UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID FACULTAD DE CIENCIAS DE LA INFORMACIÓN TESIS DOCTORAL Negociar la intimidad desde el género: experiencias afectivo- sexuales de un grupo de mujeres jóvenes heterosexuales MEMORIA PARA OPTAR AL GRADO DE DOCTOR PRESENTADA POR Syra Ana Peláez Orero Directora Elena Casado Aparicio Madrid © Syra Ana Peláez Orero, 2021 UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID FACULTAD DE CIENCIAS DE LA INFORMACIÓN TESIS DOCTORAL NEGOCIAR LA INTIMIDAD DESDE EL GÉNERO: EXPERIENCIAS AFECTIVO-SEXUALES DE UN GRUPO DE MUJERES JÓVENES HETEROSEXUALES MEMORIA PARA OPTAR AL GRADO DE DOCTOR PRESENTADA POR SYRA ANA PELÁEZ ORERO DIRECTOR ELENA CASADO APARICIO 3 Agradecimientos Qué difícil agradecer a una amplia red afectiva que me ha sostenido a lo largo de este proceso sin dejarme a nadie por el camino. Camino que se ha prolongado en el tiempo más de lo que me hubiera gustado, al no disponer de ayuda económica para su realización. He tenido que compaginarlo simultáneamente trabajando, en una labor que tengo la suerte, y el privilegio, de poder disfrutar en un contexto de precariedad laboral acuciante (agravado por la pandemia) y que afortunadamente guarda relación con la materia que estudio. Quizás por esto se ha convertido en un proceso más costoso y ambivalente para mí que no hubiera sido posible sin esta red que no solo me ha sostenido a mí, sino que ha sostenido y posibilitado el propio trabajo. En cada una de mis palabras están todas estas personas, sus cuidados y cariño, pero también sus voces, reflexiones y consejos. Esta tesis es fruto de esta red y por ello les estaré eternamente agradecida. Agradezco en primer lugar a Elena, mi directora. Si decidí embarcarme en esto fue gracias a su confianza e impulso. Gracias, porque contigo he aprendido y continúo aprendiendo este hacer ordinario y cotidiano. Gracias por acompañarme de un modo tan cálido, cercano y amistoso, por todos los momentos compartidos. Fue también gracias a la confianza de Wences (a quien recordaré siempre con profundo cariño) y a que en cada encuentro me recordara la importancia de sentir pasión por los temas que investigamos y por la propia tarea de investigar: palabras que han resonado con fuerza especialmente en este último tramo del proceso. Este ejercicio de agradecer me hace recordar y volver... A aquel Máster que supuso un antes y un después en lo profesional y en lo personal. Allí conocí a Antonio y a Carmen, maestras y referentes que me inspiraron y me enseñaron que otra academia era posible. Gracias por vuestro acompañamiento también. Ahí encontré a Tan (gracias, amor). A Adri, a Irene y a Carmen (mis postpotorras), con vosotras he aprendido que la amistad es política y la política (y la teoría) son afectos, cuidados y mamarrachismo. Esta tesis va dedicada a vosotras: al tiempo pasado, leído, escrito, reflexionado, performado, con nuestras plumas, pelucas, tutús y vermuses. Gracias Grequis especialmente por leer con dedicación estas páginas, por tus correcciones y comentarios en este difícil cierre. Gracias especiales a Diana, esta tesis es parte de lo que construimos, de nuestras intervenciones en coles e institutos de la mano del teatro que fueron conformando mi trabajo de campo. Contigo aprendí que intervención, arte e investigación pueden llegar a ser (y son, de hecho) una misma cosa: transformación. Este trabajo se ha fraguado también al calor de lo vivido con ”las compas” del Punto Violeta Somosaguas: experiencias, aprendizajes, reflexiones y resistencias compartidas que cristalizan en sus páginas. Gracias a Andre, amiga, por ofrecerme la posibilidad de hacer de los feminismos mi trabajo, nutriente principal de esta investigación. Gracias a mi familia. A mi madre y a mi padre. A María, Auri y Ani, porque nuestras conversaciones han sido uno de los hilos con los que se ha ido entretejiendo este trabajo. Os quiero. Ani, a ti especialmente, por tus revisiones, tu acompañamiento, tu empuje y tus ánimos cuando más los he necesitado, por creer que podía hacer esta tesis y hacerla conmigo, prima mía. También a la familia elegida: Laura, Mers, Sato. Por el proyecto común que compartimos, por vuestro amor y vuestro cariño. Por haber estado siempre ahí. Agradezco también a mis compas de activismo bollero transfeminista, a agrocuires y cortijeras, a Yers, a nuestros encuentros, bailes, fiestas pasadas y (ojalá) futuras: sois red. Por supuesto, agradezco a todas y cada una de las participantes en esta investigación, por compartir conmigo sus relatos e historias, por dejarme acceder a un espacio de sus vidas tan íntimo con la sexualidad. Porque esta tesis es, ante todo, gracias a ellas. 4 INDICE RESUMEN.......................................................................................................................... 6 SUMMARY ........................................................................................................................ 9 INTRODUCCIÓN .............................................................................................................. 11 CAPÍTULO 1 Claves teórico-conceptuales para el análisis de la sexualidad femenina 20 1.1. La sexualidad desde la perspectiva sociocultural: breve repaso por las teorías de las ciencias sociales ............................................................................................................. 20 1.2. La sexualidad de las jóvenes desde el género ........................................................... 24 1.2.1. Los géneros como relaciones, dinámicas y experiencias encarnadas ..................... 24 1.2.2. Aproximaciones y debates feministas en torno a la sexualidad femenina .............. 30 1.3. Las experiencias afectivo-sexuales desde el anclaje comunicativo............................. 38 1.3.1. Cuerpos y afectos en el entramado de la intimidad afectivo-sexual....................... 45 CAPÍTULO 2 Consideraciones (etno)metodológicas: Prácticas y diseño de investigación .................................................................................................................. 49 2.1. Bases epistemólogicas para una investigación situada .............................................. 49 2.2. Hitos experienciales que han guiado el proceso de investigación .............................. 54 2.2.1. Hito 1. Intuiciones e indagaciones exploratorias: hacia las primeras decisiones...... 54 2.2.2. Hito 2. “De lo velado a lo revelado”: tensiones y ambivalencias en un contexto de placer/peligro ............................................................................................................. 56 2.2.3. Hito 3. Lo colectivo como espacio para el agenciamiento ..................................... 58 2.2.4. Hito 4. Esos monstruros que se agolpan en las fronteras: limitaciones y desreajustes .................................................................................................................................. 59 2.3. Cartografiando el campo: prácticas cualitativas con perspectiva etnográfica ............. 61 2.3.1. Los talleres experimentales ................................................................................ 63 2.3.2. Profundizar en las experiencias a través de las entrevistas ................................... 71 CAPÍTULO 3 El "sexo" y los encuentros afectivo-sexuales desde los órdenes de las representaciones: discrusos, modelos e hiperritualizaciones...................................... 76 3.1. “La teoría del sexo o el sexo, en teoría”: los órdenes discursivos y expresivos de la sexualidad ..................................................................................................................... 76 3.2. Del “sexo” a los encuentros afectivo-sexuales”: hiperritualizaciones y estilizaciones en torno a las prácticas íntimas ........................................................................................... 94 CAPÍTULO 4 Los territorios [desnudos] del yo: los encuentros afectivo-sexuales como cadenas rituales de interacción ................................................................................... 111 4.1. El esquema preliminares/coito: ritual que lo abarca todo ....................................... 115 4.2. Del “sexo típico” al “sexo experimental” ................................................................ 120 4.3. Los tabúes: cadenas de rituales de interacción “en los límites” ............................... 126 4.4. Sexting: rituales mediados tecnológicamente......................................................... 135 4.5. La ritualización de “lo afectivo”: “sexo con amor”, “solo sexo” y “los momentos de después”...................................................................................................................... 145 CAPÍTULO 5. Las negociaciones en torno al placer como procesos de reconocimiento [de género] ......................................................................... ¡Error! Marcador no definido. 5.1. Procesos de reconocimiento en torno a los modelos de género .............................. 157 5 5.2. Reconocimientos y desconocimientos en torno a placeres propios y ajenos: el dialogismo en la construcción de los sentidos ............................................................... 166 5.3. Reconocimientos, preocupaciones y cuidados: (re)negociaciones prácticas en torno a los placeres .................................................................................................................. 187 5.4. Tensiones y rupturas de los reconocimientos y los diálogos con las violencias ......... 203 DE INERCIAS Y AGENCIAMIENTOS EN UN CONTEXTO DE PLACER/PELIGRO:Conclusiones y reflexiones finales ................................................. 211 BIBLIOGRAFÍA ............................................................................................................... 226 ANEXOS......................................................................................................................... 238 6 RESUMEN Este trabajo explora las negociaciones de género que tienen lugar en la intimidad afectivo-sexual de un grupo de mujeres jóvenes heterosexuales. Desde una perspectiva sociocultural y situada abordo estos procesos de negociación en las relaciones afectivo-sexuales que mantienen con los varones, con el objetivo principal de desentrañar las asimetrías y desequilibrios de género que las envuelven. Entre los objetivos específicos se encuentran: - Rastrear los sentidos de las experiencias afectivo-sexuales desde la ambivalencia constitutiva placer/peligro - Ahondar en el campo de las negociaciones prácticas desde el enfoque comunicativo, prestando atención a la dimensión afectiva y corporal. - Analizar los sentidos y encarnaciones en torno al placer sexual. - Delinear los horizontes de peligro y las fuentes de mayores malestares y advertir cómo dialogan sus experiencias con las violencias sexuales. Para la consecución de estos objetivos he empleado una metodología cualitativa con perspectiva etnográfica, al resultar la más idónea para cartografiar los sentidos que las jóvenes confieren a sus experiencias afectivo-sexuales. Más concretamente, las prácticas de investigación han consistido en la realización de talleres experimentales mediante el empleo de dinámicas colaborativas y vivenciales (escritura, pintura y herramientas procedentes del teatro social) que han demostrado un enorme potencial para transitar un ámbito tan íntimo y privado como es la sexualidad, y para la activación de itinerarios de cambio y agenciamiento sexual. Además, el trabajo de campo lo componen 25 entrevistas en profundidad realizadas a las participantes de los talleres, y las observaciones recogidas de mis intervenciones realizadas en el marco de mi labor profesional. Los resultados manifiestan que las relaciones afectivo-sexuales son un espacio marcado por las asimetrías de género, y que las jóvenes habitan sus sexualidades en un contexto de placer/peligro. 7 Los análisis en torno a las representaciones muestran la vigencia de un modelo cultural de sexualidad hegemónico, sustentado en los ideales de la comunicación emocional, del placer mutuo y equitativo, y de la satisfacción sexual: una visión marcada por la erosión y la disolución de las marcas de género con las que las jóvenes establecen constantes y costosos procesos de negociación. Además, analizo las hiperritualizaciones en torno a los encuentros íntimos presentes en el espacio público con las que van a negociar en lo cotidiano. El análisis de las prácticas se ha realizado desde un enfoque ritual, como cadenas de rituales de interacción generizadas que evidencian las tensiones entre placeres y peligros y su inscripción dentro de un modelo androcentrista y coitocentrista que jerarquiza la práctica del coito. Por otro lado, he abordado las negociaciones en torno al placer sexual como procesos de reconocimiento [de género] entre iguales y disímiles insertos en una compleja red simbólico-material. Los procesos de reconocimientos en torno a sus placeres sexuales y respecto a los ajenos se imbuyen en un juego dialógico entre lo complejo y lo simple que se corresponde con el par femenino/masculino; donde la “complejidad” del femenino es fruto, en buena parte, de la histórica y tradicional invisibilización y ocultación, cuando no negación, del placer sexual femenino, impregnado de ignorancias y desconocimientos. Este va a ser el trasfondo asimétrico de las cadenas del reconocimiento y el anclaje para las (re)negociaciones prácticas. Estos procesos de reconocimiento se han articulado, por un lado, en dinámicas de preocupación (resultando de unos hacia otras este reconocimiento precario y, en ocasiones, insuficiente) y en dinámicas de cuidados (debido a un reconocimiento excesivo de unas hacia el placer de los otros que puede experimentarse en términos de carga). Por último, se exploran las dinámicas que son constitutivas de pugnas, rupturas, conflictos y tensiones del reconocimiento. A la luz de los análisis ha sido posible constatar que el placer sexual femenino se encuentra instalado en zona de dominación masculina debido a la interiorización y encarnación de los ordenamientos de género asimétricos que dificultan la toma de posiciones más agentes y activas por parte de las jóvenes, quienes conscientes de esta 8 falta de reciprocidad, van a llevar a cabo estrategias de agenciamiento y resistencias desde donde vencer las inercias. Lo anterior me lleva a concluir la necesidad de un reequilibrio entre las posiciones femeninas y masculinas que pase por el reconocimiento y la redistribución más equitativa entre goces, cuidados, afectos y placeres. 9 SUMMARY The present project explores intimate gender negotiations in a group of young heterosexual women. From a knowledge-based sociocultural perspective, my main goal on addressing this topic will be to untangle gender asymmetry and unbalance when attending to their intimate relationships with men; secondly, I will be attending to more specific goals such as: • Tracking social meanings involving intimate encounters from de grounding ambivalence of pleasure and danger. • Exploring practical negotiations from communication approaches, focusing on affective and corporal dimensions. • Analysing social meanings and incarnations around sexual pleasure. • Outlining danger scopes and sources of discomfort inside intimate encounters and localizing where these experiences result in sexual violences. For the achievement of all these goals I have used a qualitative methodology with an ethnographic perspective, which I found as the most suitable to map the social meanings that the interviewed young women would give to their intimate experiences. More specifically, my research practices have consisted in various experimental workshops where I have used collaborative and experience-based dynamics (such as social theatre, creative writing, and art projects) that have proved to be powerful tools to explore the very intimate and private scope of sexuality, and for the activation of social change and empowerment. My fieldwork consists of 25 long interviews that where taken after the workshops, as well as the observations made during the activities and all through my professional life. The results show that intimate relations conform a space marked by gender asymmetry, and that young women inhabit their sexualities in a context of pleasure/danger. The analysis of the representations unveils that the cultural model of hegemonic sexuality still applies, based on the ideal projections of communicating emotions, mutual and equitable pleasure, and sexual satisfaction: a vision that implies constant 10 and hard gender negotiation processes. Furthermore, representations about intimate practices are constantly subjected to hiperitualization and codification processes that will also involve negotiation. The analysis of intimate practices has been made from a ritual perspective, displayed as ritual-gender-interactive chains that manifest all tensions between pleasure and danger and their inscription inside an androcentric and coitocentric model that organizes hierarchically sexual practices. On the other hand, I have taken negotiations of sexual pleasure as gender processes of recognition between equal/unequal pairs inside a complex symbolic-material system. The recognition processes of the self or the other’s sexual pleasure are inscribed in a dialogical game between “complexity” and “simplicity” that correspond to the feminine/masculine pair, where feminine “complexity” is linked, mainly, with a history and tradition of invisibility, occultation, and ignorance. Regarding practical renegotiations, these chains of pleasure recognition have been articulated, on the one hand, in dynamics of concern from men to women (mostly precarious and insufficient), and, on the other hand, in dynamics of care from women to men (excessive and experienced most of the times as a burden). When conflicts and struggle come, these chains of recognition have become fractured or even broken. In the light of the detailed analysis, it has been possible to verify that feminine sexual pleasure is placed in a masculine domination area, due to the interiorization and incarnation of asymmetric gender codes which make active and empowering positions more difficult for young women. When thoroughly conscious about this lack of reciprocity, young women will frequently stand up and work on empowering and resisting strategies to defeat these inertias. Therefore, I have come to conclude that a reequilibrium on feminine and masculine positions is entirely necessary for an equitable redistribution of affects, care, and pleasure. 11 INTRODUCCIÓN “Soy plenamente consciente cuando escribo estas líneas de que no saldré indemne de este viaje, en el que pretendo explorar y al mismo tiempo reflejar un proceso que ha durado al menos cinco años, y el que se ha ido tejiendo y transformando un marco teórico-conceptual y una manera de observar, pero al mismo tiempo se ha ido afectando y reconstruyendo íntimamente una experiencia vital”. (Mari Luz Esteban, Crítica del pensamiento amoroso, 2001:27). “(L)o personal es teórico. La teoría suele pensarse como algo abstracto: algo será más teórico cuanto más abstracto sea, cuanto más se abstraiga de la vida cotidiana. Abstraerse es alejarse, despegarse, apartarse o desviarse. Tal vez sea necesario arrastrarla de vuelta, traer la teoría a la vida”. (Sarah Ahmed, Vivir una vida feminista, 2018:29) La decisión de dedicar estas tesis a las negociaciones de género que tienen lugar en la intimidad afectivo-sexual de un grupo de mujeres heterosexuales1 reside en primera instancia en los malestares que yo misma he experimentado en repetidas ocasiones en las relaciones afectivo-sexuales que he mantenido con varones; ansiedades y angustias que, junto a los placeres, han emergido como un nítido recuerdo a lo largo de todo este proceso de investigación. Considero conveniente comenzar desde aquí este relato que emerge desde mi cuerpo, pues se trata de una investigación parcial y situada, un viaje inacabado e inconcluso, donde la lectura, el trabajo de campo y la redacción final no responden, de ningún modo, al mandato de los finales felices (Cruces, 2003). Se trata, más bien, de un relato situado en torno a la búsqueda por los sentidos de las experiencias (Ahmed, 2018:29) de un grupo de específico de mujeres jóvenes heterosexuales. Mis primeras intuiciones, basadas en mis sensaciones, fueron cobrando el carácter de “objeto” de estudio durante la realización de mi trabajo fin de máster dentro del campo de los estudios de la cultura y la comunicación, devolviéndome una suerte de certeza: 1 Me refiero a mujeres cis autorreconocidas y autoidentificadas como heterosexuales en el momento de la investigación, pues considero que las identidades sexuales no son estables ni esenciales. 12 esos malestares que yo percibía como personales e individuales, presentaban conexiones parciales con las vivencias de muchas otras jóvenes. Ello me posibilitó vislumbrar que el placer sexual era un terreno movedizo en el que éstas experimentaban en sus relaciones heterosexuales, además de gozos, ciertas tensiones y desasosiegos; un espacio en el que se activaban múltiples sentidos en torno al género, narrativas, prácticas, placeres imaginarios, ficciones, afectos, deseos, malestares y relatos que merecían ser atendidas con mayor dedicación. No obstante, por aquel entonces apuntar a esos malestares no tenía el calado que presenta ahora, pues era una cuestión mucho más velada y silenciada dentro de la arena pública. Recientemente, el escenario social ha sufrido no pocas modificaciones respecto a la cuestión de las violencias sexuales, y aunque mi investigación no se centre en abordar específicamente las experiencias de violencia, y pretenda focalizarse en las negociaciones en torno al placer, se encuentra en constante diálogo con éstas. Por ello, es preciso mencionar brevemente cuáles han sido estas transformaciones para justificar no ya la pertinencia sino la urgencia de prestar atención al espacio de la intimidad afectivo-sexual dentro de las parejas heterosexuales desde la teoría sociocultural. En los últimos años, las violencias sexuales y la cuestión del “consentimiento sexual” han comenzado a situarse en el punto de mira de las agendas mediáticas y políticas gracias, en gran medida, al impulso de los movimientos feministas articulados para visibilizarlas. Concretamente, fue a partir de 2017 cuando emergió el movimiento #MeToo desde el que se puso fin al silenciamiento en torno al acoso sexual en distintos ámbitos de la escena mediática estadounidense, funcionando como correa de transmisión para activar debates y movilizaciones en torno a las violencias sexuales de manera simultánea en distintos países a través de las redes sociales. El alcance internacional de las movilizaciones evidenció la trascendencia de esta problemática, pues llevó a muchas mujeres a denunciar y a reconocer situaciones de acoso y abuso que habían experimentado, contribuyendo a visibilizar una realidad que permanecía acallada. En el caso concreto de nuestro país, a la versión local del movimiento #Cuéntalo se le añadieron las movilizaciones surgidas a raíz del conocido caso de “la manada”2, que 2 Se trata de una violación múltiple que tuvo lugar durante las fiestas de San Fermines en Julio de 2016. 13 activó múltiples y masivas movilizaciones para denunciar las consecuencias ocasionadas por la llamada “cultura de la violación”, dando lugar a un flujo de movilizaciones y actuaciones de carácter masivo como expresión de apoyo y solidaridad, bajo el clamor de #YoSíTeCreo. Esta oleada de manifestaciones tanto en las redes sociales como en el espacio público ha contribuido a que las violencias sexuales y la cuestión del consentimiento sexual se sitúen en primera línea de la arena pública, transformando sustancialmente este panorama. La catarsis colectiva permitió confrontar los discursos igualitaristas en torno a la sexualidad en el ámbito de las parejas heterosexuales. Y más concretamente, en lo que respecta al “consentimiento sexual”, presentado a menudo como un formato comunicativo transparente, racionalizable y objetivable marcado por la borradura de género; relatos que negaban, y continúan negando, la dimensión afectiva y corporal de un proceso de negociación complejo que hunde sus raíces en las asimetrías de poder(es)entre los géneros en el ámbito de la (hetero)sexualidad. Las proclamas de las concentraciones feministas de Madrid de las que he formado parte resultan un ejemplo especialmente ilustrativo sobre la necesidad de complejizar y problematizar estos discursos que presentan a dos individuos libres, despojados de carnalidad y afectos. Las representaciones en torno al consentimiento se centran, mayoritariamente, en resaltar la autonomía y la racionalidad de dos sujetos que negocian en base a las lógicas de la libre elección y la satisfacción sexual, sin atender a los contextos ni a las estructuras en los que se incardinan las relaciones de género. Los lemas de las manifestaciones pusieron el foco en la necesidad de ir más allá del “No es No”, por no resultar suficiente para los casos en los que las mujeres no llegan a pronunciar verbalmente la palabra. “Si no dice sí, también es no”, “si dice sí y luego no también es no” o “si no dice nada también es violación” dejan entrever las dificultades que entrañan estas negociaciones en la práctica, evidenciando que “eso” del consentimiento trasciende a una cuestión meramente gramatical, pero que, a todas luces, remite al campo de lo expresivo, lo interpretativo y lo comunicativo. Las protestas feministas han venido aparejadas de un aluvión de artículos, textos y otro tipo de materiales difundidos a través de medios de comunicación en torno al 14 consentimiento sexual desde esta óptica. Algunos de ellos apuntan a las fallas y limitaciones que presenta el propio concepto de “consentimiento” para discernir entre las prácticas sexuales consentidas de las que no lo son, al verse imbuido en las mismas lógicas asimétricas respecto a las posiciones sujeto/objeto de deseo que ocupan varones y mujeres: quién desea, quién propone, quién asume, quién consiente, etc. Muchos otros atañen a la “cultura de la violación” como la causa en la que se sustentan las desigualdades, aludiendo a la normalización de las violencias sexuales que tiene lugar dentro del marco de las relaciones íntimas heterosexuales; conviviendo todos con las “sólidas” ficciones igualitaristas y los “mitos del progreso” que persisten e insisten en que se trata de causas individuales y aisladas. Ello me hizo volver la vista al placer sexual, es decir a las experiencias sexuales que no necesariamente, o al menos no de manera específica, se hubieran visto atravesadas por las violencias, para establecer desde aquí los diálogos con los displaceres, malestares y, en última instancia, con estas; una decisión que responde a mi convencimiento de que nos encontramos ante realidades enormemente complejas que, de ninguna manera, obedecen a explicaciones monocausales ni estáticas. ¿Cómo identifican, expresan y comunican las jóvenes sus apetencias en sus relaciones con los varones? ¿Con qué barreras y dificultades se encuentran? ¿Cómo se viven y experimentan estos procesos de negociación? ¿Cómo se engarzan éstos en torno al género? Poner el foco en el placer sexual requiere ir más allá de las concepciones estructuralistas para las que las mujeres son, en el marco de las relaciones heterosexuales, reducidas a las posiciones que ocupan en el sistema patriarcal (Casado y García Selgas, 2010: 74), pues ello implicaría tan solo señalar las posiciones dominantes en las que se sitúan los varones –siempre activos y dispuestos a la actividad sexual–, y las de sumisión, pasividad y afectividad de las mujeres: asumiendo los deseos masculinos como irreprimibles y los de las mujeres como inexistentes (Osborne, 2002:51). Percibir la sexualidad únicamente como efecto y causa de la dominación masculina conllevaría conformarnos con la idea de que las identidades son el correlato unívoco de unos modelos de género tradicionales hegemónicos que no sufre cambios ni alteraciones. En este punto, cabe señalar la ausencia de narrativas sobre el placer de las mujeres heterosexuales dentro de la investigación social y, como expresa Vance: “[s]in la palabra de las mujeres, volvemos a 15 caer en los textos y en los mitos, prescriptivos y excesivamente generalizados” (1989:17). Hablar de sexualidad en sentido amplio implica hablar también de comunicación; un aspecto que ha devenido central en mi investigación. Todas estas consideraciones me llevaron a adoptar una perspectiva sociocultural e interdisciplinar desde la que recomponer los sentidos que las jóvenes confieren a sus experiencias afectivo-sexuales, entendidas como el resultado de una red ilimitada de narrativas y prácticas (símbolos, significaciones y materialidades) que son fundamentalmente comunicativas. Por ello, he transitado por distintos campos de estudio como la semiótica, los estudios culturales, la antropología, la sociología, la psicología social y los estudios de género y de la comunicación. La metodología empleada ha sido cualitativa con perspectiva etnográfica y etnometodológica (Garfinkel, 2006). Más concretamente, he procedido a combinar distintas prácticas metodológicas como los talleres experimentales (a partir de técnicas vivenciales y corporales, entre otras), y las entrevistas abiertas en profundidad (más próximas al estilo conversacional), pues me han permitido rastrear las conexiones parciales y localizadas que se anudan en las (re)negociaciones entre los géneros en el seno de la intimidad, prestando especial atención a los cuerpos y a los afectos. El empleo de estas prácticas de investigación posibilitó, además, explorar el potencial de las experiencias colectivas, horizontales y colaborativas en la activación de itinerarios de agenciamiento sexual, en tanto que espacios de interreflexividad, intersubjetividad y agencia compartida. La noción de narratividad ha devenido clave pues constituye, junto con la memoria y la experiencia, uno de los mecanismos a través de los cuales construimos el sentido de nuestras vidas (De Lauretis, 1984); convirtiéndonos en narradoras 3 constantes de nuestras propias historias –incoherentes, fragmentadas, polifónicas–, dotándonos de unidad narrativa (Ricoeur, 2006:21-21). En este punto, y antes de comenzar esta exploración, resulta crucial una última aclaración, pues esta 3 De ahora en adelante, y desde la creencia de que el lenguaje es un campo de disputa que revela las luchas de minorías y grupos sujetos al control del centro simbólico social, haré uso del plural genérico en –a, para acabar con la invisibilización histórica justificada en la supuesta neutralidad del masculino genérico. 16 investigación se propone como una ruptura respecto al binomio sujeto-objeto que ha regido el hacer científico tradicional, ante la pretensión de visibilizar el carácter situado y contingente del propio proceso de investigación; apelando a las epistemologías situadas frente a las lógicas de la coherencia racional y universal (Haraway, 1995). Con esto no pretendo hablar de mí sino argumentar que es desde mí desde donde emerge esta investigación. Desde mi visión, mi mirada y mi cuerpo de mujer blanca – privilegiado–, estructural y estructurante, construido en base a experiencias previas que me han posicionado y orientado hacia “el objeto”: sujetos agentes que forman parte de manera activa en el desarrollo de la investigación. He decidido centrarme en la juventud (jóvenes de 18 a 23 años) por ser una etapa transitoria hacia la edad adulta en la que la dimensión relacional de los sujetos se vuelve especialmente visible, en la que se conforman comunidades hermenéuticas de sentido que responden a unas lógicas específicas (Martín-Barbero, 2002). Además, consiste en una etapa en la que las negociaciones con los modelos hegemónicos de sexualidad resultan cruciales en la configuración de las subjetividades, produciéndose una mayor regulación de las relaciones afectivo-sexuales que durante la edad adulta y, en lo que respecta al género, mayores desequilibrios y asimetrías. Por todo lo anterior, esta investigación persigue comprender no los porqués sino el cómo las jóvenes (re)negocian su intimidad afectivo-sexual con los varones y cómo se (re)actualizan las asimetrías de género en el seno de sus relaciones heterosexuales, poniendo especial atención a los procesos comunicativos a través de los que las negociaciones en torno al placer sexual se articulan y constituyen. Se propone así una aproximación sociocultural a las narrativas y prácticas socio-sexuales (Sabsay, 2009; Jonasdottir, 1993) de un grupo de jóvenes, con el fin último de esbozar los procesos en los que (re)negocian su intimidad afectivo-sexual con los varones desde una dimensión relacional, dialógica, procesual y situada (Casado y García Selgas,2010) ¿Cómo se producen y qué lógicas siguen estas negociaciones sexuales de género? ¿Cómo son vividas y experimentadas por las mujeres jóvenes? Planteo desde aquí que estos procesos de negociación y comunicación resultan complejos y dificultosos al imbricarse en ellos una maraña de emociones, cuerpos, ficciones, procesos 17 inconscientes, fantasías, miedos, vergüenzas y vulnerabilidades mediadas (articuladas) por el género. La intimidad afectivo-sexual de las mujeres jóvenes y sus articulaciones con el género, se vislumbra como un terreno cargado de sentidos –de densidades simbólicas, materiales, y afectivas–, revelándose un objeto de estudio no sólo interesante, sino urgente para la investigación sociocultural, si lo que pretendemos es comprender las transformaciones, desplazamientos y cambios que acontecen y construyen las sociedades contemporáneas, y cartografiar los conflictos y tensiones; en aras de incidir en el devenir buscando marcos de acción social más equitativos. Tras estos elementos justificativos e introductorios, procedo a describir la estructura de mi trabajo, desarrollado en cinco capítulos. El primero de ellos se orienta a la presentación de las claves y herramientas teórico-conceptuales de las que me he valido para la realización del análisis. Procedo así a una breve revisión sobre las principales teorías de la sexualidad desde las ciencias sociales para la adopción de la perspectiva sociocultural. Seguidamente, ahondo en el campo de los estudios de género y de los feminismos para articular mi aproximación a los géneros desde la praxis, esto es, desde una dimensión perfomativa, práctica, dialógica y relacional (Butler, 2007; Esteban, 2004; Casado y García, 2008; Romero Bachiller, 2006), capaz de dar cuenta de su dimensión corporal y encarnada: como continuum de un complejo entramado de redes semiótico- materiales (De Lauretis, 1984; Casado y García, 2008; Esteban, 2004; Romero Bachiller, 2006). Asimismo, expongo los principales debates librados en el seno de los feminismos en torno a la sexualidad femenina con la intención de confeccionar un corpus analítico para la atención de las experiencias afectivo-sexuales desde la ambivalencia placer/peligro (Vance, 1989; Osborne, 2002), desde donde reconstruir los elementos constitutivos de goces y placeres, al tiempo que los espacios susceptibles de peligros, desequilibrios y asimetrías de género. En este primer capítulo presento también las herramientas teóricas que me han permitido aproximarme a las experiencias afectivo- sexuales desde el anclaje de la comunicación con un enfoque pragmático que remite a su dimensión relacional, simbólica, dialógica y procesual. Esta perspectiva semiótica, polifónica y multiescalar de las acciones comunicativas se ha entretejido a partir de las teorías procedentes del pragmatismo (Austin,1955; Butler, 2009), del interaccionismo 18 simbólico (Mead, 1982; Cooley, 2005; Carey, 1988, Martín Barbero, 1986), de las sociologías del cuerpo (Butler, 2007; Esteban, 2004; Casado y García, 2008; Romero Bachiller, 2006), de la situación (Goffman, 1970;1977;1979; Collins, 2009), y de la semiótica (Castañares, 2006; De Lauretis, 1984; Abril, 2007), pasando brevemente por las teorías sociales de la emociones (Ahmed, 2017; Bericat, 2000; Collins, 2009; Echezarreta, 2012). El segundo capítulo lo dedico a las consideraciones (etno)metodológicas y a la descripción cartográfica del trabajo de campo. Para ello, presento las bases epistemológicas desde las que confecciono una investigación parcial y situada (Haraway, 1995; Casado y Gatti, 2001; Gregorio Gil, 2014), partiendo de una serie de hitos experienciales desde los que se fueron fraguando las principales hipótesis y los consecuentes objetivos de la investigación. Asimismo, describo las principales prácticas de investigación llevadas a cabo, como son los talleres experimentales (Cruces, 2011; Torres, 2015; Calsamiglia y Cubells, 2016) y las entrevistas abiertas en profundidad (Alonso, 1998; Callejo, 2002). Tras estas exposiciones, procedo a desbrozar los principales resultados, divididos en tres capítulos. En el capítulo 3 me adentro en primer lugar en los órdenes de las representaciones a través de los discursos en torno a la sexualidad movilizados por las jóvenes, en un sentido más general, abstracto y conceptual, para analizar, en un segundo movimiento, las hiperritualizaciones en torno a los encuentros afectivo-sexuales, esto es, a las representaciones de las prácticas afectivo-sexuales elevadas a un grado superlativo de codificación y estilización (Goffman, 1991: 169), incurriendo en el campo de las mitologías y las metáforas. En el capítulo 4 despliego los encuentros afectivo-sexuales desde la praxis, como cadenas rituales de interacción, a partir de las herramientas teóricas de Collins (2009), y Goffman (1970;1977;1979) adentrándome en distintas dimensiones de estas prácticas ritualizadas y generizadas. Por último, en el capítulo 5 me aproximo a las negociaciones de género en torno al placer sexual desde el eje de los reconocimientos, esto es, como procesos de reconocimiento entre iguales y disímiles (Casado y García, 2008). Desbrozo así las 19 cadenas de reconocimiento en distintos niveles: las dinámicas de reconocimiento que establecen con los modelos de género; los reconocimientos en torno al placer propio y al ajeno y, por último, las que se despliegan en el campo de las (re)negociaciones prácticas en torno a los placeres sexuales. En este punto, exploro las rupturas y tensiones del reconocimiento que desembocan en conflictos y, en algunos casos, en dinámicas violentas. A la luz de estos análisis elaboro las conclusiones y reflexiones finales, apuntalando las principales asimetrías de género encontradas y las estrategias de agenciamiento sexual. 20 CAPÍTULO 1 CLAVES TEÓRICO-CONCEPTUALES PARA EL ANÁLISIS DE LA SEXUALIDAD FEMENINA 1.1. La sexualidad desde la perspectiva sociocultural: breve repaso por las teorías de las ciencias sociales “El hambre del estómago no proporciona indicios que expliquen las complejidades de la cocina. El cuerpo, el cerebro, los genitales y el lenguaje son todos necesarios para la sexualidad humana, pero no determinan ni sus contenidos, ni las formas concretas de experimentarlo, ni sus formas institucionales. Más aún, nunca encontramos al cuerpo separado de las mediaciones que le imponen los significados culturales” (Gayle Rubin, Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad, 1989:132) “La “sexualidad”, en mi opinión, es una “unidad ficticia”, que alguna vez no existió y que en algún momento en el futuro tal vez de nuevo no exista. Es un invento de la mente humana.” (Jeffrey Weeks, Sexualidad, 1998: 19) En las sociedades occidentales contemporáneas la sexualidad constituye un eje articulador fundamental de subjetividad e identidad: prueba de ello es el enorme interés que ha suscitado desde hace tiempo para distintas disciplinas científicas que ha dado lugar a una cantidad de reflexiones teóricas abrumadora. Tradicionalmente ha constituido un objeto de estudio para la medicina y la psicología, donde los campos de la psiquiatría, el psicoanálisis y la sexología han sido los más productivos. Desde estas disciplinas los trabajos se han centrado fundamentalmente en analizar las determinaciones biológicas y psicológicas de la sexualidad desde su interconexión con las enfermedades y las patologías, al concebirla como un factor primordial para la categorización biomédica de las perversiones, las desviaciones y las neurosis, ésta última especialmente vinculada a las subjetividades femeninas (Errázuriz, 2012). 21 Estas disciplinas han consolidado un discurso basado en el esencialismo sexual (Rubin, 1989) arraigado en las sociedades occidentales contemporáneas que mantiene una visión universal, inmutable, ahistórica e individualizada de la sexualidad (Rubin, 1989), desde la que se ha procedido a diagnosticar, tipificar y normativizar las sexualidades que no encajan dentro de lo establecido como “norma”. Se encontrarían en esta visión desde los decálogos de psicopatologías sexuales que realizaron los sexólogos Richard von Kraft-Ebing y Havelock Elis hasta las teorías psicoanalíticas de Freud que procedieron a la patologización de la sexualidad femenina, a partir de diagnósticos como la histeria y la frigidez (Osborne, 2002; Errázuriz, 2012, Seidman, 2011). La perspectiva sociocultural de la sexualidad emerge ante la necesidad de cuestionar estos discursos4 y de prestar atención a los determinantes sociohistóricos, es decir a los flujos y correlaciones de fuerzas que contribuyen a configurarla, sin negar por ello las dimensiones corporales ni psicológicas, sino asumiendo que es fruto de un continuum cuerpo-mente indisociable que adquiere sentido y significación en las relaciones sociales (Rubin, 1989; Weeks, 1998; Seidman, 2011). En las últimas décadas hemos asistido a un aumento significativo de estudios antropológicos, sociológicos y etnográficos sobre la sexualidad que han ido conformando una mirada sociocultural e interdisciplinar. Foucault (2009) fue uno de los instauradores de esta corriente al determinar desde un enfoque histórico que la sexualidad era el resultado de distintos mecanismos de regulación social y cultural. Para el autor los discursos científicos sobre “el sexo” actúan como aparatos y dispositivos de poder/saber eficaces en la producción de la sexualidad: tecnologías que funcionan como formas de disciplinamiento, control y normativización articuladas en base a la confesión de la verdad, es decir, que regulan tanto lo dicho como lo no dicho de ésta, donde el silencio actúa como una estrategia discursiva enormemente productiva (2009:28). Foucault sostiene que va a producirse una fuerte intensificación de esta puesta en práctica discursiva a partir del siglo XX, al darse un desplazamiento de los dispositivos 4 Es por ello que la mayoría de éstos dialogan con los postulados de la sexología y la psicología situando en su punto de mira discursivo las teorías del psicoanálisis freudiano, y de sexólogos como Von Kraft- Ebing y Havelock Elis. 22 de la sexualidad de las instituciones eclesiásticas (que ostentan el poder/saber de la sexualidad en el siglo XVIII) hacia las instituciones biomédicas desde las que se procede a la patologización, psiquiatrización y psicologización de los comportamientos y conductas sexuales, así como a la regulación de los cuerpos, la vida y el placer: “[L]a tecnología del sexo, a partir de ese momento, empezó a responder a la institución médica, a la exigencia de normalidad, y más que al problema de la muerte y el castigo eterno, al problema de la vida y la enfermedad. La “carne” es proyectada sobre el organismo” (Foucault, 2009:125). Desde aquí se procede a un cambio en la mirada desde la hipótesis represiva a la hipótesis productiva de la sexualidad (Foucault, 2009). Más allá de los puntos ciegos que presenta la teoría de Foucault respecto a la consideración de los géneros5, sus reflexiones resultan cruciales para la configuración del enfoque sociocultural, al arrojar una de las premisas fundamentales que transcienden a esta corriente de pensamiento: que la sexualidad constituye un espacio crucial de regulación social “tal vez uno de los más susceptibles a la organización”, como expresa Weeks (1998:29). En línea con Foucault, Weeks (1998) plantea que la sexualidad constituye un eje fundamental de subjetividad, y que los lenguajes sobre el sexo entre los que se encuentran, además de los institucionales, los discursos procedentes de mediaciones socioculturales como el cine, la pornografía, la literatura, la música, van a establecer los horizontes de lo posible dentro de la sexualidad (1998:20). Son instancias que actúan en la articulación y organización de los universos sociales y simbólicos desde donde vamos a conferir sentido a nuestras prácticas íntimas. El autor enfatiza en la necesidad de asumir las experiencias sexuales de los sujetos como fruto del continuum sexo y sociedad, así como en la necesidad de prestar atención a las relaciones sociales en las que adquieren sentido los condicionantes corporales y 5 La teoría de Foucault no atiende a la configuración diferenciada de las subjetividades masculinas y femeninas dentro del ámbito de la sexualidad, como señala De Lauretis (1984:9). Sin embargo, es preciso mencionarla en tanto que supone un punto de arranque para la conformación de la perspectiva sociocultural de la sexualidad. 23 psicológicos (Weeks, 1998). En cuanto a la relación con los mecanismos de poder, Weeks determina distintas áreas que revelan cómo la sexualidad es sometida a las fuerzas socioculturales6, considerando que los flujos de poder(es) no operan a modo causa- efecto, sino que son reactualizadas y renegociadas de manera constante en el transcurso de nuestras relaciones cotidianas. En esta misma línea se encuentran los trabajos de Guasch (1993), quien establece que las sexualidades consisten en conductas sociales a las que “se le prescriben y proscriben espacios, tiempos, modos y maneras” (1993:106), por lo que deben ser analizadas desde su vinculación con los mecanismos de control y regulación que contribuyen a configurarlas. Los postulados de Guasch concuerdan con los anteriores al confrontar los relatos procedentes de la medicina, el psicoanálisis y la sexología en torno al esencialismo y la normatividad sexual. Estas visiones hasta ese momento hegemónicas van a comenzar a debilitarse en los años setenta del siglo XX: una etapa de crisis que obedece a la emergencia de nuevos enfoques dentro de las ciencias, desde donde se va a comenzar a dar prioridad a las relaciones, los contextos y los significados simbólicos (Guasch y Osborne, 2003:16). Así, la sexualidad como hecho social deviene un postulado prácticamente irrevocable (Seidman, 2011) que posibilita que ésta se abra al análisis y a la reflexión desde distintas ramas académicas que van desde la antropología, la sociología, la historia, los estudios culturales y de la comunicación, y, especialmente importantes, los estudios interdisciplinares de género y sexualidad7, que asumen que emerge de la contingencia entre los discursos, representaciones y prácticas arraigadas en una cultura que la (re)ordena y (re)organiza (Vance, 1989). 6 El autor establece cinco áreas fundamentales en las que actúa el poder para regular la sexualidad: el parentesco y los sistemas familiares, la organización social y económica, el reglamento social (sujeto a variables sociohistóricas en el que intervienen tanto estrategias formales como informales), las intervenciones políticas, y las culturas de resistencia (Weeks, 1998: 32-36) 7 Además de los ya conocidos e institucionalizados estudios de género, encontramos una rama de estudio más reciente que aborda de manera específica los estudios de la sexualidad humana. 24 1.2. La sexualidad de las jóvenes desde el género 1.2.1. Los géneros como relaciones, dinámicas y experiencias encarnadas “¿Es el sujeto femenino un sujeto que se constituye en un tipo particular de relación con la realidad social? ¿a través de un tipo particular de experiencia, específicamente a través de una experiencia particular de la sexualidad? Y si respondemos que sí, que una cierta experiencia de la sexualidad produce un ser social al que podemos llamar sujeto femenino; si es esa experiencia, ese complejo de hábitos, disposiciones, asociaciones y percepciones, son lo que engendran a uno como femenino, entonces eso es lo que debe analizar, comprender y articular la teoría feminista”. (De Lauretis, 1984:289). Uno de los campos más productivos en el análisis de la sexualidad desde el enfoque sociocultural han sido los estudios feministas y de género, al determinar el género como uno de los principios de organización social fundamental y que obviamente se trasluce en las vivencias y experiencias afectivo-sexuales de las mujeres heterosexuales. Así desde las teorías y prácticas feministas se han desarrollado ampliamente teorizaciones y conceptualizaciones desde su interconexión con los entramados de poder(es) en los que las sexualidades de las mujeres se desenvuelven. En primer lugar, despliego las claves teórico-conceptuales desde las que atender a los procesos de subjetivación y de composición de las identidades de género para adentrarme, después, en los debates librados dentro de los feminismos sobre la sexualidad femenina. En primera instancia cabe mencionar que “sexualidad” y “género” comportan categorías distintas, sin embargo, se encuentran estrechamente vinculadas y presentan múltiples conexiones; en tanto que las vivencias de la sexualidad pueden configurar formas determinadas de hacer el género (en este caso mujeres) y de estar en la heterosexualidad (Esteban, 2011:166). Para abordar esta relación mi análisis orbita en torno a la dimensión performativa, semiótico-material, experiencial y relacional del género: ejes que remiten unos a otros y que apuestan por una comprensión de los géneros desde las prácticas. 25 La premisa fundamental de estas visiones es que las identidades y las subjetividades de género no constituyen aquello que somos, es decir algo dado, sustantivo, esencial y unitario, sino lo que hacemos: un proceso constante de prácticas, relaciones e interacciones, en las que el cuerpo es su dimensión fundamental (Casado y García; 2008; Esteban, 2011). La dimensión performativa de las identidades y las subjetividades conlleva abandonar las concepciones estáticas y homogéneas, al poner el foco en su carácter práctico y procesual y entenderlas como producto y contingencia de aquello que nos hace sujetos a lo largo del tiempo. Esto nos lleva a instalarnos en una visión estratégica y posicional de las identidades y considerarlas como puntos de sutura entre lo que nos constituye como sujetos sociales (prácticas y discursos) y lo que nos hace subjetivos (en un sentido individual) (Hall, 2003:17): entre la psique y la corporalidad, el yo y la colectividad (Hall, 2003; Romero, 2006). La teoría de la performatividad del sexo y del género implica un desplazamiento en la mirada respecto a una concepción ampliamente extendida sobre el sistema sexo/género8, para la que el sexo constituye el sustrato biológico en el que se sustentan las categorías sociales masculino/femenino, establecidas en términos de diferencias, desigualdades y asimetrías. Esta teorización presenta algunas limitaciones 9 , pues comporta una visión esencialista y biologicista, al mantener que el sexo es una instancia preexistente y prediscursiva que permite explicar la producción social de la(s) diferencia(s) de género. Como expresa Butler (2003): “Si el género es la construcción social del sexo y sólo es posible tener acceso a este “sexo” mediante su construcción, luego aparentemente lo que ocurre es, no sólo que el sexo es absorbido por el género, sino que el “sexo” llega a ser algo semejante a una ficción, tal vez una fantasía, retroactivamente instalada en un sitio prelingüístico al cual no hay acceso directo”. (Butler,2003:23). 8 Este sistema ha sido originariamente definido por Rubin como “una serie de acuerdos por los que la sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana” (Rubin, 1975:159 en Casado, 2002: 44). 9 Autoras como Butler (2003;2007), Casado (2002;2003) o De Lauretis (1984;1989) explican detenidamente estas cuestiones, ofreciendo un análisis exhaustivo sobre las distintas conceptualizaciones del género dentro del campo de los estudios feministas desde donde han sido resignificadas. 26 Además, esta mirada conlleva la reproducción de una perspectiva universal, ahistórica e inmutable de las opresiones al determinar que existe una forma de dominación que es común a todas las mujeres, negando las diversidades entre éstas, así como su intersección con otros mecanismos de poder(es) como la clase, la raza, la orientación sexual, la diversidad funcional, etc., que influyen en las experiencias de la feminidad. Desde esta visión el género quedaría encapsulado en la idea de un sexo biológico: sustrato que sería imposible subvertir, transgredir o resignificar. La dimensión performativa va aludir a los géneros como el proceso de un hacer práctico activo y manteniendo que se configuran en lo social sin desatender a la materialidad de los cuerpos ni caer en una perspectiva biologicista (Butler,2003;2007; Casado, 2002;2003; Casado y García, 2008; Esteban, 2011; García, 2009; Romero, 2006). Sexo y género comportan, siguiendo a Bulter (2003; 2007), instancias construidas a partir de la reiteración, repetición y recitación de actos estilizados a lo largo del tiempo, en función de unos ideales y ficciones reguladoras de la masculinidad y la feminidad que producen –se materializan en– los cuerpos (2003). Se trata así de un conjunto de prácticas recursivas ancladas -sujetas y sociohistóricamente situadas- que producen a través del tiempo los cuerpos sexuados y generizados en base a las ficciones que prescriben y normativizan lo que las mujeres y los varones “deben ser”. Ello requiere de una estilización y teatralización repetida, mantenida y comprometida a lo largo del tiempo cuyo proceso resultante es la encarnación y materialización del género, es decir, los procesos a través de los cuales los modelos, ideales y representaciones del género se hacen cuerpo (Casado y García, 2008). Estas ficciones van a establecer los horizontes de lo posible, lo legítimo, lo deseable, o esperado de la feminidad/masculinidad en torno a la sexualidad. Sin embargo, éstas no van a actuar a modo causa-efecto puesto que, en tanto que ficciones, no pueden ser reproducidas de manera idéntica por los sujetos, sino que van a exigir de una necesaria recreación y reactualización. Es aquí donde reside la agencia entendida como la capacidad de los sujetos para resignificarlas, renegociarlas y subvertirlas. El género deviene así un inscriptor semiótico-material (Casado, 2003; Casado y García, 2008) pues actúa en un plano simbólico (configurando modelos y representaciones) y 27 corporal (pues estos sentidos toman cuerpo) en la producción de las subjetividades encarnadas (Casado y García, 2008; De Lauretis, 1984;1989; Esteban, 2004; Romero Bachiller, 2006). De Lauretis aborda los procesos de construcción de género como “el producto y el proceso de las representaciones y las auto-representaciones” (De Lauretis, 1989:11) para referirse precisamente a esos procesos de renegociación en los que nos encontramos indefectiblemente inmersos/as. En tanto que nos interpelan, las representaciones posibilitan procesos de anclaje y des-re-anclaje (de identificación como desidentificación) a través de los cuales vamos a producir las auto- representaciones. La autora introduce la noción de tecnologías de género para referirse al entramado de discursos, representaciones y prácticas que son productoras de experiencia y subjetividad [de género]. El cine, la literatura, la televisión, las relaciones sociales (entre las que se encuentran las relaciones afectivo-sexuales que me dispongo a abordar), los discursos institucionales, así como cualquier otra forma de mediación sociocultural, van a constituir estas tecnologías a través de las cuales nos construimos como sujetos sexuados y generizados. Para De Lauretis va a resultar clave la noción de experiencia, definida como un complejo entramado de “hábitos, asociaciones, percepciones y disposiciones que emergen de los efectos de significado y de las autorrepresentaciones producidas en el sujeto por las prácticas socioculturales, los discursos y las instituciones” (1989: 25). Recoge la idea de Peirce para formular que la experiencia se encuentra inserta en procesos de semiosis ilimitada, es decir, que tanto el sujeto como la realidad son entidades de naturaleza semiótica (signos), envueltas en procesos permanentes e inacabados en los que adquirimos el sentido de un mundo interior y exterior, proporcionándonos el de un yo unitario y continuado (De Lauretis, 1984: 287-290). Esta idea le permite establecer una articulación directa entre género y sexualidad, en tanto que constituyen prácticas significativas que ocupan un papel central en la dimensión social de las subjetividades femeninas, y de las experiencias personales de las mujeres (1984: 291). El género deviene así, como hemos señalado más arriba, un inscriptor 28 semiótico-material: “un género mediado, situado, encarnado; esto es, un género que se habita, se recrea y (se) narra” (Casado,2003:65). La dimensión relacional que apuntaba al comienzo ya se encuentra contenida en las ideas desplegadas hasta ahora,10 sin embargo considero importante profundizar más en ella a partir de las reflexiones de Casado y García (2008) quienes ponen en el centro de los procesos de composición de las identidades de género las dinámicas del reconocimiento. En línea con lo anterior, las autoras abordan las identidades como procesos de renegociación práctica y cotidiana con los modelos de género (Casado y García, 2008:2) situados contextualmente. Las cadenas del reconocimiento en los que se constituyen de manera relacional las subjetividades de género tienen lugar a través de distintos procesos de exposición –pues nos mostramos y exhibimos ante nosotras mismas y ante las demás–, de imposición –en relación con determinadas representaciones de género que nos interpelan y que actúan como ficciones reguladoras–, y de composición –puesto que se encarnan de una forma particular en cada sujeto–. Además, a estos juegos de los reconocimientos en relación a los modelos de género, las autoras añaden los que establecemos en nuestras relaciones cotidianas con los agentes, concebidas como prácticas contextuales de reconocimiento entre iguales y/o disímiles que tienen lugar en el hacer cotidiano, en tanto que van a constituirse como modelos, no ya en los términos de ficciones o ideales, sino encarnados. Las relaciones con los modelos y los agentes son, por tanto, insoslayables en esta trama simbólico-corporal de interpelaciones y reconocimientos en la que nos hacemos sujetos (Casado y García, 2008; De Lauretis, 1984). En lo que respecta a las parejas heterosexuales, Casado y García (2008) exploran una dimensión del reconocimiento que consiste en la necesidad de ser reconocidas (deseadas) por otro sujeto, a quienes otorgamos el valor de hacerlo: consideración clave para el abordaje de la sexualidad de las jóvenes heterosexuales donde el reconocimiento de los deseos de unas y otros van a conformar los límites constitutivos de los que van a considerarse como propios y ajenos, así como de lo legítimo, adecuado, 10 En las reflexiones de De Lauretis (1989) se señalaban las relaciones sociales como tecnologías [de género], en tanto que productoras de subjetividades e identidades de género. 29 posible o esperable de unas y otros. El deseo se erige aquí como inscriptor semiótico- material fundamental: “al tiempo que abre las puertas al reconocimiento de la propia alteridad” (Casado, 2003:47) Estas herramientas me van a permitir desentrañar cómo son reactualizadas estas dinámicas dentro del ámbito específico de la intimidad afectivo-sexual. ¿Cómo son reactualizadas las posiciones femeninas dentro del campo de la sexualidad? ¿Cómo se constituyen las dinámicas de los reconocimientos en las renegociaciones prácticas con los modelos de género y con los agentes en torno al placer sexual? ¿Cómo se configuran las posiciones sujeto/objeto de deseo sexual en las relaciones afectivo-sexuales de las mujeres jóvenes heterosexuales? ¿Cómo viven y sienten los conflictos en torno al reconocimiento de sus placeres y afectos dentro de este campo específico? Todo lo anterior enlaza con las visiones de Goffman (1977), quien establece que los géneros se recrean en las relaciones cotidianas que varones y mujeres mantienen: son rituales, actuaciones dramáticas y performances de género dialógicas (1977) en tanto que cada género requiere de las interpretaciones del otro para adquirir sentido y significación. Estas coreografías dentro del ámbito de la intimidad afectivo-sexual van a ser la expresión de unos modos de ordenamiento de género inscritas en un contexto sociohistórico determinado en el que adquieren sentido y significación, donde los géneros marcan los ritmos, renegocian los pasos y se engarzan en el engranaje de los reconocimientos. 30 1.2.2. Aproximaciones y debates feministas en torno a la sexualidad femenina “Para empezar, necesitamos conocer nuestras historias sexuales, que son sin duda más amplias que nuestra propia experiencia individual, sin duda distintas de lo que conocemos, a la vez increíbles e instructivas. Para conocer estas historias, debemos hablar de ellas entre nosotras. Y, para que prospere el diálogo, es necesario que haya tolerancia hacia la diversidad y la curiosidad (…).” (Carol S. Vance, El placer y peligro: hacia una política de la sexualidad, 1989: 17). La sexualidad ha constituido una piedra angular para las teorías y prácticas feministas, presentada como un terreno “difícil y disputado” en este ámbito (Echols, 1989:79), dando lugar a amplios y acalorados debates, posicionamientos y corrientes respecto al abordaje de las vivencias sexuales, la configuración de identidades y subjetividades femeninas y su vinculación con los mecanismos de poder(es). De modo sumario, dentro de las corrientes feministas es posible apreciar dos líneas teóricas que se presentan en clave de confrontación en cuanto a los modos y la óptica desde la que se aproximan a ella11. Su punto de partida son los debates que tuvieron lugar en Estados Unidos en los años 70 y 80 articulados fundamentalmente en torno a la pornografía, que tuvieron cierta resonancia en el caso del Estado español (Osborne, 2002). Son debates que pese al paso del tiempo permanecen vigentes en el seno de los feminismos, aunque han sufrido alteraciones, modificaciones y reactualizaciones. A grandes rasgos, se encuentran de un lado las teóricas del feminismo cultural12, de las que autoras como MacKinnon (1995) o Dworkin (1989;2007) son sus principales 11 Los debates orbitaron en torno a la sexualidad femenina y fueron extensivos a los de las mujeres heterosexuales y lesbianas. Aquí señalo de manera más detallada los relativos a la heterosexualidad. 