UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID FACULTAD DE CIENCIAS POLÍTICAS Y SOCIOLOGÍA TESIS DOCTORAL La organización y transformación de las redes de poder en Israel y su impacto en la estructura internacional: un análisis de la aplicabilidad del modelo IEMP de Michael Mann MEMORIA PARA OPTAR AL GRADO DE DOCTOR PRESENTADA POR Sonia Sánchez Díaz Directora Carmen López Alonso Madrid © Sonia Sánchez Díaz, 2023 1 FACULTAD DE CIENCIAS POLÍTICAS Y SOCIOLOGÍA Programa de Doctorado en Ciencias Políticas y de la Administración y Relaciones Internacionales LA ORGANIZACIÓN Y TRANSFORMACIÓN DE LAS REDES DE PODER EN ISRAEL Y SU IMPACTO EN LA ESTRUCTURA INTERNACIONAL. UN ANÁLISIS DE LA APLICABILIDAD DEL MODELO IEMP DE MICHAEL MANN MEMORIA PRESENTADA PARA OPTAR AL GRADO DE DOCTOR POR Sonia Sánchez Díaz Bajo la dirección de la Doctora: Carmen López Alonso Madrid, 2022 3 AGRADECIMIENTOS Escribir esta sección de agradecimientos ha sido una de las tareas más complejas de elaborar en esta tesis. Resulta a veces difícil establecer las líneas de causalidad que se pierden en el transcurrir del tiempo hasta señalar un origen; y comenzar a desenhebrar desde ahí el hilo de gratitud que me ha conducido hasta estas páginas. Vaya pues mi primer agradecimiento hacia mis padres, Antonio y Encarnación. Sin ellos, nada de esto hubiera sido posible. Su memoria de compromiso social, sus valores y su ejemplo de trabajo duro, desapercibido y cotidiano me han acompañado siempre y han sido para mi un referente esencial. Mi segundo agradecimiento es para mis maestros. Todos aquellos profesores que en el turno de tarde de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología me enseñaron las claves de nuestra ciencia y despertaron en mí la fascinación por encontrar respuestas. Me gustaría agradecer muy en especial a los profesores José María Ordoñez, Francisco Sánchez Pérez, Joelle Bergere, Roberto Mesa, Francisco Javier Aldecoa y mi directora de tesis, Carmen López Alonso, a quien conocí durante mi primera estancia como estudiante de postgrado en Israel hace 21 años, por su trabajo de investigación y su legado, y por haber hecho una labor de dirección inmejorable. Vaya mi agradecimiento también hacia mis profesores de máster y postgrado de la Universidad Hebrea de Jerusalén: Reuben Hazan, Gabi Sheffer, Sasson Sofer, y muy particularmente Mario Sznajder, maestro y amigo, siempre dispuesto a ayudar, y cuyo último libro ha sido para mi una guía. También debo agradecer la labor de mis profesores en la Universidad de Durham: Emma Murphy y Anoush Ehteshami. A todos ellos, gracias por apoyarme, creer en mí y dirigir mis pasos hacia el saber. Si he visto más, es poniéndome sobre los hombros de Gigantes… Al llegar relativamente tarde al mundo de la academia, dejo tras de mi un recorrido profesional del que también me siento deudora. Me gustaría agradecer, particularmente, a Enrique Barón, expresidente del Parlamento Europeo, y a Javier Moreno Sánchez, Diputado al Parlamento Europeo, por haberme ofrecido mi primera oportunidad laboral y permitirme trabajar sobre Israel y Oriente Medio desde otra perspectiva. Particularmente relevantes han sido, en este sentido, los ocho años que pasé en Centro Sefarad-Israel como directora de educación e investigación, lo que me permitió viajar con frecuencia a Israel y estar en contacto con un variado elenco de su sociedad civil. Me siento particularmente deudora con su ex director general, Miguel de Lucas, quien siempre me apoyó en los momentos más difíciles y me facilitó la conciliación de mis 4 obligaciones laborales con el inicio del doctorado y la vida académica. Y a todos mis compañeros, particularmente Esther Bendahan y Yessica San Roman, por sus inspiradoras conversaciones acerca del mundo judío, Israel y el Holocausto, y por creer en mí y animarme siempre. Gracias por haber hecho del tiempo que compartimos juntos un “camino de leche y miel”. No puedo dejar de extender un cariñoso agradecimiento al profesor Alfredo Hidalgo, quien me ofreció la oportunidad de dar mi primer curso sobre Israel en la Universidad Nacional de Educación a Distancia y quien contó conmigo para mis primeras publicaciones. Quiero expresar mi más afectuosa gratitud para quienes me abrieron las puertas de la Universidad Francisco de Vitoria: la directora de la Facultad de Comunicación, Paula Puceiro, el Padre Florencio Sánchez y el ex director del grado en Relaciones Internacionales, Florentino Portero. El momento en que lo hicieron, así como el apoyo y la confianza que siempre me han mostrado, han sido para mí el mejor estímulo para comenzar esta tesis. Paula para mí es un ángel. Ella sabe por qué… Dedico también este trabajo a todos mis compañeros del Grado en Relaciones Internacionales de la Universidad Francisco de Vitoria: a su director, Víctor Cortizo, y a los profesores Javier Gil, Belén García-Noblejas, Carmen Isolina Egea, Diego Martínez, Javier Gómez y tantos otros que siempre me habéis preguntado por mis progresos y con los que he podido intercambiar dudas, inquietudes y problemas teóricos y metodológicos. Por supuesto, no puedo dejar de agradecer también a mis alumnos de “Geopolítica” y “Oriente Medio” de estos últimos años, por su paciencia conmigo y por inspirarme a seguir queriendo ser lo que soy: profesora en Relaciones Internacionales. En el ámbito personal, agradezco muy profundamente el cariñoso apoyo que siempre me ha mostrado mi compañero, Emanuele Treglia, y le pido perdón por el tiempo que le he robado y por todas las conversaciones en que, con infinita paciencia, me oía hablar sobre la historia del sionismo o las guerras de Israel. Sin él, esta tesis hubiera sido un mar sin orilla. Y, por último, quiero dedicar el trabajo de esta tesis a mi hijo Javier, por el tiempo que no he podido ofrecerle durante su redacción, por su comprensión, su apoyo y su infinita ternura… y por ser él el faro que ha guiado mi destino hasta este puerto. 5 La organización y transformación de las redes de poder en Israel y su impacto en la estructura internacional. Un análisis de la aplicabilidad del modelo IEMP de Michael Mann SUMARIO Introducción 1. Presentación, encuadre y justificación teórica 2. Presentación del modelo IEMP de Michael Mann 3. El modelo IEMP y el estudio de Israel. Primera parte: Justificación del caso de estudio y estado de la cuestión. Segunda parte: Una innovación metodológica: la aplicabilidad del modelo IEMP al estudio de caso de Israel 4. Los orígenes del sionismo 5. La Primera Guerra Mundial y el movimiento sionista 6. Las guerras de Israel: de 1947 a 1973 Primera parte: la guerra de 1947-49 Segunda parte: las guerras de 1947-49 y 1967 Tercera parte: de la guerra de 1956 a la guerra de 1973 7. Conclusiones Bibliografía 6 ÍNDICE GENERAL Páginas Lista de tablas y cuadros ………………………………………………………………16 Lista de imágenes………………………………………………………………………16 Lista de mapas …………………………………………………………………………17 Lista de figuras…………………………………………………………………………19 Siglas …………………………………………………………………………………..21 Glosario………………………………………………………………………………...22 Resumen………………………………………………………………………………..26 Introducción 28 Capítulo I. Presentación, encuadre y justificación teórica 34 1.1. La tarea de aprender y desaprender…………………………………….34 1.2. La teoría internacional: imágenes, corrientes y problemáticas………….36 1.2.1. Las teorías normativas…………………………………………..37 1.2.2. Las teorías explicativas…………………………………………38 1.2.3. Las teorías constitutivas………………………………………...42 1.3. La teoría de las relaciones internacionales en el siglo XXI. La sociología histórica y la necesidad de la multidisciplinariedad……..43 1.4. La problemática estructura-agente en la teoría de las relaciones internacionales. Perspectiva ontológica y epistemológica…..45 1.4.1. La perspectiva ontológica: el retorno del Estado y la sociología histórica…………………………………...…………47 1.4.2. La lógica binaria o/o del primer debate sobre el Estado en la teoría internacional…………………………………………...49 1.4.3. La lógica binaria ambas/y de la sociología histórica: hacia un segundo debate del Estado en la Teoría Internacional…………………………………………………….52 1.5. Resolviendo el dilema estructura-agente desde el modo de complejidad multicausal y multinivel. La sociología histórica neo-weberiana y su voluntad de complejidad…………………57 1.5.1. Teoría “estructuracionista” del Estado y de la arquitectura global. El retorno de Max Weber…………………………..58 7 1.5.2. Estructuras: ¿ámbitos de necesidad o de posibilidad? El poder agencial del Estado en J.M. Hobson…………………………..65 Capítulo II. Presentación del modelo IEMP de Michael Mann 71 2.1. Las fuentes del poder social: introducción y contexto teórico…………..71 2.2. El modelo IEMP y su implicación en el estudio del Estado…………….74 2.3. Poder y Estado en la obra de Michael Mann……………………………77 2.3.1. Estado, espacio y modos de ejercicio del poder ………………..80 2.3.2. Teoría del Estado polimorfo…………………………………….81 2.3.3. El poder y la búsqueda de la primacía última: modelo motivacional versus modelo organizacional…………………….83 2.3.4. Propiedad emergente……………………………………………83 3.3.5. Necesidad emergente…………………………………………...84 2.4. El modelo organizacional del poder de Michael Mann…………………86 2.4.1. Poder colectivo y poder distributivo……………………………86 2.4.2. El poder extensivo e intensivo; difuso y autoritario……………86 2.4.3. Medición de los aspectos del poder intensivo-extensivo y autoritario-difuso………………………..88 2.5. Poder y estratificación social en la sociología histórica neo-weberiana: el poder agencial como poder estructurante…………...90 2.6. Replanteamiento de la estratificación social y cuestionamiento de la sociedad como “niveles,” “dimensiones” o “sistemas”…………..92 2.7. Solución de la aporía: medios organizacionales………………………..95 2.8. Las cuatro fuentes y organizaciones del poder…………………………98 2.8.1. El poder ideológico……………………………………………..99 2.8.2. Formas ideológicas de organización…………………………..100 2.8.3. El poder económico…………………………………………...101 2.8.4. Formas económicas de organización…………………………..103 8 2.8.5. El poder militar………………………………………………..105 2.8.6. Formas militares de organización……………………………..106 2.8.7. El poder político………………………………………………106 2.8.7.1. ¿Qué es el poder del Estado…………………………...109 2.8.7.2. ¿Quién controla al Estado?............................................110 2.8.7.3. El Estado necesario……………………………………113 2.8.7.4. El Estado multifuncional………………………………113 2.8.7.5. El Estado territorial-centralizado………………………115 2.8.7.6. El Estado contemporáneo: particularidades y Resultados……………………………………………..125 2.8.7.7. La centralidad del poder infraestructural………………127 2.8.8. Aspectos organizacionales del poder político………………….129 2.9. El modelo IEMP de Michael Mann: un corolario en forma de alcance, omisiones y aplicación práctica………………………………131 Capítulo III. Caso de estudio: Israel. 137 Primera parte. Justificación y enfoques teóricos…………………..……....137 3.1. Israel: ¿un Estado a la vanguardia del poder? Justificación de la muestra empírica………………………………………………...138 3.2. Israel: una explicación de sus cambios acelerados y de su ligera resistencia inercial en el contexto de la postmodernidad……………...142 3.3. El Estado de Israel: estado de la cuestión, obras y revisión crítica de las principales corrientes y enfoques……………………….148 3.3.1. El Estado de Israel en perspectiva comparada………………...150 3.3.2. Historiografía y sociología en Israel: principales corrientes y enfoques…………………………………………..157 3.3.2.1. Obras de carácter sociológico………………….164 3.3.2.2. Obras de carácter económico…………………..170 3.3.2.3. Obras de carácter político……………………...174 3.3.3. Israel y la academia española………………………………….178 9 Segunda Parte. Una innovación metodológica: la aplicabilidad del modelo IEMP al estudio de caso de Israel 184 3.4. La historia de Israel como historia del poder………………………….184 3.5. Aplicación de la teoría del Estado polimorfo al caso de Israel………..191 3.6. Israel y el modelo organizacional del poder de Michael Mann……….192 3.7. El análisis de las cuatro fuentes y organizaciones de poder en el caso de Israel……………………………………………..…………196 3.8. El proceso de institucionalización de las cuatro fuentes del poder social en Israel………………………………………………….197 3.9. Análisis del poder autónomo del Estado en Israel…………………….200 Capítulo IV. De los orígenes del sionismo a 1948 209 4.1. El sionismo y su interacción con el entorno. Un análisis multi-espacial………………………………………………………….210 4.1.1. Análisis muti-espacial y cambios demográficos……………....212 4.1.2. Las aliyot y los cambios demográficos en Palestina……………224 4.2 Orígenes multicausales del sionismo a partir de las estructuras históricas de poder…………………………………………………….238 4.2.1. Las comunidades judías o kehillot……………………………..238 4.2.2. La Edad Moderna y la laicización de las kehillot como producto de la interacción con el entorno……………………………..238 4.2.3. La relación entre el despertar cristiano, el imperialismo, el nacionalismo romántico y el sionismo………………………………..244 4.3. Los retos organizativos derivados del fracaso de la asimilación y sus estrategias de salida: emigración, lucha de clases y nacionalismo…………………………………………………………..247 4.3.1. La emigración, la lucha de clases y el nacionalismo judío desde tres redes transnacionales de poder: la filantropía de los barones, el bundismo y el temprano despertar del sionismo………….250 4.3.1.1. La filantropía de los grandes barones: antisionismo y proto- sionismo en los representantes de la triarquía del poder judío europeo………………………..251 10 4.3.1.2. La emigración como rehabilitación moral colectiva frente a la caridad improductiva: la filantropía rentable del barón Maurice de Hirsch…………………………252 4.3.1.3. Sir Moses Montefiore, “el príncipe” judío……………255 4.3.1.4. La organización de la diplomacia judía en la Alliance Israelite Universelle: “Cada judío es responsable el uno por el otro”…………………………………………..…256 4.3.1.5. Baron Edmond de Rothschild de Francia, el conocido benefactor o HaNadiv………………………………261 4.3.2. El concepto de clase en el contexto de la estrategia de salida y la opción de integración en movimientos socialistas universalistas…………………………………………………..263 4.3.2.1. El bundismo y su opción por la descentralización “anti- nacional” a la vanguardia del proletariado: la revolución y la organización internacional judía……………...268 4.3.3. El Proto-sionismo: los Amantes de Sión y el decisivo encuentro de Leo Pinsker con el Imperio británico…………...274 4.3.4. El sionismo y los orígenes ideológicos del movimiento: los modelos organizacionales de Hess, Herzl y Jabotisnky…………..277 4.4. La institucionalización del poder ideológico y su modelo organizacional: el sionismo como modelo político/religioso/colonial……………………………………………..285 4.5. La Organización Sionista y el nuevo Yishuv (1897-1920): la institucionalización y territorialización del movimiento en torno a las redes IEMP de poder y la influencia del contexto internacional…………………………………………………294 4.5.1. Primeros conflictos entre las redes de poder ideológico y económico …………………………………………………………….297 4.5.2. El forjado de una sociedad nacional: la lengua y la religión como base de la regulación normativa y aceptación de la dominación…………………………………………………………….303 4.5.2.1. El sionismo cultural…………………………………...304 4.5.2.2. El sionismo religioso y su conflicto con el sionismo cultural: la cristalización moral del Estado……………………307 11 4.5.3. Las redes de poder político y el inicio de la hegemonía Laborista……………………………………………………….318 Capítulo V. La Primera Guerra Mundial y el movimiento sionista…..….326 5.1. Antecedentes: el canal de Suez y el futuro de Palestina en un contexto de competencia imperial y Capitalismo caballeresco…………………….326 5.1.2. El contexto internacional y la Declaración Balfour……….….332 5.1.3. La Declaración Balfour en el contexto de la comunidad judía británica y la Organización Sionista…………………………..337 5.2. La Primera Guerra Mundial y su impacto sobre Palestina…………....343 5.3. La construcción nacional del Yishuv y la centralización territorial de sus redes de poder a partir de 1920………………………………...353 5.3.1. La institucionalización de la autoridad política: representación nacional y gobierno……………………………354 5.3.2. La militarización del movimiento: las interpretaciones rivales de la havlagah (contención) y los hayalim almonim (soldados anónimos)…………………………………………...359 5.4. La Gran Revuelta árabe de 1936-39: ¿primera Intifada o guerra colonial?.................................................................................................370 5.4.1. La Revuelta árabe y su impacto en la organización policial imperial del Mandato…………………………………371 5.4.2. Orígenes y evolución de la Revuelta árabe………............…...372 5.5. Libertad o muerte: la alianza Lehi-Irgún contra el Imperio británico …………………………………………...378 5.5.1. La operación Saison: la semilla de la guerra civil en el Yishuv……………………………………………………383 5.5.2. El Movimiento de Resistencia Judía: la gran revuelta sionista………………………………………………..384 5.6. El desarrollo del poder infraestructural en el Yishuv………………….393 5.6.1. El conocimiento como cristalización del Estado……………...394 5.6.2. Los orígenes sociológicos de la educación como la cristalización moral de la nación……………………..401 12 5.6.3. La industria del diamante: la relación entre imperialismo y economía nacional……………………………………….….407 5.6.4. Las funciones tradicionales del Estado: la beneficencia asistencial……………………………………..411 5.6.5. Política fiscal y construcción estatal…..……………...………416 5.6.6. La inmigración ilegal o Aliyá Bet: el nuevo Arca de Noé……………………………………….…………..419 5.6.7. Pinjas Rutenberg: la relación entre poder infraestructural e Imperio como corolario de la cristalización sionista en el Yishuv…………………………….425 5.7. Conclusión: la interonomía de las redes………………………………431 Capítulo VI. Las guerras de Israel: de 1947 a 1973 433 Primera Parte: la guerra de 1947-49 433 6.1. La problematización de la guerra como categoría teórica para reconstruir la historia a la luz de las estructuras y del poder agencial de los actores…………………………………………………433 6.2. Principales debates y corrientes historiográficas en torno a la guerra de 1947-49…………………………………………………………….436 6.3. Periodización y evolución de la guerra de 1947-49 y sus implicaciones geopolíticas…………………………………………….440 6.3.1. La primera etapa: Vive la France! o la persistencia de la competencia inter-imperial europea………………………………...…441 6.3.1.1. La debilidad de las estructuras árabes: un análisis sobre la frágil solidaridad de la Liga Árabe y su papel en la guerra de 1947-49………………………………………..….449 6.3.2. La segunda etapa: la operación Nachson y el Plan Dalet como parte de la estrategia de transferencia ¿agente o estructura?..............................................................................454 6.3.2.1. El significado del Plan Dalet para el sionismo: el galut y la doctrina de la transferencia…………………….....461 6.3.2.2. Consecuencias derivadas del Plan Dalet para los árabes de Israel. Donde dice “persona” quiere decir “árabe”: el peaje orweliano de la democracia en Israel….……464 6.3.2.3. El Plan Dalet y las diferencias entre laborismo 13 y revisionismo………………………………………………...470 6.3.2.4. El muro de hierro con el mundo árabe: la primera política de Estado………………………………………………476 6.3.2.5. El Holocausto y su impacto sobre el mundo judío: El segundo Israel y las reparaciones de Alemania como la segunda gran política de Estado………………………479 6.3.2.6. El impacto de la estrategia de transferencia para los judíos de países árabes o musulmanes y su implicación sobre Israel…………………………………………………….481 6.3.2.7. El impacto sobre Israel de las reparaciones alemanas en el contexto de la llegada de los nuevos emigrantes judíos….484 6.3.2.8. El Holocausto como integración………………………488 6.3.2.9. El Impacto del Holocausto en la estructura Internacional…………………………………………………...493 6.4. La tercera etapa: la apertura de los tres frentes que ocasionaron la reconfiguración geopolítica de Oriente Medio………..495 6.4.1. El nacimiento del Tzahal y la industria de defensa de Israel…...501 6.4.2. Derivadas económicas de la industria de defensa para la evolución de la economía estatista-nacionalista-capitalista de Israel….504 6.5. La cuarta etapa: el Altalena y la “mamlachtiut"……………………….515 6.6. La quinta etapa: la Línea Verde………………………………………..522 6.6.1. La batalla contra Egipto y la conquista de la Península del Sinaí: el nacimiento del panarabismo como política de Estado y la configuración del sistema de relaciones estatales de la Guerra Fría…………………………………………………………….524 6.6.2. La operación Uvdá y la cuestión jordana……………………….526 Segunda Parte. La guerra de 1947-49 y de 1967 en el contexto de la sociología histórica 530 6.7. La ideología de la transferencia como parte del proceso de estatalización……………………………………………………….530 6.7.1. Hipótesis para la explicación de la limpieza étnica y la ideología de la transferencia en Israel…………………………………531 6.7.2. Un análisis de las consecuencias de las guerras de 14 1947-49 y 1967 desde el punto de vista del modelo IEMP de Michael Mann……………………………………………….546 6.7.2.1. El poder ideológico y su impacto sobre el éxodo Palestino……………………………………………………….550 6.7.2.2. El poder económico…………………………………...555 6.7.2.3. El poder militar………………………………………..559 6.7.2.4. El poder político………………………………………562 Tercera Parte: de la guerra de 1956 a la guerra de 1973 567 6.8. Auge y declive de los imperios informales en la región………………………………………………………….…567 6.8.1. Sir Marcus Samuel Moss y la competencia inter-imperial por hacerse con el oro negro de Oriente Medio……………………….570 6.8.2. Estados Unidos: nuevo imperio informal……………………….574 6.8.3. El globalismo nacionalista de Estados Unidos: imperio informal y teoría imperial según M. Mann…………………………….575 6.8.4. El caso de Palestina dentro del marco de la teoría de imperios de Mann……………………………………………………..579 6.9. El fin de los tratados imperiales de dominación que desembocaron en la guerra de 1956…………………………………..583 6.9.1 La inclusión de Egipto en las nuevas estructuras imperiales de la Guerra Fría. La guerra de Corea y l a extensión de la contención a Oriente Medio: el origen de la estrategia de los “twin pillars”………………………………….584 6.9.2. La reverberación egipcia del terremoto persa: el golpe de Estado de los Oficiales Libres y el contexto geopolítico que llevó a la crisis de Suez………………………………………………..589 6.9.3. La nacionalización del Canal de Suez y la operación Mosquetero……………………………………………………………599 6.9.4. Estados Unidos y su imperio informal mediante proxies en Oriente Medio ¿Imperio o interdependencia?.......................609 6.9.5 Impacto regional de la creación del Estado de Israel y su influencia en la militarización de Oriente Medio………….620 6.9.6. La guerra de 1956: la formación de una tradición en 15 política exterior………………………………………………………..622 6.9.6.1. El poder ideológico y su influencia en la política exterior de Israel………………………………………624 6.9.6.2. Las relaciones entre el poder ideológico y el poder militar en el diseño de la política exterior de Israel: las claves de su autonomía…………………………..629 6.10. La consolidación como potencia militar en la región y el camino hacia el “Gran Israel”: 1956-1967…………………………………….637 6.11. El impacto de la guerra de junio de 1967 sobre el sistema político Israelí………………………………………………………………………….642 6.12. La guerra de 1973: un momento neo-episódico………. ………………..647 6.12.1. Contextualización histórica y teórica: imperio informal, globalizaciones rivales y estructura geopolítica de Oriente Medio tras la Segunda Guerra Mundial……………………650 6.12.2. 1973: símbolo de un cambio de paradigma en la región………652 6.12.3. La guerra de 1973, el boicot petrolero de la OPEP y su impacto en el imperio informal……………………………………654 6.12.4. 1973 y la Hidra de Lerna de la insurgencia en Oriente Medio…………………………………………………………658 6.12.5. Recapitulación: la crisis del imperio informal y los dos modelos de emergencia intersticial……………………………662 6.13. Conclusión a modo de corolario: Michael Man’s On War y la soterocracia ……………………………………………………………….663 Capítulo VII. Conclusiones 666 Bibliografía 677 16 LISTA DE TABLAS Y CUADROS Páginas Tabla 4.1. Población de comunidades judías en el Yishuv 236 Tabla 4.2. Crecimiento de la población en Palestina de 1872 a 1948 237 Tabla 4.3. Censos de la población de Palestina de 1922 a 1945 386 Tabla 4.4. Composición industrial del PNB en precios corrientes (1935-1945) 388 Tabla 5.1. Cifras de muertos y heridos en Palestina en los tres meses siguientes al voto de la Resolución 181 445 Tabla 5.2. Comunidades árabes capturadas durante la operación Nachson 457 Tabla 5.3. La economía de guerra de Israel 512 Tabla 5.4. Banco Mundial: Crecimiento del PIB anual 514 LISTA DE IMÁGENES Páginas Imagen 4.1. Un miembro de la Haganá haciendo guardia cerca del Memorial Trumpeldor en Tel Hai 288 Imagen 4.2. Monumento Kibutz Negba Memorial Museum 289 Imagen 4.3. Cartel propagandístico del Irgún 377 17 LISTA DE MAPAS Páginas Mapa 4.1. Población judía en Europa en 1760 215 Mapa 4.2. Población judía en Europa entre 1800-1850 215 Mapa 4.3. Población judía en Europa entre 1900-1930 215 Mapa 4.4. Población judía en Europa en 1950 215 Mapa 4.5. Mapa de Europa en la Conferencia de Berlín (1884) 221 Mapa 4.6. Palestina bajo soberanía otomana a finales del 222 siglo XIX Mapa 4.7. Mapa administrativo del Imperio otomano en 1899 (1317 de la Hegira) 223 Mapa 4.8. Asentamientos judíos en la primera aliyá 225 Mapa 4.9. Asentamientos judíos en la segunda aliyá 227 Mapa 4.10 Asentamientos judíos en Palestina entre 1881-1914 228 Mapa 4.11 Asentamientos judíos en la tercera aliyá 230 Mapa 4.12 Asentamientos judíos en la cuarta aliyá 232 Mapa 4.13 Asentamientos judíos en la quinta aliyá 234 Mapa 4.14. Asentamientos de torres y empalizadas durante la Revuelta Árabe 235 Mapa 4.15. Área de independencia árabe definida por el Jerife Hussein 334 Mapa 4.16. Área reservada para Gran Bretaña como parte del acuerdo Hussein-McMahon 334 Mapa 4.17. Mapa original firmado por Mark Sykes y François Georges-Picot el 8 de mayo de 1916 336 Mapa 4.18. El Acuerdo de la Línea Roja 368 Mapa 5.1. Plan de Partición de la ONU 1947 443 Mapa 5.2. Jerusalén, corpus separatum 444 18 Página Mapa 5.3. Área de la batalla de Latrún durante la operación Nachson 455 Mapa 5.4. Refugiados palestinos desplazados de áreas rurales y urbanas 460 Mapa 5.5. Territorios ocupados por Israel desde 1967 474 Mapa 5.6. La Línea Verde o líneas de armisticio acordadas tras la guerra de 1947-49 528 Mapa 5.7. La cuenca del río Jordán 639 19 LISTA DE FIGURAS Páginas 1.1 Senda teórica para la definición del objeto de estudio y su epistemología 47 1.2. Análisis multi-espacial de la interacción social 60 2.1. Formas de alcance organizacional del poder 88 2.2. Organización del intercambio económico 102 2.3. Circuito de praxis 103 2.4. Organización socioespacial del circuito de praxis 104 2.5. Clases como grupos definidos en relación al circuito de praxis 104 2.6. Orígenes del poder autónomo del Estado 116 2.7. Ciclo de retroalimentación del poder despótico 122 2.8. Fluctuación entre poder autónomo de la sociedad civil y el Estado 125 2.9. Dialéctica de la interacción social en referencia al Estado 129 2.10 Esquema de las fuentes del poder social de M. Mann 132 3.1. Metodología 185 3.2. Evolución de la interacción social para la creación de un nuevo Estado 188 3.3. Autonomía estatal y penetración social 189 3.4. Relación entre los cuatro modos de ejercicio del poder 190 3.5. Medios organizacionales del poder 193 3.6. Orígenes y fuentes del poder autónomo del Estado 202 3.7. Dialéctica histórica de centralización-federalización 205 4.1. Invitación de delegado del Primer Congreso Sionista en Basilea, 1897 310 4.2. Invitación del delegado Max Bodenheimer al Segundo Congreso 311 Sionista, Basilea, 1898 4.3. Invitación al Tercer Congreso Sionista, Basilea, 1899 312 20 4.4. Invitación de delegado de Max Bodenheimer al Cuarto Congreso 313 Sionista, Londres, 1900 4.5. Postal del Cuarto Congreso Sionista, Londres, 1900 314 4.6. Invitación al Séptimo Congreso Sionista-el primer congreso tras la muerte de Herzl, Basilea, 1905 315 4.7 Invitación de delegado de Leib Yaffe para el Décimo Congreso Sionista, Basilea, 1911 316 4.8. Exhibition - Rothschilds in Caricature 330 4.9. Estructura política tripartita del Yishuv 355 21 SIGLAS AJC American Jewish Committee AJA Anglo-Jewish Association BAP Banco Anglo-Palestino CEE Comunidad Económica Europea EE. UU. Estados Unidos FCJ Fideicomiso Colonial Judío FNJ Fondo Nacional Judío FPLP Frente popular por la Liberación de Palestina JDC Joint Distribution Committee MRJ Movimiento de Resistencia Judía CENTO Organización del Tratado Central OLP Organización para la Liberación de Palestina ONU Organización de las Naciones Unidas OPAEC Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo OPEP Organización de Países Exportadores de Petróleo OS Organización Sionista OSM Organización Sionista Mundial OTAN Organización del Tratado del Atlántico Norte PAWS Palestine Arab Workers Society PICA Asociación de Colonización Judía de Palestina PKK Partido de los Trabajadores del Kurdistán SEATO South East Asia Treaty Organisation (Organización del Tratado del Sureste Asiático) UNISPAL United Nations Information System on the Question of Palestine UNRWA Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina URSS Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas WIZO Women's International Zionist Organization 22 GLOSARIO Adamah 'ivrit: (hebreo) emparentada con el sustantivo Adán o Adam, nombre dado al primer hombre “porque de la tierra fue tomado”, hace alusión a la tierra hebrea, de propiedad colectiva que no se puede alienar ni vender. Agencia Judía: institución sionista creada en 1923 a instancias del Mandato británico para ejercer la representación e interlocución de la comunidad judía en Palestina y que acabó convirtiéndose en el gobierno de facto del Yishuv. Aliyá, pl. aliyot: (hebreo) subir o ascender, término empleado para denominar a la inmigración judía a Palestina-Israel, así como las sucesivas olas migratorias que han tenido lugar desde 1882. Askenazi, pl. askenazim (askenazíes): término hebreo que significa “occidental” con el que se designa a los judíos de origen europeo (central y oriental) Avodá ivrit: (hebreo) trabajo hebreo o trabajo judío Bund/Bundismo: (yidish) Literalmente significa federación o unión. Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia, movimiento político judío socialista creado en el Imperio ruso a finales del siglo XIX. Dhimmi: significa "gentes del libro" y se utiliza en la legislación coránica para referirse a los otros practicantes de las religiones monoteístas abrahámicas: judíos y cristianos. En el Imperio otomano, el estatus de dhimmi comportaba el pago de impuestos, leyes protectoras que garantizaban la autonomía organizativa y restricciones. Dunum: (árabe) medida de superficie que equivale a una décima parte de una hectárea. Efendi: (árabe) título nobiliario otomano equivalente a “señor” y que también era empleado para denominar a oficiales del gobierno sin un rango elevado. Emir: (árabe) príncipe de los creyentes, título llevado por los califas y los sultanes hasta 1924. También se utiliza como título honorífico para nombrar en la actualidad a algunos jefes o autoridades locales. Fedayin, pl. fedayines: (árabe, plural) miliciano o combatiente por razones políticas, literalmente significa “sacrificarse”. Fellah, pl. fellahin: (árabe) agricultor, campesino. Haganá: (hebreo) significa literalmente “la defensa”. Nombre de la organización paramilitar de defensa creada en 1920 a raíz del pogromo de Jerusalén. Actuó en semi 23 clandestinidad durante el Mandato Británico y sirvió como base para la futura creación de las Fuerzas de Defensa de Israel en 1948. Haluka: (hebreo) Limosna que se recaudaba para el mantenimiento de la comunidad judía en la Palestina otomana y de la que vivía casi en su totalidad el viejo Yishuv Hamula, pl. hamail: (árabe) familia ampliada, clan, linaje, tribu. Sinónimo de qabilah. Hared, pl. haredim: (hebreo) “los que tiemblan ante Dios”, judíos ultraortodoxos, devotos y religiosos, viven en comunidades muy cerradas y de espaldas a las sociedades laicas. Su compromiso con Israel oscila entre el anti-sionismo y el no-sionismo. HaShomer HaTzair: (hebreo) la Joven Guardia; organización de vigilancia creada en 1906 para la defensa de las primeras colonias y asentamientos judíos (kibutzim y moshavim); en los años veinte se integró en Mapam convirtiéndose en su movimiento juvenil. Haskalá: (hebreo) Ilustración. Nombre con el que se designa a un movimiento que surgió en la judeidad europea del siglo XIX, buscando compatibilizar los valores seculares de la ilustración con la identidad judía. Histadrut: Histadrut Hakelalit Chel Haovdim Haivrim Be Eretz Israel, (Federación General de los Trabajadores Judíos en la Tierra de Israel). Organización sindical israelí, creada en 1920. Fue uno de los pilares del sionismo, desarrollando un amplio programa infraestructural y asistencial. Engloba también a los trabajadores árabes. Irgún: Etzel, Irgún Zvai Leumi, (Organización Militar Nacional) grupo paramilitar radical antibritánico y antiárabe, escindido de la Haganá y próximo a los sionistas revisionistas. Creado por Jabotinsky, permaneció activo entre 1931 y 1948. Israel Hashlema: (hebreo) Gran Israel. Jedive: (persa) título dado por el sultán otomano Abdülaziz I al virrey de Egipto Jerife: (árabe) noble, príncipe descendiente del Profeta. Keren Kayemeth Leisrael: (hebreo), Fondo Nacional Judío, creado en 1901 por la Organización Sionista, encargado de la compra de tierras y de la formación agrícola de los emigrantes. Con la creación del Estado pasó a ser una fundación que se encarga del desarrollo rural y forestal en Israel. Kibutz, pl. kibutzim: (hebreo) comunidad eminentemente agrícola en la que tanto la producción y como el consumo están colectivizados. Knesset: (hebreo) asamblea; denominación empleada para nombrar al Parlamento israelí: HaKnesset HaYssrael, la Asamblea de Israel 24 Lehi: (Lohamei Herut Yisrael, Luchadores por la Libertad de Israel) llamado también Grupo Stern en honor a su fundador, organización armada sionista radical surgida de una escisión del Irgún. Activa desde 1940 a 1948. Majlis, pl. majaalis: (árabe) consejo, reunión. Mapai: (Mifleget Poalei Eretz Yisrael), Partido de los Trabajadores de la Tierra de Israel, creado a partir de la fusión de Hapo'el HaTzair y de Ahdut Ha'avodá. Abanderando una ideología socialdemócrata nacionalista, se convirtió en el partido mayoritario en el Yishuv y posteriormente, en el partido hegemónico en Israel hasta 1977. Mapam: (Mifleget ha-Po'alim ah-Meuhedet), Partido Unido de los Trabajadores / Partido Obrero Unificado). Partido socialista del Yishuv, creado en 1946. Contrario a la expulsión de los árabes en 1948, es de corte pacifista y ha abogado por el retorno de los refugiados. En 1992 se fundó con otros partidos para crear Meretz y fue finalmente disuelto en 1997. Maskilim: (hebreo) los educados, seguidores de la Haskalá o Ilustración judía Moshav, pl. moshavim: (hebreo) comunidad cooperativa, en la que se combina lo colectivo (compra de material y venta de lo producido) con la libertad individual de producir y consumir. Mossad: (hebreo) Ha-Mosad le-Modi'in u-le-Tafqidim Meyuhadim “La Institución” (Instituto para la Inteligencia y Tareas especiales), agencia de inteligencia o servicio secreto exterior. Muftí: (árabe) jurisconsulto; a veces puede ser un funcionario religioso; el muftí preside la oración los viernes. El Gran Muftí es el jefe espiritual de una región. Mujtar: (árabe) el electo; designa al alcalde o al jefe de un pueblo Nakba: (árabe) catástrofe; término con el que los palestinos designan y conmemoran la derrota frente a Israel de 1948-49. Naksa: (árabe) recaída, derrota, humillación; término con el que los palestinos designan la derrota sufrida en la guerra de 1967. Palmaj: (hebreo) (Plugot Majats), compañías de ataque o fuerza de reacción rápida; cuerpo de élite de la Haganá organizado en 1941 e integrado en 1948 en el ejército regular. Muchos de los miembros del Palmaj llegaron a ser altos mandos en las Fuerzas de Defensa de Israel y fueron muy prominentes en la política y la cultura israelíes. Sabra, pl. sabarim: (hebreo) población judía nacida en Palestina antes de 1948 o en Israel con posterioridad. Sefarad, pl. sefaradim, sefardíes: (hebreo) España; término con el que se designa a los judíos descendientes de los expulsados de la Península ibérica. 25 Shabat: (hebreo) sábado; día de reposo de los judíos. Shadarim: (hebreo) emisarios de la haluka, judíos que se encargan de pedir limosna Shin Bet o Shabak: (hebreo) (Sherut ha-Bitahon ha-Klalit,) Servicio de Seguridad General. Servicio de seguridad e inteligencia interior israelí, encargado de operar dentro de Israel y en los territorios palestinos. Shoá: (Hebreo) catástrofe o devastación; término hebreo que se utiliza con frecuencia para designar al Holocausto (término proveniente del griego clásico que significa “quemarlo todo”), aunque sin la connotación religiosa sacrificial que tiene este último término. Se utiliza principalmente para denominar el exterminio de judíos organizado por el Tercer Reicht durante la Segunda Guerra Mundial. Shtetl: (yiddish) pueblo agrícola de mayoría judía situado en la zona de asentamiento del Imperio zarista. Talmud: Libro que contiene la recopilación de la tradición oral judía sobre la interpretación de religión y las leyes (Misná), así como los comentarios a la Misná (Guemará) Torá: literalmente enseñanza, dirección, guía y ley. Está conformada por el Pentateuco o los cinco primeros libros de la Biblia (Antiguo Testamento), cuya autoría la tradición atribuye a Moisés. Tzahal: Acrónimo de Tzvá Haganá LeIsrael (Fuerzas de Defensa de Israel). Palabra que designa al ejército o israelí. Tzedaka: (hebreo) justicia o rectitud. Es uno de los preceptos más importantes del judaísmo rabínico y establece la obligación solidaria de todos los judíos de dar limosna. Ulema: (árabe) jurisconsulto y doctor, máximo intérprete del Corán. Aplica las disposiciones legales. Vilayet: (turco) división administrativa o provincia del Imperio otomano Waqf, pl. awqaf: (árabe) bienes inalienables cedidos o donados a las instituciones musulmanas para causas piadosas. Yeshivá: (hebreo) Literalmente significa “sentado”. Hace referencia a un centro de estudios de la Torá y del Talmud, al que asisten, generalmente, judíos varones. Yishuv: (hebreo) colonia; nombre por el que se denomina a la comunidad judía pre-estatal en Palestina. 26 Resumen Esta tesis aborda la aplicabilidad del modelo IEMP (ideológico, económico, militar y político) de las fuentes del poder social de Michael Mann al estudio de caso de Israel. Centrándonos en su idea del Estado polimorfo, identifica los orígenes transnacionales del sionismo, así como los principales momentos de cristalización del Estado. El sionismo cristaliza en forma de Estado en Oriente Medio durante la época del dominio imperial europeo, mientras que, posteriormente, lo hará durante el proceso de descolonización y en la Guerra Fría. Durante ambos periodos inicia y consolida un conflicto político con el pueblo palestino y con los Estados árabes vecinos, lo que hará que sus historias y las historias de sus cinco guerras se entrecrucen, provocando cambios tanto en las estructuras internas de cada Estado, como en las internacionales, demostrando con ello el poder autónomo de los Estados para evitar seguir meras estrategias adaptativas. La tesis demuestra que la cristalización de Israel en un Estado nacionalista-capitalista-militarista, es el producto de una dialéctica entre agentes y estructuras, que toman decisiones, se organizan y reorganizan influidos por las macroestructuras de poder de su época. En conclusión, el poder autónomo del Estado de Israel no proviene únicamente de su superioridad militar, sino de su poder infraestructural y de la capacidad de integrarse en la sociedad, cambiando su trayectoria y su naturaleza frente a nuevas oportunidades hasta culminar en un ente político basado en dos tipos de dominación territorial, una democrática y otra despótica, al que hemos denominado imperio soterocrático por delegación. Palabras clave Sociología histórica, redes, poder ideológico, poder económico, poder militar, poder político, Israel, Palestina, Oriente Medio, agente, estructura, conflicto, guerra, limpieza étnica, nacionalismo, capitalismo, epistemología, ontología, poder social, cambio social. Abstract This thesis addresses the applicability of Michael Mann’s IEMP (ideological, economic, military, and political) model of the sources of social power to Israel as a case study. Focusing on his idea of the polymorphous state, it identifies the transnational origins of Zionism, as well as the central stages of the state’s crystallization to conclude that its consolidation in a nationalist-capitalist-militarist state, is the product of a dialectic 27 between agents and structures which take decisions, organize, and reorganize, influenced by the power’s macrostructures of its time. Zionism crystalized in the Middle East in the form of a state during the European colonialist period, whereas at a later stage, it will do so during the process of decolonization and the Cold War. In both periods it will start and harden a political conflict with both the Palestinian people and the Arab neighboring states, which will cause the intertwining of its history and the history of its five wars, provoking changes in each state’s both at the domestic and international structures, demonstrating the autonomous power of the state and its ability to avoid adjusting to adaptative strategies. We will demonstrate that the autonomous power of the state doesn’t steam solely from its military superiority, but rather from its infrastructural power and its capacity to integrate within society, changing its trajectory and nature in the face of new opportunities and culminating in the formation of a political entity based on two types of territorial dominance: one democratic and another despotic, which we shall call proxy- soterocratic empire. Keywords Historical Sociology, networks, ideological power, economic power, military power, political power, Israel, Palestine, agent, structure, conflict, war, ethnic cleansing, nationalism, epistemology, ontology, social power, social change 28 Introducción Mi primer contacto con el Estado de Israel ocurrió hace 21 años, cuando la Universidad Complutense de Madrid me concedió una beca de postgrado en relaciones internacionales y tuve la oportunidad de pasar un año académico completo en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Mi aterrizaje ocurrió dos semanas después de que Ariel Sharon visitara la explanada de las mezquitas, por lo que viví en primera persona el estallido de la segunda intifada, la caída del gobierno de Ehud Barak, la ruptura del proceso de paz y la celebración de elecciones a la Knesset1. La observación de este laberinto social y las clases a las que pude atender en la Universidad Hebrea de Jerusalén, particularmente con Reuben Hazan, Gabi Sheffer y Sasson Sofer, me hicieron ver la complejidad de lo que realmente estaba viviendo y pusieron de relieve un aspecto revelador: la dificultad de establecer unos límites concretos entre sociedad y Estado y la permeabilidad de esa falsa frontera teórica. Desde entonces, decidí que dedicaría mi vida profesional al análisis político y al estudio de Israel y Oriente Medio. Partiendo de este propósito, resolví que mi objetivo último sería algún día la elaboración de una tesis doctoral. Con esta meta en mente me decidí a pedir otra beca para la realización de un máster en relaciones internacionales y Oriente Medio en la Universidad de Durham. Aquella beca me fue concedida y tuve la oportunidad de trabajar en el Instituto de Estudios Islámicos y de Oriente Medio con profesores como Emma Murphy o Anoush Ehteshami, de los que aprendí la importancia de ser consciente de las teorías que empleamos para analizar contextos sociohistóricos diferentes a Occidente. Fue escribiendo mi trabajo de fin de máster, cuando entré en contacto, por primera vez, con el enfoque metodológico de la sociología histórica de Michael Mann, que abrió un nuevo campo teórico desconocido para mí hasta entonces, y que satisfacía muchas de las cuestiones sobre el surgimiento del Estado de Israel de las que adolecían otros enfoques teóricos que, o bien limitaban en exceso el poder agencial del Estado o bien lo consideraban demasiado uniforme, unitario y racional. Esta tesis nace así de una doble frustración. Por un lado, la dificultad de entender la acción de un Estado tan aparentemente discordante en su acción exterior e interior como Israel y, por otro lado, los límites que las teorías clásicas de las relaciones internacionales ofrecían para explicar el poder agencial del Estado por encima de las estructuras y 1 Parlamento israelí 29 condicionantes domésticos e internacionales. La idea de que la separación entre sociedad civil y Estado es más teórica que real, de que las fronteras políticas son permeables y de que no existen sistemas unitarios ni cerrados, me parecía esencial como intuición teórica y punto de partida para el análisis de las múltiples complejidades que encerraba el estudio del Estado de Israel en su acción interior y exterior, tanto desde el punto de vista de la teoría del Estado o teoría política como desde el punto de vista de la teoría de las relaciones internacionales. ¿En qué lugar preciso convergían estas dos disciplinas? ¿Por qué negaban algunas teorías de las relaciones internacionales la capacidad agencial del Estado a la vez que lo consideraban como el actor principal en el ámbito internacional? ¿Era posible trascender al Estado a la vez que afirmar su centralidad? ¿En qué consistía verdaderamente esta centralidad? Todas estas cuestiones reafirmaban la necesidad de encontrar un marco analítico alternativo, más acorde con la multiplicidad de interacciones que tienen lugar a nivel estatal y extraestatal. Por otro lado, existía otra cuestión relacionada con el objeto de estudio de las relaciones internacionales que resultaba conveniente abordar: el carácter histórico y social del Estado. No se puede entender el presente sin la cadena de múltiples causalidades y casualidades que lo conectan con el pasado y con su entorno, tanto por los acontecimientos vividos como por la narrativa que de ellos se hace. Al fin y al cabo, todo fenómeno social se encuentra suspendido en el tiempo y el espacio, y así ha de ser estudiado. En este sentido, comencé a entender la importancia que tuvo el contexto histórico-regional sobre los procesos que condujeron al surgimiento y posterior desarrollo del Estado de Israel y cómo este contexto incidió en la formación de su identidad político- social. Mi primer hallazgo fue que el surgimiento del Estado de Israel tuvo lugar en un contexto histórico marcado por dos inmensas paradojas relacionadas entre sí: la crisis y el afianzamiento universal del Estado-nación; y los límites materiales a los que fue sometido jurídicamente para acotar la deriva irracional producto de la modernidad, abierta por la Ilustración europea y que había desembocado en el Holocausto o Shoá. En el contexto regional, su nacimiento en Oriente Medio alteró de manera significativa la continuidad territorial de un poder político-religioso, el Imperio otomano, que estaba a su vez en plena fragmentación y decadencia, modificando con ello la estructura de relaciones geopolíticas regionales e internacionales. La creación de Israel, coadyuvada por el Holocausto, produjo una alteración en las relaciones de poder desproporcionada con respecto a los elementos clásicos que constituyen el poder geopolítico de un Estado (tamaño, recursos naturales, territorio, población, etc.) ¿Cómo fue posible un despliegue 30 tal de poder y de influencia en la estructura internacional? ¿Cómo ha conseguido Israel alcanzar los consensos y legitimidad necesarios para su supervivencia? ¿Por qué parece que sus múltiples fracturas sociales no lo han debilitado, sino todo lo contrario? ¿Cuáles constituyen las bases sociales e infraestructurales de su poder? La creciente complejidad que encerraba responder a estas preguntas para resolver mi frustración y curiosidad guió incesantemente mi búsqueda teórica, que ha resultado ser necesariamente interdisciplinar. Y fue precisamente en los parámetros establecidos por Michael Mann en su enfoque denominado “interaccionismo estructural simbólico” donde intenté buscar los elementos que me permitieran contextualizar satisfactoriamente las dimensiones espaciotemporales del fenómeno estatal dentro de un contexto y trayectoria macro-históricos. Partiendo de esta perspectiva, resolví que el desafío de esta tesis debía ser demostrar la aplicabilidad y utilidad explicativa de la metodología de las fuentes del poder social empleada por Michael Mann para analizar procesos y cambios macro-históricos. Para ello debía partir de una de sus principales hipótesis: que no existen sociedades unitarias ni sistemas de interacción cerrados, y que aquello que llamamos “sociedad” está formada por “redes de interacción superpuestas y entrelazadas, constituidas principalmente en torno a cuatro fuentes de poder social” (Mann, 2012 a, pág. 1): el poder ideológico, el económico, el militar y el político. La aplicación de este modelo analítico me permitirá trazar el mapa de las variables (causales) que me ayuden a determinar cómo han interactuado las redes de poder social en Israel, las diferentes capacidades que ofrecen de cara a su acción exterior y cuáles se han convertido en estructurales. Como se puede observar, este enfoque multinivel y multicausal requiere adentrarnos en el ámbito de la sociología, de la historia, de la economía política, de la teoría política y de las relaciones internacionales. Es esta interdisciplinariedad de raíces ontológicas y repercusiones epistemológicas, la que ha regido la elaboración de la tesis que el lector tiene entre sus manos. Partiendo de estas problemáticas teóricas de carácter ontológico y epistemológico, esta tesis se divide en seis capítulos. Los tres primeros, están dedicados a contextualizar teórica y metodológicamente el marco analítico y conceptual de esta tesis, comenzando por una reflexión crítica, en el capítulo I, acerca del estado teórico de la disciplina de las relaciones internacionales y su relación problemática con aquellas otras disciplinas de la ciencia social de las que pretende diferenciarse, pero sin las cuales no puede avanzar, como es el caso de la sociología, la historia, la ciencia política, la psicología social o el 31 derecho; finalizando con una reflexión sobre la gran antítesis teórica en la que se mueven las relaciones internacionales en el siglo XXI y para las que la sociología histórica, en nuestra opinión, ofrece una solución de compromiso defendible. El capítulo II se dedica a presentar el modelo IEMP2 de sociología histórica elaborado por Michael Mann, sus principales herramientas conceptuales y su defensa del interaccionismo estructural simbólico, profundamente inspirado en la sociología de Max Weber, Talcott Parsons y Anthony Giddens. El capítulo III está dividido en dos partes. En la primera parte justificaremos nuestro caso de estudio y realizaremos un estado de la cuestión en el que presentaremos los principales enfoques teórico-metodológicos desarrollados en el estudio de Israel, concluyendo con una sección en la que se relata, en perspectiva histórica y temática, los estudios desarrollados sobre Israel en la academia española. En la segunda parte, presentaremos la innovación metodológica de esta tesis: la aplicabilidad del modelo IEMP al estudio de caso de Israel, cuyo análisis ha estado frecuentemente mediado por un enfoque “realista”, sólo corregido en los últimos años con la aparición de la escuela histórica crítica, que ha abierto la posibilidad de efectuar un revisionismo histórico cuestionando las narrativas dominantes. Aunque mi objeto de estudio no es el fenómeno del poder en una dinámica macro-histórica, utilizo los elementos constitutivos del poder social más importantes señalados por Mann (entendidos en un plano ideal desde el que analizar la realidad inmediatamente dada) para observar de qué manera han incidido sobre el poder político desplegado en el proceso de formación y cristalización polimórfica del Estado de Israel, justificando la elección de mi caso de estudio por tratarse de un Estado representativo de lo que Mann denomina “leading edge of power”. El criterio metodológico que hemos seguido para marcar los acontecimientos más significativos ha sido contrastarlos observando su capacidad para incidir y configurar las estructuras de interacción social presentes en el momento, ya sea a nivel local, regional o transnacional. Es decir, tomando como referencia aquellos momentos en los que su capacidad estructural se ha mostrado como más evidente. Al hilo de este análisis iremos resolviendo nuestras sucesivas hipótesis, señalando en qué medida Israel responde a procesos generales de formación estatal similares a los acontecidos en Europa o en la región de Oriente Medio3 durante el proceso de descolonización y, si como 2 Acrónimo de (poder) ideológico, económico, militar y político 3 El concepto de Oriente Medio, acuñado por el almirante Mahan en 1902, no ha sido nunca un topónimo bien definido, pero a los efectos de este artículo comprende el espacio geográfico que abracaba los territorios del Imperio otomano situados entre Libia e Irán, tal y como fueron definidos por el Imperio británico durante la Primera Guerra Mundial (Renton, 2007) o por los aliados durante la Segunda Guerra 32 tal, puede considerarse un producto más de la dinámica socio-política europea o; si por el contrario, sigue un camino evolutivo propio y más cercano a los Estados que adquirieron su independencia en Oriente Medio tras la Segunda Guerra Mundial. Los dos capítulos siguientes están destinados al análisis empírico del caso de estudio: el Estado de Israel. El capítulo IV examina los orígenes del sionismo hasta 1947, y en él presentamos un análisis pormenorizado sobre cómo se van configurando, desde las comunidades judías europeas, las primeras redes de interacción seculares entre las que se inserta el sionismo, que alterarán radicalmente el modo de entender el judaísmo desde la incipiente globalización. En este sentido, el sionismo, como todo movimiento utópico- revolucionario, es visto como un producto más de las paradojas y contradicciones en las que incurrió Europa debido a la aparición de dos nuevos “actores” con capacidad estructurante: la nación y la clase. El sionismo es visto dentro de un proceso general de “naturalización” de la vida social nacional, que llevaba a creer en la existencia de un origen mítico y “puro” de la nación, en el que la historia se revestía de una teleología que debía llevar a la humanidad a un estado último de plena emancipación. Así, examinaremos el sionismo a la luz de los principales movimientos ideológicos de alcance transnacional (socialismo, liberalismo, nacionalismo), en un contexto de migraciones masivas que, junto a guerras y conflictos que tienen lugar desde finales del siglo XIX, alterarán significativamente los mapas demográficos de Europa, Estados Unidos y buena parte del mundo. Además de ello, pondremos énfasis en la incidencia de las macroestructuras de poder de la época (capitalismo, clase, Estados-nación e imperios) sobre la formación del sionismo al tiempo de su llegada a Palestina, alternando permanentemente el análisis micro y macro-histórico. Simultáneamente, efectuaremos el análisis opuesto, viendo en qué medida estrategias de conquista como “el trabajo judío”, iniciado en la Palestina otomana en forma de empresas cooperativistas agrícolas, o la formación de una red financiera situada fuera de Palestina, contribuyeron a crear dos sociedades paralelas con niveles de desarrollo económico discordantes. Por ello, se abordará también el carácter estructural de la economía en la vida social de Israel, y la manera en la que ha penetrado en el resto de las redes de poder, ganando cada vez más autonomía a medida que profundizaba su integración en la economía mundial capitalista. Por tratarse de un enfoque novedoso, se exige también una periodización novedosa, acorde a la evolución de las fuentes del poder analizadas, no siguiendo por ello un orden Mundial. Fueron ellos los que configuraron el actual Oriente Medio. Me abstengo por ello del uso de “Oriente Próximo” más empleado en los medios en castellano. 33 cronológico estricto ya que, la mayoría de los eventos que solemos calificar como “históricos”, son el producto de dinámicas que comenzaron mucho antes del acontecimiento que señalamos en la historiografía convencional. El capítulo V, está centrado en el análisis del que consideramos uno de los momentos de mayor estructuración para el movimiento sionista por tratarse del momento en que recibe el reconocimiento internacional: la Primera Guerra Mundial y el Mandato británico sobre Palestina. El capítulo VI se titula “Las guerras de Israel de 1947 a 1973” y se divide en tres partes. La novedad en el enfoque es que, a raíz del análisis de las sucesivas etapas de la guerra, se van abriendo problemáticas y sucesivas estructuraciones que marcarán tanto la historia nacional de Israel como sus acciones en el exterior. La primera parte está dedicada a la guerra de 1947-49. En ella se describirán los acontecimientos que tuvieron lugar en cada una de las etapas de la guerra, tras lo cual se abrirán, sin necesariamente seguir un orden cronológico, las problemáticas a las que dieron origen. En la segunda parte se tratará la guerra de 1956. Tanto la guerra de 1947-49 como la guerra de 1956, se consideran, en este sentido, los dos grandes acontecimientos estructuradores de la época. La guerra de 1967, a pesar de considerársela con frecuencia un punto de inflexión por generar la problemática de la ocupación, bajo nuestro análisis supone más bien un momento de cristalización que de estructuración, ya que únicamente consolida y amplía dinámicas que ya estaban presentes en Israel con anterioridad. En este sentido, quizás tenga más efectos en el exterior que en el interior de Israel, ya que se la considera como el principio del fin del panarabismo y el inicio del liderazgo palestino sobre el movimiento de resistencia política frente a Israel. Finalmente, la tercera parte concluye con un análisis de la guerra de 1973, que también se la considera, en este sentido, una guerra que ejerce una gran presión sobre las estructuras de poder presentes en Oriente Medio, incidiendo notablemente en la economía mundial. Se trata de la más importante guerra híbrida de la región en el siglo XX, provocando una crisis sobre los imperios informales de la Guerra Fría y facilitando una acumulación de capital, en forma de petrodólares, que resultará instrumental a la hora de diseminar ideologías extremistas por la región, considerándosela por ello, el origen de la expansión global del islamismo yihadista. Por último, en el capítulo VII, se desgranarán las conclusiones de nuestra investigación y presentaremos cuáles han sido las claves del poder autónomo del Estado, su naturaleza polimorfa y los motivos del éxito que le han llevado a convertirse en un Estado a la vanguardia del poder en Oriente Medio. 34 Capítulo I. Presentación, encuadre y justificación teórica: la tarea de aprender y desaprender 1. 1. La tarea de aprender y desaprender El estudio de la acción de un Estado presupone abrir una rica panorámica de análisis en el que han de tenerse en cuenta una multiplicidad de variables que pueden influir en su actuación: desde la naturaleza y forma del Estado hasta la ideología o principios que guían su comportamiento, pasando por el carácter de las élites que lo dirigen, sus códigos geopolíticos, la naturaleza de sus intereses o los medios con los que cuenta para imponer su autonomía, soberanía y voluntad (económicos, militares, burocráticos y demás). Igualmente, resulta necesario observar la relación del Estado con otros actores sociales que operan en diferentes niveles: actores económicos, ideológicos, militares y otras estructuras políticas dentro y fuera de sus fronteras. Viendo la riqueza de variables que pueden influir en su actuación, resulta inevitable tratar de poner algún orden y preguntarnos: ¿cuál de ellas cuenta con mayor fuerza para estructurar la acción del Estado? ¿Es alguna más determinante que el resto? ¿Debería la determinación de esta variable decidir la disciplina desde la que escogeremos el enfoque teórico para nuestro análisis empírico? ¿Y qué ocurre si no existe una sola “causa última” a la que podamos remitirnos, sino una multiplicidad de causas que responden a niveles de análisis distintos? ¿Resultarían estos compatibles entre sí? Parece evidente, a primera vista, que para poder responder a estas preguntas necesitamos la concurrencia de múltiples enfoques y disciplinas, a fin de poder acercarnos con algo de certidumbre a los factores que condicionan tanto la naturaleza, como la evolución y cristalización de los Estados y que se manifiestan en su actuación. La imposibilidad de establecer una “gran teoría” que pueda abarcar todos estos ámbitos de la realidad estatal cuestiona, en primer lugar, la idoneidad de escoger una sola disciplina para abarcarlos y, en segundo lugar, que la disciplina escogida para la inclusión de esta tesis sea la de un departamento académico de relaciones internacionales. A continuación, espero poder justificar y aclarar los motivos de mi decisión, así como las razones de haber escogido la sociología histórica como el enfoque de mi investigación, aunque para ello resulte necesario partir de las fracturas y debilidades de la propia disciplina. Siendo las relaciones internacionales la rama del saber que más ha insistido en establecer la anarquía como la condición natural que estructura y determina las relaciones entre los 35 Estados, resulta paradójico (o tal vez consecuente) que ella misma no haya podido escapar a esta condición, y sea una disciplina eminentemente anárquica, caracterizada por una multiplicidad de escuelas, corrientes, tradiciones y enfoques, que la han alejado de la univocidad que contienen otras disciplinas que aparentemente evolucionan de forma paradigmática, en el sentido que le confirió Khun a este término. Como señalan Booth & Smith (2002), el carácter sincrético de las relaciones internacionales se encuentra reflejado en la imagen que la disciplina tiene de sí misma y en las categorías ontológicas y epistemológicas que ha establecido para definir sus propias corrientes Por ello mismo podría caracterizarse como la meta-disciplina de las ciencias sociales, ya que en ella se han visto reflejadas, en los últimos cien años, las principales corrientes teóricas que han surgido en la filosofía de la ciencia en general y en las ciencias sociales en particular. A fin de llegar a esta conclusión, ha sido necesario efectuar una reconfiguración del sentido mismo de “realidad social” y ver qué discursos y qué silencios esconde. Partiendo de esta premisa, la primera conclusión a la que podemos llegar para adentrarnos en un tema tan complejo es que toda aventura teórica requiere atravesar un proceso de aprendizaje… pero también de desaprendizaje. Aprendizaje de tu propia disciplina, de sus potencialidades y límites; y desaprendizaje de la apariencia de verdad de antiguos paradigmas heredados que puedan empobrecer o, cuanto menos, hacer de nuestro trabajo un análisis inintencionadamente parcial. En este sentido, nuestra primera reflexión es que la teoría de las relaciones internacionales, como disciplina particular de las ciencias sociales, está marcada, como toda actividad humana, por la historia y por el entorno. Si podemos afirmar que la sociología nace en Europa en el contexto de la revolución industrial y sus repercusiones; la teoría de las relaciones internacionales, por su parte, debe su surgimiento al intento de explicar las causas del fenómeno social europeo más mortífero del siglo XX: la guerra total. Al ser el Estado el principal artífice de la guerra total, durante los primeros años de desarrollo de la disciplina se consideró al Estado como el actor principal de las relaciones internacionales. Desde ese momento, la historia de la teoría de las relaciones internacionales, marcadamente Estado-centrista, ha pivotado en torno a la ontología del Estado, su poder o autonomía en el contexto internacional y los fundamentos y métodos de su conocimiento científico, es decir, su epistemología. Ello demuestra la existencia de una íntima relación entre la práctica social y la constitución del conocimiento social. La segunda reflexión es que, partiendo de este hecho delimitante, debemos evitar dejarnos llevar por los senderos de un pensamiento ahistórico, totalizante y ya dado, en el que 36 nuestro razonamiento sobre el mismo acabe siendo constitutivo de la realidad, dando lugar a profecías autocumplidas. Para evitar caer en esta trampa “constitutiva”, las relaciones internacionales han desarrollado nuevas perspectivas teóricas que apuntan, cada vez más, hacia la multidisciplinariedad y la historicidad del conocimiento, superando los límites del positivismo y alejándola de un mero ejercicio de axiología. 1.1. La teoría internacional: imágenes, corrientes y problemáticas Desde la fundación de las relaciones internacionales como disciplina académica autónoma con la creación de la cátedra Woodrow Wilson (Universidad de Aberystwyth, 1919), los académicos internacionalistas han defendido su derecho a existir dentro de un ámbito diferenciado de la ciencia social, cuyo objeto de estudio –las relaciones entre Estados- debía ser abordado desde una finalidad práctica, es decir, aunando su carácter empírico con su carácter normativo. Es por ello por lo que, si bien resulta difícil realizar una clasificación de corrientes sin caer en la simplificación y sin dejar fuera a autores difíciles de encasillar, podemos afirmar que, a grandes rasgos, la teoría internacional ha pivotado en torno a las fuentes normativas del deber ser y las fuentes empíricas del ser, sin que exista un consenso sobre sus propios presupuestos teóricos o empíricos. Debido a esta falta de consenso, algunos autores como Smith (1995/2002, págs. 1-32) han llegado a afirmar que la teoría internacional es tan sólo un aspecto de una gama más amplia de teorías sociales, políticas, éticas y económicas, que se presuponen unas a otras, cuestionando así la construcción del conocimiento internacional como algo separado del resto de las ciencias sociales. En este sentido, son muchas las obras que, desde distintos posicionamientos teóricos, se han dedicado a presentar las corrientes más significativas de la teoría internacional. Creo que resulta necesario presentarlas aquí de manera sucinta, con el fin de poder encuadrar a la sociología histórica en el marco teórico-histórico apropiado, destacando tanto los debates y paradigmas que la originan como su evolución posterior. Para ello me basaré en la división efectuada en el trabajo de Booth y Smith (2002) International Relations Theory Today, tratando de destacar las más sobresalientes de nuestra disciplina, señalando, en la medida de lo posible, el camino que debería seguirse para abrir nuevas y provechosas líneas de investigación. Aunque en esta obra Smith (2002, pág. 7) llega a establecer diez “imágenes” clasificadoras de las principales corrientes que han marcado la teoría internacional, nosotros simplificaremos esta división estableciendo tres grandes 37 grupos, según la función ordenadora de la realidad internacional a la que sirve cada teoría: (i) normativa, (ii) explicativa y (iii) constitutiva. 1.1.1. Las teorías normativas Más allá del debate que pudiéramos establecer sobre la posibilidad de que existan teorías normativas y no normativas, el hecho del que parten estas corrientes es que existe una sociedad internacional regida por normas. Dentro de esta asunción, los principales posicionamientos se han situado en torno al comunitarismo (localista) y el cosmopolitismo (universalista), siendo la principal diferencia que los comunitaristas defienden que los principales portadores de derechos y deberes son las comunidades, mientras que los cosmopolitistas piensan que los argumentos morales deben estar basados en la humanidad universal o en los individuos que la integran. Como se deduce, el comunitarismo asume la contingencia e historicidad de las normas, abriendo con ello la puerta al relativismo moral, mientras que los cosmopolitas creen encontrar en la dignidad humana compartida por todos los individuos, el mínimo común sobre el que establecer las máximas normativas que rigen el comportamiento en la sociedad internacional. En ambas corrientes, las cuestiones internacionales son tratadas con el lenguaje y las herramientas prestadas por la filosofía, la teoría política y el derecho, uniendo el trabajo de los internacionalistas a aquellos desarrollados por autores como John Rawls en torno a la teoría de la justicia. Weber ya señaló que una de las tentaciones más difíciles de evitar de la teoría normativa es el peligro de “dejar que la “idea”, en el sentido del ideal, nazca de la “idea” en el sentido del “tipo ideal” (1985 pág. 81) convirtiendo la teoría en un juicio de valor que tiende a rechazar la responsabilidad por sus juicios. “Frente a ello cabe oponer un deber elemental del autocontrol científico, único medio de evitar sorpresas, invitándonos a realizar una estricta distinción entre la relación que compara la realidad con unos tipos ideales en sentido lógico, y la apreciación evaluadora de esta realidad a partir de ideales.” (Weber, 1985 pág. 81)) Otro problema añadido a estas teorías es que resulta difícil argumentar, a partir de ellas, la singularidad y autonomía de las relaciones internacionales como disciplina, ya que las cuestiones internacionales son definidas y respondidas mediante el uso de términos derivados de otras disciplinas. Es por ello por lo que las teorías explicativas dominantes 38 como el realismo político, las han desdeñado, señalando sus diferencias y enfatizando la necesidad de un conocimiento más práctico y basado en supuestas evidencias empíricas. Sin embargo, si aceptamos la idea de Mann de que los Estados también han tenido una cristalización moral-ideológica que, junto a la capitalista o la militarista, ha ordenado su actuación geopolítica y determinado las relaciones con otros Estados –además de sus políticas domésticas-, se podría reconciliar teoría internacional y teoría normativa. Más que analizar las teorías bajo el prisma de la ética o la justicia, lo interesante sería ver las interacciones y combinaciones del poder ideológico con el resto de las fuentes, así como los límites a su autonomía. 1.1.2. Las teorías explicativas Las teorías explicativas han ocupado la mayor parte del desarrollo de la disciplina hasta los años 90. Aunque su función sea eminentemente explicativa de la realidad internacional, se puede convenir que han existido dos formas distintas de explicarla que, aunque íntimamente relacionadas entre sí, han derivado en sendas corrientes centradas en cuestiones de contenido o de método. La primera es característica de aquellas teorías centradas en señalar cuál es su objeto de estudio o contenido -actores y estructuras-, es decir, preocupadas por establecer la ontología de la disciplina. La segunda engloba a aquellas corrientes teóricas centradas en la naturaleza de la investigación social y en el método que resulta más apropiado para su estudio (epistemología), pudiéndose distinguir dos “escuelas” principales: la positivista y la post-positivista. En la mayoría de las clasificaciones, sin embargo, contenido y método se encuentran interrelacionados. A continuación, expondremos una clasificación de las teorías explicativas basándonos en su visión acerca de la naturaleza de la estructura internacional dentro de la cual operan los Estados. Desde un punto de vista exclusivamente de contenido, uno de los autores más influyentes de la Escuela Inglesa, Martin Wight (1991), estableció una división de la disciplina separada en tres grandes corrientes dominadas por criterios provenientes de la teoría política. Estas corrientes o tradiciones estaban representadas por los realistas (Maquiavelo), con una visión de la política internacional anárquica y violenta; los racionalistas (Grocio), que la veían como un ámbito simultáneo de cooperación y conflicto sujeta a normas de comportamiento; y los “revolucionistas” (Kant) que ven en la política internacional la civitas máxima que aspira a trascender la sociedad 39 internacional de Estados. El problema de esta clasificación es que cada tradición tiene su propio y distintivo criterio de evaluación, por lo que resulta imposible probar su criterio de validez fuera de la tradición misma que encierra una manera de entender el mundo. La pregunta que se deriva de este hecho es: ¿podría un diálogo o debate entre corrientes establecer algún criterio de validez? A continuación, intentaré responder a esta pregunta a partir del esquema presentado por Smith (2002, págs. 13-17). En este sentido y, siguiendo un orden cronológico, podemos observar que las relaciones internacionales han estado marcadas por tres fases de desarrollo teórico: la idealista (1920-1935), la realista (1930-1950) y la teoría científico- social o behavioralista (1955-1960), cuya principal discordancia con las dos corrientes anteriores yacía en su descontento con las metodologías empleadas por estas. La transición de una fase de la teoría a otra marcó, según Smith (2002, pág. 14), dos grandes debates, entre los realistas Estado-centristas y los transnacionalistas, señalando estos últimos la centralidad de otros actores en la escena internacional. Desde esta perspectiva, tras la revolución behavioralista, se ha tendido a ver a la disciplina como un debate inter-paradigmático en el que las principales corrientes giraban en torno a los paradigmas realismo-neorealismo; liberalismo/pluralismo y neo- marxismo/estructuralismo/globalismo (Michael Banks, 1984, 1985; Viotti y Kauppi, 1987), sin que pudiera decirse que ninguno de ellos era hegemónico, sino que planteaban distintas explicaciones sobre la realidad internacional, cada uno de ellos coherentes y lógicos en sí mismos. El problema o las limitaciones que ofrece esta clasificación teórica dentro de estos paradigmas es la cantidad de fenómenos sociales internacionales que se quedan fuera al escoger uno u otro enfoque, ya que cada uno tiene un criterio distinto acerca de qué es la realidad social y cómo se construye. En este sentido, afectada por los acontecimientos que sucedieron en los años 70 durante la gran detente de la Guerra Fría, la teoría ha avanzado hacia debates que se encuentran más centrados en establecer qué actores deben centrar nuestra atención en la teoría internacional, así como la posibilidad de encontrar una epistemología adecuada para abordarlos. Según Smith (2002, pág. 21) el debate que ha girado en torno a las corrientes Estado-centristas y transnacionalistas es el más importante de la historia de la teoría internacional, ya que analiza el papel del Estado en la política internacional abriendo la vía hacia las corrientes pluralistas de los años 80 y las institucionalistas neoliberales de los 90. Estas corrientes llevaron a la defensa de técnicas metodológicas cuantitativas, que medían la actividad de los actores y que veían al Estado como un actor más, pero sin 40 profundizar en su naturaleza u ontología, convirtiéndose con ello en cuantificadoras de actividad política, sin considerar la cuestión determinante de su impacto. Es decir, esta categorización teórica deja a un lado una cuestión clave sobre el poder de quien lo ejerce: su impacto medido en la capacidad de transformar las estructuras, cuestión que sí es atendida por la sociología histórica de Michael Mann y que me parecía esencial como punto de partida para evaluar la validez de la teoría. El papel de las estructuras internacionales en la teoría política sería analizado por dos corrientes preponderantes durante los años 90 del pasado siglo: el neorrealismo y el neoliberalismo. Según David Baldwin (1993, págs. 4-8), los principales puntos de debate entre las dos corrientes giran en torno a seis cuestiones: (i) la naturaleza y consecuencias de la anarquía; (ii) la dificultad de establecer redes de cooperación internacional; (iii) la importancia de las ganancias relativas de la cooperación; (iv) la centralidad de la seguridad o la economía a la hora de establecer o instituir la cooperación; (v) la centralidad de las capacidades sobre las intenciones y percepciones y (vi) el papel de las instituciones como mitigadoras de los efectos de la anarquía. El problema con estas corrientes es que, de nuevo, su visión sobre los temas a debatir está bastante marcada por las agendas políticas del mundo occidental, dejando fuera del análisis otros tipos de violencia que afectan la vida de millones de personas en el planeta y que no se ve reflejada en los parámetros de la “hard-security”. Desde el punto de vista epistemológico, el punto principal donde flaquean todas estas teorías es un problema compartido por las ciencias sociales en su conjunto y que está relacionado con el concepto de “realidad social”, que puede verse desde puntos de vista cualitativos muy distintos. Aunque durante los primeros cincuenta años de historia de la disciplina la tradición que más ha dominado los términos ontológicos del debate y de la agenda investigadora ha sido el realismo político positivista, desde los años 80 del siglo XX, convergieron una gama ecléctica de académicos que han iniciado un giro copernicano en la disciplina, marcando la nueva agenda y las nuevas tendencias de la teoría internacional. Es por ello por lo que, Smith señala (2002, pág. 24) que existen autores como Yosef Lapid (1989), que hablan ya de la existencia de un tercer debate metodológico, marcado por las corrientes positivistas y post-positivistas y donde se pueden establecer cuatro grupos o escuelas principales: a) Los teóricos pertenecientes a lo que se ha llamado teoría crítica, entre los que se encuentran Robert Cox, Mark Hoffman o Andrew Linklater. Su principal postura epistemológica, inspirada en la Escuela de Frankfurt y los postulados de Jurgen 41 Habermas, es que el conocimiento del mundo no es neutral y debe entenderse siempre en un contexto de intereses en pugna. Para esta corriente, el positivismo se centra en una teoría del “problem-solving” cortoplacista. Consideran que esta tendencia debería reemplazarse por una teoría crítica y consciente de los intereses políticos que representa, mucho más comprometida con la emancipación. b) Los teóricos de la sociología histórica han señalado la necesidad de conjugar sociología y teoría internacional. Entre los autores más representativos de esta corriente se encuentran Michael Mann, Charles Tilly o Theda Skocpol. Estos autores ven al Estado como el producto de la interacción de fuerzas que operan tanto en el ámbito interno y como en el externo, rebajando con ello la principal asunción realista de que el Estado deriva su comportamiento, en última instancia, del ámbito internacional gobernado por la anarquía. También rechazan el carácter unitario y ahistórico del Estado, así como su equivalencia funcional, haciendo del comportamiento del Estado una variable dependiente tanto de su constitución interna como de su localización geopolítica y su momento histórico. Una salvedad a su crítica neo-realista es, sin embargo, el empleo de una epistemología cercana a la empleada por corrientes positivistas. En nuestro enfoque, esta corriente es la que ofrece los mejores instrumentos para realizar avances significativos en la disciplina, al tener claros sus criterios de validez, que son siempre contrastados sobre la base del contexto histórico global en el que surgen. c) El tercer grupo comprende a la teoría feminista, cuya principal preocupación es poner de relieve la construcción social del género como un componente más de la teoría y la política internacional en las que son hegemónicas las estructuras de dominación masculinas. Entre sus representantes más significativos se encuentran Cynthia Enloe, Jean Elshtain, Spike Peterson Anne Sisson Runyan, Christine Sylvester, J. Butler o Joan W.Scott. d) Por último, existe una rica variedad de autores denominados “postmodernos”, que inspirados en autores como Derrida, Foucault, Nietzsche, Heidegger o Virilio aspiran a deconstruir las nociones de “realidad”, “verdad”, “estructura” o “identidad”. Algunos de los más conocidos son R.B.J. Walker, James Der Derian o David Campbell. 42 Los elementos comunes más importantes compartidos por estas cuatro corrientes son su deseo de superar las asunciones del realismo y del positivismo, en definitiva, de una visión demasiado simplificadora del ámbito internacional. 1.1.3. Las teorías constitutivas La falta de consenso y los límites epistemológicos de algunas de estas corrientes han propiciado el surgimiento de un último debate, que ha vuelto a dividir a la disciplina en torno a la problemática definición de “realidad social”. Las dos alternativas que parecen existir la sitúan en dos extremos irreconciliables: o bien es algo exteriormente dado, o bien se construye socialmente, en cuyo caso, nuestras propias teorías sobre la realidad social acabarían siendo constitutivas de la misma. Uno de los intentos más significativos por superar esta dicotomía proviene de la teoría de la estructuración de Anthony Giddens, que me ha parecido oportuno referirla por ser una de las bases sobre las que dibuja Michael Mann su enfoque del “interaccionismo estructural simbólico” (entendido como una interacción mediada por símbolos que acaban constituyendo una estructura). Según Giddens (Gibbs, 2017), resulta imposible fijar la primacía última de actores o estructuras en la creación y reproducción de sistemas sociales y piensa que la teoría constitutiva es capaz de abordar los factores externos y estructurales con los que trabaja la teoría explicativa. Según Smith (1995/2002, pág. 27), otros autores como Bhaskar, sin embargo, han presentado una perspectiva crítica realista sobre el dilema estructura-agente, desarrollando un modelo transformacional de la acción social y afirmando que la teoría explicativa es capaz de abordar la cuestión de los significados y las comprensiones. Al fin y al cabo, una explicación constitutiva de la sociedad es, en definitiva, un modo de explicarla, por lo que también se puede considerar una teoría explicativa. Después de todo, las teorías constitutivas nos demuestran que nuestras teorías explicativas no son más que “transformaciones reflexivas de la realidad inmediatamente dada” (Weber, 1985 pág. 91) Las teorías constitutivas analizan factores externos y estructurales del mundo social que en definitiva contribuyen a explicarlo; y las explicativas, por su lado, pueden tratar, aún con limitaciones, aquellos factores culturales relacionados con significados y comprensiones por medio de los instrumentos adecuados, como la construcción ideal de conceptos, capaces de englobar los valores de una época, como afirmaba Max Weber. La diferencia, como señala Smith (2002), reside en fijar la teoría por vía de la hermenéutica 43 reflexiva (como lo hacen algunas corrientes postmodernistas, de la teoría crítica o feministas) o hacerlo apelando a nociones funcionales o estructurales (como las teorías realistas, pluralistas o neo-marxistas desarrolladas en los 80). La cuestión que trataremos de dilucidar, en todo caso, es si los significados e interpretaciones que atribuimos a la realidad internacional son constitutivos de esa sociedad (es decir, tienen capacidad estructurante) o simplemente nos aportan claves para entender las fuerzas estructurales que operan en el ámbito internacional. 1.2. La teoría de las relaciones internacionales en el siglo XXI. La sociología histórica y la necesidad de la multidisciplinariedad. El análisis precedente muestra que la principal divisoria de la teoría internacional en la actualidad se centra en la distinción meta-teorética que puede establecerse entre teorías explicativas y teorías constitutivas de la realidad internacional. El debate fundamental en el que nuestra disciplina se mueve en el siglo XXI es por tanto uno de carácter ontológico, en el que el gran dilema que se trata de resolver es “cuál es la naturaleza de la realidad social” y sobre qué criterios podemos fundamentar nuestro conocimiento. Por ello, compartimos la visión de Smith de que la teoría internacional debería ser vista como “una arena en la que el choque entre teorías constitutivas y explicativas y entre fundacionalismo y anti-fundacionalismo tiene lugar”4 (2002, pág. 31) La imagen fragmentaria de la teoría que hemos presentado y su consecuencia última anti-fundacional nos deja en el terreno de la incertidumbre. Aceptar este presupuesto conlleva la transformación de la teoría internacional en un trabajo genealógico, a la manera señalada por Foucault o por Nietzsche en la “Genealogía de la moral”. El papel de ésta sería entonces descubrir los discursos sobre el conocimiento que han legitimado los procesos de estructuración y dominación social a lo largo de la historia. Este trabajo genealógico-emancipatorio requiere trabajar sobre temas multidisciplinares, que se encuentran en las fronteras de la teoría internacional y que son compartidos por otras ramas del saber, siendo el fenómeno del poder y el dilema central estructura-agente, uno de los campos más fructíferos para ello. Esto permite enriquecer nuestra perspectiva, aunque conlleve aceptar la complejidad e incertidumbre irrenunciable que toda búsqueda teórica debería exigir para responder a la pregunta de qué es y cómo es el mundo social y qué categorizaciones de pensamiento pueden ayudarme a entenderlo. Solo así podemos 4 Traducción de Sonia Sánchez (S.S.) 44 hacernos conscientes de que la cuestión clave de todo conocimiento social es poder determinar qué “realidad” resulta dominante en mi tiempo y espacio y cuál queda oculta bajo el silencio de identidades o de lo que consideramos como excepciones. En este sentido, la sociología histórica es una de las corrientes teóricas más apropiadas e interesantes para desvelar el carácter genealógico y complejo de las estructuras sociales que han condicionado tanto la agencia humana como el surgimiento y comportamiento de los Estados en el ámbito internacional. El estudio de los agentes socializados y su interacción con las estructuras institucionalizadas, así como su capacidad para transformar dichas estructuras es un tema intelectualmente sugerente, a la vez que central para el estudio de lo social en general y de las relaciones internacionales en particular. Un enfoque genealógico del análisis estructural requiere observar si su análisis esconde sesgos o parcialidades sistémicas, por lo que resulta apropiado, aunque ello complejice la teoría, introducir análisis multivariables y multi-nivel. Ello nos ayudaría a desvelar el verdadero problema de cómo combinar varios aspectos de la vida social dentro de un todo o sistema. Como veremos más adelante, Michael Mann resuelve este dilema negando toda existencia de “sociedad” o de “sistema” y sustituyendo este término por el de “redes de interacción parcialmente autónomas que operan en un ámbito multi-nivel” (2012a, pág. 1). En este sentido, la estructura social es vista como un epifenómeno de la interacción social, dando lugar a dos problemas teóricos importantes, de los cuales, el análisis del Estado de Israel constituye la muestra empírica de esta tesis: cómo reconciliar el debate estructura-agente dentro de la teoría internacional, por un lado, y como integrar los ámbitos macrosociológicos y microsociológicos por otro. El Estado de Israel ofrece un estudio de caso perfecto para abordar este análisis, por tratarse de un proyecto de emprendimiento social altamente condicionado por la voluntad agencial de actores, a la vez que por los condicionamientos de las estructuras e instituciones de la época. Ello requiere analizar la interacción entre las estructuras y los agentes, y ver cómo los agentes son influidos por las estructuras y cómo estos son a su vez capaces de influir sobre éstas para cambiarlas. Ante el peligro de convertir a las relaciones internacionales en una disciplina meramente especulativa, en la que no se puedan establecer criterios de validez más allá de la propia lógica discursiva o argumental, la sociología histórica ofrece mejores perspectivas de futuro para la misma ya que, por ser el cambio social el epicentro de su análisis, abre la perspectiva de una epistemología más abierta, que tenga en cuenta mayor número de variables y combinaciones metodológicas. La conclusión que se extrae de ello es que 45 nunca podremos establecer una gran teoría omnicomprensiva, pero al menos, sí podremos efectuar cambios epistemológicos sobre un suelo más firme y condicionado tan sólo por la realidad inmediatamente dada. En una tesis que propone la aplicación de una corriente teórica post-positivista que se considera más un enfoque o modelo que una gran narrativa teórica o meta-narrativa, nos ha parecido importante señalar cómo se ha llegado hasta aquí, qué preguntas teóricas intentaremos solventar en nuestro análisis y qué nuevas avenidas para la investigación se abren con ella. En conclusión, podríamos afirmar que la teoría de las relaciones internacionales está afectada por los mismos problemas que las ciencias sociales en su conjunto, lo que nos lleva a cuestionar las posiciones que afirman la necesidad de su diferenciación y autonomía teórica y a abogar por caminos menos exclusivistas y más interdisciplinares, reconociendo que todas las teorías poseen preocupaciones e intereses normativos. Ello requiere poner de relieve la dificultad de encontrar un consenso teórico que aporte las herramientas necesarias para que las relaciones internacionales dejen de ser una ciencia “in its infancy” (Carr, 2001 pág. 3) puesto que, como bien afirmó Weber al examinar la imposibilidad de prescindir de los tipos ideales en el análisis social: “existen ciencias con eterna juventud […] ya que el flujo constantemente progresivo de la cultura plantea de continuo nuevos problemas […] la esencia de su tarea gira en torno al carácter transitorio de todas las construcciones de tipo ideal, pero al mismo tiempo al carácter inevitable de su constante renovación” (1985, pág. 90) Lo significativo del enfoque escogido en esta tesis es pues su deseo de desvelar los elementos que consciente o inconscientemente, se esconden, sobre la base de nuestro conocimiento actual y de las estructuras conceptuales con las que podemos operar. 1.4. La problemática estructura-agente en la teoría de las relaciones internacionales. Perspectiva ontológica y epistemológica Como hemos visto en los apartados precedentes, la teoría de las relaciones internacionales no es ajena a la más importante disquisición teórica por la que atraviesa el conjunto de las ciencias sociales en el siglo XXI: aquella entre teorías explicativas y constitutivas de la realidad. Este dilema teórico ha conducido, en nuestra opinión, hacia una aporía inevitable, dejando al investigador la responsabilidad de pronunciarse y posicionarse lo 46 más sinceramente posible ante sus a priori ontológicos y sus presupuestos epistemológicos. Una vez enmarcadas las principales corrientes teóricas y el camino hacia el que apuntan en la actualidad, nuestra siguiente tarea será elegir una problemática específica que haya sido central y que, a su vez, haya servido para marcar distintos posicionamientos teóricos. A partir de ahí, acotaremos nuestro objeto de estudio, que en este caso será el Estado y las fuentes del poder social, tratando de enmarcarlo en la vertiente epistemológica más apropiada para su análisis. Si existe un debate en el que esta disyuntiva meta-teorética aúne los aspectos ontológicos y epistemológicos constitutivos de toda teoría (y como hemos visto, según se mire, de la realidad misma) esa es, para las relaciones internacionales, la problemática estructura- agente. En mi opinión, es la dialéctica en la que más fácilmente pueden verse estos dos posicionamientos. Para ello será necesario efectuar algunas afirmaciones preliminares sobre la relación entre ontología, epistemología y metodología y señalar la manera en la que influyen e interactúan en nuestra disciplina. Steve Smith (1996, pág. 11-13), señaló que la metodología o la selección de los métodos para el estudio de un fenómeno concreto, requiere una garantía epistemológica que determine lo que se puede conocer; mientras que las asunciones ontológicas, necesitan la garantía de una epistemología con vistas a determinar cómo es el mundo y cuáles son sus elementos constitutivos. La relación entre las cuestiones epistemológicas y ontológicas son importantes para el enfoque empleado en esta tesis porque es únicamente operando una reconfiguración ontológica del Estado y las estructuras como será posible aprehender la relación co-constitutiva entre los dos. En consecuencia, la siguiente tarea que tendremos que abordar en nuestro recorrido desde la teoría a la problemática y desde la problemática al objeto de estudio es definir al Estado y presentar qué asunciones epistemológicas dirigirán nuestro trabajo con el fin de determinar la naturaleza del Estado y definir los elementos que influyen en su actuación tanto en el ámbito doméstico como en el internacional. Consideraremos también hasta qué punto nuestras asunciones epistemológicas y nuestros hallazgos ontológicos sobre el Estado y las estructuras difieren de otros empleados en los diferentes enfoques teóricos de las relaciones internacionales. 47 Figura 1.1 Senda teórica para la definición del objeto de estudio y su epistemología5 1.4.1. La perspectiva ontológica: el retorno del Estado en la sociología histórica La insistencia en la distinción entre teoría política y teoría de las relaciones internacionales es tan antigua como el origen mismo de la disciplina y fue por ello mismo expuesta por uno de los autores más influyentes de la “Escuela Inglesa”, Martin Wight, quien llegó a afirmar la imposibilidad de establecer una teoría de las relaciones internacionales. Según él, la teoría de las relaciones internacionales era “una tradición de especulación sobre la sociedad de Estados, o la familia de naciones o la comunidad internacional”6 (Wight, 1966, p. 18); mientras que la teoría política era una especulación sobre el Estado. Wight comienza su obra Power Politics afirmando que "Power politics is a colloquial phrase for international politics." (Wight, 1966, pág. 18) Con estas afirmaciones Wight señala dos cuestiones que ya hemos rebatido en esta tesis. En primer lugar, que las relaciones internacionales sean una disciplina menor y separada de la teoría política y que no pueda haber teoría internacional más allá de la filosofía de la historia. Ya hemos afirmado que, en lugar de establecer esa separación tan rígida, debería verse a las relaciones internacionales dentro del ámbito del pensamiento y la teoría política. Si no se ve así es porque se tiene una visión también limitada de la teoría 5 Elaboración propia 6 Traducción de S.S. 48 política en la que cuestiones que no están relacionadas con el poder mesurable (como los aspectos axiológicos) se obvian, ignorando con ello los solapamientos que de hecho existen entre la teoría política (con sus componentes empíricos y normativos) y la teoría de las relaciones internacionales. En segundo lugar, su afirmación de que el uso del lenguaje de la teoría política estatal sea inapropiado para hablar de un contexto internacional en el que la supervivencia es la principal inquietud, demuestra su visión sobre la política y la centralidad que otorga al fenómeno del poder. El problema principal nace de su concepción del poder como un poder distributivo, que implica una proporcionalidad entre ganancias y pérdidas, dejando de observar la existencia de otro poder, el poder colectivo, cuyo resultado no es el juego de suma cero característico de las corrientes realistas, sino que tiene una naturaleza incremental, capaz de romper la lógica de la anarquía y la supervivencia. La afirmación de Schmitt de que lo político se ha definido siempre en antítesis a otros conceptos como el de economía, moral o derecho (Schmitt, 1932, pág. 50), no significa que no haya estado influido por muchos otros fenómenos sociales. Por ejemplo, por considerarse un ente jurídico, la teoría del Estado ha recibido una gran influencia desde el mundo del derecho, particularmente en la universidad alemana, que desde principios del siglo XIX y, muy particularmente con la crisis del Estado liberal desde principios del XX, desarrolló una importante teoría estatal con autores tan sobresalientes como Carl Schmitt, Hans Kelsen, George Jellinek, Hermann Heller, Otto von Gierke o Rudolf Smend. Aunque la teoría del Estado y la teoría de las relaciones internacionales son disciplinas que tradicionalmente se han estudiado desde departamentos académicos separados, en nuestra opinión, por la naturaleza misma de lo político, deberían analizarse mutuamente partiendo de una relación interdisciplinar más estrecha. Desde este punto de vista resulta imprescindible señalar nuestra propuesta ontológica acerca del Estado, ya que no podemos avanzar en una disciplina cuyo objeto de estudio son las relaciones entre Estados, sin partir de alguna definición consensual sobre qué es un Estado, por medio de qué instrumentos actúa, de qué instituciones se sirve, si sigue o no alguna racionalidad o si está sujeto a límites (ideológicos, económicos, políticos, etc.) en su actuación. Al preguntarnos “¿qué es el Estado?” resulta inevitable contextualizar su análisis en el espacio y el tiempo. El Estado, como toda creación social, nace de un proceso acumulativo, lo que nos obliga a incluir el análisis histórico en nuestra disciplina, así como a servirnos de sus métodos. Por otra parte, como creación humana que es, es el resultado de una interacción, por lo que surge otra disciplina de la que necesitamos 49 servirnos para entender el conjunto de interacciones que confluyen en el Estado: la sociología. Fruto de esta combinación nace la sociología histórica, para la cual, el Estado sería un momento dentro del proceso de organización territorial de la interacción social. 1.4.2. La lógica binaria o/o del primer debate sobre el Estado en la teoría internacional. Como ya mencionamos en el análisis sobre el enfoque inter-paradigmático de la teoría internacional, las imágenes más comunes de la teoría de las relaciones internacionales han evolucionado a partir de tres corrientes: el realismo estado-céntrico, el pluralismo multi-céntrico y el globalismo. Las teorías comprendidas en estas tres escuelas enfatizan la centralidad de diferentes actores como puntos de partida para el estudio de la realidad internacional. En los debates que tuvieron lugar en los años setenta entre las corrientes neo-realistas y neoliberales, se daba por sentado que los neorrealistas ponían al Estado como el principal actor de las relaciones internacionales, mientras que las corrientes liberales y neoliberales ponen el énfasis en una variedad de actores no estatales. Sin embargo, a pesar de la centralidad o falta de centralidad del Estado como actor en las relaciones internacionales, no se produjo ningún debate sobre la naturaleza (ontología) del Estado, lo que hubiera incorporado a la teoría del Estado como un elemento central de la disciplina de las relaciones internacionales. Estos debates tuvieron lugar en otras disciplinas de las ciencias sociales como la sociología o la economía política comparada (Evans et al., 1990: 3-42; Jessop, 1984; Johnson, 1982; Wade, 1990). De manera análoga, las corrientes globalistas surgidas en los años ochenta del pasado siglo explican los acontecimientos en el ámbito internacional a través del análisis de estructuras globales como el capitalismo. Bajo este nuevo enfoque, los hilos teóricos se mueven en torno a la dialéctica Estado versus estructuras internacionales en la que los Estados son vistos como meros instrumentos de dominación. El enfoque propuesto en esta tesis intenta analizar al Estado incorporando los hallazgos de estas tres corrientes. De este modo, el Estado será analizado dentro del marco de dos dicotomías que marcarán nuestra metodología: Estado versus sociedad y Estado como agente versus estructuras (tanto domésticas como internacionales). Señalaremos, asimismo, las limitaciones de estos debates y los motivos que justifican la asunción en 50 esta tesis de una línea teórica próxima a la sociología histórica en relaciones internacionales. La dialéctica Estado versus sociedad que tuvo lugar en los años setenta señalaba ésta como la cuestión fundamental: ¿prevalece el Estado sobre las fuerzas sociales y actores no estatales en el ámbito internacional? ¿Cuál es el nivel de autonomía de la que disfruta el Estado con respecto a la sociedad u otros actores no estatales? En un extremo, los neorrealistas argumentaban que el Estado continuaba siendo el principal actor en las relaciones internacionales porque estaba imbuido de gran autonomía. En otro extremo se posicionaban los teóricos liberales y los pluralistas radicales, quienes argumentaban que la autonomía del Estado se encontraba en claro declive debido a procesos económicos de carácter global, que señalaban la interdependencia y la influencia de multinacionales y otros actores no estatales como el nuevo paradigma. Cuestionaban con ello la asunción neo-realista de que los Estados eran actores racionales, coherentes y autónomos, cuya prioridad se centraba en cuestiones relativas a la seguridad o la “alta política”. En su lugar, las corrientes pluralistas afirmaban que el mundo neorrealista en que los “Estados son como bolas de billar” se está transformando en una red global de transacciones que hacen del Estado soberano una institución prácticamente obsoleta. Esta dialéctica de ataques y contraataques en torno a la continuidad sociedad-Estado ha caracterizado los debates en nuestra disciplina hasta nuestros días. Sin embargo, este debate adolece de distintas limitaciones que conviene señalar. En primer lugar, funciona desde la problemática binaria de o una cosa (sociedad) o la otra (Estado). Esta flaqueza proviene de enfatizar cuestiones ontológicas (positivistas) sobre otras de carácter epistemológico y de entender el poder únicamente en sentido de dominación y no de forma colectiva. La dicotomía Estado/sociedad o Estado/actores no estatales presupone una ontología unitaria relacionada con una epistemología empírica que opera bajo suposiciones de carácter naturalista. A consecuencia de ello, en términos ontológicos, el Estado es visto como un actor unitario que opera bajo una racionalidad única como la competitividad militar o la supervivencia. Esta ontología hunde sus raíces en una epistemología empírica, según la cual el conocimiento sobre el comportamiento del Estado, es decir, la racionalidad del Estado resulta únicamente posible mediante la experiencia y la verificación empírica. La epistemología empirista requiere aislar al Estado de otras fuerzas sociales y observarlo desde una perspectiva naturalista, de la misma manera en que las ciencias naturales observan sus objetos de estudio. Por tanto, la idea defendida en esta tesis de que Estado y sociedad no son entes tan diferenciados y 51 aislados implica que su estudio debe realizarse desde diferentes disciplinas y enfoques teóricos, es decir, desde distintas epistemologías que midan, no sólo sus actos externos, sino su impacto y capacidad transformadora. De otro modo, la brecha ontológica entre Estado y sociedad llevará al establecimiento de una sola variable independiente que será vista de modo metafísico, como la causa primera o condición a priori de los acontecimientos que tienen lugar en la arena internacional. Este enfoque rechazará la implicación de cualquier otra variable interviniente o explicativa de la realidad internacional. Sin embargo, este enfoque no acierta a ver las estructuras económicas internacionales, las militares o las estructuras e instituciones domésticas como factores determinantes o condiciones últimas que explican la actuación estatal. Para corregir estas limitaciones analíticas, esta tesis abordará, en primer lugar y desde un prisma reflexivo, la cuestión central de hasta qué punto la sociedad da forma al Estado y hasta cuál el Estado forma a la sociedad. Las conclusiones obtenidas no serán de tipo teleológico, sino que abrirán nuevas vías para llegar a conclusiones innovadoras y nuevos análisis, evitando así el punto muerto al que lleva esta dicotomía incapaz de generar nuevas líneas de investigación y nuevas agendas. En segundo lugar, intentaremos huir de la tendencia a la simplificación con vistas a ganar la batalla en el debate Estado versus sociedad. Finalmente, expondremos nuestro posicionamiento fundamental: que este debate inter-paradigmático adolece de “ceguera estatal” porque todos los prismas teóricos propuestos (los centrados en el Estado, en la sociedad o en las estructuras) acaban expulsando al Estado de las relaciones internacionales al ignorar su naturaleza territorial y su posición simultánea en el vértice interior y exterior del territorio, ya que la principal característica del poder político es su territorialidad y su capacidad de aunar espacios en cuyos márgenes se produce cierta ruptura de interacción social. Esto es así porque todos ellos, en última instancia, derivan al Estado de las estructuras internacionales, negándoles toda autonomía. En consonancia con este enfoque, el Estado no es más que un producto de las estructuras, un actor pasivo que gana poder e influencia en proporción a su capacidad de adaptarse a las restricciones de las estructuras internacionales: ya sea la anarquía y la competición militar o la lógica del capitalismo financiero contemporáneo. Pero además del ámbito espacial será necesario añadir la dimensión temporal para poder tener la foto estatal completa. 52 1.4.3. La lógica binaria “ambas/y” de la sociología histórica: hacia un segundo debate del Estado en la teoría internacional. Debido a las limitaciones expuestas con anterioridad, en esta tesis emplearemos la lógica binaria “ambas/y” para el análisis del binomio Estado/sociedad tal y como ha sido desarrollado por académicos pertenecientes a la corriente neo-weberiana de sociología histórica como Michael Mann (2012a) y J.M. Hobson (2000)7. Estos autores pertenecen a la que se ha denominado como la “segunda ola” de la sociología histórica y su trabajo está caracterizado por el rechazo de las asunciones reduccionistas neorrealistas y por un intento de superar la esterilidad de la “primera ola” o primer debate sobre el Estado en la teoría de las relaciones internacionales, retomando con ello al Estado como agente y situando a la teoría y análisis del Estado bajo el dilema estructura-agente. El trabajo de Hobden, International Relations and Historical Sociology (1998) sobre el que se apoyan las disquisiciones de esta sección establece que, en definitiva, es la introducción del tiempo en la teoría el elemento fundacional sobre el que se asienta la sociología histórica y lo que la distingue del resto de corrientes: “the ‘past’ is…never really ‘past’ but continuously constitutive of the ‘present’, as a cumulatively and selectively reproduced ensemble of practices and ideas that ‘channel’ and impart directionality to ongoing human agency. The present, in other words, is what the past –as received and creatively interpreted by the present- has made it” (Hobden, 1998, pág. 24) Podríamos concluir que la verdadera contienda en el primer debate pivotó en torno a la centralidad de la estructura socioeconómica internacional y la centralidad de la estructura política internacional. Sin embargo, según Hobson, “perhaps the most fundamental problem with the first state debate is that it fails to consider how the state-as-an-agent can determine or shape the international system” (2000:4). Este aspecto no pudo ser abordado dentro del limitado marco interpretativo del primer debate sobre el Estado porque tendieron a reificar las estructuras internacionales, elevándolas a categorías a priori (en el sentido kantiano del término). 7 Un primer análisis neo-weberiano del Estado se puede encontrar en los trabajos de la “primera ola” de sociólogos históricos weberianos como Theda Skocpol, Charles Tilly o Immanuel Wallerstein. Hobden (1998) expone que, aunque estos autores elaboraron una compleja teoría y defendieron un enfoque integracionista de los ámbitos internos y externos del Estado, fracasaron a la hora de producir una narrativa sobre el Estado alternativa al neo-realismo. Ello es debido al hecho de que explican la autonomía del Estado y los cambios a nivel interno como productos, en última instancia, de la lógica limitativa de las estructuras internacionales. De este modo, la estructura internacional es vista como la causa a priori que explica el comportamiento del Estado y los cambios que se producen a nivel interno. 53 Por ello, emplearemos una nueva herramienta de análisis: el poder agencial internacional del Estado, visto siempre desde un ámbito específico socio-temporal. El poder agencial internacional del Estado hace referencia a “la capacidad del Estado de hacer política exterior y configurar el ámbito internacional libre de los condicionantes de la estructura internacional e independiente de los intereses de actores internacionales no estatales” (Hobson, 2000:7)8. Esta definición contrasta con la definición realista y neo-realista del poder del Estado o de las capacidades del Estado (Waltz, 1979), que hace referencia a la capacidad del Estado de configurarse de manera efectiva para hacer frente a la competición internacional y a la lógica de la estructura política internacional9. Aunque las teorías críticas de las relaciones internacionales herederas de la Escuela de Frankfurt, una parte de la sociología histórica, las teorías feministas y post-modernistas mantienen que el realismo está cegado por el Estado al considerarlo como el principal actor de las relaciones internacionales, nosotros objetaremos que tanto el realismo como el neorrealismo no confieren al Estado un alto grado de poder agencial internacional y, por ello, dejan al Estado fuera del análisis de la estructura internacional. Paradójicamente, a pesar de que el epicentro del análisis de las teorías post-positivistas se sitúa más allá del Estado, bajo nuestra nueva herramienta de análisis se demuestra que, algunas de estas teorías y, en particular las pertenecientes al segundo debate, toman al Estado como agente internacional de manera más seria que las teorías positivistas realistas o neo-realistas. Esto ha sido así porque la comprensión convencional de la teoría del Estado en relaciones internacionales ha estado obstaculizada por la selección del objeto de análisis en el estudio del Estado, entendiendo sus fronteras territoriales como los límites de su autonomía. De este modo, los académicos de las ciencias sociales han analizado tradicionalmente al Estado bajo el prisma de su autonomía interna sin prestar atención a su poder agencial internacional. En este sentido, comparto la hipótesis señalada en la obra de Schmitt (1979, pág. 48-56), El nomos de la Tierra, en la que defiende que este análisis parcial proviene del oscurecimiento del término nomos (empleado frecuentemente como sufijo), que ha pasado a denominar cualquier disposición o ley de carácter general. En su origen etimológico, sin embargo, “nomos” hacía referencia al primer acto constitutivo de 8 Traducción de S.S. 9 Este tipo de poder hace referencia a la definición clásica de poder efectuada por Max Weber y que está basada en la competitividad y en un juego de suma cero, es decir, para que “A” gane poder, “B” tiene que perderlo pero la “cantidad” de poder permanece inalterable. En esta tesis incluiremos un concepto de poder adicional elaborado por Talcott Parsons y Michael Mann que afirma que cuando las relaciones de poder se dan en entornos de cooperación, el poder incrementa. 54 toma de la tierra, que marcaba un ordenamiento hacia dentro, pero también hacia fuera, otorgando tanto a los que quedaban dentro como a los que quedaban fuera de este espacio un status (de aquí viene la palabra Estado) político. Los teóricos de las relaciones internacionales, particularmente los de las escuelas realista y liberal, han aplicado el concepto de autonomía estatal para describir la capacidad del Estado de gobernarse a sí mismo, sin la intervención de ningún otro orden distinto al jurídico-político o sin la intervención de ningún actor no estatal. Siguiendo a Schmitt, mi propuesta es que el concepto nomos, como componente de la palabra autonomía, hace referencia al origen territorial del asentamiento y ordenación humanos con respecto a otros territorios, y no a la separación del ordenamiento político con respecto a otros órdenes sociales, como la moral o la economía. Nomos hace referencia a una dimensión socio-normativa-espacial en la que se manifiestan los múltiples órdenes históricos de los que está compuesta la “sociedad”. Esta sociedad sería entendida como un proceso de acotación espacial dentro de la totalidad que cristaliza influida por distintas formas organizativas de la actividad humana, ya sea que operen sobre un territorio definido o trascendiendo al mismo. Por tanto, nuestras herramientas de análisis incluyen tanto la autonomía interna como externa del Estado, que proviene de su naturaleza territorial y política que lo sitúa en el vértice donde se unen el orden estatal y el extra-estatal. Por ello, en este segundo debate, el foco teórico de las relaciones internacionales debe colocarse sobre la interacción del poder agencial interno e internacional del Estado. Esta es la principal innovación teórica y la hipótesis que trataremos de verificar tomando como caso de estudio a Israel. Si el poder agencial interno hace referencia a la habilidad del Estado de administrar sus recursos, elaborar su política exterior e imponer un orden social dentro de sus fronteras libre de requerimientos socio-estructurales o de los intereses de actores no estatales, el poder agencial internacional del Estado hace referencia a la capacidad del Estado de elaborar una acción exterior y configurar con ello el orden internacional libre de los requerimientos o exigencias impuestas por las estructuras internacionales o de los intereses de actores internacionales no estatales. Como consecuencia, un alto grado de poder agencial internacional se corresponde con la capacidad del Estado de mitigar la lógica (anárquica) de la competición estatal hacia formas de relación más cooperativas y menos conflictivas. Esta afirmación se basa en un ámbito común a todas las teorías de las relaciones internacionales: el reconocimiento de 55 que la competición interestatal y la estructura internacional anárquica bajo la que operan existe realmente10. Según Hobson (2000), muchos académicos internacionalistas identifican la autonomía del Estado (poder agencial doméstico) con su poder agencial internacional y colocan al Estado en el epicentro de las teorías de las relaciones internacionales mientras que hace tiempo que han expulsado al Estado de este ámbito, otorgándole un papel meramente adaptativo, pero no transformador del orden existente. Este es particularmente el caso en los enfoques teóricos sistémicos. Mientras que los enfoques no sistémicos o “asistémicos” como el liberalismo, el constructivismo y postmodernismo, marxismo clásico y neo- marxismo ortodoxo, la segunda ola de la sociología histórica weberiana y el realismo clásico, consiguieron atribuir al Estado gran capacidad agencial. Enfoques sistémicos como el neo-realismo, la primera ola de sociología histórica weberiana y la teoría del sistema-mundo o economía-mundo han fracasado en este intento. La limitación fundamental de las teorías sistémicas es que niegan el poder agencial del Estado. Según este enfoque la estructura internacional constituye la condición a priori que explica la acción del Estado, transformando así al Estado en la variable dependiente que actúa movida por una lógica exógena, ya sea de carácter tradicional-no racional, o racional con arreglo a valores o a fines (Weber, 2002, págs. 20-21). Sin embargo, en este punto, conviene señalar una cuestión ontológica importante y es el hecho de que estos dos aspectos de la autonomía del Estado difieren entre sí. “El hecho de que no existe una relación intrínseca entre las dos caras del poder agencial del Estado sugiere que estas dos ‘cualidades’ son distintas” (Hobson, 2000: 10)11. Con vistas a superar las limitaciones de esta interpretación y comprender plenamente la naturaleza de ambas esferas del poder agencial estatal, necesitamos emplear dos esquemas clasificatorios adicionales: el referido al problema de los “modos de causalidad” y el de los “niveles de análisis”. El problema de los “modos de causalidad” se refiere al número de variables independientes (causas a priori) que emplea una teoría para explicar ciertos resultados. 10 Esta competición hace referencia al “problema de la acción colectiva” que asume que la estructura anárquica del orden internacional hace difícil la cooperación. Es decir, que la cooperación resulta más efectiva bajo una estructura jerárquica y no anárquica. En este sentido, el liberalismo es la teoría que confiere el máximo poder agencial al Estado con el fin de resolver el “problema de acción colectiva”. La paradoja que no resuelve el liberalismo es la falta de legitimidad que contienen este tipo de estructuras jerarquizadas debido a su efecto sobre el principio democrático… La cooperación requiere por tanto el sacrificio del principio democrático. 11 Traducción de S.S. 56 De acuerdo con este enfoque, todas las teorías de las relaciones internacionales podrían ser clasificadas en una “tricotomía” según el número de variables que observen. Esta tricotomía abarca aquellas teorías que emplean modos de “parsimonia”, “parsimonia modificada” o “complejidad”12. Las teorías parsimoniosas afirman que los hechos pueden explicarse por una sola variable (por ejemplo, la anarquía), mientras que los modos de causalidad más complejos admiten la existencia de dos o más variables independientes, como ocurre en la segunda ola de sociología histórica weberiana. En el camino intermedio se haya la “parsimonia modificada” que admite la influencia de variables intervinientes junto con una variable causal principal. Sin embargo, una variable interviniente tiene menor poder causal que una variable principal o básica y sólo puede considerarse de manera contingente en el análisis de los resultados finales o explanans. El enfoque metodológico escogido para el análisis del poder agencial extra-estatal de esta tesis corresponde al modo de causalidad compleja o modelo IEMP desarrollado por Michael Mann en su obra The Sources of Social Power (2012a). La teoría neo-weberiana de Mann enfatiza cuatro variables parcialmente autónomas –poder militar, poder político, poder económico y poder ideológico- que operan en forma de redes entrecruzadas en ámbitos multinivel (estatal, internacional y global), ya que el Estado es, no sólo una estructura-marco, sino un agente de acción política hacia dentro y hacia fuera de sus límites territoriales. Desde la perspectiva de la problemática de los “niveles de análisis”, las teorías de las relaciones internacionales podrían clasificarse en tres categorías o imágenes diferentes. La teoría de la “primera imagen” explica el comportamiento del Estado y las relaciones internacionales a través del papel de los individuos; la teoría de la “segunda imagen” sostiene que tanto la acción del Estado como las relaciones internacionales se encuentran determinadas por acontecimientos causales a nivel sociedad/Estado; mientras que la teoría de la “tercera imagen” afirma que los resultados vienen determinados por las estructuras internacionales. El enfoque propuesto en esta tesis podría añadir una cuarta imagen a este esquema que incluiría aquellas teorías que afirman que los acontecimientos a nivel nacional o 12 El principio de parsimonia (lex parsimoniae), o principio de la economía es un principio metodológico y filosófico formulado Guillermo de Ockham, según el cual, en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable. Posteriormente fue desarrollado por Kant en su obra Crítica de la Razón Pura, “La misma naturaleza de las cosas da materia a la racionalidad y la aparente diversidad infinita no debe entretenernos, suponiendo tras ella una unidad de las propiedades fundamentales” (Kant, 1781) 57 subnacional contribuyen a los resultados producidos a nivel internacional, mientras que los acontecimientos a nivel internacional/global configuran el ámbito nacional13. En resumen, nuestro posicionamiento teórico aplicará una lógica inclusiva ambas/y (sociedad y Estado) en lugar de la lógica binaria excluyente o/o (sociedad o Estado) típica del primer debate sobre el Estado. Para la aplicación de este enfoque inclusivo, emplearemos la cuarta imagen teórica, junto con un modelo de causalidad complejo. Por ello, debemos comenzar rechazando teorías “puras” defensoras del poder agencial o de las estructuras y optar por una síntesis “estructuracionista”14. La intención en esta tesis es, bajo este prisma teórico-metodológico, realizar una relectura de la problemática tan compleja que supuso la creación del Estado de Israel, tanto para el pueblo judío como para el contexto regional e internacional, añadiendo aquellos aspectos obviados en muchas de las teorías sociales y obras históricas que nos ayuden a entender mejor su naturaleza y las variables que han incidido en su actuación. 1.5. Resolviendo el dilema estructura-agente desde el modo de complejidad multicausal y multi-nivel. La sociología histórica neo-weberiana y su voluntad de complejidad. Tal y como hemos expuesto en el apartado precedente, los enfoques sistémicos como el neo-realismo o neo-liberalismo sostuvieron una visión reduccionista del Estado, debido a que ambas teorías, en última instancia, derivaban el poder agencial del Estado de estructuras externas o lo sometían a las limitaciones de las mismas mediante prácticas adaptativas (influenciados por las teorías propias de la biología). También expuse que han adoptado esta visión porque ambas corrientes analizan el poder agencial del Estado desde el punto de vista de su autonomía interna o doméstica –lo que se puede llamar poder agencial interno-. Es por ello por lo que han dejado sin considerar el grado de autonomía internacional estatal y, en consecuencia, no han podido elaborar una teoría más compleja que pudiera explicar la manera en la que los Estados configuran y son configurados a su vez, por las estructuras internas e internacionales. Para poder ofrecer una explicación satisfactoria a esta cuestión, presentaremos una teoría revisada de la autonomía interna de los Estados y una teoría no realista del poder agencial 13 Ejemplos de este enfoque pueden encontrarse en autores de la segunda ola de sociología histórica neo- weberiana, el realismo clásico de Morgenthau (1948) y Carr (1939) o el constructivismo de Ruggie (1993) 14 Inspirada en el funcionalismo estructuracionista de Talcott Parsons y Giddens. 58 estatal. Tomaremos la primera de ellas de la teoría de Michael Mann sobre el “Estado polimorfo” mientras que la segunda estará basada en la teoría estructuracionista de J.M. Hobson (2000) sobre el Estado y las relaciones internacionales. Puesto que ambas teorías comparten una visión similar acerca del poder del Estado y la imbricación de sociedad y Estado, resulta imprescindible analizar las cuestiones a priori que sustentan sus enfoques teóricos dentro de la denominada sociología histórica weberiana. 1.5.1. Teoría “estructuracionista” del Estado y de la arquitectura global. El retorno de Max Weber. La sociología histórica nace de un intento de traer de vuelta al Estado como un agente independiente, como un elemento particular que formaba parte de un conjunto complejo de relaciones sociales, ampliamente inspirado en el modelo de teoría de la acción social de Max Weber, centrado en encontrar la relación entre ideología, economía y política en la construcción de la racionalidad ilustrada. Su método consistió en resaltar la historicidad de las valoraciones al contrastar lo que denomina “la realidad inmediatamente dada” de todo fenómeno social con modelos interpretativos-valorativos que denominó “tipos- ideales”. Como toda teoría social, la sociología histórica weberiana trabaja con un esquema epistemológico producto de una asunción ontológica sobre la naturaleza de los fenómenos sociales. En su estudio sobre el Estado y las relaciones internacionales, la sociología histórica weberiana y, más específicamente, lo que Hobson denomina segunda ola de sociología histórica weberiana (2000, págs.174-175) ha demostrado una voluntad por asumir la complejidad ontológica y epistemológica de la realidad social, si bien corrigiendo y superando algunas de las asunciones contenidas en la teoría del sociólogo alemán. A continuación, presentaré algunas de los elementos más significativos señalados por Hobson que han caracterizado a los teóricos de esta corriente que, intencionadamente, han optado por introducir la complejidad en sus análisis acerca de la realidad internacional. 59 a) Preferencia por el estudio del cambio histórico tanto a nivel interno como internacional. Según este enfoque, las instituciones son históricamente contingentes15. Esto quiere decir que no son estáticas o vienen dadas de manera natural, sino que varían en concordancia con las funciones asignadas derivadas de las necesidades sociales del momento histórico. Esta variabilidad de las instituciones puede producirse como fruto de dinámicas internas o externas a la propia institución. Esto abre la posibilidad a cambios críticos en las instituciones que producen efectos sobre el largo plazo. b) Multi-causalidad Este punto ya lo hemos analizado brevemente al hablar de las diferencias entre las teorías parsimoniosas, parsimoniosas modificadas y complejas. Básicamente, este principio se refiere a la existencia de diferentes variables causales como origen de los cambios tanto a nivel doméstico como internacional. Existen pequeñas diferencias en cuanto al número de variables causales empleadas por diferentes autores. Como ya hemos señalado, en esta tesis emplearemos el esquema IEMP de M. Mann en el que establece cuatro fuentes del poder social –ideológico, económico, militar y político- y afirma que cada uno de ellos tiene su propio ámbito de autonomía, aunque esta nunca es completa, ya que todos influyen y se estructuran mutuamente. Por ello, el poder social no puede reducirse a una sola causa o variable, ya que no existen límites claros entre las diferentes fuentes del poder social ni entre sus agentes respectivos. c) Multi-espacialidad En términos generales, este principio establece que hay cuatro niveles espaciales diferentes en los que el Estado puede tener poder agencial: sub-nacional, nacional, internacional y global. Sin embargo, ninguno de ellos es auto-constitutivo, autónomo o independiente de los otros, puesto que todos ellos se encuentran subsumidos e interrelacionados simultáneamente. Según Hobson (2000, pág. 95) y Mann (1984, págs.14-15), no existe nada parecido a la “sociedad” en sentido puro, o al Estado o a la 15 Esta es la posición teórica es compartida por la teoría crítica y sostenida por autores como Robert Cox, cuando afirma que los análisis atemporales o metahistóricos de las instituciones conducen a “teorías sobre solución de problemas” cortoplacistas, en lugar de conducir a una teoría y, eventualmente, una praxis generativa del cambio social (Cox, 1986 y 1987). 60 “sociedad internacional” o a la “sociedad global”, puesto que estos ámbitos se encuentran imbricados los unos en los otros. Este razonamiento es lo que lleva a Mann a concluir que las sociedades no son sistemas, sino que están constituidas por “multiple overlapping and intersecting socio-spatial networks of power” (1984, pág. 1) Figura 1.2. Análisis multi-espacial de la interacción social16 d) Autonomía parcial de actores y fuentes del poder Esta idea se encuentra relacionada con los principios mencionados en los puntos b) y c). La sociología histórica weberiana defiende la existencia de diferentes causas o variables que operan en un ámbito multi-espacial y que explican el cambio social. Sin embargo, estas fuentes del poder, capaces de influir en las estructuras y cambiarlas – y que Mann identifica con el poder ideológico, económico, militar y político-, no son completamente autopoiéticas sino co-constitutivas, es decir, necesitan mantener cierto grado de autonomía para poder influir sobre las demás. En consecuencia, la naturaleza e identidad de los actores (por ejemplo, clases sociales o Estados) no están pre-ordenadas por una sola estructura, sino que son bastante flexibles y gozan de múltiples identidades superpuestas. Esta naturaleza plural de actores y fuentes del poder tiene dos consecuencias. Por un lado, los actores o agentes no son como “bolas de billar” sino que se encuentran interrelacionados o, como Mann afirma, “sus interacciones cambian la 16 Elaboración propia. 