83 Data de recepció: 15-03-2022 Data d’acceptació: 01-06-2022 PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 83-104) © Raquel Liceras-Garrido, Sergio A. Quintero, Alfredo Jimeno, 2023 – CC-BY-ND REVISTA DE PREHISTÒRIA I ANTIGUITAT DE LA MEDITERRÀNIA OCCIDENTAL JOURNAL OF WESTERN MEDITERRANEAN PREHISTORY AND ANTIQUITY DOI: 10.1344/Pyrenae2023.vol54num1.4 El estudio de las fortificaciones de la segunda Edad del Hierro del oppidum de Numancia (Garray, Soria) ha estado enormemente influido por la percepción mítica de la ciudad debido al papel que jugó en los enfrentamientos contra Roma durante la segunda Guerra Celtibérica (154-133 a.n.e.). Este trabajo sintetiza los testimonios de los autores grecorromanos y las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo durante el siglo xx para caracterizar, analizar y reflexionar sobre los sistemas defen- sivos de esta ciudad celtibérica. PALABRAS CLAVE POLIORCÉTICA, EDAD DEL HIERRO, PROTOHISTORIA DE LA MESETA NORTE, NUMANCIA, GUERRAS CELTIBÉRICAS, MURALLAS De la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica: las fortificaciones de la segunda Edad del Hierro From the imaginedd Numantia to archaeological evidence: the fortifications of the Late Iron Age Raquel liceRas-GaRRido Universidad Complutense de Madrid. Departamento de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología C/ Profesor Aranguren, s/n, 28040 Madrid rliceras@ucm.es https://orcid.org/0000-0002-5552-9273 seRGio a. quinteRo cabello Universidad Complutense de Madrid. Equipo Arqueológico de Numancia C/ Profesor Aranguren, s/n, 28040 Madrid sergioalfonsoq@hotmail.com https://orcid.org/0000-0001-9007-8204 alfRedo Jimeno Universidad Complutense de Madrid. Departamento de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología C/ Profesor Aranguren, s/n, 28040 Madrid aljimen@ucm.es https://orcid.org/0000-0002-8898-5777 R. LiceRas-GaRRido; s. a. QuinteRo; a. Jimeno De la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica 84 PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 1-104) L’estudi de les fortificacions de la segona Edat del Ferro de l’oppidum de Numància (Garray, Soria) ha estat enormement influït per la percepció mítica de la ciutat a causa del paper que va jugar als enfrontaments contra Roma durant la segona Guerra Celtibèrica (154-133 a.n.e.). Aquest treball sintetitza els testimonis dels autors grecoromans i les excavacions arqueològiques dutes a terme durant el segle xx per caracteritzar, analitzar i reflexionar sobre els sistemes defensius d’aquesta ciutat celtibèrica. PARAULES CLAU POLIORCÈTICA, EDAT DEL FERRO, PROTOHISTÒRIA DE LA MESETA NORD, NUMÀNCIA, GUERRES CELTIBÈRIQUES, MURALLES The understanding of the Late Iron Age fortifications of the oppidum of Numantia (Garray, Soria) has been heavily influenced by the mythical perception of the city due to the role played in the confron- tations against Rome during the Second Celtiberian War (154-133 BC). This article offers a synthesis of the accounts of Greco-Roman authors and the evidence from archaeological excavations carried out during the 20th century to characterise, analyse, and comment on the nature of the defensive systems of this Celtiberian city. KEYWORDS MILITARY DEFENCE, IRON AGE, PROTOHISTORY OF THE NORTH MESETA, NUMANTIA, CELTIBERIAN WARS, WALLS 1. Introducción Las fortificaciones de un asentamiento durante la segunda Edad del Hierro eran polisémicas, mostraban múltiples significados además de la función defensiva frente a agresiones exter- nas. Eran también elementos delimitadores del espacio social mediante el cual las comuni- dades manifestaban su voluntad y poder monumentalizando las zonas habitadas del paisaje. La concepción mítica de la resistencia de Numancia contra Roma y su relevancia en la cons- trucción de las narrativas identitarias nacionales y regionales situó sus fortificaciones en el centro de numerosas especulaciones artístico-literarias (p. ej. De la Torre 1998, 2017; Wulf, 2003; Jimeno y De la Torre, 2005; García Cardiel, 2010; Gracia Alonso, 2017) e investigacio- nes (Schulten 1905, 1914, 1931; González Simancas, 1914, 1926; Jimeno y Benito, 1999). El papel que jugó este oppidum durante la segunda Guerra Celtibérica (154-133 a. n. e.) condicionó fundamentalmente la percepción y los trabajos arqueológicos relacionados con los sistemas defensivos de la ciudad, ya que desde la época clásica se pueden observar discusiones sobre su caracterización que influyeron en las primeras décadas de las exca- vaciones arqueológicas (De la Torre 2017). Este trabajo presenta una revisión comprehen- siva de las fortificaciones de esta ciudad durante la segunda Edad del Hierro, incluyendo las referencias de autores grecolatinos y los trabajos arqueológicos realizados durante el siglo xx, así como una caracterización de las evidencias materiales y una reflexión sobre la biografía y polisemia de las mismas. 85 R. LiceRas-GaRRido; s. a. QuinteRo; a. JimenoDe la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 1-104) 2. Antecedentes 2.1. Las fortificaciones en los textos clásicos La información transmitida por los autores grecolatinos sobre las fortificaciones de Numancia condicionó la forma de enfrentar el registro arqueológico, sobre todo en los inicios. Además, los datos aportados por diferentes autores grecorromanos fueron contra- dictorios, posiblemente para resaltar el valor de la conquista romana y la heroicidad de la resistencia de numantinos y numantinas. El historiador romano Floro (Ep., I,34) describía Numancia como una ciudad sin mura- lla que habría sido capaz de enfrentarse a un ejército cuatro veces más grande durante once años. Por el contrario, Orosio (Hist., V, 7,10) rebatía abiertamente las noticias anteriores, afirmando que Numancia estaba rodeada por un muro de 3.000 millas de circunferencia. No obstante, son los textos de Apiano (Hisp., 46, 76, 90) los que recogían un mayor número de referencias sobre las defensas de la ciudad. Adolf Schulten fue el investigador que creó la visión más comprehensiva de los suce- sos de las guerras entre Numancia y Roma en dos publicaciones fundamentales: la colec- ción Fontes Hispaniae Antiquae (1937), en concreto el Fascículo IV se refiere a las guerras entre el 154 y el 72 a. n. e., y la Historia de Numancia (1945) que recoge una narración de las guerras numantinas elaborada a partir de los textos clásicos y las evidencias arqueoló- gicas de sus campañas en la ciudad y campamentos romanos. En la recopilación de Schulten, las murallas de Numancia son nombradas en múltiples ocasiones, entre las que destacan los episodios protagonizados por los cónsules Nobilior y Mancino. La campaña de Nobilior tuvo lugar al inicio de la segunda Guerra Celtibérica (153 a. n. e.), donde las murallas fueron mencionadas durante un ataque de las tropas romanas apoyadas por los elefantes enviados