente se documentan en Fritzdorf (Renania del Norte-Westfalia, Alemania) (lám. LXVIII.A.2) y en Plumillau (Côtes-d’Armor, Francia) (Needham y Varndell 2006: 87, 92 fig. 42) y de plata en Brun Bras y en Saint-Fiacre (ídem: 94-95). Otros dos recipientes acanalados, esta vez sin asas pero luciendo también una decoración a base de repujado, se documentan en Gölenkamp (Baja Sajonia, 296   Alemania) y en Eschenz (Thurgau, Suiza), además de un tercero de procedencia desconocida, todos ellos sin materiales asociados ni contexto de aparición (íd.: 88-92 fig. 46). Esta serie de recipientes ubicados en Europa occidental podrían relacionarse con los cuencos del Grupo Villena, cuyo único paralelo claro se atestigua igualmente en Suiza. Sin embargo, las piezas peninsulares no tienen asa ni canales, y su forma es visiblemente más abierta, de modo que los mejores paralelos formales se corresponden con los recipientes decorados con círculos concéntricos distribuidos también por Europa occidental. Así pues, es harto difícil proponer una filiación para los cuencos del Grupo Villena, aunque parece plenamente verosímil que se elaborasen en la Península Ibérica a la vista de la notable concentración en este territorio y de los paralelos con las cerámicas. Cuestión diferente es que el taller de producción se ubicase dentro o fuera de la Cultura Argárica. El tesoro de Villena es fruto de la acumulación de dones de un big man residente en Cabezo Redondo, pero pudo reunirlos por su control sobre la producción orfebre de la zona o como regalos de embajada (Ruiz-Gálvez 1993: 98-99; 2013: 283). La inclusión en el tesoro de piezas de hierro y de ámbar unido a los contactos entre este poblado y la Cultura del Alentejo evidenciados por el propio tesoro abogan por la segunda opción. No obstante, este hecho no supone que necesariamente todos los objetos integrantes del tesoro fuesen importaciones. Por otra parte, las similitudes ofrecidas entre los forros del Grupo Villena y de la orfebrería helado-minoica parecen constituir un argumento sólido sobre la conexión entre El Argar y el Egeo durante el Horizonte Villena. Así, en la medida en que en esta misma época en las culturas egeas se documentan obras de arte zoomorfas de oro y plata fabricadas a la cera perdida (lám. LXVII.F) (Marinatos 1959: figs. 110, 175, 177, 188, 189, 199), en principio resulta razonable apostar por que la introducción del Grupo C en la Península Ibérica se produjese por vía mediterránea desde el Egeo, ya que en Oriente para entonces ya era habitual la orfebrería fina. El inconveniente más grave que plantea esta filiación es que en el Círculo del Tirreno no hay ni rastro de objetos del Grupo C durante el Horizonte Villena, a pesar de las muchas evidencias cerámicas de contactos con el Egeo (Vagnetti 1982a; Marazzi y otros 1986; Cazzella y Recchia 2009). Un segundo inconveniente está relacionado con el mapa de distribución peninsular de este grupo. Es una cuestión difícil de aclarar si el conocimiento de este método penetra por El Argar o por el Alentejo, habida cuenta del palpable contraste entre la más alta cantidad concentrada en el sureste y la mayor dispersión en el suroeste. Ambas culturas mantienen contactos patentes vis-à-vis, del mismo modo que con las comunidades atlánticas y con las del Mediterráneo. En la Europa del Bronce Medio-Reciente el Grupo C está atestiguado con seguridad en el Egeo, en los Cárpatos y en la Península Ibérica. Así, la ausencia en el Mediterráneo central y la desconexión formal entre los brazaletes franceses de espirales de tradición alpino-carpática y los peninsulares permite sugerir tres posibilidades para la aparición del Grupo C en la Península Ibérica: a) las comunidades implicadas en la transmisión de esta tecnología se asientan en la costa norte de África a las que les llega este método por el influjo egipcio o chiproegeo, aunque la falta de proyectos de investigación más sostenidos no permiten esclarecer esta cuestión; b) las comunidades del Círculo del Tirreno que mantienen relaciones con el Egeo no muestran interés por la orfebrería, todo 297   lo contrario de lo que ocurre con las comunidades peninsulares; y c) los orfebres peninsulares inventan de manera independiente por segunda vez en la Historia el método de la cera perdida. De estas tres opciones, la última parece muy remota, ya que las primeras manifestaciones del Grupo C se producen a la par que las primeras manifestaciones de la vajilla áurea, cuya idea con seguridad es una introducción foránea. Las restantes opciones son más factibles, quizá siendo más razonable la segunda propuesta, a pesar de que en la Península Itálica sí hay objetos pertenecientes a la Nueva Orfebrería por batido (Bernabó Brea y otros 2014; Scarano y Maggiulli 2014). Por ello, no es posible determinar con toda certeza la filiación del Grupo C en la Península Ibérica, únicamente pudiéndose alegar con buenos argumentos que su introducción se lleva a cabo en algún momento del Horizonte Villena, probablemente hacia su final. El contraste entre la concentración de brazaletes de tipo Villena-Estremoz en Cabezo Redondo y su dispersión en la Cultura del Alentejo tampoco es fácil de explicar, pero parece acertado considerar que la clave radica en los modos de organización social de El Argar y del Alentejo. Así, la Cultura Argárica, y quizá en particular durante su último período, es mucho más jerárquica y probablemente estructurada en estratos sociales con el prestigio plenamente integrado en los elementos de herencia. Por su parte, la Cultura del Alentejo encaja mejor con un modelo típico de sociedad heroica en la que es el prestigio individual, obtenido por el mérito y no por la herencia, el pilar básico de la posición y función social. De esta manera, en la Cultura del Alentejo los héroes compiten entre sí, lo que significa una implicación generalizada en los circuitos de intercambio, mientras que la autoridad de la élite argárica excluye o minimiza considerablemente la participación generalizada de la sociedad en tales circuitos, de manera que el big man de Cabezo Redondo es capaz de monopolizar los dones con los que se trafica y sobre los cuales se asienta su prestigio. Por su parte, los nuevos torques del Grupo Évora-Berzocana son una evolución atlántica que comparten rasgos técnicos de los Grupos A y C. Estos dos últimos grupos están representados de modo muy visible en el tesoro de Caldas de Reyes y, sin embargo, en él no se detectan torques irregulares, aunque sí hay presencia de motivos geométricos incisos de naturaleza atlántica en las tazas y en el peine. A nivel morfológico, la variabilidad del grosor de las piezas del Grupo Évora-Berzocana tampoco tiene paralelos en el Mediterráneo, por lo que de nuevo debe entroncarse en las distintas tradiciones de Europa occidental. Por el contrario, el método de fabricación a la cera perdida sí es un elemento oriundo del Mediterráneo que se expande por Europa previo paso por la Cultura Heládica. La proliferación de brazaletes de tipo Villena-Estremoz, con molduras de diferente grosor y en ocasiones con perforaciones y púas refleja un desarrollo regional del Grupo C en el que también se incluyen los brazaletes de tipo Melide y, por tanto, los de tipo Évora. Estos dos últimos tipos, a pesar de disponer de sus propias características formales, se pueden interpretar como modelos de imitación de artefactos elaborados siguiendo otros patrones técnicos: el tipo Melide copia al tipo Arnozela-Lokington por batido y el tipo Évora a una evolución del Grupo A por rodado como resultan los brazaletes de tipo Berzocana. El paso siguiente lo representan las piezas del tesoro de Herdade do Álamo, en el que se logra los mismos diseños mediante técnicas diferentes como la soldadura por reacción y el embutido para realizar objetos tubulares. 298   Por tanto y pese a todos los problemas que entraña, lo más razonable es que el Grupo Évora-Berzocana sea un producto de la convergencia de varias tradiciones orfebres desarrollado en la Península Ibérica – en concreto en el cuadrante suroeste peninsular – a partir de los inicios del Bronce Final o, incluso, desde finales del Bronce Medio/Reciente. Lo paradójico de este tema es que en ningún yacimiento de artefactos áureos de esta región coindicen ejemplares propios de los tipos Berzocana y del Grupo C y, no obstante, sí se documentan artefactos que combinan elementos técnicos de los Grupos A y C, es decir, artefactos mixtos integrantes del Grupo D. ¿Se trata de la unión de dos ámbitos tecnológicos tal y como proponen Perea y Armbruster (2008: 515-517) o de una evolución en los métodos de producción a lo largo de todo el Bronce Final al margen de hipotéticos ámbitos tecnológicos? Como en un capítulo posterior se aborda la cuestión de los ámbitos tecnológicos con detenimiento no parece necesario ahondar ahora en ello. Sin embargo, el surgimiento de la toréutica de bronce en el BF III permite elaborar objetos que guardan una notable similitud con el torques triple de Sintra, lo que apoya que el Grupo D más que una evolución o reorganización de la orfebrería es una aplicación al oro de la nueva tecnología del bronce en los albores del I milenio a.C. No obstante, una de las tazas de Caldas de Reyes incluye un asa fabricada por sobrefundido, lo cual aboga por la aparición del Grupo D en una etapa temprana o por que el tesoro fue completado y ocultado en un momento avanzado del Bronce Final. A favor de la primera opción se debe alegar la homogeneidad de este depósito, así como también el hecho de que los primeros calderos metálicos del Atlántico ya disponen de elementos por sobrefundido y se fechan en el Horizonte Penard (1300-1150 a.C.), muy probablemente hacia su conclusión (Gerloff 2010a). Por otro lado, el desarrollo de la toréutica de bronce, tanto en la Península Ibérica como en Francia, no parece retrotraerse hasta esta época, sino que se encuadra mucho mejor en el BF III, período en el que se producen los asadores articulados y los ganchos tubulares. La principal dificultad que plante el tesoro de Caldas de Reyes es si las tazas y el peine se produjeron en un taller peninsular o en un taller de Bretaña. Ciertamente, todas las piezas del Grupo C localizadas en el Atlántico aparecen en la Península Ibérica, si bien los mejores paralelos para las tazas a nivel estilístico y formal son armoricanos. En la medida en que el tesoro de Caldas de Reyes es un hallazgo excepcional, la solución más lógica es que las tazas y, quizá, el resto del conjunto se elaborase en Bretaña y desde ahí viajase por el Atlántico como regalo de embajada inmerso en los circuitos diplomáticos entre los big men de este complejo cultural. Como en el capítulo dedicado a la toréutica se profundizará sobre las relaciones entre Bretaña y Galicia, no parece apropiado seguir insistiendo en esta cuestión, pero sí es necesario explicitar con claridad que la aparición del sobrefundido se produce a medio camino entre el los últimos compases del Bronce Reciente y los albores del Bronce Final. Conviene recordar que la amplia mayoría o, acaso la totalidad de los artefactos áureos pertenecientes a la Nueva Orfebrería son deposiciones intencionadas, es decir, fueron amortizados después de cumplir una función social. Quizá algunos de estos objetos se elaborasen con la finalidad de ser depositados en un rito, pero parece más lógico (y ético) que se empleasen inicialmente como bienes circulantes de prestigio que se intercambiaban entre los héroes alentejanos, argáricos y de las demás regiones peninsulares y atlánticas y que sólo después de un período de circulación se enterrasen 299   para mayor prestigio de sus poseedores. Antes de su amortización, en pleno período de circulación el oro pudo refundirse y volver a servir como materia prima para la elaboración de artefactos nuevos más concordantes con los gustos de la sociedad que los iba a utilizar. Tal vez fuese un fenómeno así lo que condujo a la formación de la excepcional vajilla de Villena y, en general, a la transformación de un artefacto de un grupo orfebre en otra pieza propia de un grupo diferente. Lo que parece claro es que el Grupo Villena apareció en algún momento de El Argar C, quizá desde su comienzo, y que la decoración geométrica que lucen los torques del Grupo Évora-Berzocana tiene sus precedentes en el fenómeno campaniforme que casi llega a coincidir cronológicamente en regiones extrapeninsulares con el inicio del Grupo Villena. En síntesis, el cuadro de la filiación de las Nueva Orfebrería en la Península Ibérica queda de la siguiente manera: 1. El Grupo A compuesto por piezas de macizas hechas a base de molde y martillado es íntegramente atlántico a nivel formal y estilístico, surgiendo el tipo Berzocana en los albores del Bronce Final. La misma filiación debe asignarse al Grupo D, desarrollado en la Península ibérica con la salvedad del asa de Caldas de Reyes que parece una obra bretona. 2. En cambio, parece acertado considerar el Grupo C que comprende a los artefactos hechos a la cera perdida como una introducción mediterránea, no tanto por los paralelos alegables, sino por descarte, ya que ni en los Alpes ni en el Escandinavia se aprecian con claridad artefactos a la cera perdida con una cronología del Bronce Reciente y sí, en cambio, en el Egeo. Aunque no es posible fijar una fecha precisa de introducción, la presencia de cerámicas a torno de filiación chiproegea a finales de El Argar permite apostar por los siglos XIV-XIII a.C. como cronología más probable la aparición del Grupo C en la Península Ibérica. 3. Mucho más difícil de resolver es la filiación del Grupo B, es decir, los cuencos y los forros. La pieza de ámbar encapsulado parece proceder del Atlántico norte, mientras que el forrado proviene de la Cultura Heládica. Las piezas de Axtroki y Leiro se emparentan con la tradición nórdico-alpina del Bronce Final, acaso arrancando a mediados del II milenio a.C. Por su parte, los cuencos de Villena y Caudete de las Fuentes podrían agruparse junto con las piezas continentales, en este caso validando una cronología alta. Pero también podrían vincularse con la orfebrería del Egeo que, no en vano, es el origen del forrado y muy probablemente del Grupo C. En cualquier caso, lo más verosímil es que los cuencos de Villena y Caudete de las Fuentes se elaborasen en la Península Ibérica. A la vista de este panorama, parece más adecuado referirse a la Nueva Orfebrería como “las Nuevas Orfebrerías” ya que se observan diferentes tradiciones de la producción de artefactos de oro y plata en toda la extensión euromediterránea vinculables al desarrollo de esta artesanía en la Península Ibérica (fig. 22). Al margen de los argumentos propuestos, con el propósito de aclarar la filiación y coyuntura de las nuevas orfebrerías y, en concreto, del Grupo B, tal vez su estudio metrológico aporte un poco de luz. 300   Fig. 22: Flujo de la Nueva Orfebrería de la Edad del Bronce. Por un lado, desde el Egeo, a su vez desde el Mediterráneo oriental, se expande la cera perdida, los revestidos y la vajilla áurea hasta el Mediterráneo occidental y Europa central. Por otro lado, desde Wessex se difunde también la vajilla áurea por el Atlántico norte y, quizá, la decoración geométrica por el Atlántico sur. Las letras B y C indican hallazgos de interés de artefactos pertenecientes a los grupos homónimos en Villena, Abía de la Obispalía, Axtroki y Rocca Vecchia. Las imágenes se corresponden con el oro de Micenas (1), los tesoros de Valcitran (Bulgaria) (2), Eberswalde (3), Borgbjer Banke (4) y Bodonal de la Sierra (5), las coronas de Avanton, Ezelsdorf-Buch, Schifferstadt y del Museo de Berlín (6), el brazalete abierto de tipo Villena-Estremoz de Portalegre (7), el jarrito de Rillaton (8) y una lúnula irlandesa (9). 4. Metrología 4.1. ¿Correlaciones con sistemas mediterráneos? A través de la medición del peso de los objetos es posible llegar a distinguir múltiplos y divisores recurrentes de una determinada unidad de medida, es decir, un patrón y un sistema ponderales. En el Mediterráneo oriental-Asia occidental aparecen los sistemas ponderales más antiguos de la Humanidad, cuyo comienzo viene a coincidir con el surgimiento de los Estados arcaicos a inicios del III milenio a.C., quizá algo antes (Mederos y Lamberg-Karlovsky 2004; Rahmstorf 2006). A caballo entre la época palacial egea y los siglos posteriores a los Pueblos del Mar, esto es, coincidiendo con el Bronce Final atlántico, en el Mediterráneo oriental y en el Egeo se identifican diversos patrones regionales que ilustran el elevado grado de desarrollo de los intercambios en este ámbito y, lo que es más interesante, en puertos como Ugarit incluso se observa la coexistencia de hasta cinco patrones – ugarítico, egeo, mesopotámico, hitita y fenicio (Parise 1971; Courtois 1990: 120-122) –, lo cual refleja la enorme complejidad de los intercambio interregionales así como la vitalidad de esta ciudad-estado (Heltzer 1978). En las últimas décadas se ha venido insistiendo en la necesidad del pesaje de ciertos objetos arqueológicos del Bronce Final en la Península Ibérica entre los que se cuentan los artefactos de orfebrería analizados en este estudio con la finalidad de averiguar si existe o no algún sistema ponderal y determinar su significado cultural poniéndolo en 301                                                                relación con otros elementos mercantiles e ideológicos (Galán y Ruiz-Gálvez 1996; Ruiz- Gálvez 2000; 2008; Vilaça 2003; 2011). Así, Ruiz-Gálvez (2000: 268-275), pionera en esta cuestión, reconoce la existencia de tres patrones foráneos en la Nueva Orfebrería. El primero es el siclo egeo al que atribuye un peso 65,27 grs.9 y que lo detecta en el tesoro de Villena (fig. 23). El segundo es el siclo hitita, minorasiático o anatólico de 11,75 grs. que lo identifica en una serie de artefactos pertenecientes al ámbito tecnológico de Sagrajas-Berzocana de acuerdo con la clasificación de Alicia Perea (fig. 24), a los que por ello se les asigna una cronología de BF IIIA. Y el tercero es el siclo eblaítico de 7,9 grs.10 presente en el tesoro de Caldas de Reyes, al que la misma investigadora le (re)asigna una cronología en la transición entre el BF III y el Hierro I (fig. 25) en concordancia con la época de uso del ponderal. Igualmente, según Ruiz-Gálvez este mismo siclo puede corresponderse con algunas hachas de talón y anillas halladas en el noroeste, aunque también podrían regirse por el anatólico (ídem: 275 fig. 18.6). A la vista de los resultados del pesaje de todos los objetos referidos se advierten ciertas agrupaciones en virtud de las cuales establecer relaciones aritméticas entre ellas. Estas agrupaciones no son exactas, sino aproximadas, pero desde una perspectiva teórica parece válido el procedimiento seguido, siempre y cuando los resultados no sean aleatorios o lineales y la desviación típica no sea elevada (Petruso 1984: 296). Así, el mismo procedimiento aplicado a la orfebrería egea significó el descubrimiento del siclo egeo (Petruso 1978; Parise 1986) y a la orfebrería de Europa central (Eiwanger 1989) y nórdica (Malmer 1992) y de Cerdeña (Ruiz-Gálvez 2003: tabs. 2-3) con, aparentemente, idéntico resultado. En Cerdeña (ídem: tab. 1) y en Irlanda (íd.: tab. 18.4 fig. 18.4), además, también aparecen objetos cuyas masas parecen relacionarse con el siclo anatólico. La inexactitud de algunos valores se puede explicar por cuatro razones (Elayi y Elayi 1997: 287-292; Vilaça 2011: 139). Primero y más importante, por errores de fabricación de los ponderales con los que se realizan los cálculos, especialmente los más ligeros (Petruso 1984: 299). Segundo, por las alteraciones tafonómicas que afectan a la masa de los objetos en cuestión, tanto por el desgaste como por la aparición de concreciones. Tercero, por la diferente calibración de las balanzas empleadas en el pesaje, tanto las antiguas como las modernas, lo cual dificulta las equivalencias y correlaciones. Y cuarto, por la suciedad de los objetos arqueológicos. A pesar de ello, algunos valores siguen sin encajar. Ciertamente, a nivel teórico y de manera general, buscar relaciones matemáticas entre la orfebrería peninsular y los sistemas metrológicos parece interesante ya que los objetos de oro y plata funcionan como mercancías muy valiosas, entre otras razones porque estos dos metales son relativamente escasos y muy codiciados. Por ello, en principio podría resultar lógico que como medida regulatoria de su producción y distribución las 9 Esta masa para el siclo egeo es la que considera Parise (1986) luego de corregir la propuesta de Petruso (1978) de 61,8 grs. Lo cierto es que este siclo es, de todos los conocidos en la Antigüedad, el más confuso, de tal manera que incluso parece coherente que haya dos siclos egeos, uno ligero de 61 grs. y otro pesado de 65 grs. (Brogan 2006: 271). Otra propuesta es la de Mederos y Lamberg-Karlovsky (2004), quienes le confieren un valor de 6,58 grs. No sería de extrañar que pudiese haber varios siclos oficiales y oriundos del Egeo en circulación, una práctica habitual en el campo de las unidades de medida históricas, y lo mismo podría alegarse acerca del resto de patrones metrológicos del Mediterráneo oriental (Alberti y Parise 2005), a pesar de apenas percibirse gracias a una mayor centralización del poder y, por tanto, de los valores comerciales. 10 Ruiz-Gálvez lo denomina siclo fenicio. Sin embargo, la ausencia de un sistema de medidas basado en la unidad de 7,9 grs. o similar en el Levante durante el I milenio a.C. (Elayi y Elayi 1997) obliga a referirse al mismo como eblaítico o de Karkemish, común en las tierras del interior desde antiguo (Rahmstorf 2006: 21). 302   cantidades puestas en circulación de estos metales estuviesen muy controladas y definidas. Además, diferenciar el Grupo Villena del Grupo A a nivel metrológico significa validar que las piezas de uno y otro grupo tienen filiaciones distintas a la vez que permite establecer que los cuencos de Villena y, por extensión, el cuenco de Caudete de las Fuentes se relacionan con prototipos egeos. No obstante, existen ciertos contraargumentos relevantes que impiden confirmar, tanto a nivel metrológico como a nivel histórico, el conocimiento por parte de los artesanos peninsulares de los tres sistemas de medición de la masa aparentemente reflejados en la orfebrería del II milenio a.C. en la Península Ibérica. Así, en primer lugar el peso eblaítico detectado en el tesoro de Caldas de Reyes, cuyas piezas integrantes pertenecen a los Grupos A y C, queda completamente excluido de las filiaciones atlántica y egea. Y, sin embargo y tal y como se ha expuesto en el apartado anterior, si existe algún tipo de duda sobre la filiación de este conjunto es, precisamente, por sus potenciales vínculos directos e indirectos con el Atlántico y con el mundo heládico-minoico y, en ningún caso, con el mundo oriental en el que es común el siclo eblaítico. Dicho en otras palabras, es muy difícil de compatibilizar un tesoro con formas y decoraciones atlánticas elaborado mediante un procedimiento originario del Egeo con un patrón oriental de peso. En segundo lugar, en el análisis realizado por Ruiz-Gálvez los torques de tipo Évora se consideran junto con los de tipo Berzocana y con otras piezas incontestablemente pertenecientes al Grupo A. Si bien puede ser viable por cuanto todos ellos se ubican en la vertiente atlántica, el método de producción del tipo Évora es netamente distinto del resto de tipos del Grupo A, ya que no es el oro la sustancia inicial que se pesa, sino la cera empleada en la confección de moldes. Considerar como una unidad el Grupo Évora-Berzocana a efectos metrológicos podría suponer alcanzar una conclusión errónea, siendo preferible valorarlo separadamente. En tercer lugar, es muy difícil dilucidar la presencia de valores presumiblemente correspondientes al siclo anatólico en el BF IIIA. El uso de este patrón en Ugarit y en Enkomi tal vez permita suponer que fueron estas ciudades las que se lanzaron al otro extremo del Mediterráneo muy a principios del Bronce Final atlántico, lo que cabría poner en relación con el surgimiento del carro ligero y de las liras en la Península Ibérica atestiguados en algunas estelas complejas, por otra parte fechadas a partir del BF IIIA y, por tanto, en otra coyuntura. Sin embargo, aunque existen evidencias de la continuidad en el uso del siclo anatólico después de los Pueblos del Mar en el Mediterráneo oriental (Elayi y Elayi 1997: 319), éstas son mínimas y resultan insuficientes para proponer que se extendieron hacia el Occidente en detrimento de los mucho más habituales patrones de 8,4 grs. y de 9,4 grs. (ídem: 321). De todos modos, el final del Imperio Nuevo Hitita coincide con el final generalizado del curso de la unidad de 11,75 grs., especialmente notable en las regiones circundantes con las que dicho Estado mantenía unas relaciones muy vivas (Petruso 1984; Elayi y Elayi 1997; Kroll 2008a), lo que implica un hiato de más de un siglo equiparable a unas cuatro o cinco generaciones activas entre este momento y el despertar fenicio. 303   Fig. 23: Metrología del tesoro de Villena (sólo las piezas completas) (Ruiz-Gálvez 2000: fig. 18.2). Fig. 24: Metrología del grupo Sagrajas-Berzocana y otros collares y brazaletes sólidos peninsulares (Ruiz-Gálvez 2000: tab. 18.3 fig. 18.3). 304   Fig. 25: Metrología del tesoro de Caldas de Reyes (sólo piezas completas) (Ruiz-Gálvez 2000: tab. 18.5 fig. 18.5). De todas maneras, si la unidad de medida anatólica se introdujo en la Península Ibérica durante el apogeo hitita a través de agentes chipriotas, otra opción sería relacionar estos contactos con la aparición de las primeras cerámicas a torno en Occidente, por cierto de presumible origen chipriota, coetáneas a una probable fecha de ocultamiento del tesoro de Villena entre los siglos XIV-XIII a.C. En este sentido, la unidad de 11,75 grs. sí sería factible. Sin embargo, chocaría frontalmente contra la propuesta de que en dicho tesoro el patrón metrológico rector es el egeo de 65,27 grs. En cuarto lugar, las correlaciones son débiles porque las agrupaciones son arbitrarias. Ciertamente se observan agrupaciones en la serie de mediciones, pero la desviación con respecto al referente es muy caprichosa. No hay un umbral que defina con precisión múltiplos y divisores del patrón referencial. Si se acepta que en las agrupaciones de valores que permiten vislumbrar múltiplos y divisores la desviación con respecto al sistema matriz puede alcanzar varios decimales arbitrariamente, podría detectarse un sinfín de patrones sin identificar uno concreto. Así pues, exclusivamente desde un punto de vista matemático el método de detección de sistemas metrológicos aplicado a la Nueva Orfebrería peninsular no resulta válido. De acuerdo con el modo complejo en el que los pesos de los artefactos del tesoro de Villena se correlacionan con el siclo egeo, también es posible detectar otras correlaciones con distintos siclos orientales a través del cálculo de múltiplos comunes (Mederos 1999: 122), lo que difícilmente puede argumentarse considerando que Cabezo Redondo es un puerto de comercio internacional como Ugarit o Karkemish. Es verdad que los distintos sistemas pueden correlacionarse buscando valores comunes en los divisores y múltiplos (Alberti y Parise 2005), pero no parece lo más lógico que unos y otros sistemas se combinen de manera tan aleatoria en un mismo conjunto que presenta dos claros grupos de artefactos según un criterio morfo-técnico. Por tanto, si bien a nivel teórico el procedimiento seguido para averiguar patrones metrológicos parece coherente, a nivel metodológico adolece de un problema grave 305   de indefinición. De esta modo, a nivel matemático los estudios metrológicos inducen a la confusión y no resuelven los problemas que acusa la orfebrería y, de manera general, las sociedades de la Edad del Bronce. Desde un punto de vista socio-económico, lo cual complica mucho más la problemática que encierra la orfebrería, el hecho de que todos los objetos a los que se les atribuye un peso propio de un sistema metrológico foráneo implicaría que: a) estos objetos fueron importados de la región o regiones originarias de los supuestos patrones; b) el oro empleado fue importado del exterior de la Península Ibérica en forma de lingotes y objetos acabados con los pesos establecidos; c) las poblaciones indígenas habían asimilado uno o varios sistemas metrológicos foráneos y, además, los empleaban en cálculos de cantidades “no-naturales”, es decir, valores intermedios entre múltiplos y divisores de 2, 3 e incluso 5, los números más bajos con los que operar fácilmente en un sistema métrico no decimal. No debe olvidarse que el sentido del número y de las cantidades es muy elemental en las sociedades primitivas y arcaicas (Ifrah 1997: 40 ss.) y que desarrollo de las técnicas operacionales está ligado al del sistema numérico y, a su vez, al de su representación cuyo último eslabón es la escritura (ídem: 245 ss.). En la Antigüedad el cálculo se encuentra poco desarrollado incluso después de la aparición del ábaco y de la geometría griega por carecer de una notación numérica práctica y eficaz. Por ello, el cálculo de cantidades debe ceñirse a sistemas numéricos y aritméticos más sencillos y regidos por una lógica distinta que no implique un abuso de fracciones ni de multiplicaciones y divisiones excesivamente complejas. La réplica a cada una de estas afirmaciones es la siguiente: a) los objetos no fueron importados, sino que se adquirieron los métodos y las técnicas para su elaboración local; b) en la Península Ibérica hay suficiente oro de aluvión y plata nativa como para fabricar todos los artefactos en cuestión sin necesidad de importar el metal. Además, ¿estarían los navegantes mediterráneos dispuestos a ofrecer los mismos metales que demandaban para sí?; c) el desarrollo del cálculo se produce en paralelo al de otros elementos culturales entre los que sobresale la escritura y la organización estatal. En la Península Ibérica las sociedades de la Edad del Bronce eran todas ágrafas, no estatales y, tal y como se aprecia en las economías campesinas de época moderna, los valores aritméticos con los que debieron operar eran muy básicos y “naturales”, por consiguiente ajenos a valores distintos a 2, 3, 5 y sus múltiplos y divisores. Karl Petruso (1984: 299, 302) propone un interesante, perspicaz y bonito mecanismo de cálculo en las operaciones primitivas. Consiste en construir la serie Fibonacci en la que el siguiente número equivale a la suma de los anteriores – 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, etc. De esta manera, a pesar de que algunos números no aparecen, tales como el 7 ó el 11, se incluyen otros números intermedios inexistentes en valores dobles, tiples y mitades y tercios, así como cantidades grandes en pocos pasos. Aunque la aplicación de la serie Fibonacci no está demostrada, el interés de esta hipótesis radica en que existen otras maneras de contabilidad y cálculo sencillas con las que hacer frente a los desafíos aritméticos a los que tuvieron que enfrentarse no sólo los comerciantes de la Antigüedad, sino gentes del común en sus quehaceres diarios. Al margen de este último apunte, como explicación alternativa parece más coherente que las cantidades de metal empleadas en la elaboración de los objetos de la Nueva Orfebrería fuesen controladas aunque no metódicamente repetidas y sus múltiplos y divisores fuesen aproximados. Un metalurgo experto sabe cuánto de cada metal necesita para producir la aleación deseada en función de las propiedades físicas, 306   mecánicas y tecnológicas de los metales, así como también en el color de la aleación. Y lo mismo cabe alegar sobre un alfarero con respecto a la cantidad de arcilla y, en general, sobre cualquier campo productivo. En la lógica de los intercambios de las sociedades heroicas peninsulares de la Edad del Bronce, incluso en las más complejas como la argárica, no se aprecia ningún indicio de de la existencia del valor relativo. Es decir, los bienes materiales no se descomponen en unidades estrictamente conceptuales y abstractas expresables en valores numéricos que permiten comparar y establecer equivalencias abstractas. Con todo, esto no significa que las comunidades de la Edad del Bronce desconociesen el concepto de unidad de medida o, como mínimo, de medición de las magnitudes físicas, así como con las equivalencias. Esto es especialmente visible en la noción de volumen, evidenciado en los contenedores cerámicos de dimensiones muy similares como las ollas y los cuencos, aunque el empleo debió estar relacionado con el abastecimiento doméstico y no con los intercambios. Por su parte, las equivalencias aparecen en los fundamentos de los intercambios, ya que unos bienes (y servicios) se entregan a cambio de otros resultando satisfactorio para los participantes. En la Península Ibérica no hay un puerto de comercio como el de Ugarit hasta el Horizonte Peña Negra I en Huelva (González de Canales y otros 2004), de tal manera que se antoja imposible la coexistencia de varios sistemas metrológicos en las transacciones relacionadas con ultramar antes de esta época. Además, en el kārum onubense, como se verá a continuación, no se identifican ponderales pertenecientes a diversos sistemas, sino solo a uno. Por ello, tampoco parece viable que la hipotética diversidad metrológica de la Nueva Orfebrería se vincule a un puerto de comercio internacional. Por último, aunque los lingotes de piel de buey se sitúen al margen de las actividades mercantiles de las sociedades peninsulares, también plantean un problema metodológico a la hora de determinar su peso y el sistema métrico que rige sobre ellos así como su papel en las transacciones. La cuestión gira en torno a si en la literatura antigua las alusiones a estos lingotes se refieren a su forma o a su peso o a ambos factores, lo que implica la discusión sobre si simbolizan una idea similar a una divisa o si actúan como protomonedas merced a su disposición para la contabilidad del cobre (Zaccagnini 1986, esp. 413-414). Si bien el problema en este caso no es tanto arqueológico como filológico, es imprescindible guardar mucha cautela sobre los estudios sobre metrología en la Antigüedad. En conclusión, la cuestión metrológica genera más problemas que soluciones. En algún caso apunta a opciones compatibles con el resto de datos, pero resulta insatisfactorio por los demasiados planteamientos a priori, su escasa determinación y sus condiciones ad hoc. Así pues, la metrología aplicada a los ejemplares de la Nueva Orfebrería de la Península Ibérica no sirve para determinar su filiación debido a la confusión ofrecida por las desviaciones y por la difícil convivencia de dos lógicas y éticas muy distintas que caracterizan a la economía del don de las sociedades peninsulares y a la economía comercial de las sociedades orientales. En último término, parece muy raro que pueda haber indicios de asimilación de metrología foránea detectables en una ingente cantidad de piezas y, en cambio, ni un solo ponderal vinculable con los sistemas egeo, anatólico y eblaítico-fenicio en el Bronce Final, mientras que en el circuito oriental se cuentan por centenares. 307   A pesar de todo, no es descartable que en el germen del surgimiento de los conjuntos de Villena y Caldas de Reyes, al igual que en los brazaletes del Grupo Évora-Berzocana y allegados pudiera haber algún elemento metrológico foráneo, ya que los métodos empleados en su fabricación son originariamente extrapeninsulares. Es decir, aceptar la existencia de patrones orientales en la orfebrería que arranca en el Bronce Reciente implicaría aceptar que las comunidades peninsulares, especialmente las radicadas en el Atlántico, asumieron dichos patrones y que luego siguieron empleándolos sin la interferencia o la interacción de los agentes orientales durante siglos. A su vez, esto implicaría que en la Península Ibérica se conocían las balanzas y los ponderales propios de las comunidades ultramarinas que los introdujeron en Occidente y que, además, fueron de uso común a lo largo de siglos. Sin embargo, no hay constancia de los mismos hasta muy avanzado el Bronce Final. De todos modos, el estudio de estos ponderales tardíos puede proporcionar una herramienta indispensable para desentrañar de la naturaleza de los agentes involucrados, las coyunturas y las filiaciones de las Nuevas Orfebrerías, así como para descartar o introducir un nuevo elemento de duda relacionado con los artefactos de oro, plata y, quizá, de otros materiales. 4.2. Excursus: ponderales En el registro arqueológico del BF III en la vertiente atlántica de la Península Ibérica se identifican unas pequeñas fichas de formas atípicas y perforadas fabricadas en metales cuya función, a priori, parece no equipararse a la de los abalorios ni a la de ningún otro objeto de utilidad social o individual. A través del pesaje de estas fichas parece confirmarse una relación metrológica entre la mayoría de ellas que apunta a una función como ponderales o pesas (Vilaça 2003; 2011). Estas fichas adolecen de los mismos problemas que las grandes piezas áureas a la hora de reconocer su masa: inexactitudes en su fabricación, desgaste y aparición de concreciones, pesaje desigual y suciedad. Por ello las fichas se prestan a confusión no sólo en cuanto a su escala metrológica, sino a su misma clasificación como ponderales. Sin embargo, parece razonable aventurar que en algunas ocasiones la desviación metrológica de ciertos ponderales pudo ser intencionada formando parte de las triquiñuelas de los mercaderes para optimizar su ganancia en la transacción (Elayi y Elayi 1997: 288). Igualmente, las tales desviaciones podrían evidenciar que no se trata de ponderales. Raquel Vilaça, la investigadora que más y mejor ha trabajado esta cuestión, propone el siguiente inventario de ponderales para BF III:  Canedotes (Viseu, Portugal). Forma: sub-circular; peso: 3,8 grs. (Vilaça 2011: 140 fig. 1.1).  Nossa Senhora da Guía (Viseu). Ejemplar 1: forma: bitroncocónica, sección hexagonal; peso: 9,1 grs. Ejemplar 2: forma esférica; peso: 6,2 grs. (ídem: 140 fig. 1.2-3).  Santa Luzia (Viseu). Forma: esférica; peso: sin datos (íd.: 140 fig. 1.4).  Moreirinha (Castelo Branco): Forma: bitroncocónica achatada, sección hexagonal; peso: 3,98 grs.; material: bronce binario (id.: 140-141 fig. 1.5).  Monte do Trigo (Castelo Branco): Ejemplar 1: forma: bitroncocónica, sección hexagonal, ligeramente irregular; peso: 9,54 grs.; material: bronce binario. Ejemplar 2 (dos ponderales unidos): forma: bitroncocónica, sección hexagonal y 308                                                                discoidal irregular sub-rectangular; peso: 19,48 grs.; material: bronce binario. Ejemplar 3: forma: octaédrica regular; peso: 37 grs.; material: bronce binario (íd.: 140-141 fig. 1.6-8).  Cabezo de Araya (Arroyo de la Luz, Cáceres). Ejemplar 1: forma: bitroncocónica, perforación central; peso: 3 grs. Ejemplar 2: forma: sub-esférica; peso: 1 grs. Ejemplar 3: forma: bitroncocónica irregular; peso: 14,4 grs. (íd.: 144 fig. 4.1-3).  Los Concejiles (Lobón, Badajoz). Ejemplar 1: forma: bitroncocónica, sección hexagonal; peso: 19,4 grs. Ejemplar 2: forma: bitroncocónico, sección hexagonal, perforación central; peso: 14,18 grs.; material: bronce ternario. Ejemplar 3: forma: paralelepípedo achatado; peso: 6,37 grs.; material: bronce ternario (íd.: 144 fig. 4.4-6).  Abrigo Grande das Bocas (Santarém, Portugal). Forma: discoidal cilíndrica, sección rectangular; peso: 4,92 gr (id.: 146 fig. 5.1).  Castro de Ota (Lisboa). Forma: bitroncocónica, sección hexagonal irregular; peso: 8,47 gr (íd.: 146 fig. 5.2).  Penha Verde (Lisboa). Ejemplar 1: forma: bitroncocónica, sección hexagonal; peso: 4,54 gr Ejemplar 2: forma: bitroncocónica, sección plano-convexa; peso: 8,5 grs. Ejemplar 3: forma: bitroncocónica, sección sub-hexagonal; peso: 2,2 grs. Ejemplar 4: forma: discoidal, sección sub-rectangular; peso: 2,2 gr (íd.: 146 fig. 5.3­ 6)  Castro de Pragança (Lisboa): Ejemplar 1: forma: bitroncocónica ligeramente oblonga, sección hexagonal; peso: 1,82 grs. Ejemplar 2: forma: bitroncocónica, sección hexagonal; peso: 2,86 grs. Ejemplar 3: forma y sección planoconvexas; peso: 4,10 grs. Ejemplar 4: forma: bitroncocónica angulosa, sección hexagonal; peso: 4,79 grs. Ejemplar 5: forma: bitroncocónica irregular, sección hexagonal; peso: 4,21 grs. Ejemplar 6: forma: bitroncocónica, sección hexagonal; peso: 4,08 grs. Ejemplar 7: forma: bitroncocónica, sección hexagonal; peso: 8,70 grs. Ejemplar 8: forma: bitroncocónica, sección hexagonal; peso: 9,32 grs. Ejemplar 9: forma: bitroncocónica, sección hexagonal; peso: 18,72 grs. Ejemplar 10: forma: bitroncocónica, sección sub-hexagonal; peso: 3,87 grs. Ejemplar 11: forma y sección sub-esféricas; peso: 4,65 grs. Ejemplar 12: forma y sección sub-esféricas; peso: 3,29 grs. Ejemplar 13: forma y sección sub-esféricas; peso: 3,20 grs. Ejemplar 14: forma: sub-ovoide con dos salientes, sección sub-circular; peso: 3,17 grs. Ejemplar 15: forma: sub-circular con dos salientes, sección sub-circular; peso: 6,28 grs. (íd.: 146-147 figs. 5.7, 7).11  Nossa Senhora da Cola (Beja, Portugal). Ejemplar 1: forma: ¿bitroncocónica, sección hexagonal?; peso: sin datos. Ejemplar 2: forma: ¿esférica?; peso: sin datos. Ejemplar 3: sin datos. (íd.: 152 fig. 8.1-2).  Baleizão (Beja). Ejemplar 1: forma: bitroncocónica, sección hexagonal; peso: 18, 64 grs.; material: bronce binario. Ejemplar 2: forma: bitroncocónica, sección hexagonal; peso: 9,75 grs.; material: bronce binario. Ejemplar 3: forma: bitroncocónica, sección hexagonal, perforación central asimétrica; peso: 9,67 grs.; material: bronce binario. Ejemplar 4: forma: bitroncocónica, sección hexagonal; peso: 12,78 grs.; material: bronce binario. Ejemplar 5: forma: bitroncocónica, sección hexagonal, perforación central; peso: 6,37 grs.; material: bronce binario. Ejemplar 6: forma: octaédrica regular; peso: 4,56 grs.; 11 Vilaça (2011: n. 51 147 fig. 5.7.p) también recoge la noticia de otra pieza que no clasifica como ponderal. Se trata de una pequeña ficha de forma semiesférica, hueca y perforada, con un peso de 4,34 grs. Debido a su extraña forma parece preferible ser prudente y apartarlo de la lista de ponderales. 309                                                                material: bronce binario. Ejemplar 7: forma: disco sub-circular; peso: 2,32 grs.; material: bronce binario (íd.: 152, 154 fig. 8.4-10).  Ratinhos (Beja). Forma: discoidal cilíndrica; peso: ¿4,5 gr? ¿7 gr?; material: bronce binario (íd.: 152, 154 fig. 8.3).  Kārum de Huelva. Ejemplar 1: forma: troncopiramidal, sección trapezoidal; peso: 4,49 grs.; material: plomo. Ejemplar 2: forma: troncopiramidal, sección sub­ trapezoidal; peso: 9,54.; material: plomo. Ejemplar 3: forma: cilíndrica; peso: 9,59 grs.; material: plomo. Ejemplar 4: forma: cúbica; peso: 26,62 grs.; material: plomo (íd.: 152, 154).  Ría de Huelva. Forma: bicónica; peso: 16,45 grs.; material: bronce binario (íd.: 152, 154 fig. 10.5).12 El conjunto de estas piezas se presta a ser estudiado a nivel geográfico y contextual, por un lado, y morfológico y químico, por otro. Así, a primera vista lo que más destaca de este inventario es la aparición de todas estas fichas en comunidades orientadas al Atlántico, coincidiendo con la mayor dispersión de los brazaletes de tipo Villena-Estremoz y de los torques del Grupo Évora-Berzocana. Es también la región de buena parte de las estelas, de las grandes dehesas y de las minas de estaño como la de Logrosán (Cáceres). Y, sobre todo, de los Grupos Baiões y Alentejano. En decir, las fichas se esparcen por una región con comunidades muy dinámicas en el Bronce Final que mantienen intensos contactos sumidos en circuitos de intercambio atlánticos y mediterráneos, especialmente en su última etapa. De hecho, todas las fichas referidas corresponden al BF III. También es resaltable la alta concentración de dichas piezas en los hábitats de Pragança13 y en el depósito de artefactos áureos y broncíneos de Baleizão (Vilaça y Lopes 2005) del Grupo Alentejano. Ambos yacimientos si sitúan en la periferia de las grandes riquezas naturales del interior peninsular pero claramente actúan como puertos de paso hacia estos recursos, exactamente igual que las demás comunidades pertenecientes a su grupo cultural y que el Grupo Baiões más al norte. Ninguna de las piezas propuestas aparece en un contexto que inequívocamente apunte hacia su empleo en transacciones, con la excepción de los cuatro pesos del kārum de Huelva, claramente inmersos en un contexto arqueológico que evidencia relaciones entre fenicios y tartesios. No obstante, en la medida en que tampoco se distinguen con nitidez los talleres artesanales en las comunidades atlánticas expuestas, la incertidumbre contextual tampoco sirve como argumento sólido para negar el empleo de estas fichas en las operaciones de intercambio. De la misma manera, la ausencia de lugares explícitos de mercado entre las mismas comunidades tampoco facilita su identificación en contextos seguros de intercambio, aunque en las economías de las sociedades heroicas peninsulares lo más verosímil es que cualquier lugar fuese propicio para una transacción. Por ello, lo más relevante con respecto a los contextos de aparición de las fichas no es el contexto en sí – los materiales asociados, el lugar 12 Vilaça también publica otros ponderales portugueses que por su forma y peso se relacionan con la lista expuesta, aunque tal vez su cronología sea de época orientalizante. Se trata las dos piezas hexaédricas de Castelo-Alcácer do Sal, con 9 grs. y 29,5 grs. (Vilaça 2011: 147 fig. 6.3-4), de los tres cubos de Rúa do Rato- Alcácer do Sal, con pesos de 12,6 grs., 21,3 grs. y 25 grs. (ídem: 147) y del cubo de la necrópolis de Senhor dos Mártires (Alcácer dos Sal), descontextualizado, con un peso de 17 grs. 13 Conviene subrayar que este lote, al igual que casi todos los objetos provenientes de este castro, carecen de contexto, hecho agravado por la perduración del poblado durante todo el I milenio a.C. Así pues, su asignación al BF III, aunque verosímil, es cuestionable (Vilaça 2003: 259). 310 http:10.5).12   preciso en el poblado, etc. –, sino la pertenencia a comunidades inmersas en redes sociales que fomentan su integración y su conexión con los agentes del mediterráneo. Si bien los contextos y la dispersión territorial funcionan como argumentos en favor de la consideración de las fichas como ponderales o, al menos, no impiden tal designación, esta cuestión se torna más oscura en cuanto a la valoración de estas piezas atendiendo a su material de composición y a su forma. Uno y otro aspecto merecen ser evaluados de manera pareja. Así pues, las piezas más destacables por su singularidad son las halladas en el kārum de Huelva. No sólo su contexto de aparición es el más revelador en cuanto a su uso, sino también el hecho de que estén fabricadas en plomo y de que tengan formas excepcionales troncopiramidal y de cubo. En este sentido, tanto la composición como la forma constituyen los principales argumentos de singularidad de estas cuatro piezas que marcan una distancia cualitativa esencial frente al resto de fichas aducidas. El contrario que el bronce binario, el plomo es un material exótico y poco frecuente entre la cultura artefactual de las sociedades del BF III peninsulares. Como más adelante se va a abordar esta cuestión, ahora simplemente se apunta que su inclusión en la tecnología de la Península Ibérica está relacionado con un estímulo exterior y que sólo se emplea con claridad y con progresiva intensidad a partir del Horizonte Peña Negra I, aunque su uso podría retrotraerse hasta la fase inmediatamente anterior. El plomo tiene dos importantes utilidades: una extractiva vinculada con la copelación de la plata y, en menor medida, del oro, y otra artesanal relacionada con la obtención de una aleación óptima para la fabricación de objetos de toréutica. Aunque no es definitivamente descartable que las piezas de plomo onubenses puedan estar envueltas en una de estas dos utilidades o, incluso, en las dos, sus características formales resultan vitales para apuntalar otro uso ajeno a la copelación y a la mejora de las aleaciones. Así, parece más lógico que las fichas plúmbeas sean, ciertamente, ponderales. En estado sólido, el plomo es un metal muy denso, motivo por el cual favorece su empleo en asuntos en los que el peso es un aspecto fundamental. Con muy poca cantidad de este metal se obtienen objetos de un peso mayor al que tendrían objetos de otros metales con idéntico volumen. A pesar de su exotismo y, por tanto, su presumible alto valor simbólico, su elevada densidad desecha el plomo como material de composición de cuentas de collar y de pulsera. En cambio, este mismo factor lo convierte en un material idóneo para emplearse en la elaboración de ponderales y de pesas de redes de pesca. Las cuatro fichas de Huelva son de plomo, dos de las cuales poseen forma troncopiramidal, otra cilíndrica y la última cúbica (lám. LXVIII.B). Además, dos de ellas presentan marcas intencionadas en su superficie (Vilaça 2011: 152), lo que apunta de manera muy clara a su función de ponderal, en la medida en que las impresiones suelen revelar el peso y/o la ciudad de origen (Elayi y Elayi 1997: 155 ss.), si bien en este caso el significado es desconocido. De las piezas marcadas, el ejemplar 2, troncopiramidal, ofrece un excelente estado de conservación y pesa 9,54 grs., exactamente igual que el ejemplar 1 de Monte do Trigo, si bien éste es de bronce binario con un alto contenido en estaño (10,07%) (Vilaça 2011: 141). 311   El ejemplar 2 de Huelva es la pieza de toda la serie propuesta con mejores paralelos en el Levante en cuanto a su forma, composición y peso. Por esta razón parece apropiado utilizarlo como referencia para la valoración del resto del conjunto. En efecto, en el Mediterráneo oriental y, en particular, en el Levante se documentan centenares de pesos en el I milenio a.C., buena parte de ellos troncopiramidales hechos de plomo. El estudio metrológico de todos los ejemplares conocidos pone de relieve que, aunque parece lógico interpretarlos como ponderales, el umbral de incertidumbre es muy amplio por dos razones: se observa una diversidad de valores numéricos difícil de sistematizar y no es fácil asignar un peso específico a una forma o material concretos (Elayi y Elayi 1997: 316-324). Es decir, presentan la misma problemática que en la Península Ibérica. En cualquier caso, el estudio sistemático de todas estas piezas permite poner de relieve que las tres coordenadas básicas e indispensables para el reconocimiento de y, por supuesto, discusión sobre los ponderales son la metrología, la morfología y la composición Así, en primer lugar los valores metrológicos sustancialmente más repetidos en el I milenio a.C. en Oriente oscilan en torno a 8,5 grs., 9,5 grs. y 10,5 grs., si bien también se reconocen otros valores más altos y más bajos (Alberti y Parise 2005: 1*; Elayi y Elayi 1997: 319-321). Como el valor 8,5 se asemeja al valor canónico mesopotámico de 8,3-8,4 y el valor 9,5 hace lo propio con el sirio de 9,4, parece lógico que se trate de una evolución metrológica, toda vez que evidencia una continuidad en las unidades de masa tradicionales y más extendidas por todo el circuito oriental. Resulta de interés particular que la unidad de 9,4 tuviese un fuerte arraigo en las ciudades chipriotas del II milenio a.C. (Petruso 1984) y en Ugarit (Courtois 1990: 120-122), uno de los nudos de comunicación y centros de comercio más importantes de toda la región hasta su destrucción en los tiempos de los Pueblos del Mar, así como en Egipto con el nombre de qdt (Rahmstorf 2006: 21). Por ello, la prevalencia del qdt puede vincularse a la continuidad de Egipto como potencia regional, aunque igualmente parece razonable que su uso no se detenga ni tan siquiera después de la destrucción de Ugarit ya que se trata del patrón dominante en uno de los flujos de intercambio más antiguos y dinámicos. Asimismo, el valor 9,4-9,5 es el que, a juicio de Vilaça, parece englobar casi todas las fichas peninsulares. De las cuatro fichas halladas en Huelva, los ejemplares 2 y 3 pesan 9,54 grs. y 9,59 grs. respectivamente, mientras que el ejemplar 1 de Monte do Trigo también pesa 9,54 grs. El estado de conservación de estas tres piezas es muy bueno, de manera que parecen corresponderse con la unidad metrológica. También en la Península Ibérica se identifican piezas como el ejemplar de castro de Ota con 8,47 grs. y el de Abrigo Grande das Bocas con 4,92 grs. que se pueden relacionar con el siclo mesopotámico de 8,3-8,5. Por tanto, en principio parece viable la denominación “ponderal” para, al menos, algunas de las fichas peninsulares estudiadas en este apartado. El hecho de que en algunas ciudades del Levante del I milenio a.C. se reconozcan varias unidades de medida significa que el grado de interacción mercantil en ellas es muy alto y encaja perfectamente en un sistema de intercambios muy activo que involucra a muchos agentes comerciales con una alta movilidad. Esto mismo es lo que se documenta en Ugarit (Courtois 1990) y en el pecio de Uluburun (Pulak 2000: 259-262 tab. 312   ­ 17.1), un par de ejemplos significativos del dinamismo comercial en Oriente entre 1500 1200 a.C. De esta manera, si en la Península Ibérica se identifica una pluralidad de patrones ponderales se debe, precisamente, a la intensidad de los contactos ultramarinos de carácter mercantil durante la Protocolonización. En la tumba 79 de Lefkandi también se aprecia dicha pluralidad, con representación de los mismos valores atestiguados en el Levante (Kroll 2008a: 41), lo que apunta claramente a una participación muy activa del guerrero-comerciante en las actividades comerciales del Mediterráneo oriental en el Subprotogeométrico II (875-850 a.C.). El cementerio de Lefkandi resulta muy sugestivo ya que en él se contempla una estructura social similar a la de la Península Ibérica, con potentes redes sociales centradas en big men que articulan las relaciones interpersonales y la economía. Por esta razón, si en Lefkandi están perfectamente documentados los valores metrológicos más relevantes de la época, parece coherente que también lo puedan estar en la en el atlántico peninsular. Sin embargo y como ya se ha apuntado, el estudio del peso para determinar si un objeto es o no es un ponderal está sujeto al estado de conservación de los mismos. De igual modo que en Monte do Trigo, en Huelva, en Abrigo Grade das Bocas y en el castro de Ota existen argumentos metrológicos que respaldan la incorporación de los valores orientales, buena parte de las demás piezas sugeridas presentan alteraciones que no permiten determinar con fiabilidad que su peso se ajuste a las unidades conocidas en Oriente o en otra región o, incluso, a un hipotético sistema peninsular. Pero, por encima de todos los hallazgos propuestos, el conjunto del castro de Pragança es el que ofrece una más interesante relación interna atendiendo a su masa (Vilaça 2011: fig. 7). La serie partiría del ejemplar 8 que pesa 9,32 grs., acercándose notablemente al valor canónico del qdt. A partir de éste observa el que ejemplar 9 pesa casi el doble (18,32 grs.) y que los ejemplares 4 y 11 más o menos se ajustan a la mitad, con 4,79 grs. y 4,65 grs. cada uno. El ejemplar 15 (6,28 grs.) se correspondería con un valor de 2/3 de qdt, los ejemplares 12 (3,29 grs.), 13 (3,20 grs.) y 14 (3,17 grs.) con un valor de 1/3 y, quizá, el ejemplar 1 (1,82 grs.) con la quinta parte de la referencia. Las demás piezas no presentan valores claros ajustables a divisores del qdt, pero su desviación podría explicarse por un mal estado de conservación. Una relación intentar similar se observa entre las fichas del depósito de Baleizão (Vilaça 2011: fig. 9), si bien varias de las fichas se encuentran visiblemente deterioradas y, por tanto, no son aceptables. Con dudas, también en las tres piezas de Monte do Trigo se aprecia una relación metrológica empezando por el citado ejemplar 1 con un peso de 9,54 grs., el cual sirve de patrón para el ejemplar 2 compuesto de 19,48 grs., que representa el valor doble y para el ejemplar 3 de 37 grs. que se ajusta al valor triple. Así, las series de Monte do Trigo y, sobre todo, de Pragança, por su cantidad y por su relación metrológica interna, son la evidencia material que mejor apoya la incorporación del siclo sirio en las transacciones del BF III, si bien no exenta de problemas como su falta de exactitud y el interrogante que plantean la pieza compuesta de Monte do Trigo – ¿intencionada o fortuita? – y los valores intermedios no ajustables satisfactoriamente a los divisores de dicha unidad de medida. La segunda coordenada necesaria para el estudio de los ponderales orientales es la morfología. En efecto, la variedad formal de estas piezas es muy limitada, aunque igualmente muy característica, sobresaliendo los hexaedros – paralelepípedos y formas 313   troncopiramidales –, los discos, los cilindros y, con reservas, los pesos zoomorfos por su elevada cantidad. La morfología supone un grave impedimento para la afirmación como ponderales de la mayoría de las fichas referenciadas por Vilaça (fig. 26). Únicamente los hexaedros y cilindros, es decir, las formas menos repetidas del conjunto que aparecen en Huelva, Alcácer do Sal y en Los Concejiles pueden relacionarse con los seguros ponderales orientales que son, además, las formas habituales de los ponderales peninsulares del Orientalizante. Fig. 26: Formas de los supuestos ponderales del BF III de la Península Ibérica (Vilaça 2011: fig. 10). Por el contrario, las más numerosas bitroncocónicas de sección hexagonal no aparecen en el Levante, siendo equiparables a muchos objetos distribuidos por toda Europa que se clasifican sin problemas como abalorios. En el propio BF III, en el castro de Ratinhos se identifican más de una decena de piezas de esta forma fabricadas en cuarzo rojo o cornalina (Berrocal y Silva 2010: 312, 314-316 fig. 144.1-6, 12-17, 26-28). La misma forma se reconoce en las cuentas de ámbar pertenecientes a la tradición cultural de los Campos de Urnas, como por ejemplo las piezas de la tumba F-04 de Champ Chalatras (Puy-de- Dôme, Francia) (Coin y Dousteyssier 2010: 89 fig. 5) y la de Memmelsdorf (Bamberg, 314   Alemania) (Müller-Karpe 1959: 310 lám. 201.G.8). Y en el Orientalizante, en Medellín se documentan cuentas bicónicas de plata idénticas a la sugerida de la Ría de Huelva (Almagro Gorbea 2008: 378), así como en la pulsera de Barbanza (La Coruña), en este caso de oro (Pingel 1992a: 239 lám. 16.11; Armbruster 2000: lám. 31.1-2). En esta misma época aparecen formas cúbicas y troncopiramidales en el Cerro del Villar (Aubet 2002: 32), La Fonteta (Renzi 2010: 489-490), Castro Marim (Vilaça 2011: 153) y Quinta do Almaraz (ídem: 147) entre otros (Renzi 2010: 490-492). Las formas discoidales son más comunes entre las sociedades peninsulares del Bronce Final, pero junto con las prismáticas están notablemente presentes en los ponderales orientalizantes (íd.: 155). Las formas más comunes y antiguas en el Mediterráneo oriental en los ponderales del III y II milenios a.C. son la fusiforme o esfenoidal y la cilíndrica (Alberti y otros 2006), ausentes ambas en el registro peninsular del BF III, excepto en Huelva, y, por el contrario, presentes en la tumba 79 de Lefkandi (Kroll 2008a: fig. 1). Muchas de las cuentas de collar y pulsera orientales y europeas poseen estas formas, como la pieza de ámbar del kārum de Huelva (lám. XLII.F.1) los collares de vidrio y fayenza y de cuarzo blanco del pecio de Uluburun (lám. XLII.C-D), en los que también se observan cuentas de forma discoidal. Igualmente, integrando el cargamento aparece un lote de pesos fusiformes (Pulak 2000: fig. 17.2) y zoomorfos (ídem: 262 fig. 17.3). Por esta razón resulta cuando menos extraño que únicamente se identifique una pieza con esta forma en la Península Ibérica, en concreto la de Quinta de Almaraz perteneciente al Período Orientalizante. En la medida en que en esta época en la Península Ibérica se registran otros ponderales fiables con forma hexaédrica, ajustándose entonces a la morfología mediterránea, parece más lógico que sucediera lo mismo durante el Bronce Final. Debido a que no se produce tal identificación, resulta más coherente pensar que no hay una transferencia de ponderales ni, por tanto, de sistemas metrológicos. Una de las claves para distinguir la función como cuenta de adorno es la perforación, ya que ésta permite el paso de la cuerda o alambre que proporciona su uso como collar o pulsera. Así, buena parte de las piezas peninsulares no disponen de orificio pasador, con la excepción del ejemplar 1 de Cabezo de Araya – Almagro Basch (1961: 16) ya la identificó como una cuenta – y los ejemplares 3-5 de Baleizão. Por tanto, en principio la indeterminación de la función de casi todas las piezas analizadas favorece su consideración como ponderales. Por ello, la cuestión estriba en la razón por la que los ponderales poseen formas típicas de cuentas. En este sentido, tal vez quepa aventurar que los ponderales tienen un significado simbólico difícil de interpretar al margen de su significado práctico. Por otra parte, quizá la perforación sea un elemento que facilita el transporte y, sobre todo, discriminar conjuntos de pesas al poder agruparse mediante un cordel. Hay ponderales orientalizantes que presentan perforación, como el de Castro Marim o los de Quinta de Almaraz, aunque quizá estas últimas piezas deban valorarse como objetos de función indeterminada. Cabe destacar igualmente por su singularidad la presencia de formas octaédricas en los ejemplares 6 de Baleizão y, especialmente, 3 de Monte do Trigo, sin paralelos en la Península Ibérica, aunque tampoco documentados en el Mediterráneo oriental. Las formas esféricas o similares, en cambio, sí se visibilizan en Oriente. 315   La tercera coordenada evidenciada por los ponderales orientales es que los materiales dominantes de fabricación son la piedra y, de manera menos frecuente, el plomo. Por su parte, los supuestos pesos zoomorfos están fabricados en bronce. De todo el repertorio peninsular del BF III, únicamente las fichas onubenses están hechas de plomo, lo cual revela que pertenecen a una fase avanzada, cuando el plomo se convierte en un elemento capital en la economía global. De hecho, los ponderales del Orientalizante en la Península Ibérica también están fabricados en este metal (Renzi 2010: 489-482; Vilaça 2011: 158, 160). En cambio, el resto de piezas cuya composición es conocida están elaboradas en bronce. Así, los análisis espectrográficos efectuados sobre los ejemplares de Monte do Trigo (Vilaça 2011: fig. 141) y de Moreirinha (ídem), el ejemplar 1 de Los Concejiles (íd.: 145), el de Ratinhos (Valério y otros 2010: 3; Vilaça 2011: 154) y el de la Ría de Huelva (Vilaça 2011: 154) indican una elaboración en bronce binario con un alto contenido de estaño propio del Atlántico, mientras que los ejemplares 2 y 3 de Los Concejiles fueron confeccionados en bronce ternario (ídem: 145). Esta última aleación apunta de nuevo a una fase avanzada del BF III. En definitiva, la comparación entre los supuestos ponderales peninsulares con los seguros pesos orientales y egeos ofrece un amplio margen de incertidumbre, ya que únicamente las fichas de Huelva encajan con lo potencialmente esperable en estos objetos. Las cuatro piezas onubenses se adecuan a la forma, composición y peso del qdt típico de los puertos del Mediterráneo oriental. La aparición de estas pesas en el barrio fenicio de Huelva contribuye de manera decisiva a interpretar este contexto como un lugar propicio para el comercio (Aubet 2012), lo cual, a su vez, permite interpretar de modo más coherente el repertorio artefactual conservado en este yacimiento. Valorando los factores morfológico, composicional, metrológico y contextual, el resto de piezas expuestas arroja muchas dudas acerca de su categorización como ponderales. En efecto, algunas de estas piezas poseen ciertos rasgos que, en principio, apuntan a su uso como peso en las transacciones. Sin embargo, en ningún caso coinciden todos los factores de manera clara, especialmente los tres primeros, motivo por el cual resulta más prudente proponer una interpretación alternativa. Con este apunte no se pretende rechazar taxativamente la posibilidad de su función como ponderales, sino contemplar otras opciones con la finalidad de que se puedan interpretar más satisfactoriamente y con más firmeza. En cualquier caso, aceptando que las fichas del inventario de Vilaça fuesen ponderales al margen de las diferencias patentes apreciables entre éstas y las referencias orientales, permanecerían sin resolverse tres importantes cuestiones derivadas de la mera presencia de ponderales. La primera cuestión es de carácter rigurosamente arqueológico: si hay pesos, lo lógico es que también hubiese balanzas. Es verdad que el registro arqueológico es caprichoso y que no hay ninguna necesidad inevitable que determine la presencia o ausencia de los artefactos. El hecho de que un objeto aparezca un contexto concreto evidencia que tal objeto existió en una cierta época, pero la ausencia del mismo no implica necesariamente que no hubiese existido. Con todo y con esto, en todas las sociedades de la Edad del Bronce en las que se advierte la presencia de ponderales más fiables se documentan balanzas o, como mínimo, artefactos que verosímilmente pueden 316                                                                interpretarse como tales a pesar de que nunca coinciden platillos con palancas (Pare 1999; 2013; Bouzek 2004; Rahmstorf 2006). Contrariamente, en la Península Ibérica no aparece ninguna balanza en el Bronce Final. Se ha propuesto que la anilla triple integrante del depósito de la Ría de Huelva se interprete de esta manera (Brandherm 2008-2009), empero su falta total de paralelos y su asociación a varios pasarriendas favorece clasificarla como un elemento típico de carro. De todos modos, la ausencia de balanzas en el registro arqueológico peninsular en el Bronce Final no significa nada en concreto. Sí es mucho más significativa la cuestión relacionada con los productos que eran pesados y, por tanto, equivalidos a los ponderales en términos de masa. En la medida en que los supuestos ponderales son muy ligeros, dichos productos deben ser igual de ligeros. De este modo, carece de sentido que fuesen los torques, brazaletes y demás piezas áureas las piezas pesadas. En cambio, es más lógico que fuesen pepitas de oro y plata, si acaso pueden relacionarse los ponderales con estos dos metales. Pero si el valor de estos metales radica en su peso, ¿qué sentido tiene comercializar pepitas? En otro capítulo se intentará dar respuesta a esta pregunta, aunque se puede adelantar que es mucho más verosímil que fuese la plata el metal apreciado por su peso en las transacciones, mientras que el oro se acumulase por prestigio en forma de torques y otros objetos pesados. Así pues, los ponderales aducidos sirven para pesar cantidades pequeñas, muy alejadas de la masa de los artefactos más recurrentes en la cultura material atlántica tales como los torques, las espadas y las hachas. Por tanto, el advenimiento de los ponderales debe relacionarse con objetos ligeros o que se intercambian en cantidades mínimas y muy precisas, como hierbas aromáticas con propiedades medicinales y alucinógenas. Por otro lado, quizá los objetos que se pesan fuesen la cera para los moldes positivos con los que se fabricasen los brazaletes áureos y otras figuritas de toréutica. La densidad de la cera y de los metales implicados es muy distinta, pero la cera es un material escaso, probablemente bajo la supervisión y dominio directo de la élite social y muy altamente apreciado por su valor simbólico y por su valor práctico, entre otros aspectos debido a su uso en ciertos métodos de fusión. Esto explicaría la inexistencia, al menos en el registro arqueológico, de ponderales pesados que pudiesen servir en el pesaje de objetos pesados. En esta línea, si los brazaletes confeccionados a la cera perdida fuesen valorados inicialmente por el peso del oro y no por el de la cera, ¿cómo podría hacerse corresponder la masa con el volumen? El oro fundido ocupa el volumen del molde, de tal manera que el peso del oro es una cuestión baladí, ya que lo importante es disponer de la suficiente cantidad de metal como para rellenar el molde por completo sin que se produzcan huecos ni vacíos. El oro, por tanto, no se pesa, al menos aquél destinado a la elaboración de torques y brazaletes. Si los artefactos del Grupo C guardasen alguna relación con el pesaje, éste sería de la cera y no del oro, lo cual parece un argumento retorcido, demasiado dependiente de condiciones no demostrables. También podría alegarse que los ponderales no se empleasen para pesar objetos enteros, sino para calcular proporciones.14 Así, que muchos aparezcan en entornos de 14 Agradezco este apunte a mi colega Carlos Martín que también se ha enfrentado con vehemencia y lucidez a la problemática que entraña la metrología en el Bronce Final peninsular. 317 http:proporciones.14   talleres y de minas podría explicar que los ponderales estaban destinados a servir de referencia para establecer establecer las cantidades de cobre y estaño que debían contener una fracción típica de un objeto mayor, como una espada o un hacha. De esta manera, la relación metrológica entre el ponderal y el objeto terminado no descansa en su valor de mercado, sino en su proceso productivo. Es decir, no se trata de calcular el valor de un objeto al peso, sino de calcular cuántas partes de cobre corresponden a tantas partes de estaño. Ésta es probablemente la mejor interpretación para los supuestos ponderales, si bien no funcionarían como tales, sino simplemente como una referencia tecnológica para la producción de aleaciones. Otros materiales ligeros propicios para ser intercambiados al peso son el marfil y la madera en pequeñas cantidades, las piedras preciosas, el vidrio y el ámbar. Quizá no sea casualidad que muchos de los supuestos ponderales se asemejen formalmente a las cuentas de collar, no tanto por el peso, sino por la función. Así pues, no está claro qué podían pesar los comerciantes y artesanos con los supuestos ponderales de la Península Ibérica, de la misma manera que tampoco se sabe con certeza qué objetos o materiales eran susceptibles de ser pesados por los comerciantes que iban a bordo del barco que naufragó en Uluburun, en cuyo cargamento se documentan ponderales diversos y una balanza (Pulak 2000). Por ello, a pesar de no tratarse de un asunto intranscendente y de ser necesario para la correcta valoración de los ponderales, tampoco debe valorarse como un aspecto preferente. Sin duda, la cuestión más importante relacionada con los ponderales atañe a la función socio-económica que desempeñan. El tránsito de una coyuntura sin ponderales a otra con ponderales significa una transformación en el valor de la materia y, por tanto, de la economía, lo que inequívocamente se refiere a la organización y estructura social. La aparición de ponderales evidencia el surgimiento del valor relativo, es decir, evidencia que la materia pierde valor cualitativo en beneficio del valor cuantitativo. La materia y los objetos se convierten en una cosa que puede medirse y compararse y equivalerse a partir de un criterio abstracto como la masa. Por tanto, el paso de una materia cualitativa a una materia cuantitativa implica una transformación en la lógica y en el pensamiento de la realidad. Luego el cambio de coyuntura que implica esta transformación es, de cierto, un cambio estructural. En el BF III se aprecia un cambio en la estructura socio-económica de las comunidades atlánticas de la Península Ibérica que ahora intensifican la producción y los intercambios, pero los objetos que mejor visibilizan los circuitos de intercambio con el Mediterráneo y con el Atlántico no son aptos para ser pesados mediante ponderales pequeños… ni grandes. Las espadas, los carros, las liras, las hachas, los asadores y otros tantos objetos inmersos en los circuitos son apreciados por su valor cualitativo y por su material de composición, pero no por su masa, exactamente igual que en los períodos anteriores. Sin embargo, en las comunidades tartésicas del Horizonte Peña Negra I con Huelva a la cabeza sí se aprecia el inicio de una transformación profunda relacionada con la extracción de plata compatible con la introducción del valor relativo. Precisamente es en el barrio fenicio de Huelva el único lugar en el que con seguridad aparecen ponderales. A la vista de estos datos, es lícito dudar sobre la función de ponderales de las fichas enunciadas por Raquel Vilaça, con la excepción de los hexaedros del kārum de Huelva, ya que no encajan ni formal ni composicionalmente con los ponderales mediterráneos 318   y continentales, de la misma manera que tampoco está claro que su peso se rija por el siclo sirio ni por ningún otro patrón conocido fuera de la Península Ibérica. Sin embargo, las alternativas a esta interpretación son pocas e igualmente muy discutibles. En primer lugar, podría considerarse que las comunidades atlánticas desarrollan sus propios ponderales y sistemas como derivado de la evolución de los intensos y crecientes intercambios que mantienen entre sí. De esta manera, cabría cuestionarse si la aparición de esta nueva técnica de medición es fruto de un cambio estructural o de la inclusión de uno o varios productos que requieren de su pesaje para poder ser comprendidos y asimilados por la lógica de las comunidades peninsulares de inicios del I milenio a.C. Por otra parte, quizá las fichas en cuestión tuviesen una función distinta a la de medidores de peso. Así, podrían funcionar como pesos para redes, aunque en tal caso parecería más lógico que dispusiesen de una perforación por la que pasar la cuerda y que fuesen más pesadas, al igual que también sería deseable que hubiesen aparecido en contextos que aportasen algún dato sobre su uso pesquero, como arpones. Otra posible función más conservadora pero igualmente válida sería la de amuletos. De este modo se explica mejor que las fichas de función dudosa posean las formas más frecuentes vistas entre las cuentas de adorno o, simplemente, sean del todo atípicas como los octaedros. Si la forma es la clave, ya que los collares y las pulseras están cargados de simbolismo no sólo por valor estético, sino por su posible valor como elemento protector o como representación material de una idea – una alianza, un rito de paso, etc. –, entonces las fichas referidas bien podrían estar teñidas de un significado mágico y ser utilizadas en actividades rituales o esotéricas del estilo de la adivinación. Esta es una opción indemostrable, pero altamente viable. Como complemento de esta interpretación, la función mágico-ritual de las fichas podría explicar que éstas se incorporasen a la iconografía de algunas estelas. Así, en los monumentos de Cortijo de la Reina II (Murillo y otros 2005: fig. 4.107), Esparragosa de Lares I y II, Cabezade Buey III, Fuente de Cantos, Magacela, Olivenza, Navalvillar de Pela, Pedro Abad, Alamillo, Zarza Capilla I, Benquerencia y, quizá, El Viso II (Celestino 2001: 181-185; Harrison 2004: 157) se identifican una alineaciones de puntos que han sido interpretadas como ponderales (Celestino 2001: 182; Harrison 2004: 56; Murillo y otros 2005: n. 55). Los signos que aparecen grabados en las estelas encierran un mensaje de carácter heroico aunque sujeto a múltiples interpretaciones (Harrison 2004: 52-52, 81 ss.). Lo que parece seguro es que los objetos ilustrados tienen una importante carga simbólica, motivo por el que parece más razonable que las alineaciones tengan un significado trascedente y no tan prosaico como el de simples juegos de pesas. De todos modos, las actividades económicas desempeñadas por las élites de las comunidades tampoco pueden ser consideradas como triviales, sino que suponen un reflejo de su elevado rango y prestigio, tal y como queda puesto de relieve en la tumba 79 de Lefkandi (Popham y Lemos 1995). Por ello y con la debida cautela, de la misma manera que no todas las estelas de la serie son iguales, quizá tampoco las alineaciones deban todas ellas interpretarse de una única manera. En este sentido, el hecho de que la estela de Cortijo de la Reina II pueda ser de las más tardías debido a la inclusión de un protector pectoral cuadrado permite pensar que quizá los puntos alineados – a decir verdad, en este caso son cuadrados – representen ponderales auténticos de forma cúbica como los de Huelva o Alcácer do Sal. 319   Al hilo de esto último, quizá las fichas del inventario de Vilaça tampoco dispongan todas de una función homogénea. Así, tal vez las formas y las funciones vayan aparejadas, de manera que si las piezas hexaédricas sí parecen poder clasificarse satisfactoriamente como ponderales, el resto quizá tenga otras funciones, pudiendo comprender la de amuletos, pesas de redes, cuentas y otros usos desconocidos de carácter práctico o simbólico. Con independencia de su función, las relaciones metrológicas apreciables entre algunas de estas piezas puede obedecer a una cuestión muy simple: la relación tamaño-composición. Por ello, si sus pesos son similares es porque comparten material de composición y su volumen es parecido. El pesaje de algunas hachas de tipo ibérico de bronce ternario con cono ha revelado una masa similar entre ellas en torno a 1,1­ 1,25 kgs. (Ruiz-Gálvez 2000: fig. 18.6). Aunque el estado de conservación de estas hachas es aceptable, cada una dispone de sus propios defectos, de tal manera que no hay dos iguales. Dichas hachas evidencian que la similitud de sus masas no guarda, de partida, ninguna relación con valores metrológicos, sino que a igual volumen e igual composición, igual masa. Si se sometiera a la prueba de la balanza las espadas o las fíbulas del mismo tipo, de idéntico tamaño y composición, se observarían resultados equivalentes que, de nuevo, no parece lógico explicarlos a partir de un sistema de medida, sino de coherencia física y química. Y por este mismo motivo muchos torques presentan un peso similar, porque son de oro y más o menos disponen del mismo tamaño fruto de un molde bivalvo. En conclusión, una revisión en profundidad de los supuestos ponderales del BF III de la Península Ibérica revela que tan solo las piezas del kārum de Huelva y de Alcácer do Sal, estas últimas quizá ya orientalizantes, pueden ser consideradas como pesos que comparten un sistema metrológico documentado en el Mediterráneo oriental. Este sistema es el sirio o egipcio de 9,4-9,5 grs., de uso común en el circuito oriental desde antiguo y ampliamente extendido por las regiones aledañas. Los ejemplares peninsulares se caracterizan por su forma hexaédrica y por haber sido elaborados en plomo, una forma y un material típicos de ponderales. Por el contrario, no puede afirmarse para el resto de piezas propuestas su empleo como pesos en actividades económicas, aunque tampoco existen argumentos concluyentes que lo nieguen. De todos modos, parece más coherente que tuviesen otra función, muy probablemente ritual o mágica. Con respecto a la metrología de los artefactos áureos del Bronce Reciente y Final, aceptar que se elaboraron a partir de los siclos egeo, eblaítico y anatólico respaldaría una cronología anterior a los Pueblos del Mar, aunque plantearía el problema sobre el modo y la finalidad de asimilar patrones foráneos para piezas tan típicamente atlánticas en una época en la que no hay economía de mercado en Occidente. Por otro lado, rechazar estos patrones no invalidaría su alta cronología, toda vez que las similitudes metrológicas se pueden explicar perfectamente por una cuestión de composición y volumen homogéneos. En último término, si se aceptara la existencia de un valor relativo calculable en unidades de masa entre las sociedades peninsulares, ¿por qué los supuestos ponderales no se ajustan al mismo sistema metrológico que los artículos de orfebrería? En definitiva, el estudio metrológico no aporta ningún dato sustancial sobre la filiación de las Nuevas Orfebrerías. 320   5. Conclusión A la luz del análisis exhaustivo de carácter morfológico, tecnológico y metrológico se concluye que la durante la Protocolonización no se produce ningún cambio significativo en la orfebrería de la Península Ibérica. De igual manera, tampoco durante el Bronce Final se percibe ninguna innovación de carácter técnico, con la salvedad del surgimiento del sobrefundido comprendido en el Grupo D. Sin embargo, este nuevo elemento es un derivado del método de la cera perdida que se introduce en la Península Ibérica en el Bronce Reciente. Por tanto, ni la Protocolonización ni el BF III comportan ninguna novedad resaltable en el campo de la orfebrería. La única pieza que acaso pueda vincularse con los contactos producidos en el BF III es el torques triple de Sintra, ya que las campánulas son añadidos al aire que recuerdan a otras piezas de la toréutica de bronce. En este sentido, el torques de Sintra podría valorarse como una obra análoga a los asadores articulados y ganchos tubulares, pero en ningún caso como una importación mediterránea. La revolución en la tecnología del oro y de la plata en la Península Ibérica y en buena parte de Europa enmarcada en la Edad del Bronce es fruto de la expansión de la Cultura Heládica por el Mediterráneo y por la Ruta del Ámbar, dando a conocer la cera perdida, el forrado en oro y la vajilla áurea entre otros elementos, al menos en la región alpino-danubiana y en la Península Ibérica. Igualmente, la intensificación de los contactos intercomunitarios en el Atlántico norte conduce a la aparición de nuevos diseños y métodos de fabricación de artefactos áureos, sobresaliendo los jarritos acanalados y las joyas compuestas por oro y materiales exóticos. En resumen, la cera perdida aplicada a la orfebrería es ajena al BF III y, por tanto, a la Protocolonización. O, al menos, no existe ningún indicio concluyente que permita vincular la adopción de esta tecnología con los navegantes chiprolevantinos en vísperas de la colonización. Así, al elevar la cronología de la introducción de la cera perdida en la Península Ibérica es posible comenzar a llenar el vacío historiográfico existente en el los primeros siglos del Bronce Final, especialmente en las sociedades del Atlántico. 321   322       10. TORÉUTICA DE BRONCE 1. Introducción Junto con la orfebrería, otro campo que se ve fuertemente renovado en la metalurgia es el de la producción de objetos de bronce. En el BF III peninsular surge una nueva tecnología broncística, la toréutica, que es el arte de trabajar metales blandos a partir de los cuáles se producen objetos formalmente más elaborados. Dicho de otra manera, la toréutica es el arte de la escultura del metal. La nueva tecnología del bronce aplica métodos más sofisticados que la simple fusión en molde de piedra y deformación en forja. El bronce es una aleación de un metal duro, el cobre, y otro blando, el estaño. Esta aleación binaria se conoce igualmente como bronce binario, que es el modo típico de bronce, y que se contrapone al cobre arsenicado de inicios del II milenio a.C., y al bronce ternario, que incluye plomo y sobre que el más adelante se hará referencia. La inclusión de estaño en una proporción comprendida entre el 5-10% proporciona al metal unas mejoras en las propiedades físicas, mecánicas y tecnológicas fundamentales para entender el éxito de la aleación binaria (Davies 2001: 45-46). Sin entrar en detalles, las principales propiedades físicas son la rebaja sustancial en la temperatura de fusión los dos metales juntos – temperatura eutéctica – y una mayor resistencia a la corrosión. Esto implica un menor coste de producción, una mayor velocidad en su producción y también que el bronce conserve más tiempo sus propiedades iniciales, sin degradarse. Las propiedades mecánicas potenciadas son la plasticidad, la resistencia y, por extensión, la tenacidad. Así, resulta más sencilla la deformación del metal durante la fase de forja y se obtiene un producto que absorbe impactos más fuertes sin romperse. Por último, entre las propiedades tecnológicas se detectan un incremento en la soldabilidad y en la colabilidad, definida como la capacidad de fluidez del metal fundido, permitiendo elaborar piezas sin defectos. A esta mejora en las propiedades debe sumarse la abundancia de minerales para la obtención de cobre y estaño en las regiones del Atlántico. Y tampoco debe olvidarse que la combinación de cobre y estaño, en cuanto a que sus proporciones pueden variarse a voluntad, también confieren una coloración y brillo particulares a la aleación, lo que aporta a los bronces un valor estético añadido. En definitiva, el bronce binario presenta unas características que lo sitúan en una posición de ventaja económica y técnica con respecto al bronce arsenical, que es prácticamente un cobre con demasiadas impurezas. Aunque el conocimiento del bronce binario en la Península Ibérica es un hecho extendido desde la primera mitad del II milenio a.C. (Rovira y Montero 1994: 302-303; Fernández-Miranda y otros 1995: 63-65; Comendador 323                                                                  1997: 463; Senna-Martínez y otros 2010: 116), no es hasta el Bronce Final cuando la interacción de las comunidades atlánticas facilita un significativo aumento de la producción metalúrgica, así como también la aparición de nuevos artefactos. 2. Objetos y métodos de fabricación La innovación artefactual concerniente a la toréutica tiene unas dimensiones culturales inauditas en la Edad del Bronce proyectadas principalmente a nivel artesanal, simbólico y estético que afectan a toda la sociedad. Esta magnitud cultural, empero, no deja de ser un síntoma de una transformación a gran escala que cristaliza en el lapso de unas pocas generaciones, el BF IIIA (1050-900 a.C.), promovida por las propias dinámicas internas de las comunidades peninsulares sostenidas parcial aunque determinantemente por sus actividades ultramarinas en el Atlántico y en el Mediterráneo occidental. Sin embargo, con certeza pero sin claridad la innovación artefactual del BF III es fruto de la aplicación y combinación de algunos métodos sobradamente conocidos en el campo de la orfebrería peninsular desde El Argar C/Bronce Medio atlántico. Bronce y oro no evolucionan al mismo tiempo, lo que revela que el valor de ambos metales, aunque al final muy prestigiosos los dos, no siempre fue equiparable. El gran cambio metalúrgico en la Edad del Bronce se resume en el empleo y desarrollo del método de la cera perdida, aunque las innovaciones no se limitan a la aparición de este método (Armbruster 2000; 2002-2003). La cera perdida se puede aplicar de forma primaria o secundaria. En el primer caso, el objeto se fabrica reemplazando un molde positivo de cera previamente derretido, como los brazaletes de tipo Villena-Estremoz. En el segundo caso, el molde positivo de cera se superpone a una pieza básica (sobrefundido), de tal manera el objeto final es un compuesto entre la pieza básica y la superpuesta, como el torques triple de Sintra.1 En el BF III las piezas de bronce que aplican estos métodos alcanzan la categoría de objetos típicos dentro de la cultura material atlántica: los ganchos para carne complejos, los asadores articulados, los calderos, los soportes, las fíbulas de molduras. Además, también aparecen otras pocas piezas formadas por elementos de muy diversas características, si bien su cronología tal vez sea posterior. Si bien resulta obvio que en la fabricación de estos objetos es necesario el empleo de métodos secundarios de fusión debido a la multiplicidad de elementos que los componen y su complejidad técnica, no está claro cuál fue el proceso exacto de elaboración. Quizá por ello quepa aventurar que pudo procederse de modos diversos según cada taller y, por tanto, existir varias escuelas artesanales. Empezando por los ganchos para carne, éstos presentan una tipología diversa como consecuencia de la aplicación de diferentes procedimientos metalúrgicos, al igual que de la combinación del bronce con la madera. A medida que avanza el tiempo, estos objetos van ganando complejidad estética y pericia técnica. El tipo primigenio se compone de dos piezas básicas, un hipotético y lógico vástago de madera y un gancho fruto del forjado de una gruesa vara de bronce de sección cuadrangular desigual, ejemplificado en las piezas de Bishopland (Kildare, Irlanda), Barrios de Luna 1 Véanse los apartados 2.1.1.1 y 2.1.1.2 del capítulo 9 sobre métodos de fusión. 324     (León) y Langoëlan (Morbihan, Francia) (lám. LXIX.A.3) (Needham y Bowman 2005: 96­ 98). Los más avanzados cronológicamente son también los más complejos tecnológicamente. Dentro de estos últimos aparecen dos tipos básicos: los tubulares y los torsionados. Los ganchos tubulares se componen de varios elementos y son los más elaborados de toda la serie (Needham y Bowman 2005: 101 fig. 3 tab. 3). Quizá los más representativos por su complejidad son los ejemplares de Dunaverney (Antrim, Irlanda) y Nossa Senhora da Guía, ambos formados por cabezal, remate y uno o dos fustes o tubos metálicos, unidos supuestamente por un vástago de madera que los atravesaría. El primero de ellos (.lám. LXIX.B.1) incluye perforaciones tanto en el fuste como en el remate que sirven como pasadores de ganchos pequeñitos sobre los que se suspenden pequeñas anillas y cuyo extremo superior se adorna con motivos de aves (Bowman y Needham 2007: 66-71). Todos los componentes del gancho de Dunaverney están confeccionados a la cera perdida, incluido el cabezal que es el elemento de mayor tamaño y más difícil de elaborar (ídem: 65). Esta parte, no obstante, tal vez esté formada por dos piezas – el garfio doble y el dispositivo cruciforme por el que se inserta el garfio –, lo que implicaría una unión por fusión para fijarlas mutuamente. El gancho de Nossa Senhora da Guía (lám. LXIX.B.2) posee dos tubos y un cabezal sumamente atípico y complejo que lo convierte en el gancho más distinguido y peculiar de la serie (Armbruster 2002-2003: 149 lám. VII.2). Dispone de tres garfios simples, un cubo y una zona intermedia ornamentada mediante espirales grabadas. Quizá se trate de una pieza única fundida a la cera perdida o de varias piezas ensambladas mediante diferentes métodos, opción que parece la más probable. Por su parte, los ganchos torsionados como los de Cantabrana y Thorigné (lám. XXIII.B.1-2) (Needham y Bowman 2005: 101, 104 fig. 4 tab. 4) se caracterizan por los mangos formados por tres o cuatro varas de bronce que han sufrido un proceso de torsión cada una. Para ello se calienta al rojo la vara y se agarran los extremos con tenazas para, acto continuo, girarla sobre su propio eje. Una vez torsionadas, las varas se encapsulan por los extremos en el cabezal y el remate del gancho, ambos elementos en apariencia fundidos a la cera perdida como los anteriores. Para el encapsulamiento de las varas en el cabezal y el remate se debió de verter plomo o estaño y soldarse – soldadura por fluencia –, no sólo las varas y los cubos, sino también las varas entre sí, aunque tampoco es descartable que el cabezal y el remate se elaborasen mediante sobrefundido a partir de las varas. A medio camino entre los tipos simples y los complejos tubulares se encuentra el gancho de Little Thetford (Cambridgeshire, R.U.) (lám. LXIX.B.3), del que se conserva la cabeza y el remate y que tal vez incluyese también un tubo central (Bowman y Needham 2007). El remate es técnicamente idéntico al de los otros remates conocidos, de manera que no plantea ningún problema nuevo. Sin embargo, el cabezal es un elemento muy complejo y raro, ya que se compone de hasta siete piezas de distintos metales (ídem: 71-75). En él se observa cómo un garfio doble atraviesa el fuste por dos orificios enfrentados, a su vez soldados internamente con plomo, lo que tal vez sea extensible a otros ganchos tubulares. Aunque pueda parecer raro, quizá el gancho de Little Thetford sea una obra inacabada, lo que podría explicar su singularidad, así como su parecido al cabezal del de Nossa Senhora da Guía, de tal manera que lo observable sería la estructura interna del mismo. 325         Al contrario que los ganchos, los asadores pierden complejidad técnica con el tiempo en el ámbito atlántico. Los asadores articulados son los más antiguos y elaborados de toda la serie. Con todo, son mucho más homogéneos y estéticamente más sencillos que los ganchos. La estructura está compuesta por cuatro piezas básicas: una vara de sección cuadrangular, que sirve para atravesar y soportar la carne, un mango para girarlo en el otro extremo, un dispositivo anillado que encierra al mango, y las patas, que van unidas a la pieza anillada. No está del todo claro cuál es el procedimiento exacto de ensamblaje de todos los componentes (Baumans y Chevillot 2007; Armada y otros 2008: 484). En cambio, sí está fuera de toda duda que el dispositivo anillado que actúa como articulador y que incorpora una figurita zoomorfa es fruto de un trabajo a la cera perdida o de sobrefundido, al igual que el mango y que el tope de la vara de sección cuadrangular. El asador de Monte Sa Idda incluye el mango torsionado, y el de Amatunte tiene las patas unidas directamente al articulador, siendo los ejemplares más heterodoxos de toda la serie por estos motivos. En el conjunto de bronces del Cerro de El Berrueco aparece un asador no articulado y sin figuritas ornamentales (lám. LXX.A) (Almagro Gorbea 1974a: 876 figs. 4.3, 9.4). Sin embargo, en el trascurso de su fabricación se distinguen varias fases con el empleo de la cera perdida en el mango. Por ello, es probable que también este asador sea una obra de toréutica del BF III. Junto con los ganchos, los soportes son los objetos metálicos más laboriosos de la toréutica atlántica en el I milenio a.C. Se clasifican en dos tipos básicos: con ruedas y de pie (Armbruster 2002-2003: 150; Armada y otros 2008: 495-502). Todos ellos presentan un diseño con calados que les permite una cierta ligereza y esbeltez. En la fabricación de los dos tipos se recurre tanto a la cera perdida como, presumiblemente, al molde, si bien pudieron haberse elaborado íntegramente mediante la cera perdida. En cualquier caso, el resultado del complejo proceso de elaboración y unión de todas las piezas es un conjunto de objetos deslumbrantes por su virtuosismo técnico y su estética. Se conocen algunas piezas cuyas características decorativas y técnicas parecen muy similares a las que componen los soportes y cuya funcionalidad es un misterio. Se trata de las piezas de Monte de São Martinho (Castelo Branco, Portugal), Pragança (Cadaval, Portugal), Pé do Castelo (Beja, Portugal) (Lopes y Vilaça 1998; Vilaça 2008: 392-393; Arruda 2008: 364-365; Armada y otros 2008: 487-490) y Las Lunas (Yuncler, Toledo) (Urbina y García Vuelta 2010: 181-183 fig. 4.L-12). Se describen como tiras rectangulares decoradas con un motivo de espina de pez, terminadas en aros u otras figuras, como espirales objetos (lám. LXX.5-8). Un objeto conservado en el Museo de Ávila, procedente de Castillejos de Sanchorreja (Ávila) (lám. LXXI.A.1) pero de contexto desconocido, presenta rasgos afines a las citadas piezas, luciendo una decoración trenzada, triángulos calados y anillas suspendidas, también de dudosa función (Armada y otros 2008: 488-489 fig. 12). Fuera de la Península Ibérica se tienen registrado cuatro objetos de apariencia similar a los decorados con espina de pez provenientes del depósito de Monte Sa Idda (lám. LXX.1-4) (Taramelli 1921: 59-61) y otro como el de Sanchorreja ubicado en el depósito sardo de Santa María in Paulis (lám. LXXI.2) (Armada y otros 2008: 489-490 fig. 13) con forma de placa con el borde torsionado y espirales caladas en su interior, que debe vincularse verosímilmente a la toréutica del Bronce Final con matices. 326     Aunque de reducidas dimensiones, las piezas extrañas con decoración de espina de pez son producto de un proceso de fabricación complejo en el que, sin duda alguna, se han empleado métodos de fusión. Sin embargo, en Campo Redondo (Guarda, Portugal) (lám. LXXI.3) se dio a conocer hace décadas un molde univalvo de piedra en el que se descubren idénticas características decorativas (Vilaça 2004: 4 fig. 10) y otro similar en el enclave fenicio de La Rebanadilla (lám. LXXI.4) (Arancibía y otros 2011: fig. 3). Ambos moldes permiten preguntarse si la comunidad de investigadores ha sobredimensionado el empleo de la cera perdida para la fabricación no sólo de estas pequeñas piezas de función indeterminada, sino también para los soportes y los ganchos. Con respecto a estos dos últimos elementos, parece fuera de toda discusión la necesidad de la cera perdida en la producción de las figuras, tanto complementarias – los pajaritos de los ganchos de Nossa Senhora da Guía y Dunaverney – como estructurales – el caballo y el cérvido en los soportes de Les Ferreres y Les Peyros (Armada y Rovira 2011) – y, probablemente, en la pieza calada de La Clota (Rafel 2002). No obstante, resulta insatisfactorio proponer que los triángulos y discos calados de los soportes de tallo y con ruedas son productos hechos a la cera perdida. Ante la carencia de argumentos para determinar el proceso de elaboración, debido a la extrema complejidad que requeriría la cera perdida para las placas y discos de los soportes, quizá sea más prudente apostar por un molde como el de Campo Redondo. Las piezas resultantes se calientan y doblan cuidadosamente hasta adquirir la forma deseada y, a continuación, se unen por sobrefundido. De esta manera, lo más lógico es que en el proceso de fabricación de los soportes primero se fabriquen piezas sueltas y luego poco a poco se vayan ensamblando. Sea como fuere, el desconocimiento del contexto estratigráfico y arqueológico del molde de Campo Redondo permite preguntarse igualmente si se trata de una toréutica por imitación a cargo de un artesano menos hábil o, incluso, si en verdad están relacionados cronológica y culturalmente con los demás objetos aludidos. Las navajas de afeitar y los mangos calados también entran en escena por primera vez en el Bronce Final (Vilaça 2008-2009). Ambos elementos se fabrican en molde, sin requerir ninguna destreza especial en su elaboración. Pero muchos de los paralelos sardos de los mangos contienen motivos ornamentales de espina de pez aparentemente fruto de la torsión de una varilla de bronce (lám. LXXI.B) (Lo Schiavo 1991: fig. 2), de tal manera que con estos elementos se vuelve a incurrir en la misma cuestión anterior: ¿fueron hechos a molde o se torsionaron y unieron luego por sobrefundido? De nuevo la respuesta queda en el aire, si bien lo más razonable es apostar por la primera hipótesis. De todos modos, es altamente probable que estos mangos sardos sean autóctonos y no importaciones atlánticas. Otro de los objetos más representativos de la toréutica del Bronce Final son las fíbulas. Al margen de que en sí mismas ya son una novedad artefactual, en muchas de ellas se observan rasgos estilísticos de esta época con un marcado carácter técnico. Aunque las primeras de la serie sean objetos aparentemente muy simples, desde fechas tempranas en algunos ejemplares sicilianos y alpinos se aplican técnicas no conocidas para el bronce en épocas precedentes. Algunos ejemplares de arco de violín y arco simple incluyen botones y diferentes grosores en el puente, lo que demuestra el empleo de la fusión en su obtención. Las fíbulas zoomorfas, por supuesto, 327     se hacen también a la cera perdida, así como las que incorporan molduras, como los subtipos Ría de Huelva y Moraleda (Carrasco y Pachón 2006b; Carrasco y otros 2014). Otros dos detalles significativos que proporcionan muchas de las fíbulas son el puente retorcido, especialmente en el valle del Po y en Sicilia, y la decoración mediante incisiones, normalmente con motivos geométricos. La torsión es una técnica aplicada en la orfebrería atlántico-alpina, tal y como se contempla en los torques del Condado de Mayo (Irlanda) (Eogan 1964: 281 fig. 6.8) y del depósito de Eberswalde (Brandenburgo, Alemania) (Ellmers 2003: fig. 2) y en la artesanía del bronce, como se observa en algunos ganchos, en el asador de Monte Sa Idda y en algunos cierres de torques de bronce como los de Vénat (Coffyn y otros 1981: lám. 34.1-20), idénticos al aparecido en el depósito de Sagrajas. Las incisiones están ampliamente extendidas en las fíbulas europeas y mediterráneas, así como también en otros objetos. Los más destacables son los torques de oro distribuidos por todo el Atlántico, como los ejemplares de Berzocana. Estas piezas también tienen su equivalente en bronce, como los de Padilla de Abajo (Fernández Manzano y otros 2005: fig. 4.1) y Vénat (Coffyn y otros 1981: láms 29-31, 35-38, 40). La misma decoración se observa en uno de los cuencos semiesféricos del poblado de Nossa Senhora da Guía (Silva y otros 1984: 81-82 lám. VI). Estos recipientes se incluyen también dentro de las novedades del repertorio metalúrgico atlántico del BF III. El último elemento definido perteneciente a la toréutica que irrumpe en el Bronce Final en el Atlántico es el caldero, formal y técnicamente emparejado con la sítula, aunque ésta con una menor dispersión geográfica (Gerloff 2010a). Si en la broncística más espectacular y representativa del Bronce Final atlántico la primacía de los métodos de fusión es incontestable, en el caso de los calderos dichos métodos se ven relegados únicamente a la fijación del anclaje del asa al recipiente, quizá también a la elaboración de los mismos anclajes y, secundariamente, a la reparación de estos elementos. Por lo demás, los calderos son objetos fabricados a partir de chapas adosadas entre sí mediante remaches de extremos aplanados o cónicos. Constituyen, en este sentido, una excepción, aunque, irónicamente, constituyen del mismo modo la esencia de la nueva cultura material del Bronce Final desde sus inicios. Además de los artefactos referidos, existen otros artículos de toréutica en la Península Ibérica de discutible raigambre. Se trata de un cúmulo de piezas de elaborada manufactura cuyos contextos de aparición son desconocidos o poco claros, si bien tienen todos en común que proceden de la vertiente atlántica (Blanco 1957; Armada y García Vuelta 2003). La mayoría de estas piezas reproducen escenas o motivos relacionados de una u otra manera con el campo del sacrificio, razón por la cual parece acertado considerarlas dentro de ámbitos rituales a pesar de que su función sea indeterminada en casi todas ellas. Para la elaboración de estos objetos sacrificiales se hace uso de la cera perdida, aunque igualmente muchas de ellos también presentan figuritas y otros elementos composicionales unidos por soldadura blanda presumiblemente con plomo o estaño. Debido a la zona geográfica en la que aparecen y a los paralelos claros de algunas de estas figuritas adicionales con otros objetos, se ha propuesto su pertenencia a la Cultura Castreña o, más ampliamente, con las comunidades del noroeste peninsular a lo largo de la Edad del Hierro (Armada y García Vuelta 2003: 70-71). 328                                                                  Sin embargo, dos de estos objetos sacrificiales poseen una forma que remite a la toréutica típica del BF III. Se trata de un ejemplar conservado en el Museo Arqueológico Nacional (lám. LXXII.A.1) (Armada y García Vuelta 2003: 57-60 lám. I.3) y, en particular, el de Castelo de Moreira (Braga) (lám. LXXII.A.2) (ídem: 49-50 lám. I.1). El soporte de ambas recuerda a los ganchos y carritos que presentan torsionados en su estructura. A falta de análisis metalográficos o imágenes más nítidas, no parece claro que los soportes hayan sido confeccionados íntegramente a la cera perdida o bien sean verdaderas varas torsionadas unidas mediante soldadura a las que posteriormente se les ha adherido un prótomo de bóvido en uno de los extremos por sobrefundido. Tampoco es posible por ahora confirmar si las figuritas que ornamentan tales soportes han sido soldadas o fabricadas por sobrefundido. De lo que no cabe duda, en cualquier caso, es que el torsionado aparece por primera vez en la Península Ibérica con la irrupción de la toréutica en la Protocolonización o incluso en la etapa inmediatamente anterior, y que no es característico de la artesanía del bronce de ninguna sociedad peninsular del I milenio a.C. Igualmente, aunque las figuritas que complementan el soporte (y que le cargan de significado simbólico) puedan ser añadidos ulteriores, en los asadores articulados del Atlántico así como en los carritos y cuencos chipriotas de la época de los Pueblos del Mar aparecen motivos similares. La pieza de Castelo de Moreira es, de hecho, muy similar al fragmento de gancho de Adrano,2 que no sólo dispone de varas torsionadas, sino también de un ave y una anilla adosadas a las varas. Así pues, que estos objetos rituales puedan encuadrarse en la Edad del Hierro no quita que no hundan sus raíces en un momento avanzado del Bronce Final, tanto a nivel tecnológico como ritual (Maluquer de Motes 1952b: 239-240, 243; Vilaça 1995: 346-347). Todos los objetos referidos en los párrafos precedentes son elaboraciones de la artesanía de la toréutica que irrumpe en el Atlántico en el Bronce Final. Pero, además, como complemento a los métodos secundarios de fusión y a la deformación plástica, otra de las novedades en la metalurgia del bronce es la decoración por incisión que lucen fíbulas y torques, aparte de uno de los cuencos de Nossa Senhora da Guía. Si bien en el plano técnico la incisión no parece plantear un desafío serio para los artesanos atlánticos, los motivos representados en estos artefactos significan un importante cambio en el modo de asumir el valor ideológico de la metalurgia y, de manera general, de la cultura material. La toréutica reúne un grupo de artefactos cuyo principal signo definitorio es la aplicación de métodos secundarios de fusión. Este grupo forma parte de un conjunto mayor de objetos de bronce denominado Grupo o Metalurgia Vénat (Ruiz-Gálvez 1986), que recibe el nombre del famoso depósito francés en el que, no obstante, la inmensa mayoría de las piezas que lo integran fueron fabricadas a molde (espadas, lanzas y hachas, principalmente). Si bien las piezas del depósito representan con total claridad la metalurgia típica del Bronce Final, en concreto las del Horizonte Peña Negra I (900-760 a.C.), la falta de objetos representantes de la toréutica en el depósito enturbia la designación “Vénat” para la metalurgia más característica y significativa de todo el Bronce Final Atlántico. En el Horizonte Ría de Huelva (1050-900 a.C.) ya están documentadas los primeros reflejos de la interacción cultural a nivel metalúrgico entre las comunidades mediterráneas y atlánticas en las fíbulas epónimas y, aún en 2 Véase el apartado 5.2 del capítulo 5 sobre los ganchos para la carne. 