61 configuración interna de los unos y de los otros, así como sus trayectorias externas”17 (Mann, 2012 b, pág. 2). Existe, por otro lado, un igual solapamiento de las fuentes del poder debido al cual Mann y Hobson llegan incluso a concluir que la capacidad agencial del Estado depende de su grado de integración con las otras fuentes del poder social (ideológico, económico y militar). Es decir, mientras más “socializado” se encuentre el poder político, mayor autonomía podrá mostrar en su actuación. Un ejemplo de esta afirmación desde la sociología del derecho es el análisis ofrecido por Hermann Heller en su teoría del Estado acerca de la relación entre el poder ideológico y el poder político. Según Heller, “el derecho es la forma de manifestación éticamente necesaria del Estado” (2000, pág. 247), lo que supone que el derecho es fuente a la vez que manifestación propia del poder del Estado, siempre y cuando el derecho esté fundamentado en supuestos supra positivos, es decir, en presupuestos éticos aceptados como legítimos por una sociedad histórica dada. Es decir, el núcleo del poder político crea derecho a la vez que es ordenado por el derecho, siendo una condición sine qua non la aceptación legítima del mismo por parte de su entorno social (y por lo tanto que su contenido refleje concepciones éticas generalmente aceptadas), ya sea que estén basadas en la razón, en la costumbre o en el carisma. El poder político o el poder del Estado no es una voluntad libre de normas (poder ideológico). Al igual que cualquier otra voluntad humana, es un ser formado por normas, que no puede sustraerse a las exigencias que plantean las condiciones de la vida en sociedad y a las estructuras que forman estas condiciones. Este hecho, que podría considerarse como una prueba de la falta de autonomía del poder político y, por ende, del Estado, se mitiga si pensamos que el poder político es un poder social más dentro de un conjunto de estructuras sociales dinámicas cuya capacidad para transformarlas depende, como veremos más adelante, de su poder infraestructural y de la capacidad para arbitrar la lucha de intereses. Para los juristas, el problema cardinal de la teoría del Estado es el problema de la relación entre voluntad y norma, es decir, lo que para los sociólogos sería la relación entre poder agencial (voluntad autónoma) y estructura (norma). Este problema sólo puede resolverse mediante una síntesis de la dialéctica entre las dos, es decir, viendo a las estructuras como espacios sociales de acción creativa y acomodación, es decir, en palabras de Hobson, como espacios simultáneos de “constraints” and “opportunities”. Por ello mismo 17 Traducción de S.S. 62 afirmaría Heller que “Nunca podría una voluntad sin normas ejercer poder social” (2000, págs. 249-250) Esta misma idea ha sido expuesta por el teórico de la “sociedad red”, Manuel Castells, quien afirma que: “si el Estado interviene en la esfera pública en nombre exclusivo de los intereses del Estado, induce una crisis de legitimación, porque se muestra como instrumento de dominación en lugar de ser una institución de representación de la unidad política” (Castells, 2009, pág. 36) Esta idea responde a una concepción del poder como representación de los valores e intereses de los ciudadanos. “Por ello la estabilidad institucional se basa en la capacidad para articular diferentes intereses y valores en el proceso democrático” (Castells, 2009, pág. 36). A este respecto, merece especial atención dedicar unas palabras a las estructuras y a los procesos de institucionalización y fractura social. Según Heller, todo poder social se basa en una “expectativa regular de conducta asertiva tendente a la reproducción del orden social existente por parte de los sometidos” (Heller, 2000, pág. 248). Ahora bien, aunque ésta sea la norma, existen ocasiones en las que se produce una brecha de estas expectativas y surgen disidentes que defienden un orden social alternativo más acorde a sus propios intereses. Ello nos abre una nueva avenida para la reflexión teórica que requiere preguntarnos por qué y cómo surgen estos “disidentes del orden” y sobre qué baremos se basan sus expectativas de triunfo para cambiar las estructuras. Es decir, dónde se producen y cómo se forman los intersticios estructurales. Como intentaré demostrar a lo largo de esta tesis, en el poder político, esta expectativa está basada en la norma; en el poder militar, en la seguridad; en el poder económico, en el beneficio material ilimitado; y en el poder ideológico, en la salvación. Si, como afirma Heller, “Todo poder político es poder jurídicamente organizado” (2000, pág. 248), la armonización entre la organización del ejercicio del poder político y la organización de los sometidos o participantes en el mismo ha sido una cuestión fundamental sobre la cual se ha asentado la estabilidad social. “La duración y la acción del poder pueden incrementarse considerablemente por medio de la organización, es decir, por el hecho de que se haya instaurado conscientemente una ordenación normativa, de acuerdo con la cual llevan a cabo sus prestaciones para con el poder, tanto los súbditos como los órganos, armonizándose unos y otros entre sí mediante la observancia y el mandato.” (Heller, 1934/2000, pág. 248) 63 Si la tarea del poder político es la armonización de los diversos órdenes de la vida social (o en el lenguaje sociológico, de la interacción social) ello implica que la forma jurídica del poder político nunca puede alcanzar la previsibilidad de la formación de poder que existe en el ámbito militar o económico. “A causa de su función de ordenación universal, que hace que nunca pueda racionalizarse por completo, queda siempre en ella un amplio margen de espontaneidad” (Heller, 2000, pág. 249) Es la existencia de este margen de espontaneidad lo que hace posible que, entre los intersticios de los distintos órdenes o fuentes, surjan nuevas redes de poder que provoquen un nuevo proceso de armonización social. El Estado, por situarse en el vértice de los ámbitos doméstico e internacional es el actor social con mayor autonomía para abordar este proceso de ordenación y armonización. Su poder será mayor cuanto menos necesaria sea la coacción y más pueda incrementar la cooperación, es decir, cuando obtenga mayor legitimidad y aceptación como poder ordenante de la interacción social. El poder político sería pues “la organización y actuación autónoma de la cooperación social en un territorio” (Heller, 2000 pág. 262). Conviene señalar por ello que no toda la actividad del Estado es actividad política, siendo sus funciones y actividades acotadas en base a las circunstancias sociohistóricas. En general el poder político dentro del Estado es el que dirige o conduce, “el que puede llevar a cabo un cambio esencial en la división del poder estatal, en lo interno o lo externo, sobre la base de decisiones autónomas” (Heller, 2000, págs. 262-263) Los momentos en los que más claramente se manifiesta el poder político dentro del Estado serán los momentos en los que las tensiones sociales alcanzan un alto grado de intensidad, cuando se cuestionan los principios organizacionales de la cooperación social, politizando con ello todas las relaciones. De aquí surge la cuestión de si el Estado es un momento del poder político o un lugar en el que se dirimen conflictos de intereses. “Todo poder político activo aspira a organizar y actuar la cooperación social-territorial según sus intenciones. Pero este objetivo sólo lo puede alcanzar un poder político –aunque sea interestatal- si se transforma en poder estatal” (Heller, 2000, págs. 263-264) Es decir, si tiene a su disposición el orden jurídico establecido por órganos estatales o supraestatales, así como sus recursos e infraestructuras de ejercicio del poder. Según Hartmann (1916, pág.220, en Heller, 2000, pág. 264) “la política es el arte de transformar tendencias sociales en formas jurídicas”. En este sentido el derecho (y no la violencia física ejercida por el poder militar) es el poder infraestructural por excelencia del poder 64 político. De ahí la conveniencia, como veremos más adelante, de separar el poder militar del poder político, como defiende Mann. Debido al carácter social-normativo propio del poder político, este suele irradiarse de manera multidireccional, influyendo y siendo influido por el resto de las fuentes de poder (militar, económico y religioso) y demás aspectos de la vida social. Ello requiere una reinterpretación de la totalidad social cuestionando la total autonomía de actores y fuentes desde la hipótesis de que en todo acto que entrañe un sentido se contienen “todas las formas fundamentales de los actos que entrañan sentido; en todo acto impera la totalidad del espíritu “(Spranger, pág. 35, en Heller, 2000, pág. 264) Lo social se convierte así en una interacción comunicativa mediada por símbolos que acaban formando una estructura. Este es el sentido de lo que Mann denomina “interaccionismo estructural simbólico” que constituye la denominación que él mismo da a su enfoque teórico de análisis sociohistórico. La tarea de esta tesis es desvelar la manera en la que el Estado como agente del poder político encuentra los espacios para ejercer su poder sobre los símbolos y las estructuras. e) Nociones complejas de historia y cambio social Este principio revela una concepción de discontinuidad histórica, en la que la interacción de las diferentes fuentes del poder social y la disrupción que se da en determinados momentos pueden provocar cambios repentinos e inesperados. Por ello, contrariamente a la “continuidad” histórica neo-realista o a la idea de progreso o finalidad histórica heredada de la Ilustración o el materialismo histórico marxista, la sociología histórica weberiana defiende que tanto la dimensión interna como la externa del ámbito socioespacial en el que se desarrolla la interacción son inherentemente cambiantes. f) Teoría no-realista del Estado y su poder agencial Este principio supone la culminación de las diferentes cuestiones sobre el Estado y el poder planteadas en los puntos precedentes. Los hallazgos del neo-realismo, durante mucho tiempo hegemónicos en la teoría internacional, están basados en una ontología del Estado que le atribuye un gran poder agencial a nivel doméstico o interno, sin concederle la misma capacidad en el ámbito internacional, en el que tienen una influencia muy limitada sobre las estructuras. En consecuencia, esta teoría (u otras teorías que en última instancia derivan al Estado de las estructuras internacionales) no pueden aportar una 65 solución óptima al dilema estructura-agente. A lo largo de esta sección, hemos intentado demostrar que la segunda ola de académicos pertenecientes a la sociología histórica weberiana puede proponer una síntesis para la antítesis estructura-agente en tanto veamos a las estructuras como ámbitos de restricción al mismo tiempo que como ámbitos creativos de posibilidad. Esto es posible gracias a la imagen entrecruzada de actores parcialmente autónomos y fuentes del poder social interactuando en las diferentes dimensiones espaciales. Así, la segunda ola de la sociología histórica weberiana acaba afirmando que las estructuras configuran a los Estados y que los Estados, como agentes, dan forma a las estructuras. Una vez que hemos analizado los puntos principales desarrollados por la segunda ola de sociología histórica weberiana, examinaremos, a continuación, la manera en la que estos principios han sido elaborados por J. M. Hobson. La obra de J. M. Hobson nos ofrecerá una solución a la relación dialéctica entre estructura y agente desarrollando para ello una teoría sobre el poder agencial internacional del Estado. La solución al dilema estructura- agente nos aportará un marco para nuestro análisis de la acción exterior desde la perspectiva teórica propuesta por Michael Mann y que analizaremos con sumo detalle en el capítulo 2 de esta tesis, centrándonos en su idea del Estado polimorfo y su rechazo de la idea de una cristalización última. Más adelante, en el estudio de caso escogido para esta tesis, en el capítulo 3, intentaré demostrar cómo la acción estatal se encuentra imbuida en diferentes, aunque simultáneos e interconectados procesos e identidades, producto de la interacción entre las diferentes fuentes del poder social tanto a nivel interno, como a nivel internacional o global. 1.5.2. Estructuras: ¿ámbitos de necesidad o de posibilidad? El poder agencial del Estado en J.M. Hobson. Bringing the State Back in (Evans et al., 1985) es el título de un libro escrito por un grupo de académicos de la escuela “neo-weberiana” provenientes de diferentes disciplinas de las ciencias sociales. El objetivo de esta obra era traer de vuelta al Estado como un agente del cambio, en el marco de un conjunto complejo de relaciones sociales. En esta obra se expusieron diferentes perspectivas desde el ámbito de la sociología, las relaciones internacionales o la economía política comparada, con el fin de ofrecer una causa explicativa clara a acontecimientos que surgían en el ámbito internacional provocados por la acción del Estado. Este trabajo colectivo provenía de la necesidad de considerar al 66 Estado y a la geopolítica como factores clave para el análisis y la explicación del cambio social. En respuesta a esta misma inquietud, John M. Hobson concibió dos de sus obras: The Wealth of States: a Comparative Sociology of International Economic and Political Change (1997) y The State and International Relations (2000). En ambos libros intentó desarrollar un enfoque neo-weberiano no reduccionista, retomando al Estado como agente en el ámbito internacional a la vez que siendo consciente de que el Estado estaba también limitado por las estructuras (tanto internas como internacionales). La paradoja que encontró Hobson en sus investigaciones es que retomar al Estado como un agente independiente implicaba también retomar a la sociedad. Esta paradoja es debida al hecho de que Hobson toma prestado de Mann su concepción del poder estatal como poder colectivo, según el cual los Estados fuertes y con capacidad agencial son los que cuentan con fuerzas sociales mejor organizadas y más poderosas. Por ello, el grado de reflexividad del Estado con su sociedad (mutua integración) y su poder organizacional, es fundamental para entender el nivel de poder agencial que obtiene en el ámbito internacional. En este juego de espejos y reflejos, el Estado no sólo conforma y es conformado desde el ámbito social interno, sino que también conforma y es conformado por el ámbito internacional y global porque, a fin de cuentas, no existen sociedades completamente cerradas por fronteras y los ámbitos nacionales e internacionales se encuentran interconectados a través de la posición ventajosa del Estado en el vértice de ambas dimensiones. Una vez presentada la relación entre el poder agencial del Estado y su nivel de integración social o “social embeddedness”, de cara a resolver el dilema estructura-agente, necesitamos analizar hasta qué punto pueden los Estados parcialmente autónomos escapar a los límites de las estructuras internas o internacionales a las que parecen conformarse. La solución a este dilema, según propone Hobson, implica reconsiderar la naturaleza –ontología- de las estructuras y considerarlas como entidades duales, una especie de agentes dobles, capaces de constreñir, a la vez que incrementar, las capacidades del Estado. Ahora bien, uno de los problemas del enfoque de Hobson es que no aporta una definición concreta de las estructuras. Sin embargo, por la manera en que las describe resulta razonable deducir que para él equivalen al término “sistema”, el cual hemos cuestionado en el sentido de que ofrece limitaciones a la hora de explicar elementos disruptivos dentro de ese sistema. En esta tesis emplearemos esta definición de estructura: “el contexto histórico global de normas dentro del cual el comportamiento del Estado tiene lugar”. Por 67 ello, si deseáramos adaptar esta definición a nuestro principal punto de análisis –el poder agencial del Estado en el ámbito internacional-, necesitaríamos añadir un remarque especial relativo al carácter de las “unidades” que componen el sistema. Así, una formulación apropiada del sistema internacional debería incluir el principio ordenante bajo el cual operan las distintas unidades del sistema, el carácter o naturaleza de las unidades y las posiciones que ocupan dentro del sistema. Por ello, propondremos una definición de las estructuras internacionales de la siguiente manera: una forma de organización internacional histórica en la que Estados diferenciados interactúan de manera funcional o disfuncional según sus capacidades y siguiendo determinadas normas o principios ordenantes (anarquía-jerarquía) fijados por la propia función histórica de la organización. Con ello evitaríamos la trampa “sistémica ahistórica” contenida en otras teorías. Partiendo de esta definición general de estructura aplicada al ámbito internacional, se desprenden muchas preguntas. Una de las fundamentales que guía esta tesis es: ¿en qué manera puede el Estado evitar la lógica limitativa proveniente de la finalidad asignada a un sistema/estructura? O contrariamente, ¿cómo pueden las normas o principios ordenantes de las estructuras limitar y dar forma a los Estados? Estas cuestiones constituyen el epicentro de la dicotomía estructura internacional versus Estado agencial. Así, por un lado, los Estados son considerados como parcialmente autónomos y las estructuras, por otro, son a la vez estimadas como ámbitos contingentes de necesidad y de posibilidad, limitantes y capacitadoras a la vez. Esto permite otorgar al Estado diferentes grados de poder agencial, tanto a nivel interno como internacional, enfatizando la dinámica co-constitutiva sociedad-Estado en un ámbito multinivel. El Estado se coloca así en el vértice nacional/internacional en el que los cuatro ámbitos de ordenación espacial ideal (sub-nacional, nacional, internacional y global) se encuentran integrados de una manera tal que se constituyen y determinan mutuamente. Ahora bien, el análisis de Hobson de estructuras y sistemas merece una consideración especial, no solamente porque constituye el aspecto nuclear de su teoría “estructuracionista”, sino también porque el encaje de los Estados dentro de estructuras y sistemas ha sido considerado como la principal debilidad teórica de la sociología histórica. Así, en la obra de S. Hobden sobre las relaciones internacionales y la sociología histórica se argumenta que, aunque las revisiones de la sociología histórica por académicos del ámbito de las relaciones internacionales se han centrado en el análisis del Estado, ha existido, sin embargo, menos discusión y debate sobre la visión de la 68 sociología histórica relativa al ensamble del Estado dentro del sistema internacional (Hobden, 1998, págs.1-19). La principal crítica efectuada a la sociología histórica a este respecto es que la teoría del sistema internacional que emplea es muy similar a la de los enfoques realistas y neo-realistas (Buzan, 1996, págs. 47-66; Navari, 1991; Scholte, 1993, pág. 23). Sin embargo, aunque esta crítica pueda ser pertinente para la primera corriente de sociología histórica internacional desarrollada en los 80, podemos afirmar que tanto Michael Mann, en su segunda fase, como J.M. Hobson, aplican teorías no-realistas sobre el Estado y el poder del Estado a la vez que mantienen intacta la idea de un sistema internacional. Esto resulta posible porque ambos operan una reconfiguración ontológica esencial de los sistemas y Estados. En el siguiente capítulo de la tesis veremos cómo Mann realiza esta reconfiguración a través de su teoría del Estado polimorfo. A continuación, veremos cómo efectúa Hobson esta reconfiguración ontológica de las estructuras internacionales. Ambas reconfiguraciones son las empleadas para establecer las diferentes relaciones de causalidad en esta tesis. El concepto de “estructuras internacionales” sobre el que Hobson opera corresponde a una triple perspectiva teórica: la estructura de los modos de producción, defendidas por los marxistas clásicos; la estructura de la economía capitalista mundial, revisada por los teóricos del sistema-mundo neo-marxistas y el sistema de Estados internacional defendido por los neo-realistas. Esta recolección y mezcla de teorías podría llevar a una síntesis arbitraria que oscurecería, en lugar de aclarar, el análisis de los Estados y las estructuras. Sin embargo, Hobson evita esta arbitrariedad operando un cambio fundamental en la concepción de las estructuras, para lo cual, toma prestada de Mann su idea de “múltiples cristalizaciones” o “cristalizaciones polimórficas”. Así como los Estados cristalizan en diferentes formas, las relaciones entre Estados no cristalizan en una única forma (capitalista, imperialista, militarista o incluso patriarcal) sino en varias formas simultáneamente. La esencia de esta idea de estructura polimórfica es que permite mantener la existencia de una variedad de formas de organización simultáneas -nacionalista, capitalista, patriarcal y militarista, por ejemplo-, es decir, existe más de un morfo o fase dentro del desarrollo histórico de la interacción extra-estatal. Ahora bien, para poder ser clasificadas como tales, las fases o morfos deben ocupar el mismo hábitat al mismo tiempo y pertenecer a lo que podríamos denominar –tomando el concepto prestado de la biología- una población panmíxica o heterogámica. De ahí que Mann afirme que las instituciones (entendidas como la consolidación con voluntad de permanencia de un modo de 69 interacción) son eminentemente promiscuas, rompiendo la ecuación entre función y organización propia de las tres teorías descritas. En lugar de enfocar a las estructuras como absolutamente restrictivas por naturaleza y operando bajo una única lógica o racionalidad, las estructuras se convierten en espacios de interacción que operan simultáneamente bajo diferentes lógicas, marcadas por la oportunidad “realms of opportunity”; o la restricción “realms of constraint”. Por ello, puede concluir Hobson, que el ámbito internacional está conformado por distintos tipos de relaciones entre Estados desarrolladas a lo largo de diferentes periodos de la historia y por la variedad de actores (ya sea Estados u otras entidades sociales) que interactúan en él y que le han otorgado un carácter marcadamente polimórfico. En conclusión y a modo de resumen, una solución “estructuracionista” al dilema estructura-agente parte de tres premisas: 1. Los actores sociales no son entidades auto-constitutivas, sino que son parcialmente autónomas y “co-constitutivas”, lo que implica que un cambio súbito en una de ellas altera la trayectoria y la naturaleza de las otras. 2. Las dimensiones espaciales en las que los actores interactúan y se interrelacionan (local, nacional, internacional o global) no son independientes, ni se encuentran separadas, ni operan bajo lógicas diferentes, sino que se encuentran conectadas a través de una red de relaciones sociales cuyas tramas conectan los diferentes ámbitos espaciales simultáneamente, dando como resultado una imagen polimórfica y entramada de la realidad social. Por ello, los ámbitos externos e internos de interacción social no son auto-constitutivos sino “co-constitutivos”. 3. El Estado no es el único actor, pero sí un actor privilegiado que toma ventaja de su posición territorial en el vértice de todos estos ámbitos. Si el poder del Estado se desarrolla dentro de una red compleja de actores y fuerzas sociales que trascienden las fronteras del Estado, entonces, sus relaciones de poder a nivel interno tendrán también un impacto a nivel externo y afectarán su poder agencial internacional. Por ello, podemos deducir que las bases del poder agencial del Estado vienen determinadas tanto por su carácter territorial en el límite de los ámbitos nacional e internacional como por su nivel de integración social, marcada por la dinámica co- constitutiva sociedad-Estado. En consecuencia, los Estados tratarán de potenciar sus intereses empleando los recursos de los que disponen en ambos ámbitos para bien 70 adaptarse o escapar a las presiones ejercidas por las estructuras internas o internacionales. Particularmente importante resulta aquí la idea de que los Estados cristalizan “funcionalmente” (como afirma Mann) entre las estructuras y actores globales, internacionales y nacionales, ya sea para potenciar sus intereses o para ajustarse (o someterse) a los requerimientos de las diferentes estructuras (Hobson, 2000: 234). Durante este proceso, los Estados serán capaces de formar a las estructuras y, a su vez, de ser formados por éstas. La conclusión última será que al poner en práctica diferentes estrategias, bien para escapar o bien para adaptarse a los requerimientos de las estructuras, los Estados han promovido (intencional o inintencionadamente) el desarrollo de una “arquitectura” espacial global gradualmente integrada. Bajo este nuevo enfoque “integracionista” de la problemática estructura-agente, el Estado se convierte en un Estado constitutivo, en contraposición con el Estado meramente pasivo-adaptativo afín al neorrealismo; o al Estado puramente agencial, como afirma la teoría neoliberal institucionalista. Una vez delimitado nuestro enfoque teórico-analítico y precisadas las consideraciones ontológicas acerca del Estado, de las estructuras y del poder agencial, en el siguiente capítulo abordaremos los principales hallazgos teóricos de Michael Mann acerca de las fuentes de poder social, cómo se han configurado a lo largo de la historia y como han incidido en la formación de Estados durante el siglo XX. Con ello quedarán cubiertas las cuestiones teóricas fundamentales desde la que se aborda esta tesis. 71 Capítulo II. Presentación del modelo IEMP de Michael Mann. Este capítulo es tal vez uno de los más relevantes de esta tesis. En él presentaremos al autor y al modelo teórico que conducirá nuestra investigación, que se centrará, primordialmente, en el análisis del poder del Estado, punto sobre el cual deseo extenderme con el objetivo de dejar bien asentados los presupuestos ontológicos y epistemológicos, que más tarde me servirán para desarrollar la parte empírica de nuestra investigación doctoral. A modo de breve introducción al autor, Michael Mann (1942, Reino Unido) es un sociólogo angloamericano y catedrático de la Universidad de California Los Ángeles (UCLA). Es doctor por la Universidad de Oxford y uno de los más ilustres representantes de la corriente teórica denominada sociología histórica. Ha dedicado su vida académica a estudiar el desarrollo del poder en las sociedades humanas, centrándose en los grandes procesos macro-históricos y globalizadores, dentro de los cuales ha elaborado sendas obras dedicadas al análisis de la democracia (Mann, 2005) el fascismo (Mann, 2004) o los imperios (Mann, 2003). 2.1. Las fuentes del poder social: introducción y contexto teórico Los cuatro volúmenes que componen su opus magnum, Las fuentes del poder social, constituyen un estudio analítico del poder en las sociedades humanas desde la Prehistoria hasta la actualidad. Es de esta obra de la que extraigo los principales conceptos analíticos y enfoques que conforman el marco teórico de esta tesis. La primera observación que me gustaría resaltar es que “Las fuentes del poder social” no están elaboradas en base a un relato sincrónico, sino diacrónico del poder, ya que Mann afirma que los cambios y transformaciones producidos en las estructuras históricas vienen determinados por ciertas evoluciones que operan en las redes de interacción formadas en torno a cuatro fuentes principales (aunque no únicas) de poder en las sociedades humanas: el poder ideológico, el económico, el militar y el político, siguiendo un patrón geopolítico que ha trasladado el epicentro del poder desde Oriente hasta Occidente. El volumen I (Mann, 2012a) abarca el periodo histórico comprendido entre el neolítico y el comienzo de la Revolución industrial (1760). Será en este volumen donde Mann exponga las principales bases de su modelo teórico-metodológico y donde contraste empíricamente sus hipótesis, analizando para ello las civilizaciones surgidas en los márgenes fluviales de los principales ríos de Oriente Medio y Asia, el auge de la era 72 mediterránea clásica, la Europa medieval, el nacimiento Estado moderno y la llegada de la Revolución industrial. El volumen II (2012 b) se centra en el surgimiento de dos nuevos actores sociales en la historia europea: las clases y los Estados-nación, así como las relaciones de poder que son capaces de constituir, dando lugar a una nueva estratificación social. Abarca el período histórico comprendido entre 1760 y la Primera Guerra Mundial. Este volumen contiene la mayoría de los aspectos aplicables al caso de estudio de esta tesis: la formación del Estado de Israel, la autonomía del poder militar y la configuración de sus redes de poder. Se trata del volumen en el que Mann expone su teoría del Estado polimorfo, y aporta las claves que explican su surgimiento y los factores que contribuyeron a su transformación durante 150 años de historia. Es en este volumen en el que Mann enfatiza el “patrón desordenado” que forman las sociedades y donde aporta las herramientas analíticas para entenderlas. El volumen III (2012 c), se subtitula Imperios globales y revolución y analiza el período histórico que transcurre desde 1890 al final de la Segunda Guerra Mundial en 1945, momento en el cual culmina la “autodestrucción” europea y japonesa y surgen los dos superpoderes de la Guerra Fría: Estados Unidos y la URSS. En este libro, Mann se centra en la interrelación entre capitalismo, Estados-nación e imperios, así como en las desigualdades económicas que este modelo de desarrollo ha producido y cómo se intentó corregir con un nuevo modelo capitalista reformado y democrático. Este volumen constituye también otro de los pilares teóricos de esta tesis, por recoger un análisis de las principales estructuras internacionales que marcarán la acción exterior del Estado de Israel, tanto en el ámbito político como militar durante la Guerra Fría, y la manera en que han impactado en su desarrollo interno. El cuarto y último volumen se denomina “Globalizaciones” y abarca el periodo comprendido entre 1945 y 2011 (Mann, 2013). En él Mann analiza los principales pilares del orden global postbélico: el capitalismo, los Estados-nación y la hegemonía del Imperio estadounidense, estudiando las transformaciones operadas en todos ellos como producto de su interrelación. La principal tesis de Mann en este volumen es que no existe un solo proceso de globalización y que esta no tiene un contenido específico, sino que lo que se ha experimentado en esta época es la globalización y extensión de las cuatro fuentes de poder social, cada una de ellas afectadas por ritmos de desarrollo diferentes y que han producido las principales crisis de nuestro tiempo: la proliferación nuclear, la gran recesión económica y la crisis del cambio climático. 73 En todos ellos, la línea analítica argumental va encaminada a dilucidar tres aspectos fundamentales: (i) cómo se producen los cambios en la historia;(ii) cómo se construye la cohesión social y (iii) las crisis que generan los cambios en las estructuras. Para ello emplea un enfoque multicausal y multinivel, inspirado en la metodología de los tipos ideales de Max Weber, pero negando una supremacía última. El principal desafío teórico que presenta esta tesis es la conversión de este modelo de explicación macro histórica a un estudio de caso micro-histórico relacionándolo con el dilema clásico de la teoría de las relaciones internacionales expuesto en los dos capítulos precedentes: la ontología del Estado y la dialéctica estructura-agente. En este sentido, el enfoque teórico de Mann representa un desafío para un estudio micro-histórico por dos motivos: 1. En primer lugar, porque el propio Mann, niega el carácter cerrado y unitario de las “sociedades” (y el propio uso del término para nombrar a la sociedad “americana”, la “española”, la “judía” o la “industrial”) En otras palabras, cuestiona la utilidad empírica de considerar a las sociedades en referencia exclusiva al Estado-nación o a las estructuras económicas, ideológicas, etc. 2. En segundo lugar, porque Mann niega el propio concepto de “sistema-mundo” empleado por autores como Wallerstein que también ponen en entredicho la ecuación sociedad=Estado. La tesis de Mann es que las “sociedades” son redes de interacción entrelazadas y superpuestas formadas en torno a cuatro fuentes de poder parcialmente autónomas que operan en un ámbito multiespacial influido por el tipo de poder (concentrado o difuso; colectivo o distributivo) que les resulta más propio: el poder ideológico, el económico, el militar y el político. Esto constituye la base de su modelo IEMP. Sin embargo, Mann encuentra que estas redes rara vez han sido determinantes por sí mismas en algún momento de la historia por lo que sus principios ordenantes son mixtos y vienen determinaos por las funciones que esta combinación de redes cumplen dentro de la estructura histórica. No se puede observar, por ello, una única lógica (racional, capitalista o realista) gobernando el mundo, ya que la interacción entre las redes cambia la propia naturaleza de estas y con ella, su lógica. Mann concluye que durante buena parte de la historia es una combinación particular de redes la que resulta decisiva en la constitución de las estructuras y, por ello, serán cambios en estas redes las que marquen la contingencia de la historia. 74 Esta combinación de fuerzas requiere un enfoque necesariamente multidisciplinar, capaz de combinar aspectos relativos a las relaciones de poder económico, ampliamente tratadas por especialistas de la economía política (marxistas o liberales); aspectos relativos al poder ideológico, últimamente muy en boga por parte de enfoques culturalistas o post- modernistas; aspectos relacionados con el poder político, defendidos por los politólogos; o el poder militar, que frecuentemente ha sido tratado como un aspecto del poder político o bien ha sido relegado a dos subgrupos disciplinares: los historiadores militares o la sociología militar, ignorando con ello la capacidad estructurante de las guerras, que normalmente son vistas como fenómenos anómalos dentro del proceso de globalización o de avance del capitalismo. Si, tal y como lo he presentado, este modelo resulta relevante para explicar procesos macro-históricos y el propio Mann niega la existencia de sociedades unitarias y la utilidad empírica de encasillar a la sociedad en el Estado, la pregunta que puede estar en la mente de todo el que se aproxime a leer esta tesis es, ¿qué sentido tiene aplicar este modelo al análisis de un Estado-nación? La respuesta a esta pregunta viene justificada por tres aspectos: su metodología comparativa entre Estados que forman parte del “leading edge of power” de su época; la existencia diaspórica planetaria de las comunidades judías; y la teoría del Estado de Mann y su defensa del carácter autónomo o poder agencial del mismo. Como veremos en la siguiente sección, la principal característica del Estado para Mann es su naturaleza territorial centralizada y, por ende, su poder para “territorializar” el resto de las redes de interacción que se forman en torno a las otras fuentes de poder social. Esta es la clave de su poder autónomo y el medio por el que ha logrado influir sobre el resto de las redes de poder. Por ello mismo, el caso de estudio de Israel ofrece una oportunidad única de comprobar cómo funcionó este proceso de territorialización y acotación de la vida social en el siglo XX. 2.2. El modelo IEMP y su implicación en el estudio del Estado Comenzaremos este epígrafe con una precisión. Aunque en muchas ocasiones se ha comparado el trabajo de Michael Mann al de Max Weber y él mismo reconoce su gran deuda con el sociólogo alemán, existen ciertos aspectos de divergencia importantes que subrayar, siendo el principal de ellos su concepto de poder político. El punto de partida que emplea Mann para distinguir el poder político encarnado en el Estado del resto de fuentes de poder social es su funcionalidad para ordenar territorialmente la vida social. 75 En este sentido va más allá de Weber y de Marx en su conceptualización de las tres grandes organizaciones de poder social con capacidad estructurante (político-económico- ideológico en el caso de Marx y clase, estamento, partido, en el caso de Weber), limitando el poder político (que para Weber podía estar presente en cualquier organización social) al ejercicio exclusivo por parte del Estado. Mann lo define como “la regulación territorial y centralizada de la vida social”, añadiendo con ello un importante componente geopolítico a la relación. Las funciones clave del Estado para Mann son: 1. La regulación rutinaria de la vida social 2. La coordinación normativa necesaria para esta regulación desde un centro de poder hacia los confines de su territorio, ejercida a través de la elaboración de leyes y de deliberaciones políticas normativas. Esta definición funcional lo distancia de las funciones claves que asignaba Weber al Estado como portador de la legitimidad (ideología) o del monopolio de la fuerza física (militar). Contrariamente al poder militar, el poder político propio del Estado no es expansivo, sino que está confinado a sus instituciones y su territorio y se encuentra normativamente institucionalizado, sin margen a la discrecionalidad propia del poder militar18. Obviamente, existen ejemplos en la historia (de entre los que Mann cita el nazismo, el estalinismo, los maoístas o los grandes inquisidores católicos) en los que el poder político y el militar aparecen fusionados. Pero, aunque todas las fuentes de poder aparecen fusionadas alguna vez en la historia, como fue el caso del poder económico y el político en la extinta Unión Soviética, no por ello, debemos negar la utilidad empírica de separarlos. Mann defiende la necesidad de considerar el poder militar como un aspecto separado del poder político por cuatro motivos: 1. La existencia de la separación habitual entre las administraciones civiles y militares dentro del Estado (cuya autonomía se ejemplifica en episodios como golpes de Estado, tribunales militares o en la existencia de castas militares dentro del Estado) 18 Frente a autores como Perry Anderson (1990) que aducen que el Estado no tiene un tipo de poder propio sino que descansa en una mezcla de creencia y fuerza y que la regulación política requiere el uso de la violencia, la recaudación fiscal o la legitimación (ideológica), Mann afirma que, un vez son creados, los Estados tienen propiedades emergentes propias, la más sobresaliente de las cuales es su capacidad de territorializar todos los aspectos de la vida social (incluyendo el poder político, el militar o el ideológico), constituyendo así la propiedad emergente más significativa del poder político. 76 2. La existencia de fuerzas armadas no estatales (guerrillas, milicias, grupos terroristas, etc.) Estas fuerzas constituyen en la actualidad un verdadero desafío al poder de los Estados o a la eficacia de ejércitos estatales convencionales. 3. El gran declive de guerras interestatales y el considerable aumento de guerras civiles, particularmente en África, Asia y Oriente Medio. 4. La demostrada función histórica que ha tenido el poder militar en la conquista de nuevos territorios. Consecuentemente, para Mann, no es el monopolio legítimo de la violencia física, sino la capacidad normativa y de acotación territorial de la vida social del Estado, la que lo habilita para ejercer su autonomía en dos direcciones, hacia dentro y hacia fuera de sus fronteras. El surgimiento del Estado-nación en la Edad Contemporánea se inserta en una dinámica macrohistórica que lo ha universalizado como la forma hegemónica de organización política, dando como resultado la creación de una macro-red de interacción conectada a múltiples micro-redes, en las que todas aparecen como parcialmente autónomas y en las que se han desarrollado ciertos nodos de poder con mucha mayor capacidad para influir en el conjunto de la red que otros. Estaríamos así ante una definición cuántica del Estado, en la que los Estados están formados por varias sustancias (redes de poder social), y las propiedades de la materia (su comportamiento) están determinadas no sólo por las sustancias mismas, sino por cómo interactúan entre ellas. La conclusión es que la centralización y territorialización de la interacción de las redes de poder social constituye la verdadera materia del Estado y de las estructuras que lo sustentan, ya sea a nivel intra-estatal o extra-estatal. La teoría del Estado neo-realista es newtoniana, la nuestra es cuántica, añade complejidad, pero también se acerca mucho más a la verdadera naturaleza de lo social. Más que en su relación con el espacio y el tiempo, la definición de sustancia se acerca cada vez más a su estructura y otros atributos, como sus propiedades químicas o eléctricas. Por supuesto, estos conceptos son tipos ideales que nunca se dan puros, “Sólo los resultados que con ellos se obtengan puede darnos la medida de su conveniencia” (Weber, 2002, pág 21) 77 2.3. Poder y Estado en la obra de M. Mann Como ya he mencionado anteriormente, uno de los principales puntos de desacuerdo de la teoría del Estado de Mann con respecto a otras teorías es su idea de la autonomía estatal o de su poder agencial, desarrollada principalmente en el segundo volumen de su obra “Las fuentes del poder social” (Mann, 1993/2012). Será precisamente el análisis del poder, la cuestión clave en torno a la cual Mann desarrollará su teoría del Estado y, por ende, el elemento central sobre el que pivotará esta tesis. Pero antes de continuar con la observación del fenómeno del poder desde los cuatro tipos ideales propuestos por Mann y de sus infraestructuras correspondientes, será necesario efectuar algunas precisiones acerca de la definición y conceptualización que ofrece Mann del poder y que lo diferencian de otras teorías sociales más cercanas al realismo clásico. Mann define el poder como “la habilidad de perseguir y alcanzar objetivos mediante el dominio del entorno” (Mann, 2012a, pág. 6). Sin embargo, contrariamente a la definición clásica del poder ofrecida por Max Weber y adoptadas por otras teorías clásicas de las relaciones internacionales que consideran el poder como una capacidad de carácter distributivo que se ejerce en un contexto de suma cero donde para que “A” gane en poder “B” tiene que perderlo; en el análisis de la sociología histórica, la capacidad transformadora del poder se vuelve más efectiva cuando se produce de forma colectiva entre dos o más actores. Es decir, el poder no tiene meramente un carácter distributivo, sino colectivo, en el que la suma de las partes supera a la totalidad del conjunto. En el poder colectivo “A” y “B” colaboran para controlar, superar o dominar a “C”19. No obstante, tal y como Mann hace notar, la interacción entre ambos aspectos del poder no siempre es nítida y, en muchos casos, ambas caras del poder se encuentran presentes en las estructuras sociales. El poder es por tanto como la faz de Jano: señala siempre una doble funcionalidad. Este hecho produce una relación dialéctica en el que la implementación de objetivos que requieren el desarrollo de un poder de tipo colectivo o cooperativo (acuerdos comerciales, por ejemplo) incide sobre el poder distributivo (abolición de políticas proteccionistas) La noción de “poder colectivo” es particularmente importante en nuestro análisis sobre el poder del Estado y la sociedad puesto que, según Mann, el poder alcanza su nivel de mayor eficiencia cuando tiene lugar en entornos colectivos –societarios o cooperativos 19 Como veremos más adelante Mann toma este concepto de poder colectivo de Talcott Parsons (1968) 78 (Mann, 1993/2012, pág. 59) En la fórmula de Mann, el poder del Estado y el poder social avanzan juntos, de manera colectiva. Por ejemplo, de manera contraria a la teoría convencional weberiana, la introducción de poder y valores sociales dentro del cuerpo burocrático producida a lo largo del desarrollo del Estado moderno, es una fuente incremental de poder, no una debilidad. Como resultado de ello, la administración estatal contiene un mayor componente de poder social y valores y, al contrario que Weber (2002, págs. 173-80), este elemento constituye su misma fortaleza. Mann comienza su disquisición sobre el poder del Estado distinguiendo entre dos tipos de “estatismo” o teorías del Estado relacionadas con el ejercicio del poder: “elitismo auténtico” y “estatismo institucional” (2012 b). El “elitismo auténtico” se corresponde con el neo-realismo y con la primera ola de la sociología histórica representada por Theda Sckocpol (1979) o Charles Tilly (1990). Esta teoría se basa en dos postulados. El primero, presupone a la existencia de una élite estatal homogénea y coherente, cuyas acciones están basadas en una concepción única e incuestionable del interés estatal, lo que justifica, por ejemplo, la necesidad de la superioridad militar. Sin embargo, la imagen de que existe una élite del poder puede resultar un tanto simplificadora ya que, como afirma Castells, “no existe ninguna élite de poder capaz de mantener bajo su control todas las operaciones de programación y conexión de todas las redes de poder” (2009, pág. 78). Por lo general, para imponer el poder, necesitamos establecer sistemas más tenues, complejos y consensuados, en el que las principales redes en torno a las cuales se crean las principales fuentes de poder social establezcan objetivos que sean compatibles entre sí, induciendo alianzas y limitando las contradicciones. Si los que ejercen el poder en las distintas redes coinciden, restan dinamismo y aminoran la capacidad transformadora de la sociedad, agotando con ello las fuentes de estructuración y cambio social. Otro de los puntos de desacuerdo de Mann con respecto a otras teorías de las relaciones internacionales es su idea de poder geopolítico. Si bien acepta la diferencia efectuada por politólogos entre el poder “blando” y el poder “duro” de los Estados, ve en el poder “duro” (guerras, amenazas, alianzas militares) una extensión del poder militar y en el poder “blando” (realización de acuerdos de carácter económico, educativo, diplomacia pacífica, etc.) una extensión de relaciones de poder político. Para Mann la geopolítica no es la principal forma de organización que trasciende las fronteras del Estado. Existen otros tipos de relaciones transnacionales, especialmente ideológicas y económicas, que también permean las fronteras territoriales de los Estados. La geopolítica es por tanto sólo un 79 componente del espacio extra-estatal, distanciándose así del excesivo énfasis que ponen las corrientes realistas tradicionales en la geopolítica “dura”. Con respecto al concepto de poder agencial o autonomía estatal, el segundo supuesto o idea a priori que los distancian de las teorías clásicas es la idea de éstas de que el Estado es un ente autónomo y se encuentra separado de la sociedad, lo que implica que a menudo se enfrenta y entra en conflicto con actores sociales. Mann afirma que esta confrontación es propia de los poderes despóticos y cristaliza en un juego de suma cero entre el Estado y la sociedad, implicando que para que uno obtenga poder, el otro tiene que perderlo. No obstante, Mann hace notar la existencia de otra forma de poder estatal que ha sido ampliamente ignorada en los postulados acerca del Estado. Se trata de lo que él denomina “poder infraestructural” y hace referencia a la capacidad del Estado de penetrar de manera efectiva en la sociedad civil y de ejecutar logísticamente decisiones políticas en todo este ámbito” (Mann, 1993/2012, págs. 59-61). La premisa o idea a priori de esta concepción es que el Estado opera en cooperación con la sociedad a través de un poder entendido en términos colectivos, no despóticos. Esta idea está en coherencia con otra idea de Hobson y Mann ya presentada que afirma que el poder del Estado depende de su grado de integración en la sociedad. Como resultado de ello, ni los Estados ni las sociedades son entidades auto-constitutivas o autónomas que operan desde lógicas diferentes. Son más bien entidades parcialmente autónomas y co-constitutivas dando lugar a diferentes formas de organización social determinadas por las situaciones históricas. Autonomía parcial20, co-constitución e historicidad, son las tres características fundamentales de su modelo de relación sociedad-Estado. Por ello, Mann define al Estado moderno como (1) un conjunto diferenciado de instituciones y personal que encarnan (2) la centralidad, en el sentido de que las relaciones políticas emanan desde y hacia un centro (3) de un área demarcada territorialmente sobre la que ejerce (4) cierto grado de autoridad para la regulación normativa vinculante, respaldada por algún modo de organización de la fuerza física. (2012:56). Al rebajar el “monopolio” weberiano clásico de la violencia física e irradiar las relaciones políticas hacia y desde un centro, Mann trata de evitar la reducción del Estado a la violencia (Walter Benjamin, Schmitt) y al poder militar, al traer a la sociedad civil de vuelta al centro mismo del poder estatal. 20 La autonomía parcial indica una rebaja tanto del concepto ideal de soberanía como el de libertad. 80 2.3.1. Estado, espacio y modos de ejercicio del poder. Por otro lado, el factor multi-espacial subrayado por la sociología histórica influye también en la manera de analizar el poder. Así, según Mann, el poder puede ser extensivo, cuando se ejerce al mínimo nivel de intensidad sobre amplios territorios, o intensivo, cuando un alto grado de control social es ejercido sobre un área más restringida. Mann igualmente emplea una distinción adicional entre poder autoritario y difuso. El poder autoritario indica la existencia de un entorno rígido de “mando-obediencia”. En contraste, el poder difuso se desarrolla gracias a la existencia de normas basadas en prácticas o usos comunes desarrollados a lo largo del tiempo en la sociedad (Mann, 2012a, págs. 6-10). Según Mann, el modo más efectivo de ejercer el poder combina estos cuatro modos de ejercicio del poder que acabamos de analizar colectivo-distributivo, extensivo-intensivo y autoritario-difuso. Estos diferentes tipos de poder (maneras de ejercerlo) se encuentran interrelacionados y se combinan según las circunstancias históricas. En consecuencia, Mann afirma que las sociedades no son sistemas, sino que están formadas por redes de poder organizado. Estas redes desarrollan sus actividades desde localizaciones diferentes: local, a nivel subnacional; nacional, cuando las redes se encuentran dentro de las fronteras del Estado, internacional, que abarcan las relaciones entre redes nacionales diferentes; transnacional, en la que las redes de poder están inafectadas por las fronteras estatales (como ocurre, por ejemplo, con el poder ideológico de la religión); y global, que abarca redes de poder de carácter global. En la base (o raíz) de estas redes de poder organizado se encuentran distintas combinaciones de las cuatro fuentes de poder social –económico, político, militar e ideológico-. Es por ello por lo que afirmamos que las fuentes del poder social detentan una autonomía únicamente parcial porque, junto con los actores de poder como los Estados o las clases sociales, contienen identidades múltiples formadas por la interrelación y el entrecruzamiento de todas ellas a lo largo de las diferentes localizaciones espaciales. Estas interacciones tienen la facultad de cambiar las formas (de organización) internas de unos y otros, así como sus trayectorias externas (Mann, 2012a, págs. 2-3) Un ejemplo de ello es la interacción entre clase y nación, redes de organización que surgieron de manera conjunta, a pesar de que la teoría ha tendido a diferenciarlas. 81 2.3.2. Teoría del Estado polimorfo La co-constitución o integración mutua de Estados y sociedades se encuentra presente en la teoría de Mann del Estado polimorfo. Según Mann, los Estados cristalizan funcionalmente entre actores y estructuras globales, internacionales y nacionales ya sea para fortalecer sus intereses o para adaptarse a los requerimientos de las diversas estructuras. El hecho de que no exista una fuente del poder social única y primordial sino cuatro fuentes entrelazadas es contraria a la idea de una “cristalización primordial” del Estado, así como de las estructuras internas o internacionales. De la premisa anterior se sigue que, puesto que las organizaciones de poder están en permanente evolución, nunca se encuentran del todo institucionalizadas y aparecen siempre expuestas a “grietas” o fisuras que pueden provenir de su propio proceso de institucionalización o de la emergencia de nuevas redes de poder que aporten nuevas configuraciones (Mann, 2012a, pág. xi) Por ello, en línea con los realistas, Mann admite que el Estado responde a la competición militar internacional, pero también responde a otras fuentes de poder, por lo que se les puede considerar también como capitalistas (en línea con los marxistas), patriarcales (como defienden las teorías feministas) o construidos por identidades y normas sociales (constructivistas) (Hobson, 2000, pág. 201). Para Mann, ninguna de estas causalidades resulta absolutamente determinante o prevaleciente con respecto a su cristalización. Es por ello que los Estados no actúan llevados por una única “racionalidad” sino que se encuentran afectados por múltiples racionalidades. El Estado sería por tanto una entidad proteica que, al igual que la divinidad griega Proteo, es capaz de adoptar varias formas simultáneamente gracias a su dimensión interna y externa, y por ser el lugar en el que convergen las distintas redes de poder social. Sin embargo, su naturaleza múltiple no es un regalo de los dioses, sino que proviene del proceso de co-constitución de las sociedades y los Estados a través de las distintas combinaciones de las fuentes de poder a lo largo de la historia. Dicho de otro modo, en el proceso de cristalización estatal, tanto los actores no estatales como las estructuras (ambos parcialmente autónomos) se encuentran constituidos a través de lo político –el Estado-, la economía, la geopolítica y la ideología; mientras que los Estados (también parcialmente autónomos) están constituidos por múltiples fuentes de poder no estatales y parcialmente autónomas (económica, ideológica-normativa y militar). 82 Por tanto, cuando intentamos “atrapar” o aprehender el binomio Estado-sociedad para conocer su verdadera apariencia, descubriremos que, como en la leyenda proteica, puede adoptar la forma de un león (militar), una serpiente (ideológico) un leopardo perfectamente camuflado (político) o incluso un torrente de agua suave e incorpórea impulsado por una mano invisible (económico). La complejidad de nuestro esquema yace en el hecho de que, a pesar de la capacidad otorgada por los dioses a Proteo de adoptar diferentes formas, éste no podía adoptarlas simultáneamente, mientras que nuestro Estado polimorfo sí. Si en el mito proteico todo aquel que deseara averiguar el futuro tenía que atraparlo discerniendo su verdadera forma; en el Estado, el papel del científico es también distinguir sus múltiples formas, no siendo ya el lugar donde habita lo político, sino donde habitan las fuerzas que co-forman lo político. Dicho de otro modo, y en las hermosas palabras del poeta Borges: “De Proteo, el egipcio, no te asombres, tú que eres uno y eres muchos hombres.” (La rosa profunda, 1975) Llegados a este punto podemos concluir que Mann se distancia de las teorías dominantes en relaciones internacionales principalmente en cinco aspectos: 1. Su relativización del concepto de “primacía última” y su negación de una historia teleológica 2. Su concepto de cambio neo-episódico 3. Su negación de la idea de sociedades unitarias o de sistemas operando bajo una única lógica. 4. Su concepto de poder autónomo del Estado. 5. Su concepto de poder militar y la consiguiente separación del poder político El enfoque de nuestro laberinto teórico no requiere por ello partir de la pregunta acerca de la naturaleza última del Estado o de la estructura internacional, sino preguntar cómo el Estado modela a las otras fuentes del poder social y cómo éstas, a su vez, modelan al Estado. En definitiva, cómo se forma, cómo ejerce su poder y qué estructuras se ven afectadas en este proceso. Así entiendo el planteamiento esencial de mi tesis y su caso de estudio: la organización de las redes de poder en Israel y su impacto en la estructura internacional. 83 2.3.3. El poder y la búsqueda de la primacía última: Modelo motivacional versus modelo organizacional La búsqueda de una causa última que pueda explicar tanto el comportamiento de la naturaleza como la del hombre que pretende dominarla es, tal vez, la que más ha incidido en el desarrollo de las ciencias de la naturaleza y de las ciencias humanas o ciencias del espíritu, como las denominó Dilthey. Esta búsqueda, sin embargo, fue interrumpida durante la fase más tardía de la Ilustración, como consecuencia de su ímpetu racionalizador. “La causa ha sido sólo el último concepto filosófico con el que se ha medido la crítica científica, en cierto modo porque era la única de las viejas ideas que se le enfrentaba, la secularización más tardía del principio creador”. Esta afirmación de Max Horkheimer y Theodor W. Adorno en su Dialéctica de la Ilustración (1999, pág. 51) refleja la inmensa problemática epistemológica y los límites que inevitablemente habrán de situarse en el conocimiento de cualquier fenómeno social. Aunque, como veremos a continuación, Mann niega la existencia de una causa última y no entra en el ámbito de las motivaciones últimas, sí establece, sin embargo, una racionalidad y una intencionalidad en la naturaleza humana que parece contradecir otros aspectos de su teoría más críticos con los presupuestos positivistas del realismo. Para Mann, el origen del poder está en la propia naturaleza humana que “es inquieta, intencional y racional, se esfuerza por disfrutar de las cosas buenas de la vida y es capaz de escoger y obtener los medios necesarios para ello.” (2012a, pág. 4) Aunque la primera parte de esta explicación podría enmarcarse en el modelo motivacional de explicación última de la estructura social, presente en muchos enfoques marxistas y liberales; la segunda parte, en la que afirma que el hombre “es capaz de escoger y obtener los medios necesarios” lo desvía de este modelo. A partir de entonces, desdeña cualquier interés en un análisis motivacional, mucho más difícil de medir y de cuantificar, centrando su atención en los aspectos organizacionales del poder, ya que constituyen el epicentro mismo de la estructura social y del cambio histórico. 2.3.4. Propiedad emergente Mann afirma que, para satisfacer estas motivaciones básicas, los hombres necesitan intervenir en la naturaleza, requiriendo para ello el establecimiento de relaciones de cooperación. De este primer a priori –de la necesidad de cooperación social para 84 intervenir en la naturaleza- se sigue que, tanto las características y oportunidades que ofrece la naturaleza sobre la que el hombre interviene (clima, geografía, recursos, extensión, etc.), como las del tipo de relaciones sociales que entabla para ello, serán determinantes y acabarán por estructurar nuestras propias motivaciones, incitando con ello la creación de una nueva estructura social. A esto lo denomina Mann “propiedades emergentes propias”21 (Mann, 2012a, págs. 4-6). Generalmente, se produce una respuesta social particular a un hecho fortuito, en el que la motivación no es lo importante, sino la oportunidad de sacar partido a ese hecho fortuito. Es decir, el aspecto clave para provocar un cambio social-organizacional es que se den las circunstancias y dinámicas que lo potencien. Para que el hombre consiga los fines que persigue necesita entrar en relaciones de cooperación, de ahí la afirmación efectuada desde antaño de que el hombre es un animal social. La existencia de múltiples motivaciones y objetivos hace que existan también múltiples formas de organización social, formando redes de interacción a gran y pequeña escala, desde las interpersonales hasta las internacionales. Podríamos afirmar que a cada motivación u objetivo le corresponde un tipo de relación social, dependiendo de cuáles resulten más efectivas para alcanzar los objetivos colectivos que nos propongamos. No serán pues los fines, sino los medios que empleamos para alcanzarlos, los que posean una verdadera fuerza estructural y los que respondan a la pregunta sobre la primacía última que condiciona la configuración social de un momento histórico determinado. La tarea de esta tesis será analizar qué tipo de redes son más poderosas (efectivas) que otras y cuáles tienen la capacidad de estructurar relaciones sociales (trabajo, vecindad, género, clase, etc.). 2.3.5. Necesidad emergente Según Mann, “cualquier sociedad caracterizada por una división del trabajo hará emerger relaciones sociales especializadas en satisfacer diferentes ámbitos de las necesidades humanas” (2012a, págs. 5-6). Estas relaciones sociales especializadas se diferencian por sus capacidades organizativas. La teoría de Mann abandona así, definitivamente, el 21 Un ejemplo de la capacidad estructurante de la naturaleza sería la agricultura fluvial de los valles del Nilo y el Éufrates, que estructuraron el comportamiento humano por las oportunidades que ofrecían las inundaciones para satisfacer la necesidad de subsistencia, dando origen con ello al sedentarismo y la civilización 85 ámbito del análisis motivacional, ya que el establecimiento de relaciones de poder no constituye un objetivo en sí mismo, sino un medio, que se perseguirá y surgirá por sí solo en tanto sea capaz de probar su efectividad para conseguir los fines propuestos. A esto lo denomina Mann una “necesidad emergente”. Las relaciones de poder emergen al buscar satisfacer una necesidad22. Mann toma este concepto de Talcott Parsons que define el poder, no en términos weberianos, entendido como la “capacidad de imponer la voluntad”, sino como un “medio generalizado”, es decir, un medio para conseguir cualquier objetivo que deseemos alcanzar (Mann, 2012a, pág. 6). Según Mann, las estructuras sociales que forman estas redes de poder generan la aparición de otras redes para satisfacer nuevas necesidades emergentes, formando una especie de ciclo o bucle histórico continuo. Por tanto, mi propósito en esta tesis será identificar las oportunidades y necesidades emergentes que posean la fuerza necesaria para estimular el surgimiento de nuevas relaciones de poder. Este enfoque no pretende huir de explicaciones basadas en motivaciones culturales, ideológicas o ético-normativas, propia de las teorías constitutivas, sino centrarnos en las oportunidades y los medios. Una objeción a esta afirmación podría ser la idea de que medios y fines se encuentran inseparablemente unidos. Sin organización no se pueden obtener fines, pero también es cierto que, sin fines, no buscarías la forma de organizarte. Curiosamente, Mann no entra en este debate, ni tampoco realiza una definición pormenorizada acerca del poder, remitiendo para ello al trabajo de Wrong (1979). Al igual que Giddens (1979, pág. 91), para él el poder no es un recurso, algo a lo que recurrimos, sino que los recursos son los medios a través de los cuales se ejerce el poder. En este sentido, la tarea teórica que emprende Mann y su aportación principal al estudio del poder es doble. En primer lugar, tendrá que analizar cuáles han sido esos medios alternativos empleados para el ejercicio del poder, los “medios generalizados” o lo que él denomina las “fuentes de poder”. En segundo lugar, tendrá que idear una metodología apropiada para el estudio del poder organizacional. 22 Un ejemplo obvio es la emergencia de la fuerza militar, que no constituye una motivación humana en sí misma, sino un medio efectivo de conseguir otros fines. 86 2.4. El modelo organizacional del poder de M. Mann. 2.4.1. Poder colectivo y poder distributivo. Mann afirma que en la mayoría de las relaciones sociales pueden encontrarse ambos aspectos del poder, el cooperativo y el distributivo, el explotador y el funcional. Ambos operan simultáneamente y se encuentran entrelazados (Mann 2012a, págs. 6-10). El poder distributivo implica la necesidad de la institucionalización y la estratificación social (jerarquía), convirtiéndose ambas en características esenciales de la vida social. Según él, si las masas aceptan una relación jerárquica no es porque compartan valores o aceptan la legitimidad de la imposición, sino porque carecen de poder colectivo, de una organización colectiva eficiente para poder revelarse, porque están inmersas en organizaciones de poder colectivo y distributivo controladas por otros. Esta es la razón por la que Mann no entra en detalle en la distinción conceptual entre poder y autoridad ni por tanto en el concepto de legitimidad, ya que no es habitual encontrar un poder que se ejerza de manera mayoritariamente legítima o ilegítima, puesto que el ejercicio del poder es un hecho social de naturaleza híbrida, colectiva y distributiva a la vez. 2.4.2. El poder extensivo e intensivo; difuso y autoritario. Una vez analizadas las formas de ejercicio del poder, pasaremos a continuación a analizar los modos de su ejercicio, que variarán en función de los intereses a los que sirva. Mann establece cuatro modos: - El poder extensivo es espacial, hace referencia a la capacidad de organizar a un alto número de personas en relaciones de cooperación mínimamente estables a lo largo de un territorio extenso. - El poder intensivo hace referencia a la intensidad de esa cooperación, al nivel de compromiso y movilización que se sea capaz de obtener de los participantes en la organización social de que se trate, independientemente del tamaño del territorio y del volumen de población sobre el que se ejerza. 87 Las estructuras primarias de la sociedad combinan tanto relaciones de poder extensivas como intensivas23. Esta idea nos llevaría a pensar que el poder es meramente organizacional, que el poder es organización. Sin embargo, hay muchas relaciones sociales que no están tan organizadas o pautadas, como en el caso del mercado financiero u otras instituciones económicas. Es por ello que Mann distingue también entre poder autoritario y difuso. - El poder autoritario es el propio de las instituciones. Comprende órdenes definidas y obediencia consciente. - El poder difuso se ejerce sobre una población de manera más espontánea, inconsciente y descentralizada, dando como resultado prácticas sociales que incorporan relaciones de poder pero que no son impuestas de manera explícita, como ocurre en las relaciones de poder autoritario. No se basan en el mando y obediencia sino en un sentido compartido de que estas prácticas son “naturales” o “morales” o que provienen de intereses comunes que son evidentes en y por sí mismos24. Abarca la construcción del sentido común y los valores propios de cada cultura. En general, el poder difuso contiene mayores proporciones de poder colectivo que distributivo, aunque también puede dar como resultado la sumisión total de las clases subordinadas, que ven en la resistencia un sinsentido o, en el cambio, una imposibilidad. Este es el caso del capitalismo financiero global, frente al cual, las clases trabajadoras organizadas en instituciones de poder autoritarias dentro de Estados-nación, no pueden oponerse. También constituye este el caso de los conceptos aglutinadores de nación o clase, dos de los epicentros del poder social en la era contemporánea. Llegados a este punto, conviene precisar que estos tipos de poder que Mann identifica son construcciones teóricas ideales, que siguen la metodología de enfatizar una de sus características principales pero que no se dan de forma pura en la realidad. La 23 Esta combinación es la que forma la primera estructura político-social o nomos. Un sentimiento identitario de pertenencia y diferencia a la vez. 24 Uno de los ejemlos más claros de esta forma de poder aparece en el preámbulo de la Declaración de Independencia de los Trece Estados Unidos de 1776 “We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal, that they are endowed by their Creator with certain unalienable Rights, that among these are Life, Liberty and the pursuit of Happiness.” La expression self-evident constituye el primer acto de afirmación de sentido y justificación de la rebelión colonial. 88 combinación de estos cuatro tipos de ejercicio del poder resulta propia en organizaciones sociales de carácter muy diferente. Para entender mejor estos cuatro tipos ideales de poder y las organizaciones sociales que le resultan más propias, he elaborado un eje de coordenadas donde podemos visualizar mejor esta idea, subrayando siempre que las formas de organización de poder más efectivas combinan estos cuatro elementos de alcance. Figura 2.1. Formas de alcance organizacional del poder25 2.4.3. Medición de los aspectos del poder intensivo-extensivo y autoritario-difuso. El aspecto intensivo del alcance organizacional ha sido ampliamente estudiado. El poder es intensivo si gran parte de los aspectos de la vida del sujeto están controlados o si se le puede exigir el sacrificio de la propia vida sin temor a la desobediencia. La guerra es el ejemplo más extremo del aspecto intensivo del poder. Por tanto, la manera de medir su intensidad será comprobar qué aspectos de la vida están regulados (o cuáles no lo están) o establecer, por ejemplo, indicadores de patriotismo. La extensión ha sido un aspecto menos estudiado y abarca los aspectos geográficos y socioespaciales dentro de un entendimiento de que las sociedades son redes con contornos espaciales definidos. A este respecto, Mann afirma que, a lo largo de la historia de la humanidad, la integración extensiva de territorios ha sido llevada a cabo por 25 Elaboración propia. 89 organizaciones de poder militares más que por económicas. Esto fue así hasta el siglo XV, momento en que cambió la infraestructura del poder o la manera en la que los espacios geográficos y sociales pudieron ser conquistados y controlados por organizaciones de poder de mayor alcance, como los imperios europeos. La mejora de infraestructuras y técnicas de comunicación sería el mejor indicador para este tipo de poder. El alcance del aspecto autoritario Mann lo mide con conceptos provenientes de la logística militar. ¿Cómo se movilizan e implementan las órdenes? ¿Qué tipo de control y por qué tipo de grupo es posible ejercer el poder de manera rutinaria según las infraestructuras logísticas existentes? Frente a la sociología convencional de autores como Wittfogel (1966) o el sociólogo israelí Eisenstadt (1963) que afirman que, en las sociedades pre-industriales, el mejor ejemplo de este tipo de poder se encontraba en imperios unitarios altamente centralizados, Mann sostiene que la naturaleza de estas sociedades pre-industriales extensivas era eminentemente federal. Para afirmar esta hipótesis, Mann se basa en los límites logísticos y comunicativos que suponían cubrir grandes distancias en un solo día (la imposibilidad de superar los 90 Km., por ejemplo) con la dificultad que ello suponía para penetrar y afectar de manera rutinaria en la vida de muchas personas. El aspecto difuso del poder evoluciona junto con el poder autoritario y se ve afectado por los límites logísticos del mismo. Se expande entre las poblaciones lentamente, espontáneamente y “universalmente”. Requiere que adaptes tu comportamiento a esa lógica (Mann lo denomina “adaptive strategies”) Este “universalismo” tiene un desarrollo tecnológico más fácilmente cuantificable y puede medirse por el grado de alfabetización, tamaño de los mercados, acuñación de monedas o el desarrollo de una cultura de clase o nacional, a través de la educación o el adoctrinamiento, con capacidad estructurante superior a la cultura étnico-local. Han sido los mercados junto con la conciencia nacional y de clase las redes de poder social que mayor impacto han tenido en la estratificación social hasta el siglo XXI. Estos actores emergieron lentamente, a lo largo de la historia, dependiendo para ello del desarrollo de sus propias infraestructuras de difusión. La presente tesis abordará simultáneamente el desarrollo del poder distributivo y el colectivo, así como la combinación de ambos que operan en la mayoría de instituciones e iniciativas que fueron necesarias construir para la creación del Estado de Israel. En el capítulo 4 abordaré con más detalle y sistematicidad el análisis infraestructural, para lo 90 cual analizaré tanto el poder autoritario, que requiere una infraestructura logística, como el poder difuso, que requiere una logística universal. Efectuaré así un análisis organizacional del poder y la autoridad, así como sus contornos socioespaciales, ya que el análisis de la creación de un nuevo estado –Israel- y su impacto en la estructura internacional ofrece una riqueza analítica que nos ayuden a entender las claves del éxito o fracaso de una empresa estatal y poder responder analíticamente a la pregunta de por qué hay estados que fracasan en este empeño –aquellos que denominamos fallidos- y otros que triunfan. 2.5. Poder y estratificación social en la sociología histórica neo-weberiana: el poder agencial como poder estructurante Tras haber analizado los modos de ejercicio del poder, todo trabajo de sociología histórica requiere, por su propia naturaleza, una elaboración histórica de este ejercicio social, con el fin de determinar cuáles han sido y cuáles continúan siendo las organizaciones o redes con mayor poder estructural sobre la sociedad. Para responder a esta pregunta, Mann analiza las dos principales corrientes teóricas cuyo modelo explicativo parte de la estratificación social: el marxismo y el neo-weberianismo. Ambos se basan en una premisa común: “la estratificación social es la creación y distribución general del poder en la sociedad” (Mann, 2012a, pág. 10) Según estas corrientes, la creación y distribución del poder constituye la espina dorsal de las sociedades, tanto en su aspecto distributivo como colectivo, por ser el medio a través del cual los humanos alcanzan sus objetivos. Para Weber, existen tres tipos de organizaciones de poder predominante: clase (compartida con el marxismo), estamentos y partido. Los tres constituyen la ortodoxia dominante en la sociología contemporánea. La diferencia fundamental de Mann con respecto a estos enfoques es que él añade un cuarto tipo de organización, ya que distingue entre poder político (relativo a la organización del aparato estatal –construcción de la unidad política- y el sistema de partidos políticos) y poder militar (relativo a la organización de la fuerza física o militar). Ni Marx ni Weber efectúan esta distinción porque ven al Estado como el depositario del monopolio de la fuerza física. Mann argumenta cuatro motivos por los cuales debe distinguirse al Estado del ejercicio de la fuerza física: 1. Muchos Estados históricos (entendidos como unidades políticas) no han tenido el monopolio de la fuerza militar organizada. Como ejemplo cita a algunos Estados 91 medievales europeos o los Estados islámicos medievales, que no intervenían en las disputas tribales. Esto nos permite distinguir entre el poder político y el poder militar tanto de los Estados como de otras entidades políticas. “El poder político es la regulación territorial institucionalizada y centralizada”. “El poder militar es el referente a la fuerza física organizada dondequiera que se halle organizada” (Mann, 2012a, pág. 11) 2. En muchas ocasiones, las conquistas territoriales han sido llevadas a cabo por grupos militares independiente de sus Estados de origen como por ejemplo ocurrió en los regímenes feudales. A veces, estas conquistas dan lugar precisamente al surgimiento de nuevos Estados. 3. La organización interna del poder militar se institucionaliza de manera distinta que el resto de agencias estatales, aunque permanezca bajo su control. Esto le ha permitido, históricamente, cambiar a la élite política de los Estados por la fuerza. 4. La estructuración política del ámbito internacional no está directamente determinada por el poder militar. El poder del Estado en el ámbito exterior no viene determinado sólo por su fuerza militar, como demuestran los casos de Alemania y Japón. Otro modelo cuadripartito similar, aunque con algún matiz diferente, es el propuesto por Giddens en su obra de 1981 A Contemporary Critique of Historical Materialism al distinguir cuatro tipos de instituciones de poder: órdenes o discursos simbólicos; instituciones económicas; el derecho o modos de sanción/represión y las instituciones políticas. En este sentido, conviene precisar que Mann realiza una corrección sobre su definición de poder militar en la edición de 2012, que es sobre la que me hemos tenido en cuenta para la elaboración de esta tesis. Si en la edición de 1986 definía el poder militar como “la organización social de la fuerza física en forma de coacción concentrada”, posteriormente eliminará el término coacción (que puede estar presente en cualquier relación de poder) y redefinirá al poder militar como “la organización social de la violencia letal concentrada”, entendiendo por concentrada, movilizada y enfocada (Mann, 2012a, pág. xiii). Este poder no está únicamente relegado a los ejércitos estatales regulares, sino que también es empleado por otros grupos como paramilitares, mafias, organizaciones terroristas, etc. 92 Por tanto, siguiendo la propuesta por Mann, en esta tesis se analizarán por separado y como redes parcialmente autónomas las referidas al poder ideológico, económico, político y militar. 2.6. Replanteamiento de la estratificación social y cuestionamiento de la sociedad como “niveles”, “dimensiones” o “sistemas”. Un aspecto importante de la teoría de las fuentes de poder social de Michael Mann y que supone la hipótesis a priori de todo su mapa teórico es que las sociedades no son sistemas cerrados y divisibles en niveles, dimensiones o funciones (2012a, pág. 12). Esta idea es contraria a las principales corrientes sobre la estratificación social inspiradas en Marx (niveles de formación social determinados en última instancia por la economía o modo de producción) o Weber (dimensiones de la sociedad interrelacionadas y que comparten un espacio “social” común). Estas corrientes ven a la sociedad como una totalidad compuesta de múltiples niveles, aunque en el caso de Weber, estos niveles se encuentran interrelacionados y, en el caso de Marx, los niveles están determinaos por el nivel superior de la economía que acaba totalizando todo el sistema. Según Mann, esta imagen casi geométrica de una figura compuesta por múltiples partes, viene reforzada por las características de cada dimensión o nivel de análisis que comprende la existencia de instituciones (organizaciones o subsistemas estables de interacción), la presencia de fines funcionales (como por ejemplo la subsistencia económica o la búsqueda de significado) y la presencia de medios funcionales (como por ejemplo los niveles políticos o ideológicos al servicio de la producción, como son vistos en el marxismo). Si continuamos hacia abajo en el nivel de análisis empírico llegaremos a un análisis micro de los “factores” en el que las teorías se dividen entre aquellas multifactoriales y las monofactoriales. Ambas constituyen dos caras de una misma visión de la sociedad como una totalidad compuesta de niveles de organización funcional análogos entre sí, en los que operan diferentes factores (Mann, 2012a, págs. 12-13) Mann se distancia de este enfoque y utiliza el término sociedad de manera mucho más flexible y laxa definiéndola como cualquier grupo humano estable. Se distancia así de las corrientes clásicas que emplean el término para referirse a un sistema social unitario. Según Mann, es Talcott Parsons el primero en atreverse a confrontar este sentido unitario de sociedad al definirla como “un tipo de sistema social dentro de cualquier universo de sistemas sociales que obtiene el máximo nivel de autosuficiencia como sistema en 93 relación con su entorno”26. Se aproxima así a la definición de Schmitt de la política, de carácter eminentemente relacional, al considerarla como la distinción entre amigo- enemigo. Mann llega a una definición propia partiendo de la ofrecida por Parsons. Según Mann, “una sociedad es una red de interacción social en los límites de la cual se produce un cierto nivel de separación entre ella y su entorno”27. En Parsons, la base de la concepción sistémica de la sociedad es la unidad que aporta la existencia de un patrón de interacción social, diferente a otros patrones, y relativamente denso y estable en el tiempo. La distancia del enfoque de Mann con respecto al de Parsons es que Mann recalca la temporalidad de estos patrones y relativiza la unidad de sus componentes, afirmando, a partir de la etimología de los términos latinos “societas” y “socius”, provenientes del indoeuropeo sekw, que significa “seguir a”, que las sociedades son más bien alianzas asimétricas, “una confederación laxa de aliados estratificados” (Mann, 2012a, pág. 14) Ahondando en su crítica al concepto unitario de sociedad, Mann afirma que la visión de la sociedad como un sistema unitario compuesto de subsistemas o niveles de análisis es una herramienta conceptual que ayuda a estudiar los fenómenos sociales desde el empirismo propio de la ciencia natural o el positivismo, pero no responde a la realidad estrictamente. Para afirmar esta hipótesis Mann baja al nivel de análisis a los individuos y afirma con rotundidad que “el hombre es un animal social, pero no societario” (Mann, 2012a, pág. 14). Formar una totalidad social o sociedad no constituye una necesidad intrínseca a nuestra naturaleza humana, sino un medio para satisfacer otras necesidades. Los seres humanos necesitan participar en relaciones de poder social, pero no necesita totalidades, no existe una necesidad de generar redes idénticas de interacción socioespacial que formen parte de una sociedad unitaria, porque estas redes variarán en su alcance e intensidad, dependiendo de los fines que se persigan. A mayor nivel de institucionalización, mayor será el número de interrelaciones con otras redes y mayor la necesidad de conferir a todas un sentido de unidad social. Sin embargo, la institucionalización no es una fuerza social en sí, ya que la historia se genera mediante el establecimiento de relaciones de poder intensivo y extensivo que los humanos necesitan 26 Traducción de S.S. “A society is a type of social system, in any universe of social systems which attains the highest level of self-sufficiency as a system in relation to its environment” (Parsons, 1966, pág. 9) 27 Traducción de S.S.. “A society is a network of social interaction at the boundaries of which is a certain level of interaction cleavage between it and its environment” (Mann, 2012a, pág. 13) 94 crear en respuesta a sus inagotables deseos u otras motivaciones para alcanzar nuevos objetivos sobrevenidos por cambios en el entorno. La creación de nuevas redes de poder para alcanzar nuevos objetivos requerirá la transformación de las antiguas instituciones y/o el surgimiento de otras nuevas. Mann afirma que el surgimiento de nuevas redes de poder está más relacionado con la consecución de nuevos objetivos que con la institucionalización (Mann, 2012a, pág. 15). Esto puede ocurrir de dos maneras: bien en respuesta a un desafío directo a las instituciones o bien de manera inintencionada e intersticial, dando lugar a nuevas instituciones y redes con consecuencias imprevistas para las ya existentes. Un ejemplo que aporta Mann sería el surgimiento de la burguesía, que surge entre los intersticios de la sociedad feudal, que convirtió los recursos económicos en mercancías, creando con ello dos redes nuevas de interacción económica: una más limitada centrada en el Estado y otra más extensiva, denominada por Wallerstein (1974), “sistema-mundo”. Este proceso Mann lo llama “emergencia intersticial”, y es el resultado de traducir los objetivos humanos en medios organizativos” (Mann, 2012a, pág.16). Las sociedades nunca están tan institucionalizadas como para prevenir la emergencia intersticial de nuevas redes. Por ello, contrariamente a la tesis de Fukuyama, no estamos asistiendo al fin de la historia. Mann concluye afirmando que “Los seres humanos no crean sociedades unitarias” sino redes de interacción entrecruzadas. Las más importantes y determinantes (para la historia de la humanidad) de estas redes “se forman de manera relativamente estable en torno a las cuatro fuentes de poder social en cualquier espacio social dado” (Mann, 2012a, pág.16). Bajo ellas, debido al incansable impulso humano, “surgirán nuevas redes, ampliando las antiguas y emergiendo configuraciones rivales de una o más de las principales redes de poder” (Mann, 2012a, pág.16). Entender las complejas interconexiones y poderes de estas redes de interacción entrecruzadas y superpuestas nos aleja de una concepción unitaria de la sociedad y nos lleva a una concepción confederal, y a entender mejor las dinámicas de cambio social que han caracterizado la experiencia humana desde la prehistoria hasta la actualidad. Las relaciones sociales raramente han devenido en sociedades unitarias, aunque los Estados hayan tenido a veces pretensiones unitarias. Las formas de superposición e intersección han variado considerablemente a lo largo de la historia, pero siempre han estado ahí. Por ejemplo, en la Europa medieval, la cristiandad era la base de una civilización culturalmente federada, como puede verse en la idea del Kat Echon o resistencia frente al 95 islam, propuesta por Carl Schmitt (1979) como uno de los pilares “civilizacionales” que dio lugar al surgimiento del derecho común europeo. La concepción de las sociedades como redes confederadas, superpuestas y entrelazadas complica considerablemente la teoría. Las organizaciones no mantienen una correspondencia monofisita con las fuentes de poder social, sino que comparten varias naturalezas. El Estado, por ejemplo, es una red de interacción que ha evolucionado en torno a las fuentes económicas y políticas del poder, por lo que comparte objetivos y funciones propios de la institucionalización de ambas fuerzas o fenómenos. Los Estados son tanto actores económicos como políticos. En palabras de Mann, son entidades “funcionalmente promiscuas” (Mann, 2012a, pág. 17). Tal vez el ejemplo más paradigmático de ello es el modo de producción capitalista que contiene, al menos, dos actores organizados: clases y Estados nación, que no son ni puramente políticos ni puramente económicos, sino ambos a la vez. Las organizaciones y las funciones se entremezclan y combinan de diferentes maneras a lo largo de la historia. Los ejércitos, Iglesias y Estados tienen funciones económicas, así como las ideologías son abanderadas por clases económicas, por Estados, por élites militares y por Iglesias. La extendida división de funciones entre las organizaciones políticas, militares, ideológicas y económicas, constituyen una herramienta de análisis simplificadora y no debemos aferrarnos a ellas ni como dimensiones autónomas interrelacionadas ni buscando la primacía última de una de ellas. 2.7. Solución de la aporía: medios organizacionales y la predominancia relativa de una fuente de poder social. Para poder gestionar con éxito esta complejidad teórica, Mann propone que la única opción es fijarnos en los medios organizacionales empleados por los nuevos actores que surgen en torno a las principales fuentes de poder social (Mann 2012a, págs. 18-22). Estudiaremos para ello la predominancia relativa de una fuente de poder sobre el resto en un período histórico determinado, observando siempre su capacidad transformadora sobre las demás. Sólo de esta manera podremos resolver el laberinto de múltiples e interrelacionado factores y redes de poder que da forma a la experiencia social histórica. Mann propone dos ejemplos: el poder militar (y los cambios que facilitó para propiciar la transición de la Era medieval a la Edad moderna) y el poder ideológico. 96 El poder militar es uno en los que más fácil resulta ver su capacidad transformadora para la vida social y la historia. Por ejemplo, en su respuesta a nuevos desafíos militares planteados por innovaciones técnicas y tácticas, los Estados más centralizados acaban siendo fortalecidos porque son los que mejor pueden coordinar la acción militar a la vez que poner más recursos a su disposición. Con esta demanda, el poder militar acaba fortaleciendo al poder político y, con ello, al poder ideológico que sustenta su legitimidad. La pregunta clave a este respecto podría ser: ¿cómo clasificamos en orden de importancia los factores que inciden en la innovación del poder militar –como por ejemplo su compromiso, organización, recursos económicos y modos de producción, etc.-? Resultaría difícil establecer un orden de factores porque el poder militar, como cualquier otro, es de orden “promiscuo”. Esto quiere decir que en él se encuentran presentes una multiplicidad de factores de orden económico, político o ideológico que resultan muy difíciles de clasificar por orden de importancia. Mann argumenta que, por ello mismo, resulta más apropiado fijarnos en las innovaciones desde un punto de vista organizacional ya que el poder militar, además de estar pre-condicionado por factores políticos, económicos e ideológicos, también posee un poder emergente propio, que podríamos definir como intrínsecamente militar, un poder de reorganización intersticial, que consiste en una capacidad de reestructurar redes sociales gracias a una superioridad particular en el campo de batalla, diferente a las provistas por las instituciones de dominación existentes (Mann 2012a, pág. 20). La clave para esta tesis será pues fijarnos en aquellos aspectos de la vida social que no están tan controladas por las instituciones de dominación de una determinada época y de donde pueden surgir nuevas formas de organización promovidas por cambios organizacionales provenientes de las cuatro fuentes de poder social. El poder ideológico es un ejemplo. Este tiene una capacidad extensiva mucho mayor que cualquier otra fuente de poder social, extendiéndose generalmente por encima de las fronteras de los Estados, modos de producción económica o ejércitos (Mann 2012a, pág. 20). Por ello, su importancia histórica es fundamental. Este poder extensivo ha llevado a algunos autores como Manuel Castells (2006) a otorgar a las ideologías e ideas una supremacía última, y al control de los medios de comunicación a través de los cuales se difunden el poder de dominación supremo. Mann afirma que las ideologías son siempre contingentes a los hechos y producto de circunstancias sociales reales. La impresión de su carácter autónomo proviene del hecho de que “explica y refleja aspectos de la vida social –marginales o intersticiales- que las instituciones de poder 97 dominantes existentes (ya sea el modo de producción, Estados o fuerzas armadas) no explican ni organizan de manera efectiva” (Mann, 2012a, pág. 21). Normalmente contienen una explicación y organización de la totalidad, incluyendo aquellos aspectos que hasta entonces han sido marginales o intersticiales con respecto a las instituciones de poder dominantes. En este sentido, Mann coincide con Castells (2009, pág. 55), el otro gran teórico de las redes, cuando afirma que el verdadero poder es ejercido por el que puede decidir quien forma parte del núcleo de la red y quién se queda al margen o incluso es expulsado de la red. Esta idea ayuda a explicar un fenómeno como las primaveras árabes, por ejemplo, ya que siempre existen aspectos de la vida social intersticiales y posibilidades de contacto entre seres humanos fuera del núcleo de las redes establecidas por las instituciones dominantes. Una cultura centrada en la religión contiene una forma particular de regular las relaciones sociales aportando coherencia entre el centro del poder y la periferia social, reorganizando a las instituciones y garantizado la cooperación económica y política de manera efectiva y con un alcance extensivo (Mann, 2012a, pág. 21). Mann niega que este poder de organización que contiene el poder ideológico sea el resultado de su contenido o de las respuestas ideológicas que ofrezcan sobre el significado de la vida, ya que estas, por lo general, no pueden ser comprobadas en su veracidad y porque las contradicciones que deberían resolver continúan existiendo tras haberse elaborado una respuesta. La explicación de por qué unas ideologías triunfan sobre otras o tienen mayor capacidad de influencia no reside en las respuestas que ofrece a dilemas universales sino en la manera en la que abordan la respuesta: se establece una autoridad sagrada trascendente que ayuda a resolver los problemas, atravesando o trascendiendo a las instituciones de poder seculares. Se convierte así en una forma distintiva de organización social orientada a la consecución de fines tanto seculares (como por ejemplo, la legitimación de la autoridad) como religiosos o ideales (búsqueda de significado) (Mann, 2012a, pág. 22). El aspecto clave para esta tesis será pues analizar las condiciones en las que surgen nuevas ideologías como respuesta a necesidades humanas que las instituciones de dominación existentes no son capaces de abordar satisfactoriamente desde un punto de vista organizacional. Estas condiciones hacen referencia a la capacidad de la autoridad social trascendente para resolver problemas humanos que las autoridades de poder establecidas no pueden resolver. Por ello, lo que determina la diferencia entre las fuentes de poder social no son los fines, ni las respuestas que ofrecen, sino los medios organizacionales distintivos que emplean. 98 Lo que provoca el cambio en la historia es la emergencia de un nuevo modelo organizacional que surge de los intersticios de las redes de poder que se forman en torno a las cuatro fuentes de poder social. La institucionalización es una necesidad que emerge tras la formación de una red de interacción que prueba ser muy efectiva para la obtención del fin que se persigue. Su característica más sobresaliente es la división del trabajo, debido a que todos los que participan en ella tienen un grado diferente de control sobre los medios de ejercicio del poder. En resumen, Mann recoge, en este sentido, aspectos de tres grandes tradiciones sociológicas, pero los corrige con sus propias aportaciones basadas en un análisis histórico minucioso y bastante libre de prejuicios (aunque algunos autores lo hayan tachado de eurocéntrico por su escaso tratamiento del continente asiático). Estas tres tradiciones son el neo-marxismo o escuela crítica, el neo-weberianismo (del que recoge los “tipos ideales”, pero rechaza su unión entre poder político y poder militar) y el funcionalismo estructuralista de Parsons, del que recoge su idea de poder colectivo, pero rechaza la visión de la sociedad como sistema. También recoge aspectos, sin reconocerlo, de la teoría de Carl Schmitt sobre el nomos de la tierra y la importancia de los conceptos de territorialidad y espacialidad para la ordenación social geopolítica. Su análisis central pivota sobre la idea de cómo se tornan estables e institucionalizan las relaciones de poder que se crean en torno a las cuatro fuentes de poder principales en las sociedades humanas. Como mostraré en la sección 3, el análisis del caso de estudio de esta tesis se centrará en cómo se han institucionalizado las relaciones de poder en Israel y de dónde han surgido, en este proceso, las principales redes intersticiales que han provocado un cambio en la organización del Estado y de su acción exterior en determinados momentos. 2.8. Las cuatro fuentes y organizaciones de poder. A continuación, presentaré la definición aportada por Mann de cada una de las fuentes del poder escogidas para su modelo IEMP –ideológico, económico, militar y político- partiendo de la visión que sobre él ha tenido la teoría sociológica clásica y analizando el tipo de organización que le resulta más efectiva de acuerdo a su funcionalidad. Presentaré también una breve exposición en cada caso, de su principal capacidad estructurante sobre los otros poderes y sobre el conjunto de la estructura social. La sección dedicada al poder 99 político -el Estado- es notablemente más extensa que el resto. He considerado esencial extenderme en ella por constituir el análisis central de esta tesis. 2.8.1. El poder ideológico. Según Mann (2012a, págs. 22-23), el poder ideológico deriva de tres necesidades o funciones básicas referidas a la comunicación humana: - La primera de ellas viene determinada por el lenguaje, y es que necesitamos conceptos y categorías de significado para formar nuestra percepción sensorial. Weber lo definió como “la organización social del conocimiento último y el significado necesario para la vida social” (2002, págs. 12-13). Por ello, una condición esencial para el ejercicio de formas de poder tanto distributivas (dominación) como colectivas (cooperación) será conquistar el monopolio de la asignación de significado. - La segunda de ellas se encuentra implícita en la relación necesaria entre interacción humana y normas, es decir, la conveniencia de la existencia de un sistema de normas y valores compartidos que regulen la interacción social y la cooperación. Durkheim dedicó buena parte de su obra a estudiar este fenómeno y concluyó que la cooperación social eficiente y estable requería de una comprensión normativa compartida y que movimientos ideológicos como las religiones eran portadores de esta comprensión. Todo movimiento ideológico que haga crecer la confianza mutua y la moral colectiva puede incrementar su poder colectivo y ser observado con mayor convencimiento y entrega por sus adherentes. Mann afirma que el monopolio de las normas es un camino hacia el poder (2012a, pág. 22). - La tercera función o fuente de poder se encuentra en el control de la elaboración de prácticas estéticas o rituales que son de naturaleza afectiva y no racional Las formas más efectivas de ejercicio del poder ideológico que puedan ejercerse por un grupo tanto de manera intensiva como extensiva combinan estas tres fuentes de poder: la asignación de significado, la producción de normas y la elaboración de prácticas rituales o estéticas. El grupo que puede explotar su funcionalidad conseguirá instituir relaciones de poder distributivo (dominación) sobre las del colectivo. 100 Mann afirma que la mayoría de los postulados de las ideologías y el conocimiento que sobre el mundo aportan no se pueden comprobar objetivamente en la realidad, ya que la mayoría son construcciones ideales que están por encima de estas. En esto mismo reside su poder de dominación y persuasión. Por otro lado, aunque las ideologías siempre contengan de manera implícita la legitimación de intereses privados y la dominación material, no serían tan exitosas si sólo contuvieran estos elementos. Mann afirma que “las ideologías más poderosas son, al menos, altamente plausibles” con respecto a las condiciones de la época en la que surgen y es por ello que causan tanta adherencia (2012a, pág. 23). 2.8.2. Formas ideológicas de organización Una vez vistas las funciones sociales a las que sirve, Mann (2012a, págs. 23-25) analiza los perfiles organizacionales a los que dan lugar las distintas ideologías. Éstas son principalmente de dos tipos: - Ideología de trascendencia socioespacial. Genera una forma de autoridad sagrada autónoma e independiente que trasciende el alcance organizacional de las instituciones de poder ideológicas, económicas, políticas y militares existentes. Son capaces de desarrollar un papel autónomo muy poderoso cuando ciertas propiedades emergentes de la vida social crean la posibilidad de mayor cooperación o explotación. Estas propiedades emergentes son la aparición de nuevas técnicas favorecedoras del poder difuso que se apoyan sobre “infraestructuras universales” como la alfabetización, la acuñación de moneda, los mercados, los medios de transporte y los medios de comunicación. Esta última es la infraestructura de poder difuso más revolucionaria de los últimos tiempos y, como veremos más adelante, jugó un papel esencial en el surgimiento del sionismo. Las ideologías surgen pues, de la utilidad de integrar normas, significados, rituales y estéticas, distanciándola de las instituciones de poder existentes que adolecen de esta capacidad integradora. En este sentido, no sólo reflejan e integran una sociedad existente, sino que tienen el poder de crear una sociedad en red, ya sea una comunidad religiosa o cultural, cuyo origen se encuentra en la existencia de necesidades emergentes y relaciones sociales intersticiales. En este sentido y, como ya hemos mencionado, el poder ideológico 101 ofrece un método socioespacial distintivo de abordar problemas sociales emergentes. - Ideología como moral inmanente. Su origen se encuentra en la necesidad de intensificar la cohesión (identidad), la confianza y el poder de un grupo social ya establecido. Es menos autónoma que la religión en su impacto ya que no crea ex novo, sino que fortalece lo ya existente. Mann (2012a, pág. 24) presta una especial atención a las ideologías basadas en los conceptos de nación o de clase, con sus infraestructuras extensivas y difusas, ya que han contribuido de manera muy importante al ejercicio del poder a lo largo de la historia, desde los antiguos imperios persa y asirio hasta la actualidad. A ellas les dedicará el segundo volumen de su obra y será particularmente relevante en esta tesis para el estudio del sionismo y el nacimiento del Estado de Israel. 2.8.3. El poder económico. Proviene de la necesidad de satisfacer la subsistencia material por medio de la organización social dirigida a la extracción, transformación, distribución y consumo de los objetos de la naturaleza. El grupo humano que se forma en torno a estas tareas se denomina “clase” (Mann, 2012a, pág. 24). En Mann este es un concepto puramente económico, sin otro tipo de connotaciones. Por norma general, el poder económico requiere de una combinación elevada de poder intensivo y extensivo y ha jugado un papel muy importante en el desarrollo social, ayudando a configurar la estratificación social de un determinado contexto sociohistórico. Las clases dominantes son las que monopolizan el control sobre la producción, distribución, intercambio y consumo y son las que pueden ejercer mayor poder distributivo y colectivo sobre la sociedad. Mann distingue cuatro fases en el desarrollo de las relaciones y la lucha de clases (2012a, pág. 24): 1. Latente 2. Extensiva 3. Simétrica 4. Política Mann, sin embargo, se distancia de Marx al considerar que las clases, aunque importantes, no son “el motor de la historia”. Asimismo, señala que existe un punto principal en el que 102 las dos corrientes teóricas más importantes del cambio social difieren: para el marxismo, el control sobre el trabajo es la principal fuente de poder económico y por eso enfatizan la centralidad de los modos de producción. Los neoweberianos y otros como Karl Polany ponen el énfasis en la organización del intercambio económico. Esto se explica por el sentido de la “emergencia”. Una vez que una forma de intercambio emerge se convierte en un hecho social potencialmente poderoso (2012a, pág. 24). Figura 2.2. Organización del intercambio económico28 El poder económico es por naturaleza descentralizado, no está controlado por un centro, por lo que la estructura de clase puede no ser unitaria y no poseer una jerarquía única de poder económico (de ahí que la estructura social en red sea la que haya prevalecido al producirse un proceso progresivo de dominación de la economía sobre el resto de las instituciones sociales). Según Mann, “la producción y las relaciones de intercambio pueden, aunque sea de manera atenuada, fragmentar la estructura de clase” (2012a, pág. 25), es decir, la estructura de los grupos económicos con poder sobre la extracción, transformación, distribución y consumo. Para Mann, clase es por tanto un grupo de poder puramente económico. En este sentido conviene aclarar que el término “estratificación social” denota cualquier tipo de distribución del poder (no sólo la económica) y el término “clase dirigente” hace referencia a una clase económica que ha tenida éxito en monopolizar otras fuentes de poder para dominar a una sociedad centrada en el Estado. 28 Elaboración propia 103 2.8.4. Formas económicas de organización Como ya he mencionado, la actividad económica abarca circuitos de producción, distribución, intercambio y consumo interrelacionados entre sí, de manera que los cambios en uno de ellos tendrán un impacto considerable sobre el resto del circuito. Mann denomina a la organización económica “circuitos de praxis” tomando prestado el término praxis de la denominación marxista del trabajo o producción, aunque Mann la emplea en un sentido general para denominar a todo el ciclo de actividades propias del poder económico, desde el trabajo al intercambio y consumo final (2012a, pág. 25). Figura 2.3. Circuito de praxis29 La organización socioespacial de los circuitos de praxis requiere de la constitución de redes de poder intensivo, mediante el control del trabajo a nivel local, y de redes de poder extensivo, para facilitar el intercambio y el consumo. La organización económica comprende por tanto una mezcla de poder intensivo y extensivo, difuso y autoritario (Mann, 2012a, pág. 25). 29 Elaboración propia 104 Figura 2.4. Organización socioespacial del circuito de praxis30 Los grupos definidos con relación al lugar que ocupan en el circuito de praxis se denominan clases. El capitalismo es el modo de producción en el que los extremos entre los grupos que se forman en torno a la producción y los que están en torno a la distribución y el intercambio, están más alejados y es más desigual. Mann afirma que serán las características de extensión, simetría y politización a lo largo de todo el circuito de praxis de un modo de producción las que marquen el poder de organización de la clase y la lucha de clases. 30 Elaboración propia. 105 Figura 2.5. Clases como grupos definidos en relación al circuito de praxis31 2.8.5. El poder militar Mann afirma que proviene de la necesidad de organizar la defensa física y de su utilidad para las acciones de agresión. Al igual que el poder económico, combina también los aspectos intensivos y extensivos del poder. Su intensidad viene marcada por la implicación entre vida y muerte, y su extensión por sus capacidades defensivas y ofensivas sobre amplios espacios sociales y geográficos (Mann, 2012a, págs. 25-26). Por tanto, aquellos que consiguen ejercer su control, como las élites militares, adquieren con ello tanto una fuente de poder colectivo como distributivo: requiere de la cooperación hasta las últimas consecuencias –dar la vida- y se sirve de la coacción para imponer una voluntad. Este poder autónomo de las élites militares ha sido cuestionado en la teoría internacional, pero Mann lo afirma basándose en autores del siglo XIX y principios del XX como Spencer, Gumplowitz u Oppenheimer (Mann, 2012a, pág. 26) Con ello se aproxima a posturas más cercanas al realismo y a las ofrecidas por enfoques militaristas que ven en la innovación militar la primacía última del poder en la historia de la humanidad. En este sentido, Mann subraya la gran importancia que para la evolución de las sociedades han tenido los cambios en la organización militar o las guerras, que normalmente son tratadas como fenómenos anómalos dentro del proceso de globalización 31 Elaboración propia 106 o de avance del capitalismo (principalmente por parte de las teorías liberales) sin destacar si quiera su influencia sobre los cambios en las ideologías. 2.8.6. Formas militares de organización Es intrínsecamente concentrada y coercitiva. Está destinada a la movilización de la violencia, el medio más contundente, concentrado y cohesivo de poder humano. Puede perdurar tras la campaña militar, imponiendo formas militaristas de control social en tiempos de paz que son igualmente concentradas. El militarismo, como forma de ejercicio del poder, ha probado ser muy útil cuando se ejerce de manera concentrada, intensiva y autoritaria, mientras que se muestra muy costoso, cuando se intenta ejercer de manera extensiva (Mann, 2012a, pág. 26). El militarismo puede tener un alcance extensivo sólo cuando se combina con medidas no coercitivas. El poder militar posee por tanto una dimensión socioespacial dual. Normalmente posee un núcleo concentrado en el que puede ejercer la coacción física directa, mientras que el espacio y la población humana que va más allá de ese núcleo es más difícil de controlar de manera directa y su poder sobre ellos se limita a imponer obligaciones que hay que cumplir con el ejército. 2.8.7. El poder político La cuarta fuente de poder social, el poder político, constituye uno de los elementos más distintivos de la teoría del poder propuesta por Mann, convirtiéndose en una verdadera teoría del Estado y de la autonomía estatal. Para Mann el poder político es el poder del Estado y sin Estado, no habría poder político. La teoría del Estado, como ya señalé, constituye un elemento central de la teoría de las relaciones internacionales, sin la cual, no puede entenderse esta disciplina. Por ello, he considerado central dedicarle un extenso apartado en el que pueda mostrar los recorridos teóricos y evidencias históricas aportadas por Mann para su elaboración acerca del Estado y de la autonomía estatal en el marco de su idea más general de cristalización del Estado polimorfo. En un artículo de 1984 titulado The autonomous power of the state: its origins, mechanisms and results, Mann presenta ya las principales características que reproducirá en la teoría del Estado contenida en “Las fuentes del poder social”. Según Mann, “el poder político deriva de la utilidad de establecer una regulación territorial centralizada e 107 institucionalizada de las relaciones sociales”32 (2012a, pág. 26). Mann aclara que no se trata de una definición puramente funcional de regulación normativa respaldada por la violencia, puesto que esas funciones son comunes a cualquier organización de poder - ideológica, económica, militar o estatal. Como veremos, es la naturaleza territorial del Estado, y no su monopolio sobre la violencia, la que le otorga su poder emergente más distintivo: la territorialización de la vida social, que contiene tanto elementos de poder distributivo como colectivo. Veremos a continuación cómo llega hasta aquí. “Las fuentes del poder social” sostienen un diálogo constante con las tres principales corrientes o teorías generales del Estado, -la marxista, la liberal y la funcionalista- que han solido reducir el Estado a las estructuras preexistentes de la sociedad civil. Algo común a las tres corrientes es que suelen ver al Estado como un lugar. Así, la teoría marxista concluye que el Estado es un escenario en el que confluyen las luchas de clases; la teoría liberal lo ve como el escenario en el que los grupos de interés y los individuos se expresan e institucionalizan; y las teorías funcionalistas lo ven como un teatro o en el que una “voluntad general” o “valores fundamentales” o “consenso normativo “-en términos del funcionalismo más moderno- son expresados e implementados. Frente a estas teorías dominantes en la ciencia social, Mann recalca el valor científico que tuvieron teorías rivales del Estado autónomo de tipo militarista, pero que fueron rechazadas por motivos políticos, bien debido a asunciones teóricas provenientes del darwinismo social o evolucionismo -como en el caso de Gumplowicz y Ratzenhofer- o bien por posicionamientos políticos ambiguos durante el III Reich, como en el caso de Carl Schmitt. Sin embargo, su influencia indirecta -no siempre reconocida- se dejó sentir en autores también de cultura alemana, que recogerían la tradición que equiparaba al Estado con la personificación de la coacción física en la sociedad, tanto a nivel interno como internacional. Sería precisamente de este monopolio en el ejercicio físico de la violencia de donde extraerían el carácter autónomo del Estado. Sin embargo, Mann afirma que todas estas teorías presentan tan sólo un aspecto parcial del poder del Estado. Combinadas juntas darían una teoría del Estado dual, con una dimensión doméstica, como escenario de las fuerzas sociales económicas, ideológicas y normativas, y otra internacional, como despliegue de su fuerza física o poder militar. Dentro de esta dualidad, las élites estatales conservarían tan sólo una pequeña parcela de autonomía. Se trataría así de una especie de teoría híbrida, que Mann denomina 32 Traducción de S.S. 108 “weberiana marxificada”, y de la cual Theda Scokpol es su máxima exponente con su obra States and Social Revolutions (1979). Según Mann, en esta obra Skocpol toma de Hintze su visión bidimensional de la organización estatal: una dimensión interna, referida a la estructura de las clases sociales, y una exterior, referida al orden estatal con respecto a otros Estados y a su posición global en el mundo, basada en el poder militar. Estas dos tareas organizativas son llevadas a cabo por cuerpos de la administración civil y militar, dirigidas y coordinadas por una autoridad ejecutiva o gobierno con recursos provenientes de la sociedad. Estas organizaciones administrativas y coactivas constituyen las bases del poder estatal como tal, conservando las élites cierto grado de autonomía que les permite ir en contra de los intereses de las clases dominantes, contrarrestar movimientos violentos o pacifistas dentro del Estado y, en su dimensión exterior, autoafirmarse (hasta sus últimas consecuencias) frente a otros Estados. Frente a este enfoque, Mann recoge la visión bidimensional del Estado, pero planteando un giro copernicano en el ámbito de su autonomía. Gracias a ello, Mann ve al Estado como un lugar o escenario, pero extrae de esta misma singularidad su carácter autónomo, ya que el Estado conserva el poder de ordenar quién actúa sobre ese escenario y quién se queda tras las bambalinas. En este sentido, Mann señala que el principal problema que existe con las ontologías sobre el Estado es que la mayoría combinan dos niveles de análisis: el institucional y el funcional, es decir, o bien se fijan en su apariencia o bien en su acción y racionalidad. La visión predominante a partir de Max Weber ha sido una mezcla de ambas, viendo al Estado como “un conjunto de instituciones y personal que encarnan la centralidad en el sentido de que las relaciones políticas se irradian desde un centro para cubrir un área territorialmente demarcada sobre la cual se ejerce el monopolio de la facultad normativa vinculante respaldada por el monopolio del ejercicio de la violencia física” (Mann, 1984, pág. 188). Mann es un teórico del poder, y como tal, va más allá de la definición institucional- funcional de Weber. Para él las preguntas centrales son: ¿cuál es la naturaleza del poder del Estado y cómo lo ejerce?; y ¿cuál es la naturaleza del poder que ostentan las élites estatales y con qué medios cuentan para su ejercicio? La principal diferencia con respecto a Weber es que Mann no asume la violencia como fundamento o ejercicio exclusivo del Estado. La violencia física organizada tiene sus propias formas que le aportan una autonomía parcial con respecto al Estado, la economía o la ideología. Por eso hay que estudiarla, no como un medio más del Estado, sino como una fuente de poder con capacidad estructurante. Su poder autónomo ha variado a lo largo de la historia, pero aún 109 hoy en día es posible discernir amplios espacios de autonomía. Partiendo de esta distinción fundamental entre poder político y violencia, la pregunta fundamental sería ahora, “¿qué diferencia el poder de las élites del Estado con respecto a movimientos ideológicos, clases económicas o élites militares?” (Mann 1984, pág. 188) 2.8.7.1. ¿Qué es el poder del Estado? Mann recalca la acotación territorial y la administración centralizada de la coacción como las funciones propias y distintivas del poder del Estado, distinguiendo para su ejercicio dos tipos de poderes: uno despótico y otro infraestructural. El poder despótico se refiere al abanico de acciones que la élite puede llevar a cabo fuera de la rutina y de las negociaciones institucionalizadas con grupos de la sociedad civil. En este sentido, converge con la idea de Schmitt de que “soberano es quien decide en la excepción” (1982) Refleja la “autonomía del poder per se”. El poder infraestructural hace referencia a la capacidad del Estado de penetrar en la sociedad civil y de implementar sus decisiones a través de una logística desplegada en todo su ámbito territorial. Este poder hace referencia a la invasión y penetración del Estado en la regulación de todos los aspectos de la vida. El Estado, en la versión que surgió tras la Segunda Guerra Mundial, tiene la capacidad de penetrar en la vida cotidiana de los individuos más que ningún Estado de cualquier otra época histórica, debido al enorme crecimiento de su poder infraestructural. Para ambas formas, la autonomía del Estado proviene de su carácter organizativo territorial y centralizado. Para llegar a esta conclusión, Mann analiza la contribución del Estado a la vida social a lo largo de la historia, no limitándolo a una época determinada sino aplicando la definición de Estado a toda forma de organización de la vida social territorial en la que se emplea para su organización tanto el poder despótico como el infraestructural33. En este sentido, Mann afirma que la mayoría de las teorías del Estado han tendido a equiparar el poder del Estado con el poder despótico, entendiendo la autonomía estatal como el poder de su élite sobre el resto de los grupos y clases de la sociedad civil. Esto es así porque este tipo de poder es de naturaleza distributiva, por lo que establece relaciones de dominación. El desarrollo de este poder tiene su origen en la centralización territorial de los recursos (ya sean de tipo ideológico, económico o militar). 33 En este sentido, en mi opinión, Mann se encuentra cercano a la escuela del realismo político y del orden jurídico, con posiciones muy similares a Carl Schmitt (1979), en el que el nomos o toma de la tierra como acto constitutivo del derecho y la distinción amigo-enemigo (2009) como la propia de la política marcan su concepción acerca del poder político y del Estado. 110 Esta centralización territorial lleva al poder político a ensalzar las fronteras mientras que las otras fuentes del poder las trascienden. En resumen, la distinción entre el poder político y el resto de las fuentes de poder social es: 1. Uno afirma las fronteras, mientras que los otros las trascienden. Es decir, el poder político es territorial. 2. El poder ideológico, económico o militar puede ejercerse en cualquier organización o relación social, independientemente de su localización, mientras que el poder político necesita de un centro. El poder político se localiza en un centro y se dirige hacia el exterior. El poder político es pues centralizado. 3. Aquellos que controlan al Estado gozan tanto de poder colectivo como distributivo y pueden confinar a otros “poderes” dentro de su red de organización. En este último sentido, la teoría del poder político de Mann resuena a aspectos de la teoría de redes de Manuel Castells, que afirma que el verdadero poder de la red se encuentra en definir quién está dentro y quien es expulsado fuera (2009). Es precisamente esta capacidad estructurante de la vida social que Mann otorga al Estado la que, en mi opinión, permite utilizar sus herramientas de análisis para comprobar la utilidad explicativa de su modelo para el análisis de una unidad política concreta ya que es en este punto –en el estudio del poder político- en el que convergen los niveles macro y micro-históricos de su teoría del poder. Dicho esto, la pregunta inevitable que surge es: ¿Es el Estado un ente eminentemente autónomo? ¿Quién controla al Estado? 2.8.7.2. ¿Quién controla al Estado? En las democracias capitalistas las élites políticas aparecen controladas por grupos de la sociedad civil (electorado o financieros) y por normas. Los burócratas no ejercen un poder autónomo sobre la sociedad civil, ya que están sujetos a normas y a procedimientos. Su poder para cambiar las normas fundamentales y revocar la distribución del poder dentro de la sociedad civil es muy débil, al menos sin el apoyo de un movimiento social con la fuerza suficiente para ello. Mann concluye por ello que los Estados, en las democracias capitalistas, son infraestructuralmente muy poderosos, pero despóticamente muy débiles. 111 Partiendo de esta distinción ideal y de la combinación entre ambos poderes – despótico e infraestructural-, Mann realiza una clasificación de Estados que van desde el Estado feudal, al imperial-patrimonial, el burocrático, la democracia capitalista y el Estado autoritario (entendidos todos ellos como tipos ideales); aunque este último suele esconder una forma institucionalizada de despotismo en el que los grupos de poder competidores no pueden evadir el poder infraestructural del Estado ni se encuentran institucionalmente separados de éste. Mientras que en el Estado autoritario los grupos compiten por el control directo del Estado, en las democracias capitalistas, sin embargo, el poder de la clase capitalista permea toda la sociedad y el Estado acaba aceptando sus reglas de juego. En este sentido, basado en su análisis histórico, Mann observa dos hechos. En primer lugar, que ha habido una tendencia histórica hacia el aumento del poder infraestructural del Estado, incitado desde Occidente por el surgimiento de la sociedad industrial y preindustrial. Sin embargo, en segundo, lugar, Mann afirma que no ha habido una tendencia general similar en el poder despótico. La historia demuestra que los Estados no han sido capaces de mantener este tipo de poder por mucho tiempo ya que, sobre todo en la Edad Antigua, carecían de infraestructuras logísticas efectivas para poder penetrar y coordinar la vida social a largo plazo. Por ello, como señaló Weber, cuando los Estados aumentaron sus recursos privados –principalmente mediante la adquisición de nuevos territorios- estos fueron trasladados a la sociedad civil por sus propios agentes. Esto explica la oscilación entre regímenes imperiales-patrimoniales y feudales. Debido a lo cual, Mann concluye que “la historia del despotismo ha sido de vacilación no de evolución” (1984). El desarrollo del poder infraestructural está relacionado con la efectividad del control ejercido por el poder político. Este control lo ejerce mediante la infraestructura logística a su disposición que logra penetrar en la vida diaria de los ciudadanos. Varias herramientas logísticas han ido apareciendo a lo largo de la historia y contribuyendo a este proceso. Las más estacadas han sido (i) una división del trabajo coordinada centralmente y adoptada de las técnicas militares empleadas en el campo de batalla; (ii) la alfabetización y codificación normativa; (iii) acuñación de moneda y patrones de peso y medida para el intercambio de bienes; y la (iv) mejora en los medios de comunicación y de transporte. Mientras mayor sea el control de estas técnicas por el Estado, mayor será su poder infraestructural y más profunda su capacidad de penetración en la sociedad. Mann señala, sin embargo, que estas técnicas no son productos de un poder despótico, sino avances generalizados en la movilización de recursos del poder colectivo. Ninguna 112 de estas técnicas son propiedad exclusiva del Estado o de la sociedad civil y ninguna de ellas cambia la relación sociedad civil-Estado (propia del poder despótico). El poder del Estado no deriva, por tanto, de la adquisición o control de una técnica, ni de ningún otro medio que sea propio o exclusivo de él. Las técnicas o poder infraestructural del poder político se forman en torno a tres fuentes que se dan en todas las relaciones sociales: ideológicas, económicas y militares. Según Mann, el Estado las incorpora todas, pero no añade ninguna propia. Es por ello que la autonomía del Estado no hay que buscarla en este sentido, estando equivocadas las teorías que reducen el Estado a relaciones de poder económico, ideológico o militaristas. Mann reconoce que quizás fuera la alfabetización la única técnica innovada por el Estado, en concreto por los Estados despóticos de Mesopotamia, pero una vez que se extendió, perdió el monopolio sobre ella y fueron Estados no despóticos, formados por confederaciones de ciudades-Estado o Estados tribales surgidos a sus márgenes, (como el Israel histórico entre otros) los que innovaron su técnica y la emplearon para rivalizar con los Estados despóticos. Esto demuestra que el Estado no puede mantener el control sobre sus propias innovaciones. No pudo en la antigüedad y no ha podido en ninguna otra época. Un ejemplo en sentido contrario, de una técnica infraestructural surgida en la sociedad civil y que haya sido adoptada por un Estado despótico ocurrió con el modelo de industrialización, que fue adoptado por la URSS en su red de comunicaciones, supervisión y contabilidad estatal. La conclusión que expone Mann (1984, pág. 194) es que todas las técnicas infraestructurales se irradian hacia fuera, independientemente del centro desde el que surjan, no existiendo ninguna que pueda mantenerse como propiedad 100% del Estado o de la sociedad civil. Si analizamos las oscilaciones históricas del poder infraestructural veremos que existe una relación dialéctica entre la centralidad del Estado frente a la sociedad que repercute en el desarrollo social general. Algunas capacidades infraestructurales han sido llevadas a cabo y lideradas por Estados despóticos, pero una vez adquiridos, estos son absorbidos por la sociedad civil, produciendo un incremento general del poder colectivo. La conclusión principal a la que llega Mann en el volumen I de su obra es que el papel del Estado como agente o como actor social a lo largo de la historia ha variado, teniendo a veces un papel de promotor y otras un papel de freno del desarrollo social. Si, como hemos visto, el poder infraestructural del que se sirve el Estado para penetrar en la vida social no emana de su propia naturaleza territorial y centralizada, la pregunta que 113 surge relativa a su autonomía es: “¿Bajo qué circunstancias el Estado se apropia de las infraestructuras surgidas en la sociedad civil? ¿Por qué en determinadas circunstancias adquiere poder despótico y en otras no? ¿Dónde se encuentra el origen del poder autónomo del Estado? Según Mann, para poder responder a estas preguntas, tenemos que partir de estas hipótesis ontológicas: a) El Estado responde a la necesidad humana fundamental de ordenación de la vida social b) El Estado cumple para ello una multiplicidad de funciones c) El Estado posee una naturaleza territorial centralizada 2.8.7.3. El Estado necesario Con respecto a la primera de las hipótesis ontológicas, Mann afirma que la complejidad social y el proceso civilizatorio requerían de un centro de autoridad normativa vinculante que les garantizara mayor posibilidad de supervivencia y permanencia en el tiempo. El motivo para ello es que, según Mann, el orden social se puede sustentar únicamente sobre tres bases: la fuerza, el intercambio negociado y la costumbre, pero ninguna de ellas puede mantenerse por sí misma a largo plazo. “A largo plazo, las normas son necesarias para vincular a los extraños” (Mann, 1984) Aunque no sea estrictamente necesario que las normas provengan de un solo centro de poder, sí es cierto que muchas sociedades, han visto la conveniencia de que ciertas normas como el derecho a la vida o la propiedad privada, sean monopolizadas por un solo centro de poder o Estado. De esta necesidad deriva el poder autónomo del Estado. Las actividades realizadas por el Estado son necesarias para el conjunto de la sociedad en general y para los grupos que más se benefician de la estructura normativa impuesta por el Estado. De esta funcionalidad deriva su potencial de explotación, que lo emplea como una palanca para imponer, en caso de necesidad, sus intereses privados. 2.8.7.4. El Estado multifuncional Con respecto a la multiplicidad de funciones, para Mann, la elaboración de un orden social vinculante atribuido al Estado por teorías reduccionistas es un concepto paraguas, bajo el que se dan multiplicidad de funciones. Según el modelo bidimensional, los Estados cumplen funciones diferentes en el interior y en el exterior de sus fronteras, pudiendo distinguir también entre funciones ideológicas, económicas o militares, dirigidas a diferentes grupos sociales o a la sociedad en su conjunto. Mann elabora de 114 este modo un modelo estatal multinivel y multifunción. En su análisis histórico, Mann encuentra cuatro funciones estatales que se han mantenido como permanentes a lo largo de la historia: 1. El mantenimiento del orden interno. Según Mann, la principal aportación de esta función ha sido la protección de los derechos de propiedad. Esta función es la que mejor sirve a la clase económica dominante. 2. La defensa/agresión militar dirigida contra enemigos. La defensa es genuinamente colectiva, la agresión suele esconder intereses más específicos (de jóvenes desposeídos, mercaderes y miembros de la aristocracia capitalista, etc.) En los sistemas multi-estatales, las guerras necesitan del establecimiento de alianzas con otros Estados con los que se comparte algún elemento (etnia, religión, ideología política, etc., generalmente no reducible a una clase económica) 3. El mantenimiento de las infraestructuras de comunicación. Esta función viene dada por su base territorial, que opera mejor si se organiza desde un centro. Aquí prevalece el interés general, aunque también responden a la necesidad de grupos vinculados con el comercio. 4. La redistribución económica. Esta función de distribución de recursos materiales escasos posee un elemento fuertemente colectivo. También posee una dimensión internacional, ya que el Estado frecuentemente ha regulado las relaciones comerciales o el intercambio de divisas, ya sea unilateralmente o en colaboración con otros Estados. Esta multiplicidad de funciones le otorga al Estado la capacidad de enfrentar a distintos grupos de poder rivales. Estas luchas de fuerzas rivales se encuentran ejemplificadas en lo que se ha denominado Estados transicionales, la mayoría de ellos inmersos en profundas transformaciones económicas. Al no existir una clase económica dominante, el Estado enfrenta a los viejos grupos dominantes con otros emergentes. Estas situaciones han sido ampliamente analizadas por los pensadores clásicos de la estratificación social como Marx o Poulantzas, en el caso del Bonapartismo (cooptación de la fuerza revolucionaria de las clases populares), o Weber en el caso del Estado prusiano con los Junkers, que ante su declive y favorecidos por la “timidez” de la burguesía y el proletariado a la hora de controlar el Estado, se aferraron al poder favoreciendo tendencias autocráticas dentro del Estado para seguir defendiendo sus intereses, aunque en ningún caso llegaron a controlarlo por entero. 115 La excepción a esta tendencia fueron las funciones militares en relación a las clases económicas dominantes, ya que Mann afirma que el Estado ha empleado las guerras para reducir su dependencia de las clases. Esta misma función de equilibrio puede emplearla el Estado cuando se encuentra en relación con una multiplicidad de grupos, algunos de ellos bien más reducidos o bien más amplios que las clases económicas. Esta capacidad de maniobra tiene su máxima expresión en el sistema de partidos catch-all party que ha dominado la política occidental en los últimos 70 años. Mann afirma que este espacio de maniobra basado en actos de equilibrio entre grupos sociales con intereses diferentes es el lugar de nacimiento del poder del Estado. 2.8.7.5. El Estado territorial centralizado Para Mann, es esta tercera característica la que le aporta el elemento más distintivo. Incluso aquellos Estados que, como afirma Schmitt (1979), han optado por una existencia marítima (como Inglaterra), han acabado por territorializar el mar, aplicando en él las mismas distinciones que aplican en el Estado entre suelo libre y suelo abierto a la conquista, entre amigo y enemigo, incluso abriendo sus antiguos espacios de mar libre al ejercicio de la guerra. Se trata de un aspecto que tradicionalmente ha quedado fuera de los análisis bidimensionales y multifuncionales expuestos anteriormente, ya que estos, según Mann, no han sido capaces de capturar el elemento más distintivo del Estado como organización social: su territorialidad. El Estado no se puede distinguir por los medios que emplea, ya que estos son los medios de poder que habitualmente aparecen en toda relación social. El poder del Estado es únicamente reductible en un sentido socioespacial y organizacional. Únicamente el Estado se encuentra centralizado en un territorio física y geográficamente delimitado, sobre el que ejerce su poder autoritario. Esto significa que los recursos que administra la élite estatal se irradian desde un centro de poder hacia el exterior, pero se detienen en las fronteras territoriales. El Estado es por ello un lugar con un alcance territorial unificado. Mann comparte, en este sentido, la visión de la mayoría de teóricos reduccionistas que ven al Estado como una arena donde tienen parte la mayoría de los conflictos de intereses que caracterizan a los grupos sociales de una determinada época; pero señala, y este es quizás su aspecto más distintivo, que esto mismo lo convierte en un poderoso actor, 116 acotando y limitando la interacción dentro de sus fronteras e influyendo en la organización del resto de fuentes de poder social, como si fuera una entidad yoica freudiana. Las principales formas del poder autónomo del Estado provendrán pues de esta característica distintiva. Figura 2.6. Orígenes del poder autónomo del Estado.34 Para probar esta hipótesis, Mann (1981) analiza las formas socioespaciales y organizacionales del resto de grupos de poder de la sociedad civil. Los grupos de poder económico como las clases, corporaciones, plantaciones, multinacionales, etc. normalmente se relacionan de manera competitiva o colaborativa desde la descentralización, aunque a nivel interno funcionen de manera centralizada. Sin embargo, su orientación es expansiva, no está limitada territorialmente, ni sujeta a normas autoritarias (derecho) que limiten la expansión. La expansión del poder económico no es normativamente preceptiva, sino que se realiza de manera difusa e informal. Mann afirma que el alcance de las instituciones económicas no es territorial, no controlan territorios sino funciones específicas con alcance transnacional, donde quiera que esa función tenga una demanda y sea susceptible de ser explotada. Por último, basándose en un análisis histórico comprueba que donde quiera que las instituciones económicas han estado territorialmente centralizadas y han empleado métodos autoritarios para su gestión, como 34 Elaboración propia. 