por el rey Masinisa desde el norte de África (Schulten, 1945: 78). Mientras, el episodio de Mancino recogía las consecuencias persona- les para el cónsul tras un intento de firma de paz entre Roma y Numancia, por el que este quedó expuesto ante las murallas a merced de los numantinos como castigo (Schulten, 1945: 127). Del mismo modo, A. Schulten (1945: 112) mencionaba otros elementos defensivos tomando las palabras de Apiano (Hisp., 76) sobre la presencia de zanjas y empalizadas en el camino que ascendía desde la llanura. Sin embargo, autores como Luis Berrocal y Pierre Moret (2007: 24) han propuesto una interpretación alternativa a la anterior, basada en una traducción diferente de la palabra stêlê. En lugar de traducirla como empalizada, la identifican con posibles líneas de estacas de madera similares a las descritas por Julio César en la Galia o como piedras hincadas. No obstante, las franjas de piedras hincadas en el Alto Duero solo se documentan durante la primera Edad del Hierro y nunca en un momento tan tardío como la campaña de Metelo (143-142 a. n. e.) (C. f. Taracena, 1929; Romero, 1991). R. LiceRas-GaRRido; s. a. QuinteRo; a. Jimeno De la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica 86 PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 1-104) 2.2. Las defensas de la Numancia imaginada y su influencia en los primeros trabajos arqueológicos Con la pérdida de poder del Imperio romano en Hispania, la memoria de la ubicación de Numancia se perdió, lo que propició un intenso debate y narrativas sobre la localización de la ciudad (De la Torre, 1998, 2002, 2017; Jimeno y De la Torre, 2005). Este hecho favoreció la idealización de las fortificaciones por la falta de datos empíricos. Así, se real- izaron reconstrucciones de la ciudad y sus murallas como el grabado del erudito Justo Lipsio (1603) (fig. 1A). Esta recreación imaginaba la configuración de Numancia a modo de ciudad medieval con murallas concéntricas en torno a un centro urbano, representado por grandes construcciones, mientras que el cerco romano de Escipión lo trazó con círculos concéntricos alrededor de la ciudad (Jimeno y De la Torre, 2005: 5). Sin embargo, el primer plano topográfico del cerro de Numancia lo realizó el cléri- go e historiador Juan Loperráez (1788: 288) (fig. 1B). Este fue el primero en advertir la necesidad de realizar trabajos arqueológicos en el cerro de La Muela para zanjar el debate sobre la localización de Numancia disputada con Zamora. Así, proporcionó una descrip- ción exhaustiva de las estructuras visibles en el enclave, creó un plano topográfico que las recogía gráficamente y realizó estimaciones de su extensión (Loperráez, 1788: 284; De la Torre, 1998: 195; Jimeno y De la Torre, 2005: 121-122). Entre sus descripciones, destaca- ban aquellas relacionadas con los tres vallados de piedra y fosos que debió confundir con los tradicionales bancales de cultivo, atribuyendo la discontinuidad en las estructuras y la ausencia de restos mayores al expolio de materia prima para las construcciones locales. A partir del siglo xviii, la política, la historia y la cultura se entrelazaron con la esen- cia de la historiografía española (García Cardiel, 2010: 133). Así, se promovieron obras pictóricas con el objetivo de la glorificación de la nación española (Wulf, 2003: 99) que representaban las defensas numantinas con sillares ciclópeos rodeando la ciudad, como se puede observar en La destrucción de Numancia de Juan Antonio de Ribera (1802) o El último día de Numancia de Alejo Vera (1881) (ver más en García Cardiel, 2010; De la Torre, 2017). Del mismo modo, se publicaron numerosas obras literarias (ver Gracia Alonso, 2017: 67). En el siglo xix, la protohistoria se tornó clave de la identidad española. Se acuñaron términos como numantinismo para apelar al espíritu tanto nacional como de la región soriana (Jimeno y De la Torre, 2005: 133-134; Gracia Alonso, 2017: 67-68, 72-73). Fue precisamente en 1803 cuando Juan Bautista Erro realizó las primeras excavaciones en Numancia, cuyo objetivo era descubrir inscripciones que permitieran relacionar la len- gua numantina con la vasca (Jimeno y De la Torre, 2005: 128; Gómez-Barrera, 2014: 57-58). No obstante, el primer arqueólogo en tratar con términos precisos y científicos las defensas de Numancia fue Eduardo Saavedra (1861: 33; Lám. IV), quien proporcionó la descripción detallada de un lienzo de muralla. Posteriormente, Schulten (1905: 16-20), influido por Loperráez, formuló la hipótesis de que Numancia debió de tener tres líneas de murallas. Para este autor, la ciudad se habría ubicado en lo alto, mientras que en las laderas los recintos habrían estado ocupados por la 87 R. LiceRas-GaRRido; s. a. QuinteRo; a. JimenoDe la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 1-104) población rural con sus ganados y el ejército. El investigador alemán llevó a cabo excava- ciones en los cuatro puntos cardinales de la ciudad (Schulten, 1914: 12, 1931: 114-184; 1953). Respecto a las fortificaciones, documentó la existencia de una muralla continua, apoyada sobre el manto natural de arcilla y roca. La cimentación estaba construida con cantos gruesos de piedra, sin carear, formando dos alineaciones exteriores y rellenadas por cantos de menor tamaño (Schulten, 1931: 117-123). Schulten también aportaba una descripción y un dibujo de otro modelo constructivo del lienzo de la muralla noroeste documentada en lo que denominaba las «excavaciones españolas», que estaba formado por tres hiladas de bloques gruesos, relleno de rocas y materiales de menor tamaño (Schulten, 1931: 119). La estructura y configuración descritas por este autor pueden observarse en las numerosas fotografías, perfiles y planimetrías publicadas en el segundo volumen de su obra Numantia (Schulten, 1931: Prof. 41-48,50, Abb. 11, 23-31, 38-39). El grosor medio que estimó para la línea de muralla principal habría sido de aproximadamente 6 m (Schulten, 1914: 14, 1945: 232). En el lado oriental, documentó vestigios de un muro de 3 m de ancho con torres cuadradas y salientes de 5 m, separadas por 25 m (VVAA, 1912: 19; Mélida, 1922: 172-173). Sin embargo, en intervenciones posteriores Manuel González Simancas (1926:4) afirmaba que solo quedaban algunos restos sin formar estructuras y pie- dra suelta, ya que parece que un vecino de Garray las había extraído en 1907 antes de que esa área fuese adquirida por el Estado (VVAA, 1912: 19). No obstante, sus excavaciones en el área occidental de la ciudad fueron las más fructíferas, ya que pudo documentar parte de la muralla, dos posibles puertas, una calle de ronda interior concéntrica a la misma de 11-12 m de largo y 3-4 m de ancho, y un conjunto de casas superpuestas en tres niveles (fig. 2I) (Schulten, 1945: 231-233). En 1906, los trabajos en las fortificaciones numantinas fueron retomados por la Comisión de