UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID FACULTAD DE GEOGRAFÍA E HISTORIA DEPARTAMENTO DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA TESIS DOCTORAL   El General Miguel Campins y su época (1880-1936) MEMORIA PARA OPTAR AL GRADO DE DOCTOR PRESENTADA POR Manuel Touron Yebra DIRIGIDA POR M. Espadas Burgos Madrid, 2002 ISBN: 978-84-8466-144-3 ©Manuel Touron Yebra, 1997 MANUEL TOURON YEBRA EL GENERAL MIGUEL CAMPINS Y SU EPOCA (1880 - 1936) Vol. ¡ DIRECTOR: PROF. DR. DON MANUEL ESPADAS BURGOS UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID 1992 3 A Maria del Carmen y Laura Irla y a la memoria del General Don Miguel Campins Aura, un valiente soldado y un caballe- ro cristiano. 4 SUMARIO VOLUMEN 1 1. INTRODUCCION 2. EL EJERCITO ESPAÑOL DESDE LA RESTAURACION A LA GUERRACIVIL(1874—1936) 3. LOS PRIMEROS ANOS 3.1. Valencia y la epidemia de cólera 3.2. PermanenciaenCuba 3.3. Regreso a España e internados en Madrid y Truj illo 4. ENZOS DE SU VIDA MILITAR En la Academia de Infanteria de Toledo .... De guarnicion en Cataluña De Canarias a la Escuela Superior de Guerra COMí 4.1. 4.2. 4.3. 5. AFRICA 5.1. Antecedentes. La Campaña de Melilla 5.2. Las prácticas de Estado Mayor. La Campaña del Kert 5.3. Destinos burocráticos.Fin de las prácticas de Estado Mayor 5.4. La Campaña de Larache de 1914 5.5. Intermedio Peninsular. Franco, Oviedo y La Legión 5.6. Regreso a Melilla en un año fatidico 5.7. Breve paso por la Aeronáutica Militar 5.8. De nuevo en tierra. Alhucemas y fin de la guerra 6. EN LA ACADEMIA GENERAL MILITAR 6.1. Subdirector y Jefe de Estudios 6.2. Las normas pedagogicas Página 8 23 64 65 69 70 75 76 82 87 94 96 102 116 117 130 152 171 195 222 233 251 5 Página 6.3. El fin de la Dictadura, la República y el cierre de la Academia 279 7. LA LARGA ESPERA 311 7.1. Por fin General 356 8. EL FINAL 371 8.1. Una conspiracion en marcha 385 VOLUMEN II 8.2. Granada en los meses previos al alzamiento 406 8.3. Campins en Granada 418 8.4. El alzamiento militar 427 8.5. La actitud dilatoria del General Campins y la declaración del estado de guerra 450 8.6. La ruptura con Queipo de Llano 487 8.7. El proceso sumarisimo 506 8.8. La muerte de un General 542 9. CONCLUSIONES 558 10. FUENTES, BIBLIOGRAFíA Y PUBLICACIONES PERIODICAS 594 APENDICE DOCUMENTAL 609 1 - Real Decreto de 27 de Febrero de 1888 (A.M.T.) 609 2 - Trujillo, 3 de Marzo de 1888, el pueblo al Ayuntamiento (A.M.T.) 614 3 - Trujillo, 18 de Agosto de 1893, el Alcalde de Trujillo a personalidades destacadas de la ciudad (A.M.T.) 616 4 — Hoja de Servicios 766 25 - Zaragoza, 26 de Agosto de 1936, D~ Dolores Rada Rovira al General Franca (A.F.C.) ... 768 26 - Cáceres, 28 de Agosto de 1936, el Teniente Coronel Franco Salgado-Araujo a D~ Dolores Rada Rovira (A.F.C.) 770 27 - Sevilla, 2 de Septiembre de 1936, el Tenien te Coronel Berzosa a Don Carlos Comenge (A.F.C.) 773 28 - Sevilla, 2 de Septiembre de 1936, el Gene- ral Queipo de Llano al General Cabanellas A.F.C. ) 776 29 - Huelva, 24 de Septiembre de 1937, D~ Dolo- res Rada Rovira al Teniente Coronel Franco Salgado-Araujo (A.F.C.) 777 30 - Burgos, 20 de Octubre de 1937, el Teniente Coronel Franco Salgado-Araujo a D~ Dolores Rada Rovira . Por otra parte, la situación de la Armada de la Res 3. Idem . 4. Payne, Stanley, G., Las militares y la política en la España contemporánea, Madrid, 1986, pág. 100. 5. Alonso, J.R. Historia política del ejárcito español , Madrid, 1974, pág. 414. 28 tauración era semejante. En 1885 contaba con 134 unida- des de las cuales ocho eran de vela. Para su servicio había 26 almirantes, 60 capitanes de navío y 88 de fra- gata más otros 500 oficiales del cuerpo general (6). Esta anómala cantidad de oficiales y, especialmen- tede qenerales,se fue manteniendo con ligeras variaciones hasta las reformas del primer tercio del siglo XX para disminuir bruscamente a partir de las reformas de Azaña. En 1930 había en España 169 generales distribuidos en la Península, Africa y “colonias” mientras que esta cifra había disminuido a 87 en 1934 y a 84 en 1936 (7). El numero de oficiales había disminuida escasamente antes de la caída de la Monarquía -16.090 en 1930-, pera en 1934 sólo había en plantilla 9.771. Por lo tanto, se puede afirmar que durante el período estudiado hubo un excesiva número de generales y oficiales con ligeros aumentas y descensos según las circunstancias políticas o militares, que sólo se adecuó a la realidad del Ejárcito y del país a partir de 1931. Otra factor importante al estudiar el número y composición del Ejárcito desde la Restauración es el de su origen social. Despuás de la guerra de la Indepen- dencia la nobleza se había ido replegando a la Guardia 6. Idem . 7. Cardona, G., El poder militar en la España contempo-ET 1 w 226 102 m 514 102 l S BT ranea hasta la guerra civil, Madrid, 1983, pags. 280—282. ~ 29 Real, y los grupos sociales ascendentes empezaron a acceder a los mandos del Ejárcito por das motivos funda- mentales: El primero, la eliminación de las pruebas de nobleza de sangre para el ingreso en las academias militares a partir de 1812, que desaparecieron defini- tivamente en 1836. Hasta 1863 fue necesaria la acredita- cian de la práctica del catolicismo, la legitimidad del nacimiento y la limpieza de sangre. A partir de 1939, sin embargo, las das primeras condiciones fueran restablecidas para poder seguir la carrera militar. El segundo motivo, que fue variando el origen de la cúpula militar española, fue la incorporación de nuevas clases sociales, como consecuencia de las guerras de larga duración como la de la Independencia, la de Amárica y la primera guerra carlista. Junto a las antiguas familias aristocráticas existían ahora miembros de la burguesía o del campesinada. Es el caso de Miláns del Bosch, Espartero, Oráa o Prim (8). Esta incorporación trajo, a su vez, otro fenómeno. Los des- cendientes de estos militares siguieron la carrera de sus padres o abuelas. Headrick ha calculado que entre 1868 y 1898 entre un tercio y la mitad de los generales procedían de familia militar (9). Este alto porcentaje de hijos de militares, a 8. Busquets, J., El militar de carrera en España, Barce- lona, 1967, pag. 61. 9. Headrick, D.R., Ejárcito y política en España (1866 - 1898), Madrid, 1981, pág. 54. 30 partir de mediados del siglo XIX y que cantinuó hasta la actualidad, era motivado por la carestía de las Aca- demias militares (estudias y manutención). Por ejemplo, los hijos de los militares tenían ciertos descuentas. Otras ventajas que poseían era que podían entrar a una edad más temprana y se le ampliaba la máxima, con lo que se podían presentar mas veces (10). Todas estas circunstancias fueron favoreciendo lo que Busquets llama el autorreclutamiento militar y la formación de una autántica “casta” militar con el paso del tiempo. A su vez, aunque eliminada la vieja nobleza de los altos cargos, se fue produciendo durante el reinado de Isabel II un ennoblecimiento de la cúpula no noble, cama agradecimiento por los servicios prestados al trono. De esta ápoca son los ducados de La Torre (Serrano), Tetuán (O’Donnell), de La Victoria (Espartera), de Valen cia (Narváez), de Tacón (Tacón); los marquesados de Novaliches (Pavía), de Mendigorria (Fernández de Córdo- ba), de Sierra Bullones (Zabala), de Guad El-Jelu (Ros de Olano>, y el condado de Pezuela (Cheste), etc. Sin embargo, el numero de militares ennoblecidos fue dismi- nuyendo. En 1912 sólo había 10 coroneles con título y en 1930 tan sólo 11 generales. La comparación de las cifras de 1833-43 y las de 1930 resulta bastante signi- 10. Fernández Bastarreche, F., El Ejárcito español en el Siglo XIX, Madrid, 1978, pág. 111. Los datos están referidos al % . También del mismo autor en Sociología del Ejército español en el Siglo XIX , Madrid, 1978, y en Clemente Balaguer, J.C. “El Ejér- cito español en la primera mitad del ochocientos”. Revista de Historia Militar. n0 55 (1983), pag.91. 31 ficativa: 1833—43 (10) Pmcedencia Noble Militar Calidad noble Calidad honrada Desconocida Infantería Caballería Artillería In~nieros 1,4 1,6 — — 15,8 10,6 43,2 7,1 27,5 26 9,1 38 17,6 20,4 37,4 41 47,7 54,7 En 1930 los porcentajes habían disminuido, aunque en algunos casos los datos parezcan confusos ya que están referidos sólo a los generales, jefes y oficiales de la escala activa: Estado mayor Infantería Caballería Artillería Ingenieros Intendencia Jurídico Militar NQ na~~ms de la escala activa 336 6.362 1.455 1.750 928 914 155 “Títulos y sus hezxrb3nos” 4 34 45 22 6 3 3 Los cuerpos sin ningún título eran los de Inter- vención, Guardia Civil, Carabineros, Sanidad Militar y Veterinaria Militar (11). Una primera conclusión sobre 1,19 0,53 3,09 1,25 0,64 0,32 1,93 11. Cardona, G, op. cit, pág. 267. 32 la composición y origen social de los militares es que, aunque había una presencia importante de ennoblecidos al comienza del período, ésta fue disminuyendo hasta convertirse en insignificante al final. Sin embargo, se había producida el encumbramiento social de la cúpula militar por medio del matrimonio con las hijas de la burguesía. Por otra parte, a partir de 1931 con las reformas de Azaña había menas militares y, por supuesto, su origen era fundamentalmente militar. El número, la composición y el origen social diver so era uno de los principales problemas que tenía el Ejército desde comienzas de la Restauración. Pero exis- tían otros que también provocaron desasosiego interno en todos los niveles y lógicos intentos de reforma. El primero en importancia era el de la carencia de un auténtica Ejército nacional al haberse limitado el reclutamiento, por la redención en metálico, a las capas más pobres de la sociedad. Esta situacion origino, a su vez, varios conflictos derivados de esta injusta disposición; desde el resquemor social de los más desfa- vorecidos al temor de tener armada a un grupo social descontento. Pocas reformistas españoles defendieron el reclu- tamiento obligatorio durante el siglo XIX, mientras que éste existía en Prusia desde 1814-1815 y en Francia a partir de la caída de Napoleón III. En España se legis ló en 1912 y sólo en Gran Bretaña se introdujo más tar- 33 de, en 1916, aunque sólo llegó a aplicarse de manera real en 1939. El problema del servicio militar obliga- toria residía en “como crear ejércitos que no sólo fue- ran políticamente seguras, si no militarmente efectivos” (12). Otro problema, en este caso de auténtica importan- cia práctica, era la ineficacia en caso de una posi- ble movilización, al no coincidir la división existente de la Península en Capitanías Generales con la organiza- cían y ubicacion de las reservas movilizables, a lo que se añadia la carencia de autonomía regional de di- chas Capitanías. Las fuerzas disponibles movilizables a finales del siglo XIX, antes de 1898, demuestran esta aseveración y dejan constancia de este problema. En 1888 la disponibilidad de efectivos era la siguiente: - Ejército activo 91.486 - Reserva activa 98.238 — 2~ Reserva 76.829 TOTAL 266.543 Un tercer problema inherente a la estructura del Ejército, añadido al excesivo número de mandos y la imposibilidad de movilización real de las fuerzas dispo- nibles, era la inadecuación del Cuerpo de Estado Mayor. Hasta entonces, y durante algún tiempo más, había limita 12. Howard, M., The franco-prussian war, Landres, 1967, pág. 10. 34 do sus cometidas al servicio cartográfico, pero los reformistas pretendieron que cumpliera un ejercicio ordenado del manda cuando los efectivas fueran numero- sos y complejos. Sin embargo, otras voces reformistas, celosas del prestigio del Cuerpo, intentaran suprimirlo. También existían problemas internos —relacionados con los propias mandos del Ejército- concatenadas unos con otros. La insuficiencia de los sueldos y la dificul- tad de ascender a empleas superiores, debido al exceso de oficiales, eran algunas de los más importantes. Los oficiales de las Armas generales -Infantería y Caballe- ría- se consideraban perjudicados con relación a los de los cuerpos especiales o facultativos -Artillería, Ingenieros y Estado Mayor-. La inflación de jefes y oficiales había ido aumentando durante el siglo XIX, así como la relación numerica entre los oficiales y la tropa. Mientras en 1887 había en Alemania 1 coronel por cada 1000 soldados, en España la relación ascendía al 5/1000. La relacion respecto al número de jefes era semejante. Mientras en Alemania había 4,3/1000 en Infan- tería en España había un 23/1000. Mientras en Caballería había en Austria un 3/1000 en España había un 26/1000. Este exceso de jefes y oficiales incidía con especial gravedad en las armas generales: la edad media de los oficiales de las diversos empleos resulta suficientemen- te demostrativa. Las diferencias de armas se acentúan, comparando la posibilidad de ascenso a cada empleo den-- 35 tro de las mismas (13). Esta situación injusta se agravaba por la conce- sión de los llamados empleos personales a los oficiales de los cuerpos facultativos. Estas “gracias-grados” se concedían no por hechos de guerra, sino para premiar publicaciones destacadas o desempeñar labores docentes. “Las grados suponían un dualismo de empleo -un oficial de cuerpo podía a la vez ser capitán de Artillería y comandante de Infantería- que ocasionaba problemas dis- ciplinarios, además de, y esto era lo más polémico, incidir en la posibilidad de acceso al generalato de los coroneles de las diversas armas, ya que al ser el ascenso a brigadier de libre elección del rey, éste podía seleccionar a cualquier coronel fuera efectivo o disfrutara de un empleo personal” (14). Este dualismo fue pronto suprimido, pero el proble ma de los ascensos enturbió las relaciones entre jefes y oficiales durante todo el período. Durante el primer tercio del siglo XX el motivo fue el del ascenso por méritos de guerra (en Marruecos). Pronto se formó el grupo de los “africanistas” y de los peninsulares, y éstas últimos pretendieran esconder su envidia en las Juntas de Defensa. Un dato resulta significativo; respec to a la promocian de Infantería de 1910, 20 años después 13. Puelí de la Villa, F.M., “El General Cassala, refor- mista militar de la Restauración”, Revista de His-ET 1 w 406 107 m 516 107 l S BT toria Militar, XXII, n~ 45 (1978), pag. 185. 14. Idem . 36 Franca había adelantado 2.438 puestos y Yagíie 1.515 (15). Un último problema relativo a la situación perso- nal de los militares era la concerniente al sueldo; generales, jefes y oficiales estaban mal pagados, tenien do en cuenta que una gran parte de la oficialidad estaba en lista de reemplazo, con media paga, y otra elevada proporción en situacian de cuartel, con cuatro quintos del sueldo. Esta provocaba una gran insatisfacción inte- rior en un cuerpo de oficiales saturado, envejecido y sin esperanzas de ascenso (16). Debido al escaso sueldo la vida de los militares era austera y llegaban al fin de sus días con pocos bienes, incluso los generales. Había leyes que impedían el matrimonio de los jóvenes oficiales si no disponían de otra “fortuna” que su paga. Sin embargo, los extremos de miseria de la primera mitad del siglo XIX habían desaparecido, aunque los sueldos eran extremadamente bajos. Los referidos a 1888 son significativos: - Capitán General 10.000 (reales/mes) - Teniente General 7.500 - Mariscal de Campo 5.000 - Brigadier 3.333 - Coronel 2.300 15. Cardona,G., op. cit., pág. 32. Alonso, J.R.,Op.cit., pag. 399. 16. Alonso, J.R., op. cit, pag. 398. 37 - Teniente Coronel 1.800 - Comandante de 1~ 1.600 - Capitán 1.000 — Teniente 750 — Alferez 650 — Sargento 1~ 247,16 — Sargento 2~ 197,26 — Cabo 1~ 109,56 — Cabo 2~ 99,56 Este hecha tuvo una gran importancia en el desa- rrollo del reformismo militar, ya que parte del presu- puesto del Ministerio de la Guerra que podía haberse empleado en otras funciones se destinó a elevar el suel- do del personal militar. Aún así, y aunque durante el primer tercio del siglo XX la situación había mejorado, una comparación entre las nóminas de los altas cargos de la Administración civil y los altos mandos del Ejerci ta favorecía a los primeros, sobre todo en determinados niveles-empleas. Antes de concluir, es preciso analizar someramente una cuestión de gran importancia: La situación del arma- mento. Durante todo el período se habían ido frustrando las compras o fabricaciones propias de material bélico. Las fábricas nacionales habían desaparecido casi total- mente o trabajaban a un ritmo excesivamente lento por la falta de encargos. Las planes de reconstrucción de la Armada después de 1898 fueran retrasándase continua- mente. No se podía comprar o fabricar material de guerra 38 porque el presupuesto había que destinarlo al aumento del sueldo de los mandos; pero tampoco éste podía reali- zarse como hubieran querido los militares, a causa del excesiva número de las plantillas. Casi al final del período el estado del material del Ejército era deprimente. Gabriel Cardona hace una magnífica exposición de esta situacion en el resumen de su tesis doctoral sobre el poder militar en la Segun- da República, refiriéndose a la transición con la Dic- tadura de Primo de Rivera: .... . la aerostación militar empleaba completo un negociado del Ministerio y tenía un solo globo del que cuidaba un regimiento especial. La Aviación sólo tenía aparatos inútiles y anticuados, casi todos de reconocimiento, y un solo bombardero tri- motor. La totalidad del arma acorazada era una companía de pequeños tanques Renault, casi siempre averiados. Si la Caballería hubiera pretendido montar un día a todos sus jinetes teóricos, habría descubierto que falta ban casi la mitad de los caballos, y que eran todavía de lanceros ocho de sus treinta regimientos. La Infante- ría estaba armada con fusiles Mauser modelo 1893, ametra lladoras Hoctkins todavía eficaces, pero anticuadas, escasos y estropeados fusiles ametralladores de cuatro modelos distintos y morteros Lafitte, absolutamente inútiles que se iban a sustituir por el Valera, mucha mas eficaz y potente. La Artillería de campaña se basaba en cañones Scheider de 7,5 , con mucho prestigio, mas años que prestigio y las dos terceras partes del alcance que sus contemporáneos. Unas pacas y excelentes baterías 39 del 10,5 de campaña y 8 cañones Skoda del 8, muy anticua das, completan el panorama. Sin embargo, estaban arti- llándose las bases navales con buenas cañones” (17). Par otra parte, en la Segunda República, debido a múltiples factores, el armamento se mejoró y renovo, acelerándose este proceso de forma lógica a partir de 1936. Pera durante toda el periodo esta fue otra de las grandes dificultades planteadas al Ejército. * * * Todas estas problemas mencionados se intentaron solucionar por parte de varias ministros, que obtuvieron desiguales resultados en sus propósitos. Respecto al primero, la misión real del Ejercito en la España de la Restauración, el propio Canovas tuvo un criterio bastante claro: dar al Ejército una postura legal, no beligerante en política, abriéndose a un horizonte afri- cano hasta el Atlas, fuera de Europa y América (18). Entre las causas del relativo éxito canovista Seca Serrano apunta una bastante significativa: se había extinguido biológicamente una parte de los grandes caudi líos isabelinas. “Los nuevos generales Pavía, Martínez 17. Cardona, G. El poder militar en la Segunda República española (1931-1936), Universidad de Barcelona, 1982, págs. 4 y 5. Es el resumen de su tesis docto- ral que dió origen al libro citado anteriormente. 18. Esta idea de Cánovas aparece reflejada en su obra “Apuntes para la historia de Marruecos”. 40 Campos, Jovellar, Prima de Rivera, López Domínguez, habían sido testigos del fracaso en que concluyó la culminacion del ciclo histórico que la generación ante- rior había protagonizado. De estímulos de la izquierda, los nuevas príncipes de la milicia pasaron a convertirse en garantía conservadora, desde que en el sexenio demo- crático” vieron brotar un nuevo proceso revolucionario, que contemplaron y padecieron como una amenaza para la misma institución castrense” (19). Durante los primeros años de gobierno canovista no se intentó ninguna renovación importante en el Ejér- cito. Sin embargo, en 1878 promulgó la Ley Constitutiva del Ejército, pero al no desarrollar en leyes adiciona- les los reemplazos, ascensos, recompensas, Estado Mayor, retiros y remuneraciones, los partidos de la oposícion se fueron hacienda cargo de las reivindicaciones mili- tares. Claro ejemplo de ello fueron las propuestas pre- sentadas por Canalejas. Tres fueron los generales reformistas importantes de la Restauración. El primero, Martínez Campos, durante el gobierna de Sagasta de 1881. Martínez Campos, “volan- te regulador del turno de partidos” (20), estableció un proyecto de ley de organización del- Ejército el 15 de Mayo de 1881, en el que reconocía la imposibilidad 19. Seco Serrana, C., Militarismo y civilismo en la España contemporanea, Madrid, 1984, pag. 194. 20. Alonso Baquer, M., El Ejército en la sociedad espa-ET 1 w 281 94 m 516 94 l S BT ñola, Madrid, 1971, pág. 176. 41 del servicio militar obligatorio por falta de presupues- to. Se limitó a apoyar las reformas inevitables y su gran aportación fue la creacion de la Academia General Militar de Toledo en 1882, que suponía proporcionar a la oficialidad una unidad de origen, que seria la base del Ejército profesional del sigla XX. El segundo reformista fue el General López Domín- guez, el más continuista, que prometió reformar el Ejér- cito e implantar el servicio militar obligatorio. Pero sus esfuerzos fueron inútiles y sólo quedó reforzado el corporativismo entre los militares. El tercer reformista, el mas importante por sus ambiciosos planes, fue el General Cassola. Para lograr comprender la situación que condicionó el fracaso de sus intentos reformistas, resulta necesario entender las distintas concepciones del Ejército que tenían los partidos politicos. El ideario militar del partido conservador se basaba en la imitacion del modelo frances, intentando crear un Ejército corporativista que se ajustara a la Ley Constitutiva del Ejército y no interfiriera en la política nacional. El partido liberal intentaba descor- porativizar el Ejército, popularizarle, con la puesta en marcha del servicio militar obligatorio e imitar la organización del ejército prusiano, con ciertas adap- 42 taciones del suizo y del italiana (21). El General Cassola fue nombrado por Sagasta Minis- tro de la Guerra el 8 de Marzo de 1887, al dimitir el General Castillo. Dimitió el 14 de Junio de 1888 por una cuestión protocolaria, aunque ya habia presentado su cese el 24 de Enero de dicha año por el encano de la oposición a su proyecto y por el tibio apoyo de la mayoría parlamentaria. Al ser nombrado Ministro presentó en el Congreso la Ley Constitutiva del Ejefcito de 22 de Abril de 1887. Este primer proyecto de ley definía y daba misio- nes a la institución militar; establecía normas por las que se habría de regir el reclutamiento de las cla- ses de tropa, así como las que regularían el acceso al cuerpo de oficiales y suboficiales; asimismo, organi- zaba la escala de reserva de los generales y establecía las recompensas a otorgar en épocas de guerra y paz y establecía una lógica organización regional militar de la Península y territorios de Ultramar. En un segunda proyecto de ley derogaba la dispo- sición por la cual a los militares se les podía embargar o retener la totalidad o parte de sus haberes, autori- zándoles, por el contrario, a que pudieran solicitar préstamos. En esta Ley Constitutiva del Ejército desta- 21. Puelí de la Villa, F.M., op. cit., pág. 189. 43 caban tres puntas fundamentales: la proclamación efec- tiva de la obligatoriedad del servicio militar, la crea- ción del Servicio de Estado Mayar, y la supresión de la dualidad en el sistema de ascensos del cuerpo de oficiales (22). Según Puelí de la Villa, todos los problemas mili- tares planteados por Canalejas posteriormente -en 1888- quedaban resueltos por las reformas planteadas por Ca- ssola (23). Canalejas - Deficiente estado de or- ganízacían. - Bajo nivel cultural de la tropa. - Problema de ascensos Cassola - Creación de la Junta Supe rior de Guerra. - Creación del Servicio de- Estado Mayor. - Separación de las funcio- nes administrativa y fis- cal del Cuerpo de Adminis tración Militar. - Servicio militar obligato río. - Voluntariado de un año. - Escala cerrada para todas las armas y cuerpos. 22. Continuación del artículo de Puelí de la Villa en Revista de Historia Militar, XXIII, n~ 46, (1979) pág. 144. 23. Idem, págs. 148—149. 44 - Organizacion regional - Organización regional inefectiva. - Falta de una clase de Sub- oficiales. - Prohibición de concesio- nes de grados y empleos — personales. - Reglamento de defectos pa ra el ascenso. - División de la Peninsula- y Ultramar en regiones mi litares. - Reclutamiento de las uni- dades dentro de la región donde fueran a servir. - Ubicación de las reservas y fuerzas movilizables en las proximidades de su - destino en caso de con-- flicto armado. - Creación de la clase cade te. - Creación del empleo de - suboficial. - Creación de escuelas de - ascenso a suboficial y - oficial de la escala de - reserva. - Posibilidades de promocion de las clases de tropa. El proyecto de Cassola cubría la mayar parte de los problemas excepto el de la insuficiencia de los sueldos militares y el del armamento; pero daba solucio- 45 nes a los problemas peculiares de la organización mili- tar española: supresión de la dualidad de grado y empleo, conversión del Estado Mayor en un servicio más flexible, imitación del francés y copia de Alemania del servicio militar obligatorio, voluntarios de un año y localiza- ción regional de las reservas movilizables (24). - Los principales historiadores del Ejército de la Restauración y de períodos posteriores han valorado positivamente los intentos reformistas del General Ca- ssola; sin embargo, las intenciones del Ministro de la Guerra fueron frustradas por los propios militares y por los políticos. Según Cardona, las propuestas de Cassola dejaron en evidencia a los militares, que ade- más de estar divididos por cuestiones políticas lo esta- ban por temas profesionales: “la Caballería y la Infan- tería se unían contra los artilleros, todos contra el Estada Mayor y algunos generales contra todos” (25). La oposícion a Cassola fue casi general, no sólo de las grandes figuras civiles del partido conservador, sino bastantes del partido liberal, generales como Mar- tínez Campos, Weyler, Pieltain, Primo de Rivera, Daban, Ochanda, López Domínguez, Azcárraga, Ceballos, Salamanca, 24. Idem, pág. 153. Sobre Cassola ver: Fajardo, J., “El General Cassola”, Revista Macanaz, n~ 40, Hellín, 1952, y E.C. y J.P. de y., Cassola. Reformas milita-ET 1 w 339 139 m 517 139 l S BT res, Madrid, 1888. 25. Cardona, G., “El poder militar en la segunda... pág. 2. 46 Negrete y Suárez Inclán; había predominio del Estado Mayor y de los cuerpos facultativos (26). Las intentos del mas acertada reformista militar del siglo XIX fracasaron por la falta de apoyo de los principales implicados. Pero la trascendencia de sus reformas fue sumamente importante. De su programa derivo la ley de Reclutamiento y Reemplazo de 1912, la creacion del servicio de Estado Mayor en 1932. la división mili- tar regional vigente hasta 1980, la articulación del Estado Mayor Central dentro del Ministerio del Ejército y el sistema de recompensas utilizado en el Ejército de Tierra (27). Si Cassola fue el teórico gran reformista militar de la Restauración, hubo durante el primer tercio del siglo XX otros grandes militares que llevaron a la prác- tica sus ideas, que culminaron en parte al final del período, con las reformas de Azaña. Pero tuvieron que pasar varios años y el cambio de siglo para que las reformas fueran llevadas a cabo. Algunos datos hablan por si solos. En el gobierno de Silvela-Polavieja cayó el Ministro de la Guerra por una cuestión de presupuesto y se abandonó todo proyecto de reforma en el Ejército. Casi se aprobó un proyecta de la minoría liberal que pretendía reducir la fuerza 26. Alonso, J.R., op. cit., pag. 416. 27. Puelí de la Villa, F.M., op. cit., 2~ parte, pag. 172. 47 militar a 60.000 hombres. Además, había que contar con el deprimente estado en el que se encontraba el Ejército entre 1898 y 1900. Casi toda la prensa era antimilitar, los regimientas estaban reducidos a doscientos hombres, sólo tenían empleo un tercio de los oficiales, los cuar- teles seguían instalados en conventos destartalados y durante la década posterior al desastre colonial la fábrica de Trubia sólo montó una pieza por mes (28>. Todos estos datos son significativos del estado del Ejército y de la necesidad de reformas, que fueron aplazadas por la desmoralización que síguío a la derro— ta de 1898. Hubo que esperar más de una década para que las reformas necesarias comenzaran a aplicarse. En 1906 el general Luque intentó variar la división territorial basándose en una división operativa y, a la vez, reducir el cuerpo de oficiales. Pero fracaso, como lo había hecho Bermúdez Reina en 1890, por la cerrada oposícion del generalato. En Febrero de 1912 se aprobó la ley del Servicio Militar que abolió la sustitución personal y la reden- ción en metálico, pero instauró el sistema de los “mozos con reducción de tiempo en filas” o saldados de cuota, que se limitaban a hacer un servicio de 5 meses si paga- ban 2.000 pesetas, o de 10 meses si pagaban 1.000 pese- 28. Alonso, J.R., op.cit., págs. 443—447. 48 tas. La argumentación de la reduccion en el servicio estaba basada en la educación de los mozos. Estos solda- dos de cuota podían fácilmente convertirse en suboficia- les y oficiales de complemento y podían ser vueltos a llamar al servicio1 en caso de emergencia, con mayar facilidad que el resto de los reservistas (29). Otra gran intento reformista, antes de las medidas radicales de Azaña, fue el de la Ley de Bases de 1918. No contenía artículos, sino las bases que habían de desarrollar can posterioridad leyes ordinarias. Por este motivo puede considerarse una Ley Constitutiva del Ejército. Fue presentada por el general Marina y pretendía dar solucion a los problemas planteados por los profesionales: organización y modernización y proble mas de oficiales. Las primeras bases intentaban solucionar el pro- blema de la organización. Se establecía una division en tres agrupaciones: primera línea, segunda línea y territorial. Se conservaba la división territorial con ligeras modificaciones y se establecía que el ejército debía constar de 19 divisiones, que contasen con 64 regimientos de Infantería, 27 de Caballería, 33 de Ar- tillería y 8 de Ingenieros. La segunda parte de la Ley de Bases de 1918 inten- 29. Busquets, J., op.cit., pag.33. Alonso; J.R., ap.cit . pág. 453. 49 taba dar respuesta a los problemas concretos del cuerpo de oficiales: beneficios para el personal que pasara a la reserva o retiro, ascensos, considerándose que éstos serían por rigurosa antiguedad hasta general y proporción determinada por ley (por ejemplo, 51% para Infantería) y, en último lugar, el problema de las suel- das, que iban desde las 2.500 pesetas de un alférez hasta las 25.000 de un brigadier. Al final del período estudiado se llevaran a cabo las reformas mas importantes realizadas hasta entonces desde 1874. El encargado de llevarlas a cabo fue Azaña, ministro de la Guerra en el primer gobierno republicano. En Agosto de 1931 presentó en las Cortes una ley, que prácticamente recopilaba unos 30 Decretas que había realizado durante los cuatro meses anteriores. Azaña tenía das objetivos: disminuir el poder político del Ejército y reducir el número de unidades y mandos, dando mayar eficacia a la Institución. Se suprimieron las tradicionales Capitanías Generales sustituyéndolas por jefaturas divisionarias, que carecían de mando territo- rial; los Gobiernos Militares de provincias fueron redu- cidos a la categoría de comandancias militares y se suprimieron los organismos judiciales del Ejército. Por otra parte, Azaña empleó varios métodos para conseguir un Ejército reducido y eficaz. Estableció a la division como la unidad orgánica básica y fijó la composición del Ejército en 9 divisiones y das bri- gadas de montaña. El total de unidades paso a ser de 1 — — -~ — — 50 41 regimientas y 8 batallones de Infanteria, 10 Regimien tos de Caballería, 27 de Artillería y 5 regimientos y 7 batallones de Ingenieros. Quizás la medida mas espectacular y comentada de la obra militar de Azaña fue la reducción del exce- dente de plantillas. Ofreció el suelda integro, la Cruz de San Hermenegildo y otras remuneraciones a quienes pidieran la baja del Ejército en el período de un mes. Según el propio Azaña el Anuario Militar citaba en ese momento la abusiva cantidad de 258 generales y 21.996 oficiales. Esta medida fue sumamente efectiva para acabar con un problema que se había convertido en secular. Según Gabriel Cardona se retiraron 84 generales, 8.738 jefes y oficiales y 1.866 suboficiales y asimiladas, lo que sumaba un total de 10.688 militares. Michel Al- pert da la cifra de 133 generales y 7.613 jefes y ofi- ciales (30>. Resulta sumamente significativa la exposi- ción detallada de los retirados voluntariamente teniendo en cuenta las Armas o Cuerpos: 30. Alpert, M., La reforma militar de Azaña, Madrid, 1982, pág. 156. o-! ~ m-~ c~ O H~ o-! Mi >d W~ H H (D ~ Dl’ N rf ~ (D o-~ c•~~ O r9 O ~ CD Ql • O Q.. (•~ ~‘J L.~ u, ~ t~.J ~ o H . 36. Alonso, J.R., op. cit., pag. 396. 37. Fernández Bastarreche, F., “El Ejército español en ...“, págs. 53-54. En su otra abra, base de la anterior no aparece el tema de la enseñanza militar. 57 Segundo Curso Primer Semestre Primeras clases. Segundas clases. Terceras clases. Cuartas clases. Segunda Semestre Primeras clases. Segundas clases. Terceras clases. Cuartas clases. Trigonometría rectilínea. Topografía. Geometría descriptiva. Planas acata- das. Teoría del tira. Armas portáti- les. Material de guerra. Táctica del batallón. Geografía mili- tar de España. Dibujo topográfico. Prácticas de topografía. Instrucción práctica de la táctica de batallón (alterna- das). Organización militar. Higiene militar. Fortificación. Castramentación. Servi cia interior. Geografía militar de España. Dibuja de croquis. Esgrima (alterna- das). La principal aportación de esta Academia General fue la de disminuir la tensión que existía entre los diversos Cuerpos y Armas del Ejército, uno de los moti- vos fundamentales por los que se había creada. El primer director de la Academia fue el General Garbis (1883- 1887), continuando esta labor los generales Mella (1887- 1890) y Cerda (1890-1893). Pero la existencia de la Academia General fue carta, sólo una década. Según Bus- quets “los deseos de unidad no se superaron y existían 58 múltiples inconvenientes en los planes de estudios de las respectivas Armas o Cuerpos” (38). El encargado del cierre de la Academia General Militar fue el General López Domínguez. En Febrero de 1893 presentó el decreto a la Regente María Cristina en el que se aducían varias causas además de la ya cita- da: Respetar la libre elección de arma por parte de los alumnas y reducir la partida del presupuesto militar dedicada a la enseñanza. De esta manera se volvió al antiguo sistema de Academias particulares de Armas y Cuerpos: la de Infante ría en Toledo, Caballería en Valladolid, Artillería en Segovia, Ingenieros en Guadalajara, Administracion en Avila; además, existían otros centros militares, como la Escuela Superior de Guerra en Madrid, la Acade- mia de la Guardia Civil en Valdemoro y la de Carabineros en Villaviciasa de Odón. La duracían de los estudios quedó fijada en cinco años para Artillería e Ingenieros y tres para las demás Armas. Los profesares eran elegi- das mediante-concurso científico en los Cuerpos faculta- tivos y por concurso—aposición en las Armas generales (39). Esta situación se mantuvo inalterable durante casi todo el primer tercio del siglo XX, hasta que mci- 38. Busquets, J., op. cit., pag. 81 39. Idem . 59 dentes fortuitos provocaron en parte la reapertura de la Academia General Militar en 1927. El General Primo de Rivera, primer general procedente de la antigua Aca- demia General Militar de Toledo mantuvo serias disputas con el arma de Artillería en 1926; estas incidentes tuvieran como consecuencia la disolución del Arma y el cierre de su Academia en Segovia. Esta situación, junto con la clásica idea de la unificación de aspiran- tes a futuros oficiales, fue la que provocó la segunda etapa de educación conjunta. Esta vez la Academia Gene- ral Militar se estableció en Zaragoza. Los aspirantes a ingresar en la Academia General Militar de Zaragoza debían tener una edad comprendida entre los 17 y los 22 años si eran civiles o 25 si eran militares. Se exigía el bachillerato elemental y un examen de ingreso con cuatro ejercicios: español, idioma extranjero, dibujo y matemáticas. La duración de los estudios era de das años, al termino de las cuales los alumnos podían elegir el Arma deseada si tenían posibi- lidad, teniendo en cuenta las plazas determinadas por el Ministerio de la Guerra para Cuerpo o Arma. En Octubre de 1928 se inauguró la segunda etapa de la Academia General Militar que sólo tuvo tres promo- ciones, siendo el única Director el General Franca y Jefe de Estudios el entonces Coronel Miguel Campins. Los profesares, en este caso, fueron antiguas africanis- tas, compañeros o subordinados del General Franca, coma Franco Salgado, Alonso Vega, Esteban Infantes, Pimentel, 60 etc., o miembros de la UME como Barba Hernández o López Varela. Este profesorado y el estilo de vida creado en la Academia fueran las causas, junto con el coste y la proliferación de centros de enseñanza militar, de que Azaña cerrara la Academia a partir del 30 de Junio de 1931. Durante la Segunda República se redujo el numero de academias militares: Toledo para Infantería, Caballe- ría e Intendencia, Segovia para Artillería e Ingenieros y Madrid para Sanidad (Medicina, Farmacia y Veterinaria). La carrera militar se redujo de cinco años a cuatro y se crearon centras de perfeccionamiento militar: Escue la Central de Tiro, Escuela de Equitación Militar, Es- cuela Central de Gimnasia, Escuela de Automovilismo, Centro de Transmisiones y Estudias Técnicos de Ingenie- ros y Escuela Superior de Guerra. En la Armada la enseñanza se realizó desde 1868 en la fragata “Príncipe de Asturias”, fondeada en el Ferrol, y con posterioridad en otros buques, hasta que en 1899 fue suprimida. Se volvió a impartir en 1913 en el antiguo Colegio Naval Militar de San Fernanda. La carrera duraba tres años y el cuarta lo pasaban los alumnos embarcadas (40). Los acontecimientos políticas y las distintas 40. O’Dogherty Sánchez, P., “Historia de la Escuela Naval Militar”, Revista General de Marina, Madrid, 1982, pág. 377. 61 fases de funcionamiento de las academias, junta con los principales hechos militares de la política exterior española provocaran distintas generaciones de militares con diferentes formas de pensar, distintas intenciones y variadas condicionamientos en su concepción de la vida castrense o, incluso, de la política. Una primera generacían, paralela a la literaria, es la del 98. Su principal representante fue Primo de Rivera, aunque también hay que añadir los nombres de Ibáñez Marín, Dámaso Berenguer, Ricardo Burguete, Dava, Cavalcanti, Queipo de Llana y Cabanellas. Una de las características más destacadas de este grupo de milita- res fue el profundo pesimismo originado por el desastre colonial, y el sentimiento de rechazo e incomprensión respecto al resto de la población. Esta generación tuvo una gran importancia durante el período estudiado, aun- que por motivos de edad sólo intervinieron parcialmente en el Ejercito o en la política a partir de 1936. Una segunda generación militar referente al perio- do es la de 1915, caracterizada por varios hechos: una formación breve condicionada por la necesidad, una gue- rra de Africa prolongada y una actitud de recelo y des- confianza ante la democracia constitucional, debida a la inculpación a las instituciones de todos los males del Ejército. Su ideología era la proyección de la dis- ciplina castrense. Sus principales representantes fueron los generales que dirigieron la guerra civil. 62 En esta generacían aparecen diferenciados claramen te das grupos: el peninsular y el africanista. Existían serios enfrentamientos entre ellos debida a los ascensos por méritos de guerra, siendo lógicamente favorecidos los africanistas. Todos estas conflictos originaran problemas internas en el Ejército —coma la creacían de las Juntas de Defensa, escaparate de las reivindica- ciones de parte del Ejército peninsular- y políticas, por la formación de auténticas camarillas palaciegas. El grupa africanista dentro de la “generacion de 1915” tuvo sus principales representantes en das unidades cuya base de actuación fue Marruecos: Regula- res y la Legión. En la primera estuvieron destinadas Franco, Mola, Cabanellas, Ponte, Llano de la Encomienda, Varela, Yague, Muñoz Grandes, Asensio, etc. En el tercio de Extranjeros, además de sus fundadores Millán Astray y Franca, sirvieron Esparza, Martín Alonso, Alonso Vega, Yag{ie, García Valiño, Franca Salgado, etc. A modo de conclusión, puede afirmarse que lo refle jada en las paginas precedentes son, a grandes rasgos, las características esenciales del Ejército español en el larga período que media entre 1874 y 1936, entre la Restauración monárquica y la Guerra Civil. Ciertamente, podría haberse incluido en este ca- pítulo un somero estudio de la politizacion en el Ejér- cito y de los grupos políticos más significativos del misma, además de los acontecimientos militares más seña- 63 lados de la época. Sin embargo, la relación -siquiera tangencial- de Miguel Campins con los primeros y su decisiva participación en los segundos, obligan a tratar tales aspectos al misma tiempo que se analiza su trayec- toria profesional y humana, objeto de esta tesis. 64 3. LOS PRIMEROS AÑOS El 18 de Marzo de 1880 nace en Alcoy (Alicante) Miguel Campins Aura, en el seno de una familia formada por el Teniente de Infanteria Miguel Campins Cort y su esposa Juana Concepción Aura Calvo. El Teniente Campins, que habia ingresado en el Ej4rcito en 1868 como soldado voluntario ‘ premio~• <1), se encontraba accidentalmente en la ciudad alican- tina, a la que había sido destinado tras su último as- censo y después de largos años de campaña en Cuba. Campins era un soldado valeroso, que por sus meri- tos en el combate fue ascendiendo desde los empleos más bajos hasta alcanzar la oficialidad; estaba en pose- 1. Archivo General Militar (A.G.M.), JA Sección, Expe- diente personal de Don Miguel Campins Cort, Hoja de servicios, 2~ Subdivisión. 65 sión de numerosas condecoraciones y, en una de las múl- tiples operaciones militares en las que participo en la isla caribeña, había sido gravemente herido. Todo ello le valió el nombramiento de “Benemárito de la Pa- tria” por Real Decreto de 15 de Julio de 1876 (2). En 1879 contrajo matrimonio y al año siguiente nació el primero de sus hijos, cuyas virtudes castrenses habrían de igualar y aún superar, a las de su padre. 3.1. Valencia y la epidemia de cólera En los primeros años de la dácada de los ochenta la familia Campins continúa residiendo en Levante y se incrementa con un miembro más, Cásar. El padre, des- tinado en 1881 al Regimiento de Infanteria de Tetuán nQ 47, desempeña diversas misiones por la región, si bien, desde 1883, fija su residencia en Valencia, plaza que ya no abandonará hasta mediado el año 1886. Son años difíciles, en los que la poblacion espa- ñola conocerá los rigores del hambre y de las crisis de subsistencia, acrecentadas por las guerras civiles y coloniales, y la consiguiente párdida de población activa masculina (3). Por si ello fuera poco, en 1885 penetra en España la última epidemia de cólera morbo 2. Idem. 7~ Subdivisión (1876). 3. Martinez Cuadrado, M.,, La burguesia conservadora (1874—1931), Madrid, 1973, pág. 82. 66 asiático del siglo que, al igual que las tres anteriores, producirá miles de victimas en la práctica totalidad del territorio nacional, pero tendrá una especial inci- dencia en la región levantina y en su Capital, Valencia. Durante seis meses del año 1865 Valencia habia conocido los devastadores efectos de una epidemia que, pese a su corta duración, se había manifestado de forma extremadamente virulenta (4). Veinte años despuás, el nuevo brote epidámico encuentra en la ciudad —y en la provincia- las condiciones idóneas para su rápida propa- gación. Entre las causas que se han señalado como determi- nantes de la actividad del cólera en Valencia, destacan: Las condiciones meteorológicas adversas que se produje- ron a lo largo de todo el año 1885; la párdida de las cosechas; el colapso final de la industria de la seda; y, finalmente, la drástica reducción de la actividad comercial. Consecuencia de todo ello fue la disminución del nivel de vida y la aparición del hambre, la miseria y el pauperismo (5). Aunque desconocemos las circunstancias especifi- cas de la familia Campins en el nefasto año 1885, lo cierto es que Doña Concepción Aura contrae el cólera 4. Comenge y Ferrer, L., La medicina en el Siglo XIX . Apuntes para la historia de la cultura médica en España, Barcelona, 1914, pag. 524. 5. Nadal i Oller, J., La población española (Siglos XVI a XX), Barcelona, 1973, pág. 160. 67 y fallece el día 7 de Julio (6); posteriormente se pro- duce el óbito de su hijo Cásar, tambien contagiado del terrible mal. En ambos casos se cumplen las estadisticas demográfico-sanitarias que contemplan en esta epidemia una fuerte sobremortalidad femenina, una concentración de fallecimientos en el grupo infantil y una incidencia generalizada -aunque desigual- en todas las clases socia les valencianas (7). Tan sólo unos días despuás del fallecimiento de su esposa, el Teniente Campins va a prestar servicio a la línea de vigilancia sanitaria que las autoridades habían ordenado establecer entre distintos pueblos de la provincia. Estas líneas o “cordones sanitarios” fue- ron objeto de polámicas durante el siglo pasado entre partidarios y detractores de su implantación, encontrán- dose entre estos últimos el mádico barcelonás Luis Co- menge, quien, además de seguir de cerca la epidemia de 1885, analizó posteriormente sus antecedentes y conse cuencias, estudiando tambián las medidas legales que se pronunciaban en contra de los “cordones” (8>. En Valencia no se tuvieron en cuenta disposiciones como la Real orden de 25 de Agosto de 1854, en la que se advertía a los Gobernadores: 6. A.G.M ., JA Sección, Expte . cit., Hoja cit., 7~ Subdivisión (1886>. 7. Nadal i Oller, 3., op. cit., págs. 157-159. 8. Comenge y Ferrer, L., op. cit., pags. 532-533. 68 “... que procuren persuadir a susadminis— trados de la ineficacia de las medidas coercitivas y cordones sanitarios... (9). lo cual, probablemente, produjo una mayor mortandad de la epidemia en la provincia, al impedir la relacion entre poblaciones y cortar de raíz muchos de sus medios de subsistencia. El Teniente Campins, superviviente con su hijo Miguel de la tragedia valenciana, se encuentra de impro- viso con su familia deshecha y con la responsabilidad de atender a un niño de corta edad. El tiempo que media entre el fallecimiento de su esposa y la toma de la trascendental decisión de embarcar de nuevo para Cuba, es para 41 de una extraordinaria complejidad por las dificultades que le plantea su hijo, llegando a la con- clusión de que la mejor de las soluciones es, precisa- mente, su marcha a ultramar. En su decisión, hay que considerar la posibilidad de que jugara un papel determinante su situación econó- mica personal que, a juzgar por los sueldos de la ápoca, no debía ser muy boyante. Un Teniente del Arma de Infan- tería venia a percibir en la Peninsula entre 650 y 750 reales al mes, mientras que de servicio en ultramar su sueldo se elevaba hasta 1.375/1.500 reales (10>. 9. Idem., pág. 533. 10. Fernández Bastarreche, F., “El Ejárcito Español ...“, op. cit., pags. 85—94. 69 Sea como fuere, y pese a la oposicion de sus fami- liares, Campins solicita ser destinado al Ejárcito de Cuba, embarcando con su hijo en Cádiz el 30 de Agosto de 1886 para llegar a La Habana el día 15 del mes de Septiembre siguiente (11). 3.2. Permanencia en Cuba El Teniente Campins es destinado a la Subinspec- ción del Arma de Infantería y Milicias de la Isla, en La Habana, en cuyas dependencias prestará sus servicios hasta 1891. Al contrario que durante su anterior estan- cia en Cuba, en esta oportunidad su destino será pura- mente burocrático, coincidiendo con una etapa de rela- tiva tranquilidad de los independentistas isleños (12). El pequeño Miguel, que a su llegada a Cuba cuenta tan sólo 6 años, es internado en un Colegio de la Compa- ñía de Jesús en La Habana, para que comience sus prime- ros estudios. Salvo este dato, poco sabemos de su vida en la Isla, aunque la tradición de la familia nos lo presente subido en un asno y acompañando a su padre en el desempeño de sus funciones militares. En 1891 el Teniente Campins obtiene licencia de cuatro meses para regresar a España con su hijo, con el claro objetivo de dejar a áste interno en la Penín- 11. A.G.M., JA Seccion, Expte. cit., Hoja cit., 7~ Sub- division (1886). 12. Idem., 1886/1891. 70 sula. El niño tiene ya 11 años y comienza a dar prue- bas de una creciente vocación militar, gestada sin duda en los años de permanencia en Cuba y en los períodos de vacaciones disfrutados al lado de su padre. 3.3. Regreso a España e internados en Madrid y Trujillo Una vez en España, el Teniente Campins encomienda a su hijo a un hermano de su difunta esposa, que ejerce- rá la función de tutor y se ocupará de seguir la evolu- ción de los estudios del niño, que es internado en un colegio de huárfanos de Madrid, donde permanecera hasta 1896. El padre regresa a Cuba y es destinado al Regimien to de Infantería de María Cristina nQ 63 de guarnición en Cienfuegos, continuando su carrera militar y partici- pando en distintas campañas hasta 1898, año en el que vuelve definitivamente a España y fija su residencia en Barcelona. Durante su estancia en la Isla alcanzo el empleo de Teniente Coronel y contrajo nuevas nupcias con una española que allí residía. El oficial Campins siempre mantuvo contacto con su hijo, enviando desde Cuba los fondos necesarios para costear sus estudios, aunque, en determinado momento, hubo de prescindir del tutor elegido para el niño, que se aprovechaba en beneficio propio de su condición de tal y se quedaba con el dinero que llegaba de ultramar. 71 El 20 de Agosto de 1896 el joven Miguel Campins, que ya contaba 16 años, ingresa en el Colegio Preparato- rio Militar de Trujillo, para terminar sus estudios de segunda enseñanza y preparar las pruebas de ingreso para la Academia de Infantería de Toledo (13). El Colegio Preparatorio Militar de Trujillo era uno de los cuatro que, a propuesta del Ministro de la Guerra -General Manuel Cassola-, se habían creado en España por Real Decreto de 27 de Febrero de 1888. ... con objeto de dar a los jovenes la — instrucción necesaria para ingresar en la Academia General Militar” (14). El Articulo 14~ del R.D. de creacion invitaba a las poblaciones interesadas, y que dispusieran de un edificio apropiado para su instalación, a que presen- tasen sus proposiciones, en la inteligencia de que los edifi- cios han de ser capaces para 200 alumnos y tener todas las dependencias necesarias~~ (15). El Ayuntamiento de Trujillo, a instancias de “to- das las clases sociales de la población” que así lo 13. A.G.M., 2~ Sección, 7~ División, Legajo nQ 48 y JA Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 3~ Subdivisión. 14. Artículo 1Q del R.D. de Creacion, Archivo Municipal de Trujillo (A.M.T.), Legajo 571, 3-3-1. 15. Artículo 14Q, Idem. 72 lo decidieron en asamblea comunitaria (16), decidió presentar su candidatura, poniendo a disposición del Ministro de la Guerra el edificio, huerta y cerca del antiguo convento de la Encarnación, que reunia todas las condiciones requeridas, y la suma de “veinticinco mil duros” para los gastos de instalacion. La decisión ministerial se conoció en Septiembre <17) y fue favorable a las aspiraciones de la ciudad. Las obras de acondicionamiento comenzaron en Noviembre y se terminaron en el breve plazo de seis meses. Por su capacidad, belleza y dotación de magnífico gimnasio, amplias aulas, salón de actos, dormitorios, comedores, gabinetes de ciencias físicas y naturales, pabellones para habitación de Jefes, Oficiales y Profesorado, jar- dines y demás dependencias para toda clase de servicios, el Colegio Preparatorio Militar de Trujillo fue, en su momento, uno de los mejores centros militares y cul- turales de la nación, pues además de las disciplinas castrenses, se cursaban en ál estudios de bachillerato incorporados al Instituto de Cáceres (18). Puede afirmarse que la creacion del Colegio Prepa- ratorio Militar de Trujillo, junto con los de Lugo, Zaragoza y Granada, constituye uno de los proyectos 16. Trujillo, 3 de Marzo de 1888, el pueblo de Trujillo al Muy Ilustre Ayuntamiento de la Ciudad, A.M.T., Leg. 571, 3—3—1. 17. Madrid, 26 de Septiembre de 1888, telegrama del Diputado Don Manuel de Grande a la ciudad, A.M.T., Legajo 571, 3—3—1. 18. Tena Fernández, J., Trujillo histórico y monumental , Alicante, 1967, págs. 141—142. 73 menos conocidos de las reformas militares emprendidas en 1887 por el General Cassola, pese a que tal creación suponía la supresión de las Academias preparatorias militares establecidas hasta entonces en las capitales de distrito <19). Sin embargo, el Colegio —con arreglo a lo estable- cido en 1888- sólo funcionó hasta 1893, año en el que asume la direccion del Ministerio de la Guerra el Gene- ral López Domínguez. Las reformas de Cassola fracasaron al no poder superar los enfrentamientos originados en el interior del Ejárcito, y con ellas fracasó tambián el sistema de enseñanza pre-militar ideado por el gene- ral reformista. Pese a ello y a la supresión de los demás, el Colegio de Trujillo se mantuvo hasta 1902, si bien desde 1893 con un espíritu distinto al que había inspirado su primitiva concepcion. En realidad, en el Centro fun- cionaban dos secciones, dedicada la primera a preparar para las carreras militares a individuos de tropa1 y la segunda a facilitar a paisa- nos los estudios del Bachillerato y la preparación para las carreras citadas”(20). 19. Artículo 1SQ del R.D. de creación, A.M.T., Legajo 571, 3—3—1. 20. Trujillo, 18 de Agosto de 1893, carta del Alcalde de Trujillo a personalidades destacadas de la ciu- dad, A.M.T., Legajo 571, 3-3-3. 74 Como ya había sucedido con la concesión de 1888, el mantenimiento del Colegio en Trujillo en 1893 tuvo mucho que ver con la actividad desplegada por los Sena- dores y Diputados en Cortes del distrito, y tambián por una Corporación Municipal que no escatimó medios para conseguir sus propósitos, llegando a pagar anuncios en varios periódicos de la ápoca en los que se comunica- ba la permanencia del Colegio en la ciudad (21). Esta institución, reformada en 1893, es la que acogió en 1896 a Miguel Campins, que permaneció en ella hasta el 30 de Junio de 1897. El áxito obtenido en las pruebas de ingreso para la Academia de Infantería da idea de la calidad de la enseñanza y del aprovechamiento en los estudios del joven aspirante a Oficial, que vería, un año mas tarde, colmadas sus aspiraciones y cerrado un período de su vida de muchas dificultades y escasas satisfacciones personales. 21. Trujillo, 11 de Agosto de 1893, borrador de carta dirigida por el Alcalde de Trujillo a los Directores de : “El Imparcial”., “El Liberal”, “Correspondencia de España”, “El Globo” y “El Correo”, A.M.T., Legajo 571, 3—3—3. 75 4. COMIENZOS DE SU VIDA MILITAR A lo largo del siglo XIX la enseñanza militar sufrio numerosas variaciones en la totalidad del Ejár- cito español. Los diferentes cambios que en ella se produjeron fueron debidos a la experimentación de diver- sas fórmulas en su organización que, la mayoría de las veces, sólo consiguieron inducir a confusión y, desde luego, repercutir en el bajo nivel de preparación de los alumnos. En síntesis, la organización de la enseñanza mili- tar en el siglo pasado responde a los tres modelos si- guientes: - Existencia de escuelas independientes para cada especialidad. - Enseñanza comun de la parte general a todas las Armas y Cuerpos, separada de la que constitu 76 ye la propia especialidad. — Existencia de un centro unico y general de ins- trucción, en el que se impartían enseñanzas tanto de la parte general como de la particular de cada Arma (1). 4.1. En la Academia de Infantería de Toledo En su clásica obra sobre la Academia de Infantería (2), Hilario González recoge las instituciones militares que, en la pasada centuria, pueden considerarse prede- cesoras del Centro que, aún hoy, se ocupa de la forma- ción de los oficiales del Arma en la ciudad de Toledo. La primera de ellas fue la Academia Militar de Sevilla, creada el 16 de Octubre de 1809, que tenía la doble particularidad de surgir en un momento especialmente crítico de la Historia de nuestro país, además de contar con el primer Reglamento de este tipo de centros de enseñanza militar. Tras numerosos cambios de nombre, disoluciones y nuevas creaciones, el Real Decreto de 20 de Febrero de 1882 establecía en Toledo, sobre la base de la Acade- mia de Infantería creada en 1875, la Academia General Militar, cuya vida se prolongará hasta Julio de 1893, año en que fue cerrada por razones presupuestarias. La - 1. Fernández Bastarreche, F., “El Ejárcito español... op. cit., pag. 48. 2. González, H., Resumen Histórico de la Academia de Infantería,Toledo, 1925. 77 nueva etapa que entonces comienza se fundamenta en la recuperación de las Academias de las diferentes Armas, Cuerpos e Institutos del Ejárcito y, entre ellas, natu- ralmente, la de Infantería de Toledo (3). Los estudios en la nueva Academia estaban conce- bidos para tener una duración de tres años; los aspiran- tes a ingresar en ella tenían que superar un examen previo, “además de hallarse en posesión del grado de Bachiller en Artes o de certificado que acreditara la aprobación de las asignaturas necesarias para obatener- lo” (4). El joven Miguel Campins Aura, que contaba entonces 17 años, cumplía estas condiciones, tras superar con áxito los examenes de Aritmática, Algebra hasta ecuacio- nes de segundo grado, Geometría plana y del espacio, Trigonometria rectilínea, traducción de francás y dibujo de figura hasta cabezas, en los que obtuvo excelentes calificaciones, ninguna inferior a notable (5). El plan de estudios trazado en 1893 no se pudo cumplir ni siquiera ese año dada la creciente necesidad de oficiales subalternos que tenía el Arma de Infantería; esta necesidad fue incrementándose en los años sucesivos, especialmente a partir de 1895, “cuando se reanuda en los Estados Unidos el deseo de adquirir Cuba”, y de 3. Idem., pág. 131 4. Idem., pag. 134 5. A.G.M., JA Sección, Expediente C-701, Hoja de Estudios. 78 forma más patente, “al cuajar el conflicto hispano-nor- teamericano en torno a la Isla en 1896-1898” (6). Las promociones que fueron ingresando en la Aca- demia en los años siguientes a 1893 vieron progresiva- mente disminuida su estancia en el Centro, hasta el punto de que, según lo dispuesto en la Real Orden de 22 de Febrero de 1897, los alumnos que ingresaron en ese año y en el anterior completaron su preparacion acadámica en un solo curso de doce meses de duración. El plan de estudios vigente se redujo a una sín- tesis del mismo, en la que estaban incluidas las mate- rias que se expresan a continuación: PRIMER CURSO (seis meses ) PRIMERAS CLASES TEORICAS Ordenanzas hasta el Capitán y Ordenes generales. Descripción de los fusiles reglamentarios. Táctica hasta compañía inclusive. Reglamento de tiro. Educación moral del Soldado. Código de Justicia Militar (JA y 2Q Tratado). SEGUNDAS CLASES TEORICAS Planos acotados. Topografía. Tratamiento y honores. 6. Palacio Atard, V., La España del Siglo XIX, 1808 - 1898, Madrid, 1978, págs. 554—557. 79 Reglamento de campaña. Geografía militar de España y sus colonias. Frances. Detall y servicio interior (título JA). TERCERAS CLASES TEORICO-PRACTICAS Descripción y manejo de algunos fusiles extranjeros. Descripcion del material de Artillería. Manejo de aparatos topográficos. Servicio de guarnición. Gimnasia. Dibujo. CUARTAS CLASES PRACTICAS Instruccion táctica. Tiro al blanco y fuegos tácticos. Construcción de trincheras-abrigos. Prácticas generales, durante quince días, iguales a las de segundo curso. SEGUNDO CURSO (seis meses ) PRIMERAS CLASES TEORICAS Táctica del batallón y brigada. Armas portátiles. Organizacion militar de España. Marchas, reposo, exploración y seguridad. Combates. Guerras irregulares. Táctica de las tres Armas y reconocimientos. Ordenanzas, desde Comandante a Coronel inclusive. 80 Reglamento interior de los Cuerpos (títulos 2Q y 3Q). SEGUNDAS CLASES TEORICAS Fortificación. Pólvoras y explosivos. Telegrafía y ferrocarriles. Detall y Contabilidad. Historia militar. Prácticas de procedimientos (Tratado 3Q del Código). Prácticas de Detall y Contabilidad. TERCERAS CLASES PRACTICAS Manejo de algunos fusiles extranjeros. Manejo y montaje de aparatos telegráficos de campaña. Manejo de aparatos ópticos. Ferrocarriles y manejo del material fijo y móvil. Manejo de las piezas de Artilleria. Esgrima. Equitac ion. Dibujo topográfico. CUARTAS CLASES PRACTICAS Instruccion táctica en orden cerrado y abierto, que servirá para práctica del mando a los alumnos de segundo curso. Tiro al blanco y fuegos tácticos. Prácticas generales durante quince días : Servicio de guarnición y compañía.- Ejercicios de comba- te.- Construcción de puentes ligeros y revestimientos 81 de fortificaciones.- Trazado de obras de fortificación.- Prácticas de topografía.- Reconocimientos tácticos y logísticos. Conducción de convoyes.- Marchas de manio- bras (7). Miguel Campins se vió afectado por el plan de enseñanza de “cursos abreviados”, al ingresar en Toledo el 6 de Junio de 1897 como integrante de la 343~ Promo- ción (8). Un año y veinticinco días despuás era nombrado 2Q Teniente de Infantería y destinado al Regimiento de Infantería de Asia nQ 55, de guarnición en Figueras (9); su padre, que seguía en Cuba, no asistió a la entre ga de despachos y tampoco lo hizo ningún familiar de la Península. El primer año de la carrera militar de Miguel Campins concluía de manera un tanto precipitada, al mismo tiempo que España perdía los últimos vestigios de su imperio colonial. Es indudable que, de no mediar los conflictos de Cuba y Filipinas, el paso de Campins por la Academia de Infantería hubiera sido muy diferen- te; pero la guerra imponia sus inexorables necesidades a los aspirantes a oficiales. Según indica Payne (10), desde comienzos de 1895 7. González, H., op. cit., pags. 138-139. 8. A.G.M., JA Sección, Expte. C-701, Hoja de Estudios. 9. A.G.M., Idem., Hoja de Servicios, 7~ Subdivísion (1897) 10. Payne, S.G., op. cit., pags. 92-93. 82 hasta Noviembre de 1897 fueron enviados a Cuba 185.227 hombres; 28.774 a las Filipinas y 5.848 a Puerto Rico. Tuñón de Lara (11) es mucho más explícito, y da la cifra de 6.222 oficiales desplazados a Cuba entre el 1 de Marzo de 1895 y el mismo día y mes de 1897, al tiempo que se enviaban a Puerto Rico 179 oficiales y se embar- caban para las Filipinas, sólo desde Septiembre de 1896 a Febrero de 1897, 735 oficiales mas. La cifra total, 7.136 hombres, es suficientemente significativa, y justifica por si misma la celeridad imprimida a las sucesivas promociones de infantes que en aquellos años pasaron por la Academia toledana. A ello hay que añadir el elevado numero de bajas que se producían en Cuba, causadas no tanto por el fuego enemi- go como por las enfermedades de la manigua. 4.2. De guarnición en Cataluña Consumado el Desastre de 1898 y alcanzada la paz con los Estados Unidos en Diciembre de ese mismo año, se inicia en España un período que culminara en 1917, con la caída definitiva del sistema de la Restauración. Pero, por el momento, la firmeza del rágimen político resistió sin excesivas complicaciones la párdida de las colonias; el gobierno liberal cedió su turno en el poder a los conservadores, que afrontaron la nueva 11. Tuñón de Lara, M., La España del Siglo XIX, Barce- lona, 1973, II, pag. ~¿. 83 etapa con ideas renovadoras de la economía peninsular y de la propia forma de gobierno (12). El joven oficial Campins se incorpora a su unidad en Cataluña, region en la que permanecerá los ocho años siguientes. No son muchos los hechos destacados que recoge su Hoja de Servicios en estos años, caracteriza- dos por la tranquilidad de la vida en guarnición y por los frecuentes desplazamientos y servicios que debe efectuar en distintas plazas catalanas (13). En Septiembre de 1899 protagoniza un incidente en su Regimiento y contesta de forma ‘‘poco respetuosa a un Capitán, hecho que le supone un arresto de ocho días en Banderas. Dos años más tarde, en 1901, cambia de residencia y de unidad, al ser destinado al Batallón de Cazadores de Estella nQ 14 de guarnición en Lérida. A propósito de tal destino, conviene señalar, aunque sea de manera muy esquemática, algunos de los problemas que afectaban a las unidades militares en los primeros años del siglo. La desmovilización que siguió al final de la gue- rra colonial dejó el Ejército reducido a unos efectivos situados en torno a los 50.000 hombres, si bien hubo momentos en que, antes de la incorporación de los contin 12. Martínez Cuadrado, M., op. cit., pág. 374. 13. A.G.M., JA Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1898—1906). 84 gentes de reclutas anuales, tales efectivos no supera- ban los 30.000 soldados, con una proporción oficial- soldado de uno a uno. Sin embargo, la mayoría de los regimientos forma- dos durante la guerra seguían existiendo, aunque la mayor parte de ellos tuviera menos de 400 hombres. Con el paso de los años esta situación fue cambiando, aunque muy lentamente, y asi, hacia 1906, los efectivos por unidad habían aumentado ligeramente y también el numero total de soldados -unos 80.000-, mientras el numero de oficiales se cifraba en 18.000, de los cuales sólo 10.000 tenían destinos regulares (14). El 2Q Teniente Campins era, pues, un”oficial pri- vilegiado” en 1901 cuando se incorporo a su destino en Lérida. Poco antes de que esto sucediera, se vió involucrado en un nuevo y desagradable incidente que se saldó con un arresto de dos meses y un dia en casti- lío. Los hechos, que dieron lugar a la instrucción de un voluminoso expediente por el Juzgado Permanente de Instrucción del IV Cuerpo del Ejército, ocurrieron en el acuartelamiento del Regimiento, y tuvieron como prota gonista a un soldado un tanto desequilibrado que ofendió gravemente de palabra a un suboficial, negándose a aca- tar sus órdenes. Avisado Campins, advirtió al soldado de lo impro- 14. Payne, S.G., op. cit., pags. 102-112. 85 cedente de su conducta, pero éste, lejos de desistir en su postura, contestó al oficial de forma irrespetuo- sa e histérica. Campins le propino una bofetada, que produjo el esperado efecto de zanjar el incidente. Sin embargo, la justicia militar consideró el hecho como “abuso de autoridad”, y de nada sirvieron las declaraciones de los testigos que, unánimemente, respaldaron la actuación del oficial, sin duda poco ortodoxa, pero efectiva y, probablemente, la única posi- ble en aquel caso (15). Campins cumplió su arresto en el castillo de Gar- deny y perdio, como penas accesorias, dos meses y un día de tiempo de servicio y antiguedad; pero ello no fue obstáculo para que, reincorporado a su Regimiento, asumiera sus anteriores funciones de abanderado y profe- sor de la academia de alumnos aspirantes a cabo, que no abandonará hasta su marcha de Cataluña. En Febrero de 1902 se produce un acontecimiento importante en la vida del joven oficial: El desplazamien to con su unidad a la plaza de Reus, para hacer frente a la huelga general revolucionaria que, desde comienzos de año, se desarrollaba en algunas plazas catalanas (16). Nada sabemos sobre lo sucedido en su corta -ocho días- estancia en Reus, tan sólo que este cometido enco- 15. A.G.M., 9~ Sección, Expediente C-44. 16. A.G.M., JA Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivision (1902). 86 mendado al Ejército fue, a juicio de algunos autores como Payne, algo habitual en la primera década del siglo, ante la inexistencia en ciudades y provincias de fuerzas de policía adecuadas (17). Las tropas eran la garantía del mantenimiento de un orden público gravemente perturbado en los prime- ros meses de 1902, en los que la tensión social ocupó los primeros planos de la vida política. La huelga iniciada en el mes de Enero por los metalúrgicos barceloneses, que pedían una reduccion de su jornada laboral, se transformó en huelga general al mes siguiente, y la ciudad condal se convirtio en escenario de violentos choques entre trabajadores y la fuerza pública. La huelga paralizó la vida de Barcelona y se ex- tendió a Sabadell, Tarrasa, Sants, Tarragona y Reus. El Capitán General de Cataluña declaró el estado de guerra y el Ejército intervino contra los huelguistas, que estaban dirigidos por organizaciones de tendencia anarquista (18). En 1903, Miguel Campins es declarado “apto para el ascenso “ cuando por antiguedad le corresponda y, ese mismo año, en Noviembre, su Batallón es destinado 17. Payne, S.G. op. cit., pág. 103. 18. Tuñón de Lara, M., op. cit., II, págs. 165-166. 87 a formar parte de la guarnición de Barcelona, plaza de la que era originaria su familia y a la que viajaba con frecuencia para visitar a su padre cuando disfrutaba er de algún permiso. En Barcelona asciende a 1— Teniente, recibe la grata noticia de la invalidación de la nota desfavorable consignada en su expediente por los sucesos de 1901, y realiza unas maniobras en Berga, en los meses de Abril, Mayo y Junio de 1906, en las que desempeñó su cometido con gran profesionalidad y sufrió diversas penalidades, recompensadas con una Cruz de JA Clase al mérito militar, que le fue concedida por el General Subinspector de Tropas de la IV Región (19). Por Real Orden de 26 de Julio de 1906 es destinado al Batallón de Cazadores de Fuerteventura nQ 22 de guar- nición en Puerto de Cabras (desde 1956, Puerto del Ro- sario), plaza a la que se incorpora el 28 de Agosto. 4.3. De Canarias a la Escuela Superior de Guerra Los dos años que Miguel Campins permanece en Cana- rias aportan pocas novedades a su biografía. Los prime- ros meses los pasa en Las Palmas de Gran Canaria, desem- peñando el cargo de Habilitado suplente de su Batallón; posteriormente, ya de regreso en Puerto de Cabras, se hace cargo de la Academia de Alumnos aspirantes a cabo que, más tarde, lo será también de sargentos. Es induda- 19. A.G.M., JA Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1903—1906). 88 ble que este cometido, desempeñado con notable capacidad en sus años de guarnicion en Cataluña, pese a ser de sencilla ejecución, agrada al joven Teniente y anuncia lo que sera uno de sus mas importantes destinos del futuro. Ayudante del Batallón, Auxiliar de la Mayoría y Oficial de almacen, son otras funciones que se le encomiendan y que lo ponen al corriente de la compleja maquinaria burocratica de la administración militar. A mediados de 1908 marcha a Santa Cruz de Tenerife a hacer las pruebas de acceso para la Escuela Superior de Guerra y, una vez superadas éstas, es nombrado alumno de dicho centro, al que se incorpora en Madrid con fecha JA de Septiembre. Ese mismo mes recibe una recompensa por haber sido clasificado con el número dos en el curso de instrucción de la Escuela Central de Tiro, al que concurrió el año anterior (20). La Doctrina militar actual da la siguiente defini- ción y misiones del Estado Mayor: “Es el principal órga- no auxiliar del Jefe. Tiene como misiones: - Proporcionar los elementos de juicio y los datos necesarios para fundamentar sus desiciones, y estar en condiciones de someter a su consideración las posi- bles acciones que se juzguen más adecuadas, para afron- 20. A.G.M., Idem., (1906—1908). 89 tar las situaciones producidas o previstas. - Materializar las decisiones del Jefe en las correspondientes órdenes, instrucciones o directivas y transmitirlas. — Velar por su cumplimiento. - Informarle del estado moral y material de las tropas y de las posibilidades logísticas, y detallar y aclarar a los mandos inferiores cuanto sea necesario para el mejor cumplimiento de las órdenes de aquél. Sobre la manera de proceder de un Oficial de Esta- do Mayor, la misma Doctrina dice: La labor del Estado Mayor tiene carácter imper- sonal. En el desempeño de sus funciones sólo será respon sable ante el Jefe de su Gran Unidad. Los Oficiales de Estado Mayor actuarán a su inmediación o destacados, pudiendo llevar a cabo, en este segundo caso, misiones de enlace y de vigilancia del cumplimiento de sus or- denes. Estos cometidos han de realizarlos los Oficiales de Estado Mayor sin inmiscuirse nunca en el mando de las tropas y ajustando siempre su conducta a la idea del Jefe y al máximo respeto a la unidad de doctrina y a la disciplina intelectual”. Y sobre sus cualidades: 90 “Deben ser cualidades inherentes a todo Jefe u Oficial de Estado Mayor: La lealtad, el espíritu de sacrificio, el amor a las tropas, la laboriosidad, la resistencia física a prueba de las mayores fatigas, la discrecion y el sentido de la responsabilidad” (21>. Probablemente, esta definición del Estado Mayor, sus misiones y cometidos y las cualidades que deben reunir sus Oficiales, pueden parecer excesivas si las trasladamos a 1908 pero, en esencia, son las mismas que entonces se estudiaban en la Escuela Superior de Guerra y que inspiraban a los militares en ella diplo- mados. El Estado Mayor en España había nacido como tal -un sistema institucionalizado de asesoramiento y apoyo al órgano de dirección de la guerra- en la Guerra de la Independencia, cuando un selecto grupo de militares ilustrados, en el que figuraban los Generales Joaquín Blake y Francisco Javier Castaños, fundaron el Cuerpo de Estado Mayor de Operaciones. En el primer tercio del siglo XIX ese Cuerpo fue tomando forma, si bien, “la innovación orgánica de la corporizacion de las funciones de Estado Mayor no se consolidó hasta la creación de una Escuela Especial, verdadero antecedente de la tradición nunca interrum- 21. Ministerio del Ejército, Estado Mayor Central, Doc- trina, empleo táctico y logístico de las Armas y los Servicios, Madrid, 1976, pág. 21. 91 pida de nuestra Escuela de Estado Mayor” (22). Por Real Decreto de 22 de Febrero de 1842 se crea- ba la Escuela Especial de Estado Mayor, con el propósito de seleccionar y formar a los Ayudantes Generales y a los Oficiales de las Planas Mayores, para que pudieran desempeñar con competencia y profesionalidad sus delica- das funciones. Dias mas tarde, el 2 de Marzo, otro Real Decreto regulaba las responsabilidades del Cuerpo de Estado Mayor. En 1867, con el fin de acentuar más la especiali- zación que precisaba el Cuerpo, se crea la Academia de Estado Mayor, en la que se debía ingresar desde muy joven y procedente de paisano. En 1882, la Academia pasa a ser de Aplicación de Estado Mayor, y pese a que las reformas ideadas por el General Arsenio Martínez Campos para la unidad moral del Ejército se pusieron en práctica, el esquema orgánico que de ellas surgió no logró superar el polemíco período que culminó con la destitución del Ministro de la Guerra, General Casso- la (23). La solución de compromiso adoptada entonces llevó a la creacion, en 1893, de la Escuela Superior de Gue- rra, en la que se permitía al alumnado encuadrarse defi- nitivamente en el Cuerpo de Estado Mayor o bien pasar 22. Escuela Superior del Ejército, Nuestra Escuela de Estado Mayor, Madrid, 1978, pág. 14. 23. Idem., págs. 15—16. 92 a la condición de Diplomado. Esta última posibilidad fue la que eligió Miguel Campins cuando termino sus estudios en la Escuela; es- tudios que, con arreglo al plan de 1893 -modificado en 1904— tenian una duracion de dos cursos, cada uno de ellos con tres clases obligatorias y una electiva. La Historia militar y la crítica de algunas campañas modernas adquirieron una gran importancia y, en general, se limitaron o se suprimieron todos aquellos estudios que no fueran eminentemente prácticos, triunfando con ello el sentimiento generalizador de la capacitación para las funciones de Estado Mayor (24). La Escuela Superior de Guerra tenía su sede en 1908, en la Calle del Conde de Miranda nQ 3 y plaza del mismo nombre de Madrid, en un palacio propiedad de la Casa de Alba. En él estudió Miguel Campins los cursos 1908-1909 y 1909-1910, ya como Capitán de Infan- tena, empleo alcanzado al poseer la antiguedad corres- pondiente. En los años de permanencia en la Escuela como alumno, Miguel Campins estuvo destinado, primero en el Regimiento de Infantería de Asturias nQ 31, luego -tras su ascenso- en el Batallón de la 2~ Reserva de Durango nQ 87, y, finalizada con aprovechamiento la 24. Idem., pág. 37 93 fase de presencia en el Centro de enseñanza superior, en situación de excedente en la JA Región Militar, depen- diendo del Estado Mayor Central del Ejército (25). El 1Q de Septiembre de 1911 se incorpora al Grupo de Escuadrones de Caballería de Ceuta para realizar las prácticas de Estado Mayor. Aunque estaba previsto que continuara en este destino hasta Febrero del año siguiente, lo cierto es que, por orden superior, embarca de nuevo para la Península y posteriormente para Melilla, donde el 11 de Diciembre toma el mando del primer escua- drón del Regimiento de Caballería de Alcántara y da comienzo a la larga y extraordinaria etapa africana de su biografía, que sólo concluirá definitivamente tras el desembarco de Alhucemas <26). 25. A.G.M., JA Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1908—1911>. 26. A.G.M., Idem . 94 5. AFRICA A comienzos del siglo XX, la intervencion en el Norte de Africa se convirti¿ en un elemento fundamen- tal de la politica interior española, por cuatro razones esenciales: - La presencia tradicional de España en las plazas y provincias situadas en las fachadas mediterránea y atíantica. - La politica de expansion e intervencion en Afri- ca, revitalizada en la segunda mitad del siglo XIX y, de manera muy especial, tras las párdidas territoriales de 1898. - El enorme interes con que en visperas de la 1 Guerra Mundial los imperialismos europeos, que pronto entrarían en colision, observaban a Marruecos (crisis de Tánger, 1905, y de Agadir en 1911). - La presion de un importante sector militar, ~ ~ 95 con el rey al frente, que veían en nuestra intervención en Marruecos el comienzo para la recuperación del pres- tigio exterior del pais (1). Todas estas razones, unidas a la pretendida “mi- sión histórica tradicional” de España en Africa, pueden englobarse en una sola: necesidad estratágica, pues “de no hacer valer España su derecho a “controlar”, antes que otra potencia europea, los territorios inme- diatos a Ceuta y Melilla, corria el riesgo de verse “estratágicamente” cercada por esas mismas potencias~~ (2). Para que esto no sucediera, España llegó a un acuerdo preliminar con Francia —que se consideraba con derecho preferente en la zona- en 1902, aunque el trata- do correspondiente no se llegó a firmar, por el temor de nuestro pais a enemistarse con Gran Bretaña. Sin embargo, en 1904, se firma un convenio hispano-frances de carácter secreto, segun el cual se divide el Imperio Xerifiano en dos zonas de influencia, correspondiándole a España el Norte de Marruecos -antiguo reino de Fez- y a Francia el Sur -antiguo reino de Marraquex-, aunque ambos paises reconocían la soberanía del Sultan. En líneas generales, la conferencia internacional de Algeciras de 1906 confirmó el “statu quo” europeo 1. Martínez Cuadrado, M., op. cit., págs. 526-527. 2. Seco Serrano, C., Alfonso XIII y la crisis de la Restauración”, Barcelona, 1969, pág. 136. 96 en Marruecos (3), sin que los límites territoriales de las respectivas zonas española y francesa de influen- cia se alteraran hasta 1912, año en el que también cambia rá el concepto de la ocupación territorial. 5.1. Antecedentes. La campaña de Melilla En 1912 en la zona de influencia española, se formará una especie de provincia gobernada por el Jalifa, que era elegido por el Sultán de Marruecos entre dos candidatos propuestos por España. El Jalifa poseia una delegación general y permanente otorgada por el propio Sultán, en virtud de la cual ejercia los derechos perte- necientes a éste (4). La autoridad del Sultán, sin embargo, había ido decayendo a medida que empeoraban los problemas internos del país y, sobre todo, a partir de 1902, año en el que el Roghi -supuesto hijo de un monarca anterior- comenzo a reclamar lo que ~l consideraba sus derechos al trono. En los años siguientes, España asistió impa- sible a los intentos del pretendiente para consolidar su poder en el extremo nororiental de Marruecos, al tiem- po que, hábilmente, trataba de unir su destino a los intereses financieros y empresariales de España y Francia en la zona. 3. Payne, S.G., op. cit., pág. 117. 4. Becker, J., Historia de Marruecos. Apuntes para la Historia de la penetración europea, y principalmente de la española, en el Norte de Africa, Madrid, 1915, pág. 550. 97 Capturado finalmente por las tropas del Sultán, el Roghi fue ajusticiado en 1909, pero con ál desapareció el último elemento de estabilidad en una región en la cual el gobierno marroqui nunca había logrado imponer totalmente su autoridad <5>. A partir de ese momento los acontecimientos se precipitaron y la region se sumió en la anarquía; las minas que explotaba España en las proximidades de Melilla se vieron amenazadas por las cabilas hostiles, y el Gobierno español encargó al Coman- dante militar de la ciudad norteafricana, General Marina, que tomase las medidas oportunas para proteger a los mineros. Al producirse los primeros asesinatos -Julio de 1909- el Ejárcito intervino, comenzando a fortificar posiciones fuera del territorio español de Melilla. Con esta acción, destinada a ampliar el perímetro de protección de los trabajos mineros, y con la consiguiente reacción de las cabilas, quedó suficientemente claro que el conflicto que tanto se había temido en España estaba a punto de estallar. El Ejército español poco había hecho para preparar- se para esta situación y, una vez mas, “se hizo patente la ineficacia y desorganizacion profundas de la institu- cion armada. Las unidades que habían sido enviadas a Africa estaban, en su mayor parte, integradas por reser- vistas que habían olvidado la instruccion recibida y 5. Payne, S.G., op. cit, págs. 118—119. 98 carecían, además, de los indispensables servicios de asistencia para su entrada en campaña. Así se explica que la llamada “guerra de Marruecos “ se convirtiese para España en una serie interminable de incidentes, muchas veces catastróficos, que eran una sangría y una ruina de carácter crónico” (6). Lo que señala Aunos se manifestó con inusitada dureza en una hondonada próxima a Melilla llamada el Barranco del Lobo, donde la impericia y la fatalidad se unieron un aciago dia de Julio, para llevar a la muerte a numerosos soldados, oficiales y al propio Gene- ral que mandaba las tropas españolas. Sin embargo, como indica Morales Lezcano, las causas del fracaso de la penetración pacífica de España en Marruecos a partir de 1909 “no hay que detectarías solamente, con injusta unilateralidad, en la mermada fibra empresarial y tác- nica de un pueblo gastado y en el “militarismo” de la hipertrofiada oficialidad peninsular; sin que estos dos rasgos históricos, tan determinantes del curso del marroquismo español sean inciertos, hay que ponderar la condición de “avispero” que se venia atribuyendo a Marruecos en los medios europeos informados” (7>. Es evidente que en este “avispero” el Ejárcito español no supo desenvolverse inicialmente; pero aprendió 6. Aun¿~s Párez, E., Itinerario histórico de la España contemporanea, 1808-1936, Barcelona, 1940, pág. 333. 