329     fechas más tempranas, en el Horizonte Penard (BF I) aparecen los más antiguas manifestaciones de la adopción del sobrefundido aplicado al bronce en los calderos británicos. Así pues, “Metalurgia Vénat” no parece la designación más atinada, al margen de que se acepte en la medida en que se trata de una convención. En efecto, la metalurgia que mejor representa al Complejo Cultural Atlántico en el Bronce Final son las obras de toréutica y no las piezas a molde. Esto no significa que las espadas de lengua de carpa y de tipo Ballintober o las hachas de talón y anillas no sean dignas manifestaciones del Complejo; al contrario: ambos tipos simbolizan la koiné metalúrgica que, precisamente, faculta referir a todas las sociedades del Atlántico en el Bronce Final bajo el mismo sistema cultural. Sin embargo, es la toréutica la que mejor visibiliza dicha koiné, no tanto la serie de objetos en sí, sino la artesanía. La renovación en la broncística atlántica del Bronce Final, especialmente del BF III, es producto de la adopción y asimilación de ciertos métodos y técnicas venidos fuera que permiten materializar mejor el imaginario y el ritual atlánticos a través de la fabricación de artefactos. Así pues, cabe exponer dos breves conclusiones. En primer lugar, parece más lógico y razonable no designar a la metalurgia más típica del BF III a partir del depósito de Vénat debido los equívocos a los que induce por la cronología que explicita – BF IIIB –, de la misma manera que también por la tecnología variada que alberga dicho depósito, ya que mezcla modos tradicionales e innovadores. Y, en segundo lugar, el surgimiento de la toréutica no es sólo una cuestión técnica, sino estilística y, por tanto, simbólica y estética. 3. Valor ideológico y valor práctico En la medida en que los objetos de toréutica destacan por su virtuosismo técnico y belleza estilística, es fácilmente deducible que son bienes de alto valor simbólico con independencia de su función y contexto. Los avances tecnológicos se adecuan a los campos que definen a las élites sociales, de tal manera que es francamente perceptible una conexión estrecha y cerrada entre tecnología y élites. La toréutica se liga a autoridad de las élites, tanto en el plano de la creación de una imagen de sí misma como en el de la capacidad de elaboración o adquisición de artefactos refinados. Es decir, mediante esta tecnología se representa y materializa el rango de las personas, así como los mitos en los que creen y los ritos que realizan. Por ello, la toréutica no es sólo artesanía, sino arte; no es sólo una cuestión de técnica, sino de estética y de simbolismo. De este significado ideológico se desprende un carácter sacro que, en el fondo, impregna a toda la cultura material, especialmente a los artefactos metálicos. La renovación metalúrgica o, mejor dicho, la innovación toréutica producida en el Bronce Final se puede clasificar en categorías funcionales o semánticas, con la salvedad de las pequeñas piezas con decoración de espina de pez. La mayoría de los objetos – calderos, ganchos para carne, soportes y asadores – se agrupan en torno al campo del banquete. Las fíbulas, el otro gran grupo indiscutible de objetos de toréutica, se incluyen en la categoría de la estética personal. Ambas categorías conforman dos de los pilares de todas las sociedades y, en particular, de las 330     sociedades de rango que se ven sustancialmente reforzadas de manera gradual desde el Bronce Final. Aunque no es el momento para desentrañar el significado cultural del banquete y de la estética personal, parece necesario apuntar que los dos campos están teñidos de un enorme valor ideológico, tanto de orden moral como simbólico. A diferencia de las bestias, todas las sociedades humanas comen caliente, siendo uno de los aspectos esenciales que se conmemora a través del rito del banquete en el que se emplean los utensilios indicados. Igualmente, todas las sociedades humanas se visten, de tal suerte que mediante la vestimenta se recuerda y simboliza la dignidad y singularidad humana frente a los animales y demás seres de este mundo que, por naturaleza, siempre van desnudos. Tanto el juego de banquete como los objetos de estética personal desempeñan un papel simbólico de máxima importancia debido a las ideas que materializan. Los alimentos que se cocinan y consumen en el banquete, así como el modo de preparación y consumo de los mismos alimentos se diferencian de los hábitos cotidianos en los que no intervienen ninguno de objetos de toréutica. Algo similar sucede con las fíbulas o, mejor dicho, con los atuendos que incluyen las fíbulas como elementos de cierre y adorno: no son de uso diario, sino que su empleo está muy restringido a ciertos acontecimientos sociales y a ciertas personas. Así, el juego de banquete y la vestimenta a la que aluden las fíbulas se engloban dentro del ámbito de los ritos y de la sacralidad. Por ello se hace uso de la toréutica, ya que a través de esta artesanía distinguida y refinada se reflejan en la cultura material los aspectos ideológicos más esenciales de la sociedad. Y por esta misma razón la toréutica no es sólo una forma simbólica, sino moral, ya que evidencia los comportamientos sociales, el status de los individuos dentro de una comunidad y, de manera más amplia, la condición diferenciada de los humanos con respecto al medio natural. Por tanto, toréutica e ideología son dos conceptos íntimamente vinculados. La aparición de la toréutica en el Complejo Cultural Atlántico permite enfatizar el valor ideológico del banquete y el arreglo personal. Este fenómeno, puesto en relación con otros elementos de la vida social, implica a la vez que evidencia una transformación de mayor calado a la que se atenderá en otros capítulos. Emparentadas con los aspectos ideológicos de la toréutica aparecen las propiedades mecánicas del metal y el ciclo y coyuntura económicos en los que surge. El estaño actúa como un elemento necesario en la aleación al otorgar una plasticidad al bronce que permite el desarrollo de los métodos secundarios de fusión y, por tanto, de objetos con formas sinuosas y naturalistas. Dichos métodos se inventan en el Mediterráneo oriental y desde ahí se extienden por el mundo con la generación y arraigo de las redes de intercambio. Este desarrollo encierra, entre otras cuestiones, un rastreo de los recursos naturales entre los cuáles se encuentra el estaño, escaso en el Mediterráneo oriental. Y, en buena medida, el desarrollo de las redes de intercambio se vincula directamente a la búsqueda y obtención de estaño o de bronce binario para reciclar y fabricar, así, nuevos artefactos a la medida de las necesidades y gustos de las sociedades que los demandan. La “fiebre del estaño” es uno de los motores que propulsan la interacción de los circuitos mediterráneos y que terminan por conectar el mundo oriental con el Atlántico, rico en este recurso (Ruiz-Gálvez 1993: 45; Gale y Gale 1988). Sin entrar en 331       detalles, la introducción de los métodos secundarios de fusión y el forrado en oro en Iberia señalan indirectamente una vía hacia el noroeste peninsular recorriendo el Tajo. En la zona del noroeste y del Alentejo hay importantes fuentes de estaño, así como una salida marítima hacia las rutas del Atlántico por las que circulan objetos de bronce binario desde mediados del II milenio a.C. (Blasco 1995). Es altamente significativo que a pesar del incremento en la demanda de estaño, en todo el Atlántico durante el Bronce Final sólo se documentan dos hallazgos de objetos fabricados exclusivamente de este elemento, uno en el kārum de Huelva (lám. LXXII.B.1) (González de Canales y otros 2004: 150-151 láms. XXXVIII.9, LXIV.20) y otro en el pecio de Salcombe (lám. LXXII.B.2) (Roberts y Veysey 2011; Wang y otros 2016: 82 fig. 2). El primer hallazgo es una lámina con perforaciones interpretadas como las huellas de pequeñas extracciones para alearlas con cobre, mientras que el segundo hallazgo consiste en unas pocas tortas de este metal. Es decir, los dos únicos vestigios de estaño puro en el Atlántico son lingotes y no objetos terminados. Estos dos hallazgos son muy controvertidos. Parece lógico y hasta natural que el estaño circulase intensamente como lingote por todo el Atlántico habida cuenta de la coyuntura que atraviesan las sociedades de este macrocircuito. El bronce binario es sinónimo de la metalurgia del bronce ya desde la primera mitad del II milenio a.C., aumentándose la producción a medida que avanza el tiempo. Sin embargo, paradójicamente sólo se conocen dos hallazgos y ninguno de ellos en contextos de minas o talleres netamente atlánticos. De manera que ambas evidencias no sólo son excepcionales en el registro arqueológico, sino que también deben interpretarse como hechos insólitos en la época a la que pertenecieron. Lo más verosímil es que el estaño se fundiese a bocamina para elaborarse tortas u otros objetos toscos a molde de bronce binario desde el primer momento con el fin de reelaborarse en talleres cercanos, especialmente aquellas partidas destinadas a la toréutica. Por tanto, la aparición de estos restos de estaño puro – en particular los lingotes del pecio británico – es una cuestión abierta y de difícil respuesta. Si el estaño, de manera general, no circula en estado puro es porque carece de valor en la lógica de las comunidades atlánticas. En cambio, fundido con cobre adquiere pleno sentido. La excepcionalidad de las piezas de estaño de Salcombe y de Huelva refuerza el simbolismo y la moralidad del bronce binario y, por reducción, de la toréutica. La fiebre del estaño se traduce en la circulación de objetos terminados o, dicho de otra manera, el estaño se consume mediante otros objetos que se refunden para obtener la materia secundaria a partir de la cual se producen los objetos deseados. El reciclaje, por tanto, es una práctica corriente y necesaria entre los fundidores atlánticos del Bronce Final. La obtención de estaño para las aleaciones dinamiza los circuitos mercantiles y las élites que los dominan, no sólo por el tráfico de mercancías, sino por la extracción de materias primas, la producción, la distribución y el consumo, es decir, el ciclo económico completo. No sólo dinamiza el gran circuito mediterráneo, sino que también hace lo propio con el Atlántico. De esta manera, el esplendor de las sociedades atlánticas en el Bronce Final se liga al tráfico de bronce binario para la elaboración de objetos que distinguen y apuntalan a sus élites y para el fomento de la interacción con el mundo mediterráneo regulado por las mismas élites. En este sentido, el surgimiento de Tartessos y, sobre todo, del Grupo Baiões se explica 332       satisfactoriamente poniendo en valor sus recursos minerales – cobre en el primer caso y estaño en el segundo –, interaccionando mutuamente, así como también con los influjos mediterráneos (Senna-Martínez 1994: 223, 226). Resulta muy interesante la aparición de hachas de talón en el Círculo del Tirreno. Este elemento, típicamente atlántico, funciona como una herramienta de carpintería y, sobre todo, de tala de árboles. No parece adecuado explicar su traslado al ámbito mediterráneo por una cuestión práctica, ya que los pueblos del Tirreno disponen de sus propias herramientas para desempeñar esta tarea. Tampoco parece verosímil interpretar estos objetos como elementos de intercambio ritual, como lo pueden ser las armas. Cierto es que las hachas atlánticas, por su tenacidad se convierten en útiles estupendos para la tala. Y también es verdad que las élites del Bronce Final no viven aisladas y distanciadas de la vida cotidiana. Pero parece una explicación más coherente interpretar las hachas en Cerdeña como un indicio de la circulación de bronce binario, esto es, de estaño. Así, la forma de hacha es circunstancial, tal vez protomonetal, nada más que una manera de transportar el material metálico. Se trata, entonces, de un tráfico de chatarra, entendido como un aspecto de economía de reciclaje. El Bronce Final coincide, entonces, con una cota inusitada de tráfico interno y externo de bronce binario, a la vez que de evolución en la producción de artefactos metálicos, tanto de bronce como de oro. El estaño, bajo la apariencia de bronce binario, es el leit-motiv del largo proceso que conduce al período de esplendor de la cultura atlántica en el BF III, cuando todos los nuevos elementos metálicos comparten escena. En definitiva, con la introducción de la toréutica se produce un efecto multiplicador en el mundo del Atlántico, revalorizándose y redefiniéndose el banquete y la estética personal, con todos los valores simbólicos, sociales y económicos que conlleva (Needham 2007). Con esta introducción se inicia un ciclo de demanda de materiales, brutos y elaborados, que las élites sociales articulan y cristalizan mediante la confraternización con otras comunidades en el banquete y la exhibición de su superioridad – el prestigio – en la estética. Por tanto, la innovación que supone la toréutica en las sociedades atlánticas trasciende a la mera artesanía para adentrarse en el plano ideológico. 4. Problemática Pero los inicios del esplendor del Bronce Final o, lo que es lo mismo, de la toréutica atlántica, no están exentos de controversia. La problemática que entraña la toréutica se resume en tres preguntas: a) ¿Cuándo se introduce la toréutica en el Atlántico?; b) ¿Desde dónde se introduce?; c) ¿Por qué incluye plomo parte de la toréutica atlántica? Si bien estas tres preguntas aluden inequívocamente a los calderos y, en menor medida, a los soportes de pie, que son los objetos más polémicos de toda la cultura material atlántica, así como a la inadecuación del concepto “Metalurgia Vénat”, en el fondo plantean la cuestión sobre el surgimiento y desarrollo del Bronce Final y sus relaciones exteriores. La no conservación de elementos afines en los alrededores dificulta una respuesta rotunda para estos interrogantes. 333                                                                  4.1. Filiación La cuestión de la filiación de la toréutica atlántica atañe al momento del surgimiento y la vía por la que se introducen la cera perdida y el torsionado aplicados al bronce. Empezando por la cera perdida, las piezas más significativas son los asadores articulados, los ganchos tubulares, los carritos, las fíbulas gallonadas y los calderos, todo ellos piezas que requieren un prolongado y laborioso proceso de fabricación. Con la salvedad de los calderos y de los soportes con ruedas más simples, la toréutica atlántica no tiene una línea directa de unión con los Campos de Urnas ni con el Círculo Nórdico, sino con el Mediterráneo centro-oriental, en donde se advierte un desarrollo de la toréutica de profundo calado desde la expansión chipriota en el CG I/BF IIIA (1050-950/900 a.C.). Dicha expansión y desarrollo de la metalurgia del bronce se puede denominar ”metalurgia sardo-chipriota” (Lo Schiavo y otros 1985; Vagnetti y Lo Schiavo 1989). Las comunidades de la Península Ibérica viven un sustancial aumento en el repertorio artefactual y una trascendental renovación tecnológica en el BF IIIA. Las mejores evidencias arqueológicas de esta renovación se producen en el campo de la toréutica, agrupables en los campos semánticos del banquete y de la estética personal. La nueva toréutica atlántica muestra una conexión patente con el grupo metalúrgico sardo-chipriota, de tal manera que las comunidades del Atlántico absorben y asimilan una serie de virtudes técnicas y artísticas desconocidas hasta entonces en la broncística. Lo más interesante con respecto a la introducción de la toréutica es que muchos de los nuevos artefactos no son tanto una importación, sino una creación local inspirados en modelos foráneos. Así, en los talleres atlánticos se comienza a desarrollar internamente desde el principio tipos y aplicaciones propios a partir de prototipos mediterráneos. Entre estas creaciones aparecen los asadores articulados, los ganchos tubulares, algunos cuencos semiesféricos, las fíbulas de codo central y el soporte con ruedas de Nossa Senhora da Guía. Desde la Península Ibérica, la nueva toréutica viaja por las redes de intercambio atlánticas e, incluso, emprende la ruta inversa hasta el Mediterráneo oriental, dando buen testimonio de ello el asador de Amatunte y las fíbulas de subtipo Moraleda localizadas en Chipre y en el Levante donde, por cierto, se reconvertirán nuevamente en otros tipos.3 Las dataciones por radiocarbono también revelan contextos avanzados del Bronce Final para el inicio de la toréutica excepto para los calderos, cuyo arranque se retrotrae al BF I. Así, el poblado de Nossa Senhora da Guía proporciona una serie que indican el BF IIIB (siglo IX a.C.) como época más probable de su ocupación. La serie es 2745±40 BP: 997­ 811 cal. AC, 2680±40 BP: 903-797 cal. AC y 2650±35 BP: 891-793 cal. AC (Vilaça 2008b: 385; Mederos 2009b: 285). En este castro se documentan, entre otros muchos elementos, un asador articulado, un gancho de tubo especialmente elaborado y restos de tres soportes con ruedas, además de otros objetos hechos a molde, así como moldes y otros restos de fundición. Por esto último, tal cantidad de artefactos se ha 3 Véanse los apartados 5.1. del capítulo 5 para el asador de Amatunte y 7.1 del capítulo 6 para las fíbulas de subtipo Moraleda halladas en Oriente. 334     interpretado como un taller de fundición (Senna-Martínez y Pedro 2000; Senna-Martínez 2007: 266-267), lo que significa la aplicación de conocimientos técnicos y, en síntesis, la esencia de la renovación metalúrgica. Tampoco es descartable que no se trate en realidad de un taller, sino de un lote de bienes de prestigio propiedad de un big man. De todos modos, esta interpretación alternativa no implica que en el poblado de Nossa Senhora da Guía no pudiese haber un taller, ya que la red clientelar de un líder social comprende guerreros y artesanos con quienes mantiene obligaciones mutuas. A pesar de que la cronología de BF IIIB para Nossa Senhora da Guía es plenamente válida, la tecnología verosímilmente pueden retrotraerse hasta la fase anterior, Así, el depósito de la Ría de Huelva, en el que se incluyen nueve ejemplares de fíbulas gallonadas, dispone seis dataciones muy similares entre sí que combinadas ofrece un resultado de 2817±29 BP: 1004-926 cal. a.C. (1σ), 1049-901 cal. AC (2σ) (Torres 2008a: 64), mientras que las muestras tomadas del astil de madera del gancho tubular de Dunaverney – OxA-10004: 2839±37 BP, OxA-10005: 2818±37 BP, con una fecha combinada de 2828±26 BP: 1050-910 cal. AC (2σ) (Bowman y Needham 2007: tab. 3) – revelan también una cronología anterior a la del castro portugués. Por tanto, cuatro importantes yacimientos con objetos de toréutica y con dataciones calibradas apuntan de manera inequívoca a que la toréutica peninsular arranca claramente en el BF IIIA-Horizonte Ría de Huelva, inspirada en objetos mediterráneos pertenecientes a la metalurgia sardo-chipriota pero desarrollados en la Península Ibérica. Así, el carrito mejor conservado de Nossa Senhora da Guía, no obstante sus peculiaridades formales, debe emparentarse con los carritos chipriotas del tiempo de los Pueblos del Mar (Matthäus 1985: 316-321 láms. 100.707, 103.706-109.712, 123.1-2). Sin embargo, las asas móviles circulares fabricadas a la cera perdida se relacionan con la de los calderos atlánticos que, además, aparecen en el BF I-Horizonte Penard (1300­ 1150 a.C.). Dos de los elementos más característicos del Bronce Final Atlántico son los calderos y las sítulas de placas de bronce con remaches (Leeds 1930; Hawkes y Smith 1957; Coombs 1975; Gerloff 1986; 2010a; Briggs 1987; Armada 2002; 2008). Su dispersión se extiende por todo el Atlántico, con una concentración en las Islas Británicas notablemente mayor que en el resto de regiones. Muchas de las piezas isleñas se conservan prácticamente enteras, mientras que en Francia y en Iberia los ejemplares completos son claramente minoritarios. Los calderos y las sítulas se diferencian únicamente en la forma. Así, mientras que los primeros son globulares, los segundos son más verticales y con la base plana. Por lo demás, comparten todos sus atributos. A pesar de la uniformidad de estos recipientes, se observan algunas diferencias entre ellos que dan pie a una clasificación interna. Las variables son el número de chapas, el tipo y número de remaches y, lo más interesante, la posición de las asas, que pueden disponerse en el exterior del borde (clase A) o en su interior (clase B) (Leeds 1930: 4-14; Gerloff 2010a: 44-45). La secuencia de calderos atlánticos empieza con los ejemplares hallados en Colchester (Essex, R.U.), Feltwell (Norfolk, R.U.) (lám. LXXIII.A.1), Shipton-on-Cherwell (Oxfordshire, R.U.), “Chard” (Somerset, R.U.) y Derreen (Roscommon, Irlanda), más fragmentos de asas y una base en Saint-Ygeaux (Côtes-d’Armor, Francia) (Gerloff 1986: 335     88-96, 108; 2010a: 48-62 láms. 1-13). Todas estas piezas componen la subclase A0, que es la más sencilla de toda la serie, con menos de cinco placas y una aleación binaria de cobre y estaño. La datación de Horizonte Penard se confirma a través de una datación radiocarbónica obtenida del astil de madera de un garfio contenido en el caldero de Feltwell (lám. LXXIII.A.1), ofreciendo un resultado de 3013±36 BP: 1390-1120 cal. AC con un intervalo de confianza del 95% (Gerloff 2010a: 50). Este último dato es altamente significativo, ya que a partir del BF II-Horizonte Wilburton (1150-1050 a.C.) los bronces británicos incluyen plomo en su composición (Northover 1982; Northover, en Gerloff 2010a: 354-355; Gerloff 1986: 106-107). Los calderos atlánticos, en este sentido, forman parte del repertorio de objetos característicos que marcan la transición hacia el Bronce Final en las Islas Británicas (Gerloff 2010a: 37-38). A partir del BF II-Horizonte Wilburton comienza la proliferación y diversificación de los calderos. Los de clase A son muy abundantes en las Islas Británicas y sólo se distinguen con claridad en esta zona, con la salvedad de un ejemplar completo en Ouzilly- Vignolles (Vienne, Francia) (Gerloff 2010a: 86-87 láms. 44.19A-45) y de los fragmentos de una sujeción de asa en el depósito de Déville-lès-Rouen (Seine-Maritime, Francia) (íd.: 90 lám. 46.25). Los calderos de clase B están más repartidos por todo el mundo atlántico, aunque con la excepción de los ejemplares peninsulares, sólo los hiberno- británicos se conservan completos. Así pues, dado que la mayoría de los calderos atlánticos se fechan desde el 1150 a.C. en adelante y que los anteriores tan solo suman seis, lo más verosímil es que los ejemplares de la subclase A0 se fechen en la primera mitad del siglo XII a.C., es decir, no mucho antes de la irrupción de los bronces ternarios. Los restos de chapa con remaches más antiguos localizados en la Península Ibérica aparecen en el depósito de Huerta de Arriba (Burgos) (Martínez Santa-Olalla 1942: 136 fig. 4; Fernández Manzano 1986: 124; Gerloff 2010a: 206 lám. 114.73-74). Estos restos se perdieron antes de que se publicase por primera vez este depósito debido a su estado muy fragmentado que los hacía muy frágiles de tratar. Sin embargo, a través de estos pequeños fragmentos fueron reconstruidos dos recipientes sin asas, uno semiesférico y el otro más abierto, y se identificó un tercer vaso imposible ni tan siquiera de rediseñar (Martínez Santa-Olalla 1942: 136-137). La ausencia de espadas en lengua de carpa y la presencia de un puñal de hoja pistiliforme y de hachas de talón y dos anillas en el conjunto apunta a una cronología del BF II para este depósito. Llama la atención que en la reconstrucción de estos recipientes no se incluyan asas, asemejándose a las sítulas continentales del Ha C (Gerloff 2010a: 392-397). Aunque no figuren en el repertorio del depósito, Huerta de Arriba es un conjunto típicamente atlántico de Bronce Final y todos los contenedores de chapa con remaches de este ámbito incorporan este elemento. Lo más lógico, entonces, es que dispusiesen de ellas, pero que se desintegrasen por lo dañadas que estaban las piezas. Cuestión aparte es que sea posible discernir si éstas eran internas o externas. Todos los ejemplares peninsulares se ubican en la vertiente atlántica formando parte de depósitos metálicos. Los dos únicos recipientes completos documentados en la Península Ibérica son los calderos de Cabárceno (Penagos, Santander) (lám. LXXIII.B.1) (García y Bellido 1941; Fernández Manzano y Guerra 2003) y de Lois (Crémenes, León) (lám. LXXIII.B.2) (Schubart 1961: fig. 4.B; Fernández Manzano 1986: 18, 124 fig. 41.4; para ambos Armada 2008: 135 figs. 2, 4; Gerloff 2010a: 200-204 láms. 110-114.72.k). Son 336                                                                  prácticamente idénticos, con cinco placas el primero y cuatro el segundo, remaches cónicos y separados y con las asas en el interior. Por estos detalles, pertenecen a la subclase B0 de Gerloff (2010a: 129), que se completa con otros dos ejemplares en Irlanda, en concreto en Cloonta y otro de localización imprecisa (lám. LXXIV.A) (ídem: 129-133, 138 láms. 48-52). En la Península Ibérica se documentan fragmentos de otros muchos recipientes reconocibles tanto por los remaches en placas como por las anillas de sujeción, aunque nuevamente indistinguibles a nivel tipológico (Armada 2008: tab. 1, con bibliografía). A muchos de estos fragmentos es posible asignarles una cronología más o menos precisa por su contexto arqueológico y por radiocarbono, abarcando desde el final del II milenio a.C. hasta el siglo VII a.C. Así pues, tanto las fechas calibradas como la mayor densidad de calderos en las Islas Británicas, especialmente en Irlanda, apunta a que se trata de su región de origen en el Atlántico, desde donde se extienden hacia el sur. De todos los utensilios de cocina típicamente atlánticos, los calderos y, en menor medida, las sítulas constituyen las principales aportaciones de las comunidades del Atlántico norte a la koiné material de Occidente. Por tanto, las primeras manifestaciones del empleo de la cera perdida en la broncística atlántica no se producen en la Península Ibérica en el BF III, sino en el Atlántico norte en el BF I. En principio, no parece que los carritos chipriotas coetáneos a los calderos más antiguos puedan relacionarse entre sí a la luz del vacío, un tanto incómodo, de estos artefactos en la Península Ibérica y en el Círculo del Tirreno hacia el siglo XIII a.C. No obstante, las palpables similitudes entre el ejemplar de Nossa Senhora da Guía con los orientales abre la puerta a esta posibilidad. Apoyando la hipótesis de una cronología elevada aparece la expansión chipriota por el Mediterráneo occidental visibilizado, entre otros aspectos, en la proliferación de lingotes de piel de buey (Lo Schiavo y otros 2009), y ya en la Península Ibérica también aparecen las hachas de enmangue directo atlánticas, las primeras cerámicas a torno halladas en este espacio, la fecha más temprana de las propuestas para la olla cerámica de Alberique y el esplendor de la Cultura Heládica durante el cual ya se atestiguan carros y liras como los grabados en las estelas. Igualmente, los soportes de pie, los torsionados e, incluso, las representaciones de embarcaciones en el petroglifo de Auga dos Cebros (Santa María de Oia, Pontevedra) (lám. LXXIV.B) (García Cardiel 2013: 15-17 figs. 1-5) podrían incluirse en este conjunto.4 Sin embargo, esta opción en apariencia tan resolutiva de apuntar a los siglos XIV-XIII a.C. como época de introducción de los calderos en la Península Ibérica no encaja convenientemente con los datos empíricos, de modo que es más apropiado separar estos objetos del resto de la toréutica del bronce en el Atlántico. De esta manera, la cuestión sobre el surgimiento de los calderos y con ellos de la toréutica en el Atlántico parece desvincularse de la vía mediterránea a través de la 4 Se ha propuesto igualmente que algunas de las embarcaciones representadas en los abrigos de Laja Alta (Jimena de la Frontera, Cádiz), así como la de Barranco de Santa Ana (Ciudadela, Menorca) también tiene como referencia los navíos heládicos (Ruiz-Gálvez 2005; Mielke y Schuhmacher 2011). Aunque no esta propuesta no es descartable, los grabados un tanto pobres tampoco permiten afirmarlo. Por el contrario, el petroglifo de Auga dos Cebros arroja muchas menos dudas sobre la filiación egea del barco representado. 337       Península Ibérica. De todos modos, quizá futuros hallazgos y una deseable investigación profunda sobre el final del Bronce Tardío peninsular obliguen a reconsiderar una conexión mediterránea, El rasgo más destacado y visible de estos recipientes es el cuerpo. Están fabricados con diversas placas de bronce unidas entre sí mediante hileras de remaches, de tal manera que las placas terminan solapándose. El origen último de esta método se localiza en Mesopotamia durante el Período Protodinástico III (h. 2500- h. 2200 a.C.) (Müller-Karpe 1993: 188-190, 193-194, 204-206 láms. 110-111, 112.1298, 1307-08, 115.1315, 116-117, 125.1376). En el Egeo se observa una importante tradición de objetos producidos mediante este método (Matthäus 1980: láms. 1-2, 4.27, 7.40, 8.56, 11.75-76, 22-31, 35, 62). Entre estas piezas aparecen por vez primera grandes contenedores hemiesféricos similares a los calderos atlánticos, documentados en Tylissos (lám. LXXV.A.1), ciertas tumbas micénicas y en Argos fechadas en el HR I (1700-1600 a.C.) (ídem: 82-85 láms. 1-2). Sin embargo, son dos trípodes de Dendra (lám. LXXV.A.2) (ídem: 108-109 lám. 11.75-76) los más similares a los calderos atlánticos, en la medida en que su forma globular es prácticamente idéntica, así como que también incluyen la base de la olla unida por remaches al cuerpo. Se fechan en el HR IIIA, siendo, por tanto, ligeramente anteriores a los primeros calderos atlánticos. De la misma época que los trípodes egeos son las sítulas que aparecen en la región de los Cárpatos fabricadas siguiendo el mismo método de elaboración (Patay 1990: 34-40 láms. 27-29), al igual que al norte de los Alpes (Prussing 1991: 49-52 láms. 15-96-21.106). En los Cárpatos también se conocen tres calderos hechos con placas y remaches, pero su cronología no es tan definida, oscilando entre el Ha A1 y el Ha B3 (Patay 1990: 79-80 láms. 64-66), es decir, todo el Bronce Final. La discontinuidad territorial y temporal que muestran las ollas de chapa claveteada no facilita descubrir un recorrido. Se ha planteado en multitud de ocasiones que los calderos atlánticos tienen su genealogía en los egeos (Hawkes 1952: 108; Coffyn 1985: 57; Burgess 1991: 30; Almagro Gorbea 1995: 142; Gerloff 2010a: 113-114), pero a la luz de la distribución y cronología expresadas no parece tan claro. En términos estrictamente cronológicos y, en menor medida, tipológicos, los contenedores atlánticos pueden relacionarse con las sítulas de tipo Kurd-Hosszúpály y los calderos de tipo Sümeg-Sipbachzell danubianos (lám. LXXV.B) (Gerloff 2010a: 288-298, 382-391), así como con los trípodes de Dendra. Esto respalda una ruta de difusión continental (Ruiz- Gálvez y Galán 2011-2012: fig. 5), a su vez apoyada en la ausencia de piezas similares en el Círculo del Tirreno y en la Península Ibérica en el BF I. Tal hipótesis se ve respaldada en que los ganchos de la carne irrumpen en el escenario atlántico en el Horizonte Penard procedentes del continente, de tal manera que parecen ir asociados (Jockenhövel 1974: 333). El problema de esta interpretación estriba en dos aspectos: la distribución geográfica y el procedimiento de fabricación. Con respecto a su distribución, el vacío en los Alpes occidentales resulta muy incómodo, puesto que si penetran por los Campos de Urnas lo más lógico es que hubiesen dejado algún rastro. No obstante, este inconveniente puede verse atenuada si se pone en relación la hipotética introducción de los calderos con la de otros artefactos de chapa de bronce (Sandars 1983: 60; Bouzek 1985: 175), especialmente los escudos (Uckelmann 2012: láms. 166-167). La distribución 338                                                                  de estas últimas piezas pone de relieve un enlace entre el Círculo Nórdico y las Islas Británicas a finales del II milenio a.C., aunque en la primera de estas regiones no se atestiguan calderos de tipo continental. Además, se reconocen de manera inconfundible sítulas de tradición alpino-etrusca en las Islas Británicas (Gerloff 2004) que, aunque pertenecientes al principio de la Edad del Hierro, sugieren que existe una cierta conexión entre los Alpes y el Atlántico norte visible en el menaje de cocina. Dicha conexión culinaria también se evidencia en los ganchos simples de doble garfio, que se extienden hacia el oeste y, fuera del campo del banquete, sobre todo se manifiesta en los cascos metálicos. Estos últimos objetos comparten con los calderos su fabricación a partir de chapas de bronce, lo que deja ver que no sólo es el tipo, sino la tecnología el elemento que se desplaza hacia el Atlántico (Milcent 2015). Por otro lado, las asas que incorporan los calderos y sítulas atlánticas se diferencian notablemente de las que llevan los paralelos continentales en cuanto al procedimiento de fabricación. Las asas de los contenedores atlánticos están hechas a la cera perdida, un método ajeno al conjunto de calderos, sítulas, cráteras, trípodes y demás artefactos de chapa con remaches repartidos por todo el continente, el Egeo, el Mediterráneo oriental y el interior de Asia. Las asas se componen de anclaje y anillas. El anclaje presenta acanaladuras que recorren toda su superficie, mientras que las anillas son móviles y circulares, muy simples. Anillas circulares con una sujeción acanalada se documentan en diversas regiones europeas y mediterráneas, como Egipto (Radwan 1983: 109-110 lám. 57.317-318, 322), Chipre (Matthäus 1985: 134-136 láms. 26.373-374, 27.372-373, 375) y los Cárpatos (Patay 1990: 38 láms. 28.53), de cronología equivalente a la de los ejemplares atlánticos. Sin embargo, sólo en los calderos y sítulas atlánticas las asas aparecen fusionadas al cuerpo de los recipientes, cuando en todas las demás piezas de los Cárpatos y del Mediterráneo se emplean remaches en su sujeción. Igualmente, a través del estudio de la Nueva Orfebrería5 se descubre que la cera perdida se expande por el continente y por el Mediterráneo desde el Egeo, lo que en principio debería ser válido también para el bronce. Las mejores evidencias de esta expansión las ofrecen los brazaletes de bronce con molduras de la zona de los Cárpatos (Mozsolics 1973: 116, 130 láms. 51.7, 73.A.6-8) fechados en el Horizonte Ópályi-IVb (1350-1250 a.C.) y de la zona alpino-danubiana (Müller-Karpe 1959: láms. 170.A.1-5, 180.B.10, J.1-2, 181.A.7-8, 17, F, G.6) que verosímilmente fueron fabricados empleando la cera perdida y cuya cronología abarca los períodos Br D e inicios del Ha A1 (1350-1200 a.C.). Por tanto, los recipientes de chapa con remaches y el método de la cera perdida se difunden ampliamente por el continente desde el Egeo a partir de la consolidación de la Ruta del Ámbar a mediados del II milenio a.C., si bien sólo en el Atlántico se combinan estas dos tecnologías. Por la vía continental circulan no sólo objetos, sino elementos ideológicos y conocimientos técnicos que suponen una transformación cultural para todos los pueblos por los que pasa la Ruta del Ámbar, desde el Egeo hasta el Círculo Nórdico (Kristiansen y Larssen 2006). En esta última región se conocen en la Edad del Bronce algunos objetos de toréutica para cuya elaboración se requirió 5 Véase el capítulo 9. 339 http:180.B.10                                                                  la fusión a la cera perdida (Thrane 2013: 759), tal y como ponen de relieve las trompas hiberno-nórdicas (lám. LXXVI.A) (Coles 1963; 1967; Lund 1986)6 y los cascos astados metálicos (Hencken 1971: 169 figs. 138-139). Así pues, la cera perdida pudo haberse introducido en las comunidades del Atlántico norte gracias al flujo de contactos con el Círculo Nórdico exactamente igual que el ámbar. En este sentido, el caldero atlántico de Abindholt (Dinamarca) (Gerloff 2010a: 72-73: lám. 34) funciona como una evidencia más de este flujo, aunque en dirección contraria. Ni las trompas ni los cascos pueden fecharse con precisión, únicamente pudiendo aseverarse que son del Bronce Final. La opción nórdica para la introducción de la toréutica es viable, pero incierta y, desde luego, muy remota para la introducción de la chapa con remaches. Sobre esta última tecnología, la opción peninsular ofrece una mayor incertidumbre, ya que los más antiguos vestigios de calderos no superan el BF II. Queda la opción francesa, también con un margen de incertidumbre muy elevado ya que en esta zona tampoco hay evidencias de calderos tan antiguas que permitan sostener que ésta es su región originaria o, al menos, de tránsito hacia Gran Bretaña. Y, sin embargo, necesariamente tuvo que ser una de estas tres vías el medio por el cual se introdujeron en el Atlántico norte los elementos tecnológicos que permitieron desarrollar los calderos. Quizá la opción más factible para la chapa con remaches sea la francesa a través de Bretaña, en la medida en que en esta región se documentan brazaletes de oro y bronce hechos con molde bivalvo idénticos a los alpino-danubianos que, no obstante, están ausentes tanto en el Círculo Nórdico como en la Península Ibérica (Müller-Karpe 1959: lám. 170.G.4-5; Millote 1963: 266 lám. XVI; Briard y otros 1969: 61 fig. 20.186-188; Mozsolics 1973: 154-155, 190, 200-201 láms. 49.8-9, 82, 84, 95.2; Müller-Karpe 1980: lám. 482.M; Eluère 1982: fig. 107; Springer 2003: 286, 293-294, 296; Mercurin 2011: 139 fig. 4.9). Todas estas piezas ponen de relieve la existencia de un corredor que une Bretaña con los Cárpatos entre los siglos XIV-XIII a.C. y que se convierte en el apoyo más importante que permite argumentar que los calderos alcanzaron el Atlántico norte por vía continental. Precisamente es también en Bretaña durante el Horizonte Rosnoën (1350-1200/1150 a.C.) donde y cuando aparecen los indicios más sobresalientes acerca de la introducción de la cera perdida en Gran Bretaña. Se trata de los únicos representantes en bronce de los brazaletes de tipo Évora, los cuales, además, son los únicos localizados fuera de la Península Ibérica. La única pieza completa, aunque muy desgastada, se documenta en el depósito de Plounéour-Trez (Finisterre, Francia) (lám. LXXVI.A.1.a) (Hallegouët y otros 1971: 67 fig. 4.1). La decoración geométrica está prácticamente borrada y la forma es un tanto irregular, pero su estado de conservación no impide advertir su confección a la cera perdida. En el mismo depósito también aparece un cierre que luce los mismos motivos en zig-zag y los vestigios de la parte principal de un tercero (ídem: 69 fig. 4.2-3). El hábitat al que se asocia el depósito es bastante pobre, aunque sus materiales 6 Agradezco la cordialidad, generosidad y la atención recibida por la Prof. Dra. Casja Lund, quien me hizo llegar una versión inicial de un trabajo suyo sobre el proceso de fabricación de las trompas nórdicas. A través de este trabajo se apuntala la tesis sobre la introducción del método de la cera perdida por vía norteña en el Atlántico. 340     cerámicos y líticos permiten asignarle una cronología de fines del Bronce Medio o principios del Bronce Final. Otra pieza de bronce muy similar a un cierre de tipo Évora se localiza en el depósito de Malassis (Cher, Francia) (lám. LXXVI.A.2) (Briard, Cordier y Gaucher 1969: 61 fig. 19.180). El depósito lo integra un numeroso grupo de objetos broncíneos entre los que destaca una serie de estoques, hachas de talón simples y con una anilla, muchos brazaletes con decoración geométrica, torsionados y lisos, puntas de lanza y algunos otros objetos pequeños. Por ello, la cronología asignable a este conjunto encaja muy bien con el Horizonte Rosnoën. Así pues, los torques broncíneos de tipo Évora de Bretaña permiten argumentar de manera concluyente que la cera perdida se introdujo en las Islas Británicas desde Bretaña en el siglo XIV a.C. cuando las comunidades de esta península atraviesan un período de esplendor. A su vez, la cera perdida es introducida en el Atlántico desde la Península Ibérica merced a los contactos con el mundo egeo durante el Bronce Reciente. Esta tesis se refuerza con el tesoro de Caldas de Reyes (Ruiz-Gálvez 1978), ligeramente anterior y seguramente elaborado en un taller bretón a la vista de los paralelismos exhibidos respecto a la forma y decoración de las tazas. Una de estas tazas incluye un asa añadida por sobrefundido, el mismo método empleado en las asas de los calderos atlánticos, de tal manera que también este procedimiento pudo introducirse desde Bretaña. En conclusión, los calderos y sítulas atlánticos se elaboran en Gran Bretaña por primera vez después de que las comunidades británicas asimilaran la cera perdida y los recipientes de tipología continental a través de Bretaña. Sin embargo, mientras que los recipientes de chapa con remaches parecen incorporarse a la cultura material desde los Alpes, la cera perdida se introduce desde la Península Ibérica, aunque en este territorio sólo aplicada al oro. En cambio, desde el BF III las comunidades del atlántico peninsular, en virtud de las conexiones con las comunidades chiprolevantinas, comienzan a producir sus propias obras de toréutica de bronce que se expandirán, al revés que los calderos, de sur a norte. Después de aclarar la cuestión de los calderos, es el momento de abordar la cuestión mucho más sencilla del torsionado. Al igual que ocurre con los calderos, el torsionado no se relaciona con la metalurgia sardo-chipriota, por tanto su filiación no es mediterránea. En efecto, desde el Horizonte Taunton se documentan torques torsionados en las Islas Británicas de oro y de bronce (lám. LXXVII.A) (Smith 1959). Los más antiguos ganchos para carne atlánticos son muy simples y corresponden al BF I- Horizonte Bishopland. El gancho de Little Thetford se asemeja ligeramente a nivel formal, lo que en principio favorece situarle justo después en la secuencia de estos objetos. Si el torsionado se remonta hasta el BF I como mínimo, en principio resultaría lógico que los ganchos de Thorigné y Cantabrana se situasen entre el de Little Thetford y el de Dunaverney, por tanto en el BF II. A partir de estos datos no existe ninguna necesidad de hacer corresponder el nacimiento de la toréutica con el BF III ni con la expansión chipriota por el Mediterráneo en esta época. Es más: estos datos incluso permiten suponer que las fechas radiocarbónicas únicamente indican que en el BF III había toréutica, pero no 341       que fuese éste el período en el que apareciesen ni ganchos complejos del tipo que sea, ni asadores articulados, ni soportes. De hecho, en el Mediterráneo oriental se documenta un lote de soportes de pie y con ruedas fabricados mediante el método de la cera perdida coetáneos a los Pueblos del Mar. Por tanto, el comienzo de la producción de piezas torsionadas arranca en un momento intermedio entre el BF I-II y perduran hasta la Edad del Hierro. A la luz de los datos y argumentos expuestos resulta conveniente afirmar la existencia de una doble introducción y filiación fruto de dos coyunturas distintas en las que se aprecian cambios significativos no sólo a nivel tecnológico, sino también a nivel socioeconómico. Entre medias queda un período, el BF II, en el que tanto los cambios como los contactos con el exterior experimentan una contracción o, incluso, una interrupción. De aceptar este cuadro, los ganchos torsionados serían anteriores al BF III y, por tanto, a la Protocolonización, pudiendo sumárseles los asadores articulados tan notorios en Francia, desde donde se difundirían hacia la Península Ibérica y el Mediterráneo, por un lado, y hacia los Alpes, por otro (Almagro Gorbea 1974a: 380 fig. 21). Sin embargo, parece igualmente válido apostar por el BF III como el período en el que proliferan los artículos de toréutica merced al empuje chiprolevantino y al florecimiento de las comunidades peninsulares. Por supuesto que los calderos estarían ausentes de este desarrollo metalúrgico peninsular, pero no así el resto de la toréutica de bronce. No en vano, durante el BF III las relaciones panmediterráneas se muestran más intensas que nunca, de tal manera que no es de extrañar que se produzca un intercambio tecnológico entre las sociedades que participan en ellas. Por ello, es plenamente verosímil que todas las piezas de toréutica oriental se introdujesen en Cerdeña y en en la vertiente atlántica peninsular en esta época y que funcionasen como referentes para la renovación de las metalurgias locales. En definitiva, la más antigua introducción de los métodos de fusión en las Islas Británicas se produce en el BF I sin importantes consecuencias en la tecnología del bronce en el Atlántico. Parece acertado considerar que la verdadera renovación en la artesanía del bronce en este macrocircuito tiene lugar a partir del BF IIIA con la llegada y asimilación a la Península Ibérica del metalurgia sardo-chipriota. A través de esta segunda introducción de los métodos secundarios de fusión en Occidente surgen casi todos los tipos toréuticos más significativos del Complejo Cultural Atlántico, excepción hecha del caldero. 4.2. El plomo en la toréutica Es el momento de resolver la cuestión del plomo. A partir del BF II se produce un auge en su uso como metal de aleación. De hecho, su inclusión en las aleaciones sirve como referencia muy fiable de su cronología. Así, los calderos de los tipos Shipton-on- Cherwell y Colchester, fechados en el BF I, carecen de plomo en su composición química, mientras que los de BF II en adelante sí que lo tienen (Gerloff 2010x: 354-355), y no sólo en los calderos, sino también en otros objetos tales como los ganchos de Dunaverney y Little Thetford (Bowman y Needham 2007: tab. 1). El plomo optimiza el metal para el empleo de técnicas de toréutica, al disminuir la dureza e incrementar la plasticidad, además de reducir sustancialmente la temperatura de fusión. Los efectos del plomo no se limitan a la metalurgia, sino que suponen el comienzo de una nueva 342                                                                      minería y, por tanto, de un nuevo valor en la lógica de las comunidades del Atlántico norte (Northover 1982). Además, en metalurgia el plomo sirve también como soldante debido a su baja temperatura de fusión (327ºC), de manera que permite el empleo de la soldadura blanda. Así, la aparición de este metal en el gancho de Little Thetford (lám. LXXVII.B) se explica por su efecto de soldante. En la Península Ibérica, la soldadura con plomo se reconoce en la empuñadura de la espada de lengua de carpa del depósito de Fiéis de Deus (Leiría, Portugal) (Armbruster 2000: 87: lám. 56.2-6), la cual, por tratarse del único ejemplar del tipo Vénat, debe considerarse como una importación y, por ello, desvincular este tipo de soldadura con la Península Ibérica. En este caso, el uso de la soldadura blanda está justificado como método de reparación, ya que la empuñadura presentaba una brecha. De esta manera, la soldadura blanda funciona tanto para reparar como para unir dos o más piezas. Pero, en líneas generales, el empleo del plomo en Bronce Final no se documenta en la toréutica ibérica, excepto en sus últimos compases (Rovira 1995a; Figueiredo y otros 2010: fig. 1). Esto denota que la tecnología es un factor diferencial dentro de los circuitos atlánticos. Desde otra perspectiva, tipos formal y técnicamente afines pero de composición química distinta ponen de manifiesto que el triunfo de la toréutica en el Atlántico no es asunto de exportaciones, sino de desarrollos regionales de esta artesanía. A medida que avanza el tiempo, la metalurgia del bronce en el Atlántico tiende a aumentar las proporciones de estaño en los objetos. Los objetos descubiertos en Nossa Senhora da Guía, por ejemplo, contienen unos niveles de estaño elevadísimos, por encima del 15%, en muchas ocasiones entre el 20-30% (Valério y otros 2006: cuadros 8, 10).7 El efecto del plomo y de los altos niveles de estaño en las aleaciones es comparable, permitiendo una mejor fabricación de los artefactos. El aumento de la proporción del estaño se explica en el contexto de la fiebre del estaño que, con el tiempo, también se extiende al plomo y, a su vez, en el contexto de la fabricación de metalurgia fina y cuidada, muy prestigiosa y apreciada por las élites atlánticas. Uno de los rasgos a nivel tecnológico que se hace extensivo a buena parte de la Península Ibérica a partir del BF IIIC (825-760 a.C.) es el advenimiento del bronce ternario (Armada y otros 2008: 472 ss.). La aparición de esta aleación en territorio peninsular no parece ser una invención doméstica, sino estar relacionada con culturas externas que ya conocían el plomo. El plomo tiene dos importantes utilidades. Por un lado a nivel tecnológico, ya que su aplicación en la toréutica como elemento blando que confiere una mayor plasticidad y fluidez a la materia prima a costa de rebajar el contenido de cobre y estaño. Igualmente, debido a la baja temperatura de fusión y a su excelente soldabilidad, el plomo también funciona como elemento soldante en la elaboración de objetos compuestos así como en la reparación de placas resquebrajadas. Por otro, la 7 Algunos de los valores ofrecidos por los análisis espectrográficos sobre algunas piezas del castro de Nossa Senhora da Guía sobrepasan el 40% de contenido de estaño (Valério y otros 2006: cuadros 8, 10). Los investigadores responsables de dichos análisis piensan que estos valores no se corresponden con la composición química real de las piezas, sino que se deben a alteraciones tafonómicas en la superficie de los objetos (ídem: 314-315). Parece más lógico que el contenido de estaño sea menor, si bien alto en comparación con otros bronces mediterráneos. 343                                                                  captación de metales preciosos incrustados en minerales polimetálicos en el proceso de copelación. Este último uso tiene una importancia capital en la economía del Período Orientalizante en la red mediterránea, aunque existen argumentos para verificar que en la Península Ibérica se copela plata a instancia de la demanda fenicia desde la Protocolonización.8 La introducción del plomo en la economía mediterránea supone la explotación de minas de plomo antaño ignoradas. Además, ya que los filones de mineral de plomo no son especialmente abundantes y grandes en el Mediterráneo, la inclusión de este elemento tanto en la toréutica como en la minería argentífera implica el desarrollo de unas conexiones muy activas entre comunidades lejanas así como una rigurosa organización de los mismas con el fin de optimizar la producción. En definitiva, la entrada del plomo en la escena económica de la Península Ibérica evidencia una transformación de gran escala a nivel geográfico y social. Así pues, el empleo del plomo en la copelación tiene una clara orientación mediterránea, mientras que por sus propiedades tecnológicas la adscripción geográfica del plomo es, en principio, mucho más abierta. En el Bronce Final está perfectamente atestiguado el uso tecnológico del plomo en el Atlántico norte y en el Mediterráneo, aunque en este último espacio en menor medida (Figueiredo y otros 2010: fig. 1). No obstante, el plomo está ausente de las producciones metalúrgicas peninsulares del Bronce Final. En cambio, la toréutica fenicia de época orientalizante incluye plomo en su composición (Giumlia-Mair 2016: 491, 493, 496 figs. 3, 7, 9; Montero y otros 2016), así como la toréutica etrusca (Giumlia-Mair 2016: 497 fig. 14) y griega (ídem: 496 fig. 11) del mismo período. Por tanto, la pregunta más obvia al respecto es la siguiente: ¿Se extiende la tecnología del plomo de norte a sur por el Atlántico y luego al Mediterráneo o justo a la inversa? Los bronces del poblado Fraga dos Corvos (Braganza, Portugal) indican, por su tipología, una cronología del BF IIIC-Hierro I (Senna-Martínez y otros 2012). A pesar de la ubicación del poblado al norte del Duero, tales objetos, entre los que destacan especialmente las fíbulas de tipo Bencarrón, Acebuchal y de doble resorte, así como el fragmento de broche de cinturón, se vinculan tipológicamente con el área cultural tartésica. Todos estos objetos pertenecen a la serie más temprana del Atlántico sur hechos con bronce ternario añadiendo más de un 2% de plomo en su composición (Figueiredo y otros 2007; Senna-Martínez y otros 2012: 254-257). A todas luces, los artefactos de bronce de Fraga dos Corvos apuntan claramente a una influencia orientalizante, de lo que se deduce que la inclusión del plomo en las aleaciones responde a un estímulo mediterráneo. Los fragmentos de caldero atlántico hallados en Torroso (Mos, Pontevedra) y São Julião (Braga, Portugal), de idéntica cronología a las piezas metálicas de Fraga dos Corvos, se caracterizan por su alto contenido en plomo (Armada 2008: tab. 3). Este rasgo concuerda con los calderos de las Islas Británicas, lo cual podría indicar que se trata de una importación de esta procedencia. No obstante, la composición ternaria de los citados calderos contrasta con la composición binaria de otros ejemplares peninsulares del Bronce Final, como los de Cueva Lóbrega (Torrecilla en Cameros, Logroño) y Santinha (Braga) (ídem). La caracterización química de estos últimos 8 Véase en capítulo 12. 344                                                                    sugiere que su producción es inequívocamente no británica, si acaso se acepta una cronología de BF II en adelante para ellos, lo que parece lo más razonable. Por tanto, en la broncística atlántica de la Península Ibérica del horizonte protocolonial e inmediatamente posterior se observan dos corrientes de penetración, una desde el norte y otra fenicia. Ambas incluyen plomo, de manera que, en principio, parece adecuado valorar el Atlántico y el Mediterráneo como potenciales vías introductorias de la tecnología del bronce ternario. Sin embargo, que los objetos del Atlántico norte sean importaciones y los del Atlántico sur sean productos regionales obliga a resaltar la vía tartésica. Los calderos de Torroso y São Julião evidencian un flujo de comunicaciones norte-sur en el que circulan estas piezas, pero no los conocimientos para su fabricación. Esta situación contrasta con Tartessos y, en general, con todo el área meridional peninsular, en donde no sólo se introducen objetos, sino también conocimientos técnicos. Así las cosas, parece mejor descartar la ruta atlántica como vía introductoria del bronce ternario en la Península Ibérica para considerar únicamente la ruta mediterránea. La irrupción del bronce ternario en la vertiente atlántica peninsular no sólo implica una innovación tecnológica para las comunidades de la zona resultado de los influjos feno­ tartésicos, sino como una adaptación a la nueva coyuntura en la que el plomo ocupa un lugar destacado en la economía. De esta manera, las hachas de talón y anillas de la región del noroeste peninsular elaboradas con bronce ternario no deben valorarse como herramientas, sino como lingotes para el transporte y almacenamiento de esta aleación (Montero y otros 2003).9 Y lo mismo cabe alegarse sobre las azuelas de cobre plomado y plomo puro del sureste que, como las hachas galaicas, también conservan el cubo de fundición (Renzi 2010). Así pues, las conexiones mediterráneas en el BF III son sumamente fructíferas en ambas direcciones. Los objetos que circulan dentro de esta red reflejan una incipiente transformación de carácter socioeconómico, ideológico y artístico que eclosionará en el Período Orientalizante. Uno de los puntales de dicha transformación es la utilización del plomo en la extracción de plata y oro y también en la metalurgia. Ciertos elementos muy laboriosos de las manufacturas fenicias (Giumlia-Mair 2016: 491, 493, 496 figs.3, 7, 9; Montero y otros 2016) y griegas (Giumlia-Mair 2016: 496 fig. 11) del Orientalizante en la Península Ibérica, así como algunas partes también delicadas de recipientes etruscos (ídem: 497 fig. 14) contienen un porcentaje de plomo superior al 2%, lo que inequívocamente apunta al empleo del bronce ternario en la metalurgia. Dos soportes de esta aleación ternaria hallados en la Península Ibérica que recuerdan a tipos comunes orientales de la época de los Pueblos del Mar merecen una atención especial, ya que su contexto de aparición es mucho más tardío. Los artefactos referidos son el espléndido soporte de tallo completo descubierto en Les Ferreres (Calaceite, Teruel) (lám. LXXVIII.B) (Cabré 1942; Armada y Rovira 2011) y dos pequeños fragmentos, seguramente vestigios de la corona de un soporte-trípode, en 9 Se ha sugerido una explicación alternativa a la alta o exclusiva composición en plomo de estas azuelas: un problema de abastecimiento de cobre en paralelo a una fuerte demanda de estos útiles, resultando herramientas de baja calidad (Peña 1992: 376-377, 381). Parece más acertado valorar las azuelas como lingotes inmersos en el tráfico de plomo con la doble función de aprovisionar de plomo al sector extractivo de mineral de plata y al sector de elaboración de objetos de toréutica. 345     La Clota (Calaceite, Teruel) (lám. LXXVIII.A) (Rafel 2002; Rafel y otros 2010). El ejemplar de Les Ferreres, además, incorpora un caballo como parte de su tallo. El caballo es un elemento muy significativo y común en los pueblos peninsulares y europeos del I milenio a.C., ligado a la introducción de la equitación y al imaginario mitológico y social de las élites de los pueblos de habla indoeuropea que en este tiempo se expanden por el continente (Almagro Gorbea 2005a; González García 2009). En efecto, tanto el soporte de Les Ferreres como el de La Clota se fechan en el I milenio a.C., en el siglo VI a.C. y el segundo ligeramente anterior. Ambos aparecen en contextos funerarios entre materiales propios del Hierro I. Paralelos inmediatos a la pieza de Les Ferreres se descubren al otro lado de los Pirineos, en concreto en los soportes de Las Peyros (Solier y otros 1976: 82-83, 87) (lám. LXXVIII.C) y Saint-Julien à Pézenas (Llinas y Robert 1971: 23 fig. 39), aunque de éste último sólo se conservan un par de fragmentos (lám. LXXVIII.D). El soporte de Les Peyros muestra un sorprendente parecido con el de Les Ferreres, incluyendo una figura a pie de tallo de un cérvido. Estos dos soportes franceses fueron fabricados en la región y, por su contexto deposicional, también deben fecharse en el siglo VI a.C. La dificultad interpretativa que suponen todos estos soportes de pie radica en la filiación con los paralelos aparecidos en el Mediterráneo, cuyos últimos modelos no se fabricaron más allá del siglo X a.C. Los soportes de tallo que conocemos en el Mediterráneo oriental se distribuyen por la costa levantina (láms. LII.C.2, LXXIX.A) y, en menor medida, por Chipre y Egipto desde los últimos siglos del II milenio a.C., deteniéndose su producción durante el CG I (Catling 1964: 223; Matthäus 1985: 321-324 láms. 109.713-714, 137-139.1-2; Artzy 2006: 46, 49, 67-68 fig. 2.14.2-3 lám. 23; Barthelheim y otros 2008: 163-164 figs. 4.1-2). Algo similar cabe alegarse acerca de los paralelos de soportes-trípode. Los más antiguos ejemplares se producen en Chipre entre los siglos XIII y XII a.C., durante el episodio de los Pueblos del Mar (Catling 1964: 223), perpetuándose su elaboración hasta el I milenio a.C. y ampliándose su dispersión por el Levante, el Egeo y el Círculo del Tirreno (lám. LXXIX.B) (Lo Schiavo y otros 1985: 36-51; Matthäus 1985: 299-312 láms. 90.677-100.702, 132.1, 133-137, 139.4; Artzy 2006: 46, 68-69 fig. 2.13 láms. 20-21). Un abismo temporal paralelo se aprecia en los soportes-trípode chipriotas y los egeos, irrumpiendo estos últimos en el Período Geométrico, varias centurias después de los últimos chiprolevantinos. Se han propuesto dos hipótesis con la finalidad de intentar explicar la filiación entre las piezas egeas y las orientales que, aunque inicialmente contrapuestas, observadas detenidamente pueden complementarse. La primera de ellas es la hipótesis “heirloom”, consistente en que todos los soportes- trípode fueron elaborados en un plazo muy corto, entre los siglos XIII y XII a.C. en Chipre, de tal modo que todas las piezas halladas en circunstancias ulteriores son reutilizaciones, reliquias, bienes heredados generacionalmente o intercambiados durante muy largo tiempo debido a su alta apreciación simbólica y moral (Catling 1984). La otra hipótesis sostiene que el lapso de producción de los soportes es más dilatado, alcanzando el siglo VIII a.C., y no se limita a Chipre, sino que también se fabrican en el Egeo, donde sus formas se imitan y evolucionan (Matthäus 1988). De esta manera, el hiato temporal se atenúa y se amplía el espacio de producción. 346     Estas dos hipótesis pueden extrapolarse del Egeo al occidente mediterráneo, sin evitar por ello el hiato que, en este caso, es mayor, y observando ciertos matices. Así, el trípode de La Clota se ajusta más a este modelo de factura local a partir de un prototipo importado en algún momento – o diversos momentos – entre los siglos XIII y X a.C., aunque a tenor de sus convergencias estilísticas con el trípode sardo de Oristán (Lo Schiavo y otros 1985: 36, 38-40 fig. 14.1-2), parece que lo más razonable sea que en algún taller de Cerdeña se produjese el modelo a imitar, probablemente entre los finales del II milenio a.C. o los albores del I. De hecho, es sabido que los contactos entre Chipre y Cerdeña se remontan al siglo XIII a.C., incrementándose el tráfico en los siglos siguientes e imitándose en Cerdeña los trípodes de “tipo chipriota” entre los siglos XI y X a.C. (ídem: 42-51). En esta época las comunidades del Tirreno sirven como articuladores entre los flujos del Atlántico y el Mediterráneo oriental (Matthäus 2001). Incluso este tipo se fabricó en cerámica ya en el Chiprogeométrico hasta el siglo IX a.C., lo que indica que esta forma pudo ser copiada tomando como referencia objetos fabricados en diferente material mucho más cercanos en el tiempo (Artzy 2006: 69). Pero, a pesar de su estilo semejante, no necesariamente tiene que tratarse de un modelo sardo, sino que bien pudo ser uno egeo posterior si se acepta que su fabricación no se interrumpió en el II milenio a C. Un razonamiento consonante sirve igualmente para los soportes de tallo, comunes en el Levante desde el siglo XIII a.C., o quizá antes, desapareciendo este tipo concreto en el I milenio a.C. La figura del caballo, por un lado, y los discos de líneas concéntricas de las copas y pies de los tres soportes occidentales, por otro, configuran las claves que facilitan trazar una conexión entre éstos y algunos trípodes-caldero de la región egea, al igual que las cerámicas con representación de caballos del Geométrico Medio y Final (ss. IX-VIII a.C.) (Coldstream 1968: láms. 4-14, 28-31). Ambas formas suponen una ruptura con el diseño de soporte de tallo chiprolevantino, mostrándose como una adición formal efectuada en el I milenio a.C. en una época de cambio cultural para la sociedad del Egeo (Morris 1988; Whitley 1988; Markoe 1996; Tandy 1997; Van Wees 2006). De esta manera, en el intervalo entre los soportes fechados con seguridad a finales del TC II, en torno al 1200 a.C., y los occidentales, en el Ha D (s. VI a.C.), se encuentra un punto intermedio y también indeterminado entre los siglos XI y VIII a.C. Por tanto, los soportes de Les Ferreres y de La Clota tienen formas antiguas en comparación con la época en que fueron amortizados en torno al siglo VI a.C., varios siglos después de su fabricación. La aparición de estos objetos en la Península Ibérica acontece a la par que el establecimiento de los primeros enclaves fenicios en el circuito occidental, lo que podría significar razonablemente que fuesen éstos los responsables de su circulación a través del Mediterráneo y no los griegos. Sin embargo, en el siglo VIII a.C. la presencia griega en el Círculo del Tirreno es una realidad (Ridgway 1992; 2006a), de tal modo que también permite señalar a los navegantes griegos como impulsores de la llegada de los soportes a Iberia, sino directamente sus mismos introductores. El momento de su deposición coincide con un período convulso para los pueblos protoiberos en el que viven una reorganización social ligada a las actividades foceas en el Golfo de León, al surgimiento de Cartago como potencia naval y a las transformaciones en la zona de los Alpes que se extienden por todo el occidente europeo (Burillo 1989-1990; Moret y otros 2006). 347     Así, estas dos piezas representan el altísimo valor social y simbólico de la toréutica hecha con bronce ternario durante el Orientalizante. A su vez, ambas representan también el recuerdo de otro tiempo antiguo en las comunidades paleoiberas que se retrotrae hasta los albores del impacto fenicio en la Península Ibérica, cuando comienza a emplearse el plomo en las obras de toréutica occidentales. 5. Conclusión Como resumen de lo expuesto en este capítulo, es importante insistir en que la aparición de la toréutica en la Península Ibérica está estrechamente vinculada al período de intensificación de las relaciones entre el Atlántico y el Mediterráneo en el BF III. El repertorio de objetos de toréutica constituye el elemento tecnológico más característico del Complejo Cultural Atlántico en el Bronce Final. Aunque la toréutica es una artesanía minoritaria en el Atlántico, su significado cultural es notorio debido a la innovación artefactual que refleja tanto en tipos como en técnicas de fabricación, así como a los campos semánticos a los que se ciñe – banquete y estética personal –, cargados de simbolismo y moralidad. Las élites atlánticas viven una época de auge y de competencia feroz entre ellas en la que el prestigio y la autoridad se logran, entre otros factores, produciendo, exhibiendo e intercambiando objetos de bronce de muy laboriosa fabricación. En paralelo, los navegantes chiprolevantinos se expanden por el Mediterráneo central y occidental llevando consigo una nueva tecnología del bronce a cambio del estaño del Atlántico y, quizá, de otros elementos esenciales en la economía oriental. Por ello, lo que los objetos de toréutica atlánticos evidencian en el fondo es una gran transformación económica y artística desarrollada en un contexto continuista de expansión y retroalimentación de las comunidades atlánticas y mediterráneas. En este proceso de transformación, la Península Ibérica juega un papel básico como articulador de los circuitos internacionales en el BF III relevando a las Islas Británicas, que antaño sirvieron de nexo entre oeste y el norte de Europa como más importante relación con el exterior del mundo atlántico. Un paso más avanzado en el desarrollo de la toréutica y de la reorganización económica internacional queda evidenciado por el surgimiento del plomo como metal de aleación. El bronce ternario es una de las grandes aportaciones de los pueblos mediterráneos a los talleres de la Península Ibérica dentro de la renovación artesanal del Período Orientalizante y sus compases inmediatamente anteriores. 348                                                                11. METALURGIA DEL HIERRO 1. Introducción Otra innovación acaecida en las sociedades de la Península Ibérica en el Bronce Final es la tecnología del hierro. O, mejor dicho, del acero, porque el hierro no existe en estado puro, sino que siempre y en toda circunstancia está aleado con carbono u otro elemento sideral. El acero es una solución sólida de inserción de átomos de carbono en átomos de hierro y cuando su contenido en carbono es inferior al 0,02% se denomina ferrita (magnética), hierro casi puro. Sea como fuere, se trata de uno de los productos claves en la tecnología del I milenio a.C. en el panorama cultural euroasiático que progresivamente va desplazando al bronce hasta convertirse en el metal más importante a nivel artesanal, a la vez que le da nombre a la siguiente edad histórica. La tecnología del hierro penetra en la Península Ibérica impulsada por la corriente mediterránea que desde una etapa avanzada del Bronce Final recupera la intensidad que tuvo en otras épocas anteriores, a la vez que rompe el “duopolio” de los movimientos atlánticos y alpinos que por entonces dominaban en las relaciones exteriores peninsulares (Almagro Gorbea 1977b: 126; 1993; Pellicer 1984; Vilaça 2006; 2013; Mielke y Torres 2012: 271, 273-275; Ruiz Zapatero y otros 2012). El hierro, por tanto, es una introducción oriental, aunque durante el I milenio a.C., con el florecimiento celta, también serán introducidas algunas novedades desde el área alpina. No en vano, la cultura céltica se extiende por todo en el interior de la Península Ibérica así como en el litoral cantábrico a lo largo de toda la Edad del Hierro. En términos historiográficos, una vez asentada la idea de que la tecnología del hierro se introduce en la Península Ibérica merced a los estímulos mediterráneos en el Bronce Final,1 las preguntas más pertinentes que cabe resolver en el presente son las siguientes: a) ¿Quiénes traen el hierro a la Península Ibérica?; b) ¿Se introducen sólo objetos o se introduce también la siderurgia en el BF III?; y c) ¿Qué valor socio-económico tiene el hierro? En resumen, el estado de la cuestión actual exige investigar los medios y mecanismos de la introducción del metal negro en Iberia. Con el objetivo de responder a estas preguntas correctamente es necesario exponer cuáles son estos primeros objetos de hierro, así como su contexto de aparición. 1 Inicialmente la creencia dominante ponía el foco de atención en la Cultura de los Campos de Urnas como principal difusor de esta tecnología, desde donde se extendía por todos los territorios occidentales, de tal manera que los fenicios se encuentran con indígenas que ya conocen el hierro a su llegada (Bosch Gimpera 1932: 234; Pons 1982-1983; 1986-1987; Maluquer de Motes 1986-1987; Junyent 1992). 349                                                                2. Hallazgos Los primeros síntomas claros de la adopción del hierro por parte de las sociedades autóctonas de la Península Ibérica tienen una cronología precolonial y se localizan en la costa o en las zonas adyacentes muy vinculadas a las actividades marítimas. Se trata de los hallazgos de los depósitos de la Ría de Huelva y Campotéjar y del tesoro de Villena, así como de los poblados del Grupo Baiões, São Julião, Cerro de El Berrueco y, con más dudas, los Castillejos de Sanchorreja. En paralelo, también se produce la llegada de los primeros objetos de hierro a las demás regiones atlánticas (Gómez de Soto y Mohen 1981; Collard y otros 2006; Gómez de Soto y Kerouanton 2009). Los objetos de hierro que parecen más antiguos son el brazalete y el pomo del tesoro de Villena (lám. LXXX.A) (Soler 1965: 24, 27 láms. XXXVI.a-c, XLIII.2; Almagro Gorbea 1993: 82 fig. 1.1-2), a la sazón también las piezas más difíciles de asignarles una cronología. Son dos piezas excepcionales en un conjunto excepcional, ya que ambas son los únicos componentes metálicos del tesoro no pertenecientes a la artesanía del oro y de la plata. El brazalete, más allá de su producción en hierro, no tiene especial interés tecnológico ni tipológico. Sin embargo, el pomo está revestido de una lámina de oro calada en forma de cúpula, de manera que se produce una suerte de simbiosis entre los dos metales. El tesoro se compone de casi sesenta objetos, entre los que destacan dos grupos tecnológicos básicos muy llamativos. El primero de ellos lo forman los brazaletes de molduras fabricados por el método de la cera perdida, a los que cabe sumar el lote de botellas con pliegues. El segundo grupo lo constituyen los cuencos de oro batido con decoración a base de repujado. Estos últimos se relacionan con los cilindros calados y huecos que seguramente sirviesen como revestimientos para empuñaduras de espadas. Además, el tesoro se completa con una joya de ámbar montada sobre una plaquita de oro. El origen último de los métodos de fabricación de las piezas de oro se ubica en el Mediterráneo oriental. Sin embargo, es probable que la técnica del batido alcanzase la Península Ibérica por vía atlántica después de haber cruzado el continente, y tal vez quepa decir lo mismo sobre la cera perdida. El hierro de Villena, en cambio, seguro que se introdujo por vía mediterránea. La cronología de este conjunto es uno de los temas más polémicos de la arqueología peninsular. Las dos piezas de hierro han servido tradicionalmente para encuadrarlo en una cronología baja, de época Orientalizante (Almagro Gorbea 1974b) o, a lo sumo, en el Bronce Final (Schüle 1976; Ruiz-Gálvez 1993). Pero el cómputo global de las fechas obtenidas por radiocarbono de Cabezo Redondo, el poblado junto al que se encuentra el tesoro, arroja un intervalo comprendido entre los siglos XVII-XIV a.C. (Jover y otros 2014: 51, 63-64 fig.12). Este dato se complementa con la tipología netamente argárica de la olla que albergaba todas las piezas en el momento de su descubrimiento. Por ello, entre otros argumentos, lo más lógico es elevar la cronología del tesoro hasta El Argar C, probablemente en un momento avanzado.2 2 Véase el apartado 3.2 del capítulo 9 para un despliegue del problema cronológico del tesoro de Villena. 350   Entre el cúmulo de objetos metálicos que componen del depósito de la Ría de Huelva se identifica una pieza sin forma concreta, muy castigada por el agua, hecha en hierro (Almagro Gorbea 1993: 87; Rovira 1995a: 48; Ruiz-Gálvez 1995: 227 lám. 18.96). El contexto de aparición de esta pieza es impresionante. En él se documentan decenas de espadas de lengua de carpa y de lanzas pertenecientes a la tradición atlántica, así como también elementos entroncados directa o indirectamente con diversas culturas mediterráneas, entre los que sobresalen las fíbulas de codo lateral con gallones, los arneses de tiro del carro, un casco cónico y, finalmente, el hierro. La cohesión semántica de todas las piezas del depósito evidencia que se hundieron en la ría a la vez, de tal manera que las fechas de radiocarbono obtenidas de este yacimiento son válidas, en principio, para todas las piezas. Las muestras proceden de los astiles de madera hallados en los cubos de seis lanzas, habiendo proporcionado los siguientes resultados (Mederos 2006: tab. 1; Torres 2008b: 136-137): CSIC-202: 2830±70 BP: 1255-901 cal. AC; CSIC-203: 2820±70 BP: 1210-826 cal. AC ; CSIC-204: 2800±70 BP: 1206­ 810 cal. AC; CSIC-205: 2810±70 BP: 1208-815 cal. AC; CSIC-206: 2820±70 BP: 1210-826 cal. AC; y CSIC-207: 2820±70 BP: 1210-826 cal. AC. Estas dataciones evidencian una cronología comprendida entre 1050-900 a.C. que sirven como referencia para acotar la fase BF IIIA-Ría de Huelva. Otra temprana pieza de hierro es una azuela de aletas que se registra en el poblado del Cerro de El Berrueco (Segovia-Salamanca) (lám. LXXX.C) y otra en el depósito de Campotéjar (Granada) (lám. LXXX..D) (Almagro Gorbea 1993: 82, 84 fig. 1.4-5). En el Cerro del Berrueco aparecen multitud de materiales revueltos cuyo rango cronológico abarca desde el Bronce Final hasta la Romanización. El depósito granadino, por el contrario, nada más que está compuesto por azuelas de este tipo. Por paralelos extrapeninsulares, las azuelas de estos dos yacimientos se fechan en el primer cuarto del I milenio a.C. (Wesse 1990: 201-202 fig. 55 lám. 23.170-171, 174, 180). También en el Cerro de El Berrueco (Ávila-Salamanca) se documenta un interesante lote de artefactos de hierro. En el nivel inferior de la choza Be-2 aparecen dos navajas de afeitar, dos escoplos de sección cuadrada, una lezna y una anilla (lám. LXXX.F) (Maluquer de Motes 1958a: fig. 8; Almagro Gorbea 1993: 25 fig. 3.1-6; Álvarez-Sanchís 1999: 87, 89 fig. 21.1). Los hierros se asocian a dos brazaletes de bronce, uno de ellos con incisiones geométricas, así como a fragmentos de cerámica de Boquique, lo que apunta a una cronología de Bronce Final, verosímilmente en una fase avanzada. Por tanto, parece lógico que la azuela de aletas se relacione cronológicamente con este lote. Otro objeto bimetálico como el pomo de Villena aparece en el castro de Nossa Senhora da Guía, pero en esta ocasión la pieza de hierro va asociada a una de bronce (lám. LXXX.B) (Silva y otros 1984: 83 lám. VII.3; Almagro Gorbea 1993: 84-86 fig. 2.A; Vilaça 2006: 90-91). La pieza de hierro es un pequeño prisma que se inserta en un grueso tubo de bronce con una anilla lateral. Esta segunda pieza recuerda a las hachas de cuba atlánticas (Monteagudo 1977: 250-253 láms. 191.1718-120.1740, 1743-1747). Por su morfología, el objeto se ha definido como un escoplo, pero para ello necesitaría rematar en una punta biselada y no disponer de un enmangue de cubo, sino plano que permita la percusión. Así pues, la función práctica de este objeto compuesto es indeterminada, únicamente pudiendo alegar que, por el enmangue anillado, también se compondría de una vara de madera a la que seguramente fuese atada. 351                                                                Debido al variado elenco de materiales aparecidos en el poblado de Nossa Senhora da Guía, este yacimiento se convierte en un ejemplo paradigmático de la Cultura del Bronce Final Atlántico (Kalb 1980; 1990-1992; Silva y otros 1984). Resulta de especial interés el conjunto de artefactos broncíneos y los torques de oro. Estos últimos se catalogan fácilmente dentro de la orfebrería típicamente atlántica-centroeuropea caracterizada por la aparición de piezas macizas de diámetro desigual, estrechadas en los extremos y frecuentemente ornamentadas mediante grabados geométricos, tal y como se refleja en las piezas áureas del depósito de Berzocana. Por su parte, el repertorio de bronce pertenece al conocido como grupo metalúrgico Vénat y comprende objetos muy variados, desde piezas macizas hechas a molde bivalvo hasta otras más finas y de delicada elaboración en las que intervienen métodos productivos originarios del Mediterráneo. La aparición de moldes junto con la variedad tecnológica y estilística de los artículos de bronce permite pensar que en Nossa Senhora da Guía se localizaba un taller de fundidor en el que probablemente se experimentasen tipos y métodos tal y como sugiere el objeto bimetálico (Senna-Martínez y Pedro 2000). Igualmente, la presencia de un taller con tantas y tan variadas y estilizadas piezas apunta a que en esta aldea residía un individuo o grupo de individuos con notables conexiones en las redes de intercambio atlánticas. Al margen de la metalurgia, en Nossa Senhora da Guía se observan otros elementos característicos del Bronce Final Atlántico. El más claro es el conjunto cerámico de estilo Baiões-Santa Luzia, cuyos recipientes lucen motivos geométricos incisos equiparables a los de los torques de oro de este mismo poblado. La arquitectura, de estructuras redondas y cubiertas orgánicas, y el trazado urbano, “caprichoso”, sin calles, también son representativos del mundo atlántico. Muchos de estos rasgos materiales aparecen en otros poblados portugueses en los que también se encuentran objetos de hierro, así como algunas otras evidencias de contactos extrapeninsulares, como abalorios de materias exóticas. Estos poblados son Monte do Frade (Castelo Branco) (Vilaça 2006: 84-86), Moreirinha (Castelo Branco) (lám. LXXX.G) (Vilaça 1994: 227; 2006: 86-88), Monte do Trigo (Castelo Branco) (Vilaça 2006: 88-90), Outeiro de Castelos de Beijós (Viseu) (Vilaça 2006: 91-92) y Quinta do Marcelo (Setúbal) (Vilaça 2006: 92). Los objetos en cuestión ascienden a un total de veintiséis – uno más contando con el de Nossa Senhora da Guía - y se corresponden con fragmentos de láminas, en ocasiones con filo de sierra, lo que admite deducir su función como cuchillos de sacrificio. Los poblados se fechan, por tipología y radiocarbono, en el BF III (Vilaça 2006: cuadro 2; Mederos 2009b: 289-290 tabs. 1-2).3 Las muestras de Nossa Senhora da Guía en particular ofrecen una datación que se ajusta sin ambages al BF IIIB, mientras que el resto apuntan mejor al BF IIIA.4 Al norte del Duero se halla el poblado de São Julião (Braga, Portugal), en el que se localiza otra hoja de hierro curvada, con forma de pico, perteneciente al conjunto de materiales del segundo nivel de ocupación del poblado del Bronce Final (lám. LXXX.E) (Bettencourt 2000: 27 lám. LXI.9). Cinco dataciones por radiocarbono procedentes del 3 Véase el apartado 2.2 del capítulo 5 sobre los cuchillos de hierro del Grupo Baiões. 4 Otro yacimiento portugués en el que está atestiguada la presencia temprana del hierro es el de Chãn de Tavares (Viseu), de donde procede otro fragmento inédito correspondiente a una hoja de hierro afalcatada (Almagro Gorbea 1993: 86). Pero es preferible ser cautelosos ante este objeto, ya que si bien se vincula a un asentamiento del mismo área que los demás yacimientos portugueses indicados, se trata de un hallazgo en superficie y en el poblado se detectan niveles del Hierro I (Vilaça 2006: 82). 352   dicho nivel permiten fechar la hoja entre finales del siglo XI a.C. y finales del s. IX a.C. (ídem: 31-32), de manera que se corresponde con una cronología similar a la del Grupo Baiões, entre BF IIIA-B. Por último, en la mitad superior del nivel V de la choza Sa-18 del castro de Los Castillejos de Sanchorreja (Ávila) aparecen dos cuchillos de hierro (González-Tablas 1986-1987: 51). En el mismo nivel, aunque en la mitad inferior, se documentan fragmentos de cerámica tartésica de estilo Carambolo y cerámica con incrustaciones metálicas (ídem: 50-51). Estos materiales cerámicos se evidencian una cronología de Horizonte Peña Negra I (900-760 a.C.). La disposición estratigráfica de los cuchillos y su cronología asignada a la cerámica no permiten verificar que ciertamente se trate de una introducción de época protocolonial. En los estratos más profundos del yacimiento aparece cerámica de Boquique la cual, a pesar de su dilatada cronología, debe fecharse a inicios del I milenio a.C. en el contexto del poblado de Los Castillejos. Por su parte, la cronología de la cerámica tartésica alcanza el siglo VIII a.C., rebasando el límite de precolonial. Una segunda publicación sobre la choza Sa-18 ofrece ciertos datos que difieren de los anteriores y que inducen a confusión. En esta ocasión se hace referencia a dos cuchillos de hierro cuyo estrato de aparición es el nivel IVc, por tanto el inmediatamente posterior al V (González-Tablas y Domínguez Calvo 2002: 41-42 fig. 33). En este nivel siguen apareciendo cerámicas típicas de Cogotas I más otros restos de cerámica con incisiones y de cerámica con pintura monocroma roja (ídem: 39-41), pero ya no se encuentran vestigios de cerámica pintada de estilo Carambolo ni de incrustaciones metálicas. Así pues, en principio parece que se trata claramente de dos estratos diferenciados, éste segundo ligeramente más reciente. Sin embargo, el hecho de que en la publicación original no se aportasen imágenes de los cuchillos, de que ambos niveles pertenecen a la misma choza y que uno se superpone al otro permite considerar que la pareja de cuchillos referida sea la misma y, por tanto, que su cronología es más tardía a la de las cerámicas propias del BF III. Con todo y con esto, no es posible asignar los cuchillos a la Protocolonización ni tampoco a la primera fase de las colonias fenicias. De aceptar que se trata de dos parejas diferentes de cuchillos, entonces cabe afirmar una cronología protocolonial. Por el contrario, si en verdad es un único par y la cerámica de Boquique del nivel IVc es una intrusión, entonces serían de época colonial. Únicamente se puede indicar que existen argumentos serios que apoyan una cronología comprendida entre los siglos IX-VIII a.C. Con estos datos expuestos queda demostrado con seguridad que en Los Castillejos el uso del hierro se remonta, como mínimo, hasta los albores del Orientalizante, una característica que comparte con el poblado del Cerro de El Berrueco. Estos dos hábitats, además, pertenecen a un mismo grupo étnico de tradición pastoril, los proto-vetonnes, que a inicios del I milenio a.C. sufre una transformación socioeconómica que desemboca en una mayor sedentarización. Estas gentes y, en particular, estos dos asentamientos, dispondrán en su repertorio artefactual de múltiples objetos de hierro a partir del Horizonte Peña Negra I (Álvarez-Sanchís 1999: 87, 89). Por ello, parece lógico hacer corresponder la más segura caracterización como elenco de cronología protocolonial del Cerro de El Berrueco a Los Castillejos, con la incertidumbre de que tal vez puedan ser ligeramente posteriores. 353   Otros dos yacimientos sitos en la Península Ibérica también evidencian un uso temprano del hierro pero, a diferencia de los hasta ahora expuestos, en este caso se trata de asentamientos fenicios y no de comunidades indígenas. Junto al depósito de la Ría de Huelva se ubica el poblado de Huelva, en cuyo interior se aloja un barrio fenicio desde el Horizonte Peña Negra I. Entre los restos materiales de este último lugar, todos ellos dispuestos en un único nivel, se descubren dos clavos de hierro fijados a un trozo de madera, a buen seguro pertenecientes al armazón de una embarcación (González de Canales y otros 2004: láms. XL.25, LXVI.25). En este mismo yacimiento aparecen igualmente restos de metalurgia, destacando una escoria de hierro (ídem: 150 lám. LXIII.22). Si bien no es posible distinguir una secuencia estratigráfica en la fase más antigua del kārum, con motivo de que se trata de un temprano asentamiento fenicio es lógico suponer que desde el primer momento entre sus habitantes se encontrase un herrero que desempeñase tareas constructivas. Por tanto, parece acertado suponer que los restos de actividad siderúrgica son de época protocolonial (BF IIIB, 900-825 a.C.). El segundo yacimiento es Morro de Mezquitilla (Vélez-Málaga, Málaga). En este caso no se trata de un barrio inmerso en una aldea tartésica, sino de una colonia independiente. En el estrato B1a, el más profundo con presencia fenicia, se documentan seis hornos y varias fosas dedicados a tareas metalúrgicas (Schubart 1999). Estas tareas se centran fundamentalmente en el cobre y, en menor medida, en el plomo, aunque la fosa I contiene escorias de hierro (ídem: 216). El estrato B1a se fecha por radiocarbono y por tipología de materiales también en el Horizonte Peña Negra I, aunque en este caso los materiales apuntan más hacia el siglo VIII a.C. que al IX (Schubart 1983: 121, 130; Torres 2008a: 73-74). Los hornos reflejan la relevancia de la metalurgia en el proceso fundacional de la colonia, si bien no es hasta la segunda fase de ocupación de Morro de Mezquitilla, atestiguada en el estrato B1b (siglo VIII a.C.), cuando aparecen las primeras construcciones y, por tanto, sea visible una reestructuración del estilo de vida colonial orientada hacia el desempeño actividades que impliquen tiempos largos, como la agricultura (Schubart 1983: 109-110). Al margen de todas estas evidencias del uso temprano del hierro en la Península Ibérica, se conocen otros vestigios antiguos que sugieren lo mismo, aunque por diversos motivos su grado de fiabilidad es más cuestionable. En niveles premedievales del Castillo de Burgos se identifican varios restos de hierro, de los cuales uno se recogió en superficie en el curso de unas prospecciones (Uribarri y otros 1987: 53 fig. 3.9 lám. 7.9), mientras que los otros dos sí tienen un contexto estratigráfico definido. Estas dos piezas son una lámina procedente del nivel VI y un “resto escoriáceo” del nivel VIII, ambos pertenecientes al Sector III (ídem: 139, 141). En ambos niveles se registran fragmentos cerámicas con impresiones digitales y piezas de sílex, lo que sugiere una vinculación al grupo cultural de Cogotas I. De los niveles I y XIII del sector II proceden dos muestras a partir de las cuales se han obtenidos dos dataciones radiocarbónicas. Estos dos niveles son los que comprenden la cultura material de la I Edad del Hierro y están presentes en los tres sectores de excavación estudiados. Las dataciones son las siguientes: nivel I, a partir de semillas: UGRA-227: 2710±80 BP: 1080-690 cal. AC (2σ); nivel XIII, a partir de carbón vegetal: UGRA-226: 2900±100 BP: 1380-830 cal. AC (2σ) (íd.: 50, 53, 167). Así las cosas, aunque la desviación típica es elevada, las dataciones son coherentes, y dejan al nivel V del que se extrajeron la escoria y la lámina de hierro con 354 http:LXIII.22                                                                una cronología indeterminada entre los siglos XIV-VII a.C., si bien puede aproximarse razonablemente a los siglos X-IX a.C. La necrópolis de incineración de Palomar de Pintado (Villafranca de los Caballeros, Toledo) dispone de varias fases históricas, todas ellas en el I milenio a.C. (Pereira y otros 2003). Los datos sobre la más temprana utilización del cementerio proceden del enterramiento 76, en el que los restos humanos se albergan en el interior de una urna globular hecha a mano, con el labio ligeramente exvasado y decorada con digitaciones, y cuyo ajuar se compone de un brazalete de bronce y un cuchillo de hierro (ídem: 162). De una muestra de los huesos quemados se ha obtenido una fecha con un intervalo comprendido a 2σ entre 1060-880 cal. AC (Beta 178469: 2820±40 BP) (íd.), revelando su pertenencia al Horizonte Ría de Huelva/BF IIIA. Esta cronología presenta varios inconvenientes. En primer lugar, se trata de una única datación procedente de un hueso quemado, el cual ha perdido una cantidad sustancial de colágeno que puede distorsionar la relación entre las fechas radiocarbónicas y el contexto arqueológico.5 En segundo lugar, tal cronología se antoja muy antigua en comparación con los demás enterramientos del cementerio de Palomar de Pintado, aunque es cierto que podría representar una primera fase del cementerio. Y, finalmente, la ausencia de cerámica típica de Cogotas I no parece congruente en una necrópolis de inicios del I milenio a.C. del interior peninsular, a pesar de la similitud ofrecida por los vasos de las fases más antiguas del cementerio. A falta de materiales exóticos y fechas calibradas más fiables, la presencia de la cerámica de Cogotas I se convierte en el principal fósil guía para señalar una cronología de Bronce Final en la Meseta (Abarquero 2005; Ruiz Zapatero 2007). Al margen del estilo Boquique, la larga duración de los rasgos cerámicos de esta cultura – carenas suaves, labios exvasados, digitaciones – evidencia una transición no brusca entre el Bronce Final y el Hierro I en esta región. Los pastores de la Meseta tienden a asentarse en lugares estables, sin por ello renunciar a la ganadería como pilar esencial de la subsistencia. Estas poblaciones sustituyen la inhumación por la incineración, erigiéndose como elemento ritual más característico de la sociedad del interior peninsular. Así pues, lo más lógico y prudente es valorar una cronología comprendida entre los siglos IX y VIII a.C. para los primeros signos de incineración en la Meseta oriental. Dos casos análogos a Palomar de Pintado se encuentran en Muela de Alarilla y Arroyo Culebro. En la aldea alcarreña de Muela de Alarilla (Guadalajara) se documenta esta transición (Méndez Madariaga y Velasco 1986). En los estratos más profundos se aprecian cabañas circulares, cerámicas con decoración digitada y, sorprendentemente, también una pieza de hierro prismática (ídem: 28). De cronología más incierta es el prisma idéntico descubierto en la tumba 32 de Arroyo Culebro (Leganés, Madrid) 5 Una objeción similar cabe aducir sobre los valores cronológicos propuestos por 14C para las fases I-II del cementerio por incineración de Herrerías (Molina de Aragón, Guadalajara). Éstos se elevan hasta el siglo XIII a.C. (Cerdeño y otros 2002: 143-144; Cerdeño 2008: tab. 2), lo que, en principio, podría avalar las fechas antiguas de Palomar de Pintado por su proximidad geográfica y porque en ambos cementerios se percibe claramente los influjos de la Cultura de los Campos de Urnas que alcanzan la Meseta oriental. Sin embargo, que las muestras provengan de huesos quemados es problemático. Y, además, aunque no sea imposible que ya desde el siglo XIII a.C. el Alto Tajo acuse las influencias ultrapirenaicas, parece extraño a la vista de que el rito de incineración avanza lentamente por la Península Ibérica y que para entonces sólo se detecta al norte de Cataluña. Quizá el resultado propuesto sea una alteración provocada por las aguas subterráneas. Sea como fuere, parece más razonable una fecha más reciente, de inicios del I milenio a.C. o incluso de muy a finales del II milenio a.C. 355   (Penedo y otros 2001: 54). Junto con el hierro aparecen una cazuela carenada y treinta y dos brazaletes de bronce, conformando uno de los ajuares más ricos de todo el cementerio. Dicha tumba se data por termoluminiscencia en 2750+/-275 BP (TL­ 04062001), cronología idéntica a la de la tumba 24 (TL-05062001) (ídem: n. 3). El método de termoluminiscencia, en la medida en que su rango de probabilidad es muy dilatado, no es especialmente válido para ajustar una datación. De hecho, aunque la fecha más probable para estos dos enterramientos se centre entre los siglos VIII-VII a.C., el intervalo propuesto alcanza el BF III como límite más antiguo y el Horizonte La Tène como límite más reciente, lo que dificulta gravemente cualquier precisión. No obstante, a pesar de que en el cementerio no se observan cerámicas como la de los anteriores yacimientos, sí se documentan una fíbula de doble resorte (tumba 9) y un broche de cinturón similar al de la Ría de Huelva (tumba 17), los cuales, además de evidenciar contactos con el exterior, apuntan a una cronología alta, aunque no necesariamente previa al siglo IX a.C. Otro utensilio producido en hierro de cronología arcaica es el pico de minero hallado en una mina de Lois (Crémenes, León) (lám. LXXX.H) (Schubart 1961: 38 fig. 10.A). La pieza se caracteriza por su enmangue directo, y por su asimetría, con pico en un extremo y un martillo en el otro. El útil carece de contexto definido pero aparece cerca de un caldero atlántico típico del Bronce Final (ídem: 39 fig. 4.B). Por ello es factible una cronología similar, aunque esta datación para el pico no es, en modo alguno, concluyente. Una placa de bronce ternario con remaches procedente del poblado atlántico de São Julião se identifica como un caldero de similares características al de Lois. El caldero de São Julião se asocia a una azuela de tubo de hierro (Bettencourt 2000: 57-58 láms. CII.1 2), un tipo extraño entre los materiales peninsulares con la excepción de una pieza del Museo de Navarra, esta vez de bronce y a buen seguro una importación mediterránea de finales del II milenio a.C. (Maluquer de Motes 1953: 253 fig. 3). En el mismo castro también se atestigua un artefacto indefinido de hierro y una pequeña barra del mismo metal (Bettencourt 2000: 62). La azuela y el caldero del castro portugués pertenecen al estrato 3a, para el que se dispone de cuatro dataciones por radiocarbono (2σ): CSIC-1184: 2548±42 BP: 795-758 cal. AC (0,55); CSIC-1140: 2457±36 BP: 762-623 cal. AC (0,43) 599-408 cal. AC (0,57); ICEN­ 1021: 2530±130 BP: 924-367 cal. AC; y CSIC-1141: 2316±17 BP: 399-374 cal. AC. Los otros objetos de hierro proceden del estrato 3b, para el que no hay una datación individualizada, sino una compartida con el estrato inmediatamente más profundo, el 4: CSIC-1142: 2671±21 BP: 842-800 cal. AC (2σ). Por tanto, aunque el caldero y la azuela de tubo puedan fecharse en el Bronce Final, las fechas de radiocarbono expuestas no permiten una precisión necesaria para determinar si son artefactos precoloniales o coloniales, a la vez que las dataciones para el estrato 3a presentan un rango cronológico muy amplio que alcanza con total nitidez el Hierro II. Del castro de Sanchorreja procede una ingente cantidad de materiales de hierro y de bronce extraídos sin método alguno, de tal manera que su posición estratigráfica sus materiales asociados son completamente desconocidos (González-Tablas y otros 1991­ 1992). Entre todas estas piezas destacan cinco azuelas de aletas de tipología similar a ­ 356   las azuelas del Cerro de El Berrueco y Campotéjar, si bien de tamaño más reducido (lám. LXXX.I) (ídem: 309, 326 fig. 15; Álvarez-Sanchís 1999: 89 fig. 25.2), y un pico de minero como el visto en Lois (González-Tablas y otros 1991-1992: 303 fig. 10; Álvarez-Sanchís 1999: fig. 25.2). En la medida en que la ocupación del castro se prolonga desde el BF III hasta la conquista romana y que sus paralelos extrapeninsulares pertenecen a épocas diversas a lo largo del I milenio a.C., resulta imposible fijar una cronología ni tan siquiera aproximada para dichas azuelas. Además, en un estrato alto del yacimiento, Maluquer de Motes (1958b: 70 lám. XII.B) documentaron varias piezas similares, de manera que resulta muy probable que la datación de estas últimas y de las otras se sitúe casi en época romana. Una situación análoga acontece con los fragmentos cuchillos de hierro del castro de Pico Castiello (Siero, Asturias) (lám. XVIII.H.2-3) (Maya y Escortell 1972: 28 fig. 13.25-26). Aunque en esta ocasión no se trata de actividades emprendidas por furtivos, no existe ninguna referencia sobre la estratigrafía ni la posición en ella de los materiales extraídos. Uno de los cuchillos deja ver una espiga, lo que sugiere, en principio, una cronología de BF III por paralelos con piezas de fuera de la Península Ibérica. Esta posible cronología podría refrendarse gracias a los fragmentos de caldero atlántico también hallados en Pico Castiello (ídem: 40-43 fig. 5). Pero en el castro aparecen igualmente otros objetos cuya cronología se centra claramente en la Edad del Hierro. Otro fragmento de forma indeterminada se conoce en Soto de Medinilla (Valladolid) procedente de la base del nivel IX, perteneciente a la fase antigua del castro (Delibes y otros 1995: 153). El nivel se fecha entre 1041-522 cal. AC (2σ) a partir de un trocito de madera carbonizada (GrN-19053: 2675±110 BP) (ídem: 154). Esta fecha es plenamente coherente con el resto de dataciones de cada nivel del castro. No obstante, la alta desviación típica arroja un intervalo de quinientos años que no permite, ni por comparación con el resto de la serie de fechas, precisar si se trata de un artefacto de cronología precolonial o colonial. Más al sur, en la Cultura de Qurénima, también se registran aretes de hierro en algunos enterramientos, aunque es altamente probable que se incluyan en el mundo orientalizante (Lorrio 2008: 297-298). De hecho, una fecha orientalizante concordaría con la hoja de un cuchillo de hierro hallada junto con otros materiales cerámicos, la mayoría de ellos hechos a torno en el Nivel I del Corte 3 de Peña Negra perteneciente a esta cultura arqueológica (González Prats 1979: 89 fig. 62.93; 1986: 297, 299, 301; 1992: 253-254). Por último, en São Pedro do Crasto (Santarém, Portugal) se documenta una escoria de hierro (Da Ponte 1994: 155 lám. 1.2) cuya cronología es difícil de determinar, aunque a buen seguro se encuadra en el Horizonte Peña Negra I. Valorando globalmente todos los objetos referidos, lo primero que salta a la vista es una importante concentración en la ribera sur del Duero – Grupo Baiões – extensible a la ribera norte del Tajo – Cerro de El Berrueco y Sanchorreja. En principio, tal dispersión sugiere una introducción de la tecnología del hierro por la vertiente atlántica, en la que también encajan las piezas de la Ría de Huelva, el kārum de Huelva, Saõ Juliaõ, Lois, Soto de Medinilla y Pico Castiello. El Grupo Baiões destaca por articular las relaciones atlánticas norte-sur durante el BF III. Por ello, la importante presencia de hierro en las comunidades de este grupo cultural 357                                                                debe interpretarse como una introducción ligada a las redes de intercambio mediterráneas, junto con la toréutica y las cuentas de vidrio (Vilaça 2008b; 2013b; 2013c; Mederos 2009b: 291-298). Parece razonable que los artefactos de hierro de los pastores meseteños se sumerjan en los intercambios mantenidos entre éstos y el Grupo Baiões. Pero resulta muy llamativa la presencia de hierro en el sureste, en especial el caso de la azuela de Campotéjar, puesto que resulta idéntica a la del Cerro de El Berrueco. Este paralelismo permite apoyar una alternativa hipotética a la entrada atlántica, apuntando a los pastores de Cogotas I como los responsables de tráfico de objetos de hierro entre las Cordilleras Béticas y la cuenca del Duero medio, a la par que otros muchos bienes, desde tiempos muy antiguos (Blasco 1995). Por tanto, el hierro alcanzó el interior de la Península Ibérica con seguridad desde la costa portuguesa y, tal vez, también desde la costa portuguesa, aunque en último término los primeros artefactos de hierro proceden del Mediterráneo oriental.6 3. Agentes introductores y coyunturas El más antiguo empleo del hierro se registra en Anatolia, desde donde se extiende por todo el occidente asiático a lo largo del II milenio a.C. (Waldbaum 1980; Mulhy y otros 1985; Yalçin 1998; 1999; Maddin 2003). Si bien durante sus inicios del hierro apenas tiene impacto en el estilo de vida de las comunidades orientales, hacia el siglo XII a.C. primero en Chipre y luego en el Levante este metal comienza a cobrar una fuerza incipiente que terminará por imponerse como principal elemento metalúrgico de las sociedades euroasiáticas del I milenio a.C. (Maddin 1982; Waldbaum 1982; Sperl 1988; Sherratt 1994; Bartelheim 2007; Veldhuijzen 2012). Los primeros objetos de hierro son piezas muy sencillas, en ocasiones ni tan siquiera manufacturadas, que aparecen formando parte de ajuares funerarios y depósitos rituales. La mayor parte de los objetos elaborados de hierro de esta primera etapa son aros y cuchillos, utensilios que no requieren un esfuerzo excesivo en su fabricación, a la vez que se vinculan a actos ceremoniales. Los caminos que emprende la tecnología del hierro hacia el oeste y el norte son los mismos por los que se mueven los demás elementos que circulan por Europa y por el Mediterráneo. Así, desde Anatolia se distribuye el hierro como cualquier otra mercancía por Mesopotamia y Egipto con el concurso de intermediarios levantinos y chipriotas, si bien en Egipto también se conocen objetos de este metal muy antiguos (Rehren y otros 2013). El hierro llega al Egeo por vía anatólica (Snodgrass 1982; 1983; Varoufakis 1981; 1982; Morris 1989) para propagarse lentamente por los Balcanes (Pleiner 1980; 1981; 1982; 1997; 2000) y por el Círculo del Tirreno (Delpino 1988) siguiendo vías terrestres y marítimas normales. Está claro que la tecnología del hierro penetra y se difunde por la Península Ibérica impulsada por estímulos mediterráneos, pero discernir quiénes son los responsables de su primera introducción es un asunto todavía no resuelto. Los objetos más antiguos de hierro que alcanzan el territorio peninsular son el brazalete y el pomo del tesoro de Villena. Asignar una cronología a este conjunto no resulta nada 6 Además de los hallazgos expuestos, también se conoce la noticia de la existencia de un pequeño artefacto de hierro en el yacimiento del Castillo de Arraiolos (Évora, Portugal), si bien únicamente ha sido referido sin aportar más datos (Arruda 2008: 363). 358   fácil, aunque lo más factible es hacerlo corresponder a El Argar C (1550-1300 a.C.) y, por tanto, anterior al Bronce Final. Y en el Círculo del Tirreno sucede algo similar: el más antiguo artefacto férreo documentado en la región es un anillo aparecido en la tumba 23 del cementerio de Castelluccio (Siracusa, Sicilia), datado entre los siglos XVII-XVI a.C. (Orsi 1892: 33 tab. V.23; Delpino 1990: 6, 9). El segundo signo de presencia de hierro en este área es discutible. Se trata de una vasija con incrustaciones de óxido ferroso en su boca en la acrópolis de Lípari, fechada en el Horizonte Capo Graziano II (1800-1400 a.C.) probablemente en su tramo final (Bernabò Brea y Cavalier 1980: 736 tab. CCLXXVII). No está claro por qué aparecen estas incrustaciones, ya que sus excavadores únicamente indican que la vasija estaba colmada de artefactos de bronce (ídem). Con posterioridad se han interpretado como transmisiones químicas de posibles objetos de hierro o escorias de hierro contenidas en la vasija (Delpino 1990: 7, 9) lo que, si bien parece arriesgado, no debe descartarse ya que la erosión afecta severamente al hierro y quizá la posible pieza no fuese forjada de la mejor manera posible, quedando muy vulnerable. En Cerdeña también hay artefactos de hierro de cronologías altas. Quizá el más significativo sea el fragmento de cuchillo del estrato 4 de la torre C de Nuraghe Antigori (Sarroch, Cagliari) (Ferrarese Ceruti 1986: 10; Lo Schiavo 2005c: 403). Apareció junto a un asa de una vasija perteneciente a la serie Base Ring II datada en el TC II (1440-1200 a.C.) y bajo un nivel que contenía restos de cerámica heládica. Así, la pieza de hierro es anterior al período de intensificación de contactos entre el Egeo y Cerdeña, toda vez que su aparición evidencia de nuevo un período de contactos relativamente estables entre esta última isla y Chipre. Sea como fuere, los primeros indicios de hierro en el Círculo del Tirreno y en la Península Ibérica tal vez no sean contemporáneas, pero sí pertenecen a la misma coyuntura de movimientos mediterráneos de mediados del II milenio a.C. Dichos movimientos debieron de estar incentivados por marinos creto-minoicos, que para entonces son los principales conectores entre el Mediterráneo centro-occidental y el Egeo (Schauer 1984) y que viven un período de prosperidad económica inmerso en el circuito del Mediterráneo oriental. En esta época la presencia del hierro todavía es testimonial, sin impacto alguno en la economía ni en la tecnología euroasiática (Snodgrass 1980: 337). La segunda oleada de objetos de hierro tanto a la Península Ibérica como a los países del Tirreno se produce mucho más tarde, una vez superada la crisis de los Pueblos del Mar. Este hiato no se corresponde con un período de distanciamiento entre las regiones del Mediterráneo. Al contrario, el Círculo del Tirreno se encuentra bajo la influencia del esplendor heládico, que incluso sobrepasa esta frontera natural para alcanzar nuevamente las costas del sureste ibérico, aunque con menor intensidad que durante la época argárica. Pero lo cierto es que el hierro no es visible en el registro arqueológico, de la misma manera que tampoco en el Egeo el uso de este metal está extendido entre las élites sociales. El hiato tampoco es un período monótono. En él se adivinan claramente dos coyunturas, pasando de una etapa de despliegue de las relaciones internacionales a otra de repliegue, en la que sin llegar a suspenderse el tráfico, éste se reduce sustancialmente, sobre todo entre los extremos del Mediterráneo. Ambas coyunturas se suceden con la época de las destrucciones palaciales de por medio. El retorno a un mayor dinamismo económico de largo alcance comienza con el resurgir de las naciones orientales tras la 359                                                                reorganización de las sociedades y de los circuitos de la región. Entre tanto, el mundo atlántico experimenta un período de auge gracias a las reservas naturales de estaño y cobre que posee y que se convierten en las principales mercancías demandadas por sus élites. Los artefactos de hierro en el Mediterráneo oriental se multiplican desde el siglo XII a.C. Aunque resulta imposible y del todo inútil explicar la irrupción del hierro mediante una única causa, el hecho de que la incipiente profusión de este metal se produzca tras un período turbulento en el que se reorganizan las rutas mercantiles y las sociedades internamente no parece casualidad (Waldbaum 1978; 1980; 1999; Pleiner 2000: 7-22). La producción de hierro experimenta un aumento vertiginoso en Chipre en paralelo al descenso en el suministro de estaño (Sherratt 1994: 68-69) el cual en el lapso de un siglo y medio vuelve a recuperarse al mismo nivel que en el período pre-crisis. En esta época las comunidades chipriotas también atraviesan una época de cambios intensos que les permite adaptarse pronto al nuevo contexto internacional de la mano de migraciones egeas y del desligamiento de la autoridad hitita. En el CG I las comunidades chipriotas se han convertido en el principal promotor de las redes de intercambio que se extienden por buena parte del Mediterráneo, momento en el que empieza el despertar fenicio. La segunda oleada de introducción de la tecnología del hierro en el Mediterráneo central coincide con un período intensas relaciones con Chipre y es especialmente notable en el ámbito de la metalurgia del bronce (Lo Schiavo y otros 1985; MacNamara 2002). La aparición más numerosa de artefactos de hierro en el área del Tirreno se produce en la necrópolis de Torre Galli (Vibo Valentia), junto con otros productos exóticos como el marfil y el ámbar, evidenciando que la aldea a la que está asociado este cementerio se emplaza en un importante nudo de comunicaciones entre 950-850 a.C. (Pacciarelli 1999: 62-65). Entre los lingotes plano-convexos de Sa Sedda e Sos Carros (Nuoro, Cerdeña) se detectan escorias de hierro y algunos objetos de este metal que verosímilmente pueden relacionarse con este horizonte o incluso con uno anterior (Lo Schiavo 1988; 2005c). También se cuentan diversos anillos y cuchillos bimetálicos7 en el cementerio de Molino della Badia (Catania) y en el depósito de Módica (Ragusa), ambos en Sicilia fechados en el Horizonte Cassíbile (1050-900 a.C.) (Delpino 1988: 49-52; 1990: 9), así como restos de óxido de hierro que apuntan de nuevo a una incipiente siderurgia en distintos yacimientos itálicos, sardos y sicilianos (Delpino 1988: 49-52; 1990: 5, 9; Giardino 2005). En el caso peninsular, la fachada atlántica es el principal destino no sólo del hierro, sino de otros influjos mediterráneos. En esta fase es cuando comienza la proliferación de estelas complejas en las que se contempla la incorporación de elementos orientales y tirrénicos a la cultura material de las élites indígenas, así como también a su discurso de poder. Entre estos elementos, los más destacados son las fíbulas, cuyos prototipos son sicilianos, las liras y los carros, de filiación egea pero cronológicamente más recientes que el dominio heládico de las relaciones de ultramar. Entonces, tanto las liras como los carros son asignables o bien a chipriotas o bien a navegantes del Círculo del Tirreno, 7 El bimetalismo es un fenómeno ligado a la siderurgia primitiva (Waldbaum 1982), aunque no exclusivo de esta artesanía ni demarcador de ningún concepto ni geografía en particular. El pomo de Villena es bimetálico, al igual que el objeto de hierro de Nossa Senhora da Guía, dos de las primeras evidencias de hierro en la Península Ibérica. 