Excavaciones Arqueológicas (VVAA, 1912: X). El encargado para su estudio fue González Simancas (1914: 22, 24), quien describió que la fortificación constaba de un muro que no excedía 1 m de altura con un espesor que variaba entre 5 y 1,5 m. El núcleo Figura 1. Numancia. A: Representación ideal según Lipsio (1603, fig. 22); B: Plano topográfico realizado por Loperráez (1788: 288). R. LiceRas-GaRRido; s. a. QuinteRo; a. Jimeno De la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica 88 PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 1-104) de esta construcción estaba reforzado por contrafuertes traveseros o perpiaños (fig. 2A, B, C, D). En algunos tramos, registró la existencia de una espina central, particularidad no observada en las fortificaciones prerromanas de la Península, aunque encontró para- lelos en murallas prehistóricas galocélticas, apoyadas por la cita de Julio César sobre los muros dobles. Sin embargo, el trabajo definitivo de González Simancas sobre las fortificaciones vio la luz en 1926. En este, recopilaba todo el trabajo realizado desde 1913, en el que además de revisar los datos anteriores, trató de documentar la defensa en todo el perímetro. Para ello, se centró principalmente en la zona oriental, ya que había menor información. González Simancas realizó, por tanto, cuatro intervenciones principales, dos en el cuadrante suroriental, que sacaron a la luz estructuras relacionadas con otras finalidades. Por ello, supuso que los elementos defensivos de esta área debieron de ser destruidos (González Simancas, 1926: 17-26; Jimeno y Benito, 1999: 305) (fig. 2H, G). La tercera intervención tuvo lugar en el área noroccidental, donde pudo rastrear lo que podría haber sido el esqueleto de los cajones de la muralla (González Simancas, 1926: 26-27) (fig. 2D). Figura 2. Mapa con las principales intervenciones en las fortificaciones a inicios del siglo xx (a partir de González Simancas, 1926: Croquis I-III, V-VIII; Schulten, 1953: 33; García y Bellido, 1969). 89 R. LiceRas-GaRRido; s. a. QuinteRo; a. JimenoDe la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 1-104) Finalmente, la intervención que aportó una mayor información fue la excavación de la puerta norte, en la que se documentó un tramo de muralla de sección trapezoidal, con casas adosadas en el interior, de la que se conservaban todavía unos 2 m de altura, con una anchura de 3,40 m en la base, realizada con canto rodado sin carear. Estaba limitada por dos lienzos con relleno de tierra y piedras y precedida de un antemuro. En este tramo, puso al descubierto también una puerta en codo de ángulo recto que pudo estar defendida por un bastión delantero de forma triangular (González Simancas, 1926: 27-38; Taracena, 1954: 235, fig. 111) (fig. 2E). 2.3. Las excavaciones del Plan Director Tras casi siete décadas, los trabajos en las fortificaciones se retomaron en el inicio del Plan Director, dirigido por Alfredo Jimeno desde el año 1994. Con el objetivo de revisar y actualizar la documentación existente sobre las fortificaciones de la ciudad, se realizaron cuatro intervenciones principales (fig.3): Figura 3. Mapa con las intervenciones del Plan Director en las fortificaciones de Numancia. R. LiceRas-GaRRido; s. a. QuinteRo; a. Jimeno De la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica 90 PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 1-104) 2.3.1. Campañas 1994 - 1995: una línea defensiva frente a la muralla oeste (fig. 3A) La posibilidad de que Numancia hubiese tenido varias líneas de defensa, además de la muralla de circunvalación, había sido una hipótesis desde que Loperráez plasmase las diferencias de relieve en el primer plano topográfico de la ciudad, posteriormente asumida por Schulten (fig. 4A). Del mismo modo, en los trabajos de González Simancas en la ladera oriental (1926: 34; Lám. XVA-B), había sido posible documentar un antemuro (fig. 2E). Con estos precedentes, y en paralelo a las excavaciones de la necrópolis de Numancia (Jimeno et al., 2004), se realizaron dos campañas para determinar la existencia de muros defensivos en las diferentes líneas de terrazas de la ladera oeste. Se efectuaron nueve cortes en la pendiente del yacimiento, siguiendo las líneas de aterrazamiento señaladas por Schulten (Jimeno y Benito, 1999: 310). Estos primeros tra- Figura 4. Comparación visual del trazado de la muralla: A. Localización de las tres líneas de defensa según Schulten (1931: mapa III; Jimeno y Benito, 1999: fig. 1); B. Sombreado del relieve a partir de datos LiDAR (www.ign.es) en el que se aprecia la línea de muralla y los diferentes niveles de aterrazamiento; C. Rectificación del trazado del sector noreste: 1. la línea discontinua señala el trazado del siglo iv a. n. e. 2. la línea continua marca la reestructuración de la muralla, la puerta acodada y las cuatro torres rectangulares. 91 R. LiceRas-GaRRido; s. a. QuinteRo; a. JimenoDe la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 1-104) bajos pusieron de manifiesto que ocho cortes correspondían a bancales para el cultivo. Sin embargo, en la novena cata situada en una terraza inferior a unos 6 m de desnivel y 50 m de distancia de la muralla, se documentó un lienzo de 11 m que conservaba la cimentación realizada con cantos rodados de tamaño mediano y grande (30-80 cm) sin carear, formando dos paramentos laterales separados por 2 m que presentaban un relleno de tierra y piedras de menor tamaño en el interior (fig. 3A, fotografía dirección sur). Esta alineación defendía una plataforma paralela a la muralla. Al mismo tiempo, los nueve cortes de la ladera occidental permitieron observar que no existieron restos de habitación en esta pendiente, tal y como proponía Schulten. 2.3.2. Campaña 1996: revisión de la muralla suroeste (fig. 3B) En el lado occidental de la ciudad, se documentó el tramo de muralla más largo, conser- vando unos 180 m. Este tramo de fortificación ha llamado la atención de los investigadores por las diferencias de anchura que presentaba en su recorrido, oscilando entre los 4 m y 1 m en la unión con el torreón triangular (fig. 2A). La campaña de 1996 se centró en el área de las intervenciones realizadas por Schulten y Constantin Koenen en 1905, que pusieron al descubierto una secuencia estratigráfica completa de la ocupación de la ciudad y un tramo de muralla (Schulten, 1914: 12-17; 1931; 1945: 170) (fig. 2I, 3B). Los trabajos tuvieron como objetivo precisamente la limpieza y reexcavación de dichas estructuras para la reconstrucción de una casa del final de la segunda Edad del Hierro. Schulten había estimado un ancho de 6 m para la muralla en esa zona. Esta cifra ya había llamado la atención de la Comisión porque el área suroeste era precisamente la que presentaba unas mejores defensas naturales por el vado formado por los ríos Duero y Tera. La intervención de 1996 permitió observar como el grosor de la muralla había sido sobredimensionado por Schulten, ya que los 6 m de anchura englobaban: el basamento de cimentación de una vivienda, el empedrado de la calle de ronda y una muralla de 2 m de ancho (fig. 3B). 