7. Morales Lezcano, V., El colonialismo hispano-frances en Marruecos (1898-1927), Madrid, 1976, pág. 45. 99 muy pronto, ya que “fue en medio del concurso ambiental marroquí -territorio abrupto, destreza guerrillera del indígena, aislamiento de las guarniciones españolas en destacamentos fácilmente estrangulables por el enemi- go-, como se fue formando el “ejárcito africano” de España” (8). De hecho, a finales del verano de 1909 el General Marina comenzo a controlar la situación, ocupando sus columnas moviles la región de Quebdana y logrando alcan- zar la cima del monte Gurugú el 29 de Septiembre. “La noticia de la ocupacion del Gurugó fue acogida en España con extraordinario júbilo; se organizaron manifestaciones patrióticas en todas las ciudades y el pueblo vivio jornadas de magnífica emoción, atribuyendo al hecho un alcance que, sin duda, no tenía, pero considerando que el haber arrojado a los indígenas de aquella forta- leza natural, donde habíamos sufrido en los principios de la campaña tan sangrientos reveses, significaba para una gran derrota y para nosotros el haber vengado a nuestros hermanos y haber lavado el honor de nuestras armas” (9). Atrás quedaba el desgraciado mes de Julio, en el cual a los desastres de la guerra se unió el estallido revolucionario que tuvo lugar en Barcelona y que es 8. Morales Lezcano, y., España y el Norte de Africa : El Protectorado en Marruecos (1912-1956), Madrid, 1984, pág. 89. 9. Garcia Figueras, T., Marruecos. La accion de España en el Norte de Africa, Barcelona 1939, págs.131-132. 100 conocido como “semana trágica”. Ahora, entrado ya el otoño, las tropas de Marina toman las alturas situadas inmediatamente al Sur del Gurugu, acción que permite ampliar la zona de ocupación española, hasta entonces muy limitada en algunos puntos. Desde este momento la resistencia cabileña se desmorona, alcanzándose la paz en Enero de 1910, que es firmada por los jefes moros locales con las autorida- des españolas, nominalmente, al menos, garantes de la autoridad del Sultán. Terminada la campaña, el mando de Melilla fue elevado al rango de Capitanía General; todos los aspec- tos militares y políticos del territorio fueron estudia- dos pero, como siempre, la falta de constancia y de decisiones dejó todo como estaba. Se habló de fortificar el Gurugú y las bases del litoral, pues uno y otras eran, respectivamente, la llave de Melilla y la garantía de poder acudir con refuerzos desde la Península si la situación lo demandaba; sin embargo nada se hizo, y sólo el Ejército “venciendo en cuanto le era posible la resistencia política, podía ir echando los cimientos de una obra útil” (10). En realidad “desde 1909 hasta 1927 es el Ejército de España, casi dinamos sólo el Ejército, quien acude en auxilio del enfermo (el problema marroquí). Son die- 10. Idem., págs. 134—135. 101 ciocho años ininterrumpidos de sacrificio y de gestas heroicas, de abnegación silenciosa, de servicio ejemplar, dieciocho años que afirman la restauración de las virtu- des de la milicia y del prestigio de nuestras armadas, maltrechas tras la derrota cubana” (11). En Noviembre de 1910 España negocio un nuevo tra- tado con el Sultán, en el que se contemplaba la adminis- tración española de la zona cercana a Melilla y se esta- blecía el pago de indemnizaciones por el ataque sufrido de las cabilas rebeldes. A mediados de 1911 los problemas hicieron de nue- vo su aparición en forma de tropas francesas, que comen- zaron a introducirse en el distrito de Alcazarquivir, población situada al Sur de Larache y que, en teoria, correspondía a la zona de influencia de España. Los movimientos militares franceses respondían a la necesi- dad de cortar con los disturbios antieuropeos que previa- mente tuvieron lugar en Fez y en otras ciudades. La anarquía existente y el interás de España en impedir la “invasión” francesa, llevaron a nuestro país a pretender la ocupación de su zona de influencia, a lo que se negó Francia, “sosteniendo que no se podía calificar de anarquía el estado de Marruecos,determinado por la rebelión de algunas tribus” (12). Pese a ello, 11. Areilza, J.M., y Castiella, F., Reivindicaciones de - España, Madrid,1941.Citado por Alonso, J.R., op.cit. , pág. 454. 12. Becker, J., op. cit., pág. 543. 102 el Gobierno español decidió que, “aún desamparado de la opinion, contra el consejo y el juicio de personas muy calificadas, y seguro de caer en el enojo de Francia, el 3 de Junio de 1911 tropas españolas desembarcaron en Larache y se dirigieron a Alcazarquivir y Arcila, que quedaron en nuestro poder” (13). Un sector mas amplio del territorio circundante de Ceuta también fue ocupado por las tropas españolas. Hacia mediados de Agosto la guerra volvió a Meli- lla. Un ataque indígena a un destacamento de la Comision Cartográfica del Estado Mayor, fue repelido por nuestras fuerzas; este hecho, que se penso no pasaría a mayores, dió lugar a que un jefe moro local, El Mizzian, predicara la Jihad o guerra santa contra los españoles. La guerra estalló de nuevo. 5.2. Las prácticas de Estado Mayor. La campaña del Kert . A comienzos de Octubre las hostilidades se habían extendido. Las tropas españolas acampaban en la orilla derecha del río Kert cuando recibieron la orden de pasar- lo; la operación fue un áxito, pero las numerosas bajas que se produjeron desataron otra oleada de protestas en la Península. El temor español a extender en exceso su penetra- ción hacia la zona de influencia francesa, fue determi- 13. Figueroa y Torres, A. de (Cde. de Romanones), Notas de una vida, 1868—1912, II, Madrid, 1934, pág.288. 103 nante de que El Mizzian repasara el Kert y atacara con áxito a los puestos avanzados españoles, muchos de los cuales quedaron aislados, al igual que el mando de las tropas, virtualmente sitiado en Melilla (14). Cuando el Capitán Miguel Campins se incorpora a su nueva unidad, el ejército de Melilla está empeñado en una nueva ofensiva que aleje el peligro de la ciudad y obligue a El Mizzian a volver a cruzar el Kert defini- tivamente. Campins participa en su primera accion de guerra el día 19 de Diciembre cuando, formando parte de la columna del Coronel Aizpuru, sale del campamento de Ras-el Meduah para prestar servicio de protección de convoyes, sosteniendo fuego con el enemigo en la llanura de Infantazas (15). En los días siguientes, hasta fin de año y siempre a las órdenes de Aizpuru, toma parte en los sucesivos combates que la columna mantiene con la harka de El Mizzian. El 22 ocupa con su escuadrón la meseta de Tlat; el 23 toma posiciones en Sidi Embarek para proteger el paso del convoy de Ishafen que, como se esperaba, es atacado en el desfiladero de Tauriat Zag, manteniendo Campins y sus hombres fuego con el enemigo e iniciando 14. Payne, S.G., op. cit., pags. 127-128. 15. A.G.M., 1~ Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1911). 104 una carga para proteger la retirada de la infanteria; el 25 participa en los combates de Ishafen y, finalmente, el 27 su contribución puede considerarse decisiva para el buen fin de la operación que ese día se culmina (16). El plan que el ejárcito español pone en práctica en los últimos días del año es tan sencillo como ener- gico, y consiste en expulsar al enemigo del territorio de Beni Bu Gafar (Melilla), obligándole a cruzar el Kert, pero por el final de su curso y en las proximida- des del mar, de manera que fuese fácil blanco para los tres cañoneros de la Armada que estaban fondeados en la desembocadura del río. En tierra participan en la operacion cinco columnas, una de ellas la de Aizpuru, a la cual se une ese día el Capitán Campins al mando de un escuadrón del Regimiento de Alcántara, destinado inicialmente a servir de escolta al General de Division que manda la operacion. La columna ocupa Bohua y los poblados contiguos, de los que desaloja al enemigo que se defendia con gran obstinación; toma el Zoco Viejo y conquista los caseríos de la falda sudeste de Imehiaten, produciándose entonces una carga de la caballeria que precipita la huida del adversario <17). Campins, que desde que llegó a Africa es citado 16. Servicio Histórico Militar (S.H.M.), antes Estado Mayor General del Ejárcito, Historia de las Campañas de Marruecos, Tomo II, Madrid, 1951, págs.479-491. 17. Idem., págs. 492—494. 105 continuamente como oficial destacado en los partes de guerra que redacta su Jefe de columna, merece ese día los siguientes elogios de su superior inmediato: “El Capitán de Infanteria en prácticas de Estado Mayor, Don Miguel Campins, que mandaba el 1er escuadrón de Alcántara, cargó con gran arrojo y valentía al frente de sus jinetes, seguido por los ~ Tenientes Cañelles y Pasaron y por el 2Q Teniente White de su escuadrón, llevándoles su ardor a efectuar verdade- ros actos de inusitado valor, produciendo el desconcierto en el enemigo, que fue acuchillado y diezmado ante su decisivo empuje” (18). La operacion se desarrolló con arreglo a lo pre- visto, obteniendo nuestras fuerzas un importante triunfo, pese al desconcierto que cundió en algunas unidades al verse acometidas violentamente por grupos de enemi- gos, desesperados ante la imposibilidad de huir del acoso español. A primeras horas de la noche la harka pasa el Kert, dejando atrás, muertos, una buena parte de sus efectivos (19). Campins permanece en la zona los últimos días de 1911 y los primeros de 1912, cambiando continuamente de posición, practicando reconocimientos y sosteniendo 18. Imehiaten, 27 de Diciembre de 1911, el Coronel Aizpu- ru al General de la División Orgánica de Melilla, S.R.M., 3~ Sección, Africa, Legajo 17, 1-2-1 19. S.H.M., op. cit., pag. 495. 106 fuego con el enemigo en distintas ocasiones. El día 6 de Enero regresa a Melilla para tomar parte en una reorganización general de fuerzas en la que se decide la disolución de la columna Aizpuru. El 18 de Enero, formando parte de la Brigada de caballería, asiste a la ocupación de Monte Arruit, com- batiendo contra la harka en esta posición, a la que regresará días más tarde una vez consolidada. El resto del mes y el de Febrero efectúa diversos reconocimientos por la zona de Zeluán, Aljarek, Zoco de Yemáa y montes de Ziata, incorporándose el ¡Q de Marzo al grupo expedi- ercionario del 3— Regimiento de Artillería de Montaña, en el que deberá continuar sus prácticas de Estado Mayor (20). Por su participacion en los diferentes combates de finales de Diciembre, el Capitán Campins es recompen- sado con una Cruz de 1~ Clase al Márito Militar con distintivo rojo, y con una Cruz de 1~ Clase de María Cristina. En su nueva unidad no hay tiempo para el descanso, y así, al día siguiente de su incorporacion, sale de Ihadumen con la columna del Coronel Sánchez Ocaña en servicio de reconocimiento, operacion que repetira en días sucesivos pero ya integrado en la columna del Gene- 20. A.G.M., 1~ Seccion, Expte. C-701, Hoja de Servi- cios, 7~ Subdivisión (1912). 107 ral Navarro, con la que participará en el combate soste- nido contra los moros el día 19 en las alturas de Ulad Ganen (21). Ese mismo dia, no lejos de ese punto, un joven 2Q Teniente de Infantería de nombre Francisco Franco participa, al frente de una sección, en una operacion de reconocimiento hacia el Kert. En las proximidades de Imehiaten -donde Campins cargó con su escuadrón de Alcántara— recibe su bautismo de fuego, su primer contac- to con un enemigo difícil y aguerrido al que llegará a conocer a la perfección (22). El día 22 tiene lugar una amplia operacion, que busca el objetivo de asegurar la orilla derecha del Kert, desde Texdra hasta su desembocadura, en vista de las continuas agresiones de que son objeto las tropas españolas de las posiciones mas avanzadas, por parte de grupos de moros que impunemente cruzan el río. El Capitán General de Melilla, General García Aldave, dirige la operacion, que consiste en ocupar las alturas de Sammar y los Tumiat, dos montes situados en las proximi- dades del Kert. Las fuerzas que intervienen en la ‘acción se agru- pan en cinco columnas, bajo el mando del General Ramos, 21. Idem., Idem. , 22. Cierva, R. de la, Francisco Franco, un siglo de España, Tomo 1, Madrid, 1973, págs. 86-87. 108 para efectuar el ataque principal, mientras que una sexta, la Brigada de Cazadores mandada por el General Navarro, entrará por el “boquete de Texdra” y asegurara Ulad Ganen y Tagsut, mientras dure la ocupación prevista. La operacion se desarrolló felizmente, alcanzando sus objetivos las cinco columnas del General Ramos. Entre tanto, las fuerzas de Navarro, entre las que se encontraba el Capitán Campins, avanzaron hacia los puntos previstos divididas en dos grupos, el primero de los cuales marchaba por las alturas mientras que el otro lo hacía por el llano; este último grupo de fuerzas entabló un duro combate con el enemigo, viándose obligado a efectuar un rapido despliegue para contener a los nutridos grupos de harqueños. Al terminar en el otro sector la acción principal, la columna Navarro inicio su repliegue normalmente hasta que, al oscurecer, fueron atacados de improviso por el enemigo, que se hallaba oculto entre los profundos y escarpados barrancos de la zona. De no ser por la pericia, experiencia y valor de los mandos de las uni- dades y del propio General Navarro, este combate habría sido el último de la columna; sin embargo, no fue asi, las tropas reaccionaron, atacaron al enemigo con todos sus efectivos y convirtieron el incipiente desastre en una gran victoria (23). 23. S.R.M., op. cit., págs. 534—538. 109 El Capitán Campins participó en los combates soste nidos a lo largo del día, primero con el grupo de fuerzas que avanzaron por el llano de Tauriat Hamed, y luego, al anochecer, con la totalidad de la columna en Haduya. Su distinguido comportamiento, premiado con una nueva Cruz de 1~ Clase al Márito Militar con distintivo rojo -esta vez pensionada-, se pone de manifiesto en el si- guiente comentario del General Navarro, tomado de su parte de operaciones: “Debo citar al Capitán de Infantería Don Miguel Campins Aura, que en funciones de Ayudante del Coronel Sánchez Ocaña (Jefe del 3er Regimiento de Artillería de Montaña) prestó a áste eficacísimo concurso en los momentos mas criticos del combate, y se mostró siempre rápido y justo en la transmisión de órdenes” (24). Al día siguiente, 23 de Marzo, el propio General Navarro vuelve al lugar del combate con importantes efectivos, pudiendo comprobar sobre el terreno el elevado numero de bajas producidas al enemigo. El Capitán Campins participó tambián en este reconocimiento, al frente de una batería de su Regimiento. Las párdidas humanas de la columna Navarro tuvie- 24. Ihadumen, 24 de Marzo de 1912, el General Modesto Navarro al Capitán General de Melilla. S.R.M., 3~ Sección, Africa, Legajo 18, 1-2-1. 110 ron una gran repercusión en la Península, donde fueron hábilmente manipuladas por una parte de la prensa, cau- sando alarma en el Gobierno y una honda preocupación en el pueblo. El Capitán General de Melilla salió al paso de las continuas especulaciones y, en telegrama dirigido al Ministro de la Guerra el 27 de Marzo, puso en claro de manera definitiva la actuación de la columna, su sujeción a las órdenes recibidas y el adecuado proce- der de sus valerosos mandos que, con su actitud, impi- dieron que el enemigo consiguiera su proposito (25). Días despuás de los combates de Tauriat Hamed y Haduya, Francia establece oficialmente un protectorado sobre la mayor parte del territorio marroquí, dejando para España en torno al 5 por ciento del mismo -16.700 kilómetros cuadrados- y algo menos de la quinta parte de la población. Sin embargo, el protectorado español aún tardará unos meses en adquirir carta de naturaleza y un año en ser refrendado por el Sultan; por el momento nuestras tropas siguen empeñadas en una campaña que, a estas alturas y tras considerables esfuerzos militares, parece tocar a su fin. Durante el mes de Abril y comienzos de Mayo, el Capitán Campins continúa participando en distintas opera- ciones por la zona, siempre integrado en la columna del General Navarro. Hacia el 10 de Mayo, de nuevo son detectados numerosos y nutridos grupos de indígenas 25. S.H.M., op. cit., pags. 539—540. 111 que parecen dispuestos a cruzar el río, hecho que se produce al día siguiente y provoca la inmediata reacción de la columna, que contiene la invasion en Haduya con tres batallones y dos baterias. Campins participa en esta jornada como Ayudante del Coronel Sánchez Ocaña, y tiene, junto con el resto de los artilleros, una actuación muy destacada. En rea- lidad, el peso del combate lo soportaron las baterías del 3Q de Montaña y las del espolón del Harcha, cuyos certeros disparos causaron numerosas bajas al enemigo (26). Al caer la noche se reforzó la vigilancia en todas las posiciones españolas, puesto que se tenía constancia de que la mayor parte de los harqueños no había repasado el Kert y permanecían ocultos en un terreno siempre propicio para la emboscada o el ataque por sorpresa. Al amanecer del 12 lo que se temía sucedio y, desde primera hora, el enemigo intentó la penetración hacia Tauriat Hamed; pero en esta oportunidad los cañones del Harcha fueron suficientes para fijar sus posiciones, mientras la Brigada del General Navarro permanecía a la expectativa en sus cuarteles de Ihadumen. No fue necesario actuar ese día, aunque el Alto Mando español sabía que habría que hacerlo en las pró- ximas horas y, ademas, poniendo en juego todos los efec- 26. Idem., pág. 549. 112 tivos del sector de Beni Sidel. La estrategia que se estaba llevando a cabo últimamente no daba los resultados esperados pues, prácticamente desde la ocupación de Sammar y los Tumiat en Marzo, no se habían producido avances significativos en los planes militares que nues- tro país tenía para el territorio; se imponía un cambio operativo, ocupando posiciones y manteniendo combates con- el enemigo, unica forma de vencer su resistencia. En la madrugada del 13 la harka se situó en las alturas próximas a Ulad Ganen con intención de penetrar en el dispositivo español, pero inmediatamente la colum- na del General Navarro le cerró el paso, al tiempo que cuatro columnas mas convergían en la zona abortando toda posibilidad de avance. Pese a ello, las fuerzas de Navarro tuvieron que soportar un intenso fuego enemigo y empeñarse en un combate en el que la obstinación de los moros tuvo la adecuada ráplica en la valentía de nuestras tropas, que terminaron sus operaciones desalojan do a la bayoneta a los harqueños de Tauriat Hamed. La negativa experiencia -por sus consecuencias políticas y sociales en la Península- obtenida en estos mismos lugares el 22 de Marzo, obligó a la Brigada Nava- rro a tomar toda suerte de precauciones al iniciar el repliegue hacia sus cuarteles. Pero en esta ocasión,merced al concurso de las cuatro columnas restantes, no se produjo ninguna sorpresa en el siempre peligroso “boquete de Texdra” (27). 27. Idem., págs. 550—552. 113 Terminada esta operación, Campins, que una vez más había combatido en primera línea, es destinado al Regimiento de Artillería de Montaña de Melilla, al que se incorpora el día 14 de Mayo, justo a tiempo de tomar parte en la gran ofensiva prevista para el día siguiente y que tendra como objetivo la ocupación de Haddu Al- lal u Kaddur. El propio Capitán General de Melilla dirige la operación, en la que toman parte seis columnas, integra- das por 15.000 hombres y 3.000 cabezas de ganado. Además del objetivo principal, tambián se espera poder ocupar, con carácter permanente, las alturas próximas a Ulad Ganen y Tauriat Hamed, estableciendo en ellas cuatro posiciones fortificadas. El principal problema de la operacion es el replie gue de las fuerzas que no vayan a quedar de guarnición en las posiciones; por ello se toman muchas precauciones, justificadas además por el seguimiento continuo que va a hacer del despliegue el propio Ministro de la Guerra. Las fuerzas de Navarro, flanqueadas por sendas columnas, llevarán el peso de la acción principal, Kaddur, además de establecer las nuevas posiciones entre Ulad Ganen y Tauriat Hamed. Todo se desarrolla conforme a lo previsto, efec- tuando las distintas unidades un perfecto despliegue y un ordenado repliegue al atardecer, dejando adecuada- mente fortificadas y guarnecidas las posiciones previs— 114 tas. La totalidad de la Brigada de Cazadores de Navarro se destina a este cometido, correspondiándole al Capitán Campins guarnecer Kaddur hasta el día 19 en que regresó a Ihadumen (28). La jornada del día 15 de Mayo registró aconteci- mientos de extraordinario valor personal, como los que protagonizaron Jefes, Oficiales, Suboficiales y soldados de muchas de las unidades intervinientes. Entre ellos está, naturalmente, Miguel Campins, recompensado con una nueva Cruz de 1~ Clase de María Cristina. Pero es el General Navarro, en párrafo tomado de su parte de operaciones, el que juzga con acertado criterio el compor tamiento y los máritos de su subordinado: “... lo propio hago (orden de apertura de juicio de votación para su ascenso) respecto al Capitán de Infanteríar Alumno de la Escuela Superior de Guerra en prác- ticas en el citado grupo (de Artillería), Don Miguel Campins, que en funciones de Ayudante del Jefe de dicho grupo, se excedió en el cumplimiento de su deber” (29). Al áxito militar de las operaciones que culminan el 15 de Mayo hay que añadir el extraordinario suceso de la muerte de El Mizzian acaecida el mismo día. 28. Idem., págs. 554—557. 29. Ihadumen, 25 de Mayo de 1912, el General Modesto Navarro al Capitán General de Melilla, S.R.M., 3~ Seccion, Africa, Legajo 18, 1-2-1. 115 Con su desaparición, los inquietos cabileños se vieron privados de su único dirigente eficaz e, inmediatamente, la guerra terminó, firmando España un nuevo acuerdo de paz con los jefes de las cabilas del Rif oriental a mediados de 1912. En el aspecto territorial, la zona ocupada y controlada por nuestras tropas al final de las hostilidades, era cerca del doble de lo que había sido el año anterior (30). Terminada la campaña, se inicia la repatriación de la mayor parte de las unidades militares y, a finales de Diciembre, se modifica de nuevo la organización del territorio, desapareciendo la Capitanía General de Meli- lla y restableciendo la Comandancia General. El General Gómez Jordana, que había desempeñado la Jefatura de Estado Mayor de las fuerzas melillenses, es nombrado Comandante General (31). La campaña del Kert, cuyas principales acciones tuvieron como objetivo el control por nuestras fuerzas de diversos puntos próximos al río, para impedir la penetración enemiga en los territorios cercanos a Melilla, se saldó con un triunfo de nuestras armas que hizo posi- ble el establecimiento del Protectorado español sobre el norte de Marruecos. Además de ello, la campaña fue la prueba definitiva de unas nuevas unidades, las Fuerzas “Regulares” Indígenas, que trataban de organizarse desde 30. Payne, S.G. op. cit., pag. 128. 31. García Figueras, T., op. cit., pág. 137. 116 1909 y que, en las operaciones del Kert, demostraron su valía como tropas de choque. En Regulares, además de su Jefe y organizador, el Teniente Coronel Dámaso Berenguer, servian oficiales y Jefes como Sanjurjo, Cabanellas, Mola, Núñez de Prado y,más tarde, Franco, que junto con Campins —que no sirvio en Regulares en esta primera epoca, pero que combatió en primera línea junto a ellos—, forman uno de los pri- mitivos núcleos de “africanistas”, de los cuales saldrán, como indica Josá Ramón Alonso, los militares más desta- cados del larguisimo período de 1909 a 1970 (32). El Capitán Campins termina su primera experiencia africana destinado en la Capitanía General de Melilla, donde permanece hasta el 27 de Diciembre de 1912, fecha en la que cambia nuevamente de destino, incorporándose a comienzos de 1913 al Depósito de la Guerra. 5.3. Destinos burocráticos. Fin de las prácticas de Estado Mayor No cabe duda que los tres destinos que desempeña Campins en la Península, antes de terminar sus prácticas de Estado Mayor, son una especie de recompensa por su heróico comportamiento en Africa. Con toda seguridad no estaba en el ánimo de la jerarquía castrense recompen- sar al valeroso Capitán a travás de la comodidad de 32. Alonso, J.R., op. cit., pag. 455. 117 tales destinos -que muy probablemente eran necesarios para completar su formación de Oficial de Estado Mayor- pero es verdad que ástos constituyeron una etapa de autentica relajación personal, que contrasta con el peligro vivido y las fatigas pasadas en los largos meses de campaña. Del Depósito de la Guerra, Campins fue destinado a la Comisión del Plano de Menorca, a la que se incorporó el 11 de Marzo de 1913 y en la que permaneció hasta fin de Mayo, causando alta el 9 de Junio en la Comision del Plano Militar de Valladolid, con la que colaboró hasta finales, de Agosto (33). En el mes de Septiembre es declarado con aptitud acreditada para desempeñar los cometidos de Estado Mayor, obteniendo el Diploma correspondiente y el numero uno de la XIII Promoción de la Escuela Superior de Guerra (34). Al mismo tiempo, se dispone su reincorporación al Arma de Infantería, en la que causara alta en la revista del mes de Octubre, siendo simultáneamente desti- nado al Cuadro para eventualidades del Servicio de la Comandancia General de Larache. 5.4. La campaña de Larache de 1914 . El Capitán Campins regresa a Africa el día 19 33. A.G.M., 1~ Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1913). 34. Escuela de Estado Mayor, Madrid, Relación de Diploma- dos, XIII Promoción. 118 de Septiembre de 1913, fecha en la que hace su presenta- ción en la Comandancia de Larache, para ser destinado inmediatamente al Batallón de Cazadores de Las Navas nQ 10, de guarnición en Arcila. La vacante que va a ocupar -Capitán de la 3~ Com- pañía— es provisional, como corresponde a su primer destino en el Cuadro para eventualidades del Servicio, pero es sorprendente la rapidez del Comandante General del territorio en asignarle un cometido de indudable responsabilidad, en el que tendrá que poner en juego sus conocimientos y experiencia de forma inmediata. Ya en Arcila, plaza a la que se trasladó por mar, Campins inicia su servicio de campaña guarneciendo convo- yes e inspeccionando distintas posiciones del territorio, hasta que el 17 de Noviembre se traslada con su Compania a Cudia Fraicatz, donde permanece destacado y como Jefe de la posición hasta Diciembre. El 21 de este mes asiste a la ocupación de Cudia El Abid, regresando posteriormen- te a su primitivo emplazamiento (35). La situación de la Comandancia General de Larache a finales de 1913 estaba determinada por el establecimien to del Protectorado español sobre una pequeña parte del territorio marroquí -hecho ocurrido en Noviembre del año anterior-, y por las subsiguientes dificultades - 35. A.G.M., 1~ Sección, Expte., C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1913). 119 surgidas con Muley Ahmed El Raisuni, principal autoridad musulmana en la península de Yebala, descendiente del profeta Mahoma y miembro de una importante familia de la región. El Raisuni, una especie de señor feudal de la Yebala occidental que había logrado que el Sultán le nombrara caíd de este territorio en 1908 y pachá de la ciudad costera de Arcila, contemplaba con cierta inquietud los pasos que España estaba dando en el norte de Marruecos para el establecimiento efectivo del Protec- torado. Su objetivo final era conseguir la independencia de la región de la autoridad del Sultán, pero era cons- ciente de las dificultades que entrañaba, especialmente por la falta de unidad de las diferentes cabilas. En esta situación, El Raisuni creyó que cooperando con las Autoridades españolas lograría que ástas le propusieran para Jalifa -gobernador del Sultán- del Protectorado español. Con este objetivo permitió que el Comandante General de Larache, Teniente Coronel Fer-- nández Silvestre, estableciera una pequeña guarnición en Arcila que, a la postre, seria uno de los detonantes de su enfrentamiento con España. Fernández Silvestre se dió cuenta muy pronto de la clase de persona que era El Raisuni y, haciendo caso de las numerosas quejas que llegaban a Larache proceden- tes de diversas cabilas oprimidas por las fuerzas del caíd, e ignorando las instrucciones que al respecto 120 tenía del Gobierno español, mandó una columna de fuerzas al interior del territorio para castigar a una unidad armada de El Ruisuni. A comienzos de 1913, el Comandante General ordeno a sus tropas que liberaran en Arcila a prisioneros de El Raisuni y, ante la protesta oficial de áste, se apoderó de su arsenal en la ciudad y sometió a arresto domiciliario a su familia. Sin duda, Fernández Silvestre fue demasiado lejos, obligando al Gobierno español a intervenir ante el dete- rioro de la situación en la zona y la llamada de El Raisuni a la guerra santa contra nuestro país. De acuerdo con la Ley el militar español había actuado de forma incorrecta,puesto que, al menos teóricamente, las fuerzas del caíd atacadas el año anterior actuaban como tropas auxiliares del Sultán y, la función del Protectorado era ayudar a la Administración marroquí, pero nunca intervenir en los problemas internos de las cabilas por muy censurable que fuera la actitud de El Raisuni. El Gobierno desautorizo la última actuación de Fernández Silvestre y áste presentó su dimisión, que no le fue aceptada. El cónsul español en Tánger acordó con El Raisuni reconocer su autoridad en los asuntos locales de su distrito, pero el caíd no consiguió que el militar español abandonara Marruecos. Al mismo tiempo que se producían estos aconteci- mientos España ocupaba Tetuán en el mes de Febrero, para hacer de esta ciudad la capital del Protectorado. 121 En el mes de Mayo se eligió al Jalifa -un familiar del Sultán-, viendo El Raisuni como desaparecían con ello sus ultimas esperanzas de fortalecer su posición al lado de los españoles. Al mes siguiente comenzaron las escaramuzas en torno a Tetuán y Larache, que fueron en aumento a lo largo del verano. La moderada respuesta militar del Alto Comisario español, General Alfau, fue interpretada como debilidad por El Raisuni y sus cabilas rebeldes; el Gobierno español exigió una actuación más decidida y Alfau dimitió, siendo sustituido por el General Marina (36). Antes de dejar su puesto Alfau había tomado una decisión inteligente, estableciendo un sistema de forti- ficaciones para asegurar las comunicaciones entre Tetuán, Ceuta, Tánger y Larache. Tal decision constituye el primer paso de una nueva campaña en Africa, ...“ cuya fase mas virulenta es la inicial, 1913-1915, pero cuyas consecuencias y coletazos se prolongan hasta la rebelión general del Rif en los años veinte” (37). Tras la ocupación de Laucien y Cuesta Colorada —Junio y Agosto de 1913- el ya General Fernández Silves- tre y el General Marina continúan poniendo en práctica los planes iniciados por Alfau, consistentes en 36. Payne, S.G., op. cit., pags. 129-132. 37. Cierva, R. de la op. cit., pág. 93. 122 que el Comandante General de Larache trate de ampliar hacia el interior la zona fártil del río Lucus, dejando a salvo su capital y Alcazarquivir y obligando a El Raisuni a operar en la difícil orografía interior. Entre tanto, Marina debe asegurar las comunicaciones de Tetuán con el resto de las ciudades importantes del Protectorado. En los meses finales de 1913 se intensifican las operaciones y continúa el establecimiento de posiciones fortificadas, mientras que en la Península ha cambiado radicalmente el panorama político, con la caída del Gobierno Romanones y la subida al poder de Eduardo Dato. En Enero de 1914 el General Fernández Silvestre da comienzo a su nuevo plan de operaciones, consistente en la ocupación de puntos estratágicos a lo largo de la línea de demarcación de la zona internacional de Tánger. El objetivo es impedir el contrabando de armas y municiones con destino a las fuerzas de El Raisuni, obligando a áste a internarse en las montañas. La primera operación del año se efectúa el día 11 de Enero, con la finalidad de castigar a los hostiles poblados de la orilla derecha del Aixa y muy especialmen- te al de Kessiba, de donde partían continuos ataques a la posición de Cudia El Abid, en cuya ocupación inter- vino en Diciembre el Capitán Campins. Fernández Silvestre organiza dos columnas que par- tiendo de Xarkía y Abid deben coincidir en Kessiba a 123 las dos horas de marcha (38). La primera de ellas sostie- ne un nutrido fuego con los cabileños, y la segunda, en la que se encuentra Campins, traba un fuerte combate con el enemigo apostado en Sidi Embarek y otros poblados, que son arrasados. El Capitán Campins, destinado ya con carácter definitivo a su Batallón, manda la compañía de vanguardia de su columna, figurando como destacado en el parte de operaciones y mereciendo “... que se le formara más adelante juicio de votación para su ascenso al empleo inmediato” (39). Por segunda vez en el plazo de dos años era pro- puesto para el ascenso a Comandante por méritos de guerra. Pero en esta oportunidad el juicio de votación se resuel- ve favorablemente, y así, por Real Orden Comunicada de 16 de Mayo de 1915, asciende a Comandante, con anti- giiedad del día de la operación sobre Kessiba, “... por los máritos contraídos en los hechos de armas, operaciones efectuadas y servicios prestados en el Territorio de Larache, desde 1Q de Enero a fin de Abril del año último (40). Al concretarse este ascenso surge la duda de si 38. S.H.M., op. cit., pág. 788. 39. A.G.M., 1~ Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1914). 40. A.G.M., Idem., (1915). 124 el Capitán Campins era acreedor a la propuesta de juicio de votación, hecha por el General Navarro tras la opera- ción de Haddu Al-lal u Kaddur el 15 de Mayo de 1912. Un simple repaso a su Hoja de Servicios parece suficien- te para poder responder afirmativamente; sin embargo, dos circunstancias de indudable importancia se unen en aquella ocasión e impiden el ascenso sobradamente ganado. La primera de ellas es que, entre los días 11 y 15 de Mayo de 1912, se realizan diversas operaciones en las que toman parte gran numero de unidades, la mayo- ría de las cuales se enfrenta directamente con el ene- migo; ello da ocasion para que se produzcan numerosos actos de valor más allá del deber que, de alguna forma y de acuerdo con la reglamentación vigente, tienen que ser recompensados. El resultado final es que al Estado Mayor Central del Ejárcito llegan tantos juicios de votación, que no hay más remedio que admitir unicamente aquállos cuya claridad y justificación es incuestionable. El Negociado se cree en el deber de llamar la atencion acerca de la excesiva faciliad con que los Jefes de columna y de unidades hacen juicios de votación que no están suficientemente justificados; en el caso presente el Cuartel General ha tenido que reducir considerablemente el numero de los que considera merecidos, ejercitando el derecho que le concede el Articulo 9Q del Reglamento de Recompen- 125 pensas en tiempo de guerra” (41). Esto no quiere decir que el juicio de votación de Campins no estuviera sufientemente justificado, sino que no fue admitido, probablemente, porque entro en juego la segunda circunstancia, que no es otra que la particular situación militar que atravesaba el oficial, fuera de las escalas de su Arma e inmerso en la realiza- ción de las prácticas de Estado Mayor. El problema de las recompensas por máritos de guerra y, especialmente, el ascenso a un empleo superior, marco en buena medida la trayectoria del Ejárcito español durante el siglo XIX y favoreció la aparición en las Armas Generales -Infantería y Caballería-, donde existía la posibilidad de ascender de aquel modo, de un importan- te sector de militares que defendía la implantación de la Escala cerrada, como en los Cuerpos facultativos de Artillería, Ingenieros y Estado Mayor, donde únicamen- te se ascendía por antiguedad. Al comenzar la Campaña de Melilla de 1909 el pro- blema surgio de nuevo, avivado por algunos claros favori- tismos en la concesión de recompensas y ascensos, y por los diferentes criterios que siguieron los sucesivos ministros de la Guerra a la hora de otorgar tales hono- 41. Madrid, Agosto de 1912, contestación del Estado Mayor Central del Ejárcito -Negociado de Recompensas- a la propuesta de recompensas a Jefes y Oficiales distinguidos en Marruecos entre los días 11 y 15 de Mayo, hecha por el Capitán General de Melilla. S.H.M., 3~ Sección, Africa, Legajo 18, 1-2-1. 126 res (42). Durante el año 1910 se desata una fuerte campaña de prensa contra la concesión de recompensas y de forma muy particular, contra los ascensos por merítos de gue- rra, solicitando la implantación de la Escala cerrada en las Armas de Infantería y Caballería. “La Correspon- dencia militar” fue el principal órgano de difusión de estos planteamientos, que se fundamentaban en cuatro motivos esenciales: - La tendencia al favoritismo en la concesión de recompensas. - La participación de un militar en un combate debe ser vocacional, nunca motivada por las posibles recompensas que pueda obtener. - El hecho de realizar una acción heróica no supo- ne, necesariamente, capacidad para desempeñar un empleo superior. - Los militares destinados en la Península proba- blemente se hubiesen batido con el mismo valor y compe- tencia que los destinados en Africa, si hubiesen tenido oportunidad para ello (43). Frente a los partidarios de la postura anterior, los defensores de la Escala abierta alegaban que era 42. Mas Chao, A., La formación de la conciencia africa-ET 1 w 242 119 m 516 119 l S BT nicista en el Ejército español <1909—1926), Madrid, 1988, pag. 29. 43. 12 de Agosto de 1910, La Correspondencia militar , artículo del Capitán de Infanteria Jesús de Mijares. 127 necesario “premiar el riesgo, la entrega, el sacrificio y el valor como forma de fomentar una honrada ambicion; porque, aun reconociéndose los errores del sistema, así ascendían los que tenían experiencia guerrera y los que buscaban los puestos de mayor riesgo y fatiga frente a los que preferían la comodidad de los despachos en España y el conocer el combate por los libros, y finalmente porque, aunque la suerte tuviera que ver con las recompensas, el riesgo de morir en el empeño compensaba esta posibilidad” <44). El problema se termino momentaneamente con el cierre temporal de “La Correspondencia Militar”, algunas destituciones y varios arrestos. Años más tarde surgira de nuevo y con mayor virulencia, dando lugar a la apari- cion en la Península de las denominadas “Juntas de Defen- sa”. Esta situacion -muy proxíma en el tiempo- de en- frentamiento entre dos sectores militares, no era la más propicia para que un Oficial de Infantería, adscrito como alumno a la Escuela Superior de Guerra, recibiera un ascenso por sus méritos en campaña, contraídos como Oficial del Regimiento de Artillería de Melilla, que era la unidad en la que estaba destinado Campins el día de la operación de Haddu Al-lal u Kaddur. En esta línea de argumentación, todo parece mdi- 44. Mas Chao, A., op. cit., pag. 30. 128 car que el Capitán Campins perdió su primer ascenso por méritos de guerra debido a su especial situacion militar, debiendo contentarse con una “cristina” que, sin duda, era escasa recompensa a sus extraordinarios servicios y a su competencia y valor frente al enemigo. Tras la acción de Kessiba y el servicio ordinario de campaña, Campins participa en una nueva operacion el 16 de Febrero. En esta oportunidad, el General Feman- dez Silvestre desea cerrar el amplio espacio comprendido entre Cudia El Abid y Tarkuntz, para evitar las frecuen- tes incursiones del enemigo hacia la pacífica cabila del Sahel, a la que trataba de levantar en armas contra España. Tres columnas participan en la accion, si bien la del centro, mandada por el Teniente Coronel Fernando Berenguer —superior de Campins—, realiza el esfuerzo principal, ocupando la altura de Muley Bu Selham después de mantener un nutrido fuego con el enemigo, que se hace mucho más intenso al atardecer, cuando el grueso de las fuerzas se retiran. El Capitán Campins queda con su compañía de guarnición en la posición y resiste el ataque nocturno de las cabilas, completando en los días siguientes los trabajos de fortificación y defensa (45). La operación sobre Muley Bu Selham no supone ningu 45. S.R.M., op. cit., pag. 789. 129 na nueva recompensa para Campins que, como siempre, se batió con gran valor y serenidad. Sin embargo, fue esta una operación de cierta importancia -en un año parco en hechos relevantes— porque supuso un profundo descon- cierto del enemigo y una considerable dismínucion del numero de seguidores de El Raisuni. En realidad, durante los meses siguientes son muy escasos los enfrentamientos con las cabilas hostiles y Campins se limita a desplazar- se con sus tropas a las numerosas posiciones del territo- rio: Cudia El Abid, Xarkia, Zoco El Had, R’fair, Arcila, Kessiba, Cuesta Colorada, etc., hasta que el 13 de Sep- tiembre toma parte en la operación sobre Xar el Haman, cuyo objetivo final, además de consolidar las comunicacio nes con la zona internacional, era acercarse a la posi- ción de Zinat, auténtica llave del Fondak de Am Yedida, que a su vez era la posición clave para mantener abierto el “corredor” entre Tánger y Tetuan. El Fondak aún tardará dos años en pasar a manos españolas, pero no ocurre lo mismo con Cudia R’gaia que es conquistada el 18 de Noviembre tras un impresionante despliegue de fuerzas, mandadas por el propio General Fernández Silvestre (46). Campins participa en esta última operación del año, que es tambien su última operación durante algún tiempo y la despedida del Batallón de Cazadores de Las 46. Idem., págs. 792-795 y S.R.M., 3~ Sección, Africa, Legajos 4 <1—2—4) y 5 (1—2—6). 130 Navas, unidad en la que volvio a encontrarse con su querida Arma de Infantería. La acción de R’ gaia cierra brillantemente este período africano del joven Oficial, al serle concedida por sus méritos en la misma una nueva Cruz al Mérito Militar de 1~ Clase, con distintivo rojo y pensionada (47). Desde las posiciones de primera línea el Capitán Campins se traslada a la plaza de Arcila en los últimos días de Diciembre, embarcando a continuación para Lara- che1 donde permanecerá en servicio de guarnición hasta finales del mes de Mayo de 1915. 5.5. Intermedio peninsular. Franco, Oviedo y La Legion . En Mayo de 1915, el ya Comandante Campins es desti nado a la situación de excedente en la 1~ Región militar, si bien, inmediatamente, cambia dicha situación por un nuevo destino, esta vez en el Regimiento de Infantería de Vizcaya nQ 51 de guarnicion en Alcoy (Alicante), plaza a la que se incorpora el 19 de Junio haciéndose er cargo el mismo día del mando del 3 batallón de la Uni- dad (48). Hasta Septiembre de 1916, fecha en la que concluye su estancia en Alcoy, la vida del joven Comandante trans- 47. A.G.M., 1~ Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1915). 48. A.G.M., 1~ Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1915). 131 curre plácidamente en la ciudad que le vió nacer, y que tan sólo abandona para disfrutar sus reglamentarios permisos y para ejercer el mando de sendos destacamentos de su Regimiento, que se constituyen en Alicante peno- dicamente para recibir e instruir a los reclutas de los sucesivos reemplazos. Sin cesar en el mando de su batallón, también ejerce como Juez-Instructor del Regimiento y, dado el sentido de la responsabilidad que siempre presidio sus actuaciones, es muy probable que se preparara concienzuda mente para tal cometido, dando comienzo a una etapa de familiarizacion con los distintos aspectos de la justicia militar, que tendrá ocasión de poner en práctica a lo largo de su carrera y que, incluso, le llevara a preparar personalmente -en 1936- su defensa ante el Consejo de Guerra que le condenó a muerte. En Alcoy conoce y formaliza relaciones con Maria de los Dolores Roda Rovira, hija de un administrador de Aduanas con la que contraera matrimonio, tras la preceptiva autorizacion real, el día 2 de Diciembre de 1916 en la iglesia de Santa Bárbara de Madrid, plaza en la que, desde el mes de Septiembre, se encontraba destinado como excedente en la 1~ Region. El año 1917 transcurre en la Capital de España, donde Campins establece su primera residencia particular en la Calle del General Diaz Porlier n~ 1, en la que nacera su primer hijo, Miguel, en el mes de Octu— 132 bre (49). A comienzos de 1918 es destinado a la Caja de Reclutas de Balaguer (Lérida), plaza a la que, sin embar- go, no llegará a incorporarse, puesto que un nuevo desti- no le lleva hasta Oviedo, al Regimiento de Infantería del Príncipe nQ 3, cuyo 3~~E batallón queda bajo su mando desde el 14 de Marzo. Dos meses mas tarde es nombrado Comandante Mayor del Regimiento (50). En Oviedo Campins disfruta de una tranquila vida de guarnicion, nace su segundo hijo, Antonio (51), y conoce personalmente al Comandante Francisco Franco, destinado en su mismo Regimiento y que por entonces, pese a su juventud, ya había consolidado en Africa una sólida carrera militar. Franco se había incorporado a su destino en Oviedo el 31 de Mayo de 1917. En el mes de Abril anterior García Prieto había sustituido al conde de Romanones al frente de un Gobierno de concen- tración liberal; la atencion nacional, hasta entonces pen 49. Don Miguel Campins Roda, Coronel de Infantería en la reserva, vió sensiblemente perjudicada su carrera militar por el trágico fin de su padre y sufrió, especialmente en los años siguientes al final de la Guerra Civil, la incomprensión y el olvido de muchos militares que habían sido compañeros del mismo. A lo largo de muchos años, Don Miguel recopiló gran numero de documentos de su padre y defendió con ardor y convencimiento su memoria de los ataques de que fue objeto por parte de protagonistas directos de los sucesos de Granada, de interesados descendien- tes de aquéllos y de historiadores poco rigurosos en el análisis de los hechos. 50. A.G.M., 1~ Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1916—1918). 51. Alférez Provisional, muerto en campaña durante la Guerra Civil. 133 diente de lo~ acontecimientos que presagiaban importantes e imprevisibles cambios en la Rusia Zarista y del discu- rrir de la guerra europea iniciada en 1914, se volvió hacia el interior del país, ante los claros síntomas revolucionarios que, si bien no provocaron la ruptura total del régimen, sí produjeron una crisis profunda e irreversible en el denominado sistema de la Restaura- cion. Paradójicamente, en la primavera de 1917 la prime- ra institución española en adoptar una actitud pre-revolu cionaria fue el Ejército, al constituirse en su interior unos grupos ilegales y reivindicativos denominados Jun- tas Militares de Defensa. Sin embargo, como señala Brenan, “el primer objeti yo de estas Juntas no dejaba de ser razonable: se trataba de terminar con los abusos que habían arraigado dentro del propio Ejército. Estaban decididos a protegerse con- tra el caciquismo o favoritismo que privaba en la Casa Militar del Rey; a conseguir la reorganízacion del Cuerpo de Sanidad y de la Administración Militar y, como cual- quier organización sindical, obtener un aumento de sueldo para sus componentes” (52). Pese a ello, en el fondo de la cuestión subyacía el viejo problema de los ascensos por méritos de guerra — 52. Brenan, G., El laberinto español. Antecedentes socia-ET 1 w 222 103 m 516 103 l S BT les y políticos de la guerra civil, Barcelona, 1985~ pág. 85. 134 y la oposición a los oficiales que se habían beneficiado de ello mediante su participación en las campañas de Africa. Tanto Franco como Campins se encontraban inmersos en tal grupo de oficiales, aunque en el momento de la explosión de las Juntas ambos se encontraban destinados en la Península. Los antecedentes más claros de la situación creada en 1917 son los sucesos acaecidos en 1910, como reacción a las numerosas irregularidades producidas tras la campa- ña del año anterior. En los años siguientes la situacion de los militares se fue haciendo cada vez más difícil, debido a los bajos sueldos a todas luces insuficientes para mantener a una familia de tipo medio, como las de la mayoría de los oficiales de baja graduación; a esto hay que añadir el fracaso de los sucesivos intentos de reforma de la estructura militar, que tuvieron lugar en 1915 y 1916. La única salida que les quedaba a los oficiales de las Armas generales -Infantería y Caballería- era ir a Marruecos, donde el sueldo era mas alto en todos los grados y donde existía la posibilidad de ganar un ascenso. Para los denominados Cuerpos facultativos -Arti- llería e Ingenieros- la mayoría de estos problemas no existían, puesto que su sistema de escalas cerradas impo- sibilitaba todo ascenso que no fuera por rigurosa anti- guedad. No obstante, artilleros e ingenieros, cuyos estu- dios eran de una mayor duración y complejidad, lo que les otorgaba un cierto sentimiento de superioridad sobre 135 los restantes oficiales del Ejército, veían con amargura como su mayor preparación no les reportaba ningún tipo de ventajas economicas (53). A principios de 1916 se inició el proceso que alcanzaría al año siguiente su punto álgido. El Ministro de la Guerra, General Echaglie, intentó comprobar en públi co el estado de forma física de los oficiales superiores; como protesta protesta y reacción ante tal pretensión se constituyó en Barcelona la primera de las Juntas de Defensa que, a finales de año, ya se habían extendido a la mayoría de las guarniciones de toda España, excepto a Madrid. En Barcelona, el principal foco de descontento dentro del Ejército, “fue donde las Juntas, que debían limitarse, en principio, a una labor fiscalizadora dentro de la espera profesional, desbordaron pronto sus límites, para convertirse a imitación de las sociales, en verdade- ros sindicatos militares” (54). Consecuencia de ello fue la constitucion en la Ciudad Condal de una Junta Superior, que integraba las aspiraciones de las restantes repartidas por España. En 1917, tras el alejamiento del Gobierno del Conde de Romanones, que no quería enfrentarse al problema de las Juntas, y el ascenso de García Prieto al poder, 53. Payne, S.G., op. cit., pags. 139—140. 54. Aunós, E., op. cit., pág. 335. 136 el Coronel Benito Márquez es nombrado presidente de la Junta General coordinadora y comienza a redactar circu- lares y manifiestos; al mismo tiempo se pone en contacto con los representantes de los otros movimientos revolu- cionarios: los obreros y los parlamentarios. El nuevo Ministro de la Guerra, General Aguilera, ordena al Capitán General de Cataluña, General Alfau, la inmediata supresión de la Juntas de Defensa; Alfau transmite la orden, pero no es obedecido y encarcela a los miembros mas destacados de la Junta General en la prisión de Montjuich. Aguilera destituye a Alfau y nombra en su lugar al General Marina, pero éste al llegar a Barcelona tropieza con tal cúmulo de dificultades que se ve imposibilitado para actuar. El día 1Q de Junio una Junta suplente plantea un ultimátum al Gobierno para que libere a los militares presos en el plazo de doce horas; todas las guarniciones de España, incluida la de Madrid, apoyan la decisión de la Junta de Barcelona. “A las cinco de la tarde el Gobierno había clau- dicado. Márquez y sus compañeros salieron triunfantes de Montjuich. El Gobierno carecía de toda autoridad y se veía conminado a aprobar el reglamento de las Juntas. El 9 de aquel mes de Junio presentaba García Prieto la dimisión. Los militares habían triunfado ante la compla- cencia de la opinión” (55). 55. Tuñón de L~ira, M., La España del Siglo XX, 1, Barce- lona, 1977 , pag. 58. 137 El conservador Eduardo Dato formo nuevo Gobierno el día 11 y nombró Ministro de la Guerra al anciano Gene- ral Fernando Primo de Rivera. La situación en el país era inquietante, pues al problema de las Juntas se unían las pretensiones de un fuerte grupo de diputados y sena- dores, representantes de un amplio espectro político, que defendían la necesidad de una revisión constitucio- nal; además, los sindicatos de izquierdas amenazaban con ir a la huelga. Todo ello obligó al Ejecutivo a intentar un acer- camiento a los militares que, finalmente, resultaría productivo, al frustar los intentos de los parlamentarios disidentes y, lo que es más importante, al reprimir el Ejército la primera huelga general de la Historia de España, iniciada el 10 de Agosto. La clara actuación oportunista de muchos de los dirigentes de las Juntas, su implicación continuada en los acontecimientos políticos de un sistema en descompo- sición y su oposición a las aspiraciones profesionales de los mandos del Ejército de Marruecos, fueron los fac- tores determinantes de la progresiva pérdida de prestigio de las Juntas, que sin embargo sobrevivieron hasta su disolución legal por Decreto del 14 de Abril de 1922. En este largo periodo, hubo momentos en los que la intervención de las Juntas fue negativa para la reso- lución del problema marroquí; tal es el caso de la supre- sión de los ascensos por méritos de guerra, que “hizo 138 que en algún momento llegase a ser difícil encontrar oficiales voluntarios para Marruecos, pues la posibili- dad del ascenso era el más lógico incentivo para los riesgos propios de toda contienda. Llegarían las Juntas a ser odiadas por las fuerzas combatientes” (56). En un editorial de Septiembre de 1919 el periódico “El Sol” llegó a decir que “nuestro Ejército de Marruecos es una de las victimas de las Juntas” (57). La consta- tación de esta realidad, de la que existen suficientes pruebas -responsabilidades de Annual, mando del General Berenguer, nombramiento del General Sanjurjo, etc-, fue suficiente para que el Ejército terminara apartándose de las Juntas, “al comprender que los males del “pueblo militar” antes se agravaban que curaban con un sindica- lismo mucho mas celoso de sus derechos que de sus debe- res” (58). Con la desaparicion de las Juntas, “el reverso positivo de la gran tragedia marroquí” (59), como lo califica Seco, “moría el intento de introducir la escala cerrada en las Armas Generales, la posible creación de un escalafón independiente para el Ejército de Africa y el intento de estructurar la carrera militar como un funcionariado mas del Estado. Era el triunfo en toda línea dentro del Ejército de las tesis africanistas, 56. Alonso, J.R. op. cit., pag. 474. 57. “El Sol”, 21 de Septiembre de 1919. 58. Alonso, J.R., op. cit., pag. 475. 59. Seco Serrano, C., “Militarismo y civilismo...”, 2P~ cit., pág. 298. 139 de la recompensa al esfuerzo y el mérito del mando en combate, sobre cualquier otro cometido en la profesión de las Armas” (60). Los Comandantes Campins y Franco, ambos ascendidos a su último empleo por los merítos contraídos en la gue- rra africana, no estaban en absoluto de acuerdo con las Juntas de Defensa, y mucho menos con su deseo de implan- tar la Escala cerrada en el Arma de Infantería. La pías- macion de esta aspiracion de las Juntas en un primer Reglamento de actuación, despertó los recelos de muchos oficiales y jefes, que temían que una de las primeras medidas de las Juntas fuera obligarles a solicitar la permuta del empleo por una Cruz de María Cristina (61). Campins ya había perdido su primer ascenso, tras la acción de Haddu Al-lal u Kaddur, tanto por sus cir- cunstancias personales como por la presión que en la Península ejercían los militares opuestos a los ascensos en combate; su recompensa fue entonces una “cristina”. Franco también había pasado por una situación similar, cuando fue rechazado su expediente de juicio contradicto- rio para la concesión de la Cruz Laureada de San Fernando, por los combates de El Biutz, Am Yir y el Hafa el Hamra. Ambos jefes, pues, no tenían ninguna razon para apoyar a unas Juntas que, cuando menos, ponían en peligro la buena marcha de sus respectivas carreras. Franco, 60. Mas Chao, A., op. cit., pags. 43-44. 61. Mola Vidal, E., op. cit., pág. 1.002 140 con respecto a los ascensos por méritos de guerra, man- tiene una posición diáfana, e incluso llega a reprochar al Gobierno su politica restrictiva en relación con este asunto. “La campaña de Africa es la mejor escuela práctica, por no decir la única, de nuestro Ejército, y en ella se contrastan valores y méritos positivos, y esta oficia- lidad de espíritu elevado que en Africa combate ha de ser un día el nervio y el alma del Ejército peninsular; pero para no destruir ese entusiasmo, para no matar ese espíritu que debemos guardar como preciada joya, es pre- ciso, indispensable, que se otorgue el justo premio al mérito en campaña; de otro modo se destruirá para siempre ese estímulo de los entusiasmos, que morirían ahogados por el peso de un escalafón en la perezosa vida de las guarniciones. Para nuestra acción africana, a nadie puede ocul- tarse que, de persistir esas ideas, se acabará el espíri- tu de nuestras tropas de choque, que si antes tenían numerosos aspirantes a figurar en sus cuadros, hoy se encuentran sin poder cubrir sus bajas de sangre, pues el horizonte que ve el infante es sólo esa gloriosa muer- te” (62). En cuanto a Campins, el testimonio más claro de 62. Artículo escrito por Francisco Franco e incluido en su obra: Diario de una bandera, Madrid, 1956, págs. 72—73. 141 su postura sobre las Juntas y ascensos se encuentra en las páginas de su obra inédita “La Academia General Mili- tar de Zaragoza” (63). En ella, Campins defiende su posi- ción en distintos pasajes, pero tal vez el más significa- tivo sea el siguiente, incluido entre las consideraciones generales que el autor hace, a proposíto de la vocación militar y del espíritu que debe presidir la intención de los aspirantes a ingresar en Zaragoza: “ En nuestro Ejército hay unos cuantos cientos o miles de generales, jefes y oficiales, que por su competencia, entu- siasmo y condiciones son tan buenos y tan aptos como lo puedan ser los mejores de su clase en el primer ejército de Euro- pa; nuestras guerras coloniales, y la última de Marruecos, nos han dado abundan- tes ejemplos de ello, pues los nombres de los que se cubrieron de gloria, o se acreditaron de sobresalientes, forman legion; esos son los que dan tono y sostie nen nuestro prestigio militar, y esos son continuadores de nuestras gloriosas tradiciones militares de Italia, de Flan- des, de nuestras guerras de América. Hay 63. Campins Aura, M., La Academia General Militar de Zaragoza y sus normas pedagógicas. Libro inédito escrito en Gerona en 1932 y compuesto por 198 folios mecanografiados y 7 cuartillas manuscritas, además de 12 cuartillas manuscritas destinadas a un hipoté- tico prólogo. El original de esta obra se encuentra en poder de Don Miguel Campins Roda, y constituye la base de lo que en adelante se denominará Archivo de la Fami- lia Campins (A.F.C.), cuyos documentos son esenciales para cumplir el objetivo perseguido con esta tesis. De la citada obra existe una copia, autorizada por la Familia Campins, en el Museo-Archivo de la Acade- mia General Militar de Zaragoza. 142 también muchos más que sin ser tan sobre- salientes o distinguidos oficiales, forman un núcleo de personal capaz y culto, que va a todas partes y hacen un gran papel. Pero, desgraciadamente, hay otro núcleo, también muy abundante, de desentrenados, aburridos, desilusionados, cansados antes de empezar, que son los que se disputan esos destinos sedentarios tan abundantes en nuestro Ejército, que siempre se consi- deran “cumplidos” para no ir a los puestos de mayor riesgo o fatiga, que, incluso, cuando pueden, ni siquiera residen donde tienen sus destinos oficiales, y que son los que no quieren se ascienda, ni por merítos de guerra ni por elección, ni que nadie sobresalga en campaña ni en paz, porque se les pone en evidencia. Esos son ardientes partidarios de la “es- cala cerrada” con defectos y todo; los que forman las “juntas de defensa”, los que siempre encuentran alguna tacha en todo el que sobresale; los que siempre llevan cuidadosamente un anuario o escali- lía borrando meticulosamente a todo el que se muere o alcanza la edad para el retiro, y están soñando con alguna epide- mia que mate nada más que a los que están delante de ellos, sobre todo si son mas jóvenes, y se frotaban las manos de gusto cuando había una operación con “bajas gordas” en Africa y hasta pedían responsa- bilidades para los que quedaban. Esos son los que si alguna vez, y por casuali- dad o sorpresa, se encontraban allí, que- rían les formasen “propuesta” en la prime- ra operacion en la que intervenían y si no eran ‘‘ recompensados’’ ponían el grito en el cielo por tamaña “injusticia” y toda su vida se están lamentando y dolien- 143 do de tal “atropello” (64). Sin duda, comentarios tan rotundos fijan de forma definitiva su posición con respecto a las Juntas de De- fensa y a la mayor parte de sus integrantes. Por si ello fuera insuficiente, la que sigue es la opinión de Campins en relación con el núcleo inicial de profesores de la Academia General Militar de Zaragoza, como él formados, en su inmensa mayoría, en la dura escuela de las campañas de Marruecos. Así se reunio un plantel que bien pode- mos asegurar era modelo de oficialidad, pues baste decir que entre los cerca de noventa profesores que formaban la planti- lía, reunían una docena de Medallas Mili- tares, sumaban más de cincuenta ascensos por méritos de guerra o elección, y el cincuenta por ciento había sido herido en campaña. Eso sin contar otras muchas cruces y recompensas. Los que por su parte no tenían méritos de campaña, que eran los menos, tenían en cambio nombre muy acreditado y respetable en sus Cuerpos (65). Retomando la línea narrativa inicial del subcapí- tulo, retrocedemos hasta la primavera de 1918 en Oviedo, cuando el Comandante Campins, mas antiguo que Franco en el empleo, se hace cargo de la mayoría del Regimiento 64. Idem., págs. 51-52. 65. Idem., pag. 99. 144 del Príncipe nQ 3 (66), dejando el mando del 3-~-~ Batallon a Franco, que ya lo había desempeñado desde su llegada a Asturias el año anterior. Todos los biógrafos de Franco, coinciden al señalar la casualidad de que en el Principado estuvieran desti- nados en la misma época un plantel de jefes y oficiales que, pasado el tiempo, habrían de jugar un papel desta- cado en la trayectoria militar y política de Francisco Franco. Alvaro Sueiro, Camilo Alonso Vega, Rafael Civan- tos y Francisco Franco Salgado-Araujo son estos militares que, en el caso de Salgado-Araujo (primo de Franco) y Alonso Vega, como indica Martín, “habían partido con él de El Ferrol para volverse a encontrar en Africa~~ (67). Los biógrafo~s, sin embargo, no hablan de Campins, y eso que uno de ellos -según apunta de la Cierva- (68) era entonces estudiante en la Universidad de Oviedo, se alojaba en el mismo hotel que Franco y, de manera inconsciente o tal vez adivinando el porvenir del futuro Caudillo, tomaba notas del popular y joven Comandante, que le llevarían veinte años más tarde a convertirse en su primer biógrafo (69). 66. El Mayor, cargo que en la actualidad normalmente desempeña un Teniente Coronel, es una especie de Jefe Administrativo y responsable de la Tesorería de un Regimiento. 67. Martín, C., Franco: soldat et chef d’Etat, Paris, 1959, pág. 26. 68. Cierva, R. de la, ~p~j4t., 1, pág. 125. 69. Arraras Iribarren, J., Franco, Burgos, 1938 145 Pese a ello, es incuestionable que Campins estuvo en Oviedo y que hizo amistad con Franco, con quien se volvería a encontrar años después en la campaña de 1921- 1922, en el desembarco de Alhucemas y, posteriormente, en la Academia General Militar, donde Franco fue Director y Campins Subdirector y Jefe de Estudios. Campins no dejó escrito en ningun lugar que tomara parte en la creación y organización de La Legión (70); sin embargo, la tradición de la familia ha mantenido viva esta idea a lo largo de los años. En su Hoja de Servicios no figura ninguna anotación que haga referencia a la fundación del Tercio; pero, no obstante, es mas que probable que de una manera indirecta el Comandante Campins interviniera en este histórico acontecimiento. En Marzo de 1914, en una entrevista celebrada en Madrid, entre el Rey Alfonso XIII y el Mariscal frances Hubert Lyautey -forjador del Marruecos frances-, éste, ante la insistencia del monarca español,hubo de exponer- 70. El Teniente Coronel DEM Don Miguel Campins Rahan, nieto de Campins Aura, haciéndose eco de la tradición familiar, escribió, en una introducción destinada a la publicación del libro inédito de su abuelo - -que luego no se llevo a cabo-, que Franco y Campins recibieron el encargo de Millán Astray para crear y organizar La Legión. Carlos Blanco Escolá, que consultó el ejemplar existente en Zaragoza del libro escrito por el Subdirector y Jefe de Estudios del Centro en su 2~ época, toma a Campins Rahan por Cam- pins Aura y, de forma indebida, recoge en su, por otra parte, excelente libro (Blanco Escolá, C., La Academia General Militar de Zaragoza (1928-1931) , Barcelona, 1989, pag. 85) el error sobre el hipotéti- co encargo del fundador del Tercio de Extranjeros. 146 le las causas que, a su juicio, explicaban las “dificulta des” con que tropezaba la accion española en Marruecos. Según Lyautey, tales causas eran las siguientes: a) Una organización militar pesada, poco adaptada al país, e impregnada de atavismos metropolitanos (por ejemplo, numero excesivo de generales, de personal de Estado Mayor, etc.) b) Escaso desarrollo de las formaciones indígenas en el frente de combate y en los servicios auxiliares (p.e., conduccion de equipos artilleros, manipulación de convoyes de avituallamiento, transportes militares, etc.). c) Formaciones militares idénticas a las peninsu- lares (p.e., divisiones, brigadas y regimientos), sin seguir la regla dorada de la adaptación al nuevo escena- rio colonial. d) Inmovilizacion y concentracion del cuerpo de tropa en puestos muy numerosos, “en detrimento de la movilidad y a riesgo de dar, a los marroquies hosti- les, una sensación de inercia que no hace sino encoraji- narlos y exponerse al riesgo de prolongar indefinidamente el periodo de fracasos e) Unidad de mando poco coordinada dentro del territorio (p.e., la aludida soberanía de las Comandan- 147 cias Generales con respecto al Alto Comisario en Tetuán) e intromisión obstabulizadora del Gobierno de Madrid” (71). Es evidente que el militar francés acertaba plena- mente al analizar el origen de los problemas españoles en Marruecos. Pero Hubert Lyautey no era el único que veía con claridad algunas soluciones para los mismos, puesto que diversos militares españoles habían comenzado a ponerlas en práctica, como en el caso de la creación de las unidades de Regulares, agrupaciones de tropas indígenas mandadas por oficiales y suboficiales peninsu- lares, que tan excelente resultado estaban dando como fuerzas de choque. El Comandante José Millán-Astray Terreros,destacado combatiente de las campañas africanas, pensaba que con los Regulares no era suficiente para afrontar los múltiples, continuos e irregulares combates que tenían lugar en el Protectorado español, y perfilaba la estruc- tura de una nueva fuerza que, a imitación de la Legión extranjera francesa y basándose, aunque fuera tangencial mente, en el legendario código Bushido de los samuráis japoneses, fuera capaz de aportar un nucleo de combatien tes voluntarios y perfectamente entrenados y disciplina- dos que, sin duda, darían un resultado extraordinario y permitirían, al mismo tiempo, liberar del compromiso 71. Morales Lezcano, V., “El colonialismo...”, op . cit., págs. 136—137. 148 bélico a un buen número de soldados de reemplazo. Desde Abril de 1917, Millán-Astray estaba destinado en el Regimiento de Infantería de Saboya nQ 6, de guar- nición en Madrid. Entre los meses de Septiembre y Noviem- bre de 1918 (72) asiste en Valdemoro (Madrid) a un Curso de Información en la Escuela Central de Tiro de Infante- ría, para Comandantes del Arma. Franco es otro de los asistentes. Los trabajos del Curso ‘‘ consisten en prácticas de tiro en el campo, conferencias tecnicas y supuestos tácticos. Entre los integrantes del Curso se designaban interventores, nombramiento que recaía siempre en los comandantes de mayor prestigio. Son elegidos cuatro inter ventores; Millán-Astray y Franco son dos de ellos” (73). Entre los dos militares, que no se conocían, nace espontáneamente una gran simpatia mutua. Durante el Curso trabajan en íntima conexion y, una vez terminado, parti- cipan de forma destacada en la redacción de la memoria final. Para Crozier (74) existen dudas sobre si Millán- Astray confio a Franco sus proyectos sobre la Legión 72. Millán-Astray en su obra: Franco, el Caudillo, Sala- manca, 1939, págs. 9-10, se equivoca de año e indica que fue en 1919 cuando realizó el Curso y conoció a Franco. 73. Silva, C. de, General Millán-Astray, Barcelona, 1956, pags. 115—119. 74. Crozier, B., Franco. Historia y biografía, 1, Madrid, 1969, pág. 85. 149 durante la estancia de ambos en Valdemoro. Para ello se basa en que cuando Franco regresó a Oviedo (30-11- 18) tenía planes para su futuro muy diferentes a los de formar parte de la oficialidad de la hipotética Unidad a crear por Millán-Astray. En realidad, Franco deseaba hacer el Curso de Estado Mayor y, de hecho, lo solicitó, - si bien, como es conocido, su petición fue rechazada puesto que la Escuela Superior de Guerra consideró impro- cedente tener un alumno con la graduación de comandante. El pensamiento de Franco de convertirse en oficial de Estado Mayor —o diplomado en Estado Mayor- no parece, sin embargo, razon suficiente para considerar que Millán- Astray no le hiciera partícipe de susproyectos, puesto que, en 1918, el futuro fundador del Tercio no contaba con excesivo apoyo oficial y Franco, que en relación con su carrera jamás perdía el tiempo, pudo estimar mas acertado abordar antes la cuestión del Estado Mayor. Sea como fuere, Franco regresa a Oviedo y escribe unos apuntes en los que relata todo cuanto aprendió en el Curso. Más tarde pronuncia ante la guarnición de la plaza unas conferencias de gran interes sobre tiro de Infantería, enseñanzas de la guerra europea, enlace de la Infantería con la Artillería, etc. (75) Con su experiencia africana y la detenida lectura 75. Galinsoga, L., de (en colaboracion con el Teniente General Franco Salgado-Araujo), Centinela de Occiden-ET 1 w 371 74 m 521 74 l S BT te, Barcelona, 1956, pág. 37. 150 de los informes procedentes de los frentes franceses, Franco “trató de interesar a sus compañeros en el uso del terreno, mostrándoles las ventajas prácticas. En términos europeos, nada tenían de revolucionario sus ideas sobre el uso de proteccion o sobre el despliegue de fusiles y ametralladoras en apoyo mutuo. Sin embargo, para sus contemporaneos españoles eran una novedad. Duran te el Curso de Valdemoro, Franco y Millán-Astray habían llegado a una importante conclusión: La de que los libros de texto sobre tácticas de infantería tenían que ser imperiosamente revisados. Por encima de todo, la Infante- ría española debía ser adiestrada en la utilización del terreno para el ataque y la defensa” (76). Sin lugar a dudas, Campins, que había actuado en las duras campañas del Kert y de Larache al frente de distintas unidades, tenía que estar forzosamente de acuer do con las teorías que sustentaban Franco y Millán-Astray. Incluso podía aportar a las mismas su experiencia como oficial de Caballería y de Artillería de cuando realizó las prácticas de Estado Mayor. Ante la ausencia de documentación y de testimonios biográficos que lo avalen, al llegar a este punto es preciso seguir la tradición familiar, que nos habla de la amistad existente entre Franco y Campins y de la ayuda que el primero solicitó al segundo para concretar distin- 76. Hilís, G., Franco, el hombre y su nación, Madrid, 1968, pág. 101. 151 tos aspectos de la nueva fuerza que se iba a crear. De esta forma llega hasta nosotros (77) el posible “reparto” de competencias que tuvo lugar en Oviedo, y que dejó al cuidado de Franco las cuestiones puramente operativas del Tercio, mientras que Campins se ocupaba de las orga- nizativas y aconsejaba al futuro segundo jefe de la uni- dad sobre la uniformidad que él consideraba mas idónea para el escenario africano. Muy probablemente en Oviedo, de la mano de Campins y de Franco, se esbozaron algunas de las prendas que muy pronto habrían de contribuir al nacimiento del mito legionario, como por ejemplo la cami- sa y sus novedosas mangas remangadas. Un año más tarde de los trabajos preparatorios de Campins y Franco, y tras diversas vicisitudes, el vizconde de Eza, entonces Ministro de la Guerra, autorizaba la crea- ción del Tercio de extranjeros con carácter provisional (28-01-20), que seria definitivo meses mas tarde. En Junio del mismo año y con ocasión de la asistencia en Madrid a la jura de Bandera del Príncipe de Asturias, Franco se entrevista de nuevo con Millán-Astray y acepta la oferta de éste para convertirse en el segundo jefe de la Legión. En esa época el Comandante Campins había cambiado una vez mas de destino, puesto que desde el 19 de Junio 77. A este respeDto fueron esclarecedoras las conversacio- nes mantenidas con Don Miguel Campins Roda y con su hijo, Don Miguel Campins Rahan, relativas a las actividades realizadas por el Comandante Campins Aura en Oviedo. 152 de 1919 mandaba el 3~EBatallón del Regimiento de Infante- ria Covadonga flQ 40, de guarnición en Madrid. En la Capi- tal de España permanecera hasta Abril de 1921; su expe- riencia y sus conocimientos son tenidos en cuenta para nombrarlo inspector de las academias regimentales -clases de tropa y suboficiales- y, también vocal de la Comision de estudio y proposícion de modificaciones en el material de acuartelamiento y cama militar (78). En Febrero de 1921 asciende a Teniente Coronel por antiguedad y es destinado al Regimiento de Infanteria de Galicia n~ 19 para, casi inmediatamente, cambiar al Regimiento de Infanteria de Navarra n0 25, en Lérida, plaza a la que se incorpora el 15 de Abril y en la que tan sólo permanecerá hasta finales de Julio, haciéndose cargo durante un mes del mando accidental de la unidad por ausencia del Coronel titular. 5.6. Regreso a Melilla en un año fatidico . Entre los a?ios 1915 y 1918 el Protectorado de Ma- rruecos se mantuvo relativamente tranquilo, y no se regis traron acciones bélicas importantes ni avances signifi- cativos en la politica de dominar el territorio. Esta situación, sin embargo, no podia prolongarse indefinida- mente y era preciso adoptar una de las dos posibles solu- ciones: Ceder ante la mayoria de la opinión pública na- 78. A.G.M., 1~ Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión <1918—1921). 153 cional y abandonar Marruecos o tomar medidas mas enérgi- cas y consolidar definitivamente el poder colonial espa- ñol. El Gobierno, de acuerdo con el Rey y con el Ejérci- to, se inclinó por la segunda de las soluciones y, a comienzos de 1919, inició un plan de actuación destinado a extender la hegemonia de España en su zona de influen- cia africana. Parte fundamental de esta estrategia la constituyó el nombramiento del General Dámaso Berenguer como Alto Comisario, aunque el Gobierno —presidido enton- ces por Romanones- se vió fuertemente presionado en esta cuestión por influyentes sectores militares próximos a la corte (79). Berenguer llegó a Tetuán en Febrero de 1919 e, inmediatamente, invitó a El Raisuni a visitar la ciudad y discutir la situación en la zona; pero el cherif, como había previsto el General, se nego, puesto que en la misma residia el Jalifa, y rompió sus relaciones con las autoridades españolas, intentando aislar a éstas del representante del Sultán mediante diversos ataques a las carreteras que unían Tetuán con Ceuta, Tánger y Larache. En los meses siguientes los ataques se intensifica- ron, El Raisuni fue declarado fuera de la ley por el Sultán -a fin de justificar la subsiguiente campaña de 79. Payne, S.G., op. cit., pags. 165-166. 154 represión del Ejército español- y, ya durante el verano, se sucedieron violentos enfrentamientos en el norte y centro de la Yebala, que culminaron el dia 6 de Octubre con la ocupación definitiva de la fortaleza del Fondak de Am Yedida (que habia caido en manos españolas durante el año 1916), posición clave en las comunicaciones entre Tánger y Tetuan. Pese a que El Raisuni seguia controlando gran parte de la Yebala occidental, a principios de 1920 la posicion española en el territorio se consolidaba paulatinamente y ello decidió al Gobierno a iniciar la penetracion en el Rif, zona central del Protectorado que se mantenia completamente al margen de la administración de nuestro país. Como consecuencia de ello, el General Fernández Silvestre, Gobernador Militar de Ceuta y hombre familia- rizado con la acción, fue destinado al mismo puesto en Melilla, desde donde se le ordeno avanzar con sus tropas hacia el oeste con el objetivo de contactar finalmente con las del propio Berenguer, que lanzaria su ofensiva hacia el sur de Tetuán, y con las del General Barrera, que presionaria hacia el este desde sus posiciones en la zona de Larache. Esta estrategia española dió buenos resultados a lo largo de 1920, año en el que se logró la ocupación de Tafersit (12 de Agosto) y de la ciudad santa de Xauen (14 de Octubre), aunque esta última se consiguiera merced a una hábil maniobra del Coronel Castro Girona. A finales de año Fernández-Silvestre estaba impaciente por extender 155 sus operaciones a la parte central del Rif, solicitando insistentemente a Berenguer autorización para llevarlas a cabo. El Alto Comisario, que también era Inspector Gene- ral del Ejército de Marruecos, y el Ministro de la Guerra consideraban que el plan general de operaciones para la ocupación del Rif tropezaba con serias dificultades que apuntaban todas en la misma direccion: la escasa preparación de las tropas, su deficiente armamento y equipo y, lo que resultaba más preocupante, su falta de fe en la victoria. Pese a ello, el avance de Fernández- Silvestre no fue detenido, y mucho menos cuando el impe- tuoso General progreso victoriosamente hacia el oeste, ocupando sucesivamente Annual, Sidi Dris, la costa de Gomara e Igueriben, a lo largo del primer semestre de 1921. La sujeción de las cabilas del interior era absolu- tamente imprescindible si se pretendia consolidar la posición de España en el Rif, pero desde 1918 esta aspi- ración tropezaba con la oposicion del caid de Beni Urna- guel, Mohamed Ben Abd el Krim el Jatabi, que curiosamente poseia una formacion cultural forjada en sus años de estudio en escuelas españolas. Abd el Knim habla desempe- ñado en Melilla el cargo de Secretario de la Delegación de Asuntos Indígenas, más tarde el de asesor de dicha Delegación y, en 1914, el de juez superior árabe de la región melillense. 156 Desde una postura de franca cooperacion con las autoridades españolas, Abd el Krim habia evolucionado hacia posiciones de visceral hostilidad, a causa de la pretensión de España de ocupar un territorio que como el de su cabila, jamás habia sido conquistado; pero tam- bién por razones de indole personal, directamente rela- cionadas con su encarcelamiento por mantener una virulen- ta actitud antifrancesa desde las páginas de “El Telegra- ma del Rif” cuya sección árabe dirigió hasta 1917. En 1919, Abd el Krim se marchó de Melilla a Axdir, el pueblo de su padre, situado en el centro del Rif y en las proximidades de la bahia de Alhucemas, desde donde siguió atentamente la progresión de la penetración espa- ñola. La muerte de su padre en 1920 pone en sus manos la defensa del territorio, y asi, cuando Fernández Sil- vestre llega a Igueriben, Abd el Krim “prepara la harka, gana y aúna voluntades y aportaciones de indígenas de otras cabilas, pues Beni Urriaguel ya estaba toda a su lado desde el principio, amenaza y castiga a los que temerosos o decididos partidarios nuestros no secundan sus predicaciones y, demostrando la doblez de su carácter y que su nacionalismo no era del todo honrado, sino mas bien apetencia de mando, alterna tales actividades con mensajes a nuestras autoridades, en los que se ofrece a colaborar a base siempre de que se le reserven impor- tantes mandos territoriales y se le conceda autonomia en la dirección de operaciones nuestras por el area - 157 de su influencia ...“ (80). Pese a las claras indicaciones de resistencia por parte de los Beni Urriaguel que, desde finales del mes de Mayo, hostigaban las columnas de aprovisionamiento de Fernández Silvestre, éste no consideró oportuno suspen der las operaciones en espera de refuerzos, como era el parecer de Berenguer. La preocupación del Alto Comisa- rio aumentó cuando el 31 de Mayo un tabor completo de Regulares marroquies se amotino en el punto avanzado de Abarrán y asesino a sus mandos, uniéndose a las cabi- las rebeldes. Si después de Abarrán se hubiesen concentrado en la zona de Melilla nada más que parte de las fuerzas que en la zona occidental se hallaban, y si de la Peninsu la se hubiesen enviado a la vez refuerzos, no solo se habría salvado la situación que aquel golpe creara, sino que se hubiese podido continuar la obra que Silvestre habia empezado, llegando a Alhucemas y matando en flor el poderío creciente de Abd el Krim” (81). Pero nada de esto se hizo; Berenguer y Fernández-Silvestre conferen ciaron en Melilla y prevaleció la opinión del último de proseguir el avance con las escasas fuerzas que le quedaban, y teniendo que guarnecer una larga linea de posiciones y blocaos que se extendia desde Melilla hasta 80. S.H.M., Historia de las Campañas de Marruecos (1919- 1923), Tomo III, Madrid, 1981, pág. 414. 81. Hernández Mir, F., Del desastre a la victoria (1921 - 1926), 1, Madrid, 1926, págs. 98—99. 158 Annual. “Fernández Silvestre, bravo e impetuoso, era mas antiguo en el escalafón que Berenguer, y muy proclive a tomar iniciativas por su cuenta, sin pararse poco ni mucho, por otra parte, en los puntos de vista del Estado Mayor: “el estorbo mayor” como él lo llamaba” (82). El día 8 de Junio envió un destacamento a ocupar Igueri- ben, posicion que no pudo abastecer hasta el 17 de Julio y que, desde esta fecha, quedó completamente cercada por la harka rifeña; el día 21, tras varios intentos falli- dos de liberarla, los supervivientes intentaron una sali- da desesperada, pero fueron muertos en su práctica totali dad. Fernández Silvestre, que se había desplazado a Annual, asiste impotente a la pérdida de Igueriben y a la ofensiva de la harka sobre su campamento, en el que había 4.000 soldados españoles. En la noche del 21 al 22 un consejo de oficiales votó a favor de la retirada de Annual; el General pide ayuda desesperada a Berenguer quien, dos años más tarde, escribió lo siguiente sobre aquellos dramáticos momentos. “La impresión de la amena- za inminente invadió todas las esferas del mando, enaje- nando sus facultades de discernimiento, y al activar irreflexiblemente la salida de elementos sin organizar, siguió la puesta en marcha de las unidades sin orden, 1~ 82. Seco Serrano, C., “Alfonso XIII y la crisis... op. cit., pag. 137. 159 ni orientación ni gobierno, sin mas norte que alejarse de Annual, en completo desconocimiento de las reglas más elementales de toda retirada” (83). En dos horas, la salida a la desesperada de Annual se convirtio en un caos. Fernández Silvestre murió en el campamento; probablemente se suicidó con su propio revolver ; “la columna, dejando el rastro de su material y armamento abandonados, cede más al pánico y a la desmo- ralización que a la intensidad de los ataques de que fuera objeto” (84). Las noticias del Desastre se extendieron rápidamen- te por todo el Rif y, al mismo tiempo que centenares de cabileños se unian a Abd el Krim, centenares de sol- dados Regulares, nativos de la región, desertaban del Ejército Español. Las únicas defensas existentes entre Annual y Melilla eran una serie de endebles blocaos y tres o cuatro campamentos semifortificados algo más gran- des; sin embargo, tal como se desarrollaron los aconte- cimientos, de nada sirvieron, pues “en todo el trayecto hasta Melilla cundía la desmoralización aún antes de presentarse la amenaza” (85). Las pocas unidades que conservaron la disciplina se retiraron hasta Melilla con pocas bajas, como fue el caso del Batallón de Caballe ría de Alcántara, significativamente una unidad en la 83. Berenguer, D., Campañas en el Rif y Yebala, 1921 - 1922, Madrid, 1923, pág. 82. 