117 en el caso del feudalismo, han estado sujetos a un poder territorial mayor (el Estado imperial) o han acabado adquiriendo funciones políticas asumiendo la administración de justicia, el reclutamiento de la leva, etc., convirtiéndose ellos mismos en mini-Estados de un Estado más débil. Por ello, en contra de corrientes de inspiración marxista, Mann afirma que los Estados no son el simple instrumento de las clases, ya que su alcance territorial es completamente diferente. Movimientos ideológicos como las religiones también operan de manera muy similar, solo que las ideologías (a no ser que estén dominadas por el Estado como señala Mann) tienen un alcance aún más difuso que los grupos económicos de poder. Se mueven de manera difusa e intersticial dentro de los territorios de los Estados, expandiéndose a través de las redes de comunicación entre los distintos segmentos de la población, ya sea dentro de un Estado (clases, género, etnias, etc.) o a nivel transnacional. Pueden desarrollar instituciones de poder centralizadas, como la Iglesia católica, pero su organización es siempre más funcional (y relativa a lo sagrado en el caso de las religiones) que territorial. De ahí que su principal característica sea la trascendencia “espiritual” o socioespacial, contrariamente a lo que ocurre con el Estado, que afirma constantemente su territorialidad El caso del poder militar es algo distinto, ya que tiende a solaparse o incluso coincidir con el Estado, especialmente en los Estados modernos que monopolizan el uso de la violencia organizada. Sin embargo, existen casos como la guerra de guerrillas, el feudalismo militar o las bandas de guerreros (como por ejemplo los señores de la guerra en Afganistán) que muestran mayor efectividad en su actuación por su carácter descentralizado. El terrorismo militarista de al Qaeda y de otros grupos afines sería otro buen ejemplo actual. Por otro lado, el poder militar opera sobre dos radios territoriales distintos de control efectivo. El control sobre el comportamiento cotidiano de los ciudadanos requiere un alto grado de organización de la coacción, despliegue logístico y disposición de la plusvalía, que resulta práctico solamente en lugares bien comunicados y en áreas con alta disponibilidad de excedentes. No se despliega uniformemente en los territorios de los Estados, sino que suele concentrarse en determinados puntos y a lo largo de vías de comunicación. El segundo radio de control hace referencia al establecimiento de amplios límites de sometimiento exterior sobre áreas alejadas. Este radio de alcance del poder militar suele ser más amplio que el del control por parte del Estado, lo que resulta evidente en la época actual, dado el aumento de la capacidad de despliegue y el radio de alcance del armamento tanto convencional como no convencional. También fue el caso en la época de la Guerra 118 Fría y los dos superpoderes, ya que tenían” la capacidad de imponer regímenes “amigos” y desestabilizar a los enemigos mediante el clientelismo de las élites militares y sus propias organizaciones paramilitares encubiertas, aunque no pudieran conformar completamente esos regímenes a sus dictados políticos” (Mann, 1984, pág. 200) Un ejemplo reciente de esta incapacidad fue la guerra de Irak de 2003, que consiguió sus objetivos militares pero fue incapaz de garantizar un futuro político estable para el país. La logística empleada para la implementación de la coacción concentrada difiere de la empleada por el Estado, por lo que deben tratarse como dos poderes distintos o formas organizacionales diferentes. Una vez diferenciado el poder del Estado del resto de fuentes del poder social, Mann analiza la autonomía organizativa del Estado. Ninguna corporación, organización religiosa o ejército puede realizar las funciones propias del Estado, a menos que cambien su propia estructura socioespacial y organizativa. El poder autónomo del Estado se basa en esta diferencia y característica propia. Mann afirma que incluso si un Estado particular fuera creado como medio para institucionalizar las relaciones entre determinados grupos sociales, ello requiere la concentración de recursos e infraestructuras bajo el control de una institución cuyos perfiles socioespaciales y organizacionales difieren del resto de grupos. La toma de decisiones efectiva requiere de una flexibilidad y rapidez de respuesta que sólo puede garantizar la concentración de la toma de decisiones y la existencia de personal especializado que, con carácter permanente, pueda gestionar estos procesos e implementar las decisiones. Generalmente, el carácter descentralizado y no territorial de los grupos de interés que establecen un Estado pierden, una vez establecido, capacidad para controlarlo. Como afirma Mann (1984), “la centralización territorial otorga al Estado una base potencialmente independiente de movilización del poder, necesaria para el desarrollo social, y que se encuentra únicamente en posesión del Estado”. El Estado goza pues de un poder autónomo, un poder distintivo que nace de su propia naturaleza territorial, centralizada y acotada, lo que lo distingue del resto de actores de poder de la sociedad civil, ya sean clases, iglesias o élites militares. El origen de este poder se basa en la necesidad y utilidad de territorializar ciertas funciones originalmente desarrolladas por otros actores que operan en torno a las fuentes de poder social. Estos actores otorgan a la élite estatal ciertos poderes y recursos infraestructurales para llevarlos a cabo que, una vez entregados, resultan muy difíciles de recuperar, ya que la base de organización socioespacial de estos actores no es territorial ni centralizada. Si el Estado 119 utiliza estos recursos para generar recursos de poder adicionales, su poder autónomo incrementa. Es por ello por lo que Mann describe el poder autónomo del Estado como un proceso, “el poder autónomo del Estado es el producto de la utilidad de potenciar o incrementar la centralización territorial de la vida social en general” (1984, pág. 211). Una observación que haría con respecto a la premisa de Mann que subraya la necesidad o utilidad de la centralización territorial para la vida social es que éste deja sin explicar la manera en que Estado y derecho entran por ello en una relación de necesidad recíproca al centralizar la producción normativa. Uno de los teóricos que, desde un análisis de la sociología del derecho y las relaciones internacionales, mejor plantea esta cuestión es, en mi opinión, Carl Schmitt con su concepto de nomos ya aludido. Según Schmitt, el acto colectivo de toma pública de la tierra es el acto fundacional y constitutivo del derecho, que crea, ordena y politiza el espacio, produciendo efectos hacia dentro y hacia fuera de sus límites territoriales. Este acto fundacional de toma de la tierra ofrece también una respuesta a la pregunta que se hace Mann de en qué momento la sociedad civil pierde el control sobre los recursos que otorga al Estado y en qué momento es el Estado el que cede ese control. La toma de la tierra es un acto de poder colectivo en el que la propiedad primera del suelo, el radical title, es una propiedad pública o política, que se transformará en propiedad privada sólo en una fase posterior, merced a la ordenación aplicada desde el Estado a través del derecho. Es decir, la ordenación del espacio que surge con la sedentarización y la toma efectiva de la tierra, es la condición sine qua non para la centralización territorial de la interacción humana que (i) crea la necesidad de un orden normativo que emane desde un centro y sea impuesto por un poder legitimado -a veces llevado al extremo de la personificación-; (ii) promueve la división del trabajo y la estratificación social; (iiI) requiere la defensa del territorio y (iv) fomenta el surgimiento de un sentido último que aporte coherencia ideológica al orden social así establecido, “como si la sociedad se extendiera idealmente hacia las estrellas” (Mann, 2012a, pág. 47) Esta toma de la tierra originaria, propuesta por Schmitt, crea derecho hacia dentro y hacia fuera. Hacia dentro, se establece un derecho que ordena la primera distribución y división del suelo, “la primera ordenación de todas las condiciones de posesión y propiedad”. De ahí que afirme Schmitt que “todo juicio ontónomo que sea adecuado se origina en el suelo” (1979:19). Si Mann deja abierto el dilema sobre el circulo vicioso o proceso dialéctico entre origen del poder despótico y devolución de este poder a la sociedad civil, Schmitt afirma que es 120 la sociedad civil (o pueblo para él) la que efectúa la toma colectiva de la tierra y que, por tanto, todo derecho posterior nace y se origina en este acto colectivo. Es por ello por lo que el poder siempre puede volver al grupo social que lo fundó e instituyó. Para Schmitt, esta primera toma de la tierra siempre es colectiva, independientemente de que luego se emitan títulos jurídicos o de propiedad, puramente individualistas. Por ello afirma que “toda ocupación de tierra crea siempre, en el sentido interno, una especie de propiedad suprema de la comunidad en su totalidad, aun cuando en la distribución posterior no se mantenga la propiedad puramente comunitaria y se reconozca una propiedad privada totalmente libre” (Schmitt, 1979:20). Con respecto al aspecto exterior, Schmitt señala que existen dos títulos de propiedad distintos: la toma de suelo libre (un suelo que según el derecho que rige las relaciones exteriores de un Estado, no tenía señor ni soberano reconocido) o la toma de suelo arrebatado a otro señor o soberano, presentando cada uno problemas jurídicos distintos. Por ello, concluye Schmitt, que la toma de la tierra tiene un carácter categórico (en el sentido kantiano) siendo el primer título jurídico sobre el que se basa todo derecho y ordenación ulterior. En esta causa primitiva convergen el espacio y el derecho, entendiendo por derecho, un acto elaborado por el lenguaje normativo de ordenación territorial y social respaldado por la violencia. Es por ello por lo que podemos afirmar que el derecho y la política presuponen la territorialidad de la interacción humana y la división del trabajo y generan la necesidad y conveniencia de su centralización. En la toma de la tierra se encuentra el origen del poder social que llamamos “político”. Esta es también la tesis clásica de Locke. El dominio sobre la tierra precede al dominio sobre los hombres que la habitan, es por ello que primero viene el poder colectivo-infraestructural (sobre el control del territorio) y éste es el que posteriormente hace posible el poder despótico. De este modo se puede resolver el dilema histórico expuesto por Mann en el que no se podía determinar si el poder despótico era resultado de mejoras –innovaciones- infraestructurales o era el poder despótico el que producía estas mejoras. En resumen, la utilidad que ofrece la ordenación de la vida social en un territorio, junto con la centralización y la multiplicidad de funciones que es capaz de desempeñar, constituyen el eje del poder y de la autonomía estatal. Es por ello que la élite política parece estar separada de la sociedad civil y su poder no puede reducirse en último término o última instancia al poder del resto de grupos (las clases económicas dominantes, por ejemplo). El Estado no es meramente el escenario de la lucha de clases, como afirman las corrientes marxistas; ni un factor de cohesión social -como bien expuso Kelsen en su 121 disputa contra Smend35-; ni la expresión de valores centrales, como afirma el liberalismo; ni el centro de procesos de estratificación social, ni la institucionalización de la fuerza militar. El Estado es una organización socioespacial diferenciada, por lo que puede tratarse como un verdadero actor autónomo y resolver así el dilema estructura-agente característico de las relaciones internacionales. Mann afirma que el Estado actúa por medio de sus élites políticas, pero tiene una voluntad de poder propia, por lo que su teoría se acerca a la teoría de la acción racional de los intereses de Estado propuesta por Levi (1981) La pregunta entonces es, ¿cómo adquieren los Estados su poder autónomo? ¿Cómo se explican las variaciones en el poder de unos Estados a otros? Mann efectúa dos hipótesis: 1. El poder infraestructural del Estado deriva de la utilidad social de la centralización territorial, en su dimensión espaciotemporal, es decir, la utilidad viene definida por el espacio que se ocupa y la época histórica en la que surge esa necesidad que otras fuerzas de la sociedad civil no pueden instituir. 2. El poder despótico del Estado deriva de la inhabilidad de las otras fuerzas sociales de controlar las formas de centralización territorial una vez son instituidas. Por tanto, la centralización territorial es una fase previa e imprescindible para que se produzca el poder despótico. Es por ello que Mann afirma que la función viene primero y la explotación después. Lo que Mann observa es que a lo largo de la historia se produce una relación dialéctica entre poder despótico y poder infraestructural. Con respecto al poder infraestructural, afirma que los Estados han adquirido gran parte de la capacidad de coordinación de la sociedad, cuya ejemplificación podemos encontrarla en la centralización de tareas como la defensa o la conquista militar (en el caso del ejército romano, por ejemplo, este fue un factor fundamental para el extraordinario incremento de su poder infraestructural). También se observa esta utilidad de la centralización en el caso de la redistribución de los recursos (del templo-almacén al Estado en el surgimiento de las primeras civilizaciones); o en la elaboración de una respuesta estratégica y centralizada frente a otros Estados rivales, como ocurrió en la revolución industrial entre los Estados que lideraron el cambio 35 Kelsen, H. (1997) (1930), El Estado como integración. Una controversia de principio. Tecnos, Madrid. 122 y los nuevos que se sumaron a la tarea –Rusia o Japón- que emprendieron importantes tareas de centralización de recursos económicos gracias a la financiación estatal, a la creación de empresas estatales o a medidas arancelarias proteccionistas. En todos estos casos Mann afirma que no es la necesidad, sino la utilidad de la centralización territorial de la economía o del poder militar lo que provoca el incremento del poder infraestructural del Estado. Esta utilidad es cambiante y varía según las circunstancias históricas. Son los grupos de poder de la sociedad los que “entregan libremente” este poder al Estado basándose en la utilidad de esta transmisión, prueba de ello es que existen otros casos en la historia en que se ha optado por la descentralización de la economía (como en los mercados financieros) o de la organización militar (como en el feudalismo temprano) según su utilidad, pero en todo caso reduciendo el poder del Estado. La dialéctica que se observa es, por tanto, que la centralización de recursos incrementa el poder infraestructural del Estado, mientras que la descentralización lo disminuye. La relación problemática entre sociedad-Estado surge cuando las élites estatales explotan en exceso esta funcionalidad, dando lugar al despotismo. La pregunta que surge es pues, ¿cómo se llega a esto? ¿En qué momento la sociedad civil pierde el control sobre los recursos que entrega al Estado? ¿Por medio de qué mecanismos? Para responder a estas preguntas, Mann recurre a la historia. En el caso del poder militar en la Historia Antigua se observa de manera repetida que la autoridad temporal militar que asumían los jefes guerreros en tiempos de guerra se transforma en permanente y coactiva en tiempos de paz debido a la acumulación de recursos que surge tras la conquista. El control sobre estos recursos otorga al mando central militar cierta autonomía con respecto a los grupos que lo crearon y le dieron el poder. De igual modo, en el estudio de las civilizaciones que surgieron en torno a la agricultura fluvial de los grandes ríos de Oriente Medio se observa que la evolución hacia el despotismo viene propiciada por la estratificación social y la centralización de la organización de recursos. Entraríamos pues en un proceso histórico cíclico o en un círculo vicioso 123 Figura 2.7. Ciclo de retroalimentación del poder despótico36 Mann afirma que fue la concentración de recursos en un espacio acotado (como en la agricultura de regadío, en plantaciones, minas o en la construcción) hizo practicable la intensificación del trabajo mediante la coacción militar. El uso de la coacción militar para una explotación más eficiente y concentrada del trabajo y de los recursos favoreció el surgimiento de una economía centralizada-militarizada, lo que produjo un incremento de los excedentes, que se tradujo en beneficios para la sociedad en su conjunto o para las élites dominantes dentro de esta. Este beneficio acarreó la centralización de nuevas funciones y un incremento del poder infraestructural. Mann llama a esto el “keynesianismo militar” (2012a, cap. 9) por los efectos multiplicadores que genera la fuerza militar, aunque con ello alimente los poderes despóticos del Estado, alejándolo del control de la sociedad civil, pero incrementando también los poderes de ésta, justificando con ello la utilidad de la centralización de la cooperación obligatoria. La centralización y concentración de la coacción incrementa los recursos generales de la sociedad – y por ello ningún grupo de la sociedad civil desea deshacerse del Estado-. Lo malo es que con ello también se incrementa los recursos de poder privado de la élite estatal que corren el riesgo de tornarse despóticos y poder ser utilizados contra la sociedad civil. La centralización territorial aporta al Estado una ventaja logística para la movilización de recursos con los que pueda controlar y situarse por encima de cualquier 36 Elaboración propia. 124 grupo social particular. También puede ocurrir que ciertos grupos sociales, como por ejemplo las clases económicas dominantes, apoyen el incremento del poder del Estado y la centralización de los recursos, si éste respalda el sistema de producción que les resulta más beneficioso. La defensa y la represión del crimen también son dos funciones del Estado cuya centralización suele recibir el apoyo mayoritario de la sociedad. El grado de centralización varía según la utilidad que tenga para la sociedad el mantenimiento de este sistema. La centralización es pues una variable dependiente de la utilidad social. Otro aspecto interesante acerca de la centralización es el señalado por Mann citando la obra del sociólogo israelí S. N. Eisenstadt (1963), al afirmar que la centralización también tiene un importante aspecto ideológico, como parte de la defensa de la universalización del interés general sobre los territorios, de donde pretende extraer su autoridad y legitimidad (aunque todos los Estados escondan la representación de intereses grupales). Según Mann, los Estados, en su proceso de centralización también se apropian de lo que Eisenstadt llama “recursos de flotación variable” (free-floating resources) que no aparecen sujetos a ningún grupo de interés concreto pero que están presentes en todo el espectro social definido territorialmente. Según Mann, lo que explica el incremento tan exponencial de los poderes del Estado en el siglo XX ha sido el desarrollo de las capacidades logísticas e infraestructurales. En las sociedades agrarias, el control político rutinario era ejercido por la oligarquía local con la que los ejércitos y poderes dominantes tenían que negociar, dando lugar a un sistema federal de territorialidad. En la evolución del poder del Estado vemos pues dos tendencias dialécticas: por un lado, la centralización militar, por otro, la federalización territorial. Se observa también otra dinámica en la que repetidamente, en este proceso de centralización- federalización, los recursos del Estado pasan a manos privadas tras la conquista de territorios (mediante el botín, concesiones territoriales, etc.) fragmentando con ello el poder del Estado hasta llegar a veces al colapso social. Sin embargo, también puede ocurrir que la sociedad emplee los recursos generados e institucionalizados por el Estado despótico para incrementar su propia autonomía (un ejemplo de ello sería cómo la Europa cristiana se apropió del derecho romano -un modo de entender la evolución histórica muy hegeliana, por otro lado-) La conclusión que podemos extraer de este ciclo es que no existe una relación antitética entre sociedad y Estado ni entre la propiedad pública o privada. Ambas se encuentran entrelazadas en el tiempo. La concentración de la propiedad privada y por ende el poder de la clase dominante, por ejemplo, no es sólo un producto de fuerzas sociales operantes, 125 sino que es en parte producto de la fragmentación de grandes imperios o Estados despóticos. En base a ello, Mann concluye que el poder autónomo de clases y Estados ha fluctuado dialécticamente a lo largo de la historia, sin que pudiera conservarse indefinidamente ni en manos del Estado ni en manos de la sociedad. En el siguiente esquema que he elaborado se puede observar este proceso. Figura 2.8. Fluctuación entre poder autónomo de la sociedad civil y el Estado37 2.8.7.6. El Estado contemporáneo: particularidades y resultados La evolución del Estado contemporáneo, propiciada por la revolución industrial, trajo consigo una serie de particularidades que complican un poco este análisis dialéctico entre sociedad-Estado y federalización-centralización. El capitalismo industrial contribuyó a poner fin a un ciclo de federalismo social territorial, propiciando el fortalecimiento del Estado-nación gracias a la aparición de numerosas innovaciones infraestructurales que permitían una penetración sin igual en los territorios estatales38. El Estado pudo ahora apropiarse de todas las entidades de control social que pertenecían a otras instituciones (la Iglesia, la escuela, empresas capitalistas, etc.) Puesto que el Estado puede hora conservar lo que adquiere, Mann se pregunta si ha llegado el final de la relación dialéctica entre sociedad y Estado. 37 Elaboración propia. 38 En este sentido, se podría debatir, no obstante, si fue la revolución industrial o previamente la expansión mercantilista y la conquista del océano, como afirma Schmitt, la que provocó este cambio organizacional. 126 El caso de los Estados totalitarios constituye un buen ejemplo. En Estados como la URSS, la lucha entre grupos sociales se encontraba centralizada, sin que hubiera forma de evadir al Estado, al contrario que en las democracias capitalistas, donde la lucha de grupos (entre trabajadores y capitalistas, por ejemplo) se encuentra más descentraliza, o en las sociedades agrarias, donde como hemos visto, la lucha entre grupos daba lugar a la fragmentación. En el caso de los Estados totalitarios que surgieron en el siglo XX, la cuestión a determinar era si estos Estados poseían un poder despótico completamente fuera del alcance de la sociedad a la que coaccionaba valiéndose de sus propios recursos de poder autónomo; o si este despotismo autoritario estaba mitigado, siendo el Estado un lugar donde las fuerzas sociales más poderosas competían por el poder y éste únicamente imponía el compromiso resultante de esta lucha mediante el uso de su aparato coactivo (Mann, 1984, págs. 206-207). Al otro extremo se encuentran los Estados democráticos-burocráticos. A pesar del gran incremento en el poder infraestructural que han experimentado estos Estados no han conseguido frenar las fuerzas descentralizadoras de la clase capitalista, su principal rival en la lucha por el poder, que siguen imponiendo su racionalidad capitalista y limitando el poder autónomo de las élites estatales. Mann no ofrece ninguna respuesta al dilema de por qué en el Estado contemporáneo, el incremento en el poder infraestructural no se ha revertido en una mayor centralización y poder autónomo del Estado o de la élite estatal. Simplemente deja la pregunta abierta y plantea que necesitamos más tiempo para ver en perspectiva la causa de este fenómeno eminentemente moderno y poder dilucidar si los cambios que trajo consigo la revolución industrial acabaron con la dialéctica centralización-descentralización propia de las sociedades agrarias. Es por ello que Mann afirma que el impacto del poder autónomo del Estado sobre el poder despótico ha sido, cuanto menos, ambiguo. Según nuestro autor, en las sociedades agrarias, los Estados fueron capaces de ganar autonomía gracias a la centralización territorial, pero únicamente de manera precaria y temporal, ya que el poder despótico solía generar su antítesis en la sociedad civil (Mann, 1984, pág. 207); mientras que en las sociedades industriales, los Estado autoritarios poseen un mayor potencial de poder despótico (aunque este despotismo es de carácter algo ambiguo, como hemos afirmado) y las democracias capitalistas no presentan grandes signos de ostentar un poder autónomo estatal de carácter despótico. Mann afirma que tal vez, las grandes teorías hayan estado mirando en el lado equivocado, centrándose en 127 demasía en el poder despótico propio de la relación dialéctica entre sociedad/Estado. Deberían fijar por ello más su atención en el poder infraestructural, ya que, como veremos, según Mann aquí es donde radica el verdadero poder autónomo del Estado desde la Revolución Industrial. 2.8.7.7. La centralidad del poder infraestructural Como hemos visto, la adquisición de poder infraestructural por parte del Estado es una variable dependiente de la utilidad social que sea capaz de demostrar con la centralización de esa función. Ello “le permitirá regular, normativamente y por la fuerza, un conjunto dado de relaciones sociales y territoriales, y de erigir fronteras frente al exterior” (Mann, 1984, pág. 208) Por ello, podríamos afirmar que las tres principales funciones del Estado de las que emana su poder autónomo son (i) la capacidad normativa, (ii) la ordenación del territorio mediante el poder infraestructural y la (iii) acotación del mismo mediante el establecimiento de fronteras (dentro de las cuales resulta válido su orden normativo general vinculante, así como la legítima defensa de ese orden). Así, encontramos que los medios fundamentales de los que se vale el Estado para hacer valer su capacidad estructural sobre la sociedad son el establecimiento de fronteras y el establecimiento de un orden normativo. “De este modo, las fronteras, establecidas como resultado de interacciones sociales previas son estabilizadas, reguladas y ensalzadas por normas universalistas monopolizadas por el Estado. El Estado confiere así límites territoriales a relaciones sociales cuyas dinámicas yacen fuera de él mismo.” […] “El Estado se vuelve así una arena, la condensación, la cristalización y la suma de relaciones sociales dentro de su territorio” (Mann, 1984, pág. 208.). Ser una arena, sin embargo, no significa adoptar un papel pasivo. Según Mann, ser una arena le otorga por ello mismo un papel activo, ya que la consolidación territorial promueve el cambio social, mediante la territorialización de la interacción. Esta capacidad de estructurar territorialmente la vida social es una variable dependiente de su poder infraestructural: mientras mayor sea éste, mayor será la capacidad de territorializar la vida social. Por ello, Mann afirma que incluso la resistencia de la sociedad civil a las tendencias despóticas del Estado, dan lugar a una reorganización infraestructural estatal masiva. Las disputas entre la élite estatal y la sociedad civil o entre grupos de la sociedad civil que normalmente se regulan y encuadran dentro de las instituciones estatales, contribuyen a territorializar o estatalizar la acción social en ese 128 terreno, creando mecanismos territoriales de represión o compromisos, quebrando las antiguas redes de relaciones sociales que se producían a nivel local o incluso transnacional. Un ejemplo de este proceso ocurrió con ocasión de la expansión económica de los Estados europeos hacia otros continentes. Este hecho trajo consigo la necesidad de proveer de mayores efectivos para la defensa en el exterior; la producción de regulaciones normativas cada vez más complejas relacionadas con la propiedad y las transacciones mercantiles; o incluso nuevas formas de propiedad en el interior. Estos impulsos, provenientes de las clases mercantiles-capitalistas, favorecieron a aquellos Estados con mayores capacidades para llevarlas a cabo y propiciaron la aparición de un poder infraestructural de mayor alcance y penetración que abarcó desde la recaudación de impuestos rutinaria hasta el monopolio del reclutamiento de efectivos militares o el establecimiento de una administración burocrática permanente. Sin embargo, pese a las tendencias absolutistas que se observaron a largo plazo en este proceso de adquisición de mayor poder infraestructural, podemos afirmar que los Estados europeos no llegaron a adquirir poderes despóticos. Esto se debió a que el incremento en el poder infraestructural estatal alimentó también un incremento en el poder infraestructural de la sociedad civil, particularmente de los propietarios capitalistas, que puso freno a las aspiraciones despóticas. Esta dinámica fue mayoritaria en Europa occidental y en la medida en que el equilibrio geopolítico se inclinaba hacia Occidente, se acabó imponiendo un modelo de Estado con poderes despóticos muy debilitados. “Es decir, unos Estados gobernados con y generalmente para, los intereses de la clase capitalista.”39 (Mann, 1984, pág. 209) La conclusión más significativa que extrae Mann de este proceso de evolución de los poderes del Estado en Occidente es que esta alianza entre la clase capitalista y la élite estatal alimentó el surgimiento de otro poder infraestructural estatal, que consistió en la territorialización (o estatalización) de los sistemas de producción e intercambio económicos. Es por ello que Mann afirma que el sistema de Estado-nación de la era contemporánea no es un producto del modo de producción capitalista o del modo de producción feudal, sino “del modo en que se les dieron límites reguladores a las relaciones capitalistas emergentes y expansivas por parte de Estados (feudales) pre-existentes” (Mann, 1984, pág. 209) Por ello, Mann afirma que, a pesar de la debilidad en capacidades infraestructurales que mostraban los Estados feudales europeos, han tenido, sin embargo, 39 Traducción de S.S. 129 una gran trascendencia en la configuración del mundo actual. Mann concluye que fue esta necesidad de centralización territorial experimentada en esta época, la que llevó a la reestructuración de la vida social europea y, con ella, de la vida social del planeta en su conjunto. A pesar de la apariencia ofrecida por el sistema económico internacional actual de que los Estados operan como actores –económicos- unitarios movidos por un interés nacional, en realidad, esta apariencia surge de la territorialidad del Estado que, como ya he presentado, creó fuerzas y redes sociales con vida propia que, en la regulación de la vida económica, se tradujeron en la creación de un mercado doméstico nacional, una moneda nacional, el establecimiento de aranceles y medidas proteccionistas, etc. A partir de entonces, la política económica del Estado funciona, en general, sobre la premisa de que la sociedad civil es su ámbito territorial. Una característica propia de la evolución del Estado en Occidente tras la Revolución Industrial es que el incremento de su poder de penetración infraestructural ha conllevado el fortalecimiento de su unidad interior y sus fronteras. Mann señala que este hecho parece ser una característica general del proceso social: “El incremento en el poder infraestructural del Estado conlleva la territorialización de la interacción social.” (1984, pág. 210). Sin poder de penetración infraestructural, los Estados sólo pueden reivindicar su unidad y singularidad territorial de manera transitoria. Se observa pues un nuevo proceso dialéctico: Figura 2.9. Dialéctica de la interacción social en referencia al Estado40 40 Elaboración propia. 130 2.8.8. Aspectos organizacionales del poder político Al igual que el poder económico y el militar, el poder político es socio-espacialmente dual, aunque en un sentido algo distinto. La principal diferencia es que muestra condiciones e instituciones organizacionales diferentes en el ámbito doméstico y en el internacional. A nivel interno o doméstico, el Estado aparece territorialmente centralizado y limitado por fronteras y, como hemos visto, su poder autónomo será mayor mientras más capacidades surjan y más circunstancias se den, favorecedoras de una mayor cooperación territorialmente centralizada. La aparición de estas capacidades y circunstancias dependen del surgimiento de nuevas técnicas de poder autoritario e infraestructural, consustanciales a la centralidad del Estado. Mann encuentra necesario distinguir, dentro del poder autoritario doméstico ostentado por las élites estatales entre lo que denomina poder “formal” despótico (analizado por Robert Dahl (1971) y consistente en el rango de acciones que se pueden efectuar sin negociación o institucionalización rutinaria con la sociedad civil) y el poder real infraestructural (poder de penetración en la sociedad) Por otro lado, las fronteras territoriales de los Estados han propiciado la aparición de un espacio de relaciones interestatales reguladas en el que la diplomacia geopolítica es otro aspecto importante de organización del poder político ya que, como he presentado por medio de las tesis de Schmitt (1979), el nomos que se instituye con cada acto de toma de la tierra colectiva crea siempre un derecho hacia dentro y hacia fuera. La organización geopolítica está formalmente muy alejada del resto de organizaciones de poder. Es por ello por lo que ha sido, según Mann, ampliamente ignorada en la teoría sociológica. Sin embargo, como éste afirma, constituye una parte central de la vida social por lo que no es reducible a las configuraciones de poder internas de los Estados que la componen. Existen ejemplos en la historia que demuestran que Estados formalmente muy poderosos como la España de Felipe II o la Francia de Bonaparte, fueron coartados en sus pretensiones hegemónicas, no por la fuerza de otros Estados oponentes, sino por un enraizado sistema de diplomacia multiestatal que conformó durante siglos la civilización europea. Mann afirma por ello que “la organización de poder geopolítica es una parte esencial de la estratificación social general”. (Mann, 2012a, pág. 27) Lo mismo se puede aducir de Oriente Medio y las relaciones geo-diplomáticas de la región. Desde la desmembración del Imperio otomano tras la Primera Guerra Mundial, 131 las relaciones interestatales han estado caracterizadas por relaciones de competencia y equilibrio entre un centro árabe y una periferia no árabe, compuesta principalmente por los Estos de Irán, Turquía e Israel, que mediante alianzas con otros Estados o con facciones militantes afines se han disputado la hegemonía en la región y han conseguido configurar la vida social41. 2.9. El Modelo IEMP de M. Mann: un corolario en forma de alcance, omisiones y aplicación práctica Como cierre final de este capítulo dedicado a presentar el modelo IEMP de Michael Mann en el contexto general de la teoría de las relaciones internacionales y la manera en que se ha enfrentado a sus diversos dilemas, elaboraré un resumen a modo de corolario y mostraré de manera gráfica su teoría acerca del origen y evolución del poder en las sociedades humanas. La figura 1.2. extraída del volumen primero de su tetralogía, Las Fuentes del Poder social, es la que mejor representa, de forma visual y esquemática, su teoría del poder y su patrón organizacional, las dinámicas de cambio social y su modelo de institucionalización de las fuentes de poder. Confío en que incluirla ayude a visualizar todos los puntos expuestos hasta ahora con el fin de que, posteriormente, sea más fácil aplicar este modelo al estudio de caso. Recorriendo el esquema de izquierda a derecha, se puede ver la premisa ya expuesta de que los seres humanos orientan su acción hacia la consecución de objetivos, con el fin de optimizar los recursos a su alcance para satisfacer sus necesidades. De ello se sigue que toda organización social cumple una función, y es también por ello, que el modelo de Mann se inspira en buena medida en el funcionalismo. Al orientar su acción hacia la consecución de objetivos, los hombres entran en relaciones de cooperación y establecen numerosas redes de interacción social, cuyos límites y capacidades son susceptibles de ser diferenciados, dándose la circunstancia de que algunas redes demuestra tener mayor capacidad de organización intensiva y extensiva, autoritativa y difusa que otras. 41 Interesante en este aspecto será analizar el papel que ha jugado el Estado de Israel en la configuración de las relaciones diplomáticas y los juegos de poder en la región ya que, como Hinnebush afirma (2003), analizar los procesos incompletos de formación estatal en Oriente Medio contribuye a entender las dinámicas internas de relaciones interestatales en la región. 132 Figura 2.10 Esquema de las fuentes del poder social de M. Mann (Mann, 2012a, pág. 29) Las más importantes de estas redes, por su capacidad de permanencia y repercusión en la vida cotidiana de los seres humanos y en la organización de la vida social, son las redes de poder ideológico, económico, militar y político. Estas redes son las que cuentan con un mayor grado de capacidad estructurante, es decir, tienen la capacidad de influir en las demás redes de interacción y afectar con ello la estructura de la vida social general de una determinada época. Mann llama a estas redes las cuatro fuentes del poder social, es decir, su modelo IEMP. Como ya expuse, cada una de ellas está configurada en torno a distintas formas de organización socioespacial y su importancia radica en su capacidad para combinar poder extensivo e intensivo. Los medios organizacionales a su alcance son los que determinan el paso o transición de una época a otra, es decir, de un modo de organización de la interacción socioespacial a otro. Estos medios organizacionales vienen determinados a su vez por la propia naturaleza y forma de estas fuentes de poder: 133 - Poder ideológico: tiene la capacidad de organizar la vida social en torno a formas trascendentes o inmanentes de significado como, por ejemplo, la religión o el nacionalismo- - Poder económico: tiene la capacidad de organizar la vida social en torno a modos de producción o circuito de praxis como, por ejemplo, el modo esclavista o el capitalista. Como ya señalé, este es el aspecto más cercano a la tradición teórica marxista que incorpora Mann, pero rechazando su determinismo. - Poder militar: Tiene la capacidad de organizar la vida social mediante actos de defensa o agresión en tiempos de guerra, en el que se emplea la violencia letal y concentrada; o mediante formas de control social empleadas en tiempos de paz. Su naturaleza es concentrada-coactiva. Al contrario que en la mayoría de las tradiciones, Mann incorpora al poder militar un carácter autónomo con respecto del poder político. - Poder político: Su mayor capacidad para conformar la vida social proviene de su carácter territorial, es decir, tiene la capacidad de territorializar y acotar geopolíticamente a las demás fuentes de poder social a la vez que le permite entrar en relaciones de poder con otros entes políticos también territoriales. Posee por ello una doble naturaleza: territorial-centralizada y geopolítica-diplomática. Como ya señalé anteriormente, ha tenido también el poder de territorializar (o nacionalizar) otros espacios como el aire y el mar. Mann equipara poder político a Estado y, en este sentido, distingue dos tipos de poder estatal: el despótico y el infraestructural. Lo decisivo para Mann es que todas estas configuraciones de poder son de naturaleza promiscua, lo que significa que captan y estructuran muchos elementos diferentes que provienen de la vida social (por ejemplo, el poder político puede fortalecerse mediante elementos organizativos surgidos del poder económico y viceversa). Es por ello que deben tratarse como “tipos ideales” y no como niveles o dimensiones estancas del poder social, que alcanzan sólo una dimensión distintiva temporal dentro de la división del trabajo propia de la vida social. Su carácter promiscuo indica que uno o más de estos medios organizacionales puede emerger intersticialmente, como una fuerza “reorganizativa” primaria, reorganizando la vida social ya sea a corto o largo plazo (Mann, 2012a, pág. 28). 134 Para Mann las fuentes del poder social han marcado las líneas de la historia sin que podamos afirmar la primacía absoluta de ninguna de ellas. Es por ello que los momentos de cambio en la trayectoria histórica serán, según Mann, lo más cercano que podamos estar de analizar la cuestión de la primacía última ya que son los momentos en que “mayor autonomía se observa en cuanto a la concentración, organización y dirección de la vida social” (Mann, 2012a, pág. 28), cuestión que se vuelve menos evidente una vez se produce la institucionalización de estas nuevas formas organizativas, que tienden a fusionarlas. Una puntualización necesaria que conviene recordar es que las redes de interacción que se producen en torno a estas fuentes de poder social no son las únicas presentes en la sociedad, ya que la vida humana es infinitamente compleja, pero sí son las que tienen una mayor capacidad de formar amplias redes institucionales estables con distintas combinaciones de poder extensivo e intensivo, autoritario o difuso. No puedo dejar de mencionar la importancia ya señalada del concepto de intersticialidad, que le sirve a Mann para explicar el cambio organizacional de la vida social. Según Mann, existen redes de interacción intersticial de dos tipos: a. Las que se generan entre las cuatro fuentes de poder social y sus configuraciones dominantes institucionalizadas. b. Las que surgen desde dentro de las organizaciones de poder social por carecer de suficiente nivel de institucionalización o bien por el agotamiento de este mismo proceso. Estos dos orígenes de interacción intersticial generan la aparición de una nueva red de poder, mucho más poderosa, ya sea centrada en una sola o en varias de las fuentes de poder social, provocando una reorganización de la vida social y de la configuración dominante. Ello requiere elaborar una metodología ampliamente basada en la cuantificación del poder, definiendo sus infraestructuras concretas y las variaciones que sufren a lo largo de la historia. Puesto que cada proceso de desarrollo del poder afecta al mundo en su totalidad, su análisis sigue una estructura diacrónica, no sincrónica. Como resultaría casi imposible analizar todas las sociedades históricas, Mann se centra en aquellas que han demostrado estar a la vanguardia del poder, que desde el siglo XII aproximadamente, resulta ser la civilización occidental. Esto le acarreará críticas sobre su eurocentrismo, como las que él mismo refiere en su obra que le plantearon Blaut (2000) 135 o los revisionistas Pomerantz (2000); Frank (1998) o Wong (1998) (en Mann, 2012, pág. xvii). Por “estar a la vanguardia del poder” entiende Mann la capacidad infraestructural de integrar a pueblos y territorios en configuraciones de poder dominantes. Un aspecto clave en la teoría de Mann es que estos avances en capacidades infraestructurales no han ocurrido de manera continua sino en saltos. En este sentido, él mismo admite inspirarse en la concepción de la “temporalidad plagada de acontecimientos” de Sewell (2005) que defiende que la vida social está formada por innumerables encuentros o sucesos interpersonales o intergrupales, constreñidos por las estructuras constitutivas de sus sociedades, dentro de los cuales puede surgir un acontecimiento que escape a estos límites e instituciones y con capacidad suficiente para transformar las estructuras. Mann llama a estos acontecimientos “cambios neoepisódicos”. El análisis de estos saltos o cambios neoepisóicos será, como ya se ha argumentado, lo que nos otorgue una idea más aproximada sobre el concepto de “primacía última”. Este es en definitiva el modelo IEMP de poder social sobre el que trabajaré en la presente tesis, aplicándolo al estudio de caso del Estado de Israel. Para una mayor claridad expositiva me permito por tanto adoptarlo y adaptarlo a mi caso de estudio bajos las siguientes premisas: 1. Siempre será necesario resaltar unos fenómenos o acontecimientos y dejar otros de lado. La elección se efectuará en base al poder de configuración de la vida social de estos fenómenos, ya sea que provengan desde el ámbito de la ideología, la economía, el militar o la política. 2. La historia del pueblo judío no es sólo la del Israel actual. Abarca unos 3000 años de historia (dependiendo de donde deseemos colocar el inicio) con lo cual, sus formas de existencia social han pasado y sido afectadas por múltiples procesos históricos vividos en distintos continentes y ámbitos “civilizatorios”. Por ello, las clasificaciones sociológicas clásicas surgidas a partir de la revolución industrial para explicar y clasificar conflictos sociales necesitarán ser adaptadas para examinar el caso de Israel. 3. Muchas de las especificidades del mundo contemporáneo pueden apreciarse mejor si se observan desde una perspectiva histórica. Así no se verá que la historia se repite, sino que, a pesar de las apariencias, cambia de modelo y de dirección. Muchos de los problemas de nuestro tiempo son nuevos, por eso son difíciles de resolver, porque son intersticiales con respecto a las instituciones que se 136 establecieron para resolver los antiguos. De este agotamiento institucional surgen las crisis y los cambios en la historia, y este será el prisma a través del cual observemos la experiencia estatal de Israel. Concluyo afirmando que la relevancia de este modelo resulta fundamental para explicar el surgimiento de nuevos Estados –Israel- tras la fractura tan importante –o cambio neo- episódico- que supuso para la organización de la vida social internacional la experiencia de la Segunda Guerra Mundial y el proceso de descolonización. En el siguiente capítulo disertaré, en mayor profundidad, sobre el surgimiento del Estado de Israel en este contexto y cómo aplicaré el modelo IEMP para su análisis. Baste decir, por ahora, que uno de los cambios fundamentales que trajo consigo es lo que llamaré la "extra- territorialización" del Estado, al hacerse paulatinamente con el control de otros espacios (como el cibernético o el espacio extraterrestre) estatalizando y regulando también la interacción dentro de esos ámbitos, en una nueva confluencia dialéctica entre Estado y sociedad. El aire se ha convertido también en el espacio a ocupar por los nuevos medios de comunicación y poderes económicos. El desarrollo del poder infraestructural para su control ha sido decisivo para la acción exterior de los Estados en las últimas décadas. Por ello, podríamos afirmar, que la nueva dialéctica de nuestro tiempo se da entre la estatalización y militarización de tierra, mar y aire y la socialización de dichos espacios por parte de la economía financiera y la ideología, mediante el desarrollo de medios globales de comunicación e información infraestructurales. Esta relación es la que marca la evolución de la sociedad y el fortalecimiento de sus fuentes de poder en la actualidad y por ello debería guiar, cual lechuza de Minerva, la dirección de nuestro vuelo teórico. 137 Capítulo III. Caso de estudio: Israel. Primera parte. Justificación y enfoques teóricos Este capítulo está destinado a presentar y argumentar la elección del Estado de Israel como caso de estudio o muestra empírica para la aplicación del modelo de las fuentes del poder de Michael Mann, así como para su teoría del Estado polimorfo. Para ello resulta necesario empezar elaborando un estado de la cuestión académico-bibliográfico desde el punto de vista de la historiografía y sociología, señalando sus logros y limitaciones, para a continuación, pasar a sostener la necesidad de realizar una nueva aportación desde el ámbito del interaccionismo estructural simbólico. Explicaremos, en primer lugar, la idoneidad de tomar como modelo o muestra empírica - tanto desde un punto de vista histórico como sociológico-, el proceso de creación de un Estado ex novo, en el que pueden observarse de manera más nítida y concentrada en el tiempo, los procesos de configuración de nuevas redes sociales de interacción y su cristalización institucional-estatal. Ello nos permitirá ver, en capítulos posteriores de esta tesis, cómo Israel fue circunscribiendo y “nacionalizando” las redes de poder y las instituciones que le permitirían pasar de una existencia comunitaria-diaspórica a una existencial estatal, convirtiéndose, durante este proceso, en una de las vanguardias del poder en Oriente Medio, con capacidad para estructurar las relaciones geopolíticas en la región. En segundo lugar, efectuaré un recorrido por los principales paradigmas que han marcado la historiografía y los trabajos de sociología que se han efectuado sobre el Estado de Israel. Destacaré para ello los diferentes enfoques que han ido evolucionando a partir de la historiografía “clásica” o sionista, pasando por la historiografía crítica o post-sionista y la recientemente desarrollada post-post sionista, con especial atención a las obras que tratan sobre el periodo histórico analizado en esta tesis. Realizaré para ello un estado de la cuestión, con la intención de subsumir, en estas tres corrientes, la ingente cantidad de bibliografía y trabajos de investigación que se han efectuado sobre este periodo histórico. En esta sección dedicaré también un apartado especial sobre la producción académica y bibliográfica española relacionada con el estudio de Israel. Por último, una vez analizada el estado de la cuestión, pasaré a presentar mi propuesta o modelo de análisis, basado en la adopción y adaptación del modelo IEMP de M. Mann al estudio específico del caso de Israel, explicando por qué resulta innovador, en relación con otros enfoques anteriores. El objetivo último de este capítulo será presentar el modelo 138 teórico-conceptual para mi análisis de las fuentes de poder en Israel y su impacto en la estructura internacional. 3.1. Israel, ¿un Estado a la vanguardia del poder? Justificación de un caso de estudio como muestra empírica. Creo que antes de comenzar aportando argumentos y razones sobre el objeto de estudio que he escogido para testar el modelo teórico de las fuentes del poder, resulta necesario presentar las razones que llevaron al propio Mann a escoger, él mismo, unos determinados casos de estudio para su obra. Su elección está determinada por la dinámica macro- histórica que él observa relativa al desplazamiento del “centro” o “vanguardia” del poder social que, comenzando en la Edad Antigua con los grandes ríos de Oriente Medio, se va desplazando hacia el norte, este y oeste, en diferentes configuraciones civilizacionales, imperiales o estatales denominadas “vanguardias del poder”. Por ello, aunque en el volumen I de su obra -que abarca desde las primeras civilizaciones hasta el año 1760-, Mann efectúa un análisis del poder a nivel macro histórico; en el volumen II (1993/2012), que comprende el período entre 1760 y 1914, Mann se centra en el análisis de cinco Estados que él considera como las puntas de lanza del poder social en esta época y le sirven, a modo de paradigma, para mostrarnos las dos fuerzas con mayor capacidad estructural de este periodo: la nación y la clase. Estos Estados son: Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia, Prusia y el Imperio austriaco. Obviamente, la posición de estos Estados como vanguardia del poder es cambiante a lo largo de la historia y en los volúmenes posteriores irá añadiendo y eliminando casos de estudio. Así, en el volumen III que incluye los años 1890 a 1945, y que él denomina la era de los imperios globales, analizará el Imperio británico, el norteamericano, los imperios asiáticos y el Imperio soviético; y en el volumen IV denominado Globalizaciones se centrará en los Estados Unidos, la Unión Soviética y China desde 1945 hasta 2011. Ello muestra su sentido contingente y dinámico acerca del poder y de la historia. Para Mann, la elección de estos casos viene determinada por dos aspectos fundamentales en su enfoque histórico-sociológico. En primer lugar, la elección de un “tiempo mundial” como marco imprescindible desde el que analizar los procesos de poder. Ello significa que cada cambio en las configuraciones y procesos de poder afecta al mundo en su conjunto y que, inversamente, los modos de ejercicio del poder o medios infraestructurales están afectados por el tiempo histórico y las técnicas disponibles. En 139 segundo lugar, la elección de los casos viene determinada por la racionalidad entre fines y medios con la que Mann evalúa la aparición y adopción de nuevas técnicas de poder, que posicionan a algunos actores a la vanguardia de su ejercicio, a la vez que relegan a otros a la retaguardia. Ambos aspectos, centrales en su modelo, están inspirados en la metodología weberiana de análisis de conceptos mediante la elaboración de “tipos ideales”, que consiste en extraer los rasgos esenciales de ciertos fenómenos sociales –que en nuestro caso serán los medios organizacionales del poder ideológico, económico, militar y político (IEMP)- y emplearlos para “comprender” la realidad social. En el caso de Mann, estos tipos ideales son las fuentes del poder que generan redes de interacción que operan con medios infraestructurales. En definitiva, los casos de estudio admitidos por Mann coinciden con aquellos que, según nuestro autor, muestran mayor desarrollo infraestructural en su capacidad para integrar a personas y espacios en configuraciones históricas dominantes. Son precisamente estos casos donde mejor se pueden observar las variables que ayudan a entender la naturaleza y mecanismos de los que se sirve el poder humano en general y el poder social en particular. La hipótesis de esta tesis con respecto al marco temporal y su racionalidad técnica es que Israel ha desarrollado en apenas 70 años una capacidad infraestructural de tal índole que se ha convertido en un Estado representativo de lo que Mann denomina vanguardia del poder o leading edge of power. Como producto de la modernidad e Ilustración europeas, contiene -desde un punto de vista normativo-, todas sus sombras y fantasmas; pero es innegable que su capacidad de integración e influencia ha sido enorme, casi desproporcionada con respecto a su tamaño y continuidad histórica en la región de Oriente Medio. Ahora bien, si como hemos visto, el propio Mann relativiza la existencia de sociedades unitarias y la utilidad empírica de encasillar a la sociedad en el Estado, ¿por qué hemos escogido a un Estado para contrastar su teoría? Frente a esta pregunta existen dos posibles respuestas. En primer lugar, el sentido de escoger a un Estado como modelo de estudio puede ayudar a demostrar, precisamente, que no existen sociedades completamente estatalizadas ni cerradas, ni Estados totalmente unitarios, por lo que su estudio requiere situarlos en un marco más global de procesos y dinámicas de interacción social macro histórica. En segundo lugar, el concepto mismo de Estado territorial desarrollado por Mann defiende la autonomía y poder del mismo sobre las estructuras, por lo que tiene sentido analizar si esta hipótesis es cierta y observar de qué instrumentos o medios se sirve el Estado para desarrollar su capacidad estructurante –verdadero poder 140 político-, tanto en su dimensión interna como internacional y cuáles son los límites de esta autonomía. La acotación de mi objeto de estudio tiene por tanto una triple dimensión y está relacionada con la crítica constitutiva de la realidad social. Por un lado, siguiendo la obra de Mann, esta tesis es un análisis sobre el poder, que es visto como un epifenómeno que afecta a todo proceso e interacción social. Por otro lado, su centro de interés se sitúa en el poder político ejercido por el Estado de Israel y su capacidad estructurante sobre la vida social, tanto dentro como fuera de sus fronteras territoriales. Por último, la tercera acotación hace referencia a la dimensión temporal y a la necesidad de limitar la época objeto de estudio, situada entre el último tercio del siglo XIX y el año 1979, coincidiendo con la firma de la paz entre Egipto e Israel, momento en el cual se puede identificar un cambio en las estructuras regionales e internacionales y el establecimiento de fronteras definitivas entre Egipto e Israel. El estudio del Estado de Israel, desde esta perspectiva, abre también otra problemática de la teoría internacional que debe subrayarse: la creación de nuevos Estados y el surgimiento de Estados fallidos. Estos Estados suponen una brecha en la principal construcción teórica del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial: la igualdad jurídica estatal como base de la igualdad sustantiva dentro de la red de interacción política global. La dinámica de funcionamiento de la red global desmiente esta teórica igualdad, privilegiando unos núcleos de interacción sobre el resto. La constatación de esta desigualdad da paso a nuevas preguntas relacionadas con el poder estatal: ¿Qué factores explican que haya Estados que han tenido éxito y otros que han fracasado en el ejercicio de su autonomía? ¿Qué otras fuerzas –poder militar, político o ideológico- han influido? ¿Por qué se ha impuesto un modelo estatal que nace de una larga tradición de diplomacia y derecho público europeos al resto del mundo esperando iguales resultados? El análisis del Estado de Israel puede aportar algunas de las claves que ayuden a entender qué elementos conforman la base de las capacidades infraestructurales del Estado para territorializar aquellos elementos de la vida social que le permitirán construir su autonomía a medio y largo plazo. Desde una perspectiva regional, este planteamiento teórico resulta imprescindible para comprender la dinámica de relaciones interestatales en Oriente Medio, ya que la capacidad infraestructural para integrar a personas y espacios mediante la adopción de configuraciones estatales estables ha sido bastante irregular y, 141 en muchos casos, deficiente, provocando con ello una llamativa inestabilidad –que algunos se atreven a calificar como crónica- en la región. Puesto que, como ya expuse en el capítulo precedente, el carácter territorial-acotado del Estado le otorga una doble autonomía –interior y exterior- en la que las estructuras internas y externas aparecen conectadas, esta tesis examinará, en el caso de Israel, la manera en la que sus estructuras han sido condicionadas y han condicionado al resto. Para ello, examinaré la manera en la que este Estado ha desarrollado e institucionalizado su autonomía y la capacidad transformadora que ha operado dentro de estos dos niveles: hacia dentro, incidiendo sobre las redes de poder que operan dentro de sus fronteras- y que contribuyen a conformar su “sociedad”- y hacia fuera, analizando su capacidad transformadora sobre las estructuras de poder tanto regionales como internacionales. La principal problemática teórica que tendré que afrontar en esta tarea es encontrar la manera de demostrar cómo ambos ejercicios de autonomía impactan en las estructuras de poder transformándolas, pero al hacerlo, estas estructuras condicionan y transforman a su vez el poder autónomo del Estado, entrando en un ejercicio permanente de mutua reflexividad. En definitiva, será necesario contextualizar al Estado de Israel dentro del modelo teórico de Mann, establecer qué datos relativos a la institucionalización del Estado se deben observar, si la formación de redes responde a los mismos patrones dentro de diferentes escalas (macro o micro históricas). El estudio de caso nos servirá para comprobar la factibilidad de su modelo explicativo, estudiando la territorialización de la experiencia histórica colectiva del judaísmo, que será visto como una red de interacción humana surgida en torno al poder ideológico-político de una religión trascendente, pero con un significativo potencial estructural inmanente. Por último, otro motivo para escoger a Israel como un caso idóneo de estudio proviene de la dimensión histórico-temporal de su existencia y de lo que podríamos llamar “la ligera masa inercial de la postmodernidad” en la que surge. Este concepto, proveniente de la física, hace alusión a la resistencia de un cuerpo al cambio de velocidad. En el caso Israel, esta resistencia al cambio histórico es mínima, si se la compara al sistema de referencia inercial proveniente de la historia política y social europea. En definitiva, los cambios atravesados por Europa desde la alta Edad Media se encuentran concentrados en Israel en apenas setenta u ochenta años de historia, lo que lo convierte en un caso excepcionalmente nítido y vivo para el estudio del cambio social y de la configuración de 142 fuerzas. El próximo apartado está dedicado a explicar esta cuestión y a entender los porqués de la aceleración y los cambios neo-episódicos en Israel. 3.2. Israel: una explicación de sus cambios acelerados y de su ligera resistencia inercial en el contexto de la postmodernidad. Como hemos adelantado, podríamos afirmar que la historia europea, desde el final de la Edad Media hasta el surgimiento del Estado moderno y del capitalismo mercantilista, se construye en un proceso que dura unos 700 años. A grandes rasgos, los historiadores coinciden en afirmar que, durante este tiempo, se acumuló el capital necesario para dar origen a una nueva estructura económica que se conformó paralelamente y coadyuvada por el surgimiento del Estado a partir de antiguas instituciones y del auge y concentración del poder militar en un solo centro de poder. Los nuevos Estados que surgieron de estas estructuras y redes de poder, crearon a su vez una red de diplomacia europea basada en la normatividad cristiana y el equilibrio de poder, que perduraría hasta comienzos del siglo XX. Tanto la Primera como la Segunda Guerra Mundial pusieron de relieve la ruptura de este equilibrio y del antiguo modelo de relaciones interestatales europeo, provocando con ello una profunda crisis y reconfiguración de las estructuras económicas, políticas e ideológicas de poder. A continuación, y tras una minuciosa lectura histórica, presentaré algunas de las razones que, a mi entender, contribuirían a explicar por qué la mayoría de estos procesos de la historia europea que hemos resumido en grandes pinceladas, tuvieron lugar, en el caso de Israel, en apenas setenta u ochenta años de historia y por qué se ha generado lo que llamo una “ligera resistencia inercial al cambio”, convirtiendo a este Estado en un objeto de estudio tan interesante y esclarecedor. Existen, a mi entender, siete factores que han contribuido a la aceleración histórica en el caso de Israel y a pasar de un sistema comunitario a uno estatal en apenas dos generaciones. 1. La anulación espaciotemporal de la vida social en la postmodernidad: introducción a la cibernética. Si, como afirma el interaccionismo estructural simbólico, todo fenómeno social debe analizarse desde su contexto histórico global y los medios infraestructurales a su disposición; la época en la que surge el Estado de Israel está caracterizada, a nivel infraestructural, por las grandes transformaciones en los medios de 143 comunicación de masas y por la anulación de la relación espaciotemporal en la vida social debido a la introducción de la comunicación cibernética- instantánea. Israel nace en la época de la modernidad líquida en la que el tiempo, según Baumann, juega un papel mucho más importante que el espacio que se ocupa y en el que no podemos mantener, al igual que los líquidos, una sola forma estática de manera continuada. Como veremos con más detalle a lo largo de esta tesis, Israel es uno de los prototipos más claros de esa modernidad líquida consiguiendo pasar de un Estado refugio- judío-socialista-cooperativista a un Estado judío-militarista-liberal- capitalista a un Estado judío-militarista-nacionalista-oligárquico. Si partimos de la hipótesis de Mann de que las nuevas estructuras surgen de grietas en el proceso de institucionalización de las antiguas y por la creación de nuevas redes de poder intersticial, en el caso de Israel, el Estado no partió de un entramado institucional estático-moderno previo, sino de estructuras provisionales abiertas al cambio y a la transformación e impuestas por la contingencia de los hechos que, de manera no siempre intencionada, fueron creando nuevas redes de poder. 2. La especial relación con la diáspora. Con respecto al poder económico y a su capacidad de estructurar la interacción social, el dato más relevante que ayuda a entender su adaptabilidad y apertura al cambio constante es que su proceso de acumulación de capital ocurre a la vez de manera exógena y endógena. Desde un punto de vista exógeno, proviene de donaciones (en determinados momentos, reparaciones) que vienen del exterior y que incrementan con los momentos de crisis, con lo cual el sistema se fortalece y hace que un cambio brusco o episódico evite su colapso. Esto es así porque tanto la Organización Sionista Mundial como el Estado de Israel con posterioridad, fueron capaces de generar redes de cooperación solidaria basadas en un vínculo ideológico-afectivo con la diáspora judía. Este vínculo se materializó en la idea del Estado refugio o ancla de salvación final, con la que cuenta, desde la Ley de Retorno de 1950, todo judío del mundo. La relación especial con la diáspora convierte a Israel en una verdadera organización internacional de carácter extensivo, aunque con una capacidad altamente intensiva y eficaz de movilizar recursos, tanto económicos como políticos, que se singulariza en la 144 creación de un entramado institucional, en el que la Agencia Judía, uno de los principales enlaces con la diáspora, comparte una importante porción de soberanía. Además, al necesitar atraer inversión extranjera para financiar su industria de base tecnológico-militar, está mucho más expuesto a los cambios y vaivenes de las estructuras internacionales, teniendo que desarrollar estrategias adaptativas para acomodarse a ellas. Por último, al ser un Estado que se ha formado desde el presupuesto de una crisis de supervivencia permanente, el enfrentar cambios de manera rápida y eficaz son vistos por sus élites como positivos e idiosincráticos. 3. Sionismo, seguridad e identidad nacional. En referencia al poder ideológico y su capacidad transformadora y adaptativa, la ideología sionista, que contribuyó a construir la legitimidad y autoridad política del Estado, nunca fue homogénea y existieron siempre fracturas internas que, lejos de debilitar el proyecto sionista, garantizaron su pluralidad, heterogeneidad y capacidad de adaptación. El sionismo constituye, en este sentido, un ejemplo paradigmático del presupuesto de Mann de que la ideología es siempre contingente a los hechos. Ante la irrefutable necesidad de atraer recursos humanos y financieros al proyecto sionista, este se fue transformando y adoptando prácticas consensuales como una de sus señas de identidad. Ello le aportó la suficiente flexibilidad y poder de adaptación como para permitirle evolucionar al ritmo de los hechos en tanto no se cuestionasen las bases para la obediencia: que el Estado se comporte como un Estado refugio para el pueblo judío y sea el principal garante de la seguridad individual y colectiva. Garantizada la seguridad, el Estado tolera políticas más o menos nacionalistas, más o menos intervencionistas y más o menos democráticas, pero estos atributos serán siempre secundarios a la cuestión de la seguridad y la supervivencia colectiva. 4. Falta de resistencias institucionalizadas. A nivel político, el Estado posee un entramado institucional flexible, no sujeto a grandes tradiciones ni a los parámetros excesivamente limitadores de una constitución escrita, lo que le aporta una gran flexibilidad y capacidad de cambio, sin encontrar fuertes resistencias. Su sistema electoral le convierte además en un sistema 145 político de grandes coaliciones, en el que la inestabilidad ha sido frecuentemente una de sus señas de identidad. 5. El poder militar como fuerza socializadora. En quinto lugar, posee un poder militar altamente “civilizado” en el sentido de que las fuerzas armadas no cumplen meramente una labor defensiva, sino también socializadora y aglutinante, que opera de manera autónoma y con mayor capacidad estructurante que otras fuerzas de carácter económico, político o ideológico. El poder militar, junto con la narrativa sobre la seguridad, han sido, en el caso de Israel, la estrategia de salida (Hobson, 2000) mejor empleada ante la existencia de problemas de integración o fracturas sociales graves. La universalización progresiva del servicio militar, junto con la universalización de la educación, han sido las dos políticas que más han contribuido en Israel (a excepción de las escuelas religiosas o yeshivás) a construir consensos sociales en torno a la idea de nación- Estado judío. La mayoría de los historiadores coinciden en que una de las fortalezas del poder militar en Israel ha sido, precisamente, una combinación muy particular de medidas disciplinarias y correctoras de carácter autoritario-jerárquico (bajo un mando único), junto con un margen preciso de flexibilidad y autonomía por parte de mandos intermedios. Ello facilita la toma de decisiones rápidas sobre el terreno y una mayor capacidad de adaptación e improvisación. Existe una razón histórica que podría explicar el desarrollo de este grado acertado de flexibilidad y de capacidad de adaptación ante el cambio en el ejército israelí. Ello podría deberse a que la élite militar que se formó en los tiempos del Mandato británico y que posteriormente pasó a formar el Tzahal42, surgió a partir de grupos de operaciones especiales entrenados por el oficial inglés Orde Wingate para luchar contra la resistencia árabe. En estas unidades resulta imprescindible el empleo de mucha información e inteligencia para poner en marcha una operación, así como contar con el suficiente margen de reacción y autonomía para abortar la misión en caso de que algo inesperado suceda. De hecho, la historia demuestra la fuerte dependencia del ejército israelí de sus servicios de inteligencia. Cuando 42 Acrónimo de Tzavá Haganá LeIsrael. Palabra que designa al ejército o las Fuerzas de Defensa de Israel 146 estos han fallado (como fue el caso en Yom Kipur o Líbano) Israel ha corrido peligro de perder una confrontación bélica o ha sufrido muchas bajas. 6. Representación y pluralidad social. Por ser un Estado refugio, su composición demográfica está compuesta por refugiados que llegaron, en algunas ocasiones inesperadamente, en grandes olas o movimientos migratorios. Este fue el caso de los supervivientes del Holocausto, que llegaron a Israel entre 1945 y 1948; los judíos provenientes de países árabes, que llegaron ente 1948 y 1951; o más recientemente, los nuevos colonos que llegaron tras la guerra de 1967 de Norteamérica o Francia y los provenientes de la antigua Unión Soviética, que llegaron en los años noventa del pasado siglo. Ello obligó a adaptar recursos, instituciones y servicios para poder acogerlos, así como a movilizar recursos del exterior. Su composición étnico-cultural también es muy variada, lo que obliga al Estado a conducirse por medidas adaptativas, como fue la elección de un sistema electoral de representación pura, aunque la hegemonía laborista matizara el alcance de esta representatividad durante los primeros años de existencia estatal. 7. Cultura política. Por último, señalaría que la composición demográfica mayoritaria de sus élites, procedentes de la Europa occidental, central y oriental, hizo que su racionalidad y experiencia social (su cultura) fueran muy cercanas a la racionalidad europea-occidental, donde existían referentes intelectuales de modelos ideales democráticos. Sus códigos simbólicos eran europeos y estaban imbuidos de su racionalidad instrumental heredera de la Ilustración, lo que hizo mucho más fácil adaptar sus instituciones para atravesar procesos de construcción nacional, gestionar conflictos de clases y otras tensiones históricas en menor tiempo. El problema mayor surgió cuando llegaron los judíos orientales provenientes del mundo árabe-musulmán, en el que no había experiencia democrática histórica previa y en el que las luchas sociales se entendían, tradicionalmente, desde el concepto de justicia y autonomía religiosa y no desde el de participación en el poder, entre otras cosas, porque en las sociedades árabes no existía una clase burguesa con tanto peso político como en Occidente. De hecho, el choque de intereses entre judíos de 147 origen árabe y judíos de origen europeo-askenazí, provocará las tensiones de clase más importante de la historia de Israel desde su fundación, que cobrarán, inevitablemente, tintes étnico-raciales. Todos estos factores han contribuido, en el caso israelí, a hacer de él un “Estado- laboratorio” en el que pueden verse concentrados muchos de los procesos históricos y tensiones sociales atravesados por los Estados europeos a lo largo de su camino hacia la modernidad. La construcción de un consenso social fuerte basado en la seguridad y la supervivencia le ha permitido desarrollar una gran maniobrabilidad y capacidad de adaptación para poner en marcha estrategias adaptativas que le han permitido superar los límites de sus propias estructuras. Sin embargo, conviene señalar que esta misma capacidad de transformación estructural no ha sido desplegada en dos ámbitos en los que Israel muestra, paradójicamente, una gran resistencia o incapacidad para desarrollar estrategias de salida o escape de las estructuras que él mismo ha contribuido a crear: 1. La relación entre el poder religioso y el poder político, que afectan la definición de la propia identidad nacional (individual o colectiva) o lo que en términos institucionales europeos se definirían como la relación Iglesia- Estado. 2. El conflicto israelí-palestino y la ocupación de territorios. En estos dos ámbitos, Israel ha tendido a preservar el statu quo y ha sido incapaz de superar las estructuras que en torno a esta relación de intereses se han creado. Lo curioso es que, esta misma resistencia al cambio estructural proveniente de un deseo de preservar su propia identidad basada en la judeidad y en la seguridad, es lo que podría conducir a una profunda transformación del Estado y sus estructuras políticas, primando el componente étnico-religioso sobre el democrático, lo que junto al creciente componente oligárquico de su economía podrían transformarlo en un Estado con estructuras marcadamente antidemocráticas y coloniales. En las conclusiones veremos si esta hipótesis parece haberse cumplido. Una vez presentados los motivos que hacen de Israel un estudio de caso idóneo para la comprobación empírica de la teoría de Mann acerca del poder y del Estado y antes de entrar a detallar la aplicación concreta de su modelo IEMP a nuestro caso de estudio, resulta necesario presentar, a modo de síntesis, un estado de la cuestión sobre las principales obras y corrientes dedicadas al estudio histórico y sociológico del Estado de 148 Israel, desde el origen el sionismo hasta 1979. De esta manera, se podrá entender mejor la innovación teórica expuesta en esta tesis -proveniente de la adaptación del modelo IEMP- y la manera en que puede ayudar a completar los trabajos teóricos sobre la historia y dinamismo del Estado de Israel y las fuerzas sociales que convergen en él. 3.3. El Estado de Israel: estado de la cuestión, obras y revisión crítica de las principales corrientes y enfoques. El estudio académico del Estado de Israel ha generado una cantidad ingente de bibliografía que, desde las más diversas perspectivas, han tratado de presentar la historia del país construyendo diferentes narrativas acerca de su origen, evolución, sociedad, economía o los capítulos de violencia y situaciones de conflicto que ha generado con su entorno. Para tratar de ordenar un poco este inmenso abanico teórico, la primera tarea que me planteé fue establecer una división entre aquellos trabajos que ensalzaban la singularidad del Estado y, por tanto, trataban de explicarlo desde su propia “lógica” (ya sea sionista, judía, colectivista, diaspórica, etc.); y aquellos que tomaban ciertos elementos de su orden político susceptibles de ser comparados con otros presentes en diversos Estados y regiones del mundo (como su sistema electoral, su sistema de partidos, la gestión de la diversidad y los conflictos sociales etc.) En ambos casos, el trayecto teórico podía ser deductivo o inductivo, bien para concluir que Israel no se ajusta a la “norma ideal” o bien para afirmar su encaje en una teoría general que se toma como marco de referencia. Sea como fuere, la cuestión evaluadora que ponen de relieve ambos enfoques es hasta qué punto, Israel, en el breve curso de su historia, ha desarrollado unas características tan particulares que lo hacen un caso excepcional, requiriendo cierta adaptación conceptual - como afirmaban Leonard Fein (1967) o Gabriel Ben-Dor (1975); o si, por el contrario, es un Estado que comparte muchas de las características y problemáticas del modelo de Estado-nación occidental en el que se inspiró y, por ello, es susceptible de “normalizarse” y estudiarse desde un ámbito comparado, ya que, como sostienen Neuberger (1989)2 y Barnett (1996); el análisis comparado puede servirnos para señalar, precisamente, aquellos aspectos en los que Israel presenta características únicas. Por tanto, la primera reflexión que debemos abordar desde este punto de vista es si resultan aplicables al estudio de Israel las categorías elaboradas por la sociología o la ciencia política “general”, de modo que o bien, nos permitan estudiarlo desde la comparación o bien nos sirvan para 149 contrastar teorías con pretensiones particularistas. Puesto en términos post-positivistas: ¿Se pueden aplicar categorías analíticas pensadas desde un contexto occidental postmoderno a contextos no occidentales con igual asunción de validez, o por el contrario requeriríamos inventar nuevos conceptos más afines a las realidades socio-políticas y económicas de nuestros objetos de estudio con el fin de hacerlos más comprensibles? A continuación, trataré de argumentar una respuesta a esta pregunta. En la mayoría de los casos, aquellos que defienden la opción de la singularidad israelí, lo hacen desde la asunción de que lo que le proporciona a Israel su carácter único es su “judeidad”, ya que, desde su misma ideación, el Estado es concebido como el Estado del pueblo judío en su totalidad, y no sólo de aquellos que residen en Israel (Neuberger, 1989 pág. 68). Para una tesis enfocada en las fuentes del poder social, la cuestión que debemos examinar desde esta perspectiva es hasta qué punto esta singularidad sociopolítica ha sido capaz de estructurar el resto de órdenes de la vida social y cuáles de entre ellos han sido capaces de despojarse de esta lógica estructurante etnocentrista, apuntando las redes de interacción desde las que han operado y por medio de qué mecanismos lo han hecho. En mi opinión, sobredimensionar el carácter etnocéntrico del Estado puede llevar a establecer un modelo de causalidad o primacía última que dejaría fuera otros aspectos que han tenido una capacidad estructurante determinante, como la adopción del modelo capitalista, la militarización de importantes aspectos de la vida social, la judicialización de la política o el desarrollo de potentes infraestructuras de comunicación social. Por ello, como veremos al final de este capítulo, en esta tesis trataremos de establecer un modelo multicausal, huyendo en la medida de lo posible, de enfoques demasiado particularistas y deterministas. Antes de pasar a ello, y con el fin de cumplir con el objetivo de presentar un estado de la cuestión general que ordene las obras y modelos teóricos que me han ayudado a escoger el que utilizo en esta tesis, presentaré algunos ejemplos de trabajos que han tratado de reconciliar estas dos vertientes, analizado los aspectos más singulares del Estado de Israel y su orden político desde el ámbito comparado. Para ello me basaré en el trabajo de Neuberger ya aludido, pero añadiendo algunos temas o autores que me han resultado interesantes para completar su análisis. 150 3.3.1. El Estado de Israel en perspectiva comparada En este sentido, lo primero que conviene señalar es cuáles son algunas de las características más singulares del nomos israelí que lo hacen marcadamente diferente del resto de Estados “occidentales” y que han sido empleados por diversos autores desde el campo de la política comparada y el análisis democrático. Neuberger (1989) menciona seis características de su orden político a la que yo añadiría dos de orden económico e ideológico: 1. Israel posee un gobierno constitucional sin constitución. Ello indica que no posee el consenso social mínimo necesario para poder positivizar en normas de carácter general su pluralidad social y, por tanto, otorga un papel político de importancia capital a su sistema judicial. Esto es una característica bastante única ya que, junto con Reino Unido, son las dos únicas democracias a nivel mundial que no poseen una constitución escrita. 2. La particular relación entre religión y Estado a nivel normativo e ideológico. Esta característica hace que, por un lado, hayan surgido ideologías político-religiosas muy difíciles de encasillar en los parámetros occidentales clásicos de derecha e izquierda y, por otro, que se otorgue a la élite ortodoxa y sus tribunales potestad sobre cuestiones relacionadas con el derecho civil y político que afectan directamente el estatus personal y a los derechos de ciudadanía, cuestión también ampliamente superada en la mayoría de las democracias occidentales. 3. El desarrollo de prácticas de consociacionalismo entre élites laicas y élites ortodoxas, buscando la estabilidad del sistema. Estas prácticas afectaron tanto al sistema de partidos como al alcance de su definición como Estado judío. 4. La gestión de la relación entre minorías y mayorías y el control de la población árabe destinado a neutralizar, en la medida de lo posible, la politización de este sector de la población. Esto afecta muy directamente al principio democrático de igualdad e identificación entre gobernantes y gobernados. 5. La particular relación civil-político-militar que ha convertido a Israel en lo que podríamos llamar “una democracia en filas” o “nación en armas”. 6. El impacto de los territorios ocupados militarmente por Israel en el sistema legal, económico y democrático del Estado. 151 A estas características yo añadiría el desarrollo económico del Estado, basado en los primeros años de experiencia preestatal, en la acumulación de capital exógeno proveniente de la diáspora. Esta es una característica bastante única de su etapa proto capitalista, lo que junto con la evolución posterior hacia un modelo basado en la relación entre conocimiento-poder-desarrollo económico, ha garantizado el éxito de su integración en el modelo de economía de mercado y capitalismo financiero internacional. En el ámbito socioeconómico y del análisis de clase, existe también otra característica particular que distingue a Israel del resto de democracias occidentales y es la identificación de los distintos grupos de interés socioeconómicos con la derecha y la izquierda política. Como veremos, debido a su proceso de construcción estatal protagonizado por las élites laboristas, se generó una identificación del laborismo socialista con el establishment, otorgando con ello a la derecha de un papel contestatario. Por último, su capacidad de estructurar las relaciones geopolíticas de su entorno sin estar integrado en él lo hacen un caso particularmente interesante y singular para el estudio del poder agencial del Estado en la estructura internacional. A continuación, presentaré algunos de los trabajos más interesantes que se han producido en estos ámbitos, destacando cuáles han sido sus autores más significativos por haber tenido una influencia importante en las líneas de investigación que se han sucedido desde el ámbito de la política comparada. Con respecto a la constitución no escrita de Israel y la relación particular que se ha establecido entre el poder político y el poder judicial, esta ha sido una de las cuestiones más ampliamente estudiadas en perspectiva comparada desde el ámbito del derecho constitucional y del derecho público. En este sentido, el reciente trabajo de Mordechai Kremitzer (2016) sobre el principio de proporcionalidad en el que compra las revisiones y decisiones judiciales del Tribunal Supremo de Israel con las del alemán, el canadiense y el sudafricano, ha contribuido a iluminar la comprensión de la naturaleza del derecho público en Israel. Según Kremitzer, en el sistema alemán, por ejemplo, el derecho a la dignidad humana posee un estatus especial y se entiende en términos absolutos, mientras que en Israel es entendido en términos relativos. La legitimidad del tribunal constitucional alemán es otra característica de su cultura política no compartida por Israel en términos similares, ya que en el caso alemán, este tribunal nace a partir de la experiencia histórica de la Constitución de Weimar, que permitió el auge del nazismo y sus consecuencias sobre la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. Esta cuestión tan importante relativa al control de las mayorías ha sido también analizada por el jurista Gal Dor (2000) quien, 152 en perspectiva comparada, pone de relieve la labor de la revisión de las decisiones legislativas o gubernamentales como una medida contra-mayoritaria fundamental para aquellos Estados que, como Israel o Canadá, cuentan con minorías significativas, aunque ello conlleve la judicialización de la política. Por su parte, resulta también interesante el trabajo de Gideon Sapir (2009), al analizar las “revoluciones constitucionales” llevadas a cabo en diferentes países, detectando gracias a ello, una tendencia histórica a fortalecer las instituciones judiciales frente a las legislativas, particularmente en situaciones de crisis. Otra perspectiva interesante desde el ámbito comparado es la presentada por Gad Barzilai (1998) en su estudio sobre la legitimidad histórica que han tenido en Italia, Estados Unidos, Alemania y Francia los tribunales constitucionales y supremos. En Israel, este proceso de legitimación ha atravesado por diferentes fases hasta llegar a convertirse en una institución hegemónica dentro del sistema político israelí, pudiendo llegar a discutirse si se trata de una verdadera agencia gubernamental. Pero tal vez sea la obra Israeli Constitutional Law in the Making editada por G. Sapir, D. Barak-Erez y A.Barak (2013) la que ofrece, desde el constitucionalismo comparado, un tratamiento más omnicomprensivo de los múltiples dilemas que encara el constitucionalismo israelí y que se encuentran directamente relacionados con las revisiones judiciales, la identidad estatal judía y democrática, el control gubernamental, las relaciones entre religión y Estado, la seguridad nacional o los derechos sociales. Enlazando con algunas de las cuestiones constitucionales expuestas, la relación entre religión y Estado ha sido una de las problemáticas más frecuentemente analizadas en perspectiva comparada, resultando particularmente útil para contrastar las diferentes vías de engarce, la aplicación del modelo consociacional desarrollado por Lijphart (1984), que ha llegado a convertirse en uno de los marcos teóricos de referencia más empleados como prisma para observar la gestión del conflicto religioso versus laico en la sociedad y la política israelí (Hazan, 2000). Neuberger (1997 y 2000) y Don-Yehiya (2000) también cuentan con trabajos que analizan la relación entre religión-Estado desde esta perspectiva. En el primer caso, Neuberger establece una comparación entre los varios modelos de relación europeos y el israelí, llegando a la conclusión de que en Europa se observaba cada vez más una convergencia hacia el “modelo de comunidades reconocidas” o de “Iglesia respaldada por el Estado” (2000, pág. 82); mientras que en Israel, el modelo de relación religión-Estado es más problemático y afecta seriamente a la realización de importantes principios democráticos, como la igualdad ante la ley o la neutralidad religiosa de la misma. En el segundo trabajo citado, Don-Yehiya analiza la gestión de 153 conflictos religiosos en perspectiva comparada y su influencia sobre la estabilidad democrática. Para ello parte de los modelos desarrollados por Robert Dahl (1966) y Arend Lijphart (1968) para estudiar la acomodación del conflicto entre “subculturas” rivales en los regímenes democráticos. Don-Yehiya señala que esta acomodación dista de emplear los mismos mecanismos que para la gestión de otro tipo de conflictos, más fáciles de resolver por vía parlamentaria o electoral. Según Dahl (ibíd., 358), los métodos más frecuentemente empleados para llevar a cabo la acomodación de sub-culturas rivales son la proporcionalidad, la autonomía y el veto mutuo. Sin embargo, basándose en su estudio del caso de Israel, Don-Yehiya encuentra que junto con la distinción entre regímenes democráticos sobre la base de la acomodación de conflictos sub-culturales, habría que añadir también una distinción adicional que diferenciara la naturaleza de esos conflictos, ya que estos mecanismos distan mucho de ser los ideales para la acomodación de conflictos religiosos. En este caso, se trata de un estudio que contribuyó a cuestionar parte de los postulados de una teoría y contribuir a fortalecerla señalando la necesidad de establecer casuísticas más específicas. Desde el punto de vista de las relaciones entre el Estado y las minorías, existen politólogos y sociólogos israelíes que a menudo han empleado enfoques teoréticos y herramientas conceptuales aportadas por la ciencia política o la sociología general para llegar, en ocasiones, a conclusiones bastante dispares (aunque no siempre opuestas). Dos de los casos más significativos serían Ian Lustick (1980) y Sammy Smooha (1983). En su obra, Arabs in the Jewish State. Israel’s Control of a National Minority, Lustick aplicó a Israel un modelo teórico en perspectiva comparada empleado para el análisis de sociedades coloniales, contrastando a Israel con otros Estados que habían ejercido modelos de control similares de sus poblaciones autóctonas en países como Irlanda del Norte, Malasia, Etiopía o Sudán. Gracias a este trabajo, Lustick visibilizó a la minoría árabe-israelí en el proceso de construcción estatal, analizando desde su quiescencia a su oposición política, y la manera en que el Estado había organizado un sistema de control no institucionalizado legalmente basado en la segmentación, la dependencia y la cooptación. Basándose en su comparativa, Lustik concluirá que la sociedad israelí no puede considerarse como una sociedad de colonos con respecto al tratamiento de la minoría árabe, ya que comparte más características con otro tipo de sociedades de carácter pluralista. Sammy Smooha, desde otra perspectiva, analizó en su obra The Orientation and Politization of the Arab Minority in Israel las relaciones étnicas y las divisiones internas de la sociedad israelí para concluir, desde su comparativa con Eslovaquia, Estonia o 154 Irlanda del Norte, que Israel se encontraba entre aquellas sociedades que se podrían denominar “conflictuales-pluralistas”, ideando con ello el modelo de “democracia étnica” o “etnocracia” que posteriormente desarrollaría en su obra más conocida (1997 y 2001). Otro aspecto particular del orden político israelí en el que el modelo de análisis comparado ha sido ampliamente utilizado es la naturaleza de su complejo civil-militar y la relación entre las élites políticas y militares. En una serie de obras conjuntas, autores como Dan Horowitz y Moshe Lissak (1978, 1984 y 1989), han concluido, gracias a estos estudios, que el modelo israelí de relación civil-militar encajaría dentro de una versión democrática de la interacción que se establecía entre estos dos sectores de la sociedad en los antiguos regímenes comunistas. Esto lo alejaría de otros modelos de relación presentes en la mayoría de las democracias occidentales, basados en la separación más estricta entre poder político y poder militar, particularmente en lo relativo a cuestiones de liderazgo, organización o toma de decisiones. Con respecto a los clivajes socioeconómicos y su impacto en el sistema político y modelo de partidos, junto con los trabajos pioneros de Horowitz y Lissak (1973), el politólogo y experto en estudios electorales Asher Arian, fue otro eminente analista del comportamiento electoral en Israel, analizando en una serie de libros todas las elecciones desde el año 1969 hasta el 2009 y siendo el fundador de The Israel National Election Studies. Desde una perspectiva comparada y empleando indicadores de nivel sistémico- histórico analizó tanto el sistema democrático como el sistema de partidos, señalando las características comunes que compartía Israel con otras democracias occidentales (como la pérdida paulatina de las funciones clásicas que cumplían los partidos de agregación de intereses y articulación de demandas), así como sus diferencias fundamentales. Gracias al empleo de la perspectiva comparada, Arian fue el primero en señalar que la correspondencia entre la derecha y la izquierda israelí no se ajustaba a los estándares de representación socioeconómica europeos, donde el establishment dominante se estructuró tradicionalmente en torno a la aristocracia, el clero y la media y alta burguesía. En Israel, por el contrario, tanto el sector agrícola-rural como las élites dominantes o establishment, surgen del laborismo izquierdista, que suele recibir sus votos, mientras que la derecha se ve como una alternativa contestataria que tuvo mucho éxito desbancando al laborismo gracias al voto de nuevos emigrantes y de otros sectores de la población desfavorecidos. Con respecto al impacto de los territorios ocupados militarmente por Israel en el sistema legal y democrático del Estado, resulta muy interesante el trabajo efectuado por Joel S. Migdal (1996) en el que llama la atención sobre la influencia mutua entre la formación 155 social y estatal al señalar el trabajo del antropólogo Clifford Geertz, sobre los símbolos como marco de actuación social y las dos tipologías de formación social: étnica y cívica. Gracias a este marco teórico, Migdal concluye que mientras que hasta 1967 la formación social en Israel fue eminentemente cívica, a partir de la ocupación de territorios tras la guerra de 1967 este proceso comenzó a pivotar entre los componentes étnicos y cívicos de la construcción social, forzando a reconsiderar la identidad colectiva. Con ello, contribuyó a completar la teoría sobre opciones inclusivas o excluyentes en el proceso de construcción de identidades colectivas que pueden observarse también en otros Estados. Enlazando con el tema anterior pero relacionado con el desarrollo económico de Israel, la obra de Gershon Shafir Land, Labor and the Origins of the Israeli-Plestinian Conflict, 1882-1914 (1989) ofrece un análisis comparado sobre el impacto que las condiciones socio-económicas del mercado de la tierra y del trabajo en Palestina tuvieron sobre el proyecto mítico del laborismo sionista situando a la ocupación, como una continuación y una desviación de una dinámica de sometimiento y desposesión institucionalizada desde 1948 y que comparte ciertos elementos con otros proyectos coloniales. Con respecto a su desarrollo y evolución del poder económico, Daniel Maman (1998) examina en The social organization of the Israeli Economy: a Comparative Analysis la polarización de grandes grupos empresariales frente a la existencia de pequeñas compañías como una de las características principales del desarrollo económico en Israel, lo que hace que su economía presente características similares a otras economías emergentes del sudeste asiático. Su análisis resulta particularmente interesante porque analiza el proceso de formación de redes empresariales grandes y pequeñas, en lugar de efectuar un análisis sectorial clásico, viendo en estas redes la verdadera estructura determinante del poder económico en Israel. En The Cost of Social Welfare: Israel in Comparative Perspective, Michael Salev junto con John Gal y Sagit Azary-Viesel analizan el gasto en relación con el PIB en políticas en bienestar social comparando a Israel con otros cinco países de Europa occidental, incluyendo a España. Un aspecto que forma la base de la economía del conocimiento desarrollada en Israel y que ha tenido un éxito sin precedentes al ofrecer un nuevo concepto identitario al Estado ha sido la relación entre conocimiento y riqueza, que le ha llevado recientemente a definirse como la Start up Nation. El estudio en perspectiva comparada efectuado por Amnon Frenkel y Eran Leck Towards Mapping National Innovation Ecosystems. Israel’s Innovation Ecosystem (2006) analizando diversos Estados de la OCDE señala que existe 156 una relación demostrada entre el nivel de inversión en educación superior y el crecimiento económico. Finalmente, con respecto a la capacidad de estructurar las relaciones geopolíticas de su entorno, el trabajo de Shefer y Barak (2013) Israel´s Security Networks: A Theoretical and Comparative Perspective ofrece un análisis sobre un fenómeno socio-político muy destacado en Israel, particularmente a partir de la guerra de 1967, con el crecimiento de una potente red de seguridad de alcance civil-estatal que ha influido enormemente sobre la cultura, la sociedad, la economía, las narrativas y políticas públicas y las relaciones exteriores de Israel. Todos estos trabajos demuestran dos aspectos importantes relacionados con la teoría de la sociología histórica. Por un lado, que el estudio de Israel resulta útil desde una perspectiva comparada, ya que señala diferencias y particularidades como resultados de procesos históricos internos y externos. Por otro lado, que todo concepto analítico en ciencias sociales responde a tipos ideales que la experiencia histórica concreta se encarga de matizar; y que todos (incluidos la sociología y la politología) se encuentran afectados por un proceso macro-histórico de “naturalización” del Estado-nación. Por otro lado, si cambiamos el enfoque y partimos desde una perspectiva deductiva-inductiva, el tipo de preguntas y respuestas que se arrojan en torno a la realidad social varían. La pregunta que deberíamos hacernos en este sentido y de cuya factibilidad parte esta tesis es: ¿cómo puede el análisis del Estado de Israel ayudar a entender mejor los marcos conceptuales empleados en la sociología histórica? Y ¿cómo puede la sociología histórica poner de relieve los procesos sociales que confluyen en la creación de un Estado autónomo y facilitar así su comprensión? La intención de emplear el Estado de Israel como caso de estudio en esta tesis no es otra que la voluntad de contribuir a mejorar las teorías existentes y desarrollar nuevos modelos que abran nuevas vías para la política comparada en contextos macro-históricos bien definidos. Puesto que una de las características fundamentales de la época histórica en la que surge el Estado de Israel es la señalada en el párrafo anterior acerca de la universalización y “naturalización” del Estado-nación, presentaré a continuación un estado de la cuestión en referencia a la historiografía y la sociología desarrollada en Israel, en cuyas líneas de investigación, como veremos, han influido las diferentes etapas históricas de construcción del Estado-nación. A continuación, presentaré aquellos autores y trabajos que se han desarrollado en torno a la sociología de las cuatro fuentes de poder empleadas en el modelo IEMP. 157 3.3.2. Historiografía y sociología en Israel: principales corrientes y enfoques En términos generales, la historiografía y la sociología en Israel han discurrido por caminos casi paralelos con respecto a los enfoques y narrativas dominantes a la hora de analizar y explicar los acontecimientos, cambios y transformaciones sociales tanto pre como post estatales. A grandes rasgos, podríamos clasificar estas corrientes en tres etapas. La primera de ellas y la más extensa, comprende desde la época del mandato británico hasta los años 80 del pasado siglo. A esta etapa podríamos denominarla la historiografía “clásica”, en la que la narrativa dominante viene marcada por la historia de triunfo y de conquista que generaron los éxitos bélicos de las guerras de 1948, 1956 y 1967. Esta corriente se encuentra ampliamente influida por la corriente funcionalista desarrollada en Occidente y por el prisma de la narrativa sionista de principios del siglo XX, marcadamente eurocentrista y afectado por el romanticismo inherente a los movimientos de liberación y a la puesta en marcha de utopías sociales. En esta etapa, además, el trágico acontecimiento del Holocausto marcará una narrativa historiográfica de victimismo, que ha ocultado el papel opresor que en determinados momentos asumieron las élites económicas, políticas y militares judías en el proceso de adquisición de autonomía e independencia estatal. A esta etapa pertenecen académicos como Ben-Zion Dinur, Itzhak- Fritz Baer y Gershom Scholem. La institución pionera en el establecimiento de los estudios judíos en Palestina fue la Universidad Hebrea de Jerusalén que, en 1925, abrió la vía para la institucionalización académica de la “ciencia del judaísmo” (Wissenschaft des Judentums), surgida en Alemania en los años veinte del siglo XIX entre los más eminentes representantes de la Haskalá43. Es aquí donde realmente podemos trazar la fundación de la historiografía judía moderna, cuyo máximo exponente fue el historiador alemán Heinrich Graetz (1817- 1891), cuya principal marca de identidad fue su implicación en la narración de los hechos y su consideración del judaísmo como un corpus de tradición político-religiosa, “cuya alma era la Torá y cuyo cuerpo era la tierra prometida”. (Iancu, 2001). La influencia del nacionalismo europeo sobre el judaísmo, tanto en su vertiente autonomista como territorialista, dejó también su impronta en otros autores representativos de la nueva “ciencia del pueblo judío” como el historiador ruso Simón Dubnow (1860-1941), quien puso un mayor énfasis en los aspectos socioeconómicos de las estructuras comunitarias 43 Nombre con el que se designa a un movimiento que surgió en la judeidad europea del siglo XIX, buscando compatibilizar los valores seculares de la ilustración con la identidad judía. 158 judías, sus instituciones culturales y religiosas y en la vida cotidiana, con el fin de defender, desde este análisis particularista, sus aspiraciones nacionales. El estudio de la historia judía se convertiría así en un baluarte de la propia identidad judía, aportando un nuevo ímpetu a la labor de los historiadores judíos establecidos en Palestina y que fueron testigos del renacimiento de la independencia en Israel. A los ya mencionados como Itzhak Baer (1880-1981), Ben-Zion Dinur(1884-1973) y Gershom Scholem (1897-1982) , podríamos añadir Haim Hillel Ben Sasson (1914-1977), y Yosef Klauzner (1875-1958); todos ellos fueron profesores en la Universidad Hebrea de Jerusalén y a todos (salvo a Haim Hillel Ben Sasson) se les concedió el “Premio Israel” por su excelencia académica y su contribución a la cultura israelí. Todos estos autores comparten una visión parecida acerca de la permanencia de Israel en la liturgia y el pensamiento desarrollado por las comunidades judías durante los 1900 años de dispersión, la idea del exilio y su constante anhelo por retornar a la tierra prometida. Para demostrarlo, aportaron a sus estudios una ingente cantidad de documentación, poniendo de manifiesto el importante peso que tiene la ideología en la construcción de la historia, como así manifestaremos en un capítulo posterior de esta tesis, dedicado a analizar las redes de poder ideológico y su importancia para la construcción de significados. A esta etapa pertenecen también los grandes historiadores sobre la Shoá, el más trágico acontecimiento de la historia universal judía, y uno de los mitos fundacionales del nomos israelí y del surgimiento del Estado, que se ha convertido en uno de los ámbitos más prolíficos de la historiografía judía contemporánea. Autores judíos como Asher Cohen (1992); el superviviente del Gueto de Varsovia e historiador, Israel Guttman (1994); Yehuda Bauer (1978, 2002); la historiadora de origen alemán y discípula de Dinur, Leni Yahil (1991); el historiador franco-israelí Saul Friedländer (1997 y 2007, traducido al castellano en 2009); o el antiguo miembro de la resistencia judía francesa, Lucien Lazare (1987); han puesto particular énfasis en el estudio de la resistencia judía contra el nazismo, ensalzando la capacidad de rebelión y oposición a la opresión, contribuyendo a crear con ello, el nexo de identificación política más cercano entre los supervivientes del holocausto y los sabras de Israel (los judíos nacidos en Palestina antes de 1948). Otros historiadores de la diáspora han puesto mayor interés en la naturaleza y orígenes del antisemitismo y los mecanismos de exterminio del III Reich. Entre ellos se encuentran el vienés y documentalista de los juicios de Núremberg, Raul Hilberg, (traducido al castellano, 2005); el canadiense Michael Marrus (1981); o la historiadora neoyorquina, Lucy Davidowicz (1975), quien afirmó de manera rotunda que Hitler trazó su intención 159 de exterminio ya desde 1918 y criticó las obras de otros historiadores como Arno Mayer o Norman Davies, por rebajar la responsabilidad y premeditación de Hitler en el genocidio judío o el histórico antisemitismo polaco. Otros historiadores como Joseph Billig, también documentalista de los juicios de Núremberg, se encargarían de fundar el Centro de Documentación Judía Contemporánea de Francia, con el fin de recopilar y preservar evidencias documentales sobre la barbarie nazi y asegurar la preservación de su memoria. Adicionalmente, podríamos señalar también por su relevancia en el estudio del antisemitismo europeo, la obra de Maxime Steinberg, considerado como el principal historiador del holocausto en Bélgica y quien puso de relieve, por primera vez, la política del “mal menor” seguida por las autoridades belgas frete a la invasión nazi y la persecución de su población judía. Por último, una mención especial por aportar un punto de contraste a estas corrientes historiográficas requiere la obra de Salo Witmayer Baron (1895-1989) historiador judío de origen polaco afincado en EEUU, donde fundó la primera cátedra de historia judía en una universidad norteamericana (Universidad de Columbia). Siguiendo los pasos de Graetz y Dubnow escribió una historia universal de los judíos, pero intentando distanciarse de la narrativa de “lamento y sufrimiento” que caracterizaron obras anteriores sobre la historia medieval judía, enfatizando con ello la creatividad de las comunidades judías medievales e introduciendo factores religiosos y sociales para señalar la relación entre la historia nacional (judía) y la historia universal. Tras superar esta etapa, en los años 80 se abre una segunda etapa bautizada como historiografía revisionista, caracterizada por una disputa entre paradigmas (makhloket ha- historionim o la controversia de los historiadores), en la que la perspectiva se centra en demostrar el empleo de la violencia –concertada y premeditada- como uno de los mecanismos empleados para el establecimiento del Estado de Israel. Se trata de un revisionismo post-sionista, que revela algunos de los “monstruos” producidos por esta ideología emancipatoria en el proceso de materialización de su sueño y anhelo histórico. Todas estas obras tienen en común la intención de desmitificar algunos de los mitos fundacionales del Estado de Israel y se enmarcan en la corriente académica relacionada con la historia cultural, surgida en la década de los 70 del pasado siglo, pero que a Israel llega con fuerza a partir de los ochenta, coincidiendo con la desclasificación de nuevos registros y archivos secretos. Algunos de los autores más representativos de esta nueva corriente fueron Benny Morris (quien precisamente acuñó el término “nuevos historiadores” en un artículo aparecido en 160 la revista judeo-americana Tikkun), Yosef Gorny, Baruch Kimmerling, Ilan Pappé, Avi Shlaim y Simha Flapan. Los cuatro libros publicados en inglés (casi simultáneamente) que marcarían un antes y un después en la historiografía israelí dedicada a la fundación del Estado y a la primera guerra de 1948-49 fueron: The Birth of Israel: Myth and Realities (Flapan, 1987); The Birth of the Palestinian Refugee Problem 1947-1949 (Morris, 1987); Collusion Across the Jordan: King Abdallah, the Zionist Movement and the Partition of Palestine (Shlaim, 1988); y Britain and the Arab-Israeli Conflict 1948- 1951 (Pappe, 1988). Estos libros fueron precedidos y seguidos de otros artículos aparecidos en publicaciones científicas israelíes como Cathedra, Ha-Tzionut, Zemanim o Studies in Zionism que cuestionarían la “historia oficial” del sionismo, los mitos sobre la población judía de Palestina, la actitud de Yishuv44 con respecto a los supervivientes de la Shoá, la guerra de 1948 y la cuestión de los refugiados palestinos. Coincidiendo con la apertura de nuevas fuentes archivísticas y documentales, estos autores denunciaron la complicidad de los historiadores “clásicos” con la narrativa propagandística sionista ideada para la consecución de objetivos tanto internos (construcción de una identidad nacional unitaria) como externos (apoyo internacional a la causa sionista). Ello dio como resultado una visión de su propia historia marcadamente unilateral, caracterizada por la invisibilización del punto de vista árabe-palestino. A pesar del intento de equilibrar las posiciones, a esta corriente crítica no le han faltado detractores, que han denunciado las obras de estos nuevos historiadores por su parcialidad y por intentar minar los cimientos mismos de la construcción nacional-estatal. Ephraim Karsh fue uno de los historiadores y críticos más furibundos de esta nueva historiografía “post-sionista” llegando a acusarla, en su libro titulado Fabricating Israeli History: the “New Historians” (1997), de falsificar los testimonios y evidencias históricas sobre los que se sustentaban sus argumentos. Shabbatai Teveth, otro de los “antiguos” historiadores acusó a estos nuevos de estar en línea con los enemigos de Israel y de ser unos meros polemistas. Esta polémica resulta comprensible, ya que versa sobre cuestiones tan sensibles como la memoria e identidad colectiva y su transformación de hechos irrefutables en simples mitos y narrativas, en línea con la corriente postmodernista iniciada por Roland Barthes en Mythologies (1957). En un intento por superar estas intensas polémicas, surgirá, a principios del siglo XXI, una nueva etapa, designada historiografía “post-post sionista”. Esta nueva corriente, tal y 44 Nombre por el que se denomina a la comunidad judía pre-estatal en Palestina. 161 como argumenta Assaf Likhovski (2010), será contraria al empleo de una narrativa marcada por la dicotomía entre héroes y villanos, tan influida por el orientalismo de Edward Said y las corrientes sociológicas post-colonialistas, demasiado centradas en aspectos relacionaos con la política o el poder, es decir, con relaciones de dominación, obviando, en muchas ocasiones, aspectos más relacionados con la cultura o la vida cotidiana y que quedan lejos de la influencia directa de las élites de poder. Como señala Likhosvsi (Ibíd.), no es que suponga una ruptura completa con la fase o enfoque anterior, sino que profundiza y complejiza algunos de los aspectos analizados por la historiografía anterior, lo que le permite llegar a conclusiones menos unidimensionales y más multicausales. Un ejemplo de este nuevo enfoque es la manera de analizar los componentes colonialistas del sionismo presentes en las primeras dos décadas de historia estatal. En este sentido, la obra de Nadav Davidovich y Shifra Shvarts (2004), en que se examina la historia de las campañas de vacunación de los nuevos inmigrantes judíos, revela que éstas formaban parte de las prácticas colonialistas occidentales habituales, pero mitiga la relación de dominación que muchas veces se ha querido ver en este hecho. Estos autores afirman, más bien, que dentro de estas “medidas” dirigidas a la inclusión de las nuevas olas de población, existió también una buena intencionalidad, aunque esta no fuera consciente de la distancia que con ello se ponía entre los primeros colonos europeos y los recién llegados de países árabes. En este mismo sentido se orienta la obra de Derek Penslar (2001) en la que señala que el discurso orientalista del sionismo era muy distinto al discurso orientalista de los colonizadores europeos. El colonialismo sionista señalaba a menudo las similitudes entre los primeros emigrantes y la población árabe autóctona; y su misión civilizadora y redentora estaba dirigida, en primer lugar, hacia los propios judíos europeos. En este sentido, el trabajo de Rakefet Zalashik en su investigación doctoral sobre la historia de la psiquiatría en Palestina e Israel desde 1892 a 1960 y artículos posteriores (2011) demuestra como parte de la ideología dominante sionista acerca del “melting pot” cultural o de la construcción de la nación ayudó a mitigar muchos de los elementos racistas heredados de la psiquiatría europea de entreguerras. Este mismo argumento ha sido desarrollado por A. B. Saposnik (2008) en su obra sobre la construcción de la nueva cultura judeo-israelí en la época del Yishuv, liderada por intelectuales y activistas sionistas como Ben Yehuda, “padre” del hebreo moderno, que pondrían el énfasis en la necesidad de crear una nación como paso previo a la construcción de una cultura propia, jugando con un precario y contestado equilibrio entre 162 tradición y modernidad y con una voluntad firme de distanciarse del pasado diaspórico europeo. Yaron Peleg (2005), por su parte, cuestiona algunas de las nociones “orientalistas” sobre las que están basadas los trabajos que señalan la construcción de Israel como una empresa colonial europea, identificando los elementos de la cultura palestina autóctona que fueron incorporados a la construcción del “nuevo judío” y del oriente moderno desde los primeros años del siglo XX hasta 1930 aproximadamente. Orit Rozin (2008), por su parte, analiza el impacto que tuvo la llegada de nuevos inmigrantes judíos provenientes de países árabes en la vida cotidiana de los emigrantes judíos europeos que ayudaron a construir el Estado y participaron en la guerra de 1948-49. Rozin señala como estos sabras (judíos nacidos en Palestina antes de 1948 que constituyeron la nueva clase media hegemónica) tuvieron que debatirse entre los objetivos colectivistas impuestos por el Estado (y su modelo económico inicial) y los objetivos individualistas, que alimentaban la desafección y la protesta por el sacrificio que suponía tener que absorber a estas nuevas olas migratorias de las que se sentían distanciados por cuestiones tan básicas como los estándares de higiene personal. En definitiva, esta nueva historiografía trata de abrir una nueva perspectiva por medio de la historia social, en la que se vea reflejada, a través de elementos cotidianos y de construcción cultural, la base de la cimentación estatal y social de Israel. Antes de entrar en la presentación de las obras de carácter más netamente sociológico, considero necesario realizar una breve mención a la historia política y la historia del derecho y su relación con la sociología, ya que, mientras que la historia política, se ha centrado tradicionalmente en el Estado como actor, así como en sus instituciones de gobierno y control/represión, en contraste, la sociología histórica centra su foco de atención en la capacidad estructurante del Estado sobre la vida cotidiana de sus ciudadanos, así como de su impacto sobre otras estructuras. Ello no significa que tengamos que dejar de lado los “acontecimientos” clásicos estudiados por la historia política como las elecciones o las guerras siempre y cuando nos centremos en analizar la capacidad estructurante de estos acontecimientos. En este sentido, el trabajo de Rozin (2008) sobre las actitudes de los ciudadanos israelíes hacia las políticas de austeridad practicadas por el Estado o el trabajo del propio Likhovsky (2017), sobre la historia del derecho y la manera en que el Estado de Israel trató de influir sobre el concepto de ciudadanía relacionándolo con el pago de impuestos, son buenos ejemplos de este tipo de enfoque ya que, como Likhovsky (2010: 10) argumenta, los nuevos historiadores post-post-sionistas se interesan por la construcción 163 social de la existencia cotidiana y por las ideas del común de la sociedad, sin atender necesariamente a las de los políticos, soldados o generales. Ello implica revertir algunas de las viejas preguntas elaboradas por los post-sionistas. Así, Likhovsky (Ibíd.) hace notar que, en vez de preguntarnos, por ejemplo, sobre cómo y por qué la sociedad israelí era colectivista, debemos preguntarnos qué elementos del individualismo aparecían ya en la década de los cincuenta, cómo y por qué estaban presentes en una época eminentemente colectivista. Likhovsky señala que esta nueva perspectiva puede ser un producto de los nuevos valores de los investigadores sobre historia del Estado, muchos de los cuales provienen del ámbito de la historia del derecho, para quienes las cuestiones relativas al individualismo y la fortaleza de la sociedad civil, resultan claves para analizar la narrativa liberal presente en la relación entre sociedad civil y Estado o en la definición misma de derecho y derechos fundamentales, propiciado por la debilidad del Estado en los años 50. Algunos de los trabajos más destacados de estos nuevos historiadores del derecho son los realizados por Pnina Lahav (1997) en Judgement in Jerusalem: Chief Justice Simon Agranat and the Zionist Century; Eli Salzberger y Fania Oz-Salzberger (1999) en The Secret German Sources od the Israel Supreme Court; o la obra pionera de Menachen Mautner (2011) Law and the Culture of Israel. Partiendo de nuestra presentación sobre las obras de carácter mayoritariamente histórico, el enfoque de esta tesis, basado en la sociología histórica y en la interacción estructural simbólica de Mann, se encontraría a caballo entre la historiografía clásica (centrada en el análisis del poder del Estado y de sus redes) y la post-post sionista, ya que el indicador que emplearemos será la capacidad de las distintas fuentes de poder para estructurar la vida social, y la consiguiente interacción entre el poder colectivo de carácter horizontal y el distributivo, de carácter vertical. Empleamos para ello una noción de poder más cercana a Foucault, viéndolo como menos exclusivo de la élite o instituciones y más presente en las múltiples formas de interacción social. Fijaremos, por tanto, nuestra atención en aquellas manifestaciones de poder más centralizadas y concentradas (institucionalizadas), a la vez que en las formas de poder más difusas y descentralizadas. La clave para armonizar a ambas residirá en ver todos estos aspectos o manifestaciones del poder como parcialmente autónomos pero entrelazados, de manera que todos conservan cierta capacidad estructurante sobre la sociedad y lo único que se puede afirmar es que en ciertas épocas unos (como el poder político, militar o la ideología dominante) han sufrido un mayor desarrollo infraestructural que otros y por ende, han conseguido una mayor capacidad estructurante sobre la sociedad en su conjunto. 164 Esta mezcla de aspectos históricos y sociológicos nos obliga, antes de proseguir, a detenernos brevemente en un análisis o estado de la cuestión de las obras de carácter específicamente sociológico que se han producido sobre las fuentes de poder en Israel para concluir posteriormente con un breve análisis sobre la evolución de la ciencia económica y obras de sociología económica que me ha parecido importante reseñar porque enfatizan los orígenes económicos del conflicto israelí-palestino. 3.3.2.1. Obras de carácter sociológico La evolución de la sociología como disciplina académica en Israel sirve para señalar hasta qué punto el conocimiento es a menudo un conocimiento “situado”, como señala la teoría crítica feminista. Y ello lo es en un doble sentido. Por un lado, de manera similar a como ocurre en la historiografía, la evolución de la disciplina estuvo marcada por las distintas fases históricas de consolidación y construcción del Estado, sub-producto de un proceso más amplio de “naturalización” o "territorialización" de la vida social, incluyendo la capacidad de estructurar la producción científica. Así, los orígenes de la disciplina se pueden remontar al periodo pre-estatal, pasando por una fase posterior modernizadora que coincide con los años de crecimiento y consolidación del Estado, hasta llegar a la etapa crítica de los años 70 y 80, influida por la guerra de 1973 y, por último, una postrera fase que podemos denominar postmoderna, en la que también se incluye el desarrollo de una incipiente sociología árabe-palestina, al hilo de los acuerdos de paz de los noventa. Junto con el acompasamiento entre construcción estatal y producción sociológica en Israel, podemos observar otro fenómeno relacionado con el surgimiento de las teorías críticas posestructuralistas, feministas o colonialistas en los años setenta y ochenta que responden, no sólo a acontecimientos internos sino que se enmarcan dentro de corrientes globales que afectan a la disciplina sociológica en otras partes del mundo, particularmente en EEUU, cuyas universidades han sido los principales referentes académicos para el desarrollo de la sociología en Israel. Esta aludida naturalización del Estado y su acotación territorial ha tenido una influencia decisiva en el ámbito ontológico, haciendo que se haya observado con frecuencia a la “sociedad israelí” como si se tratase de una colectividad cerrada, con una evolución propia y descontextualizada de redes más amplias de interacción a escala internacional. Así, por ejemplo, a veces se habla del paso del colectivismo a la privatización como si fuese una evolución propia de la sociedad israelí, sin ponerla en el contexto del auge del 165 capitalismo financiero experimentado tras la Segunda Guerra Mundial o de la difusión de los medios de comunicación de masas y la aculturación televisiva proveniente de Estados Unidos (Eisendstadt, 1985, pág.401). Otra cuestión relevante que ha marcado la evolución de la disciplina en Israel y que está igualmente relacionada con su objeto de estudio ha sido, tal y como señala Uri Ram (2015), el de decidir si se incluye a la minoría árabe-palestina como parte de la sociedad israelí, reconociéndole cierto grado de poder estructurante (por ejemplo, en la creación de un Estado militarista), o incluso si debería incluirse a los palestinos que viven en los territorios ocupados. La inclusión de la diáspora judía que habita tanto en América como en Europa sería también necesario para obtener una imagen más completa de las redes de interacción con poder estructurante sobre Israel (Ram, 2015, pág. 361). La gran pregunta empírica es pues, como señala Ram: ¿dónde situamos las fronteras de lo que denominamos “sociedad israelí"? Esta pregunta ha llevado al desarrollo de una nueva corriente destinada a corregir la parcialidad de las visiones “judías” tanto sobre los árabes de Israel como sobre la historia de las relaciones entre palestinos e israelíes, corrigiendo la falta de poder agencial que otorgaba la sociología “sionista” a la población árabe en la construcción de la sociedad y del Estado de Israel. Igualmente, otorgar un importante poder estructurante a la diáspora judía (por ejemplo, en la fase de acumulación de capital o en el surgimiento de movimientos de colonos norteamericanos), resulta esencial para entender las redes de poder estructural que se han establecido en Israel y que han conformado lo que se denomina su “sociedad”. Para entender mejor las líneas evolutivas en torno a la discusión sobre su objeto de estudio, realizaré un estado de la cuestión de las obras sociológicas que se han producido en Israel basándome en distintos periodos históricos. Siguiendo la línea temporal de historia de la sociología israelí elaborada por Ram (2015, págs. 111-12), la sociología en Israel ha atravesado 5 fases o corrientes de pensamiento distintas que pasamos a enumerar y que resultan relevantes para evidenciar la necesidad de incluir un enfoque desde la sociología histórica que contribuya a identificar dónde reside el poder autónomo del Estado y si ciertos fenómenos como la ocupación ilegal de territorios bajo un régimen militar pueden emplearse como una evidencia empírica del poder autónomo del Estado frente a estructuras internacionales que censuran este comportamiento. 1. Etapa pre-estatal: Las obras sociológicas de este periodo están caracterizadas por la ideología socialista utópica de sus primeros pensadores, que eran a su vez los 166 ideólogos del movimiento hegemónico laborista que construyó el Yishuv y fundó el más importante movimiento obrero en la Palestina británica, el Histadrut. Se trata de una etapa marcada por una ausencia llamativa de toda referencia social a Palestina o los palestinos y caracterizada por obras de un marcado romanticismo colectivista de estilo alemán y por la secularización de mitos bíblicos pertenecientes a la historia antigua de Israel. Pensadores como Dov Ber Borochov escribieron tratados de carácter socioeconómico como “La cuestión nacional y la lucha de clases” (1905) o "El desarrollo económico del pueblo judío" (1916) en los que realizaba un análisis socioeconómico sobre la condición de los judíos en la diáspora y abordada la reconciliación entre socialismo y sionismo con el desarrollo de los conceptos geopolíticos de "países centrales” y “periféricos". Otros pensadores de esta época fueron Arthur Rupin (1876-1943) y Martin Buber (1878-1965). Rupin es considerado el padre de la sociología judía y fue director del Berlin’s Bureau for Jewish Statistics and Demography (1902-1907). Autor de obras sociológicas como Die Juden der Gegenwart : Eine sozialwissenschaftl. Studie (1918), teorizó polémicamente sobre los peligros de la asimilación y vio la emigración a Israel como el último y definitivo recurso para garantizar la pureza de la raza judía. Por su lado, Martin Buber es considerado por muchos como "el sociólogo de la cultura” y fue el fundador y director del primer departamento de sociología de la Universidad Hebrea de Jerusalén (Ram, 2015: pág. 101). Ambos son representantes del activismo sionista pacifista, escribieron la mayoría de su obra en alemán y estuvieron influidos por corrientes sociológicas prevalentes en la Alemania de su tiempo, relacionadas con el nacionalismo romántico o el concepto de raza. 2. Etapa de consolidación estatal o de sociología de la modernización. Esta etapa, desarrollada fundamentalmente en torno al departamento de sociología de la Universidad Hebrea de Jerusalén, está caracterizada por un énfasis en los conceptos funcionalistas de Talcott Parsons, siendo S.N. Eisenstadt, director del departamento de sociología, su principal representante. En ellos el partido laborista actúa como el principal agente de socialización en sus esfuerzos por construir una sociedad homogénea y harmónica. La obra más representativa de Eisenstadt de esta época se denomina Israeli Society y fue publicada en fecha cercana a la guerra de 1967. Ya en la década de los ochenta, con la publicación de 167 la obra The Transformation of Israeli Society (Op. Cit), corregiría algunas de las asuncionales funcionalistas de su etapa anterior. 3. Años setenta y ochenta o etapa de la sociología crítica. En esta etapa se cuestionan las asunciones funcionalistas de la etapa anterior y se preocupan por desarrollar nuevas teorías sobre el conflicto, el elitismo, la jerarquía y la desigualdad, enfatizando la división entre centro-periferia A esta época y para dar respuesta a estos problemas, pertenece el libro de D. Horowitz y M. Lissak (1989) Trouble in Utopia: the Overburdened Polity of Israel. El desarrollo de estas nuevas corrientes analíticas tiene su epicentro en la Universidad de Tel Aviv y en la Universidad de Haifa. Yonathan Shapiro, profesor de la Universidad de Tel Aviv, es uno de sus representantes más destacados de esta nueva sociología y con su obra Elite With No Successors: Generations of Leaders in Israeli Society (1984) desveló una imagen mucho más descarnada y oligárquica de los padres fundadores del Estado de Israel, reflejando en una obra posterior titulada “The Road to Power: Herut Party in Israel” (1991) la transición de una cultura política basada en partidos a una que él denomina “piazza politics”, mucho más centrada en el populismo personalista de los nuevos líderes. La otra gran corriente crítica fue desarrollada por la “nueva izquierda” de la Universidad de Haifa, mucho más influida por corrientes marxistas y de análisis de clases, explicada en buena medida por el carácter multiétnico de sus profesores y alumnos. Una de las publicaciones más representativas de esta época fue la revista Notebooks for Research and Critique (1972-1984). Una de sus categorías más señaladas fue su énfasis en la distinción entre askenazíes y mizrajíes y como la integración de estos últimos no se basó simplemente en un proceso de aculturación, como defendían los teóricos de la sociología modernizadora, sino en una estructura de acumulación consolidada, que situaba a los sabras y askenazíes en el centro del poder económico y gestión de recursos y a los recién llegados en trabajos subalternos en pueblos periféricos en desarrollo. Incluso sociólogos como Bernstein (1980) o Swirski (1989), (1999) sostienen que la estructura de acumulación de poder fue creada precisamente para hacer de esta brecha una estructura difícil de superar. Una tercera escuela fue la que Ram denominó pluralismo, desarrollada ampliamente por Samy Smooha también de la Universidad de Haifa. Smooha defiende que el principal conflicto surge en torno a la dicotomía pluralismo-conflicto, de ahí el título de su obra más representativa, 168 Israel: Pluralism and Conflict (1978), que analiza las estrategias y diferentes niveles de integración de cinco categorías o grupos sociales diferentes en distintos grados de relaciones de “dominación impuesta", acuñando el término de "etno- democracia" para definir el modo de gobierno impuesto en Israel. 