12 Esta corriente fue definida así por Echols (1989). Sin embargo, me parece importante aclarar que no se pueden delimitar de forma rígida ni estática las posturas y “olas del feminismo”. En primera instancia, porque considero que no hay solo un feminismo, sino múltiples y diversos que se articulan en torno a asuntos, acciones e intersecciones concretas, y que éstos no comportan necesariamente un corpus teórico unificado. Además, con el paso del tiempo de pueden advertir cambios en las formas de denominarlas. En la actualidad, las posturas antipornografía se relacionan con el feminismo radical, 31 portavoces. Estas se centran en señalar y advertir sobre los peligros y amenazas que supone la sexualidad para las mujeres a causa de la dominación masculina. Por otro lado, las voces que contrarrestan estos argumentos plantean la necesidad de abordarla desde su vinculación con el goce y el placer, como son las de las estadounidenses Rubin, Vance y Echols (1989) y las españolas Osborne (2002) y Garaizábal (1989), entre otras. Para MacKinnon el dominio masculino es fundamentalmente de naturaleza sexual. Desde esta asunción plantea que la sexualidad es la dinámica en la que se crean, organizan y, en definitiva, ocurren, las relaciones desiguales de género (1995:23). Su famosa frase “la sexualidad es al feminismo lo que el trabajo al marxismo” deja entrever que para ella la sexualidad es el sustento y soporte básico de la explotación y la dominación masculina, terreno fundamental por tanto para la configuración de lo masculino y lo femenino. Así, es el dominio erotizado el que va a definir los imperativos de la masculinidad frente a la sumisión erotizada que define la pasividad y la debilidad femeninas. Para la autora la fuerza va a constituir una dinámica fundamental en la configuración de los deseos, al ser una expresión de poder erotizada y sexualizada en el marco de la heterosexualidad. Establece desde aquí que la sexualidad es definida desde aquello que el deseo masculino requiere para su excitación y satisfacción, posición que convierte a las mujeres en “objeto de uso sexual para la masculinidad” (MacKinnon, 1995:154). Las causas de esta cosificación sexual residen para la autora en la pornografía: un dispositivo que presenta la violencia, la desigualdad y la humillación como componentes de la sexualidad y del deseo, sin establecer distinciones entre el erotismo y la subordinación (MacKinnon, 1995: 384). Su visión presenta una correlación directa entre sexualidad y violencia, entre el sexo heterosexual (más concretamente el coito) y la violación. Las mujeres nunca podrán “ser liberadas” de la erotización de la fuerza puesto que la interiorizan asumiéndola como una forma básica y constitutiva de su sexualidad (1995: 244). La postura de MacKinnon desatiende las discontinuidades existentes entre sexualidad y género, pero además incurre en socavar las posibilidades eróticas de las mujeres heterosexuales, quienes serían incapaces de experimentar mientras que los postulados a favor han quedado reinscritos en el marco de los feminismos autodenominados prosex y de los transfeminismos. 32 placer con sus parejas sexuales varones. En todo caso, apunta acertadamente a la centralidad de los cuerpos y la sexualidad que los feminismos igualitarios habían desatendido, aunque desde esta visión esencialista. Por su parte, Dworkin (1989;2007) se mantiene en esta misma línea en sus teorizaciones sobre la pornografía y el coito heterosexual, al establecer una correlación directa entre la pornografía y la violación. La autora sostiene que la violación es el paradigma que define la sexualidad heterosexual y que va a ser en la pornografía en la que adquiere estos significados. El coito heterosexual es para ella la expresión de la posesión y la dominación masculina sobre la femenina en el terreno de la sexualidad (Dworkin, 2007:83). A su concepción subyace el dictamen de que ser “follada”13 es sinónimo de ser poseída, reduciendo a las mujeres heterosexuales a una posición de subalternidad cristalizada en la práctica del coito (2007:177). Estas visiones refuerzan una única lectura de la heterosexualidad, que, leída en clave de peligrosidad y amenaza, se erige como advertencia para limitar los movimientos de las mujeres en este ámbito (Vance, 1989:13). Así, este feminismo cultural va a considerar la pasividad femenina como algo socialmente construido frente a una visión naturalizada, intrínseca e inmutable de la dominación masculina (Vance, 1989:85); un planteamiento en términos de dicotomía y oposición desde donde va a considerarse la sexualidad femenina como buena, pasiva, dulce y orientada siempre hacia la emocionalidad y la afectividad, frente a la masculina, definida como agresiva, violenta e irrefrenable. Esto se traduce en la negación de cualquier atisbo de transformación y cambio para las mujeres heterosexuales en este ámbito, como explica Osborne: “La idea neovictoriana promovida por el feminismo antipornografía de que los hombres son horribles y las mujeres encantadoras, aparte de poseer claras resonancias conservadoras, comporta la noción de víctimas pasivas de nuestras circunstancias; de la misma forma, sostener que los deseos masculinos son irreprimibles no es sino el anverso de pensar que los deseos sexuales de las mujeres son inexistentes.” Osborne (2002:51) 13 Traducción de to be fucked en inglés. 33 En síntesis, el ideario de esta corriente de pensamiento formula que la sexualidad masculina y femenina son antagónicas e irreductibles, que el dominio masculino es fundamentalmente sexual y que los hombres ejercen de manera consciente y voluntaria este poder en aras de mantener sus privilegios; ideas que son definidas por el “sadismo cultural” presente en la pornografía (Garaizábal, 2009) 14 . La heterosexualidad se concibe desde aquí como una relación de dominación intrínseca15 en la que las mujeres serían, de manera inevitable, víctimas de los varones. Frente a esta línea teórica encontramos una alternativa en ciertas voces del feminismo, entre las que destacan las reflexiones de Echols, Vance, Rubin y Osborne. Ante la necesidad de confrontar los discursos anteriores, estas teóricas feministas van a sostener que la sexualidad comporta un terreno ambivalente que se desliza entre los polos placer/peligro (Echols, 1989; Vance, 1989), es decir que se presenta para las mujeres como una encrucijada (Osborne, 1989) compleja de habitar. Se trata de un espacio que, además de verse atravesado por las violencias, constituye también una fuente de placeres y satisfacciones. Si las primeras explicaban la inhibición sexual femenina únicamente desde su vinculación con las violencias sexuales (Osborne,2002) éstas van a considerar otras causas como son la interiorización de la moral tradicional y los sentimientos de culpa que de ella derivan (ibid:93) en la producción de los desequilibrios y las asimetrías. Gayle Rubin (1989) participa de este debate demarcándose de las posturas anteriores respecto a la cuestión de la pornografía, pues considera que la industria pornográfica refleja el sexismo imperante en la sociedad y no a la inversa, huyendo así de una perspectiva prohibicionista, sin evadir por ello las responsabilidades de los movimientos feministas para combatir las inequidades que experimentan las mujeres en el ámbito de 14 Recojo estas ideas de una comunicación realizada por Cristina Garaizábal en el marco de las Jornadas Feministas celebradas en Granada en 2009, publicadas en la página web de la Coordinadora Feminista http://www.feministas.org/debates-feministas-sobre-la.html Debido al formato que presentan no es posible marcar la página. 15 Desde esta corriente Adrienne Rich (1980) establece que la única manera de subvertir estas relaciones de dominación serían las relaciones amoroso-amistosas entre mujeres, presentando el lesbianismo político como la única forma de no sometimiento sexual. http://www.feministas.org/debates-feministas-sobre-la.html 34 la sexualidad (1989:173). Rubin plantea la necesidad de una política radical de la sexualidad que la libere de las restricciones y jerarquizaciones, al concebirla fundamentalmente como un espacio para la experimentación de goces y placeres. Para la autora la sexualidad constituye un vector de opresión social (Rubin, 1989:137) en tanto que funciona para establecer jerarquías y estratificaciones en función de sexualidades consideradas “buenas y malas”. Desde aquí se va a proceder a la legitimación y/o represión de los comportamientos sexuales a través de distintos mecanismos de regulación y normativización que hallarían su germen en la moral judeocristiana y las instituciones biomédicas. La autora mantiene una postura muy apegada a los planteamientos de Foucault (2009), al señalar que los relatos sobre el pecado sexual han sido sustituidos por los discursos científicos, a partir de su intensificación como ponen de manifiesto tratados como el DSM (el Manual de Diagnóstico y Estadísticas de Desórdenes Mentales, traducido al español) en el que se determinan, catalogan y categorizan las patologías sexuales a las que se les presuponen y proscriben una “inferioridad mental y emocional” (Rubin, 1989:138).Estos dispositivos van a actuar en la configuración y conformación de un determinado pensamiento sobre el sexo, desde donde éste es sometido a los estándares de un sistema de valores sexuales.16 Sin embargo, Rubin muy crítica con los dispositivos de poder y regulación de la sexualidad va a contemplar al mismo tiempo las capacidades de transformación y subversión, al concebir, analizar y examinar cómo han ido fermentado nuevas posibilidades en el terreno de la sexualidad, fruto de renegociaciones políticas y sociales. Apela, por ello, a la necesidad de alentar la creatividad erótica y el reconocimiento de 16 Según el diagrama que presenta Rubin (1989:140) las fronteras delimitan el sexo considerado “normal”, “natural”, “saludable” y “sagrado” del sexo “anormal”, “antinatural”, “dañino”, “pecaminoso” y “extravagante”. El orden secuencial entre los extremos sería el siguiente: en un primer nivel se encuentra el matrimonio sexual monógamo, espacio de mayor legitimación de las prácticas sexuales. En un segundo nivel quedarían “las parejas heterosexuales no casadas”, “las heterosexuales promiscuas”, “la masturbación”, las parejas estables de gays y lesbianas, “lesianas en el bar”, “gays promiscuos en saunas o parques”; y por, último, “l[e]s travestid[e]s”, “transexuales”, “fetichistas”, “sadomasoquistas” y “el sexo por dinero” e “intergeneracional”. Estos modelos se deslizan entre el orden y el caos sexual generando temor a sobrepasar y cruzar las fronteras de lo aceptable, en tanto que normativo (Rubin, 1989:141). 35 sus dimensiones políticas (Rubin, 1989: 189). Otro de los puntos discursivos que encontramos en su obra consiste en la diferenciación entre sexualidad y género, en contraposición a las ideas sostenidas por feministas culturales como MacKinnon (1995) y Dworkin (1989;2007) anteriormente explicadas. Carol S. Vance (1989) es otra de las autoras que se demarca de las anteriores posiciones prohibicionistas y aboga por la necesidad asumir las sexualidades femeninas desde la relación de imbricación entre placer y peligro, como fruto de una constante ambivalencia. Su mirada permite que la sexualidad se abra a la reflexión evitando simplificaciones y reduccionismos, así como explicaciones excesivamente estructurales enfocadas únicamente en las restricciones y constreñimientos que viven las mujeres en este ámbito, al tiempo que se aleja de visiones extremadamente subjetivistas o individualizadas que niegan las dimensiones socioculturales y los ordenamientos de género que caen en los discursos de la “anarquía de la idiosincrasia sexual” (1989:38). La autora sostiene que es desde las experiencias concretas de las mujeres desde donde es posible desentrañar las implicaciones de esta doble vertiente (1989: 9) y enfatiza en la importancia de adoptar una perspectiva situada que asuma la diversidad de experiencias y la multiciplicidad de formas en la que las mujeres viven y sienten su sexualidad, dependiendo del entrecruzamiento y la intersección de variables como la clase, la raza, el género, la orientación sexual, la edad, la diversidad funcional o intelectual, etc.: “Darse cuenta de las limitaciones de nuestros datos y de la categoría específica de mujeres a las que se refieren las conclusiones plantea cuestiones de estilo interesantes. ¿Cómo y cuándo deben hacerse estas matizaciones? ¿Al principio de un informe o artículo y después de utilizar la palabra “mujeres” para definir a los sujetos? ¿O debería el artículo seguir especificando, de manera obstinada y un tanto incómoda “mujeres bohemias blancas y heterosexuales de principios de los años veinte” o “madres solteras de clase trabajadora y raza hispana”? Aunque la incomodidad de la segunda forma es obvia, utilizar la primera lleva a afirmaciones ilógicas.” (Vance, 1989: 36) Considero importante avanzar algunas cuestiones en las que profundizaré más 36 detenidamente en el apartado dedicado a la metodología, debido a que atraviesan también la conformación de mi perspectiva teórico-epistemológica. Por ello, planteo a partir de esta idea de Vance (1989) que las mujeres que han participado en esta tesis son mujeres jóvenes (de 18 a 23 años), blancas, cis, de clase media-alta, universitarias y residentes en Madrid autoidentificadas como heterosexuales en el momento de la entrevista, respondiendo a los objetivos de investigación específicos. Los resultados, por tanto, no pretenden ni pueden ser extrapolables a las vivencias de otras mujeres que se vean entrecruzadas por otras variables y condicionantes sociales. No obstante, no voy a especificar de manera constante estas cuestiones, debido a que puede resultar incómodo y dificultar el ejercicio de la lectura, como la propia Vance expone (1989:36). Además de tomar en consideración las múltiples intersecciones, la autora alude al carácter fluido y procesual de la sexualidad, sosteniendo que es susceptible de cambios y transformaciones producidas a lo largo de toda nuestra vida; de este modo rechaza las consideraciones que la vuelven rígida y estática, si bien no evade la importancia que la socialización y la educación sexual puedan tener en el desarrollo de este proceso. En definitiva, Vance reivindica un análisis que ponga en el centro las contradicciones y ambivalencias que experimentan las mujeres en el terreno de la sexualidad en sus prácticas cotidianas, y enfatiza en la necesidad de asumir que las mujeres son sujetos, actores y agentes sexuales (1989:47). Para ella van a ser más bien la “falta de curiosidad” y la interiorización de unas normas marcadas por el devenir histórico las fuentes de reproducción y reactualización de las asimetrías de género, y no tanto el que sean producto de las violencias sexuales. Por ello insiste en la urgencia de explorar la sexualidad desde una dimensión vivencial, pues, como señala: “nuestra experiencia no es una página en blanco, ni una mera repetición de lo que se ha dicho de nosotras; en la que tanto la brutalidad que hemos sufrido, el placer que hemos vivido es una guía para la acción futura.” (1989:48) Osborne es otra de las portavoces de esta corriente dentro del contexto español y mantiene una línea discursiva próxima a las anteriores, al señalar que la sexualidad femenina se halla envuelta en una constante encrucijada, instalada en un lugar ambivalente y contradictorio (1989). Así, sintetiza y reivindica los postulados de las anteriores (1989;2002) y se centra en las demarcaciones entre género y sexualidad al 37 tiempo que remarca las posibles interrelaciones e interconexiones. La autora apuesta por las posibilidades de transformación de las posiciones de género en este ámbito, dado que para ella no son intrínsecamente activas ni pasivas; y señala, además, que la lucha contra las violencias debe ir aparejada a la ampliación de las cotas de placer de las mujeres. Para ello, sostiene la importancia de atender a los símbolos, a las representaciones y a las fantasías (Osborne, 2000). Este breve recorrido a través de los debates feministas en torno a la sexualidad femenina deviene crucial para mi análisis, pues posibilita la apertura de cauces a nuevas reflexiones que, de otro modo, permanecerían silenciadas17. A partir de lo planteado la tensión placer/peligro deviene clave en mi trabajo, que pretende un equilibrio de tense y de destense capaz de explorar las ambivalencias que las jóvenes habitan en el ámbito de la sexualidad y evite caer de un lado u otro de la balanza, pues de acuerdo con Echols, considero que “[m]ás que dar por cerrada la discusión sobre la sexualidad, deberíamos señalar qué condiciones proporcionarán autonomía, placer y seguridad sexuales a las mujeres, y trabajar para hacerlas realidad” (1989: 111). 17 De nuevo considero relevante apelar a la vigencia de estos discursos en el panorama actual español. Pese a la cantidad de años transcurridos, es posible evidenciar cómo estos debates se han reavivado actualmente en el seno de los feminismos, presentándose en términos de una tozuda confrontación ante el empeño y la pretensión de dar una respuesta unívoca y, en ocasiones, simplista, sobre la sexualidad de las mujeres heterosexuales en relación a los ordenamientos de género. 38 1.3. Las experiencias afectivo-sexuales desde el anclaje comunicativo. “El sexo es como comunicarse con una persona, sólo que de otra manera, te reporta otras sensaciones…No sé, es como única, la única que te da esa intimidad.” (Carmen)18 Como hemos visto hasta ahora, la perspectiva sociocultural de las sexualidades y del género concibe estas instancias desde una dimensión semiótico-material. El carácter mediado, narrado y encarnado de los cuerpos, los géneros y las subjetividades hacen que la sexualidad se abra al análisis y pueda ser presentada como flujos por los que circulan de manera constante modelos, imaginarios, prácticas, relaciones, dinámicas y sentidos simbólicos que convergen de manera interrelacionada en las vivencias y experiencias afectivo-sexuales de este grupo de jóvenes. La cita con la que abro este apartado resulta especialmente ilustrativa para justificar por qué la comunicación constituye uno de los ejes analíticos fundamentales para mi estudio, pues sugiere cómo eso que hacemos con, desde, y a través del sexo, como puede ser besarnos, tocarnos, acariciarnos, abrazarnos, penetrarnos, masturbarnos, susurrarnos, mirarnos o gemir (entre otras muchas prácticas), constituye una forma específica (y enormemente significativa por íntima, afectiva y corporal) de relacionarse, decirse, darse, reconocerse y, por consiguiente, comunicarse. Además, nos permite reparar en la carga simbólica que adquiere estas formas y relaciones comunicativas que se despliegan de manera específica en este tipo de interacciones, que a priori, parecen distinguirse fácilmente del resto. Esta consideración responde a lo observado por Ayuso y García (2014) en sus estudios sobre la sexualidad en el contexto español actual, quienes determinan una tendencia a asumir la sexualidad como una forma de comunicación, ahora bien ¿a qué refiere este término? La perspectiva pragmática de la comunicación permite aunar bajo este concepto procesos y mediaciones que son dispares (de distintas materialidades y densidades) 18 Las jóvenes entrevistadas figuran con nombre ficticio. Los nombres constituyen la única referencia debido a que todas las participantes son de edades comprendidas entre 18 y 23 años y no ha sido una variable relevante a la hora de analizar los sentidos de sus experiencias. Al final del trabajo inserto una tabla con las edades de cada una. 39 pero que emergen de manera interrelacionada para articular una matriz de significación (Abril, 2007), en este caso relativa a la sexualidad. Esta matriz involucra modelos, representaciones, mitologías, imaginarios, ficciones, palabras, metáforas, silencios, movimientos, gestos corporales y expresiones emocionales, rituales etc., que son mediados comunicativamente19 . Esta perspectiva de la comunicación rompe con las concepciones instrumentalistas, descriptivas y funcionalistas que la definen como la transmisión de información por medio de un código y la conciben como un subproducto de la sociedad y de la cultura. Supone esto un cambio sustancial en la mirada hacia los procesos comunicativos, en la conformación de un nuevo paradigma que ofrece una perspectiva abierta, polifónica y multiescalar de la comunicación y la sitúan a la base de los procesos de configuración de los sentidos socioculturales: de nuestras relaciones y procesos de subjetivación. La perspectiva pragmática remite a una dimensión práctica, simbólica, relacional, ritual y procesual; siendo transversal a todas ellas una dimensión situada (espacio- temporalmente). La concepción práctica y performativa de la comunicación bebe en gran parte de las reflexiones de Austin (1955), considerado uno de los principales referentes del pragmatismo, al platear que los enunciados y las palabras “hacen cosas”, es decir, que producen efectos materiales y simbólicos. Esta premisa supuso el cuestionamiento de las falacias descriptivas en torno al lenguaje y a la comunicación fuertemente arraigadas en la tradición filosófica. De manera resumida, este autor establece que los actos del habla presentan distintas capacidades performativas, llegando a adquirir un carácter ceremonial y ritual, debido a que el lenguaje se encuentra sometido a procesos de convencionalización. Uno de los ejemplos más ilustrativos que emplea Austin para mostrar la fuerza performativa del lenguaje es el caso en el que el juez o el cura declara matrimonio cuyos enunciados, debido a la posición de autoridad en la que se encuentra, van a tener unos efectos materiales inmediatos en las interlocutoras. 19 Cabe decir que se trata de formas de interacción distintas y que por ello no interfieren de la misma manera en los procesos de subjetivación. 40 En esta misma línea Butler (2009) va a desarrollar su teoría sobre la performatividad del lenguaje, análoga a la del género, para determinar su fuerza activa y práctica en la configuración de las identidades (concretamente analiza los efectos que producen los discursos de odio en la construcción de las identidades no normativas). Coincide con Austin en definir al lenguaje como acción y forma de conducta: “Hacemos cosas con palabras, producimos efectos con el lenguaje, y hacemos cosas al lenguaje, pero también el lenguaje es aquello que hacemos. Lenguaje es el nombre de lo que hacemos: al mismo tiempo “aquello” que hacemos (el nombre de una acción que llevamos a cabo de forma característica) y aquello que efectuamos, el acto y sus consecuencias” (Butler, 2009: 25-26). Para la autora el lenguaje constituye la condición de posibilidad del sujeto hablante, pues no existen significaciones exteriores al orden de estructuración lingüística, sino que “operamos dentro de un campo lingüístico de restricciones que son al mismo tiempo posibilidades” (Butler, 2009:37). La noción de performatividad remite al carácter recursivo, citacional y repetitivo del lenguaje, pues va a ser la reiteración de los actos lingüísticos la que haga que los enunciados produzcan el efecto de sedimentar las posiciones de poder/subalternidad a lo largo del tiempo (Butler, 2009:61). Pero puesto que el lenguaje nos constituye y pertenece tenemos la capacidad de apropiarnos de él y resignificarlo, como ocurre con el género. En este sentido, la performatividad no es la utilización soberana del lenguaje que opera sobre objetos pasivos, sino que se trata de una intervención comprometida en un proceso interminable de repetición y apropiación. En definitiva, la teoría de la performatividad de la comunicación y del lenguaje implica asumirlas como una red de acciones y significantes posibles en la que las identidades y subjetividades se vuelven reconocibles a través de la acción comunicativa. Otro de los ejes fundamentales de la orientación pragmática ligado al carácter práctico es el relacional, interaccional y dialógico (Rizo, 2014). Los términos de dialogismo y polifonía de Bajtin (1991) funcionan para ilustrar cómo las palabras y los enunciados se encuentran impregnados de una multiplicidad de voces: “de ideas generales, puntos de vista, de valoraciones y acentos ajenos” (Bajtin, 1991:94). 41 En estos postulados descansaría la creencia de que la comunicación consiste en la forma básica de interacción social: eje coordinador de las relaciones sociales y principio organizador de las experiencias y de la cultura (Mead, 1982). Este nodo entroncaría con la perspectiva antropológica de la comunicación que concibe que los símbolos socioculturales son formas comunicativas fundamentales en la construcción y constitución del sentido de pertenencia cultural: es la comunicación la que va a permitir la transmisión de valores, creencias, normas, reglas y convenciones (Rizo, 2014). Desde este prisma la comunicación incluye e involucra todos los procesos de influencia y afectación recíproca (Bateson y Ruesch, 1984), sin quedar reducida a las formas de mediación verbales. Así, tanto el aprendizaje como la adquisición de la cultura van a implicar interacciones comunicativas entre los sujetos, y entre y otros dispositivos del entorno (Rizo, 2014:29). La comunicación se presenta como el nexo que articula la relación yo/otro y el espacio en el que se entreteje la intersubjetividad: espejo que nos devuelve el sentido de pertenencia a una determinada comunidad, grupo, cultura o sociedad (Mead, 1982; Cooley, 2005; Carey, 1988, Martín Barbero, 1987). Los autores enmarcados en la corriente del interaccionismo simbólico reflexionan ampliamente sobre la dimensión simbólica de la comunicación situándola a la base de las interacciones sociales. Concretamente Mead (1982) desarrolla estas cuestiones en su obra Espíritu, persona y sociedad, donde plantea una relación constitutiva y recíproca entre estas tres instancias mediante la acción de la comunicación. El autor entiende que la subjetividad (la personalidad, la individualidad, el yo, o el self) es fruto de una multiplicidad de procesos comunicativos que implican la interiorización de lo social, es decir, que el yo deviene objeto para sí a través de las posibilidades que le brinda la comunicación; determinando que “[e]l campo de cualquier mente individual se extiende hasta donde se extiende la actividad social o el apartado de relaciones sociales que la constituye” (Mead, 1982:245). Según Mead (1982) la “persona” se reconoce a sí misma a partir de la internalización del «otro generalizado», que es la sociedad en general (Mead, 1982:248). El “yo” (self) es la reacción del organismo a las actitudes de las otras con los cuales se identifica, mientras que el “mi” (Me) son las actitudes que adopta una misma como fruto de una 42 organización definida dentro de una comunidad (mi social). Las actitudes de las otras constituyen el “mi” organizado, y luego una reacciona hacia ellas como un “yo”. (Mead, 1982:248). Un aspecto de las aportaciones de Mead que deviene especialmente interesante para mi estudio es la consideración de los gestos desde su vertiente comunicativa, pues en la intimidad afectivo-sexual estos van a adquirir gran densidad simbólica. Por su parte, los trabajos de Cooley (2005) avanzan en la misma línea respecto a la idea de un yo que es espejo (reflejo) de lo social y emerge de la vida comunicativa, en tanto que las relaciones con las otras y con el entorno constituyen en sí mismas procesos comunicativos e interpretativos (Cooley, 2005: 22). El enfoque ritual de la comunicación (Carey, 1992; Goffman, 1970;1977;1979) subraya el sentido de pertenencia en el que el hacer cotidiano va a adquirir significación puesto que es compartido y, por tanto, comunicado e interpretado por los sujetos en un determinado contexto sociohistórico. Para Goffman, las situaciones cotidianas constituyen rituales de interacción mediados comunicativamente. En ellos se encuentran involucrados distintos elementos y prácticas portadoras de sentido simbólico, como la ropa, el aspecto, las pausas del lenguaje, las expresiones del dominio del cuerpo, los movimiento y gestos de la cara, y las manifestaciones emocionales: todos ellos flujos comunicativos cargados de densidades simbólicas y valor ritual (1979:36) 20. Los rituales de interacción que analiza Goffman suponen la interiorización de una cultura que se encarna y se hace cuerpo [con género] en los que el carácter expresivo y comunicativo cobran un cariz fundamental. El carácter procesual y fluido de la comunicación comporta otro de los rasgos fundamentales de la orientación pragmática, al establecer que se trata de los “proceso[s] mismo[s] en el que la relación intersubjetiva se objetiva y expresa” (Abril, 2007). Quedaba claro ya en los niveles anteriores que la comunicación va más allá de su carácter lingüístico y que incluye conformaciones de la experiencia sensorial y de la 20 Esta idea es seguida por los autores de la escuela de Palo Alto quienes dan una importancia crucial a la comunicación no verbal dentro de los esquemas de las significaciones simbólicas (Watzlawick, Beavin y Jackson, 1991). 43 actividad textual-discursiva (Abril, 2007:65). Lo textual aquí no remite únicamente a la mediación de las palabras sino que comprende también formaciones visuales o verbovisuales, es decir, imágenes, fotografías, vídeos, así como imaginería, relatos, narrativas y (auto)narrativas, etc. Esta idea también se halla en Hall (1991) referente fundamental de los Estudios Culturales, cuando define las representaciones desde su vertiente práctica, pues los sentidos no están para él de manera inherente en los objetos, en las cosas ni en el mundo, sino que constituyen prácticas significantes, acciones que hacen que las cosas signifiquen (Hall, 1991: 9) y que producen activamente el sentido. En este punto, resulta útil recuperar la noción de semiosis ilimitada que apunté más arriba en relación con el género, pues se inscribe dentro del enfoque pragmático de la semiótica instaurado por Peirce (considerado una de las principales figuras del pragmatismo filosófico), cuya propuesta supuso una transformación sustancial respecto a las formas de asumir los procesos de significación. La semiótica pragmática que inaugura Peirce rompe con las lógicas estructuralistas que habían dominado en este campo y que explicaban las posibilidades de significación en base a dos elementos, significante y significado, que se entendían en términos de dicotomía y estabilidad. Frente a estas concepciones, la semiótica pragmática introduce un tercer elemento que mantiene una relación dinámica con los anteriores (Castañares, 2006; De Lauretis, 1984).21 Desde esta perspectiva uno de los rasgos principales de los signos va a ser su comunicabilidad, en tanto que adquieren sentido en los procesos comunicativos (Castañares, 2006) debido a que se encuentran sujetos a procesos constantes de reinterpretación. Esta visión nos permite comprender la comunicación desde esta vertiente procesual, es decir, como resultado de procesos insertos en una cadena de semiosis ilimitada, de significaciones que se hacen cuerpo y producen experiencias 21 En este proceso de semiosis va a ser el interpretetante el que sostenga estas mediaciones, es decir el que hace posible la interpretación confiriendo este sentido activo, dinámico e ilimitado a la cadena de significación. Este efecto de significado que puede producir el signo, a partir de la mediación de los otros, supone ''un cambio de hábito", como expresa De Lauretis: "una modificación de las tendencias de una persona a la acción, que resulten de experiencias previas o de esfuerzos previos” (De Lauretis,1984:277). 44 semiótico-materiales sin término: “accion[es] que vuelve[n] al universo de la significación al convertirse en nuevos signos y nuevos sistemas semióticos (De Lauretis, 1984:277). Cadenas semióticas inconclusas en las que se articulan constantes procesos de interpelaciones y reconocimientos en los que nos hacemos sujetos22. A partir de todo lo anterior, vemos cómo la comunicación no puede reducirse a una función, objeto o efecto cognitivo, sino que supone una compleja matriz de significación (Abril, 2007:65) en la que se hallan envueltos e inmersos procesos de mediación y remediación comunicativos. La noción “matriz de significación” resulta especialmente útil para advertir la complejidad del entramado de procesos y niveles que la comunicación involucra, como expone Abril: “un conjunto de representaciones sobre el mundo, la historia o las relaciones sociales, que constituyen conjuntos de categorías (campos conceptuales), imágenes (figuras estéticas, tópicas sentimentales, imaginarios, etc.), y un sinfín de tipificaciones. Pero, además, los universos de significado se articulan a un nivel más profundo, el simbólico, que implica ya no sólo la producción y circulación de significados, sino también relación, vínculo y mediación. Un universo simbólico desempeña la función de una estructura profunda para los universos de significado de una sociedad: es el nivel que sustenta sus cosmologías y mitologías, las representaciones compartidas del tiempo y el espacio, los marcos categoriales básicos, los símbolos de la identidad colectiva que rigen las asignaciones del sentido propio/ajeno (…)” (Abril, 2009:147) La matriz de significación me va a permitir analizar todo este flujo continuo e incesante de sentidos y transitar por esta amalgama de modelos, rituales, metáforas, prácticas, gestos, afectos, movimientos, silencios, relaciones, etc. que se imbrican en el universo semiótico-material de la sexualidad de estas jóvenes. Ahora bien, volviendo a la cuestión que planteaba al comienzo, es necesario una perspectiva situada que tenga en cuenta 22 Esta idea permite situar las subjetividades, experiencias y los cuerpos en el centro mismo de la semiosis y superar las dicotomías tradicionales presentadas en clave de oposición prácticas/representación, ficción/realidad, mente/cuerpo (entre otras) al asumirlas en términos de relación, contingencia y continuidad entre lo semiótico y lo material. 45 el campo de relaciones y correlaciones de fuerzas y poder(es) en el que emergen estos procesos comunicativos y huya de los presupuestos consensualistas y utópicos para los que la comunicación es necesariamente sinónimo de entendimiento, comprensión y consenso (Carabaña y Lamo de Espinosa, 1978), pues estas relaciones se hallan indefectiblemente ancladas en un contexto sociohistórico concreto en el que los sujetos ocupan posiciones diferenciadas y/o asimétricas en este caso relativas a los géneros. ¿Cómo se incorporan las jóvenes a estas negociaciones y cómo se encuentra atravesadas por las posiciones de género? 1.3.1. Cuerpos y afectos en el entramado de la intimidad afectivo-sexual Antes de adentrarme en el orden de las interacciones afectivo-sexuales para desentrañar sus articulaciones con el género, considero crucial atender a la dimensión afectiva de estas prácticas desde la continuidad con la corporal, para lo que arrojo algunas de las claves conceptuales en las que sustenta mi perspectiva de análisis. Si bien el componente afectivo es constitutivo e inherente a todas nuestras prácticas y relaciones sociales (Bericat, 2000), el nivel de las emociones ha estado tradicionalmente relegado a lo residual dentro del campo de la investigación social. Por ello, una diversidad de autoras (Ahmed,2017; Bericat, 2000; Callejo, 2001; Collins, 2009; Goffman,1970; Jasper, 2012; Le Breton, 1999; Sabido Ramos, 2019; Saiz Echezarreta, 2012; Williams,1989) nos advierten desde distintas disciplinas sobre la necesidad de prestar atención a los procesos emocionales en nuestras investigaciones, en aras de ampliar perspectivas y visiones sobre las realidades socioculturales que estudiamos que tradicionalmente han pasado desapercibidas (Bericat, 2000:151), más aún cuando lo que pretendemos es avanzar en la “comprensión de los agentes y sus motivaciones” (Jasper, 2012:59). Somos sujetos sintientes, dice Bericat (2000), y nos constituimos como parte de un continuum emoción/razón indisoluble. Esta continuidad se revela central en los estudios de la intimidad afectivo-sexual, terreno en el que los procesos afectivos cobran especial relevancia, notoriedad y visibilidad. Basta echar un vistazo a la RAE para comprobar que 46 la intimidad se encuentra inextricablemente ligada a lo afectivo 23 . La decisión de referirme a lo afectivo-sexual reside precisamente en la necesidad de remarcar, visibilizar y enfatizar esta dimensión afectiva de la sexualidad pues, en ocasiones, este distanciamiento entre lo sexual de lo afectivo entraña consecuencias considerables para las jóvenes, como se verá más adelante. La perspectiva desde la que me aproximo a los procesos afectivos y emocionales24 bebe también del enfoque pragmático que pasa por cuestionar las premisas esencialistas y biologicistas y concebir que es en las relaciones sociales desde donde estas se entienden, experimentan y dotan, al estar ancladas en un espacio-tiempo sociohistórico concreto. Desde este prisma, las emociones constituyen signos insertos en una cadena de semiosis y significación ilimitada e inacabada (Castañares, 2006; Saiz Echezarreta, 2012). Saiz Echezarreta (2012) recurre al esquema de Peirce 25 para explicar las emociones desde la pragmática y la semiótica, pues como señala es a través de la mediación semiótica como los signos se constituyen en hábitos, esto es, en experiencias corporales y encarnadas. Esta mediación posibilita que las emociones devengan en experiencias emocionales, interpretables y comunicativas (2012:116), al estar entrelazadas y constituirse en “representaciones, figuraciones y relatos articulados a través de los discursos en los que se estabilizan las estructuras del sentimiento”(2012:128): “Cuando nos encontramos con una estructura de sentimiento, significa que las emociones se sostienen sobre una serie de creencias y valores que forman un horizonte de sentido compartido a través de representaciones y narraciones. Y 23 “1. f. Amistad íntima. 2. Zona espiritual íntima y reservada de una persona o de un grupo, especialmente de una familia.” Por su parte, íntimo/a refiere a: “1. Adj. Lo más interior o interno. 2. Adj. Dicho de una amistad: muy estrecha. 3. Adj. Dicho de un amigo: muy querido y de gran confianza”. 24 Soy consciente de que se trata de campos, el de los afectos y las emociones, entre los que también se han establecido ciertas distinciones analíticas. Sin embargo, de acuerdo con lo plateado por Ahmed (2017) en el desarrollo de este trabajo no voy a establecer diferenciaciones entre ambas. 47 todo este entramado es el que promueve una disposición afectiva que guiará los procesos de interpretación posteriores y facilitará las acciones colectivas conjuntas. Por tanto, necesitaremos analizar estas lógicas representacionales que afectan a la definición de los imaginarios compartidos – y que conforman además las narrativas personales– para conocer en qué consiste y cómo se articula una disposición afectiva” (2012:128). El concepto de disposición afectiva que la autora desarrolla resulta especialmente útil para comprender cómo las emociones, los afectos y los sentimientos son signos insertos en procesos de semiosis articulados sobre una base de creencias, que van a ir sedimentándose, creciendo y agrandándose debido a su capacidad de afectación mutua (Ibid). Los signos, en palabras de Castañares, crecen “gracias al uso que las gentes hacen de ellos, y gracias también a la experiencia del mundo que les rodea” (2006:6). Estas ideas se encuentran también en el trabajo de Ahmed cuando define las emociones como efectos de circulación, como expresa: “las emociones involucran procesos corporales de afectar y ser afectada […] se refieren a cómo entramos en contacto con los objetos y con otras personas” (2017:312). Por ello, han de ser siempre entendidas desde el anclaje espacio-temporal en el que estas relaciones se encuentran incardinadas. El enfoque pragmático posibilita una comprensión de las emociones y los afectos desde la praxis, como flujos y efectos que circulan en las relaciones afectivo- sexuales de las jóvenes al verse inscritas en estructuras del sentir (Williams,1980): esquemas y estructuras del sentimiento (representaciones, relatos y narrativas) en torno a la sexualidad desde donde las jóvenes van a conferir sentido a sus experiencias afectivo-sexuales. Las reflexiones de Sabido Ramos (2010) ofrecen una mirada interesante para pensar de manera entrelazada la dimensión corpóreo-afectiva, al aunar bajo su perspectiva de análisis el orden de las interacciones y el orden de las disposiciones corporales, atendiendo también al nivel de los afectos. Este ensamblaje permite conceder al cuerpo, a sus modos de hacer y de sentir (Sabido Ramos, 2010:15), un especial protagonismo y pensarlo como un lugar de inscripciones concretas dentro de un orden específico, y comprender desde aquí los sentidos que le atribuimos a los movimientos, 48 sensibilidades, hábitos y técnicas y usos del cuerpo dentro del ámbito específico de la intimidad afectivo-sexual de estas jóvenes. Tras esta revisión por las principales teorías y conceptualizaciones que conforman mi perspectiva de análisis, me centro en las consideraciones metodológicas y en la descripción de las prácticas de investigación empleadas para el análisis de las experiencias afectivo-sexuales y de las negociaciones de género que se despliegan en el ámbito de la intimidad afectivo-sexual. 49 CAPÍTULO 2 CONSIDERACIONES (ETNO)METODOLÓGICAS: PRÁCTICAS Y DISEÑO DE LA INVESTIGACIÓN “Así, creo que mi problema y “nuestro” problema es cómo lograr simultáneamente una versión de la contingencia histórica radical para todas las afirmaciones del conocimiento y los sujetos conocedores, una práctica crítica capaz de reconocer nuestras propias “tecnologías semióticas” para lograr significados y un compromiso con sentido que consiga versiones fidedignas de un mundo “real”, que pueda ser parcialmente compartido y que sea favorable a los proyectos globales de libertad finita, de abundancia material adecuada, de modesto significado en el sufrimiento y de felicidad limitada.” (Haraway, 1995:8) “Los personajes del guion –monstruos, actores–red, autores–red, articulaciones contingentes…–habitan un paisaje ya definitivamente cartografiado por el texto y nos devuelven, así, a la ficción de la coherencia del campo de investigación. Sin embargo, viejos y nuevos monstruos siguen agolpándose en sus fronteras”. (Casado y Gatti, 2001: 167). 2.1. Bases epistemólogicas para una investigación situada Tal y como expuse en la introducción, esta investigación parte de una serie de tensiones que yo misma he experimentado en las relaciones afectivo-sexuales que he mantenido con varones, así como de los malestares que me fueron en su día compartidos por amigas, familiares y otras compañeras de mi entorno: inquietudes, incertidumbres y cuestionamientos que funcionaron como fundamento para las primeras exploraciones realizadas en torno a la sexualidad y que han ido paulatinamente transformándose hasta constituir las preguntas e hipótesis que sustentan y articulan el trabajo de investigación que ahora presento bajo el formato de tesis doctoral. Por ello, comienzo apelando al carácter situado de todas las prácticas que conforman mi trabajo, así como las de las decisiones de orden teórico, epistemológico y metodológico 50 tomadas en el transcurso de este tiempo: preguntas, hipótesis, objetivos, revisión de textos y material bibliográfico en el que me he apoyado, prácticas metodológicas, diseño de la investigación (selección de participantes, escenarios y contextos de investigación), así como las herramientas de análisis. Según lo planteado por muchas teóricas, las epistemologías situadas buscan romper con el paradigma científico tradicional dominado por los mandatos universalistas, objetivistas y racionalistas, y regido por las lógicas dicotómicas entre sujeto conocedor/objeto de conocimiento, pensamiento/sentimiento, razón/emoción, mente/cuerpo, personal/político, entre otras (Haraway, 1995; Harding, 1996; Esteban, 2004; Casado y Gatti, 2001; Gregorio Gil, 2014). Desde este enfoque las epistemologías situadas buscan romper con las lógicas del hacer científico tradicional solo propias, dice Haraway, “de los trucos de los dioses y de las falsas visiones que prometen trascendencia”(Haraway, 1995:22). De modo que en línea con lo planteado por la autora, con este trabajo: “[l]ucho a favor de políticas y epistemologías de la localización, del posicionamiento y de la situación, en las que la parcialidad y no la universalidad es la condición para que sean oídas las pretensiones de lograr un conocimiento racional. Se trata de pretensiones sobre las vidas de la gente, de la visión desde un cuerpo, siempre un cuerpo complejo, contradictorio, estructurante y estructurado, contra la visión desde arriba, desde ninguna parte, desde la simpleza. Únicamente está prohibido el truco divino” (Haraway, 1995:20). De acuerdo con estas premisas, lejos de pretender la universalización y generalización de los conocimientos alcanzados, propongo un ejercicio de investigación que sea capaz de romper con estas dicotomías y apele al carácter situado, contingente y encarnado del proceso de investigación. Esta tarea pasa, en primera instancia, por reconocer que el yo que investiga es contradictorio y parcial (Haraway,1995) y se halla inmerso en constantes tensiones, (auto)cuestionamientos, reposicionamientos e incoherencias. Recojo a este respecto las poderosas palabras de Esteban: “Hay una tensión en mi trabajo como antropóloga, una tensión que por el momento al menos he desistido de aspirar a resolver: la tensión entre, por un lado, intentar comprender (e incluso explicar, definir, teorizar), la vida, la cultura, un 51 objeto cualquiera de estudio, como un todo coherente, ordenado u ordenable, y echar mano de la ciencia como una manera de perseguir esa coherencia racional, consistente. […] Y por otro lado, el reconocimiento de que no existe tal empresa. De que es imposible ese todo coherente, de que no es posible la Utopía, no al menos de forma integral. De que no es posible el Yo” (Esteban, 2011: 29). Del mismo modo que asumo la imposibilidad de un yo coherente y estable, parto del convencimiento de que también lo son las experiencias de los sujetos a los que me aproximo: complejas, diversas, heterogéneas, múltiples y, en definitiva, irreductibles (Willis y Trondman, 2002). Las experiencias afectivo-sexuales de las jóvenes a las que me aproximo no pueden ser estrictamente compartimentalizadas, estructuradas, organizadas ni, como señala Haraway, “apiñadas en niveles isomórficos de listas acumulativas” (1995:26). Sin embargo, partir de estas premisas no implica necesariamente romper con el paradigma clásico y tradicional de las ciencias sociales. Casado y Gatti (2001) establecen que la gramática del viaje y la lógica de la representación constituyen los soportes de los modos de hacer científicos tradicionales: la metáfora del viaje remite a un sujeto que parte de un centro de cáculo donde se originan los conocimientos teóricos para aproximarse a un “afuera” que ha de “descubrir” y “desvelar”; realidad que vuelve al campo científico a través de la representación que hace de este el/la científico/a social (Casado y Gatti, 2001: 152). Las exigencias marcadas por los guiones académicos para la elaboración de una tesis doctoral requieren de procesos de estandarización, estructuración, normativización y organización de los conocimientos obtenidos, así como de las técnicas necesarias para su obtención, llevándonos a las investigadoras a vernos inmersas en constantes ejercicios de (auto)disciplinamiento en aras de alcanzar el estatus de autoridad y legitimidad científica demandadas. En otras palabras, la necesidad de encajar, enmarcar, traducir, interpretar y, en definitiva, representar, para convertir en un texto que ha de ajustarse a mandatos académicos, puede hacer que tanto los soportes del paradigma clásico (la gramática del viaje y la lógica de la representación), así como la tradicional relación sujeto/objeto permanezcan inalteradas en lo que las autoras denominan las “nuevas sociologías”. Los dispositivos de visualización y focalización (Haraway, 1995) desde los que nos aproximamos a las distintas realidades pasan fácilmente a convertirse en “dispositivos de olvido” (Casado y Gatti, 2001), 52 en tanto que nos llevan a desterrar, desechar y expulsar fuera del campo de nuestras investigaciones aquellas dimensiones del conocimiento que no se adecúan a los imperativos canónicos académicos: “[I]nstados por la complejización de los objetos, el descentramiento de los sujetos y el cuestionamiento de las condiciones de posibilidad del conocimiento, ¿cómo administrar la frontera entre las interpelaciones de la teoría sociológica contemporánea y la práctica investigadora en el momento de realización de una investigación del carácter de una tesis doctoral?” (Casado y Gatti, 2001:264) La propuesta de las autoras es habitar el territorio fronterizo “que separa sujeto/objeto de la representación, comienzo/final del viaje” (Ibid:265), al que denominan hiato. Los hiatos constituyen los límites que separan las instancias sujeto/objeto, las hendiduras, las grietas y los intersticios de nuestras investigaciones, aquello que queda teñido de oscuridades: esos “monstruos que se agolpan en las fronteras” y constituyen “la parte nocturna de la investigación social” (Ibid:265). De manera que, una vez los y nos sabemos parciales, situadas, fragmentarias, incoherentes y complejas, podamos traer al campo de las representaciones este viaje y, con ello, los vaivenes, los desconciertos, las pérdidas, los desbordes, los reposicionamientos, (auto)cuestionamientos y las tensiones, pero también los afectos y los vínculos que tejemos en el transcurso de nuestras investigaciones: “Es un espacio, entonces, habitado por monstruos no naturalizados y autores encarnados, un paisaje que se perfila desde lo que dejan fuera las cartografías sociológicas, pero un paisaje cartografiable; es una construcción sociológica que genera vida social. Terreno, por eso, susceptible de nuevas cartografías y de nuevos trabajos de campo ahora sí, desde una posición incómoda, donde hacer visibles las tensiones que están detrás de las inquietudes tácticas, metodológicas y epistemológicas que presiden nuestros trabajos e investigaciones” (Casado y Gatti,2001:265). Gregorio Gil (2014) habla, por su parte, de la necesidad de visibilizar estos tránsitos y de “traspasar las fronteras dentro-fuera” de la investigación. Para ello, la autora realiza un 53 honesto e inspirador ejercicio de volver a cartografiar diez años más tarde todo aquello que dejó fuera del texto que presentó como tesis doctoral, ante las dificultades de sustraerse a los mandatos del “rigor”, la “neutralidad” y la “objetividad” académica: lo que la autora denomina “la doctrina de la inmaculada percepción” (Gregorio Gil, 2014:303). Con el propósito de encarnar y habitar su etnografía, y visibilizar los espacios que en su día fueron borrados, Gregorio Gil atraviesa esas fronteras para analizar una multiplicidad de historias, situaciones, vivencias y afectos que experimentó durante el desarrollo de su trabajo de campo: procesos que, ahora sí, van a constituir el objeto de la representación de su trabajo (Casado y Gatti, 2001). Las premisas anteriores podrían enmarcarse dentro de lo que se ha denominado las epistemologías y (etno)metodologías feministas, inspiradas en Harding (1996), entre otras autoras. Y aunque esta cuestión haya sido motivo de acalorados debates y dilemas (Casado y Gatti, 2001; Gregorio Gil, 2014; Castañeda, 2019) respecto a cómo nombrar o identificar estas miradas, muchas de mis consideraciones y perspectivas proceden de un corpus teórico- metodológico que se circunscribe a las genealogías feministas de la investigación social (Castañeda, 2019: 26). Estas reflexiones son un punto de partida desde el que comenzar a describir las derivas sobre cómo se ha ido articulando, tejiendo y forjando este entramado: los vaivenes, las (des)orientaciones y los entrecruzamientos que conforman este relato situado, parcial y localizado en torno a la intimidad afectivo-sexual de un grupo de jóvenes heterosexuales. 54 2.2. Hitos experienciales que han guiado el proceso de investigación Inspirada en la propuesta teórica de Casado (2002) empleo el concepto de hito para describir los momentos-situaciones más significativas y relevantes de este largo proceso de investigación, pues han consistido en momentos/experiencias/situaciones y puntos de inflexión cruciales de cara a definir y (re)formular las preguntas, diseñar las prácticas y estrategias metodológicas y encaminarme hacia la exploración de los distintos contextos y escenarios. La autora recoge este término de Del Valle que remite a “aquellas decisiones, vivencias, que al recordarlas se constituyen en una referencia significativa” (Del Valle, 1995:285 en Casado, 2002:19). Estos hitos engloban y aluden a un espacio-tiempo concreto donde pueden encontrarse “las fisuras incipientes de lo que más tarde puede erigirse en un cambio manifiesto” (Del Valle, 1999:12). Paso así a describir brevemente tres hitos (acontecimientos) que han sido relevantes en el proceso de investigación, pues han transformado mi mirada, mis motivaciones, mis perspectivas y enfoques: claves, por tanto, en la configuración de los dispositivos de visualización y focalización, así como en posibles dispositivos de olvido. 2.2.1. Hito 1. Intuiciones e indagaciones exploratorias: hacia las primeras decisiones. Como expuse en la introducción, el interés de explorar la sexualidad y sus articulaciones con el género reside en mis propias experiencias. De modo que es en mí, en tanto que autora-red, agente-cuerpo (Casado y Gatti, 2001), donde puede situarse el fundamento de este trabajo. El primer movimiento dentro/fuera vino de la mano de mi Trabajo Fin de Máster: una indagación exploratoria de la que esta tesis acabaría siendo continuación. Este desplazamiento me permitió constatar cómo el descubrimiento de la sexualidad en pareja de un grupo de mujeres jóvenes heterosexuales se encontraba atravesado por fuertes desequilibrios y asimetrías de género, presentándose como un terreno enormemente fructífero en el que seguir investigando. Y como “no es cómo se empieza sino cómo se termina”, como dice el refrán, las líneas de apertura que plantée entonces sirvieron como las guías desde donde me dispuse a recomenzar. 55 Esta primera fase de investigación encaminada a tomar decisiones metodológicas cruciales se vio atravesada por las dudas y las incertidumbres, ante el inmenso horizonte de alternativas y posibilidades que podrían inscribirse dentro del marco de las experiencias afectivo-sexuales de la juventud y sus articulaciones con el género, todas cargadas de un enorme atractivo científico. Tras una serie de prácticas de investigación que realicé a modo de tentativas, me decanté finalmente por indagar en las experiencias de un grupo de mujeres jóvenes, cis y heterosexuales (de 18 a 23 años), de clase media-alta residentes en Madrid: un recorte metodológico que obedece a la decisión de buscar y rastrear de un modo profundo los sentidos hegemónicos debido al carácter preferente y dominante que ocupan en las sociedades occidentales actuales, descartando así otras opciones que sin duda también hubieran resultado interesantes y significativas, como podían ser dedicar una atención más explícita a la intersección con la clase social, la orientación sexual, la identidad de género o la etnia, entre otras. De todo lo anterior se desprende la siguiente hipótesis general y las preguntas de investigación en la que se fundamenta mi trabajo: - Las experiencias afectivo-sexuales constituyen un eje fundamental en los procesos de subjetivación de género para las jóvenes heterosexuales: advirtiéndose como un espacio de interacciones cotidianas atravesado por fuertes desequilibrios y asimetrías. ¿Qué sentidos confieren las jóvenes a sus experiencias afectivo-sexuales? ¿Cómo se configuran los procesos de subjetivación de género como fruto y resultado de sus relaciones afectivo-sexuales en pareja? A partir de aquí se articula, consecuentemente, el siguiente objetivo: o Objetivo general: analizar los sentidos y prácticas hegemónicas en el seno de la intimidad afectivo-sexual de un grupo de mujeres jóvenes heterosexuales y sus articulaciones con las relaciones de género para advertir las asimetrías que configuran los procesos de subjetivación sexo-generizados. 56 2.2.2. Hito 2. “De lo velado a lo revelado”: tensiones y ambivalencias en un contexto de placer/peligro Como ya avancé, este trabajo se ha ido fraguando al calor de un escenario social cambiante respecto a la cuestión de la sexualidad y el género en el marco de la heterosexualidad; cambios que han cristalizado también en mis modos de mirar y abordar las experiencias de las jóvenes. Las indagaciones exploratorias las realicé en un contexto impregnado de ficciones y retóricas igualitaristas, pero la eclosión de los movimientos feministas en las calles, redes sociales y medios de comunicación posibilitaron la transformación de este panorama. Una multiplicidad de artículos y trabajos se refieren a la “cuarta ola del feminismo” (Altamirano, Cioffi, De Titto, et. Al, 2018) para describir esta implosión del movimiento iniciada en 2015, caracterizada por su carácter autónomo, popular y transversal, y posibilitada, en gran parte, por el potencial movilizador de las redes sociales. Las movilizaciones articuladas en torno a la cuestión de las violencias sexuales condujeron a una mayor visibildad de las asimetrías de género que atraviesan la intimidad afectivo-sexual, concretamente en el seno de las relaciones heterosexuales. Estas transformaciones contribuyeron, por un lado, a dotar de mayor interés y legitimad a mi estudio y, por otro, a hacerme cada vez más consciente de la necesidad de adoptar una perspectiva capaz de dar cuenta de las complejidades, matices y artistas que entrañan; lo que requería mantener las tensiones entre placeres y peligros (Vance, 1989), tal y como expuse en el apartado dedicado a las claves teóricas. Sin embargo, ante el panorama político y social, las lecturas focalizadas en señalar al género como espacio de constreñimiento sexual en el marco de la heterosexualidad, añadidas a las emociones de rabia e indignación que afloraban en las movilizaciones feministas de las que formo parte, impregnaron mi mirada, afectando con ello al proceso de investigación. Estos hitos experienciales me hicieron alentaron a guardar cierta cautela epistemológica ante el riesgo de invisibilizar o hacer palidecer los placeres frente a los peligros o viceversa (Vance, 1989). Este ejercicio de ajuste de los dispositivos de focalización de los que nos habla Haraway (1995) se ha revelado, en ocasiones, complejo, pues ha requerido de constantes reposicionamientos en aras de buscar el contrapeso entre la correlación de fuerzas para no perder el equilibrio y caer de un lado u otro de la balanza. 57 En este escenario fue quedando cada vez más patente que los límites de eso a lo que denominamos “consentimiento sexual” consiste en procesos de negociación dificultosos situados más allá (y acá) del no y del sí, lo que me llevó a otra decisión de corte epistempológica importante: abordar la sexualidad desde el anclaje de la comunicación desde un enfoque pragmático, que me permitiera ahondar en lo simbólico y en lo corporal. Todo lo anterior cristaliza en las siguientes hipótesis secundarias: - Las relaciones afectivo-sexuales de las jóvenes se inscriben en un contexto de placer/peligro y son fruto de procesos de negociación dificultosos, en los que el cuerpo se revela el agente mediador fundamental de las acciones comunicativas: ¿cómo (re)negocian las jóvenes la intimidad afectivo-sexual desde la ambivalencia placer/peligro? ¿cómo se despliegan estos procesos comunicativos, afectivos y corporales en las prácticas afectivo-sexuales? ¿cómo articulan las dinámicas del reconocimiento en torno al placer y cómo son estas vivencias y encarnaciones en un escenario asimétrico? Preguntas de las que se derivan los siguientes objetivos específicos: o Rastrear los sentidos de las experiencias afectivo-sexuales de las jóvenes desde la ambivalencia constitutiva placer/peligro (Vance, 1989). o Ahondar en el campo de las negociaciones prácticas desde el anclaje comunicativo con enfoque pragmático desde donde abordar las emociones, los afectos y la corporalidad. o Analizar las (re)negociaciones íntimas en torno al placer sexual desde el eje teórico de los reconocimientos y delinear desde aquí las fuentes de mayores malestares y posibles diálogos con las violencias sexuales. 58 2.2.3. Hito 3. Lo colectivo como espacio para el agenciamiento En paralelo a mis experiencias como activista comencé a trabajar en el ámbito de la intervención social con diversos colectivos: grupos intergeneracionales y grupos específicos de adolescentes y jóvenes. Se trata de una labor que desempeño de manera continuada como dinamizadora de un Espacio de Igualdad del Ayuntamiento de Madrid que va a permitirme desarrollar intervenciones, talleres y actuaciones formativas de diversa índole en materia de igualdad de género, donde la sexualidad constituye uno de los ejes fundamentales en las programaciones y en los contenidos. En la mayoría de estos talleres colectivos empleo dinámicas experienciales y vivenciales (escritura, pintura, expresión corporal y conversaciones-foros a partir de materiales audiovisuales) con el fin de aunar distintos lenguajes que facilitan el acceso a un campo tan íntimo como el de la sexualidad. Todo estos ejercicios además de ir dotando a mi trabajo de un marcado carácter polifónico, me hicieron valorar la posibilidad de comprobar el potencial de lo colectivo. Sobre este hito experiencial se articula la siguiente hipótesis: - Los talleres grupales se presentan como espacios de intersubjetivación e interreflexividad que, en el ámbito específico de la sexualidad, operan en clave de agencia compartida, esto es, traduciéndose para las jóvenes en procesos de agenciamiento sexual. ¿Cómo se producen estos tránsitos? ¿Cómo tienen lugar estos agenciamientos en el campo de la intimidad afectivo-sexual? De esta pregunta se desprende el siguiente objetivo específico: - Analizar cómo operan las experiencias grupales y colectivas en los procesos de agenciamiento sexual de las jóvenes. 