360   todos ellos fuertemente influenciados por gentes del Egeo a lo largo de la segunda mitad del II milenio a.C. En paralelo a la profusión de las estelas se desarrollan las comunidades del Grupo Baiões al sur del Duero y en la Ría de Huelva se hunden centenares de armas y otros artefactos de bronce de origen mixto entre los que se encuentra un casco asirio-urártico y numerosos arneses de carro, todos conocidos en Chipre en el BF IIIA/CG I. En el BF IIIB en el poblado tartésico de Huelva se instala una comunidad fenicia dedicada a la producción artesanal, al procesado del mineral y al comercio que extiende sus tentáculos por la costa atlántica y mediterránea peninsular, así como muy probablemente por el norte de África (López Castro y otros 2016), y que está conectada directamente con Tiro. Por tanto, a pesar de que durante el Período Orientalizante la introducción del hierro en la Península Ibérica y otras regiones del Mediterráneo sea obra de agentes fenicios, los más antiguos artefactos de este metal que aparecen en este territorio los traen navegantes egeos, chipriotas y, finalmente, levantinos. En el BF IIIA los comerciantes chipriotas actúan como los principales artífices de los circuitos del Mediterráneo centro- oriental, enlazando el Círculo del Tirreno con el Levante. Debido al floreciente empuje de la sociedad chipriota, parece lógico atribuir a las comunidades que la componen la prolongación de los contactos por el Occidente, de modo que quizá la introducción del hierro en las redes del Atlántico sea obra de chipriotas. No obstante, también en el BF III Sicilia emerge no sólo como un importantísimo punto de escala en los viajes transmediterráneos, sino también como un actor principal en los movimientos del Mediterráneo occidental. Así pues, quizá chipriotas o quizá sicilianos espoleados por las ambiciones chipriotas fuesen los responsables de la introducción del hierro en la Península Ibérica en el BF IIIA. En cambio, desde el BF IIIB los fenicios paulatinamente toman el relevo para distribuir el hierro ya no sólo por el Atlántico, sino también por el sureste peninsular y por el Ebro (Ruiz Zapatero 1992: 106, 108-113; Ruiz Zapatero y otros 2012: 155-156). Sin embargo, más importante que desentrañar quiénes estuvieron detrás de la introducción del hierro en las culturas de la Península Ibérica es descubrir su significado histórico. Con la primera oleada de propagación de la tecnología del hierro por el Mediterráneo central y occidental este metal se encontraba aún en un estado embrionario de metalurgia y de impacto socioeconómico. Su presencia era testimonial. Sin embargo, la segunda oleada marcó una diferencia sustancial con respecto a la primera, ya que en esta ocasión la introducción del hierro fue definitiva. A partir de entonces las sociedades mediterráneas asimilaron esta tecnología como parte de la cultura material incrementando su número y sus funciones. Así pues, desde esta segunda oleada la metalurgia del hierro no ha dejado de estar presente en todo el Mediterráneo hasta hoy. 4. ¿Siderurgia protocolonial? Hasta ahora se ha tratado la cuestión referida a la introducción de la tecnología del hierro sin distinguir entre dos aspectos de suma relevancia: no es lo mismo importar hierro que producirlo. 361   En efecto, los primeros artefactos de hierro documentados en la Península Ibérica son bienes introducidos desde circuitos internacionales. Pero no es hasta que los fenicios cogen las riendas de dichos circuitos cuando se detectan los primeros indicios de siderurgia en Iberia. Los afloramientos de hierro se dispersan de manera más o menos uniforme por todo el planeta. Es el octavo elemento más común y el cuarto más abundante en la corteza terrestre y, además, está presente en numerosos minerales, algunos de los cuales son también ricos en cobre y, por tanto, potencialmente conocidos por los mineros prehistóricos (Pero-Sanz 2004: 20). Una de las propiedades más sobresalientes del hierro es su extraordinaria dureza, lo que lo convierte en un material idóneo para la fabricación de armamento. También es fácilmente soldable. Y magnético en estado natural, sin alteraciones térmicas, una propiedad que tal vez convirtiera este metal en un elemento mágico en las sociedades antiguas. Así, tanto por sus propiedades físicas como por su abundancia en la Naturaleza, el hierro es un metal propicio para el desarrollo de actividades metalúrgicas. Sin embargo, dicho desarrollo se ve dificultado por los serios inconvenientes que plantea la siderurgia primitiva. En primer lugar, el hierro apenas se encuentra en estado nativo en la corteza de la Tierra, y su reducción no es nada sencilla. Al igual que sucede con la plata no-nativa, para su obtención es menester un proceso reactivo en el que participan diversos elementos. En segundo lugar, el que con seguridad es el principal impedimento para el desarrollo de la siderurgia es que la temperatura de fusión del hierro es 1535º y esa temperatura no se encuentra al alcance de los hornos prehistóricos. Y, en tercer lugar, el hierro se oxida con facilidad. Por tanto, las aparentes ventajas del hierro se contrarrestan con sus desventajas. Transcurrieron varios miles de años desde la primera metalurgia de oro-plata-cobre hasta el surgimiento de la siderurgia. Ésta aparece más o menos a la vez que la copelación, que también requiere una minería compleja, con la diferencia sustancial de que la siderurgia no comienza a extenderse hasta el último cuarto del II milenio a.C., cuando la plata copelada ya llevaba en el circuito unos mil años (Wagner y otros 1980). La primera siderurgia es muy rudimentaria y, curiosamente, no implica explotación minera a pesar de no aparecer hierro en estado nativo. El hierro primigenio no procede de la tierra, sino del cielo (Piaskowski 1982; Pernicka 1990: 60-62 tab. 7). Cae en forma de meteorito y está aleado de manera natural con níquel. Este último metal proporciona al hierro una mayor tenacidad y ductilidad e incrementa su resistencia a la corrosión, de manera que el hierro meteórico o uránico es una aleación excelente con la que elaborar productos metálicos, a pesar de que la cantidad disponible sea irrisoria en comparación con cualquier otro elemento, incluidos los metales en estado nativo. El hierro meteórico fue el único hierro trabajado hasta mediados del II milenio a.C., cuando se sustituye progresivamente por hierro escorificado o ferrita (Maddin 1982: 304). Este segundo tipo de materia prima es un subproducto de la metalurgia del cobre, en el que las escorias de calcopirita cargadas de gránulos de hierro se reciclan como nódulos para forjado (“esponjas”). De esta manera, los afloramientos de cobre pasan a 362                                                                ser también afloramientos de hierro y la cantidad de este metal se multiplica en un lapso muy breve sin desbancar la hegemonía del bronce. Las escorias se reciclan no sólo con la finalidad de aprovechar al máximo el metal disponible, sino porque la disposición de metal en la coyuntura del siglo XII a.C. es relativamente precaria en comparación con la etapa anterior. Las esponjas de hierro pasan a ocupar una parte capital en la economía oriental de los metales a finales del II milenio a.C. En los primeros y largos compases de la siderurgia el hierro se forja pero no se funde. Al contrario de lo que ocurre en la metalurgia del bronce y en la orfebrería, el hierro no se logra fundir debido a su altísima temperatura de fusión, con lo que los moldes son absolutamente ineficaces y es más complicado conseguir un metal de alta calidad. No obstante, el hierro a una cierta temperatura manifiesta unas condiciones que lo habilitan como metal de forja. El forjado es un proceso de tratamiento térmico del hierro en estado plástico – y también de otros metales – que tiene por objetivo la mejora de las propiedades y características del metal. Los fundamentos de este tratamiento son la regulación de la temperatura y el tiempo al que se expone el metal al fuego y la clave para su correcto desarrollo es la identificación de los estados alotrópicos por los que atraviesa el hierro durante su calentamiento y enfriamiento (Apraiz 2000: 33-46; Pero-Sanz 2004: 20 ss.). Para ello la principal referencia es el color que adquiere el metal. A pesar de que el cambio de coloración sigue un progreso gradual imposible de dividir, cuando se observa que el hierro se torna de un naranja muy intenso, entonces alcanza su temperatura óptima de forja, entre 930-980ºC. No obstante, el hierro se puede forjar a temperaturas más bajas con resultados aceptables pero de menor calidad, lo que implica la necesidad de normalizar el metal, es decir, la consecución de un estado alotrópico lo más estable posible. Este hierro forjado a menor temperatura se denomina hierro dulce. Puesto que el hierro no se puede fundir, para aumentar el volumen y la masa de este metal se procede a su soldadura por presión en caliente (Kearns 1980: 425-426). A una temperatura elevada y controlada, una vez que las piezas de hierro en bruto comienzan a comportarse como un material plástico, se las golpea fuertemente y de manera insistente unas contra otras produciéndose su unión física. Dicha unión se produce por la atracción interatómica de los átomos de hierro de la superficie de las distintas piezas que se encuentra en estado semi-sólido. En este procedimiento de unión sin fusión se genera una masa de hierro de tamaño apropiado y se desprenden impurezas y pequeños fragmentos del metal, las escorias de forja. Durante el largo tiempo que el horno tarda en superar los 930ºC y mientras que se van uniendo pequeños fragmentos por percusión, átomos de carbono se insertan entre los del hierro a través del monóxido de carbono resultante de la combustión tras una larga y repetida exposición al fuego. A este paso se le denomina recocido y durante su transcurso el hierro – recuérdese, el acero – sufre una doble transformación. Por un lado, modifica su cristalografía, pasando de Fe-α a Fe-γ, lo que le lleva a la pérdida de magnetismo y a la dilatación de su estructura cristalográfica, es decir, a la adquisición de elasticidad. Por otro, modifica su composición química, pasando de ferrita (máx. 0,02% C a 723ºC) a perlita (máx. 0,77% C a 727ºC) y después a austenita (máx. 2,11% C a 1148ºC) y reforzándose contra la corrosión.8 La austenita/Fe-γ es una aleación estable, 8 En cuanto a los elementos que componen el acero, éstos son el hierro y el carbono, aunque puede haber presencia de impurezas. Sin embargo, la aleación acero no es tanto su composición elemental o atómica, 363                                                                   blanda, dúctil y tenaz, lo que la convierte en la sustancia inmejorable para ser forjada. A partir de entonces, superado el punto crítico de transformación en austenita se procede a la forja propiamente dicha (Apraiz 2000: 69 ss.). La austenita se golpea fuerte y repetidamente con un martillo hasta que la masa metálica adquiere la forma deseada. Para ello es necesario sacar la masa férrea del horno o fragua para luego de ser golpeada varias veces y volver a ponerla al fuego, reproduciendo el recocido una y otra vez siempre a temperaturas elevadas. Por tanto, en este paso de deformación se produce una intermitencia de calentamiento rápido- enfriamiento lento en la que el hierro primero se ablanda, elimina tensiones internas y regenera su estructura antes de que haya vuelto al estado Fe-α y después se endurece mientras se forja. Una vez que la austenita dispone de la forma deseada se procede a su temple, consistente en calentarla de nuevo y reducir bruscamente de la temperatura del metal mediante agua muy fría. Esta reducción supone un endurecimiento y, a la vez, una conversión en una pieza frágil, aunque sin perder el contenido de carbono que disponía cuando era austenita (acero austenítico). Para reforzar el hierro es necesario revenirlo calentándolo a una temperatura comprendida entre 200-500ºC, cuando toma un color azulado o violáceo, y manteniendo durante un tiempo esta temperatura estable, de manera que recupera tenacidad y elimina tensiones y luego dejar enfriarlo al aire, muy lentamente.9 El forjado del metal es un proceso muy delicado que requiere una mano experta para alcanzar el equilibrio adecuado entre dureza y ductilidad. Es decir, es imprescindible que el hierro siempre esté a la temperatura adecuada durante el tiempo determinado para dotarle de sus propiedades tecnológicas y químicas. Un hierro que sobrepase el color naranja durante el recocido pierde más de un 2% de carbono, lo que le convierte en muy vulnerable a la oxidación, y otro que no llegue a este color también será muy pobre en carbono y poco plástico. Ante la falta de instrumentos de precisión, parece razonable que los metalurgos antiguos aprendiesen a forjar mediante ensayo y error a lo largo de generaciones y, a pesar de su virtud, siempre dependiendo del azar. Algunos mitos nórdico-germánicos, como el de Sigfrido/Sigurd, se hacen eco de la enorme dificultad y arduo trabajo que exigía forjar una espada apropiada para el combate (Saga de los Volsungos, 15). Los conocimientos pirotécnicos requeridos y las habilidades desplegadas en el desarrollo del arte de la siderurgia dejan entrever que los artesanos del hierro son especialistas intelectualmente distinguidos, lo que muy probablemente conlleve un rango social elevado, al menos en los primeros tiempos de la siderurgia. El recocido y la unión sin fusión son procedimientos no presentes en el comienzo de la siderurgia, por lo que los primeros objetos de hierro dulce son quebradizos y de reducidas dimensiones. El reemplazo del hierro uránico, naturalmente reforzado, por el hierro telúrico, naturalmente vulnerable, durante la segunda mitad del II milenio a.C. no frenó el sostenimiento de la producción de acero austenítico (Maddin 2003). Es decir, que antes de abandonarse la práctica de trabajar con hierro caído del cielo, el hierro como subproducto de la metalurgia del bronce era una realidad. Por ello, parece razonable que la experimentación en los métodos y técnicas de forjado estuviese ligada al sino molecular. Así, el acero está compuesto por ferrita (hierro casi puro) y por un carburo de hierro denominado cementita. 9 Mi gratitud, una vez más, a Ana Lara. 364                                                                desarrollo de la siderurgia desde sus inicios, lo cual tampoco resulta extraño a la vista de la multiplicación de objetos de toréutica en esta época, especialmente en Chipre (Matthäus 1985). Por tanto, el forjado implica un cambio químico y físico del metal a través de calentamiento y enfriamiento intermitente a temperatura variable. Con la forja el hierro se depura, gana tenacidad y es posible unirlo físicamente a otras piezas de hierro. A través del forjado la ferrita inicial se convierte en austenita, con una proporción de carbono que ronda el 2% y que mejora sustancialmente las propiedades mecánicas del metal, superando al bronce binario en dureza y resistencia, si resulta bien muy difícil de obtener y, desde luego, de reproducir. No obstante, dada la complejidad técnica que entraña el proceso de fabricación de artefactos de hierro, muchos de los primeros ejemplares orientales eran aceros ferríticos y perlíticos mal templados y poco resistentes a la corrosión. Al margen de la existencia de algunos restos extraños y dudosos en la Antigüedad clásica (Craddock 2003: 249), no es hasta eI II milenio d.C. cuando la siderurgia logra el mismo nivel de desarrollo tecnológico que la metalurgia del bronce en Europa por medio de la fusión primaria del hierro. Este método implica unos conocimientos sobre el diseño y construcción de hornos de elevada potencia calorífica desconocidos en Europa hasta entonces, si bien ancestralmente dominados en China (Van der Merwe y Avery 1982: 149-150; Craddock 2003: 337-239), donde permanecieron aislados como uno de los secretos mejor y más celosamente guardados por los artesanos asiáticos. Una de las más importantes aportaciones de la expansión islámica por Asia en la Edad Media es el descubrimiento de la artesanía china, que desde entonces se extiende por el Viejo Mundo (Craddock 2003: 239-242). Quizá con el desembarco de los francos en el Levante durante las Cruzadas o tal vez con el intenso contacto entre cristianos e islámicos en la Península Ibérica, hacia el siglo XII a.C. el hierro fundido llega a los talleres metalúrgicos europeos (ídem.: 249-251). Con esta introducción se reinventan de modo definitivo los procedimientos de la siderurgia.10 Así pues, es muy probable que la fundición de hierro penetrase en Europa a través de los cruzados en su vuelta a Francia o bien a través de al-Andalus. Sea como fuere, parece claro que la primera manifestación de trabajo del hierro forjado en este territorio se produce en el barrio fenicio de Huelva, donde se documenta una escoria de forja de este metal. El colonialismo fenicio trae consigo la siderurgia a Iberia, superando la etapa anterior en la que únicamente se introducen objetos de hierro acabados. Para el mundo fenicio, la siderurgia tiene una función práctica prevalente sobre su valor simbólico, tal y como evidencia el armazón del barco hallado en entre los restos del kārum. Los colonos fenicios se sirven de la siderurgia y de otras artesanías básicas en las tareas constructivas propias de la fundación de asentamientos (Schubart 1999), siendo la siderurgia un sector clave en la economía fenicia. Sin embargo, existen algunos indicios que apuntan a una posible introducción de la artesanía del hierro entre las comunidades peninsulares del BF III. Una de las más destacadas características del Grupo Baiões es la actividad metalúrgica (Senna-Martínez 2007). En las comunidades de este grupo hay claras evidencias del trabajo del bronce, no sólo mediante molde y forja, sino también de una artesanía fina 10 Agradezco vivamente la ayuda prestada sobre esta cuestión al Dr. Fernando Valdés y a Rodrigo Cortés. 365 http:siderurgia.10   introducida desde el Mediterráneo que se desarrolla localmente de manera sorprendente. Pues bien, la mayor concentración de objetos importados de hierro en el BF III se produce en esta zona de afamados talleres. No parece casualidad que la metalurgia del bronce llame a la siderurgia, a pesar de que en el Grupo Baiões no se conozcan evidencias patentes del trabajo del hierro. El objeto compuesto bimetálico de Nossa Senhora da Guía es único y claramente diseñado en el taller local a la vista del cubo anillado de bronce. Sin embargo, ciertamente se trata de un caso excepcional en el que no se trabaja el hierro, sino con hierro. Esta sutil diferencia muestra, una vez más, que la metalurgia y la experimentación con metales son dos actividades desarrolladas en paralelo, sin que por ello se inaugure necesariamente una nueva etapa metalúrgica entre los especialistas atlánticos. No obstante, en los alrededores del Grupo Baiões las sospechas sobre una siderurgia incipiente durante la Protocolonización aumentan. En el I Congreso Peninsular de Arqueología celebrado en Porto en 1993, Anna Bettencourt (1994: 177) notificó la presencia de una pequeña escoria de hierro en niveles del Bronce Final en el poblado de São Julião de Vila Verde en el que ella había iniciado excavaciones. Por entonces esta escoria era la más antigua hallada en la Península Ibérica. Sin embargo, Bettencourt no se ha vuelto a referir a esta pieza en las siguientes publicaciones sobre el castro, incluyendo una gran monografía sobre el mismo (2000). Por tanto, aunque lo sensato es excluir esta supuesta escoria como una temprana evidencia de siderurgia indígena, parece conveniente reflejar esta noticia que, quizá, en el futuro se aclare definitivamente. Otra posible evidencia de siderurgia ibérica antigua aparece en el castro del Castillo de Burgos, en donde se documenta un “resto escoriáceo” en el nivel VIII del sector III (Uribarri y otros 1987: 139, 141). Pero la ausencia de un análisis químico sobre este resto unido a la indefinición terminológica empleada por sus editores no admite ir más allá de exponer esta referencia. Asimismo, en el poblado portugués de São Pedro do Crasto aparece otra escoria de cronología imprecisa, aunque probablemente asignable al Horizonte Peña Negra I (Da Ponte 1994: 155 lám. 1.2). En el BF III los indicios de siderurgia que parecen más seguros en la Península Ibérica no son subproductos de actividades metalúrgicas, sino artefactos finalizados. En el poblado del Cerro de El Berrueco no se conoce ningún atisbo de escoria de hierro, pero sí dos navajas de afeitar férreas de tipología no oriental que tradicionalmente se han elaborado en bronce y que forman parte de la colección de objetos de hierro hallados en el fondo de la choza Be-2. De las dos navajas, una es de espiga y pertenece al tipo Hénon, muy común en todo el Atlántico desde el principio del Bronce Final (Jockenhövel 1980: 58-61 láms. 8.137-9), mientras que la otra tiene forma rectangular con bordes curvos y se asemeja a los ejemplares del tipo Pantálica típicamente sicilianos de idéntica cronología (Peroni 1956: 392). Existen otras dos navajas afines a esta última en el Atlántico, una en el depósito de Ommerschans (Overijssel, Holanda) y otra en Lakenheath (Suffolk, R.U.) (Jockenhövel 1980: 80-81 láms. 13.231-232). Resulta de particular interés la navaja de tipo Hénon, ya que con plena certeza pertenece a la tradición atlántica, lo que parece indicar que se fabricó en un taller de este ámbito. Sin embargo, no existen argumentos concluyentes que inequívocamente apunten a que estas piezas se forjasen en talleres atlánticos en la medida en que todas ellas se identifican igualmente en el Mediterráneo. Pero el hecho de que en Sicilia no 366                                                                haya evidencias claras de siderurgia local durante el BF III obliga a poner los ojos o bien en el Mediterráneo oriental o bien en los Alpes. Tanto en Chipre como en el Levante se documentan objetos de bronce de producción atlántica datados a inicios del I milenio a.C. Lo más lógico es que dichos objetos alcanzasen esas regiones junto con otras manufacturas atlánticas que no se han conservado. Entre éstas bien podrían navajas de afeitar, las cuales podrían copiarse localmente y reintroducirse en Occidente. Sin embargo, tal hipótesis parece demasiado rebuscada y extraña debido a que los objetos fabricados en hierro en esta época en el Mediterráneo oriental son armas, herramientas y, por encima de todo, cuchillos sacrificiales. Otra opción es que se elaborasen en talleres atlánticos inspirándose en tipos tradicionales a partir de piezas o lingotes de hierro importados del Mediterráneo (Vilaça 2006: 95), lo cual parece más coherente aunque implicaría un trabajo de forja muy laborioso. En la misma época, en los Alpes occidentales y en algunos yacimientos de la costa atlántica francesa comienzan a vislumbrarse objetos ajenos a la tradición oriental fabricados en hierro (Gómez de Soto y Mohen 1981; Gómez de Soto y Kerouanton 2009), como sucede con las flechas de tipo Bourget y los cuchillos de espiga y hoja ancha aparecidos en la Gruta de Quéroy (Chazelles, Charente) (lám. LXXXI.A) (Gómez de Soto y Kerouanton 1991: 352 figs. 13.20, 28-39, 15.23-24). Estos objetos, fechados en el Ha B2-3 (950-800 a.C.), corresponden morfológicamente a materiales propios de los Campos de Urnas (Sandars 1957: 208, 214 fig. 54.7; Kerouanton 2002; Gascó 2006: 152). Esto demuestra que la siderurgia cala más prontamente en las sociedades del corazón de Europa que en el Mediterráneo occidental y en el Atlántico (Pleiner 1981), aunque también podría aplicarse el modelo de re-forja de objetos importados, ajenos a la minería de hierro, a la preparación de la masa férrea y al aprovechamiento de escorias de cobre.11 Sin embargo, en la región del Midi, netamente bajo el signo de los pueblos alpinos en el Bronce Final, se produce un vacío de artefactos de siderurgia en contraste con el advenimiento del grupo metalúrgico launaciense dedicado al bronce (Guilaine 1972; Gascó 1994; 2014; Gascó y otros 2014). A la luz de las evidencias arqueológicas, la tecnología del hierro no alcanza el Midi hasta el siglo VIII a.C., una fecha más tardía que los primeros objetos de hierro documentados en el Atlántico y en el interior peninsular. En definitiva, en el BF III se tiene constancia por primera vez del desarrollo de tareas siderúrgicas en la Península Ibérica en hábitats fenicios, pero no hay ninguna evidencia segura de que también en las comunidades indígenas de este período se introduzca la artesanía del hierro. No será, entonces, hasta el Período Orientalizante-Hierro I cuando las poblaciones autóctonas ibéricas comiencen a producir sus propios utensilios de hierro merced a la influencia fenicia colonial. 11 En el pequeño poblado del BF III de Hartshill Copse (West Berkshire, R.U.) se han identificado restos de forja de hierro en un ámbito específico que, en principio, parece reservado a esta artesanía (Collard y otros 2006: 393, 395-405). Es decir, desde el BF III se practica la siderurgia en Gran Bretaña, coincidiendo cronológicamente con la región alpina. Sin embargo, resulta cuando menos extraño que los primeros objetos de hierro de la isla se fechen más tardíamente (ídem: 409-416 tab. 6). Por ello, quizá interpretar estos restos ferrosos como un subproducto de la forja sea un tanto precipitado y su correcta interpretación sea la de desechos devenidos del trabajo de minerales de cobre ricos en hierro. En cualquier caso, el registro arqueológico es caprichoso por naturaleza y no debe descartarse que las evidencias de siderurgia precedan a las de objetos acabados. 367 http:cobre.11   5. Valor socio-económico del hierro en la Edad del Bronce El valor socioeconómico de cualquier elemento se deduce a partir del contexto de aparición y de la función, datos capitales a los que se suman la procedencia geográfica de dicho elemento, su cantidad, sus propiedades naturales y la decoración que presente. En el caso particular del hierro en la Edad del Bronce en la Península Ibérica resulta evidente que su origen es mediterráneo y que su número es muy bajo a pesar de la notable concentración en la cuenca del Duero. No aparecen decorados mediante pintura o inscripciones, aunque el pomo de Villena y el prisma de Nossa Senhora da Guía sean piezas compuestas. Los contextos de aparición que mejor manifiestan el significado del hierro en las sociedades peninsulares de la Edad del Bronce se corresponden con el tesoro de Villena, el depósito de la Ría de Huelva y, quizá, los conjuntos de Monte do Trigo. En todos ellos los objetos de hierro se hallan asociados a otros objetos formando grupos cerrados, sin aparente utilidad práctica. En Monte do Trigo se documenta un total de tres láminas de cuchillo repartidos en cinco depósitos en los que también aparecen objetos de bronce (Vilaça 2006: 89-90). Estos depósitos, aunque en el interior de la aldea, son ocultaciones intencionadas, lo que implica un uso ritual incluso para su amortización. El tesoro de Villena es un juego de más de sesenta piezas, casi todas ellas brazaletes, aunque también destacan los recipientes de oro y plata batidos y fundidos. El conjunto fue enterrado a las afueras del poblado de Cabezo Redondo, en la Rambla del Panadero, en el interior de una olla. Quizá su ocultación aconteció en el mismo instante en el que se destruyó el poblado, tal vez como una medida desesperada para proteger el tesoro de saqueadores o, quizá, su enterramiento fuese una ofrenda en un lugar sagrado. En cualquier caso, parece lógico considerar que el tesoro es una propiedad unipersonal y no una amalgama de posesiones de múltiples personas que reúnen sus riquezas antes de abandonarlas. Las piezas de orfebrería y las de hierro conforman un grupo homogéneo, de tal manera que si el oro y la plata son dos materiales sumamente valiosos, el hierro también lo es. Por último, el depósito de la Ría de Huelva, que no es otra cosa que un inmenso ajuar funerario de una o quizá de varias personas de alto rango (Ruiz-Gálvez 1995: 129-135). Al igual que sucede con el tesoro de Villena, el valor de la pieza de hierro está ligado al resto del depósito de bronces, todos ellos elementos de status. Este valor se manifiesta, por un lado, en su pertenencia a un elenco de objetos ofrecidos a un difunto y, por otro lado, en su pertenencia a un conjunto ofrecido a las aguas. El ofrecimiento de todos los objetos que integran el depósito es irreversible y se vincula a un aspecto místico del comportamiento humano. Que los artefactos de hierro albergados en los depósitos de Monte do Trigo, Ría de Huelva y Rambla del Panadero evidencien una función simbólica de sí mismos ya que sirven como ofrendas o forman parte de objetos de uso restringido y suntuario, sugiere que también con anterioridad a su abandono estuvieron impregnados de este carácter simbólico conviviendo con una función práctica. El resto de piezas de hierro referidas en este capítulo se localizan en contextos habitacionales – viviendas o talleres – como objetos de uso práctico y en cementerios como bienes votivos. 368   La mayor parte de todos estos artefactos se corresponden con cuchillos. Con motivo de que son objetos importados parece acertado valorar estos utensilios como instrumentos sacrificiales y no como herramientas de empleo diario en trabajos artesanales. Aquiles se sirve de cuchillos de hierro y no de bronce para degollar a los toros (Ilíada 23.30-31). El sacrificio ligado al banquete es la institución suprema en las sociedades no-industriales mediante la que las categorías sobrenaturales y míticas se vinculan a las mundanas y corrientes (Detienne 1979; Almagro Gorbea y Lorrio 2011: 32-35). Además, el banquete en las sociedades heroicas funciona como un acto de confraternización entre élites, una circunstancia idónea para intercambiar regalos de embajada entre los que se cuentan los cuchillos sacrificiales como los que utiliza Aquiles. El pomo y el brazalete de Villena también son objetos de rango, el primero como adorno y el segundo como parte de un cetro o del mango de una espada o látigo. Las armas y los adornos constituyen dos elementos esenciales en la construcción de la imagen social y ritual del guerrero (Treherne 1995). Más curioso es el de la Ría de Huelva, de apariencia informe probablemente después de su inmersión en agua a lo largo de tres mil años. Pero tampoco puede descartarse que la ausencia de forma y el hecho de no estar destinado a una función práctica, al menos inicialmente, constituya una categoría en sí para los primigenios objetos de hierro. El trofeo para el ganador del certamen de lanzamiento de peso en los juegos por Patroclo es, precisamente, el peso que se describe como un bloque de hierro en bruto (Ilíada 23.826-835). Así pues, el hierro sin forma ni función concreta es igualmente un material valioso digno de héroes que combaten por honor y, de paso, por riquezas temporales de manera elegantemente encubierta. El hierro primitivo, como el rayo, es un material caído del cielo y, por tanto, perteneciente de manera natural a un ámbito no humano. Así, la caída de restos uránicos a la tierra, no sólo meteóricos, sino también la lluvia y la nieve, se interpretaba en la Antigüedad como un augurio o, como mínimo, como un gesto prodigioso para con los seres humanos por parte por parte de los dioses o fuerzas rectoras del universo (Torres-Martínez y otros 2011-2012: 238-239). De manera natural también el hierro presenta cualidades magnéticas, lo que permite atraer a otros metales e incluso a los rayos. Estas características hacen del hierro un metal extraordinario. En síntesis, el hierro en la Edad del Bronce tiene un valor ideológico inmenso, claramente muy superior a su valor práctico. La alta apreciación ideológica del hierro explica que los instrumentos para el sacrificio se fabriquen en este metal. Un elemento caído del cielo y empleado en la producción de objetos destinados a un uso ritual posee, necesariamente, un valor místico. Por extensión, la forja del hierro es una tarea sagrada, la cual requiere conocimientos y destrezas singulares extraños entre los metalurgos atlánticos acostumbrados a fundir bronce. Por ello los herreros, hasta que no se revierta esta consideración del hierro muy avanzado el I milenio a.C., son individuos dotados de características prodigiosas que gozan de un rango elevado y son protegidos por las minorías que reclaman de sus habilidades y sabiduría (Eliade 1959). En paralelo, por el aprendizaje de dichos conocimientos tal vez los herreros también sean tenidos por personas raras y misteriosas, de alguna manera fuera de la normalidad tradicional si bien dentro de la estructura social (ídem: 54-63). El hierro, en definitiva, no tiene valor económico sino social en las sociedades heroicas. Su condición de metal mágico es lo que le confiere el significado cultural y lo que le 369   consigna a ser la materia prima de diversos objetos de prestigio y uso ritual (Gosden 2012. 15-16). Sin embargo, en las sociedades del Mediterráneo oriental el hierro experimenta una transformación ideológica a finales del II milenio a.C. En tiempos del rey Hammurabi (s. XVIII a.C.) un siclo de hierro equivale a ocho siclos de plata, lo que significa que es más valioso que el oro (Aubet 2007: 174). De esta equivalencia se deduce, en primer lugar, que el hierro a inicios del II milenio a.C. tiene un valor altísimo, propio de una mercancía escasa, muy demandada y, verosímilmente, impregnada de sacralidad. Y en segundo lugar, el hierro no sólo tiene valor, sino que tiene precio. Este último detalle supone que la esencia de la economía de los primeros Estados antiguos no guarda relación con las sociedades de rango, a pesar de la igualdad tecnológica entre ambas. Así, mientras que el hierro tiene un significado más económico que social en los Estados orientales, en las sociedades de rango sucede a la inversa. La naturaleza exótica del hierro en los Estados orientales va a perpetuarse hasta entrado el I milenio a.C., cuando este metal se difunda y se fabriquen objetos de uso cotidiano con él y la siderurgia alcance una situación de equilibrio con respecto a la metalurgia del bronce, tanto en Oriente como en Occidente (Snodgrass 1982: 286, 290 fig. 2; Roberts y otros 2015). Hasta entonces no tiene sentido hablar de la existencia de una economía real del hierro en la que el ciclo de producción, distribución y consumo de este metal sea parte consustancial de las actividades cotidianas. Con todo, en la economía global del BF III y de manera especialmente acusada en el Mediterráneo, la preeminencia del bronce se atenúa con la irrupción del plomo y de la plata al convertirse estos dos metales en las principales mercancías de la nueva coyuntura del Período Orientalizante (Frankenstein 1997). Pero el significado económico del hierro en el mundo oriental y, por tanto, en el mundo fenicio también implica un cierto tinte simbólico. En las empresas coloniales participan también herreros y, en general, artesanos gracias a cuyos conocimientos y habilidades es posible extender la civilización. El hierro está presente en la fase más antigua del kārum de Huelva, y ello revela que la importancia económica puede ser en cierto modo equiparable a la importancia simbólica. De igual modo el hierro, como la metalurgia en general, está presente en la fundación de la colonia de Morro de Mezquitilla. Para un fenicio no hay civilización sin hierro. 6. Conclusión La metalurgia del hierro tiene un una presencia menor en comparación con otras tecnologías en las sociedades del II milenio a.C., sin importancia de su organización y complejidad socio-económicas. Sin embargo, en Oriente goza de una aceptación mayor y más profunda que en el resto de sociedades familiarizadas, de alguna manera, con el hierro, hasta el punto de convertirse en una mercancía muy valiosa. Desde Oriente se extiende en dos oleadas diferentes por el Mediterráneo y Europa continental. La primera de ellas se encuadra en el esplendor aqueo, entre los siglos XVI y XIII a.C., siendo entonces cuando el hierro alcanza por primera vez la Península Ibérica. La segunda oleada se sumerge en la recuperación y reorganización socio-económicas de los Estados orientales. A esta segunda oleada pertenece la mayoría de objetos de 370   hierro de cronología precolonial aparecidos en el Círculo del Tirreno y en la Península Ibérica. Este segundo elenco es introducido primero por los navegantes chipriotas, muy activos entre los siglos XI y X a.C. y, después, por los fenicios. Los fenicios son los responsables no sólo de la introducción del hierro a gran escala en la Península Ibérica y, en general, en los circuitos mediterráneos con sus ramificaciones por Europa – probablemente con la excepción del Egeo y de los Balcanes meridionales – y por el Atlántico, sino de la aparición de la siderurgia fuera de Oriente. Esta siderurgia se desarrolla reciclando subproductos de la metalurgia del cobre y del bronce con un alto contenido en hierro. Sin embargo y por lo que respecta a la Península Ibérica, la artesanía del hierro se ciñe en exclusiva a los asentamientos fenicios durante siglos, de manera que no aparece entre las comunidades peninsulares hasta bien avanzado el I milenio a.C. Así, la tecnología del hierro no es igual a la economía del hierro, que tendrá su tiempo después de la eclosión de la economía de la plata (y del plomo). Las propiedades mágicas del hierro y, más en concreto, del acero – procedencia celestial, magnetismo, incorruptibilidad – funcionan como excusa para su posesión y exhibición en los largos compases iniciales de esta tecnología. Su valor es originariamente ideológico, sobre todo como símbolo de prestigio. Cuando comienza a desarrollarse la siderurgia a partir de escorias de cobre a finales del II milenio a.C., los artefactos de hierro se multiplican y, en Oriente, poco a poco pierde valor ideológico para tener valor práctico a pesar de la enorme complejidad que entraña su forjado. En la Península Ibérica durante el BF III, dependiente en este sentido de la interacción con los chipriotas y los fenicios, el hierro continúa manteniendo un status elevado y un ámbito de circulación muy restringido a las élites sociales heroicas. El bronce persiste como el principal material para la fabricación de objetos metálicos entre las diversas comunidades peninsulares. 371   372 12. MINERÍA DE LA PLATA 1. Tartesios, fenicios y el ciclo de la plata A pesar de que la prioridad de las actividades económicas de las sociedades antiguas se centra en el autoconsumo y la subsistencia de las comunidades, los circuitos de intercambio revelan la existencia de una economía global cimentada en redes sociales a través de las cuales los bienes recorren miles de kilómetros. Así, de alguna manera podría aseverarse que todas las sociedades están integradas en un circuito gigantesco al cual hacen una aportación singular y destacada como productoras y como intermediarias. Uno de los productos en torno a los cuales gira la economía global en el I milenio a.C. en el Mediterráneo es la plata (Aubet 2009: 114-118). Durante el Período Orientalizante la minería de la plata en la Península Ibérica experimenta un desarrollo sustancial en el que participan por igual comunidades indígenas tartesias y comerciantes fenicios (Blanco y Luzón 1969; Blanco y Rothenberg 1981: 84-86, 88 ss.; Rothenberg y Blanco 1981:114; Craddock y otros 1985; Domergue 1987: 199-212, 234-247; Fernández Jurado 1988-1989b; Ruiz Mata 1989: 218-222; Pérez Macías 1995; 1996: 79 ss.; Izquierdo 1997; Hunt 2003: 358-370; 2005; Craddock 2013; Martín 2013; Rovira y Renzi 2013). Tal y como pone de manifiesto la abrumadora presencia de cerámica de tipo local en los yacimientos mineros, la explotación de las minas y el transporte de materias primas hasta los centros de distribución corre por cuenta de los tartesios, mientras que los fenicios se encargan de su distribución por el Mediterráneo y por Asia occidental. Fuera del ámbito tartésico hay otros dos focos en Iberia que, potencialmente, también pudieron haber desarrollado una economía extractiva de la plata en el Orientalizante. Uno de ellos se localiza en la región del sureste, con centro en la desembocadura del Vinalopó (Rovira y Renzi 2013; Renzi 2013), mientras que el otro se ubica en la región ibero­ pirenaica, con dos importantes salidas en la colonia griega de Ampurias y el delta del Ebro (Rafel y otros 2008b). Estos dos focos presentan todavía numerosas incertidumbres en cuanto a la relevancia de la economía de la plata. Quizá su función dentro del ciclo económico no se ciñese a tareas extractivas, sino de procesamiento del mineral o, incluso, de aportación de elementos secundarios como el plomo (Murillo 2013: 365-374, 385; Carpintero y otros 2015). La inclusión de la plata en las actividades económicas de los pueblos peninsulares en el I milenio a.C. supone un cambio profundo con respecto al período previo por tres razones. 373 La primera razón es que este metal no forma parte de los metales heroicos que tanto la arqueología como la literatura antigua exponen con total claridad. Dichos metales son los más apreciados por las sociedades heroicas que protagonizan la Edad de los Metales. El modelo ideal de una sociedad heroica de esta época se define por tres aspectos: a) el rango social de las personas se cimienta sobre su prestigio y sobre las relaciones de parentesco y, en general, sobre las relaciones interpersonales; b) las familias conforman las aldeas que explotan los recursos agropecuarios del entorno; y c) las transacciones de bienes se realizan sin monedas y sin la noción de precio bajo la forma de un intercambio ritual.1 En contraposición, la plata es un metal propio del intercambio de mercado de las sociedades urbanas orientales. En líneas generales, en el pensamiento económico y simbólico – si acaso pueden separarse – de la sociedad europea del II milenio a.C. las materias con mayor valor son el ámbar, el marfil, el bronce y el oro. Con estos elementos se fabrican los objetos que forman parte de ajuares funerarios a la vez que justifican las relaciones a larga distancia. En la Ilíada (9.121-161), por ejemplo, Agamenón no menciona ningún objeto de plata pero sí muchos de bronce en la generosa compensación de Aquiles por los agravios iniciales y para convencerle de que vuelva a la batalla. La exclusión de objetos de plata en este episodio de manifestación de la esplendidez y riqueza de los héroes no es fortuita, sino que revela que la plata no es un metal heroico y, por tanto, su explotación y circulación a gran escala carecen de sentido. Sin embargo, esto no significa que la plata se ausentase totalmente de la economía de las sociedades heroicas. De manera excepcional, en la Cultura de El Argar la plata aparece en multitud de enterramientos en forma de objetos votivos y de prestigio como anillos, diademas y recipientes después de haber sido explotada y trabajada en talleres locales (Lull y otros 2014c). También se documentan, por ejemplo, dos jarritas de este metal en yacimientos bretones de cronología incierta, aunque muy probablemente pertenezcan al Bronce Medio y, casi con toda seguridad, son procedentes del exterior (Needham y Vandell 2006: 93-95). Aquiles ofrece, entre otros regalos, una crátera labrada en plata a los vencedores de los juegos por Patroclo (Ilíada 23.740-749). Una copa de plata es uno de los regalos de embajada que Menelao ofrece a Telémaco en la búsqueda de noticias sobre Odiseo (Odisea 4.611-619). Sin embargo, es igualmente reseñable que tanto la crátera como la copa, en calidad de keimēlia, han pasado por distintas manos y su origen es fenicio, lo que vuelve a situar la mirada en gentes levantinas como promotores de la economía de la plata en el Mediterráneo. De alguna manera, estos pasajes revelan que la plata está, inicialmente, fuera del sentido del honor en la ideología homérica, en la que se desprecia a la actividad comercial por la que son famosos los fenicios, especialmente los tirios (Od. 15.415-419; también en 8.159-164; Finley 1999: 82-84; Aubet 2003: 93-99; Whitley 2013).2 La plata, por tanto, no se desconoce en las 1 Véase el apartado 2.1 del capítulo 2 para una descripción más detallada y extensa sobre las sociedades heroicas. 2 La animadversión hacia el mundo fenicio de la que hacen gala los griegos de acuerdo con Homero es para John Boardman (2001; 2004: 158) y Mark Peacock (2011a) discutible. La circulación de productos originarios del Egeo en toda la extensión de la red fenicia sugiere un acercamiento entre ambas etnias. La creación de este tejido de conexiones por todo el Mediterráneo quizá no sea obra exclusiva de fenicios. Tal vez por ello comerciantes oportunistas griegos colaborasen con los marinos orientales en el establecimiento de las rutas que 374 sociedades heroicas del Egeo y de Europa, pero está cargada de una connotación negativa o, al menos, no está a la altura moral del oro, del bronce y hasta del hierro. La segunda razón por la que plata supone una importante transformación para los pueblos peninsulares es porque la economía de la plata en el Orientalizante implica irremediablemente el desarrollo de la minería y la circulación del plomo. Es decir, que cualquier referencia a la plata como elemento económico alude indirectamente al plomo como elemento económico. Esta asociación se explica por la naturaleza del mineral de plata, que requiere de reacciones químicas en las que plomo es imprescindible con el fin de liberarla de sus impurezas. Los afloramientos de plata tartésicos se producen en suelos de gossan, ricos en óxidos de hierro, bajo los que aparecen una capa de sulfatos. Esta capa más profunda se compone de mineralizaciones de jarositas que son las empleadas en la extracción de la plata (Hunt 2005: 1242-1243; Martín 2013: 18-19; Rovira y Renzi 2013: 475; contra Pérez Macías 1996: 47; Pérez Macías y Delgado 2004: 290). El acceso a esta capa más profunda se realiza mediante cortes naturales en el suelo de los que aflora la estratigrafía natural, permitiendo así excavar el frente a cielo abierto sin necesidad de excavar galerías subterráneas (Pérez Macías y Delgado 2007: 290). Para separar la plata del plomo y de otros componentes que integran la jarosita es menester el uso de plomo externo a dicho mineral, ya que la cantidad de plomo presente en el mineral por naturaleza es insuficiente. Este proceso o método se denomina copelación, y consta de dos fases (Pernicka 1990: 58-59; Hunt 2003: 345-346; Renzi 2013: 214). La primera fase consiste en calentar en una atmósfera reductora el mineral molido junto con el plomo externo, que actúa adhiriéndose a la plata y eliminando las impurezas. De esta fase resultan dos elementos compuestos: el régulo de plata-plomo (mena) y la escoria de “sílice libre” (ganga). En la segunda fase, la mena vuelve a calentarse en condiciones oxidantes en una copela de cerámica, de tal manera que por diferencia en la temperatura de fusión, todo el plomo se desprende de la mena, resultando la plata prácticamente depurada y una escoria de litargirio. Las escorias de litargirio, al contrario que las de “sílice libre”, son reciclables, de manera que es posible abaratar y facilitar el procesado del mineral de plata en lo concerniente al plomo. A través de este método no sólo se obtiene plata, sino también oro, que en muchas ocasiones va asociado a la plata. El método de la copelación es oriundo del Mediterráneo oriental (Prag 1978: 36-41; Wagner y otros 1980; Pernicka y Wagner 1982: 423; Pernicka 1990: 57-58 fig. 16; Helwing 2014: 415) y desde ahí se expande gracias a los chipriotas y fenicios por el Mediterráneo (Gale y Stos-Gale 1982; Ruiz Mata 1989: 235) hasta la Península Ibérica. Junto con este método, los fenicios también introducen en Iberia la minería y el comercio del plomo, ya a comienzos del I milenio a.C. sirvieran a los fenicios para fundar los asentamientos de ultramar. En el barrio fenicio de Huelva se documenta una notabilísima presencia de cerámicas griegas desde inicios del Período Orientalizante (Cabrera 1988-1989) que podría significar la instalación de una comunidad egea en el barrio. La fundación de un emporion en Al-Mina revela el interés eubeo en el Levante (Boardman 2002; 2006b), al igual que la fundación del kārum de Kommos muestra el interés fenicio en el Egeo (Shaw 1989; Stampolidis y Kotsonas 2006). Así pues, quizá griegos y fenicios se llevasen mejor lo que Homero expresa o, al menos, las andaduras de unos y de otros por un mismo escenario les condujeron a entenderse mínimamente a pesar de guardarse inquina. 375 que las jarositas de Tartessos no disponen de la cantidad suficiente de plomo como para precipitarse fácilmente por calentamiento. La presencia de escorias de “sílice libre” (Rovira y Hunt 2006; Rovira y Renzi 2013: 475-481) y, sobre todo, de litargirio evidencia la práctica de la copelación y, por tanto, del beneficio de la plata (y, potencialmente, del oro). La tercera razón por la que la economía de la plata en el Orientalizante supone una transformación importante en la sociedad peninsular se relaciona con la infraestructura y la organización de los agentes económicos. El ciclo económico de la plata requiere un sistema de coordinación en el que todos los participantes se combinen ordenadamente. El ciclo es un proceso en el que intervienen diversos agentes con diversas funciones en diversos lugares, y para la optimización de estas tareas es necesaria una organización que englobe todo el proceso. Así, el ciclo de plata requiere cooperación entre los agentes participantes. Pero no sólo es una cuestión de cooperación, sino que el ciclo también requiere que estos agentes se sumerjan en proyecto único que justifique todo el esfuerzo. El ciclo económico de la plata en el marco de la colaboración entre tartesios y fenicios no puede funcionar con pequeñas comunidades independientes que actúan por su propia cuenta y riesgo. En una sociedad típica de la Edad del Bronce, cuya producción no es sostenida como en las economías industriales modernas ni están tuteladas por instituciones centrales con plenos poderes en un ambiente de libre mercado, la producción va encaminada en primer lugar al autoconsumo en las aldeas. Sólo después de satisfacer esta demanda primaria se atiende a la demanda secundaria de otros bienes de carácter ritual o suntuario. Ambas demandas funcionan a la par, pero siempre condicionadas por las necesidades y sistema de valores internos. Aunque el metal no es vital para el desarrollo de la vida humana, con él se fabrican herramientas que facilitan la producción de alimentos y otros bienes; se fabrican armas para defender la producción y la perpetuidad de la comunidad; y se fabrican bienes de prestigio y objetos mágicos que explicitan y justifican la estructura social y las relaciones intracomunitarias entre grupos de diferente rango, así como extracomunitarias entre grupos del mismo rango. Sin embargo, la plata no forma parte de estos materiales tradicionales de las sociedades europeas de la Edad del Bronce, y normalmente el plomo tampoco. Su demanda procede del mundo exterior. Por ello, la extracción de los minerales de plata y plomo, su procesamiento, su transporte y su distribución en diferentes puertos necesitan una autoridad compartida que coordine todos los movimientos de entrada y salida que se realizan en un territorio amplio, con las minas en el interior y las colonias en la costa y otros puntos de aprovisionamiento de plomo y de concentración de plata y productos relacionados entre medias. No se trata, en este caso, del surgimiento de una autoridad única que aúne a indígenas y fenicios, sino de evitar la atomización de todo el ciclo. De esta manera, las comunidades tartesias cooperan entre sí para extraer y llevar el producto a los lugares de distribución exterior, estos últimos con presencia fenicia. En definitiva, la introducción de la economía de la plata en la Península Ibérica en el I milenio a.C. no sólo significa el advenimiento de un producto extraño. Al contrario, significa una transformación profunda en la economía y en la sociedad en la que se produce a gran escala para el mercado exterior y que implica una reorganización interna 376 con una autoridad comunitaria emergente. Esta transformación queda comprendida en la Revolución Orientalizante que tienen en la expansión fenicia su principal estímulo y en Tartessos su más importante resultado en el ámbito peninsular (Almagro Gorbea 1996c; Torres 2002). La colonización fenicia, por tanto, se explica mejor en términos comerciales, con la plata como uno de los puntales básicos de la red comercial (Frankenstein 1979; 1997: 15-64, esp. 58-59; Aubet 1995; 2006; Ruiz-Gálvez 2013: 258-268), que en términos agrícolas y demográficos (Wagner y Alvar 1989). Al menos para algunos casos, puesto que cualquier fenómeno colonial y migratorio implica multitud de factores de atracción y de repulsión. Por ello cabe preguntarse si la extracción de la plata y la copelación aparecen una vez establecidos los fenicios en colonias permanentes o si, por el contrario, estos procesos se habían introducido anteriormente y su desarrollo justifica y favorece la fundación de las colonias, tanto en la Península Ibérica como en Cerdeña. 2. Oriente e isótopos de plomo 2.1. Oriente Los datos a partir de los cuáles resolver el interrogante acerca del momento de inicio de la copelación en Tartessos distan de ser claros y seguros. Por eso hay división entre los investigadores. Algunos piensan que la economía de la plata en el I milenio a.C. es una consecuencia de la presencia fenicia en las colonias (Ruiz Mata 1989: 232-237; Fernández Jurado 1995: 414; Hunt 2003: 126; 2005: 1243-1244), mientras que otros piensan que es anterior y desarrollada de manera autónoma (Rothemberg y Blanco 1981: 171; Pérez Macías 1995: 430-236; Rovira 1995b: 480). Lo cierto es que las evidencias más visibles de la explotación de la plata en la Península Ibérica pertenecen al Período Orientalizante y carecen de sentido sin la demanda y mediación orientales. No obstante, también es cierto que la investigación en este campo apenas ha experimentado el impacto del descubrimiento en los últimos años de los yacimientos fenicios de Huelva, del aeropuerto de Málaga y de Cádiz. La falta de peso de estos hallazgos impide, entre otras cuestiones, establecer un umbral claro que separe lo precolonial de lo colonial. En fechas recientes han salido a la luz unos novedosos e interesantes trabajos analíticos acerca de los depósitos de hacksilber en el Levante que, igualmente, han pasado prácticamente desapercibidos a pesar de los resultados ofrecidos sobre la procedencia occidental del plomo (Thompson 2011: 125; Thompson y Skaggs 2013). Precisamente en estos últimos trabajos aparecen los datos más reveladores a la vez que los más controvertidos con respecto a la economía de la plata en los albores del I milenio a.C. En el Mediterráneo oriental se conocen un total de catorce depósitos de piezas de plata, algunas de ellas son joyas acabas mientras que otras son simples trozos informes de metal (hacksilber) (Thompson 2003). Estos depósitos se localizan en el tercio meriodional del Levante en el interior de ciudades como Tel Miqne-Ekron, Eshtemoa, Tel Akko, Ein 377 Hoffez y Tel Dor (lám. LXXXI.B) y se fechan en el lapso comprendido entre las destrucciones de los Pueblos del Mar y las primeras fundaciones fenicias de ultramar. Pero antes de entrar a exponer y valorar estos trabajos, es importante ofrecer un breve recordatorio del panorama en el Mediterráneo oriental en este período. En la época del Reino Nuevo egipcio e hitita, la región experimenta un crecimiento vertiginoso en las comunicaciones y transacciones mercantiles (Liverani 2003b; Aubet 2007; Bell 2009; Ruiz-Gálvez 2013). De manera esquemática se diferencian grandes centros productores y consumidores, por un lado, e intermediarios, por otro. Entre los primeros se cuentan los grandes Estados de la región – Hatti, Egipto, el Imperio Medio Asirio –, mientras que entre los segundos destacan las ciudades de la costa levantina, especialmente Biblos y Ugarit, Alashiya y, probablemente, las comunidades del Egeo. No obstante, también aparecen mercaderes pertenecientes a los imperios, así como centros consumidores entre los países intermediarios. La frenética actividad comercial es solo uno de los rasgos que caracterizan la economía y, en general, la civilización de Oriente. Las relaciones internacionales fomentan la simbiosis entre los distintos Estados en paralelo a la competencia y agresividad mutua por el dominio de los recursos y la afirmación de la hegemonía. Aunque en el comercio oriental de esta época existen las nociones de precio y de comercio, la mayor parte de las operaciones mercantiles internacionales están amparadas por la autoridad de los Estados, principales demandantes y proveedores de bienes y servicios tal y como demuestran las cartas de El Amarna (Liverani 1998; 1999). En estas operaciones la plata configura el más importante patrón de cambio (Radner 1999; Aubet 2007: 167-184; Peyronel 2014). No obstante, la base de la economía, tanto a nivel productivo como comercial, sigue siendo la aldea, que funciona como una unidad de autoconsumo. El Estado, la gran autoridad central que unifica todas las aldeas y provincias, se distingue por ostentar el monopolio de los sectores estratégicos (papiro, metales preciosos, piedra, sistemas de irrigación, control de fronteras, etc.). Las dinámicas socioeconómicas favorecen el surgimiento de pequeños núcleos de producción, distribución y consumo que escapan al dominio fáctico de los Estados y que se sirven de los intermediarios en su afán por desarrollarse. Estos núcleos tienen forma de grupos étnicos, y no necesariamente están anclados al territorio, sino que normalmente son móviles. Estos núcleos son los que Mario Liverani (2003b: 127-128) denomina con el término “periferia interior”. El desequilibrio provocado por los núcleos emergentes que operan en paralelo y no subordinados a la autoridad central desemboca en un episodio turbulento de destrucciones y transformaciones entre los siglos XIII y XII a.C. (Liverani 1987b; 2003a; 2003b; Sherratt 1998) que tiene en la batallas libradas por los Pueblos del Mar su vertiente más visible y también en las migraciones protagonizadas por los pueblos heládicos hacia Filistea (Yasur-Landau 2010) y hacia Chipre (Karageorghis 2004: 77 ss.). La consecuencia de estos cambios es la desintegración de los Estados que se asoman al Mediterráneo y, por tanto, de las operaciones mercantiles que mantenían entre ellos dirigidas desde los palacios, así como el advenimiento de la periferia interior bajo la forma de “Estados étnicos” (Liverani 2003b: 131). Sin embargo, algunas de las prácticas, 378 instituciones y ciudades que en la época de los Reinos Nuevos eran habituales siguen su curso. El relato de Wnamón, por ejemplo, muestra que las relaciones entre los Estados siguen adelante y que tienen una forma muy similar a las del período anterior, con palacios como demandantes y oferentes, e intermediarios levantinos (Bunnens 1978; Liverani 200b: 235-240). El nuevo panorama internacional deja ver que los principales centros del entorno se han desplazado hacia el sur en la costa levantina, al delta del Nilo y a Chipre. Y, lo que es más interesante, que el descabezamiento de los Estados permite aflorar a múltiples comunidades autónomas que antes se veían subordinadas al poder de las autoridades imperiales (Sherratt 2000; Crielaard 2006; Mazarakis Ainian 2006). Una de esas comunidades es Tiro, que si bien no es una nueva fundación, sí alcanza un poder y relevancia otrora inexistente. En resumen, la reorganización de la civilización oriental supone la aurora de la añeja periferia interior que sigue funcionando como comunidades de autoconsumo, aunque ahora también participan en el entramado de relaciones internacionales, si bien con menor intensidad que en la etapa previa y emprendiendo rutas diferentes en muchos casos (Gitin y otros 1998; Babbi y otros 2015). Uno de los problemas a los que se enfrenta la emergente Tiro, así como el resto de nuevos centros de poder, es el del suministro de la plata y del oro y de otros materiales estratégicos. El oro nubio se vuelve inaccesible debido a la fragmentación de Reino Nuevo egipcio, así como la plata anatolia tras el desmoronamiento del Imperio Hitita, la ruptura del tejido de comunicaciones y la posterior anexión de Cilicia, rica en minas argentíferas, por el Imperio Neoasirio para sus intereses internos. Estos importantes recursos, básicos en las dinámicas comerciales entre los Estados, son ahora muy escasos y deben adquirirse en el extranjero (Muhly 1998). Los depósitos de hacksilber levantinos revelan que el empleo de la plata no se detiene, que el comercio tampoco se detiene y que las relaciones a larga distancia por el Mediterráneo no sólo no se detienen, sino que se incrementan después del 1100 a.C. tras un breve lapso de contracción (Matthäus 2001). La plata contenida en estos depósitos presenta unas mínimas proporciones de plomo. Los análisis por el método de comparación isotópica a los que ha sido sometido el plomo revelan que la plata se obtuvo de una fuente lejana. 2.2. Isótopos de plomo Tras el proceso de copelación, aunque la plata haya sido separada de la mena, permanecen unos mínimos vestigios de plomo que pasan a formar parte del metal precioso. Dichos vestigios no presentan problemas en los trabajos de fundición de orfebrería y no se desprenden jamás de los nódulos de plata copelada. Por ello es posible efectuar análisis isotópicos de plomo. La finalidad de dichos análisis es identificar el lugar de proveniencia de la plata. Los resultados apuntan, en principio, a diversos yacimientos mineralógicos del Mediterráneo. Pera empezar a valorar los resultados y las interpretaciones que sus publicadores proponen, es menester reparar en los principios del método de comparación de isótopos 379 ­y las ventajas e inconvenientes que plantea (Stos-Gale 1993; Knapp 2000; Hunt 2003: 18 26). Los isótopos son variantes del átomo de un elemento natural. Estas variantes suelen ser finitas y conocidas. El plomo aparece siempre constituido por tres isótopos estables (206Pb, 207Pb y 208Pb) y uno inestable (204Pb). La proporción en la que se combinan entre sí varía dependiendo del momento de la metalogénesis o formación del metal. La desigualdad en el número de protones y neutrones propicia la desintegración del átomo a una velocidad estable, por lo que mediante este método es posible determinar la edad geológica del afloramiento de metales. Los resultados del análisis isotópico del plomo exponen la proporción de los isótopos estables y la edad del metal. Para la Arqueología, la edad del metal es irrelevante, ya que no pueden emplearse en dataciones de historia humana. Por el contrario, la proporción de los isótopos estables revela una información muy valiosa. La aplicación de este método a la arqueología consta de dos principios. El primero es que las composiciones isotópicas del plomo y de cualquier metal en un mismo yacimiento minero son homogéneas, de tal manera que no puede haber dos resultados diferentes para un mismo yacimiento. El segundo es que la composición isotópica no se altera en el proceso productivo de los objetos metálicos, de modo que funciona como un “ADN” que se mantiene desde su origen en la tierra hasta el producto final incluso después de refundirse. Entonces, mediante este análisis es posible comparar diferentes unidades de plomo – afloramientos geológicos y objetos elaborados – e identificar equivalencias entre ellos. Es decir, este método comparativo permite vincular minas y objetos de dos lugares diferentes. Los principales problemas intrínsecos en la aplicación del método son tan importantes como sus virtudes. Primero, en las actividades metalúrgicas se pueden mezclar plomos de diferentes minas, por lo que los resultados pueden ser confusos e impedir determinar un lugar de extracción. Segundo, dos yacimientos mineralógicos pueden tener la misma edad, lo que implica que los resultados del análisis no permiten identificar un único lugar originario del metal. Tercero, es imprescindible conocer todos los afloramientos de un metal o, al menos, los potencialmente válidos para establecer una identificación. Es decir, si el resultado no casa con ningún dato disponible significa que la mina no ha sido analizada y, por tanto, no existe en términos metodológicos. Y cuarto, hay yacimientos mineralógicos que proporcionan unos resultados inusuales y extraños, que no encajan con los datos conocidos. En síntesis, el método de comparación de isótopos de plomo permite discriminar yacimientos minerales para identificar el origen de este metal, pero no permite distinguir o establecer una correspondencia biunívoca entre el metal y el afloramiento. Por ello, la valoración de la comparación es consistente o no-consistente, pero en ningún caso determinante. Con respecto a los análisis realizados sobre algunas de las piezas de plata del Levante, el criterio demarcador ha sido la desviación porcentual que presentan los resultados de las 380 piezas en relación a los resultados de los potenciales filones de extracción (Thompson y Skaggs 2013: tab. 2). Aunque todos los resultados propuestos son, a priori, consistentes, cuando se ajusta a una desviación de 0,1% no siempre se puede establecer una correspondencia entre el objeto y diferentes muestras tomadas de una única mina. Es decir, al reducir tanto la desviación se cae en la paradoja de que sólo algunas de las cifras que proporciona una misma mina encajan con las cifras que proporciona el objeto. Por tanto, el modo en el que se aplica el método comparativo en este caso adolece de algunas contradicciones. Sea como fuere, los resultados ofrecidos no son anómalos y apuntan a regiones en las que es históricamente verosímil que fuesen extraídos los plomos o las platas referidas del Levante. Ahora bien, como ya se ha advertido, en el proceso de copelación del mineral de plata, el plomo puede ser añadido y, tal y como sucede con la extracción de la plata tartésica, el captador debe ser importado al no disponer de suficiente plomo las jarositas ni los afloramientos mineralógicos más accesibles en la región. De esta manera, la plata tartésica exportada a Asia occidental carece de indicios químicos que permitan identificarla con las minas del suroeste peninsular, las más ricas de toda Iberia. La contemplación de este detalle resulta de vital importancia para interpretar correctamente los resultados obtenidos sobre la plata levantina, ya que no sólo deben valorarse los análisis químicos, sino también los arqueológicos. De acuerdo con estos análisis, los resultados más repetidos son los filones de Iglesias, en Cerdeña, seguidos de las minas del sureste peninsular (provincias de Jaén, Almería y Alicante, básicamente) y, en tercer lugar, de algunas minas del Macizo Central francés (Thompson y Skaggs 2013: tab. 2). Cada uno de los distintos depósitos presenta plomo procedente de estos lugares. En cambio, la plata de Tel Miqne-Ekron parece por completo proceder de las minas áticas de Laurion (Thompson 2011: tab. 1). 3. Mediterráneo occidental Los indicios más claros o, en su defecto, menos problemáticos que pueden revelar un beneficio de la plata por copelación en la Península Ibérica en el período posterior a los Pueblos del Mar se encuentran en Corta Lago (Riotinto, Huelva) y Cortijo la Ramira (Salteras y Gerena, Sevilla), así como también en el nivel más antiguo del kārum onubense. En el Sector 26-A de Corta del Lago se acumulan dieciséis niveles estratigráficos (Pérez Macías 1996: 79-83). En los cuatro más superficiales se observan restos cerámicos facturados a mano y a torno. En los restantes, en cambio, la cerámica sólo está hecha a mano, y a partir del Nivel 5 se identifican tipos característicos del Bronce Final como dos fragmentos de cazuelas bruñidas carenadas propias de la fase I de Cabezo de San Pedro (s. IX a.C.). Es decir, que la estratigrafía alcanza sin dificultad una cronología de inicios del I milenio a.C. o, incluso, fines del II milenio a.C., una época en la que no hay colonias 381 fenicias en la Península Ibérica. En toda la secuencia se documentan escorias de “sílice libre” y en las capas más profundas también se atestigua un fragmento de plomo. En las unidades estratigráficas 7 de la Cata 10 y 5 de la Cata 7 del Cortijo La Ramira se registran sendas escorias de “sílice libre” en contextos con cerámicas hechas a mano con formas típicas del Bronce Final, aunque también hay algunos restos de cerámica romana (Pérez Macías y otros 2005: 28-34 figs. 8.10-12, 9.3-6, 12). Igualmente, en el asentamiento fenicio de Huelva aparecen restos de plomo (González de Canales y otros 2004: 150 lám. LXIII.25) y una escoria de “sílice libre” (ídem: 150 lám. LXIII.24), lo que inequívocamente indica el procesado del mineral por copelación para la obtención de plata. Este yacimiento se fecha entre el 900 y el 760 a.C., es decir, en pleno horizonte protocolonial. Además de estas evidencias, se conocen otros dos posibles indicios de temprana copelación de jarositas (Torres 2002: 108). El hábitat de Peñalosa (Escacena del Campo, Huelva) se documenta un único fragmento de cerámica fenicia a torno y mucha cerámica de retícula bruñida y de estilo Carambolo, junto con escorias de “sílice libre” y restos de plomo (García Sanz y Fernández Jurado 2000: 13-68, 80-82). Estos materiales sugieren una cronología de BF III para la ocupación del poblado, si bien el fragmento fenicio podría indicar una fecha ya colonial (Hunt 2003: 197). Una mayor incertidumbre ofrece el poblado de El Pozancón (Trigueros, Huelva), en el que aparece abundante cerámica a mano de Bronce Final asociada a escorias de “sílice libre”, aunque el hecho de que se hayan localizado en superficie así como la presencia también de cerámica a torno deja abierta la opción de una explotación se iniciase en época colonial (Gómez Toscano y Pérez Macías 1991: 134-136; Pérez Macías 1996: 129-130). Las evidencias propuestas deben evaluarse con cautela ya que no existe ninguna prueba infalible de que las escorias de plata procedan de estratos anteriores al 825 a.C., fecha de referencia para la fundación de las primeras colonias estables en Iberia. Sin embargo, la posición estratigráfica junto con los materiales asociados de dichas escorias anima a considerar una cronología pre- o protocolonial. En la misma región de Tartessos se registran otros tres yacimientos en los que se han encontrado escorias de “sílice libre” y de plata, pero su contexto confuso y los análisis espectrográficos no permiten ni asignar una cronología fiable ni determinar que ciertamente se trata de indicios de copelación. El primero de estos yacimientos es el poblado minero de La Parrita (Nerva, Huelva) (Pérez Macías y Frías 1990; Pérez Macías 1996: 52-58 figs. 4-6), en el que los análisis efectuados sobre una escoria de plata dictaminan un bajísimo contenido en plomo (0,22%) que contrasta con un altísimo contenido en plata (1775 ppm), razón por la cual parece más lógico que se trate de una evidencia de plata nativa y no copelada (Rovira 1995b: 479). Tanto en el poblado vecino de Cerro de las Tres Águilas (Riotinto) (Pérez Macías 1996: 56, 58-71 figs. 8-17) como en la mina más alejada de San Platón (ídem: 66, 72-73) se han detectado escorias de “sílice libre” asociados a cerámicas fenicias, romanas y locales comprendidas entre el Bronce Medio y la Romanización. Los contextos de estos dos 382 http:LXIII.24 http:LXIII.25 últimos yacimientos invitan a ser cautos y en ningún caso a afirmar que las escorias halladas en ellos sirvan como indicios seguros de copelación antigua. De hecho, está demostrado que los desechos de Cerro de las Tres Águilas son un subproducto de la copelación de época orientalizante diferente a las escorias de “sílice libre” (Hunt 2003: 347). La escoria de plata casi pura de La Parrita se fecha en Bronce Medio. Esta misma cronología se asigna a otros yacimientos funerarios del suroeste peninsular en los que se han descubierto algunos objetos de plata con un grado de pureza sobresaliente (Hunt 2003: 242-243). Dichos yacimientos son la Cueva de la Luna (Jerez) (Rovira 1995b: 479), el hipogeo I del cementerio de Las Cumbres (Puerto de Santa María, Cádiz) (Rovira y Montero 1994: 304), Calañas (Huelva), Valdearenas (Iznájar, Córdoba), Las Arquetas (Fregenal de la Sierra, Badajoz) (Hunt 2003: 348-349), el dolmen de El Carnerín (Alcalá del Valle, Cádiz) (ídem: 188 fig. 106.3), El Becerrero (Almonaster la Real, Huelva) (íd.: 181 fig. 106.1) y La Papúa (Huelva) (íd.: 183). En la medida en que estos objetos, fundamentalmente brazaletes y anillos, están elaborados a partir de plata nativa, su presencia puede deberse a dos motivos: o bien se trata de restos de este metal arrastrados por los ríos, o bien son importaciones. A la vista de los paralelos formales en la Cultura de El Argar y, sobre todo, de los abundantes afloramientos de plata nativa en el sureste, lo más verosímil es que se expliquen como la segunda opción (Hunt 2005: 243).3 En virtud de los datos expuestos se extraen tres conclusiones básicas. La primera es que la el hallazgo de escorias de “sílice libre” en los asentamientos tartésicos de Corta Lago, El Pozancón, Cortijo la Ramira y Peñalosa y en el barrio fenicio de Huelva muestra que el procesado del mineral de plata lo realizaban tanto indígenas, a la sazón sus extractores, como fenicios, que igualmente ejercían de distribuidores en ultramar. La segunda conclusión es que a pesar de que los restos de estos últimos yacimientos parecen mostrar una temprana explotación del mineral de plata y su copelación, la identificación de minas tartesias como fuentes de la plata de los depósitos palestinos choca con los resultados de los análisis isotópicos (Thompson y Skaggs 2013: fig. 2). Cuando estos indican que las fuentes argentíferas se ubican de la Península Ibérica, no se refieren a las minas tartesias, sino a las del sureste. Finalmente y al hilo de la anterior conclusión, la plata se conocía en Tartessos con anterioridad al Bronce Final. Es decir, que antes de la entrada en escena de fenicios y chipriotas en el Atlántico ya circulaban objetos de plata de alto valor social. Lo más razonable es que tales objetos no se produjesen en talleres locales, sino que se importasen, probablemente del sureste, una región rica en afloramientos de plata nativa (Rovira y Montero 1994: 304-305; Bartelheim y otros 2012: fig. 5; Lull y otros 2014: Murillo y otros 2014: 259-262 fig. 4). 3 Conviene no olvidar que los mejores paralelos para las botellas argénteas del tesoro de Villena son cerámicas de la Cultura del Alentejo que, a su vez, son muy similares a las aparecidas en los ajuares de los enterramientos en cistas de la provincia de Huelva en el Bronce Reciente (Del Amo 1975: láms. 98.2, 113, 114.2, 118.2, 119.2). Así pues y sin poder confirmarlo por ahora, parece pertinente plantear la hipótesis de que las escorias antiguas de La Parrita se expliquen en el marco de un flujo de contactos en esta época entre egeos y las sociedades del suroeste peninsular. 383 Así las cosas, la zona del sureste ibérico se perfila, en principio, como un potencial productor de plata que, además de disfrutarla internamente, abastece de este metal a otras comunidades peninsulares en el Bronce Medio y a otras comunidades foráneas en el BF III. No obstante, cabe preguntarse si durante la etapa de esplendor de la Cultura de El Argar la plata producida se destinaba a satisfacer la demanda oriental o sólo la peninsular. Igualmente, es imprescindible cuestionarse si el elemento que se extrae del sureste reflejado en los análisis de isótopos es plata o plomo para copelar. La plata de los depósitos levantinos de hacksilber nada tiene que ver que con la plata argárica. La cronología de esta última no supera el final de El Argar C (ss. XIV-XIII), mientras que los depósitos se fechan en un horizonte equivalente al BF III atlántico. Además, la plata nativa es casi pura, al contrario que las piezas levantinas que tienen un contenido en plomo suficientemente significativo como para defender un proceso de copelación en su producción. En la investigación centrada en los depósitos de plata oriental, los análisis isotópicos sugieren que en los casos en los que es consistente su vinculación con minas de la Península Ibérica el plomo contenido proceda del sureste. Sin embargo, la mayoría de las piezas de hacksilber analizadas se corresponden con las vetas de Cerdeña y, en cualquier caso, el papel de las comunidades tartesias en la economía de la plata queda, en principio, relativizado o excluido. Los resultados de los análisis de isótopos de plomo efectuados en afloramientos de cobre, plata y plomo de toda la cuenca mediterránea revelan un detalle del máximo interés: los filones de Cerdeña y la Península Ibérica son prácticamente indistinguibles, mientras que los de Chipre, Anatolia y Grecia se identifican con toda claridad (Santos y otros 2004; Gale y Stos-Gale 2010; Thopmson y Skagss 2013: figs. 3-4). Por ello las muestras de hacksilber palestino son tan homogéneas cuando se desmarcan de las minas de Laurion. Esto significa que en la tarea de determinar la procedencia de la plata necesariamente tienen que valorarse los restos arqueológicos asociados a las hipotéticas fuentes de aprovisionamiento del metal. 3.1. Cerdeña La extracción de plata en Cerdeña parece ser un fenómeno capital en la economía de la isla durante el Período Orientalizante (Van Dommelen 1998: 111; Kassianidou 2006: 36). El ciclo de la plata nuevamente atañe a dos participantes, las comunidades nurágicas y los fenicios, que colaboran mutuamente aunque cada una de las partes obtiene sus propios beneficios. Sin embargo, las evidencias de explotación de este metal a inicios del I milenio a.C. son escasas, en parte debido a la continuidad en el sector minero y los métodos más destructivos empleados en el siglo XX. Los hallazgos más notables se localizan en la mina de Massua, donde se documentan ocho lámparas de cerámica fechadas imprecisamente a inicios del I milenio a.C. o, incluso, fines del II milenio a.C. (Giardino 1995: 308 figs. 69B, 70.1-2). Asimismo, en las minas de Su Mansuela y de Campigeddu y Plani Dentis aparecen trituradores y morteros de diorita y granito que evidencian que el procesado del mineral comenzaba en la propia 384 mina (ídem: fig. 70.4-12). Estas minas son de galena, es decir, de mineral de plomo, aunque Su Mansuela alberga sulfuros. El beneficio de la plata de Cerdeña se produce a partir de la explotación de galena argentífera, muy abundante en la zona de Iglesiente (Cagliari) (Valera y otros 2005: fig. 17). Es precisamente en este área donde los fenicios fundan la colonia de Sulky, confirmando la importancia de la economía de los metales en la colonización fenicia. La fundación de Sulky se fecha en el primer cuarto del siglo VIII a.C. gracias a los restos de cerámica del SPG III hallados en los estratos de base del yacimiento (Bartoloni 2008: 1603-1604). Esta cronología se ciñe a la de los depósitos palestinos, pero algunos de estos son claramente anteriores, equiparables al nivel más arcaico del barrio fenicio de Huelva. Pero, al igual que sucede con los tartesios, las comunidades nurágicas del BF III no hacen uso de la plata para disfrute interno, aunque sí en épocas previas – plata nativa – y post orientalizantes (Atzeni y otros 2005). La plata sarda aparece en la capa superficial de gossan y, sobre todo, en las más profundas de galena. Este mineral de plomo se explota, como mínimo, desde el siglo XII a.C., quizá con la finalidad de copelar plata, pero a la vista de los numerosos hallazgos de objetos de plomo en muy diversos contextos seguro que también sirve como materia prima para elaborar objetos y alearse con bronce (ídem: 164-172). Así pues, razonablemente se puede relativizar o, al menos, matizar la participación de la sociedad nurágica en la economía internacional con base en la plata. Se tiene constancia de la explotación de minas de galena en Cerdeña en el BF III, así como de la existencia de artefactos hechos de plomo en la isla, quizá como productos acabados o quizá como lingotes destinados al ciclo productivo de otros metales. Por otro lado, no se detectan escorias ni residuos que sugieran el procesado del mineral para beneficiar plata, aunque sí herramientas en las minas para procesar la galena. Ciertamente, no es necesario la aparición de escorias de “sílice libre” ni de litargirio para probar el desarrollo la extracción de plata, pero su ausencia en Cerdeña contrasta con su presencia en otros enclaves del suroeste ibérico, al igual que en otros yacimientos dedicados a la actividad extractiva y procesado de la plata. La importancia de la minería y metalurgia del plomo sardos en la economía global es incuestionable merced a la existencia de una colonia fenicia en el entorno minero de Iglesiente. Que la colonia se fundara a inicios del siglo VIII a.C. implica que el plomo – acaso también la plata – de Cerdeña fuese un recurso estratégico de primer nivel en la economía global de este momento, pero también permite averiguar que en la etapa anterior los fenicios ya conocían las capacidades de esta isla y de sus habitantes, puesto que ninguna colonia se funda sin conocimientos previos del lugar. Por ello parece lógico y pertinente sospechar que sea el plomo y no la plata la principal demanda fenicia de Cerdeña en los inicios de la época colonial. Esto no quiere decir que la plata no fuese aprovechada por los fenicios, pero este beneficio queda relegado a un segundo plano ante la necesidad de plomo para copelar la plata de otras regiones. No en vano, el geógrafo Ptolomeo denominó la isla donde se ubica Sulky con el revelador nombre de Ínsula Plumbaria. ­ 385 3.2. Francia Un argumento similar cabe aducir para el Macizo Central francés. Los filones de cobre y de estaño de esta cordillera son conocidos desde tiempos remotos, y desde el Hierro II adquieren especial relevancia las dedicadas a la explotación del hierro y del oro (Domergue y otros 2006; Cauuet 2013). La más antigua evidencia de actividad relacionada con el plomo y la plata procede de la mina de galena de La Rodde (Ally, Haute-Loire), de la que se han obtenido fechas de 14C procedentes de muestras de carbón y madera que señalan una explotación que se remonta a la I Edad del Hierro (ss. VIII-V a.C.) (Domergue y otros 2006: 5). El sector minero-metalúrgico desempeña un papel básico en las comunidades del sur de Francia en el I milenio a.C. y en época romana. Pero de nuevo es la ausencia de material de desecho lo que impide afirmar que la minería argentífera sea primordial en esta región en el BF III. De hecho, la minería de la plata no alcanza un desarrollo en la Galia comparable a la de Tartessos en el Orientalizante, y sólo durante el dominio de Roma adquiere cierta notoriedad en la economía regional, si bien minimizada por la extracción del hierro. En resumen, lo más viable es que los análisis de isótopos de plomo que apuntan a Cerdeña y al Macizo Central como proveedores de metal de los depósitos palestinos se refieran al plomo con el que ha sido copelada la plata y no a este elemento. Esto revela que el ciclo de la plata es muy complejo, y que en él no sólo intervienen diferentes agentes – indígenas extractores y fenicios distribuidores –, sino también diferentes territorios. 3.3. Sureste de la Península Ibérica La región del sureste peninsular configura la tercera fuente occidental indicada por los análisis isotópicos que se muestra consistente con el hacksilber. La composición geológica de las Cordilleras Béticas es muy rica en minerales de cobre y de plomo. No es casualidad que en esta región floreciesen potentes sociedades de rango cuyos cimientos se encontraban en el dominio de los recursos cupríferos y, desde el Orientalizante, también los plumbíferos. Precisamente desde el principio del Período Orientalizante los fenicios se instalan en La Fonteta (Guardamar del Segura, Alicante), donde se desarrolla una importante actividad metalúrgica centrada en el cobre y en el plomo (Renzi 2013). En los yacimientos de los alrededores, situados en la paleodesembocadura del Vinalopó, esta actividad también queda perfectamente atestiguada en la misma época. En La Alcudia (Elche, Alicante), en Peña Negra, en El Tabayá (Crevillente, Alicante), así como en el mismo asentamiento fenicio y en el poblado de Can Mariano Gallet (Formentera), también vinculado a los comerciantes orientales, se documenta una importante cantidad de azuelas de apéndices laterales hechas en cobre y en plomo puros, y algunas otras de cobre muy plomadas (Monteagudo 1977: 145-147 láms. 54.881-55.897; González Prats 1985; 2014. 279 286; Renzi 2010). En apariencia, estas azuelas tienen la peculiaridad de no haber sido acabadas, conservando el cono de fundición. Por ello, lo más lógico es que no se trate de ­ 386 herramientas, sino de lingotes (Lucas y Ramos 1993). Es decir, una manera económica y sencilla de almacenar y transportar el metal es mediante su conversión en objetos de fácil manejo como lo son las azuelas hechas a molde bivalvo. En la metalurgia mediterránea del I milenio a.C., especialmente en la ibérica, la aleación cobre-plomo funciona como un sustituto del bronce binario, óptimo para la fabricación de artefactos mediante el método de la cera perdida. La ausencia o escasez de estaño en el Mediterráneo contrasta con la profusión de afloramientos de cobre y plomo. Una de las principales características de la metalurgia orientalizante de la Península Ibérica es el empleo de bronce ternario, que permite ahorrar estaño a la vez que incrementa la colabilidad del metal, lo que favorece el desarrollo de la toréutica (Armada y otros 2008: 472 ss.). Así pues, los lingotes del sureste están factiblemente destinados a la artesanía del metal esculpido. Pero el plomo también sirve como captador de la plata en el proceso de copelación. En el sureste, la plata aparece en modo nativo, razón por la cual no es necesario copelarla. Sin embargo, las investigaciones más recientes, todavía en curso, sobre las escorias halladas en La Fonteta advierten de un fenómeno insólito: la posible extracción de plata de minerales de cobre (Renzi 2013: 237-251; Rovira y Renzi 2013: 481-483). Se trata de un procedimiento poco común y, por el momento, único en la Península Ibérica. Es más, los únicos paralelos aducidos en el mundo antiguo son de época romana y se detectan en Xanten (Renania del Norte-Westfalia, Alemania) (Rehren 2003: 211-213). Uno de los más habituales minerales de cobre de las Béticas, especialmente presente en la provincia de Granada, es la freibergita, una variante de la tetraedrita que además de cobre, azufre y antimonio posee un alto contenido en plata.4 El beneficio del metal precioso procedente de este mineral requiere un proceso de copelación muy costoso. Sin embargo, una composición elevada de plata podría justificar y rentabilizar la inversión en su labor extractiva. El hecho de que esta práctica sea tan rara consiente calificarla como una anomalía. En la medida en que la investigación sobre este fenómeno permanece aún en una fase inicial, conviene ser prudente a la hora de valorarlo, sin descartarlo pero tampoco sin categorizarlo. El principal inconveniente arqueológico es la falta de pruebas fehacientes de una minería extractiva de la plata en el sureste en el BF III, y, en menor medida, la ausencia total de objetos de plata en los enterramientos de la zona en la misma época (González Prats 2002; Lorrio 2008), que son los contextos más habituales en los que aparece este metal. Ciertamente, la minería en esta región en el BF III no es un campo bien estudiado, motivo por el que las conclusiones deben observarse con mucha prudencia. Ni en Guadix ni en Cerro de la Mora (Monachil, Granada), dos poblados en los que aparecen sendos talleres metalúrgicos, tampoco se documentan escorias ni evidencia alguna de la extracción del plomo. Sin embargo, existen otras razones que apuntan a que dicha extracción sea viable en la época. De la provincia de Granada procede el más importante argumento a favor de la importancia de esta región en la economía internacional. Se trata de las fíbulas de codo 4 http://www2.uned.es/cristamine/fichas/tetraedrita/tetraedrita.htm 387 http://www2.uned.es/cristamine/fichas/tetraedrita/tetraedrita.htm central de subtipo Moraleda, cuyo principal rasgo formal es la decoración a base de molduras (Carrasco y otros 2012). Pues bien, estas fíbulas, hechas en los talleres locales, se documentan en Chipre y en el Levante, con una cronología del BF III. Estos broches, junto con el asador articulado de Amatunte (Karageroghis y Lo Schiavo 1989) constituyen los únicos artefactos pertenecientes a la tecnología del Bronce Final atlántico documentados en el Mediterráneo oriental. Como parece muy precipitado considerar que la freibergita sea la fuente de la plata de los depósitos levantinos, lo más probable es que el plomo del sureste sea el elemento representado en los análisis isotópicos cuando estos se relacionan con la Península Ibérica. El plomo estructura y dinamiza la economía de la región de las Béticas, con los fenicios al frente, que para su mejor control fundan las colonias de La Fonteta, al este, y Adra y Baria (Almería), al sur. En paralelo a la distribución del plomo de esta zona por el Mediterráneo se produce la salida de las fíbulas de subtipo Moraleda que los fenicios se encargan de transportar hasta Oriente. 4. Conclusión Lo cierto es que las pruebas del desarrollo de la economía de la plata copelada en el BF III son endebles si se comparan con las pruebas de esta actividad en períodos posteriores. Pero la revisión al alza de la cronología en la que se inicia la expansión fenicia y la publicación de los trabajos del Hacksilber Project permiten volver a poner en valor algunas interpretaciones que hasta los años noventa parecían insostenibles. La región que proporciona mejores indicios de extracción de plata en el BF III es Tartessos. El ciclo de la plata tartésica envuelve una serie de actividades llevadas a cabo por poblaciones naturales de diferentes zonas del mediterráneo, lo que implica que la economía de la plata es un esfuerzo global, aunque sus principales artífices sean los fenicios, introductores de la copelación y distribuidores de los elementos esenciales que intervienen en el ciclo. Fuera de la arqueología, la literatura también se hace eco de este fenómeno: “Siendo desconocido este uso (de la plata) entre los naturales del país, los fenicios lo utilizaban para sus ganancias comerciales, y cuando se dieron cuenta de ello adquirieron la plata a cambio de pequeñas mercancías. Así, los fenicios que la llevaron hasta Grecia y Asia, y todos los otros pueblos, adquirieron grandes riquezas. Hasta tal punto se esforzaron los mercaderes en su afán de lucro que cuando sobraba mucha plata porque los barcos estaban llenos de carga, sustituían el plomo de las anclas por plata.” (Diod. 5.35.4-5) El ciclo de la plata parte de una demanda fenicia promovida por la carestía de este recurso estratégico en la región y, sobre todo, por su difícil acceso después de la reorganización de la economía y la política del Mediterráneo oriental (Knapp y otros 1988: 277). Las actividades ultramarinas emprendidas por los fenicios desembocan en el descubrimiento de fuentes de aprovisionamiento de este metal en el otro extremo del mar. Fenicios (y chipriotas) navegan por el Mediterráneo occidental y el Atlántico 388 acuciados por la demanda del estaño desde finales del II milenio a.C. En el curso de estas actividades también se convierten en prospectores de plata y plomo. Tartessos es una región que concentra importantes y abundantes recursos metalíferos, entre los que se cuenta la plata, y que mantiene una conexión estrecha con los pueblos atlánticos que suministran bronce binario rico en estaño. La plata tartésica se presenta en el gossan y, sobre todo, en las jarositas que aparecen en los cortes naturales del suelo. Por ello, la extracción de los minerales argentíferos es altamente viable. Sin embargo, estos mismos niveles de las minas de Riotinto no disponen de plomo, imprescindible en el proceso de extracción del metal. Así, este elemento auxiliar necesita importarse de otro lugar. El ciclo de la plata sustentado por los fenicios se cimienta en una infraestructura de asentamientos y relaciones con las comunidades indígenas gracias a las cuales se unifica el circuito del Mediterráneo occidental. Así, el plomo, junto con otros bienes, se extrae de Cerdeña, el sureste peninsular, quizá también del Atlántico y, en menor medida, de Francia, y se traslada hasta Tartessos para cubrir una necesidad imprescindible en la obtención de plata (fig. 27). A cambio, las comunidades de estas regiones productoras de plomo reciben objetos bronce binario, objetos de adorno y tal vez otras mercancías invisibles en el registro arqueológico procedentes del Atlántico y del Mediterráneo (González Prats 1992; Lorrio 2008: 248-252, 286-291 fig. 149). Esto explica que los talleres de lugares como Peña Negra y Guadix, por ejemplo, se elaboren objetos propios de la metalurgia atlántica con técnicas propias de la metalurgia atlántica. Con el paso del tiempo, la economía extractiva de la plata también se afianza en Cerdeña y en el Macizo Central, a la vez que la producción de plomo aumenta en el sureste y, quizá, en la zona ibero-pirenaica con destino Tartessos (Craddock y otros 1985: 209; Rafel y otros 2008b: 269; Ramón y otros 2011; Murillo y otros 2016). Al margen del reforzamiento de la red mediterránea, el ciclo de plata implica una transformación en las sociedades participantes, especialmente en Tartessos. En Tartessos se introduce plomo que se traslada hasta las minas del interior, en donde se extraen jarositas, algunas de las cuales se procesan in situ, y se envían de retorno a la costa, especialmente a Doña Blanca, donde también se procesan minerales (Ruiz Mata y Pérez 1995). Son muchos participantes los que intervienen en el ciclo, lo que requiere de una autoridad central que lo coordine. La coordinación a cargo de las élites sociales tartesias de la circulación de estos metales no supone ninguna novedad puesto que también es necesario para el ciclo del cobre y éste se existe en la región desde antiguo. Así, la intervención de una autoridad central que regule el reparto de funciones entre las comunidades para las actividades económicas relacionadas con la minería y la metalurgia en Tartessos no se debe a la irrupción de la plata y del plomo. En cambio, lo que sí aparece por primera vez en esta región es un producto que las comunidades locales no consumen pero que les requiere una inversión de su esfuerzo y una alteración en las formas y normas tradicionales de intercambio exterior. La plata, en su condición de mercancía-para-el-extranjero, sin ningún valor ideológico ni social entre los pueblos tartésicos, ni occidentales en general, y dado que su extracción se 389 produce a instancias de comerciantes, supone una metamorfosis en el pensamiento económico de las sociedades de la Edad del Bronce. La plata del BF III es un metal que prescinde del arte de los orfebres, dedicados por entonces al oro en exclusiva, a pesar de su posible empleo como soldante en cantidades minúsculas. Los tartesios no intercambian objetos de plata, sino la plata en sí por su valor metálico por el aprecio y la necesidad que tiene para los agentes foráneos. Tradicionalmente los objetos se pasan de mano en mano con envueltos en un ambiente ritual completamente ajeno a la economía de la plata. El hacksilber tiene un valor relativo y no absoluto, es decir, funciona como un “signo protomonetario” (Parise 2003: 45-51). De este modo, en un plazo relativamente breve a inicios del I milenio a.C., durante la Protocolonización, se produce una transformación en la lógica y en la ética tartésicas y, más ampliamente, de las sociedades del Mediterráneo occidental. Fig. 27: Circulación de la plata y del plomo en el Mediterráneo durante el Horizonte Peña Negra I incentivada por los fenicios. Por su parte, el ciclo de la plata también entraña un cambio sustancial en el pueblo fenicio. No es la extracción del estaño, mercancía por excelencia de los largos viajes por ultramar del II milenio a.C., sino el beneficio de la plata y la obtención de plomo lo que requiere un mayor esfuerzo por los navegantes fenicios. Este esfuerzo se traduce en la fundación de asentamientos al otro lado del mundo, como Sulky y el kārum de Huelva. Los asentamientos fenicios aparecen siempre después de haberse iniciado una transformación. 390 Pero en Oriente no son sólo los fenicios quienes se aprovechan de la plata tartésica. La localización de los depósitos de hacksilber se encuentra fuera del área nuclear fenicia, en el tercio sur del Levante. Esta región se encuentra en la órbita fenicia y en la órbita egipcia, aunque son los grupos locales quienes parece que se adueñan de los recursos de la zona y, por tanto, quienes la dominan, contribuyendo a la oleada del surgimiento de Estados étnicos que acusa el Mediterráneo oriental (Mazar 1994). Sin embargo, el hallazgo de plata más impresionante del BF III en este circuito es la tumba de Psusenes I (1054-1009 a.C.) en Tanis (Egipto) (Padró 2001), que incluye un sarcófago con la cubierta cuidadosamente elaborada en este metal junto con el regatón de un cetro wзs también de plata, mostrando un notable paralelismo con la tumba contemporánea de Undebaunded, uno de los oficiales del rey, en la que también aparecen diversos objetos de este mismo metal, entre ellos un regatón (Dothan 1976: 29-30 n. 4) como el hallado en Solveira (Portugal), esta vez de bronce.5 No es descartable que estas piezas egipcias se fabricaron con la plata que los fenicios transportaban desde el otro extremo del Mediterráneo. Así pues, quizá los fenicios confeccionasen objetos de orfebrería fina con plata tartésica en sus propios talleres para sí mismos, pero parece incluso más probable que ejercieran un papel de intermediarios para los artesanos y artistas orientales. En definitiva, la plata tartésica, aunque asociada inevitablemente a los fenicios, sirvió para dinamizar la economía del circuito oriental en calidad de protomoneda y para satisfacer la demanda de los palacios de la zona como materia prima para joyas y otros bienes suntuarios. En este panorama, parece que Egipto sigue acaparando después de los Pueblos del Mar las más importantes rutas y mercancías del Mediterráneo oriental a pesar de su fragmentación y pérdida de hegemonía (Weinstein 1998). Con posterioridad, la misma plata tartésica y otros productos ultramarinos traídos por los fenicios serán absorbidos por el dominio neoasirio de Asia occidental (Frankenstein 1979; Aubet 2009: 121-127). Por último, tal vez pueda establecerse una correspondencia entre ciertos pasajes bíblicos y las expediciones fenicias del BF III en busca de la plata tartésica. No es momento para desentrañar esta cuestión ya que previamente ha sido tratada,6 pero sí para volver a sugerir que el cargamento de plata que contienen las Naves de Taršiš que retornan a Tiro verosímilmente sea oriundo de Tartessos (v. gr.: I Re 10:22). De la misma manera, tampoco parece casualidad que, de acuerdo con Heródoto (Hist. 1.163), el rey legendario de los tartesios se llame Argantonio, “hombre de plata”. El impacto de la minería argéntea de Tartessos en la economía mediterránea es tan fuerte que incluso dejó huella en la literatura histórico-legendaria de la Antigüedad.7 5 Véase el apartado 5 del capítulo 4 sobre sobre el artefacto del depósito de Solveira. 6 Véase el apartado 3.2.1 del capítulo 2 sobre la posible relación filológica entre Tarshish y Tartessos. 7 Este capítulo no hubiese salido adelante sin la ayuda desinteresada y la paciencia del Prof. Dr. Claudio Giardino y, sobre todo, de Lucía Seseña y de Carlos Martín de quienes me acuerdo con la mayor felicidad y gratitud. 391 392   13. INTERPRETACIÓN Y TRANSFORMACIONES I: INTRODUCCIÓN En las páginas precedentes se han analizado objetos relativos a ciertas tradiciones culturales localizados fuera de su área de origen. La razón de ser de este estudio parte del análisis funcional y contextual de dichos objetos con la finalidad de desentrañar la naturaleza de las comunicaciones en los que se produce su transferencia entre culturas, el valor social que encierran cada uno de ellos y todos en conjunto, y el impacto que provocan en las sociedades receptoras. Sintetizando, la pregunta a responder es cuál es el significado histórico de las conexiones interculturales que se detectan en la Península Ibérica en el Bronce Final. Con el propósito de interpretar correctamente estas conexiones es necesario interpretar correctamente el significado cultural que los objetos en cuestión poseen en sus sociedades de origen. Asimismo, también resulta imprescindible categorizar los valores e instituciones de dichas sociedades, de tal manera que se visibilice con claridad la relación íntima e inequívoca entre objetos y sociedades. Así pues, en este estudio es imprescindible superar la mera descripción analítica de los objetos, tanto individuales como en series, y centrar la atención en la relación que mantienen con sus contextos en todos aquellos lugares en los que aparecen, así como en las coyunturas en las que se fabrican e intercambian. El intercambio es imprescindible por cuatro motivos (Hirth 2001: 98-100): a) porque sirve de subsistencia de los grupos; b) porque minimiza los riesgos de la subsistencia en época de escasez; c) porque permite la acumulación de riqueza; y d) porque regula las relaciones exteriores. En definitiva, porque sin el intercambio las sociedades perderían su vitalidad y se precipitarían a su desaparición. Así, el intercambio es un concepto esencial que se liga al de interacción cultural y ambos engloban y superan a los clásicos conceptos de difusión y aculturación, que no son erróneos ni deben considerarse obsoletos, pero sí deben ser revisados, matizados y ampliados en ciertos casos. En este sentido, la interacción cultural se explicar mejor como una difusión por intercambio y no necesariamente como una imposición de una sociedad sobre otra, lo que implica dos aspectos muy importantes. Por un lado, no hay un foco único desde el cual se expanden elementos de cultura material en una única dirección, sino que se produce un contacto directo entre culturas que actúan como emisoras y receptoras al mismo tiempo de tales elementos. Por otro, estos elementos materiales difundidos funcionan como indicios de un conjunto de creencias, valores, costumbres y otros objetos y personas asociados que constituyen el verdadero conjunto de elementos que se difunden y transmiten. Es decir, los préstamos materiales encierran una influencia 393   recíproca de mayor escala que comprende toda la cultura (Kristiansen y Larsson 2006: 40-46; Ulf 2014). Desde este punto de vista, las relaciones interculturales actúan como el motor de la transformación cultural (Renfrew 1969; Kristiansen y Suchowska-Ducke 2015). En las sociedades heroicas características de la Edad de los Metales, la interacción cultural es consecuencia de un ejercicio sostenido de intercambios que se vehiculan a través de las redes sociales las cuales, a su vez, cobran la forma de instituciones. Éstos son los elementos que vertebran la sociedad, es decir, la organización y el comportamiento de los grupos humanos con el fin de permitir y fomentar su perpetuación. En el Bronce Final en la Península Ibérica y en otras regiones europeas, las instituciones son difíciles de reconocer debido a la ausencia de literatura que proporcione un fiel reflejo de ellas, pero tal ausencia es, igualmente, una pista a partir de la cual caracterizarlas, así como las sociedades que vertebran. De una manera muy breve y sólo a modo de recordatorio, la sociedad peninsular del Bronce Final – al igual que a lo largo de la Edad de los Metales – tienen una estructura jerárquica débil en la que la posición y papel social emanan del prestigio individual y de las relaciones de parentesco y clientelares sin poder disociarse un aspecto del otro (Gilman 1995; Earle 2002: 17: Mederos y Harrison 1996b; Rowlands 1998; Kristiansen 1999; 2001: 88-100; Armada 2013). Así, el rango social se obtiene por las virtudes individuales – principalmente exhibidas en el combate y en la administración de los recursos de subsistencia – y por las alianzas familiares y políticas con otros miembros de la comunidad o de otras comunidades que fortalecen el dominio sobre los recursos y aseguran la paz social y una estructura clientelar de asistencia mutua. Este modelo social es el reflejado por la literatura homérica y se corresponde con una sociedad de tipo heroico en la que las instituciones abarcan toda la realidad legitimando los modos en las relaciones entre individuos y la relación con el medio natural. Una sociedad heroica dispone de unas normas relativamente rígidas pero carece de objetividad, o dicho de otra manera, los principios organizadores de la sociedad no se fundamentan en un pacto social representado en una serie de poderes públicos, sino en costumbres y valores bien arraigados - ¡la ética! - que forman parte de la experiencia cotidiana y que se interrelacionan entre sí. La ética es el habitus en virtud del cual se establece el orden social y cósmico. La institución nuclear por servir de base para la prosperidad de la ética es la familia, que es de carácter atemporal, no se destruye, sino que se reproduce, y permanece en la memoria social como elemento esencial de identidad. Sobre la familia se construyen el resto de instituciones que se explicitan mediante ritos y mitos y que se materializan a través de personalidades que desempeñan determinadas funciones ligadas a su rango social que se simplifican como la perpetuación de la ética. Por tanto, las instituciones de las sociedades heroicas son firmes en cuanto a que se preservan bajo las pautas de un rito y el contenido de un mito, en principio, inamovibles; pero también son episódicas en cuanto a que dependen de individuos o grupos de individuos cuyo rango social es, a priori, fluctuante. En la vida institucional es donde la interacción cultural es más visible en la medida en que se sitúa en el centro de la actividad social y que sirve, entre otros cometidos, para articular la comunicación con el exterior. Muchos de los nuevos componentes de la cultura material pertenecen al campo semántico institucional, evidenciando la relevancia del mismo en el concierto de las relaciones exteriores. Pero, a la vez, la 394   introducción de nuevos objetos dentro de la vida institucional revela la importancia de ésta en el ámbito de las transformaciones que acontecen en el seno de la comunidad. Por ello, atendiendo al funcionamiento y evolución de las instituciones de las sociedades heroicas se vislumbra el impacto de la interacción cultural. Los siguientes capítulos son, en realidad, uno que, por razones de formato y coherencia con el resto de capítulos, se divide en tres partes. En la primera de ellas se estudia con detalle el funcionamiento de la institución en virtud de la cual se produce la interacción en la Protocolonización. En el segundo capítulo se aborda la cuestión de la transformación ética y lógica durante este período en el que se reciben fuertes influjos de diversa índole por parte de los grupos implicados. Y en la tercera parte se trata la cuestión de la transferencia tecnológica que, por sus implicaciones, también es simbológica. En definitiva, en las páginas siguientes se va a proceder a la interpretación histórico-cultural de todos los elementos analizados previamente. 