4. Durante los años 70 y 80 emergieron otras dos escuelas en consonancia con los avances de la disciplina en EEUU: la sociología feminista y la sociología de la colonización. La sociología feminista se inició en Haifa, a raíz del movimiento Nilachem (mujeres para una nueva sociedad), encabezado por Marcia Freedman, profesora de filosofía y primera feminista de la Knesset en 1973. El primer trabajo académico dedicado a la cuestión feminista fue una antología producida por Dafna N. Izraeli, Ariella Friedman y Ruth Shrift en 1982 y titulada The Double Bind: Women in Israel. Hacia finales de los 70 y principios de los 80, se discernían ya, según Ram (Ibid), dentro de las corrientes feministas, tres perspectivas sociológicas en la academia: la liberal, representada por cuestiones sobre igualdad en el acceso al mercado de trabajo; la socialista, centrada en la desigualdad generada entre hombres y mujeres en las sociedades de mercado, y la denominada “radical”, centrada en la opresión masculina sobre las mujeres como algo independiente de otras cuestiones socioeconómicas. Finalmente, desde la sociología de la colonización, se concluyó que el factor más determinante a la hora de estructurar a la “sociedad israelí” o dar forma a sus instituciones fue su carácter colonizador y su penetración en estructurales estatales ya existentes. Este hecho tuvo mucho más peso a la hora de estructurar la interacción social y la integración (o falta de ella) que la existencia de estructuras relacionadas con los valores (como defendía la escuela modernizadora); jerarquías (como defendía la escuela elitista de Tel Aviv); o relaciones de clase (como insistía la escuela marxista de Haifa). La perspectiva de la colonización fue desarrollada por parte de académicos palestinos, mientras que estuvo totalmente ausente de la academia judía-israelí, demasiado imbuida por el ethos sionista y la perspectiva dual de que en Israel existían dos “sociedades” independientes y con escaso impacto mutuo: la judía-israelí y la árabe (Piterberg:2008 págs. 62-68) Como bien señala Ram, dentro del enfoque colonialista, existieron dos corrientes: la weberiana, centrada en la disputa territorial y la centralización de la movilización de recursos -compra de tierras, asentamiento comunal y defensa colectiva-, representada en la obra de Baruch Kimmerling (Universidad Hebrea de Jerusalén); y la marxista, centrada 169 en la disputa sobre el trabajo, enfatizada por Gershon Shafir, de la Universidad de California-San Diego, que analiza como el conflicto entre las comunidades judías y árabes del Yishuv comenzó con la hebraización de lo que se denominó “la conquista del trabajo”, pasando seguidamente a la “conquista de la tierra”. El enfoque colonialista es pues, el que más se acerca a la epistemología de la sociología histórica, ya que nos permite trazar la génesis de las fuentes de poder social en Israel a procesos más amplios de colonización desatados en Europa tras la Segunda Revolución Industrial y el surgimiento del neo-imperialismo europeo, aunque con la salvedad o límite explicativo de que lo que el sionismo quiso imponer en la Palestina otomana, no fue una colonia, sino un Estado nacional. Por lo tanto, aunque la experiencia del asentamiento colonial judío en Palestina comparta características similares con otras experiencias coloniales en cuanto a los medios organizacionales empleados, también se diferencia sustancialmente de ella en los fines perseguidos. Y han sido, en mi opinión, estos fines, los que han conferido de un poder colectivo sin precedentes al proyecto sionista. 5. En los años noventa asistimos, por último, a una fase postmodernista. Esta etapa de desarrollo de nuevas perspectivas sociológicas postmodernistas coincide con la década de la hegemonía neoliberal mundial, con los acuerdos de Oslo y el infructuoso Proceso de Paz. El énfasis ontológico se trasladó, pues, de lo universal a lo particular y, como factor explicativo más importante para analizar la sociedad israelí, se pasó del concepto de “intereses” a “identidades”. La publicación Teoría y Critica (Teoria Ubikoret) dirigida por Adi Ophir, de la universidad de Tel Aviv, fue la más representativa de este periodo, altamente imbuida de los trabajos de pensadores franceses como Foucault, Derrida o Lyotard, que cuestionan la certeza de las grandes teorías, particularmente la sionista, y difunden un enfoque de- constructor de los esencialismos empleados por las teorías críticas anteriores. En esta década, más que nunca, se pusieron de relieve los límites del sistema democrático en Israel, así como la naturaleza del nacionalismo étnico que Israel había desarrollado en sus primeros cincuenta años de historia, basado en orientalismos que legitimaban la superioridad askenazí u occidental frente a la irracionalidad y atraso de los pueblos orientales. En esta etapa, no sólo los palestinos, sino los judíos mizrajíes fueron vistos como las víctimas del sionismo europeo askenazí y se habla de una multi ciudadanía, dividida en ciudadanos de primera (askenazíes); de segunda (mizrajíes) y de tercera (árabes). 170 El propio Uri Ram es un representante de esta sociología postmoderna según la cual la sociedad israelí se encuentra inmersa en una doble dinámica postnacional (capitalista-liberal-descolonizadora) y neo-nacional (nacionalista-comunitarista-pro- colonización) que resulta en una nueva dialéctica social que se dirime entre lo liberal y lo tribal. 3.3.2.2. Obras de carácter económico En consonancia con la evolución de la sociología crítica en Israel desarrollada en la década de los ochenta, la sociología económica ha seguido un camino paralelo al ritmo de esta disciplina en Europa y EE. UU., situando el foco de análisis en la relación entre la lucha por el mercado de trabajo y la construcción nacional, que merece ser tenida en cuenta para nuestro análisis. El origen del conflicto se enmarca así en un contexto socioeconómico relacionado con la transición de una sociedad agrícola tradicional a una sociedad moderna, motivada por procesos de reforma similares en Egipto y en el Imperio otomano. Las ideologías colectivistas representadas en los kibutzim o la idea de la redención del trabajo manual o el trabajo judío –avodá ivrit- debe ser vista como expresión de unos intereses económicos centrados en la exclusión del trabajo árabe y en la relación de estos con la posesión de la tierra de Eretz Israel. En contraste, la nueva sociología crítica examinaba a las élites, el poder y la economía política del trabajo, visibilizando con ello fracturas y problemáticas que hasta entonces habían sido silenciadas (Komlik, 2016) El auge del neoliberalismo en los noventa y las disfunciones económicas y sociales que conllevó terminó de consolidar a la sociología económica como disciplina en Israel. Así, el sociólogo de la economía, Gershom Shafir, mencionado con anterioridad, realizó una obra de sociología económica en 1989 titulada Land, Labor and the Origins of the Palestinian-Israeli Conflict que, inspirándose en la historia económica del colonialismo europeo, concluyó que la principal motivación de las primeras olas de emigración a Palestina era de carácter económico, y el proyecto sionista tenía que entenderse como tal, oponiéndose con ello a la historiografía más tradicional que destacaba el aspecto ideológico como la principal fuente de motivación para la emigración. El origen del conflicto se enmarca, desde esta nueva perspectiva en un contexto socioeconómico relacionado con la transición de una sociedad agrícola tradicional a la modernidad, motivada por procesos de modernización similares en Egipto y en el Imperio 171 otomano. Las ideologías colectivistas representadas en los kibutzim o la idea de la redención del trabajo manual o el trabajo judío –avodá ivrit- debe ser vista como expresión de unos intereses económicos centrados en la exclusión del trabajo árabe y en la relación de estos con la posesión de la tierra de Eretz Israel. Algunos de los pioneros de la sociología económica en Israel han sido Ilan Talmud, con su trabajo sobre el capital social o Estado y emprendimiento o Daniel Maman, con su trabajo sobre redes sociales, señalando con ello la interconexión entre economía-Estado- sociedad. A continuación, elaboraré un examen de la evolución de la disciplina al hilo de aquellas obras y autores que han abordado la historia económica de Israel desde diferentes perspectivas siguiendo la clasificación expuesta por Komlik (2016): 1. Sociología y conocimiento económico. La sociología económica trata de demostrar cómo la existencia de redes difusas de conocimiento internacional a partir de cuyas asunciones se pusieron en marcha políticas de desarrollo económico en Israel, se basan en modelos y teorías que reflejan determinadas culturas epistémicas o institucionales. Sobre las políticas adoptadas para la construcción de la nación durante sus primeros años, destacan los trabajos pioneros de Nadav Halevi y Ruth Klinov (1966) en el que analizan el desarrollo económico de Israel y su rápida transformación en las dos primeras décadas de existencia, dividiendo el periodo en cinco fases: de 1948 a 1951, se encuentra la llamada fase de austeridad; de 1952-53 es la fase en la que se pone en marcha la “nueva política económica” y su fase liberalizadora, coincidiendo con el acuerdo sobre las reparaciones alemanas; de 1954 a 1959, se encuentra la fase de crecimiento, con el establecimiento del Banco de Israel; de 1960 a 1964 es la etapa del pleno empleo y de la segunda gran política económica y 1965 es un punto de inflexión caracterizado por la recesión de la economía. Ambos autores analizan estos cambios desde el punto de vista del marco institucional del Estado, cambios poblaciones y cambios en el mercado poblacional debido a la incorporación de una nueva fuerza de trabajo (judíos provenientes de países árabes), distribución social de los ingresos, el comercio y la financiación pública y sistema financiero. Ambos autores concluyeron con que el desarrollo económico en sus primeras décadas no fue ni suave ni progresivo y estuvo influido por muchas fuerzas, tanto internas como externas, de carácter económico y no económico (la mayoría), identificando ya ciertos patrones endémicos a la economía israelí, como su carácter pragmático más que dogmático, su tendencia inflacionista o la desigualdad en la 172 distribución de los ingresos. Con respecto a la tendencia inflacionista en relación con otras economías emergentes, destaca el trabajo de Michael Bruno (1989, 1991, 1993), gobernador del Banco de Israel y responsable de la recuperación económica del Estado tras la crisis de 1973 y posteriormente 1985. Bruno puso de relieve la necesidad de recortar el tamaño del gobierno y de reducir el sector y el gasto público para acomodarlo al nivel de ingresos y evitar el excesivo endeudamiento. Con relación a la conexión entre la economía israelí y la palestina, resulta fundamental para analizar la interacción de ambas el trabajo de Jacob Metzer en su obra The Divided Economy of Mandatory Palestine (1998) en la que analiza, por primera vez, si ya en la época del Mandato británico existió una economía palestina o deberíamos hablar de la existencia de una economía dual, obedeciendo a criterios étnico-nacionalistas. Metzer señala como ambas interpretaciones son políticamente interesadas. La existencia de una sola economía bajo la administración política británica ha sido frecuentemente defendida por historiadores árabes, señalando cómo los judíos, a pesar de disfrutar de derechos individuales, no constituían una comunidad separada autónoma; mientras que los académicos judíos sionistas se afanaron por demostrar lo contrario, presentando a la separación de ambas economías como el primer paso de su plan de acción para alcanzar la estatalidad. La evidencia científica de la economía del mandato demuestra, no obstante, que realmente existió una economía dual con distinto tipos de desarrollo, siguiendo el modelo de economías africanas coloniales. Sin embargo, a diferencia de estas, fue la ventaja comparativa que para el desarrollo económico de Palestina ofrecía el capital material, humano y tecnológico judío junto con su desarrollo institucional y su distribución geopolítica basada en la continuidad territorial lo que fomentó la emergencia de dos economías separadas. Otro estudioso de las relaciones entre la economía judía y la árabe en Palestina fue el profesor Ephraim Kleiman (1987, 1996 y 1997), cuyo papel como consejero económico en la delegación para las relaciones económicas entre Israel y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) celebrada en París en el marco de los acuerdos de Oslo, resultó fundamental. Kleiman examinó el impacto del Histadrut y del kibutz en la economía de Israel y ha sido uno de los mejores estudiosos de su declive, señalando como los cambios intersticiales dentro de ambas organizaciones provocaron la revolución transformadora de la economía israelí operada durante la década de los ochenta. 173 Paul Rivlin (2010) es otro importante economista que ha basado su estudio explicativo sobre el desarrollo económico de Israel en factores demográficos y sociológicos, como el crecimiento de la población por altos índices de inmigración, importación de capitales que facilitaron el fomento de las inversiones, una organización moderna y exitosa y unos altos niveles de motivación. Todas estas características fueron enfocadas en capitalizar sus desventajas geopolíticas y geoeconómicas, supliendo con la tecnología sus debilidades cuantitativas (en términos de efectivos militares y población, por ejemplo) u orientando sus exportaciones hacia países en desarrollo, ya que los mercados de su vecindad les habían sido cerrados y sus productos de alta tecnología respondían mejor a la demanda de países desarrollados. De interés para la sociología económica resultan también los trabajos que Krampf (2010 a, 2010b) y Yonay y Krampf ( 2014 ) realizaron un trabajo tendente a señalar cuál ha sido la evolución del pensamiento económico en Israel, qué ideas provenientes del exterior (particularmente de la ciencia económica norteamericana) se han adoptado y cómo se han institucionalizado estas ideas mediante la creación de escuelas de negocio o departamentos académicos, fomentando el desarrollo de carreras profesionales basadas en este tipo de conocimiento. Así, Frenkel (2005), junto con Kalev, Shenhav y De Vries (2008) examinaron las políticas de difusión del conocimiento gerencial-administrativo, así como de la gestión de los recursos humanos en los inicios del proceso de industrialización de Israel. Por otro lado, Mandelkern y Shalev (2010) señalaron el papel causal que para estabilizar la economía hiperinflacionaria israelí de los ochenta tuvieron los economistas israelíes y su influencia y recursos de poder. Maman y Rosenhek (2011) señalaron, por otro lado, como la utilización de un lenguaje económico "despolitizado" a partir de mediados de los ochenta, junto con la estrecha relación existente entre los académicos y economistas del Estado con sus colegas norteamericanos, sirvió como herramienta de poder político-burocrático a la hora de poner en marcha un nuevo cambio de paradigma hacia una economía neoliberal, así como el fortalecimiento y autonomía del Banco Central. En un trabajo posterior sobre programas estatales de formación financiera publicado en 2015, estos mismos autores señalan la manera en que se ha producido lo que Mann denominaría una cristalización moral de prácticas económicas individualistas, llegando a insertar la lógica neoliberal en las prácticas de la vida cotidiana. 174 2. Política económica, trabajo y Estado de bienestar. Tal vez sea este el ámbito que mayor tradición y desarrollo ha tenido en la academia israelí, abordándose desde diferentes perspectivas teórico-metodológicas y traspasando diferentes disciplinas. Komlik (2016) subraya el trabajo que, a este respecto, ha realizado Lev Grinberg (2013), al poner en valor en su obra Mo(ve)mente of Resistance: Politics, Economy and Society in Israel/Palestine el papel que han jugado los movimientos de resistencia de grupos marginales como los palestinos, organizaciones de trabajadores o los judíos mizrajies, que en ocasiones ha ido más allá de la capacidad estructurante del poder político y económico institucionalizado. Coincide a este respecto con el enfoque de Mann al señalar el importante papel de los grupos intersticiales organizados. Tali Kristal (2013) subraya, por otro lado, cómo la desigualdad salarial existente entre 1955 y 2005 en Israel ha sido un producto de políticas estatales orientadas hacia el libre mercado y una consecuencia de la fragmentación organizativa de los trabajadores, lo que ha llevado al trabajo a perder una importante participación en la producción de la renta nacional. En su estudio sobre el proceso de cambio en las cuotas pagadas a la seguridad social (que pasarían del empleador a estar pagadas por el Estado), M. Korah y M. Shalev señalan (2009) que la alteración institucional que supusieron las reformas neoliberales de mediados de los ochenta en Israel, sacaron a la luz los intereses conflictivos que estaban subsumidos en el proceso de institucionalización socio-económico, señalando con ello a la reforma del mercado de trabajo como un producto de la gestión del Estado por la mala acomodación de un conflicto socioeconómico relacionado con el pago de impuestos. En definitiva, estas perspectivas vienen a demostrar que son los conflictos de intereses los que posibilitan o provocan el cambio institucional, marcando con ello su trayectoria. Los cambios no se producen por una disminución de los beneficios, sino por un desequilibrio de estos (unos reciben mucho más y otros mucho menos) con lo cual, la evolución institucional es dialéctica y puede haber una vuelta hacia modelos anteriores de institucionalización. Este estudio empírico contribuiría a demostrar la tesis del cambio institucional empleada por Mann y que afirma que el cambio institucional no es unidireccional y que es producto del surgimiento de nuevas configuraciones de poder intersticiales. 3. La gran economía. Está formada por grupos de negocio, banca y finanzas. El estudio de la banca y los mercados financieros y sus diferentes relaciones con el Estado, así como con las grandes corporaciones ha sido ampliamente estudiado en la mayoría de las universidades del mundo. En Israel, tal vez haya sido el trabajo de Daniel Maman en este campo el que mayor luz haya arrojado en cuanto a la relación entre la existencia de 175 grandes corporaciones empresariales o grupos de negocio y el Estado, así como el mutuo equilibrio de poder entre ambos y su capacidad co-constitutiva. (2004, 2006). En el capítulo quinto haremos una presentación de su trabajo en mayor detalle. 4. Economía de la información y tecnología. Este es uno de los aspectos más estudiados y difundidos en Israel en décadas recientes, hasta tal punto que ha sido utilizado como parte de la diplomacia pública del país con la acuñación del término start-up nation, en la que la innovación ha sido proyectada como una de las señas de identidad del Estado, como parte de esta nueva construcción neo-estatal y postcolonial postmoderna ya aludida. La obra de Dan Senor y Saul Singer Start-Up Nation: The Story of Israel's Economic Miracle, traducida a varios idiomas, ha contribuido a difundir esta idea y a proyectar a Israel como modelo de innovación tecnológica, enfatizando sus contribuciones al desarrollo de la tecnología mundial, proyectando con ello una visión del Estado más amable y alejada de cuestiones relacionadas con la ocupación o la opresión del pueblo palestino. En este ámbito (aunque desde un punto de vista académico y no divulgativo) merece señalarse el trabajo de Darr y Rothschild (2004) en su estudio sobre la absorción de emigrantes judíos provenientes de la antigua Unión Soviética en el mercado de trabajo de alta tecnología israelí. Ambos autores señalan la importancia de las redes de contacto local para la integración de los nuevos emigrantes. Estos economistas hallaron que la minoritaria penetración de estos emigrantes en los puestos de gerencia (un 20% aproximadamente) se debía a una menor posesión de capital social, ya que no contaban con redes de contacto informales tan consolidadas como su contraparte israelí. La conclusión fue que las redes profesionales se crean mediante un proceso temprano de socialización que tiene lugar en las distintas etapas educativas y profesionales. Estas redes adquieren mayor capacidad estructurante cuando se trata de países pequeños y con comunidades profesionales bien tejidas y densas, como es el caso en Israel, coincidiendo con la tesis de Mann acerca del poder de las redes informales para integrar a las sociedades. El análisis de las obras elaboradas desde estos múltiples enfoques demuestra que son varias las perspectivas desde las que se puede abordar la estructura económica de Israel y cómo esta ha contribuido a desvelar el laberinto de redes tanto nacionales como internacionales que constituyen "la morfología sociopolítica de la economía israelí" (Komlik, 2016, pág. 19) 176 3.3.2.3. Obras de carácter político En el área del análisis político, una presentación sucinta requiere mencionar las obras de Zeev Sternhell, Yahezkel Dror, Emmanuel Gutman, Yoav Peled o Mario Sznajder, quienes, por las temáticas que abordaron desde la politología, han puesto el énfasis en los dilemas políticos más acuciantes de Israel y su contradictorio y complejo carácter nacionalista, socialista, capitalista, democrático y étnico, señalando en ocasiones la construcción de mitos socializadores y constructores de legitimades controvertidas. El académico Zeev Sternhell dirigió durante muchos años el departamento de ciencia política de la Universidad Hebrea de Jerusalén y es conocido por sus estudios revolucionarios sobre el fascismo, inspirados por la obra de Maurice Barrès, así como por su obra The Founding Myths of Israel: Nationalism, Socialism, and the Making of the Jewish State (1998). En esta obra Sternhell desvela los mitos legitimadores que se encuentran en la fundación del Estado de Israel, especialmente, en lo que atañe a su carácter socialista, señalando el modo en que el contrato social que se estableció desde la época pre-estatal se basó en una renuncia de la burguesía al poder político y en la aceptación del capitalismo por parte de la clase obrera y de sus principales instituciones de representación política y sindical: el partido laborista y el Histadrut. Sternhell desvela como el buque insignia del proyecto sionista, el kibutz, servía más a un propósito de carácter defensivo-militar que al desarrollo histórico del socialismo colectivista. En una entrevista elaborada por Mario Sznajder a Sternhell y traducida por Carmen López Alonso, el mismo Sternhell afirmó que “El kibbutz era un instrumento para la conquista del país y no para cambiar el orden social” (Sznajder, 2010, pág. 352) y señaló como la identidad nacional judía estaba imbricada en la historia, la cultura y la religión mucho más que en el socialismo, por lo que la construcción nacional prevaleció desde el principio frente a los principios universalistas del socialismo. Sternhell describo cómo el nacionalismo que se implantó estaba imbuido de un militarismo combativo y señaló el modo en que el sionismo se convirtió en una empresa de conquista de la tierra más que del trabajo, utilizando un lenguaje militar para construir esta narrativa. (Sznajder, 2010, pág. 354) Aunque muchas de las afirmaciones de Sternhell ya estaban presentes en la izquierda radical israelí, su obra sin duda contribuyó a posicionar el estudio del “nacionalismo socialista” de Israel en perspectiva comparada, señalando la necesidad de analizar a Israel a escala internacional, en lugar de centrarse en las especificidades y particularidades históricas que dieron origen a su Estado. 177 Desde una perspectiva completamente diferente, merece también la pena mencionarse el trabajo del profesor Yahezkel Dror, el gran estudioso de la construcción institucional y del proceso de formulación de políticas relacionadas con la seguridad y la administración pública israelí. En su obra Israeli Statecraft: National Security Challenges and Responses (2011), Dror evalúa y examina sistemáticamente la elaboración de políticas y conceptos en el ámbito de la seguridad nacional en Israel, abordando la influencia del conflicto árabe y palestino en esa formulación, así como los desafíos y respuestas que se han ofrecido. Lo interesante de su obra es que aborda la cuestión desde una perspectiva multidisciplinar, gracias a la cual conceptualiza la formación de políticas de seguridad como un fatídico fuzzy gambling o apuesta difusa en lo que respecta, por ejemplo, a la definición de Irán como amenaza existencial. Desde el ámbito de la politología, el profesor Emmanuel Gutman es un importante investigador sobre el sistema de partidos en Israel y sobre la inclusión de la religión en la vida política del país, así como el papel cimentador que ha tenido y, sin el cual, no puede entenderse el Israel actual. Gutman señala en su obra en qué modo el judaísmo ortodoxo se ha convertido en la religión oficial de la población judía del país (1981) y la centralidad que ha tenido el clivaje entre religión y secularismo en la identidad de Israel como un Estado clerical (1972). En un ámbito distinto, el profesor emérito y politólogo de la Universidad de Tel Aviv, Yoav Peled, ha sido uno de los principales estudiosos del problemático concepto de ciudadanía étnica en Israel, particularmente en lo que respecta a la inclusión de los emigrantes judíos de origen mizrají o sefardí (1998, 2002), así como en la reciente evolución sobre la identidad del Estado en lo que él denomina un entorno social post-post sionista (2002). Otra importante contribución del profesor Peled a la historia política de Israel ha sido su análisis sobre el fracaso del Proceso de Paz en relación al proyecto de construcción de asentamientos, entendido como un sustituto del Estado de bienestar en Israel (2008). Como corolario de esta tendencia, en la última de sus obras, Peled analiza lo que él denomina la creciente “religionalización” o “desecularización” del Estado (2019), un proceso conocido en hebreo como hadata, y su impacto en la transformación de Israel en una democracia iliberal. Por último, no podemos dejar de mencionar la postrera obra del profesor emérito de ciencia política, Mario Sznajeder, Historia mínima de Israel. La historia milenaria de un pueblo, una región y un conflicto aún vigente (2017), en la que cumple el reto de ofrecer una historia abreviada desde los orígenes del pueblo judío hasta la actualidad, entrando 178 en diálogo, al hilo del discurso histórico, con los principales académicos e historiadores que han escrito sobre los capítulos más polémicos y debatidos de la historia de Israel, particularmente aquellos que hacen referencia a las guerras de 1947-49 o la de 1967. Si bien hasta aquí he podido abordar la evolución de los estudios comparados y la historiografía, sociología, sociología económica y parte de la politología producida en Israel y el mundo anglosajón, a continuación, considero necesario realizar un breve análisis, casi a modo de apéndice, sobre el estado de la cuestión de los estudios e investigaciones que se han producido sobre Israel en España. Ello ha tenido lugar en, un contexto internacional en el que proliferan, particularmente desde la década de los noventa del pasado siglo, departamentos, think tanks y centros especializados en lo que se ha denominado Israeli Studies, cosa que no ha sucedido en España por las razones que mencionaré a continuación. 3.3.3. Israel y la academia española Como ya he adelantado brevemente, tanto en Israel como en Estados Unidos, Canadá, la India, Rusia o Reino Unido, algunos departamentos de prestigiosas universidades han elaborado programas de estudios y líneas de investigación en el área específica de Israeli Studies, demostrando, en todo caso, que su estudio y análisis merece una consideración especial dentro de la ciencia social. Este hecho no ha sido así en la universidad española, en la que los estudios más relacionados con el Estado de Israel se han llevado a cabo, a título individual, desde los departamentos de filosofía, historia, relaciones internacionales o lenguas semíticas. Comenzando por estos últimos, que han sido los pioneros en la introducción de los estudios judíos y semíticos en España, las universidades de Granada, Madrid, Barcelona o Salamanca son los que cuentan con las trayectorias de investigación más antiguas. Estos departamentos, sin embargo, han estado más centrados en aspectos relacionados con la historia filológica, la religión, la cultura o la literatura que con la investigación sobre el Israel contemporáneo y su Estado en el contexto económico y geopolítico actual. Una notable excepción a esta tendencia histórica de la universidad española han sido los estudios en literatura israelí contemporánea, en el que destaca la excelente contribución de Ana María Bejarano (Universidad de Barcelona) con su interesante investigación sobre el plurilingüismo y política lingüística en Israel o Raquel García Lozano (Universidad 179 Complutense de Madrid). Gracias a ambas contamos con traducciones de autores tan significativos para entender el Israel contemporáneo como Amos Oz o David Grossman. La profesora Encarnación Varela-Moreno, de la Universidad de Granada, ha legado también un trabajo antológico de la mayor relevancia para entender la literatura hebrea contemporánea (1992). En el caso español, los estudios sefardíes (judaísmo hispano) han centrado, en general, otra importante línea académica-investigadora, particularmente desde el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y su Instituto Arias Montano de Estudios Hebraicos y de Oriente Próximo, ya extinto, e integrado en el actual Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo del CSIC. Gracias a figuras como Francisco Cantera Burgos, José María Millás Vallicrosa, Jacob Hassan, Elena Romero, Carlos del Valle o Javier Castaño, el pasado judío de España y las comunidades sefardíes del Mediterráneo han recibido una importante atención que ha tenido su impacto en la creación de instituciones con fines divulgativos como la Red de Juderías o Centro Sefarad-Israel, perteneciente al Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación de España. Con respecto a las cuestiones más contemporáneas, en la historia del pensamiento judío y la memoria del Holocausto son destacables las contribuciones de los profesores Miguel García-Baró, (2007); Jesús Mosterín (2006) o Reyes Mate (2002, 2003a y 2003b) Sin embargo, como ya señalaba, no existe ningún departamento universitario o instituto especializado que trate desde una perspectiva teórica rigurosa, la existencia del Estado de Israel y las implicaciones que ha supuesto para la cultura y el pueblo judío, Oriente Medio, Europa y el mundo en general. Las obras producidas por autores españoles con referencias al Israel contemporáneo podrían agruparse en cuatro secciones: la problemática que supone Israel desde el punto de vista de la diplomacia y el derecho internacional, con obras escritas eminentemente por juristas y diplomáticos; la problemática y posicionamientos derivados del conflicto israelí-palestino o árabe-israelí, obras escritas fundamentalmente por historiadores, internacionalistas y periodistas; las relaciones España-Israel y cuestiones relacionadas con políticas públicas comparadas, ambas escritas desde la sociología o la ciencia política. Desde el ámbito del derecho internacional, las obras más significativas han sido las de Romualdo Bermejo (2002, 2005, 2009) y Bermejo y Pilar Pozo (2011) en Una tierra, dos Estados: Análisis jurídico-político del conflicto árabe-israelí. La sección referida al tratamiento del conflicto israelí-palestino es tal vez la que más obras y estudios ha propiciado, particularmente desde los años ochenta y noventa. La obra pionera en este 180 sentido puede considerarse la del diplomático español, Pablo de Azcárate (1966), de un interesante valor biográfico-documental, que relata la creación del Estado de Israel y la guerra de 1948, desde su experiencia como secretario general adjunto de la Comisión de la ONU para Palestina y como miembro de la Comisión Consular de Tregua y Comisario Municipal de Jerusalén. El también diplomático Rafael Dezcallar escribió, muchos años después (1998) una obra titulada “Entre el desierto y el mar. El proceso de paz en Oriente Medio” reeditada en 2013, que ofrece un relato equilibrado y un retrato sociopolítico bastante objetivo acerca de los orígenes del conflicto y sus repercusiones para el longevo e inconcluso proceso de paz. El sociólogo Fernando Ayape Amigot, que llegó a ser funcionario de la Liga Árabe, escribió en 1984 la obra Israel, crónica de una ocupación, en la que ofrece, desde el punto de vista árabe, su particular visión sobre el conflicto. Varias han sido también las obras escritas por periodistas a este respecto como la de Miguel Ángel Bastenier (2002), bastante documentado, aunque divulgativo en su esencia. El también periodista y corresponsal en Oriente Medio, Eugenio García Gascón, ofrece en la obra “Israel en la encrucijada. Crónica e Historia de un sueño imperfecto” (2004) una inusual obra periodística-biográfica en la que se ofrece una interpretación personal de la sociedad israelí y sus particulares contrastes. Aunque escrita a finales de los años cincuenta del pasado siglo, pionera en este género fue la obra-reportaje de Josep Pla “Israel, 1957” (2002), que ofrece un testimonio biográfico sobre Israel y la población árabe de Israel, influido aún por el espíritu utópico-revolucionario-socialista del nuevo Estado y aún con las cicatrices de la guerra abiertas por los desplazados palestinos que no pudieron volver a sus hogares. Se deja entrever, no obstante, una clara simpatía por la narrativa sionista acerca de los resultados de la guerra. En un tono completamente diferente trató el historiador y también periodista José Miguel Romaña, la guerra de 1967 y el papel de la aviación israelí en la misma (2009). Se trata de una obra histórica de ensayo bélico muy documentada. A medio camino entre el análisis histórico y el pensamiento político, se encuentra la obra del eclesiástico y filosemita catalán Pere Voltas i Montserrat El sionisme o la qüestió nacional hebraica (1928-1929) escrita en dos volúmenes en La Paraula cristiana. La obra se divide en cuatro partes. La primera ofrece una historia del sionismo, la segunda una historia de las tragedias externas por las que pasó el pueblo judío hasta la fecha (sin el Holocausto, la mayor y más sistemática de ellas, que aún no había sucedido) y la tercera una historia de las desdichas y divisiones internas del judaísmo. Por último, la cuarta parte 181 incluye una crítica de la teoría sionista. Se trata de una obra de gran interés histórico ya que Pere Voltas fue testigo directo de los procesos nacionalistas y revolucionarios de mayor repercusión en Europa: Roma, Jerusalén y Rusia, incorporando al debate catalanista muchos de sus presupuestos teóricos (Pérez i Ventayol, 2013). Lo más destacable de la obra es su impresionante conocimiento bibliográfico sobre el sionismo con la alusión de obras en alemán, francés, inglés e italiano. Se trata, sin duda, de la obra pionera más importante escrita en España hasta la época. El trabajo de análisis histórico más actual, imparcial y mejor documentado es, en mi opinión, el del historiador catalán Joan B. Culla, el principal histórico del sionismo en la actualidad (2004, 2005 y 2009), de la Universidad de Barcelona y la de la historiadora Carmen López Alonso, de la Universidad Complutense de Madrid y, a la sazón, directora de esta tesis y que ha tratado en numeroso artículos cuestiones relacionadas con la política, la sociedad, la religión y el sionismo en Israel, así como el entrecruzamiento de las historias nacionales israelí y palestina (1999, 2000, 2003, 2004, 2007, 2008, 2009ª, 2009b y 2016 entre otros). Ambos han presentado con gran objetividad los elementos tanto endógenos como exógenos que han influido en el surgimiento del sionismo, la historia del Estado de Israel y su evolución política marcada por el conflicto, la guerra fría y los cambios político-sociales acontecidos en Oriente Medio en los últimos años. En la Universidad de Navarra, la historiadora María del Mar Larraza escribió también una obra introductoria a la historia del pueblo judío desde la época bíblica a la actualidad (2010) que, a pesar de su calidad histórica, contiene sin embargo cierto sesgo valorativo o axiológico que dejan entrever sus posicionamientos con respecto al conflicto. Con respecto a las relaciones bilaterales España-Israel, las obras más significativas hasta el momento han sido las del periodista y politólogo, José Antonio Lisbona (1993 y 2002) e Isidro González García (1991) con una extensa y documentada obra sobre las relaciones del régimen franquista con los judíos y el retorno de estos a la histórica Sefarad (1991, 1999 a y b). El politólogo y profesor de la UNED, Alfredo Hidalgo ha coordinado también varias publicaciones (2011, 2016) de carácter divulgativo enfocadas a la compresión del Israel contemporáneo, incluyendo las relaciones de cooperación con España, que ofrece una miscelánea de diversos temas relacionados con la historia, la cultura o la literatura, además de dirigir el único curso de postgrado existente en España dedicado al estudio del Israel contemporáneo. Con respecto a obras biográficas, el hebraísta y traductor Roser Lluch i Oms publicó en 2002 una obra en catalán titulada Golda Meir: una líder per a Israel en la que ofrece un 182 retrato en clave feminista de la primera ministra israelí. Hidalgo Lavié también cultivó este género en su obra Henrieta Szold. Del trabajo social a la acción política (2013) en la que, tras un minucioso trabajo de investigación, nos ofrece un retrato de la vida y trabajo en el Yishuv de la trabajadora social de origen norteamericano Henrieta Szold, quien ya en 1934 organizó el primer curso en Jerusalén sobre asistencia social. También desde el ámbito del trabajo social y desde una perspectiva de política comparada, Glòria Rubiol (1986), efectuó un trabajo de investigación en los años ochenta en el que compara la historia y desarrollo de estos servicios en Gran Bretaña, Yugoslavia, Israel y los Países Bajos, tratándose de la primera vez en que se incluye en España a Israel junto a otros Estados europeos, en un trabajo de política comparada. Los departamentos de estudios árabes y de Oriente Medio, así como de relaciones internacionales han sido los que más frecuentemente han tratado la cuestión del Estado de Israel, el conflicto y sus implicaciones para la seguridad y la geopolítica regional. Así, desde el departamento de relaciones internacionales de la Universidad de Barcelona, Pere Vilanova Trias, ha dedicado una parte considerable de su trayectoria investigadora a los temas más candentes y difíciles de resolver en el conflicto israelí-palestino. Desde el punto de vista del derecho internacional, ha examinado cuestiones como la capitalidad de Jerusalén, el problema de los refugiados palestinos o el establecimiento de fronteras (1999 a, b y 2002). Desde la Universidad Complutense de Madrid, el catedrático de derecho internacional Roberto Mesa (1983, 1991, 1993, 2001, 2002), fue uno de los pioneros en la investigación sobre la creación del Estado de Israel y sus implicaciones para el pueblo palestino y el mundo árabe en general. Su discípulo y también profesor en la misma universidad, Isaías Barreñada Bajo (2004), ha efectuado un excelente trabajo de investigación sobre identidad nacional y ciudadanía en el conflicto israelí-palestino, aunque su línea de investigación se encuentra más centrada en el pueblo palestino, los árabes israelíes y las relaciones entre Palestina y España. Desde la Universidad de Alicante primero, y de la Complutense después, el profesor de estudios árabes e islámicos, Ignacio Álvarez Ossorio, ha tratado en numerosos libros y artículos de investigación o de carácter divulgativo, cuestiones relacionadas, principalmente, con el proceso de paz, procesos electorales o seguridad, pero frecuentemente desde la dimensión palestina y con un marcado sesgo en ese sentido (1999 a, b y c; 2001; 2003; 2007 a, b y c entre otros). Por último, existe un minucioso trabajo de recopilación bibliográfica elaborado por el bibliófilo Uriel Macías (1992) coincidiendo con la conmemoración del V centenario del descubrimiento de América y de la expulsión de los judíos (Comisión Nacional Sefarad 183 92), momento en que se produce el gran “despertar” de los estudios judíos en España y que recoge todas las obras de judaica escritas o traducidas al castellano. Aunque deberían incluirse importantes actualizaciones, se trata de una obra de consulta muy práctica que señala que, a pesar del extenso tratamiento que se hace en prensa y medios de comunicación acerca de Israel y del conflicto, no existe, sin embargo, una amplia disposición de libros académicos traducidos sobre Israel, su sociedad o el conflicto. En conclusión, el análisis de las obras historiográficas y sociológicas del Estado de Israel ha demostrado, precisamente, una de las asunciones de la sociología histórica con respecto al hecho de que todo conocimiento y percepción de la realidad está influido por la existencia de estructuras e intereses intersectantes, que provienen tanto de procesos de acotación estatal de la vida social, como de tendencias exteriores que lo trascienden. Un Estado que quiere ser fuerte, necesita de una sociología y politología que le diga cómo serlo y cómo integrar a los distintos grupos sociales, muchas veces, tomando como modelos aquellos que se encuentran a la vanguardia del poder; un Estado que quiere legitimarse, necesita construir mitos colectivos; un Estado que quiere ser autosuficiente, requiere de modelos económicos basados en una producción científica que tenga en cuenta sus particularidades; y un Estado cuya población mantiene lazos y redes con el exterior, asume los valores dominantes de una época, reflejando este hecho en su agenda científica y pasando a incorporar estos valores como parte de la reflexión sobre su propio Estado. Como consecuencia, la evolución de la historiografía y sociología en Israel, dividida en etapas históricas marcadas por diferentes enfoques, no es algo que pueda entenderse desde un punto de vista puramente endógeno, sino que se encuentra también relacionada con procesos de cambio global y con la agenda marcada por el imperio dominante en el siglo XX y sus contradicciones y conflictos sociales. Este imperio informal y su intento de legitimación racional, produjo una teoría funcionalista para explicar el equilibrio del sistema, pero que no fue capaz de explicar sus inconsistencias, como se evidencia a partir de finales de la década de los sesenta y principios de los setenta, con el auge de las teorías críticas, elaboradas por aquellos que dieron la voz de alarma sobre las incongruencias del sistema y sus métodos ocultos de dominación. Una vez concluido el análisis del estado de la cuestión, en el próximo capítulo analizaremos cómo vamos a elaborar nuestra aportación desde un nuevo enfoque sociológico-histórico centrado en la autonomía del Estado y su capacidad para influir y modelar ciertas estructuras internacionales, qué redes de poder social se han tenido de 184 instituir para ello y cómo operan y se transforman según sus distintos modelos organizacionales, ya sea de carácter colectivo-horizontal o distributivo-vertical. Segunda parte. Una innovación metodológica: la aplicabilidad del modelo IEMP al estudio de caso de Israel La historia de cualquier Estado es una historia dentro de otra historia, una historia del poder social que ha convertido a los Estados tanto en objetos como en sujetos del poder, al posicionarlos en el vértice de un orden territorial en el que convergen redes de acción interior y exterior o locales y translocales. Establecer dónde se han producido los puntos de intersección entre ambas historias y cómo han afectado a su estratificación y trayectoria constituye el desafío metodológico que en esta sección intentaremos presentar, ya que, como Mann afirma, las redes o sociedades, no siempre forman patrones de interacción ordenados. 3.4. La historia de Israel como historia del poder Para ello al hilo del relato histórico-cronológico sobre el surgimiento y consolidación del Estado de Israel y los factores que explican su poder, iremos generando una dinámica de investigación intercalando un análisis multi-espacial y otro multi-causal, en consonancia con el interaccionismo estructural simbólico. En primer lugar, abordaremos una descripción de las estructuras de poder dominantes a nivel global de las que surgió el sionismo y cómo éstas impactaron tanto en la ideología como en la institucionalización e interacción colectiva que hizo posible su realización política, siguiendo una trayectoria desde el análisis macro al micro histórico. En segundo lugar, dilucidaremos la manera en la que las distintas fuerzas del sionismo se fueron configurando en torno a las 4 fuentes principales de poder, cómo se institucionalizaron y si estas se acomodaron a las fuerzas dominantes o con capacidad estructurante de la época previa a la Segunda Guerra Mundial: la clase, la nación, el imperio y el capitalismo para transformarse, tras la conclusión de la misma, en capitalismo, Estados-nación e imperios hegemónicos. Por último, realizaremos el recorrido de vuelta, tratando de ver cómo la institucionalización y el dinamismo de las fuerzas sociales, origen del poder del Estado tanto dentro como fuera de sus fronteras, tuvieron algún impacto en las estructuras globales, probando así su autonomía o refutando esta hipótesis. 185 La concreción gráfica de esta dinámica metodológica sería la siguiente: Figura 3.1. Metodología45 La metodología es sencilla y está basada en la lectura de fuentes secundarias provenientes de la historia y la sociología, intercalada con la concreción empírica de fuentes primarias provenientes de estadísticas y datos demográficos, económicos, electorales, etc. Las lecturas y datos se contrastan con los presupuestos teóricos, estos se van reelaborando y contrastando con los datos y así sucesivamente hasta que podamos acercarnos a conclusiones lo suficientemente respaldadas por datos que nos permitan dilucidar hasta qué punto nuestros presupuestos teóricos resultan válidos o no para dirimir la cuestión de la autonomía y poder del Estado según el interaccionismo estructural simbólico. El estudio de caso de Israel nos servirá para iluminar las principales preguntas teóricas de esta corriente y que se encuentran siempre relacionadas con el dilema estructura-agente: 1. Cuál es el origen del cambio histórico 2. Cómo se construye la cohesión social tras el cambio 3. Cómo afectan estos cambios a las estructuras de poder provocando crisis y transformaciones. Por ejemplo, al explicar el surgimiento y evolución del sionismo nuestro foco estará centrado en dilucidar: 45 Elaboración propia. Identificación de estructuras globales formadas por distintas configuraciones de fuentes de poder translocal Institucionalización y localización de fuentes de poder Impacto de la localización en la translocalización 186 1. A qué contradicciones y transformaciones en las estructuras de poder dominantes de la época está tratando de dar respuesta el sionismo. Para ello, puesto que nuestro enfoque es multi-nivel, nos centraremos primero en las estructuras de poder existentes en los Estados o imperios en los que surge el sionismo y, en segundo lugar, a las estructuras internas de las propias comunidades judías en las que nace y donde va cobrando una fuerza cohesionadora. 2. Qué elementos (ideológico-simbólicos, económicos o políticos) se configuraron para construir la necesaria cohesión social o comunitaria en torno a esta idea y su realización práctica, es decir, qué recursos se emplearon para construir un consenso dentro de las comunidades judías en torno a este nuevo proyecto político. 3. En qué medida este nuevo proyecto político ha acabado transformando, en su proceso de centralización política (territorialización o localización), las configuraciones de poder que regían tanto dentro de las comunidades judías como más allá de ellas, es decir, en las configuraciones de actores de poder más amplios (imperios, Estados o capitalismo). Sin embargo, en este punto conviene señalar un aspecto importante sobre la función que cumplen estas redes configuradoras de poder y su racionalidad. Puesto que ninguna fuente de poder se da en estado puro o es completamente autónoma, sus principios ordenantes, es decir su lógica o racionalidad también son mixtos, por lo que veremos al sionismo evolucionando y operando desde distintas lógicas, algunas de ellas contradictorias entre sí: colonial, imperialista, emancipadora, capitalista, militarista, clasista, etc. La mezcla de principios ordenantes o arché que prevalezca provendrá de la función que esta combinación cumpla para generar la cohesión y el orden social, dentro de los cuales, jugará un papel esencial la interacción con otras redes de poder. Por ejemplo, con respecto al sionismo, veremos como la interacción de las redes de poder militar (o paramilitar) que se fueron creando durante la época pre-estatal penetraron en las redes ideológicas y cambiaron su racionalidad. Esto lo veremos, por ejemplo, al analizar el cambio de modelo del emigrante pionero sionista: de revolucionario emancipado proletarizado de la primera y segunda aliyá46 al soldado-ingeniero-pionero de la tercera y la cuarta, al refugiado de 46 término utilizado para designar la inmigración judía a Palestina-Israel, así como las sucesivas olas migratorias que han tenido lugar desde 1882. 187 la quinta o al zelote de la ocupación. Por lo tanto, admitir que el sionismo responde a una lógica fundamentalmente colonial, dejaría sin explicar otras de las funciones que ha cumplido y que no responden a esa lógica. Nuestro análisis incluirá, por tanto, la combinación de redes que han imperado en determinados periodos y sus diversas racionalidades, entendidas como la adaptación más eficaz de los medios a los fines. Para el análisis del poder agencial del Estado, que constituye el núcleo de esta tesis, partiremos de la definición expuesta en el capítulo 2 en la que el poder político (exclusivo del Estado) se define como la regulación territorial centralizada de la vida social. En Mann el Estado no es un mero portador de la legitimidad, puesto que esta se construye con una mezcla de fuerzas no estatales (económica, militar e ideológica). El poder del Estado se medirá por tanto desde un punto de vista funcional con respecto a su capacidad para regular rutinariamente la vida social mediante el desarrollo de sus capacidades infraestructurales y por su capacidad para coordinar la regulación normativa desde un centro de poder hacia los confines de su territorio. En este sentido, la escala para medir el poder agencial del Estado viene determinada por su poder transformador y de penetración en la vida social, lo que hace que tengamos que evaluarlo desde el punto de vista de su capacidad para generar cooperación al mismo tiempo que aceptación de su dominación. La conscripción nacional en el Tzahal, sería un ejemplo de este tipo de poder que se ejerce mediante imposición (poder despótico) pero que es a la vez generador de cooperación y cohesión. La representación gráfica de este proceso sería: 188 M O VIM IEN TO SIO N ISTA IN TERN ACIO N AL •O BJETIVO : creación de un Estado- nación judío ARTICU LACIÓ N DE LA CO O PERACIÓ N EN TO RN O A LA O RGAN IZACIÓ N DE REDES DE PO DER •P.IDEO LÓ GICO (organización de partidos, m edios de com unicación y entidades representativas) •P. PO LÍTICO (congresos sionistas, em igración y diplom acia) •P.ECO N Ó M ICO (Jew ish Colonial Trust, Jew ish N ationalFund) •P. M ILITAR (organizaciones param ilitares de defensa) EL YISHU V Y LA O RGAN IZACIÓ N SIO N ISTA M U N DIAL: PRO CESO DE IN STITU CIO N ALIZACIÓ N DEL PO DER IN FRAESTRU CTU RAL Y DESPÓ TICO PRO PIO S DEL ESTADO •Regulación rutinaria de la vida social en Palestina m ediante la creación de infraestructuras en torno a las redes IEM P •Coordinación y centralización de la regulación norm ativa (proveniente del Im perio O tom ano, M andato británico y propias) •Proyección diplom ática exterior del Yishuv y la O rganización Sionista M undial 1948 IN DEPEN DEN CIA Y PO DER AU TÓ N O M O DEL ESTADO : CEN TRALIZACIÓ N Y TERRITO RIALIZACIÓ N PRO GRESIVA DE LAS REDES DE PO DER SO CIAL •Territorialización y centralización de redes de poder ideológico •Territorialización y centralización de redes de poder económ ico •Territorialización y centralización de redes de poder m ilitar •Territorialización y centralización de redes de poder político IN STITU CIO N ALIZACIÓ N DEL PO DER DESPÓ TICO E IN FRAESTRU CTU RAL DEL ESTADO : •Genera: •Autonom ía del estado con respecto al resto de fuentes de poder social •Territorialización increm ental de la vida social y dism inución de la dependencia exterior. CRISTALIZACIÓ N DEL ESTADO PO LIM O RFO Y EVO LU CIÓ N HACIA N U EVAS CRISTALIZACIO N ES GEN ERADAS PO R: •Generada por: •Crisis de institucionalización •Crisis por el surgim iento de nuevas redes intersticiales de poder ESTRUCTURA INTERNACIONAL Redes de podernacionales, internacionalesy transnacionalespenetrando y estructurando el ám bito nacionale internacional FORM ACIÓN DE LA ESTRUCTURA ESTATAL O PROCESO DE CRISTALIZACIÓN DEL ESTADO ISRAELÍ EVOLUCIÓN DE LA INTERACCIÓN SOCIAL PARA LA CREACIÓN DE UN NUEVO ESTADO EN UN CONTEXTO INTERNACIONAL Sistem asabiertosy penetradospor distintasredes de poderm ultiespacialesy m ultifuncionales 189 Figura 3.2. Evolución de la interacción social para la creación de un nuevo Estado47 El siguiente punto que mediremos con relación al Estado será su poder estructural en relación con la sociedad, superando la antigua dicotomía Estado-sociedad para concluir que sociedades y Estados son co-constitutivos y sólo parcialmente autónomos y que el nivel de autonomía del Estado depende precisamente de su capacidad de penetración en la sociedad, dando lugar a diferentes formas de organización según las circunstancias históricas y las capacidades o técnicas infraestructurales a su disposición. La representación gráfica de la autonomía estatal en relación a su capacidad de penetrar en la sociedad sería la siguiente: Figura 3.3. Autonomía estatal y penetración social48 47 Elaboración propia. 48 Elaboración propia AUTONOMÍA ESTATAL (CAPACIDAD DE PENETRACIÓN DEL ESTADO EN LA SOCIEDAD) PODER DESPÓTICO DEL ESTADO (rango de acciones que se pueden imponer sin negociación o institucionalización rutinaria con la sociedad civil) PODER INFRAESTRUCTURAL DEL ESTADO MEDIANTE TÉCNICAS PROPIAS O ADOPTADAS DE LA SOCIEDAD 190 Para establecer el tipo de poder y el alcance que han tenido sus distintas configuraciones a lo largo de la historia de Israel efectuaremos dos tipos de mediciones adicionales, una relativa al alcance y otra relativa al modo de ejercicio de la autoridad o la intensidad. La que hace referencia al alcance mide la extensión geográfica, es decir, si el poder se ejerce sobre territorios muy amplios o está más concentrado y limitado. En el caso de Israel, por ejemplo, veremos que realiza una combinación efectiva de los dos: ejerce un poder extensivo, aunque difuso, sobre la diáspora y un poder mucho más intensivo y concentrado sobre su territorio. La segunda distinción sería entre poder autoritario y difuso. Siguiendo con el ejemplo anterior, encontraríamos aquí que Israel hace un empleo de los dos en ámbitos claramente diferenciados, ejerciendo un poder extremadamente autoritario en los territorios ocupados y uno mucho más difuso entre la diáspora judía. La representación gráfica sería la siguiente: T= territorios D= Diáspora Figura 3.4. Relación entre los cuatro modos de ejercicio del poder49 49 Elaboración propia. Poder intensivo Poder extensivo Poder autoritario Poder difuso T D 191 La manera más efectiva de ejercer el poder combina estas cuatro formas, dando como resultado una fórmula que se sitúa en grados distintos de poder colaborativo o distributivo-despótico. Por último, en nuestro análisis histórico enfatizaremos la identidad múltiple y superpuesta de todas las fuentes de poder, señalando los papeles híbridos que han jugado los principales actores de la política en Israel. El papel que, por ejemplo, han jugado los militares en la política o la economía es un buen ejemplo de la hibridación que se ha producido en Israel entre estos tres poderes (militar, económico y político), así como de su limitada autonomía y veremos como una exitosa combinación de sus formas de ejercicio (autoritaria, pero a la vez difusa, intensiva y extensiva) han logrado situar a Israel a la vanguardia del poder. 3.5. Aplicación de la teoría del Estado polimorfo al caso de Israel Para nuestro análisis del Estado de Israel partimos de la premisa teórica de que no existe una cristalización primordial (capitalista, nacionalista, patriarcal o colonialista- imperialista) sino que la combinación de fuentes de poder multiplica estas cristalizaciones porque, además, no se encuentran nunca plenamente asentadas o institucionalizadas. Como ya hemos señalado en el capítulo 2, “en el Estado, el papel del científico es también distinguir sus múltiples formas, no siendo ya el lugar donde habita lo político, sino donde habitan las fuerzas que co-forman lo político”. Será, por tanto, nuestra tarea, ir identificando las diferentes fases de cristalización polimórfica del Estado de Israel, a la vez que identificando los momentos de cambio neo-episódico, es decir, cuáles han sido los acontecimientos que han marcado su trayectoria hacia un tipo de cristalización - racionalidad- u otra. En este sentido, trataremos de justificar, por ejemplo, cómo el proceso gradual de privatización de la economía y la creación de grandes grupos empresariales ha favorecido la concentración del poder económico en una minoría, haciéndolo cristalizar en un tipo peculiar de oligarquía; o cómo la racionalidad étnico- nacionalista importada de la Europa de entreguerras ha penetrado el sistema político haciéndolo cristalizar en una etnocracia. Nuestro relato histórico se centrará, por tanto, en resaltar cómo el Estado de Israel ha moldeado las otras fuentes de poder y cómo estas, a su vez, han modelado al Estado. En definitiva, identificaremos los procesos de co- formación, sus modos o ejercicio del poder y, por último, su impacto en la estructura internacional. 192 Sin embargo, para llegar a la fase final de cristalización, necesitaremos fijarnos en los medios organizacionales del poder que se han empleado y cómo han contribuido en el camino hacia esta cristalización. En este ámbito, la premisa teórica es que tanto el establecimiento de redes colaborativas para alcanzar ciertos objetivos como las estructuras que se forman, contribuyen a explicar los procesos históricos y llegan a incidir en nuestras motivaciones y maneras de entender el mundo. Por ello, los cambios históricos se explican mediante una combinación de oportunidad y adaptación organizativa. Existen en la historia muchos hechos fortuitos e inintencionados capaces de generar lo que Mann denomina “propiedades emergentes propias” y será nuestra capacidad organizacional para hacerles frente la que genere el establecimiento de nuevas redes y formas de organización social que abran nuevas oportunidades para responder de manera más efectiva a estas nuevas necesidades. Por tanto, no son los fines, sino los medios que instituimos para alcanzarlos los que determinen el curso de la historia, ya que estas redes de colaboración harán que surjan nuevos fines y necesidades, en un devenir histórico continuo. Es por ello por lo que, en el caso de Israel, trataremos de identificar las redes de colaboración que se han creado en respuesta a hechos fortuitos que se han ido produciendo a lo largo de su historia, cómo éstas han creado otras y qué tipo de respuesta han dado a estos hechos fortuitos, evaluando si ha sido efectiva o no y qué nuevos fenómenos ha generado. 3.6. Israel y el modelo organizacional del poder de Michael Mann. El punto de partida para analizar el modelo organizacional del poder en Israel parte de la misma premisa que el modelo propuesto por Mann, a saber, que existen dos formas primordiales de poder que raramente se dan en estado puro pero que se encuentran en todas las relaciones sociales efectivamente existentes: el poder cooperativo-funcional y el distributivo-explotador. Ahora bien, estos modos de ejercicio del poder pueden organizarse en distintas configuraciones, dependiendo de la naturaleza de los objetivos, y el alcance de los mismos. Estos son los denominados medios organizacionales del poder de los que ya hemos hablado en la sección anterior. 193 Figura 3.5. Medios organizacionales del poder50 Nuestro análisis histórico se centrará pues en desvelar cuáles han sido los procesos de institucionalización del poder y qué medios organizacionales se han creado para ello, a fin de desvelar qué elementos del poder social colectivo de las primeras organizaciones sionistas han ido cediendo paso a la creación de instituciones de dominación rutinaria y de centralización político-territorial y cuáles han permanecido sin una organización jerárquica-administrativa centralizada y podían encontrarse, de manera difusa, entre las comunidades judías e Israel o entre estas y las redes internacionales o transnacionales de poder. Para la identificación y cuantificación de los medios organizacionales del poder en la historia de Israel emplearemos una serie de indicadores que paso a definir a continuación: - Identificación de redes y organizaciones de poder extensivo: el Yishuv y el Imperio británico. Aquí identificaremos primordialmente las relaciones socioespaciales y la integración regional o internacional de Israel; es decir, se trata de analizar el alcance de la conquista de espacios geográficos o sociales o, a la inversa, hasta qué punto Israel ha sido conquistado y asimilado dentro de estos espacios. Con este fin analizaremos el papel de Yishuvl dentro del sistema de relaciones imperiales previas a su creación, las relaciones sociales de la Guerra 50 Elaboración propia. 194 Fría protagonizadas por su especial relación con el mayor imperio informal de la historia, las relaciones con la diáspora o la progresiva integración de Israel en la economía internacional o incluso en las redes de producción científica internacional. El desarrollo de infraestructuras y técnicas de comunicación será esencial para evaluar cómo tuvo lugar este proceso. - Identificación de redes y organizaciones de poder intensivo: guerras y control poblacional. Aquí identificaremos el proceso de creación de una identidad nacional capaz de generar una lealtad extrema, centrándonos en el sentimiento patriótico y el nivel de compromiso y movilización que fue capaz de generar el proyecto sionista. Este tipo de organización de la interacción se mide sobre la base de qué aspectos de la vida de los sujetos están controlados por el Estado o si este puede exigir el sacrificio de la propia vida de manera incontestable. Puesto que las guerras son el ejemplo más extremo de poder intensivo, formarán un eje esencial de nuestro relato histórico sobre Israel, estableciendo los diferentes periodos de su historia en base a ellas, así como los cambios demográficos y de que generaron. Asimismo, analizaremos los crecientes servicios públicos que crea el Estado y si éstos han tenido relevancia o no a la hora de estructurar la vida de los ciudadanos (control poblacional) y de generar lealtad y obediencia o si existe alguna relación entre la desobediencia o la contestación y la falta de servicios públicos en determinados sectores de la población o localizaciones del país. - Identificación de redes y organizaciones de poder autoritario o distributivo: la institucionalización del Estado. Al contrario que en el poder difuso, este tipo de medio organizacional es el propio de las instituciones y requiere órdenes definidas y obediencia consciente. Aquí trataremos fundamentalmente el proceso de institucionalización de organizaciones de poder político, económico, ideológico y militar, así como la producción normativa más relevante desarrollada a lo largo de este proceso. La institucionalización representa un proceso muy interesante que puede arrojar luz sobre cómo se produce la estratificación social en un Estado cuyo ethos era igualitario y cómo el orden social que genera es aceptado, no porque sea legítimo, sino porque los sectores críticos carecen de poder colectivo suficiente para oponerse, inmersos como están, en relaciones de poder colectivo y distributivo controladas por otros. Por tratarse esencialmente de cómo se crea y distribuye el poder en la sociedad, se trata de un elemento esencial en nuestro análisis histórico. 195 - Identificación de elementos de poder difuso: desarrollo de cultura de clase, cultura nacional y sus narrativas. Este poder se desarrolla al ritmo del poder autoritario y se ve afectado por sus límites logísticos. Por tratarse de una organización mucho más espontánea, inconsciente y descentralizada, analizaremos fundamentalmente cómo ciertos elementos ideológicos han sido transmitidos mediante la creación de infraestructuras de servicios públicos estatales (particularmente las educativas); cómo se han creado narrativas y un sentido común con respecto al sionismo, el Holocausto, el conflicto con los palestinos y los Estados árabes así como con respecto a otras decisiones en materia de seguridad, defensa y política exterior. Es decir, trataremos de identificar cómo se ha producido el desarrollo de una cultura de clase y nacional. Diríamos que, en este sentido, intentaremos identificar esos momentos creadores de lo que podría denominarse la cultura israelí y cómo los comportamientos sociales se han adaptado a esa lógica. Analizaremos si se puede concluir que, en Israel hacia 1979, existía ya un patrón de interacción social diferente a otros patrones, y relativamente denso y estable o si, acomodándose al concepto de sociedad de Mann, lo que se formó fueron más bien “alianzas asimétricas”, es decir, una confederación laxa de “aliados estratificados”. Dicho de otro modo, veremos si Israel terminó construyendo una totalidad (unitaria) o si simplemente creó una narrativa para construir esa ilusión y el establecimiento de esas alianzas respondió, simplemente, a la inminencia de cubrir otras necesidades temporales, nuevos objetivos sobrevenidos por cambios en el entorno. Es la institucionalización de las redes la que lleva a la necesidad de conferir un sentido de unidad social pero lo que genera el cambio y la dinámica social no es la institucionalización, sino más bien la necesidad de crear nuevas redes de poder extensivo e intensivo para dar respuesta a nuevos objetivos. En el caso del Estado de Israel observaremos cómo se ha producido el surgimiento de estas nuevas redes, si han sido en respuesta a un desafío directo a las instituciones o de manera inintencionada o intersticial, con consecuencias imprevistas para las ya existentes. Puesto que, en el enfoque de Mann, las más importantes y determinantes se han formado recurrentemente en torno a las cuatro fuentes de poder, serán estas las que centren el análisis institucional de esta tesis. 196 3.7. El análisis de las cuatro fuentes y organizaciones de poder en el caso de Israel. La imagen de las sociedades como redes confederadas superpuestas y entrelazadas rompe la ecuación entre función y organización propia de las instituciones y concluye que todas ellas tienen un carácter promiscuo, proveniente de la combinación de elementos de las distintas fuentes de poder (IEMP). El ejemplo más sobresaliente es el Estado, un actor promiscuo en el que convergen elementos y racionalidades propias del poder político, ideológico, económico y militar. En el análisis histórico de la creación del Estado de Israel pondremos énfasis por ello en demostrar el carácter promiscuo de estas instituciones y cómo pueden observarse elementos de todas ellas en las distintas instituciones y actores. Para poner orden en esta promiscuidad institucional y de actores, nuestro foco estará centrado en los medios organizacionales, puesto que éstos parecen ser los únicos realmente distintivos de cada tipo de poder, ya que cuentan con un poder emergente propio de reorganización intersticial para reestructurar redes. Nos fijaremos pues en el surgimiento de nuevas formas de organización política promovidas por cambios organizacionales en las otras fuentes de poder. Por ejemplo, fue en los márgenes de los principales centros de poder de Europa, en la zona de asentamiento51, donde surgió la principal fuerza social impulsadora del sionismo; y fue dentro de los márgenes de las principales clases sociales que contaban con una organización colectiva (proletarios y capitalistas) de donde surgieron sus principales actores, que muchas veces compartían identidades mixtas, como las clases medias o pequeña burguesía. Una vez en Israel, fue la reorganización de las primeras redes de pioneros en torno al desafío de la seguridad la que propició el surgimiento del poder militar y la que garantizó el éxito del Estado de Israel. Continuando con otros ejemplos, la capacidad extensiva del poder ideológico fue lo que propició la rápida expansión y popularidad de la ideología sionista, favorecida por innovaciones surgidas en el poder emergente propio del poder ideológico: la comunicación y transmisión de mensajes. Su fuerza radica en que explica aspectos de la vida social que las instituciones de poder dominantes -modo de producción, Estados o poder militar-, no explican ni organizan de manera efectiva. En el caso del Yishuv, veremos en qué medida el poder ideológico, ya sea en su versión nacionalista o religiosa, ha sido efectivo a la hora de crear un sentido de identidad normativa colectiva y una 51 La zona de asentamiento era una región localizada en Europa oriental, en la frontera occidental del Imperio ruso, donde vivían la mayoría de judíos europeos que habían sido obligados a sentarse allí. 197 cooperación más efectiva, extensiva y difusa, aportando coherencia entre el centro de poder y la periferia social y cómo la mezcla de ideologías en el nacionalismo religioso, por ejemplo, ha respondido al poder emergente propio del poder ideológico: otorgar un sentido de coherencia a los hechos, reorganizando las instituciones y garantizando la cooperación económica, política y militar de manera efectiva y con un alcance extensivo, al incluir en estas relaciones a movimientos sionistas surgidos en la diáspora, particularmente entre aquellos judíos progresistas norteamericanos imbuidos de valores y aspiraciones redentoras provenientes de la ideología pionera de EEUU, o entre aquellos ortodoxos ultranacionalistas y racistas y que llegaron a irrumpir en el mapa electoral de Israel con partidos como el Kach de Meir Kahane. El surgimiento de nuevas ideologías radicales en Israel no se justifica pues porque su elaboración teórica sea mejor, sino porque responden a necesidades que las instituciones políticas no son capaces de responder, como la necesidad de encontrar un sentido trascendente a la territorialización de la identidad judía, un fenómeno moderno que la tradicional identidad normativa desarrollada durante casi dos milenios, no era capaz de resolver. Por ello, como afirmamos en el capítulo 3, “lo que determina la diferencia entre las fuentes de poder social no son los fines, ni las respuestas que ofrecen, sino los medios organizacionales distintivos que emplean. Lo que provoca el cambio en la historia es la emergencia de un nuevo modelo organizacional que surge de los intersticios de las redes de poder que se forman en torno a las cuatro fuentes de poder social.” 3.8. El proceso de institucionalización de las cuatro fuentes del poder social en Israel Puesto que la institucionalización es una necesidad que emerge tras la formación de una red de interacción que prueba ser muy efectiva para la obtención del fin que se persigue, su característica más sobresaliente es la división del trabajo, es decir, su organización, debido a que todos los que participan en ella tienen un grado diferente de control sobre los medios de ejercicio del poder. A continuación, presentaremos las formas de organización que han surgido en torno a las cuatro fuentes de poder social sobre las que vamos a centrar nuestro análisis histórico. - El poder ideológico en Israel. En este apartado analizaremos esencialmente cómo se ha respondido a la necesidad de suplir tres funciones básicas: la conquista del monopolio de la asignación de significado (desde las estructuras educativas, 198 políticas, religiosas, militares o económicas); la construcción de una comprensión normativa compartida -ya que el monopolio de las normas es un camino hacia el poder, haciendo crecer la confianza mutua y la moral colectiva-; y el control en la elaboración de prácticas estéticas o rituales afectivos. Estas son las formas más efectivas de ejercicio del poder ideológico y su gran adherencia reside en el hecho de que no pueden ser demostradas en la realidad. Quien las domine será capaz de establecer relaciones de poder distributivo o autoritario, por lo que nuestra tarea será identificar cómo se han producido en Israel estas formas de ejercicio del poder ideológico, quién las ha dominado y qué parte de su éxito como Estado se debe a ellas. Con respecto a los modos organizacionales más comunes, distinguiremos entre ideologías de trascendencia socioespacial (forma de autoridad sagrada, autónoma e independiente apoyada sobe infraestructuras de comunicación e intercambio) e ideologías inmanentes (surgidas para intensificar la cohesión, la confianza y el poder de un grupo social ya establecido). Ambas sirven al propósito de integrar normas, rituales, significados y estéticas. El sionismo y posteriormente el sionismo religioso han sido en este sentido, las ideologías más integradoras de todas estas prácticas provenientes de la tradición judía en la modernidad. - El poder económico en Israel. Se trata de un poder directamente relacionado con la estratificación social, la división del trabajo y la lucha de clases. Responde a la necesidad de satisfacer la subsistencia material dirigida a la extracción, transformación, distribución y consumo, proceso que siempre es monopolizado por las clases dominantes. Por ello, requiere una combinación elevada de poder intensivo y extensivo. En el caso de Israel, observaremos qué procesos se han seguido para la creación de una clase dominante de poder económico, ya que son estas las que ejercen mayor poder colectivo y distributivo sobre la sociedad. Trataremos de identificar si en Israel surgió lo que se denomina “clase dirigente”, es decir, si ha surgido en nuestra época de estudio una clase económica que haya logrado monopolizar otras fuentes de poder dentro del Estado. Con respecto a los medios organizacionales, trataremos de identificar la organización socio-espacial de los circuitos de praxis (producción-distribución-intercambio-consumo) desde lo local (más afectado por redes de poder intensivo) hasta lo global (más afectado por la existencia de redes de poder extensivas), así como las desigualdades que se producen entre ellos, ya que serán las características de extensión, simetría y 199 politización a lo largo de todo el circuito de praxis las que marquen el poder de organización de la clase y la lucha de clases. (Pág. XXX cap. 3) - El poder militar en Israel. Se trata de un poder que surge de la necesidad de organizar la defensa física y la agresión. Combina aspectos intensivos y extensivos por lo que, los que controlan las redes de poder militar, poseen tanto poder distributivo como colectivo. Se trata de una fuente de poder social que ha resultado clave en la historia y a la que Mann otorga mucha importancia, por lo que nuestro análisis se detendrá, con particular cuidado, en su evolución desde el punto de vista organizacional, ya que los cambios promovidos dentro de ella tienen una gran capacidad estructurante sobre el resto de las fuentes de poder social. De hecho, la periodicidad histórica que hemos escogido viene determinada por acontecimientos bélicos, guerras que han cambiado la trayectoria de la historia de Israel de manera a veces impredecible. En nuestro análisis intentaremos establecer si el militarismo se ha convertido en la forma primordial de ejercicio del poder en Israel o si este ha estado concentrado en determinados lugares socioespaciales y ha sido aplicado sólo en determinados momentos para dar paso después a otras formas organizacionales de poder menos concentradas, intensivas y coercitivas. - El poder político en Israel. Se identifica plenamente con el poder del Estado y deriva de la utilidad de establecer una regulación territorial centralizada e institucionalizada de las relaciones sociales. Su naturaleza territorial y no el monopolio de la violencia es pues, su elemento más distintivo. Es la acotación territorial y la administración centralizada de la coerción lo distintivo del poder político que se ejerce mediante dos tipos de poderes: el despótico y el infraestructural. En el caso de Israel analizaremos los momentos en los que la élite política ha llevado a cabo acciones fuera de la rutina y de las negociaciones institucionalizadas con grupos de la sociedad civil, es decir, los momentos en los que ha ejercido su poder despótico y las relaciones de dominación que se han establecido. El poder infraestructural hace referencia a la capacidad del Estado de penetrar en la sociedad y de implementar sus decisiones a través de una logística desplegada en todo su territorio. El Estado invade y penetra todos los aspectos de la vida. La característica de un Estado democrático es que es infraestructuralmente muy poderoso, pero despóticamente muy débil, ya que las élites estatales están limitadas por grupos de la sociedad civil y por normas. Con respecto al poder 200 infraestructural del Estado, en el caso de Israel analizaremos cómo han ido apareciendo, entre otros (i) una burocracia estatal especializada; (ii) la alfabetización (educación en una lengua nacional) y codificación normativa; (iii) la acuñación de moneda, creación de un Banco Central y patrones necesarios para el intercambio de bienes; y la (iv) mejora en los medios de comunicación y de transporte. Mientras mayor sea el control de estas técnicas por el Estado, mayor será su poder infraestructural y más profunda su capacidad de penetración en la sociedad. Puesto que se trata de avances generalizados en la movilización de recursos de poder colectivo, el poder del Estado no deriva en su totalidad de él mismo sino de incorporaciones provenientes de la sociedad civil (poder militar, ideológico y económico) que a su vez ha incorporado y se ha beneficiado de infraestructuras provenientes del Estado como la capacidad normativa y la centralización. La conclusión principal a la que intentaremos llegar en esta tesis es si el Estado de Israel ha tenido un papel de promotor (transmitiendo a la sociedad innovaciones infraestructurales) o de freno del desarrollo social (impidiendo que se propagaran ciertas innovaciones, ideas, etc.) 3.9 Análisis del poder autónomo del Estado en Israel Como ya se ha esbozado, el origen de la autonomía del Estado se encuentra en su capacidad de ordenar la vida social, en su capacidad de llevar a cabo una multiplicidad de funciones y en su naturaleza territorial centralizada. A continuación, se presentará en mayor detalle cómo se despliegan estas capacidades: 1. La ordenación de la vida social la realiza mediante una combinación de fuerza, intercambio negociado y costumbre, pero ninguna de ellas es estable ni puede mantenerse a largo plazo a no ser que esté sustentada por la creación de un centro de autoridad normativa vinculante, que garantiza la continuidad y supervivencia del poder político (sobre todo a través del derecho a la vida o la propiedad privada). “A largo plazo, las normas son necesarias para vincular a los extraños” (Mann, 1984) De esta funcionalidad normativa deriva su potencial de explotación y su autonomía. La cuestión en Israel será señalar si se puede identificar un cuadro estatal fijo que posea intereses identificables y que cree las normas necesarias para garantizar su supervivencia y perpetuidad o si, por el 201 contrario, el cuadro es variable y se pueden observar una variación en esos mismos intereses y su respaldo normativo. 2. Con respecto a la multiplicidad de funciones, las principales son el mantenimiento del orden interno (protección de derechos de propiedad que sirve a la clase económica dominante y derecho a la vida); la defensa o agresión militar dirigida contra enemigos; el mantenimiento de las infraestructuras de comunicación y la redistribución económica e intercambio de divisas. La importancia de esta multifuncionalidad es que ello le permite al Estado enfrentar a distintos grupos de poder rivales y ganar autonomía con respecto a ellos, como puede observarse en los Estados transicionales. La función militar del Estado es la que le otorga mayor autonomía e independencia con respecto a las clases económicas dominantes y, de hecho, históricamente, el Estado ha empleado las guerras para reducir su dependencia de las clases. Veremos si en el caso de Israel esto ha sido así, si el Estado actuó como un Estado transicional una vez concluida la guerra de 1948 (lo que algunos autores han llamado consociacionalismo) y, hasta qué punto, el Estado ha empleado el poder militar para ganar autonomía con respecto a diversos grupos de poder, al primar la seguridad nacional por encima de otras consideraciones e intereses; o si ha sido la dependencia del poder militar que las circunstancias han creado, las que han convertido al Estado en rehén de grupos de intereses vinculados al poder militar. En cualquier caso, es este espacio de mediación y equilibrio entre grupos sociales con intereses divergentes lo que otorga el mayor poder y autonomía al Estado. 3. La naturaleza territorial centralizada constituye el elemento más propio y distintivo del Estado con respecto a otras organizaciones de poder. El poder del Estado es por ello, en último término, reductible únicamente en un sentido socioespacial y organizacional. El Estado es un lugar con un alcance territorial limitado por fronteras, pero esto mismo lo convierte en un poderoso actor, con capacidad para acotar y limitar la interacción social, alcanzando todos los aspectos de la vida e influyendo con ello en la organización del resto de fuentes de poder social. En el caso de Israel, una de las cuestiones sería observar, por ejemplo, hasta qué punto el sionismo religioso, es decir, esa mezcla de ideología nacionalista inmanente con legitimidad y justificación religiosa trascendental se ha 202 territorializado y en lugar de continuar siendo un “tiempo”, una esperanza mesiánica en el futuro, como lo fue durante siglos en la diáspora, se ha convertido en un lugar en el que el Estado o poder político ha tenido que ceder espacios y funciones para acomodar la función religiosa. Por otro lado, el control sobre muchos de los aspectos de la vida de los ciudadanos requiere un grado elevado de organización de la coerción, despliegue logístico y disposición de plusvalía. Todo ello requiere buenas redes de comunicación y disposición de excedente. En el caso de Israel veremos cómo se ha gestado este proceso, qué territorios han sido más favorecidos en la creación de infraestructuras de comunicación y cuáles no y cómo se generó la producción de excedente y qué papel jugó la diáspora en ello. En este sentido veremos también cómo el carácter descentralizado de los grupos de interés que apoyaron la creación del Estado desde la diáspora, les llevó a perder la capacidad para controlarlo una vez institucionalizado y centralizado desde el territorio. Gráficamente los espacios y funciones en las que el Estado puede ejercer mayor autonomía se representarían así: Figura 3.6. Orígenes y fuentes del poder autónomo del Estado52 52 Elaboración propia. Orígenes y fuentes del poder autónomo del Estado Ordenación de la vida social mediante la centralización de la producción normativa Multiplicidad de funciones y equilibrio de intereses Territorialidad y acotación de la vida social 203 Es decir, la centralización territorial otorga al Estado una base independiente y autónoma de movilización del poder, imprescindible para el desarrollo social y que únicamente puede encontrarse en posesión del Estado que (i) crea la necesidad de un orden normativo que emane desde un centro y sea impuesto por un poder legitimado; (ii) promueve la división del trabajo y la estratificación social; (iiI) requiere la defensa del territorio y (iv) fomenta el surgimiento de un sentido último que aporte coherencia ideológica al orden social así establecido, “como si la sociedad se extendiera idealmente hacia las estrellas” (Mann, 2012a, pág. 47) En el caso de Israel veremos como estas funciones eran previamente desarrolladas por otros actores, particularmente en la época pre-estatal o Yishuv, que operaban en torno a las principales fuentes del poder social y que, con la creación del Estado, otorgaron a la élite estatal ciertos poderes y recursos infraestructurales para llevarlos a cabo y que, tras la creación de un Estado, ya son muy difíciles de recuperar. El secreto que explica que Israel se haya convertido en un Estado a la vanguardia del poder es que utilizó estos recursos para generar recursos de poder adicionales, incrementando con ello su autonomía. Por ello, el estudio del poder en Israel debe verse como un proceso, “el producto de potenciar la centralización territorial de la vida social en general” (Mann, 1984, pág. 211). Ahora bien, en el estudio de la historia de Israel es importante tener en cuenta que este proceso no es unidireccional, sino cíclico. Es decir, no se produce únicamente una “cesión” de poder de la sociedad o comunidad al Estado sino que el acto de poder colectivo que supone la toma de la tierra (ya sea que provenga por la cesión de otros actores de la estructura internacional (ONU) o por la conquista militar), genera una importante acumulación de recursos que las élites estatales y/o militares suelen monopolizar en un primer momento, para privatizar después estos recursos devolviéndolos a la sociedad con la ordenación del territorio y la creación de la propiedad privada. Este proceso generará nuevos excedentes que beneficiarán al Estado y a la sociedad en su conjunto generando la necesidad de centralizar nuevas funciones y produciendo un incremento del poder infraestructural, con lo que vuelve a fortalecerse el Estado, aunque con ello también se alimenten los poderes despóticos del mismo. Por ello, en esta tesis trataremos de demostrar cómo se ha llevado a cabo este proceso histórico y cómo Israel, con cada guerra, ha generado nuevos recursos y capacidades que han 204 incrementado los poderes tanto despóticos como infraestructurales del Estado en un proceso similar al “keynesianismo militar” (Mann, 2012a. pág. 278) Aunque la desarrollaremos con más detalle en capítulos posteriores, un ejemplo de este proceso y una mención especial merece la ocupación militar de los territorios conquistados tras la guerra de 1967. La concentración de recursos en un espacio acotado gracias al control militar hizo practicable la intensificación de la organización del trabajo y del proceso productivo palestino mediante la coerción militar. Para ello, el control y conquista del trabajo se tornó fundamental. Reducir los recursos económicos de la población palestina, se convirtió en una tarea esencial de la ocupación, con el fin de privar a la élite política palestina del necesario excedente para la realización de sus funciones de centralización de recursos y organización de la resistencia. Ello obligó a la OLP, como veremos en el capítulo 5, a generar una estructura de inversiones y explotaciones en el exterior, fuera del control del Estado israelí o del resto de Estados árabes, generando con ello redes de interacción económicas y militares que escapaban a cualquier control estatal y operando, en repetidas ocasiones y gracias a esta autonomía, como un proto-Estado. En definitiva, la centralización y concentración de la coerción incrementa los recursos generales a disposición de la sociedad y por ello el Estado resulta útil y ningún grupo -ni siquiera los ultraortodoxos- desean deshacerse verdaderamente del Estado. La cuestión estriba en el peligro de que la concentración de estos recursos en manos del Estado incremente también los recursos de poder privado de la élite estatal que los administra, derivando en tendencias despóticas y pudiendo ser utilizados contra la población civil. Veremos, en el caso de Israel, qué mecanismos se han establecido para prevenir esta tendencia y si la hegemonía laborista de las primeras décadas desarrolló o no lo que llamamos poderes despóticos y hasta qué punto las clases económicas dominantes apoyaron este incremento de poder del Estado porque les resultaba más beneficioso, como pudo ser también el caso con la centralización de la defensa. En consecuencia, analizaremos también, cómo la función ideológica ha sido centralizada, apropiándose del proceso de construcción de la autoridad y legitimidad necesaria para la supervivencia del Estado. El Estado necesita universalizar, de alguna manera, el interés general sobre el control del territorio, es decir, generar cierta “razón de Estado” que sea comúnmente aceptada e incuestionada. Por todo ello, 205 intentaremos identificar, observando la evolución de los poderes del Estado en Israel, qué procesos de centralización y descentralización se han llevado a cabo en base a la utilidad que estas funciones han demostrado tener para la sociedad a lo largo de su historia. En conclusión, trataremos de demostrar, mediante el análisis de la historia de Israel, si su historia se adapta al ciclo de procesos dialécticos de centralización y federalización que pueden identificarse a nivel macro-histórico en la transición entre regímenes feudales e imperiales y que viene generado por el traspaso de capacidades infraestructurales de la sociedad al Estado y del Estado a la sociedad… Figura 3.7. Dialéctica histórica de centralización-federalización53 O si bien, debido a la evolución de las democracias capitalistas en el siglo XX y al exponencial incremento de sus poderes infraestructurales de penetración, el Estado ha podido dominar otras redes de poder que ejercían funciones de control social en otros ámbitos como son la Iglesia, la escuela, empresas capitalistas, etc. Como ya señalábamos, puesto que el Estado puede ahora conservar lo que adquiere, Mann se pregunta si ha llegado el final de la relación dialéctica entre sociedad y Estado y por qué, a pesar de este incremento potencial de poder infraestructural, en Estados democráticos-burocráticos esto no ha devenido en una mayor centralización y poder autónomo del Estado, es decir, en despotismo. 53 Elaboración propia. 206 Como ya ha sido expuesto anteriormente, la respuesta a este dilema radica en que el verdadero poder autónomo del Estado no se basa en su poder despótico- distributivo, sino en su poder infraestructural, que viene dado por su capacidad para erigir fronteras y ordenar su territorio conectando los límites con su centro de poder e imponiendo un orden normativo socialmente útil, respaldado por una mezcla de coerción y aceptación de la autoridad, así como su capacidad para defenderlo frente a agresiones exteriores. Es decir, su poder autónomo proviene de su capacidad de territorializar y acotar la vida social. Incluso el cambio social, proveniente de disputas entre el Estado y la sociedad civil, o entre grupos de esta, ocurren dentro de las instituciones del Estado y acaban territorializándose, provocando con ello una reorganización infraestructural estatal masiva y quebrando las antiguas redes de relaciones sociales que se producían a nivel local o incluso transnacional. En el caso de Israel, este fenómeno lo veremos a través de acontecimientos históricos como la guerra de las lenguas, las relaciones que se han establecido con la diáspora en torno a las donaciones, su apoyo e identidad política en el exterior o la ley de nacionalidad. La paradoja estriba en que el incremento del poder infraestructural del Estado aumenta también el poder infraestructural de la sociedad civil (como, por ejemplo, con los avances tecnológicos en el ámbito militar, de vigilancia y defensa, uso de internet, etc.) Es por ello por lo que, sin la existencia de una sociedad civil fuerte no se produce ese traspaso de poder infraestructural, quedando todo en manos del Estado y generando estados autoritarios o despóticos, como es el caso en la mayoría de los Estados que surgieron tras la desmembración del Imperio otomano. Para analizar esta paradoja en el caso de Israel, veremos si el fortalecimiento infraestructural del Estado generó una clase capitalista diferenciada de la élite estatal y esto mismo evitó que el monopolio askenazí se tornara en despótico, o si, por el contrario, en Israel coincidieron en sus primeros años clase capitalista y élite estatal, provocando con ello el surgimiento de ciertas tendencias despóticas. Ejemplos de penetración y territorialización de la vida social en Israel por parte del Estado serán analizados desde el punto de vista de su influencia en las redes de poder económico (creación de un mercado nacional, un Banco Central, moneda única, aranceles y aduanas, infraestructuras de comunicación, etc.) ideológico- 207 religioso (creación de partidos políticos estatales, creación de un Gran Rabinato, creación de una narrativa nacional, etc.) militar (conscripción nacional obligatoria) y político (centralización de las principales instituciones de gobierno y su burocracia, instituciones asistenciales: educativas y de salud, etc.). Estos ejemplos nos ayudarán a demostrar la hipótesis de que el incremento de poder infraestructural del Estado conlleva, irremediablemente, la territorialización de la interacción social. Sin un poder de penetración infraestructural amplio, los Estados sólo pueden reclamar su unidad de manera transitoria. Por último, un aspecto relativo a la organización del poder político y que resulta igualmente fundamental para explicar el desarrollo histórico de Israel es su naturaleza socio-espacialmente dual, unida a la conexión con la diáspora y al patronazgo de las grandes potencias del momento. Esto quiere decir que su organización institucional es diferente en el interior y en el exterior, en el ámbito doméstico y en el internacional. En el ámbito doméstico, la autonomía de Israel ha sido mayor conforme ha ido adquiriendo mayores capacidades y se han ido dando las circunstancias óptimas favorecedoras de una mayor cooperación territorialmente centralizada. Sin embargo, en el espacio de relaciones interestatales, la diplomacia y la organización geopolítica cobra un papel muy relevante y se convierte en una parte esencial más de la estratificación social. Israel tratará de buscar su estatus geopolítico dentro de esta estructura, tratando de compensar el aislamiento político y económico al que fue sometido en Oriente Medio por medio del establecimiento de relaciones con los principales Estados europeos (principalmente con aquellos que mantenían intereses coloniales en la región) así como con los dos principales imperios del momento: EE. UU. y la URSS y sus Estados aliados. La consolidación de su red de exportaciones a partir de los años cincuenta y sesenta marcará también la apertura de Israel hacia el mundo y la creciente necesidad de construir una marca-país, una misión judía que justificara su lugar entre las naciones, soltando gradualmente el yugo de dependencia económica que le ataba con la diáspora a fin de conseguir la plena integración en el capitalismo internacional. En la estructura de seguridad internacional que caracterizó la Guerra Fría en Oriente Medio, presentó su supervivencia como el objetivo de la misión salvífica de la “ciudad sobre la colina” -EE.UU.- en la región. Sus cálculos geopolíticos estuvieron marcados por 208 la proyección de una imagen de desvalimiento, por un lado, y por la asertividad que le proporcionaba su superioridad militar y su exitosa integración en la economía internacional por otro, esgrimiendo la que en cada momento y circunstancia le ha resultado más conveniente según sus objetivos. En resumen, el poder político en Israel y el alcance y límites de su autonomía será pues considerado desde la perspectiva de sus medios organizacionales y de su localización socioespacial. Desde la perspectiva de sus medios organizacionales, trataremos de identificar la promiscuidad del poder político que, como veremos, toma prestados muchos de los elementos organizacionales del resto de fuentes, generando relaciones de interdependencia y afectando con ello la naturaleza del resto de fuentes de poder. Desde su localización socioespacial en el vértice de dos ordenamientos, observaremos, por un lado, el proceso de centralización territorial y, por otro, su posición dentro del orden geopolítico-diplomático de su época, observando en cada una de ellas qué elementos de poder despótico y de poder infraestructural han sido desarrollados y qué capacidades estructurantes han tenido sobre el desarrollo de la vida social tanto dentro, como fuera de sus fronteras. Los momentos neo-episódicos que nos servirán de guía cronológica en nuestra exposición serán los relacionados con las guerras o conflictos bélicos que marcaron la historia de Israel en este período, ya que son los que han demostrado tener un mayor poder estructurante, tanto sobre el territorio como sobre la población, dividiendo a Israel en diferentes fases de cristalización polimórfica estatal: - Guerra de 1947-1949 - Guerra de 1956 - Guerra de 1967 - Guerra de 1973 209 Capitulo IV. De los orígenes del sionismo a 1948 “No es sólo el judío el que ha salido del gueto: el judaísmo también” (Ha’am, 1897) El estudio del poder agencial de Israel a partir de 1948 no puede entenderse plenamente sin una exposición previa acerca de los orígenes de sus medios organizacionales durante la época pre-estatal, destacando el tipo de redes de poder colectivo que se generaron, algunas de ellas incluso con anterioridad a los primeros congresos sionistas, y evaluando cuáles resultaron decisivas para dar a luz un proyecto político colectivo que ha permanecido en el tiempo, a pesar del cuestionamiento a su legitimidad, de repetidos conflictos armados, quebrantamiento de normas esenciales del derecho internacional, falta de integración y reconocimiento pleno en la región. El primer elemento que destacar cuando hablamos de sus orígenes es tal vez su alcance global, entendiendo al sionismo, no solamente como una emergencia intersticial proveniente de las comunidades judías europeas, sino como un proyecto que involucró a los imperios y Estados más poderosos del siglo XIX y principios del XX, tanto de Europa, como de Norteamérica y de Oriente Medio. De ellos tomó sus principales referentes económicos y políticos, que inspiraron su modelo de asentamiento replicando esquemas coloniales, aunque desarrollando su propia interpretación nacionalista exclusivista. Por ello, cuando hablamos de sionismo, tenemos que situarlo en un origen y contexto multi- espacial. Siguiendo esta premisa, la primera sección de este capítulo estará destinada a definir el sionismo y a analizar el contexto multi-espacial en el que surge, dentro de estructuras de poder que abarcan tres continentes, sus comunidades judías respectivas y los actores geopolíticos más influyentes del momento. El sionismo transformará radicalmente al viejo Yishuv,54 convirtiendo a la comunidad étnico-cultural que comienza a asentarse en Eretz Israel55 en una auténtica nación. La segunda sección de este capítulo efectuará un análisis multicausal, analizando qué cambios históricos se operaron dentro de las comunidades judías europeas relacionados con la autoridad política y religiosa que hicieron posible el surgimiento del sionismo. En tercer lugar, analizaremos el fracaso de 54 Voz en hebreo que significa literalmente “asentamiento” y que se ha convertido en el término por el que se conoce a los residentes judíos en la Siria otomana y la posterior Palestina del Mandato británico. Conviene precisar que, debido a las connotaciones políticas que fue acuñando el término, grupos como los judíos ortodoxos o los comunistas prefirieran no considerarse parte de este Yishuv. 55 La tierra de Israel 210 la asimilación y los retos organizativos que generó dentro de las comunidades judías, reorganizando la acción colectiva mediante la creación de nuevas redes de cooperación para hacer frente a la emigración, la lucha de clases y el nacionalismo judío. En cuarto lugar, analizaremos al sionismo desde el punto de vista de su modelo ideológico- organizacional. Por último, efectuaremos un estudio sobre la institucionalización y territorialización del movimiento en torno a las redes de poder ideológico, económico, militar y político (IEMP), presentándolas en el contexto del desarrollo de los poderes infraestructurales y despóticos del proto-Estado hasta conseguir una regulación rutinaria de la vida social y conectándolas siempre con el contexto internacional. En este sentido, la Primera y la Segunda Guerras Mundiales, junto con el conflicto con los árabes serán los acontecimientos más decisivos y que mayor poder estructurante presenten sobre el movimiento y el asentamiento en Palestina, tanto para la comunidad judía como para la árabe-palestina. Tras el examen de todas estas cuestiones podremos determinar el tipo de cristalización estatal operada durante este periodo histórico y cómo incidieron en ella las motivaciones y modos de entender el mundo de los judíos sionistas de la época. 4.1. El sionismo y su interacción con el entorno: un análisis multi-espacial El término sionismo hace referencia a un movimiento social surgido en Europa en el siglo XIX, de carácter nacionalista, que abogaba por el derecho de los judíos a retornar a su patria originaria, establecer la soberanía judía sobre el territorio y generar así un renacimiento espiritual y cultural tras siglos de dispersión. Se trataba de fundar una sociedad nueva, de renovar el contrato social que Yaveh había efectuado con el pueblo de Israel en la antigüedad bíblica. Aunque las ideas del retorno a Sión (y por ende, el retorno a la historia política judía) comenzaron a emerger en Europa central a mediados del siglo XIX, las palabras “sionismo”, “sionista” y “sionismo político” fueron acuñados por primera vez a principios de la década de 1890 por el joven nacionalista judío Nathan Birnbaum (1864-1937). Siendo estudiante en la Universidad de Viena, utilizó estos términos en sendos escritos aparecidos en la revista Selbstemanzipation! y en un panfleto de 1893 titulado, Die Nationale Wiedergeburt des Juedischen Volkes in seinem Lande als Mittel zur Loesung der Judenfrage (El renacimiento nacional del pueblo judío en su tierra como medio para solventar la cuestión judía). En este panfleto defendería tesis muy cercanas a las que Theodor Herzl recogería en “El Estado Judío” tres años después, 211 y que constituirían la plataforma ideológica para la acción práctica que propuso la necesidad de crear un Estado para los judíos en el primer congreso sionista celebrado en Basilea en 1897. La trayectoria vital de Birnbaum, que pasó de ser elegido secretario general de la Organización Sionista Mundial (OSM), a ser el fundador, en 1919, de Agudath Yisrael, partido político del judaísmo ortodoxo anti-sionista, es representativa de cómo el sionismo, en tanto que idea política, ofrecía respuestas a múltiples inquietudes, algunas de ellas incluso de carácter religioso, generando ortodoxias y cismas que respondían, en último término, a una necesidad de autoafirmación política y cultural a la vez que religiosa o espiritual. La definición de Birnbaum como un “baal teshuva”, (un judío de origen secular que en su búsqueda identitaria deviene en judío religioso u ortodoxo), es representativa no sólo de su evolución personal, sino de una necesidad general que la vida en la diáspora gentil no había conseguido resolver satisfactoriamente con la Ilustración: la de acomodar la identidad judía tradicional a la modernidad laica y tecnocrática. En este sentido, frente a aquellos historiadores que afirman que el sionismo surge en respuesta al creciente racismo y antisemitismo moderno (productos ambos del auge imperialista y nacionalista de la Europa occidental manifestados en 1894 en el caso Dreyfuss), así como a los pogromos del Imperio zarista de Alejandro III o Nicolás II y sus Centurias Negras (Kishinev, 1903), mi enfoque se encuentra más próximo a la tesis de Schlomo Avineri (1981), quien afirma que el sionismo surgió como ideología política activa en reacción a un impulso universal de autoafirmación, como parte de un fenómeno post-emancipador despertado en la Europa revolucionaria del siglo XIX y que respondía a los desafíos intelectuales y prácticos presentados por el nacionalismo imperialista, el socialismo, el y el liberalismo. A ello habría que añadir el sentido moral de imperialismo Quizás, por ello mismo, sea tan complejo separar los elementos referenciales del simbolismo religioso judío de las aspiraciones políticas seculares, lo que explicaría que el sionismo se haya convertido, con el paso del tiempo, en un apellido de movimientos sociales (ya sean políticos o religiosos) aparentemente opuestos, como el sionismo laborista, el sionismo religioso-nacionalista, el sionismo cultural, el sionismo revisionista, el sionismo general o liberal, el anti-sionismo religioso o el anti-sionismo laico. El sionismo simboliza por ello: “the quest for self-determination and liberation under the modern conditions of secularization and liberalism. As such, it is as much a part of the Jewish history of dispersion and return as of the universal history of liberation and the quest for self- identity” (Avineri, 1981, pág. 13) 212 Es decir, se encuentra imbricado en procesos históricos más amplios que, tuvieron lugar en la “civilización occidental” europea y norteamericana, donde residía la mayoría de los judíos en el siglo XIX. Sociólogos como Eisenstadt (1985), han analizado la historia del sionismo como un desarrollo dentro de la historia particular del judaísmo, otorgándole cierta racionalidad o unidad cultural, pero aislándola demasiado, en mi opinión, de la historia universal más general. En contraste, esta tesis incorpora un enfoque histórico transnacional, ya que sostiene que las sociedades nunca se encuentran del todo institucionalizadas y evolucionan también en reacción a su entorno, resultando incompleto analizarlas de otra manera. Así, el sionismo puede verse como una rebelión contra el pasado judío, caracterizado por mecanismos de acomodación, aquiescencia y quietismo político, pero también, como una reacción frente a la incorporación de las premisas emancipadoras del nacionalismo revolucionario europeo al sistema de valores judíos, planteando con ello nuevos retos para la continuidad de la vida judía en Europa. ¿Se puede vivir una vida plenamente judía en una sociedad laica, aunque afectada por la tradición cristiana y su modo de vida? Esta era la pregunta esencial para la que el sionismo trató de ofrecer una respuesta. 4.1.1. Análisis multi-espacial y cambios demográficos Nuestra afirmación acerca de la multi-espacialidad de los orígenes del sionismo nos obliga a presentar una panorámica geográfica y demográfica que muestre los principales polos de población judía e influencia sionista, a fin de identificar las principales transformaciones socioespaciales que afectaron a la mayoría de los judíos europeos en el siglo XIX y XX. Si pudiéramos observar un mapa basándonos en los datos estadísticos de población de la época56 observaríamos que, hacia la finalización del primer tercio del siglo XX, los principales polos de población judía se encontraban en el hemisferio norte, principalmente en Rusia (posteriormente Unión Soviética), Estados Unidos y Europa Central, seguidos del Cono Sur en América Latina, Europa Occidental y Meridional y Turquía. El resto de las comunidades judías se localizaban en torno a una franja que 56 Esta información está extraída del Anuario Statistics of Jews (1939), American Jewish Year Book Vol. 40 (1938-1939), American Jewish Committee Archives, http://ajcarchives.org/main.php?GroupingId=10072, 213 atravesaba el Magreb, Oriente Medio, Irán-India-China, África del Sur y Australia, destacando su notable ausencia en África Central, Mongolia, Tíbet y el archipiélago del Sudeste Asiático. La importancia de este análisis estriba en el hecho de que el sionismo fue un movimiento nacionalista eminentemente europeo, que no pudo haber nacido en ninguna otra latitud, a pesar de la manifiesta presencia judía en otros espacios sociopolíticos. Ello es así porque respondía a desafíos socioeconómicos y a evoluciones históricas de carácter político relacionadas con reestructuraciones imperiales, el auge del nacionalismo y la problemática integración de las minorías, que fueron características de la Europa del siglo XIX y primer tercio del XX. Esta penetración en las estructuras de poder gentil ocurrió de manera diferente en Europa occidental y noroccidental y en Europa oriental y suroriental. En Europa occidental, las revoluciones liberales, vinieron acompañada de una importante cesión: la autonomía jurídica y organizacional que hasta entonces habían disfrutado las kehillot. En el siglo XIX Los judíos pasaron de estar situados en la periferia geográfica y social de la Europa gentil a penetrar en las redes de desarrollo de las grandes capitales y metrópolis europeas, despojándose, en este proceso, de su identidad como exiliados. Muchos movimientos revolucionarios fueron liderados por intelectuales judíos como Karl Marx, Moses Hess, Ferdinand Lasalle… Así, de ser una comunidad marginal, habían pasado a ser unos de los más grandes beneficiarios y protagonistas de la Ilustración, el liberalismo y la Revolución Industrial. Ello explica por qué, a pesar de la presencia casi global de los judíos en el mundo, no se originase un movimiento parecido en ningún otro polo “civilizatorio”, ni siquiera en los territorios del Imperio otomano tras la Revolución de 1908 previa a la Primera Guerra Mundial, a pesar de que el nacionalismo ya había penetrado con fuerza desde comienzos del siglo XIX a través de Egipto, Grecia y los Balcanes. Más concretamente, el polo principal de actividad y proselitismo sionista se originó en Europa Central y desde allí se extendió rápidamente a Europa Oriental, donde las condiciones de los judíos eran particularmente penosas. El sionismo se expande así en el contexto de importantes transformaciones demográficas y geoespaciales que estaban ocurriendo en Europa oriental, relacionadas con el aumento de la presión demográfica y con movimientos migratorios que provocaron un éxodo masivo desde entornos rurales hacia las ciudades, protagonistas de la actividad económica y comercial promovida por la Segunda Revolución Industrial. Todos estos cambios vinieron acompañados de la aparición de las sociedades de masas, producto de un 214 incremento exponencial de la población, que llegó a triplicarse, ejerciendo fuertes presiones sobre la economía y el sistema productivo. Se calcula que hacia 1800, los habitantes de Europa llegaban a 180 millones, mientras que cien años después, la cifra se duplicó llegando a los 390 millones (McEvedy y Jones, 1978, pág.18). Lo llamativo es que entre la población judía este aumento poblacional fue aún mayor, pasando de 2.7 millones en 1825 a 8.7 millones en 1900 (Crystall y Leitenberg, 2014, pág. 16). Ello generó una fuerte presión y un patrón de migración judía hacia occidente (de Europa oriental hacia Europa central; de ahí a Europa occidental, y de ahí hasta América), en busca de las nuevas oportunidades para el empleo que las capitales del Nuevo Mundo, los importantes centros de industrialización y los nuevos asentamientos agrícolas ofrecían. Con ello, los judíos fueron integrándose, no sólo en las nuevas estructuras nacionales, sino en las estructuras capitalistas que conformaron el corpus del nuevo colectivo social que irrumpió con una fuerza irresistible en las estructuras de poder europeas: la clase. Entender cómo el entrecruzamiento entre clase y nación reestructuró a las comunidades judías resulta relevante para entender la popularidad del sionismo entre determinados sectores sociales del judaísmo, que se encontraban concentrados en los principales polos de industrialización, afectados por movimientos revolucionarios nacionales o de clase. Es cierto que estos fenómenos no afectaron únicamente a la población judía europea, sino a toda la población en su conjunto, aunque si observamos la evolución demográfica de las comunidades judías recogida por Crystall y Leitenberg (2014) desde 1750 a 1950 encontramos ciertas particularidades, resaltando principalmente dos hechos: la masiva concentración poblacional en la región conocida como zona de asentamiento57, donde habitaba el 84,7% de la población judía europea, y el incremento de población judía en grandes urbes como Ámsterdam, Londres, Berlín, Viena, Lodz, Budapest, Varsovia u Odesa. En términos comparativos, la urbanización de los judíos en el siglo XIX fue mucho mayor que la del resto de la población (Crystall y Leitenberg, 2014 pág. 17). En los siguientes mapas, elaborados por Crystall (2014) podemos ver su evolución58: 57 Zona de asentamiento o pale of settlement es el nombre por el que se conoce a la región fronteriza occidental del Imperio zarista en el que el asentamiento de judíos estaba permitido. 58 Crystall, S. y Leitenberg, L. (2014): Digital maps of Jewish Populations in Europe (1750 – 1950) for Online Viewing by the Public https://www.iijg.org/wp-content/uploads/2018/01/LeitenbergCrystall- JewishPopulationsMaps-Report-updated.pdf 215 Mapa 4.1. Población judía en Europa en 1760 Mapa 4.2. Población judía en Europa entre 1800-1850 Mapa 4.3. Población judía en Europa entre 1900-1930 Mapa 4.4. Población judía en Europa en 195059 59 Fuente: https://www.iijg.org/wp-content/uploads/2018/01/LeitenbergCrystall-JewishPopulationsMaps- Report-updated.pdf 216 Hacia finales del siglo XIX, la mitad de la población judía mundial (casi 5 millones) eran súbditos del Imperio ruso, lo cual incluía al millón trescientos mil que vivía en el reino de Polonia. Hacia 1910, 850.000 vivían en la Galicia de los Habsburgo y aproximadamente 400.000 vivían en la zona de Europa suroriental (principalmente en los Balcanes y Rumanía) (Lederhendler, 2008, pág. 510) Esta presión demográfica, que generó una competencia por los recursos, causó un movimiento migratorio sin precedentes y es en este contexto en el que debemos entender los orígenes del sionismo, ya que el despertar del sionismo es una respuesta política a un fenómeno más amplio, eminentemente migratorio, y como tal, sus relaciones causales son sumamente complejas, ya que en él están implicadas motivaciones económicas, políticas e ideológicas, relacionadas con un acto de expulsión y otro de integración. Con respecto al acto de expulsión, los emigrantes en general son desplazados de su lugar de asentamiento por condiciones económicas (mercados en declive, explotación, escasez de recursos, reconversiones agrícolas o industriales…); condiciones políticas (Estados despóticos o autocráticos, nacionalismos excluyentes…); militares (guerras convencionales, guerra de guerrillas, terrorismo, mafias…) o ideológicas (represión de creencias heterodoxas, creencia en misiones salvíficas, misiones civilizatorias, etc.) Con respecto al lugar de destino escogido por el emigrante, además de la existencia de condiciones laborales y legislativas favorables, los estudios sobre migración en el siglo XIX han demostrado que la mayoría de los emigrantes europeos de la época lo hacían atraídos por noticias de zonas poco pobladas y con una abundancia de tierras disponibles (Wagencknet, 2004), siendo este un factor importante de demanda de la emigración. Esta cuestión resulta relevante para el caso judío, puesto que, como veremos, tanto en las iniciativas migratorias llevadas a cabo por filántropos como Hirsch como en el movimiento sionista posterior, el lugar de destino es siempre un lugar que se considera deshabitado o poco habitado, siendo este uno de los mitos que acompañaba a la emigración en estos años. Si analizamos las cifras, se calcula que entre 1850 y 1913 más de 40 millones de personas emigraron de Europa a América, pudiéndose identificar un patrón de movimiento de Europa noroccidental y occidental, en una primera fase, a Europa oriental y del sur en una segunda (Hatton y Williamson, 1994, pág. 533). En este contexto, del total de aproximadamente 6.25 millones de judíos que vivían en Europa oriental y suroriental a principios del siglo XX, se calcula que un tercio, es decir, dos millones aproximadamente, emigraron al Nuevo Mundo entre 1870 y 1914, llegando a suponer el 11% del total de 217 emigrantes en EE. UU. entre 1899 y 1914 y el 14% del total que permanecieron en el país. Del total de emigrantes europeos que llegaron a las costas estadunidenses, un 25% eran judíos de Europa oriental y suroriental. Representaban dos quintas partes del total de emigrantes rusos entre 1890-1915 (Lederhendler, 2008, pág. 510-11) Estas cifras demuestran que se trataba de una emigración masiva y concentrada en una zona muy específica de Europa oriental, donde reinaban condiciones socioeconómicas y políticas particularmente adversas para los judíos y frente a las cuales, no tenían medios organizacionales que pudieran conducir a un cambio en las estructuras. Socioeconómicamente, los judíos de Europa oriental durante este período constituían una suerte de casta marginada dentro de los principales circuitos económicos de los imperios ruso y austrohúngaro. Ello había llevado a una especie de sub-desarrollo de las comunidades judías, que había promovido una conciencia de clase y solidaridad mucho mayor. La industria judía se concentraba eminentemente en pequeñas empresas y aunque poseían el 37,8% de las fábricas de la zona de asentamiento, tan sólo empleaban al 27% de la fuerza de trabajo y el valor total de su producción ascendía únicamente al 22,5% del total. Ello era debido al reducido tamaño de sus empresas y a la baja mecanización. En Polonia, por ejemplo, los judíos componían el 44% del total del grueso de los trabajadores en centros de producción no mecanizados, mientras que en la industria mecanizada sólo ascendía al 19%. En Varsovia, más concretamente, tan sólo poseían el 21% de las fábricas mecanizadas con más de 25 trabajadores. (Ibid., pág. 513) La concentración de la mano de obra judía en empresas pequeñas o familiares, favorecía la discriminación con respecto a las condiciones laborales, puesto que ni siquiera la reforma legislativa introducida en 1882 en Rusia podía aplicárseles porque estaba pensada para empresas con más de 16 trabajadores. Ello se traducía en el empleo de mano de obra judía en trabajos menos cualificados y peor pagados, hasta el punto de que hay autores que afirman que “The Jewish laborer…lived and worked under conditions so [adversely] different from the rest of the working class that they really were a separate category unto themselves” (Garncarska-Kadary, en Lederhendler, 2008, pág. 514) En contraste con la situación en la industria, los judíos estaban sobrerrepresentados en trabajos administrativos del sector privado, trabajos religiosos y especialmente en el comercio, en el que representaban el 75% del sector. Por poner un ejemplo, el 86% de los vendedores ambulantes de Varsovia eran judíos y el 15% del total de la población judía activa de la ciudad eran trabajadores domésticos o sin cualificar. Con respecto a otros sectores ocupacionales, en la zona de asentamiento rusa, tan sólo el 1,3% de la población 218 judía activa se la podría considerar como burguesía, el 5% eran artesanos y el 0,8% trabajadores de la industria pertenecientes a la clase obrera propiamente dicha. (Ibid, pág. 514-15) Estas cifras nos sitúan en un escenario demográfico y socioeconómico desde el cual podemos afirmar que las dos grandes revoluciones organizacionales que los judíos experimentaron en el cambio de siglo en torno a la clase (bundismo60-marxismo) y la nación (sionismo) representaban, en realidad, a una ínfima minoría. Atendiendo además a las razones que provocaron la emigración, nos encontramos con que los datos no demuestran con rotundidad que la emigración fuera un producto únicamente del antisemitismo ruso o polaco. Ello es así por varias razones. En primer lugar, la gran migración judía comienza una década antes de que se produzcan los incidentes más graves de 1882. En segundo lugar, la mayoría de la emigración judía a partir de 1882 no provenía de lugares que hubieran sufrido pogromos, sino que era mayoritariamente de lugares afectados por la pobreza o el hambre. Y en tercer lugar, la migración judía parece ser selectiva, concentrada en sectores jóvenes en edad laboral y relacionada con los ciclos de la economía norteamericana (en el caso de que la emigración fuera a Estados Unidos). Una característica peculiar es que los judíos emigrantes solían ir acompañados de sus familias con más frecuencia que en otros colectivos, por lo que tanto el viaje como la integración en el nuevo destino se hacían en condiciones mucho más duras. Fueron estas condiciones socioeconómicas y políticas singulares las que motivaron la búsqueda de soluciones organizacionales particularistas. Desde el punto de vista organizacional, dichas soluciones provocaron la opción por tres tipos distintos de reorganización relacionadas con la emigración: - Aquellas que impulsaron una reorganización dentro de las propias comunidades judías, creando una eficiente red asistencial de carácter secular, que cubría necesidades educativas, de formación profesional, de alojamiento, sanitarias, búsqueda de empleo, o incluso el lobby y la diplomacia. La intervención de algunos grandes magnates en proyectos migratorios llegó incluso a crear una suerte de “industria de la emigración” llegando a crear verdaderas sociedades anónimas y fondos de inversión como la PICA, aunque estas fueran sin ánimo de lucro. 60 Movimiento judío socialista y autonomista fundado en el Imperio ruso a finales del siglo XIX. Se le considera el principal rival ideológico del sionismo. 219 - Aquellas que impulsaron una reorganización surgidas por migraciones internas mediante la integración en otros colectivos sociales, ya sea de clase o nacionales, como puede ser la lucha obrera, la participación en movimientos revolucionarios como el bundismo o el comunismo, o el mero asimilacionismo (esta última ocurría con mucha más frecuencia cuando las condiciones económicas y político-jurídicas del país de acogida eran favorables para ello). Esta reorganización llevó incluso a la reforma religiosa, provocando la aparición del judaísmo reformista para adaptarlo a las condiciones de las sociedades modernas. - Por último, aquellas que impulsaron una reorganización política a base de enfatizar y preservar una identidad diferenciada, bien por medio del autonomismo (como en el bundismo) o bien por medio de la autodeterminación, como en el sionismo. Ambas estaban basadas en la colonización de territorios políticamente diferenciados y de entre ellas, el sionismo era marcadamente minoritario. De entre ellas tres, la segunda y la tercera son las que abrieron las mayores problemáticas. La integración en colectivos nacionales vino de la mano de las revoluciones liberales y las nuevas estructuras políticas constitucionales que promovían la emancipación, contribuyendo a la creciente visualización de los judíos en las redes de poder político, económico e intelectual, y con ello al auge del antisemitismo laico. Así, en el siglo XIX, las comunidades judías pasaron de ser una minoría dispersa en la periferia de pequeños pueblos, ciudades y zonas rurales, a ocupar posiciones prominentes en los principales centros urbanos de poder. Seguían siendo una minoría, pero esta vez, mucho más visible, llegando a protagonizar muchos de los cambios políticos, económicos y culturales que emergieron durante el romanticismo y el posterior positivismo europeos. En este contexto, fueron los judíos de la Haskalá o ilustración judía europea provenientes de zonas de influencia cultural germano-polaca, los que pueden considerarse como precursores del marxismo, del sionismo y de la nueva identidad nacional judía, eminentemente urbana, provocando con ello la laicización de la antigua identidad religiosa y enfrentándola con sus obsoletas estructuras de poder. Al hilo del análisis multi-espacial, una última reflexión acerca del origen del sionismo que necesita ser reseñada es el hecho de que la mayoría de estos judíos ilustrados y activistas sionistas eran súbditos y ciudadanos de imperios multinacionales europeos, que se encontraban avanzando hacia sus propios procesos de cristalización estatal-nacional y en los que la cuestión de la ciudadanía, organizada institucionalmente en organismos representativos (Parlamentos y partidos políticos frente a monarquías) y niveles de 220 gobierno (local, regional o nacional) intersectaba las cristalizaciones capitalista y militarista que estructuraron esta época. Ello es relevante porque el debate sobre “la cuestión judía” que tanto inquietaba a los judíos europeos, tuvo su epicentro en la emergencia intersticial de estas nuevas configuraciones de poder y sus fuerzas descentralizadoras. Por ello, las demandas de autonomismo o la inclusión en identidades de clase que se escapan al control del Estado fueron con frecuencia el origen del difícil encaje de los judíos en la Europa de finales del siglo XIX. Además, estos imperios se encontraban frecuentemente en competencia entre sí, por lo que el apoyo al proyecto sionista se encuentra incrustado también en las estructuras geopolíticas de poder del momento, relacionadas con la pugna por autoafirmar identidades nacionales particulares. En esta dinámica de cambios revolucionarios, oportunidades y rivalidades históricas entre imperios europeos (francés-británico; británico-alemán; ruso-británico) tanto a nivel continental como global, el sionismo intentará buscar su propia oportunidad para afianzarse, utilizando el declive de algunos (como el Imperio otomano, el ruso o el austro- húngaro); la lucha por mantener el control global de otros (en el caso del Imperio británico o el francés) o el auge de otros extra-europeos (como el estadounidense) en su propio beneficio, readaptando su proyecto al hilo de la historia del poder geopolítico en el siglo XX y, particularmente, de sus dos Guerras Mundiales. Si bien el origen ideológico del movimiento es eminentemente europeo, su concreción territorial es, sin embargo, extra-europea, por lo que al puzle de relaciones y competencias inter-imperiales que hemos aludido, habrá que añadir la concurrencia de un imperio en declive, conocido en la época como el sick man of Europe: el Imperio otomano. En este mapa de 1884, podemos observar el mapa de los “grandes Estados” los tres imperios que entrecruzaban la zona de asentamiento, todos ellos en declive, dando cuenta de la complejidad política a la que se enfrentaban los judíos sionistas que afirmaban una identidad nacional diferenciada61. 61 Imagen cedida por Omniatlas para su libre uso. https://omniatlas.com/maps/europe/18841115/ 221 Mapa 4.5. Mapa de Europa en la Conferencia de Berlín (1884)62 El Imperio otomano era un imperio multi-nacional, aunque en clara contracción territorial y declive político-económico, encontrándose concretamente Palestina en la zona conocida como el levante árabe Mediterráneo, de particular importancia geoestratégica. La relación de este territorio con Europa se enmarcaba en disputas territoriales y rivalidades económicas, provenientes del imperialismo capitalista y colonialista europeo. Estas disputas habían concluido con la penetración comercial y la dominación militar- colonial europea, efectuada por medio de capitulaciones y tratados de paz, proyectando así su poder sobre la región, originando con ello filias y resistencias. La oportunidad material del sionismo provino pues del declive del Imperio otomano, inmerso en un proceso de reformas y modernización conocido como el Tanzimat, que lo habían endeudado y llevado a una práctica bancarrota. A nivel social, las reformas constitucionales que se habían implantado con el Edicto Imperial de Reorganización de 1856 o la Constitución otomana de 1876, habían provocado cambios en la propiedad de la tierra, ya que, al imponer una serie de impuestos a los pequeños propietarios, estos vendieron sus tierras a grandes terratenientes o las inscribieron a nombre de estos, al no poder hacerse cargo del pago de los mismos, en la creencia de que la tierra continuaría 62 Omniatlas, recuperado de: https://omniatlas.com/maps/europe/18841115/ 222 siendo suya a pesar de estar escriturada a nombre de otro propietario. Por ello, estas reformas no consiguieron deshacer del todo las relaciones socioeconómicas de señorío feudal que aún eran comunes en las zonas rurales y muy notablemente en Palestina. La administración político-territorial estaba basada en valiatos o provincias, de entre los cuales el de Damasco, Beirut o el Mutasarrifato de Jerusalén, creado en 1872, constituían los más relevantes para las aspiraciones sionistas. Mapa 4.6. Palestina bajo soberanía otomana a finales del siglo XIX63 63 Mapa extraído de la web del “Center for Israel Education” con el permiso de la institución. https://israeled.org/resources/documents/david-ben-gurions-vision-redemption/ 223 Mapa 4.7. Mapa administrativo del Imperio otomano en 1899 (1317 de la Hegira)64 El modo de producción que caracterizaba la Palestina otomana era un tipo de feudalismo de prebendas con una población compuesta mayoritariamente por árabes (450.000) y otras exiguas minorías, entre las que se encontraban los judíos (24.000). Estos judíos se encontraban repartidos entre las cuatro ciudades sagradas de Jerusalén, Safed, Tiberiades y Yafo, conformando lo que los historiadores israelíes han acabado denominando “viejo Yishuv”, en contraposición con el nuevo Yishuv, formado por los emigrantes judíos que llegaron a Palestina a partir de 1882. El viejo Yishuv tenía un papel casi irrelevante en la 64 AbdurRahman AbdulMoneim, CC BY-SA 4.0 , Recuperado de: , via Wikimedia Commonshttps://commons.wikimedia.org/wiki/File:Ottoman_Empire_Administrative_Divisions.png 224 economía local, dedicados minoritariamente al comercio y a la artesanía y mayoritariamente sustentados por donaciones provenientes de Europa y Norteamérica, administradas por rabinos y clérigos que ejercían su liderazgo sobre las distintas comunidades religiosas. A nivel organizativo, esta comunidad formaba parte del antiguo sistema otomano de millets, contando con autonomía para gestionar sus propios asuntos, religiosos o civiles. Esta autonomía financiera y organizativa les permitió, hasta la creación del Estado, mantener su identidad colectiva y diferenciarse de los nuevos inmigrantes, que provenían de un contexto cultural con el cual no se identificaban. 4.1.2. Las aliyot65 y los cambios demográficos en Palestina La emigración judía a Palestina desde 1880 hasta la Segunda Guerra Mundial, no ocurrió de manera paulatina, sino que se realizó siguiendo a un patrón organizativo en el que se pueden identificar cinco grandes “olas” conocidas como aliyot, diferenciadas sustancialmente por el perfil ideológico y extracto socioeconómico de los emigrantes. La primera aliyá tuvo lugar entre 1882 y 1903, con dos picos importantes entre 1882-1884 y 1890-91. La migración estaba compuesta principalmente por judíos de origen ruso. La organización de la misma era débil y se efectuaba a través de asociaciones como Bilu, los Hibbat Zion o Amantes de Sión y se asentaban en los primeros moshavim66, financiados por filántropos que deseaban aliviar las condiciones de los judíos en Europa oriental. Se calcula que en este periodo emigraron a Palestina aproximadamente veinticinco mil judíos, como consecuencia directa de estos movimientos proto-sionistas y del creciente antisemitismo instigado por las propias autoridades del Imperio zarista. Hacia el final de la primera aliyá ya se habían creado 28 moshavim y se habían comprado 90.000 acres de tierra. Se había comenzado una incipiente urbanización en torno a la ciudad portuaria de Yafo, cerca de la actual Tel Aviv, donde se asentaron aproximadamente 3.000 emigrantes y se abrieron las primeras escuelas de educación primaria en hebreo, aunque aún predominaba la cultura francesa diseminada a través de las escuelas de la Alliance Israelite Universelle, de cuya labor hablaremos más adelante67. 