59 2.2.4. Hito 4. “Esos monstruros que se agolpan en las fronteras”: limitaciones y desreajustes Como comenté anteriormente, la decisión de dedicar esta investigación al análisis de las experiencias afectivo-sexuales de un grupo específico de jóvenes cis, heterosexuales, blancas, de clase media-alta circunscritas dentro de lo hegemónico, reside en los propios malestares que he experimentado en mis relaciones heterosexuales; decisión que ha sido costosa de mantener y habitar a lo largo de este tiempo. Fuera/dentro del campo, y atravesándolo de parte a parte experimento un proceso de estabilización en lo que respecta a mi identidad sexual, esto es, a mis prácticas, deseos y afectos; al significarme en “lo personal y en lo político” como lesbiana, una tensión que considero crucial traer al campo de representaciones de esos monstruos que se agolpan en las fronteras (Casado y Gatti, 2001); pues ha devenido fuente de confusiones, enredos y reposicionamientos. Los movimientos fuera/dentro se han traducido en desplazamientos, en tanto que autora-red dentro de este entramado: reposicionamientos que no han sido fáciles de habitar. Un cambio respecto al lugar de enunciación y a los modos de narrar que me supuso desconciertos que emergían vinculados a la cuestión de la legitimidad. Ello me hizo incluso replantearme la modificación de la parcela de análisis y centrarme en los malestares de género que habito como lesbiana (que, por otro lado, urge y mucho visibilizar) o cartografiar los tránsitos entre orientaciones apelando al carácter fluido de la sexualidad y abordar los procesos en los que las identidades se estabilizan. Sin embargo, pese a las dudas y confusiones traté de emplazar el lugar desde el que investigar, enunciar y narrar, sabiéndome presa de ciertas tensiones. Apelar a este hito experiencial parte, en primer lugar, de mi compromiso político con las epistemologías encarnadas, de la localización, y de la situación, en un intento por representar ese yo fragmentario e incoherente que se enreda, funde, confunde, y, en ocasiones, se pierde en el juego de interpelaciones y (des)identificaciones que articulan este proceso de investigación. Pero además porque este devenir lesbiana durante la realización de esta investigación ha consistido en un movimiento de distanciamiento y alejamiento, de tensiones del reconocimiento que me incoaba a guardar cautela 60 epistemológica y a reajustar de manera constante mis dispositivos de focalización (Haraway, 1995). Las lecturas e indagaciones realizadas dentro del campo de los estudios de género LGTBQIA+, así como mi activismo dentro de estos movimientos, han enriquecido, no obstante, mi mirada, proporcionándome herramientas interesantes de análisis. Por otro lado, otra serie de recortes teóricos y metodológicos se harían eco de los límites y limitaciones que presenta mi estudio y que considero importante mencionar brevemente. No haber contemplado otros ejes de intersección con la sexualidad más allá del género, como la clase social, la etnia o la orientación sexual, obedece al interés ya comentado de perseguir los sentidos de lo hegemónico y las ficciones igualitaristas que lo atraviesan, pero evidencia la ausencia de otras voces que hubieran resultado también interesantes. Asimismo, en un primer momento valoré la posibilidad de introducir la variable del amor de manera separada y específica (y posiblemente comparada), y ahondar en las interrelaciones entre el amor y la sexualidad. Evidentemente, los códigos del amor moldean y conforman de maneras específicas los discursos y las experiencias en torno a la sexualidad. Sin embargo, descarté valorarlo de manera aislada, preestablecida o prefijada y lo incorporé de manera transversal al análisis: como parte de un continuum en la articulación de los relatos y las prácticas afectivo-sexuales de estas jóvenes, supeditándolo al propio ritmo y al fluir de la investigación. Por otro lado, planteé a priori constatar la incidencia que las prácticas y discursos feministas podrían estar teniendo en los relatos y experiencias de las jóvenes, al contemplar c la posibilidad de que existieran grandes diferencias entre los recogidos en la primera fase de investigación, en el año 2016, y en las últimas, entre 2017 y 2018, ante la progresiva eclosión y consolidación de los movimientos feministas, especialmente en ciudades como Madrid y en el contexto universitario al que todas las jóvenes pertenecían. No obstante, y aunque se trata de apreciaciones que no han pasado desapercibidas, decidí no tomarlas como hipótesis ni controlarlas como variables. En este proceso decisorio evalué también la posibilidad de explorar las experiencias de varones heterosexuales, pero tras una serie de indagaciones realizadas 61 en esta dirección en cómo el género, o mejor dicho, mi género, se evidenciaba como un obstáculo difícil de sortear de cara a forjar y construir espacios de confianza. En cuanto a las limitaciones de carácter teórico, la perspectiva interdisciplinar me ha permitido articular visiones distintas y dispares desde las que aproximarme a las experiencias afectivo-sexuales de las jóvenes, proporcionándome herramientas de análisis procedentes de distintas disciplinas (sociología, antropología, estudios culturales y de la comunicación, estudios de género y sexualidad, etc.) que si bien han enriquecido mis perspectivas y miradas, también me han dificultado profundizar en campos de investigación más específicos como pudieran haber sido el psicoanálisis, la sexología con perspectiva de género o conceder una mayor atención a campos como la sociología del cuerpo y de las emociones. La apuesta por la adopción de un enfoque sociocultural e interdisciplinar no ha constituido, no obstante, un análisis superfluo, pues me ha brindado la posibilidad de ahondar de un modo más profuso en el ámbito de la semiótica, los estudios culturales y los estudios de la comunicación: óptimos para la exploración de las negociaciones de género como procesos interactivos, relacionales y comunicativos, y en los procesos de subjetivación. Una vez expuesto los principales hitos experienciales en los que se han fraguado las preguntas y objetivos de la investigación, me dispongo a describir cómo he ido construyendo y configurando el trabajo de campo. 2.3. Cartografiando el campo: prácticas cualitativas con perspectiva etnográfica “[P]odemos decir que la mirada no es un hecho natural – vemos lo que somos, queremos y podemos–, se mira la sociedad desde la sociedad misma, y esto hace que nuestra percepción sea selectiva y, por ello, creativa. Nuestra mirada está formada, esto es, educada–y por tanto, se puede educar más y reeducar mejor– y esta educación de la mirada es fundamental hasta para definir la propia realidad social” (Alonso, 1998:20). Comprender los sentidos que confieren las jóvenes a sus experiencias afectivo-sexuales y advertir las dinámicas y los procesos de negociación en los que estos se articulan requiere 62 apostar por una perspectiva cualitativa; pues se revela el enfoque más idóneo para dar cuenta de los procesos de producción y configuración de los sentidos en torno a las propias experiencias (Alonso, 1998). Como he pretendido reflejar en el anterior apartado, este trabajo es resultado de una multiplicidad de relaciones, experiencias y prácticas que dotan a este proceso de investigación de una marcada polifonía, heterogeinedad y diversidad en lo que respecta a las prácticas metodológicas. De manera que la tarea de cartografiar el trabajo de campo implica, en primera instancia, una labor de ensamblaje basada en el rastreo de inscripciones (Latour, 2005) que han quedado materializadas a través de grabaciones de audio y su posterior transcripción, así como en anotaciones y reflexiones registradas en mis cuadernos de campo. Me he decantado por el entrelazado de prácticas cualitativas como han sido los talleres experimentales y las entrevistas abiertas en profundidad, así como las observaciones de las prácticas de intervención realizadas en el marco de mi actividad profesional y de las conversaciones y encuentros mantenidos de manera más informal: un entramado de prácticas cualitativas con perspectiva etnográfica. Esta orientación y mirada, en palabras de Alonso: “(…) busca siempre situarse en el campo de las relaciones cotidianas, ya sea entrando en su espacio comunicativo a partir de sus productos icónicos o textuales, ya sea reconstruyendo la dinámica interpersonal de acciones y comunicaciones que crean y recrean la realidad social; más como un conjunto de prácticas situadas […] que como un simple conjunto de respuestas u opiniones que rugen de posiciones estáticas e individualizadas derivadas de la posición prefijada, en la estructura informal de las organizaciones sociales” (Alonso,1998: 26). El enfoque cualitativo que adopto bebe de una concepción pragmática de los sentidos que los sujetos ponen en ciruclación en el transcurso de diversas prácticas (Alonso,1998; Martín Criado, 1998). Los distintos escenarios de investigación constituyen espacios de subjetivación (Alonso, 1998) en el que se despliegan relaciones e interacciones mediadas a través de la acción de la comunicación (Martín Criado 1989:59), situaciones que, como tales, funcionan con arreglo a una serie de regulaciones específicas (Martín Criado, 1998). 63 Desde esta mirada plantea Martín-Criado la problemática distinción entre los decires y los haceres de los sujetos que forman parte de un determinado proceso de investigación. El autor recurre a las propuestas teóricas de Goffman y Bourdieu para resaltar la dimensión experiencial y encarnada de las prácticas de investigación, pues estos procesos de construcción de los sentidos simbólicos son posibles debido a que se hallan envueltos en un orden comunicacional configurado por la adquisición de una competencia comunicativa que permite a los sujetos que se reconozcan y se sientan parte de una comunidad (idea que entronca con el enfoque ritual y dialógico de la comunicación que expuse a partir de los trabajos de Mead, Carey, Cooley, Goffman, entre otros). Pero además, el autor desarrolla el concepto de implicación, que recoge de Goffman, para referirse al orden moral, afectivo e identitario de estas interacciones (1998:61): dimensiones que se revelan especialmente interesantes en el ámbito de la intimidad afectivo-sexual. Se trata, en definitiva, de resaltar las posibilidades de producción y generación del sentido en relación con la existencia de determinados marcos y esquemas cognitivos. Para ahondar en la dimensión experiencial de estas relaciones, Criado retoma el concepto de habitus de Bourdieu y señala cómo ese sentido práctico permite a los sujetos conferir sentido a sus discursos y experiencias. Así la pregunta sobre el decir y el hacer solo puede resolverse de un modo situado (Ibid: 67). Es por ello que esta perspectiva pragmática de los procesos de producción y configuración de los sentidos va a imprimir un carácter etnográfico a estas prácticas de investigación centradas no tanto en recoger pedazos de discursos sino en dar cuenta de los escenarios y contextos en los que los discursos y las prácticas se producen y adquieren significatividad (Ibid:71). Tras estas consideraciones paso a cartografiar el entramado de prácticas que han conformado mi trabajo de campo. 2.3.1. Los talleres experimentales Los talleres grupales han constituido una piedra angular en este proceso y se han revelado idóneos para indagar en un terreno que, a priori, puede resultar difícil transitar, debido a la dimensión de intimidad. Tanto los talleres no mixtos realizados ex profeso para esta investigación como los que han formado parte de mis prácticas de observación enmarcados en los proyectos de intervención y sensibilización en torno a la igualdad de género que he dinamizado con grupos mixtos de adolescentes y jóvenes en diferentes 64 centros educativos y formativos (todos ellos en la Comunidad de Madrid) han demostrado un enorme potencial para su apertura. En primer lugar, porque ofrecen un carácter experimental, informal y espontáneo que resulta más atractivo para participantes jóvenes, frente a otras prácticas grupales que siguen lógicas más pautadas, regladas y organizadas, y obedecen a unos criterios procedimentales y de valoración más rígidos. Y, por otro lado, porque se centran en haceres conjuntos (Ghiso, 1999; Cuervo y López, 2005), frente a otras prácticas grupales más focalizadas en la dinámica conversacional. En el caso concreto de una investigación centrada en las relaciones afectivo-sexuales la búsqueda de dinámicas complementarias o periféricas ha favorecido rebajar los niveles de vergüenza que a priori suscitaba a las jóvenes el tratamiento grupal de una temática como esta, al posibilitar un clima de mayor confianza y complicidad, así como un ambiente más distendido. El descentramiento respecto al “hablar sobre la sexualidad de una” se ha revelado crucial, particularmente en este ámbito más propio de lo privado y lo íntimo, algo que no suele hacerse o al menos no es común hacer con personas desconocidas. Las prácticas que realizadas (dinámicas corporales y teatrales, los juegos, el visionado de materiales audiovisuales, la escritura colaborativa o la intervención a través de objetos como fotografías, objetos de uso personal, entre otra diversidad de prácticas), han contribuido a generar procesos interreflexivos muy fértiles para el análisis. Los talleres consisten en la creación de un espacio colectivo y colaborativo articulado en torno a una cuestión concreta a partir de dinámicas y ejercicios dispares en los que pueden combinarse las dimensión práctica y teórica, y generar distintos niveles de participación y relación. Se trata de una práctica que surge en el ámbito educativo y pedagógico y va paulatinamente extendiéndose a otros campos como el de la intervención social, la creación artística o los movimientos sociales, presentando un enorme potencial para la investigación pues activa el procesar con otras a partir del entrelazado de lenguajes, visiones, objetos, cuerpos, prácticas y relaciones (Cuervo y López, 2005:27). 65 Cruces (2011) resalta como otro de sus potenciales el carácter multisensorial y el papel participativo y activo que ocupa el/la investigador/a en estos procesos colectivos permiten que adquiera un sentido próximo al de la autoetnografía: “Difícilmente podríamos asumir una exploración interreflexiva sobre la “vida de los otros” sin implicar primero y fundamentalmente la nuestra. De ahí que como metodología para el taller propongamos a título tentativo, experimental, una exploración/introspecciones colectivas, que bien podemos denominar autoetnografía” (Cruces, 2011) 26 Por su parte, Torres (2015), más vinculada al ámbito de los activismos feministas, habla de “experiencias tallerísticas” para referirse a las prácticas que ella realiza dentro del campo de la sexualidad y, más concretamente, en torno a la eyaculación femenina. La autora resalta el potencial de esta herramienta al consistir en un espacio de construcción de conocimientos colectivos desde la horizontalidad, donde los flujos de información y aprendizaje son bidireccionales, lo que permite romper con las lógicas tradicionales que cataloga de clasistas y en las que los flujos funcionan de manera unidireccional y jerárquica (2015:122). Particularmente, en lo que respecta a la sexualidad, Torres enfatiza la necesidad de estos espacios para la reapropiación y generación de conocimientos fuera de los márgenes del poder biomédico. En lo que respecta concretamente a la dimensión de las sexualidades y el género estos talleres encontrarían su precedente en los grupos o círculos de autoconciencia feminista surgidos en el seno del feminismo radical en los años 70 en Estados Unidos y que se revelaron como un dispositivo central para la expansión y consolidación de los movimientos feministas (Malo de Molina, 2014). Aunque autoras como Malo de Molina (2014) plantean a este respecto una tendencia a la institucionalización de algunos de los conocimientos y prácticas generadas por estos círculos, debido a su institucionalización e idealismo, fuertemente atravesadas por la clase social. No obstante, resalta también 26 Texto recogido de la presentación del taller de Cruces “Intimidades metropolitanas. Un taller de exploración colectiva dentro/fuera” realizado en Medialab Prado (Madrid) en diciembre de 2011. https://www.medialab-prado.es/videos/intimidades-metropolitanas-un-taller-de-exploracion-colectiva- de-adentro-afuera 66 su potencial en la generación y organización social de los conocimientos, y los sitúa como el germen de las epistemologías feministas. Otra de las ideas fuerza en las que se sustenta la práctica del taller es que se configura, concibe y entiende como un espacio abierto y dinámico, esto es, como un proceso siempre en (re)construcción y en movimiento, pues, aunque las prácticas y los haceres sean prediseñados y propuestos por quienes lo dinamicen, en todo momento se contempla la posibilidad de que sean las participantes quienes han de reapropiarse de sus usos (Cruces, 2011). Una concepción que entroncaría con su potencial transformador: acicate y palanca de cambio en los procesos de subjetivación tanto individuales como colectivos, así como para la configuración y construcción de las identidades sociales y políticas.27 Es conveniente resaltar a partir de lo ya comentado, que no existe un método reglado para su realización y que el diseño de cada uno de ellos responde a las utilidades y potencialidades exploradas en experiencias pasadas. A modo ensayo-error he ido adecuándolos a los distintos contextos, sometiendo tanto las diversas prácticas y ejercicios como mi posición como dinamizadora/investigadora a un proceso de reevaluación y revisión constante que se ha revelado crucial para rediseñar, redefinir y mejorar las experiencias futuras. Los talleres grupales que han formado parte de este proceso de investigación han orbitado en torno a las dinámicas teatrales28, aunque también he realizado otro tipo de dinámicas experienciales como prácticas de escritura (redacción de textos sobre alguna 27 La metodología de los talleres constituye el eje vertebrador de las programaciones de los Espacios de Igualdad del Ayuntamiento de Madrid, al concebirse como las herramientas más óptimas para activar procesos de empoderamiento individual y colectivo. Al mismo tiempo, se trata de uno de los dispositivos protagonistas dentro de los movimientos sociales y políticos de base en la actualidad: lugar de encuentro para la generación de una multiplicidad de actividades de carácter lúdico y formativo, emplazamiento para la (auto)organización, toma de conciencia y acción política. 28 Entre 2016-2017 junto a mi compañera y amiga Diana Talavera, experta y profesional en teatro social, conjugamos el ámbito del teatro y el ámbito de la igualdad de género gracias a las subvenciones que recibimos del Ayuntamiento de Madrid y de la Federación de Mujeres Jóvenes. A Diana le estaré eternamente agradecida por la ayuda y la formación prestada también para el diseño, la realización y la implementación de estos talleres. 67 temática relacionada con la sexualidad, o la formulación de preguntas escritas de manera anónima), relatar experiencias a partir de fotografías personales (inspirada en la técnica de foto elicitación) o dinámicas que podrían aproximarse a los juegos (“el pasapalabra de la sexualidad”, “asociación de palabras”)29. En cuanto a las prácticas teatrales, me inspiré en las metodologías procedentes del teatro-foro, una práctica que se encuadra dentro del teatro de las oprimidas (Boal, 2001;2004; Santos,2017).El concepto “teatro de las oprimidas” funciona aquí como paraguas bajo el que se engloban una multiplicidad de prácticas de teatro social como es el teatro-foro, el teatro-imagen, el arcoíris del deseo, teatro-documental, etc. (Santos, 2017; Boal,2001; 2004) encaminadas a activar procesos de transformación social. Se trata de una dinámica teatral desarrollada por Augusto Boal (2001) desde la que el hacer escénico se entiende como una actividad orientada a la transformación social, dedicada a la mejora efectiva de los grupos desfavorecidos. Desde este prisma, el teatro se concibe próximo al de la dramaturgia goffmaniana, en tanto que concibe que somos actores y actrices de nuestras propias vidas, pues el teatro, es para Boal: “la capacidad de los seres humanos de observarse a sí mismos en acción” (2001:26). Existe una gran producción de manuales y textos en cuanto al empleo y procedimientos de esta técnica (Boal,2001;2004;Santos, 2017). 30 Sin embargo el autor, lejos de aconsejar un uso dogmático o meramente procedimentalista señala que su potencial reside en la capacidad de adaptación y aplicación a los grupos específicos con los que se trabaje, en tanto que la finalidad consiste en activar procesos de transformación y cambio social respecto a las múltiples intersecciones entre los ejes opresión/privilegio que atraviesen las experiencias de los sujetos. De modo sumario, consiste en la representación de escenas de la vida cotidiana en torno a diversos conflictos desde los que se imaginan, recrean y actúan las soluciones a partir de una reflexión conjunta y colaborativa en torno 29 En el apartado de anexos incluyo la relación de talleres y dinámicas realizadas. 30 Asimismo, en los últimos años asistimos al auge y a la expansión de esta herramienta, talleres y cursos teórico-prácticos dentro de círculos activistas. 68 a una situación concreta: imaginar los mundos de lo posible, en términos de Butler, y encarnarlos durante el proceso de recreación. En cuanto a su idoneidad para trabajar sobre las relaciones de género y su vinculación con el activismo, se trata de una expresión cada vez más empleada por parte de grupos feministas. Zapata (2016) explica las intersecciones que existen entre ambas prácticas y donde reside para ella la potencialidad de aplicar las herramientas teatrales en el terreno de los feminismos: la transformación de la realidad a partir de procesos interreflexivos colaborativos, los procesos de agenciamiento que posibilitan, la centralidad del cuerpo como espacio de opresiones/resistencias, y la legitimación del cotidiano como espacio de reivindicación política. Por su parte, Calsamiglia y Cubells (2016) exploran la fuerza que presenta esta herramienta dentro de la investigación social, particularmente en lo que respecta al campo de las epistemologías feministas. Las autoras señalan cómo el teatro-foro constituye un espacio idóneo para “visibilizar los mecanismos psíquicos del poder, las dinámicas de poder y de fomentar la resistencia y la agencia” (Calsamiglia y Cubells, 2016:191), idea que las autoras toman de Butler. Además, señalan que se trata de un espacio liminal donde “lo imaginado deviene concreto y viceversa” (2016: 192). También subrayan la importancia y el papel que ocupan los cuerpos, donde especialmente en torno al género, devienen prácticas con, desde, a través y sobre los cuerpos: “el hecho de incorporar el cuerpo y la actuación como elemento explícito para la expresión (y no sólo la palabra), permite visibilizar el proceso de corporeización de las emociones y la acción, aportando un gran potencial para la investigación de los afectos” (Calsamiglia y Cubells, 2016:200). Por todas estas consideraciones, me decanté por abordar la temática de la sexualidad desde los talleres experimentales y, más concretamente, a través de las prácticas del teatro-foro. De los que han formado parte del proceso de investigación, cabría distinguir, por un lado, entre aquellos que diseñé exprofeso para la investigación y que realicé con grupos de mujeres jóvenes, que fueron recogidos mediante grabaciones de audio y fueron posteriormente transcritos. Y, por otro, los realizados con grupos mixtos desarrollados en el transcurso de mi labor profesional, que podrían enmarcarse dentro 69 de la práctica de la observación participante, debido al modo en el que fue registrada la información: recabada a través de anotaciones y reflexiones de mi cuaderno de campo. En cuanto a los talleres no mixtos, realicé dos con residentes en un colegio mayor de Madrid31, en los que participaron 9 y 10 jóvenes respectivamente. Fueron convocados dentro de la programación de actividades del Aula de Género y Sexualidades, a partir de un acercamiento previo que establecí con una de las participantes que realizó la convocatoria y me puso en contacto con las interesadas a través de un grupo de Whatsapp. El primero constó de dos sesiones: la primera tuvo una duración de cuatro horas, y la segunda tomó el formato de una cena-conversatorio: “el Banquete de Platona”. Esta segunda sesión posibilitó dar continuidad a algunos de los temas surgidos en la primera parte, así como a partir de la práctica de escritura propuesta al término de esta primera parte donde pudieron realizar reflexiones y preguntas de manera anónima. En cuanto al segundo taller, fue realizado un año más tarde, lo que permitió echar mano del primero para su diseño y tratar de focalizarme en los ejes que habían resultado más significativos en la experiencia previa. La estructura de los talleres fue la siguiente: - Presentación y exposición de intereses que motivaran su participación. - Dinámicas/juegos introductorios y reflexiones conjuntas. - Introducción al teatro-foro. - Construcción de piezas teatrales colaborativas desde la base experiencial, búsqueda de soluciones colaborativas. - Exposición de sentires. - Dinámica de evaluación/cierre. En cuanto a los talleres mixtos, las reflexiones recogidas en mi cuaderno de campo en torno a la intimidad afectivo-sexual de las jóvenes proceden de experiencias de investigación. Entre ellas pueden distinguirse, por un lado, las sesiones en torno a la 31 Este fue el colegio mayor en el que yo misma residí durante los primeros años de carrera; esto me dio la posibilidad de utilizar una red de contactos preexistentes que me ayudó a conformar de un modo situado los distintos grupos de jóvenes para la realización de los talleres. 70 sexualidad que forman parte de un itinerario formativo y de intervención más amplio y articulado en torno a la igualdad de género que realicé con el alumnado de los cuatro grupos de segundo curso de bachillerato de artes escénicas del instituto público Isabel La Católica de Madrid y, por otro lado, las anotaciones en torno a una serie de formaciones impartidas en el marco de un curso sobre trata y explotación sexual a cinco grupos de Formación Profesional de Integración Social en distintos institutos de la Comunidad de Madrid. Las primeras consistieron en dos sesiones de una hora de duración cada una en las que se emplearon juegos en torno a la palabra (el “pasapalabra” del deseo), prácticas de escritura (a partir de la narración de experiencias) y prácticas teatrales (como la creación de escenas a partir de las situaciones narradas y el teatro de los objetos) 32 . Los talleres formativos destinados al alumnado de FP versaron en torno a la sexualidad y al consentimiento, donde tomaron más protagonismo dinámicas participativas y experienciales, así como el visionado de materiales audiovisuales33. En estos contextos he empleado una práctica próxima a la observación participante puesto que en ellas tanto yo como las jóvenes hemos sido agentes participantes y hemos ido estableciendo formas de relación específicas en un espacio que les pertenecía a ellas (Callejo, 2002:413): el espacio donde se desarrolla su cotidianidad en los centros educativos. Una práctica encaminada a abordar las situaciones sociales (Martín-Criado, 1998; Casado y García, 2008; Callejo, 2002) en las que se ha activado y movilizado los sentidos en torno a la sexualidad por parte de las jóvenes a partir de sus interacciones, y donde el cuaderno de campo se torna “la expresión de esa observación” (Casado y García, 2008: 65). 32 La dinámica propuesta dentro del marco de Teatro de los Objetos consistía en construir una escena con un objeto personal que vincularan con la sexualidad, a partir del cual, tenían que construir por grupos una pieza dramática. 33 La línea de los privilegios en torno a la sexualidad fue una de ellas. Consistía en que mi compañera y yo lanzábamos una afirmación que reflejaba una situación concreta y las participantes (con los ojos tapados) debían dar un paso hacia adelante o hacia atrás en función de si la habían o no encarnado. Al finalizar, comprobaban el lugar en el que estaban respecto a las compañeras y expresaban sus reflexiones. En cuanto al material audiovisual expusimos el corto Je suis ordinaire, de Chloé Fontaine (2017). 71 Estos casos, en los que las prácticas de investigación eran realizadas en escenarios conformados también por varones, han funcionado como experiencias de contraste, que me han permitido ampliar enfoques y miradas, y analizar también comportamientos y actitudes. 2.3.2. Profundizar en las experiencias a través de las entrevistas La apuesta por combinar los talleres con las entrevistas obedece en la necesidad de ahondar de un modo profuso en las experiencias afectivo-sexuales y sus articulaciones con el género. Las entrevistas abiertas en profundidad se revela la práctica más idónea para adentrarnos en el nivel de las experiencias (Alonso, 1998; Callejo, 2002; Esteban, 2004) de cara a una búsqueda matizada y detallada por los sentidos vitales (Ahmed, 2018) capaz de dar cuenta también las complejidades que entrañan. En primer lugar, consiste en una práctica de investigación que posibilita generar un espacio más cómplice y cercano; en la mayoría de las ocasiones, experimentamos los espacios con personas que, por algún rasgo identitario, puedan compartir relatos similares a los nuestros, como lugares donde las barreras de las vergüenzas se flexibilizan y se genera una mayor intimidad para hablar de experiencias personales, más en el terreno de la sexualidad que nos ocupa. Desde un punto de vista pragmático, la entrevista es relación, interacción y negociación, espacio de subjetivación para quienes forman parte de ella: una práctica que favorece la expresión de un yo narrativo y situado en la que se integra el yo como parte del propio relato (Alonso 1998: 226), donde “la palabra es el vector vehiculante principal de una experiencia personalizada, biográfica e intransferible” (Ibid:228). Se trata de una práctica que busca y posibilita que el sujeto entrevistado encuentre satisfacción en compartir una confesión (Callejo, 2002: 417). Señala Alonso (1998) que la entrevista abierta en profundidad consiste en un contrato comunicativo en una relación conversacional articulada en torno a guiones y esquemas 72 prestablecidos que operan a modo de marco34, ofreciendo a la persona entrevistada un espacio amplio para la argumentación y la reflexión pausada y contemplando la posibilidad de abrir desde aquí nuevas líneas y flujos comunicativos. Así, su carácter abierto y negociado y el nivel de retroalimentación constituyen algunas de sus características. No obstante, no se trata de una conversación de tipo ordinario, sino que obedece y se adecúa a unas normas concretas, específicas y contextuales que la definen y donde las interlocutoras van a ocupar posiciones asimétricas (Alonso, 1998; Callejo, 2002): “La entrevista al realizarse tiende a convertirse así en un sistema de tipo homeostático, esto es, en un sistema en equilibrio inestable contrapesado por secuencias comunicativas que perfilan una relación potencialmente conflictiva (…) [U]n juego social en el que se despliegan un largo repertorio de estrategias, transacciones y caricias, así como un buen número de resortes gestuales y proxémicos, codificados por el lugar social previo de los interlocutores, lo que nos remite fundamentalmente a un juego de poderes” (Alonso, 1998: 231). Aspectos como la capacidad de reflexión y de decisión respecto al trabajo que realizamos desde nuestra posición investigadora van a resultar cruciales a la hora de evaluar los resultados de esta práctica de investigación (Alonso, 1998). Por su parte, Callejo apunta a la destreza de las investigadoras de gestionar los tiempos y los silencios durante las entrevistas. “En un principio, la palabra —lo hablado aparece como el dato preferente, casi exclusivo, que produce la entrevista. Sin embargo, es en la gestión de los silencios por parte del entrevistador como principalmente la entrevista en profundidad se constituye en puerta abierta a la confesión. El entrevistador ha de esperar constantemente que el entrevistado vaya más allá de lo dicho, tal vez adscrito a la norma legitimada. Es una espera que invita a romper con ese tipo 34 La idea de marco procede de Goffman y es también empleada por autores como Alonso (1998) y Martín Criado (1998) en sus reflexiones en torno a la visión pragmática de la comunicación en la que se encuadran las prácticas de investigación desde el enfoque cualitativo, como los talleres, los grupos de discusión, la observación participante, entre las que se encuentran las entrevistas. 73 de discurso o, en su caso, seguir la confesión, considerándola aceptable” (Callejo, 2002:418). En palabras de Esteban (2004) la entrevista consiste en “un tiempo fuera del tiempo” que permite a las entrevistadas reflexionar, narrarse y relatarse alejadas de su cotidianidad, evidenciándose como un espacio crucial de subjetivación, pues “al verse a sí misma en realidad observa el sistema de etiquetas sociales que lo enmarcan” (Alonso, 1998: 238). Esta práctica se reveló la más idónea desde que tomé la decisión de estudiar la intimidad afectivo-sexual de las jóvenes. Más concretamente, opté por entrevistar a las mujeres que habían participado en los talleres, funcionando éstos como un espacio desde el que acceder de un modo más cercano a sus experiencias. Hice las entrevistas en dos fases, en paralelo a la realización de los talleres no mixtos. La primera oleada consistió en un total de nueve entrevistas que estructuré atendiendo al eje cronológico que seguían sus trayectorias biográficas en torno a la sexualidad: descubrimiento de la sexualidad (fuentes de contacto con el deseo sexual), primeros encuentros de tipo afectivo-sexual que establecieron con varones, relaciones afectivo-sexuales mantenidas (relatos y narrativas en torno a estas experiencias), “evaluación”, anhelos, deseos de mejora y proyecciones futuras en torno a la sexualidad. En cuanto a la segunda oleada de entrevistas que realicé a las diez participantes en el segundo taller no mixto, opté por dotarlas de un carácter aún más abierto, comenzando por preguntarles por las cuestiones que mayor interés e inquietud le habían suscitado durante el taller, para, desde ahí, ir entrelazando las temáticas anteriores de un modo más espontáneo y referencial. No obstante, anticipando la posibilidad de que no se diera una comunicación tan fluida, podría echar mano de un guion semiestructurado que había elaborado con anterioridad. En estas dos fases elaboré un total de diecinueve entrevistas a jóvenes en edades comprendidas entre los 18 y los 23 años. La mayoría de las participantes eran residentes en un Colegio Mayor Universitario de Madrid, a excepción de tres entrevistadas, quienes eran amigas o contactos cercanos de las anteriores. Las conversaciones tuvieron lugar en sus habitaciones lo que posibilitó una sensación de mayor seguridad, tranquilidad y 74 cercanía frente a otros tipos de espacios que pudieran resultarles ajenos o extraños, un aspecto que dado el carácter íntimo de la temática a tratar podía actuar como barrera. Finalmente, la muestra fue completada con seis entrevistas más que realicé a jóvenes que no participaron en los talleres pero que, alentadas por sus amigas (quienes habían participado en este último taller), me contactaron debido al interés que esta práctica les suscitaba. Recibí su interés con entusiasmo, puesto que de alguna forma confirmaba el carácter dialógico del enfoque adoptado, al generar espacios seguros para abordar temas significativos para las jóvenes que potenciaran la búsqueda de este tipo de encuentros. Para esta ocasión retomé el guion elaborado anteriormente, aunque con algunas modificaciones en función de las experiencias previas. La selección final, un total de veinticinco entrevistas, responde a un proceso abierto que se ha ido reelaborando, redefiniendo y modificando en el propio hacer “sobre el terreno” (Carrasco, 2017), a partir de los análisis preliminares y con arreglo a las lecturas y a las reflexiones que iba realizando de manera paralela. Se trata de un campo heterogéneo y multisituado que me permitió adoptar una perspectiva amplia desde la que poder acceder a los sentidos y perseguir una representatividad estructural (Serrano, 2009 en Carrasco, 2017) y significativa en función de los objetivos del estudio. Como ya he comentado en el apartado de los hitos experienciales, los relatos y discursos recogidos fueron ineludiblemente afectados por las experiencias fuera del campo o, si se quiere, aquellas que por su carácter informal no pueden ser englobadas ni clasificadas dentro las prácticas descritas anteriormente. Me refiero por ejemplo a la multiplicidad de conversaciones mantenidas con amigas, familiares y personas cercanas que me suscitaron importantes reflexiones y observaciones que también he registrado en mis cuadernos de campo. Pueden inscribirse aquí también las generadas al calor de mis prácticas activistas (conversatorios, quedadas grupales, o los procesos articulados en torno a proyectos como la creación del Punto Violeta para acompañar y denunciar las distintas formas de acoso que tenían lugar en el entorno universitario). Asimismo, de manera complementaria, realicé tres entrevistas y un conversatorio con varones jóvenes. Ambas experiencias resultaron enormemente relevantes de cara a contrastar y ampliar esta cartografía. 75 Una vez expuestas las consideraciones etnometodológicas y cartografiado las prácticas que conforman el trabajo de campo procedo a ahondar en el análisis de los discursos y las representaciones en torno “al sexo” y a los encuentros afectivo-sexuales movilizadas por las jóvenes. 76 CAPÍTULO 3 EL “SEXO” Y LOS ENCUENTROS AFECTIVO-SEXUALES DESDE LOS ÓRDENES DE LAS REPRESENTACIONES: DISCURSOS, MODELOS E HIPERRITUALIZACIONES 3.1. “La teoría del sexo o el sexo, en teoría”: los órdenes discursivos y expresivos de la sexualidad Antes de empezar a desentrañar la maraña de sentidos en torno a la intimidad afectivo- sexual y sus articulaciones con el género, considero importante trazar algunos rasgos discursivos y expresivos de carácter general para delinear los contornos del espacio- tiempo narrativo en el que se inscriben las experiencias íntimas de estas jóvenes. Desde estas consideraciones generales, es posible acceder a las representaciones y modelos en torno “al sexo” ampliamente y analizar cómo éstas estarían operando en un nivel ideal para organizar y estructurar sus experiencias en este ámbito, así como desentrañar sus articulaciones con el género. “¿Qué es el sexo para vosotras/-os? Una palabra.” Se trata de una dinámica con la que solía comenzar los talleres grupales. Entre la multitud de conceptos registrados resulta especialmente significativa la recurrencia con la que fueron empleados los siguientes: comunicación, intimidad, diversión, placer, conexión, complicidad. La reiteración de estos términos, dentro de la amplitud de los mundos de lo posible, nos lleva a señalar su grado de hegemonía, en tanto que se trata de sentidos preferentes o dominantes en torno “al sexo” (Hall, 2004) que operan en un nivel ideal para organizar y estructurar sus experiencias íntimas. La constelación de sentidos desplegada por las/-os jóvenes en este juego de libre asociación de ideas aúna los componentes distintivos de la matriz de sexualidad hegemónica más extendida en las sociedades occidentales contemporáneas (Illouz, 2010). Elementos como la comunicación, el placer, la diversión, la complicidad y la conexión se presentan también como repertorios culturales (Swidler en Vicente Olmo, 2015), pues constituyen símbolos y visiones que ofrecen a las/os jóvenes un repertorio de capacidades con los que van a negociar en el transcurso de sus relaciones afectivo- 77 sexuales cotidianas. Se trata de conceptos e imágenes desde los que es posible delinear los contornos espacio-temporales en los que se van a inscribir sus experiencias. Los trabajos de Illouz (2010), Giddens (1995), y Ayuso y García (2014), entre otras autoras, ofrecen algunas claves para analizar, desde una perspectiva macroestructural, algunos de los cambios que consolidaron en occidente este modelo de intimidad afectivo-sexual negociada, focalizado en el placer y en la erótica y sustentado en el principio de la comunicación. A continuación, expongo las aportaciones más relevantes de cara a trazar algunos de sus rasgos más distintivos. En primer lugar, cabe señalar que las transformaciones que permearon en el seno de la intimidad vienen acompañadas de una serie de procesos que contribuyeron al quiebre del orden tradicionalista (Casado y García Selgas, 2010). Esto implica el destense y la fluidificación de la rigidez de las estructuras tradicionales, dando como resultado sociedades más complejas, inciertas y fluidas. Algunos autores se refieren a la “sociedad del riesgo” (Beck y Beck, 2001), a la “modernidad reflexiva” (Giddens, 1995) o la “modernidad líquida” (Bauman, 2009) para ilustrar estos cambios desde una perspectiva macroestructual. Entre las transformaciones que más afectaron al ámbito de las relaciones afectivo- sexuales destacan el proceso de secularización y destradicionalización de las costumbres, que alude a una pérdida del poder religioso sobre hábitos y comportamientos, la romantización de la vida cotidiana, los cambios en los modelos familiares y de las relaciones amorosas, etc. (Ayuso y García, 2014). Las expresiones de estas mutaciones en el campo de la intimidad fueron múltiples en lo relativo a la conformación de los vínculos amorosos, de los modelos de familia, así como a la gestión de los afectos y las emociones, incidiendo crucialmente en los procesos de subjetivación. En el ámbito de la sexualidad tuvo lugar el progresivo desplazamiento de un modelo en los que esta era relegada a la esfera del matrimonio y se sustentaba en el mandato de la reproducción hacia otros modelos de intimidad en los que pasó a constituir la fuerza motor de los vínculos amorosos, como una vía desde la que fomentar la conexión, la complicidad y la confianza necesaria para forjar las relaciones de pareja (Giddens, 1995). Asimismo, la sexualidad comenzó a dotarse de una entidad propia y 78 fue situándose más allá de estos vínculos, comenzando a concebirse como un espacio de experimentación y autorrealización en términos más individualizados, adquiriendo un sentido más próximo a la diversión al que hacen referencia estas/os jóvenes. Los análisis de Illouz (2010) resultan interesantes para analizar estos cambios, especialmente de cara a comprender la importancia que va a alcanzar la comunicación en la esfera de la intimidad afectivo-sexual, pues es en esta donde va a residir el carácter negociado y reflexivo de la sexualidad. La autora señala el calado de estas transformaciones en las relaciones de género, en cuanto a las formas de vincularse emocional y sexualmente y, por tanto, en la configuración de los nuevos modelos de heterosexualidad. En su trabajo describe los procesos que emergen entrelazados en la conformación de lo que ella denomina el modelo comunicacional-terapéutico, como son la racionalización emocional y la sexualización de las identidades, situando su origen en la psicología. La expansión de la narrativa terapéutica, a través de distintos circuitos culturales como la literatura, el cine y la publicidad, comenzó a proporcionar a los sujetos herramientas comunicativas para comprenderse y entenderse a sí mismos (Illouz, 2010:75). El papel de la psicología fue además fundamental para la centralidad que va a ir adquiriendo la sexualidad en los procesos de subjetivación, definida desde aquí como un espacio fundamental para la conformación de vínculos íntimos saludables (Illouz, 2010:168), esto es, una psique y un yo. El modelo comunicacional-terapéutico que describe la autora bebe también de la intersección con los movimientos feministas y sus reivindicaciones en torno al placer sexual, en tanto que derecho, para las mujeres. La imbricación de estas narrativas y discursos contribuyeron a ir desdibujando los límites que tradicionalmente separaban a las mujeres y los varones, en el ámbito de la intimidad afectivo-sexual, de las parejas heterosexuales (Illouz, 2010:164), como expone: “El buen sexo era un sexo en el que los miembros de la pareja debían relacionarse de manera igualitaria –esto es, debían de seguir normas abstractas de igualdad y de justicia –y aún así debían expresar y dar rienda suelta a sus sentimientos y necesidades más subjetivos (…). Una vez que la cultura terapéutica postulaba que 79 las propias necesidades eran la base legítima y casi exclusiva para la intimidad, se enfrentaba al problema de conocer cómo coordinar y reconciliar necesidades conflictivas” (Illouz, 2010: 164). Illouz sitúa así en el centro de la intimidad afectivo-sexual moderna la narrativa terapéutica. La comunicación va a considerarse clave para la resolución de los conflictos, una herramienta óptima capaz de hacer efectivo el principio del placer mutuo y recíproco: para lograr el consenso y la cooperación entre los miembros de la pareja sexual, al permitir objetivar y racionalizar emociones y deseos y negociarlas a través del lenguaje (Illouz, 2010: 177). El placer mutuo y recíproco comienza así a revelarse como la metáfora maestra de una sexualidad “satisfactoria”. En la consolidación del relato en torno al placer mutuo y recíproco también va a incidir el alcance y la expansión de los trabajos de Masters y Johnson, a caballo entre la psiquiatría y la sexología (ideas que retomaré en el capítulo dedicado a las negociaciones en torno al placer). Con Illouz, diversas autoras señalan el papel de sus investigaciones en la visibilización del orgasmo femenino y en la expansión de relatos que contribuyeron a resaltar el potencial que la sexualidad podía reportar a muchas mujeres; visiones anteriormente negadas en el espacio público hegemónico. En lo que respecta a la sociedad española, Ayuso y García recurren a estas ideas para señalar cómo traslucen aquí estos cambios, aunque fueron más tardíos respecto a otros países occidentales. En este contexto, conceden especial importancia al proceso de secularización de las costumbres que trajo aparejada la democratización (en todas sus acepciones) tras la dictadura franquista, pues posibilitó la conformación de este mismo modelo de intimidad afectivo-sexual hegemónica y la aceptación de los relatos anteriores. Además, remarcan la relevancia de las nuevas tecnologías para legitimar socialmente la sexualidad como forma de comunicación (Ayuso y García, 2014). A partir de este esquema socio-sexual los autores determinan la coexistencia de tres modelos de intimidad presentes en la sociedad española, cuya distribución varía fundamentalmente en función de la edad. Un modelo tradicional, en el que la sexualidad permanece arraigada en los vínculos familiares y en el mandato de la reproducción; un modelo moderno, en el que aparece vinculada a la búsqueda de la afectividad, 80 especialmente el amor, y es considerada símbolo y motor de la unión de la pareja; y un modelo al que denominan hedonista en el que esta se sustenta en la búsqueda de placer y diversión. Según los autores, entre las jóvenes emergen interrelacionados los dos últimos, advirtiéndose variaciones significativas en función de los géneros, siendo que el modelo moderno tiene una mayor presencia entre las mujeres. Los resultados de la dinámica han permitido delinear los contornos del espacio-tiempo discursivo en el que se inscriben las experiencias afectivo-sexuales de estas jóvenes y advertir la presencia de este modelo de sexualidad comunicativo, negociado y sustentado en la erótica y el placer 35 , brevemente cartografiado a partir de los conceptos placer, comunicación, intimidad, conexión, confianza, gusto y diversión. Que el sexo es placer, comunicación, conexión, confianza, gusto y diversión constituyen relatos desde los que ir trazando el entramado discursivo en torno al espacio-tiempo de la sexualidad de estas jóvenes. Esta dinámica introductoria funciona como el primer movimiento de enmarcado, en los términos de Goffman (2006), en el que circunscribir sus narrativas y prácticas afectivo-sexuales. En línea con Foucault (2009) estaríamos ante formaciones discursivas con un enorme potencial regulador en la conformación de relatos en torno al deber/ser sexual. Elementos cargados de densidad simbólica y significación que revelan gran fuerza productiva en la conformación de los imaginarios sociosexuales de estas/os jóvenes. Poderosas ficciones reguladoras (Butler, 2003; 2007) con las que las/os jóvenes van a establecer constantes y costosas negociaciones. 35 Pongo aquí un ejemplo recogido de la web del Instituto de Sexología de Madrid que es muy ilustrativo para ver los sentidos que se movilizan bajo el modelo comunicativo de la sexualidad y la intimidad: “la pareja debe mantener una comunicación intensa en el área sexual para que la satisfacción sea mutua y no surjan sentimientos de frustración o resentimientos hacia el otro. Así, hablar de lo que a cada uno le gusta y lo que no se vuelve un tema central en el desarrollo de una vida sexual plena. Antes que nada, se espera que la pareja haya desarrollado el nivel de confianza apto para poder hablar de sexualidad sin represiones. Para que exista una comunicación efectiva, es necesaria la retroalimentación, y esto es igual de válido en el ámbito sexual, pero desgraciadamente muchas parejas hoy en día encuentran este terreno espinoso y se les convierte en un verdadero obstáculo. Sin duda, la manera más fácil para iniciar una conversación donde se exploren cuestiones sexuales es hablando del sexo en general, sin especificar ni personalizar, con la mayor naturalidad posible y que no sea durante la relación sexual propiamente porque si no darás la impresión de que estás insatisfecho/a, y la pareja puede ofenderse”. 81 El hecho de que las/os jóvenes pusieran en circulación estas ideas de un modo rápido, espontáneo y sin apenas tiempo para la reflexión refleja cómo han sido interiorizadas, al menos en este sentido ideal, conceptual. Por otro lado, su recurrencia permite apuntar el grado de aceptación, reconocimiento y legitimidad que adquieren. En este punto resulta conveniente recordar que entiendo lo hegemónico, en la línea en la que lo hace Del Valle, esto es, como “[u]n complejo efectivo de experiencias, relaciones y actividades que tiene límites y presiones específicas y cambiantes. En la práctica la hegemonía jamás puede ser individual. Sus estructuras internas son sumamente complejas y lo que es sumamente importante es que no se da de un modo pasivo como forma de dominación. Debe ser continuamente renovada, recreada, definida y a la vez modificada. Asimismo, es continuamente resistida, limitada, alterada, desafiada por presiones” (Del Valle et al., 2002:33 en Esteban, 2014:47). Los procesos de aceptaciones, desidentificaciones, resignificaciones y resistencias respecto al modelo hegemónico activados durante el desarrollo de los talleres, permiten comprender cómo el grado de hegemonía es ante todo contextual y situacional, y depende en buena medida del componente de género. Para ilustrar esta cuestión parto del análisis en torno a la vergüenza experimentada, y, de un modo u otro, expresada por las jóvenes en el transcurso de dos talleres mixtos, a la hora de contrarrestar y confrontar con la propuesta hegemónica en contextos compartidos con sus compañeros varones y reparar en el carácter situado de estos procesos de reactualización desde un enfoque de género. El siguiente fragmento de mi cuaderno de campo tras un taller en uno de los institutos públicos donde trabajamos, recoge una de estas situaciones: “Tras una breve exposición de los contenidos procedemos la realización de diversas dinámicas experienciales y vivenciales desde las que se propone al alumnado que reflexionen en torno a sus prácticas afectivo-sexuales cotidianas[…] Al finalizar la sesión, mientras mi compañera y yo recogemos, se acerca una de las participantes, de 23 años, y nos habla visiblemente emocionada y con la voz entrecortada sobre su incapacidad de sentir placer en las relaciones afectivo-sexuales que mantiene 82 con varones. La joven hace referencia a su silencio mantenido durante el desarrollo del taller, empleando la siguiente frase: “no me he atrevido a decirlo, me ha podido la vergüenza.” (TM2) La vergüenza es leída aquí como el miedo ante la exposición y el dolor que puede suponerle transgredir esta visión hegemónica en torno a la sexualidad que, al menos en el nivel ideal, mantienen el resto de participantes. Es indicativa del deseo y la necesidad de sentirse reconocida, validada y legitimada por parte de sus compañeras/os (Bericat, 2000; Ahmed, 2017; Sabido Ramos, 2019). La mera posibilidad de romper con el relato que no devuelva a la joven esta sensación de aceptación y reconocimiento es lo que la lleva a sucumbir al poder de la vergüenza y a no atreverse a hablar, como ella expresa. La vergüenza conlleva a hacer o a dejar de hacer algo por miedo a sentir que una está fuera de lugar (Ahmed, 2017). La vergüenza, aquí como emoción que entraña una relación constitutiva entre ocultarse/exponerse, forjada a través del miedo que les genera “expresar” o “contar” algo que las haga quedarse “al descubierto”, esto es, “desnudas”: (sobre)expuestas al escrutinio de las miradas ajenas de sus compañeras/-os. Las consideraciones de Ahmed son claves a este respecto al determinar que la vergüenza se “asocia tanto con cubrirse y ocultarse como con la exposición, la vulnerabilidad y el miedo a ser herida” (2017:166). Silencio y vergüenza emergen aquí entrelazados para demostrar una enorme capacidad comunicativa. El silencio también actuaría aquí como una estrategia para “salvar la cara”, en palabras de Goffman (1970), en tanto que requiere de una determinada “capacidad para reprimir y ocultar cualquier tendencia a sentirse avergonzad[a]s durante el encuentro (Goffman, 1970:6). Dice Ahmed que la vergüenza puede experimentarse como el costo afectivo de no seguir los guiones de la existencia normativa” (2015:165-168). La que siente esta joven nos lleva a pensar la fuerza que adquiere aquí la ficción reguladora en torno al placer sexual, donde el hecho de reconocer la joven sus dificultades para lograr este mandato e imperativo es percibido por ella como un “acto de delincuencia interaccional que puede hacer peligrar el orden de las cosas” (Martín Criado, 1998:60). 83 A continuación, expongo otro ejemplo recogido de otro de los talleres mixtos en el que una de las participantes consigue, por el contrario, vencer la emoción de la vergüenza y romper con las inercias de este orden discursivo, también en lo que respecta al mandato del placer: “Tras la exposición de los contenidos, abrimos debate. Levanta la mano una de las jóvenes. Se muestra tímida al principio. Voz entrecortada. Reconoce abiertamente su dificultad para disfrutar en sus relaciones sexuales. Rompe a llorar. El resto de compañerxs la aplauden. Algunas se levantan a abrazarla. Pasan unos minutos. Mi compañera y yo permanecemos en silencio. A continuación, se abre un debate. La mayoría de lxs compañerxs se refieren a la “valentía” demostrada por la joven. “No es fácil reconocerlo públicamente” (expresa otra joven durante su intervención), “deberíamos hacerlo más a menudo” (apunta otra participante).” (TM2) En el caso de esta joven, las manifestaciones corporales como el llanto y el tono de voz36, son expresiones indicativas de la vergüenza que le supone contrarrestar el relato hegemónico mantenido por el grupo. La ruptura con el orden establecido es aquí enormemente valorada por el resto de compañeras y compañeros, a juzgar por los gestos de aprobación que despliegan. Los aplausos como gesto de admiración colectiva consisten en un ritual enormemente simbólico que permiten señalar el reconocimiento que recibe del grupo y reparar así un posible daño derivado de este ejercicio de (sobre) exposición. Decir en este contexto que “no disfruta en sus encuentros sexuales” consiste en un acto del habla que presenta una gran eficacia productiva y performativa (Austin, 1995 y Butler, 2009) asumida y percibida tanto por sus compañeras/-os como por nosotras (desde nuestra posición de formadoras) 37 como una acción cargada de “valentía” y “heroicidad”. 36A lo largo de la investigación no he registrado de un modo específico cuestiones referidas a la voz como marcaje identitario y desde su materialidad que hubieran resultado, sin duda, muy interesantes, a partir de herramientas proporcionadas por Irene Blanco Fuente (2020), una querida amiga. 37 Tanto mi compañera como yo nos dispusimos también a abrazarla. Le preguntamos por sus necesidades, ofreciéndole incluso la posibilidad de abandonar el aula (descansar o salir a beber agua, para reponerse), anotaciones también recogidas en mi cuaderno de campo. 84 Los relatos en torno a la manifestación de las vergüenzas en las distintas situaciones descritas nos hablan de las dificultades que experimentan las jóvenes a la hora de habitar u ofrecer resistencias a los relatos en torno al deber/ser sexual propuesto. Las dinámicas de ocultación/exposición que subyacen a la emoción de la vergüenza se encuentran ligadas a los sentidos de esa existencia sexual normativa (Ahmed, 2017), de donde se desprende también el carácter identitario que la sexualidad entraña para las jóvenes en tanto que la vergüenza habla también “de la relación del sujeto consigo mismo, o de su sentido de sí mismo como un yo” (Ahmed, 2017: 167). Tal y como ha quedado reflejado, la puesta discursiva en torno al sexo supone para éstas un elevado grado de implicación afectiva y cognitiva, una enorme carga de inversión emocional que pone de manifiesto que la sexualidad supone un espacio de demarcación de los territorios del yo y que es para ellas una fuente de poderosas reservas (Goffman, 1979). Se percibe aquí cómo los procesos de subjetivación de las jóvenes están ahí prendidos, en esa imagen del yo construida relacionalmente dentro de los marcos disponibles. Por otro lado, los relatos en torno a las vergüenzas apuntan también a la capacidad productiva de esta emoción para activar, hacer emerger o, por el contrario, mantener sumergidas e invisibilizadas determinadas visiones en torno “al sexo”. Lo que revela también su capacidad para conformar, reactualizar y mantener contextualmente un determinado orden expresivo en torno a la sexualidad. El hecho de que en los talleres mixtos negar o contrarrestar el placer que se le presupone al encuentro suponga para las jóvenes un acto de delincuencia interaccional que pueda hacer, como de hecho hace, el orden de las cosas (Martín Criado, 1998), permite apuntar a otro de los rasgos distintivos de la puesta discursiva en torno al sexo, desde esta perspectiva situada y contextual, como es su carácter confesional. Señala Foucault (2009) que la confesión es un mecanismo o dispositivo ritualizado desde el que se produce, regula y construye la sexualidad moderna, la Scientia Sexualis (como él la denomina), lo que no ha de entenderse como una fuerza represiva sino productiva. Desde aquí, expone cómo aquello que se calla, silencia, invisibiliza, confiesa no constituye un acto del habla significativo en sí mismo, sino en relación con un orden expresivo determinado, poniendo así el foco en las relaciones de interlocución específicas y situadas. 85 “No es que se hable menos: al contrario, se habla de otro modo; son otras personas quienes lo dicen, a partir de otros puntos de vista y para obtener otros efectos. El propio mutismo, las cosas que se rehúsa decir o se prohíbe nombrar, la discreción que se requiere en determinados locutores, son menos el límite absoluto del discurso (el otro lado, del que estaría separado por una frontera rigurosa) que elementos que funcionan junto a las cosas dichas, con ellas y a ellas vinculadas en estrategias de conjunto. No cabe hacer una división binaria entre lo que se dice y lo que se calla; habría que intentar determinar las diferentes maneras de callar, cómo se distribuyen los que pueden y los que no pueden hablar, qué tipo de discurso está autorizado o qué forma de discreción es requerida para los unos y para los otros. No hay un silencio sino silencios varios y son parte integrante de estrategias que subtienden y atraviesan los discursos” (Foucault, 2009:28). Los talleres mixtos han funcionado aquí como espacios de contraste para delinear la existencia de dos órdenes expresivos en torno a la sexualidad donde el género se ha revelado un eje articulador fundamental. En este sentido, las experiencias en torno a la vergüenza en relación a las dificultades que sienten las jóvenes a la hora de confrontar algunos de los mandatos que proscribe y prescribe el modelo cultural de sexualidad hegemónico, como es en este caso el principio del placer mutuo y el mandato de la “plena satisfacción sexual”, así como el carácter confesional de estas expresiones, pone de manifiesto la presencia de un orden expresivo ideal, conceptual y abstracto que adquiere contextualmente una enorme legitimidad y autoridad. Se trata de un orden expresivo que es correlato de las visiones que giran en torno al sexo en el espacio público mediatizado fuertemente impregnado por retóricas igualitaristas y contractualistas (Casado y García Selgas, 2010; Lasén y Casado, 2014; Illouz, 2010), donde la sexualidad se revela como una correa de transmisión de las ficciones de la modernización. Así lo expresa Illouz: “Al convertirse en sede de la modernidad cultural, la sexualidad pasó a ser también la sede de sus paradojas y aporías características: los encuentros sexuales se regulan por los ideales normativos de la libertad, la autonomía y una relación implícitamente contractual, en la que la libertad de cada uno de los miembros se mantiene siempre implícitamente. En la sexualidad, dos subjetividades deben 86 negociar el consentimiento, la simetría y la reciprocidad, conservando cada una su derecho a definir o redefinir el significado del encuentro y a retirarse en cualquier momento” (2010:54). Esta visión armónica y pacificadora marcada por la erosión y la disolución de las marcas de género (Illouz,2010; Casado y García Selgas, 2010), en las que los conflictos son experimentados y encarnados por las jóvenes en términos de individualización (Casado y García Selgas, 2010:65) se ve confrontada por otra que veíamos aflorar tanto en los talleres mixtos como en los no mixtos y también durante las entrevistas en profundidad. Se trata de un orden expresivo en torno “al sexo” que permite apuntar en otras direcciones y constatar cómo la composición de los espacios de investigación en base el género constituía un determinante crucial en la configuración de las estructuras de lo decible (Martín Criado, 1998), así como de lo indecible. Los análisis en torno a las vergüenzas también evidencian cómo durante el desarrollo de talleres no mixtos y especialmente durante las entrevistas en profundidad, afloraba un orden expresivo más experiencial, vivencial y cotidiano en torno al sexo en el que las visiones hegemónicas descritas anteriormente perdían su carácter de solidez, e iban entremezclándose, diluyéndose y confluyendo con otro tipo de relatos. Dicho de otro modo, si en los grupos mixtos podía observarse como el género funcionaba a modo de obstáculo o barrera que contribuía a intensificar las sensaciones de (sobre)exposición y vergüenza 38 por parte de las jóvenes, en el caso de los no mixtos y, más concretamente durante el desarrollo de las entrevistas, quedó rápidamente reflejado el potencial de los grupos de pares para, en palabras de Sabido Ramos, “flexibilizar los umbrales de vergüenza, permitiendo nivelarla, resignificarla e, incluso, neutralizarla” (2019:10). Estos espacios permitieron fluir y dar rienda suelta a lo que, aún negado, ocupaba y preocupaba a las jóvenes, apuntando también a los malestares existentes y a la importancia de suspender el juicio para que lo pensado y vivido, pero no dicho, fuera emergiendo. 38 La situación anteriormente descrita en la que una de las participantes se acerca a mi compañera y a mí al finalizar la sesión constituye un buen ejemplo para señalar también el papel facilitador que ha ocupado mi propio género en este proceso de investigación. 