395   396   14. INTERPRETACIÓN Y TRANSFORMACIONES II: EL BANQUETE RITUAL 1. Reformulación del rito La Odisea expone con total nitidez el protocolo que rige cuando se produce la visita de un forastero (3.430-463; 8.26 ss.; 24.274-285). Esta formalidad gira en torno a la celebración de un banquete ritual con el que el anfitrión agasaja y ampara a los convidados, exhibe su autoridad y prestigio y es debidamente correspondido, además de intercambiar información y otros bienes. Así pues, lo más lógico es suponer que el encuentro cultural entre las sociedades atlánticas y las mediterráneas en la Protocolonización se articule mediante el banquete ritual, el cual, además, se muestra muy sensible a los aires reformadores del Bronce Final. El repertorio arqueológico del Bronce Final Atlántico evidencia una reformulación en clave artefactual y en clave ritual. Que se renueve el repertorio material no significa por sí mismo una gran transformación. No obstante, el hecho de que se produzca en un lapso relativamente breve en una región amplia pero bien definida y que implique no sólo un cambio de tipos, sino un cambio tecnológico claramente indica una transformación a gran escala y de profundo calado. La aparición de nuevos utensilios englobados en el ámbito atlántico se asocia inexorablemente con la aparición de nuevas prácticas y, en general, con un nuevo imaginario y una nueva coyuntura socioeconómica en la que los contactos intercomunitarios se reavivan. Tal reactivación tiene dos motores, uno atlántico y otro mediterráneo que, aunque entrelazados, resultan identificables. Sin embargo, antes de entrar en la cuestión de fondo referente a la naturaleza y función del banquete ritual en la Protocolonización es preferible traer a la luz nuevamente las innovaciones que experimenta esta ceremonia evidenciadas en el registro arqueológico peninsular del Bronce Final. A la vista queda que los mejores indicios de la reformulación del rito son los cuchillos de hierro, los cuencos metálicos, los ganchos de la carne, los asadores articulados y los calderos de remaches, estos tres últimos conformando la terna básica del juego de banquete atlántico desde el BF III. No es casualidad que el menaje de cocina ilustre perfectamente la transformación tecnológica llevada a cabo en un período de fuerte interacción entre los grupos atlánticas y entre éstos y los mediterráneos. De la misma manera, tampoco es casualidad que, a pesar del arraigo en el circuito atlántico de todos estos objetos, ninguno de ellos es genuinamente atlántico, sino que derivan de prototipos originados en diversas regiones europeas y orientales. 397   Los calderos constituyen, quizá, el elemento más controvertido del juego de banquete en la medida en que sus rasgos tipológicos y tecnológicos no permiten identificar una filiación clara, aunque sí reconocer influencias de diversas partes de Europa y un indudable origen británico del tipo. Lo más probable es que sean fruto de las corrientes culturales que enlazan el Atlántico norte con el Círculo Nórdico y con los Alpes en el BF I (1350-1200/1150 a.C.). En este momento, los grupos atlánticos no están totalmente integrados en un único ámbito cultural, aunque sí se observan evidencias de una cierta conexión interregional. Por el contrario, la cadena de contactos entre el Egeo y el Círculo Nórdico se encuentra en su apogeo, produciéndose una transmisión tecnológica, ideológica y económica que fomenta el surgimiento y consolidación de unas élites guerreras distribuidas a lo largo de toda la Ruta del Ámbar que alimentan su autoridad ejerciendo su papel de intermediarios y controladores de los recursos más deseados (Kristiansen y Larsson 2006). El resto de los elementos citados, en cambio, se rastrean mejor por el Mediterráneo aunque con sus respectivos matices. De esta manera, los ganchos simples probablemente se introduzcan en el Atlántico desde su región septentrional luego de haber atravesado la región alpina en el BF I. Es decir, los ganchos y los calderos de remaches hacen su aparición simultánea y conjuntamente en el Atlántico. Sin embargo, los tipos de ganchos más característicos de este ámbito cultural son obras de toréutica muy complejas, tipológica y tecnológicamente muy diferentes a los ejemplares alpinos. En este sentido, los mejores paralelos técnicos para los ganchos complejos típicos del Atlántico no se rastrean por el continente, sino en el Mediterráneo oriental. El componente mediterráneo de los ganchos complejos no reside en el gancho en sí, sino en el proceso de fabricación. En este sentido, los ganchos reflejan a la perfección la simbiosis entre el Atlántico y el Mediterráneo a nivel tecno-tipológico y, de paso, ritual. A diferencia de los calderos y los primeros ganchos alpinos, los ganchos atlánticos no hacen su aparición hasta el BF IIIA (1050-900 a.C.). Junto con los prototipos de los ganchos llegan también al Atlántico desde el Mediterráneo los prototipos de los asadores articulados. En la Península Ibérica incorporan por primera vez ornamentos realizados por sobrefundido que recuerdan vivamente a la toréutica oriental. Así pues, tanto las técnicas artesanales como el prototipo proceden de Chipre, pero el tipo atlántico articulado es originario de occidente, donde experimentan un éxito notable. Por su parte, los cuchillos de hierro proceden del área chiprolevantina y se difunden progresivamente hacia el occidente, alcanzando Sicilia a finales del II milenio a.C. y después, en el BF IIIA, la Península Ibérica. Quizá las denominadas hoces sirvan igualmente como elementos sacrificiales surgidos en el Atlántico sin la mediación tecnológica de gentes orientales, lo cual resulta doblemente interesante: en primer lugar, por la adaptación del rito supuestamente oriental de degollar a la víctima y, en segundo lugar, porque su aparición en el Círculo del Tirreno quizá pueda explicarse como un bien de prestigio relacionado con el banquete y no como un mero objeto cuyo único valor estriba en el valioso metal del que está fabricado. Por último, combinando ejemplares importados y otros fabricados in situ aparecen los primeros cuencos metálicos atlánticos también en esta misma época. Por tanto, la Península Ibérica actúa como escenario del encuentro entre las tradiciones atlánticas y las mediterráneas, originando nuevos tipos aplicando técnicas y métodos 398   largamente conocidos. Este encuentro se promueve dentro de un proceso de efervescencia de las élites atlánticas y mediterráneas afincadas en diversas regiones de estos dos ámbitos. En palabras de Armada (2008: 147), “calderos, ganchos y asadores escenifican en el mundo atlántico una nueva manera de entender estas prácticas; la intensificación de las relaciones a larga distancia genera lenguajes ideológicos y códigos simbólicos compartidos por las comunidades de esta área.” Si bien es innegable que los objetos metálicos de banquete son los que mejor visibilizan la irrupción de nuevos hábitos y conocimientos, existen otros objetos pertenecientes a este campo semántico que también suponen una novedad y dan testimonio de una transformación. A tal respecto, quizá el elemento más significativo y llamativo sea el grupo cerámico de estilo Carambolo, el cual reúne una tipología cerámica tradicional de ámbito regional con una decoración geométrica propia del mundo egeo del GM II (h. 850-760 a.C.), también presente en el barrio fenicio de Huelva y en el santuario de El Carambolo. No obstante, es altamente probable que los responsables de la introducción de estas piezas no sean navegantes egeos, sino levantinos, ya que en este momento este estilo geométrico goza de una enorme popularidad entre las élites del Mediterráneo oriental (Brandherm 2008b; 2008c). La cerámica de estilo Carambolo se concentra principalmente en el área tartésica, al igual que la de retícula bruñida. A pesar del solapamiento geográfico, las similitudes entre ambos estilos parecen superficiales e insuficientes para trazar una filiación común. En cambio, el estilo de retícula bruñida parece una invención peninsular y claramente tiene que ver con la cerámica de estilo Lapa do Fumo típica del área portuguesa (Soares 2005), quizá algo anterior. Por último, en la Beira Interior portuguesa, justo en el corazón del Grupo Baiões, se difunde profusamente el estilo Baiões-Santa Luzia (Reprezas 2010). Estos nuevos estilos cerámicos surgen en el momento de mayor intensidad de las relaciones con el Mediterráneo en el BF III, coincidiendo con el esplendor del mundo atlántico, un mundo marcado por la fluidez de comunicaciones y la difusión de una metalurgia del bronce con tipos muy bien definidos. Estos dos rasgos sugieren una transmisión de valores por todo el espacio occidental y, por tanto, una ética y estilo de vida compartidos por toda la sociedad atlántica. La escasez y la singularidad de los estilos cerámicos del BF III, especialmente resaltable en el caso particular de la cerámica Carambolo, permiten aseverar que el uso de esta nueva vajilla atlántica es altamente restringido a una élite y un ceremonial específico vinculado a las relaciones exteriores. Se trata, pues, de una vajilla de lujo destinada a un uso ritual y, por tanto, institucional, y que, como tal, materializa los valores heroicos y la trascendencia de los actos en los que es empleada. Con seguridad el banquete incluye otros elementos tangibles e inmateriales que igualmente visibilizan la interacción cultural entre anfitriones e invitados y que no forman parte directa de la ingesta de alimentos, aunque este asunto se tratará más adelante. Antes es necesario detenerse en otros aspectos relacionados con el acto de comer y de compartir la comida. En primer lugar, con los nuevos utensilios de cocina no sólo se introducen nuevos hábitos de preparación de alimentos, destacando especialmente el asado de la carne, sino que también se introducen nuevos alimentos. Así, la aparición de ánforas, contenedores 399   y vasos orientales metálicos y cerámicos sugiere que los navegantes mediterráneos transportaban vino y aceite de oliva. Es particularmente interesante la cuestión de la introducción del vino, ya que se trata del elemento por antonomasia del banquete oriental. La ingesta de alcohol favorece la actitud conciliadora y fraternal entre los comensales, así como la alteración de la percepción de la realidad, y es de obligado aprovisionamiento por parte de los navíos egeo-orientales en sus largas travesías por el mar (Od. 9.163-165) como elemento de intercambio y como elemento de concordia entre los marinos por sus efectos relajantes y neurolépticos. Con la introducción del vino y del aceite en la Edad de Bronce es posible que se implantase también el cultivo de la vid y del olivo en la Península Ibérica. Esto es muy difícil de detectar en el registro arqueológico, pero está fuera de toda duda que la fundación de los primeros asentamientos estables de los fenicios está asociada a estos dos nuevos cultivos vitales en la cocina y las costumbres orientales, que desde ahí y desde entonces se extiende por toda la Península Ibérica (Celestino y Blánquez 2007). Aunque desde el III milenio a.C. ya hay indicios de polen de Vitis en la provincia de Huelva (Stevenson y Harrison 1992: 232, 241), la plantación de semillas y el desarrollo de la agricultura de la vid y, especialmente, del olivo es un síntoma de permanencia por parte de los fenicios, que pasan de estancias breves o muy breves en territorios lejanos a estancias largas con vistas a prosperar lejos de la metrópoli, de tal modo que la viticultura y la oleicultura son inherentes a la colonización. Con todo, con la fundación del barrio fenicio en Huelva en el BF IIIB, esto es, con el primer asentamiento fenicio no autónomo en la Península Ibérica quizá ya apareciesen los primeros campos de vid y de olivos en el interior onubense (Vera y Echevarría 2013: 98, 104; Gómez Toscano y otros 2014: 153-154 fig. 8.b). Por otro lado, quizá la vid no se introdujese por vía fenicia, sino sarda. Los primeros testimonios del cultivo de vid en Cerdeña se remontan al último cuarto del II milenio a.C. (Ucchesu y otros 2015), de manera que con total seguridad en esta isla ya se producía vino mucho antes que en la Península Ibérica y que la Protocolonización. Las relaciones entre Cerdeña y la Península Ibérica son plenamente visibles a partir del Horizonte Peña Negra I (900-760 a.C.), cuando la metalurgia del Complejo Cultural Atlántico se extiende por el Mediterráneo occidental (Ruiz-Gálvez 1986; Lo Schiavo 1991; Botto 2004-2005; 2015; Gómez Toscano y Fundoni 2010-2011). Sin embargo, quizá esta visibilidad no sea más que una continuación de los vínculos entre ambos territorios desde, como mínimo, el Horizonte Ría de Huelva (1050-900 a.C.), fase en la que están completamente constatadas las relaciones entre la Península Ibérica y Sicilia a través de las fíbulas. De hecho, lo más lógico es que el circuito occidental nunca haya dejado de funcionar, si bien en algunas épocas parece que pueda haber disminuido su intensidad. Así pues, quizá fuesen las comunidades nurágicas las responsables de la extensión del cultivo de la vid por el circuito occidental y, de esta manera, convertirse en un foco secundario de la difusión de esta agricultura por su entorno. Los tipos de cerámica nurágica documentados en la Península Ibérica durante el BF III se asignan a jarras, escanciadores y ánforas que, razonablemente, se emplearían en el servicio y el transporte del vino venido de Cerdeña. No obstante, el papel de la Cultura Nurágica en el Bronce Final, especialmente en el Horizonte Peña Negra I debe matizarse. Desde esta última etapa los fenicios ya mantienen una relación muy activa con las comunidades del circuito occidental. Es más, parece acertado señalar a los navegantes fenicios como introductores de las 400                                                                cerámicas sardas en Tartessos durante la Protocolonización,1 aunque en las expediciones protocoloniales participasen varias culturas. Y verosímilmente antes de la intervención fenicia los chipriotas ya recorrían el circuito occidental con soltura y pericia, de manera que si la vid y el vino penetran en Tartessos en el Horizonte Ría de Huelva podría incluso atribuirse a los chipriotas su introducción. Por tanto, lo más prudente es relacionar los primeros cultivos de vid en la Península Ibérica a la participación fenicia en las actividades del BF III, si bien tampoco es descartable que con anterioridad algunos pueblos peninsulares ya conociesen el vino y, en menor medida, el cultivo de la vid. Sean quienes fueran, la presunta introducción de nuevos cultivos de origen mediterráneo en la Península Ibérica en el Bronce Final deja la puerta abierta a la suposición de que se pudieron implantar otros alimentos y técnicas agrícolas desde los compases iniciales de los asentamientos fenicios. En el Bronce Final se generaliza en Tartessos el cultivo de leguminosas, fundamentales para nitrogenar la tierra, y aparece el almendro, así como la ganadería de aves gallináceas (Ruiz-Gálvez 1992: 225-226; Torres 2002: 97-98). Por tanto, quizá la presencia fenicia, incluso de carácter estacional, pudo significar una renovación de costumbres culinarias en sentido amplio entre los pueblos peninsulares que entraron en contacto con los venidos de ultramar con otras tradiciones. Así pues, en el Bronce Final las sociedades del Atlántico asisten a una reformulación del rito de banquete en el que incluyen elementos que apuntan a una koiné material, ideológica, ceremonial y, en cierto modo, gastronómica compartida por comunidades a ambos lados de las Columnas de Heracles. Empero, en ningún caso tal reformulación equivale a la introducción del mencionado rito. El banquete es una tradición milenaria perfectamente documentada en las sociedades de Europa occidental desde el III milenio a.C. con unas formas similares a las apreciadas en el Bronce Final. Aunque el banquete ritual podo originarse en el Neolítico o, incluso, a finales del Paleolítico Superior (Hayden 2009; 2014), en la primera mitad del III milenio a.C. se observa un punto de inflexión en lo referente a la cuestión del banquete en Europa occidental con la irrupción del vaso campaniforme (Sherratt 1987; Müller y Van Willigen 2001; Kunst y Lutz 2008). El vaso campaniforme en sus diversos tipos y estilos decorativos, al igual que los calderos, asadores y ganchos del Bronce Final, se extiende por un territorio amplio evidenciando un ritual común y unas comunicaciones fluidas entre las sociedades que habitan ese territorio. Con el “fenómeno campaniforme” se explicita nítidamente por primera vez que la difusión de elementos culturales va ligada a una práctica de comensalidad (Garrido y Muñoz 2000; Rojo y otros 2005; Garrido 2006: 86-88; Vander Linden 2006). El final de fenómeno campaniforme no se produce simultáneamente en todo el territorio por el que está extendido. La Península Ibérica, muy probablemente la región originaria, es también el primer escenario de su desaparición a fines del III milenio a.C., en concreto en la zona del sureste. A pesar de la extensión de la cerámica de Cogotas I por buena parte del territorio peninsular, no es hasta varios siglos después, en el BF III, cuando se recupera claramente la tradición del ritual compartido por parte de los grupos peninsulares que, de nuevo, se difunden por un territorio mucho más amplio. Por ello, es altamente factible que en el intervalo entre el final de la Edad del Cobre y el BF III las 1 Véanse los apartados 2.4 y 4 del capítulo 7 con respecto a cerámicas sardas protocoloniales. 401   comunicaciones y las correspondientes influencias mutuas entre las sociedades atlánticas en toda su amplitud experimenten una contracción compensada con el desarrollo de circuitos regionales. La aparición de un menaje de cocina común entre sociedades distantes pone de manifiesto una intensificación de contactos y una transformación cultural. Esto es lo que sucede en la época del fenómeno campaniforme y durante la Protocolonización, aunque en cada caso los elementos compartidos e introducidos sean bien diferentes. Y, por ello, también el propio rito del banquete, si no en su esencia, sí en su forma. En el largo período de contracción de los circuitos suprarregionales se observa cómo algunas sociedades logran reorganizarse, evolucionar y adaptarse a circunstancias y coyunturas más proclives a una menor dependencia de las relaciones exteriores. Esto no significa que tales relaciones no jueguen un papel importante en el desarrollo cultural ni que durante el período anterior de alta intensidad de intercambios las sociedades no se desarrollen internamente, así como tampoco significa que la evolución socio- económica de estas sociedades sea una consecuencia del colapso o recesión del sistema. En cambio, sí significa el florecimiento de Wessex, la Cultura de los Túmulos Armoricanos, la Cultura del Alentejo y de El Argar, las cuales mantienen unas interesantes conexiones entre sí y con otras sociedades euromediterráneas inmersas en un circuito global. De la misma manera, tal florecimiento se sostiene sobre unas tupidas redes sociales que fortalecen la posición de ciertos individuos y familias a partir de los cuales administrar y organizar la producción, la distribución y el consumo. Estas cuatro sociedades occidentales también alcanzan su fin, como sucediera con el fenómeno campaniforme, hacia el siglo XIV a.C., etapa en la que se fortalecen las conexiones entre Irlanda y el Círculo Nórdico. En paralelo al surgimiento y declive de estas cuatro sociedades y con posterioridad hasta el BF III, cuando vuelven a aparecer signos de una cierta uniformidad en el Complejo Cultural Atlántico, la mayor parte de los grupos de Occidente reducen su población y modifican sustancialmente su estilo de vida hacia modos más sencillos y, probablemente, menos sedentarios. Por esta razón, en cuyas dimensiones e implicaciones no procede profundizar en este momento, el registro arqueológico es tan parco. Dicho de otra manera: la escasez o, incluso, desaparición de artefactos y estructuras durante los primeros siglos del Bronce Final en el Atlántico se explica como un impasse entre dos períodos de mayor volumen demográfico y su consecuente dinamismo económico y social. La intensificación y multiplicación de los contactos entre el Atlántico y el Mediterráneo en el BF III se produce en este marco de incipiente pero irreversible retorno a modos de vida más complejos sustentados en un aumento poblacional y una reorganización de las redes sociales para administrar mejor los bienes de subsistencia. En resumen, resulta del mayor interés que los elementos del juego de banquete atlánticos, especialmente los metálicos, dispongan de analogías fácilmente identificables tanto en Europa como en el Mediterráneo (Carter 1997; Arnold 1999; Armada 2008; Nijboer 2013; Zamora 2015). Esta difusión del ritual y de los artefactos que lo componen invita a apuntar que el banquete es un medio de entendimiento intercultural. Es decir, en la medida en que la ceremonia del banquete es un elemento compartido por muchas sociedades, entonces resulta más sencillo asentar las comunicaciones a partir de esta ceremonia. La aparición de nuevos útiles de banquete sugiere una reformulación del rito adaptada a los aires de cambio del BF III. 402   2. Rito articulador de la comunicación El banquete, con independencia de sus características, es un rito articulador de la comunicación, probablemente el más importante y, con toda certeza, el mejor reconocible en el registro arqueológico (Dietler 1990; 1998). Este rito sirve como contexto de un doble encuentro: por un lado, uno entre los mundos físico y sobrenatural y, por otro, entre agentes del mundo físico, es decir, entre grupos humanos. A pesar de sus diferencias, ambos sentidos son indisociables, de tal manera que cada uno de ellos está comprendido en el otro. Más allá de su origen histórico, las raíces del ritual de banquete alcanzan la esencia del ser humano en cuanto a ser comunitario. Comer juntos es uno de los actos principales de los seres sociales. Comer no es sólo una necesidad fisiológica, sino un hecho social relacionado en el plano práctico con la supervivencia del grupo y en el plano ideológico con la organización colectiva (Goody 1995, esp. 23-59; Mintz y Du Bois 2002; Sánchez Romero 2008). La comida no se reparte aleatoriamente, sino de manera ordenada, jerárquica, correspondiendo al rango social de cada miembro de la comunidad. Además, en líneas generales, los seres humanos no ingieren comida cruda, sino cocinada, estableciendo un matiz demarcador entre los humanos y las bestias (Wrangham y otros 1999; Lévi-Strauss 2013). Un rito es la materialización (normalmente) solemne y minuciosamente reglada de un elemento ideológico. Dicho de otro modo, a cada rito le corresponde su mito, con lo que a través del rito – y del mito – se conmemora un hecho fundamental para las sociedades. Por ello, en una edad histórica en la que no existe la escritura y las instituciones son episódicas, el rito funciona como un soporte de la memoria ancestral de los grupos humanos que se reconocen en él. Es decir, a través del rito se retorna metafóricamente al tiempo mítico original en el que tuvieron lugar los sucesos que determinan el orden cosmológico y ético del mundo para que éste se regenere (Eliade 1997: 19-20). Por tanto, el rito desempeña una función constitucional o fundamental (Detienne 1989: 2). El banquete es uno de estos ritos, acaso el más importante de todos ellos. Aunque la naturaleza y finalidad del banquete se ha interpretado de diversas maneras y se documentan distintas fórmulas de proceder (Burkert 1972; Henninger 1987; Detienne y Vernant 1989; Girard 1998: 9-45; Dietler y Hayden 2001; Hubert y Mauss 2002a; Freud 2005; Bremmer 2007), en todas las épocas y lugares presenta su ritual dividido, normalmente, en dos partes: sacrificio de sangre y posterior ingestión de la víctima, normalmente en forma de festín o banquete propiamente dicho, aunque también puede ser una ingestión simbólica (Detienne 1989: 8). Con todo, no siempre coinciden las dos partes, pero siempre que lo hacen se procede en el orden indicado. El sacrificio es la muerte ritual del animal, que no sólo es alimento sino también símbolo y, por supuesto, el componente central del rito. El animal es sacrificio ya que se ofrece irreversiblemente y es su condición de víctima sacrificial la que le otorga una caracterización mística, de manera que no solo es sustancia material, sino también sobrenatural. Pero este razonamiento también debe considerarse a la inversa, de tal suerte que es la primigenia naturaleza mística del animal lo que lo convierte en una excelente víctima propiciatoria. 403                                                                En la lógica de la Edad del Bronce, todos los seres del mundo, tanto los vivos como los inertes, poseen una naturaleza doble que encierra el aspecto material y el aspecto esencial de la existencia. Esta doble naturaleza no sólo se limita a los seres, sino también a las acciones, como los venablos y flechas que dirigen y desvían Apolo y Atenea, fuerzas sobrenaturales que actúan sobre la vida terrenal (Ilíada 8.309-311; 20.438; 23.865). Por el hecho de ser en el mundo, todos los seres están dotados inherentemente de un componente místico y, debido a ello el mundo en su totalidad está impregnado de sacralidad. De esta guisa, distinguir entre lo profano y lo sagrado, tal y como proponían Émile Durkheim y Marcel Mauss (2002: 44-45) y la muy influyente escuela antropológica francesa, parece aventurado a pesar de gozar de una amplia aceptación entre la comunidad científica, cuando quizá sea más acertado integrar lo profano en lo sagrado y viceversa. En cualquier caso, el aspecto esencial y místico del mundo en el rito del sacrificio es muy evidente y todos los gestos y procedimientos sociales místicos tienen una sanción institucional. Parece claro que una de las funciones del sacrificio es de carácter fundacional. El sacrificio como tal es un rito de fundación y fundamentación, y su práctica precede momentos importantes en la vida humana. Por ello, escenificar un acto mágico de creación en clave ritual simboliza un nuevo comienzo y propicia que lo que venga después vaya a desarrollarse en los términos adecuados en concordancia con la ética y las costumbres de los participantes en el rito. Así, que el sacrificio forme parte del protocolo de contacto directo entre lugareños y forasteros manifiesta la creación de un ambiente de sacralidad, trascendencia y orden cósmico y ético. Y, derivado de ello, de neutralidad, de tal modo que no se produce un contacto violento o de primacía de unos sobre otros, sino de concordia e igualdad y bajo el signo de los poderes esenciales que rigen el mundo ordenado. El acto comunicativo es tan importante como el rito en el que se produce. Por eso, cuando Telémaco llega a Pilos, la primera reacción del rey Néstor es convidarles a él y a Atenea al festín como señal de conciliación y hospitalidad entre el digno anfitrión y el honorable invitado (Od. 3.4-9, 29-67). Un buey que, a continuación, va a ser consumido. Y lo mismo les sucede a Telémaco y Pisístrato, hijo de Néstor, en el siguiente viaje, cuando van a visitar al rey Menelao (Od. 4.26-65). A pesar de que desconocemos los procedimientos precisos del rito sacrificial entre las sociedades atlánticas del Bronce Final, la introducción de cuchillos de hierro apunta a una transformación de corte ritual. Es plenamente verosímil que con anterioridad a esta introducción las víctimas propiciatorias también se degollasen con otros instrumentos si bien resulta aún más lógico que fuesen muertas por otras vías, quizá de un hachazo o clavándolas un puñal en algún órgano vital o en el cuello. Lo que está claro es que durante toda la Edad del Bronce hasta el BF IIIA no hay cuchillos metálicos en el Atlántico2 y que éstos tienen una presencia muy destacada en el Mediterráneo oriental desde tiempo atrás. Esto significa que en la coyuntura de la Protocolonización se produce un cambio ritual fruto del influjo de los marinos chiprofenicios en las costumbres atlánticas que va a perpetuarse hasta bien entrada la época romana, cuando el 2 El cuchillo de Belmeque (apartado 2.1 del capítulo 5) es una pieza excepcional dentro del repertorio material atlántico. Por un lado es único, lo que no significa necesariamente que fuese único en el Bronce Reciente peninsular, y, por otro, es una importación mediterránea, no perteneciente a la cultura artefactual ni ritual de la tradición atlántica. Los cuchillos similares que pudiera haber en la Península Ibérica en el Bronce Reciente no llegaron a asimilarse dentro las costumbres culinarias y rituales atlánticos. 404   Cristianismo altere significativamente toda la ideología y ética de las sociedades occidentales. La presencia de calderos metálicos y, especialmente, de ganchos y asadores en el Bronce Final supone, igualmente, una transformación ritual, pero en este caso no en el acto del sacrificio en sí, sino en el del consumo. Aunque los calderos puedan ser polivalentes (Armada 2008: 152-153), no cabe duda de que desempeñan una tarea muy activa en el ritual del festín. El contexto de aparición de algunos de estos calderos, de hecho los más antiguos, revelan que éstos se complementaban con los ganchos, quizá como utensilios de extracción de la carne estofada (I Sam 2.13-14), aunque su función no es posible precisar sin ambages. En cambio, los asadores explicitan claramente una práctica desconocida en las sociedades atlánticas o, al menos, no se conserva ningún indicio de lo contrario en clave ritual. La exposición de la carne al fuego quizá no fuese ninguna novedad, pero el empleo de asadores articulados metálicos con tal efecto es una práctica culinaria incorporada desde el Mediterráneo oriental con motivo de la Protocolonización. Con seguridad, la terna atlántica de banquete se distribuye sin fisuras y por igual a lo largo de toda la fachada atlántica desde el BF IIIB, lo que evidencia que estos utensilios no se ajustan a una fragmentación geográfica del ritual. Al contrario, quizá dependiendo de la circunstancia – el calendario litúrgico, el rango social de los participantes, la clase de animal sacrificado, el propósito del rito o cualquier otro pretexto – la víctima se cocine de una u otra manera, de lo que cabría extrapolar que el modo en el que se da muerte al animal también podría variar dependiendo de la circunstancia que envuelve al acto. La variedad y aparente suplementariedad de la terna básica de banquete podría significar que no existiese un ritual único. Una conclusión lógica de esta variedad es que el banquete ritual no está ligado en exclusiva al encuentro cultural y, por tanto, ni a la Protocolonización ni al esplendor del Bronce Final atlántico, sino que se trata de una práctica común y frecuente en las sociedades antiguas. Así pues, el surgimiento de los nuevos artefactos y prácticas de banquete podrían relacionarse con la aparición de nuevos elementos ideológicos emanados de las dinámicas internas de las sociedades atlánticas no necesariamente derivados del flujo de contactos internos y externos. En efecto, los contactos ayudan a la difusión de objetos e ideas surgidos en el seno de las comunidades, pero la adopción de elementos foráneos en algunos casos tal vez no suponga otra cosa que materializar lo que ya era una realidad. En fin, el banquete juega un papel principal e institucional en el desarrollo de los contactos con el mundo exterior de las comunidades y de las regiones, pero sirve igualmente como articulador de las diferentes actividades que se llevan a cabo en el interior de las mismas. De este modo, existen diversas razones para celebrar un rito como el banquete adaptándose el ritual a cada circunstancia. Las relaciones exteriores se formalizan, entre otros elementos, mediante la celebración de un banquete ritual. Si como antes se ha mencionado el acto de “sentarse a una misma mesa” es un gesto de igualdad entre los comensales, compartir el animal sacrificado amplifica el grado acercamiento entre los comensales. Dicho de otra manera, en el banquete ritual no sólo se manifiesta la igualdad, sino también la fraternidad entre extraños que, desde este momento, dejan de ser extraños. En este sentido, se trata de la ritualización de un nuevo comienzo en las relaciones interpersonales. Compartir el animal sacrificado, entre 405                                                                otros alimentos, equivale a mantener un vínculo esencial e institucional entre los participantes que se traduce en el intercambio, en la obligación de respeto, consilium et auxilium mutuos y otras muchas cosas más. Por ello, cuando Glauco revela a Diomedes su linaje, éste descubre que sus antepasados hospedaron a los de su rival, razón por la cual acuerdan no combatir y, en cambio, renovar su pacto de amistad e intercambiar sus armaduras como reflejo de la unión mística entre las familias de ambos (Il. 6.119-236; Finley 1999: 120-121).3 De la misma manera que mediante este rito se sacraliza el consumo de la carne, otras sustancias contribuyen a aumentar el nivel de solemnidad y distinción del festín con respecto a la simple ingesta de alimentos. En el contexto de las relaciones con forasteros mediterráneos, el vino parece gozar de buena aceptación debido a que es un producto exótico y, por tanto, prestigioso y diferencial,4 al tiempo que es un alucinógeno. Esta segunda cualidad se vuelve relevante en la realización de un acto de alto nivel de misticismo ya que altera la conciencia de sus consumidores situándolos en otro nivel de percepción de la realidad. Y lo mismo cabe alegar sobre otros estupefacientes, quizá exóticos, cuyo uso se limita a unos ciertos contextos especiales y distinguidos por parte de una minoría social muy selecta (Guerra 2014). El tráfico del vino y de otras sustancias alucinógenas no es un mero tráfico de alimentos, sino de productos reservados a usos ceremoniales y, por tanto, estructurantes (Dietler 2006). Por ello, quizá en la mentalidad de las sociedades heroicas estas sustancias gocen de un significado trascendente superando su condición de productos mágicos para apreciarse como una manifestación de lo sobrenatural, exactamente igual que la víctima sacrificial. Considerando esta premisa, resulta lógico o, al menos, razonable deducir que todos los objetos destinados a emplearse en el transcurso de un banquete ritual poseen idénticas cualidades, lo que implica el elevado valor y significado del menaje de cocina, los productos consumidos y todo lo demás que rodea el rito de principio a fin, como la música y la poesía, el intercambio de regalos y los pactos formalizados entre los participantes del festín. Por ello los cuchillos son de hierro, la referida terna es una obra de toréutica y la cerámica presenta tan distinguida decoración (Green 1998; Armada 2008: 153-154). La combinación de todos estos elementos inicialmente materiales convierte el rito del banquete en una excelente ocasión para la exhibición de las élites, que despliegan su autoridad y prestigio encabezando o monopolizando el acto. Las élites son, por tanto, las encargadas de ejecutar y preservar el ceremonial, a la vez que su status social descansa en la capacidad de organizarlo y disponer de todos los elementos requeridos. Con el banquete la élite se muestra y se reafirma entre los miembros de la comunidad y los convidados que vienen de fuera cuando éstos también participan. Por este motivo, el banquete ritual ocupa una posición central en las actividades sociales, ya que con él no sólo se regenera simbólicamente el tiempo de creación del orden cósmico, sino que también se representan los papeles sociales que cada miembro o grupo de una comunidad debe desempeñar con la finalidad de perpetuar 3 Héctor se tiene que ver en un espinoso dilema moral cuando su hermano Paris rapta a Helena. Paris quiebra una norma social sagrada al robar a su anfitrión, pero Héctor debe que anteponer los intereses de su familia, también sagrados, sobre las normas sociales. El irresponsable Paris obliga a Héctor a tomar una decisión de consecuencias fatales. Por ello, Héctor es el protagonista de una tragedia incluso antes del retorno de Paris a Troya. 4 Véase una interesante exposición sobre la asimilación de alimentos foráneos en Dietler 2007. 406   el orden moral que permite la reproducción y cohesión de la comunidad. Es tarea de las élites heroicas preservar las tradiciones, creencias y valores – esto es, la cultura – con las que se identifican la sociedad en su conjunto y magnificarlas. Por ello, el banquete, incluso con la participación de individuos foráneos y al igual que cualquier otro rito, es un acto de autorrepresentación y autoafirmación de las sociedades heroicas (Arnold 1999; Blake 2005; Nordquist 2008; Shelmerdine 2008; Almagro y Lorrio 2011: 32 ss.; Delgado 2013: 327-329). Y por ello el banquete es el contexto y el pretexto de la épica y de las artes, de la exuberancia tecnológica y de la triple obligación de donar, recibir y corresponder (Parise 2003: 17, 19, 35, 46). El desentrañamiento de la naturaleza de este último trinomio ha sido tema de múltiples estudios debido a que se encuentra en el corazón de las relaciones sociales y económicas de las sociedades heroicas. Aunque más adelante se abordará detenidamente, en este momento es preciso prestar atención al aspecto, si bien sucintamente, del gesto de hospitalidad que encierra el rito del banquete. Atender a las necesidades de otras personas es una labor propia e implícita de las élites sociales, exactamente igual que preservar las tradiciones ancestrales. Pero ser hospitalario no es una cualidad exclusiva y excluyente de las élites sociales, sino que se trata de una virtud común, tal y como demuestra Eumeo al ayudar a un todavía irreconocible Odiseo (Od. 14.45-59). Un banquete no es necesariamente un acto de hospitalidad debido a que no deja de ser un rito que se repite en diversas circunstancias – un funeral, una festividad comunal o una celebración identitaria, como la Pascua para los judíos (Hayden 2009). Del mismo modo, la hospitalidad no requiere inexcusablemente un banquete ortodoxo, puesto que no todo el mundo tiene la capacidad de ofrecerlo. Pero la hospitalidad en el sentido de brindar asistencia y acogida a un peregrino o forastero distinguido e ilustre pasa necesariamente por la celebración de un sacrificio y un festín. Así, la capacidad de atender a otras personas es una de las virtudes imprescindibles de la élite social que se puede formalizar a través del banquete. Y resulta de vital incidencia en el cumplimiento de los papeles sociales, ya que una élite no hospitalaria actúa en contra de la moral reinante, lo cual menoscaba su prestigio y autoridad y, por tanto, quebranta el orden social. En definitiva, uno de los aspectos que se pueden exhibir en la celebración de un banquete es de corte moral y atañe igualmente al reforzamiento ideológico de la élite. Que pertenezca al orden moral no implica que no guarde relación alguna con el orden económico, si acaso pueden separarse. En primer lugar porque para organizar un banquete normativo es necesario disponer de los recursos que van a ser empleados empezando por lo que respecta al consumo. Pero es que, además, la hospitalidad ofrecida por el anfitrión debe ser correspondida por el invitado, si no en el acto, sí como una obligación futura. Una forma de corresponder es a través del intercambio de regalos. Y una excusa para reclamar - y exhibir - la hospitalidad es la satisfacción de una demanda económica o social que requiere el concurso de las familias y comunidades y, en particular, de las élites que las dominan. Así, la hospitalidad, el intercambio y los acuerdos intercomunitarios son tres cuestiones ideológicamente ligadas y ritualizadas mediante el banquete (Torres-Martínez 2011: 253­ 260). El acto concreto y formal del encuentro cultural es también el acto de intercambio de presentes, lo que explica la aparición de objetos mediterráneos en suelo peninsular en época precolonial (Almagro Gorbea 1998: 82, 85). 407   ¿Qué clase de objetos? ¿Qué clase de acuerdos? Tratándose de un intercambio realizado en un acto institucional, los objetos deben pertenecer a una categoría tan elevada como el acto mismo. Son, por tanto, bienes propicios y, de alguna manera, destinados a tal fin. Un objeto de uso cotidiano y de escaso valor no es propio de un intercambio institucional, a la vez místico y personal. Pero, por otro lado, el valor de los objetos puede ser muy relativo, de manera que lo que para uno es muy valioso, para otros puede ser intrascendente y vulgar. Así pues, más allá de las propiedades materiales del bien intercambiado, el denominador común para los mismos es la cualidad de irradiar prestigio para sus poseedores, que son quienes protagonizan el acto del intercambio. Y con motivo de su inclusión en un rito tan señalado en el que todos los componentes que intervienen están dotados de un significado místico, los objetos intercambiados también pertenecen a este orden sobrenatural. Luego no son simples objetos, sino objetos de prestigio o dones. De este modo, la proliferación de objetos que evidencian una conexión entre territorios distantes deben interpretarse como indicios de una interacción cultural formalizada mediante un banquete ritual dirigido por las élites sociales que comparten un vínculo místico representado en el plano material por los mismos objetos intercambiados. Por tanto, los objetos intercambiados pueden tener una función práctica, pero con certeza tienen también una función simbólica y esotérica. En consecuencia lógica, las evidencias de contactos protocoloniales aludidas en los capítulos precedentes se corresponden con la categoría de bienes de prestigio, con independencia del material y procedimiento de fabricación y de su potencial uso práctico. Los bienes intercambiados son, por tanto, símbolos de interacción cultural cargados de valores morales, conectan personalmente a las personas implicadas mediante un vínculo sagrado y sellan el entendimiento alcanzado entre ellos. Tal entendimiento puede traducirse de múltiples maneras, pero la movilización de recursos que requiere el ejercicio de la hospitalidad, por un lado, y el esfuerzo del viaje a un lugar lejano, por otro, indica que gira en torno a una cuestión de máxima relevancia económica y social. Así, podría tratarse, por ejemplo, de un acuerdo de paz o un enlace de sangre o el recordatorio de una vieja alianza o el acceso a un recurso natural privado o a conocimientos de diversa suerte que, como los demás posibles, condicionan el devenir de los involucrados (Dalton 1977: 201-205). Sin embargo, la acción comunicativa en su sentido más amplio entre foráneos y lugareños no se reduce a la práctica del banquete ritual. Es cierto que dicho rito funciona como un articulador y que explicita de manera solemne las relaciones intercomunitarias. No en vano, las instituciones y otros elementos culturales compartidos entre diferentes comunidades y sociedades facilitan siempre el entendimiento y la cohesión. Pero el registro arqueológico sugiere que estas relaciones tienen un calado mayor en la cultura, de tal manera que no sólo es destacable el objeto importado, sino los conocimientos e, incluso, las costumbres que se trasladan, copian y adaptan, es decir, que se aprenden. La capacidad y el interés que las personas tienen en relacionarse mutuamente engloba diversos ámbitos en los que el banquete ritual es sólo uno de ellos, si bien el más formal y sagrado. Prueba de esta diversidad es el desarrollo de ciertas manifestaciones culturales tales como el estilo geométrico, la toréutica, el consumo de vino y el asado de la carne por parte de las sociedades atlánticas. Dichas manifestaciones comportan 408   indefectiblemente unos modos de contacto más profundos y dinámicos que el mero hecho de intercambiar regalos e informaciones durante la celebración de un festín, por muy sagrado que éste sea. Así, el aprendizaje y la transmisión de ideas sobre variados temas requieren un contacto directo interpersonal prolongado, superando la circunstancialidad del banquete ritual. La verdadera interacción cultural ocurre en los acontecimientos que rodean las formalidades. Por tanto, mediante el rito del banquete se escenifica y fundamenta la interacción cultural, en paralelo a su desenvolvimiento no ritual – aunque no por ello intrascendente – resultado de un contacto más o menos intenso y continuado y diversificado en diferentes campos semánticos de la cultura. Como más adelante se abordará esta interesante cuestión, por ahora baste con lo anunciado. Sin embargo, conviene hacer una breve reflexión sobre los participantes en el acto del intercambio cultural, a la sazón quienes de una u otra manera concurren en el banquete. Entre las comunidades que reciben la visita pacífica de forasteros, las élites emergen como responsables del ejercicio de la hospitalidad, lo que no sólo es obligación, sino privilegio, y que confirma su rango social. Pero la composición y extracción social del grupo de forasteros es más variada. En la cúspide moral de las relaciones intercomunitarias, la recepción de foráneos es una actividad institucional por ambas partes. Las élites sociales son quienes viajan y visitan oficial y ritualmente a otras élites sociales. Éste es el caso de Menelao recibiendo a Paris y sus acompañantes en su palacio en Esparta (Od. 4), ejemplificando una escena de interacción entre grupos del mismo rango social. Pero mientras que Menelao es rey, Paris es príncipe, lo que significa que, a pesar de que este encuentro pertenece al tipo de máximo valor moral, se trata de la recepción de una embajada troyana encabezada por un héroe aunque no por la autoridad suprema de la ciudad minorasiática, el rey Príamo. Parece razonable que los recibimientos de embajadas oficiales sean la forma más común de interacción entre comunidades en las sociedades de tipo heroico. La Ilíada muestra que los encuentros de reyes se producen principalmente en el campo de batalla, en concreto en las asambleas para tomar decisiones, que es el escenario ideal de exhibición del prestigio y donde se pueden tratar de igual a igual. En cambio, en una recepción el anfitrión hace gala de una posición dominante aunque el convidado sea su homólogo en otra comunidad. Pero las élites sociales del mundo atlántico en el Bronce Final no estaban conformadas por reyes que residen en fastuosos palacios o en haciendas dedicadas a múltiples tareas productivas. A juzgar por la homogeneidad de las estructuras de las aldeas atlánticas parece, más bien, que las élites se encuentran en una posición de isonomía con respecto a los aspirantes a élite en lo referente a posesiones materiales. Lo que distingue a la élite es su prestigio social, que puede ser superado cuando se preste la ocasión por otro miembro de la comunidad. La élite es episódica en la medida en que su autoridad no está objetivada, sino sujeta a la exhibición (a veces arriesgada) de las virtudes y destrezas personales. Empero, esta diferencia entre los reyes homéricos y las élites agro-ganaderas atlánticas no es óbice para que compartan ciertos hábitos sociales, tal y como evidencia el arraigo del rito de banquete. Las relaciones interpersonales entre los reyes pastores 409   homéricos y los reyes pastores atlánticos no sólo se articulan mediante el mismo rito, sino que también emplean las mismas tácticas como la de enviar emisarios dignos en representación de los linajes que ostentan la autoridad. Así pues, en la cúspide moral de las relaciones intercomunitarias son las autoridades las impulsoras de las mismas y, por tanto, las participantes en los banquetes de confraternización (Il. 9.70; Finley 1999: 151). En el contexto de la colonización arcaica parece plenamente verosímil que fuesen las aristocracias fenicias y griegas quienes impulsasen las empresas de larga distancia y, por lógica, también durante la Protocolonización, lo que no está reñido con la participación de la iniciativa privada (Bondì 1978; 1988; 1995: 274; Aubet 2009: 130-148; Routledge y McGeough 2009; Ruiz-Gálvez 2013: 258, 271). Pero en la medida en que la hospitalidad es un pilar de la ética en las sociedades heroicas, cualquier persona o colectivo que apareciese en son de paz en el dominio de una comunidad es susceptible de ser honrado y atendido por la élite social local sin mirar el rango social. Ésta es la experiencia de Odiseo cuando llega desnudo, exhausto y abandonado por la fortuna a la isla de los feacios (Od. 8.26-33). El héroe en ningún momento llega a revelar su identidad ni su condición noble aunque su comportamiento delata modales impropios de un pordiosero y sí de un hombre de elevado rango social. Odiseo no dispone de bienes con los que corresponder la hospitalidad de Alcínoo, pero éste sabe que mostrándose espléndido con el forastero refuerza su prestigio y autoridad al tiempo que hace una inversión creando una deuda de favor y honor que, quizá, en algún momento futuro demande su saldo. No cabe duda de que el pasaje entre Odiseo y los feacios es pura ficción o, al menos, una suerte de realismo mágico. La isla es un lugar paradisíaco en el que el correcto proceder moral se armoniza con la ausencia de amenazas externas para la quietud y la buena ética, lo cual se encuentra en franca oposición al trato recibido por Odiseo y los suyos por parte de Polifemo, quien incluso advierte al héroe que será devorado el último como prueba de las ”piadosas” maneras de su fallido anfitrión (Od. 9.355-359; Finley 1999: 121-124). Un desconocido en actitud de concordia merece la hospitalidad de quien pueda brindársela, tal y como obra Alcínoo hacia Odiseo pues, al final, todos salen beneficiados. Y la perseverancia en el bien común con respecto a las reglas establecidas forma parte de la ética de las sociedades heroicas. Por ello, siempre y cuando los forasteros no tengan malas intenciones observables por la población local serán invitados honrosamente a la celebración de un banquete ritual en el que intercambiarán impresiones con la élite organizadora. Participar del banquete, en cierto sentido, iguala la dignidad entre el anfitrión y el huésped, a pesar de la superioridad moral del primero en calidad de recibidor. Esta premisa deja abierta una curiosa paradoja: un grupo puede comportarse de manera pirática o cordial según le convenga. Así, en una situación de ventaja estratégica podrá dedicarse a la rapiña, mientras que en una situación de desventaja lo más lógico será obrar por medios pacíficos. Ambas conductas son propicias según cada circunstancia para optimizar beneficios y de las dos maneras se explica el desplazamiento de objetos por territorios distantes. Piratas para unos y honrados hombres para otros, en la mesa del anfitrión todo el mundo tiene un sitio en el sagrado cumplimiento de la hospitalidad y de los buenos hábitos. 410   3. Conclusión Los introductores de los artefactos y de las ideas venidos del Mediterráneo en la sociedad atlántica lo hacen por medio de un banquete ritual. Los participantes de tan magnífica ocasión son siempre las élites de dentro de la comunidad, mientras que por parte de los foráneos podrían ser embajadores y, por tanto, homólogos de los anfitriones o bien gentes fuera de la ética de su lugar de origen pero sin pasado maldito en el de su arribada y con intenciones sanas de crear un entendimiento. Que el encuentro cultural se realice en el transcurso de un banquete ritual revela la importancia que la interacción tiene para propios y extraños. Asimismo, también confiere un ambiente aceptable de neutralidad y sacralidad que garantiza el acercamiento pacífico, la comunicación y el intercambio de objetos e ideas entre personas de distintos linajes, aunque algunos elementos intercambiables discurran por otros cauces no rituales. El banquete ritual evidencia el polo teatral que toda acción comunicativa incluye y que se complementa con el polo lingüístico. El rito del banquete es una clara manifestación de la ética de una sociedad heroica. En él se muestra y renueva el principio organizador de la comunidad al explicarse a sí misma evocando y renovando el origen cósmico de las relaciones en el seno del grupo y así como con el medio natural. También con este rito la élite social hace alarde de su autoridad ejerciendo la hospitalidad propia de su rango. Entonces, en el banquete ritual confluyen los intereses económicos y sociales típicos de las élites. En definitiva, resulta imposible explicar la aparición de objetos mediterráneos en la Península Ibérica y viceversa recurriendo a los viejos modelos de difusionismo y aculturación para, en cambio, poder explicarse a través de los mecanismos de interacción cultural. A su vez, resulta imposible interpretar las relaciones sociales entre las comunidades atlánticas y mediterráneas sin recurrir al uso del banquete ritual, costumbre que facilita el entendimiento entre extraños hasta el punto de derivar en alianzas estables y en la transmisión de conocimientos y elementos simbológicos. 411   412                                                              15. INTERPRETACIÓN Y TRANSFORMACIONES III: ÉTICA E INTERCAMBIO 1. Ética heroica De la misma manera que la distinción entre los ámbitos sagrado y profano en las sociedades heroicas es imposible, ya que la realidad está teñida de sacralidad y, por tanto, no tiene sentido aislarlos el uno del otro, resulta igualmente imposible diferenciar entre el ámbito económico y el ámbito social. Ciertamente es cómodo para el historiador actual, aunque difícil, trazar tales divisorias puesto que permiten un mejor análisis y centrar la atención en un tema más o menos concreto de las culturas antiguas. Sin embargo, considerar las categorías historiográficas como realidades históricas absolutas e independientes conduce irremediablemente a una distorsión y perversión del verdadero objeto de estudio, la cultura. Así las cosas, la economía está imbuida en la sociedad y la sociedad en la economía. Si la economía atañe principalmente a la riqueza y los recursos materiales limitados – extracción, producción, distribución y consumo de los bienes –, la sociedad hace lo propio con los contextos y modos humanos de extracción, producción, distribución y consumo (Orduna 2004). Economía y sociedad son dos perspectivas de estudio del campo semántico de la cultura.1 Como la arqueología trabaja con artefactos que no son otra cosa que la materialización de la riqueza, la arqueología es el estudio de la economía. Pero dado que no hay riqueza sin relaciones personales, economía y sociedad son conceptos indisolubles. Debido a la ingente cantidad de estudios bien conocidos que versan sobre la necesaria interacción entre ambas perspectivas (Polanyi 1957; Dalton 1969; Gregory 1982; Appadurai 1986b; Maucourant 2000; A. Sherratt 2004: 82-86), particularmente en una sociedad no estatal premercantil (Sahlins 1983; Fernández Jurado 1989: 351-355; Ruiz- Gálvez 1998b: 26-53; Torres-Martínez 2014), no merece la pena detenerse en la tarea de 1 Economía es un concepto muy discutido precisamente por la dimensión social que implica y por todas las variables y perspectivas que conjuga ya desde Ibn Jaldún (1332-1406 d. C.). El desarrollo de la sociedad capitalista ha derivado en el desarrollo teórico del capitalismo en el que claramente se distinguen dos posturas dominantes y hasta cierto punto enfrentadas: por un lado, la que insiste en la inclusión y preponderancia de aspectos sociales (“Economía crítica”); por otro, la que enfoca la economía desde sus conceptos formales (evolución de precios, mercado bursátil, etc.) y que es la corriente mayoritaria. En paralelo, histórica y actualmente se observan dos comportamientos económicos enfrentados, uno que insiste en la maximización de los beneficios cuantitativos (constructivismo) y otro en la supervivencia de la sociedad (ecologismo) (Smith 2005). 413 desplegar sus conceptos, aplicaciones y enfrentamientos. Baste con recordar cuatro cuestiones fundamentales: A. El principio que rige el orden cósmico para las sociedades heroicas es que la realidad en su conjunto es un ente único indivisible en el que todos los seres que lo conforman – vivos y muertos, animados e inertes, visibles e invisibles – encierran un componente esencial y otro sustancial, siendo ambos indisociables. Este principio primordial sustenta igualmente el orden social y la ética que funciona como la práctica del buen proceder que garantiza la estabilidad y prosperidad de la vida comunitaria, tanto en sus dinámicas internas como externas. B. Una de las estructuras de las culturas prehistóricas es la ausencia de moneda, es decir, de objetos destinados de manera exclusiva a ser permutados que sólo disponen de valor de cambio relativo, y que están sancionados por una autoridad reconocida por todos los miembros de la sociedad. C. La aldea es un núcleo de producción, distribución y consumo que reúne a varias familias. Las familias constituyen la institución suprema en una sociedad heroica ya que, entre otros argumentos, poseen las tierras y, por ello, los recursos básicos de subsistencia, de manera que el concepto de propiedad en el mundo heroico no es tanto individual como familiar. Como las familias se organizan jerárquicamente, la propiedad no es equitativa. Por ello, las relaciones de parentesco determinan el acceso a los recursos. D. Todos los recursos humanos y materiales que moviliza una sociedad heroica son estratégicos, y todos los miembros de la sociedad tienen medido acceso a ellos a través de las redes sociales por el principio de reciprocidad. En conclusión, las relaciones entre las personas son materiales y morales a un tiempo, funcionando las aldeas como núcleos fundamentales de subsistencia bajo una única ética en la que no existe la moneda. Economía y sociedad, subsistencia y relaciones interpersonales son conceptos que se engloban en un mismo campo semántico en el mundo heroico, el campo de la ética. La ética heroica es una realidad no objetivada, de manera que no existe ningún documento formal que sirva como referencia para su análisis preciso. Sin embargo, a partir del registro arqueológico, de los poemas homéricos y de otras fuentes literarias antiguas y de analogías modernas, es posible un acercamiento conceptual a la ética heroica y, por tanto, su cauto desentrañamiento. La ética que se propone y expone en las siguientes páginas no es verificable pero sí razonable con arreglo a todas las fuentes de información disponibles. La coyuntura del Bronce Final en la que tiene lugar la Protocolonización está caracterizada por la confrontación de dos éticas. La primera de ellas sirve como marco referencial de la interacción cultural y domina las sociedades heroicas que se esparcen desde el Atlántico hasta Anatolia, desde Escandinavia hasta el Mediterráneo (Kristiansen 1999; 2001: 101 ss.). La segunda de ellas hace lo propio con las sociedades estatales ubicadas en Oriente. A pesar de que esta distinción se observa con un nivel aceptable de claridad, resulta de vital importancia advertir que en algunas regiones, particularmente resaltable el caso de Chipre y del Egeo, es difícil clasificar o categorizar la estructura y las relaciones sociales. Asimismo, aunque la coyuntura del Bronce Final propicia un cambio irreversible y de profundo calado en la ética de las sociedades 414 heroicas con motivo de las relaciones con las sociedades estatales preclásicas, el cambio no es brusco, sino que se inicia entonces para prolongarse a lo largo de siglos con un hito en la Romanización. Este cambio es la incorporación del concepto de valor relativo ligado a determinadas mercancías en el pensamiento de las sociedades de rango. A través del intercambio heroico se cubren varias necesidades de diversa índole, si bien todas ellas entrelazadas. El autoconsumo de las aldeas favorece limitar la dependencia mutua en cuanto a bienes de subsistencia, es decir, alimentos y otros productos básicos en el día a día (Finley 1974: 175 ss.). Sin embargo, parece razonable que las comunidades no produzcan la totalidad de los bienes necesarios para prosperar a largo plazo, de tal suerte que a través del intercambio se subsane esta carencia. Pero existen otras necesidades no relacionadas directamente con la subsistencia que a través del intercambio pueden igualmente ser aliviadas. Se trata de la adquisición de prestigio, de la definición de la identidad de los individuos organizados en redes y, en definitiva, del fortalecimiento de la estructura y de las dinámicas sociales. Mediante la circulación de bienes a través de varios procedimientos (Stanish 2004: 11-12) se fomenta la cohesión dentro de la comunidad a la vez que entre diversas comunidades. La ética heroica, en determinadas circunstancias, se escenifica en el rito del banquete y se materializa en el intercambio ritual o político de bienes de prestigio. Dichos bienes, por la finalidad y naturaleza del contexto ritual, funcionan como regalos o dones mediante los que se formaliza un acuerdo entre pares (Lévi-Strauss 1981: 91-108; Gregory 1982; Sahlins 1983: 203 ss.; Mauss 2002) y se instituye el Contrato Social (Sahlins 1983: 188), como refleja el ofrecimiento de bienes por parte Agamenón a Aquiles para aplacar su enfado y su honor vilipendiado (Ilíada 9.121-161, 260-299; 19.243-248). Por tanto, tales objetos adquieren un valor simbólico y moral. Pero como se verá en las siguientes páginas, el simbolismo y la moralidad de los objetos no están necesariamente reñidos con su valor práctico. Donar, recibir y corresponder es el trinomio conceptual básico para explicar el intercambio de dones y, de manera más amplia, las relaciones humanas en una sociedad heroica. Todas las relaciones interpersonales son de carácter moral, porque el ser humano es un ser moral – tiene memoria, voluntad, capacidad de decisión y vive en sociedad –, de tal manera que nada humano queda fuera del campo de la moral, que está reglada tácita o expresamente por la ética. Incluso en clave ritual, donar y recibir equivale a una acción-reacción casi mecánica entre dos partes, al margen de la naturaleza y función de los bienes intercambiados. Sin embargo, el acto de corresponder engloba a los otros dos y está cargado de ideología. Así, mientras que donar y recibir son dos actos objetivos, casi neutros, corresponder implica una categoría moral y, por tanto, no neutral. Donar significa corresponder porque el donante u oferente compensa y agradece la actitud hospitalaria del interlocutor o satisface la necesidad de éste. Recibir significa corresponder porque expresa la aceptación de la hospitalidad o de la demanda. Corresponder equivale, por tanto, a cumplir justa y moderadamente con el otro y, por tanto, con los preceptos éticos. La correspondencia es un acto de reciprocidad que domina las relaciones sociales (Mauss 2002: 50-56; Parise 2003: 14 ss.; Wagner-Hasel 2006; Torres-Martínez 2011: 253-260; Carlà y Gori 2014). 415 En la medida en que corresponder forma parte del ideal heroico, salirse de esta norma ética es quebrantar el orden social. Al menos si no está justificado por una razón mayor. Cuando Odiseo es cordial y respetuosamente recibido y acogido en Esqueria se produce un momento de tensión cuando uno de los feacios insinúa que el forastero quizá sea un mercader en busca de codiciosas ganancias (Odisea 8.159-164): “No parece, extranjero, que seas un varón ilustrado / en los juegos que suelen tenerse entre hombres; te creo / uno de esos, más bien, que en las naves de múltiples remos / con frecuencia nos llegan al frente de gentes que buscan / la ganancia en el mar, bien atento a la carga y los fletes / y al goloso provecho. En verdad nada tienes de atleta.” El ánimo de lucro queda excluido imperativamente del código de honor de los héroes, quienes siempre que intercambian regalos lo hacen con la finalidad de corresponder y, por tanto, de apuntalar su prestigio y cumplir con su papel social (Od. 24.274-285). Para obtener botín sin corresponder ya existen otros mecanismos recogidos en la ética heroica tradicional que nada tienen que ver con el intercambio. Un sentido lucrativo o de reciprocidad negativa en las transacciones implica un pago; un sentido de reciprocidad positiva o generalizada implica una correspondencia. El intercambio de dones se practica en un circuito de alianzas sancionadas por las instituciones sociales y, por ende, también los bienes circulantes deben estar sancionados por las mismas. Cualquier objeto puesto en circulación es una mercancía (Appadurai 1986b: 9), pero ni todas las mercancías son dones, ni todos los intercambios son rituales. Muchos, si no todos los bienes de subsistencia, elaborados o en bruto, así como las materias primas con las que se fabrican los bienes de prestigio circulan en contextos en los que no parece comprensible que se recurra al rito y, por tanto, a la institución suprema del sacrificio-banquete. Es un intercambio doméstico, no diplomático ni clientelar, inmerso en el día a día de las comunidades. Entonces, parece más razonable que estos bienes se intercambien informalmente, aunque amparados por un principio ético – la reciprocidad positiva – y sancionados por una institución – la familia – que ejerce como propietaria de las materias primas y organizadora de su explotación, conversión en bienes elaborados y distribución. El intercambio informal o doméstico se encuentra en la base de la sociedad para garantizar su supervivencia y cohesión, lo que unido a su razón ética y al ámbito en el que se produce le proporciona un sentido moral distinto al intercambio de dones a nivel cualitativo aunque no necesariamente inferior. Como en una comunidad heroica de una y otra manera todo el mundo tiene acceso a los comestibles ordinarios, su valor de cambio es mínimo; pero como son indispensables para la subsistencia, su valor moral es tan elevado como el de un don, aunque unos y otros se intercambien en circunstancias expresamente diferenciadas (Sahlins 1983: 237-239). En resumen, en una sociedad heroica los bienes intercambiados son mercancías prestigiosas (dones) o comunes (bienes de subsistencia). Las primeras se intercambian mediante un rito (intercambio ritual o heroico o político) mientras que las segundas lo hacen de manera informal (intercambio doméstico) (fig. 28). Ambos modos de intercambio se pueden agrupar en un modelo de intercambio no monetario, por oposición al intercambio monetario o de mercado, muy distinto a nivel ético. Además, existe una tercera categoría muy compleja y fundamental de intercambios en la que los elementos intercambiables son personas (fig. 29). 416                                                              Los dones tienen valor simbólico y absoluto y están impregnados de la esencia de las personas que los poseen y que los intercambian. Por ello, cuanto más personal es un objeto, más razón para validarlo como un don. Además, al intercambiar un objeto personal se intercambia también una parte de la esencia de los antiguos propietarios. Este vínculo místico no es sólo simbólico, sino que es real, motivo por el cual los dones son objetos mágicos por su propia naturaleza y por su empleo en las transacciones. Así, crear un vínculo místico es otra manera imprescindible de corresponder. Luego los dones tienen una impronta mística.2 Pero ésta no es la única peculiaridad que convierte a las mercancías en dones. Los dones pueden y deben circular pero también pueden y deben atesorarse personalmente. Así pues, el intercambio revela la circulación, pero implícitamente también revela la posesión de bienes. Sólo puede participar en el intercambio aquella persona que está en disposición de donar, y esto equivale a poseer. Fig. 28: Objetos en circuitos morales de intercambio, también conocidas como “esferas”. Por ello, de la misma manera que cuando un regalo entra en circulación se produce una transmisión de valores y virtudes, cuando se posee un regalo se asumen dichos valores y virtudes. Un héroe se caracteriza, entre otros aspectos, por su capacidad de dar dones, lo que de modo ineluctable significa que poseen los dones. Estos dones son los que Homero denomina keimēlia, que son los bienes destinados a circular y poseerse ritualmente. Los keimēlia tienen valor de cambio, valor ideológico y, en menor medida, valor de uso (Renfrew 1986: 157-164; Finley 1999: 146-147; Perea 1994: 6-7). Aunque en algunas ocasiones los intercambios son en diferido, es decir, una de las partes da sin recibir nada a cambio en el momento, el mero hecho de participar 2 Dicha impronta es lo que Marcel Mauss (2002: 15-17) y, después, Marshall Sahlins (1983: 176-187) identifican como el hau entre los maoríes. 417 activamente en el circuito de intercambio conlleva recuperar tarde o temprano los dones perdidos. En este caso, el donante se convierte en acreedor de una deuda moral que deberá ser saldada mediante otro don o servicio por parte del receptor. Así pues, dar y no recibir en el acto, como les sucede a Menelao (Od. 4.26 ss.) y a Néstor (Od. 3.32-41), no es perder, sino invertir, exactamente igual que si hubiesen recibido durante la ceremonia de intercambio. Lo que se invierte en el intercambio y, de manera más extensa y abstracta, en el circuito de intercambio, no son bienes en sí, sino valores y virtudes. O, lo que es lo mismo, prestigio. Por ello, un intercambio es una ofrenda que se corresponde y un don es algo más que una mercancía valiosa. Un don es una mercancía prestigiosa. Una persona propietaria de dones es una persona rica y prestigiosa. Como los dones los ha recibido, está obligada a darlos, esto es, a reintroducirlos en el circuito. Dicha reintroducción le otorga un prestigio mayor y le resta riqueza material. En la ética de una sociedad heroica, uno de los pilares sobre los que se sostiene el rango social es el prestigio, de manera que poseer y no dar es un tabú moral. Como no se puede dar sin poseer, las personas implicadas en los intercambios son siempre potentados que acumulan valores en forma de bienes y obligaciones, los big men (Sahlins 1963; Ruiz-Gálvez 1998b: 50-52; Armada 2013: 283-285). Los big men no son, en principio, vitalicios ni hereditarios, sino que su rango social se basa en el prestigio personal. El prestigio de una persona no se pierde, pero puede ser superado por otra persona mediante diversos procedimientos y circunstancias. Un big man que ya no puede asistir a un forastero o necesitado pierde su status social y es automáticamente relevado por otro que sí está en disposición de asumir el papel propio de la élite que será, a su vez, quien reciba los keimēlia que están en circulación. Así pues, el big man es siempre el más pudiente, pero igualmente el más limitado (Sahlins 1983: 230-235). En la medida en que las élites sociales tienen no sólo el control de la circulación, sino también del proceso productivo, con el fin de evitar una proliferación de candidatos a la autoridad social, es preferible preservar la cantidad de keimēlia. Una cantidad estable de keimēlia garantiza la obligación de donar, porque en la ética heroica quien no da, no recibe a cambio. Una sobreproducción de dones, siempre y cuando esté controlada por las élites sociales, supondría una pérdida de valor material de los mismos y, lo que es más grave y de imprevisibles consecuencias, aumentaría el número de participantes en la red de intercambios, con lo que más personas con prestigio amenazarían la supremacía de la élite. Al mismo tiempo, una persona o grupo de personas que en una sociedad heroica controlase la producción y que se decidiese a producir para acumular sin dar salida a esa producción, quedaría automáticamente fuera de la ética imperante y, por tanto, de las relaciones sociales y económicas. Esto no significa que los keimēlia no se puedan fabricar ni que a lo largo del tiempo sean siempre los mismos. Lo relevante del dominio sobre los dones es que por medio de ellos se ejerce y exterioriza la autoridad de los big men encargados de garantizar el acceso a los recursos a toda la comunidad y, así, la subsistencia y la preservación de la paz social. Luego siempre y cuando el volumen y peculiaridades de los dones sea dominable, la comunidad estará en equilibrio. Por otro lado, debe diferenciarse entre hacer acopio de dones egoístamente y retirarlos de la circulación definitivamente. El primer caso es un tabú. El segundo caso puede responder a varias razones (Bradley 1988; 1990; Needham 2001). Destruir la materia bajo 418 ciertas circunstancias también constituye una acción heroica. Enterrarse con keimēlia o depositarlos en las aguas, por ejemplo, son dos formas de emplear adecuadamente los bienes prestigiosos ya que funcionan como ofrendas y amplifican su naturaleza sagrada al utilizarse en contextos institucionales para fines institucionales. Esta parece la interpretación más factible para los conjuntos áureos del Grupo Villena, para las ocultaciones de Berzocana o Sagrajas y para el depósito de la Ría de Huelva. Ahora bien, desde una perspectiva más materialista aunque no necesariamente profana, destruir keimēlia favorece la estabilidad del valor simbólico y material de los dones: al reducir el volumen en el circuito de intercambio, aumenta su valor. Así pues, la ética heroica es altamente conservadora desde el punto de vista material. Para modificar la ética y, por tanto, el volumen de producción, distribución y consumo, deben necesariamente modificarse las estructuras sociales. Con el desarrollo práctico de las costumbres y de la ética se van incorporando poco a poco leves alteraciones, en muchas ocasiones matices imperceptibles que, transcurrido un largo tiempo, suponen una transformación estructural. El conservadurismo ético de las sociedades heroicas explica la pervivencia de los valores y de la organización social. Sin embargo, esto no supone que la élite sea un estrato cerrado e inaccesible para el resto de los miembros de la comunidad. Limitar la amenaza de pérdida de autoridad no significa más que mantener el orden social, donde hay un segmento comunitario que ejerce de élite y otro segmento mayor que aspira a ser élite de manera natural. La adquisición del rango social y, por tanto, la participación en el circuito de bienes de prestigio es paralelo a la adquisición de prestigio. La rotación de la autoridad en el seno de las comunidades forma parte de la tradición y de la ética. A través de las redes sociales la circulación de bienes está institucionalizada. Las redes sociales actúan como un tejido de intercambios y distribución dirigido por un big man entre cuyas responsabilidades se encuentra la de cubrir las necesidades de su parentela y clientela. Los big men intercambian dones entre sí – intercambio horizontal – y con las personas con las que ha contraído unas ciertas obligaciones dentro de las redes que encabezan – intercambio vertical. Esta distribución en el interior de una red social tiene un procedimiento similar al de los intercambios entre las élites, pero los dones intercambiados no necesariamente son los mismos ni del mismo rango. Un modo de explicitar el rango de las relaciones interpersonales es el rango de bienes que se intercambian. Así, entre pares muy prestigiosos, es decir, entre big men se intercambian siempre dones de la más alta categoría moral y simbólica posible, mientras que entre individuos prestigiosos de diferente status los dones pertenecen a una categoría menor. Por ejemplo, los brazaletes áureos y los asadores articulados, a la luz de su distribución, parece que forman parte de una red muy extensa pero muy restringida y, por tanto, serían dones de primera categoría. Las espadas, en cambio, mucho más numerosas y con ciertas variedades regionales, denotan una categoría menor de los intercambios y, por tanto, de las personas implicadas. En consecuencia, los keimēlia no son siempre iguales, sino que dependiendo del contexto serán de una categoría u otra. El criterio que discrimina la categoría de los keimēlia es el rango social de los participantes en el intercambio. El criterio es, entonces, moral, como morales son los valores que representan los dones y las alianzas sociales que simbolizan. La élite social es el segmento que mayor capital moral y simbólico tiene 419                                                              acumulado gracias a la capacidad de sostenimiento de las redes sociales por un principio moral y material. El precepto de que los dones deban estar a la justa altura de los contextos impide que un don menor se intercambie por un don mayor. Sin embargo, forma parte de la ética heroica que el jefe sea generoso con sus clientes. Por ello, un individuo de alto rango puede entregar como exhibición de su autoridad un don mayor a otro individuo de rango inferior.3 De esta manera se aumenta prudentemente el número de poseedores de los más prestigiosos dones. Esto proporciona la oportunidad al receptor de integrarse en el circuito de bienes de prestigio y de ir mejorando su status. De esta manera, toda la sociedad está integrada en un proyecto común basado en la reciprocidad con vistas a la supervivencia. 3 En la Ilíada (6.235-236) aparece una curiosa nota sobre el valor de las armaduras que intercambian Diomedes y Glauco tras conocer que sus linajes están unidos por solidaridad (Finley 1999: 120-121). Zeus condenó a Glauco a la locura ya que el valor de sus armaduras áureas ascendía al centenar de bueyes, mientras que las armaduras de Diomedes, hechas en bronce, tan sólo valían nueve. Si bien lo lógico es que el auditorio debió de interpretar correctamente el sentido de las palabras del bardo, resulta difícil aclarar el sentido de este pasaje debido a una aparente contradicción contextual. El intercambio efectuado entre ambos héroes es un comportamiento digno de su rango moral, de tal suerte que tienen la obligación y el honor de preservar las buenas costumbres que sus ancestros adquirieron. Por su parte, el buey, tal y como se expone en otros pasajes homéricos (Il. 2.448-449; 23.702-705, 884-885; Od. 1.129-131; 22.57-58), parece que tuvo valor de cuenta en alguna época de la Antigüedad en el mundo egeo y, muy probablemente, también fuera de él. Sin embargo, por muy sagrado que sea el buey en la ética homérica, no parece coherente que los dos bienes entregados como dones puedan ponderarse ya que pertenecen al máximo rango moral y simbólico que nunca es cuantificable. Así pues, no hay una interpretación definitiva que conjugue coherentemente todos los elementos del pasaje en cuestión. En primer lugar, desde una perspectiva contextual, parece más razonable que Glauco ya hubiese perdido el juicio antes de su ofrecimiento. Claro que Zeus puede obrar como se le antoje, pero la pérdida del juicio a posteriori, tal y como así se relata, parece un castigo demasiado cruel para una torpeza en la que no sopesa bien el criterio de elección del don ofrecido ni del don recibido. Esta última apreciación puede ser el quid de la cuestión, ya que, por un lado, los dones no se eligen al azar, sino que su elección depende de varios factores entre los que se encuentra la circunstancia y, por otro lado, Glauco estaba en su derecho de aceptar o reprender a Diomedes por su ofrecimiento, ya que aquél había tenido la iniciativa del intercambio. En segundo lugar, tal vez la ponderación es una introducción tardía para actualizar y, de alguna manera, deslegitimar los comportamientos heroicos en una época en la que el intercambio era, principalmente, de mercado (Mele 1979; Tandy 1997; Kroll 2001; 2008b; Parise 2003: 53-70), reservando el intercambio de tipo heroico para circunstancias de corte ceremonial (Morris 1986). No se trata tanto de desmerecer los poemas homéricos que, no en vano, los griegos de Época Arcaica y Clásica consideraban como propios de su tradición cultural y, por tanto, de su ontología como pueblo, sino de hacer comprensible un episodio incomprensible para la ética de la polis. De esta manera, podría incluso pensarse que los griegos en un momento posterior al de la elaboración del núcleo poético de la Ilíada y la Odisea dejaron de comprender su significado original, de manera que tuvieron que recurrir a añadidos como éste para proporcionarle un sentido a los poemas. Igualmente, quizá el valor de los bueyes como instrumento de cuenta y cambio estuviese en vigor en el Período Heládico cuando ya había una incipiente ética de mercado (Feinman 2013) que desaparece tras el desmoronamiento de los palacios y de las redes que sostenían. La mención del valor cuantitativo de las armaduras sería plenamente interpretable como el valor cuantitativo de los diferentes metales, inexistente en la ética heroica. De esta guisa, el pasaje podría considerarse como un arcaísmo comprensible en todas las épocas como tal. Esta interpretación parece la más verosímil, si bien (una vez más) no es verificable. Una cuarta posible lectura es que el pasaje de Glauco y Diomedes sea una licencia fabulosa del poeta. La condición y el significado trascendente de los dones es un concepto sobradamente conocido por la sociedad heroica. Este conocimiento permitiría a Homero jugar a crear situaciones inverosímiles, más típicas del realismo mágico que la épica, sin por ello traicionar el espíritu de los poemas que, en último término, son literatura y lenguaje. Lo mismo cabría afirmarse de Telémaco rechazando los corceles que le ofrece Menelao: un don no se discute, por muy abrupta y reducida que sea Ítaca. En este sentido, los pasajes referidos serían una manifestación (más) del genio del bardo, capaz de aunar diferentes estilos y géneros en una única obra. 420                                                              Además de los dones existen otros bienes cuya circulación también está estrictamente reglamentada. Son los bienes de subsistencia y las personas. Todos ellos poseen valor moral, pero su inclusión en un intercambio está determinado por el contexto y la finalidad del mismo. Aunque todas las mercancías dispongan de valor absoluto e ideológico, existe una escala moral en todas las sociedades que dictamina cuáles son apropiadas y cuáles no lo son para según qué intercambio (Bohannan 1963: 248-253; Dalton 1977: 201-204; D’Altroy y Earle 1985: 188; Brumfiel y Earle 1987: 6; Kopytoff 1988: 71; Perea 1994: 7). En cualquier caso, la mayor parte de los bienes de prestigio circula de manera pacífica inmersos en flujos de intercambios rituales, lo que asegura la perpetuación de la ética heroica y proporciona la estabilidad y prosperidad a las comunidades. Otro modo de hacer circular los bienes de cualquier categoría es mediante la rapiña. La sociedad heroica es una sociedad de guerreros y, por tanto, el combate es un elemento intrínseco a su propia naturaleza y, cómo no, a su ética (Vandkilde 2006a: 520 522). Con independencia de que la rapiña justifique el ser social, a través de la rapiña se logra la adquisición de bienes sin el principio de la correspondencia y, lo que es más importante, contribuye a acrecentar el prestigio. Mediante la rapiña y el robo se suelen conseguir keimēlia, bienes de subsistencia elaborados o en bruto, ganado y, lo que es más llamativo, mujeres. Las incursiones violentas son acciones restringidas a los varones, de la misma manera que los partos son, por naturaleza, acciones restringidas a las mujeres. Una mujer en edad fértil y hermosa es un preciado botín, tal y como muestran mitos como el del rapto de las sabinas o el de Briseida, causa de la discordia entre Agamenón y Aquiles. Cada uno de estos ejemplos refleja los dos argumentos principales que justifican el rapto. El primero expresa que a través del rapto de mujeres se pretende cubrir la necesidad biológica de reproducirse y perpetuar los linajes cuando en una aldea el azar, la enfermedad y la guerra han diezmado sensiblemente la población femenina. En segundo ejemplo expresa que la mujer sirve igualmente como un bien que se exhibe, se posee y se disfruta para gloria del raptor como si de un trofeo se tratase.4 La rapiña, entonces, manifiesta el sentimiento de lucro de una sociedad que fundamenta la circulación de sus bienes en la reciprocidad expresada mediante el intercambio. Pero el afán de lucro no es inconsistente con la ética heroica, ni tan siquiera se contempla como un mal necesario. El lucro, a través de expediciones de saqueo, cubre una necesidad de riqueza difícil de obtener siguiendo los procedimientos y mecanismos habituales de circulación de dones y de derechos. Tales expediciones, como en general cualquier ámbito de combate, se ciñe a una necesidad social que, una vez más, está institucionalizada y, por tanto, teñida de misticismo y moralidad, ordenada por unas pautas y reconocida por las comunidades. La rapiña, al igual que el intercambio, es un acto social y económico al mismo tiempo amparado por la ética heroica (Il. 2.298). ­ 4 Las comunidades víctimas de la rapiña y saqueo no se eligen aleatoriamente. Es imprescindible que exista un criterio mediante el cual se distingan potenciales objetivos de aldeas intocables. Las redes sociales dictaminan quiénes son los amigos, de modo los excluidos quizá no sean enemigos, pero tampoco aliados. Es importante que siempre haya indiferentes y, sobre todo, enemigos declarados para legitimar los actos de rapiña. 421                                                              La rapiña y, de forma general, la guerra también funciona como un mecanismo de control demográfico. En una economía de subsistencia cada individuo significa un activo de trabajo indispensable pero, al mismo tiempo, también implica un gasto de bienes básicos y no siempre disponibles. Los códigos específicos de la guerra – de cada guerra – son incognoscibles, pero un exceso de muertes podría suponer la quiebra de una comunidad o de una red clientelar y, con ella, razón por la que las normas de la batalla adquieren una enorme importancia y. por tanto, convierten a la batalla en un acto ritual. Por otro lado, reducir controladamente la población cada cierto tiempo por medio del combate favorece la sostenibilidad de los grupos humanos al devolver el equilibrio malthusiano a la economía. Así, la ética justifica y regula todos los actos en los que la sociedad está inmersa y que están entrelazados como si de un nudo Borromeo se tratase. No obstante, conviene advertir que la ética, aunque de cumplimiento obligado en una sociedad conservadora y teñida de misticismo, no deja de ser una formalidad. Esto quiere decir que el código de conducta social nunca es tan riguroso que no pueda alterarse, para bien o para mal. Para bien porque una circunstancia concreta puede significar que, con el fin de garantizar la continuidad de la vida comunitaria, sea necesario incumplir o adaptar alguna norma. Porque las cosas cambian para que todo siga igual. Y para mal, porque incluso en la sociedad más estricta siempre existe un margen de libertad moral para satisfacer algún deseo personal que vaya contra el ideal social.5 Así nacen los héroes trágicos, víctimas de las contradicciones que les rodean. En definitiva, en estas páginas se expone lo que parece ser la mecánica conductual y moral de una sociedad de rango como las del Atlántico en el Bronce Final, lo que no significa que las comunidades vivan en un ambiente de cordialidad y felicidad plenas como los feacios de Esqueria en el que nada perturba la idílica paz cotidiana. Y, además, conviene considerar que la élite social mantiene su rango por la preservación de las tradiciones, pero igualmente su status le permite acomodarlas elegante y oportunamente a sus intereses según las circunstancias. A fin de cuentas todas las tradiciones, con el paso de los siglos, se transforman. No hay un único tipo de sociedad de héroes, sino que hay un modelo social heroico fragmentado en múltiples culturas cada una de ellas con sus matices. Por ello, tampoco hay una sola ética heroica. En este trabajo se pretende ajustar la ética heroica a las sociedades heroicas del Atlántico, aunque a buen seguro muchos de sus aspectos son imperceptibles e imposibles de analizar. En relación a este último apunte, parece adecuado recordar sucintamente que el intercambio ritual no sólo es un asunto exclusivo de sociedades heroicas, sino que también está presente entre las monarquías orientales (Zaccagnini 1979; 1987: 58-61; Liverani 1979; 2003b: 205 ss.; Aubet 2007: 97-134). Aunque lo más probable es que se trate de un reducto de otra época anterior y lejana, las relaciones entre los monarcas de las sociedades estatales se formalizan mediante intercambios de dones a través de los cuales consolidar y practicar su dominio moral y político. Tal intercambio de dones aúna propaganda, tributo, reciprocidad y redistribución. Los reyes tienen el monopolio personal de determinados recursos, servicios y conocimientos muy valiosos y estratégicos, lo que supone un factor diferencial con respecto al común de los miembros 5 Véase una interesante, breve y profunda reflexión con respecto a las desavenencias morales en una sociedad (pseudo)heroica en Sahlins 1983: 222-223, 234-244. 422 de la sociedad. Las regalías, esto es, los bienes de acceso vedado, justifican el dominio de los reyes y generan un entramado de relaciones sociales que conforman, en definitiva, las sociedades estatales. Las transacciones de piedra, cedro, animales exóticos, expertos y metales preciosos se disfrazan de intercambios de dones y, por tanto, de intercambios místicos. Esto no significa que la práctica del banquete ritual y del intercambio de regalos sea exclusivo de la monarquía. Los reyes tienen su propio circuito limitado a ellos mismos y unas ciertos recursos, las regalías. El resto de la sociedad se organiza en función de estratos más o menos cerrados, no del rango, de manera que es acusadamente jerárquica e inmóvil. Cada estrato es un circuito de intercambios y de relaciones interpersonales, algunas políticas y otras familiares, mientras que las relaciones entre los distintos estratos son siempre de carácter político igualmente a través de intercambios muy definidos. Estos intercambios regios representan y formalizan las relaciones internacionales oficiales. A través de ellos se logra establecer una relación de reciprocidad y, por consiguiente, un equilibrio dinástico. De alguna manera, tanto en Oriente como en Occidente el intercambio es una metáfora del orden social y un signo de prosperidad. En las sociedades heroicas del Atlántico que viven en aldeas y la autoridad radica en el prestigio y la posición en las redes sociales, los recursos son comunales y su beneficio está reglado por una ética en virtud de la cual se distribuyen ordenada y ritualmente con el propósito de reforzar los vínculos personales y perpetuar la comunidad y el orden cósmico. Los bienes circulan mediante el intercambio político y doméstico promovido por la élite, que es un mecanismo de redistribución interna justo y moral con el que se cubren algunas de las necesidades de la comunidad, así como se formalizan las relaciones intercomunitarias. Y, en la medida en que la élite heroica no es un estrato cerrado, sino que se asienta sobre la autoridad cambiante, potencialmente todos los miembros de la comunidad - o, quizá, sólo los varones - tienen opciones de desempeñar el honor y la responsabilidad de la élite, aunque las herencias faciliten la transmisión del rango. En resumen, el intercambio político es omnipresente en todas las sociedades que participan en grado variable en la Protocolonización, aunque según las características estructurales de cada sociedad el intercambio tiene un valor u otro. El intercambio protocolonial no pertenece ni a una red clientelar ni a una red familiar, sino a una red diplomática sostenida por big men y agentes varios orientales. 2. Dos sistemas El intercambio ritual es la acción y efecto de donar, recibir y corresponder. A través del intercambio se escenifican las relaciones interpersonales e intercomunitarias en un ambiente de sacralidad permutando dones que crean lazos morales y místicos entre los participantes para, así, incrementar su prestigio. Por tanto, el intercambio es un acto institucional y ético. Desde esta perspectiva, el valor material del intercambio queda relegado a un segundo plano en favor de su valor moral. Los dones están impregnados de valor de cambio y valor simbólico, ya que fueron fabricados y destinados para lucirlos temporalmente y para que circulasen perennemente. 423 Pero un don también tiene valor de uso. De hecho, tiene dos usos. En primer lugar, su uso puede ser directo, empleándose tal objeto dentro de un campo semántico determinado. Por ejemplo, una copa usada para beber vino o una espada para combatir. Por supuesto que tanto beber vino como combatir no son actividades cualesquiera, sino que forman parte del campo de acción de las élites quienes, a su vez, son las participantes en los intercambios de bienes de prestigio. El segundo uso es derivado, de tal manera que los dones, en su mayoría metálicos, pueden refundirse y reciclarse. De esta manera, tan importante como el valor simbólico y el valor de cambio del objeto es el material del que está fabricado. El triple valor de los dones es indisoluble. Sin embargo, el segundo modo de aprovechar el valor de uso del don puede llegar a reformular el concepto de intercambio dentro de la ética de las sociedades heroicas y, de paso, reorganizar las redes sociales. Por ello, parece razonable que sobrecargar los valores de cambio y, especialmente, simbólico significa sobredimensionar el papel institucional del intercambio en detrimento de funciones más prosaicas igualmente presentes en el día a día de las comunidades del Atlántico. Entonces, la importancia del triple valor del don debe ponderarse en su justa medida. 2.1. Predominio del intercambio El valor simbólico es el más destacado de un don, lo que inequívocamente significa que el intercambio ritual es siempre ideológico (Dalton 1977; Appadurai 1986b: 19-21; Mauss 2002; Hénaff 2013). Todos los dones, por el hecho de serlo, están dotados de un valor simbólico: son una extensión esencial del propietario, se emplean en un contexto institucional como el intercambio y representan un vínculo místico entre el dador y el receptor. Si un don careciese de este valor, no sólo perdería la misma condición de don, sino que la ceremonia de intercambio perdería su significado institucional. En definitiva, un intercambio político sin dones está fuera de la ética heroica. Por otro lado, la omnipresencia de los dones no es impedimento para que no se intercambien otros bienes no prestigiosos, lo que permite la inclusión de objetos cuyo principal interés es su valor de uso. El valor simbólico de un don le viene dado por la doble facultad de sellar una alianza y por asumir la personalidad del donante y acumularla en los siguientes intercambios. Este último componente imprime un carácter moral al don. Sin embargo, el valor moral no es exclusivo de los dones en un intercambio. De acuerdo con la ética heroica, el bien intercambiable que encierra un más elevado valor moral es una persona libre. Esto implica que en los intercambios de alto valor moral no siempre se trafica con dones en exclusiva, sino que también se hace con personas. Una persona libre no es propiamente un símbolo, ya que su valor intrínseco es idéntico a su valor extrínseco. Su valor moral es integral: no es lo que representa, es lo que es. Y en una sociedad de rango, ser equivale a pertenecer a una red familiar y a tener un rango dentro de la misma. En cierto sentido, una persona libre es una pertenencia con derechos de una red familiar, y solo dentro de ella puede ejercer sus derechos. Al margen de la prosperidad de la red familiar a la que una persona pertenece, las personas constituyen el fundamento de las mismas y su activo más significativo y con un valor moral más elevado. Entonces, el tráfico de personas sólo puede producirse en un circuito restringido a las personas de igual condición moral. Tal intercambio es un fenómeno normal y está normativizado. 424 Aunque los intercambios siempre son de carácter ritual, cada circuito tiene sus propias normas y procedimientos. Los enlaces matrimoniales son los más importantes, más frecuentes y con mayor carga moral ya que suponen un tráfico de derechos y obligaciones sagradas y legitiman la reproducción y la filiación de la descendencia. El apadrinamiento tiene la doble función de educar a los huéspedes en un ambiente social y en una artesanía, por un lado, y de fomentar la convivencia entre las familias de los implicados, por otro. El intercambio de especialistas sirve para satisfacer una demanda de conocimientos técnicos (artesanos, artistas, etc.), es decir: a pesar de intercambiar personas como mercancías, en realidad se intercambian servicios. Así pues, en el máximo nivel moral, un intercambio de personas es un rito en virtud del cual se legitiman los enlaces matrimoniales. Una vez aprobada la unión, cada familia a la que pertenece cada cónyuge adquiere parte de los derechos del otro, que incluyen el consilium et auxilium, así como el acceso a ciertos recursos materiales, especialmente las tierras y su usufructo. El enlace se consuma definitivamente a través de la descendencia del nuevo matrimonio, que reúne la sangre de dos familias. Así, por el enlace y la descendencia se crean, amplían e intensifican las redes de parentesco (Lévi- Strauss 1981; Goody 1990; Rowlands 1998: 143-148). Fig. 29: Personas en circuitos morales de intercambio. Pero en un enlace, a pesar de que los cónyuges son moralmente iguales y que vincula a dos familias, las condiciones para cada uno no son idénticas. La familia comprende la familia nuclear – matrimonio con hijos – y el linaje. El linaje es la tradición hereditaria, tanto de bienes materiales como de valores morales y de derechos. En una sociedad patrilineal, el linaje dominante es el del padre, mientras que una sociedad matrilineal, lo es el de la madre. Un enlace implica que uno de los cónyuges se incorpora al linaje del otro, de tal manera que los derechos familiares de uno prevalecen sobre los del otro. Por eso, a través de un enlace familiar los derechos que se transmiten de cónyuge a cónyuge y, por tanto, de linaje a linaje, no son totales, sino parciales. Así, de la misma manera que mediante un enlace se amplían los derechos por la red familiar, se jerarquizan quiénes tienen más o menos derechos dentro de la misma. 425 En una sociedad heroica los enlaces son estratégicos por cuanto las familias ganan derechos sobre las posesiones y las relaciones sociales. Una familia siempre intentará vincularse a otra igual o más prestigiosa con la finalidad de prosperar moral, política y económicamente, lo que en último término significa garantizar la subsistencia. Como todas las familias se incluyen en redes familiares, los lazos solidarios aseguran la cobertura de las necesidades. Por ello, un enlace mixto entre un marino mediterráneo y una mujer peninsular podría funcionar como una importante estrategia para ampliar las redes y proporcionarles una mayor fluidez de circulación de bienes y servicios a las respectivas familias de cada uno. Además, a nivel social supone una mayor integración entre las culturas de los contrayentes y, por tanto, un paso trascendental en la construcción de un proyecto común de dimensiones históricas, como parece que sucedió entre los griegos y los etruscos (Coldstream 1993). A través de un enlace mixto se podrían legitimar y facilitar igualmente los asentamientos en ultramar, lo cual podría estar de la fundación del kārum de Huelva. Así las cosas, un intercambio de personas en clave matrimonial es un intercambio de derechos. A pesar de su valor de cambio, una persona no es un bien de prestigio ni una mercancía, sino un elemento de enlace de máximo valor moral entre dos familias. Esto no significa que por necesidad los cónyuges deban someterse al arbitrio de sus familias, sino que una parte sustancial del criterio a la hora de formar nuevas familias es el establecimiento de una red social. Entonces, un matrimonio mixto supone la creación de un vínculo sagrado y un puente irreversible entre culturas. Y, derivado de ello, implica que las mujeres peninsulares constituyen uno de los elementos de mayor altura moral intervinientes en los intercambios. Tal vez esta elevada condición moral esté relacionada con las representaciones femeninas de algunas estelas. Igualmente, aunque en un enlace matrimonial desde el punto de vista ético lo importante sean los derechos, habitualmente también se produce una transacción de dones conocida como dote. La dote la entrega la familia del cónyuge que va a incorporarse al otro linaje y debe corresponder a los derechos que hay en juego (Goody 1990: 13-16; Ruiz-Gálvez 1992; Torres-Martínez 2011: 344-345). Los pretendientes a la adquisición de los derechos tienen necesariamente que estar en condiciones de corresponderlos con keimēlia, como bien relata Homero sobre la decisión de Penélope (Od. 1.275-278; 15.16-18). Luego los matrimonios siempre tienden al igualitarismo, incluso en sistemas poligámicos. Los intercambios de personas para enlaces matrimoniales y de dones pertenecen al orden moral. Pero mientras que las personas sólo tienen valor moral, aun siendo el más alto según la ética heroica, los dones tienen también valor simbólico. Volviendo a los dones, de manera razonable cabe distinguirse dos clases: los que tienen por sí mismos valor de uso y los que no lo tienen. Esta hipótesis es imposible de verificar en el registro arqueológico y, como tal, es altamente especulativa. Pero tampoco hay ninguna razón para negar su existencia habida cuenta de que el mundo heroico es un mundo muy ritualizado y místico. 