65 Palabra hebrea que significa “subir” o “ascender” y que se utiliza en la historiografía tradicional israelí para hablar de las olas migratorias que se produjeron desde 1880 66 Asentamientos agrícolas basados en cooperativas 67 Datos extraídos de los archivos de la Jewish Agency for Israel https://archive.jewishagency.org/historical-aliyah/content/28841) 225 Mapa 4.8. Asentamientos judíos en la primera aliyá68 68 Stein K.W. (2019): Forming a Nucleus for the Jewish State: 1882-1947, Center for Israel Education. https://israeled.org/wp-content/uploads/2019/08/8.16.2019-FORMING-A-NUCLEUS-FOR-THE- JEWISH-STATE1.pdf 226 La segunda aliyá tuvo lugar en los primeros años del siglo XX, entre 1904 y 1914 aproximadamente y se debió principalmente a las matanzas de Kishinev de 1903 y otros pogromos sucesivos y a un impulso asertivo surgido a raíz del esquema de Uganda (del que hablaremos más adelante) y de la primera crisis económica provocada por el estancamiento en la productividad de los primeros moshavim. Sus protagonistas fueron jóvenes judíos socialistas (hombres y mujeres) de origen ruso, que huyeron del imperio como consecuencia del fracaso de la revolución de 1905. Estos inmigrantes estaban movidos por una conciencia de clase y un ánimo claramente ideológico. Abrazando el “sionismo socialista”, creían firmemente en el lema del “trabajo judío para la tierra judía” insistiendo en la necesidad de “proletarizar” a la burguesía judía y devolverla a la tierra, restaurando antiguas profesiones como las de agricultor, que les habían sido negadas en muchos lugares de Europa. Movidos por ideas provenientes del socialismo agrario del movimiento ruso de los Narodnik, trabajaron como campesinos asalariados para los primeros moshavim o como obreros en las incipientes ciudades. Fueron estos emigrantes los que establecieron los primeros partidos laboristas judíos, y se les considera como los “padres fundadores” del Estado de Israel, ya que ocuparon las posiciones más importantes del liderazgo sionista y establecieron los primeros kibutzim, en los que se combinaban a la perfección los ideales socialistas con los sionistas. Para defender los asentamientos judíos de los incipientes ataques árabes locales se establecieron las organizaciones Bar Giora (1907) y HaShomer(1909), que puede considerarse como el embrión de las futuras fuerzas de defensa israelíes. En 1909 fundaron la primera ciudad propiamente “judía”, Tel Aviv. Se calcula que aproximadamente 40.000 judíos llegaron en esta segunda ola migratoria que quedó interrumpida por el estallido de la Primera Guerra Mundial. 227 Mapa 4.9. Asentamientos judíos en la segunda aliyá69 69 Stein K.W. (2019): Forming a Nucleus for the Jewish State: 1882-1947, Center for Israel Education. https://israeled.org/wp-content/uploads/2019/08/8.16.2019-FORMING-A-NUCLEUS-FOR-THE- JEWISH-STATE1.pdf 228 Mapa 4.10 Asentamientos judíos en Palestina entre 1881-191470 70https://www.bc.edu/content/dam/files/research_sites/cjl/texts/cjrelations/resources/education/Israel_Pale stine/before_world_war_i.htm 229 La tercera aliyá ocurrió entre 1919 y 1923. Este grupo procedía principalmente de Europa oriental y emigraron a Palestina como consecuencia de nuevos pogromos sucedidos en Ucrania tras finalizar la guerra, pero también por el ímpetu revolucionario que trajeron consigo la Revolución bolchevique de 1917 y la erupción del nacionalismo que acarreó el fin del Imperio ruso en zonas como Polonia o Lituania. Este impulso revolucionario fue además alentado por la esperanza ofrecida al proyecto sionista en la Declaración Balfour (1917), por el fin del Imperio otomano y por la esperanza que trajo consigo el establecimiento del mandato británico sobre Palestina. No obstante, la emigración a Palestina continuaba siendo muy minoritaria en términos reales (sólo constituía el 1% de la emigración judía total) por lo que, al igual que en la segunda ola, el idealismo ideológico fue el factor decisivo que impulsó la emigración. Importante para el desarrollo de este sentimiento fue la contribución de organizaciones juveniles como HeHalutz o HaShomer HaTzair, de las que hablaremos más adelante que, con sedes en Estados unidos y Europa, se encargaba de “reclutar” y “entrenar” a jóvenes sionistas dispuestos a emigrar a Palestina. Durante este periodo se crearon las organizaciones más emblemáticas del mismo, como el Histadrut o la Haganá, que organizaban el trabajo y la defensa respectivamente. Se calcula que alrededor de 35.000 nuevos inmigrantes llegaron durante este periodo expandiendo los asentamientos mediante la creación de nuevos kibutzim y moshavim. 230 Mapa 4.11 Asentamientos judíos en la tercera aliyá71 71 Stein K.W. (2019): Forming a Nucleus for the Jewish State: 1882-1947, Center for Israel Education. https://israeled.org/wp-content/uploads/2019/08/8.16.2019-FORMING-A-NUCLEUS-FOR-THE- JEWISH-STATE1.pdf 231 La cuarta aliyá que comprende de 1925 a 1929 tenían una composición social eminentemente distinta a las aliyot predecesoras, ya que la emigración desde Rusia había disminuido debido a las restricciones impuestas por los soviéticos. Estaba formada por emigrantes de clase media, en su mayoría de origen polaco, que fueron impulsados a emigrar como consecuencia de la crisis económica que azotó Polonia en la década de 1920 y las restricciones al comercio que impusieron a los judíos. Es por ello por lo que esta aliyá es conocida como la “aliyá Grabski”, nombre del ministro de hacienda polaco que impuso esas limitaciones. Además, las restricciones a la inmigración que impuso Estados Unidos en 1924, destino favorito de la emigración judía, convirtió a Palestina en un puerto alternativo. El vínculo ideológico de esta generación de emigrantes con el sionismo o con la tierra de Palestina era muy tenue, siendo principalmente emigrantes económicos, por lo que su destino favorito de asentamiento eran ciudades como Tel Aviv o Haifa, donde invirtieron sumas cuantiosas en el desarrollo inmobiliario. Esta ola incorporó a 67.000 nuevos emigrantes, la mitad de ellos polacos, aunque la severa crisis económica que azotó al Yishuv en 1926, provocó la salida de muchos de ellos, recuperándose el ritmo positivo de absorción hacia 1929, momento en que la población judía en Palestina alcanzaba ya los ciento sesenta mil. 232 Mapa 4.12 Asentamientos judíos en la cuarta aliyá72 72 Stein K.W. (2019): Forming a Nucleus for the Jewish State: 1882-1947, Center for Israel Education. https://israeled.org/wp-content/uploads/2019/08/8.16.2019-FORMING-A-NUCLEUS-FOR-THE- JEWISH-STATE1.pdf 233 Por último, la quinta aliyá tuvo lugar aproximadamente entre 1929 y 1939 y transformó completamente el carácter del Yishuv (Stein, 2019). Ocurrió principalmente como respuesta a las leyes antisemitas proclamadas por Hitler en su ascenso al poder en 1933. Durante este periodo 250.000 nuevos judíos emigraron a Palestina, muchos de ellos de manera legal, pero las restricciones impuestas por los británicos por medio de los White Papers (Libros Blancos) provocaron una reorganización de la emigración en lo que se conoce como aliyá B, organizada por la Haganá, la defensa del Yishuv, instituyéndose redes clandestinas que atraían a emigrantes judíos huidos de Europa. Una de esas organizaciones era conocida como “La Joven Aliyá”, que instituida en Berlín el mismo día que Hitler ascendió al poder, rescató a decenas de niños del Tercer Reich organizando su migración a Palestina. El 25% de los emigrantes que llegaron en esta ola era de procedencia alemana y austriaca y estaba compuesta por clases medias (médicos, músicos, profesionales cualificados) y una pequeña burguesía bien formada. El 80% de ellos se instalaron en asentamientos urbanos, otorgando un carácter más burgués y europeo al nuevo Yishuv. El 20% del total de emigrantes, sin embargo, se instaló en nuevos moshavim y kibutzim, desarrollando un tipo de construcción denominado “torre y empalizada”, muchos de ellos ilegales, aunque contando con el consentimiento británico, ya que los consideraron instrumentales para contener la revuelta árabe de 1936-39. De este modo, hacia la 1939, la comunidad judía del Yishuv, alcanzaba ya los 475.000 miembros, lo que suponía aproximadamente el 40% de la población de Palestina. Hacia el final del mandato británico en 1948, la comunidad judía de Palestina era en términos numéricos y sociológicos radicalmente distinta a la había iniciado en 1880. 234 Mapa 4.13 Asentamientos judíos en la quinta aliyá73 73 Stein K.W. (2019): Forming a Nucleus for the Jewish State: 1882-1947, Center for Israel Education. https://israeled.org/wp-content/uploads/2019/08/8.16.2019-FORMING-A-NUCLEUS-FOR-THE- JEWISH-STATE1.pdf 235 Mapa 4.14. Asentamientos de torres y empalizadas durante la Revuelta Árabe74 74 Stein K.W. (2019): Forming a Nucleus for the Jewish State: 1882-1947, Center for Israel Education. https://israeled.org/wp-content/uploads/2019/08/8.16.2019-FORMING-A-NUCLEUS-FOR-THE- JEWISH-STATE1.pdf 236 La composición étnica de la emigración judía a Palestina apuntaba claramente al incremento una mayoría de judíos askenazíes (provenientes de Europa central, occidental y oriental) sobre judíos sefardíes o yemeníes, consolidando así la hegemonía sobre el control de los recursos en los miembros de este grupo étnico-cultural, mucho más distanciado del modo de vida árabe y mucho más inmersos en patrones culturales que afirmaban la superioridad europea, paradójicamente, a pesar del antisemitismo europeo que les había llevado hasta allí. Tabla 4.1: Población de comunidades judías en el Yishuv75 La destrucción del Imperio otomano tras la Primera Guerra Mundial ofreció al sionismo una oportunidad sin precedentes de buscar en los Estados europeos que se repartieron el control de su territorio un respaldo a su proyecto político, empleando para ello una lógica que no se distanciaba demasiado de la estrategia imperial británica de dominación: la cooptación y el aprovechamiento de divisiones internas para dominar a los “nativos”. El proyecto sionista fue visto como una oportunidad por parte de Gran Bretaña de favorecer sus intereses en la región, si bien estos no siempre coincidieron con la viabilidad del mismo. Fue así como permitieron que el balance demográfico basado en la emigración judía cambiara paulatinamente la demografía de Palestina, transformándola en una 75 Gurevich, D. (1944): The Jews in Eretz‐Israel/Palestine: From traditional peripherality to modern centrality, Jerusalem, Jewish Agency of Palestine, Dept. of Statistics. (pág. 60) 237 entidad atravesada por múltiples e intersectantes redes de poder que escapaban, irremediablemente, del frágil poder de control árabe. Tabla 4.2. Crecimiento de la población en Palestina de 1872 a 194876 En conclusión, los datos presentados muestran como los tres centros geopolíticos del sionismo se encontraban en Europa, la Palestina otomana y británica y Estados Unidos. Fue precisamente el importante concurso de la diáspora judía norteamericana la que brindaría el más importante respaldo diplomático y económico al proyecto sionista, convirtiéndolo en un movimiento cuasi-global que, hacia mediados del siglo XX podríamos definir sucintamente como sigue: inspiración ideológica europea, concreción político-territorial árabe y apoyo financiero-económico norteamericano, transformando así al movimiento de autoemancipación en una red internacional multiestatal, inmersa en relaciones de competición e intereses geopolíticos y gestionada gracias al concurso del capitalismo internacional. 76 Scholch (1985), McCarthy (2001) y Gresh y Vidal (2011) en Canadians for Justice and Peace in the Middle East (CJPME) https://www.cjpme.org/fs_182 238 4.2. Orígenes multicausales del sionismo a partir de las estructuras históricas de poder. Si bien hasta ahora hemos presentados los orígenes multi-espaciales del sionismo desde una perspectiva geopolítica77, a continuación, presentaremos sus orígenes multicausales, enfocándonos en el surgimiento de cambios organizaciones derivados de la aparición intersticial de nuevos actores que formarán novedosas estructuras de poder. De entre ellas, surgirá el sionismo a finales del siglo XIX. 4.2.1. Las comunidades judías o kehillot Aunque la historiografía general sobre el sionismo señala el siglo XIX como el punto de inflexión más importante en la historia del mundo judío, en mi opinión, resulta necesario viajar algo más atrás en el tiempo y colocar en el inicio de la Edad Moderna el punto de partida para explicar las transformaciones sociales más innovadoras que tuvieron lugar en el judaísmo y que harían posible la revolución sionista posterior. Aunque establecer una periodización o ubicación exacta pueda resultar complejo y polémico, mencionaremos los cambios más fundamentales experimentados aproximadamente desde el comienzo del Estado moderno europeo, en torno a los siglos XV y XVI, hasta el final del siglo XVIII. Creo que, será sólo presentando la evolución gradual que las comunidades judías y su liderazgo experimentaron en esta época, como mejor entenderemos la posibilidad de su surgimiento y las contradicciones que intenta superar el sionismo en su opción por la búsqueda de una solución política a esos dilemas. El gradual proceso de laicización del poder que experimentó Europa durante la Edad moderna resulta, sin duda, el elemento clave que abrió las puertas de las sinagogas y los guetos a la modernidad, cambiando sus estructuras comunales para siempre. 4.2.2. La Edad Moderna y la laicización de las kehillot como producto de la interacción con el entorno. Para analizar el impacto de las crisis que afectaron las configuraciones de las estructuras de poder que regulaban la vida dentro de las comunidades judías de la Europa Central y 77 Entendiendo por geopolítica “la lucha por el control de entidades geográficas con una dimensión internacional para la ventaja política.” (Flint, 2017) 239 Occidental en este periodo, nos basaremos en el análisis efectuado por David Rudermann en la obra Early Modern Jewry: A New Cultural History (2010), en la que analiza los cambios sociológicos fundamentales de lo que ve como el comienzo de una nueva era en la historia de la civilización judía. Ruderman analiza cinco características que, por ser lo suficientemente distintivas y rupturistas con respecto a la baja Edad Media, identifica como las nuevas líneas directrices de este periodo: (i) incremento de la movilidad tanto a nivel individual como comunal; (ii) cambio en los criterios de cohesión comunal y creciente laicización del liderazgo; (iii) una explosión de conocimientos alimentada por el descubrimiento de la imprenta y el acceso a las universidades; (iv) crisis de autoridad provocada por el surgimiento del mesianismo radical; (v) la gradual desaparición de las antiguas fronteras religiosas, sociales y culturales entre judíos y cristianos. Todas ellas responden a impulsos provenientes de dinámicas externas, correspondientes al proceso de consolidación del Estado moderno europeo, al proceso de laicización del conocimiento, a la reforma protestante y al auge del mercantilismo y capitalismo internacional. En definitiva, se deben a dinámicas trans-regionales e interculturales que entrecruzaron todos los ámbitos sociales en Europa. Dentro de estas dinámicas religiosas, políticas y económicas exógenas al judaísmo, el surgimiento del protestantismo y su contribución al crecimiento del laicismo y del Estado moderno resultarán claves y afectarán, de manera singular, la vida en las kehilas (comunidades judías), impulsando cambios que también irían acompañados de un creciente laicismo de la autoridad comunal. En concordancia con el análisis de Mann de este periodo, en el siglo XVI, motivados por el crecimiento económico, el desarrollo de la vida urbana y las relaciones geopolíticas tras el descubrimiento de América, se ponen en marcha cuatro procesos para los cuales la Iglesia católica no tendrá una respuesta efectiva y terminará provocando el cisma cristiano: (i) el auge del racionalismo y la ciencia moderna; (ii) el surgimiento de una clase capitalista; (iii) el auge de la Europa del noroeste facilitado por el mercantilismo y (iv) el surgimiento del Estado nacional moderno. Con respecto al auge del racionalismo, esencial para el surgimiento del Estado moderno burocrático, el Renacimiento y la secularización de la antigua ecúmene cristiana, protagonizado por las clases más cultas y alfabetizadas, reforzó el humanismo, resucitando la cultura y saberes clásicos. Su difusión escapó a la organización eclesiástica católica. Paulatinamente, fe y razón se fueron separando y la ciencia y cosmología ya no formaban parte del monopolio dogmático de la Iglesia. En el caso del judaísmo, la excomunión de Spinoza (1632-1677) representa uno de los episodios más significativos 240 de esta nueva tendencia y de la enconada lucha entre razón y fe, que ocurren simultáneamente, tanto en el judaísmo como en el cristianismo. Siguiendo esta corriente argumental, Mann afirma que la “domesticación de la naturaleza”, promovida por el auge de la ciencia y los descubrimientos, hace que la religión, como sistema explicativo del cosmos, quede anticuada (Mann, 2012, pág. 654). El judaísmo no fue una excepción. Otro problema surgido cuando aparecieron en competencia conflictos ideológicos con una importante dimensión política fue el conflicto entre autoridad política y razón, incentivado por los intereses de comerciantes y capitalistas emergentes, entre los que se encontraban notables judíos como los Rothschild, Isaac Pinto, Benjamin y Abraham Goldsmid, Ephraim Hart, etc. Este último conflicto sobre la autoridad política fue probablemente el más decisivo, ya que hacía frente a dos formas nuevas de conciencia colectiva: la nación (burguesa) y la clase (capitalista y obrera), ambas producto de la evolución conjunta del capitalismo y del Estado-nación, para las cuales, el judaísmo tradicional, no tenía una fácil acomodación. Como parte de este proceso, la descentralización de los medios de producción y de intercambio, base del sistema capitalista, contribuyó a fomentar también el cuestionamiento de la autoridad centralizada eclesiástica. Aunque en el judaísmo rabínico, no existiera nunca una autoridad religiosa centralizada fuera de las diferentes comunidades, el aumento de la solidaridad de clase de burgueses y empresarios descritas por Mann aportaba a los judíos más posibilidades de acción colectiva y de cambio que el judaísmo tradicional, caracterizado por el quietismo social pietista que aguardaba la llegada del mesías. La cultura judía de este periodo sufre por ello un fuerte proceso de descentralización, saliendo de la comunidad, al igual que su élite económica-intelectual, gracias al incremento en el poder extensivo de las comunicaciones y en la exposición a otros grupos y comunidades, creando con ello un cierto bagaje cultural híbrido, que dio lugar a una relación dialéctica entre lo local-regional judío y lo global. Será la existencia de una élite transnacional formada por comerciantes, financieros, médicos e intelectuales la que transmita sus inquietudes ideológicas y sus nuevos modelos organizacionales al resto de miembros de las comunidades judías. A ello se añadiría la conciencia de clase obrera de los judíos situados en los nuevos polos de industrialización europea y norteamericana. Ello explica por qué es en esta época cuando las comunidades judías pasan a estar co-dirigidas y representadas por personajes laicos, hombres de negocio con éxito, que se convertirán en los principales benefactores y filántropos, y que tendrán un papel fundamental a la hora de financiar y garantizar el éxito posterior de las primeras 241 comunidades sionistas en Palestina, siendo los grupos ideologizados de jóvenes judíos militantes en movimientos obreros e intelectuales universitarios europeos los integrantes de las primeras olas migratorias a Israel. En consonancia con este proceso de descentralización de la autoridad iniciado en el siglo XVI, comenzaron a establecerse redes de contacto entre comunidades que escapaban a las estructuras tradicionales de poder, tanto dentro de las comunidades (autoridad religiosa) como dentro de los Estados en los que estas operaban (autoridad política). Estas nuevas redes adquirieron mayor importancia para la vida social de las comunidades que las anteriores, planteando con ello desafíos que exigían nuevas soluciones organizativas basadas en elementos de solidaridad transcomunales. La creación del Consejo de las Cuatro Tierras en la Mancomunidad Polaco-lituana (1580-1765 aprox.) es un ejemplo de cómo las transformaciones de la Edad Moderna, exógenas al judaísmo, trajeron consigo nuevos elementos organizacionales de la vida judía en Europa, así como su creciente politización. La composición multiétnica de la mancomunidad junto con su sistema político federal basado en instituciones representativas que limitaban el poder real, convirtieron a esta entidad en una verdadera proto-democracia europea, con gran tolerancia religiosa, impulsando con ello modelos organizacionales de representación política descentralizados, que politizaron a las comunidades judías polacas, extendiéndose posteriormente al resto de comunidades europeas. En esta mancomunidad, tanto por número como por importancia para la vida industrial polaca, los judíos tuvieron la libertad de organizarse como una clase social separada, disfrutando de libertad y autonomía para las cuestiones relativas a sus intereses comunales y espirituales, generando toda una red administrativa, judicial, religiosa y asistencial que las dotaron de una verdadera forma de autogobierno. Desde entonces, el término kahal denotaría tanto a la comunidad religiosa como al gobierno secular de la misma, originando una fuente de autoridad bicéfala, dividida entre el rabino (a cargo de cuestiones religiosas y judiciales) y el líder electo de la administración autónoma comunal. La rivalidad entre ambas, la creciente oligarquía y la disolución de la mancomunidad a manos de Rusia, Prusia y Austria, abrieron una crisis institucional que trajo consigo, a finales del siglo XVIII, nuevos modelos organizacionales de acomodación, generando cambios ideológicos revolucionarios que desembocarían en el surgimiento de nuevas corrientes religiosas revivalistas. La desintegración de la mancomunidad y la crisis que generó explica el surgimiento, desde el interior de las comunidades polacas en el siglo XVIII, de un movimiento 242 eminentemente contra-elitista que, desde el misticismo mesiánico (fuerza trascendental que el judaísmo rabínico tradicional no podía dominar), provocaría el cisma que dio origen al jasidismo, representado por el Baal Shem Tov (1698-1760), definido como un “hechicero socialmente marginado” (Dubnow, citado en Green et al. 2018, pág. 3). El judaísmo jasídico, con su énfasis en la inmanencia divina, representa un intento de materializar la vida, transformándose en un verdadero movimiento popular, en el que la religiosidad de las masas suponía una verdadera oportunidad de empoderarlas. (Green et al. 2018) Historiadores como Ben-Zion Dinur lo sitúan como una reacción a la corrupción y desintegración política de las comunidades judías polacas en el siglo XVIII, enfrentadas por luchas intersticiales entre rabinos que imponían un énfasis extremo en la halajá y líderes laicos que imponían una excesiva carga fiscal en las comunidades. Otros lo sitúan como una reacción a la excesiva racionalidad e intelectualidad de la Haskalá (ilustración judía representada por élites intelectuales secularizadas). En cualquier caso, lo significativo y revolucionario es que fundaron un tipo de organización comunal dinástica, basada en comunidades religiosas autónomas, dirigidas por una autoridad transmitida desde el Besht’s (maestro) a un hijo o un discípulo favorito, reestructurando con ello el orden comunal en los márgenes geográficos de la zona de asentamiento de la Rusia zarista. Cada maestro era venerado y los verdaderamente carismáticos erigían centros de peregrinaje a los que viajaban discípulos que no necesariamente pertenecían a su comunidad y desde los que mandaban delegados para difundir su mensaje a otras comunidades. Se trataba por ello de estructuras extensivas y descentralizadas, con un cuerpo doctrinal flexible, lo que las hicieron extremadamente populares, particularmente en los márgenes meridionales de la zona de asentamiento. A pesar de su carácter extensivo y difuso, los centros de peregrinaje situados en Europa Oriental desarrollaron, con el tiempo, una marcada institucionalización de la autoridad simbólica, convirtiéndose, incluso después de la creación del Estado, en los nuevos centros de referencia de la fe jasídica y en la perpetuación del yiddish como lengua vernácula y símbolo (político) de resistencia a la asimilación, tanto gentil como sionista. Paradójicamente, si esta evolución pudo producirse en el judaísmo, se debe a que recibió la influencia de movimientos intelectuales provenientes de la ilustración europea que, con su énfasis en el valor de las culturas vernáculas, promovieron, al igual que en el protestantismo, la traducción de la Torá y el Talmud a lenguas regionales como el alemán, 243 el yiddish o el ladino (judeoespañol), popularizando con ello el conocimiento religioso y abriendo nuevas vías para su reinterpretación. En resumen, se demuestra así como la Edad Moderna trajo consigo múltiples transformaciones, entre las cuales, serían decisivas para el posterior desarrollo del sionismo: (i) el establecimiento de nuevas redes transcomunales; (ii) la creciente incardinación de las kehillot en las estructuras políticas de los Estados; así como (iii) una preocupación por establecer los fundamentos de una sociedad justa, ya sea basada en el ejemplo pietista del maestro, como en el jasidismo, o en las adaptaciones ilustradas del idealismo alemán, al modo secular de Nachman Krochmal. La influencia que estas corrientes tendrían en el pensamiento de intelectuales sionistas posteriores, como Martin Buber o Gershom Scholem, sería fundamental para contrarrestar el racionalismo asimilacionista o el rabinismo halájico tradicional, dando con ello lugar a una nueva religiosidad romántica, que tendría su expresión en desarrollos tempranos de la ideología sionista, particularmente en su vertiente cultural. Sea como fuere, lo que parece demostrado entre bastantes historiadores del pensamiento judío como Moshe Idel, es que, al igual que en el jasidismo fue el contacto con otras corrientes religiosas extáticas de los Cárpatos las que transmitieron las principales ideas rituales de peregrinación y culto a este movimiento, en el judaísmo, ha sido la interacción con el entorno y el entrecruzamiento de redes de transmisión de mensajes y prácticas rituales, que escapaban con frecuencia al control institucionalizado, las que han promovido el desarrollo de nuevas identidades judías como el sionismo, que en este sentido sería la materialización política de la esperanza mesiánica del retorno a Israel. Para ello, se sirvieron de estrategias modernas de organización ideológica y estratificación social, ya extensamente utilizadas por el jasidismo, y que en la era del auge de las comunicaciones, ha sido capaz de movilizar y coordinar unos recursos sin precedentes. En definitiva, resulta evidente, que la interacción entre cristianismo y judaísmo dentro del espacio geopolítico europeo, así como el entrecruzamiento entre sus redes de comunicación y transmisión simbólica, ha sido reflexiva e históricamente compleja. Ello resulta decisivo para entender los orígenes del sionismo (en tanto que nuevo intento de materializar la vida judía) y su relación simbiótica con otras ideologías como el cristianismo evangélico escatológico o el romanticismo nacionalista, fundamentales para la conquista sionista de la opinión pública occidental en los siglos XIX y XX. 244 4.2.3. La relación entre el despertar cristiano, el imperialismo, el nacionalismo romántico y el sionismo. En esta sección, trataremos de señalar cómo se alcanzó, en el siglo XIX, la relación simbiótica entre cristianismo, judaísmo y nacionalismo romántico, tan fundamental para explicar el desarrollo del sionismo y para la cual, la intercesión de la academia tendría un papel fundamental. Como ya se ha hecho referencia, el marco decisivo de esta interacción sería la traducción y divulgación de textos judíos que, por primera vez, permitirían el acceso cristiano a los mismos, facilitando con ello la aparición de una nueva ciencia, la Wissenschaft des Judentums, representada por autores como Eduard Gans, Heinrich Heine o Heinrich Graetz. Serían las sociedades de estudios judíos y bíblicos, junto con el revivalismo cristiano evangélico angloamericano del siglo XIX, los que mayormente contribuirían a despertar un sentimiento de origen común judeocristiano, así como la esperanza restauracionista del retorno a Sión, que precedería a la segunda venida de Cristo y a la consecuente conversión masiva de judíos. En este contexto revivalista cristiano fue Gran Bretaña el Estado europeo que protagonizó la primera defensa política del retorno judío a Palestina, aunque no estuvo exenta de motivaciones imperialistas. Explicaré a continuación el contexto histórico para entender mejor cómo la combinación entre imperialismo y revivalismo cristiano favoreció a la empresa sionista. A lo largo de los siglos XVIII y XIX, en el marco de la rivalidad entre Rusia, Francia y Gran Bretaña por ejercer el control en el Mediterráneo y Oriente Medio, se firmaron con el Imperio otomano una serie de capitulaciones y tratados que concedieron a las potencias europeas tanto ventajas comerciales como derechos de protección de sus minorías religiosas. Rusia se convirtió en la protectora de los ortodoxos cristianos del Imperio otomano y Francia haría lo propio con los católicos desde el siglo XVIII. Gran Bretaña, que hasta entonces había negociado concesiones exclusivamente comerciales, estaba deseosa de extender su influencia buscando a sus propios protégés, por lo que se erigió, en el siglo XIX, en protectora de los drusos en el Líbano y de los judíos en Palestina. Así, precediendo en varias décadas a la aparición del propio movimiento sionista entre los judíos europeos, en 1841, el eminente político británico Lord Shaftesbury publicó en el Colonial Times el Memorandum to Protestant Monarchs of Europe for the restoration of the Jews to Palestine. Escrito en mitad de la guerra Egipto-Otomana (1839-1841), en la que Gran Bretaña jugó un papel decisivo al evitar el colapso del Imperio otomano bajo el militarismo expansionista de Muhammad Ali de Egipto, el imperialismo inglés 245 reconfiguró las relaciones de poder en la región y abrió la puerta para su influencia decisiva en la historia de Egipto y de Oriente Medio. Fue precisamente en el contexto de la guerra de Crimea (1853-56), en una nueva escenificación bélica de la rivalidad ruso- británica por ejercer el control sobre territorios pertenecientes al debilitado Imperio otomano, cuando Shaftesbury escribió al Primer ministro, Lord Aberdeen, para aportar una solución a la presencia británica en la región que favorecería simultáneamente tanto los intereses del imperio, como sus propias inclinaciones religiosas filosionistas. En ese escrito Shaftesbury manifestaría que la Gran Siria (provincia meridional del Imperio otomano) era "a country without a nation" in need of "a nation without a country... Is there such a thing? To be sure there is, the ancient and rightful lords of the soil, the Jews!" Más tarde, escribiría en su diario: "these vast and fertile regions will soon be without a ruler, without a known and acknowledged power to claim dominion. The territory must be assigned to someone or other... There is a country without a nation; and God now in his wisdom and mercy, directs us to a nation without a country." (Hyamson 1918, p. 140) haciéndose eco de una formulación similar efectuada por el reverendo Alexander Keith, en su obra de 1844 The Land of Israel According to the Covenant with Abraham, with Isaac and with Jacob. De hecho, la historiadora Anita Shapira (2014) afirma que fueron estos círculos protestantes ingleses de la década de 1840 los que transmitieron a los judíos la idea de la restauración nacional en el Israel bíblico. Fue precisamente en la London Society for Promoting Christianity Amongst the Jews (de la que Shaftesbury era presidente) donde militaría también el pastor anglicano rastauracionista William Hechler, personaje clave a la hora de canalizar el apoyo público al movimiento sionista, tanto en Europa como en Estados Unidos. El propio Hechler escribiría un panfleto en 1884 titulado The Restoration of Jews to Palestine According to the Prophets y se convertiría, durante sus años como capellán de la embajada británica en Viena, en uno de los amigos más cercanos de Theodor Herzl, por quien intermediaría frente al káiser Guillermo II (de quien era amigo personal), consiguiéndole un encuentro para presentarle la propuesta de establecer un Estado judío en Palestina. A pesar de los intentos de secularizar la historia judía en los escritos de la Haskalá (como en Graetz o Krochmal), fue la fusión entre el revivalismo de la historia sagrada y los intereses imperialistas y capitalistas del momento los que al final se impusieron para hacer del retorno a Sión una empresa creíble que merecía, cuanto menos, una consideración política por parte de la mayor potencia global del momento. 246 Además de la interacción entre cristianismo y judaísmo, que tanto favoreció al sionismo político frente a la opinión pública occidental, existió otra corriente cultural que, paradójicamente, a pesar de su oposición a fundamentar cualquier acto humano fuera del marco de la razón, contribuyó intersticialmente al éxito de la empresa sionista: el nacionalismo laico. Tanto el laicismo como la secularización ofrecían respuestas más plausibles que el judaísmo tradicional a los dilemas sociales que trajeron consigo las revoluciones liberal e industrial en el siglo XIX, a cuyas disyuntivas los judíos no quedaron inmunes. Para entender mejor este proceso, conviene efectuar algunas breves precisiones acerca de las transformaciones sociales y productivas que dieron origen al secularismo. El secularismo de la civilización europea moderna, está basado, según Mann (2012), en cuatro instituciones sociales: (i) el modo capitalista de producción; (ii) el industrialismo (iii) el Estado nacional (que ha reconducido normativa y geográficamente a los dos anteriores) y (iv) el multiestatalismo geopolítico y diplomático. Estas cuatro instituciones, producto de la evolución reticular del poder social en Europa, generaron sus propias ideologías inmanentes (liberalismo, socialismo y nacionalismo), debilitando con ello al cristianismo, al judaísmo y a toda otra fuerza social trascendental sobre las que se articulaban, hasta el momento, las relaciones políticas y la producción económica. Aunque es cierto que el judaísmo era tal vez la religión mejor adaptada a los cambios acarreados por el auge del capitalismo, no ofrecía, sin embargo, una respuesta al dilema nacional, y a la pregunta de cómo integrar la identidad nacional secular dentro del sistema normativo judío sin provocar con ello la asimilación. La revolución industrial y la creciente urbanización habían sacado a grandes masas de judíos del shtetl (pueblo agrícola de mayoría judía situado en la zona de asentamiento del Imperio zarista). La emigración a América y la vida en la Europa occidental, habían transformado profundamente las relaciones de la vida comunal judía, dando lugar a nuevos modelos organizacionales menos cerrados, semi-secularizados y penetrados por redes con identidades no judías y más universalistas, que escapaban al control comunitario tradicional. De nuevo, nos encontramos aquí con otra paradoja que afectó al surgimiento del sionismo ya que el nacimiento de las economías capitalistas modernas (en las cuales los judíos habían participado aportando su savoir faire financiero y comercial a gran escala), fortalecieron indirectamente los poderes del Estado, convirtiéndose en garantes de la “pax normativa” y de la seguridad en las transacciones comerciales, ambas fundamentales en el proceso de fortalecimiento de la hacienda estatal, que se beneficiaba de la imposición de tarifas aduaneras e impuestos. La imbricación e 247 interdependencia entre capitalismo y estatalismo-nacionalismo dio lugar a las revoluciones liberales que auparon a la burguesía y consagraron derechos universales para todos los miembros del cuerpo político, independientemente de su religión o estatus social, abriendo con ello nuevas oportunidades de participación en las instituciones de poder de los Estados. Ello provocó un cambio fundamental en la identidad judía, teniendo que incorporar a su sistema de valores la identidad nacional del Estado de acogida, a cambio de su participación en el corpus político. El sionismo constituye, desde este punto de vista, el último intento de evitar la desintegración del mundo judío tradicional, de superar la dispersión y preservar su memoria en la modernidad. La expansión de la estructura económica capitalista, acompañada por procesos de urbanización y emigración, junto con el laicismo, fueron los fenómenos sociales que reestructuraron el judaísmo europeo, transformando todas las redes de fe y solidaridad comunal. El sionismo simbolizaba el fin de la competitividad ideológica por encontrar un lugar como centro de fe y autoridad en la modernidad. Una vez destruidas Babilonia, la Sefarad medieval, o la Europa Oriental, el judaísmo inventó un reencuentro con un centro anterior a todos estos desarrollos: Eretz Israel. 4.3. Los retos organizativos derivados del fracaso de la asimilación y sus estrategias de salida: emigración, lucha de clases y nacionalismo Como hemos expuesto anteriormente, debido a todas las transformaciones sociales acontecidas durante el último tercio del siglo XIX relacionadas con el auge del capitalismo, el crecimiento del Estado, la secularización y el cuestionamiento de la autoridad tradicional, los judíos europeos se enfrentaron a cuatro retos principales: (i)la integración política y social dentro de nuevas comunidades nacionales; (ii) el creciente antisemitismo racial que ello provoca; (iii) movimientos migratorios de origen económico derivados de la segunda revolución industrial y de disputas inter-imperiales que aumentaron la urbanización (iv) la creciente demanda de educación secular y formación profesional para sacar de los nichos económicos tradicionales a miles de judíos desplazados, empobrecidos o desposeídos por asedios antisemitas, a fin de integrarlos, de forma eficaz, en las nuevas redes del capitalismo industrial. A fin de dar respuesta a estos restos de alcance transcomunal, se produjo una explosión y transformación organizacional sin precedentes que, fuera del marco religioso tradicional de las congregaciones, ampliaron sus objetivos hasta internacionalizarlos, para atender 248 las necesidades materiales, sociales y políticas de todos los miembros de la orbe judía, fomentando con ello una solidaridad colectiva y un sentido de identidad y autorrealización judíos que traspasaban, paulatinamente, los límites cerrados de las comunidades locales. Además, los cambios producidos en la estratificación social durante el siglo XIX, con el robustecimiento de las clases medias burguesas y la “sociedad civil”, beneficiaron enormemente a los judíos que, gracias al ascenso social y paulatina integración, fueron los principales protagonistas de esta explosión organizacional, de la que surgieron numerosas asociaciones destinadas a la realización de fines eminentemente seculares: clubes deportivos, asociaciones culturales, musicales, educativas, de mujeres, lúdicas, etc. Todo este entramado organizacional cívico, sería fundamental para el desarrollo de una cultura democrática y nacional, proveyendo con ello del “sustrato” social necesario a la futura causa sionista. En este sentido, prestigiosos sociólogos como Kaufman y Tepper (1999) han examinado la relación entre democracia y capital social, concluyendo que la disposición de recursos como la confianza, las normas compartidas y las redes de acción, presentes a nivel comunitario, se encuentran en el epicentro de la cultura democrática facilitadora de la acción colectiva y la participación política. Citando la definición de Putnam (Ibid, pág. 301) de capital social como “networks, norms, and trust that facilitate action and cooperation for mutual benefit”, la explosión de redes formales de acción colectiva (asociaciones) junto con la existencia de normas culturales afines y la confianza aportada por el sentimiento de compartir una pertenencia étnica y una experiencia histórica común, opuesta a la sociedad gentil, explican, en buena medida, el éxito de la empresa colectiva sionista desde el punto de vista organizacional. El surgimiento del sionismo coincide con la edad dorada del asociacionismo, momento en el que se produce un “excedente” de capital social y solidaridad grupal, que contribuirá, decisivamente, a la construcción estatal, que será vista como el objetivo común en torno al cual se formen distintas iniciativas de intercambio organizado, cimentado por una solidaridad y confianza mutuas de bases puramente seculares. De hecho, existen estudios realizados sobre la comunidad judía de Hamburgo, extensivos al resto de Alemania, que afirman que todos los aspectos de la vida de los judíos desde mediados del siglo XIX estaban determinados, de algún modo, por la pertenencia a una asociación u organización judía con fines seculares, aunque el asociacionismo decimonónico no fuera exclusivamente un fenómeno judío (Liedtke, 2016) Ese mismo estudio afirma que, entre las organizaciones judías de la época, las organizaciones 249 benéficas o asistenciales, eran las mejor organizadas y, en muchas ocasiones, eran emuladas y servían de modelo para otras organizaciones de fines similares no judías. Como ya se ha afirmado con anterioridad, la mayoría de organizaciones judías asistenciales que se crearon en esta época respondían a necesidades seculares, fomentadas desde principios del siglo XIX por los maskilim (seguidores de la Ilustración judía) que, entre otros cometidos más relacionados con la difusión de la cultura y la lengua hebreas, pretendieron sacar a los judíos tanto de la pobreza, como de profesiones tradicionales relacionadas con las finanzas o el comercio, habitualmente vinculadas con su origen étnico. El objetivo era ayudarles en el proceso de adaptación a la modernidad, introduciéndolos en profesiones de especial cualificación, que abarcaban nuevos campos como la agricultura, la artesanía, las artes y la ciencia, en el convencimiento de que el trabajo manual dignificaba y transmitía una moral más enriquecedora gracias a la relación personal que estableces con tu objeto de producción. Organizaciones como las Jüdische Freischule, de enseñanza secular para niños judíos pobres, o seminarios de formación para profesores, fueron fundadas desde estos presupuestos asumidos por los maskilim. En este empeño, transformaron, tanto el tipo de liderazgo, como alcance, que se extendían a nivel global gracias a las redes de mecenazgo. Esta nueva implosión organizacional, encaminada a la asimilación e integración de los judíos en las redes sociales de la Europa gentil, se topó, sin embargo, con los obstáculos endémicos al desarrollo capitalista y sus respectivas crisis, y a las inconsistencias de los nacionalismos excluyentes y agresivos que proliferaron en la Europa central y oriental. Ambos dieron origen al anti-semitismo moderno, racial y secular, que expulsaba como algo exógeno a aquellos colectivos que no identificaban con la nación, particularmente a raíz de la fusión entre clase y nación que dio lugar al surgimiento de clases nacionalistas o imperialismos sociales78, como ocurrió, muy notablemente, en el Imperio zarista de los últimos Romanov. El antisemitismo y la pobreza que trajo consigo, exacerbado por leyes discriminatorias, provocó el surgimiento de otro tipo de asociacionismo judío, esta vez mucho más centrado en la integración en movimientos transnacionales, que tenían que ver con la lucha de clases o la emigración, una vez se constató que la asimilación era un espejismo. Ello provocó el desarrollo de tres estrategias de salida que, basadas en diferentes supuestos ideológicos e identitarios, facilitaron una proliferación organizacional extensiva con fines políticos: (i) la promoción de la emancipación 78 El imperialismo social, según Mann, ocurre cuando la élite gobernante desplaza la ira y frustraciones de las clases nacionales hacia un enemigo común 250 mediante la emigración a lugares favorables a la misma; (ii) la integración en movimientos revolucionarios dispuestos a cambiar las condiciones objetivas de la existencia judía; y (iii) la promoción del nacionalismo judío o sionismo, mediante la auto- segregación política, símbolo del fracaso último de la asimilación. Como veremos, sería finalmente esta última estrategia la que fagocitaría a las demás, acabando por dominar, en muchos aspectos, la vida y organizaciones judías en la diáspora. Estas estrategias, junto con las organizaciones y redes que se crearon para conseguirlas, reflejaban y afirmaba la progresiva transformación del pueblo judío en una “clase para sí misma” (tanto en términos políticos como económicos), situando la (i) interdependencia, (ii) la solidaridad colectiva y (iii) su modo de organización trasnacional, como parte de las condiciones objetivas que definían su existencia como clase nacional. Es decir, la solidaridad e interdependencia colectiva y sus modos de organización extensivos constituyen el eje fundamental de la singularidad judía, su nomos y ethos esencial. Una vez perdida la centralidad de la sinagoga, en la Europa secularizada, pertenecer a una asociación u organización era, muy frecuentemente, el único modo de expresar un sentimiento compartido de identidad judía colectiva. A continuación, abordaremos algunas de las iniciativas más significativas de este nuevo entramado organizacional, con el fin de enmarcar, en este contexto, el surgimiento de las organizaciones sionistas y la constitución del nuevo asentamiento o Yishuv en Palestina, ya que es en el marco de estas y en su experiencia organizativa, donde el sionismo nacionalista se inspiró y fortaleció. 4.3.1. La emigración, la lucha de clases y el nacionalismo judío desde tres redes transnacionales de poder: la filantropía de los barones, el bundismo y el temprano despertar del sionismo. Como ya se ha mencionado con anterioridad, la explosión demográfica que experimentó Europa en el siglo XIX provocó grandes movimientos migratorios, ya sea mediante el desplazamiento a polos urbanos de creciente industrialización dentro de los propios Estados europeos y sus colonias o, más allá de estos, a América, particularmente EE. UU., Canadá, Brasil, Argentina o Uruguay. Se estima que desde 1815 hasta la década de 1930, abandonaron Europa casi 60 millones de personas en grandes olas migratorias. Estas olas migratorias trajeron consigo una vida rica en formas organizacionales, que afectaron, particularmente, la naturaleza de las nuevas organizaciones judías que se crearon para 251 responder a los retos migratorios. A las olas de migración derivadas de un deseo de mejorar las condiciones económicas, se unían aquellas que eran provocadas, de manera oficiosa, por decretos, pogromos y políticas antisemitas abundantes en Europa oriental, particularmente, en el Imperio ruso de Alejandro III y Nicolás II. Acontecimientos como los pogromos de 1881-1884 o el Decreto imperial de 1891, que restringía la residencia de los judíos en Moscú y que provocó la expulsión de más de 20.000 de ellos de la ciudad, fomentó la repulsa de las comunidades judías en toda Europa, incentivando con ello la necesidad de organizarse para dar respuesta material, política y diplomática a estas acciones violentas, autoritarias y discriminatorias. 4.3.1.1. La filantropía de los grandes barones: antisionismo y proto-sionismo en los representantes de la triarquía del poder judío europeo Entre toda la actividad organizacional relacionada con la organización y logística de la emigración, desplegada como consecuencia de los pogromos y las condiciones económicas adversas, merece una atención particular la llevada a cabo dentro del marco que he denominado “la filantropía de los grandes barones”. Se trataba de iniciativas llevadas a cabo por hombres de negocio e industriales judíos poseedores de inmensas fortunas que, como en el caso del alemán Maurice de Hirsch (1831-1896), el francés Edmond de Rothschild (1845-1934) o el británico Moses Montefiore (1784-1885), aportaron una visión empresarial particular a la actividad filantrópica, huyendo de la clásica práctica asistencial o tzedaká79. Sus respectivas nacionalidades son representativas de la triarquía europea de la que habló en 1841 Moses Hess, refiriéndose a cómo Gran Bretaña, Francia y Alemania habían conseguido los máximos niveles de emancipación para los judíos. Sus iniciativas, que supervisaban personalmente o por medio de delegados, estaban más encaminadas a facilitar el emprendimiento y la autosuficiencia de los emigrantes que a meras tareas asistenciales. La diferencia esencial entre ellos venía dada por el destino de su preferencia: mientras que Hirsch se inclinó por promover la emigración al continente americano debido a sus reservas hacia el proyecto sionista (al que no consideraba realista), Rothschild y Montefiore dedicaron ingentes fondos a promover el desarrollo económico de los judíos en Palestina, convirtiéndose en los patrocinadores de las primeras iniciativas colectivistas enmarcadas en lo que ya puede 79 Práctica del judaísmo rabínico relacionada con la justicia social y la donación a una causa digna. 252 verse como un proyecto proto-sionista. Las estructuras que establecieron para sus asentamientos no varían, sin embargo en lo sustancia: estaban basadas en la apropiación o compra de tierras y en el empleo exclusivo de capital y mano de obra judía. 4.3.1.2. La emigración como rehabilitación moral colectiva frente a la caridad improductiva: la filantropía rentable del barón Maurice de Hirsch Tanto por su alcance como por su alternativa al proyecto sionista y al enfoque de las obras de caridad al uso, la organización judía de la emigración a gran escala para el reasentamiento en colonias agrícolas a través de fondos filantrópicos que operaban como verdaderas sociedades anónimas a escala global tuvo su mayor representación en la Jewish Colonisation Association o ICA (Paris, 1891), que constituyó una respuesta novedosa a la paupérrima condición en la que se encontraban los judíos rusos tras las leyes antisemitas del zar Alejandro III. Financiada por el barón Maurice de Hirsch, promovió la emigración a granjas coloniales compradas por la asociación en Canadá, Estados Unidos, Argentina, Brasil o la Palestina otomana, donde se empleaba la mano de obra barata de judíos rusos a cambio de ayudarles a encontrar “un nuevo lugar en el mundo”. Se calcula que, en la época, podía ser uno de los mayores proyectos filántropos a nivel internacional. En términos monetarios, sus fondos ascendían a 11 millones de libras esterlinas, aunque hay autores como Oscar Strauss que afirma que pudo haber excedido los 100 millones de dólares80. Fundada como una sociedad anónima con la participación de otros magnates como el Baron Edmond de Rothschild, J. Goldsmid, Sir Ernest Joseph Cassel, F.D. Mocatta, Benjamin S. Cohen, S.H. Goldschmidt, o Salomon Reinach81, promovió entre 1904 y 1914 la creación de más de 500 comités de emigración en Rusia, instalando una oficina central en San Petersburgo. Además de la promoción de la emigración, la ICA financió también organizaciones educativas y asistenciales para facilitar el reasentamiento de los emigrantes judíos en los lugares de destino, como Nueva York o Argentina, así como organizaciones que promovían la reunificación y el contacto familiar como el Removal Committee. El cierre de las fronteras a la inmigración tras la finalización de la Primera Guerra Mundial provocó la necesidad de reorganizar la ICA, uniendo fuerzas con otras organizaciones como la American Jewish Joint Distribution 80 Según información proveniente del archivo de la Jewish Telegraphic Agency (10/12/1931)https://jta.org/archive/baron-de-hirsch-centenary 81 https://www.jewishvirtuallibrary.org/jewish-colonization-association-ica 253 Committee (JDC) o el HIAS (Hebrew Sheltering and Immigrant Aid Society), en 1927. Este esfuerzo conjunto logró que hacia 1937 ya se hubieran establecido 57 comités en 21 países. Lo novedoso de esta nueva organización es que no sólo se dedicó a la promoción de la emigración y a actividades asistenciales, sino que incluyó entre sus actuaciones proyectos destinados al desarrollo industrial, la actividad financiera o el emprendimiento, convirtiéndose en verdaderos actores económicos, insertados en las estructuras capitalistas occidentales de la época. Buscando la autosuficiencia y rentabilidad de las nuevas colonias judías, al modo en que lo hacían los inversores imperialistas europeos, generaron estudios de rentabilidad agraria y fomentaron las cajas de ahorro (llegó a haber más de 700) y otros modelos de cooperativas financieras, pudiendo considerarse como una entidad pionera en este ámbito, un precedente privado del Banco Mundial. En Rusia, por ejemplo, ordenaron un estudio en 1904 (Recueil des matériaux sur la situation économique des israélites de Russie) con el objetivo de mejorar los métodos y técnicas agrícolas locales, introducir nuevos cultivos y establecer cooperativas, con el fin de incrementar la productividad. En el ámbito financiero, crearon en 1924 la American Joint Reconstruction Foundation (AJRF). Gracias al apoyo financiero de esta entidad y a su guía técnica, hacia 1920 ayudaron a establecer 50 cooperativas agrícolas en el sur de Ucrania y una veintena en Polonia, incluyendo la compra de tierras. La compra de tierras para su explotación agrícola mediante la creación de cooperativas judías se convirtió en una de las iniciativas coloniales más populares de desarrollo económico en la época, coincidiendo con un modelo de asentamientos muy similar al que se estaba creando en la misma época en la Palestina del Mandato británico, construido sobre la idea de devolver a los judíos sus habilidades como trabajadores manuales. “Mi propia experiencia, me lleva a reconocer que los judíos tienen muy buena habilidad para las tareas agrícolas... y mis esfuerzos mostrarán que no han perdido las habilidades que sus antepasados poseían. Yo trataré de construirles nuevas casas en otros países, donde siendo agricultores libres que trabajen sus propias tierras, se convertirán en miembros útiles para dichas sociedades” ( Zablotsky, 2004, pág. 7) En Argentina, por ejemplo, gracias a las facilidades que otorgaba la Ley de Inmigración y Colonización de 19 de octubre de 1876 promulgada por el presidente Nicolás Avellaneda, se establecieron sendos asentamientos en Santa Fé, La Pampa, Entre Ríos y Buenos Aires. En 1889 crearon la colonia de Moisésville, comprando 100.000 hectáreas de tierra al gobierno argentino. A los colonos se les ofrecía equipamiento, instrucción técnica y créditos y se creó una red de escuelas para asistir las necesidades educativas de 254 los niños y el entrenamiento profesional de los jóvenes y adultos. La idea detrás del proyecto estaba fundamentada en el concepto de rehabilitación mediante la autosuficiencia. Los judíos rusos habían sido privados de su dignidad, que según los valores capitalistas provenía de su capacidad para ganarse la vida y emprender, y la única manera de devolverles esa dignidad era rehabilitando su autosuficiencia económica y su apropiación del trabajo. En palabras pronunciadas por el propio Hirsch en 1891: “Me opongo firmemente al antiguo sistema de limosnas, que sólo hace que aumente la cantidad de mendigos, y considero que el mayor problema de la filantropía es hacer personas capaces de trabajar, de individuos que de otro modo se volverían indigentes, y de este modo crear miembros útiles para la sociedad." (En Zablotsky, 2004, pág. 1) El éxito de esta idea fue tal que hacia 1930, ya había 20.000 colonos judíos trabajando en medio millón de hectáreas de tierra argentina. A pesar del éxito económico del proyecto en sus años iniciales, existieron varias deficiencias que, a largo plazo, terminaron en el abandono y fracaso del proyecto. Los colonos se quejaron de que el pago de la deuda para conseguir la propiedad exclusiva de la tierra sólo se permitía trabajando en periodos de tiempo muy amplios y la burocracia de la ICA hacía a veces muy difícil la gestión de las cooperativas (Zablotsky, 2012, pág.32) Lo que podemos observar aquí es un conflicto sobre el empoderamiento de los colonos y su participación en la toma de decisiones. Experiencias similares tuvieron lugar en Brasil, Estados Unidos, Canadá o incluso Chipre. Esta dependencia de los gestores de la ICA, su supervisión como intermediarios y las deudas contraídas con las instituciones financieras dependientes de la ICA hicieron que el proyecto sufriese severas críticas por lo que, una vez alcanzada cierta estabilidad económica, muchos colonos abandonaban las tierras o las vendían, emigrando a zonas más urbanas. Como ya se ha señalado, la principal diferencia entre Hirsch y los ideólogos que buscaron la rehabilitación económica y moral judía a través del reasentamiento en otras tierras, estribaba en el destino escogido para ello, que reflejaba una identidad judía más nacionalista, aunque igualmente capitalista. Mientras que predecesores del movimiento sionista como Leo Pinsker abogaban por Palestina como el destino “natural” para reasentar a los judíos devolviéndoles la identidad perdida y una oportunidad de desarrollo económico, el barón de Hirsh pensaba que Palestina, era parte de en un gran “mar de 255 población árabe”, lo que haría fracasar el proyecto sionista desde el comienzo82, porque los judíos siempre constituirían allí una minoría. Por ello mismo, era más conveniente encontrar “una [verdadera] tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”. 4.3.1.3. Sir Moses Montefiore, “el príncipe” judío. Entre aquellos filántropos que pueden considerarse proto-sionistas, destaca por su implicación simultánea con el viejo Yishuv y por la mejora de las condiciones objetivas que harían posible la emigración a Palestina, la labor de Sir Moses Montefiore (1784- 1885). Nacido en Livorno en 1784, emigró en su niñez a Inglaterra donde llegó a ser alguacil de Londres (1837-38), convirtiéndose en uno de los 12 brokers judíos de la incipiente bolsa de la city londinense. Según los relatos biográficos (Page, 2012), un viaje a Tierra Santa efectuado en 1827 cambió para siempre su perspectiva del judaísmo, convirtiéndose en un judío observante. Como presidente de la Junta de Diputados de los Judíos Británicos (1835-1874), principal organización de representación de la comunidad judía británica, su correspondencia con el cónsul británico en Damasco, Charles Henry Churchill en 1841-42, para pedir la mediación británica en el Damascus affair ya referido, se considera fundamental para el desarrollo del protosionismo. La idea de Montefiore de fomentar el desarrollo económico judío en Palestina mediante la compra de tierras y la institución de granjas cooperativistas, ya puede observarse en 1840, cuando aprovechando la insurrección de Mehmet Alí de Egipto y su conquista de Palestina, consiguió granjearse su apoyo para la cesión de tierras por 50 años porque “necesitaba construir unas 200 aldeas para cultivar la tierra y alentar a nuestros hermanos a retornar” (Perednik y Aguinis, 2000). Sin embargo, al fallar esta iniciativa, su actividad benefactora más conocida en Palestina se inició en la década de 1850 e iba encaminada a promover el trabajo productivo, la industria, la autosuficiencia económica, la educación y la mejora de la salud entre la comunidad judía del viejo Yishuv. Entre sus proyectos realizados más conocidos podríamos incluir la compra de tierras para la fundación de asentamientos agrícolas, la creación de la primera escuela agrícola en Jaffa (1855), la construcción de conjuntos residenciales fuera de las murallas de la ciudad vieja de Jerusalén -Mishkenot Sha'ananim 82 Según información proveniente del archivo de la Jewish Telegraphic Agency (10/12/1931)https://jta.org/archive/baron-de-hirsch-centenary 256 -(1860) u otros adyacentes para judíos sefardíes (Ohel Moshe) o askenazíes (Mazkeret Moshe). Otras actividades contemplaron la creación de una imprenta o la construcción de un molino de harina, aún en pie, o incluso una fábrica textil, llevando toda la impronta del revivalismo de la artesanía y el trabajo manual característico del siglo XIX, trayendo para ello a constructores y artesanos de Londres para trabajar en sus edificaciones. Debido a su labor humanitaria hacia los judíos británicos, Montefiore fue nombrado barón por la reina de Inglaterra en 1846. Los judíos del viejo Yishuv elevaron ese estatus a "Ha- Sar”, el príncipe Montefiore”. Fue precisamente en una convención europea organizada en 1884 para honrar su memoria y conmemorar el centenario de su nacimiento, cuando en la ciudad polaca de Katowice, nació la organización “Los amantes de Sión”, precursora del movimiento sionista pragmático que iniciaría una emigración mucho más numerosa hacia Palestina. 4.3.1.4. La organización de la diplomacia judía: “Cada judío es responsable el uno por el otro” La integración del sionismo en el contexto de los grandes imperios centroeuropeos provocó la necesidad de organizarse para influir en las redes de poder político de la época. Se llegó por ello a la conclusión de que el anti-semitismo y la discriminación requerían una acción política dirigida a un doble objetivo: (i) mejorar las condiciones de los judíos aboliendo leyes discriminatorias o bien (ii) facilitar el reasentamiento de judíos en lugares donde las leyes les garantizaran una existencia segura, al modo de las iniciativas emprendidas por el Barón de Hirsch. Según Gutwein (1991), estos acontecimientos dieron lugar a un hecho que puede señalarse como la realización proto-nacional más importante y novedosa de la época pre-sionista: la organización de la diplomacia judía. La diplomacia judía, efectuada por importantes financieros, políticos y magistrados con conexiones en cortes y gobiernos, marcó, desde entonces, una clara pauta organizacional, que tendrá su particular acento aristocrático en Europa, donde fueron protagonizadas por oligarquías dinásticas judías que jugaron un papel fundamental como filántropos comunitarios y facilitadores de causas políticas. La diplomacia británica, protagonizada por la consabida rivalidad entre la rama británica de los Rothschild, los Montefiore y los Montagu, que, tras generaciones practicando acuerdos matrimoniales entre primos y parientes (cousinhood), habían construido verdaderas dinastías aristocráticas al modo de las cortes reales europeas, es un magnífico ejemplo de este modelo, que refleja también 257 el abismo socio-económico que existía entre la élite económica judía y las masas de judíos paupérrimos de Europa oriental. Este patrón de diplomacia elitista se repite en otros lugares como Francia, con los Cahen d’Anvers y la rama Rothschild francesa (Weber, 2011) o en otros tan lejanos como la propia China (Hong Kong), en la que dos grandes familias, los Sassoons y los Kadoories rivalizaban en influencia política y preeminencia económica (Kaufman, 2020). Bajo la premisa talmúdica de que todo judío es responsable de los demás, fue la fusión entre la filantropía e influencia política de esta aristocracia judía y el activismo de intelectuales y periodistas, movidos por un sentido de urgencia y solidaridad común, la que facilitó el éxito organizativo de iniciativas encaminadas a denunciar y aliviar las condiciones de la existencia judía en cualquier lugar donde esta fuera amenazada o sometida a condiciones intolerables de pobreza y discriminación. En este contexto, la Alliance Israelite Universelle (AIU, 1860) puede considerarse como la primera organización judía moderna y de aspiración global, dirigida a la consecución de estos fines. Estimulada por corrientes ideológicas y acontecimientos políticos que llamaban a la unión y cohesión de las comunidades judías a nivel mundial su modelo de denuncia pública, presión política y formación educativa resultó muy eficiente, y sirvió de inspiración a organizaciones posteriores (Malino, F. (s.f.))83. El principal objetivo consistía en canalizar la solidaridad de judíos emancipados que gozaban de libertad y bienestar económico en sus respectivos países, y que, por razones de prestigio, influencia o estatus, estaban dispuestos a ayudar y asistir a aquellos judíos menos afortunados que vivían bajo circunstancias políticas de opresión y persecución. El acontecimiento político internacional que motivó su creación en Paris fue el conocido como “Asunto de Damasco” (1840), en el que se persiguió y arrestó a varios miembros notables de la comunidad judía de Damasco bajo la acusación de un libelo de sangre. A consecuencia de ello, Sir Moses Montefiore, por aquel entonces presidente del Board of Deputies of British Jews, junto con el abogado francés Adolphe Crémieux y el orientalista Salomon Munk, que ejerció de traductor, organizaron un viaje a Egipto, con el fin de entrevistarse con el valí Mehmet Ali y conseguir así su intercesión y el perdón de los judíos condenados a muerte. A raíz de este suceso, numerosos artículos empezaron a aparecer en la prensa judía de Francia, Alemania y Gran Bretaña, en los que se enfatizaba la necesidad de crear una organización centralizada que asumiera la defensa y 83 Alliance Israelite Universelle, Jewish Virtual Library, recuperado de https://www.jewishvirtuallibrary.org/alliance-israelite-universelle 258 representación de los judíos diseminados por el mundo, particularmente, en aquellos países o territorios con leyes más discriminatorias. Schwarz (2000) considera incluso que el Asunto de Damasco se encuentra en la raíz del surgimiento de la primera prensa judía moderna, representada en publicaciones como Les Archives Israélites de France (1840- 1935) o The Jewish Chronicle (Inglaterra, 1841). Sin embargo, aunque surgieron voces que reclamaban la necesidad de organizar una suerte de defensa colectiva frente al antisemitismo religioso, allá donde este se diera, no fue hasta veinte años después que tal institución vio la luz. Fue finalmente la hegemonía francesa sobre Europa durante el Imperio de Napoleón III, la que propició que esta organización tuviera su sede en Francia y, aunque fuera de carácter internacional, estuviera bajo el liderazgo judeo-francés. A través de las publicaciones escritas en los Archives Israélites, dirigidos por Isidore Cahen, se diseminó la idea de que los judíos sólo podían contar con ellos mismos para su autodefensa y se propuso la creación de una organización transcomunal que sirviera a la apología de los intereses judíos en todo el mundo, provocando con ello el estímulo necesario para la tan ansiada “regeneración” judía. La cuestión de la regeneración moral, de devolver a los judíos su dignidad tras siglos de exclusión del cuerpo social y político, aparece con frecuencia como el leitmotiv de la Haskalá o inteligencia judía, cuya realización práctica fue asumida por jóvenes adultos inconformistas, situados en los márgenes de las organizaciones de poder, tanto judías como gentiles, y que reclamaron para sí, un nuevo lugar, formalizando su acción mediante la participación en organizaciones para la defensa de intereses colectivos. Fue este el fermento social que provocó el surgimiento de la Alliance Israélite Universelle. Entre los éxitos diplomáticos más notables de la Alianza destacaron sus intervenciones para lograr la mejora de los derechos de los judíos en Serbia, Rumanía, Bélgica, Rusia o incluso Suiza, donde los derechos civiles de los judíos fueron conculcados en varios cantones hasta 1867, fecha en la que la Alianza consiguió un cambio de postura gracias a la organización de la presión conjunta de Francia, Bélgica, Italia y Holanda, que, instigados por la Alianza, se negaron a renovar sus tratados con Suiza entre tanto no garantizara la igualdad de derechos a la minoría judía. Otro éxito diplomático notable ocurrió en el Congreso de Berlín de 1878, en el que las potencias europeas aceptaron la presencia de miembros de la Alianza en representación de los judíos de Rumanía y en la que se consiguió que varios artículos del tratado de paz recogieran el compromiso de los Estados con la igualdad de derechos civiles y políticos, independientemente de la adscripción religiosa de los ciudadanos. Algo similar ocurrió en el Congreso de Madrid 259 de 1880, en la que intervino el mismo Rothschild, para defender y mejorar la situación de los judíos marroquíes; o en la Conferencia de Paz de Versalles, tras finalizar la Primera Guerra Mundial en 1919, en la que la Alianza defendería los derechos de judíos polacos, húngaros y rumanos. Además de la acción diplomática, la acción concertada más representativa de la Alianza Israelita Universal (posteriormente emulada por el movimiento sionista y que constituye una de las claves más importantes de su éxito en la época pre-estatal), aúna cuatro tipos de actividades simultáneas: la diplomática, la migratoria, la asistencial y la educativa. El caso más ilustrativo de la combinación de estas acciones ocurrió en 1869, cuando una ola de hambre asoló la Polonia rusa y la Alianza intervino organizando una conferencia de delegados en Könisberg. En esta conferencia, se acordó ayudar a los judíos polacos a trasladarse a otras regiones dentro de Rusia o a emigrar a los Estados Unidos, a la vez que se construyó, en la misma capital prusiana, un hogar infantil para atender las necesidades de los niños judíos que habían quedado huérfanos a causa del hambre o los desplazamientos masivos. Además de estas dos iniciativas, se instituyeron también escuelas de oficios en distintas ciudades que servirían como centros de formación profesional, muy útiles en su proceso de integración laboral en los nuevos destinos migratorios. De hecho, la actividad educativa de la Alianza ha sido tal vez la más notable, ya que fue capaz de construir toda una red de escuelas con el fin de conseguir el empoderamiento de los judíos residentes en lugares menos favorecidos, particularmente en provincias del Imperio otomano y el sur del Mediterráneo. En esta labor la Alianza fue cuestionada por favorecer con ello en exceso la diseminación de la cultura francesa en detrimento de la cultura judía tradicional o incluso de otras culturas nacionales europeas. De hecho, este desacuerdo relativo al modelo educativo llegó a alcanzar al propio modelo organizacional de la Alianza que, siguiendo el modelo francés, se encontraba altamente centralizado, institucionalizado en un comité central que controlaba tanto las decisiones como los presupuestos de la organización, y que estaba formado eminentemente por miembros franceses, a pesar de que, como señala Szajkowski (1957, 30), hacia 1871, los franceses sólo constituían el 20% del total de miembros de la Alianza y los alemanes un 30%. El mismo autor señala que muchos de los desacuerdos de tipo organizacional, financiero o político surgieron por esta excesiva centralización en el liderazgo francés y por el apego del liderazgo judío a los intereses nacionales de sus respectivos países, en muchas ocasiones por encima de los intereses generales judíos, prefiriendo por ello un modelo federal, más descentralizado e inclusivo. Fue así como surgieron la Anglo-Jewish 260 Association (1871), la Vienna Allianz (1873) o la Hilfsverein of the German Jews (1901). A pesar de compartir los mismos fines, estas organizaciones nunca lograron el mismo nivel de escala o alcance que la Alianza, ya que sus actividades estaban circunscritas por fronteras estatales y únicamente llegaban a aquellos judíos en necesidad dentro de sus propios Estados o en sus respectivas colonias. A pesar de ello, cabría destacar que, junto con la combinación de las cuatro acciones mencionadas (diplomática, migratoria, educacional y asistencial), la coordinación transcomunitaria, la profundización en las dinámicas participativas y el establecimiento de redes de colaboración globales descentralizadas, fueron los tres cambios organizacionales más exitosos provocados por la Alianza y por el proceso de empoderamiento que experimentaron los judíos en el occidente europeo y en Norteamérica. Estas transformaciones organizacionales resultarían cruciales en el futuro, tanto para el fortalecimiento de la causa sionista, como para el fomento de la solidaridad y la cohesión colectiva, esenciales para la costosa tarea de intentar rescatar a judíos de Europa tanto durante, como después de la Segunda Guerra Mundial. La capacidad de coordinación demostrada a la hora de atender los efectos de los pogromos y persecuciones de judíos rusos en 1881-1882 alcanzó otro nivel de actividad encaminada a facilitar la salida y emigración masiva de los judíos de la zona de asentamiento. Gracias a la rapidez de los modernos medios de comunicación, así como a la difusión de la prensa, las acciones cometidas en Rusia dieron la vuelta al mundo y generaron, entre las comunidades judías, indignación, frustración y la necesidad de ofrecer una respuesta colectiva. A estos efectos, numerosas reuniones fueron convocadas en la mayoría de las comunidades, tanto en Gran Bretaña como en Alemania, Francia o EE. UU. La Alianza consiguió centralizar grandes sumas de dinero en forma de donaciones, organizó oficinas de socorro y planeó rutas de emigración hacia los Estados Unidos. En países como Gran Bretaña, lugar de destino o tránsito de muchas de estas olas migratorias, surgieron organizaciones como las Poor Jews Temporary Shelter (1886) dedicada a atender las necesidades materiales de los judíos pobres recién llegados de Rusia y Europa oriental. En Estados Unidos, proliferaron igualmente este tipo de organizaciones. De hecho, en este esfuerzo colectivo, los judíos norteamericanos mostraron una solidaridad y una capacidad de acción colectiva sobresalientes, desembocando en la creación de organizaciones como The Board of Delegates (1878), The Hebrew Emigrant Aid Society (1881), The United Hebrew Charities of New York (1874) o la creación de comités para la asistencia a los refugiados judíos en ciudades como Boston, Filadelfia o Nueva York. 261 Fue tal el impacto de estas nuevas olas migratorias que en 1892 crearon la American Jewish Historical Society, con el fin de preservar la memoria y estudiar, desde el punto de vista histórico y académico, los orígenes y el desarrollo de la emigración judía proveniente de Europa y las comunidades establecidas en Norteamérica. 4.3.1.5. Baron Edmond de Rothschild de Francia, el conocido benefactor o HaNadiv Conocido como uno de los más importantes financiadores de proyectos llevados a cabo por la AIU, el Barón Edmond de Rothschild (1845-1934) provenía de la rama francesa de la casa Rothschild, una saga de magnates financieros judíos de origen alemán, que habían amasado una fortuna financiando a Estados e invirtiendo en las industrias más prósperas del momento, teniendo por ello un papel decisivo en la historia europea del siglo XIX84. El Barón Rothschild era un simpatizante del sionismo, aunque no un militante, y un gran benefactor de iniciativas tanto artísticas y culturales como políticas. A la muerte del Barón de Hirsch en 1899, la Jewish Colonization Association (ICA) fue adquirida por Rothschild, transfiriéndole la propiedad de sus colonias en Palestina y donando 15 millones de francos para fomentar la emigración judía y su desarrollo económico y educativo. La ICA funcionaba en sus primeros años como una empresa familiar, cuidadosamente supervisada por el propio Rothschild o sus delegados franceses, hasta convertirse posteriormente en una verdadera sociedad de inversiones. Su modelo organizacional provenía del modelo francés, caracterizado por: (i) una fuerte centralización administrativa; (ii) la producción de detallados informes periódicos basados en el terreno; (iii) una cuidadosa selección de agentes, directivos, ingenieros y horticultores provenientes de las escuelas del servicio colonial francés; (iv) énfasis en la aplicación de técnicas avanzadas y mejora de la calidad; (v) toma de decisiones basada en análisis de mercado y contabilidad de costes. Gracias a él se estableció en 1924 la PICA (Asociación para la Colonización Judía de Palestina), por medio de la cual se adquirieron más de 50.000 hectáreas de tierra y se financiaron proyectos empresariales como la famosa fábrica de cristal Mizaga, para cuya dirección empleó a Meir Dizengoff, 84 Conocida es la referencia a los Rothschild británicos y su contribución decisiva a la victoria británica en las guerras napoleónicas, financiando el coste bélico mediante el comercio de lingotes de oro ofrecidos mediante préstamos a los aliados británicos en el continente. 262 futuro fundador y alcalde de Tel Aviv. Tanto la ICA como la PICA dominaron la política de asentamientos en Israel, en competencia con diversos grupos del sionismo militante laborista, hasta la muerte del Barón en 1934. Los grupos sionistas y la visión de Rothschild eran contrarias con respecto a la emigración y a los fines: Rothschild pensaba que antes de fomentar la emigración judía masiva a Palestina había que probar el éxito y viabilidad del proyecto, mientras que los sionistas pensaban, ya desde 1900, que había que trabajar por atraer la emigración a Eretz Israel con el fin de construir un Estado judío. Sus dos principales virtudes eran la dirección y el planeamiento, así como cierta capacidad para adaptar sus ambiciones a las condiciones sobre el terreno, cambiando la prioridad en los cultivos o en las normas de convivencia en sus colonias cuando fueron necesarios (Foster, 1979). La empresa sionista se benefició sin duda de este enfoque. Precediendo a este éxito, una de sus contribuciones más tempranas a la causa sionista la realizó en 1870 junto a Charles Netter (1826-1882), otro miembro de la élite judía francesa, tesorero y líder reconocido de la Alliance Israelite Universelle, fundando cerca de Yafo la primera colonia-escuela agrícola de Palestina, Mikveh Israel (recolector de Israel), siguiendo el modelo de la colonia francesa en Argelia, mediante el cual, se subsidiaban los sueldos de los trabajadores en la explotación hasta que estas fueran rentables. La idea original era que aquellos trabajadores que demostraran sus habilidades agrícolas serían ayudados para instalarse en nuevos asentamientos. Gracias a sus aportaciones, en 1878, tres familias de judíos piadosos de Jerusalén fundaron, al este de Tel Aviv, el asentamiento agrícola de Petah Tikva, la “puerta hacia la esperanza”, convirtiéndose en la primera escuela agrícola de Palestina y en el primer proyecto para fomentar la autosuficiencia económica. Es por ello por lo que se le considera el primer moshav85 de la historia de Israel. La fundación de Petah Tikvah, que precedería en casi dos décadas a la celebración del primer congreso sionista, resulta relevante para ilustrar tres tendencias organizacionales rupturistas que serían definitivas a la hora de consolidar el futuro Estado: (i) la atracción de capital acumulado en la diáspora mediante la inversión filantrópica en actividades económicamente productivas; (ii) la compra de tierras bajo la titularidad colectiva de organizaciones sionistas como primer acto constitutivo de apropiación del suelo en Palestina; (iii) el establecimiento del cooperativismo empresarial como forma primera de explotación económica y (iv) la 85 Pequeño pueblo de cooperativistas 263 “agrarización” de judíos emigrantes a Palestina (sobre todo en la primera y segunda aliyot) transformándolos en colonos al modo que hacían otros imperios europeos, eminentemente el francés y el alemán. La cuestión de decidir entre una mano de obra árabe experta y una judía inexperta, así como la política de compra de tierras, constituyeron los dos principales motivos de fricción frente a sionistas y palestinos. Aunque Rothschild prefería contar con mano de obra árabe, mucho más experta y adaptada al trabajo en Palestina, no pudo evitar el conflicto y el inicio del descontento con los fellahin86, ya que el proceso de compra de tierras a los feudales o efendis implicaba la expropiación de los agricultores arrendatarios y su transformación en trabajadores asalariados (Bober, 1972). Esta práctica le llevó asimismo al conflicto con la izquierda sionista, que abogaba por la necesidad de llevar a cabo la agrarización de los emigrantes judíos, promoviendo el trabajo manual con el fin de vincular, tanto material como emocionalmente, a los judíos europeos con la tierra de Israel. 4.3.2. El concepto de clase en el contexto de la estrategia de salida y la opción de integración en movimientos socialistas universalistas Hasta ahora hemos visto como la dinámica organizacional que surge entre las comunidades judías del siglo XIX europeo estuvo marcada por una estratificación de funciones en torno a los medios organizacionales de la acción colectiva, que llevó a los grandes capitalistas a convertirse en los principales financiadores y trazadores de las estrategias de acción colectiva tendentes a la emigración, la influencia política o la inversión en proyectos coloniales de desarrollo agrícola. Estas acciones eran desarrolladas y llevadas a cabo, en su mayoría, por judíos pertenecientes a la intelligentsia y a las clases medias, que operaban de manera regional o local y que se encargaban de denunciar la situación de los judíos frente a la opinión pública, así como de asistir en sus necesidades a los que huían del hambre y la persecución o que estaban afectados por la pobreza y la discriminación. Los recipientes finales de estas acciones eran los judíos proletarizados, los excluidos de los principales circuitos de riqueza y de poder y entre los cuales aún no se había desarrollado de manera mayoritaria, un sentimiento o ideología nacionalista. 86 Agricultores arrendatarios 264 La cuestión fundamental a la hora de explicar el origen de este incremento de poder colectivo y esta nueva estratificación y proliferación organizacional es observar el sustrato social que hizo posible tal éxito y, para ello, resulta necesario avanzar algunas reflexiones acerca del concepto de clase y del surgimiento de las clases medias, ya que, junto con la nación y los imperios, constituye el eje fundamental en torno al cual se articulan los principales cambios organizacionales en el siglo XIX. Antes de avanzar haremos por ello un breve excursus sobre este concepto, a fin de encontrar las claves interpretativas que nos permitan entender la gran conversión de los judíos en clases medias o en proletarios y cómo el movimiento obrero, por un lado, y el movimiento sionista, por otro, trataron de estructurar la identidad judía en torno a estos conceptos. La primera precisión que haremos es que, aunque fue Marx el sociólogo que colocó a la clase en el centro del análisis histórico, los elementos que utilizó para definirla trascienden la relación objetiva con los medios de producción. Así, analizando el concepto de clase observando al campesinado francés escribió: En la medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que las distinguen por su modo de vivir, por sus intereses y por su cultura de otras clases y las oponen a éstas de un modo hostil, aquéllos forman una clase. Por cuanto existe entre los campesinos parcelarios una articulación puramente local y la identidad de sus intereses no engendra entre ellos ninguna comunidad, ninguna unión nacional y ninguna organización política, no forman una clase. Son, por tanto, incapaces de hacer valer su interés de clase en su propio nombre […]. (Cap. 7 “El Dieciocho brumario de Luis Bonaparte”) La mayoría de los análisis marxistas de este texto interpretan que, para que se constituya una clase son necesarios dos prerrequisitos: que se den las condiciones objetivas de clase, es decir, una relación común hacia los medios de producción (clase en sí misma) y que se tenga una conciencia de clase subjetiva, es decir que sea capaz de ejercer una acción de clase colectiva esgrimiendo sus intereses frente a las demás (clase para sí misma). Lo interesante de este párrafo, que, como señala Mann, muchas veces no ha sido bien interpretado, es que Marx sitúa el elemento cultural compartido, el “modo de vida” dentro de las condiciones objetivas de clase. Asimismo, sitúa la “interdependencia colectiva”, es decir, la necesidad de organizarse, como el otro importante prerrequisito. Como afirma Mann, las clases, para que puedan ser consideradas como tales, deben poseer habilidades organizacionales: “if classes are significant power actors in the real world, they must be organized, extensivelly or politically” (Mann: 2012a, pág. 26) En esta misma línea, el 265 análisis de la presente tesis pondrá mucho énfasis en los aspectos organizacionales del proyecto sionista y del futuro Estado. En el caso de los judíos europeos, fueron el capitalismo y la nación burguesa los principales contribuyentes estructurales que fomentaron la conciencia de ser una clase “para sí misma”, trascendiendo la organización colectiva comunal y creando un movimiento transnacional que, basándose en la identidad cultural común, reorganizó al pueblo judío en torno a los principios organizacionales de las clases. Así, en la Europa occidental, surgió la clase media judía y en la Europa oriental, los judíos se proletarizaron. En este contexto, los judíos empezaron a verse a sí mismos como un colectivo caracterizado por condiciones objetivas de opresión (cultural-nacional y económica), condiciones subjetivas de conciencia de esa opresión y, lo más importante, con habilidades organizacionales extraordinarias para transformar, de manera revolucionaria, esas condiciones por medio de la autoemancipación política o de la integración en movimientos revolucionarios transnacionales. Sin estas aportaciones fundamentales de solidaridad colectiva, el Estado de Israel jamás hubiera visto la luz ni hubiera superado la prueba del tiempo. La definición de los judíos como clase se produjo, al igual que la transformación proveniente de la secularización, por cambios socioeconómicos originados en el entorno de las sociedades industriales capitalistas europeas. Como recoge Mann en su análisis sobre el surgimiento de las clases europeas (2012b, págs.546-596), la Segunda Revolución Industrial había provocado la proletarización de los sectores medios que hasta entonces habían ocupado la mayoría de los judíos: artesanos, tenderos, administrativos y diversos trabajos manuales sin perspectiva de ascenso. Puesto que estas labores no se desarrollaban en grandes corporaciones sectoriales y debido a que muchos de ellos estaban feminizados, no generaron movimientos corporativos u organizacionales considerables. La clase media dominante en Europa, sin embargo, estaba compuesta por tres grupos principales, en función de su relación con los distintos modos de producción: la pequeña burguesía, burócratas y trabajadores corporativos con carrera y profesionales liberales. A pesar de ocupar distintas posiciones, los tres grupos pueden considerarse como parte de una sola clase media con identidad unitaria, construida sobre ciertas características difusas del Estado-nación capitalista. La principal de esas características era de carácter económico y provenía de su posición media en la jerarquía laboral, en las relaciones de mercado, en los distintivos de estatus o privilegio relacionados con el consumo (como afirmó Max Weber) y en la habilidad de convertir los ingresos en 266 inversiones. La segunda característica es de origen ideológico-político y está relacionada con el concepto de ciudadanía, en la que convergían la educación estatal-nacional con los derechos laborales y en la negación de la ciudadanía política a los que estaban por debajo de esta estratificación socioeconómica generada en torno al Estado y al capital. Ello explica que hayan surgido simultáneamente las sociedades civiles nacionales y los Estados-nación, gobernados por el capital y sustentados por una clase media subalterna. A principios del siglo XX, las clases medias de funcionarios, profesionales liberales y trabajadores de carrera constituían el principal puntal del Estado-nación en Europa occidental y eran los representantes de un incipiente nacionalismo estatista que marcó los destinos de Europa hasta la Segunda Guerra Mundial. La centralización estatal y el despotismo ilustrado seguían marcando la pauta en Europa Oriental. Según Mann, allí donde la relación entre ciudadanía y Estado-nación se encuentra institucionalizada, no ocurren excesivas convulsiones sociales puesto que la clase media permanece, por lo general, leal a la clase capitalista. Fue así como la ciudadanía política y social de la clase trabajadora se fue institucionalizando en Europa occidental, siguiendo el modelo de la ciudadanía nacional de las clases medias. Ello se debe a que, según Mann (2012b, pág. 589), ningún país europeo en esta época experimentó la unión del proletariado al nivel imaginado por Marx. Cuando esa unión pudo acercarse a lo que Marx imaginaba, fue porque ocurrió dentro de cristalizaciones políticas no relacionadas con la clase, sino con la región y la religión. Es por ello por lo que la nación y los Estados- nación, han sido agentes tan determinantes como las clases y el capitalismo para la estructuración de las sociedades occidentales en el siglo XX. El aspecto más distintivo de la clase media en este contexto viene determinado por su relación con los recursos de poder en el Estado-nación, que ha generado un modelo organizacional distintivo basado en una conciencia colectiva con una cristalización dual: cuando se refiere a su posición dentro de los circuitos de praxis del capital, su participación está segmentada y depende de la organización difusa generada por el capital, mientras que es mucho más independiente y participativa en los circuitos de poder cuando se organiza frente al Estado-nación autoritario. Por ello, podemos concluir que el entrelazamiento del capitalismo difuso y de los Estados autoritarios, constituyen la estructura fundamental del orden social contemporáneo. (2012b, pág. 590) Frente a esta nueva estructuración social que, protagonizada por las clases medias, diluía la identidad judía en los circuitos del capital o en la ciudadanía de la nación particularista, el concepto de clase trabajadora y proletaria, ofrecía una salida coherente a las disyuntivas 267 enfrentadas por los jóvenes judíos situados en los márgenes de sus respectivas comunidades y Estados-nación, donde no encontraban su lugar ni en las instituciones tradicionales de autoridad comunal (ya sea en sus vertientes secular o religiosa) ni en el nacionalismo excluyente asentado en historias míticas de las que no formaban parte. Ya que habían sido invisibilizados en el relato nacionalista del pasado de la mayoría de los Estados-nación europeos, debían buscar su proyección colectiva en el futuro. Esta proyección en el futuro marcó la evolución del sionismo político laico en sus vertientes más populares: la socialista-laborista y la revisionista-fascista. Por ello, podemos interpretar que, la popularidad que ganó la adopción del socialismo como ideología entre muchos jóvenes judíos, ya sea sionistas, bundistas o comunistas, respondía a la voluntad de integrarse en una colectividad que trascendiera los límites impuestos por las principales estructuras de poder que limitaban la existencia judía laica en la Europa de finales del siglo XIX: (i) las comunidades tradicionales; (ii) nacionalismos excluyentes que invisibilizaron la cultura yiddish; (iii) y el capitalismo excluyente, en los que masas de jóvenes obreros luchaban contra el horizonte de la explotación, ya fuera perpetrada por patronos judíos o gentiles. El socialismo marxista-cultural les ofrecía un sentido de pertenencia que orientaba la acción colectiva e individual a la lucha de clases. Fue así como, durante la transición del siglo XIX al XX, surgirían dentro del mundo judío en la Europa occidental y oriental una inquietud por encontrar un nuevo lugar en la modernidad, que reconciliara el pasado con el presente, sacando a la identidad judía fuera de las restrictivas paredes de la sinagoga o del shtetl, creando una nueva identidad cultural con sus propios códigos, en los que la integración en otras luchas universales compartieran el ansia por mejorar el futuro desde el fundamento ontológico de un nuevo hombre o mujer. Surge así una nueva dinámica comunitaria marcada por el activismo político y la participación en proyectos que fueran capaces de resolver el dilema planteado por los colectivos de clase y nación, buscando la reconciliación desde diferentes vías. Estos movimientos fueron el bundismo y el sionismo, caracterizados por defender opciones autonomistas o estatistas respectivamente, ambas bajo la necesidad de acomodar la existencia judía a los nuevos retos y oportunidades del presente. Aunque enfrentados en ocasiones, ambos acabarían por aceptar ciertas tesis defendidas de manera crítica por sus contrarios. Mientras que el sionismo apelaba a la masa de todos los judíos del mundo, el bundismo era más localista, buscando la solidaridad de los judíos proletarios rusos, aunque se extendiera, posteriormente, a otros lugares debido a la emigración de sus miembros o líderes. Mientras que el sionismo veía en la condición diaspórica un obstáculo 268 y una situación antitética para la plena realización de la vida judía, el bundismo ensalzaba la cultura yiddish y la existencia diaspórica como la única posible, realista y verdaderamente legítima. Los sionistas resucitaron el hebreo como lengua nacional, mientras que los bundistas lucharon por dignificar el uso del yiddish como la verdadera lengua nacional y popular, sustentadora de la cultura judía y la solidaridad comunal durante siglos, argumentando que el hebreo era una lengua de rabinos o intelectuales. La confrontación era tal, que cuando se convocó el primer congreso sionista en Basilea en 1897, no se invitó a ningún miembro del Bund. Incluso Laqueur afirma que “most of those present would have gingerly rejected any attempt to adulterate Zionism with socialist ideas” (Bloom, 1984, pág. 480) Para el bundismo, la primera fuente de dificultades para los judíos no provenía de su condición como tal, sino de su condición obrera, al igual que para el resto de los proletarios. La condición judía era secundaria a la condición obrera y el yiddish era, en este contexto, una forma de comunicación y agitación más efectiva que el ruso, el lituano o el polaco. Para el bundismo, el antisemitismo era visto como parte de la lucha de clases, superable mediante la revolución del proletariado, y no como algo endémico y consustancial en la historia del judaísmo diaspórico. El sionismo negaba la lucha de clases entre el propio pueblo judío, el bundismo, la afirmaba. En consecuencia, el uno, era territorial-nacional, el otro, revolucionario. 4.3.2.1. El bundismo y su opción por la descentralización “anti-nacional” a la vanguardia del proletariado: la revolución y la organización internacional judía Para entender el bundismo, conviene en primer lugar recordar el entorno sociohistórico en el que opera el movimiento: la Europa del Este y del Sudeste, inmersa en tres tendencias histórico-políticas que afectarían su evolución desde mediados del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial. La primera tendencia, podríamos denominarla como “nacionalista” descentralizadora, y estuvo marcada por el auge de grupos étnicos o étnico- religiosos que vivían separados, pero intercalados, y cuya cohesión y autoconciencia nacional de grupo, así como sus aspiraciones políticas autonómicas, variaba de un caso a otro (lituanos, estonios, polacos, ucranianos, húngaros, búlgaros, etc.). La segunda tendencia tiene que ver con la existencia de unidades territoriales situadas en los márgenes de grandes imperios, en la que algunos grupos habían desarrollado una tradición de autogobierno y que ahora se encontraban separados por el establecimiento de nuevas 269 fronteras (casos de Lituania y Bielorrusia). Algunas de estas unidades demandaron una restitución de su antigua autonomía, basándose en derechos históricos que a menudo colisionaban con las demandas de otros grupos étnicos con su propia interpretación histórica. Estas restituciones de autogobierno como parte de las políticas modernizadoras del Imperio ruso evolucionaron hasta el grado de cristalizar en auténticas reivindicaciones que reclamaban la independencia, la federación o la autonomía, según el caso. Por último, era frecuente encontrar en estas regiones a varias nacionalidades subyugadas luchando entre ellas por ocupar el mismo espacio político, basándose en diferentes narrativas históricas y con una visión opuesta con respecto a su relación con la autoridad política del imperio o poder político dominante. Resaltar estas tendencias descentralizadoras resulta esencial a la hora de entender apropiadamente la cristalización de los Estados europeos en esta época y la compleja acomodación de los judíos en esta cristalización, ya que, según Mann (2012, pág. 85) las teorías del Estado elitistas, marxistas o pluralistas raramente tienen en cuenta la importancia de la relación entre los gobiernos centrales y los locales, mientras que la política en el Estado contemporáneo gira esencialmente en torno a la distribución del poder en los diferentes niveles de gobierno. Esta situación influyó, irremediablemente, en la actitud hacia estos movimientos y en su deseo de controlarlos mediante la implantación de distintas políticas nacionalistas. Fueron estas tendencias antagónicas y las contradicciones del pluralismo nacionalista las que marcaron el surgimiento del movimiento obrero judío y es ahí dónde debe enraizarse el fermento social que hizo posible la aparición del Bund y el bundismo, ya que, como apunta Mishkinsky (s.f.) en su artículo From the Old Bund to the Polish Bund87 , todo ello tuvo su expresión ideológica en el desarrollo de programas, tácticas y marcos organizacionales de los movimientos obreros y socialistas en Europa oriental. En ningún otro lugar pudieron tener estos movimientos un impacto mayor que en la Polonia dividida previa a la Primera Guerra Mundial, donde la identificación de estos movimientos con la nueva Polonia que añoraba recuperar su independencia y reorganizar su Estado, era manifiesta. Ello provocó esa particular combinación de socialismo y nacionalismo, tan representativa del sionismo primigenio, el laborismo sionista y muy particularmente, del bundismo. El Bund (Algemeyner Yidisher Arbeter Bund in Lite, Poyln un Rusland) o “Unión General de Trabajadores Judíos en Lituania, Polonia y Rusia” fue un movimiento político de judíos socialistas rusos convertido en partido político en 1897, el mismo año en que se 87 (s.f.) Recuperado de: http://www.aapjstudies.org/index.php?id=113 270 convoca el primer congreso sionista. Como señala Mishkinsky (ibid), ideológicamente, el movimiento fue cristalizando en tres ideas principales: lucha por el autonomismo, el desarrollo de un nacionalismo secular judío y la afirmación identitaria de la cultura yiddish, en contraposición al sionismo u otras formas de identidad judía universalistas. El bundismo pensaba que el sionismo era una utopía burguesa, una maniobra de la burguesía judía para distraer a las masas de trabajadores de la injusticia de su verdadera condición y que el asentamiento en Palestina no contribuiría a aliviar la situación de los millones de trabajadores judíos rusos que sufrían pobreza y discriminación y veían en el movimiento sionista un plan oculto de la burguesía judía para someter aún más a los trabajadores judíos en un Estado dominado por ellos. Por ello, el objetivo último era unir bajo un único partido socialista a todos los trabajadores judíos que se encontraban, en esa época, bajo el yugo del Imperio ruso. Aunque era una formación clandestina, hay historiadores que calculan que hacia 1907 contaba ya con 25.000-30.000 miembros (Bloom, 1984, pág. 479) El Bund estuvo entre los fundadores del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (1898) y permaneció con el grupo menchevique tras su división en la Conferencia de Praga de 1912 hasta que, durante la década de 1920, sus actividades fueron prohibidas por los comunistas en la recientemente creada URSS. El origen socioespacial tanto del movimiento laborista judío como del bundismo se encuentra localizado en la Lituania judía y, concretamente, en seis distritos que, en torno a la ciudad de Vilna y cercanos a la frontera con Bielorrusia, hicieron del movimiento obrero una seña de identidad judía dentro de la Rusia zarista, en un contexto geopolítico marcado por la inestabilidad en las fronteras y en sus formas de organización política. La localización geográfica o regional del movimiento resulta de la máxima relevancia ya que, como señala Mishkinsky (s.f.), hablar de raíz del movimiento requiere hablar de tierra y de territorio, así como de los grupos sociopolíticos que los habitan en su contexto histórico. Como señala este historiador, en la Europa Oriental de finales del siglo XIX, los judíos vivían en grupos más o menos extensos en localizaciones urbanas o semi- urbanas de la zona de asentamiento y, gracias al desarrollo de la conexión entre comunidades y de los movimientos migratorios intra-imperiales, todas las cuestiones que formaban parte del debate público europeo se difundieron rápidamente por las mismas. Entre ellas, la más acuciante en Europa oriental era la del anti-semitismo, promovido por esa ola de nacionalismo que irrumpió con fuerza en las tierras de la antigua Mancomunidad lituano-polaca y que, desde la derecha política, veía a los judíos como una comunidad nacional diferenciada, cuyo derecho a la participación política podía ser 271 cuestionado. Sea como fuere, lo cierto es que la idea de autoemancipación, germen del sionismo, sólo pudo surgir de un entorno político y social en el que la emancipación hubiera sido una cuestión central del debate político. Aunque por distintas razones que las esgrimidas por el nacionalismo laico y racial anti- semita, el movimiento obrero también desarrolló un pensamiento propio sobre la cuestión judía, que puede identificarse con tres posiciones diferentes. Siguiendo algunos razonamientos anti-semitas, algunos identificaron a los judíos con la clase explotadora y veían en ello un motivo de diferenciación con respecto al resto de comunidades nacionales. Otro grupo, tal vez el mayoritario, no veían a los judíos como una comunidad nacional diferenciada, ocupando una posición única dentro de las distintas comunidades nacionales de la Europa oriental y, por último, una minoría socialista, identificaba a los judíos como una comunidad nacional diferenciada y con problemáticas distintas que el resto de las comunidades nacionales. El origen de esta tendencia debe encontrarse en realidad en el Partido Socialista Polaco (1892), que fue uno de los primeros en incorporar los intereses nacionales a sus reivindicaciones de clase, así como en el movimiento revolucionario en Rusia (1905) y la independencia polaca (1918). El Partido Socialista Polaco afirmó que el movimiento de trabajadores judío no debía ser incluido en los movimientos polacos o rusos, sino permanecer como un elemento independiente, lo que reflejaba, en realidad, una falta de voluntad de aceptar la identidad judía como una identidad separada, poniendo como condición la “polificación” o “rusificación” de su actividad política. Frente a ello el Bund eligió la autoemancipación, orientación interna y nacionalización de su organización. El Bund sostuvo oficialmente la idea de no romper el Imperio ruso como objetivo, sino solo su régimen autocrático, estableciendo en su lugar un régimen de autonomías federativas, es decir, un imperio plurinacional con total respeto a la autonomía de las diferentes nacionalidades, contrario a las tendencias centralistas de los bolcheviques rusos. Tras la ocupación alemana de la Rusia occidental durante la Primera Guerra Mundial, el Bund estableció una organización polaca independiente en 1917 (General Jewish Labor Bund in Poland). Durante el periodo de entreguerras, el Bund recibirá un apoyo mayoritario en Polonia y contribuirá a organizar la resistencia judía a la invasión alemana, integrándose en la organización HaShomer HaTzair, liderando junto con ella la organización de la resistencia en el Gueto de Varsovia. Como sostiene Wolff (2012, pág. 235), la idea de activismo que desarrolló el bundismo frente al sionismo está relacionado con el concepto yiddish de doikeyt (literalmente “aquí- 272 mismo”) entendido como una militancia arriesgada y comprometida, basada en la solidaridad colectiva en tanto que trabajadores y/o judíos. Este tipo de militancia ensalzaba la solidaridad proveniente de la cultura diaspórica que, durante siglos, había conseguido la supervivencia del pueblo judío bajo las condiciones más adversas. Lo llamativo del concepto de doikeyt es que no es sólo una idea, sino un principio organizativo, enfatizando simultáneamente, la lucha de clases y la lucha por la autoafirmación cultural, emanada de una experiencia histórica colectiva separada de la religión, que encontraba su expresión más vívida en el empleo de un folkssprakh: el yiddish. Este hecho contribuyó a incrementar la popularidad del movimiento, conectándolo con la “calle judía” y convirtiéndolo en el movimiento social más importante entre el mundo judío hasta la Segunda Guerra Mundial (Wolff, 2012, pág. 235). Más allá de los detalles ideológicos del movimiento y de la ruptura interna que sobrevino a raíz de la Revolución rusa de 1917, lo esencial del movimiento fue su carácter transnacional. Ello se debió a que, buena parte de sus líderes y militantes participaron en las diferentes olas de la “gran migración” que entre 1881 y hasta la Primera Guerra Mundial, habían sacado a más de un millón y medio de judíos de Europa Oriental. Particularmente, entre 1900 y 1901, emergió una nueva movilización socialista en los países de destino, muy notablemente, Estados Unidos, que hacia 1906 ya contaba con más de 20 organizaciones bundistas locales88 o Argentina, provocando una reconfiguración de antiguas redes de organizaciones locales y que, partiendo de su cultura del “aquimismo”, tuvieron que adaptar algunos de sus objetivos y presupuestos a las prácticas locales, superando la práctica a la ideología en su capacidad estructurante sobre el movimiento. Ser “bundista” se convirtió en una práctica más que en una ideología, que estaba caracterizada por la recaudación de fondos, creación de sindicatos, organización de huelgas, protestas y sabotajes, promoción de bibliotecas, centros culturales, lectura y prensa en yiddish, organizaciones de autodefensa y prestación de servicios asistenciales. Tanto en Estados Unidos como en Argentina, la lucha anti-zarista que caracterizó al bundismo europeo en los años que transcurrieron desde 1901 a 1905, se convirtió en el referente histórico-heroico del movimiento. En resumen, el movimiento creó un nuevo modo de vida, convirtiéndose en una identidad primaria para todos sus participantes, con 88 Algunos ejemplos fueron el Arbeter-ring, el ILGWU, el Amalgamated Clothing Workers of America, la Jewish Socialist Federation (Yidishe Sotsyalistishe Federatsye), o el Jewish Socialist Farband 273 el objetivo de crear una sociedad mejor mediante la participación personal y colectiva (khavershaft o camaradería) y la autoorganización. Wolff señala que, entre todas las actividades organizadas por el Bund, la recaudación de fondos fue la que mayormente promovió la transnacionalización del movimiento (ibid, pág. 241). En realidad, se trataba de una actividad que hoy podríamos llamar “crowd funding”, organizada a través de pequeños grupos locales que recibían visitas de líderes destacados y militantes bundistas rusos y que estaban diseminados por todo el mundo, llegando incluso a abarcar redes globales de contrabando, y que iban destinadas a apoyar a los trabajadores y militantes judíos rusos. Una prueba del carácter transnacional del movimiento bundista es que, cuando se produjo la división en 1917 entre socialdemócratas y comunistas en Rusia, se produjo también meses después, es sus organizaciones alrededor del mundo. Un último ejemplo de la idea configuradora del doikeyt y de la acción por encima de la ideología, lo ofrece la creación de organizaciones bundistas en Argentina, en las que puede observarse una fusión de socialismo, anarquismo, patriotismo Latinoamericano y cultura yiddish, dando lugar a un nuevo tipo de activista, el “vanguardista”. Todas sus actividades eran en ruso, polaco o yiddish, por lo que se discutían, eminentemente, cuestiones rusas, que no eran vistas como asuntos de una tierra lejana, sino que se percibían como un componente más de su nueva identidad híbrida e intersectada: obrera- ruso-judía-argentina, así como de su activismo contra-cultural y anti-sistema. En conclusión, el transnacionalismo del bundismo lo convirtió más en un tipo de acción y organización de la vida judía que en un partido político unitario, lo que constituyó una ventaja en cuanto a la capacidad del movimiento para adaptarse a las nuevas circunstancias locales de los lugares de emigración, gracias a su pragmatismo inspirado en el doikeyt. Así, la retórica internacionalista de inspiración socialista se encontraba entrelazada con experiencias, necesidades y adaptaciones locales. El lazo común se encontraba en el convencimiento de poder mantener una vida e identidad judía laica, independientemente del Estado en el que se viviera, gracias al mantenimiento de su origen y ethos activista-revolucionario. Aunque existen distancias formales entre el bundismo y su vecino sionista, se puede afirmar que ambos movimientos compartían una misma sustancia transnacionalista, puesto que el sionismo también fue un movimiento transoceánico, que apeló a la solidaridad judía en la búsqueda de un objetivo utópico. Aún así, como veremos en más detalle en la siguiente sección dedicada al sionismo, las principales diferencias se encontraban en el uso del pasado como referente identitario: 274 para el bundismo, el pasado judío se incardinaba en la lucha de clases y sus momentos heroicos los protagonizaron activistas revolucionarios anti-zaristas; el sionismo, sin embargo, luchó permanentemente por encontrar un pasado de referencia que le fuera útil para construir su legitimidad, lo que Roskies (1999) llama “the search for a usable past” en una revolución materializada en un Estado hecho de piedra, que invisibilizaba la opresión de sus propios fundadores. En resumen, unos lucharon por realizar la historia, otros por construirla. 4.3.3. El Proto-sionismo: los Amantes de Sión y el decisivo encuentro de Leo Pinsker con el Imperio británico En contraposición a las iniciativas integradoras de la izquierda socialista, a las empresas elitistas de los grandes filántropos o al posterior sionismo diplomático-imperialista organizado internacionalmente a través de los Congresos, surgió en Europa oriental un movimiento intelectual precursor del sionismo. Este movimiento, conocido como Hibbat Zion o Amantes de Sión, desde la década de 1870, y precediendo a los grandes pogromos, fomentaba la intención de encontrar una solución al “problema judío” en Rusia mediante la autonomía organizativa de base cultural, ya sea emigrando a lugares más favorables para el asentamiento judío (aunque no necesariamente a Palestina) o solicitando la concesión de tierras donde pudieran establecer comunidades propiamente judías: independientes, autosuficientes y autorreguladas, otorgando una gran centralidad al trabajo productivo como medio para conseguirlo. Así, durante los años que precedieron a abril de 1881, ya se habían establecido a lo largo de la zona de asentamiento una red de organizaciones clandestinas independientes, que promovían la emigración desde las principales ciudades del Imperio ruso como Minsk, Kiev, Jarkov o San Petersburgo (Birnbaum, 1990, pág. 23 y 24). Esta red de entidades clandestinas operaba de manera descentralizada y sin ninguna coordinación, hasta que, en la conferencia de Katowice ya citada, se centralizó el liderazgo bajo la dirección del médico Leo Pinsker, autor de la obra “Autoemancipación” (1882), considerada como el alma máter ideológica del movimiento. Sin embargo, la idea de concebir la antigua Tierra Santa o la Palestina otomana como el lugar de destino en el que establecer la ansiada patria judía no surgió, a pesar de ello, de los judíos rusos, sino que les fue inspirada a estos por los británicos, siguiendo una trayectoria de competición imperial con Francia y Rusia por hacerse con el control del 275 Imperio otomano. Como recoge Duvernoy en su libro Le Prince et le Prophète (1966, págs. 42-43), no fue hasta una reunión que mantuvieron los emisarios británicos Hechler y Oliphant, con Pinsker en septiembre de 1882 en Odesa, cuando estos le mostraron una carta escrita por la Reina Victoria en la que pedía al sultán que permitiera la emigración de judíos a Palestina, a la vez que el clérigo Hechler le recordaba las promesas hechas por Yaveh a Abraham en la Torá. Según su relato, Pinsker se conmovió y fue a partir de entonces cuando la organización comenzó a visionar el retorno a Palestina como la opción utópica más viable para el movimiento. Imbuidos por la filosofía ilustrada nacionalista de Lilienblum o Hess y agitados por las publicaciones difundidas a través del HaShachar89 de Smolensky (una de las principales redes de transmisión de mensajes sionistas), algunos judíos atraídos por este ideal consiguieron llegar a Israel, después de que en 1882, se instituyera en Bialystok, la primera organización de promoción y gestión de la emigración a Palestina, los Hovevei Zion o Amantes de Sión, presidida por Pinsker, a la que siguieron otras instituciones con el mismo nombre en Varsovia y Vilna. Se creó así la primera institución “paraguas” que promovía la emigración a Palestina como modo “trabajar en el presente”, esperando la llegada de circunstancias políticas más favorables para el asentamiento nacional masivo en el futuro. Bajo su coordinación, destacó particularmente la “Sociedad para el Apoyo de los Agricultores y Artesanos Judíos en Siria y Palestina”, más conocida como Comité de Odesa, que llegó a contar con la aprobación para su establecimiento del Imperio ruso, alegando que se trataba de una organización con fines caritativos, ya que la llegada de fondos desde Norteamérica sólo podía efectuarse si iban destinados a estos fines. Sin embargo, divisiones internas dentro del movimiento, entre los maskilim (ilustrados) y el judaísmo ortodoxo, hicieron que el movimiento cosechase éxitos relativamente escasos. La contribución principal de Hibbat Zion vino dada, sin embargo, por el activismo político que despertó el movimiento entre los jóvenes judíos rusos, tanto ortodoxos como laicos, así como por sus patrones de actividad, dedicadas a la gestión de la emigración y el asentamiento colonial de carácter agrícola. Paralelamente, siguiendo la inspiración de los Amantes de Sión, surgió en determinados círculos universitarios radicales de Besarabia un movimiento llamado BILU (1882)90. Se trataba de una organización de inspiración bíblica y marxista, dispuesta a crear las condiciones de subsistencia social y económica propicias para la futura creación de una 89 El Amanecer 90 Acrónimo de Beit Ya'akov Lekhu Ve-Nelkha! (¡Deja ir a la casa de Jacob!) 276 patria judía en Palestina. Para ello, promovieron la urgencia de emigrar sin más dilación. Su ideología era muy confusa, constando en uno de sus estatutos que el objetivo de la organización era la creación de un centro político para el pueblo judío, mientras que en otros estatutos posteriores establecían que el propósito era proveer al pueblo judío de un objetivo económico y nacional-espiritual en Siria y en Palestina, empleando la fuerza armada si fuera necesario. Según las palabras de uno de sus fundadores, Ze'ev Dubnow: “The aim of our journey is rich in plans. We want to conquer Palestine and return to the Jews the political independence stolen from them two thousand years ago. And if it is willed, it is no dream. We must establish agricultural settlements, factories, and industry. We must develop industry and put it into Jewish hands. And above all, we must give young people military training and provide them with weapons. Then will the glorious day come, as prophesied by Isaiah in his promise of the restoration of Israel. With their weapons in their hands, the Jews will declare that they are the masters of their ancient homeland."91 El primer miembro de Bilu en llegar a palestina fue Ya'akov Shertok (a la sazón, padre del futuro primer ministro Moshe Sharett) al que siguieron 14 estudiantes universitarios provenientes de regiones cercanas a la Jarkov ucraniana, convirtiéndose, tras el fracaso de su primer intento, en los fundadores de Rishon LeTzion, colonia agrícola donde, gracias a la intercesión financiera de otro gran filántropo, el barón Edmond de Rothschild, se establecería la primera industria vinícola judía en Palestina. En conclusión, las principales aportaciones al movimiento sionista tanto por parte de los Amantes de Sión, como de BILU, es la afirmación de que era necesario trabajar en el presente para crear las condiciones que hicieran posible el futuro. Para ello, se necesitaba el concurso de donantes y grandes benefactores, provenientes de comunidades judías de todo el mundo, que contribuirían a ese proceso, creando las condiciones de acumulación de capital necesarios para toda inversión colonial y desarrollo económico posterior. Paralelamente, difundieron la idea de que había que trabajar para influir en los grandes gobernantes y mandatarios del momento, a fin de conseguir el favor y el apoyo político- diplomático al proyecto. Como hemos visto, el Imperio británico jugó un papel decisivo en este proyecto, apoyando el fomento de las ideas sionistas entre la judeidad europea oriental, donde estaba localizada la verdadera masa de potenciales emigrantes. En el aspecto económico, aunaron la pequeña con la gran filantropía, representada por magnates como Sir Edmon Rothschild, que compartía una estrategia parecida, aunque 91 Recuperado de https://www.jewishvirtuallibrary.org/bilu-2 277 mucho más personalista, encaminada a trabajar en la diplomacia y “advocacy” judía por medio de su Alliance Israelite Universelle, a la vez que financiaba los primeros asentamientos de colonias agrícolas en Israel. Habrá que esperar, sin embargo, a 1897, para ver salir a la luz una organización con un liderazgo político fuerte, centralizada y organizada más eficientemente para el fomento de la colonización, el lobby político y la conquista de la opinión pública mundial. 4.3.4. El sionismo y los orígenes ideológicos del movimiento: los modelos organizacionales de Hess, Herzl y Jabotisnky92. Tal y como se adelantó en la primera sección de este capítulo, el sionismo es un movimiento político ecléctico, orientado al activismo y organizado por centroeuropeos sumidos en los grandes debates políticos del momento, aunque realizado por la voluntad migratoria de diversos grupos de europeos orientales. Existen cerca de una veintena de autores que han contribuido tanto a su formulación ideológica como a su realización práctica93 y sobre cuyas aportaciones se han escrito multitud de obras. Según su orientación práctica y medios organizacionales, se pueden dividir en cuatro grandes corrientes: (i) los sionistas pragmáticos (enfocados en incentivar la emigración a Palestina o a otros lugares, hasta conseguir una mayoría suficiente que legitimara su autonomía política); (ii) los sionistas políticos (enfocados en una solución política al problema judío basada en la soberanía territorial) que pueden dividirse a su vez entre sionistas socialistas- laboristas (Syrkin, Borojov o Gordon) y revisionistas (con su énfasis en el derecho a la tierra y otras tesis cercanas al fascismo, representado por Jabotinsky); (iii) los sionistas culturales o espirituales (enfocados en la necesidad de provocar un renacimiento nacional por medio de la creación de códigos culturales hegemónicos capaces de transformarse en solidaridad colectiva y poder agencial); (v) los sionistas religiosos (simboliza la entrada del mundo religioso y rabínico en la política secular con la creación de partidos como Mizrahi, que traducirían contenidos nacionalistas a términos religiosos). En esta sección, tan sólo presentaré sucintamente, el pensamiento de los fundadores del sionismo político, 92 Parte de la información contenida en esta sección está extraída de un artículo escrito por la autora en 2014: El Sionismo como Filosofía Política, en El Judaísmo. Contribuciones y presencia en el mundo contemporáneo, Cuadernos de la Escuela Diplomática. Número 51, Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación, 2014, pp. 137-156. 93 Krochmal, Graetz, Hess, Alkalai, Kalisher, Smolenskin, Lilienblum, Pinsker, Ben Yehuda, Herzl, Nordau, Ahad Ha’am, Syrkin, Borojov, Gordon, Jabotinsky, Kook o Ben-Gurión, por mencionar los más conocidos. 278 con el fin de presentar una evolución diacrónica del movimiento y su relación con el entorno, ilustrando los principales conflictos que surgieron y que nos revela su modelo organizativo. ¿Conseguirán los judíos alguna vez integrarse en condiciones de igualdad en las sociedades europeas y en sus estructuras de poder? Esta es la pregunta esencial que mueve los resortes de la intelectualidad judía en el siglo XIX, que no es otra que la pregunta sobre la relación entre autoridad política y poder económico en el Estado liberal burgués. La naturaleza verdadera de la pregunta se puede deducir de las respuestas organizacionales que se dieron al problema: socialismo y nacionalismo. Ambas soluciones eran problemáticas porque ambas suponían la disolución de la identidad particular en la colectividad y una completa reestructuración de la vida judía en Europa. La opción por el socialismo, ya la hemos tratado de manera sucinta en el bundismo. Para el bundismo, la solución sólo podía provenir de un cambio estructural que implicaba su integración en redes transnacionales, colectivizar la propiedad privada y los medios de producción, siempre que se permitiera conservar cierta autonomía cultural y se ofrecieran garantías para su expresión. La opción autonomista fue perdiendo peso paulatinamente, al hilo de desarrollos internos en la URSS a partir de 1917, del Holocausto y de la integración paulatina de Israel en las redes de poder capitalistas. La opción por el nacionalismo tenía una doble lectura: o bien se integraban en los proyectos nacionales que surgían de las revoluciones liberales o de la desmembración de los imperios centroeuropeos, o bien se creaba una nación propia, donde los judíos pudieran ostentar tanto la autoridad política como el poder económico, alcanzando con ello la tan anhelada “justicia social”. Una opción implicaba disolver el Estado, la otra, afirmarlo, aunque no incluía en la ecuación la pregunta sobre las posibilidades reales de integración en la Palestina otomana del momento, en su sociedad y en sus estructuras de poder. La creencia básica de los primeros sionistas era que la integración en una nación propia que trascendiera al individuo o las divisiones de clase ofrecía la única posibilidad real de emancipación colectiva, para la cual, la creación de un Estado judío con fronteras históricas suponía la única vía de redención para el futuro. En este contexto fue Moses Hess (1812-1875), uno de los padres de la socialdemocracia alemana, el primero que ofreció una síntesis socialista-nacionalista en su obra de 1862 Roma y Jerusalén: la última cuestión nacional. Gracias a ella cobró ímpetu el sionismo laborista que protagonizó, de manera mayoritaria y cuasi-hegemónica, la construcción del Estado desde 1948 hasta 279 1977. Aunque en sus escritos de juventud Hess afirmara que la solución al problema judío pasara por la asimilación y la integración en el movimiento socialista revolucionario universal, posteriormente planteó que una solución nacional en Palestina abría la posibilidad a encontrar una solución tanto revolucionaria-nacionalista como socialista. La comunidad judía que él imaginaba en Palestina debía estar basada sobre fundamentos firmemente anclados en el socialismo, ya que socialismo y sionismo se integran en el pensamiento de Hess como una crítica integral de la sociedad burguesa moderna. Así, en su primer libro Historia Sagrada de la Humanidad (1837) ya se observa su idea de que de las contradicciones inherentes a la era industrial surgirá la visión de un futuro armonioso y nuevo, en el que las contradicciones entre el individuo y la sociedad serán resueltas. Surgirá un nuevo humanismo basado en la abolición de la propiedad privada y en la restauración de la antigua armonía sobre la que se basaba el pacto de Yaveh con el pueblo judío, cuando existía una comunión de bienes, recreando así la unidad de espíritu y materia. Partiendo de este análisis, Hess concluye que ha habido dos pueblos en la historia cuya contribución a la humanidad resulta considerable pero que no obstante no tienen futuro: los judíos, que tienen un espíritu, pero les falta un cuerpo y los chinos, que tienen un cuerpo, pero carecen de espíritu. De acuerdo con esta primera visión de Hess, los judíos están condenados a fundirse en el universalismo generalista del Estado-nación burgués. De ahí el significado del último capítulo de esta obra La Nueva Jerusalén en el que afirma que “aquí, en el corazón de Europa, la nueva Jerusalén será construida. Aquí en el corazón de Europa y no en Palestina”. Con esta frase, en realidad estaba llamando a los judíos europeos a desprenderse de sus vestimentas burguesas y reclamar su derecho como nación. Hess se dio cuenta de que la emancipación de los judíos estaba basada en las doctrinas universalistas de la Revolución Francesa, pero que estas mismas doctrinas operaban en un mundo cuya doctrina básica era particularista y sujeta, por tanto, a contradicciones internas insuperables cuya única forma de vencerlas para los judíos era tener su propia nación. Para Hess, los fundamentos de esta nueva Commonwealth judía estarían basados en la propiedad pública de la tierra, que se organizaría en torno a cooperativas y colectivizaciones de los medios de producción. En general, la concepción nacionalista de Hess resulta muy similar a la de Mazzini, combinando las particularidades nacionales con una visión universalista. Mazzini afirmaba que, siendo miembro de una nación, se era también miembro de la raza humana y la única manera de pertenecer a la humanidad era perteneciendo a una nación. 