87 Los siguientes fragmentos recogidos durante la fase de la evaluación de uno de los talleres dan buena cuenta de ello: “Andrea: Yo pensaba que, como que me iba a dar más vergüenza… Y, mira, al cabo de diez minutos, ya estábamos todas muy a gusto, con mucha confianza. Y como que cada una se ha dejado un poco ir…” Lucía: me ha gustado muchísimo, en plan, yo estaba así como nerviosa, me ha preocupado un poco, y he llegado aquí y… Vamos, ¡que he contado toda mi vida misma! Pero que me parece muy curioso, que pensaba que me iba a dar mucha más vergüenza y en realidad ha sido todo lo contrario…” Sandra: Antes de empezar pensaba, a ver, ¿esto qué será? No tendré que ponerme ahí hablar en plan de mis cosas, ¿no? Decía “madre mía, qué vergüenza”, incluso hasta el último momento me lo he pensado bastante. Me ha sorprendido como ha fluido todo y con la naturalidad que hemos hablado sin apenas conocernos.” (TNM1) Estos relatos afirman cómo la configuración de los grupos en base al género ha dotado a las jóvenes de un sentido de pertenencia que les posibilitaba forjar una sensación de confianza, complicidad y seguridad, traducida en un “dejarse ir”, “contar la propia vida”, “hablar de las cosas de una con más naturalidad” o “fluir”, en contraposición con la tensión vivida en la imposibilidad de un espacio para decirse y articular discurso sin resultar dañadas en el proceso. Señala Jasper a este respecto que los grupos constituyen espacio mediador fundamental de las complicidades y de las solidaridades colectivas (Jasper, 2012:55). “Los grupos parecen fortalecerse cuando comparten emociones reflejas en respuestas a ciertos eventos; y cuando comparten lealtades afectivas entre sí (lo que llamo, respectivamente, emociones compartidas y recíprocas –Jasper, 1998– con cada una contribuyendo a la otra. Como forma profundamente satisfactoria de reputación y vínculo, la identidad colectiva es un fin al mismo tiempo que un medio –un “logro emocional” en palabras de Yang (2000)–. Incluso las emociones 88 compartidas de carácter negativo pueden fortalecer emociones recíprocas positivas” (Jasper, 2012:54). En esta línea, los grupos de pares han demostrado un enorme potencial para vehiculizar experiencias en torno a su intimidad afectivo-sexual, permitiendo elevar y dotar de sentido colectivo aquellas emociones “negativas”, “conflictivas” o “problemáticas” que experimentaban en el ámbito de lo cotidiano y que no se correspondían, o no siempre, con lo que determina el modelo hegemónico anteriormente descrito. Así, las emociones negativas derivadas de este hecho podían ser en estos contextos resignificadas e ir progresivamente constituyéndose en emociones mediadoras de la complicidad, el reconocimiento y, en definitiva, ejes articuladores de la identidad colectiva, en tanto que experiencias compartidas. Los siguientes fragmentos ponen de manifiesto la fuerza y la potencia que estos talleres demostraron para las jóvenes. “Como que tú vas a contar una cosa y como que piensas «joder, no sé si contarlo», pero como que ves que tu experiencia es totalmente compartida, y el hecho de que nos reunamos así un grupo de gente como para contarlas, pues… Aprendes de las de otros, te das cuenta de que un problema que puedes tener tú, igual no te afecta sólo a ti, sino que es un problema que tienen todas las demás tías, y... Luego, pues lo que me han comentado, que me encantaría que se repitiera, y participase más gente” (Rebeca, TNM1). “Ha molado mazo que fuéramos sólo chicas porque entre nosotras nos entendemos a veces, aunque no digamos las cosas abiertamente… Me ha molado ver cómo a todas nos pasan cosas súper parecidas y somos cada una de un sitio de España.” (Valeria, TNM1) “Yo creo que podríamos aprender las unas de las otras, porque no solemos hablar de estas cosas… Las que te cuentan tus amigas y las que te pasan a ti, pero luego abres el abanico y… Vamos, que yo creo que es una cosa importante. Y todas las que estamos aquí, ya no es sólo porque necesitabais gente y tal… Sino porque nos 89 interesaba y porque no suele hablarse de cosas así. Y ver hasta dónde se puede llegar, y hablar de todo esto… Y hasta qué punto esto es racional”(Arantxa, TNM1). Estos relatos reflejan lo señalado por Foucault (2009) cuando determina que no es que no se hable de sexualidad, sino que se hace de modos distintos que van a depender de las situaciones y las relaciones de interlocución. El género funciona aquí para activar unos circuitos y flujos comunicativos en torno al sexo, sus placeres y sus peligros, que permanecen latentes, silenciados o invisibilizados en otros espacios, articulando otras estructuras de lo decible que les posibilita hablar de las cosas de las que no suele hablarse y hacerlo del modo en el que aquí lo hacen. De manera que lo que aquí se tornaba legítimo narrar y contar eran esas experiencias compartidas en términos de género: narrativas en torno al sexo cotidiano, cosas parecidas que les pasan a todas, pese a ser de distinta procedencia, “que les pasan a ellas y a sus amigas” y, en definitiva, “a todas las tías” y que parece no corresponderse con ese deber/ser sexual del que sí que se habla públicamente. El género, como mediador de las complicidades, abre el espacio para la construcción de un espacio-tiempo narrativo que se experimenta como propio para las participantes y, como tal, va a seguir sus propias lógicas y modos de ordenamiento específicos en la configuración de este deber/ser sexual y en la conformación de lo que Martín Barbero denomina comunidades hermenéuticas de sentido (Martín Barbero, 2002). La expresión “el sexo, en teoría” o “la teoría nos la sabemos todas” empleadas en distintos momentos durante el desarrollo de los talleres y, en general, de la investigación, refleja un enorme potencial para advertir las ambivalencias que sienten las jóvenes entre el campo discursivo y expresivo en torno al sexo y el terreno de sus prácticas cotidianas. Categorizar como corpus teórico el conjunto de saberes en torno al sexo habla, en primera instancia, del marcado carácter abstracto, descontextualizado, ideal y mítico que adquiere para ellas pues, como el propio término de “teoría” indica, no siempre es posible llevarlo a la práctica. Más aún, la “teoría del sexo” acaba siendo productiva en tanto que impracticable, marcando un abismo frente a la práctica que se traduce en daño. 90 Como se ha podido constatar hasta ahora las jóvenes se muestran conscientes de que las visiones ideales que giran en torno al sexo en el discurso público no se corresponden con lo que es su experiencia con el sexo, una sensación compartida que se ha hecho explícita en distintos momentos de la investigación. Sin embargo, en sus narrativas estos repertorios culturales continúan operando, aunque de otros modos y en otras lógicas que conviene analizar en clave de género. Resuenan y emergen junto a otras ficciones cuando tratan de describir los componentes de una relación sexual placentera: el buen sexo o el “polvo ideal”. El recurrente empleo de la expresión “buen sexo” revela además una enorme carga simbólica y metafórica, puesto que permite remarcar su carácter superlativo e idealizado, y excepcional, respecto al sexo y a esos “otros polvos” que no se corresponden con los idealmente imaginados: Pregunta: ¿Qué consideráis que no podría faltar en una relación sexual para que os resulte placentera? Rebeca: O sea, nuestro polvo ideal ¿No? [Ríen] Arantxa: Para mí tiene que ser una valoración completa de todo, porque dependería de tantas cosas… Para empezar, del tío básicamente [ríen]. No sé, yo creo que lo más importante es que pueda terminar y decir “me lo he pasado bien”, me he divertido y hemos podido estar los dos a gusto. Andrea: Para mí que haya una buena comunicación, poder hablar mucho y de cosas muy distintas. Lucía: Yo creo que para el buen sexo tiene que haber comunicación y poder decirnos lo que nos gusta y lo que no. Y la preocupación por el placer de la otra persona. Yo para disfrutar tengo que ver que el tío se está preocupando por mí placer y, obviamente tú del suyo ¿no? [Ríen] Andrea: Sí, yo creo como que no sea sólo el factor de sexualidad. Que sea como un período de tiempo de vale, además de hacerlo, hemos hablado. Como que sea un poco todo el conjunto: de tú preocuparte por él, obvio (ríe) y notar que se 91 preocupan porque tú disfrutes también. Y que igual no terminas de disfrutar del todo ¿no?, pero por lo menos dices: hubo voluntad. [Ríen] Irene: Sí, sí, para mí lo más importante diría que la confianza, si se ha desarrollado desde ahí, si el tío te la ha dado, si se ha preocupado por tu placer y tú lo has sentido así. Sonia: Sí, que pueda generarse esa complicidad, de poder reírte y conversar, y que haya buen rollo, además de que haya preocupación por ambas partes, basiquísimo. Laura: Pues para mí buen sexo es en el que no tienes que fingir en ningún momento (ríen). No, en serio, las que te quedas ahí todo satisfecha y piensas cómo ha molado, sobre todo si me lo he gozado yo o no.” (TNM1) De los relatos se desprende que “el buen sexo” y “el polvo ideal” consisten en una valoración general, global y de conjunto, en la que han de confluir interrelacionados distintos elementos que difícilmente pueden evaluarse de manera aislada o descontextualizada, en tanto que depende de muchas (“tantas”) cosas. Se trata más bien de sensaciones y emociones un tanto inespecíficas o escurridizas que, durante el transcurso de la relación sexual, así como a su término, las hagan sentir que ha habido confianza, complicidad, “buen rollo”; que se han divertido, han estado a gusto y, en definitiva, han disfrutado. La comunicación vuelve a erigirse aquí como el baluarte del buen sexo, cargándose de densidad simbólica y valor ritual. Las narrativas dejan entrever el marcado carácter racionalista, contractualista y lingüístico que subyace a esta concepción en torno a la comunicación que ponen en circulación las jóvenes. Comunicar es aquí sinónimo de conversar, hablar de todo y mucho sobre lo que te gusta y lo que no. Tanto es así que comunicar se revela una práctica situada “más allá del factor de la sexualidad”, como expresa una de las jóvenes, donde comunicar (hablar y conversar) en torno al sexo parece ser bien distinto a practicarlo y hacerlo pero que, en todo caso, contribuye a mejorarlo. Este ideal de la comunicación bebe también del ideal de transparencia fuertemente arraigado en las sociedades occidentales contemporáneas (Cubedo, 2017; Lasén, 2014). Para ilustrar de un modo más explícito esta cuestión expongo otro 92 fragmento recogido de los talleres en el que las jóvenes desarrollan la importancia de la comunicación para la consecución del placer sexual. “Pregunta: Entonces, ¿qué importancia le dais vosotras a la comunicación? Blanca: ¡Mucha, muchísima! Sonia: ¡Extrema! Rebeca: Yo creo que a veces no se tiene, por… Como por vergüenza a afrontarlo. Pero que, en verdad, es que ser sincero es como que… Lo mejor para que todo vaya bien en las dos direcciones. Pero tanto para mal como para bien, ¿eh? Que tampoco hay que sincerarse sólo para decir lo malo. Arantxa: Yo creo que aporta muchísimo. O sea, a mí hablar con mi pareja de esas cosas me costó bastante, lo reconozco, a mí me costó mucho… Pero una vez que tal, es que se hace de otra manera, se hace más íntimo, como más real, más natural. Desde luego, es importantísimo. A mí me costó y en general cuesta… Valeria: Sí, sí a mí también, mucho… Laura: Ya, porque somos muy inseguras y no vamos a ir a decir “mira, me gusta eso, así, me gusta no sé cuántos… Pero es que cuando lo haces, la verdad que no hay color. Valeria: Yo creo que a mí también me cuesta porque no me conozco a mí misma, entonces ¿cómo voy a decir lo que me gusta y lo que no si no me conozco? ¿Sabes?” (TNM1) Se desprende de aquí cómo el ideal de la transparencia se asienta sobre la base de la sinceridad y la honestidad donde lo que prima es “contarlo todo, tanto para mal como para bien”, esto es, “ser sincera para lo bueno y para lo malo”. Pero, además, las narrativas en torno a la comunicación ponen de manifiesto que esta emerge como medio, vía y vehículo para la elisión de los conflictos, pues la confianza depositada en ella viene a restituir en términos absolutos “la vieja creencia en su omnipotencia homeopática (todo lo puede, todo lo cura y nunca hace mal)” (Casado, 2014:67). Como las jóvenes expresan, comunicar es “lo mejor para que todo vaya bien” en el sexo, hace que sea “más real, más natural y más íntimo”. 93 Volviendo al “polvo ideal” dibujado por las jóvenes, otro de sus componentes indispensables hace referencia a uno de los ejes articuladores del modelo de sexualidad negociado, comunicativo y contractualista anteriormente descrito: el principio del placer mutuo. Pero aquí existe un desplazamiento que se revela especialmente significativo en clave de género. Las jóvenes aluden a esta reciprocidad con el término “preocupación”, lo que activa en el plano metafórico la “despreocupación” (invisibilización) que tradicionalmente ha existido por el placer femenino. Un paso más allá, las narrativas en torno la necesidad de que los varones se preocupen por su placer, reconociéndolas así como sujeto autónomo de deseo, permiten apuntalar a las asimetrías de género aún vigentes en este terreno. La preocupación se (de)muestra y, por tanto, ha de notarse, sentirse y percibirse. Es indicativa de que hay atención, dedicación, esfuerzo y, como mínimo, voluntad. Esta intencionalidad perceptible y, de algún modo palpable, va a ser valorada en sí misma y tomada en cuenta a la hora de evaluar positivamente el encuentro, como expresaba una de ellas: “Andrea: de tú preocuparte por él, obvio ¿no? […] de notar que se preocupan porque tú disfrutes también. Y que igual no terminas de disfrutar del todo, ¿no?, pero por lo menos dices: hubo voluntad” (TNM1) De sus palabras se desprende, y más aún del modo en que emplea la ironía y activa las risas de sus compañeras, cómo la preocupación por el placer masculino por parte de las jóvenes se da por sentada, resultando un hecho incontestable. La broma permite hacer visible lo latente: la existencia de asimetrías de género en cuanto a la reciprocidad. Una cuestión que se vuelve más explícita cuando otra de ellas expresa que “el buen sexo es aquel en el que no tienes que fingir en ningún momento”, lo que conduce a las risas generalizadas de sus compañeras. Esta situación revela además cómo la práctica del fingimiento constituye una experiencia generalizada entre las jóvenes39, puesto que existe un ideal de reciprocidad, equidad y mutualidad del placer sexual sobre el que se vertebra el modelo de sexualidad hegemónico igualitarista y contractualista. El 39 Profundizaré más en ello en análisis del fingimiento como formato comunicativo. 94 mantenimiento del “mito” de este ideal pasa por ciertos trabajos y esfuerzos, particularmente femeninos, para que “no se vea la tramoya” (el ocultamiento del propio fingimiento), evidenciando con ello la presencia de los desequilibrios de género. Los relatos de las jóvenes suponen un reajuste de estos ideales, desplegando desde la confianza en sus narrativas una visión más cotidiana y experiencial que descansa en la idea de que no siempre pueden lograrse o alcanzarse. Vicente Olmo, en su investigación sobre la representación y las prácticas del amor entre la juventud española (2015), denomina prosaico-realista (2015:195) al relato cotidiano en torno al amor que hacen las/-os jóvenes de su estudio, frente a una concepción más mítica e idealizada. Una distinción que puede aplicarse al caso de estas jóvenes y a las representaciones de la sexualidad que ponen en circulación. Este enfoque más experiencial se caracterizaría porque pone en circulación muchos de los componentes que señala la autora, como son los sentidos en torno al esfuerzo, a la dedicación y al trabajo que les supone, tal y como reconocían algunas de las jóvenes. La comunicación, la confianza, el placer mutuo y recíproco cuestan, ya sea por “vergüenza”, “por inseguridad” o “por falta de conocimiento respecto a los propios deseos”. En definitiva, en el trabajo de campo se ha podido comprobar cómo las narrativas de las jóvenes confrontan la visión negociada, contractualista e igualitarista presente en el espacio público. Las negociaciones en el ámbito de la intimidad afectivo-sexual son asumidas como un formato comunicativo racionalizable, objetivable y marcadamente reflexivo que desatiende, en primera instancia, su dimensión afectiva y corporal, así como los conflictos que hunden sus raíces en las asimetrías de los géneros en el ámbito de la sexualidad. 3.2. Del “sexo” a los encuentros afectivo-sexuales: hiperritualizaciones y estilizaciones en torno a las prácticas íntimas Señala Vance que en la sexualidad el cuerpo y sus actos se entienden según códigos de significación dominantes (1989:21). En las narrativas de las jóvenes se hace especialmente visible la ritualización, convencionalización, estilización y codificación de los cuerpos, cargados de densidad simbólica y de sentidos preferentes. ¿Cuáles son estos códigos dominantes que dan sentido a las prácticas afectivo-sexuales? ¿Cuál es su 95 procedencia y cómo contribuyen a moldear y a organizar los encuentros afectivo- sexuales que las jóvenes mantienen con los varones? En este apartado exploro los rastros de las hiperritualizaciones que se han hallado en las narrativas de las jóvenes para, más adelante, analizar cómo estarían configurando sus prácticas. Con hiperritualizaciones me refiero a aquellos rituales afectivo-sexuales cargados de un grado superlativo de codificación, convencionalización y estandarización a través de distintas mediaciones socioculturales. Concretamente, Goffman (1991) emplea el término de hiperritualización para explicar los procesos de escenificación, exageración, simplificación, ritualización, exceso de dramatización y, en definitiva, hipercodificación, que llevan a cabo mediaciones culturales como la publicidad con la finalidad de “hacer interpretable un acto previsto” (1991:169), configurando las expectativas y determinando, por tanto, los horizontes de lo deseado y lo deseable en el campo de la intimidad afectivo-sexual de estas jóvenes. Entre el amplio abanico de rituales afectivo-sexuales elevados a grados superlativos de codificación y simbolismo que aparecen en las narrativas de estas jóvenes, considero conveniente comenzar explorando los relatos en torno al primer coito. Se trata de una práctica que cobra una especial relevancia simbólica y material, sobre todo durante la fase de indagación y descubrimiento de la sexualidad en pareja, tornándose la práctica hiperritualizada por excelencia. “La primera vez” o “la pérdida de la virginidad” constituye un hito, un mito y un rito desde el que las jóvenes van a establecer una clara demarcación entre un antes y un después en el curso de sus trayectorias afectivo-sexuales. Este primer coito supone el fin de una etapa de descubrimiento de la sexualidad (más propia de la adolescencia) y la transición hacia un nuevo período en el que el sexo va a ir reconstituyéndose en otros, pero no menos simbólicos, sentidos y significados. Constituyen poderosas mitologías que sufren procesos de resemantización, en tanto que en los mitos no hay fijeza, sino que se construyen y resignifican con los usos (Barthes, 1980:115). En torno al primer coito se anudan y condensan una multiplicidad de sentidos que 96 revierten en una sensación de cambio, de movimiento hacia algún otro lugar: punto de inflexión que marca un comienzo y un fin. “La primera vez para mí fue importante a nivel de… De sentirme como mejor de: “mira, tomo decisiones, esto ha pasado no sólo porque él quiera”. Entonces sí que me sentí bien… Sobre todo, me hizo sentir como: “vale, ya no soy virgen”. Y que ya podía hacer más cosas. Sobre todo, me dejó más tranquila de: vale ya no tenía una barrera de oye, ¿cuándo va a ser mi primera vez y con quién? Y era como, vale, esto ya está zanjado y ahora me alegro mucho de que fuera así, en plan, tan bien, ¿sabes?” (Carmen) “Yo me sentía como rara, pensaba, bueno, pues ya está, ya no hay vuelta atrás. Ha pasado esto, o sea, mi estado ha cambiado… Yo iba por la calle en plan ¿la gente lo sabrá? (ríe). Y al llegar a casa, era mediodía y estábamos comiendo mis padres y mis hermanos y yo como: ¿se darán cuenta?” (Arantxa) “A mí no me cambió nada interiormente, en plan, es brutal, o me siento de otra manera. Yo no le había dado esa importancia. Yo creo que fue más la sensación de haber dado un paso más allá en la sexualidad. Como de, vale, ahora puedo empezar (ríe).” (Andrea) Dejar de ser virgen entraña un marcado componente identitario, pues supone dejar de ser para convertirse en algo, “pasar a otro estatus”. El tránsito que supone cruzar esta frontera o barrera también puede conllevar el alivio de dejar una carga, una “carencia”. Con un mayor o menor grado de carga romántica al que se le asocia, las jóvenes coinciden en que las experiencias en torno a la primera vez suponen la materialización efectiva de un “ir más allá” en el terreno de la sexualidad, dotándolas de un sentido, más o menos intenso, de que algo ha cambiado en este ámbito, lo que permite rearticular el horizonte de expectativas, proyecciones y anhelos que subyacen a la expresión de “poder empezar”. Megías, San Julián y otras/os autoras/es describen la pérdida de la virginidad como un ritual que marca el tránsito hacia la vida adulta, y que supone para las jóvenes hacerse mayor en el terreno de la sexualidad, donde residiría su fuerte tendencia a la idealización entre la juventud (2005:34). 97 Y aunque “ser virgen” también hace referencia al varón que no ha mantenido relaciones sexuales, el modo en que se configuran los relatos y las prácticas en torno a la pérdida de la virginidad se condensan claras y significativas diferencias en términos de género (Megías, San Julián et. Al, 2005; Peláez, 2019). Las asimetrías de género pueden hallarse en la procedencia de este relato. “La pérdida de la virginidad” hunde sus raíces en el mito religioso de la virgen María en el que la sexualidad de las mujeres queda vinculada a la reproducción (pues, a diferencia de ella, deben engendrar a través de la práctica del coito), al tiempo que vaciada y negada de la posibilidad de placer (Lagarde:2003) 40 . Una mitología católica que, aunque reactualizada y resemantizada, constituye un sistema de creencias tradicional arraigado durante décadas en la sociedad española (Ayuso y García, 2014; Megías, San Julián et. Al, 2005) por el cual perder la virginidad supone para las mujeres el fin de la castidad prematrimonial. En el espacio-tiempo de estas jóvenes, este hiperritual se desplaza de estos sentidos tradicionales para reartircularse en torno al ideal romántico (Venegas, 2009; Peláez, 2019; Megías, San Julián et. Al, 2005), donde el amor se presenta como el perfecto refugio para la sexualidad (Esteban, 2011): poderosos relatos con los que las jóvenes van a renegociar en lo cotidiano. Una cita de Quesada Juan (2013) ilustra a la perfección la fuerza que demuestran configuraciones narrativas como la de la virginidad en la producción de nuestros imaginarios socio-sexuales (Sabsay: 2009) “Fíjate cómo podría cambiar la significación social del concepto “virgen” si tomásemos la acepción de “lo inexplorado”. Todas las partes del cuerpo como 40 Si bien discrepo con Lagarde en sus visiones respecto a la sexualidad femenina en el marco de la heterosexualidad (pues la autora llega a negar la agencia de las mujeres y sus posibilidades de experimentación del placer), reconozco que algunas reflexiones me han sido de gran utilidad e inspiración. El trabajo de Lagarde es amplio y profundo respecto a la temática de la sexualidad, aportando algunas claves que pueden ser reinsertadas y aplicadas a mi visión, como su análisis del mito de la virginidad, al que debemos cierta popularización del tema en el ámbito académico. 98 terreno virgen a explorar desde la curiosidad y no desde la meta a batir: mis manos, mi nariz, mis orejas, mi vulva, el hueco de mis pechos, mi pene, mi ano, etc. son zonas vírgenes por descubrir y disfrutar, ya sea en pareja o en solitario, y siempre desde la curiosidad del paseo más de que desde la presión de la carrera” (Quesada Juan, 2013)41. Las palabras de la autora reflejan la centralidad que adquiere el coito en la organización y codificación de nuestros cuerpos y en la jerarquización de las prácticas, otorgando a la primera vez que se produce el coito una posición suprema. A este modelo andro-coitocéntrico (en el que profundizaré más adelante) apuntaría también el uso común y generalizado entre las jóvenes participantes de la expresión “relaciones sexuales completas” para nombrar a las prácticas sexuales mediadas a través de la práctica del coito: frente a las que quedarían las incompletas inacabadas o inconclusas (Venegas, 2009). Más allá de la mitologías e idealizaciones que se anudan en torno a la primera práctica del coito, “el sexo”, en sentido amplio, va a verse sometido a elevadas dosis de mitificación, convencionalización y codificación a través de una gran diversidad de mediaciones culturales audiovisuales como son las películas, las series de televisión, las típicas revistas “para chicas” y los foros de internet. “Yo creo que lo de la idea preconcebida, imagino que, si quedamos para que fuera un día, fue lo típico de las pelis, que el chico le prepara a la chica una noche especial y romántica, con velas, y que es súper especial. Pero luego los mitos de que va a doler muchísimo pues de las típicas revistas, la SúperPop o la Bravo, aunque no solía leerlas mucho… Luego mezclas todas esas historias con lo que te cuentan y con las de las películas” (Rocío). Se trata de espacios que van a proceder a la dramatización de lo real y a la repartición de los espacios y de los gustos (Martín-Barbero, 1986) dentro del ámbito de la sexualidad. Se denominan “mediaciones de la sensibilidad”, puesto que “reintroducen 41 No se puede marcar paginación porque es un artículo digital. 99 en su discurso la corporeidad, la gestualidad, esto es, la materialidad significante de la que está hecha la interacción social cotidiana” (Martín Barbero, 1986:45). A este respecto resultan especialmente interesantes los estudios de McRobbie (1997) en torno a los productos culturales dirigidos a mujeres jóvenes durante la década de los 90, en tanto que únicos lugares legitimados para producir contenido sexual que, en este sentido, estaban contribuyendo al fin de la ingenuidad sexual de las jóvenes y fomentando la reflexión crítica en materia de sexualidad. Por otro lado, para profundizar en los procesos de hiperritualización del “sexo” de estas jóvenes resulta ineludible reparar en el papel protagonista que adquiere aquí la pornografía mainstream: una fuente mediadora fundamental de la sexualidad, no tanto en términos de preferencia, sino de asimilación: “Yo creo que es que con el porno aprendes como por referencia, por asimilación. O sea, tú antes no has visto a nadie follar, pues si esas son las primeras personas que ves… Pues ves las cosas, y vas aprendiendo de las posturas.” (Esther) “El porno” ha aparecido de manera tangencial casi en la totalidad de las entrevistas y talleres, puesto que permite el encuentro con “el sexo” en la forma más explícita, convirtiéndose en un dispositivo crucial en la producción de guiones y esquemas de aprendizaje (Moletto, 2003:229), en cuanto a las prácticas y a las “posturas”. Sus narrativas permiten constatar que la pornografía mainstream 42 deviene un espacio fundamental en la producción de estas hiperestilizaciones iterativas de la corporalidad en el campo de la sexualidad (Butler, 2003;2007). Posturas como “el misionero”, “el perrito”, “a cuatro patas”, “contra la pared”, “por detrás”, “el 69” son algunas de las posturas más referidas por las jóvenes. La propia expresión “posturas” de uso generalizado y empleada de manera recurrente por las jóvenes evoca en sí misma el orden, la organización, la colocación y la posición de los cuerpos: insinuando una cierta 42 Me refiero al porno hegemónico o mainstream, entendido como aquel que circula de forma mayoritaria en los circuitos comerciales, definiendo y delimitando prácticas sexuales y modelos corporales heteronormativos. 100 sensación de fijeza, permanencia y estatismo, frente a lo fluido, lo espontáneo y lo fortuito. “Pues a ver, no es por nada, pero como tengo tanta flexibilidad por el baile, pues nos poníamos a hacer posturas, yo no tenía limitaciones para eso, pues la pierna aquí, o por allí [gesticula]. Pues igual me decía, vamos a hacer esta que he visto, tal…” (Lidia) “Tenemos como cogidas nuestras posturas favoritas pero, aun así, siempre intentamos hacer alguna nueva, introducir algo, o yo qué sé, variar…” (Rebeca) En sus relatos se refleja que los usos de la pornografía son muy dispares entre las jóvenes, en términos de gustos y preferencias, así como en lo relativo a las sensaciones de ambivalencia y/o rechazos que estas mediaciones audiovisuales les generan. La mayoría de ellas coinciden en remarcar que sus primeros contactos con estas se produjeron por casualidad, curiosidad o en un contexto de bromas y risas (lo que podría vincularse con cierta falta de agencia sexual en estos tiempos) y que fue en una época posterior a la adolescencia cuando comenzaron a verlas desde otros lugares, “con interés”, “por una cuestión de deseo”, “para masturbarse” o para “sentir placer”. En sus narrativas traslucen además los posicionamientos en torno a la pornografía librados en el seno de los movimientos feministas, pues algunas jóvenes sostienen se trata de mediaciones que constituyen una subordinación gráfica y explícita de las mujeres (Dworkin, 1989), donde residiría el motivo de su rechazo hacia esta, frente a otras que se centran en resaltar su potencial: “Yo de pequeña lo veía muy feo, era como: ¿cómo puedes ver eso? Luego ya cuando fui creciendo y tal pues fui viendo qué me excitaba y sí que me ponía cachonda. Y ahí ya empecé a verlo, y empecé a ver cosas que me apetecía hacer con mi pareja, de hecho, con mi pareja también lo he visto alguna vez”. (Laura) “El porno me parece grotesco, el papel de la mujer es muy pasivo… Muy humillante… Si el porno fuese de otra manera, pero es que es aberrante. Solo se ven tetas y culos, tías y tíos súper mazaos.” (Valeria) 101 En cuanto a las representaciones, la mayoría de las jóvenes ha mostrado una clara preferencia por las ficciones audiovisuales alejadas de la pornografía mainstream por excelencia, de corte biomecanicista, cuyos rasgos distintivos son la mecanización de la relación sexual centrado en la genitalidad y especialmente en el clímax masculino (Morales, 2018:17). Frente a esta, las jóvenes se decantarían por una pornografía de tipo “gayfriendly”, en la que se concede una mayor importancia a la espontaneidad y los afectos y donde el placer femenino ocuparía un mayor protagonismo (Ibid). Emerge así la inclinación por lo que denominan “lo previo” o “los inicios” que se traduce en una descentralización de la práctica del coito heterosexual, y donde se percibe un mayor disfrute por parte de las mujeres. Cobran fuerza aquí las situaciones de contexto, “las miradas” o componentes que lo dotan de una mayor “sutileza”: “Últimamente veo algo interracial, eso es lo que intento buscar, pero es verdad que buscar para que sea algo bueno… Tardas mucho y entre una cosa y otra pues ya me masturbo, que no te renta mucho para buscar algo bueno… A mí la verdad me gusta más todo lo que sea, que no sea pah pah pah… Igual más todo el previo, pero claro eso es muy difícil de encontrar, entonces los empiezo y me voy a otro… También un poco más de lésbico… Pero es que uuuffff, es que hay de todo, no sé si me pongo a buscar las categorías y todo, como que me masturbo rápidamente y ya.”(Alejandra) “Yo sobre todo veo porno lésbico… Y mira, yo tengo claro que las chicas no me gustan en ese sentido, pero reconozco que el sexo lésbico me parece mucho más real... Veo a las chicas disfrutar mucho más. Como que las veía más real. No por el hecho de que me guste en sí, no para mi vida, pero como que las veía disfrutar mucho más. Porque en el porno hetero, yo por lo menos todo lo que he visto, no se ve nunca como el tío busca el orgasmo de la tía, si la tía se corre corriéndose él vale, pero no busca el placer de la chica… Y no sé, si yo me siento identificada con ella quiero disfrutar ¿no? Entonces en el porno no normativo, en el porno lésbico, sí que las veo disfrutar y disfruto yo también. Porque a mí lo que más me pone es el inicio, o una mirada o un tal, o como ir desnudando…” (Lucía) 102 Vemos aquí como se trata de representaciones que resultan para las jóvenes “más deseables y realistas”, desvinculadas de un imaginario coitocentrado que posibilitan a las jóvenes una mayor autoidentificación, requisito, al parecer ineludible para el (auto)disfrute sexual. Aunque se trata de imaginarios que podrían estar reactualizando las relaciones de poderes entre los géneros (Morales, 2018), puesto que estaría contribuyendo a reforzar las visiones de un modelo de sexualidad femenina dulcificado o romantizado, focalizado en “la erótica”, esto es, en lo afectivo (Osborne, 2002:29-30), de las palabras de las jóvenes puede desprenderse un componente crítico con lo que constituyen las representaciones mainstream por excelencia, condensadas en la significativa expresión que emplea una de ellas para describirlas como es la de “pah pah pah”, donde se concentra la mecanicidad y la simplificación de las prácticas sexuales reflejadas en el porno mainstream. En cualquier caso, sus narrativas hacen visible que se trata de mediaciones fundamentales en la (re)producción de los ideales de belleza y de las corporalidades, de las prácticas, de los lugares, y también de los gestos y sonidos, en definitiva, en los modos en los que “el sexo” tiende, en un plano cinematográfico y ficticio, a reordenarse y reconfigurarse en el marco de la heterosexualidad. También apuntan al diferencial de género en cuanto a la fuerza que presentan estas mediaciones entre los varones debido a que gozan de una mayor legitimación. Esta normalización diferencial de la pornografía hace que las jóvenes le atribuyan un mayor peso a los procesos de configuración de los deseos, a los gustos sexuales de los varones y a las expectativas de estos mismos en torno a los encuentros en pareja. En el siguiente fragmento puede verse cómo las jóvenes consideran la pornografía como una fuente crucial en la conformación de sus imaginarios, de los procesos de hiperritualización a través de los que sus propios cuerpos van imbuyéndose de sentidos, de carácter hipermitificado, idealizado y ficticio, con los que también los varones van a renegociar en el transcurso de sus relaciones. “Valeria: Pero porque se hinchan a ver a porno (ríen todas). Se crean unas expectativas de todo que no son. Yo creo que tienen muy idealizado el cuerpo de las chicas, los ideales de belleza y, sobre todo, lo que es el sexo: que va a ser ahí 103 todo guarro, o que vamos a poner esa cara mientras le estamos comiendo la polla [ríen]. Pues no es para nada así. Irene: Sí, sí, que estás ahí: ¡Sí, dámelo todo! Andrea: Bueno, pero yo creo que tampoco son tontos… O sea, yo por ejemplo también sé, por mucho que vea porno, que los hombres no van a ser así con esas espaldas (ríen), pues no… Laura: Sí, es que en realidad todo es más de nuestra cabeza…O sea, que yo no creo que los tíos se esperen que seamos así y también saben lo que hay. Pero yo creo que nosotras pensamos, o por lo menos lo que yo veo en mí y en mi grupo de amigas es que ellos tienen un ideal de belleza, bueno ya sabemos todas los estándares de belleza que hay en la mujer, y pensamos que ellos les dan mucha importancia, que para ellos es así: está delgada, tiene tetas, está buena. Y nosotras pensamos que ellos lo ven así porque yo creo que es lo que hacen ver y lo que se cuentan entre los amigotes igual…Pero que a la hora de la verdad se la suda bastante. Mucho más de lo que nos pensamos, de si está más delgada o más gorda… Andrea: Sí, sí, con el tema de la depilación, por ejemplo, o si estamos buenas nosotras somos más exigentes, pero luego a ellos les da más igual de lo que parece. Valeria: Bueno, no sé… Yo he escuchado a un montón de tíos en mi escuela de “es que si no va depilada yo no me la follo” (interpreta) (Ríen). Y yo digo: eso es porque te has hinchado a pajas ¿no? (ríen todas). Porque tú le dices a un tío de 40 años que no estás depilada y el tío te dice: “bueno a ti se te ha ido la olla”. Pero estos tíos que tienen que ir alardeando de eso… Es como, eres un niñato, no te la folles y ya está” (TNM1) En este fragmento se delinea la relevancia de una imagen preferente del porno mainstream respecto a la producción de los cuerpos femeninos, “delgados”, “con tetas grandes” y “depilados” y a una representación condensada bajo la idea de un “sexo en formato guarro” en el que las mujeres aparecen dramatizando (con gestos mientras “les comen la polla”) y actúan una posición de subalternidad expresada en ese “¡dámelo todo!”. En el taller las jóvenes despliegan además la vinculación de las hiperritualizaciones de la pornografía mainstream heterosexual con las dinámicas de configuración de las masculinidades. Una diversidad de trabajos aluden a la importancia de los grupos de 104 pares en la constitución de las masculinidades (García, 2010; Connell, 2003, Fuller, 2003, Segato, 2006; 2003). “Lo que hacen ver y de lo que van alardeando entre los amigotes” hace referencia a las demostraciones y exhibiciones que ha de ser la confirmación dentro del grupo de la virilidad: idea sobre la que se sustenta el modelo interpretativo y comunicativo que describe Segato (2003;2016), constituyendo esa violencia su máxima expresión. García (2010) describe en esta línea el modelo de masculinidad del orgullo hegemónico en las sociedades contemporáneas. Donde la exhibición y la demostración constante de la virilidad y la hombría frente a los pares estarían sustituyendo los anclajes del modelo moderno del honor (cabeza de familia con estatus y autoridad), modelo hegemónico de masculinidad contemporáneo es el del orgullo, frente al modelo moderno del honor. Propone el concepto de hipermasculinidad para comprender las prácticas sexistas que se dan en la actualidad entre la población joven: desbordamiento, exceso y nivel superlativo de la exhibición de la performance de género (García, 2010). En lo que respecta a la sexualidad, la pornografía mainstream sería el lugar por excelencia para la hiperritualización de esa virilidad: una masculinidad que se muestre y demuestre siempre activa y dispuesta a “darlo todo”. Para continuar profundizando en el nivel de las hiperritualizaciones es conveniente reparar también en el campo de las fantasías sexuales, pues ha devenido un espacio interesante y significativo desde el que apuntalar los modos de configuración, ordenamiento y ritualización de los deseos y los procesos en los que “el sexo” se va cargando y dotando de sentido. Se trata de un espacio fundamental de la sexualidad, fuente de profundos gozos y placeres muy poco transitado por la investigación sociocultural y los estudios feministas (Vance, 1989; Echols, 1989; García, Fernández, Rastrojo, et al. y Garaizábal, 1998; Friday, 1993). Entre las jóvenes ha podido advertirse la generalizada creencia de que el origen de las fantasías reside en anhelos o expectativas, que parten de una ausencia, vacío o frustración (Friday, 1993:11). Esta cuestión se hace visible cuando las jóvenes narran sus fantasías durante la adolescencia, y remarcan lo especialmente apegadas a esa realidad palpable, esto es, a una sexualidad que no tienen y desean. Desean mantener como 105 pareja sexual a quienes fueron sus primeras parejas en un sentido romántico o chicos más o menos conocidos que les despiertan atracción, pues, como destacan en ese periodo de iniciación y exploración, sus deseos de (auto)experimentación y (auto)placer eran aún incipientes y sus fantasías quedaban restringidas a esta forma de mediación. “Pero sobre todo era imaginármelo con él, no era algo aleatorio, ¿sabes? Era más ¿cuándo se repetirá? ¿Dónde lo haremos? ¿Qué nuevo podré hacer? Yo diría que al principio no era nada creativa… Luego ya cuando lo dejé empecé a tener otras.” (Zoe) En una fase posterior caracterizada por una mayor experimentación sexual van a delinearse muchas de las que Friday (1993) registra como las más comunes en un estudio con una amplia muestra en el que recopila las fantasías sexuales de mujeres adultas heterosexuales de clase media estadounidense. Las más recurrentes son, según la autora, la del anonimato, el sexo en lugares públicos, la violación, prácticas BDSM, tener sexo con otras mujeres, fantasías mediadas por la edad (con varones menores o mayores) y el incesto. En las narrativas de las jóvenes, la más frecuente ha sido la de practicar sexo en lugares públicos, “que no se deben”, fundamentalmente en zonas comunes de los entornos universitarios (como bibliotecas o salas de estudio de la residencia). Una fantasía que catalogan como “típica” expresión de la que puede desprenderse el carácter hipercodificado, en tanto que tipificado. Asimismo, destacan las de tener sexo con varones desconocidos y las prácticas sexuales procedentes del mundo del BDSM. “Luego fui variando, porque como no sabía qué me gustaba… Por ejemplo, con un chico que me gustara… Y ya llegué a la que siempre uso normalmente que es con un desconocido, eso me encanta, es algo que me pone mucho, con alguien que no conozco de nada, que de repente surge la atracción sexual y a eso nos ponemos”. (Lorena) “A ver, fantasías, no sé… Yo no tenía fantasías de esas de que vienen dos tíos a por mí, por ejemplo (ríe). A ver siempre, pues el morbillo de hacerlo en algún lugar que no se deba, pues es lo típico que lo piensas, y dices: pues estaría guay en 106 verdad (ríe), pero con él [el primer chico] no mucho… Fue más después al llegar a Madrid cuando pensaba, pues a lo mejor en la sala de estudio, o en la puerta de la sala de conferencias (ríe)”. (Rebeca) “Las ultimas fantasías que he tenido, por así decirlo han sido lugares... Por ejemplo, en el colegio mayor, yo estudiaba en el bunker, en una sala que está así como cerrada, y yo que sé se me iba la cabeza y pensaba que el chico entraba por la puerta cerrando el pestillo del búnker y ahí en la mesa… Yo que sé es que cuando estás estudiando se te va, o en la lavandería, por ejemplo. Yo que sé, son más las zonas que otro tipo de cosas…” (Andrea) En cuanto a las fantasías que pueden circunscribirse dentro del BDSM las jóvenes mencionan como su principal fuente de procedencia el relato, catalogado como “fenómeno mediático” debido a su enorme alcance, de las 50 sombras de Grey43, cuyo “impacto” se ha tendido a analizar en términos dicotómicos de opresión/liberación (Illouz, 2014). Más allá de estos debates, las narrativas de las jóvenes reflejan cómo se trata de mediaciones escritas y audiovisuales que han contribuido a la conformación y a la producción de sus fantasías (Illouz, 2014). “Últimamente pienso mucho en algo que… a raíz de los libros de las 50 sombras de Grey, en cosas que igual pueden darme placer y que antes no me había planteado, o no pensaba que esas cosas se pudieran hacer, ¿no? Por ejemplo, el que alguien te haga salir sin bragas y que sólo lo sepa él y coger y hacerlo en algún lugar, cosas así, o lo de taparte los ojos y hacer que pierdes un poco el control, entre comillas”. (Patricia) 43 La trilogía narrativa 50 Sombras de Grey de la escritora británica E.L. James comenzó publicándose en 2012, englobada bajo la categoría que podríamos denominar “novela erótica para mujeres”. La trama narrativa, que presenta la historia de una chica de clase media norteamericana que se enrola en una relación romántica y sexual con un joven multimillonario aficionado a las prácticas BDSM, saca a relucir el deseo de 65 millones de lectoras (Enguix y Núñez, 2015). En 2015 se estrenó la película, producida por Univesal Studios, cuyo alcance no fue menos significativo. 107 De sus relatos se desprende que las fantasías sexuales también se encuentran sujetas a modos de ordenamiento y configuración social desde los que se tiende a clasificar y categorizar entre buenas y malas, correctas e incorrectas (Vance, 1989; Echols, 1989; García, Fernández, Rastrojo, Garaizábal et. al, 1998; Friday, 1993). Esta ambivalencia también ha sido perceptible en los relatos de las jóvenes, pues compartir las fantasías de una misma no es en absoluto una tarea fácil, a juzgar por el desconcierto y el silencio que solía acompañar a mis preguntas, evidenciándose aquí lo señalado por Hollibaugh (1989): “Es una dura verdad el que demasiadas mujeres se quedan en blanco cuando se les pregunta cómo son sus fantasías. Las fantasías sexuales parecen ser legítima propiedad de los hombres, lo romántico, el sólido terreno femenino. Sin embargo, la mayor parte de la capacidad de actuar según nuestros deseos descansa en la posibilidad de imaginar el tacto y el olor del sexo que deseamos” (Ibid:197) Es por ello que las respuestas vinieron en ocasiones acompañadas de sensaciones de remordimiento, culpa o vergüenza, de donde derivarían las necesidades y (auto)exigencias de explicarse y justificarse en exceso, pues en ocasiones emergían como síntoma de una ausencia o falta de plenitud o satisfacción sexual con sus parejas y, en otras, como deseos y anhelos impropios o ilegítimos. “A ver, como te he dicho lo del trío… Suelo fantasear mucho con eso y me pregunto si es que lo quiero hacer de verdad porque con Iván me falta algo o no me siento plena, plena, ¿sabes?” (Esther) “Es que yo con este tío de mi escuela no quiero follar, es que hasta me cae mal [Ríe]. Pero es que me viene… Yo que sé. Y pienso que es como una especie de cuernos… Hasta he llegado a pensar, hostia, a ver si este [se refiere a su pareja] me va a pillar y todo. [Ríe]” (Inés) 108 Con esta breve mención a las fantasías quedarían delineados algunos de los componentes que se ven involucrados en el universo de hiperritualizaciones en torno al “sexo”. Los encuentros y el orden de las interacciones (Goffman, 1979) estarían configurados a través de una diversidad de dispositivos y mediaciones socioculturales en distintos formatos, el cine (pornográfico o “convencional”), las series, los reallity shows, las revistas “para chicas” o los foros de internet que van a revelarse fundamentales, especialmente durante la fase de descubrimiento e iniciación de la sexualidad en pareja. Marta: Yo creo que es que con el porno, aprendes como por referencia, por asimilación. O sea, tú antes no has visto a nadie follar, pues si esas son las primeras personas que ves… El porno o alguna escena o alguna película. Esther: Yo, por ejemplo, recuerdo una postura que vi en Los hombres de Paco [serie de tv española], que la copié. Y alguna de mis amigas también (ríen). Recuerdo que salían en una postura que sería demasiado explícita o no sé… Y recuerdo que a mí se me quedó grabado a fuego y me moría de ganas de probarlo. [Risas] Lidia: Claro que lo haces por lo que ves y tu medio de referencia, pues mira tú eso, Los hombres de Paco que al fin y al cabo la estás viendo con tus padres después de cenar. [Ríen] Marina: Sí, sí total, o en sitios random que igual no te esperas que se te vayan a quedar así de marcadas… Yo me acuerdo también con Gandía Shore, que lo veía sobre todo por lo sexual… Que igual no se veía nada, pero me acuerdo de una escena de una pajilla y yo pensaba “uy, a ver esto, ¡qué curiosidad!” (TNM2) Estos dispositivos constituirían poderosas tecnologías de género que las interpelan de un modo directo: “La espectadora está así, doblemente ligada a la misma representación que la interpela directamente, compromete su deseo, saca a la luz su placer, enmarca su identificación, y la hace cómplice de la producción de (su) feminidad” (1984:30) 109 A partir de estas van a activar procesos de identificación y desidentificación, a tomar diversos posicionamientos y a ir produciendo, construyendo y configurando, de manera constante y permanente, una determinada auto-representación. Con estas propuestas las jóvenes van a renegociar en los encuentros que las jóvenes mantienen con los varones. Recapitulando, el análisis de los discursos en torno “al sexo” en un sentido amplio y abstracto ha permitido constatar la vigencia de un modelo de sexualidad hegemónico negociado, contractual y consensualista sustentado en los ideales de la comunicación, la confianza, el placer y la satisfacción sexual, visiones que actúan como poderosas ficciones reguladoras en producción de un determinado deber/ser sexual al que resulta complicado, difícil, y en ocasiones doloroso, no ajustarse y hacerlo público (motivo de “confesiones”, tensiones y vergüenzas, como veíamos que ocurría en los escenarios mixtos). En los talleres se pusieron en circulación otras narrativas y ficciones que rompían con muchas de las ficciones igualitaristas anteriores, evidenciando el papel del género en las configuraciones discursivas, expresivas y narrativas de la sexualidad, demostrando un enorme potencial en la activación de los procesos de identificación y en la circulación de los afectos entre iguales. Por otro lado, el recorrido por las hiperritualizaciones ha confirmado el nivel superlativo de convencionalización de las prácticas afectivo-sexuales y la relevancia de las mediaciones socioculturales en estas organizaciones: en la repartición de los espacios y de los gustos (Martín Barbero, 1986). Los relatos de las jóvenes en torno a la primera vez y demuestran la centralidad que adquieren las mitologías a idealizaciones en la codificación de los cuerpos (Vance, 1989) y en la jerarquización de las prácticas, advirtiéndose en estas configuraciones ciertas asimetrías de género. De sus narrativas se desprende el papel de la pornografía mainstream en la conformación de los modelos de género desde el anclaje de la sexualidad, en la producción de los ideales de belleza masculinos y femeninos y en la hiperritualización de las relaciones heterosexuales: ofreciendo una imagen hiperritualizada de la masculinidad que encontraría su contraparte en una feminidad pasiva y sumisa. En el nivel de las fantasías también podían hallarse los rastros de estas hiperritualizaciones y los procesos de codificación en torno a lo deseable y lo indeseable. En definitiva, ha podido subrayarse el papel de 110 las mediaciones culturales (pornografía mainstream, revistas, series, reallities, libros y película) en los procesos de hiperritualización del “sexo”, y señalar la tensión placer/peligro (Vance,1989) que se desprende de estas, como veíamos con las fantasías y las mediaciones de la pornografía, terreno de gozos, pero también fuente de sensaciones vinculadas con la “humillación” y la culpa. En el siguiente capítulo me adentro en los rituales afectivo-sexuales que despliegan en el orden de las interacciones, esto es, en las prácticas íntimas que las jóvenes mantienen con los varones, al tiempo fruto de las negociaciones establecidas con estas hiperritualizaciones. 111 CAPÍTULO 4 LOS TERRITORIOS [DESNUDOS] DEL YO: LOS ENCUENTROS AFECTIVO- SEXUALES COMO CADENAS RITUALES DE INTERACCIÓN La metáfora de los territorios del yo de Goffman (1979) se presenta como una herramienta conceptual útil y potente para pensar las negociaciones de género en el ámbito de la intimidad afectivo-sexual desde un enfoque pragmático, esto es, práctico, activo y relacional. La idea de la territorialidad alude a aquellos espacios simbólicos y materiales que el yo reivindica como propios y necesita preservar, guardar y delimitar frente a las demás. Más concretamente, el autor emplea el término de reservas para referirse a los modos y estrategias desde las que se ritualizan, organizan y regulan estas reivindicaciones del yo de manera cotidiana. Se trata de flujos comunicativos que comprenden un amplio abanico de prácticas, como la organización de los espacios de uso público a través de los turnos de espera, o las señales emitidas a través de objetos personales, expresiones verbales, movimientos, gestos corporales, etc. desde los que se (re)negocian las parcelas del yo en muy diversas situaciones de interacción, en las cuales el cuerpo ocupa una dimensión fundamental. En este punto, las tesis de Goffman dialogan con una amplia diversidad de trabajos centrados en la dimensión corporal como base fundamental de la interacción social, especialmente procedentes del campo de los estudios feministas y de género. En todas ellas se sostiene que el cuerpo es la base de todas nuestras interacciones sociales, pues “la acción y la transformación social e individual deben ser consideradas procesos sustancialmente corporales y como tales deben ser analizadas” (Esteban, 2004: 57). Se trata de una cuestión que desplegué de un modo más profuso al abordar los géneros desde la praxis, desde una dimensión performativa, semiótico-material, experiencial y relacional (Butler, 2003;2007; Casado y García, 2008; Esteban, 2004; 2011; Romero Bachiller, 2006). Lo más interesante de aplicar las teorías de Goffman (1970; 1977; 1979) al ámbito de la sexualidad es que adopta una mirada minuciosa para abordar las maneras en las que el cuerpo se presenta, muestra y dispone en el fluir cotidiano de la vida social: una atención detallada que proporciona una gramática propia y especialmente útil como 112 aproximación a las interacciones afectivo-sexuales de estas jóvenes. El autor concibe el contacto que tiene lugar entre los cuerpos como un vector primordial a la hora de analizar las situaciones sociales a las que se enfrentan. De acuerdo con sus categorizaciones, los encuentros afectivo-sexuales constituirían la forma más pura de ritual interpersonal, al darse en ellos lo que denomina ceremonias de acceso prolongado (Goffman, 1979:92) en las que existe un grado máximo de proximidad, tenencia y territorialidad corporal compartida y, por tanto, de intimidad. En este tipo de relaciones se da una economía del contacto, en palabras de Goffman, muy específica, que implica la disolución de los espacios del yo que en otro tipo de encuentros son separados, simbolizada y materializada en la desnudez, una forma, según su visión, de regulación social fundamental, desde la que se limita socialmente el contacto con las/-os otras/-os; frontera que en el campo de lo afectivo-sexual procedería a rearticularse. Es conveniente aclarar que, aunque Goffman analice fundamentalmente situaciones de co-presencia física, “cara a cara”, su concepto de territorialidad no es reductible a fronteras geográficas ni físicas, sino a los espacios simbólico-materiales en los que se demarca el yo, esto es, que producen de un modo contextual y situado el sentido de lo interno y lo externo. Desde esta óptica, la territorialidad compartida que establece una relación afectivo-sexual no se ciñe únicamente a los rituales que implican una forma de co-presencia física, sino también a los que se dan de manera mediada. Las reflexiones de Thompson (2011) resultan especialmente interesantes para pensar en esta forma de intimidad desespacializada y mediada, fruto de la rearticulación de los límites público/privado tradicionales. El autor señala que las mediaciones tecnológicas y comunicativas actuales han dado lugar a una forma de intimidad a distancia (Thompson, 2011:25), entre las que quedarían circunscritas las relaciones afectivo- sexuales. En la actualidad asistimos a un proceso constante de rearticulación y reconstitución entre lo privado y lo público, lo interno y lo externo, lo íntimo y lo social, donde los límites “se vuelven porosos, discutibles y sujetos a negociación y a resistencia (Thompson, 2011: 34). 113 En lo que respecta a la intimidad afectivo-sexual resultan muy sugerentes sus análisis en torno al origen de lo privado y lo público, en términos de visibilidad. Lo privado es desde aquí, y haciéndose eco de autoras como Hannah Arendt, lo que no podía ser visto ni visible y debía quedar por tanto restringido al espacio doméstico de la casa, invisible “en tanto que privado de la realidad que se obtiene al ser visto y oído por otros” (Thompson, 2011:26). En el epicentro de la esfera doméstica se encontraría la cama marital como único lugar socialmente legitimado para la actividad sexual, núcleo de lo infranqueable para otras/-os: lo oculto y lo tradicionalmente invisibilizado. Las narrativas de las jóvenes entrevistadas para la presente investigación se encuentran impregnadas, siguiendo con la metáfora de Goffman, de referencias a los lugares en los que se sitúan sus prácticas afectivo-sexuales; escenarios muy distanciadas de este imaginario que las cercaba a la “alcoba matrimonial” tradicional: zonas públicas como parques, jardines, “descampados”, baños públicos en bares, discotecas y otros espacios de ocio nocturno, habitaciones de residencias universitarias y de casas de amigas y familiares, coches, etc. Además, las actuales tecnologías de la información y la comunicación han contribuido de manera crucial a la desespacialización de la intimidad afectivo-sexual. La telefonía móvil a través de diversas aplicaciones, las redes sociales y las páginas webs específicas constituyen espacios que posibilitan el mantenimiento de relaciones afectivo-sexuales de distintos modos y formatos (tanto verbales como visuales), revelándose mediadores fundamentales de la intimidad afectivo-sexual de estas jóvenes. Tras haber rastreado y cartografiado algunas huellas en torno a los procesos de hiperritualización a los que es sometido “el sexo” de las jóvenes, en este apartado exploro el nivel de la ritualización, esto es, el campo de las prácticas afectivo-sexuales que tienen lugar en los propios encuentros sexuales con los varones. Para ello, recurro al concepto de cadenas rituales de interacción acuñado por Collins (2009) para abordar los rituales que compondrían los distintos “tipos de sexo” que se despliegan en las narrativas de las jóvenes; “tipos” que emergen del encadenamiento y la gradación de distintas prácticas que alcanzarían diversos grados de intensidad, simbolismo y energía emocional individual y colectiva (Collins, 2009: 71). 114 La teoría microsociológica de Collins (2009) permite aunar distintas perspectivas de análisis (las teorías procedentes de las sociologías de la situación, del interaccionismo simbólico, la etnometodología, la sociología de las emociones y los estudios socioculturales) para atender a la dimensión ritualizada de las prácticas cotidianas desde la interrelación y la conexión que guardan entre ellas: interacciones que emergen incardinadas en lo social. Para el autor estas interacciones convencionalizadas y reguladas socialmente consisten en patrones o esquemas de conducta, comportamiento y acción repetitivos y reiterados que van construyendo un ciclo recurrente de prácticas que generan en los sujetos un determinado compromiso emocional, tanto hacia los que participan de estas relaciones, como hacia los símbolos que éstos implican. Así, se dedica a examinar variaciones de intensidad que se dan en los rituales pautados y las ideas (símbolos) que las acompañan, como expresa: “El orden social se manufactura en el nivel micro […] Si ahora seguimos a los cuerpos humanos individuales que se desplazan de un encuentro a otro, observaremos que la historia de sus encadenamientos – que los sociólogos denominan, convencionalmente, posiciones en la estructura social –cursa en forma de emociones, y de cogniciones cargadas emocionalmente, que serán los ingredientes del encuentro subsiguiente; y que la operación de los RI [rituales de interacción] intensifica, transforma o menoscaba en esos ingredientes emocionales de tal modo y manera que los cuerpos humanos dejan atrás la situación repostados de unos efectos emocionales que, a su vez, predisponen qué haya de ocurrir en sus próximas situaciones” (Collins, 2009: 145). En relación con los rituales afectivo-sexuales, el autor establece que son el foco y la intensidad de éstos los que van a ir construyendo el simbolismo erótico del cuerpo, determinando que las prácticas que han devenido eróticas ilustran que el nivel de las interacciones sexuales estaría configurado por una arena mayor, esto es, una concatenación de cadenas rituales de interacción que los engloban (2009:7). El concepto de cadenas de rituales de interacción permite poner el foco en estos rituales en tanto que sucesión, concatenación y anudamiento de éstos sin perder de vista las implicaciones emocionales y corporales, dentro de esta urdimbre de sentidos y significaciones. 115 El potencial de analizar estas prácticas afectivo-sexuales como cadenas rituales de interacción reside además en la posibilidad de contemplarlas como efectos de circulación (experiencias, afectos, visiones, cuerpos) que son simbólicos y materiales y que irían configurando de un modo activo, procesual y relacional las matrices de significación en torno “al sexo”. 4.1. El esquema preliminares/coito: ritual que lo abarca todo Como ya pudo advertirse en el nivel hiperritual, el coito ha emergido también en el plano de las prácticas como el núcleo de la amalgama de rituales de interacción de lo que las jóvenes denominan “sexo”. Todas las jóvenes que han participado en esta investigación, sin excepción, consideran que haber tenido sexo implica haber realizado la práctica del coito, dándose así una relación de sustitución, sinonimia y metonimia entre ambas (Venegas, 2009:436). Las conversaciones en torno a los encuentros afectivo-sexuales que mantuvieron con varones antes de experimentar el primer coito ponen de relieve una cadena de rituales de interacción exploratorios que incluyen besos, caricias, desnudarse mutuamente, petting44, masturbaciones mutuas y sexo oral (aunque esta última con un menor grado de reciprocidad) (Venegas, 2009:293)45. Se trata de prácticas narradas desde el placer y el goce, pero que, sin embargo, no llegan a alcanzar el estatus ontológico del “sexo”, pues son referidas “otras cosas”, “cosillas” o “lo típico que se hace antes de eso”: “Yo antes de hacerlo, había hecho otras cosillas, petting, masturbaciones él a mí y yo a él, sexo oral, lo típico que se hace antes de…” (Marina) 44 Se conoce mayoritariamente como petting o magreo la práctica de las caricias sexuales sobre la ropa. 45 Se trata de prácticas enormemente extendidas entre la juventud en el Estado español, según los estudios de Venegas (2009). Por su parte, Lillian Rubin (1984) también observa las trasformaciones que tuvieron lugar en los años 90 respecto a la práctica del sexo entre la gente joven, determinando una clara diferencia respecto a las generaciones adultas en ese momento. 116 “Con este primer rollo no llegue a hacerlo, pero sí que hicimos otras cosas, preliminares y así y sexo oral y tal, él a mí y yo a él, y masturbaciones.” (Esther) “Hacerlo” constituye una expresión enormemente significativa que nos permite ahondar en esta carga metonímica. La metonimia implica concebir una entidad en términos de otra perteneciente al mismo campo, de modo que “la parte del todo que escogemos, determina en qué aspecto del todo nos centramos” (Lakoff y Johnson, 2001:74), siendo aquí ese “lo” el acto del coito. Por otro lado, el término “preliminares”, de uso generalizado, bajo el que se inscriben una amplia gama de prácticas como las caricias, los besos, la masturbación y el sexo oral, también resulta reveladora para apuntalar esta relación metonímica. La gradación de rituales quedaría circunscrita a un modo de ordenamiento específico en el que los preliminares constituyen un preámbulo, lo previo, lo que viene antes del coito (en sus múltiples variantes), configurando un esquema que bien podría resumirse en los términos de preparación-acción (siempre en este orden y nunca a la inversa), siendo consideradas las primeras como prácticas sexuales de menor rango, accesorias e, incluso, imprescindibles, que vendrían a completar la práctica por excelencia. Rachel P. Maines (2017) enmarca el coitocentrismo dentro de una visión androcéntrica de la sexualidad desde la que explica estos patrones de comportamiento sexual. La autora señala que esta concepción requiere de tres pasos fundamentales como son la preparación para la erección, la penetración y el orgasmo masculino: “una actividad sexual que no implique por lo menos las dos últimas no se ha considerado «de verdad» ni popular ni médicamente (ni legalmente, de hecho)” (Maines, 2017:26). Maines recoge una cita de Vance muy ilustrativa y esclarecedora a este respecto: “todo contacto heterosexual culminaba en penetración vaginal, indicando una progresión jerárquica de la actividad sexual desde el «jugueteo» normal, ahora aceptable, hasta el «sexo de verdad»” (Vance en Maines 2017:138). Pregunta: “¿Qué consideráis que no puede faltar en vuestras relaciones sexuales? (ronda de preguntas) Lorena: Masturbación. Esther: Sí, preliminares en general. Es que si no, es que es imposible. 