426 Los dones que tienen valor de uso constituyen una parte esencial en el intercambio, a pesar de que también simbolicen las relaciones interpersonales que siempre son importantes. Por su parte, los dones que no tienen valor de uso cumplen de manera exclusiva una función simbólica y, por tanto, su valor simbólico es máximo. Debido al valor moral de los dones, esta clase nada más que simboliza el intercambio o, lo que es lo mismo, una alianza interpersonal. Así, no tiene sentido alguno su acumulación y su exhibición podría ser igualmente baladí. El objeto intercambiado representa la correspondencia y la instauración o pertenencia a una red social. En este caso hipotético, el intercambio como acto institucional se situaría por encima de los dones intercambiados. Los dones simplemente sancionan la creación de pactos mediante los cuales se crean las redes sociales. Las redes sociales permiten a sus miembros la libre circulación y actuación ateniéndose a ciertas normas. Así pues, disponer del don adecuado institucionalmente aceptado permite convertir la red social en un circuito de intercambio. Por otra parte, en la medida en que las redes sociales están compuestas por seres humanos que habitan en comunidades, la movilidad dentro de una red social equivale a la movilidad por una red de comunidades, confiriendo al circuito de intercambio una territorialidad y, por tanto, integrando no sólo las personas, sino el territorio. En consecuencia, la repetición de los mismos objetos dentro de las culturas arqueológicas y de los complejos culturales se podría interpretar como una suerte de sello o de justificante de los intercambios efectuados por una sociedad que comparte un mismo lenguaje en las relaciones intercomunitarias. La posesión de esta clase de dones de exclusivo valor simbólico otorga a su poseedor el privilegio o el derecho de poder participar en un cierto circuito de intercambio de ámbito regional. Por ello, la proliferación de los mismos objetos en una región concreta podría revelar la existencia de una suerte de divisa intercomunitaria e, incluso, interregional reservada para una minoría social que los posee, la élite (Codere 1968). Este circuito restringido de intercambio se solapa parcialmente con otros circuitos más abiertos socialmente aunque más cerrados geográficamente en los que circulan otro tipo de dones. En síntesis, los dones de máxima categoría simbólica funcionan como divisas en una ruta de intercambio que no es otra cosa que una red social. La divisa es la manifestación material de un código de intercambios entre personas iguales según un criterio determinado en una sociedad heroica, tanto de ámbito local como regional e interregional. La divisa es un concepto económico (y social) que necesariamente debe ponerse en relación con los discutidos conceptos de moneda y dinero, así como con los modos de intercambio (Codere 1968: 557-561; Galán y Ruiz-Gálvez 1996: 152; Thompson 2003: 67­ 68). Una divisa es, ante todo, un símbolo reconocido formalmente por una sociedad como elemento de transacción, propio o ajeno. Su valor es, por tanto, simbólico, con independencia del procedimiento de la transacción, de los bienes que se intercambien y del signo en el que el símbolo se materializa. Cualquier objeto podría funcionar como una divisa siempre y cuando sea reconocido como tal. Por su parte, dinero es un elemento intercambiable con valor relativo, sirve como medio de pago y su valor es preeminentemente material. El valor material se fundamenta en la cualidad del elemento (v. gr.: arroz, sal, cacao, oro, etc.), que al margen de su empleo en las transacciones habitualmente también tiene un destacado valor de uso, y en la 427 cantidad o peso del elemento puesto en circulación. El peso es cuantificable y, por tanto, relativo, de manera que es posible establecer equivalencias entre el elemento dinerario y otros elementos venables. Por último, la moneda se define como una pieza metálica acuñada de peso determinado, intercambiable por otro producto de igual valor relativo. Con este significado, la moneda no hace su aparición en la Historia hasta el siglo VI a.C. en Lidia-Egeo oriental (Thompson 2003: 68-69), facilitando las acrecentadas transacciones mercantiles de la región y siendo el más reciente de los tres conceptos. Tanto en un intercambio de dones-divisa como de personas, lo importante en sí no son los elementos puestos en circulación, sino la alianza instituida. Por ende, el significado del intercambio es netamente moral, a pesar del rédito material que puede esconder. A través de un intercambio de estas características es también como se obtiene el consentimiento para fundar un asentamiento en un lugar lejano y, probablemente, el establecimiento de puertos de paso para viajeros que recorren largas distancias. Es decir, a través de los intercambios interpersonales se generan redes diplomáticas que generan rutas y redes de distribución intrarregionales. Alcanzar una alianza social proporciona prestigio para sus promotores. De hecho, la búsqueda del prestigio puede estar detrás de la mayor parte de los intercambios, ya que el prestigio personal es uno de los criterios que confieren la posición dentro de una red social, especialmente clientelar. Y las personas prestigiosas intercambian mercancías de prestigio. Los poseedores de las mercancías de prestigio son quienes proporcionan prestigio a las mercancías. A su vez, la posesión de mercancías de prestigio es lo que proporciona prestigio a los poseedores, si bien no por el mero hecho de su posesión, sino por la capacidad moral de poseerlos y obtenerlos. Por tanto, poseer bienes de prestigio es una consecuencia y no una causa de la disposición de prestigio. El prestigio se gana y se acumula en tiempos de paz y de guerra. Se gana prestigio y se es prestigioso durante toda la vida. Y a través del prestigio se gana autoridad. La autoridad se gana, se atenúa y, a veces, también se pierde. En la paz el prestigio se adquiere administrando la hacienda con sabiduría y justicia, creando y manteniendo lazos de fidelidad mutua con personas de la misma comunidad y de distintas comunidades, multiplicando las cabezas de ganado y, en definitiva, generando una situación desinteresada de dependencia hacia uno mismo. El prestigio es, en resumen, el capital ideológico de una persona reconocido por los demás miembros de la sociedad. Ser prestigioso conlleva parecer prestigioso y, por tanto, significa ejercer ciertos derechos y obligaciones considerados honores. Por ejemplo, el prestigio permite y obliga a encabezar los actos institucionales que cohesionan la sociedad como los sacrificios y las fiestas agrícolas, así como también permite y obliga a encabezar el combate. Precisamente es el combate el contexto más efectivo de obtener prestigio (Torres- Martínez 2011: 395-397), ya que en una sociedad de guerreros el combate es una estructura y, en según qué circunstancia, una práctica institucional (Van Wees 1992; Vandkilde 2006a; Earle 1997: 105-110). En el duelo individual y en guerra abierta, el héroe se expone al triunfo y al fracaso, y de esta manera cumple con su papel de referencia social y aumenta su autoridad. En la victoria, el prestigio proporciona el derecho de 428                                                              reclamar el botín y la obligación de ser espléndido con quienes comparten lazos de fidelidad repartiéndolo.6 Esta obligación es la contraparte de la devotio de los clientes. Otro medio de adquirir prestigio es venciendo en competiciones rituales, como los juegos organizados a la memoria de Patroclo (Il. XXIII). Además, tal y como relata Homero, también es un medio de adquirir bienes de prestigio y reforzar las relaciones sociales. El prestigio, por tanto, es un reconocimiento social a la valía de un individuo, el héroe. Odiseo, el prototipo de héroe homérico, es el más diestro en el manejo del arado y del arco o, lo que es lo mismo, es el mejor en la paz como administrador y en la guerra como campeón. E, incluso, entre sus iguales destaca en el lanzamiento de peso. Es el mejor y, por tanto, el más prestigioso y, por tanto, ostenta la autoridad. Sin embargo, Odiseo pertenece a un contexto cultural en el que hay una diferenciación por estratos en la sociedad, lo cual, a la vista del repertorio arqueológico, no parece ser el caso en el Atlántico en el Bronce Final. Nuevamente según Homero, el don o keimēlion es un tipo de bienes de prestigio. Hay otros bienes de prestigio, los agalmata, que se acumulan y exhiben, pero entre sus funciones no figura la de circular (Parise 2003: 26-27, 34-36, 46-47). Una persona prestigio está en posesión tanto de keimēlia como de agalmata. El registro arqueológico del mundo atlántico no permite adivinar cuáles objetos son los agalmata, aunque por sus características de algún modo podría atribuirse esta función a las estelas: bienes inmuebles que representan el prestigio y la autoridad individuales. Los dones, en cambio, son mucho más sencillos de reconocer: todos los objetos distribuidos en toda la extensión del Atlántico que se prestan a poseerse personalmente pueden funcionar como dones. En definitiva, todos los artefactos móviles son dones en potencia. Pero la categoría de los dones varía según el status de las personas y el status moral de las relaciones entre las personas. Por ello parece verosímil que existan diversos circuitos de intercambio, horizontales y verticales, cada uno de ellos con su serie respectiva de dones. Así, un don sólo puede intercambiarse por otro don de similar valor moral y status. Un don se corresponde con otro don o con un servicio a la misma altura moral. Un don, por tanto, tiene valor “preferente” o absoluto y no relativo o, dicho de otra manera, tiene dignidad y valor (especialmente ideológico) pero no precio. Como los dones están impregnados de la virtud del poseedor, a mayor prestigio del poseedor, mayor prestigio 6 A punto de llegar a Ítaca, los compañeros de viaje de Odiseo decidieron apropiarse de los regalos que el héroe había recibido de Eolo resentidos por no haber adquirido ni botín ni ganancia alguna tras la guerra en Troya. Al abrir el odre desataron los vientos y las borrascas que los alejaron de su patria y que, al final, les impidieron a todos excepto al propio Odiseo llegar a casa (Od. 10.1-79). Tal pasaje se muestra un tanto contradictorio ya que no ofrece una imagen digna del ingenioso Odiseo siempre bien parado. Al quebrantar el orden moral del reparto de bienes – es a Odiseo a quien corresponde el reparto según su criterio y no sus clientes quienes deben adueñarse de las posesiones del big man movidos por el ansia, la desesperación y la codicia -, se rompe el orden social y todos los viajeros son condenados a ser rechazados por Eolo, a deambular a la deriva y a morir. Si bien los compañeros de Odiseo son los ejecutores de la artimaña, es deber del propio Odiseo cuidar de sus bienes y elegir bien a sus guerreros que velan por él mientras duerme. Odiseo no reparte el botín a tiempo y sus compañeros pecan de impaciencia. La apertura del odre es una metáfora de funestas consecuencias de la ruptura de los lazos de fidelidad entre Odiseo y sus clientes. Tal vez la Odisea pueda interpretarse como la redención del héroe en un largo viaje para revertir el orden social y moral luego de haber desatendido su papel social de patrón. 429 del don. El historial de poseedores de un don es parte esencial de su valor, ya que reúne las virtudes de todas las manos por las que ha pasado. Por este motivo, los dones tienen biografías (Finley 1999: 147; Kopytoff 1988; Gosden y Marshal 1999; Whitley 2002: 220-221; 2013; Crielaard 2003; Knapp 2006: 53-57). Como consecuencia lógica, una biografía más extensa confiere al don un prestigio mayor. Igualmente, recordando la biografía de un don se explicita, según la lógica de una sociedad heroica, cuyos conocimientos se transmiten siempre de manera oral, su antigüedad. Pero el prestigio del don también puede ser fruto de otros factores que, en ocasiones, se valoran conjuntamente. Así, un don originario de un país lejano es más apreciado que un don de producción local; un don muy elaborado es más apreciado que un don simple; un don fabricado de una materia prima exótica es más apreciado que uno fabricado de materiales comunes; un don con propiedades mágicas naturales es más apreciado que un ordinario; un don escaso es más apreciado que un don frecuente; un don relacionado con un rito es más apreciado que otro profano; y muchos otros factores que, en el imaginario heroico, denotan una cualidad que distingue a los dones de los demás objetos. El status de un don se hace patente en, primer lugar, en la red por la que circula y, en segundo lugar, en la razón por la que circula. Hay tres redes básicas – familiar, clientelar y diplomática – y en cada una de ellas hay diversas circunstancias que conllevan la circulación de bienes y, por tanto, la elección de una cierta categoría de bienes circulantes. El contexto en el que mejor se observa dicho status es en el reparto del botín. Quizá sea el acto más sobresaliente en el que un big man o campeón ofrece de manera medida y ritual los bienes que le corresponden por derecho a quienes le han apoyado en la campaña, es decir, quienes le han prestado un servicio obligado. El derecho del big man es también el derecho de la clientela por razón de ética, de manera que un big man que cumple con las premisas éticas refuerza su prestigio y autoridad. Como la asignación del botín es mesurada, al caudillo o caudillos en calidad de campeones les corresponde una parte mayor o los bienes más valiosos y prestigiosos. Los bienes restantes, al margen de las características de cada uno, por el hecho de no quedárselos el primero que elige, pertenecen a una categoría moral menor. Esta distinción por categoría moral es la más resaltable entre la variedad de dones. Sin embargo, según el contexto el que se produce el intercambio o la ofrenda, el status no es el único criterio de elección de los bienes. Un don que en un cierto circuito y circunstancia puede ser óptimo, en otro contexto podría estar fuera de lugar. Así pues, la elección del don no sólo depende del status del don, de los participantes y de la circunstancia, sino del tipo de bien. Los dones, como cualquier otro bien, cobran sentido en el contexto en el que circulan. Cuando Telémaco rechaza los corceles que Menelao le ofrece, éste los sustituye por una copa de plata de célebre biografía (Odisea 4.601 619). No se trata de que los corceles equivalgan a la copa, sino que ambos bienes son dones adecuados para reafirmar la relación entre héroes de alto rango en una circunstancia de hospitalidad. Así, Menelao podría haber ofrecido otro tipo de bienes, pero a buen seguro no le habría ofrecido a Telémaco bueyes ni alimentos, a pesar de que la expedición de Telémaco debió avituallarse en Esparta para continuar su viaje a cuenta del propio rey de la ciudad y que, tal vez, dichos alimentos pudiesen funcionar igualmente como dones dada la circunstancia. ­ 430                                                              Sirvan de ejemplo los bueyes para la cuestión del tipo de bienes. Los bueyes forman parte del ganado productivo y valen tanto como elemento de tiro como de despensa. Tienen, por tanto, interés económica, pero no social o, al menos, su interés económico se superpone a su interés social. Esto significa que en una transacción en la que vayan implícitos aspectos relacionados con la riqueza en sí, los bueyes sí ostenten un significado más determinante. Por ejemplo, en la medida en que en un enlace matrimonial se produce una transacción de derechos sobre tierras, una dote consistente en cabezas de ganado podría ser adecuado (Il. 18.593). Y como un enlace es un intercambio moral, los bueyes adquirirían un papel simbólico y moral. Sin entrar en detalles ni discusiones, Laum propuso que el buey era una unidad de medida en la sociedad homérica y prehomérica del Egeo (Parise 2003: 28-31, 33-43, 48­ 50). Su argumentación se sostenía en que el buey es la víctima sacrificial por excelencia en muchas culturas, incluida la sociedad de rango egea, de manera que por su esencia mística universalmente aceptada el buey se convertía en una referencia idónea para establecer equivalencias y, por supuesto, para los intercambios.7 Posteriormente y de acuerdo con Laum, el valor transaccional del buey fue asimilado por los asadores que no son otra cosa que útiles de banquete en los que se ensartaban pedazos del buey. O sea, que la esencia del buey pasaba al asador u obelos, que en grupo de seis se denomina drakma. Luego el buey es un elemento que aúna valor práctico, valor de cambio y valor ideológico elevadísimos, alzándose como uno de los dones supremos en la Antigüedad. De todo ello emerge una pregunta y se desprende dos conclusiones. La pregunta: ¿el concepto de valor es consecuencia de la permuta o del sacrificio? (Peacock 2011b). Las conclusiones: por un lado, que en un intercambio pueden fluir bienes de distinto valor moral aunque los de menor categoría se excluyesen del rito. Es más, parece lógico y normal que la circulación de dones comprendiese el tráfico de otras mercancías no prestigiosas, como los alimentos de avituallamiento. Por otro, que (casi) cualquier bien puede disponer de un alto valor simbólico y moral siempre y cuando se ajuste a las exigencias de la circunstancia en la que se produce el intercambio, por ejemplo los alimentos no consumidos en un sacrificio. Así pues, incluso cuando los códigos simbólicos entre dos culturas que se encuentran en un intercambio son diferentes, si los dones cumplen con lo que se espera de ellos la transacción es exitosa. A fin de cuentas, en un intercambio, desde el punto de vista ideológico, lo verdaderamente importante es la creación de un vínculo místico entre los participantes. Atendiendo al registro arqueológico del Atlántico, la proliferación de armas, objetos de estética personal, herramientas y utensilios de banquete de la misma tipología apunta a que durante el Bronce Final estos artefactos funcionaron como dones que circularon entre redes sociales muy extensas, por lo que su valor ideológico fue de máxima categoría en el contexto de las relaciones interregionales. Este tipo de artefactos, además, aparece en algunos contextos rituales, como ofrendas y enterramientos, lo que inequívocamente revela que gozaban de un status elevado así reconocido por las gentes del complejo cultural atlántico. 7 Véase la nota 3 del presente capítulo sobre la equivalencia en bueyes de los dones. 431                                                              La diseminación de los mismos artefactos por todo el Complejo Cultural Atlántico implica la existencia de un código simbólico común en lo referente al intercambio. Dicha koiné es perceptible no sólo a través de los artefactos, sino de una cuestión tan ideológica como la funeraria explicitada mediante la ausencia de cementerios (Ruiz-Gálvez 1987: 252; Belén y Escacena 1995: 102-111). Por tanto, la koiné simbólica lo es también cultural, a pesar de las divergencias regionales. Que los dones conservados en el registro arqueológico sean casi todos ellos metálicos no significa que en el flujo de dones se excluyesen bienes orgánicos, como el ganado u otros objetos fabricados a partir de vegetales y animales – pieles, cestería, bebidas alcohólicas etc. (Knapp 1991). Parece razonable que los objetos intercambiados puedan clasificarse no sólo por sí mismos, sino por la circunstancia en la que se produce el intercambio y el rango de los participantes, lo que deriva en que el procedimiento de la transacción también sea distinto de un intercambio a otro. De esta manera, procedimiento, rango social de los participantes, circunstancia y mercancía son los cuatro variables indisociables que permiten una clasificación de cada uno de ellos y de todos en conjunto.8 Sin embargo, algunos de los elementos intercambiados son difíciles de clasificar por cuanto no son corpóreos, sino ideas y conocimientos, y su soporte son seres humanos (Zaccagnini 1983; Lemos 2003; Michailidou y Voutsa 2005). Los seres humanos tienen un valor inmenso en la ética heroica y su intercambio no se produce en los mismos términos que los de un objeto, por muy prestigioso que éste sea. Pero, al mismo tiempo, las personas están sujetas a las redes y, especialmente, a la familia, fuertemente conservadora, de manera que ni el status moral de los individuos es igualitario en una comunidad, ni la iniciativa individual para desligarse de la ética, de las redes y del orden social puede desarrollarse. La libertad “cósmica” que gozan los individuos en la sociedad moderna está completamente ausente de la lógica heroica y, por tanto, de la ética y de la razón práctica. Los poemas homéricos reflejan la existencia de esclavos en el oikos. Si en las sociedades atlánticas hubiese esclavos, quizá estos puedan considerarse como dones ya que son propiedades y, por tanto, tienen una biografía, y también porque su valía se ciñe a sus conocimientos esotéricos y mágicos aplicados a su trabajo, algo impropio de un bien común. Pero no hay indicio alguno que apoye esta hipótesis, habida cuenta de que en 8 Kristiansen y Larsson (2006: 53-55) distinguen entre tres categorías de bienes circulantes: ítems personales, bienes de prestigio y bienes comerciales. No está clara la diferenciación entre las dos primeras – “Los bienes de prestigio pueden ser personales (ornamentos, armas) o rituales y sociales especiales (como las ánforas, las copas para el consumo de vino, los instrumentos musicales, etc.)” –, mientras que la tercera, “una categoría difícil”, engloba objetos de muy variada composición y función. Un intercambio heroico tiene siempre y en todo caso un componente moral y simbólico que dictamina y, a su vez, está dictaminado por otros factores presentes en todos los aspectos de la vida. Incluso en las sociedades orientales con primacía del valor práctico en muchas transacciones, el valor ideológico de los objetos viene determinado por las circunstancias que envuelven el intercambio. Así, aunque ninguna clasificación de las mercancías es enteramente satisfactoria, parece imprescindible para tal fin sopesar todos los factores éticos que se expresan en el intercambio. Más interesante resulta la clasificación propuesta por Gernet (Parise 2003: 25-28) y luego Parise (ídem) a partir directamente de la nomenclatura homérica para ciertos bienes que, de manera general, en estas páginas son referidos como keimēlia. Estos investigadores distinguen cuatro categorías: a) keimēlia propiamente dichos, definidos como bienes de prestigio empleados en los intercambios rituales; b) apoina, bienes empleados como compensación por un agravio para restablecer la justicia inicial; aethla, premios ofrecidos a competidores en pruebas atléticas; y d) agalmata, todos los bienes que denotan prestigio y que, además de englobar a los tres anteriores, también incluyen los bienes inmuebles y a las personas. 432                                                              las aldeas atlánticas del Bronce Final no se identifican grandes casas de campo con capacidad de desarrollar el proceso productivo de los bienes y de almacenarlos, así como de albergar a todas las personas que participan en él. Si no hubiese esclavos, como parece que es el caso, la explicación del arraigo de ciertos conocimientos nuevos en el mundo atlántico es más dificultosa y requiere una interpretación más extensa y prolija que el intercambio tal y como se ha venido exponiendo. Sea como fuere, con la progresiva llegada de elementos mediterráneos a la Península Ibérica en el Bronce Final aparecen algunos indicios de la introducción de seres humanos. El más llamativo de todos ellos es la lira,9 recogida en algunas estelas, ya que no hay ninguna evidencia anterior de nada similar entre las comunidades peninsulares. Tañer la lira precisa de un dominio técnico del instrumento y de una sensibilidad artística sólo expresable a través del mismo. La música es tan antigua como los seres humanos, pero la introducción de la lira implica la introducción de un nuevo estilo musical integral que no puede adquirirse simplemente mediante el traspaso del instrumento de un grupo humano a otro. Requiere, por tanto, de un intérprete. Y lo mismo sucede con otros elementos mediterráneos que indican un tráfico de conocimientos en paralelo al tráfico de objetos. Es importante no olvidar que los dones viajan porque viajan las personas, y con ellas viajan también conocimientos como los que demandaba Telémaco en las cortes de Néstor y Menelao que, incluso sin ser técnicos, tienen un valor trascendental en la figura del héroe. El dominio sobre los conocimientos se hace a través del dominio sobre las personas, aunque quizá no se trate de una tenencia, sino de una relación de dependencia entre el big man y el especialista integrada en las redes sociales. Así pues, las personas, con motivo de sus conocimientos y habilidades, también forman parte del tráfico de mercancías, sin poder aseverar si lo hacen como dones o como otra clase de bienes. De los bienes que de los que no cabe duda sobre su condición como tales son los objetos perceptibles en el registro arqueológico cuya extensión territorial es notable. La omnipresencia de dones metálicos apunta a que la fabricación de objetos en metal es un síntoma de prestigio. Esto significa que la posesión de minas y de conocimientos metalúrgicos es muy importante para la sociedad atlántica, de tal manera que un big man no sólo debe disponer a través de las redes sociales del acceso a los circuitos de intercambio de manufacturas metálicas y su consiguiente consumo, sino también a las materias primas y al proceso de fabricación de los artefactos metálicos (Earle 1997: 67-75). Sólo así es capaz de controlar las materias primas estratégicas y el volumen de dones que entran en circulación y, con ello, acrecentar su prestigio. En fin, los productos metálicos son apreciados como símbolos del rango social, lo que los convierte en dones básicos en las redes sociales. Pero, al mismo tiempo, son apreciados por su material de composición, de manera que su prestigio radica tanto en el artefacto en sí como en su composición. Por tanto, se puede descubrir una suerte de equivalencia entre el artefacto y la materia prima, lo que irremisiblemente conduce a concluir que el flujo de dones es un flujo de materia prima, especialmente bronce y oro en el complejo atlántico. 9 Véase el apartado 2 del capítulo 7 sobre las liras representadas en las estelas. 433 El valor ideológico del don y la alta apreciación del material de fabricación, sin embargo, no están reñidos con el valor práctico directo del don. La abundante aparición de espadas del mismo tipo en el Bronce Medio y Final entre el Círculo Nórdico y las comunidades nordalpinas revela que estos objetos circulaban como dones entre ambas sociedades, lo que quizá pueda relacionarse con la existencia de dones-divisa. Al margen de ello, dichas espadas tienen huellas de uso en el combate, lo que igualmente revela un alto valor moral al formar parte activa del campo semántico heroico por antonomasia (Kristiansen 2002). En la red atlántica se intercambian dones cuyo valor principal es la materia prima y también materias primas cuyo valor principal es su forma simbólica y moral de don. En la ética heroica del complejo social del Atlántico no es posible discernir entre materia prima y símbolo en los dones metálicos. Hay otros dones no metálicos a los que les puede suceder algo similar, pero el caso de los metales es especialmente notorio debido a que una de sus cualidades es la de la del reciclaje. El metal puede refundirse y así elaborarse nuevos objetos. A través del proceso de reciclaje se produce una amplificación y ahorro de los bienes, porque de un objeto viejo sale otro renovado sin necesidad de iniciar todo el ciclo económico de extracción, producción, distribución y consumo. Y, además, permite producir una evolución estilística modificando detalles de las piezas originales. Reciclar metal es, entonces, uno de los más importantes modos de incentivar el dinamismo de las transacciones. Por tanto, a través del reciclaje de dones metálicos se adaptan los bienes a los gustos y querencias de los poseedores y de los nuevos tiempos renovando el repertorio artefactual de la cultura. Como contrapartida, un don reciclado pierde su valor moral, ya que el objeto en sí funcionaba como una extensión del alma y de las virtudes de sus anteriores poseedores. En la esencia mística del don se incluye lo viejo, lo tradicional, de manera que a través de su intercambio los participantes se incluyen en la tradición que es una de las señas de identidad más importantes en la cultura. Los bienes de prestigio no sólo sirven como un soporte de la memoria por cuanto han pertenecido a diversas personas prestigiosas, sino porque a través de ellos se manifiesta un vínculo entre lo actual y lo ancestral. Por eso los objetos que funcionan como dones se emplean también en los ritos, ya que mediante éstos se conmemora un suceso trascendental y fundacional de la sociedad volviendo al tiempo del mito. Al destruir un don se destruye un nexo con la tradición, por tanto, con la cultura y, en algunos casos, puede simbolizar la ruptura de una alianza interpersonal. Pero, por otra parte, en la medida en que el nuevo artefacto producto de la refundición pertenece personalmente a un big man miembro de una cultura ancestral, aquél vuelve a adquirir valor moral y a integrarse en la cultura. Así, el nuevo objeto puede ser (re)introducido en el circuito de intercambio con todo el valor ideológico propio de un nuevo bien de prestigio. La introducción de objetos nuevos en los circuitos de intercambio tiene un doble significado. Por un lado, proporciona un mayor prestigio al introductor (que es donante y oferente) por cuanto los objetos raros normalmente suelen ir acompañados por una carga simbólica adicional. El objeto raro puede ser creado ex novo, como los asadores articulados y los ganchos complejos típicos del juego de banquete atlántico, o puede incorporarse al circuito procedente de otro circuito a través de la red diplomática o de la rapiña, como las fíbulas y las hachas de enmangue directo. Por otro lado, la 434 adaptación estilística y técnica a los cánones ideológicos imperantes es síntoma de la competitividad de las élites sociales que si bien buscan preservar y proteger las tradiciones, también buscan destacar por su contribución a la comunidad con bienes bonitos y muy elaborados, lo cual aporta, una vez más, un prestigio enorme. Y así es, entre otros modos y razones, como se transforma la tradición. En todo el Atlántico en el BF III apenas aparecen objetos de cobre puro y de estaño puro (González de Canales y otros 2004: 150-151 láms. XXXVIII.9, LXIV.20; Roberts y Veysey 2011; Wang y otros 2016) y, sin embargo, en ninguna región coincide que haya afloramientos de estos dos metales en cantidad suficiente como para explotarse masivamente. El hecho de que no estén presentes en el registro arqueológico no significa necesariamente que no existan, pero resulta llamativo el contraste brusco entre la práctica ausencia de objetos de estaño y de cobre con respecto a la proliferación de objetos de bronce binario. Así pues, tanto el cobre como el estaño, especialmente el primero, debieron circular en forma de lingotes para rápidamente ser refundidos y aleados en talleres dispersos a lo largo de todo el Atlántico (Lucas y Gómez Ramos 1993). Esta imagen contrasta bruscamente con lo que sucede en el Mediterráneo oriental, donde los lingotes de metal puro y otras materias primas en bruto circulan junto a bienes elaborados y muy prestigiosos a la par que chatarra en rutas largas inmersas en las redes de suministro (Artzy 2000; Sherratt 2000; Yalçin y otros 2005). Tartessos se configura como el principal proveedor de cobre en el mundo atlántico (Ling y otros 2014: 121-123). Este metal se pone en circulación a través de las actividades extractivas y productivas acaecidas en las aldeas tartésicas. El circuito de abastecimiento del cobre, primero como mineral para procesarse y después como lingote, es una creación de las familias tanto por sus dinámicas internas dentro de la red familiar como externas dentro de la red clientelar. No hay aldeas especializadas en la metalurgia y aunque el grueso de estas actividades se concentre en los poblados del entorno de las minas y en las propias minas (Craddock 2013), también hay talleres de fundición en los principales lugares de (re)distribución. Chinflón (Zalamea la Real, Huelva) (Pellicer y Hurtado 1980; Craddock 2013: 420-424) y Córdoba (Marcos 1978-1980: 418) son claramente dos de estos lugares y, a juzgar por la presencia de toberas, de restos de paredes de hornos metalúrgicos, crisoles, escorias y moldes de fundición, parece obvio que Huelva también lo sea (González de Canales y otros 2004: 145-151. Huelva, al igual que cualquier otra aldea inmersa en una sociedad heroica, vive del autoconsumo con el apoyo de las redes familiares y clientelares que facilitan la circulación y suministro de bienes comestibles elaborados y de otros recursos. Pero Huelva, además, por su emplazamiento junto a la ría en la que desembocan dos ríos cortos que comunican con el interior montañoso y minero, goza de una posición idónea para ejercer de centro de una red que aglutina varias redes sociales que enlazan las distintas comunidades la región (Gómez Toscano 2006: 26-38). El impresionante depósito de la Ría de Huelva formado por cientos de objetos de prestigio confeccionados algunos en el Mediterráneo oriental y la mayor parte en talleres atlánticos luego de diversos pasos evidencia la centralidad de esta gran aldea en el BF IIIA. Tales pasos comprenden la obtención de lingotes de metales elementales, su posterior refundición para obtener aleaciones bajo la forma de dones y, por último, su refundición para obtener los objetos presentes en el depósito que seguramente fueron creaciones tartésicas. 435 Entonces, algunos de los dones metálicos con valor de uso tienen la función de abastecer de metal a las comunidades con la finalidad de fabricar nuevos objetos de prestigio. En este caso el valor de uso sirve de base para la ganancia de prestigio y, por ende, para el sostenimiento de las redes sociales. El intercambio ritual es el modo de distribución de las materias primas estratégicas bajo la forma de objetos elaborados. Por ello, en una sociedad heroica ciertos dones tienen la función de lingotes con la que satisfacer la demanda de metales interna. En el BF III en las comunidades del Atlántico la demanda de bronce y, en menor medida, de oro alcanza su culmen merced a lo cual la producción de objetos de estos metales se incrementa sustancialmente y el tráfico experimenta una intensificación. Es muy probable que un crecimiento demográfico contribuyese a la generación de esta coyuntura, pero no cabe duda de que las élites sociales tenían una competencia más feroz que en épocas anteriores. Si la competición interna supuso una centralización o una descentralización de la autoridad es otra cuestión a la que se intentará dar respuesta más adelante. En cualquier caso, el aumento cuantitativo de la producción está ligado a una reorganización de la sociedad. La conversión de los dones en lingotes se traduce en la basculación del valor ideológico al valor práctico de las mercancías. La pérdida de valor ideológico, especialmente en su vertiente moral, evidencia una transformación en la ética que ampara al intercambio tradicional de las sociedades heroicas. No obstante, esta transformación no supone una ruptura brusca y definitiva con respecto a los modos tradicionales, ni tampoco la desaparición del intercambio y de la estructura social en la que se practica. Pero el progresivo predominio del valor de uso y del valor de cambio en las transacciones hará que en el plazo de dos o tres generaciones el ideal heroico vigente sea insostenible y sea preciso reformularlo… para que todo siga igual. 2.2. Predominio de la mercancía En el BF IIIB (900-825 a.C.) se observa, empero, una incipiente y trascendental transformación en la estructura socioeconómica de Tartessos. Si hasta entonces este grupo cultural se había integrado plenamente en las dinámicas del complejo cultural atlántico en el que el intercambio es, principalmente, ideológico a pesar de sus connotaciones prácticas, a partir del BF IIIB se produce un claro viraje hacia el Mediterráneo que contribuirá decisivamente a una reorganización cultural sin precedentes para la población indígena completamente perceptible a partir del Período Orientalizante. Dicha transformación se puede simplificar en la introducción del intercambio de mercado y en la incorporación de la plata tartésica al circuito de intercambios. Pero para comprender de verdad el calado de esta transformación es menester definir cada uno de los elementos que entran en juego y las relaciones que mantienen entre sí. Es igualmente importante advertir que en las siguientes páginas esta cuestión se aborda desde la perspectiva tartésica por una razón de comodidad - los cambios más reseñables se producen en Tartessos, luego parece más sencillo poner el foco en esta cultura – y otra de necesidad – para abarcar la totalidad de agentes implicados serían necesarios varios volúmenes, aunque dicho obstáculo no impide pretender una visión panorámica y con cierto grado de detalle. 436                                                              Si en el intercambio tradicional sostenido por las redes clientelares, familiares y diplomáticas el significado simbólico y moral primaba sobre el valor práctico del don, con la nueva coyuntura se volverá explícito la inversión de este modelo. Esto no quiere decir que los dones y el principio de reciprocidad desaparezcan de la ética heroica ni, tampoco, que la sociedad heroica quiebre. Al contrario, la estructura social sigue adelante girando en torno a los mismos pilares del prestigio y de las redes sociales. Pero desde comienzos del I milenio a.C. los tartesios cambian la imagen que tiene sobre ellos mismos prestando más atención a ciertos aspectos de la vida diaria que ya estaban presentes desde tiempos inmemoriales. Tales aspectos se resumen en dos: la intensificación de los lazos de hospitalidad con gentes del Mediterráneo y, como ya se ha anunciado, una menor consideración del valor ideológico de los dones. Con respecto a este segundo aspecto, el don como categoría sufre una alteración de profundo calado especialmente visible en la utilización de juegos de ponderales en las transacciones. El don es don porque el artefacto, en primer lugar, se ofrece y, en segundo lugar, aúna una cualidad sustancial o material con otra esencial o ideológica. El don, pues, no es sólo un objeto que circula, sino un símbolo material de la vinculación mística entre dos personas. Dos personas que tienen un prestigio y que lo acrecientan mediante el intercambio ritual. Pero en tanto que es un bien material, el don comporta un valor práctico, especialmente si se trata de una factura metálica. El intercambio ritual cumple la función de distribuir ciertos recursos en la sociedad, asignando lo éticamente justo a cada red y a cada persona. Algunos de esos recursos, especialmente las materias primas, son difíciles de transportar o, directamente, no pueden ser transportados, de manera que el artefacto intercambiado tiene la función de lingote. La función de lingote no está necesariamente explícita en el intercambio, ya que el objeto puede aprovecharse primariamente como tal o puede hacerlo secundariamente mediante su reciclaje. Aunque no sea verificable, sí es verosímil que en un intercambio formal no se entreguen materias primas, sino manufacturas. Un don tiene valor de uso personal, con independencia de que se use o no, y una impronta moral muy significativa, de manera que un contendedor colmado de materias primas comunes no constituye un bien de prestigio. Hay ciertas circunstancias que sí requieren una ofrenda o un sacrificio de materias primas, pero en las relaciones interpersonales son los bienes de prestigio los únicos bienes que cambian de manos. Por ello, en principio un lingote entendido como tal se excluye del intercambio político, pero no un objeto que podría servir como lingote. Sin embargo, cabe apuntar dos notables excepciones. Por un lado, quizá los lingotes de piel de buey chipriotas circulen precisamente como lingotes, cuyo valor mercantil radica en la calidad garantizada por los talleres chipriotas, que trafican con cobre puro y no aleado (Ferrara y Bell 2016).10 Por otro, hay materias primas que por sí mismas pueden tener el status de un don, como los colmillos de marfil o, incluso, las maderas nobles en forma de tronco tal y como expresan las Cartas de El Amarna o el relato de 10 La presencia de lingotes de piel de buey chipriotas en zonas ricas en cobre como Cerdeña tal vez pueda explicarse por su valor simbólico. No se trataría tanto de un lingote de materia prima, sino de un signo o divisa que los navegantes chipriotas utilizan para garantizar el origen y la calidad de los productos intercambiados en un Mediterráneo repleto de piratas y contrabandistas. De esta manera, a los bienes que se intercambian se les suma un lingote de este tipo que simboliza el acuerdo entre las partes y que, quizá, en un futuro intercambio viaje de vuelta con el mismo propósito. 437 http:2016).10 Wnamón (Liverani 2003a: 235-249). No hay biografía alguna para estos productos como tal, pero sí disponen por su propia naturaleza singular de una cierta magia y, además, entre sus cualidades figura la de ser reconvertidos en auténticos dones rebosantes de prestigio. Así pues, el valor práctico del don es solo una opción, aunque sea de vital importancia, porque lo relevante es el vínculo interpersonal instituido y refrendado sacramente. Por supuesto que todos los dones se emplean porque estos, al margen de su misticismo y simbolismo, son objetos cotidianos o, al menos, en alguna circunstancia de la vida su uso es propicio y casi necesario. A partir del BF III en los intercambios se pone un mayor énfasis en la dimensión material del intercambio que en la dimensión ideológica. La materialidad siempre ha estado ahí, es intrínseca a los dones, al igual que el valor de uso. La materialidad y el misticismo en un don son como el anverso y el reverso de una moneda. Son necesarios e inseparables. Por ello, la novedad en lo referido al intercambio es un giro conceptual. Los principales impulsores de este giro son los navegantes levantinos y, quizá, chipriotas que proceden de un contexto cultural diferente por lo que respecta a las transacciones y al valor de los bienes incluidos. Asimismo, el concurso de las sociedades heroicas del Mediterráneo occidental y del Atlántico en el giro conceptual es igualmente relevante ya que las mercancías siempre quedan comprendidas en el ámbito de las relaciones interpersonales de correspondencia. Así pues, los orientales son los instigadores del cambio, pero tanto ellos como las élites heroicas son los responsables necesarios, sin poder inclinarse la balanza de en favor de nadie en concreto. El interés por la materialidad de los dones revierte en beneficio para los mercaderes orientales así como para los artesanos encargados de la refundición del metal y la posterior reelaboración en otras manufacturas. De nuevo, el reciclaje no es nada novedoso en la larga historia de los dones. Pero sí lo es, en cambio, que los productos obtenidos del reciclaje no se reintroduzcan en las redes diplomáticas mantenidas entre donantes atlánticos y receptores orientales. Esto implica que la sociedad atlántica está perdiendo recursos materiales o, en otras palabras, que los dones se retiran definitivamente del circuito sin motivo de un sacrificio o enterramiento. Esta retirada inmoral revela que los agentes orientales no se comportan de manera heroica y, por tanto, se rigen por otra ética. El principal valor de los bronces atlánticos en el circuito oriental radica en la materia prima de su composición, relegando a un segundo plano el valor ideológico que tiene en la ética de su lugar de origen. La confrontación de dos escalas de valores implica lógicamente la confrontación de dos éticas, una heroica y otra estatal preclásica. Entre otros muchos detalles, las sociedades orientales se diferencian con respecto a las sociedades heroicas en que en ciertos contextos se aprecia una distinción entre el concepto de sociedad y el de economía o, dicho con otras palabras, entre redes sociales y riqueza. En una sociedad heroica el principio rector del orden cósmico es la indivisibilidad del ente y el principio rector del orden social es la reciprocidad con base en la familia y el prestigio en cada aldea. En una sociedad estatal, la indivisibilidad del ente es más tenue, por lo que la materia es menos mística, y las relaciones sociales y el acceso a los recursos se regulan mediante estratos definidos, la redistribución centralizada y, probablemente, el mercado de ámbito regional. 438                                                              El complejo cultural de Oriente tiene su propio código simbólico y moral en el que los dones venidos de fuera pierden su categoría para interpretarse, principalmente, como mercancías inertes o, en su defecto, en mercancías con un valor ideológico sensiblemente menguado. Así, mientras que los objetos que entran en el circuito diplomático se consideran dones desde el punto de vista de las sociedades heroicas, para los mercaderes orientales carecen de carga mística y simbólica sólo siendo apreciados por el material de fabricación. No obstante, los indicadores más visibles del tráfico protocolonial hacia Oriente son objetos que, por su contexto de aparición, sin duda fueron apreciados como bienes simbólicos y por esta razón quizá también como bienes morales. Se trata de las fíbulas de estilo Moraleda y el asador de Amatunte, encuadrables en los campos semánticos de la estética personal y el banquete ritual.11 Con todo, el escaso número de objetos peninsulares en Oriente no parece justificar por sí mismo las conexiones de larga distancia, de modo que el factor principal de enlace entre Oriente y la Península Ibérica tuvo que ser otro distinto al de adquisición de bienes de prestigio stricto sensu para los navegantes chiprolevantinos. Los bienes introducidos en el circuito diplomático por los agentes orientales tampoco pueden leerse como dones, al menos inicialmente, sino como productos en los que están interesados los socios comerciales. Tales socios, recuérdese, son la élite heroica que efectúa sus transacciones mediante intercambios rituales, de manera que sólo aceptan regalos que estén a la altura ideológica de la ceremonia y de su rango social. Por ello, lo que para los mercaderes orientales no son dones en ningún sentido, para los héroes peninsulares sí lo son. ¿Y qué es lo que obtienen estos últimos a cambio de metales? Las evidencias arqueológicas revelan un especial interés por productos que encajan con el código simbólico y moral de la sociedad, como armas, utensilios y alimentos propios de banquete, atuendos y objetos de belleza personal y, sobre todo, conocimientos e ideas que contribuyan al encumbramiento de los big men. Así, la confrontación ética se mantiene en equilibrio, aparentemente sin la imposición de un sistema sobre el otro, y sin consecuencias drásticas para ninguno de los implicados. Las comunidades atlánticas se aprovechan de los intercambios con los mediterráneos para incrementar la competición entre héroes que alberga y fomenta la ética, mientras que los otros se abastecen del metal que escasea en Oriente. Sin embargo, en este panorama de conciliación de dos éticas falta un componente básico que sí va a determinar una transformación socioeconómica para ambas partes. La disposición de los tres valores en un don y, en general, en cualquier mercancía, revela que el bien en cuestión es altamente significativo para la sociedad que lo produce y lo consume. El valor ideológico, muchas veces tácito, se ajusta siempre al código simbólico y moral de la sociedad, operando como el elemento o suma de elementos que la cohesionan y la distancian de otras sociedades. Por su parte, el valor de uso se ajusta a las necesidades primarias del grupo, de manera que supone el sustrato a partir del cual se levanta la organización social con el fin de optimizar los recursos empleando el esfuerzo mínimo. En ocasiones el valor de uso se disfraza de valor ideológico precisamente por su enorme relevancia para la subsistencia y para la generación de patrones de comportamiento entre los miembros de una comunidad. El tercer valor de los dones, el de cambio, en la medida en que es algo intrínseco al propio don en cuanto a mercancía es irrelevante. A fin de cuentas, un don es una 11 Véanse apartados 7.1 del capítulo 6 y 5.1 del capítulo 5, respectivamente, sobre el análisis de ambos objetos. 439 http:ritual.11 mercancía prestigiosa con un determinado valor moral. Una mercancía es un bien circulante y, por tanto, su valor de cambio es implícito. Una sociedad heroica se asienta en el territorio mediante una red de aldeas que funcionan como núcleos habitacionales en un entorno de materias primas. Todas las materias primas son potencialmente utilizables y aquellos recursos naturales que carecen de valor de uso tampoco tienen valor de cambio ya que no sirven para nada humano. Efectivamente, es una conditio sine qua non que las mercancías que se intercambian, para que posean valor de cambio, deben pertenecer previamente al orden de la subsistencia y de la ideología. Un bien circulante es, en primer lugar, significativo para la propia sociedad por la que circula. Así, de alguna manera parece razonable describir una mercancía como lógica: si no aparece dentro del mundo conceptual de una sociedad, entonces no existe y, por tanto, no dispone de ningún valor. Pues bien, durante la Protocolonización irrumpe una mercancía, la plata, explotada en territorio tartésico que para las gentes del lugar tradicionalmente no ha tenido ningún valor. La plata, en el pensamiento atlántico, no es un bien lógico. Sin embargo, en el pensamiento oriental es plenamente lógico como recurso y, sobre todo, como mercancía, ya que las transacciones más importantes se realizan por la mediación de este metal el cual, además, es un bien escaso en la región. Además, durante este período aparecen en el registro arqueológico de la Península Ibérica diversas pesas de origen oriental que sugieren la aplicación del cálculo en las transacciones (Ruiz-Gálvez 2008: 28-29, 37-39; Vilaça 2011), lo que constituye un elemento de ruptura en el concepto de la correspondencia y, en paralelo, la afirmación del valor del cambio sobre el valor moral. El principal interés de los navegantes orientales en la Península Ibérica durante la Protocolonización es el metal en bruto. Pero el metal en bruto, sea cual fuere, no es una mercancía que forme parte de la ética heroica que, con algunas alteraciones, tiene una tradición milenaria. A pesar de ello, el tráfico de objetos de bronce en el macrocircuito atlántico esconde un interés en el metal, porque los objetos de toréutica son prestigiosos y, además, se pueden reciclar con el propósito de elaborar otros bienes de inmenso valor. Por tanto, la demanda de bronce binario era una realidad entre las comunidades atlánticas a lo largo de todo el Bronce Final, especialmente en su última etapa. Sobre este asunto, la diferencia entre la ética heroica y la oriental estriba en que para la primera sólo era concebible su tráfico amparado bajo el signo del intercambio de bienes de prestigio, mientras que para la segunda que sean bienes de prestigio, simples lingotes o, incluso, minerales era totalmente irrelevante. Para un atlántico la forma es importante; por el contrario, para un oriental la materia (prima) es (casi) lo único importante. Un big man o cualquier persona prestigiosa está siempre inmersa en las redes sociales, cada una de las cuales se caracteriza, entre otros rasgos, por dinamizar la circulación de unos determinados bienes que pueden ser dones u otras mercancías según la circunstancia. Lo propio entre personas prestigiosas es que intercambien bienes elaborados o raros los cuales, con independencia de su uso y naturaleza, son los más prestigiosos. Entonces, no es que un héroe sea totalmente ajeno a las transacciones de bienes en bruto, sino que las circunstancias en las que éstas se llevan a cabo no son las más representativas del status del héroe. Este tipo de transacciones son más de carácter 440 productivo, luego se sumergen en el ámbito familiar, ya que la familia nuclear desempeña las tareas extractivas de las materias primas y los primeros pasos del proceso de producción. La posesión de los recursos es siempre familiar; la distribución de los dones es siempre personal. Los artefactos elaborados con bronce binario constituyen una mercancía lógica en el circuito diplomático mantenido con los orientales. El bronce binario, sin ser la única mercancía prestigiosa entre los big men del Atlántico, sí era, posiblemente, el recurso más célebre y deseado (Needham 2007; Kuijpers 2008: 52). El cobre y el estaño son dos metales muy abundantes en la fachada atlántica y parece acertado pensar que su dominio fuese una notable razón de la competencia entre los héroes. Tal dominio parte del control o posesión directa de las minas, de la elaboración de artefactos y de la distribución y consumo de las materias primas y los propios artefactos, lo que en resumen es su ciclo económico. Un individuo que concentrase o participase activamente en todo el ciclo económico es un big man de muy amplia capacidad, lo que conlleva irremediablemente la necesidad de hacerlo perceptible entre la comunidad para así ganar prestigio. La multiplicación de productos de bronce binario el BF III en el Atlántico revela que su tráfico era una prioridad para el desarrollo de las comunidades, así como también la alta competencia librada entre los héroes dentro de una misma red social y entre diferentes redes por adquirir prestigio. Aunque el bronce como materia prima sea un producto originario del atlántico, la toréutica es una artesanía originaria del Mediterráneo, de manera que el tráfico de bronce comprende dos macrocircuitos y, por extensión, el desarrollo de la red diplomática entre el Atlántico y el Mediterráneo con un importante nudo en la Península Ibérica. La toréutica alcanza las Islas Británicas y, por tanto, el Atlántico en el BF I merced a los intercambiados efectuados por la red diplomática que une las Islas Británicas y el Círculo Nórdico. Así queda evidenciado por los calderos con asas fusionadas del Horizonte Penard y, sobre todo, por las trompas o lures metálicos. Sin embargo, no es hasta el BF IIIA cuando se identifican repartidos por todo el Atlántico artefactos de toréutica, destacando los utensilios del juego de banquete ritual ya que, además de funcionar como dones, pertenecen al campo semántico de la ceremonia de intercambio por excelencia. Luego la toréutica que homogeneiza todo el macrocircuito atlántico debe fecharse en el BF III y se introduce desde el Mediterráneo por donde se rastrea fácilmente la filiación tipológica y tecnológica de los artefactos. Dicha toréutica del BF III se contextualiza, una vez más, en una red diplomática. Las relaciones sociales se establecen por medio de redes clientelares, familiares y diplomáticas que operan diariamente unas y periódicamente otras, y que sirven para integrar a las personas en un proyecto común de subsistencia y prosperidad. Las redes clientelares y familiares se reconocen en el ámbito local y regional donde funcionan muy intensamente. La red diplomática, por su parte, está más difuminada en el espacio, aunque su sostenimiento y la participación activa de sus miembros permiten la creación de complejos culturales como el del Atlántico, en el que desde Irlanda hasta Tartessos y, quizá, el norte de África se identifica un mismo código simbólico. Sin embargo, la red diplomática de las comunidades atlánticas no se circunscribe solo al ámbito cultural atlántico. En efecto, este macrocircuito se muestra de manera muy tupida. Pero las redes se extienden igualmente por el corazón del continente, la región 441 escandinava y diferentes regiones del Mediterráneo, sobresaliendo la costa meridional de la Península Ibérica y el Círculo del Tirreno. Las redes sociales no solo se solapan en el interior de la sociedad, sino que también predisponen el solapamiento de las relaciones interiores de una sociedad con las exteriores. Así, lo que habitualmente se conoce con el nombre de culturas arqueológicas no es otra cosa que una superposición de redes y lo que se conoce como conexiones a larga distancia o interregionales es una red diplomática, que puede ser ocasional y esporádica o estable. Una red diplomática, al igual que cualquier otra red, se fundamenta en dos premisas, la capacidad y la necesidad de los participantes, y cada una de ellas implica la otra. Los participantes tienen necesariamente que tener la capacidad de corresponderse mutuamente, y esta capacidad radica en la posesión de bienes de prestigio para sellar la alianza, de recursos de subsistencia para compartirlos en un banquete y de acceso a medios de comunicación para desplazarse de un lugar a otro o, al menos, para recibir visitas. Néstor y Telémaco pueden mantener una relación estable al disponer ambos de la capacidad suficiente para ello, pero el bueno de Eumeo, sin ser pobre, no puede superar el umbral de la hospitalidad esporádica porque carece de la capacidad para mantenerla. Así, ser capaz implica tener prestigio. Pero el prestigio es también una necesidad tanto desde el punto de vista rigurosamente ideológico como material. El ideal y la práctica de una comunidad es el autoconsumo, porque una aldea es un núcleo de producción y gestión de los recursos de subsistencia, de modo que una aldea que no puede subsistir por sí misma es, a priori, imposible, por eso es importante preservar el equilibrio malthusiano entre demografía y recursos y lograr dicho equilibrio es una de las responsabilidades del big man. Pero a pesar de tener garantizada la subsistencia, una aldea no es capaz de proveer de todos los recursos alimenticios ni, en general, vitales. El excedente de la producción se introduce en el circuito de intercambio para cubrir la necesidad de otras aldeas a la par que para corresponder las necesidades propias con el excedente de los demás. Esto significa que, por un lado, escondido tras el autoconsumo subyace la interdependencia y, por otro, que las aldeas están siempre especializadas o, como mínimo, su producción tiene prioridades no solo de cara al autoconsumo, sino también al abastecimiento de bienes necesarios a través de la inmersión en un circuito de intercambios. En la ética heroica no hay aldeas parasitarias, sino que todas son interdependientes a escala regional y, en ocasiones, interregional. Sólo la élite atlántica puede soportar las relaciones diplomáticas a la vez que las clientelares y las familiares. La sociedad heroica es, en principio, igualitaria ante los recursos y medios de producción, de manera que sólo el status de las personas conlleva la distinción. Un big man es un primus inter pares, que sostiene una red clientelar merced a su prestigio y a sus bienes sabiamente administrados por igual. En una aldea puede haber varios big men, así como en una red social amplia. Pero integrando la red se encuentran otros individuos con aspiraciones a aumentar su prestigio y, así, su rango, de manera que el status de élite está siempre amenazado por potenciales rivales. A su vez, los distintos big men, en aras de aumentar su propio prestigio con respecto a sus homólogos y a sus clientes, también compiten entre sí. La mejor manera de ganar prestigio es en la batalla, pero en tiempos de paz es mediante la consolidación y continuo ejercicio de la reciprocidad a través de la circulación de bienes prestigiosos y valiosos entre sus respectivas redes. Por tanto, una sociedad de rango en la que se 442 fomenta la circulación de dones y de bienes de subsistencia para ganar prestigio es altamente competitiva y, a la vez, integradora. La administración cabal de los recursos proporciona el prestigio necesario para participar personalmente en el circuito de intercambio. Y, a su vez, la participación personal en el circuito proporciona prestigio, por lo que sólo los individuos más prestigiosos y más capacitados pueden sostener y sostienen una red diplomática estable y constante. Al mismo tiempo, un individuo prestigioso requiere de la participación en una red diplomática para fortalecer y afirmar su rango social así como para acceder a los bienes de prestigio. Luego sólo los individuos más prestigiosos y más necesitados de prestigio pueden sostener y sostienen una red diplomática estable y constante. En resumen, un big man dispone y necesita de bienes por igual y de manera voraz. Un big man es un dorophagos, un devorador de regalos tal y como Hesíodo lo describe (Los trabajos y los días 38-39, 219-221, 263-264; West 1978: 151; Schweizer 2012). El esplendor atlántico en el BF III es consecuencia de la proliferación de big men devoradores de regalos que se necesitan mutuamente. Y, en paralelo, de la irrupción de un flujo de contacto con el Mediterráneo que sirve para introducir bienes de diversa índole que cubren la necesidad de los big men de disponer de nuevos dones de origen exótico con los que reforzar su status y, así, el sostenimiento de las redes sociales. De esta manera, el esplendor atlántico es una consecuencia de la conexión y convergencia de dos redes diplomáticas, una atlántica y otra mediterránea, capaces y necesitadas a un mismo tiempo. La capacidad y la necesidad de los principales participantes en la red de hospitalidad tienen rasgos consonantes y disonantes. Tanto en el Atlántico como en el Mediterráneo, el bronce binario, el oro, el marfil, el ámbar y, probablemente, otros bienes gozan de un status muy elevado. Pero mientras que en el Atlántico la relación de los más preciados bienes de prestigio se limita a lo expuesto, en el Mediterráneo se amplía con la plata, que es un recurso tan valioso como escaso. En el área tartésica, inicialmente inclinada al macrocircuito atlántico, los filones de plata son muy abundantes pero, paradójicamente, no es un bien lógico, es decir, ni se consume ni se produce, por lo que carece del tiple valor que disponen todos los dones regulares de acuerdo con la ética heroica. La inclusión de la plata en la ética heroica de los tartesios supone una contradicción interna que deriva en una reorganización social y un punto de inflexión histórico no sólo para las comunidades de la zona, sino para todos los pueblos de la Península Ibérica. El revulsivo que supone la plata no se explica simplemente por su inclusión en los bienes lógicos desde la perspectiva heroica, sino en la enorme cantidad de esta mercancía que se obtiene a partir de la unión de los macrocircuitos atlántico y mediterráneo. Al contrario que el bronce y el marfil, la plata es un producto atlántico que no viaja hacia Oriente a través del solapamiento de distintos circuitos regionales, sino de una vía directa que, eso sí, unifica o, al menos, se aprovecha de los circuitos regionales. Los responsables de esta vía y, por tanto, de la integración del Mediterráneo son, en primer término, los navegantes chipriotas y, después y de manera mucho más sólida, los fenicios. Tanto chipriotas como fenicios actúan como intermediarios en un vasto circuito suprarregional, a la vez que también se erigen como consumidores las riquezas con las 443                                                              que comercian. Es muy probable que los fenicios acaben disfrutando del monopolio del tráfico de ciertas mercancías en el Período Orientalizante, pero en el BF III son un importante agente mercantil aunque no el único que opera en las relaciones interpersonales e institucionales de larga distancia. En este sentido, tan protagonistas son los agentes chiprolevantinos en las redes diplomáticas del BF III como otras sociedades asentadas en el Mediterráneo e, incluso, en el Atlántico, tal y como parece ser el caso tartésico. El bronce binario y la plata son dos recursos estratégicos para la economía oriental desde antiguo, muy especialmente el segundo, ya que a través de ellos es como se logra el acceso a numerosos recursos estratégicos. Por tanto, adquieren una función de herramienta de cambio que no está reñida con la función de materia prima para la elaboración de manufacturas muy valiosas. En el desarrollo cotidiano de los intercambios en los países orientales el valor de cambio del bronce y, sobre todo, de la plata es netamente superior a su valor de uso e ideológico. Por ende, en la economía oriental dichos metales cumplen un papel protomonetario (Dayton 1974; Frankenstein 1979; Powell 1996; Aubet 2007: 169-174), aunque igualmente disponen de valor ideológico, en este caso secundario (Peyronel 2014). En Iberia, por otro lado, la plata no es un recurso lógico y el bronce goza de valor ideológico, práctico y de cambio hasta el BF IIIB. Desde entonces, quizá ya desde el BF IIIA, la plata se incorpora a los intercambios y, así, a la ética heroica. El tráfico de bronce rico en estaño por las redes de hospitalidad despierta la atención de los agentes chiprolevantinos, que se lo encuentran en el Círculo del Tirreno a buen seguro junto con otros productos muy valiosos de origen atlántico, como el marfil y, quizá, el oro. La plata, en cambio, aparece sólo después del desembarco de gentes orientales en la Península Ibérica, ya que para su explotación es imprescindible la práctica in situ de un método absolutamente ignorado por las poblaciones ibéricas como es la copelación. Así pues, la fiebre del estaño condujo a la fiebre de la plata en una coyuntura de escasez de ambos productos estratégicos en el Mediterráneo oriental. Sin embargo, la referencia a la explotación de la plata y a la producción toréutica requiere la inclusión de un tercer metal mucho menos noble y, por qué no, lucido: el plomo. En la Península Ibérica, el plomo tiene una repercusión trascendental en el Período Orientalizante y, tal vez, en los últimos compases del período anterior, ya que los fenicios logran su monopolio práctico y, con él, la construcción de una red mercantil colonial que opera por todo el Mediterráneo. El plomo tiene un uso industrial debido a su aplicación, ya que por sí mismo no sirve de nada hasta finales del I milenio a.C., con la interesante excepción de su empleo en la fabricación de pesas y anclas. Así pues, el plomo tiene dos usos principales:12 a) funciona como captador de la plata en el proceso de copelación, merced al cual se separa la ganga de la mena del mineral de plata más común, la jarosita; y b) favorece la colabilidad del bronce y es mucho más barato que el estaño, aunque no reemplazable, en la elaboración de objetos de toréutica; así, la inclusión de plomo en la aleación da paso al bronce ternario. En resumen, el bronce, la plata y el plomo son los tres metales que ocupan un puesto de relevancia entre los recursos movilizados en el circuito occidental. Cada uno de ellos desempeña un papel en la cultura de las sociedades heroicas y, por tal razón, es plenamente factible afirmar que el equilibrio de valores varía de uno a otro. Así, el 12 Véase el apartado 1 del capítulo 12 para un análisis más minucioso. 444 bronce es un metal heroico y prestigioso, la plata es un metal protomonetal en la ética de Oriente y el plomo es un metal industrial. Para que el bronce binario sea un metal heroico y prestigioso el valor ideológico debe ser preponderante sobre el valor de cambio y el valor de uso. A nivel práctico, esta aleación sirve para fabricar artículos de toréutica perfectamente integrados en los circuitos de intercambio de dones. Como tal, su valor ideológico concentra por igual un componente moral y, en menor medida, simbólico. Moral, porque reúne las virtudes, el prestigio y, en general, la personalidad de su poseedor; y simbólico, porque representa el vínculo místico entre los héroes. La razón de ser de la toréutica es su alto valor moral. Por su parte, la plata es el más importante recurso empleado en las transacciones orientales, aunque para ello no es necesario que se presente bajo la forma de un bien elaborado. Es, por tanto, una herramienta de cambio, y por esta razón su valor de cambio es superior a su valor ideológico y práctico. Ciertamente, con la plata también se confeccionan objetos muy valiosos, pero su valor radica, sobre todo, en el metal mismo y en su cantidad, y no en la artesanía ni en la potencial utilidad del objeto acabado. El valor de cambio encierra un significado simbólico, porque es el metal propiamente dicho el que ratifica la validez de la transacción como si de una divisa se tratase. Una divisa es simbólica, pero no moral, de modo que su valor ideológico es inferior al del bronce. Por último, el uso del plomo es lo único que proporciona valor a este metal, aunque en algunos circuitos regionales donde escasea también tiene valor de cambio de manera secundaria. Su destino exclusivamente industrial anula cualquier componente moral y simbólico, aunque con el plomo puedan elaborarse objetos de toréutica. En este sentido, el plomo vale cuando forma parte de la aleación de bronce y no por sí mismo, y esto sólo ocurre en vísperas de la colonización fenicia. El cobre y el estaño tienen una condición similar, aunque su inclusión en la tradición atlántica evidencia que son recursos lógicos y, por ello, imprescindibles para el desarrollo social. Así las cosas, en principio no parece tener sentido la aparición de la plata en un área esencialmente atlántica como es Tartessos, y lo mismo sucede con el plomo en otras regiones de tradición heroica. Al hilo de esta cuestión, resulta reseñable la complementariedad de dos pasajes de la Odisea los cuales, aunque referidos a una sociedad asentada en el Egeo, éticamente muestra muchas afinidades con las culturas del Atlántico. El primero de estos pasajes relata un momento de un banquete en el que Odiseo asiste como huésped. En él, el héroe reacciona violentamente en la idílica corte de Alcínoo cuando otro de los participantes en la velada sugiere que parece un comerciante (Od. 8.159-164). Un comerciante o mercader es un individuo que busca el lucro personal en tiempos de paz mediante un intercambio de mercado. En una transacción de estas características, el valor ideológico de la mercancía es absolutamente irrelevante, particularmente en su vertiente moral, exactamente igual que el valor ideológico de sus participantes y del intercambio en sí. Tal descripción encaja perfectamente con la imagen del pirata, pero también con la del fenicio que, en la época de Homero, debían 445                                                              ya conocer bien los griegos, así como sus principios (in)morales que rigen la razón práctica (Mele 1979: 87-91; Winter 1995; Aubet 2003; Reboreda 2015: 52-54).13 En el segundo de estos pasajes, Telémaco es correspondido por Menelao con una crátera de plata que perteneció un su día a Fédimo, rey de los sidonios, y anteriormente al dios Hefesto, su fabricante (Odisea 4.589-612). A lo largo de los poemas homéricos se alude en múltiples ocasiones a objetos de plata aunque suman un número menor al de alusiones a objetos áureos y de bronce. La plata, como en general los metales, aparecen en Homero siempre en contextos de prestigio tales como adornos de espadas (Il. 2.44) y fuentes del juego de banquete (Od. 1.137; 4.53; 7.173), pero sólo se incluyen en intercambios de dones siete veces, cinco de ellas relacionadas con orientales y troyanos similares al episodio referido (Il. 23.740-749, 805-808; Od. 4.123-132; 589-612; 9.201-205), otra un posible añadido tardío (Od. 24.274-275) y la última en Feacia – una espada de bronce con puño tachonado de plata y vaina de marfil – como ofrecimiento y compensación a Odiseo por parte de Euríalo quien previamente le había ofendido (Od. 8.401-407). Sorprende que los objetos argénteos no figuren entre los presentes puramente griegos, lo cual es muy significativo. La plata no es en sí mismo un metal heroico. En el episodio sobre el encuentro entre Menelao y Telémaco, además, aunque la crátera llevaba un tiempo en la región egea, en su biografía aparece un individuo fenicio. Con independencia del status social de este último y de su probable buena reputación entre los griegos, los fenicios representan en la ética heroica de los griegos el prototipo de antihéroe, insensible al principio de reciprocidad positiva, a los dones y a los valores morales típicos de las sociedades de guerreros. Por ello, de acuerdo con el ideal heroico expuesto en los poemas homéricos, la plata se relaciona íntimamente con los fenicios y éstos con unas prácticas poco virtuosas.14 Y, además, no solo carece de valor moral, sino que tampoco está dotada de valor práctico. En el mundo tartésico la plata únicamente dispone de valor de cambio. Este hecho se manifiesta de manera patente en que apenas hay artículos de plata, ni tan siquiera semielaborados, circulando entre las comunidades tartesias aunque, no obstante, si hay indicios de su explotación minera y de su transporte hasta el circuito oriental. Entonces, si este metal carece de valor ideológico queda automáticamente descartado de los intercambios rituales y, por tanto, de las relaciones interpersonales encerradas en las redes sociales a través de las cuales se movilizan los bienes de todo el rango moral. Luego, ¿cómo se produce el intercambio entre tartesios y fenicios? ¿Para qué recurren los tartesios a la plata si está fuera de la ética heroica? Antes de procurar una respuesta a estas dos preguntas conviene prestar atención al otro elemento novedoso en el registro arqueológico, los ponderales.15 Su aparición resulta razonable y, a la vez, controvertida y, en cualquier caso, muy reveladora para determinar el impacto cultural de la presencia oriental en las comunidades atlánticas. 13 A tal respecto, véase la nota 2 del capítulo 12 sobre la relación entre griegos y fenicios (Boardman vs Aubet). 14 Homero refleja una imagen de los fenicios en Homero bastante desigual según la circunstancia. Son taimados y ladinos, falaces e intrigantes en lo que respecta a su conducta y, por tanto, a su moral, a pesar de que Odiseo relata cómo le llevaron de regreso a Ítaca y no le robaron (Odisea 13.271-286). Pero en lo que respecta a sus destrezas y habilidades, los fenicios son alabados por sus artes en la navegación (Od. 15.415) y en variadas artesanías (Il. 23.743). 15 Véase el apartado 4.2 del capítulo 9 sobre la cuestión de los ponderales peninsulares. 446 http:ponderales.15 http:virtuosas.14 http:52-54).13 Es razonable porque en una época de intensificación de contactos con navegantes chiprolevantinos como es el BF III no es de extrañar que se introduzcan no sólo objetos exóticos y nuevas demandas en la Península Ibérica, sino también nuevos hábitos relacionados directamente con las transacciones, entre las que destacan técnicas nuevas de medición de la masa. Los más antiguos ponderales identificados en este territorio se ajustan al qdt egipcio o al siclo sirio de 9,4 gramos. También es contradictorio porque los sesudos intentos por reconocer este sistema de ponderales en los intercambios atlánticos hasta el momento son cuestionables. Los ponderales proporcionan una materialidad a los sistemas metrológicos ya que mediante su uso se facilita el cálculo y para su realización es necesario un sistema métrico que sirva de base para la contabilidad. En la medida en que los bienes de prestigio se prestan a ser intercambiados en calidad de dones, el peso de éstos podría, a priori, revelar un sistema métrico que englobe a todas las mercancías. El inconveniente es que ninguno de los dones analizados encaja con la metrología del qdt. Por tanto, o bien las estimaciones actuales no son correctas o bien el patrón empleado en la Península Ibérica por los orientales difiere del patrón empleado por las comunidades atlánticas. De hecho, la ambigüedad presente en las mediciones de los dones apunta a la inexistencia de un patrón atlántico en el BF III. Sea como fuere, la entrada en escena de juegos de pesas orientales significa un cambio en la apreciación de los bienes circulantes. En cuanto a su naturaleza de dones, las mercancías – objetos con valor de cambio – se distinguen por su valor absoluto o preferente. Un don se ofrece para ser correspondido, en el acto o en diferido, con otro don o con una fidelidad. Su valor moral es máximo porque el objeto en sí lleva implícito la esencia del poseedor, y tal cualidad no es cuantificable. Los objetos atlánticos aparecidos en el Círculo del Tirreno, Chipre y el Levante, a pesar de que pudieron servir como lingotes se ofrecieron como dones y, por tanto, con valor absoluto. Sin embargo, la presencia de ponderales implica que la mercancía tiene una cualidad cuantificable y, por tanto, su valor es relativo. Es decir, una mercancía concreta equivale a tantas otras diferentes mercancías concretas, convirtiéndose en una mercadería. “Mercadería” es el concepto que funciona como contraposición de don en este estudio. La ausencia de consenso sobre la terminología para diferenciar entre un sistema de intercambio heroico y no-monetario y otro comercial y monetario obliga a definir con precisión y claridad las palabras. Gregory (1982: 41 ss.), con buen criterio y de manera ordenada, distingue entre gifts como elementos intercambiados en el primer sistema y commodities en el segundo, traducidos habitualmente como “dones” y “mercancías”, respectivamente (Ruiz-Gálvez 1998b: 34-35). En estas páginas “bien” se define como cualquier objeto e, incluso, persona que disponga de valor de uso, con independencia de los modos del sistema de intercambios en los que se vea envuelto. Una mercancía es cualquier bien circulante, designándose como don aquellas mercancías con valor absoluto inmersas en un flujo de intercambio ritual, mientras que una mercadería trascurre en un intercambio comercial con prevalencia del valor relativo. Así, el factor que determina el valor de la mercadería es el peso y su deseo y no su esencia. Esta cualidad se encuentra íntimamente relacionada con la materialidad de la mercancía y, por ello, en las antípodas del don como categoría heroica. El valor relativo choca frontalmente con el valor absoluto del don. Por ello, quizá los dones se distribuyan por un circuito distinto al de las mercaderías. De ser así, sería preciso 447                                                              determinar qué bienes se ciñen a cada circuito, pero el necesario criterio de demarcación se antoja difícil de averiguar. Parece claro que los objetos de oro, cuya masa no obedece al patrón oriental en cuestión, pertenecen en exclusiva a los circuitos inmersos en las redes tradicionales. Los ponderales identificados son muy ligeros, lo que podría apuntar a que las mercancías con valor relativo también lo son, dejando, así, en un lugar de preferencia a las hierbas aromáticas, curativas y alucinógenas e, incluso, al oro si acaso éste se intercambiase en pepitas. Pero, por otra parte, los orientales no necesitan recorrer tan larga distancia para conseguir estos productos que, además, ya disponen en sus ciudades de origen gracias a las redes regionales. Más lógica es la opción de que fuesen pepitas de plata, comercializada en pequeñas cantidades y fuertemente demandada por los marinos orientales, aunque no se dispone de ningún artefacto argénteo en la Península Ibérica ni en el Levante que midiendo su peso faculte demostrar esta hipótesis. Así pues, es difícil descubrir un criterio para separar mercancías a partir de los ponderales, y cualquier propuesta resulta muy aventurada. En cualquier caso, los dos hipotéticos circuitos en los que se insertan sendas categorías de bienes podrían coincidir en la misma transacción. De esta manera, la liturgia del intercambio ritual podría dividirse en intercambio de dones e intercambio de mercancías con valor relativo. Sin embargo, a pesar de que la mera inclusión del valor relativo ya denota una transformación ética, no parece verosímil que un acto tan impregnado de mística pueda participar de bienes de tan distinta categoría moral. Más lógico parece que los dones circulen por una serie de redes de intercambio distintas a aquéllas por las que circulan las mercancías con valor relativo. El don sigue uniendo personas emocionalmente y eso sólo sucede cuando tales personas se reconocen en una única ética. Las mercancías con valor relativo – es decir, las mercaderías –, por su parte, no unen personas con el mismo sentido moral que los dones, de manera que las personas implicadas en el intercambio de estos productos deben reconocerse en una ética no heroica.16 Sin embargo, en la medida en que los orientales interactúan con los atlánticos, un héroe puede ampararse y aplicar la ética tradicional cuando trata con los suyos en las diferentes redes a las que pertenece y, a su vez, se ampare y aplique la ética comercial cuando trata con mercaderes venidos de Oriente. Así, cada contexto tiene su ética y sus modos de intercambio. El problema derivado de esta suposición es cómo un big man aprende a desenvolverse prudentemente en la ética comercial después de milenios de tradición heroica. Estas dos alternativas parecen las más razonables a pesar de los problemas que entraña cada una. Cabría, no obstante, considerar una tercera opción consistente en que los ponderales desempeñasen por sí mismos la función de dones o, dicho de otro modo, que muchos de los supuestos ponderales ciertamente no funcionen como tales. Después de todo, no debe olvidarse que la mayoría de las pesas identificadas en la Península Ibérica del BF III tienen formas afines a las cuentas de collar y pulseras, cuando no geométricas atípicas y desconocidas en la experiencia de las comunidades atlánticas. Éstas características son propicias para asignar a un objeto la potencial categoría de don. Incluso admitiendo las piezas hexaédricas que se reconocen mejor como ponderales, podría destacarse que éstos son empleados en mediciones de precisión, lo que encierra conocimientos mágicos, así como en transacciones, lo que permitiría interpretar los ponderales como signos particulares de una institución 16 Véase la nota 3 del presente capítulo. 448 http:heroica.16 fundamental en el seno de la ética de otra sociedad. Esta última opción es, sin duda, la más especulativa y débil. Por ello, parece adecuado descartarla por ahora, pero quizá en el futuro pueda argumentarse con mayor coherencia y mejores datos empíricos que justifiquen su consideración. No hay ninguna duda acerca de que los ponderales se contextualizan en la red diplomática que las élites atlánticas mantienen con los navegantes levantinos y, en menor medida, chipriotas. Debido a la inclusión de estas piezas y de la plata, junto con las lógicas trabas lingüísticas y éticas, esta red es la más peculiar de todas las existentes en el pensamiento y costumbres de las gentes del Atlántico. La plata en Oriente tiene un valor protomonetario que se relaciona conceptualmente con los ponderales. Por un lado, estos últimos sirven para el cálculo en las transacciones, evidenciando el valor relativo de las mercancías implicadas. Por otro, dicho metal no dispone de valor ideológico ni práctico en el mundo tartésico y, quizá, tampoco para los mercaderes que se aprovisionan de ella, de manera que sólo interesa por su valor de cambio. El cambio relativo se liga a las relaciones de equivalencia y para hacer equivaler dos objetos muy distintos sin valor ideológico atender a su peso resulta muy conveniente y sencillo. La plata tartésica no se pone en circulación como moneda propiamente dicha, porque para ello debería tener una morfología y una masa concretas y, tal y como evidencia el depósito de Tel Dor, se distribuye inicialmente en forma de tortas (Thompson y Skaggs 2013: fig. 11) es decir, de piezas con forma caprichosa y tamaño aleatorio. Sin embargo, el valor de cambio de la plata de Tartessos unido a su valor simbólico y al factor peso en Oriente son los dos componentes imprescindibles para reconocer este metal como una incipiente moneda o, si se prefiere, como una herramienta que facilita el intercambio de mercancías y que es externa al valor práctico de estas últimas que son, en el fondo, los verdaderos bienes de interés en la transacción. Así es como sucede en Oriente desde antiguo, donde no hay correspondencia entre personas mediante dones, sino pagos por materiales, a pesar de que los reyes asuman las formalidades típicas del intercambio heroico (Liverani 2003a: 199-209, 241-249) el cual, por otro lado, tiene vigencia en la circulación de bienes a escala campesina. Con matices, quizá en Tartessos desde la Protocolonización gracias a la influencia fenicia también se adopte el modelo de pago. Así, el concepto de protomoneda a partir de la asociación entre la plata y el valor permite salvar el vacío entre el intercambio al peso de un metal concreto y la ausencia de moneda acuñada. Las protomonedas constituyen el elemento intercambiable formal en la primera fase del intercambio de mercado, posteriormente superado con la invención de la moneda. De esta manera es posible retornar a las preguntas planteadas anteriormente acerca del modo en el que se intercambian los bienes en la red diplomática occidental y la finalidad de explotar un recurso ilógico e inmoral por parte de los tartesios. Lo más pertinente es invertir el orden de las cuestiones para que las respuestas se enlacen mejor. Si la plata es un producto que se sitúa fuera de la lógica heroica es porque no pertenece al variado elenco de recursos explotados y consumidos por las comunidades ancestralmente. Consumir sólo aquello que se explota y explotar sólo aquello que se va a consumir permite a las comunidades guardar un equilibrio ecológico y concentrar todo su esfuerzo - el trabajo de cada uno de sus miembros - en aquello que les interesa 449 para su supervivencia. Por otro lado, esto implica que las comunidades desatienden todo aquello que carece de sentido para la subsistencia y, por tanto, para la moral. El propósito de introducir la plata por parte de los tartesios en sus propias redes sociales significa no sólo ampliar el espectro de recursos, sino dedicar parte de su tiempo a un recurso que no van a consumir. Todo ello, por supuesto, además de traicionar la costumbre ancestral. Aunque el intercambio de la plata terminará imponiéndose al de otros bienes en el Orientalizante hasta el punto de convertirse en una estructura de este período, los navegantes chiprolevantinos que iniciaron la intensificación de relaciones interpersonales en el circuito occidental fueron atraídos por la profusión de bronce de alta calidad que, de vuelta a Oriente, podían reciclar y elaborar artículos más acordes con sus gustos y necesidades. El bronce, al contrario que la plata, es un metal plenamente lógico y moral, de manera que su circulación por la red occidental no quebranta ninguna tradición, sino que sirve para engrandecer el prestigio de las élites atlánticas. La transacción de dones entre los que cuentan los objetos de bronce implica un vínculo interpersonal entre los participantes y, para ello, es menester un contacto personal. Así, un chipriota o levantino que quisiese abastecerse de bronce y de otros bienes debía desembarcar y mostrar una actitud respetuosa y amistosa con las élites locales. Sólo de esta manera le serían ofrecidos los dones que, claro, debían ser justa y sabiamente correspondidos. Este intercambio se produce en una circunstancia de suma trascendencia, el banquete ritual, considerado según la ética heroica como el rito supremo en el que se conmemora el origen y la estabilidad del orden cósmico y social. A través del intercambio ritual se formaliza la alianza entre sus participantes que es de carácter institucional y, por tanto, mística. De esta manera se gestan las redes diplomáticas. El progresivo y rápido aumento de la intensidad en los intercambios por medio de las redes diplomáticas, así como con cualquier otra red social, favorece una interacción cultural más honda. Porque para que se desarrollen los intercambios es preciso que se desarrollen las vías y medios de comunicación y, en última instancia, los desplazamientos de personas. Los objetos siempre viajan con personas. Pero en el caso del circuito occidental sostenido por la red diplomática en cuyos confines figuran el Círculo del Tirreno y la Península Ibérica, a partir del BF IIIB y, tal vez, desde la fase inmediatamente anterior, los navegantes chiprolevantinos se van a erigir en los principales transportistas y articuladores, sin por ello retirar de la circulación a las gentes pertenecientes a las diferentes regiones que integran el circuito. Los chiprolevantinos traen consigo nuevas costumbres y conocimientos que van a revelarse a los occidentales mediante los intercambios. Y, cuanto más intensos sean éstos, mayor impacto cultural. La estancia ocasional, aunque cada vez más prolongada e intensa, de los orientales en Tartessos supondrá un acceso seguro al territorio interior. Y de alguna manera difícil de aclarar descubrirán filones de plata sólo explotable mediante la copelación que ellos conocen y dominan. Por tanto, en un lapso relativamente breve, quizá una o dos generaciones a lo sumo, los tartesios aprenden de los orientales a explotar y beneficiar la plata en la que estos últimos muestran un gran interés. De este modo, el motivo por el cual la plata no era explotada con anterioridad puede deberse verosímilmente al desconocimiento de un método extractivo eficaz que se subsana por mediación oriental. Y, a través de la 450                                                              demanda oriental, la explotación de la plata se vuelve rentable y, en fin, lógica para las comunidades tartesias. Sin embargo, esta explicación es insatisfactoria por incompleta. O, al menos, parece incompleta. Si la plata es un tabú, como lo es la acumulación sin circulación o el asesinato de un miembro de una red por otro integrante de la misma, convertir en lógico un recurso inmoral significa una crisis de valores en el seno de la comunidad tartésica. De modo que o bien la ética tradicional heroica debe flexibilizarse debido a la inmersión de la sociedad tartésica en una coyuntura en la que se presentan necesidades no previstas y, por tanto, se había vuelto obsoleta, o bien la plata no es tal tabú. Si la plata no se considerase como un tabú y, por tanto, su uso tampoco estuviese condenado, la única distancia entre la pertenencia al reino de los recursos ilógicos y al de los recursos lógicos es la copelación. De esta manera, si los tartesios hubiesen sabido copelar plata, este metal formaría parte de los bienes que circulan con normalidad desde largo tiempo atrás. La demanda fenicia hubiese sido, entonces, tan fortuita como lo es la demanda de bronce por parte de los mismos. Pero si no hubiese sido un tabú, ¿por qué no había ningún objeto de plata entre las comunidades heroicas del Atlántico y de otras regiones europeas durante el Bronce Final? Es verdad que la plata ha sido siempre un recurso escaso y, en muchas ocasiones, difícil de ser beneficiado. Y que la destrucción de las redes de intercambio interregionales a partir de los Pueblos del Mar dificulta seriamente su distribución y, así, su explotación. También es cierto que la plata nativa que aprovechaban las élites argáricas y, quizá, mediterráneas y atlánticas se dejó de explotar hacia el 1300 a.C. por no resultar rentable o por ausencia de demanda interna y externa o, tal vez, por agotamiento de los filones. Y es rotundamente seguro que los más habituados al uso de la plata, esto es, los orientales no estaban dispuestos a regalarla ni a intercambiarla por nada. Por tanto, la ausencia de plata en la circulación de dones durante un período largo que comprendiera varias generaciones terminaría por convertirla en ilógica. Y lo que no sirve para un ser moral, tampoco puede tener valor moral, lo cual funciona como un principio de la ética heroica. Por otro lado, la plata podría ser un tabú por la última razón apuntada o por ser oscuro objeto de deseo de personas inmorales como los orientales. El mundo oriental funciona como un circuito de intercambios muy antiguo alternando etapas de auge con otras de declive (Algaze 2004; Aubet 2009). En su bagaje mercantil se observan indicios de intercambios rituales y otros más impersonales, así como evidencias de la iniciativa privada como motor de las transacciones junto con otras de iniciativa institucional, lo que ha originado un caluroso e interesante debate en torno a la naturaleza y finalidad de las transacciones (Zaccagnini 1976; Renger 1984; 2003; Knapp 1985; Silver 1995; 2004; Warburton 2003; Smith 2004; Aubet 2009: 97 ss.). El esplendor del circuito oriental en tiempos de los Reinos Nuevos hitita y egipcio oculta un deterioro de las instituciones oficiales que desemboca en la Crisis de los Pueblos del Mar, merced a la cual se reorganiza no sólo el mapa de Estados, sino también las redes de intercambio (Sherratt y Sherratt 1991; 1993; Liverani 2003b; Ruiz-Gálvez 2013).17 El surgimiento de los mercaderes como sector social en alza evidencia el advenimiento de una ética en la que el intercambio de mercado y el consiguiente empleo de 17 Véase el apartado 3.1 del capítulo 2 al respecto. 451 http:2013).17 protomonedas terminan por desbancar el imperio de la reciprocidad positiva sin por ello liquidarlo definitivamente. Así, en Oriente se advierte un sistema mixto, en el que el intercambio comercial o de mercado ocupa un espacio importante en ciertas redes y circunstancias, mientras que los intercambios rituales y domésticos lo hacen en otras. Una de las redes en las que el intercambio ritual es lo normal es el tejido diplomático que se extiende por el Egeo y por el circuito occidental. El afán de lucro es rechazado por la ética heroica de los griegos que tal vez viesen en los fenicios una amenaza para las dinámicas internas de las redes en las que están envueltos (Finley 1999: 82-84; Aubet 2003: 93-99), a pesar de que muy probablemente los unos se apoyasen en los otros indistintamente para llevar a cabo sus empresas ultramarinas cuando les pareciese oportuno (Boardman 2001). Y, de la misma manera que los griegos lo rechazan, el resto de sociedades heroicas que atraviesan un período de esplendor, como el Bronce Atlántico con sus ramificaciones por el Mediterráneo occidental, también. El rechazo al afán de lucro no se limita en exclusiva a la actitud, sino a los hábitos. Puede asumirse que la plata, en la medida en que es el elemento típico y básico en las transacciones emprendidas por los mercaderes orientales es un tabú. El bronce y el oro, en cambio, se entroncan en la tradición ininterrumpida de materias lógicas con las que se elaboran muchos de los bienes de prestigio que los héroes llevan a gala exhibir. Son, por tanto, metales heroicos. Dicho de otro modo, con los metales heroicos se fabrican bienes heroicos. Por ello, el hierro se convierte rápidamente en uno de estos metales que despertarán un gran interés en los devoradores de regalos, porque principalmente sirve para elaborar instrumentos sacrificiales y armas. En cambio, la plata tiene un uso indigno como medio de pago. Si la sociedad tartesia regida por unos principios morales a priori muy rígidos acepta la inclusión de una materia como plata en su ética levantando la prohibición tradicional es para salir adelante en un momento de debilidad estructural. La crisis de valores que evidencia la explotación y distribución de la plata no es una consecuencia de estas actividades, sino una causa y, como tal, debe ponerse en relación con otras causas para comprender mejor el devenir histórico de Tartessos en el BF III. No es éste el momento para desentrañar ni especular sobre las causas de la aparente crisis moral que sufre la sociedad tartesia junto con otros grupos del circuito occidental. Empero, sirva por ahora apuntar que los habituales dones pudieron perder prestigio en un ambiente de voracidad y disponibilidad ilimitadas de regalos y, claro, de prestigio. Abrirse definitivamente a Oriente, sin por ello abandonar por completo los vínculos atlánticos, pudo significar un cambio necesario en la estrategia de las élites y de sus redes con el propósito de solventar el riesgo de colapso social. Dicho colapso equivale a la imposibilidad de satisfacer las necesidades, con la consecuente reorganización de la estructura social y la desintegración de algunas redes y costumbres, quizá de manera traumática. De esta manera, la incorporación de la plata en la ética no fue una opción, sino una necesidad. Recuérdese, en cualquier caso, que todos los momentos de esplendor propician y esconden contradicciones que se traducen en debilidades estructurales. Por lo que respecta al modo mediante el cual orientales y tartesios efectúan sus intercambios, que la plata no sea, en principio, un metal heroico dificulta los procedimientos habituales. Las comunidades tartesias no producen artefactos de plata, de manera que ni tan siquiera los pueden poner en circulación como lingotes, ni 452                                                              tampoco realizan transacciones al peso en una circunstancia ritual como es el intercambio heroico. O quizá sí. En efecto, la circulación de la plata es un dominio levantino y, como tal, ellos podrían haber establecido las normas y condiciones para su transacción. Pero, igualmente, los propios tartesios podrían haber reformulado las costumbres del intercambio ritual de tal manera que también tuviese su sitio un material tan indigno como los lingotes de plata e, incluso, el propio mineral en bruto. La nueva coyuntura propiciada por la necesidad es un buen pretexto para revisar la ceremonia tanto a nivel litúrgico como funcional, lo que no significa que deje de ser un intercambio promovido por héroes. Pero dado que resulta difícil imaginar a Néstor ofreciendo un ánfora cargada de tortas de plata o, incluso, de piezas de hacksilber a Telémaco, parece más probable que fuesen los navegantes orientales quienes propusiesen el modo más pertinente y adecuado con el aplauso de la población local que, no en vano, es quien la extrae de las minas. De esta forma, la implantación del intercambio con unas normas diferentes ex profeso para la plata y, quizá, para otras mercancías en las que los orientales estuviesen interesados podría resultar una solución válida. Los tartesios, al explotar la plata que ofrecen a los fenicios, convierten este elemento en un recurso lógico a la vez que se le proporciona una utilidad antes inexistente, la de protomoneda. La plata, aunque no sea, en principio, un don, desempeña una función de mercancía en las relaciones diplomáticas que vinculan a tartesios con orientales por una razón de necesidad para aumentar cualitativa y cuantitativamente el repertorio de dones puestos en circulación así como del prestigio de los big men mediante la generación de redes. De esta manera los tartesios logran justificar la explotación y tráfico de la plata sin que sea un recurso lógico, ni digno ni tampoco excedentario. En un intercambio ritual cada parte ofrece bienes con las que corresponder al otro, de tal suerte que todos se benefician por lograr mercancías valiosas y, por supuesto, un acuerdo interpersonal. A través del ofrecimiento de plata los tartesios satisfacen las demandas de los orientales toda vez que no se desprenden de nada imprescindible para su desarrollo interno. Por su parte, los extranjeros ofrecen a los tartesios productos en los que éstos están vivamente interesados de los que, además, pueden desprenderse sin graves consecuencias, tales como aceite, vino y ciertos textiles. El conocimiento de los intereses de los participantes es una consecuencia lógica después de un largo tiempo de relaciones interpersonales que justifica el intercambio como motor del desarrollo social. Ningún intercambio es altruista en el sentido de gratuito; al contrario, la correspondencia es necesaria para que la transacción sea plenamente moral al tiempo que cubra una necesidad práctica. Así, el ofrecimiento de plata puede interpretarse como un paso hacia adelante y, por tanto, como un factor de refuerzo de las redes diplomáticas y de las élites que participan en ellas. El intercambio entre tartesios y fenicios, entonces, se produjo en términos de igualdad y de beneficio mutuo (Torres 2002: 122; contra González Wagner 1995: 117-119; 2006: 196-107; Aubet 2009: 292-295).18 18 Para que un intercambio sea igualitario no es menester que los participantes tengan y vivan dentro de los mismos códigos éticos y simbólicos. El único requisito imprescindible es que ambos ganen y queden satisfechos. Así, cuando el pseudo-Aristóteles (Mirab. Aus. 135) afirma que los fenicios obtenían la plata de los tartesios a cambio de bienes de poco valor, se posiciona del lado fenicio y podría decir algo similar sobre los tartesios: adquirían de los mercaderes orientales los más prestigiosos dones a cambio de la inservible plata. 453 http:292-295).18 El mismo argumento que se propone sobre la explotación y tráfico de plata en Tartessos resulta válido para la explotación y tráfico de plomo en otras regiones del circuito occidental. Y, quizá, de otras materias primas invisibles en el registro arqueológico que sirvieron como dinamizadores de las relaciones interregionales y de la vida cotidiana en las comunidades de origen. Del mismo modo, la intensidad inaudita de los intercambios efectuados entre los big men del macrocircuito atlántico también pudo suponer la irrupción de materias primas como mercancías sin el status de don, pero sí como bien valioso y necesario. De nuevo, las materias primas, al igual que sucede con la plata y el plomo, no son dones tradicionales propios de un intercambio de bienes de prestigio, pero una coyuntura difícil pudo propiciar una flexibilidad moral y ritual que favoreciese su inclusión secundaria en los circuitos de intercambio. La menor rigidez de los intercambios llevados a cabo en las redes diplomáticas pudo materializarse o bien en una reformulación de la liturgia, o bien en la creación de un circuito paralelo en el que, al menos inicialmente, circulasen en exclusiva objetos como la plata, impropios de los intercambios rituales dignos según la ética heroica de siempre. Como parece difícil que, a pesar de todo, los bienes indignos pudiesen formar parte en los intercambios de bienes de prestigio, es más verosímil la segunda opción. Tal vez sea ésta la interpretación correcta del asentamiento fenicio en Huelva (Aubet 2012: 230-233). Para un oriental un establecimiento de estas características es un modo familiar de normalizar y hacer más eficiente las transacciones y, secundariamente, las relaciones intercomunitarias. Para un individuo perteneciente a una sociedad heroica constituye una novedad absoluta, lo que no significa que no esté habituado a la presencia esporádica en su aldea de gentes de otras aldeas. Dicho asentamiento opera, ante todo, como un puerto de comercio (Revere 1957; Polanyi 1963; Zaccagnini 1993). Un puerto de comercio es un enclave definido y permanente al que acuden los individuos para intercambiar unos bienes por otros movidos por el afán de lucro y con arreglo a unos precios. Además, el puerto de comercio funciona como una base de operaciones para navegantes foráneos desde el cual aprovisionarse, reparar las naves y vertebrar los desplazamientos por el entorno. Así, a través de la fundación de un puerto de comercio se solucionan los problemas que entraña el choque de dos éticas tan enfrentadas como las que representan y rigen las transacciones de las comunidades heroicas y las orientales. Que sea un enclave definido y permanente significa, en primer lugar, que se trata de un espacio físico en tierra firme y reconocible con unos límites espaciales fijos y muy claros en el que habita una comunidad durante todo el año. Los límites de este asentamiento se encuentran junto a los restos de Huelva, con seguridad la aldea tartesia más poderosa durante el BF III (Gómez Toscano y Campos 2008; Gómez Toscano 2009). Pero dado que Huelva es un promontorio rodeado por agua dulce y salada con una clara extensión hacia el interior dominado por tartesios y el asentamiento fenicio se ubica encerrado en la zona baja de la colina, parece más acertado afirmar que no se encuentra junto a, sino dentro de la aldea indígena. Por ello, a pesar de que no dispongamos de ningún documento informante sobre las normas vigentes en el asentamiento, lo más coherente es que se trate de un kārum. Este tipo de asentamiento es, en efecto, un puerto de comercio, aunque no es neutral como correspondería al modelo perfecto de este concepto. Un kārum se funda con el consentimiento de la comunidad de acogida, cuya autoridad vela por la protección 454 de los nuevos residentes y garantiza el desarrollo normal y pacífico de las actividades que en él tengan lugar, siempre y cuando no se extralimiten espacialmente, no perjudiquen a la comunidad de acogida y permitan beneficiarse a esta última, frecuentemente por medio del pago de tributo pero también por permitir el acceso a bienes exóticos demandados por la población local. En el caso referido no hay indicios del pago de tributos oficiales, pero ello no es obstáculo para considerar que así fuese, aunque los bienes entregados a la autoridad onubense fuesen en especie y, sobre todo, bajo la apariencia de dones. Los residentes del kārum se dedican a actividades que orbitan en torno al intercambio comercial. Como el asentamiento es permanente, dichas actividades también lo son. Esto se traduce de tres posibles maneras. La primera es que el flujo de cada uno de los bienes intercambiados sea ininterrumpido, es decir, que las mercancías sean perennes. La segunda es que el flujo sea estacional, intermitente o cíclico, de tal suerte que en cada época del año se trafique con unos bienes concretos. La tercera posibilidad es la combinación de ambas, lo cual parece lo más verosímil. En cualquier caso, la estacionalidad o perennidad del flujo de plata hacia el puerto significa que los tartesios podrían dedicar su tiempo a la explotación de la plata durante todo el año o durante la época pertinente, dejando el resto del ciclo anual a otros quehaceres y productos. Habida cuenta de que el ciclo agrícola rige las actividades de la comunidad y de que el régimen de tormentas condiciona el calendario naval que permite comunicar el puerto con la metrópoli, lo más probable es que la extracción del mineral de plata sea, como todo lo demás, una labor estacional. La provisión de alimentos, en cambio, debe ser constante. Si bien las aldeas pueden disponer de pequeños huertos interiores, los campos de explotación agropecuaria que las circundan constituyen las principales fuentes de recursos. No sabemos cuánta población albergaba Huelva en el BF III, pero resulta difícil de creer que pudiese crecer tanto como para convertirse en un poblado parasitario, es decir, en una ciudad sin agricultores que exige tributo a las aldeas de los alrededores subordinadas a la autoridad onubense. Tampoco sabemos exactamente cuál era el estatuto jurídico del kārum ni sus dimensiones espaciales. Quizá los tartesios de Huelva cedieron tierras de la chora para que los fenicios las explotaran o quizá tuvieran vetado el acceso a las tierras del interior tanto para habitarlas como para sacar provecho de ellas. Lo más verosímil es que la comunidad tartesia de Huelva, aunque gran lugar central, subsistiese gracias al trabajo de sus miembros en la chora al igual que cualquier otra aldea menor. La escasa presencia de restos materiales fenicios en la chora apunta a que los extranjeros residentes en Huelva tenían vetado el acceso a las tierras de cultivo, de manera que no pudieron vivir del autoconsumo. Además, los análisis paleobotánicos efectuados en algunos enclaves fenicios de la Península Ibérica revelan la preeminencia de la cebada sobre el trigo en la cocina cotidiana (Iborra y otros 2003; López Castro 2003). Esta dicotomía es igual a la observada en Tartessos y, en general, en toda la Península Ibérica hasta bien entrado el I milenio a.C. (Torres 2002: 98) y contrasta con la vivida en las ciudades fenicias orientales hasta el s. VI a.C. o fines del VII, al menos por parte de las élites que residían en ellas para las que el pan de trigo era un alimento más deseado y habitual que el de cebada (Delgado 2010: 31). Si bien el consumo de pan de cebada en las colonias ha suscitado diversas interpretaciones (ídem: 34), parece un buen indicador de una aculturación o, como mínimo, de una adaptación gastronómica por parte de los colonos a las prácticas 455 tartésicas, así como de que la base alimenticia de los fenicios occidentales eran los productos cultivados por la población local que luego los fenicios prepararían con arreglo a sus gustos y costumbres. Claro que las comunidades de las colonias no eran homogéneas socialmente y que la separación con respecto a la metrópoli pudo conducir a una suerte de criollización de los fenicios, pero no parece razonable que el trigo en el mundo colonial y en el oriental en general fuese un consumo tan restringido como lo fue en la Península Ibérica hasta los últimos siglos del I milenio a.C. Por ello, es probable que además de introducir la vid, el olivo y el almendro en el repertorio vegetal peninsular, los fenicios intensificasen en el entorno de sus comunidades el cultivo del trigo a medida que se consolidaban las colonias. Cómo se aprovisionan los fenicios del kārum de Huelva es una cuestión fundamental. Heródoto (Hist. 1.163) relata como el rey tartesio Argantonio halaga a los focenses primeramente con una invitación para asentarse permanentemente en sus dominios y, luego, con inmensas riquezas en plata. Este pasaje se presta a múltiples interpretaciones, pero podría desprenderse de él que los tartesios correrían con el avituallamiento de los focenses. Desconocemos el número de integrantes de esta expedición, pero por formidable que fuera la autoridad de Argantonio y la riqueza de los campos tartesios, tal hipótesis se antoja imposible de creer. Este argumento es plenamente extrapolable al kārum fenicio, a pesar de que son las élites tartesias quienes dan su beneplácito y protección a los fenicios para instalarse en su territorio y que, ocasionalmente, también agasajaran a sus, en cierto modo, huéspedes con comestibles en festividades que implicasen la celebración de un gran banquete para toda la comunidad onubense. Así pues, lo más razonable es que fuesen los mismos fenicios quienes se agenciasen el sustento por sus propios medios. Y para ello parece lógico que se sirvieran de dos estrategias. Por un lado, la implantación de una red de colonias agrícolas o, al menos, dedicadas fundamentalmente a la agricultura y ganadería en la región o en las proximidades de la región que abastecieran de alimentos a la comunidad fenicia. Apoyando esta opción se puede alegar que la mayoría de los contenedores de almacenaje de alimentos hallados en los niveles más antiguos del kārum y de Cádiz son importados o hechos con arcilla de otras regiones (González de Canales y otros 2004: 67-74; Behrendt y Mielke 2011; Torres y otros 2014), como Tiro, Cerdeña, Cartago y Málaga, de tal manera que la despensa de los fenicios onubenses y gaditanos depende de la red de suministros que tenían por el Mediterráneo occidental y, verosímilmente, de la metrópoli. Esto implica que la fundación de un puerto comercial de las características del de Huelva, tan alejado de la metrópoli, es una empresa muy compleja y sistemática que abarca muchas actividades interrelacionadas solo desarrollables en un proceso histórico y en una geografía extensa. La fundación coetánea del asentamiento de La Rebanadilla (Málaga) (Sánchez-Moreno y otros 2012), muy probablemente un proyecto de ciudad y no un puerto, tal vez sirviera para cubrir esta carencia de la comunidad fenicia de Huelva, aunque entre los materiales cerámicos de esta localidad no hay ánforas documentadas. Por otro lado, los fenicios de Huelva podrían intercambiar con la población local sus bienes por alimentos. De hecho, una parte de los bienes ofrecidos por los fenicios podría ser excedente de pescado recogido por los mismos fenicios en los caladeros de la zona (Boardman 2011), aunque parece lógico que los tartesios también pescaran. Nuevamente cabe considerar mediante qué procedimiento se intercambiaban los 456 comestibles, y lo más coherente con el contexto es que se tratase del mismo mediante el que se consigue las tortas de plata. En cualquier caso, ambas estrategias de avituallamiento pueden desplegarse a la vez, lo que supondría un esfuerzo mayor, pero sin duda también una mayor garantía de supervivencia. Los beneficios obtenidos en el puerto comercial por los fenicios a base de metales, marfil y otros productos debieron justificar tamaño esfuerzo. El puerto de comercio es un lugar para el desenvolvimiento de los intercambios. Es decir, el puerto actúa como un escenario físico muy definido. Los intercambios entre héroes tienen lugar, de inicio, en cualquier escenario, aunque la casa del anfitrión siempre es un lugar idóneo. Es más, el banquete se ofrece en un lugar que tiene igualmente la función de ofrenda – se ofrece hospitalidad –, por lo que sólo entonces es posible referirnos a los participantes del banquete como anfitrión e invitado. Los hogares de los residentes del puerto no son, en sí, espacios habitacionales equiparables a la casa de un big man ni de ningún potentado tartesio. No hay ofrecimiento de hospitalidad en un puerto de comercio. Porque en un puerto de comercio lo único que se ofrece son mercancías, aspecto que dota de una cierta neutralidad al intercambio. Así pues, el puerto de comercio es el lugar definido para un intercambio definido: el intercambio de mercado. El hecho de que la plata sea un metal propio de intercambio comercial y no de intercambio ritual favorece la construcción de un lugar simbólico o, mejor dicho, aséptico en el que desarrollar el intercambio de este metal. Mediante la fundación de un kārum se encauzan las transacciones efectuadas en el contexto de la red diplomática extendida por el circuito occidental que tiene en los fenicios a los protagonistas principales desde el BF IIIB en adelante y que prescinde del elemento moral propio y necesario de la ética heroica. Es probable, no obstante, que al mismo tiempo que la fundación del kārum orientales y tartesios ya se sirvieran de un espacio delimitado para realizar sus transacciones en el área del santuario de El Carambolo (Delgado 2011; 2013: 318). Las primeras estructuras pétreas visibles del santuario se fechan en el BF IIIC, por tanto ya en época colonial. Sin embargo, bajo estas estructuras se documenta cerámica fina de estilo Carambolo. Estos vestigios cerámicos permiten suponer que El Carambolo funcionaba como un lugar específico y sagrado, quizá al aire libre, donde efectuar los intercambios en la fase previa a los niveles de arquitectura oriental. Sin embargo y a pesar de no poder ser demostrado de manera sólida, es altamente probable que el santuario primitivo – si acaso era tal – no fuese el espacio apto para desarrollar transacciones siguiendo el mismo procedimiento que en barrio fenicio de Huelva. Por tanto, el intercambio de mercado en un puerto de comercio es la solución alcanzada que compensa tanto a levantinos como a tartesios por igual, ya que no contraviene los principios éticos más importantes de ambas partes o, al menos, ya que su aplicación no supone un cisma en la sociedad tartesia. Con esta interpretación se responde a la pregunta sobre el modo de interacción cuando éste gira en torno a la plata y al plomo. El modo complementa a la finalidad, interpretada como una acuciante necesidad por aumentar el prestigio de las élites atlánticas y, en especial, de las de Tartessos en cuanto a que enlaza los macrocircuitos atlántico y mediterráneo. El éxito del puerto de comercio implantado en Huelva y, por 457 tanto, del intercambio de mercado favorece, a la larga, la inclusión de otras mercancías como el marfil y, lo que es más importante, la adopción de este procedimiento de intercambio en el corazón de las redes sociales de Tartessos en el Período Orientalizante, dando continuidad a la crisis de valores iniciada durante la Protocolonización. La irrupción del intercambio de mercado no releva al intercambio ritual en ninguna de sus circunstancias en las sociedades heroicas del BF III, ni tampoco lo relega a un segundo plano. Con el intercambio comercial se logra una solución para un problema estructural de la sociedad tartesia que limitaba la adquisición y aumento del prestigio a sus héroes y, por ende, el mantenimiento y fortalecimiento de las redes sociales que sostienen. El intercambio de mercado se orienta exclusivamente al circuito occidental, es decir, al circuito comprendido entre la Península Ibérica y el Círculo del Tirreno y, más en concreto, a la mediación fenicia. En cambio, en el contexto de las redes atlánticas el modo normativo y normal de contacto es el intercambio ritual de dones, a pesar de que el valor de cambio y, en mayor medida, el valor práctico van ganando terreno progresivamente en detrimento del valor ideológico, especialmente a su componente moral. Por ello, la Protocolonización es el inicio de una coyuntura turbulenta en la que en el circuito occidental se compaginan dos éticas en un único sistema de intercambio que separa redes diplomáticas, una orientada al Mediterráneo y otra al Atlántico. La aparición del mercado en Tartessos y más en concreto en Huelva se adentra en un proceso histórico en el que la aldea onubense adquiere una mayor centralidad en las relaciones intercomunitarias a la vez que se asienta en ella un puerto de comercio fundado por los fenicios bajo la forma de un kārum. Sin embargo, este último dato supone un punto de inflexión en la circulación de bienes, ya que los fenicios progresivamente van a aglutinar en sus barcos y sus redes sociales una parte muy voluminosa de todo el tráfico de mercancías. 