84. Idem., pág. 83. 85. Idem., pág. 84. 160 que había servido Miguel Campins durante sus prácticas de Estado Mayor. El último acto del Desastre tuvo lugar en la posi- ción de Monte Arruit, donde se refugió el General Navarro -segundo de Fernández Silvestre- con los restos de las unidades derrotadas, tras siete días de infructuosos intentos para contener la desbandada. La posición resis- tió hasta el 9 de Agosto; Navarro se rindió y fue hecho prisionero; la mayoría de los soldados fueron pasados a cuchillo. Todos los esfuerzos realizados en los últimos doce años se habían perdido en unos días, con el agravan- te de que Melilla quedaba directa y seriamente amenazada por la victoriosa harka de Abd el Krim. El Gobierno español dimitió y se formó un gabinete de concentración nacional dirigido por Antonio Maura, con La Cierva como Ministro de la Guerra. Berenguer pre- sentó su dimisión, pero fue confirmado en su puesto al - darle garantías de que su actuacion no seria investigada. Inmediatamente se desplazaron a Melilla tropas expedicio- narias procedentes de la Península y de la zona occiden- tal, y se iniciaron los planes para reconquistar el terre no perdido, para cuyo fin “se concentraría en Melilla un ejército de operaciones, a base de veinticinco bata- llones... reocupando Nador, Zeluán, Atíaten e Yazanen y restableciendo, aproximadamente, la línea de 1910” (86). 86. Idem., pág. 103. 161 Los más de diez mil hombres que perdieron la vida en el desastre de Annual trajeron graves y dilatadas consecuencias para la vida política nacional. “Apenas restablecida la iniciativa española en Melilla y emprendi do victoriosamente por el General Sanjurjo el recorrido inverso al del repliegue y la matanza, comenzó otra ofen- siva de muy diverso carácter y origen, contra las mas altas representaciones del Estado, envueltas en la polva- reda de las “responsabilidades” (87). En el mismo mes de Agosto de 1921 se designó al General Juan Picasso para abrir un expediente gubernativo sobre las responsabilidades del mando en el Desastre. El resultado, mas que clarificar los hechos contribuyó a hacerlos mas confusos, cargando la mayor parte de las acusaciones sobre los Generales Fernández Silvestre y Berenguer, al tiempo que se insinuaban graves cargos contra la propia Institución militar y contra la Adminis- tración. El expediente no sirvió para depurar las respon- sabilidades militares, que sin duda existían, y si en cambio para que la prensa y los partidos políticos opues- tos a la intervención en Marruecos lo utilizaran en bene- ficio propio . “Asi, una parte del pueblo español llegó a considerar que los militares africanistas querían la guerra para buscar ascensos, que en Africa se entregaban a toda clase de excesos y que encima, ante una grave situación, actuaron con cobardía e incompetencia, apoya- 87. Seco Serrano, C., “Alfonso XIII y la crisis... op. cit., pag. 142. 162 dos por el Rey, llevando con ello a la muerte a miles de soldados” (88). La hipotética participación del Rey en el Desastre, apoyando con sus telegramas de felicitación el avance de Fernández Silvestre, a espaldas de Berenguer, dió lugar a una campaña contra la Monarquía, que se extendió hasta el advenimiento de la República. Los profesores Seco y Pavón (89) rechazan por inconsistentes las acu- saciones contra el monarca, que se limitó a enviar un telegrama de aliento, sin mayor trascendencia, al Coman- dante General de Melilla, persona a la que, según mani- festaciones del propio Alfonso XIII, “sinceramente quería y al que había distinguido con mi aprecio como a cuantos en lucha desigual estaban defendiendo el honor de España” (90). Mientras en la Península continuaba la “tormenta política” derivada del desastre de Annual, a la que no eran ajenas las Juntas de Defensa —que, por otra parte, asistían al paulatino declive de su importancia pasada- hacia mediados de Septiembre ya se habían concentrado en Melilla 30.000 hombres que, con los Regulares de Ceuta y el Tercio en vanguardia, iniciaron las operaciones de reconquista. 88. Mas Chao, A., op. cit., pag. 47. 89. Pavón, J., Cambó, III, Barcelona, 1969, pags. 296- 299. 90. Confesiones de Alfonso XIII a Cortés Cavanillas, citadas por Seco Serrano, C., “Alfonso XIII y la crisis...”, op. cit., pags. 144—145. 163 En los mismos días que se desarrolla la trágica retirada de Annual, el Teniente Coronel MiguelCampins es destinado al Regimiento de Infantería de La Corona n~ 71, de guarnición en Almería, plaza a la que se incor- pora el día 1Q de Agosto (91). Esta unidad, debido sin duda a su asentamiento en el puerto peninsular más pró- ximo a Melilla, es la primera que envia un Batallón ex- pedicionario para socorrer a la amenazada ciudad africa- na; las tropas, al mando del Teniente Coronel Barrera, desembarcan el día 24 de Agosto, infundiendo ánimo a una población cuya creciente preocupación era todavía más peligrosa que la proximidad de la harka rifeña. El fallecimiento en el mes de Octubre del Jefe del Batallón desplazado a Melilla, brinda al Teniente Coronel Campins la oportunidad de presentarse voluntario para reemplazarlo; el día 30 del mismo mes ya está en Africa y al día siguiente, al mando de sus tropas e inte- grado en la columna del General Neila, ocupa posiciones en el Zoco el Had de Beni Sicar. Los planes de la primera fase de la reconquista, también llamada campaña del desquite, se están cumpliendo a la perfección, bajo la directa supervisión del Alto Comisario y del General Cavalcanti, nuevo Comandante General de Melilla. El ejército de operaciones, dirigido por los Generales Neila, Cabanellas, Fresneda y Berenguer 91. A.G.M., N Seccion, Expte. C—701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivision (1921). 164 Fusté, aseguro, en un primer momento, las líneas de de- fensa de Melilla y, una vez consolidadas éstas, comenzo la recuperación de las posiciones perdidas durante el Desastre. Campins participa con su unidad en la toma de la meseta de Iguerman y en la ocupación de Yazanen y Tifasor; es su reencuentro con la guerra y también con unos lugares en los que ya había combatido en la campaña de 1911-1913. El comienzo no puede resultar mejor, puesto que figura como distinguido en las anteriores acciones, que tienen su continuidad en la conquista de Ras Medua y Tauriat Hamet, en el mismo mes de Noviembre, y de Tauriat Zag, Tauriat Buchit, Hiamen y Ras Tikermin a lo largo de Diciembre. Berenguer, que pese a mostrarse contrario a su continuidad como Alto Comisario, seguía contando con el apoyo del Gobierno, viajó a Madrid a finales de Noviem bre y se enfrentó a dos situaciones bien diferenciadas: por una parte, a los ataques de que era objeto en las Cortes por su actuación en Marruecos y, por otra, a las manifestaciones de respeto y afecto que le dispensaba el Ejecutivo, que tuvieron su culminacion en el recibi- miento que el propio Alfonso XIII le dispensó en la esta- cion del Mediodía, estrechándolo públicamente entre sus brazos (92). 92. S.H.M., “Historia de las Campañas...”, op. cit. , III, pág. 521. 165 Berenguer regresó a Marruecos con su autoridad firmemente respaldada por el Gobierno y con un plan de operaciones aprobado por el Consejo de Ministros, que contemplaba tres fases. La primera, correspondía exacta- mente a las acciones que se estaban desarrollando y que consistían en “llegar con nuestras columnas hasta Batel y Dar Drius por la línea del ferrocarril del Estado, y hasta la meseta de Tikermin por la carretera de Tauriat Hamet y Kaddur... Si las circunstancias y el estado de las relaciones con las cabilas lo permiten, esta acción móvil se extenderá hasta recorrer todos los puestos que ocupaba nuestro Ejército antes de Julio y llegar hasta Annual, para cumplir el sagrado deber de dar tierra a los cadáveres insepultos de nuestros soldados” (93). La segunda fase del plan fijaba la toma de la bahía de Alhucemas, mediante una operacion de desembarco, y la tercera la ocupación de la zona costera de las cabi- las de Beni Said, Tensaman, Bocoya, Peñón de Vélez y Metina. A finales de 1921 la progresión española era exce- lente, no obstante la firme posicion de las tropas de Abd el Krim, casi todas montadas y bien pertrechadas con el material tomado a nuestras fuerzas. “La abundancia de caballos permite emplearlos como de Infanteria montada. En las retiradas caen deprisa sobre los escalones de retaguardia y en los avances defienden las lomas hasta 93. Berenguer, D., op. cit., págs. 148-149. 166 el último momento” (94). Lo que señala Franco era una consecuencia directa del Desastre, como también lo era el hecho de que el cerco tendido por Berenguer a El Rai- suni en el frente occidental, se deshizo por completo en el momento en que importantes unidades de la zona se vieron obligadas a desplazarse a Melilla; sin embargo en el mes de Diciembre la situación en oriente permitía de nuevo presionar sobre el cherif, aprovechando las columnas organizadas para controlar el desplazamiento de parte de la harka de Beni Urriaguel hacia el tranquilo distrito de Gomara, al sudeste de Xauen (95). En los primeros meses de 1922 continuó el avance español en el frente oriental y, de manera muy especial en Marzo y Abril, cuando nuestras tropas alcanzaron el centro más importante de la cabila de Beni Said. Campins prosiguió al frente de su unidad y tuvo ocasión de demos- trar su capacidad para una nueva misión de gran responsa- bilidad, el mando de columnas, que ejerció por dos veces consecutivas en el mes de Febrero y una mas en Marzo. El día 6 de Abril, al mando de su Batallón y forman do parte de la columna del General González de Lara, Campins toma parte en la difícil ocupación de Chemorra y Naar-el-Lal, sosteniendo un duro enfrentamiento con el enemigo. Dos dias mas tarde el objetivo es Dar-el- Quebdani, “que además de tener el dominio del monte Mauro, 94. Franco, F., op. cit., pág. 184. 95. Payne, S.G., op. cit., pag. 187. 167 que envuelve, teniendo fácil acceso a su cumbre por su situación sobre la cuenca del Baax, casi equidistante de Tuguntz y Timayats y con comunicación directa por Tissingar con Kalkul y Kandussi para cubrir sus necesi- dades, podía servir de campamento a la columna que garan- tizara la derecha del frente” (96). La importancia concedida por Berenguer a la posi- cion de Dar-el-Quebdani tiene un inmediato reflejo en la combatividad que demuestran las fuerzas que toman parte en su conquista. El Coronel González de Lara asigna a Campins la toma de Erguina y Casas de Fumini; el Bata- llón consigue sus objetivos después de cargar a la bayo- neta contra los rifeños. La acción, de una valentia ex- cepcional, trasciende el ámbito del Ejército de operacio- nes, siendo felicitada la unidad y su Jefe telegráfica- mente por el Ministro de la Guerra, Alto Comisario y Comandante General del Territorio (97). La ocupación de Dar el Quebdani constituyó un paso muy grande para el pronto y feliz resultado de la campaña (98), porque “se podía dar por terminada la maniobra sobre Beni Said, completada el día 11 con la ocupación de Timayats, que cerraba la nueva línea frontera entre Dar el Quebdani y el mar, y la de Alcazaba Roja, que aseguraba el dominio del monte Mauro. 96. Berenguer, D., op. cit., pág. 186. 97. A.G.M., 1~ Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1922). 98. S.H.M., “Historia de las Campañas...”, op. cit. , III, pág. 548. 168 En menos de un mes, desde el 14 de Marzo al 11 de Abril, se había dominado una cabila que antes había costado diez años reducir; en los cinco combates que para lograrlo se libraron tuvimos un muy escaso millar de bajas, gracias a la admirable preparación conseguida en las columnas” (99). Tras la ocupación de Dar el Quebdani, el Batallón de La Corona coopera en la conquista de Timayats y de la Alcazaba Roja, presta distintos servicios de proteccion de convoyes y el 15 de Mayo, después de varias jornadas de marcha, llega a Melilla, donde esa misma tarde embar- ca para Almeria. El día 16 de incorpora en la capital andaluza al resto del Regimiento y vuelve a la plantilla de paz. En Almeria, al Teniente Coronel Campins le espera un ayudante del Rey para darle la bienvenida; Alfonso XIII quiso destacar con este gesto el gran aprecio que sentía por la unidad y por su Jefe, tras su extraordina- rio comportamiento en Africa. Campins pudo agradecer perso nalmente a S.M. la atención dispensada, pues fue recibido en audiencia por el Rey el día 16 de Junio. Apenas un mes mas tarde, en la Orden General de la Comandancia de Melilla, el Teniente Coronel Miguel Campins es citado como distinguido por el combate del 7 de Noviembre del año anterior, al haber conducido con 99. Berenguer, D., op. cit., pag. 194. 169 decisión la marcha y asalto de la meseta de Iguerman, y por sus acertadas disposiciones en el combate registra- do el día 11 del mismo mes y año. Las gratas noticias no terminaron aqui, puesto que por R.O.C. de fecha 14 de Agosto le fue concedida a la Bandera del Regimiento de La Corona nQ 71, la Meda- lla Militar, como recompensa colectiva por los méritos que contrajo el Batallón expedicionario en Melilla en el período de operaciones, pudiendo portar su Jefe el distintivo de dicha condecoración. El 18 de Diciembre el Batallón, mandado por Campins, fue revistado por S.M. el Rey, y a continuación el mo- narca impuso solemnemente la Medalla Militar a la bandera regimental (100). Es preciso destacar que al mismo tiempo que se concede la Medalla Militar al Regimiento de La Corona, tambien se otorga al Tercio de Extranjeros y al Grupo de Fuerzas Regulares de Ceuta n0 3 (101). Legionarios y regulares, dos fuerzas legendarias en la Guerra de Africa, mandados los primeros por Millán Astray y Franco, y los segundos por González Tablas y Mola, reciben una recompensa más que merecida al lado de los infantes de Campins, soldados de reemplazo convertidos en leyenda merced a las enseñanzas y a las sabias disposiciones de - 100. A.G.M., l~ Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1922). 101. Millán Astray, J., La Legión, Madrid, 1923, pág. 217 170 su inteligente y valoroso Jefe. No cabe la menor duda, dada la coincidencia en muchas de las operaciones, de que Franco y Campins rea- nudaron en Africa su amistad de los años de comun desti- no en Oviedo. Aquellos antiguos proyectos de la creacion del Tercio eran ahora una espléndida realidad, que el Alto Mando podía comprobar a diario dada la efectividad inigualable de La Legión en la irregular campaña marro- qul. El extraordinario talento operativo de Millán Astray y Franco no podía ocultar, sin embargo, la sólida estruc- tura de la fuerza, cuyo primer esbozo había diseñado Campins años antes en la lejana Asturias. La última etapa africana del Teniente Coronel Cam- pins, merece, algunos años mas tarde, la siguiente valo- ración de la Jefatura del Ejército de Africa: ... ha confirmado plenamente el exce len- te juicio que mereció por su actuacion en Melilla durante la Campaña de 1921- 1922, donde ejerció de modo brillantísimo el mando del Batallón expedicionario del Regimiento de Infantería de La Corona n0 71. Ha sido tan intensa, prolongada y meritoria la labor de este Jefe, que todo el Ejército lo reconoce como una esperanza” (102). 102. Tetuán, 24 de Septiembre de 1925, certificacion del General Jefe de Estado Mayor del Ejército de España en Africa, General de Brigada Ignacio Despu- jol y Sabater. A.G.M., 1~ Sección, Expediente - C—701. 171 5.7. Breve paso por la Aeronáutica Militar Cuando yo vi que no solo dominábais el mar con vuestros buques, y la distancia con vuestros cañones, sino con eso que llamais globos, comprendí que erais muy fuertes, que era imposible venceros” (103). Estas palabras pronunciadas por el caíd Abd-el Kader -un moro rifeño amigo de España- años antes de la campaña de la reconquista, dejan entrever lo que, pasado el tiempo, habría de suponer el dominio del aire para las fuerzas españolas en Marruecos. Desde Abril de 1910 -fecha en la que por primera vez en España se contemplan legalmente los llamados Ser- vicios de Aviación- los globos que utilizaba la Aerosta- ción Militar y que tanto impresionaban al caíd Abd-el Kader no están sólos en los cielos españoles, pues a ellos se unen los primeros aeroplanos de combate que, en 1913, configurarán la Rama de Aviación del Servicio de Aeronáutica Militar. A partir de ese momento, las crecientes necesidades de la guerra de Marruecos impulsarán el desarrollo de la Aviación (104), imponiéndose de forma paulatina la observación aérea y la realización de operaciones tácti- cas, cada vez mas complejas y mejor coordinadas, que llegan a suponer un complemento indispensable para la 103. Ruiz Albéniz, y., El Riff, Madrid, 1912, pág. 335. 104. Historia de la Aviación Española, Instituto de His- toria y Cultura Aérea, Madrid, 1988, pág. 93. 172 progresión de las fuerzas de tierra en el escenario rife- ño. En los momentos más dramáticos del Desastre, cuando la larga línea de posiciones españolas sucumbe ante la presión de los insurrectos y ante su propia debilidad psicológica, el Bristol “Fighter” del Capitán aviador Manzaneque representa la única posibilidad que tiene el Alto Mando de conocer lo que en realidad está suce- diendo. Manzaneque y su observador, el también Capitán Carrillo, realizan un arriesgado vuelo de inspección que les revela la pérdida de Dar Drius, Batel, Tistutin y Dar el Quebdani, además de descubrir que los fugitivos de las distintas posiciones intentan reagruparse en Monte Arruit bajo las órdenes del General Navarro. De nada sirvieron los continuos vuelos de Manzane- que, Carrillo y otros aviadores desplazados a Melilla para intentar abastecer desde el aire a los sitiados en Monte Arruit; las necesidades de éstos en munición, alimentos y bebida sobrepasaban la limitada capacidad de los aeroplanos de entonces que, además, corrían un gran riesgo al volar a baja cota para asegurar los lanza- mientos. Sin embargo, el heroismo de las tripulaciones no fue estéril, pues sirvió para hacer ver a los Jefes de operaciones y al Alto Comisario Berenguer el enorme potencial que encerraban aquellos frágiles ingenios vola- dores (105). 105. Gil Ruíz, 5., “Apoyo aereo en el Desastre de Annual” en Revista Ejército, nQ 595 (1989), págs. 115—121. 173 Desde el inicio de la campaña de la reconquista la Aviación estuvo presente en todos los combates de importancia. Los pilotos, “verdaderos profesionales que se juegan la vida en cada acción, institucionalizan el “vuelo a la española”, conocido después en todo el mundo y que consiste en volar tan en rasante para ametrallar al enemigo que, a veces, su altura de vuelo es inferior a la cota dominada por éste” (106). En Marzo de 1922, por mediacion de un Real Decreto, el Gobierno español procede a la reorganización de la Aeronáutica Militar, que pasara a ser una sección del Ministerio de la Guerra compuesta por dos Servicios: Aerostación y Aviacion. El primero seguira dependiendo del Cuerpo de Ingenieros, mientras que el Servicio de Aviación tendrá un Jefe propio designado libremente por el Rey y una muy avanzada estructura, cuyos órganos cen- trales seran: La Jefatura; Inspecciones de Instrucción y Material y las unidades tácticas. El personal se escalafonará en la denominada “Esca- la del Aire”, en la que ingresarán todos los oficiales con la doble titulación de piloto y observador; sus cate- gorías serán: Oficial aviador, Capitán de escuadrilla, Comandante de grupo y Jefe de escuadra, que sustituirán a las militares, desapareciendo éstas y la antiguedad en el Servicio de Aviación. Los Jefes u Oficiales que se integren en la nueva escala seguirán perteneciendo 106. Idem., pág. 122. 174 a sus Armas o Cuerpos de procedencia, si bien en situa— cion de supernumerarios. El ingreso se hará siempre con la categoría de oficial aviador, cualquiera que fuera el anterior empleo en el Ejército, al que regresaran los miembros de la Escala del Aire al cumplir los 40 años de edad. “Esta importantísima disposición suponía la prácti- ca aparicion de una quinta Arma en el Ejército, dotada de una amplia autonomía y sustentada sobre criterios que podrían calificarse de revolucionarios, y de ahí que quedara en gran parte incumplida hasta 1929. Era mucho pretender borrar los empleos y la antiguedad conse- guida en unas corporaciones a las que no se dejaba de pertenecer, lo que representaba la reaparición de la antigua dualidad, de ingrato recuerdo en las filas mili- tares” (107). El Teniente Coronel Campins se vera directamente afectado por esta legislación relativa al Servicio de Aviacion, puesto que en Septiembre de 1923, tras pasar los anteriores meses de guarnición en Almería, “es elegi- do para asistir al Curso de Aeronáutica para Jefes de Bases Aéreas “(108), incorporándose en el mes de Octubre a la de Cuatro Vientos (Madrid) donde comienza sus estu- dios y prácticas de observador de aeroplano. Además de 107. Historia de la Aviacion Española, op. cit., pag. 94. 108. A.G.M., N Seccion, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1923). 175 Campins, concurren al Curso tres Coroneles —entre ellos Miguel Núñez de Prado, Jefe de Regulares condecorado con la Medalla Militar en Enero de ese mismo año-, cuatro Tenientes Coroneles y un Comandante, Emilio Mola Vidal. Resulta sorprendente que al menos tres destacados Jefes del Ejército (Núñez de Prado, Campins y Mola) dejen a un lado sus respectivas carreras en sus Armas de proce- dencia, para embarcarse en un proyecto de incierto resul- tado. Los tres, por sus destinos en campaña, conocian a la perfección la forma de actuar de la Aviacion y, sin duda, tenian un elevado concepto de los militares que en ella servian; no obstante, ello, no parece razon suficiente para explicar su determinación de convertirse en alumnos y de arrostrar los indudables riesgos que entrañaba la condición de aviador. La explicación tal vez se encuentre en el contenido de la convocatoria al Curso, en la que se especificaba que, ante la falta de oficiales de la Escala del Aire con suficiente experiencia para hacer frente a grandes responsabilidades, el Director de la Aeronáutica Militar, General Francisco Echagiie, había decidido incorporar a su Sección a Jefes del Ejército de Tierra de reconocido prestigio y acreditada experiencia de mando, a fin de que en su día ejercieran la Jefatura de cada una de las Bases Aéreas principales y secundarias. Naturalmente, para ello tenían que “ser instruidos teórica y práctica- mente en todo lo concerniente a la Aviación castrense, lo que incluía la adquisición del título de observador 176 de aeroplano y, si sus aptitudes lo permitían, el de piloto” (109). No se trataba, por tanto, de que el Teniente Coro- nel Campins o el Comandante Mola se conviertieran en expertos pilotos de combate, sino de aprovechar su expe- riencia para mandar unidades tácticas aéreas, pero, de ser posible, sabiendo pilotar un aeroplano y ejecutar las misiones de un observador. No quedaba especificado en la convocatoria si los Jefes concurrentes quedarían comprendidos en las disposiciones legales del Real Decre- to de 1922 o si, por el contrario, al tratarse de una situación especial no pasarían a integrarse en la Escala del Aire. En el caso particular de Campins, su expediente militar no registra ninguna variación significativa du- rante su etapa de permanencia en el Servicio de Aviacion, puesto que sigue perteneciendo al Regimiento de Infante- ría de La Corona nQ 71 hasta Marzo de 1924, fecha en la que es destinado al mando del Batallón de Montaña Alba de Tormes, 8~ de Cazadores, de guarnición en Ronda. Su ausencia del Ejército se justifica por la realizacion de una “comisión de servicio” en Aviación (110). La decisión adoptada por el General Echaglie, al 109. Historia de la Aviación Española, op.cit., pag.96. 110. A.G.M., 1~ Sección, Expte. C—701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1924). 177 buscar en el Ejército los Jefes para sus Bases Aereas, no estuvo exenta de polémica, puesto que ponía de mani- fiesto que los aviadores profesionales, que crearon la Aviación y que venian actuando con enorme efectividad y heroismo en la campaña africana, no reunían las cuali- dades de mando y responsabilidad precisas, pese a que muchos de ellos tenían el empleo de Comandante o se halla ban en situación de conseguirlo de inmediato. En aquellos años, los aviadores militares tenían que luchar contra el concepto, difícil de desarraigar, de que representaban la juventud, la inconsciencia -pese a la edad de algunos y a su experiencia en guerra— y que,por consiguiente, no era apropiado confiarles un mando; lamentablemente, determinadas conductas particulares no contribuían preci- samente a superar tal concepto, sino todo lo contrario. Por otra parte, la no existencia del Arma de Avia- ción producía, con la llegada de los participantes en el Curso, una situacion un tanto paradójica, puesto que los Jefes convocados, muchos de ellos (caso de Campins) con ascensos por méritos de guerra, eran aptos para desem peñar puestos superiores en Avíacion, mientras que los aviadores, integrados en las escalas de las cuatro Armas tradicionales del Ejército de Tierra, no lo eran y, ade- mas, pese a reunir los méritos adecuados, no podían as- cender en el Servicio de Aviación y quedaban postergados. Aunque años más tarde se autorizó el ascenso por méritos de guerra en Aviación, en 1923 la solución que defendían los aviadores la expresaba con absoluta clan- 178 dad el Teniente Coronel Kindelán, piloto legendario pro- puesto entonces para el empleo de Coronel de Ingenieros, y no consistía en destinar Jefes de diferentes Armas de Tierra para mandar aeródromos y grandes unidades ae- reas, “sino en dar prerrogativa a los aviadores, ya im- puestos y conocedores de los problemas aeronauticos, con categoría y prestigio para ejercer esos mandos que habian merecido. Aún contando con el elevado espíritu, cualidades sobresalientes y prestigio de los Jefes desti- nados al Curso, que habían de superarse para conseguir el título de piloto, era un hecho que la Aviación nece- sitaba precisamente lo contrario de lo que se establecía: mandos capacitados, mandos jóvenes, profesionales del 1’ aire (111). Sin embargo, la opinión predominante en Aviación sobre lo improcedente de la decision de su Jefe superior, no fue obstáculo para que en Cuatro Vientos se recibiera a los nueve Jefes de Tierra con el mayor de los afectos. Los profesores de la Escuela pusieron todo su empeño en conseguir que realizaran los ejercicios con acierto y, a los dos meses de Curso, todos los alumnos consiguie- ron el título de observador. “Al tratar de pilotar avio- nes, lo que presentaba mayor dificultad, algunos recono- cieron la inutilidad de su esfuerzo y, ante esto, sin edad, sin verdadera afición a los servicios en vuelo, sintiendo el atractivo de su Arma, el deseo de mandar 111. Gomá Orduña, V., Historia de la Aeronáutica españo-ET 1 w 275 100 m 524 100 l S BT la, Madrid, 1951, 1, págs. 346—347. 179 y combatir en unidades de Tierra, decidieron renunciar a seguir en Aviación. Otros, con admirable tesón, conti- nuaron hasta conseguir volar el “Avro” escuela (112) y realizar las prácticas de piloto... Algunos de éstos preci saron más de mil tomas para soltarse” (113). El Teniente Coronel Campins consiguio, como sus compañeros, el título de observador de aeroplano y, a continuación, se desplazó a la Base de Los Alcazares (Mur- cia) para realizar las prácticas de bombardeo y combate aereo. Terminadas éstas regresa a Madrid e inicia en el Aeródromo de Getafe el Curso de piloto, que concluirá en Abril de 1924. El día 22 de ese mismo mes “sale de Madrid en vuelo de escuadrillas a las órdenes del Excmo. Sr. General Di- rector de Aeronáutica Militar (114), para Sevilla, Tetuán y Melilla, a cuya última plaza llegan con la de que forma parte el 26 del mismo mes, empezando en el siguiente día las prácticas de campaña que como observador de aeroplano comprende el Curso citado. Durante éstas y con diferentes escuadrillas y grupos de aeroplanos e hidroplanos practica diecisiete reconocimientos y bombardeos sobre el frente enemigo y Bahía de Alhucemas, asiste a las acciones de Sidi Mesaud en los días 7 y 11 de Mayo, 112. Avro 504 K, extraordinario avión biplaza en tándem, con doble mando, utilizado en aquella época para la enseñanza de vuelo, en Warleta, J. y otros, Avio-ET 1 w 491 115 m 526 115 l S BT nes militares españoles, Madrid. 1986. 113. Gomá Orduña, y., op. cit., pág. 348. 114. General Jorge Soriano, sustituto del General Echagiie desde el 19 de Enero de 1924. 180 haciendo también fuego de ametralladoras y sufriendo el mismo del enemigo en dichos servicios” (115). La concision de Campins al describir su breve paso por Africa como integrante de una escuadrilla de avio- nes de combate es, sin duda, digna de encomio; sin embar- go, es preciso añadir algunas consideraciones mas, puesto que la participación de la Aviación en las operaciones militares de la primavera de 1924 fue fundamental, y decisiva su intervención en las acciones sobre Sidi Me- saud. Desde que el Teniente Coronel abandonó Marruecos, tras la conquista de Dar el Quebdani, Timayats y la Al- cazaba Roja en la primavera de 1922, hasta su regreso al escenario africano dos años mas tarde, el curso de la guerra varió notablemente a impulsos, muchas veces, de los acontecimientos políticos que se sucedían en la Peninsula. A comienzos de Marzo de 1922 cayó el quinto y últi- mo Gobierno presidido por Don Antonio Maura, al que suce- dió el formado por el político conservador José Sánchez Guerra. Por tercera vez el General Berenguer presentó su dimisión como Alto Comisario en Marruecos, pero el Gobierno lo confirmo en su puesto, permitiéndole iniciar 115. Casa Aspillerada, 23 de Enero de 1925, relación jurada del Teniente Coronel Campins.Archivo de la Capitanía General de la 2~ Región Militar (A.C.G.), expediente del General don Miguel Campins Aura. 181 la que pretendía ser la última operación militar contra las fuerzas de El Raisuni. Con ese objetivo, Berenguer ordenó que una parte de las fuerzas estacionadas en el frente oriental se desplazaran a la Yebala, y con ellas las unidades del Tercio y Regulares mandadas por Sanjur- jo. Las operaciones se iniciaron en el mes de Mayo y el día 12 tuvo lugar el asalto final al reducto rebel- de de Tazarut que fue ocupado, pereciendo en esta acción el Teniente Coronel González Tablas. El Raisuni logró escapar, pero nunca mas volvió a recuperar el prestigio y el poder que tuvo entre algunas cabilas de la zona occidental del Protectorado. En el mes de Julio, el Consejo Supremo de Justicia Militar aprobó el informe provisional elaborado por la Comisión Picasso sobre las responsabilidades del desastre de Annual, y adoptó sus recomendaciones en el sentido de procesar a Berenguer, Fernández Silvestre (si aparecia con vida) y Navarro (si era liberado de su cautiverio). Berenguer, informado de la decisión del Consejo, dimitió inmediatamente ¡ “y el Gobierno vió el cielo abierto y aceptó en el acto la dimisión. Como que en realidad esta- ba en un brete, pues si Berenguer no dimitía había que seguir tratando con él de los futuros planes, y ¿Cómo hacerlo cuando no ignoraba que el Supremo (Consejo de Justicia Militar), en la forma que fuese, le consideraba inmerso en responsabilidades y tenía que someterle por lo menos a un interrogatorio escrito, hecho por el cual 182 ya quedaba barrenado el disfrute de autoridad que es imprescindible a un General en Jefe en Campaña?” (116). Berenguer, ejerciendo sus derechos como senador vitalicio, no sólo renunció a su inmunidad parlamentaria para que pudiera ser procesado, sino que se defendió a si mismo en un discurso pronunciado ante el Senado el día 14 de Julio. La opinión pública se dividió entre partidarios y detractores del polémico General; Ruíz Albéniz se incluía, sin lugar a dudas, entre los primeros, considerando el procesamiento de Berenguer como una in- justicia, tras “tres años de arduos trabajos, de someti- miento a la disciplina, de abnegación ante el deber. Más de cien combates en los que se expuso la vida.El haber ganado para España más del doble de los territorios que encontró al advenir a tal puesto. El haber salvado Melilla, cuando todo hacía presumir su caída y arrasamien to. El no haber tenido ni un sólo fracaso militar en once meses de campaña, a pesar de la falta de medios, de la intriga, de la merma del prestigio y autoridad imprescindibles al mando; el haber salido de un puesto sólo comparable al de los antiguos ‘virreyes”, sin una peseta mas en el bolsillo, sin un premio, sin una conde- coración más que las que ostentaba en el pecho al ocupar la Alta Comisaria...” (117). En sustitución de Berenguer fue nombrado Alto Comi- 116. Ruiz Albéniz, V., Ecce Homo, Madrid, 1922, pág. 529 117. Idem., pág. 531. 183 sano y Comandante en Jefe en Marruecos el General Burgue te. “Aún cuando en el programa que se le trazó por el Gobierno Sánchez Guerra no figuró jamás la ocupación de Alhucemas, siempre fue éste el ideal del referido General” (118). Ello confirma lo acertado de los planes concebidos con anterioridad y las escasas posibilidades de introducir variaciones en una campaña en la cual las etapas a cubrir aparecían ante el Alto Mando Militar con una claridad meridiana. Sin embargo, Burguete, sospechoso de simpatizar con los oficiales africanistas de las Juntas de Defensa, se plegó inicialmente a los deseos expresados por el Gobierno y siguió una línea de conducta política en el Protectorado, encargándose, entre otras cuestiones, de establecer un acuerdo negociado con El Raisuni. Tal acuer do vió la luz en Septiembre de 1922, después de dos meses de hábiles negociaciones dirigidas por Castro Girona; la paz volvió a la Yebala pero no a la zona oriental, donde ese mismo verano las fuerzas españolas presionaron a la harka de Abd el Krim obligándola a adentrarse en la región central del Rif. El acontecimiento bélico más destacado del otoño fue la operación sobre Tizi Azza, que costó numerosas bajas españolas y desató, una vez más, fuertes protestas en la Península. El Gobierno, sensible a las mismas, 118. Gómez-Jordana Souza, F., La tramoya de nuestra ac-ET 1 w 334 101 m 522 101 l S BT tuación en Marruecos, Madrid, 1976, pág. 112. 184 ordenó al General Burguete detener la campa?la, perjudican do con su decisión la ya de por sí precaria posición de nuestras tropas en el sector de la ofensiva. Ese mismo año, en Sevilla, tuvo lugar un acto mili- tar presidido por el Rey para condecorar al General San- jurjo y a otros Jefes y oficiales distinguidos en Africa. Los oficiales de Infantería de la guarnición boicotearon la ceremonia, siguiendo las consignas dictadas por las Juntas de Defensa. Los africanistas se sintieron ultraja- dos y pidieron que se castigara a los culpables; Millán- Astray encabezó la petición mediante la publicación de una carta abierta al Rey que fue apoyada por Franco y por todos los oficiales del Tercio. Pese a ello, el Jefe y fundador de la Legión fue desposeído del mando “con el pretexto de que sus numerosas mutilaciones le imposi- bilitaban para continuar en un cargo de tanta actividad” (119). La decisión gubernamental reavivo el enfrentamiento entre Juntas y africanistas, pero fue el fin de las pri- meras, puesto que el Gobierno presento en el Parlamento una moción, aprobada sin dificultad, que contemplaba la completa disolución de las Juntas, de las comisiones informativas del Ejército y prohibía la formacion en el futuro de organizaciones de este tipo. En las guarniciones peninsulares apenas hubo opo- 119. Payne, S.G. op. cit., pag. 193. 185 sición a la medida que terminaba con un gravísimo proble- ma militar, que había causado “un estrago aterrador en las virtudes y en los ideales del Ejército” (120). La gestión del Gabinete Sánchez Guerra -que muy pronto toca- ría a su fin- había sido, en este sentido, extraordina- riamente positiva y mucho más decisiva que la de sus predecesores, pese a tener un carácter minoritario. 1923 comenzo con un nuevo Gobierno provisional en España, presidido en esta oportunidad por el liberal García Prieto, una de cuyas primeras medidas fue revocar todas las disposiciones anteriores que concentraban en el Alto Comisario la autoridad militar sobre el Protecto- rado. Burguete fue relevado y la razón de este hecho “fue debida al decidido empeño del Gobierno García Prieto de implantar de manera absoluta el Alto Comisariado Ci- vil; ... ahora se pretendía nombrar Alto Comisario a un hombre civil y evitar todo equivoco y hasta toda posi- bilidad de que en la práctica, como había ocurrido ante- riormente con los Altos Comisariados “civiles” de los Generales Berenguer y Burguete, los residentes militares, por considerar violenta su situación semidesligada de lo castrense, llegaran poco a poco a un virtual genera- lato en jefe” (121). El General Burguete fue sustituido por Miguel Villa nueva, Presidente del Consejo de Estado, que no llegó 120. “ABC”, 10 de Noviembre de 1922. 121. S.H.M.,”Historia de las Campañas...”, op.cit., III, págs. 292—293. 186 a tomar posesión debido a una larga enfermedad. Le releyó Luis Silvela, hijo del lider conservador, que permaneció en el cargo hasta días antes del golpe de estado del 13 de Septiembre. Mientras en España, y de manera especial en Madrid y Barcelona, iba en aumento la oposición a la guerra del Rif, en Marruecos se logró, a finales de Enero, el rescate de los prisioneros que permanecían en poder de Abd el Krim desde el Desastre de 1921. La codicia, que según Ruíz Albéniz, es la característica fundamental del rifeño (122), había impedido hasta el momento el feliz término de la cuestión, aunque, a la postre, el pago por parte de España de 4 millones de pesetas fue definitivo para que el General Navarro y 324 prisioneros más pudieran abandonar su horrible cautiverio. Culminado este episodio, el caudillo rifeño reanudó sus ataques contra los puestos avanzados españoles e intentó sin éxito cortar la carretera que llevaba a la posición de Tizi Azza. Los combates fueron muy intensos, pero especialmente el del día 5 de Junio, en el que per- dió la vida el Teniente Coronel Valenzuela, Jefe del Tercio, en la accion “mas brillante realizada en el terri tono desde el principio de la dominación española en 1909” (123), según manifestó al Ministro de la Guerra el Comandante General de Melilla. 122. Ruíz Albéniz, V., “El Riff”, op. cit., pág. 335. 123. S.H.M., “Historia de las campañas...”, op. cit., III, pág. 597. 187 La muerte de Valenzuela posibilita el ascenso- de Franco a Teniente Coronel y a la Jefatura de la Legion. Ambos hechos fueron recibidos con alegría por los afri- canistas, si bien el primero de ellos tenía una gran trascendencia, puesto que, “desde Monte Arruit, el ascen- so de Franco era el primero que se concedía por méritos de guerra” (124). El verano de 1923 registró un último acontecimiento béli- co de importancia, como fue el asedio de Tifaruin y los fuertes combates registrados en las proximidades de la posición para levantar su cerco. Tifaruin resistió y las fuerzas empeñadas en su socorro lograron su objetivo, aun a costa de grandes pérdidas. Esta acción cerraba, con todo, una etapa de la intervención española en Marrue cos cuya característica mas esencial fue la indetermina- ción de los sucesivos gobiernos para afrontar de una vez por todas el problema, y terminar con una guerra cuyo curso dependía, en buena medida, de los vaivenes de la política peninsular. El día 13 de Septiembre de 1923 el Capitán General de Barcelona, Miguel Primo de Rivera, proclamó la ley marcial en esta ciudad e inició un movimiento militar que, días más tarde, se extendió al resto de España. García Prieto pidió al Rey la destitución de los milita- res sublevados y la apertura de las Cortes en la fecha 124. Cierva, R. de la, op. cit., 1, pág. 200. 188 fijada al efecto —17 de Septiembre- ; ante la negativa del monarca, el Primer Ministro presentó la dimisión del Gabinete y el Rey aceptó el establecimiento de un Directorio Militar, compuesto por ocho Generales y un Almirante, que asumió plenos poderes y se dispuso a go- bernar por decreto. “La primera nota facilitada por el General Primo de Rivera a raíz del golpe de estado, razonaba con ex- tensión el porqué de la determinación adoptada, y entre los distintos postulados que en aquel documento históri- co se escribieran figuraba un extenso juicio acerca de la situación del problema hispano—marroquí, anunciándose el propósito de variar terminantemente la orientación y los medios puestos en juego para nuestra actuación, en el sentido de ir encauzandola hasta conseguir una solución decorosa y ajustada a las posibilidades de la Nación” (125). Primo de Rivera, que no ignoraba la actitud del Ejército frente a la política contemporizadora que se imponía desde la Península, y que había sido una de las causas determinantes de su acceso al poder, consideraba necesario proceder con extrema prudencia en las cuestio- nes que afectaran al Protectorado (126). 125. Ruíz Albéniz, V., La actuación de España en Marrue-ET 1 w 281 137 m 523 137 l S BT cos, Madrid, 1926, págs. 37—38. 126. S.H.M., Historia de las campañas de Marruecos, Tomo IV, Madrid, 1981, pág. 1 189 Por el momento, el Jefe del Directorio se esforzó en comunicar a la opinion pública, a través de sus fre- cuentes comparecencias ante los medios de comunicación social, que el Ejército de Africa realizaría tan sólo el plan de operaciones que había elaborado con antelación el Estado Mayor Central. Dicho plan, que el Gobierno había aceptado, consistía en el establecimiento de una sólida línea de posiciones que sirviera para contener los ataques del enemigo, procediendo más adelante a inten tar la pacificación definitiva, cortando de raíz los sacrificios de hombres y dinero que tan gravosos resulta- ban para España (127). El pensamiento de Primo de Rivera con respecto a Marruecos no era nuevo ni producto de un capricho opor- tunista, sino que expresaba claramente las convicciones que el General había mantenido durante muchos años. En su virtud, en los meses finales de 1923, fueron retiradas de las zonas inactivas del Protectorado numerosos contin- gentes militares, continuando la tendencia en los prime- ros meses de 1924. Sin embargo, los rebeldes rifeños no permanecían inactivos y, en los primeros días del año bloquearon de nuevo la posición de Tizi Azza, que requirió una ofensiva española para romper el cerco. Se exceptuamos esta operación y las que tuvieron lugar en el distrito de Gomara en la primavera, la acti- vidad bélica se mantuvo en suspenso hasta que la harka 127. Idem., pág. 2. 190 de Abd el Krim, repuesta de sus recientes reveses, se propuso sitiar la posición de Sidi Mesaud en el mes de Mayo, “estableciéndose en una línea de alturas que limi- taban la citada ciudad, desde el Zoco el Sebt hasta Taza- rut” (128). El Alto Mando español decidió desalojar a los rife- ños de sus posiciones, y para ello, además de formar una fuerte columna al mando del General Fernández Pérez —que contaba con dos agrupaciones mandadas por los Tenien tes Coroneles Franco y Pozas-, requirió el concurso de la aviación de combate para que realizara unas operacio- nes previas de limpieza y hostigamiento del enemigo. Desde los tragicos días del Desastre, acaecido sólo tres años antes, el Servicio de Aviación había evo- lucionado considerablemente en Africa; lejos quedaba el escaso e ineficaz contingente estacionado en el aero- dromo de Bu-Guencein, destruido en 1921, (129) que había sido relevado por las escuadrillas de la nueva Base de Tauima y por los hidroaviones del Atalayón (130). Cuando se inician los preparativos para el ataque 128. Idem., pág. 8. 129. Gil Ruiz, 5., op. cit., pág. 122. 130. Tauima se encontraba en las proximidades de Nador. La Base del Atalayón se emplazaba al abrigo de la península del mismo nombre que penetra en aguas de Mar Chica, “un gran lago de agua salobre, separa- do del Mediterraneo por un istmo estrecho, que sin periodicidad se abre y cierra por un punto cercano a Melilla conocido como la bocana”, em Ruiz Albéniz,V. El Riff, op. cit., pag. 47. 191 al cerco de Sidi Mesaud, las unidades aereas del sector de Melilla reciben el refuerzo de un grupo expedicionario procedente de la Península, con dotaciones de pilotos y observadores entre los que se encuentran los Jefes del Ejército que estaban realizando las prácticas de vuelo o de observacion, previas a la declaración de ac- titud para mandar Bases Aéreas (131). El día 3 de Mayo tiene lugar el primer ataque aereo contra las posiciones rifeñas, que no puede ser suficien- temente explotado por las fuerzas de tierra. El día 7 se intenta de nuevo el asalto y, cuando la situacion es mas crítica, llega un grupo de dieciseis aviones que ametrallan las trincheras en vuelo rasante hasta dejarlas casi desalojadas de enemigos; pese a ello, el intento de - avance en tierra fracasa de nuevo. El Teniente Coronel Miguel Campins participa en los ataques de este día desde su puesto de observador de escuadrilla —Mola lo haria como observador de aeropla- no-. El día 11 se reanudan las operaciones en las que, nuevamente, toma parte Campins; se distribuye la jornada en períodos de tiempo, calculando los horarios de perma- 131. El IRCA y Gomá Orduña -op. cit., páginas 103 y 365, respectivamente- no estan de acuerdo a la hora de señalar el tipo de aviones en los que volaron los expedicionarios a Marruecos pues, mientras que para el primero lo hicieron en aeroplanos “Breguet 14”, para el segundo se trataba de aviones ‘De Havilland DH.4”. En cualquier caso, ambos aparatos presentaban características muy similares, que se extendían a su armamento y a la capacidad para portar determi- nado numero de bombas, en Warleta, J., y otros, op. cit . 192 nencia sobre el objetivo, viaje de ida y regreso y tiempo necesario para abastecer... Los jefes de escuadrilla señalan a los observadores la misión que se encomienda a cada columna, itinerario de avance, fases y forma en que han de actuar. A la hora señalada “sobre el frente vuelan todas las escuadrillas a cien metros de altura, con los aviones en fila, sucediéndose una tras otra, para lanzar las bombas y ametrallar, acompañando a las fuerzas de tierra en el asalto” (132). Por fin, el éxito corona el ataque y ello permite que, en un último esfuerzo, los legionarios de Franco desalojen al enemigo de sus reductos tras una heroica carga a la bayoneta. “La Aviación ha realizado el mayor esfuerzo conocido en la guerra de Africa. Todas las tri- pulaciones, sin momento de descanso, han permanecido en el aire combatiendo desde el amanecer hasta la noche. En una sola jornada las ocho escuadrillas efectuaron una media de seis bombardeos por avión. Por la tarde regresaron al aeródromo de Tauima” (133). El Presidente del Gobierno, al tener noticia de la liberación de Sidi Mesaud redactó la siguiente comuni- cación: “La Aviación, cumpliendo las instrucciones recibi das, batió de un modo eficaz todos los barrancos y atrin- cheramientos del enemigo, dando prueba de una serenidad extraordinaria y de gran pericia, mereciendo todos los 132. Gomá Orduña, V., op. cit., 1, págs. 374-375. 133. Idem., pág. 376. 193 equipos que en esta operación tomaron parte ser citados como distinguidos...” (133). Sin lugar a dudas, los elogios de Primo de Rivera hacia los aviadores de Sidi Mesaud eran justamente mere- cidos, pero, en la práctica, todas las tripulaciones no figuraron en la orden del día como distinguidas; como era de esperar, el Teniente Coronel Campins sí figuró en el selecto cuadro de honor, dejando en el Servicio de Avíacion la misma excelente impresión que causo en cuantas unidades de tierra estuvo destinado. Terminadas las prácticas en Africa Campins regresa a Madrid a finales de Mayo, continuando en Cuatro Vien- tos su curso de avíacion. Por R.O. de 30 de Junio se le declara con aptitud para el mando de Bases Aéreas o el que en el Servicio de Aviación pudiera conferirsele; en el mes de Octubre se le declara apto para obtener el mando en Avíacion (134). A principios de Julio Campins se desplaza a Ronda y se hace cargo del mando de su Batallón y de la Comandan cia Militar de la plaza. Su unidad había recibido orden de prepararse para marchar a Africa, pero a juzgar por lo que él mismo comunica al Capitán General de Sevilla, tal orden no era tan apremiante como en un principio imaginó, y ello le permite regresar a Madrid y proseguir - 134. A.G.M., 1~ Subdivisión, Expte. C-701, Hoja de Servi- cios, 7~ Subdivisión <1924). 194 durante tres semanas su curso de Aviación: “El Jefe que suscribe ... toda vez que tiene ya organizada y dispuesta a marchar su Plana Mayor, tres compañías de fusiles y su tren de Cuerpo, no teniendo sus ame- tralladoras en la Península sino destaca- das en Larache, que no falta mas recepcíon que algún material que ya se tiene pedido, y que por telegrama comunicado por el Excmo. Señor General Gobernador Militar del Campo de Gibraltar en 10 del actual, se transmite R.O. telegrafiada en la que se dice que los Jefes y Oficiales de estas fuerzas de reserva, que se hallen ausentes de la Plana Mayor, deben continuar en los puntos en que se hallen hasta que aquéllas reciban orden de marchar a Africa, a condición de incorporarse a las 48 horas, siendo así parece hay tranquilidad por ahora en los territorios de Africa, me permito rogar a V.A.R. (*) me autorice volver a la comisión que desempeñaba en Cuatro Vientos (Madrid), para terminar el citado curso de Avíacion y ya que de ser necesaria mi presencia, puedo incor- porarme a este puesto a las 24 horas de recibido el aviso” (135). El 21 de Agosto el Teniente Coronel Campins está de nuevo en Ronda, y, esta vez con carácter definitivo, da por concluido su paso por el Servicio de Aviación. (*) El Capitán General de Sevilla era el infante Carlos de Borbón, tío del Rey. er 135.Ronda, 17 de Julio de 1924, el Teniente Coronel 1— - Jefe del Batallón de Montaña Alba de Tormes al Capi- tán General de la 2~ Región Militar, A.C.G., Expedien te Campins. 195 No logró el título de piloto —desconocemos las razones que lo impidieron- pero sí, y de forma muy brillante, el de observador; de lo que no cabe duda es de la ilusión que, como en todas sus acciones, puso en cumplir perfec- tamente lo que se le había ordenado, quedando registrada en su Hoja de Servicios esta experiencia un tanto inso— lita que enriquece sobremanera su brillante historial militar. 5.8. De nuevo en tierra. Alhucemas y fin de la guerra . Antes de partir para Africa Campins recibe una agradable noticia: el nacimiento de su hija Concepcion, tercero de sus hijos, en Madrid. El acontecimiento, sin embargo, apenas puede ser celebrado, puesto que el dia 5 de Septiembre embarca en Algeciras con destino a Ceuta, prosiguiendo viaje desde esta plaza hasta Tetuán y de allí al campamento de Ben Karrich, en donde pasa a formar parte de la columna del legendario General Castro Girona (136). En el verano de 1924 la actividad bélica se había desplazado desde el sector de Melilla a la zona occiden- tal. Primo de Rivera, fiel a sus tesis, siguió frenando las operaciones durante toda la primavera y se encontró, a principios de Julio, con una ofensiva rebelde en el distrito de Xauen que había alcanzado proporciones consi- derables y preocupantes. 136. A.G.M., l~ Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión, (1924). 196 Como señala Seco (137), mientras el Dictador siguie ra presentando su régimen como expresión “regeneradora” del estamento castrense, la opinión de los africanistas debía ser tenida en cuenta para la buena marcha de aquél y, en todo caso, para la solución del problema marroquí. La postura “abandonista” de Primo de Rivera o la idea de realizar un repliegue estratégico sobre posiciones costeras de fácil defensa —desde las cuales pudiera “irra diarse” la acción civilizadora que daba sentido al Pro- tectorado—, difícilmente iban a encontrar eco entre los mandos del Ejército de Africa, quienes pensaban, como en 1912, que “en Marruecos ha perdido España mucha sangre y mucho dinero, gran parte de su fortuna; nos queda un exiguo resto que tenemos que arriesgar, jugando el todo por el todo” (138). “Sendas visitas a las dos bases del Protectorado -Yebala y el Rif- culminantes en Ben Tieb, bastión de lo más granado de la Legión, pudieron convencer a Primo de Rivera de que la opinión de los mandos combatientes era radicalmente opuesta a repliegues o abandonismos” (139). En Ben Tieb se pronunciaron palabras fuertes, pro- vocativas, que rozaron la insubordinación. Primo de Rive- ra respondió de forma franca y valerosa; Franco, Jefe 137. Seco Serrano, C., “Militarismo y civilismo”...”, op. cit., pag. 326. 138. Ruiz Albéniz, V., “El Riff”, op. cit., pág. 322. 139. Seco Serrano, C., “Militarismo y civilismo...”, op. cit., pag. 326. 197 del Tercio, presentó su dimisión y obtuvo el apoyo soli- dario de los oficiales legionarios y de otros muchos que no pertenecían a la prestigiosa unidad. El Dictador se negó a aceptar la dimisión y, para calmar de algún modo las protestas de los africanistas, decidió suspender la prevista retirada general hacia el área de Melilla. Entre tanto, la situación en la zona occidental se volvió cada vez mas difícil y, en el mes de Agosto, Xauen y diversas posiciones de menor importancia queda- ron aisladas de Tetuán. La Legión fue enviada a reforzar las tropas del sector y Primo de Rivera regresó precipi- tadamente a Africa el 5 de Septiembre -el mismo día que Campins llegaba a Ceuta-, acompañado de tres Generales miembros del Directorio. Aunque Castro Girona aseguraba Xauen, la insurrección de las cabilas de El Ajmás amena- zaba sus líneas y ello comprometía buena parte del des- pliegue español en la Yebala. Primo de Rivera decidió, a la vista de los aconte- cimientos, poner en marcha la operación de reducir el territorio ocupado en la zona occidental a una faja en la que quedarían incluidas, y por tanto protegidas, la carretera de Tetuán a Tánger y a Larache, así como la antigua de Tetuán a Ceuta. Tal decisión, que suponía el abandono de Xauen -la única ciudad de importancia entre Tetuán y Melilla -y de todo el territorio circundan te conquistado en 1920 bajo Dámaso Berenguer, causo una profunda desilusión a muchos militares y civiles españo- 198 les (140). El Dictador, que el 16 de Octubre asumió oficialmen te el puesto de Alto Comisario, tenía ante sí una gran responsabilidad pues, como muy bien indica Ruiz Albéniz (141), en Marruecos es fácil avanzar y posible mantenerse en los terrenos conquistados, pero lo que resulta lleno de dificultades militares y de casi imposible ejecución, son las retiradas, y “mucho más en aquella ocasion, por el evidente engreimiento del enemigo, mas fuerte que nunca en prestigio, en hombres, en elementos de guerra de toda clase y en ayudas morales y materiales de dentro y fuera del Magreb” (141). Aunque el repliegue de las tropas españolas se inició antes, la fase de mayor trascendencia comenzo en Xauen el 17 de Noviembre; “la vanguardia de Castro Girona tuvo la fortuna suficiente de tomar contacto con las fuerzas de reserva estacionadas en el Valle de Ben Karrich; sin embargo, la mayoría de las tropas que iban detrás tuvieron que combatir a cada palmo de terreno... El ejército huyó hacia Zoco el Arbáa en busca de descan- so, pues las tropas se hallaban agotadas debido a los continuos combates sostenidos... Desde el Alto Mando al último recluta se hallaban obsesionados ante el temor de que el Zoco pudiera convertirse fácilmente en otro 140. Woolman, D.S., Abd el Krim y la guerra del Rif , Barcelona, 1971, pág. 153. 141. Ruiz Albéniz, V., “La actuación de España en ...“, op. cit., pags. 54-55. 199 Annual” (142). En realidad, aunque todo el año 1924 fue pródigo en intentonas que ponían de relieve el propósito de repro ducir el famoso Desastre (143), ninguna estuvo tan cerca de conseguirlo como el ataque de las cabilas rebeldes a las columnas en retirada desde Xauen a Dar Acobba y Zoco el Arbáa de Beni Hassan. En términos militares, la operación “había sido una corrección de líneas inteligente, aunque muy costosa (se llegó a especular con un numero de pérdidas similar al de Annual); pero técnicamente resultó ordenada y per- fecta. Y sobre todo hizo posible el viraje positivo en la guerra, que solucionaría definitivamente un problema convertido en verdadera pesadilla nacional” (144). El enemigo pudo interpretar la retirada como una victoria, máxime si se tiene en cuenta que, al igual que sucedió el año del Desastre, los bereberes de la region tomaron las armas para unirse a Abd el Krim y hostigar a los españoles, pudiendo conseguir con ello un fácil botín; “pero basta recordar que el límite máximo del repliegue se marco de antemano y lo que significó siempre una retirada en tierra de moros, para comprender que el mando no perdió ni un momento su libertad de accion 142. Woolman, D.S., op. cit., págs. 154-155. 143. Aunós Pérez, E., Primo de Rivera: soldado y gobernan-ET 1 w 266 101 m 524 101 l S BT te, Madrid, 1944, pág. 73. 144. Seco Serrano, C., “Militarismo y civilismo...”, op. cit., pags. 326—327. 200 y tuvo motivos para sentirse orgulloso de haberla conce- bido y dirigido” (145). La línea de posiciones ideada por el General Primo de Rivera (*), atendía a la doble finalidad de mantener las comunicaciones entre las principales ciudades de la zona occidental y de ofrecer un paso seguro al ferroca- rril internacional Tánger-Fez, pero también estrangulaba la península de Yebala, de forma que al frente se situaban las cabilas en rebeldía o disidencia, pero a espaldas de la línea estaban los territorios verdaderamente some- tidos que ya no corrían el peligro de ser atacados por los flancos o retaguardia, como había sucedido durante muchos años, obligando al Ejército español a pasar por duras pruebas (146). Aunque la retirada española no se culminó en su totalidad hasta finales de Febrero de 1925 (147), a media dos de Diciembre de 1924 el grueso de la operacion había concluido, y su consecuencia inmediata era que el Protec- torado francés quedaba directamente enfrentado a Abd el Krim. Mientras los españoles se atrincheraban tras la línea defensiva “Estella”, la gran área de la zona francesa estaba defendida por débiles fuerzas, normalmen- 145. Hernández de Herrera, C., Acción de España en Marrue-ET 1 w 333 169 m 527 169 l S BT cos, Madrid, 1929, pág. 545. (*) Luego se llamará línea “ESTELLA” en homenaje al Ge- neral, Marqués de Estella. 146. Ruiz Albéniz, V., “La actuación de España en ... op. cit., pag. 55. 147. S.H.M., “Historia de las campañas...”, op. cit. , IV, pág. 14. 201 te de escasa calidad y dispersas en innumerables desta- camentos (148). El Teniente Coronel Campins vivió muy de cerca todos los acontecimientos registrados en la Yebala duran- te el otoño de 1924. Al frente de diversas columnas, que se formaban y deshacían según la situación lo requi- riera, o integrado con su Batallón en otras unidades, Campins actúa en diversas zonas y presta numerosos ser- vicios de apoyo a las fuerzas que se repliegan. Nada más llegar a Ben Karrich participa en la reocu pación del Monte Cónico y el día 13 de Septiembre, con la Columna del Coronel Irigoyen, se abre paso hasta la posición de Dar-Xaui que había sido bloqueada por el enemigo. El resto del mes presta servicio de protección de carreteras y ocupa Tzeyala, con objeto de recoger los cadáveres de soldados del Regimiento de Granada aban- donados en la antigua posición de Tahuiti. El mes de Octubre comienza con una inusitada acti- vidad. El día 1 regresa al Monte Cónico y sostiene fuego con el enemigo; el día 2, al frente de numerosas fuerzas, ataca y destruye el poblado de Eusalen; el 4 de nuevo en el Cónico para emplazar un blocao; el 6 mantiene un duro enfrentamiento con los rebeldes en el poblado de Tahuiti; el día 10 se repiten los combates en el mismo 148. Petrie, sir Charles, Alfonso XIII y su tiempo, Bar- celona, 1967, pág. 202. 202 lugar y en Lesnad y el 11 en la posicion de Bel-Abbá. La segunda quincena de Octubre, además de combatir en distintas posiciones, participa directamente en el replie gue general, cubriendo la evacuación de las guarniciones de El-Jhadir y Dar-Xaui y ocupando, con la Columna del Coronel Góngora, los Crestones y la posición Kirpatrick. - A finales de mes, y de nuevo a las órdenes de Gón- gora, manda la Columna de la izquierda en la operacion sobre Casas Quemadas, reconocimiento del río Tezelatta y establecimiento de los puestos de Kudia Mehat y Tezela- tta.Concluído el mes, su unidad de distribuye entre 21 posiciones del sector del Fondak, quedando Campins en servicio de campaña en Bel-Abbá hasta el 30 de Diciembre, fecha en la que por reorganización de las plantillas de las fuerzas expedicionarias se traslada a Tetuan con la Plana Mayor de su Batallón (149). Aunque el estado de las unidades combatientes en Marruecos fue un problema que siempre preocupó a Primo de Rivera, a comienzos de 1925 su solucion comenzo a hacerse mas perentoria, puesto que en los planes del Dic tador tomaba forma la idea de lanzar una ofensiva final contra los rifeños. Para ello fue necesario que Primo de Rivera superara sus anteriores recelos hacia los expe- rimentados mandos del Ejército de Africa y, en un alarde de pragmatismo, pasara a apoyarse en ellos y, especialmen 149. A.G.M., 1~ Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1924). 203 te, en un selecto grupo que había demostrado su incues- tionable efectividad en el combate y su capacidad organi- zativa. El Teniente Coronel Campins se encuentra incluido en dicho grupo, como lo prueba el hecho de que a lo largo de 1925 el Alto Mando le confíe cada vez empresas de mayor envergadura. Por el momento, el día 2 de Enero se le ordena hacerse cargo del sector de Casa Aspillera- da, en el que lleva a cabo una labor de exhaustiva inspec ción de la línea defensiva, instalando nuevas posiciones, rectificando o suprimiendo otras y fortaleciendo, en general, los emplazamientos de las tropas. Su trabajo, que no excluye esporádicos enfrentamientos con el enemi- go, no pasa inadvertido al mando, que en Febrero le con- fía la 8~ Circunscripción del territorio con base en el Campamento de R’gaia y una importante columna de ope- raciones constituida por las siguientes fuerzas: - Batallones de Infantería de Alba de Tormes, Gra- velinas, Llerena, Murcia, Asturias, Mahón, Saboya y Otumba. - Mehallas a pie y montadas de Tetuán y Xauen. - Tres escuadrones de Caballería de Victoria y uno de Villarrobledo. - Dos escuadrones de Caballería de Fuerzas Regula- res. - Tres baterías de Artillería de 70, 75 y 105 m/m. - Tres compañías de Zapadores y una compañía de 204 Intendencia. - Un parque móvil y una ambulancia. - Siete baterías de Artillería de posicion. - Ametralladoras de posición, sección de alumbrado y parque de Intendencia. - Sección de telégrafos y radio. - Harkas indígenas de Muñoz Grandes y Castelló (150). En total más de ocho mil hombres, distribuidos entre el campamento central y 170 posiciones que forman la circunscripción. Sin lugar a dudas, Campins tenía ante sí una misión de extraordinaria responsabilidad que consistía, por una parte, en guarnecer la línea defen siva en un amplio frente y, por otra, en asegurar las comunicaciones entre Tanger y Larache. No es preciso señalar que por la cantidad y diversidad de las tropas que se le confían y por la índole de la mision a reali- zar, Campins afrontaba un cometido que excedía a las atribuciones del empleo de Teniente Coronel. Sin embargo, ello no es obstáculo para que en los meses sucesivos dedique todas sus energías y su saber a realizar su difícil labor con brillantez, hasta el punto que, con fecha 22 de Marzo, el General en Jefe revista a sus fuerzas en R’gaia y se sorprende del buen estado en que se encuentran -cuando la tónica general 150. Málaga, 25 de Febrero de 1926, relación jurada de servicios del Teniente Coronel Campins. A.C.G., Expediente Campins. 205 era todo lo contrario-, felicitando a Campins por ello. Dos días mas tarde, en la Orden General del Ejército de Africa son felicitadas varias unidades de la columna de Campins por su efectividad en las tareas de vigilancia de las posiciones españolas y, entre ellas, el Batallón Alba de Tormes, encuadrado en la misma pero cuyo mando directo ejercía el propio Jefe de la circunscripción (151). El análisis de las Hojas de Servicio del Teniente Coronel Campins y de la relación jurada que amplía el contenido de las mismas, permiten determinar con claridad cuales fueron las etapas seguidas por el Mando Militar en la zona occidental durante el primer semestre de 1925. Establecida la línea general del repliegue, lo fundamen- tal era asentarse con firmeza en ella a fin de rechazar los incesantes ataques de que seria objeto; las sucesi- vas correcciones posicionales, el establecimiento de nuevos puestos de vigilancia o el abandono de aquéllos que se consideraban mas vulnerables, fueron los cometi- dos fundamentales de las tropas en los primeros meses del año. Como quiera que la línea elegida demostro ser resis- tente a las ofensivas rifeñas, a partir de la primavera el Ejército comenzó a desarrollar operaciones de alcance limitado, que irían en aumento con el paso del tiempo- y culminarían en Alhucemas al final del verano. Campins 151. Idem . 206 se mostró siempre muy seguro y efectivo en la conducción de este tipo de acciones durante los meses que permanecio en R’gaia -donde fue relevado por el Coronel Cabanellas el 19 de Junio- y en tanto ejerció el mando en comisión del Grupo de Fuerzas Regulares de Tetuán n~ 1 (19 de Junio/4 de Agosto de 1925). Un buen ejemplo de tales acciones lo constituye la operación llevada a cabo el día 26 de Junio por diver- sas fuerzas al mando de Campins que, con objeto de alejar al enemigo de las proximidades de la carretera Tetuán- Río Martín, ocupan por sorpresa las colinas situadas a la derecha del río y consiguen dominar el llano, esta- bleciendo las posiciones de Bu-Dara, Al-luch, Kudia Tel- madi y otras. El enfrentamiento fue de gran dureza y hubo numerosas bajas por ambas partes, pero el objetivo se cumplió y Campins regreso a Tetuán donde fue felicita- do públicamente por el Comandante General de Ceuta (152). El 17 de Julio se efectúa una nueva operación, pero en esta oportunidad a mayor escala y empeñando en ella numerosas fuerzas bajo el mando del General Leopol- do Saro. El objetivo inicial era castigar al enemigo por su ataque con fuego de artillería sobre la posición de Casa Hamido, si bien, en el curso de la accion, se decidió ocupar Sidi Dauetz y enlazar por el Oeste hasta donde fuera posible con Tzeyala (posición 1). 152. S.H.M., 3~ Sección, Africa, Leg. 63, 1-3-4. 207 El General Saro dividió sus tropas en tres colum- nas de operaciones y entregó el mando de la que iba a progresar por la derecha -desde Alalex- al Teniente Coro- nel Campins, cuyo objetivo particular era reconocer las estribaciones de Sidi Dauetz que caen hacia Casa Hamido y fortificar su cota más alta, en cuyo punto se uniría a la columna de la izquierda. Este y los restantes obje- tivos se cumplieron en toda su extensión, mereciendo la actuación de Campins los siguientes elogios del Gene- ral Saro: “El Teniente Coronel Campins se muestra - muy oportuno y rápido para concebir y dirigir y, tanto en el avance de la colum- na como más tarde al hacerse cargo de todo el conjunto, resuelve con gran acier- to el problema del vivac, que establece con toda seguridad distribuyendo hábilmen- te las fuerzas; el día 18, elegidos los emplazamientos de las posiciones y organi- zados los trabajos, prepara con verdadero golpe de vista el salto para despegarse el bosque de Sidi Dauetz, punto en extre- mo peligroso, pero que gracias a sus acer- tadas medidas fue abandonado sin que el enemigo pudiera causarnos apenas bajas. Su entusiasmo, inteligencia y excepciona- les aptitudes de mando tuvieron una vez mas, ocasión en este combate, de ponerse de relieve” (153). Concluida la operación sobre Sidi Dauetz, el Gene- 153. Tetuán, 22 de Julio de 1925, el General Leopoldo Saro al General en Jefe del Ejército de España en Africa. S.H.M., 3~ Seccion, Africa, Leg. 63. 208 ral Saro está decidido a otorgar el mando de una de las columnas de su Brigada de desembarco en Alhucemas al Teniente Coronel Campins. Pero,por sino fuera suficien- te la excelente calificación profesional que le merecían sus servicios, Campins aún tuvo ocasión de demostrarle que era uno de los Jefes mas idóneos para afrontar la gran responsabilidad que se avecinaba. El día 1 de Agos- to, en unión de tres columnas mas, coopera en el cierre del “boquete de Lesnad” y, en solitario, ocupa con sus tropas las alturas de Yebel-Hedia, estableciendo en ellas cinco posiciones y sosteniendo nutrido fuego con el enemi go. Una vez en Tetuán, Campins cesa en el mando acciden tal del Grupo de Fuerzas Regulares de la plaza y queda a las órdenes directas del General Saro. Una nueva Cruz de la Orden del Mérito Militar de 2~ Clase con distinti- vo rojo le es concedida en premio a los últimos servicios realizados en el territorio de Melilla (154). A punto de iniciarse los preparativos de Alhucemas, es preciso señalar someramente las circunstancias que condujeron a esa situación, en la que España ya no estaba sola en su enfrentamiento con Abd-el-Krim, sino que con- taba con el apoyo decidido de Francia que, pese a todo, no había sido fácil de lograr. 154. A.G.M., N Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1925). 209 Aunque el caudillo rebelde habia manifestado en repetidas ocasiones que su enemigo era España, y que la guerra con Francia era la última cosa en el mundo que deseaban los rifeños (155), lo cierto es que, tras el repliegue español, esta forma de pensar vario sustan- cialmente en función de dos factores íntimamente ligados, que surgían con fuerza en el escenario africano. El pri- mero, era el relativo a la necesidad de Abd el Krim de contar con nuevas fuentes de abastecimiento y nuevos apoyos a su diezmada harka, dadas las crecientes dificul- tades con que tropezaba en su territorio para conseguir unas y otros; el segundo, era la intuida debilidad mili- tar del Protectorado frances, en el que los rebeldes esperaban encontrar remedio a las carencias que padecían. No obstante, en la primavera de 1925 y tras el repliegue español, Abd el Krim se encontraba -al menos aparentemente- en la cumbre de su poder. Poseía numeroso armamento y material de guerra moderno; “había vencido o subyugado a todos los chorfas, jefes moros y cabilas que se habían opuesto a su fuerza; hecho desaparecer a El Raisun-i —Tazarut fue asaltado a comienzos de año por un ayudante de Abd el Krim— que nunca le había aca- tado, y ejercía el mando efectivo sobre todas las cabi- las del Rif, Gomara y Yebala” (156). No fue extraño, por consiguiente, que en el mes de Abril iniciara sus 155. Woolman, D.S., op. cit., pág. 182. 156. Goded, M., Marruecos; las etapas de la pacificación , Madrid, 1932, pág. 111. 210 ataques a puntos fronterizos franceses y, en Junio, lan- zara una ofensiva a gran escala con el claro objetivo de apoderarse de Fez (157). La reacción francesa no fue, inicialmente, todo lo contundente que cabría esperar, si bien París contra- rrestó pronto esa tendencia poniendo a disposición del Protectorado medios materiales y humanos, suficientes al menos, para frenar la progresión hacia el sur de las cabilas rifeñas. En Francia, “cada vez se veía mas claro que seria necesario algún tipo de cooperación con España si se quería derrotar a los rifeños. No era un concepto nuevo: ya en 1913, el Mariscal Lyauteyyel General Marina habían discutido tal posibilidad. Ahora, la posibilidad se había convertido en necesidad a pesar de la aversión de los franceses en aliarse a una organizacion militar que consideraban inferior a la suya propia” (158). En Julio de 1925, el Mariscal Petain, que había sido designado por el Gobierno francés para que, en su calidad de Inspector General del Ejército, estudiara sobre el terreno la situacion general en Marruecos, infor mo, a su regreso a Francia, de la conveniencia de un acuerdo con España para la actuación conjunta de ambas naciones en el norte de Africa (159). En su virtud, el día 25 de Julio se firmo en Madrid un acuerdo hispano- 157. S.H.M., “Historia de las campañas...”, op. cit. , IV, pág. 20. 158. Woolman, D.S. op. cit., pág. 201. 159. S.H.M., “Historia de las campañas...”, op. cit. , IV, pág. 20. 211 frances, en el que se contemplaba “el desembarco de fuer- zas españolas en la bahía de Alhucemas con la cooperación de una división naval francesa y una acción ofensiva de las tropas aliadas en todo su frente Norte, sirviendo de centro de gravedad la región septentrional de Tazza, en dirección a los valles del Kert y del Nekor, a la que cooperarían eventualmente las fuerzas de la Comandan- cia General de Melilla, enlazando su izquierda con el ala derecha francesa” (160). La idea de desembarcar un gran contingente de tro- pas en la costa rifeña y luego adentrarse en la montaño sa cabila de Beni Urriaguel era un antiguo proyecto que, desde hacia algún tiempo se consideraba de absoluta nece- sidad para un control eficaz del Rif (161). “Es de justi- cia señalar que la operación de Alhucemas se miraba por todos con recelo. Se estimaba, en efecto, la clave del problema marroquí, pero se aceptaba casi unánimemente la posibilidad de que fuese una operación durísima, dados los medios de que disponía el enemigo” (162). En un primer momento, los franceses se opusieron a la operación de Alhucemas porque temían que los españo- les carecieran de organízacion para llevarla a cabo. “El mando frances trató de recordar los descalabros que generalmente habían acompañado a los desembarcos; Galli- 160. Idem., pág. 21. 161. Woolman, D.S., op. cit., pág. 210. 162. Hernández de Herrera, C., op. cit., pag. 569. 212 poli y Salónica fueron referidos como ejemplos de futuros fracasos. Pero el entusiasmo de Primo de Rivera le empu- jaba a creer tan segura su posibilidad, que no retrocedió ante los consejos timoratos, compartidos incluso por el mismo Rey y un sector del Directorio” (163). Finalmen- te, al examinar los franceses el proyecto de Alhucemas detenidamente, advirtiendo que era tan completo y practi- cable como ninguno, convinieron en apoyarlo definitiva- mente (164). Como señala Petrie (165), desde el primer momento se vió que los españoles tenían que enfrentarse con la tarea más dura, puesto que no sólo tenían que desembarcar en una costa difícil y hostil, sino que tenían que coor- dinar sus movimientos con las columnas que, saliendo de Ceuta y Melilla, tendrían que alcanzar simultáneamente un objetivo comun. El General Saro, Comandante en Jefe de la Brigada de desembarco de Ceuta, destinada a llevar el peso de la acción en la fase inicial de Alhucemas, era consciente de la responsabilidad que recaía en las fuerzas españolas y, especialmente, en las que estaban directamente bajo su mando. Por ello, ordenó una preparación intensa y minuciosa, “que comprende desde la adaptación y creación de elementos y materiales apropiados, hasta la ejecución 163. Aunós Pérez, E., “Primo de Rivera...”, op. cit. , pág. 79. 164. Woolman, D.S., op. cit., pág. 211. 165. Petrie, sir Ch., op. cit., pág. 203. 213 gradual de ejercicios y ensayos acabados, que tengan analogía con el conjunto de las diversas maniobras que se van a realizar, pasando por una sólida instrucción moral y material del soldado, además de una adecuada organización de las tropas, a la que se dió capital im- portancia” (166). La preparación de la Brigada de Ceuta comenzo en el mes de Junio, sin que por ello se dejara de actuar en la línea defensiva establecida el año anterior, ni de realizar operaciones de limitado alcance o de más amplios objetivos, como en el caso de Sidi Dauetz. La Brigada de Melilla, de composición y efectivos similares a la de Ceuta, también siguió un programa de preparación, organización e instrucción, aunque con carácter menos intenso (167). El objetivo principal del desembarco consistía en “ocupar una base de operaciones capaz de albergar y permitir la maniobra a un ejército de veinte mil hom- bres, aproximadamente, desde la playa de la Cebadilla hasta Adrar Sidun inclusive” (168). Las fuerzas de desem- barco estarían constituidas por las reseñadas Brigadas de Ceuta y Melilla. La colaboración francesa se cíno a la ocupación de los limites meridionales del Rif y al apoyo directo al desembarco por fuerzas marítimasyaére 166. Santiago Guerrero, M., y otros, La columna Saro en la campaña de Alhucemas, Barcelona, 1926, pag. 97. 167. Goded, M., op. cit., pag. 156. 168. S.H.M., “Historia de las campañas...”, op. cit., IV pág. 35. 214 as. La Brigada de Ceuta, al mando de Saro, se dividió en tres columnas: la primera, mandada por el Coronel Franco -ascendido a este empleo en Febrero del mismo año- estaba formada por tropas de choque; la segunda, al mando del Coronel Martin, conjugaba las unidades de choque con otras de corte defensivo perfectamente instruí das; la tercera, mandada por el Teniente Coronel Campins, se constituía como reserva y apoyo a las otras dos. La Brigada de Melilla, concebida como segunda fuerza de operaciones, estaba al mando del General Fernández Pérez. Los días 3 y 4 de Septiembre se concentraron las fuerzas implicadas en la operación en sus puntos de sali- da, procediendo a continuacion a embarcar con arreglo a un programa de actuación previamente establecido en el que no hubo lugar para la improvisación. Primo de Ri- vera dirigio un mensaje al Ejército expedicionario el día 5 y el día 8, con un ligero retraso debido a la dis- persión de algunos barcos por las corrientes del estre- cho, dió comienzo el desembarco con la llegada a tierra de la columna de Franco, seguida inmediatamente por las tropas de Martin. “En cuanto a la tercela oleada, al mando del Tenien te Coronel Campins, no comenzó a desembarcar hasta bien entrada la noche, toda vez que su presencia en tierra no era indispensable y antes convenía proceder a la des- carga de todo el material de las barcazas. Las unidades 215 de Campins, salvo el Tabor de Regulares y el Batallón de Africa nQ 8, que reforzaron los flancos derecho e izquierdo, respectivamente, del frente, a medida que desembarcaban se constituían en reserva” (169). La Brigada de Melilla no actuó directamente en el desembarco, que sólo inició cuando la mayor parte de los efectivos de la de Ceuta estaban en tierra, sin embargo, jugó un papel importante al constituir un verda- dero grupo de maniobra cuyo designio, desconocido por el enemigo, había de desconcentrarle (170). Los días siguientes al desembarco las fuerzas espa- ñolas se asientan sobre el terreno, iniciando trabajos de fortificacion y descarga de material. La columna Cam- pins se situa en la línea del frente hasta el 23 de Sep- tiembre, fecha en la que ocupa posiciones a la derecha de la 1~ columna -que ahora es la del Coronel Martín- con objeto de proteger su flanco mientras conquista las alturas del Monte Malmusi. El combate es de gran dureza, pero finalmente se consigue el doble objetivo de adelan- tar considerablemente las lineas españolas, al tiempo que se infringe al enemigo una importante derrota que mina su moral (171). A ello hay que añadir el triunfo en Kudia Tahar, posición situada al Sur de Tetuán que fue cercada en los días previos al desembarco por impor- 169. Goded, M., op. cit., pag. 198. 170. Gómez-Jordana Souza, F., op. cit., pag. 140. 171. A.G.M., 1~ Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1925). —~ —-—-——- ~ ~ ~— - - 216 tantes efectivos rifeños, a los que se opusieron decidi- damente las fuerzas españolas enviadas en socorro de dicha posición. Entre el 24 y el 29 de Septiembre la intensidad del fuego enemigo desciende. El día 30, Campins pasa a desempeñar el cargo de 2Q Jefe de la columna que manda el Coronel Martín, en la que se integran sus efectivos, si bien el 8 de Octubre se hace cargo del mando como er Jefe 1— y también del sector de Borras de Axdir. El resto del mes se emplea en labores de fortificación y de construcción de pistas de acceso. Rectificación de líneas y establecimiento de nuevas posiciones en su sector, junto a las frecuentes escara- muzas con el enemigo, constituyen las acciones habitua- les de la “columna Campins” hasta el 18 de Noviembre, fecha en la que su Jefe recibe la orden de embarcar para Ceuta y Tetuán en unión de los oficiales y tropa del Batallón Alba de Tormes que fueron con él a Alhucemas. Una vez en Tetuán, marcha a Ain-Guenen con objeto de revistar a las compañías expedicionarias de su Bata- llón, de las cuales, por orden superior, deberá dejar una en Africa y regresar con la otra a Ronda, que estará integrada por soldados a los que corresponde licenciar. Cumplidos todos los trámites preceptivos, el día 25 de Diciembre el Teniente Coronel Campins llega a Ronda, donde se hace cargo de la Plana Mayor del Batallón para 217 reorganizarlo y de la Comandancia Militar de la plaza (172). Culminaba de esta forma la penúltima etapa de la experiencia africana de Campins que, una vez mas, ofrecía un saldo altamente positivo. Desde el 24 de Septiembre, en que fue objeto de una citación especial en Tetuán (102), figuraba propuesto para el ascenso a Coronel por méritos de guerra, e incluso se había nombrado Juez ins- tructor del expediente al Coronel de Infantería Cándido Sotelo. La resolucion favorable del ascenso era sólo cuestión de tiempo. (173). Terminado el año 1925, el balance general de la presencia española en Marruecos era sin duda favorable, pues se había dado un gran paso hacia el objetivo gene- ral de pacificar el territorio y ejercer el dominio efec- tivo del mismo. Sin embargo, no faltaron criticas a la labor desarrollada, como la de Goded (174), que participó en la jornada de Alhucemas y siempre consideró que el esfuerzo realizado y la victoria táctica alcanzada no habían tenido la adecuada continuidad, que no era otra que la penetración profunda en la cabila de Beni Urna- guel, limitándose al hecho escueto, por decisión del General en Jefe, de desembarcar y constituir una reducida base de operaciones. 172. Idem . 173. Idem . 174. Goded, M., op. cit., pág. 234. 218 No es cierto, como tambíen indica Goded, que la campaña de Alhucemas pusiera fin a la guerra, pues aun quedaban dos duros años por delante en los que, a costa de muchos esfuerzos, se consiguió la derrota de Abd el Krim. No obstante, a comienzos de 1926, cuando las tropas españolas progresaban firmemente en el territorio rebel- de, ya se veía con bastante claridad que los aliados europeos iban, al fin, a conquistar la totalidad del Marruecos español (175). Con fecha 3 de Febrero de 1926 el Teniente Coronel Miguel Campins asciende a Coronel por meritos de guerra “contraídos en el período de operaciones del 1Q de Agosto de 1924 al 1Q de Octubre de 1925” (176). Días mas tarde es destinado al mando del Regimiento de Infantería de Africa nQ 68 de guarnición en Melilla, a donde se trasla- da el 9 de Marzo después de hacer entrega de la Comandan- cia de Ronda y del Batallón Alba de Tormes. El día 10 de Abril vuelve al frente y toma el mando de la Agrupación de “Midar”, integrada por su Regimiento y fuerzas europeas e indígenas de todas las Armas y ser- vicios auxiliares, que operarán desde Dar Drius en toda la circunscripción. La tradicional manera de operar en Marruecos, con cortos avances efectuados por pequeñas columnas seguidas 175. Woolman, D.S., op. cit., pág. 223. 176. A.G.M., 1~ Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1926). 