117 [Risas] Marina: Lo digo en el sentido de que echar un polvo sin eso, te quedas como sin más… Lidia: Yo no pienso eso. No sé, no me parece imprescindible en absoluto, no sé… No necesito masturbación. Yo puedo estar ya excitada antes de… Y saltarme la masturbación y pasar a la acción directamente. Sara: Sí, yo que no sea de repente, ¡hala zas! Que haya algo previo ¿no? Marta: Yo creo que depende del día. Que hay días que estoy más como ¡venga sí ahora ya! (ríe) y paso a hacerlo sin eso, pero normalmente, mejor con preliminares.” (TNM2) En este ejemplo las jóvenes despliegan una diversidad de metáforas que expresan la centralidad que ocupa el coito en sus relaciones sexuales, desde las que se percibe que esta práctica constituye el fin y, en ocasiones el propio medio de estas: las metáforas, lejos de consistir en un mero ornamento o recurso estilístico o poético, operan de un modo pragmático, esto es, como praxis y acción (Casado, 2012; Lakoff y Johnson, 2001), en la organización y configuración de nuestras actividades cotidianas. Se desprende de todas ellas que el coito es la acción, lo constitutivo e ineludible del sexo, resultando los “preliminares” en ocasiones necesarios y en otras prescindibles. Existen una multiplicidad de trabajos procedentes de los estudios feministas y de género que delinean los contornos de una concepción andro-coitocéntrica de la sexualidad sustentada en la práctica del coito heterosexual. El origen se situaría en un ideal reproductivo reforzado por el pensamiento biomédico occidental (Rubin, 1989; Foucault, 2009; Maines, 2017 Torres, 2015; Osborne y Guash, 2003) y el mito de la mutualidad orgásmica, atribuido muy especialmente a las tesis del psicoanálisis freudiano (Foucault, 2009; Maines, 2017; Millet, 1995; Osborne,2002; Seidman, 2011). De modo sumario, estos trabajos sostienen que la concepción de una sexualidad “saludable” sería aquella en la que tiene lugar el coito heterosexual, lo que requiere, por tanto, de contacto genital, erección masculina y penetración (Vance, 1989; Rubin, 1989, 118 Maines, 2017; Kaye, 2011).46 Las contribuciones del psicoanálisis vinieron a instaurar la creencia de que el desarrollo sexual maduro para las mujeres, en relaciones heterosexuales, se obtenía alcanzando el placer mediante la práctica del coito, para lo cual este debía transferirse de una zona erótica a otra, esto era, del clítoris a la vagina (Millet, 1995:353)47, quedando relegada la capacidad orgásmica del clítoris a un lugar inferior respecto al masculino, según diversos autores (Millet, 1995, Osborne, 2002; Maines, 2017). Estos autores han enfatizado también en la importancia que tuvieron las investigaciones procedentes de la sexología, entre las que destacan las de Masters y Johnson, Helen Kaplan, Kindsey y Hite, para visibilizar el papel del clítoris como fuente de placer para las mujeres y señalar sus potencialidades orgásmicas, contribuyendo a socavar y debilitar esta concepción androcéntrica de la sexualidad (Maines, 2017; Osborne, 2002; Vance, 1989; Kaye, 2011; Santore, 2011). Más allá de la cuestión del orgasmo como fuente de placer, en la que me centraré más adelante, las configuraciones narrativas de las jóvenes permiten constatar la centralidad que ocupa el coito en la estructuración y organización de los encuentros afectivo- sexuales que mantienen con los varones. Para ilustrar de un modo más claro cómo son reactualizadas estas visiones en las narrativas de las jóvenes considero conveniente mencionar que, durante las entrevistas, realicé de un modo explícito la pregunta sobre si habían practicado “sexo” alguna vez sin coito. La pregunta les generaba bastante confusión y la mayoría respondieron de manera negativa. Como puede apreciarse en el siguiente ejemplo: 46 En este sentido no deja de ser significativo que, hasta la reforma del Código Penal, en 1989, sólo se consideraba violación la penetración pene-vagina 47 Las teorías freudianas se sitúan en el punto de mira discursivo en los trabajos de una diversidad de autoras dentro del campo de los feminismos, como Millet (1995), Rubin (1989), De Lauretis (1984), Butler (2007), Flax (1995) Erráuriz (2012), Osborne (2002), Illouz (2010), y un largo etcétera. Soy consciente de la cantidad de revisiones que desde aquí se han realizado a la obra de Freud y de la existencia de los distintos posicionamientos. Tanto para identificarse como para desidentificarse de alguno/s de sus postulados en lo que respecta, particularmente al análisis de las subjetividades femeninas en lo relativo a la sexualidad. Se trata de un debate muy amplio y complejo que no cabe incluir en mi análisis puesto que la perspectiva psicoanálitica de la sexualidad no es mi cometido. Sin embargo, considero relevante mencionar la importancia que muchas de las aportaciones de Freud tuvieron para la conformación de la perspectiva cultural de la sexualidad, al desvincularse de los determinantes biológicos predominantes hasta el momento, suponiendo una revolución epistemológica considerable (Flax,1995). 119 “¿Cómo? ¿Te refieres a sólo masturbaciones o preliminares? No, no… Antes de hacerlo sí, masturbaciones y sexo oral. Y se quedaba la cosa ahí… Pero después, o sea después de esa primera vez ya no… Que era lo que te decía antes, que ahora parece que siempre hay que llegar al final…” (Rocío) Cabe resaltar aquí la respuesta de una de las jóvenes, especialmente por su uso del sarcasmo: “A mí nunca me ha pasado eso, yo nunca lo he tenido desde que empecé a follar, antes sí, claro… Pero es que justo el otro día lo hablé con mi prima que es más mayor, tu edad más o menos… Y mira tú qué casualidad, que ahora vas y me lo preguntas. Yo me quedé en plan: ¿me estás diciendo que con tu novio sí? ¿Me estás diciendo que hay vida más allá de eso? Y yo pensando, pues mira, me acabas de devolver la fe en la humanidad (ríe).” (Patricia) El relato de esta joven lleva a pensar en la importancia de las prácticas reflexivas para activar itinerarios de agenciamiento en el ámbito de la sexualidad, pues para ella conocer la experiencia de su prima, en este caso, funciona como una apertura hacia nuevos horizontes de posibilidad, que le hacen proyectarse hacia el futuro y le dotan de agencia para configurar sus expectativas. De sus palabras se desprende el carácter reflexivo, fluido y mutable de la sexualidad (Giddens, 1995; Illouz, 2010; Vance, 1989; Osborne, 2002; De Lauretis, 1984) y cómo estas prácticas comportan en sí mismas la posibilidad del cambio y la (auto)transformación, presentándose, en palabras de Esteban, como “un camino sin retorno” (Esteban, 2004:127). El esquema preliminares/coito funcionaría como anclaje desde el que se procederían a ordenar dos grandes cadenas de rituales de interacción: “lo previo” y lo que es constitutivo del “sexo en sí”. Esta organización va a ser transversal al conjunto de cadenas rituales de interacción que esbozo a lo largo de este capítulo. 120 4.2. Del “sexo típico” al “sexo experimental” Siguiendo la lógica secuencial anterior de preliminares/coito, las narrativas de las jóvenes permiten delinear dos tipos de sexo, “el sexo típico” y “el sexo experimental”, que responderían a una gradación de rituales de interacción propios que se reordenan atendiendo a una multiplicidad de variables emocionales y contextuales. El sexo típico aludiría, por un lado, a una serie de prácticas que se perciben como “normales” y básicas, y que consistiría en preliminares (masturbaciones y sexo oral) y en la práctica del coito en la que el varón se sitúa encima. “Es que es más o menos lo típico, que puede sonar muy básico, pues eso, de los preliminares normales, a lo mejor empiezas con besos, besos en el cuerpo, sexo oral, masturbaciones…. Y luego ya, pues eso, pues se termina con penetración él encima…” (Mónica) “A mí me gusta que haya sexo oral y sexo normal” ¿Qué es para ti sexo normal? Pues… Que aunque sean posturas complicadas o raras, está bien, pero dentro de lo que no deja de ser un coito normal, ¿sabes? Por ejemplo, una que usamos mucho es la del misionero pero con las piernas para arriba, que no sé cómo se llama, pero esa nos encanta a los dos, o yo encima, también…” (Arantxa) La postura del misionero, cuyo componente metafórico hace resonar un relato religioso que se vincula popularmente con el proceso de colonización y los mecanismos de sometimiento que emplearon los colonos con los pueblos indígenas para imponerles el contacto visual durante el coito, sería la práctica “típica” por excelencia. Junto a ésta se incluirían sus variantes, así como aquella en las que se sitúan las jóvenes encima de sus compañeros sexuales varones. “Ponerse arriba” constituye un cambio significativo de las disposiciones corporales y afectivas respecto a la típica postura del misionero que conviene analizar en clave de género. Algunas de las jóvenes han hecho explícito cómo esta práctica las dotó de una sensación de mayor control sobre sus propios cuerpos: un arriba y un abajo que se ve atravesado por relaciones de poder (Ahmed, 2017: 143), 121 entre los géneros y cuyo reverso constituye en ocasiones un ritual experimentado en términos de agenciamiento sexual. Tal y como expresa una de ellas: “A mí la postura que más me gusta es en la que yo estoy encima… Además de que me gusta más, por una cuestión puramente física, vaya [Risas]. Pero no sé, siento que yo controlo más la situación. Porque si no, es como estar allí sin pintar nada.” (Inés) El “sexo típico” también es aquel que le es propio a una etapa de iniciación en el terreno de la sexualidad en pareja, un “sexo básico”, con disposiciones y guiones preestablecidos que suele tenerse con las primeras parejas sexuales y en los encuentros de la adolescencia, debido a que “no saben” o “no se atreven”, fruto de la falta de experimentación. Pero también es el que se vincula con lo rutinario, lo monótono o lo aburrido, con una sensación de cierto acostumbramiento fruto de la inercia, llegando a resultarles incluso “sin más”: “A veces el sexo, cuando tienes pareja, se te hace como… Como que siempre acabas teniendo todo el rato lo mismo, se pierde la creatividad y te vas a lo de siempre, a la del misionero (risas). O sea, muy sin más.” (Laura) “Eran más las típicas… Es que yo como que tuve un salto del primer chico con el que estuve que era todo basiquísimo. No pasábamos del misionero (ríe). Y cuando empecé con éste empezó a ser una burrada, ¿sabes? De estás así, ahora te pongo así, me ponía encima yo, que antes ni eso…” (Sandra) Frente a las cadenas rituales de interacción que conforman “el sexo típico” emergería ese sexo más “creativo” que vendrían a romper el marco cognitivo de lo típico y que aquí he denominado “experimental”, no tanto por su originalidad (que en ocasiones también) sino por su carácter excepcional, pues supone introducir algo novedoso respecto a la situación anterior. También hallaríamos aquí distintas acepciones y niveles que concurrirían en ese sentido de innovación expresado y condensada bajo la máxima de probar: 122 “Yo creo que lo importante es probar, probar nuevas posturas y si no te gusta pues nada, pero por lo menos le das una oportunidad… O intentar ser más atrevidos y más originales.” (Irene) El “sexo experimental” surge del anudamiento de un conjunto de prácticas dispares: “la postura contra la pared”, “a cuatro patas”, “el perrito”, la incorporación de dinámicas y juegos eróticos y sexuales (hielos, esposas, juegos con dados), o cambiar de lugares; rituales de interacción capaces de proporcionarles mayores sensaciones de “morbo”, “vidilla”, “emoción” e “intensidad”. Se trata del ideal de la autorrealización sobre el que se sustentaría el modelo moderno de sexualidad definido por las capacidades de elección de los sujetos, y por su deseo de iniciar “actividades agradables” (Illouz, 2014:53), que se ve intensificada por una diversidad de mediaciones socioculturales. “A mí me gusta mucho innovar en muchas cosas, por ejemplo, probar una posición nueva de lo que ya haya hecho […] Por ejemplo yo de espaldas encima suya. Eso lo hacemos de vez en cuando y me flipa, o contra la pared…” (María) “Un día decidimos hacer algo más original, con más morbillo… Total que cogimos unas esposas, a lo 50 Sombras de Grey… Que a lo mejor es una tontería, pero era algo que me apetecía probar. Y me lo gocé mucho. Ahí empecé a pensar, ¿pues igual hay más cosas de ese tipo que me apetece probar? ¿Sabes? Y lo quiero aprovechar, lo hace como más emocionante.” (Lucía). “A mí por ejemplo me gusta que sea algo más sensual, no siempre ir al tema, en plan, darnos masajes con aceites, eso uuuufff. Vale, que puede ser algo que hacemos de uvas a peras, pero es de lo que más me gusta […] Con hielos, jugar con el hielo yo a ti y tú a mí, también tiene su punto.” (Esther) Los “rituales de experimentación” también suponen la transgresión de los límites y las reconfiguraciones de las fronteras de un sexo que, en un contexto y en un momento determinado, es considerado normal, típico, ordinario o convencional, por lo que va a suponer la activación de intensas energías emocionales (Collins, 2009). 123 La demarcación de las fronteras entre el “sexo típico” y el “sexo experimental” se encuentra reforzada por otras ficciones reguladoras de género en torno a lo propio/impropio, correcto/incorrecto, una idea que se ve reactualizada en expresiones como sexo “más o menos guarro” que emplean las jóvenes para aludir a esta distinción. Prácticas como “la postura del perrito”, “a cuatro patas”, “el 69”, así como una amplia gama de variantes del coito (que en ocasiones requieren de flexibilidad), conformarían un sexo “más guarro”, en el sentido de impropio, ilegítimo y, en todo caso, alejado de aquel sexo impregnado de las pautas tradicionales; aquí, las posturas operan como metonimia de un cambio de código, pues involucran también decires, gestos faciales, expresiones, etc. que serían más bien indicativas de un estado de mayor desinhibición y exaltación. “Lo guarro” alude además a las ambivalencias que envuelven los discursos en torno a estas prácticas y que las sitúan en un lugar liminal cercano a la estigmatización, derivada de la posición de los cuerpos que imprime un carácter de dominación/sumisión asociado a la humillación y la degradación, así como con un profundo deseo hacia éstas y hacia la transgresión de los límites. Las negociaciones de género en torno a la primera vez que tienen lugar en estas prácticas son motivo de complejos, vergüenzas y vulnerabilidades para las jóvenes: miedos propios ante lo desconocido y lo incierto. Sus relatos apuntan a una narrativa común del “atreverse” y lanzarse, vencer los miedos que le serían propios a lo incierto y a lo desconocido, y proceder a derribar y deconstruir una serie de creencias impuestas “por la sociedad”, aunque ello les suponga en el ámbito de las prácticas costosas negociaciones. Las jóvenes coinciden en remarcar cómo una vez traspasada la frontera, las prácticas nuevas constituyen una fuente de profundos goces y placeres. “Lo único que al principio me acuerdo que con el chico este con el que me estaba liando, le gustaba mucho a cuatro patas…. Y no sé por qué esa postura yo la tenía muy estigmatizada en mi cabeza, y me hacía sentir insegura. Pero vamos que luego me encantaba, que no sé, sería porque me habían metido cosas en la cabeza o ¿qué? Y quizás también la idea del dominio, bueno no el dominio, pero quizás el hecho de que el chico esté detrás de ti, que pueda coger todo tu cuerpo…Yo por 124 eso al principio no podía. Necesitaba que fuese más cercano. Y mira, ahora me encanta. Como que al principio lo normal es tal, tal y tal y, claro como esto no entraba dentro de lo normal.” (Lidia) “A ver, por ejemplo, a mí la postura a cuatro patas, yo tardé en ceder…No sé me parecía como humillante. Él no lo entendía, y luego ya fue como qué más da, después de hacerlo una vez, ya me dio igual y me pareció estupendo, pero al principio la encontraba como un poco degradante.” (Sandra) “Me pasó con el chico este, como que me retó a hacer un 69, tú verás que no es nada del otro mundo, pero en ese momento para mí sí que era y era que no…Por los complejos estos que tenemos, ¿no? Pues me lo propuso, diciéndome “bah, pero si tú eres muy niña no sé qué”. Y en ese momento pues mira, me atreví y me lancé, porque pensé: en verdad me apetece. Y le dije, ¿sí? Pues te vas a enterar, y estuvo súper bien, disfruté mucho. Y me alegro de haberlo hecho.” (Rocío) Cabe señalar cómo la mayoría de las prácticas que producen en las jóvenes ciertas reticencias son habitualmente propuestas por sus compañeros: “les gustan mucho”, “insisten” o “lanzan la propuesta en forma de reto”, cuestión que se halla de manera indefectible ligada a las posiciones de género en el ámbito de la sexualidad (en la que profundizaré más adelante). La tendencia, la orientación y la predisposición hacia los rituales de experimentación, aunque potencialmente deseados y deseables, sufre variaciones dependiendo de múltiples aspectos, haciendo que las jóvenes señalen que se trata de una preferencia situacional y circunstancial que “depende del momento”. La necesidad de cariño y de los afectos deviene un aspecto central para modular estas apetencias, lo que permite volver a la idea de que existe un tipo de sexo, esto es, de rituales, como besos, abrazos, o mirase a los ojos, que se carga más de afecto y se vincula, por tanto, al amor y al ideal romántico. En definitiva, se concibe por una parte un sexo más “normal” y “tranquilo” normalmente asociado a la postura del misionero que suele tener lugar en una cama, frente a otros espacios “raros o novedosos” en los que tiene lugar “el sexo experimental”. Por otro lado, parece que “el sexo más experimental o novedoso” se corresponde con otro tipo de apetencias, o genera, en los términos de Collins (2009), 125 otro tipo de energías emocionales, menos vinculadas con lo amoroso y lo romántico y que se aproximan más esas sensaciones de “diversión” o al disfrute. “Pues depende de la situación, porque igual cuando estás así más cariñoso y eso pues te gusta la del misionero, pero luego pues a lo mejor, pues eso, cuando estás más espontáneo, pues contra la pared o algo así... Es que no es lo mismo que cuando estés más así te de besos, entonces prefieres una, y otros días así más de hala, para mí eso es clave.” (Sara) En las cadenas de rituales del “sexo típico” y el “sexo experimental” pueden advertirse las tensiones placer/peligro. La vinculación con el ideal romántico, la acepción de “guarro” para designar a un tipo de prácticas más asociadas a la experimentación y al disfrute, y las tensiones experimentadas, en ocasiones, ante las propuestas de los varones para la realización de determinadas prácticas constituyen ejemplos de un contexto asimétrico en el que estas cadenas rituales de interacción encuentran su anclaje. El deseo de experimentación e innovación en los términos de necesidad puede llegar a devenir mandato y este, a su vez, ambivalencia y tensión, especialmente cuando se trata de ciertas prácticas (generalizadas) que se situarían en los límites y que pueden traducirse en rituales forzados (Collins, 2009), los cuales suponen un cambio respecto a “los flujos energéticos y a las orientaciones de los/as participantes hacia éstos” (Collins, 2009:79). Así, no todas las prácticas novedosas o inusuales que suponen la transgresión de los límites y la alteración de las inercias y las rutinas generan la misma efervescencia colectiva, sino que algunas se situarían en el terreno constitutivo y liminal de las ambivalencias, las indecisiones y las incertidumbres, traspasando la frontera de lo deseado y deslizándose hacia la zona de los “tabúes”, denominados así explícitamente por las jóvenes. 126 4.3. Los tabúes: cadenas de rituales de interacción “en los límites” Existe un conjunto de prácticas afectivo-sexuales que conformarían una secuencia de rituales considerada por las jóvenes como “tabúes”. El concepto de tabú requiere aquí de algunas matizaciones, pues no obedece al significado tradicional desde el que se asociaría a lo prohibido, lo silenciado, invisibilizado y reprimido, en el terreno de la sexualidad. Señala Foucault que los tabúes comprenderían aquello sobre lo que “no hay nada que decir, ni ver, ni saber” (2009:4). Sin embargo, las prácticas consideradas tabúes, así como el propio término tabú, lejos de no haber sido nombrado ni mencionado, han sido traídas de manera constante y recurrente, delineándose el ámbito de los tabúes del sexo y la sucesión de rituales que lo conforman como una fuente enormemente productiva en los circuitos de sentido activados por las jóvenes: “De los mayores tabúes que tienen la mayoría de mis amigas es el sexo anal, vamos, ni se nombra, pero muchísimas, y no te haces una idea de cuántas. La masturbación femenina también, pero sólo las chicas…También ven mal eso de que el tío se corra en tu cara. Obviamente tragártelo ya ni lo nombro…Esas cosas sí que son tabúes pero yo nunca los he tenido la verdad.” (Patricia) Este relato se revela muy significativo para ilustrar cómo estas prácticas no constituyen un objeto de represión, ocultación o silenciamiento ni funcionan como una “condena a la desaparición”, “orden de silencio” o “afirmación de inexistencia” (Foucault, 2009:4). Más bien al contrario, las prácticas que “obviamente no se nombran” y que “sí que son tabúes”, como expresa esta joven, además de nombrarse de un modo reiterativo, cuando lo hacen emergen cargadas de significación y simbolismo. Los tabúes mencionados por esta joven no se corresponderían, por tanto, a aquellas prácticas reprimidas, sino más bien productivas, de acuerdo con la hipótesis de la sexualidad de Foucault (2009), en tanto que es posible inscribirlas en un orden sociohistórico en el que “se habla con prolijidad de su propio silencio, se encarniza en detallar lo que no dice y promete liberarse de las leyes que la han hecho funcionar” (Foucault,2009:9). 127 Pizarro (2014) realiza un interesante estudio sobre las transformaciones y variaciones que ha sufrido el término tabú en el campo de la sexualidad y señala, desde una orientación pragmática, la vinculación de sus sentidos y significaciones a los contextos en los que se inscriben, apuntando a su variabilidad en función de las sociedades y su vulnerabilidad a las circunstancias espacio-temporales en los que encuentra su anclaje (2014: 66). Desde este prisma, el tabú obedece a condicionantes situacionales. Esta idea conlleva una aproximación a los conceptos de tabú y a las prácticas que quedarían aquí inscritas desde una óptica bien distinta. Se trata más bien de rituales que estarían recreando y reproduciendo las fronteras de lo impropio y lo legítimo y, al tiempo, confirmando y constatando la porosidad de sus límites, situadas entre lo “forzoso”, en los términos de Collins (2009), y lo “apetecible” o, como diría Vance (1989): entre el placer y el peligro. Tal y como señala la joven, la mayoría de las participantes consideran el sexo anal, también denominado como “dar por culo” (siendo ellas en este caso “objeto de la penetración”), como la práctica de primer orden dentro de los tabúes, reflejándose claramente la ambivalencia constitutiva de la sexualidad femenina entre los ejes placer/peligro (Vance, 1989:17): “A ver, a mí es que por ejemplo, nunca me han dado por culo y no es algo que me llame, y como tampoco me lo han propuesto nunca… Es como que es un tabú, ya no tabú porque diga Dios, así es imposible disfrutar ni nada, sino porque, no sé, nunca me ha surgido ni nada…Entonces, no sé, tampoco me he visto en esa situación…Bueno con Marcos, que fue el chico con el que estuve, él sí que había dado por culo a una chica con la que había estado antes, y siempre me lo decía y yo decía: ¡No, o sea, no tío, ni de coña! Pero luego tampoco me lo han vuelto a proponer y tampoco me he visto en la situación de decir “¡Dios! ¿Esto va a favor del placer o en contra del placer? ¿No se hace porque no se hace? ¿Se puede hacer pero tal? Esa es la única cosa que está como a parte para mí.” (María) Muchas de las jóvenes coinciden en aludir al desconcierto que les produjo esta práctica la primera vez que se lo propusieron o que escucharon hablar de ello, lo que les produjo 128 una sensación de asco y les pareció a priori una “locura”48 o un “sinsentido”, expresado en términos de incoherencia. Sin embargo, esa sensación de rotundo rechazo inicial va a ir debilitándose, pasando a ser una práctica que, aunque despierte en ellas distintos niveles de apetencia, va a quedar muy pronto inscrita dentro del horizonte de lo posible, algo “que no descartan hacer” en un futuro e, incluso, a corto plazo. Este cambio obedece a la normalización de esta práctica a través del contacto con los relatos de la pornografía y con los de las amigas 49, fuentes que van a contribuir a flexibilizar las sensaciones de aversión de los comienzos, a perderle el miedo y a hacerles pensar que “no debe ser para tanto”. En otros casos, la transgresión de los límites constituye en sí misma una fuente de atracción, de deseo y de placer . “El sexo anal no lo he practicado pero me da miedo. Es otra vez lo mismo, miedo a sentir el dolor, pero, tampoco dejo de lado la posibilidad de hacerlo. Porque sí, porque me apetece, y también el miedo me atrae. Pero es como sufrir otra vez una primera vez…” (Andrea) “Pues… Te iba a decir el sexo anal, pero no sé. O sea, obviamente la primera vez que oí hablar de eso fue como no, eso no tiene sentido. Eso es un orificio de salida, no de entrada, ¿a ver cómo lo hacemos? La verdad que eso es gracias al porno, y no sé si eso es bueno o malo, pero como que lo he normalizado. Que lo he visto y claro, como que no lo veo tan bestia, como que no me voy a escandalizar si alguien 48 Aprovecho aquí para aclarar cómo algunas de las expresiones empleadas por las jóvenes para señalar esta hostilidad son reflejo de una estructura profundamente capacitista, especialmente cuando se refieren al “sinsentido” o a la “locura” que dicha propuesta les pareció. A este respecto existen una multiplicidad de reflexiones, conocimientos y prácticas se llevan a cabo desde “los activismos locos” para reivindicar desde aquí la autodeterminación de las personas psiquiatrizadas y diagnosticadas como “enfermas”, denunciar las opresiones sistemáticas que sufren y las violencias que se ejercen sobre sus vidas. Desde esta posición de agentes reivindican su autodeterminación y denuncian “el cuerdismo en nuestra sociedad capacitista hecha por y para cuerdos, donde se patologiza, medica, infravalora y excluye cualquier comportamiento fuera de los cánones que los propios cuerdos dictan”, como escribe Marta Plaza (2019). Agradezco particularmente las reflexiones de colectivos como Inspiradas. https://www.elsaltodiario.com/salud-mental/cuando-la-locura-toma-la-palabra-activismo-salud- diversidad-orgullo-loco 49 El papel de las amigas en los procesos de producción del sentido en torno a todos y cada uno de los ámbitos tratados a lo largo de la investigación permite revelar cómo el grupo de pares constituye un espacio de agencia compartida crucial en materia de sexualidad, sobre el que profundizaré más adelante. https://www.elsaltodiario.com/salud-mental/cuando-la-locura-toma-la-palabra-activismo-salud-diversidad-orgullo-loco https://www.elsaltodiario.com/salud-mental/cuando-la-locura-toma-la-palabra-activismo-salud-diversidad-orgullo-loco 129 me habla de ello. Por ejemplo, el otro día lo hablé con una amiga y me dijo que lo había hecho y no lo vi raro… Simplemente hice preguntas de tipo más técnico, rollo ¿te dolió? ¿utilizasteis lubricante? No sé… Y mi novio me lo propuso y yo, en un primer momento, fue como no. No sé, la verdad es que me daba mucho miedo. Y he visto… Le he perdido un poco el miedo, o sea, no lo hemos hecho aún porque no se ha dado, pero me ha cambiado algo con eso.” (Laura) “Por ejemplo sexo anal es algo que siempre, siempre, siempre he rechazado y digo qué asco y por qué, y después te lo planteas y dices y por qué no. Vamos, que antes era tabú y siempre decía que no, pero ahora no. Quiero decir que si llega el día y lo hacemos pues ya está… Pero antes era: ¿Cómo? ¿Pero estás loco? Después lo he ido hablando con más amigas, y que más de una lo ha hecho y ahí dices, pues no sé, igual no es para tanto.” (Marta) En los ejemplos recogidos pueden delinearse las dinámicas de género que se engarzan en torno a la práctica del sexo anal. Las jóvenes emplean en sus relatos fórmulas condicionales como “si llega un día y lo hacemos”, “si se diera la posibilidad”, “si surge” o “si me viera en la situación”, desde las que el carácter futurible y plausible de la práctica del coito anal es fruto de la espontaneidad, la casualidad y la eventualidad. Sin embargo, sus narrativas son el reflejo de que “esta situación” ocurre, sucede y se materializa en la propuesta de sus compañeros varones, correspondiéndoles a éstas el asentir o disentir, tras un proceso de dudas, ambivalencias y, en todo caso, reflexiones. Sería esta la lógica a la que obedece la “dinámica del consentimiento” en el marco de las relaciones sexuales que se refuerza especialmente en el ámbito jurídico y de las regulaciones desde las que se procede al establecimiento legal de los límites, que se resume, coloquialmente, en el que ellas “digan sí o no” ante las propuestas que se suceden en el transcurso de los encuentros afectivo-sexuales. Las componendas de género que se anudan en torno a la práctica del sexo anal permiten apuntar, además, a la reactualización del par activo/pasivo que sería reflejo aquí de las asimetrías entre las posiciones masculinas y femeninas: “por medio de la erotización de los cuerpos y la regulación de los encuentros sexuales desde determinadas prácticas el par activo/pasivo está ordenando un 130 campo simbólico que termina por hacerse interno a la relación en sí y le impone sus formas en tanto que pauta posiciones disímiles y sus relaciones de poder” (García, 2002: 62). El espacio erotizado del cuerpo en la práctica del sexo anal lo configuraría el ano de las jóvenes, pues no se ha podido hallar ningún rastro que apuntara a un flujo direccional inverso o que aludiera a la erotización del ano de sus compañeros varones. En el marco de la heterosexualidad esta imposibilidad vendría a reactualizar las asimetrías de género, una cuestión tratada por los estudios Queer y LGTBQIA+. Desde esta perspectiva la práctica del sexo anal ofrecería la posibilidad de resignificar el par activo/pasivo en cuanto al sujeto que penetra y es penetrado por. Preciado (2013) sugiere que la alternancia de las posiciones volvería a estas relaciones más simétricas y recíprocas, llegando incluso a socavar “la lógica de la identificación de lo masculino y lo femenino” en el campo de la sexualidad (Preciado, 2013: 63). También se ha señalado el papel de la homofobia (Kimmel, 1994 en García, 2002:50) en las configuraciones activo/pasivo imbricadas en la práctica del sexo anal en el marco de las relaciones heterosexuales normativas, en tanto que la adopción de un rol “pasivo” por parte de los varones conlleva a una identificación con la homosexualidad, articulándose el carácter, por tanto, culturalmente subalterno y marcado del que “recibe”, lo que supondría para las masculinidades heterosexuales una desestabilización significativa y simbólica respecto a ese ser para sí mismo y para las otras. Además de la reactualización de las asimetrías mencionadas, en los relatos de las jóvenes en torno al sexo anal se ha registrado otra dinámica que vendría a reforzar esta falta de reciprocidad en las relaciones afectivo-sexuales de género. El desacompasamiento de las coreografías (Goffman, 1977) se vuelve especialmente visible en las prácticas del sexo anal en los modos en los que los compañeros lanzan la propuesta, a veces con cierta insistencia: “se ponen pesados” y “lo intentan siempre”, como expresan los siguientes relatos: “Sí, también con mi ex era, en plan, que él quería probar anal y yo… Bueno, no estaba tan segura, ¿sabes? Como que al principio no, pero al final sí que estuve intentándolo probar, siempre intentándolo probar y siempre era que no 131 obviamente, y era como, venga, vamos a probarlo otra vez, pero yo no quería probarlo realmente.” (Irene) “De verdad que no lo entiendo, nunca lo llegamos a hacer por detrás pero si intentarlo y decir: no. Él me decía que es porque está el agujero más cerrado. No lo sé, es lo que me decía el. Que, a lo mejor el día de mañana lo pruebo y me encanta, puede ser, pero a día de hoy o, antes, pues no me sentía, no me apetecía y, de hecho, lo intentamos y es que me dolía y no. […] Yo creo que estaba un poco obsesionado con eso. Y me pedía una y otra vez. Y normalmente, después de decirle que no se picaba, en plan joder, no sé que. Pero sabía que me acabaría insistiendo.” (Blanca) Señala Connell que las relaciones sexuales constituyen los momentos de mayor excitación para los varones jóvenes, pudiendo convertirse en ocasiones en el terreno para un incipiente sexismo (2003:61). La arena de la sexualidad deviene un espacio de afirmación de la propia virilidad (García, 2010; Fuller, 2003) dentro de un juego de reconocimientos que se despliega en una doble vertiente, esto es, desde el diálogo con los pares, y en el propio transcurso de las negociaciones íntimas que establecen con las jóvenes (Segato, 2016; García 2010; Connell, 2003; Fuller, 2003). La dinámica de insistir/ceder se imbrica en torno a otros momentos y a otras prácticas (como veremos más adelante), pero en este caso es indicativa de un desbordamiento y un exceso que permite avanzar que se trata de dinámicas hipermasculinas (García, 2010) que se reactualizan en prácticas sexistas. Puede constatarse, así, cómo los rituales de interacción estarían conformando la cadena de los tabúes que pueden tornar en un tipo de rituales forzados, en tanto que, en palabras de Collins (2009), contribuyen en ocasiones a minar las energías emocionales y a fraguar aversiones (Collins, 2009:79), desplazándose hacia la zona de peligro (Vance, 1989). Por otra parte, me detengo brevemente en otra de las prácticas que ha sido identificada por las jóvenes en distintos momentos y situaciones de investigación como “tabú”: la masturbación femenina. La totalidad de las jóvenes que han participado en la investigación han reconocido que se han masturbado al menos una vez en su vida (cuestión que, por otro lado, resultaría impensable en las experiencias de varones). No 132 obstante, consiste en una práctica no exenta de ambivalencias, especialmente durante la adolescencia. Una multiplicidad de autoras feministas han señalado que se trata de una práctica que ha estado tradicionalmente en conflicto con el paradigma andro-coitocéntrico de la sexualidad heterosexual y las normas de género que regulan la feminidad (Maines, 2017; Vance, 1989; Rubin, 1989; Echools, 1989; Jaye, 2011). Consciente de la variedad de prácticas masturbatorias disponibles, me refiero en este caso a aquella que implica la intervención del clítoris, órgano alejado de toda funcionalidad procreadora y reproductiva cuya única utilidad residiría en sus capacidades orgásmicas (Maines, 2017; Osborne, 2002; Torres, 2019; Ritchers, 2011), de proveer de un placer que no requiere de la participación de los varones, por lo que ha tornado un terreno especialmente fértil para la acción de distintos dispositivos de regulación de las sexualidades femeninas. No obstante, la vinculación de la masturbación femenina con lo perverso, lo impuro, lo incorrecto o lo prohibido ha ido debilitándose y socavándose de manera progresiva gracias, en buena medida, a las reivindicaciones de los movimientos feministas, lo que no implica sin embargo que no siga operando entre las jóvenes hoy. Muchas teóricas señalan a este respecto la relevancia de investigaciones de sexólogos como Masters y Johnsons, Hite y Kaplan para desarticular las creencias tradicionales, también procedentes del psicoanálisis, que no solo invisibilizaron y menospreciaron las potencialidades orgásmicas del clítoris, único órgano capaz de reportarles el orgasmo, (Torres, 2015), sino que procedieron a inocular el relato de que las mujeres podían obtener un placer sexual más intenso y “maduro” a través del coito heterosexual.50 Las prácticas masturbatorias entre las jóvenes gozan de cierta legitimidad, apuntando a la materialización de muchas de las transformaciones sucedidas en el terreno de la sexualidad femenina. En sus relatos la masturbación aparece escindida de los sentidos que la asociaban a lo perverso y a lo impuro; sin embargo, se despliegan dinámicas desde las que es posible señalar las reactualizaciones de ciertas asimetrías y prácticas 50 Retomaré estas ideas de un modo más matizado y detallado en el análisis de las negociaciones en torno al placer. 133 diferenciales en torno a ésta desde el dialogismo con la masturbación masculina, de acuerdo con el nivel de normalización y aceptación social que obtiene en la actualidad. “Yo creo que es la sociedad la que hace que los tíos vean porno o se hagan pajas, por ejemplo. No verás a un tío pasando vergüenza por decirle a un colega que si se ha hecho una paja, es ilógico.” (Patricia) “Bueno, es que lo de que los tíos se hagan pajas en grupo, por ejemplo y desde pequeños ¿no? Yo lo veo clarísimo con mi hermano, como habla de que si se hace una gallola que si tal, delante de mis padres. Es que ni se me ocurre (ríe).” (Sandra) “Eso es una cosa que había hablado con amigas, en plan, que para los chicos es algo súper natural hacerse una paja, pero yo creo que para nosotras… Bueno supongo que habrá chicas que no.. Pero para mí, hasta que no tuve una primera experiencia sexual no pensaba en masturbarme por placer.” (Marta) “A ver, los chicos si que se masturban por motivos evidentes y las mujeres no… Yo recuerdo no hace mucho, este verano, estar hablando con mis amigas de León y decir, esto es súper ajeno en mí, cuando sabemos que todas lo hacemos, pero no lo decimos, y el hecho de que haya llegado un momento de liberación sexual, por así decirlo, es como que a mí no me da vergüenza decirlo, ni a una chica ni a un chico que me masturbo, es como que se asume y ya está.” (María) El tabú refiere por tanto al silenciamiento y a la invisibilización en torno a la práctica de la masturbación femenina, especialmente durante la adolescencia, y “a la falta de conocimiento o información” en sus entornos familiares. Resulta especialmente significativo cómo en la mayoría de las entrevistas las jóvenes atribuyen a sus entornos familiares, especialmente a sus madres o a sus hermanas mayores, esta ignorancia e ingenuidad sexual, señalando aquí el hermetismo y el cierre discursivo, percibido durante la infancia y la adolescencia como un terreno prácticamente infranqueable, entre ellas y las adultas. Señalan Megías, Rodríguez et al. (2005) que las personas adultas estarían proyectando sus miedos en los discursos sobre sexualidad dirigidos a las jóvenes donde residiría el hecho de que deleguen esta materia educativa en terceros 134 (2005:17). Las “casas” son así un espacio primordial para la configuración de los “tabúes sexuales”, para la activación de unas u otras creencias, lo que va a revertir de un modo directo en las relaciones que establezcan con su cuerpo y, particularmente, con la práctica de la masturbación. “Para mí hubiera sido mucho más sano que hubiese comunicación con tu familia sobre sexualidad, no sé por si te pasa cualquier cosa, o se te retrasa la regla por ejemplo, pues, es que, al final vas a terminar ocultándolo todo, va a ser todo como súper oculto, no sé. Pero con los padres, es que yo por ejemplo tengo una hermana mayor y es que para nada hemos hablado sobre sexo, con mis padres ni te cuento, pero ni de masturbación ni nada, que igual hay otras familias que sí, pero en la mía jamás.” (Laura) El hecho de masturbarse en determinados contextos familiares catalogados por las jóvenes como moralistas, puritanos o retrógrados en lo que a la sexualidad respecta puede traducirse en profundos sentimientos de vergüenza o culpa sexual. Etxebarría (1992) apunta a la correlación que existe entre la experimentación de la culpa sexual por parte de mujeres adolescentes y las valoraciones, creencias, o tendencias ideológicas de las madres, especialmente durante la infancia y los primeros años de adolescencia; una apreciación que se hace visible en el caso de la práctica de la masturbación (1992:75). Las familias no llegan a constituir del todo fuerzas represivas, inhibidoras o disuasorias respecto a la masturbación, en tanto que no logran evitar que las jóvenes incurran en estas prácticas (dentro de una intimidad propia e imperturbable), lo que invita a pensar en ellas como formas de resistencia. No obstante, el mutismo y el silencio que las envuelven en estos contextos puede hacer que se torne un espacio generador de ciertos malestares y ambivalencias. En cualquier caso, este silenciamiento propio de los entornos familiares va a repercutir en la centralidad que adquiere la sexualidad como espacio de identidad y subjetivación grupal y colectiva entre las culturas juveniles, convirtiéndose los grupos de pares en el único lugar legítimo en el que hablar y compartir experiencias en torno a la sexualidad: 135 los grupos de amigas devienen así un espacio de agencia compartida (Lasén, 2012; McRobbie, 1997). En cuanto a la práctica de la masturbación, las amigas constituyen aquí otro espacio de constreñimiento para quienes la viven como espacio de tensiones, a juzgar por la experiencia común de no “haberlo contado” o “haberlo mantenido en secreto” pese a haberlo hecho. 4.4. Sexting: rituales mediados tecnológicamente En este apartado en el que analizo los rituales sexuales mediados tecnológicamente, a través de aplicaciones móviles o de internet como WhatsApp, Badoo, o Instagram, cabe hacer una puntualización sobre el modo en el que conceptualiza Collins (2009) las cadenas rituales de interacción. Para él la “copresencia” es un componente ineludible de los rituales de interacción debido a la “cantidad de atención y emoción compartida que generan esos diversos medios interaccionales y sus efectos sobre el nivel de solidaridad, los símbolos y la EE [Energía emocional] individual” (2009:80). El autor se pregunta si en ausencia de las inmediaciones del cuerpo estos elementos participan de igual manera o si, por el contrario, se ven aquí mermados o minimizados sus efectos, concluyendo, finalmente, que existe un nivel de intensidad menor en las formas de participación ritual mediadas a través de las mediaciones tecnológicas (2009:89). Difiero con Collins en este punto, considerando que actualmente los rituales mediados tecnológicamente 51 (Lasén,2014b; Bolter, 2011) constituyen espacios fundamentales en la construcción de las relaciones sociales y en los procesos de subjetivación contemporáneos, revelándose enormemente efectivos, en lo relativo a las emociones y a las intensidades, así como (en los términos empleados por Collins) a los niveles de 51 Bolter señala que los rasgos distintivos de los procesos comunicativos a través de las mediaciones digitales es que éstas responden a las lógicas de la inmediatez, de la hipermediación y la remediación (2011:31). El concepto de remediación remite a volver a mediar lo mediado, lo que entronca con las ideas de autores como McLuhan (2009) y Aladro (2004) quienes entienden los medios como extensores, y señalan que el contenido de un medio constituye a la vez otro medio distinto, en una cadena ilimitada de extensiones y posibilidades (McLuhann, 2009:316). Por su parte, Lasén (2014b) coincide con los anteriores, y así lo refleja en sus investigaciones sobre la impronta de las mediaciones digitales en las comunicaciones de la gente joven. 136 solidaridad, los símbolos y las energías emocionales, tanto individuales como colectivas, que generan. En lo que respecta a los rituales interpersonales y, más concretamente, a los que tienen lugar en el ámbito de la intimidad afectivo-sexual, coincido con lo planteado por Lasén (2014b), al señalar el papel de las mediaciones tecnológicas en la configuración de los vínculos: “Están presentes en los rituales de cortejo, los flirteos y ligoteos, el adulterio, los juegos eróticos y otras estrategias de seducción. […]. Estas mediaciones son una manera de crear vínculos, formas de apego y hábitos, ya que las mediaciones son producciones de lo que nos vincula: entre cuerpos, entre personas, y entre personas y tecnologías (Hennion citado en Floux y Schinz, 2003).” (Lasén, 2014b:18) En las narrativas de las jóvenes aparecen diversas referencias a encuentros íntimos mantenidos y mediados a través de estas tecnologías digitales. Se trata de una práctica conocida como sexting 52 que implica el “intercambio de imágenes o textos con contenido sexual”, así como “crear, compartir y reenviar imágenes sexualmente sugestivas, desnudos o semidesnudos a través de teléfonos móviles y/o internet” (Pérez Domínguez, 2020:2). La presencia del sexting en los distintos escenarios generados al calor de la investigación permite revelar que se trata de una práctica cada vez más extendida y normalizada entre las jóvenes. Fotografías con contenido sexual explícito o, por el contrario, “sexys” o “sugerentes”, conversaciones “subiditas de tono” o “peticiones” de desnudos a través de la cámara del ordenador son ejemplos de estas prácticas que conforman la gradación de rituales del sexting. Las tecnologías empleadas para ello más mencionadas han sido las de mensajería instantánea o chats como WhatsApp o Messenger, así como redes sociales como Tuenti, Badoo o Instagram. 52 El concepto sexting proviene del inglés a partir de un juego de palabras entre sex y texting (uso de SMS) (Lasén, 2012:15) 137 Los relatos de las jóvenes reflejan la experiencia común de que este tipo de prácticas sexuales tengan lugar por las noches, ya sea porque se quedan “hasta las tantas” chateando, pues “quedan propiamente para ello”, “están en la cama antes de dormir” o “solas en sus casas”: es el momento en el que “surge”, “te pones súper cachonda, “se te pasan guarradas por la cabeza y se te va la olla” o “se pone la cosa tensa”. “Era más tipo foto, de mandarte fotos así o conversaciones en plan más subiditas de tono, en Messenger y WhatsApp, sobre todo… Tuenti también, que ya no sé ni si existe [risas]. […] En Messenger me tiraba hasta las tantas de la noche chateando con un tío del instituto que me flipaba, de esto de que no puedes separarte ni un segundo del ordenador ¿no? O sea, no te haces una idea… Y se empezaba a poner la cosa un poco tensa [risas], pues de decirnos de todo de todo vaya [risas], sobre todo él. Pues no sé, de decirnos me estoy masturbando, o estoy así o asá.” (Rebeca) “Yo sí que he usado el móvil alguna vez para estas cosas, para jugar un poco, más que otra cosa… De mandarnos fotos, sobre todo. Porno no. A mí que sean súper porno o súper explícitas no me mola. Pero si estás ahí en la cama antes de dormir y surge…De mándame algo así, tal. Pues que se vea un poco el escote, o en sujetador, algo más… A mí eso de todo en primer plano, de la polla o las tetas, no, no, para nada. Pero en bragas, por ejemplo, con una camisetilla corta, para calentar la situación ¿Sabes? [Risas].” (Valeria) “Mira, me acuerdo una noche que yo estaba súper cachonda, de esto que estás ahí subiéndote por las paredes, y es que…Pues no te aguantas ya…Y es que se te empiezan a pasar por la cabeza unas guarradas...[Risas]. Estaba sola en mi casa además, y te lo digo, que me da hasta vergüenza. Yo a este, es que le seguía mucho el rollo y el a mí, y como que este tío me daba bastante confi para este tipo de cosas […] Total, que le propuse yo ¿eh? ¿Y si te mando una foto? Y ya pues empezamos ahí, le mandé, me mandó, y se nos fue un poco la olla… Yo en tema fotos para mí tiene bastante morbillo. Pero vídeo, eso ya no… Esto lo he hablado con alguna amiga y a mi vídeo no, me da mucho más palo.”(Sofía) Estos fragmentos permiten apuntar a las dinámicas de género engarzadas en torno a las 138 prácticas del sexting. Pérez Domínguez (2020) recoge las visiones de algunas feministas respecto al sexting y sus articulaciones con el género entre las jóvenes, señalando cómo para algunas teóricas se trata de una práctica a través de la que se ven intensificadas las violencias, como la autocosificación, la regulación de los cuerpos y la sexualidad de las jóvenes (Pérez Domínguez, 2020:7). La autora prefiere, sin embargo, aproximarse a estas prácticas desde la ambivalencia, la ambigüedad y las complejidades que entraña para las jóvenes, (2020:8), esto es, desde una perspectiva que no niega la agencia sexual de las jóvenes, sin desatender, por ello, a las relaciones de poder(es) entre los géneros en las que indefectiblemente se hallan inmersas sus prácticas. Tal y como argumenté al inicio de este apartado y, puesto que constituyen rituales sexuales remediados, se encuentran atravesadas por los mismos desequilibrios y asimetrías de género que los encuentros afectivo-sexuales no mediados, es decir, en los que se dan situaciones de copresencia corporal, lo que no implica, en ningún caso, una mayor intensificación. Vemos cómo tales controversias pueden fácilmente circunscribirse dentro de los mismos debates que existen en torno a la sexualidad y, concretamente, en torno a la pornografía librados en el seno de los feminismos durante los años 80 (Vance, 1989; Osborne, 2002), aunque en este caso la producción científica es mucho menor debido a que se trata de un fenómeno más reciente. Así, desde la tensión placer/peligro es posible desentrañar las dinámicas de género en las que se imbrica la práctica del sexting. Las narrativas recogidas aquí permiten dar buena cuenta de estas ambivalencias, pues, en primera instancia, estas prácticas constituyen para ellas una fuente de placer: “les gusta hacerlas de vez en cuando”, les generan “morbillo”, les posibilitan “jugar un poco y “calentar la situación” con sus parejas sexuales, más o menos estables. Al mismo tiempo, se hace visible cómo se muestran conscientes de la necesidad de llevar a cabo estas prácticas con quienes se sienten seguras y con confianza, como explicita una de ellas cuando expresa que su compañero “le daba bastante confi para hacer este tipo de cosas”; lo que remite, de manera indefectible, a su agencia sexual, esto es, a su capacidad de decidir y valorar cuándo y con quiénes hacerlo y con quiénes no. Valorar remite aquí a la posibilidad de un posterior uso inadecuado en lógica de intercambio masculino, pues de algún modo quien tiene esas imágenes tiene algún poder sobre ellas, lo que no ocurre a la inversa 139 precisamente por la configuración asimétrica de la sexualidad y los procesos de subjetivación de género. La agencia sexual se constata en este mismo ejemplo, pues es ella quien lanza la propuesta a su compañero, aún consciente de que pueda resultar algo inusual. En definitiva, se trata de expresiones que son reflejo de la (auto)consciencia respecto al contexto placer/peligro en el que sus prácticas afectivo-sexuales también remediadas se hallan inmersas, frente a las visiones que persisten en señalar su pasividad. En estos relatos es fácil rastrear las huellas de otros desequilibrios y asimetrías de género que atraviesan sus prácticas de sexting. La vergüenza que le supone a la joven compartir conmigo esta experiencia supondría también un buen ejemplo de ello. Por otro lado, la diferenciación que establece la joven entre los contenidos eróticos y pornográficos para remarcar sus preferencias hacia los primeros y su rechazo a los últimos parece coincidir con las reflexiones Osborne cuando habla de que tal disposición y demarcación obedece a la encrucijada que habitan las mujeres en el ámbito de su sexualidad (Osborne, 1989). Pérez Domíngez (2020) advierte también en su investigación que suele ser más común que sean los varones quienes hacen peticiones a sus compañeras (ibid:9); actuando en ocasiones bajo la amenaza, el chantaje y la coerción. En las narrativas no se han hallado experiencias que respondan de manera explícita a este tipo de dinámicas. Sin embargo, el relato que presento a continuación ilustra cómo una de ellas lo hizo ante la presión y la persistencia de su compañero, cuestiones que subyacen a la recurrente expresión de “ponerse pesado” 53: “Con Carlos quedaba por las noches para la cam, que era del Messenger ¿no? Y yo me tiraba mil horas antes planchándome el pelo, eligiendo el modelito, preparando la luz, preparándole todo, para ponérsela. Es que era un pesado con esto, todos los días de ponme la cam, ponme la cam, y él no me la puso ni una vez 53 Volveré más adelante sobre esta idea pues se halla muy presente en otro tipo de relatos que trataré más profundamente cuando me adentre de forma directa en las asimetrías y en los diálogos con las violencias. 140 [risas]. Me decía qué guapa estás o muévete un poco, que te vea bien...Eso escribiéndome. Nos tiramos así con la tontería un tiempo. Y me pedía, pero bastante poco a poco. Eso era como gradual. Pues igual un día, bájate el escote, quédate en sujetador, ya te puedes imaginar. Y llegué a enseñarle las tetas por ahí también. Pero ahí ya le dije, mira este es el límite, no te vayas a creer más [risas]”. (Zoe) Este fragmento resulta especialmente significativo para apuntalar estas negociaciones de género como procesos y dinámicas de reconocimiento (Casado y García, 2008), en el sentido de ser y sentirnos deseadas/os por quien queremos que nos desee: “Nos referimos al reconocimiento en tanto que valor que otro, valioso a su vez para nosotros, nos otorga. El reconocimiento que puede otorgarnos aquel a quien atribuimos la capacidad y autoridad para hacerlo” (Casado y García, 2008:5). Para esta joven el sentirse deseada sexualmente, “verse guapa” a los ojos de su compañero, quien se encontraba al otro lado de la webcam, la motivaba a arreglarse y a organizar cuidadosamente el espacio, invirtiendo un tiempo nada desdeñable para ella (“miles de horas”) en este tipo de tareas. La performance, en los términos que emplea Goffman para determinar los juegos de actuación que los sujetos (1979) respondería a la particular dinámica de presentación-representación-encarnación que envuelven este tipo de prácticas mediadas tecnológicamente descrita por Lasén en su estudio sobre las autofotos entre las culturas juveniles: son formas de presentación online para una audiencia concreta, representan al yo (para sí mismo y para las demás), e inscriben el cuerpo de un modo doble, esto es, online y offline (Lasén, 2012:9). Gestos, poses y modificaciones de la percepción, concepción y disposición del propio cuerpo, también contribuyen a inscribir, a dar forma, a los cuerpos de los que la practican” (Lasén, 2012: 9). Estas dinámicas constituyen para Lasén un proceso constante de aprendizaje respecto al propio cuerpo, a los movimientos, a los gestos, también en lo relativo al empleo de los dispositivos, a los encuadres, “las maneras de posar, el juego con las luces y los espacios” (Lasén, 2012:12), lo que remite a este aprendizaje consciente que pone en 141 práctica la joven entrevistada para su actuación. Se evidencia así una (auto)consciencia y reflexividad respecto a la performances que tienen lugar en el transcurrir de la vida cotidiana (Goffman,1977;1979), donde las miradas y (auto)miradas cobran un papel crucial pues implica: “[V]er el propio cuerpo de una manera distinta, al tiempo que se ponen en el lugar de los otros, los potenciales espectadores de esas imágenes, tomando en consideración en sus prácticas lo que saben o imaginan de las preferencias y evaluaciones de los demás” (Lasén, 2012:15). El relato de la joven refleja de un modo especialmente ilustrativo cómo el sexting es, ante todo, un juego complejo de reconocimientos, donde el género constituye una pieza clave en la configuración de su engranaje. La expresión de “él no me la puso ni una vez” que emplea la joven, sus risas al respecto (donde ella va encontrar las mías como muestra de complicidad), así como la demarcación de la práctica (enseñarle las tetas) que va a determinar el fin de la dinámica y la manera en la que lo expone (“pero ahí ya le dije, mira, este es el límite, no te vayas a creer más”), también seguida de risas, constituyen la evidencia de que esta participante es consciente de la posición asimétrica desde la que se incorpora a la práctica del sexting, frente al lugar que ocupa su compañero de juego. Así, en términos de reconocimiento, la joven sabe, porque así lo hace explícito, que ha sido a este a quien le ha atribuido esa legitimidad, autoridad y capacidad, para verse, sentirse deseada y, en definitiva, reconocida sexualmente. En palabras de Pérez Domínguez, se trata de un reconocimiento derivado del placer que supone ser reconocida como atractiva, recibir aprobación masculina y afirmar la propia belleza a través de la mirada del otro (Pérez Domínguez, 2020:12), algo vivido y dotado de sentido en clave distinta por ellos.; no implica esto negar en absoluto los desequilibrios de género que atraviesan estas prácticas, sino señalar que la complejidad es uno de los rasgos distintivos en el contexto placer/peligro (Vance,1989) en el que estas dinámicas se insertan. Las visiones obtusas centradas en alertar sobre los riesgos que entrañan estas prácticas para adolescentes y jóvenes se orientan únicamente a prevenir los nocivos y perjudiciales efectos como la objetualización o la cosificación de sus cuerpos (Lasén, 142 2012;Pérez Domíngez, 2020); son lugares desde los que, generalmente, se desatienden la multiplicidad de matices y aristas que conforman las prácticas del sexting. Estas aproximaciones contribuyen a revictimizar, infantilizar, estigmatizar e hipersexualizar a las jóvenes, invisibilizando y anulando su agencia sexual, desde una mirada, valga decir, profundamente adultocentrista. A esto se refiere Pérez Domínguez cuando señala la relevancia de que las jóvenes de su investigación no empleen el término sexting, algo que tampoco ocurre en la mía. De hecho, el concepto generaba en ellas una desidentificación, pues entendían que sexting era follar por internet y no, en cambio, otras prácticas que pudieran involucrar el envío de fotos o el mantenimiento de conversaciones que sí habían realizado. Este hecho resulta significativo puesto que refleja, por un lado, las incertidumbres que suscitan estos rituales en el mundo adulto, lo que hace intuir un cierto desconocimiento respecto a esta experiencia más asociada a lo juvenil (Pérez Domínguez, 2020:8); por otra parte, permite entrever que este acercamiento estaría favoreciendo a la conformación y expansión de relatos que tienen poco sentido para las jóvenes que la practican (Ibid). Reproduzco a continuación un fragmento recogido en mi cuaderno tras la realización de un taller de teatro-foro que impartí con un grupo mixto de jóvenes en el marco de un proyecto de sensibilización y prevención en torno a las violencias machistas. Uno de los grupos decide representar una situación basada en sus propias experiencias (premisa ineludible en esta forma de creación teatral) que versa sobre sexting y en ella aparecieron desplegadas muchas de estas cuestiones: “Grupo 3. Situación sexting. Conflicto inicial: una joven manda a su pareja la foto de un desnudo. Éste, tras mostrar orgullo y admiración por la apariencia de la chica la reenvía de forma instantánea al chat grupal de sus amigos. Las profesoras interceptan la foto y reprimen a la joven. El debate que se desata posteriormente en el que aportan posibles soluciones para la transformación del conflicto, versa principalmente sobre la importancia de no culpabilizar a la joven, sino de señalar la falta cometida por éste al compartir el contenido de la imagen con sus amigos. La escena final, tras la puesta en práctica de las soluciones planteadas por todo el grupo, concluye del siguiente modo: la profesora le dice a la joven que puede intercambiar fotos siempre que lo desee, y afean y penalizan 143 la actitud del varón. Se trata de una temática repetida en otros talleres, lo que permite evidenciar el grado de simbolismo y significación que le confieren las jóvenes, en tanto constituyen retazos y piezas, cuyo potencial reside en el carácter de cotidianidad.” (TNM1) Lasén (2012) visibiliza esta realidad, alertando sobre los procesos de estigmatización y revictimización a los que se contribuye también desde las campañas preventivas institucionales centradas en la peligrosidad que entrañan para las mujeres, desde donde no se condena ni critica a los varones que incurren en prácticas de acoso (Lasén, 2012:19). Además, remarca el carácter superficial desde el que los medios y las instituciones se aproximan a estas prácticas, denostando sistemáticamente la exhibición de los cuerpos, particularmente los femeninos, frente a la importancia que otorgan a la “personalidad”; una mirada impregnada de cierto clasismo. En las narrativas y prácticas de las jóvenes pueden hallarse algunas reverberaciones que reflejan lo descrito por la autora. Por ejemplo, en el siguiente fragmento puede verse cómo una de las entrevistadas relata la preocupación que siente por los usos que hacen de Instagram su hermana menor y su grupo de amigas. La exhibición que hacen de sus cuerpos, “prácticamente en pelotas”, es interpretada por la joven como una falta de autoestima, lo que le provoca emociones que oscilan entre el miedo y la pena. “Yo he usado bastante Badoo en mis tiempos, pero para hablar y mandar alguna fotillo, si acaso. Pero claro, ahora con todas las posibilidades que hay, sobre todo Instagram, que ahí puedes mandar fotos y vídeos directamente, hasta boomerangs si te pones [Risas]. Yo para algo así sexual no lo he usado, pero sí que mucha gente lo hace. Y gente más joven, que cuidado además. Mi hermana que tiene tres años menos y sus amigas están todo el día con eso… Y mira, me da entre miedo y pena, ¿sabes? Yo se lo digo, que se quiera más, porque qué pena que chicas tan jóvenes salgan ahí prácticamente en pelotas… Y eso de lo que me entero, porque lo veo en el suyo [perfil de Instagram], y que habrá mazo de cosas que no…”(Blanca) Como en el resto de rituales, las jóvenes habitan un espacio de ambivalencias y tensiones entre placeres y peligros (Vance, 1989). 144 145 4.5. La ritualización de “lo afectivo”: “sexo con amor”, “solo sexo” y “los momentos de después”. En este apartado abordo las prácticas a través de las cuales se ritualizan los afectos en el campo de la intimidad afectivo-sexual, lo que ha devenido un espacio crucial para registrar las asimetrías de género. La gran mayoría de las jóvenes que han participado en la investigación habían mantenido, al menos una vez, relaciones afectivo-sexuales fuera del marco de una relación amorosa, aunque con distintos grados de “implicación afectiva”. Cabría recordar que no hay práctica que no entrañe afectos, por lo que “afectivo” atañe aquí al modo en el que las jóvenes entienden lo afectivo en el sexo, esto es, a la disposiciones afectivo-corporales y a los modos en las que éstas se expresan, comunican, ritualizan y negocian. El nivel de implicación afectiva que exista con la pareja se ha revelado un eje crucial en la configuración de las distintas cadenas rituales de interacción, de las prácticas, gestos, movimientos y de las disposiciones corporales en el transcurso de los encuentros. El “sexo con amor”, “sexo con o sin afectos” y “solo sexo” son expresiones recurrentes en las jóvenes desde las que pueden esbozarse distintas cadenas de rituales de interacción (Collins, 2009); donde las disposiciones afectivas se hallan incardinadas en una estructura del sentir que confieren los sentidos de “más o menos afectivo” desde la vinculación con el amor: sentimiento que emerge como orden primordial en la categorización de los distintos “tipos de sexo” en función de los grados de afecto a los que se refieren las jóvenes. El amor y los sentidos que vinculan al sexo con la pareja constituye uno de los rasgos distintivos de los modelos que delinean Ayuso y García (2014) en el contexto de la sociedad española para describir la transición que observan desde un modelo moderno en que la sexualidad aparece inextricablemente ligada a la pareja y al amor, hacia un modelo más hedonista en la que se escinde de esta y va cobrando progresivamente una entidad más propia. Las autoras señalan además cómo el primero estaría calando con más fuerza entre la gente joven, aunque perciben ciertas variaciones en función de los géneros. 146 Las narrativas de las jóvenes dejan claro que el mantenimiento de relaciones afectivo- sexuales fuera del marco relacional amoroso constituye una práctica habitual para ellas (Ayuso y García, 2014; Vicente, 2015), pero apuntan también al diferencial de género señalado por las autoras, pues el amor o “el sexo en pareja” emerge como el modelo de sexualidad más deseable. La mayoría de las jóvenes coinciden en remarcar que no es lo mismo (o no debe serlo, en caso de no haberlo experimentado) “follar con amor que sin amor”, lo que invita a repensar las (dis)continuidades existentes entre el amor y “el sexo” y a desentrañar las degradaciones afectivas que las jóvenes establecen respecto a este desde el plano de las prácticas.54 “Sí, a ver, follar sin estar enamorado está muy bien y todo lo que tú quieras. Pero es que yo concibo las relaciones como…Vamos, que me parece estupendo, y yo lo he hecho, el tener relaciones esporádicas y tal, pero me parece como una parte más del dar y el recibir cariño, y sobre todo de respeto. Por eso yo entiendo que para llegar a satisfacer eso al máximo en una relación tiene que haber afecto”. (Sofía) “A ver yo creo, que las dos cosas son independientes, y que para nada tiene que haber ese sentimiento para hacer o no hacer algo, que va completamente ligado… Cuando te gusta mucho una persona, cuando sientes hacia ella, es… como algo mágico, al menos a mí me flipa y creo que es importantísimo. El sexo es conocer a otra persona físicamente, es como comunicarse y compartir algo más.” (Blanca) “Es que yo diría que es completamente diferente, en todo, vaya. En cuestión de conocerte, qué te gusta y que no, de confianza, de tranquilidad… Que lo otro también tiene su potencial por el contenido del morbo y así, pero para mí la diferencia es total. O sea, con alguien con quien tienes afecto es mucho mejor, evidentemente. Que lo otro se queda en algo físico y ya.”