2.3.3. Campañas 1998 – 2000: la puerta norte y las casas de la muralla (fig. 3D,E) En el área norte, se llevaron a cabo dos intervenciones principales: una revisión de los trabajos realizados por González Simancas, concretamente una limpieza de la puerta norte de acceso a la ciudad, y la excavación de dos casas adosadas a la muralla. En la revisión de la puerta norte, se limpiaron las estructuras registrando los restos publicados en 1926, incluyendo algunas alineaciones nuevas de muros. Del mismo modo, no fue posible documentar un pequeño cubículo cuadrado situado delante de la entra- da que fue interpretado como el sitio donde se situaría el vigilante (González Simancas, 1926:35, Croquis VIIIu). Dicha puerta presentaba una entrada en codo flanqueada por dos R. LiceRas-GaRRido; s. a. QuinteRo; a. Jimeno De la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica 92 PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 1-104) torreones y una muralla de 4 m de grosor. Delante de la puerta, se documentó un bastión triangular con el suelo rehundido, dos pilares pétreos y lajas planas de la techumbre. Esta construcción habría canalizado el acceso a la ciudad en dos corredores, mejorando el con- trol del flujo de entrada (fig. 3D). En el lado derecho extramuros, se observaron una serie de cubículos abiertos, que han sido interpretados como tabernae, ya que se documentaron los restos de un horno y un molino. Sin embargo, los resultados más relevantes para la interpretación de la fortificación fueron los relativos a la reexcavación del antemuro (González Simancas, 1926: 34, Croquis VIIINO, Lám. XVCD) (fig. 2E). Según los datos estratigráficos nuevos, el supuesto ante- muro habría correspondido a una muralla antigua de dimensiones más modestas (2-3 m de ancho) aunque con similares características constructivas. Dicha alineación tenía una probable concordancia con una puerta de entrada directa y menos protegida que habría sufrido una remodelación en el siglo ii a. n. e., siendo sustituida por la entrada en codo flanqueada por torreones, más compleja y mejor defendida. Durante la reexcavación de la muralla antigua, fue posible recoger restos de adobe y postes de madera carbonizada que habrían correspondido al entramado de madera y adobe del parapeto superior de la muralla. A partir de estos restos, se pudo obtener una fecha de C14 (CSIC-1678, 2222 ±29BP, 385-336 cal a. n. e. (20,6 % probabilidad), 329-197 cal a. n. e. (74,8 % probabilidad) (IntCal20)) que ha aportado una cronología en torno al siglo iv a. n. e. por lo que dicha fortificación podría haber correspondido a las defensas levantadas en la fundación de la ciudad que con el paso del tiempo fueron remodeladas para construir un acceso más complejo y monumental. A unos 40 m al noroeste de la puerta, siguiendo la línea de muralla, se llevó a cabo la segunda intervención en el área (fig. 3E). Se realizó una cata de 3 × 27 m de los cuales 10 m estaban intramuros y 15 m extramuros. Este corte permitió documentar la amor- tización de la muralla celtibérica tras la destrucción de la ciudad en el siglo ii a. n. e. y el uso de esta plataforma como bancal para la construcción de viviendas durante el siglo i a. n. e. De este modo, en esta excavación se documentaron: — En el escalón superior intramuros: una casa de tradición indígena del siglo i a. n. e. a la que se superpone una casa romana de época imperial romana que habría perdurado hasta el siglo ii n. e. — En el escalón inferior: una segunda casa de tradición indígena del siglo i a. n. e., coe- tánea a la registrada en el escalón superior. Las casas de tradición indígena fecharon la amortización de la muralla en un momento posterior a la conquista del año 133 a. n. e. En este momento, se habría instalado una nueva población indígena, como se refleja en las características constructivas y materiales de ambas casas, entre las que destacaban las cerámicas pintadas de tradición numantina que ahora acusaban un rígido geometrismo, reflejo de cierto distanciamiento estético de las cerámicas de la etapa previa. Esto además tendría un correlato histórico documentado 93 R. LiceRas-GaRRido; s. a. QuinteRo; a. JimenoDe la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 1-104) por Apiano (Hisp., 98), quien señalaba que las tierras de los numantinos fueron repartidas entre sus vecinos. Esta población habría perdurado hasta la nueva destrucción del asen- tamiento en las Guerras Sertorianas (75-72 a. n. e.). 2.3.4. Campaña 2001: la muralla en el Barrio Sur (fig. 3C) Los trabajos de limpieza del Barrio Sur tenían como objetivo la documentación de un área de 3.200 m2 excavada a principios del siglo xx (VVAA, 1912: 3-5). El proyecto tenía un triple objetivo: arrojar luz sobre la superposición estratigráfica de Numancia, entender la lógica espa- cial de las casas imperiales romanas y documentar las fortificaciones del área sur de la ciudad. La muralla de esta zona había sido muy afectada por la urbanística de época impe- rial, ya que fue reutilizada nuevamente como aterrazamiento creando una urbanística a dos niveles, en la que frecuentemente se alzaban viviendas en el escalón superior y patios porticados en la parte inferior. Del mismo modo, se documentó la existencia de dos urbanísticas superpuestas, donde la orientación de las viviendas difería (Jimeno et al., 2018; Jimeno y Chaín, 2005-2006: 251-253). El primer trazado urbano era más antiguo, con casas rectangulares (12 × 4-6 m), adosadas a la muralla por uno de sus lados estrechos, que tendrían una correspondencia cronológica con las casas del siglo i a. n. e. excavadas en la zona norte. Por contraposición, una segunda urbanística de época romana, más regular, se superponía presentando casas de mayores dimensiones y distribución más compleja. 