219 de la fortificación de las posiciones conquistadas, se va a sustituir por el movimiento en vanguardia con gran- des efectivos y sin dar tiempo al enemigo a reaccionar (177). Este sistema se emplea en la primera ofensiva de primavera de 1926 que persigue, tras una fase preparato- ria, actuar simultáneamente sobre las cabilas de Beni Urriaguel y Beni Tuzim, hasta enlazar todas las fuerzas a lolargo del valle del Nekor y comienzo del cerco del Yebel Hammnan (178). La operación fue un completo éxito al que coopera la columna Campins, enclavada en el grupo de Beni Tuzin cuyo Jefe es el General Manuel González Carrasco. La segunda campaña de primavera se planifica para explotar el éxito de la primera y con el objetivo de aca- bar, de una vez por todas, con el problema del Rif. El resultado de la operación no pudo ser más halagueno, puesto que “Abd el Krim fue vencido, se rindió y fue alejado; el Estado del Rif desapareció; las cabilas de Beni Urriaguel, Tensaman, Beni Tuzim, Beni Ulisech, Bo- coia, Beni Itef, Beni Gunil, Beni Bu Frah y Targuist, dominadas y sometidas; los prisioneros españoles libera- dos y cuantioso botín apresado, y, en fin, el problema del Rif resuelto” (179). Unicamente se mantenían en rebel día las cabilas de Gomara y Yebala, en la zona occiden- tal, aunque, merced a la brillantísima actuación del 177. S.H.M., “Historia de las campañas...”, op. cit. , IV, pág. 120. 178. Idem., pág. 121. 179. Idem., pág. 136. 220 Comandante Capaz, el problema casi estaba resuelto a mediados del mes de Julio. El día 23 de Septiembre el General Sanjurjo, acom pañado de su Jefe de Estado Mayor, General Goded, pudo recorrer en nueve jornadas los 452 kilómetros que separan Tetuán de Melilla. Para llegar a la solución total del problema marroquí sólo restaba mantener la situación durante el invierno y dominar en la primavera siguiente y en una sola campaña a las cabilas que permanecían hos- tiles en Yebala y Gomara. El Coronel Campins actuó brillantemente en las campañas llevadas a cabo en la zona de Melilla durante 1926. El 30 de Septiembre es felicitado por el Comandante General de la Plaza y el 20 de Octubre se le concede la Cruz de la Orden del Mérito Naval de 2~ Clase, con distintivo rojo, por las operaciones de desembarco en la bahía de Alhucemas. En Noviembre, cuando está inspec- cionando unos puestos, sufre un accidente y se fractura la tibia de la pierna izquierda, por cuyo motivo se ve obligado a entregar el mando, siendo evacuado a Mellilla y hospitalizado en su domicilio. El día 2 de Enero de 1927 está de nuevo en su pues- to, en el que permanece hasta el 4 de Marzo, fecha en la - que es reclamado telegráficamente por el Ministro de la Guerra para que se presente en Madrid, donde es desig- nado para formar parte de la Comisión Organizadora de la Academia General Militar, que preside su amigo, compa- 221 ñero y ya General, Francisco Franco Bahamonde (180). Pero en Melilla surgen algunas complicaciones y ha de partir otra vez, incorporándose a su Regimiento el 2 de Abril y permaneciendo en la Plaza hasta Junio, mes en el que regresa a Madrid para ocuparse de los trabajos de la Co- mísion. Su estancia en la Capital de España es muy grati- ficante, puesto que el General Primo de Rivera, que había revistado sus tropas en el campamento emplazado en Beni Halifa el 16 de Mayo último, le impone ahora, en presencia del Embajador de Francia, las insignias de Oficial de la Legión de Honor, concedida “por sus méritos y coopera- ción a las operaciones de los ejércitos de ambas naciones en Marruecos el año anterior” (181). En Julio, al interrumpirse los trabajos de la Comi- sion, regresa a Melilla y asume el mando de sus fuerzas. Uno de los últimos actos que realiza en Africa es el de mandar las tropas que rinden honores al Rey el 7 de Octu- bre durante la visita de S.M. En el mes de Diciembre, reclamado de nuevo de Madrid, embarca por última vez para la Península y abandona Africa definitivamente, no sin antes conocer que una Cruz de María Cristina viene a en- grosar su larga lista de condecoraciones, y a premiar alguna de las postreras y fructíferas etapas en las que participó en la guerra de Marruecos. 180. A.G.M., 1~ Subdivisión, Expte. C—701, Hoja de Servi- cios, 7~ Subdivisión (1927). 181. Idem . 222 6. EN LA ACADEMIA GENERAL MILITAR El largo enfrentamiento mantenido en el seno del Ejercito entre los integrantes o simpatizantes de las “Juntas de Defensa” y los “africanistas” o, mas concre- tamente, entre los partidarios de la escala cerrada y los que defendian la escala abierta, no desaparecio bajo el rágimen militar del General Primo de Rivera, por más que áste intentase lograr de una vez por todas la ansiada unidad de la “familia militar Como señala Seco Serrano (1), los dos grandes empe- ños del Dictador en el ámbito castrense fueron, por 1. Seco Serrano, C., “Militarismo y civilismo...”, Op. cit., pag. 337. 223 una parte, la unificacion de criterios respecto al siste ma de ascensos y, por otra, la creación -o mejor “re- creacion” - de la Academia General Militar. La materiali- zacion del primero de ellos era, a juicio de Blanco Escolá (2), indispensable para alcanzar la unidad de las distintas Armas y Cuerpos del Ejárcito, mientras que la Academia General seria el adecuado instrumento del que se serviria Primo de Rivera para remediar lo que consideraba el mayor problema que enfrentaba la institucion militar. Desde los momentos iniciales de la Dictadura Primo de Rivera pensó en restablecer la Academia General y, de hecho, en 1924, el General Antonio Losada fue encar- gado de realizar los estudios previos, en su calidad de Jefe de la Seccion de Instrucción del Ministerio de la Guerra (3). Con posterioridad, en Agosto de 1925, el Teniente Coronel de Estado Mayor Fermin Espallargas fue enviado a los Estados Unidos para estudiar los di- versos centros de enseñanza militar de aquel pais (4); la memoria que publicó a su regreso fue tenida en cuenta por los organizadores de la Academia General, que tam- bián consideraron los informes elaborados por Millán- Astray tras su estancia en Francia entre Enero y Marzo 2. Blanco Escolá, C., Op. cit., pags. 60-61. 3. Cierva, R. de la., Op. cit., 1, pág. 302. 4. Blanco Escolá, C., Op. cit., pag. 63. 224 de 1924, destacadoencomisión de servicio en la Escuela de Saint-Cyr y en la Escuela de Infantería de Saint- Maixent (5). A finales de 1925, cuando ya era previsible la derrota definitiva de Abd el Krim y el Directorio Civil sustituye al Directorio Militar, Primo de Rivera decide poner en marcha sus ideas relativas a la reorganizacion castrense. Sin embargo, desde esta fecha hasta Febrero de 1927 -que sera cuando en realidad se publique el Real Decreto de creacion de la Academia General- transcu rrira un largo periodo de tiempo caracterizado por la agitación que vivirán las Fuerzas Armadas. El problema, una vez mas, consistia en los diferen- tes criterios que sustentaban los partidarios y detrac- tores de la escala cerrada. Primo de Rivera asestó un duro golpe a los primeros al establecer, por Real Decre- to de 9 de Junio de 1926, la escala abierta para todo el Ejárcito: “esta medida tenia efectos retroactivos hasta comienzos de 1925 para aquellos oficiales a los que se hubiese concedido ascensos por máritos y no los hubiesen aceptado debido a los juramentos prestados en sus respectivos Cuerpos. El articulo 2Q del Decreto liberaba a los oficiales de tales juramentos y el artí- culo 3Q declaraba que cualquiera que se negara a aceptar un ascenso especial sería mantenido en el nuevo rango 5. Idem., pág. 99. 225 incluso contra su voluntad...” (6). El Decreto fue recibido con manifiesta hostilidad en el Cuerpo de Artillería y rechazado, aunque menos frontalmente, en Sanidad e Ingenieros. A los pocos días, los artilleros propusieron una fórmula de compromiso que fue aceptada por el Rey y “tolerada” por Primo de Rivera, a la sazon más preocupado en esos momentos por la evolución de la conspiracion militar que se estaba preparando en su contra para el día de San Juan (24 de Junio). Fracasada la que se conoce como “sanjuanada”, el Dictador rechazó el supuesto compromiso alcanzado con los artilleros y, tras la amenaza de ástos de llegar, si era preciso, a la rebelión, declaró el estado de guerra, hizo un llamamiento a la opinion pública y disol vió el Cuerpo de Artillería (5 de Septiembre). Veinticuatro horas más tarde el Gobierno controlaba totalmente la situación, que se había saldado con algu- nos incidentes en Segovia (sede de la Academia de Arti- llería) y con un grave enfrentamiento con víctimas en la Ciudadeda de Pamplona. Como señala Tuñón, “un conf lic to de casta, en el que se ventilaban intereses de un Cuerpo particularmente aristocrático, no podía intere- sar a nadie, ni siquiera a los militares de otras Armas en las que predominaban los procedentes de las clases 6. Payne, S.G., Op. cit., pag. 244. 226 medias (7). Unos meses mas tarde, exactamente el 20 de Febrero de 1927, se publicaba el Real Decreto que organizaba las enseñanzas militares y creaba la Academia General Militar en su segunda ápoca. Con ello Primo de Rivera abordaba la segunda parte de su plan para materializar la unidad de los ejárcitos; de su interes en conseguirlo era buena prueba el hecho de que el R.D. de creacion coincidía, en día y mes, con el que en 1882 había creado el mismo Centro en su primera epoca, del que había sido alumno el Dictador y al que consideraba precursor y modelo a seguir. El General Campins -en su obra inádita sobre la Academia General Militar de Zaragoza- se muestra plena- mente de acuerdo con Primo de Rivera en lo que respecta al Centro decimononico creado por el General Martinez Campos, puesto que, pese a las dificultades que hubo de afrontar, sus resultados no pudieron ser mas brillantes, pues dió un contingente de generales, jefes y oficiales, cultos y entusiastas, que tuvieron como timbre de gloria la unión de todas las Armas y Cuerpos del Ejárcito, sin exclusivismos, y además el de su común procedencia. 7. Tuñón de Lara, M., “La España del Siglo XX”, 1, Op. cit., pag. 194. 227 Esta Academia fue el Centro o Cuerpo del Ejárcito en que mas se trabajaba, no sólo por el estudio, sino por las instrucciones prácticas; de día, de noche, con lluvia, con frío, con nieve, la ms- truccion no se interrumpía; en ningun día del año la Academia General dejó de tomar las armas, y eso despuás de cinco horas de clases teóricas, que se orientaron como todas sus enseñanzas, a que no hubiera ninguna Arma o Cuerpo preterido en su nivel científico a los otros Cuerpos del Ejercito, pero no por esto se relegaba a segundo tármino la práctica, pues además del trabajo dicho, en esta Academia se estableció la costum- bre de las de campaña durante quince días al año. No obstante, la eterna lucha por las especialidades y tecnicismos, dieron al traste con ella, suprimiándola por R.D. de 8 de Febrero de 1893” (8). En este texto se encuentran, además de la opinion sobre la Academia de 1882, algunas de las ideas que permaneceran constantes en toda la obra de Campins: su oposicion a los Cuerpos facultativos del Ejárcito, a las escalas cerradas y al mantenimiento de estudios diferentes -al menos inicialmente- para aquállos y para las Armas Generales. Uno de los comentarios más precisos del Coronel Campins sobre el particular es aquál en el que censura 8. Campins Aura, M., Op. cit., págs. 4-5. 228 a los artilleros por empeñarse en: mantener el derecho a ostentar un título profesional civil aparte del mili- tar que representa el Despacho de Oficial, cuya procedencia no discuto, pero que en nuestro Ejárcito es de los pocos del mundo en que se cree necesario ser inge- niero para mandar una batería” (9). Campins se vió afectado en los inicios de su carre- ra militar por el R.D. de disolución de la Academia General de 1893, que a su vez restablecía las academias de Armas y Cuerpos y el Colegio Preparatorio Militar de Trujillo; áste y la Academia de Infantería de Toledo serian los centros en los que, a la postre, tomarla contacto con la vida militar el joven aspirante a ofi- cial. En la defensa que Campins hace de la Academia Ge- neral hay que ver unícamente su interes en recomponer la perdida unidad del Ejárcito -tal como pensaba Primo de Rivera- y no algún tipo de experiencia negativa mante nida desde sus días de estancia en Toledo. Su postura sobre esta cuestión es terminante y, en suma, “... o el Ejárcito evoluciona rompiendo ese cantonalismo o sindicalismo de las Armas o Cuerpos que lo forman actualmente, 9. Idem., pág. 116 (ter). 229 con sus egoismos y pobrezas de espíritu, e incluso con sus imposiciones al mando, o esto desaparece barrido sabe Dios por quián” (10). El Coronel Campins deja constancia en su obra de los sucesivos intentos que se hicieron para recuperar el espíritu de la Academia clausurada en 1893: el falli- do de 1904 y el más serio de 1918 que, aunque no fructi- ficó, fue suficiente para crear una comisión organiza- 1’ dora que elaboró una “luminosa y muy meditada memoria (11) de gran utilidad para los que intervinieron en los trabajos preparatorios del Centro oficialmente cons- tituido en 1928. El R.D. del año anterior (20.02.27) establecía finalmente en su preámbulo el sistema que el Directorio consideraba más idóneo para las enseñanzas militares: - Creacion de la Academia General Militar1 en la que ingresarán, por oposicion libre, los paisanos y clases de tropa que aspiren a seguir la carrera militar en toda su extensión, la que terminaran en las especiales de sus Armas. En la primera (la General) se adquirirá la cultura básica y, sobre todo, el espíritu militar que ha de ser comun a todas las especialidades, mientras que en las especiales la enseñanza ha de orientarse hacia el dominio del tecnicismo propio de cada Arma. 10. Idem, pág.13. 11. Idem., pag. 14. 230 - Creación de la Escuela de Estudios Superiores Milita- res, en la que se prepararán los cuadros aptos para el ejercicio de funciones de Estado Mayor y para dirigir las industrias militares o movilizables; pero sólo des- puás de haber practicado en filas todo el tiempo del empleo de Teniente y al menos dos años del de Capitán (12). Este último Centro, un híbrido de la Escuela Poli- tácnica y de la Escuela de Estado Mayor, favorecia “la homologación de la enseñanza interarmas, al reducir la formacion del artillero al de usuario de pieza”, y no como hasta entonces, cuando el artillero poseia conocimientos y tenia responsabilidad en la fabricacion de las piezas de artillería (13). Siguiendo el criterio señalado en el R.D. que nos ocupa, por Real Orden Comunicada de 14 de Marzo de 1927 se nombraron las Comisiones Organizadoras de los nuevos centros creados, presidida la de la Academia General, por el General Francisco Franco y la de la Escuela de Estudios Superiores por el General Juan García, Director de la Escuela Superior de Guerra. “De la primera tuvo el honor de formar parte como Coronel el que esto escribe y el culto Teniente Coronel de Estado Mayor Don Manuel Lon Laga, agregándose 12. Idem., págs. 15-16 13. Busquets, J., Op. cit., (ed. 1984), págs. 82-83. 231 despues como secretario al Comandante de Infantería Don Alvaro Sueiro Vilariño. Más tarde en vez del Teniente Coronel Lon, que había marchado a Africa, se agregaron a dicha Comision Organizadora un teniente coronel de cada una de las Armas y Cuerpos siguientes: de Infantería el referido Don Alvaro Sueiro, ya ascen- dido; de Caballería Don Josá Monasterio Ituarte; de Artillería Don Pedro Yeregui; de Ingenieros Don Gregorio Berdejo y de Estado Mayor Don Emilio Esteban Infan- tes” (14). La Comisión, que según relata Campins, se instaló provisionalmente en el Ministerio de la Guerra, mantuvo un contacto permanente -a travás del General Franco- con el titular del Departamento y con los directores generales del mismo. Su misión consistió en dar forma a las disposiciones del R.D. de creación de la Academia General, para cuyo fin estudió la organización de diver- sos centros de enseñanza militar de Europa y Amárica y analizó la constitución y funcionamiento de las anti- guas academias españolas, tratando de obtener provecho de las dificultades e inconvenientes con que tropezaron en su momento. En tal empeño, la Comisión realizó los siguientes trabajos que resultaron imprescindibles para la puesta en marcha del Centro zaragozano: 14. Campins Aura, M., Op. cit., pág. 17. 232 “a) Redaccion del plan o programa de necesidades a que había de ajustarse la construccion del nuevo edificio e instalación en el Campo de Alfonso XIII, en Zaragoza1 de la Academia General. b) Redacción de la Real Orden con las pruebas y programas para el ingreso de aspirantes en dicha Academia. Para eso se consultó a los directores de las espe- ciales y, como en sus contestaciones no hubo verdedero acuerdo más que para el restablecimiento de la Aritmetíca Mercantil, dispuso el señor Ministro que para las demas materias se siguiera casi el mismo programa que había antes, hasta tanto hubiera experiencia propia. R.O.C. de 8 de Julio de 1927. c) Propuesta del plan de estudios a se- guir dentro de la Academia, que se tradu- jo en la R.O.C. de 17 de Diciembre de 1927. d) Propuesta sobre las plantillas de profesores, personal de asistencia y de tropa; y ganado. R.O. de igual fecha que la anterior. e) Propuesta sobre la cartilla de unifor- midad, que con las modificaciones intro- ducidas por la superioridad se tradujo en la R.O.C. de 10 de Abril de 1928. f) Propuesta del nuevo cuadro o plan de las pensiones que habían de disfrutar los cadetes que fueran clases de tropa o hijos de militar, dentro de las acade- mias militares R.O.C. de 9 de Abril de 1928. g) Estudios y propuesta del nuevo regla- mento para el Regimen Interior de la Academia. Con ligeras modificaciones, aprobado por R.O.C. de 29 de Julio de 233 1928. h) Anuncio de concurso de profesores, en numero suficiente para poder preparar la instalacion, cargos administrativos y primeros examenes de ingreso. i) Propuesta en ternas del personal que había de cubrir esas plazas de profeso- res. j) Resolver las múltiples consultas, y dar los informes que se pidieron en este período de organizacion, asi como formular el presupuesto o cálculo del material para instalación” (15). Campins participó en los trabajos de la Comísion a lo largo de 1927, alternando los mismos con su destino en Melilla, plaza a la que tuvo que regresar dos veces en el año para hacerse cargo del mando de su Regimiento de Infantería. Finalmente, por Real Orden de 21 de Ene- ro de 1928 “se le confiere el cargo de Jefe de Estudios de la Academia General Militar” (16), de la que ya era Director desde el día 4 del mismo mes el General Fran- cisco Franco. 6.1. Subdirector y Jefe de Estudios El Real Decreto de 20 de Febrero de 1927 contenía -además del preámbulo ya comentado- do~ artículos, el primero de los cuales señalaba que la enseñanza profe- sional y tácnica de los oficiales del Ejárcito se reor- 15. Idem., págs. 18—19. 16. A.G.M., 1~ Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisíon (1928) 234 ganizaria con arreglo a veinte bases que a continuacion expresaba y que, en síntesis, eran las siguientes: 1~: Se crea en el Campo de Alfonso XIII, en Zaragoza, la Academia General Militar, para los aspirantes a ofi- cial de Infantería, Caballería, Artillería, Ingenieros e Intendencia. En ella podrán ingresar por oposícion los paisanos, clases de tropa, oficialidad y clases de complemento. 2~: El objeto de la Academia General Militar es educar, instruir y preparar moralmente a los futuros oficiales, a fin de darles el espíritu, compañerismo, temple de alma, dignidad y austeridad que exige la profesión de las Armas en todas sus especialidades. 3~: A los aspirantes a ingresar en la Academia General Militar se les exige tener más de 17 años y menos de 22 si son paisanos, o menos de 25 en los demas casos. Deberán poseer el bachiller elemental los paisanos, oficiales y clases de complemento, mientras que las clases de tropa, si carecen de dicha titulación, tendrán que realizar un exámen previo sobre gramática castella- na, historia y geografía. 4~: El exámen de oposición versara sobre las siguientes disciplinas: análisis gramatical de español, lenguas francesa, inglesa, italiana o portuguesa; elementos de dibujo topográfico y panoramico; aritmática; álgebra; 235 geometría y trigonometría rectilinea. 5~: Las convocatorias de ingreso tendrán carácter anual. 6~: Los examenes de ingreso se realizaran en Zaragoza y los tribunales examinadores estarán formados por pro- fesores de la Academia General Militar. 7~: Para Director de la Academia se nombrará a un gene- ral de brigada y para Jefes de Estudios y de Servicio Interior a dos coroneles. Los profesores tendrán la categoría de teniente coronel1 comandante y capitán, mientras que los auxiliares seran tenientes. 8~: El general Director sera nombrado por Decreto, y los dos coroneles en relación de despacho con el Rey y a propuesta del Ministro de la Guerra. Los nombramien- tos de profesores y auxiliares se harán por concurso. 9~: Antes de seis meses, desde la publicación del Decre- to, el Ministerio dictará una disposición que comprenda: la plantilla total, por Armas y Cuerpos, de la Academia General Militar; el plan de estudios; estadillo con el armamento, material y efectos que se asignan al Cen- tro; reglamento de regimen interior y de uniformidad. 10~: Las enseñanzas, ejercicios y prácticas de la Aca- demia General Militar se impartirán en dos cursos, de la misma duración que los de las Academias Especiales. 236 11~: Al superar el segundo curso los alumnos elegirán la Academia Especial donde deseen continuar sus estudios. 12~: Todos los alumnos de la Academia General seran forzosamente internos y estarán sometidos a un regimen esencialmente militar. 13~: Al pasar a las Academias Especiales los alumnos cursarán tres años mas. Al terminar el primer año de la Especial seran promovidos al empleo de Alfereces- alumnos y no estarán obligados al rágimen de internado. 14~: Las Academias Especiales tienen por objeto conti- nuar y perfeccionar la accion educadora de la Academia General Militar, además de completar teoríca y práctica- mente el conocimiento táctico del Arma o Cuerpo elegido. 15~: En las Academias Especiales se impartirán tambián cursos de aplicación de las principales especialidades del Arma o Cuerpo. 16~: A fin de lograr lo anteriormente expuesto, se irán uniendo a las Academias Especiales los centros de ense- ñanza que resulten necesarios. Los Alfáreces-alumnos tendrán que realizar cursos de aplicación. Las bases siguientes, hasta la 20~, trataban de la Escuela de Estudios Superiores Militares. 237 El articulo segundo y último del R.D. advertía sobre la posibilidad de que el Ministerio de la Guerra dictara nuevas disposiciones para el mejor cumplimiento y desarrollo del mismo, y señalaba la necesidad de habi- litar un crádito extraordinario para llevar a cabo la inmediata instalación en Zaragoza de la Academia General Militar (17). De todas las bases del primer artículo reviste un especial interás la octava, por tratar de la elección del personal directivo y del profesorado del Centro, cuestión esta de cierta trascendencia puesto que de ella dependía en buena medida la orientación futura de la Academia y, por consiguiente, las caracteristicas de la formación que se iba a impartir a los jóvenes aspirantes a oficial. Sobre la elección de Director, Primo de Rivera no parecía tener ninguna duda. Superadas sus diferencias con Franco, que se remontaban a los primeros tiempos del Directorio, el joven general constituía ahora uno de los apoyos mas firmes del Dictador y, de hecho, ade- más de mantenerse al margen de las disputas militares, su presencia al frente de la 1~ Brigada fue una de las causas que se consideraron decisivas en el fracaso de la conspiración de San Juan. Cuando Primo de Rivera habla con Franco para propo- 17. Blanco Escolá, C., Op. cit., págs. 52-54. 238 nerle la Direccion de la Academia -situación que, por otra parte, no era en absoluto extraña, ya que el gene- ral había sido elegido para presidir la Comisión Organi- zadora del Centro-, este trata de convencerle sobre la idoneidad de Millán-Astray para el puesto, pero, según de la Cierva, el Dictador repuso: “Nadie admira tanto a Millán como yo, pero mi candidato para dirigir la Academia es usted, Franco, y le advierto que es tam- bián el candidato del Rey” (18>. “Las posibilidades de Millán como Director de la Academia se esfumaron, entre otras razones, porque era un personaje muy contestado en los ambientes militares. Sin embargo, y dada su gran amistad con el Rey y con el Dictador Primo de Rivera, es mas que probable que fuera el propio Millán quien acabara por proponer a Franco para el citado cargo de Director” (19). En cualquier caso, Franco es el elegido y no cabe la menor duda que su opinión resulta decisiva en la selección del resto del personal, empezando por la del Coronel Campins, cuyo primer contacto con la Academia General se produjo de la siguiente forma: “... el que esto escribe recuerda perfec- tamente que cuando fue llamado telegrá- ficamente desde su destino, mandando un cuerpo en Africa, para darle esa comi- 18. Cierva, R. de la, Op. cit., pag. 302. 19. Blanco Escolá, C., Op. cit., pag. 100. 239 sión, el Duque de Tetuán, entonces Minis- tro de la Guerra, con frase expresiva, le dijo que quería hacer un centro para hombres y soldados; al objetar que nunca se había dedicado al profesorado en Aca- demias Militares, aunque la enseñanza y la pedagogía militar fueran ciencias que le habían gustado siempre, se le dijo, que precisamente por esa misma razon, por haber hecho toda la carrera entre soldados, sin mas excepción que el tiempo pasado en la Escuela Superior de Guerra, y haber estado muchos años y veces en AFrica voluntario, se le desig- naba para ese puesto; que por esas mismas razones se nombraba Presidente de la Comision Organizadora al General Don Francisco Franco, que tanto se había distinguido en Africa, como maestro en el arte de hacer buenos soldados y ofi- ciales modelo. Consideraciones que no sólo eran orden terminante, sino un honor grande, inmerecido y honroso para el que esto dice” (20). Campins, aun sin proponárselo, deja claramente determinadas en este párrafo las cualidades que se re- querían para- entrar a formar parte de la Comísion Orga- nizadora de la Academia que, en definitiva, seria el embrión de la futura plantilla de la misma. Pero en su caso, evidentemente, existen otras razones, además de las puramente militares, que influyeron en Primo 20. Campins Aura, M., Op. cit., págs. 22-23. 240 de Rivera y Franco (*) para elegirlo; el propio Campins las señala cuando, en la cita precedente, comenta su curiosidad e interás por la enseñanza y la pedagogía militar. Las inquietudes intelectuales del Coronel Campins eran suficientemente conocidas en todo el Ejercito, como lo prueba el hecho de que, incluso en Africa, los jefes y generales que informaron para su expediente de ascenso a Coronel reconocian aquállas como una virtud que acrecentaba su probada capacidad militar: “... he podido apreciar personalmente el meritorio trabajo de dicho jefe (Cam- pins), que unido a sus dotes de mando y gran cultura puede considerarse como una esperanza del Arma de Infanteria, a la que dará muchos días de gloria en mandos superiores para los que está sóli- damente preparado” (21>. Su prestigio en el Arma de Infantería era incues- tionable, y los juicios que sobre ál se hacían lo consi- deraban invariablemente como uno de los militares de mas clara proyeccion de futuro: (*) Juan O’Donnell y Vargas, Duque de Tetuán, Ministro de la Guerra del Directorio ejercía su cargo de forma meramente nominal, puesto que, en realidad, era Primo de Rivera el que personalmente regentaba el Ministerio. 21. R’gaia, 16 de Octubre de 1925, declaracion jurada del Comandante Emilio March y López del Castillo destinada al expediente de ascenso que se instruía al entonces Teniente Coronel Campins. A.G.M. 1~ Seccion, Expediente C-701. 241 “Por todo ello.., lo considero como uno de los mejores jefes de nuestro Ejárcito, por lo que el elevarlo a categorías supe- riores sería beneficioso tanto para las Armas como para la Nación” (22). Franco, que coincidio con Campins en diversas opor- tunidades a lo largo de su carrera, juzga que es la persona mas adecuada para desempeñar la Jefatura de Estudios de la Academia General Militar, supliendo con ello su escaso bagaje cultural, toda vez que “frente a la cultura de Campins, Franco no poseia otros conoci- mientos que los derivados de la guerra irregular de Marruecos, sedimentados por su permanencia al frente de tropas mercenarias de regulares o legionarios, donde el papel del oficial se asemejaba al de los militares- aristócratas del absolutismo y el despotismo ilustrado” (23). Campins tenía, además, el certificado acreditativo del “posee” en lengua francesa -traducción, conversación y escritura a nivel óptimo- y traducía con soltura el inglás, circunstancias estas que eran poco frecuentes entre los mandos militares españoles del primer cuarto del siglo XX (24). Campins es, sin duda, un africanista, tanto por tra- 22. Madrid, 29 de Octubre de 1925, contestación del General Miguel Núñez de Prado al interrogatorio del Coronel Juez que instruía el expediente de as- censo del Teniente Coronel Campins. A.G.M., 1~ Sec- ción, Expediente C-701. 23. Cardona, G., prólogo de la obra de Blanco Escolá, C., ~ pág. 13. 24. Hoja de Servicios del Teniente Coronel Campins del año 1925, 5~ Subdivisión, A.C.G., Expediente Campins. 242 yectoria profesional como por su mentalidad opuesta a los criterios de escala cerrada sostenidos por los Cuerpos Facultativos, pero es un africanista en el que concurren características muy especiales, que hacen de ál un militar notablemente diferente a Franco. Ni su cultura, ni su mentalidad, escala de valores, talante político y modo de concebir la formación de oficiales tienen nada que ver con las ideas del Director de la Academia General (25). Franco, que era un hombre extraordinariamente hábil para captar aquállo que más favorecía a la progresion de su carrera, no podía desconocer todo esto y, no obs- tante, prefirió afrontar el riesgo de tener como segundo a un jefe brillante y prestigioso, antes que perder su valiosa colaboracion en el proyecto de creacion y posterior funcionamiento de la Academia. Es evidente que Campins elevaba el nivel del profesorado de Zarago- za, cuyas cualidades básicas ya quedaron señaladas, y Franco sabía que su Jefe de Estudios, disciplinado y leal, nunca haría nada que pudiera poner en peligro la posición hegemónica, el centro de máxima atencion que el General buscaba siempre en sus destinos; al con- trario, con Campins al lado, Franco tenía un sólido punto de apoyo en su etapa zaragozana, alguien que podía solucionarle las dificultades de todo tipo que sin duda se presentarían; alguien que, como dice Llarch, “le sacara las castañas del fuego” (26). 25. Blanco Escolá, C., Op. cit., pag. 21. 26. Llarch , J., Franco. Biografía, Barcelona, 1985, págs. 158—159. 243 La forma de ser de Campins como militar, respetuoso y leal con sus superiores en el mando, ‘no nos permite conocer cual era su opinion real sobre Franco, y hasta es probable que, si ásta existia en su fuero interno, quedara oscurecida por su estricta interpretación del principio de “obediencia debida”. Franco es para Campins “el ilustre General que nos presidía” (27), y tambián: “... un General de los de máximo presti- gio en el Ejercito, que llevo con mano segura y criterio excelente el timón de ese conjunto (la Academia)” (28). No obstante, “el timón” que señala Campins no siem- pre lo empuñó Franco, puesto que los muchos compromisos del joven y popular General, vacaciones reglamentarias y otras circunstancias hicieron que se ausentara de Zaragoza -entre 1928 y 1931- un total de doce veces, sumando tales ausencias ciento dieciseis dias en los que fue el Coronel Campins el que ejercio el mando de la Academia General Militar (29). La anotación en las Hojas de Servicio de Campins de su nombramiento para el cargo de Jefe de Estudios de la Institución zaragozana, no recoge ningún comenta- rio relativo al desempeño de la Subdireccion del 27. Campins Aura, M., Op. cit., pág. 23. 28. Idem., prólogo dedicado a los antiguos caballeros- cadetes de la Academia General Militar de Zaragoza, pág. 2. 29. A.G.M., 1~ Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1928—1931). 244 Centro (30). Hay que considerar, por consiguiente, que, aun careciendo de nombramiento oficial como segundo en el mando, actuó como tal -sus casi cuatro meses de “Director” lo atestiguan-, tanto por ser más antiguo que el Coronel Jefe del Servicio Interior como por la posición, sin duda relevante, que un Jefe de Estudios ocupa en un centro de enseñanza. Un último aspecto a considerar sobre la base octava del artículo primero del R.D. de Febrero de 1927, se refiere al nombramiento del profesorado de la Academia General Militar. Busquets (31) estima que el sistema elegido para la designación de los profesores -el concur- so de máritos- no era el mas idóneo, porque los máritos que más puntuaban eran “los de guerra” y porque el bare- mo era el mismo para todas las asignaturas; ello traía como consecuencia que no se facilitaba la elección de profesores acadámicos y que no se escogía al profesor más adecuado para cada materia. Según de la Cierva (32)” el Director valoró decisi- vamente en sus colaboradores la capacidad de especializa cion, para lo que procuraba “encontrarles la gracia”, como decía ál mismo”. La “gracia” como el Ministro de la Guerra le había señalado a Campins, consistía en poseer suficientes máritos y en haberlos obtenido en la pasada campaña africana. 30. Idem, (1928). 31. Busquets, J., Op. Oit., (ed. 1984), pags. 81—82. 32. Cierva, R. de la, Op. cit., pág. 303. 245 Blanco Escolá (33) por su parte afirma que “en los criterios de selección de profesores no se conside- raba la capacidad intelectual o la preparación cultural (militar incluida) de los mismos”. Ello es cierto en líneas generales -salvo en el caso de Campins y otras particulares excepciones-, pero también lo es que tanto Franco como Primo de Rivera querian una Academia General Militar de características muy determinadas, que fuera un fiel reflejo de sus ideas y que se ajustara al modelo de Ejército que deseaban para las décadas siguientes. Evidentemente, el profesorado para una institución asi no podian buscarlo entre los Cuerpos Facultativos, que se enfrentaban -incluso militarmente- al Dictador, o entre buena parte de la oficialidad peninsular detracto- ra de la guerra marroquí y heredera de las antiguas Juntas de Defensa. Los oficiales, jefes y generales curtidos en la campaña de Africa sí ofrecían las cualidades que recla- maban el pensamiento primorriverista y franquista y, sobre todo, una homogeneidad de ideas que el propio Campins pone de manifiesto en el siguiente texto: “... todos los que formábamos esa comi- sión (los comisionados pasaron luego a ser los profesores principales de la Academia General) estábamos identificados con la misma idea, pensábamos de la misma manera, no desde entonces, sino desde siem 33. Blanco Escolá, C., Op. cit., pag. 71. —————————————————————~—— —————— ——— — — ———————— —— 246 pre; y por eso, en los trabajos de esa comision nos entendimos desde el primer momento, sin que jamas surgiera la menor discrepancia de criterio” (34). No es extraño, por tanto, que el grupo “africanis- ta” fuera el destinatario preferido por Franco -con el consentimiento de Primo de Rivera- para la elección del profesorado de la Academia. Galinsoga (35) ve como algo “natural” que el General Director escogiera a sus mas directos colaboradores entre los jefes y oficiales que conocia de Africa, y de la Cierva (36) apunta un dato muy significativo que aclara aun más las preferen- cias de Franco, puesto que de los setenta y nueve profe- sores elegidos -entre primeros y segundos- treinta y cuatro pertenecian al Arma de Infantería -la de Franco- y once habían sido legionarios como el Director. Sin embargo, Blanco Escolá (37) todavia va mas lejos en el análisis de los profesores vinculados a Franco por razón de procedencia y de destinos, sostenien do que, junto al General, el Teniente Coronel Sueiro y los Comandantes Alonso Vega y Franco-Salgado Araujo, formaban el auténtico centro de gravedad de la Academia. Desde luego, argumentos no faltan para opinar asi, ya que, a la comun procedencia del Arma de Infantería -Franco y Alonso Vega pertenecían a la misma promocion, 34. Campins Aura, M., Op. cit., pág. 23. 35. Galinsoga, L. de, Op. cit., pág. 129. 36. Cierva, R. de la, Op. cit., pag. 303. 37. Blanco Escolá, C., Op. cit., pag. 100. 247 mientras que Sueiro y Franco-Salgado eran de la siguien- te-, se unian la condición de legionarios de todos ellos, la coincidencia de los cuatro -junto con Campins- en el Regimiento del Príncipe de Oviedo en 1918 y el hecho de ser gallegos -Franco, Alonso Vega y Franco-Salgado eran de El Ferrol-; incluso, Franco y Franco-Salgado eran primos. En el año que media entre el 14 de Diciembre de 1928 y el 20 de Diciembre de 1929, los cuatro militares fueron recompensados con la Medalla Militar Individual (*> por meritos contraídos en la Guerra de Africa. De esta forma las preciadas condecoraciones, unidas a la de igual clase que p~oseia Franco desde 1922, constituían la mitad de las otorgadas a la totalidad de los pro- fesores de la Academia General Militar y “dado el siste- ma de valores imperante en este centro, la posicion del “cuadrilátero” quedaba notablemente reforzada” (38). Sin entrar a valorar la justicia o injusticia de la concesion de las cuatro medallas, lo cierto es que Campins no la obtuvo, cuando lo que le sobraban eran méritos para ello; posiblemente no contó con el apoyo necesario en el lugar y en el momento preciso. Franco aprovechó -o se aprovechó- las excelentes cualidades (*) Esta condecoración, que en tiempo de paz se denomina “Medalla del Ejército”, sigue en importancia a la Cruz Laureada de San Fernando. Campins había logrado una medalla militar colectiva en Africa al frente del Batallón expedicionario del Regimiento de Infan- tería de La Corona nQ 71, pero ninguna individual. 38. Idem, pág. 101. 248 de Campins como Jefe de Estudios, pero es evidente que éste nunca formó parte del restringido grupo de los íntimos del General; la cuestión de la Medalla Militar no es más que un antecedente de la postergación y decli- ve que sufrirá su brillante carrera a partir de su desti no en la Academia General Militar, sin que los méritos contraídos en este centro, unidos a los que consiguió en las campañas africanas, fueran considerados suficien- tes para decidir su ascenso a General. Varias fueron las razones que demoraron en ocho años tal ascenso -no se producirá hasta 1936-, pero, por el momento, Campins se entrega con una gran ilusión a sus tareas en la Academia, tal vez con la secreta esperanza de convertirse algún día en el sucesor de Franco, en el Director efectivo de la Institución. El 1 de Febrero de 1928 quedaba constituida la Academia General Militar, pasando su primera revista el personal hasta entonces nombrado para la misma en el antiguo cuartel del Carmen de Zaragoza, cedido por el 9Q Regimiento de Artillería para que sirviera de sede provisional, en tanto se construían los edificios de nueva planta en el denominado Campo de Alfonso XIII. El equipo de profesores da comienzo a sus trabajos y formula el programa para el curso 1928-29, dentro de cada grupo de asignaturas, dado que no había de tener este centro 249 más textos que los reglamentos vigentes, unos publicados y otros en v~as de serlo, se discutió y señalaron normas o doctri- na, condensada en guiones para que sir- viera de base a las conferencias de los profesores y a los apuntes a tomar por los cadetes. Todo bajo la direccion e inspección de la Jefatura de Estudios que les daba unidad, y evitándose con ello el que cada conferenciante fuera por su lado o con criterio distinto a los demás. También se señalaron normas para las conceptuaciones y para el funcionamiento en detalle de todas las enseñanzas y servicios, de modo que, cuando la primera promoción de cadetes llegara, no hubiera ya nada que hacer, ni corregir, ni nadie tuviera vacilaciones en su misión, pues se debe hacer presente que este centro se quería hacerlo completamente nuevo, y no fuera una academia mas. Las otras, las antiguas especiales, representaban años, y aun quizás alguna, como las de Toledo y Segovia, que con uno u otro nombre o en una u otra forma, son conti- nuación de otras anteriores y representan una acumulación de trabajos y tradiciones de más de un siglo. Esta no, aquí todo había que hacerlo nuevo” (39). Superada esta etapa, en Julio se realizan los exa- menes de ingreso de la primera convocatoria, presidiendo el tribunal examinador el General Franco, recien llegado de Alemania donde había asistido a un cursillo para 39. Campins Aura, M., Op. cit., págs. 19-20. 250 generales organizado por el Ministro de la Guerra de dicho pais. El Director de la Academia de Zaragoza tam- bién tuvo oportunidad, en el curso de su estancia en Alemania, de visitar la Escuela de Infantería de Dresde, donde se interesó por su funcionamiento y por aquellas características del centro alemán que pudieran ser de aplicacion en la experiencia docente que se estaba ini- ciando en España (40). Como quiera que el cuartel del Carmen no reunia condiciones y que los edificios en construccion no permi tían por el momento su utilizacion, los examenes se realizaron en el grupo escolar “Joaquín Costa”. De los 785 candidatos presentados aprobaron 215, presentándose el dia 1Q de Octubre 214 -de la Cierva dice que fueron 212, dos cadetes menos que los que computa el Coronel Campins- que se instalaron en el cuartel de tropa de la nueva Academia e, inmediatamente, iniciaron su ins- trucción militar, intensa y rápida que les permitió, en tan sólo dos dias, presentarse el 5 ante el General Primo de Rivera en correcta formacion. Los cadetes son presentados individualmente a la Virgen del Pilar, en cuya Basílica se canta una salve a la que asisten el Director y todas las autoridades civiles y militares de Zaragoza. Posteriormente, ya en la Academia, se procedió a inaugurar de manera semi- 40. Cierva, R. de la, Op. cit., págs. 304-305. 251 oficial sus dependencias, pronunciando sendos discursos el General Director y Primo de Rivera, y realizándose una revista militar seguida de desfile y comida de her- mandad. “Con esto dió principio la vida oficial de este centro, no haciéndose una inaugu- ración más solemne por ser aplazada para cuando las obras de construcción estuvie- ran terminadas o por lo menos en estado de presentacion” (41). 6.2. Las normas pedagógicas En su obra inédita sobre la IV Academia General Militar, Campins dedica buena parte de su atencion a reflexionar sobre distintos aspectos de la enseñanza militar, enmarcando sus conclusiones en la experiencia, sin duda privilegiada, que le otorgó el desempeñar la Jefatura de Estudios del Centro zaragozano. Tal experien- cia, reflejada día a día en pequeñas anotaciones y co- mentarios, le servirá años más tarde para plasmar por escrito su pensamiento y conformar, en su destino gerun- dense, lo que él denomina “normas pedagógicas”. Pasando por alto el primer capítulo de su obra, en el que analiza los antecedentes y la creación de la IV Academia General Militar, Campins aborda en el segundo la cuestion de la educacion militar, a la que ca 41. Campins Aura, M., Op. cit., pág. 21. 252 lifica como el “principal fin” del Centro, además de conferirle una evidente preponderancia sobre la ins- trucción (Educacion, mas que instrucción). Con todo, estos planteamientos no hacen más que recoger, según Campins, lo que taxativamente se indica en el R.D. de creación de la Academia, de 20 de Febrero de 1927. El Jefe de Estudios interpreta, a la luz de dicha disposi- cion, que los fines de la Academia son: 1Q Educar 2Q Instruir 3Q Preparar moralmente a fin de darles: a) Espiritu b) Compañerismo c) Temple de alma d) Dignidad e) Austeridad enseñándoles al propio tiempo: f) Los conocimientos gene rales precisos para la profesión militar g) El conocimiento del ma terial h) Su manejo i) Empleo en las distin- tas Armas - a los futuros oficiales, - cualidades que sólo pue- den darse mediante la - educación, - cualidades que se dan - mediante la instrucción (42). 42. Idem., pág. 22 253 Por consiguiente, en primer termino, la educación; en segundo, la instruccion. Campins estima que existen muchas razones para pensar que un Centro militar como el de Zaragoza debe fundamentarse en esa orientación, pero para ello no debe seguir el modelo que representa la Universidad española, la cual, en su semejanza a la francesa, se ha convertido en mera “expendedora de títulos y grados”, sin que se parezca al “centro de cultura de orden supe- rior” que debiera ser (43). La decadencia y el estado de postracion en que se encontraba la Universidad espa- ñola, era para Campins de extraordinaria importancia, por la perniciosa influencia que sobre el profesorado de las academias militares ha ejercido y ejerce, la manera de ser, francamente mala e incompatible con la profesión militar, de nuestras universidades; la tendencia a imitarlas es un defecto general sin pensar en sus muchas tachas, sobre todo para la educa- cion de la juventud que va a seguir la carrera de las armas” (44). La solucion que propugna Campins es la adopción del modelo universitario inglés, un modelo “educativo” que tiende hacia la formación integral del alumno, 43. Idem, pág. 26. 44. Idem, pag. 29. 254 “En resumen, es necesario en un centro de esta índole (militar), no enseñar una ciencia, ni una técnica ya hecha, como en las universidades y escuelas tipo francés y español; ni tampoco inves- tigar esa ciencia, ni esa técnica, como en las de tipo alemán, sino ir al tipo de esa universidad o colegio, tipo inglés y que tanto ha cundido en America y que es el que mas se aviene a la esencia y a lo que se necesita en la carrera militar” (45). En definitiva, lo que Campins desea es la sustitu- cion de la enseñanza instructiva, anticuada y poco apro- piada para las necesidades del momento, por una enseñan- za educativa. Para ello cuenta con la inestimable cola- boración de la “Pedagogía Universitaria” de Francisco Giner de los Ríos, cuyos planteamientos generales ensal- za y desea aplicar en la Academia de Zaragoza. El acercamiento de Campins a la obra de Giner y, en general, a la Institucion Libre de Enseñanza (ILE) tiene, sin duda, una importancia capital, que tal vez sirva para explicar alguna de sus actuaciones futuras mas controvertidas, si se contemplan a la luz de lo que la Institución representó para la evolución políti- ca del país. En diversos capítulos de su obra, como mas adelante se analizará, Campins volverá a utilizar los conceptos fundamentales de Giner para elaborar su 45. Idem, pág. 33. 255 propia teoria acerca de como debe ser y orientarse la enseñanza militar en España; una enseñanza que el propio Giner definía y Campins deseaba como “... funcion viva, personal y flexible; si no, ya está de sobra” (46). Sin embargo, tal como sostiene Blanco Escolá (47), el intento de Campins por conectar con la ILE no tuvo que hacerse necesariamente a través de la obra de Giner, puesto que el Jefe de Estudios de la Academia es más que probable que conociera los escritos de tratadistas militares anteriores que habían abordado temas relacio- nados con la Institución. Es el caso, sobre todo, del Capitán Joaquín Fanjul, quien en su obra -escrita en 1906- “Mision social del Ejército” comenta un informe remitido por la ILE a la Comisión de Reformas Sociales en el que se incluye un análisis sobre el Ejército y la acción educadora que éste puede realizar con los soldados, además de la contestación del propio Fanjul a las conclusiones de la Institución. Por otra parte, algunas de las ideas expuestas por Fanjul en su libro son recogidas por Campins al tratar sobre la educación militar en general y, en par- ticular, al señalar las cualidades que debe reunir un aspirante a oficial. El profesor Espadas Burgos abordó en 1982 estas 46. Giner de los Ríos, F., Pedagogía universitaria , problemas y noticias, Madrid, 1924, pag. 87. 47. Blanco Escolá, C., Op. cit., pag. 146. 256 er cuestiones, en una ponencia presentada al 1— Congreso de Historia Militar (48), en la que toma como fundamento el libro de Fanjul, analizando detenidamente el informe de la ILE y los aspectos esenciales que el mismo contem- pía en relación con la formación del soldado: la educa- cion física y la educación moral e intelectual. Sobre el primero de ellos, Espadas no cree necesario insistir en el interés de los pedagogos de la Institución Libre de Enseñanza por la educacion física, en sus múltiples posibilidades, desde la gimnasia a la práctica de los deportes, desde los juegos populares a las excursiones, a la vida en campamento, al contacto1 en suma, con la naturaleza y con el aire libre” (49). Por lo que respec- ta al segundo, debe seguir a la educación corporal, “... aprovechando el corto tiempo que los jovenes están actualmente en filas...” (50>. Espadas señala luego como se impone paulatinamente “la figura del oficial educador, forjador de hombres, que lograse proyectar, con su palabra y con su ejemplo, su propio talante de buen soldado y de buen ciudadano, bien formado físicamente, bien instruido, atento al mundo en que vive, educado en una ética del honor, del 48. Espadas Burgos, M., “La Institución Libre de Ense- ñanza y la formacion del militar español durante la Restauración”, en Temas de Historia Militar , vol. 1., Madrid, 1983. 49. Idem., pág. 498. 50. Fanjul, J., Mísion social del Ejército. Sociología Militar, Madrid, 1907, en Espadas, M., 9p~~4§, pág. 503. 257 sacrifio y de la solidaridad” (51). Esta figura, que responde perfectamente a las características reflejadas por Campins en su obra, no es una novedad, puesto que ya en 1876 el Teniente Coronel Luis Vidart indicaba que “ para que un oficial del Ejército pudiese cumplir sus obligaciones de “profesor militar de sus conciudada- nos”, seria necesario que su cultura intelectual fuese muy superior a la que hoy se adquiere en los colegios y academias militares, sin exceptuar las de los cuerpos facultativos” (52). Vidart señalaba a contínuacion la necesidad de contar con un centro docente que impartiera las enseñanzas adecuadas para formar oficiales que cum- plieran las características apuntadas. Tal centro se parecía extraordinariamente a la Academia General Mili- tar que deseaba Campins, pese a que habían transcurrido más de cincuenta años; poco se había avanzado por tanto, como señala Espadas (*), “en el proyecto de lograr una formacion integral del oficial en las academias, como de que éste formase “hombres” al paso de los soldados por el servicio militar” (53). En lo que ya no estaba de acuerdo Campins -al menos 51. Espadas Burgos, M., Op. cit., pag. 505. 52. Vidart, L., “La fuerza armada”, Revista de España , Madrid, 1876, en Espadas, M., 9p~~4t., pág. 507. (*) En realidad, la afirmación de Espadas se refiere a los 30 años que median entre la publicación de la obra de Vidart y la aparición del libro de Fanjul, si bien se considera que tal período puede extender- se hasta 1928, no sólo por lo que supone en si misma la creación de una nueva Academia General, sino también porque al Jefe de Estudios de ésta seguían preocupándole, mas o menos, las mismas cuestiones que en su momento reclamaron la atención de los autores anteriormente señalados. 53. Espadas Burgos, M., Op. cit., pags. 507-508. 258 en un plano teórico- era en la necesidad de reálizar, como decía Vidart (54), un examen público para poder acceder a la Academia, y eso que el examen de ingreso era el único que le parecia serio a Campins, aunque pusiera de manifiesto “el drama de muchas familias de nuestras clases medias por conseguir para sus hijos una colocación o destino retribuido del Estado” (55). En cualquier caso, lo que pensara o deseara Campins -influenciado por la obra de Giner y la tradición de la ILE- era una cuestión y otra muy diferente la reali- dad cotidiana de la Academia, donde nunca se suprimieron totalmente los examenes, ya fueran éstos de ingreso o para superar los distintos cursos de la carrera mili- tar. La idea de formar “hombres”, que tanto agradaba a la ILE. cree Espadas que tuvo gran eco en un sector de las Fuerzas Armadas, precisamente el formado por profesores y tratadistas de la pedagogía militar (56). En el caso de Campins lo anterior es cierto, puesto que, según creia, el destino final de la Academia Gene- ral de Zaragoza era: “... hacer hombres en toda la acepcion de la palabra, que sirvan para mandar y para resolver las múltiples cuestiones y casos difíciles que se han de presentar 54. Vidart, L., Op. cit., pag. 55. 55. Campins Aura, M., Op. cit., pag. 95. 56. Espadas Burgos, M., Op. cit., pag. 506. 259 en la guerra... de lo que se trata en un Centro de estos es, no sólo de enseñar1 sino de formar y fortalecer un caracter , lo cual ni se enseña en una clase o cáte- dra, ni con los libros; éste, el carac- ter, es producto de las cualidades inna- tas en el individuo y de una educacion muy delicada y hábilmente dirigida. Y de éste, la voluntad, que es imprescindi- ble para el mando, forma la principal característica, tanto que muchos la con- funden con ese caracter, es necesario no anularla en un Centro de esta natura- leza, sino cultivarla y fomentarla, en forma que se ponga la de todos los edu- candos al servicio del interés comun y elevado a que está destinada nuestra profesión” (57). Más adelante, Campins vuelve a utilizar estas ideas al definir las cualidades que debe poseer un oficial: “Para ser oficial hace falta ser hombre , ser soldado, que es concepto más estrecho que aquel, y ser caballero, que aun lo es más que éste. Y despues, como comple- mento de estas condiciones indispensables, necesita otras, como son, las dotes de mando y una gran ilustracion, que le permita conocer toda la serie de conoci- mientos que la guerra de hoy exige para el mando de tropas” (58). 57. Campins Aura, M., Op. cit., págs. 32-33. 58. Idem., pág. 35. 260 El resto del capítulo II de su obra lo dedica Cam- pins a expresar, de forma pormenorizada, algunas de sus ideas sobre el funcionamiento de la Academia y el regimen al que deben estar sujetos los alumnos de la misma, finalizando con el “decálogo del cadete”, atribuí do a Franco, que tantos comentarios ha suscitado y sobre el que tanto se ha escrito. Campins es partidario de someter a todos los cade- tes a un estricto regimen de internado, que considera imprescindible en un Centro destinado a la formacion de oficiales. Las razones que alega son muchas1 pero en esencia: “... hay que acostumbrar al que se consa— gra a la profesión de por vida, a esa rigidez (que impone el internado), al orden, a la modestia, a la austeridad, a reglamentar todos los actos de su vida diaria; a la policía; a la higiene, los que no la tengan; a la cortesia y toleran cia mutua; a la vida en comun. Crea hábi- tos; afectos con sus compañeros que ya no se borraran nunca; somete a un regimen de igualdad absoluta, fundiendo en una las diferentes esferas sociales de proce- dencia. Acostumbra a la obediencia, pero no tomando ésta como una carga, ni matan- do la propia voluntad, sino la obediencia consciente, voluntaria, legal, el orgullo de obedecer militarmente, que es saber se sirve a la justicia y a la Patria” (59) 59. Idem., págs. 38-39. 261 Por todo ello, para Campins, en el régimen estable- cido en la Academia General Militar es base fundamental el internado, absoluto, sin que se contemple excepción de ninguna clase. Otra de las bases del régimen educativo implantado en Zaragoza lo constituye el trabajo intensivo a que están sometidos los cadetes. El plan de trabajo diario se distribuye de la siguiente forma: 1 hora de ejercicio físico (gimnasia o equitación). Desayuno. 1 hora escasa (50 m.) de conferencia teórica o interrogacion por el profe- sor. - 1,40 horas de clases prácticas (aparatos, dibujo, armas, gabinetes o ejercicios escritos). 1 hora escasa (50 m.) de otra conferen- cia teórica o interrogación. Comida. 3 horas de instrucción táctica o tiro. Descanso. 2,30 horas de estudio o recapitulacion. - Cena. Total 10 horas, mas 8 ó 9 destinadas a dormir. El resto, en pequeñas fracciones de tiempo, se emplea en descanso, comidas, aseo, etc., hasta completar las 24 horas. Este régimen se sigue de lunes a viernes; el sábado se deja libre -semana inglesa- para que los cadetes puedan ir a Zaragoza de compras y para que des- 262 canse su sistema nervioso. Los festivos sólo hay dos horas de estudio, luego revista, misa y paseo (60>. Campins es partidario de suprimir toda clase de permisos y de reducir las vacaciones a lo estrictamente reglamentario, pues hay que acostumbrar a los que voluntariamente vienen a las filas del Ejercito para consagrarse al mando, a ser duros y fuertes y a subordinar las pequeñas necesidades de la vida privada o interés particular a las supremas del servicio (61). En esta cuestión de las vacaciones Campins está en desacuerdo con el pensamiento que al respecto mante- nía la ILE y, sobre todo, con Giner, destacado defensor de los períodos vacacionales y, en general, del descanso, considerado tanto en el sentido cuantitativo como cuali- tativo. Sin embargo, Campins tenía poderosas razones que apoyaban su postura, y eran éstas, fundamentalmente, la necesidad de que los futuros oficiales no cayeran en las censurables prácticas, lamentablemente bastante corrientes, de muchos jefes y oficiales, que residian en plazas distintas a las de su destino oficial. Campins siempre se mostró muy crítico con esta forma de proceder de algunos militares, deseando por ello inculcar en sus jovenes cadetes el amor al servicio, que les ayudará 60. Idem., págs. 39-40. 61. Idem., pág. 40. 263 en el futuro a afrontar las dificultades que conlíeva la vida militar; si alguno no se considera con fortaleza física o de ánimo para someterse a los requerimientos de su formación castrense, “... mas vale se vaya cuanto antes de una colectividad para la que no seria mas que una carga” (62). Sobre el “decálogo del cadete”, la opinión genera- lizada de los biógrafos de Franco es que fue éste el creador del mismo y que lo redactó personalmente inspi- rándose en su experiencia legionaria (63). Sin embargo, Campins no otorga a Franco su autoría, puesto que de haber sido así habría dejado constancia de ello en su obra, pudiendo deducirse de sus escritos, por el contra- rio, que fue el claustro de profesores de la Academia el responsable colectivo de la redacción de los diez artículos en cuestión. El “decálogo”, lejos de fundamen- tarse en el “credo legionario” lo hace en las Ordenanzas Militares, de las que, como señala Campins, “... se han entresacado diez artículos de los que parecen mas esenciales” (64). En definitiva, tales artículos y su fundamento, que se entregaban -los primeros- a los jo- yenes aspirantes a oficial junto con su uniforme al llegar a la Academia de Zaragoza, eran según el Jefe de Estudios, los siguientes: 1Q Tener un gran amor a la Patria y fide- 62. Idem., pág. 41. 63. Cierva, R. de la, Op. cit., pág. 305. 64. Campins Aura, M., Op. cit., pag. 42. 264 lidad al Rey (*), exteriorizado en todos los actos de su vida. (Este artículo se basaba en la fórmula del Juramento a la Bandera). 2Q Tener un gran espLrltu militar, refle- jado en su vocación y disciplina. (Fundamentado en los artículos 21Q y - 24Q del soldado). 3Q Unir a su acrisolada caballerosidad constante celo por su reputacion. (Fundamentado en el artículo 2~ del Alférez). 4Q Ser fiel cumplidor de sus deberes y exacto en el servicio. (Basado en el artículo 12Q de las Ordenes Generales para oficiales). 5Q No murmurar jamás ni tolerarlo. (Fundamentado en el artículo 1Q de las Ordenes Generales para oficiales). 6Q Hacerse querer de sus inferiores y desear de sus superiores. (Basado en el articulo 5Q del cabo). 7Q Ser voluntario para todo sacrificio, solicitando y deseando siempre ser empleado en las ocasiones de mayor riesgo y fatiga. (Fundamentado en el artículo 3Q de las Ordenes Generales para oficiales). 8~ Sentir un noble compañerismo, sacrifi- cándose por el camarada y alegrándose de sus éxitos, premios y progresos. 9Q Tener amor a la responsabilidad y decisión para resolver. (Basado en el artículo 9Q de las Orde- nes Generales para oficiales). (*) Posteriormente, al cambiar el régimen, se sustituyó “fidelidad al Rey” por “lealtad al Gobierno legalmen te constituido”. 265 1OQ Ser valoroso y abnegado. (Fundamentado en el artículo 5~ del soldado y en el 21Q de las Ordenes Generales para oficiales). (65>. En el capítulo III de su obra Campins aborda los aspectos relativos al ingreso en la Academia General Militar y, de forma especifica, las pruebas que deben superar los aspirantes al mismo. Desde el primer momen- to, Campins fija su posición, y considera una grave equivocación el hecho de que, hasta ahora, se haya esti- mado que la posesión de determinada aptitud para las matemáticas supone la posesion de similar aptitud para seguir la carrera de las armas. Este planteamiento es, a su juicio, erroneo, puesto que el futuro Oficial “lo que necesita por encima de todo es vocación, espíritu militar o profesional”, sin olvidar que debe poseer otros conocimientos tanto o mas importantes que la cien- cia matemática y que, como la historia, la geografía, el derecho, la pedagogía o la sociología, parecen indis- pensables para la correcta formación del oficial moderno (66). Naturalmente, Campins no desprecia las matemáticas, a las que reconoce su valor, sino que rechaza el papel hegemonico que venían desempeñando en la enseñanza mili- tar española, y que podría ser la causa, directa o indi- recta, del fracaso de muchas carreras militares, cimen- 65. Idem., págs. 42-43. 66. Idem., págs. 48-50. 266 tadas desde su inicio en la acreditación de un buen nivel matemático que, con el paso del tiempo, se mani- festaba claramente insuficiente para ejercer con ilusion y profesionalidad la carrera de las armas. Por consi- guiente, en el reclutamiento de cadetes para un Centro como el de Zaragoza, “... no cabe buscar aptitud ni sabiduría en una materia determinada, ni siquiera que se reclute mucho ni poco personal, sino que éste, sobre un mínimo de cultura general indispensable, sea el de mayor vocacion militar, o el que ofrezca mayor numero de garantías posible de que la ha de tener. Es decir, que aquí, (en Zaragoza), para el ingreso, lo que hay que hacer es seleccionar, escoger entre una juventud que voluntariamente quiere o desea la carrera de las armas, a los que sean mejores para ella o den mas probabilidades de serlo, pero ni por la edad en que este ingreso se puede hacer ni por los examenes que se hagan, esa garantía puede ser absoluta” (67). En suma, lo que Campins ponía de manifiesto con su posición y sus críticas eran las carencias y, sobre todo, la inercia de un sistema de enseñanza militar que, a punto de finalizar el primer tercio del Siglo XX, adolecía de los mismos defectos que ya habían sido señalados por tratadistas militares desde finales del siglo anterior. El resultado final de esta prolongada 67. Idem., pág. 53. 267 situación tenia mucho que ver con la persistencia en el seno del Ejército de un numeroso grupo de militares faltos de vocación, con elevado espíritu corporativo y -como señala el profesor Espadas en su ponencia citada- apegados al escalafón (68). Rueda Vilanova, en 1912, resumía magistralmente el problema, al afirmar que “el tecnicismo dominante logra sólo entorpecer el oficio en lugar de beneficiarlo. Las materias inútiles por completo a la profesion ocupan el mayor tiempo y las verdaderamente prácticas brillan por su ausencia o poco menos” • Por ello, “el amor al oficio tan prescrito en nuestras Ordenanzas debiera ser el principal factor en los centros de enseñanza; no el amor al uniforme ni al futuro sueldo, pues todo ello es en contra del verdadero espíritu militar” (69). Campins, en 1928, constataba que el problema persistía, si bien, desde su posición de Jefe de Estudios de la Academia General, trataba por todos los medios de cam- biar la situacion, empezando por variar -tal como aprobó la Comision Organizadora del Centro- el sistema de ingre so en la carrera militar, implantando un límite de edad mínimo mas elevado; exigiendo unos conocimientos previos equivalentes al Bachillerato Elemental y la adecuada aptitud física; imponiendo, para que el ingreso fuera definitivo, la superacion de unas pruebas sobre grama- tica, lengua extranjera, dibujo topográfico y panorami- 68. Espadas Burgos, M., Op. cit., pag. 509. 69. Rueda Vilanova, J., De re militan, Barcelona, 1912, en Espadas, M., Op. cit., pág. 509. 268 co, aritmética, algebra, geometría y trigonometría rec- tilínea. Merece un comentario especial la cuestión de la formación física del aspirante a oficial, que para el Coronel Campins era de una importancia excepcional, hasta el punto de que dicho aspirante debería ser elimi- nado y no pasar a las pruebas siguientes si su estado físico no era plenamente satisfactorio. Un escrupuloso reconocimiento médico y el desarrollo de una prueba de gimnasia debían aportar los datos suficientes para que el tribunal examinador decidiera sobre la idoneidad o no del candidato. En Zaragoza, por tanto, la confianza depositada en la formación física del cadete y en los beneficios que ello reportara a su formacion integral, era muy elevada, y la opinión de Campins al respecto no deja lugar a dudas: “Es creencia erronea muy difundida la de que el cultivo de la educación física está en contraposicion con la otra, la intelectual, y nada más lejos de la ver- dad, pues en la Academia General Militar se ve que los conceptuados de muy fuertes son los que mayor y mejor proporción de notas obtienen en los ejercicios y clases teórico-prácticas, y los que menos, los conceptuados de suficientes; lo que prueba el perfecto equilibrio que existe entre el cuidado del cuerpo y el desarro- 269 lío de la inteligencia” (70). Campins titula el IV capítulo de su obra “el plan de enseñanza”, y en él aborda, en líneas generales, la necesidad de variar radicalmente los métodos de ense- ñanza seguidos hasta el momento para formar a los futu- ros oficiales. La experiencia obtenida en la Gran Guerra de 1914-18 imponía tales variaciones, necesarias, por otra parte, al haberse convertido la enseñanza -y la militar no era una excepcion- en oficio de profesores, alejándose del carácter vocacional que debería tener. Las descalificaciones que Campins hace de buena parte del profesorado de la época, al que tacha de “... vulgar tomador de lecciones o cotorra que suelta discursos” (71), le sirven para fijar su idea sobre cual debe ser la auténtica mision de un centro como el de Zaragoza”... en el que no se trata de investigar ninguna ciencia, sino de darla ya hecha, ... de vulgari- zaría, de ponerla al alcance de los alumnos en la forma más llana y concreta” (72). Campins retoma la “Pedagogía Universitaria” de Giner de los Ríos para reproducir algunas de las ideas citadas por el cofundador de la ILE, pertenecientes al filósofo norteamericano Beard y relativas al estudio - 70. Campins Aura, M., Op. cit., pág. 60. 71. Idem., pág. 68. 72. Idem., idem. — — ~ —— ~ 270 de los diferentes sistemas de educacion. Tal estudio y sus conclusiones servirán de base, o al menos de refe- rencia -una vez probada su vigencia tras la crisis de 1914-18- para la elaboración del plan de estudios y métodos de enseñanza de la Academia General Militar. En el plan de estudios, reflejado de forma pormeno- rizada por Campins en su obra, “... domina la idea pri- mordial de hacer las enseñanzas eminentemente prácticas, y de todo lo que es general, primordial y básico de la profesión militar”. (73). Por lo que respecta a los métodos de enseñanza, son numerosos los apartados que el Jefe de Estudios de Zaragoza contempla, si bien merecen especial mencion los siguientes: - Ruptura con la mayoría de las prácticas seguidas hasta ahora por centros similares en España. - La Academia es el principio de una reforma en la enseñanza militar y aun civil en España. - No existen textos ni examenes. - El que hace el esfuerzo es el profesor. Hay que huir de la cátedra, de la verborrea, poniendo al alcance del cadete, de forma llana, clara y concreta, el asunto a explicar. - El profesor debe ser ameno, variado y práctico en su exposicion, de manera que pueda retener la atencion del alumno durante toda la clase. 73. Idem., págs. 76-77. 271 - La enseñanza seguira, en general, un sistema cíclico, partiendo de una vision de conjunto sobre la que girarán las explicaciones siguientes, ampliando en cada una de ellas lo estudiado o iniciado en la anterior. - Se rechaza el sistema memorístico, a fin de que el cadete aprenda a discurrir, a comparar, a medir, a darse cuenta de lo que se ve o hace (74). Al apartado relativo a los textos y a los exámenes dedica el Coronel Campins el capítulo V de su obra, que titula precisamente “ni textos, ni examenes”, en el que trata de justificar la, a su juicio, necesaria desaparicion de los “perniciosos” libros de texto y el sistema tradicional para medir la preparacion y apro- vechamiento de los alumnos. Para ello, Campins recurre de nuevo a Giner de los Ríos y a la “Pedagogía univer- sitaria”, citando incluso a los autores extranjeros que el cofundador de la ILE Utiliza para fundamentar su posición opuesta al sistema de examenes. El rechazo al libro de texto lo argumenta Campins en que el uso del mismo “... se ha convertido en un verdadero abuso que deshonra el elevado sacerdocio de la enseñanza, convirtiéndola en una lucrativa industria de unos cuantos y un comodín para muchos (75). Por con- 74. Idem., págs. 78-79. 75. Idem., pág. 87. 272 siguiente, y en lo que atañe a la Academia General Mili- tar, “... es mejor no tenerlos, y sólo acudir a la doc- trina oficial, y ya hecha, de los reglamentos militares y Ordenanzas del Ejército en las clases teóricas en que esa doctrina exista, y en aquéllas en que por su naturaleza no la hay, acudir a las propias fuentes de la experiencia, de la práctica o del conocimiento profe- sional de sus profesores” (76). Frente a los planteamientos de Campins, puede argu- mentarse que el profesorado de la Academia no parecia el más idóneo para asumir la responsabilidad de impartir enseñanza en disciplinas tan diversas como las que com- ponían el programa de estudios de dicha Academia, disci- plinas que, por otra parte, poco o nada tenían que ver con la experiencia o la práctica militar de los profeso- res responsables de las mismas; incluso, como señala Blanco Escolá y respecto a las materias puramente mili- tares, “... no hay razones de peso para suponer que los africanistas poseyeran una superior preparación” (77). Sin embargo, Campins confiaba en el sistema y, en vez de libros de texto, profesores y alumnos se rigie ron por unos guiones -dirigidos e inspeccionados por el propio Jefe de Estudios- en los que se trató de su- primir todo lo que de accesorio pudiera tener la ense- 76. Idem., idem. 77. Blanco Escolá, C., Op. cit., pag. 143. 273 ñanza de las distintas asignaturas, para centrarse en aspectos muy concretos de las mismas que, en todo caso, debían guardar estrecha relación con la formacion mili- tar del alumno y estar en consonancia con el ideario que el centro quería impartir. En el capitulo VI de su obra, Campins deja bien claro que para ser profesor de un centro como el de Zaragoza “... hace falta ser, por encima de todo, soldado” (78), pero, ademas: “... se requiere una cantidad de entusias mo, de espíritu profesional, de cultura y de trabajo extraordinarios, un desgas- te de energías físicas e intelectuales grande, una salud como se dice “a prueba de bomba”. Y tanto es así que creo que la inmensa mayoria no podran resistir arriba de los cinco o seis años en ese régimen, ni creo sea tampoco conveniente conservarlos más de ese tiempo, pues se requiere renovación de fuerzas, de ideas, que no se adocenen; que no se conserve gente gastada” (79). Campins no hace la más leve crítica a la capacidad intelectual del claustro zaragozano, pero la cita ante- rior es lo suficientemente clarificadora para poder deducir qué es lo que el Jefe de Estudios esperaba de sus colegas profesores. Probablemente, tal esperanza nunca llegó a convertirse en satisfacción plena, pero puede afirmarse que, a su juicio, el sistema estaba 78. Campins Aura, M., Op. cit., pág. 98. 79. Idem., pág. 101. 274 bien pensado, era viable y, sin duda, dió buena parte de los resultados esperados, lo que para él ya era bas- tante, si se tienen en cuenta, según nos dice, las difi- cultades que normalmente acompañan a cualquier idea innovadora (80). Por lo que respecta a los examenes, Campins opina lo mismo que de los libros de texto, “... que desvirtúan y echan a perder la enseñanza mas que la benefician” (81), sobre todo los examenes por curso y asignatura. De nuevo las ideas de Giner de los Ríos se manifiestan en la obra de Campins, toda vez que el cofundador de la ILE estimaba que”... si por examen se entendiese la constante atención del maestro a sus discípulos para darse cuenta de su estado y proceder en consonancia, ¿Quién rechazaría semejante medio sin el cual no hay obra educativa posible?. Pero, justamente, las pruebas académicas a que se da aquel nombre constituyen un siste ma en diametral oposícion con ese trato y comunión cons tante ( 82). Por consiguiente, previa autorización de la superio ridad, a propuesta de la Comísion Organizadora de la Academia General Militar, los examenes quedaron suprimi- dos de hecho y de derecho, según señala Campins, “... para todos los cadetes que durante el curso iban bien en sus clases, y para que no hubiera arbitrariedad en 80. Idem., pág. 95. 81. Idem., pag. 87 82. ~ifi~rde los Ríos, F., 9p~4., pág. 87 275 la manera de juzgar cada profesor en su clase, y para que los cadetes no sufrieran diferencias de criterio de unas a otras clases, ni en las mismas las consecuen- cias del mejor o peor humor de cada día, o estado de animo del profesor...” (83). ¿Cuál era entonces el sistema seguido para califi- car al alumno? Giner, de nuevo, marca la pauta, e indica que, frente a los defensores del exámen, “... cualquier otro medio seria preferible: la publícacion de libros, de trabajos, de resúmenes e informes acerca de la obra realizada en cada curso: la inspección. Todo valdría y tendría mayor exactitud” (84>. En la Academia se optó por esta solución, la inspección y la correccion cons- tantes, el premio extraordinario a los trabajos que merecían esa calificacion, de forma que “... la mayoría de los cadetes no se examinaban. Sólo lo hacían como prueba de garantía aquéllos que, viniendo conceptuados de medianos o malos durante el curso, son al final lle- vados ante un tribunal...” (85). Campins considera que el sistema educativo implanta do en Zaragoza fue motivo de satisfacción para profeso- res y alumnos; no obstante, se muestra critico con la “extrema benevolencia” con que, a lo largo de los cursos, se juzgó a los alumnos considerados dudosos. Parece 83. Campins Aura, M., Op. cit., pág. 94. 84. Giner de los Ríos, F., Op. cit., pág. 88. 85. Campins Aura, M., Op. cit., pág. 94. 276 evidente por ello que, en este apartado, los criterios del Jefe de Estudios -mucho más rigurosos- no fueron tenidos en cuenta. Finalmente, Campins concluye el capítulo lamentando la incomprension, cuando no la abierta oposición, que las modernas ideas pedagogicas experimentadas en Zara- goza despertaron en numerosas personas, ya fuera por intereses puramente materiales -supresion de textos-, o simplemente porque el nuevo sistema de enseñanza mar- ginaba a algunos “sabios” oficiales, a los que no se había consultado para organizar la Academia y mucho menos para implantar sus innovadores métodos (86). En conclusión, puede afirmarse que la metodología pedagogica utilizada en Zaragoza -sin valorar con qué resultados- está directamente relacionada con la identi- ficación del Jefe de Estudios y las ideas sustentadas por Giner de los Ríos y la Institución Libre de Enseñan- za. Este hecho, como reconoce Blanco Escolá (87), revis- te una importancia excepcional, pues la ILE representó, a juicio de Carr, el intento mas serio y coherente de crear unas condiciones intelectuales en España que hicie ran posible la instauración posterior de una democra- cia liberal (88>. Sin lugar a dudas, la Academia General Militar no era la institución más idónea para crear, 86. Idem., pág. 95. 87. Blanco Escola, C., Op. cit., págs. 145-146. 88. Carr , R., España 1808-1975, Barcelona 1984, pag. 448. 277 aunque fuera en la simple parcela de su competencia, tales condiciones, pero el intento de Campins es plena- mente válido e incluso insólito, si se considera que aquella Academia estaba dirigida por Franco, enemigo ya en aquellos tiempos de todo lo que tuviera la mas mínima relacion con las ideas liberales. Campins, sin dejar de ser el militar africanista que siempre fue, si bien en el sentido más positivo y válido del término, trató de implantar en Zaragoza un sistema pedagógico avanzado que chocaba frontalmente con la mentalidad de la mayor y mas representativa parte del profesorado. La experiencia tiene sin duda un gran mérito y dice mucho en favor de la preparación, del nivel intelectual del Jefe de Estudios y de su capacidad de conviccion, que lograron que sus planteamientos fue- ran aceptados, aunque él nunca reconozca la autoría de los mismos y prefiera atribuirlos a la Comisión Or- ganizadora o al claustro de profesores. En los capítulos siguientes, VII al XIV, Campins reflexiona sobre los distintos grupos de asignaturas que componen el programa de estudios de la Academia General Militar. Como norma general, argumenta en todos ellos la necesidad que tienen los futuros oficiales de conocer al menos lo esencial de dichas asignaturas; el objetivo de la Academia no es, por consiguiente, que el cadete conozca y comprenda la totalidad de la ciencia militar, sino que se inicie en ella, puesto 278 que “... el verdadero estudio viene despues, en los libros, en el contraste con la realidad, en el trabajo cotidiano, que en esta carrera como en todas ha de ser asiduo, constante, pues si no, nos enmohe cemos y quedamos inútiles” (89>. Campins concede especial relevancia al estudio de la Historia Militar de España, acabando con la tradi- cional tendencia, seguida en anteriores centros milita- res de enseñanza, de magnificar la importancia de acon- tecimientos y campañas extranjeras. No deja el Jefe de Estudios de Zaragoza ningún asunto sin tratar, por nimio que parezca, si de él se deriva alguna enseñanza de provecho para los cadetes. Así resultan sorprendentes sus comentarios acerca de los conocimientos que un oficial debe tener sobre la “alimentación del soldado, porque, en todo momento, debe saber sobre sus hombres”.., como o que cantidad de calorías necesitan reponer” y sobre los alimentos “... debe conocer su naturaleza... y debe saber también como se condimentan (hasta cierto punto desde luego)” (90). Los capítulos XV y XVI los dedica Campins a anali- 89. Campins Aura, M., Op. cit., pág. 107. 90. Idem.,pág. 133. 279 zar la elección de Arma o Cuerpo por los cadetes y a unas consideraciones finales, respectivamente, sirvi~ndo- le estas últimas para dejar definitivamente fijada su posición respecto a la pretendida superioridad de los llamados Cuerpos Facultativos. 6.3. El fin de la Dictadura, la República y el cierre de la Academia El primer curso de la Academia General Militar, iniciado en Octubre de 1928, transcurrio con entera normalidad, pese a la creciente agitación de la vida politica nacional, que tuvo su punto culminante en el fracasado golpe militar contra la Dictadura del 30 de Enero de 1929. Aunque el Ejercito, en lineas generales, habia ofrecido un apoyo minimo a los conspiradores, la intentona -alentada una vez mas por la Artilleria- desilusionó profundamente a Primo de Rivera que, el 29 de Febrero, ordenó la disolución del Arma rebelde. La oposición a la Dictadura perdió temporalmente sus esperanzas de derrocar al régimen, pero, inesperadamente, los procesos incoados contra los principales cabecillas de la revuelta y las circunstancias que rodearon a di- chos procesos ejercieron sobre el Dictador un efecto negativo, hasta el punto de que vio sensiblemente mer- mada su reputación politica. La inestabilidad militar, sin embargo, no alcanzo a la Academia de Zaragoza. Franco se sentia comodo en 280 la ciudad, apartado de todo protagonismo politico y dedicado a lo que consideraba una importante tarea; los años zaragozanos fueron para el General, como afirma de la Cierva, “... seguramente la época más serena de su vida”. <91) Por su parte, el Coronel Campins también se mantenia alejado de los que conspiraban contra el regimen, y asi solicita y obtiene la autorización para realizar el curso de ascenso a general, que efectúa en la Escuela Superior de Guerra de Madrid entre el 15 de Abril y el 20 de Mayo de 1929 (92). El resultado de este curso es, una vez mas, brillante, y ello hace concebir al Jefe de Estudios de Zaragoza esperanzas de un rápido ascenso. El primer curso concluyó y el 1 de Octubre de 1929 se celebra en la Academia la ceremonia de apertura del nuevo. Para entonces, la Dictadura de Primo de Rivera habla entrado en su fase final y, desde el verano ante- rior, el Dictador habia prestado atención a algunas propuestas que le sugerian una retirada honorable de la escena política (93). En los primeros días del nuevo año los acontecimientos se precipitaron, al tener cono cimiento Primo de Rivera de una nueva conspiracion mili- tar contra su regimen, encabezada nada menos que por el prestigioso General Manuel Goded, comandante militar de Cádiz. 91. Cierva, R. de la, Op. cit., 1, pág. 307. 92. A.G.M., 1~ Seccion, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión <1929). 93. Martinez Cuadrado, M., ~ pág. 388. 281 En un acto sin precedentes, Primo de Rivera recaba públicamente la confianza de la jerarquía militar y obtiene unas respuestas poco satisfactorias. No obstan- te, como señala Carr, no fue la falta de entusiasmo de sus compañeros militares lo que obligó al General a presentar al Rey su dimision, sino la comprension de que el propio Monarca deseaba su partida (94). En efecto, Alfonso XIII, alarmado por los mensajes que le enviaba su tío, Capitán General de Sevilla, acerca de la inminencia de un pronunciamiento contra Primo de Rivera, decidió poner fin a su regimen dictatorial, logrando la renuncia del General el día 29 de Enero. Como indica Madariaga, “en lo esencial, la Dictadu- ra dejó a España en una situacion igual o peor que la que encontró” (95), tal vez debido a la incapacidad de Primo de Rivera para dotar a su régimen de una estruc tura sólida y duradera, o lo que es lo mismo, su incapa- cidad para crear algo con auténticas bases de estabili- dad. Probablemente, al General “le faltaba sentido polí- tico para crear y energía para actuar como verdadero dictador” <96>. Para el General Mola, el Rey cometió una grave torpeza al no haber prescindido de Primo de Rivera una vez conseguida la total pacificación de Marruecos, pues- 94. Carr, R., España 1808—1939, Op. cit., pág. 567. 95. Madariaga, 5. España. Ensayo de Historia contemporá-ET 1 w 241 98 m 516 98 l S BT nea, Madrid, 1979 , pág. 293. 96. Mola Vidal, E., Op. cit., págs. 269/270. 282 to que “la persistencia del régimen dictarorial había dado lugar a que las rebeldías cada vez se hicieran mas patentes, asi como la debilidad para reprimirlas, y que la opinión pública acusase al Monarca de unico sostén del sistema anticonstitucional” (97). Azaña abun- da en la misma opinión, y atribuye a los errores de la propia monarquía el hundimiento de la institucion, -que ya era perceptible tras la renuncia del Dictador-, al haber unido su suerte a la Dictadura Militar de Pri- mo de Rivera (98). Apartado el General del poder, Alfonso XIII confia- ba en una rápida normalizacion constitucional, y por ello encargó al Jefe de su Casa Militar, General Dámaso Berenguer, la formación de un nuevo gabinete, cuyo obje- tivo esencial seria el regreso a la legalidad constitu- cional de 1876. Sin embargo, las dificultades que desde el primer momento encontró el nuevo Jefe de Gobierno “confirmaban que, hasta en los sectores mas incondicio- nalmente monárquicos en 1923, los grupos políticos se habían vuelto extremadamente reticentes a colaborar o ni siquiera creer en la bondad de una posible vuelta al estado de cosas anterior a 1923” (99). En el plano militar el Gobierno Berenguer actuó rapidamente para calmar los ánimos del Arma de Artille- 97. Idem, pág. 245. 