(Irene) De los relatos de las jóvenes se desprende que las relaciones afectivo-sexuales con las parejas son potencialmente más placenteras que aquellas en las que no hay mediación 54 En el capítulo 5 retomo la interrelación amor-sexualidad dentro del marco de las negociaciones en torno al placer. 147 de los sentimientos de amor. Leído en esta clave, “el sexo con amor” es símbolo y signo del cariño (que se demuestra y se recibe), de la confianza y del respeto y se concibe como espacio de retroalimentación, intensificación, y reforzamiento de los vínculos con sus parejas, y constituye también un motivo de desencuentros, rupturas y disoluciones. El sexo y el amor se fusionan dando como resultado la expresión superlativa de la plenitud y la satisfacción sexual, pues incluso aquellas que no lo han experimentado lo despliegan como esquema de sentido de lo deseable y lo deseado, abriéndose como telón de fondo de anhelos y expectativas. Las observaciones de Soriano y García (2019) resultan interesantes para abordar la correlación entre “el sexo” y “los afectos”. Las autoras recurren a la variable de lo afectivo, esto es, al grado de intimidad emocional (como también lo denominan) para describir en un estudio de corte cuantitativo tres modelos de relaciones afectivo- sexuales, añadiendo otros indicadores como la recurrencia de los encuentros, el tiempo que dure la relación, el grado de intimidad y el tipo de compañero sexual (pareja, amigo o desconocido) (2019:2). 55 Según el nivel de intimidad y el grado de compromiso bosquejan tres esquemas de sexualidad que funcionan para enriquecer y complejizar la común y antagónica distinción entre el “sexo en pareja” y “el sexo ocasional,” a partir de la introducción del tipo de sexualidad (prácticas, vinculación, modos de relacionarse, etc.) que mantienen los “follamigos” o los “amigos con derecho a beneficio”, como ellas los llaman. Este tercer modelo híbrido entre los dos anteriores, a menudo presentados como equidistantes: al contener elementos como la confianza y el grado de intimidad emocional característicos de la sexualidad en el marco relacional de la pareja, así como componentes más propios de las relaciones sexuales ocasionales y esporádicas, como la atracción y la pasión. En las narrativas de las jóvenes han podido delinearse algunas de estas distinciones: 55 Además, conviene resaltar que la predisposición hacia tales modelos de vinculación afectivo-sexual entraña diferencias significativas en función de los géneros, pues entre los varones está más aceptado y legitimado el sexo ocasional de lo que lo está entre las mujeres (Ayuso y García, 2014). 148 “Yo sí que hago diferencia porque como te he dicho pasé de estar con una persona con la que tenía afecto, que, a ver, no era nada serio, pero sí… Y luego tuve dos o tres relaciones con tíos de una noche y ahora con mi pareja actual, ¿no? Y es que para mí no tiene nada que ver una cosa con la otra, a ese nivel. Para mí lo otro se quedaba en una simple excitación.” (Rocío) Las diferencias entre el “sexo con amor” o en pareja, el “sexo con afecto” y “el solo sexo” van a traducirse en la ausencia o presencia de gestos y ademanes que son indicativos de “lo afectivo”, esto es en su expresión, manifestación y ritualización. El cariño aparece condensado e intensificado a través de prácticas que constituyen poderosos formatos comunicativos como son los besos, los abrazos, las caricias, hacerse masajes, mirarse intensamente a los ojos, dedicarse palabras amorosas durante los encuentros y establecer un contacto corporal próximo y cercano, entre otras. Consisten en expresiones que, vinculadas al carácter exclusivo de la relación sexual, van a contribuir a generar ese sentimiento especial, único y “mágico” (García y Soriano, 2019). Estos encuentros son, por lo general, más dilatados en el tiempo frente a la brevedad con la que ocurren los contactos casuales o esporádicos. La recurrencia con la que se dan en el seno de las parejas favorece que puedan introducirse variaciones en cuanto a las prácticas: permite a las jóvenes “cambiar”, “probar” o “hacer más cosas” con sus parejas. Este factor va unido, además, a las posibilidades de la decisión, pues en este contexto se vuelve plausible tomar decisiones respecto a lo que se desea o no hacer en cada momento sustentada en las garantías que les ofrece la comunicación sexual, otro de los componentes que se revela ineludible dentro del marco de relación (idealizado) de la pareja romántica. Resulta significativo que esta gama de posibilidades suele ceñirse a optar entre un sexo más pasional e intenso, “guarro” (en palabras de muchas de las jóvenes) o uno más pausado, calmado, lento y distendido, más vinculado al cariño. En el siguiente fragmento en el que una de las jóvenes aludía a la relevancia que otorgaba a la comunicación en el sexo con su pareja, pueden verse reflejados algunos de estos rasgos: “Ahora tenemos mucha más comunicación sexual, entonces es de decir, mira, cariño, hoy me apetece esto, pues igual más pausado o más lento. Hay días que te 149 apetece estar más con preliminares igual, o días con más sexo en sí, o hacer más guarradas. Tenemos como cogidas nuestras posturas favoritas pero aún así, siempre intentamos hacer alguna nueva, introducir algo o, yo qué sé, variar.” (Alejandra) Por su parte, otra de las jóvenes también pone en circulación muchos de estos sentidos al establecer una comparativa entre el sexo con su pareja y el que mantenía con su pareja sexual anterior a quien consideraba un “rollo”: “Yo comparo las dos relaciones y nada que ver… A todos los niveles…Sexual, de comunicación, a nivel emotivo supongo que más igual, no ha habido tanto cambio… Pero yo lo que sí que he notado mucho, mucho cambio es el tema de comunicación, de hablar sobre el sexo, antes era como algo que se quedaba ahí en el acto y ya. No se hablaba mucho más, era como más tabú. Sobre todo que te conoces más y sabes cómo obtener más placer más fácilmente y que puedes hacer más cosas…También, el tiempo y la duración del acto.” (Blanca) En cuanto al “sexo con afecto” pueden percibirse elementos comunes respecto al sexo con amor, especialmente en lo relativo al “nivel emotivo” que suele traducirse en un sentido de confianza, respeto y buen trato ” (García y Soriano, 2019) “Estuve con este de rollo y era colega y estuvo bien, me lo pasaba bastante bien por la confianza y porque me trataba súper bien. Pero sentía que me faltaba esa cosa de volverme todo loca, ¿sabes? […] Yo quería algo más desenfrenado.”(Irene) En cuanto al sexo ocasional y esporádico, que aquí he denominado “solo sexo”, se trata de encuentros, a los que las jóvenes se refieren también como polvo, líos o rollos de una noche, motivados en el deseo, la atracción y el placer sexual (Soriano y García, 2019; Ayuso y García, 2014), que suelen mantener con varones a quienes no conocían previamente. Señalan García y Soriano que en estas relaciones el motor principal es el despertar psicofisiológico y la pasión, mientras que “la intimidad y el compromiso son inexistentes” (2019:3). 150 En los discursos de las jóvenes se pone de manifiesto cómo el anonimato, así como la brevedad y el carácter espontáneo de estas relaciones son ingredientes que hacen que se vuelvan potencialmente atractivas y “morbosas” para muchas de ellas. También se constata en sus relatos que el espacio-tiempo más propicio para los encuentros casuales es la fiesta, “la noche”, el contexto más habitual en el que suelen darse, por lo que suelen ser relaciones mediadas, en mayor o menos dosis, por el alcohol. La confluencia de estos elementos incide de manera significativa en el modo en el que tienen lugar estas interacciones, así como en la predisposición de las jóvenes a mantenerlos. El alcohol deviene aquí un factor que, añadido al hecho del anonimato, funciona como un desinhibidor y minimizador de las vergüenzas que operan con fuerza en situaciones de sobriedad. Existen numerosos estudios centrados en la correlación del consumo de alcohol en jóvenes y las conductas sexuales en contextos recreativos (Salazar y Arrivillaga, 2004), asociados sobre todo a las negociaciones en torno a los usos del preservativo y a la incidencia de Infecciones de Transmisión Sexual, y también, aunque en menor medida, a la cuestión del consentimiento sexual (Isorna, Fariña et al, 2015); en definitiva, a lo que comúnmente se ha denominado “conductas sexuales de riesgo”. Consciente de que se trata de sustancias que pueden contribuir a incrementar la vulnerabilidad de las jóvenes y conducir a situaciones conflictivas en el ámbito de la sexualidad, la mayor parte de las investigaciones demuestran a este respecto una mirada obtusa y tendente a la estigmatización, incapaz de dar cuenta de las ambivalencias y complejidades que entrañan estas prácticas para las jóvenes. En sus relatos se hace visible cómo la desinhibición motivada por el alcohol puede traducirse en un movimiento de destense y expansión respecto a los límites desde los que ejercen de manera cotidiana el (auto)control sexual, pues permite a las jóvenes “dejarse llevar”, “soltarse más”, o expresar de manera más desinhibida su agencia amparadas en el “no era yo”: aspectos que va a revertir directamente en las vivencias del placer. “Es que depende porque… A ver, si quieres practicar sexo normalmente, es mejor tener una pareja y hacerlo más veces y que salga mejor. Pero yo creo que las relaciones aleatorias tienen un punto de morbo y otro potencial… Por lo de no conocerte, igual no te da palo hacer ciertas cosas…[Ríe]. ” (Carmen) 151 “Zoe: Bueno, que también está el morbo de si es con alguien con quien no conoces… María: Pero eso yo lo considero más excitación que placer ¿no? Sandra: Pero eso también te puede ayudar a conseguir placer físico… Si sientes morbo, o eres un fetichista, yo que sé… Aunque no conozcas a nadie, puedes sentir placer físico sin conocer de nada a esa persona, yo creo… Lidia: Yo por mi experiencia, sí que creo que es más fácil cuando tienes confianza… Zoe: Yo creo que es más el sentirse a gusto. Puede que tengas con un tío mucha confianza, pero que hayáis discutido esa mañana, y tenéis mucha confianza pero no sientes nada en ese momento. Y con un tío con el que no conoces de nada pero te sientes súper bien. No es la confianza, sino la confianza tuya en ese momento… Laura: Yo eso lo veo mucho cuando estás borracha, que te tiras a un tío desconocido, te desinhibes total, no tienes ninguna vergüenza… Y a veces con tu pareja sobria tienes más vergüenza ¿No? Que borracha con un desconocido. Y borracha con un desconocido te dejas llevar muchísimo y tienes un placer que no consigues con esa persona con la que tienes confianza, porque no te desinhibes tanto…. Sara: Es un placer de libido sexual, de estar cachonda. Y ese es el placer que yo, personalmente, quiero tener siempre. Con un desconocido, con mi pareja o con quien sea ¿no? Ese placer puede compaginarse con otros, ok. Pero yo sino tengo ese, ¿qué quieres que te diga?”(TNM2) Este fragmento evidencia cómo con parejas ocasionales el reconocimiento juega en otra clave, lo que puede ampliar el margen de negociación respecto a la pareja “estable”. Los encuentros sexuales esporádicos han devenido también espacios desde los que desentrañar las ambivalencias entre el placer/peligro (Vance, 1989), al delinearse como experiencias placenteras al tiempo que precipitadoras de sensaciones de inseguridad, incertidumbre o culpa sexual, aspectos en los que me detendré más adelante. En lo que respecta a las ritualizaciones de lo afectivo, en las relaciones del “solo sexo”, los relatos en torno a “los momentos de después” han sido especialmente significativos. Para profundizar en este análisis recurro al concepto de cronotopo genérico acuñado por Del Valle (1999), a mi parecer muy sugerente para abordar estos momentos, en 152 tanto que constituyen, en palabras de la autora: “puntos donde el tiempo y el espacio imbuidos de género aparecen en una convergencia dinámica” (Del Valle, 1999:12). La relevancia que otorgan las jóvenes a “los momentos de después” de un encuentro afectivo-sexual casual hace que el aparente acto cotidiano que supone dejar de hacer algo, en este caso sexo, se cargue de una enorme densidad simbólica: de complejas significaciones (Ibid) que se renegocian y en las que se reactualizan los sentidos de la intimidad, adoptando la forma de un cronotopo genérico. Así lo expresa Del Valle: “Son enclaves temporales con actividades y significados complejos en los que se negocian identidades, donde pueden estar en conflicto nuevas interpretaciones de acciones, símbolos creadores de desigualdad. Puede negociarse la desigualdad y/o afirmarse, expresarse. Lo mismo puede ser objeto del mismo proceso la igualdad. En muchos casos son los espacio-tiempos donde se observan las fisuras incipientes de lo que más tarde puede erigirse en un cambio manifiesto.” (Del Valle, 1999:12). También alude a un proceso de reacomodo y reorganización de esos territorios del yo (Goffman, 1979:45) que hacía apenas un momento se estaban habitando desde unas lógicas concretas: unas estrategias de demarcación y delimitación del yo generizadas que vendrían a suponer el tránsito entre el durante y el después dentro de la cadena de rituales de interacción del “solo sexo”. “Sonia: Sí, yo en plan acabar y que el tío se ponga a fumarse un piti, ¡es que me duele el alma! [Risas] Es que me siento ahí tumbada y es como: estoy ahí y el tío fumando, y yo me siento como súper abandonada… O sea, me deja en plan, que me sienta mal, de ¡Joder, que se espere aunque sea quince minutos! Irene: A mí un beso después de haber follado significa mucho, no sé. Ya no es sólo el acto de follar, sino que ha habido cariño y que han pasado cosas pues que… Normalmente no pasan. Entonces, un besito, o una caricia, o el contacto… Valeria: Sí, que sea lo que sea pero que se mantenga esa complicidad. Igual que para empezar con los preliminares y luego follar, pues que sea como esa continuación y no ahí: ¡hala, adiós!. [Risas] 153 Andrea: Sí, por ejemplo, muchas veces un beso marca la diferencia. Como de que hay esa complicidad. Que bueno, que igual hay un beso y sólo ha habido sexo. Pues sí, no sé. Valeria: Sí como una muestra de afecto. O sea, aunque te acuestes con alguien una noche y no sientas nada por él ¿sabes? No es lo mismo que directamente se duerma, a que te de un par de besos y que luego se duerma. O que se pegue un poco a ti, y no que se ponga a dos metros y dándote la espalda… [Risas] Sonia: Aunque luego tampoco tenga que pasar algo más, que sea sólo eso. Andrea: Sí, sí total… En los detalles está la diferencia. Laura: los medimos un montón… Sonia: O que se vaya directamente al baño [Risas] Valeria: Sí, no sé, ya que se ha acostado contigo, no creo que le cueste mucho darte un beso. Andrea: Hombre, no es que le cueste o no, es cuestión de apetecer. Tampoco que lo haga de “bueno, pues ahora tengo que hacerlo para que la tía no se ponga de morros”. Para eso que no lo haga y ya está. Pero no puedo entender que les cueste besarte cuando han estado besándote apasionadamente dos minutos antes…” (TNM1) “Fumarse un piti” una vez que el encuentro ha concluido, “dormirse directamente”, el mantenimiento de la distancia física, “ponerse a dos metros” o “darse la vuelta” comportan algunas de las prácticas desde las que se reacomodan los cuerpos en el tránsito entre la proximidad y el distanciamiento; un alejamiento que se experimenta también en términos afectivos. “El momento de después” y las cadenas de rituales de interacción desde la que se demarcan estas distancias constituyen fuentes de malestares para las jóvenes, pese a la ironía que destilan y las risas que generan en las jóvenes estos relatos. Estas prácticas de delimitación de los territorios [desnudos] del yo (Goffman, 1979) son concebidas como un cambio excesivamente drástico y radical que rompería, incluso, con la la lógica 154 narrativa inicio-nudo-desenlace que sigue cualquier tipo de acontecimiento: discontinuidad que supone un giro repentino en los ritmos y cadencias de las coreografías de género (Goffman, 1977), como señala una de ellas: “Igual que para empezar con los preliminares y luego follar, pues que sea como esa continuación y no ahí hala adiós ¿no?” Los movimientos desde los que los varones renegocian el antes y el después funcionaría según estas jóvenes de manera “incoherente”, de acuerdo con la coherencia y la lógica de las prácticas que estaban teniendo lugar durante el transcurso del encuentro, como los besos, las caricias, los tocamientos, los roces o cualquier otra forma de contacto físico: “cosas que normalmente no pasan” y que los varones deberían, según estas jóvenes, tener en cuenta, en términos de reconocimiento, en esos momentos de después. Estas narrativas permiten delinear cómo las jóvenes experimentan con cierta ambivalencia esa necesidad de cariño y afecto que esperan y desean recibir por parte de sus compañeros varones una vez finalizado “el sexo”, debido a que el cariño no es o no deber ser un acicate en los encuentros causales o de una noche. Anhelar esta complicidad supone evidenciar que existen desajustes y asimetrías con el modelo del “solo sexo” y del “polvo de una noche”, sustentado de manera casi exclusiva en el deseo de experimentación y en la búsqueda de placer, un placer que para los varones se encontraría vaciado de afectos. Las negociaciones de género que emergen anudadas en estos “momentos de después” apunta a la quiebra, por parte de las jóvenes, con un modelo en el que el sexo aparece desprovisto y despojado de cualquier tipo de carga afectiva: ritualizaciones que son recreadas así por sus compañeros varones ante la necesidad de confirmar que lo que allí está ocurriendo es, precisamente (y no más que), sexo. De los discursos de las jóvenes se desprende cómo para ellas resulta complejo y problemático el vaciamiento afectivo que sería definitorio de los encuentros esporádicos. De todo ello podría deducirse la necesidad de resignificar lo afectivo y los afectos y resituarlos más acá de los límites del marco relacional amoroso, donde se 155 erigen como sublimación del dar y el recibir cariño, antes, durante y después, y son símbolo del compromiso, el respeto, la exclusividad y la intimidad (Soriano y García, 2019). La separación y la distinción, en términos opuestos y equidistantes, entre los sentidos del sexo con amor y el sexo ocasional se abre como un espacio de malestares y vulnerabilidades para las jóvenes, que requieren de acomodos que no resultan fáciles de encarnar desde las asimetrías. Recapitulando, esta cartografía en torno a las cadenas rituales de interacción ha permitido comprobar, en primer lugar, la relevancia y centralidad que adquiere el coito en la organización de las prácticas íntimas de estas jóvenes, lo que supone la reactualización de un modelo de sexualidad coito-androcéntrico. El recorrido por las cadenas rituales del “sexo típico”, el “sexo experimental”, las fantasías, los rituales de la masturbación y los rituales sexuales mediados tecnológicamente dan cuenta de cómo estas prácticas constituyen una fuente de profundos placeres, pero también de posibles peligros: zona concedida de manera privilegiada a las cadenas rituales de los tabúes y, especialmente, a la práctica del sexo anal. Por su parte, las ritualizaciones en torno a lo afectivo se han revelado también un espacio para la reactualización de ciertas asimetrías en lo relativo a las concepciones y encarnaciones en torno a los modelos de sexualidad: “sexo con amor, sexo con afectos y solo sexo”. Se trata, en definitiva, de cadenas rituales de interacción generizadas, coreografías de género (Goffman,1977) en las que pueden apreciarse los ritmos desacompasados entre las jóvenes y sus compañeros varones. A continuación, me centro en las negociaciones en torno al placer desde el eje analítico de los reconocimientos. 156 CAPÍTULO 5 LAS NEGOCIACIONES EN TORNO AL PLACER COMO PROCESOS DE RECONOCIMIENTO [DE GÉNERO] En este capítulo exploro los procesos de reconocimiento en los que se forjan las identidades de género de las jóvenes en lo relativo a la intimidad afectivo-sexual. Para cartografiar este complejo entramado de interpelaciones, (des)identificaciones y encarnaciones recurro a las herramientas teórico-conceptuales de Casado y García (2008) avanzadas en el primer capítulo, en tanto que posibilitan atender a los procesos de subjetivación de género desde una dimensión relacional, práctica y cotidiana. Las autoras abordan las configuraciones identitarias como un flujo incesante e inconcluso de renegociaciones con los modelos de género, a los que reconocemos como iguales y disímiles. Pero, además, abordan una dimensión del reconocimiento para conceptualizar los conflictos y tensiones que emergen en el seno de las relaciones de pareja heterosexuales donde el deseo abre las puertas al reconocimiento de la alteridad. El reconocimiento consiste aquí en el deseo de ser deseado por quienes queremos que nos desee, y a quienes atribuimos valor, capacidad y poder para ello: “esto es, es la persona con la que nos trajinamos el reconocimiento de la que esperamos y deseamos que nos convierta en objeto de su deseo, que nos brinde la posibilidad de ser reconocidos” (2008:10). En las relaciones afectivo-sexuales que analizo “el deseo constituye una apertura al reconocimiento de la propia alteridad” (Casado, 2003:47). Así, exploro las negociaciones que establecen con los modelos de género en lo referido a la sexualidad (primer apartado) para recalar después en los reconocimientos en torno a los placeres propios y ajenos, y en cómo estos son renegociados en el transcurso de sus encuentros afectivo-sexuales en pareja, aspectos en los que profundizo en el segundo y tercer apartado. Por último, cartografío las tensiones, conflictos y rupturas del reconocimiento respecto al placer sexual de las jóvenes por parte de los varones en el seno de la intimidad. Una quiebra que, como señalan las autoras puede desembocar en dinámicas violentas (Casado y García, 2008:13). 157 5.1. Procesos de reconocimiento en torno a los modelos de género Los reconocimientos con los modelos de género son resultado de negociaciones establecidas con los ideales y ficciones reguladoras de feminidad y masculinidad (Butler, 2003;2007) presentes en el entorno: a quienes reconocemos como iguales y/o disímiles. Casado y García (2008) abordan estas dinámicas a través de tres procesos. El primero de ellos remite a la exposición, en tanto que nos mostramos y exhibimos ante nosotras mismas y ante las demás, idea que entronca con la dimensión relacional, dialógica e interaccional de la comunicación cultivada por autoras como Cooley (2005) y Aladro (2004), que sostienen que es a través de la acción comunicativa donde encontramos el sentido del yo y de la pertenencia a un determinado grupo sociocultural. En segundo lugar, Casado y García (2008) se refieren a la dinámica de imposición, para aludir a las ficciones reguladoras de género que nos interpelan y actúan como tecnologías [de género] con las que establecemos constantes procesos de negociación; lo que nos llevaría a la dinámica de composición, de la que son resultado nuestras subjetividades encarnadas: fruto y resultado del flujo constante del juego de reconocimientos e interpelaciones en el que nos hallamos inmersas (Casado y García, 2008; De Lauretis, 1984). Pero, además, a estos juegos de reconocimientos en relación con los modelos de género, se ven añadidas las relaciones cotidianas mantenidas con los agentes, pues, como exponen: “Va a ser en el encuentro de los agentes corporeizados –que componen sus identidades de género en conexión con unos modelos sociohistóricamente contextualizados donde esa relacionalidad se hace más visible y puede así ser alcanzada en nuestras prácticas cotidianas de reconocimiento en el grupo de iguales y frente a los/as disímiles” (Casado y García, 2008). En el caso de los modelos femeninos, nos encontramos en las narrativas de las jóvenes con una compleja red simbólica de definiciones en que predominan las formas de control a través del estigma y el señalamiento; es lo que se ha dado en llamar slut- 158 shaming, una expresión en inglés que señala las formas de regulación de las sexualidades femeninas a través de insultos o términos despectivos relativos a actitudes, deseos, o prácticas afectivo-sexuales (Elorduy, 2017: 389). Constituyen mecanismos poderosos de control social que evidencian el contexto de placer/peligro sexual en el que habitan las jóvenes. “Hay muchos prejuicios. Que si te acuestas con un tío una noche, pues eres una golfa. Las mujeres lo tenemos mucho más difícil, si tú decides tener una sexualidad más abierta, pues como que te arriesgas, entre comillas, a que te etiqueten y digan «esta tía es una golfa». O que tú misma pienses, pues no voy a hacer esto porque no quiero que la gente se piense no sé qué. Las chicas también son muy de…Joder, ¡son muy juzgadoras! Vamos, que no se defienden entre ellas mismas. Ellas también te llaman puta y no sé qué, vamos, que yo creo que no es solo cosas de los hombres… Pero que a los tíos si se acuestan con muchas tías nadie le va a decir nada en la vida.” (Mónica) “Mentalmente, socialmente, yo digo en la cafetería que me gusta el sexo y quedo de guarra. En cambio un chico dice que le gusta el sexo y es un fucker, es como la norma que tenemos, ellos sí, ellos pueden decir lo que quieran pim pam pim pam, y yo no no puedo decirlo. Entonces, muchas chicas lo que tienen en mente es que el sexo es cosa, ya te digo que está hecha para hacerla en pareja, no que es algo que tenemos, que llevamos implícito como personas, sino que es en pareja, entonces yo creo que los tabúes vienen de ahí. Que si una chica dice, pues me gusta comérsela a mi novio y me encanta tragármelo es, “dios es una guarra, pero ¿qué me dices? y así…En cambio, si un chico dice, bueno con comérselo no porque son muy machistas en ese sentido. Pero, por ejemplo, de buah es que me encanta follarme a mi novia tal… Es como genial. En cambio, una chica, no puede decir eso. Es ¿qué dices tía? Entre chicas no se hablan las cosas de esa manera, incluso entre chicas con las que se puede hablar mucho de sexo, no lo vas a decir de esa manera, porque quedas de guarra, que no, yo pienso que no, pero es la sociedad”(Sara). El relato desplegado refleja las capacidades performativas (Butler, 2003;2007) de estas formas de designación heterosexistas (Elorduy, 2017) en el establecimiento de las 159 ordenaciones sociosexuales de las jóvenes, así como en la demarcación de los horizontes de lo deseado, lo deseable y lo plausible respecto a una misma en función de un determinado deber/sexual que se correspondería en este caso con el ideal de la mesura, la prudencia y la inhibición, pues existe el “riesgo” a ser “etiquetada”, catalogada y, por tanto, reconocida como “golfa”. El miedo a resultar excesiva o desbordante ante las miradas ajenas puede orientar a las jóvenes a la autovigilancia, al autocontrol y a la autoimposición de determinados límites que se experimentan en términos de constreñimiento, como expresa esta joven: “a que tú misma pienses, pues no voy a hacer esto porque no quiero que la gente se piense no sé qué”. El relato refleja además que el slut shaming funciona como un dispositivo de autocontrol y control entre las pares, “asegurando la reputación propia y status quo a costa del juicio social y sostenido sobre la sexualidad femenina” (Elorduy, 2017: 390). Desde los feminismos, diversos trabajos han explorado la persistente tendencia a la diferenciación y a la categorización de las feminidades desde el vector de la sexualidad entre buenas/malas, correctas/incorrectas (Vance, 1989; Despentes, 2006; Ziga, 2009; Preciado, 2008; Elorduy, 2017; Miller, 2016), y han advertido sobre cómo los juicios entre pares suponen la quiebra de la solidaridad grupal56 entre iguales, dando como resultado rupturas y tensiones de los reconocimientos y malestares. Así lo expone Vance (1989): “En tanto que la vivencia del deseo supone para las mujeres la renuncia a la vigilancia y al control –las responsabilidades propias de la mujer decente– provoca un profundo desasosiego con respecto a la violación de los límites de la feminidad tradicional. Esta transgresión de los géneros evoca el fantasma de la separación respecto de las demás mujeres –tanto respecto de la madre como respecto de las hermanas en el sentido literal y metafórico-, dejándonos aisladas y vulnerables frente al ataque”(1989:16). 56 Sororidad es un término acuñado por Lagarde (2013) que se ha popularizado en los últimos años dentro de los femeninos que se refiere a las formas de reivindicar políticamente estas redes de solidaridad. 160 Las narrativas de las jóvenes dan cuenta de que la clásica distinción ellas/nosotras está vertebrada por la sexualidad, que es para ellas espacio de constreñimiento (buenas/malas, guarras/puritanas), pero supone también la confirmación del éxito dentro de los circuitos del deseo heterosexual, lo que les otorga estatus y posiciona a las “puritanas” como su reverso, como representación ideal del fracaso definido en función de esta negación. La acepción de puritana articula otro nivel de sentido que atañe a la ficciones reguladoras de los cuerpos en los circuitos de deseo heterosexuales normativos en la juventud, donde la transgresión de los límites tendría más que ver con no “estar buena” (usando las palabras de la joven anterior) y cumplir con los ideales de belleza corporales normativos, sobre los que tanto se ha escrito desde los feminismos (Bordo, 2001; Esteban, 2004; Davis, 2007). “Yo tuve una época de irme de raves…Y para mí era más de mira, estoy súper buena y puedo follarme al tío que quiera. Íbamos un grupo que nos creíamos las más guays. Y yo llegaba y decía: el tío más bueno que haya aquí, me lo quiero follar yo, pues porque sí. También cuando me iba sola con los tíos, yo llegaba y les decía, mira me acabo de follar a ese, entonces era como la guay delante de mis amigos.”(María) “Yo me sentí bien, como diciendo soy la puta ama aquí estoy…. Y de hecho mis amigas no lo sabían, y había una que estaba con otro chico de mi grupo de amigos y era como que ella no quería hacer nada, entonces los chicos le tiraban pullitas de anda frígida tal…”(Alejandra) Estas palabras dejan entrever una alternancia entre las posiciones buenas/malas en términos de reconocimiento grupal, donde lo bueno y lo “guay” es “poder follarte al tío que quieras”, un rasgo distintivo también de las “malas” y las “golfas”. Respecto a los parámetros que definen las feminidades tradicionales (autovigilancia, control, etc.), el desplazamiento es indicativo de un agenciamiento: de la capacidad de llegar, hacer y decir. En contraposición, la inhibición implica la devaluación del reconocimiento entre las pares, pues es sinónimo de menos lanzada o atrevida (“paraditas” y echadas p’alante han sido otros giros discursivos empleados para remarcar esta distinción) y se vincula a la inmadurez y la ingenuidad sexual. El binomio “echada p’alante” / “paradita” se refleja 161 en muchas de sus intervenciones, y no deja de mostrar la ambivalencia placer/peligro respecto a la vivencia del sexo: en la concepción de la “echada p’alante” está la idea de que el sexo es una zona de cierto riesgo, un lugar de peligro al que hay que “atreverse”, lanzarse, afianzar la seguridad y la autoestima propia y arriesgar de forma “valiente”. “Yo era de las más paraditas de mi grupo, creo que maduré más tarde para estas cosas… Diría que al principio no me importaba tanto, e iba más a mi rollo. Pero también pensaba bueno, venga, ¿tú qué? Y lo hablaba con otras amigas que eran más…”(Rocío) Durante los talleres y las entrevistas, llamó mi atención las demarcaciones que establecieron entre las jóvenes que hablan y no hablan de sexualidad, tendiendo siempre a identificarse con las primeras. Una cuestión que me llevó a reparar también en esta dimensión performativa del “decir sobre el hacer sexual” dentro del juego de reconocimientos que se sucedía en estos espacios. En las mayoría de prácticas tendieron a identificarse con unos modelos femeninos menos inhibidos donde esto supone estatus y lugar de aprobación colectiva. “Es que con lo del sexo, depende de la gente, porque yo sobre sexo puedo hablar contigo, puedo hablar con mis amigas, y con todo el mundo. Pero, por ejemplo, una amiga mía con sus amigas, estos temas son como tabú, o sea yo no puedo llegar a entenderlo. Pero hay muchas chicas que tampoco hablan de sexo de manera natural, y no puedo llegar a entenderlo. Bueno a parte de esos tópicos de que para las mujeres la sexualidad se queda más en casa y luego los hombres iban al bar y se lo contaban….Yo me imagino que eso será de algo más relacionado con la historia y con tal… Por los tópicos sociales, está clarísimo.” (Lidia) Por otra parte, las referencias a las amigas han sido una constante a lo largo de la investigación, como se ha podido intuir en los fragmentos expuestos hasta ahora: compartir con las amigas la sexualidad de una es una práctica normalizada para todas estas jóvenes. Los grupos de iguales se configuran, así, como espacios de agenciamiento, especialmente durante la fase indagatoria y exploratoria de la sexualidad, al ser éste un 162 terreno más blindado las “culturas de las adultas”57 de lo que lo están otras parcelas (Megías, San Julián et. Al, 2005; Venegas, 2009;1997; 2009). McRobbie se refirió a la “cultura dormitorio” para enfatizar la relevancia de estos espacios íntimos en los procesos de subjetivación y agenciamiento de las jóvenes. Después de haber explorado las dinámicas del reconocimiento con los modelos de feminidad resultantes, fundamentalmente de los encuentros entre iguales, me centraré ahora en los procesos de reconocimiento respecto a los modelos de identidad masculina, es decir, respecto a la proyección de los disímiles que en los relatos de las jóvenes podemos encontrar. “A ellos se les ha impuesto como que tienen que ser súper pasionales en el sentido de decir, ¡Dios mío! Si un tío no está al 100%, si no es fucker no es un tío, o sea, en plan, tienen que estar como si ahí estuviera todo su ser y tuviera que demostrar lo tío que es en el momento en que lo hace. Y entonces tienen que ser como los líderes, en plan del sexo. Pero también creo que ellos poco a poco van a pasando de eso y se van alejando de esa pauta.” (Alejandra) Esta imagen masculina hiperritualizada se convierte, a través de diversas estrategias y procesos de condensación, intensificación e hipercodificación, en el paradigma de la masculinidad nociva en términos sexuales (en cuanto a las actitudes y atributos varoniles que desprende), funcionando como un espacio crucial desde el que demarcar, remarcar y delinear todo aquello que no se desea. En las narrativas de las jóvenes este modelo de masculinidad aparece condensado en la imagen del “típico tío”, ese fucker que debe confirmar su virilidad con el grupo de pares para ser “el líder del sexo”, para el cual las mujeres constituyen el motivo de su éxito o fracaso. El típico tío es delineado a través de una diversidad de componentes, cualidades, comportamientos grupales e individuales que funcionan para representar de manera superlativa e hiperritualizada 57 Readapto el concepto de “culturas juveniles” de Hall y Jefferson (2014) al referirme a las adultas para advertir sobre la mirada adultocentrista hacia la adolescencia y la juventud, remarcando así las asimetrías de poder(es) entre adultas y jóvenes que se dan desde lo simbólico. 163 una actitud explícitamente sexista que roza, en ocasiones, el desprecio, la humillación y los malos tratos hacia las mujeres en la intimidad afectivo-sexual. Se trata de una imagen hiperritualizada, superlativa e incluso caricaturesca que permite ahondar en los componentes expresivos e identitarios de las masculinidades heterosexuales, especialmente dentro de las culturas juveniles, donde el cortejo sexual y las relaciones sexuales constituyen el espacio de mayor interés para los jóvenes; el sexo se convierte en crucial, por tanto, para la confirmación de su hombría y su propia virilidad (Keizjer y Rodríguez, 2003; Connell, 2003; Fuller,2003; García, 2010 ). El sexismo que destila esta imagen supondría la constatación de esa hipermasculinidad exacerbada y desbordante del orgullo que se forja y refuerza en el grupo de pares, especialmente durante la adolescencia a partir de un ejercicio constante de demostración y de exposición de la propia hombría, en palabras de García (2010). Estas ideas subyacen también a las teorizaciones de Segato (2003; 2016) en torno a la violación, caso paradigmático de la expresión de la supremacía sexual por parte de los varones. La autora apunta a una dinámica interpretativa y expresiva desde las que las prácticas sexistas y violentas de varones hacia las mujeres, en sus diversas manifestaciones, constituirían acciones comunicativas de los varones con sus pares, haciéndose visible su carácter dialógico, relacional y semiótico. Las representaciones del “típico tío” con respecto a la sexualidad encierran una imagen hiperritualizada de un varón prácticamente autómata que demuestra encarnizadamente sus necesidades de “ligar y follar”; pero, en realidad, esta imagen es rechazada de forma unánime y rotunda en lo discursivo por las jóvenes entrevistadas. En sus relatos recurren a insultos como “gilipollas”, “subnormal”, “cantamañanas” para describir a esta típica masculinidad desbordante, excesiva, despreocupada y egoísta, enfocada únicamente en ligar y follar. Remarcan también sus escasas aptitudes y capacidades emocionales e intelectuales, representados como tíos que no piensan, “no tienen dos dedos de luces” o “no tienen otra cosa en la cabeza”, con quienes no podrían 164 ni siquiera mantener algún tipo de conversación ni relacionarse de ningún otro modo que no implique “el sexo”.58 “A mí lo que más rechazo me genera es eso… Los “flipaos” que van por ahí golfeando con todas. Que le dé igual con una que con otra. Que solo tiene en la cabeza el ligar y que ese sea su único objetivo.”(Patricia) “Yo necesito que sea con alguien con quien me pueda tomar un café. Con quien tenga un mínimo de conversación, con quién se pueda hablar de algo y que me caiga mínimamente bien. No quiero verme con un tío de estos, que sea un “pesao”, un vacilón o que me caiga mal… No quiero encontrarme en la tesitura de lo personal frente a lo sexual.”(Sandra) La representación de esos otros varones (que les caen bien, son majos, respetuosos y se preocupan por su placer) queda supeditada a su negativo, es decir, se positiviza por contraste con el modelo de “típico tío hipersexual” anterior, haciéndose visible la dinámica constitutiva de las masculinidades que señala García (2010): “El contenido de la masculinidad contemporánea se termina de precisar por medio del trabajo propio del estereotipo, esto es, por medio de la división entre lo uno y lo otro. La potencia del pensamiento estereotípico es que establece categorías claras que ordenan, en este caso, las identidades en relaciones de dentro/fuera (Fuss, 1999). Se puede ser o no ser masculino, no caben más opciones. Y así, la verdadera fuerza del estereotipo es su énfasis en la definición de la frontera. Más que explicar qué es masculino, el estereotipo señala aquellos puntos en los que la masculinidad se pierde, marca como diferentes a todos y, especialmente, a todas las que no lo son” (García, 2010: 65). 58 Cabría recordar en este punto los perfiles socioculturales de las jóvenes participantes, todas de clase media, universitarias, y muchas de ellas residentes en un centro universitario de Madrid cuya seña de identidad frente al resto de la comunidad es su carácter laico y progresista, para advertir las demarcaciones que establecen con estos varones, a quienes sitúan, a priori, fuera de sus entornos. Asimismo, estos condicionantes socioculturales podrían funcionar como sesgos ideológicos y de clase en la conformación de estas representaciones, a juzgar por caracterizaciones como la de “ser facha” o la de “no tener nada más en la cabeza” (que denotaría para ellas un escaso nivel intelectual). 165 Azpiazu señala que hablar por un lado de un modelo hegemónico (aquí ese “típico tío”) y de nuevas masculinidades, por otro, y más aún hacerlo en términos de antítesis, estaría dificultando identificar los conflictos y las asimetrías que entrañan las relaciones de género con esos otros varones, a saber: los que sí se preocupan por el placer. Como expone el autor: Probablemente, nos encontremos en estos momentos con una masculinidad hegemónica más cercana al patrón del hombre bueno y sensible que respeta a las mujeres, sin por ello perder el control sobre la situación. Este modelo hace uso extensivo de la imagen del macho old school como contramodelo que le permite ocultar el machismo latente. Por lo tanto, es pertinente separar entre lo hegemónico —como patrón social dominante de lo que un hombre debe ser hoy en día— y las conductas generalizadas —que no tienen por qué casar con este modelo hegemónico. Estamos rodeados a nivel cuantitativo de hombres que encarnan el modelo de hombre-varón-masculino de forma bastante clásica, pero sin embargo es otro modelo de masculinidad —que en ocasiones identificamos como nueva masculinidad— el que marca el camino de lo admisible y deseable. Establecer una dicotomía entre el hombre-varón-masculino por un lado y las nuevas masculinidades por el otro resulta una reducción de los procesos de cambio en las relaciones de género a la cuestión de la identidad y, una vez entrado en ese terreno, una simplificación de los procesos complejos en los que esta se transforma. (Azpiazu, 2017: 35-37) A estas dificultades se refiere Casado en estos términos: “Creo que tenemos un problema, porque yo lo que me encuentro cada vez más es eso de “el mío no es el típico caso.” Me da igual que hablemos de violencias sexuales que de violencia en la pareja que a mí, cada persona que me viene a contar su historia, esa es la primera frase que me dice. Y digo, ¿y si no tenemos 'típico caso'? ¿Y si el típico caso es una fantasía que nos hemos generado y que 166 no responde a la realidad, es más estamos mirando tanto los típicos casos que se nos escapan todos los que no son típicos?”(Casado, 2018)59 En los modelos de género, así pues, encontramos de forma poderosa ese peligro de la “tipificación”, puesto que en su cotidianidad real se resisten a ser encajonadas en una idea fija, y por tanto pretenden escapar por completo de todas las posibilidades de identificación, llegando muchas veces en las negociaciones prácticas a no poder reconocer algunos de los componentes imbricados en dinámicas constitutivas de profundos malestares que hunden sus raíces en las asimetrías entre los géneros en el campo de la intimidad afectivo-sexual. 5.2. Reconocimientos y desconocimientos en torno a placeres propios y ajenos: el dialogismo en la construcción de los sentidos Como sugerí en páginas anteriores, pensar en el placer propio no ha devenido para las jóvenes una tarea sencilla. Menos aún describirlo, aterrizarlo, ponerlo en palabras y tratar de desentrañar sus claves y fuentes. El placer es orgasmo, excitación, atracción, pasión, pero también confianza, seguridad (en la pareja sexual y en una misma), desinhibición, y el gusto resultante de compartir intimidad. Los testimonios de las jóvenes dan cuenta de esta idea del placer vertebrada en torno al binomio de lo físico y lo emocional, o, como trato de explicar a continuación, de lo objetivo/subjetivo. “Sonia: Puedes sentir placer con una caricia y decir “joder parece que ya lo ha hecho todo.” [Risas] Hay veces que dices Dios…. No sé, yo creo que se puede totalmente no acabar y haber sentido un placer absoluto, vaya. Valeria: Sí, pero no estamos hablando de no acabar, estamos hablando de quedarte satisfecho. Arantxa: Hablando físicamente, no sé, es que es diferente. Es que, yo creo que tenemos que diferenciar entre placer físico y excitación ¿no? Son cosas diferentes, ni mejor ni peor. 59 Esta cita, de ahí su carácter coloquial, pertenece a una entrevista disponible en https://www.elsaltodiario.com/violencia-machista/violencia-machista-entrevistaas-elena-casado 167 Lucía: Yo creo que ese placer tan físico es súper difícil si te lías con una persona una noche, es súper difícil sentir cosas, es como te acabo de conocer, un aquí te pillo, aquí te mato. Blanca: Sí, yo creo que tener placer físico es mucho más fácil con una persona con la que tienes confianza y sentimiento que con alguien que no… Valeria: Bueno, que también está el morbo de si es con alguien con quien no conoces… Arantxa: Pero eso yo lo considero más excitación que placer ¿no? Irene: Pero eso también te puede ayudar a conseguir placer físico. Si sientes morbo, o eres un fetichista, yo que sé. Aunque no conozcas a nadie, puedes sentir placer físico sin conocer de nada a esa persona, yo creo… Blanca: Yo por mi experiencia, sí que creo que es más fácil cuando tienes confianza. Lucía: Yo creo que es más el sentirse a gusto. Puede que tengas con un tío mucha confianza, pero que hayáis discutido esa mañana, y tenéis mucha confianza pero no sientes nada en ese momento. Y con un tío con el que no conoces de nada pero te sientes súper bien. No es la confianza, sino la confianza tuya en ese momento. Andrea: Yo eso lo veo mucho cuando estás borracha, que te tiras a un tío desconocido, te desinhibes total, no tienes ninguna vergüenza. Y a veces con tu pareja sobria tienes más vergüenza ¿No? Que borracha con un desconocido. Y borracha con un desconocido te dejas llevar muchísimo y tienes un placer que no consigues con esa persona con la que tienes confianza, porque no te desinhibes tanto…. Irene: Es un placer de libido sexual, de estar cachonda. Y ese el placer que yo, personalmente, quiero tener siempre. Con un desconocido, con mi pareja o con quien sea ¿no? Ese placer puede compaginarse con otros, ok. Pero yo sino tengo ese, ¿qué quieres que te diga? Arantxa: Sí, sí, claro es meramente físico y sexual, pero yo que sé, igual ese placer lo tienes con alguien que te cae como el culo, ¿no? Pues ahí a mí no me renta tanto… Lucía: Sí, yo creo que ese placer es bastante vacío…Y más como en ese plano de adolescente, de la fiesta… Que no valoras en plan el conocer a una persona interesante y que no se quede luego en eso. A ciertas edades no valoras el que puedas tener una relación seria, que vaya más allá… 168 Blanca: Sí, es un placer que se queda sólo ahí, muy sin más, ¿no? Sonia: A ver, lo emocional siempre lleva a lo físico, pero lo físico a lo emocional… Andrea: Pues yo por ejemplo, o sea, empezó la cosa con algo físico, que empezara en una fiesta con alguien que conoces, y ya empiezas ahí a valorar todo el resto….” (TNM1) En el relato de las jóvenes pueden delinearse dos entramados narrativos que harían referencia a dos tipos de placeres que aquí he denominado placer objetivo y placer subjetivo, en función de las configuraciones de sentido que se activan y movilizan, correspondiéndose, uno y otro, con una serie de pares dicotómicos profundamente arraigados en la modernidad occidental, como son lo físico/psíquico, lo material/simbólico, lo corporal/mental y lo terrenal/espiritual. En primer lugar, placer objetivo hace referencia a una serie de conmociones “físicas” que se cargan de materialidad corporal, como serían la atracción, la excitación, el morbo y la libido; en palabras de las jóvenes, “ponerse cachonda”, “acabar”, “terminar” o “correrse”. Esta amalgama de manifestaciones físicas se ubica en los genitales y alude a una serie de acciones y sensaciones que se asocian más directamente con las experiencias del orgasmo. Los componentes puestos en circulación coinciden con las fases del placer sexual descritas por sexólogas y psicólogas como Masters y Johnson (1966) y Kaplan (1979) que determinaron las siguientes etapas de la respuesta sexual humana: deseo, excitación, meseta, orgasmo y resolución60 (Gutiérrez, 2010; Checa, 2011) donde el deseo sexual estaría encaminado a su desenlace y culminación final, que constituiría el orgasmo. No resulta casual, por tanto, la identificación que hacen las jóvenes de este placer físico con el sentido de lo objetivo, pues desde esta perspectiva psico-biologicista y ahistórica (Osborne, 2002; Rodríguez-Shadow y López, 2019) el placer se presenta de un modo objetivable y verificable, esto es, de acuerdo con unos estándares e indicadores cuantificables, desde la consideración de que éste respondería a unas fases y ciclos 60 Estas fases del placer sexual (deseo, excitación, meseta, orgasmo, resolución) constituyen los ciclos establecidos por Masters y Jonhson (1966) y Kaplan, quien reformuló las anteriores e introdujo el componente del deseo como base y punto de partida (Checa, 2011: 14). 169 predeterminados por factores fisiológicos (Rodríguez-Shadow y López, 2019:81). Resulta aún más significativo que este placer, “meramente físico y sexual”, alcance en las narrativas de las jóvenes el estatus ontológico de lo sexual. Frente al placer objetivo encontramos el “subjetivo”, más difuso y etéreo, cuyas fuentes se revelan ubicuas e imprecisas, dado que se encuentra sujeto a mayores variaciones y fluctuaciones. Un placer que va a depender de aspectos dispares difícilmente evaluables en términos numéricos y cuantitativos, como la seguridad, la confianza, el vínculo mantenido con la pareja sexual o, en definitiva, el “cómo te sientas en un momento determinado”. Es subjetivo y emocional porque se vincula con el campo de las abstracciones: se compone de sensaciones y afectos que cuesta ubicar en el mapa corporal y quedan circunscritas al complejo mundo de lo psicológico, ficticio, volátil e indescifrable; descargándose, al menos en apariencia, de materialidad y carnalidad. Así, la clásica dicotomía físico/emocional demuestra una enorme fuerza productiva en la configuración de los circuitos por los que fluyen y discurren el placer objetivo y el placer subjetivo, presentados también en términos de oposición. La disyuntiva sume a las jóvenes en un interesante debate sobre las potencialidades de uno y otro y sobre sus fuentes, es decir, sobre los “factores” que pueden influir y potenciar (más o menos) la obtención de placer objetivo y/o subjetivo: las situaciones, las relaciones (parejas sexuales estables u ocasionales), los estados emocionales (sentirse segura, con confianza, estar a gusto, haber bebido y sentirse más desinhibida), etc. Además, establecen las delimitaciones y demarcaciones en función de las dificultades que uno y otro entrañarían (determinando si es más o menos fácil de “alcanzar” o “lograr” dentro del marco relacional de la pareja o bien con “tíos desconocidos” o “de una noche), así como en lo relativo a las necesidades y preferencias de cada una (cuál les gusta más, les resulta más potente, “les llena” o “les renta” más). Se trata de ejes que también han podido hallarse durante las entrevistas, pudiendo delinear distintas predisposiciones y orientaciones hacia uno y otro. 170 Para algunas el placer es y debe ser ante todo una experiencia corporal y genital (“de coño” explicitó una de las participantes) vinculada de manera ineludible al orgasmo, aunque no quede restringida a éste. Desde este posicionamiento argumentan la necesidad de “correrse” de cara a “saciarse”, a sentirse plenas y satisfechas, con independencia de las situaciones y de las parejas. “Cuando pienso en el placer no quiero decir que sólo vaya por el rollo de correrme desde luego, pero sí. Para mí el placer es lo que siento en el cuerpo, vaya, diría de coño [Risas]. Yo por lo menos pienso en eso. Sé que puede haber placer con otras cosas pero para mí es eso, de decir, estoy cachonda, y pensar en saciarme y en quedarme satisfecha.”(Mónica) “Es un placer de libido sexual, de estar cachonda. Y ese es el placer que yo, personalmente, quiero tener siempre. Con un desconocido, con mi pareja o con quien sea. Ese placer puede compaginarse con otros, ok. Pero yo si no me corro, si no tengo ese. ¿Qué quieres que te diga?” (Irene) Para otras en cambio, las experiencias más placenteras no se limitan a las dimensiones más físicas. El estado de completitud se alcanzaría a partir de otra serie de componentes situados “más allá”, en el campo de lo afectivo y lo emocional. Las experiencias más satisfactorias serían más bien el resultado de compartir intimidad con la pareja (Maines, 2017), pues alberga elementos que consideran básicos como la complicidad, la conexión, la confianza y la complicidad, términos todos ellos que nos devuelven a la centralidad de los procesos y dinámicas de reconocimiento. Se desprende de aquí una comprensión más holística e integrada del placer sexual que implica un descentramiento respecto del orgasmo, cuya ausencia no restaría potencialidad al encuentro, idea que aparece condensada en las palabras de una de ellas cuando expone que “no es necesario acabar para haber sentido un placer absoluto”. Desde este lugar y atendiendo a una lógica dicotómica, el placer físico se presenta como una experiencia más simple y vacía (un placer “sin más”), en tanto que vaciada de carga afectiva. Se vincula desde aquí a la facilidad de obtenerlo con cualquiera (incluso con “alguien que te cae como el culo”), indicativo de una sexualidad menos madura y desarrollada: idea que incurrirá, como veremos más adelante, en no pocas contradicciones. El placer físico se asocia además 171 con el sentido de lo instantáneo y lo efímero e incluso lo vacío, pues parece quedarse “solo en eso” y tener poco recorrido. “Sonia: Puedes sentir placer con una caricia y decir «joder parece que ya lo ha hecho todo…» [Risas] Hay veces que dices Dios…. No sé, yo creo que se puede totalmente no acabar y haber sentido un placer absoluto, vaya.” (TNM1) “Arantxa: Sí, sí, claro es meramente físico y sexual, pero yo que sé, igual ese placer lo tienes con alguien que te cae como el culo, ¿no? Pues ahí a mí no me renta tanto… Lucía: Sí, yo creo que ese placer es bastante vacío…Y más como en ese plano de adolescente, de la fiesta… Que no valoras en plan el conocer a una persona interesante y que no se quede luego en eso. A ciertas edades no valoras el que puedas tener una relación seria, que vaya más allá.” (TNM1) Más allá de las preferencias, los sentidos del placer objetivo y subjetivo apuntan a la imbricación con los códigos relacionales y afectivos, a juzgar por la directa asociación que establecen, al tratar de escudriñar sus dificultades y potencialidades con los modos de vinculación, volviendo a aflorar aquí los imaginarios en torno al “sexo de una noche” y al “sexo con amor”, como escenarios posibles, idóneos y/o propicios para ambos tipos de placer, lo que conlleva, en este caso, consensos y controversias. En definitiva, la disyuntiva placer objetivo/subjetivo planteada resulta especialmente significativa para apuntar, en primera instancia, que las experiencias en torno al placer son múltiples, diversas y complejas, y que éste no es fruto de un recetario (James, 2011), de manera que resultaría más apropiado el uso de la forma plural: placeres. Además, como planteé al inicio, estas experiencias son resultado de un continuum simbólico- material indisoluble. El segundo eje simbólico en el que nos moveremos para analizar los procesos de reconocimiento en torno al placer propio será el del binomio complejidad/simplicidad por la cual se crea una diferenciación clara en los atributos de la experiencia sexual femenina/masculina. Efectivamente, uno de los componentes señalados por las jóvenes para describir y desentrañar las claves de sus placeres ha sido el de la complejidad (creencia, por otro lado, ampliamente extendida en la cultura popular), en contraposición a lo simple, que identifican y reconocen como rasgo distintivo del placer 172 sexual masculino. Los sentidos puestos en circulación para aludir a la complejidad apuntan a la polifonía del término: alude a lo emocional, a lo psicológico pero también a lo desconocido, lo invisibilizado, lo oculto y lo misterioso. En las conformaciones del sentido de la complejidad confluyen diversos procesos, entre los que cabe destacar, por un lado, la tendencia a la psicologización y, por otro, un proceso de desexualización subalterna (Garaizábal, 1989), vinculado a la atribución de una carga más emocional y afectiva que física hacia el placer. Para profundizar en esta idea retomo una de las dinámicas realizadas en los talleres que consistía en proyectar sobre las siluetas de un cuerpo feminizado y otro masculinizado las zonas que considerasen erógenas, eróticas y placenteras. Esta práctica resulta especialmente interesante dado que permite trascender del campo de lo puramente discursivo y manejar otros modos de representar el placer, mediante el uso, en palabras de Haraway (1995), de otros dispositivos de focalización a mi parecer especialmente necesarios en el ámbito de la sexualidad. El juego de las siluetas. “Se dibujan los contornos de dos figuras generizadas y se pide a las participantes (todas mujeres, pues es un taller no mixto) que proyecten sobre la representación del cuerpo feminizado los lugares en los que ubican su placer sexual en base a sus experiencias. A continuación, se les propone hacer lo propio sobre el cuerpo masculinizado, donde lo vivencial sería sustituido por ejercicio de ficción, en tanto que debían “suponer” e imaginar el de los varones. Los dibujos recogidos en dos talleres representan un trazado especialmente simbólico y siginificativo que permite cartografiar cómo se estarían proyectando los placeres sobre la materialidad corporal y las significaciones socioculturales que entraña. Este juego de metáforas visuales y plásticas da como resultado, en lo que respecta a la representación gráfica del placer femenino, un placer multisituado, focalizado en los genitales, en la parte superior del torso (abdomen, senos, cuello), pero sobre todo y muy especialmente en la cabeza, llegando a ser la parte de la figura más ilustrada (tropos de la sujeción a lo emocional y a lo afectivo). La silueta masculinizada funciona a modo de contraste, pues ocupa una posición secundaria dado que no se abre a lo experiencial. Su resultado evidencia una 173 mayor presencia de genitalidad y menos intensidad de colores y matices en otros lugares. En sus posteriores reflexiones las narrativas giraron en torno a los siguientes temas: o Placeres y deseos masculinos son biológicos y simples (tendencia a la fragmentación y parcialización frente a lo global y lo holístico) o Placeres y deseos femeninos son complejos, psicológicos y afectivos. Pero también más potentes. “ (TNM2) Vemos aquí cómo el placer masculino se asocia a un biologicismo y una fisicidad corporal que también se señala como carente, insuficiente o simple, frente a lo complejo del placer femenino, que se vincula con una profunda sensación de intensidad y abundancia y se reconoce como deseable, en tanto que potencia integradora, explosiva y arrebatadora, al verse motivado por el influjo de una cantidad indefinida de fuerzas emocionales y físicas. De las narrativas de las jóvenes se extrae que esa indefinición, esa red de ramificaciones y puntos desconocidos, convierte finalmente el placer femenino en un terreno de búsquedas y encuentros complejo para sus compañeros de juego; se vinculan con constantes pesquisas, averiguaciones y descubrimientos en la exploración de los puntos que se convierten en “llaves de acceso”, que una vez accionadas darían paso a flujos incesantes y vibrantes de placer. En esta línea, ha resultado especialmente significativa la analogía entre el placer femenino y el éxtasis puesta en circulación por las jóvenes. Esta popular metáfora es empleada para resaltar ese componente intenso y todopoderoso que presentaría su placer, capaz de reportarles sensaciones conmovedoras y extenuantes: una fuerza arrolladora y trascendental próxima a un estado de enajenación y embelesamiento. Frente a la potencia del placer femenino, el masculino, en su simplicidad y sencillez, quedaría representado en términos de insuficiencia. - ¡Laura: Es evidente que nuestro placer es mucho más fuerte e intenso ¿no? O sea que nuestras explosiones de placer, yo por mi experiencia, diría que nada que ver… - Lorena: Sí, cuando te lo hacen bien ¿no? (Risas) 174 - Marta: Sí, o que tampoco nos cuestionamos cómo es el de los tíos, presuponemos que es más fácil también y eso me parece muy simplista, como que damos por hecho que es A, B, C y no. O sea, estoy segura de que ellos no lo viven así y que habrá diferencia también dependiendo de la tía, la situación, como nosotras, ¿no? Y seguramente sea igual de ¡buah!, de flipar … - Laura: Vale, pero me refiero a cuando terminas y te corres que te quedas completamente extasiada, pues yo diría que ellos no tanto. - Marta: Sí ¿no? que eso también es difícil para ellos, digo…. Que cada una tenemos nuestras cosas, pero una vez que nos pillan es como ya tal, ¿no? - Zoe: Sí, yo creo sí que es más fuerte, eso dicen ¿no? que es distinto y cuesta encontrarlo y tal… De hecho, a mí siempre me lo dice [nombre de su pareja], «ojalá poder correrme como tú» y nos echamos unas risas con eso.”