3. Hacia una nueva ética La explotación de la plata en Tartessos en época protocolonial supone el inicio de una transformación vertiginosa en un espacio enorme que abarca buena parte de los macrocircuitos mediterráneo y atlántico. Al mismo tiempo revela tres aspectos de suma importancia. En primer lugar, la expansión fenicia no se puede justificar como una solución a un problema de desequilibrio malthusiano en la metrópoli y su área de influencia, sino como una empresa de prospección y luego de aprovisionamiento de metales y otros bienes, de tal modo que parece posible zanjar un largo debate con respecto a las causas de expansión (González Wagner 1981: 38-47; 1995; González Wagner y Alvar 1989; Aubet 1995; 2006; 2012; Ruiz-Gálvez 2013: 268). En segundo lugar, en Tartessos ya había un contacto muy estrecho e intenso entre los navegantes venidos del Mediterráneo y las comunidades locales, ya que el aprendizaje de la copelación requiere necesariamente la presencia en suelo de explotación de metalurgos familiarizados con las minas con la copelación. Este contacto se plasma claramente en la fundación de un barrio fenicio en Huelva y, de manera general, va a significar un salto cualitativo paulatino pero irreversible en la ética heroica practicada en la zona con la implantación de un sistema mixto. Y, en tercer lugar, que el circuito diplomático ubicado en el Mediterráneo occidental experimenta una revitalización gracias a la demanda imperiosa de plomo, ya que este metal no existe en Tartessos en cantidad suficiente y sí, en cambio, en los territorios vecinos. No obstante, a pesar de que este circuito occidental se asienta sobre viejas relaciones diplomáticas entre big men, los 458 mercaderes fenicios logran superponerse o, al menos, equiparase a la fuerza de sus antiguos impulsores como intermediarios. De todas las regiones comprendidas por el circuito occidental, es en Tartessos donde primero comienza a dejarse sentir el impacto oriental no solo por la mera presencia física de gentes chiprolevantinas, sino por los comportamientos en las redes sociales, haciéndose más visible en la diplomática. La inclusión de una mercancía ilógica en las redes de intercambio rompe con la lógica ancestral que se ha desarrollado en la ética heroica. Esta redundancia apunta a que la imagen tradicional del héroe sufre una modificación significativa. Después de proporcionar una interpretación coherente a las cuestiones referidas a la finalidad y a los modos de inclusión de la plata en la economía tartésica surge una nueva pregunta relacionada con el impacto cultural e histórico de dicha inclusión y del intercambio de mercado. No se trata, pues, de describir las consecuencias directas de la introducción del intercambio de mercado, ya que el comercio forma parte de un complejo proceso en el que convergen varios procesos. A fin de cuentas, la cultura funciona como un sistema compuesto por varios subsistemas necesariamente interrelacionados, y las alteraciones que sufre cada uno de ellos repercute no sólo en los otros sino en todo el conjunto como un ente único. Por tanto, el mercado y los nuevos metales constituyen dos elementos introducidos por primera vez en un período crítico que no se resuelve eliminando la necesidad, sino aliviándola. La sociedad heroica, conservadora por principios éticos que contribuyen a su prosperidad, se decanta por el efecto multiplicador que supone incorporar elementos a su cultura, lo que significa en términos históricos una transformación de notable calado que afecta a su esencia heroica. La solución del advenimiento de un sistema que concilia dos éticas contrapuestas es por naturaleza inestable, de manera que la solución encontrada revierte en una nueva amenaza para la paz social. El problema principal al que tienen que hacer frente las élites heroicas y, por extensión, las comunidades atlánticas concierne al sostenimiento de las redes sociales. A través de estas últimas se garantiza la subsistencia y el acceso a los dones, lo que implica garantizar la prosperidad de la comunidad y la adquisición de prestigio justamente a todo el mundo. Prestigio y familia, rango y reciprocidad son los principios estructuradores de la sociedad heroica y, por tanto, de la ética heroica. Las redes sociales son las vías de circulación y distribución justa los bienes de subsistencia y de prestigio. Aunque las dos clases de bienes pertenecen a ámbitos distintos y, por tanto, a circuitos morales distintos, en la práctica se solapan ya que las personas implicadas suelen ser las mismas. Así, el sostenimiento de las redes permite y determina la capacidad de administrar justicia y viceversa. Únicamente la minoritaria pero sumamente prestigiosa red diplomática se encuentra, en principio, al margen de la circulación de bienes de subsistencia puesto que atiende a otras necesidades distintas a las de la subsistencia de las aldeas. En cualquier caso, las tres redes están interconectadas a través de un big man. El big man funciona como una institución en la figura personal de un héroe prestigioso. En la medida en que las redes sociales son alianzas interpersonales y que en el entorno del big man hay otros héroes prestigiosos compitiendo por acrecentar su prestigio y capacidades, el big man no es un rango vitalicio ni hereditario. No obstante, un big man 459 muy capaz y prestigioso que refuerza su autoridad día a día es difícil de superar, si bien no se trata de un tirano, sino de un primus inter pares. Por tanto, a través de las redes sociales o relaciones de interdependencia circulan los bienes de prestigio y subsistencia para la prosperidad de la sociedad, y ellas dependen de las habilidades y capacidades de las personas por integrarse en ella y hacer integrarse a los demás empezando por el big man. Así, si en el BF III Huelva es un lugar central en Tartessos que solapa dos macrocircutos no se debe sólo a su emplazamiento estratégico, sino a que en esta aldea vive un poderoso o el más poderoso big man de todas las sociedades heroicas del Atlántico y del Mediterráneo occidental… probablemente favorecido por la posición estratégica de Huelva. El BF III es el período de esplendor de las sociedades del Complejo Cultural Atlántico y, a la vez, es también un período crítico ya que la voracidad de las élites sociales es insaciable y su necesidad es desbordante. Dicha dicotomía provoca un equilibrio delicado que se ve igualmente condicionado por otros tres factores. En primer lugar, detrás de muchas, sino todas las crisis históricas se esconde un desequilibrio malthusiano consistente en un aumento demográfico no proporcional al rendimiento agrícola. Así pues, es factible que una amenaza de este tipo esté presente durante el BF III del Atlántico perceptible en la crisis de valores que atraviesa la sociedad tartesia, la aparición de nuevos poblados y el incremento del registro arqueológico. En segundo lugar, desde el BF IIIB, por lo menos, la ética heroica institucionalizada se desarrolla a la par que la ética fenicia cuya materialización se restringe al puerto de comercio erigido en las faldas de Huelva. Un sistema mixto compuesto por dos éticas contrapuestas es presumiblemente inestable. Y en tercer lugar y ligado a esto último, la creciente presencia oriental en el circuito occidental y el incremento del flujo de bienes en dirección a Oriente apuntan a que el intercambio de mercado le está ganando la partida al intercambio heroico. Un mayor volumen de mercaderías requiere un mayor esfuerzo por parte de las redes implicadas y un mayor control de la organización socioeconómica, además de que cada vez razonablemente haya más dones de bronce originariamente atlánticos que circulen a través del puerto de comercio como mercaderías. Mientras haya medios para mantener la relación voracidad-necesidad que estructuran la ética heroica y que se muestra especialmente sensible en el BF III, el mundo atlántico sigue adelante con sus estructuras indemnes. Pero una alteración en el frágil juego de equilibrios puede provocar un colapso, como parece ser el caso de las comunidades del Alentejo, cuya organización social no sobrevive a los cambios e intensidades del Horizonte Peña Negra I (Berrocal y Silva 2010: 235). El complejo cultural atlántico del BF III y en concreto Tartessos constituye una sociedad de riesgo (Beck 1998). El sistema mixto es el más visible de los factores que amenazan la prosperidad tartésica. La conciliación de dos modelos éticos cuyos principios son antagónicos requiere un cuidado exquisito. La implantación del intercambio comercial en un puerto como solución al problema de la demanda de (bienes de) prestigio y de plata podría haber supuesto el cruce de una línea roja aunque atenuado por la continuidad de las dinámicas tradicionales. No en vano, la transición hacia el intercambio de mercado no es más que un giro conceptual: ni el ánimo de lucro ni el valor práctico de los dones son dos elementos nuevos, ni tampoco la incorporación de nuevos dones al repertorio tradicional ni los contactos con navegantes orientales. Sin embargo, el ánimo de lucro 460 se amplía de la rapiña a ciertos intercambios y los dones-lingote cada vez tienen más valor de uso que ideológico. Por tanto, los tabúes absolutos no desaparecen, pero se relativizan. La entrada del valor relativo en el pensamiento tartésico dinamita las estructuras éticas que no son otra cosa que el prestigio y la reciprocidad. El mayor peso fenicio en las redes diplomáticas y la mayor fragilidad del juego de equilibrios en el lapso de dos generaciones (BF IIIB) crean una situación incómoda que obliga a las élites tartesias a insistir en los nuevos elementos culturales introducidos que se resumen en una acentuación del valor relativo. Del valor relativo de los bienes, de las personas y de las relaciones interpersonales. Y para ello las élites tartesias se van a orientalizar. El Período Orientalizante arranca a mediados o finales del siglo VIII a.C., cuando el influjo de los fenicios sobre las poblaciones locales es total y definitivo a nivel tecnológico, ético – social y económico – e ideológico – moral y simbólico. Dicho influjo no es otra cosa que la cristalización de un proceso emprendido en el BF III consistente en una reorganización social encabezada por las élites heroicas en torno al intercambio de mercado y a la gradual asimilación de la ética fenicia en cuanto al predominio del valor relativo como solución a la amenaza de colapso de las instituciones sociales y, por extensión, de la paz social. Este proceso iniciado en el Horizonte Peña Negra I se denomina (proto)orientalización. El proceso histórico proto-orientalizante no es fácil de describir (Barceló 1992). Sin atender escrupulosamente a la totalidad de elementos cambiantes que interaccionan en el BF III – por otra parte algo imposible de realizar –, la conversión de bienes ilógicos en lógicos es, quizá, no tanto una causa prístina, sino un síntoma desdibujado de una necesidad por reorganizar la estructura social tartésica y, de paso, de buena parte del circuito occidental. El aumento in crescendo de actividades desarrolladas al amparo de las redes sociales a lo largo del Bronce Final, tanto por un presumible crecimiento demográfico como por sus propias dinámicas internas, puso contra las cuerdas la ética reinante. Quizá debido a un desequilibrio malthusiano o quizá debido a las desbordadas aspiraciones de adquirir un mayor prestigio por parte de los diversos potentados, los bienes de prestigio resultaron insuficientes, no tanto desde un punto de vista cuantitativo, sino cualitativo. A medida que avanza el Bronce Final, se multiplican el número de deposiciones rituales y el número bienes que los integran. Depositar ritualmente es un método para retirar bienes de prestigio dentro del orden moral y con el debido cuidado para evitar una fractura social. Es decir, mediante una deposición se restaura el equilibrio entre cantidad de prestigio y cantidad de símbolos de prestigio, que se había visto comprometido por la acumulación desmesurada en manos de un único individuo o de unos pocos. Es, por tanto, una medida deflacionaria que permite recuperar el vigor social y económico. Una sociedad heroica, a pesar de las diferencias de rango, es una sociedad igualitaria en la que todo el mundo tiene acceso a los recursos, al prestigio y a las instituciones aunque algunas personas y familias gocen de una situación ventajosa. La acumulación excesiva de bienes circulantes rompe el curso ético y natural de la sociedad, razón por la cual las comunidades tienden al conservadurismo. Sin embargo, la producción y circulación de bienes de prestigio no parece ir a menos, sino a más. Y no sólo eso, sino que con el tiempo aparecen bienes más elaborados cuya 461 filiación se rastrea por Oriente. La introducción de bienes orientales, en su condición de exóticos y escasos, alivia la necesidad de incrementar el valor simbólico y moral de los bienes de prestigio pero, al mismo tiempo, la voracidad de las redes a pleno rendimiento pronto provoca una saturación de dones. Los bienes destinados a la subsistencia, por el contrario, pudieron experimentar un desarrollo inverso, de tal manera que lejos de saturarse la producción, circulación y consumo, la escasez comenzó a hacerse palpable. Las redes sociales, a partir del principio de la reciprocidad, se encargan por sí mismas de repartir moderadamente los alimentos y, en general, todos los recursos necesarios e indispensables para el desarrollo normal de la vida. Una explosión demográfica es siempre motivo de cambio brusco cuando el equilibrio entre recursos y población es muy delicado. O, quizá, una concatenación de malas cosechas, entrañando los mismos riesgos. El desequilibrio negativo genera más y más virulentas oleadas de rapiña, pero también una necesidad y un pretexto para reorganizar las relaciones interpersonales, los intercambios y, en definitiva, la ética. Por tanto, el BF III es una etapa histórica que, según se mire, puede interpretarse como un período de fortalecimiento de las comunidades atlánticas o de debilitamiento. Aceptando esta última hipótesis, una intensificación en el influjo fenicio bien pudo significar un soplo de aire fresco para las comunidades del circuito occidental al introducir nuevos valores en una ética muy desgastada. Y, así, podría cobrar sentido la explotación de un recurso hasta el momento inerte, junto con otras muchas innovaciones culturales que eclosionarán en el Orientalizante, como el intercambio de mercado favorecido por el alza del lucro típico de la rapiña y de las dificultades para acceder a los recursos básicos y, derivado de ello, la reestructuración hacia una sociedad estratificada en la que el status ha perdido valor moral en favor del contractus (Maine). De nuevo aceptando que la proliferación de bienes de prestigio en el BF III esconde una debilidad estructural, tal vez los impulsores del cambio no fuesen ni fenicios ni los potentados con más prestigio y, por tanto, más peso social en la organización de las redes, sino un sector intermedio y desfavorecido en el seno de las redes clientelares y familiares. Este sector no habría que interpretarlo como una clase social en sentido marxista, sino como héroes a los que cada vez les cuesta más adquirir prestigio debido al progresivo y acelerado aumento de prestigio de uno o varios big men hasta entonces responsables de los intercambios ultramarinos y muy inmovilistas. Así, a través de la implantación incipiente del intercambio de mercado este sector “frustrado” rompería el “monopolio” de las redes diplomáticas establecidas, sin dinamitar el status y la autoridad de los big men. Renunciarían al prestigio supremo del intercambio ritual de dones – donar, recibir, corresponder – pero, a cambio, conseguirían un prestigio atenuado, aunque igualmente eficaz para mantener su rango elevado en una época de necesidad. En el mercado se intercambia la banal y lucrativa plata por bienes de prestigio orientales difícilmente accesibles por otras vías, convirtiéndose en un mecanismo alternativo y no excluyente de intercambio. Esta conjetura significa que a través del intercambio de mercado un grupo de héroes asumen como propios los valores de los fenicios para repartir más equitativamente los bienes de prestigio y, de este modo, preservar la paz social. 462 Tal vez el advenimiento del intercambio de mercado y del barrio fenicio en Huelva se contextualicen en un ambiente de gran tensión y hostilidades entre los propios tartesios, de tal manera que la presencia de extranjeros contribuyera a aliviar la crisis social y económica al inclinar la balanza del lado de los onubenses, como sucedió con los pueblos andinos a la llegada de los conquistadores castellanos. Así pues, la fundación del kārum podría interpretarse como una cesión de los tartesios onubenses como contraprestación por algún tipo de servicio de armas – recuérdese que el pillaje se liga íntimamente con las actividades ultramarinas, como bien relata Odiseo (Od. 9.39-61) – que hubiese beneficiado a las poblaciones costeras, en especial a los vecinos de Huelva. Quizá, por extensión, el intercambio de plata sería una condición impuesta por los fenicios. Esto significaría que en Tartessos a partir del Horizonte Peña Negra I, sino antes, el dominio fáctico de Huelva y sus aliados sobre las comunidades del interior era una realidad. Por tanto, la transformación ética podría interpretarse como la resolución de una crisis dentro de las interrelaciones entre distintos big men con facción vencedora asentada en Huelva y una perdedora y sometida de alguna manera en la zona de las minas. De acuerdo con esta lectura, ¿intercambiarían los onubenses no sólo plata y otros objetos, sino también esclavos o personas de menor rango social? (González Wagner 1995; Moreno 1999; 2000; Torres 2002: 384; Alvar 2008). Por otra parte, suponiendo que la hipótesis del desequilibrio malthusiano sea falsa, que la circulación de bienes y el principio de reciprocidad funcionasen sin problemas y que Tartessos no fuese escenarios de una patente conflictividad social, el hecho de encontrarse tan fortalecidas durante el BF III las comunidades heroicas y, en particular, las élites sociales, pudo servir como excusa para introducir una alteración en la ética reinante que fuese aceptado por toda la sociedad. No en vano, uno de los factores de transformación de las tradiciones es el acomodamiento de la ética a los propios intereses de quienes ostentan la autoridad moral. Resulta verosímil que la plata no sólo fuese hasta entonces un recurso fuera de la lógica, sino de la moral y, por tanto, un tabú. Convertir un tabú en una costumbre o idea virtuosa pudo estar al alcance de la élite social que es también la élite moral. Así, la explotación de la plata y del plomo, dos bienes carentes de valor simbólico y moral, se tornó en una actividad normal y normativizada. Sea como fuere, la inclusión de la plata (y del plomo) en el pensamiento de las comunidades occidentales supone o es fruto de una crisis de valores que desemboca en una transformación ética. Las crisis de valores surgen de contextos en los que se producen crisis de subsistencia. Pero resulta adecuado esta vez no interpretar el concepto crisis como un trance puramente negativo. Al contrario, la crisis puede explicarse como una progresión hacia la prosperidad en la que deben reajustarse valores que se han quedado anticuados. Cualquier crisis implica una contradicción y en el caso de la sociedad tartesia y de otros grupos occidentales las contradicciones alcanzaron un límite en el BF III que se fue reajustado gradualmente durante varias generaciones hasta asentarse en el Período Orientalizante. Igualmente, tal y como se exponía en el comienzo de este estudio, pretender crear un modelo interpretativo que se adapte a una sociedad en crisis partiendo de dos modelos perfectos de justo antes y después de la crisis no parece lo más conveniente. De hecho, podría incluso considerarse como una frivolidad más propia de la literatura que de la ciencia. La crisis del BF III se debe explicar por procedimientos empíricos y lógicos en la medida de lo posible, recurriendo lo mínimo a especulaciones de dudosa contrastación. 463 Un desequilibrio malthusiano es razonable, pero no está demostrado, y es evidente que la sociedad occidental sobrevivió a la crisis. Una transformación no traumática es razonable, pero ni puede ser verificada ni se puede ser tan ingenuo como para creer que una reorganización social no conlleva la aparición de sectores desarraigados o, al menos, desfavorecidos. Parece evidente que durante el Período Proto-orientalizante, con la implantación del comercio y la entrada en vigor del concepto de valor relativo como categoría moral también se produjo una reorganización social consistente en la conversión del prestigio, hasta entonces imbuido en la posición en las redes sociales, en un bien transmisible por herencia. Es decir, en el paso de un prestigio por el mérito a otro por herencia. El prestigio, en este sentido, continúa siendo un valor absoluto, pero al cerrarse o dificultarse la capacidad de su obtención y disfrute, la autoridad y los derechos y obligaciones que conlleva también se cierran. La herencia determina el status de cada estrato social, y tal determinación constituye una de las claves y principios de la sociedad tartésica en el Proto-orientalizante. Por su parte, el valor relativo vigente en la transacción de mercado significa que un don no se intercambia por otro don bajo el signo de la correspondencia, sino que se compra a cambio de protomonedas o de otro bien con un precio equivalente. Precio, contra- venta y mercadería son nuevos conceptos que aparecen con la implantación del comercio y afectan a la consideración de los bienes. De acuerdo con la ética heroica, todos los bienes se componen de una parte sustancial y tangible y de otra esencial e intangible; todos los bienes son susceptibles de categorizarse como dones dependiendo de la circunstancia y modo en que se empleen, como los bueyes referidos páginas atrás; y todos los bienes pueden, potencialmente, ser mercancías y circular como bienes de subsistencia o de prestigio. Con el advenimiento de la opción del intercambio de mercado, los dones tradicionales se dividen en dos: mercaderías y dones propiamente dichos. En estos últimos sigue prevaleciendo el valor absoluto y preferente, están cargados de moralidad y simbolismo y su circulación se ajusta a unos ciertos contextos. En cambio, las mercaderías son dones que han perdido su dignidad, lo que los equipara al resto de bienes circulantes, de tal manera que se puede afirmar que pierden su condición de dones. Como su valor es relativo, también es cuantificable, de manera que para equiparar dos mercaderías es menester que ambas dispongan del mismo valor relativo, es decir, del mismo precio. Los bienes que tienen precio no se dan y reciben, sino que se venden y se compran, por eso la adquisición de bienes en un mercado se realiza por contractus, que es el otro principio de la sociedad que está emergiendo en Tartessos. Así las cosas, los principios que rigen la ética heroica tradicional, el prestigio y la reciprocidad, se reemplazan por la herencia y el contractus, de manera que no se transforma una parte de la ética, sino que aparece una nueva ética (fig. 30). Este tránsito tampoco es repentino, sino generacional. En una sociedad heroica, a pesar de que las vías de acceso al prestigio están abiertas para todos sus miembros, unos individuos lo tienen más fácil que otros por el hecho de nacer en el seno de una red social. Cada red social, cada uno de los grupos enlazados por sangre o por alianzas morales que vertebran la sociedad, dispone de unos recursos que deben compartirse internamente por un principio de reciprocidad imprescindible para la supervivencia del grupo. Limitar la generación de nuevas alianzas morales, tanto para la formación de 464 redes clientelares como de enlaces matrimoniales, significa limitar el acceso a los recursos, a los bienes de prestigio y de subsistencia, a la autoridad y, en definitiva, a incorporarse a una red distinta a la que corresponde por nacimiento. Tal limitación forma parte de las estrategias de las redes sociales que velan por su perduración y fortaleza y puede ser más o menos laxa. Sin embargo, aumentar la dificultad de acceso a las redes sociales, que es lo que parece que sucede en el BF III, crea una nueva forma de relacionarse entre los miembros de la comunidad. La reciprocidad se practica dentro de cada red, ámbito en el que también se intercambian bienes de prestigio de manera ritual. Sin embargo, la red clientelar que unifica a individuos con distinto prestigio pertenecientes a diversas familias es mucho más sensible a la estratificación. La solidaridad entre sus integrantes y el rango de cada uno de ellos es, por naturaleza, jerárquico, de manera que la transmisión hereditaria del prestigio torna las relaciones clientelares en mucho más jerárquicas (García Sanjuán 1999: 346-348). Los dones y las ofrendas siguen fluyendo en esta red, pero el sentido vertical es más perceptible que el horizontal en este flujo desde la orientalización de las élites. Así, no es de extrañar que el flujo de bienes de prestigio se reduzca dentro de una red clientelar, al igual que el valor ideológico poco a poco vaya disminuyendo en favor del valor práctico y, en fin, del valor relativo de los bienes. Por tanto, el prestigio y la reciprocidad, principios de la ética heroica, se mantienen pero los modos y medios de obtención del primero y de expresión del segundo sufren una importante, paulatina e irreversible transformación en BF III. La distribución de bienes de prestigio y de subsistencia se ciñe más a las redes particulares que componen cada estrato, aunque todo el mundo continúa teniendo acceso a los bienes. Dichos bienes, especialmente los más prestigiosos, comienzan a valorarse de manera relativa y cuantificable en vez de absoluta y moral, de tal suerte que sólo quienes estén capacitados para pagar su precio de mercado con protomonedas tienen el derecho de adquirirlos. Así, el prestigio se compra o, dicho con otras palabras, el status se adquiere por contractus. 4. Conclusión En resumen, las redes sociales que aúnan comportamientos interpersonales y actividades económicas en las sociedades de rango están regidas por dos principios éticos para asegurar la supervivencia y la prosperidad del grupo: el prestigio y la reciprocidad. Las instituciones sociales rigen las actividades económicas, de tal manera que la explotación, la producción, la distribución y el consumo de los bienes constituyen, en palabras de Émile Durkheim, hechos sociales totales. En el pensamiento heroico, además, todos los elementos integrantes de la realidad poseen valor moral y por eso es la ética la que dictamina los comportamientos económicos junto con los sociales de manera indisoluble. Sin embargo, no todos los bienes tienen la misma categoría moral. Las redes sociales funcionan como circuitos de intercambio de bienes, aunque cada uno de estos circuitos – familiar, clientelar y diplomático – se fragmenta borrosamente en otros subcircuitos con arreglo al valor moral de la transacción, de los participantes, de la circunstancia y de las mercancías (dones, bienes de subsistencia y personas). 465                                                              Las dinámicas de las sociedades heroicas en el BF III conducen a una situación de necesidad de generación de nuevos bienes de prestigio y de apertura de nuevas redes diplomáticas que, en el fondo, no son más que relaciones interpersonales. Por su parte, las sociedades orientales también se encuentran en una situación de necesidad de materias primas para la elaboración de bienes de prestigio y bienes protomonetarios para evitar un nuevo colapso y para continuar con la reorganización de los Estados tanto interna como externa emprendida entre los siglos XIII-XII a.C. Así, la interacción cultural entre las sociedades heroicas del macrocircuito atlántico y las sociedades estatales orientales se produce en una coyuntura de esplendor y de crisis al mismo tiempo. Con la intensificación de las relaciones entre occidentales y orientales, especialmente entre tartesios y fenicios, se produce el advenimiento de dos elementos culturales fundamentales. Por un lado, el de un nuevo modelo de asentamiento en la que se recuperan las estructuras de piedra, lo que evidencia una mayor estabilidad y una renovación del concepto de posesión y pertenencia, es decir, una nueva ética de convivencia vecinal y un mayor distanciamiento lógico frente al medio natural, así como también la visibilidad funeraria, otrora inexistente, que se liga a la posesión de la tierra tanto económica como ideológicamente (Torres 1999). Por otro, el advenimiento de dos recursos hasta entonces fuera de la lógica y de la ética heroicas, la plata y el plomo. A su vez, este mismo contexto favorece la entrada muy problemática del concepto de valor relativo de las mercancías en la ética heroica a partir del empuje oriental. La conciliación entre las éticas se resuelve en la fundación de un puerto de comercio en la más importante aldea tartésica, Huelva, que centraliza las relaciones entre foráneos e indígenas. Las transacciones efectuadas en el puerto de comercio otorgan una cierta estabilidad al frágil equilibrio implantado en el sistema de intercambio tartésico que concilia dos éticas contrapuestas, la heroica y la fenicia. El aumento de la necesidad por ambas partes y la intensificación de los contactos hace mella en este equilibrio que desemboca en una transformación a gran escala aunque intencionadamente no abrupto con el fin de evitar el derrumbamiento de las redes sociales tartésicas y, con ello, de su propia prosperidad. Este proceso de transformación silenciosa aunque efectiva se produce durante el Horizonte Peña Negra I y se puede denominar proto-orientalización que afecta, principalmente, a las élites sociales por asimilar hábitos típicos de los fenicios como la herencia del prestigio y, por tanto, de la autoridad, así como la normalización del contractus. Y, quizá, el tributo como garantía de la circulación de bienes entre estratos sociales. Las estructuras culturales nunca son tan rígidas como para no aceptar cambios que permitan el desarrollo social. Porque las estructuras no sólo son flexibles en cierto sentido, sino que se están reestructurando continuamente dentro de su marco de referencia, tal y como teoriza Pierre Bourdieu.19 Así, la adopción de un sistema mixto de intercambio permite la estabilidad frágil de la ética heroica y la progresión de la sociedad tartesia (y, de paso, las otras sociedades con las que interactúa directamente) que de otro modo hubiera requerido un esfuerzo mayor o desembocado en el colapso ético y social. Finalmente y como conclusión del tema de la ética a la vez que enlazando con el siguiente capítulo, el significado histórico real de las mercancías abarca mucho más 19 Véase el apartado 4.2 del capítulo 1 sobre la categoría de habitus. 466 http:Bourdieu.19 que la mera transacción. En la medida en que todas las mercancías intercambiadas disponen de valor ideológico, de cambio y práctico, éstas funcionan como indicios de la cultura en su sentido más amplio. Los objetos son elaborados y transportados por personas, a la sazón la unidad mínima de creación, transmisión y transformación cultural. Por ello es factible considerar que con el intercambio de mercancías se produce un intercambio de ideas, conocimientos y símbolos. Las mercancías son indicios de una interacción cultural protagonizada por personas que introducen y asimilan, enseñan y aprenden. INTERCAMBIO NO MONETARIO INTERCAMBIO MONETARIO Valor absoluto Valor relativo Don Dinero, moneda Don-divisa Moneda Bien de subsistencia (intercambio) Dinero, moneda Mercancía Mercadería Valor ideológico Valor material Predominio del intercambio Predominio de la mercancía Moralidad Cálculo Reciprocidad Lucro Correspondencia Compra-venta Banquete ritual/Intercambio doméstico Puerto de mercado/mercado Relación interpersonal Relación impersonal Status Contractus Fig. 30: Valores opuestos en sistemas de intercambio. 467 468 16. INTERPRETACIÓN Y TRANSFORMACIONES IV: INNOVACIONES TECNOLÓGICAS 1. Introducción La tecnología se encuentra en los cimientos de la cultura, evidenciando e implicando una transformación de la Naturaleza por la iniciativa y la voluntad exclusivas de los seres humanos. De esta manera, a través de la tecnología se crea una divisoria entre los animales y las personas y, por ende, en la propia historia del género Homo. La tecnología, junto con el lenguaje oral, son los factores críticos que mejor y de modo más visible explicitan esta divisoria trascendental. Sin embargo, mientras que la lengua es una creación natural e inconsciente, la tecnología es una producción intencionada. La tecnología es fruto de la capacidad técnica, es decir, de manipular el medio y transformarlo. El paso del estado natural al estado cultural se produce a través de la creación de artefactos con los que satisfacer las necesidades humanas más elementales. Este paso es irreversible, de manera que las consecuencias son también irreversibles y, por tanto, trascendentales. Crear tecnología implica vivir en la tecnología y, de este modo, romper los límites primigenios de los seres humanos. Así, mediante la acción creadora el ser humano se independiza del medio natural. En otras palabras, a través de la tecnología los seres humanos se humanizan y abandonan la Naturaleza para adentrarse en la Cultura. En la medida en que la tecnología es el efecto de una transformación voluntaria, comprende el elenco de objetos así como los conocimientos para llevar a cabo dicha transformación. Es decir, el concepto de tecnología equivale, por un lado, a los artefactos y, por otro, a la técnica de fabricación. A su vez, el concepto de técnica reúne otros dos conceptos: el conocimiento de los medios y los modos de operar y la destreza manual con la que pasar de los diseños imaginados a los objetos concretos. Por tanto, una renovación tecnológica significa un cambio en los conocimientos, en las habilidades y, en último término, en la cultura material. La cultura material es el rasgo más visible y que mejor indica una renovación tecnológica. Sin embargo, los aspectos más interesantes y profundos de dicha renovación se engloban en el campo de la técnica, en virtud de los cuál se reflexiona sobre el mundo y se domina la materia. De esta manera, la referencia a un cambio tecnológico implica necesariamente un cambio en la mentalidad y en la relación Cultura-Naturaleza/Artesanía-Recursos. Por tanto, al renovar la tecnología se renueva la sociedad, aunque en el registro arqueológico tan sólo sean perceptibles algunos objetos. 469 Con todo y con esto, en este capítulo se va a proceder al estudio del cambio tecnológico partiendo en el marco de la Protocolonización, lo que implica, en principio, que la transformación en la cultura material y en la técnica se liga a una transmisión tecnológica por parte agentes orientales a las comunidades peninsulares. Con esta propósito, las preguntas elementales que van a estructurar el capítulo son qué evidencias e indicios se identifican en el registro arqueológico sobre la transferencia tecnológica, la finalidad y los modos en los que se produce dicha transferencia y, por último, el cuáles son las consecuencias simbológicas que depara a las sociedades peninsulares del BF III la introducción de nuevos elementos de tecnología. 2. Evidencias e indicios El campo más visible en el que se aprecia una transformación tecnológica vinculada a las relaciones entre las comunidades atlánticas y mediterráneas en el BF III es el de la metalurgia del bronce. Aparte de una renovación en el repertorio de hachas, espadas y lanzas, en el BF III irrumpen ciertos objetos elaborados en bronce siguiendo un procedimiento que rompe con la tradición artesanal: el método de la cera perdida. Gracias al empleo de este método es posible realizar diseños inalcanzables utilizando un molde bivalvo de piedra o cerámica, como sucede con las molduras y los prótomos que embellecen los objetos. Asimismo, otros diseños tienen una función más práctica directamente relacionada con el uso de los propios objetos. Tal es el caso de los asadores articulados que gracias su dispositivo de giro facilitan la rotación del asador sobre su propio eje y mejoran el asado de la carne, así como también es el caso de las anillas de suspensión elaboradas por sobrefundido que permiten colgar los utensilios adaptándose a espacios reducidos. El método de la cera perdida entra en la escena peninsular en el Bronce Reciente aplicada al oro y a la plata, fruto de lo cual aparecen los brazaletes de tipo Évora y Villena-Estremoz, las botellas que componen el tesoro de Villena y las tazas y el peine del tesoro de Caldas de Reyes. Sin embargo, su aplicación al bronce en el macrocircuito atlántico se produce por primera vez en Bretaña y en las Islas Británicas. Aunque los conocimientos sobre este método también recorren la Ruta del Ámbar a través del continente, es altamente probable su llegada al Atlántico norte se produzca desde la Península Ibérica fruto de las relaciones entre las comunidades bretonas y galaicas. Las primeras obras de toréutica del Atlántico norte son los brazaletes de tipo Évora y los calderos y las sítulas de anillas de suspensión. Éstos surgen en el BF I y, si bien es probable que algún recipiente metálico se introdujese en la Península Ibérica ya por entonces, no es hasta el BF IIIA cuando se aprecian con toda claridad los primeros diseños peninsulares de toréutica que, además, son originales. A pesar de que los calderos atlánticos viajasen de norte a sur, los asadores articulados, las fíbulas de gallones, los ganchos tubulares e incluso los carritos se elaboraron a partir del BF III, por tanto desde momento en el que se crea un vínculo entre las comunidades peninsulares del Atlántico y los navegantes mediterráneos familiarizados con la cera perdida desde largo tiempo en sus lugares de origen. Por ello, el advenimiento de la toréutica en la Península Ibérica se explica mejor por los flujos de comunicación con agentes del Mediterráneo que por las conexiones dentro de las redes atlánticas. Así pues, en el mundo occidental el 470 método de la cera perdida se introduce en dos momentos separados por dos siglos como mínimo e inmersos en dos coyunturas completamente diferentes. Aunque los ganchos de Cantabrana, Thorigné y Remanso de las Golondrinas también expliciten claramente una transformación en la metalurgia del bronce, la torsión no es un elemento técnico de procedencia mediterránea, sino atlántica. En la fabricación de estas piezas interviene la unión por fusión, que también puede ser obra del empleo de la cera perdida y gracias a la cual se crean los regatones y cabezales directamente sobre las varas torsionadas. Sin embargo, parece más lógico que la unión de todas las piezas se produzca a través de la soldadura por fluencia, para la cual se vierte metal fundido en el cubo de regatones y cabezales que funcionan como zona de unión para, acto continuo, dejarse enfriar, resultando la adhesión de las dos piezas. Los asadores articulados y las fíbulas de gallones tienen sus prototipos en el Mediterráneo a pesar de que es en el Atlántico donde se generan por primera vez, mientras que las asas del carrito de Nossa Senhora da Guía se asemejan a las de los calderos hiberno- británicos. Los ganchos de tubo son puramente atlánticos, sin prototipos para los tubos aunque sí para los garfios, si bien su presumible surgimiento en el BF IIIA apunta a que al menos los primeros se elaboraron en la Península Ibérica luego de la intensificación de contactos en el circuito diplomático del Mediterráneo occidental. En resumen, algunos de los elementos más característicos de la cultura material atlántica derivan de una transmisión tecnológica impulsada por agentes mediterráneos. Al margen de la toréutica, en el BF III se produce también la aparición de otros objetos de bronce en la Península Ibérica, algunos de los cuales desempeñan un papel importante en la ideología y la ética de las sociedades heroicas. Los más destacados son las espadas y puñales de lengua de carpa en Tartessos, a los que se suman los cascos cónicos y, quizá, astados, los tintinabula, los calcofones, la mayoría de las fíbulas, los posibles amuletos de formas atípicas, las azuelas de apéndices laterales, los ganchos de pastor, el regatón de Solveira y las llamadas hoces, si bien estos cuatro últimos objetos tal vez se introdujesen con anterioridad. Los artefactos listados no suponen una transformación sustancial en la metalurgia, al contrario de los que sucede con los objetos de toréutica. No obstante, renuevan considerablemente el repertorio metálico de las sociedades peninsulares e, incluso, extrapeninsulares. En efecto, las espadas de lengua de carpa y las hoces junto con ciertas hachas, todas piezas atlánticas, logran introducirse en el circuito del Mediterráneo occidental como una de las mercancías más valoradas. Además de la metalurgia o, mejor dicho, a través de ella se perciben indicios de transformaciones en los campos de la carpintería y el textil a los que quizá se puedan añadir otros campos tales como la artesanía del cuero. Sin ser tan evidente, existen razones para creer que la carpintería sufre una renovación tan importante como la metalurgia del bronce a partir del Horizonte Ría de Huelva y, especialmente, de la Protocolonización (Almagro Gorbea 1996a: 275-276). Al menos es lo que se deduce de la aparición de las azuelas de apéndices laterales, también procedentes del Mediterráneo oriental. Estos objetos junto con los cinceles son herramientas óptimas para trabajos finos con madera, nada que ver con las hachas de talón típicas del Atlántico, cuyo grosor parece más propicio para una fuerte descarga 471 de fuerza. Así, empleando estas últimas seguramente se talaran árboles y se preparasen los tablones para las embarcaciones. En cambio, gracias a las azuelas es posible la producción de objetos de madera más delicados y de menores dimensiones, es decir, la talla. La madera es un material perecedero y, de hecho, apenas se han conservado algunos restos de astiles de lanza y alguna que otra tabla, las más de las veces con evidentes signos de exposición al fuego, es decir, testigos de incendios y destrucciones. Muchas de las empuñaduras de espadas y puñales estuvieron elaborados en madera, igual que los mangos de las hachas y azuelas y tantos otros instrumentos. No en vano, los productos vegetales son los recursos más abundantes y de más antigua tradición en la tecnología de la Humanidad, a pesar de las enormes dificultades para su perduración a lo largo de los milenios de temperaturas y humedades cambiantes. Por esta razón, la parquedad del repertorio resulta plenamente comprensible. No se conocen ni los diseños ni los usos de los objetos de madera de esta época en las comunidades de la Península Ibérica, a pesar de que sea fácil intuir que la mayoría de los objetos de madera y, en general, de material orgánico estuvieran destinados a actividades más cotidianas y prosaicas que la guerra o el banquete ritual, aunque en estos dos campos también hubiesen objetos de madera. Sirvan como ejemplos el menaje de la cocina diaria y las estructuras de habitación y de cercado del ganado, todavía presentes en la actualidad. Por tanto, si bien parece absolutamente razonable que la madera funcionara como un recurso muy demandado en el Bronce Final, es imposible saber en qué medida cambiaron las tradiciones artesanales a partir de la introducción de las azuelas. Por otro lado, las estelas han dejado en la memoria dos objetos que con toda seguridad son obras de carpintería. Se trata de las liras y de los carros, los cuales tienen también en común su origen mediterráneo. Estos objetos requieren una talla minuciosa y muy detallada, en principio no adecuada para realizarse con hachas de cubo o de talón. Por el contrario, las azuelas de apéndices laterales, más delgadas y ligeras, claramente son más idóneas para la elaboración de las liras y de las partes más pequeñas de los carros. Los carros y las liras plantean una problemática muy compleja con varios puntos de controversia. Quizá el más resaltable sea el referido al modo en el que se introdujeron y asimilaron a la cultura de las sociedades heroicas. También es una cuestión polémica su difusión por el Mediterráneo y, tal vez, por el Atlántico al norte de la Península Ibérica, de la misma manera que también es cuestionable si, al igual que ocurre con el método de la cera perdida, se introdujeron en dos tiempos en Occidente. Sin embargo, está fuera de toda duda que en el BF III es cuando estos elementos aparecen representados en las estelas, coincidiendo con la llegada de las azuelas de apéndices laterales más antiguas. Las liras y los carros se incluyen en la iconografía de las estelas debido a que ambos son dos elementos que encierran un significado simbólico de muy elevada categoría. Pero por ello no debe excluirse que los navegantes chiprolevantinos facilitasen la incorporación de otros muchos objetos de madera, algunos de los cuales seguramente también se distinguirían por un alto valor ideológico. En esta línea, no sería de extrañar que los referentes de los peines grabados en las estelas fuesen también obras de carpintería. 472 Aunque en la Península Ibérica durante el BF III no se documenten palacios ni grandes residencias para los big men, parece verosímil que éstos recibiesen regalos que se prestasen a su almacenamiento pero no a su exhibición, como los agalmata del tálamo de Odiseo. En este sentido, en el libro del profeta Amós (6:4) se denuncia que los gobernantes fenicios e israelitas duermen en camas de marfil que, razonablemente, no eran tales, sino de madera recubiertas con placas y otros adornos ebúrneos. Así pues, quizá otros ingenios y artilugios de madera perteneciesen al ámbito de los intercambios ceremoniales y, más ampliamente, al de la imagen de poder y de prestigio de las élites sociales que no han dejado constancia en el registro arqueológico. Resumiendo estos últimos párrafos, la introducción de herramientas nuevas durante la Protocolonización sirve como indicio de la aparición de nuevos diseños y técnicas artesanales en el campo de la carpintería. De la misma manera, las herramientas nuevas también inducen a pensar que pudiera haber un tráfico de artesanos, tal y como sucede en el Mediterráneo oriental (Zaccagnini 1983) y, con más fiabilidad, una intensificación en las redes de intercambio. A pesar de todo, resulta imposible determinar el alcance de la renovación de la carpintería en la Península Ibérica durante la Protocolonización. Los cinceles también son óptimos útiles para tallar madera y, sin embargo, no se reconocen ejemplares en el Atlántico importados del Mediterráneo (Speciale y Zanini 2010). Algunas hachas de cubo de pequeño tamaño de larga tradición atlántica pudieron emplearse con anterioridad en la carpintería, y sólo después de la incorporación de las azuelas mediterráneas ser remplazadas por éstas. De este modo, es razonable que la carpintería peninsular se transformara de manera más amplia, tal vez incluyendo el ámbito de la arquitectura y de la construcción naval. A fin de cuentas, aunque ninguna revolución histórica signifique una sustitución total y absoluta de las formas culturales precedentes, las azuelas hacen su aparición en vísperas de una transformación de escala global que se traduce en el tránsito de la Edad del Bronce a la Edad del Hierro y al Orientalizante. Por ello, las nuevas herramientas apuntan a una importante renovación en la artesanía de la madera de hondo calado en las sociedades peninsulares, las cuales, a su vez, originan otros tipos de azuela derivados de los introducidos desde el Mediterráneo. En la medida en que a partir de los materiales no orgánicos presentes en el registro arqueológico es posible vislumbrar un cambio en los materiales orgánicos, el surgimiento de las fíbulas permite sugerir una transformación en el textil o, como mínimo, en la vestimenta. La fíbula es un broche que circula inmerso en las redes de intercambio como regalo de alta categoría, cargado de simbolismo y moralidad. Pero complementando sus propiedades ideológicas, las fíbulas son ante todo utensilios para ceñir y sujetar la ropa, por tanto objetos con valor práctico. Así, la introducción de las fíbulas podría implicar una renovación de la artesanía textil o, cuando menos, una asimilación de diseños y modos foráneos de vestimenta (Muscarella 1964; Almagro Gorbea 1998: 85). No en vano, probablemente los productos que circularan con más frecuencia por las redes de intercambio fuesen de origen orgánico, junto con las pulseras y los collares, también relacionados con la imagen corporal (Sherratt y Sherratt 1991: 359; 1993: 369; 1998: 341). La variedad y difusión de fíbulas perceptible desde el BF III, con modelos autóctonos desarrollándose justo después de introducirse las primeras fíbulas sicilianas, apunta a que las nuevas prendas y maneras de vestir se extienden con rapidez entre las comunidades tartésicas y del occidente 473 peninsular. Quizá no sean ropas de uso diario y común, sino ceremonial y restringido, pero la asimilación evidencia un cambio en una costumbre relacionada tanto con la estética y la simbología, como presumiblemente con la manufactura de tejidos hasta entonces desconocidas en talleres indígenas. En este línea, la aparición de conchas de múrices en el puerto de comercio onubense (González de Canales y otros 2004: 176 lám. LXXII) y en Cádiz (Gener y otros 2014: 18) revela que los primeros fenicios asentados en la Península Ibérica elaboraban tinte púrpura para la ropa. Pues bien, esta ropa teñida verosímilmente pudo ser empleada como regalo de embajada para las vecinas élites tartesias de Huelva y de toda la región. Aún más hipotético, aunque igualmente verosímil, es que algunos de los nuevos diseños textiles exhibieran motivos geométricos (Cáceres 1997). El argumento que apoya esta hipótesis es el uso de este patrón en la decoración de la vajilla de lujo tal y como queda evidenciado en la cerámica de estilo Carambolo. No obstante, los torques áureos de tipo Berzocana se caracterizan por una decoración a base de patrones geométricos, de manera que en la misma región de mayor concentración de las fíbulas ya se conocía esta decoración desde siglos atrás. Por ello, en el caso de que los indígenas gustaran de lucir este estilo en su vestimenta, éste no supone ninguna novedad formal. De todos modos, los torques y la cerámica ponen de relieve el valor simbólico de los ornamentos geométricos. Los vasos de estilo Carambolo constituyen una notable evidencia de los contactos protocoloniales merced a su decoración pero no a su fabricación. En este sentido, la alfarería es el campo en el que, sorprendentemente, no se detecta ninguna novedad de carácter técnico, nada más que estilística. Los pueblos de Oriente producen la cerámica a torno, siendo éste uno de los elementos diferenciales entre el Mediterráneo oriental y el Egeo, por un lado, y el resto del Mediterráneo y Europa, por otro. De hecho, en el kārum de Huelva los fenicios producen cerámica a torno desde el Horizonte Peña Negra I (900-760 a.C.), lo cual resulta aún más sorprendente dada la cercanía respecto a los talleres tartésicos. El empleo del torno no es una mera cuestión técnica, sino que está abierta a toda la economía. A través del torno de alfarero se reduce el tiempo de fabricación de las piezas y la producción se multiplica, además de permitir la generación de series casi industriales de vasijas uniformes y de mayor calidad. El rasgo que mejor define al torno es la velocidad a la que gira, superior a las cien revoluciones por minuto. La pella de arcilla debe ser más líquida que la utilizada en la fabricación a mano, ya que una pella demasiado densa sólo podría moldearse y no lanzarse y diseñarse mediante llaves. El diseño a torno se debe realizar usando las dos manos, una para la llave y otra para sujetar la arcilla lanzada que, debido a la fuerza centrífuga, tiende a salir volando. La velocidad y el empleo de las dos manos permiten el diseño de formas más altas y de paredes más compactas, por tanto más fuertes y resistentes a los impactos. A nivel técnico, las ventajas del torno son tales que desde su introducción ya no se retorna a la cerámica a mano en circunstancias normales. El torno de alfarero es uno de los más sofisticados artilugios y de mayor calado en la economía en el mundo antiguo, razón por la cual la ausencia de este ingenio en los alfares peninsulares del BF III supone una importante brecha tecnológica en una época en la que la cultura material a escala global es muy homogénea. 474 No obstante, se ha sugerido que la cerámica de estilo Carambolo, la más próxima a nivel decorativo a la cerámica mediterránea, fuese elaborada con torno lento o a la rueda, alegando única y escuetamente “las huellas vacilantes que conservan las vasijas en el interior” (Carriazo 1973: 502). En oposición al torno normal o rápido, el torno lento se caracteriza por una velocidad sustancialmente menor que no alcanza las cien revoluciones por minuto. Esto implica que la pella de arcilla no se lanza, sino que moldea, luego requiere unas propiedades físicas diferentes a la pella lanzada y un método distinto para otorgarle la forma. La cerámica a mano más simple se moldea con las dos manos a partir de cilindros de arcilla que se superponen y fijan con los dedos. El empleo del torno lento conlleva que una mano debe dedicarse a la rotación del torno, mientras que con la otra se forma la llave a partir de la cual se genera el diseño de la pieza. Para diseñar los moldes de cera de los brazaletes de tipo Villena-Estremoz y Melide, así como también de los soportes de Lebrija, es menester el uso de una herramienta rotatoria, probablemente articulada mediante un arco (Armbruster y Perea 1994; Armbruster 1995a). Pues bien, la colocación en vertical de esta herramienta en principio podría funcionar como una suerte de torno lento, lo que significa que las comunidades peninsulares estaban en condiciones de iniciar la producción de cerámica a torno incluso sin la participación de los fenicios asentados en Huelva bien familiarizadas con esta tecnología. Es más, quizá el empleo del torno lento precediese al torno rápido, siendo éste una evolución (Roux y Courty 1998). Sin embargo, no está demostrado concluyentemente que para la manufactura de la cerámica de estilo Carambolo ni de ningún otro tipo cerámico indígena de la Península Ibérica en el Bronce Final se empleara el torno lento. Además, es incomprensible desde un punto de vista rigurosamente técnico el uso de este instrumento sólo para las vasijas de un cierto estilo decorativo. Lo más coherente es que se produjese a torno rápido o bien a mano siguiendo los modos tradicionales. En caso de aceptar que en efecto se produjo la introducción del torno, su aplicación sui generis a la alfarería peninsular evidenciaría un matiz ideológico en el proceso productivo, ajeno a las cualidades técnicas de la cerámica. Aunque esta conjetura sea razonable, presenta el inconveniente de que no está demostrado fehacientemente el empleo del torno lento, por lo que por ahora debe descartarse. A pesar de la cercanía entre los centros productores de cerámica fenicios y tartésicos durante la Protocolonización, Lo cierto es que la alfarería es un campo que no sólo no sufre ninguna modificación sustancial en esta etapa, sino que no funciona como elemento de intercambio o, al menos, apenas se documentan algunas piezas cerámicas – todas ellas muy inciertas –, entre las poblaciones indígenas antes del Período Orientalizante. En cambio, las evidencias más sobresalientes de la llegada de viajeros mediterráneos a la Península Ibérica a finales del Bronce Reciente son los fragmentos de cerámica a torno de El Llanete de los Moros, Cuesta del Negro y el Cerro de Gatas. Igualmente, la mayoría de las evidencias más visibles de contactos protocoloniales guardan relación con la metalurgia la cual, sin embargo, es más susceptible de degradarse y desaparecer debido a causas naturales, así como a refundirse para elaborar nuevos objetos. Por todo ello, la cerámica no desempeña un papel importante en la Protocolonización como elemento de intercambio. A pesar de todo, la vajilla cerámica es fundamental al pertenecer al campo del banquete y la hospitalidad. 475 Por último, el hierro es una tecnología emergente en el Mediterráneo oriental. Aunque se introducen algunas piezas que poseen un valor simbólico muy elevado, no se produce una transmisión de conocimientos técnicos entre chiprolevantinos y peninsulares. O quizá sí, pero la ausencia de evidencias mínimamente claras en el repertorio de evidencias protocoloniales en las comunidades de la Península Ibérica revela que si acaso llegó a producirse tal transmisión apenas tuvo repercusión en la metalurgia del BF III. A la luz de todos estos datos se concluyen tres ideas: A. La cuestión de la transferencia tecnológica no atañe exclusivamente a lo perceptible de manera directa en el registro arqueológico, sino también a lo indirecto. Por ello parece acertado sostener que en paralelo a la introducción de la toréutica, también se renueva la carpintería y, quizá, la artesanía textil. Y, por qué no, otras artesanías cuyos indicios son más difíciles de detectar. B. Los elementos de tecnología que se incorporan en las sociedades peninsulares son tanto artefactos como conocimientos técnicos. Sin menospreciar los primeros, los conocimientos técnicos poseen una mayor profundidad social y, por tanto, histórica. La transferencia de información revela una fuerte intensidad en las comunicaciones interculturales, además de permitir a los artesanos receptores crear artefactos nuevos y, en cierto sentido, crear una nueva cultura. Insistiendo en una idea recientemente adelantada, dicha creación no se limita al ejercicio de una serie de técnicas, sino a la materialización de los símbolos, los gustos y las preferencias de la sociedad receptora. C. La no asimilación del torno del alfarero en los talleres peninsulares evidencia que la transferencia tecnológica es selectiva. Así, mientras que la carpintería y la metalurgia del bronce adoptan nuevas técnicas y artefactos, la alfarería permanece inalterada. Son muy pocas las piezas torneadas que se documentan entre las poblaciones indígenas en el BF III y, en cambio, se cuentan por miles en el kārum de Huelva. Algo similar sucede con la siderurgia ya que, pese a documentarse objetos de hierro entre las comunidades peninsulares, nada apunta con claridad a que este metal fuese trabajado. Esta dicotomía no parece casual, sino intencionada. Por ello, en las siguientes páginas se profundizará en este aspecto con el fin de aclararlo. En cualquier caso, se puede aventurar respondiendo a unas de las preguntas con las que se abría este capítulo que en la transmisión de tecnología los valores ideológicos son tan importantes como los de índole práctica, así como también las dinámicas socio- económicas. 3. Tecnología y función social Una vez expuestos las evidencias y los indicios del cambio tecnológico producido en el BF III merced a los influjos mediterráneos, es momento de reflexionar sobre la finalidad de esta transferencia. La existencia de una finalidad es una idea lógica luego de concluir que la transmisión tecnológica es selectiva y no una asimilación total de la cultura material. Esto implica inexorablemente que la transferencia de tecnología no es fortuita, sino intencionada. 476 Así, de inicio debe aseverarse que a través de la asimilación de objetos y de conocimientos técnicos y habilidades la sociedad pretende satisfacer una necesidad. Al mismo tiempo, la sociedad emisora tiene sus propios criterios para compartir u ocultar los conocimientos que posee, entre los que destacan los pertenecientes al campo técnico. En la introducción a las innovaciones tecnológicas se apuntaba que a través de la tecnología la Humanidad, de alguna manera, se emancipa de la Naturaleza. Sin embargo, esta emancipación es relativa. La pertenencia al orden natural impide a los seres humanos abandonar ciertos actos tales como dormir, alimentarse y morir. Podría definirse la Cultura como todo lo humano que no es fisiológico, de tal manera que sería intencionada, aprendida y artificial. Dicho esto, mediante la tecnología se modifica el procedimiento en virtud del cual se llevan a cabo los actos fisiológicos. Por ello, más que independizarse de la Naturaleza, la tecnología contribuye a adaptarla a las necesidades humanas, lo cual constituye el máximo exponente de la Cultura: todos los seres vivos se adaptan al medio, mientras que los humanos adaptan el medio en variable grado. Luego la tecnología se puede interpretar como la “segunda naturaleza humana”. Antes de proseguir, parece conveniente aclarar que si bien ligar los conceptos de tecnología y sociedad se antoja necesario, no es suficiente para abarcar todos los dominios de la Cultura. No es el momento de exponer todas las posibles definiciones del concepto de Cultura ni de escribir un ensayo sobre el mismo, pero sí se debe reiterar con la intención de no incitar a ideas erróneas que la tecnología y la lengua son dos de los muchos ámbitos humanos en los que se manifiesta la inmensidad de la Cultura. Así pues, la función de la Cultura no es exclusivamente de carácter tecnológico. Considerar la tecnología en términos adaptativos es el principio de la ecología cultural (Steward 1972), pero ésta no es la única causa de su creación ni su transformación. ¿Qué necesidades se cubren a través de los artefactos y de la técnica? Si se tratan de una cuestión de estricta supervivencia, entonces la tecnología tiene una finalidad económica: adaptarse o morir. Ahora bien, si no es una cuestión económica, entonces la tecnología tiene una finalidad puramente ideológica. En este sentido, el motor de cambio de la cultura material no responde a la adaptación al medio natural, sino al medio artificial. Así, la tecnología se crea para sobrevivir dentro de las fronteras de la Cultura. La aparición de nuevos objetos y la adquisición de nuevos conocimientos y nuevos modos de fabricación de los mismos están condicionadas por el contexto cultural. En algunas ocasiones obedece a razones estrictamente económicas, mientras que en otros es un criterio ideológico el incentivo de creación tecnológica. Sin embargo, de la misma manera que se puede distinguir entre estos dos motores del cambio, ideología y economía son dos factores íntimamente vinculados, muchas veces indisociables. La sociedad expresa sus valores mediante diversos procedimientos, uno de ellos es la cultura material, tanto por su función como por su forma. Por esta razón, la cultura material es un elemento de etnicidad. Y por esta misma razón la cultura material está sujeta a restricciones a la par que abierta a variaciones. Dado que la sociedad funciona como un sistema, la adopción de una nueva tecnología en un aspecto muy concreto de la economía puede provocar una transformación en el conjunto de toda la sociedad. Así, la transmisión tecnológica crea 477 un efecto multiplicador que termina por alterar en variable grado las actividades económicas y, por ende, reorganizar e impulsar las relaciones sociales. En rigor, ninguna de las innovaciones tecnológicas percibidas en la Protocolonización parece resolver necesidades básicas e indispensables en las rutinas de las sociedades peninsulares. A nivel de subsistencia, los circuitos de intercambio político no afectan al desarrollo de la vida social. Sin embargo, las azuelas de apéndices laterales, en principio no asociadas a ninguna función concreta, potencialmente permiten mejorar las tareas cotidianas, de manera que podrían cobrar un sentido económico. Las azuelas más antiguas son hallazgos asilados y, por tanto, no vinculadas contextualmente a ningún objeto. La excepción son las dos piezas de Campotéjar, originariamente integrantes de un depósito mucho mayor compuesto exclusivamente por azuelas similares. Y las de La Alcudia, aunque en este caso deben interpretarse como lingotes y no como herramientas.1 En el momento de la entrada de las primeras azuelas se documentan cientos de hachas de talón típicamente atlánticas concentradas, fundamentalmente, en la fachada occidental y en concreto en el área del noroeste desde el BF I (Monteagudo 1977: láms. 137-141). También se documentan dos agrupaciones secundarias en la zona del sureste, quizá del BF II por su tipología, y en la provincia de Gerona, estas últimas verosímilmente del BF I (ídem: láms. 137.A, 138.B). Asimismo, en el litoral atlántico y en Cataluña se atestiguan hachas de cubo, mientras que las hachas de alerones, características de los Campos de Urnas, sólo están presentes en Cataluña (ídem: lám. 142). Igualmente, a la vista de la distribución geográfica de todas las herramientas para el trabajo de la madera se advierte un solapamiento en la zona de las Beiras portuguesa y en el sureste, en contraste con el resto de hallazgos que ocupan regiones distintas. Conviene recordar que la mayoría de evidencias de la Protocolonización se concentran en el centro y sur de Portugal, en Tartessos, en Extremadura y en la Cultura de Qurénima, de modo que buena parte de las áreas con presencia de herramientas atlántico-alpinas no coincide con las zonas de mayor actividad protocolonial. Por tanto, las azuelas mediterráneas pasan a engrosar el repertorio de herramientas de carpintería que ya entonces era muy numeroso. Pero lo más sorprendente es la desigual dispersión, advirtiéndose un llamativo vacío en el suroeste a la vez que una llamativa concentración en el Bajo Aragón, en la Cultura de Qurénima y en el noreste de la Meseta. Parece coherente proponer que en las dos últimas zonas las azuelas sustituyesen a las hachas de talón y, quizá, también en la ribera del Tajo, lo que, a su vez, se podría interpretar como una renovación por completo la artesanía de la madera. Sin embargo, la aparición de estas herramientas en el Bajo Aragón y en Tartessos resulta un tanto desconcertante, tal vez evidenciando un interés por los objetos de madera antaño inexistente. Claro que los objetos elaborados mediante las nuevas herramientas no se han conservado, a pesar de que verosímilmente puedan ponerse en relación con los carros y las liras, también de introducción mediterránea. Empero, en las zonas de aparición de las azuelas se percibe una tímida transformación arquitectónica. En el BF III se constata la reocupación o, mejor dicho, revitalización de los antiguos poblados argáricos con 1 Véanse los apartados 2 y 7 del capítulo 4 sobre las azuelas de apéndices laterales 478 viviendas edificadas con adobe y piedra (Arribas y otros 1974: 140; Mendoza y otros 1981: 176, 189; Aranda y Molina 2005: 177-178 fig. 3), así como el tímido surgimiento de hábitats en los que aparecen algunas cabañas con zócalos y estructuras de piedra en la zona portuguesa de las Beiras (Vilaça 1995), en la periferia tartésica y la Cultura de Qurénima (Torres 2002: 283; 2014: 254-255; Esquivel y otros 2010; Suárez y Márquez Romero 2014: 207-212) y en la región de los Campos de Urnas peninsulares, especialmente en el interfluvio Segre-Cinca (Ruiz Zapatero 1985: 270-274, 355-356; 473-483; 2014: 197) rompiendo con el panorama anterior de viviendas excavadas directamente sobre el suelo (“campos de hoyos”). Un fenómeno similar se documenta en la Cultura de Soto de Medinilla, en los albores de la Edad del Hierro, donde aparece una gran concentración de azuelas evolucionadas regionalmente (Romero y otros 2008: 657-664). Esta modificación en la arquitectura podría responder a una cuestión de estilo y de revalorización de la piedra sobre otros materiales constructivos como la madera, la arcilla y las pieles, pero se explica mejor en términos prácticos por su alta resistencia a los golpes y a los vaivenes meteorológicos. En consecuencia, razonablemente se puede afirmar que la principal innovación tecnológica en los tiempos de la Protocolonización pertenece al campo de la construcción.2 Los zócalos de piedra no son dominio de la carpintería. No obstante, en la medida en que forman parte de las viviendas, parte de la edificación sí es obra de carpinteros. Es más, probablemente en las labores de construcción la diferencia de materiales no supone ningún obstáculo para los constructores, de modo que manejarían con pericia las herramientas más diversas para los fines más diversos. Por ello, aunque el empleo de las herramientas mediterráneas en la construcción de viviendas y de estructuras poblacionales no sea verificable, sí se alza como una hipótesis coherente. Dicho esto, también parece lógico suponer que las mismas actividades y diseños constructivos se llevasen a cabo en otras regiones del Mediterráneo de notable influencia oriental y egea, especialmente en Sicilia y en Cerdeña, ya que las azuelas alcanzan la Península Ibérica luego de atravesar y calar en el Círculo del Tirreno (Lo Schiavo 2003). En tiempos anteriores al Bronce Final los zócalos de piedra eran de uso corriente en el territorio peninsular (Lull 1983: 229 ss.; Zafra y otros 1999; Kunst 2001: 82-86). Sin embargo, tras un paréntesis de varios siglos la reaparición de estas estructuras no debe considerarse como un retorno, sino como una innovación. Estos zócalos explicitan no sólo el empleo de un material constructivo inhabitual en las viviendas y demás estructuras, sino que sugieren una transformación en el diseño de los edificios y, de manera más amplia y reveladora, en el diseño de los poblados (Suárez Padilla y Márquez Romero 2014: 200-207). 2 Los Campos de Urnas del noreste peninsular tienen sus propios redes y circuitos interiores. Sin embargo, la transformación arquitectónica no es un fenómeno compartido con otros grupos pertenecientes a este complejo cultural que se extiende por buena parte de Europa central; al contrario, se trata de una característica compartida con las sociedades atlánticas. Aunque existen cauces de comunicación entre ambos complejos, cada uno es preso de sus propias dinámicas internas. Por ello, parece acertado, aunque conjetural, apuntar a los contactos con el mediterráneo como vías introductorias de los estímulos que condujeron a la reorganización socio-económica que experimentaron las comunidades atlánticas y las del noreste. Sin embargo, mientras que en el mundo atlántico dichos contactos son muy evidentes, en Aragón no se manifiestan con claridad en el registro arqueológico. Los soportes de Calaceite (Rafel 2005) y la lira de la estela de Luna (Bendala 1983), junto con las azuelas, constituyen las mejores pruebas para avalar esta conjetura. 479 La ausencia estructuras y materiales constructivos de los primeros siglos del Bronce Final entorpece una mejor interpretación de la forma de vida y del modo de organización de las comunidades atlánticas de esta época. Normalmente, la escasez de estructuras perdurables se explica como un síntoma de un menor arraigo a la tierra y de ocupación breve, tal vez por el predominio de la ganadería transterminante sobre la agricultura (Blasco 1993: 145-151, 154). Esta suposición parece verosímil aunque indemostrable y, desde luego, requeriría una interpretación profunda y bien razonada. La piedra denota una intención de permanencia en un lugar concreto con el fin de explotar los recursos del entorno. Una explicación alternativa consiste en que la propagación de edificios fabricados con materiales caducos es el efecto de una baja densidad de población que a) por falta de efectivos humanos impide la construcción de viviendas de piedra y, en general, de estructuras de mayor tamaño para uso colectivo; b) evite concentraciones poblacionales que pusiesen en peligro el delicado equilibrio malthusiano; c) provoca una mayor integración de las comunidades reduciendo el peso social de las familias simbolizado y capitalizado en las viviendas, de manera que con construcciones más flexibles y móviles se limiten los dominios privados en la vida comunitaria; d) debido a la pobre actividad de los circuitos de intercambio y de las redes clientelar y diplomática, produce que el territorio apenas se encuentre jerarquizado y no necesite edificios ni lugares de encuentro sensiblemente destacados para ceremonias que impliquen y reúnan a los representantes de las comunidades de la zona. En cualquier caso y en principio, el nuevo diseño y proceso constructivo evidencia un cambio socio-económico. ¿Cambia la economía porque cambia la tecnología o la relación es a la inversa? El contexto económico propicia y requiere la introducción de las herramientas, entonces un viraje en la economía de los pueblos atlánticos seguramente se convirtiese en el detonante de la transformación en el modo de vida de las comunidades reflejado en el diseño y construcción de las aldeas. Probablemente fuese la consecuencia de un crecimiento demográfico o de una mayor intensidad en las relaciones sociales estimuladas por agentes foráneos o ambos factores entrelazados. Sea como fuere, parece que en el BF III las sociedades atlánticas experimentaron una reorganización resultado de una necesidad socio-económica. En este sentido, por extensión no se debe descartar que mediante las azuelas y los nuevos métodos y técnicas de talla se fabricaran otros objetos de madera, si bien de menor calado y relevancia social por cuanto no toda la comunidad disfrutara de ellos y, en cualquier caso, porque no suponen una alteración en las costumbres. De esta manera, quizá se construyesen embarcaciones y embarcaderos, cajones para las salinas marinas, diques y otros objetos acuáticos y cercos para ganado. Así pues, parece coherente con los datos arqueológicos disponibles que las poblaciones peninsulares construyesen viviendas, cercos y otras estructuras de habitación con madera a partir de los estímulos foráneos. Ahora bien, dicha actividad constructiva por parte de las poblaciones locales no es arbitraria, sino que necesariamente debe responder a unos factores que las impulsan a renovar la arquitectura y las formas de vida. Por tanto, tanto el aprendizaje de técnicas como el surgimiento de una nueva cultura material son una secuela de la evolución interna de las sociedades peninsulares. Las innovaciones tecnológicas no se imponen 480 por la fuerza, sino porque las dinámicas sociales así lo demandan. Sintetizando, las herramientas son foráneas, las necesidades son propias. La necesidad de adueñarse de la tierra o, si se prefiere, de acrecentar el vínculo entre las comunidades y la tierra es el contexto ideal para edificar aldeas más sólidas y, por tanto, para que la arquitectura sufra un cambio. Ésta es la hipótesis del hábitat estable. Las gentes que residen en ellas no surgen por generación espontánea, ni tampoco existen razones para creer que en el BF IIIB pasasen de un modo de vida nómada a otro sedentario. Si la presencia de construcciones en piedra es una consecuencia de una mayor fijación a la tierra, entonces la finalidad de la reorganización socio-económica estaría orientada al logro de una mayor eficiencia e intensidad en el aprovechamiento de los recursos circundantes. A su vez, esta finalidad estaría promovida por dos factores: a) un crecimiento demográfico y b) el encendido de los circuitos de intercambio. El aumento del número de efectivos y el aumento de la producción de alimentos son dos aspectos interrelacionados, probablemente el primero consecuencia del segundo. Una mayor población no implica necesariamente una reorganización socio- económica, ya que las capacidades de subsistencia tienen un margen que se puede recorrer antes de cristalizar un cambio significativo. El recorrido de ese margen es inconsciente, no programado y rutinario, de tal manera que las consecuencias no se manifiestan de modo brusco y repentino. Por otra parte, la aparición casi simultánea de una nueva arquitectura en regiones distantes aboga por el estallido de una crisis y del fin de una coyuntura económica que engloba a buena parte de la Península Ibérica. Parece lógico que las sociedades peninsulares se instalasen en unas dinámicas de producción y consumo que les encaminaran hacia una reorganización acusada sólo a partir de la Protocolonización. Un aumento demográfico implica una prueba de fuego para las instituciones sociales en la medida en que deben prevalecer sobre una potencial mayor pluralidad. El crecimiento de las aldeas debe ser sostenible respecto a los recursos de aprovisionamiento, de lo contrario se correría el riesgo de quiebra económica. Las familias, en su desempeño de institución suprema, son quienes controlan la producción, la distribución dentro de la red familiar y el consumo de los bienes de subsistencia. Un crecimiento precipitado puede quedar comprendido en el margen de riesgos, disponiendo de mecanismos para sobrellevar las pequeñas coyunturas como la segregación familiar dentro de la misma comunidad. Pero también puede sobrepasar el margen, con consecuencias imprevisibles entre las que se encuentra la escisión de las comunidades y la fundación de nuevos asentamientos que no sobrepasaran el centenar de habitantes, lo idóneo para preservar el equilibrio malthusiano. O, directamente, multiplicarse las campañas de rapiña. La violencia alivia la presión demográfica y reestablece el equilibrio malthusiano, es un recurso intrínseco de todas las sociedades de todas las épocas. En cualquier caso, perduren o no las instituciones, superar el margen de riesgo implica una reorganización socio-económica. Por su parte, la reactivación de los circuitos de intercambio, especialmente los de largo alcance, obligan a las familias a sentar plaza. Desde una aldea estable es más sencillo crear un tejido de distribución de bienes en calidad de comunidades de paso y de lugares centrales. Las aldeas permanentes apuntalan las rutas y, así, facilitan la circulación de personas y objetos. Son centros seguros de avituallamiento y de relaciones políticas, por tanto adecuados para el desarrollo de las redes sociales y de 481 los viajes. Desde el Horizonte Ría de Huelva los circuitos de intercambio juegan un papel destacado en las dinámicas sociales, aunque a partir del Horizonte Peña Negra I, es decir, desde la Protocolonización con la creación de una compleja red de suministro de materias primas en el Mediterráneo occidental la necesidad de fijar las rutas se vuelve patente. Asimismo, en la medida en que las azuelas sirven como indicios de dichos cambios, son las comunidades tirrénicas, especialmente las sicilianas, las que actúan como incentivadores o, al menos, como inspiradores para las nuevas viviendas. Las azuelas de apéndices laterales son originarias de Asia occidental, pero las que se propagan con mayor éxito por la Península Ibérica son naturales del Egeo, aunque alcanzan el circuito del Mediterráneo occidental gracias a las relaciones con las islas del Tirreno, situadas en la órbita de la Cultura Heládica desde siglos atrás (Cazzella y Recchia 2009). De este modo, parece razonable que la transformación de la arquitectura se vea favorecida por la influencia del Mediterráneo central y, más en concreto, siciliana. En todas las regiones participantes en el circuito occidental se produce una transformación arquitectónica como resultado de la fluidez en las comunicaciones. Los dos factores expuestos son mutuamente incluyentes. Los circuitos de intercambio se reaniman cuando la población se incrementa y viceversa. Por eso, el más que probable aumento demográfico se iniciase en el Horizonte Ría de Huelva o tal vez antes y arrastrase a buena parte de las culturas de la Península ibérica por la creciente interacción. Pero mientras que el aumento demográfico se debe a un estímulo interno, el encendido de los circuitos puede también originarse en el exterior y propagarse como la chispa de la mecha. En cualquier caso, que el advenimiento de la nueva construcción se produjese durante la Protocolonización evidencia que las influencias externas si no determinantes, sí son muy relevantes, máxime cuando las probables herramientas asociadas son introducciones foráneas. Sin embargo, la conexión innovación tecnológica-economía presenta un serio inconveniente: no hay necesidad de transformar la arquitectura para fijar una comunidad a un lugar preciso. Únicamente esta transformación estaría justificada para el levantamiento de murallas que protegiesen la aldea. A pesar de la notable difusión del nuevo modelo constructivo, en apariencia son muy pocas las aldeas atlánticas que lo asimilan y, desde luego, la mayoría de las edificaciones de cada aldea están fabricadas en materiales perecederos, preservándose el patrón tradicional. Así pues, con la salvedad de los Campos de Urnas, los edificios de nuevo diseño representan una parte mínima del conjunto de las estructuras habitacionales, lo que obliga a sugerir una alternativa a la hipótesis del hábitat estable. Es más, otro impedimento de esta hipótesis es que quizá los asentamientos ya fuesen firmes antes de la introducción de la nueva arquitectura. Las comunidades de la Edad de los Metales se asientan en aldeas, no campamentos estacionales, propios de sociedades tribales del Neolítico. Incluso las sociedades que presentan una mayor movilidad, como Cogotas I, viven ancladas a la tierra, quizá con una proporción de pastores más elevada que el resto de culturas. Si se admitiese esta última opción, el innovador modelo constructivo y la renovación en la carpintería no tendrían una función relacionada con el aprovisionamiento de los recursos circundantes y el establecimiento de una ruta de intercambios, sino con una transformación las relaciones sociales intracomunitarias. 482 No se debe olvidar que las sociedades peninsulares, con independencia de su tradición cultural, se organizan en función del rango y de las redes sociales. La introducción de nuevas herramientas y sus derivados se produce en un contexto de alta competitividad entre las familias por adquirir un mayor prestigio e incrementar la cohesión social a través de las redes. Por tanto, para explicar la irrupción de los edificios de nuevo cuño debe valorarse la posibilidad de una necesidad socio-ideológica (Torres 2002: 283-285; Delgado 2005). Entonces, las nuevas construcciones podrían servir para diferenciar el rango o para crear un vínculo vecinal o, incluso, para ambas funciones. La participación en circuitos de intercambio ritual implica una inversión sostenida en la adquisición de dones. La rutinización de estos intercambios desemboca en la generación de nuevos valores materializado en nuevos dones. Pero el surgimiento de una nueva arquitectura también permite proponer que un nuevo medio para ganar prestigio por parte de la élite es a través de la construcción. En este caso no se trata de un don, sino de un bien inmueble que visibiliza perennemente el status de sus moradores dentro de la comunidad o, incluso, de la propia comunidad frente a las de los alrededores. Así, las viviendas de nuevo cuño, además de satisfacer las necesidades típicas de toda vida familiar y comunitaria, contienen un significado moral que encierra la idea de pertenencia a un grupo que se visibiliza o materializa no sólo a través de sus acciones, sino de la estética de sus casas y de otras estructuras. El crecimiento demográfico y el dinamismo de las redes sociales dentro de una región podría impulsar el establecimiento de nuevos ritos y centros de reunión intra- e intercomunitarios. De esta manera, un medio de diferenciar los espacios de uso público dentro de la comunidad sería a través de un nuevo diseño de cabaña. Quizá las estructuras de piedra fuesen una evolución constructiva de estas cabañas diferenciadas que previamente eran íntegramente de materiales orgánicos. Estos edificios más grandes y más laboriosos requerirían un esfuerzo común acorde con el uso al que están destinados. Entonces, la nueva arquitectura tendría una función ceremonial y cubriría una necesidad colectiva. Este fenómeno pondría de relieve que las novedades en una sociedad de rango se vinculan a las instituciones que envuelven a las comunidades y a cada uno de sus miembros. Por otro lado, un mecanismo para obtener un mayor prestigio es crear una diferencia social en el marco ético, estético y lógico en el que se mueven las sociedades de rango. Es decir, una diferencia que se considere mejor y atractiva. Así, dentro de un poblado una familia de la élite podría trabajar en la construcción una vivienda más grande y elaborada siguiendo otros procedimientos, aunque en el fondo el diseño fuese similar, de planta circular y cubierta de un entramado de ramas. Por lo demás, esta familia viviría según el mismo estilo que el resto de las que conforman la comunidad. De todos modos, una construcción así supondría un desafío para las demás familias que buscarían emular al referente. En este caso, se trataría de una manifestación de que las novedades surgen por iniciativa de las élites sociales. La tercera función posible sería el resultado de la combinación de las dos propuestas en una suerte de evergesía de la Edad del Bronce. En este sentido, una familia busca la notoriedad haciendo de su nueva y singular vivienda un lugar de reunión ritual. A través 483 de tal combinación se unificaría una función comunitaria con otra familiar, lo que significa un vínculo estrecho entre élites e instituciones y, de paso, innovaciones tecnológicas e ideológicas. Cualquiera de estas situaciones podría producirse al inicio de la Protocolonización. A medida que avanza el tiempo, o bien a través de un proceso de emulación típico de las sociedades de rango, o bien por un cambio en los gustos y percepciones dominantes este tipo de estructuras se extenderían por toda la población. Una aldea repleta de estas viviendas destacaría sobre las del entorno, lo que presumiblemente derivaría en un nuevo ciclo de emulación a escala regional y, a largo plazo, suprarregional. En esta línea, la excepción sería Huelva, la más grande e importante aldea tartésica del BF III. La preminencia de este enclave dentro de los circuitos de intercambio regionales e interregionales es incontestable. Y, sin embargo, no se atestiguan ni en el poblado ni el entorno azuelas ni estructuras con zócalos de piedra en el período protocolonial, con la excepción de un gran muro en el poblado no perteneciente a estructuras domésticas (García Sanz 1988-1989: 156-158). Tal vez todavía no hayan sido descubiertas, o quizá se refundieran o, simplemente, en las tareas constructivas de esta aldea y de las aldeas aledañas las azuelas no fueron necesarias. Por el contrario, tanto en Osuna como en Villa Vieja de Casares sí se documentan estas herramientas. Y, lo que más sorprendente, en Ratinhos (Berrocal y otros 2012: 171-179), El Carambolo (Fernández Flores y Rodríguez Azogue 2005: 116-119) y Manilva (Marzoli y otros 2010; 2014) hay claras evidencias no sólo de cabañas con zócalos de piedra, sino de arquitectura típicamente orientalizante en contextos indígenas proto-orientalizantes. En conclusión, parece evidente que la piedra y, quizá, otros materiales cobran un valor inusitado en el BF III. Igualmente, la hipótesis de la arquitectura de prestigio parece una opción más viable frente a la hipótesis del hábitat estable al proporcionar una salida al problema del surgimiento de este modelo constructivo y su consiguiente relación con las azuelas de apéndices laterales. De todos modos, quedan algunas incertidumbres por aclarar tales como el protourbanismo en las comunidades de los Campos de Urnas peninsulares, la deposición de herramientas y el proceso de introducción y asimilación del nuevo modelo constructivo, aunque este último asunto se abordará en el siguiente apartado. La construcción es la innovación tecnológica más evidente e importante en el BF III. Responde a una necesidad socio-ideológica relacionada con la moralidad y la simbología. Del resto de innovaciones se podría que decir que, a pesar de ignorarse en Occidente antes de su llegada la Península Ibérica, se encabalgan con la tecnología del período anterior. El textil y la carpintería son tan antiguos como la propia Humanidad. Junto con la toréutica y el hierro, las nuevas artesanías no significan una reorganización socio-económica, sino que se adecuan a las dinámicas y funciones propias de los intercambios ceremoniales: intercambiar para ostentar y para fortalecer los lazos entre los participantes. La necesidad ideológica es un pilar de la ética heroica que se materializa, entre otras formas, mediante la tecnología. Los nuevos artefactos entran como dones en las comunidades peninsulares, por tanto cargados de simbolismo y moralidad y dentro de un circuito restringido a las élites. Sin embargo, según el principio de reciprocidad, los bienes deben circular para fortalecer las redes y la cohesión sociales. Así, el consumo de bienes de prestigio por parte de las élites se produce en paralelo a la distribución de 484 estos bienes entre la clientela. El resultado es una mayor igualdad a nivel moral que requiere romperse a través del consumo y la ofrenda para perpetuar el orden social. Por tanto, las dinámicas éticas de las sociedades de rango adquieren la forma de una espiral creciente de dar, recibir y corresponder. A nivel lógico, los dones en cuanto artefactos deben ser la síntesis de un proceso de fabricación minucioso y preferiblemente mágico, como el método de la cera perdida o la siderurgia, lucir temas simbólicos como el estilo geométrico o la iconografía que incluye la toréutica y ser susceptibles de emplearse en ritos. Así pues, la necesidad ideológica de la tecnología implica todo lo opuesto a la necesidad económica. El hierro y la toréutica están ligados al sacrificio-banquete, un acto eminentemente ritual con el que se escenifica el origen del Universo y la posición que ocupan los seres humanos en él, al igual que también materializa las relaciones humanas dentro y fuera de la comunidad y el rango social de sus participantes. La toréutica, por cuanto permite la fabricación de fíbulas, junto con otros elementos de estética personal además se vincula a la imagen física de la élite social, que se distingue del resto de miembros de la comunidad, al menos en ciertos momentos, mediante la vestimenta. Los instrumentos musicales son piezas difíciles de valorar por la función que pudieran tener, pero claramente reflejan una cuestión artística e intelectual. Aunque los ganchos de pastor de San Andrés de Hío y el instrumento para atrapar serpientes de Solveira se relacionaran inicialmente con el cuidado del ganado, muchos de los paralelos orientales apuntan nuevamente a un uso ritual o, incluso, estético, razón por la cual parece más apropiado interpretar los hallazgos peninsulares no como simples herramientas, sino como símbolos. Por último, las armas pertenecen al campo de la guerra, si bien quizá los carros no llegaran a modificar los modos de combate, al menos de manera sustancial. No sucede lo mismo con la copelación, la cual supone una novedad absoluta. Para el beneficio de la plata de las minas de Río Tinto y Aznalcóllar es menester un cambio en los modos de explotación. Dicho cambio se lleva a término gracias a la copelación, cuya introducción es obra de fenicios. La copelación es el único elemento tecnológico que no sustituye ni mejora ni complementa otros elementos tecnológicos y económicos previos, sino que inaugura la explotación de un nuevo recurso, la plata, otrora desconocido o desapercibido y cuyo destino es el mercado fenicio. Por tanto, el beneficio de la plata es la única tecnología de incorporación protocolonial que cumple una función económica. En efecto, el rendimiento económico obtenible gracias al cambio tecnológico ocupa un lugar secundario con respecto a las intenciones de los intercambios. El valor de la mayoría de los nuevos elementos tecnológicos es puramente socio- ideológica. Esta interpretación se ve reforzada por la exclusión del torno de alfarero y de la siderurgia dentro de las incorporaciones a la tecnología, ya que ambos suponen una innovación económica, es decir, una modificación en el proceso productivo en el primer caso y la explotación y dominio de un nuevo recurso en el segundo. Tan sólo la copelación puede considerarse como una adquisición técnica que de manera clara e intencionada está destinada a su aprovechamiento económico. Por ello, la copelación es la única innovación tecnológica que se explica fuera del ámbito socio-ideológico, a pesar de las implicaciones éticas que pueda tener, y que, en consecuencia, parece 485 corresponder a otra coyuntura de intensificación de las relaciones entre tartesios y orientales.3 Entonces, ya que la finalidad económica está excluida de casi todas las innovaciones tecnológicas que se introducen en la Península Ibérica durante la Protocolonización, cabe concluir que la tecnología pertenece a un sistema socio-ideológico. Es un criterio ideológico el que confiere a los elementos tecnológicos la aptitud para ser incluidos en los intercambios y, por consiguiente, en las sociedades heroicas del Atlántico. Una manera de referirse al binomio tecnología-sociedad es a través del concepto de sistema socio-técnico (fig. 31) (Pfaffenberger 1992). Dicho concepto tiene múltiples implicaciones, ya que supone agrupar y fundir los valores socio-económicos – trabajo, funcionalidad, conocimientos y destrezas técnicas, materias primas, proceso mecánico de fabricación – e ideológicos – moralidad, simbolismo, rango del poseedor, propiedades mágicas, proceso místico de fabricación, contexto de uso – que encierra la cultura material. Debido a la amplitud semántica del concepto de sistema socio-técnico resulta difícil aplicarlo a la investigación histórica, aunque igualmente resulta imprescindible. Se puede emplear como concepto derivado de la categoría de “cultura arqueológica”. De esta manera, si bien la cultura arqueológica sirve para asociar un registro material más o menos definido a un territorio, el sistema socio-técnico sirve para asociar un registro material a una sociedad que, por supuesto, ocupa un territorio y que no es sólo un cúmulo de personas, sino de ideas, costumbres y valores que las rigen y organizan. Por ello, este concepto es más completo que el de cultura arqueológica, pero también más confuso y etéreo. En el caso que atañe a esta investigación, el sistema socio-técnico se liga al sistema de redes sociales con el propósito de imbuir los valores socio-económicos e ideológicos en un colectivo formalmente estructurado y organizado para prosperar. A fin de cuentas, uno de los rasgos de las redes sociales es el empleo de ciertos los artefactos por su valor ideológico para identificarse y diferenciarse de otras redes. A partir de los estudios técnicos sobre los asadores articulados (Baumans y Chevillot 2007; Armada y otros 2008: 484) parece oportuno sugerir que otro medio de manifestación de un ámbito socio-técnico atañe al proceso de fabricación de los objetos. En este caso, el factor diferencial no es el objeto en sí ni tampoco la decoración que pueda exhibir, sino el orden en la secuencia de pasos necesarios para la elaboración de un objeto. El procedimiento de fabricación obedece, en primer lugar, a una cuestión meramente técnica. Pero la antropología demuestra que la creación tecnológica no siempre se ciñe a criterios técnicos (Lemonnier 1993), de tal manera que también puede regirse siguiendo un criterio ideológico, sin perjuicio del producto final. Así, un procedimiento u otro puede depender de la pertenencia a según qué red social o qué familia, evidenciando un sistema socio-técnico. Pero un sistema socio-técnico también se explicita en la inclusión y exclusión de determinados artefactos en ciertos contextos. Por ejemplo, un sector de una sociedad relativamente homogénea podría preferir el empleo de unos artefactos sobre otros o de unos ritos sobre otros. Así se interpretó la distribución espacial por el Complejo Cultural Atlántico de los asadores y los ganchos, si bien terminó por demostrarse errónea 3 Véase el capítulo 15 sobre la transformación ética. 