98. Azaña, M., Obras completas, Mexico, 1966-68, 1, pág. 22. 99. Martínez Cuadrado, M., ~ pág. 389. 283 ría y, mediante un Real Decreto de 15 de Febrero de 1930, reimplantó la “escala cerrada” y promulgó una amplia amnistía que permitía el reingreso de los arti- lleros expulsados; durante los meses siguientes, se revocaron la mayor parte de las modificaciones introduci das por Primo de Rivera en la milicia. De poco sírvio todo esto, porque, “de hecho, la Dictadura había liqui- dado al régimen” <100). Para lo que si sirvieron las medidas tomadas por el Ejecutivo fue para demostrar lo que muchos sectores de la vida nacional sospechaban -Campins, desde luego, estaba plenamente convencido de ello, tal como lo procla mo en numerosas ocasiones en sus escritos-, “que la oposición de los artilleros al régimen no se basaba primordialmente en su devocion por la libertad constitu- cional, sino mas bien en su preocupación por conservar los privilegios profesionales” <101). Este año de 1930 pudo ser el del ansiado ascenso del Coronel Campins al generalato, pero, por un lado la caída de Primo de Rivera, y por otro un nuevo Gobier- no empeñado en neutralizar -por medio de concesiones- a los sectores militares más díscolos, impidieron dicho ascenso que, de producirse, a buen seguro que, habría sido contestado por el amplio sector castrense tradicio- 100. Seco Serrano, C., Militarismo y civilismo..., 9p~ cit., pág. 362. 101. Payne, S.G., Op. cit., pags. 267-268. 284 nalmente opuesto a aquellos profesionales que habían realizado la mayor parte de su carrera en Africa y con- taban, como era el caso de Campins, con ascensos por méritos de guerra. Entre tanto, la vida académica continuaba en Zara- goza, donde, el día 15 de Julio de 1930, la primera promoción de la segunda época de “la General” concluía sus estudios en el Centro. Mes y medio antes -el 5 de Junio- el Rey y Berenguer habían presidido la jura de bandera de dicha promocion, dejando clara constancia del apoyo institucional a la Academia. En realidad, “Berenguer, que apreciaba a Franco tanto o más que Primo de Rivera, consolidó la Academia, donde no se notó para nada el cambio en otros aspectos delicados de la polí- tica militar” (102). Puede añadirse que Dámaso Berenguer podía sentirse doblemente satisfecho, puesto que si Franco dirigía la Academia, al frente de la Jefatura de Estudios estaba el Coronel Campins, al que sin duda profesaba similar afecto el Jefe del Gobierno y antiguo Alto Comisario en Marruecos. A finales del año 1930, cuando ya en Zaragoza se había iniciado un nuevo curso, la agitación política y las movilizaciones de masas en las grandes ciudades eran evidentes. El retraso gubernamental en la convocato 102. Cierva, R. de la, Op. cit., 1, pág. 319. 285 ria de elecciones y la extrema lentitud con que se ela- boraba el necesario censo favorecían las aspiraciones de los sectores republicanos; cada vez eran mas amplias las capas de la sociedad que consideraban que la normali zación de España pasaba antes por un cambio de régimen. En cuanto a los militares, la tónica general era de indiferencia política. No obstante, a comienzos de Diciembre estaban preparados para la accion dos pequeños grupos de conspiradores; uno, en Madrid, dirigido por el General Queipo de Llano y el Comandante de Aviación Ramón Franco; el otro, agrupado en Jaca en torno al Capitán Fermín Galán <103). Los conspiradores militares en colaboración con el denominado Comité Republicano, que reunía a los inte- grantes de la trama civil antimonárquica, proyectaron un pronunciamiento a favor de la República para el día 15 de Diciembre. Galán, sin embargo, anticipó su plan al día 12, proclamó la ley marcial en Jaca, arrestó a sus superiores y, al mando de una columna de 800 hom- bres partió- hacia Huesca, con el objetivo de obtener adhesiones que le permitieran posteriormente dirigirse a Zaragoza. “Galán se dejó llevar del impulso de su caracter rebelde; pero por la inexperiencia de sus pocos años, por el desconocimiento que tenía de la psicología 103. Payne, S.G. Op. cit., págs. 269-270. 286 de las multitudes y por la falta de práctica que propor- ciona el mando de efectivos de cierta importancia en operaciones de guerra, vió desvanecerse en pocos instan- tes sus optimismos” (104). En efecto, la columna de Galán tropezó, desde el momento mismo de su constitucion, con dificultades que, a la postre, se revelaron insalvables, y sólo pudo avan- zar hasta las afueras de Huesca. Mientras tanto, el Gobierno se había puesto en contacto con el Capitán General de Zaragoza, ciudad en la que, por otra parte, no pasaba nada, aunque era perceptible una cierta agita- cion entre los trabajadores del ferrocarril y en ciertas fábricas (105). Las fuerzas sublevadas y una columna gubernamental enviada desde Zaragoza tomaron contacto en la mañana del día 13. La lucha fue breve y desigual; los rebeldes se rindieron y, tras un consejo de guerra sumarísimo, celebrado en la mañana del domingo día 14, el Capitán Galán y su segundo, el también Capitán García Hernández, fueron condenados a muerte y ejecutados esa misma tarde. Según Brenan, “esta apresurada ejecución de dos oficia- les en una tarde de domingo causó más perjuicio al “rey caballero” que todo lo que anteriormente pudiera haber hecho” (106>. 104. Mola Vidal, E., Op. cit., pág. 507. 105. Tuñon de Lara, M., La España del siglo XX, 1, ~ cit., pág. 253. 106. Brenan, G., Op. cit., pag. 107. 287 Los acontecimientos de Jaca se vivieron en la Acade mia General Militar con cierta inquietud, no en vano era Zaragoza el destino final de los sublevados. En la tarde del día 12, Franco fue informado de la situa- cion por la Capitanía General y, bien siguiendo instruc- ciones de sus superiores <107), o por propia iniciativa (108), desplegó a sus cadetes cubriendo la carretera de Huesca, bajo las órdenes directas del Coronel Campins. No fue necesario intervenir, pero el gesto de claro apoyo al Gobierno y al Rey es merecedor, junto con las restantes unidades de la 5~ Región Militar, de una feli- citacion colectiva que, en el caso de Campins, se anota en su Hoja de Servicios (109). La Academia, una vez mas, se mantiene al margen del apasionamiento político y leal a la institución monarquica y al Gobierno; no es extraño, por consiguiente, que tanto Franco como Campins participen meses más tarde -ya con el Gobierno Aznar, último de la monarquía- en las causas seguidas contra los sublevados de Jaca. Concretamente, Campins actuó de fiscal -Franco de vocal del tribunal- en el consejo de guerra celebrado en la ciudad pirenaica de jefes, oficiales y clases de 2~ categoría de la guarni- ción sediciosa (110). En Madrid, el 15 de Diciembre, los militares compro 107. Hilís, G., Op. cit., pág. 159. 108. Cierva, R. de la, Op. cit., 1.1 pág. 330. 109. A.G.M., 1~ Sección, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1930). 110. Idem, idem (1931). 288 metidos no desencadenaron las acciones previstas, y unícamente Queipo de Llano y Ramón Franco intentaron sin éxito movilizar a sus compañeros; sus actuaciones adquirieron en algunos momentos caracteres grotescos y, al final de la jornada, ante el evidente fracaso tomaron el camino del exilio. Varios integrantes del Comité Republicano fueron encarcelados, entre ellos Alcalá Zamora, Largo Caballero, Maura, Casares Quiroga y Fernando de los Ríos, otros huyeron al extranjero y alguno mas, como Azaña y Lerroux se escondieron en Madrid. Tras el breve paréntesis navideño se puso de mani- fiesto que el Gobierno Berenguer tenía sus días contados, pues a nadie inspiraba confianza. Berenguer dimite y el Rey, desbordado por los acontecimientos comete la imprudencia de encargar la formación de un nuevo Gabine- te a José Sánchez Guerra. Es el fin de la monarquía, por más que un ardid del conde de Romanones propicie la formacion de un último Gobierno monárquico presidido por el Almirante Aznar, y en el que el General Berenguer se mantiene al frente del Ministerio de la Guerra. Este Gobierno, decidido a retornar al régimen parlamentario, convoca elecciones municipales para el día 12 de Abril y, ante la sorpresa general, los republicanos obtuvieron mayoría en 41 capitales de provincia, si bien las candi- daturas monarquicas vencieron claramente en el medio rural. Pese a que, como señala Seco Serrano (111), Roma- 111. Seco Serrano C., Militarismo y civilismo..., 9p~ cit., pág. 372. 289 nones había planteado la alternativa -Monarquía-Repúbli- ca- que iba a decidirse en aquellas elecciones, parecia, no obstante, excesivo hacer depender la supervivencia del régimen monarquico de una consulta electoral que sólo pretendía la renovacion de los municipios. Sin embargo, a medida que se fueron conociendo los resulta- dos, la opinión pública comenzo a manifestarse a favor de la República (112); claro está que tales manifesta- ciones tenían lugar, principalmente, en las grandes capitales, consideradas a la postre por el Rey y la mayor parte del Gobierno como expresion “ de la voluntad política del país” (113). Esta actitud gubernamental y la pasividad del Ejér- cito -a la que sin duda había contribuido un telegrama enviado a las autoridades militares por el General Beren guer- fueron determinantes para que el 14 de Abril se proclamara la República, efectuándose inmediatamente un traspaso de poderes al Comité republicano- que ya actuaba como Gobierno provisional- y decidiendo el últi- mo Consejo de Ministros de la Monarquia, presidido por Alfonso XIII, la renuncia del Rey y su salida del terri- torio nacional ese mismo día. El triunfo republicano, que Madariaga considera que no fue tal, “... bastará para probarlo el examen del mapa político de España en la primavera de 112. Martínez Cuadrado, M., ~ pág. 393. 113. Cierva, R. de la, Op. cit., 1, pág. 336. 290 1931” <114), se conoció en la Academia General Militar de Zaragoza por distintas fuentes. El Capitán General de la Región fue relevado el día 17, y su sustituto tuvo que anticipar a Franco una orden por escrito para que éste accediera a sustituir la bandera bicolor por la nueva enseña republicana (115). El Director de Zara- goza estaba dispuesto a acatar la nueva legalidad, pero no a hacerlo sin que se cumplieran antes las formalida- des de rigor. Proclamada la República, puede afirmarse que la actitud del Ejército hacia ella fue totalmente pasiva. No se esperaban grandes transformaciones en el país a causa del nuevo régimen, pero sí había en los profesio nales de la milicia una cierta esperanza de que por fin la sociedad española pudiera librarse de las coaccio nes ejercidas por el Gobierno (116). Inicialmente se desconocía cual iba a ser la políti- ca militar de la República,pero fueron suficientes unos días para que el nuevo Ministro de la Guerra, Manuel Azaña, diera a conocer y, al mismo tiempo, pusiera en práctica las reformas que consideraba necesarias e im- prescindibles en la institución militar. Azaña estimaba que los principales responsables del retraso de España eran la Iglesia y el Ejército y, con respecto a este 114. Madariaga, 5., de Op. cit., pag. 312. 115. Cierva, R. de la, Op. cit., 1, pág. 336. 116. Payne, S.G., Op. cit., pag. 277. 291 último, creía que “la ambición de los militares y sus interferencias con el poder civil eran uno de los mayo- res obstáculos institucionales que se oponían a la moder nización del país” (117). El 25 de Abril, once días después del nacimiento de la República, Azaña inició su labor, con unos obje- tivos que él mismo define de la siguiente manera: “En las reformas de Guerra se ha buscado principalmente una cosa muy sencilla, pero hasta ahora inexistente en España; no se ha buscado más que dotar a la República de una politica militar, que no existía en nuestro país desde finales del siglo XVIII” (118). Ese mismo día, la Academia General Militar prestó la promesa de fide- lidad a la República; el Decreto que exigía tal pro- mesa, publicado en la “Gaceta de Madrid” el día 23, se llamó “de sumision”, puesto que Azaña deseaba que cada militar prometiera individualmente y firmara y ratificara públicamente el acatamiento al nuevo régimen, si bien en términos estrictamente profesionales, no ideológicos. Franco y Campins, como la práctica totali- dad del Ejército, no tuvieron inconveniente en proseguir sus respectivas carreras militares bajo la República, aunque en los próximos meses ambos se van a ver afecta- dos por el Decreto de disolución de la Academia. 117. Idem., pág. 278. 118. Azaña, M., Op. cit., 1, pág. 85. 292 Como un anticipo de lo que se avecinaba, el 26 de Abril una orden ministerial anula la convocatoria del próximo ingreso en la Academia General, alegando que entre los futuros oficiales debería haber también individuos procedentes de las clases de tropa. El inte- rés del Ministro por contar con oficiales de esa proce- dencia era verdadero, como demostrara mas tarde con las medidas encaminadas a lograr una mayor presencia de las “clases populares” en los cuadros de la oficia- lidad, pero en Abril de 1931 lo que le interesaba era paralizar el proceso administrativo a fin de que no hubiera posibilidad legal de que se iniciara el próximo curso académico en Zaragoza. El sistema seguido por Manuel Azaña para imponer sus reformas a la institución militar <*), fue objeto de numerosas críticas en su momento y todavía hoy divide a los historiadores, pues, aun considerando que tales reformas fueran necesarias y beneficiosas para la mili- cia y el país, el modo de llevarlas a la práctica -a menu do por sorpresa y con el unico asesoramiento del denomi- nado por el Ministro “gabinete militar”, mas conocido en los cuarteles por “gabinete negro”- irritaba profunda mente a los militares de forma, la mayor parte de las veces, absolutamente innecesaria. Azaña, al que, a juicio de Madariaga, le asistía <‘a) Reformas que, con excepcion del cierre de la Acade- mia General Militar de Zaragoza, fueron analizadas en el capítulo 2 de esta tesis. 293 plena razon en cuanto al propósito de las reformas mili- , “... no anduvo tan acertado en cuanto a su manera de alcanzarlo. Era hombre tímido y dado a ocultar lo que quizá en el fondo fuera debilidad de carácter bajo una mascara rebarbativa y una seca austeridad en el trato social. Era de pocas palabras, salvo con los in- timos, cerrado y taciturno con los jefes del Ejército, y en lugar de conquistarse a algunos con la confianza de planes compartidos, les impuso a todos sus decisiones en una serie de hechos y medidas que, a pesar de tocar a la carne viva de sus intereses y privilegios permane- cian ocultos en el secreto de la intención del Ministro hasta que los militares se enteraban por la prensa. Así, se fueron infligiendo a este servicio, que había sido siempre el más mimado de España, una serie de heri- das morales que le causaron quizá mas resentimiento todavía que el perjuicio material que implicaban” (119). Payne también lo entiende así, aunque se muestra mucho más duro a la hora de enjuiciar los procedimientos seguidos por Manuel Azaña, hasta el punto de que, a su juicio, no fueron las reformas en cuanto tales lo mas importante de las medidas tomadas por el Ministro de la Guerra de la República, sino la manera como se llevaron a cabo. “En todos estos cambios, lo que impor- taba no era simplemente reorganizar las Fuerzas Armadas y eliminar de la vida política la influencia del Ejérci- 119. Madariaga, 5., Op. cit., págs. 336/337. 294 to, sino destruir lo que se calificaba de viejo “espíri- tu militar” español. No se trataba simplemente de refor- mar, sino, como dijo el propio Azaña, de “triturar” lo militar. Azaña no perdía casi ocasión de humillar al Ejercito en tanto que institución o a los mandos en tanto que grupo profesional; quería dejarles bien sentado que no eran mas que un sector sin importancia de la burocracia estatal” (120). Tuñón, sin embargo, no lo interpreta de esta manera, puesto que en su opinión las reformas eran de carácter técnico, “... ya que Azaña -contra lo que ha dicho una propaganda partidista que jamas argumentó a partir de los hechos-, no solo no se propuso destruir el Ejército, dislate integral para su concepción del Estado y de la política, sino que no intentó tan siquiera algo que hubiera sido mucho mas consecuente: crear un ejército republicano. Azaña creía posible el apoliticismo del Ejército, creencia que pagó muy cara” <121). Una de las medidas más duras del Ministro de la Guerra y que mas afectó a una parte del Ejército, fue el cierre de la Academia General Militar. Una vez mas, el Decreto de disolución, de fecha 30 de Junio de 1931, cogió por sorpresa a todo el mundo y especialmente a los afectados directamente por el mismo: Franco, Campins, 120. Payne, S.G., El Ejército, la República y el estalli do de la Guerra Civil, en CARRI R. (Editor), Estu-ET 1 w 484 98 m 518 98 l S BT dios sobre la República y la Guerra Civil española , Barcelona, 1971, págs. 110-111. 121. Tuñón de Lara, M., La España del siglo XX, Op . cit., II, pág. 298. 295 profesores y cadetes de Zaragoza. Las razones que hacian aconsejable la medida y que alegaba Azaña en el texto oficial del Decreto pueden resumirse en dos puntos: La nulidad del Decreto de la Dictadura que la había creado y lo desproporcionado de la Academia General. “En realidad, Azaña se atuvo -en tanto no llegara una Ley Constitutiva de mayor envergadura, respaldada por las Cortes- al restablecimiento de lo que conside- raba legal -la Ley Cierva de 1918- frente a toda la obra de la Dictadura, producida arbitrariamente y al margen del Parlamento. La Cierva había establecido, de acuerdo con el criterio fijado por López Domínguez en 1892, el sistema de Academias separadas: a ello se atuvo Azaña, atento a las críticas siempre vivas de artilleros e ingenieros y a un criterio de economia presupuestaria ineludible en plena crisis” (122). Ciertamente, si el fundamento legal de buena parte de las reformas militares de Azaña consistía en invali- dar toda la legislación producida durante la Dictadura, ateniéndose a las disposiciones anteriores a la misma, el Decreto de disolución de Zaragoza puede considerarse impecable. Ahora bien, sin duda existían otras razones de tipo político que hacian aconsejable su cierre y, entre ellas, no puede desdeñarse el hecho de que la Academia General “era considerada como enemiga del nuevo 122. Seco Serrano, C., Militarismo y civilismo..., 9~ cit., pág. 388. 296 ejército republicano, ya que la mayor parte de sus pro- fesores eran africanistas y partidarios de inculcar un rigido espíritu castrense entre los cadetes” (123). No debe olvidarse tampoco la resistencia de Franco a izar la bandera republicana al producirse el cambio de régimen ni, como apunta de la Cierva (124), la posi- ble “venganza” de los artilleros presentes en el “gabi- nete militar” del Ministro, por las polémicas internas de la Dictadura, toda vez que conocemos la oposición de Franco y Campins (y en general de todos los africanis tas) a los planteamientos profesionales sostenidos por artilleros e ingenieros. No cabe duda que, si tal como indica Alonso Baquer: la restauración de la Academia General Militar, la puesta en servicio de las Escuelas de Aplicacion y el creciente indiferentismo hacia los partidos, jalo- nan las etapas de un proceso correcto de recomposición de la solidaridad castrense, rota por las Juntas y por los sucesos e ideas que las hicieron posibles” (125), el cierre de Zaragoza era una medida que favorecía la división que empezaba a producirse en las filas del Ejército y que culminaría en el enfrentamiento de 1936- 1939. Uno de los principales protagonistas de la subleva- 123. Payne, S.G., Los militares y la política..., 9~ cit., pág. 280. 124. Cierva, R. de la, Op. cit., I,pág. 345. 125. Alonso Baquer, M., Op. cit., pag. 255. 297 cion que precederá a la Guerra Civil, el General Emilio Mola, opinaba así de la institución zaragozana: la Academia General de Zaragoza fue la escuela militar mejor orientada que hemos tenido; casi me atrevo a decir que no existe hoy ningun centro de enseñanza oficial en España que se le pueda comparar en organizacion téc- nica, ni en perfección pedagógica... el General Franco y el Coronel Campins, almas de dicho establecimiento -que habrá de volver si alguna vez se desea tener Ejér- cito-, acabaron con la indisciplina que ya se iba infil- trando en los colegios especiales; con el desdén que los alumnos de unas Academias sentían por los de otras; con los escolares enclenques, melenudos y plagados de lacras fisiológicas; con el escandaloso negocio de los libros de texto... con las disciplinas sin aplicacion práctica en la carrera; con las interminables horas de estudio.., la Academia General Militar causó admira- cion a cuantos profesionales extranjeros la visitaron. Por ser un acierto del Dictador fue condenada a muerte por el Sr. Azaña” (126). El largo enfrentamiento (1931-1936) mantenido por Mola con Manuel Azaña (*), puede inducir a considerar sus manifestaciones acerca de la Academia y su cierre como partidistas, y producto de su animadversion hacia 126. Mola Vidal, E., 9p~4., pág. 1027. (*) En 1931, Mola permaneció en prisión dos meses lar- gos. Cuando fue liberado no pudo reanudar su carre- ra militar hasta 1934. — —~-——— ~ 298 el Ministro de la Guerra. Sin embargo, resulta sorpren- dente su análisis, sobre los logros academicos que, casi punto por punto, coinciden con los planteamientos del Jefe de Estudios de Zaragoza, Coronel Campins. La explicacion a esta coincidencia de ideas entre el futuro “Director” del Alzamiento y una de las “almas” de la General, hay que buscarla, tanto en el paralelismo exis- tente entre sus respectivas carreras militares -Africa, aviación, ascensos por méritos de guerra, recompensas, etc-, que a buen seguro hizo posible el intercambio de pensamientos e ilusiones, cuanto en la sólida forma- cion intelectual de ambos militares, influidos sin duda por el estudio de las mismas fuentes. En efecto, al analizar las “Normas pedagógicas~~ -el libro inédito de Campins- ya quedó demostrada la influencia que determinados autores tuvieron en la forma ción de su pensamiento, como es el caso de Francisco Giner de los Rios y, en general, toda la doctrina peda- gogíca emanada de la Institución Libre de Enseñanza. Mola, por el contrario, nunca ocupó un destino similar al de Campins en Zaragoza y, por consiguiente, nunca tuvo necesidad de documentarse a fondo sobre el tema, pero es evidente que ambos no podían ignorar -y mucho menos Mola, que era un militar que había ocupado un puesto político- el libro “El Ejército y la Política” del Conde de Romanones, editado en 1920; libro que, además de tratar aspectos relativos a la organización militar y al presupuesto de guerra, se detiene en cues- tiones como la carrera militar, la vocación, el profeso- 299 rado, los planes de estudios y un largo etcétera, con una acertada visión de conjunto de lo que debería ser la enseñanza militar, constituyendo a buen seguro un claro precedente de los estudios de Campins y, desde luego, un punto de referencia para todos los militares del í~-~ tercio del siglo que demostraron tener inquietu- des intelecturales (127). Al margen de estas opiniones sobre la Academia General Militar y su disolución, es preciso destacar la postura crítica que adopta el liberal y republicano “Heraldo de Aragón” al reseñar el Decreto de cierre de Zaragoza. El diario califica de “personalista” la decisión del Ministro de la Guerra y prodiga grandes alabanzas hacia la institución académica a la que consi- dera “modelo que honra a España y al Ejército” (128). El periódico zaragozano siempre se mostró, en realidad, como defensor de la Academia y de sus objetivos, pese al ideario que profesaba; desde el momento en que la creación del Centro tomo cuerpo, y luego, durante su consolidación definitiva, el “Heraldo” fue testigo pri- vilegiado de las dificultades sin numero que hubo que salvar y también de los días de gloria. Sirva como ejem- pío de estos últimos la visita, efectuada en Octubre de 1930, del Ministro de la Guerra frances, André Magi- not -que prestaría su nombre a la inútil línea defensiva 127. Figueroa y Torres, A. de . En fin, terminaba 1933 y terminaba también para el Coronel Campins un nuevo año en su destino de Gerona; un año que habia comenzado mal, rectificándole su anti- guedad en el empleo de Coronel, pero que finalizaba con el reconocimiento en su Hoja de Servicios de los extraordinarios prestados con motivo -del proceso revo- lucionario. En Mayo, Campins había ingresado en el Cua- dro del Servicio del Estado Mayor del Ejército y en Diciembre, al mando de una heterogenea agrupación de fuerzas -algo nada difícil para él, que mandó en Africa diversas columnas de similar composicion- participó en las clásicas maniobras de la Brigada de Montaña. Un año más sustituyó al Jefe de su unidad en cinco opor- tunidades, mandando la Brigada y la Comandancia Militar de Gerona durante un total de 34 días (24). 1934 comienza con la preparacion PO~ parte del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) de un movimien- to de carácter revolucionario; mientras, el Partido 23. TamaT~s, R., La República. La era de Franco, Madrid, 1983 , pág. 176. 24. A.G.M., 1~ Seccion, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1933). 327 Radical registra una importante escisión, la del grupo liderado por Diego Martínez Barrio, que también deja el Ministerio de la Guerra donde sera sustituido por el notario Diego Hidalgo. La votación de una “Ley de Amnistía”, que permite el regreso del exilio de los politicos que colaboraron con la Dictadura y perdona a los conspiradores de la “sanjurjada”, provoca una nueva crisis política, que se salda con la formación de un nuevo Gobierno presidido por el radical valenciano Ricardo Samper. No obstante, la situación social seguía siendo conflictiva; las huelgas y los enfrentamientos de los trabajadores con las fuerzas de orden público eran contí nuos; la violencia de los grupos de uno y otro signo provocaba numerosas muertes y agrandaba la profunda división que ya existía en la sociedad española; Catalu- ña y el País Vasco tambien se enfrentaban al Gobierno central por diferentes cuestiones. En suma, la sensacion de crisis generalizada y de incapacidad gubernamental para encauzarla se percibía en toda España, asi como el peligro que esta situación entrañaba y que podía desembocar en un estallido revolucionario de imprevisi- bles consecuencias. Las dificultades del Gobierno para frenar la agita- ción y cortar la violencia tenían un curioso contrapunto en el desarrollo de una política militar “apaciguadora”, en la que mucho tuvo que ver la elección para la Cartera 328 de Guerra de Diego Hidalgo Durán, que permanecería duran te diez meses al frente de la misma. Hidalgo, terrateniente extremeño, notario de profe- sión y empresario de éxito, no era experto en cuestiones militares ni se sentía especialmente atraído por la problemática castrense. Pero Alejandro Lerroux vio en él “al hombre con autoridad, con capacidad de conocer los problemas esenciales de la institución militar y de darles solución, valiéndose sobre todo del sentido comun, del hábito de organizar y de la costumbre de mandar” (25). Hidalgo era plenamente consciente de su falta de conocimientos específicos sobre el tema militar, situa- cion ésta que nunca trató de ocultar, puesto que como él mismo reconoce: “No tenía títulos para emprender reformas de enjundia, de raigambre; me consideraba peque ño para acometer esas reformas sin un previo estudio y sin previo asesoramiento” (26). Ahora bien, es induda- ble que esa falta de preparación trató de supliría con profesionalidad política y con una clara disposicion de servir a España: “Yo llegué al Ministerio de la Guerra lleno de españolismo, de amor a España y al Ejército, lleno de buena fe y sediento, fervorosamente sediento, 25. López, E., Alvarez, J., Espadas, M. y Muñoz, C., Diego Hidalgo. Memoria de un tiempo difícil, Madrid 1986, pag. 152. 26. Hidalgo Durán, D., Porqué fui lanzado del Ministerio de la Guerra. Diez meses de actuación ministerial , Madrid 1934, pág. 38. 329 de poner un grano de arena en la reorganización del Ejército, tan necesitado de ella; sediento de hacer algo para enaltecerlo; sediento de hacer algo para dotar al Ejército de lo necesario para que fuese eficiente y sintiese en el orden material y en el espiritual de que tan necesitado estaba y aun esta...” (27). En clara sintonia con la política militar del Par- tido Republicano Radical, al que pertenecía, Hidalgo inició su gestión en Guerra con la intención de “sutu- rar las heridas, algunas todavía muy abiertas, de los damnificados por las reformas del primer bienio republi- cano, sin que ello supusiera tampoco un retroceso a la situación anterior a 1931’ (28). Así, diez días des- pués de haber tomado posesion de su cargo, Hidalgo am- plió los plazos establecidos por Azaña para eliminar los puestos que fuesen quedando vacantes en las distin- tas Armas y empleos. “Allí donde Azaña había dispuesto imponer el maximo de reducciones, Hidalgo decretó que sólo se suprimiesen tres de cada cuatro puestos que quedasen vacantes, mientras que el cuarto sería abierto, permitiendo asi nuevos ascensos’ <29). Al mismo tiempo, la escasez de profesionales idóneos para cubrir determinados puestos -dado el estado en 27. Sesión de Cortes del 07.11.34, contestación de Diego Hidalgo al diputado Fernández Ladreda, citado por López, E., y otros, Op. cit., pags. 152-153. 28. Lopez, E., y otros, Op. cit., pag. 154. 29. Payne, S.G., Los militares y la política..., 9~ cit., pág. 307. ~ ~ 330 habían quedado las escalas- fue solucionado por Hidalgo con la creación de un cuadro de eventualidades, “consti- tuido por el 10% de la plantilla de cada Arma o Cuerpo en los empleos de coronel y de teniente coronel” (30). Otra de las cuestiones mas espinosas que enfrentó a Azaña con los militares fue la de los ascensos por méritos de guerra, y la rectificación de la antiguedad a los afectados por el Decreto de 28.01.33. Hidalgo no estaba de acuerdo con esta medida de su predecesor y, en un gesto que tiene mucho de simbólico por lo que el General Franco representaba en aquellos momentos, ascendió a éste a General de División el 27 de Marzo de 1934. Posteriormente, mediante un proyecto de Ley que sometió a las Cortes el 27 de Octubre, Hidalgo “re- habilitaba la antiguedad de sus empleos a los generales, jefes y oficiales ascendidos por méritos de guerra des- pués del 13 de Septiembre de 1923 y que fueron colocados al final de sus respectivas escalas”, tal como recogía el propio texto legal. La admiración y el afecto que Diego Hidalgo sentía por Franco motivó su decision de ascenderlo a divisio- nario. El mismo Hidalgo ha dejado constancia escrita de su opinión sobre el General, de la que puede entre- sacarse el siguiente párrafo. “Entregado totalmente a su carrera, posee en alto grado todas las virtudes mi- 30. López. E., y otros, Op. cit., pag. 156. 331 litares, y sus actividades y su capacidad de trabajo, su clara inteligencia, su comprension y su cultura es- tan siempre al servicio de las armas” (31). La decisión del Ministro de devolver la antigue- dad contraída por los militares ascendidos por méritos de guerra, supuso para el Coronel Campins recuperar varios años de la misma en su actual empleo, que conti- nuaba ejerciendo en Gerona al mando de la 1~ Media Bri- gada de la 1~ de Montaña y alternándolo, como en años anteriores, con el mando efectivo de la Brigada y de la Comandancia Militar de la plaza en ausencia del Gene- ral en Jefe -cuatro veces y ciento seis días en total en 1934- . La estrella de Campins, hasta entonces siem- pre en candelero, parecía haberse eclipsado después de su salida de Zaragoza; pero no era asi, porque una Orden del Estado Mayor Central del Ejército lo convoca, el 8 de Septiembre, para asistir a las maniobras de los Montes de León y “formar parte de los cuadros para los servicios de arbitraje y simulación de fuegos” (32). Estas maniobras, a las que Campins concurrió a finales de Septiembre, no tuvieron nada de rutinarias pues, a los objetivos generales que se persiguen con esta clase de ejercicios, se unia en esta oportunidad un objetivo político: “La intimidación de quienes tenian ya muy adelantada la preparación del movimiento revolu- 31. Hidalgo Durán, D., Op. cit., pag. 77. 32. A.G.M., 1~ Seccion, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivision (1934). 332 cionario” (33). Hidalgo tuvo que imponerse en el Consejo de Ministros para sacar adelante las maniobras, critica- das con dureza desde la oposicion socialista y comunista, pero, en su opinión, “era absolutamente necesario que se celebraran, porque lo contrario hubiera sido una claudicación, una muestra de impotencia del Gobierno de la República” (34). En efecto, tras un verano plagado de conflictos y de agitacion campesina, el Gobierno -que cambiaria el día 4 de Octubre, con la vuelta de Lerroux a la Pre- sidencia y la entrada de tres ministros de la CEDA- era consciente de los movimientos revolucionarios que se preparaban y que tendrían en Asturias y Cataluña sus dos poíos de mayor actividad. Las autoridades, por consiguiente, habían tomado algunas medidas de preven- ción, y las maniobras de los Montes de Leon, en las que participaron dos Divisiones con unos 23.000 hombres, podían considerarse una de ellas. Se ha pretendido explicar el estallido del proceso revolucionario de Octubre como la reacción de la izquier- da republicana a la entrada de la CEDA en el Ejecutivo, pero ello no parece muy convincente, puesto que “nadie puede imaginar que la decisión de Alcalá-Zamora aceptando ministros cedistas provocase la subversión. En 48 horas no se organiza un despliegue ofensivo como el de Cataluña 33. López, E. y otros, Op. cit., pag. 167. 34. Hidalgo Durán, D., Op. cit., pag. 148. 333 y Asturias, y el nombramiento fue el 4 y la subversión el 6” (35). Refuerza esta hipótesis el descubrimiento por la Guardia Civil el 11 de Septiembre, de un importan te alijo de armas que es desembarcado en la costa astu- riana con destino a las cuencas mineras. El barco que lo transportaba y algunos implicados logran escapar, mientras que una parte de las armas consigue llegar a su destino. Las maniobras de finales de Septiembre -siete días en total- estuvieron dirigidas por el General López Ochoa y a ellas asistió Franco como observador. El día de la clausura Hidalgo acompañó al Presidente de la República. Después de tres años era la primera oportunidad que tenía Campins de ver a Franco y, pese a que no hay constancia documental de ello, ambos militares sin duda intercambiaron opiniones profesionales sobre el desarro- lío de los ejercicios y tal vez comentaron aquellos aspectos de la legislacion azañista que, como la cues- tión de la antiguedad en el empleo, a ambos había afec- tado. En cualquier caso, poco se sabe de este hipotéti- co encuentro en los Montes de León, aunque si puede afirmarse que Campins, finalizadas las maniobras, siguió teniendo en gran estima a Franco, lo que indica que 35. Sevilla Andrés, Diego, Historia política de España 1800—1967, Madrid, 1968, pág. 492. 334 nada fuera de lo normal sucedió en ellas. El Coronel Campins regresa a Gerona el día 6 de Octubre y se incorpora a sus anteriores cometidos. Fran- co, con permiso de Hidalgo, viaja a Asturias y el día 5 de Octubre pasa por Madrid camino de su destino en las Baleares. Ese mismo día se inicia la revuelta en las cuencas mineras del Principado, e Hidalgo nombra a Franco su consejero y le autoriza a que se instale en el Ministerio de la Guerra junto a un reducido grupo de colaboradores. El Ministro justifica su decisión -que de alguna forma dejaba en mal lugar a altos mandos del Ejército- por el conocimiento que Franco tenía de Asturias y porque “un Ministro tiene siempre el derecho y el deber de buscar libremente quien le asesore, ayude y acompañe” (36). También el día 5 se declara una huelga general en Barcelona, con el pretexto de que la entrada de la CEDA en el Gobierno podía suponer un recorte de compe- tencias del Estatuto catalán. Al día siguiente, Lluis Companys, Presidente de la Generalidad, proclama el “Estat Catalá” dentro de la República Federal Española. La reaccion del Gobierno central no se hace esperar y ordena al General Domingo Batet, Jefe de la 4~ División orgánica, que declare el estado de guerra en toda Cata- luña. 36. Hidalgo Durán, D., Op. cit., pag. 81. ~ ~ 335 Batet desoyó la pretensión de Companys, que le ordenó ponerse a su servicio y, por el contrario, en pocas horas liquidó la sublevación catalana con las fuerzas a sus ordenes, resistiendo a las milicias de la Alianza Obrera, a los Guardias de Asalto de la Gene- ralidad, a los “mozos de escuadra” y a las Juventudes Nacionalistas que mandaba el Consejero de Gobernacion. El nerviosismo de Hidalgo en la noche del 6 al 7 de Octubre fue contrarrestado por la prudencia de Batet, cuya acertada actuación en Barcelona evitó una tragedia de mayores proporciones (37). Tal como señala Balcelís, “ el examen de los suce- sos del 6 de Octubre da la impresión de que el Gobierno presidido por Companys no acompañó su gesto de rebeldía con una auténtica revuelta armada. Si bien por un lado el Gobierno de la Generalitat tomó formalmente la ini- ciativa, quienes la tomaron realmente fueron el Ejército y el poder central” (38). El gesto de Companys en Barcelona fue secundado por los comités revolucionarios que se habían formado en Sabadell, Vilafranca y Palafrugelí, pero el curso de los acontecimientos aconsejo su rápida disolucion (39). En Gerona sucedió algo parecido, pues también se creo un comité revolucionario, al que desde el primer 37. Jackson, G., La República ~spañola y la Guerra Civil , 1931-1939, Barcelona, 1981 , pág. 147. 38. Balcelís, A., Historia Contemporánea de Cataluña , Barcelona, 1983, págs. 282-283. 39. Idem., idem. 336 momento se opusieron las fuerzas del Coronel Campins. En efecto, el Coronel, que el mismo día 6 se incor- poraba a su guarnición tras las maniobras leonesas, tuvo inmediato conocimiento de la orden cursada por el General Batet de proclamar el estado de guerra en la region. Ya fuera por ausencia del General en Jefe -hipótesis poco probable, puesto que Campins se incorpo- raba ese mismo día- o porque éste delegó en su segundo la ejecución de las operaciones militares, lo cierto es que Campins fue el responsable del fracaso del movi- miento revolucionario en Gerona. La lectura pública del bando redactado por Batet produce la primera y única víctima de la revuelta, el Comandante de Estado Mayor Otero. Luego, las acertadas disposiciones de Campins y el impecable despliegue de sus fuerzas por los centros neurálgicos de la ciudad, lograron vencer en pocas horas los focos de resistencia. Los servicios extraordinarios “ prestados por el Coronel en la noche del 6 al 7 de Octubre -tal como recoge su Hoja de Servicios- culminan en las primeras horas del día con el control total de Gerona y el encarcelamiento de las autoridades y elementos subversivos (40). Entre tanto, la insurrección proseguía en Asturias, 40. A.F.C., resumen biográfico del General Campins rea- lizado por su hijo Don Miguel Campins Roda. 337 región que no fue posible controlar militarmente hasta dos semanas más tarde, cuando la conjunción de diversas fuerzas -entre las que se incluían unidades del Tercio y de Regulares de Marruecos-, al mando del General Ló- pez Ochoa, lograron tomar Oviedo y el último punto de resistencia, Sama de Langreo. Payne indica que “el comportamiento del Ejército en el aplastamiento de la insurreccion revolucionaria de Octubre de 1934 fue, en lo relativo a su responsabili dad política, excelente” (41). Sin embargo, es muy posi- ble que, tal como reconoce de la Cierva, el movimiento revolucionario y la intervención militar contribuyeran “a que se perfilasen mas dos minorías, una de derecha y otra de izquierda, cada vez dotadas de mayor agresivi- dad y de mayor potencia disgregadora dentro de la gran familia militar” (42). Azaña aun va más lejos al consi- derar a Octubre y la represión que le siguió como el “prólogo de la Guerra Civil” (43). La cuestión de la represión en Asturias -puesto que en Cataluña no se llevó a cabo-, encargada a la Guardia Civil tras el cese de las operaciones militares, levantó una enorme polémica en el país y, pese a los 41. Payne, S.G., El Ejército, La República..., 2p~4., pag. 114. 42. Cierva, R. de la, Historia de la Guerra Civil Espa-ET 1 w 274 137 m 517 137 l S BT ñola, Madrid, 1969., 1, pág. 445. 43. Azaña, M., Causas de la Guerra de España, Barcelona, 1986, pág. 30. 338 esfuerzos desplegados por López Ochoa para no implicar al Ejército en la misma, se pudieron comprobar algunos excesos protagonizados, principalmente, por las tropas procedentes del Ejército de Africa que mandaba el Tenien te Coronel Yagiiie. Tanto Hidalgo como Franco fueron ob- jeto de numerosas críticas, no sólo por la represion de los revolucionarios asturianos, sino también por las decisiones -o tal vez indecisiones- adoptadas duran- te el conflicto. El Presidente de la República, para quien “las consecuencias políticas de la rebelión de Octubre fueron inevitablemente contrarias al espíritu de progreso (44), estimaba que el Ministro de la Guerra, “inteligen- te y culto notario, actuo en el palacio de Buenavista (*) como hubiera podido hacerlo en su notaría, aportan- do el asesoramiento jurídico al verdadero otorgante, Franco, y poniendo luego el signo, firma y rúbrica” (45). Evidentemente, el General Franco y el responsable de la cartera de Guerra no gozaban del favor de Don Nieto; pero incluso en el propio Ejército, en el que 44. Alcalá-Zamora, N., Memorias, Barcelona, 1977, págs. 295-296. (*) Situado en la madrileña Plaza de la Cibeles, era sede entonces del Ministerio de la Guerra y hoy lo es del Cuartel General del Ejército. 45. Alcalá-Zamora, N., Op. cit., pag. 296. 339 Franco se iba afirmando paulatinamente como el oficial general de mayor prestigio, surgieron voces discrepantes, como la de López Ochoa, disgustado por las atribuciones conferidas al futuro Caudillo, que imputaba a “simpatías personales, sin ostentar cargo adecuado para ello” (46). Es posible que el vencedor de Asturias, republicano convencido, quisiera con sus manifestaciones apoyar a su correligionario Masquelet, Jefe del Estado Mayor Central, que vio ensombrecido su protagonismo en la crisis por la llegada al Ministerio de Franco y sus colaboradores. Pese a todo, Franco continuó en Madrid hasta Febre- ro de 1935 y, aunque de forma nominal continuaba ejer- ciendo como Comandante General de Baleares, su auténtica mísion fue la de “asesorar” a Hidalgo hasta que éste fue sustituido en Noviembre de 1934 por el propio Jefe del Ejecutivo, Alejandro Lerroux, quien también síguío dispensando al General el mismo trato que su predecesor. Es evidente que Franco tuvo algo que ver con muchas de las decisiones que el Gobierno tomo en estos meses -en la izquierda se pensaba que la represión de las organizaciones obreras era la única razón de la existen- cia de tal Gobierno-, por mas que sus biógrafos traten de minimizar su importancia o, en todo caso, supeditar su actuación a la decisión final del Ministro: “... resulta de todo punto demostrado que Franco no tuvo 46. Suarez Fernández, L., Francisco Franco y su tiempo , Madrid, 1984, 1, pag. 278 (nota a pie de página). 340 mando de tropas ni abandonó el improvisado despacho del Ministerio; sus consejos fueron cumplidos puntual- mente, pero ninguna capacidad de decision se le otor- gó” (47). Al contrario que su protegido, Hidalgo fue la prin- cipal víctima de la crisis de Octubre y de las tensiones que posteriormente se originaron entre Lerroux, Gil- Robles y Alcalá-Zamora (48). Aun después de su cese como Ministro tuvo el político radical que hacer frente a una serie de acusaciones e interpelaciones parlamen- tarias que, aunque resulte paradójico, procedían princi- palmente de la derecha, y tal vez se debían al temor de que radicales y republicanos de la CEDA patrocinaran un régimen autoritario militar, pero republicano, con el que se identificaban Generales tan dispares como Franco, López Ochoa, Queipo y otros; Hidalgo era el político más característico de esta hipotética alterna- tiva (49), y por ello el objetivo predilecto de los ataques de la derecha. Refuerza esta hipótesis el hecho de que, en esta época, Franco contacta con la UME, y no para afiliarse a ella, sino para “evitar que cayese en malas manos” y, como indica Suarez Fernández, para inspirarle una consigna: “que debíamos desear que la República superase 47. Idem., idem. 48. ii~~z, E. y otros, Op. cit., pag. 189 49. Idem., idem. 341 sus dificultades” (50). Franco, pues, erigido en defensor de la República, pero, claro está, cuando ésta la rige un Gobierno radi- cal cuyo Jefe reserva al General un puesto de singular relevancia, cual era la Jefatura del Ejército de Marrue- cos que desempeñará a partir del 15 de Febrero de 1935. En esta misma fecha el Ejecutivo procede a realizar una amplia combinacion de mandos militares, en la que destaca el nombramiento de Goded -sin destino en los tres últimos años- como Comandante General de Baleares. Batet, nombrado Jefe de la Casa Militar del Presidente de la República después de “Octubre”, recibe en esta fecha, junto con López Ochoa, la Laureada de San Fernan- do. En esta ocasion no tuvo Alcalá-Zamora níngun pro- blema para firmar los decretos de concesión, ya que sobre Batet opinaba que “era el general español que desde un siglo y cuarto había prestado mayor y más ines- timable servicio a España después del que compartieran Castaños y Reding” (51). A finales de 1934, y como consecuencia también del proceso revolucionario, el Coronel Campins cesa en su destino en Gerona y se le asigna el mando del Regimiento de Infantería nQ 5 de guarnícion en Zaragoza, plaza en la que hace su presentacion el día 13 de Diciem 50. Suarez Fernández, L., Op. cit., 1, pág. 291. 51. Alcalá-Zamora, N., Op. cit., pag. 291. 342 bre. Días más tarde se le concede una nueva Cruz al Mérito Militar” por los relevantes servicios prestados por dicho Jefe en todo momento” y de manera especial por la brillantez con que cumplió la misión de mando inspector en los ejercicios realizados por la Brigada de Montaña en Navarra en 1931. 1935 comienza con escasas novedades en el panorama político español, mientras la CEDA se impacientaba por la parsimonia del Gobierno Lerroux que apenas concretaba alguna de las realizaciones políticas que la derecha deseaba. En Abril, el lider radical encabezó su tercer Gabinete, de matiz claramente transitorio, que no hizo mas que preparar la irrupcion en el poder, un mes mas tarde, del lider cedista José María Gil-Robles, que accedio a la Cartera de Guerra en el cuarto y último Ejecutivo que presidió Lerroux. Las relaciones entre los dos políticos no fueron buenas. En realidad Gil-Robles respetaba la figura his- tórica de Lerroux, pero juzgaba duramente a su partido, de cuyo ideario político, segun sus propias palabras, “... me apartaba un abismo” (52). La colaboración entre el Partido Republicano Radical y la CEDA se limitó, con estos antecedentes, a una relación puramente circuns tancial “en nombre de supremos intereses nacionales”. Mucho se ha especulado sobre las verdaderas inten- 52. Gil-Robles, J.M., No fue posible la paz, Barcelona, 1968, págs. 164-165. ~ ~— -~-~ 343 ciones que albergaba Gil-Robles al hacerse cargo del Ministerio de la Guerra, pero es evidente que, al margen de las mismas, el político cedista deseaba reorganizar el Ejército, aumentar su capacidad de combate y restau- rar el principio jerarquico. Gil-Robles prometía al país que mientras él fuera el responsable de las Fuerzas Armadas, éstas se mantendrían en la más rigurosa disci- plina y atentas sólo al cumplimiento de los deberes encomendados por la nacion, si bien dispuestas “a enfren tarse con las fuerzas revolucionarias, en el caso de que pretendieran el asalto al poder y la subversión del orden social” (53). La escasa operatividad, empero, de numerosas unida- des abría un gran interrogante que amenazaba los planes del Ministro, quien, pese a ello, inicio su actividad de inmediato exigiendo de los mandos mas influyentes del Ejército un análisis de situacion riguroso y realis- ta. El resultado fue bastante desalentador, pero Gil- Robles no se amilanó y llamó a su lado al hombre en el que confiaba para realizar su política, al “joven caudillo” (54) que desde su Cuartel General de Ceuta ponía a punto las unidades del Ejército de Africa, el General Franco, al que confió la Jefatura del Estado Mayor Central, “... porque la voz casi unánime del Ejér- cito lo designaba como jefe indiscutible” (55) 53. Idem., pág. 233. 54. “ABC”, 5 de Marzo de 1935. 55. Gil-Robles, J.M., 9p~4.. pág. 235 (nota 1). 344 No era ésta, desde luego, la opinión del Presidente de la República que se resistio cuanto pudo al nombra- miento, alegando razones contrarias a las que esgrimía el Ministro, esto es, la oposición de la mayoría del Ejército, empezando por el General Queipo de Llano (56). Pese a todo, Gil-Robles, que ya durante la revolución de 1934 había intentado que Franco ocupara el puesto para el que ahora lo designaba, se salió con la suya y Franco, en compensación, “dió a su trabajo un sentido acentualmente profesional y técnico. Su principal preo- cupación fue la modernizacion de las Fuerzas Armadas” (57), para lo que consideró imprescindible efectuar numerosos cambios en los puestos de mayor responsabili- dad, sustituyendo a los mandos notoriamente republicanos e izquierdistas por oficiales generales de formacion africanista o decididamente nacionalista (58). Mola fue nombrado para el puesto que Franco había ocupado recientemente en Africa, previo paso por otros destinos; Goded acumuló varios importantes cargos y Fanjul se encargó de la Subsecretaría del Ministerio. Gil-Robles y Franco restablecieron de hecho los tribuna- les de honor, “a fin de fortalecer la base y el alcance jurídico del proceso de depuración” (59). El General 56. Idem., idem. 57. Fusi, J.P., Franco. Autoritarismo y poder personal , Madrid, 1985, pág. 32. 58. Payne, S.G., Los militares y la política..., 9~ cit., pág. 317. 59. Cierva, R. de la, Francisco Franco..., 9P2~I•, pág. 394. 345 creo también un servicio de informacion reservada, con el doble fin de conocer y controlar al elevado porcenta- je de soldados que militaban activamente en organizacio- nes revolucionarias, y de establecer las inclinaciones o influencias políticas que se daban en el seno de la oficialidad. Sobre este último punto, es preciso destacar que la presencia de Franco en el Estado Mayor Central tuvo la virtud de serenar las pasiones políticas que existían en el Ejército; incluso, las adhesiones a organizaciones de uno u otro signo por parte de militares decrecieron apreciablemente en esta época. Como consecuencia de todo ello, la conspiración monárquica no progresaba, la tranquilidad era mas que notable en el Ejército y la República, como había prometido Gil-Robles, no estaba amenazada; claro está que, desde la izquierda, la valo- racion que se hacia no era esta, pues se pensaba que la actuación del Gobierno radical-derechista lo que en realidad estaba haciendo era aniquilar las reformas progresistas que se habían llevado a cabo en el primer bienio republicano. Nada de esto importaba a Franco, quien, con el respaldo de Gil-Robles, prosiguio su labor reformista en dos campos concretos: el institucional y el relativo al equipamiento del Ejército. En el primero, la realiza- cion mas notable fue la reorganización del Consejo Supe- rior de la Guerra, organo consultivo del Ejército -que 346 Franco presidió en varias ocasiones por ausencia del Ministro-, cuya actividad ayudó a poner en marcha nume- rosas medidas de carácter militar; en el segundo, reali- zado parcialmente por la precipitación de los aconteci- mientos políticos, destacan innumerables disposiciones tendentes a reformar unidades y a dotarlas del material adecuado, además de sentar las bases para la elaboración de proyectos que, como en el caso del materializado por Mola sobre la movilización del Ejército, tendrán una gran utilidad posterior para los sublevados en 1936. Sin embargo, el proyecto mas ambicioso de Franco y Gil-Robles, el que contemplaba el rearme total del Ejército en un plazo de tres años, no pudo ponerse en marcha porque la crisis política amenazaba de nuevo. En efecto, la negativa experiencia que para las izquier- das suponía la permanencia en el poder de los radicales, con o sin ministros de la CEDA, estimulaba día a día su union. Azaña, que a fuerza de ser el objetivo predilecto de los ataques de la derecha se convirtió, de rebote, en la figura política más popular del momento, volvió al primer plano de la actualidad “y sus famosos discur- sos “en campo abierto” -de Mestalla en Valencia (26 de Mayo) y de Comillas en Madrid (20 de Octubre)- fueron, a la vez que gigantescas movilizaciones de masas, dos 347 hitos en la formación de la unión de izquierdas” (60). El Gabinete Lerroux cayó en el mes de Septiembre de 1935 cuando el Partido Agrario le retiró su apoyo. El nuevo Jefe de Gobierno fue el economista y abogado independiente Joaquín Chapaprieta; Lerroux pasó a ejer- cer la Cartera de Estado y Gil-Robles continuó en Guerra. No obstante, el Partido Radical, minado por una serie de escándalos financieros que le habían afectado direc- tamente, se desmoronaba con rapidez y Chapaprieta tuvo que recomponer el Ejecutivo dos meses mas tarde, esta vez sin el viejo líder radical. Un mes después, agrarios y cedistas retiran el apoyo al Gobierno y Chapaprieta se ve obligado a dimitir. En este punto, la CEDA y su líder creyeron llegado el momento de hacerse con el poder, formando un Gabinete enteramente de derechas. El Presidente, Alcalá-Zamora, que no confiaba en absoluto en Gil-Robles, no aceptó esta posibilidad y fijó su posícion en el sentido de que si la CEDA no apoyaba la formación de un Gobierno de centro, formaría uno provisional que convocara nue- vas elecciones. Y así fue, puesto que un Gobierno provi- sional presidido por Manuel Portela Valladares se cons- tituyó el 15 de Diciembre, “mientras crecía la inquie- 60. Tuñón de Lara, M., La España del siglo XX, Op. cit. , II, págs. 465—466. 348 tud sobre la posible reacción de Gil-Robles” (61). El líder de la CEDA pensó seriamente en un golpe de fuerza, estimulado por el General Fanjul; y de hecho, la noche del 11 de Diciembre esperó el resultado de las conversaciones que su Subsecretario celebró con los generales Goded, Varela y Franco, encaminadas a decidir sobre la viabilidad o improcedencia de dicho golpe. Se impusieron los argumentos de Franco, contrario a mezclar al Ejército en lo que consideraba una contien- da política y un problema de competencias del Jefe del Estado (62). En realidad, como señala Fusi, “aunque no es disparatado suponer que alguna vez hablase de una intervencion militar con sus compañeros en el Minis- terio, Fanjul, Goded -alma de todas las conspiraciones contra la República- y Mola, Franco era todavía, a fina- les de 1935 y principios de 1936, partidario de que se respetase la legalidad republicana~~ <63). El primer Gobierno Portela duró tan sólo unos días, merced a la presión que sobre los sectores mas derechis- tas del mismo ejerció Gil-Robles, empeñado en la forma- cion de un Frente Nacional que se opusiera con éxito a los partidos de izquierda, convencidos a su vez de la necesidad de concretar una amplia coalición electo- ral, que empezaba a tomar forma y daría lugar, más tar- 61. Payne, S.G., Los militares y la política..., 9p~ cit. pág. 322. 62. Marzo de 1937, carta de Franco a Gil-Robles, citada por Arrarás Iribarren, J., Historia de la Cruzada española, Madrid, 1941, II, pág. 401. 63. Fusi, J.P., Op. cit., pag. 32. 349 de, al Frente Popular. La crisis se produjo en la mañana del 31 de Di- ciembre y antes de dar las campanadas del nuevo año de 1936, ya estaba formado el nuevo Gobierno, al margen de los grandes partidos, con una orientación centrista y... con el decreto de disolución de Cortes” (64). 1935 terminaba para el Coronel Campins en su des- tino zaragozano; un destino camodo -el último de estas características que tendría en su vida- en el que simul- taneaba el mando efectivo de su Regimiento de Infantería -que este año pasó a denominarse Aragón n~ 5- con la jefatura accidental de la 9~ Brigada de Infantería. cargo este último que ejercio en cinco oportunidades y por un total de 72 días. También en este año se le confirma en el empleo de Coronel y recupera de forma efectiva, en la escala de su Arma y empleo, la antigue- dad que disfrutaba antes de la entrada en vigor de las leyes azañistas sobre ascensos conseguidos por méritos de guerra. Las maniobras de Otoño en el “Campo de San Gregorio” cierran un año de escasa relevancia, preludio feliz, sin embargo, de los azarosos meses que se aveci- naban (65>. Las elecciones legislativas fueron convocadas para - 64. Tuñón de Lara, M., La España del Siglo XX, 9~94t., II, pag. 476. 65. A.G.M., 1~ Seccion, Expte. C-701, Hoja de Servicios, 7~ Subdivisión (1935). 350 el día 16 de Febrero de 1936. Después de numerosas nego- ciaciones, las fuerzas políticas de izquierda elaboraron el Pacto del Frente Popular, que fue firmado el día 15 de Enero. “Su interes como documento es indudable, por ser expresivo de un programa mínimo que aceptaban un amplio grupo de partidos, pero sin por ello dejar de poner de manifiesto sus diferencias” (66). La unión de la derecha, una vez que Gil-Robles dejó sus responsabilidades ministeriales -su despedida fue particularmente emotiva para el General Franco-, también se llevo a efecto, aunque con mayores dificultades que en el polo opuesto. Pese a ello, en vísperas electorales la mayoría de las circunscripciones registraban candida- turas conjuntas de derecha y centro, quedando fuera uní- camente Falange Española, por expresa decísion de su Jefe nacional José Antonio Primo de Rivera. Las elecciones, celebradas tras una campaña electo- ral de gran violencia verbal, dieron el triunfo al Frente Popular por estrecho margen. No obstante, “la forma de sufragio que en las anteriores elecciones había favore- cido a las derechas, inclinaba ahora el fiel de la balan- za hacia las izquierdas, dando al Frente Popular una aplastante mayoría” (67), lo que suponía la consecución de 278 actas de diputados, frente a las 171 que sumaban derecha y centro. 66. Tamames, R., Op. cit., pag. 211. 67. Brenan, G., Op. cit., pag. 310. 351 Las reacciones no se hicieron esperar y, la noche del 16 al 17, cuando ya era seguro el triunfo de la iz- quierda, Franco y Gil-Robles -que a su vez se mantenían enlazados- contactaron, respectivamente, con el General Pozas (Director de la Guardia Civil) y con el Jefe de Gobierno. De Pozas Franco quería saber su posición ante la nueva situación creada; Gil-Robles, por su parte, solicitaba a Portela que declarase el estado de guerra. Más tarde, Franco habló con el General Molero, Minis tro de la Guerra, para pedirle que, de manera legal, planteara ante el Consejo de Ministros, que se iba a reunir en la mañana del día 17, la declaración de la ley marcial. Goded, entre tanto, trataba inútilmente de sublevar a los oficiales del cuartel de la Montaña, mientras Fanjul, en nombre de la junta central de la UME, envio instrucciones a todas las tropas de Madrid para entrar inmediatamente en accion. Nada se consiguió, y el decreto promulgado por Alcalá-Zamora y Portela el mismo día 17 no imponía el estado de guerra, sino el estado de alarma, lo que significaba, exclusivamente, la sítuacion de alerta para las fuerzas de seguridad. Portela y su Gobierno, que al haber convocado las elecciones estaban obligados a publicar los resultados definitivos el día 20 de Febrero, deseaban, sin embargo, abandonar el poder cuanto antes, y así, tras las gestio- nes presidenciales con los líderes del Frente Popular, en la noche del día 19 Manuel Azaña juró su cargo como 352 nuevo Jefe de Gobierno y presentó su Gabinete, formado por miembros de los partidos republicanos pero apoyado por el Frente Popular. Al hacerse cargo Azaña del Ejecutivo, “las relacio- nes entre militares y civiles empeoraron rapidamente... el Gobierno procedió a realizar otra ronda de cambios de destino, dejando disponibles a los mandos nombrados en el periodo 1934-35 o destinándolos a puestos menos importantes, previa su sustitución por jefes ultralibera- les o escrupulosamente subordinados a la superioridad” (68). Fruto de esta política fueron, entre otros, el cese de Franco en el Estado Mayor Central y su destino como Comandante General de Canarias; el cese de Mola en Marruecos y su envio a Pamplona; la confirmación de Goded en Baleares y la disponibilidad de varios generales -Fanjul, Orgaz, Saliquet, Villegas, etc - que quedaron sin mando en Madrid. En el Ministerio de la Guerra, cese de Molero y nombramiento del General Masquelet, hombre de plena confianza de Azaña, que de esta forma no tenía que asumir la responsabilidad de la importantísima Carte- ra de Guerra. En los días siguientes al triunfo electoral del Frente Popular, los cambios se multiplicaron y afectaron a los puestos de menor importancia en la jerarquía mili- tar. Entre tanto, en el plano político, se promulgó una 68. Payne, S.G., El Ejército, la República..., 9p~4., pág. 117. 353 amnistía, el Parlamento de Cataluña reeligió a Companys como Presidente de la Generalidad y los grupos políticos de izquierda se adueñaron de la calle, mediante continuas manifestaciones populares. No obstante, “lo que podría haber sido el inicio inmediato de otras actuaciones de fondo mas importantes del Gobierno, se vio demorado por las complicaciones postelectorales, que retrasaron la reunión de las Cortes hasta el 4 de Abril” (69). Y ni siquiera en esta fecha pudieron iniciarse con normalidad los trabajos parlamentarios, puesto que hubo de tramitar- se el expediente de destitución del Presidente Alcalá- Zamora. Este hecho, sin duda curioso, tuvo su origen en el precepto constitucional que establecía la improceden- cia de que el Presidente disolviera las Cortes en dos ocasiones. Después de la segunda, las nuevas debatirían la pertinencia de la última disolución y, en caso de no considerarla así, el Presidente cesaría en su cargo. Alcalá-Zamora que, en efecto, había disuelto las Cortes Constituyentes de 1931-33, además de las últimas, se había enemistado en el ejercicio de su cargo con la mayor parte de las fuerzas políticas. Su permanencia en la mas alta magistratura del Estado fue considerada demasiado peligrosa por los partidos del Frente Popular. “La posibilidad de que, junto con las derechas, organiza- 69. Tamames, R., Op. cit., pag. 213. ~ — —————— 354 zase un golpe de Estado, o de que intentase, con legali- dad dudosa, disolver las Cortes, estaba siempre presente” (70). Por consiguiente, fue declarado culpable de disol- ver las últimas Cortes sin necesidad y cesado en su cargo. El pretexto, aunque legal, era paradójico y absurdo. “Unas Cortes, de mayoría izquierdista, votan que las anteriores, donde las derechas contaban con mayoría, habían sido mal disueltas, en contra de lo que parecía sostener la “opinion nacional”, que acababa de dar el triunfo en las elecciones a la izquierda. Cosas de la democracia” (71). En fin, la destitución de Don Niceto del cargo que tanto le satisfacía, “era un gesto de pasión política, en el que incluso intervenía el talante personal de unos y otros, que contribuía a ahondar el foso que ya separaba a los españoles” (72). Para ocupar la Presidencia de la República, Indale- cio Prieto propuso inmediatamente la candidatura de Aza- ña. Compromisarios y diputados designaron a éste, el día 10 de Mayo en el Palacio de Cristal del Retiro madri- leño, nuevo Presidente; dos días más tarde el político gallego Santiago Casares Quiroga accedía a la Jefatura del Gobierno, en el que también desempeñaba la Cartera 70. Brenan, G., Op. cit., pág. 314. 71. Vegas Latapie, E., Op. cit., pág. 288. 72. Tuñón de Lara, M., Arostegui, J., Viñas, A., Cardona, G., y Bricalí, J.M., La Guerra Civil española 50 años después, Madrid, 1985, pág. 36. 355 de Guerra. Aun teniendo en cuenta las enormes difuculta- des que la situación política entrañaba, Casares “no reunía las condiciones precisas para conjurar la tormenta que pronto iba a descargar arrolladoramente sobre España” (73). Esa tormenta de la que habla Seco llevaba mucho tiempo fraguándose. El Jefe del Estado de la República -desde Mayo de 1936- lo sabía bien; para él, “los complots contra la República son casi coetáneos de la instauración del regímen. El más notable salió a la luz el 10 de Agos- to de 1932, con la sublevacion de la guarnición de Sevi- lla y parte de la de Madrid. Detrás estaban, aunque en la sombra, las mismas fuerzas sociales y políticas que han preparado y sostenido el movimiento de Julio del 36” (74). Esas fuerzas sociales y políticas tenían en la pri- mavera de 1936 una punta de lanza que, esta vez sí, lo- graría meses más tarde acabar con el regimen republicano mediante una larga guerra civil. La conspiracion militar, pese a todo, no fue fácil de concretar; inicialmente, las reuniones en Madrid de generales y jefes tuvieron un carácter más informativo sobre la situación política y del país que conspiratorio. Franco, cuya posición al respecto seguía siendo vinculante para buena parte de 73. Seco Serrano, C., Militarismo y civilismo..., 9~ cit., pág. 417. 74. Azaña, M., Causas de la guerra..., Op. cit., pag. 22. 356 los generales opuestos al régimen, no consideraba -en los días previos a su partida hacia Canarias- que la situación política o profesional fuese ya desesperada y “aconsejo que se ofreciera la oportunidad a Azaña de resolver los problemas planteados, antes de tomar una iniciativa prematura” (75). El día 8 de Marzo, víspera de su marcha, Franco asistió a dos importantes reuniones; la primera con José Antonio Primo de Rivera; la segunda con la mayor parte de los generales que meses mas tarde se alzarían contra la República. De la reunión con el líder de Falange no salió ninguna propuesta de actuación concreta, salvo la constatación de una cierta identidad ideológica entre ambas personalidades, que seria fundamental para el futu- ro del nuevo regimen. Con los generales si hubo decisio- nes, no definitivas, pero sí preparatorias de un hipoté- tico alzamiento; Franco, sin embargo, con su calculada ambigúedad, dejó para más adelante su determinación de adherirse a la conspiracion. 7.1. Por fin General Desde su destino en Zaragoza, el Coronel Campins contemplaba los vaivenes de la política nacional con la preocupacion que la difícil situación imponía y, en el plano profesional, con la resignacion a que le había 75. Payne, S.G., Los militares y la política..., 9~ cit pág. 328. 357 llevado la larga espera de un ascenso a General. Pese a ello, en esta última cuestión la esperanza había vuelto a renacer en su animo, puesto que a finales de 1935 había recuperado su antiguedad en el empleo (01.10.25), y ello significaba un avance considerable en la escala de coro- neles de Infantería, dejándolo en inmejorable posícion para lograr el ansiado ascenso. Las elecciones de Febrero de 1936, el triunfo del Frente Popular y la vuelta de Azaña al poder introduje- ron un nuevo factor de incertidumbre en su carrera que sólo el propio ascenso logró despejar, por más que la escalilla correspondiente a ese año le situara en el n~ 3 de su empleo entre un total de 123 coroneles (76). Por fin, el 7 de Mayo, se hizo justicia y Don Miguel Campins Aura ascendió al empleo de General de Brigada, “En consideración a los servicios y cir- cunstancias... a propuesta del Ministro de la Guerra y de acuerdo con el Consejo de Ministros.., con la antiguedad del día nueve de Marzo último, en la vacante producida por pase a situación de primera reserva de Don Carlos Guerra Zagala” (77). El Decreto de la Presidencia de la República lo 76. Anuario Militar de España, Madrid, 30 de Abril de 1936. 77. A.G.M., 1~ Sección, Expediente C-701 y Diario Oficial del Ministerio de la Guerra (DOMG) nQ 105 de 8 de Mayo de 1936. 358 firmaba Diego Martínez Barrio, en su calidad de Presiden- te de las Cortes y Presidente Temporal de la República (07.04.36-10.05.36) durante los días que mediaron entre el cese de Alcalá-Zamora y la designación de Manuel Azaña, y lo refrendaba el General Carlos Masquelet Laca- ci, Ministro de la Guerra. El ascenso se producía al existir vacante en el empleo y, pese a ello, no se le destina al mando de una Brigada ni a ningún otro puesto ejecutivo. Esta decision resulta un tanto sorprendente y merece ser analizada a la luz de los acontecimientos y de las medi- das que en el plano militar se adoptaron en aquellos momentos, y que, a grandes rasgos, trataban de conjurar el peligro que se cernía sobre la República de la mano de una conspiración castrense ya en fase de planifica- cion. Parece evidente que la figura de Campins siempre - despertó algunos recelos en las Autoridades republicanas -si se exceptúa el período del denominado “bienio negro-, y ello resulta ciertamente comprensible puesto que, al advenimiento del regímen, era nada menos que el segundo de Franco en una Academia General Militar que encarnaba - muchos de los ideales y valores que la República combatía. Su procedencia y formacion “africanista”, su inclusión en el grupo de los ascendidos por méritos de guerra -y por tanto sujeto a las medidas “correctoras” de la legislación azañista- y, en fin, su capacidad profesional y lealtad al régimen demostradas en Gerona en 1934 -que 359 no agradaban a Azaña-, eran motivos suficientes para recelar de su ascenso. Y, sin embargo, éste no podía demorarse mas, toda vez que su antiguedad era incuestiona ble, tras haber recorrido el escalafón en sentido ascen- dente y descendente en años anteriores, y, en puridad, nada podía objetarse al comportamiento de Campins, escru- pulosamente respetuoso con la legalidad, fuera ésta monar quica o republicana. El ascenso, por consiguiente, se produjo; pero, con las circunstancias que concurrían en su persona, ya resulta mas comprensible que, unos días más tarde, una Orden de Subsecretaría del Ministerio de la Guerra (23.05.36) lo autorice a fijar su residencia en Zaragoza, en situación de disponible forzoso y accediendo a lo solicitado por el General Campins” (78). El régimen lo ascendía -incluso no tenía ningún problema en reconocer sus “servicios y circunstancias”, sus dos ascensos por méritos en campaña y sus buenos informes (79)-, pero simplemente no le confería el mando de ninguna unidad o dependencia, pese al indudable interés que Campins tenía en ello después de tantos años de espera. Dos meses después del ascenso, el Ministro de la Guerra y el Presidente de la República sí confiarían en él al darle el mando de la 3~ Brigada de Infantería en la plaza de Granada. Demasiado tarde, porque ya era 78. DOMG nQ 118 de 24 de Mayo de 1936. 79. DOMG nQ 115 de 21 de Mayo de 1936. 360 imposible salvar el abismo que separaba a las dos Españas, y Campins se vería inmerso en la voragíne de un alzamien- to militar que se regía por principios probablemente similares a los suyos, pero que utilizaba procedimientos radicalmente alejados de su habitual recto proceder. La República, y más concretamente Manuel Azaña y su legislación militar, se equivocaron con Campins, al dejar que uno de los jefes de más prestigio del Ejército -entendido no sólo en términos castrenses- estuviera durante cinco años alejado de los puestos de mayor respon sabilidad, mientras acumulaba antiguedad en el empleo de coronel. Michael Alpert, en su obra monográfica sobre las reformas militares de Azaña, viene a concluir que la relativa a los ascensos por méritos de guerra poste- riores al 13 de Septiembre de 1923 y por lo que respecta a los generales, “fue un ejercicio burocratico que no hizo daño a nadie, sino al propio Azaña” (80). Esto últi- mo es evidente, pues Azaña -con sus medidas- se convirtió en una especie de “bestia negra” de la mayor parte de los militares españoles; pero en lo que atañe al “ejerci- cio burocrático” la cuestión presenta mayor complejidad, incluso en el caso de algunos generales. Lo que se pretende demostrar es que el Decreto 80. Alpert, M., Op. cit., pág. 227. 361 de fecha 3 de Junio de 1931, desarrollado por el Decreto de fecha 28 de Enero de 1933, perjudicó notablemente al Coronel Miguel Campins, cerrándole el paso al empleo de General de Brigada, que sólo pudo lograr tres años después de la fecha en que, de respetarse su antiguedad, le habría correspondido. El Decreto en cuestion constaba de un único articulo, que señalaba: “Los ascensos que por circunstancias y servicios de campaña se concedieron a los generales, jefes, oficiales, clases y soldados del Ejército desde el 13 de Septiembre de 1923 se clasificarán y calificaran como sigue: a) Los que fueron denegados por los gobiernos ante- riores a esa fecha y revisados y concedidos despues, se declararán nulos, por no constituir ninguna Ley tal revis ion. b) Los que fueron precedidos por todos los requisi- tos exigidos por las Leyes, cuales son: propuesta, expe- diente contradictorio e informe favorable del Consejo Supremo de Guerra y Marina, se declararán válidos y sub- sistentes. c) Los que fueron obtenidos a propuesta de la Junta de Generales, sin previa instruccion de expediente o en contra del informe del Consejo Supremo o, en general, con falta de alguno de los requisitos esenciales señala- — —————~———————— 362 dos por las Leyes, se declararán nulos (81). Como ya se vio en su momento, Azaña se atuvo, para invalidar toda la legislación de la Dictadura, a la Ley Cierva de 1918, que establecía los siguientes fundamentos para el ascenso por méritos de guerra: 1) Instruir un expediente contradictorio. 2) Comunicar la instrucción del expediente al Conse- jo Supremo de Guerra y Marina, que debía emitir un informe favorable al ascenso. 3) Las Cortes, o después de 1922 el Gobierno, de- bían autorizar el ascenso. El General Primo de Rivera, mediante Decreto de fecha 21 de Octubre de 1925, suprimió la formación de expediente contradictorio y lo sustituyó por un informe emitido por una Junta de Generales. El ascenso de Miguel Campins a Coronel se ajustaba perfectamente al límite temporal que establecía el Decre- to de 03.06.31, puesto que se había realizado con poste- rioridad al 13.09.23. De acuerdo con la Ley de 1918, tal ascenso fue precedido de la instrucción del correspon diente expediente contradictorio, del que se conservan cinco certificaciones emitidas por los Generales Despu- jol y Nuñez de Prado, el Teniente Coronel Basilio León 81. Gaceta de Madrid, 4 de Junio de 1931. —————————--————-— —— ~ ~ ——— 363 Maestro (*), el Comandante March y López del Castillo y el Capitán Querol y Masats (82); tales certificaciones tienen fechas comprendidas entre el 24 de Septiembre y el 29 de Octubre de 1925, esto es, poseen fechas simi- lares o posteriores al Decreto que suprimía la formacion de expediente. Cabe suponer, por tanto, que, iniciado éste por el Juez Instructor, Coronel de Infantería Cándido Sotelo, y tramitado por el Juzgado de Instrucción de la Media Brigada de Cazadores de Tetuán, fue paralizado a la publi cación del Decreto del Directorio Militar de 21.10.25 y sustituido por un dictamen de la Junta de Generales favorable al ascenso a Coronel de Campins. Como señala Alpert, Azaña y sus colaboradores no se oponían en realidad a la concesión de ascensos por méritos de guerra, pero con la publicacion del Decreto de 03.06.31 pretendían investigar los ascensos concedidos durante la Dictadura, “para convalidar los otorgados según las disposiciones de la Ley de 1918 y revocar los demás”. Se investigaron finalmente un total de 513 ascen- sos, de los que 148 fueron reconocidos como legales y subsistentes y 365 declarados improcedentes (83). El Decreto de fecha 28 de Enero de 1933 contenía (*) En 1936, ya Coronel, manda el Regimiento de Infante- ría de guarnicion en Granada. 82. A.G.M., 1~ Sección, Expediente C-701. 83. Alpert, M., Op. cit., págs. 219-221. 364 dos relaciones de generales, jefes y oficiales ascendidos por méritos de guerra. La primera era la relativa a los ascensos considerados válidos; la segunda la de los no válidos. Entre estos últimos estaba el Coronel Campins (84). En su virtud, por la misma fecha del Decreto se le rectifica la antiguedad en el empleo de Coronel, pa- sando a ocupar en la escala de su clase el lugar que se le asigna por Orden Circular de 1@ de Febrero de dicho año. Su nueva antiguedad data de 1Q de Marzo de 1932 -fecha en la que, de no haber ascendido en 1926, le co- rrespondía hacerlo-, anterior al Decreto, lo que invalida ba cualquier posible degradación. En realidad, como indica Alpert, “el hecho de que surja en una guerra un numero reducido de coroneles y generales con menos de 40 y 45 años es saludable en un Ejército donde por regla general estos empleos se alcan- zaban mucho más tarde. Sospechamos que Azaña lo sabía. Por éste y por otros motivos no impuso ninguna degrada- cion a los ascendidos por méritos, a diferencia de lo que había hecho en el caso de los ascensidos por elección” (85). El General Emilio Mola, cuando en su momento analizó 84. DOMG de 31 de Enero de 1933. 85. Alpert, M., Op. cit., pág. 226. 365 esta cuestión, no valoró de igual forma que Alpert las reformas de Azaña, puesto que éste, a su juicio, además de deponer en su empleo a los ascendidos por eleccion, “otro tanto pensó hacer con los ascendidos por méritos de guerra, lo que al fin llevó a efecto, aunque no en los términos radicales que con los que lo habían sido por elección; se contentó con que marquen el paso en el escalafón “per saecula saeculorum”. Ambas medidas constituyeron un atropello inaudito” (86). Mola, naturalmente, exagera, porque si bien “Azaña, en la práctica, degradó a la élite de choque del Ejérci- to... para castigar retroactivamente o no reconocer méri- tos a todos los que tuvieron que ver con las realizacio- nes de la Dictadura, y para quitar rango e influencia a los principales mandos inquietos” (87), tal degradacion no debe entenderse en el sentido de pérdida de empleo -situación esta que se dió en contados casos (*) entre los ascendidos por eleccion-, pues ningún general, jefe u oficial ascendido por méritos en campaña descendió al empleo inferior. Los generales siguieron disfrutando de todos los derechos, hasta que por vacante les corres- pondiese su empleo; los jefes y oficiales se integraron en los puestos que, ateniéndose exclusivamente a crite- rios de antiguedad, les correspondían en sus respectivas 86. Mola Vidal, E., Op. cit., pág. 1.063. 87. Payne, S.G., El Ejército, la República..., ~ pag. 111. (*) El de mas renombre fue el de Moscardó, que perdió el empleo de Coronel en 1932. 366 escalas y, en los casos en que la antiguedad era insufi- ciente para el empleo que poseían, se situaron al final de las escalas correspondientes, sin numero y a la espe- ra de “ascender”. Los movimientos naturales del escalafón permitieron, en los años posteriores a 1933, que los afectados por el llamado Decreto de “congelados” (88) recuperaran sus posiciones primitivas; pero, evidentemente, no todos se vieron favorecidos en la misma medida, de igual forma que el Decreto no perjudicó de manera similar a todos los afectados. En cualquier caso, estos recuperaron de forma efectiva su primitiva antiguedad por la Ley de 27 de Octubre de 1934, figurando ya en las escalas de 1935 en sus puestos correspondientes. El Coronel Miguel Campins Aura, cuyo ascenso a este empleo fue considerado improcedente, fue perjudicado de forma sensible por la aplicacion de la legislación azañista, según puede comprobarse en los distintos Anua- rios Militares publicados entre 1930 y 1936. En el primero de estos años, Campins -entonces en la Academia de Zaragoza- era el número 56 de un total de 182 coroneles de Infantería (89). Al año siguiente, dos meses antes de la instauración de la República, había 88. Cierva, R. de la, Francisco Franco ..., 1, Op. cit. , pág. 362. 89. Anuario Militar de España, Madrid, 1 de Febrero de 1930. 367 ganado doce puestos y era el numero 44 de un total de 177 coroneles (90); figuraba, por tanto, en el primer tercio del escalafón de su empleo, y no le afectó ni la amortización de vacantes puesta en vigor por la Ley de retiros ni le fue retirada su aptitud para el ascenso. En 1932, ya eran perceptibles en la escala de coro- neles de Infantería las bajas producidas por los acogidos a la Ley de Azaña; tan sólo quedaban 65 y Campins era el número 11 (91), continuando, por consiguiente, en el primer tercio de su escala y en una posición ventajosa para ascender a general. Tal posicion aun mejoro al año siguiente, puesto que, al 5 de Enero, era el número 7 de un total de 79 coroneles (92). En buena lógica, Campins tenía que haber ascendido a general de brigada a lo largo de este año de 1933 o en los primeros meses de 1934, respetando escrupulosamente los criterios de antiguedad. Sin embargo, por el Decreto de 28 de Enero de 1933 perdió su antiguedad, que pasó a ser de fecha 01.03.32, mientras que su puesto en la escala de 1934, descendía hasta el 53 de un total de 67 coroneles (93). El panorama que presentaba la carrera militar de Campins no era precisamente alentador en estos momentos, pese a que la derrota electoral de las izquierdas a fines de 1933 había relajado la tensión existente entre el 90. Idem., 1 de Febrero de 1931. 91. Idem., 1 de Febrero de 1932. 92. Idem., 5 de Enero de 1933. 93. Idem, 1 de Enero de 1934. 368 Gobierno y la milicia, si bien todavía no se había produ- cido ningún cambio drástico en sus relaciones (94). En el Otoño de 1934 el Ministro Hidalgo decidió, mediante Ley, terminar con la situación creada por las reformas de Azaña en relación con los ascendidos por méritos de guerra. Su proyecto se materializó a lo largo de 1935 y fue plenamente visible en las escalas de comien zos de 1936. Así, en Enero de 1935, Campins todavía esta- ba en el puesto número 45 de 78 coroneles, y su antigue- dad seguía siendo 01.03.32; sin embargo, en el Anuario había una llamada que, a pie de página, aclaraba que la fecha de efectividad en el empleo era 01.10.25, esto es, su antiguedad primitiva (95). “El criterio de elevar a quienes tuvieran mejores condiciones sin tener en cuenta su puesto en el escalafón” (96), lo puso en práctica Hidalgo con Franco, pero no con Campins. Y no puede alegarse que el Ministro no cono- ciera a éste, puesto que su participación en las manio- bras de los Montes de León y su intervención en Gerona frente a los revolucionarios, eran hechos suficientemente recientes y de cierta notoriedad para que Diego Hidalgo se hubiera interesado por el Coronel que los había prota- gonizado y su trayectoria profesional; Coronel que, ade- mas, era amigo y fue colaborador excepcional en la Acade- 94. Payne, S.G., El Ejército, la República..., Op. cit. , pág. 114. 95. Anuario Militar de España, Madrid, 1 de Enero de 1935. 96. López, E., y otros, Op. cit., pag. 159. 369 mia General de Zaragoza de su admirado Francisco Franco. Aun conociendo el rechazo de los Gobiernos radica- les a buena parte de la legislación azañista, puede ale- garse que Hidalgo tal vez sintió algún tipo de escrúpulo -que no tuvo al ascender a Franco a General de División— en promocionar a un determinado Coronel, sin contar para ello con la legislación adecuada. Estos razonamientos no sirven, empero, para explicar la actuación de su suce- sor -con el brevísimo intervalo de Masquelet- en la Car- tera de Guerra, José María Gil-Robles. El líder de la CEDA, que tras su llegada al Gobierno se propuso, en materia de ascensos, no dar oídos a reco- mendacion alguna y resolver sin tener en cuenta más que el mérito, debidamente contrastado y apreciado en concien cia” (97), tampoco consideró oportuno el ascenso de Cam- pins pese a que, de no mediar la legislación de Azaña, aquél debiera haberse producido en 1933. Gil-Robles, respaldado por el Jefe del Estado Mayor Central, el General Franco, llevó a cabo una purga en los puestos de mando, reemplazando a liberales notorios y simpatizantes de la izquierda por militares “africanis- tas” o decididamente nacionalistas (98). En estas sustitu ciones tampoco tuvo cabida el Coronel Campins, quien 97. Gil-Robles, J.M., Op. cit., pág. 237. 