(TNM2) El fragmento permite insinuar las dificultades que puede conllevar para los varones pillarles el punto a las jóvenes pudiendo resultar, en muchas ocasiones, una búsqueda fallida. Esta complejidad vinculada ahora a las experiencias del orgasmo ha constituido otro eje discursivo crucial en los relatos en torno al placer, reconocida por las jóvenes como una poderosa fuente de malestares. Por otra parte, en ocasiones aparece en sus narrativas la idea de una mayor dificultad (por parte de ellas) para conectar y dejarse fluir, de estar en el cuerpo y en el presente; una idea que se vincula de nuevo con la afirmación de que ellas son más complicadas, tienen un componente emocional más fuerte que también hacen que se preocupen, “se rallen” o le “den más vueltas a las cosas”: “Nosotras como que le damos muchas más vueltas a la cabeza, yo creo. Y es que todo está relacionado, entonces, por eso nos cuesta más. Yo creo que cuando te relajas y estás tal, es cuando realmente lo disfrutas y luego ellos, claro, como son más…, a ver que también son clichés, pero como son más simples, por así decirlo (ríe) y no sabría decirte por qué, por cómo es su placer, y bueno también porque les dan menos vueltas a las cosas, eso también. Nosotras somos personas que igual estamos haciéndolo con una persona y estamos dándole vueltas a las cosas, rollo ¿pero este chico que querrá? ¿y mañana? Y lo otro… O sea, yo creo que estamos constantemente pensándolo, entonces si tú no terminas desconectando eso, pues no vas a poder disfrutar. Yo creo que ellos, en ese aspecto, a lo mejor 175 disfrutan más que nosotras… Y que a las chicas como que nos cuesta más conectar con eso, y nos ponemos a pensar ¿pasará de mí? ¿me llamará?” (Blanca) Darle vueltas a la cabeza, rallarse, estar constantemente recurriendo a una fuente incesante de proyecciones ficticias, y no parar de pensar, son acciones que aluden a una sensación de disociación, desconexión y discontinuidad con el presente corporal que en caso de ser excesiva y persistente supondrían un obstáculo para dejarse fluir y confluir en el entorno y habitar el “conectar con” sus cuerpos. Un estado de alerta gestado en las desigualdades en las dinámicas de reconocimiento que estaría también configurando y moldeando las prácticas y los usos del cuerpo: reactualizando las asimetrías en cuanto a las disposiciones corporales y afectivas que se despliegan en el transcurso de los encuentros afectivo-sexuales. Resultan interesantes a este respecto las aportaciones de Young (1980) desde el campo de la fenomenología para advertir cuestiones relativas a la movilidad y espacialidad de la corporalidad femenina, condicionada a partir de una serie de mecanismos de restricción y constreñimiento socioculturales que la estarían dotando de una intencionalidad más inhibida, reservada, limitada, autocontrolada y parcializada y obstaculizando un fluir más abierto, libre y expandido (1980:36), que podría vincularse, en este caso, con la imposibilidad de habitar de un modo determinado el presente corporal, de conectar con lo que se está haciendo de un modo más agente, proactivo, autocentrado y consciente. Estar en otras cosas alude a un cierto desapego y desarraigo que se siente respecto al propio cuerpo, perdiendo la apariencia de unidad, desdoblándose, como dice Braidiotti, en “una coreografía ficticia que se desarrolla a múltiples niveles en el seno de un yo socialmente operativo” (2006:99). El distanciamiento y alejamiento respecto del propio cuerpo en lo referido a la sexualidad ha sido un campo de estudio fértil dentro de los feminismos, a partir de distintas ópticas y enfoques, especialmente respecto a los modos de conceptualizar las relaciones de poder(es) entre los géneros en este ámbito. Para feministas como MacKinnon y Dworkin, la tendencia a la afectividad y a la emocionalidad constituiría una condición inherente a la feminidad a la que le correspondería una posición subalterna y desigual en la estructura sexista y patriarcal, donde el par sujeto/objeto, 176 masculino/femenino, estarían actuando de forma unívoca, uniforme y homogénea en la producción de las diferencias a partir de la acción de múltiples mecanismos de opresión y dominación. Una visión rígida que niega la posibilidad de resignificación, reconstrucción y desplazamiento, así como las capacidades de agencia y transformación de las mujeres, como expone Echols: “Las feministas culturales definen la sexualidad masculina y femenina como si fueran polos opuestos. La sexualidad masculina es compulsiva, irresponsable, orientada hacia lo genital y letal en potencia. La femenina es pasiva, difusa, orientada hacia lo interpersonal y benigna. Los hombres ansían el poder y el orgasmo, mientras que las mujeres buscan la intimidad y la reciprocidad” (Echols, 1989:97). Desde otros lugares, feministas como Vance (1989) Echols (1989), Osborne (2002), Esteban (2004;2011), Casado y García(2008), entre otras, proponen la comprensión de lo dialógico y de las asimetrías de género como un proceso de renegociaciones constante, abierto también a desplazamientos, reactualizaciones, resignificaciones y resistencias. La psicologización del placer sexual y el vaciamiento de su dimensión física sería leído desde aquí como el proceso resultante de la interiorización de ciertos mandatos que traslucen en una cierta desexualización subalterna (Garaizábal, 1989), también denominada deserotización (Lagarde, 2003), que contribuyen a la tendencia de sentir un impulso más afectivo que físico hacia el placer, lo que no evade las posibilidades de cambio, resistencia y transformación. "Yo creo que está ligado a que las chicas normalmente tenemos un peso por nuestra identidad, en plan, mucho más emocional. Entonces ahí se encuentra con el aspecto sexual que no tiene por qué ser emocional. Entonces quizás al hacerlo, nos planteamos que todo el sexo tiene que ser emocional y es una cosa que nosotras tenemos que decidir, si queremos que sea emocional y en qué grado de emoción está. Los tíos, como normalmente no piensan (ríe), o sea, se les ha negado pensar en ese aspecto emocional, creo que lo asocian a lo que es el sexo de por sí, que es el placer. Del mismo placer que te puede causar masturbarte tú 177 solo. Entonces, yo creo que hasta que nosotras no nos terminemos dando cuenta de que sí que tenemos como unas riendas respecto a esa decisión, no podemos llevarlo bien, ¿no? Para nosotras desde pequeñas el sexo es como prácticamente la familia y el amor, en plan, el sexo es como..., dios, si lo tienes es porque es súper trascendental para tu vida. Para los tíos es como, dios, está en mi rol que voy a tener sexo porque es como mi condición animal, para nosotras es como nuestra condición emocional..." (Rocío).61 Las palabras de esta joven son especialmente ilustrativas para analizar cómo la sexualidad constituye una fuente paradigmática en la producción de las subjetividades de género y en la reactualización de las asimetrías. La dimensión emocional ocupa un lugar central en las dinámicas de configuración de las relaciones de género en el ámbito de la sexualidad, indicativa de una sobrecarga en el caso de las femeninas y de su “negación” y vaciamiento en las masculinas: lugar donde esta joven ubica la fuente de los malestares que hacen que muchas de ellas “no puedan llevarlo bien”. El peso excesivo de afectividad le confiere un sentido trascendental, similar al de la familia y al del amor. Hablar de la carga emocional del sexo supone una vuelta a la relación entre sexualidad y amor, un eje discursivo transversal al conjunto de narrativas y prácticas generadas en la investigación, como veíamos que ocurría en la configuración de los rituales afectivo-sexuales, en la producción de las primeras fantasías o en las manifestaciones afectivas, todos ellos procesos atravesados por un fuerte componente de género. La interdependencia entre sexo y amor ha sido ampliamente abordada desde la investigación social para explicar los cambios acontecidos en el seno de la intimidad durante la modernidad (Giddens, 1995; Beck y Beck, 2001; Illouz, 2009; Bauman, 2000). Desde el enfoque de género existen muchos trabajos centrados en el amor como escenario (re)productivo para las asimetrías de género (Esteban, 2011; Vicente, 20015; McRobbie,2009) que abordan, en distinta medida, la relación con la sexualidad (McRobbie, 1997; Esteban, 2011; Illouz, 2014; Megías 2005; Venegas, 2009). En lo que 61 De este relato se desprende también el papel de la sexualidad en la construcción social de las masculinidades, una cuestión que trataré en profundidad más adelante. 178 respecta a las cultural juveniles, McRobbie señaló como en los grupos de adolescentes racializadas de clase obrera en el contexto británico se estaban ofreciendo resistencias a la ideología del romance tradicional que constituía para las jóvenes un terreno evidente de asimetrías en lo que respecta a las relaciones de género, y describió una serie de transformaciones incipientes en el ámbito de la sexualidad que estarían abriendo paso a una ideología postromántica. La autora señala la influencia que tuvieron los grupos de pares y concretamente, las amigas, en este proceso de agenciamiento compartido (Lasén, 2012; McRobbie, 1997), acuñando el concepto de “cultura de dormitorio” para remarcar su papel en este proceso que supuso, en resumidas cuentas, la desvinculación del sexo del marco relacional de la pareja. Esa desvinculación crea la dicotomía entre el “sexo con amor” y “solo sexo” en el que la variable de emocionalidad tiene un papel fundamental, como ya se vio que ocurría en las cadenas de ritualización en torno a “lo afectivo” (capítulo 4), donde se percibían las asimetrías de género. En los relatos de las jóvenes se encuentra la idea problemática de concebir el “sexo con afecto” como la antítesis del placer “sexual en sí mismo”, de buscar el placer u orientarse hacia éste, acciones constitutivas y legítimas de las masculinidades. La equidistancia entre el afecto y el placer cuando el afecto es sobre todo amor supone una dificultad añadida en la búsqueda de otros marcos de sentido en los que insertar la emocionalidad en “el sexo”. Pues, pese a que lo placentero descanse a su vez en situaciones en las que se juega menos el reconocimiento mediadas por el anonimato (como también veíamos en la desinhibición), la emocionalidad y los afectos son inherentes, a toda forma de acción social. Son ideas que subyacen también a las teorías sobre los modelos contractualistas que dibujan muchas autoras, los de la sexualidad hedonista orientados a la diversión, al placer, a la erótica y a la experimentación, que se presentan como escenarios contrapuestos a un modelo que consideran “moderno”, amoroso y romántico (Ayuso y García, 2014; Giddens, 1995), descargándose el primero de toda afectividad. Así, la emocionalidad aprehendida e interiorizada “desde pequeñas” es desde la vinculación con lo amoroso experimentada como fuente de malestares, y en ocasiones, como un peso excesivo (poco deseada y problemática), que estaría obstaculizando orientaciones e impulsos “más físicos” que afectivos hacia los placeres sexuales. Acciones como 179 “tomar las riendas” y “decidir el grado de emocionalidad que ha de tener para ellas la sexualidad” requeriría, en todo caso, de una reordenación y redistribución de los placeres y los afectos más equitativa entre las relaciones de género, donde lejos de confrontarse, ambas instancias tiendan a reconfigurarse y reensamblarse (Latour, 2005), dando lugar a su retroalimentación en un doble movimiento entre el vaciamiento emocional (para unas) y su carga (en el caso de los varones), que permita un reequilibrio entre las posiciones y las dinámicas de género que desde ella se despliegan y rearticulan en el transcurso de sus encuentros afectivo-sexuales. Como venimos viendo, las conceptualizaciones en torno al placer como objetivo/subjetivo, complejo/simple, psíquico/biológico, o más o menos cargado de emocionalidad, generan una marcada diferencia en la concepción del placer propio. El placer femenino queda imbuido en una amalgama de concepciones entre las que encontramos el componente psicológico y emocional y la complejidad como factor determinante. Esta complejidad está ligada al propio desconocimiento: a un placer y una genitalidad durante siglos oculta, inefable, a la que se aludía en términos confusos y borrosos, cuando no directamente oscuros y negativamente marcados. El psicoanálisis freudiano se convirtió en uno de los campos de fuerzas más productivo en lo que respecta a la psicologización, patologización y psiquiatrización del placer sexual de las mujeres, a quien se le atribuye una nueva racionalidad de la sexualidad y la subjetividad femenina (Errázuriz, 2012:60), especialmente a partir de sus categorizaciones biomédicas y, más concretamente, de diagnósticos como la histeria y la neurosis (Errázuriz, 2012; Osborne, 2002; Foucault, 2009; Seidman, 2011; Torres, 2015; Millet, 1995; Federici, 2010).62 De modo sumario, en lo que respecta al placer sexual femenino, los trabajos de las autoras con respecto a las aportaciones de Freud en este campo señalan que el modelo psicoanalítico contribuyó a instituir el mito de la mutualidad orgásmica a partir de la definición de dos tipos de mujeres en función de sus capacidades orgásmicas: las 62 Cabe recordar lo señalado anteriormente en torno al psicoanálisis freudiano en torno a la relectura y revisión que hacen de este diversas teóricas feminista (Flax, 1995; Errázuirz, 2012; Chodorow, 1990), objeto, por ello, de interesantes críticas, reflexiones, reinterpretaciones y resignificaciones. 180 vaginales y las clitoridianas, correspondiéndose con las primeras el ideal de mujer madura (Millet, 1995), por lo que quedaba de alguna forma proscrito el autoerotismo y la abstinencia se proclamaba como el estatuto normal de la mujer (Millet, 1995:331). Maines (2017) realiza una interesante genealogía a través de las distintas técnicas terapéuticas empleadas tradicionalmente con mujeres diagnosticadas como frígidas o histéricas que consistían en la estimulación directa, frecuente y continuada del clítoris, para ilustrar el calado de estos mecanismos de regulación de la sexualidad, en los que dicha práctica era relegada únicamente a profesionales y expertos, lejos de prescribirse y proscribirse como una práctica “saludable” ni deseable en el marco de la pareja. Estos trabajos sostienen también la relevancia que tuvieron las investigaciones de Masters y Johnson en la visibilización y popularización del orgasmo femenino, pues supusieron, en buena medida la desactivación de muchas de las viejas creencias psicoanalíticas. “El orgasmo femenino y los medios para producirlo fueron y son anómalos desde un punto de vista biológico, político y filosófico. Su falta de correlación con la fertilidad y la concepción sigue siendo contraintuitiva incluso –quizás especialmente– en la época de mayor comprensión científica de la reproducción humana” (Maines, 2017:27). Además, Maines (2017) considera que los “desconciertos” de muchas mujeres a la hora de describir y experimentar el placer provienen de un modelo de heterosexualidad androcéntrico focalizado en la práctica del coito que permanece desatendiendo e invisibilizando el orgasmo femenino. En este punto considero remarcar que no pretendo reducir las amplias posibilidades de los placeres a esta experiencia, una visión catalogada de genitalocentrista debido al peso excesivo que cobrarían los genitales y el orgasmo frente a la multiplicidad de zonas erógenas y marcos de deseo que pueden intervenir en la obtención de un inmenso placer sexual. Especialmente desde los movimientos LGTBQIA+, autores como Preciado conceptualizan el orgasmo como el “efecto paradigmático de la producción heteronormativa que fragmenta el cuerpo y localiza el placer” y apuntan a la necesidad de resexualizar los cuerpos (Preciado, 2016:31). No obstante, desde el epicentro de las relaciones de género 181 heteronormativas, cabría atender a las asimetrías y a la falta de reciprocidad entre las producciones del placer, pues como también señala Preciado, la reducción del sexo a determinadas zonas erógenas se realiza de acuerdo a: “una distribución asimétrica del poder entre los géneros (femenino/masculino), haciendo coincidir ciertos afectos con determinados órganos, ciertas sensaciones con determinadas reacciones anatómicas” (Preciado, 2016:22). ¿Qué ocurre entonces cuando la falta y la ausencia del orgasmo femenino en los encuentros heterosexuales se vuelve persistente y sistemática para muchas mujeres y especialmente las más jóvenes? ¿Sería aquí apropiado plantear el orgasmo en términos de exceso? El orgasmo femenino, como sugieren muchos de los testimonios de las jóvenes, se concibe en su carácter difuso e inabarcable, imaginado como una red de ramificaciones inmensa, con terminaciones nerviosas y numerosos puntos de estimulación indefinidos, como señala una de ellas: “Yo creo que nosotras lo tenemos más complicado en ese aspecto, el disfrutar, realmente, más que ellos…. No sé, tenemos muchas más terminaciones nerviosas, en plan, puntos que se nos pueden estimular”(Marina) A este respecto resultan muy interesantes las reflexiones de Torres (2015) en torno a la invisibilización del placer sexual femenino y, más concretamente, a la eyaculación femenina producida a través de la próstata. En su trabajo señala el carácter metafórico y significativo de denominar “punto” a los órganos que intervienen en la producción del placer femenino, lo que sería una expresión evidente de la tendencia a minusvalorar la genitalidad femenina, aplicable tanto a la próstata como al clítoris, para que resulte, como ella expresa: “menos agresiva y sea más acorde con el ideal de mujer (débil, pequeña, sutil, bonita)” (2015:56), lo que constituye para ella una “ofensa a la realidad anatómica” (2015:56). Las teorías en torno a los puntos, entre las que destacaría la del punto G, contribuyen a generar, según la autora, confusiones y enredos que obstaculizan el acceso a los conocimientos respecto al propio cuerpo. Focalización 182 condensada en términos concretos, localizados, que, por otro lado, contrastaría con la concepción de un placer ubicuo, extenso, multisituado y multisensorial. Por otra parte, muchos estudios reflejan la potencialidad de una serie de transformaciones, entre las que cabría destacar el crecimiento de la industria sexual y la popularización de los juguetes sexuales63, en la reordenación y el reequilibrio de las relaciones de género actuales en el campo de la sexualidad, mutaciones a todas luces innegables en cuanto a las tradicionales asimetrías. Sin embargo, al calor de este análisis, especialmente ante la constatación de la centralidad que el coito continúa ocupando en el seno de las relaciones heterosexuales, cabría guardar cierta cautela a la hora de engalanar estos éxitos y triunfos, y pensar en cuestionar su posición jerárquica, e incluso unitaria, respecto a las prácticas posibles. Como leemos en los testimonios, muchas de las participantes han manifestado fuertes malestares derivados de las complejidades de tener orgasmos en sus encuentros afectivo-sexuales, tensiones que son experimentadas en términos de individualización. Un “qué me pasa” que, en ocasiones, busca obtener respuesta dentro del amplio abanico de las categorías psicológicas y biomédicas: “En llegar al orgasmo tardé muchísimo, porque no disfrutaba, de hecho pensaba, digo esto de verdad. O sea, es que te pintan el sexo como algo tan, tan… Que yo decía ¿Tanto para esto? Y no sabía si era yo, de ¿estaré haciendo algo mal? ¿Habrá algún sistema nervioso que tengo atrofiado? Que me la estoy jugando para encima no sentir una mierda…” (Sofía) “He tenido épocas muy largas que, que aunque me lo pasara muy bien, porque el sexo es divertido, no llegaba al orgasmo y estaba muy cansada… Para mí era mucha frustración de pensar joder, qué me pasa, a ver si voy a ser una frígida [ríe] o cualquier otra cosa, ¿sabes? Para mí era muy cansado, bueno, tanto para mí como para él. Yo sabía que no era culpa mía, pero no podía evitar el pensarlo y 63 Una interesante línea de investigación sería sin duda la popularización de juguetes sexuales orientados a la estimulación directa del clítoris de reciente incorporación en el mercado como el Satisfyer y su contribución a las experiencias del placer entre las culturas juveniles. 183 rallarme, ¿sabes? No rallarme de es un drama, pero sí que era ya de…, es que ya ni lo intento, o sea, no va a pasar, era un objetivo perdidísimo…” (Alejandra) El orgasmo es a veces el “gran ausente” en las narrativas de las jóvenes, lo que genera frustración y culpa, además de agrandar la distancia entre la experiencia del sexo y el conocimiento del placer propio, que pasa a constituirse como un espacio ignorado y desconocido para las jóvenes: terreno, por tanto, susceptible de descubrimientos y revelaciones no sólo para sus compañeros en el transcurso de sus encuentros (como veremos), sino también para una misma. La retórica de los (des)conocimientos es, en primera instancia, reflejo de las asimetrías de género que se reactualizan en el campo de la sexualidad, espacio tradicionalmente “negado”, como expone una de ellas. “Lo he hablado muchas veces con mis amigas y lo hablé hace poco porque yo tengo una amiga que ella por ejemplo cuando se masturba siente el mismo placer que cuando hace sexo oral con su novio o cuando hay penetración y la verdad es que yo nunca he llegado a ese punto de decir, dios, me doy mucho placer a mí misma… Yo no recuerdo con que edad he empezado a tocarme pero y me toco a veces, pero cuando estoy sola en mi cama, muy poquito, por la noche… Pero que eso quizás también es un tabú, porque me parece que no me conozco a mí misma lo bastante, que no sé darme placer a mí misma porque, por ejemplo, yo no he llegado al orgasmo, entonces es como…, es que si no me conozco a mí misma bastante, es que yo nunca he llegado al orgasmo por ejemplo, entonces, es ¿cómo voy a hacerlo con un chico?” (Esther) Diversas autoras apuntan a la acción de los dispositivos de poder/saber científicos y biomédicos en la ocultación e invisibilización del placer sexual femenino (Maines, 2017; Torres, 2015; Vance, 1989; Rubin, 1989; Osborne, 2002) que ha dado como resultado un campo de desconciertos, confusiones y, en definitiva, desconocimientos. Conocerse y reconocerse a una misma se convierte en axioma para la obtención de mayores dosis de placer durante las relaciones afectivo-sexuales en pareja, motivo también, en el caso contrario, de las incapacidades para experimentarlo, como reflejan los siguientes extractos. 184 “Lo importante, es conocerse una misma, y yo no lo había hecho hasta el año pasado. Sí, que me había masturbado, pero lo típico del espejo y de saber cómo eres. Hasta el año pasado que me lo dijo una amiga y dije mira pues voy a probar. Como que tenemos eso bastante negado.”(Carmen) “Yo creo que lo más importante es conocerse una misma para saber cómo eres, ¿no? Cómo te gusta y cómo no te gusta. Y explorarse y probar y así. Cuando te conoces más, puedes saber cómo obtener placer más fácilmente.” (Lucía) De las narrativas de las jóvenes puede desprenderse que “conocerse” entrañaría una serie de rituales exploratorios, entre los que destaca la masturbación (desde donde cabría plantear si conocerse no sería más bien una forma eufemística de referirse a esta práctica). Pero además, como expone otra de las jóvenes, puede involucrar otro tipo de prácticas. “Lo típico del espejo” consiste en un ejercicio de autoexploración y autoconocimiento puesto en práctica por el Colectivo de Mujeres de Boston en los años 70 centrado en el campo de la salud que fue popularizándose tiempo después (Nogueiras, 2018) y que suponía en el campo de lo simbólico una práctica de agenciamiento basada en el mapeo, la representación, la defensa, y con ello, la toma de conciencia respecto al propio cuerpo (Jean, 2011). Las prácticas e iniciativas colectivas centradas en el autoconocimiento del cuerpo y el placer propio tratan así de romper con la inercia histórica del desconocimiento del placer femenino, de esa “mística” del ocultamiento que ha urdido proyecciones en torno a un placer velado por capas de “misterio” y de una supuesta mayor complejidad, como expresa Torres (2015) de un modo muy sarcástico y audaz: “El propio cuerpo tiene mucho poder, habitarlo con comodidad y no como si fuera la casa de los horrores de cualquier feria, es nuestra responsabilidad, y ejercerla trae como resultado consecuencias deliciosamente placenteras” (Torres, 2015:81). Si de un lado el reconocimiento de la “complejidad” del placer femenino está estrechamente ligado al desconocimiento que en torno a este hay, de otro la “simplicidad” del placer masculino, cuyas representaciones biologicistas hemos señalado, se vincula al reduccionismo, puesto que la “emocionalidad negada” genera 185 vacíos de sentido sobre los que, como veremos a continuación, las jóvenes se preocupan y reconocen. Esto ocurre por la construcción dialógica que, de acuerdo con Goffman (1977) revela una dinámica inherente y constitutiva de las identidades de género, en tanto que las respuestas de un género requieren necesariamente de las del otro para la conformación del sentido material y simbólico del propio. En palabras del autor: “cada género sirve como dispositivo de entrenamiento para el otro” (Goffman, 1977:329). Así, desde el anclaje dialógico los placeres masculinos son representados como fruto de una “naturalización” que descansa sobre la biología (reverso y contraparte de la psicologización), al verse menos influenciados por la presencia de los procesos inconscientes y resultar más sencillo para su obtención y consecución; biologización que hallaría también su punto de partida en los discursos y prácticas del poder/saber científico (Maines, 2017; Osborne, 2002; Rubin, 1989; Torres, 2015) y su impregnación en la cultura popular. Así lo expone Laqueur: “Cuando por múltiples razones el orden trascendental preexistente o costumbres arrastradas desde tiempo inmemorial tienen una justificación cada vez menos plausible para las relaciones sociales, el campo de batalla de los roles del género se trasladó a la naturaleza, al sexo biológico” (Laqueur, 1994:262). Las jóvenes han aludido en ocasiones a lo “puramente biológico” para referirse a la simplicidad desde la que conciben el placer de sus compañeros varones, en tanto que resulta más evidente, mecánico, instintivo, y en suma, de más fácil logro. “Lo normal por mi experiencia es que los chicos siempre lleguen al orgasmo, pero también me ha pasado de que no, y no pasa nada. A ver, lo normal es que sí porque debe ser que tienen más facilidad, por su biología básicamente. Pero también me ha pasado de, lo típico de dos seguidos y ya sabes que no…Y no pasa nada.” (Blanca) Esta naturalización obedecería también a la correspondencia entre el coito y el orgasmo masculino, funcional e instrumental a los fines reproductivos (Maines, 2017), práctica convertida en el “hecho natural” por excelencia. Serían aquí las “leyes procreadoras de la naturaleza” las que le confieren el sentido de lo prediscursivo, lo fundacional y lo 186 originario, pero también de lo universal y lo ahistórico, dotándolo de apariencia biologizada. En el relato se hace latente que la naturalización del orgasmo masculino obedecería a este correlato, donde la práctica del coito adquiere el carácter ontológico de la unidad. Respondería así a una lógica más instintiva (Maines, 2017), “congruente” desde su constitución anatómica genital (Osborne, 2002:43). Pero más allá de retóricas biologicistas, los relatos dan cuenta de que su conexión con lo simple sería fruto de un complejo entramado de articulaciones socioculturales, como ha podido intuirse en anteriores fragmentos. Una mayor conexión con el propio cuerpo, pensar o “rallarse menos”, una emocionalidad más “negada” de manera general para los varones con respecto a la sexualidad, así como las asimetrías de género en el campo de las relaciones amorosas (Vicente, 2015), van a ser otros componentes que contribuyan a la reificación del placer sexual masculino. Estos reduccionismos han sido también objeto de interesantes debates en los talleres, saliendo a relucir en varias ocasiones la necesidad de redimensionar y complejizar los sentidos del placer y las experiencias afectivo-sexuales de sus compañeros y no asumirlos como un A, B C (como sugería una de ellas). “Andrea: Yo creo que eso es un problema para ellos porque como que no tienen la confianza para ponerse a hablar de otras cosas íntimas […]Y en verdad es un problema mucho más grande, porque yo creo que nosotras tenemos asumido que tenemos un papel secundario muchas veces y que queremos solucionarlo. Pero ellos no tienen asumido que tienen un papel que en verdad es horrible: el llevar el mando y el ser la cabeza de algo, y es un problema. O sea, a mí me parece horrible que un tío por el hecho de ser tío tenga que ser el que manda, el que decide… Y eso, yo creo que les quita mucha felicidad, de complejidad, de cosas bonitas… Valeria: Sí, el tener siempre que fingir que todo va bien y que follan genial Andrea: Yo en verdad, he tenido más experiencias de que el tío me pregunte que si a mí me está gustando, que si va bien, que si tal, que yo preguntarle a él. También asumo mucho que lo estoy haciendo bien, que he hecho todo lo que le gusta porque se ha corrido y ya está. Y en verdad nunca pregunto. No suelo preguntar… Laura: Pero porque damos por hecho que el placer femenino es más complejo. - Varias: Sí, sí… 187 Rebeca: Pero vamos, eso depende mucho de los tíos entre los que tú te muevas, depende radicalmente de eso.” (TNM1) Como podemos observar, la reflexión de las jóvenes pasa por cuestionarse el juego de identificaciones y reconocimientos de género; preocupaciones que se convertirán en renegociaciones en el momento del encuentro afectivo-sexual, como paso a cartografiar a continuación. 5.3. Reconocimientos, preocupaciones y cuidados: (re)negociaciones prácticas en torno a los placeres En este apartado exploro las dinámicas del reconocimiento en torno al placer que se despliegan en el curso de los encuentros afectivo-sexuales. Antes de comenzar el análisis retomo algunas de las herramientas analíticas que expuse en el primer capítulo que me van a permitir aproximarme a las relaciones afectivo-sexuales desde el anclaje comunicativo, puesto que estos juegos de reconocimiento son posibilitados a través de la acción de la comunicación. El enfoque relacional, dialógico, simbólico y ritual de la comunicación, cultivado muy especialmente por autoras/es del interaccionismo simbólico, comprende la comunicación como el vehículo que entreteje la subjetividad, en tanto que nos devuelve el sentido de pertenencia a la sociedad (Mead, 1982; Cooley, 2005; Carey, 1988; Martín Barbero, 1987). Desde aquí se entiende que el “yo” deviene objeto para sí a partir de la internalización de “otra interlocutora” generalizada, acciones posibilitadas a través de la mediación comunicativa (Mead, 1982: 245). El yo, dice Cooley, es espejo de lo social: nos vemos, miramos, reflejamos y, por tanto, reconocemos, a través de la relación comunicativa. “El yo social es simplemente una idea, o un sistema de ideas, extraído de la vida comunicativa, que la mente abriga como si fuera suyo propio. El sentimiento del yo tiene su principal campo de acción dentro de la vida general, no al margen de ella; su principal tendencia y acción, que es la emocional, encuentra su campo fundamental de ejercicio en el mundo de las fuerzas personales, que queda 188 reflejado en la mente a través del mundo de las impresiones personales” (Cooley, 2005:22). Desde este enfoque los procesos y las dinámicas de reconocimiento en las relaciones afectivo-sexuales comprenden un amplio abanico de prácticas comunicativas semiótico- materiales. Las (re)negociaciones en torno al placer sexual son perfomances (Butler, 2007) coreografías y bailes de género (Goffman, 1977) imbuidas de carnalidad, corporalidad y afectos que se constituyen en constantes dinámicas del reconocimiento vehiculizadas a través de la comunicación. De las dinámicas de reconocimiento en torno a los placeres sexuales me centraré ahora en cartografiar dos específicas, que me permitirán desentrañar cómo se reactualizan las asimetrías de género en las relaciones íntimas; éstas serán la dinámica de los reconocimientos como preocupaciones (de unos hacia las otras) y la de los reconocimientos como cuidados (de unas hacia los otros). Los reconocimientos como preocupaciones La preocupación por el placer sexual de los varones hacia las jóvenes ha sido uno de los ejes que han articulado estos procesos de reconocimiento, cargado de densidad material y simbólica. Ya en los análisis en torno al “buen sexo” y al “polvo ideal” podía advertirse cómo el reconocimiento del placer sexual de las jóvenes por parte de sus compañeros se tornaba para estas un requisito indispensable para el disfrute, así como para la valoración positiva de sus encuentros: “Lucía: Yo creo que para el buen sexo tiene que haber comunicación y poder decirnos lo que nos gusta y lo que no. Y la preocupación por el placer de la otra persona. Yo para disfrutar tengo que ver que el tío se está preocupando por mi placer y, obviamente tú del suyo ¿no? [Ríen] Andrea: Sí, yo creo como que no sea sólo el factor de sexualidad. Que sea como un período de tiempo de vale, además de hacerlo, hemos hablado. Como que sea un poco todo el conjunto: de tú preocuparte por él, obvio (ríe) y notar que se preocupan porque tú disfrutes también. Y que igual no.” (TNM1) 189 La (pre)disposición que los varones muestren hacia sus placeres se convierte en el propio terreno de placer, esto es, en sus condiciones de posibilidad; es una fuente potenciadora, facilitadora y precipitante de mayores cotas de goce, disfrute y satisfacción sexual. La preocupación por el placer es necesaria, deseada y deseable porque implica, en primera instancia, reconocimiento y, en un segundo término, reciprocidad. Basta, por tanto, sentirla, notarla, verla, percibirla e intuirla porque es expresiva y denotativa de una voluntad de compensación, puesto que se parte de la interiorización de las asimetrías de género presentes. “La intención cuenta” porque es, al menos, intento, dentro de un equilibrio inestable de fuerzas. “Yo creo que tiene mucho factor psicológico; el saber que él está preocupado porque yo disfrute, yo creo que me hace disfrutar más ¿no? Que aunque él no cambie nada de lo que hace, pero saberlo me hace sentir más confiada y como más segura.” (Mónica) “Lidia: A mí lo que me gusta mucho es que la otra persona esté muy preocupada por ti, por el placer que te da. Que muchas veces es que con el tío es súper evidente cuando le está gustando, cuando está sintiendo placer y para nosotras es mucho más lento y más complicado y muchas veces te quedas como sin más…. Y mola el hecho de que el otro se preocupe. Laura: Sí, como que muchas veces el hecho de que se corra él, marca eso de “¡Venga, ya está!” y es como “ ¿y qué pasa con la mujer?” O sea, la mujer también se corre… Lorena: Sí, que para eso te masturbas. Es que si no estás pensando en esa persona, es como un juego de dos súper individual, entonces…” (TNM2) Que el otro se preocupe puede revertir en una seguridad y en una confianza que recuerda el contexto de incertidumbres (placeres y peligros) en el que se desenvuelven sus relaciones afectivo-sexuales. La atribución de reconocimiento “mola” porque constituye una muestra de compensación en un terreno asimétrico marcado por los olvidos y los descuidos. Las dinámicas de la preocupación van a requerir además de una manifestación activa, explícita y asertiva de este reconocimiento por parte de los varones: una demostración, 190 en términos de Butler (2007) mantenida, estilizada y ritualizada. Un “querer” pero además “hacer” que la otra se sienta bien, disfrute y esté a gusto, lo cual exige no sólo de interés sino de esfuerzo y dedicación: se trata de ver y poner el placer de la otra en el centro y proceder desde ahí a su retroalimentación. En el relato de una de las jóvenes en torno a la primera práctica del coito puede apreciarse cómo la predisposición se articula a partir de una serie de decires y haceres (Martín Criado, 1998) indicativas de un tránsito que va de la preocupación a la ocupación, como muestra superlativa de que, efectivamente, está teniendo lugar este reconocimiento: “Él estaba preocupado por la imagen que pudiese darme, siempre quería que yo estuviera bien, que a mí me gustara mucho, ¿sabes? Yo creo que eso era lo que a él le preocupaba más, eso, el tenerme a gusto o… En ese aspecto, la imagen que pudiese darme. Me trató como, no como de esto va a ir bien y tal, sino de esto lo haces porque vas a disfrutar tú. Me dijo: yo lo que quiero es que tú te corras, o sea que vamos a probar distintas posturas, porque yo lo que quiero es que tú, conmigo te corras. Yo creo que para mí eso fue lo más importante.” (Carmen) En este desplazamiento del preocuparse al ocuparse ha de percibirse y sentirse como una dedicación que requiere tiempo y esfuerzo. La perfomance de la ocupación funcionan siguiendo una lógica similar a la que describe Goffman (1977) en los rituales generizados en torno a la cortesía, donde preocuparse implica para los varones pensar y decidir en función de sus compañeras, esto es, hacer, proponer y tomar decisiones de manera activa; convirtiéndose esto una demostración de sus capacidades (1977:10), donde las jóvenes ocuparían una posición central (estimada y válida por sus compañeros) pero continuarían manteniendo cierta posición de subalternidad. “Yo hasta este no había vivido algo así… De estar dedicado. De notar que estaba ahí para mí y con tiempo. De estar haciéndome de todo. Lo que te decía del sexo oral, pasé de no haberlo hecho casi y de aquella manera (ríe). Y con [dice su nombre] que era una pasada y prácticamente siempre. Y proponerme hacer cosas pensando como en mí… En qué me gustaría o que podría ponerme más cachonda y así. Y fue de ¡buah! ¡Esto sí!” (Andrea) 191 En esta cadena de reconocimientos entre la preocupación y la ocupación, la reciprocidad y la asimetría funciona en “el sexo” siguiendo la consabida y consagrada máxima del “dar y recibir”, donde recibir se corresponde en los testimonios de las jóvenes, en buena medida, con la práctica del sexo oral. “Lidia: A mí me sienta muy mal dar y no recibir, pero con todo, ¿eh? O sea, que quiero que me haga, como mínimo, lo que yo le hago, ya sea sexo oral o lo que sea, Lorena: Sí, sí. Es que pienso igual. El sentir que está ahí. Que luego, pues saldrá como sea, pero unos mínimos sí. (Risas) Marina: Yo creo que no es tolerable que falte siempre, en plan que la otra persona no se digne… Alejandra: Hombre, sobre todo cuando tú lo haces y el otro no y dices ¿qué coño pasa? Zoe: Sí, sobre todo cuando no es recíproco… Pero es que muchas veces para ellos es “si puede ser no lo hago.” (TNM2) Hochschild (2008) señala la hibridación de los códigos culturales de género en el contexto contemporáneo, resultado de entrecruzamientos y anudamientos entre códigos tradicionales y códigos igualitarios que se manejan (imaginan, proyectan y actúan) dependiendo de las distintas situaciones. Explica las relaciones contemporáneas entre los géneros atendiendo a la economía de la gratitud: “La economía de la gratitud es un estrato vital, casi sagrado, casi primordial, en gran medida implícito, de los vínculos íntimos. Es el resumen de todos los regalos sentidos ” (Hochschild, 2008: 157). Puede decirse, con ella, que estas “muestras” de reconocimiento y, más aún, los esfuerzos puestos al agrado y a la satisfacción sexual de las jóvenes por parte de sus compañeros de juego suponen, en buena parte, prácticas compensatorias en un terreno asimétrico marcado por los olvidos y los descuidos que adoptan la forma de “regalos”. Sin embargo, advierte, cómo en el contexto contemporáneo marcado por las incertidumbres y contradicciones entre los códigos culturales de género, “la mayoría de 192 las parejas difieren en cierta medida en sus ideas sobre masculinidad y feminidad, y por lo tanto difieren en su concepto de regalo” (2008:165). Ha sido común, como veremos, apelar a “la suerte de encontrar un varón así” (una concepción análoga a la popular representación con “refuerzo positivo” de “el marido que ayuda en casa”), a través de frases como “hasta que no lo encontré a él no había vivido nada así”, expresiones que denotan su excepcionalidad y son motivo de estimación y valía de una masculinidad que no se ajustaría a un código de género tradicional. En el campo de la intimidad afectivo-sexual las masculinidades heterosexuales tradicionales se corresponden con una falta de dedicación, preocupación y, por tanto, reconocimiento hacia el placer de sus parejas. Sin embargo quizás no sean éstos códigos tan tradicionales ni puedan trazarse estas distinciones de acuerdo a lo nuevo y lo viejo, diferenciación que, como advertía Azpiazu (2017), podría encerrar el riesgo de invisibilizar las gradaciones y ocultar los modos en los que las asimetrías de género se reactualizan. Podría decirse, más bien, que la hibridación de códigos culturales respondería a la mezcolanza entre los parámetros propios de un código hipermasculino (García, 2010) y otros más descentrados respecto de sí mismos, delineándose desde aquí un horizonte de incertidumbres y contradicciones que, en lo que respecta a los reconocimientos entre los placeres, se desliza entre la falta y el exceso. Para delinear este entramado, resulta muy ilustrativo el relato de una de las jóvenes: “Eso de que los tíos tienen más ganas es más mito. Yo pienso que para nada, vamos, con mi novio lo tenemos comprobado. Hay días que a mí me apetece mucho más que a él. Hay día en los que a él, no es que le duela la cabeza, ¿vale?, [Risas] pero que igual no tiene ganas. No porque sea tío me tiene que follar siempre que puede. A mí eso me parece un mito. Yo creo que las chicas y los chicos tenemos igual de ganas, lo que pasa es que nos ponemos muchos tabúes a nosotras mismas, porque está mal visto y porque las chicas son unas guarras si follan y todo lo demás. Yo creo que también hay mucho miedo a la comunicación, o sea, a hablar, como que queremos satisfacerles, por esa idea de que el chico lo quiere todo y tal. Y es como, yo no le voy a pedir nada pero voy a hacer todo lo que él quiera aunque yo no quiera hacerlo. Yo creo de verdad que está relacionado 193 con la imagen que tenemos de los chicos y las chicas sexualmente hablando. O igual que has podido tener una mala experiencia porque el tío sólo buscara su propio placer. Yo creo que muchos chicos como que tienen eso metido en la cabeza, de tengo que disfrutar yo, y no hacen disfrutar mucho a la chica. O la chica se siente incómoda, como que realmente ellas no buscan su propio placer, entonces yo creo que es un poco por eso, pues porque es el chico el que lleva la situación, el que regula como tiene que ser el placer. Entonces, depende también de la mentalidad del chico, porque que hay algunos que buscan más el placer de las chicas que otros y eso pasa también en nuestro caso, hay chicas que dicen: ni de coña yo estoy aquí para disfrutar yo, y otras que son más de esto tiene que ser pareja y tiene que determinarlo él. Y hay muchos jóvenes que seguimos teniendo esa mentalidad, no en mi caso, pero pasa.” (Inés) Puede apreciarse aquí cómo la posibilidad de encontrarse con un varón que desatienda los placeres de su compañera (“has podido tener una mala experiencia porque el tío sólo buscara su placer”) y que muestre una actitud replegada hacia sí mismo, puede suponer la interiorización e introyección de dinámicas anticipatorias, esto es, dejarse llevar por las inercias (Becker, 1995), incrementando la predisposición hacia los cuidados y los autocuidados; dinámicas que cartografío a continuación. Los reconocimientos como cuidados Si el reconocimiento por parte de ellos se reviste en ocasiones, como hemos visto, de dinámicas de preocupación (una preocupación que funciona como compensación en un terreno claramente asimétrico), en el caso contrario, es decir, en los procesos de reconocimientos por parte de ellas en torno a los placeres de sus compañeros, se manifiestan lógicas bien distintas y complejas. Para comenzar a cartografiar este entramado, pasaré a analizar la dinámica en torno a la práctica popularmente conocida como el “fingimiento del orgasmo”, pues ha emergido de múltiples y distintos modos entre las jóvenes en el curso de los ejercicios (auto)reflexivos sobre sus experiencias del placer en pareja, revelándose un espacio interesante desde el que abordar los procesos de reconocimiento de género en el marco de sus relaciones heterosexuales. 194 El “fingimiento del orgasmo”, dicho así, producía en las jóvenes, especialmente durante los talleres, cierta desidentificación, debido a la evocación de sentidos como la insatisfacción sexual y el falseamiento con los que a priori no se sentían representadas. Así, en muchos talleres las jóvenes echaron mano de terminología procedente del mundo del drama y el teatro, evocando en un primer momento la epistemología goffmaniana (“exagerar”, “interpretar”, “actuar”, “forzar”, “actuar”) del placer. Cuando optaban por nombrar el fingimiento, solían incurrir en un exceso de argumentaciones y justificaciones desde las que minusvaloraban el carácter ficticio y simulado de su propias performances, como puede apreciarse en los siguientes extractos: “Si a mi no me está gustando y a él tampoco pues nos lo decimos y ya está. Yo nunca he fingido; hombre, igual en alguna ocasión sí que lo he exagerado un poco. Igual en algún momento sí pero, vamos, no suelo hacerlo.”(Sandra) “ Él no me preguntaba, a lo mejor porque yo exageraba un poco (ríe). A ver, no, no siempre obviamente, pero sí que había veces que a lo mejor no se correspondía…(Marta) “Lo de fingir sí, para que no se sienta mal, para no acabar con su ego, ¿sabes? Pero que yo no a lo bestia, sólo un poquito…Si te preguntan y no, dices bueno, tal, pues te lo inventas y ya está.”(Rocío) “A ver, normalmente sí lo digo, pero también me ha pasado de decir que sí cuando es que no. ” (Valeria) Sus relatos reflejan una multiplicidad de dinámicas desde las que las jóvenes actúan y reactualizan la performance del placer, ya sea en base a tímidas e “inventadas” respuestas que supongan una afirmación, o a través del juego de silencios significativos y performativos que producen, actúan y tienen efectos (Ramírez, 1992), inclinándose así a no responder, a no decirlo o a hacerlo mediante evasivas. El juego de las “exageraciones” se presenta también como una forma anticipada de evitar la pregunta ante una respuesta que pueda resultar incómoda. Los estudios sobre los orgasmos fingidos ponen de manifiesto la extensión y el alcance de esta performance en el marco de las relaciones heterosexuales, aunque constituye una práctica que no se restringe únicamente a estas formas de vinculación afectivo- sexuales. Las prácticas del fingimiento han sido, por lo general, abordadas desde su 195 vinculación con el ego masculino (Segell, en Maines, 2017:141), esto es, como rituales orientados a imputarles y atribuirles valía y reconocimiento a las masculinidades dentro del paradigma heterosexual andro-coitocéntrico occidental, como expresa Maines (2007): “En efecto, estos relatos sugieren que se espera de la mitad de la pareja heterosexual que sacrifiquen la mutualidad orgásmica para evitar las inevitables tensiones que navegar en el barco androcéntrico trae sobre la relación. Como cultura, tenemos que atribuirle un valor altísimo a la norma androcéntrica para sugerir que conservarla merezca este precio” (Maines, 2017:142). Los trabajos de Roberts apuntados por Maines (2017) revelaron la ingenuidad de los varones heterosexuales ante estas prácticas, concluyendo que “el teatro que hacen las mujeres es muy convincente” (Roberts en Maines, 2017:141), cuestión que quedó perfectamente retratada y delineada en la frase de una de las jóvenes durante los talleres que aludió a que “todas eran perfectas actrices”, que suscitó expresiones de mucha complicidad entre las participantes. En las narrativas de las jóvenes puede apreciarse un trasfondo atravesado por las asimetrías, donde, evidentemente, se despliegan como una forma de “no herir la sensibilidad”, la “autoestima”, la “virilidad” y, en definitiva, la masculinidad de sus compañeros. La “exageración” del placer emerge como una forma de prevenir una explicación fallida y fracasada que pueda suponer un coste doloroso para sus compañeros, pues resulta a todas luces complejo y dificultoso elaborar una elucidación, “hacerles comprender” o “que puedan llegar a entender” sin que ello implique una impugnación completa de la relación, pues, como muchas de ellas exponen, hay placer “más allá del orgasmo” y “no es necesario acabar ni terminar siempre”. En estas visiones vemos cómo hay un intento de minimizar la importancia del orgasmo y ensalzar aquellos componentes que son también constitutivos de un inmenso placer (estar a gusto, haber pasado un rato agradable, haber disfrutado…). 196 Entre los múltiples juegos y performances del placer cabría diferenciar entre las que tienen lugar en el marco de una relación íntima y estable y aquellas que se desenvuelven en relaciones afectivo-sexuales esporádicas y ocasionales, pues los reconocimientos se rigen por distintos códigos y lógicas. En los primeros casos, los fingimientos serían correlato de un reconocimiento afectivo, constituyéndose en prácticas orientadas al mantenimiento, al sostenimiento, la retroalimentación y el cuidado del otro (querer, agradar, contentar, hacerle sentir bien, etc.), así como el cuidado hacia el propio vínculo: como forma de retroalimentarlo y mantenerlos. Son motivos, por tanto, suficientes para el despliegue de estrategias de exageración encaminadas a la atribución de un reconocimiento considerado como merecido, máxime cuando el otro se está esforzando (preocupando y ocupando) de algún modo del placer de su compañera. Por otro lado, fuera del marco de los vínculos íntimos y amorosos, la performance del placer hallaría sus amarres en el hecho de que el otro no constituye objeto de interés, dedicación ni tiempo para explicaciones arduas ni conversaciones complejas, como estrategias desde las que evitar procesos que son costosos y que pudieran desembocar en posibles conflictos. Pese a sus diferencias, ambas performances van constituyéndose y articulándose en prácticas de cuidados: tanto hacia el otro como hacia una misma. Dinámicas ambas ilustradas perfectamente en el siguiente extracto recogido de los talleres: “María: Mira, yo muchas veces es como, interpreto para que el tío no me pregunte, porque como me pregunte… [Risas] Laura: Yo creo que sólo he interpretado cuando tienes una relación estable y sabes que para ti no ha sido tan importante el hecho de no haber llegado, de no haber estado al cien por cien. Sabes que es una persona que ha estado así… No sé, a mí me daría igual fingir, hacer como que estoy completamente satisfecha. Si sé que esa persona así va a alcanzar… Pero porque ahí sí que lo veo importante, porque ahí sí que hay una confianza. Es como si te regalan algo y haces que te gusta mucho… Porque dices, joder ¡Claro que me hace ilusión que me regalen algo! Y dices, qué más da que no me guste el regalo, ya lo solucionaré eso da igual… O sea, lo usarás menos o más, pues con esto un poco más, de… Es una cosa que pasa, y dices: mira, qué necesidad hay de que se coma la cabeza. Yo lo he disfrutado, 197 habrá veces que él lo disfrute más, si así él se queda más contento, ¿no? Y dices, ¡Jo, puedo fingir lo que me dé la gana! Marta: Sí, pero a ver, yo no sé qué decirte tampoco… Sara: No, no. Pues yo creo que con un desconocido es más difícil hacerle entender por qué no has tenido placer. Él te dirá pero, ¿por qué no? ¿sabes? Y sin embargo a tu pareja es como que al tener tanta confianza no te da tanta vergüenza decir pues mira no he sentido tanto como otras veces, pero no pasa nada… Marta: Ya, pero no sé. Yo por ejemplo, si sé que es un chico que no voy a volver a ver, pues dices bueno, pues me quedo neutro, no voy a manifestar mi descontento. Mira, pues me da igual quedarme así, que el tío se vaya contento y ya está… Para qué vamos a ponernos a hablar… Si total no se va a repetir… ¡Pues mala suerte! Sandra: Sí, sí. Zoe: Es que para no herir el ego de la persona, básicamente. Lidia: Como que hay veces que al chico le dices: “mira, me da igual no haber tenido placer”. Laura: Pero es que es mentira que no hayas tenido placer…. Lidia: Bueno, vale, que no te has corrido, ¿no? Pues tú a un chico le dices, me da igual no correrme, ya me he corrido más veces, pero… Él no entiende que te pueda dar igual…” (TNM2) A continuación expongo unos ejemplos, a mi parecer muy poderosos y honestos, de una tremenda valía a la hora de realizar una lectura sobre las prácticas de los fingimientos de los orgasmos más matizada y compleja: “Sí, no es algo de lo que esté orgullosa, no me parece que sea lo correcto, pero a lo mejor un día que yo esté muy cansada… No que no me apetezca, pero que a lo mejor no lo disfruto tanto como otro día que esté más centrada en eso, o a lo mejor estoy pensando en otra cosa. Y claro, yo no quiero joderle el polvo a él, y yo estar en plan con la cabeza en otro sitio, entonces, a ver no he llegado a fingirlo… Porque él y yo tenemos como estipulado que yo hay veces que me corro y veces que no. Él siempre intenta que yo me corra, de verdad, y si él se corre y yo me quedo a medias él me toca o me hace lo que sea, o sea yo nunca me quedo así. Y 198 sí hay días que yo le digo, mira cariño no me he corrido y ya está… Pues sí, ahí igual sí lo exagero para que él esté más a gusto.”(Laura) “A ver, normalmente sí lo digo, pero también me ha pasado de decir que sí cuando es que no, porque igual llevamos un montón de tiempo y ya estoy cansada. O sea, ya lo he disfrutado, vamos que estoy satisfecha, pero como a veces los hombres sólo entienden eso, supongo que por la forma de sentirlo, que parece que si no llegas al orgasmo no estás satisfecha y eso no es así. Entonces, prefiero decir que sí he llegado, o exagerar un poco, acelerar un poco el ritmo de la respiración ¿no? Algún gritillo por ahí suelto (Ríe).”(Alejandra) “Lo que te comentaba, llegaba cansada tal, cual, rápido. Entonces, cuanto antes lo finja, antes acabo. Habrán sido tres veces contadas […] Yo creo que es una cosa común para nosotras y que tendrán que estar acostumbrados ¿no? O sea, cuando a una chica no le apetece y le sabe mal decirle a su pareja "no", porque ya lleva varios días o porque le sabe mal y quiere acabar rápido, finge el orgasmo cien por cien […] Si no llegaba y le decía que no llegaba, él me iba a decir de intentarlo un poco más, así que le decía ya he llegado para acabar ya. Era eso, fingirlo ya y parar ya, porque como yo siempre llegaba y solía decírselo, sabía que él lo que iba a intentar e igual no quería tirarme una hora ahí, ¿no? Entonces prefería fingirlo a los quince minutos y así se acababa todo […] Pues, con moverme más rápidamente, agarrarle más fuerte, o jadear un poco más de la cuenta…”(Blanca) Resulta evidente que el escenario de estas acciones dramáticas se encuentra desnivelado y las performances de los fingimientos ocupan un relevante papel en las cadenas de los reconocimientos hacia las masculinidades, reforzando su posición como garantes del placer sexual femenino (Francoeur, Segell y Roberts en Maines, 2017; Maines, 2017; Ritcher, 2011). Además, puede remarcarse desde aquí el ensanchamiento de las distancias entre las dinámicas del reconocimiento entre ambos placeres en el transcurso de sus relaciones afectivo-sexuales, entre la preocupación y los cuidados. No obstante, en sus relatos puede constatarse también cómo las prácticas de la exageración, la interpretación y el fingimiento de los orgasmos son constitutivas de agencia sexual, pues, de lo contrario no podrían de ningún modo ubicarse dentro de los 199 límites del placer (Jagose, 2010). Los relatos de las jóvenes son claros en cuanto a que existe una suerte de hiperconsciencia respecto a los actos y a su direccionalidad, lo que nos llevaría a remarcar la eficacia performativa de estos actos comunicativos, pues todas ellas señalan cómo decidieron de manera activa y consciente recurrir a las escenificaciones a partir de una evaluación reflexiva de las situaciones afectivo-sexuales (estar cansada, no apetecerles, saber que no se van a correr). Los estudios de Jagose (2010) son especialmente interesantes para reparar en los códigos de representación de la performance del fingimiento, a la que se aproxima desde un anclaje comunicativo. En las narrativas de las jóvenes ha sido posible hallar una amalgama de glosas corporales (Goffman, 1979:141), en los términos de Goffman, que expresan el conjunto de hiperritualizaciones en las que consiste la performance del fingimiento: aceleración de los movimientos corporales y de la frecuencia cardíaca, incremento de la respiración (jadeos, resoplos y resuellos), aumento del tono de voz (gritar y chillar), en definitiva, en la exageración de una serie de signos denotativos de agitación y excitación. Exageraciones, interpretaciones y rituales que nos hablan, en primer lugar, sobre el nivel de protocolización, estandarización y regulación de la sexualidad a partir de los dispositivos de poder/saber (Foucault, 2009), pero además, acerca de cómo las mujeres entienden el placer sexual (Jagose, 2010:193). Una práctica completamente impersonal que exige de su reacomodo y reacople al ámbito personalizado de la intimidad de la pareja (2010). Podría, por tanto, concebirse así como un acto político y contradisciplinario64: “[C]omo una práctica sexual activa, como una invención erótica que emerge en un contexto determinado, a partir de un conocimiento sexual ampliamente extendido, una disposición o modo de manejar el yo en una relación sexual (Jagose, 2010:196)65 64 En la película Fake Orgasm del artista conceptual Queer Lazlo Pearlman encontramos miradas procedentes de estudios de sexualidad Queers y LGTBQIA+ que van más allá de asumir estas prácticas como lugar de reproducción de subalternidad femenina (Jagose, 2010). 65 Traducción mía 200 Desde aquí el fingimiento podría abordarse como un espacio liminal entre los cuidados hacia el otro y el (auto)cuidado hacia una misma. Volviendo a Goffman, es posible pensarlo como un conjunto de ritualizaciones desde donde demarcar y delimitar los territorios del yo (1979), posibilitando el término de la relación y dando paso al reacomodo y la reconfiguración de los cuerpos. Por último, en las cadenas del reconocimiento que se constituyen y articulan como prácticas de cuidados hacia la masculinidad se han hallado algunas dinámicas en las que los cuidados se revelan excesivos puesto que implican un sobreesfuerzo que se experimenta en términos de cargas y malestares. En estos casos vemos emerger toda una retórica del “ceder” bajo la que se condensan las experiencias de las jóvenes entrevistadas. “Ceder” y acceder ante determinadas apetencias sexuales de la pareja (en lo relativo a determinadas prácticas) o a “tener sexo” sin “querer verdaderamente” aparecen como dinámicas que se dan especialmente en el marco de las parejas sexuales estables: “Por ejemplo con mi ex también tuve problemas cuando la relación estaba acabándose, como que ahí sí que intentaba engañarme a mí misma o engañarle a él, y ahí sí que decía a cosas que sí sin querer realmente… Pues en plan que igual no me apetecía follar simplemente y para que no me preguntase qué te pasa y así pues decía que sí. A ver es que era el típico chantaje pero sin querer hacerme chantaje, o sea, no lo hacía a propósito para conseguir eso, pero claro, se ponía triste y yo no quería verlo así, ¿sabes? Era más por evitar una situación rara o incómoda, era como, bueno, da igual… Pero yo no me sentía cómoda en ese momento, era como no me apetece, a mí lo que me apetece es dormir, ¿sabes? Sin más.” (Sofía) “Sí, cedía, porque decía «vale, pues, si ya llevo, pues tantos días y ya le dije ayer que no y tal, pues venga, hoy, venga, rapidito y...Pff, aunque no me apetecía...» Porque él me decía, yo no sé si esto será verdad o tal, pero me decía: «es que yo, cuando llevo un par de días sin hacerlo y tal me duelen los huevos.». Y yo, bueno, hijo, pues date una alegría en el baño o algo, pero es que yo no puedo más (risas). O sea, es que me duele todo el cuerpo. Pero había días que me daba pena, por así 201 decirlo, decía, venga, va, pues... Lo hacía por él, en vez de por mí, pensaba por él en vez de por mí.”(Inés) “Hacerlo por él” y acceder a mantener relaciones sexuales con las parejas sin la “apetencia” que se le presupone a los encuentros constituye otro de los modos en los que se reactualizan estas dinámicas del reconocimiento hacia la masculinidad en el seno de las relaciones heterosexuales. De hecho, este se convirtió en uno de los ejes discursivos de los talleres, por lo que se diseñó una sesión de reflexión a partir del visionado del corto Je suis ordinaire, que versa sobre un proceso de (re)negociación en el que una joven accede a mantener relaciones con su pareja sin mediación de deseo; realidad que muchas de las jóvenes reconocieron como normalizada y cotidiana y cuya reflexión nos permitió desplegar diversas estrategias de (des)identificación; situando el debate en la dinámica de la insistencia y la (con)cesión. Este tipo de cesiones y concesiones en el ámbito de la intimidad heterosexual han sido objeto de interesantes reflexiones en el seno de los movimientos feministas en el Estado español, lo cual se ha venido reflejando en numerosos artículos y reportajes, particularmente en distintos medios digitales 66 , sobre todo a partir del caso de la violación grupal a una joven durante los Sanfermines conocido popularmente como el caso de “la manada”. Desde un enfoque reivindicativo estas prácticas se han colocado en el punto de mira discursivo para llamar a la toma de conciencia sobre la normalización de ciertas actitudes y comportamientos sexuales imbuidos de sexismo, asumiéndolas como expresiones de la cultura de la violación (Elourdy, 2017). Sin embargo, considero crucial 66 Estos son algunos de los artículos publicados en distintos medios: https://www.pikaramagazine.com/2018/01/mas-alla-del-deseo/ https://ctxt.es/es/20180718/Firmas/20900/Clara-Serra-tribuna-feminismo-consentimiento-violencia- machista.htm https://www.eldiario.es/pikara/queda-corto_132_4625146.html https://www.pikaramagazine.com/2018/12/metemos-a-todos-nuestros-novios-en-la-carcel/ https://www.pikaramagazine.com/2017/04/dejarse-follar-la-estrellita-mar/ https://www.pikaramagazine.com/2018/01/mas-alla-del-deseo/ https://ctxt.es/es/20180718/Firmas/20900/Clara-Serra-tribuna-feminismo-consentimiento-violencia-machista.htm https://ctxt.es/es/20180718/Firmas/20900/Clara-Serra-tribuna-feminismo-consentimiento-violencia-machista.htm https://www.eldiario.es/pikara/queda-corto_132_4625146.html https://www.pikaramagazine.com/2018/12/metemos-a-todos-nuestros-novios-en-la-carcel/ https://www.pikaramagazine.com/2017/04/dejarse-follar-la-estrellita-mar/ 202 superar visiones excesivamente simplistas y reduccionistas acerca de los límites difusos del consentimiento sexual para abordar estos complejos procesos de negociación cotidianos en torno a los placeres en el marco de las relaciones heterosexuales; sin negar, por ello, la falta de reciprocidad y las asimetrías de género que subyacen como telón de fondo. Más bien al contrario, para visibilizar la ubicuidad del poder en relación con el género y sus dinámicas asimétricas. “¿Metemos a todos nuestros novios a la cárcel?” Se preguntaba una de estas activistas para advertir sobre las necesidad de complejizar estas dinámicas de reconocimiento y ubicarlas fuera de los marcos cognitivos y simbólicos de las violencias sexuales. Vázquez (2017) habla de “dejarse follar” para advertir la dimensión activa y agente de las prácticas sexuales que se dan sin mediación de deseo pero que no incurren en prácticas constitutivas de no consentimiento, una idea que resulta muy ilustrativa para enriquecer este análisis. Las narrativas de las jóvenes en torno a las cesiones y concesiones mediante las que acceden a mantener relaciones sexuales con sus parejas, aún sin “apetecerles” o querer “verdaderamente”, esto es, sin mediación de deseo, reflejan que estas negociaciones ocurren de un modo consciente, activo y agente: ya sea ante la premisa estipulada de que “hay que practicar sexo” con cierta frecuencia en el marco de la pareja, ante la necesidad de satisfacer los deseos del otro o por evitar una posible situación conflictiva que ponga en riesgo al vínculo o produzca algún tipo de resentimiento a la intimidad afectivo-sexual que se mantiene con la pareja. “[S]ería más una inapetencia que normalizamos como si fuera nuestra única posibilidad sexual, como si gozar hasta gemir de verdad no entrara en nuestros planes. A diferencia de la violación, el impacto cuando nos dejamos follar es cuantitativamente menor y no por la falta de empleo de fuerza física (lo cual sabemos que no es requisito para considerarse violación) sino porque no es lo mismo sentirnos violadas que sentir que, aunque sin ganas, sí podríamos parar” (Vázquez, 2017). Este acto normalizado y cotidiano de “dejarse follar” emerge para Vázquez del entrecruzamiento de diversas causas entre las que señala las posiciones femeninas 203 tendentes a complacer (donde yo prefiero hablar de cuidar), el coitocentrismo y el carácter ontológico del coito desde donde se establece el principio y el fin de los “polvos” (cuestiones revisadas con anterioridad). También se analizan las dificultades de comunicación en este ámbito, y la culpabilización que orienta a muchas mujeres a comenzar un determinado encuentro sin la existencia de deseo sexual previo, donde podrían situarse estas formas de acceso a partir de “presiones o chantajes”, como advertíamos antes en los relatos de las jóvenes. Estas reflexiones resultan muy enriquecedoras para comprender las dinámicas de las cesiones y las concesiones fuera de marcos punitivistas, y para descentrarlas del foco de las violencias, ensanchando así los espacios desde los que poder trazar estas tensiones del reconocimiento sin, por ello, obviar las relaciones de poder, pero sin caer en el paradigma negativo de la acción (McNay, 2000), esto es, sin negar su capacidad de agencia, siempre situada en entramados complejos de poder (Casado y García, 2008). Desde aquí es posible apuntalar a que estas dinámicas se experimentan, viven y encarnan en malestares cotidianos, como sobreesfuerzos excesivos en los que se envuelven los procesos de subjetivación y las encarnaciones corporales y afectivas. Pueden llegar a convertirse, en última instancia, en conflictos y tensiones de los reconocimientos en estas negociaciones prácticas que, como analizaré a continuación, rozan o se establecen claramente en el terreno de las violencias. 