486 (Armada 2002: 101-102). También se ha interpretado de esta manera la distribución de los brazaletes áureos de tipo Villena-Estremoz frente a los de tipo Berzocana y similares en la misma región durante el Bronce Final ya que en ningún yacimiento coinciden (Perea 1995; Perea y Armbruster 2008). Este segundo caso es aún más interesante debido a que la distinción entre un tipo y otro se produce dentro de una sociedad, lo que implica como mínimo dos identidades sociales o dos ámbitos sociales con dos tecnologías – técnicas y artefactos – diferentes. Sin embargo, no es seguro que el tipo Villena-Estremoz perdurase a lo largo del Bronce Final, habida cuenta de que brazaletes muy similares a los del tesoro de El Carambolo se localizan en Oriente con una cronología de bien entrado siglo VIII a.C. (Damerji 1998: 7 lám. 26). En fin, lo que un sistema socio-técnico entraña es que la relación entre la tecnología y la sociedad no es sólo económica, sino ideológica, sin la primacía de un factor sobre otro. Es decir, un grupo humano crea y se sirve de unos artefactos y aparatos en función de criterios prácticos, pero también en función de criterios morales y simbológicos por igual. Así, un artefacto aparentemente útil para cubrir una necesidad puede desecharse al carecer de sentido para la comunidad. Y viceversa, de tal manera que se rechace la opción más práctica por no ajustarse al criterio moral de la sociedad. Esto explica que incluso en situaciones de precariedad en el mundo antiguo no se produjese un salto tecnológico sino mínimos avances, ya que podría ir en contra de la ética. En cambio, desde el Renacimiento en adelante el criterio moral es más laxo, lo que permitió el desarrollo continuo de artilugios que potenciaban el rendimiento económico a costa de romper las fidelidades sociales imperantes desde la Edad Media. Fig. 31: Sistema socio-técnico. Aunque el concepto de sistema socio-técnico tiene una aplicación universal – en todas las épocas para todas las sociedades –, resulta complicado utilizarlo correctamente para el caso del Bronce Final y de la Protocolonización. La idea más clara es que la relación entre personas y tecnología evidencia que los sistemas socio-técnicos 487 aparecen íntimamente vinculados a las redes sociales. Dentro de una red social, integrada por personas unidas por una fidelidad familiar, clientelar o diplomática circula una misma tecnología y unos hábitos que en determinados aspectos podrían servir como marcadores sociales. A medida que una red se amplía o se intensifican los vínculos interpersonales, la tecnología, las costumbres y los valores, todos ellos asociados, también se expanden. Y viceversa, de manera que una tecnología concreta corre la misma suerte que las personas que le dan sentido. Luego participar en una red social implica participar en una tecnología enlazada a unos valores que le proporcionan un sentido ético y lógico. En la medida en que un sistema socio-técnico es un sistema, éste se define por comprender diversos factores y elementos que interactúan mutuamente produciéndose una sinergia. De modo que la variación sufrida en uno de esos elementos repercute en todos los demás. Así, un cambio tecnológico supone un cambio moral, económico y, en definitiva, cultural. Igualmente, la inmutabilidad frente a un estímulo externo conlleva que el sistema, esto es, cada uno de los elementos que lo componen, no se sufra ninguna alteración. En un caso y otro el elemento ideológico es muy importante, por aceptar como por rechazar lo nuevo. Las comunidades peninsulares que participan en la Protocolonización y en el apogeo del Bronce Atlántico experimentan una transformación tecnológica que, como parte de un sistema, implica una transformación de raíces más profundas. No sólo cambian las técnicas constructivas, sino que también se incorpora a la cultura material la toréutica mediterránea y la cerámica de lujo, claramente vinculadas al campo del banquete y de la estética personal, así como también se incorporan armas nuevas como las espadas de lengua de carpa y las estelas, relacionados ambos casos con el combate y la autoridad. Todos los elementos tecnológicos nuevos se introducen y expandan gracias a la labor de las redes sociales. La mayor parte de las innovaciones producidas en la Península Ibérica en el BF III encuentran su filiación en el Mediterráneo, lo que significa que las comunidades peninsulares de esta época se muestran más abiertas a las influencias mediterráneas que las procedentes del Atlántico norte. El marco social en el que este viraje se produce es el de las redes diplomáticas, que en el BF III se intensifican en el Mediterráneo occidental. Esto quiere decir que el hecho de que las innovaciones tecnológicas más sobresalientes del BF III en la Península Ibérica se relacionen con los navegantes mediterráneos obedece a que los big men peninsulares realizan una mayor inversión en los vínculos diplomáticos con otros big men sicilianos y sardos, así como también con comerciantes chiprolevantinos atraídos por la prosperidad del circuito occidental. Las redes familiar, clientelar y diplomática se unen en la figura del big man, cuyo rango social se asienta en el prestigio y en la capacidad de controlar y administrar eficientemente los diversos recursos. Ampliar las redes diplomáticas al Mediterráneo atiende a una estrategia de aumento de prestigio ya que así se adquieren elementos tecnológicos e ideológicos que refuerzan el rango social de la élite. Por tanto, la innovación tecnológica revela un fenómeno social. De lo expuesto hasta el momento se deduce que la innovación tecnológica que se produce en la Península Ibérica en el BF III tiene una vertiente económica y otra social. Económica, porque facilita la manipulación de los recursos y la creación artesanal; social, porque apuntala el rango, el prestigio y la autoridad de los responsables de la 488 introducción de las novedades. Ambas vertientes están interrelacionadas en la medida en que la sociedad y la economía, si acaso pueden diferenciarse, se integran en una única estructura. Pero es más social que económica, ya que el aprendizaje de una técnica, si bien apunta claramente a una intención económica, es un subproducto que explicita la pertenencia a una red social y, más ampliamente, a una sociedad de estilo heroico del BF III. Las nuevas técnicas constructivas, la toréutica y las ropas no reparan ninguna carencia de corte socio-económico. Tampoco los carros y las liras. Por ello, la única finalidad que fomente la transferencia de artefactos y técnicas pertenece al orden ideológico. Los atributos que se introducen en virtud de los intercambios rituales se ciñen al ámbito institucional, no al de la economía doméstica. En efecto, los artefactos más llamativos que se introducen en la Península Ibérica desde el Mediterráneo en el BF III son de ámbito restringido a nivel social y funcional. Los carros, las liras y los objetos de toréutica y de estética personal no están encaminados a resolver problemas que se extienden por toda la sociedad ni a amplificar las capacidades para hacer frente a las adversidades que se presentan en el curso de los días. Al contrario, su introducción y uso proporcionan una salida a un problema individual relacionado con la reorganización de la sociedad: la obtención de prestigio y la promoción social. Resulta impensable la transferencia de elementos tecnológicos sin la existencia de una red diplomática que sirva para probar y afirmar el prestigio de un big man y su reconocimiento como individuo capaz no sólo de mantener la red, sino de favorecer la introducción de artefactos exóticos y curiosos que irradien distinción social y consoliden una imagen de supremacía y prestigio. De todo esto se deduce que la tecnología está teñida de ideología y, por tanto, que la innovación tecnológica pertenece tanto al campo de la economía como al de la ideología. La separación entre ambos campos en ocasiones resulta sumamente explícita, mientras que en otros es más confusa. Las mismas azuelas pueden suponer una innovación socialmente más limitada, ya que gracias a ellas es posible elaborar objetos de prestigio tales como los carros y las liras. Aunque no se dispone de la certeza de que estos objetos se fabricasen en talleres atlánticos del BF III, tampoco hay razones para dudar de ello a la luz de la difusión y, en cierta medida, asimilación de las costumbres y hábitos de los fenicios por las comunidades del Mediterráneo durante el Período Orientalizante. Así, las liras y los carros se podrían considerar como elementos asociados y derivados de las azuelas.4 Estos artefactos singulares sirven para enfatizar y reforzar el status de la élite social, cuya virtud (y obligación) es conjuntamente la de introducirlos a través de las redes diplomáticas y la de poseerlos y exhibirlos para reafirmar su rango frente al resto de miembros de la comunidad. A su vez, forma también parte de las obligaciones de la élite social la de corresponder a través de estos objetos de prestigio a sus clientelas, lo que les coloca en la tesitura de, por un lado, estar continuamente controlando la cantidad de bienes de prestigio puestos en circulación y, por otro, de introducir nuevos objetos en los circuitos con la 4 La posibilidad de que los artesanos aprendiesen a elaborar carros de combate y otros artefactos y aparatos de madera de inspiración exógena permite pensar que la correspondencia entre el número de grabados de las estelas y de ejemplares reales sea muy alta. Los carros, como cualquier otro don, se pueden heredar y entregar en un intercambio ritual, de manera que el nuevo dueño podría representarlos como suyos en nuevas estelas. Esta posibilidad no está reñida con la implantación de un código iconográfico en el que se reproduzcan las mismas imágenes por su significado simbólico. 489 finalidad de potenciar su prestigio. Así, la vinculación de tecnología y redes sociales apunta a los modos de adquisición y de asimilación. 4. Tecnología y comunicación Otra gran cuestión interpretativa relacionada con la transferencia tecnológica se centra en el modo de proceder de las sociedades gracias al cual se transmiten los conocimientos y los artefactos. El banquete ritual, puesto que es la institución y costumbre de contacto formal y pacífico, se convierte en el procedimiento básico e inicial de transmisión. A través del banquete ritual se posibilita la recepción de objetos que, por sí mismo, ya denota una transferencia tecnológica. Sin embargo, justificar la transmisión tecnológica alegando únicamente la práctica del banquete resulta insuficiente a nivel interpretativo. En la medida en que dicha transferencia no se reduce al mero intercambio de artefactos, sino que se amplía a la enseñanza y aprendizaje de conocimientos técnicos, se requiere otra circunstancia distinta a la de compartir la comida y la bebida. De esta manera, la transmisión tecnológica implica un modo de contacto no esporádico ni breve ni superficial, sino continuado, prolongado e intenso. Así pues, la aparición de nuevos elementos tecnológicos no se limita a una cuestión funcional ni a un trámite institucional, sino que también abarca los mecanismos, las instituciones y las prácticas que forman parte de las relaciones intercomunitarias y que complementan al protocolo de contacto. A su vez, dado que las innovaciones no son anecdóticas, sino que se asimilan por parte de la comunidad receptora, también resulta de vital importancia las maneras de proceder para su transmisión interna. Por tanto, el primer punto de interés sobre esta cuestión es el de los hábitos, los medios y las creencias y valores a través de los cuales se produce la acción comunicativa. Tal acción comunicativa es la que permite la transmisión de saberes y que engloba tanto las relaciones intercomunitarias como intracomunitarias. Las sociedades atlánticas del BF III, a pesar de que puedan haber experimentado un importante crecimiento demográfico, se asientan en pequeñas aldeas que operan como unidades de producción y, en menor medida, como puertos de rutas largas y como centros ceremoniales. En las aldeas residen familias dedicadas, fundamentalmente, a tareas de subsistencia. Debido a sus escasos efectivos y a la necesidad de reproducción y perpetuación, la participación conjunta en las diversas actividades productivas constituye uno de los pilares de la convivencia y del éxito de la comunidad. Por ello, las comunidades se componen por individuos que a nivel laboral son polivalentes, a pesar de que las normas y tradiciones exigen y fomentan una cierta división del trabajo ligada a la división natural de la sociedad, claramente visible en la edad y el género (Torres Martínez 2011: 356-358). Por tanto, en una comunidad perteneciente a una sociedad heroica, lo normal es que todo el mundo haga de todo, especialmente en materia de subsistencia. Los conocimientos y técnicas que implican las actividades cotidianas – anuales o estacionales – de una pequeña comunidad se aprenden mediante su ejercicio. De esta manera, la familia y, en segundo lugar, la comunidad en su conjunto funcionan como escuelas de aprendizaje de los conocimientos y prácticas necesarios para vivir. Éstos no sólo se reducen a cuestiones económicas, sino también a otras ideológicas. Entonces, 490 trabajar se convierte en un sinónimo absoluto de convivir y, en definitiva, de pertenecer a la tradición cultural. Por ello, “aprender el oficio” forma parte de la inercia social. Pero existen ciertos desempeños para los cuales resulta menester la adquisición de unos conocimientos no rutinarios por cuanto no se integran en el día a día de la comunidad. Además, estas actividades no requieren la movilización de toda la comunidad. Consisten, principalmente, de las artesanías. Quizá algunas de ellas, caso del textil e, incluso, la alfarería, sean más o menos comunes, de tal suerte que buena parte de la comunidad posea los conocimientos mínimos necesarios para contribuir, de alguna manera, a la producción de tejidos y de vasijas ya que, a fin de cuentas, se trata de objetos de uso doméstico y continuo susceptibles de romperse y deteriorarse con facilidad y, por tanto, de ser renovados periódicamente. Parece lógico que no todas las personas que sepan tejer y moldear (a mano) cerámica fuesen igual de hábiles y que, por tanto, los más diestros se ocupasen de los productos más refinados y mejor valorados. Asimismo, también parece lógico como artesanías imprescindibles, a pesar de tradicionales, estuviesen muy bien consideradas a nivel moral. Pero la destreza es una cuestión de práctica y técnica individual, de modo que de alguna manera está al alcance de cualquiera. Igualmente, la selección de las materias primas y los primeros pasos de su preparación tampoco implican conocimientos extraordinarios y, por tanto, no son restringidos socialmente, sino que se encarga toda la comunidad de estas actividades y, así, su aprendizaje vuelve a ser un asunto de inercia social. Sin embargo, el proceso productivo de la cerámica incluye un paso cuya habilidad requerida no se relaciona con el trabajo manual, sino con el control del fuego, y lo mismo sucede con la metalurgia. Pero mientras que la alfarería no deja de relacionarse con tareas comunes, los metales no tienen tanto alcance social. La producción metalúrgica presenta ciertos detalles singulares que sugieren un aprendizaje diferente al resto de artesanías. Por un lado, aunque la recolección de minerales pueda involucrar a un grupo notable de la comunidad, el trabajo en el taller necesita de muy pocos artesanos. Incluso suponiendo que haya comunidades enteras especializadas en minería y metalurgia – y, ciertamente, en el BF III no hay razones para creerlo así –, para las labores estrictamente artesanales basta con una o dos personas que sepan calcular las proporciones para las aleaciones, controlar la temperatura de los hornos y forjar adecuadamente. El ciclo productivo de metalurgia tradicional comprende no sólo actividades vinculadas directamente con la extracción y preparación de minerales y la fundición, sino que también incluye la preparación de carbón, probablemente la construcción de un horno potente y la elaboración de moldes cerámicos y, sobre todo, de piedra. Y lo mismo ocurre con las demás artesanías, cada una con sus particularidades. Así, parece probable que aunque el maestro metalurgo posea conocimientos de todos estos campos, otros individuos se encarguen de ello. La metalurgia, como otras tantas actividades productivas, requiere la colaboración estrecha entre personas y, al final, de mucha gente participando de manera variable en algún punto de proceso. Parece coherente, aunque muy especulativo, que con la introducción del método de la cera perdida se introdujera, además, la apicultura. Nuevamente, el cuidado de las abejas y la recogida de cera y miel no precisan de mucha gente, pero tampoco requieren unos conocimientos ni unas técnicas sofisticadas, de tal suerte que en este 491 sentido se asemeja más a la agricultura y al textil que a la metalurgia. Sin embargo, la elaboración de moldes de cera conlleva unas destrezas técnicas que apuntan a la intervención de un solo individuo. Quizá sea también un solo individuo el que se encargue del acopio de resina o ceniza para el endurecimiento del molde, pero ninguno de estos dos materiales requeridos se obtienen gracias a profundos conocimientos después de una larga experiencia. Los moldes, en cambio, sí. Así pues, la elaboración de moldes y la metalurgia stricto sensu es prácticamente un trabajo individual y, por ello, no se aprende en el curso de los días participando de la vida comunal. Al contrario, se aprende por transmisión directa de un maestro a su aprendiz y tras mucho tiempo de práctica. Estas dos características marcan una diferencia notable entre las tareas sociales y las individuales. Como sucede con las formalización de las relaciones diplomáticas, la transmisión de conocimientos es también una cuestión interpersonal que atañe sólo a dos personas. Con seguridad, la carpintería y la marroquinería, especialmente la dedicada al marfil, al hueso y al cuero, exigen unos conocimientos, una técnica y un aprendizaje instrumental análogo al de la metalurgia y la composición de moldes. No obstante, tal vez ciertos trabajos de talla de madera y de curtido de cuero no sean especialmente exquisitos, de tal modo que, como puede suceder con la alfarería a mano y el textil, quizá todos los miembros de la comunidad dispongan de unos conocimientos mínimos sobre el tema. Pero está claro que la destreza en la talla es un requisito y ésta no es una habilidad especialmente común. Por su parte, la construcción de viviendas también ciertos conocimientos variados. Las estructuras más simples, como los cercos y las chozas, no exigen destrezas y conocimientos profundos. En las construcciones de mayor tamaño parece muy probable que participasen todos los miembros de la comunidad, incluso de varias comunidades, lo que implica la construcción tradicional es una actividad similar a las agropecuarias. En cambio, la edificación de cabañas de nueva arquitectura con zócalos de piedra y adobe (y otros materiales perecederos) es necesario un aprendizaje de conocimientos y destrezas no tradicionales y, por tanto, más restringido socialmente, al menos en sus primeros tiempos. A pesar de ello, el proceso constructivo también pudría involucrar a mucha gente. La madera, el marfil y el cuero son tres materiales relacionados con la metalurgia, ya que con ellos se elaboran los pomos y las vainas de las espadas. A su vez, ciertos objetos de carpintería se ornamentan mediante placas de marfil tallado. De esto se deduce que todas las artesanías, al margen de la cantidad de gente que se encuentre envuelta en su desarrollo y de la restricción o extensión del uso de las manufacturas, estén interrelacionadas. Así pues, en una comunidad modesta, que no pobre, los conocimientos sofisticados a nivel artesanal y constructivo se encuentran repartidos entre unos pocos maestros o, incluso, se concentran en una única persona. De hecho, las comunidades más austeras no dispondrían ni tan siquiera de un especialista en artesanías complejas, ya que las necesidades de producción, almacenamiento y procesado de alimentos se imponen frente a otras actividades prescindibles a nivel de subsistencia. Esto podría interpretarse como un síntoma de pobreza, pero igualmente podría significar que en la vida aldeana, a pesar de dependencia de la tierra, los desplazamientos – y los consiguientes intercambios – están plenamente integrados en la cotidianeidad. 492 Por tanto, la presencia de especialistas artesanos funciona como criterio demarcador de la jerarquía de los asentamientos a nivel económico y a nivel ideológico (simbólico y moral). De igual manera, se puede apuntar que, a pesar de la demanda limitada de artículos de artesanía complejas, éstos aparecen teñidos de un alto valor ideológico en parte por su restricción social, pero también por la selección de las materias primas y por los conocimientos necesarios para su fabricación. Las artesanías de alto valor ideológico y los conocimientos que encierran se adquieren por la experiencia y por las enseñanzas directas del maestro al aprendiz. Estos conocimientos técnicos, aunque en determinados aspectos sean familiares a toda la comunidad, circulan entre una minoría social muy selecta. Y, a pesar de que los productos elaborados gracias a estos conocimientos también sean muy restringidos, todas las sociedades tengan sus propias instituciones y medios para preservarlos y transmitirlos. Por todo ello, parece razonable que tanto los maestros artesanos como los conocimientos que guardan y transmiten a sus discípulos tengan un carácter mistérico, es decir, se acceda a ellos a través de un rito iniciático (Eliade 1959: 96-105; Silver 1995: 6-7; Kristiansen y Larson 2006: 70-80). Dicho carácter es causa y consecuencia del valor esotérico de la artesanía. En la lógica del mundo no-industrial existe una conexión latente, mística y recíproca entre los distintos fenómenos y seres, vivos e inertes (Descola 2004; Hubert y Mauss 2002: 68-76; Hodder 2012: 1 ss., 15. ss, 40 ss., 64 ss., 88 ss.). En este sentido, el abismo entre Cultura y Naturaleza es altamente relativa. La diferencia entre las entidades que componen el mundo no radica en su naturaleza, sino en el valor moral, de tal modo que todas ellas son animadas. Por principio, las personas son más morales que los seres inertes, pero algunos seres inertes son tan morales como las personas. Ésta es una de las virtudes de los dones. Los objetos no son propiamente objetos, sino sujetos, ya que tienen un sentido moral. De esta manera, todos los seres son el producto de una estructura ontológica que comprende un elemento perceptible a los sentidos, la sustancia, y otro imperceptible, sólo imaginable aunque accesible, la esencia. En la misma lógica las conexiones patentes entre los seres y los fenómenos son mágicas. La magia es la (inter)acción en un mundo místico. En algunas ocasiones está incitada por los humanos (Frazer 1981: 33 ss.), por magos, mientras que en otras son las mismas fuerzas naturales las que operan de modo caprichoso a expensas de la voluntad humana. El estallido de una tormenta es un ejemplo de este segundo caso, mientras que el sacrificio de sangre para aplacar la tormenta ilustra el primero. Por la parte humana, la magia es el dominio de la esencia mediante la manipulación de la sustancia o el control de la causalidad a través de relaciones analógicas: se manipula un determinado objeto para que las consecuencias reviertan sobre otro ser o fenómeno sin que haya contacto directo. Por la parte no humana, la magia no implica un dominio, sino el hecho en sí. La magia es la explicación de todos los fenómenos, lo que significa que los actos individuales no son espontáneos ni intencionados, sino inspirados por otros seres. La producción cerámica y metalúrgica implica una transformación química mediante el fuego, un elemento controlable aunque no intangible. Por una y otra razón poseen un componente místico. Pero las nuevas técnicas productivas siempre son las más misteriosas y con mayor valor socio-ideológico, de modo que mientras la toréutica es una reciente incorporación, la alfarería a mano se remonta a la noche de los tiempos y no necesita. Además, en líneas generales los objetos metálicos tienen un sentido más 493 personal y, por tanto, moral que los objetos cerámicos, más profanos. Es muy probable que la ontogénesis mística de la metalurgia contribuyese a enfatizar el valor ideológico de los objetos metálicos y a convertirlos en ofrendas de máximo peso moral. De todos modos, todas las manufacturas, por el mero hecho de haber sido fabricadas y materializar unas técnicas y unos conocimientos, poseen un componente mágico que, como la moral, no es cuantificable, aunque sí pueda jerarquizarse. El proceso de creación tecnológica en la que intervienen elementos inabordables como el fuego es un acto de magia, por tanto referirse a los conocimientos técnicos y a los artesanos equivale a referirse a conocimientos mágicos y a magos (Budd y Taylor 1995; Gosden 2012). Y lo mismo cabe alegar sobre la curación y los conocimientos médicos, así como de los cantares épicos y los bardos. Los conocimientos técnicos son, de manera indivisible, mecánicos y mágicos (Lévi-Strauss 1995: 195-210; Hubert y Mauss 2002b). Los secretos de los magos no son accesibles a todo el mundo por cuanto requieren de una iniciación; es más quizá la totalidad de los secretos sean monopolio y privilegio de cada mago. Pero todo el mundo, de una u otra manera, tiene acceso a la magia a través de las relaciones sociales. Por ende, parece razonable que la élite tenga a su disposición a artesanos iniciados de confianza a quienes recurrir en caso de necesidad. Así, el acceso a las creaciones mágicas se fundamenta en una relación de fidelidad dentro de la red clientelar y de la red política. Forma parte de la autoridad preservar y facilitar los efectos de la magia. De hecho, es la responsabilidad y campo de acción de la élite. Pero lo que parece más certero es que el valor esotérico de la artesanía abre la posibilidad de que los maestros artesanos ejerzan también el rango de élite social e, incluso, de desempeño de la función de referente y sostenedor de la comunidad, ya que para el ejercicio de sus habilidades y la práctica de sus conocimientos confluyen muchas otras artesanías y, por tanto, relaciones interpersonales. El valor místico de los conocimientos técnico-mágicos unido al valor místico del recorrido de largas distancias constituye un factor sobre el que se asienta el prestigio de los héroes. La necesidad ideológica de la innovación tecnológica por parte de las élites sociales propicia el encuentro y el sostenimiento de las relaciones que favorecen la entrada de novedades que se traducen en el capital simbólico de las élites. Además, las élites sociales, en su obligación de ejercer como tales, son dependientes de dichas habilidades y conocimientos. El maestro artesano no sólo actúa como manufacturero, sino como sabio, probablemente iniciado, lo cual le coloca en una situación de autoridad en el contexto de la comunidad. Esto significa que el maestro artesano en algunas ocasiones actuase como big man en el contexto de un estilo de vida heroico. Así, mientras que en las sociedades estatales de Oriente los maestros trabajan para sobrevivir o se integran en la casa de las élites como servidumbre, en las sociedades de rango el artesano, en principio, también es productor de alimentos y guerrero, es decir, trabaja a tiempo parcial en sus dominios sapienciales (Rowlands 1971: 212-213). El mago, a pesar de su rango, erudición y arte, vive plenamente implicado en la vida comunitaria. La élite social, con la finalidad de consolidarse, debe tener a su disposición los medios de producción, tanto de bienes de subsistencia como de bienes de prestigio. El artesanado cualificado, por tanto, pertenece al ámbito del poder y de la autoridad. Como no todas las artesanías están presentes en todas las familias ni en todas las comunidades, a través de las redes sociales se facilita y promueve la circulación de 494 artefactos de alto valor ideológico, así como de los propios artesanos cuando éstos deben corresponder la fidelidad hacia otra persona, fidelidad que alimenta las redes sociales. Por tanto, las redes sociales, como corolario de la unión mística por nacimiento o por juramento de las personas que las componen, funcionan como medio de transmisión de conocimientos a través de la circulación de artesanos y, en general, de individuos que poseen conocimientos mistéricos y restringidos, empero indispensables para la prosperidad del estilo de vida heroico. De esto se desprende que las innovaciones tecnológicas se transfieren merced a las solidaridades interpersonales vertebradas en redes sociales. Así, gracias a la red diplomática dentro de un mismo territorio se extienden los elementos tecnológicos y, de manera general, la cultura. Igualmente, también se desprende que la acción comunicativa por la que se transmiten los conocimientos técnicos implica: a) una relación directa entre maestro y aprendiz en un taller una vez que las necesidades de subsistencia han sido cubiertas; y b) una iniciación, lo que evidencia un misterio y una sacralidad que, por su parte, revelan una institucionalización del aprendizaje de las artesanías. En la Edad del Bronce el contacto directo maestro-aprendiz y la institucionalización se produce en un entorno oralidad. Esto pone de relieve una vez más la importancia del idioma como herramienta de reproducción de la cultura. En el caso que atañe a la transmisión de conocimientos técnicos desde un punto de vista rigurosamente materialista, el acompañamiento en la práctica de la artesanía por parte del maestro al discípulo es suficiente para el desarrollo de las destrezas e, incluso, de las mejoras en la tecnología. Sin embargo, en el contexto de un mundo mágico y mistérico, en el que los objetos son poderes activos porque la esencia y la sustancia de los mismos son indisociables, los conocimientos técnicos implican también las palabras y, por supuesto, los procedimientos constructivos. Atendiendo a las palabras, éstas son la base de la oralidad, pero también encierran un significado simbólico que trasciende al mismo símbolo lingüístico. Es decir, la palabra constituye un símbolo como tal, puesto que se refiere a una realidad de manera arbitraria, pero, además, pronunciando palabras se crea y se transforma el universo, se invoca a la Musa, a Hefesto y al Diablo. En la lógica mística de las sociedades campesinas la realidad está contenida en las palabras, de manera que hablar equivale a crear, exactamente como hace Dios al comienzo del Génesis (Ong 2006: 38-40). Así, en el proceso de elaboración de un objeto también intervienen enunciados o recitaciones, fórmulas mágicas imprescindibles que deben ser pronunciadas correctamente en su debido momento para que el proceso de producción sea exitoso. Por tanto, el valor de la palabra es tan importante como el valor de la técnica, hasta el punto que en la lógica mística la técnica y la palabra son complementarias. En esto consiste la mística que todo lo envuelve y el misterio del artesano. Por su parte, el procedimiento constructivo de un objeto también es místico y mágico y, en la medida en que se integra en un sistema socio-técnico, también guarda una estrecha vinculación con la identidad social. Una pieza se elabora siguiendo unos pasos en un determinado orden. Cumplir con el orden preestablecido es tan necesario e importante como la ejecución de los propios pasos. La alteración del orden quebranta la esencia del artefacto y la esencia de la sociedad a la que pertenece y, de algún modo, simboliza dicho artefacto y a las pautas impuestas cuya vigencia puede ser 495 ancestral. Así, el valor del objeto radica también en el procedimiento seguido en su elaboración que más que una secuencia de operaciones técnicas debe interpretarse como un rito centrado en la transformación de materias primas en artefactos. Por ello, el valor moral y simbólico de un objeto viene dado, en parte, por la magia que encierra su proceso de fabricación. Y, como se ha visto en otro capítulo, también por su biografía y por su función ritual. La relación entre la tecnología y la sociedad está cargada de magia y esoterismo. Aunque ningún ámbito de la vida heroica escape a este principio, las actividades artesanales, especialmente las de mayor valor ideológico, ejemplifican la interacción entre lo misterioso y lo mundano. Por tanto, a) cualquier objeto simboliza esta interacción; b) el artesano detenta los poderes mágicos que capacitan para desempeñar una actividad creadora. En este sentido, las herramientas también funcionan como símbolos y pueden considerarse como objetos mágicos. Luego las herramientas quizá se intercambiasen también como dones. Sin embargo, lo más probable es que la mayoría de las herramientas que sirven como evidencias de los contactos protocoloniales reflejen un desplazamiento de artesanos que portan conocimientos y habilidades tan altamente valoradas como cualquier otro don y que confieren autoridad. Y, por supuesto, de mercaderes que atesoran metal. Entonces, los artesanos también se desplazan. Al igual que los objetos, el conocimiento también se transmite, si bien los mecanismos de transmisión son necesariamente diferentes. Así, mientras que los objetos son regalos que se entregan, los conocimientos son ideas y técnicas que se aprenden. Pero en la medida en que se producen en el mismo contexto de interacción, objetos y conocimientos se mueven en la misma esfera comunicativa. Por tanto, el intercambio de regalos y el intercambio de conocimientos deben tener el mismo fondo institucional e ideológico. El escollo más inmediato que debe ser superado en la acción comunicativa consiste en la inteligibilidad. Cuando el maestro y el discípulo pertenecen a la misma organización familiar o clientelar, el idioma empleado es compartido por ambos. Incluso fuera de las alianzas formales de las redes, la pertenencia a una misma etnia cuyos rasgos de identidad son también lingüísticos facilita y fomenta la comunicación verbal. Pero cuando maestro y discípulo son hablantes de diferentes idiomas, entonces se presenta un obstáculo difícil de solventar. En una sociedad heroica típica de la Edad del Bronce la comunicación siempre y en exclusiva es oral. La oralidad es el universo, razón por la cual las palabras tienen tanto valor factual. Aunque los iconos y los gestos en su sentido más amplio también sean vehículos de la comunicación, el conocimiento y las emociones se expresan esencialmente mediante el lenguaje oral. La interacción entre maestro y discípulo también debe entenderse desde la perspectiva lingüística, de tal manera que el concepto de interacción de artesanos es sinónimo de interacción de hablantes. Entonces, la pregunta más pertinente es: ¿cómo se comunicaban entre ellos? Antes de proseguir con esta cuestión, parece conveniente advertir que este mismo escollo también está presente en el banquete ritual cuando funciona como formalización de las relaciones diplomáticas. La desconexión lingüística entre las comunidades lejanas de la Edad del Bronce no emparentadas entre sí es un hecho no demostrable empíricamente pero sí lógicamente. Sin embargo, la necesidad y la vocación de entablar relaciones con el exterior conducen irremisiblemente a la 496 creación de un código no verbal con valor institucional que facilite la acción comunicativa. Una opción es que el contacto directo nunca llegara a efectuarse en épocas remotas. Al menos, ésta es la imagen que se desprende de ciertos pasajes de autores antiguos según quienes el intercambio, en ciertas ocasiones, se producía de modo “silencioso”, no presencial (Heródoto, Historia. 4.196 Plinio, Hist. Nat. 6. 88-89 Filóstrato, Vita Apollonii 6.2). De acuerdo con Heródoto, el procedimiento era el siguiente: “(…) Cuando ellos llegan allí, descargan sus mercancías y las colocan alineadas en la playa. Luego regresan a sus naves y encienden fuegos que desprenden mucha humareda. Cuando los nativos [los libios] advierten el humo, se llegan hasta el mar. Colocan oro al lado de sus mercancías y se alejan mucho de ellas. Los cartagineses acuden allí desde sus naves y observan. Si el oro les parece corresponder al valor de sus mercancías, lo toman y se van; de lo contrario, suben otra vez a sus naves y esperan. Los nativos se acercan y añaden más oro hasta que parezca suficiente. Ninguna de las partes comete injusticia: ni los cartagineses tocan el oro antes de que los nativos hayan llegado al valor de las mercancías, ni los nativos tocan las mercancías antes de que los otros hayan retirado el oro.” Por tanto, el mecanismo era muy sencillo. Y mudo. Este pasaje de Heródoto es el más detallado de todas las versiones conocidas y, sin embargo, arroja un alto grado de incertidumbre. ¿Cómo se llegó a establecer este mecanismo si forasteros e indígenas no mediaban palabra, si sólo se veían a lo lejos? ¿Qué circunstancias les condujo a la creación de este curioso modo de intercambio? ¿Cómo se debe interpretar el intercambio silencioso? Las dos primeras preguntas van quedar en el tintero. Respecto a la tercera, se han propuesto varias soluciones. Así, en clave económica para Marta Giacchiero (1969), se trata del modelo perfecto de oferta y demanda de economía de libre mercado. Los productos intercambiados son mercaderías, esto es, mercancías con valor relativo, con precio. Por tanto, tal y como recuerda Heródoto, el precio acordado es justo, beneficiando a ambas partes, sin imponerse una sobre la otra. En cambio, para Nicola Parise (2003: 78-79) se trata de un ejemplo de intercambio heroico. Los libios no compran, sino que corresponden a los cartagineses que ofrecen. También se ha sugerido una tercera vía interpretativa para este modo de intercambio a medio camino entre las dos anteriores. Se trata la propuesta de Alvar (2008: 22-24), para quien los forasteros son los mayor beneficiados ya que saben de antemano lo que van a recibir a cambio se su oferta, mientras que los indígenas ignoran desde el principio en qué consiste el cargamento de la playa. Una interesante propuesta en clave social explica este procedimiento como un modo de acceder a las riquezas del otro preservando la integridad física de los participantes y sus posesiones (Moreno 1999: 159; López Pardo 2000: 219-220). Según esta propuesta, a través del intercambio silencioso los indígenas evitan las incursiones de saqueo por las que les esclavizan y les roban, toda vez que los forasteros, en principio en desventaja estratégica, evitan que les maten y les roben todo el cargamento. Así, la desconfianza y la elusión de problemas son los principios operativos de este modelo de intercambio. 497 Una segunda opción es que los participantes en las operaciones de intercambio recurriesen a gestos y signos expresados con las manos. En la medida en que sus principios son instintivos y aleatorios se trataría de un lenguaje muy parco con escasa o nula capacidad de comunicar ideas que superaran la señalización de bienes concretos y la expresión de cantidades. Esta opción implica una voluntad de entendimiento y, muy probablemente, de hospitalidad, ambas necesarias para establecer relaciones diplomáticas e intercambios fructíferos. Uno y otro modo explicarían que los objetos adquiridos por los indígenas tuviesen un uso y significado muy distinto a los del lugar de origen (Needham 1993). El motor del intercambio es la mística y prestigio del exotismo y de la distancia; luego la alteración conceptual y funcional entra en la lógica de cualquier intercambio que comprenda dos culturas diferentes. Pero incluso aceptando este último apunte, las opciones del intercambio silencioso y del lenguaje de signos contravienen la adopción del método de la cera perdida, la fundación del kārum y la transformación en la ética que sufren las élites tartésicas, ya que necesariamente debieron entablarse conversaciones en las que, superando el mero protocolo, se transmitiesen ideas abstractas y complejas. En este sentido, no debería extrañar que el intercambio silencioso fuese un recurso literario, empleado por los autores de la Antigüedad como elemento supletorio de dar explicaciones minuciosas y, por qué no, incómodas, si bien tuviese alguna base remota de veracidad. Siempre hace referencia a bárbaros, nunca a griegos ni romanos, y las fuentes de información son indirectas, lo que en conjunto suele implicar un matiz negativo y una tergiversación, exageración o distorsión de las noticias.5 Esto deja ver otra razón por la que el banquete ritual es, precisamente, un rito: la atmósfera de sacralidad y el cumplimiento de unas normas de convivencia constituyen un escenario apto para la comunicación. Ofrecer hospitalidad, compartir la comida e intercambiar regalos son acciones no verbales, sino gestuales y, por tanto, universales. Esta universalidad, a pesar de su vertiente práctica, está ausente de la comunicación entre maestro y discípulo. Pero, igualmente, la forma de rito podría encauzar esta comunicación y, a la postre, contextualizar unos enlaces interpersonales más hondos. Por tanto, aunque en la acción comunicativa predomine la razón lingüística, también contiene una razón “teatral” o ritual: el objetivo final es el entendimiento. En la Protocolonización y en otras interacciones culturales la diferencia lingüística entre el maestro y el discípulo se pudo salvar de tres modos: a) que uno de los dos aprenda la lengua del otro; b) que empleen un intérprete; y c) que ambos hablen una lengua común y diferente a la suya, bien sea un pidgin o una lengua franca. Existe, además, una cuarta opción que atañe al valor mágico de las palabras: las recitaciones que habitualmente acompañan la creación artesanal fueron obviadas, de tal modo que en la transmisión de conocimientos, a pesar de celebrarse siempre en un contexto ritual, el lado mecánico prima sobre el mágico. Tal omisión no significa la imposibilidad de aprender ciertos vocablos. Los préstamos lingüísticos forman parte de todos los idiomas y normalmente en la interacción cultural 5 La investigación y producción intelectual en la Antigüedad está plagada de elementos fabulosos y aleatorios inconcebibles en el marco moderno incluso después del giro filosófico, pretendidamente crítico y cargado de “buenas intenciones”. Se puede establecer un paralelismo entre el empleo del tópico del intercambio silencioso y del suicidio colectivo antes de la rendición como supuestamente sucedió en Masada, Sagunto y Numancia (Quesada 2012: 24). Probablemente non è vero, pero con certeza è ben trovato. 498 se produce un traspaso de léxico. El pragmatismo en la transmisión se explica por la voluntad de intersubjetividad intrínseca a la comunicación. Porque lo importante, al final, es el efecto de la magia y no la magia en sí. Además, maestro y discípulo, a pesar de pertenecer a dos tradiciones diferentes, son ambos artesanos experimentados e iniciados y, por tanto, legitimados ante los dioses y los hombres para desarrollar la artesanía. Sea como fuere, la barrera lingüística se superó y la acción comunicativa resultó un éxito a la vista de que los artesanos peninsulares adquirieron los conocimientos y habilidades necesarios para la fabricación de objetos de toréutica y de carpintería, para copelar jarositas y para conducir carros. Y, quizá, para tañer la lira. Y no sólo eso, sino que también los fenicios y los tartesios llegaron a un acuerdo para la fundación de un puerto de comercio. Así pues, vistas las condiciones y principios básicos para la comunicación de conocimientos técnicos debe resolverse la cuestión sobre los modos de proceder en la transmisión de conocimientos. En primer lugar, parece conveniente señalar que una comunicación verbal mínimamente fluida vuelve necesario la intensidad y repetición de los contactos. En el primer encuentro – quizá precedido de un intercambio silencioso – se establece una alianza política interpersonal. Los pioneros chipriotas y fenicios realizaron el primer encuentro en el Horizonte Ría de Huelva, mientras que el flujo de relaciones en el Atlántico y en el Mediterráneo occidental era ancestral a la llegada de los orientales. A través de las alianzas institucionales se crean las redes sociales que justifican los contactos y favorecen las comunicaciones. A nivel temporal, la comunicación de conocimientos técnicos es el paso siguiente al intercambio de dones. Por tanto, si los nuevos conocimientos se introdujeron sin el concurso de chipriotas y fenicios, lo más lógico es que se iniciasen en cualquier viaje dentro de la coyuntura del BF IIIA; por el contrario, si intervinieron chipriotas y fenicios con seguridad esta comunicación no se produjo hasta varios viajes después del primer contacto. El aumento de la frecuencia de los viajes y de la intensidad en las relaciones permite averiguar las necesidades de los actantes. El principio de intersubjetividad de la acción comunicativa por el cual se presupone los valores del otro y se produce el buen entendimiento sólo tiene hueco en las redes sociales dinámicas. La transmisión de conocimientos se lleva a cabo gracias a las redes sociales en virtud de las cuales circulan las personas. Ahora bien, los artesanos-magos ¿se desplazan de modo itinerante o programado? La hipótesis del especialista itinerante consiste en que un individuo o un pequeño grupo se desplazan de modo errante en barco o en caravana, ofreciendo exitosamente sus servicios a las comunidades y élites de las regiones por las que transitan. En un mundo de economía de mercado donde los especialistas despliegan sus artes a tiempo completo a cambio dinero tendría sentido. Sin embargo, en una sociedad heroica no hay artesanos a tiempo completo, y los conocimientos no se venden, se comparten. La artesanía, especialmente la de objetos de uso infrecuente y con poco sentido económico como la metalurgia, dedican su tiempo a los quehaceres cotidianos de subsistencia junto con el resto de la comunidad. Sólo estacional o esporádicamente trabajan en los talleres (Rowlands 1971: 214-215). 499 No debe confundirse la movilidad itinerante con la iniciativa privada. Las actividades privadas se definen por realizarse fuera del dominio fáctico de las instituciones y por dirigirse y programarse desde un lugar fijo y concreto que les proporciona un sentido, a pesar de que conlleven el recorrido de los mares. En cambio, la movilidad itinerante es un modus vivendi según el cual una persona presta sus servicios a cambio de un pago, no de una correspondencia. Un mercenario o un chatarrero son individuos errantes en busca de una comunidad o un líder que necesite de los servicios especiales de otras personas. Tanto la iniciativa privada como la movilidad itinerante son propias de economías de mercado y de mayor división laboral. Un grupo de comerciantes independientes podían acercarse a las costas de la Península Ibérica, efectuar intercambios y volver a casa donde continuar con los negocios. Un buhonero se desplaza movido por el azar sin rumbo ni proyecto, sólo buscando clientes comerciales. Así pues, el estilo de vida heroico impide la existencia de artesanos errantes. Las actividades económicas son actividades sociales, aunque requieran un proceso específico de aprendizaje y desempeño. Por ello, dentro de las tradiciones de las sociedades de rango la difusión de conocimientos mistéricos está institucionalizada en línea con el resto de tareas. La mejor manera de institucionalizar dicha difusión es a través de ritos y de fidelidades, siempre programadas y no abiertas a cambios aleatorios. Quizá una costumbre institucionalizada que facilitase la perpetuación y difusión de estos conocimientos fuese el apadrinamiento o tutela (Karl 2005). El apadrinamiento es la formalización de un intercambio de jóvenes entre familias para educarse, madurar y aprender un oficio, además de garantizar la paz entre familias enfrentadas o con riesgo de enfrentamiento. Su existencia en las sociedades heroicas del BF III es una mera conjetura, pero el requerimiento de redes sociales para apadrinar a los aprendices y una lengua común y tiempo para aprender posibilita que éste fuese el mecanismo normal o, al menos, uno de los mecanismos habituales. Otro modo igualmente conjetural sería mediante la celebración de ritos iniciáticos ex profeso que congregasen individuos de diferentes aldeas y redes sociales. Aceptar esta premisa implica asumir que los artesanos iniciados constituyen una sociedad secreta para cuya participación es irrelevante o, como mínimo, no determinante la pertenencia a una u otra red social. De esta manera no se establecería una fidelidad, sino un vínculo místico entre los iniciados que se desarrollaría de manera sostenida aunque nunca a tiempo completo (Hubert y Mauss 2002b: 16-27). Un tercer procedimiento es el de viajar para adquirir conocimiento (Helms 1988; Sahlins 2008). Las sociedades de rango viven ancladas a la tierra porque de la agricultura es una tarea indispensable para la supervivencia de las comunidades. A pesar de ello, la movilidad también forma parte del estilo de vida heroico, especialmente de la élite social como medio de ganar prestigio. El viaje no es sólo un desplazamiento, sino un rito iniciático: la finalidad es mejorar a nivel moral. Las expediciones de rapiña implican movilidad, riesgo y prestigio. Las expediciones de aprendizaje también, aunque no estén organizadas de la misma manera. En unas y otras no se debe volver con las manos ni la cabeza vacías. Así pues, a través del viaje los héroes se forjan a sí mismos, como Odiseo, quien todo lo vivió y superó, incluso el canto de las sirenas. Lograr sobrevivir fuera del hogar y de las redes sociales acostumbradas, crear nuevos vínculos, aprender nuevas artes y, en definitiva, a romper con la monotonía de la experiencia aldeana. Por ello, viajando se pueden adquirir los conocimientos técnico-mágicos que en el retorno se 500 incorporan a la vida en la comunidad de origen y que amplifican el prestigio del artesano-viajero. Estos tres posibles modos de transmisión de los conocimientos se muestran incompatibles con las relaciones entre atlánticos y orientales. Las instituciones de orientales, especialmente levantinos, y de atlánticos se enmarcan en los habitus de una sociedad estatal y de otra heroica, respectivamente. En una sociedad urbana, como la oriental, en la que la distancia conceptual entre Naturaleza y Cultura es mayor que para la experiencia heroica, el proceso de aprendizaje quizá no requiera una iniciación, de manera que el artesano no disponga del status del mago. Sin duda que para los fenicios la producción artesanal también es un dominio de la magia en cuanto a explicación de los fenómenos químicos y a la inspiración mística de las habilidades manuales, pero parece probable que el tinte mágico de los conocimientos y producción técnicos sea regresivo. La creciente e irreversible diversificación laboral y estratificación en la ética asiática fomenta el ámbito familiar como principal institución y ambiente de aprendizaje del oficio, en detrimento de los intercambios temporales de personas y de las sociedades secretas. Tradicionalmente, entre las monarquías orientales el intercambio de individuos virtuosos conocedores de artes es una práctica institucionalizada (Zaccagnini 1983). Sin embargo, estas personas no son apadrinadas si bien durante el desplazamiento y la estancia fuera del hogar sean responsabilidades del hospedante. De hecho, no se intercambian en calidad de personas libres, sino de dones que hablan y tienen habilidades. Por tanto se trata de un intercambio de menor rango moral que el apadrinamiento y los enlaces matrimoniales. Entre orientales y gentes de estilo de vida heroico tal intercambio de dones-persona carece de sentido. En las sociedades heroicas del atlántico no hay esclavos ni ninguna clase de servidumbre, sino fidelidades y solidaridades en función del rango moral. Para las comunidades atlánticas la finalidad de los intercambios es engrandecer el prestigio de las élites mediante el mero contacto y la adquisición de keimēlia. Para los comerciantes orientales el intercambio funciona como un medio de obtención de materias primas y, tal vez, también de esclavos conseguidos gracias a la rapiña. Así pues, el envío y acomodo de artesanos habilidosos se encuentra fuera de la ética de los intercambios protocoloniales y rompe con el principio de la intersubjetividad. Los artesanos-mago pertenecen a familias prestigiosas y, tal y como se ha indicado más arriba, parece razonable que los líderes familiares y comunitarios estuviesen en posesión de conocimientos mágicos y de habilidades artesanales que les confirieran prestigio y les diferenciasen de los demás. Son estas personas destacas quienes encabezan los actos sociales entre los que aparecen los contactos diplomáticos. Los contactos diplomáticos como los producidos durante la Protocolonización son relaciones interpersonales, no alianzas entre aldeas, si bien las consecuencias y los mismos actos de encuentro salpiquen a las familias y a las comunidades al completo. Por ello, el aprendizaje de nuevos conocimientos se integra en la normalidad de las relaciones diplomáticas protocoloniales. Ahora bien, mientras que es un requisito del liderazgo heroico poseer dichos conocimientos o, al menos, tenerlos al alcance de la familia o de una fidelidad, para los interlocutores orientales forma parte de la vida marinera. La navegación entraña unos riesgos debido a que el mar, como el fuego, no es manipulable y, al contrario que el 501 fuego, no es controlable. Las embarcaciones se mantienen a flote gracias a la magia, y los conocimientos de rutas, corrientes, vientos y estrellas también son mágicos. Navegar es un acto de magia. La exposición prolongada a los caprichos meteorológicos – fuerzas mágicas – requiere una experiencia y un aprendizaje de técnicas de supervivencia en alta mar. Los problemas de logística surgidos a bordo se resuelven igualmente a bordo, aunque para ello sea necesario aproximarse a la costa o, directamente, abastecerse de materiales en tierra firme. Todo esto implica que los marinos son también carpinteros, metalurgos y diestros artesanos. Para un marino la artesanía no es una opción ni un medio de adquirir prestigio, sino un medio de sobrevivir durante una travesía en un barco. El misticismo del estilo marinero puede ser un factor de atracción para las élites de las comunidades costeras peninsulares y de otras regiones de asentamiento de sociedades heroicas. Estas comunidades del litoral, conocedoras de la mística del mar y de la marinería, ven en estos contactos un medio de adquirir prestigio. En cualquier caso, parece más seguro que la iniciación, sagrada o profana, en conocimientos técnicos por parte de las élites atlánticas y los navegantes mediterráneos incitase la curiosidad de los atlánticos por el aprendizaje de los secretos artesanales. En resumen, las navegaciones protocoloniales llevan consigo de manera ordinaria artesanos que interactúan en ultramar con otros artesanos líderes de sus comunidades. Las más antiguas azuelas introducidas en la Península Ibérica encuentran un interesante paralelo en el juego de herramientas hallado en el pecio de Uluburun (Yalçin y otros 2005: nos.186-195) tan imprescindible en la navegación como las velas y los cabos. Naves como ésta y con tripulaciones similares – al margen del punto de partida – son las que cada cierto tiempo se acercaban a las costas peninsulares e interactuaban con las gentes locales. En la medida en que los viajes eran estacionales debido a la enorme dependencia de los factores meteorológicos y climáticos, parece razonable que los navegantes orientales pudieran pasar semanas e, incluso, meses con el ancla echado y, de este modo, tener la necesidad de involucrarse en la vida de las aldeas. Una circunstancia de estas características propicia la interacción cultural, lo que implica la transmisión de conocimientos técnicos y de otra índole. El kārum debió de facilitar las comunicaciones entre foráneos y tartesios, de manera que también propició entrada de conocimientos técnicos. Por esta razón cabe afirmar que buena parte de la difusión tecnológica procedente del Mediterráneo durante la Protocolonización se produjo en el BF IIIB. Sin embargo, las primeras fíbulas hechas a la cera perdida se documentan en la fase precedente, lo que justifica la idea de que las dinámicas socio-económicas del BF III desde sus inicios fomentan la proliferación de los enlaces políticos y su consecuente transmisión de cultural capitalizada y administrada por las élites. Por ello, no sería de extrañar que los responsables de la enseñanza de las nuevas técnicas fuesen sicilianos o chipriotas que ya interactuaban con los atlánticos desde inicios del I milenio a.C. o, quizá, desde finales del II milenio a.C. En tal caso, una comunicación de estas características tuvo que implicar necesariamente que los fenicios que se asentaron en Huelva en viajes previos hubiesen pasado días o semanas al amparo de esta aldea. A fin de cuentas, forma parte de la lógica de las navegaciones fondear esperando las condiciones óptimas para partir, y en una zona 502 tan inestable como el paso de las Columnas de Heracles parece tener todo el sentido aguardar el momento adecuado y no arriesgar un naufragio. Las innovaciones en materia de carpintería y de metalurgia son producto de la interacción de artesanos, a la sazón las figuras físicas que sellan una alianza diplomática. Sin embargo, las innovaciones en materia constructiva, a pesar de que comprendan elementos de carpintería, no se explican dentro de esta interrelación. El traspaso de conocimientos arquitectónicos implica una relación que trasciende el vínculo interpersonal, ya que se necesitan varias personas locales y foráneas para el levantamiento de una vivienda con zócalo de piedra, paredes de adobe, techumbre de barro y, por qué no, pintura mural. Dentro del mundo mágico de las comunidades peninsulares del Bronce Final, la metamorfosis en el diseño de las viviendas y de las aldeas a la cuestión técnica. La casa y la aldea visibilizan el ser de las familias y las comunidades, tanto el prestigio moral como la cosmovisión. La estética refleja la lógica y la ética. El mundo entero se sintetiza en la casa y la aldea, de manera que una y otra poseen una carga simbólica y moral (González Ruibal 2003: 105-110). Luego un cambio en el modelo constructivo y en el diseño del poblado evidencia una transformación en la mentalidad de las comunidades. La reorganización espacial no es una consecuencia directa de la Protocolonización, sino más ampliamente de las dinámicas atlánticas y mediterráneas que en el BF III cristalizan en una coyuntura de mayor competitividad social en paralelo a una voluntad de cohesión de las comunidades y los territorios. Esta tensión se traduce en los poblados mediante la creación o énfasis de edificios y espacios diferenciados, quizá de uso colectivo o de uso familiar. En cualquier caso, la metamorfosis espacial no se debe tanto a una necesidad económica como ideológica, aunque en el fondo una y otra estén interconectadas. Por tanto las nuevas construcciones de piedra y adobe de inspiración mediterránea no suponen una transformación drástica, sino que encaja con los procesos de cambio cultural por los que atravesaban las sociedades peninsulares. Sin embargo, el empleo de estos materiales y los nuevos diseños constructivos se explican necesaria e inexorablemente en un ambiente de contactos intensos con agentes venidos del Mediterráneo. No está clara la circunstancia en la que se construyeron las primeras estructuras novedosas, pero resulta muy extraño que fuesen mediterráneos desembarcados por iniciativa propia. En Huelva, donde se documenta a todas luces la presencia permanente de fenicios, no hay viviendas de este tipo, ni tampoco en toda la Tierra Llana. Es más, con la excepción de El Carambolo y Los Castillejos de Alcorrín, todas las primitivas evidencias de los nuevos modelos constructivos se localizan tierra adentro, lo que permite sugerir el valor de las comunicaciones fluviales como continuidad de las navegaciones marítimas, así como la vitalidad de las relaciones políticas entre la población indígena. Al contrario que el intercambio de dones e, incluso, que el aprendizaje de nuevas técnicas artesanales, constituye una conditio sine qua non para el surgimiento de la nueva arquitectura la estancia en tierra de navegantes mediterráneos. Dicha estancia no es necesariamente permanente, pero llevaría varias semanas la construcción de una cabaña y mucho más la de complejos arquitectónicos habida cuenta no sólo del 503 trabajo que implican per se, sino también de que muy probablemente se realiza a tiempo parcial mientras que se atiende a las actividades agropecuarias. Quizá los nuevos edificios fuesen la singular correspondencia al hospedaje ofrecido por las comunidades indígenas. Así, los mediterráneos participarían en las tareas constructivas demandadas por la élite local y aportarían sus conocimientos técnicos con el propósito de enfatizar el carácter peculiar y prestigioso del nuevo edificio. La intersubjetividad favorece la adecuación de los bienes y servicios en los intercambios y consecuencia de ello es la introducción de elementos nuevos que refuercen el status del big man. El big man, por su parte, es el encargado de sostener con sus bienes de subsistencia la presencia temporal de los mediterráneos. Así, correría el riesgo de agotar sus recursos lo que supondría la ascensión de otro big man, pero el prestigio de la vivienda forma parte de su capital simbólico y eso le mantendría en liza por la autoridad. Otra potencial circunstancia para el surgimiento de la nueva arquitectura es que entre las comunidades atlánticas habitase un pequeño contingente de mediterráneos. Este contingente residiría fuera temporalmente, sin intención de permanencia y plenamente integrado en las actividades cotidianas de las comunidades, sin puertos de comercio ni colonias. El carácter estacional y la aculturación explicarían la ausencia de cerámicas, siderurgia y otras manifestaciones culturales foráneas en contextos indígenas. El único posible indicio de esta presencia sería la arquitectura fruto de la colaboración de indígenas y forasteros. A su vez, dicha colaboración no es la reacción con la que corresponder la hospitalidad del big man, sino el producto de la convivencia intensa, de la voluntad de retorno en otro viaje a la misma comunidad y, por supuesto, del prestigio que le proporciona al big man. Esta hipótesis explicaría mejor la aparición de edificios y complejos cuadrangulares, más próximos a los diseños mediterráneos que a los atlánticos tradicionales de planta redonda y techumbre de ramas.6 Una tercera circunstancia que quizá originase la nueva arquitectura es que fuese una introducción de uno o varios héroes locales después de un largo viaje por el Mediterráneo central. Tal hipótesis supone darle la vuelta al modelo tradicional en el que la introducción de elementos foráneos siempre se interpreta como la llegada de extranjeros. Claro que chipriotas y fenicios y otras gentes del Mediterráneo arribaron a la Península Ibérica, pero parece sensato afirmar que los peninsulares también surcaron los mares que los rodean y regresaron cargados de regalos, prestigio y un mayor conocimiento del mundo que aplicar en sus aldeas. Se podrían proponer más hipótesis que contemplasen todos los datos disponibles sin contradecirlos y, no obstante, resultar imposible decantarse por una de ellas con seguridad. Quizá la aparición de las innovaciones tecnológicas no fuese resultado de un único modo operativo, de tal manera que en cada circunstancia surgiese la opción más viable o que, incluso, se combinasen. Pero lo que con toda certeza forma parte del proceso protocolonial es la comunicación verbal gracias a la cual no sólo fue posible el intercambio de dones, sino la asimilación de conocimientos técnico-mágicos. Dichos saberes y artes no rompieron las dinámicas culturales de las sociedades atlánticas, sino que se integraron con el efecto de dar continuidad a las inercias de la vida heroica. En suma, la acción comunicativa en el traspaso de conocimientos técnico-mágicos en la Protocolonización implicó una comunicación oral y una relación maestro-aprendiz. 6 ¿Es ésta la razón de los topónimos finalizados en –oussa y de los paralelismos entre las liras y los carros de las estelas y del Egeo? 504 Parece razonable que también implicara un rito de iniciación-institucionalización, si bien quizá pudo omitirse por las dificultades que entraña y por la prevalencia del aspecto mecánico sobre el aspecto mágico entre orientales y peninsulares. 5. Tecnología y simbolismo Decir que la tecnología es simbólica es prácticamente caer en una tautología. Los artefactos son creaciones humanas y, por tanto, no son objetos “asépticos”, sino que están teñidos de los valores dominantes del contexto histórico en el que se producen. Pero la carga ideológica de los artefactos no constituye una propiedad pasiva, sino activa, de manera que también a través de ellos también se crean valores y contextos ideológicos. Los artefactos pertenecen a un juego de relaciones semánticas en el que el significado lo proporciona, por un lado, la interrelación entre los propios artefactos y, por otro, la interrelación entre éstos y las personas. De acuerdo con la lógica de las sociedades heroicas y, casi podría afirmarse que de todas las sociedades premodernas, los seres, incluyendo los objetos, tienen una naturaleza dual que los envuelve en misticismo. Sin embargo, algunas personas y objetos tienen más carga mística que otros. La diferencia no es una cuestión cuantitativa, sino cualitativa, por tanto se trata de un valor absoluto que estriba, en última instancia, en el contexto social. Los objetos que tienen más carga simbólica son los que encierran un significado institucional, empezando por los que se emplean en los ritos. Los objetos intercambiados durante el intercambio ritual poseen este valor, razón por la cual se definen y elevan como dones. La naturaleza dual de los artefactos tiene dos importantes implicaciones. Por un lado, a través de los ellos es posible la magia mediante la que modificar o construir la realidad. Por otro, aludir a los principios institucionales y morales de la sociedad e, incluso, a los principios cosmogónicos. Estos principios se expresan mediante mitos y ritos, lo que supone el establecimiento de la trilogía mito, rito y artefacto. Así pues, estas dos implicaciones, aunque originariamente ideológicas, se traducen en el mundo sensorial, por tanto siendo susceptibles de visibilizarse en el registro arqueológico. No hay un consenso acerca de la definición de mito, ni tampoco de la de rito, pero razonablemente pueden corresponderse, al menos en algunas ocasiones (Burkert 1979: 56-58; Versnel 1993: 16 ss.; Levi-Strauss 1995: 253-260). La conexión estructural rito-mito supone que a través de ciertas acciones normativizadas se recrea un mito, de tal modo que el rito puede entenderse como un soporte de la memoria que une lo profano y lo sagrado, lo mundano y lo trascedente. Por su parte, las dimensiones del mito superan al mero relato, infladas de atributos morales y de principios cósmicos, de manera que a través de la forma del mito se recuerdan los principios ideológicos e institucionales de la sociedad. En la medida en que los ritos conllevan el empleo de ciertos objetos mencionados en los mitos, los objetos conforman el tercer vértice del triángulo. Un ejemplo muy ilustrativo es el sacrifico-banquete: un acto normativizado – rito – en virtud del cual se vuelve a hacer presente el origen imaginario del orden social – mito – en el que intervienen unos artefactos muy concretos. Así, cabe plantear la hipótesis de que con algunos de los nuevos dones que llegaron a la Península Ibérica se introdujesen nuevos ritos y mitos que llevaban asociados. No se puede concretar a ciencia cierta cuáles ritos y mitos de procedencia mediterránea 505 penetraron y cuajaron entre la cultura atlántica. Los elementos inmateriales dejan poca huella en el registro arqueológico y, a menudo, muy opaca. Ante esta situación de incertidumbre se plantean, de inicio, cuatro posibles opciones: a) que no cambiara nada, ya que la estructura ideológica atlántica es muy vigorosa y hermética; b) que las introducciones sólo conllevasen cambios superficiales, modificaciones; c) que los mitos, los ritos y los artefactos se adaptasen a los valores e instituciones atlánticas, lo que implicaría una conversión en el significado (Needham 1993); y d) que se produjese una transferencia total, reemplazando o minimizando las costumbres e instituciones de las comunidades peninsulares. De estas cuatro opciones deben descartarse con seguridad la primera y la última. Resulta muy difícil conciliar la adopción parcial del intercambio de mercado sin una transformación ideológica, así como el hecho de que no se llega a producir una adopción total de las reglas de la economía de mercado, restringiéndose a una cierta clase de operaciones entre fenicios y tartesios.7 De la misma manera, una transferencia total implicaría una aculturación por parte de las sociedades atlánticas que no está evidenciada en el registro arqueológico del Bronce Final, ni tan siquiera del Orientalizante. Así pues, las opciones más viables son las de alcance medio que, en efecto, son también reales. Las dinámicas socio-económicas de las culturas atlánticas del BF III no sólo demandaron y facilitaron la introducción de nuevos dones exóticos, sino que también impulsaron su evolución formal y estilística a escala regional, tal y como se deduce a partir de la toréutica. Que desde el Mediterráneo oriental se introdujera esta nueva artesanía del bronce no significó que se copiasen los modelos y permaneciesen inalterables; todo lo contrario, desde sus los primeros compases comenzaron a surgir nuevos tipos característicamente atlánticos, algunos de los cuales se reintrodujeron en otras regiones mediterráneas donde nuevamente evolucionaron. Ciertamente la toréutica se presta a la metamorfosis formal entre el lugar de origen y el destino, lo cual parece extensible a la carpintería, ya que, en el fondo, lo que se introduce es un método con algunas herramientas adicionales y no tipos concretos. Por tanto, con la adquisición del método de la cera perdida la capacidad creativa se amplifica. Sin embargo, esta flexibilidad no se observa en las liras y en los carros, que son objetos mucho más complejos y cuya función determina en buena medida su forma, ni tampoco en los espejos, muy homogéneos hasta bien entrado el I milenio a.C. Espejos, carros y liras, junto con las herramientas de los pastores son las incorporaciones protocoloniales que, aparentemente, no sufren ninguna modificación. Todos estos objetos están teñidos de simbolismo, un simbolismo relacionado con ciertos usos y creencias bien arraigados en Oriente pero presumiblemente desconocidos en Occidente hasta la llegada de las expediciones chiprolevantinas. Por ello, parece verosímil que con estos objetos se apareciesen en la cultura de las sociedades peninsulares otros elementos ideológicos foráneos. Los elementos ideológicos son, obviamente, más abstractos y complicados que los elementos materiales. Además, son también marcadamente étnicos, de tal manera dos culturas vecinas fácilmente pueden tener dioses, idiomas, instituciones y hábitos muy distintos. Normalmente las diferencias en la cultura material permiten identificar 7 Véase el capítulo 15 sobre la transformación ética. 506 variedades regionales – ¡las culturas arqueológicas! – de las que se conocen pocos aspectos concretos de su haber intelectual. De todos los elementos ideológicos que componen la cultura, la lengua constituye el más característico para cada grupo y el más importante ya que posibilita mejor la transmisión de ideas. Las redes sociales, en especial la intensidad de las relaciones diplomáticas, favorecen la interacción cultural y, por reducción, que las culturas compartan unos determinados rasgos esenciales que funcionen como facilitadores de la comunicación. En el Complejo Cultural Atlántico se desconoce la magnitud de su variedad dialectal que verosímilmente debió ser muy rica a la luz de las variedades en la cultura material, especialmente en la cerámica, y, sobre todo, en el semi-aislamiento geográfico de muchos grupos. Sin embargo, la uniformidad de los rasgos estructurales de las distintas sociedades que integraban el mundo atlántico, así como las palpables semejanzas la metalurgia de este ámbito faculta interpretarlo como un complejo cultural y no como un mosaico de pueblos desconectados. La integración cultural es el resultado de siglos de comunicación continuada, lo que para el BF III era sin duda una realidad en todo el Atlántico. Por ello, en este período buena parte de los elementos ideológicos atlánticos eran compartidos por muchas de las comunidades que conformaban este complejo. En el caso de las relaciones atlántico-mediterráneas, la difusión de ideas debió de ser limitada en el Bronce Final, aunque con el asentamiento de los fenicios en las costas peninsulares acabaría generándose una koiné intelectual. Las innovaciones tecnológicas evidencian que se superó la barrera lingüística entre foráneos y autóctonos, de manera que si el principal escollo comunicativo se salvó, entonces existe una base razonable para pensar que pudieron transmitirse otros conocimientos referidos a otras cuestiones más abstractas. Tales cuestiones son los mitos y los ritos que verosímilmente encierran los dones. Es un hecho que en un sentido amplio se desconoce el ritual funerario de las sociedades peninsulares del BF III, y mucho menos su panteón. En los principios metodológicos con los que se encabezaba este estudio se apuntaba la idea de que el mundo ideológico, en el que se incluyen los ritos y los mitos, es el más difícil de abordar por la Arqueología debido a la insuficiencia o, directamente, vacío de fuentes de información. Resulta más seguro especular racionalmente acerca de los valores morales, ya que éstos están imbuidos en la cultura material y viceversa (Almagro Gorbea 1996c; Kristiansen y Larsson 2006; Almagro y Lorrio 2011). De la misma manera, algunos ritos institucionales como el banquete también son fácilmente identificables debido a los vestigios materiales, al igual que algunas prácticas sociales institucionalizadas. Sin embargo, la mitología, la lengua y, en general, la cultura inmaterial resultan casi inaccesibles, únicamente pudiendo descubrirse rasgos muy básicos. La puerta hacia el mundo de los mitos y los ritos que se introducen con las navegaciones pre-y protocoloniales la constituyen las estelas. Estos monumentos son símbolos en sí mismos, caracterizados por un significado institucional, lo que apoya que razonablemente los objetos grabados en su superficie también sean símbolos y no simples iconos. Lamentablemente, el esfuerzo que entraña la interpretación de dichos símbolos corre el riesgo de ser en vano, ya que no se dispone de la información literaria ni etnológica que lo aclaren. Así pues, lo más seguro que se puede argumentar sobre la simbología expuesta en las estelas es, justamente, que no sólo evidencian la circulación 507 de los objetos representados, sino que éstos, por separado y en conjunto, contienen un mensaje y, tal vez, un mito (Harrison 2004: 104-121; Pavón 2010: 80-83). Dado que el abismo lingüístico no impidió el traspaso efectivo de conocimientos técnicos entre mediterráneos y atlánticos, parece coherente que las sociedades peninsulares también incorporasen mitos y ritos exóticos. Los indicios más claros al respecto son los cascos astados, los espejos y las liras, todos ellos aparecidos en un momento avanzado de la serie de las estelas. En este estudio se han analizado dentro del campo semántico de la guerra los cascos astados por una cuestión de comodidad. Lo cierto es que en las representaciones de los Pueblos del Mar aparecen guerreros portando cascos con cuernos, al igual que sucede con algunas de las figuritas de bronce halladas en Cerdeña. Pero en Oriente la incorporación de cuernos es, ante todo, un signo de la divinidad que simboliza la potencia y la fertilidad, aunque también la brutalidad (Rice 1998). Con independencia de que estos cascos se incluyesen en las transacciones rituales, su aparición en las estelas alude al significado ideológico que emana de los cuernos. Así pues, resulta razonable que en el BF III, quizá desde el BF IIIB se asumiesen mitos y ritos que relacionaban a los bóvidos con la élite social. Sin embargo, tal vez mitos y ritos de esta temática ya tenían calado entre las poblaciones peninsulares. No en vano, la vertiente mágica de los bóvidos ya está presente en las pinturas rupestres del Magdaleniense, de tal manera que de algún modo pudo persistir durante miles de años no sólo en la Península Ibérica, sino en todas las sociedades que habían domesticado las reses. Conviene recordar que en una sociedad campesina como la tartésica el ganado constituía una fuente de riqueza básica, lo que permite suponer una dimensión ideológica sobre este tema. Así pues, parece más verosímil que la introducción de cascos astados en la Península Ibérica no significara una novedad absoluta en el plano mitológico ni moral, sino que más bien debe interpretarse como la adecuación y, sobre todo, revitalización de un elemento ideológico compartido por donantes y receptores. Tal vez fruto de esta adecuación y revitalización surgiesen las formas taurodérmicas documentadas en diversos enclaves peninsulares a partir del Período Orientalizante (Gómez Peña 2010; 2011; Almagro Gorbea y otros 2011-2012). Con respecto a los espejos, su introducción del espejo en la cultura material peninsular se integra en una reformulación de la estética heroica, destinada a la distinción social y, tal vez, al establecimiento de una mayor proximidad entre humanos y dioses. La literatura antigua (Ferri 1975: 266) y la etnología (Bonhomme 2007), además, permiten discernir que el espejo tiene propiedades mágicas para unificar dos universos paralelos, convirtiéndose en un objeto liminal y sagrado. Por tanto, no únicamente debe asociarse a un uso estético, sino litúrgico, votivo, esotérico y trascedente, es decir, la inclusión del espejo en lenguaje iconográfico de las estelas parece evidenciar la introducción de una nueva creencia y práctica religiosa (Gregory 1996; Cirlot 1997: 200-201; Harrison 2004: 107-110; Warmenbol 2007). Así pues, los espejos constituyen los objetos que de modo más coherente deben valorarse por su función mágica. Son dones y como tal están impregnados de genealogía y cargados de moral, pero la propiedad reflectante de los espejos no parece que deba vincularse a la belleza personal, sino al efecto de multiplicar, confundir y desubicar a los seres que se reflejan en ellos, así como también a la 508 adivinación. Es probable que la mántica no fuese una novedad introducida por los agentes mediterráneos ya que es tan ancestral como la ideología taurina. Sin embargo, es un hecho indiscutible que sólo a partir de la intensificación de los contactos entre las comunidades peninsulares y los navegantes mediterráneos aparecen los espejos, de manera que estos artefactos pueden interpretarse como la introducción de una nueva técnica de adivinación venida de Oriente o del Mediterráneo central. Como sucedía con las astas, el espejo es un símbolo divino, caso de la diosa siro-hitita Kubaba (Hawkins 1981). Recuérdese igualmente que Perseo se aprovecha de la capacidad reflectante de su escudo para matar a Medusa. Así pues, tal vez con los espejos se introdujesen también nuevos cultos de raigambre oriental en las tradiciones peninsulares. Por su parte, las liras entrañan la mayor dificultad interpretativa del elenco de elementos protocoloniales. Es evidente a todas luces que de todos los artefactos incorporados a la cultura material atlántica las liras poseen un claro sentido ideológico. Con las liras se hace música y se cantan poemas de temática variada, lo cual redunda en el mundo oral en el que vivían las sociedades atlánticas y del Mediterráneo centro-occidental que con seguridad conocían este instrumento a inicios del I milenio a. C. Al igual que los cascos astados y los espejos, la lira también simboliza una divinidad oriental, Kinyras, así como actúa como materialización de su esencia (Franklin 2016). La principal dificultad relacionada con la introducción de las liras estriba en qué y cómo se introduce los elementos culturales que llevan implícitas y que, en cierto sentido, engloban todo lo escrito hasta ahora en este capítulo. El mito es lenguaje oral. La mayoría de los mitos antiguos que han llegado hasta la actualidad lo hacen en prosa escrita después de haber sido sometidos a un severo estudio crítico por parte de intelectuales grecorromanos que los clasificaban, cotejaban diversas versiones y reelaboraban argumental y formalmente. El mito y la leyenda pertenecen a un ambiente oralidad primaria, de tal manera que los testimonios conservados por escrito pueden considerarse adulteraciones o desnaturalizaciones de su esencia. Todo esto quiere decir que los mitos primigenios constan de sus propias características poéticas a través de un léxico específico, de unas formas de declamación reglamentadas y de una estructura narrativa que se remontan a la noche de los tiempos. El mito es literatura oral y la forma es tan importante como el sentido. Por ello, la enseñanza de conocimientos técnicos es mucho más prosaica que la de mitología. Así, resulta más sencillo aprender a construir y tañer liras que adaptar los poemas de otra cultura. Tal vez nunca se llegara a introducir realmente la música y la poesía – en otras palabras, la mitología – venidas de otro contexto cultural. De ser así, cabría alegar que en la medida en que las sociedades peninsulares eran sociedades orales, ya poseían sus propias composiciones poético-musicales, de manera que bastaba con aprender a tañer la lira para poder interpretar sus propias producciones artístico-intelectuales. Más sencillo aún resultaría ni tan siquiera aprender a tocar la lira, sino simplemente incluirla dentro del repertorio material y simbólico en calidad de keimēlion como recuerdo de una alianza institucional. Pero resulta más sugerente pensar que los orientales sí llegaron a transmitir conocimientos de esta índole a los pueblos con los que mantenían estrechas relaciones, lo que permitiría llenar de sentido la incorporación de los cascos astados y los espejos por parte de las sociedades heroicas peninsulares y tirrénicas. Dicha 509 transmisión supera los límites de la acción comunicativa formal, lo que consiente apuntar a que los elementos ideológicos más complejos se transmitieron sólo a partir del establecimiento de una comunidad de fenicios en ultramar. Así pues, el papel del kārum de Huelva en los contactos protocoloniales se alza fundamental. Razonablemente, desde este puerto de comercio se expandieron elementos mitológicos y, de manera más amplia, conocimientos de toda clase entre la cultura de los pueblos peninsulares. La gran aldea indígena que ejercía la autoridad sobre el puerto fenicio fue el primer receptor de estos conocimientos e ideas – y ritos y objetos – que merced a las redes sociales calaron en las comunidades tartésicas y de otras regiones de la Península Ibérica. El aprendizaje del idioma extraño, la comunicación diaria y, muy probablemente, los desplazamientos de especialistas en calidad de regalos sirvieron como contexto para la transferencia de conocimientos técnicos y de otros saberes que requerían más fluidez que las visitas ocasionales, aunque prolongadas de marinos errantes. Sin embargo, las consecuencias inmediatas de las exploraciones previas a la fundación del kārum tampoco deben desdeñarse. Estelas como la de Brozas (Díaz-Guardamino 2010: no. 258), de formato simple a la que se le han añadido algunos otros iconos tardíamente, reflejan que desde el primer momento en que se producen los contactos se está renovando el lenguaje simbológico peninsular, lo que, a su vez, permite suponer que también se están transmitiendo conocimientos mágicos. No sería de extrañar que la mayoría de los nuevos símbolos que se incorporan en el BF III se ciñan a la Protocolonización stricto sensu (BF IIIB), sin por ello restar importancia a las comunicaciones de la etapa anterior, cuando efectivamente se firman las primeras alianzas entre atlánticos y mediterráneos, factiblemente orientales y tirrénicos. Esta comunicación fluida probablemente explique la aparición de la estela de Ategua en la que se observa un rito funerario de presumible origen griego, la prothesis (Ahlberg 1971; Bendala 1977: 193; contra Moreno 2000: 155-156). La cronología de la estela es dudosa, ya que no incluye ningún elemento típico de la iconografía ni está asociado a materiales claros que faciliten una mayor precisión en su datación, Pero debido a su localización en la zona periférica de estos monumentos, la ruptura temática y, de hecho, la escena funeraria compleja apuntan a una fecha tardía en la que los contactos con los orientales, griegos incluidos, eran una realidad. Tal vez por su aire helénico se pueda aventurar que se trata de una estela muy tardía, quizá incluso posterior al Bronce Final, cuando se documenta en la Península Ibérica un interesante elenco de objetos griegos (Cabrera 1988-1989; 1995; Domínguez Monedero 2006), toda vez que también en el Egeo se atestiguan elementos atlánticos como los escudos de tipo Cloonbrin (Uckelmann 2012: 63-68) y los peines de tipo Cruz del Negro (Aubet 1979: 55-59). Por tanto, la presencia de la estela de Ategua abre la puerta a que los fenicios protocoloniales y quizá otros pueblos mediterráneos de la misma época también introdujesen ritos y sus correspondientes mitos, a pesar de no haber dejado huella en el registro arqueológico peninsular. Una vez más Huelva emerge como principal polo de difusión cultural. Sin embargo, los ganchos de Hío, de cronología ligeramente anterior a la fundación del puerto de comercio fenicio, también ilustran una transmisión ideológica que va más allá de la función práctica de estas piezas. En efecto, los ganchos de pastor sirven también como símbolos de los líderes sociales de Oriente (Ruiz-Gálvez y Galán 510 2013: 53), referidos en la Ilíada (Il. 1.263; 2.85, 105, 244, 254, 772; 4.296, 413; 5.144, 512-513, etc.) y en la Biblia como “pastores” (Ez 34), muy probablemente como herencia de los orígenes rurales y heroicos de las monarquías (1 Sm 16:11-13). Aunque no pueda negarse que los ganchos se empleasen en la Península Ibérica en el pastoreo, parece más coherente que su aparición en el Atlántico responda a una finalidad ideológica, propia del intercambio ritual, que económica. Por tanto, los ganchos de Hío, al igual que cabe alegarse sobre la herramienta para atrapar serpientes del depósito de Solveira, no suponen una innovación tecnológica propiamente dicha, sino objetos de status con los que visibilizar el liderazgo. A la vista del surgimiento de todos estos elementos ideológicos se podría presumir una clara renovación en el panorama intelectual peninsular. Tal renovación se produce en una coyuntura en la que los introductores no se comportan de manera despótica ni dominante con los receptores. La comunicación se produce en términos de igualdad y en un ambiente pacífico entre las élites peninsulares y los navegantes mediterráneos. Por ello, el surgimiento de nuevos elementos ideológicos no debe valorarse como una imposición, sino como una asimilación libre y voluntaria, quizá incluso inconsciente. Y, sobre todo, ecuánime, ya que los nuevos elementos ideológicos son coherentes con la lógica de las sociedades heroicas en la que el mundo está embebido de misticismo. Por otra parte, la sugerente idea de la introducción de mitos y ritos, aunque sea coherente implica demasiadas dificultades. Ciertamente la superación de la barrera lingüística facilita la comunicación, pero adoptar y adaptar las tradiciones de otras culturas supone renunciar a las propias y romper unas instituciones sociales muy conservadoras por definición. El ancestral estilo de vida heroico sumido en un mundo místico permite plantear la hipótesis de que entre las comunidades atlánticas la adivinación y la magia, la sacralización de los bóvidos y la literatura oral acerca de grandes hazañas formaba parte de la estructura ideológica en el momento de los contactos más tempranos con los navegantes mediterráneos. Así pues, existen argumentos sólidos que permiten defender que gracias a la interacción con los navegantes mediterráneos, las tradiciones orales y rituales de las comunidades atlánticas se vieron afectadas por ciertos cambios. Ninguno de estos cambios provocó un giro en la lógica de las comunidades receptoras, perdurando las costumbres y las creencias antiguas. Pero parece muy probable que el conocimiento de los ritos y, en menor medida, de los mitos tampoco supusiese ni una leve reforma ni una adaptación. Una vía intermedia es que todas las innovaciones simbológicas cubriesen un hueco propicio producto de las dinámicas y transformaciones internas que estaban atravesando las sociedades del Atlántico en el BF III. Así, sobre las bases de la magia, la sacralización de los bóvidos y la literatura oral los dones se integraron perfectamente en la ideología y códigos tradicionales de las sociedades atlánticas. Dicha integración se puede interpretar como una recontextualización por la que los dones no llegan a perder su carga simbólica y como un fenómeno intrínseco a una comunicación ecuánime. Así, en el fondo los dones señalados siguen teniendo el mismo valor moral, aunque en los lugares de origen y destino los ritos y los mitos quizá muestren diferencias superfluas. La clave en la transmisión de símbolos es que mediterráneos y atlánticos compartían el mismo sustrato lógico-místico a pesar de vivir en dos en Edades distintas, como se expuso 511 casi al comienzo de este estudio.8 De hecho, la mayoría de los temas míticos y rituales de la Antigüedad – y de los “modernos primitivos” – son compartidos con motivo del principio místico que rige la lógica, cumpliendo la misma función, exponiendo la misma estructura y expresando las mismas inquietudes (Campbell 1972; Frazer 1981; Lévi-Strauss 1995: 229 ss.). En este sentido, la diferencia formal en los artefactos rituales no supone más que una cuestión circunstancial, detalle extrapolable al idioma en el que se pronuncian los encantamientos. La razón de la asimilación los símbolos es porque son intercambiados como dones a sabiendas de los gustos y necesidades de la contraparte y emanan prestigio. Así pues, parece preferible interpretar el cambio tecno-simbológico no como una innovación en sentido literal, sino como una reorganización de los códigos estético y simbológico. Así, los elementos exóticos pasan enriquecer estos códigos sin sustituir los mitos, ritos y demás símbolos previos en la medida en que cumplen una función acorde con la ética y la lógica de la sociedad receptora, en especial de su élite. La primera introducción de los objetos-símbolo se produce durante la celebración del banquete, el rito de hospitalidad por antonomasia en las sociedades heroicas. El intercambio de dones es en sí mismo una actividad relacionada con la autoridad y el prestigio, ya que está limitada a una parte de la sociedad que se encuentra en posesión de los propios dones y de la capacidad para sostener una red de intercambio. La exhibición de dichos dones se vincula a la imagen de autoridad y prestigio manifestada, entre otros medios, en las estelas. Las estelas constituyen las evidencias más fiables del traspaso de elementos ideológicos, pero no aparecen con la Protocolonización ni tan siquiera con el BF III, cuando comienza la reorganización de la sociedad atlántica. Las más antiguas de la serie, las de formato simple, irrumpen en un momento indeterminado anterior, probablemente a inicios del Bronce Final (Mederos 2012). Estos ejemplares arcaicos incluyen la panoplia del guerrero de élite, evidenciando una vez más la cercanía cultural entre los distintos grupos a lo largo de la vertiente atlántica. A partir del BF III la iconografía de las estelas evoluciona y se vuelve más compleja. A los atributos del héroe tradicional se les suman otros objetos ajenos al ámbito atlántico e, incluso, al combate, destacando el carro, la fíbula, el espejo, el casco astado y los instrumentos musicales, a los que verosímilmente también se puede asociar el peine y el casco cónico como introducciones mediterráneas. En calidad de iconos, la presencia de todos estos objetos en las estelas se liga a la imagen del guerrero de élite, el ideal de big man que domina las redes sociales esparcidas por el Atlántico. En cambio, en calidad de símbolos estos mismos objetos sugieren una renovación en el ideal de esta misma figura. Así, además de ser un campeón, su desempeño y poder social supera al big man tradicional. Los espejos, las liras y los cascos astados son atributos de divinidades en el pensamiento oriental y es probable que el resto de objetos también lo sean o que posean cualidades mágicas de muy alto valor, al menos entre las comunidades occidentales. Este cuadro faculta interpretar que la concepción del liderazgo ya no es sólo una cuestión mundana, sino sagrada. Las estelas ofrecen una imagen de sacralidad o de heroización mítica ligada a la figura de los guerreros y precedente inmediato de la monarquía sacra orientalizante (Almagro Gorbea 1996c: 41 ss.). De aceptar esta interpretación, la asimilación de elementos ideológicos consistiría no el surgimiento de reyes-dioses de corte oriental, sino 8 Véase la conclusión del capítulo 2. 512 en el refuerzo de la autoridad social de la élite – reyes-pastores – (Ruiz-Gálvez 1993: 63), a un paso de instaurarse la estratificación y, así, perpetuar su supremacía. Pero la complejidad iconográfica de las estelas se puede interpretar de otras maneras no necesariamente excluyentes y siempre desde un punto de vista semiótico, no artístico (Díaz-Guardamino 2010: 404; 440-448). Así pues, podría decirse que las estelas pasan de plasmar el ideal de guerrero en un monolito a escenificar una historia. Dicha historia estaría representada mediante un lenguaje iconográfico laxo, sin signos objetivados pero comprensibles por su valor visual. Quizá estas estelas avanzadas representen una epopeya de guerreros similar a la Ilíada (Almagro Gorbea 2005b: 43-44), ya que las sociedades heroicas atlánticas tiene un estilo de vida afín al de los griegos de época geométrica (Antonaccio 2002). O tal vez una historia sobre un acontecimiento concreto protagonizada por miembros de la élite social, como parece que sucede con grabados de otras culturas pretéritas y actuales (Campbell 1986; Vandkilde 2006b: 488).9 Las estelas tendrían una narratividad parca pero suficientemente inteligible en un ambiente de oralidad primaria. El suceso representado podría estar protagonizado por el responsable o dueño de la estela, aunque también podría ser un relato en la que la sociedad o parte de ella lo asume como propio, convirtiéndose en un mito fundacional. De esta manera, la estela sería un símbolo del culto a héroes ancestrales en los que se reflejan las élites del suroeste peninsular. Otra posible interpretación es que el BF III se produjese un cambio en la estética personal resultado de las conexiones con el Mediterráneo, quizá por emulación. La imagen ideal del guerrero se complementaría con un mayor cuidado personal – espejos, fíbulas y peines –, así como también de una mayor preponderancia visual en el campo de batalla – carros y cascos. A través del arreglo personal se pretende crear una emoción en el otro, con dos posibles variantes: resaltar una diferencia o afirmar una cohesión. Sea como fuere, a través de la imagen personal se envía un mensaje dentro un determinado código estético y compartido por los miembros de una red social. Parece altamente probable que la mayor parte de los bienes intercambiados entre autóctonos y alóctonos fuesen de origen orgánico, entre los que sin duda aparecerían ungüentos y perfumes relacionados con la higiene y asociados a vestidos, complementos y peinados. Todos estos productos son de uso personal, exactamente igual que los carros y las armas, motivo por el cual se ofrecen y reciben como dones. El alcance del impacto práctico y simbológico de las conexiones pre- y protocoloniales es imposible de precisar, pero seguro que no todos los elementos intercambiados gozarían del mismo éxito. Verosímilmente, las élites guerreras poseían su propio código estético con anterioridad al afianzamiento de estas conexiones. Pero la necesidad ideológica de reafirmación del liderazgo seguramente se manifestaría también en una transformación del código estético siempre dentro del marco de referencia. Así pues, 9 Los dones, en la medida en que poseen una biografía, también podrían desempeñar una función de soporte de la memoria (Hingley 2009). Muchos de ellos han pasado por varias manos reforzando su valor moral, lo que permite pensar que pudieron estar en circulación durante generaciones. Quizá una de las razones por las que el valor de los dones era tan elevado radicase en el acontecimiento heroico al que hipotéticamente estaban ligados. Las liras de la estela de Luna y los carros, al igual que los soportes de bronce aparecen en contextos mucho más tardíos que los prototipos mejor atestiguados en el Egeo y en Oriente. Así, al margen del valor de cambio ritual de estos artefactos, su valor conceptual podría estribar en la condición de contener un relato del pasado que, verosímilmente, se olvidaría en los circuitos de intercambio ultramarinos. 513 aunque los dones se convirtieran en símbolos integrantes del lenguaje iconográfico con un sentido transcendente, la función práctica de los mismos propiciaría un cambio en la moda de las élites, conciliando los gustos mediterráneos con los locales. De esta manera, en las estelas se mostraría una imagen que aúna belleza, identidad y autoridad (Treherne 1995). Tal vez la inclusión de antropomorfos y de carros en un contexto fundamentalmente violento podría escenificar la captura o, mejor dicho, la cacería de personas pertenecientes a otras redes sociales y etnias que o bien eran empleados como servidumbre por los peninsulares asentados en el litoral, o bien intercambiados como mercancías con los fenicios, tanto expedicionarios como colonos (Moreno: 2000: 155­ 161). Esta interpretación se refuerza con la localización en el interior de las estelas y el supuesto vacío demográfico que asola esta región. La principal debilidad es la ausencia grandes centros de producción y población, al igual que de indicios de estratificación social entre las comunidades peninsulares. En cualquier caso, el concepto de esclavitud está sujeto a múltiples matices, de manera que el clientelismo podría considerarse como un modo de servidumbre, si bien alejado de los modelos de condenas y trabajos muy duros por imposición. Una última interpretación se fundamenta en la voracidad de big men occidentales. A partir del BF III, las comunidades peninsulares se sumergen en los circuitos de intercambio del Atlántico y del Mediterráneo occidental. La búsqueda de prestigio y la competición entre las élites condujo a una ampliación y renovación del repertorio de dones circulantes. En este sentido, la aparición de nuevos signos refleja la intensidad de las relaciones diplomáticas y clientelares, correspondiéndose con la coyuntura histórica protocolonial en la que se produce un viraje hacia el Mediterráneo sin abandonar las tradiciones culturales enraizadas en el Atlántico. La proliferación de estelas y el aumento de la competencia social derivaron, a su vez, en la variedad iconográfica de estos monumentos. La aparición de las primeras estelas, muy uniformes y únicamente decoradas con una lanza, un escudo y una espada, parece evidenciar un cambio respecto a la etapa anterior, ya que las losas alentejanas funcionaban como objetos funerarios inmersos en contextos ideológicos más profundos (Díaz-Guardamino 2010: 315-319) mientras que las estelas simples, aparentemente, tienen otro significado ajeno a los rituales de esta clase. Por otro lado, las estelas complejas no son tan monótonas como las simples, hasta el punto de cuestionar si todas cumplen con la misma función (Ruiz-Gálvez y Galán 1991; Galán 1993: 31-42; Celestino 2001: 278-287, 300; Torres 2012: 465-467) e, incluso, si los símbolos grabados en ellas poseen un significado polisémico. Pero lo que sí parece claro, al margen de la calidad de sus representaciones, es que las estelas no son bienes al alcance de cualquiera y que encierran un significado referido al poder a través de las imágenes grabadas y del propio soporte. En el fondo, la evolución de las estelas responde a una necesidad similar a la de la evolución de cualquier otro atributo de autoridad: irradiar prestigio. Un argumento similar es aplicable a la asimilación del estilo geométrico y de las figuritas de asadores y ganchos para la carne. En el primer caso, el significado original es irrelevante, reflejando únicamente que se trata de la vajilla reservada para ciertas ceremonias en las que el consumo del vino estaba normalizado (Torres 2002: 135), vajilla que, por cierto, toma sus formas de la cerámica tartésica precedente. En el segundo 514 caso, la toréutica mediterránea permitió la materialización de temas míticos característicos del Atlántico, quizá también presentes en los mitos orientales (Needham y Bowman 2005: 119-122). Por tanto, de nuevo los símbolos se acogen a los temas preexistentes. Con todo, quizá la cuestión de la ingesta ritual de vino fuese aparejada a nuevas ideas, si bien más por el cultivo de la vid que por el propio vino, que seguramente remplazase el consumo de otro alucinógeno. Por su lado, los artículos de toréutica, con independencia del uso y los motivos ornamentales, tal vez se relacionaran con el liderazgo místico puesto que la cera empleada en su elaboración se vincula con las abejas que en Oriente simbolizan la realeza. En caso de admitir esta hipótesis, razonablemente el surgimiento de un mito al respecto como el de Gárgoris y Habis (Justino, Epit. Hist. Phil. 44.4; Bermejo 1978; García Moreno 1979; Almagro Gorbea 1996c: 50-53; 2005b: 48-49, 57-58; Blázquez y Gelabert 2003: 197-201) habría que ponerlo en relación con la introducción del método de la cera perdida, pero no necesariamente como un traspaso, sino como una invención local en la que aparecen temas afines a los del mito de Telepinu y Aristeo (Bermejo 1978: 231-232).10 Sea como fuere, parece seguro que el cambio simbológico que dan cuenta las estelas y otros elementos fue fruto de la interacción entre atlánticos y mediterráneos. Igualmente, resulta difícil de creer que esta renovación fuera posible sin las propias dinámicas internas de las comunidades peninsulares que, no en vano, ya levantaban estelas siglos atrás. El hecho de cambiasen los símbolos pero no el estilo puede apreciarse como un síntoma de la continuidad cultural de las comunidades peninsulares que acomodaron mitos, ritos y objetos-símbolo exóticos a sus tradiciones ancestrales. Tal continuidad estilística se puede interpretar como que el medio es el mensaje, de manera que lo importante en la mentalidad atlántica de la Edad del Bronce es la estela o, si se prefiere, la piedra cubierta de iconos que, a fin de cuentas, es una manifestación del poder ideológico monopolizado por las élites que las construye. Las estelas constituyen la parte iconográfica de la literatura oral y de las costumbres de las sociedades heroicas representadas y conservadas por sus élites (Almagro Gorbea 2005b:41). En conclusión, el cambio simbológico fue una consecuencia insalvable del cambio tecnológico. La renovación artefactual implicó una renovación en los símbolos, mientras que los mitos y los ritos, grosso modo, apenas experimentaron alteraciones ya que el sustrato lógico era compartido por mediterráneos y atlánticos. Por tanto, durante la Procolonización y en las fases previas no circularon mitos y ritos apoyados en los dones, sino a la inversa.11 6. Conclusión En el contexto de la Protocolonización, la tecnología se erige como un dominio asociado al rango social. El conservadurismo ético de las sociedades heroicas no impide la innovación en las técnicas de fabricación y la aparición los artefactos nuevos. Al 10 Si los utensilios de banquete ritual son bienes de prestigio, ¿por qué no aparecen representados en las estelas? La respuesta es muy abierta. Quizá porque sean incongruentes con el mensaje más o menos concreto que transmite la estela. Quizá por un tabú. O quizá sí estén simbolizados mediante una imagen que no se corresponde con la forma de ninguno de los utensilios conocidos. 11 Quiero acordarme de María Orduña, quien me ha ayudado muy amablemente a descubrir y organizar algunos de los conceptos expuestos en este apartado. 515 http:inversa.11 http:231-232).10 contrario, la competitividad y continua necesidad de exhibición de las virtudes heroicas propicia la regeneración tecnológica e, incluso, simbológica. Así, el status moral de la élite descansa, entre otros argumentos, en la capacidad introductoria de novedades relacionadas con la artesanía. Así, mientras que los objetos cotidianos se encuentran bien extendidos entre los miembros de la comunidad, los objetos exóticos y diferentes son de uso reservado para la élite, no por privilegio, sino por capacidad de adquirirlos merced a la actividad de la red diplomática. Asimismo, esta capacidad también se asienta en el control de los conocimientos técnicos necesarios para producirlos, bien de manera personal o bien a través de los servicios disponibles gracias a la red clientelar. Sin embargo, por emulación y por distribución en el medio- largo plazo todas las innovaciones terminan por normalizarse, lo que incentiva un nuevo remplazo tecnológico por parte de las élites. Por tanto, tecnología y simbología son dos conceptos íntimamente vinculados. La tecnología simboliza el status y la red social. No hay diferencia moral sin diferencia tecnológica en una comunidad; tampoco hay símbolos fuera de las redes, de la misma manera que no hay redes sin símbolos propios. El valor moral de la tecnología no es producto de un solo factor. De este modo, el rango social del poseedor, la circunstancia de uso y de intercambio de los objetos, su exotismo, rareza y novedad constituyen los argumentos habituales en la definición moral de los artefactos. Pero su valor también lo otorga el carácter mistérico de los conocimientos requeridos para su elaboración. En este sentido, no todas las artesanías son iguales. La metalurgia sobresale respecto al resto, ya que en su proceso de fabricación se produce un cambio químico de la materia prima, lo mismo que en la alfarería debido al empleo del fuego, un elemento azaroso y mágico. Así pues, ciertas artesanías son mágicas. La introducción del método de la cera perdida aplicado al bronce supone un salto cualitativo en la condición mágica de la metalurgia que no se produce en la alfarería. Por esta razón, la toréutica se convierte en uno de los elementos clave en el robustecimiento de las élites y en la Protocolonización. Del mismo modo, la carpintería, probablemente falta de misticismo en el proceso de fabricación, disponga de otras cualidades morales y simbólicas que propician su transformación en el BF III merced a los flujos protocoloniales. Entre ellas, su contribución a diseño y la construcción de nuevos edificios de prestigio y, razonablemente, de uso ceremonial. La transmisión de técnicas equivale a transmisión de conocimientos mágicos. Esto sólo es posible gracias al desplazamiento de personas durante un tiempo prolongado que permita el aprendizaje. Los maestros son marinos avezados y diestros en diversas artesanías debido a las necesidades de la navegación. Por tanto, a pesar de que el conocimiento esotérico venido de lejos confiera autoridad a las élites heroicas, la transferencia tecnológica en el BF III se comprende mejor como una introducción secundaria en el contexto de intercambio de bienes de prestigio. 516 17. CONCLUSIONES FINALES 1. Introducción Este estudio empezaba con la intención de responder a cuestiones de carácter analítico acerca de una serie de evidencias para, a continuación, responder a cuestiones de carácter interpretativo. Después de haber cumplido con este objeto inicial, en estas últimas páginas se procederá a sintetizar todo lo expuesto hasta ahora aclarando los horizontes históricos en los que se produjeron los contactos, se proporciona un sentido al contexto cultural de los mismos y se finaliza con una reflexión sobre el significado histórico de la Protocolonización en el Bronce Final. 