3. Caracterización del sistema defensivo de Numancia 3.1. Defensas naturales Numancia se situaba en la parte superior del cerro de La Muela, un enclave estratégica- mente defendido de modo natural, ya que se alzaba sobre la confluencia de los ríos Tera- Duero y Merdancho, que discurren en sentido norte-sur y este-oeste, respectivamente. En la actualidad, la región cuenta con numerosos embalses y canales de riego que han alterado el régimen hídrico y la vegetación de la zona. Sin embargo, estudios de paleo- caudal realizados en la cuenca media del río Duero estiman que en la antigüedad el caudal habría sido entre 5-10 m por encima del actual. Esto habría provocado que el río Duero pudiese ser navegable en algunos momentos del año, tal y como recoge Apiano (Hisp., 91) (Liceras-Garrido, 2022b: 4-7). La morfología del relieve y el abundante caudal de ambos valles habrían convertido a los ríos, especialmente al Duero, en fosos defensivos. A esto, se ha de añadir que las laderas oeste, sur y sureste presentan caídas escarpadas desde la parte superior del cerro, dificultando el acceso. R. LiceRas-GaRRido; s. a. QuinteRo; a. Jimeno De la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica 94 PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 1-104) Por el contrario, el área noreste habría sido la más accesible con una suave pen- diente de ascenso. En la antigüedad, la gran llanura de ese sector de Numancia habría estado ocupada por una amplia laguna y otras zonas de acumulación de agua que fueron desecadas a finales del siglo xix (Rabal, 1889: IX). Evidencias de estas lagunas pueden ser observadas aún en las imágenes del vuelo americano de 1957 (fig. 5). Mediante los textos grecorromanos (Apiano, Hist. 90), sabemos que estas masas de agua dificultaron el estab- lecimiento del cerco de Escipión alrededor de la ciudad, obligándole a cambiar el modelo constructivo respecto a otros sectores. Es precisamente en esta zona donde se orientaba la puerta más fortificada de las construcciones defensivas. Del mismo modo, Schulten (1945: 112), apoyándose en Apiano (Hisp., 76), interpretó que esta zona habría sido reforzada con zanjas y empalizadas para dificultar el ascenso desde la llanura. 3.2. Defensas artificiales 3.2.1. Muralla A través de las campañas arqueológicas del siglo xx, ha sido posible reconstruir la principal línea amurallada de la segunda Edad del Hierro. Esta habría contado con una longitud Figura 5. Fotografía aérea del Vuelo Americano, 1957 (Instituto Geográfico Nacional, www.ign.es), en la que se resaltan los ríos, las lagunas y el emplazamiento de Numancia. 95 R. LiceRas-GaRRido; s. a. QuinteRo; a. JimenoDe la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 1-104) de alrededor de 1.100 m, habiéndose documentado mejor el trazado de las zonas oeste y norte, ya que concentraron la mayor parte de las intervenciones, mientras que el área sur-este es peor conocida. A lo largo de su recorrido, las características constructivas son similares. La parte infe- rior fue realizada con paramentos de gruesas piedras, reforzados con tirantes transversales paralelos, lo que permite suponer que este tipo de fábrica era el más generalizado de la muralla. Schulten (1931: 119) también hizo mención a un tramo construido con espina central en el área noroeste y los trabajos del Plan Director en la puerta norte revelaron la presencia del mismo esquema constructivo para la muralla antigua de Numancia. De este modo, parece que las murallas con cortinas de cajones fueron las más características de la poliorcética celtibérica tardía (Berrocal y Moret, 2007: 19; Lorrio, 2005: 79). Este tipo de construcciones eran bien conocidas en el sur y centro peninsular, y en el Mediterráneo (Moret, 1996: 83-84). Frente a la uniformidad de la obra y anchura transmitidas por Schulten (6 m de grosor), los trabajos de González Simancas y del Plan Director permitieron observar las diferencias a lo largo del trazado, influenciadas por las defensas naturales del cerro de La Muela. De este modo, en el lado occidental, se conservaba casi 1 m de elevación y un espe- sor desigual cuyo grosor oscilaba entre 5-1 m. Sin embargo, en el sector noreste, González Simancas (1926) documentó hasta 2 m de altura y un grosor de 3,4 m (fig. 2E). En el tramo norte de la muralla, se aprecia una remodelación en el trazado. El carácter curvilíneo de la factura de la muralla más antigua habría dificultado el control visual de la entrada. Por ello, en torno al siglo ii a. n. e., se modificó por un trazado rectilíneo que mejorase la visibilidad de la puerta desde todo el adarve norte (fig. 4B y C). Además, la parte superior de las construcciones habría estado rematada por entra- mados de madera y tapial o adobe como se observó en el tramo de muralla antigua en la puerta norte y en otros asentamientos como Castilmontán (Arlegui, 1992) y Pintia (Sanz Mínguez et al., 2011). Esta forma de construcción hace pensar en referencias como la de Apiano (BC., I, 112) sobre el incendio de las murallas de la vaccea Pallantia en la guerra de Pompeyo del 74 a. n. e. Finalmente, en el sector oeste-suroeste, las casas no se adosaban a la muralla, docu- mentándose una calle de ronda. La zona donde esta calle ha ofrecido una mayor infor- mación ha sido en la manzana IV excavada por Schulten y revisada en 1996 por el Plan Director, poniendo al descubierto 12 m de la calle de circunvalación (fig. 3B). 3.2.2. Torres Las torres cuadradas son las más comunes para este periodo y tipo de construcciones (Moret, 1996: 204-213; Lorrio, 2005: 79-84). Sin embargo, la información relativa a las mismas es bastante escasa. En la zona oeste, se pudo documentar un tramo de muralla estrecho que doblaba en ángulo recto para unirse a un torreón triangular con cinco pelda- R. LiceRas-GaRRido; s. a. QuinteRo; a. Jimeno De la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica 96 PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 1-104) ños de acceso (fig. 2A). Hasta esta entrada debía de llegar un pequeño camino empedrado, localizado por González Simancas (1926: 11, 17), que accedía a la ciudad por encima de la actual ermita de Los Mártires. El sistema de doblar la muralla formando puertas había sido frecuente en los recintos murados de los castros de la primera Edad del Hierro loca- lizados en las estribaciones del sistema ibérico próximos a Numancia (Taracena, 1926, 1929; Romero, 1991). Aunque no se conocen torreones en la zona occidental, se advier- ten ensanchamientos que podrían haber estado relacionados con la sujeción de torres de control de acceso o posiciones estratégicas de vigilancia (fig. 2B). En la zona este, Schulten incluía una alineación de 70 m del lienzo de muralla en su mapa general de la ciudad (fig. 2F). El ancho documentado en esa zona fue de 3,40 m, similar a lo mencionado por González Simancas en la puerta norte. Además, esta área incluye la presencia de dos posibles torres cuadrangulares que habrían sobresalido 5 m de la muralla, separados por una distancia de 25 m (VVAA, 1912: 19; Jimeno y Benito, 1999: 308). No obstante, la información más completa sobre este sector se encontraba nueva- mente en la puerta norte excavada por González Simancas y revisada en el año 1998 con dos torreones cuadrados y el bastión triangular delantero (fig. 2E, 3D). 