280 Si bien Moses Hess sentó las bases ideológicas que resolvieron la tensión entre el socialismo universalista y el sionismo particularista, no fue hasta 1896-97 cuando podemos encontrar el primer arranque organizacional del movimiento, gracias a la labor del periodista húngaro Theodor Herzl (1860-1904), quien convocó el primer Congreso Sionista Mundial en Basilea en 1897 y fue el fundador de la Organización Sionista (OS)94. Frecuentemente, ha sido identificado por muchos como la persona más significativa del sionismo político, aunque sus escritos contienen escasos argumentos originales. Sus obras El Estado Judío (1896) y Altneuland –Vieja y nueva patria- (1902), contienen una plétora de ideas sobre los dilemas que la existencia judía en el mundo moderno atravesaba y un elenco de sugerencias prácticas para su solución, la mayoría de ellas inspiradas en ideas anteriores. Como señala Avineri (1981, pág. 92) una idea errónea sobre Herzl es que en el libro El Estado Judío fue la primera vez que Herzl trató sobre el problema de la cuestión judía y que únicamente el caso Dreyfus le había convencido de que la emancipación y asimilación habían fracasado y no ofrecían una solución organizativa para la subsistencia de los judíos como pueblo. En una de sus obras, El Nuevo Ghetto (1894), ya expresa esta frustración, y en Francia, donde residió desde 1891 como corresponsal, aprendió el nuevo poder del antisemitismo populista, no basado en la religión, sino en la nación y en la raza. Herzl no veía como contrarrestar este nuevo populismo xenófobo, de manera que a los judíos únicamente les quedaba una salida: salir de Europa y constituir su propio Estado. La principal aportación de Herzl al movimiento sionista fue la de sacar la cuestión judía de los círculos de debate, periódicos y folletines leídos por una minoría de la Haskalá y llevarlos a la opinión pública mundial. Gracias a su labor, el sionismo pasó de ser un fenómeno marginal para la vida judía en Europa a proyectarse en las pantallas de la política mundial. En palabras del propio Herzl: “No considero a la cuestión judía como una cuestión social ni religiosa, aunque ella se tiña con estos y otros colores. Es un problema nacional y para resolverlo tenemos que hacer de él un problema universal y político, que sería resuelto en el consejo de los pueblos cultos. ” (Herzl, 2004, pág. 29) Herzl no contaba con poder político o financiero que le ayudara en su empresa y dedicó su vida y sus particulares características personales a granjearse el favor de los principales magnates judíos (sin mucho éxito) y el apoyo a la causa sionista de los principales jefes 94 La Organización Sionista cambió su nombre a Organización Sionista Mundial en 1960 281 de Estado y de gobierno de la época. Avineri define su labor como como una lucha maniaco-heroica (1981, pág. 89). Lo único con lo que contaba Herzl era su profesión como periodista y su personalidad y atractivo: era un periodista brillante, a veces superficial, hambriento de publicidad y adicto a las relaciones públicas (1981, pág. 89). Aunque sus intentos de convencer a políticos y magnates fracasaron, Herzl siempre mantuvo una actitud positiva y estuvo convencido de su éxito, pues se había dado cuenta del nuevo poder que surgía en el siglo XX como actor social: la opinión pública y los medios de comunicación de masas, la publicidad impactante, cuyo principal propósito era influir en el espectador y despertar su empatía. Tanto en su novela El Estado Judío como en Antigua nueva patria, Herzl concibe la nueva sociedad que se creará para los judíos como un modelo de justicia social, inspirada en la literatura socialista utópica y humanista del siglo XIX. A pesar de no mantener posturas defendidas por el socialismo radical, Herzl se da cuenta finalmente de que la revolución que implicaba el establecimiento de un estado judío únicamente sería posible si ocurría simultáneamente una transformación radical de la estructura social judía. En última instancia, la creación de una sociedad nacional judía implicaría convertir a los judíos desde su posición como clase (burguesa) a su posición como pueblo, un pueblo en el que todas las profesiones serían desarrolladas por judíos. Para ello, resulta imprescindible la colectivización de las tierras y la apropiación del trabajo, principio que serviría de base para la acción del Fondo Nacional Judío o Keren Kayemet (1901), que se convirtió en el dueño de todas las tierras compradas por la Organización Sionista Mundial (1897), transformando a las mismas en adamah ivrit o tierra hebrea, prohibiendo su venta o alienación. Con ello se instituyó el primer acto de toma de la tierra colectivo del que hablaba Schmitt y que, junto con el principio del trabajo judío, constituyen los actos fundacionales de la nueva polis judía (págs. 119-20). Por último, Herzl se da cuenta de un hecho importante: la rápida occidentalización de Palestina por los judíos debía ser equilibrada con una tolerancia hacia las necesidades de preservar la cultura de la sociedad árabe. Por tanto, desarrollar cierto pluralismo social. En este sentido, Herzl fue capaz de prever la intolerancia y el fanatismo nacional-religioso como uno de los principales problemas que podrían emerger frente a los logros sociales en la Tierra de Israel. La manera en la que Herzl propuso resolver este problema fue mediante el establecimiento de garantías y derechos políticos, religiosos y civiles a los árabes como individuos, aunque dejó abierta la cuestión del derecho de los árabes como pueblo y como nación, influido seguramente por la realidad política del momento, en que 282 el nacionalismo árabe aún no había despertado como lo hizo durante la Primera Guerra Mundial, cuando el colonialismo consideraba a todos aquellos territorios no dominados por alguna potencia europea como terra nullius (Masalha, 2020, pág. 307) El defensor más a ultranza del principio de terra nullius fue tal vez el fundador y principal ideólogo de un nuevo movimiento crítico, conocido como sionismo revisionista, representado por el ruso-ucraniano Vladimir Jabotinsky (Odessa, 1880-1940). Fue un epitome de la intelectualidad judía rusa, influido por las ideologías y experiencias del periodo de entreguerras europeo, como el fascismo o el futurismo. Desarrolló un amplio abanico de actividades como poeta, traductor, ensayista y novelista. De acuerdo con su propio testimonio, Jabotinsky comenzó su carrera influido por el socialismo, sin embargo, finalmente desarrolló una teoría integralista del nacionalismo, influenciado por teorías similares como el fascismo italiano y el nacionalismo racista ucraniano (Avineri, 1981, págs. 159-161) Resulta paradójico comprobar que si había algo que faltaba en su bagaje cultural era una formación propiamente judía, de manera que el más acervo defensor de un nacionalismo étnico radical basado en el orgullo e identidad patrias no tenía una herencia cultural judía significativa. A pesar de que recibió buena parte de su formación en Suiza (cultura alemana) el principal impacto en el desarrollo intelectual de Jabotinsky ocurrió en Italia, donde vivió tres años tras terminar sus estudios en Berna. En su propia autobiografía declara que Italia, y no Rusia, fue la nación que moldeó su espíritu. Todas sus opiniones sobre el nacionalismo, el Estado y la sociedad fueron desarrolladas durante esos tres años bajo influencia italiana. Por tanto, fue el nacionalismo italiano, con su estilo y retórica, el heroísmo de los voluntarios de Garibaldi más que una conexión directa con los problemas de la existencia judía, los que determinarían la naturaleza de las opiniones de Jabotinsky sobre el nacionalismo judío (Avineri, 1981, págs. 159-161). En este periodo, Jabotinsky expresó su rechazo del liberalismo y su abrazo al futurismo italiano que culminaría con la aparición del fascismo. En su ensayo El hombre es el lobo para el hombre, Jabotinsky declara al liberalismo muerto e irrelevante para la era moderna, y niega la idea liberal de que aquel que ha experimentado la opresión luchará por la libertad y no oprimirá a otros. Las principales características del pensamiento político de Jabotinsky que elaboraría durante este periodo se pueden resumir en estos aspectos: (i) supremacía de la nación sobre el individuo, entendiendo a la nación como un todo orgánico; (ii) creencia en el determinismo racial y su influencia en la historia de la humanidad, defendiendo la superioridad de la raza judía; (iii) adoración de los valores 283 militaristas de la disciplina, el orden y el ceremonialismo y, por último; (iv) culto al ejercicio del poder del líder por medio de la fuerza para conseguir el fin superior de la nación. Paradójicamente, este sionismo de corte nacionalista-fascista despertó enormes simpatías entre las masas de judíos en Europa Central y Oriental, en un tiempo en que la existencia de los judíos se hacía cada vez más precaria con el ascenso del nazismo y otros movimientos antisemitas. Tras su periodo en Italia vuelve a Rusia y comienza su actividad sionista mediante su implicación en organizaciones de autodefensa en Odesa. Estas organizaciones, formadas por jóvenes sionistas o socialistas tras las matanzas de Kishinev de 1903, sostenían que la autodefensa era una necesidad tanto física como espiritual. Incluso la liga de los escritores hebreos publicó un artículo elaborado por el representante del judaísmo “espiritual”, Ahad Ha-Am, donde decía: "It is degrading for five million people … to stretch out their necks to be slaughtered and to call for help without attempting to protect their property, dignity, and lives with their own hands." (Ben-Sasson, s.f.95) Nos encontramos aquí con otro hito organizativo de las comunidades judías en Europa que rompe con una tradición ancestral de quietud y resignación: la necesidad de responder a la agresión física mediante la organización de la fuerza armada. La organización de la defensa fue algo que se extendió en la Europa oriental más allá de los círculos nacionalistas, llegando incluso los líderes bundistas a afirmar que “la violencia debe ser respondida con violencia, venga de donde venga”96 (Ben Sasson, s.f.). Como veremos con posterioridad, esta idea será implementada en Palestina a raíz de los primeros ataques de palestinos a granjas y propiedades judías. Con el surgimiento de la autodefensa y con la creación de la Legión Judía del ejército británico en 1917, formada por Jabotinsky y Trumpeldor, en el contexto de la Primera Guerra Mundial, se completa así el mapa organizacional del sionismo en torno a las cuatro fuentes de poder enunciadas por Mann. En conclusión, a nivel ideológico, el sionismo supuso, en términos generales, un intento de reacomodación de lo sagrado a la sociedad moderna, enlazando con ello el enfoque de Mann sobre el origen del poder ideológico. Según nuestro autor, la ideología trascendente no es un mero reflejo de la sociedad, como afirman las corrientes materialistas, sino que es creadora de una comunidad normativa y ritual, es decir, de un nuevo orden social o 95 Ben-Sasson, H. H. (s.f.), Jewish Virtual Library, recuperado de: https://www.jewishvirtuallibrary.org/jewish-self-defense 96 Traducción de S.S. 284 nomos, producido en situaciones en las que se cuestionan los reguladores tradicionales de toda sociedad, ya sea que provengan del poder ideológico, económico, político o militar. Su ordenación del mundo está constituida por sus conceptos de lo sagrado, es decir, por sus comunidades normativas y rituales. Quien quiera que se apodera se de las organizaciones creadas por el poder ideológico, puede cambiar la estructura social de forma más radical que de ninguna otra manera. (Mann, 1986) El sionismo consiguió, en el siglo XX, penetrar gradualmente de manera intensiva y extensiva en todas las comunidades judías, ya fuera en Israel o en la diáspora, creando una sociedad judía global, reconfigurando su entramado organizacional y aportando un nuevo sentido de lealtad e identidad. Su éxito se debe a la coherencia ideológica con la situación material y las fuerzas sociales predominantes del momento, su fracaso a la incompatibilidad de su proyecto con la existencia de otra nación a la espera de autoafirmación: la árabe-palestina. Esta incompatibilidad la resolvieron mediante una combinación ideológica de autoconsciencia ambivalente: eran víctimas a la vez que opresores. Como víctimas, tuvieron que gestionar la resistencia frente al enemigo; como opresores invisibilizaron la identidad palestina provocando la destrucción de su modo material de vida. Para ello, fueron necesarias dotes extraordinarias de organización y transmisión de mensajes. La pregunta sobre cómo debía responder el sionismo a la falta de incardinación material y espiritual en el mundo árabe fracturó al movimiento y dividió a su liderazgo en distintos niveles de conciliación. Lo interesante acerca de esta pregunta yace en evaluar si la falta de integración de los judíos es una cuestión que se replica en cualquier parte, ya sea en Europa o en Palestina. Es decir, si su diferenciación hace imposible su integración. Ello nos ayuda a dilucidar el tipo de sociedad que instituyeron y las relaciones de poder distributivo que se establecieron y que alejaron al proyecto, radicalmente, de sus intenciones utópicas iniciales basadas en la solidaridad obrera. En Europa les faltaba poder agencial, en Palestina lo obtuvieron cambiando las reglas de la estratificación social por el nacionalismo. Como señala Halperin (2015) los sionistas socialistas-laboristas optaron por invisibilizar el problema palestino argumentando que se trataba de un malentendido, que los árabes no habían captado apropiadamente las ventajas que el sionismo podía ofrecerles, idea que formaba parte de la gran misión civilizadora que culturalmente acarrea siempre el hombre blanco y que está sustentada sobre la superioridad técnica de su violencia y su cultura organizacional-burocrática. Por ello, cuando el conflicto socioeconómico se hizo patente durante la década de 1920 y 1930, optaron por 285 incrementar la separación entre ambas economías, reduciendo la interdependencia y fomentando con ello el futuro desarrollo de una comunidad etnocrática, construida sobre la identidad cultural judía, la propiedad de la tierra, el capital, el trabajo, los modos de producción y la representación política. El trabajo judío se convirtió así en un medio para construir una nación. Para dar respuesta a esta pregunta, el sionismo revisionista, por su lado, puso el énfasis en la fuerza nacional en vez de en la unidad que proclamaba el sionismo socialista, fomentando el entrenamiento militar y la autodefensa como el único modo de afrontar el conflicto con los árabes. La cuestión árabe se convirtió así en la cuestión judía que, a partir de entonces, iba a enfrentar a los diferentes campos del sionismo y a estos con las justas reivindicaciones de reconocimiento de los palestinos. Denominar a la existencia de una población indígena que se niega a perder su sustento y su modo de vida un “problema” señala, desde los inicios, la búsqueda de una solución que sólo podía llevar al separatismo. La debilidad del sionismo a la hora de gestionar el “problema” árabe provenía de su misma ideología nacionalista y de su concepción de las sociedades como entidades unitarias y cerradas (idea prevalente en el nacionalismo europeo y en su traducción democrática de las mayorías) Las sociedades nunca pueden estar del todo cerradas, se construyen en su relación con el entorno, generando con ello políticas de inclusión y/o de exclusión. Construir sociedades cerradas y separadas del entorno implica poner en marcha políticas de homogeneización social que conllevan, con frecuencia, el uso de la violencia y su institucionalización. 4.4. La institucionalización del poder ideológico y su modelo organizacional: el sionismo como modelo político/religioso/colonial. La polémica sobre si el sionismo, en cualquiera de sus versiones, contenía una estrategia de desposesión y apoderamiento de los recursos del pueblo palestino, ha generado mucho desacuerdo entre los historiadores. Hay quienes piensan (Morris, 1987 y 2008) que la estrategia se fue desarrollando al hilo de la evolución de la guerra de 1947-49 mientras que otros, (Masalha, 1992) piensan que la doctrina de la “transferencia” ya estaba presente desde antes de la convocatoria del primer Congreso Sionista. El enfoque sobre esta cuestión que presentamos en esta tesis está más relacionado con la organización del poder ideológico (en sus versiones inmanente y trascendente) que con las ideas en sí. La organización de la estratificación social nos revelará más información acerca de la naturaleza del sionismo que su supuesta intencionalidad e ideas 286 contradictorias. En esta línea veremos cómo la incorporación de grupos religiosos provenientes de la ortodoxia judía aporta una nueva organización trascendente al poder ideológico inmanente, que se extiende ahora más allá del Yishuv, transformando al sionismo en un nuevo marco referencial total, una nueva forma de entender el judaísmo y de ser judío, lo que le otorga un poder estructurante sin precedentes. A nivel trascendente, la unión política de la nación descansó sobre la homogeneidad étnica, una igualdad sustancial otorgada por Yahvé a su nación escogida y certificada en forma de ciudadanía a través de sus funcionarios clericales y estatales (Rabinato, Agencia Judía o Ministerio de Absorción e Inmigración). Esta organización, basada en la cooperación político-religiosa, es más relevante para entender la naturaleza del sionismo que el análisis de las ideas, porque otorgar derechos de ciudadanía genera mucho más poder autónomo y capacidad para reconfigurar estructuras de poder, incrementando el poder colectivo de los judíos, convirtiéndolos a todos en emigrantes, ciudadanos y colonos en potencia. A pesar de que varios autores han señalado que la entrada de la ortodoxia judía en el sionismo ha generado un cleavage social en torno al debate sobre la confesionalidad del Estado y a la exclusión del colectivo jaredí del mercado de trabajo, el éxito del pacto estriba en la solidaridad que generó entre el Yishuv y la diáspora, eliminando tensiones ideológicas al generar una visión de la autoridad anclada en una tradición histórica trascendente. A nivel inmanente, Palestina se convirtió en el nuevo centro de ordenación del poder político, económico, militar e ideológico de este nuevo judaísmo, territorializando a todas estas fuentes y otorgándoles un nuevo centro decisorio. Como veremos en esta sección, el sionismo nunca fue capaz de asentar la legitimidad de su autoridad política únicamente sobre el concepto de clase económica, ya que la conciencia de clase, en el judaísmo, era una conciencia eminentemente nacional. Ello era así porque, como hemos visto, se forjó en una estructura económica excluyente, prevaleciente en la Europa oriental, que había segmentado su mercado de trabajo sobre la base de criterios étnico-nacionales, relegando a los judíos al desempeño de profesiones restringidas por el Estado y generando con ello una mayor conciencia de identidad nacional. Por mucho que el sionismo surgiera entre los elementos de clase media más laicos de la sociedad judía europea del momento, utilizó siempre símbolos religiosos para representar la unidad entre el pasado y el futuro, es decir, la unidad histórica, aunque estos símbolos o referentes culturales fueran reinterpretados bajo la luz del moderno nacionalismo. La legitimidad histórica se convirtió así en la base del movimiento nacionalista y en el origen de su autoridad política. 287 Con respecto a la autoridad política, lo primero que subrayaremos es que las organizaciones no son inocuas. Nadie entra en organizaciones de poder distributivo porque sienta predisposición para ello, sino porque son más efectivas para conseguir ciertos fines. La respuesta ideológica que ofrezcamos a un problema (sionismo laborista, revisionista, religioso, cultural…) no es lo determinante, ya que toda ideología contiene inconsistencias y están basadas sobre la premisa de que no se pueden demostrar. Lo determinante para que una ideología logre un cambio es la coherencia entre ideas y organización. Por ello, si observamos la organización social del Yishuv, podremos deducir si responde a una idea pre-determinada de expulsión y desposesión (como afirman algunos historiadores) o si, por el contrario, no fue el sionismo, sino la guerra y el conflicto, la que acabó transformando a los fines y a la propia organización, generando un tipo de solidaridad colectiva diferente y poniendo a todas las redes de poder al servicio de los objetivos del poder militar: la defensa, sí, pero también la expansión y la agresión. Si los congresos sionistas sirvieron para organizar la solidaridad colectiva en torno a la recaudación y a la acción diplomática internacional, la organización de la cooperación en Palestina se llevó a cabo mediante la institucionalización del trabajo judío, la explotación de la tierra y su defensa. El grupo dominante que aglutinaba el desarrollo de todas esas funciones se convirtió en la clase social dominante del movimiento, por lo que se acabó equiparando la vida social significativa con la vida colectiva del pionero askenazí, el trabajador que simboliza la ambición colectiva y el heroísmo nacional. 288 Imagen 4.1. Un miembro de la-Haganá haciendo guardia cerca del Memorial Trumpeldor en Tel Hai97 97 Traducción de S.S.. “A Hagana member standing on guard near the Trumpeldor memorial at Tel Hai” Recuperado de: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:A_HAGANA_MEMBER_STANDING_ON_GUARD_NEAR _THE_TRUMPELDOR_MEMORIAL_AT_TEL_HAI._ וילעה_ליגלגה_,יח_לתב_גאושה_היראה_דיל_דמוע_רמוש D403-134.jpg.ן 289 Imagen 4.2. Monumento Kibutz Negba Memorial Museum98 La multifuncionalidad del pionero askenazí (agricultor, constructor, ingeniero, soldado y activista) ha sido asociada con frecuencia a la figura del colono empleada por la mayoría de los imperios europeos para la conquista de los territorios de ultramar. Puede que ninguno de ellos llevara explícita la idea de fundar nuevas naciones, sino la de extender el dominio económico de las ya existentes, pero los poderes colectivos que generaron los nuevos asentamientos y el surgimiento entre ellos de una clase social diferenciada lo hicieron posible. En este sentido, una breve reflexión sobre el carácter colonial del proyecto resulta necesaria para entender los medios organizacionales que se establecieron puesto que, si bien el fin último del proyecto es la construcción de un nuevo Estado-nación, los medios empleados para lograrlo estaban imbricados en estructuras de explotación económica eminentemente coloniales, por lo que el producto final, no pudo permanecer ajeno a las mismas. Hasta qué punto los medios se hicieron con los fines o si los fines llevaban consigo la semilla de la desposesión, la explotación y la violencia es una pregunta que continúa dividiendo a los historiadores. Si afirmamos que los medios se hicieron con los fines, es decir, que la desposesión de los medios de subsistencia (el trabajo) y 98 Yacobson, M. (2006), Natan Rapoport, Monument at Kibuz Negba, Israel, recuperado de: https://he.wikipedia.org/wiki/ ץבוק :Negba_Monument003_1.jpg 290 posteriormente de la propiedad de la tierra (colonialismo), acabó por imponerse debido a la resistencia palestina, estamos eliminando la capacidad agencial de los actores y los convertimos en actores pasivos de las estructuras, escudados detrás de la intención, pero no responsables del resultado final de la acción. Si, por el contrario, afirmamos que el proceso de territorialización del poder político genera un poder autónomo basado en su capacidad de penetrar en la sociedad, bien mediante la creación de infraestructuras (poder colaborativo) o bien mediante la imposición de la voluntad de sus élites sin tener que negociar (poder despótico), nuestro análisis pivotará en torno a qué medios emplearon los sionistas y el Estado para el ejercicio de su poder sobre el territorio, si fueron eminentemente medios colaborativos (infraestructurales) o distributivos (despóticos). La respuesta nos dará una idea más aproximada de qué tipo de Estado es Israel y cuáles han sido los medios que han entrado en competencia desde sus orígenes, ya que son estos los que han impulsado el ejercicio de uno u otro tipo de poder. Muchos de los trabajos e investigaciones que se han llevado a cabo durante las tres últimas décadas en Israel y Estados Unidos han versado sobre la cuestión de si Israel es o no un Estado colonial de asentamientos y si sus actuaciones, tanto durante la época pre- estatal como durante las guerras de 1948 y 1967, responden a esa lógica y no a “eventos inesperados” consecuencia de las dinámicas de la acción bélica. Tanto los nuevos historiadores (Morris, Penslar, Kaplan, Piterberg…) a los que ya nos referimos en el capítulo 4, como los sociólogos críticos (encabezados por Shafir, Lissak, Lockman) han dedicado incontables páginas a revisar muchos de los mitos fundacionales del sionismo, observándolo desde una perspectiva comparada y contextualizando sus acciones con las de otros Estados con orígenes coloniales similares. La mayoría de ellos insisten en la necesidad de realizar un ejercicio de reflexividad histórica que incluya a los nativos oprimidos y concluyen que ni la “naturaleza” ni la institucionalización de las estructuras coloniales que adoptaron esos Estados pueden desvincularse de su pasado histórico en relación con las poblaciones desposeídas, por mucho que la tendencia historiográfica haya sido la de construir relatos basados en sociedades duales. A fin de entender en su correcta dimensión al fenómeno colonial, resulta necesario contextualizarlo históricamente en su relación con el imperialismo, ya que el colonialismo no es más que un modo, entre otros, de ejercer el imperialismo. Se entiende por imperio toda aquella organización política que ejerce el expansionismo territorial mediante la fuerza de las armas, creando, en este proceso, lo que podríamos denominar “sociedades a gran escala” (Mann, 2012c pág. 17). Los imperios están caracterizados por 291 una combinación particular combinación de poder político y poder militar y han resultado muy eficientes para lograr relaciones de explotación económica extensivas. El desarrollo del imperio en la Edad Moderna, impulsado por la expansión transoceánica, añadió un elemento geográfico a su carácter organizativo: la existencia de un centro de poder político (metrópolis) y de regiones geográficas periféricas, otorgando pleno significado a la palabra geopolítica. Partiendo de esta nueva circunstancia, Mann define el imperio como: “un sistema de gobierno centralizado y jerárquico, adquirido y mantenido mediante la coacción a través de la cual un territorio domina los territorios periféricos, sirve como intermediario para sus principales interacciones, y canaliza los recursos desde y entre las periferias” (Mann, 2012c pág. 17) La expansión de los imperios requiere por ello una combinación de fuerzas ideológicas, económicas y militares que provienen del centro o núcleo del imperio, de la periferia y del sistema de relaciones internacionales en general. Las principales teorías sobre el ejercicio de la autoridad política relacionadas con las estructuras de poder imperiales establecen dos tipos ideales que pivotan sobre el eje de la centralización del control: el imperio directo y el indirecto. En la forma de dominación de imperio directo, los territorios conquistados son incorporados al núcleo político territorial, y el gobernante del núcleo lo es también de la periferia, como sucedió con el Imperio romano en su apogeo, estando caracterizados por una forma de dominación más despótica al inicio de la conquista, y que se va volviendo más institucionalizada e infraestructural con el paso del tiempo, sostenida por un poder económico e ideológico difuso. Todos los imperios de este tipo pasan por las mismas fases de ejercicio del poder: primero militar, luego político, después económico y finalmente ideológico, con el que suele concluir la historia del imperio. En las primeras fases de expansión imperial, la utilización de colonos facilitaba la dominación, aunque su defensa y privilegios los hacían caros de mantener. Por ello, paulatinamente, los imperios modernos tendieron hacia el ejercicio de formas más deslocalizadas de ejercicio del poder, es decir, tendieron hacia formas más indirectas. La forma de imperio indirecto es aquella en la que el núcleo o centro imperial retiene la soberanía política pero los gobernantes de la periferia pueden ejercer cierto grado de autonomía y capacidad negociadora para acordar el reparto del poder. En los imperios indirectos se mantiene la coacción militar, aunque el Estado imperial gobierna de manera 292 más tenue y con menor grado de poder despótico e infraestructural. Los locales ocupan la mayoría de las posiciones en la seguridad y en la administración local y provincial, mientras que el Estado colonial domina el poder político central, sus relaciones exteriores y el monopolio del poder militar, necesario para hacer frente a eventuales revueltas, permitiendo, no obstante, cierto grado de tolerancia por las formas económicas, políticas y culturales locales tradicionales (Mann, 2012c pág. 18). En ningún otro lugar como en Oriente Medio, han sido los imperios indirectos las formas políticas históricas dominantes, por lo que existe una larga tradición de reparto y negociación del poder político y económico. Muy notablemente, el Imperio otomano, del que recoge su huella el actual Oriente Medio, es un ejemplo de imperio indirecto (Popescu, 2017) y es sobre sus instituciones sobre las que los imperios europeos primero, y el estadounidense después, construyen sus estrategias de penetración y control. Tanto la dominación imperial directa como la indirecta requiere la ocupación de territorios a través de colonos. Como afirma Mann, cuando el colonialismo europeo se extendió a territorios de ultramar, con poblaciones étnicamente diferentes, el racismo que se generó impidió el acto de identificación entre subyugadores y sometidos que sucedió en otros imperios históricos, haciéndolos más difíciles de integrar (Mann, 2012, vol. 3, pág. 18) El colonialismo es pues un sistema de relaciones sociales dirigido a la explotación y el sometimiento, que supone la usurpación y apropiación de la tierra, así como la imposición de los intereses del Estado colonizador sobre el colonizado. El sistema de relaciones de poder que establece el colonialismo está sustentado por una ideología de superioridad y de misión civilizacional. Ello ha generado tres asunciones fundamentales en toda narrativa colonialista: (i) la afirmación de la singularidad de cada nación de colonos; (ii) el énfasis en la bondad de las intenciones y en la primacía de la subjetividad de los colonos; y (iii) la presencia de los nativos como algo inconsecuente, y que no ha tenido un impacto sobre la forma o el contorno de las sociedades de colonos, cuando en realidad, la presencia de colonizados ha sido el factor que mayormente ha conformado a cualquier sociedad de colonos (Piterberg , 2008, pág. 55). En el caso de Israel, como apunta Shafir en esta misma dirección (1996), la narrativa histórico-sociológica hegemónica ha sido construida en torno al “paradigma de la sociedad dual” (Israel/Palestina), enfatizando los procesos creativos de consensos (valores), con el objetivo de suprimir tanto presentes como potenciales focos de conflicto social, siguiendo con ello el modelo de la teoría funcionalista norteamericana. Según este paradigma, la sociedad árabe y el conflicto palestino serían factores extrínsecos para la 293 definición de lo que constituye la verdadera esencia de la nación judía. La historia del sionismo y la historia de Palestina se verían, desde este punto de vista, como dos experiencias sociales completamente disgregadas e independientes. Dicho de otro modo, el Yishuv judío y la sociedad árabe palestina han sido representadas como dos sociedades paralelas, que han evolucionado completamente separadas, siendo la lucha armada y el conflicto, la única relación significativa que han mantenido a lo largo de su historia. Las conocidas palabras de Golda Meir dan cuenta de este “estado mental”: “It was not as if there was a Palestinian people in Palestine and we came and threw them out and took their country away from them. They did not exist” (Karmi, 200399) El sociólogo israelí Shafir, en su estudio sobre la comunidad judía del Yisuh durante el periodo previo a la Primera Guerra Mundial, demuestra que el conflicto Israelí-palestino es un factor que contribuye a explicar, de manera intrínseca, la historia de la sociedad israelí y la estructura del Estado ya que, a pesar de su negación, tanto la presencia de árabes palestinos como su resistencia, han sido una consecuencia de la dinámica institucional y de la identidad colectiva construida por la comunidad judía de colonos y por el Estado-nación posterior (Piterberg, 2008, pág. 64). Si tal vez han tendido a verse como comunidades separadas ha sido, en mi opinión, porque sus instituciones de poder se han desarrollado siguiendo caminos excluyentes, siendo esta exclusión la que ha configurado a sus respectivas estructuras políticas y de dónde nace buena parte de su poder autónomo. ¿Es entonces el sionismo una forma de colonialismo? La contribución de esta tesis a este debate no se encuentra tanto en apoyar o refutar las tesis de los “colonialistas” o “anti- colonialistas” sino en analizar la cristalización del Estado de Israel desde una perspectiva polimórfica. Sin negar que una de las cristalizaciones de Israel haya sido la de un Estado imperial de asentamientos, la intención de esta sección será la de presentar, en perspectiva histórica, el proceso de institucionalización del Estado en base a las cuatro fuentes de poder IEMP y las fuerzas sociales implicadas, a fin de señalar su carácter híbrido o promiscuo y en qué manera, este mismo hecho, nos obliga a observar al Estado que se creó en 1948 y a su poder agencial como el resultado de múltiples cristalizaciones que surgen de la lucha por el control de las organizaciones de poder (nacionalista, imperialista-colonialista y capitalista) Para ello, analizaré el entramado organizacional que se empezó a construir a raíz del primer congreso sionista, tanto a nivel internacional como en Palestina, apuntando la 99 Recuperado de http://www.guardian.co.uk/comment/story/0,3604,971664,00.html 294 lógica a la que respondía y la racionalidad que había detrás de sus actuaciones, observando cómo se van territorializando objetivos, funciones y conflictos, acotando cada vez más las actuaciones de las redes y organizaciones transnacionales dentro del marco territorial que va delimitando la comunidad del Yishuv y el Estado de Israel. 4.5. La Organización Sionista y el nuevo Yishuv (1897-1920): la institucionalización y territorialización del movimiento en torno a las redes IEMP de poder y la influencia del contexto internacional La Organización Sionista (OS)100 fue fundada en Basilea en 1897, en el marco de un programa de actuación conocido como el programa de Basilea, presentado para su aprobación durante la celebración del Primer Congreso Sionista, convocado a tales efectos por Theodor Herzl. Los 208 invitados que atendieron al encuentro provenían de 17 países y lo hicieron en calidad de delegados o representantes de sus comunidades respectivas (de entre ellos, aproximadamente 69 eran miembros de diversas organizaciones sionistas), convirtiendo al Congreso en un verdadero parlamento simbólico, en el que no se permitió votar de manera inmediata a las mujeres (habían atendido 17), teniendo que esperar al siguiente congreso para poder hacerlo. Para ser miembro bastaba con tener más de 18 años y pagar la cuota de socio conocida como el “shekel sionista”101. El número de delgados que podía atender desde cada país venía determinado por el número de “shekels sionistas” que hubieran sido capaces de vender, dando cuenta del carácter intelectual y pequeñoburgués que por aquel entonces tenía el proyecto. No se trataba de un movimiento de masas, sino eminentemente minoritario, con mayor popularidad en la Europa oriental, azotada por los nacionalismos étnicos, que en la industrializada occidental. De hecho, aproximadamente la mitad de los delegados procedían de Europa oriental y un 25% de Rusia. Prueba del peso que tenían las comunidades centrales y orientales se vio reflejado en la elección de sus líderes, entre los que se contaban dos vieneses, un polaco y un rumano (Herzl y Nordeau y Abraham Salz y Samuel Pineles respectivamente). La elección de los líderes se efectuaba de manera democrática por los delegados que atendían a los congresos y eran escogidos en base a su compromiso con la causa sionista y sus habilidades y contactos personales. Puesto que los delegados lo eran en virtud de su 100 Llamada a partir de 1960 Organización Sionista Mundial (OSM) o World Zionist Organisation (WZO) en inglés 101 Sistema de membresía abolido en 1968 y sustituido por el censo de las federaciones sionistas. 295 capacidad de comprar shekels, la mayoría de ellos pertenecían a las clases medias o pequeñoburguesas y conocían sólo a los líderes sionistas más populares entre sus comunidades, por lo que los líderes elegidos lo eran en virtud del número de delegados de sus comunidades que pudieran atender al congreso. Ello explica que la mayoría del liderazgo sionista fuera elegido mayoritariamente entre las comunidades askenazíes europeas. La mayoría de los delegados expresaban con su voto un sentimiento de identificación emocional con la idea de redención nacional, así como de solidaridad con los idealistas que habían tenido el valor de emigrar a Palestina. Su conocimiento acerca de la situación real y las dificultades del asentamiento en el país eran algo escasas y distantes. Este grupo mayoritario de electores o delegados se fueron consolidando en torno a un bloque denominado “Sionistas generales”, conformados en torno a grupos nacionales (austriacos, alemanes, polacos, rusos…) no partidistas, representando el centrismo del movimiento sionista. No era una red compacta ni estratificada, ni tampoco tenía una plataforma ideológica unitaria, pero hasta el decimoséptimo congreso sionista (1931) constituyeron la base de apoyo mayoritaria del movimiento sionista. A pesar de la aparente homogeneidad con respecto a los objetivos del movimiento, pronto surgieron divergencias de opiniones, sobre todo a raíz de la irrupción de partidos políticos liderados por judíos socialistas rusos, que provocaron una fractura entre el liderazgo y los militantes, dando cuenta de la pluralidad del movimiento a pesar de su carácter minoritario y de la necesidad de construir consensos para establecer una dominación más efectiva. Aunque el objetivo de fomentar la emigración a Palestina sí obtuviera un acuerdo generalizado, existían profundas diferencias en cuanto al cómo y al cuándo, que se evidenciaron desde el primer momento. Así, a diferencia del movimiento “Los Amantes de Sion”, para los que la emigración a Palestina constituía un modo de redimir su pasado y afirmar su identidad cultural, los líderes del primer congreso, que ya habían recibido el rechazo al proyecto por parte de influyentes comunidades judías en Alemania y Gran Bretaña, declararon como objetivo “establecer un hogar para el pueblo judío en Palestina, según el derecho internacional102”. La prioridad, por tanto, no se estableció en el modo de asentamiento, sino en la búsqueda de los apoyos políticos necesarios que garantizaran la viabilidad del proyecto y la conversión de este en un ente de derecho público, es decir, en un Estado. Dado que la mayoría de los líderes del movimiento eran juristas o periodistas, no es de extrañar que 102 Zionist Congress: First to Twelfth Zionist Congress (1897 - 1921), Jewish Virtual Library, recuperado de: https://www.jewishvirtuallibrary.org/first-to-twelfth-zionist-congress-1897-1921 296 buscaran, en primer lugar, los consensos políticos necesarios según las normas del derecho internacional vigente. La prioridad en conseguir el respaldo político-diplomático al proyecto antes que fomentar la emigración en masa fue uno de los principales desacuerdos en emerger entre sus miembros, del que surgieron las corrientes del sionismo pragmático y el político. Si antes hemos afirmado que el consenso básico era la necesidad de establecer un Estado judío en Palestina, el liderazgo sionista estableció para ello cuatro líneas maestras de actuación, que aunaban el trabajo local con la educación pública y el proselitismo en la diáspora. Esas cuatro líneas eran: (i) la promoción de asentamientos de agricultores, artesanos y comerciantes judíos en Palestina; (ii) la federalización del movimiento, estableciendo grupos locales o regionales, según las distintas administraciones territoriales y leyes de los diversos Estados; (iii) El fortalecimiento del sentimiento y conciencia judía, es decir, la “sionización” de las comunidades y (iv) acordar los pasos necesarios para la obtención de garantías políticas al proyecto103. El establecimiento de estas líneas de actuación resulta revelador porque suponen el punto de partida para entender cómo se empiezan a crear las redes de poder y las disputas por el control en torno a tres de las principales fuentes: la ideológica, la económica y la política. Ideológicamente, el nuevo sionismo institucional se centraliza y va absorbiendo la plétora de movimientos que en torno a los Amantes de Sión y otras organizaciones afines existían en la Europa de finales del siglo XIX y principios del XX y que se encontraban dispersos y sin una línea de actuación unificada. Este proceso de centralización genera relaciones de poder distributivo y va configurando la primera estratificación social en torno al movimiento, generando grupos políticos disidentes, resistencias y consensos, a la vez que se va construyendo un embrión de autoridad y representación política. En esta primera fase embrionaria, el poder ideológico muestra un poder estructurante mucho mayor que el resto de las fuentes de poder. Ello es así en un doble sentido. Por un lado, su mayor logro consistió en reestructurar la manera en la que las sociedades occidentales trataban a los judíos, a quienes empezaron a considerar como una nación o pueblo diferenciado, no sólo en términos religiosos, sino también políticos, otorgándoles una voz propia y reconociendo su derecho a la representación en conferencias de paz, 103 Zionist Congress: First to Twelfth Zionist Congress (1897 - 1921), Jewish Virtual Library, recuperado de: https://www.jewishvirtuallibrary.org/first-to-twelfth-zionist-congress-1897-1921 297 organismos internacionales o grupos de presión. Por otro lado, el poder ideológico trazó las líneas divisorias entre los distintos grupos nacionales o redes de poder dentro del movimiento, creando bloques como el sionismo político, el cultural o el laborista, aunque pronto será el poder económico el que juegue un papel mucho más determinante para el avance y la consolidación del movimiento, reestructurándose el resto de las fuerzas en torno a su dominio y control. De hecho, las desavenencias acerca del alcance, medios y autoridad del movimiento ocurren a la vez que tiene lugar un reforzamiento político- institucional, que empieza a centralizar el poder económico del movimiento en organizaciones que recaudan fondos en la diáspora y los distribuyen por medios de organizaciones locales en Palestina. Vemos así cómo las redes de poder ideológico y económico se van imbricando en esta primera fase. 4.5.1. Primeros conflictos entre las redes de poder ideológico y económico La construcción del poder ideológico, que, como hemos visto, estructuró la organización del movimiento en este periodo, es el resultado de la rápida difusión de mensajes a nivel global, facilitado por los modernos medios de comunicación y por la existencia de comunidades judías ya organizadas ideológica, política y económicamente. Simultáneamente, la imbricación del movimiento en redes de poder económico igualmente globales, asentarían las bases infraestructurales para organizar la colaboración y la construcción de consensos normativos y morales sionistas. En este sentido, resulta llamativo como en el Segundo Congreso Sionista (Basilea, 1898) Herzl centra su atención en la falta de calado que tiene el proyecto entre las comunidades judías europeas, probablemente movido por sus primeros fracasos a la hora de atraer el apoyo de los grandes magnates y filántropos, y hace un llamamiento a todos los delegados para que salgan a “conquistar” a las comunidades. Aunque la conquista mayoritaria de las comunidades de la diáspora no se producirá hasta después de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, la interdependencia entre la financiación de la diáspora y el éxito del proyecto colonial queda trazada con la creación, en el mismo congreso, del Fideicomiso Colonial Judío (FCJ) o Jewish Colonial Trust (JCT), con sede en Londres, la primera institución financiera sionista ideada con un sistema de “crowdfunding” para sustentar las labores de la OS y el asentamiento en Palestina. Aunque fracasó en su intento de recaudar los ocho millones de libras que habían calculado (recaudaron solo 395.000) sirvió para establecer en Palestina la primera filial de la organización financiera, el Banco 298 Anglo-Palestino (BAP, 1902), dirigido por el banquero jasídico Zalman David Levontin (1856-1940), miembro de los Amantes de Sion y fundador de Rishon LeZion, la primera cooperativa agrícola judía. Por medio de este banco se compraban tierras, se importaban bienes y se obtenían concesiones en Palestina. El éxito de las operaciones de la institución provino por su imbricación en redes de poder transnacionales, principalmente las dominadas por el Imperio británico, de ahí que no se pueda considerar al sionismo como un movimiento autónomo o enteramente independiente de las redes de poder de la época. La sede británica del banco sirvió, por ejemplo, para eludir la prohibición que los otomanos intentaron imponer sobre la entidad bajo el argumento de que carecían de licencia para operar en Palestina, ya que, desde el Tratado de Berlín de 1878, ninguno de los principales Estados europeos necesitaba licencias para abrir instituciones, servicios postales o bancos en las tierras del Imperio otomano. Aprovechando esta ventaja, pronto se abrieron sucursales en Beirut, Hebrón, Safed, Haifa, Tiberiades o Gaza, estableciendo una red de cooperativas de ahorro y crédito que prestaba servicio a los moshavim (granjas cooperativas), fomentando con ello una economía mixta público-privada en esta primera fase de desarrollo colonial. Las 60 primeras casas que se construyeron en Tel Aviv fueron construidas, por ejemplo, gracias a la financiación de esta entidad. La incrustación de estas entidades financieras sionistas en el capitalismo transnacional y en las redes de poder político imperialistas alcanzó su paroxismo en la Primera Guerra Mundial, durante la cual, puede observarse la identificación del movimiento sionista con una causa “enemiga”, equiparando sionismo con imperialismo europeo. Tras entrar el Imperio otomano en guerra contra Gran Bretaña y sus aliados, el banco fue declarado una entidad enemiga y se ordenó su cierre. De hecho, Levontin sólo pudo conservar sus fondos intactos gracias a la intervención del consulado español, a cuyo frente se encontraba Antonio de la Cierva y Lewita, conde de Ballobar. Debido a la neutralidad de España en la Primera Guerra Mundial, fue el único consulado europeo que permaneció operativo en la Palestina otomana, por lo que, la defensa de todos los intereses de los países occidentales enfrentados al Imperio otomano, eran gestionados por el cónsul español, que se convirtió así en “cónsul universal”. El BAP, devino en el más importante actor para la dinamización de las actividades económicas de los colonos judíos en Palestina, aunque pronto surgieron dilemas relacionados con la viabilidad de la economía socialista comunitaria que imperaba en los kibutzim y moshavim. La sostenibilidad económica del proyecto fue cuestionada por el 299 propio Levontin e incluso se ordenó un informe en 1919 efectuado por expertos, entre los que se encontraban el gran economista John Maynard Keynes, Frank Goldsmith o Herbert Samuel (Alto Comisionado del Mandato Británico en Palestina desde 1920). El informe puso de relieve la necesidad de atraer más capital mediante la privatización de las acciones del banco, poniendo sus fondos en manos de inversores con poder decisorio y creando una compañía colonial, al modo de la British-South Africa Company, encargada de construir las infraestructuras económicas y comerciales necesarias para el desarrollo de una nueva economía nacional. Con estas medidas, se intentaba alejar así del control de las finanzas al liderazgo político europeo que empezaba a consolidarse en la OS y que controlaba también el BAP. En 1925 Levontin escribió un artículo titulado Settlement in the Land of Israel: Means and Methods, que resulta ilustrativo de los debates que se estaban llevando a cabo en la época en torno al control del capital, su relación con la diáspora y el liderazgo político sionista. Según Levontin, debido a la dependencia económica que generaban las donaciones filantrópicas gestionadas por la OS, sus dirigentes se plegaban a los deseos y la voluntad de donantes que estaban en la diáspora y que no entendían las necesidades reales de desarrollo del Yishuv. Frente a la negativa de desprenderse del control del BAP y ponerlo en manos de judíos ajenos a la OS, Levontin escribió: “These Jews are therefore worthy of our trust that they would work towards the material development of the country, for they work for the Jewish people. Aside from this, the Organization could have held propaganda and education in its hands. Second, this type of Jew understood the great value of the great results the Organization achieved for our people, and more than this: there were among them those who appealed to the English government, which in turn influenced the members of the entente to recognize the rights of the Jewish People in the Land of Israel, and these Jews desired to participate in our banks, not solely from a business motive, but to further the settlement of our people in our country.” (Levontin, 1925, traducción de Avi Wolf)104 La cuestión acerca de la financiación del proyecto sionista es ilustrativa para observar cómo la competencia por el control de las organizaciones de poder económico entre las clases medias proletarizadas (los pioneros) y la burguesía capitalista urbana, va marcando la dinámica del asentamiento en Palestina durante este periodo. Levontin señala, por ejemplo, cómo la tradicional institución de la Haluká105 y los shadarim o meshulajim106, 104 Recuperado de: https://mida.org.il/2014/03/22/words-of-the-zionist-founders-zalman-david-levontin- on-economics-and-settlement/ 105 Limosna que se recaudaba para el mantenimiento de la comunidad judía en la Palestina otomana y de la que vivía casi en su totalidad el viejo Yishuv 106 Emisarios de la Haluká 300 podía tener un impacto negativo sobre el movimiento ya que la multiplicación de fundaciones como el Keren Hayesod (1920), Keren Ha-Hagira o el Keren Ha-Ge’ulah (1918) podía provocar la enemistad con el viejo Yishuv, dependiente de estos recursos. Se observa así cómo el nuevo Yishuv sionista empieza a entender la conveniencia de institucionalizar dentro del movimiento a las comunidades pías de judíos que habían habitado Palestina durante generaciones, siendo estas las únicas que podían reclamar cierta legitimidad histórica por su asentamiento continuado como minoría religiosa en Palestina. El proceso de institucionalización del sionismo, tanto en Palestina como en la diáspora, se había convertido así en una competición por los recursos extensivos del judaísmo, entre militantes laicos sionistas y ortodoxos anti-sionistas, que sería resuelto con la incorporación de los últimos al movimiento mediante una fórmula que combinaba la autonomía organizacional con el estatus-quo político. En el panfleto publicitario de Keren Hayesod utilizado para recaudar fondos en EE. UU. vemos cómo la financiación del movimiento aparece descentralizada en la fase de recaudación, pero centralizada en la gestión efectuada por el Palestine Foundation Fund, perteneciente a la Agencia Judía (organización gubernamental dependiente de la Organización Sionista creada en 1929 para ejercer de interlocutor frente a las autoridades del Mandato Británico). Si observamos el orden de importancia en la distribución de los fondos vemos cómo la prioridad se sitúa en la compra de tierras y el fomento de las explotaciones agrícolas, estando en segundo lugar la construcción de centros urbanos seguidos de la educación y la salud pública entre otros. La compra de tierras, más allá de su viabilidad económica, se presenta en la diáspora como el máximo logro y prioridad de la filantropía del movimiento. 301 Figura 4.1. Mapa de Keren Hayesod, 1932107 La naturaleza de estas instituciones filantrópicas y su impacto sobre la economía del Yishuv y de Israel, han contribuido a hacer de la estructura económica nacional algo excepcional. El Yishuv sentó las bases para construir una economía de mercado caracterizada por un alto intervencionismo y un peso mayoritario para el sector público que incluye, no sólo al Estado, sino a instituciones nacionalizadas como la Agencia Judía, 107 Agha, Z. (2020): “Maps, Technology, and Decolonial Spatial Practices in Palestine”, AlShabaka, The Palestinian Policy Network, recuperado de: https://al-shabaka.org/briefs/maps-technology-and- decolonial-spatial-practices-in-palestine/ 302 el Fondo Nacional Judío o Keren Hayesod, difuminando con ello la separación entre diáspora, Estado y economía nacional. Sin embargo, el debate acerca de la sostenibilidad económica y la necesidad de separar la ideología de la economía demuestra cómo los intereses capitalistas se van imponiendo sobre los ideológicos, lo que afecta a cuestiones relacionadas, no sólo con el conflicto sobre el liderazgo de las organizaciones, sino sobre el tipo de asentamiento que se quiere construir y con quién se quiere contar para ello. Ya no se persigue únicamente la concentración del trabajo en manos judías frente a las palestinas, sino que empieza a pensarse en un criterio de selección de emigrantes, más acorde con la racionalidad capitalista. El debate sobre la forma de organización económica del Yishuv y el futuro Estado (si capitalista o socialista) empieza a concentrarse en torno a un conflicto más amplio relacionado con la emigración: ¿Qué tipo de emigrante es más beneficioso para construir la nación? ¿Debemos dejar entrar a todo el que lo solicite o nos centramos en atraer determinados perfiles? ¿Fomentamos la emigración cuantitativa o la cualitativa? Es decir, ¿atraemos capital o atraemos mano de obra? El debate entre capital y trabajo se había extendido ya a la cuestión árabe, puesto que ya en la época pre-estatal empezaba a resultar claro que Palestina no era una tierra vacía y que el conflicto con los palestinos era a la vez un conflicto por el control de la tierra y del trabajo, un conflicto de clase a la vez que nacional. Así, entre la incipiente corriente liberal del Yishuv empezó a surgir la idea de un “destino manifiesto” de carácter económico-capitalista, según el cual, la legitimidad del proyecto sionista no podía emanar tan sólo del beneplácito de imperios, de éxitos diplomáticos o del establecimiento de una economía de supervivencia, sino de los beneficios económicos de la empresa sionista. Nuevamente, las palabras de Levontin a este respecto son ilustrativas: Such settlement will not gain the respect of either the Arabs or the English, who expected great works from the Jewish people. This is the reason for our neighbors’ attitude towards us and our increasingly worsening political position with the English. It is an open secret that the English thought all the Jews are rich, or that at least some of those who are, would give their money to help build the country, according to the commonly known slogan in the wider world. But since they saw that Jews are collecting handouts to settle people without means, and that settlement is the affair of a single party strengthening the leftist element – they began to dismiss their Mandatory commitments. (Ibid) 303 En conclusión, la gestación económica del proyecto sionista durante los primeros años de su asentamiento en Palestina da cuenta de cómo se imbrican las redes de poder ideológico y económico a partir de estructuras de poder ya existentes (Imperio británico, redes capitalistas o comunidades judías) y en qué manera la racionalidad de ambas se va institucionalizando en torno a la organización política del movimiento en Palestina. Aunque la institucionalización de la economía capitalista no se producirá hasta años después, la imbricación entre economía e ideología dará lugar, intersticial y paulatinamente, al surgimiento de un ethos colectivo que aúna en esta primera fase, progreso económico y democratización política. A este ethos, se incluirá, en una fase posterior, una identidad cultural común creada exprofeso, así como la defensa del territorio en respuesta al rechazo árabe-palestino. Estas dos incorporaciones surgirán de las necesidades que van emergiendo en el proceso de construcción nacional-estatal y ambas acabarán reforzando a las estructuras del Yishuv hasta convertirlo en un verdadero Estado con capacidad de penetración en la vida cotidiana y en las estructuras sociales que se van generando en Palestina. Ello lo logrará, a pesar de su falta de soberanía formal, gracias al desarrollo de sus capacidades infraestructurales, entre las cuales, la imposición de una lengua común y la incorporación del sionismo al sistema de creencias halájico resultarán esenciales para aportar fuerza reestructurante al movimiento, incrementando su capacidad para generar nuevas redes de poder. 4.5.2. El forjado de una sociedad nacional: la lengua y la religión como base de la regulación normativa y aceptación de la dominación Como ya hemos adelantado, el conflicto entre actores de poder económico y político dentro del sionismo se encontraba inmerso en redes capitalistas e imperialistas extensivas, que constataban los límites a la autonomía del movimiento durante esta primera etapa, evidenciada en las disputas que surgieron dentro del mismo acerca de los fines y los medios para alcanzarlos. La necesidad de afirmar la autonomía de las comunidades sionistas en el Yishuv e integrarlas en un sistema social diferenciado, facilitó que emergieran con fuerza los sectores más nacionalistas del movimiento, ya que la organización nacional era la respuesta más efectiva para limitar la influencia de redes transnacionales como el capitalismo o el imperialismo. El establecimiento de la agenda política marcó la creación de cuatro bloques dentro de la OS, que competirán por su objetivo de hacerse con el control de los recursos de poder y sus acciones en Palestina: la 304 laborista (con su énfasis en el control del trabajo y en la conexión con la tierra mediante la promoción de asentamientos agrícolas); la política-diplomática (con su énfasis en la política exterior y en la confluencia del movimiento con los intereses imperiales de la época); la cultural (con su interés por hacerse con el control de los canales de poder y difusión ideológica) y la religiosa (con su énfasis en renovar el judaísmo desde una base territorial). A continuación, expondremos la cultural y la religiosa, ya que, junto con la laborista (a la que dedicaremos otra sección), serán las principales responsables del forjado de la nación en este periodo. 4.5.2.1. El sionismo cultural La centralidad del interés por hacerse con el monopolio de significado en el sionismo, y sus implicaciones para el judaísmo a nivel mundial son importantísimas, ya que contribuirán a generar una cultura nacional propia, territorializando la identidad judía y abriendo un conflicto sobre el papel que debía jugar la OS en la construcción del Estado y en sus relaciones con la diáspora. La cuestión sobre la acomodación de la nueva identidad nacionalista a la tradición e identidades judías transnacionales tiene su máximo representante en el escritor Asher Gingsberg o Ahad Ha’am108 (1856-1927), fundador del concepto “sionismo cultural”, sobre el que sobrevuela la inquietud de cómo construir “un Estado judío y no sólo un Estado de judíos” (Ha’am, 1897, párr. 20109). Según se desprende del artículo escrito por Ha’am, El Estado judío y el problema judío, en respuesta a los debates que se estaban llevando a cabo en el Congreso Sionista, esta cuestión era un asunto que dividía esencialmente a los judíos de Europa occidental y oriental, en el contexto de la rivalidad por hacerse con el control político del movimiento. La propia palabra “sionismo” es vista por Ha’am como un concepto occidental a diferencia de la idea encerrada en la expresión “Los Amantes de Sión”, que recogía mucho más el espíritu que debía acompañar al asentamiento en Palestina. Desde su afirmación de “lo zé hadérej” (no es este el camino), aparecida en uno de sus artículos más tempranos, Ha’am retrata cómo el dilema al que los judíos se enfrentaban en 1897 era un problema de naturaleza material para los judíos 108 Pseudónimo que significa “uno del pueblo” 109 Ha’am, A. “The Jewish State and Jewish Problem”, Jewish Virtual Library, traducido del hebreo por Leon Simon c 1912, Jewish Publication Society of America, Essential Texts of Zionism. Recuperado de: https://www.jewishvirtuallibrary.org/quot-the-jewish-state-and-jewish-problem-quot-ahad-ha-am 305 orientales (huir del hambre y la persecución encontrando garantías a la reproducción material de su existencia) y espiritual, para los occidentales (huir de la asimilación y pérdida de la propia cultura encontrando el espacio adecuado para la reproducción “espiritual” o cultural de su existencia). El debate entre Ha’am y Herzl no es baladí, ya que se trataba de un debate profundamente político, en el que subyace la concepción decimonónica de la separación entre Estado y sociedad civil, que afirma que la libertad y la moral sólo se puede encontrar fuera de la esfera del Estado, donde éstas operan sobre las conciencias de manera descentralizada, en lugar de imponerse por parte de los poderes autoritarios del Estado. ¿Es el Estado el que construye a la nación según su raison d’état o debe ser la nación la que construya al Estado como un reflejo de su conciencia moral y libre expresión identitaria? ¿Puede el Estado sobrevivir sin una nación, sin una colectividad unida por un sentimiento de pertenencia y solidaridad común basado en códigos culturales compartidos? ¿Se puede construir una comunidad política únicamente sobre bases materiales y con un poder normativo desligado de su sustrato social? Para los sionistas culturales, la prioridad del movimiento debería centrarse en la cuestión de cómo construir una sociedad judía y no tanto en la cuestión de cómo construir un Estado, puesto que, para ellos, el Estado es básicamente un fenómeno cultural construido sobre una unidad de acción social. Ha’am insiste en afirmar la necesidad de crear una sociedad civil no reducible a las instituciones económicas o políticas, sino que comprenda además formas de asociación civil cuyo vehículo de expresión cultural sea el hebreo, y que estén destinadas a la producción científica, literaria, educativa, etc. Lo que subyace es el rechazo al excesivo enfoque que el movimiento sionista puso en la obtención de fondos y en la búsqueda de influencia política internacional, en la convicción de que ello acabaría por totalizar al proyecto político, dotándolo de un cuerpo, pero privándolo de un espíritu. Según Ha’am “hay leyes naturales que coartan mucho más la libertad que las leyes materiales” (1897, párr. 7). Para él, el trabajo es un medio, no un fin en sí mismo: el fin es la nación, entendida como el lugar donde se crean las condiciones materiales que generan “la conciencia de clase para sí”, es decir, la existencia de intereses diferenciados y la solidaridad colectiva que lleva a la defensa de esos intereses. Dicho con sus propias palabras: “The Eastern form of the moral trouble is absolutely different from the Western. In the West it is the problem of the Jews, in the East the problem of Judaism. The one weighs on the individual, the other on the nation. The one is felt by Jews who have had a European education, the other by Jews whose education has been Jewish. The one is a 306 product of anti-Semitism, and is dependent on anti-Semitism for its existence; the other is a natural product of a real link with a culture of thousands of years, which will retain its hold even if the troubles of the Jews all over the world come to an end” (Ha’am, 1897, párr.18) Desde un punto de vista muy hegeliano, para Ha’am, el judaísmo en la diáspora está condenado a desaparecer, ya que tiende a incorporar los valores culturales de la mayoría nacional en la que se desarrolla, perdiendo así su esencia propiamente judía y dando lugar a una multiplicidad de judaísmos nacionales. Para Ha’am el contacto con la tierra donde surgió el judaísmo ya es una condición sine qua non para el surgimiento de una cultura judía autorreferencial y auténtica, por lo que la prioridad política debe centrarse en crear las condiciones que hagan esto posible y que para él pasan tanto por el fomento de la agricultura y la artesanía, como la ciencia, la literatura o el periodismo. En definitiva, para el sionismo cultural, la nación precede al Estado, siendo este la encarnación de su espíritu absoluto y el centro desde el cual irradiará su influencia hacia la diáspora, remodelándola y devolviéndola a su forma verdadera. En realidad, ambas concepciones estaban basadas sobre mitos: para Herzl, la solución política, la creación del Estado, llevaría por sí solo a la regeneración nacional; para Ha’am, sin regeneración espiritual no era posible construir un Estado. En realidad, ambos estaban imbuidos de las principales asunciones ideológicas de la época, sin ser conscientes de que no existen sociedades unitarias totales (naciones), sino que todas están compuestas por una federación de redes de poder co-constitutivas, muchas de carácter transnacional, y afectadas por las organizaciones de poder históricas y contingentes. Nunca existió un “judaísmo puro”, porque siempre se construyó en relación con su entorno social. La centralidad que Ha’am otorga a la cultura hebrea expresa en realidad una preocupación por el control de los poderes infraestructurales del futuro Estado y su papel en la construcción de una especificidad judía y de un “espíritu” nacional. Aunque la visión de Ha’am no se concretó en la creación de ningún partido político y finalmente prevaleció el liderazgo del sionismo político y laborista, sí contribuyó a asentar las bases de lo que se conoce como “fracción democrática” del movimiento, liderada por Leo Motzkin y Jaim Weizmann, que emergió con fuerza en el Cuarto Congreso Sionista (1900), llegando a tener sedes y actividades separadas, aunque no fueran muy longevas. Cuando la cuestión 307 sobre Uganda110 emergió en el Sexto Congreso Sionista, se fusionaron con la oposición laborista a dicho esquema hasta que, finalmente, desaparecieron. 4.5.2.2. El sionismo religioso y su conflicto con el sionismo cultural: la cristalización moral del Estado Además del sionismo político, la principal fuerza opositora a la fracción democrática provino del campo religioso ortodoxo, ya que veían con recelo la difusión de una cultura popular-secular, que relegaría la enseñanza del judaísmo, y por ende su poder de influencia, a un segundo plano. Con el ánimo de intentar influir sobre el desarrollo del proyecto sionista y su relación con el tradicionalismo judío, las organizaciones representativas del judaísmo religioso en Europa, Mizrachi y Agudat Ysrael, abrieron sedes locales en Palestina, coincidiendo con el fin de la Primera Guerra Mundial y la elevación del estatus político del movimiento que supuso la creación del Mandato británico sobre Palestina. La incardinación del judaísmo ortodoxo dentro del sionismo puede definirse como un matrimonio de conveniencia, una relación simbiótica que incrementó exponencialmente los poderes de penetración de ambos movimientos, tanto en la vida de la diáspora como en el Yishuv o en el futuro Estado de Israel. La organización Mizrachi fue fundada en Vilna en 1902 y representa el llamado “sionismo religioso”, que tuvo en el rabino Abraham Itzhak HaCohen Kook a su más importante ideólogo y representante. Cuenta con su propia organización juvenil, Bnei Akiva, y ambos han operado desde su fundación como movimientos eminentemente transnacionales. En su interpretación religiosa, defienden la centralidad de la Torá y el nacionalismo judío como medio para alcanzar objetivos religiosos. Gracias a la centralidad de la nación Mizrachi pudo penetrar en instituciones económicas, estando detrás de la creación del ala religiosa del Histadrut, la Hapoel HaMizrachi, fundada en 1921 (la cual también funcionó como partido político hasta 1951). Mizrachi fue también la responsable de la creación del Ministerio de Asuntos Religiosos de Israel, a través del cual se han regulado la aplicación de normas relativas al estatus personal, la ley de nacionalidad, el kashrut y el shabat; y se han creado redes de escuelas religiosas 110 Esta cuestión se refiere a la propuesta presentada por Gran Bretaña a Herzl de ceder unas tierras entre Uganda y Kenia para la futura creación del Estado judío, cuyo debate propició un cisma en el movimiento e hizo a Herzl perder mucha popularidad. En el fondo, lo que se debatía era el carácter judío del proyecto frente al pragmatismo de una solución política por cualquier medio. 308 financiadas por el Estado. En 1956, Hapoel HaMizrachi y Mizrachi se fundieron para crear el Partido Religioso Nacional. Desde entonces, ha sido un miembro permanente de todos los gobiernos de coalición que se han formado en Israel hasta 1992. La conexión de la matriz israelí con el movimiento de los Sionistas Religiosos de América ha sido instrumental a la hora de conformar un judaísmo ortodoxo moderno, así como para la obtención de donaciones y el ejercicio de la influencia política. Una visión alternativa a Mizrachi es la representada por el movimiento predominantemente jasídico, Agudat Ysrael. Desde la conferencia de Katowice de 1912, trató de formar una organización paraguas en Europa oriental que agrupara a todos los movimientos religiosos opuestos al sionismo. La tensión entre el anti-sionismo militante del movimiento religioso y el sionismo laico de los pioneros tuvo su momento cúspide en el asesinato de uno de sus ideólogos más importantes, el periodista y poeta holandés, Jacob Israël de Haan, efectuado por Avraham Tehomi, miembro de la Haganá, en 1924. El origen del activismo anti-sionista de Agudat Ysrael se remonta a la negativa de la Organización Sionista de aceptar una propuesta de Mizrachi para financiar el establecimiento de escuelas religiosas y su historia da cuenta de la influencia de acontecimientos geopolíticos internacionales sobre la trayectoria y centralización del movimiento, ya que fue la ocupación alemana de Polonia durante la Primera Guerra Mundial, la que provocó la necesidad de unir al judaísmo ortodoxo centro europeo con el judaísmo ortodoxo de la Europa oriental. Tras la Primera Guerra Mundial, Agudat Ysrael funcionó como partido político con representación parlamentaria en Polonia y Letonia, y tras la Segunda Guerra Mundial sostuvo una red asistencial para ayudar a los judíos sobrevivientes de los campos de exterminio. De hecho, fue en esta época cuando cambia su estrategia política de confrontación, transformándose en un partido no-sionista en lugar de anti-sionista. Desde entonces, si bien no ha institucionalizado el sionismo nacionalista como parte de su ethos, sí ha sido instrumental a la hora de construir una alianza entre el Estado laico y el judaísmo ortodoxo, como demuestra el acuerdo llegado en 1933 con la Agencia Judía, mediante el cual, se les otorgó una cuota del 6,5% de la emigración a Israel. Asimismo, desde la década de los cincuenta, ha tenido una de las llaves de la gobernabilidad del país, formando a menudo parte de las coaliciones de gobierno, bien como Agudat Ysrael o bien en asociación con otros grupos religiosos jaredíes para formar el partido “Judaísmo Unido de la Torá” (1992). La historia del sionismo religioso muestra cómo el nacionalismo representó, en el siglo XX, una de las mayores fuerzas estructurantes de la época, que dio origen, no sólo a la 309 ruptura de imperios y la creación de múltiples Estados tras la Primera y Segunda Guerras Mundiales, sino a la penetración en otras redes de poder, como las económicas- capitalistas, las militares o las religiosas. Su éxito se debe a su capacidad organizativa en torno al territorio, circunscribiendo la actividad de otras redes a sus límites, reforzando las capacidades infraestructurales de los Estados y ofreciendo una narrativa legitimadora de la estratificación social, hasta erigirse en verdadero centro del poder político. El sionismo religioso es uno de los ejemplos más significativos del carácter promiscuo del poder, aunando poder extensivo e intensivo, despótico e infraestructural. Aunque tanto los medios como el tipo de organización creados por el movimiento sionista fueran eminentemente laicos y de inspiración nacionalista-socialista, la mezcla de elementos religiosos en la construcción del imaginario nacionalista puede verse en el empleo de imágenes alegóricas destinadas a embellecer las invitaciones a los congresos. A continuación, presentaré una selección de las mismas, seguidas de un breve análisis interpretativo, con el fin de ilustrar la conexión simbólica que el sionismo empieza a establecer entre tradición religiosa y trabajo agrícola, esencial para legitimar históricamente al movimiento colonial sionista con la historia del judaísmo. Como se puede observar, todas las invitaciones están divididas en dos secciones, estableciendo una línea de continuidad entre el pasado histórico religioso y el futuro del trabajo, ambos símbolos de la identidad nacional híbrida forjada en el Yishuv. 310 Figura 4.1. Invitación de un delegado del Primer Congreso Sionista en Basilea, 1897111 : Análisis interpretativo: a la izquierda, aparece una imagen del muro de las lamentaciones, centro de la fe judía y símbolo de la destrucción del templo y del exilio; mientras que a la derecha, la lamentación por la pérdida ha sido sustituida por la redención del trabajo en Eretz Ysrael. Ambas imágenes están presididas por la estrella de David, popularizada durante la Edad Media como símbolo del judaísmo por místicos y cabalistas, y que se convirtió en el emblema de la bandera sionista y, posteriormente, del Estado de Israel. 111 Organización Sionista Mundial, The Central Zionist Archives. Recuperado de: http://www.zionistarchives.org.il/en/Pages/DelegateCards.aspx 311 Figura 4.2. Invitación del delegado Max Bodenheimer al Segundo Congreso Sionista, Basilea, 1898112 Análisis interpretativo: En esta imagen, vuelve a aparecer a la izquierda una imagen del muro de las lamentaciones, aunque esta vez, presidido por una figura de mujer en actitud de estudio, tal vez por el hecho de que fue en este Congreso cuando se les permitió por primera vez el voto. En la imagen superior volvemos a tener una representación costumbrista de campesinos redimidos de la lamentación diaspórica por el trabajo de la siembra. El emblema de la estrella de David aparece esta vez con la figura del león rampante en el centro, símbolo de la tribu de Judá. 112 Organización Sionista Mundial, The Central Zionist Archives. Recuperado de: http://www.zionistarchives.org.il/en/Pages/DelegateCards.aspx 312 Figura 4.3. Invitación al Tercer Congreso Sionista, Basilea, 1899113 Análisis interpretativo: En esta viñeta del tercer congreso sionista aparece un patriarca en actitud de bendecir a los pioneros judíos, vestidos como campesinos, simbolizando con ello la continuidad histórica desde los tiempos bíblicos a la actualidad, en consonancia con la negación diaspórica que transmitió el sionismo, interpretando los dos mil años de exilio como una anomalía. Siguiendo la tradición bíblica, la bendición de los patriarcas a los colonos se hace extensiva a todo el pueblo de Israel. Gracias a ellos, todos serán bendecidos. La estrella de David aparece ahora florecida, como una nueva menorá, Aparecen también, por primera vez, palabras en hebreo en las invitaciones, simbolizando con ello el resurgir nacional: “Tercer Congreso Sionista, Basilea y la fecha”. 113 Organización Sionista Mundial, The Central Zionist Archives. Recuperado de: http://www.zionistarchives.org.il/en/Pages/DelegateCards.aspx 313 Figura 4.4. Invitación de delegado de Max Bodenheimer al Cuarto Congreso Sionista, Londres, 1900114 Análisis interpretativo: En esta invitación al Cuarto Congreso Sionista aparecen de nuevo imágenes relacionadas con el inicio del exilio provocado por la destrucción del templo y el saqueo romano de Jerusalén en el año 70. Esta vez, la estrella de David aparece tallada sobre el muro del templo resquebrajado, simbolizando la ruptura del centro referencial del pueblo judío y la injusticia cometida. Las palabras grabadas sobre la cinta que aparecen en hebreo hacen referencia a una profecía bíblica que se encuentra en Isaías 21: “Sion será rescatada con juicio, y los convertidos de ella con justicia.” De nuevo, a la izquierda, el contraste lo ofrecen campesinos labrando la tierra, así como las herramientas de trabajo más empleadas en la agricultura manual. Únicamente el trabajo en la tierra prometida puede compensar y redimir de la injusticia cometida hace casi dos mil años. 114 Organización Sionista Mundial, The Central Zionist Archives. Recuperado de: http://www.zionistarchives.org.il/en/Pages/DelegateCards.aspx 314 Figura 4.5. Postal del Cuarto Congreso Sionista, Londres, 1900115 Análisis interpretativo: En esta invitación, la imagen de la izquierda aparece presidida por un judío europeo oriental en busca de un horizonte para su viaje. Simboliza el fin del judío errante. Esta vez no aparecen elementos de labranza, sino elementos relacionados con el viaje y la emigración (hatillos, bastones, carretas…). Guiados por un ángel coronado con la estrella de David, los judíos se disponen a partir hacia su nuevo destino, en el que aparecen segadores que están recolectando la cosecha. Esta imagen corresponde a la representación familiar del manifest destiny y recuerda a la efectuada por John Grast en su cuadro “El progreso estadounidense” (1871) 115 Organización Sionista Mundial, The Central Zionist Archives. Recuperado de: http://www.zionistarchives.org.il/en/Pages/DelegateCards.aspx 315 Figura 4.6. Invitación al Séptimo Congreso Sionista-el primer congreso tras la muerte de Herzl, Basilea, 1905116 Análisis interpretativo: En esta invitación, Theodorl Herzl ya había fallecido, por lo que ahora es él la figura mítica que simboliza el pasado, aunque esta vez mucho más reciente. Se trata del congreso en el que se votaría en contra de la propuesta de Uganda, presentada a Herzl por Chamberlain, por lo que la viñeta de la invitación tiene un valor simbólico de máxima significación política. El texto que aparece en hebreo en la parte inferior derecha es un versículo bíblico del libro de Números 13:19 en el que se relata cómo Moisés envía al pueblo hebreo a inspeccionar la tierra de Canaán que Dios les había ordenado conquistar y les pide que observen “cómo es la tierra habitada, si es buena o mala; y cómo son las ciudades habitadas, si son campamentos o plazas fortificadas”. Herzl aparece aquí como un segundo Moisés: él tampoco pudo pisar la tierra que Yahvé les había prometido, pero desde el más allá les inspira para la segunda conquista de Canaán …y es que, en el año 1905, tras votar en contra de la propuesta de Uganda, el objetivo de la conquista de Palestina es ya irrenunciable. 116 Organización Sionista Mundial, The Central Zionist Archives. Recuperado de: http://www.zionistarchives.org.il/en/Pages/DelegateCards.aspx 316 La bandera que enarbola el personaje que aparece en el centro y que dirige a las masas hacia la conquista de la tierra es la que Herzl había ideado inicialmente como símbolo del movimiento. En su obra de 1896 El Estado Judío escribió: "No tenemos una bandera y la necesitamos en un tiempo en que queremos dirigir a mucha gente; es preciso hacer ondear un signo sobre sus cabezas. Yo concibo una bandera blanca con siete estrellas doradas, en la que el trasfondo de la tela blanca simbolice la nueva, pura vida. Las estrellas representarán las siete horas doradas de nuestro trabajo cotidiano, ya que los judíos irán a la nueva tierra con un símbolo de trabajo” (2004, pág. 92) Figura 4.7. Invitación de delegado de Leib Yaffe para el Décimo Congreso Sionista, Basilea, 1911117 Análisis interpretativo: En esta invitación al décimo congreso aparecen representados escudos con los emblemas de las doce tribus de Israel, simbolizando la misión global del movimiento y su énfasis en la emigración a Palestina con el fin de “reunir a los dispersos” 117 Organización Sionista Mundial, The Central Zionist Archives. Recuperado de: http://www.zionistarchives.org.il/en/Pages/DelegateCards.aspx 317 en cumplimiento de la profecía bíblica de Isaías 10: 21: “El remanente volverá, el remanente de Jacob volverá al Dios fuerte” El análisis interpretativo de las imágenes empleadas en las invitaciones a los congresos muestra la aspiración universal del movimiento sionista por convertirse en la vanguardia de la ansiada redención, en el que los judíos que emigran a Israel están llamados a desarrollar la historia y a cumplir la tradicional profecía del retorno. El empleo de símbolos religiosos no es tanto una señal del carácter religioso del movimiento, sino del origen religioso de su identidad política, siendo a veces difícil separar en el judaísmo la religión de la identidad cultural. Lo que el sionismo efectuó, en su búsqueda de adeptos, fue una apropiación de los símbolos religiosos, lo que demuestra la imbricación del poder político y el poder religioso como fuente de identidad y legitimación. El sionismo se convirtió en el moderno mesianismo. El sionismo “nacionalizó” los símbolos religiosos y, en ese proceso, la religión judía, descentralizada desde la destrucción de los principales centros de producción talmúdica en la Edad Media, recuperó para sí un nuevo centro. Los líderes sionistas, con Ben-Gurión a la cabeza, entendieron perfectamente la utilidad de incorporar la tradición religiosa y su poder normativo al proyecto sionista, con el fin de incrementar la confianza y la solidaridad colectiva, fortalecidos estos por una relativa igualdad económica. En este sentido, trabajaron por inculcar una conciencia histórica a sus ciudadanos, o en palabras de Anita Shapira “su imagen del pasado lejano y reciente” (Shapira, 1997, pág. 645). La historia se convirtió así en una fuente de legitimidad para el sionismo, interpretando la dispersión como el producto de una injustica que es legítimo reparar. Al incluir a partidos religiosos en la construcción del Estado y otorgarles representación en sus instituciones, el laborismo reforzó el papel del Estado como escenario de lucha por los recursos de poder, institucionalizando con ello la competencia que antes se daba en la diáspora por adquirir la plusvalía de la tzedaká. Los subsidios gubernamentales destinados al mantenimiento del modo de vida ortodoxo se convirtieron en la mejor manera de someter al poder religioso. A cambio de este sometimiento, el Estado comparte parte de su poder normativo y exime a los ortodoxos de su obligación de prestar servicio en el ejército. La oportuna visita del Comité Especial de Naciones Unidas para Palestina en el verano de 1947 con el fin de elaborar un informe sobre la situación en el Mandato y emitir recomendaciones para su futuro gobierno, fue aprovechada por Ben-Gurión para blindar un acuerdo con los anti-sionistas de Agudat Ysrael, a fin de presentar una imagen 318 de unidad y obtener el beneplácito internacional para la creación del futuro Estado. Este arreglo quedó instituido en el conocido como acuerdo de Estatus Quo, plasmado en una carta entre Ben-Gurión y el rabino Itzhak Meir Levin, líder de la Federación Mundial de Agudat Ysrael, institucionalizando con ello, desde 1947, la integración entre el bando secular y el religioso. El acuerdo fue firmado, además, en el contexto del final de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, cuando la gran mayoría de las comunidades ortodoxas de Europa habían sido reducidas a cenizas. Frente a esta dramática reducción del poder demográfico de la ortodoxia, Agudat Ysrael pidió que se eximiera a 400 estudiantes de las yeshivas de Palestina de prestar servicio militar, bajo el pretexto de que el estudio de la Torá era un arte que requería una cualificación especial y por ello merecía un trato diferenciado. Mediante este acuerdo se decidió someter a la autoridad del Rabinato ortodoxo cuestiones relacionadas con el estatus personal (derecho de familia) lo que, unido a imperativos de carácter económico, ha llevado a un incremento, cada vez más pronunciado, de la práctica religiosa entre la sociedad israelí. El sionismo y el establishment religioso pasaron así de ser competidores por los recursos de poder, a ser colaboradores interesados. 4.5.3. Las redes de poder político y el inicio de la hegemonía laborista La competición por definir al futuro Estado y ocupar el control, tanto material como ideológico, de las redes de poder que empezaban a establecerse y a organizarse en torno a los distintos bloques ideológicos, se evidenció ya entre el Segundo y Tercer Congreso Sionista (1898-99), con la incursión de los sionistas socialistas o laboristas. Inspirados por las ideas de N. Syrkin (1868-1924), D. B. Borojov (1881-1917) o A.D. Gordon (1856- 1922), su proyecto de construcción nacional se centraba en la idea de que la lucha por la revolución de la clase trabajadora sólo podía hacerse desde una base territorial, para lo cual era esencial emigrar a Palestina, proletarizar a los judíos y redimirlos del empleo en profesiones no productivas al que habían sido condenados en la Europa oriental. Sólo la reconstrucción de una base productiva que hiciera posible la revolución llevaría inevitablemente a ésta. Bajo la idea de que únicamente los judíos proletarios podían constituir la vanguardia de tal revolución y de que el sionismo era una fase histórica que conduciría a la redención final, defendieron la necesidad de monopolizar y concentrar la actividad productiva en Palestina en manos de judíos, convirtiendo al trabajo en una fuente de poder: la primera de las conquistas que debían llevarse a cabo en Eretz Israel. 319 El trabajo se convirtió así en el bien supremo y en la línea directriz de la política y de la acción institucional sionista, interpretada organizacionalmente en la creación de entidades destinadas a promover el bienestar y las necesidades de los trabajadores judíos, mediante la creación de servicios de salud pública, protección laboral, desempleo, jubilación, educación y formación, vivienda o incluso la defensa. Bajo este ideal, la creación de cooperativas se convirtió así en la traducción organizacional que el laborismo hizo del sionismo, poniendo con ello el acento en la participación democrática de sus miembros, haciéndoles partícipes del proyecto, la definición de las políticas y la toma de decisiones. Inspiradas en modelos similares que habían surgido entre núcleos de artesanos judíos en Rusia, Galicia, Austria o Bukovina como defensa frente a la discriminación y las desigualdades provocadas por el capitalismo financiero, las cooperativas en Israel se convirtieron en el mejor instrumento de control y organización social. Además de compartir la gestión de los medios de producción, las cooperativas fueron muy eficaces a la hora de facilitar el asentamiento de los nuevos emigrados y de hacerlos partícipes de un proyecto común, incrementando con ello el sentido de solidaridad colectiva, ya que llegaron a abarcar todos los aspectos de la vida en el Yishuv. Las cooperativas, por ejemplo, se encargaron de gestionar explotaciones agrícolas como los moshavim y los kibutzim, donde controlaban también el procesamiento y la distribución de los productos agrícolas, así como su venta posterior. Las cooperativas en el Yishuv se convirtieron en una empresa nacional, un modo de organización colectiva alentada por la necesidad más que por la ideología, como prueba la fundación de Hamashbir, en 1916, pensada para garantizar la obtención de alimentos a precios razonables a consecuencia de la Primera Guerra Mundial de la que saldría Tnuva en 1927 (Szeskin y Gilboa, 2008). A diferencia de otros movimientos de colonización basados en asentamientos individuales, en el caso de Israel, las cooperativas agrícolas eran auténticas “tomas colectivas de la tierra”, en el sentido schmitiano del término, haciendo posible las condiciones para el surgimiento del Estado, del derecho y de la propiedad privada. En esta primera etapa de la historia de Israel, la toma de la tierra no proviene de la ocupación basada en la conquista bélica, sino en la conquista del trabajo. La necesidad de organizar y controlar el trabajo sustituyendo la mano de obra autóctona árabe por mano de obra colonial, tuvo su fiel reflejo en la promoción de la emigración de judíos yemeníes, que ascendió a 5.000, llegados entre 1881 y la Primera Guerra Mundial. Yosef Gorny señala como la actitud del sionismo laborista frente a estos emigrantes fue de un “paternalismo constructivo” (en Kaplan y Penslar, 2011, pág. 50). Se contó con ellos porque se pensaba que estaban mejor 320 adaptados a las duras condiciones del trabajo agrícola en Palestina, aunque se dudaba de su capacidad para contribuir de otro modo al proyecto sionista. Esta cuestión, planteada ya por Arthur Ruppin (militante sionista y fundador del departamento de sociología de la Universidad Hebrea de Jerusalén) con su visión darwinista de la sociedad y su convencimiento de que ésta se podía modelar gracias al planeamiento de las élites políticas, volvería a emerger años más tarde cuando, tras la creación del Estado, se debatió la conveniencia de traer e integrar a los refugiados judíos provenientes de países árabes. Además de facilitar la apropiación y el control del trabajo, las cooperativas fueron claves para fomentar el progreso tecnológico, la modernización de los métodos productivos y la formación de sus miembros, optimizando con ello el limitado capital disponible y la escasa capacidad de absorción de inmigrantes del sector privado para el futuro desarrollo en Israel. Las cooperativas abarcaban también ámbitos como la educación y la salud; obras públicas (Batz, 1921-Solel Boneh, 1924); transporte público (Egged, 1933); publicaciones y periódicos (Ahdut, 1910-1914); entidades crediticias (Bank Hapoalim, 1921); fábricas, empresas de construcción o incluso compañías navieras. Las cooperativas, finalmente, promovieron la organización del trabajo mediante la filiación a sindicatos asociados a partidos políticos, de cuya unión surgiría el famoso Histadrut, del que hablaremos con posterioridad. Ser sionista, en definitiva, pasaba por ser miembro, trabajador o cliente de alguna cooperativa que controlaba algún aspecto de la vida en el Yishuv. En este entramado organizacional cooperativista, fueron los partidos laboristas los que controlaban a la mayoría de las cooperativas, dirigiendo sus actividades a la vez que ejerciendo de partidos políticos al uso, celebrando elecciones y disputándose las cuotas de poder en las instituciones de representación política. El Partido de los Trabajadores de Sión u Obreros de Sión (Poalei Zion) surgió como alternativa socialista al sionismo de Herzl tras la ruptura oficial con el movimiento en 1901. Aunque surgió en Rusia, se extendió rápidamente por distintos países, entre 1903 y 1910, cada uno fundando su propia rama nacional, en Estados Unidos, Austria, Canadá, Inglaterra, Palestina, Argentina, Rumanía o Bulgaria. Gran importancia tendrá la creación en Ucrania del partido Poalei Tzion ruso, reflejando la visión marxista de la historia de Borojov, en el que sitúa a la identidad nacional como el vector de desarrollo histórico- revolucionario más importante. En 1917, el partido en Rusia participó en la Revolución bolchevique y la división ideológica que dio lugar a la Tercera Internacional, repercutió en Poalei Zion. Su rama socialdemócrata no comunista continuó con su adhesión a los 321 principios de la Segunda Internacional, que tendría su reflejo en Palestina con la creación de Ahdut HaAvodá (1919) transformándose posteriormente en el partido Mapai - Partido de los Trabajadores de la Tierra de Israel- (1930) dirigidos ambos por David Ben-Gurión. Estas divisiones ideológicas a la hora de encontrar un equilibrio entre las identidades sionista-nacionalista y la marxista del movimiento y sus relaciones dentro de movimientos socialistas transnacionales (Internacionales Socialistas) provocaron la fragmentación del movimiento socialista en diversos partidos políticos (Hapoel HaTzair y Po’alei Zion) y organizaciones de militancia juveniles (HaShomer HaTzair o HeHalutz). Hapoel HaTzair (El joven trabajador) era, tal vez, el menos doctrinario. Sus miembros insistían más en la idea de crear un nuevo judío y una nueva patria. El kibutz, con su multiplicidad de funciones y su asentamiento territorial, se convirtió así en el buque insignia de esta organización. Pero tal vez fuera su líder, A.D. Gordon, inspirado por el movimiento volkish centroeuropeo, el que consiguiera llevar el trabajo productivo agrícola un paso más allá, creando una verdadera religión del trabajo y una sociedad de judíos agricultores, convirtiéndose en uno de sus ideólogos y héroes más populares, siendo el fundador del primer kibutz en Degania (1909). Algo más tarde, en medio de las duras condiciones que sucedieron a la Primera Guerra Mundial, se construyeron otros tres kibutzim inspirados en el mismo modelo: Kfar Giladi (1916), Tel Hai (1905) y Ayelet HaShachar (1915) y varios más fueron replicándose en años sucesivos. Los miembros de Poalei Zion (Trabajadores Sionistas), por su parte, eran más marxistas y estaban más motivados por la idea de la lucha de clases, siendo su líder más representativo D.B. Borojov. En torno a estas divisiones que surgieron en la diáspora, se fue conformando el embrionario sistema de partidos en el Yishuv, trasladando a los objetivos y prioridades del asentamiento judío en Palestina, la fragmentación que había caracterizado a los antiguos partidos de la Europa judía oriental, cuestión que se evidenció en las primeras elecciones a la Asamblea Nacional o Safat Hanivharim en 1920, cuando se presentaron 20 listas electorales para un censo electoral de 28.765 votantes. El resultado electoral dio a un partido escindido de Po’alei Zion y liderado por David Ben-Gurión, Ahdut HaAvodá (Unidad Laborista), una amplia victoria electoral. La escisión giró en torno a desacuerdos relacionados con el modo de control de los poderes infraestructurales del Yishuv relacionados con: (i) la imposición del hebreo frente al yiddish en las instituciones de transmisión cultural (control de las infraestructuras ideológicas); (ii) la construcción de 322 una economía judía separada de la palestina mediante la conquista del trabajo judío y su institucionalización por medio de organizaciones sindicales, aunque sin por ello descartar la colaboración con la burguesía capitalista representada en la OS (poder económico infraestructural); o (iii) la conquista de la defensa y la agresión judía mediante el establecimiento de organizaciones militares propias como la Haganá, reemplazando a la antigua HaShomer (poder militar infraestructural). En definitiva, se trataba de una competición por monopolizar el control de los recursos de poder: ideológicos, económicos y militares Lo llamativo de estos resultados electorales es ver cómo el conflicto sobre la clase y la nación y su mutua co-constitución, van marcando la dinámica de partidos y coaliciones en el Yishuv y como esto se traduce en un control por las redes de poder y representación del movimiento. Hacia la década de 1920 se crea ya un sistema de partidos dividido en cuatro grandes bloques que caracterizaría la historia política de Israel hasta finales de la década de los setenta: (i) los sionistas laboristas, que se convirtieron en la fuerza hegemónica gracias al control del trabajo y la emigración; (ii) los sionistas revisionistas, críticos con la que consideran una actitud demasiado diplomática y poco efectiva por parte de la OS; (iii) los sionistas generales, formados por una base social de clases medias y pequeña burguesía con mayoría en la OS, pero con menor representación en el Yishuv y (iv) los sionistas religiosos, que convirtieron al sionismo en un elemento esencial de la práctica y la fe judías. Dentro de este sistema, el camino hacia la construcción de la hegemonía laborista y la centralización provino del establecimiento de una mayoría política suficiente gracias a la fusión de Ahdut HaAvodá (liderado por David Ben-Gurión) y Hapoel HaTzair (liderado por Haim Arlozoroff) , que en 1930 formarían Mapai (El Partido de los Trabajadores de la Tierra de Israel) lo que les permitiría concentrar el voto de la mayoritaria izquierda y centro-izquierda sionista, cuestión fundamental para hacerse con el poder en un sistema electoral de representación proporcional pura, que más tarde heredaría el futuro Estado. Aunque el sistema electoral de representación era inclusivo y encaminado a no dejar a ninguna tendencia fuera del tablero político, el sistema no estuvo exento de críticas ya que, en 1931, el electorado se dividió en adscripciones étnicas, mediante las cuales, los askenazíes sólo podían votar a candidatos askenazíes, mientras que los sefardíes o yemenís harían lo mismo (Nikolenyi, 2013, págs. 69-70). Al observar los resultados electorales de 1920 a 1944 vemos cómo hay una tendencia a reducir el número de escaños 323 para intentar construir mayorías más estables, a la vez que se opera un progresivo aumento de la representación de partidos dominados por los askenazíes, cuestión que refleja cambios en el balance demográfico y la apropiación del proyecto sionista y sus recursos por los judíos europeos orientales, por entonces la mayoría del nuevo Yishuv. Si bien se permitía la representación de judíos árabes y sefardíes del viejo Yishuv a través del Partido de las Comunidades Sefardíes y Orientales (que posteriormente se fusionaría con los Sionistas Generales y por último con el Herut y el Likud) su participación en las instituciones económicas fue escasa, siendo esta monopolizada por el sionismo laborista askenazí. Esta tendencia hacia la integración social a través de partidos políticos que reflejan una creciente estratificación social sobre la base de criterios étnico-económicos afectó también al proceso electoral para elegir a los representantes del Congreso Sionista, órgano supremo de la OS que, a partir de 1921, dejaría de organizarse en base a una representación federal territorial y lo haría en base a la filiación política, creándose con ello tres grupos principales: los laboristas, los religiosos y los sionistas generales (Nikolenyi, 2013, págs. 69-70). Si la irrupción del laborismo y su apropiación de las organizaciones de clase y nación reorganizó la representación política, tanto en las instituciones del Yishuv como en la OS, también provocó la reorganización democrática del ultraconservador “Consejo Rabínico de Palestina”. El Consejo organizó unas elecciones por primera vez en su historia en 1921, de las que salieron elegidos el rabino jefe askenazí, Abraham Itzhak HaCohen Kook, y el sefardí Ya'akov Meir. Este impulso hacia la democratización (y con ello a la politización) de las instituciones religiosas provino tanto de la reorganización interna del Yishuv, marcada por el laborismo, como por la reorganización política que supuso la implementación del Mandato británico en Palestina, ya que los británicos organizaban la representación política de las comunidades sobre la base de la adscripción religiosa, dotando al liderazgo religioso de competencias seculares (práctica organizativa heredada del Imperio otomano bajo la figura del hakham-bashi). Por ello, no fue hasta 1928, cuando los británicos reconocieron a las instituciones sionistas como a las legítimas representantes del nuevo Yishuv en Palestina para todas las cuestiones que quedaran fuera de las competencias sobre el estatus personal o la organización religiosa, cuestiones que aún permanecen bajo la autoridad del Consejo rabínico. El ascenso del laborismo también tuvo su impacto en la reorganización sindical de los trabajadores judíos en Palestina y fue ésta la que contribuyó a su consolidación como 324 fuerza mayoritaria. Las uniones de trabajadores que fueron surgiendo desde la segunda aliyá lo hicieron vinculadas a los distintos partidos políticos y hubo varios fracasos a la hora de centralizarlos bajo una única institución, ya que cada partido quería tener el control de sus propios trabajadores. Finalmente se consiguió en 1920 con la creación del Histadrut en Haifa, presidido por David Ben-Gurión, el sindicato mayoritario desde entonces en el Yishuv, que se convirtió en el actor económico más importante del Mandato británico hasta la creación del Estado de Israel, y en un instrumento esencial para la creación de una conciencia nacional. Su objetivo principal era la consecución del pleno empleo, dignificar a los trabajadores y velar por sus intereses en las relaciones laborales. Además de ello, gestionaba pensiones, uniones de consumidores, seguros por enfermedad, etc. Aunque de carácter trans-partidista, el Histadrut estuvo gestionado y controlado por judíos de la segunda aliyá (1904-1914), de tradición socialista rusa que, como se ha referido anteriormente, constituían el sector político más numeroso. Estos judíos socialistas estaban fuertemente comprometidos con la construcción nacional por medio del trabajo, el empleo del hebreo y la construcción (y reconstrucción) de la cultura judía. Una vez conseguida la hegemonía del trabajo y su control, acabaron por concentrar en sus manos la mayoría de los recursos de poder del futuro Estado, centralizando en sus órganos la gestión de la economía, con el fin de reducir la autonomía de las fuerzas capitalistas que, en una economía tan frágil y dependiente, hubieran terminado por socavar el proyecto sionista. La coherencia entre ideas como la necesidad de concentrar el trabajo en manos judías o la de promover los asentamientos rurales y los medios organizacionales empleados para ello (cooperativismo económico) tiene su máxima expresión en la conferencia inaugural del Histadrut en 1920: It is the aim of the United Federation of all the workers and laborers of Palestine who live by the sweat of their brows without exploiting the toil of others, to promote land settlement, to involve itself in all economic and cultural issues affecting labor in Palestine, and to build a Jewish workers' society there (1920 párr. 3).118 La infraestructura del Histadrut creció tanto que pasó de tener 4.400 miembros en 1920 a contar con 25.000 hacia 1927, lo que suponía un control sobre el 75% del total de la 118 “Israel Society & Culture: The Histadrut (December 12, 1920)”, Jewish Virtual Library, recuperado de https://www.jewishvirtuallibrary.org/the-histadrut 325 fuerza de trabajo del Yishuv119. Junto con la Agencia Judía, se convirtieron en las dos principales instituciones del país, generando la base socioeconómica y los poderes infraestructurales necesarios para impulsar la futura creación e independencia del Estado. El éxito del laborismo en apropiarse de estas organizaciones provenía de su penetración social y de su adaptación ideológica, siendo la opción política que ofrecía una mayor coherencia entre sus objetivos y la organización social ideada para llevarlos a cabo, particularmente en un medio tan complejo como la Palestina de principios de siglo. Cuestiones ideológicas relacionadas con la solidaridad obrera y la colaboración con la clase trabajadora palestina despertaron diferencias entre las ramas del sionismo laborista que abogaban por la búsqueda de un entendimiento con los trabajadores árabes- palestinos, representada por Ben-Gurión, y aquellos más realistas, como Arlozoroff, que veían que el principio de la conquista del trabajo implicaba, en sí mismo, un acto de apropiación que requeriría el uso de la violencia, ya que la presencia de trabajo barato palestino amenazaba, en sí misma, el trabajo judío mejor remunerado, lo que haría necesario imponer una “colour bar”, al estilo de Sudáfrica (Lockman, 2012, pág. 18 y 22). Incluso algunos más a la izquierda consideraron que tal vez habría que plantearse que el Histadrut abandonara sus objetivos sionistas y sirviera meramente como instrumento para fortalecer los derechos y aspiraciones de una clase trabajadora judeo- árabe mediante la equiparación de los salarios. Finalmente, la realidad socioeconómica de Palestina se impuso. Admitir que se trataba de un país pobre, con salarios bajos, en una región subdesarrollada, hacía incompatible imponer estándares laborales europeos para el disfrute de una minoría si ello no se hacía bajo la coacción (boicots a empresarios judíos que contrataban mano de obra árabe); la presión (para obtener más cuotas en el sector público del Mandato) la violencia (mediante la desposesión que la compra de tierras y la expulsión de campesinos árabes generaba) y la importación de capitales. De otro modo, bajar el salario del trabajo judío para hacerlo más competitivo hubiera desincentivado la emigración a Palestina y con ella se hubiera finiquitado al proyecto sionista en pocos años. Frente a esta disyuntiva, el laborismo y el Histadrut no dudaron en situar a los objetivos del sionismo por encima de los del socialismo. 119 “Israel Society & Culture: The Histadrut (December 12, 1920)”, Jewish Virtual Library, párr. 4-6. Recuperado de https://www.jewishvirtuallibrary.org/the-histadrut 326 Capítulo V. La Primera Guerra Mundial y el movimiento sionista 5.1. La Primera Guerra Mundial: la influencia del contexto internacional sobre el movimiento sionista Durante la segunda década del siglo XX confluyeron a nivel internacional tres acontecimientos geopolíticos que supondrían la mayor reestructuración del movimiento sionista y del asentamiento en Palestina hasta esa fecha: la Primera Guerra Mundial, la Declaración Balfour y el establecimiento de sistema de mandatos de la Sociedad de Naciones. Los tres acontecimientos están relacionados y los tres tienen su origen en la imbricación del movimiento sionista dentro de redes geopolíticas y dinastías financieras dominadas por una élite imperial europea, que vieron en el sionismo una posibilidad de incrementar la ventaja política de sus imperios. Se han escrito extensísimas páginas sobre las implicaciones del imperialismo para la historia de Oriente Medio por lo que, en la siguiente sección, únicamente me centraré en aquellos acontecimientos históricos relacionados con el sionismo que pueden entenderse mejor situándolos bajo el prisma del análisis de las estructuras imperiales y enfocándome sólo en aquellos que supusieron un mayor impacto sobre el futuro de Palestina, el conflicto y la propia reorganización del movimiento. Esos tres acontecimientos serán la consolidación británica sobre el control del Canal de Suez, la Primera Guerra Mundial y la Declaración Balfour. 5.1.2. Antecedentes: el canal de Suez y el futuro de Palestina en un contexto de competencia imperial y capitalismo caballeresco A nivel geopolítico, el control sobre el Canal de Suez fue el interés decisivo que marcó la actuación del Imperio británico en la región, y de ahí se derivó su voluntad por controlar el destino de Palestina. El canal estuvo de facto en manos británicas desde 1875, después de que Lionel Rothschild prestara al primer ministro británico, el conservador Benjamín Disraeli, los 4 millones de libras que necesitaba para comprar las participaciones del jedive Ismail. El 80% de los barcos que pasaban por el canal eran británicos, lo que da cuenta de la importancia que el canal tenía para el imperio, vinculando en adelante, los intereses de Gran Bretaña con el control de Oriente Medio. La estrategia británica diseñada por Disraeli estuvo enmarcada por lo que se conoció como la “cuestión oriental”, encaminada a impedir el expansionismo ruso en Asia central y a bloquear las ventajas 327 geoestratégicas que el Imperio ruso pudiera obtener tras un eventual colapso del Imperio otomano. Esta estrategia le llevó a sostener una política exterior militarista y expansionista, buscando consolidar la hegemonía británica en la región, no sólo contra Rusia, sino también frente a Francia. La venta de las participaciones egipcias sobre el canal fue realizada en un contexto de bancarrota nacional, tras el cual Egipto perdió la soberanía sobre sus finanzas, instaurando un sistema de control dual, mediante el cual, Francia y Gran Bretaña, principales acreedores de Egipto, obtuvieron la supervisión total de sus gastos e ingresos. Esa supervisión, se extendió también al ámbito político, ya que, bajo el principio de “responsabilidad ministerial”, en 1878, se creó un ministerio internacional en el que se admitió a controladores franceses y británicos como miembros del gabinete del primer ministro egipcio Nubar. Gran Bretaña nombró controlador general a Evelyn Baring, más conocido como Lord Cromer. Quizás sea la coincidencia de estos tres nombres: Rothschild, Disraeli y Baring, los que mejor simbolizaron la combinación de poder político, económico e ideológico presente en los imperios europeos a finales del siglo XIX, así como del orden internacional impuesto por estos, en los que a menudo se empleaba el control financiero como instrumento de colonización y legitimación de intervenciones militares. La conocida como “Gran Depresión”, que caracterizó la economía capitalista mundial de 1873 a 1896, está estrechamente relacionada con los prestamos nacionales a las nuevas economías emergentes del momento, como Argentina o Brasil, en las que la banca europea invirtió grandes sumas, creando en el proceso burbujas especulativas. Si comparamos, por ejemplo, los casos de Egipto, Túnez y el Imperio otomano entre la década de 1860 y 1880 encontraremos patrones muy parecidos de intervención, en los cuales los Estados imperiales recurren al multilateralismo para hacer frente a reclamaciones financieras privadas, provenientes de bancos europeos con intereses divergentes. Esta práctica corresponde a la primera fase de la globalización financiera característica del capitalismo actual, aunque la competencia inter-imperial la hizo mucho más errática en sus resultados de lo que cabría esperar, ya que en algunos casos facilitó, pero en otros obstaculizó la actuación colonial (Tunçer, 2021). Esta forma de ejercicio del control imperial estaba dividida en tres fases. En una primera, los Estados dominados adquirieren una ingente deuda con las principales entidades financieras de Francia y Gran Bretaña, dirigida a impulsar la construcción de infraestructuras y la modernización del país. Fue la competitividad entre entidades financieras y la rivalidad entre ambos imperios la que 328 facilitó que tanto el Imperio otomano como Egipto o Túnez pudieran solicitar préstamos por cuantías tan sustanciosas. En una segunda fase, los Estados acumularon una deuda mucho mayor que la que su economía era capaz de soportar, por lo que se declararon en bancarrota. En una tercera y última, se impuso un control financiero internacional negociado entre las principales capitales europeas, a fin de garantizar el pago de la deuda a la banca privada, tras lo cual, los Estados pierden su soberanía económica, seguida de la política y en ocasiones la militar. La potencia colonial emplea la violencia eventualmente para garantizar el control de los recursos, asegurando con ello la consolidación del poder político a largo plazo. Según Tunçer (2021, pág. 74): The method of establishing foreign control over state finances following defaults first started with Tunisia. Later, this form of intervention became the dominant form of dealing with defaults in the Middle East and the Balkans from the 1870s to 1914, including Egypt, the Ottoman Empire, Serbia, Bulgaria, and Greece. Por lo que respecta al caso de Egipto, fue la rivalidad entre las dinastías financieras de los Rothschild y los Baring, y el anclaje de ambas en las estructuras imperiales británicas, la que facilitó la coincidencia de los tres “poderes” en Egipto. Tanto Disraeli, como Rothschild o Baring poseían títulos nobiliarios otorgados por la reina en reconocimiento a sus servicios al imperio, consagrando con ello el capitalismo caballeresco que caracterizó a esta época, en el que están mezclados elementos del nacionalismo- imperialista y de un incipiente, aunque fracturado, capitalismo global. El inestimable servicio que la banca Rothschild había prestado a los intereses británicos durante las guerras napoleónicas ya ha sido referido, llegando a convertirse en el financiador más importante del Estado británico. Por su lado, y en la misma época, fue la banca Baring la que facilitó la transacción de la compra de Luisiana por parte de EE. UU. (1803), ya que se había convertido en el representante financiero oficial del gobierno federal en Londres. Napoleón necesitaba efectivo para construir su imperio en Europa y Gran Bretaña prefería que Luisiana y la desembocadura del Mississippi estuvieran bajo la soberanía de un Estado neutral. Paradójicamente, contribuyeron con ello a construir al actor imperial que les arrebataría su hegemonía en el siglo XX: Estados Unidos… Pero volvamos a Europa. Tanto los Baring como los Rothschild compartían modelos de negocio similares, basados en empréstitos a gobernadores y Estados y con miembros de las respectivas dinastías dirigiendo filiales en las más importantes capitales europeas, como Londres o Paris, aunando con ello la experiencia financiera y la habilidad diplomática. Ello, unido a un sistema de alianzas matrimoniales y parentescos entre 329 familias de banqueros, otorgó a las finanzas imperialistas un sentido de identidad y una conciencia elitista compartida. De hecho, a pesar de la rivalidad entre ambas dinastías financieras, en 1890, la banca Rothschild, una vez más atendiendo a los intereses del gobierno británico, contribuyó a rescatar a la banca Barings de su propia bancarrota, causada por la crisis financiera argentina. El comité presidido por Rotshchild, que se formó para el rescate, incluyó también a otras importantes familias de banqueros comerciales europeos, entre ellos el judeo-francés Cahen d’Anvers y el alemán Adolphe von Hansemann. (Banerjee, 2017, pág. 37) Más allá de sus desavenencias, se trataba de salvar a “uno de los nuestros”. Este hecho, unido a la declarada amistad entre Rothschild y Disraeli (sobre la que se basó el préstamo para la compra del Canal ya aludida), da cuenta de la importancia de las conexiones sociales para el funcionamiento del sistema económico imperial, cuya integración en las estructuras de clase y nación de la época se hizo evidente hasta en la cultura. El conocido poema satírico de Lord Byron’s, Don Juan (1824) da cuenta de esta conexión en su canto 5: “Who hold the balance of the World? Who reign O’er Congress, whether royalist or liberal? Who rouse the shirtless patriots of Spain (That make old Europe’s journals squeak and gibber all)? Who keep the world, both new and old, in pain – Or pleasure – what make politics run glibber all? The Shade of Buonaparte’s noble daring? – Jew Rothschild and his fellow Christian Baring.120 La llegada a Egipto de Evelyn Baring, primer conde de Cromer, primero como controlador-general (1878-79) y luego como cónsul-general tras volver de administrador colonial en India (1883-1907), da cuenta tanto de la importancia de las finanzas para el imperio como de la influencia que tenían sobre el gobierno aquellos que las controlaban. De hecho, fue debido en parte a la presión de Cromer, que el sultán otomano decidió cesar a Ismail Pachá y sustituirlo por su hijo, ya que gran parte de la deuda que Egipto había contraído era con la banca Baring, perteneciente a la familia de Cromer. Este modo de ejercicio de la autoridad imperial mediante distintas combinaciones de coacción y cooptación de élites locales fue perfectamente descrito por el propio Lord Cromer cuando 120 Recuperado de: https://petercochran.files.wordpress.com/2009/03/don_juan_canto_12.pdf 330 afirmó: “We do not govern Egypt, we only govern the governors of Egypt” (en Mann, Vol. 3. Pág. 18). En todo caso, la presencia en los asuntos imperiales de importantes familias y dinastías de banqueros comerciales e inversores da cuenta de que el patrón que se expuso cuando nos referimos a la filantropía de los barones, patrocinadora de la empresa colonial en Palestina o América, no fue algo excepcional o perteneciente exclusivamente al mundo judío, sino que se insertaba en redes sociales más amplias, que abarcaban intereses relacionados con las finanzas internacionales, la reconversión de la propiedad de la tierra o la inversión en grandes proyectos infraestructurales, y que respondían a una racionalidad ideológica en la que la construcción de imperios y la participación en empresas y sociedades comerciales era una forma de incrementar el poder y el prestigio social, integrando las redes de poder económico-familiares en otras de carácter político y militar. La viñeta Lord de Rothschild’s Egyptian soothing-syrup. Feeding time encontrada en los archivos Rothschild refleja, de manera gráfica, el espíritu del momento. En ella se ve a Nathaniel Rothschild alimentando con el tradicional golden syrup británico a los cocodrilos del Nilo, mientras que otros animales, alegóricos de las potencias europeas (como el oso ruso, el águila austriaca o el león británico) observan la escena. El golden syrup fue el nombre por el que se conoció a los 9 millones de libras que el banquero prestó al gobierno egipcio en 1885 para consolidar el poder británico sobre el país, sin antagonizar por ello al resto de poderes europeos. Figura 4.8. Exhibition - Rothschilds in Caricature121 121 Exposición “Los Rotschild en caricaturas”, The Rothschilds Archives. Recuperado de: https://www.rothschildarchive.org/exhibitions/rothschild_in_caricature/feeding_time 331 El resultado de estas operaciones e intervenciones imperiales en las instituciones de poder político en Egipto fue el alzamiento de las fuerzas nacionalistas. Así, en 1880, el coronel Ahmad Urabi, inició una revuelta que otorgó a Gran Bretaña el pretexto que necesitaba para estacionar sus tropas a lo largo del canal y establecer un protectorado “velado” sobre Egipto (1882). Cuarenta y seis años más tarde, en 1928, se avivarían además las fuerzas islamistas, representadas por el surgimiento de los Hermanos Musulmanes de Hasan al Bana en Ismailía, ciudad próxima al Canal y poblada mayoritariamente por la clase trabajadora egipcia. Sería el primer movimiento islamista en desarrollar un pensamiento en el que se equipara al sionismo con el colonialismo europeo, observando la situación en Palestina tanto desde un punto de vista religioso, a partir de los conceptos de umma y jihad, como desde un punto de vista político, tomando el concepto de Israel HaShlema o “gran Israel” como prueba de la voluntad expansionista del sionismo y una amenaza, frente a la cual, era obligación de todo musulmán luchar (El-Awaisi, 1991) En resumen, los intereses imperiales británicos, en competencia con los franceses, ocasionaron la ocupación de Egipto y la conversión del enclave de Suez en un núcleo fundamental para la consolidación y la defensa del comercio, generando con ello la reorganización de las fuerzas sociales egipcias en torno al nacionalismo militarista y al islamismo populista, desarrollando ambos un marcado anti-sionismo, debido a la identificación de este con las potencias europeas. Los intereses británicos en la época estaban gestionados por una élite política, militar y financiera en la que participaron insignes financieros judíos y personalidades políticas, cuyo estatus e intereses dependían también de la capacidad de influencia de su imperio y de la ventaja política que la dominación de territorios y la extensión de redes económicas les pudiera reportar. Las élites económicas de la Segunda Revolución Industrial no eran aún totalmente autónomas con respecto al poder de sus Estados, ya que la globalización se encontraba fragmentada por imperios, aunque sí podían influir en sus decisiones, compartiendo un mismo sentido de identidad y misión civilizacional. En palabras de Mann: “Calculations of interests were always influenced by all of the entwined sources of social power, and always involved norms -sometimes peaceful, sometimes violent- emanating from complex attachments to the “imagined communities” of class and nation” (Mann. 2012b, pág. 50) 332 5.1.2. El contexto internacional y la Declaración Balfour El control británico sobre Egipto, aún vinculado como jedivato con la Sublime Puerta, unido a una nueva bancarrota y al establecimiento en Estambul de la Autoridad de la Deuda Pública Otomana en 1881, terminó de hundir la autoridad del Imperio otomano, perdiendo su soberanía económica y el control total de su deuda pública. Debilitado militar y territorialmente por revueltas nacionalistas adicionales en sus dominios europeos, hacia principios del siglo XX, se encontraba prácticamente bajo el dominio de los Estados e imperios europeos más importantes del momento. De hecho, su alineación con las potencias centrales en la Primera Guerra Mundial supone un último intento desesperado de salvar al imperio y de librarse del yugo financiero al que lo tenían sometido las potencias aliadas. La alianza con las potencias centrales obligó a Gran Bretaña a centrar su estrategia bélica en derrotar al Imperio otomano y conseguir a toda costa que Alemania no se hiciera con el control del Canal o de los territorios fronterizos, lo cual habría cortocircuitado la línea de abastecimiento que el Imperio británico mantenía con India, su joya de la Corona. Además, el descubrimiento de petróleo en Arabia y Persia a principios del siglo XX había convertido a la región en un importante centro de competencia geopolítica, por lo que parte del esfuerzo de guerra se centró también en impedir que Alemania incrementara su control sobre esta fuente energética, esencial para el funcionamiento de los modernos buques de guerra. A fin de abrir un nuevo frente de guerra al sur del Imperio otomano, Gran Bretaña, a través de su consulado en Egipto, instigó la famosa revuelta árabe, prometiendo a los hachemíes la creación de un gran Estado árabe bajo su mandato una vez ganaran la guerra a los otomanos. Fue así como, en octubre de 1915, el Alto Comisionado británico para Egipto, Sir Henry McMahon escribió una primera carta al Emir Abdalah, el hijo mayor de Hussein ibn Ali, jerife de la Meca. En esa carta, McMahon indicaba que Gran Bretaña estaba dispuesta a “reconocer y apoyar la independencia en todas las regiones dentro de los límites demandados por Hussein y que comprendían Siria, Arabia y Mesopotamia, con la excepción de la parte de siria que quedara al Oeste de Damasco”, con la condición de que los árabes Hachemitas se unieran en el esfuerzo bélico de los aliados contra el Imperio otomano. Animados por esta promesa y con la asistencia estratégica del legendario oficial británico Thomas Edward Lawrence, los hachemitas comenzaron una revuelta liderada por el Emir Faisal, segundo de los hijos de Hussein. La guerra, iniciada 333 en el Hijaz en 1916, se prolongó hasta 1918, aunque fue el año 1917 el decisivo para derrotar a los otomanos y completar la ocupación británica de Palestina. Tras la victoria en la batalla de Áqaba del 6 de julio, el general Allenby pudo dirigir sus fuerzas hacia el norte, asestando un golpe definitivo en la batalla de Beersheva del 31 de octubre, culminando con su entrada triunfal en Jerusalén el 11 de diciembre de 1917. Se produjo así el fin de 500 años de dominio otomano sobre Palestina. Al concluir la guerra, se produjo un desacuerdo sobre si Gran Bretaña consideraba que Palestina caía dentro de la zona de exclusión que marcaba el acuerdo Hussein-McMahon. Aparentemente, los británicos habían indicado de palabra a los árabes que la referencia al área al “oeste de Damasco” se había hecho para calmar las preocupaciones de los franceses que aspiraban a controlar la zona que comprende hoy el actual Estado libanés y no se intuía que el área que posteriormente se conoció como Palestina estaba incluida en la referencia al “oeste de Damasco”. En este sentido los árabes tenían razón, ya que lo que se consideraba como Palestina se encontraba al sur de Damasco no al Oeste y las ciudades de Homs, Hama y Aleppo, al oeste de Damasco, estaban geográficamente al norte de Palestina. Por todo ello, los árabes tenían razón al reclamar que se les había hecho una promesa sobre la independencia de Palestina al igual que sobre el resto de los territorios especificados en el acuerdo. El mes de noviembre de 1917 supuso el mazazo final a todas las promesas sobre las que el Imperio británico había basado su colaboración con los árabes. Si el 2 de noviembre se publicaba la declaración Balfour, en la que su majestad la reina, prometía facilitar la creación de un hogar nacional judío en Palestina; el 17 de noviembre, Trotsky mandó publicar en Izvestia el conocido acuerdo Sykes-Picot, del que Rusia había formado parte inicialmente, desvelando con ello las verdaderas intenciones de Gran Bretaña con respecto a la región. 334 Mapa 4.15. Área de independencia árabe definida por el Jerife Hussein122 Mapa 4.16. Área reservada para Gran Bretaña como parte del acuerdo Hussein-McMahon123 122 “British lies to the Arabs in World War I”, World Future Fund, Recuperado de: http://www.worldfuturefund.org/Reports/Imperialism/britainlies.html 123 Spooner, R. “The McMahon promise to Hussein”, Balfour Project, (26.01.2015) Recuperado de: https://balfourproject.org/the-mcmahon-promise/ 335 Los árabes supieron así que, mientras ellos luchaban alentados por sus propias aspiraciones independentistas contra los otomanos, los europeos, en una de las maniobras más estudiadas por la realpolitik de la diplomacia franco-británica, se reunían para pactar el espolio postbélico del Imperio otomano, así como el reparto de las esferas de influencia en el nuevo Oriente Medio. Este tipo de construcción imperial había sido común en el siglo XIX, pero en el siglo XX recibió severas críticas, particularmente de Woodrow Wilson, presidente de los Estados Unidos, quien visionaba un tipo de control diferente para Oriente Medio. El acuerdo, negociado entre 1915 y 1916 por el diplomático y representante británico, Sir Mark Sykes y el francés, Charles François Georges-Picot, debe entenderse tanto en el contexto de la evolución de la Primera Guerra Mundial como en el contexto de la antigua rivalidad franco-británica por ejercer el control sobre el Mediterráneo y sobre África Oriental. El lento desarrollo de la Primera Guerra Mundial había provocado desavenencias estratégicas entre Francia y Gran Bretaña con respecto al frente occidental, amenazando con ello la estabilidad de la coalición. Por otro lado, la crisis de Fashoda (1898), que enfrentó a las fuerzas coloniales de Francia y Gran Bretaña por el control de la cuenca alta del Nilo, estaba demasiado cerca como para olvidar que los había llevado al borde de la guerra por el control del Sudán. En aquella ocasión, las fuerzas de Kitchener se enfrentaron a las de Marchand. Kitchener, que durante la Primera Guerra Mundial ejerció como secretario de Estado de Guerra, estuvo en el comité que en Downing Street oyó hablar por primera vez a Sykes de su plan de partición. (Barr, 2011, pág. 17-23) Centrarse en el frente oriental atacando al Imperio otomano, que había declarado la guerra santa contra los imperios aliados, amenazando con ello la estabilidad de sus protectorados y colonias, parecía la estrategia más sensata. Fue ello lo que incitó que Francia y Gran Bretaña elaboraran planes para evitar disputas territoriales que fracturaran la alianza bélica en caso de obtener la victoria, y fue así como, después de consultadas las partes y elaborando un complejo entramado de equilibrio y alianzas entre las potencias aliadas en la guerra, se desarrolló el primer plan de partición del Imperio otomano, en el que tuvieron que incluirse zonas de influencia para Rusia (Acuerdo Sazonov-Paléologue de abril de 1916) y para Italia (Acuerdo de Saint-Jean-de-Maurienne), además de para Gran Bretaña y Francia. Según este primer borrador, Palestina quedaría bajo un sistema de “condominio conjunto aliado”, por razones políticas y religiosas, compartiendo el control entre la Triple Entente: Francia, Gran Bretaña y Rusia. Este no era un esquema que gustara a Gran Bretaña, por lo que, en adelante, haría todo lo posible para cambiarlo. 336 Mapa 4.17. Mapa original firmado por Mark Sykes y François Georges-Picot el 8 de mayo de 1916.124 Para conseguir forzar cambiar el acuerdo inicial sobre Palestina, los británicos comenzaron a considerar seriamente una idea que había estado sobre la mesa casi desde el comienzo de la guerra: el apoyo al proyecto sionista para el establecimiento de un Estado judío en Palestina, podía ser la mejor baza para consolidar la influencia británica sobre Oriente Medio (Barr, 2011, pág. 42) La propuesta había partido de Herbert Samuel, ministro sionista y judío practicante, quien la había expuesto en 1915 en un memorándum titulado The Future of Palestine. Samuel trató de convencer al resto de miembros del gabinete, que apoyar las aspiraciones sionistas atraería las simpatías de todos los judíos del mundo, muchos de los cuales se encontraban ahora en Reino Unido tras huir del pale os settlement, y no veían con buenos ojos la proximidad de Gran Bretaña en la guerra a la autocracia de los zares, la misma que había causado su expulsión. Además de ello, paradójicamente, prejuicios antijudíos acerca de la elevada influencia política que estos tenían, inclinó la balanza a favor de buscar su apoyo en la guerra. El hecho de que consiguieran que el gobierno de Estados Unidos negara a los zares la posibilidad de financiar la guerra en la bolsa de Wall Street, convenció a los británicos de que, si querían conseguir que Estados Unidos entrara en la guerra, como era su intención desde la ofensiva de Somme de 1916, necesitaban convencer primero a sus judíos. No fueron, sin 124 Recortes de Oriente Medio. Recuperado de: https://recortesdeorientemedio.com/the-sykes-picot- agreement-1916-2/ 337 embargo, los británicos, sino los alemanes los que forzaron la entrada de Estados Unidos, al hundirles tres barcos en 1917 como parte de la estrategia de guerra submarina indiscriminada ordenada por el káiser, y al enterarse de que estos estaban apoyando a México para que iniciara una invasión del Estados Unidos por el sur (Barr, 2011, pág. 44). Puesto que la opinión pública norteamericana era contraria a la intervención y el propio presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, había criticado públicamente a los intereses imperialistas europeos responsabilizándolos de la guerra, Gran Bretaña pensó que utilizar la carta sionista para justificar la conquista de Palestina, convencería a los EE.UU. de que sus intenciones no eran imperialistas, sino emancipadoras, a la vez que silenciaría cualquier protesta que pudiera provenir desde Francia. Ello serviría, además, para incrementar la popularidad de Wilson frente a los dos millones de judíos que por aquel entonces residían en EE. UU. (Barr, 2011, pág. 44). Fue así como en 1917, el primer ministro David Lloyd-George, pidió a su Embajador en París que notificara al gobierno francés que Gran Bretaña aumentaba sus demandas territoriales, por lo que los franceses tendrían que aceptar el establecimiento de un protectorado británico sobre Palestina, equilibrando con ello las pretensiones francesas sobre la región. 