5.4. Tensiones y rupturas de los reconocimientos y los diálogos con las violencias En la investigación se han recogido numerosas historias narradas por las jóvenes en las que sus parejas sexuales han desatendido y, por tanto, no reconocido sus placeres, desembocando en pugnas y conflictos del reconocimiento (Casado y García, 2008) que se articulan en prácticas violentas. Desde esta lógica se aproximan Casado y García (2008) a las dinámicas de violencia que se dan en las relaciones de pareja heterosexuales: “De ahí que, ahora podemos decirlo, estamos constantemente inmersos en pugnas por el reconocimiento, no ya en términos en tanto que sujetos de derecho 204 como estamos acostumbrados a pensar en el marco moderno que nos atraviesa, sino en tanto que agentes que pugnamos por reconocer(nos) en relación con modelos, con otros agentes o en los ojos de otro cargado de valor y afectos. Y, dado que esos reconocimientos no son cosas sino estados contingentes resultado de relaciones y procesos, y puesto que ello implica, como acabamos de señalar, una pugna constante por ellos, nos encontramos ante una fuente compleja de conflictos” (Casado y García, 2008:6). “Insistir”, “presionar”, “ponerse pesados o tontos” han sido las expresiones más comunes empleadas por las jóvenes para referirse a estas tensiones, y en ocasiones rupturas, de las dinámicas de reconocimiento que se experimentan en el ámbito de la intimidad afectivo-sexual. En las narrativas de las jóvenes han sido recurrentes los relatos en torno a la “insistencia” mostrada por los varones, como pudo apreciarse en el capítulo 3 que ocurría en los rituales de interacción (en la práctica del sexo anal y otras prácticas mediadas tecnológicamente, por ejemplo); terquedad y persistencia que evidencian cierta obstinación masculina en el transcurso de las negociaciones íntimas que se constituyen en tensiones y, en última instancia, rupturas del reconocimiento que resulta especialmente conflictivas. En los relatos se delinean experiencias comunes, entre las que se encuentran estas presiones o insistencias para la iniciación en determinadas prácticas como el primer coito (Peláez, 2020) o el sexo anal (anteriormente mencionadas) y las negociaciones en torno a las felaciones, donde las rupturas del reconocimiento aparecen materializadas en acciones como “presionar o agarrar la cabeza”. A continuación expongo algunas de estas narraciones profundamente honestas, encarnadas y significativas que demuestran el carácter complejo que entrañan estos procesos de negociación imbuidos de carnalidad y afectos y permiten evidenciar su trasfondo asimétrico.: “Esa vez fue la que yo no quería, no quería que fuese él, me gustaba mucho pero no, eres un cabronazo, no te lo mereces. Bueno, pues volvimos a hacer cosas guarras, le haría lo que fuese, pero yo no quería hacer nada. Pero claro, estábamos desnudos, el uno sobre el otro. La cuestión fue que insistió, yo en ese momento 205 no vi que hubiese sido presionada para tal, pero sí lo he sido, ¿no? Y ésta era una de esas situaciones en las que dices que he dicho que no, que he dicho que no y aún así… Pero, ¿por qué no? ¿Pero por qué no? Entonces lo intentó ¿Qué pasó? Que yo me cabreé, porque le había dicho que no. Vamos, que esa fue la vez que yo perdí la virginidad.”(Sara) “Este quería que se la chupase, yo sudaba mazo… Y yo le estaba diciendo que no y parecía que a él le daba igual. Estaba ahí como empujándome la cabeza, de «venga, venga». Me empecé a sentir súper incómoda, aunque no lo tenía muy registrado como ahora que te lo estoy contando. De hecho es que ni lo hablé con nadie, el que me hiciera sentir así. Yo iba borracha además, como que lo tengo un poco difuminado… A mí al principio sí que me apetecía, pero después lo recuerdo, como súper incómodo, una situación muy rara…” (Sara) “Yo me sentí muy mal al día siguiente. Me sentí fatal. Me sentí mal, pero no por el hecho de no conocerlo y traérmelo, sino porque me hizo sentir mal. O sea, porque había que hacerlo sí o sí. Y se empezó a poner tonto. Y me decía todo el rato «Chúpamela, chúpamela, chúpamela...» y yo en plan «¡Qué no!, ¡que no me lo digas!». Pero claro, estás ahí… Total que al final se la chupé, pero quería parar y no me dejaba, lo típico de que te agarra la cabeza y no puedes… Y me hizo sentir muy, pero que muy mal. Y al día siguiente me sentía… Recuerdo sentirme sucia y como humillada, sentirme de decir pfffff. Y de necesitar contárselo a alguien, se lo conté a un colega para que me entendiera y me dijera algo. Y estuve como tres días sintiéndome mal.”(Blanca) “Yo me acuerdo que con este estaba totalmente subyugada todas las veces e igual no me daba cuenta. Bueno, en el fondo sí lo sabía, pero tampoco así, porque llega un momento que parece o que te crees que está por ti… Yo qué sé, era una cosa rara. Después del taller me puse a pensar en todo, porque pensé en contarlo en su momento, pero al final no lo hice […] Esto era febrero, ¿sabes? Yo al final acabé comiéndole la polla durante cuatro horas y, claro, no se corría porque íbamos de speed, que no tenía por qué ser por eso, pero…Y yo estaba al final completamente desnuda en la calle. Esto serían las cuatro o cinco de la mañana y él estaba ahí con 206 su chaquetón, con sus pantalones bajados y yo, comiéndole la polla. Ahora mismo no te sé calcular, pero más de media hora seguro. Encima él me tocó un poco y me decía córrete ya, ¿no? Y me lo hizo más veces eso, ¿eh?, de córrete ya… Como en plan echándote la culpa, de llevo ya dos minutos y no te has corrido y yo sí. Y seguramente que ahí hacía como si me hubiese corrido. Vamos, que ya no me acuerdo”. (María) Las narraciones reflejan también la afectación que tuvieron estos ejercicios autorreflexivos en su memoria corporal y afectiva, al desplegar este entramado de recuerdos nublados y enmarañados. En todos ellos se moviliza el componente afectivo de los malestares que les produjeron estas experiencias, sentirse “fatal”, “incómoda”, “sucia”, “humillada”, “sola”, “subyugada”. Muchas de estas emociones se enmarcan dentro de las sensaciones de culpa y la vergüenza, ejes cruciales en los ordenamientos y regulaciones de las subjetividades femeninas dentro del ámbito de la sexualidad (Vance, 1989;Echols, 1989; Fernández, 2012) Otro de los ejes en torno a los que giran sus narrativas sobre las rupturas de estos procesos de reconocimiento en los que sus parejas desatienden sus placeres alude al carácter repentino e irreversible con el que estos se produce, como reflejan expresiones como: “estábamos desnudos, el uno sobre el otro”, “estás ahí”, “verse ahí” o “no darse cuenta”. El sentido de la fugacidad se anuda aquí a una sensación autoculpabilizadora y de frustración derivadas del hecho de no haber podido reconducir la situación, “no haber podido pararlos”, “no atreverse a hacer nada ”, o no haber dicho “ni mú” en las situaciones en las que sus compañeros desatienden por completo los deseos y placeres sexuales de las jóvenes. El trabajo de Fernández (2012) “Yo quería sexo pero no así”, reconocido con el Premio de Periodismo Colombine en 2013, realiza una radiografía para visibilizar y concienciar sobre la normalización y cotidianidad que adquieren estas dinámicas de no reconocimiento, experimentadas por muchas mujeres a la hora de “parar” estas situaciones, especialmente en situaciones en las que han accedido a mantener algún tipo de contacto sexual en contextos de fiesta mediados por el alcohol donde son 207 comunes las “insistencias” y las “presiones” y donde el establecimiento de los límites se revela complejo. Ha sido este uno de los ejes discursivos de los movimientos feministas actuales centrados en la reivindicación de la autonomía corporal y sexual de las mujeres en el seno de las relaciones heterosexuales con el objetivo de ampliar las fronteras liminales entre el no y el sí. En este entramado, Fernández (2016) complejiza estas negociaciones e ilustra un amplio espectro de fórmulas comunicativas, tanto discursivas (estoy borracha, para, no me apetece, me estás haciendo daño) como corporales (dejar de besar, quedarse parada, separación corporal) empleadas habitualmente por las jóvenes para rechazar, frenar o parar que no se corresponden con el “no es no”, que suponen una negativa pero que, sin embargo, no es identificada ni reconocida por los varones como tal. La autora también apunta a las negociaciones en torno al uso del preservativo como un espacio susceptible de tensiones y rupturas de reconocimiento materializadas en insistencias y presiones por parte de los varones para para no usarlos, así como en el hecho de quitárselos en el transcurso de los encuentros, de lo que también ha quedado constancia en los relatos de las jóvenes. “Con el segundo chico con el que estuve, que es con el que pienso que empecé a tener relaciones sexuales serias, hubo un momento que, después de empezar a tener sexo… Hubo un día que no utilizamos condón y luego hubo otro día. Y como que yo ya le dije que teníamos que utilizarlo, que no podíamos hacer eso. Y como que pasaba de mí, y otra vez, y otra vez. Y bueno, yo ya no me atrevía a decirle «!Oye!». Igual se lo decía otra vez, y pasaba de mi cara y ya llegó un momento en el que yo empecé a tomar pastillas y ya está, porque era imposible parar. Y luego hubo un momento en el que me las tomaba un día sí y un día no, y ya le dije, oye voy a parar un mes, compra condones porque además le había dicho de pagarlas a medias y tarara que te vi ¿Cómo me iba a pagar la mitad de las pastillas? Y el chico jamás compró condones. Y ya está, nunca más volvimos tener relaciones y lo dejamos pero, vamos, que es que era una relación bastante horrible.” (Mónica) “En una fiesta también, una de las primeras veces, empezamos a hacerlo en un 208 baño. Pues entre los borrachos que íbamos, pues me acuerdo que él se puso el preservativo. Y luego miré y no estaba, se lo había quitado o lo que sea. Entonces, yo me sentí súper sola. Esa noche me fui a dormir a casa de una amiga después de la fiesta, y por la mañana ella me tuvo que acompañar y tal, y él ni se acordaba. Y tuve que ir a la farmacia porque, bueno, yo le paré y no le dejé que llegara hasta el final, pero como nunca se sabe, pues…” (Inés) “Hay de todo, hay tíos que te dicen «bah, porfa porfa» y tú dices que no y sin más. Y luego, tíos que te empiezan a decir que no se le empalma, que si no sé qué. Es que hay veces que, de pronto, te ponen en una tesitura que no sabes qué hacer...Entonces, yo qué sé. A ver, un tío que se negase, nunca. O hay tíos que van súper decididos a «sin nada» y sin preguntar ni nada y tienes que frenarlos en plan, de ya agarrarles la cadera, ya en el último momento de decir... «¡qué coño haces!». Pero ya, más allá de eso, no. A ver, si insistes se lo acaban poniendo. Pero también me ha pasado que no, ¿eh? Eso fue una vez que, bueno, es que flipé. Fue con un gilipollas que no tendría ni que habérmelo planteado pero, yo qué sé, te ves en esas… Pero el cabrón pues, eso, que se lo quitó. Y lo peor que yo no dije ni mú.” (Lucía) Vemos aquí cómo las prácticas del sexo seguro se revelan un campo de negociaciones problemático entre los géneros (Gutmann, 2003: 158), para los que la marca simbólica del preservativo es la falta de confianza en el otro y por tanto un espacio crucial para las tensiones y rupturas del reconocimiento. Estas negociaciones requieren de otros abordajes que eviten caer en lógicas regidas por la racionalidad moderna, o lo que Gutmann denomina “la razón profiláctica” (2003), desde donde se tiende a criminalizar y catalogar estas prácticas como prácticas de riesgo desde los marcos racionales de la salud sexual; si queremos acercarnos a ellas desde las complejidades que entrañan como caldo de cultivo para las negociaciones entre los géneros y las dinámicas violentas, tenemos que salir definitivamente de la concepción simplista que criminaliza ambas partes y reduce la visión a la mala práctica en vez de desentrañar las dinámicas internas que las articulan. 209 Otro de los ejes en los que cabe reparar a la luz de estos relatos son las prácticas corporales y discursivas en las que los varones desatienden los deseos y placeres de sus compañeras en el encuentro heterosexual, por las que se constituyen estas rupturas y quiebras de los reconocimientos. “Parecía que le daba igual”, “había que hacerlo sí o sí”, “ponerse tonto”, “insistir”, pedir de manera reiterada y persistente (incluso por favor) y demostrar actitudes impositivas y demandantes a través de los cuerpos, como agarrar o presionar la cabeza constituyen expresiones características de modelos hipermasculinos (García, 2010): prácticas de exposición de una hombría exacerbada, desbordada y desmedida, donde la obstinación, la tozudez y la terquedad se delinean como componendas cruciales de la hipermasculinidad desde el enclave de la sexualidad. Estas actitudes sexistas revelan cómo “el sexo” constituye un espacio crucial para la confirmación y afirmación de la propia hombría y la virilidad ante el grupo de pares. Las prácticas de la insistencia y la obstinación siguen la lógica interpretativa, comunicativa y semiótica en las que se forjan y exponen las masculinidades , como señala Segato: “[L]a masculinidad es un estatus condicionado a su obtención –que debe ser reconfirmada con una cierta regularidad a lo largo de la vida– mediante un proceso de aprobación o conquista y, sobre todo, supeditado a la exacción de atributos de otro que, por su posición naturalizada en este orden de estatus, es percibido como el proveedor del repertorio de gestos que alimentan la virilidad” (2016:40). Estas idea nos devuelven al grupo de pares como espacio crucial en la configuración de las propias identidades masculinas; un lugar que emerge como el caldo de cultivo para un sexismo incipiente (Fuller, 2003; Connell, 2003; García, 2010). Cabe reparar aquí en cómo la visión hiperritualizada desestimada, abnegada y completamente rechazada por las jóvenes desde la que se proyectaba esta imagen del varón de comportamiento desbordado y desmedido tiende a nublar estas formas más normalizadas de ejercer presión, puesto que no encajan con la “típica situación” superlativa debido a su componente mítico y ficticio y a su potencial desidentificador (Casado, 2018). Y cabe asimismo plantear la necesidad de ampliar los repertorios 210 simbólicos y representacionales desde donde romper con hiperritualizaciones caricaturescas de un varón regido únicamente por la supremacía y el poder sexual y el cálculo instrumental que desplazaría a las posiciones femeninas a su incapacidad de actuar, frenar y parar (Casado, 2012). Por último, puede avanzarse aquí cómo las entrevistas y los talleres se presentaron como un revulsivo, presentando herramientas a través de ejercicios (auto)reflexivos para atender a estas vivencias y reconstruir sus sentidos, como reflejan expresiones como “no lo tenía registrado hasta ahora”, “no me había dado cuenta” o “lo empecé a pensar a partir de los talleres”. Los talleres construyeron así lugares de identificación y abordaje, de cuya experiencia se desprende la potencia de lo colectivo en la activación de procesos de agenciamiento y subjetivación [de género] en lo relativo a su sexualidad. El recorrido que en este capítulo he presentado por los procesos de reconocimiento [de género] da cuenta del contexto ambivalente entre placeres y peligros (Vance, 1989) en el que habitan su sexualidad las jóvenes. Como se ha comprobado, las dinámicas del reconocimiento en torno a los modelos de género en lo relativo a la sexualidad se veía envuelta en la persistente y constante distinción entre el ellas/nosotras que operaba como fuente de regulación y normativización de las sexualidades femeninas, que acaba configurando el terreno desde el que juzgarse ellas mismas y juzgar a las demás (Vance, 1989: 42). Del mismo modo, los juegos de los reconocimientos en torno a sus placeres sexuales y respecto a los ajenos se imbuía en un juego dialógico entre lo complejo y lo simple, fruto, en buena parte, de la histórica y tradicional invisibilización y ocultación, cuando no negación, del placer sexual femenino, impregnado de ignorancias y desconocimientos; desprendiéndose por parte de las jóvenes la necesidad de apostar por prácticas de autoconocimiento. En cuanto a las renegociaciones prácticas veíamos cómo las cadenas de reconocimiento en torno a los placeres se articulaban en dinámicas de preocupación (resultando de unos hacia otras precarios y, en ocasiones, insuficientes), y en dinámicas de cuidados (debido a un reconocimiento excesivo de unas hacia el placer de los otros); llegando incluso a fracturarse y romperse dando como resultado pugnas y conflictos. 211 DE INERCIAS Y AGENCIAMIENTOS EN UN CONTEXTO DE PLACER/PELIGRO: Conclusiones y reflexiones finales Esta cartografía comenzó con la pregunta inicial acerca de los malestares que experimentan las jóvenes en el seno de sus relaciones afectivo-sexuales con jóvenes varones y los procesos de subjetivación [de género] en un contexto atravesado por las asimetrías y los desequilibrios. La búsqueda por captar los diferentes sentidos que confieren a su intimidad afectivo-sexual ha requerido transitar por distintas dimensiones de las experiencias, desgranadas en distintos niveles de análisis, que responden a los objetivos e hipótesis inicialmente planteados. El primer nivel de análisis consistió en la exploración del campo de las representaciones, los modelos y las formaciones discursivas. Un primer movimiento de enmarcado (Goffman, 2006) me permitió delinear los contornos del espacio-tiempo en el que se circunscriben las experiencias de este grupo de jóvenes y desbrozar algunos de los rasgos distintivos de un modelo de sexualidad hegemónico característico de las sociedades occidentales contemporáneas, sustentado sobre la base del placer mutuo y recíproco, y la comunicación emocional (concebida desde su vertiente verbal y lingüística). Placer, comunicación, diversión e intimidad son los repertorios puestos en circulación por las jóvenes durante el desarrollo de los talleres no mixtos para dibujar un modelo de intimidad negociado y contractualista que funciona como correa de transmisión de las ficciones de la modernización (Casado y García Selgas, 2010; Lasén y Casado, 2014; Illouz, 2010). Las dificultades experimentadas por las jóvenes, reflejadas en los análisis en torno a la vergüenza, cuando trataron de contrarrestar esta propuesta hegemónica en distintos momentos de la investigación, evidenciaron la vigencia y la fuerza productiva de una visión excesivamente armónica y pacificadora de la sexualidad marcada por la erosión y la disolución de las marcas de género. Este orden expresivo y discursivo reconocido por las jóvenes como la “teoría del sexo” actúa en un nivel ideal y conceptual para producir un corpus “teórico” donde las negociaciones íntimas se presentan como un proceso comunicativo racionalizable, objetivable y reflexivo que dista de lo que “el sexo es en la práctica”. ¿Qué es el sexo en la práctica? Responder a esta pregunta requería adentrarme en el orden de las representaciones en el que se configuran los encuentros afectivo-sexuales: 212 en los códigos de significación que adquieren los cuerpos en la sexualidad (Vance, 1989) y en los propios procesos de codificación. Las narrativas de las jóvenes nos hablan de una multiplicidad de mediaciones socioculturales por las que circula el sentido (revistas, series de televisión, el cine y, particularmente, la pornografía mainstream). Estas llamadas tecnologías de género, (De Lauretis, 1989) fundamentales en la producción de mitologías, metáforas e idealizaciones, contribuyen definitivamente a organizar (y jerarquizar) sus prácticas. La trama de representaciones analizadas en los relatos en torno a la primera vez, las procedentes de la pornografía mainstream o las contenidas en sus fantasías revelaban la conformación de ficciones de género cuyas posiciones se ven atravesadas por las asimetrías, pudiendo advertirse la ambivalencia placer/peligro constitutiva de la sexualidad femenina (Vance, 1989); este hallazgo me conducía a otro de las preguntas fundamentales que perseguía esta investigación: el mantener esta tensión desde la que superar las concepciones igualitaristas, sin implicar, por ello, la negación del placer, tal y como proponían las visiones totalizadoras del patriarcado. Tras esta cartografía de representaciones, modelos e imaginarios me he adentro en el plano de las prácticas íntimas a partir de un ensamblaje teórico-conceptual que me ha posibilitado el acceso al nivel corpóreo-afectivo (Rizo, 2014) de las relaciones afectivo- sexuales desde el anclaje de la comunicación pragmática: una perspectiva que entiende la comunicación como un conjunto de procesos y mediaciones que exceden al campo de lo lingüístico y confluyen de manera interrelacionada para articular la matriz de significación (Abril, 2007) de la sexualidad de estas jóvenes. Recurro, más concretamente, a las aportaciones de Goffman (1979) y Collins (2009) para aproximarme a estas prácticas afectivo-sexuales desde el enfoque ritual, en tanto que interacciones mediadas comunicativamente, donde la corporalidad y los afectos son su dimensión fundamental. Desde esta óptica se identifican diversas cadenas rituales de interacción (Collins, 2009) que configuran un ciclo recurrente de disposiciones corporales y afectivas generizadas. Entre ellas cobra especial relevancia el esquema preliminares/coito, anclaje fundamental para la ordenación del resto de cadenas rituales, estableciendo así una estructuración y jerarquización fundamental. Bajo este paradigma andro-coitocéntrico (Maines, 2017; Millet, 1995; Osborne,2002; Seidman, 2011; Torres, 2015) se inscriben una amplia gradación de rituales como “el sexo típico”, 213 “el sexo experimental”, las cadenas rituales que conforman los tabúes, el sexting (rituales afectivo-sexuales mediados tecnológicamente) y la ritualización de lo afectivo. En todas ellas se despliegan diversas y significativas estrategias de demarcación, reacomodo y reorganización de los territorios del yo (Goffman, 1979). Se trata de cadenas rituales de interacción (Collins, 2009) generizadas, donde se advierten los ritmos desacompasados de las coreografías de género (Goffman, 1977). Del análisis en torno a las prácticas cabe destacar una cuestión que se ha vuelto recurrente y, en cierto modo, transversal a toda la investigación, como son las asimetrías de género respecto a los sentidos “amorosos” y “románticos” que varones y mujeres imputan a sus relaciones afectivo-sexuales. El análisis en torno a la ritualización de lo afectivo y “los momentos de después” revelaban la problemática distinción entre “el sexo con amor” y el “solo sexo”, significándose como un espacio de malestares y desasosiegos para las jóvenes. El segundo nivel de análisis en torno a las negociaciones íntimas desde el anclaje del género lo elaboré a partir del eje de los reconocimientos: se trata de dinámicas y juegos del reconocimiento entre modelos/agentes iguales y disímiles. Señalan Casado y García (2008) que es a través procesos constantes de identificación y desidentificación con estos reconocimientos como se van a articular relacionalmente las subjetividades de género, donde la comunicación se revela el anclaje fundamental, en tanto que espejo, reflejo y por tanto, espacio de reconocimiento, que nos devuelve el sentido del yo social (Mead, 1982; Cooley, 2005; Carey, 1988, Martín Barbero, 1987). En esta clave abordo las dinámicas del reconocimiento con los modelos de sexualidad femeninos que operan entre, a través de, y con el grupo de pares (las iguales) y con los modelos masculinos, a quienes reconocen como disímiles. En el caso de los primeros, nos encontramos con una compleja red simbólica que opera a partir de la estrategia del slut shaming, expresión en inglés que señala el establecimiento de los límites entre lo correcto e incorrecto en el campo de la sexualidad femenina, bajo la designación y sanción a través de insultos o términos relativos a ciertos comportamientos, actitudes o prácticas sexuales (Vance, 1989; Despentes, 2006; Ziga, 2009; Preciado, 2008; Elorduy, 2017; Miller, 2016). La distinción ellas/nosotras vertebrada por la sexualidad se articula en una doble dirección: revelándose espacio de constreñimiento al tiempo que confirmación del éxito dentro de los circuitos de deseo heterosexual dando como 214 resultado tensiones de los reconocimientos entre estas que evidencian el contexto de placer/peligro sexual en el que se inscriben sus experiencias. En cuanto a los modelos de sexualidad masculinos, las dinámicas de los reconocimientos nos hablan de la existencia de una visión superlativa, hiperritualizada y caricaturesca que entraña ciertos peligros en los procesos de (des)identificación. La imagen del “típico tío” bajo la que se anudan y condensan una serie de actitudes y atributos que se corresponden con la masculinidad de orgullo (García, 2010) donde la sexualidad se presenta como un nexo central (Connell, 2003; Fuller ,2003; Keizjer y Rodríguez, 2003; Segato, 2003; 2006; García, 2010), provoca entre las jóvenes un rechazo evidente. Por el contrario, los varones que en el relato de las jóvenes son valorados positivamente corresponden a un modelo que se concibe en términos de antítesis y dicotomía respecto del anterior. En cualquier caso, la estrategia de la tipificación conlleva un reduccionismo y simplificación excesivos que estarían enredando y enturbiando las dinámicas de identificación y reconocimiento de los modelos masculinos, tal y como pude constatar más adelante. Desde el eje de los reconocimientos exploro de manera específica las negociaciones en torno al placer: el dialogismo desde el que se construyen los sentidos del placer sexual femenino y masculino y cómo se negocian en el transcurso de las relaciones íntimas. Entre estos procesos de reconocimiento se trazan dos dinámicas diferenciadas: la de los reconocimientos como preocupación (de ellos hacia ellas) y los reconocimientos como cuidados (de las jóvenes hacia sus compañeros varones), lo que evidencia la expresión de las asimetrías mencionadas. La construcción dialógica de los sentidos en torno al placer sexual se sustenta en el binomio complejidad/simplicidad. Este eje, por el cual se crea una clara diferenciación entre el femenino y masculino, permite desbrozar una serie de procesos (psicologización, patologización, invisibilización, ocultación, de un lado, y biologización, naturalización y simplificación, de otro) que constituyen el terreno movedizo de las negociaciones en torno al placer, revelándose complejo y dificultoso al estar marcado por las asimetrías de género. Este escenario de desequilibrios es el trasfondo en el que se despliegan las dinámicas del reconocimiento en torno al placer sexual en el transcurso de los encuentros. La 215 preocupación demostrada hacia el placer de ellas por parte de sus compañeros se presenta como un elemento central desde el que determinar la valoración positiva de los encuentros: un ingrediente indispensable del “polvo ideal”. La (pre)disposición y la atención, incluso la mera intencionalidad y voluntad, que los varones demuestren hacia su placer a través de diversas prácticas, gestos, se traduce en un intento que es, al menos, indicativo de un flujo inestable de fuerzas en el que las jóvenes habitan y experimentan el placer. La falta de reciprocidad adquiere aún más fuerza en los relatos en los que la preocupación se traduce en sensaciones de seguridad y confianza recordando la tensión placer/peligro en la que se desenvuelven sus negociaciones. Se advierte además un desplazamiento en estas dinámicas que va de la preocupación a la ocupación que tiene lugar cuando los varones reconocen su placer de manera activa y mantenida y cuando, más allá de interés, demuestran esfuerzo, tiempo y dedicación. La ocupación ha de ser sinónimo de que sea el placer de las jóvenes el que se instale en el centro de la relación, lo que va a imputarles un mayor reconocimiento por parte de los varones. Esta dinámica puede ser leída de manera similar a los rituales de cortejo que analiza Goffman (1979) donde las mujeres ocupan una posición de estima y valía al tiempo que de subalternidad, pues suponen la oportunidad para que los varones demuestren sus capacidades. Los juegos de los reconocimientos en torno al placer funcionan de acuerdo a la economía de la gratitud que describe Hochschild (2008) en los que las “muestras” y, más aún, los esfuerzos puestos al servicio del agrado y la satisfacción sexual de las jóvenes por parte de sus compañeros adoptan la forma de “regalos”. Las apelaciones a “la suerte” reflejan además este contexto de incertidumbres y contradicciones entre los códigos culturales de género, donde, siguiendo a Hochschild, “las parejas difieren en sus conceptos de regalo” (2008:165). En este escenario confluyen unos modelos de masculinidad que se deslizan entre la falta y el exceso, esto es, entre masculinidades que desatienden, no reconocen el placer de sus compañeras y demuestran una actitud replegada hacia sí mismos, y las que, por un motivo azaroso, son garantes y dadoras del placer de las jóvenes, quienes han de sentir por ello cierto agradecimiento. La falta de reciprocidad entre las disposiciones y posiciones de género en las dinámicas de los reconocimientos en torno al placer pueden desembocar en dinámicas 216 anticipatorias, traducidas sobre todo en una mayor predisposición de ellas hacia los cuidados, lo que es vivido y narrado como una suerte de inercia (Becker, 1995). Los cuidados han constituido el eje desde el que se despliegan y articulan los procesos de los reconocimientos del placer masculino por parte de las jóvenes. La práctica del fingimiento del orgasmo se revelaba aquí un espacio comunicativo desde el que ilustrar estas dinámicas, en tanto que escenario para las performance y rituales imbuido de género. Las prácticas del fingimiento han sido, por lo general, abordadas desde su vinculación con el ego masculino (Segell, en Maines, 2017:141), como rituales orientados a imputarles y atribuirles valía y reconocimiento a las masculinidades dentro del paradigma heterosexual andro-coitocéntrico occidental (Maines, 2017). En las narrativas de las jóvenes se ha visto cómo esta práctica se vinculaba con la “autoestima” y la “virilidad” de sus compañeros. En los relatos en torno a las motivaciones de las jóvenes se han trazado distinciones entre las dinámicas en las que los reconocimientos se configuran en un nivel más afectivo en el marco de una pareja sexual estable y los que, fuera de esta, se manifiestan como expresión del “desapego”, no correspondiendo a los esfuerzos ni a la dedicación que estos procesos comunicativos requieren para las jóvenes. Así pues, las prácticas del fingimiento se constituyen y articulan en dinámicas de cuidados de manera ambivalente: como cuidados hacia el otro, y confirmación, por tanto, de un excesivo reconocimiento hacia el placer sexual masculino arraigado en el orden asimétrico de género, y como cuidados hacia una misma, como práctica contradiscriplinaria (Jagose, 2010), en tanto que activada de manera consciente por las jóvenes evidenciándose como un espacio de agenciamiento sexual: prácticas que reflejan su nivel de protocolización y estandarización y nos acercan a las visiones que las mujeres tienen del placer sexual (Jagose, 2010:193). En las cadenas del reconocimiento que se constituyen y articulan como prácticas de cuidados hacia la masculinidad se han hallado dinámicas que las jóvenes experimentan en términos de carga y aparecen condensadas en los relatos en torno a las cesiones y las concesiones, en los que vemos cómo las jóvenes acceden a mantener relaciones sexuales con sus parejas pese a no tener la apetencia y el deseo que se les presupone; 217 dinámicas que obedecen a estrategias para eludir posibles conflictos y evitar que la negativa pueda poner en riesgo el sentido de la intimidad afectivo-sexual y, con ello, el vínculo. Las cesiones en el ámbito de la sexualidad y el carácter de cotidianidad con el que se presentan en el marco de las relaciones heterosexuales han sido objeto de disertaciones teóricas y análisis para señalar la falta de reciprocidad que subyace como telón de fondo sin caer en el paradigma negativo de la acción (MacNay, 2000), esto es, sin negar por ello la agencia sexual de las jóvenes en estas situaciones en las que ceder y conceder forma parte de una decisión activa y agente dentro de un terreno marcado por la falta de reciprocidad. Para finalizar esta cartografía de los procesos de reconocimiento [de género] en los cuales se constituyen las negociaciones prácticas en el ámbito de la intimidad heterosexual, en el último apartado del análisis transito por los conflictos, las tensiones y las rupturas del reconocimiento, que desembocan en pugnas desde las que pueden advertirse los diálogos con las violencias. Era ésta una de las hipótesis inicialmente arrojadas que perseguía trazar cómo se producen en las prácticas estas negociaciones que, situadas en un contexto marcado por la ambivalencia placer/peligro sexual, se revelan dificultosas en términos de género. Las producciones narrativas han resultado, en este sentido, honestas, conmovedoras y enormemente poderosas para advertir las complejidades que entrañan, así como el carácter común, cotidiano y normalizado de las situaciones en las que los varones desatienden los placeres de sus compañeras sexuales, propiciando las rupturas de los reconocimientos en el transcurso de los encuentros íntimos. En los ejercicios autorreflexivos y narrativos de las jóvenes se refleja la afectación y el impacto emocional de estas experiencias en su memoria corporal y afectiva, donde salen a relucir las sensaciones de culpa y vergüenza en las que se zambullen los ordenamientos y las regulaciones de la subjetividades femeninas (Vance, 1989;Echols, 1989; Fernández, 2012). Estas historias permiten cartografiar el entramado de género en el que se insertan estas negociaciones y complejizar los análisis acerca de los límites difusos del “consentimiento” (Fernández, 2016), donde se conjugan fórmulas 218 comunicativas discursivas y corporales para expresar una negativa que, sin embargo, no es interpretada, asumida, identificada y, por tanto, reconocida como tal por parte de sus compañeros. Las negociaciones en torno a los usos del preservativo también se han presentado como un espacio susceptible de tensiones y rupturas del reconocimiento. En todas estas dinámicas perceptibles en sus relatos se hacen visibles algunas de las componendas de las identidades masculinas juveniles en lo relativo a la sexualidad. Son rasgos y expresiones distintivas de modelos hipermasculinos (García, 2010), que suponen la confirmación del ejercicio de exposición y demostración de una hombría exacerbada y desmedida cuyo principal espacio de constitución son el grupo de pares: tesis que obedece a la lógica interpretativa, comunicativa y semiótica desde la que Segato (2016) explica las dinámicas de violencia que se dan en el seno de la sexualidad. El recorrido efectuado por los nodos de mayor simbolismo y significación de las negociaciones íntimas desde el anclaje del género, desarticuladas y desbrozadas, por un lado, como entramados representacionales (desplegado en el Capítulo 3) y, por otro, como orden de interacciones, perfomances y ritualizaciones generizadas (descritas en los Capítulos 4 y 5) han permitido cartografiar diversos niveles y dimensiones de la intimidad afectivo-sexual de las jóvenes desde la tensión ambivalente placer/peligro en la que ésta se envuelve, respondiendo así a uno de los objetivos que perseguía inicialmente esta investigación. La diferenciación entre el campo simbólico y el material desde el que se ha estructurado la investigación responde a una decisión de corte epistemológico y analítico que ha posibilitado transitar por distintas dimensiones de las experiencias afectivo-sexuales pero que de ningún modo puede asumirse como niveles separados ni aislados, pues, como se argumentó desde el comienzo, ambas instancias forman parte del continuum simbólico-corporal y semiótico-material en la producción de las experiencias, las subjetividades y las identidades de género encarnadas. La aproximación a estas desde un enfoque interdisciplinar ha permitido situar la comunicación desde la perspectiva pragmática como el anclaje de los procesos de negociación y reconocimiento, como el terreno desde el que acceder y transitar por esta red de configuraciones desde las que las jóvenes confieren sentido a su intimidad afectivo-sexual, abriéndose aquí un campo enormemente fértil para abordar de manera 219 interrelacionada las representaciones y las prácticas mediadas a través de la acción de la comunicación. La tensión placer/peligro ha resultado compleja de mantener, pues ha requerido de un ejercicio de ajuste constante de los dispositivos de focalización (Haraway, 1995) que atisbé en los momentos incipientes de la investigación, al hacerme tomar consciencia de los riesgos que podría entrañar la invisibilización de los placeres frente a los peligros o viceversa (Vance, 1989). Como señalé en el apartado metodológico, salvaguardar esta ambivalencia ha supuesto buscar el contrapeso entre la correlación de fuerzas e instalarme en un movimiento de constantes reposicionamientos en el que la agencia sexual de las jóvenes no palideciera dentro de un contexto asimétrico. A la luz de los análisis es preciso arrojar una última reflexión a partir de las hipótesis de Vance (1989) que nos devuelve a la complejidad y a los matices que entrañan estos procesos negociación en el contexto placer/peligro. Señala la autora que las negociaciones actuales pueden ser indicativas de parámetros de género más equitativos respecto a los modelos tradicionales, al reparar en el interés demostrado por los varones por el placer sexual de las jóvenes. No obstate, apunta a que puede ser también reflejo de la reactualización de los desequilibrios de género, en tanto que de ellos se esperan que sean garantes del placer y, por tanto, lo controlen. La hipótesis de Vance sobre la posibilidad de que el placer sexual femenino se halle instalado en una zona de dominación masculina (Vance, 1989:28) ha podido advertirse en las apelaciones a la suerte suerte de encontrar un varón que, además de preocupado y atento, demostrara destrezas, capacidades y habilidades suficientes como para hacerlas disfrutar, posicionándolos así como dadores y garantes de su placer sexual; por otra parte, vemos algunas de las dinámicas del reconocimiento por parte de ellas articuladas en prácticas de cuidados (como las prácticas del fingimiento y otras cesiones y concesiones) que en realidad están encaminadas a imputar valía a sus compañeros. A lo largo de las entrevistas y talleres las jóvenes se han mostrado conscientes de la falta de reciprocidad, y en numerosas ocasiones esta falta se conceptualiza como hemos visto en una supuesta “complejidad” atribuida a sus propios placeres (debido a la impregnación de los procesos inconscientes y afectivos) y a un complejo entramado de 220 articulaciones socioculturales que actúan de manera desigual para reactualizar y reforzar los procesos de subjetivación diferenciados en el marco de la intimidad afectivo-sexual, que operan en ellas favoreciendo una predisposición más afectiva que física hacia el placer. Las jóvenes han aludido también al poder de las inercias (Becker, 1995) para expresar las disposiciones corporales y afectivas asimétricas desde las que varones y mujeres se incorporan a las relaciones afectivo-sexuales, resultado de la interiorización y encarnación de los ordenamientos sociosexuales de género. Estos son asumidos como “obstáculos” difíciles de sortear en el cotidiano de cara a tomar posiciones más activas y agentes en el terreno del placer sexual, donde “hacer click” o “dejarse llevar” han resultado poderosas metáforas para expresar la dificultad de “tomar las riendas,” sinónimo aquí de la incapacidad de vencer el poder arrollador de las inercias. En esta línea, fue común durante las prácticas de investigación que las jóvenes se autorresponsabilizaran de esta problemática debido a que los intentos orientados a “reconectar” (con una misma y con el otro) y a reconducir el ritmo de determinadas situaciones costaban, según lo expresado, un cierto “trabajo”, un “esfuerzo” y una “dedicación” que no siempre compensa “intentar”, incurriendo con ello en dinámicas autoculpabilizadoras ante el “no atreverse” a hablar o ante el hecho de “desconectar”, lo que nos devuelve de forma arrolladora a los escenarios de las asimetrías, como puede apreciarse en el siguiente ejemplo. “No sabría decirte, pero por ejemplo, con este ¿no? Estaba yendo todo de putísima madre… Vamos que estaba súper cachonda, me estaba encantado y veía que todo fluía e iba bien. Y es que no te sé decir en qué punto, pero de repente hice click y desconecté… O sea, se me fue. Y es que ya sabía que no, que no me iba a correr. Y ya fue como, bueno, pues ya está, mira, no lo voy a intentar. O sea, que algo de culpa mía es también ¿no? Porque este tío era un majo que no me hubiera puesto problemas ni nada, estoy segura. Pero ni con esas…”(Andrea) La disposiciones afectivas y corporales asimétricas pueden experimentarse y encarnarse dando como resultado una intencionalidad corporal más reservada e inhibida que termine demostrando un “no puedo autoimpuesto”, como apunta Young (1980). 221 Las dificultades experimentadas en el terreno comunicativo responden también al equilibrio de fuerzas entre las inercias y los agenciamientos en el terreno de la sexualidad, donde el ideal de la comunicación se ve frustrado en el transcurso de los encuentros y afectado por factores como las vergüenzas, las inseguridades, o las confusiones ante lo que se desea comunicar (motivadas en su mayor parte por la desconexión y los desconocimientos respecto al propio placer), todo lo cual queda atravesado fuertemente por el eje de las desigualdades. “¿Por qué no lo decimos?” fue otra de las preguntas que condensó esta sensación compartida de estupor y confusión respecto a la comunicación, una idea que remite a lo analizado en el capítulo 2 sobre los órdenes expresivos en torno a la sexualidad y la eficacia productiva de los ideales de la comunicación; la satisfacción y el principio del placer mutuo y equitativo se conforma así como deber/ser sexual, poderosa ficción reguladora con la que no va a serles fácil (re)negociar en el cotidiano. Esto va a llevarles, por un lado, a echar mano de estrategias anticipatorias revisadas (articuladas en prácticas de cuidados) y por otro, al mantenimiento de silencios y ausencias discursivas en torno a las vivencias constitutivas de insatisfacciones y malestares que no encajarían con los ideales prescritos ni proscritos dentro del campo de la intimidad afectivo-sexual. Vemos, así, cómo la sexualidad entraña un marcado componente implicativo, expositivo e identitario también dentro de los grupos de pares, complejizando, con ello, los procesos de reconocimiento y subjetivación femeninas. Para ilustrar esta cuestión expongo uno de los extractos de los talleres: “Laura: Pues yo sí que lo voy a decir, lo reconozco, me da igual. Es que ¿no somos capaces ni de reconocerlo aquí, en un taller como este?, por eso yo creo que tenemos un problemón. Lorena: Sí, sí. Yo lo reconozco también, es como que no, no se puede decir que algo va mal, o que no estamos conformes ¿no? Hay que decir que todo va bien, que follar es la hostia y ya está, pero en todos lados; a mí me pasa con mis amigas también, que lo exageran todo mazo… Laura: Sí, mira, como ese día que estábamos las tres [se refiere a dos amigas] con estos… Lo voy a contar… Estábamos en un grupo con colegas hablando sobre esto precisamente y fui yo la única que me atreví a decirles que yo no… O sea que no podía disfrutar, correrme o como lo quieras llamar. Y yo sentí que estaba hablando por las tres, porque además ya lo habíamos hablado antes. Y ellos 222 estaban flipando, pero vosotras también, como si os estuviera sorprendiendo o algo, yo flipé. Fuisteis unas cabronas. Creo que me podríais haber dado la razón, aunque sea un poquito, vaya (ríe). Sandra: Es verdad, es que esto ya lo hablamos, que no sé, estuvimos como siguiendo la corriente ¿sabes? Como que no nos apetecía exponernos así, no sé. Es que en realidad tampoco teníamos excusa, y que no esperábamos que lo fueras a decir tampoco, nos pilló por sorpresa y por seguir la corriente una vez más, ya… Ya qué más da. (ríen).” (TNM2) De la conversación se desprende cómo las prácticas discursivas en torno a la sexualidad, especialmente las orientadas a “reconocer” y “confesar” públicamente determinados malestares, constituyen para las jóvenes un ejercicio costoso de exposición difícil de manejar en determinados entornos, sobre todo ante la presencia de compañeros varones. Se despliega así una reactualización performativa de manera sostenida basada en la exhibición de aquellos aspectos de la sexualidad que constituyen motivos de éxito y satisfacción, quedando por otra parte sumergidos y ocultados los malestares y las frustraciones, constitutivos de insatisfacciones y fracasos. Así, las jóvenes apelaron también a la performance de las exageraciones desplegada por otras amigas y conocidas como ejercicios de exposición (y reconocimiento) que estarían dificultando una comunicación más honesta y asertiva entre las pares. Estas reflexiones emergen como respuesta a otras de las preguntas que han guiado la investigación y que se plantearon como uno de los objetivos específicos que consistía en atender al potencial de las experiencias grupales y colaborativas en la activación de itinerarios de agenciamiento sexual individual y colectivo, en tanto que espacios de intersubjetivación e interreflexividad. En este sentido, las experiencias tallerísticas (Torres, 2015) han posibilitado vencer las inercias comunicativas y desactivar los silencios, al propiciar un ambiente cómplice y seguro desde el que poder ahondar también en las encarnaciones y experiencias constitutivas de tensiones y malestares, revelándose como vehículos y espacios circulación y mediación de las complicidades y de las solidaridades colectivas entre los grupos de pares (Jasper, 2012:55). Los talleres y las prácticas en ellos desarrolladas posibilitaron la apertura de un espacio-tiempo narrativo experimentado como propio por las participantes donde las relaciones de 223 interlocución entre iguales se revelan idóneas para la activación de agenciamientos que van a permitirles tomar consciencia de la pertenencia a un grupo, de los malestares compartidos que anteriormente eran experimentados en términos de individualización, presentándose como prácticas y estrategias de resistencia, revirtiendo en una mayor predisposición de cara a vencer las inercias. Para ilustrar el potencial de estas dinámicas colectivas, expongo algunos de los fragmentos recogidos: “Andrea: Yo quiero decir que a mí me ha gustado mucho. Ha sido todo muy íntimo. Ha habido bastante buen rollo, hay confianza ya, y vamos, llevamos aquí nada! (ríen) Y… Yo creo que podríamos aprender las unas de las otras, porque no solemos hablar de estas cosas… Las que te cuentan tus amigas y las que te pasan a ti, pero luego abres el abanico y… Vamos, que yo creo que es una cosa importante. Porque no suele hablarse de cosas así. Y plantearnos hasta donde se puede llegar y hasta qué punto lo que nos pasa es irracional. Lucía: Me ha gustado muchísimo, en plan, yo estaba así como nerviosa, me ha preocupado lo de las fotos, “uff tal no sé qué” pero que al final, yo he llegado aquí y… ¡Y he contado toda mi vida misma! Pero que me parece muy curioso, que pensaba que me iba a dar vergüenza y en realidad ha sido todo lo contrario. Sí, con más chicas también estaría bien… Me ha parecido muy guay, y eso que no se habla de esto, y muchas veces lo necesitamos…. Clasificamos lo que nos pasa, en base a lo que le pasa al resto. Irene: A mí me ha encantado también, me lo he pasado de puta madre. No sé, creo que está muy bien el poder compartir opiniones de mujeres, no sé… Despreocuparse de las cosas, y poder decir lo que quieras. Es que muchas veces cuando hablas así la gente piensa “eres una fresca” o eres una amargada. Personalmente creo que necesitamos hablar así, despreocupándonos ¿no? Yo qué sé, está bien saber que hay más gente a la que le pasa lo mismo que a ti y que no eres la única persona, y que está todo inseguro. Para mí ha sido un alivio” (TNM1) Los talleres, pero también las entrevistas, resultan espacios de producción narrativa y comunicativa que se erigen como posibilitadores de un cambio manifiesto en el campo de la intimidad afectivo-sexual, funcionando como cronotopos genéricos, recurriendo a las propuestas de Del Valle (1999), en tanto que enclaves espacio-temporales donde pueden observarse las fisuras incipientes de lo que más tarde puede erigirse en un cambio manifiesto” (Del Valle, 1999:12). Los ejercicios (auto)reflexivos a través de los que accedieron a sus experiencias pasadas ofrecieron a las jóvenes la posibilidad de 224 revisar desde una nueva óptica, y de un modo más consciente y profundo, en aquellas constitutivas de malestares, funcionando como reanclajes desde donde configurar sus proyecciones y expectativas, revelándose como prácticas comunicativas performativas que constituyen puntos de inflexión cruciales experimentados, narrados y vividos como “un camino sin retorno” (Esteban, 2004:127). En esta línea, emergieron aunque de un modo sutil y especialmente en las últimas entrevistas realizadas, la potencialidad que presentaban para muchas los feminismos en los procesos de agenciamiento sexual, en la activación de procesos reflexivos y críticos que en el ámbito de la sexualidad se traduce en prácticas específicas de autoconocimiento capaces de reportarles una mayor autonomía en el terreno del placer sexual: una mayor conexión y consciencia respecto al placer propio desde donde flexibilizar los umbrales de inseguridad e ignorancia propios del entramado de género asimétrico en el que se inscriben estos procesos de (auto)reconocimiento. De estas posiciones críticas cabe destacar algunas de las estrategias halladas como formas de resistencia, como es el recurso a prácticas (auto)masturbatorias en el transcurso de los encuentros afectivo-sexuales que mantienen con sus compañeros varones. La estimulación del clítoris de manera simultánea a la práctica del coito se reveló un ejercicio de agenciamiento sexual interesante que hace trastocar el poder arrollador de las inercias en las que se reactualizan las asimetrías de género. Supone por ello una práctica que, pese a las complejidades y dificultades que entraña, transgrede los límites de la zona de dominación masculina en la que se halla inserto el placer sexual femenino (Vance, 1989), dándose una alternancia en las posiciones masculinas en tanto que potenciales dadores y garantes de placer. A raíz de estos análisis es posible atender y entender estos escenarios asimétricos de género, trasfondo en el que se anclan las prácticas íntimas de las jóvenes, a partir del clásico debate entre reconocimiento y redistribución (Butler y Frazer, 2016), es decir, en tanto que espacios susceptibles de reequilibrio y reconfiguración de las posiciones masculinas y femeninas respecto a los cuidados, afectos, goces y placeres. El énfasis puesto en los cuidados y en la organización social diferenciada en función de los géneros (Pérez Orozco, 2014) es pertinente para comprender los procesos de reconocimiento de género en el ámbito de la intimidad afectivo-sexual que se materializan en la 225 encarnación de malestares femeninos, al tiempo que espacios que se abren al cambio, a las transformaciones, mutaciones y resignificaciones a partir de estrategias políticas encaminadas a una redistribución entre cuidados, afectos, goces y placeres más equitativa. Esta cartografía situada y las conclusiones esbozadas no pretenden ser extrapoladas a otros escenarios o contextos de investigación, sino aportar guías y esquemas que puedan resultar útiles para posibles ejercicios y tareas investigadoras futuras. Se planteaba inicialmente como un proceso inconcluso, como espacio para el entrecruzamiento de conocimientos, perspectivas y saberes que responde a motivaciones feministas. Aspira, pues, a tender y entretejer puentes, nexos y conexiones parciales en la construcción de genealogías y en la activación de movimientos: un intento que se inserta en un compromiso político por hacer de ésta una realidad más vivible y habitable. 226 BIBLIOGRAFÍA Abril, Gonzalo (2007) “La información como formación cultural” en Cuadernos de Información y Comunicación. Universidad Complutense de Madrid CIC Cuadernos de Información y Comunicación, vol. 12 59-73 (2009) “¿Se puede hacer semiótica y no morir de inmanenterismo?” en Revista Científica de Información y Comunicación, 6, pp127-147 Ahmed, Sarah (2017) La política cultural de las emociones. Madrid: UNAM (2018) Vivir una vida feminista. Madrid: Bellaterra Aladro, Eva (2004) Comunicación y retroalimentación. Madrid: Fragua Altamirano, Cioffi, De Titto, et Al. (2018) La cuarta ola feminista. Buenos Aires: Emilio Ulises Bosia. Alonso, Luis Enrique (1998) La mirada cualitativa en sociología: una aproximación interpretativa. 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 237 Vicente Olmo, Ana (2015) Representación y prácticas del amor entre la juventud española. Tesis Doctoral, Madrid: Universidad Complutense de Madrid Venegas, Mar (2009) La política afectivosexual: una aproximación sociológica a la educación afectivosexual. Tesis Doctoral, Granada: Universidad de Granada Watzlawick, Paul, Beavin, Janet y Jackson, Bavelas (1991) Teoría de la comunicación humana. Barcelona: Editorial Herder Weeks, Jeffrey (1998) Sexualidad. México D.F: Paidós Mexicana Young, Iris Marion (1980): “Throwing Like a Girl: A Phenomenology of Feminine Body Comportment, Motility and Spatially”, en Human Studies Vol. 3. No.2: 137-156
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Dinámica 1.“La evocación de los deseos”: Puesta en común de reflexiones y sentires a partir de fotografías personales aportadas por las jóvenes. Dinámica 2. “El teatro de las oprimidas”: construcción de piezas dramáticas experienciales en torno a conflictos vividos en el ámbito de la sexualidad. Posteriormente las escenas fueron representadas, para la búsqueda conjunta de soluciones y alternativas durante el foro. Cierre, exposición de sentires y evaluación *Al finalizar la sesión se les pidió que escribieran de manera anónima para el próximo encuentro relatos en torno a malestares vividos en el ámbito de la sexualidad. • Sesión 2: Cena-conversatorio “el banquete de platona” Dinámica 1. “(Re)escribrir para resignificar”: lectura de los relatos escritos por las jóvenes y puesta en común de reflexiones, opiniones y sentires. Cena Evaluación conjunta de las dos sesiones 239 • Participantes (nombres ficticios) 1. Rebeca 2. Arantxa 3. Andrea 4. Lucía 5. Irene 6. Valeria 7. Laura 8. Blanca 9. Sonia Nombre/Ref: TNM2 (Taller No Mixto 2) Metodología: Taller grabado y transcrito Marco espacio-temporal Lugar: Colegio Mayor Universitario Chaminade (Universidad Complutense de Madrid) Fecha: Marzo de 2017 Duración: 1 Sesión de 4 horas de duración DESARROLLO DE LA SESIÓN • Juegos introductorios: presentaciones y exposición de intereses que motivaron la participación. • Dinámica 1. “El pasapalabra del deseo”: inspirada en la dinámica del “rosco” del concurso televisivo “Pasapalabra”, las jóvenes debían aportar una palabra, a través de la libre asociación de ideas, relacionada con la sexualidad que comenzara por cada una de las letras del abecedario. Tras el juego se abre un espacio para las reflexiones. • Dinámica 2. “El juego de las siluetas”: Se dibujan dos siluetas sexuadas y generizadas y se les pide a las jóvenes que dibujen y rellenen con colores las zonas asociadas al deseo y al placer sexual. Se realiza una comparativa de las dos siluetas y se da paso al debate. • Dinámica 3. “Teatro de las oprimidas”: construcción de piezas dramáticas experienciales en torno a conflictos vividos en el ámbito de la sexualidad. Posteriormente las escenas fueron representadas, para la búsqueda conjunta de soluciones y alternativas durante el foro. • Exposición de sentires, evaluación y cierre. 240 • Participantes (nombres ficticios) 1. Lorena 2. Alejandra 3. Zoe 4. Marta 5. Marina 6. María 7. Laura 8. Sandra 9. Sara 10. Lidia Nombre/Ref: TM1 (Taller Mixto) Metodología: Observación participante Marco espacio-temporal Lugar: I.E.S Isabel La Católica (Madrid) Fecha: Noviembre 2016 y noviembre de 2017 Duración: 8 sesiones de 1 hora de duración. DESARROLLO DE LAS SESIONES Las sesiones se ubican en un marco formativo y de intervención más amplio que consistió en la realización de talleres impartidos al alumnado de Segundo de Bachillerato del IES Isabel La Católica con motivo de la “Campaña de sensibilización y prevención de las violencias machistas del 25 de noviembre” realizadas en noviembre de 2016 y noviembre de 2017 en el Distrito Retiro (Madrid). Se realizaron un total de 13 sesiones a los dos grupos, de las cuales dos versaron sobre sexualidad. El taller realizado en 2016 fue replicado el año siguiente (aunque con alguna modificación). A continuación describo la estructura de las sesiones y las dinámicas empleadas: • SESIÓN 1 Dinámica 1. “Definir la sexualidad”: a través de la libre asociación de ideas se les pidió a los/as participantes que aportasen una palabra asociada con la sexualidad. Tras la dinámica se procede al debate y a las reflexiones colaborativas. Dinámica 2. “Teatro imagen”: se dividen en grupos y se les pide a cada grupo que construyan una imagen con sus cuerpos (a modo de escultura) que represente alguno de los conceptos aportados anteriormente. Tras la representación se procede al debate. Dinámica de cierre, breve exposición de sentires y evaluación. *Al final de las sesión se les pide a las/os participantes que traigan un objeto personal que vinculen con algún aspecto de la sexualidad para la próxima sesión. 241 • SESIÓN 2 Dinámica 1. “Objetos y deseos”: Se les pide a las/os participantes que muestren los objetos seleccionados al resto de compañeras/os y compartan los motivos de su elección. Tras la exposición se abre un breve espacio para la reflexión conjunta. Dinámica 2. “El teatro de los objetos”: se divide la clase en grupos y se les pida a cada uno que construyan una pieza dramática que verse sobre la sexualidad e incluya, al menos, dos de los objetos aportados por las/os integrantes durante la práctica anterior. Tras la creación de la escena se procede a las representaciones, seguida del debate correspondiente. Cierre, exposición de sentires y evaluación. *Las sesiones se impartieron a grupos de aproximadamente 15 personas cada uno. 242 Nombre/Ref: TNM2 (Taller Mixto2) Metodología: Observación participante Marco espacio-temporal Lugar: Grupos del Grado Superior de Integración Social impartido en diversos IES y Centros Concertados de la Comunidad de Madrid (IES Julio Verne, IES Pío Baroja, IES San Blas y CPR ES Padre Piquer). Fecha: Febrero 2018 Duración: 1 sesión de 4 horas cada una. DESARROLLO DE LAS SESIONES Las sesiones se titulaban “Introducción a la perspectiva de género” y formaban parte dentro de un itinerario formativo más amplio sobre “Trata y Explotación Sexual”. La sesión se realizó mediante el empleo de dinámicas vivenciales y colaborativas y el visionado de prácticas audiovisuales, completadas con una breve presentación de contenidos (sistema sexo/género/deseo, cultura de la violación, pornografía mainstream, etc.). La sesión fue replicada en todos los grupos (adaptadas al fluir y a los ritmos de cada uno). La estructura fue la siguiente: • Dinámica introductoria • Dinámica 1. “Definir la sexualidad”: a través de la libre asociación de ideas se les pidió a los/as participantes que aportasen una palabra asociada con la sexualidad. Tras la dinámica se procede al debate y a las reflexiones colaborativas. Dinámica 2. “La línea de los privilegios”: La línea de los privilegios en torno a la sexualidad fue una de ellas. Consistía en que mi compañera y yo lanzábamos una afirmación que reflejaba una situación concreta y las participantes (con los ojos tapados) debían dar un paso hacia adelante o hacia atrás en función de si la habían o no encarnado. Al finalizar debían comprobar el lugar en el que estaban situadas respecto a las compañeras, desde donde se procede a abrir el debate y a expresar las reflexiones de las participantes. • Breve presentación de contenidos. • Dinámica 3. “Visionado del corto Je Suis Ordinarie” de Chloé Fontaine (2017) seguido de un foro-debate • Cierre, exposición de sentires y evaluación 243 2. RELACIÓN DE ENTREVISTADAS PRIMERA OLEADA DE ENTREVISTAS REALIZADAS ENTRE MAYO-OCTUBRE DE 2016 (Colegio Mayor Universitario de Madrid) NOMBRE FICTICIO EDAD PARTICIPACIÓN EN EL TALLER Rebeca 18 Sí Arantxa 18 Sí Andrea 20 Sí Lucía 21 Sí Irene 20 Sí Valeria 19 Sí Laura 18 Sí Blanca 19 Sí Sonia 21 Sí SEGUNDA OLEADA DE ENTREVISTAS REALIZADAS ENTRE MARZO DE 2017 Y FEBRERO DE 2018 NOMBRE FICTICIO EDAD PARTICIPACIÓN EN EL TALLER Lorena 20 Sí Alejandra 22 Sí Marta 23 Sí Marina 19 Sí María 18 Sí Esther 23 Sí Sandra 22 Sí Sara 20 Sí Lidia 20 Sí Sofía 18 No Inés 18 No Mónica 21 No Carmen 23 No Patricia 23 No Rocío 22 NO Tesis Syra Ana Peláez Orero PORTADA INDICE RESUMEN SUMMARY INTRODUCCIÓN CAPÍTULO 1. CLAVES TEÓRICO-CONCEPTUALES PARA EL ANÁLISIS DE LA SEXUALIDAD FEMENINA 1.1. La sexualidad desde la perspectiva sociocultural: breve repaso por las teorías de las ciencias sociales 1.2. La sexualidad de las jóvenes desde el género 1.3. Las experiencias afectivo-sexuales desde el anclaje comunicativo. CAPÍTULO 2. CONSIDERACIONES (ETNO)METODOLÓGICAS: PRÁCTICAS Y DISEÑO DE LA INVESTIGACIÓN 2.1. Bases epistemólogicas para una investigación situada 2.2. Hitos experienciales que han guiado el proceso de investigación 2.3. Cartografiando el campo: prácticas cualitativas con perspectiva etnográfica CAPÍTULO 3. EL "SEXO" Y LOS ENCUENTROS AFECTIVO-SEXUALES DESDE LOS ÓRDENES DE LAS REPRESENTACIONES: DISCURSOS, MODELO E HIPERRITUALIZACIONES 3.1. “La teoría del sexo o el sexo, en teoría”: los órdenes discursivos y expresivos de la sexualidad 3.2. Del “sexo” a los encuentros afectivo-sexuales: hiperritualizaciones y estilizaciones en torno a las prácticas íntimas CAPÍTULO 4. LOS TERRITORIOS [DESNUDOS] DEL YO : LOS ENCUENTROS AFECTIVO-SEXUALES COMO CADENAS RITUALES DE INTERACCIÓN 4.1. El esquema preliminares/coito: ritual que lo abarca todo 4.2. Del “sexo típico” al “sexo experimental” 4.3. Los tabúes: cadenas de rituales de interacción “en los límites” 4.4. Sexting: rituales mediados tecnológicamente 4.5. La ritualización de “lo afectivo”: “sexo con amor”, “solo sexo” y “los momentos de después”. CAPÍTULO 5. LAS NEGOCIACIONES EN TORNO AL PLACER COMO PROCESOS DE RECONOCIMIENTO [DE GÉNERO] 5.1. Procesos de reconocimiento en torno a los modelos de género 5.2. Reconocimientos y desconocimientos en torno a placeres propios y ajenos: el dialogismo en la construcción de los sentidos 5.3. Reconocimientos, preocupaciones y cuidados: (re)negociaciones prácticas en torno a los placeres 5.4. Tensiones y rupturas de los reconocimientos y los diálogos con las violencias DE INERCIAS Y AGENCIAMIENTOS EN UN CONTEXTO DE PLACER/PELIGRO: Conclusiones y reflexiones finales BIBLIOGRAFÍA ANEXOS