3.2.3. Puertas Cuatro son las puertas que se han documentado para la muralla de Numancia. Dos de ellas estaban bien defendidas, ya que presentaban torres cuadradas o triangulares. La puerta norte era la más fortificada con la entrada en codo y el bastión triangular, ya que se encon- traba situada en el área más accesible al enclave (fig. 2E). Por el contrario, la puerta oeste defendida por el torreón triangular mostraba el mayor estrechamiento de la muralla hasta alcanzar 1 m, ya que el acceso a ese sector presentaba una pendiente escabrosa y de difícil tránsito (fig. 2A). La monumentalización de los umbrales de las fortificaciones ha sido documentada también en Uxama por Taracena (1941: 125-134), quien observaba la base de dos torres prismáticas y un cuerpo de guardia en la zona sur de acceso a la ciudad desde la necrópolis de El Portuguí. También, en Termes, puede apreciarse el énfasis constructivo de la puerta oeste y la Puerta del Sol, excavadas en la arenisca natural. Por último, en Numancia, se conocían dos puertas en la zona noroeste formadas por simples interrupciones en la muralla. Una de ellas se trataba de un portillo. Es interesante que González Simancas (1914: 29) documentase a media ladera un fragmento de bóveda craneal humana coincidiendo con esta poterna de la muralla. Esto podría relacionarse con la costumbre de exhibir cráneos clavados en las puertas de oppida como La Cloche (Bouches-du-Rhône, Francia) (Armit, 2012: III, 6, 10). Por el contrario, la otra puerta habría presentado un mayor tamaño (5,75 m) (fig. 2B), pero fue puesta en duda por González Simancas (1926: 10; Croquis II) al interpretarla como fruto de las posteriores labores agrícolas que habrían extraído la piedra para facilitar el paso a las tierras de cultivo de la parte superior del cerro. 97 R. LiceRas-GaRRido; s. a. QuinteRo; a. JimenoDe la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 1-104) Se desconocen las puertas del lado oriental y sur, aunque por la zona meridional asciende un camino desde el río Duero que podría haber llevado a dicha puerta. Sin embar- go, esta zona fue la más afectada por la extensión de la ciudad en época romana, borrando sus huellas. Es aún necesario documentar una entrada en la zona sur que conectase la ciudad y la necrópolis, aunque no es descartable que hubiese habido otras puertas sin monumentalizar o portillos a lo largo de todo el recorrido de la muralla. 3.2.4. Desagües También se han documentado dos desagües en el sector oeste. El primero de ellos habría sido una interrupción en el muro frente a la calle romana M (fig. 2C), observado en las intervenciones de González Simancas (1926: Croquis I). El segundo desagüe se encontró en la puerta oeste. Este discurriría paralelo a la calle de salida, cubierto por lajas de piedra, paralelo al torreón triangular (González Simancas, 1926: 12, Croquis III; Schulten, 1931: Abb. 38) (fig. 2A). La existencia de salidas de aguas es frecuente en este tipo de fortifica- ciones, encontrándose construcciones similares en Castilmontán (Arlegui, 1992: 513) o El Molón (Camporrobles, Valencia) (Lorrio, 2007: 226). 3.2.5. Antemuros y foso La existencia de antemuros o dobles cercos no solo fue planteada bajo la influencia de las representaciones imaginadas de Numancia, sino también por la propia disposición de la muralla en la zona superior de la meseta, ya que dejaba desprovista la defensa de las laderas, particularmente en las áreas occidental y suroccidental. Esto se debe a que la muralla se encontraba alejada de la visera natural y existían numerosos aterrazamientos en la parte inferior que podrían haber impedido las funciones de control y defensa para las que la muralla había sido concebida. Este interrogante estratégico llevó a diferentes investigadores a asumir la existen- cia de varios cercos murados que permitieran explicar un sistema de fortificación más idóneo. Sin embargo, una de las principales dificultades a las que se enfrentaron desde inicios del siglo xx (y que hoy persiste) es la ubicación de las terreras de las excavaciones de la Comisión que fueron acumuladas en las laderas de la ciudad, alterando para siem- pre la orografía original. Este hecho fue una queja permanente de González Simancas (1914: 20), ya que dificultaba enormemente su misión de estudiar las fortificaciones numantinas. A pesar de los problemas derivados de la acumulación de las tierras de las excavacio- nes antiguas, en 1995 se pudo documentar un antemuro de 2 m de ancho en una terraza inferior a la muralla a una distancia de 50 m. La posición de este antemuro habría ofrecido una mejor protección a la zona y habría solucionado los problemas de control que ofrecían los escalonamientos del terreno (Jimeno y Benito, 1999: 309, fig. 4). R. LiceRas-GaRRido; s. a. QuinteRo; a. Jimeno De la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica 98 PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 1-104) González Simancas en sus trabajos en la zona sureste y norte también documentó otros trazados defensivos. En la zona sureste documentó una zanja o foso en dirección paralela a lo que habría sido la muralla de la ciudad en una zona de difícil acceso por la existencia de una ladera muy escarpada que caía hacia el río Merdancho (González Simancas, 1926: 18-20) (fig. 2H). Del mismo modo, en una cata a unos metros más hacia el norte (fig. 2G), se pudo documentar la posible cimentación de un antemuro de 0,85 m de grosor. En esta zona, la Comisión no documentó un lienzo de muralla como tal, lo que argumentó con la existencia de unas excelentes condiciones de defensa natural (VVAA, 1912: 10). Sin embargo, en 2001, la revisión del Barrio Sur puso de relieve como la muralla celtibérica fue amortizada e integrada en las construcciones domésticas romanas, por lo que la fortificación principal se encontraba a una distancia de 30 m hacia el interior de la ciudad desde el lugar en el que la Comisión estaba llevando a cabo intervenciones para documentarla. En las excavaciones de la puerta norte, González Simancas también documentó un tramo de antemuro (fig. 2E). Sin embargo, en la revisión llevada a cabo en 1998, la re- excavación de esta estructura probó que la anchura era mayor que la propuesta ante- riormente (2 m frente a 1,3 m) y presentaba una espina central como la mencionada por Schulten para el noroeste (fig. 3D). Como ya hemos señalado anteriormente, este antemuro correspondía a una muralla más antigua anterior a la fortificación de la puerta norte, cuya remodelación cambió todo el trazado de la muralla en ese sector (fig. 4C). 