98. Payne, S.G., Los militares y la política..., 9~ cit., pág. 317. 370 al recuperar su antiguedad era evidente -y esto lo cono- cían perfectamente Franco y el Ministro- que pasaría a ocupar uno de los primeros puestos del escalafón de coroneles y, por consiguiente, era en 1935, un candidato perfecto para el ascenso. Considerar que en la postergacion de Campins durante el “bienio negro” tuvo algo que ver Franco, sería atri- buir al futuro Generalísimo unas elevadas dotes de intui- cion que, por otra parte, demostró poseer en momentos cruciales de su existencia. Campins, ascendido a general en 1934 ó 1935, con su brillante hoja de servicios y una trayectoria impecable que todo el Ejército conocia, tal vez hubiera supuesto para Franco la aparicion en el selecto grupo del generalato de un rival a su altura, por más que el hipotético contrincante se hubiera compor- tado siempre como un subordinado cuya lealtad estaba fuera de toda duda. En fin, es probable que la responsabilidad del olvi- do de Campins haya que atribuirla exclusivamente a Gil- Robles, en cuanto Ministro de la Guerra, quien, como señala Mola, “en fin de cuentas sera siempre un hombre político y, por serlo, difícilmente podrá sustraerse al partidismo y a la pasión” (99). 99. Mola Vidal, E., Op. cit., pág. 1.075. 371 8. EL FINAL Como ya se ha señalado, en Mayo de 1936 el Gobierno del Frente Popular no tenia, en realidad, razones obje- tivas para oponerse al ascenso de Miguel Campins a Gene- ral de Brigada, por mas que su trayectoria profesional pudiera desagradar a determinadas personalidades poli- ticas. En el ascenso de Campins, no obstante, jugó un papel destacado el Subsecretario del Ministerio de la Guerra, General Manuel de la Cruz Boullosa -al que le unia una buena amistad-, quien hizo valer ante el Minis- tro, General Masquelet, los méritos del veterano Coronel que, por otra parte, estaba avalado por el informe favo- 372 rable del Consejo Superior de Guerra y contaba con el apoyo decidido de algunos generales de plena garantía para el Ejecutivo republicano, como era el caso del General Domingo Batet, superior de Campins en 1934 en Cataluña <1). El respaldo de otros generales, como Fran- co, Goded, Cabanellas o Fanjul suponia, en aquellos momentos y por razones obvias, un impedimento para el ascenso y no el apoyo que Campins necesitaba. Ascendido por fin a General y disponible en la plaza de Zaragoza, Miguel Campins contemplaba con cierto optimismo su situación personal, a la espera de que en un plazo mas o menos corto le dieran el mando que tanto deseaba, el destino operativo de oficial general con el que soñaba desde hacia muchos años. A comienzos de Junio, tras haber estado en Madrid realizando las visitas protocolarias al Presidente de la República y al Ministro de la Guerra que su nuevo empleo exigia -al tiempo que se orientaba sobre su posible destino- (2), todavía mantenía tal optimismo, como lo prueba el hecho de que, desde días antes, toda la familia esta- ba dedicada a “levantar la casa”, si bien, “... no sabemos para donde, pues no se cual es el nuevo destino que me daran” <3). 1. A.F.C., recopilación de datos inéditos sobre los últimos meses de la vida del General, realizada por su hijo Don Miguel Campins Roda. 2. Zaragoza, 7 de Junio de 1936, carta del General Cam- pins a D~ Leonor Amieba . Si hemos de creer a Queipo, una vez en Pamplona: “logre convencer a Mola para que se pusiera al frente del alzamiento. El General García Escámez es buen testi- go de esto” (33). No obstante, como apunta Gibson, es imposible aceptar lo que dice Queipo de Llano a este respecto (34), si bien, en efecto, a mediados del mes de Abril se entrevistó con Mola en la capital navarra, y le manifestó su deseo de unirse a la conspiracion. Mola, prudente y reservado, no se comprometió a nada, e incluso negó tener noticias de ningún complot militar contra el régimen. Pese a todo, al despedirse de Queipo estaba convencido de que éste hablaba en serio, “lo cual no dejaba de constituir una aportación fundamen- tal a la conspiracion, dada la facilidad con que, en razon de su cargo de Inspector General de Carabineros, Queipo podía moverse por todo el territorio nacional” (35). 32. Martínez Barrio, D., Memorias, Barcelona, 1983, pág. 322. 33. 31 de Mayo de 1940, Relación Jurada de servicios prestados por el General Queipo de Llano, acompaña- da de una carta dirigida a Franco para apoyar su petición de concesión de la Cruz Laureada de San Fernando, a la que creía tener derecho por su actua- ción en Julio de 1936, en Gil-Robles, J.M., Op . cit., págs. 722—723. 34. Gibson, J.M., Op. cit., pág. 41. 35. Idem, idem, pág. 42. 393 A finales de Abril, Mola había planificado ya la constitución de un nuevo directorio militar, y ademas, había decidido que todas las guarniciones militares deberían formar juntas militares locales y los jefes militares deberían supervisar también la constitucion de juntas locales de nacionalistas y derechistas, de probada confianza, que en su momento se encargarían de la administracion civil <36). “La Instrucción reservada n~ 1 de Mola lleva fecha 25 de Abril, y en ella se sientan las bases de una organi- zacion militar de la rebelión, que debería quedar monta- da en el plazo de 20 días” (37). En la Instruccion se recomienda permanecer alerta para aprovechar la primera coyuntura propicia; se examinan las unidades armadas disponibles; la formación de los comités civiles reclu- tadores de voluntarios; la preparación de los equipos técnicos; la requisa de vehículos; la organización de los abastecimientos. Se fijan los objetivos: restablecer el orden público, imponer el imperio de la Ley y refor- zar convenientemente el Ejército para consolidar la situación de hecho, que pasará a serlo de derecho. Del propósito político se hablará cuando entren en funciones los comités civiles. La Segunda Instruccion reservada de Mola a los 36. Payne, S.G., Los militares y la política..., 9~ cit., - pag. 337. 37. Arraras Iribarren, J., Historia de la II República..., Op. cit., IV, pág. 300. 394 generales y a la Junta de Madrid tiene fecha 25 de Mayo y se titula: el objetivo, los medios y los itinerarios. En ella Mola desarrolló su idea descentralizadora, por- que seguía considerando muy difícil el triunfo en Madrid. “El Director” preveía la necesidad de conquistar la Capital mediante la accion conjunta de diversas colum- nas que, procedentes de las provincias donde el triunfo del alzamiento era previsible, se desplazarían hacia ella. Si esta maniobra fracasaba, Mola tenía previsto un repliegue sobre el Duero en primer término y sobre el Ebro después. Aconsejaba también a la guarnícion de Madrid que, dado el previsible fracaso del alzamiento en la Capital, abandonara a tiempo ésta y se uniera a las columnas sublevadas. La situación de Barcelona también le producía inquietud. En el punto 6Q de la Instrucción, Mola indica lo siguiente: “Que las 1~ y 2~ Divisiones (Madrid y Sevi- lía), si no se suman al movimiento, por lo menos adopten una actitud de neutralidad benévola, y desde luego se opongan terminantemente a hacer frente a los que luchan por la causa de la Patria” (38). Este punto es muy sig- nificativo, porque atribuye a Sevilla unas dificultades realmente insalvables para el triunfo del alzamiento. En realidad, como indica de la Cierva, “a Sevilla siem- pre se la dió por perdida” (39). 38. Cierva, R. de la, Historia de la Guerra Civil..., Op. cit., 1, pág. 772. 39. Idem., idem, pág. 790. 395 Así, pues, dice Seco Serrano, “antes de que se iniciase el mes de Junio -mes decisivo porque durante él todos los hilos de la conjura quedaron cuidadosamente anudados- el plan Mola, esto es, el plan que se desplega ría efectivamente a la hora de la verdad, estaba trazado en todos sus extremos” (40). Esto no quiere decir que no surgieran criticas a la planificacion de Mola. Las hubo y por parte de Franco, que mantenía frecuentes contactos con Mola a través del Teniente Coronel Galarza. Arraras apunta alguna de estas críticas, que se fundamentan en una cierta inconsistencia de los planes del “Director”, al basarlos en conjeturas e hipótesis y carecer de bases firmes sobre las que poder asentar el alzamiento; ade- mas, tales planes cuentan con que la rebelión será una- nime, y el supuesto de una actitud contraria al movimien to, de fuerzas mas o menos considerables, no parece contar en los proyectos iniciales de Mola (41). Comienza el mes de Junio y Mola recibe el día 1 a Queipo de Llano en Pamplona. Los informes positivos, que “el Director” ha recibido acerca de la actividad conspíratoria del Inspector General de Carabineros, hacen desaparecer los recelos que existían entre ambos ge 40. Seco Serrano, C., Militarismo y civilismo..., 2p~ cit., - pag. 416. 41. Arraras Iribarren, J., Historia de la II República... Op. cit., IV, pág. 302. nerales, que por fin se entendieron. Al día siguiente nueva entrevista en Irurzun; en ella Mola expone a Quei- po sus planes para las divisiones V (Zaragoza), VI (Bur- gos) y VII (Valladolid). Mola se muestra preocupado por Zaragoza y por el Jefe de la Division acantonada en la plaza, General Miguel Cabanellas, de 64 años, al que considera pieza fundamental del plan. “La desconfianza de Mola se funda en la filiación masónica de Cabanellas y en su anteceden- te de adherido al partido de Lerroux” (42). Queipo se compromete a incorporarlo a la conspiración, para que facilite a Mola los diez mil fusiles que éste estima necesarios para que la sublevación triunfe en Navarra. El compromiso de Queipo surtió efecto. Cabanellas entra en la conspiración y, más adelante, se entrevista- ra con Mola. Sin embargo, “el Director” siguió mantenien- do algunas dudas respecto al comportamiento del Jefe de la división de Zaragoza, al que el diputado socialis- ta y director de “El Socialista”, Julián Zugazagoitia, atribuía tendencias republicanas. De hecho, el mismo Zugazagoitia refiere en su obra la conversacion que escuchó en el Congreso de los Diputados entre Cabanellas y Largo Caballero, en la que el primero le decía al segundo: “Si lo que usted pronostica llegase a suceder (una sublevación militar contra el régimen), usted sabe, Don Francisco, que nos encontraremos juntos en el monte 42. Idem, idem, pág. 304. 397 defendiendo la misma República” (43). No fue así, desde luego, porque Cabanellas -convencido ya u obligado- se sublevó contra la República y, por razones de anti- giledad, llegó a presidir la Junta de Defensa Nacional, el primer “gobierno militar” de la España nacional. Las actividades conspirativas de Mola -con los altibajos propios de una operacion como la que se estaba montando- no pasaban inadvertidas para el Gobierno espa- ñol. El General, precavido y astuto, recurría habitual- mente a diversas argucias y se desplazaba a lugares concurridos para que sus entrevistas con los implicados en la sublevacion no fueran detectadas por la policía y, por consiguiente, conocidas en Madrid. Así, por ejem- pío, la cuarta entrevista entre Mola y Queipo de Llano (23 de Junio) tuvo lugar en un bosque del puerto de San Miguelcho. Fue una entrevista importante porque Queipo, que hasta entonces venía ocupándose de preparar el alzamiento en Valladolid, su “patria chica”, dió cuenta a Mola del resultado de un reciente viaje a Anda- lucía en el que tuvo oportunidad de pulsar el ambiente y escuchar la opinión de aquellas guarniciones con res- pecto al movimiento militar que se preparaba. Queipo se mostraba pesimista, tanto por la “gran intensidad revolucionaria que existía en el Sur, como por la notable falta de organizacion entre los conspira- 43. Zugazagoitia, J., Guerfa y vicisitudes de los espa-ET 1 w 272 88 m 517 88 l S BT ñoles, Barcelona, 1977 , pag. 107. 398 dores” (44). Y eso que los comandantes militares de Málaga, Granada y Cádiz, generales Patxot, Llanos Medina y López Pinto, respectivamente, le habían prometido su participación en la sublevación. Sin embargo, Queipo estaba disgustado, puesto que sus intentos para conven- cer al Jefe de la 2~ División, General José Fernández Villa-Abrille y Calivara, resultaron infructuosos, por- que éste “permanecía fiel a los ideales de extremismo republicano que le llevaron a conspirar en 1930 y no se sublevaría jamas contra un Gobierno de la República” (45). Ante esta situación, Queipo proponía la interven- cion en Andalucía del Ejército de Africa, el único que podía imponerse por la fuerza de las armas, atrayendo a los militares indecisos e ilusionando a aquéllos que temían que el alzamiento derivara en una nueva “sanjur- jada”. Parece ser que fue entonces (*) cuando Mola “piensa que es preferible que (Queipo de Llano) se haga cargo de la direccion de la compleja operacion en Sevilla, donde, sin duda, se presentarán dificultades ingentes” (46). A Queipo le contraria esta decísion -que, según él, le fue comunicada por Fanjul en Madrid- porque, 44. Gibson, 1, Op. cit., pág. 43. 45. Cierva, R. de la, Historia de la Guerra Civil..., Op. cit., 1, pág. 790. <~) Queipo difiere de esta version que sostienen los biógrafos de Mola. 46. Vigón, J., General Mola, el conspirador, Barcelona, 1957, pág. 95. 399 llegado el momento, “quisiera tomar el mando de las fuerzas que se subleven en Valladolid” (47), pero termi- na aceptando el reto. Como indica Vigón, “a fines de Junio quedaron desi~ nados los generales que habían de tomar el mando de las fuerzas sublevadas. Franco lo haría en Marruecos, Mola en Navarra y Burgos, Queipo en Andalucía, Villegas en Madrid, Cabanellas en Zaragoza, Saliquet en Vallado- lid, González Carrasco en Cataluña y Goded en Valencia” (48). Más adelante se acordó que Goded encabezara el alzamiento en Barcelona. La incógnita de Franco por fin había sido despejada, y no sin dificultades porque, en los tres meses anterio- res, el General se había negado a comprometerse en firme con sus compañeros de conspiración. Franco desconfiaba del éxito de la operacion y, precavido como era, trataba de asegurar su futuro con un acta de diputado por Cuenca, a la que aspiraba en las elecciones que el 10 de Mayo se iban a celebrar en aquella provincia. Sólo la fuerte oposición de la izquierda -canalizada a traves de un brillante discurso de Indalecio Prieto- y el disgusto que la decisión del General causo a José Antonio Primo de Rivera, obligaron a Franco a renunciar a sus aspira- ciones. Cerrada la puerta de la política, Franco volvió 47. Idem, idem. 48. Idem, idem, pág. 98. 400 a concentrarse -sin ninguna prisa, desde luego- en la conspiración y, si tal como apunta Suárez Fernández, “no sabemos en que momento preciso dió Franco a Mola su consentimiento para participar en el alzamiento que se preparaba”, en todo caso “tenemos que situarnos ya en pleno mes de Junio” (49). Esta lentitud en los compromisos definitivos -fun- damental e imprescindible el de Franco- y, en general, en el progreso de la conspiracion, irritaban profunda- mente a Mola que, por fin, se decidio a fijar el 30 de Junio como primera fecha para la rebelión. No obstan- te, a medida que se aproximaba el día surgían nuevas dudas y vacilaciones, “parecía que nunca se iba a termi- nar; guarniciones que parecían totalmente decididas en un momento dado, se manifestaban vacilantes al momen- to siguiente” (50). Mola canceló el proyecto antes del día 30 y el día 1Q de Julio estaba decidido a abandonar totalmente la empresa; incluso había redactado su peti- ción oficial de retiro del Ejército. Sus ayudantes le convencieron para que esperase por si la situación cam- biaba y, en efecto, cambió, al recibir en Pamplona infor mes que indicaban que el progreso de la insurreccion era ahora más firme. Esto fue suficiente para que Mola recuperara el optimismo y siguiera adelante con sus planes (51). 49. Suárez-Fernández, L., Op. cit., II, pag. 34. 50. Payne, S.G., Los militares y la política..., 2p~ cit., pag. 346. 51. Idem, idem, pag. 347. 401 Por lo que respecta a Queipo de Llano, superado el “disgusto” de la pérdida de Valladolid, se entrega con gran entusiasmo a preparar la sublevacion en Sevi- lía. El fracaso de su primera entrevista con Fernández Villa-Abrille no le desanima e insiste en una segunda que tampoco da los resultados esperados, al menos en la línea que Queipo deseaba, esto es, que el Jefe de la II Division se pusiera del lado de los conspiradores. Sin embargo, Queipo consigue algo positivo y a la postre suficiente: la neutralidad del General, por más que éste se negara a entrevistarse con Queipo por tercera vez a principios de Julio y le amenazara, desde Huelva donde se encontraba de maniobras, con hacer partícipe al Gobierno de las actividades sediciosas del Inspector General de Carabineros (52). No cabe duda, por tanto, de que el General Feman- dez Villa-Abrille estaba al corriente de la conspiracion y conocía a los principales conspiradores, con Queipo a la cabeza, en el territorio de su División. Y, pese a ello, nada dijo, ni a las autoridades de Madrid, ni siquiera a sus subordinados que, como en el caso del General Campins, acababa de hacerse cargo del mando de la 3~ Brigada de Infantería y de la Comandancia Mili- tar de Granada. La actitud de Fernández Villa-Abrille fue recompen- 52. Gibson, 1., Op. cit., pags. 47-48. —- ---—----—-----—--- 402 sada adecuadamente por Queipo y por el nuevo regimen, una vez que el alzamiento triunfó, pues, pese a que fue detenido, procesado y condenado, su prisión fue muy corta y benévola y, aunque fuera del Ejército, si- guía percibiendo sus haberes de General de División hasta su muerte (53). A pocos dias de iniciarse el alzamiento, como indi- ca Gibson, Queipo de Llano, el “eterno opositor”, el “maestro en deslealtades”, el “conspirador nato”, se encuentra otra vez entregado a su actividad preferida: la de luchar contra el poder establecido, sea éste del color político que sea” <54). El último escollo que tuvo que superar Mola fue el de la participacion definitiva de los carlistas en la sublevación. Aunque los contactos con la Comunion Tradicionalista se remontaban a meses antes, a princi- pios de Julio el Secretario de la organizacion, Manuel Fal Conde, enviaba a Mola una irritada carta en la que se hacia eco de algunos rumores -extendidos sobre todo por Lisboa, lugar de residencia del exiliado General Sanjurjo- que atribuían al movimiento militar unos obje- tivos que, en absoluto, podían ser admitidos por los carlistas. Mola y Fal Conde cruzaron alguna corresponden cia antes de que éste último exigiera del “Director” garantías de que, una vez consolidado el alzamiento, 53. Idem, idem. 54. Idem, idem. pag. 45. 403 se establecería en España una monarquía corporativa y católica. Mola respondio a esta carta el 9 de Julio; a su irritación unía su desesperanza y, tras apelar a la necesidad de salvar a España por encima de los intereses de los partidos, dejaba en manos de los tradicionalistas la responsabilidad histórica de hacer fracasar el movi- miento. Mola, pese a lo avanzado de la fecha1 estuvo a punto de abandonarlo todo de nuevo, pero una vez mas la situación cambió, después de la entrevista que el mismo día 9 mantuvo con el conde de Rodezno, aristocra- ta, terrateniente y portavoz del grupo carlista en las Cortes. Rodezno, consciente de la necesidad que los militares tenían de los carlistas e interpretando los deseos de inmediata intervencion de las milicias nava- rras, propuso a Mola que se relacionara directamente con la Junta carlista de Navarra, dejando al margen a Fal Conde y al alto mando de la Comunión Tradicionalis ta. La iniciativa de Rodezno y el “ultimatum” que plan- teó a Fal Conde días más tarde en San Juan de Luz, ven- cieron finalmente la resistencia carlista a apoyar a los militares, aunque las negociaciones continuaron hasta los días previos al alzamiento y Mola no tuvo más remedio que garantizar por escrito que el régimen 404 que surgiera tras la sublevacion estaría en completo acuerdo con los principios tradicionalistas (55). Desde la prisión de Alicante, a la que había sido llevado desde la cárcel modelo de Madrid, José Antonio Primo de Rivera envio a Mola un emisario para advertirle que, si en el plazo de tres días -a partir del día 15- los militares no se sublevaban, la Falange actuaría por su cuenta (56). Entre tanto, las maniobras que el Ejército de Afri- ca venia realizando en “Llano Amarillo” concluyeron el dia 12. El Teniente Coronel Yagiie envía una carta a Mola en la que deja traslucir su optimismo: “Tengo todo preparado; los bandos de guerra hechos. No dudo un momento en el triunfo” (57). Ese mismo día 12, el “Dragón Rapide” contratado por Luis Bolín -corresponsal de ABC en Londres- para trasladar a Franco de Canarias a Marruecos se encuentra en Lisboa. Bolín informa a Sanjurjo de los pormenores del viaje. - En Madrid, también el 12, cae asesinado el Teniente 55. Payne, S.G., Los militares y la política..., ~ cit., págs. 348-351 y Thomas, H., Op. cit., 1, pags. 224—229. 56. Payne, S.G., Los militares y la política..., Op . cit., pág. 352. 57. Tamames, R., Op. cit., pag. 231. 405 de la Guardia de Asalto José Castillo, presumiblemente por pistoleros de la derecha. La respuesta no se hace esperar y al día siguiente los compañeros de Castillo asesinan a José Calvo Sotelo, jefe de la oposición paría mentaria y carismatico líder de la derecha nacional. “La mitificación del alzamiento se afanó luego, durante algún tiempo, en señalar el asesinato de Calvo Sotelo, como factor desencadenante. Se trataba de una simplificación candorosa y para candidos... Pero sin duda el magnicidio del 13 de Julio, expresión del “clima pasional” de la “primavera trágica”, contribuyó a cerrar filas y a deshacer los últimos obstáculos” (58). Mola, que después del asesinato de Calvo Sotelo había fijado la fecha del alzamiento para el día 21; rectificó y el 15 envió a Yagiie un mensaje que decía: “El pasado día 15, a las 4 de la mañana, Elena dió a luz un hermoso niño”; tal mensaje, debidamente interpre- tado, significaba que el alzamiento debía iniciarse en Marruecos el 18 de Julio a las 5 de la madrugada y en la península el día 19 (59). No fue así, porque todo se anticipo veinticuatro horas debido a una delacion en Melilla, pero cuando Mola se entrevistó en la tarde del día 16 con el General Batet en el Monasterio de Irache, sabia que la suerte 58. Seco Serrano, C., Militarismo y civilismo..., 2p~ cit., pag. 422. 59. Thomas, H., Op. cit., 1, pág. 235. MANUEL TOURON YEBRA EL GENERAL MIGUEL CAMPINS Y SU EPOCA (1880-1936) Vol. 1 1 DIRECTOR: PROF. DR. DON MANUEL ESPADAS BURGOS UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID 1992 406 estaba echada. Mola tuvo que mentir a su superior y darle su palabra de que no estaba implicado en ninguna aventura subversiva, pero quedó muy impresionado porque Batet -que perderia el mando dos dias más tarde a manos de su Jefe de Estado Mayor- le descubrió que la conspira cion era conocida del Gobierno “en mucha mayor hondura y detalle de lo que pudiera suponerse. Cabia esperar, por lo tanto, cualquier reacción para desarticularla” (60). 8.2 Granada en los meses previos al alzamiento En las semanas que precedieron a las elecciones del 16 de Febrero de 1936 se registraron en diversos puntos de España, pero especialmente en el medio rural, numerosos incidentes -a veces violentos-, cuyo comun denominador solia girar en torno a los intentos de la derecha para impedir que el Frente Popular realizara actos politicos. Granada no fue una excepcion, y aun puede afirmarse que las irregularidades que sucedieron en la provincia andaluza superaron con creces a las que tuvieron lugar en otros puntos del pais. Naturalmente, esta situacion fue denunciad~ ante el Gobierno por los diputados grana- dinos de la mínoria, pero poco o nada se hizo al respec- to, entre otras razones porque las autoridades locales 60. Arraras Iribarren, 3., Historia de la II República..., Op. cit., IV, pág. 394. 407 eran las primeras que demostraban no estar interesadas en terminar con los incidentes, y mucho menos en facili- tar el camino hacia el triunfo electoral del Frente Popular. Cuando, por fin, las elecciones se realizaron, la tranquilidad que -al igual que la mayor parte de España- disfrutó Granada, no se correspondió con la agitación que vivieron buena parte de los pueblos de su provincia, de los que Brenan llega a decir que: “... la policia prohibía que se acercara a las urnas todo aquál que no llevase cuello y corbata” (61). Probablemente hay algo de exageracion en esta afir- macion, pero si es cierto que las presiones que los terratenientes granadinos ejercieron sobre sus asalaria- dos y las maniobras llevadas a cabo por conocidos caci- ques, distorsionaron un proceso electoral que, gracias tambián a la Ley Electoral de 1932, fue ganado por la derecha, que obtuvo los diez escaños destinados a la mayoría. La CEDA fue el partido triunfador, con cinco diputados, seguido del Partido Progresista (de Alcalá- Zamora) con dos, y de agrarios, tradicionalistas e inde- pendientes que lograron uno. El Frente Popular obtuvo los tres escaños correspondientes a la minoría (62). 61. Brenan, G., Op. cit., pág. 312. 62. “El Defensor de Granada”, 21 de Febrero de 1936. 408 Estos resultados, muy poco satisfactorios para la izquierda granadina, fueron impugnados por los dipu- tados frentepopulistas, alegando que no reflejaban los verdaderos deseos del pueblo, que habia sido coaccionado por la derecha; en su virtud, acordaron solicitar de las Cortes la anulacion de los comicios y su repetición en fecha a determinar por el Legislativo (63). La solicitud prosperó y, tras un tenso debate par- lamentario, el 31 de Marzo de 1936 las elecciones fueron anuladas, señalando el 3 de Mayo como fecha para la nueva consulta. En todo el proceso destacó la figura de Fernando de los Rios, que aportó pruebas convincentes de las irregularidades que se habian cometido, y entre ellas la fundamental, esto es, la participación con armas de agentes electorales de la derecha que, ademas, habían actuado con el apoyo de la fuerza pública (64). Sobre esta última cuestión, resultan significativos los datos señalados por el diputado del Frente Popular: “En los dias que inmediatamente anteceden a la eleccion llegan a Granada, una companía de guardias de Jaen, una compañia de Guardias de Asalto de Málaga, una sec- ción de la Guardia Civil de Burgos, un tanque ametralla- dora procedente de Madrid... Entre Enero y Febrero, el gobierno civil da 4.000 licencias de uso de armas” (65). 63. Gibson, 1., Granada en 1936 y el asesinato de Fede-ET 1 w 226 112 m 515 112 l S BT rico Garcia Lorca, Barcelona, 1986b, pág. 50. 64. Tuñén de Lara, M., La España del Siglo XX, Op. cit. , II, pág. 485. 65. Idem, idem., (Nota 1). 409 Ahora, a finales de Febrero, cuando a nivel nacio- nal se considera definitivo el triunfo del Frente Popu- lar, tienen lugar en Granada dos relevos, el del Gober- nador Civil y el de la Corporación Municipal. El primero supone la llegada de un nuevo representante gubernamental, en este caso el Teniente Coronel de Ingenieros, abogado y periodista, Aurelio Matilla Garcia del Campo, que era militante de Unión Republicana (66). El segundo supone -previa dimisión de la Corporacion anterior- la vuelta al gobierno de la ciudad de los ediles repu- blicanos destituidos por orden gubernativa en Octubre de 1934; al frente de este Ayuntamiento se sitúa, con caracter interino, el alcalde Constantino Ruiz Carnero, periodista y director del periódico republicano “El Defensor de Granada” (67). Del discurso pronunciado por Ruiz Carnero tras la sesion de apertura del Concejo, merecen destacarse aquellos párrafos en los que hace un llamamiento al orden y a la serenidad, “... porque la República tiene que ser orden y serenidad” (68), y en los que se muestra dispuesto, junto al resto de la Corporación, a trabajar por Granada y a defender la República. Los buenos deseos de un hombre honesto como Ruiz Carnero tenían difícil cabida en una ciudad donde las 66. “El Defensor de Granada”, 22 de Febrero de 1936. 67. Gibson, 1., Granada en 1936..., Op. cit., pag. 51. 68. “El Defensor de Granada” 21 de Febrero de 1936. 410 pasiones politicas eran muy exacerbadas. La clase media granadina, por ejemplo, aceptó a regañadientes la susti- tución de los concejales derechistas por los republica- nos, pero lo que ya se interpretó como un desafio de la izquierda en toda regla fue la gran manifestacion que recorrió las principales calles de la ciudad el dia 8 de Marzo, manifestación que se formó al concluir un gigantesco mitin en el que se pidió la anulacion de las pasadas elecciones (69). Aunque apenas hubo incidentes, ástos comenzaron al día siguiente, al ser tiroteada una concentrac~n de trabajadores. La respuesta de los partidos de izquier da y sindicatos consistió en declarar una huelga general que, en la mañana del dia 10, degenero en asaltos e incendios de numerosas instituciones, empresas e igle- sias1 entre los que merecen destacarse la sede de Falan- ge, el Teatro Isabel la Católica, el convento de San Gregorio el Bajo, la iglesia de El Salvador y el peno- dico “Ideal”, católico y enemigo del Frente Popular. La pasividad de las Fuerzas de Orden Público pudo compro barse en la mayoria de los incidentes, pero su inhibi- ción fue notoria en el caso del incencio del “Ideal”. “Ante la destrucción de sus propiedades, se comprende que hubiera, entre varios sectores de la clase media granadina, una reacción de odio. Este rencor lo desaho- ganan al estallar el Movimiento nacionalista: entre 69. Idem, 9 de Marzo de 1936. 411 los miembros de las escuadras de asesinos figuraran a menudo los hijos de las familias mas acomodadas de Granada” (70). No se puede descantan, como apunta Gibson, la in- tenvencion de personas incontroladas y provocadores en el incendio de las iglesias, objetivos fáciles de los que se puede obtener una rentabilidad política inme- diata, contraria, desde luego, a los intereses del Fren- te Popular (71). La proliferación y la magnitud de los disturbios alarmaron al Comandante Militar y Jefe de la guarnícion granadina, General Alvarez Arenas, el cual se entrevistó con el Gobernador Civil y le amenazo con desplegar sus fuerzas por la ciudad de no cesar los incidentes y la huelga que, a su juicio, los propiciaba (72). No se cumplió la amenaza de Alvarez Arenas, puesto que Granada volvió a la normalidad el dia 11; ahora bien, la actitud adoptada por el General desagnadó al Gobierno y días despuás fue sustituido por el General Llanos Medina. La misma suerte cornio el Gobernador, reeemplazado por otro miembro de Unión Republicana, Ernesto Vega. Como consecuencia de los sucesos del 10 de Marzo,fue 70. Gibson, 1., Granada en 1936 ..., Op. cit., pag. 54. 71. Idem, idem. 72. Gollonet Megías, A y Morales Lopez, J., Rojo y Azul en Granada, Granada, 1937, págs. 41-43. 412 ron detenidas numerosas personas e incautadas por la fuerza pública gran cantidad de armas. Arrarás da la cifra de 14.000 en toda la provincia -la mayoría eran escopetas de caza-; estas armas se depositaron en el Regimiento de Artillería (73), y constituiran, cuando se inicie el proceso sumarísimo contra el General Cam- pins, uno de los fundamentos de las acusaciones presen- tadas contra ál. “Parecía bien claro a todo el mundo que, despuás del 10 de Marzo, una reconciliación entre izquierdas y derechas en Granada seria muy difícil, por no decir imposible”. Pero, “... no cabe duda que los disturbios estrecharon las relaciones entre la clase media y la Falange” (74). La derecha granadina sufrió un nuevo golpe cuando las Cortes anularon las elecciones de Febrero y se ini- cio la campaña electoral de los nuevos comicios. La situación, evidentemente, había cambiado y ahora fueron los partidos integrados en el Frente Nacional los que tropezaron con toda clase de dificultades para ejercer sus legítimos derechos. Esta política de obstruccionismo a la derecha, auspiciada por las autoridades del Frente Popular -con el Gobernador a la cabeza-, derivo, en no pocas ocasiones, en amenazas y agresiones físicas con 73. Arraras Ibirarren, J., Historia de la cruzada..., Op. cit., III, pag. 280. 74. Gibson, 1., Granada en 1936..., Op. cit., III, págs. 56—57. 413 tra personas determinadas, pero no tuvo una influencia decisiva en los resultados electorales, marcados, eso sí, por el poder que ejercía en toda España desde Febre- ro el Frente Popular (75). En esta dinámica, no fue sorprendente que la iz- quierda obtuviera no sólo los diez escaños de la mayoría, sino tambián los tres reservados a la minoría, que se adjudicaron finalmente a candidatos de Izquierda Repu- blicana, Partido Comunista y Partido Socialista (76). El sentimiento de frustación de la derecha granadina alcanzó de esta forma su punto culminante, y puede afir- marse que, a partir de este momento, el antagonismo visceral que impedía cualquier relacion con la izquierda se convirtió en algo más peligroso todavía: en la deter- minación de acabar por medios violentos con el poder del Frente Popular; la conspiracion en Granada adquiría así carta de naturaleza, y ya no terminaría hasta hacer- se con el poder en Julio. Mientras los acontecimientos se precipitaban inexo- rablemente hacia el fatídico mes, el Gobierno decidió relevar de nuevo al Gobernador Civil; Vega parecía inca- paz de controlar el orden público y a consecuencia de ello la ciudad estaba sumida en un profundo desorden. Por otra parte, las relaciones con el Comandante Militar y con los oficiales y jefes de la guarnicion eran cada 75. Idem, idem, págs. 58-59. 76. “El Defensor de Granada”, 5 de Mayo de 1936. 414 día peores, sobre todo desde que los militares descubrie ron -los que tenían algo que ocultar, naturalmente- que eran objeto de vigilancia por parte de la autoridad gubernativa (77). El sustituto de Vega, Cásar Torres Martínez, que procedía de un cargo similar en Jaán, llegó a su destino el día 26 de Junio, e inmediatamente tuvo que hacer frente a una huelga de tranviarios y de basureros, que además de tener paralizada la ciudad constituía, en el caso de los segundos, una seria amenaza para la salud pública, existiendo el riesgo de que se declarase una epidemia. El Gobernador actuó deprisa y con eficacia terminando con el problema. No fue ásta la única intervencion acertada de To- rres Martínez, que intentó con los medios a su alcance relajar la tensión existente en la ciudad e imponer la Ley allí donde los extremistas de uno u otro signo la conculcaban. Sin embargo, al igual que le sucedió a Campins, tuvo poco tiempo para desarrollar su trabajo y aun para enterarse de los entresijos de la conspira- cion que se urdía contra la República. Una conspiracion que ya el 1Q de Julio era mencionada con suficiente claridad por el diario “Ideal”, que ese día reaparecía una vez restauradas sus instalaciones y maquinaria, despuás del incendio provocado por los izquierdistas 77. Arraras Iribarren, J., Historia de la cruzada..., Op. cit., III, pág. 274. 415 en Marzo. En su primera pagina, el periódico católico decía: “No llegamos tarde para incorporarnos a las huestes de los que han emprendido la meritoria tarea de sacar al país de las actuales horas dramáticas. Todavía es tiempo de unirnos a quienes luchan por salvar los prin- cipios tradicionales de España...” (78). ¿Quiánes eran en Granada los que “luchaban” por tales principios?. Sin duda, iniciado ya el mes de Ju- lio, muchas eran las personas comprometidas en la conspi racion, empezando por el Comandante Militar, General Llanos, que desde su llegada a la ciudad se había puesto decididamente al frente del movimiento sedicioso. Llanos se había entrevistado por primera vez con Queipo de Llano a mediados de Junio y le había prometido su parti- cipacion en la sublevacion; una nueva gira de Queipo por el territorio de la 2~ Dívísion, a comienzos de Julio, propició una entrevista entre los dos generales, que sirvió a Llanos para ponerse al día sobre la marcha del movimiento (79). Pero, por desgracia para los conspiradores, el Gobierno tuvo conocimiento de esta segunda entrevista y decidió relevar a Llanos, en un claro intento de es- trangular al alzamiento militar granadino. 78. “Ideal”, 1 de Julio de 1936. 79. Arraras Iribarren, J., Historia de la cruzada..., Op. cit., III, pág. 276. 416 La decísion gubernamental asestó un duro golpe a la conspíracion que, no obstante, siguió adelante, encabezada en el ámbito militar por el Coronel Antonio Muñoz Jimánez, Jefe del Regimiento de Artillería; por el Coronel Basilio León Maestre, Jefe del Regimiento de Infantería de la plaza, por el Capitán de Infantería Josá María Nestares Cuállar y, sobre todo, por el Coman- dante Josá Valdás Guzmán, que a su condición de militar -era jefe de administración de la guarnición de Granada- unía la de ser “camisa vieja” de Falange y Jefe de la Milicia granadina. Valdás, logroñás de nacimiento, participó en la Guerra de Africa entre 1918 y 1923 y fue herido de grave dad; las secuelas de su herida siguio padeciándolas hasta su muerte y, en alguna medida, determinaron un caracter desagradable, frío y distante. En 1931 fue destinado a Granada y, como dice Gibson, “mientras go- bernadores civiles y militares se sucedieron en Granada con monótona regularidad entre 1931 y 1936, Valdes no se movió de la ciudad en cinco años, lo cual le permitió conocer no sólo a los demas oficiales de la guarnición sino a mucha gente, sobre todo de derechas, entre la población civil. Podemos estar seguros de que Valdás conocía la ciudad y su situación política al dedillo” (80). 80. Gibson, 1., Granada en 1936 ..., Op. cit., pag. 63. 417 Despues de la quema de la sede de Falange en Marzo, el partido quedó materialmente deshecho, y no comenzo a recuperarse hasta que a finales de Mayo, y tras una visita de Josá Luis de Arrese, se reestructuraron sus cuadros de mando y se procedió a la búsqueda de afilia- dos, tarea que, al parecer, no resultó complicada, con- siguiendo un buen numero de ellos en pocos días (81). La Falange granadina, que jugaría un papel de pri- mer orden en el alzamiento, adoptó su conformación defi- nitiva tras una segunda visita de Arrese en Junio; se nombraron tres jefes de distrito, bajo la autoridad de Valdás, y se tomaron medidas para salvaguardar la seguridad de la organización. Las reuniones del Jefe de la Milicia con sus jefes de distrito se fueron hacien do cada vez más frecuentes, a medida que se aproximaba el alzamiento, pero Valdes nunca cometió imprudencias, variando constantemente los lugares donde se celebraban dichas reuniones y teniendo buen cuidado de despistar a la Policía que los vigilaba estrechamente. Esta es la situación que encontró el General Cam- pins cuando llegó a Granada el día 10 de Julio; pero, naturalmente, ál ignoraba la práctica totalidad de estos extremos, empezando por los motivos de la destitución del General Llanos. Un somero analisis de la valoración que los conspi— 81. Gollonet Megías, A., y otro, Op. cit., pág. 99. 418 radores debieron hacer ante la llegada de Campins, sitúa a este entre los militares republicanos o, al menos, entre los militares que gozaban de la confianza guberna- mental. Ya se ha visto que esta posible simplificacion de los hechos no se ajusta a la realidad, pero, en todo caso, la presencia de Campins no debió ser bien recibida por todos aquállos que tenían en Llanos el jefe natural del alzamiento militar. 8.3 Campins en Granada Cuando el General Campins desciende del tren en Granada, lo esperan en el andán de la estación el Coro- nel León Maestre, Jefe del Regimiento de Infantería y Coronel mas antiguo, el Comandante Miralles, Jefe de Estado Mayor de la 3~ Brigada, y el ayudante del General Llanos, que todavía no había recibido la comuni- cacion oficial de su destitución y sigue, por consiguien te, al mando de la plaza. Horas más tarde se entrevistan los dos generales y, “... ya con noticia oficial, me hago cargo del mando recibiándolo directamente de mi antecesor” (82). Campins conocía a Llanos, del que tenía un exce- 82. A.F.C., “Diario detallado”, 4. 419 lente concepto, que suponía recíproco, y por ello mani- festó al General saliente su sentimiento por lo sucedido y en especial por la forma, precipitada y un tanto anor- mal, empleada para destituirle (83). Tras la comunicación oficial del relevo al General de la División, Fernández Villa Abrille, y al Ministerio de la Guerra, los dos militares intercambian pareceres, “El General Llanos me contó el incidente, que ál no pudo remediar, de la detencion por el anterior Gobernador Civil, del Capitán de Aviación Sr. Pérez de Victoria -algunos achacan a este incidente el relevo- ...“ (84). A lo largo del día, Campins tendría oportunidad de escuchar mas opiniones y comentarios acerca de la sustitución de Llanos y, sobre todo, respecto a los acontecimientos que jalonaron la vida de la ciudad en los meses anteriores, otros me hablan de haber estado vigilados los cuarteles cierta noche de no hace muchos días. Tambien me cuen- tan lo de los incendios, meses antes, de varios edificios, siendo Matilla Gober nador Civil.., queda malestar” (84). 83. A.F.C., recopilación de datos ináditos por Don Mi- guel Campins Roda. 84. A.F.C., “Diario detallado”, 4. 420 Pero, de lo que no hay duda para Campins es de que, “... ni el General Llanos, ni los corone- les, ni nadie, me hablan de nada anormal y todos se extrañan de la urgencia de mi incorporacion” (85). Al mediodía, Campins almuerza en la casa del Coro- nel Leon, al que conocía de su estancia en Africa (*); en realidad, hasta el día 13, el General almorzara siem- pre con la familia León, en tanto no se pone a punto y queda libre su pabellón en la Comandancia Militar y encuentra una cocinera (86). Por la tarde, despuás de saludar a los Jefes de Cuerpo y Dependencias de la guarnicion, inició las visi- tas de inspeccion reglamentarias, comenzando por los Regimientos de Infantería y Artillería que, en su opi- nión no están mal, aunque, claro está, estima que habrá que inspeccionarlos mas adelante con mayor detenimiento. Una vez mas, la oficialidad quiere conocer los motivos del relevo de Llanos, y Campins, “... echo la culpa de la urgencia de mi incorporacion a las anunciadas huelgas 85. A.F.C., “Notas para la defensa”, 3-4. (*> León Maestre, entonces Teniente Coronel destinado en la circunscripción de R’gaia que mandaba Campins en 1925, no ahorró elogios a su superior en la certi fícacion que realizó para el expediente de ascenso del mismo; en A.G.M. 1~ Sección, Expediente C-701. 86. Granada, 11 y 13 de Julio de 1936, el General Cam- pins a su esposa, D~ Dolores Roda, A.F.C. 421 de ferrocarriles y general de Granada” (87). Es posible que a estas alturas Campins estuviera convencido de que la rapidez con que fue nombrado y las exigencias oficiales de su rápida incorporacion, tenían su origen en las huelgas anuncidas. Esta es al menos la impresión que transmite el contenido de su carta del día 12 de Julio a su madrastra (88). No hay que olvidar tampoco la influencia que en estos días debieron tener las conversaciones que sin duda mantuvo con el General Llanos -permaneció en Granada hasta el día 13- y, principalmente, con el Coronel León, con el que almorzo sus cuatro primeros días granadinos. Sabemos que León Maestre era un conspirador, por eso no resulta nada extraño que, al conocer al nuevo Comandante de la plaza, fuera ál el encargado de reci- birlo, de ponerlo al corriente de la situación en Grana- da y de brindarle su hospitalidad -desde luego, sincera y afectuosa, como reconoce el General-, probablemente con el objeto de comprobar si lo que a la mayoría de la guarnición le parecia evidente -esto es, el “republi- canismo” de Campins-, era así en realidad, o el General podría convertirse en la cabeza que ahora necesitaba el movimiento militar granadino. 87. A.F.C., “Diario detallado”, 5. 88. Granada, 12 de Julio de 1936, el General Campins a su madrastra, D~ Leonor Amieba, A.F.C. 422 Con respecto a la actitud de Llanos, no se puede descartar que desconociera los autánticos motivos de su destitución. El General saliente no tenía que saber necesariamente que el Gobierno conocía su ultima entre- vista con Queipo, entrevista que, por otra parte, se realizo con todas las precauciones posibles, que sin embargo no evitaron su detección por la Policia. Llanos podía estar convencido de que fue el incidente del Capi- tán Joaquín Párez y Martínez de Victoria -que áste era su verdadero nombre- el que influyó en su salida de Granada. El incidente en cuestión consistió en la detención del citado Capitán por la Guardia de Asalto, cuando se encontraba reunido con militantes de Falange, partido al que pertenecía. Con la autorización del General Lla- nos el oficial fue trasladado a Madrid e interrogado en la Dirección General de Seguridad. Volvió a Granada y se incorporo a su destino. Su hermano Manuel, Teniente de Artillería destinado en el Regimiento de guarnicion en la plaza, tuvo tambián un incidente con el Gobernador Civil y fue arrestado. Como colofón a toda esta situación aumentó el males tar entre los oficiales de Artillería, que al mismo tiempo vieron su cuartel vigilado por las fuerzas de seguridad, ante la sospecha del Gobernador de que en la unidad se celebraban reuniones clandestinas de falan- gistas. Llanos dio cuenta de lo que sucedía al Jefe 423 de la División -no tenía mas remedio, puesto que las imprudencias de los dos oficiales podían poner en peli- gro la conspiración-, que se persono en Granada e infor- mó finalmente al Gobierno de la tensión existente en la plaza. El Gobierno destituyó a Vega y, dias más tarde, no tuvo ninguna duda en hacer lo mismo con Llanos tras su entrevista con Queipo. “Queda malestar”, anota Campins en su diario corres pondiente al 10 de Julio. Sólo llevaba unas horas en Granada, pero se daba cuenta de que la guarnición que había elegido no era precisamente de las más tranquilas, sino todo lo contrario. Nada anota respecto a las auto- ridades civiles y, sin embargo, ese mismo día se entre- vistó con el recientemente nombrado Gobernador, Torres Martínez, y con el Alcalde, Manuel Fernández-Montesinos, que lo era desde unas horas antes. En efecto, la incapacidad que venían demostrando desde hacia meses los concejales granadinos, para elegir a uno de ellos como Alcalde, terminó el 10 de Julio, cuando por fin fue elegido el socialista Fernández-Monte sinos que era cuñado del poeta Federico García Lorca y como ál tendría un trágico final (89). Los seis días que precedieron al alzamiento fueron los más tranquilos de Campins en Granada. Como era su 89. Gibson, 1., Granada en 1936..., Op. cit., pág. 60. 424 obligacion, continuo con las visitas de inspección, al mismo tiempo que conocía la ciudad. El Hospital Mili- tar fue su primer destino; le acompañan el Comisario de Guerra, Comandante Valdás, su Jefe de Estado Mayor y su ayudante, el Comandante Francisco Rosaleny Bourguet. El Hospital está bien, a su juicio. Por la tarde visita el aeródromo de Armilla acompañado de los jefes citados. Lo recibe el Jefe provisional del mismo, Capitán Joaquín Párez Martínez de Victoria; a Campins no le gusta 10 que ve: poco material apto para el servicio -sólo dos cazas disponibles-, poco personal y escaso de instruc- ción (90). El lunes 13 de Julio revista al Parque de Intenden- cia, donde está destinado el Capitán Bonifacio Jimenez- Carrillo, el cual, segun informes reservados es un iz- quierdista peligroso. Por la noche, una vez que se cono- ce el asesinato en Madrid de Calvo Sotelo, “... he tenido que tomar algunas precau- ciones en los cuarteles a causa del asesi nato del pobre Calvo Sotelo (q.p.d.). No se a donde vamos a parar por ese cami- no, pues eso dará lugar a represalias. La poblacion está perfectamente tranqui- la” (91). Campins deja constancia en su Diario del informe que 90. A.F.C., “Diario detallado”, 5-6. 91. Granada , 13 de Julio de 1936, el General Campins a su esposa, D~ Dolores Roda, A.F.C. 425 le facilita el mádico del Regimiento de Artillería, sobre la emoción y el efecto que ha producido en los oficiales de la Guardia de Asalto el conocimiento de las circunstancias que rodearon la muerte del político derechista (92). El General establece contacto con las autoridades civiles, con las que desde ahora se relacio- nara continuamente. “A partir de la muerte de Calvo Sotelo, que ya se empezó a enrarecer un poco el ambiente y la situación, estuvimos en un contacto continuo, es decir que había días que hablábamos tres y cuatro veces por teláfono. Y ál (Campins> venia al Gobierno Civil, vino tres o cuatro veces en estos días tambián, no se si dos o tres pero, en fin, por teláfono continuamente estuvimos hablando” (93). El día 14 el General Campins prosigue sus visitas de inspeccion con la que realiza al campo de tiro, al campo de deportes de “La Cartuja” y a la guardia de carcel: “está mal y es de Artillería” (94). En la carta que ese mismo día escribe a su esposa se muestra, por un lado, confiado y tranquilo, animándola a reunirse con el: “Yo creo que echará algún tiempo aquí, mejor dicho, no veo motivos de cesar en este puesto, por ahora...” (95>. 92. A.F.C. “Diario sintático”, 2. 93. Testimonio de Cásar Torres Martínez, en Gibson, 1., Granada en 1936..., Op. cit., pág. 74. 94. A.F.C. “Diario detallado”, 6. 95. Granada , 14 de Julio de 1936, el General Campins a su esposa, D~ IXlores Roda, A.F.C. 426 Pero, por otra parte, aflora una cierta desconfia- za, una incertidumbre sobre el futuro, que ve poco claro: pero no puedo asegurar que de un plumazo me quiten si cambia la situacion, que no es nada segura” (95). Estas son las últimas impresiones escritas que deja Campins antes del alzamiento. Los dos días siguien- tes visita la Fábrica de Pólvoras de “El Fargue”, donde estudia con su director la defensa y guardia de los almacenes de explosivos, y otras dependencias; recibe a los mandos de las Fuerzas de Orden Público (Guardia Civil, Asalto y Policía) y cumplimenta a las jerarquías eclesiásticas de la ciudad. El viernes 17 de Julio, terminadas todas las ins- pecciones, el General Campins pensaba redactar un infor- me para su superior de Sevilla, y nada hacía presagiar que este día seria muy diferente a los anteriores, en los que el Comandante Militar de Granada había comenzado a habituarse a la rutina de la vida en guarnícion. Sin embargo, a eso de las 20 horas, se presentó en la Coman- dancia el Capitán Mádico del Regimiento de Artillería, que era radioaficionado y poseía una emisora-receptora debidamente legalizada, para informarle que sobre las 18 horas había establecido contacto con un radioaficio- nado de Melilla, el cual le había comunicado que unida- des militares de la plaza se habían sublevado contra el Comandante Militar, General Romerales. Al parecer 427 había algún tiroteo en la ciudad y se habían producido ya algunas bajas. Media hora más tarde, el melillense había vuelto a llamar al Capitán para confirmarle las anteriores noticias. Campins agradece al oficial mádico estas informaciones y le ruega le informe si se produce alguna novedad. (96). El General Campins no lo sabia, pero los sucesos de Melilla eran la chispa que iba a encender el movimien to militar que desde meses antes se venia preparando. Mientras ál realizaba una primera valoracion de la infor mación que acababan de comunicarle, en Ceuta el Teniente Coronel Yagiie se hacía con la ciudad y la guarnícion de Larache se preparaba para seguir sus pasos horas más tarde. El Ejárcito de Africa se levantaba en armas contra la República. 8.4 El alzamiento militar No fue difícil para los conspiradores melillenses, que mandaba el Coronel Seguí, hacerse con el control de la ciudad y detener al Comandante Militar -General Romerales-, pese a que la traicion de un falangista obligó a anticipar la operación veinticuatro horas. Alertados por Seguí los jefes de la conspiración en Tetuán, Ceuta y Larache sobre el inicio del alzamien- 96. A.F.C., recopilación de datos ináditos por Don Mi- guel Campins Roda. 428 to en Melilla, pasaron tambián a la acción y, tras sofo- car algunos núcleos de resistencia, puede afirmarse que en las primeras horas de la mañana del día 18, todo el protectorado español de Marruecos estaba en poder de los militares sublevados. “De este modo se configuró la base de operaciones de lo que había de ser fuerza fundamental de los antirrepublicanos; el Ejárcito colo- nial de España en Marruecos, integrado prácticamente en su totalidad por soldados profesionales, y en una elevadísima proporción por no españoles (moros de Regu- lares y extranjeros de la Legión)” (97). Alzado en armas el Ejárcito de Africa, el siguiente paso consistía en que Franco se pusiera al frente del mismo, e iniciara las acciones necesarias para llevarlo a la Península. Para ello, el Comandante General de Canarias debe trasladarse, primero, de Santa Cruz de Tenerife a Las Palmas de Gran Canaria, y luego de esta Capital al norte de Africa. El primer traslado se ve enormemente facilitado, e incluso autorizado por el Gobierno, al desear Franco asistir al sepelio del General Balmes, Comandante Mili- tar de Las Palmas, muerto en accidente el día 16 de Julio. Ese mismo día por la noche el General y su fami- lia embarcan para la capital de Gran Canaria, a la que llegan al amanecer. Franco preside el entierro y pasa el resto del día a la espera de acontecimientos; ástos 97. Tamames, R., Op. cit., pag. 233. ~ ~ ——-————-——-— ~ ---—- 429 se producen en las primeras horas de la madrugada, cuan- do le anuncian la sublevación de Melilla. Inmediatamente, acompañado del General Orgaz, se dirige hacia la Comandancia Militar y, una vez allí, “cursó a las ocho divisiones- Madrid, Sevilla, Valencia, Barcelona, Zaragoza, Burgos, Valladolid y La Coruña- y a las comandancias militares de Baleares, Melilla, Caballería de Madrid, Cádiz, Málaga, Granada, Córdoba, Almería, Huelva, Badajoz, Salamanca, Cáceres, Vigo, Zamora, El Ferrol, León, Santander, Oviedo, Vitoria, Pamplona, Logroño, Tarragona, Gerona, Alicante, Lerida, Castellón, Murcia, Cartagena, Bilbao, San Sebastián y Mahón, un telegrama que no tenía seguramente otro objetivo que demostrar que Franco estaba ya en el alza- miento: “Gloria al heróico Ejárcito de Africa. España sobre todo. Recibid el saludo entusiasta de estas guar- niciones que se unen a vosotros y demas compañeros de la Península en estos momentos históricos. Fe ciega en el triunfo. Viva España con honor. General Franco” (98). Franco, en efecto, estaba en el alzamiento, y el telegrama que envía a todas las guarniciones militares de importancia tiene un valor excepcional, si se consi- dera que la participacion del General en la sublevación 98. Archivo de la Fundación Francisco Franco, Legajo 172, folio 13, citado por Suárez Fernández, L., Op. cit., II, pág. 52. Tambián en Cierva, R. de la, Francisco Franco..., Op. cit., 1, pags. 448- 449. 430 decidiría, como de hecho sucedió, la adhesión de otros muchos militares. En la documentación autógrafa del General Campins, nada se indica sobre la posible recepcíon del telegra- ma de Franco, que sin duda, de haber llegado a su poder en la madrugada del día 18, le hubiera aclarado muchas de las incognitas que los escasos datos que hasta esa hora poseía le estaban planteando. Debemos suponer, pues, que Campins no recibió tal telegrama -pese a que Granada figuraba claramente entre los destinatarios del mismo-, lo que explica, en cierta medida, algunas de sus actuaciones posteriores. Franco, entre tanto, da órdenes a Orgaz, al que nombra Comandante de Las Palmas y Jefe del archipiálago en cuanto ál lo abandone, para que mediante la declara- cion del estado de guerra y la ocupación militar de las islas, asegure el triunfo del alzamiento. Mientras se proclama la ley marcial y las tropas comienzan a -situarse en los lugares estratágicos de Las Palmas, en prevísion de posibles ataques de la iz- quierda frentepopulista, Franco difunde un manifiesto, en el que hacía especial referencia a la excepcional relación que los oficiales españoles habían de tener con la Patria misma, más que con níngun gobierno en particular, denunciaba las influencias extranjeras, y prometía, en tárminos emotivos, un orden nuevo despuás 431 de la victoria.., el manifiesto acababa con un ‘viva” al “honrado pueblo español”, despuás de una inesperada referencia a la fraternidad, la libertad y la igualdad” (99). Tambián se produce, en esas primeras horas del día 18, una llamada telefónica del Jefe de Gobierno, Casares Quiroga, que desea hablar con Franco. Este no se pone al teláfono, porque a su juicio, Casares reaccio naba tarde y había dejado pasar muchos días sin contes- tar a la carta que el General le remitió a finales de Junio, advirtiándole sobre los riesgos que corría la República si no se variaba la política militar y se ponía fin a las continuas agresiones que sufría el colec tivo castrense. Con quien sí habla Franco es con Diego Martínez Barrio hacia las 8 de la mañana. El Presidente de las Cortes -por encargo expreso de Manuel Azaña- trata de llegar a un acuerdo conciliador con el Comandante Gene- ral de Canarias, quien le asegura que el movimiento militar no es contra la República, sino contra la dege- neración del rágimen a que había conducido el Gobierno del Frente Popular. Es posible que la mediación de Martí nez Barrio hubiera dado resultado si no hubiera sido por la absoluta intransigencia del General Mola, que se negó rotundamente a discutir cualquier tipo de acuer- 99. Thomas, H., Op. cit., 1, pág. 243. 432 do con las autoridades republicanas de Madrid (100). Conforme avanza la mañana Franco recibe cada vez mejores noticias, hasta que, sobre las diez y veinte, un radiograma le anuncia que los últimos focos de resis- tencia del protectorado marroquí habían sido dominados. El Ejárcito de Africa reclamaba ahora la presencia en su territorio de su “jefe natural”, y áste, con el con- vencimiento de que Orgaz lograra vencer la opisición que aun se manifiesta en las calles de Las Palmas, em- barca media hora más tarde en un remolcador que le lleva al aeródromo de Gando, donde espera el “Dragon Rapide” desde hace unos días. A las dos y diez de la tarde el avión inicia su vuelo, llevando como pasajeros a Franco, a su insepara- ble ayudante Franco Salgado-Araujo y a un piloto español. La primera etapa es Agadir, y de allí a Casablanca, donde aterriza a las nueve y cuarto de la noche; Luis Bolín espera al futuro Caudillo y, no sin antes discu- tirlo deciden pasar la noche en la ciudad. A las cuatro de la madrugada del día 19 de nuevo en marcha, esta vez con destino definitivo a Tetuán, donde aterrizan tres horas más tarde en el aeródromo de Sania Ramel. Por fin Franco está en Africa; el nerviosismo y la preo- cupación de los jefes y oficiales sublevados desaparece con la presencia del General, que inmediatamente asume 100. Cierva, R. de la, Francisco Franco..., ~ 1, pág. 452. 433 el mando de todas las fuerzas y comienza a disponer el envío de las primeras tropas a la Peninsula (101). Casi a la misma hora que Franco llegaba a Tetuán, el General Mola decretaba el estado de guerra en Pamplo- na y, apoyado por los requetás, se hacia con el control de Navarra, “una de las escasas regiones españolas donde, a causa de las reivindicaciones forales y tradicionalis- tas, llegó a apreciarse verdadero calor popular en pro del levantamiento militar” (102). Horas antes, en Burgos y Valladolid, el Coronel Moreno Calderón y el General Saliquet, respectivamente, habían logrado vencer la resistencia de los militares contrarios al alzamiento y, tras detener a los Jefes de la VI y VII Divisiones orgánicas, generales Batet y Molero, controlaban ya una amplia zona que se extendía por toda la meseta del Duero, e incluía las provincias citadas y las de Palen- cia, Zamora, Salamanca, Avila, Segovia y Soria. En Zaragoza, esa misma madrugada, el General Caba- nellas -despuás de una serie de dilaciones- dió el paso definitivo y proclamó la ley marcial. La huelga general que de inmediato decretaron la UGT y la CNT apenas tuvo incidencia, y la cabecera de la V Dívísion se sumó al alzamiento y pudo facilitar a Mola el material militar que necesitaba para armar a los carlistas. 101. Idem, idem, págs. 453-456. 102. Tamames, R., Op. cit., pag. 234. 434 En Galicia, la conspiracion era más dábil que en el resto de España. Los generales Salcedo y Caridad Pita, Jefes de la VIII División y de la guarnición de La Coruña, respectivamente, no simpatizaban con el alza- miento y por ello los conspiradores no se decidieron a proclamar el estado de guerra hasta el día 20. Con todo, en La Coruña necesitaron dos días para vencer definitivamente a las fuerzas opositoras, prolongándose la resistencia al movimiento en Vigo y Tuy hasta el día 26 de Julio (103>. El destino del alzamiento militar en Asturias, la region mas revolucionaria de España, dependía del Coronel Antonio Aranda, Comandante Militar de Oviedo, catalogado como masón y liberal, pero que poseía una excelente reputación profesional conquistada en la pía- nificacion del desembarco de Alhucemas. Politicamente afin al partido de Lerroux, Aranda se comportaba de forma muy moderada con los republicanos de izquierda, y por ello, al conocerse la sublevación del Ejárcito de Africa, no se inquietaron excesivamente por lo que pudiera pasar en Asturias. Aranda, sin embargo, era un conspirador y tenía preparada la defensa de Oviedo desde mucho tiempo antes, en prevísion de un posible ataque de los mineros. A lo largo de todo el día 19 contemporizo con el Goberna- 103. Idem, idem, pág. 235. 435 dor Civil y por la noche proclamó el estado de guerra y ocupó militarmente la ciudad, que, merced a sus acerta das disposiciones, pudo defenderse con áxito del cerco a que fue sometida por los mineros” (104). Por lo que respecta a Sevilla y a la actuacion del General Queipo de Llano, constituye sin duda uno de los episodios más notables de la sublevacion, puesto que, una vez consolidada la plaza, se convírtio en el centro de operaciones del Ejercito de Africa en su avan- ce hacia el Norte. No puede negarse a Queipo, como indi- ca Salas Larrazábal, una “enorme serenidad y audacia” (105) a la hora de comenzar su aventura sevillana que, no obstante , se contempla desde diferentes puntos de vista al analizar los planteamientos personales del General. Así, para el socialista Zugazagoitia, “Queipo de Llano llegó a la capital andaluza con un extremado pesi- mismo en cuanto al final de la aventura, en que no por gusto de ella, sino por encono y despecho acumulado, uníco motor de su vida y de su personalidad mediocres, se había embarcado. El mismo ha referido que su descon- fianza era tanta que, en previsión de ser hecho prisio- nero, tenía la pistola montada y en la mesa, al alcance 104. Payne, S.G., Los militares y la política..., 9~ cit., págs. 358—359. 105. Salas Larrazábal, R., Aproximacion histórica a la Guerra española (1936-1939>, en Anejos de Cuader nos bibliográficos de la Guerra de España (1936- 1939>, 1, Madrid, 1970, Editor Vicente Palacio Atard, pags. 118-119. 436 de la mano, dato que no por inexacto, que inexacto es, deja de ilustrarnos sobre su incredulidad en cuanto al áxito de la rebelión” (106). Gibson, por el contrario, piensa que “al embarcar- se Queipo de Llano en la aventura de sublevar Sevilla, el General sabía de antemano que, con un poco de suerte -los oficiales estaban casi todos en la conspiración, aunque no los jefes-, podría contar con fuerzas mas que suficientes para oponerse a los “rojos”, quienes, si eran indudablemente muchos, tenían poquisimas armas y en absoluto disponían de armas pesadas” (107). Sea como fuere, lo cierto es que, avisado en Madrid por Galarza de que el alzamiento era inminente, Queipo de Llano parte para Sevilla en la noche del día 16 de Julio y llega a la capital andaluza hacia las ocho de la mañana del día 17. Visita protocolariamente a Feman- dez Villa-Abrille, al que comunica que su presencia en la plaza se debe esta vez a una inspeccion que va a realizar en las aduanas de Ayamonte, y a la entrega de una bandera al cuartel de Carabineros de Isla Cristi- na. Más tarde se reune con el Comandante Cuesta Monereo (*>, que le pone al corriente de las últimas noticias y prosigue viaje hacia Huelva, ciudad a la que llega 106. Zugazagoitia, J., Op. cit., pag. 60. 107. Gibson, 1., Queipo de Llano..., Op. cit., pág. 51. (*) Como dice Gibson, la autántica “eminencia gris” de la sublevacion sevillana. 438 Brigada de Artillería, los ayudantes de los dos genera- les y un Comandante de Estado Mayor. En el cercano cuartel del Regimiento de Infantería Granada n~ 6, al que se trasladan Queipo, su ayudante y el Comandante Cuesta, tiene lugar una escena parecida, cuyo resultado es la detención del Jefe de la unidad, Coronel Allanegui, y de su segundo, el Teniente Coronel Lucio Miguel Berzosa (*). Todos los detenidos son lleva- dos a la Jefatura de la División, mientras Queipo da órdenes para que tres companías de Infantería salgan del Regimiento, se desplieguen por los lugares estratá- gicos de la ciudad y declaren el estado de guerra. Los primeros tiroteos con la Guardia de Asalto tienen lugar inmediatamente (110>. Gibson sostiene que la facilidad con que Queipo detuvo a los principales mandos de la guarnícion sevi- llana, es probable que se debiera a la insistencia del General en afirmar que el alzamiento “iba dirigido sólo contra los excesos del Frente Popular y hacia el “ende- rezamiento” de la República” (111). Sin duda, la repu- tación de republicano que Queipo tenía sembró la confu- sion en muchos oficiales, aunque otros, como el Coronel del Regimiento de Caballería Taxdir n0 7, Santiago Ma- (*) Amigo del General Campins, paso con ál los días que precedieron a su ejecución. 110. Olmedo Delgado, A., y otro, Op. cit., pags. 102- 107. 111. Gibson, 1., Queipo de Llano..., Op. cit., pag. 66. 437 a última hora de la tarde (108). En Huelva, Queipo se entera de que en Melilla se ha iniciado el alzamiento, y espera a la mañana siguien- te -día 18- para presentarse ante el Gobernador Civil y enterarse de nuevas noticias procedentes del protec- torado y de Madrid. En este punto, la versión de los biógrafos de Queipo, el relato que de los hechos efectuó el entonces Gobernador Civil de Sevilla y las manifesta- ciones del propio General difieren sustancialmente. Gibson se inclina por la versión del Gobernador, según el cual Queipo mintió a su homólogo de Huelva -al que hizo una de sus acostumbradas profesiones de fe republi- cana- para poder llegar hasta Sevilla, siendo el mismo Gobernador de esta ciudad el que finalmente le otorgó el “salvoconducto” que le permitió llegar a la capital andaluza sin ser detenido por la Guardia Civil (109). Una vez en Sevilla, Queipo se pone el uniforme y se traslada a la Jefatura de la II División Orgánica, donde un sorprendido Fernández Villa-Abrille le recibe y le interroga sobre su presencia allí. Queipo le contes ta que ha llegado el momento de que decida si se une a sus compañeros o permanece leal al Gobierno; Feman- dez Villa-Abrille le dice que siempre estará a las órde- nes del Gobierno y Queipo, entonces, le detiene. Tambián son detenidos el General López Viota, Jefe de la 2~ 108. Olmedo Delgado, A., y Cuesta Monereo, J., General Queipo de Llano, aventura y audacia, Barcelona, 1957, pags. 94-95. 109. Gibson, 1., Queipo de Llano...,Op.__cit., págs.62- 63. 439 teos, sólo hicieron caso de la mala fama que el General tenía en el Ejárcito, y por eso no es extraño que contes tara con un rotundo: “Contigo, ni a recoger monedas de cinco duros” (112), a la pretensión de Queipo de que se sublevara. Detenido Mateos -que seria fusilado días despues-, al que traicionaron algunos de sus oficiales, los rebel- des se fueron adueñando paulatinamente de las calles sevillanas, y la uníca resistencia que encontraron se concentró en el Gobierno Civil y en el Hotel Inglaterra, situado delante de aquál. La Guardia de Asalto resistió unas horas, hasta que los sublevados utilizaron morteros y artillería. El Gobernador, Jose María Varela Rendueles, decidió rendirse cuando, “aislados de todos, batidos despacho y antedespacho, desobedecido por la aviación que no había querido bombardear la division ni a los rebeldes, sin la esperada asistencia inmediata del pueblo en la calle, con toda la guarnicion enfrente, unida a ella la Guardia Civil, sitiadas en su cuartel las fuerzas de Asalto, toda resistencia del Gobierno Civil era ya inútil y así lo manifestaron los jefes militares que tenía a mi lado” (113). Queipo le dió garantías -que luego no cumplió, en parte- de que serian respetadas 112. Idem, idem, pág. 67. 113. Varela Rendueles, J.M., Rebelión en Sevilla. Memo-ET 1 w 329 105 m 520 105 l S BT rias de su gobernador rebelde, Sevilla, 1982, pags. 119-120, citado por Gibson, 1., Queipo de Llano..., Op. cit., pág. 69. 440 las vidas de las personas que se encontraban en el Go- bierno Civil. De esta forma, con mucha audacia y, desde luego, suerte, Queipo de Llano se hizo con el poder en Sevilla. Naturalmente, la propaganda de la España “nacional” trató de magnificar la acción, y durante mucho tiempo se concedió crádito a la versión -que sin duda agradaba al General- de que Queipo había conquistado la ciudad con “un puñado de hombres”. No fue así, ciertamente, porque si bien la guarnícion de la ciudad se componía de unos 2.600 soldados, de los que aproximadamente 1.500 pertenecían a los Regimientos de Infantería, Caballería y Artillería, los militares sublevados pudieron contar con otras fuerzas significativas, entre las que destaca la Guardia Civil. Desde que Queipo visitó Sevilla por primera vez para tratar de convencer al General Fernández Villa- Abrille, el Comandante Cuesta perfila con los mandos de la Guardia Civil el concurso de ásta en la futura sublevación. Muy pronto quedan ultimados los planes, y, en el momento decisivo, los trescientos guardias de la Comandancia de Sevilla, a los que se unen los destacamentos de otras comandancias que prestan servicio en la conflictiva capital y los integrantes de la Coman- dancia provincial (*), se suman al alzamiento, prestan- (*) En Sevilla existían dos Comandancias de la Guardia Civil, la Interior (Sevilla capital) y la Exterior (Provincia), mas algunos destacamentos de otras Comandancias, solicitados como refuerzo por el Gobernador Civil. 441 do una ayuda que, al tratarse de un Cuerpo disciplinado y bien armado, resultó decisiva (114). Pese a todo, como dice Cardona, “Queipo de Llano no tuvo en Sevilla una victoria fácil” (115), porque los barrios obreros resistieron varios días y tuvieron que ser reducidos con efectivos que llegaron de Africa el día 20 -los primeros- en cuatro vuelos directos desde Ceuta al aeródromo de Tablada (**). Estos exiguos efec- tivos los componían cuarenta legionarios de la 5~ Bande- ra y veinticuatro regulares del Tabor de Garcia de la Herrán (116>. En algunos puntos de Sevilla, “los comba- tes duraron hasta el 24 de Julio y los legionarios tuvie ron que tomar casa por casa” (115). A grandes rasgos, las anteriores son las principa- les acciones llevadas a cabo por los sublevados en las ciudades y regiones en las que consiguieron triunfar. A su lado, deben situarse aquellas plazas que, tras un control inicial por parte de los militares alzados en armas, fueron recuperadas por fuerzas leales al Go- bierno; tal es el caso de Guadalajara, Alcalá de Henares, Albacete y Almería. 114. Gibson, 1., Queipo de Llano..., Op. cit., págs. 53—55. 115. Cardona, G., Las operaciones militares, en Tuñón de Lara, M. y otros, La Guerra Civil española..., Op. cit., pag. 209. (**) En la madrugada del día 19, dos convoyes lograron transportar a Cádiz y Algeciras dos tabores de Regulares de Ceuta y un escuadrón de caballería mora. 116. Cierva, R. de la., Francisco Franco..., Op. cit. , 1., pág. 464. 442 ¿Cuáles fueron, sin embargo, las circunstancias que impidieron el triunfo de la sublevacion en las gran- des capitales españolas?. Si se tienen en cuenta crite- rios exclusivamente territoriales, puede afirmarse que el alzamiento sólo logró imponerse en una mínima parte del país, fundamentalmente por la oposícion de la clase obrera y por su defensa del Gobierno del Frente Popular. A juicio de Tamames, Madrid, Barcelona, la Armada y buena parte de la Aviacion, “fueron los cuatro puntos básicos que impidieron el propósito de una rápida victo- ria de los militares” (117). En efecto, el control de la flota por comitás de marineros y la lealtad al Gobier no de la Aviación, retrasaron la ejecución de los planes de los sublevados, que basaban su estrategia en el rápi- do paso del Estrecho de las fuerzas del Ejárcito de Africa. Por lo que respecta a Madrid y Barcelona, es obvio que el triunfo gubernamental en las dos ciudades proporciono a la República los puntos de apoyo esencia- les para iniciar la ofensiva militar y política que pudiera dominar al movimiento de los militares. En Barcelona, la Guardia Civil y la Guardia de Asalto se mantuvieron en la legalidad y, ayudadas por sindicalistas de la CNT y de la UGT, cercaron los cuar- teles donde se habían producido levantamientos militares. El General Goded, que había proclamado el estado de guerra en Mallorca en las primeras horas del dia 19, se trasladó en avión a Barcelona para tomar el mando 117. Tamames, R., Op. cit., pag. 237. 444 civiles. La desunión existente entre la oficialidad de la guarnición madrileña, la vigilancia gubernamental y las presiones políticas, habían influido de forma negativa en la gestación de una conspiración mínimamente coherente. Por todo ello, y por la desconfianza de la junta central de la UME hacia Mola, al producirse el levantamiento en Melilla, los militares de la Capital carecían de planes concretos para sublevarse. Un inciden te que ocurrió en los cuarteles de Campamento (Caraban- chel) fue la chispa que encendió la rebelion en todos ellos. El General Villegas, responsable del alzamiento en Madrid, no fue capaz de hacer frente a la situación 443 de la insurrección en la capital catalana; pero no pasó de este punto, porque la fuerte oposición le obligó a tratar de negociar con las autoridades de Madrid, a travás del Presidente catalan, en las primeras horas de la tarde. Su intento fue rechazado por Companys y por Azaña, viándose en la necesidad de rendirse algunas horas más tarde. El día 20 fueron dominados los últimos núcleos de resistencia rebelde (118>. Neutralizada la sublevación en Barcelona, los cons- piradores de Gerona y Tarragona quedaron paralizados, sin atreverse a iniciar el alzamiento, mientras que los de Lárida se rindieron al conocer los resultados de la lucha en la ciudad condal. “Todo ello permitió el envío de refuerzos milicianos y de tropas leales 445 milicias acabó con toda resistencia, pereciendo varios cientos de defensores y siendo detenido el General Fan- jul (120). Los restantes focos de resistencia, asislados unos de otros, se rindieron pronto a las milicias; la 1 Division organica fue disuelta y únicamente pudo esca- par de la Capital el Regimiento de Transmisiones de El Pardo, que atravesó la sierra y se unió a las colum- nas de Mola. “El triunfo republicano en Madrid representó el mas duro golpe que pudo recibir el alzamiento. La Capi- tal permanecía leal, con sus grandes recursos humanos y economícos, centrados estos últimos en las reservas de oro del Banco de España. Pero, sobre todo, estaba el valor moral del hecho y su resonancia internacional” (121). En cuanto a la región levantina, el alzamiento fracasó, principalmente porque el Jefe de la guarnición de Valencia, General Martínez Monje, se mostró indeciso a la hora de alinearse con uno u otro bando, además de oponerse a ceder el mando al General González Carras- co, el cual, destinado inicialmente a Barcelona, permutó su destino con Goded y fue encargado por Mola de suble- var a Valencia. En la mañana del día 19 Martínez Monje seguía opo- 120. Payne, S.G., Los militares y la política..., Op . cit., pags. 362-363. 121. Tamames, R., Op. cit., pag. 238. 446 niándose a las pretensiones de González Carrasco, y áste estaba a punto de desechar todo intento de rebelión. Al día siguiente, reunido el Jefe de la Dívísion con los coroneles de los cinco regimientos acantonados en la plaza, decidieron por mayoría permanecer leales al Gobierno de la República. González Carrasco huyó a Afri- ca, donde se unió a las fuerzas nacionales que, en conse jo de guerra, lo condenaron a 30 años de reclusion (122). En Castellón, Murcia y Cartagena, las fuerzas de mar y tierra se mantuvieron en la legalidad, mientras que en Alicante el intento de sublevación fue rápidamente sofocado. Una columna de operaciones organizada en Valen cia terminó con el alzamiento de la Guardia Civil en Albacete, mientras que una fuerza similar que se formó en Castellón no pudo lograr la conquista de Teruel. “Levante quedo, pues, fiel a la República, y otro tanto sucedio con sus flancos, con la totalidad de La Mancha, Almería y Málaga. Levante tuvo un importante papel en el suministro de alimentos a toda la zona repu- blicana durante la guerra, y Valencia sirvió de capital desde Noviembre de 1936, cuando Madrid se vió bajo la amenaza del Ejárcito de Africa” (123). La rebelión militar fracasó tambián en las provin- cias de Santander, Vizcaya y Guipúzcoa. En Bilbao, la presión popular y la lealtad de la Guardia Civil y de 122. Payne, S.G., Los militares y la política..., Op . cit., págs. 364-365. 123. Tamames, R., Op. cit., pag. 239. 447 la Guardia de Asalto impidieron cualquier posible inten- to; algo parecido sucedio en San Sebastián, hasta que el abandono de la ciudad por los milicianos de UGT y del Partido Nacionalista Vasco, para dirigirse a Vitoria, alentó a los militares conspiradores, que se alzaron en armas el día 19, resistiendo durante cinco días los ataques de las milicias y nacionalistas que retornaron a la ciudad (124). Al mantenerse al lado del Gobierno las ciudades y regiones cuya importancia -por razones económicas principalmente- era mayor en el conjunto del país, se esfumaron las esperanzas que los militares sublevados tenían de realizar una campaña rápida, que les permitie- ra el inmediato acceso al poder. El día 20 de Julio sucedió, además, un fatal accidente en el que pereció carbonizado el General Sanjurjo, Jefe del alzamiento militar, cuando en una avioneta que pilotaba el monar- quico Juan Antonio Ansaldo intentaba despegar de Portu- gal con destino a Burgos, donde, a buen seguro, hubiera sido recibido como el Jefe del Estado de la España nacio nal (125). La muerte del General Sanjurjo suponía un duro golpe para la rebelión militar, que perdía de esta forma todo un símbolo de la unidad castrense. A partir de ahora, serán Franco, Mola y Queipo de Llano los que 124. Idem, idem. 125. Thomas, H., Op. cit., 1, pág. 280. 448 tendrán que asumir no sólo la responsabilidad suprema de las operaciones militares, sino tambián la responsa- bilidad política de una España que, a finales de Julio de 1936, todavía se presumía muy lejana. Entre tanto, el Gobierno de la República, con su Presidente al frente, se mostró incapaz de reaccionar ante las primeras noticias que llegaron del Norte de Africa. A lo largo del día 18 el Ejecutivo se sigue negando a facilitar las armas que reclaman las organi- zaciones obreras, y amenaza con fusilar al que no acate esta orden. Por la noche, la presion popular es de tal magnitud que Casares Quiroga se ve obligado a dimitir. El Presidente de la República, Manuel Azaña, piensa entonces en una solución de compromiso, y encarga la formación de un nuevo Gobierno, de corte moderado, al Presidente de las Cortes Diego Martínez Barrio (126). El primer objetivo de ese Gobierno debería ser, a juicio de Azaña, el logro de un alto el fuego, unido al desarme de las milicias por ambas partes, prohibición de huelgas e incluso disolución de las Cortes (127>. Martínez Barrio mantiene una conversacion con el General Mola que, obviamente, no conduce a nada y, ante la impo- sibilidad de conseguir ningun tipo de acuerdo con los sublevados, presenta su dimisión antes del amanecer. 126. Tuñón de Lara, M., La España del Siglo XX, 9p~ cit., III, pag. 534. 127. Tuñón de Lara, M., La Guerra Civil, en Historia de España, Historia 16, XII, Madrid, 1982, pág. 7. 449 El día 19 se presentaba, pues, dramático para Azaña, mientras el pueblo seguía reclamando armas y acusaba de traicion al Gobierno contemporizador de Martínez Barrio. Por fin, el catedrático Josá Giral, Ministro de Marina en el Gabinete precedente, acepta el encargo presidencial y forma un nuevo Ejecutivo, en el que el General Castelló se encargará de la Cartera de Guerra y el General Pozas, entonces Director General de la Guardia Civil, de la de Gobernación. “En la misma mañana del día 19, Giral autorizó distribuir armas a las organizaciones del Frente Popular y sindicatos; en el mismo sentido curso instrucciones a provincias (demasiado tarde para más de la mitad de ellas). En Madrid, gracias al Coronel Rodrigo Gil (que había conseguido los días anteriores 5.000 cerrojos de los que estaban almacenados en el Cuartel de la Mon- taña) pudieron disponer de ese armamento los primeros grupos paramilitares de las organizaciones que, en bre- ves horas, iran transformándose en primeros batallones de milicias” (128). La incapacidad de Casares Quiroga, la paralización y el fracaso de Martínez Barrio y las negativas al Pre- sidente de la República hasta la aceptación de Giral, hicieron perder al rágimen cuarenta horas decisivas, que los militares sublevados aprovecharon al maximo para afianzar sus bases de partida, la lealtad de las 128. Idem, idem, págs. 7-8. 450 fuerzas a sus órdenes y sus propias convicciones perso- nales, todavía muy desdibujadas al carecer de motivacio- nes ideológicas claras, que proporcionaran al movimiento castrense unos objetivos a conseguir de autántica impor- tancia, lejos de la simple apelación a la “salvacion de España”. A este respecto, es preciso señalar que la práctica totalidad de los generales sublevados no pensaba en derribar al rágimen republicano -de ahí los frecuentes ¡Viva la República! de algunos bandos de guerra-, sino tan sólo acabar con el, a su juicio, desgobierno del Frente Popular. Como señala Payne, “al menos nominalmen- te, la sublevación inicial de los días 17-20 de Julio era un alzamiento “republicano”, no una rebelión monar- quica, fascista y ni siquiera militarista” (129). 8.5 La actitud dilatoria del General Campins y la decía racion del estado de guerra . Una vez que el General Campins tiene conocimiento de los sucesos de Melilla en la tarde del día 17 de Julio, recibe a continuacion una llamada del Gobernador Civil, quien le ruega que vaya a verle en seguida pues tiene algo importante que comunicarle. Campins accede, pero de su visita al Gobierno Civil no obtiene mas datos que los que ya poseía tras la informacion del Capitán 129. Payne, S.G., El Ejárcito, la República..., 2P~ cit., pág. 136. 451 mádico. Sin embargo, al General no se le escapa la acti- tud de Torres Martínez: el gobernador me dice algo, pero o no sabe nada o anda reservon” (130). Probablemente, el Gobernador deseaba saber, mas que lo que estaba ocurriendo en Melilla, lo que al res- pecto opinaba el Comandante Militar de Granada, que para ál tenía mucha mayor trascendencia. No es extraño que Campins rechazara ante Torres Martínez el alzamiento militar que había comenzado, puesto que conocemos su oposición a cualquier accion que intentara derrocar la legalidad establecida. De regreso a la Comandancia, el General tiene opor- tunidad de confirmar lo anterior ante el Coronel Toribio Cuerpo, Jefe de la 4~ Zona del Curpo de Carabineros y Comandante Militar de Almería, me choca la visita y parece anda interrogante sobre mi actitud, le digo estoy en la legalidad.., conferencia con Almería, su ayudante dice va a espe- rarlo a Motril, retrasa viaje” (131). Aparentemente, Crespo desea ampliar la informacion que ya posee sobre el movimiento militar en Africa, pero- 130. A.F.C., “Diario detallado”, 6 131. Idem, 7. 