5.1.3. La Declaración Balfour en el contexto de la comunidad judía británica y la Organización Sionista Tras realizar las consultas pertinentes con sus aliados, el 2 de noviembre de 1917, el gobierno británico emitió su portentosa declaración en una carta dirigida a Lord Rothschild, presidente de la Bristish Zionist Federation. En ella, el ministro de Asuntos Exteriores británico, Arthur James Balfour escribió: “el Gobierno de su Majestad ve favorable el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío, […] entendiéndose de manera clara que no se hará nada que perjudique los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y estatus político disfrutado por los judíos en otros países.” (Laqueur & Rubin, 1995, pág. 16) El borrador original de la Declaración Balfour se redactó en julio de 1917 y hablaba de la “reconstitución de Palestina como el hogar nacional del pueblo judío”. Sin embargo, debido a una falta de acuerdo en el gabinete británico, la versión final mencionaba 338 simplemente el establecimiento de un hogar judío en Palestina, algo que geográficamente podía ser mucho más pequeño que el Israel bíblico, haciendo uso de la acostumbrada indeterminación calculada de la diplomacia británica. Los motivos por los cuales esta carta fue entregada en mano por A.J. Balfour a Lionel Walter Rothschild, en lugar de al presidente del Board of Deputies of British Jews125, sir Stuart Samuel, reflejan la profunda división de intereses que en las comunidades judías occidentales existía con respecto al sionismo, y que dan cuenta de la crisis organizacional de la que ya hemos hablado y que encumbró a posiciones de liderazgo a aquellos judíos con más poder “terrenal” dentro de sus comunidades. Asimismo, el episodio refuerza la idea de que fueron los intereses de guerra y coloniales británicos los que prevalecieron por encima de otras consideraciones. Según señala Teller (2017), para entender este evento, hay que retrotraerse al año 1871, cuando la élite judeo-británica, liderada por el editor del Jewish Chronicle, Abraham Benich y por el rabino reformista, Albert Lowy, fundaron la Anglo-Jewish Association (AJA), producto de una disputa por el control de la Alliance Israelite Universele, con la que compartía los mismos fines, pero a la que acusaba de centralizar demasiado las decisiones bajo el liderazgo francés. El éxito de la AJA hizo que, hacia 1878, se alcanzara un acuerdo para formar un comité conjunto AJA- Board of Deputies, a fin de coordinar las acciones frente al gobierno británico y presentar posturas unánimes sobre la situación de los judíos en el mundo y la defensa de sus derechos. A pesar de ciertas diferencias, en lo esencial estaban de acuerdo: un rechazo frontal al sionismo rampante que amenazaba con socavar el reconocimiento y los derechos adquiridos por parte de las familias judeo-británicas más pudientes. En 1917, el comité conjunto estaba presidido por David Lindo Alexander (Board of Deputies), y por Claude Montefiore (AJA). Ambos eran anti-sionistas y tenían miedo de que Jaim Weizmann, que había entrado en buenas relaciones con los miembros más sionistas de los Rothschild (Lionel Walter Rothschild, James de Rothschild y su esposa “Dolly”), convenciera al gabinete británico de la conveniencia de apoyar la causa sionista. A fin de distanciarse de esta iniciativa, ambos escribieron un artículo en el cual expresaban su rechazo a la causa sionista y lo enviaron a The Times el 17 de mayo de 1917. El editor del periódico era un miembro conocido de la élite londinense, George Geofrrey Dawson, quien mantenía por ello buenas relaciones con el primer ministro, Lloyd George y con el secretario de Estado para las Relaciones Exteriores, Lord Balfour; 125 Entidad oficial representativa de los judíos británicos desde 1760 339 y conocía el interés de ambos en apoyar la causa sionista. Mientras tanto, se había convocado para el 20 de mayo una conferencia en Londres de la Zionist Federation británica, en la que Weizmann iba a anunciar, por primera vez, el apoyo oficial del gabinete británico a la causa sionista. Por ello, el editor de The Times, decidió retener el artículo y no publicarlo hasta el 24 de mayo, una vez que el anuncio de Weizmann hubiera tenido el eco suficiente. El artículo, en el que se decía que establecer una identidad nacional judía en Palestina haría que los judíos fueran vistos en todas partes como extranjeros en su propia tierra, recibió tres respuestas demoledoras: (i) una de parte de Lord Rothschild, en la que se decía que los anti-sionistas no representaban a las comunidades judías británicas; (ii) otra, de parte del rabino principal, Joseph Herts, en la que se decía, que la opinión del comité conjunto sólo representaba a una minoría; y (iii) otra de Jaim Weizmann, en la que se lamentaba que dos judíos pudieran pensar así después de 2.000 años de exilio y persecución. Como resultado de esta polémica, cientos de cartas empezaron a llegar al Jewish Chronicle con duras críticas al anti-sionismo del comité conjunto. A consecuencia de esta presión, el Board of Deputies no tuvo más remedio que someter al Conjoint Committee a una “moción de censura”, que ganaron los pro-sionistas por 56 votos a 51, teniendo así que resignar de sus cargos los seis miembros del board del Conjoint Committee, así como el presidente del Board of Deputies, David Lindo Alexander. En su lugar, fue elegido Sir Stuart Samuel, hermano mayor de Herbert Samuel, a la sazón secretario de interior y posteriormente nombrado primer Alto Comisario en Palestina. Frente a una situación tan delicada y con la autoridad del Board of Deputies seriamente cuestionada, el gabinete británico decidió dirigir la carta al miembro de la casa Rotshchild más influyente en Gran Bretaña: Lionel Walter Rothschild. Este incidente, relacionado con la representatividad del movimiento sionista, ejemplifica los principales dilemas y problemáticas a los que se enfrentaba el movimiento en el contexto de la Primera Guerra Mundial: - Por un lado, refleja la existencia de un movimiento de alcance internacional, pero integrado aún en redes de poder comunitarias nacionales, en las que el nivel de influencia social, política y financiera de sus líderes resultaba decisiva para marcar la posición política del movimiento y los medios organizacionales para llevarlos a cabo. La pluralidad de opiniones e intereses, así como la existencia de un liderazgo descentralizado, afectaba la operatividad de la organización y dificultaba la definición de una única estrategia. Este hecho fue agravado por la 340 guerra ya que, al encontrarse la sede del movimiento en Alemania, su posición quedaba comprometida y sujeta a los destinos del enfrentamiento bélico. Además, el contacto entre los líderes de comunidades nacionales que quedaban a ambos lados de las líneas de fuego dificultaba la coordinación de cualquier acción. De hecho, no se convocó ningún congreso desde el año 1913 al 1921. - Por otro lado, el estallido de la guerra obligó al movimiento a tomar partido por uno de los dos bandos, evaluando cuál sería más ventajoso para alcanzar sus fines, en base a la influencia que cada parte tuviera sobre Palestina, lo cual puso en riesgo a la propia organización y a sus militantes, por las represalias que pudieran surgir en el bando contrario. En los primeros meses de la guerra, la balanza se inclinó hacia el apoyo a Alemania. (Ticker, 1981) A ello contribuyó probablemente, el hecho de que sus líderes ejecutivos fueran en su mayoría alemanes, rusos expatriados o austrohúngaros. Alemania libraba una guerra contra la Rusia de los zares, odiada por muchas de las comunidades judías de la Europa oriental. Uno de los más eminentes representantes de la opción proalemana fue Max I. Bodenheimer, judeo-alemán y director del Fondo Nacional Judío. Sin embargo, el hecho de que el Imperio otomano era contrario al proyecto sionista y no había facilitado su asentamiento y la compra de tierras, era un poderoso argumento para inclinar la balanza del lado neutral (Norteamérica) o del lado aliado, opciones que parecía cultivar a líderes como Weizmann, con inmejorables conexiones con la élite pro-colonialista británica del momento. La cuestión fue que la guerra avivó los sentimientos nacionalistas de los dos bandos más representativos del movimiento: los radicales nacionalistas sionistas que formaban parte del “comité de acción ejecutiva” (entidad de gobierno de la OS), los cuales no contemplaban otro futuro para los judíos que no fuera en Palestina; y aquellos moderados con sentimientos de lealtad patriótica por sus respectivos países de origen, que formaban parte de movimientos sionistas nacionales o locales y que veían igualmente legítimo mejorar la situación de los judíos en la diáspora (incluso contemplando como posibilidad un ligero asimilacionismo). Como señala Ticker, esto causó un nuevo cisma en el movimiento, entre la vieja guardia moderada y los líderes radicales rusos que se oponían a su influencia. (1981, pág. 22) - Por último, la cuestión sionista se convirtió en un asunto de competencia inter- imperial, escapando a la voluntad y alcance del propio movimiento. La 341 competencia se dio, por un lado, entre Francia y Gran Bretaña y, por otro, entre Gran Bretaña y Alemania. Esto fue una ventaja a la vez que una desventaja. Fue una ventaja porque la OS se encontró, por primera vez, siendo cortejada por diferentes potencias europeas, dispuestas a interceder a cambio de la influencia sobre Estados Unidos, en una situación bélica en la que las fuerzas estaban tan equilibradas que cualquier punto a favor de uno u otro lado, podía ser determinante para dirimir el curso de la guerra. Fue una desventaja porque vinculó al movimiento a una potencia vencedora y a sus aspiraciones imperialistas, supeditando el movimiento a los intereses de un poder político cuya lealtad a la causa sionista era, cuanto menos, ambivalente. Lo cierto es que el movimiento sionista, en adelante, estaría caracterizado por una disputa entre afirmar su autonomía o acomodar sus objetivos a los intereses de la potencia protectora. Realmente, la Primera Guerra Mundial fue el acontecimiento internacional que operó la mayor reestructuración del movimiento, tanto a nivel global como en Palestina, y la Declaración Balfour el episodio que más ayudó a afianzar la popularidad del movimiento entre las comunidades judías de todo el mundo. A pesar de ello, la guerra tuvo efectos opuestos para el sionismo: por un lado, menguó significativamente la fuerza demográfica del Yishuv y su liderazgo, ya que muchos judíos fueron obligados a huir de la adversa situación económica, a alistarse en el ejército otomano o, directamente, sufrieron la deportación (como el propio Ben-Gurión). Por otro lado, el movimiento se reestructuró ideológica y políticamente, cerrando filas en torno al nacionalismo judío con epicentro en Palestina, y decantándose claramente por insertarse en la zona de influencia y control geopolítico británico, enlazando su destino con el destino de la potencia europea y su capacidad de controlar el Oriente Medio. De hecho, las fricciones con el Imperio británico no tardarían en llegar. En noviembre de 1918, el liderazgo sionista presentó ante el Gobierno de Lloyd-George su propia interpretación alternativa de la declaración Balfour, en la que afirmaban que el establecimiento de un hogar judío para el pueblo judío…significa que el territorio de Palestina debe situarse bajo condiciones políticas, económicas y morales favorables al incremento de población judía, para que, de acuerdo con el principio de representatividad democrática, pueda convertirse posteriormente en una Commonwealth judía. Esta era una posición mucho más rotunda que la que los británicos estaban dispuestos a aceptar. Debido a la ambigüedad del apoyo británico a la causa sionista, varios líderes judíos intentaron recabar el apoyo de los líderes árabes de 342 Palestina para su causa. Así, al concluir la guerra, en el contexto de la Conferencia de Paz de Paris de enero de 1919, Jaim Weizmann y el Emir Faisal, firmaron un pacto formal en Londres, en el que ambos se comprometían a colaborar para conseguir sus respectivos objetivos. Los artículos más importantes para la causa sionista contenidos en ese acuerdo eran los que hacían referencia al derecho a emigrar libremente a Palestina y a la legalidad de la propiedad y la compra de tierras. Los sionistas, por su parte, se comprometían a respetar a los propietarios de tierra árabes y a contribuir a su desarrollo económico, respetando la libertad de religión y de credo, para lo cual, los árabes ostentarían el control de sus lugares sagrados. Faisal, sólo incluyó una reserva escrita en árabe al margen del acuerdo: que Palestina fuera incluida como parte de los territorios del futro Estado árabe independiente. Los nacionalistas árabes de Palestina, sin embargo, rechazaron este acuerdo, argumentando que el Emir Faisal desconocía el sentimiento y el parecer de los árabes palestinos. Esta falta de acuerdo entre los árabes facilitó que los británicos pudieran manipular su política en Palestina para perseguir sus propios fines e intereses. Contar con las simpatías árabes para la causa sionista era algo que también habían contemplado los británicos en su estrategia de dominación por medio de la cooptación, y que formaba parte de su propaganda, como puede entreverse en la parte final de la declaración Balfour: “it being clearly understood that nothing shall be done which may prejudice the civil and religious rights of existing non-Jewish communities in Palestine” (Laqueur & Rubin, 1995, pág. 16); así como en otros documentos y cartas de la época como el mensaje Hogarth, la carta Bassett, la Declaración de los Siete o la Declaración Anglo-Francesa. Según Barr (2011, pág. 12), los británicos estaban convencidos de que los árabes acabarían por aceptar el sionismo cuando vieran las ventajas económicas que la emigración judía podría aportar a la región. Ambos estaban equivocados, ya que el nacionalismo árabe que recorrió las tierras del islam en Oriente Medio tras la caída del Imperio otomano desembocó en tendencias ideológicas tan anti-imperialista como anti- sionistas. De hecho, tanto británicos como franceses se culparían mutuamente, años después del establecimiento de los mandatos, de instigar la oposición árabe contra sus respectivos intereses, permitiendo el uso de los territorios bajo su control como “santuarios de oposición” (Transjordania para la oposición anti-francesa en Siria, y Líbano y Siria, para la oposición anti-británica). En realidad, fueron las expectativas de independencia árabe creadas por las propias potencias europeas y la represión militar que siguió a sus reclamaciones, las responsables de exacerbar el sentimiento antieuropeo y anti-colonial en la región. En definitiva, el recrudecimiento de las rivalidades inter- 343 imperiales e intra-árabes generaron unas estructuras y redes de poder, entre las cuales, el movimiento sionista y el futuro Estado de Israel, tuvo que aprender a imponerse y a sostenerse. 5.2. La Primera Guerra Mundial y su impacto sobre Palestina Según el profesor Daniel Schwartz, la Primera Guerra Mundial, incluso más que la segunda, constituyó un punto de inflexión fundamental, tanto para la historia judía europea como para el sionismo. Con respecto a los judíos europeos, más de un millón y medio fueron movilizados, luchando en diferentes bandos por sus respectivos países. De entre ellos, medio millón lo hicieron en el ejército ruso, a pesar del anti-semitismo rampante, 250.000 lucharon por Estados Unidos, 40.000 por Gran Bretaña y 35.000 por Francia. En las potencias centrales, 100.000 lucharon por Alemania, lo que suponía el 20% del total de judíos del país, dando cuenta de la dimensión de su compromiso y su nacionalismo, mientras que en el ejército austrohúngaro lucharon 275.000 judíos. En conjunto, supuso la mayor movilización de la historia del pueblo judío hasta la época. A nivel demográfico se produjeron también cambios críticos. Se calcula que, entre 1914 y 1921 murieron más de 100.000 judíos y alrededor de 600.000 sufrieron desplazamientos forzosos en la zona de asentamiento, ya que esta había sido el principal punto de fricción bélica del frente oriental. Schwartz señala que, aunque la guerra concluyera formalmente en noviembre de 1918, en la zona de asentamiento se alargó mucho más, debido a las intermitentes guerras civiles que surgieron causadas por el vacío de poder que dejaron las potencias centrales en su retirada y la explosión de la Revolución Bolchevique de 1917. En consecuencia, se perpetraron decenas de pogromos entre 1919 y 1921, particularmente en Ucrania, donde decenas de miles de judíos perdieron la vida (las cifras oscilan entre 30.000 y 70.000), en muchas ocasiones por ideas anti-semitas que equiparaban al judío con el bolchevique (Johnson, G. s.f.). A pesar de la dimensión de la catástrofe, resulta sorprendente que esta no haya sido recordada ni integrada en la memoria colectiva judía en la misma medida que los pogromos de 1881-82, Kishinev o el Holocausto. Con respecto a la situación de los judíos en Palestina, las frágiles condiciones del asentamiento fueron exacerbadas por el estallido de la guerra, particularmente a raíz de que los otomanos dieran por finalizadas las estipulaciones contenidas en las capitulaciones con respecto a los residentes provenientes de las potencias en guerra enemigas, finalizando con sus privilegios y siendo estos obligados a exiliarse o a 344 someterse a las leyes otomanas, pagar impuestos o incluso alistarse en el ejército. Además de ello, la escasez de alimentos o medicinas dificultaron aún más las condiciones de vida, lo que provocó la pérdida del 35% de la población judía de Palestina que, al finalizar la guerra, había pasado de 85.000 a 55.000. A pesar de esta pérdida demográfica, en otros aspectos la guerra supuso un empuje al proyecto sionista, al haber resultado triunfadora la opción de situar al sionismo bajo la protección del Imperio británico (con la aquiescencia de EE.UU.) y servir, entre otras cosas, de entrenamiento militar para la futura formación de la Haganá. Igualmente, sirvió para estimular con fuerza el sentimiento nacionalista árabe, ya que fueron estos, junto con los británicos, los que lucharon en un frente común por liberar a Palestina del dominio otomano. La participación sionista en la guerra fue controvertida, ya que no existía un consenso claro acerca de qué partido tomar. Frente a la neutralidad que en un principio se impuso en la OS, David Ben-Gurión e Isaac Ben-Zvi pensaban que sería mejor servir del lado de los otomanos, mientras que Jabotinsky y Trumpeldor estaban convencidos de que había que situarse del lado británico. En cualquier caso, sirvió para gestar la dimensión militar del movimiento, que se alimentó de aquellos activistas sionistas que habían sido expulsados de Palestina y acogidos en Egipto, principalmente en Alejandría. Precisamente desde Egipto, el científico y agrónomo Aaron Aaronson, crearía la red de espionaje NILI, al servicio del Imperio británico, considerada la primera organización de inteligencia judía y sin cuya información, la conquista de Beersheva no hubiera sido posible. Fue también en la Alejandría egipcia donde Jabotinsky y Trumpeldor presentaron en 1915, ante un pequeño comité de exiliados judíos rusos, un plan para formar una unidad militar. Aunque las normas contenidas en el Army Act británico no permitían la participación de extranjeros combatientes, sí se les permitió formar parte del Mule Corps (cuerpos de muleros) que se estaba preparando para asistir al frente en la batalla de Gallipoli. Fue así como se creó el Zion Mule Corps, formado por una unidad de más de 500 voluntarios a cuyo frente se situó el propio Trumpeldor. Tras finalizar su misión, fueron desmovilizados en 1916, integrándose muchos en la Legión Judía que finalmente consiguió formar Jabotinsky en 1917. La Legión se integró en el cuerpo de fusileros reales y estaba compuesta por 5 batallones de judíos voluntarios provenientes de Rusia, Estados Unidos, Gran Bretaña y Canadá. La Legión Judía participó en la batalla de Jerusalén y tuvo un papel destacado en la batalla de Megido. Tras la finalización de la guerra fueron disueltos y sólo quedó un batallón conocido como la First Judaeans. Fueron precisamente veteranos de la Legión Judía los que organizarían la defensa durante la 345 revuelta de Nabi Musa (1920) o Tel Hai, en las que Jabotisnky sería arrestado y el propio Trumpeldor perdería la vida. Ello da cuenta de que la cuestión de la defensa y la respuesta armada a las agresiones árabes ya formaban parte de la actuación sionista en la década de los veinte. Según la Comisión Palin (comisión de investigación que fue organizada para investigar los acontecimientos que la comunidad judía tachaba como pogromos) las revueltas fueron una consecuencia de: (i) la frustración árabe por no ver cumplida las promesas de independencia efectuadas por los británicos; (ii) el compromiso británico con la causa sionista expresado en la Declaración Balfour, que tendría como consecuencia la masiva emigración y el sometimiento palestino a judíos europeos y (iii) la llegada de propaganda nacionalista siria a consecuencia de la proclamación del Emir Faisal como rey de una potencial Siria reunificada, así como por la diseminación de ideas pan-arabistas y pan-islamistas. La conclusión de la comisión británica era que la impaciencia sionista y la presión que había puesto sobre las autoridades británicas para respaldar sus intereses en Palestina habían sido las responsables del rechazo árabe al proyecto. Según el historiador Isaiah Friedman, a fin de contrarrestar esta idea, la OS empleó a “arabistas” sionistas para sobornar a jeques y notables árabes del entorno de Jerusalén y Yafo, quienes, pagados por la OS, enviaron sendos telegramas y cartas a Herbert Samuel, reclamando representar al 70% de la población árabe-palestina, condenando los ataques a judíos y defendiendo la tesis de que el sionismo contribuiría sin duda a la prosperidad económica y al desarrollo de Palestina (Segev, 2012). El descubrimiento de materiales de archivo de la OS que demuestran el pago de sobornos desvelan que no todos los árabes pensaban como las élites nacionalistas y constatan que la OS no dudaba en emplear cualquier medio a su disposición para convencer a los británicos de que apoyar la causa sionista no conllevaría problemas mayores con respecto a los árabes. En todo caso, el gobierno militar que Gran Bretaña impuso sobre Palestina tras la derrota otomana implicó para ésta la búsqueda de una sanción internacional que justificara su presencia en la región, encontrando en la fórmula de los Mandatos internacionales, ideada por la Sociedad de Naciones, la forma más efectiva de encubrir, mediante su función como facilitador de la transición a la independencia, sus verdaderos intereses geoestratégicos sobre la región. La Sociedad de Naciones, entidad creada por el Tratado de Versalles (1919), supuso de hecho, la reorganización geopolítica más importante tras la Primera Guerra Mundial, bajo cuya legitimidad y autoridad se instituyó el sistema de mandatos internacionales ya aludido. Siguiendo la visión de Wilson, la organización fue concebida para reorganizar las relaciones internacionales y asentar las bases para la paz, 346 aunque en el fondo, fue utilizada para favorecer los intereses de los imperios europeos que habían quedado en pie, fundamentalmente Francia y Gran Bretaña y, en base a ello, dividieron Oriente Medio bajo sus respectivas zonas de influencia. Aunque Gran Bretaña asumió de facto el mandato sobre Palestina como parte del entendimiento con Francia bajo la fórmula de la Occupied Enemy Territory Administration, no fue hasta abril de 1920, cuando el Consejo Supremo de la Conferencia de Paz de Paris otorgó a Gran Bretaña el mandato de jure sobre Palestina, confirmado después bajo los términos establecidos por la Sociedad de Naciones en 1922. Al contemplar la inclusión de la Declaración Balfour en el preámbulo de los términos legales del Mandato, los judíos entendieron que se reconocía con ello la conexión histórica del pueblo judío con el Israel histórico y se sentaban las bases para reconstituir su hogar nacional en ese territorio. Sin embargo, inmediatamente después de recibir el Mandato, Gran Bretaña procedió a la partición de Palestina en dos territorios divididos por el río Jordán. Uno llamado Palestina y el otro Transjordania, y a los judíos se les prohibió asentarse al Este del río, lo que provocaría la oposición del futuro movimiento revisionista. No obstante, el Mandato supuso el reconocimiento, desde el punto de vista del derecho internacional, del movimiento sionista y sus reivindicaciones, aunque simultáneamente, los británicos se cuidaron de que las disposiciones del Mandato fueran lo suficientemente vagas como para no despertar en exceso las animosidades árabes y dar lugar a amplios debates e interpretaciones. Tal y como estaban redactados los términos del Mandato, se apuntaba más hacia un Estado binacional que hacia dos Estados independientes. En cualquier caso, el establecimiento del Mandato contribuyó positivamente a la internacionalización de la cuestión judía, transformando una cuestión bilateral o trilateral, en una internacional. Por ello, en contraste con la obra de Shafir (1989), que sitúa los años decisivos de formación del sionismo en Palestina entre 1904 y 1914, en esta tesis sostenemos que fueron los años de la post-Primera Guerra Mundial y los del Mandato británico los que mayormente contribuyeron a la cristalización del Yishuv en un Estado judío independiente hacia 1948. Ello es así por tres razones fundamentales: - En primer lugar, por la definitiva incardinación del proyecto sionista en la red de poder económico y político de un gran imperio, sancionada por el derecho internacional a través del Mandato británico sobre Palestina de la Sociedad de Naciones. Gracias a ello, el Yishuv se convirtió en un socio importante para las aspiraciones británicas en la región, pasando a formar parte de la estrategia de 347 cooptación y dominación colonial sobre la que se asentaba su imperio indirecto en Oriente Medio. - En segundo lugar, el Mandato británico ofreció un impulso decisivo para la territorialización y centralización del movimiento, provocando la reestructuración político-organizacional de la OS y del Yishuv, fomentando con ello la creación de instituciones de representación política, de organización laboral o de cooperación militar, siguiendo modelos europeos de control social y dominación política modernos. - En tercer lugar, por el papel clave que jugó el Mandato a la hora de amortiguar y gestionar la conflictividad social, reprimiendo el creciente descontento palestino frente a la estrategia de separación económica, inmigración y trabajo judío sobre la que el sionismo construyó su proyecto nacional. A pesar de la oposición judía y de sus críticas a los White Papers británicos, sin el control británico de la violencia que se empezaba a generar entre las comunidades judías y árabes- palestinas y que estalló con virulencia entre 1936-39, el proyecto sionista se hubiera visto mucho más comprometido. La cuestión decisiva que generó el inicio del conflicto judeo-palestino en esta época es la ventana de esperanza que supuso la Primera Guerra Mundial para las pretensiones nacionalistas de árabes y judíos por igual, aunque, para estos últimos, la demografía, sobre la que se basa el principio democrático de autodeterminación política, jugaba en contra, ya que representaban tan sólo el 12% de la población de Palestina. La principal diferencia entre las aspiraciones de unos y otros y la explicación de su éxito o su fracaso no estriban tanto en la coherencia de las ideas, la unidad interna de ambos movimientos, o en intereses compartidos por sus élites, sino en la autonomía que fueron capaces de generar dentro de las estructuras de poder existentes y en la capacidad de organizar la vida social de sus respectivas comunidades. El movimiento sionista partía de una situación mucho más ventajosa a este respecto. Las donaciones provenientes del exterior facilitaron la acumulación de capital necesario para todo proyecto de desarrollo económico-industrial y, a pesar de sus limitaciones, la puesta en marcha de una economía independiente basada en el trabajo judío, con salarios y estándares europeos, contribuyó a la separación de ambas economías y a la construcción paulatina de dos comunidades político-económicas fuertemente diferenciadas (Lockman, 2012). Por otro lado el control paulatino de la emigración y del asentamiento que el 348 sionismo laborista empezó a ejercer desde finales de la década de 1920, facilitó su capacidad de penetración social, organizando la cooperación a través de instituciones educativas, formativas, de salud pública e incluso de ocio, centralizando cada vez más en Palestina la toma de decisiones y las posiciones de liderazgo, hasta que, en los años treinta, el laborismo se hizo con el control mayoritario de la representación en el Yishuv y en la OS. Esta tesis sostiene que, en esta carrera por la autonomía, el movimiento sionista no sólo desplegó los poderes infraestructurales propios de un Estado, sino también los despóticos, ejerciendo la coacción por medio de la desposesión, el boicot al trabajo palestino o la insurgencia armada de la Haganá. Los árabes palestinos, por su lado, tenían una estructura social basada eminentemente en la producción agrícola y el pequeño comercio, estaban poco habituados a la negociación del poder y la autoridad propia del liberalismo, y mantenían una tradición de autogobierno no representativa, característica de un sistema feudal pre-moderno, que finalizó sólo formalmente con el Edicto de reforma imperial y el proceso de privatización que acompañó a la proclamación del Código de Tierras otomano de 1858. Su nacionalismo surgió, intersticialmente, del nacionalismo sirio y de su proyecto de unidad árabe, siendo su principal representante el partido Istiqlal (1919) surgido a partir de la sociedad secreta, Joven Sociedad Árabe (Fatat) y liderado en Palestina por Abd al-Hadi y Rafiq al-Tamimi. Se trataba, en todo caso, de un movimiento bastante elitista, que agrupaba tanto a notables musulmanes como cristianos y que caló mayoritariamente entre la población debido al expansionismo territorial y demográfico sionista y a su política de trabajo judío, llegando estos elementos a ser los principales articuladores de la revuelta palestina de 1936-39. La identificación nacional de los palestinos con la “nación siria” se puede observar en una carta dirigida al senado de EE. UU. en 1919, en la que presentan el acuerdo Sykes-Picot y la Declaración Balfour como una traición al derecho de autodeterminación del “pueblo sirio”: The Syrian Arab nation, which took part in this great war side by side with the Allies, would consider it a great injustice that its share of the booty of victory is to be her complete destruction and annihilation by being divided in portions to satisfy the ambition of the Powers contrary to the noble principle for which America went to war. Moreover, the proposition that the Southern part of this country, “Palestine,” which has been inhabited by Arabs for the last thirteen centuries, should be made a “Home for Jews” whose number does not exceed 7% of its population, and who own 1% of its land, should be allowed to immigrate to it from all parts of the world against the will of its owners, is one of the most unjust ever heard of in the history of the world. (Jacobson, 2011, pág. 152) 349 En cualquier caso, la intervención externa en la política palestina, ya sea por los británicos o por “aliados” árabes con sus propias aspiraciones, impidieron desarrollar una estructura política libre de las presiones de la cooptación, lo que unido a la escasa organización del trabajo árabe-palestino, retrasó, utilizando terminología marxista, el surgimiento de una conciencia de clase para sí, debilitando con ello su capacidad agencial frente a comunidades mucho más sofisticadas organizacionalmente como el Yishuv o el propio Imperio británico. En este sentido, como señala Jacobson (Jacobson, 2011, pág. 150), los sionistas del Yishuv veían con frecuencia al nacionalismo palestino y a su oposición al sionismo como una “agitación artificial” con la que los effendis manipulaban a los fellahin, para conseguir sus propias aspiraciones políticas, en el convencimiento de que su colonización de palestina y el progreso económico que ello supondría no podía más que beneficiar a los campesinos y a la clase trabajadora palestina. A pesar de que ambas comunidades sintieron la imposición del Mandato británico como una cortapisa a sus intereses (y en el caso árabe, como una traición), fue paradójicamente el Mandato británico, con su reactivación económica y organizacional, el que regeneró la fuerza del Yishuv tras la Primera Guerra Mundial y el que también contribuyó a la generación de medios organizacionales en el sector político y sindical árabe-palestino. El Mandato británico alentó la reorganización de la sociedad árabe palestina en torno a instituciones culturales, financieras, infraestructurales, laborales o de representación político-religiosa, como el Consejo Supremo Musulmán de Palestina (al-Majlis al- Islamic al-A’ala bi-Filastin). Creado en 1923, tenía autoridad sobre todos los waqf126 (habices) musulmanes y sobre los tribunales que aplicaban la sharía. Estaba compuesto por un presidente y cuatro miembros, dos de los cuales representaban al mutasarrifato autónomo de Jerusalén, y los otros dos a los sanjacados de Nablus y Acre respectivamente (Masalha, 2020, pág. 288). Al igual que ocurrió con el sionismo, el nacionalismo palestino se incardinó también en estructuras transnacionales que iban más allá de las fronteras establecidas por el Mandato británico, estando relacionadas con ideas y sentimientos de identidad compartida desarrolladas por las élites árabes de la región desde mediados del siglo XIX. De hecho, la oposición árabe-palestina al asentamiento de judíos en la región coincidió con las aspiraciones independentistas que recorrieron los territorios árabes del Imperio otomano. La edición del primer periódico Falastin en 1911, empleando un título en la lengua vernácula palestina, es representativo del despertar 126 Donación religiosa inalienable en el Islam, generalmente de tierras o edificios y sus rentas con fines de utilidad pública. 350 nacionalista. Este despertar comenzó inicialmente por las comunidades árabes cristianas, quienes recibieron la influencia de sus correligionarios libaneses o de los propios jóvenes turcos, así como del propio sionismo. De hecho, según Masalha (2020 pág. 291) la definición de la identidad palestina se situó en el dilema de elegir entre la diferenciación nacionalista-territorial o su integración en el panarabismo regional. Fue precisamente el Mandato británico el que mayormente transformó una naciente percepción de identidad separada y autonomía política palestina en una clara reivindicación nacionalista, autodeterminación y afirmación anti-colonial, aunque el dilema entre localismo y regionalismo permanecería en el núcleo de las divisiones nacionalistas palestinas hasta bien entrada la década de los sesenta. Esta lucha anti-colonial y los dilemas que afectaron a la identidad palestina transformaron al sionismo en una amenaza existencial y en un obstáculo para sus aspiraciones nacionalistas. Algunos ejemplos de organizaciones políticas nacionalistas palestinas surgidas tras la Primera Guerra Mundial fueron la Palestinian Revival Society (Damasco, 1919) presidida por Salim al-Tibi, oficial del ejército del Emir Faisal e hijo del alcalde de Tulkarem. Algunos de sus líderes efectuaban frecuentes viajes entre Damasco, Jerusalén, Yafo y Gaza, traficando secretamente con armas para organizar la lucha armada contra los británicos. Sin embargo, la más representativa de estas entidades nacionalistas fue el Congreso Árabe Palestino (al- Mutamar al-‘Arabi al-Filastini), formado por una red de comités y asociaciones locales, musulmanas y cristianas, llegando a organizarse siete congresos entre 1919 y 1928. Sus miembros eran mayoritariamente propietarios, pertenecientes a las clases medias-altas palestinas, que se veían a sí mismos como sirios del sur. El Congreso contaba también con un comité ejecutivo nacional, que ejercía de entidad coordinadora para la organización de acciones anti-sionistas y anti-colonialistas y estuvo presidido por Musa Kazim al-Husayni, alcalde de Jerusalén (1918-20). A pesar del apoyo popular, los británicos prohibieron sus reuniones y este Congreso nunca fue reconocido por las autoridades del Mandato, que no lo consideraban representativo y preferían dirigir las actividades de representación política mediante la elección de un Consejo Legislativo Palestino judeo-árabe bajo las ordenanzas contempladas en la parte tercera de la Palestine Order in Council (1922), una especie de Constitución de Palestina vigente durante el Mandato británico. Esta orden establecía que el Consejo Legislativo Palestino estaría formado por 23 miembros: 12 elegidos democráticamente (8 musulmanes, 2 cristianos y 2 judíos), 10 nombrados por las autoridades del Mandato (que ejercerían labores ejecutivas en los ámbitos de la salud, educación, infraestructuras, etc.) y 1 debía ser el 351 Alto Comisionado del Mandato, en este caso, el judeo-británico, Herbert Samuel. La composición de este Consejo, en el que las minorías estaban sobre-representadas, llevó al liderazgo palestino a vetar la participación en las elecciones legislativas previstas para febrero y marzo de 1923. Ello fue así, además, porque las demandas expresadas en el tercer Congreso Árabe Palestino y transmitidas a Winston Churchill, en su cargo como secretario de colonias en 1921, no fueron atendidas. En ellas se solicitaba que Palestina obtuviera el mismo estatus que el Mandato de Iraq, incluyendo su reconocimiento como una watani o entidad nacional, lo que hubiera entrado en contradicción con la inclusión de la declaración Balfour en el Mandato sobre Palestina. A pesar del boicot electoral, se escogió un Consejo consultivo formado por 12 representantes: 1 beduino, 2 cristianos, 2 judíos y 8 musulmanes, entre los que se encontraban representantes de los clanes palestinos más influyentes como los Husseini, los Khalidi o los Nashashibi que, por aquel entonces, ostentaban la alcaldía de Jerusalén. Sin embargo, este consejo consultivo nunca llegó a ser efectivo. La pérdida de influencia sobre las políticas británicas del Congreso Árabe Palestino llevó a parte de su liderazgo musulmán a integrarse en una organización panislámica llamada Congreso General Islámico, buscando el respaldo a sus aspiraciones por medio del apoyo de los líderes musulmanes más influyentes del momento. El Congreso más importante a estos efectos fue el tercero, celebrado en 1931 bajo la presidencia del muftí de Jerusalén, Haj Amin al-Husseini, en el que, en realidad, se disputaba el título de califa. Este título honorario había quedado libre desde el segundo Congreso celebrado en la Meca en 1926, cuando el antiguo Jerife de la Meca y luego Rey, Hussein bin Ali al-Hashimi, perdiera este reconocimiento tras su derrota a manos de los Saúd en la guerra por el Hijaz (1924-25). Para reforzar su liderazgo como custodio de lugares santos y del islam, el muftí propuso la creación de una universidad islámica en la Mezquita de Al-Aqsa, en Jerusalén, siguiendo el modelo de la influyente mezquita de Al- Azhar en El Cairo, pero este proyecto nunca se llegó a realizar. Junto a organizaciones de representación política también fueron surgiendo otras de carácter cultural como la Palestine Broadcasting Service, con oficinas en Jerusalén y Ramala, o la Arab Palestine Sport Federation. Igualmente, se crearon instituciones financieras siguiendo el modelo sionista, como el Fondo Nacional Árabe Palestino en 1930, con el objetivo de desincentivar la venta de tierras a organizaciones sionistas, antecedente del Fondo Nacional Palestino, instituido por la OLP en 1964. El Mandato británico también propició la reorganización de la solidaridad árabe en torno a su primer sindicato de trabajadores, la Palestine Arab Workers Socity o PAWS 352 (Jam'iyyat al-'Ummal al-'Arabiyya al-Filastiniyya), generando con ello la primera posibilidad de colaboración con el Histadrut. A pesar de que la PAWS había sido establecida en Haifa en 1925, realmente no empezó a ejercer sus labores sindicales hasta 1930, cuando organizó el primer congreso nacional. Asistieron 61 delegados en representación de 3.000 trabajadores, aunque su mayor base de apoyo provenía de los trabajadores del ferrocarril de Haifa. Al contrario que en el Histadrut, sus líderes sindicales no provenían de partidos de izquierda, sino de los sindicalistas nacionalistas más conservadores y no comunistas. Su objetivo era luchar por los derechos e incrementar el poder de negociación de los trabajadores árabes frente a los empleadores británicos, aunque también perseguían objetivos políticos independentistas y anti-sionistas, defendiendo que los empleos del sector público se asignaran bajo un criterio de representación demográfica y no fiscal (los judíos argumentaban que ellos pagaban más impuestos y por lo tanto tenían derecho a acceder a más puestos de la administración). Sin embargo, la falta de una incardinación nacional de la institución redujo su actuación a las inmediaciones de Haifa y su ferrocarril. Su secretario general a partir de 1937 fue el conservador Sami Taha, que sería el organizador de las acciones sindicales durante la Revuelta de 1936-1939. El logro mayor de la PAWS consistió en persuadir al Histadrut de que era necesario llegar a un entendimiento formal con la organización, lo que llevó a ambas organizaciones a proclamar huelgas conjuntas en la industria petrolera, la tabacalera o la del ferrocarril, entre la que destaca la gran huelga de 1944. Lo que puede observarse de esta y otras acciones comunes sectoriales que tuvieron lugar incluso durante los años de la Gran Revuelta Árabe es que el nacionalismo extremo, manifestado indistintamente por las élites tradicionalistas árabes y las laboristas sionistas, fueron las principales responsables del sabotaje a las iniciativas de solidaridad obrera que surgieron desde el seno de ambas comunidades de trabajadores (Pappe, 2006, págs. 114-15). En el caso palestino, incluso llegaron a pagar con sus vidas su intento de acercamiento. Los casos de Fawzi al-Husayni, que intentó una aproximación al grupo binacionalista Brit Shalom; Fakhri al-Nashashibi que presionó por negociar los términos de la partición propuestos en la Comisión Peel, o el propio Sami Taha, asesinado por orden del Gran Muftí por no querer sacrificar los intereses de clases a los intereses de la nación, son ejemplos que atestiguan de esta intransigencia. En cualquier caso, las disputas por hacerse con el control de la representación política en Palestina se verían inmersas en disputas más amplias por hacerse con el poder en la región. Estas disputas giraron en torno a la oposición colonial frente a Francia y Gran 353 Bretaña y sus respectivos intereses; oposición frontal al sionismo, visto como una extensión del colonialismo europeo; rivalidad Saudí-Hashemí por disputarse la influencia sobre los territorios árabes del antiguo Imperio otomano en su calidad de custodios de los lugares santos y, en el caso hachemí, como descendientes del profeta y candidatos al califato; y el liderazgo de Egipto como centro de difusión de pensamiento político e islámico, frente a Siria o Líbano. Esta rivalidad intra-árabe arrastró al nacionalismo palestino, provocando divisiones internas de las que salió reforzado el liderazgo más radical representado por el muftí Haj Amin al-Husseini. El Yishuv se fortaleció, por tanto, al albur de las dinámicas de conflicto con los palestinos y gracias al impulso organizacional del Mandato, con el que compartía códigos culturales comunes, como la imposición de una “civilised labor policy” (Lockman, 2012, pág. 23), que privilegiaba el trabajo europeo sobre el indígena, generando con ello unas relaciones sociales de dominación altamente conflictivas. El conflicto tuvo, por tanto, un origen socioeconómico, pero el contexto internacional y colonial en el que se produjo el proceso de construcción estatal le otorgó una dimensión de carácter nacional que incidiría sobre la cristalización del Estado y sus futuras acciones. 5.3. La construcción nacional del Yishuv y la centralización territorial de sus redes de poder a partir de 1920 Los artículos clave del Mandato que reconfigurarían el entramado institucional a partir del cual se construyeron las estructuras del futuro Estado fueron el artículo 3, que fomentaba la autonomía comunitaria; el artículo 4, que establecía el reconocimiento de la Organización Sionista como la “agencia judía” representativa ante las autoridades del Mandato; y el artículo 6, que establecía facilitar la inmigración judía a través de la Agencia Judía siempre que se dieran las condiciones apropiadas o “suitable conditions”127 En cualquier caso, debido a la cultura organizacional europea que llevaron consigo los judíos a Palestina, el reparto de poder que se produjo a partir de la institucionalización del Mandato y la imposición del domino británico, favoreció claramente a los emigrantes judíos y sus asentamientos, generando una autonomía institucional que resultaría clave a 127 Legislación publicada el 24.07.1922. Recuperada de: (https://www.mfa.gov.il/mfa/foreignpolicy/peace/guide/pages/the%20mandate%20for%20palestine.aspx 354 la hora de afirmar su independencia frente a la diáspora y reorganizar los recursos existentes para hacer frente a la oposición árabe-palestina. Esos recursos serían: - La centralización e institucionalización de una autoridad política basada en una representación nacional diferenciada de la árabe-palestina - Las funciones tradicionales del Estado relativas al militarismo y la beneficencia asistencial - Los destinados a la construcción de infraestructuras de comunicación material y simbólica: carreteras, canales, redes ferroviarias, servicios postales o educación universal básica - Los destinados a construir una economía nacional-industrial Como afirma Mann, (2012, vol. 2 pág. 479) con el monopolio y la extensión de estos recursos al ámbito de la sociedad civil, se produjo un incremento en la politización de ésta, acotando en el embrionario Estado la agregación social de clase y de nación. De este modo, el Yishuv se convirtió en el regulador de los conflictos que surgirían en torno a estas agregaciones, naturalizando al sionismo y a su cristalización en un Estado uninacional judío. No obstante, fuera de este consenso básico, como hemos empezado a ver y continuaremos observando, existieron desacuerdos que afectaron a la coherencia interna del proyecto y que contribuyeron a su polimorfismo. Esos desacuerdos estaban relacionados con el alcance territorial del Estado, los modos de empleo de la violencia, el tipo de propiedad, el trabajo, la política exterior o las infraestructuras que se debían potenciar. Su alcance fue tal que, hacia 1948, la mayoría de los judíos en el mundo ya no podría vivir su identidad “de espaldas” al embrionario Estado. 5.3.1. La institucionalización de la autoridad política: representación nacional y gobierno. El mandato ofreció al Yishuv una oportunidad excelente de desarrollar un entramado institucional relativamente complejo y autónomo, formado a partir de redes de poder extensivo (como el Imperio británico, la OS, entidades filantrópicas, la economía capitalista o las redes de conocimiento académico-científico); intensivo (la defensa y/o agresión); autoritario-distributivo (instituciones políticas) y difuso (la educación, el hebreo y la creación de una identidad nacional colectiva) A nivel institucional, la gestión de los recursos, la representación de las distintas tendencias sobre el sionismo y las disputas entre ellas relativas al tipo de Estado que se 355 quiere construir, se van incardinando, desde 1920 a 1948, en una estructura política tripartita compuesta por: (i) la Agencia Judía y su ejecutivo (rama operativa de la OS); (ii) la Asamblea de Representantes (Asefat ha-Nivḥarim) y su Consejo Nacional (Vaad Leumi) y (iii) el binomio Histadrut-partido laborista. No obstante, por encargarse de la emigración y ejercer la representación ante la Sociedad de Naciones, otros Estados o las autoridades del Mandato, la Agencia Judía y su ejecutiva (Palestine Zionist Executive) constituyeron las entidades más poderosas hasta la creación del Estado de Israel. Este incremento de poder vino también acompañado de un proceso de territorialización de la institución, implantando su sede en Jerusalén, con lo cual se alejaba de las capitales europeas y de la influencia del sector más liberal. Figura 4.9. Estructura política tripartita del Yishuv128 Esta organización tripartita da cuenta del entramado de redes de poder político- diplomático centralizadas y descentralizadas que operaban sobre el Yishuv así como de la influencia de las redes socio-económicas, aunque cada vez son más determinantes para regular la vida en el Yishuv, aquellas que van territorializando y transformando la vida social en torno a divisiones políticas internas relacionadas con la construcción de la autoridad y la estratificación social en Palestina, basada en identidades étnico-culturales 128 Elaboración propia ESTRUCTURA POLÍTICA TRIPARTITA DEL YISHUV 1920-1948 ORGANIZACIÓN SIONISTA AGENCIA JUDÍA PARA ISRAEL - Hadassah EJECUTIVO DE LA AGENCIA JUDÍA - Board of Health - Jewish Board of Education LEGISLATIVO Y EJECUTIVO NACIONAL ASAMBLEA DE REPRESENTANTES (Asefat ha-Nivḥarim) CONSEJO NACIONAL (Vaad Leumi) CORTE HEBREA DE PAZ Beit Mishpat ha-Shalom ha- Ivri SIONISMO LABORISTA HISTADRUT - Kupat Holim - Escuelas vocacionales PARTIDO LABORISTA 356 y socio-económicas. La diferencia entre estas entidades políticas tiene que ver con una distribución funcional de sus competencias, que estuvieron regidas, tanto por las provisiones generales del Mandato como por la Religious Communities Organization Ordinance de 1926, mediante la cual los británicos dividieron a Palestina en comunidades religiosas y se otorgaba a cada una de ellas personalidad jurídica propia y autonomía organizativa. Al amparo de estas ordenanzas se gestó en el Yishuv un embrionario sistema de división de poderes, concentrando el poder legislativo en la Asamblea de Representantes, el poder ejecutivo en el Consejo Nacional y el judicial en la Corte de Paz Hebrea, si bien este último era poco eficaz y entró en declive favorecido por la eficiencia y poder coercitivo del sistema judicial británico. A ello hubo que añadir el sistema de Consejos rabínicos reconocidos por el Mandato como la máxima autoridad en asuntos religiosos y en cuestiones de estatus personal (matrimonio, divorcio y herencia), prerrogativa que se ha mantenido hasta el día de hoy. Del mismo modo, la mayoría de las instituciones que conformarían la administración pública del Estado a partir de 1948, cristalizaron durante la época del Mandato británico. La Asamblea de Representantes (Asefat ha-Nivḥarim) y el Consejo Nacional (Vaad Leumi) instituidos en 1920, constituyen los órganos más representativos de las divisiones políticas existentes entre los judíos del Yishuv en Palestina. El Consejo Nacional de los Judíos de Palestina funcionó desde octubre de 1920 hasta la institución del Gobierno Provisional del Estado en 1948 y operaba como el órgano ejecutivo de la Asamblea de Representantes o Knesset Ysrael. Su antecedente lo encontramos en el comité provisional establecido por una conferencia de representantes de varios grupos del Yishuv en 1918, entre los que se encontraba la Legión Judía, coincidiendo con la ocupación de Palestina por parte del ejército británico. El Consejo Nacional fue elegido por la primera Asamblea de Representantes y, aunque fue reconocido por Herbert Samuel, no tuvo un carácter oficial legal hasta que la Asamblea General lo alcanzó en 1928, en el marco de la Religious Communities Organization Ordinance ya referida. Los miembros del Consejo Nacional podían elegir a un número más reducido de representantes, presididos por un presidente y un director. Colaboraba con el ejecutivo de la Agencia Judía, que se ocupaba de cuestiones relacionadas con la inmigración, asentamiento, desarrollo económico, defensa legal, etc. El Consejo Nacional, sin embargo, se encargaba de representar al Yishuv frente a las autoridades del Mandato y frente a otros líderes árabes, y gestionaba, fundamentalmente, cuestiones internas por delegación del Ejecutivo sionista como, por ejemplo, el sistema educativo. También cooperaba de manera estrecha con el Alto 357 Rabinato y los consejos o gobiernos locales de la comunidad que formaban parte del marco oficial de la Asamblea de Representantes. Era el principal órgano de representación frente a otras entidades, como fue el caso con los numerosos comités de investigación o “inquiry” que se formaron para estudiar el conflicto con las comunidades palestinas, hasta que se formó la UNSCOP en 1947. Las principales diferencias entre los partidos que formaban parte de la Asamblea de Representantes hacían referencia a lo que podría denominarse, en términos de Michael Mann, la cristalización moral del Estado, por un lado, y su dimensión geopolítica con respecto a la relación con las autoridades británicas del Mandato y con la población árabe- palestina, por otro. Mientras que los sionistas generales y revisionistas se limitaban a afirmar valores nacionalistas-territorialistas, los partidos de izquierdas pensaban que era necesario introducir elementos de justicia social en la formación del Estado, de modo que el futuro Estado cristalizara, no sólo como Estado judío sino como un Estado social interclasista, pensado por y para todos los judíos y con la aquiescencia y legitimidad de la comunidad internacional (lo cual incluía también a los árabes). Las divisiones también hacían referencia a la cuestión territorial y el modo de afrontarla, dividiendo el espectro político entre aquellos partidos maximalistas que reclamaban la legitimidad sobre todo el territorio bíblico del antiguo Israel situado a ambos lados del Jordán, como los revisionistas, y aquéllos de centro y centro izquierda más pragmáticos, dispuestos a considerar la partición territorial y con posturas más negociadoras. El revisionismo maximalista escindió el movimiento sionista en el Yishuv, llegando a crear sus propias instituciones como la Organización Sionista Revisionista (1925), de alcance internacional; la Unión de los Sionistas Revisionistas (1925) como partido político en el Yishuv; su propio sindicato (Organización Nacional del Trabajo, 1934); su propia rama juvenil (Betar-1923) e incluso su propia rama paramilitar, el Irgún Tzvai Leumi o Etzel (1931). En cualquier caso, ser miembro de un partido se convirtió en la clave para ganar certificados de emigración y tener acceso a los principales servicios y privilegios a los que los emigrantes recién llegados podían optar en el Yishuv, provocando con ello la politización de la sociedad. De hecho, a partir de 1935 se puede afirmar que la sociedad judía del Yishuv se encontraba dividida ideológica y organizacionalmente en torno a tres grupos que desplegaban poderes infraestructurales diferenciados: (i) el Yishuv “organizado” (laboristas, generalistas y religiosos sionistas); (ii) los Porshim (revisionistas disidentes) y (iii) los judíos ultraortodoxos. Esta politización social hizo más difusa la separación entre sociedad y Estado (o proto-Estado), centralizando la 358 interacción social en torno a los recursos estatales, fortaleciendo con ello los poderes de este último. La característica más notable de este sistema tripartito es que existen fuerzas que comienzan a construir una hegemonía basada en el control institucional, como es el caso del laborismo, mientras que hay otras que, voluntariamente, quedan fuera de las instituciones de poder político, como es el caso de los comunistas o los religiosos ortodoxos anti-sionistas. El laborismo sionista se convirtió en la vanguardia de la emigración a Palestina y de la construcción estatal creando una hegemonía no sólo política, sino sociopolítica. Además, en el caso del laborismo, éste inicia su ascenso hacia la mayoría social sólo en las entidades comunitarias que operan en el Yishuv, mientras que, en la OS, hasta bien entrada la década de los treinta, la mayoría política la conformaban liberales de los Sionistas Generales. (Halpern & Reinharz, 1998, pág. 196). Por ello mismo, el liderazgo en la Agencia Judía provenía básicamente de judíos de clase media o media-alta de la diáspora y, hasta mediados de los años treinta, estuvo liderada por Jaim Weizmann, pasando luego a estar dirigida por Ben-Gurión, líder del partido laborista en el Yishuv. La dinámica sociopolítica más notable en esta época es la formación de una mayoría social laborista liderada por judíos de origen ruso o polaco, ideologizados en torno un nacionalismo étnico interclasista que se va haciendo con los mecanismos de control tanto del trabajo como de la representación política y sus poderes infraestructurales. Junto a esta mayoría que construye el laborismo mediante diversos mecanismos de cooptación a través del monopolio del trabajo o de las redes de emigración, conviven judíos centroeuropeos y occidentales de clase media y media-alta en torno a una amalgama ideológica liberal-capitalista-nacionalista; y grupos anti- sionistas religiosos o comunistas. En resumen, los que más se beneficiaron de la centralización territorial del movimiento fueron los grupos sociales que empezaban a ser dominantes y mayoritarios en la OS: los judíos rusos. Ello fue así porque la centralización territorial requiere el establecimiento de una élite estatal permanente, que poco a poco va adquiriendo el control sobre las capacidades logísticas necesarias para ejercer el poder de manera autónoma. Los judíos rusos, no sólo constituyeron la mayoría de la emigración hasta 1920, sino que eran el grupo más estructurado políticamente, proviniendo en su mayoría de la militancia en partidos y facciones políticas ya organizadas en la diáspora. Las capacidades logísticas que adquirieron estas élites mediante la reorganizaron la vida social y su acotación 359 territorial, generaron poderes infraestructurales que serían esenciales para penetrar en todos los ámbitos de la vida social en Palestina. 5.3.2. La militarización del movimiento: las interpretaciones rivales de la havlagah (contención) y los hayalim almonim (soldados anónimos) En la teoría sociológica clásica, se ha tendido a identificar al monopolio de la violencia física con el poder propio del Estado. Sin embargo, el proceso que lleva a su monopolio resulta significativo a la hora de entender el origen de la violencia social organizada, su institucionalización y las bases ideológicas para la aceptación social de la misma. En el judaísmo rabínico tradicional, la pasividad frente a la violencia había sido durante siglos la posición teológica que había dominado en las comunidades judías. El judaísmo, debido a su estatus secular como minoría protegida por los soberanos, no desarrolló en Europa una teoría de la vindiciae contra tyrannos, aceptando como inevitables los brotes violentos que de tanto en tanto emergían localmente y que, salvo en casos concretos de expulsiones orquestadas por las autoridades soberanas, tenían muchas veces un componente civil. Esta posición pasiva frente a la autoridad la encontramos simbolizada en la oración que se empleaba para pedir por los gobernantes, confiando en que dios proveerá “salvation unto kings and dominion unto princes”, así como su eventual caída (Penslar, 2013, pág. 46) Aunque esta pasividad pre-moderna situaba a los judíos fuera del cuerpo político europeo y de sus guerras, ello no podía equipararse al pacifismo. El judaísmo tradicional no era pacifista, aunque proclamara la pasividad. Prueba de ello son las numerosas referencias bíblicas a la guerra, su uso como metáfora o incluso sus festividades solemnes como Janucá o Purim, que conmemoran episodios ancestrales de unión nacional y resistencia armada. De hecho, con la llegada de la Revolución francesa y la extensión de los derechos de ciudadanía, los judíos no rechazaron su participación en los ejércitos nacionales (salvo en el ruso por el largo periodo de servicio y por las desigualdades aún imperantes con respecto a los derechos de ciudadanía) y fueron integrándose poco a poco en ejércitos regulares europeos. Para estos judíos emancipados, el cumplimiento de los deberes militares se convirtió en un símbolo de ciudadanía, de pertenencia y de afirmación de libertad, parte del servicio a la colectividad y a la nación (Penslar, 2013, pág. 74). Su integración dentro de ejércitos nacionales persiguió objetivos diferentes según el caso: si bien en el Imperio austrohúngaro y en Centroeuropa la integración en el ejército vino acompañada de una integración previa en instituciones 360 educativas, políticas o culturales y el servicio militar cumplía el propósito de modernizar a los judíos por medio de la integración civil y la aculturación, en Rusia, la modernización vino de la mano del reclutamiento y la militarización. Así, en el caso de los judíos, la edad de reclutamiento comenzaba a los 12 años, integrándolos en las llamadas “escuelas cantonales”, ya que se consideraba que a esta edad todavía podían ser educados y rusificados. La colaboración de las comunidades judías con las políticas de reclutamiento probaba que los judíos no rechazaban su participación en la violencia armada. Eran, de hecho, las autoridades de las kehillot, las que se encargaban de seleccionar a aquellos que consideraba menos productivos en consonancia con las leyes rusas: huérfanos, solteros, herejes o mendigos. Además de ello, hay archivos militares que demuestran que los reclutas judíos eran más disciplinados y tenían tasas menores de criminalidad que los no judíos (Petrovsky-Shtern, 2010). A finales del siglo XIX, los judíos habían demostrado por ello, la misma disposición a servir en el ejército que cualquier otro ciudadano, ya fuera en guerras defensivas u ofensivas. El dilema para los judíos con respecto al uso de la fuerza armada no provino de ningún imperativo teológico, sino de ofrecer una respuesta a la pregunta de qué hacer cuando es el Estado el que promueve y organiza la violencia contra los judíos y si, en esos casos, es legítimo aplicar el principio de autodefensa. Por ello, a fin de entender en su completa dimensión el origen del poder militar en el Yishuv, debemos retrotraernos a la importante transformación que se operó en la región de la Zona de Asentamiento con respecto al derecho a la defensa. En muchos sentidos, constituyó una verdadera revolución, que tuvo su epicentro en la Ucrania zarista entre 1880 y 1920 aproximadamente y que se encuentra relacionada con cambios sociales más amplios que tienen que ver con dos tipos de “guerras” frente a las cuales los judíos participarían como víctimas o perpetradores: la guerra contra el capital y la guerra contra los enemigos de la nación rusa. Con respecto a la “guerra” contra el capital o conflicto de clases, ya hemos aludido a cómo los judíos se ponen al frente y participan entusiastamente en movimientos revolucionaros obreros de corte marxista o anarquista, asistiendo a congresos internacionales y fundando movimientos propios como el Bund, Poalei Zion, o el Partido de los Trabajadores Socialistas Judíos. Como señalan Goldscheider y Zuckerman (1984, pág. 90), los activistas judíos no formaron movimientos políticos propios por sentir una particular diferencia identitaria o compromiso con sus respectivas comunidades, sino porque tuvieron más éxito a la hora de atraer el apoyo de trabajadores judíos que al resto. La mayoría de sus líderes comenzaron su militancia en partidos 361 políticos rusos y sólo formaron partidos políticos judíos cuando encontraron que les era más fácil comunicar su mensaje y ganarse la confianza y el apoyo colectivo de sus correligionarios. Siguiendo un modus operandi similar a otros partidos marxistas o sindicatos de la época, sus miembros fueron activos en la organización de huelgas, actos de sabotaje o terrorismo, concienciación de la clase obrera y campesina (narodniks) o diseminación de propaganda anti-estatal, llegando a organizar acciones contra industriales y capitalistas judíos, a quienes consideraban tan enemigos de los intereses de la clase trabajadora judía como los gentiles. Con respecto a la “guerra” contra los enemigos de la nación rusa, los judíos se vieron envueltos en ella como víctimas de la propaganda zarista, el antisemitismo y las tensiones sociales de la Rusia fin de siècle, teniendo que responder a los pogromos de 1881, las matanzas de Kishinev de 1903, la Revolución de 1905 o el fin de la Primera Guerra Mundial y la Revolución de 1917. Todos estos acontecimientos despertaron, entre los sectores más jóvenes de las comunidades judías, la necesidad de organizar su propia defensa comunal. Los pogromos más mortíferos ocurrieron en 1919, en la Ucrania y Bielorrusia postrevolucionarias, ocasionando la formación de las más extensas unidades de autodefensa, que hacia 1921 contarían con una red de 15.000 efectivos en torno a 50 localidades, particularmente bien organizada en la ciudad de Odesa. Las unidades de autodefensa judía en Ucrania funcionaban como verdaderos Estados dentro del Estado, organizando el reclutamiento, recaudando impuestos, vigilando poblados y barrios o conteniendo ataques de bandas insurgentes. Según recoge Kalman en su tesis doctoral (2017), las autoridades militares y civiles soviéticas cooperaron con frecuencia con las unidades de autodefensa judías para restablecer el orden en las zonas rurales rebeldes, siendo entrenadas, armadas y cooptadas por los soviéticos entre 1920 y 1923, como la milicia Druzhina dirigida por Solomon Jacobi, lo que ocasionaría el recelo entre otros grupos de judíos soviéticos que tacharían a estas unidades de sionistas. Las matanzas orquestadas por las autoridades rusas provocaron el fortalecimiento del nacionalismo y la solidaridad colectiva judías, convirtiéndose la defensa en el modo de dignificar la existencia judía, su autoafirmación nacional y su derecho a la vida y a la ciudadanía. Al amparo de la idea de que la aceptación de la violencia denigraba al individuo, se generó una “vergüenza de la pasividad” (Dubnow, 2005, pág. 21), surgiendo organizaciones de autodefensa que abarcaban todo el espectro político, desde 362 organizaciones sionistas a socialistas de la diáspora como los bundistas. El incremento en oficios dedicados a la artesanía o a la producción industrial habían generado en la Zona de Asentamiento la profusión de hombres judíos fuertes y hábiles en el uso de herramientas, que fácilmente podían transformarse en armas llegado el caso. A ello había que unir que las propias políticas de reclutamiento masivo del ejército ruso habían facilitado el acceso a la disciplina y al entrenamiento militar a jóvenes judíos pertenecientes a los estratos sociales más bajos. Ya durante la Revolución de 1905, se habían creado organizaciones de defensa en más de 40 ciudades del Imperio ruso, muchas veces coordinándose entre sí, siendo las más importantes las de Odesa, Belgorod- Dniéster, Zhitomir, Starodub, Yelizavetgrad, Dnipró, Rostov del Don o Poltava. En esta última, la defensa sería organizada bajo el comando de Isaac Ben-Zvi, futuro segundo presidente de Israel y fundador de Bar Giora (1907), el primer grupo de defensa armada formado por shomrim (guardianes) en el Yishuv129. A pesar del heroísmo que ha sido atribuido a estas unidades de autodefensa en su acción frente a los pogromos, historiadores como Stefan Wiese argumentan que, en realidad, la actividad desarrollada por parte de estos grupos de jóvenes judíos revolucionaros servía a otros fines que iban más allá de la defensa y que estaban relacionados con el activismo socialista que necesitaba mantener un estado perpetuo de inquietud revolucionaria para alcanzar sus fines. De hecho, Wiese afirma que: “organizing the illegal battle-squads, obtaining firearms and establishing conspiratorial commando-structures was impossible without the resources of local socialist networks. In Zhitomir, the main players were the SR [Party of Social-Revolutionaries] and the Bund” (Wiese, 2012) En realidad, el miedo a un posible pogromo jugaba un papel decisivo para incitar el apoyo masivo a estos movimientos revolucionarios, causando un conflicto con la mayoría de la población judía en la Zona de Asentamiento, evidenciando una pugna generacional entre aquellos judíos más tradicionales que apostaban por el apaciguamiento por medio de la negociación con las autoridades políticas y aquellos jóvenes revolucionaros que basaban su activismo en la desestabilización y el descrédito de las autoridades estatales, empleando propaganda, organizando huelgas, sabotajes o actuando como piquetes, incluso contra propietarios o industriales judíos. Las organizaciones de defensa representaban en la diáspora una nueva visión del mundo, más acorde con el resto del 129 Jewish Virtual Library, Recuperado de: https://www.jewishvirtuallibrary.org/bar-giora 363 activismo revolucionario del momento, que con su identificación como movimiento estrictamente judío. Los militantes sionistas socialistas que habían llegado a Palestina durante la segunda aliyá (1904-1914) fueron los que trajeron consigo el espíritu revolucionario y sus conceptos de autodefensa, siendo sus miembros contratados como guardianes en las explotaciones agrícolas judías. De entre ellos tuvieron particular importancia algunos conocidos miembros del llamado “Grupo de Odesa” que llevarían a Palestina conceptos del paramilitarismo desarrollados durante la guerra civil rusa, y que se integrarían posteriormente en la Haganá o el Irgún. Este modelo organizacional, en el que se combina la actividad pública de partido con la clandestinidad de una sociedad armada secreta había surgido en Europa en el último tercio del siglo XIX, siendo un buen ejemplo las extintas Zemlya i Volya (Tierra y Libertad, fundada en 1876 por el revolucionario judío Mark Natanson), Naródnaya Volia (1879-1884) o la Organización de Combate SR, vinculada con el Partido Social-Revolucionario, y en la que militaban varios judíos, como Grigori Gershuni o Míjail Gots. Las primeras disputas en Palestina surgieron en torno al uso del agua, las lindes o pequeños hurtos. Para resolverlos, los miembros de la primera aliyá habían empleado los servicios de vigilancia de árabes locales, aunque muchos de ellos acabaron por ser cómplices de los robos, por lo que se volvió un sistema ineficaz. En contraste con este sistema, los miembros revolucionarios de la segunda aliyá desarrollaron, junto con el principio del “trabajo judío”, la idea de la “defensa judía”, organizando para ello los primeros escuadrones de voluntarios que se integrarían en las embrionarias organizaciones de defensa como las sociedades secretas Bar Giora y HaShomer. Estas unidades de voluntarios eran la columna vertebral de un modelo comunitario de defensa que aún no había centralizado la cooperación obligatoria propia de un Estado. El lema fundacional de Bar Giora es significativo de la fusión revolucionaria de militarismo, socialismo y nacionalismo que aportaron al Yishuv y al sionismo los que serían los padres fundadores de Israel: "There is no redemption for our nation in our homeland unless each of us labors with his hands and stands up himself to demand his honor and his existence...and on the flag is written: ‘In blood and fire Judah fell, and in blood and fire Judah will arise.”130 130 Jewish Virtual Library. Recuperado de https://www.jewishvirtuallibrary.org/bar-giora 364 La organización HaShomer (El vigilante) fue establecida en 1909 en la baja Galilea por miembros de Poalei Zion y de Bar Giora y ofrecía servicios de vigilancia y protección a cambio de una cuota anual, extendiendo sus actividades a otros lugares como el Valle de Jezreel, donde el Fondo Nacional Judío había adquirido tierras y contratado los servicios de vigilancia de HaShomer. A pesar de que constituyó el primer embrión de organización armada, sus números nunca sobrepasaron la centena y tuvieron dificultades para la compra de armas por la escasez de fondos, empleando por ello las mismas que utilizaban los árabes, a los que también imitaron en su atuendo. Los miembros de HaShomer establecieron asentamientos propios como Tel Adashim, Tel Hai o Kfar Giladi, funcionando como asentamientos-atalaya, situados en zonas fronterizas, fusionando a la perfección el espíritu pionero socialista con el militarismo. Tras la represión y el exilio al que fueron forzados por las autoridades otomanas durante la Primera Guerra Mundial, muchos de sus miembros se integrarían en la Legión Judía, pasando a formar parte posteriormente de la Haganá (Defensa, 1920), la primera organización paramilitar sionista creada durante el Mandato británico y que perduraría hasta la creación del Tzahal en 1948. La organización militar de la defensa en el Yishuv tiene pues un origen exógeno y un desarrollo endógeno. El origen exógeno está relacionado con las condiciones de la vida como minoría en la diáspora, la desigualdad socioeconómica y el autoritarismo político. El desarrollo endógeno se encuentra en la Palestina otomana y británica y en el rechazo árabe-palestino a la colonización judía y su apropiación de los medios de subsistencia. Frente a este conflicto por la tierra, en el seno de la OS y del Yishuv, existieron divisiones entre aquellos militantes que creían en la posibilidad utópica de establecer el Estado sobre la base de un entendimiento con los árabes y aquéllos que se dieron cuenta, desde el principio, que el establecimiento de un Estado judío en tierras que habían sido árabes durante siglos requeriría el empleo de la lucha armada. El conflicto con los campesinos palestinos influyó, así, en el creciente militarismo del Yishuv, convirtiéndose la defensa, junto con el trabajo, en los primeros garantes de la propiedad judía de la tierra, generando en el proceso un sentido de identidad nacional basada en la defensa que mutaría, durante la guerra de 1948, en la agresión. Asimismo, el conflicto con las autoridades británicas a cuenta de las cuotas establecidas a la emigración judía provocarían la reorganización del movimiento sionista en torno a redes clandestinas, pasando a tener, desde 1920 a 1948 la doble estructura típica de movimientos políticos con fuerzas paramilitares, empleando estructuras políticas oficiales para conseguir el reconocimiento internacional de sus 365 objetivos políticos y la clandestinidad para escapar a las restricciones impuestas por la estructura del Mandato o para hacer frente a las políticas racistas del Tercer Reich. Al igual que había pasado en la Rusia zarista, los incidentes (tildados de pogromos) que ocurrieron en Jerusalén en 1920, justificaron la idea de que los judíos tampoco podían contar con el Mandato británico para su defensa y que necesitaban crear una organización eficiente, con presencia en todo el territorio y completamente autónoma. Fue así como HaShomer cedió al partido mayoritario en el Yishuv, Ahdut HaAvodá, la responsabilidad sobre la seguridad durante el Congreso de Galilea de junio de 1920. Fue aquí cuando el partido decidió crear su propio brazo militar, la Haganá, asistidos por excombatientes de la Legión, aunque sujeta a los dictados políticos de la OS y de la Asamblea de Representantes. A pesar de su inicial vinculación con el partido laborista y de su carácter voluntario y clandestino, el establecimiento de la Haganá, con integrantes de espectros opuestos del ámbito político, constituye un verdadero acto fundacional y da cuenta del carácter democrático que se desea imprimir en la institución, sujetándola desde el principio al poder político del Yishuv y de la OS y enfocando su participación en la misma como un deber cívico y como parte de los derechos de ciudadanía: G. OR [The Haganah] welcomes every Jewish man or woman willing and able to fulfill their civic duty. OR membership is based on every man and woman acknowledging both their right and their duty to volunteer individually and freely.131 Junto con la Asamblea de Representantes y el Consejo Nacional, constituyeron las entidades “nacionales” más importantes del Yishuv. Su carácter nacionalista puede apreciarse en el párrafo J de su código que da cuenta de la cristalización moral del proto- Estado basada en cualidades de coraje, resistencia, amor a la liberta o valores humanitarios, atribuidos a la nueva identidad judía que se quiere proyectar en el Yishuv: J. The OR [Haganah] teaches its members loyalty to nation and country, the love of freedom and Jewish resistance, courage, how to condition oneself to hardships, the will to sacrifice, cherish human lives, integrity, Maintaining a simple way of life and basic Jewish humanitarian values.132 131 Recuperado de http://www.irgon- haagana.co.il/show_item.asp?levelid=61005&itemid=49697&itemtype=3&prm=t=4) 132 Recuperado de http://www.irgon- haagana.co.il/show_item.asp?levelid=61005&itemid=49697&itemtype=3&prm=t=4 366 Su objetivo principal era luchar por la independencia, aunque su organización difusa y dividida en varias ramas locales acabó siendo ineficiente cuando fue puesta a prueba durante las revueltas de 1929, por lo que algunos miembros, que abogaban por acciones más duras, se escindieron en 1931 creando el Irgún o Haganá Bet. Esta escisión era representativa de la brecha estratégica del movimiento con respecto a su posición hacia el Mandato británico y hacia los árabes, entre aquellos que apostaban por una misión eminentemente defensiva para la Haganá (laborismo), y aquellos que pedían acciones más ofensivas (revisionismo). A raíz de estos incidentes, la OS, en su congreso de 1921, pidió a Herbert Samuel que reforzara la seguridad, formando una milicia mixta de voluntarios árabe-judía como parte de la guarnición militar del Mandato, a la que se adhirieron 400 antiguos legionarios, nombrando a Margolin jefe de los efectivos judíos. Sin embargo, su insubordinación durante el estallido de violencia en Yafo causó su revocación y, aunque ex miembros de la legión se integraron en fuerzas de seguridad británicas como la Transjordan Frontier Force, no llegaron a formar un cuerpo separado como lo había sido la legión judía durante la Primera Guerra Mundial. Las revueltas palestinas de 1929, que culminaron en la masacre de Hebrón, supusieron un giro en los acontecimientos, evidenciando un cambio en las políticas y actitudes entre británicos y sionistas. Iniciadas por una manifestación de jóvenes revisionistas miembros de Betar y del “Batallón por la Defensa de la Lengua”, en protesta por limitaciones de acceso al muro de las lamentaciones, ocasionaron la muerte de 133 judíos y 87 árabes. La represión armada británica logró terminar con los incidentes, pero se ordenó una investigación conocida como la “Comisión Shaw”, publicada en 1930, que concluyó que la causa fundamental de la violencia: “without which in our opinion disturbances either would not occurred or would not have been little more than a local riot, is the Arab feeling of animosity and hostility towards the Jews consequent upon the disappointment of their political and national aspirations and fear for their economic future […] The feeling as it exists today is based on the twofold fear of the Arabs that by Jewish immigration and land purchases they may be deprived of their livelihood and in time pass under the political domination of the Jews "133 La Comisión recomendó al gobierno británico del laborista Ramsay MacDonald que reconsiderara su política en el Mandato, restringiendo la inmigración de judíos y 133 Recuperado de: https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=mdp.39015066430987&view=1up&seq=2&skin=2021 367 limitando la venta de tierras, lo que llevó al establecimiento de una nueva comisión para reconsiderar estas medidas: la Comisión Real Hope Simpson (1930). Basada en mediciones de la tierra disponible, cálculos demográficos, el potencial de desarrollo industrial y la capacidad económica de absorción, la Comisión realizó una serie de recomendaciones, entre las que se encontraban limitar la inmigración a Palestina a 20.000 familias (sólo la mitad de ellas judías), que fueron posteriormente recogidas en las medidas propuestas por el nuevo Secretario de Colonias Sidney Webb, presentadas en el conocido como Libro Blanco Passfield, publicado 20 de octubre de 1930, el mismo día que los resultados de la Comisión Simpson, que limitó en mucha mayor medida la emigración judía, supeditándola a una mejora en las cifras del desempleo. La publicación del Libro blanco de Passfield generó una ola de protestas entre las organizaciones sionistas de todo el mundo, así como en el Yishuv. Sachar (2007, pág. 174) argumenta que el laborismo británico dejó de apoyar la causa sionista a partir de 1929 y que, de hecho, nunca había mantenido una actitud positiva hacia el movimiento. Sin embargo, investigaciones más recientes, basadas en las actas de los congresos contenidas en los archivos del partido laborista británico demuestran que, en las 26 conferencias que celebró el partido entre 1920 y 1945, el laborismo demostró consistentemente su apoyo al establecimiento de un hogar nacional judío en Palestina, sin que pueda observarse ninguna oposición visible a la postura pro-sionista del partido. Incluso en 1929, el ministro de asuntos exteriores laborista, Arthur Henderson, declaró en la conferencia anual del partido que la política contenida en la declaración Balfour seguía considerándose la política del partido (Bloom, 1999, pág. 143-144). Para interpretar los acontecimientos en su justa medida, resulta imprescindible volver a abrir nuestro ámbito de análisis a redes de interacción internacionales de mayor alcance y carácter inter-imperial en el contexto de la crisis económica de 1929, sobrepasando con mucho lo que estaba sucediendo en Palestina. El interés principal británico en contener el descontento árabe y pacificar a Palestina se enmarca en la competencia inter-imperial con Francia por el control de otra infraestructura que, añadida al Canal de Suez, nos ofrece una imagen más completa de lo que verdaderamente motivó el endurecimiento de la posición británica con respecto al sionismo. Esa infraestructura fue la construcción del oleoducto Kirkuk-Haifa. Como relata Barr (2011, págs. 179-192), la construcción del oleoducto se enmarcaba en la competencia por el control de la extracción de petróleo de los pozos situados en el norte de Irak, en los que Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos tenían intereses divergentes, 368 aunque los tres fueran socios, por medio de sus compañías, en la Turkish Petroleum Company (a partir de 1929 Iraq Petroleum Company). Con la construcción del oleoducto y la concesión de participaciones equitativas (23,7%) en la compañía a la NEDC (EE.UU.), Anglo Persian Oil Company, Royal Dutch/Shell, CFP (Francia) y Gulbenkian (Mr. 5%) se completó el monopolio que formó durante 20 años la Irak Petroleum Company. Este cartel resultó operativo durante la vigencia del “acuerdo de la línea roja”, una cláusula de auto-denegación, que instituía una suerte de derecho de veto para la explotación independiente de cualquiera de las compañías petroleras firmantes del acuerdo en los territorios comprendidos dentro de la línea roja, instituyendo con ello el imperio informal de las principales potencias occidentales en la región: Mapa 4.18. El Acuerdo de la Línea Roja134 134 Conlin, J. (2019): “Mr. Five Per Cent: Calouste Gulbenkian”, GeoExpro, Vol. 16, No. 1 – 2019. Recuperado de: https://www.geoexpro.com/articles/2019/03/mr-five-per-cent-calouste-gulbenkian 369 En este contexto surgió la disputa entre Francia y Gran Bretaña por el trazado del oleoducto. Francia argumentaba que los costos de construcción a través de los territorios de su protectorado serían más baratos, ya que sus puertos se encontraban más cercanos a los pozos, mientras que los británicos argumentaban que el puerto de Haifa era un destino mucho más seguro como estación terminus para el oleoducto, ya que el protectorado francés había tenido que luchar a sangre y fuego para aplacar recientemente la Gran Revuelta Siria (1925 y 1927). En realidad, el desacuerdo provenía de un cálculo geoestratégico: en caso de una nueva guerra, el que controle la salida al mercado controla el petróleo de la armada. Para hacer del puerto de Haifa la opción más competitiva, los británicos concluyeron que era necesario subsidiar la construcción de una línea de ferrocarril que redujera los costes de construcción y mantenimiento del oleoducto. Fue precisamente el recién elegido secretario de colonias, Lord Passfield, el que intentó convencer al gabinete MacDonald de que la construcción del ferrocarril generaría al Estado británico el doble de beneficios que los costes de la inversión, además de la creación de numerosos puestos de trabajo, necesarios para combatir el desempleo originado por la crisis de 1929. El acuerdo con Francia fue alcanzado en octubre de 1930, cuando se decidió que la línea del oleoducto se bifurcaría para llegar simultáneamente a los puertos de Trípoli y Haifa. El gobierno británico había esperado al 21 de octubre para publicar su Libro Blanco, restringiendo la emigración judía a Palestina. Con ello, Palestina pasó de ser el punto de avance oriental para el control del Canal de Suez a convertirse en un lugar de valor geoestratégico en sí mismo, de interés vital para el Reino Unido y la puerta de entrada de Oriente Medio en los mercados capitalistas internacionales. Tal y como recogió la revista Time en su momento, el oleoducto Kirkuk- Haifa se convirtió en la “arteria carótida del Imperio británico” (Barr, 2011, pág. 191) haciendo de Palestina su puesto militar desde el que controlar toda la región. Por ello, nos inclinamos a concluir que el Libro blanco de Passfield no era anti-sionista, sino más bien una medida de carácter político empleada en la lucha contra-insurgente frente a los árabes. Su objetivo principal era contener a Francia, conseguir la construcción del oleoducto y promover el apaciguamiento de la sociedad árabe-palestina, no tanto por simpatía hacia sus reclamaciones, sino por intereses geopolíticos que trascendían las difusas fronteras de Palestina. El verdadero dilema de Gran Bretaña era alcanzar un equilibrio entre el uso del sionismo para contener la fuerza expansiva del nacionalismo árabe y el uso del anti- sionismo para seguir manteniendo sus redes clientelares dentro del mundo árabe. 370 5.4. La Gran Revuelta árabe de 1936-39: ¿primera Intifada o guerra colonial? La construcción del ferrocarril y del oleoducto se produjo en una época de incremento poblacional sin precedentes. La quinta aliyá, formada en su mayoría por judíos huidos de Alemania a consecuencia de las políticas antisemitas del Tercer Reich, cambió la configuración demográfica de Palestina, pasando la población judía de representar el 9% a representar el 25% en un periodo de apenas 15 años. Sólo en el año de comienzo de la revuelta, en 1936, llegaron a Palestina más de 60.000 judíos, incrementando con ello la competencia por los recursos y el sentimiento de desposesión árabe. Junto con la presión demográfica, ambas infraestructuras trajeron consigo importantes transformaciones para el Mandato y para la evolución de la violencia armada en Palestina, reorganizando simultáneamente el poder militar árabe-palestino, el británico y el sionista, situando la historia de la confrontación en una dinámica de violencia social letal, que perdurará, con algún intervalo ocasionado por la entrada de Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial, hasta la guerra de 1947-1949. Al malestar ocasionado por la continua inmigración de judíos, se unió la expropiación de tierras para la construcción del oleoducto y el uso ilimitado de los recursos acuíferos, lo que provocó un mayor descontento entre los fellahin (Barr, pág. 239-240). Además de ello, la construcción de la línea de ferrocarriles y del oleoducto, modificó el mapa de Palestina, conectando ciudades y trazando fronteras, como el muro de Tegart, encargado por el oficial de policía británico que instituyó los Arab Investigation Centers durante la gran revuelta. La valla, encargada por Tegart a la famosa compañía judía de ingeniería civil, Solel Boneh, tenía como misión controlar la frontera norte con Siria, que se había convertido en un refugio para las operaciones de terrorismo y sabotaje de los palestinos nacionalistas. Una vez más, fue la competencia inter-imperial y la negativa francesa a colaborar con la inteligencia británica para detener a los líderes sirios de la revuelta, la que provocó la reorganización militar británica en el Mandato, centrándola en la organización de la defensa contrainsurgente, que había hecho del trazado ferroviario y del oleoducto un blanco frecuente de los ataques terroristas. Los británicos respondieron al terrorismo con terrorismo y para ello, encontrarían en las milicias judías de la Haganá un importante colaborador. El carácter espontáneo, masivo e interclasista de la Gran Revuelta Árabe, llevada a cabo entre 1936 y 1939, ha llevado a autores como Ted Swedenburg (1999), Charles Townshed (1989) o Yigal Eyal (2004) a considerarla como la primera intifada de la historia del conflicto. A pesar de su carácter popular, historiadores como Norris (2008) han destacado 371 que pueden distinguirse dos fases: una primera, espontánea y de resistencia popular, protagonizada por el campesinado, a comienzos de abril y una segunda mucho más urbana, en la que el movimiento es orquestado y coordinado por las élites tribales y políticas palestinas, con el gran muftí de Jerusalén a la cabeza. En esta segunda fase, la acción es mucho más coordinada, organizando huelgas generales y otros actos de protesta política, que sólo concluirán con la campaña de diplomacia británica que acabará con la intercesión de los gobiernos de Irak, Arabia Saudí, Transjordania y Yemen y la consecución de un alto el fuego durante el cual los británicos organizarán una comisión de investigación. Sin embargo, los resultados de esa comisión, que propondrían la división de Palestina en dos Estados, abrieron una nueva fase de protestas mucho más violenta y combativa, incrementando el contrabando de armas en las dos comunidades, en la que los británicos llegarían a perder el control de algunos pueblos y ciudades, incluida Jerusalén. El nivel de violencia y de represión fue tan brutal, que muchos no han dudado en calificarla como una verdadera guerra colonial (Sayigh, 2007), en la que los británicos llegaron a emplear a 25.000 efectivos para ayudarles en la tarea de reconquistar militarmente a Palestina (Hughes, 2009). Como afirma Newsinger (2015, pág. 20) y la insurgencia fue reprimida empleando una considerable brutalidad, con un costo de más de 3.000 vidas. 5.4.1. La revuelta árabe y su impacto en la organización policial imperial del Mandato En su campaña por contener la revuelta árabe, los británicos diseñaron una estrategia militar más encaminada al desarrollo de tácticas contra-insurgentes apoyadas por una red de inteligencia, que a las labores tradicionales de policía que habían desarrollado en el resto de sus colonias, abriendo con ello una nueva estrategia que empezaría a desarrollarse doctrinalmente tras el final de la Segunda Guerra Mundial. La estrategia comprendía el desarrollo simultáneo de tácticas de carácter civil y militar: negociaciones políticas e incentivos sociales, pero también, en caso de necesidad, coerción y represión. Algo parecido a lo que se conoce en el lenguaje vulgar como “política del palo y la zanahoria”. Como señala Morris (2017, párr. 3): “Great Britain effectively controlled a global empire using targeted and specific application of force appropriate to the local circumstances”. El empleo de grupos de operaciones especiales apoyados sobre una red de informadores que actuaban como mafias armadas contra partisanos terroristas se convirtió en la gran 372 innovación de la represión británica colonial, aportando un nuevo sentido al término “guerra no convencional”, y pasarían a incorporarse a las guerras por la independencia que se extendieron tras la Segunda Guerra Mundial, siendo un caso particular la guerra civil griega de 1946-49 en el que el Servicio Especial Aéreo (Special Air Service o SAS) enseñó estas técnicas al gobierno para luchar contra la insurrección comunista y el ELAS. Gran Bretaña llegó a emplear en Palestina hasta 3 divisiones de su ejército imperial, pero la situación se volvió insostenible, debido a que este incremento de efectivos se tradujo en el uso de tácticas de guerra tradicionales (barridos masivos y acordonamientos), poco efectivas para la guerra de guerrillas, y al incremento de asesinatos de agentes del CID (Criminal Investigation Department) que provocó la escasez de una inteligencia fiable. Además de ello, hay que sumar que se produjo una división de opiniones sobre la actuación a seguir a todos los niveles. Al más alto nivel, estuvo ejemplificada por el desacuerdo sobre las medidas a tomar entre el gobierno de Attlee y el jefe del Estado Mayor Imperial Montgomery. A nivel operacional, entre Montgomery y los comandos sobre el terreno, ya que este primero prefería emplear una respuesta contundente, mientras que los oficiales sobre el terreno pensaban que no sería lo más apropiado (Crawshaw, s.f.). Además de ello, la posición británica en Palestina perdió legitimidad a los ojos de la opinión pública mundial y particularmente, frente a EE. UU. y el mundo árabe. Dentro de Palestina, era difícil encontrar a algún grupo o comunidad con el que se pudiera construir una relación de confianza efectiva y que no se hubiera sentido traicionado por las cambiantes posturas británicas. En este sentido, cabe recordar la famosa frase del secretario británico de colonias Oliver Lyttelton: “You cannot win the war without the help of the population, and you cannot get the support of the population without at least beginning to win the war.” (Crashaw, s.f. pág. 1) 5.4.2. Orígenes y evolución de la Revuelta árabe La revuelta árabe comenzó en abril de 1936 en Yafo, en respuesta a actos de represalia por el asesinato el día 15 de abril de dos judíos a manos de seguidores del jeque y predicador sirio Izz ad-Din al-Qassam, y demostró una capacidad de organización palestina sin precedentes, siendo sus actividades coordinadas por el Alto Comité Árabe, presidido por el Gran Muftí Haj Amin al-Husayni y formado por representantes de los clanes y partidos palestinos más importantes del momento, tanto musulmanes como cristianos (Raghib al-Nashashibi, del Partido de Defensa Nacional; Jamal al-Husayni del 373 Partido Árabe Palestino; Yaqub al-Ghusayn, del Partido del Congreso de la Juventud; Abd al-Latif del Bloque Nacional; Husayin al-Khalidi, del Partido Reformista o Awni Abd al-Hadi, líder del partido Istiqlal). El comité abrió organismos nacionales en muchos pueblos y grandes ciudades árabes de Palestina, extendiendo su influencia y actividad a todo el territorio. A través del comité se coordinaron huelgas y ataques, como la huelga general del 19 de abril de 1936, que duró hasta el mes de octubre, en protesta por el apoyo británico a la inmigración judía, demandando la prohibición de la venta de tierras, llamando a la insurrección fiscal y pidiendo la formación de un Gobierno nacional y un consejo representativo. De entre todos los líderes palestinos, fue indudablemente el gran muftí al-Husayni el que más explotó la ira popular para afianzar su liderazgo, aunando en su figura las estructuras de poder más represivas del mundo árabe contemporáneo: la aristocracia tribal, que asignaba cargos públicos según criterios de ascendencia (aunque no era un cargo hereditario, el gran muftí anterior había sido su hermano) y la cooptación elitista, sobre la que se basaba el imperio informal británico del sistema de Mandatos, que lo había nombrado presidente del Consejo Supremo Musulmán en 1922, otorgándole el poder financiero que le daba acceso a los fondos provenientes del waqf y de los tribunales de la sharía. Fue el acceso a estos fondos y la capacidad de distribuirlos en la lucha contra los británicos y los sionistas el que le otorgó una mayor capacidad organizacional, llegando a reclamar el califato coincidiendo con la revuelta de los drusos contra el Mandato francés, a los que envió armas financiadas con el dinero que había recolectado para restaurar las mezquitas de Jerusalén, a pesar de que previamente había apoyado al Emir Faisal en 1920 en su intento por hacerse con el reinado de una Siria unificada en la que también se incluiría a Palestina. Ello demuestra que el gran muftí no tuvo inconveniente en servir durante algún tiempo a dos señores: a los nacionalistas sirios, por un lado, y a los árabes palestinos y sus señores británicos que lo habían empoderado, por el otro. En cualquier caso, sus ambiciones de gobernar Palestina y convertirse en el líder del mundo árabe le llevaron a hablar con Hitler y con el Duce en su conocido encuentro de noviembre de 1941, momento en que EE. UU. aún no había entrado en guerra y la victoria alemana parecía algo perfectamente alcanzable. El Gran Muftí comenzó la conversación con Hitler y Ribbentrop identificando a los enemigos comunes: comunistas, judíos y británicos, y ofreciendo una revuelta árabe generalizada en todo Oriente Medio que contribuyera a expulsar a los británicos y a los judíos de la región. Asimismo, alentó a Hitler a que declarara públicamente su rechazo al establecimiento de un hogar nacional judío en Palestina, insistiendo, en cualquier caso, en que la soberanía y la independencia 374 de los Estados árabes deberían ser respetadas por encima de todo (Myers, 1966, pág. 742- 3). Sin embargo, los planes de exterminio ya habían sido trazados por Alemania unos meses antes de esta vista y concluirían en la conferencia de Wansee de enero de 1942, momento en el que se presentó a los altos oficiales nazis los planes para una “solución final” al problema judío. Lo cierto es que Hitler no quería comprometerse con una revuelta árabe en ese momento, manteniendo un enfoque estratégico para la Solución Final más gradual, que tendría que empezar primero por los Estados europeos y luego ir extendiéndose, poco a poco, al resto de Estados del mundo (Kaiser, 2015). Aunque el Comité sería ilegalizado por los británicos en 1937 y la mayoría de sus líderes detenidos y deportados a las Seychelles, las protestas de 1936 generaron una nueva comisión de investigación, la Comisión Real Peel o Comisión Real Palestina, que consiguió apaciguar la revuelta hasta julio de 1937, cuando nuevamente se reanudaron en protesta por las conclusiones de la comisión, que recomendaban dividir Palestina en un Estado árabe y otro judío. El informe recogía los principales motivos de los conflictos que habían surgido en 1920, 1921, 1929 y 1933, concluyendo que se trataba de dos comunidades con aspiraciones políticas independentistas en un territorio muy pequeño, llegando a ser sus posiciones irreconciliables y concluía con que la única solución sería la partición de Palestina. El Plan de Partición sugería la creación de un Estado judío en una parte de Palestina y un Estado árabe en Transjordania y en el resto de Palestina, con una zona de control británico alrededor de la ciudad de Jerusalén. Las reacciones a este plan de partición fueron diversas: los judíos estaban divididos, existiendo quienes lo aceptaban pragmáticamente y quienes lo rechazaban (principalmente revisionistas y religiosos) por pensar que el futuro Estado judío debía ocupar todo el territorio de la Palestina del Mandato británico. Los árabes, por su parte, lo rechazaron unánimemente. Esta última fase, que concluyó con el inicio de la Segunda Guerra Mundial en 1939, fue la más sangrienta y combativa. Ante el fracaso de las propuestas británicas, el liderazgo palestino llamó a la organización de una gran conferencia panárabe, celebrada en Siria el 8 de septiembre de 1937 y conocida como la Conferencia de Bloudan, que reiteró el rechazo a la partición. Como señala el historiador libanés El-Solh (2004, pág. 69), el hecho de que la cuestión palestina centrara la atención de las primeras conferencias nacionalistas panárabes desvió el foco sobre otras cuestiones relativas a la unidad árabe y al surgimiento de proyectos federalistas, que hubieran debilitado, mucho más que la defensa de Palestina por sí sola, los objetivos del dominio imperial británico. Ello sólo 375 sería útil para afirmar el estatus quo entre hachemitas y saudíes, forjado en la Alianza Árabe de 1936 entre Irak y Arabia Saudí (al-Hilf al’Arabi), sin abordar en profundidad los obstáculos a superar para conseguir la unión árabe frente al colonialismo, lo que con el tiempo acabaría debilitando al propio movimiento nacionalista palestino: “The conferences may have boosted the Palestine issue, but this focus was at the expense of other issues pertaining to the unity and liberation of the Arab world” (ibid, pág. 70). Tras nuevos episodios violentos, otra comisión real emitió un nuevo informe el 9 de noviembre de 1938 (Informe Woodhead) declarando que el informe Peel no había sido realista ya que proponía unas líneas de división territorial poco razonables. Se propuso un nuevo plan de partición, otorgando a los árabes un territorio mucho más extenso. Esta vez fueron los líderes sionistas los que se opusieron, señalando que el futuro Estado judío ocuparía menos de un 1% del territorio total de la Palestina del Mandato. Los nacionalistas árabes, por su parte, se opusieron a cualquier plan que contemplara la futura creación de un Estado judío. La represión efectuada por el ejército imperial británico a la revuelta árabe generaría las fuerzas que hicieron posible, posteriormente, el triunfo del proyecto nacionalista sionista sobre el palestino. Para ayudarles en su campaña de represión policial imperial, los británicos recurrieron a la comunidad judía del Yishuv, llegando a reclutar en torno a 19.000 efectivos policiales (los notrim o guardias, en hebreo), a fin de vigilar los asentamientos judíos y los caminos entre estos. De entre estos notrim se formaría a un cuerpo de élite, unos 100 efectivos (entre los que se encontraban los futuros ministros Moshé Dayán o Yigal Alón), especializado en tácticas anti-insurgentes y antiterroristas conocido como los Escuadrones Especiales Nocturnos (Special Night Squads). Los escuadrones eran una fuerza mixta judeo-palestina-británica, modelada en los Gurkhas y el Royal Irish Constabulary (RIC) una especie de “contras” de la Haganá, formados por pequeñas unidades móviles, financiados y entrenados por el capitán de inteligencia militar británico Orde Wingate, el HaYedid (amigo) sionista. Una de sus principales misiones fue la defensa del oleoducto que transportaba el petróleo desde Irak hasta Haifa. Finalmente, la revuelta fue aplastada, el liderazgo palestino exiliado, su organización desmantelada y sus combatientes desarmados (Newsinger, 2015, pág. 20). Si la revuelta árabe tuvo algo de éxito, ello se debe a la entrada de Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial y a las prioridades geoestratégicas que ello generó. Una vez más, un nuevo Libro Blanco, esta vez el libro de MacDonald (1939), sería el resultado de la necesidad de ofrecer a los árabes motivos para la colaboración restringiendo la 376 emigración, limitando el número de asentamientos judíos y prometiendo, tácitamente, un Estado palestino en un período de 10 años. Esta posición, en medio de la persecución judía en Europa, causó las crítica de las comunidades a nivel mundial, dividiendo las posiciones en el seno del sionismo entre los generalistas de la Agencia Judía, que se inclinaban por continuar con el respaldo a Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, “como si no hubiera Libro Blanco”, y aquellos con líneas más duras, como los revisionistas, que proclamaban la necesidad de emprender acciones ofensivas contra los británicos, que desarmaban y detenían ahora a aquellos grupos paramilitares judíos que ellos mismos habían entrenado. Finalmente, al igual que ocurrió en la Primera Guerra Mundial, los judíos del Yishuv se ofrecieron voluntarios para alistarse bajo las órdenes del ejército británico, llegando a superar los 32.000 combatientes. Ben-Gurión y el laborismo, sin embargo, persuadidos de que Gran Bretaña nunca pondría por encima de sus intereses imperiales ni a sus propios compromisos, comenzaron a buscar activamente las simpatías y el apoyo del gobierno de los Estados Unidos, alejándose un poco de la “doctrina Weizmann” que era un arduo defensor de la opción británica. (Newsinger, 2015, pág. 22). En cualquier caso, la Segunda Guerra Mundial provocó un nuevo reordenamiento del poder militar del Yishuv, añadiendo a los combatientes de la Haganá, un nuevo cuerpo de élite, el Palmaj, entrenados ahora en la defensa contra-insurgente por oficiales británicos del Ejecutivo de Operaciones Especiales (Special Operations Executive) para que, en caso de que los Afrika Korps alemanes entraran en Palestina, pudieran organizar la resistencia en el territorio. El revisionismo, entretanto, también había reorganizado su brazo militar creando el grupo terrorista, Irgún Tzvaí Leumí, (ITL), activo entre los años 1931 y 1948. Si hasta 1939, había centrado sus actividades en actos de criminalidad dirigidos contra los árabes en mercados, cines y otros lugares concurridos, o contra líderes sionistas como Arlosoroff; a partir de 1944, sus actos irían igualmente dirigidos contra oficiales británicos, siendo uno de los más conocidos el perpetrado contra Ralph Cairns, jefe de la sección judía del Departamento de Investigación Criminal de la Policía de Palestina, culminando con el cruento atentado al Hotel King David en 1946, en el que 91 personas perdieron la vida. Tras la Segunda Guerra Mundial, sus ataques se extenderían más allá de Palestina, facilitado por la existencia de “betaríes” los jóvenes miembros del Irgún, cuyas células habían sido formadas por el propio Jabotinsky en colaboración con el gobierno polaco durante la Revuelta Árabe, en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. De hecho, fue en Polonia, no en Palestina, donde el Irgún creó su símbolo, presente en la portada de su 377 publicación propagandística “Jerusalén Libre”: un mapa de Israel con una mano empuñando un arma donde se puede leer “sólo así”. Imagen 4.3. Cartel propagandístico del Irgún135. Fue el propio ejército polaco el que entrenó secretamente a miembros del Irgún llegados desde Palestina en 1939 y fueron tres de éstos: Yaakov Meridor, Schlomo Ben Schlomo y Zvi Meltzer los que se quedaron en Polonia organizando el reclutamiento de nuevos miembros de células clandestinas en Europa, la captación de emigrantes que serían utilizados para el tráfico de armas o la extensión del movimiento a otros países como Lituania. Esta extensa red de células clandestinas permitió al Irgún retomar su actividad terrorista tras la conclusión de la guerra, cuando el nuevo cuartel operacional se estableció en Italia, adonde habían llegado como refugiados más de un millar de antiguos miembros del Irgún, perpetrando actos de terrorismo contra objetivos británicos como la embajada 135 Recuperado de: https://rense.com/1.imagesH/irgun.jpg 378 del Reino Unido en Roma; la sede de los cuarteles del ejército británico situados en el Hotel Sacher en Viena o un tren militar británico en Austria. El Irgún estableció también células en los Estados Unidos durante los años de la guerra. Fue bajo el pseudónimo de Peter Bergson como Hillel Kook, sobrino del gran rabino askenazí en Palestina, coordinó las actividades de propaganda y recaudación de fondos del “grupo Bergson”, y se encargó de diseminar el movimiento revisionista en América, formando entidades como la American Friends for a Jewish Palestine, en respuesta al Libro Blanco, para fomentar la emigración ilegal a Palestina y la creación de una fuerza militar. Otras organizaciones instigadas por el grupo Bergson fueron el Organizing Committee of Illegal Immigration o el Committee for a Jewish Army of Stateless and Palestinian Jews (1941). Algunos autores (Penkower, 1981) piensan que la orquestada campaña revisionista para conseguir el apoyo a la creación de un ejército judío que luchara contra el Tercer Reich abrió el camino para hacer posible el establecimiento de la Brigada Judía en 1944. En cualquier caso, las conexiones con las comunidades locales europeas y la extensión del movimiento a Estados Unidos convirtieron al grupo paramilitar en una banda operativa a nivel internacional, incrementando con ello su base social y económica de apoyo. 5.5. Libertad o muerte: la alianza Lehi-Irgún contra el Imperio británico El estallido de la Segunda Guerra Mundial supuso una reconfiguración de las fuerzas militares que operaban en el Mandato. Desde mediados de 1940 y hasta 1943 Oriente Medio formó parte del teatro de operaciones de la guerra, siendo sus principales puntos de confrontación la Siria y el Líbano de la Francia de Vichy y la guerra anglo-iraquí de 1941. Este último tuvo una importancia particular, ya que enfrentó directamente a las fuerzas de Alemania, Italia y Reino Unido. Ocurrió después de que Rashid Ali organizara un golpe de Estado con el apoyo de Alemania e Italia, instigado por la propaganda anti- aliada emitida desde el consulado italiano en Bagdad y por el Gran Muftí al-Husayni, que se encontraba exiliado en Iraq. Los temores aliados de que Alemania pudiera entrar en la zona vía Turquía, Chipre o Egipto nunca se materializaron, pero la amenaza favoreció que el movimiento sionista se reconfigurara por completo en torno a su posicionamiento con respecto a Gran Bretaña, la Segunda Guerra Mundial y el establecimiento de un Estado judío. Algunos autores como Gelvin (2014, pág. 122) argumentan que se trató de un verdadero golpe de Estado dentro de la OS contra Weizmann y los sionistas generalistas, que habían defendido un 379 enfoque más gradual y favorecedor para los intereses de Gran Bretaña como la gran potencia protectora, que pasaba por la partición de Palestina. Ahora que Estados Unidos había entrado en la guerra, la conquista de la opinión pública y del establishment político, había pasado de Londres a Nueva York y Washington, los nuevos terrenos que se disputarían por influir el laborismo sionista y el revisionismo. Las contradicciones en las que incurrió el Imperio británico en Palestina en su estrategia de cooptación hicieron inmanejable la gestión del Mandato y daban cuenta del inicio del ocaso de un imperio que ya no podía garantizar el estatus quo favorable a sus intereses. El epitome de este cambio ocurrió en la conocida como Conferencia Biltmore (1942), en la que se trazaron, de manera clara, los objetivos últimos del movimiento consistente en la promoción de la emigración masiva (la meta era llegar al millón en 1944), el establecimiento de un Estado judío en toda Palestina y el empleo del uso de la fuerza armada si fuera necesario para conseguir este objetivo. El poder político pasó así a apoderarse del poder militar, asumiendo abiertamente que el nacimiento del Estado judío requeriría de la violencia letal y de la imposición de una voluntad política por la fuerza de las armas. Llegados a este punto, los sionistas habían asumido ya, que el conflicto armado con los árabes era inevitable. Fue así como, en 1942, se presentó el conocido programa Biltmore en el que Ben-Gurión, en su calidad de presidente del consejo ejecutivo de la Agencia Judía estableció que "We will fight the war as if there were no White Paper, and we will fight the White Paper as if there were no war."136. Si bien esta posición, mucho más combativa, generó un entendimiento con el revisionismo, provocó la reorganización política del movimiento sionista, dando lugar a la creación de la organización anti-sionista American Council for Judaism o al surgimiento de un nuevo Partido, el Ijud (Unificación) formado por intelectuales binacionalistas como Martin Buber, Henrietta Szold y Judah L. Magnes, que defendían la creación de una federación árabe-judía, dirigiendo su opinión a este respecto al Comité Especial de Naciones Unidas sobre Palestina formado en 1947. En cualquier caso, el Programa de Biltmore señala ya los elementos básicos sobre los que descansa la centralización y territorialización del poder político y del poder militar del futuro Estado, así como de sus instituciones más representativas, al establecer el ejercicio del poder militar como un derecho sin el cual no puede haber fundación política posible. Estos elementos se encuentran reflejados en los puntos de cierre del programa (7 y 8): 136 Archivo de la Agencia Judía, Recuperado de: https://archive.jewishagency.org/ben- gurion/content/23436 380 7. In the struggle against the forces of aggression and tyranny, of which Jews were the earliest victims, and which now menace the Jewish National Home, recognition must be given to the right of the Jews of Palestine to play their full part in the war effort and in the defense of their country, through a Jewish military force fighting under its own flag and under the high command of the United Nations. 8. The Conference declares that the new world order that will follow victory cannot be established on foundations of peace, justice and equality, unless the problem of Jewish homelessness is finally solved. The Conference urges that the gates of Palestine be opened; that the Jewish Agency be vested with control of immigration into Palestine and with the necessary authority for upbuilding the country, including the development of its unoccupied and uncultivated lands; and that Palestine be established as a Jewish Commonwealth integrated in the structure of the new democratic world137. En estos puntos pueden contemplarse ya las relaciones entre el poder político, el poder militar y el reconocimiento internacional en forma de demandas dirigidas a: - El reconocimiento diplomático internacional de la singularidad e identidad política del Yishuv por medio del reconocimiento a su derecho a tener un ejército propio y a gestionar el uso legítimo de la violencia; - El reconocimiento del poder del Yishuv para crear su propia nación a través de políticas de inmigración y asilo; - El empleo del ejercicio legítimo del poder político para ordenar el territorio, su explotación y el establecimiento de títulos de propiedad, así como la aceptación de Palestina como Estado judío (fórmula tras la que se oculta el eufemismo “Jewish Commonwealth”) dentro de la estructura política internacional del mundo democrático, es decir, capitalista-occidental. La reorganización militar del Yishuv como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial se produjo a través de la creación de las Compañías de Infantería Palestinas, anteriormente integradas en los Auxiliary Military Pioneer Corps, formadas en 1940 por judíos y árabes dependientes del Royal East Kent Regiment o Buffs. Su composición mixta había sido un requerimiento de las autoridades británicas, aunque el número de efectivos judíos sobrepasó siempre al número de árabes, a los que los propios judíos reclutaban en las oficinas de desempleo pagándoles para que se unieran al regimiento. Los judíos llegaron a formar 15 compañías en las que sirvieron 5.300 efectivos, dedicándose eminentemente a tareas de ingeniería, vigilancia y transporte. Estas unidades formarían en 1942 el Regimiento Palestino y serían enviados a Egipto y a la región libia de la 137 Recuperado de: https://ecf.org.il/media_items/1473 381 cirenaica donde lucharon contra los alemanes en la ciudad de Bengasi. Cuando en 1944, Churchill aceptó por fin crear unidades de combate judías, se crearon las Jewish Infantry Brigade Group o Brigadas Judías, formada por tres batallones de infantería de 5.000 voluntarios que, aunque llegaron tarde y simbólicamente a la guerra, pudieron participar en la liberación de Italia enarbolando la bandera sionista. Estas unidades de infantería fueron oficialmente desmovilizadas en 1946, aunque la experiencia militar acumulada durante la guerra sería esencial a la hora de crear organizaciones clandestinas altamente efectivas para ejecutar venganza contra los crímenes nazis, luchar contra el Libro Blanco rescatando a supervivientes del Holocausto y trabajar en pro de los nuevos objetivos sionistas. La organización más relevante fue la Tilhas Tzig Gesheften138 (TTG), coordinada por Israel Carmi, ex oficial de la Brigada Judía que había servido un tiempo como oficial de inteligencia, convirtiéndose en un grupo paramilitar clandestino que, disfrazados como combatientes británicos se dedicaron a la “caza de nazis”, el contrabando de armas para la Haganá y a la posterior organización de redes de emigración ilegal o Aliyá Bet enfocada en llevar a Palestina sobrevivientes del Holocausto. Si el programa Biltmore había causado una fractura dentro del sionismo oficial, la alianza temporal entre el Irgún y la Haganá laborista a causa de la Segunda Guerra Mundial, provocó el surgimiento de otra organización terrorista en 1940, contraria a la tregua. Esta organización se llamó Lehi, acrónimo de Lohamei Herut Israel, surgida a partir de miembros disidentes del Irgún y conocida por el apodo británico de los “gánsteres de Stern”, aludiendo a su fundador Abraham Stern. Aunque pequeña en número de miembros, esta organización identificó al Imperio británico como el principal enemigo del sionismo, iniciando una campaña de asesinatos selectivos de oficiales británicos y otros actos terroristas, que le llevarían incluso a ofrecer sus servicios a la Alemania nazi, ofreciéndose a ser la quinta columna de Alemania en Palestina a cambio de permitir que los judíos europeos se reasentaran en ella. Como señala Newsinger (2015, pág. 21) sus políticas eran una mezcla de anti-imperialismo y fascismo, alimentada por una percepción mística de la violencia sacrificial por medio de la lucha armada como requisito para la redención del pueblo judío. Libertad o muerte era su lema. Incluso se sentían orgullosos de que los llamaran “terroristas”. Lehi inició una operación de vendetta contra miembros 138 Frase árabe que significa literalmente “lámeme el culo” 382 del Departamento de Investigación Criminal británico, el órgano de inteligencia que capturó al propio Stern y al que acabó matando en 1942. La situación de tregua entre el Irgún y la Haganá y entre estos y el Imperio británico cambió hacia 1944, al cesar la amenaza nazi sobre Palestina y al constatar que las restricciones a la inmigración impuestas por Gran Bretaña durante los años de la guerra supusieron una condena a muerte para miles de judíos en Europa. Esta nueva circunstancia fomentó un reacercamiento entre Lehi y el Irgún. Tras la muerte de Stern, Lehi se reconfiguró en torno a un triunvirato formado por Isaac Shamir (que llegaría a ser primer ministro en 1983), Nathan Yellin-Mor e Israel Eldad, y en un curioso giro ideológico del fascismo al bolchevismo, expresaron su apoyo a la Unión Soviética estalinista, llegando a declarar oficialmente, en 1944, su adherencia al nacional bolchevismo, sintetizando así elementos en ambos extremos del arco político, que daban cuenta, en definitiva, de la tendencia totalitaria de sus presupuestos ideológicos y de su sentido de Estado. Fue bajo este triunvirato cuando se produjo el reacercamiento al Irgún, que también había sufrido una reestructuración tras el letargo de la guerra, y se encontraba ahora bajo el liderazgo de Menájem Beguín, un refugiado recién llegado a Palestina desde Polonia tras ejercer allí como líder de Betar. Fue entonces cuando ambos grupos paramilitares iniciaron una estrategia de guerrillas conjunta exponiendo sus motivos en una declaración efectuada por Menájem Beguín el 1 de febrero de 1944 y dirigida tanto a las autoridades del Mandato como al Yishuv: Four years have passed since the war began, and all the hopes that beat in your hearts then have evaporated without a trace. We have not been accorded international status, no Jewish Army has been set up, the gates of the country have not been opened. The British regime has sealed its shameful betrayal of the Jewish people and there is no moral basis whatsoever for its presence in Eretz Israel. We shall fearlessly draw conclusions. There is no longer any armistice between the Jewish people and the British Administration in Eretz Israel (Newsinger, 2015, págs. 23 y 24) Tras esta declaración de guerra, ambos grupos comenzaron a realizar actos de terrorismo coordinado con el fin de expulsar de Palestina al Imperio británico, siendo uno de los más espectaculares el perpetrado el 23 de marzo de 1944, cuando Lehi disparó contra varias comisarías de policía en Tel Aviv y el Irgún hizo lo mismo en Jerusalén, Yafo y Haifa, matando en total a 8 policías británicos. En respuesta a estos ataques, los británicos declararon el toque de queda durante nueve días, a lo que Lehi respondió con el intento 383 de asesinato del Alto comisario de colonias, sir Harold MacMichael. El mayor golpe al Imperio británico se produjo, no obstante, con el asesinato en El Cairo del ministro residente en Oriente Medio, Walter Guinnes, más conocido como Lord Moyne, un amigo personal de Winston Churchill, que causó en Londres una gran consternación y rechazo hacia la causa sionista. Según el historiador Tom Segev, Ben-Gurión rechazaba profundamente este modo de actuación y había tachado al Irgún de banda nazi, llegando a comparar al propio Beguín con Hitler. En una carta escrita al poeta Haim Gouri el 15 de mayo de 1963 llegaría a decir: "[Menachem] Begin is clearly a Hitlerist type: a racist, willing to destroy all the Arabs for the sake of Greater Israel; he justifies any means for the sacred end - absolute rule ..." (Segev, 2009, párr. 1) La desafección entre Ben-Gurión y Beguín sería el símbolo de una brecha en el sionismo mucho más profunda, que marcaría la política israelí durante dos décadas y que se prolongaría hasta pasada la guerra de 1967, cuando el sueño del Gran Israel, ofreció, por primera vez, la posibilidad de expansión y ocupación territorial a la que tuvo que renunciar el laborismo sionista a cambio de alcanzar su estatus político. 5.5.1. La operación Saison: la semilla de la guerra civil en el Yishuv Desde el comienzo de la ofensiva Irgún-Lehi en 1944, se evidenciaba una profunda diferencia dentro del Yishuv con respecto a la estrategia a seguir en el camino hacia la independencia. Mientras que el laborismo sionista identificaba a los árabes como el principal enemigo del proyecto sionista, el revisionismo identificaba al Imperio británico. La Agencia Judía y la Haganá reaccionaron a esta visión opuesta de la realidad con una campaña militar de disuasión de la disidencia revisionista, materializada como campaña “Saison” (del francés saison de chasse o estación de caza), en la que operativos del Palmaj, el cuerpo de élite de la Haganá establecido en 1941, colaborarían con el Departamento de Investigación Criminal (CID) británico para identificar a sus miembros, sabotear las operaciones terroristas e intentar expulsarlos del Yishuv. Asistidos por el Shai, la unidad de inteligencia y contra-espionaje de la Haganá, creada en 1940, se inició una campaña antiterrorista en la que se detuvieron y torturaron a miembros del Irgún, creando una lista de hasta 700 nombres que pasaron al CID británico para ponerlos bajo su custodia. A los simpatizantes se les censuraba despidiéndolos de sus trabajos o expulsándolos de los centros educativos. La operación Saison fue muy efectiva, llegando a desmantelar prácticamente todo el liderazgo del Irgún, salvo al propio Beguín, que a 384 partir de entonces cesaría su campaña de guerrilla e iniciaría una fase de militancia mucho más encubierta y clandestina. Esta represión contribuyó a antagonizar a las filas revisionistas, creando entre los simpatizantes del Irgún una narrativa de victimización y traición, estando convencidos de que, si se les hubiera dejado actuar, el tiempo les habría dado la razón demostrando que los británicos no tenían ninguna intención de apoyar la creación de un Estado judío en Palestina. La constatación de esta hipótesis revisionista no tardó mucho en llegar. En julio de 1945, se produjeron las primeras elecciones tras la guerra en Gran Bretaña, saliendo victoriosos los laboristas, que durante los años en la oposición habían demostrado una opinión crítica hacia el Libro Blanco. Incluso hubo una propuesta efectuada por Hugh Dalton, futuro ministro de hacienda, que sugería pagar una compensación económica a los palestinos a cambio de abandonar Palestina y expandir sus fronteras. Los resultados electorales habían creado en el laborismo sionista grandes expectativas, que se vieron sin embargo defraudadas por el inicio de la nueva reconfiguración del poder mundial, la Guerra Fría, que convertía a los árabes en aliados esenciales para contener el expansionismo soviético en la región. Este hecho, unido al inicio de una nueva ola de descolonización, fomentó entre el liderazgo sionista un nuevo sentimiento de traición, que se vio incrementado por la negativa británica a permitir el retorno de los refugiados judíos y supervivientes del Holocausto, tanto a su propio país como a Palestina, siendo éstos tratados como “personas desplazadas” y retenidos sine die en campos de concentración diseminados por toda Europa. Se abrió así una nueva etapa relacionada con la reconfiguración del poder militar en el Yishuv, que volvería a unir a las fuerzas el Irgún y de la Haganá bajo un solo frente. 5.5.2. El Movimiento de Resistencia Judía: la gran revuelta sionista. La estrategia desarrollada por Mapai con respecto al Imperio británico desde 1945 en adelante se centró en demostrar que salvaguardar los intereses británicos en Palestina pasaba por apoyar la causa sionista, no la árabe. A pesar de que el Imperio británico sobrepasaba con mucho las capacidades ofensivas del Yishuv, fue la acumulación de recursos y la convergencia de una serie de circunstancias exógenas y endógenas las que hicieron posible el triunfo sionista que forzó la retirada británica de Palestina. Ello fue posible gracias a una combinación de fuerzas sociales y oportunidades que no se habían dado hasta entonces. Para entender bien la convergencia de las fuerzas y circunstancias 385 que hicieron posible el éxito de la gran revuelta sionista, conviene aquí recordar a Lenin y a su teoría de la revolución, según la cual, para que se produzca un cambio revolucionario tienen que concurrir dos factores: que los oprimidos quieran cambiar el statu quo y que los opresores no puedan mantenerlo (Mann, 2012c, págs. 168-69). En el caso del Mandato británico sobre Palestina concurrieron las dos entre 1945 y 1947. Con respecto a las circunstancias exógenas, a pesar de la victoria moral y militar, el fin de la Segunda Guerra Mundial, dejó a la economía del imperio muy debilitada. Gran Bretaña tuvo que centrarse en la reconstrucción de su tejido económico, cuya primera necesidad era el pago de la enorme deuda en moneda extranjera que había acumulado y que ascendía a varios billones de libras. Además de ello, resultaba necesario reconstruir su industria, que durante los últimos años se había centrado en la producción de equipamiento bélico, a costa de dejar obsoletas otras industrias como la ferroviaria o la minera, que necesitaban urgentemente una actualización. Sin las exportaciones no podía, ni tan siquiera, financiar los alimentos que entraban en el país. Además de ello, Truman había puesto fin a la Ley de Préstamo y Arriendo, vigente durante la guerra, por lo que EE. UU. no podía seguir financiando la economía británica bajo los términos ventajosos que le habían permitido financiarse durante la guerra. Gran Bretaña fue, de hecho, la que impulsó a Estados Unidos a desarrollar la doctrina Truman, al no poder seguir haciendo frente a la ayuda económica que prestaba a Grecia y a Turquía para evitar que cayeran bajo el dominio soviético (Brinkerhoff y Joyce, s.f.). Literalmente, al finalizar la guerra, Gran Bretaña estaba en bancarrota, por lo que no fue coincidencia que a la bancarrota le siguiera la desintegración de su imperio, comenzando por India, su más preciada joya de la corona. A ello contribuyó el mantenimiento de una doctrina de imperialismo informal que se había quedado obsoleta. En Oriente Medio, el gobierno laborista de Clement Attlee intentó controlar la región de manera informal, estableciendo relaciones asimétricas con una red de Estados árabes clientes, aunque no por ello dejó de tener una numerosa presencia militar. Los británicos aún seguían algo anclados en las técnicas de dominio colonial anteriores a la guerra y pensaban que únicamente la superioridad militar y la presencia de tropas en el terreno podrían defender sus intereses en última instancia, asegurándose que los regímenes afines continuaran en el poder (como hicieron en la guerra anglo-iraquí) o defendiendo la región en caso de que se iniciara una nueva guerra mundial contra la Unión Soviética. Esta táctica de “imperio de cañonera” suponía un desembolso, sólo en el caso de Palestina, de más de 40 millones de libras anuales que, dadas las circunstancias, se volvieron muy impopulares. Los 386 intereses nacionales estaban ahora marcados por la situación posbélica y la necesidad de la recuperación económica. Tan sólo a lo largo del Canal de Suez, siguió Gran Bretaña manteniendo una presencia militar que concluiría al término de la Crisis de Suez en 1956. A las dificultades de Gran Bretaña para conservar su imperio se debe sumar también, como una causa exógena, el creciente apoyo a la causa sionista que se iba alcanzando a nivel internacional. Lo poco que se empezaba a conocer acerca de la dimensión del Holocausto y la existencia de refugiados y supervivientes vagando por Europa, fueron suficientes para que se creara un consenso en el mundo occidental sobre la necesidad de reconocer a los judíos su derecho a tener su propio Estado. Por lo que respecta a las causas endógenas, los años de la Segunda Guerra Mundial, a pesar de haber supuesto la destrucción de la mayoría de las comunidades judías en Europa, paradójicamente, habían contribuido a fortalecer todas las fuentes del poder social en el Yishuv. A nivel demográfico, según el censo Statistics for Jews conservado en los archivos del American Jewish Committee, en 1939, Palestina contaba con 475.000 judíos, pero hacia 1945, el número ascendía ya a 600.000, lo que supuso un incremento del 25% en apenas 5 años. Al finalizar la guerra constituían casi el 31% del total de la población, de los que el 87% tenía menos de 49 años y el 75% vivía en 27 ciudades o asentamientos urbanos, mientras que el 25% de la población judía rural estaba diseminada en 266 asentamientos. A nivel cuantitativo, el fortalecimiento del entramado social había sido exponencial. Tabla 4.3. Censos de la población de Palestina de 1922 a 1945139 El incremento poblacional y la disposición de mano de obra trajo consigo la prosperidad económica en el sector primario y secundario de la economía, aunque la tasa de empleo 139 American Jewish Committee, Statistics of Jews, American Yewish Year Book, pág. 608, recuperado de: http://www.ajcarchives.org/ajc_data/files/1946_1947_13_statistics.pdf 387 en el sector primario siempre fue superior en la comunidad árabe. Con respecto al sector secundario, también existían diferencias relacionadas con la cualificación profesional de una y otra comunidad. La industria desarrollada por los árabes en estos años estaba más relacionada con el sector del procesamiento de productos agrícolas y el textil que con el sector de la industria pesada, química o metalúrgica. La guerra había supuesto un incremento en la demanda de productos manufacturados, originando en el proceso el germen de la futura industria nacional israelí. La llegada de inmigrantes cualificados huidos de Alemania había aportado durante los años treinta al Yishuv el capital humano necesario para poner en marcha una industria de guerra. En su estudio sobre la economía de Palestina durante la Segunda Guerra Mundial, Gross y Metzer (1993) señalan que la productividad durante estos años creció en Palestina a un ritmo anual del 10%. Palestina se convirtió, después de Egipto, en el principal proveedor de productos industriales para Gran Bretaña y los aliados en Oriente Medio, duplicando en el Yishuv el índice de actividad en este sector. Este crecimiento sin precedentes de la industria judía se vio favorecido además por tres factores: (i) la existencia de equipamiento industrial de última generación importado desde países de Europa central bajo dominio nazi como parte de los acuerdos de transferencia (Haavara) de 1933 negociados por Arlosoroff y Ben-Gurión para transferir emigrantes y capital judío a Palestina; (ii) la existencia de infraestructuras de investigación de carácter técnico y científico y (iii) la existencia de un capital humano altamente cualificado y motivado. Aparte de bienes tradicionales empleados por los ejércitos como uniformes, calzado, comida envasada o seda para paracaídas, se fomentó la innovación en la producción industrial relacionada con el metal (minas anti-tanque, contenedores, pilas…), la maquinaria (acumuladores, piezas de repuesto, tanques, camiones y barcos) y los productos químicos y farmacéuticos (vacunas, analgésicos, instrumental médico de alta precisión, etc.) Un apartado particular por sus implicaciones políticas y económicas merece la industria del diamante, que será tratada en una sección posterior. En la siguiente tabla se pueden observar las cifras que reflejan el carácter estructuralmente distinto de las economías judía y árabe durante este periodo. 388 Tabla 4.4. Composición industrial del PNB en precios corrientes (1935-1945)140 Otro aspecto endógeno que resulta clave para explicar el inicio de la revuelta sionista y su éxito fue el incremento del poder militar en el Yishuv. Ello se debió a varios motivos. Por un lado, el entrenamiento militar que la participación en la guerra supuso para aquellos combatientes que ingresaron en la Brigada Judía. Por otro, el desarrollo y entrenamiento, al amparo de las autoridades del Mandato, de unidades de inteligencia, operaciones especiales y grupos policiales durante la Revuelta Árabe, que había otorgado a las fuerzas de la Haganá una preparación que ahora podían utilizar, más equitativamente, contra aquellos que las habían armado y entrenado. Además de ello, las redes clandestinas de contrabando de armas, dinero y emigrantes que habían desarrollado gracias a las redes de la Aliyá Bet, facilitaron el desarrollo de unidades especiales como Ha'Mossad Le'aliya Bet (la organización de la Aliyá Bet, establecida por la Haganá en 1939) o Palyam, una unidad de fuerza marítima vinculada con el Palmaj, encargada de demoliciones submarinas y de organizar la compra de barcos para la inmigración y la escolta a aquellos que llegaban a Palestina. Se calcula que entre 1945 y 1948, 70 palyamniks escoltaron a cerca de 70.000 inmigrantes o ma’apilim (nombre hebreo por el que se conoce a estos inmigrantes) en 66 barcos que salieron de varios puertos de Europa y el Mediterráneo. Había nacido con ello la armada del Yishuv, que tan importante iba a 140 Gross, N. y Metzer, J. (1993): “Palestine in World War II: Some Economic Aspects”, Maurice Falk Institute for Economic Research in Israel, Research Paper 207, reimpreso de G. T. Mills y H. Rockoff (eds.) The Sinews of War Essays on the Economic History of World War II, Ames: Iowa State University Press. Pág. 68. Recuperado de: https://en.falk.huji.ac.il/sites/default/files/falk/files/rp_207.pdf 389 ser cuando la importación de inmigrantes se sustituyera por la importación de armas (Ben- tzur y Ben-tzur, s.f.). La Aliyá Bet supuso la construcción de una infraestructura de gran alcance a nivel transnacional, lo que les permitió escapar al control de las fuerzas británicas, incrementando la autonomía de su poder militar y su capacidad de coordinación. Fueron esta combinación de circunstancias, unidas a la indignación que suponía el mantenimiento del Libro Blanco y al hecho de que las tesis del Irgún acabaron por parecer las acertadas, las que propiciaron un nuevo consenso entre las fuerzas sionistas laboristas y las revisionistas, dando origen a una alianza secreta conocida como Movimiento de Resistencia Judía (MRJ) en octubre de 1945, que puso a la Haganá, el Irgún y Lehi bajo un mando único. La estrategia estaba basada en la intimidación: había que aterrorizar al imperio con una demostración de unión y de fuerza sin precedentes para conseguir que finalmente accedieran a las demandas sionistas y abrieran las puertas a la inmigración. Para probar que los británicos seguían necesitando a los judíos si querían mantener la paz en Palestina, iniciaron una campaña de presión basada en tres actuaciones. La primera de ellas, el sabotaje de infraestructuras y la desobediencia civil. Al mismo tiempo, para demostrar que su posición era firme con respecto a la necesidad de levantar las restricciones al Libro Blanco, intensificaron la campaña de inmigración ilegal masiva, a fin de exponer a los británicos al escarnio internacional cuando expulsaban de las costas palestinas a barcos que iban cargados de cientos de supervivientes del Holocausto. Por último, iniciaron una campaña de información a la opinión pública de Estados Unidos, con el fin de que fuera este último país el que presionara a los británicos para que accedieran a las demandas sionistas. En estas operaciones, si bien la Haganá se centraba en atacar aquellas infraestructuras que controlaban la inmigración ilegal, la falta de contención exhibida por el Irgún y Lehi, que no dudaban en organizar asesinatos selectivos o actos terroristas con víctimas civiles, cogió a los británicos completamente desprevenidos. La primera operación armada del MSJ ocurrió la noche de Halloween del 31 de octubre al 1 de noviembre de 1945. Esta operación fue conocida como la “Noche de los Trenes” en la que un total de mil efectivos del Palmaj sabotearon la red ferroviaria del Mandato provocando explosiones en 242 puntos, a la vez que hundieron barcos de patrulla marítima empleados para vigilar la inmigración ilegal en Haifa y Yafo. Simultáneamente, el Irgún atacó el nudo de comunicaciones ferroviarias de Lydda, bombardeando edificios y locomotoras, mientras que Lehi bombardeó las refinerías de petróleo de Haifa. 