4. La biografía de las fortificaciones numantinas En el cerro de La Muela, se ha documentado una ocupación de población intermitente, cuyas evidencias más antiguas se remontan al Neolítico Final. Del mismo modo, tam- bién se han registrado materiales del Calcolítico, Edad del Bronce e inicio de la primera Edad del Hierro (Fernández Moreno, 1997). De estas ocupaciones, hay artefactos por toda la parte superior del cerro, documentados en las excavaciones de Schulten (1931) y de la Comisión de Excavaciones (Fernández Moreno, 1997). Sin embargo, los primeros restos de estructuras prehistóricas se registraron en el año 1998 con la aparición de un pequeño tramo de fosa de cimentación para una empalizada de 2,2 m que surge bajo uno de los torreones de la puerta norte. Del mismo modo, entre las casas de la muralla, paralela a la fortificación de la segunda Edad del Hierro, apareció otra zanja similar también rellena con materiales del momento de transición entre el Bronce Final y la primera Edad del Hierro (fig. 3D, E). Estas evidencias habrían sido los primeros testimonios de delimitaciones artificiales de los múltiples asentamientos documentados arqueológicamente. Los tramos de empalizada podrían haber correspondido al cierre de un reducido grupo de población, establecida temporalmente en la zona noreste de La Muela. Aunque las abundantes evidencias de 99 R. LiceRas-GaRRido; s. a. QuinteRo; a. JimenoDe la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 1-104) material cerámico y lítico nos hacen pensar en ocupaciones estacionales que se habrían distribuido por toda la cumbre del cerro. Sin embargo, fue con los inicios del urbanismo cuando se documentan las primeras evidencias de una muralla propiamente dicha que fortificaba el núcleo de población. En esta región, el origen del proceso urbano se ha fechado en torno al siglo iv a. n. e. cuando Numancia se configuró como un verdadero centro organizador, administrativo y político de su territorio (Liceras-Garrido y Quintero Cabello, 2017; Liceras-Garrido, 2022a). Las fortificaciones en el contexto urbano de la segunda Edad del Hierro fueron poli- sémicas, sirviendo tanto para la defensa de sus habitantes como símbolos de identidades étnicas, especialmente aquellas relacionadas con la región y/o el territorio. La función defensiva es irrebatible en este caso. Las sociedades de la Edad del Hierro estaban carac- terizadas por la ideología marcial (Armit, 2012; King, 2010), en las que la violencia era un elemento estructural que contribuía a la cohesión social (Gracia Alonso, 2003: 39-43; Almagro y Lorrio, 2004). Por ello, numerosos objetos de prestigio encontrados en las necrópolis pueden relacionarse con la guerra y la violencia. Así, se registran armas, fíbu- las de caballito decoradas con cabezas cortadas para vestir el cuerpo, y una iconografía fuertemente masculina, en la que las diferentes facetas de la vida guerrera y la dimensión ecuestre eran los principales temas representados (Almagro 2005). No obstante, actual- mente sabemos que dichos símbolos no solo se atribuyen al género masculino, ya que un elevado número de estos objetos aparecen en enterramientos femeninos e infantiles (Liceras-Garrido, 2021). La violencia fue, también, una estrategia de poder crucial para obtener parcelas de poder, conservarlas y afianzarlas (Liceras-Garrido, 2022b: 149-171). Por ello, las murallas y otras formas de fortificación, además de para el conflicto, habrían supuesto auténticos símbolos de las identidades colectivas de tipo étnico-territorial. Aunque mediante la documentación arqueológica podamos tener la impresión de que los sistemas defensivos habrían sido fijos con elementos estables en el tiempo, la realidad muestra elementos cambiantes dependiendo de las necesidades de la comunidad. Por ello, se aprecian reparaciones y/o restructuraciones en las murallas como la modificación que sufrió la puerta norte de Numancia (fig. 4C), en la que además de la sustitución de una puerta directa por una entrada fortificada que limitase el acceso directo al interior, se cambió el trazado para conseguir un mejor control visual del área. Este tipo de proyectos comunitarios también se han documentado en asentamientos como Castilmontán, donde se construyeron dos torreones (uno en el exterior y otro interior) en un área ciega del centro de la muralla (Arlegui, 1992). El impacto visual de los asentamientos fortificados debió influir tanto en la percep- ción de los miembros de la comunidad como en los «otros». Para los miembros de la comunidad, las fortificaciones eran proyectos comunales para los que habría sido nece- sario movilizar recursos individuales y comunitarios para su construcción, reparación o modificación. Se habrían llevado a cabo en eventos puntuales, como los work party feast (Sharples, 2010), y habrían estado revestidos de ritualidad y festividad, en los que toda la población, incluyendo mujeres, niños y ancianos, habría colaborado en la preparación, R. LiceRas-GaRRido; s. a. QuinteRo; a. Jimeno De la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica 100 PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 1-104) construcción, soporte, abastecimiento y conocimiento. La participación directa o indirecta en el trabajo habría dotado a estas estructuras de un sentimiento de pertenencia y de iden- tidad. Mientras que, para los «otros», habrían supuesto elementos disuasorios en algunos casos y una defensa real ante eventos violentos. Un número significativo de los elementos defensivos que se registran en la Numancia de la segunda Edad del Hierro estuvieron relacionados con la conquista romana y el final de la ciudad. Los casi veinte años de guerras y el dramático final, cuyo resultado pro- dujo un gran incendio documentado por todo el asentamiento, han condicionado tanto las evidencias como nuestra percepción de estas comunidades. Algunos de los elementos del sistema defensivo de Numancia como la presencia del antemuro de la ladera oeste, y posiblemente la ladera sur, podrían haber sido fruto de estos enfrentamientos con Roma, al igual que la remodelación de la puerta norte. Además, el establecimiento de campa- mentos tan relevantes como La Atalaya (Renieblas), ubicado en el mismo corazón del territorio de Numancia (Liceras-Garrido, 2022b: 107-109, fig. 5.8), debieron de condicionar enormemente los sistemas defensivos, así como provocar una fuerte redistribución de la población de las aldeas y alquerías situadas en las inmediaciones del campamento romano. Por ello, quizá, la referencia de Apiano (Hisp., 46) sobre Numancia como la ciudad más poderosa de los arévacos se viese influenciada por un repentino crecimiento en población y monumentalidad de sus fortificaciones. Tras la conquista y destrucción de la ciudad en el 133 a. n. e., Apiano (Hisp., 98-99) mencionaba que Escipión distribuyó el territorio de Numancia entre sus vecinos. Sin embargo, la Comisión de Excavaciones (1906-1923), tras casi 20 años, mantuvo que la ciudad habría estado despoblada desde su destrucción hasta época de Augusto, cuando se construyó un nuevo núcleo de población a partir del 29 a. n. e. (Jimeno et al., 2017: 66). Sin embargo, las campañas arqueológicas del Plan Director contradicen estos datos. La evidencia más clara se ha encontrado en las casas de la zona norte (1999-2000), ya que pusieron al descubierto dos viviendas adosadas a la muralla del siglo i a. n. e. Según los datos estratigráficos de la excavación, la muralla debió ser desmantelada parcialmente tras la conquista, ya que había sido amortizada