452 Campins deduce que, probablemente quiere supeditar su actuacion, en el caso de que dicho movimiento se extien- da a la Península, a la suya propia. Razones no le fal- tan al Coronel, ya que la guarnicion almeriense se compo- ne de un Batallón de ametralladoras, que si bien es una unidad para Cuerpo de Ejárcito, en caso de emergen- cia quedaría tácticamente agregada a la 3~ Brigada de Infantería de Granada, por ser la mas próxima (132). Tras esta conversación, Campins recibe una importan- te llamada desde Madrid: “Por la noche soy llamado por el Ministro Casares Quiroga, preguntando lo que sepa, digo que nada y ál me dice que en Melilla hay bollo; que vea los cuarte- les y les diga está dominada la situación, que se mantengan en la disciplina; me ratifica su confianza y me da amplias facultades para cambiar mandos o proce- der con energía” (133). La llamada de Casares al menos es indicativa de la preocupación del Ejecutivo por lo que estaba pasando - en el Protectorado Español; es de suponer que el Jefe de Gobierno efectuó similares llamadas a la mayor parte de las guarniciones peninsulares, con el doble objetivo de - informarse sobre el estado de las mismas y de comunicar - el inicio de la rebelión militar a aquállas que aun lo desco 132. A.F.C., recopilación de datos ináditos por Don Miguel Campins Roda. 133. A.F.C., “Diario detallado”, 7-8. 453 nocían. Casares, naturalmente, miente, al ordenar a Campins que diga en los cuarteles que la situación está dominada, cuando no es verdad, con el agravante de que el Gobierno desconoce en todos sus extremos el alcance de la sublevación. La confianza que deposita en Campins y las facultades que le confiere son, por último, indu- dablemente importantes; ahora bien, si la destitución de Llanos se debió a sus actividades conspirativas, resulta incomprensible que no se sincere con el General y le ponga al corriente de la situacion en Granada, indicándole, si es que lo sabe, quienes son los cabeci- llas de la conspiracion. A las 7 de la mañana del día 18 el General recibe una nueva visita del Capitán mádico radioaficionado, para informarle de que la rebelión militar se había extendido a otras capitales del Protectorado, concreta- mente Ceuta, Tetuán y Larache, en las que durante la pasada madrugada todavía se combatía para reducir nu- cleos de resistencia leales al Gobierno. Según lo capta- do en su emisora, las autoridades habían sido detenidas y sustituidas por los sublevados, que están dirigidos por varios coroneles; la Aviación y la Armada están en contra del alzamiento y han recibido órdenes de Ma- drid de bombardear las concentraciones de fuerzas rebel- des (134>. 134. A.F.C., recopilación de datos ináditos por Don Miguel Campins Roda. 454 Con estos nuevos datos, que le confirman la exten- sion del movimiento, el General Campins se dirige a las 10 de la mañana al cuartel de Artillería. El estado de la unidad parece bueno y la fuerza esta en calma; en su alocucion a los jefes y oficiales les transmite las palabras del Ministro, aunque ál sabe que el Gobier- no no controla la situacion, que cada vez es más favora- ble a los sublevados. Una hora más tarde visita al cuar- tel de Infantería, cuya fuerza tampoco presenta dificul- tades, y nueva alocucion a sus mandos en el mismo senti- do que la anterior. En ambos cuarteles, Campins apela al patriotismo y a la lealtad de los oficiales y jefes, instándolos a permanecer unidos y a extremar las medi- das de seguridad. Mientras visita Infantería se produce una llamada desde Sevilla del Jefe de la División, Fernández Villa Abrille, quien le anuncia que se encuentra en junta de jefes de la guarnición y que habla ante ellos. El General quiere conocer el estado de la plaza; Campins le contesta que hay tranquilidad y que no se ha produci- do ninguna novedad. Y en efecto, ninguna nueva noticia se produce en el resto de la mañana, hasta que: “Por la tarde, a las 3 h. 30, despuás de oir las noticias de radio de lo de Melilla, me llaman al teláfono y me orde- nan declare el estado de guerra antes 455 de una hora . Pregunto quien me habla y me dicen, primero que la División y luego que el General Queipo de Llano que acaba de tomar el mando. Digo que no reconozco la voz y me habla de la última vez que nos vimos, en la carretera de Tetuán; me disculpo como puedo, ya que determinación de tal gravedad no se puede tomar así como así y procuro cuelgue para después comprobar. Después de hacerlo vuelvo a llamar y ya nadie me contesta. Repito las llamadas y nada. Comprendo que el bollo de Melilla se corrió a Sevilla u otros puntos” (135). El que habia llamado sin duda era Queipo -como luego se pudo comprobar-, que trataba de afianzar su precaria situación en Sevilla mediante la adhesión de las guarniciones más próximas. Su forma de plantear la conversacion y el tono empleado también eran típicos de él; una vez mas se mostraba imperativo y prepotente, “ordenando” la declaración del estado de guerra en el plazo de una hora sin ni siquiera identificarse. Campins actuó con serenidad y, pese al dato de la carretera de Tetuán -que era cierto-, no se fió de la persona que decía hablarle desde la Jefatura de la División; sus posteriores llamadas a Sevilla para comprobar este extremo no tuvieron respuesta, lo cual, dada la confu- sion que en aquellos momentos existía en la capital andaluza, no era extraño en absoluto. 135. A.F.C., “Diario detallado”, 8-10. 456 La reaccion del General, que tras la llamada com- prendía que la sublevación se estaba extendiendo a la Península, fue inmediata: En su vista, llamó al Ministerio y digo lo que pasa; sale primero un ayudante y enseguida el Ministro, el que me dice que de ninguna manera declare el estado de guerra, pero rehúye decir lo que hay en Sevilla” (136). De nuevo Casares le oculta datos tan trascendenta- les como la rebelión de Sevilla. Campins, de esta forma, se ve obligado a ir a remolque de los acontecimientos, sin poder tomar ninguna determinación y a la espera tan sólo de que se produzcan nuevas noticias, que llegan a él al mismo tiempo que son de dominio general. Resulta un tanto incomprensible como el Jefe de Gobierno no es capaz de informar a su Jefe militar en Granada de la sublevación de Queipo -existiendo el peligro de que Campins hiciera caso a las pretensiones del conspirador-, tres horas antes de que el propio Ejecutivo difunda una nota en la que reconoce la existencia de dicha suble vacion, aunque añada, como ya es habitual desde el ini- cio del alzamiento, que fuerzas leales al Gobierno con- trolan la situación. Campins, un poco confuso, comunica las últimas novedades -conversaciones con Queipo y con Casares- a los coroneles de los dos regimientos granadinos. Ambos 136. Idem, idem. 10. 457 se muestran asombrados, “pero no dicen nada, en pro ni en contra” (137). Antes de marcharse, los coroneles León y Muñoz son testigos de la llegada de un telegrama oficial, puesto en Sevilla -por la Jefatura de la Divi- sion- a las 4 de la tarde, “después de la llamada de Queipo, lo que me hace dudar de la autenticidad de la conferencia” (138). El telegrama ordena que al día siguiente, Domingo 19, tenga lugar la promesa a la Bandera por los reclutas y voluntarios de la guarnícion. Sin duda, esta orden la firmó Fernández Villa Abrille antes de que fuera detenido por Queipo y, por las circunstancias que fueran, no se transmitió hasta las 4 de la tarde. Campins, sin embargo, no se fía y va a ver al Gobernador para contar- le el caso, conocer alguna noticia más y rogarle que ordene una investigación para determinar el origen de la conferencia del supuesto Queipo, “pues temo que el que se dice Queipo esté en Granada” (139>. El Gobernador, que a lo largo de todo el día había desarrollado una gran actividad, con continuas reuniones con sindicalistas y dirigentes de partidos políticos de izquierdas, conversa con el Comandante Militar, el cual, según su testimonio, confiaba en la lealtad a 137. Idem, idem. 138. A.F.C., “Notas para la defensa”, 8-9. 139. A.F.C., “Diario detallado”, 11. 458 la República de sus oficiales: “Yo no se las promesas que tuvo Campins de los dos coroneles porque no las conozco. Lo que sí es evidente es que el General Campins creía que la guarnícion no se sublevaría si no se le daban motivos de desorden público, de que la gente salie se a la calle de que se armase algo gordo en Granada, que no saldrían. Y esto lo pensó hasta el final. A mí me dijo que él respondía del Ejército si nosotros ga- rantizábamos que el pueblo no se desbordara” (140). Promesas de los coroneles, ambos conspiradores, ninguna, puesto que ante las noticias de su General parecieron asombrados, pero no expresaron ninguna opi- nión. No obstante, lo que dice Torres Martínez iba toman do forma en la tarde del día 18 de Julio, esto es, el convencimiento de Campins de que la guarnicion no se sublevaría sin motivos para ello, o lo que es lo mismo, que las fuerzas acatarían la decisión de su Comandante que, por otra parte, tampoco pensaba alzarse en armas si no había razones que aconsejasen tal medida. Esta convicción del General le sirve algo más tarde para negarse por segunda vez a las pretensiones de Quei- po de Llano: A eso de las 6 t. nueva llamada al teléfono; ahora me tutea y ya me dijo algo mas; que era un movimiento militar 140. Testimonio de César Torres Martínez, en Gibson, 1., Granada en 1936..., Op. cit., pág. 74. 459 que dirigía Franco (y no se cuántos mas (141)) y que venian muchas tropas de Africa, etc. Yo me disculpé diciendo no tenía bastantes fuerzas; destacamentos en Jaen, Bailén, licencias, etc., que no conocía la opinión de los cuerpos y en ellos de oficiales, suboficiales y tropa; que aquí no había motivo pues la tranquilidad era absoluta y no veia la razon de tal medida (declaración del estado de guerra), en fin, que no quería” (142). Evidentemente, Campins necesitaba un motivo para sublevarse. No le bastaban los discursos sobre los peli- gros que corría España y sobre la necesidad de salvarla, y tampoco era suficiente para él que algunos de sus amigos generales dirigieran la sublevacion; en fin, no quería, y así se lo dice a Queipo, y, por si esto fuera poco, a continuación llama al Gobernador y le ruega que ordene que no le pasen mas comunicaciones con Sevilla. Después de los datos que le había dado Queipo sobre el alzamiento, parecía claro que su inter- locutor era de verdad el General sublevado; este extremo pudo afianzarlo todavía mas, cuando la compañía de telé- fonos le confirmó que la primera conferencia había sido con Sevilla. Inmediatamente Campins establece comunicación con el Ministerio de la Guerra y habla con el ayudante - 141. A.F.C., “Diario sintético”, 7. 142. A.F.C., “Diario detallado”, 11—12. 460 del Ministro, al que comunica su ultima conversación con Queipo de Llano y la decisión, ya anticipada al Gobernador, de acuartelar las tropas después del paseo. En Madrid se limitan a aprobar estas medidas, pero siguen sin darle ningún tipo de explicacion sobre lo que está ocurriendo. El comentario del General a esta actitud es muy significativo: “empiezo a notar desorientacion en Madrid” (143). Por la noche, conforme a lo previsto, las tropas de la guarnícion quedan acuarteladas. En las calles granadinas hay gran expectación y algunos grupos de distintas tendencias practican registros y cacheos, pero por el momento no se producen desórdenes. Al contrario que en otras ciudades, en Granada los dirigentes sindicales y políticos no reclaman armas para el pueblo; “Campins nos había convencido a todos de que podíamos fiarnos de él y de la guarnicion y de que no había ninguna razón para armar al pueblo” (144). Esta misma posición la sustentaba el Gobierno, que aun confiaba en dominar la sublevacion con las fuerzas oue tenía bajo su mando; las órdenes de Casares Quiroga también llegaron a Granada prohibiendo la entrega de armas a la población. Además, como dice Torres Martí- nez, “¿Cómo hubiera podido yo pedir armas a los milita- 143. Idem, idem, 13. 144. Testimonio de Cesar Torres Martínez, en Gibson, 1., Granada en 1936..., Op. cit., pa~. 75. 461 res para darselas al pueblo cuando, según Campins, los mismos oficiales se declaraban leales al Gobierno?” (145>. Por otro lado, estaban las fuerzas de orden público, Guardia Civil y Guardia de Asalto, en las que el Goberna dor confiaba plenamente. Por todo ello, no había razon para temer un estallido de violencia, aunque subsistiera el temor por el desenlace, sobre todo, del alzamiento en Sevilla. La relativa tranquilidad de Granada en la noche del 18 al 19 de Julio se vio alterada por la “guerra de las ondas” que esa noche inicio Queipo de Llano. El General, que pudo ser captado con total nitidez en la ciudad de la Alhambra, pintó un panorama extraordina- riamente favorable para los militares sublevados; mentía en muchas de sus afirmaciones, pero lo hacia consciente- mente, con el objetivo de desmoralizar a sus oponentes y también con el objetivo no confesado pero real de infundir ánimos a su propio bando, a sus heterogéneas fuerzas, apenas capaces de lograr algo más que el con- trol de unas calles y plazas sevillanas. La “charla” de Queipo alentó a los conspiradores granadinos, que desplegaron una gran actividad en la noche del 18 al 19 de Julio, ultimando los preparativos 145. Idem, idem. 462 para la sublevación, con o sin la particípacion del General Campins. Sin embargo, por el momento, las órde- nes del Comandante Militar son acatadas y se respetan sus decisiones, al menos aparentemente, aunque ya algu- nos oficiales de los regimientos de Artillería e Infante ría mantengan una actitud de franca rebeldía, difícil- mente contenida por la jefatura de las unidades. En medio de esta “tensa calma” que vive Granada, se presenta en la Comandancia el Capitán José María Nestares Cuéllar, conspirador y amigo de Valdés, desti- nado ahora en Alcoy (Alicante) de donde llegó el día anterior para disfrutar su permiso de verano. Nestares se presenta al General -que era natural de Alcoy- y le pide autorización para llevar a sus hijos al Centro de Movilizacion, pues teme que le asalten la casa; Cam- pins le autoriza a ello (146) sin sospechar nada. Es muy probable que el General ni siquiera conocie- ra al Capitán por referencias, o aun conociéndolo de esta forma que juzgara sus temores como fundados, dado el puesto que había desempeñado en Granada en meses anteriores. Nestares, en efecto, ejercía en Febrero de 1936 el cargo de Jefe de las Fuerzas de Seguridad y Asalto de Granada, del que fue destituido a raíz de su inhibicion en la represión de los falangistas durante los sucesos del 10 de Marzo; esta actitud, con todo, no debe considerarse extraña puesto que él mismo era 146. A.F.C., “Diario detallado”, 13-14. 463 miembro de Falange y “camisa vieja” (147). Su experiencia en el anterior destino era conside- rada de gran utilidad por sus compañeros de conspiracion y, por consiguiente, no es raro que llegue a Granada en vísperas del alzamiento. Naturalmente, como no perte- nece a la guarnición, debe contar con la autorizacion de Campins para poder moverse con tranquilidad por los cuarteles granadinos; y eso es lo que inmediatamente hace, amparándose en la seguridad de su familia. Campins tiene conocimiento de la actividad de Nes- tares por el Gobernador, que ha desplegado a la Fuerza Pública por las calles y ante los cuarteles, para compro bar si se cumple la orden de acuartelamiento. La infor- macion de Torres Martínez -que incluso dice al General que el Capitán fue detenido- hace que Campins escriba en su Diario: “Durante la noche llamó mucho la atencion las idas y venidas del Capitán Nestares al cuartel de Artillería; llamé al Coronel al teléfono, dijo que sólo fue una vez” (148). El Coronel Muñoz miente a su General, porque Nes- tares estuvo en el cuartel varias veces, como él mismo reconoce ante Campins, cuando éste le interroga mas tarde; no obstante el Capitán también miente, al poner 147. Gollonet Megías, A., y otro, Op. cit., pág. 37. 148. A.F.C., “Diario detallado”, 16. 464 como excusa de sus visitas el acomodo de su familia. El “episodio Nestares”, anecdótico sin duda, prueba, sin embargo, que al margen de Campins, mintiendo a Cam- pins, la conspiracion seguía su curso. Prueba de ello es el otro “episodio” que tiene lugar esa misma noche y, como protagonista, al Comandante José Valdés. Este se presenta en la Comandancia, de madrugada, acompañado de dos hombres, y dicen ser perseguidos por otras perso- nas con animo de agredirles. El General comenta a Valdés que no es noche para andar por las calles, y éste repone que es su costumbre. Campins comprueba que, efectivamen- te, hay varios grupos de personas en las proximidades de la Comandancia, a la espera de que salga Valdés y los otros. El General llama al Gobernador y los guardias de Asalto disuelven a los concentrados, pese a lo cual los tres refugiados no se quieren ir; Campins empieza a sospechar y ordena que se les vigile el resto de la noche, que pasan en Comandancia (149). ¿Cuáles eran las intenciones de Valdés esa noche? ¿Esperaba, tal vez, protagonizar una toma de poder simi- lar a la de Queipo en Sevilla, arrestando a Campins? Puede, pero lo que sí es cierto es que, en unos momentos tan cruciales, el elemento más caracterizado de la cons- piración granadina se encontraba en el centro del poder militar de la ciudad; una situacion de privilegio que le permitiría, llegado el caso, prescindir de Campins, 149. Idem, idem, 14—16. 465 y con los restantes miembros de la conjura asestar el golpe definitivo para sublevar Granada. No fue así, ya que la mañana del Domingo 19 amane- ció tranquila, circunstancia que corrobora el “Ideal” en una madrugadora entrevista realizada al Gobernador Civil, en la que éste señalaba que la ciudad estaba en orden y que habían sido tomadas todas las medidas para que no se alterara el mismo (150). Campins visita los cuarteles a primera hora y no observa nada anormal, pese a que durante la noche los coroneles Muñoz y León habían estado reunidos y en pleno proceso conspirativo (151). De regreso de su visita a los cuarteles, Campins tiene noticias de la dimision de Casares Quiroga y del encargo presidencial a Martínez Barrio para que forme un nuevo Gobierno. Establece contacto con Madrid y habla con el Subsecretario, quien le informa que el nuevo Ministro, General Miaja, no puede saludarle por encon- trarse en Presidencia. Campins, que es informado también de que el nuevo Gabinete está intentando una solución de compromiso con los militares sublevados, se congratu- la de ello: “... buen efecto, pues parece un paso para la paz” (152). Sin embargo, poco tiempo después, y tras la dimisión de Martínez Barrio, se forma un tercer Eje- cutivo presidido por Giral, del que Campins tiene cono- 150. “Ideal”, 19 de Julio de 1936. 151. Arrarás Iribarren, J., Historia de la cruzada..., Op. cit., III, pag. 284. 152. A.F.C., “Diario detallado”, 17. 466 cimiento por una llamada del nuevo Ministro de la Guerra: “Me llama el nuevo Ministro Castelló (primera noticia de que lo es) y me dice con mucha coba que hay que preparar una columna contra Córdoba (*); le digo que es muy peligroso pues dado el estado de animo de los oficiales, las tropas que vayan pueden sumarse en vez de restar; le molesta mi franqueza y cambia el telé- fono con Sarabia que se ve es el verda- dero Ministro; le digo que yo me veo negro para mantenerlas en Granada en la legalidad y que si las sacan (las tropas) sólo Dios sabe lo que puede pasar; quedamos en que prepare una columna por si acaso y trayendo también el Batallón de Almería” (153). No le gusta a Campins esta orden, que cree dispara- tada y producto del desconcierto que reina en Madrid (154>. Tampoco le agrada que sea el Teniente Coronel Hernández Saravia el que se la de, y juzga a éste -muy acertadamente, de acuerdo con Gabriel Cardona (155)- como el poseedor del verdadero poder en el Ministerio. El General Campins llama a continuacion a los coro- neles de los regimientos, les comunica las órdenes del Ministro y solicita su opínion. Ambos le confiesan que si forman una columna para atacar a los sublevados de Córdoba, se uníran a ellos y también lo harán a las (*) La ciudad había caído en poder de los sublevados. 153. A.F.C., “Diario detallado”, 18-19. 154. Idem, idem, 18. 155. Cardona, G., Las operaciones militares, en Tuñón de Lara, M., y otros, La Guerra Civil española..., Op. cit., pag. 204. 467 hipotéticas fuerzas del Ejército de Africa que avancen sobre Granada (**). Campins les pregunta si cuentan con oficiales, suboficiales y tropa; el Coronel Muñoz tiene dudas respecto a la tropa, el Coronel León duda de cuatro o cinco oficiales y desconoce el posible com- portamiento del resto -suboficiales y tropa-, lo que se contradice un tanto con las manifestaciones formula- das al General anteriormente por dicho Coronel, en el sentido de que la oficialidad y la población granadina deseaban el estado de guerra. León Maestre también le había comentado, que se me señalaba como izquierdista y hasta se hablaba de un atentado contra mí. Le expongo las consideraciones que me impiden hacerlo (declarar estado de guerra) mientras haya tranquilidad y, para decidir, le formulo varias preguntas concretas, incluso que se vea con su amigo el Coronel de la Guardia Civil para saber como piensan” (156). Continuando con la rueda de consultas, Campins se reune con el Jefe de su Plana Mayor y con su ayudante, a los que interroga sobre la forma de pensar de la ofi- cialidad acerca de la declaración del estado de guerra, me contestan en la misma forma y hasta me dicen que si tardo en hacerlo (**) Anunciadas por Queipo de Llano en una de sus inter- venciones radiofónicas del día 19 de Julio. 156. A.F.C., “Diario detallado”, 20-21. 468 yo, la oficialidad lo hará por su cuenta... como veo desconcierto en Madrid y unidad aquí empiezo a pensar en el estado de guerra para en cuanto se altere el orden tomo las primeras medidas” (157). No hay duda pues; en la mañana del día 19 el Gene- ral Campins ya está decidido a declarar el estado de guerra, ante la actitud mayoritaria de las fuerzas a sus ordenes que así lo deseaban y que incluso estaban dispuestas a dar ese paso sin la autorízacion del Gene- ral. Campins sabe ya, en estos momentos, a qué atenerse respecto a sus subordinados, puesto que todos han abando- nado la ambigi.iedad de días anteriores y se muestran como lo que son: Conspiradores decididos a sublevarse y decididos a unirse a los alzados de Córdoba o a las fuerzas africanas que avancen sobre Granada. Pese a todo, al General le sigue desagradando la idea, puesto que no hay desórdenes en la ciudad; aunque, por otra parte, las órdenes que le llegan de Madrid le parecen disparatadas y difíciles de cumplir. Hay, por consiguiente, en Campins una doble actitud dilato- ria: Hacia Madrid, con quien todavía no ha roto, pero lo hara, y hacia los sublevados, hacia Queipo de Llano, a los que se unirá definitivamente el día siguiente. En algún momento de la mañana pensó en la posibili- dad de organizar una columna para ir contra los de Cór- 157. Idem, idem, 21-22. 469 doba, de conformidad con la conversacion mantenida con Hernández Saravia, “... Hablo con Miralles (Jefe de Estado Mayor de la Brigada> y vemos un Michelin (*), pero no hacemos nada” (158). Esto quiere decir simple- mente que desobedece las órdenes del Ministro de la Guerra, aunque no quiere decir que acate las de Queipo. Por ahora se mantiene a la expectativa y sigue haciendo acopio de actitudes, lealtades, deslealtades, comenta- rios, etc. a fin de poder decidir con pleno conocimiento de causa y con garantías de éxito, “Por la tarde visito otra vez los cuarte- les; el Coronel León aun no me da la contestación de la Guardia Civil a pesar de que le pregunto; la tarde sigue con relativa tranquilidad; noto los cuchicheos de los oficiales; la paz es solo material” (159>. Esa paz material le permite escribir a su esposa, a la que recomienda serenidad y calma , “ . . . como procuro tenerla yo aquí” (160). Campins no quiere precipitarse con decisiones irreflexivas que le lleven a un callejón sin salida. Porque, en realidad, salvo las noticias contradictorias y poco fiables que dan las emisoras de radio, ¿Cuáles son las realidades a las que poder aferrarse?. Desde luego, no las conferencias de Queipo, (*) Guía o plano de esta conocida empresa. 158. A.F.C., “Notas para la defensa”, 15. 159. Idem, “Diario detallado”, 22. 160. Granada, 19 de Julio de 1936, el General Campins a su esposa, D~ Dolores Roda Rovira, A.F.C. 470 General desprestigiado al que, como decía Azaña (161), nadie hacia caso en el Ejército. Entonces, prescindiendo de la charlatanería del que se titulaba Jefe de la II División Orgánica, ¿Cuál era la situacion actual del alzamiento?. Las dudas de Campins y los interrogantes que plan- teaba la situación estaban mas que justificados; aunque él no lo sabía, la sublevacion -en los términos en que se llevó a cabo- había supuesto una notable decepcíon para los principales promotores, toda vez que, además de quedar en poder de la República buena parte del terri tono nacional y sus capitales y recursos mas importan- tes, la respuesta del Ejército no había sido -ni mucho menos- tan unaníme como cabría esperar. En efecto, como señala Palacio Atard, “el 18 de Julio de 1936 de los 18 generales con mando de división o asimilados, incluidos los dos de la Guardia Civil y Carabineros.., sólo cuatro se sublevan, y los restan- tes permanecen al lado del Gobierno republicano. De los 56 generales de brigada en activo, 14 se sublevan y no menos de 29 estuvieron al lado del Gobierno. De los 10.470 jefes y oficiales del Ejército (incluido el de Africa), no más de 6.000 se alzan en armas, entre los que se cuentan los 1.600 jefes y oficiales del Ejér- cito de Africa, que casi en su totalidad secundaron 161. Azaña, M., Obras completas, Op. cít., IV, pags. 4 98-499. 471 el alzamiento; es decir, en cualquier caso, muy poco más de la mitad del total de jefes y oficiales toman parte en la sublevacion” (162). La consecuencia inmediata de todo ello fue el co- mienzo de una inevitable guerra civil, que los principa- les protagonistas del alzamiento -Franco, Mola, etc.- presumían larga y sangrienta. A Campins le repugnaba este enfrentamiento de españoles contra españoles, y mucho más el hecho de que unas unidades militares combatieran contra otras, pero, dado el giro que tomaban los acontecimientos, la impresión que tenía era que no habría otra solucion. A altas horas de la noche del 19 al 20 de Julio, Campins recibe una segunda orden del Gobierno - si bien esta vez indirectamente- que también juzga disparatada: • . . me llama al teléfono el Gobernador y me dice que el Ministro de la Goberna- cion (Pozas) le acaba de encargar se organicen milicias armadas para acudir a donde fuera preciso..., que le había dado orden de recoger las armas que tenía depositadas en el cuartel de Artillería y por tanto me las pedía; yo le contesté que imposible, que ni las entregaba a paisanos, ni aceptaba que éstos fueran al 162. Palacio Atard, V., Aproxímacion histórica a la Guerra española (1936-1939), en Anejos de Cuadernos bibliográficos de la Guerra de España (1936-1939), 1, Madrid, 1970, Editor Vicente Palacio Atard, pags. 4 1—42. 472 cuartel y menos de noche; discutimos; me dijo que también había hablado con el de la Guerra, que le había encargado me transmitiese esa orden; por fin queda- mos en que, ya que esas armas eran solo un depósito en el cuartel, pertenecientes a Gobernacion, y además sólo escopetas y pistolas recogidas en cacheos y revolu- ciones anteriores, se entregarían sólo a la Guardia Civil, mediante triplicada relación y todas las formalidades reglamen tarias; que ésta las sacaría de la pro- vincia siempre en su poder, y fuera de ella ya veríamos; mediaba su palabra, el hacerse también cargo de la responsabi- lidad y peligro de armar esas milicias que él tampoco quería en su provincia” (163). Por segunda vez en pocas horas el General Campins desobedece una orden del Gobierno, negándose a entregar las armas depositadas en Artillería para dotar con ellas a las milicias del Frente Popular. Unicamente accede a hacerlo a través de la Guardia Civil, con todas las formalidades y sacándolas hasta los límites provincia- les; no obstante, estas exigencias son sólo una excusa, puesto que, yo pensaba que esas formalidades de entrega serían lentas y me darían tiempo; ordene a Artilleria se permitiera la entrada de una camioneta de la Guardia Ci- vil y sólo a ella permitir la entrega”(164) 163. A.F.C., “Diario detallado”, 22-25. 164. Idem, idem, 25-26. 473 No parece, por tanto, que Campins esté decidido a entregar las armas; únicamente quiere ganar tiempo, mientras no cuenta con las adhesiones que considera necesarias para conseguir sus fines al menor coste posi- ble en vidas humanas. Si finalmente logra que la Guardia Civil se una al alzamiento, dejará de existir el proble- ma de las armas y de las milicias, que seran controladas. Todo ello supone que, desde este momento quedó decidido mi animo al estado de guerra, tanto mas cuanto que no pude en aquella noche comu- nicarme con el Ministro” (165). Campins, pese a todo, seguía preocupado y no quería de ninguna forma que se repitieran en Granada los lamen- tables sucesos de Málaga, Almería y otras capitales “... yo estoy seguro, tengo datos para creerlo, que si en ese día doy ese paso, aquí hubiera ocurrido algo muy parecido a lo que creo ocurrido en Málaga, en Madrid o Barcelona. Hubiera sido un fra- caso o hubiera habido mucha sangre” (166). 165. Idem, idem, 26. (*) En Málaga, el General Patxot, tras declarar el estado de guerra, se rindió a las fuerzas guberna- mentales, al producirse en su propio bando algunas defecciones. El General fue detenido y fusilado. 166. Granada, sin fecha, el General Campins al General Don Luis Orgaz Yoldi, A.F.C. (Esta carta, escrita por el General en los días de su detencion en Grana- da, no fue entregada a su destinatario cuando visi- tó la plaza). 474 El General se refiere en el párrafo precedente al día 18, pero las reservas que mantiene durante el 19 y en la madrugada del 20 las justifica por la necesi- dad de que todas las fuerzas, o al menos la mayor parte de ellas, actuaran conjuntadas y con un sólo objetivo. “Yo estoy seguro que si no hubiera querido dejarme arrastrar por las impaciencias y deseos de la mayoría de los oficiales, hubiera podido hacerlo, pero yo no soy capaz de poner enfrente de ellos a los suboficiales, ni a la tropa; eso hubiera sido indigno y anarquico, tanto mas cuanto que mi sentir estaba al lado de ellos. Yo, en las dudas de aquellos momentos me inspire mas en el deseo de que lo que sucediera, lo fuera con el menor derramamiento de sangre y el menor estrago en Granada y su provincia” (167). Campins no confiaba plenamente en la tropa de la guarnición, temía que, al salir a la calle, ésta abando- nara o agrediera a sus oficiales. Para prevenir en lo posible esta situacion, el General había encargado a los coroneles Muñoz y Leon, en la tarde anterior -día 19-, reclutaran y metieran en filas, con uniforme, elementos afectos y seguros; Artillería lo hizo, Infantería no lo hizo” (168). 167. Idem, idem. 168. A.F.C., “Diario detallado”, 27-28. 475 En suma, Campins había pensado en todo y en todas las posibilidades para garantizar el éxito de su actua- cion, y estaba decidido a declarar el estado de guerra en el transcurso del día 20, puesto que desde las cinco de la mañana de dicho día no volvió a mantener níngun contacto con el Gobierno central (169). El único reparo que se puede poner a la intervencion del General, es el hecho de no haber tomado la iniciativa de sublevarse y haber esperado para sumarse al alzamiento a que las fuerzas a su mando estuvieran dispuestas a hacerlo sin su concurso. Por lo demás, su compromiso en la madrugada del día 20 es firme, y aun habrá en este día nuevos motivos que afiancen mas su determínacion de ponerse frente al Gobierno del Frente Popular. Sin embargo, antes de que esto ocurra, tiene lugar un nuevo episodio -calificado por Campins de disparate- de los muchos que se encadenaron sin orden ni concierto en los primeros días del alzamiento. Según refiere el General, en las últimas horas del día 19 recibio una llamada del Teniente Coronel Pastor, de la Jefatura de Aviación Militar, para anticiparle que se había nom- brado al Capitán Muñoz del Corral nuevo Jefe del aero- dromo de Armilla, en sustitución del Teniente Guerrero, al cual, en union del de igual clase Peñafiel y de un Alférez, era preciso separarlos de la Base puesto que estaban considerados como elementos peligrosos y podían 169. Carta citada del General Campins al General Orgaz, A.F.C. 476 poner en peligro la ejecucion de una operacion que se preparaba. Pastor indica a Campins que, para mas aclara- ciones, se ponga en contacto con la Base de Los Alcáza- res (Murcia>, de donde tendrán que venir los oficiales que sustituirán a los relevados; el General habla con el Comandante Ortíz, de Los Alcazares, al que encuentra receloso. Por fin, acuerdan que el General ordene a los oficiales implicados que se presenten en la Comandan cia Militar y esperen allí la llegada de los sustitutos. Así lo hace el General, que los mantiene en Comandancia hasta que el nuevo Jefe de Armilla aterriza en Granada; éste se presenta a Campins y le pide pasaporte militar por ferrocarril para que los oficiales relevados se trasladen a la Base murciana (170). El General está un tanto asombrado, todas estas conferencias y manejos me llenaban de asombro y tambien me demos- traban debilidad o excesivos temores en el mando central” (171). No termina en esto el episodio de los aviadores, que tendrán un papel de gran importancia en la destitu- cion del General Campins y en la instrucción posterior de su causa. Por el momento, cumpliendo órdenes del Gobernador, que a su vez actuaba de acuerdo con Campins, la Guardia Civil se presentó en el cuartel de Artillería 170. A.F.C., “Diario detallado”, 28-31. 171. Idem, idem, 31. 477 para retirar las armas prometidas; sin embargo, las armas no se llegaron a sacar por las dilaciones de todos y formalida- des pedidas por mí, mas orden escrita (del General) que no se llegó a dar. Pero en Artillería no negaron nada y sí sólo pidieron esa orden escrita”. (172>. Lo que el General había planeado estaba ocurriendo. Las armas nunca saldrían de Artillería, pero, por otra parte, al margen de esta cuestión, a Campins le preocu- paba la evolución del estado de ánimo de sus fuerzas y, sobre todo, la actitud que adoptarían las Fuerzas de Seguridad al sublevarse los militares. El Comandante Militar, pese a las discusiones, seguía manteniendo una buena relación con el Gobernador, quien, con el conocimiento de Campins, disponía de una serie de confidentes en los cuarteles. “Por ese conducto sabía yo lo que pasaba en los cuarteles, al minuto, y mejor que los coroneles. Había entre ellos hasta algún Capitán del Regimiento de Infantería, suboficiales de ambos regi- mientos y tropa” (173>. No cabe pensar que el Gobernador, que confiaba 172. A.F.C., “Notas para la defensa”, 18-19. 173. Idem, idem, 31. 478 en Campins y en su lealtad al Gobierno, impusiera un filtro a las noticias procedentes de los cuarteles que facilitaba al General. Por consiguiente, éste estaba enterado de cuanto sucedía en ellos “mejor que los coro- neles”, y no podía constituir para él ninguna sorpresa las manifestaciones, entradas y salidas, reuniones, etc. de cuantos participaban en la conspiración. También se enteró de que, conforme había ordenado, en Artillería se estaban dando uniformes y armas a paisanos (174). Por esta misma vía -confidentes/Gobernador- el General sabía que los conspiradores no contaban en prin- cipio con los suboficiales, especialmente con los de Aviación, y ello unido a la carencia de informacion sobre el hipotético comportamiento de las Fuerzas de Seguridad, le seguía preocupando en la mañana del día 20, por las consecuencias que la falta de unidad en la accion pudiera depararles a todos. “... de Guardia Civil, salvo las presen- taciones reglamentarias a mi llegada, ‘1 no sabia nada; de Carabineros lo mismo 175> A esta preocupacion contribuía la confianza que el Gobernador tenía en la Guardia de Asalto, la cual, de mantenerse en la legalidad, hubiera supuesto un pro- blema difícil de salvar para los conspiradores y por 174.Idem, idem, 32. 175.A.F.C., “Diario detallado”, 28. 479 añadidura para el General Campins, dados los escasos efectivos de la guarnición granadina y la buena instruc- cion y armamento que poseían los guardias de asalto. Ni Campins ni el Gobernador sabían que el Capitán de la Guardia de Asalto había prometido su participación a los militares, con lo que “el triunfo de la subleva- ción estaba prácticamente garantizado” (176). A posteriori, el Gobernador reflexionaba de la siguiente forma sobre esta cuestión: “Creo que si las fuerzas de Asalto, los jefes de Asalto, no se hubieran comprometido con las personas que dicen (nosotros no conocíamos esas visitas, claro), si los militares no hubieran tenido la seguridad de que los de Asalto se pondrían a su lado, no habrían salido a la calle” (177). También la Guardia Civil había prometido su coope- racion y, por ello, los conspiradores deciden que, por la tarde, las tropas saldrán a la calle. Nada de esto se comunica a Campins, quien, entre 4 y 5 de la tarde recibe la visita de dos armeros, que le dicen que han recibido instrucciones de la Policía para que entreguen armas y municiones sin formalidades. El General llama al Gobernador, el cual le confirma que son ordenes suyas, en su vista decido declarar el estado 176. Gibson, 1., Granada en 1936..., Op. cit., pág. 81. 177. Idem, idem, testimonio de César Torres Martínez. 480 de guerra, aunque sin decirlo a esos señores para poder sorprender” (178). Era la excusa que Campins necesitaba para apartarse definitivamente de la legalidad. Armar al pueblo -mili- cias izquierdistas y sindicalistas- supone una provoca- cion a los militares que el General no puede pasar por alto, “... pienso que ya no hay mas remedio que declarar el estado de guerra” (179). Esta decision implica la ruptura con el Gobernador, quien, no obstante, le infor- ma que en el cuartel de Artillería se están repartiendo armas y municiones a paisanos -esto no era nuevo para Campins, ya que lo había ordenado él y, además, lo sa bía- y que las fuerzas van a salir a la calle, lo que le sorprende enormemente. Torres Martínez recuerda que: “Cuando le dijimos el día 20 que, en el cuartel de Artillería, teníamos noticias de que estaban preparados para salir, él me dijo a mi personalmente que no, que no era posible eso, porque desconocía semejante cosa, que él tenía la pala- bra de que -los militares no se moverían y que saldría para el cuartel de Artillería y que antes de media hora me llamaría desde allí para desmentir la cosa” (180). Campins avisa al cuartel de su visita y, acompañado unícamente de su ayudante, se presenta en Artillería, 178. A.F.C., “Notas para la defensa”, 22. 179. A.F.C., “Diario detallado”, 32. 180. Testimonio de César Torres Martínez, en Gibson, 1, Granada en 1936..., Op. cit., pág. 82. 481 donde le esperan todos los jefes y oficiales en la puer- ta, “ ... y al decirme que se contaba ya con Guardia Civil y Asalto, etc. me uní con mucho gusto a ellos, pues así tenía ase- gurada la menor efusión de sangre y el exíto” (181>. No obstante, cuando el General y la oficialidad pasan al cuarto de estandartes se producen unos momentos de gran tension, debido a la excitación de los oficia- les, impacientes por sacar las tropas a la calle. A Campins le parece aquéllo “un soviet de oficiales; los jefes están dominados por los tenientes” (182). En la confusión reinante, “... un Teniente me increpó diciendo que yo les había engañado; me molestó esa consideración y al reprenderle yo, me encontre con que me sujetaban por detrás y tapaban la boca; intenté entonces sacar la pistola pero me lo impidieron los abrazos de los jefes que me obligaron también a dar la mano o abrazar al Tenien- te Pérez Victoria, que me daba satisfac- ciones” (183). La confusión continuaba; Campins decide ir al cuar- tel de Infantería, pero algunos oficiales no quieren, pese a que les indica que se une a ellos. Por fin, el 181. Carta citada del General Campins al General Orgaz. 182. A.F.C., “Diario detallado”, 33. 183. A.F.C., “Notas para la defensa”, 23 bis. 482 General sale de banderas acompañado del Coronel Muñoz y de un Comandante, “unos me abrazan y dan vivas, otros me increpan” (184). En Infantería todos estaban de acuer- do; Campins ordena que salga la compañía que está pre- parada, en cuanto reciban el bando que va a firmar. De nuevo en la Comandancia Militar, Campins firma en triplicado ejemplar el bando de declaración del esta- do de guerra, “... allí está mi compromiso y mi actitud, principalmente en su artículo primero” (185). El Bando en cuestion, redactado personalmente por el General Campins y publicado oficialmente a las 17,30 horas del día 20 de Julio de 1936, decía así: “Don Miguel Campins Aura, General de Brigada y Comandante Militar de esta plaza, hago saber: Artículo 1Q. En vista del estado de desorden impe- rante en todo el territorio de la Nación desde hace tres días, ausencia de accion del Gobierno Central y con el fin de salvar a España y a la República del caos existente, desde este momento, queda declarado el estado de guerra en esta provincia. 184. A.F.C., “Diario detallado”, 33. 185. Carta citada del General Campins al General Orgaz. 483 Artículo 2Q. Todas las Autoridades que no aseguren por todos los medios a su alcance el orden público, seran en el acto suspendidas en sus cargos y responsa- bles personalmente. Artículo 3Q. El que con propósito de perturbar el orden público aterrorizase a los habitantes de una población, realizase alguna venganza de carácter social, utilizase explosivos o sustancias inflamables o emplea- se cualquier otro medio o artificio proporcionado o suficiente para producir graves daños, originar acciden- tes ferroviarios o en otros medios de locomoción terres- tres o aereos, sera castigado con la maxíma pena que establecen las leyes vigentes. Artículo 4Q• El que sin la debida autorizacion fabricase, tuviese, transportase o emplease armas, ex- plosivos o materias inflamables, o las expidiese o faci- litase a los que luego las empleen para la comisión de los delitos definidos en el Artículo anterior, sera castigado con la pena de arresto mayor en grado máximo. Artículo 5Q• El que sin inducir a otros a cometer los delitos del Artículo 3Q, provocase públicamente su comísion, o hiciese la apología de la infraccion o de su autor, sera castigado con la pena de arresto mayor, en su grado maxímo, a prísion menor. Artículo 6Q. El robo con violencia o intimidación 484 en las personas, ejecutado por dos o mas malhechores, cuando alguno de ellos llevase armas y del hecho resul- tase homicidio o lesiones de las especificadas como graves por la Ley, sera castigado con la pena maxíma. Artículo 7Q• Todo individuo que tuviese en su poder armas o explosivos de cualquier clase, deberá entregar- los, antes de las veinte horas del día de hoy, en el puesto militar o de la Guardia Civil más proxímo, o sera castigado con la pena del Artículo 4Q~ Artículo 8Q. Los grupos de más de tres personas seran disueltos por las fuerzas con la maxíma energía. Granadinos: Por la paz perturbada, por el orden, por el amor a España y a la República y por el restable- cimiento de las leyes del trabajo, espero vuestra cola- boración a la causa del orden. ¡Viva España! ¡Viva la República! Granada a 20 de Julio de 1936” (186). 186. A.F.C., recopilación de datos inéditos por Don Miguel Campins Roda. Este texto del bando, que corresponde a su última redacción, difiere en algu- nos puntos del publicado en la prensa granadina el día 21 de Julio y que fue recogido por algunos autores, como por ejemplo lan Gibson que lo tomó de “Ideal”. Las diferencias, con todo, no son sus- tanciales y no afectan en absoluto al sentido gene- ral del documento. 485 En cuanto el General Campins firma el bando, una compañía del Regimiento de Infantería, con las formali- dades de rigor, proclama el estado de guerra y da lectu- ra pública al mismo. De inmediato, el resto de las uni- dades disponibles ocuparon militarmente la ciudad, ejecu tando el plan previsto por el Comandante Militar, que había sido elaborado por éste y por su Estado Mayor. Campins, de acuerdo con la nueva situacion, esta- blece comunicacion con Sevilla, y, “Al dar cuenta al General Queipo, éste me reconvino afectuosamente por mi tar- danza; yo le di breves explicaciones por teléfono, no podía en los agobios de aquellos momentos ser más extenso, y adopté las primeras medidas consiguien- tes a esa decisión” (187>. Desde luego, el periodo de tiempo que media entre la llegada a Artillería y la salida de las primeras tropas a la calle, fueron momentos de gran intensidad, difíciles e incluso amargos para el General, que tuvo que soportar como algunos oficiales le reprochaban su tardanza en sublevarse y aun albergaban dudas sobre si su decisión fue producto del convencimiento de la necesidad de alzarse o consecuencia de una determinacion ya tomada por la oficialidad de Artillería. 187. Carta citada del General Campins al General Orgaz. 486 En la carta que al día siguiente escribe el General a su esposa, en la que relata de forma sucinta los acon- tecimientos de los dos últimos días, comenta, en reía- cion con la declaración del estado de guerra, que “no podía resistir más” (188). Y así debió ser, tanto en el sentimiento de resistencia a las irreflexivas presio- nes de unos y otros, como a la necesidad de cortar defi- nitivamente con la serie de “disparates” que emanaban del Gobierno central. Ahora, con sus fuerzas ocupando calles y plazas de Granada, y viviendo como nunca la soledad y la enorme responsabilidad del mando, sentía, no obstante, un gran alivio ya que la proclamación fue un exito y, sobre todo, porque, “Yo estoy seguro que si se hace antes o no se hace así, muchos de los oficiales que hoy me critican mi tardanza, hubieran perecido o andarían huidos como los de Málaga” (189). Campins, por consiguiente, considera que su actua- ción fue la correcta, con independencia de las críticas que le hagan. Incluso Queipo, que ni siquiera lo nombra, prsenta la noticia del alzamiento en Granada como algo positivo, cuando esa noche se dirige al pueblo de Sevi- 188. Granada, 21 de Julio de 1936, el General Campins a su esposa, D~ Dolores Roda Rovira, A.F.C. 189. A.F.C., “Notas para la defensa”, 24. 487 lía: “Granada, cuyo Gobernador militar anduvo un poco remiso, se ha sumado a nosotros” (190). 8.6 La ruptura con Queipo de Llano La ocupacion de la mayor parte de la ciudad de Granada no presentó grandes dificultades para las fuer- zas militares sublevadas, en las que se encuadraban falangistas y contados requetés que permitian asegurar la lealtad de la tropa, buena parte de la cual, en los primeros momentos, distaba mucho de identificarse con los objetivos del alzamiento. La población granadina, confusa y poco informada, pensó en principio que la presencia de los soldados en las calles obedecia a un plan premeditado para garan- tizar el orden público y defender a la República. Sin embargo, a medida que se fueron ocupando los centros oficiales y trascendió la noticia de la detención de las autoridades civiles, y en especial del Gobernador y del Alcalde, ya no quedaron dudas acerca de las reales intenciones de las fuerzas militares. El Gobernador, Torres Martinez, espero en vano hasta momentos antes de ser detenido la llamada que, al parecer, Campins le habia prometido. Según sus mani- festaciones, ni ~l, ni los que le acompañaban, sabian 190. Gibson, 1., Queipo de Llano..., Op. cit., pag. 138. 488 en ese momento lo que en realidad habla sucedido, y cual era la situacion personal del Comandante Militar <191). La ocupacion por fuerzas al mando del Comandante Rosaleny de Radio Granada, permítio hacer público cada media hora el bando del General Campins, quien, una vez proclamado el estado de guerra efectuó unas declara- ciones al “Ideal” que el diario publicó en su edicion del dia 21. Campins justificaba públicamente su actua- ción manifestando: “He querido en todo momento mantenerme dentro de la legalidad; pero, ante el abandono manifiesto en que nos tenía el Poder central, la falta de atencion por parte del Gobernador civil, con el que yo en todo momento he querido mante- ner contacto, ha dado lugar a que yo ordene que en la provincia de Granada sea declarado el estado de guerra” <192). También hacia referencia Campins a los intentos de grupos extremistas de incitar a los soldados a rebe- larse contra sus jefes, circunstancia asta que, pese a ser denunciada por el General ante el Gobernador, éste nada hizo para ponerle fin. Por otra parte, la cuestión de las armas depositadas en el cuartel de Arti- llería y las razones que impedían su entrega a la prime- 191. Gibson, 1., Granada en 1936..., Op. cit., pag. 86. 192. “Ideal”, 21 de Julio de 1936. 489 ra autoridad civil de la provincia, también eran comen- tadas por el Comandante Militar, que finalizaba sus declaraciones haciéndose eco del sentir unanime de todo el Ejército respecto a la sublevación y expresando su esperanza de que la normalidad que hasta ahora caracte- rizaba al alzamiento granadino, continuara siendo la tónica de los días venideros (193). Pese a estos buenos deseos del General, el control total de la ciudad no fue posible hasta dos días mas tarde, cuando las fuerzas sublevadas ocuparon militar- mente el Albaicin, que la noche del día 20 se aprestaba a resistir levantando barricadas y elaborando rudimenta- rios planes de defensa entre los residentes y los simpa- tizantes de izquierda que habían huido del centro de Granada. Campins ordenó el emplazamiento de sendas baterias de Artillería al pie de la iglesia de San Cristóbal y en un cubo de la Alhambra, puntos desde los que se podía batir el Albaicin si la resistencia al alzamiento se confirmaba en la mañana siguiente, momento para el que pospuso el inicio de la hipotética ofensiva. Entre tanto, el General recibía en la Comandancia Militar innumerables muestras de adhesión y simpatía por la decisión adoptada, hasta el punto de que se vió obligado a espaciar las visitas y a recibirlas colecti- 193. Idem, idem. 490 vamante <194). En las primeras horas de la noche, Campins fue informado de la toma del aeródromo de Armilla por fuer- zas de la guarnicion granadina; sin embargo, tambián fue informado de que los sublevados se encontraron con unas instalaciones vacias y con el escaso material que quedaba inutilizado. El Capitán Muñoz del Corral, Jefe de la Base, al oir por radio la proclamación del estado de guerra en Granada, había ordenado a las fuerzas a sus órdenes que abandonaran Armilla y se dirigieran a Los Alcazares, vía Motril y Almeria, no sin antes destruir el material que no pudiera ser transportado. Así se hizo, y la totalidad de las fuerzas de Aviacion, al mando de sus suboficiales, abandonaron la Base; en total eran unos 70 u 80 hombres armados que se dirigie- ron a Motril en varias camionetas (195). No está claro -Campins nada indica al respecto- si Muñoz del Corral acompañó a sus hombres por carretera o si, como señala la Historia de la Aviación Española (196), regreso a Los Alcazares por vía aerea. En cual- quier caso, no pudo ser detenido por los oficiales a los que esa misma mañana había relevado, que ahora forma- ban parte de las fuerzas sublevadas en Granada, y que, 194. A.F.C., recopilación de datos ináditos por Don Miguel Campins Roda. 195. A.F.C., “Notas para la defensa”, 27-33. 196. Historia de la Aviacion Española, Op. cit., pag. 194. 491 lógicamente, se habían dirigido a la Base de Armilla para sumaría al alzamiento. La decepcion de los citados oficiales, entre los que se encontraba el Capitán Párez y Martínez de Vic- toria -entonces en situación de disponible-, por su relativo fracaso en la toma de Armilla, dió paso a una evidente indignación hacia el General Campins por haber efectuado el relevo de los mandos de Aviación tan sólo unas horas antes de la proclamación del estado de guerra. Como consecuencia de lo sucedido en el aeródromo, el General recibió una llamada del Capitán de la Guardia Civil de Motril -que atendió el Comandante Miralles- pidiendo instrucciones sobre la postura a adoptar, ante la presencia en dicha ciudad granadina de la columna de Aviacion. Campins ordena se le comunique al Capitán que no intervenga y deje pasar a esas fuerzas, puesto que los 10 ó 12 guardias de Motril poco o nada podían hacer contra efectivos muy superiores y armados con ametralladoras, yo no podía ordenar que esos guardias se sacrificaran, pues me convenia mas que dominaran pueblo tan importante” 197) Campins actuaba con lógica, ya que, en efecto, 197. A.F.C., “Notas para la defensa”, 27. 492 asegurar Motril era mucho mas importante que enfrentarse a unos fugitivos que, por otra parte, eran superiores en numero y en armamento y podían terminar fácilmente con la pequeña fuerza de guardias civiles. Sin embargo, la decision del General fue contemplada por los milita- res descontentos con su actuación -a los que informó Miralles-, como un nuevo episodio del, para ellos, com- portamiento ambiguo del Comandante Militar e informaron a Valdás de todo ello. El Comandante Valdes, que se había hecho cargo del Gobierno Civil por orden del General Campins, tam- poco estaba satisfecho de la actuación de áste y mucho menos desde que, tras la proclamación del estado de guerra, el Comandante Militar le había recordado -a ál y al resto de los mandos militares de la plaza- que cualquier decísion que se tomara debía contar con su previa aprobación, puesto que ál era la única y maxima autoridad de la capital y su provincia. Campins Roda señala que, aunque existen escasas referencias sobre la reunion comentada anteriormente, en la que tambián estuvo presente el Coronel Muñoz, parece que áste y Valdás se mostraron disconformes con las órdenes del General y con su pretensión de fiscali- zar todas y cada una de las intervenciones, militares y políticas, que se llevaran a cabo en el territorio de su mando. La tensión se hizo de nuevo patente y a punto estuvieron de repetirse los lamentables sucesos 493 acaecidos en el cuartel de Artillería en el momento de la sublevacion. Sólo la consideración de las especia- les circunstancias por las que atravesaba Granada y la necesidad de mantener unidas a las fuerzas subleva- das, permitieron que Valdás y Muñoz continuaran en sus puestos, aunque muy resentidos con el General Campins cuya autoridad les impedía actuar con la libertad que ellos deseaban (198). La huida de la guarnición de Armilla, las órdenes cursadas a Motril, la postura intransigente del General, que reclamaba para si la máxima autoridad, sumado a sus “vacilaciones” a la hora de sublevarse, fueron crean do en Valdás y Muñoz un sentimiento de abierta hostili- dad hacia Campins, que tendria su inmediato reflejo en la denuncia que pocas horas despuás enviarían a Quei- po de Llano. El General, entre tanto, trabajaba intensamente con su Estado Mayor, preparando los siguientes trabajos: - Plan de movilización de personal y material para - la provincia. - Plan de organización de una División de tres agrupaciones, basada en el doble desdoblamiento de las unidades existentes en la guarnícion. 198. A.F.C., recopilación de datos ináditos por Don Miguel Campins Roda. 494 - Plan para el encuadramiento y militarización del personal civil. - Orden de operaciones para la ocupación y defensa de las alturas que dominan la ciudad. - Plan de organización de los servicios. - Orden de máxima producción a la fábrica de explo- sivos de “El Fargue”. - Plan para la creación y organización de milicias armadas paramilitares en la capital y en cada pueblo de la provincia. - Plan para la organización de dos unidades espe- ciales: una de Ingenieros-zapadores y otra de Caballería. - Plan de reorganización y equipamiento de la Base aerea de Armilla. - Plan de reorganizacion del Servicio de Sanidad y Hospitales. - Informe para la Jefatura de la División sobre la ocupación de la plaza, situación actual y necesidades (199). 199. Idem, idem. 495 En Granada, la normalidad era la tónica general, “la noche transcurre tranquila. Sólo algún disparo se oye de vez en cuando. No hubo mas víctima en esta jorna- da gloriosa que un guardia de Seguridad que fue muerto por un disparo” (200). A primera hora de la mañana el Capitán Perez y Martínez de la Victoria, que se había hecho cargo del mando de la Base de Armilla, llama al General para infor- marle de que acababan de aterrizar en el aeródromo tres aviones de caza “Nieuport 52” que procedían de Getafe (201) y desconocían la sublevacion de la guarnícion granadina. Párez comunica que ha detenido a los pilotos y que espera órdenes. Campins se alegra de estas noti- cias y felicita al Capitán, mandándole que prepare los aviones para operar y los asigne a los oficiales que considere más idóneos. Despuás de esta conversación Campins llamó a Sevi- lla para comunicar a Queipo las últimas novedades sobre la sublevación de la provincia. El diálogo que tuvo lugar entre los dos Generales fue tenso y desagradable, a partir del momento en que Campins se negó a facilitar a Queipo los tres aviones que se habían capturado en Armilla, por necesitarlos para apoyar las operaciones de consolidación del alzamiento en toda la provincia. 200. Gollonet Megías, A., y otro, 9~4t., pág. 117. 201. Historia de la Aviación Española, Op. cit., pag. 194. 496 Queipo prohibió a Campins inmiscuirse en los asuntos que no fueran estrictamente militares y le comentó la conversación telefoníca mantenida en la tarde del día anterior con el Comandante Valdes, el cual se había quejado de las limitaciones que el Comandante Militar de Granada imponía a su actuación. Cuando, bruscamente, Queipo cortó la comunicacion, Campins se quedó muy preocupado, porque podía intuir por la actitud de su Jefe inmediato que las relaciones entre ambos, lejos de normalizarse tras la sublevación de Granada, empeoraban rápidamente, y la causa no era otra que la disparidad de criterios que ambos Generales mantenían sobre las innumerables cuestiones que les afectaban, sin olvidar el rechazo que provocaba en Cam- pins la trayectoria político-militar de Queipo y el indudable desprecio que áste sentía por los profesiona- les que, como el General granadino, poseían un sólido prestigio en el Ejárcito, ganado en el campo de batalla y no en conspiraciones de cafá o de oficina (202). Naturalmente Campins reprendió a Valdás por hablar directamente con Queipo y el Gobernador Civil decidió entonces, en colaboración con el Coronel Muñoz y los oficiales de Aviación y Artillería más críticos con el General, poner en marcha un plan que apartara a áste de la Comandancia Militar, aprovechando el evidente 202. A.F.C., recopilación de datos ináditos por Don Miguel Campins Roda. 497 antagonismo que existía entre Campins y Queipo. Valdás y Muñoz pensaron en enviar a Sevilla a algu- no de los aviadores que Campins había destituido, para que contara a Queipo la “realidad” de la conducta de aquál con respecto a la sublevacion. Necesitaban para ello la autorización de vuelo del propio General, pero esto no supuso ningún obstáculo ya que se necesitaban piezas de repuesto -de acuerdo con el plan del propio Campins de reorganizar y poner a punto las instalaciones de Armilla- y era normal el ir a buscarlas a Sevilla. Asi pues, los tenientes Bermúdez de Castro y Peña- fiel emprendieron el viaje a Tablada y, una vez en el aeródromo sevillano, solicitaron hablar de inmediato con Queipo de Llano que accedio a recibirlos. Bermúdez de Castro, que conocía al General de la II División y a su familia, fue el encargado de acusar a Campins, de acuerdo con las instrucciones que había recibido de Valdes y Muñoz. En síntesis, tales acusaciones fueron las siguientes: - Resistencia del Comandante Militar de Granada a sublevarse. - Obediencia al Gobierno de Madrid hasta la tarde del día 20. - Intento de organízacion de una columna militar 498 para marchar contra los sublevados de Córdoba. - Intento de entregar armas al pueblo. - Párdida de material aeronáutico y del aeródromo de Armilla al consumar las destituciones ordena- das por la Jefatura de Aviacion de varios oficia- les pilotos comprometidos con el alzamiento. - Orden cursada a la Guardia Civil de Motril para que no atacaran a la columna de fugitivos de Armilla. Queipo de Llano escuchó complacido a los tenientes aviadores y les prometió que destituiría y ordenaría arrestar al General Campins. Así, sin oir al acusado ni a los jefes y oficiales mas característicos de la guarnición, sin abrir la mas mínima informacion, expe- diente ni diligencias, sin que mediara un informe o acusacion oficial, Queipo dió crádito a una acusacion verbal formulada por un Teniente y decidió el arresto del Comandante Militar de Granada (203). No tardó Queipo en concretar su promesa, puesto que en su “charla” de las tres de la tarde arremetió contra Campins en los siguientes tárminos: “Dije ayer que la guarnícion de Granada se había sumado a nosotros. 203. Idem, idem. 499 Hoy, a fuer de castellano sincero y leal, que siempre dice la verdad, tengo que daros cuenta de la traición del General Campin (sic), que ha jugado infamemente con dos barajas, engañándonos al Gobierno y a mí. Ayer me dijo por teláfono que no se había unido a nosotros porque no había podido comunicar conmigo; pero a mí lado tengo en este momento al pundonoroso aviador que llega, en nombre de la guarnícion de Granada, a darme cuenta de la verdad de lo ocurrido; de la trai- cion cometida por ese General, indigno de vestir el uniforme, y que no volvera a vestirlo mas. Lo mismo que conmigo, el General Campin (sic ha estado jugando con la guarnición de Granada, para dar lugar a que el aeródromo de dicha ciudad cayese en manos de la Base de Los Alcazares; pretendiendo al mismo tiempo que el regimiento de Artillería entregase armas al pueblo. Cuando vio que la oficialidad del regimiento se negaba terminantemente a cumplimentar la orden, se pre- sentó allí, humildemente a someterse, y sufrio sin inmu- tarse las vejaciones de que la oficialidad le hizo obje- to, y que hubieran llevado al suicidio a otro hombre que sintiera más honda la dignidad. En este mismo momen- to ordeno la detención de ese jefe, que en su día sera juzgado por su indigna conducta” (204). 204. Gibson, 1., Queipo de Llano..., Op. cit., pag. 140. 500 Al conocer los tárminos utilizados por Queipo para destituirle, Campins se mostro enormemente indignado y, de inmediato pidió confirmación a Sevilla. Al estable cerse la comunicacion Queipo no quiso ponerse y, a tra- ves del Comandante Cuesta, el Jefe de la División le reiteró la orden de arresto, conminándolo a que entrega- se en seguida el mando y esperase a que se incoara el oportuno expediente para determinar sus responsabilida- des; todo ello, de nuevo, se le comunicaba en la misma forma grosera y deshonrosa que se había utilizado para la “charla” radiofónica <205). En su carta a Orgaz, el General deja testimonio de su estado de ánimo en aquellos trágicos momentos: “... mi sorpresa, mi dolor y mi indigna- cion fue grande al comunícarseme grosera- mente, al día siguiente, los tárminos de una alocucion radiada de dicho General Queipo del Llano . En la tarde del día 13, mientras el General Mola conferenciaba en Sevilla con Franco, el Coronel Juez y el Capitán Secretario comunican al General la composi- cion del consejo de guerra, que se celebrara al día siguiente a las 10 de la mañana <268). Campins había leído horas antes en el “ABC” que el consejo se celebra- ría esa misma tarde del dia 13 (269). Conforme a lo previsto, el día 14 se inicia el consejo de guerra contra Campins en el cuartel de San Hermenegildo -según el propio General-, en el cuartel del Duque -según Berzosa-, o en el Regimiento de Grana- deros , actúa como Fiscal el Comandante Jurídico Eduardo Gimánez Quintanilla, como defensor el Capitán de Infantería Benito Campos y como vocales varios corone- les y tenientes coroneles de la guarnición. El Juez instructor de la causa da lectura a los cargos -“ con entonacion engolada” <270)-, los cuales, dada la “desaparición” del sumario, no se conocen en toda su extension. No obstante, por el informe del defen- sor puede determinarse que las acusaciones contra Cam- pins eran las siguientes: - Rebelion Militar y oposición al alzamiento. - Destitución de los oficiales de Aviación compro- metidos con la sublevacion y nombramiento en su lugar de oficiales adeptos al Gobierno central, lo que origina la huida de la guarnición de la Base de Armilla y la destrucción de diverso mate- rial, al proclamarse el estado de guerra. - Intento de organización de una columna militar, siguiendo instrucciones del Gobierno, para mar- char contra los sublevados de Córdoba. - Intento de entregar las armas existentes en el cuartel de Artillería a la Guardia Civil, para <*) Comandante Militar de Cádiz el 18 de Julio y fiel cumplidor de las órdenes de Queipo. 270 A.F.C., “Diario sintático”, 24-25. 538 que ásta, cumpliendo órdenes del Gobernador Civil, las entregara a su vez a las milicias izquierdis- tas. - Orden dada al Capitán de la Guardia Civil de Motril para que pusiera en libertad y dejara proseguir su camino a la columna de aviadores huidos de Armilla. El Fiscal pidió la aplicación de la máxima pena por rebelión al Comitá Militar, fundamentándola no en el Código de Justicia Militar, sino en “ley de necesi- dad” (271). Las declaraciones de los “testigos” granadi- nos, leídas durante la vista, diferían notablemente de las manifestaciones del General y estaban en sinto- nía con los cargos que al mismo se le imputaban. Según Campins, todas las declaraciones de Granada son contrarias; el Coronel Muñoz, de Artillería, miente en la suya; todos están influidos por el miedo y alocucion radiada de Queipo” <272). El Capitán defensor inicio su intervención resal- tando la extraordinaria Hoja de Servicios del General Campins, para despuás afirmar que su papel en el proceso consistiría en aclarar, 271. Idem, 26 272. Idem, 25. 539 “... como ha podido llegarse a este absur- do de considerar al General Campins como enemigo del Ejárcito siendo como es una de sus primeras figuras...” (273). El Capitán Campos expuso a continuacion las circuns- tancias del nombramiento de Campins como Jefe de la 3~ Brigada de Infantería, su llegada a Granada y su desconocimiento de la conspiración, para relatar luego -de la misma forma que se lo había contado el General- la totalidad de los hechos acaecidos en la capital de la Alhambra. El defensor concluía así: “Creo que con lo dicho se debilitan nota- blemente los argumentos de la acusacion fiscal, demostrándose que fue solamente la fatalidad, desencadenando los aconteci- mientos en forma adversa para el General Campins, lo que hace aparecer a áste como reo de un delito de rebelión que no pensó nunca cometer” <274). Tambien recordaba al tribunal que, “... no podemos olvidar que en el banqui- lío de los acusados, víctima de una terri- ble fatalidad, no se sienta ninguno de aquállos en envilecieron el uniforme, al olvidar que lo primero para nosotros es la Patria y el honor, sino que por 273. Informe presentado ante el consejo de guerra por el Capitan de Infantería Benito Campos García, defensor del General Campins, pag. 1 274. Idem, pág. 3. 540 el contrario a quien vais a condenar fue toda su vida un alto ejemplo de las virtudes militares y legítimo prestigio del Arma de Infanteria” <275). Finalmente, Campos introducía un factor novedoso y el consiguiente recurso a la religión para tratar de impactar en la conciencia de los miembros del tribu- nal, caso de que por imperativo de la Ley la sentencia fuera condenatoria, tenga presente (el Consejo) que en Barce- lona, donde según noticias ha sido conde- nado y ejecutado una de las figuras mas prestigiosas de nuestro Ejercito, el General Goded, cuyo indulto fue denegado por esa caricatura de Gobierno que dicen esta en Madrid, constituido por unos señores que tanta bandera levantaron en pro de la abolición de la pena de muerte, cuando de trata de un buen Espa- ñol, la aplican inexorablemente; distin- gámonos hasta en eso de ellos, perdonemos a un buen Español, víctima de circunstan- cias adversas y hagámoslo también por el día de mañana que tendremos la gran satisfacción de ver ondear nuestra bande- ra, la que representa la verdadera España y ofrendámoselo a la Virgen de los Reyes, patrona de los sevillanos, en el día de su fiesta, que esta madre que tanto nos perdona nos lo tendrá en cuenta y nos lo agradecerá” <276). 275. Idem, idem. 276. Idem, págs. 3-4. 541 Probablemente, la defensa del Capitán Campos era la única posible dadas las circunstancias -irregulares, desde luego- que habían precedido al juicio y el escaso tiempo disponible para preparar su intervencion. Durante la vista, tambián se aclararon algunas de las incognitas que hasta ese momento habían permaneci- do ocultas; y así, se pudo saber que todo el proceso se había iniciado en Granada como diligencias previas el día 30 de Julio -lo que no concuerda con lo reflejado en la Hoja de Servicios-, sin que se tomara declaración al encausado. Posteriormente, las diligencias se convier- ten en causa que se tramita por procedimiento sumarísi- mo, de acuerdo con el Artículo 4Q del Bando de la Junta de Defensa Nacional, de fecha 28 de Julio de 1936, por el que se ratifica el estado de guerra en la zona de su mando <277). El consejo de guerra termina tras la intervención del General Campins, quien, según “ABC”, habló extensa- mente tratando de disculparse” <278). El procesado es llevado de nuevo a la Plaza de España, en tanto no se produce el fallo del tribunal militar, si bien “las impresiones son pesimistas” <279). 277. Burgos, 28 de Julio de 1936, Bando de la Junta de Defensa Nacional, en Díaz-Plaja, F., ~ págs. 36-38. 278. “ABC”, Sevilla, 15 de Agosto de 1936, pág. 3. 279. Idem, idem. 542 8.8 La muerte de un General El Teniente Coronel Berzosa y el Capitán defensor habían convenido que este último llamaría por teláfono al primero en cuanto tuviera alguna noticia sobre el resultado del consejo. A las 14,30 horas Berzosa no pudo esperar más y llamó al cuartel donde se habia cele- brado el juicio, “... el Alferez de guardia me dijo que el consejo había terminado sobre la una y media y que allí no había ya nadie, creyendo que le habían condenado a muer- te...” <280). La noticia, no por esperada causo menor impacto en cuantos compartían prisión con el General Campins, que inmediatamente se movilizaron, en la medida de sus posibilidades, para pedir el indulto. Berzosa escribió a su esposa para que, junto con Antonio Roda, vayan a ver al cardenal” y a quien se les ocurra” <281). A media tarde, el fiel Berzosa conoce el resultado negativo de la gestión ante la primera autoridad ecle- siástica y espera que, de un momento a otro, vengan para poner al General en capilla <282). Sin embargo, las 280. Diario citado del Teniente Coronel Berzosa, A.F.C. 281. Idem, idem. 282. Idem, idem. 543 horas pasan y no se producen novedades; Roda se entrevis- ta con Franco, y áste le da a entender que la causa está en Burgos. Renace la esperanza, porque, “Como las sentencias de los sumarísimos se ejecutan en seguida y aquella tarde paso, creíamos que al día siguiente lo iban a indultar, porque era la Virgen de los Reyes y gran fiesta de las bande- ras” <283). Evidentemente no era esta la razón del retraso, sino el cumplimiento de las formalidades de rigor que Queipo de Llano no quería de ningún modo omitir. Así, una vez conocido el fallo del consejo, que condenaba a muerte al General Campins, Queipo ordena cursar un radiograma cifrado al Presidente de la Junta de Defensa Nacional, con el siguiente texto: “Firme sentencia condenando pena muerte General Campins lo comunico a efectos ejecucion, significándole que inmensa trascendencia conducta enjuiciada, reite- rada y conscientemente rebelde acto vista, aconsejo inmediato cumplimiento fallo” (284). El radiograma se recibe en Burgos el día 15 y los miembros presentes de la Junta, consecuentes con la 283. Carta citada del Teniente Coronel Berzosa a Don Carlos Comenge, A.F.C. 284. A.G.M., 1~ Seccion, Expediente C-701. 544 petición de Queipo, suscriben la siguiente acta: “En la ciudad de Burgos, a quince de Agosto de mil novecientos treinta y seis, reunidos, bajo la Presidencia del Exce- lentísimo Señor General de Dívísion Don Miguel Cabanellas Ferrer, los Excelentí- simos Señores Generales de Brigada Don Emilio Mola Vidal y Don Fidel Dávila Arrondo y los Coroneles de Estado Mayor Don Federico Montaner Canet y Don Fernan- do Moreno Calderón, miembros de la Junta de Defensa Nacional presentes en esta plaza, quedaron enterados del radiograma del Excelentísimo Señor General de la segunda Dívísion, en el que da cuenta de la sentencia dictada por un Consejo de Guerra contra el General de Brigada Don Miguel Campins Aura, en la que se le condena a la pena de muerte, informan- do desfavorablemente respecto a la conce- sion de indulto. Y para que conste firman todos los presen- tes este acta, en la Ciudad y fecha indi- cadas” <285). Inmediatamente se cursa a Sevilla un radiograma cifrado y urgente con el siguiente texto: “Esta Junta queda enterada sentencia recaída contra General Campins” (286). 285. Idem, idem. 286. Idem, idem. 545 Por consiguiente, con la aprobación de Burgos se completaban las formalidades que Queipo deseaba, y uní- camente esperaba para ejecutar a Campins que pasara el día 15 y las celebraciones previstas en Sevilla para conmemorar esa festividad. El Secretario de Franco, su primo Franco Salgado- Araujo, tuvo conocimiento de la difícil situación de Campins e intentó lo imposible, “Cuando me enterá de que Campins estaba en capilla me brindá a hacer cerca de Queipo un último intento de conseguir el indulto. Franco me entrego una carta suya insistiendo en su peticion, enalte- ciendo la historia militar de su compañe- ro Campins y reiterando su deseo de que en atencion a la misma le salvase la vida. Queipo me recibió y me dijo en alta voz: - No quiero abrir ninguna otra carta de su general que trate de este enojoso asunto, y dígales que mañana domingo será fusilado” <287). Mientras esto ocurre, en la Plaza de España, ya el día 15, “Esperamos que por la mañana lleguen 287. Franco Salgado-Araujo, F., Mi vida junto a Franco, Op. cit., pag. 75. 546 con el indulto, pero pasa el día y va aumentando el pesimismo. Vienen Carmen, Carlitos y Roda y aunque hemos mandado recado al Cardenal el indulto no llega y pasa el día” <288). Queipo estaba muy ocupado esa mañana porque, anti- cipándose al contenido del Decreto número 77 de la Junta de Defensa Nacional (29.08.36), había decidido restable- cer el uso oficial de la Bandera roja y gualda. La cere- monia, que se iba a realizar en el Ayuntamiento de la ciudad, no pudo empezar peor, pues, cuando Franco y Millán Astray -invitado por el Jefe de la 2~ Division- llegaron a la plaza de San Fernando, se encontraron con que Queipo no estaba. La ausencia del General -subor- dinado a Franco- produjo una situación un tanto violenta para las personalidades que esperaban. Por fin aparecio Queipo y los actos comenzaron. El primero de los discursos fue pronunciado por el propio Queipo y, tal como recoge Gibson, resultó tan enmarañado y confuso que provocó las sonrisas mal disimuladas de sus invitados. Por otra parte, “teniendo en cuenta que Queipo había contribuido a traer a la República , y los que defendían el derecho a ascender por máritos de guerra (Infantería y Caballería). El problema suscitado por estas dos diferentes concepciones de la carrera militar permanecera activo hasta muchos años despuás, y parece indudable que Cam- pins, al sufrir personalmente los efectos del mismo, se alineó decididamente y ya para siempre en el campo de los denominados “africanistas”, principales defenso- res de la postura mantenida por las Armas Generales. En conclusión, puede afirmarse que, a fines de 1912, el Capitán Campins era un decidido “africanista”, en el sentido más positivo del tármino, esto es, un oficial que cumplía fielmente con su deber, que arries- gaba su vida continuamente y que por eso defendía a cambio su derecho a ser premiado con un ascenso, si 564 la correspondiente autoridad lo consideraba acreedor a ello. Sin embargo, existía una diferencia fundamental entre el comportamiento de Campins en esta materia y el mantenido por otros oficiales en sus mismas circuns- tancias. A Campins, naturalmente, no pudo agradarle el que no prosperara su ascenso, pero acató la decísion superior con disciplina y respeto; otros no actuaron así y, considerándose con pleno derecho a obtener el ascenso o la recompensa que fuere por haber participado en determinada acción, reclamaban si no la obtenían, e incluso llegaban al Rey con peticiones en este sentido. Como era de prever, los máritos de Campins no perma- necieron mucho tiempo ocultos y, así, tras su nuevo destino en la Comandancia General de Larache, gana, esta vez sí, el ascenso a Comandante despuás de cuatro meses de campaña a comienzos de 1914. A finales de ese año concluyen las operaciones en el sector y, a mediados de 1915, Campins regresa a la Península para iniciar un largo período de seis años, en el que su vida perso- nal va a cambiar notablemente y su vida profesional va a depararle nuevos destinos que influirán de manera importante en su trayectoria como militar. De tales destinos puede destacarse el que le lleva durante un año a su ciudad natal, Alcoy, donde conoce a su futura esposa, con la que contraerá matrimonio en 1916; pero sin duda el de mayor interes es el de Oviedo, donde coincide en el Regimiento del Príncipe 565 con el también Comandante Francisco Franco, quien, pese a su juventud, gozaba ya de merecida fama en el Ejercito, ganada, al igual que Campins, en los campos de batalla africanos. Aunque puedan criticarse algunos de sus metodos -desde luego alejados de los empleados por Campins-, níngun historiador pone en duda que, en aquellos momen- tos, Franco era uno de los mejores jefes de batallón de todo el Ejárcito, mientras que Campins, que nada tenía que envidiarle, daba menos publicidad a sus accio- nes que simplemente pasaban inadvertidas para el gran público. La coincidencia de los fue beneficiosa para ambos, ya cuenta de la identidad de punt< sobre diversas cuestiones pr de ellas era la postura contrar sa, a los militares que las p que defendían, entre las que a los ascensos por máritos de gi Franco, en “Diario de un su obra sobre la Academia Gene mente sus posiciones al resp~ son radicalmente contrarias a 1 sos por meritos obtenidos en car los militares en Oviedo que muy pronto se dieron ~s de vista que mantenían ofesionales. La primera ia a las Juntas de Defen- ropiciaban y a las ideas destacaba la oposicion erra. a bandera” y Campins en ~al Militar, fijan clara- ~cto, que, por supuesto, a supresión de los ascen- ipaña. 566 Pero aun habría mas puntos de coincidencia entre los dos Comandantes, puesto que las conferencias que Franco pronuncia ante la guarnición ovetense acerca de las nuevas tácticas de utilización del terreno para el ataque y la defensa -de absoluta novedad en el empleo táctico de la Infantería española- interesaron sobrema- nera a Campins, quien, además de estar plenamente de acuerdo con ellas, podía ofrecer su experiencia inigua- lable de oficial de Estado Mayor -Franco no lo era- y sus múltiples destinos durante la Campaña del Kert. Campins y Franco -según la tradición familiar del primero- colaboraron tambián en la concrecion de distin- tos aspectos relativos a la creacion del Tercio de Ex- tranjeros, probablemente la fuerza que desempeno, desde el mismo momento de su entrada en fuego, el papel más relevante de las campañas africanas. En suma, la etapa de Oviedo, extraordinariamente positiva en lo profesional, deparó a Campins la posibi- lidad de entablar amistad con Franco -que se hizo exten- siva a sus respectivas familias-, amistad que, al margen del diferente discurrir de sus respectivas carreras, ya no se rompería hasta los fatídicos días de Agosto de 1936. La vuelta a Marruecos de Campins se realiza tras la dramática retirada de Annual, en el otoño de 1921 y ya como Teniente Coronel, para intervenir en las cam- 567 pañas de reconquista del territorio que dicha retirada puso en manos de las cabilas rebeldes. Su reencuentro con la guerra y con los mismos esce- narios en los que ya había combatido entre 1911 y 1913 no pudo resultar mejor, puesto que, desde las primeras acciones, figura como distinguido al frente de su Bata- llón, constituido por soldados de reemplazo a los que logró inculcar un espíritu combativo, propio de unidades de choque, que les llevó a protagonizar el 8 de Abril de 1922 el extraordinario asalto y toma de Erguina y Casas de Fumini, dentro de la operación general de con- quista de la posición de Dar el Quebdani. La acción, de una valentía excepcional, trasciende el ámbito del Ejárcito de operaciones, hasta el punto de que se concede a la Bandera del Regimiento la Meda- lla Militar, como recompensa colectiva a tan señalada actuacion. El Rey recibe a Campins en audiencia y per- sonalmente impone la distincion a la enseña de la unidad. El Regimiento de Infantería de La Corona n~ 71 se unía así a las fuerzas legendarias de Africa, Regulares y La Legion, gracias a la valentía, a la preparacion y al talento operativo del Teniente Coronel Campins, que, sin embargo, no recibió en esta oportunidad la Medalla Militar individual o un nuevo ascenso por máritos de guerra, que sin duda merecía. Apartado momentáneamente de Africa y dolido tal 568 vez -aunque nunca lo manifestó- por la no concesion de una señalada recompensa, Campins se presenta volunta- rio para asistir al Curso de Aeronáutica para Jefes de Bases Aáreas. Nunca conseguirá el título de piloto, aunque sí el de observador, pero su paso por la Avíacion fue, como en tierra, brillante, llegando a participar en ataques aereos que, una vez mas, merecieron las feli- citaciones del Alto Mando Militar. De nuevo al frente de una unidad de Infantería participa en la península de Yebala en todas las opera- ciones que, durante el otoño de 1924, se llevan a cabo par rectificar lineas y dejar a nuestras fuerzas en óptima disposición para asestar el golpe definitivo a las cabilas rebeldes. Primo de Rivera, dictador desde 1923, superando sus anteriores recelos hacia los mandos del Ejárcito de Africa, decide confiar, a comienzos de 1925, en un selecto grupo de ellos para conseguir sus objetivos de pacificacion definitiva del territorio marroqul. Campins, naturalmente, forma parte de ese grupo y, paula- tinamente, se hará cargo de mayores responsabilidades que culminan con el mando de la 8~ Circunscripcion del territorio, con base en el Campamento de R’gaia, y de una poderosa fuerza de operaciones integrada por mas de ocho mil hombres. Sin duda, tales atribuciones -el mando de más de 569 dos Brigadas- resultarian excesivas para un Teniente Coronel que no fuera Campins, porque áste desempeñó su cometido con la brillantez acostumbrada, participando en Julio en la operación que el General Saro lleva a cabo sobre Sidi Dauetz y en Septiembre en el desembarco de Alhucemas, donde de nuevo Saro le confía el mando de una de las tres columnas de su Brigada de desembarco. Campins, en union de los coroneles Franco y Martín, realiza una labor excelente que le supondra una nueva propuesta de ascenso que meses más tarde se concretara. Ya Coronel, se le destina al mando del Regimiento de Infantería de Africa n0 68 de guarnícion en Melilla, donde, en la primavera de 1926, se le unen fuerzas euro- peas e indígenas para formar la Agrupacion “Midar” e iniciar de inmediato las operaciones contra las cabidas hostiles. El fin de la guerra está proximo y Campins coopera acertadamente para conseguir todos los objetivos previstos durante el año. En 1927 se le designa para formar parte de la Comi- sion Organizadora de la Academia General Militar que Primo de Rivera quiere crear. La elección de Campins no se debe al azar, sino al deseo de su amigo y compa- ñero, el ya General Franco -Presidente de la Comísion-, y a la sólida preparacion intelectual y militar que posee el Coronel, cuyo prestigio en el Ejárcito era en esos momentos incontestable. 