2. Horizontes históricos Si la colonización fenicia de la Península Ibérica arranca en el último cuarto del s. IX a. C., obviamente la Protocolonización se corresponde con la coyuntura inmediatamente anterior. No obstante, la cronología de los materiales arqueológicos inventariados se dilata durante todo el Bronce Final (1350-760 a. C.) y, en algunos casos, se remonta hasta la etapa precedente. Por esta razón parece prioritario establecer una periodización de los materiales para después interpretar los horizontes históricos correctamente (Schauer 1983; Niemeyer 1984; Torres 2008a; Pellicer 2010a: 425, 435; Ruiz-Gálvez 2013: 270-301). La Protocolonización es un fenómeno que, en sentido riguroso, debe asignarse al BF IIIB (900-825 a.C.), primera fase del Horizonte Peña Negra I que precede de inmediato a la fundación de Cádiz como colonia plenamente independiente y estable. El rasgo más sobresaliente de esta breve etapa es el asentamiento de una comunidad de fenicios en Huelva, la más importante y activa aldea tartésica. Este asentamiento no es una colonia propiamente dicha, sino un kārum o puerto de comercio sujeto a la autoridad y el consentimiento de las élites indígenas onubenses. También en esta fase es cuando otra comunidad de fenicios se asienta en La Rebanadilla (Málaga), quizá con la intención de permanecer y perdurar bajo la forma de una ciudad independiente, pero al cabo de dos generaciones este proyecto comienza un declive irreversible que le llevará poco después a la irrelevancia y, al final, a la desaparición. A partir de la segunda mitad del s. VIII a. C. el impacto fenicio en la Península Ibérica y en otras regiones del Mediterráneo se incrementa sustancialmente dando origen al Período Orientalizante. Naturalmente, algunas de las expresiones culturales del Orientalizante se remontan al BF IIIC (825-760 a.C.), como el inicio de la arquitectura de planta cuadrangular y muy probablemente ciertas prácticas funerarias visibilizadas en la estela de Ategua. De hecho, las evidencias que encajan mejor con la etapa protocolonial se prolongan durante la primera etapa colonial. Esto significa que la 517 fundación de Cádiz acontece in media res, es decir, no supone una alteración crítica en los modos de vida de las comunidades peninsulares y, en cierto sentido, tampoco afecta gravemente a las dinámicas fenicias metropolitanas ni ultramarinas. Igualmente, la Protocolonización se encabalga con las actividades precoloniales sucedidas en Horizonte Ría de Huelva (1050-900 a.C.). En esta fase se produce una aceleración de las dinámicas de las sociedades atlánticas que llevan a “fundir” plenamente el circuito peninsular y el del Atlántico norte en un único macrocircuito. No obstante, Tartessos y los grupos Baiões y alentejano, a la sazón los más destacados en la vertiente atlántica peninsular, mantienen una interesante conexión con el mundo Mediterráneo. Buena parte de las evidencias protocoloniales se sitúan en el Horizonte Ría de Huelva, lo que no significa que se ciñan en concreto a esta fase, sino que el estrechamiento de contactos entre las comunidades atlánticas y mediterráneas arranca en este momento y perdura hasta más allá del Período Orientalizante. Las primeras estelas de la serie compleja deben asignarse a esta fase, así como la formación del depósito de la Ría de Huelva y, presumiblemente, los primeros asadores y ganchos elaborados a la cera perdida. La desconcertante escasez de registro arqueológico en la fase previa genera una sensación de letargo por parte de las comunidades atlánticas afincadas al sur del Duero. Muy probablemente se organizasen como sociedades de rango muy sencillas, casi en tribus. No está claro qué causas detonantes condujeron a la revitalización de estas comunidades, pero seguro que englobaron tanto los estímulos internos como los externos. Entre los primeros cabe sugerir un crecimiento demográfico que desencadenase una mayor intensidad en la explotación de los recursos y una nueva manera de administrarlos con el propósito de garantizar la prosperidad tras una etapa crítica de desequilibrio malthusiano. Igualmente, quizá este desequilibrio nunca ocurrió, sino que las élites comenzaron a demandar y a generar nuevos objetos de prestigio para que prevaleciese su status una vez que los dones y demás elementos de rango se desvalorizaran debido a su “democratización”, lo que llevó a intensificar la explotación de los recursos tradicionales, en especial los metales. En cuanto a los estímulos externos, las comunidades del Atlántico norte y, en menor medida, del noroeste peninsular habían experimentado un período de gran actividad durante el BF II (1200/1150-1050 a.C.), de manera que después de varias generaciones de esplendor las dinámicas sociales quizá dieran muestras de estancamiento. Así, la ampliación de los circuitos diplomáticos hacia las regiones del sur pudo provocar la entrada de objetos, conocimientos e, incluso, personas en estas regiones resultando una mayor implicación de estas últimas en las redes de intercambio atlánticas. Un argumento similar podría esgrimirse sobre las comunidades de otras regiones del Mediterráneo, que tras las turbulencias ocasionadas por los Pueblos del Mar se reorganizasen y abriesen sus circuitos hacia la Península Ibérica. Sea como fuere, la combinación de factores exógenos y endógenos parece necesaria con el fin de interpretar el advenimiento de los señalados grupos. Del mismo modo, el aparente letargo no es otra cosa que una reducción en la intensidad de las redes sociales de las comunidades peninsulares, razón por la cual parece verosímil que, incluso ante la ausencia de registro arqueológico, el rango, la producción metalúrgica y las 518 conexiones con atlánticos y mediterráneos fuesen elementos cotidianos en el estilo de vida suroccidental. Así pues, la fundación del kārum de Huelva debe entenderse dentro de las dinámicas afianzadas en la etapa anterior entre atlánticos y fenicios. Podría decirse, entonces, que la Protocolonización consta de tres etapas: una formativa, de fuerte interacción entre atlánticos y mediterráneos pero sin desplazamiento permanente de población; otra plena, en la que la inercia de las comunicaciones posibilita una presencia fenicia estable pero sin independencia y, por tanto, estrictamente protocolonial; y una última en la que los fenicios se distancian de los tartesios merced al estatuto independiente de Cádiz, manteniendo la creciente interacción sin llegar a una cristalización de las transformaciones que estaba atravesando la sociedad tartésica, resuelta finalmente a mediados del s. VIII a.C. A partir del Horizonte Peña Negra I las comunidades más implicadas en la Protocolonización son los tartesios y los fenicios – Huelva y Tiro –, por cuyos dominios circulan buena parte de los bienes que en esta época se encuentran en movimiento en el Atlántico y en el Mediterráneo. Las redes diplomáticas de unos y otros se extienden por multitud de zonas, de tal manera que Huelva y Tiro acaban convirtiéndose en los focos principales de los macrocircuitos. A estos dos centros se les añade, en un segundo plano aunque jugando un papel de suma importancia, las comunidades del sureste peninsular y las de Cerdeña, que producen el plomo imprescindible para copelar la plata tartésica que los fenicios se llevan de vuelta al Levante. Fenicios, sardos, tartesios y surorientales promueven el circuito del Mediterráneo occidental por el que seguramente naveguen los cuatro. Los levantinos disponen de la infraestructura suficiente como para salirse de este circuito y llegar hasta Oriente sin dificultades, aunque quizá también hicieran incursiones por el Atlántico. Parece igualmente probable que los tartesios poseyesen una flota con la que recorriesen las aguas del Atlántico y del Mediterráneo occidental. Durante el Periodo Orientalizante a este panorama se suman los griegos como dominadores de los mares, quienes probablemente también participasen de modo muy activo en la Península Ibérica, sin colonias hasta el siglo VI a.C. aunque quizá con un contingente en el kārum de Huelva. Por su parte, las comunidades más activas durante el Horizonte Ría de Huelva en las conexiones atlántico-mediterráneas pertenecen a una pléyade de culturas. En el Atlántico destacan los tartesios, los alentejanos y las poblaciones de las Beiras, regiones productoras de cobre y estaño, metales muy demandados a los ambos lados de las Columnas de Heracles. En el Mediterráneo el panorama es más confuso. Seguro que participan los fenicios, si no desde el principio, con certeza al final. Pero en Oriente también los chipriotas están involucrados en los movimientos de la región, así como del Círculo del Tirreno, donde tradicionalmente habían mantenido relaciones muy fructíferas. De este modo, resulta altamente verosímil que también accediesen al Atlántico, donde se aprovisionarían de buenos bronces y tal vez oro a cambio de materiales varios y, sobre todo, conocimientos técnicos. Pero quizá las comunidades mediterráneas más determinantes en la primera fase protocolonial fuesen las sicilianas, en concreto las del este de la isla, seguidas de cerca por las sardas. Sicilia se ubica en una encrucijada de rutas que conectan todo el Mediterráneo. Las fíbulas más antiguas halladas en la Península Ibérica son de origen 519 siciliano, y por la larga y próspera tradición de contactos mantenidos con egeos y chipriotas, parece razonable que también las liras, los carros, los espejos y otros artefactos y materiales formaran parte del cargamento de las naves sicilianos. En Cerdeña se atestiguan figuritas de bronce elaboradas a la cera perdida que lucen cascos con cuernos, de tal manera que parece sensato que también desde esta isla se promoviesen las relaciones por el circuito occidental. Así pues, las conexiones protocoloniales desde los pioneros son una tarea multiétnica,1 con muchos participantes durante el Horizonte Ría de Huelva en contraste con el predominio fenicio a partir del Horizonte Peña Negra I. Sin embargo, el diagnóstico de algunas de las evidencias propuestas permite argumentar la existencia de un horizonte de contactos notablemente activo en una época muy anterior a la Protocolonización. Las cerámicas a torno de la zona de El Argar y de Montoro, así como la orfebrería a la cera perdida son los elementos que mejor representan esta conexión temprana que debe no confundirse con las relaciones más tardías. De hecho, aunque la cronología de esta fase de contactos no está definida con precisión, no parece que pueda extenderse más allá del 1250 a.C. Es decir, la distancia temporal entre las dos épocas en las que se cristaliza las relaciones entre ciertas culturas del Mediterráneo y de la Península Ibérica se prolonga durante, como mínimo, dos siglos, lo que equivale a un período de unas seis u ocho generaciones activas. Las dimensiones del contacto entre los pueblos peninsulares del Bronce Reciente (1550 1300 a.C.) y mediterráneos todavía están lejos de aclararse. Quizá también fuese el bronce binario del Atlántico el principal incentivo, aunque resulta muy sugerente que fuese la plata argárica. O ambos. La Cultura Heládica se encontraba en su esplendor, aprovechando y tejiendo una red en el Círculo del Tirreno que presumiblemente pudo alcanzar la Península Ibérica a la luz de las cerámicas de Montoro y del cuchillo de Belmeque. No obstante, el resto de cerámicas a torno peninsulares de este horizonte son chipriotas. Tal vez el hacha de combate de Muros fuese una introducción siciliana. Al igual que sucedía en el caso anterior, lo más verosímil es que en esta conexión participasen diversas culturas. A falta de datos mejores y más reveladores, en principio no puede ponerse en relación directa el cese de esta conexión con la crisis de los Pueblos del Mar, pero en la medida en que las cronologías se mantienen en la incertidumbre, tampoco cabe descartar esta hipótesis e interpretar dicho cese como una interrupción y no como un abandono. En cualquier caso, resulta obvio la existencia de dos horizontes de contacto ultramarino a partir de las evidencias valoradas en este trabajo. El más antiguo se enmarca en el Bronce Reciente, sumido en la penumbra, y otro tardío, protocolonial, mucho más claro. Entre tanto se produce un desarrollo regional en el que, aparentemente, las relaciones con el Atlántico y el Mediterráneo experimentan una contracción. Sin embargo, lo más verosímil es que las relaciones perduren tras una reorganización social, con menor intensidad y sin apenas dejar impronta en el registro arqueológico. En los siglos oscuros del Bronce Final aparecen los brazaletes áureos de tipo Évora-Berzocana, las estelas de formato básico, las hachas de talón y una anilla y la fíbula de arco de violín 1 Las tripulaciones de los barcos implicados en la Protocolonización y, de manera corriente, de las embarcaciones que recorrían largas distancias debían ser igualmente multiétnicas (Jon 1:5; Ruiz-Gálvez 2005: 256-257). Sin embargo, no parece probable que el repertorio de objetos protocoloniales en la Península Ibérica fuese consecuencia de la iniciativa individual de cada uno de los marinos a bordo de los barcos, sino que se aunasen en una empresa común. ­ 520 evolucionado de El Berrueco, vestigios que no sólo evidencian la continuidad de la vida, sino también el mantenimiento de las redes diplomáticas por ultramar. Por otro lado, la penumbra de los últimos siglos del II milenio a.C. no cierra la puerta a una alternativa a la separación de coyunturas. Tal vez la toréutica se introdujese desde el Atlántico en el BF I a la vista de los calderos, así como los carros y las liras pudieron introducirse en esta misma época por las dinámicas expansivas de la Cultura Heládica. Esta hipótesis parece improbable debido a los malabarismos que requiere para integrar coherentemente todos los datos, pero sólo la investigación futura podrá dilucidar la cuestión de los horizontes culturales. 3. Sentido cultural de la Protocolonización Se denomina interacción a la “acción que se ejerce recíprocamente entre dos o más organismos, objetos, agentes, unidades, sistemas, fuerzas o funciones”.2 El presente trabajo versa sobre la interacción entre los macrocircuitos atlántico y mediterráneo en el BF III que se ha venido a llamar Protocolonización. La cuestión de fondo consiste en proporcionar un sentido cultural a este concepto, en cuya base tan sólo se encuentran artefactos y contextos. El sentido cultural de la Protocolonización atañe a los propósitos de la interacción y a los procedimientos mediante los cuales se efectúa, lo que implica la correcta valoración de todos los elementos culturales incluidos dentro su contexto histórico. A finales de los ochenta se comenzó a aplicar un modelo teórico para explicar los entresijos de la interacción en las sociedades antiguas que durante un tiempo llegó a convertirse en el paradigma dominante (Rowlands y otros 1987; Frank 1993; Sherratt 1993a; Sherratt y Sherratt 1993; Frank y Gills 1999; Kardulias 1999; Algaze 2004; Wilkinson y otros 2011), desatando una interesante retahíla de críticas (Kohl 1987; Sherratt 1993b; Stein 1998; Frank 1999; Harding 2013;). Se trata de la Teoría o Enfoque del Sistema-mundo, desarrollado inicialmente para analizar e interpretar relaciones económicas que mantenían Europa, África y América en el siglo XVI d.C. y su posterior evolución hacia el mundo actual postcolonial y polarizado en países desarrollados y países subdesarrollados (Wallerstein 1979; 2006). De acuerdo con este modelo, las relaciones económicas son estructurales a la manera de Saussure, es decir, incluyen siempre dos partes necesarias e interdependientes. Estas partes son el centro y la periferia. El centro se caracteriza por concentrar el consumo y la producción de bienes elaborados, mientras que la periferia se encarga de producir materias primas a cambio de productos elaborados, lo que significa que a través de este sistema sólo se beneficia el centro. Por tanto, además de estructurales, las relaciones son también funcionales y están sujetas a fluctuaciones cíclicas en la intensidad de la cantidad de recursos y bienes producidos, intercambiados y consumidos, sucediéndose intermitentemente fases expansivas y regresivas. En lo tocante a la Protocolonización, este modelo se ha aplicado de manera simplificada principalmente por dos razones. Por un lado, debido a la falta de información, que impide una historia cuantitativa con registros anuales al detalle de 2 http://dle.rae.es/?id=LsCpk2t 521 http://dle.rae.es/?id=LsCpk2t todas las transacciones efectuadas. Por otro, porque las instituciones y, sobre todo, los mecanismos económicos en este período son claramente diferentes a los de los últimos cinco siglos, lo cual supone un obstáculo para poder aseverar la existencia real de una relación centro-periferia. De todos modos, la principal virtud de la aplicación o, como mínimo, consideración de este modelo para la Protocolonización consiste en interpretar los macrocircuitos como relaciones estructurales entre las regiones que los componen. En definitiva, en interpretar los macrocircuitos en clave geo-económica. Así, según la adecuación del centro-periferia a la Protocolonización en su sentido más amplio (Ruiz-Gálvez 1995: 141-151; 1998a), el centro se localiza en Oriente, desde donde parten las expediciones exploratorias y comerciales a instancias del palacio o por iniciativa privada para obtener materias primas procedentes de la enorme periferia mediterránea que llega hasta Tartessos. Los ciclos coyunturales de la Protocolonización no alternan aumentos y disminuciones de flujos, sino un crecimiento sostenido. Es más, de acuerdo con la principal responsable de esta aplicación, no se produce un hiato entre dos horizontes históricos de contactos, sino una continuación al incluir el más antiguo dentro del Bronce Final antecediendo sin solución de continuidad a las conexiones atestiguadas en el Horizonte Ría de Huelva (Ruiz-Gálvez 2013: 270-301). Sin embargo, este modelo no logra explicar satisfactoriamente el proceso de cambio cultural, en especial el apartado ideológico, que suele conllevar los contactos, a pesar de que no es obviado. Para ello se ha recurrido a modelos inspirados en las colonizaciones modernas cuyos modos eran violentos y propiciaban la aculturación de los pueblos periféricos (Moreno 1999; González Wagner 2005; Remedios 2007). Así pues, los fenicios ejercieron un dominio no sólo en las transacciones, sino que también se impusieron a las comunidades con las que interaccionaban resultando una transformación forzada en la organización socio-económica indígena y en los códigos de comunicación, tanto lingüísticos como visuales. Dando un paso más en esta línea se ha llegado a proponer que Tartessos es el producto de una invasión o emigración de un cuantioso contingente fenicio que absorbió a la reducida población local a partir del Orientalizante, ocupando un territorio prácticamente desértico (Belén y Escacena 1995: 96-99; Escacena 2008). Se ha propuesto, igualmente, un modelo de relaciones prácticamente anodinas en las que apenas se producen cambios en el Mediterráneo al comienzo del I milenio a.C., al menos por lo que respecta a los pueblos peninsulares (Alvar 2008). Según este modelo, la Protocolonización habría que entenderla no como “una fase en el proceso del contacto, sino que constituye en sí misma una modalidad del contacto entre culturas” (ídem: 20). Esta interpretación se fundamenta en la validez y extensión del comercio silencioso, esporádico y sin consecuencias culturales para ninguna de las partes. En contraposición, la fundación de las colonias – y sólo de las colonias, no de los puertos de comercio – se traduce en un modo de contacto sistemático que sí implica una reorganización socio-económica. Los modelos propuestos presentan virtudes y también ciertos problemas y deficiencias importantes que requieren un mínimo de atención. Respecto al modelo centro-periferia, la interdependencia que entraña una relación estructural parece coherente. Las partes implicadas se necesitan porque a través de los intercambios en circunstancias normales se cubren (parte de) las necesidades de los involucrados. El incremento sustancial en el número de hallazgos de origen 522 mediterráneo en la Península Ibérica a partir del Horizonte Ría de Huelva evidencia que no se trata de relaciones esporádicas ni marginales, sino sostenidas y programadas, de manera que resulta lógico calificarlas como estructurales. Pero la distinción entre centro y periferia plantea una dificultad conceptual: ¿cuántos centros y cuántas periferias? El criterio para definir un centro a nivel especulativo puede admitirse, pero la realidad de los intercambios estructurales es más confusa y compleja. El centro es centro en el plano geo-económico, mostrándose hegemónico respecto a la más amplia y difusa periferia. Además, el centro sólo es centro si se acepta una asimetría respecto a la periferia que se encuentra en una situación de subordinación. Aunque en los circuitos regionales y suprarregionales de distribución de bienes del BF III se perciba una interdependencia, no se observa una hegemonía ni una subordinación, sino un intercambio en el que todos los implicados salen favorecidos. Dicho en otras palabras, son las propias dinámicas internas de cada circuito las que conducen a su formación y desarrollo. Cuáles son estas dinámicas es otra cuestión que más abajo se atenderá. Por tanto, los orientales, particularmente los fenicios, que se aprovechan de los recursos del circuito occidental no fueron los responsables de su creación para sus propios fines, de la misma manera que las comunidades tartésicas no fueron las artífices de la extracción y puesta en circulación de estaño atlántico. El aprovisionamiento de materiales no implicó una asimetría durante la Protocolonización. Así pues, más que una cadena de micro sistemas centro-periferia (Chase-Dunn y Hall 1997: 13 ss.; Kardulias y Hall 2008), parece más lógico interpretar los intercambios en clave de igualdad. Por otro lado, las sociedades estatales de Oriente se caracterizan, entre otros rasgos, por su sistema tributario interregional, de modo que en este circuito sí parece lógico que pueda aplicarse este modelo, aunque probablemente no en los inicios del I milenio a.C., cuando los asirios todavía no dominan el Levante y tanto Egipto como los Reinos Neohititas tampoco se imponen fuera de sus fronteras. Referido a la aculturación y a la violencia, en el territorio que ocupan las sociedades no se divisa ningún signo claro de imposición cultural ni mucho menos de migración (Yasur- Landau 2010: 9 ss.). Al contrario, la evolución tipológica de las fíbulas, la difusión de nuevos patrones decorativos en cerámicas hechas a mano y la continuidad en la erección de estelas indican que las poblaciones locales son muy activas. La asimilación de elementos mediterráneos no implica necesariamente una pérdida de identidad étnica, sino una renovación en ciertas costumbres y todas ellas restringidas al ámbito ritual. Además, parece razonable que se rechacen algunos elementos foráneos, que no lleguen a calar en las culturas atlánticas. ¿Son las élites quienes se aculturan? Durante la etapa protocolonial es probable que adquieran ciertos hábitos foráneos, pero con seguridad no hay evidencias incontestables de que experimenten un cambio en el estilo de vida. La desventaja estratégica y la afinidad tecnológica impiden a los navegantes mediterráneos librar campañas bélicas tan lejos de las zonas de procedencia. En una noticia recogida por Flavio Josefo, Menandro apunta que Hiram I atacó a los iticeos por no pagar tributo (Ant. Jud. 8.5.3). Dónde vivían los iticeos es un misterio. Tal vez Útica, tal vez Kitión, tal vez otro lugar en ultramar o en tierra firme. Si se admite que se trata de la colonia en Chipre el ataque fue posible debido a la cercanía geográfica; pero si se acepta que se trata de la colonia en África, entonces la credibilidad de Menandro queda en entredicho. Que la guerra para los fenicios fuese un modo habitual de “interaccionar” en Oriente (González Wagner 2005) no significa que se encontraran en condiciones de organizar expediciones al otro extremo del Mediterráneo para batallar. 523 En cambio, sí es probable que la rapiña formase parte de la lógica de las navegaciones, así referido por Odiseo (Od. 9.39-61), aunque como acciones muy concretas y siempre y cuando se presentasen las mejores circunstancias que permitieran el éxito. Por tanto, el recurso al saqueo y a la violencia de modo sistemático se antoja imposible en la Protocolonización. Por último, a pesar de que en el Período Orientalizante se documente una reorganización social fuertemente influenciada por el impulso fenicio, la persistencia del estilo de vida tradicional entre las sociedades atlánticas no parece excusa para aseverar que la Protocolonización no significara un cambio cultural ni que las relaciones ultramarinas fuesen ocasionales. Sobre esto último, la prueba más fehaciente la constituye el kārum de Huelva, en virtud del cual se amplifica sustancialmente el volumen de las transacciones protocoloniales, así como también concentra buena parte de las mismas confirmando la reorientación iniciada en la etapa anterior. El establecimiento de un puerto de comercio evidencia un cambio ético al introducirse la economía de mercado en el mundo tartésico, a su vez consecuencia de la reciente explotación de las minas de plata del interior montañoso. Por tanto, por lo que respecta a los tartesios occidentales, la Cultura de Qurénima, los sardos de la zona de Iglesiente y los fenicios la Protocolonización entraña una actividad sistemática que rompe con algunos hábitos sin llegar a quebrar las dinámicas tradicionales. Por ello, la Protocolonizacion no debe considerarse como una etapa independiente, sino como el prólogo de las relaciones que durante la colonización y el Orientalizante van a proliferar y a adquirir otro cariz. Resulta siempre más fácil destruir que construir, de modo que elaborar una interpretación coherente que comprenda todos los datos sin presentar contradicciones internas y que responda a todas las preguntas de partida se convierte en una tarea pesada y ardua, si bien necesaria. A pesar de ello, parece posible proporcionar una explicación alternativa y más acorde con las evidencias arqueológicas para el sentido cultural de la Protocolonización. El BF III está marcado por la revitalización de los circuitos de intercambio. En el Atlántico se forma un macrocircuito a la par que se gesta otro en el Mediterráneo occidental, articulados por Tartessos. De alguna manera, incluso podría afirmarse que el Tirreno se atlantiza mientras que el Atlántico se mediterraneíza. En otros meridianos, las comunidades chipriotas y Tiro, cada uno con sus propios mecanismos, en esta época se recuperan y se lanzan al Mediterráneo centro-occidental. El acercamiento entre el Atlántico y el Mediterráneo no es un hecho fortuito, sino el fruto de las necesidades y de las dinámicas socio-económicas en las que se sumergen las comunidades de estos dos ámbitos (Knapp 1990). El sentido cultural de la Protocolonización debe buscarse en la naturaleza de las sociedades implicadas. Parece muy probable que en el Bronce Final se produjese un crecimiento demográfico, no explosivo, sino gradual que cristalizase a partir del Horizonte Ría de Huelva. La mayor densidad de población obligó a reajustar los comportamientos económicos y sociales con vistas a lograr la perpetuación de las familias y, por extensión, de las comunidades. Las familias constituyen la piedra angular de la sociedad en el papel de institución suprema. Los lazos de sangre se erigen como el vínculo interpersonal más sólido y que obliga a la vez que facilita las solidaridades. A pesar de que cada sociedad posee sus 524 propias normas al respecto, la extensión de los lazos de sangre equivale a la extensión de la red familiar. Una aldea es una reunión de familias, paralelamente a que las familias se fragmenten en varias aldeas. Las solidaridades intrafamiliares son horizontales, pero se estructuran con arreglo a un rango que determina las relaciones interfamiliares. Las relaciones entre las familias son institucionales. Se producen por bodas o por acuerdos políticos que pueden ser de dos tipos: clientelares y diplomáticos. Los primeros generan las fidelidades interpersonales con el fin de cooperar en cuestiones relacionadas con la producción y preservación de bienes de subsistencia y con la guerra. Aunque sean interpersonales, las fidelidades clientelares se extienden a las familias con el fin de integrar a toda la comunidad o a distintas comunidades bajo un proyecto común y garantizar, así, la prosperidad social. Dentro de la red clientelar también hay rangos, con personas y familias más destacadas por su buen hacer en la guerra y en la administración de los recursos. Las familias de mayor rango forman la élite social y las personas de mayor rango son los big men. Así pues, aunque las familias sean todas muy similares, entre ellas existe una jerarquía moral. La moral se mide en el prestigio personal. Un big man es moralmente superior al resto de la comunidad porque posee más prestigio. El prestigio es cualitativo, no cuantitativo, y en la medida en que todo el mundo participa en las diversas actividades socio- económicas, el prestigio es universal. Sin embargo, la acumulación de méritos establece las diferencias morales y, por tanto, la jerarquía. El mejor guerrero tiene más prestigio; el que es capaz de sostener a más gente a nivel económico tiene más prestigio; el que es capaz de crear más vínculos interfamiliares tiene más prestigio; el que encabeza los ritos tiene más prestigio; el que vence en competiciones intra- e intercomunitarias tiene más prestigio. Por tanto, en la ética de una sociedad de rango ser significa ser capaz, lo que significa a su vez ser mejor. Cuando se pierde capacidad y destreza, se pierde autoridad moral, lo que permite a otra persona más capaz y diestra ocupar el honor de big man. Entonces, un big man es un primus inter pares: su capacidad social y económica, es decir, su honor es cíclico. La ética de una sociedad de rango fomenta la solidaridad porque gracias a ella las comunidades prosperan y se reproducen. La autoridad se gana al favorecer la prosperidad e integración comunitaria y, si es posible, intercomunitaria. En la media en que son los méritos individuales los que proporcionan el prestigio, los individuos y las familias que los respaldan compiten entre sí por ser más solidarios y mejores y, de este modo, lograr más prestigio. Los vínculos de solidaridad y fidelidad contribuyen a la circulación de bienes, tanto los de subsistencia en el ámbito doméstico-familiar como los dones en el político. Un big man debe hacer circular los bienes de prestigio para mantener su prestigio. Un aspirante debe hacer méritos para conseguirlos. Por su parte, los acuerdos diplomáticos son los sellados entre big man pertenecientes a distintas redes clientelares. Por ello, mientras que una alianza clientelar se efectúa entre habitantes de una misma aldea o de distintas aldeas, una alianza diplomática siempre es intercomunitaria. A través de estas alianzas los big man ganan capital social y, por tanto, simbólico. Además, también les permite abrir otra vía para hacer circular los dones, lo cual redunda en su prestigio personal, y en la ampliación de los circuitos de intercambio. La introducción de dones exóticos en las redes de solidaridad y fidelidad aumenta el prestigio. 525 En definitiva, un big man concentra en su persona el liderazgo de las tres redes sociales que, en conjunto, conforman el sistema de redes. A través del sistema de redes se une a la sociedad y se distribuyen los bienes de subsistencia y de prestigio. La ética y las instituciones de una sociedad de rango propician la solidaridad y la fidelidad a la vez que la competitividad. No se compite por poseer más, sino por ser más capaz y, por tanto, por dar sin perder. El efecto de esta paradoja es la cohesión social, la prosperidad de las redes y la entrada de nuevos objetos y conocimientos en la sociedad. Otra forma de expresar esta paradoja es que se busca el prestigio ofreciendo y recibiendo bienes de prestigio a través de los intercambios rituales. La alta competitividad incentiva la circulación e introducción de estos bienes. A mayor ofrecimiento, más prestigio, pero menos capacidad de ofrecer. Esta falla se subsana con la renovación de los bienes de prestigio a través del circuito diplomático. Y de la creación de nuevos dones, probablemente propiciada por la circulación de conocimientos técnicos en la forma de artesanos. Así pues, la necesidad ideológica de incorporar una nueva tecnología a las redes sociales y de ampliar dichas redes se encuentra en la naturaleza de las sociedades de rango. El largo recorrido de los dones está dictaminado por la ubicación de los big men quienes, a su vez, los distribuyen gracias a la red clientelar por las comunidades del entorno y, por supuesto, dentro de la misma comunidad. Este modelo social se extiende por buena parte de Europa y del Mediterráneo en el BF III, igualando a atlánticos de diversas regiones, tirrénicos y, muy probablemente, chipriotas. Por tanto, un hipotético crecimiento demográfico y una espiral creciente de búsqueda de prestigio explican parcialmente la unificación de circuitos intercambios que se extiende desde Chipre hasta el Atlántico. Tal unificación es el sentido de la Protocolonización, a la sazón el subproducto de un mayor dinamismo en los circuitos que comprenden regiones colindantes o cercanas. La generación de esta larga cadena diplomática no está reñida con viajes largos, quizá de meses de duración, por cuestiones estrictamente políticas o por exploraciones para abrir nuevos contactos. Por tanto, las redes sociales comportan las personas que las componen y los elementos que circulan por ellas. Una cultura ocupa el territorio por el que se expanden las redes sociales. A menor intensidad en la circulación, mayor regionalización y viceversa. Luego la construcción de un macrocircuito de intercambios se debe a una mayor intensidad en el tráfico por la red diplomática. La interacción, aunque a nivel histórico se traduzca en un contacto entre culturas, en realidad es un enlace diplomático interpersonal muy fructífero entre héroes de rango elevado, piratas y emisarios de confianza de los big men. Sin embargo, en Tiro los mecanismos e instituciones de interacción, así como las necesidades que impulsan la interacción muestran algunas diferencias fundamentales. La desestabilización macroeconómica tras los el episodio de los Pueblos del Mar indujo a las sociedades involucradas a reorganizarse interna y externamente con arreglo a la nueva situación. Igualmente, las regiones que no se vieron especialmente afectadas por esta desestabilización, como Fenicia, se aprovecharon de la situación para crecer (Bell 2006; 2009). Tiro, una ciudad en un entorno de ciudades, busca fuentes de aprovisionamiento de recursos mediante las directrices del palacio y de la iniciativa cada vez más notoria de caravaneros, marineros y piratas que operan por su propia cuenta y riesgo. 526 En el circuito oriental las ciudades levantinas tradicionalmente habían desempeñado la función de intermediarias de bienes de prestigio gracias a su vocación marítima y a sus grandes flotas. Entonces, la expansión ultramarina del Reino de Tiro no es un fenómeno repentino. Fenicia, y de modo particular Tiro, se convirtió en la mayor beneficiada luego de conflictos y destrucciones en el Levante en el nuevo escenario. La situación de ventaja política favoreció la intensificación de los intercambios protagonizados por los tirios. Además, quizá la amenaza o, incluso, el hecho de un desequilibrio malthusiano en la región contribuyese a esta intensificación (González Wagner y Alvar 1989; Aubet 2009: 109-112). La ampliación del área agrícola resultado de las exitosas campañas militares por el Levante, de una colonización interior y de pactos con los reinos vecinos permitió al Reino de Tiro aliviar las necesidades de productos agropecuarios (Belmonte 2003: 105­ 106, 112; Aubet 2009: 59-63, 74-77). Sin embargo, en toda la región levantina la amenaza de la sobreexplotación de los recursos de subsistencia y la sobrepoblación se mantuvo durante todo el período de esplendor colonial. Con todo y con esto, la mayor parte de los bienes demandados por los fenicios, especialmente los alimentos, se conseguían en territorios cercanos, porque si se aprovisionasen de ellos en territorios lejanos no llegarían en buen estado a las ciudades demandantes. Por el contrario, el bronce, la plata y el oro debieron conseguirse a través de relaciones de larga distancia. Para los fenicios del sur la expansión ultramarina sirvió como medio de obtención de productos suntuarios destinados a las élites locales y de los reinos fronterizos, así como de metales para facilitar los intercambios mercantiles en la región (Frankenstein 1979). Por su lado, la expansión continental sirvió para corregir la relación población-recursos. Con todo, quizá a través de las actividades ultramarinas también los fenicios se abasteciesen de productos de primera necesidad. Las conexiones tradicionales con Chipre debieron favorecer el establecimiento de la primera colonia ultramarina, Kitión, a mediados del CG III (900-750 a.C.) (Yon 2006). Este asentamiento probablemente funcionase como centro productor de alimentos para la metrópoli y como de puerto de comercio con los habitantes de la isla. De este modo, a través de las redes diplomáticas que los líderes chipriotas habían tejido por diversos enclaves del Mediterráneo, especialmente en el Círculo del Tirreno, los navegantes tirios alcanzaron la Península Ibérica en el siglo IX a.C. o a finales de la anterior centuria, seguramente precedidos por los chipriotas.3 Desde finales del II milenio a.C. Tiro da muestras de recuperación y reorganización social. A partir del s. IX a.C., Tiro es una potencia mercantil cuyas ramificaciones se extienden por todo el Mediterráneo. Aunque el saqueo es el medio más económico de aprovisionamiento, la inferioridad estratégica de las expediciones fenicias las obliga a pactar con las comunidades que visitan. La fundación del kārum en Huelva en el BF IIIB y, muy probablemente, de Útica en África y de otro kārum en Kommós forma parte de la estrategia comercial fenicia para asegurar el abastecimiento de los recursos preciados localizados en ultramar como la plata tartésica. 3 Los trabajos más recientes en Útica (López Castro y otros 2016) están poniendo de relieve que se trata de una fundación fenicia más o menos coetánea a la de Kitión. Así pues, parece que este asentamiento en Chipre nunca fue un fenómeno aislado dentro de la política expansiva de los fenicios, sino que debe contextualizarse en el inicio de un período de diáspora y de empresas ultramarinas. 527 En resumen, el sentido cultural de la Protocolonización se caracteriza por dos cuestiones: a) la creación y eclosión de dos macrocircuitos de intercambio; y b) la difusión de materiales fruto de una interacción pacífica y no de una aculturación. Sobre la primera cuestión, la Protocolonización se inserta en los movimientos del BF III y no al revés. Ciertamente, la Protocolonización contribuye a estos movimientos, pero sólo pueden entenderse en el marco de otras relaciones preexistentes. Así, aunque todas las culturas atlánticas y mediterráneas operen e interactúen vivamente, en el Horizonte Ría de Huelva las sociedades de Chipre, el Atlántico sur y las del Mediterráneo occidental, especialmente las comunidades de Tartessos y de Sicilia, desempeñan un papel muy destacado. En cambio, durante el Horizonte Peña Negra I las sociedades más destacadas son la Cultura de Qurénima, los tartesios, los sardos y los fenicios. En esta segunda fase, Tartessos y, en particular, Huelva adquieren una nueva dimensión al capitalizar la plata con la que en Oriente se realizan las transacciones. Sobre la segunda cuestión y en línea con lo apuntado, la difusión de mercancías y conocimientos técnicos en el Horizonte Ría de Huelva se efectúa en virtud de las redes diplomáticas de alcance regional y suprarregional que se esparcen por todo el Mediterráneo y el Atlántico. En el Horizonte Peña Negra I esta difusión sigue sirviéndose de las mismas redes, aunque los fenicios son capaces de edificar una ruta y prescindir de intermediarios. Además, las relaciones diplomáticas sobre las que se sostiene la Protocolonización no se ejecutan de manera asimétrica, sino en clave de igualdad entre las partes. 4. Sentido histórico de la Protocolonización Tan importante como búsqueda del sentido cultural es la búsqueda del sentido histórico. En el primer caso, se trata de una interpretación que reúne todos los elementos puestos en juego mediante la que comprender qué sucede en una coyuntura concreta. Por tanto, se trata de una interpretación sincrónica. En el segundo caso, la interpretación supera los límites coyunturales con el propósito de comprender el significado de un hecho en comparación con la historia anterior y posterior. El sentido histórico es una lectura diacrónica que engloba, por un lado, los razonamientos científicos sujetos a las interconexiones de las evidencias empíricas y, por otro, la reflexión antropológica. Por tanto, a través del sentido histórico no se pretende aclarar el contexto cultural, sino explicar la Historia. En primer lugar, el aspecto más destacado de la Protocolonización es la inserción definitiva de las comunidades de la Península Ibérica en la órbita mediterránea. No todas ellas, pero sí buena parte de las pertenecientes a la mitad meridional. En líneas generales, la Península Ibérica se ha mantenido en la órbita atlántica atravesando algunos períodos de especial intensidad, tales como los que alumbraron el fenómeno megalítico y el fenómeno campaniforme. La creación de un espacio cultural suprarregional es la consecuencia histórica de un larguísimo proceso de interacción en el que nacen y mueren varias generaciones. Admitir la existencia de dicho espacio cultural implica la existencia de una cultura atlántica cuyo mejor reflejo son los artefactos y, en general, todas las entidades tangibles. 528 Referirse a la Cultura como oposición a la Naturaleza induce a muchos presupuestos y equívocos, además de un eterno debate sobre de la identificación y separación de este concepto y el de Civilización (Goberna 1999). De todos modos, la indeterminación conceptual de la Cultura se complementa con la realidad abrumadora y desbordante de la multiplicidad étnica. Quizá sea erróneo afirmar la existencia real de la Cultura – la Cultura humana –, cuando lo observable es la existencia de facto de muchas culturas – la cultura étnica (Keesing 1993). De cualquier manera, Cultura y culturas comportan una serie de elementos entre los que aparecen los artefactos. Corriendo el riesgo que entraña toda simplificación, las culturas se definen, por un lado, por una lógica, una ética y una estética compartidas, es decir, una forma de ser-en-el­ mundo que trasciende a la psicología del individuo para situarse en el nivel de la psicología del colectivo. Esto no niega la voluntad y la capacidad de cambio, sino que afirma la existencia de un inconsciente colectivo flexible a la par que riguroso dentro del cual la experiencia humana encuentra su sentido: el habitus. Por otro lado, las culturas también se definen por el entramado de relaciones interpersonales y actividades colectivas vertebradas por las redes sociales, lo que significa que no hay lugar para una cultura privada o individual, sino que siempre es compartida. Los dos “haces” de elementos referidos son heredados de padres a hijos, de manera que la Cultura humana y las culturas étnicas son ambas consecuencia de un proceso instintivo e ingénito de enculturación. En síntesis, cualquier definición de Cultura/culturas se apoya en la interacción de los humanos en el espacio y en su sostenimiento en el tiempo. Así pues, el concepto de culturas comprende una etnicidad y una estructura. Por etnicidad se entiende la reunión de fenómenos psicológicos y sociales concretos y compartidos por un grupo humano que difieren de los de otros grupos (Jones 1997: XIII; Kottak 2006: 76). Dado que un grupo se extiende por un territorio, las fronteras de la etnicidad equivalen a la dispersión física de sus miembros. Sin embargo, a través de la red diplomática se produce una interacción en la que, deliberada o inintencionadamente, las características étnicas se esparcen y calan en otras culturas, pasando a integrar la etnicidad de otra sociedad. Por tanto, las fronteras de la etnicidad son permeables. Por su parte, la estructura admite variaciones y engloba un universo de matices, lo que plantea el dilema ontológico de si la cultura étnica es un núcleo de conceptos que se despliega bajo diferentes manifestaciones dentro de una etnia o si, por el contrario, la cultura étnica es la suma o superposición de todas sus posibles manifestaciones. La indeterminación de los conceptos de estructura y de etnicidad se pueden observar en la cultura atlántica. Por ello, los límites estructurales y étnicos los traza el historiador, lo que significa que la cultura es una construcción desde la perspectiva etic o externa, es decir, las culturas son siempre nominales y no necesariamente reales. A pesar de ello, ciertamente se observan afinidades particulares entre las comunidades del ámbito geográfico del Atlántico europeo. La historiografía ha elevado al rango de paradigma de la cultura atlántica las relaciones del Bronce Final, irónicamente la época que termina con una crisis en la estructura y etnicidad atlánticas. La Protocolonización no supone una ruptura total en la tradición cultural de las comunidades atlánticas de la Península Ibérica, sino un viraje hacia el Mediterráneo. A partir de la Protocolonización las sociedades peninsulares de tradición atlántica se verán mucho más sumergidas en los procesos surgidos en el ámbito 529 mediterráneo a lo largo de dos mil quinientos años tales como la colonización fenicia, la Romanización y la Islamización. El mismo proceso de mediterraneización cultural de la Península Ibérica es extrapolable a otras regiones europeas (y africanas). Simultáneamente, diversas comunidades peninsulares, en particular las norteñas, mantendrán los vínculos estructurales y étnicos con otras comunidades atlánticas. Estas comunidades también se verán afectadas secundariamente por los aires mediterráneos, de la misma manera que las mediterráneas no vivirán al margen del Atlántico. De igual modo, en paralelo al desarrollo de estas dos grandes tradiciones surgen otras nuevas que se extienden e incorporan elementos exógenos merced a la permeabilidad y flexibilidad de la cultura. La más importante, quizá la única tercera, es la europea, de origen medieval y que perdura hasta la actualidad. En segundo lugar y ligado con el viraje mediterráneo, otro aspecto muy destacado de la Protocolonización a nivel histórico es la cimentación de un cambio de Edad histórica. Tal y como se exponía a final del capítulo 2, una Edad histórica se define por una serie de formas culturales estables que se prolongan durante generaciones labrando y constituyendo una estructura que integra varias estructuras. Estas formas no son inmutables, aunque se prestan a escasas variaciones. Sin embargo, la fuerza de las dinámicas sociales va moldeando y erosionando las estructuras, de tal modo que se adaptan lenta o bruscamente a las diferentes coyunturas. Después de varios siglos de continua y, las más de las veces, imperceptible transformación, las estructuras se han transformado lo suficiente como para poder diferenciar entre dos Edades. Claro que el criterio de segmentación por Edades es altamente subjetivo. Las Edades históricas son un producto de la Historia, concepto polémico que en este estudio se entiende como un tipo de discurso sobre el pasado. La Historia, por tanto, es subjetiva, mientras que el pasado es objetivo: hay muchas maneras de escribir Historia, pero sólo hay un pasado. Durante la Protocolonización se produce un fenómeno inaudito en la tradición de las sociedades peninsulares: aparece la economía de mercado. Todavía es muy incipiente y, en principio, sólo se aplica al intercambio de la plata extraída de las minas de Tartessos. Este metal para las comunidades tartesias sólo dispone de valor de cambio. Por el contrario, el resto de bienes incluye además valor práctico y valor ideológico de manera indivisible. El triple valor de los bienes normales es una consecuencia natural de las relaciones sociales presentes en el ciclo económico – producción, circulación y consumo. Las relaciones interpersonales son relaciones morales, de tal manera la sociedad se jerarquiza según el rango o status moral de sus componentes. Esto quiere decir que las actividades económicas se encuentran imbuidas en las relaciones morales. Así, los bienes de cualquier categoría y los servicios se intercambian regidos por un principio moral, el principio de la reciprocidad. A través de este precepto los recursos se comparten para cohesionar y sostener la sociedad. Todo el mundo tiene derechos y responsabilidades sobre los bienes de subsistencia por el mero hecho de pertenecer a un sistema de redes sociales, desde las actividades de producción hasta el consumo pasando la circulación y distribución de los mismos. En conclusión, la solidaridad organiza la sociedad. 530 La irrupción de un bien con exclusivo de cambio implica lógicamente la pérdida o anulación del valor moral de dicho bien. La moral no es cuantificable, sino calificable; no es relativa, sino absoluta. Por ello, que la plata carezca de valor moral o, como mínimo, que su valor moral sea ínfimo significa irremisiblemente que se trata de un bien cuantificable. Para valorar en términos cuantitativos la plata se recurre a una unidad de referencia o cuenta aplicable a todos los bienes susceptibles de ser intercambiados por plata. La unidad primitiva se rige por el peso porque todos los bienes pesan y así se explica la aparición de ponderales en el kārum de Huelva. De esta manera aparece la noción de precio en la ética de la sociedad tartesia, sustituyendo el acto moral de la correspondencia entre las partes implicadas en la transacción. Así pues, la plata es el primer dinero en la Historia de Tartessos. La aparición de la plata en la economía tartésica va emparejada con la aparición del valor relativo. La plata sólo se explota para ser intercambiada al peso en operaciones con los fenicios. Por tanto, la aparición de la plata significa una innovación en la ética y en la lógica de la sociedad tartésica. En la ética, porque atañe al binomio sociedad-economía. Tradicionalmente este binomio se regía por un principio moral, el de reciprocidad. Pero con la introducción del valor relativo los intercambios entre fenicios y tartesios dejan de ser solidarios para convertirse en contractuales. La plata se compra y se vende, no se intercambia por honor. La inclusión de la plata en los intercambios constituye un tabú que, sin embargo, se acepta por conveniencia. En paralelo, entre fenicios y tartesios sigue habiendo intercambios rituales movidos por el principio moral de la reciprocidad. Y, por supuesto, en el seno de la sociedad tartésica también. Sin embargo, parece verosímil que las dinámicas socio-económicas de Tartessos generasen durante la época protocolonial un atisbo de estratificación social. La naturaleza competitiva de la sociedad de rango sumida en una crisis socio- ideológica por adquirir un mayor prestigio pudo llevar a las élites sociales a acentuar el valor del nacimiento como criterio demarcador del rango moral. En el modelo típico de sociedad de rango las personas son iguales a nivel económico, compartiendo derechos y obligaciones sobre los recursos y, sin embargo, son desiguales a nivel moral, estableciendo una jerarquía. La jerarquía no es inamovible, sino que va rotando en función de la ganancia de prestigio por vía de diversos procedimientos – victorias en el combate, habilidades artesanales y mágicas, eficiencia en la administración de los recursos, etc. El prestigio pertenece al campo de la moral y, por tanto, no es cuantificable, aunque sí acumulable. Cuando la necesidad acuciante de prestigio ha llegado al extremo de admitir un tabú, no sería de extrañar que el siguiente paso sea convertir el prestigio en una cualidad heredable y, por tanto, ajena a los méritos individuales. Quizá no del todo ajena; es más, los méritos individuales deben seguir su curso, pero el prestigio ya no se asentaría únicamente en dichos méritos, sino que también la transmisión hereditaria del prestigio funcionaría como un valor contemplado por el rango. Así pues, el legado de prestigio es un elemento ético que debe considerarse en el contexto de la Protocolonización y que significaría el establecimiento de una incipiente estratificación social. Esta posible innovación ética, aunque en fase germinal, supondría una transformación en la organización y estructura social de Tartessos. 531 En la lógica, porque la plata es un recurso antaño ignorado, inexistente en la mentalidad de los tartesios y, en general, de las culturas atlánticas del Bronce Final. Los recursos conocidos son aquellos que se emplean, que encuentran un sentido en las relaciones sociales. Por tanto, la introducción de un nuevo recurso no afecta únicamente a la economía y a la moral, sino al entendimiento de la realidad, a la lógica. No obstante, esta innovación lógica debe matizarse en la medida en que sigue siendo un material extraído mediante un procedimiento mágico, luego se trata una materia que encaja en la lógica mágica típica de las sociedades precientíficas que explica los fenómenos naturales. Además de la plata, durante la Protocolonización se introducen el plomo y el hierro. El plomo lo hace como elemento imprescindible en la copelación. Este metal lo obtienen los fenicios de Cerdeña y del sureste de la Península Ibérica, generando un efecto similar al de la plata tartésica en las comunidades involucradas. No obstante, el plomo también tiene un uso metalúrgico en la elaboración de aleaciones ternarias que encaja mejor con la lógica tradicional de las sociedades peninsulares. Por su parte, el hierro es un metal que irradia prestigio y se emplea, principalmente, en los sacrificios. El valor ideológico de este rito concuerda con el valor mágico de los cuchillos de hierro, toda vez que atenúa el impacto lógico en la mentalidad de las sociedades peninsulares ya que el sacrificio era una práctica ancestral. También durante la Protocolonización se normaliza el consumo de vino y aceite, aparece un nuevo modelo constructivo de viviendas y un nuevo diseño de hábitats y se pone de moda una nueva manera de vestir y de arreglo personal. Tanto los alimentos indicados como la innovadora arquitectura constituyen manifestaciones culturales que van a perdurar durante siglos en la Península Ibérica. La imagen personal podría ser una forma más cambiante, pero el nuevo concepto de la belleza del guerrero va a perpetuarse igualmente hasta la invasión de Roma y de modo muy sobresaliente en las sociedades peninsulares de la “mitad atlántica”. En resumen, con la Protocolonización se producen ciertos atisbos de cambio de Edad histórica en Tartessos apoyados principalmente en un giro ético. La segura introducción de la economía de mercado y la muy probable implantación de un germen de estratificación constituyen dos alteraciones significativas en la estructura social. Igualmente, aunque de modo más atenuado, durante la Protocolonización se introducen y propagan elementos en la cultura material que se integrarán y persistirán en la cultura de las diversas etnias peninsulares hasta el día de hoy. Así pues, el viraje mediterráneo de las sociedades sureñas y las innovaciones experimentadas en las norteñas permiten sugerir ardientemente el inicio de una nueva Edad histórica para toda la Península Ibérica: la Edad del Hierro. El paisaje cultural que deja la Protocolonización y, de manera más amplia, el BF III anima a plantear cautelosamente una tercera novedad de enorme impacto histórico. El cambio ético concierne a las relaciones interpersonales en cuanto a los mecanismos, las intenciones y los principios morales de la interacción. Pero las relaciones sociales tienen una vertiente que, si bien pueden incluirse en la ética, resulta preferible enmarcarlos en la estética en su sentido más kantiano. Este sentido es el que pivota en torno a la percepción y expresión de los sentimientos y emociones, por tanto a la transmisión de valores psicológicos. 532 La razón por la que se formula esta sugerencia precisamente deriva de la revisión de los conceptos del rango y del intercambio. En todas las sociedades existe el liderazgo y la autoridad como medida organizativa del grupo y preservadora de las buenas costumbres. Sin embargo, con el transcurso del tiempo el liderazgo va cambiando de forma y, sobre todo, de medios de obtención del prestigio. Uno de estos medios es la exhibición in crescendo de las virtudes morales. En la Protocolonización el afán de prestigio supera un umbral de los procedimientos tradicionales teniendo como efecto la multiplicación de los símbolos de status elevado, la vulneración de un tabú moral y, muy probablemente, la perpetuación del rango por vía hereditaria. En efecto, la belleza de la que hacen gala las élites peninsulares a partir de la Protocolonización es un asunto vinculado a la estética, ya que se fundamente en la idea de provocar una emoción en las personas del entorno. No se trata sólo de un código mediante el cual enviar señales, sino de expresar un sentimiento de superioridad y grandeza. La creciente necesidad de ostentación del rango durante la Protocolonización genera una aceleración en las pasiones emanadas de la soberbia, la vanidad, la envidia y la codicia. Estas cualidades morales son tan prehistóricas como la idea del rango y como los seres humanos. Las estelas reflejan estas cualidades que lejos de ser defectos constituyen virtudes. No debe olvidarse que el mejor héroe es el que ofrece más a la sociedad. Un cambio en la expresión del prestigio implica necesariamente un cambio en la percepción del prestigio. Al margen de las estelas, de las viviendas de nuevo diseño y de otros ritos, en el BF III las sociedades atlánticas volcadas en las conexiones mediterráneas experimentan una transformación en la manera de percibirse mutuamente sus miembros. Por tanto, durante la etapa protocolonial se produce una transformación en la comunicación que sobrepasa el límite de los códigos para alcanzar el de las emociones. Tales emociones constituyen el punto de partida de la expresión y percepción del individuo que pretende distinguirse cualitativamente de sus iguales.4 Por último, parece apropiado a la par que aventurado plantear que de la misma manera que evolucionan las virtudes también pueden evolucionar los anhelos personales. Esta cuestión no se ciñe en exclusiva a una cuestión de transmisión de valores, sino al núcleo de la moral. Y desde luego esta cuestión va más allá de los límites de los razonamientos científicos para adentrarse en las reflexiones filosóficas, por otra parte imprescindibles en el ejercicio de la Ciencia. La guerra forma parte de la esencia de la sociedad de rango hasta el punto de que quizá el pilar más importante sobre el que se sostiene el prestigio y, por tanto, el rango moral sea el combate. La proliferación de armas durante el BF III sin duda se enmarca en el proceso de fortalecimiento de las redes clientelares, de tal modo que a través del ofrecimiento de armas los líderes crean y robustecen las fidelidades y la devotio hacia ellos. En este sentido, el armamento funciona como un don. Sin embargo, el hecho de que se fabriquen tantas armas parece evidenciar no sólo un aumento demográfico, sino un incremento de las actividades que entrañan violencia. 4 Debo mostrar mi gratitud y admiración hacia mi antiguo profesor y perpetuo mentor el Dr. José Manuel Vázquez Varela, quien me enseñó el valor de la comunicación no oral en las sociedades prehistóricas. 533 A través del ofrecimiento de la panoplia completa de élite se tejen y regeneran las fidelidades personales, pero también se arman nuevos guerreros de élite. Por ello, la puesta en circulación del armamento se puede relacionar razonablemente con un rito iniciático en el contexto de hostilidades intercomunitarias. Tales hostilidades serían consecuencia de la necesidad casi desesperada de prestigio ligada al derramamiento de sangre y a la apropiación de bienes y activos ajenos, como el ganado y las mujeres. En definitiva, la rapiña sufre un repunte. El alza de las actividades piráticas inmersas en los valores morales imperantes de las sociedades de rango se produce en paralelo a la introducción del mercado. Este último procedimiento de intercambio encierra una intención de ganancia o, si se prefiere, una reciprocidad negativa que atenta contra las buenas costumbres antiguas. En esta línea, el intercambio de mercado se convierte en el equivalente pacífico de la rapiña. Así, el aumento de la rapiña y la aparición del mercado pueden interpretarse como signos de un afloramiento de la codicia. El deseo de lucro no representa ninguna novedad para las sociedades del BF III. El saqueo es una empresa honorable y los intercambios rituales esconden una finalidad de beneficio personal, el prestigio. Pero la implantación de la economía de mercado para mantener las ventajosas relaciones diplomáticas con los fenicios y el recrudecimiento en las relaciones intercomunitarias evidencian un cambio en la escala de valores de la sociedad tartesia. Son valores sociales, pero también son valores personales. Por ello resulta razonable sugerir una interesante variación en la estructura psicológica de los individuos. Los sentimientos más profundos de las personas no son inmutables a lo largo de la Historia. Quizá sean eternos, pero no siempre han ejercido la misma fuerza en las relaciones sociales. Así pues, los sentimientos evolucionan con los seres humanos. ¿Rigen las relaciones sociales los sentimientos personales o es a la inversa? El debate acerca de esta cuestión es tan abierto como el cielo. Pero el trasfondo de la misma cuestión consiste en que los cambios de envergadura estructural deben asociarse a las variaciones dentro de la escala de valores. Y, obviamente, a la exteriorización de estas variaciones. Ética y estética se entrelazan en este punto. Según la clase y la intensidad de las relaciones sociales, los sentimientos, como las virtudes, se exteriorizan de diferente modo y estilo. Y, además, en la medida en que los sentimientos y las virtudes tienen sus naturales y omnipresentes opuestos, en un período de auge de la codicia y del odio también experimentan un auge la generosidad y el amor. Las situaciones en las que se desatan ciertas pasiones se complementan en el mismo contexto social con otras situaciones en las que se desatan las contrarias. Así, una acentuación en los valores beligerantes intercomunitarios se contrarresta y atenúa con una acentuación en los valores afectivos intracomunitarios, no sólo perceptible en el grupo, sino en cada individuo, a pesar de que el sentido de la vida personal se integre en una red social. Por tanto, la historia cultural es la historia de las relaciones humanas que, a su vez, es la historia de los sentimientos y la transmisión de emociones. En conclusión, el significado histórico de la Protocolonización atañe a tres aspectos fundamentales que se sintetizan de la siguiente manera: a) la Península Ibérica se integra definitivamente en la Historia del Mediterráneo; b) la llegada de los fenicios sienta las bases de una transición hacia una nueva Edad histórica; y c) presumiblemente se 534 produce un cambio cualitativo en las relaciones interpersonales en las que se enfatizan las virtudes y las pasiones de los individuos. 5. Epílogo: la Protocolonización en la Antigüedad La inconmensurabilidad de la realidad histórica dificulta crear un discurso coherente que abarque todas las culturas que están interaccionando y retroalimentándose. El presente trabajo se centra en un espacio, la Península Ibérica, y un tiempo, el Bronce Final, que plantean el inconveniente de comprender muchas culturas en un período más o menos definido. Al producirse una interacción entre las sociedades peninsulares y las del Atlántico y las del Mediterráneo, entonces resulta aún más complicado reunir todo este mosaico étnico en único discurso lineal. A nivel cultural no existe una teoría holística capaz de englobar todas las culturas, ni tan siquiera durante un período concreto, y que satisfaga todos los interrogantes que sugieren. Este escollo se puede salvar reescribiendo la Historia, un fenómeno inherente a la propia Historia. En consecuencia, no hay una manera única de escribir e interpretar la Historia. La Historia versa sobre el pasado de los seres humanos en cuanto a seres morales (Kant), racionales (Aristóteles) y simbólicos (Cassirer). Pero sobre el pasado también se pueden crear otros discursos en función de la idea de las intuiciones puras del tiempo y del espacio. Estas intuiciones se encuentran en la base de la lógica que cada sociedad desarrolla a su manera adecuándose a sus respectivas necesidades e inquietudes. Pues bien, la Protocolonización también ocupa un hueco en la memoria y sabiduría de los grupos que participaron en ella. Así lo refleja la literatura antigua, primero en su vertiente oral acompañada por representaciones iconográficas; luego, a veces, en su vertiente escrita. Cada sociedad involucrada en la Protocolonización, de acuerdo con sus propios principios lógicos y estéticos, incluyó en su acervo cultural el recuerdo de los viajes y vicisitudes que ocurrieron antes de las colonias. Por ello, una bonita forma de finalizar esta disertación sobre el Bronce Final y la Protocolonización en la Península Ibérica es recordando brevemente los medios y relatos gracias a los que las expediciones y los contactos previos a la colonización pasaron a formar parte del imaginario de los pueblos mucho antes de que los modernos (y no tan modernos) historiadores se preocupasen por este tema. Los diversos medios y relatos cobran sentido dentro de cada cultura, toda vez que cada cultura encuentra su sentido mediante medios y relatos propios de organizar y expresar la memoria. En otro capítulo se propuso que una manera de interpretar las estelas de formato complejo era, justamente, como expresiones de sucesos reales.5 La presencia de elementos característicamente mediterráneos aboga por ligar los mensajes que simbolizan a las conexiones protocoloniales. Resulta imposible desentrañar el relato concreto, pero cabe especular que pudo tratarse de narraciones similares a la protagonizada por Argantonio recibiendo la visita de gentes naturales del Mediterráneo (Heródoto, Hist. 1.163), o bien a las protagonizadas por Coleo de Samos (ídem: 4.152) o por Odiseo recorriendo el mundo y volviendo a casa cargados de prestigio y de regalos (García y Bellido 1948: 16-25). 5 Véase el apartado 5 del capítulo 16 sobre la memoria y las estelas. 535 También con cierto margen de incertidumbre, aunque ya con una trama conocida parece razonable incluir entre los relatos sobre la Protocolonización los viajes de Heracles. En su décimo trabajo este semidiós se dirigió a Gadeira con la misión de robar el ganado del monstruoso Gerión. Antes del proceder a su cometido levantó los pilares que llevan su nombre a cada lado del mar y después del robo, Heracles mató a Gerión (Diod. Síc., Bibl. Hist. 4.17-18). Heracles es la figura que en la mitología griega desempeña el papel de civilizador limpiando la Ecúmene de criaturas fabulosas y abriendo los caminos que más tarde seguirían los navegantes. Aunque el mito pertenece a la tradición griega, parece lógico vincularlo a otras culturas que también participaron en los viajes de la Protocolonización. En las mismas expediciones en las que se realizan los intercambios de dones también fluyen elementos ideológicos entre los que se encuentran los relatos míticos. Pero la incorporación de un mito en una tradición extraña no debe entenderse como un traspaso literal, sino como una asimilación merced a las dinámicas de lógica mágico- mítica que comparten los implicados en la acción comunicativa.6 Así, el relato de los viajes de Heracles tal y como lo recoge Diodoro Sículo bien pudo consistir en una compilación crítica de muchas historias que circulaban en su época y que tenían en común no la figura de Heracles, sino la del héroe civilizador. Por ello, el pasaje referido no tiene necesariamente que considerarse como una invención griega, que también, sino que los griegos lo asimilaran completando o adaptando sus propios relatos en torno a los viajes en el contexto de las muchas relaciones diplomáticas que mantenían con diversas culturas mediterráneas. En definitiva, a través de este relato las culturas antiguas dan testimonio de las expediciones ultramarinas que les llevó a conocer los extremos de la Ecúmene en tiempos remotos precoloniales. El ciclo de los viajes de Heracles debe ser interpretado como un ejemplo de cartografía oral según las reglas de la lógica mágico-mítica (Cruz Andreotti 1995: 47-52; Almagro Gorbea 2013: 46-49).7 Resulta de particular interés que con este relato no sólo se recuerde a los pioneros de las navegaciones por la Península Ibérica, sino que también recoja una de las actividades que con plena seguridad emprendían frecuentemente los marinos: la piratería. La Protocolonización fue pacífica, pero con certeza entre las actividades inmersas en este proceso el saqueo fue una práctica corriente. A su vez, la mención a Gerión dentro del ciclo de Heracles hace referencia a otros mitos que circulaban entre los autores antiguos sobre los límites de la tierra habitada. De este modo, Hesíodo (Teogonía 287-290) relaciona nuevamente al monstruo con Heracles y localiza el enfrentamiento en una isla del océano denominada Erithya. Posteriormente esta isla es identificada o relacionada con Gadeira/Gadir y con Tartessos (Estrabón, Geografía 3.2.11, 3.5.4; Heródoto, Hist. 4.8) poniendo de relieve que el mito recogido por Hesíodo se enmarca en las más antiguas exploraciones hacia Occidente. 6 Véase el apartado 5 del capítulo 16 sobre la asimilación de mitos y ritos extranjeros. 7 Diez de los doce Trabajos de Heracles aparecen representados en las puertas del santuario fenicio de Cádiz dedicado a Heracles/Melkart de acuerdo con la descripción ofrecida por Silo Itálico (Púnicas 3.32-44) (Tsirkin 1981). Resulta muy revelador que en ellas no aparezca rastro del episodio del robo de ganado ni de la muerte de Gerión a manos de Heracles. Este detalle ausente podría interpretarse como que la narración de Diodoro Sículo no está tomada de tradiciones fenicias ni tartésicas, de manera que entonces cabría atribuirlo a los propios griegos (Almagro Gorbea 2005b: 50-52) o a otras sociedades con las que los griegos mantuvieron vínculos culturales. 536 Abandonando los relatos míticos, Estrabón (Geog. 3.5.5) narra un curioso suceso sobre la fundación de Cádiz. En él los tirios reciben el encargo por parte del oráculo de la ciudad de fundar una colonia en ultramar. En el primer viaje llegan a la costa granadina donde realizan un sacrificio de sangre que se interpreta desfavorable y retornan a Tiro. En el segundo viaje se dirigen a Huelva con idéntico resultado. En el tercero los marinos fenicios finalmente fundan Cádiz luego de un sacrificio favorable. La arqueología ha confirmado que los lugares a los que los fenicios arribaron en los intentos fallidos hay una notable presencia fenicia. En el caso de Huelva es claramente protocolonial, aunque en Granada – Estrabón se refiere exactamente a Almuñécar – las evidencias más antiguas no rebasan el siglo VIII a.C., lo que necesaria aunque hipotéticamente significa que ya habían explorado y valorado el área en el que finalmente se fundaría un asentamiento. En cualquier caso, los vestigios fenicios de La Rebanadilla revelan incontestablemente que aquende las Columnas de Heracles también alcanzaron tierra peninsular antes de Cádiz. Por esta razón, cabría interpretar que la noticia recogida por Estrabón fuese la versión tiria de los viajes protocoloniales en clave de leyenda y no de mito y, por tanto, surgida con posterioridad a los periplos del héroe civilizador. Otro posible reflejo de las primeras exploraciones fenicias lo proporciona Veleyo Patérculo (Hist. Rom. 1.2.1-3) cuando afirma que Cádiz fue fundado ochenta años después de la Guerra de Troya.8 Ciertamente, este autor latino no aclara el momento exacto de dicha guerra ni tampoco de la fundación de la colonia. Asimismo, tampoco aporta ninguna información explícita sobre las navegaciones protocoloniales. Sin embargo, era communis opinio en la Antigüedad que la contienda ocurrió en una época asignable a los siglos XIII-XII a.C., cronología con la que sin duda Veleyo Patérculo debía estar familiarizado. Esto significa que la fundación de Cádiz según este autor debió acontecer aproximadamente entre el 1200 y el 1100 a.C. Con seguridad los fenicios no arribaron a la Península Ibérica en las fechas insinuadas por Veleyo Patérculo. Hasta el siglo X a.C., a la luz de los vestigios arqueológicos, no puede hablarse de presencia fenicia en el Atlántico. No obstante, quizá esta tempranísima cronología aluda a los viajes exploratorios que efectuaron gentes diversas del Mediterráneo a los confines del mundo. La tradición antigua simplificaría todo el proceso protocolonial situando a los curtidos navegantes fenicios y verdaderos fundadores de colonias como los pioneros en los recorridos hacia el Atlántico (Almagro Gorbea 2013: 43). Por tanto, las tradiciones griega, fenicia y romana insinúan la existencia de una fase de tanteos previos a la instalación de los tirios en Cádiz. Entonces, estos relatos validarían la antigüedad de las primeras travesías de las Naves de Taršiš.9 Los relatos míticos y legendarios no son materia de investigación y discusión entre los sabios antiguos. Al contrario, son fósiles, aunque algunos de ellos antes de ponerse por escrito y mantener su forma y contenidos para siempre fueron producto de reelaboraciones típicas de la literatura oral. Ninguna versión de los hechos es para siempre. Ni antigua ni moderna. Nunca hay un significando tan concluyente que cierre de una vez por todas la investigación científica y el debate filosófico. A fin de cuentas, 8 Una referencia similar la proporcionan Estrabón (Geog. 1.3.2). 9 Véase el apartado 3.2.1 del capítulo 2 sobre el topónimo Taršiš. 537 “el concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio” (J.L. Borges, Versiones homéricas). 538     BIBLIOGRAFÍA ABSA: Annual of the British School at Athens AEspA: Archivo Español de Arqueología AJA: American Journal of Archaeology AK: Archaeolgisches Korrespondanzblatt AnnRevAnth: Annual Review of Anthropology AntJour: The Antiquaries Journal AO: Avla Orientalis APL: Archivo de Prehistoria Levantina ArchHom: Archaeologia Homerica AS: Anatolian Studies AWE: Ancient West & East BAEAA: Boletín de la Asociación Española de Amigos de la Arqueología BAH: Bibliotheca Archaeologica Hispana BPH: Bibliotheca Praehistorica Hispana BAR IS: British Archaeological Reports International Series BASOR: Bulletin of the American Schools of Oriental Research BCH: Bulletin de la Correspondance Hellénique BPI: Bulletino di Paletnologia Italiana BSPF: Bulletin de la Societé Préhistorique Française CAJ: Cambridge Archaeological Journal CAM: Cuadernos de Arqueología Mediterránea CPAUGr: Cuadernos de Preshitoria y Arqueología de la Univerisidad de Granada CuPAUAM: Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid EAE: Excavaciones Arqueológicas en España 539     EJA: European Journal of Archaeology Ella Riegel: Cypriote Pottery and other materials in the Ella Riegel Collections at Bryn Mawr College enlace EAOeiras: Estudos Arqueológicos de Oeiras HA: Huelva Arqueológica IEJ: Israel Exploration Journal JArchSc: Journal of Archaeological Science JMA: Journal of Mediterranean Archaeology JRGZM: Jahrbuch der Römische-Germanische Zentralmuseum JRSAI: Journal of the Royal Society of Antiquaries of Ireland MCV: Mélanges de la Casa de Velázquez MF: Madrider Forschungen MM: Madrider Mitteilungen NAH: Noticiario Arqueológico Hispánico OA: Orient Archäologie OArqPort: O Arqueólogo Português OJA: Oxford Journal of Archaeology OLA: Orientalia Lovaniensia Analecta PBF: Prähistorische Bronzefunde PPS: Proceedings of Prehistoric Society PZ: Praehistorische Zeitschrift RAP: Revista d’Arqueologia de Ponent RPA: Revista Portuguesa de Arqueologia RStFen: Rivista de Studi Fenici RSP: Rivista di Scienze Preistoriche SiMA: Studies in Mediterranean Archaeology TP: Trabajos de Prehistoria TAEAM: Trabalhos de Arqueologia da EAM WA: World Archaeology 540     ABARQUERO, F.J. 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Cascos de Viksø (Museo Nacional de Dinamarca); H. Bronzetti de Abini y Fontana Coperta (Araque 2012: fig. 3); I. Vaso de los Guerreros de Micenas (Deger-Jalkotzy 2008: lám. 15.3). Lámina III A. Carros representados en las estelas (selección) (Harrison 2004: fig. 7.16 modificado); B. Carros dibujados en una crátera heládica (Museo Metropolian de Ciudad de Nueva York, no. 74.51.964). Representaciones de carros en petroglifos europeos: C. Frännarp (Coles 2002: fig. 8 modificado); D. Vel’ke Rasovče (Mansfeld 2013: fig. 67.c); E. Valcamónica (Crouwel 2012: lám. 100). Lámina IV Espadas pistiliformes: A. Círculo del Tirreno: 1. Oroe; 2. Bolotana; 3-4. Su Tempiesu (Lo Schiavo y Miletti 2011: fig. 6); 5. Monte Arcosu (Lo Schiavo 1991: fig. 5.1); B. Península Ibérica: 1-3. Tipo Catoira, variante Évora (Brandherm 2007: lám. 5.26-28); 4-5. Tipo Cordeiro (ídem: lám. 7.36, 38). C. Tipología de espadas de lengua de carpa: 1. Huelva; 2. Transicional; 3. Nantes; 4. Monte Sa Idda (Brandherm y Moskal-del Hoyo 2010: fig. 1). Lámina V A. Puñales del grupo Porto de Mós: 1. Cancho Enamorado (Salamanca); 2. Porto de Mós (Leiría, Portugal); 3. Moinho de Raposo (Lisboa); 4. Alviázere (Leiría); 5. Cesareda (Leiría); 6. Museo de Guimarães (Valle del Támega, Portugal); 7. Carmona (Sevilla); 8. Cabeço de Jardo (Portalegre); 9-10. Lac du Bourget (Saboya, Francia); 11. Castelo de Girado (Évora, Portugal) (Coffyn 1985: lám. XXXIX); 12. Depósito de Huerta de Arriba (Burgos) (ídem: lám. LXV.14); 13. St-Germain-d’Esteuil (Gironda, Francia); 14. Columbeira-B (Leiría); 15. Depósito de Porto do Concelho (Castelo Branco, Portugal); 16. Depósito de Vénat (íd.: fig. 18.2-6). B. Puñales del grupo Porto de Mós extrapeninsulares y otras armas similares: 1. Tumba 44 de Monte Dessueri (Sandars 1963: lám. 25.41); 2. Tumba 48 de Pantálica Norte (ídem: lám. 25.43); 3. Pelynt (íd.: lám. 25.44) 4. Chipre (Catling 1964: fig. 15.1-9); 5. Puñal de Gualdo Tadino (Bietti Sestieri 1973: fig. 2.11); 6. Espada de tipo Ballintober de Battersea (Colquhoun y Burgess 1988: lám. 5.29); 7. Estoque de tipo Rosnoën de Kingston on Thames (ídem: lám. 1.5). Lámina VI Protectores pectorales: A. Cuadrangulares: 1. Estela de Cortijo de la Reina II (González Ledesma, en línea); 2. Tumba M9 de Monterozzi (Tarquinia) (Tomedi 2010: lám. 1.4); 3. Estela daunia de Foggia (ídem: fig. 5.b). B. Circulares, con posibles representaciones de escudos de tipo Ategua y discos-coraza en bajorrelieves orientales (Dezsö 2012a: láms. 11.36-37, 12.42). C. Estelas con representaciones de escudos de tipo Ategua: 1. Ategua; 2. Torrejón el Rubio IIII; 3. Orellana III (González Ledesma, en línea). Lámina VII A. Elementos de arreo: 1. Bocado de Sansueña (Delibes 1980: fig. 2.1); 2. Selección de pasarriendas del depósito de la Ría de Huelva (Mederos 2008b: fig. 39); 3. Posible pasarriendas del depósito de Cabezo de Araya (Almagro Basch 1960: E.4.3(2).21); posibles aguijones para azuzar a los caballos de Nossa Senhora da Guía (4) (Gerloff 2010: lám. 159.9) y Benacci-Caprara (Nápoles) (5) (Pare 1992: fig. 132.3); pasarriendas de Nossa Senhora da Guía (6) (Ruiz-Gálvez 1993: fig. 4.14) y del Tesoro de Bronces de Enkomi (7) (Matthäus 1985: lám. 127.B.7-8). B. Representaciones de carros en los petroglifos galaicos. 1. Auga de Laxe I (dibujo de F.J. Torres Goberna, en línea); 2. (Peña y Vázquez Varela 1979: fig. 57.A); 3. Mogüelos III (ídem: fig. 57.B). http:E.4.3(2).21 Lámina VIII A. Escudos con escotadura: A. de tipo Herzsprung (con escotadura en U): 1. Estela de Fóios (González Ledesma, en línea); 2. Estela de Boux II (ídem); 3. Escudo de Nackhälle (Suecia) (Uckelmann 2010: fig. 5); 4. Escudo de tipo Cloonbrin (con escotadura en V) representado en la estela de Trujillo (González Ledesma, en línea). B. Escudos irlandeses de tipo Cloonbrin: 1. Churchfield (Uckelmann 2012: lám. 132); 2. Cloonbrin, vista del anverso (a) y del reverso (b) (ídem: láms. 136-137). Lámina IX A. Escudos chiproegeos de tipo Cloonbrin: 1. Paleopaphos; 2. Monte Ida; 3. Delfos; 4. Procedencia desconocida; 5. Samos; 6. Idalion (Uckelmann 2012: figs. 7-9). B. Lanzas flámigeras de tipo Penha: 1. Vendas de Figueira (Vilaça 2008a: fig. 5.2); 2. Santa Catarina da Penha (Sampaio 2009: fig. 18); 3. Depósito de Tenja (Gimbutas 1965: fig. 216.A). La lanza no. 6 de este depósito es idéntica a las peninsulares. Lámina X A. Lanzas de hoja flamígera: A. Rosnoën (Nallier y Le Goffic 2008: fig. 11.58); B. Mineo (Bietti Sestieri y MacNamara 2007: lám. 98.438); C. Río Ulla (Peña 1985: fig. 2.3). B. Lanzas de tipo Júcar: E. Depósito del río Júcar (Coffyn 1985: lám. XXXVI.9-10); E. Museo Británico (ídem: lám. XXXVI.11); F. Ribera del Cea (Delibes y Fernández Manzano 1986: fig. 4). C. Lanzas flamígeras de Épiro-Iliria (Avila 1983: lám. 20.155-159). http:XXXVI.11 Lámina XI Armas de enmangue transversal: A. Hachas de combate: A. Muros (Monteagudo 1977: lám. 124.1793); 2. Hengistbury Head (Bietti Sestieri y MacNamara 2007: lám. 22.95); 3. Cumas (Carancini 1984: lám. 154.4249); 4. Rennes (Briard 1970: fig. 1.4); 5. Museo Pitt Rivers (Cowen 1971: fig. 3.2); 6. Bouclans (Passard y Piningre 1984: fig. 4.6); 7. Montrichard (Cordier 1976: fig. 3.25); 8. Ardea (Carancini 1984: lám. 170.4456) 9. Giulianova (ídem: lám. 154.4253). B. Arma híbrida de La Lanzada (1) (Coffyn 1985: fig. 21.3) y paralelos: 2. Hacha fenestrada de ‘Ein Samiyeh (Miron 1992: lám. 16.245); 3. Alabardas peninsulares: a. Tipo occidental; b. Tipo El Argar; c. Tipo Montejícar; d. Tipo Carrapatas (Briard 1998: fig. 4.2). Lámina XII A. Depósito de Campotéjar (Bosch Gimpera 1929: fig. 1): 1. Azuela de aletas de hierro; 2. Azuela de apéndices cónicos de bronce. B. Azuelas de apéndices laterales planos de la Península Ibérica: 1. Villamanín (a. Según Luengo 1941: fig. 11.3; b. Según Monteagudo 1977: lám. 50.814); 2. Granada, conservada en el Museo Ashmolean (Monteagudo 1977: lám. 50.815); 3. Cerro de El Berrueco (Morán 1924: lám. XIII.B); 4. Villa Vieja (Suárez Padilla 2006: lám. 4); 5. Campotéjar (Bosch Gimpera 1929: fig. 1 modificado); 6. Granada, conservada en el Museo Arqueológico de Granada (cortesía de Martín Almagro Gorbea). Lámina XIII A. Azuelas orientales: 1. Azuelas anatólicas (Wesse 1990: lám. 5); 2. Azuelas caucásicas (ídem: lám. 10). B. Azuelas de apéndices laterales cónico-cilíndricos de la Península Ibérica: 1. Osuna (Almagro Gorbea 1996b: fig. 3); 3. Azuelas de bordes cóncavos (Wesse 1990: lám. 15); 4. Molde de Verdolay (Murcia) (Monteagudo 1977: lám. 51.827). Lámina XIV A. Azuelas egeas: 1. Molde de Troya; 2. Azuela de Asine (Wesse 1990: lám. 22). B. Azuelas de tubo: 1. Museo de Navarra (Monteagudo 1977: lám. 124.1802); 2. “Depósito de Fundidor” de Enkomi (Matthäus 1985: lám. 125.1-7). Lámina XV. A. Ganchos de pastor: 1. Depósito de Hío (Gerloff 2010: lám. 157.C); 2. Lapithos (Matthäus 1985: lám. 122.D); 3. Tesoro de los Bronces de Enkomi (ídem: lám. 127.B.6). B. Instrumentos para atrapar serpientes: 1. Solveira (Bottaini 2014: fig. 4); 2. Tipo IV de Dothan (1976: láms 5.E-F, 6.A); 3. Tipo V de Dothan (1976: lám. 6.B-C). Lámina XVI Hoces atlánticas: A. Hoces de tubo lateral (Giardino 1995: fig. 14); B. Tipo Rocanes (Coffyn 1985: lám. LVII); C. Tipo Castropol (ídem: lám. LXIII; MAN Lisboa). Lámina XVII 1-19: hachas de talón y anillas y de cubo del depósito de Monte Sa Idda (Almagro Basch 1940: fig. 32); 20: cincel sardo atribuido a Oristán (abajo) (Giardino 1995: fig. 105.C.1). Lámina XVIII A. Ajuar de enterramiento de Belmeque: 1. Vasija; 2. Cuchillo (Mederos 2009c: fig. 3); B. Cuchillos heládicos (Sandars 1955: fig. 4.2-4); C. Botella cerámica de Santa Vitoria (Bejaj, Portugal) (Coffyn 1985: lám. XXII.3); D. Stirrup jar del cargamento del pecio de Uluburun (KW 2425) (Yalçin y otros 2005: no. 134); E. Cuchillo de La Peneda (Armada 2003: lám. I.1); F. Cuchillo de Spezzano Calabro (Bianco Peroni 1976: lám. 44.391); G. Cuchillos micénicos (Müller-Karpe 1980: lám. 232.18-19); H. Cuchillos de Pico Castiello (1. Bronce; 2-3. Hierro) (Maya y Escortell 1972: fig. 12.24-26); I. Cuchillo de hierro de Moreirinha (Vilaça 2004: fig. 13). Lámina XIX A. Cuencos de tipo phiale o Berzocana: 1. Cuenco de bronce y torques áureos de Berzocana (Almagro Basch 1969 fig. 1); 2. Cuencos chipriotas (Matthäus 1985: lám. 19.331-332, 335-339). B. Cuencos hemisféricos: 1. Nossa Senhora da Guía (Silva y otros 1984: lám. IV); 2. Tell es-Sa’idiyeh (Gershuny 1985: lám. 3.30); 3. Tumba FFGG 10 de Veyes (Bernardini y Botto 2010: fig. 29.3); 4. Cuencos chipriotas (Mathäus 1985: lám. 15) Lámina XX A. Asas sobreelevadas: 1. Nora Velha; 2. Casa del Carpio; 3. Los Higuerones; 4. Dorgali (Cerdeña); 5. Monte Sa Idda (Cerdeña); 6. Tadasune (Chipre) (Armada 2006-2007: fig. 5). B. Soportes con ruedas de Nossa Senhora da Guía (Schattner 2011-2012: figs. 3-4, 6-7). Lámina XXI A. Asas móviles con molduras y remaches: 1. Tebas (Egipto) (Radwan 1983: lám. 57.318); 2. Tumba 845 de Beni Hassan (Egipto) (ídem: lám. 57.322); 3. Asa (a) y cuenco (b) con asa móvil de Chipre (Matthäus 1985: lám. 26.373-374). B. Carritos chipriotas de procedencia indeterminada (1: Matthäus 1985: lám. 103.706; 2. ídem: lám. 108). Lámina XXII A. Carritos europeos: 1. Ancholshausen (Müller-Karpe 1980: lám. 429.1); 2. Skallerup (reconstrucción) (ídem: fig. 43.5); 3. Strettweg (Egg 1996: fig. 17); 4. Fa (Guilaine 1972: lám. X.3). B. Asadores articulados: 1. Sierra de Alvaiázere (Coffyn 1985: fig. 22.1); 2. Depósito de Notre-Dame-d’Or (ídem: fig. 51.4); 3. Depósito de Monte Sa Idda (íd.: fig. 51.5); 4. Tumba 523 de Amatunte (Karageorghis y Lo Schiavo 1989: fig. 3.b). Lámina XXIII A. Asadores con mango de enchufe de la tumba 49 de Paleopaphos (Karageorghis 1983: lám. LXIII.16-18). B. Ganchos para carne atlánticos torsionados: 1. Cantabrana (Delibes y otros 1992-1993: fig. 1); 2. Thorigné (Gómez de Soto y Pautreau 1988: fig. 2); 3. Remanso de las Golondrinas (Armada y López Palomo 2003: fig. 1.1); 4. Adrano (Giardino 1995: fig. 11.6); 5. Módica (ídem: fig. 15.6). Lámina XXIV A. Peines del BF III de marfil y de hueso: 1. Peine de Roça do Casal do Meio (Spindler y Ferreira fig. 10.a); 2. Puente Tablas (Ruiz Rodríguez y Molinos 2007: lám. 100); 3. Huelva (González de Canales y otros 2004: lám. LXVII.3); 4. Cabeço de Vaiamonte (Arruda 2008: fig. 5); 5. Mola de Agrés (Gil-Mascarell y Peña 1989: fig. 8); 6. Huerto Pimentel (Escacena 2008: fig. 3). B. Peines mediterráneos con decoración de motivos circulares: 1. Fratessina (Vagnetti 1986: fig. 4); 2-3. Tumba 7 de Beth Shean (Oren 1973: fig. 41.34, 36). Lámina XXV A-B. Enterramientos y ajuares de Roça do Casal do Meio (Soares 2014: fig. 8); C. Cerámica de Roça do Casal do Meio (ídem: fig. 9). Lámina XXVI Tipología de peines mediterráneos según Buchholz (1984-1985: fig. 16).   Lámina XXVII A. Marfiles del kārum de Huelva (González de Canales y otros 2004: láms. LXVII-LXVIII). B. Peines representados en las estelas, según Celestino (2001: fig. 34). Lámina XXVIII A. Estela de Ervidel II: 1. Dibujo de Celestino (2001: 447); 2. Dibujo de Harrison (2004: 312). B. Molde de Azenha para mango de espejo (Soares 1996: fig. 8). Lámina XXIX Espejos representados en las estelas, según Harrison (2004: fig. 7.22). Lámina XXX Espejos mediterráneos: A. Chipre: tipo I: tumba 66 de Enkomi (1); tipo IIa: tumba 6 de Enkomi (2); Londres, quizá de Enkomi (3); tipo IIb: tumba 6 de Enkomi (5); Londres, quizá de Enkomi (6) (Catling 1964: lám. 40). B. Círculo del Tirreno: tipo I: tumbas 37 N (1) y 23 NOB (2) de Pantálica; tipo IIa: 140 N de Pantálica (3); Grotta Pirosu Su Benaztu (4); tipo IIb: tumba 123 SO de Pantálica (5) (Lo Schiavo y otros 1985: fig. 11); C. Espejo egipcio de Akko (Müller-Karpe 1980: lám. 124.D.6); D. Espejo del depósito de Lloseta (Almagro Basch 1962: E.7.2(1).3). Lámina XXXI Espejos cuadrangulares: A-I. Representaciones en diversos petroglifos galaicos (A-B. Matabois IV; C-G. Portela de Laxe; H-I. Ferraduras da Bemfeitas) (Peña y Vázquez Valera 1979: fig. 79); J. Petroglifo de Matabois IV (ídem: foto 52); K. Área V de la Gran Roca de Naquane (Valcamónica) (Anati 2008: 16). Lámina XXXII Fíbulas representadas en las estelas, según Harrison (2004: fig. 7.22). Lámina XXXIII A: Fíbulas de arco de violín evolucionado: 1. Cerro de el Berrueco (Delibes 1981: fig. 1); 2. Fratessina (Eles-masi 1986: lám. 2.39); 3-4. Molino della Badia; E. Monte Dessueri; F. Madonna del Piano (Lo Schiavo 2010: lám. 369.5283-5285.B). B. Fíbulas de tipo Cassíbile II: 1. Museo de Valencia (Almagro Basch 1966b: fig. 3.7); 2-3. Madonna del Piano (Lo Schiavo 2010: 366.5254-5255); 4. Molino della Badia (ídem: lám. 360.5187); 5. Cassaro (íd.: lám. 360.5189). C. Fíbulas de tipo Cassíbile III: 1. Ría de Huelva (Almagro Basch 1966b: fig. 4.3); 2. Las Agujetas (Carrasco y otros 2012: fig. 1.8); 3-6. Castelluccio (Lo Schiavo 2010: lám. 368.5279.B-E). Lámina XXXIV A. Fíbulas de tipo Cassíbile III peninsulares: 1, 3. Los Concejiles (Carrasco y otros 2013: fig. 3.7-8); 2. Muralla de Valdehúncar (ídem: fig. 3.6); 4. Cerro de la Muralla (Esteban 1988: fig. VII.7). B. Fíbulas de antenas: 1. Museo Arqueológico Nacional (Almagro Basch 1966b: fig. 3.6); 2-3. Madonna del Piano (Lo Schiavo 2010: lám. 368.5279.F-G); 4. Castelluccio (ídem: lám. 386.5779.H); 5. Torre Galli (íd.: lám. 386.5780). C. Fíbulas zoomorfas: 1. Monte Dessueri (Lo Schiavo 2010: lám. 369.5281); 2. Priolo (ídem: lám. 369.52812); 3. Aloni (Sapouna-Sakellarakis 1978: lám. 3.50). Lámina XXXV A. Estelas con posibles representaciones de fíbulas de arco curvo: 1. Valencia de Alcántara III (González Ledesma, en línea); 2. Salvatierra de Santiago II (ídem); 3. El Viso I (íd.); 4. El Viso VI (íd.). B. Fíbulas de arco curvo sicilianas del Horizonte Cassíbile (Lo Schiavo 2010: láms. 21.164-22.176). Lámina XXXVI A. Fíbulas de arco engrosado: 1. Alcácer do Sal/Alcácer-2 (Da Ponte 1985: fig. 2); 2. Tumba Osta 33 de Cumas (Lo Schiavo 2010: lám. 69.677); 3-4. Padua (Eles Masi 1986: lám. 38.574-575). B. Fíbulas de sanguijuela: 1. Alcácer do Sal/Alcácer-1 (Da Ponte 1985: fig. 1); 2-3. Suessula (Lo Schiavo 2010: láms. 133.1648, 134.1650); 4. Aviñón (Duval y otros 1974: fig. 11.3). Lámina XXXVII A. Fíbulas de arco engrosado y disco: 1. Fíbula del Museo Etnográfico y Arqueológico Dr. Joaquim Manso atribuida al castro de Pirreitas (Da Ponte 1984: fig. 1); 2-3. Fíbulas de la tumba 580 de Pontecagnano (Lo Schiavo 2010: lám. 80.750-751). B. Pinzas de depilar del Grupo Baiões: 1-2. Monte do Frade (Vilaça 2008x: fig. 5.1-2); 3. Monte do Trigo (ídem: fig. 5.3); 4. Monte Airoso (íd.: 5.4). C. Tenazas del depósito de Freixianda (Coffyn 1985: lám. XLIX.5). Lámina XXXVIII A. Fíbulas de bucle peninsulares de tipo Da Ponte-1a: 1. Roça do Casal do Meio (Spindler y Ferreira 1973: fig. 10.d); 2. Ratinhos (Berrocal y Silva 2010: fig. 112); 3. Santa Luzía-1 (Vilaça 2008x: fig. 4.2); 4. São Romão (ídem: fig. 4.1); 5. Nossa Senhora da Guía (Kalb 1978: fig. 10); 6. Mola de Agrés (Gil-Mascarell y Peña 1989: fig. 3); 7. Perales (Blasco 1987: fig. 2 modificado); 8. Argemela (Marques y otros 2011-2012: fig.18); 9. Monte do Trigo (Vilaça 2008x: fig. 4.5); 10. Baleizão (Vilaça 2009: fig. 4.3); 11. Cerro de El Berrueco (Almagro Basch 1966b: fig. 3.3); 12. Santa Luzia-2 (Vilaça 2008x: fig. 4.6); 13. Castelo dos Mouros (ídem: fig. 4.7); 14. Soto de Tovilla II (Quintana y Cruz 1996: fig. 5.10). B. Fíbulas de bucle sicilianas: 1. Tumba 119 de Cassíbile (Lo Schiavo 2010: lám. 372.5310); 2. Tumba 47 de Monte Dessueri (ídem: lám. 372.5312). Lámina XXXIX A. Fíbulas de bucle de tipo Ponte-1b: 1. Pirreitas (Ponte 2006: 422 no. 5); 2. Senhor dos Mártires (ídem: 422. No.6); 3. Cairano (Lo Schiavo 2010: lám. 380.5417); 4. Fratessina (ídem: lám. 162.2128); 5. Zanica (Eles Masi 1986: lám. 162.2127). B. Fíbulas de codo de tipología incierta: 1. Talavera la Vieja (Carrrasco y otros 2013: fig. 3.4); 2. Las Lunas (Urbina y García Vuelta 2010: fig. 4.L-10); 3. Abrigo Grande das Bocas (Carreira 1994: fig. 9.1; 4-5. Mondím da Beira (Da Ponte 1986a; Carrasco y otros 2013: fig. 4.6 modificado); 6. Canto Tortoso (Carrasco y otros 2013. fig. 2.9); 7. Monte Airoso (ídem: fig. 4.7); 8. Nossa Senhora da Cola (íd.: fig. 4.8 modificado); 9. Cerro de las Agujetas (Carrasco y otros 2012: fig. 1.6 modificado); 10. Peña Negra (íd.: fig. 3.2). Lámina XL A. Reconstrucción hipotética de una protofíbula a partir de una aguja y un hilo de material orgánico (Alexander y Hopkin 1982: fig. 1). B. Protofíbulas alpinas: 1. Anderlingen (Baja Sajonia, Alemania); 2. Wardböhmen (Baja Sajonia); 3. Vinding (Dinamarca); 4. Althaldensleben (Sajonia-Anhalt, Alemania); 5. Heerstedt (Baja Sajonia) (Alexander y Hopkin 1982: fig. 3). C: Fíbula de espirales compuesta de Mannheim-Strassheim (Baden-Württemberg, Alemania) (Betzler 1974: lám. 4.54). D. Fíbulas de arco de violín: 1. Gross Mügl (Betzler 1974: lám. 1.7); 2. Štrpci (Bouzek 1985: fig. 80.14); 3: Peschiera del Garda (Eles Masi 1986: lám. 1.14); 4: Peschiera del Garda (ídem: lám. 3.60); 5: Psychro (Creta) (Sapouna- Sakellarakis 1978: lám. 1.1); 6. Hama (Siria) (Müller-Karpe 1980: lám. 144.B.3). E: 1. Fíbula de la tumba 3 de Palia Perivolia (Popham y otros 1979-1980: lám. 249.6); 2. Fíbula de la tumba 13 de Toumba (ídem: lám. 173.13.15); 3. Aguja de Cerro de la Miel (Carrasco y otros 1985: fig. 22.103); 4. Fíbula de doble resorte de Corôa do Frade (Arnaud 1979: fig. 6.7). http:173.13.15   Lámina XLI A. Fíbulas de subtipo Ría de Huelva: 1. Ría de Huelva (Almagro Basch 1957: fig. 1.1-9); 2. La Requejada (Carrasco y otros 2012: fig. 3.7). B. Fíbulas de codo central del grupo Monachil de la Península Ibérica: 1. Cerro Alcalá (Carrasco y otros 2013: fig. 2.11); 2. Cerro de la Encina-1(ídem: fig. 2.6); 3. La Muralla (Barroso y González Cordero 2007 fig. 5.10); 4. Cerro de la Encina-2 (Carrasco y otros 2013: fig. 2.7); 5. Las Muelas (ídem: fig. 2.9); 6. Mansilla de las Mulas (íd.: fig. 3.3); 7. Peña Negra (íd.: fig. 3.1); 8. El Coronil (íd.: fig. 2.5 modificado). Lámina XLII Fíbulas de subtipo Moraleda de la Península Ibérica: A. Cerro de la Miel (Carrasco y otros 1985: fig. 22.102); B. Casa Nueva-1 (Carrasco y otros 2012: fig. 1.4); C-D. Cerro de los Allozos (Carrasco y Pachón 1998a: fig. 2.1-2); E. Puerto Lope (Carrasco y Pachón 2001a: fig. 2.3); F. Guadix-B (Carrasco y Pachón 2002: fig. 2.2); G. Laias (Carrasco y otros 2012: fig. 1.1); H-I. Cerro de los Infantes (ídem: fig. 1.2-3); J. Abrigo grande das Bocas (Carreira 1994: lám. XXXIII.1 modificado); K. Museo Arqueológico de Barcelona (Burgos-Palencia) (Almagro Basch 1957: fig. 27.1). Lámina XLIII A. Fragmentos peninsulares de tipo incierto de fíbulas gallonadas: 1-2. Talavera la Vieja (Jiménez Ávila y Cordero 1999: fig. 4.1-2); 3. Nossa Senhora da Cola (Carrasco y otros 2013: fig. 4.1); 4. La Cildad (Celis 1999: fig. 2); 5. Alto de Yecla (Fernández Manzano 1986: fig. 42.4); 7. Guadix-A (Carrasco y Pachón 2002: 177 fig. 2.1); 7. Guadix-C/San Miguel (ídem: fig. 2.3); 8. Casa Nueva-2 (Carrasco y otros 2012: fig. 1.5); 9. Cerro de las Agujetas (ídem: fig. 1.7); 10. Cerro de El Berrueco (Fernández Manzano 1986: fig. 42.3). B. Fíbulas de subtipo Moraleda en el Levante: 1. Megiddo (estrato VA) (Müller-Karpe 1980: lám. 134.C.4); 2. Megiddo (estrato IVA/L-2) (Blockmann y Sass 2013: fig. 15.14.537); 3. Achziv (E. Mazar 2004: fig. 28.1); 4. Samaria- Sebaste (Crowfoot y Kenyon 1957: fig. 102.1). Lámina XLIV A. Fíbulas de subtipo Moraleda en Chipre: 1. Tumba 523 de Amatunte (Giesen 2001: lám. 44.1); 2. Tumba 13 de Amatunte (ídem: lám. 43.3); 3. Tumba 229 de Amatunte (íd.: lám. 43.1); 4. Tumba 243 de Amatunte (íd.: lám. 43.2); 5. Colección Cesnola (íd.: lám. 44.4); 6. Tumba 3 de Ayia Irini (íd.: lám. 44.3); 7. Seminario de Historia Primitiva del Hombre de Madrid (Almagro Basch 1966a: fig. 70.6); 8. Conjunto Periedes 780 (Giesen 2001: lám. 44.2). B. Fíbulas chipriotas: 1. Tumba 65 de Tamassos (Chipre) (Almagro Basch 1966a: fig. 70.1); 2. Meseta (Instituto Valencia de Don Juan) (Almagro Basch 1957: fig. 28); 3. Villamorón (Almagro Basch 1966b: fig. 3.9); 4. Universidad de Madrid (Almagro Basch 1966a: fig. 70.5); 5. Coria del Río (Belén 1993: fig. 3.1). Lámina XLV Cuentas y colgantes: A. Collar de ámbar de la tumba O del Círculo B de Micenas (Matthäus 2005: fig. 13); B. Collar de cornalina de la tumba 19 de Mari (Museo del Louvre); C. Collar vidrio y fayenza del pecio de Uluburun (Yalçin y otros 2005: fig. 95.a-b); D. Collar de cuarzo del pecio de Uluburun (ídem: no. 100); E. Cariópside de cornalina de Villa Vieja (Marzoli y otros 2014: fig. 5); F. Colgantes de Huelva: cuentas de ámbar (1), cuarzo (2) y pasta vítrea (3) (González de Canales y otros 2006: fig. 30) y armorcillado áureo (4) (ídem: fig. 37). Lámina XLVI Navajas de afeitar tirrénicas: familia itálica: A, G-H. Molino della Badia (Hencken 1955: fig. 1); Ñ. ¿Beja? (Vilaça 2009: fig. 8); tipo Pantálica: B-C, E-F. Pantálica (Hencken 1955: fig. 1). Navajas de afeitar del Atlántico norte: tipo Dowris: D. Cassíbile (Hencken 1955: fig. 1.d); I. Castelluccio (Albanese Procelli 2008: fig. 15); J. Randalstown (Jockenhövel 1980: lám. 11.194); N. Abrigo Grande das Bocas (Carreira 1994: lám. XXXIII.5); tipo Feltwell: K. Wallingford (Jockenhövel 1980: lám. 11.179); tipo Hénon: L. Rosnoën (ídem: lám. 8.137); tipo Saint-Grégoire: M. Saint-Grégoire (íd.: lám. 10.160). Lámina XLVII A. Estela de Capilla III (González Ledesma, en línea). B. Mangos de navaja: 1-2. Nossa Senhora da Guía; 3. Tapada das Argolas; 4. Monte do Frade; 5-6. Monte do Trigo; 7. Castelo Velho de Caratão, 8-9. Abrigo Grande das Bocas; 10. Quinta do Marcelo; 11. Castelo de Arraiolos; 12. Castelos; 13. La Muralla del Aguijón de Pantoja; 14-16. El Risco 17. El Castillejo; 18. Los Concejiles. 20. Río Genil 21. Monte Sa Idda (Vilaça 2008-2009: figs. 2-3).     Lámina XLVIII A. Estela de Luna (Harrison 2004: 318). B. Liras de la época palacial: 1. Zinçirli (Anatolia) (Lawergren 1998: fig. 1.ee); 2. Assur (Mesopotamia) (ídem: fig. 1.cc); 3. Megiddo (Levante) (íd.: 1.p); 4. Kôm Firîm (Egipto) (íd.: fig. 5.o); 5. Nauplion (Egeo); F. Kalamion (Egeo) (íd.: fig. 5.h-i).       Lámina XLIX A. Representación de liras en las estelas: 1. Zarza Capilla (González Ledesma, en línea); 2. Quinterías-Herrera del Duque (ídem); 3. Cortijo de la Reina I (íd.); 4. Capote (íd.). B. Liras mediterráneas del Período Geométrico y del Orientalizante: 1. Chipre (Lawergren 1998: fig. 5.n, p); 2. Representaciones de las estelas daunias (Blázquez 1983: fig. 12); 3. Grecia (Lawergren 1998: fig. 5.z).     Lámina L A. Crótalos: 1.a. Estela de Belalcázar (González Ledesma, en línea); 1.b. Detalle de la estela con los crótalos en el centro; 2. Crótalos egipcios del III Período Intermedio-Época Baja (Duchesme-Guillemin 1981: lám. 29); 3. Escena ritual con crótalos del Reino Medio egipcio (ídem: fig. 28). B. Representaciones de calcofones en las estelas: 1. Estela de Capilla III (detalle) (González Ledesma, en línea); 2. Estela de Torrejón el Rubio II (ídem). Lámina LI A. Posibles representaciones de calcofones en las estelas: 1. Capilla I (Harrison 2004: 243); 2. São Martinho I (González Ledesma, en línea); 3. Río Guadalmez (ídem). B. Calcofones mediterráneos: 1. Tumba 60 de Francavilla (Bellia, en línea); 2. Palestrina, quizá Tumba Galeassi (Museo Británico); 3. Tumba 197 de Madonna del Piano (Giumlia-Mair y otros 2010: fig. 2). A Lámina LII A. Relieve de la pyxis de marfil de Nimrud con escena musical. Los músicos de la izquierda tocan calcofones mientras que los de la derecha tocan auloi (Barnett 1975: lám. XVI). B. Calcofón de Nosa Senhora da Guía (Vilaça 2009: fig. 1). C. Auloi: 1. Aulos de Huelva (González de Canales y otros 2004: lám. LXVII.2); 2. Soporte de tallo con auleta de Megiddo (Matthäus 1985: lám. 138.1). Lámina LIII A: 1. Cerámicas a torno de Cuesta del Negro (Molina y Pareja 1975: fig. 102); 2. Crátera pithoide de Kommós no. C9013 (Tomlinson y otros 2010: fig. 5). B. Cerámica a torno del Cerro de Gatas (Castro y otros 1993: fig. 4). Lámina LIV A. Cerámicas a torno decoradas de El Llanete de los Moros: 1. Galbo de copa; 2. Base de crátera (Martín de la Cruz 1990: fig. 2). B. Paralelos formales: 1. Copa de Lefkandi (Mountjoy 1986: fig. 187.3); B. Crátera micénica (Pinterest). Lámina LV Cerámica fenicia, egea, chipriota, vilanoviana y sarda hallada en Huelva (González de Canales y otros 2006: figs. 1-27). Lámina LVI A. Materiales cerámicos de origen fenicio, sardo y egeo de La Rebanadilla (selección) (Sánchez-Moreno y otros 2012: ilus. 9-10, 12). B. 1. Jarro de Coria del Río (Almagro y Fontes 1997: fig. 3); 2. Jarro de los niveles b-e de la tumba 9 del palacio de Jericó (Belén 1993: fig. 4.5); 3. Jarro samnio de Huelva (Pellicer 2010: fig. 5.B). Lámina LVII A. Recipientes chipriotas de Paterna de Ribera: A. Oenochoe; B. Peliké; C. Pyxis (Pellicer 2007: fig. 38.C-E). B. Barrel-jug (The Walters Art Museum) Lámina LVIII A. Decoración geométrica de la cerámica de estilo Carambolo (Amores 2009: 27). B. Estratigrafía del “fondo de cabaña” de El Carambolo en el corte en el que se halló el tesoro (T). El nivel F, fértil en esta cerámica, se ubica justo debajo (Maluquer de Motes 1959: 296). C. Cerámica del estilo GM II ático (Coldstream 1968: láms. 4.b, d 5.f, g). Lámina LIX A. Formas típicas de la cerámica pintada de estilo Carambolo: 1. Gran vaso contenedor; 2. Vaso de tendencia bicónica; 3. Cuenco carenado; 4. Soportes de carrete (Torres 2002: VII.3 modificado). B. Oenochoe de la provincia de Granada (Pachón y J. Carrasco 2005: lám. 9). C. Lebes de Coroneta del Rei (Almagro y Fontes 1997: fig. 5.a). Lámina LX A. Tesoro de Villena (turismovillena.com). B. Tipos del tesoro de Villena: 1. Botellas; 2. Cuencos (turismovillena.com); 3. Brazalete de tipo Villena-Estremoz (terraeantiqvae.com); 4. Revestimientos de empuñaduras (Lucas 1998: fig. 3). http:terraeantiqvae.com http:turismovillena.com http:turismovillena.com Lámina LXI A. Tesoro de Caldas de Reyes (selección) (Pingel 1992a: láms. 35.1-3, 36.2-5, 37.1). B. Brazaletes de tipo Évora: 1. Portel; 2. Penela (Pingel 1992a: lám. 55.3, 5). Lámina LXII A. Brazaletes de perfil delgado: 1. La Torrecilla (Pingel 1992a: lám. 109.2); 2. Lokington (Armbruster 2013a: fig. 25.1.b). B. Torques triple de Sintra (Pingel 1992a: lám. 56.5). Lámina LXIII A. Brazaletes de hechos con sobrefundido: 1. Alcudia (MAN); 2. Cantonha (Correia 2007: fig. 10.2). B. Tesoro de Herdade de Álamo: 1. Brazalete laminar con cierre; 2. Brazaletes de varillas soldadas, 3. Torques triple hueco y con cierre; 4. Torques hueco con cierre (Correia 2007: fig. 10.4). Lámina LXIV A. Espadas argáricas de Guadalajara, dos de ellas con forro en la empuñadura (Brandherm 2003: lám. 189.B). B. Tesoro de Abía de la Obispalía (Pingel 1992a: lám. 20). C. Tesoro de Sagrajas: 1. Torques doble de tipo Évora; 2-5. Torques lisos; 6. Cierres torsionados; 7. Torques de sección cuadrangular (Pingel 1992a: lám. 9.1-7). Lámina LXV A. Encapsulados: 1. Tesoro de Villena (Soler 1963: lám. XXXVI.48/50); 2. Encapsulados de Wessex II: túmulo de Wilsford: ID 1404, ID 1412, ID 1413; túmulo de Manton: ID 1420, ID 1422 (Hunter y Woodward 2015: fig. 5.9.1). B. Torques áureos de Berzocana (1) (Pingel 1992a: láms. 13.4-5) y de Nossa Senhora da Guía (2) (ídem: lám. 63.5-6). C. Tesoro de Bodonal de la Sierra (MAN). __________________________________________________________________________________________________________ Lámina LXVI A. Cuencos y cascos: 1. Caudete de las Fuentes (Lorrio y Graells 2013: fig. 6.B); 2. Axtroki (MAN); 3. Leiro (Museo Arqueológico e Histórico de La Coruña); 4. Zurich-Alstetten (Armbruster 2013a: fig. 25.3). B. Depósitos de oro europeos: 1. Tesoro de Rongères (MAN París); 2. Tesoro de Villeneuve-Saint-Vistre-et- Villevotte (ídem); 3. Recipiente con asa zoomorfa de Borgbjer Banke (Armbruster 2012: figs. 29-30). Lámina LXVII Orfebrería heládica: A. Empuñadura de espada de la Tumba Delta del Círculo B de Micenas (Benzi 1992: fig. 8); B-C. Puñales con damasquinado de las tumbas IV y V del Círculo A de Micenas (ídem: figs. 9-10); D-E. Tazas de Vapheio (íd.: figs. 24-25); F. Copa de Micenas (íd.: fig. 22); G. Copa de la tumba IV del Círculo A de Micenas (id.: fig. 19). Lámina LXVIII A. Jarritos áureos: 1. Ringlemere (Needham y Varndell 2006: fig. 40); 2. Fritzdorf (ídem: fig. 42). B. Ponderales fenicios de plomo localizados en el barrio fenicio de Huelva (González canales y otros 2006: fig. 36). A B Lámina LXIX A: Ganchos para carne simples (selección): 1. Centroeuropeos (Hundt 1953: fig. 1); 2. Chipriotas (Catling 1964: fig. 4.7-8); 3. Atlánticos: a. Barrios de Luna (Delibes y otros 1992-1993: fig. 2); b. Bishopland; c. Reconstrucción ideal del gancho de Bishopland (Bowman y Needham 2007: fig. 3). B: Ganchos para carne tubulares: 1. Dunaverney (a: Armada 2008: fig. 9.4; b-d: Bowman y Needham 2007: figs. 9-11); 2. Nossa Senhora da Guía (Gerloff 2010a: lám. 159.A.10); 3. Little Thetford (Bowman y Needham 2005: fig. 14). http:159.A.10 Lámina LXX A. Asador del Cerro de El Berrueco (1. Coffyn 1985: lám. LVIII.3; 2. Almagro Gorbea 1974b: fig. 4.3). B. Objetos de toréutica con espina de pez: 1-4. Monte Sa Idda; 5. Pé do Castelo; 6. Castro de Pragança; 7. Monte de São Martinho; 8. Las Lunas (Urbina y García Vuelta 2010: fig. 8). Lámina LXXI A. Objetos de función indeterminada y moldes: 1. Sanchorreja (Armada y otros 2008: fig. 12); 2. Santa Maria in Paulis (ídem: fig. 13); 3. Campo Redondo (Vilaça 2004: fig. 10); 4. La Rebanadilla (Arancibía y otros 2011: fig. 3). B. Mangos sardos con decoración de espina de pez y similares: 1. Nuraghe San Pietro; 2. Oliena; 3. Colección Cara; 4. Sa Sdda ‘e Sos Carros; 5,7,9. Abini; 6,11. Santa Vitoria; 8. Colección Spano 10. Monte Sa Idda; (Lo Schiavo 1991: fig. 2). Lámina LXXII A: Objetos elaborados mediante torsionado y cera perdida de la Edad del Hierro: 1. Museo Arqueológico Nacional I (Armada y García Vuelta 2003: lám. I.3); 2. Castelo de Moreira (ídem: lám. I.1). B. Lingotes de estaño: 1. Barrio fenicio de Huelva (González de Canales y otros 2004: lám. LXIV.20); 2. Salcombe (formas circulares) (Wang y otros 2016: fig. 2). Lámina LXXIII A. Caldero de Feltwelll (1) (Gerloff 2010a: lám. 4) y gancho contenido en el interior del caldero cuando fue descubierto (2) (ídem: lám. 156.A). B. Calderos peninsulares: 1: Cabárceno (Armada 2008: fig. 4); 2. Lois (ídem: fig. 2). Lámina LXXIV A. Calderos irlandeses de tipo B0/Cloonta: 1. Caldero de Cloonta (Gerloff 2010a: lám. 49); 2. Caldero de “Irlanda” (ídem: lám. 51). B. Petroglifo de Auga dos Cebros (García Cardiel 2013: fig. 5). Lámina LXXV A. Recipientes egeos: 1. Caldero de la Casa A de Tylissos (Matthäus 1980: lám. 1.4); 2. Calderos-trípode de la cámara funeraria 2 de Dendra (Matthäus 1980: lám. 11.75-76). B. Recipientes metálicos de los Cárpatos: 1. Sítula de tipo Kurd de Hosszúpály (Patay 1990: lám. 28.53); 2. Caldero de tipo Sümeg de la localidad homónima, con asas en forma de omega y anclajes remachados en forma de T (ídem: lám. 65). Lámina LXXVI A. Trompas irlandesas: 1. Drumbest; 2. Dunmanway; 3. Dowris (Coles 1963: fig. 2). B. Torques de bronce de tipo Évora: 1. Depósito de Plounéour-Trez; 2. Cierre del torques de Malassis (Hallegouët y otros 1971: fig. 4). Lámina LXXVII A. Depósito de Fresné-la-Mère del Horizonte Taunton (Eogan 1967: fig. 8). B. Composición química del gancho de Little Thetford (Bowman y Needham 2007: fig. 17). Lámina LXXVIII Soportes de pie occidentales: A. Cista 2 de La Clota y fragmentos del anillo superior del trípode en miniatura que formaba parte de su ajuar; B. Reconstrucción del soporte de Les Ferreres según Cabré; C. Soporte de Las Peyros; D. Fragmentos de soporte de Saint-Julien à Pèzenas (Armada y otros 2008: fig. 15). Lámina LXXIX Soportes de pie mediterráneos: A. Soportes de tallo de Tel Jatt (Armada y Rovira 2011: fig. 17): B Trípode sardo de Oristano (fragmentos y reconstrucción) (Lo Schiavo y otros 1985: fig. 14.1-2). Lámina LXXX Objetos de hierro antiguos de la Península Ibérica: A. Pomo (1) y brazalete (2) del tesoro de Villena (Hernández Pérez 2009: figs. 9-10); B. Instrumento bimetálico de Nossa Senhora da Guía (Gerloff 2010: lám. 159.10); C. Azuela del Cerro de El Berrueco (Morán 1924: lám. XIII.B). D. Azuela de Campotéjar; E. Hoja curva de São Julião; F. Objetos férreos de la choza Be-2 del Cerro de El Berrueco; G. Cuchillo y fragmento de sierra de Moreirinha (Mielke y Torres 2012: fig. 6.c, e-g); H. Pico de minero de Lois (Gerloff 2010: lám. 157.E); I. Azuelas de Sanchorreja (González-Tablas y otros 1991-1992: fig. 15). A B Lámina LXXXI A. Cuchillos (Gómez de Soto y Kerouanton 1991: fig. 13.20, 28) y puntas de flecha (ídem: figs. 13.29-30, 15. 23.b­ 24) de hierro de la Gruta de Quéroy. B. Depósito de hacksilber de Tel Dor (http://www.biblicalarchaeology.org/daily/archaeology-today/biblical­ archaeology-topics/tarshish-hacksilber-hoards-pinpoint-solomons-silver-source/). http://www.biblicalarchaeology.org/daily/archaeology-today/biblical La commedia è finita! PORTADA AGRADECIMIENTOS ÍNDICE TEMÁTICO ÍNDICE DE FIGURAS RESUMEN SUMMARY 1. INTRODUCCIÓN 2. MARCO HISTÓRICO 3. ARMAMENTO Y GUERRA 4. HERRAMIENTAS 5. JUEGO DE BANQUETE 6. ESTÉTICA PERSONAL 7. INSTRUMENTOS MUSICALES 8. CERÁMICA 9. ORFEBRERÍA 10. TORÉUTICA DE BRONCE 11. METALURGIA DEL HIERRO 12. MINERÍA DE LA PLATA 13. INTERPRETACIÓN Y TRANSFORMACIONESI: INTRODUCCIÓN 14. INTERPRETACIÓN Y TRANSFORMACIONESII: EL BANQUETE RITUAL 15. INTERPRETACIÓN Y TRANSFORMACIONESIII: ÉTICA E INTERCAMBIO 16. INTERPRETACIÓN Y TRANSFORMACIONESIV: INNOVACIONES TECNOLÓGICAS 17. CONCLUSIONES FINALES BIBLIOGRAFÍA LÁMINAS