antes de la construcción de las casas. Además, los datos aportados por Schulten y Koenen en las excavaciones de la muralla suroeste y la revisión de la estratigrafía del Barrio Sur permitieron documentar la existencia de una ciudad intermedia entre la celtibérica que finalizó en el 133 a. n. e. y la ciudad imperial romana que se inicia en el cambio de era (Jimeno et al., 2018). Finalmente, con el inicio del Imperio, se construyó una ciudad romana en la que las murallas y otras fortificaciones quedaron totalmente desmanteladas e integradas dentro de la urbanística imperial como se pudo observar en el Barrio Sur, donde el escalón pro- ducido por la muralla fue utilizado para construir viviendas a dos alturas. El uso del lienzo de muralla en este sector de la ciudad a modo de terraza para las construcciones romanas es precisamente lo que ha permitido la conservación de las secuencias estratigráficas más completas tras las labores de allanamiento que se llevaron a cabo para alzar las nuevas construcciones de la ciudad imperial (Jimeno et al., 2017: 57; 2012: 214). 101 R. LiceRas-GaRRido; s. a. QuinteRo; a. JimenoDe la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 1-104) 5. Conclusiones A lo largo de este trabajo se han planteado las diferentes hipótesis, intervenciones arqueo- lógicas y la problemática en la reconstrucción biográfica de las fortificaciones de la segunda Edad del Hierro del oppidum de Numancia. En un primer momento, la perspectiva de Floro de una ciudad sin defensas engranaba bien con la imagen heroica que envolvía el mito numantino. A esto, se unía el mal estado de conservación de la muralla descubierta y las irregularidades constructivas, lo que fomentó que las defensas no tuvieran un tratamiento especial en las primeras memorias oficiales, e incluso, que los trabajos desarrollados por González Simancas sobre este tema tuvieran una tímida acogida. Esto pudo ser consecuen- cia de que, además de demostrar la existencia de un complejo sistema defensivo, ofrecían una interpretación estratigráfica diferente a la transmitida oficialmente por la Comisión de Excavaciones (C. f. Jimeno et al., 2012). La guerra en la protohistoria peninsular era resultado de un modelo complejo con influencias mediterráneas, principalmente púnicas y romanas, fruto de la participación de contingentes celtibéricos en las guerras por el control del Mediterráneo (Gracia Alonso 2003, 2006; Quesada, 2006, 2017). En los siglos iii y ii a. n. e., los ejércitos combatían siguiendo tácticas de orden cerrado (Gracia Alonso, 2006: 82; Quesada 2002, 2006: 163). Además, sus integrantes conocían bien las reglas básicas de la poliorcética, el modo de construir y adaptar los trazados antiguos de las murallas contra el empleo de armas de asedio y la guerra de sitio. Una consecuencia de ello fue la creación de sistemas de fortifi- caciones complejos, adaptados a las fórmulas de combate mediterráneas. Numancia presentaba un sistema defensivo perfectamente adecuado a las característi- cas topográficas del enclave. Una muralla reforzada por torres (cuadradas y triangulares) limitaba el espacio construido. El sector oeste y sur del muro de fortificación tenía menor grosor, ya que era el área más fácilmente defendible por los fosos naturales de los ríos, aunque presentaba antemuros que mejoraban la defensa de ciertos sectores, solucionando así los problemas de control presentados por los escalonamientos y viseras de las laderas. Sin embargo, en la zona norte y noreste, el acceso natural era más sencillo por lo que la anchura de la muralla era mayor llegando a los 3,40 m y la puerta norte fue remodelada para un mejor control del flujo de acceso y control visual de todo el sector. Además, era el área en la que Apiano (Hisp., 76) mencionaba la presencia de zanjas y empalizadas en el camino que ascendía desde la llanura durante el cerco de Escipión. Sus constructores debieron tener un conocimiento técnico y militar avanzado. Tal y como afirmaba F. Gracia Alonso (2006: 78), «un mercenario especializado conoce su oficio, sabe cómo se construye una fortificación, cómo se emplea en la defensa, y cómo debe actuarse contra ella». Así, la participación de guerreros locales en las aventuras mediterráneas y la movilidad generalizada de ideas y conocimientos constructivo-militares habría influido en la reorganización de las fortificaciones y armamento de las comunidades celtibéricas, dando lugar a remodelaciones en el trazado y en su fortificación, como las documentadas en la puerta norte de Numancia o las murallas de Castilmontán. R. LiceRas-GaRRido; s. a. QuinteRo; a. Jimeno De la Numancia imaginada a la evidencia arqueológica 102 PYRENAE, vol. 54 núm. 1 (gener 2023) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 1-104) A lo largo de un siglo de excavaciones arqueológicas en las fortificaciones de Numancia, se ha podido identificar y documentar el trazado de las estructuras principales. Sin embargo, en el futuro, será necesario solucionar los problemas de identificación del trazado en las áreas sur y este, priorizando el uso de técnicas no destructivas como geofísica, fotogrametría o aná- lisis de datos LiDAR, de modo que obtengamos una visión más comprensiva de la secuencia y caracterización de las diferentes remodelaciones que tuvieron lugar en este enclave. Agradecimientos Esta investigación ha sido financiada por la Junta de Castilla y León mediante el Plan Director de Numancia y por un contrato postdoctoral María Zambrano financiado por los fondos europeos Next Generation para la recualificación del sistema universitario 2021-2023 del Ministerio de Universidades. También queremos agradecer a Enrique Cerrillo-Cuenca el hecho de habernos facilitado el sombreado del terreno producido con datos LiDAR y a Marisa Revilla por su apoyo durante la investigación. ALMAGRO, M., 2005, Ideología ecuestre en la Hispania prerromana, Gladius 25, 151-186, https://doi.org/10.3989/gladius.2005.27 ALMAGRO, M. y LORRIO, A., 2004, War and society in the Celtiberian world, E-Keltoi 6, 73-112. Consulta: 15 de mayo de 2022. Disponible en ARLEGUI, M., 1992, El yacimiento celtibérico de ‘Castilmontán’ Somaen (Soria), in II Symposium de arqueología soriana, vol. I, Diputación Provincial de Soria, Soria, 495-514. ARMIT, I., 2012, Headhunting and the body in Iron Age Europe, Cambridge University Press, Nueva York. BERROCAL, L. y MORET, P., 2007, Las fortificaciones protohistóricas de la «Hispania» céltica, in L. Berrocal y P. Moret (eds.), Paisajes fortificados de la Edad del Hierro las murallas protohistóricas de la meseta y de la vertiente atlántica en su contexto europeo cuestiones, Real Academia de la Historia y Casa de Velázquez, Madrid, 15-34. DE LA TORRE, J. I., 1998, Numancia, usos y abusos de la tradición historiográfica, Complutum 9, 193-212. 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