570 Campins regresara a Africa, esporádicamente, en otras ocasiones durante el año 1927, hasta que en Diciem- bre abandona su destino definitivamente y retorna a la Península. Se cierra así una larga etapa de su vida que inicio de Capitán y termina de Coronel, con dos ascensos por máritos de guerra, numerosas felicitaciones y condecoraciones y una Hoja de Servicios impresionante, que refleja su intervencion en los episodios mas desta- cados del dilatado conflicto, a lo largo de la totalidad del territorio bajo administración española. A punto de cumplir 48 años, Campins está en un momento culminante de su carrera, y aborda el nuevo destino, rapidamente cambiado por el de Jefe de Estudios del nuevo Centro de enseñanza, con una gran ilusión y con la confianza que otorga el saberse bien preparado para desempeñarlo; porque Campins, al contrario que buena parte de los militares españoles de entonces, posee amplios conocimientos sobre diversas disciplinas tácnicas las posibilidades de la maniobra, la rechazó por disparatada. Además ya sabia la opinion contraria de los jefes de las unidades. - Campins nunca penso en entregar las armas del cuartel de Artillería, pero no quería romper con el Gobernador y por ello aparentemente acce- dió, aunque impuso .una serie de formalidades de obligado cumplimiento que ál sabía iban a impedir la entrega. - La orden dada al Capitán de la Guardia Civil de Motril no era que dejara en libertad a la columna de aviadores, puesto que los guardias 591 de la Benemárita nunca los detuvieron, sino que no se enfrentaran a ellos puesto que los aventa- jaban en numero y armamento, y Campins juzgaba de mayor interás mantener la importante plaza para el alzamiento. - Campins se vió obligado a aceptar la destitución de los oficiales de la Base de Armilla comprome- tidos con la sublevación, puesto que cuando tiene noticias de la operación que se prepara (día 19 por la noche) todavía es leal a Madrid y al día siguiente (cuando Muñoz del Corral se presen- ta y toma el mando) todavía no se ha sublevado. Oponerse al relevo hubiera sido anticipar los acontecimientos. Por otra parte, si los oficiales comprometidos para el alzamiento hubieran conti- nuado en Armilla en el momento de producirse áste, probablemente hubieran perecido a manos de los suboficiales y clases de Aviación, que destacaban entre toda la guarnición por sus ideas izquierdistas. La actitud de Franco con Campins -lo mismo que la de Orgaz- puede censurarse en el sentido de que, estando en Sevilla, fue incapaz de visitar personalmente a su amigo detenido, aunque, tal como indica su Secreta- rio Salgado-Araujo, realizara numerosas gestiones ante Queipo para salvarle la vida. La impresión que transmite la figura 592 de Franco en los días que tiene su cuartel general en Sevilla, es de que se siente incómodo con la proximidad de Queipo; cierto es que pidió el indulto para Campins, pero no lo hizo personalmente, sino por escrito y por mediación de un tercero; esta actuación, que demuestra un cierto temor ante Queipo y sus conocidos exabruptos, no concuerdan con la imagen de líder mítico que el futu- ro “Caudillo” tenía ya entonces entre sus tropas y segui- dores. Si Franco hubiera querido salvar a Campins lo ha- bría conseguido sin esfuerzo, puesto que ál y nadie más que ál era el jefe de las fuerzas del Sur de España, y esto no era sólo un cargo, sino una realidad que se podía constatar en la admiración casi patológica que por ál sentían los hombres a su mando. Claro está que, actuando desde una postura de fuerza, el enfrentamiento con el irascible Queipo seria inevitable, pero, probable- mente, la cuestión no hubiera pasado de eso, de un enfren tamiento, sin repercusiones en el curso del alzamiento. Por lo que atañe al papel de la Junta de Defensa Nacional en la ejecución de Campins, unicamente consta- tar que en absoluto se intereso por las causas del pro- cesamiento del General y si dió el visto bueno a las alegaciones de Queipo, que no desaprovechó la oportuni- dad de manifestar que la conducta de Campins durante el juicio había sido “reiterada y conscientemente rebel- de”. 593 Como indica Payne, “la envergadura y las compleji- dades del conflicto escaparon totalmente al control de la Junta” (3). En el caso de Campins esta afirmacion parece cierta si se tiene en cuenta que, pese al acta suscrita en Burgos y el “enterado” de la sentencia remi- tido a Sevilla, Cabanellas escribía a Queipo trece días despuás de la ejecucion interesándose por lo sucedido al destituido Comandante Militar de Granada. 3. Payne, S.G., Los militares y la política..., Op . cit., pag. 381. 594 10. FUENTES, BIBLIOGRAFIA Y PUBLICACIONES PERIODICAS FUENTES Archivo de la Capitanía General de la 2~ Región Militar (Sevilla ) Expediente del General Don Miguel Campins Aura. Archivo General Militar (Segovia ) 1~ Seccion Expediente personal de Don Miguel Campins Cort. Expediente nQ C-701 de Don Miguel Campins Aura. 2~ Seccion Legajo nQ 48 9~ Seccion Expediente nQ C-44 de Don Miguel Campins Aura. Archivo Municipal de Trujillo (Cáceres ) Legajo nQ 571 3-3-1 y 3-3-3 595 Servicio Histórico Militar (Madrid ) 3~ Sección (Africa ) Legajo nQ 4 1-2-4 5 1—2—6 17 1—2—1 18 1—2—1 63 1-3-4 Archivo de la Famila Campins (Madrid ) Resumen biográfico del General Campins realizado por su hijo Don Miguel Campins Roda. Recopilación de datos ináditos sobre los últimos meses de la vida del General Campins, realizada por su hijo Don Miguel Campins Roda. Notas para la defensa, 37 cuartillas. Diario, 29 hoj itas. Diario detallado, 33 cuartillas. Notas para el Consejo, 1 cuartilla. Correspondencia del General Campins con familiares, autoridades y amigos. Correspondencia de D~ Dolores Roda Rovira con personali- dades y amigos. Cartas del Teniente Coronel Don Lucio Miguel Berzosa a Don Carlos Comenge y a D~ Dolores Roda Rovira. 596 Documentos originales del Teniente Coronel Don Lucio Miguel Berzosa. Diario sobre los últimos días del General Campins, es- crito por el Teniente Coronel Berzosa. Informe para el Consejo de Guerra realizado con el Capi- tán de Infantería Don Benito Campos García, defensor del General Campins. Testimonio verbal -recogido por escrito- facilitado por Don Josá Molina Soto a Don Miguel Campins Roda sobre la ejecucion del General. BIBLIOGRAFIA ABD-EL KRIM, Mámoires, París, 1927. ALCALA-ZAMORA, N., Memorias (segundo texto de mis memo-ET 1 w 250 358 m 516 358 l S BT rias), Barcelona, 1977. ALONSO, J.R., Historia política del Ejárcito español , Madrid, 1974. ALONSO BAQUER, M., El Ejercito en la sociedad española , Madrid, 1971. ALPERT, M., La reforma militar de Azaña (1931-1933) , Madrid, 1982. ARQUES, E., El momento de España en Marruecos, Madrid, 1943. 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ABC (Madrid y Sevilla) EL SOL HERALDO DE MADRID EL IMPARCIAL HERALDO DE ARAGON EL DEFENSOR DE GRANADA 608 IDEAL (Granada) LA CORRESPONDENCIA MILITAR MEMORIAL DE INFANTERíA EJERCITO Y ARMADA 609 APENDICE DOCUMENTAL APENDICE 1 Real Decreto de 27 de Febrero de 1888 (A.M.T., Legajo 571, 3—3—1). Articulado del Real Decreto por el que se crean cuatro Colegios Preparatorios Militares; características que deben reunir, condiciones del alumnado e ins- trucciones diversas para los municipios interesados. De conformidad con lo propuesto por el Ministro de la Guerra, y de acuerdo con el Consejo de Ministros; en nombre de mi Augusto Hijo el Rey, D. Alfonso XIII, y como Reina Regente del Reino, vengo en decretar lo siguiente: Articulo 1Q Se crean Cuatro Colegios preparatorios militares con objeto de dar a los jóvenes la instruccion necesaria para ingresar en la Academia general militar. Articulo 2~ Los indicados Colegios dependerán de la Dirección 610 general de instrucción militar para todo lo que se refie ra a su regimen y organización. Articulo 32 Ninguno de los cuatro Colegios se establecera en esta Corte. Las poblaciones en que hayan de situarse, deberán tener disponible un edificio que reuna las con- diciones necesarias al objeto. Articulo 42 Los estudios en los Colegios preparatorios milita- res se distribuiran en los mismos cinco cursos de un año en que están distribuidos los de la segunda enseñan- za, cursándose las asignaturas en el mismo orden fijado para esta. Articulo 52 Con el fin de dar validez acadámica a los estudios, mediante los examenes que verificarán los alumnos ante el Tribunal competente, estos Colegios preparatorios estarán incorporados al Instituto de segunda enseñanza de la capital de la provincia en que se hallen esta- blecidos. La incorporación tendrá lugar con arreglo a las disposiciones vigentes en la materia. Articulo 62 Simultaneando con las asignaturas de la segunda enseñanza, se estudiarán las demás que se exigen en los examenes de ingreso en la Academia general militar. Articulo 72 La edad mínima para ser admitido en los Colegios preparatorios militares, será la de diez años, cumplidos antes del día 1Q de Septiembre y la máxima de catorce. 611 Los aspirantes deberán tener aprobadas en un Ins- tituto las asignaturas de la primera enseñanza. Articulo 82 Tambián podrán estudiar en los Colegios preparato- rios los individuos de la clase de tropa que no hayan cumplido veintiún años en 1Q de Septiembre y aspiren al ingreso en la Academia general militar; pero deberán acreditar que están en posesión del grado de Bachiller. Articulo 92 El curso de los Colegios preparatorios empezara todos los años en 1Q de Septiembre y terminara en 1Q de Junio para los estudios de la segunda enseñanza, continuándose los especiales de matemáticas hasta el 15 de Julio. Articulo 102 Los alumnos de los Colegios preparatorios militares seran internos; pero si alguno tuviese su familia esta- blecida en la misma localidad, podrá solicitar autoriza- ción para ser externo, y serle concedida con la expresa condición de que ha de vivir en compañía de sus padres, parientes muy cercanos o tutores. Articulo 112 Los individuos de la clase de tropa que asistan a los Colegios preparatorios seran externos; estarán acuartelados en un edificio militar de la misma locali- dad, formando una compañía o seccion con sus Oficiales y clases, y sometidos en todo al rágirnen y disciplina militar. 612 Articulo 122 La direccion de cada uno de los Colegios estará a cargo de un Jefe del Ejárcito, en situación activa o retirado, cuyas dotes de mando e instrucción sean apropiadas para ejercer tan importante cometido. Tendrá a sus órdenes el personal de Profesores necesarios, compuesto de Jefes y Oficiales del Ejárcito y de la clase civil, idóneos para estas funciones, y el servicio que exija el rágimen interior del establecimiento sera desempeñado por los profesores militares. Artículo 132 La Dirección general de Instrucción militar redac- tará en el más breve plazo posible un reglamento para la organización de los Colegios preparatorios militares, en el que se fijarán las prescripciones relativas a la admisión de los alumnos; pensiones y matrículas que deberán pagar, según sean hijos de individuos que no pertenezcan al Ejárcito, de Jefes y Oficiales del mismo, huárfanos de ástos, o individuos de la clase de tropa; composición, atribuciones y deberes del personal; rági- men de la enseñanza, estudio y vida interior; premios y castigos; administracion, relaciones del Colegio con el Instituto de segunda enseñanza a que está incorporado y con las familias de los alumnos. Articulo 142 Se invita a las poblaciones que tengan edificio apropiado para la instalacion de un Colegio preparatorio a que presenten proposiciones para cederlo temporalmente al ramo de Guerra con el expresado objeto; en la inteli- gencia de que los edificios han de ser capaces para 200 alumnos con todas las dependencias necesarias. Los Municipios deberán hacer por su cuenta las obras indis- pensables para la instalación, y prestar algún auxilio para los demás gastos iniciales. Cuando sean conocidas 613 las disposiciones que presenten, se determinara las que deban ser preferidas, atendiendo a la situación de la localidad, condiciones del edificio presupuesto y cuantía de los recursos ofrecidos. El plazo para las ofertas de los Municipios terminara en fin de Mayo proxí mo. Articulo 152 Al terminar el presente curso quedarán suprimidas las actuales Academias preparatorias establecidas en las capitales del distrito; y el personal que presta en ellas sus servicios será incorporado a los Cuerpos a que pertenezca, o destinado al cuadro de reemplazo a disposición de los Directores de sus armas respectivas. Dado en Palacio a veinte y siete de Febrero de mil ochocientos ochenta y ocho. 614 APENDICE 2 Trujillo, 3 de Marzo de 1888, el pueblo de Trujillo al Muy Ilustre Ayuntamiento de la Ciudad (A.M.T., Legajo 571, 3—3—1>. Petición de la ciudad de Trujillo a su Ayuntamiento para que presente la candida tura a sede de uno de los cuatro Colegios Preparatorios Militares. Al Muy Ilustre Ayuntamiento de esta Ciudad. Por virtud del Real Decreto de veinte y siete de Febrero pasado inserto en la Gaceta de Madrid del día veinte y ocho del mismo, relativo a la creación de cuatro Cole- gios preparatorios Militares; se ha celebrado una reu- nión en que han estado representadas todas las clases sociales de esta población; al objeto de discutir la conveniencia de pedir la instalacion en esta ciudad de uno de dichos Colegios, y en ella ha sido acogida con entusiasmo indescriptible la idea del Excelentísimo Sr. Ministro de la Guerra, acordándose por unanimidad elevar una respetuosa exposición al Muy litre. Ayunta- miento, interesándole para que con el patriotismo de que tantas pruebas tiene dadas, teniendo presente que acaso ningún otro Municipio se encuentre en las condicio 615 nes especialísimas que el nuestro y recordando que la ciudad que en ápoca no lejana ha sido emporio del movi- miento de la riqueza agrícola y comercial de una dilata- da comarca; se ve hoy postergada a otras, que por sus condiciones topográficas y financieras debieran sería tributarias; lo cual dice bien poco en favor de los firmantes de esta solicitud en primer tármino y de todos sus hijos en segundo; considerando tambián que hay nece- sidad de aunar todas las voluntades, y todas las aptitu- des para hacer un esfuerzo titánico que nos saque de la postración a que nuestra apatía nos ha traído; refle- xionando lo importantísimo que seria para nuestra ciudad el establecimiento de uno de estos Centros de instruc- ción, que difundiera entre sus habitantes la luz que es al espíritu, lo que el alimento al cuerpo, los que suscriben: Suplican encarecidamente a la Iltre. Corporación que haciendo un esfuerzo superior a cuantos hasta el presen- te haya podido imaginar, ofrezca al Excmo. Sr. Ministro de la Guerra, no sólo la cesión temporal de un edificio capaz de alojar a los doscientos alumnos que dice el Real Decreto antes citado, si no tambián a los Profeso- res que lo dirijan, y los recursos necesarios para la instalación total, si fuese necesario, de referido Cole- gio, al objeto de que ninguna otra población pueda lle- gar a la nuestra, que por sus recursos propios y su reconocido patriotismo debe llegar para honra y provecho de sus hijos a mayor altura que las demás de la Nacion española; cuya gloria será la mejor aureola que pudiera ceñir la frente de nuestros dignísimos representantes en el Municipio. Dios guarde a V.S., muchos años. Trujillo tres de Marzo de mil ochocientos ochenta y ocho. 616 APENDICE 3 Trujillo, 18 de Agosto de 1893, el Alcalde de Tru- jillo a personalidades destacadas de la Ciudad (A.M.T., Legajo 571, 3—3—3). Comunicación de las reformas introducidas en las enseñanzas del Colegio Preparato- rio Militar ubicado en la Ciudad. Tengo el gusto de participar a V.S. que el Excmo. Sr. Ministro de la Guerra, atendiendo las activas ges- tiones practicadas por el celoso Diputado a Cortes de este distrito D. Manuel Grande de Vargas en pro de una exposición elevada en el mes de Junio último por este Excmo. Ayuntamiento, se ha servido disponer en Real Orden fecha 12 del actual que desde el curso academíco inmediato tenga el Colegio Preparatorio militar de esta Ciudad dos Secciones, dedicada la primera a preparar para las carreras militares o individuos de tropa, y la segunda a facilitar a paisanos los estudios del Ba- chillerato y la preparación para las carreras citadas. Como las importantes reformas introducidas en este Centro militar docente permitirá a los jóvenes continuar los estudios de la 2~ Enseñanza en esta Ciudad y además 617 les facilitara una preparación completa para el ingreso en otras Academias militares, espero se sirva V.S. reco- mendar con eficacia entre sus numerosos amigos la matrí- cula en este Colegio Preparatorio Militar, indicándoles que en esta Alcaldía se les darán con gusto cuantas noticias deseen acerca del Reglamento y organización de tan importantísimo centro de enseñanza. Aprovecho esta ocasión para ofrecerme de V.S. su mas atento S.S. Q.B.S.M. El Alcalde Presidente, Celestino Gonzalez 618 APENDICE 4 Hojas de Servicios de Don Miguel Camnpins Aura (A.G. M., 1~ Sección, Expediente C—701). Servicios1 vicisitudes, guarniciones, campañas y acciones en que se ha hallado Don Miguel Campins Aura a lo largo de su carrera militar <1897-1936). 1897 a 1898 En la Academia de Infanteria cursando sus estudios desde el 6 de Junio del primer año en cuyo dia fue filia do como alumno en virtud de R.O. de 22 de Junio citado (D.O. nQ 137) hasta fin de Junio de 1898 que habiendo terminado con aprovechamiento el plan de enseñanza de cursos abreviados decretado en R.O. de 22 de Febrero de 1897 (CL. n~ 43) y previo el juramento de fidelidad a las banderas con arreglo al articulo 123 del Reglamen- to de academias, ascendió a 2Q Teniente de Infanteria por R.O. de 27 del referido mes de Junio de 1898 (D.O. nQ 141> y antiguedad de esta fecha, siendo destinado por otra de 30 del propio mes (D.O. nQ 143) al Regimien- to Infanteria de Asia nQ 55, en el que causó alta en 1Q de Julio, y en 14 del mismo se incorporó al Cuerpo en 619 la Plaza de Figueras donde quedó de servicio ordinario hasta el 29 de Octubre que marchó a Zaragoza en comision de recepción de reclutas, regresando el 6 de Noviembre a Figueras y quedó de servicio ordinario hasta fin de año. 1899 En Figueras de servicio ordinario y el 16 de Enero pasó con su compañia destacado en Besalú de cuyo punto re gresó a la misma plaza de Figueras el 16 de Febrero, don de continuó de guarnición prestando servicio de su clase hasta el 27 de Diciembre que marchó destacado a la villa de Olot, en cuyo punto y situación finó el año. 1900 En la anterior situacion hasta el 5 de Abril que con motivo de haber sido relevado el destacamento de Olot se incorporó nuevamente a la plaza de Figueras el 6 del mismo mes, donde quedó de servicio hasta el 15 de Junio que con su compañia marchó a Castellón de Ampurias con objeto de ejercitarse en las practicas reglamentarias del tiro al blanco en la playa de dicha villa, y una vez terminadas, el 26 del mismo mes regre- so a Figueras, donde quedó prestando el servicio de su clase. El 2 de Septiembre marchó con su compañia destacado a la villa de Olot en cuyo punto permaneció hasta el 7 de Octubre que habiendo sido relevado aquel destacamento regresó el siguiente día a la susodicha plaza de Figueras donde quedó de guarnición hasta el 22 de Diciembre que marchó a Barcelona con licencia de Pascuas concedida en virtud de la R.O. de 7 del pro- pio mes (D.O. nQ 173) y en esta situación finó el año. 1901 En la anterior situacion hasta el 22 de Enero que se incorporó a Banderas en la plaza de Figueras, donde quedó prestando el servicio de su clase hasta el 17 620 de Mayo que por jornadas ordinarias, marchó con el Regi- miento a Gerona en cuya plaza llegó el siguiente dia 18 y quedó de guarnición, permaneciendo en dicha situacion hasta fin de Septiembre en que por R.O. de 26 del mismo . Certificación para el expediente informa- tivo abierto al Teniente Coronel Miguel Campins Aura, propuesto para el ascenso a Coronel por méritos de guerra. Don José de Querol y Masats, Capitán de Infantería de la segunda compañía del Batallón expedicionario de Asturias numero treinta y uno, enterado del expediente que a favor del Teniente Coronel de Infantería Don Miguel Campins Aura, se haya instruyendo, jura por su honor decir verdad en esta declaración que voluntariamente presta para manifestar lo siguiente: Que mandando la citada compañia he tenido muchas veces que recibir órdenes directas del citado Jefe para descubierta, convoyes y demás servicios, apreciando bien claramente sus excepcionales condiciones de mando, su superior cultura, que unida a su seriedad en todo me hace asegurarme en que este Jefe está sobradamente preparado para desempeñar con acierto cuantas misiones 708 se le confíen, también quiero manifestar aquí su incan- sable trabajo en vigilar personalmente todo, comprobado por mi mientras estuvo mi compañía destacada, pudiendo asegurar que ni el más pequeño rincón de esta Circuns- cripción desconoce y que siempre encontré en él cuantas facilidades quise para que mi tropa estuviese atendida, asi como una claridad y precision en sus órdenes que es imposible interpretaciones falsas en níngun caso. Por todo ello y sin otra mira más que el bien del Arma y del Ejército y el considerarle acreedor al empleo inmediato hago voluntariamente estas manifestaciones sabiendo que si con ellas puedo favorecerle, laboro por el bien de la Patria a la que el Teniente Coronel Campins, estoy seguro dará días de gloria. Y para que surta sus efectos en el citado expedien- te firmo la presente declaración voluntaria en el Campa- mento de R’Gaia a diez y seis de Octubre de mil nove- cientos veinticinco. 709 APENDICE 12 Notas para la defensa, Sevilla, Agosto de 1936 (A.F.C.). 37 cuartillas numeradas (incluida la 23 bis) escritas a lapiz por el General Campins en la prisión de Sevilla, estando ya procesado y con objeto de facilitar la labor de su defensor. Contienen la version del General sobre los sucesos de Granada y Sevilla, y abarcan desde el 6 de Julio al 13 de Agosto de 1936. No pertenezco ni he tenido contactos con la masone- ría ni con UME, ni con C.M.R. llevaba dos meses disponi- ble en Zaragoza y había perdido contacto con oficialidad y cuerpos, creía no me colocarían por considerarme dere- chista y preparaba mi veraneo en Huelva a donde mandé por delante a mis dos hijos. El día 6 me llama al teléfono el subsecretario (Cruz Boullosa) y me ofrece Granada. El 7 me vuelve a llamar y me dice estoy destinado 710 y que el ministro desea me incorpore pronto. El 8 me presento en Comandancia y lo mismo Cabane- lías que el coronel Montaner me dicen que debo incorporar me enseguida. No me dicen nada de ningun movimiento. El 9 me presento en el Ministerio, el ministro no me dice nada concreto, pero al pedirle permiso para recoger a la familia se pone serio y me dice me incorpore enseguida. El 10 llego a Granada, ni el General Llanos, ni los coroneles ni nadie me hablan de nada anormal, y todos se extrañan de la urgencia de mi incorporacion. En mis visitas a los cuerpos y autoridades nadie me dice nada. Me hablan sí de cosas pasadas, algunas desagradables. Del incidente de Pérez Victoria, de haber estado vigilados los cuarteles, de incendios meses atrás, etc., de ciertos oficiales dudosos de Infantería e Inten- dencia, de suboficiales de Avíacion, del bar Moscou, etc. El 17 por la noche me llama el Ministro Casares y me pregunta el estado de la guarnicion, contesto que bueno. Me pregunta si se lo que pasa en Melilla, le digo que no, me dice que allí hay bollo, asi como en alguna otra guarnición de Africa, pero que ya está dominado, que visite los cuarteles, que de yo mismo la noticia y recomiende serenidad. El 18 por la mañana a las 10 veo artillería, calma, a las 11 infantería, lo mismo, de 11 1/2 a 12 soy llamado desde Sevilla (Villa Abrille) y me pregunta, contesto que todo va normal. A las 3 1/2 t. después de oir por radio lo de Meli- lla, me llaman al teléfono, primero impersonalmente desde la Dívísion, luego se me dice que habla el General Queipo 711 del Llano y me dice que se ha hecho cargo del mando y que antes de una hora declare el estado de guerra. Me sorprendo y disculpo como puedo, haciendo que cuelgue para pedir comprobación. Lo hace, vuelvo a llamar y no contestan, repito varias veces y tampoco, entonces llamo al Ministro y le digo lo que pasa, me contesta que lo del estado de guerra de ninguna manera, que en Sevilla pasa algo pero no me dice que. Llamo a los coroneles y les cuento el caso, se sorprenden, no saben nada, estando con ellos recibo un telegrama oficial y circular puesto en Sevilla a las 4 t., después de la llamada de Queipo, lo que me hace dudar de la autenticidad de la conferencia. Voy al Gobernador y le digo lo que pasa y que nece- sito se me diga desde donde se me llamó, que lo averiguen en teléfonos, le digo que como prevencion voy a acuarte- lar. Por la noche agitación en la calle, choques entre civiles y un muerto. Yo estoy seguro que si en este dia o en el siguien- te se hace la declaración del estado de guerra, hay un fracaso como en Málaga, Madrid o Barcelona. Por la mañana tranquilidad. La noche anterior hubo muchas entradas y salidas en el cuartel de artillería de las que no tenia noticia el coronel y yo si por el Gobernador. En la mañana del 19 hay entradas y salidas en el cuartel de infantería de las que yo tengo noticias por el mismo conducto. Llamo al coronel Leon, este o no está muy enterado o las niega, pero sí me dice hay un estado de excitación entre la oficialidad, le pregunto si cuenta con todos, me dice que cree que sí, menos 4 ó 5 dudosos, le pregunto por suboficiales y tropa, me contesta que no sabe. 712 Llamo al de artillería, cuenta con más elementos pero de la tropa no sabe. Yo le planteo el problema de la declaración del estado de guerra, que no quiero encuen tros entre los cuerpos, ni menos que los oficiales se queden solos en la calle o sean asesinados por sus tropas; dividimos en zonas, nada de montar el servicio en camio- nes, que si no tienen confianza absoluta en la tropa injerten en ella voluntarios o paisanos de confianza, al coronel León le encargo se entreviste con su amigo y compañero de la Guardia Civil para saber si contamos con ese cuerpo. Llamo al comandante Rosaleny y al de P.M. y les pregunto el estado de la oficialidad, me dicen están dispuestos a declararlo sin mí, les pregunto por subofi- ciales y tropa, no saben, yo se que no contamos con los de Aviación y algunos de los otros por el presidente el casino de clases. er Por la tarde 3— Ministerio, me llama Castello y me dice que hay que preparar una columna contra Córdoba, le digo que es impolítico porque dado el estado de la oficialidad se sumarian, además, el estado de Granada no lo permitía el que se sacaran fuerzas de ella, se enfada y se pone al aparato Hernández Sarabia, me repite la orden y me niego, me dice que habrá que sacar fuerzas de otro sitio y que le de facilidades al Gobernador. Hablo con Miralles y vemos un Michelín, pero no hacemos nada. Vuelvo a llamar a los coroneles y les plan- teo concretamente el caso de ir a Córdoba, me dicen que se sumarian y quedamos conformes, les planteo el caso de venir fuerzas de fuera y me dicen lo mismo y también quedamos conformes. El coronel León aun no me da la contestación de la G.C., les digo lo de la necesidad de no ser nosotros los que rompamos la paz material, a no ser de ir todos a una. 713 De madrugada se me vuelve a llamar diciendo facili- te las armas que hay en el cuartel de artillería deposi- tadas por Gobernación, digo la improcedencia de entregar- las a paisanos y quedamos en que a la G.C. Luego el Gober nador Civil me las pide, se las niego rotundamente para paisanos y milicias, discutimos, me dice que él tampoco quiere milicias en la provincia y quedamos en entregarlas a la G.C. para trasladarlas creo que a Jaen. La entrega seria mediante triplicada relación, cosa larga para ganar tiempo y poder yo recibir la contestación pedida. Doy la orden al cuartel de artillería y las armas no se llegaron a sacar por las dilaciones de todos y formalidades pedidas por mi, mas orden escrita que no se llegó a dar. Pero en artillería no negaron nada y si solo pidieron esa orden escrita. De madrugada tambien me avisa el jefe de Aviación Pastor, que se iba a aumentar la dotación de aparatos del aeródromo, que me pusiera de acuerdo con Ortiz que estaba en Los Alcazares; llamo a Ortíz y me dice que quizás fuera él o mandaría a un capitán a tomar el mando, que convenía llamara a la Comandancia al teniente Guerre- ro, al idem Peñafiel y a un alférez para esperar órdenes que él les daría, los llame, esperaron, tardaron en comu- nicar con Ortíz, no les dió más orden que la de que espe- raran, llego un capitán en vuelo, tomó el mando y me pidió pasaporte por ferrocarril para los dos tenientes, le dije lo pidiera de oficio, lo hizo y se lo di. Desde esa hora ya no tuve contacto con Madrid ni Alcázares; veía la necesidad de declarar el estado de guerra, pero ni recibía la contestación de G.C. ni infan- tena inyectaba voluntarios o gente de confianza entre la tropa. De 4 a 5 t. se me presentan dos armeros de la calle Mesones diciendo que la policía les pide las armas y municiones; pido comprobación al Gobernador y me dice 714 que sí, que es cosa suya, en su vista decido declarar el estado de guerra aunque sin decirlo a esos señores para poder sorprender. Como a la vez me dice el Gobernador que en artille- ría hay mucho movimiento y se reparten armas y municiones a paisanos, voy a ese cuartel, los oficiales están muy excitados; allí se me dice se cuenta ya con G.C. y Asal- to; les digo que si ya hay acuerdo en todos se haga la proclamación. En el cuarto de estandartes un teniente me increpó diciendo que yo les había engañado; me molestó esa consideracion y al reprenderle yo me encontre con que me sujetaban por detrás y tapaban la boca; intenté entonces sacar la pistola pero me lo impidieron los abra- zos de los jefes que me obligaron también a dar la mano o abrazar al teniente Pérez Victoria que me daba satisfac ciones; vamos al cuartel de infantería y doy las órdenes de que salga la compañía en cuanto reciban el bando que voy a firmar; lo hago en triplicado ejemplar y allí está mi compromiso. La proclamacion en Granada fue un exíto; yo estoy seguro que si se hace antes o no se hace así, muchos de los oficiales que hoy me critican mi tardanza hubieran perecido o andarían huidos como los de Málaga. La destitución el día 21 por radio del General Queipo, sus términos dolorosos y ofensivos que creo no merecer; yo no podía hacer un movimiento de esta natura- leza sin contar con los cuerpos y dentro de cada uno con oficiales, suboficiales y tropa, yo acababa de llegar, sabía lo que ocurría dentro de cada cuartel por los confi dentes del Gobernador, lo que me hacia desconfiar de esos elementos, además, conmigo nadie había contado, ni nadie me había hablado del carácter del movimiento. Los términos depresivos de la destitución influye- ron en el estado de ánimo posterior de la oficialidad; el caso típico de Motril; este capitán no dijo haber 715 detenido, ni era verosímil lo hiciera con 10 ó 12 guar- dias, a los 70 u 80 fugitivos de avíacion, armados y con ametralladoras; yo no podía ordenar que esos guardias se sacrificaran, pues me convenía mas que dominaran pue- blo tan importante; esos fugitivos si se detuvieron allí fue para tomar agua y algún refresco, pero no fueron detenidos por la G.C.; tampoco hablé con él directamente sino el comandante Miralles. Pruebas de que al principio no se contaba con los suboficiales. 1~) El suboficial presidente del casino de clases (de avíacion) me aseguró personalmente no estar ellos dispuestos a salirse de lo que ellos llamaban legali- dad. Ni por la derecha ni por la izquierda. 2~) En la avíacion y en su radio había un sargento muy peligroso, según me dijeron, y que es el que con sus chismes y confidencias dió lugar, antes de mi llegada, a la detención del capitán Pérez Victoria, jefe de la base. Al huir se llevaron las lámparas, dejando esa radio imposibilitada de funcionar. Tuve que pedirlas a Sevilla. 3~) Era pública la asidua concurrencia de suboficiales y tropa de aviacion, e incluso de algunos de la plaza, al Bar Moscou (de comunistas) y algún otro sitio por el estilo de la poblacion. 4~) Los confidentes del Gobierno Civil. Por ese conducto sabía yo lo que pasaba en los cuarteles, al minuto, y mejor que los coroneles. Había entre ellos hasta algún capitán del Regimiento de Infantería, subofi- ciales de ambos regimientos y tropa. Por ellos supe las entradas y salidas nocturnas del capitán Nestares y de Cañavate en el cuartel de Artillería la noche del 18 al 19, reuniones y visitas al de Infantería en la mañana del 19 por lo que llamé al coronel León 716 a continuacion. Me tuve que quejar ante los dos coro- neles de que hubiera trascendido hasta el Gobierno Civil nuestra conferencia del 19, cabía unirse al movimiento en caso de ir a Córdoba o venir fuerzas de fuera a someternos. Por ellos se me dijo también el día 20 que en artillería se estaban dando unifor- mes y armas a paisanos. Lo había encargado yo. 5~) Los suboficiales y tropa de aviacion en su totalidad huyeron al declararse el estado de guerra, con armas y en unas camionetas. 6~) En la noche del 23 al 24, estando yo detenido y ya en plan de estado de guerra, unos sargentos de infan- tería trataron de sorprender una guardia o puesto avanzado y hacer algunas señales por medio de pitadas. Les salió mal la cosa pues uno fue muerto por el cabo de guardia y el otro creo fue juzgado en suma- rísimo. Convendría solicitar esa prueba, cuyos ante- cedentes deben obrar en aquella Comandancia o en Auditoria. Irregularidades del procedimiento aunque sea sumarísimo . El día 23 pasé un oficio al Comandante Militar de Granada pidiendo formación de causa. Se me contestó el 24 por oficio que guardo en la cartera. Sin embargo, se formó procedimiento sumarísimo del que no supe nada hasta el día 11 de Agosto, a pesar de su caracter. En este día se dicta auto de procesamiento por rebelión militar ¿Contra quien?. Véase el articulo 237 que define este delito. Ni siquiera estaba formada aun la Junta de Gobierno de Burgos. Nombramiento de defensor, falla. 717 Día 12, viene el Secretario a proponerme otros, nadie me viene a ver. 13 por la mañana. Lectura de cargos con la presen- cia del defensor, artículo 548. El artículo 550 dice sobre la práctica de pruebas pedidas por procesado y defensor. De la prueba 552 al 561. El día 13 me entero por el ABC, que el consejo sera en la tarde de ese día. U 718 APENDICE 13 Notas para el Consejo, Sevilla, Agosto de 1936 (A.F.C.) Cuartilla escrita a tinta por las dos caras, en la que el General Campins resu- mio, a modo de guion, los principales temas a exponer ante el Consejo de Guerra. Mi postergacion; circunstancias de mi ascenso; mi destino. No pertenezco a ninguna agrupación; no he tenido ningún compromiso; nadie me habló. Informes de los jefes de Granada; elementos peli- grosos de los cuerpos; confidentes del Gobierno Civil. La orden de Queipo. Por la radio me convencí de la intervención de Franco. La actitud de los oficiales no era la de suboficia- 719 y tropa. Preparo el estado de guerra; zonas, cuotas o volun- tarios; Guardia Civil. Conferencio con los coroneles para sumarnos después de hablar con Castelló. Lo de la entrega de armas. Pude oponerme al desbordamiento de los oficiales; porqué no lo hice; también el Gobernador era desbordado. Muchos de los que hoy deponen contra mí estarían huidos o muertos si declaro el estado de guerra antes de tiempo. Irregularidades del proceso; la pasion lo fuerza; diligencias previas; la acusación fiscal; la rebelión definida en el número 237; la desobediencia. La vida no me importa; no temo más que a Dios y a mi conciencia. Pero que no mancillen mi honor como hizo Queipo, porque ese sólo es mío y de mis hijos. 720 APENDICE 14 Diario detallado, Granada, Julio de 1936 le acaba de encar- gar se organicen milicias armadas para acudir a donde fuera preciso; ya por la tarde me había hablado de otras de Jaen contra Córdoba; que le había dado orden de reco- ger las armas que tenía depositadas en el cuartel de Artillería y por tanto me las pedía; yo le contesté que imposible; que ni las entregaba a paisanos ni aceptaba que éstos fueran al cuartel y menos de noche; discutimos me dijo que también había hablado con el de la Guerra que le había encargado me transmitiese esa orden; por fin quedamos que esas armas eran sólo un depósito en el cuartel, pertenecientes a Gobernación, y además sólo escopetas y pistolas recogidas en cacheos y revoluciones anteriores, se entregarían sólo a la G.C., mediante tri- plicada relación y con todas las formalidades reglamenta- rias; que ésta las sacaría de la provincia siempre en su poder y fuera de ella ya veríamos; mediaba su palabra, el hacerse también cargo de la responsabilidad y peligro de armar esas milicias que él tampoco quería en su pro- vincia. Yo, pensando que esas formalidades de entrega serian lentas y me darían tiempo, ordené a Artillería se permitiera la entrada de una camioneta de la G.C. 728 y sólo a ella permitir la entrega; desde este momento quedó decidido mi animo al estado de guerra; tanto más cuanto que no pude en aquella noche comunicarme con el Ministro; pero lo que quería yo a toda costa evitar es lo ocurrido en Málaga, luego en Almería y tambien en algunos barcos de guerra; el que saliera la fuerza a la calle y la tropa se desbandara, abandonara o agrediera a sus oficiales, lo que seria un enorme ridículo; en este sentido también había prevenido a los coroneles en la tarde anterior (salón amarillo), encargándoles reclutaran y metieran en filas, con uniforme, elementos afectos y seguros; Artillería lo hizo; Infantería no lo hizo. Tampoco quería sacar las fuerzas a la calle para enfrentarías con otras, Asalto, G.C., etc.; eso podía ser el fracaso; de G.C., salvo las presentaciones reglamentarias a mi llegada, no sabía nada; de Carabine- ros lo mismo. Día 20. Tercera serie de disparates. Coincidiendo o alternando con las llamadas anteriores soy llamado por el teniente coronel Pastor, en las últimas horas del día anterior, para preguntarme por el comportamiento del teniente jefe de la Base de Armilla (Guerrero); con- testé que aunque poco tiempo a mis órdenes funcionaba bien; me dijo Pastor que se preparaba una operacion en que había que utilizar esta Base, y que para ello era preciso separar de su puesto a ese oficial y a otro que eran elementos peligrosos; yo no veía medio; me dijo hablara con Ortiz de Los Alcázares pues él vería la forma y vendría aquí; llamé a Ortíz y le encontré muy escamado; no quería venir estando esos oficiales y me dijo los mandara en vuelo a Los Alcázares y cuando yo los tuviera allí, vendría él o un capitán con los aparatos; me chocó tanto temor; me dijo que la jefe de base Guerrero, tenien te Peñafiel y al tercero, un alférez, los llamara a la Comandancia Militar y los tuviera allí hasta que llegara un capitán a hacerse cargo de la base; los llamé; vinie- ron; les hice se pusieran al habla con Ortíz; lo hicieron; éste no les dijo nada en concreto y cuando llegó el capi- 1~~~~ 729 tán les devolví; el capitán me pidió pasaporte para que dos fueran a Los Alcázares por ferrocarril; se lo di; todas estas conferencias y manejos me llenaban de asombro y también me demostraban debilidad o excesivos temores en el mando central; no se marcharon; sus visitas a Arti- llería; el Teniente Pérez Victoria. Por la tarde se me presentan dos armeros de la calle Mesones diciendo han recibido órdenes de la policía de entregar las municiones sin formalidades; pregunto al Gobernador; me dice que sí es cosa suya; pienso que ya no hay mas remedio que declarar el estado de guerra. Avisa a poco el Gobernador que en Artillería están repartiendo armas y vestuario, que van a salir; voy al cuartel avisando antes y sólo con el ayudante; me espe- ran todos en la puerta; escenas desagradables en la sala de estandartes; la exaltación del teniente Pérez Victoria; aquéllo es un soviet de oficiales; los jefes dominados por los tenientes; todo lo tenían preparado para el esta- do de guerra; hasta ahora no se me dice que cuentan con la G.C.; no quieren que vaya a Infantería, aunque les digo que me sumo a ellos; unos me abrazan y dan vivas; otros me increpan; salgo acompañado con el coronel y un comandante; en Infantería estaban de acuerdo; el esta- do de guerra; el bando. 730 APENDICE 15 Diario sintético, Granada/Sevilla, Julio/Agosto de 1936 (A.F.C.) 29 hoj itas de block escritas por el Gene- ral Campins, probablemente en la noche de cada dia, en las que señala los aconte cimientos más importantes de la jornada. Comprende del 7 de Julio al 14 de Agosto de 1936. Diario (Julio > 7. Se me destina a la 3~ Brigada de Infanteria y en la misma tarde se me anuncia por teláfono. 8. Se publica D.O. y se me•da pasaporte. De madru- gada emprendo viaje. 10. Llego a Granada a las 9 y 10 mañana. A las 11 me hago cargo del mando directamente de mi antecesor. Por la tarde revisto regimientos de Infantería y Artille- ria. 731 11. Revisto el hospital militar. Referencias del incidente con el capitán de Aviación Sr. Pérez de Victo- ria. 12. Domingo. 13. Asesinato de Calvo Sotelo; emocion; efecto producido en los oficiales de Seguridad y Asalto; me lo comunica el mádico de Artillería; revisto el parque de Intendencia, despuás voy a la Alhambra. 14. Campo de Tiro, de deportes de La Cartuja y guarcia cárcel. 15. Por la mañana veo la fábrica El Fargue. 16. Despacho ordinario. 17. Por la noche soy llamado por el Ministro Casa- res diciendo que en Melilla hay bollo, que vea los cuar- teles y si es necesario proceda con toda energia. 18. Por la mañana a las 10 veo Artillería, está bien. A las 11 Infantería, lo mismo; durante la visita a este me llama Villa Abrille desde Sevilla; me dice está en junta de jefes y me pregunta como está esto; le digo que bien. A las 3 1/2 de la tarde, despuás de oir las noticias de la radio de lo de Melilla, me llaman al teláfono y me dicen declare el estado de guerra. Pre- gunto quien me habla y me dicen, primero, que la División. Luego el General Queipo del Llano. Digo que no le reco- nozco en la voz y se ríe; me dice que la última vez que nos vimos fue en la carretera de Tetuán, me disculpo como puedo para que cuelgue, como lo hace y poder yo comprobar. Despuás de colgar vuelvo a llamar a Sevilla para comprobar si es de allí de donde me llamaron, pero ya nadie contesta. Repito las llamadas, y nada. En su vista, llamo al Ministerio y digo lo que pasa. Me dicen que de ninguna manera declare el estado de guerra. Prime- 732 ro acudió un ayudante, despuás el Ministro, pero no me quiso decir lo que pasaba en Sevilla. A las 6 t. me volvieron a llamar para lo mismo, ahora me tuteaba y ya me dijo algo más, que era un movi- miento militar que capitaneaba Franco y no se cuantos mas, que venian tropas de Africa, etc. Yo le dije que no tenía bastantes fuerzas, que estaban muchas ausentes, Jaen, Bailán, etc. Que no conocía la opinión de oficiales y suboficiales, que aquí había tranquilidad absoluta y no veía la razón de tal medida. Suspendo la vista anun- ciada al casino de clases para las 5 t. Antes había visto yo al Gobernador para decirle lo que pasaba y rogarle se enterara de la procedencia de la llamada, pues temía fuera de dentro de la población tanto mas cuanto que a las 5 aproximadamente había reci- bido un telegrama oficial puesto en Sevilla a las 16, sobre promesa bandera. Una señorita de teláfonos me llamó para decirme que la conferencia telefónica de las 3 1/2 había sido con Sevilla. Despues de la segunda llamada hablá con el Goberna- dor diciándole el caso. Por la noche gran expectación por todas partes, por la calle grupos ‘que hacen registros y parece van a chocar. De madrugada viene a llamar a la puerta de la Coman dancia un grupo de tres, seguido por otros de 20 ó 25 que les esperan en plan de agresión. Resultó ser el Comi- sario de Guerra saliente Valdás con dos paisanos. El sargento de la guardia dijo que era el jefe fascista, yo lo hice comprobar por el ayudante y el sargento dijo era la voz pública, ál lo negaba, pero luego resultó ser verdad. 733 Di cuenta al Gobernador para que mandara disolver los grupos y así lo hizo; aun despuás de esto los tres no se atrevieron a marchar por temor a la agresion. En la tarde de este día di la orden de acuartela- miento despuás de hablar con el Gobernador y con Hidalgo de Cisneros; por cierto que áste me confundió con el Ministro de Marina y me pregunto si sabía por donde anda- ban los barcos. Se empezaba a notar desconcierto en Ma- drid. El Ministro no salio a conferencia, pero el ayudan- te aprobó lo del acuartelamiento. Las idas y venidas del capitán Nestares al cuartel de Artillería; la radio del Mádico, receptora transmisora, Don Eduardo López Font, el que me vino a dar cuenta de lo de Calvo Sotelo; ahí estuvo Nestares; el coronel dijo que no lo sabía; y su salida con un conocido sospechoso (Cañavate); por fin se refugia en el Centro de Movilización (de uniforme); conmigo se disculpa diciendo que tenía que colocar a su familia, pues la tenía amenazada. 19. Domingo. Lo de los aviadores, tenientes Guerre- ro y Peñafiel y un alfárez. 20. Declaracion estado de guerra. Los armeros. Escena en Artillería, teniente Perez Victoria. 21. Soy depuesto. 22. Se me da cuenta de que estoy detenido. 23. Por la tarde paso oficio pidiendo la formacion de procedimiento. Espantada de la cocinera. 24. Se me da cuenta, como acuse de recibo, que debo permanecer en la situación de arrestado hasta que disponga el General de la División. 25. Llega a las 3 1/2 el General Orgaz. 734 26. En todo el día no aparece por mi cuarto ni Orgaz ni nadie ¡quá amigos tienes! 27. Nadie; situación estacionaria; Orgaz no tiene nada que decirme ni preguntarme. 28. Orgaz va a Sevilla para ver a Franco, Orgaz y Varela; Huelva pasa a poder de las tropas; ¿Que sera de mis hijos? 29. Por la mañana aparecen 4 aviones rojos; son derribados 2 ó 3. 30. Se dice se sumo Valencia; frontera con Cataluña. 31. Sigue estacionario; escribo a León dándole el pásame por la muerte de un capitán, un alfárez y dos de tropa en un encuentro con el enemigo. 1. de Agosto. Todo igual; el 1~ pongo dos oficios, uno revistando y otro pidiendo la paga devengada de Julio. 2 de Agosto. Escribo por la mañana al mádico López Font rogándole ponga radios a mi familia de Zaragoza y Huelva diciendo estoy bien. 3. Recibo mi paga de Julio, 1.349,82 ptas.; como no se han hecho los descuentos pongo un oficio al pagador con fecha 4 remitiándole 12,50 por huárfanos y 9,00 por Socorros Mutuos = 25,50. Hoy me entero de que el Comandan te Militar que está aquí hace unos dias es el Sr. Gonzá- lez Espinosa (coronel). 4. Soy trasladado en un trimotor a Sevilla, acompa- ñado por un capitan G.C. 9. Traslado al edificio de la exposicion. 11. Me reconocen dos mádicos a petición de un juez 736 gencias; hasta despuás de procesado no hablo yo; en la lectura de cargos se me deniega ampliar mis declaraciones; al final hablo yo extensamente recordando de memoria el guión adjunto del que se me queda algo en el tintero; a las 12 y 30 estoy reintegrado a mi prisión. 735 de sumarisimo. Por la tarde, el coronel Arcusa, como juez, y un capitan secretario me notifican el auto de procesamiento y prisión por rebelión militar; protesto y pido revocación del auto; se mantiene áste; presto declaracion indagatoria, pero el proceso viene ya hecho; nombro defensor al capitán don Carlos Gómez Cobián. 12. Sólo se presenta el secretario para decirme que el nombrado no está; tampoco un teniente coronel de Artillería, Iturzaeta; se nombra a un capitán Campos de Infanteria. 13. Por la mañana se presenta el juez. Lectura de cargos; rebelión; pena de muerte; considerando de desobe- diencia; se dice que mi bando era dábil; el artQ 237, 1Q ¿Estaba yo mandado por militares en Granada?, 2Q ¿Quie nes formaban partida conmigo? ¿Contra quá Gobierno me 735 de sumarisimo. Por la tarde, el coronel Arcusa, como juez, y un capitan secretario me notifican el auto de procesamiento y prision por rebelión militar; protesto y pido revocacion del auto; se mantiene áste; presto declaracion indagatoria, pero el proceso viene ya hecho; nombro defensor al capitán don Carlos Gómez Cobián. 12. Sólo se presenta el secretario para decirme que el nombrado no está; tampoco un teniente coronel de Artillería, Iturzaeta; se nombra a un capitán Campos de Infantería. 13. Por la mañana se presenta el juez. Lectura de cargos; rebelión; pena de muerte; considerando de desobe- diencia; se dice que mi bando era dábil; el artQ 237, 1Q ¿Estaba yo mandado por militares en Granada?, 2Q ¿Quie nes formaban partida conmigo? ¿Contra quá Gobierno me he levantado yo? No existía la Junta de Burgos; nadie me habló del movimiento; no se contaba con las clases. El día 23 o noche del 24 hubiera podido contrarrestar a los oficiales con clases y tropa y no lo hice. Los que me denuestan ahora por la proclama del General Queipo, estarian muertos o huidos. Estoy satisfecho. 14. A las 10 Consejo de Guerra sumarísimo en el cuartel de San Hermenegildo. Preside López Pinto; lo forman coroneles y tenientes coroneles; el juez en su lectura da entonación engolada a sus cargos; todas las declaraciones de Granada son contrarias; el coronel Muñoz de Artillería miente en la suya; todas están influidas por el miedo y alocución radiada de Queipo; el fiscal pide pena de muerte por rebelión al Comitá Militar; la funda no en el Código sino en ley de necesidad; la causa se comenzo en Granada como diligencias previas el día 30 de Julio; irregularidad de un procedimiento que comien za de esta forma sin advertir a los testigos su responsa- bilidad o trascendencia de sus declaraciones y en cuyas diligencias no se me oye a mí; se convierte en causa por sumarisimo en 11 de Agosto, fundada en aquellas dili- 736 gencias; hasta despuás de procesado no hablo yo; en la lectura de cargos se me deniega ampliar mis declaraciones; al final hablo yo extensamente recordando de memoria el guión adjunto del que se me queda algo en el tintero; a las 12 y 30 estoy reintegrado a mi prisión. 737 APENDICE 16 Granada, 21 de Julio de 1936, carta del General Campins a su esposa D~ Dolores Roda Rovira (A.F.C.). Resumen que el General Campins hace a su esposa, el mismo día de su destitución, sobre los sucesos de Granada y sus impre- siones personales al respecto. Lolin: Te escribo hoy bajo una serie de impresiones penosísimas. Las radios te habrán puesto al corriente, y si no, no habrá faltado una amiga piadosa que te haya dado el disgusto. Temo más el tuyo que el mío. Antecedentes: Ya sabes en las condiciones en que vine a ásta hace tan pocos días. La oficialidad conspira- ba. Hace tres o cuatro días me avisó el Ministro Casares que en Melilla y Canarias habían ocurrido cosas y me dió el encargo de ver los cuarteles para ver como estaba la gente. 738 Los vi, y estando en el de Infantería me llamó Villa Abrille desde Sevilla para pedirme impresiones; se las di buenas. Por la tarde a las tres y media me llaman al telá- fono y sin decir quien, ni de donde, me ordenan declare el estado de guerra. Pregunto quien me da la orden y me contestan que la jefatura de la 2~ Division; no me conformo pues no conozco la voz, y me dicen que Queipo de Llano que se ha hecho cargo del mando. Esa es la pri- mera noticia que se me da del movimiento. Hay los antecedentes de ese señor; que lo he visto amotinarse en Madrid en contra de las recompensas, luego en Larache a favor. Conspira a favor de la Dictadura de Primo de Rivera y luego se subleva contra lo mismo. Lo hace tambián en contra de la monarquía y luego a favor de un movimiento derechista. Yo soy hombre consciente de mi responsabilidad y por tanto no meto a tontas y a locas en un riesgo serio a las tropas que me confían, tanto menos cuanto que no se como piensa la oficialidad, las clases y la tropa, y ademas en la población hay más tranquilidad que nunca. Por otra parte, nadie contó conmigo y yo no tengo vocación de borrego. Por tanto, me negue con las mejores palabras que pude. Por la tarde no tuve comunícacion con Sevilla, pero a las 6 volvió otra vez a preguntarme si había cumplimen- tado la orden. Dije que no; entonces se me habló de Fran- co y de no se cuantas cosas más y yo como no me fío de ese señor, me mantuve en mi puesto, tanto mas cuanto que la tranquilidad material en la calle era absoluta y no la iba a alterar yo. 739 Se cortaron las comunicaciones con Sevilla y yo me mantuve en mi puesto durante tres días. Pero con lo que pasaba fuera, la nerviosidad en autoridades y en la oficialidad aumentaba, la atmósfera se enrarecía, por aquellas órdenes absurdas, la gente en la calle hablaba de asaltar los cuarteles, pero como la paz en la calle era absoluta no quería romperla yo. No quiero tener nunca sobre mi conciencia la responsabi- lidad de haber derramado sangre de nadie porque sí. Al tercer día, siendo la tensión tan grande que ya no la podía contener, estudiadas la cooperación de las distintas fuerzas, ante la enormidad de ciertas or- denes del Gobernador, me dejá llevar por el espíritu de la oficialidad y cuerpos, a las 5 1/2 declará el esta- do de guerra. No podía resistir mas. En un momento estuvo todo hecho, sin lucha de las fuerzas entre sí, como en otras partes y detención de las principales autoridades en sus propios despachos. Di parte a Queipo, se quejó de mi retraso, pero lo aceptó como bueno. Por la noche los primeros tiros en la provincia; en la capital ovaciones derechistas, retraimiento de izquierdistas. Pero hoy, por la radio, ese señor, dice que juego a dos cartas, me llama traidor, ordena mi destitución y no se si que me fusilen. Quizas influido por cierto aviador que envio a Sevilla como enlace y que antes había sido destituido desde Madrid por sus manejos. Si ese señor hubiera estado cerca o en otras cir- cunstancias yo le hubiera contestado en forma adecuada, pero a esa distancia y ahora no puedo. Ya ajustaremos cuentas. En su vista, en el acto he entregado el mando y 740 ahora no se que determinación tomar. No se en que pararán estas cosas. Me subleva el calificativo lanzado por un tal canalla. No se cuales seran las consecuencias en unos momentos tan inseguros como los actuales. No hago mas que pensar en ti y en mis hijos, pero eso sí, aunque con dolor, ten la seguridad que es con plena tranquilidad. A poco de entregar mi breve mando han empezado los tiroteos. Ya sabía yo que el estado de guerra seria derra mamiento de sangre. Ya veremos en quá para esto. Pero tú, ten la plena seguridad de que tu marido, el padre de tus hijos es un hombre de honor, que si ha pecado de algo es de exceso de lealtad a sus compromisos y que no le remuerde la conciencia de una gota de sangre derramada por su culpa. Más vale la sangre que se está vertiendo hace tres o cuatro días, que los beneficios que pueda producir esta revolucion. Me asombra el poco valor que se da a la vida de los demás. Así no vamos a ninguna parte. No se ya cuando nos reuniremos, ni como, pero sea como fuere ten la seguridad absoluta que tu marido no piensa mas que en ti, que tu eres mi felicidad y su vida toda, que pase lo que pase tu lo has sido, eres y seras todo en la vida. Que para ti y para la niña os envía muchos besos y con ellos todo su corazón. Miguel. 1~ 741 APENDICE 17 Granada, 22 de Julio de 1936, carta del General Campifis a sus hijos (A.F.C.>. Explicaciones que el General Campins da a sus hijos sobre los acontecimientos de Granada, y recomendaciones que les hace acerca del comportamiento que deben mantener en su vida militar y familiar. Queridos Guelín y Toñín: Hijos míos, la vida tiene sus contratiempos y en particular la profesion militar. No se si aconsejaros lo seais o no. Vosotros ya sois mayores y juzgareis por cuenta propia si os conviene seguir o no en la profesion. Yo tengo un concepto del deber muy rígido y de la carrera muy elevado, pero no todos los militares lo sien- ten de la misma manera. Además, los tiempos en que vivi- mos son cada vez más difíciles, no hay ninguna verdad absoluta en las cosas de la vida, lo que para unos parece bueno, para otros lo es malo, y así el saber conocer cual es la línea de ese deber cada día se hace mas difí- cil. 742 Yo no soy capaz de lanzar a mis subordinados a aven- turas ridículas, tontas ni peligrosas, si no media antes su consentimiento expreso. Además pienso que España, con tanta revolución y tan continuas, se empobrece mas cada día. Claro es que pasan muchas cosas que no debieran pasar, pero no somos los militares los llamados a impedir lo por medios que tampoco son legales ni naturales. Yo me resistía a declarar el estado de guerra habien do calma o paz material en las calles y campos de esta provincia. Creía y sigo creyendo que esa paz material no eramos los militares los llamados a romperla. La paz de los espíritus no existe desde hace mucho tiempo, pero en ella los militares tenemos poco que hacer. Así pues, las impaciencias de unos y los desaciertos de los otros, me pusieron en el trance de no poder resis- tir más y lleguá a ál, al estado de guerra. No se si me equivoquá o acertó, ahora es pronto para juzgarlo. El tiempo lo dirá. Pero el caso es que por eso, y por haberme mantenido leal al Gobierno central estoy destituido y detenido. No os preocupeis por mi, estoy bien atendido y en la misma Comandancia Militar. No me falta nada. Lo malo de todo esto es vuestra pobre madre; como le habrán sorprendido estos meses en Zaragoza; y la pobre Conchita tan pequeña para atenderla. En cuanto lo permi- tan las circunstancias, ver si la podeis reunir con el tite, - o por lo menos vosotros con ellas, pues para eso sois hombres. Pensad que vosotros sois soldados en uso de permiso y en circunstancias como estas teneis que presentaros en la Comandancia Militar y prestar los servicios que os manden. 743 Sed muy obedientes, puntuales y disciplinados en cuanto os manden, repasad vuestras obligaciones en el Manual de las Ordenanzas; y que tan pronto como haya comunicaciones os teneis que incorporar a vuestro regi- miento en Zaragoza. Cuando yo salga de estas cosas ya veremos lo que hacemos. - Al destituirseme del cargo, se ha hecho con un len- guaje grosero y criminal. Algún día podrá ocuparme de ello, ahora no puedo. Pero sea lo que quiera, suceda lo que suceda, pensad que vuestro padre fue soldado siempre por vocacion, espa- ñol como el que mas; un caballero siempre esclavo de sus juramentos y palabra empeñada. Más a pesar de buscar siempre los puestos de mayor riesgo y fatiga, como dicen las Ordenanzas, siempre fue avaro de la sangre de sus soldados, y que bajo su mando nunca se derramo una gota de ella sin ser por imperativo del deber. Atended y cuidad a vuestro tío, y cuando os junteis a vuestra madre obedecerla y cuidarla mucho, no la hagais trabajar pues está delicada, es muy impresionable y con estas cosas sufrira mucho. Pensad que teneis la suerte de tener la mas santa mujer de la tierra por madre. Dadle muchos besos de mi parte. Y para vosotros mucha calma, mucha serenidad, valor y todo el cariño inmenso de vuestro padre. Miguel. 744 APENDICE 18 Granada, sin fecha, carta del General Campins al General Don Luis Orgaz Yoldi El Capitán Don Benito Campos García expo- ne ante el Consejo de Guerra los fundamen tos en que basa la defensa del General Campins, y rebate las acusaciones contra ál formuladas, apelando finalmente a la benevolencia del Tribunal para que áste no le condene a la última pena. Don Benito Campos García, Capitán del Regimiento de Infantería Granada núm. 6, ante el Consejo sumarísimo de Oficiales Generales y en favor de su defendido Excmo. Sr. General Don Miguel Campins Aura tiene el honor de exponer: Momentos de verdadera emoción son para mí ástos en que ante un Consejo de Oficiales Generales de carac- ter sumarísimo en medio de la gravedad de las circuns- tancias actuales tengo que alzar mi modesta voz par defender a un General cuya historia militar trasciende 755 de la letra estampada en su hoja de servicio adquiriendo por sus excepcionales merecimientos el relieve y la categoría de las más prestigiosas figuras de nuestro ejercito. Conociendo la figura militar del General Campins no es posible comprender los cargos que se le hacen. Desgraciadamente existen en el ejercito español Genera- les, Jefes y Oficiales que olvidando sus deberes y sepa- rándose del comun sentido del ejército sufrieron lamen- tables extravíos, hasta el punto de encontrarse hoy entre los enemigos de España, pero si estudiamos la historia militar de éstos, veremos que constituyen una serie de lamentables y bochornosos hechos que de antema- no hacian esperar su desdichado fin. No sucede así con el General Campins cuya historia militar es intachable, por ello digo y repito que los que en centenares de ocasiones admiramos sus altos méritos nos parece al enfrentarnos con la acusacion que hoy se la hace encon- trarnos ante el absurdo, absurdo señores es, que el General Campins puede haber olvidado sus deberes mili- tares, absurdo es que haya podido adoptar una actitud de oposicion a este arrollador movimiento patriótico del ejército dentro del cual está la totalidad del mismo, pues los que aparecen en frente hace mucho tiempo que en la conciencia de todos dejaron de ser militares. Mi papel de defensor estriba a mi juicio en aclarar como ha podido llegarse a este absurdo de considerar al General Campins como enemigo del Ejército siendo como es una de sus primeras figuras, voy a intentarlo haciendo un somero análisis de las circunstancias espe- ciales que contribuyeron a forjar el ambiente en que se desarrolló este drama. El General Campins es destinado a mandar la 3~ Brigada de Infantería en las condiciones siguientes: Con motivo de su ascenso a General llevaba dos meses disponibles en la capital de Zaragoza y lógicamente 756 había perdido el contacto con la Oficialidad. Tenía la creencia de que no se le daría mando por considerar- le muy derechista cuando en realidad su actitud fue siempre la de cumplir eStrictamente sus deberes milita- res sin pertenecer ni tener contacto con ninguna Asocia- ción ni entidad de matiz político. El día 6 de Julio próximo pasado, fue llamado al teléfono por el entonces Sub-secretario de Guerra y le ofrece el mando de la 3~ Brigada de Infantería; al día siguiente es vuelto a llamar y le comunican que ha sido destinado; que es deseo del Ministro se incorpore con toda urgencia. En Zaragoza visita al General Cabanellas y al Coronel Mon- taner los que le indican debe incorporarse seguidamente sin decirle nada sobre movimiento alguno. El día 9 se presenta en Madrid en el Ministerio de la Guerra el que vuelve a hacerle la indicacion de que se incorpore urgentemente hasta el extremo de no poder volver a Zara- goza a recoger su familia. El 10 llega a Granada donde aun continuaba el General Llanos ni éste ni los Corone- les, ni nadie, le habla de nada anormal. En sus visitas a los Cuerpos y Autoridades, nadie le dice nada. Le hablan sí de cosas pasadas y de algunas desagradables. Al ponerse en contacto con el Gobernador Civil, éste le informa de que entre los Suboficiales de las guarniciones y especialmente entre los de Avia- cion, existen elementos de ideas extremistas. También le manifiesta que hay varios entre la Oficialidad. Los días transcurren en plena normalidad sin que le hablase para nada del movimiento que se preparaba, lo cual reve- la que indudablemente por el poco tiempo que llevaba ejerciendo el mando, no existía la mutua confianza y compenetración espiritual entre el General y sus subor- dinados, la única noticia que llegó hasta él del estado de espíritu de la Oficialidad, fué por mediación de los Coroneles de Infantería y Artillería, los cuales tampoco estuvieron explícitos, limitándose a hacerle constar el malestar existente entre la Oficialidad por los sucesos acaecidos con anterioridad en algunas guar- 757 niciones de España. Así pues, el General Campins no pudo darse cuenta de la envergadura y característica del alzamiento militar que le sorprendió completamente mandando una guarnición con la que no estaba compenetra- do por el poco tiempo que llevaba en ella. El día 17 por la noche es llamado por el entonces Ministro de la Guerra Sr. Casares Quiroga y le pregunta por el estado de la guarnicion, contestando el General que es normal. Le pregunta si tiene noticias de lo suce- dido en Melilla, dice que no, y el Ministro le da cuenta de que en Africa existía algo de rebelion, pero que ya estaba dominado1 que visitase los cuarteles y reco- mendase serenidad. El 18 por la mañana a las 10 visita Artillería y a las 11 Infantería y poco después es lla- mado desde Sevilla por el General Villa-Abrille, pregun- tándole si existía novedad, contestando que no. A las tres y media es llamado desde Sevilla por el General Queipo de Llano para comunicarle que se ha hecho cargo del mando de la División y que antes de una hora decla- rase el estado de guerra. Se disculpa como puede a fin de poder comprobar la autenticidad de la orden del Gene- ral; corta la comunicación y llama a Sevilla no contes- tando a sus repetidas llamadas, en vista de lo cual llama a Madrid y el Ministro de la Guerra le ordena que no declare el estado de guerra por ningún concepto, en esta situación cita a los Coroneles de los Regimien- tos y le expone el caso y estando con ellos recibe un telegrama oficial y circular puesto en Sevilla a las cuatro de la tarde y por lo tanto posterior a la llamada del General Queipo de Llano lo que le hace dudar de la autenticidad de la orden recibida del General media hora antes. En esta situacion se comprende lo dramático del caso del General Campins que celoso del cumplimiento de su deber se veía obligado a dar cumplimiento a las Ordenes Ministeriales y hay que reconocer que en esta terrible situación el General Campins supo conectar el cumplimiento de su deber como Autoridad y los dicta- dos de su conciencia militar dando tregua a la declara- 758 cion del estado de guerra hasta que tuvo el convencimien to de lo que representaba y significaba el movimiento militar, apresurándose a declarar el estado de guerra y poniéndose a las órdenes del General Queipo de Llano. Es decir, que lo que tardó en enterarse de las caracte- rísticas del movimiento y comprobar que no se trataba de un simple pronunciamiento fue el tiempo justo del retraso de su adhesión al movimiento. Respecto a las conversaciones con el Teniente Coro- nel Pastor de Aviación, lo sucedido fue lo siguiente: De madrugada es llamado por el citado Jefe el que le comunica que se iba a aumentar la dotación de aparatos del aeródromo y que a tal efecto se pusiese de acuerdo con el Comandante Ortíz Jefe del Aeródromo en Los Alcá- zares. Este le comunica que mandaría a tomar el mando de su Aeródromo un Capitán y al mismo tiempo le indica que llame a la Comandancia Militar a los Oficiales de la Base del Aeródromo lo que así efectuó y estando reu- nidos con ellos llegó un Capitán en vuelo que tomó el mando y le pidió pasaporte para los dos Oficiales que así lo hizo, para trasladarse a Los Alcázares. Respecto a la organización de las columnas para marchar contra Córdoba, lo sucedido fue lo siguiente: Por la tarde fue llamado por el General Castelló orde- nándole que preparase una columna para marchar sobre Córdoba a lo que el General se niega, a pesar de la insistencia del General y del Teniente Coronel Hernández Sarabia y en estos momentos reune a los Coroneles de Infantería y Artillería y les expone el caso, quedando completamente de acuerdo dado el espíritu de la Oficia- lidad y su sentir de que no organizaría columna alguna para combatir a los compañeros de Córdoba y en caso de que fuerzas del ejército viniesen sobre Granada, todos, de acuerdo ya, se unirían al movimiento. Respecto a la orden dada al Capitán de la Guardia Civil de Motril no lo hizo personalmente y sí por inter- 759 vención del Comandante Miralles, el que puesto al apara- to le comunicó la consulta de dicho Capitán y como le manifestaba que las fuerzas de Aviación estaban formadas de sesenta a setenta hombres armados con ametralladoras y no disponiendo más que de diez o doce guardias le ordenó los dejase pasar en vista de que consideraba absurdo que con esas fuerzas tratase de reducir a los setenta hombres de aviacion armados. Y respecto a la entrega de armas creo estar demostrado suficientemente la actitud del General Campins, pues según declara el procesado Cesar Torres Martínez que dice que a pesar de las órdenes recibidas del Gobierno, el General no llegó a dar la orden de la entrega de las armas . La esposa del General Campins, enterada de la muerte de éste, interroga a Franco sobre las circunstancias de su ejecucion, a manos de sus propios compañeros. Franco, Franco. ¿Qué han hecho con mi marido? ¿Quién me lo ha matado? ¿Qué crimen ha sido el suyo? ¿A quien mató él? Esos que le han matado (quienes sean) no lo conocen, no saben quién es. V. sí lo conoce. V. sabe su valer como militar, como cristiano, como caballero. ¡V. sabe quien es¡ V. que es hoy la primera figura de España, ¿no lo pudo salvar? ¿Qué pasó, Dios mío, qué? Perdóneme, pero dígame algo, yo estoy aquí sola, incomunicada y acabaré por perder la razón de tanto pensar cosas que no puedo comprender. Dígame algo, se lo suplico. ¿Qué pudo pasar, qué? Matarlo otro hombre, ide los suyos!, ¡no puede 769 ser! Perdóneme y tenga caridad del mayor de los dolores que puede tener una mujer. Suya afma. Dolores Roda de Campins 770 APENDICE 26 Cáceres, 28 de Agosto de 1936, carta del Teniente Coronel Franco Salgado-Araujo a D~ Dolores Roda Rovira, Vda. de Campins (A.F.C.). El Ayudante de Campo de Franco comunica a la Vda. del General Campins la recep- ción de su última carta, y le informa de los datos que posee sobre la muerte de su esposo y lo mucho que el “Caudillo” sintió ésta. Mi respetada y distinguida señora: Como secretario del general Franco y ayudante suyo, tengo autorización para abrir su correspondencia y con- testarla, ya que el mucho trabajo que sobre él pesa no le permite dedicar ni un momento a nada que no sea la dirección de las operaciones militares. Hoy se recibió la suya fechada el 30 de Julio en Zaragoza y con sello de correos de esa ciudad de 21 de Agosto. Su lectura me causó gran pena y comparto con Vd. el dolor que en ella refleja, pues fui siempre 771 gran amigo subordinado en muchos destinos de su marido al que quería de verdad y admiraba sus buenas cualida- des. Su carta no la leerá el general hasta que terminen todas las operaciones; se lo mucho que sufrió y sufre por la pérdida de amigo tan querido y lo que le impresio nó la visita de un hermano de Vd. así que no quiero darle un nuevo disgusto y preocupacion. Hizo lo que pudo por salvar a su buen amigo, pero el fallo del conse- jo de guerra le fue adverso y el general de Sevilla y Junta de Burgos se conformó con la irreparable senten- cia, así que su intervención no pudo tener exito. Días antes, estando en Tetuán, pasó por la amargura de que en Ceuta fusilaran a su primo hermano, el coman- dante Lapuente, que era para él como un verdadero her- mano, pues vivieron juntos durante la infancia. Todo esto le hizo pasar por hondas amarguras. Hoy no queda, señora, otro remedio que pedir a Dios resignación para sobrellevar esta terrible desgra- cia. Todos sufrimos por la muerte de algún ser querido, pues la guerra civil sacrifica a miles y miles de espa- ñoles, sin que nadie se libre de perder un ser querido. No tengo datos para saber de fijo en qué se fundó el consejo de guerra para sentenciar a su marido; creo según dicen, que facilitó por orden del Gobierno de Madrid las armas del Parque para el Gobierno Civil con las cuales se armó el pueblo de la provincia y también por haber retrasado dos días en la declaración del esta- do de guerra. Le repito que de fijo nada se, pues el día del consejo y cumplimiento de la sentencia estábamos el general y yo en Burgos. Lo anterior es lo que yo oí como una version. Su marido se confesó y comulgó, murió como un buen 772 cristiano. No me extiendo más, señora, reciba usted mi pésame y la seguridad del dolor del general Franco y del mío por la pérdida del que fue tan buen marido y padre, así como un gran amigo nuestro. Vd. disponga de su afmo. amigo y s.s. q.s.p.b. P.D./Carmen y su hija están fuera de España. ,~1 773 APENDICE 27 Sevilla, 2 de Septiembre de 1936. carta del Tenien- te Coronel Don Lucio Miguel Berzosa a Don Carlos Comenge (A.F.C.). El Teniente Coronel Berzosa informa a Don Carlos Comenge -también amigo de la familia Campins- sobre las vicisitudes de los últimos días del General. El marido de Lolita llevaba ocho días en Granada y no quiso sumarse al levantamiento hasta los dos días <50 horas), o sea hasta la tarde del 20; siguió después mandando hasta el 21 (20 horas) pero un aviador que vino de allí a Sevilla no se que le dijo a Queipo que éste ordenó quitarle el mando y que quedase detenido en la misma Comandancia de Granada, hasta el 3 de Agosto que en aeroplano lo trajeron aquí, siendo grande su sorpresa al entrar y yerme a mi el primero. Pasaron los días hasta el día 11 y como lo tenían con nosotros (que como te digo nadie nos da importancia) todos creía- mos que no le iban a hacer nada, pero el 11 se presentó un juez a tomarle declaración en juicio sumarísimo por rebeldía y el 14 por la mañana a las 10 fue el Consejo 774 de Guerra siendo condenado a muerte, aunque no nos lo dijeron. Como las sentencias de los sumarísimos se ejecutan enseguida y aquella tarde paso, creíamos que al día siguiente lo iban a indultar, porque era la Virgen de los Reyes y gran fiesta de las banderas. Carmen escribio una carta a Franco (que tenía aquí su Cuartel General) y fue a ver al Arzobispo para pedir el indulto, pero un cura secretario la recibió bastante groseramente y le dijo que ellos no podían hacer nada. El hermano de Lolita consiguio ver a Franco y aunque estuvo muy cariñoso y le dijo que hacia dos días que se ocupaba del asunto, no consiguió nada. He de adver- tirte que Franco aquí en Andalucía no manda nada, que es Queipo el jefe uníco. La mañana del 16 a las 4 1/2 llegó el juez y lo llamó, éste llamó a su cuñado entregándole sus cosas y encargos, despues se confeso, me llamó a mí sobre las 6, enseguida llegaron con la comunión, la tomo con mucha devoción y al poco rato llegó un Comandante de la Guardia Civil con dos guardias y, después de abrazar- nos, se lo llevó. A las 6 y 1/2 aproximadamente dejó de existir. Al salir yo a las 6 despidió a su cuñado para que se ocupase del entierro, diciéndole, “mal encargo lle- vas, lo siento”, todo con una entereza tremenda, lo mismo que había estado todos los cinco días fatídicos en los cuales nos consolaba a todos pues estaba mas tranquilo que nosotros, lamentándose únicamente de des- pués de estar toda su vida pensando en la Patria, en el Ejército, en el honor, y viviendo nada más que para eso y su familia, acabase de esta manera, pero que como tenía su conciencia tranquila no tenía miedo a la muerte y afectivamente, según digo, murió con una tranquilidad y una sencillez espantosa. 775 ¡Qué días hemos pasado! Sus hijos se incorporaron a una companía de mi ex-regimiento que estaba en Huelva dando guardia a la carcel. Allí están bien con su tío y cumpliendo sus deberes militares, así que no se preocupen. Dile a Lo- lita que le diga al Comandante Mayor que no los llamen para que sigan ahí agregados hasta que les concedan la rescisión del compromiso y ella que esté preparada para cuando vaya su hermano a por ella que creo sera pronto por Mérida-Cáceres-Salamanca-Valladolid-Burgos- Miranda-Zaragoza, aunque si estuviese expedita la línea seria mejor desde Valladolid-Ariza-Zaragoza. Las familias de Luis y de Manolo bien, menos los que están en Madrid que no sabemos una palabra de ellos. Manolito (hijo de Manolo) y Maruca (de Luis) están alli. Tampoco sabemos nada de Santander. A María que tome ésta por suya y ya le escribiremos otro día. Recuerdos y besos a todos de vuestro primo, Miguel. 776 APENDICE 28 Sevilla, 2 de Septiembre de 1936. carta del General Queipo de Llano al General Cabanellas (A.F.C.). Queipo de Llano informa a Cabanellas de la condena y posterior ejecución del General Campins. Mi querido amigo y compañero: Contestando a tu carta del 29 pxmo. pdo. puedes participar a D~ Dolores Roda, que su esposo el General Campins fue juzgado en Consejo de Guerra Sumarísimo y condenado por el mismo, a la última pena, cuya sentencia fue cumplida el día 16 de Agosto pxmo. pdo. Lo que tiene el sentimiento de participarte tu buen amigo y compañero. Gonzalo Queipo de Llano. 777 APENDICE 29 Huelva, 24 de Septiembre de 1937, carta de D~ Dolo- res Roda Rovira, Vda. de Campins, al Teniente Coro- nel Franco Salgado—Araujo (A.F.C.). La viuda del General Campins defiende la inocencia y el buen nombre de su espo- so ante el Ayudante de Franco, al tiempo que se queja de las injurias que el libro “Rojo y Azul en Granada” y el ABC vierten contra el malogrado Comandante Militar de la plaza. Muy Sr. mío: Aunque era mi propósito no escribirle hasta que terminasen las operaciones, me veo obligada a hacerlo, pues la publicación de un libro, lleno de injurias, mentiras e infamias contra mi marido colma ya mi amargura y aumenta mi martirio. Este libro se titula “Rojo y Azul”, y no le detiene en sus calumnias ni el respeto que merece una persona que ya no existe y, por lo tanto, no se puede defender. Una de las infa- mias que dice es que mi marido era el jefe de la masone- ría y judaísmo, ¡que Dios les perdone, que no saben lo que se dicen! Yo le ruego me diga a quién debo din- 778 girme para que este libro no circule. Ahora que tan severa es la censura militar, ¿no hay leyes que impidan semejantes atropellos? Aprovecho esta ocasion para decirle algo que V. sin duda ignora. Mi marido murió inocente; ni entregó armas a nadie, ni en su vida ni en su muerte fue traidor a nada ni a nadie. ¡Cuánto me ha dolido que V., que tan bien debía conocerle, acogiese la version de las armas! ¡Qué amarguras tan insospechadas tiene la vida! Yo le repito que mi marido murio inocente; que la causa no fue a Burgos, y que confío en Dios y en quien en este mundo pueda hacerlo, que todo se aclarara. Pero si Dios, en sus impenetrables designios, permite que no suceda así, yo cito a todos los que han interve- nido de un modo u otro en este horrible drama para den- tro de unos años, en que todos estaremos reunidos delan- te del Supremo Juez, El no se equivoca, El es infalible, y dara a cada uno el premio o castigo de sus obras. Yo, a pesar de todo, le pido con toda mi alma a la Virgen Santísima me sostenga y me de vida hasta ver colocados a mis pobres hijos, y, si es posible, que vea la reivindicación de su nombre bendito y santo. No por mí, a quien ya nada importan las cosas del mundo, ni los juicios humanos, sino por cumplir su último deseo, pues constantemente decía: “Dios sobre todo , que hagan de mi lo que quieran, no me importa la vida, pero el honor que no me lo quiten, pues a eso no tienen derecho, porque el honor, además de mio, es de mi familia”. Yo deseo que algún día, no me importa la fecha (un año o dos), cuando V. crea el momento oportuno, transmita al papa de Nenuca cuanto le digo; yo confío en su caballerosidad que lo hará, y así, si Dios me llama, si no puedo soportar mi dolor, morire mas tran- quila. 779 También deseo que a mis pobres hijos, que están como voluntarios en el frente desde que empezó el movi- miento, aleccionados y guiados por su padre y que tienen un entusiasmo y un valor insuperable, se evite en lo posible el hablarles de esta espantosa tragedia. Parece que escribo mi testamento, ¡Dios sobre todo!, que era la frase preferida de mi martir adorado, ¡que El nos ampare y nos perdone a todos! Le envía un atento saludo su afma. Dolores Roda de Campins Castelar, 23-2Q. Escrita ya esta carta, leo el articulo criminal en el “ABC” de hoy, en que se insulta cobardemente a mi marido. ¡En qué época vivimos, Dios mío, en que ya no se respeta ni a los muertos! Yo estoy sola en el mundo para defender su nombre santo; no tiene padre ni hermanos, ¿qué puede hacer una pobre mujer para defenderse de tanto atropello? ¿Qué opina V.? ¿Que me aconseja? De tantos como le cono- cían, de tantos a quienes hizo bien en esta vida, ¿no hay nadie que se indigne y proteste? ¡Qué pasa en el mundo Dios mío! ¿Cómo puede defenderse hoy un cristiano? 780 APENDICE 30 Burgos, 20 de Octubre de 1937. carta del Teniente Coronel Franco Salgado-Araujo, Ayudante del General Franco, a D~ Dolores Roda Rovira, Vda. de Campins (A.F.C.). El Ayudante de Franco acusa recibo a una carta anterior de la Vda. del General Campins, y se muestra un tanto molesto porque D~ Dolores Roda pueda creer que él admitió sin mas la version oficial sobre la condena y muerte de su esposo. Muy Señora mía: Contesto a su carta de 24 del pasado Septiembre manifestándole; que por estar de lleno dedicado a mis funciones profesionales, no leo libros ni periódicos y por lo tanto no ha llegado a mi conocimiento hasta el recibo de la suya, lo que manifiesta con relación a su marido (q.e.p.d.) el A.B.C. de Sevilla y el libro Rojo y Azul. 781 Creo haberle dicho a raíz de la muerte de su esposo, que con el tiempo las pasiones se serenarían y la verdad quedaría en su lugar. Esta Vd. equivocada si cree que yo he acogido la menor versión sobre la conducta de su malogrado esposo. No hice más que manifestar a Vd. el motivo por el que se fundaba la sentencia, pero sin hacer la menor manifestación sobre mi manera de pensar en un asunto del que soy ajeno y en el que sólo he in- tervenido para contestar a sus cartas, a lo que me obli- ga no sólo la cortesía sino también el haber servido a las órdenes de aquél. Tengo entendido que el Gobernador General del Es- tado, General de Brigada, Sr. Valdés es el llamado a intervenir sobre la publicación de periódicos y libros, así que a él puede Vd. dirigirse, si lo tiene por conve- niente. Le reitero una vez mas mí pesame y la seguridad de que a su debido tiempo S.E. quedara enterado de su carta. Deseando a sus chicos mucha suerte en la actual campaña, disponga de su aftmo. s.s. que s.p.b. Francisco Franco Salgado-Araujo. Tesis Manuel Touron Yebra EL GENERAL MIGUEL CAMPINS Y SU ÉPOCA (1880 - 1936) SUMARIO 1. INTRODUCCIÓN 2. EL EJÉRCITO ESPAÑOL DESDE LA RESTAURACIÓN A LA GUERRA CIVIL(1874-1936) 3. LOS PRIMEROS AÑOS 3.1. Valencia y la epidemia de cólera 3.2. Permanencia en Cuba 3.3. Regreso a España e internados en Madrid y Trujillo 4. COMIENZOS DE SU VIDA MILITAR 4.1. En la Academia de Infantería de Toledo 4.2. De guarnición en Cataluña 4.3. De Canarias a la Escuela Superior de Guerra 5. ÁFRICA 5.1. Antecedentes. La Campaña de Melilla 5.2. Las prácticas de Estado Mayor. La Campaña del Kert 5.3. Destinos burocráticos.Fin de las prácticas de Estado Mayor 5.4. La Campaña de Larache de 1914 5.5. Intermedio Peninsular. Franco, Oviedo y La Legión 5.6. Regreso a Melilla en un año fatídico 5.7. Breve paso por la Aeronáutica Militar 5.8. De nuevo en tierra. Alhucemas y fin de la guerra 6. EN LA ACADEMIA GENERAL MILITAR 6.1. Subdirector y Jefe de Estudios 6.2. Las normas pedagógicas 6.3. El fin de la Dictadura, la República y el cierre de la Academia 7. LA LARGA ESPERA 7.1. Por fin General 8. EL FINAL 8.1. Una conspiración en marcha 8.2. Granada en los meses previos al alzamiento 8.3. Campins en Granada 8.4. El alzamiento militar 8.5. La actitud dilatoria del General Campins y la declaración del estado de guerra 8.6. La ruptura con Queipo de Llano 8.7. El proceso sumarísimo 8.8. La muerte de un General 9. CONCLUSIONES 10. FUENTES, BIBLIOGRAFÍA Y PUBLICACIONES PERIÓDICAS APÉNDICE DOCUMENTAL