390 Como afirma Newsinger (2015), esta cadena de acciones simultáneas coordinadas, convencieron a los británicos de que habían subestimado las capacidades del Yishuv, pero también convencieron al Yishuv de que ya no necesitaba al Imperio británico para protegerse frente a los árabes. El dilema irresoluble para los británicos era cómo reconciliar las aspiraciones nacionalistas árabes con las sionistas, sin antagonizar a Estados Unidos en el intento. Las fuerzas de seguridad británicas en Palestina se habían quedado sin una fórmula política que fueran capaces de imponer bajo las armas. La única opción que quedaba, por tanto, era oprimir empleando la violencia militar o negociar una salida política digna del Mandato. Para ello, los británicos necesitaron involucrar a la administración de los Estados Unidos, ya que había sido el Estado que más reforzado salió de la Segunda Guerra Mundial, tanto militar como económicamente, y el único que parecía poder ofrecerse como garante de la seguridad para sus aliados al inicio de la Guerra Fría. Con esta resolución en mente, los británicos, que ya habían sido presionados por Truman mediante el “Informe Harrison” para admitir en Palestina a 100.000 supervivientes del Holocausto, impulsaron la creación del Comité de Investigación Angloamericano, creado el 4 de enero de 1946, a fin de elaborar un informe que analizara esta cuestión basándose en las circunstancias políticas, sociales y económicas presentes en la Palestina del Mandato. La estrategia del ministro de Asuntos Exteriores británico, Ernest Bevin, era asegurar la corresponsabilidad americana sobre Palestina, en caso de que los árabes se opusieran con vehemencia a la inmigración judía organizando una nueva revuelta. La estrategia americana consistía en restar fuerza al sionismo despolitizándolo, tratando la cuestión de la inmigración como un problema de refugiados y derecho humanitario. Este informe fue la base del Plan Morrison-Grady, publicado en julio de 1946, que sentaba las bases para la acogida de esos 100.000 refugiados, levantaba las restricciones a la compra de tierras por parte de la Agencia Judía y establecía una federación binacional bajo supervisión británica en Palestina, permaneciendo Jerusalén y el Neguev bajo control británico directo. A fin de discutir esta propuesta con las partes implicadas se convocó la Conferencia de Londres sobre Palestina en octubre de 1946, pero ni árabes ni judíos aceptaron este plan. Durante los seis meses que sucedieron a la “noche de los trenes” se organizaron decenas de ataques a comisarías, aeródromos, bases e instalaciones militares, edificios gubernamentales o líneas férreas. Los británicos se enfrentaban a una guerrilla insurgente bien armada y organizada y con una amplia base de apoyo popular. La escalada en la respuesta militar británica transformó al enfrentamiento en una verdadera guerra 391 asimétrica, coordinada dentro de la llamada “Operación Ágata”. Según relata B. Bell (1977) en su estudio sobre los orígenes del poder militar en Israel, Palestina se convirtió en un gran cuartel. Los británicos desplegaron a 20.000 efectivos de la Sexta División Aerotransportada, que sumados al resto de fuerzas llegaron a sumar 80.000 combatientes. Se desplegaron igualmente miles de efectivos policiales y unidades de la Legión Árabe de Transjordania. A nivel marítimo se dotaron de dos cruceros, tres destructores, unidades de vigilancia de costas, radares y bases terrestres de comunicaciones. La ratio de fuerzas de seguridad británicas con respecto a la población judía era de 1 a 5 (Newsinger, 2015). En medio de este despliegue se decretó un toque de queda entre junio y julio de 1946, durante el cual se requisaron miles de documentos en las sedes de la Agencia Judía, se detuvo a decenas de líderes y se confiscaron las armas que la Haganá había almacenado en uno de sus mayores arsenales en el kibutz Yagur. Simultáneamente, la muerte de oficiales, soldados y policías británicos a manos de la insurgencia terrorista judía causó una ola de indignación y antisemitismo entre la opinión pública británica, lo que presionó a la Haganá para que se desvinculara de las acciones terroristas. Finalmente, el Movimiento de Resistencia Judía se disolvió en julio de 1946, tras el cruento atentado del Irgún en el Hotel King David, al que las fuerzas británicas respondieron con la “Operación Tiburón”, en la que literalmente se peinó la ciudad de Tel Aviv y Yafo y en la que se detuvo a más de 700 personas, desmantelando el liderazgo del Irgún y Lehi en la ciudad y deteniendo, entre otros, al propio Isaac Shamir. A partir de la disolución, la Haganá volvió a concentrarse en sus operaciones de inmigración ilegal, mientras que Irgún y Lehi continuaron su actividad terrorista, hasta que en marzo de 1947 los británicos declararon la ley marcial en Tel Aviv y Jerusalén. Su intento de hallar una solución mediante la presentación del “Plan Bevin” en febrero de 1947, proponiendo una administración fiduciaria británica por un periodo de cinco años que desembocara en una solución consensuada entre todas las partes, había fracasado estrepitosamente. Gran Bretaña perdió toda posibilidad de mantener su imperio en Oriente Medio y el 14 de febrero de 1947, anunció que podría fin al Mandato, transfiriendo a las Naciones Unidas la responsabilidad para hallar una solución al conflicto sobre Palestina. Si, tras la Segunda Guerra Mundial, Oriente Medio se consideraba la zona de prioridad defensiva más importante para el Reino Unido, después de las propias Islas Británicas, había quedado demostrado que Palestina se había vuelto su brecha, abriendo una vía estrecha por la que estrangular a la arteria del imperio. Los judíos habían ocupado ahora ese paso de las Termópilas. 392 Mientras tanto, a fin de legitimar las actuaciones de la insurgencia sionista y no presentarlas frente a la opinión pública como actuaciones meramente terroristas, la Agencia Judía, encabezada por Ben-Gurión, inició una campaña de propaganda y descrédito internacional del Imperio británico. Gracias a la rapidez y el impacto del poder infraestructural de la comunicación, el sionismo volvió a posicionarse una vez más en el debate público internacional. Mediante grabaciones de los barcos cargados de inmigrantes supervivientes del Holocausto que llegaban a las costas de Palestina y eran interceptados por los británicos y enviados a Chipre, se emitían imágenes de desesperación y se diseminaba un profundo sentido de injusticia. En este sentido, el conocido barco SS Exodus, supuso un acontecimiento mediático de impacto internacional. Junto a otros episodios similares, se llegó a tildar a los británicos de nazis, expulsando a los “Auschwitz flotantes” que llegaban a las costas palestinas (Brendon, 2008, cap. 16). Esto supuso la apertura de un nuevo canal de legitimación, al vincular el genocidio judío con la única salvación posible: la creación de un Estado judío en Palestina. En mayo de 1947 se formó el Comité Especial de Naciones Unidas para Palestina. En resumen, si bien el desarrollo del tejido económico industrial o el incremento demográfico en términos cuantitativos y cualitativos supuso un avance importantísimo para la autonomía del proyecto sionista, no pueden explicar, por sí solos, el gran avance hacia esa meta que se produjo en estos años. Resulta necesario considerar al resto de fuentes y sus imbricaciones internacionales para tener una imagen completa que de cuenta del incremento de su poder autónomo y de cómo este se produce ya dentro un proceso de acotación nacional-territorial, que contribuirá a la cristalización del Estado hacia 1948. Desde el punto de vista del poder ideológico, la flexibilidad de los posicionamientos laboristas, marcados por su adaptación a las contradicciones de la realidad social en Palestina, hizo que la idea de la consecución del Estado fuera la aspiración suprema, supeditando a ella el resto de fuentes de poder, sacrificando convicciones cuando era necesario y abriendo con ello la posibilidad a pactos y a consensos políticos para generar poder colaborativo cuando era necesario, bien con el Imperio británico o bien con el revisionismo o el sionismo religioso, pero sin por ello dejar de ejercer el poder despótico que el monopolio de las instituciones y recursos le facilitaba, cuando por algún motivo peligraba el objetivo de alcanzar el Estado. A nivel político, la mayoría social que había construido el laborismo gracias a su control sobre el trabajo, le otorgó, ya en 1944, un apoyo suficiente para alcanzar la legitimidad democrática, construir mayorías y negociar 393 con la diáspora y con las potencias internacionales los términos de su apoyo. Con respecto al poder militar, la emergencia de un ejército entrenado y moderadamente armado, gracias a la cooptación y la dependencia con respecto a sus efectivos que había generado el Mandato británico le permitió tener acceso a recursos de represión con los que, sin duda, la mayoría árabe-palestina no contaba. La estrategia de presentarse como un puntal del Imperio británico en Oriente Medio había sido, a pesar de los Libros Blancos, todo un éxito gracias a la rebelión de los palestinos de 1936-39. La estrategia de apoyar resistiendo por medio de la insurrección armada y la creación de redes clandestinas diseñada por Ben-Gurión y consensuada con el revisionismo durante la guerra fue instrumental en este empeño. En definitiva, el objetivo de la consecución del Estado por medios militares clandestinos fortaleció al resto de fuentes del poder social, tanto en Palestina, como en la diáspora, generando con ello una autonomía que, motivada por la cohesión interna que supuso la tragedia de la guerra y del exterminio, colocaron al Yishuv en una posición de ventaja con respecto a los árabes-palestinos y a los británicos. Esta ventaja, acompañada de un sentido de legitimidad y teleología histórica, sería esencial para motivarles a lanzar la última ofensiva en su camino hacia el Estado. Claramente, tanto los árabes como los británicos habían subestimado la fuerza del Yishuv. 5.6. El desarrollo del poder infraestructural en el Yishuv El análisis realizado hasta el momento se ha centrado en desengranar el proceso histórico que retrata la transición de un movimiento político a una comunidad nacional de carácter estatal. Ello lo hemos hecho al hilo de las instituciones que la teoría clásica weberiana considera los elementos esenciales del poder del Estado: la ocupación efectiva del territorio, la centralización del poder normativo sobre ese territorio y la población que lo habita, la construcción de la autoridad política (legitimidad), y la reivindicación del monopolio del uso legítimo de la violencia. Entramado en este análisis, hemos presentado las estructuras de poder más significativas de la época: imperios, capitalismos y Estados nación, y cómo éstas han interactuado para ejercer de limitadoras a la vez que de habilitadoras del poder político, constriñendo la autonomía del Yishuv (limitando la emigración, la compra de tierras, la defensa…), pero favoreciendo a la vez las condiciones para su desarrollo (fomentando la demanda necesaria para la industrialización, la defensa, la creación de infraestructuras, etc.), gracias a su estatus de intermediario entre el Imperio británico y el nacionalismo árabe en la región. 394 Sin embargo, si hasta ahora hemos visto cómo el Yishuv se empieza a transformar en la arena política donde tienen lugar, se centralizan e institucionalizan los principales conflictos que surgen en torno a la estratificación social de clase y de nación, a continuación, presentaremos lo que constituye en la teoría de Mann el verdadero poder autónomo del Estado: su capacidad de penetración en la sociedad civil mediante el desarrollo de sus poderes infraestructurales. Para ello nos centraremos, en primer lugar, en la diada conocimiento-desarrollo tecnológico, en el que la separación Estado-sociedad civil parece diluirse, creando infraestructuras que retroalimentan ambos poderes autónomos. En segundo lugar, nos centraremos en la capacidad del Estado de extraer riqueza de la sociedad, observando cómo el Yishuv generó sus primeras infraestructuras fiscales, vinculando trabajo con servicios y derechos de ciudadanía. Por último, nos centraremos en el surgimiento de una incipiente industria nacional, que vincula su actividad con las aspiraciones y objetivos sionistas, fomentando una suerte de infraestructura económica nacionalista-capitalista, sustentada sobre la premisa del trabajo judío y su aportación a la construcción nacional. 5.6.1. El conocimiento como cristalización del Estado Si anteriormente hemos hablado de la conquista del trabajo y la nación como los grandes fines del sionismo, ahora hablaremos de sus medios para penetrar y dominar el territorio mediante la conquista del conocimiento y la técnica a través de la institucionalización de la investigación y la innovación. Convertir a la educación y a la investigación aplicada en la columna vertebral del Estado de Israel fue algo que comenzó a desarrollarse durante los primeros años del Yishuv. La historia de la fundación, evolución y desarrollo de sus universidades y centros de investigación supone un buen ejemplo, no sólo de una prioridad política, sino de la relación entre la construcción de la utopía y la realidad, protagonizada por dos de las figuras más significativas del sionismo: Jaim Wiezmann y David Ben-Gurión. Decía Borges que la Historia universal es la de un solo hombre, señalando con ello como las biografías individuales forman parte, en realidad, de biografías colectivas. Aunque resulte difícil reducir la historia del Estado de Israel a una sola biografía, la de Jaim Weizmann (1874-1952) es, desde luego, una de las más significativas a la hora de entender, cómo determinados hechos fortuitos hacen cambiar el curso de la historia. 395 Cuando Jaim Weizmann, bioquímico y profesor de la Universidad de Manchester, descubrió los principios de la fermentación industrial gracias a sus experimentos con la bacteria Clostridium acetobutylicum para el proceso de producción de acetona, consiguió inclinar la balanza hacia el lado de los aliados en la Primera Guerra Mundial. Gracias a la acetona se pudo incrementar sustancialmente la producción de cordita, que constituía la base del explosivo que alimentaba los cañones de la Armada británica. Ello convirtió a Jaim Weizmann en el director de los laboratorios del Almirantazgo británico de 1916 a 1919. Siendo a la vez uno de los miembros más destacados de la Organización Sionista (OS), fue uno de los pocos dirigentes de origen europeo-oriental, que creía firmemente en que una victoria de los aliados sería mucho más provechosa para el movimiento que una victoria alemana. En base a ello surgió el mito de que la Declaración Balfour (1917), por la cual Gran Bretaña daba su apoyo a la creación de un hogar nacional judío, se consiguió gracias a Wiezmann, en recompensa por sus logros al servicio del almirantazgo británico en la Primera Guerra Mundial. Sea como fuere, su estrategia de combinar la labor diplomática con la emigración práctica y el establecimiento de las infraestructuras esenciales para garantizar la autonomía del Yishuv, probó ser la más acertada. Como activista político y científico supo aunar las dos grandes pasiones que dirigieron su vida pública: la ciencia y el sionismo. Como bioquímico, registró alrededor de una centena de patentes y desde el quinto congreso sionista celebrado en 1901, trabajaría, apoyado por el estudiante vienés de filosofía, Martin Buber y el escritor político berlinés, Berthold Feiwel, para establecer en Palestina una institución de educación superior que sirviera de base para el desarrollo del futuro Estado sionista. Esa institución se convirtió en el Technion. Technion-Instituto Israelí de Tecnología Aunque la idea de fundar una universidad judía en Palestina se hallaba presente ya en el movimiento Hovevei Zion, fue la necesidad de formar a ingenieros que desarrollaran las infraestructuras propias de un Estado moderno sin tener que traerlos de Europa, la que alentó en 1912, la creación del Technion-Instituto Israelí de Tecnología. Con sede en la ciudad portuaria de Haifa, se convirtió en la primera universidad politécnica de Palestina y en la más antigua de Israel. La institución estaba nutrida, al principio, por ingenieros procedentes de Europa Occidental, por lo que la primera lengua de trabajo era el alemán, por ser una lengua mucho más adaptada a los términos científicos que el hebreo. Ello 396 causó el primer gran cisma dentro del Yishuv, en un episodio que se ha conocido como “guerra de las lenguas” debido a la intensidad que llegó a generar el debate. El incidente comenzó con una decisión del consejo de administración del Technion del 26 de octubre de 1913, mediante la cual se eligió al alemán como lengua oficial para esta institución, así como para otra de educación secundaria asociada a la misma. El consejo de administración había sido elegido por Ezra, que por aquel entonces era la institución judeo-alemana que más centros educativos había construido en el Yishuv, donde sólo en 6 de las múltiples escuelas, se hablaba hebreo (Zionist Archives141). El líder de la oposición y las revueltas fue Eliezer Ben Yehuda, judío de origen ruso y padre del hebreo moderno. La opción por el alemán, que según Ezra se había convertido en una batalla entre judíos rusos y alemanes, provocó la dimisión de dirigentes de la OS, a medida que las protestas se intensificaban y daban la vuelta al mundo, replicando actos de protesta en comunidades judías fuera de Palestina. Se trató del primer evento a gran escala de autoafirmación transclasista y transnacionalista, puesto que en él se implicaron todos los sectores sociales y de todos los orígenes étnicos y lingüísticos, demostrando con ello una rebelión frente a la imposición de la diáspora rica y asimilada (The National Library of Israel142,). Como medida de protesta, se empezaron a crear instituciones educativas independientes, que no necesitaran apoyo del exterior, y en la que la lengua oficial fuera el hebreo, asumiendo el liderazgo de la OS la tarea de crear más organizaciones educativas en este idioma. Finalmente, en 1914, el consejo de administración revocó su decisión. Tras imponerse el hebreo como lengua de instrucción, Jaim Weizmann, junto con otros eminentes científicos y académicos como Alfred Einstein, establecieron la Universidad Hebrea de Jerusalén en 1918, llamada así por el uso de esta lengua. Fue así como se crearon las dos universidades de investigación públicas que constituirían uno de los principales motores de desarrollo económico, cultural y social del país. La creación del Technion constituye el modelo en el que confluyeron los principales componentes del futuro ecosistema de innovación: la captación de capital riesgo (de carácter filantrópico en su origen), la absorción de capital humano sustentado por una emigración altamente cualificada, el apoyo de las élites políticas y una excelente y necesaria respuesta a las necesidades sociales, clave del futuro sistema de cooperación público-privada y de la transferencia de tecnología de la universidad a la empresa. 141 Zionist Archives, recuperado de: http://www.zionistarchives.org.il/en/datelist/Pages/WarOfLanguages.aspx 142 Recuperado de: https://www.nli.org.il/en/discover/history/zionism/language-war 397 Según consta en su presentación web, el Technion o “Technikum” (nombre alemán original) fue fundada como “una universidad de investigación en ciencia y tecnología, dedicada a la creación de conocimiento y al desarrollo de capital humano y liderazgo, para el avance del Estado de Israel y de toda la humanidad”143. El profesor Albert Einstein se implicó personalmente en la gestación del Technion, al considerar que el desarrollo de Palestina era un asunto de vital importancia para toda la judeidad. Tras su visita a Haifa en 1923, plantó la primera palmera del campus y estableció en Alemania la Sociedad de Amigos del Technion, de la que sería su presidente, iniciando posteriormente un tour por toda América para recaudar fondos y apoyo para la creación de instituciones de educación superior en Palestina. De acuerdo con sus propias palabras, su motivación era humanística “hago lo que puedo por ayudar a aquellos de mi tribu maltratados en todas partes”. (Sánchez, 2016) Su concepción se basaba en la creación de un Estado moderno, basado en el conocimiento, comenzando por el desarrollo básico de las infraestructuras eléctricas, abastecimiento de agua, construcción de carreteras y vías de comunicación, jugando una labor esencial en la absorción de emigrantes cualificados y en la preparación de jóvenes generaciones de ingenieros que garantizaran el control técnico de las necesidades básicas para la supervivencia y crecimiento del Estado de Israel. Finalmente, en 1925, el Technion celebró su ceremonia de puertas abiertas y se matricularon sus primeros 17 estudiantes. Gracias a la emigración de judíos provenientes de Centroeuropa que huían de la persecución nazi, el Technion pudo crecer y nutrirse de un gran número de académicos de gran prestigio, estando dispuestos a reducirse el sueldo a la mitad para asegurar la supervivencia de la institución en tiempos tan difíciles como el período de entreguerras. Durante la Segunda Guerra Mundial, muchos estudiantes del Technion se enrolaron en el ejército británico para luchar contra el Tercer Reich y en los años precedentes a la creación del Estado, el Technion se convirtió en un centro activo de las organizaciones clandestinas de defensa judías, particularmente la Haganá, germen de las futuras Fuerzas de Defensa de Israel, convirtiéndose en un proveedor de tecnología aplicada a la defensa, factor que resultó determinante en la lucha por la independencia. Coincidiendo con la creación del Estado de Israel en 1948, se fundarían la Facultad de Ingeniería Eléctrica, la Facultad de Ingeniería Mecánica y en 1949 el Departamento de 143 Recuperado de: https://www.technion.ac.il/en/home-2/ 398 Ingeniería Aeronáutica, decisivo para la formación de la industria aeroespacial y la fuerza aérea del ejército, que constituiría, en el futuro, la principal ventaja geoestratégica de Israel frente a sus adversarios. La Universidad Hebrea de Jerusalén Como ya se ha anticipado, en el contexto de la guerra de las lenguas nació en el Yishuv la segunda institución de educación superior: La Universidad Hebrea de Jerusalén. Entre los miembros de su primer Consejo Rector se encontraban académicos de primer nivel como Albert Einstein, Sigmund Freud, Martin Buber, y Jaim Weizmann y en la última década, siete de sus investigadores han recibido el Premio Nobel. El 1 de abril de 1925 la Universidad abrió su primer campus en Mount Scopus, en la parte oriental de Jerusalén, en una ceremonia de gala a la que atenderían los principales líderes de las comunidades judías del mundo y dignatarios del mandato británico, incluyendo a Lord Balfour, el general Allenby o Sir Herbert Samuel, reflejo del papel decisivo que las autoridades británicas habían tenido hasta el momento en la creación de un “hogar nacional judío” en Palestina. Cuando Israel proclamó su independencia en 1948, la universidad ya se había consolidado como institución académica, incrementando sus planes de enseñanza en los ámbitos de la medicina, del derecho y la agricultura. En 1952, el antiguo Instituto de agricultura de Rehovot se convirtió en una Facultad de investigación propiamente dicha, reflejando con ello la importancia política que se otorgó a la investigación en agricultura como única manera de garantizar la autosuficiencia alimentaria y reducir su dependencia del exterior, con el fin de asegurar la viabilidad y consolidación del Estado. Pero al igual que sucedió con el Technion, la Universidad Hebrea no era impermeable al devenir de la historia y se vio afectada, debido a su localización, por los acontecimientos políticos surgidos a raíz del conflicto con los Estados árabes durante la guerra 1947-49. Los convoyes que se desplazaban entre la sección de Jerusalén controlada por las fuerzas israelíes y el campus de Mount Scopus, sufrieron numerosos ataques, siendo el más severo uno de ellos que costó la vida a 79 personas que trabajaban en el Hospital universitario de Hadassah, por lo que se decidió evacuar a todo el personal del hospital, cerrar el campus de Mount Scopus y trasladarlo a otras nuevas instalaciones en Givat Ram, en la Jerusalén occidental, completándose las obras en 1958. Unos años después se 399 construiría en el distrito de Ein Keren un nuevo campus dedicado a las ciencias de la salud. Tras la guerra de 1967 se produjo la ocupación de la Jerusalén oriental, quedando unificada la ciudad bajo soberanía israelí y produciéndose la anexión oficial con la Ley de Jerusalén de 30 de julio de 1980, por lo que la universidad pudo retornar al campus de Mount Scopus, que tuvo que ser reconstruido. Una vez completadas las obras en 1981, volvió a ser el principal campus de la Universidad. Si el Technion ha sido la universidad fundamental para la construcción del sostén material del Estado, la Universidad Hebrea lo ha sido para su sostén “espiritual”, ya que de sus departamentos de sociología e historia han salido las narrativas históricas dominantes por más de cincuenta años en Israel. Uno de los mejores ejemplos es el académico y activista sionista Ben-Zion Dinur, que puede considerarse como el padre del sistema educativo israelí. Como director del Jewish Teachers’ Training College de Jerusalén formó en la ortodoxia sionista (y sus mitos fundacionales de negación del exilio, retorno a la tierra de Israel y el retorno a la historia) a generaciones de profesores que se convertirían en los principales transmisores de la narrativa sionista que blanqueaba la desposesión palestina. Desde su puesto como profesor de historia judía moderna en la Universidad Hebrea de Jerusalén (1936-1952) elaboró trabajos en los que describió el sionismo en la diáspora como “a huge river into which flowed all the smaller streams and tributaries os the Jewish struggle down the ages” (Wisse, 2000, IV, párr. 2). Compaginó su trabajo como profesor con su activismo político llegando a ser diputado por Mapai en las primeras elecciones legislativas, y ministro de educación y cultura desde 1951 a 1955, bajo cuyo mandato se elaboró, en 1953, la Ley de Educación Nacional con el fin de limitar la influencia de entidades no estatales sobre la educación pública, lo que incluía a partidos políticos, instituciones religiosas o comunitarias, poniendo así en manos del Estado el monopolio sobre la transmisión de mensajes. Entre otros objetivos educativos la ley delineaba “the objectives of State education with regard to universal values; the values of Israel's society and heritage; remembrance of the Holocaust and heroism” (Archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel144), uniformizando con ello la narrativa del mensaje nacionalista-sionista. Dinur fue además presidente de Yad Vashem145 desde 1953 144 Recuperado de: https://mfa.gov.il/MFA/MFA- Archive/2003/Pages/Summary%20of%20the%20principal%20laws%20relating%20to%20educatio.aspx 145 World Holocaust Remembrance Center, institución que representa la máxima autoridad mundial para la educación sobre el Holocausto, documentación e investigación. 400 a 1959, incorporando con ello el Holocausto a la narrativa legitimista estatal, que convirtió a Israel en un Estado-refugio. En este sentido, la Universidad Hebrea ha jugado también un papel crucial como institución educativa de referencia mundial para los estudios judíos, acogiendo la Biblioteca Nacional Judía, fundada en 1892, que centraliza una de las más extensas colecciones de libros y manuscritos de judaica y hebraica del mundo. Esta biblioteca alberga ejemplares de todas las publicaciones efectuadas en Israel y adquiere todo lo que se publica sobre Israel en el mundo. Posee más de cinco millones de libros, entre los que se cuentan colecciones tan importantes como los archivos y manuscritos de Albert Einstein, cedidos en su testamento a la Universidad, la colección de mapas de Eran Laor, la colección de Gershom Scholem e incluso una colección de los manuscritos y obras de Maimónides. (Biblioteca Nacional del Israel146) Con su emblema de la antorcha eterna y su lema de extender las fronteras del conocimiento para el beneficio de toda la humanidad, la Universidad Hebrea jugó un papel decisivo durante el Yishuv para la formación de líderes en los ámbitos público, científico, educativo y profesional, además de competir por convertirse en el centro de referencia mundial para la preservación e investigación sobre la historia y tradición judías en el mundo contemporáneo. Es uno de los mejores ejemplos del poder infraestructural del Estado y de su capacidad de penetración en la sociedad civil. Instituto Weizmann de Ciencias La última de las grandes instituciones educativas que se creó en el periodo previo a la fundación del Estado es el Instituto Weizmann de Ciencias (1934), llamado así en honor al profesor y futuro presidente de Israel, Jaim Weizmann. Se trata de una institución dedicada eminentemente a la investigación, y pronto se convirtió en una institución puntera en ciencia básica. Llamado inicialmente Instituto Daniel Sieff, en honor a su filántropo británico (co-fundador de Mark’s & Spencer) y amigo personal de Jaim Weizmann, fue la institución encargada de acoger al gran número de científicos y académicos que huyeron de Alemania en la década de 1930. Según su propia presentación, el Instituto funciona como un centro de pensamiento con el objetivo de impulsar el desarrollo económico y tecnológico del país: “Scientific activity centered 146 Recuperado de: https://www.nli.org.il/en 401 around areas of critical importance to the region's fledgling economy, including the citrus industry, plant research, dairy farming, and medicine” (The Chaim Weizmann Laboratory147) Al igual que en el caso de la Universidad Hebrea, un acontecimiento bélico, la Segunda Guerra Mundial, dejó su impronta en los fines de la institución, dedicándose durante estos años a la producción de atabrina y evipan, medicamentos demandados por el Imperio británico para combatir la malaria y calmar el dolor respectivamente. Durante la Segunda Guerra Mundial, Palestina se convirtió en el principal centro de aprovisionamiento británico para apoyar sus esfuerzos bélicos en la región, lo que incrementó en gran medida, la prosperidad económica del Yishuv y el fomento de su industria de producción armamentística y textil, además de la farmacéutica. El propio Weizmann volvió a contribuir a los esfuerzos bélicos británicos, investigando cómo obtener caucho sintético, siendo un buen ejemplo de cómo la demanda del Estado y las necesidades militares incentivan la innovación. El Instituto Weizmann fue la primera institución de educación superior en fundar una empresa pionera a nivel mundial en 1959, Yeda, encargada de la comercialización de sus patentes y descubrimientos, fomentando con ello la colaboración público-privada y desarrollando el modelo de transferencia tecnológica universidad-empresa que tanto éxito económico ha reportado a las universidades y al Estado de Israel. Gracias a ello, en la actualidad, se han registrado más de 2.000 familias de patentes, generando con ello un tercio de los ingresos que consume el Instituto para su funcionamiento anual. 5.6.2. Los orígenes sociológicos de la educación como la cristalización moral de la nación La exposición sobre la infraestructura educativa que se empezó a forjar en el Yishuv, con anterioridad a la propia democracia de partidos, demuestra la estrecha relación que se forjó en el sionismo entre conocimiento y poder. Esta relación, además de pragmática, es profundamente moral, ya que en el espíritu fundador de estas iniciativas educativas subyace un principio que ha sido parte de la cristalización del Estado-nación en Israel: el conocimiento como vía para alcanzar la autosuficiencia y la hegemonía. 147 Recuperado de: https://www.weizmann.ac.il/oc/weizsieff.shtml 402 El conocimiento y la alfabetización como seña identitaria y cristalización moral no es ajena a la historia del judaísmo y constituye uno de los genes ideológicos más importantes que han contribuido a preservar la identidad colectiva a través de los siglos. La alfabetización fue la responsable de la especialización profesional de los judíos en determinados sectores productivos, y su racionalidad es tanto económica como religiosa. La relación entre componente étnico y especialización económica en el judaísmo ha sido estudiada por historiadores de la teoría del capital humano como Botticcini y Eckstein (2003). Según estos autores, esta especialización hunde sus raíces en la reforma educativa que tuvo lugar en el siglo I y que dio a las poblaciones judías una considerable ventaja, coincidiendo con la expansión de los primeros imperios islámicos en Oriente Medio, que precisaban de mano de obra cualificada para gestionar su naciente estructura imperial. Allá donde se incrementó la urbanización y el crecimiento de grandes ciudades, los judíos se movieron atraídos por la ventaja comparativa que en el mercado de trabajo urbano les otorgaba su especialización en determinados sectores: artesanía, comercio, medicina y finanzas. Hacia finales de la Edad Media, este hecho se convirtió en una seña de identidad característica, ya que, como demuestran en su análisis económico Botticcini y Eckstein (2003), los judíos que se dedican al cultivo de la tierra fueron más proclives a la conversión. La transición de la agricultura al comercio en el mundo judío tuvo lugar en el siglo VIII, principalmente en Mesopotamia, durante la creación y expansión del Imperio abasí, coincidiendo con distintos procesos migratorios. Los judíos aquí podían poseer tierra, pero no las trabajaban, ya que los recursos económicos provenientes de los centros urbanos eran mucho más lucrativos y podían escapar a la yizya. La razón por la que pudo producirse esta especialización y el motivo por el que no se dio de manera generalizada entre otros estratos de la mayoritaria población rural, es que la mayoría de los varones judíos de la época estaban alfabetizados. Esto les otorgó una ventaja comparativa para acceder a los puestos mejor pagados y especializados dentro del imperio. La alfabetización obligatoria para los varones judíos fue impuesta por el sumo sacerdote Josué Ben Gamala en el año 64, mediante una ordenanza que establecía que se nombraran maestros en cada distrito y cada pueblo (hasta entonces, sólo existían en Jerusalén) y que la asistencia a la escuela fuera obligatoria para todos los niños de entre 6 y 7 años. Con la destrucción del segundo templo en el 70 DC, el centro del judaísmo pasó del templo de Jerusalén al estudio de la Torá, convirtiéndose la sinagoga en el centro de esta nueva actividad. De hecho, la redacción del Talmud (discusiones rabínicas sobre leyes judías, 403 tradición, etc.) y la Mishná (tradición oral judía o Torá oral) ocurrió entre los siglos segundo y sexto. El impulso de la alfabetización democratizó a las comunidades, aunque también impuso la moral de los rabinos y letrados, por lo que la lectura del Talmud no estaba exenta de declaraciones peyorativas hacia los judíos analfabetos, a quienes se les denominaba despectivamente como los “Am Ha-Aretz" (literalmente un hombre de la tierra, es decir, un cateto). De este modo, la educación obligatoria, así como la lectura de la Torá, el Talmud y la Mishná se convirtieron en la esencia del judaísmo rabínico, en una prescripción normativa de la comunidad que tendría un poder estructurante sin precedentes, ya que daría a todos los varones judíos tanto el control de los medios (palabra escrita) como del mensaje (contenido ético, legal y moral de las prescripciones religiosas). La educación tuvo, sin embargo, un impacto positivo sólo en los ingresos de los comerciantes, no de los agricultores. De hecho, el coste de la educación de los hijos para los judíos agricultores entre los siglos II y VI provocó conversiones graduales e hizo que la población judía a nivel mundial descendiera de 4,5 millones a 1,5. El deterioro de las condiciones económicas en algunos lugares provocó migraciones masivas por parte de judíos agricultores comprometidos con su religión hacia importantes centros de “vida judía”, como ocurrió con las migraciones desde Egipto y Palestina a Babilonia en los siglos II y III. Ello explica que entre los siglos VI y XI, el 70% de la población judía mundial viviera en Mesopotamia. Una vez se consolidaron en las nuevas profesiones de mercaderes y financieros, no tuvieran problemas en emigrar hacia nuevos centros urbanos atraídos por nuevas oportunidades económicas. Ello explica los grandes procesos migratorios hacia Europa que tuvieron lugar entre los siglos IX y X (coincidiendo con la gran expansión y protagonismo de los kazares en el comercio o los Holke Rusyah (viajantes de Rusia). Por todo ello, Botticcini y Eckstein (ibid) concluyen que la elección ocupacional de los judíos en profesiones cualificadas eminentemente urbanas fue el resultado de la inversión en educación, tanto como de la urbanización. El judaísmo fue evolucionando al son de migraciones en búsqueda de oportunidades comerciales, multiplicando con ello los centros de poder y sus referentes culturales (askenazí, sefardí, mizrají) No obstante, el transnacionalismo también dotó a las diferentes comunidades de cierta unidad civilizacional y solidaridad comunal, ya que el empleo de redes comerciales ayudó a la transmisión de mensajes ideológicos y al fortalecimiento de la confianza basada en ciertos códigos comunes. Fue así como la educación se transformó en una marca de prestigio social, fortaleciendo el liderazgo laico de las comunidades. 404 Esta breve exposición sobre la historia económica del judaísmo muestra la interdependencia entre poder económico e ideología y cómo las normas sociales, actitudes y valores contribuyen a la estratificación social y a explicar tendencias económicas a largo plazo. Este impulso de la alfabetización incentivado por necesidades del capitalismo llegó a Europa más tardíamente, pero alcanzó su cenit en el siglo XIX, tras la revolución industrial, que culminó con la extensión global del capitalismo y el impulso del colonialismo europeo. No obstante, este expansionismo económico no dejó nunca de estar exento de cuestiones morales e ideológicas, como la idea de superioridad y misión civilizacional, compartida por la mayoría de Estados europeos en sus empresas coloniales. El sionismo, con su prioridad por establecer centros de excelencia educativa, también demuestra la estrecha relación entre economía e ideología. Los primeros sionistas estaban convencidos de que la educación, por sí sola, mejoraría las condiciones de vida de judíos y palestinos por igual. La necesidad de autosuficiencia, de incrementar los poderes autónomos del Yishuv, llevó también a buscar la manera de conseguir el conocimiento técnico necesario para lograr el objetivo de la autosuficiencia alimentaria, así como la construcción y el desarrollo del poder infraestructural del Estado. En ambas subyace la idea de reducir la dependencia de la diáspora, de desprenderse de sus vestiduras coloniales que lo vinculaban con la “metrópoli”, y de empezar a desarrollar sus propios recursos, ya sean materiales o humanos. Padres fundadores como Weizmann, Ben-Gurión o Trumpeldor, atribuyeron a la futura patria judía la misión de ser una antorcha del conocimiento para aportar luz al mundo. Así, la técnica al servicio de la creación de la nación ha marcado la historia del desarrollo económico y tecnológico de Israel desde la creación de la primera Escuela Agrícola, la Mikveh Israel ya en 1870. Las actas de los congresos sionistas están repletas de sugerencias y planes para establecer comités y grupos de expertos para evaluar el desarrollo y la capacidad económica de absorción del Yishuv y del futuro Estado. También contienen provisiones y opiniones de expertos sobre procedimientos legislativos, de gobierno o administrativos. La idea de que el proceso colonial debía seguir unas pautas de desarrollo apoyadas en la ciencia, así como el papel otorgado a los tecnócratas, señalan que la empresa sionista era tan idealista como técnico- burocrática, llegando a existir una enconada competencia entre ambas tendencias. En este último aspecto, resulta interesante observar, siguiendo a Penslar (1990), la relevancia que 405 a veces se dio a los medios técnicos sobre el idealismo, aunque éste nunca llegara a dirigir la política del Yishuv, y cómo la élite tecnocrática sionista contribuyó junto con los pioneros idealistas en hacer del sionismo un proyecto económico colonial de éxito. En una investigación sobre la contribución de la visión imperialista del tecnócrata y botánico alemán Otto Warburg148, Penslar encontró que este afirmaba lo siguiente: “any colonial operation would be able to draw on long-term credit from major financial institutions. With enough credit, a colonial society would be able to begin operations and attract investments” (Penslar,1990, pág. 147) La idea de dirigir el desarrollo económico del Yishuv como una gran empresa, en lugar de interferir en la dirección política del mismo a través de instituciones como la Agencia Judía o el futuro Estado, estuvo en el debate público desde el principio. Sin embargo, Penslar concluye con que esta visión tecnocrática colonial, corresponde sólo a una primera fase del sionismo: “The story of Warburg’s contribution to and clashes with the Zionist movement suggests that colonial models were vital to Zionism in its infancy but were discarded as the movement groped its way towards its own developmental dynamic” (Penslar, 1990, pág. 144) A pesar del rechazo a la intervención de los tecnócratas en la dirección política, éstos jugaron un papel importante en la movilización de recursos a favor del Estado y del incipiente militarismo, sobre todo a partir de las tensiones sociales con los palestinos y con las autoridades del mandato que se generaron en la década 1929-1939, produciendo con ello la fusión entre economía, política y ciencia en el proto-Estado. La mejor traducción política que tenemos de esta visión ideológica la encontramos en la famosa alocución Visión y Redención, efectuada por Ben-Gurión en la Knesset149 en 1958. En ella afirma que sólo se puede encontrar la redención por medio del conocimiento y declara que las dos leyes que pueden considerarse como la encarnación moral del Estado, sus leyes supremas, son la Ley de Retorno de 1950, que convirtió a Israel en un Estado- refugio; y la Ley de Educación del Estado de 1953, en la que se ensalzan los logros científicos a favor del Estado. El párrafo segundo de esta ley establece lo siguiente150: 148 Director de la Comisión para la expedición de Palestina de la Organización Sionista Mundial, 149 Parlamento de Israel 150 Recuperado de: https://www.knesset.gov.il/review/data/eng/law/kns2_education_eng.pdf 406 Según Ben-Gurión, esta segunda ley determina la dirección social del Estado y representa la aspiración del pueblo de Israel: “This law lays down the main lines for making us into a model people and a model state and asserts our unfailing bond with the Jewish people in the world.” (Ben-Gurión, 1958151) En conclusión, la cristalización moral del Estado en la educación y la emigración, como toda moral, desempeñó un papel decisivo a la hora de crear consensos y reducir las tensiones sociales, convirtiéndose en una estrategia adaptativa que respondía a dos inquietudes fundamentales para garantizar la viabilidad del Estado: promover la emigración en masa y facilitar las condiciones que hagan de la emigración a Israel algo atractivo, es decir, que sea una economía avanzada donde se den las condiciones óptimas para el emprendimiento y la autosuficiencia económica. A fin de alcanzar este objetivo, la iniciativa privada jugó un papel fundamental y el Yishuv empleó muchos esfuerzos para lograr atraer capital e inversiones. Parte de esos esfuerzos se centraron en la atracción de inversores interesados en el desarrollo agrícola o inmobiliario, pero la clave del éxito provino de su posición como intermediario dentro del entramado de redes de explotación capitalista del Imperio británico. En este contexto, existen dos industrias que son representativas, no sólo de los contactos entre capital privado y esfera pública, sino entre estos y las redes del capitalismo internacional colonial, situando a Palestina en el papel de intermediario de la cadena productiva que conectó África, Oriente Medio y el Imperio británico. Esas dos industrias son el chocolate y los diamantes. De entre ellas, me centraré en la industria de la talla de diamantes para demostrar que el proceso de cristalización del Estado, así como los medios organizacionales que contribuyeron a su éxito en el Yishuv, no pueden entenderse sin apreciar su papel como intercesor dentro de la lógica de gobierno del Imperio británico hasta 1956. 151 “David Ben-Gurion’s “Vision and Redemption”, Center for Israel Education, Recuperado de: https://israeled.org/resources/documents/david-ben-gurions-vision-redemption/ 407 5.6.3. La industria del diamante: la relación entre imperialismo y economía nacional El mejor estudio sobre la industria del diamante en Israel ha sido efectuado por el profesor de la Universidad de Tel Aviv, David De Vries, quien en su obra Diamonds and War. State Capital and Labour in British-Ruled Palestine (2019 a), relata como la British- South Africa Company extraía los diamantes de Sudáfrica o Sierra Leona para distribuirlos entre los principales centros de talla de diamantes europeos a través de canales comerciales y financieros situados en Londres. Este circuito de praxis conectó a aventureros en busca de fortuna con inversores, funcionarios coloniales, bancos, autoridades aduaneras y departamentos comerciales estatales, unificando redes económicas y políticas, diluyendo con ello la teórica separación liberal entre sociedad civil y Estado y situando a ambos en el marco de redes geopolíticas globales. Los imperios se convirtieron así en las principales estructuras sustentadoras de las redes de poder que construyeron el capitalismo global desde el siglo XIX hasta la segunda mitad del siglo XX y son por ello responsables de las múltiples fracturas que surgieron entre los centros occidentales y sus periferias. De entre estas periferias, Palestina, que llegó a considerarse como el séptimo de los “dominion” de la Commonwealth británica, constituye un caso claro de lo que Nexon and Wright (2007, pág. 265) denominan como entidades “intermediarias”. La influencia de la geopolítica sobre la industria del diamante y sobre el impacto de esta en la historia de Israel llegaría con el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial. Hacia 1940 Amberes se había convertido en la capital europea de la talla de diamantes, donde el 80% de la población judía de la ciudad vivía de esta industria. Tras quedar patente las pretensiones expansionistas de Hitler al invadir, por razones geoestratégicas, los neutrales Países Bajos y Bélgica, Gran Bretaña se concentró en evitar, al menos, que Hitler se hiciera con el control de la industria del diamante. La consideración de la talla de diamantes como una industria clave por parte de Gran Bretaña provenía de su carácter de tecnología de doble uso: no sólo colmaba la demanda de joyas de lujo, sino que además tenía importantes aplicaciones industriales (serrar, pulir o taladrar hormigón y materiales pétreos…), que resultarían necesarias para el desarrollo de la maquinaria de guerra aliada. Por ello, el control de la talla de diamantes se convirtió en una cuestión de interés nacional británico y parte del esfuerzo bélico con el que contribuyó el Yishuv a hacer frente a la agresión nazi. El traslado de la industria de la talla de diamantes a Palestina transformó a 408 esta actividad económica en una industria de carácter nacional y en una seña identitaria del Estado. Por ello, pocos ejemplos encontraremos más representativos para entender el surgimiento de una industria nacional dentro de la triada capitalismo-nacionalismo- militarismo que el desarrollo de la industria del diamante en Palestina. Ello es así, no sólo por los motivos geopolíticos expuestos, sino porque, como señala De Vries (2019 b), el mismo proceso productivo relacionado con la talla de diamantes así lo favoreció. Este proceso, al igual que el desarrollo de la alfabetización ya expuesto, se remonta a siglos atrás, cuando en el siglo XV Lodewyk van Berken inventó en Amberes la técnica “scaife” de pulido. La llegada a Flandes de judíos expulsados de España y Portugal, muchos de ellos mercaderes y artesanos, concentró esta industria en sus manos, ya que no existían restricciones gremiales ni comerciales para este producto, reproduciendo los nichos económicos étnicos que tan frecuentemente han ocupado los judíos de Europa. Sin embargo, el gran crecimiento de esta industria se produciría a partir de 1880, coincidiendo con las olas migratorias de judíos provenientes del Imperio ruso y Austrohúngaro. La ciudad pasó de albergar 151 judíos en 1829 a 35.000 en 1930 (Ghiuzeli, s.f.). El floreciente comercio de diamantes, cuyas transacciones se efectuaban mayoritariamente en yiddish, colapsó con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, por lo que, tanto comerciantes como artesanos, tuvieron de huir buscando fortuna en otras latitudes. La iniciativa de trasladar esta industria a Palestina es el producto de una emergencia intersticial, una de esas raras “eventful temporalities” de las que habla Sewell (2005). Por un lado, se encuentra incardinada en los intereses de las compañías de extracción de diamantes que formaron el cártel De Beers (1888), que llegó a controlar entre el 80% y el 85% de la extracción mundial, y que necesitaban encontrar mercados alternativos más seguros. Por otro lado, se encuentra en el interés británico por financiar parte de los gastos de la guerra por medio del control de las exportaciones de diamantes. Por último, está relacionada con la prosperidad económica que la guerra trajo a Estados Unidos lo que, unido a la inflación que veía en el mercado de piedras preciosas un valor seguro, provocó el incremento de su demanda. Según recoge De Vries (2019 b), tan sólo unos meses después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, se abrieron las primeras fábricas de pulido en Netanya, Tel Aviv y Petah Tikva y al cabo de cuatro años, ya había más de 30 pequeñas fábricas que empleaban a más de 5.000 trabajadores, lo que suponía un 8-10 % del trabajo manufacturero judío. Ya en 1937 se creó el Club de Diamantes de Palestina, convirtiéndose en 1951 en la Bolsa de Diamantes de Israel (Israel Diamond Exchange), siendo hoy la mayor que existe en el mundo. A pesar de que muchos de los judíos que 409 huyeron de Amberes establecieron talleres en Reino Unido, Cuba, Brasil, Nueva York o Puerto Rico, Palestina se convirtió en la industria del diamante de crecimiento más rápido en la época y el principal exportador de diamantes a Estados Unidos, Canadá o la India. Fue en este ambiente bélico en el que surgió el estrecho contacto entre la industria del diamante y las fuerzas nacionalistas del Estado. El carácter nacional de la industria del diamante provino principalmente del empleo de mano de obra exclusivamente judía, mucha de ella proveniente de judíos huidos de Bélgica. Tanto los británicos como los gestores de De Beers prefirieron emplear a una mano de obra en la que confiaban, puesto que conocían el negocio, ya habían trabajado con ellos y compartían códigos culturales comunes. De hecho, la compañía de Beers se fundó con capital prestado a Cecil Rhodes por el magnate de los diamantes judeo-alemán, Alfred Beit y por la filial británica de la Banca Rothschild. Sus socios principales eran en su mayoría “Randlords”152, entre los que se encontraban un gran número de judíos de origen alemán como Barley Barnato, George y Leopold Albu, Otto Beit, Gustav Imroth, Solomon (Barnato) Joel, Sammy Marks, Sigismund Neumann o Jules Porgès. Se trataba de una industria controlada, desde el proceso de extracción hasta el pulido y distribución, por una mayoría de judíos, que habían llegado a ella bien partiendo desde cero y buscando fortuna o bien como inversores. Los centros de producción y las redes de comercialización de diamantes coincidían exactamente con los principales núcleos de población judía en esta época, facilitando así su circulación. La industria del diamante era, por así decirlo, un circuito de praxis mayoritariamente judío153 Otro aspecto importante que influyó en la “nacionalización” de la industria del diamante en Palestina fue su papel como facilitadora para la salvación de judíos que huían del asedio nazi en Bélgica, contribuyendo simultáneamente al esfuerzo sionista y a la lucha contra Hitler. Además de ello, tuvo un papel importante en el desarrollo urbano de ciudades como Netanya, ya que su alcalde, Oved Ben-Ami (1905-1988), gran activista en los círculos del sionismo liberal fue precisamente el capitalista y emprendedor que montó la primera fábrica de diamantes en su ciudad, contribuyendo con ello al desarrollo de la que se convertiría en la industria más importante de Israel en términos de exportación. Oved Ben-Ami representaba el sionismo capitalista que defendía la construcción de un Estado basado en el individualismo y en la iniciativa privada y empleó 152 Nombre por el que se conoce a los capitalistas que controlaban la extracción de oro y diamantes en Sudáfrica. 153 Recuperado de: https://en.israelidiamond.co.il/about-the-israeli-diamond-industry/ 410 buena parte de su tiempo en difundir sus ideas en periódicos de centroderecha como Doar Hayom, o en convencer a inversores de Estados Unidos para que invirtieran en la compra de tierras o plantaciones. Este desarrollo económico del Yishuv inquietó a los británicos, interesados en limitar la autonomía de cualquiera de las comunidades nacionales en Palestina, por lo que el Ministerio de Economía de la Guerra en Londres envió una serie de instrucciones para limitar el crecimiento de la industria bajo la condición de que, una vez acabara la guerra, la industria del diamante palestina no supusiera una competencia fuerte para Ámsterdam o Amberes. El control británico se ejerció mediante limitaciones a la importación de diamantes en bruto y cuotas a la exportación de diamantes pulidos, efectuadas bajo la supervisión de la Jewish Association of Diamond Manufacturers. Como apunta De Vries (2019 b), en este sentido, los británicos no trataron a Palestina de forma diferente a como lo hubieran hecho con los subcontratistas de minas en Sierra Leona, ajustándose al modelo de concesiones y monopolios vigente en cualquier territorio del Imperio británico. A pesar de estas cortapisas, la industria del diamante favoreció también la investigación aplicada en el campo de la ingeniería industrial, ya que la mayoría de la maquinaria necesaria tuvo que ser fabricada en Palestina y muchos de sus trabajadores tuvieron que recibir formación desde cero, por lo que supuso también un motor para el desarrollo de los recursos humanos en el Yishuv, provocando con ello el surgimiento de técnicas de fabricación locales. Técnicas como el cortado con láser, la automatización del redondeado y del pulido o la informatización del sistema de producción, tuvieron lugar en Israel, llegando a convertirse en el exportador que satisfacía el 80% de la demanda a nivel mundial. Según los datos del Observatorio de Complejidad Económica, las exportaciones de diamantes en Israel en 2020 supusieron el 11,3% del total del valor de las mismas (5,77 billones de dólares) ocupando el segundo lugar en las importaciones (2,65 billones de dólares) por lo que continúa representando la mayor industria del país en relación con el porcentaje del PIB154 . El desarrollo de la industria del diamante, efectuado mayoritariamente con iniciativa de capital privado, es ilustrativo de las dos tendencias en pugna que estaban presentes en el Yishuv en la década de los treinta y que se convertirían en los principales núcleos, junto 154 Datos recuperados de: https://oec.world/en/profile/country/isr#historical-data 411 con el sionismo religioso, de la competencia política y socioeconómica por hacerse con el control de los recursos de poder del futuro Estado. Esas tendencias son el nacionalismo capitalista intervencionista y el nacionalismo capitalista no intervencionista o liberal. El primero de ellos basó la construcción nacional en una intervención intensiva en el trabajo, monopolizándolo en manos judías por medio del cooperativismo y la centralización de su gestión desde la Agencia Judía o el Histadrut, dominados por el laborismo. El segundo basó la construcción nacional en el capital y en la iniciativa privada, construyendo una industria nacional desconectada de la economía árabe circundante, pero en estrecha relación con los intereses económicos del Imperio británico o con la supervivencia posterior del propio Estado. La historia económica del futuro Estado estará marcada por la coexistencia de ambas tendencias hasta que, al hilo de los acontecimientos macroeconómicos internacionales, se acabe imponiendo el triunfo de la liberal a partir de los años ochenta. Hasta llegar a ese momento, el Estado será un actor económico de primera magnitud, para lo cual, la organización de servicios asistenciales resultará clave a la hora de probar su eficiencia y hacer realidad su compromiso con la igualdad y los derechos de ciudadanía. 5.6.4. Las funciones tradicionales del Estado: la beneficencia asistencial La asunción por parte del Estado de funciones relacionadas con la “caridad” asistencial como parte de los derechos sociales originados históricamente para atender las desigualdades del capitalismo, generaron unos poderes infraestructurales que invadieron aspectos de la vida social que darían lugar a uno de los poderes más importantes del Estado: su capacidad para crear vínculos basados en necesidades básicas como la salud y la alfabetización, sembrando con ello el germen de los futuros derechos de ciudadanía y haciendo con ello la emigración a Palestina mucho más atractiva. Todas las organizaciones que se crearon en la etapa pre-estatal regulaban la vida cotidiana de los emigrantes judíos a través de la construcción de infraestructuras que sirvieron de base para el futuro Estado. De este modo, era imposible vivir en el Yishuv sin que algún aspecto de la vida (si no todos) estuvieran controlados por una relación de dependencia con algunas de estas instituciones sionistas o religiosas que proveían las necesidades básicas para la vida en Palestina. De entre estas instituciones, las más relevantes en cuanto a su capacidad estructural fueron las de salud y las encaminadas a la alfabetización. 412 En cuanto a la infraestructura sanitaria, el carácter subdesarrollado de las comunidades árabes y judía en Palestina dio lugar a la profusión de entidades privadas segregadas de carácter asistencial, sostenidas por fondos caritativos provenientes de redes diferenciadas en el contexto de la separación inter-comunitaria desarrollada por el Mandato británico. En el ámbito de la salud pública, la Sociedad de Naciones creó un comité especial para su supervisión, considerándose ésta como sinónimo de buen gobierno y como algo digno de apoyo, ya que se consideraba el mejor antecedente para el futuro ejercicio de la soberanía política. Así, en 1924 se creó el Board of Health dentro del Comité Ejecutivo de la OS, compuesto por varias entidades sanitarias judías, a fin de colaborar con la organización hermana de la Liga de Naciones, de modo que, hacia mediados de 1920, ya existía una infraestructura de salud pública cuasi-gubernamental, compuesta por Hadassah (La Organización Sionista de Mujeres Americanas) y Kupat Holim (el fondo de enfermedad general del Histadrut). La red Hadassah operaba con fondos provenientes de EE. UU. y, dirigida por la líder sionista Henrieta Szold, organizaba un entramado de clínicas, hospitales y centros para la infancia. Hacia finales de la década de 1920, Hadassa era uno de los principales empleadores en Palestina (Borowy, 2005, págs. 429-30). La red Kupat Holim Clalit, establecida en 1911, funcionaba inspirándose en el modelo alemán de mutualidades asistenciales o de socorro mutuo, ofreciendo un amplio abanico de servicios de salud para los afiliados al Histadrut. El crecimiento y modo de operar de estas redes asistenciales estaba diseñado para demostrar la igualdad de estándares político-sociales entre Europa y el Yishuv, con la intención de que las autoridades británicas viesen a los judíos como “fellow natives”, a diferencia de la comunidad árabe palestina, que era presentada como atrasada y con necesidad de recibir supervisión. Para el Yishuv, la construcción institucional-infraestructural se convirtió en una forma de hacer campaña para la causa de la independencia, llegando a dedicar más del doble del gasto británico en Palestina en asistencia sanitaria. Sin embargo, este gasto se concentró en la asistencia a la comunidad judía, existiendo una marcada segregación por pacientes en base al origen étnico-religioso, ya que estas instituciones sanitarias y asistenciales se veían a sí mismas como parte del movimiento sionista, por lo que sus objetivos eran incompatibles con los intereses árabes. Esta visión fue particularmente acentuada a partir de los choques de 1929 (Borowy, 2005, págs. 429-30). En cuanto al sistema educativo y a la alfabetización básica, al igual que con la asistencia sanitaria, se crearon dos sistemas paralelos e independientes: uno árabe y otro judío. Tras la guerra de las lenguas a la que ya se ha hecho mención, el sistema de escuelas no 413 religiosas estuvo administrado en el Yishuv por el Jewish Board of Education, quedando a partir de 1920, bajo la autoridad del Ejecutivo sionista y, más tarde, de la Agencia Judía, contribuyendo en un 90% a su financiación. Sin embargo, hacia 1932 este porcentaje ya se había reducido a un 42% (Borowy, 2005, págs. 429-30), pasando gradualmente la gestión educativa a entidades locales, o asumiendo las propias escuelas la gestión mediante el cobro de elevadas tasas académicas. Las escuelas vocacionales o de formación profesional mantuvieron una financiación mixta, proveniente del Histadrut o de organismos de la diáspora, como la rusa ORT (Obshestvo Remeslenofo zemledelcheskofo Truda) o la británica WIZO (Women's International Zionist Organization). Gradualmente, el control fue pasando del ejecutivo sionista a entidades locales como el Consejo Nacional Judío, quedando el ejecutivo de la OS a cargo únicamente de escuelas elementales o de centros de formación de docentes, mientras que el Va’ad Leuni, a partir de 1932, se ocuparía del resto, imponiendo matrículas o impuestos para poder permitirse su financiación. Así, hacia el final de la década de 1930 el ejecutivo de la OS se ocuparía únicamente del 8% de la financiación de la educación en el Yishuv, financiándose el resto mediante tasas cubiertas por los propios usuarios de los servicios155 El cambio más significativo que supuso el Mandato fue, en definitiva, la centralización territorial de la vida social, aunque, debido a la naturaleza diaspórica y descentralizada del movimiento, esta nunca se completó definitivamente, dejándose siempre un cierto margen para la intervención de la diáspora judía en las instituciones del Estado o uniendo, en muchas ocasiones, su causa a la causa de Israel. Si en el siglo XIX había sido la Alliance Israelite Universelle, la organización que había protagonizado la defensa de los derechos de la minoría judía en todo el mundo, en el siglo XX, las organizaciones de defensa norteamericanas cobrarán cada vez mayor relevancia, al hilo de los cambios históricos acontecidos a nivel global y a la migración del poder geopolítico de Europa a Estados Unidos. Desde este punto de vista, tal vez sea la American Jewish Committee (AJC, 1906) la organización que mayormente ha contribuido a la defensa de las libertades civiles y religiosas de los judíos a nivel internacional, así como a la promoción del sionismo y de la causa de Israel en el mundo. Fue fundada, entre otros judíos americanos con conexiones políticas, por el abogado especialista en derechos civiles, Louis Marshall y por el financiero Jacob Henry Schiff, quien a la sazón era el director del banco de inversiones 155 Land of Israel: Education,Recuperado de: https://www.encyclopedia.com/religion/encyclopedias- almanacs-transcripts-and-maps/land-israel-education 414 Kuhn, Loeb & Co., que impulsó la rápida industrialización de EE. UU. y que ayudó al gobierno de Japón a financiar la guerra contra el Imperio ruso en 1904-1905, en represalia por las políticas antisemitas del zar. La institución responde, precisamente, a la necesidad de ofrecer una acción política conjunta a los pogromos rusos que forzaron el desplazamiento de cientos de miles de judíos. Fue una de las instituciones claves en criticar las restricciones a la emigración y, durante la Segunda Guerra Mundial, insistió en que la guerra era en defensa de la democracia, alejándose de las críticas a Hitler por su represión antisemita, a fin de que no se identificara a la guerra como una “guerra judía” y no promover con ello el crecimiento del antisemitismo en EE. UU. La inclusión de los derechos humanos en la Carta de Naciones Unidas fue también un empeño de campaña del AJC, con vistas a garantizar los derechos de las minorías judías en el mundo. Otro elemento esencial, que se extendió posteriormente a otras organizaciones judías filantrópicas, fue la de encontrar una relación de simbiosis con la academia para la defensa de sus intereses, promoviendo la investigación sobre los prejuicios raciales y religiosos, así como elementos y medidas para su superación, a menudo en colaboración con otras entidades de representación de minorías en EE. UU. Con respecto a la defensa de Israel, la organización pasó por dos etapas claramente diferenciadas. La primera, desde su fundación hasta 1967, está caracterizada por la prioridad en la defensa de todos los judíos que sufren persecución, dentro del cual se enmarcaba la defensa de Israel como Estado refugio, simbolizada por el acuerdo firmado en 1950 entre el presidente del AJC y el Presidente de Israel, David Ben-Gurión, mediante el cual el AJC dejaba claro que la lealtad política de los judíos americanos estaría siempre con su país de residencia, constituyendo con ello, una de las primeras visualizaciones del intento de separación de la agenda sionista-israelí con respecto a las organizaciones de la diáspora. Sin embargo, esta tendencia se ve invertida tras la guerra de 1967 (Elman, 2013), en la que el AJC, pasa a apoyar de manera incondicional, la causa del Estado de Israel, efectuando campañas frecuentes en contra de boicots o en la equiparación del sionismo con el racismo, simbolizando con ello la apropiación del sionismo sobre la agenda de buena parte de las organizaciones e instituciones judías de la diáspora a partir de 1967. Surgida a partir del AJC, una de las organizaciones más importantes de carácter asistencial fue la Joint Distribution Committee (JDC, 1914). Creada con el fin de aliviar la pobreza y las penurias que sobrevinieron a los judíos en Palestina y en Europa como consecuencia del estallido de la Primera Guerra Mundial. Impulsada por Henry Morgenthau, por entonces embajador de EE. UU. en Estambul, contó igualmente con la 415 dirección de Louis Marshall y Jacob Henry Schiff, quienes impulsaron su creación como la rama asistencial que complementaría las actividades de defensa del American Jewish Committee. Tras la Primera Guerra Mundial, la organización prosiguió con sus actividades ya que, debido a la revolución rusa de 1917 y al desmembramiento del Imperio austrohúngaro, nuevos brotes antisemitas se extendieron por toda Europa central y oriental. Mediante agencias locales, el JDC contribuyó al autoabastecimiento de las comunidades judías en Europa y en Palestina, creando cooperativas de crédito para financiar negocios e iniciativas judías. El más polémico de los proyectos creados por el JDC fue la creación de la American Jewish Joint Agricultural Corporation (Agro Joint Project) que, entre 1924 y 1937 financió el reasentamiento de 100.000 judíos en granjas agrícolas en Crimea con un coste de 16 millones de dólares, mediante ayudas directas a la Unión Soviética. Se trató de la primera vez que una institución filantrópica americana invertía fondos en alterar, de manera tan radical, la ocupación laboral y el reasentamiento de otra comunidad fuera del Yishuv en Palestina, llegando a explicar este cambio en el contexto del anti-sionismo americano (Kagedan, 1981, pág. 153). Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial el JDC fue instrumental en ayudar a judíos a escapar de la persecución nazi, ayudando a huir a más de 375.000 de Austria y Alemania y a esconder a otros muchos que no pudieron escapar. De manera clandestina, distribuyeron fondos y ayudas alimentarias a prisioneros judíos en campos de trabajo en Francia y a judíos polacos, ucranianos y de la Rusia asiática por medio de oficinas en Teherán. Durante toda la guerra continuó ayudando al sostenimiento de los judíos europeos mediante conexiones que su oficina en Suiza había realizado con embajadas neutrales o la Cruz Roja Internacional. Tras finalizar la guerra, fue la institución que mayormente asistió y alivió las necesidades de los 250.000 judíos que vivían en campos de personas desplazadas instituidos en las zonas liberadas. Se calcula que hacia 1947, 700.000 judíos recibieron ayuda, de una u otra manera, por parte del JDC. Fundamental para reasentar a los supervivientes del Holocausto fueron los esfuerzos realizados por el JDC, gracias a los cuales, desde la oficina de Buenos Aires, se fomentó la emigración hacia Latinoamérica. Pero más importante para la fundación del Estado de Israel fueron los esfuerzos del JDC en financiar la emigración clandestina a Palestina, en donde contribuyeron realojar a más de 115.000 refugiados antes de 1948. En 1949 crearían, en colaboración con el gobierno y la Agencia Judía para Israel, Malben, la mayor red asistencial del recién creado 416 Estado. El JDC se ha convertido en la actualidad en la mayor organización humanitaria judía de carácter global, con presencia en más de 70 países156. 5.6.5. Política fiscal y construcción estatal. Por lo analizado hasta ahora, podría entenderse que, el poder ideológico, relacionado con la construcción de un orden social justo por y para los judíos, y la capacidad de extraer recursos económicos gracias a la solidaridad que generaba esta idea, constituyeron las claves que permitieron al sionismo estructurar a la sociedad judía del Yishuv. Sin embargo, ofreceremos a continuación un análisis acerca de la política fiscal y la generación de recursos propios por parte del proto-Estado, que separa el sentido de justicia social de las políticas redistributivas, afirmando que estas son, simultáneamente, un instrumento para el fortalecimiento de su aparato represor-despótico. Es decir, paradójicamente, cuando el Estado sirve a la sociedad, en realidad está incrementando su poder sobre ella. En esta sección, presentaremos por ello un análisis en el que contrastaremos la evolución de las prácticas burocrático-fiscales en el Yishuv, con la teoría de Mann acerca de los orígenes del poder autónomo del Estado y su capacidad de penetración social. Michael Mann, en su estudio empírico sobre el proceso de formación del Estado-nación en el siglo XIX, analiza el gasto fiscal de los Estados, ya que el gasto en políticas sociales era una de las señas identificativos del crecimiento del Estado y su capacidad de penetrar en la sociedad civil en su etapa de expansión. Puesto que la relevancia de las políticas sociales para la construcción nacional y el fomento de la solidaridad colectiva ya ha sido presentada, a continuación, expondremos un enfoque diferente, más relacionado con el el análisis de los ingresos durante la época pre-estatal. Ello es así porque la capacidad de recaudar impuestos en una situación de frágil institucionalización y sin medios coercitivos (salvo la retirada de los servicios públicos prestados), puede considerarse como una muestra mucho mayor de poder agencial por parte del proto-Estado, que el gasto en políticas públicas que venía dirigido por donaciones del exterior. De hecho, economistas como Koreh y Béland (2017) piensan que, en realidad, el gasto en programas sociales durante el Yishuv estaba motivado esencialmente por la necesidad de ganar 156 Información recuperada de: https://archives.jdc.org 417 legitimidad y entrenar el músculo fiscal (recaudación—gasto-coacción) que sustentaría al futuro al Estado en la etapa posterior a 1948. La capacidad de recaudar, mucho más que la de gastar, es un indicador de solidaridad, legitimidad, identidad unitaria y construcción nacional. En su estudio sobre la fiscalidad en el Yishuv, Koreh y Béland (2017) afirman que los partidos políticos funcionaban como auténticos órganos administrativos del proto-Estado, y podían, gracias a la provisión de servicios asistenciales, obtener los ingresos necesarios para sostener sus burocracias y asentar así su institucionalización y su poder. El gasto en políticas sociales, al conllevar también la extracción de fondos, se convirtió así en el poder infraestructural más efectivo para la construcción estatal-nacional. El gasto en servicio sociales no era únicamente parte de la cristalización moral del Estado, sino que estaba también motivado por intereses políticos que llevaron a reforzar el poder despótico del Estado. La manera de ejercer un mayor control social era hacer que los nuevos emigrantes necesitasen a las organizaciones gestionadas por la Agencia Judía o por el Histadrut laborista para obtener los recursos básicos para la vida en Palestina: vivienda, trabajo, educación y servicios asistenciales. Se trataba, en definitiva, de generar una situación de dependencia, con el fin de obtener un retorno en forma de movilización popular para la construcción del Estado a través de su participación en la defensa y en el proceso de asentamiento (Koreh y Béland, 2017, pág. 150). De entre las estrategias desarrollas en el Yishuv para generar recursos económicos, el “Acuerdo de Transferencia”, negociado entre el Ministerio de Economía del Tercer Reich, la Agencia Judía y la Federación Sionista alemana, constituye uno de los más controvertidos, que llevó incluso al asesinato de uno de sus artífices, el laborista Arlosoroff en 1933. El acuerdo, que rompía el boicot impuesto a los productos alemanes por parte de las comunidades judías de la diáspora, establecía que las agencias sionistas serían las responsables de vender los bienes de los judíos alemanes que desearan emigrar a Palestina, a cambio de que parte de esos bienes, fueran invertidos en la compra de maquinaria y otros bienes alemanes, siendo compensados al llegar a Palestina por un montante equiparable pagado en moneda local. Este episodio exacerbó las tensiones entre Mapai y los revisionistas, que también se convertirían en rivales a la hora de organizar entre sus filas la organización de la inmigración ilegal. El modo de captación de emigrantes mediante la organización de redes de emigración clandestina (Aliyá Bet) fueron utilizados, tanto por el revisionismo, como por el laborismo, para atraer a nuevos miembros y socios. Así, los emigrantes llegaban a 418 Palestina, prácticamente, con el carné del partido en la mano. Ello era una forma de consolidar su poder y hegemonía, a la vez que obtener fondos mediante el pago de las cuotas de partido. (Shapiro, 1976). La fortaleza del embrionario sistema fiscal-estatal que se fue gestando en el Yishuv provino, singularmente, de su sistema político representativo, en el que, a pesar de sus limitaciones para legislar, se gestaron prácticas consensuales a la hora de tomar decisiones y hacer frente a los retos provenientes de la emigración y de las restricciones impuestas por el Mandato. De hecho, en el estudio comparado que realiza Mann sobre los Estados en el siglo XIX encuentra que los sistemas parlamentarios son más proclives a aceptar la imposición de impuestos que los monárquicos. Ello es debido a que la representación y la posibilidad de ejercer un control parlamentario sobre un presupuesto de gastos e ingresos (siempre que éste fuera moderado) facilitaba la consecución de consensos, mientras que la monarquía se basaba más en negociaciones facciosas entre el monarca y sus aliados. (Mann, 2012b, pág. 381-382) De hecho, en el caso del laborismo, la manera en que el partido logró su ascenso hegemónico a pesar de no contar con el capital requerido para ello en la etapa más temprana de su existencia fue mediante la ocupación de posiciones clave en la OS, lo que le permitió dirigir la negociación política e influir sobre la distribución de fondos de la organización, fortaleciendo con ello su aparato de partido (Koreh y Béland, 2017 pag. 151). El papel de los partidos políticos dentro de sistemas democráticos es por ello un factor clave para el éxito de las políticas fiscales. En el entorno del Yishuv, caracterizado por la falta de una soberanía formal, la construcción estatal e institucional pasaba por la capacidad de extraer fondos a partir de programas sociales, que se convirtieron así en los “sustitutos” de una verdadera política fiscal, por encima, a veces, de cuestiones ideológicas relacionadas con la justicia social. Los mecanismos mediante los cuales los programas sociales sirvieron para generar ingresos y capacidad fiscal fueron: (i) la imposición de ciertas tasas a cambio de los servicios recibidos; (ii) la vinculación de los servicios recibidos con la membresía de un partido o sindicato, vinculando las cuotas federativas con la prestación de servicios, incrementando con ello el número de afiliados y la capacidad de estas instituciones para forzar el cumplimiento del pago de las cuotas; (iii) la recopilación de datos acerca de los miembros y socios les permitió centralizar y obtener información acerca de los salarios, cumplimiento de los pagos, elaboración de normas sobre el tratamiento de estos datos y el desarrollo de una burocracia profesionalizada a cargo de la gestión delos mismos; y (iv) al establecer servicios como pensiones de jubilación se logró acumular un excedente 419 que pudo ser empleado para la construcción de proyectos nacionales, obteniendo así un sistema de ahorro a largo plazo necesario para la inversión en bienes colectivos e infraestructuras necesarios para la construcción estatal. El control que pudieron ejercer las embrionarias instituciones fiscales del Yishuv vinculadas con partidos y sindicatos fueron extendidas, posteriormente, a las actividades relacionadas con la inmigración legal e ilegal. Como hemos visto al hablar de los acuerdos de transferencia, se tasaron y confiscaron bienes, se establecieron censos y se controlaron todos los aspectos relacionados con el reasentamiento en Palestina de los nuevos inmigrantes. Las instituciones del Yishuv, basadas en la organización burocrática y rutinaria de los modernos Estados occidentales, demostraron ser muy eficaces a la hora de controlar cualquier actividad relacionada con el proceso de colonización judía de Palestina, incluyendo, como veremos a continuación, aquellas que escapaban al propio control del Estado. 5.6.6. La inmigración ilegal o Aliyá Bet: el nuevo Arca de Noé Si en algún aspecto de la vida en el Yishuv y de su relación con la diáspora puede observarse su carácter de interdependencia y la elasticidad de sus reorganizaciones ese es el relacionado con la inmigración a Palestina. Como hemos visto al hablar de la cultura filantrópica en el judaísmo decimonónico, la cuestión de la emigración y las redes asistenciales que generó en los lugares de tránsito y de destino constituyó un elemento esencial de reorganización y solidaridad colectiva. En el caso de Palestina, a las emigraciones regulares organizadas por las instituciones y partidos sionistas, se sumó una emigración clandestina, provocada por las restricciones impuestas por los británicos a la inmigración judía durante el Mandato. El establecimiento de cuotas a la emigración a partir de 1939 supuso un duro golpe para las comunidades judías, condenando a muchos judíos europeos a un destino aciago bajo la influencia del Tercer Reich. La prohibición despertó entre las comunidades judías un sentimiento de indignación que sería respondido mediante la reorganización de recursos que, desafiando al poder y al control de los Estados, construirían una red de solidaridad internacional clandestina conocida como Aliyá Bet. La creatividad organizacional demostrada en el judaísmo es, tal vez, la característica más europea de todas las que posee. Según Mann, esta característica puede ser atribuida a la competencia interestatal que durante siglos ha dominado el mundo 420 occidental, así como a la fortaleza de la sociedad civil dentro de estos Estados, que ha crecido y se ha fortalecido al ritmo de estos. La inmigración ilegal supuso, para miles de judíos durante la década de los treinta y la Segunda Guerra Mundial, el Arca de Noé que los liberó del exterminio. Tras la conclusión de la guerra supondría, para los emigrantes que consiguieron salir de Europa, la oportunidad de luchar para iniciar una nueva vida tras haber sobrevivido al horror de los campos. Muchos de ellos, paradójicamente, sobrevivieron al Holocausto para perder la vida en la guerra de 1948. La Aliyá Bet está repleta de historias de heroísmo, rebelión y clandestinidad y constituye un verdadero cuestionamiento de las estructuras internacionales regidas por soberanías, fronteras y Mandatos internacionalmente reconocidos. Se han documentado numerosos casos que podrían servir para ilustrar el tipo de fuerzas y redes sociales que generaron, pero debido a su alcance internacional, presentaremos a continuación el caso del barco Wedgwood, ampliamente documentado por la periodista Rosie Whitehouse, en su libro The People on the Beach. En esta obra se relata cómo las redes de inmigración clandestina se extendían a las dos orillas del océano Atlántico abarcando, desde capellanes de la armada americana, a soldados de la brigada judía, agentes secretos de la Haganá, personal de fragatas canadienses o mafias estadounidenses. Estas redes, surgidas intersticialmente de las estructuras transnacionales del periodo de entreguerras, formaron parte de cambios geopolíticos que a nivel global supuso la Primera Guerra Mundial. Si hasta 1914 la mayoría de los flujos migratorios entre el continente euroasiático y el americano se produjeron de manera pacífica y como consecuencia de la demanda y oportunidades del mercado de trabajo, a partir de entonces, asistimos a flujos migratorios limitados por cuotas o restricciones legales y provocados por conflictos bélicos o persecuciones políticas. La emigración ya no es libre, voluntaria o provocada por factores relacionados con el desarrollo del capitalismo industrial, sino que está eminentemente protagonizada por exiliados y refugiados (Hatton y Williamson, 2005). La emigración ilegal judía se inserta dentro de estas tendencias macroestructurales, aunque, debido al genocidio que supuso el Holocausto y a las redes transnacionales de solidaridad que había construido el sionismo, adquirió un alcance y unas características organizacionales propias, que se tradujeron en el fortalecimiento de la afirmación identitaria colectiva, la reivindicación nacional, la misión redentora, la rebeldía y el heroísmo que supone todo desafío a la autoridad estatal. Si en algo contribuyó la emigración ilegal a la construcción del futuro 421 Estado fue a erigir una nación basada en el ethos del refugiado, que sería empleado contra aquellos que asignaban una identidad colonial al proyecto sionista. El análisis del entramado organizacional que supuso la Aliya Bet, requiere rememorar la actuación de los individuos que lo hicieron posible, a fin de demostrar cómo las organizaciones surgen intersticialmente entre actores situados, muchas veces, en los márgenes de otras grandes redes de poder. De entre todos los comités judíos de personas desplazadas que se formaron al acabar la guerra, me centraré en el Comité Central de los Judíos Liberados de Alemania. Según las investigaciones de Whitehouse (2020), de entre todas las personas que contribuyeron a formar las primeras redes de emigración clandestina tras la Segunda Guerra Mundial, aparecen tres nombres que destacaron por su papel en tal empresa: Abraham Klausner, un rabino de la armada estadounidense de 30 años, Zalman Grinberg, médico superviviente del gueto de Kovno y del campo de exterminio de Dachau (Landsberg) y el socialista italiano Raffaele Cantoni. Abraham Klausner fue el primer rabino en entrar al campo de Dachau tras ser liberado de los nazis por la 20ª División Blindada y la 45ª División de Infantería del VII Ejército de Estados Unidos el 29 de abril de 1945. Los capellanes judíos fueron utilizados por el ejército estadounidense para actuar como representantes y administradores de los judíos presentes en los campos de desplazados que se formaron por toda Europa. Allí se convirtió en el líder de los 32.000 judíos que habían sobrevivido a Dachau, así como de aquellos otros retenidos en los sub-campos de Landsberg y Mülhdorf. A la conmoción que le supuso a Klausner conocer la tragedia que había sucedido en los campos de exterminio, se unió la indignación por las penosas condiciones a las que eran sometidos los judíos supervivientes en los nuevos campos para personas desplazadas. Fue entonces cuando Klausner alertó a las comunidades judías estadounidenses sobre esta situación y logró convencer a las autoridades militares para que le permitieran hacer de Dachau un campo exclusivamente para personas desplazadas judías, siguiendo las recomendaciones del enviado especial estadounidense, Earl G. Harrison. Ello le facilitaría establecer un censo de supervivientes y tratar de encontrar, desde allí, una solución para su reasentamiento, gracias a la implicación material del Comité Judío Estadounidense para la Distribución Conjunta (American Joint Distribution Committee). Por ello, la primera tarea que emprende es el registro de todos los “desplazados”, con el fin de facilitar la reunificación familiar en los casos en que fuera posible, y para este fin, instala en Múnich una oficina de información. Será al publicar una de las primeras actualizaciones de las listas de supervivientes cuando dé a conocer que, contrariamente a las leyes militares que 422 regían en los campos de desplazados, los judíos no tenían necesariamente que volver a sus lugares de origen en Europa, lo cual fue inmediatamente aprovechado por la Haganá para organizar su red paralela de emigración clandestina hacia Palestina. A apenas 20 kilómetros de Landsberg, el doctor Zalman Grinberg, por su parte, haciéndose pasar por un representante de la Cruz Roja internacional, había conseguido persuadir a un oficial norteamericano para que le cediera parte de las instalaciones de un hospital militar localizado en el monasterio de San Ottilien (Bavaria). Desde allí atendería a todos los judíos supervivientes en necesidad de cuidados médicos, convirtiéndose así San Ottilien y Landsberg en los principales núcleos de concentración de judíos supervivientes en Alemania. Grinberg y Klausner fundarían juntos el Comité Central de los Judíos Liberados de Alemania. La primera reunión del comité se llevó a cabo en San Ottilien, en julio de 1945, donde se decide exigir a la recién creada Organización de Naciones Unidas el establecimiento de un Estado judío, su reconocimiento internacional y las garantías del derecho de los desplazados judíos de emigrar a Palestina. Entretanto, en junio de ese mismo año, Klausner se había reunido por primera vez con miembros de las Brigadas Judías que, en 1944, con el beneplácito de Churchill, se habían presentado como voluntarios para luchar contra los nazis en el frente italiano. Al acabar la guerra, los británicos temían las actuaciones que estas brigadas podrían tener si llegaban a conocer de primera mano el horror de los campos si lograban pasar a tierras del Tercer Reigh. En consecuencia, se dio la orden de que detuvieran en la ciudad fronteriza de Tarvisio a todos aquellos miembros de la Brigada Judía que pretendieran atravesar el eje Venecia-Viena. Esta prohibición provocó que muchos miembros jóvenes de las Brigadas judías acabaran permaneciendo en Tarvisio, utilizándolo furtivamente como punto de cruce para rescatar a los supervivientes del Holocausto y ayudar de manera clandestina a todos aquellos judíos que buscaran refugio en Palestina. Klausner se convirtió así en la pieza esencial de enlace entre los judíos supervivientes que huían de Europa Oriental y la Brigada Judía que les asistía a su llegada a Italia. Contraviniendo las órdenes del gobierno británico, los miembros de las Brigadas judías atravesaron en camiones del ejército la frontera con Austria y Alemania y, disfrazados como oficiales británicos, lograrían transportar a decenas de judíos supervivientes desde Baviera hasta Italia. Pequeñas ciudades como Selvino o Fiesole, se convirtieron así en pequeños refugios de tránsito para los 70.000 judíos que huyeron de Europa entre 1945 y 1948 siguiendo la vía mediterránea a través de Italia. 423 La organización de redes clandestinas para rescatar a los judíos supervivientes de la barbarie nazi no sólo se limitó al establecimiento de redes asistenciales promovidas por combatientes judíos tras la Segunda Guerra Mundial, sino que se reactivaron antiguas redes que formaban parte de la resistencia política italiana frente al fascismo y que demuestran cómo la flexibilidad que ofrece este tipo de organización facilita su rápida transformación y reconversión funcional. Las redes establecidas por el militante socialista judeo-italiano Raffaele Cantoni y documentadas por Whitehouse (2020), son un ejemplo de ello. Cantoni había sido uno de los fundadores de DELASEM (Delegazione per l'Assistenza degli Emigranti Ebrei) que había operado en Italia de manera legal desde 1939 a 1943 e ilegalmente desde la ocupación nazi en 1943 a 1947. DELASEM canalizaba ayuda proveniente de instituciones americanas como la American Jewish Joint Distribution Committee y la Hebrew Immigrant Aid Society, de las que provenía el 75% de los fondos de la organización, con el fin de ayudar a los judíos extranjeros en peligro a emigrar fuera de Italia y llegar a países neutrales como España, que se convirtió en uno de los países de tránsito más importantes para la emigración judía durante la Segunda Guerra Mundial. Sandro Antonini (2000) relata como tras la ilegalización de DELASEM por los nazis, la organización se encargó de planificar también la emigración de judíos italianos, segmentándose en dos redes principales localizadas en Roma y Génova, que junto con otras locales más pequeñas, continuaban canalizando fondos provenientes de América a través de Suiza. Estas organizaciones locales operaban mediante una red de corresponsales internados en los campos de detención, aunque también recibieron la importante ayuda de sectores no judíos de la población como sacerdotes de la Iglesia Católica, funcionarios, milicianos de la resistencia y ciudadanos de a pie, que contribuyeron "agli scopi assistenziali e al disbrigo delle pratiche di emigrazione". Se calcula que esta organización ayudó a sacar fuera de Italia a más de 5.000 judíos. Tras la guerra, la organización fue la principal responsable de la reubicación de los supervivientes, la reunificación familiar y la emigración clandestina a Palestina. Un caso emblemático de la emigración clandestina fue la del barco Faith, bloqueado en el Puerto de La Spezia en abril de 1946 con cerca de un millar de judíos provenientes de Europa Oriental. Fue necesario organizar una huelga de hambre, la denuncia del Partido Comunista Italiano y la intervención de Alcide De Gasperi para desbloquear la situación. Además de DELASEM, Cantoni era también miembro del Partido Socialista Italiano y por ende, del Comité Italiano de Liberación Nacional, fundado el 9 de septiembre de 424 1943, como organización paraguas que agrupaba a toda una red de partidos políticos antifascistas. Tras ser detenido por los nazis en 1943 y deportado a Auschwitz debido a sus actividades clandestinas, pudo saltar del tren y salvar su vida, encontrando refugio en Suiza. Allí fundó varias hakhsharot, palabra que significa literalmente “preparación”, y que designaban a centros educativos para niños y jóvenes en los que se les enseñaban profesiones relacionadas con la agricultura y el trabajo manual, a fin de prepararlos para la emigración y reinstalación en kibutzim de Palestina. Tras establecerse en Milán, fundó un centro de recepción de refugiados que, junto con el de Selvino, acogió de 1945-1947, a más de 35.000 supervivientes mientras esperaban ser reasentados fuera de Europa en operaciones llevadas a cabo dentro del programa Aliyá Bet. La organización de la emigración clandestina previa a la creación del Estado, así como las redes asistenciales y los centros educativos de preparación para la reabsorción de emigrantes judíos en el Yishuv, muestran una capilaridad de redes entrelazadas cuyas actividades están coordinadas desde tres importantes centros geográficos: Estados Unidos, Europa y Palestina. Estos tres centros concentraban los principales recursos de poder para el establecimiento del futuro Estado: una población desterrada en busca de una nueva tierra, que ayudaría a equilibrar la balanza demográfica desfavorable para el Yishuv en Palestina; los recursos económicos necesarios para hacer viable la emigración masiva, entendidos como parte de la solidaridad colectiva y la obligación moral de los judíos de la diáspora; una opinión pública occidental favorable a la causa sionista; la existencia de activistas sionistas lo suficientemente motivados como para luchar en una guerra con la intención de rescatar a sus hermanos de las garras del genocidio y, por último, las bases de un hogar nacional estructurado en torno a privilegios étnicos que había crecido lo suficiente en autonomía y fuerza militar como para permitirse la empresa de acoger y reasentar a masas de refugiados gracias a su capacidad para canalizar y centralizar los recursos de la diáspora. El principal valor que emergió de esta red de emigración ilegal para el futuro más inmediato del Yishuv, fue el proceso de socialización en los valores sionistas que supuso el contacto de los refugiados con los miembros de las Brigadas Judías. Basándose en decenas de entrevistas a supervivientes del Holocausto que eran adolescentes cuando viajaron a Palestina en el barco Wedwood, éstos apuntan a que a menudo se comportaban como si vivieran en una especie de “Wild West” de la Europa liberada: 425 “young teenage survivors often had nobody to look after them. “They had already been living feral lives in the ghettos,” […] “It was only the Jewish Brigade that they were going to respect.” (Philpot, 2021) Los combatientes de las Brigadas Judías se convirtieron así en el primer elemento de socialización de los jóvenes supervivientes, que vieron en estos soldados su modelo de resistencia y autoafirmación identitaria. Inversamente, el contacto con los supervivientes confirió un profundo sentido de propósito a los soldados de las Brigadas Judías. Este sentido de propósito constituyó el elemento catártico esencial para reconducir la ira, la rabia y la indignación que sintieron al conocer de primera mano el destino que los judíos habían padecido en Europa. Un sentimiento de “nunca más” se introdujo, por primera vez, en el sistema de valores de los judíos combatientes y de las víctimas de la Segunda Guerra Mundial, incorporándose como elemento cohesionador y como parte de la moral colectiva del Yishuv tras su llegada a Eretz Israel. 5.6.7. Pinjas Rutenberg: la relación entre poder infraestructural e imperio como corolario de la cristalización sionista en el Yishuv De todas las infraestructuras con las que necesita contar el Estado para generar riqueza y garantizar la producción del modo de sistema capitalista, la infraestructura energética y la de transportes constituyen las claves sobre la que sostener su autonomía, vertebrar su territorio, y potenciar el desarrollo económico y la modernización. En este sentido, la creación de las primeras redes hidroeléctricas y de comunicación aérea supusieron un hito en la modernización del Yishuv y de Palestina en general, aunque a la vez desembocaran, a partir de la creación del Estado, en un nuevo conflicto entre árabes e israelíes: la competencia por el control del agua. El creador del primer sistema energético en Palestina fue el ecléctico revolucionario Pinjas Rutenberg (1879-1944). Si existe una biografía que puede sintetizar en sí misma las cristalizaciones del movimiento sionista desde 1880 hasta 1948 esa es la de Rutenberg: el ingeniero, hombre de negocios y el activista revolucionario que creó el poder infraestructural en el Yishuv que sentaría las bases para la modernización económica del futuro Estado. En su vida se pueden observar las fuerzas sociales en pugna que confirieron su carácter transformador al movimiento sionista desarrollado en la Europa oriental: su carácter revolucionario heredado las revoluciones rusas de 1905 y 1917; su naturaleza transnacional (sustentado mediante la formación de redes sionistas de alcance global); la 426 creencia en el desarrollo tecnológico como misión y componente civilizacional del movimiento; su inserción en las redes del capitalismo financiero y en las redes de poder imperial occidental; y, por último, el sostenimiento de la defensa militar como instrumento identitario, de expansión y de modernización técnica y económica. El hombre que electrificó el Yishuv y construyó su red de ferrocarriles nació en Ucrania, en el pueblo de Romny, el mismo del que procedían Haim Arlosoroff y tres de los fundadores del primer kibutz en Degania. Como revolucionario socialista, comenzó su activismo en el Partido Social-Revolucionario y tomó parte en la manifestación de trabajadores frente al Palacio de Invierno que desembocó en el domingo sangriento que daría origen a la Revolución rusa de 1905. Asociado con este acontecimiento se encuentra un episodio no del todo clarificado y que daría origen a la expulsión de Rutenberg del Partido Social-Revolucionario: la ejecución del doble agente George Gapon, cuya autoría el partido atribuyó al propio Rutenberg. Esta acusación le obligó a exiliarse en Italia en 1907, donde se concentró en formarse como ingeniero hidroeléctrico, a la vez que iba adquiriendo mayor conciencia sobre la cuestión judía en Europa y sobre el sionismo. Fue así como, al estallar la Primera Guerra Mundial, decidió implicarse en la creación de una unidad de combate judía para luchar por la creación de un Estado en Palestina. En una gira por Europa, se entrevistó con varios líderes políticos y activistas sionistas, uniéndose a Trumpeldor y Jabotinsky en la empresa de crear la Legión Judía. Con este propósito viajó en 1915 a los EE.UU., donde contribuyó, junto con Haim Zhitlowsky, a organizar el American Jewish Congress (1918), con sede en Nueva York, la principal institución de presión política o lobby judío en el país. Fue durante su estancia en EE. UU. donde comenzó a diseñar su plan para explotar los recursos hídricos de Palestina, a fin de dotarla con las infraestructuras necesarias para el riego y la producción eléctrica, convirtiendo a este objetivo en el sueño de su vida. A pesar de su sueño como ingeniero, su activismo político revolucionario le haría posponer este objetivo unos años más, ya que en 1917 viajó hasta Petrogrado para participar en el Revolución de febrero, siendo nombrado vicepresidente de la municipalidad de la ciudad como parte de la Duma local. Sin embargo, fue hecho prisionero durante su defensa del Palacio de Invierno, cuando la facción bolchevique, se hizo con el poder en la ciudad. Finalmente pudo abandonar Petrogrado, escapando de la campaña de represión bolchevique conocida como el “terror rojo”, instalándose en Odesa, donde contribuyó a la defensa de la ciudad como miembro del comité de defensa, aunque pronto tuvo que abandonar la misma, consiguiendo huir a Constantinopla en 1919, desde donde llegó a París, uniéndose al Comité des Delégation 427 Juives, donde presentó sus planes para la electrificación de Palestina, logrando el compromiso de Edmond James de Rothschild y de su hijo para la financiación del proyecto (Reguer, 1995). Fue así como llegó a la Palestina del Mandato británico. Su primera contribución no fue, sin embargo, la electrificación, sino la creación de la Haganá junto con Jabotinsky tras las revueltas árabes de 1921, dirigiendo la defensa de Tel Aviv. Parte del descontento que ocasionaron las propuestas provenían del hecho de que los británicos habían otorgado a Rutenberg la concesión sobre el río Jordán y el Yarcón. Fue así como creó, en primer lugar, la Jaffa Electric Company, para proveer de electricidad a Yafo (Jaffa), Tel Aviv y poblaciones judías cercanas, entre ellas las instalaciones militares británicas de Sarafend. En 1923, gracias al apoyo del secretario de colonias británico, Winston Churchill, crearía la Palestine Electric Corporation, con la intención de crear 14 plantas hidroeléctricas a lo largo del Rio Jordán y en cuyo consejo corporativo participarían ilustres políticos británicos y fundadores de la británica General Electric Company. La revista Time, publicó un artículo en 1929 en el que sintetizaba el carácter del desarrollo económico e infraestructural del Yishuv, así como de la naturaleza multifuncional de los colonos y pioneros sionistas que pusieron en marcha sus infraestructuras económicas básicas. Se trataba de un ejército de ingenieros trabajando para llevar a cabo la redención sionista de la antigua tierra bíblica en el marco de una misión “civilizacional” en la que los árabes no pueden más que ocupar posiciones marginales: At present the "P. E." [Palestine Electric Corporation] has put a small army of engineers in Palestine, to build dams, erect power stations and thus filch electricity from the biblical River Jordan. Since Pinchas Rutenberg is first and foremost a Zionist, the "P. E." is keeping a careful motion picture record of the Jordan "before and after." In so far as possible the engineering staff is kept 100% Hebrew, but Arabs are used for pick and shovel work. (Time, 4 de marzo de 1929157) En 1930, coincidiendo con la negociación británica del oleoducto Kirkuk-Haifa, inauguraría la First Jordan Hydro-Electric Power House en Naharayin (Jisr Majami), en la confluencia del río Yarmuk con el Jordán, situada al norte de Palestina, en tierras del emirato de Transjordania. Su localización desembocaría en tensiones franco-británicas con respecto al trazado de fronteras de los Mandatos, finalizando con los llamados “acuerdos de frontera franco-británicos” que, hasta el día de hoy, rigen las fronteras siria- 157 Recuperado de: https://web.archive.org/web/20071001004224/http://www.time.com/time/magazine/article/0,9171,73747 8,00.html 428 iraquí, jordano-siria e israelí-libanesa. A comienzos de la Segunda Guerra Mundial, fue nombrado presidente del Consejo Nacional Judío, puesto desde el cual intentó reconciliar las diferencias entre el revisionismo y el Histadrut laborista sin mucho éxito (Organización Sionista Mundial, Archivos Centrales158). Además de la electrificación del Yishuv, iniciaría junto con el Histadrut el establecimiento de la Palestine Airways Ltd. en 1934, con sede en Haifa, aunque en 1937 fue nacionalizada temporalmente por el Ministerio del Aire británico, operando entre 1937 y 1940 bajo la corporación Imperial Airways, que unía Palestina con El Cairo o Beirut. Su sede se movió definitivamente a Lydda en 1938. Sus operaciones cesaron en agosto de 1940, cuando la Royal Airforce se hizo cargo de sus aviones para ponerlos al servicio de la lucha contra Hitler en la Segunda Guerra Mundial. Aunque murió en 1942 (antes de poder ver la creación del Estado de Israel), como sionista desempeñó cargos importantes como fundador de la Haganá y director de sus actividades en Tel Aviv, y como presidente del Consejo Nacional Judío (Vaad Leumi) en dos ocasiones, coincidiendo con momentos de gran tensión en Palestina, de 1929 a 1931 y de nuevo en 1939. Sus buenas conexiones con británicos de renombre gracias a los negocios energéticos facilitaron su trabajo como representante político del Yishuv. Su talante negociador le llevó a buscar una aproximación con los árabes, a través del Histadrut, y a mediar entre laboristas y revisionistas, a los que trató de reconciliar sin mucho éxito en 1934. Su perfil como ingeniero y hombre de negocios emprendedor, equilibraba a la perfección su espíritu combativo y revolucionario. Mucho más que la construcción de la nación o del Estado, a Rutenberg le obsesionaba la construcción de la unidad. En su última voluntad, poco antes de morir escribió: "The split in our people to sects, ethnic groups and political parties had always worked against us. This war between brothers had led us to trouble, and if we won't cease it will destroy us... whether we like it or not, we are in the same boat - let's understand each other and be brothers for creation, operation and building". (Tidhar,1947, págs. 866-868). La búsqueda de la unidad nacional es algo que marcará la historia de la creación del Estado de Israel y que será significativa en dos momentos que trataremos con posterioridad: la batalla del Altalena en 1948 y los juicios a Eichmann en 1961. La muerte de Rutenberg en 1942 no le permitió asistir a estos acontecimientos que resultarían tan esenciales para la construcción de la nación. Uno, supondría la cristalización del Estado refugio, el otro la cristalización del Estado colonialista. 158 Recuperado de: http://www.zionistarchives.org.il/en/datelist/Pages/Rutenberg.aspx 429 La vida y las actividades empresariales de Rutenberg demuestran la estrecha relación entre empresarios, capitalistas privados, burócratas y profesionales de la política, que caracterizó a la economía mixta público-privada del Yishuv y a la construcción de su poder infraestructural. Este modelo económico se encontraba insertado en los circuitos de praxis capitalista del Imperio británico, dentro de los cuales, Palestina, como hemos visto al analizar la industria del diamante, se había convertido en un importante mediador. Al fin y al cabo, como afirma Tilly (1997, pág. 3), los imperios son sólo formas de establecer relaciones sociales en las que se hace uso de intermediarios para ejercer el poder. A cambio de ejercer un mayor grado de autonomía, los intermediarios colaboran con el centro afirmando su conformidad, prestando tributo y colaborando militarmente frente a la eventual insurgencia popular. Las preguntas que debemos hacernos son: ¿Cómo se convierten los intermediarios en intermediarios? ¿cómo interactúan entre sí los diferentes espacios de intermediación? Con respecto a esta última pregunta, en el caso de Palestina, la preocupación que ejemplifica Rutenberg es cómo actuar de intermediario a favor de Gran Bretaña sin enajenar a la población árabe o a sectores sionistas críticos. La visión laborista de construir dos sociedades y dos economías paralelas que tanto han criticado los que defienden el carácter colonial del sionismo, se inserta, en realidad, en la estrategia de dominio colonial de aislar a las diferentes localidades dominadas, a fin de evitar la posibilidad de organizar una resistencia coordinada. El éxito sionista se debió a la convergencia de intereses entre el Imperio británico y el Yishuv dentro de la estrategia imperial de “divide y gobierna”, muy efectiva para el caso de Palestina, debido a la existencia de dos comunidades culturalmente tan diferenciadas. Al sionismo le interesaba construir una economía y sociedad judías separadas de la árabe, que pudieran conducir a la eventual creación de un Estado judío. Los británicos, por su parte, utilizaron a los judíos del Yishuv como intermediarios en su estrategia de contención del nacionalismo árabe en la región. Como afirma Andersen (2011, pág. 12), esta estrategia de negociación de la autoridad imperial con las diferentes periferias se efectúa mediante una táctica de “señales multivocales”, es decir, mediante compromisos que pueden ser interpretados de manera diferente según las especificidades de cada una de ellas; o bien legitimando su autoridad mediante la transmisión de distintos mensajes adaptados a la racionalidad o modo de pensar de cada periferia. Los Libros Blancos británicos impuestos al Yishuv son un ejemplo claro de señales multivocales. Nexon y Wright llaman a esta estrategia una estrategia pivotante, encaminada a evitar depender de un solo sector de la población local 430 (Andersen, 2011, pág. 12). El desacierto británico es que habían confundido al sionismo de Weizmann y de las élites judías británicas (con las que les resultaba fácil construir estrategias vinculantes basadas en la identificación cultural y la aceptación de la legitimidad de la autoridad política británica), con el sionismo de los jóvenes revolucionarios rusos que se encontraron en Palestina, que exigían su compromiso con la causa sionista y cuestionaban la legitimidad de su autoridad cuando ésta no se amoldaba a sus fines. Esta diferencia entre el sionismo pro-británico generalista, mucho más cercano al colonialismo, y el del Yishuv, mucho más radical y nacionalista, se aprecia en la propia percepción de Weizmann sobre Palestina. En una biografía crítica recientemente escrita en hebreo por los historiadores Motti Gilani y Jehuda Reinhart, se recoge como Weizmann tenía un sentido pesimista de Palestina y la consideraba, en palabras del propio Arthur Ruppin, “moral y estéticamente, inferior” con respecto a la cultura europea (Aderet, 2020). Lo que no vieron ni británicos ni el sionismo generalista es que, al empoderar como ente intermediario al Yishuv, este acabó pasando de agente colonial a actor independiente. Contrariamente a lo que afirma la historiografía sionista, las fuerzas que generaron este cambio no pueden encontrarse en el propio ethos revolucionario nacionalista, sino en la evolución del colonialismo británico al compás de acontecimientos geopolíticos que acabarían por destruirlo. La evolución del ente periférico a actor autónomo se produce, como señala Andersen, por un mecanismo de pinza mediante el cual se construye su autonomía mediante un equilibrio de presiones ejercidas por el centro de poder y por la periferia local, es decir, por los intereses del imperio y por la necesidad de ganar legitimidad y aceptación de la autoridad a nivel local. En este proceso de evolución, la creación de instituciones ancladas en el territorio juega un papel fundamental a la hora de consolidar la autoridad política y su ejercicio rutinario. Su estudio resulta fundamental para entender la construcción del sentido común en un determinado entorno social, así como para revelar las estructuras que sustentan su orden estratificado. Como hemos visto a lo largo de nuestro relato histórico, este proceso de naturalización social ocurre cuando se asignan determinados roles a ciertos actores de manera recíproca. En el caso del Yishuv, el laborismo, debido a su activismo y capacidad organizativa, irá centralizando el control de las instituciones políticas, los recursos financieros y la fuerza militar, relegando al resto de actores a ejecutores secundarios. 431 5.7. Conclusión: la interonomía de las redes Lo presentado hasta aquí demuestra que el sionismo, visto como un proyecto colonialista a la vez que, como un proyecto de autodeterminación política, requirió una organización de fuerzas sociales y de recursos de poder que sólo pudieron darse gracias a la convergencia de estructuras macro-históricas parcialmente autónomas: el capitalismo, el imperialismo y los Estados-nación. Fueron estas estructuras las que posibilitaron la emergencia del nacionalismo sionista. La autonomía parcial de las mismas implicaba la capacidad para imponer límites a las demás, aunque también la capacidad para generar lo que llamaremos interonomía, es decir, la capacidad de fortalecer las redes de poder de las otras estructuras convergentes. Es decir, el capitalismo fortaleció a los imperios y a los Estados-nación, pero estos también fortalecieron al capitalismo, aportando recursos como el militarismo, la difusión tecnológica o la creación normativa. Igualmente, la incidencia de estas estructuras sobre el sionismo provocó su adaptación a los requerimientos de las mismas, moldeando sus objetivos, los medios organizacionales para conseguirlos y la coordinación de los recursos. No obstante, el sionismo no se limitó a desarrollar estrategias adaptativas, sino que pudo conservar cierto grado de autonomía, que provino esencialmente, de su intervención en el mercado de trabajo y en las técnicas de difusión cultural. En este periodo, el poder ideológico demuestra tener un mayor poder reconfigurador que el resto de las fuentes, siendo capaz de imponer, de manera masiva, el uso del hebreo y del trabajo judío en un medio social que hubiera favorecido otras formas organizacionales de no haber sido por la voluntad de imponerlas. La realidad se adaptó aquí a la idea. Es decir, a las condiciones materiales que facilitaron el surgimiento del sionismo se unió la imposición de una conciencia de clase para sí, que fomentó la creación de redes de colaboración extensivas que se irradiaban desde la diáspora al Yishuv y viceversa. De entre todas ellas, surgió la combinación ganadora que aunaba, de fronteras para adentro, un estatismo capitalista con un nacionalismo militarista, entretejidos gracias al desarrollo tecnológico y la investigación. De fronteras para afuera la combinación ganadora provendría de su papel como intermediario dentro de la estructura Imperial británica hasta 1945 y, a partir de entonces, por aportar la expiación que requería el genocidio judío, símbolo de las disrupciones que las crisis del capitalismo y de los Estados-nación habían infringido a las estructuras sociales europeas. Si en términos de psicología social, los judíos fueron una parte fundamental de los chivos expiatorios de la 432 Europa de entreguerras, su aquiescencia para la creación del Estado de Israel supondría la expiación de su culpa y su vergüenza. 433 Capítulo VI. Las guerras de Israel: de 1947 a 1973 Primera Parte: la guerra de 1947-49 6.1. La problematización de la guerra como categoría teórica para reconstruir la historia a la luz de las estructuras y del poder agencial de los actores. Si los años del Yishuv sionista, que hemos analizado en el capítulo anterior, fueron los años que articularon una nueva sociedad y construyeron sus primeras estructuras y redes de poder; los años que transcurrieron desde 1947 hasta 1979 fueron los años decisivos para la cristalización del Estado y la estructuración del conflicto árabe-palestino-israelí. Se trata de un periodo eminentemente constitucional, entendido no en el sentido de norma suprema propia del positivismo jurídico, sino como un momento de construcción de la ordenación social sobre la que se fundamenta la unidad política. Las cuatro guerras que tuvieron lugar durante este periodo (1947-49, 1956, 1967 y 1973) demuestran que el sionismo es un nacionalismo que acarreó consigo tanto una desintegración como una integración. Como trataremos de presentar, el sionismo buscó tempranamente la desintegración de un territorio con su propio orden social (el árabe-palestino heredado del otomanismo) para refundar uno nuevo en base a la integración del pueblo judío en una nueva totalidad: Eretz Yisrael. Esta dinámica de desintegración e integración ocurrió bajo procesos de violencia masiva que trascendieron las fronteras de Palestina y que estuvieron presididos por el genocidio del pueblo judío que supuso el Holocausto y que dejaría su inevitable impronta en los sucesos que tuvieron lugar, generando un importante dilema sociológico sobre el papel de los individuos como víctimas y perpetradores. Esto es así porque lo que estaba en pugna eran dos proyectos nacionalistas rivales que, unidos a otros hechos complejos que trataremos de desmenuzar, acabó conduciendo al proceso de limpieza étnica y transformación demográfica que tuvo lugar tanto en Palestina, como en otros lugares del mundo árabe, aunque los judíos hubieran sido víctimas previamente de reconfiguraciones similares en Europa. Como siempre, estos hechos deberán situarse en perspectiva macro-histórica, ya que no se trataron de hechos particulares únicamente presentes en este conflicto, sino que formaron parte del complejo proceso de adaptación del modelo del Estado-nación, ya en crisis, a los territorios independientes que surgieron del proceso de descolonización y de la desintegración, a su vez, de antiguas unidades políticas imperiales. En definitiva, situaremos al éxodo palestino en el marco de procesos 434 de desarraigo similares que ocurrieron tras la Primera y Segunda Guerras Mundiales y que son consecuencia directa de la crisis de la modernidad y de sus conceptos políticos que aúnan democracia y nación dentro de la forma política de un Estado que presupone la homogeneidad social. Por la naturaleza misma de nuestra perspectiva analítica, la cronología convencional con respecto a las guerras de Israel merece un análisis interpretativo que trate de establecer las causas y las repercusiones de las mismas, tanto a nivel interno como internacional, tratando de señalar cuál de las fuentes de poder pareció ser más determinante. Empezando por el análisis del contexto internacional, las guerras de 1947-49 y 1956 podrían verse como la culminación de guerras de descolonización, provocadas tanto por cambios en las estructuras internacionales como nacionales; mientras que las guerras de 1947-49, 1967 y 1973 podrían verse como un continuo dentro de la lógica de construcción nacional expansionista del Estado israelí, aunque por sus repercusiones internacionales, la guerra de 1973 requiere un tratamiento algo distinto ya que, aunque consolida la ocupación, abre una nueva fase de resistencia en Oriente Medio que, basada en el declive final del panarabismo y el auge del islamismo, acabará teniendo un impacto global. Las guerras de 1956 y 1973, por su distinta naturaleza y repercusiones, recibirán un análisis más centrado en los cambios geopolíticos que supusieron y que ayudaron a reconfigurar el mapa político de Oriente Medio y la proyección internacional sobe esta región. Con todas ellas queremos resaltar las diferentes maneras en las que opera la autonomía del Estado dentro de las estructuras de poder de la época, así como sus repercusiones para la configuración de sus fuentes de poder. Como hemos visto en el capítulo anterior, el impacto de la estructura internacional en la formación de la nueva sociedad judía del Yishuv se produjo gracias a un proceso de centralización e institucionalización política, que le generó la autonomía suficiente como para conseguir incidir sobre las instituciones de la diáspora, la estructura imperial británica y la conformación política de los antiguos súbditos y territorios del Imperio otomano. En esta misma línea, a partir de 1948, asistimos a una nueva fase de progresiva autonomía estatal. Si en la etapa anterior, el Yishuv había escapado a la racionalidad capitalista gracias a la financiación de la diáspora, creando una nueva estructura económica nacional bajo la premisa del trabajo judío, en esta nueva etapa veremos la consolidación del modelo de estatismo capitalista. A ello contribuyó que gran parte de la infraestructura británica como el puerto de Haifa, el oleoducto Mosul-Haifa, la red de caminos, líneas ferroviarias, canales de radio, prensa, sistema de correos o estaciones de policía construidos durante el Mandato británico con 435 capitales imperiales y dentro de su estructura capitalista, fue heredado por el nuevo Estado judío. Ello originó la creación de un nuevo nomos que integra el demos con el ethnos, llevando a cabo la desposesión de la tierra e iniciando un nuevo reparto de las propiedades “abandonadas” por los árabes-palestinos o los británicos, fundando con ello un nuevo Estado sobre el principio orgánico democrático-nacionalista. Si en el anterior capítulo de la historia del sionismo se había creado un nuevo código cultural simbólico mediante la imposición del hebreo, en esta nueva etapa se consolidará e impondrá su uso como la nueva lengua nacional, originándose un proceso político de aculturación de los nuevos inmigrantes, construyendo una sociedad desde “arriba”, consolidada mediante privilegios, exenciones o limitaciones políticas, afianzando con ello la brecha identitaria entre el nuevo Israel, la antigua Palestina y la diáspora judía. Puesto que, como hemos visto, las estructuras son co-constitutivas, en esta sección analizaremos también en qué medida las macro-estructuras de poder de la época formadas por la universalización de los Estados-nación, la extensión global del capitalismo (y su alternativa soviética y china) y la extensión global del único imperio sobreviviente en el nuevo orden internacional (Estados Unidos), incidieron sobre la autonomía de Israel, examinando en qué circunstancias el Estado judío desarrolló meras estrategias adaptativas o pudo hacer uso de sus redes de interacción para extender su influencia más allá de estas, mediante el fortalecimiento de sus poderes infraestructurales y su penetración social, desarrollando plenamente con ello sus poderes autónomos dentro de procesos históricos de globalización del poder ideológico, económico, militar y político. Si la existencia del Imperio británico y la posición del Yishuv dentro de este habían marcado, para bien y para mal, el desarrollo de la Palestina judía, el proceso de descolonización que dejarán tras de sí Francia y Gran Bretaña será el que marque el nuevo reposicionamiento de Israel en Oriente Medio. Puesto que nuestro objetivo es desvelar en qué consiste el poder autónomo del Estado y cómo este puede escapar a la lógica de las estructuras internacionales, organizaremos nuestro análisis diacrónico en torno a las guerras o conflictos bélicos que mayor poder estructurante demostraron tener sobre Israel, sobre el resto de la región y sobre el mundo en general, ya que, como hemos dicho, se dieron en un periodo caracterizado por la globalización de las principales fuentes de poder. Estas guerras no formaron conflicto aislados o individuales, sino que más bien fueron distintos episodios o secuencias de una misma guerra inconclusa hasta 1979, y relacionada con el trazado de las fronteras tras la descolonización y la integración de Israel en la región. Nuestra asunción es que las guerras son fenómenos sociales 436 generadores de propiedades emergentes particulares al provocar readaptaciones organizacionales de códigos geopolíticos. Así, en la Crisis o guerra de Suez de 1956 asistiremos al fin del colonialismo europeo; en la guerra de 1967 Israel se convertirá en un Imperio, afianzando la ocupación militar de nuevos territorios y reorganizando sus alianzas diplomáticas tras la misma, particularmente con Estados Unidos, transformando con ello el espectro social y el carácter político del Estado; y en la guerra de 1973 se producirá una transformación internacional y regional sin precedentes, causando una crisis energética de profundas repercusiones económicas para el capitalismo occidental y dando paso al auge del islamismo como un potente actor en la región, reconfigurando coaliciones e imprimiendo un nuevo carácter al conflicto árabe-israelí. 6. 2. Principales debates y corrientes historiográficas en torno a la guerra de 1947- 49 Debido al impacto demográfico y territorial de la guerra llevada a cabo en Palestina y, posteriormente, Palestina-Israel entre los años 1947 y 1949, el propio relato acerca de la guerra se ha convertido en una parte misma del prolongado conflicto, con historiadores que disputan desde la asunción de responsabilidades hasta la legitimidad de las fuentes consultadas. Siguiendo a Nadine Picadou (2008), del SciencePo de Paris, podríamos establecer, en este sentido, tres ramas principales de historiografía proveniente de los principales actores concernidos: la judía, la árabe y la palestina. En las tres, historia y memoria tienden a solaparse, aunque la memoria ha sido mucho más extendida como fuente en el campo historiográfico de las víctimas del conflicto: los palestinos. En el caso israelí o árabe, tanto el triunfo independentista para el primero, como la catástrofe engastada en la palabra nakba, para el segundo, han tenido un componente de significación ideológico-político más que historiográfico. En el caso árabe, la nakba se convirtió en una construcción discursiva crítica, símbolo de la decadencia y del desastre moral y material que el nacionalismo árabe y el panarabismo estaban llamados a rescatar. Así aparece reflejado este término, por primera vez, en la obra de 1948 del filósofo e historiador sirio Constantin Zurayq, Ma‘na al-nakba (El Significado de la Catástrofe), en el que lo que se pretende no es tanto elaborar historia sino aprender sobre ella. Como señala Picadou (2008), la historiografía árabe que surgió a partir de esta derrota no estuvo tan dirigida a contrarrestar la historiografía israelí como a justificar la imposición de los regímenes militares autocráticos que se establecieron en muchos de los Estados árabes 437 tras la nakba, que culpaban de la derrota de 1948 a la debilidad y aquiescencia de los regímenes políticos surgidos de la descolonización. Así, el ex jefe del Estado Mayor del ejército iraquí, Salih Sa‘ib al-Jubury, escribiría en 1970 la obra El sufrimiento palestino y sus secretos políticos y militares (Mihnat filastin wa asraruha al-siyasyya wa’l- ‘askariyya), denunciando al gobierno egipcio de Faruk por prevaricación, y culpando del fracaso del ejército iraquí a la escasez de armas y municiones así como a la falta de asistencia por parte de la Legión Árabe jordana. La historiografía siria culparía asimismo a Jordania de anteponer sus ambiciones a los intereses palestinos. De hecho, la principal estrategia siria para contener el proyecto político de Abdalá y sus ambiciones sobre Palestina fue presionar a Egipto para que entrara en la guerra. En Egipto, la cuestión de la traición de los políticos de la monarquía de Faruk, así como el error táctico de aceptar la primera tregua del 11 de junio fue la narrativa dominante, como trató de demostrar el general Ibrahim Shakib en su obra de 1986 La guerra de Palestina de 1948: un punto de vista egipcio (Harbu filastin 1948: ru’ya misriyya). En contraste con la iraquí, la egipcia o la siria, la historiografía jordana se centró en defender la imagen del rey Abdalá y las acusaciones de haber establecido un pacto con los sionistas y Gran Bretaña para hacerse con el control de Cisjordania. Las memorias del teniente general británico Glubb Pasha (Sir John Bagot Glubb), comandante en jefe de la Legión Árabe, trataron de justificar sus actuaciones y la falta de respuesta de sus tropas a la llamada de ayuda por parte de los ejércitos de Egipto o Irak, así como de las poblaciones palestinas de Lida o Ramla en julio de 1948. De igual modo, Hazza al-Majali, miembro de la corte jordana, justificó la partición de Palestina como un instrumento táctico, en una encrucijada que requería de políticas pragmáticas, tratando de ocultar los encuentros entre el rey Abdalá y los dirigentes sionistas que llevaban produciéndose desde 1946 (Picadou, 2008). Con respecto a los palestinos, como señala Nadine Picadou (2008) la historiografía y la construcción de una narrativa de memoria anclada en la desposesión y la invisibilización de su pasado se encuentran a menudo fusionadas. Previamente a 1948, su invisibilización formó parte del orientalismo occidental y del cristianismo sionista, que retrató a los palestinos como los remanentes de una antigua cultura cuya importancia procedía por su localización dentro de los paisajes del Antiguo Testamento. Junto con la negación de su autonomía cultural, la negativa israelí a aceptar su responsabilidad en la expulsión deliberada de palestinos en la guerra de 1948 invisibilizó su éxodo. Como recoge Edward Said (2001), no existen muchas imágenes del éxodo palestino, mientras que sí existen de 438 las operaciones puestas en marcha para traer de nuevo a “casa” a aquellos judíos refugiados de la guerra en Europa o a los que llegaron desde países árabes tras la creación del Estado de Israel. Además, como señala Nur Masalha (2020, págs. 307-386) la puesta en marcha de una “judeización” acelerada de los territorios árabes incorporados al territorio de Israel como consecuencia de la guerra de 1948 produjo una nueva invisibilización, destinada a cubrir con el velo del olvido la desposesión palestina que precedió a la apropiación sionista de su imaginado Eretz Yisrael. Frente a esta acelerada invisibilización, los palestinos respondieron con lo que podríamos llamar una historiografía de inventario, encaminada a registrar todos los pueblos y aldeas que desaparecieron con la guerra, como puede verse en la minuciosa obra de ‘Aref al-‘Aref (1956-1960) o de Mustafa Murad Dabbagh (1965-1976) (en Picadou, 2008). Además, los historiadores palestinos se centraron en desmontar el relato israelí de que el éxodo palestino y el problema de los refugiados que generó no fue un acto deliberado dentro de la estrategia del Tzahal, sino que ocurrió de manera voluntaria o instigado por la llamada de los líderes árabes. Walid Khalidi es quizás el historiador palestino que más ha trabajado sobre esta cuestión. En respuesta a la obra de Benny Morris (2004): The Birth of the Palestinian Refugee Problem Revisited, Khalidi escribió un artículo revisando uno anterior de 1959 publicado en el Middle East Forum de la Universidad Americana de Beirut titulado Why did the Palestinians leave? An Examination of the Zionist Version of the Exodus ‘48, en el que denuncia que, a pesar de las evidencias documentales, la historiografía israelí, incluso la más crítica, sigue sin admitir totalmente que no hubiera un llamamiento por parte del liderazgo árabe pidiendo a los palestinos que abandonaran sus pueblos de origen y huyeran, culpando así a los palestinos de ser los artífices de su propio destino como exiliados. Según Morris (2004, págs. 589-90): “From the first, the AHC [Arab Higher Committee] and the local National Committees opposed the exodus, especially of army-aged males, and made efforts to block it. But they were inefficient and, sometimes, half-hearted. And, at the same time, they actively promoted the depopulation of villages and towns. Many thousands of Arabs – women, children and old people, from villages around Jerusalem, the Coastal Plain and the Jezreel and Jordan valleys, and from various towns – left, well before battle was joined, as a result of advice and orders from local Arab commanders and officials, who feared for their safety and were concerned that their presence would hamper their militiamen in battle. Indeed, already months before the war the Arab states and the AHC had endorsed the removal of dependents from active and potential combat zones. And, starting in December 1947, Arab officers ordered the complete evacuation of specific villages in certain areas, lest their inhabitants ‘treacherously’ acquiesce in Israeli rule or hamper Arab military deployments. There can be no exaggerating the importance of these early, Arab-initiated evacuations in the demoralisation, and eventual exodus, of the remaining rural and urban populations.” 439 Según demuestra Khalidi, no es sino hasta 1949, coincidiendo con el momento en que el problema de los refugiados palestinos empieza a debatirse y a ser denunciado por la comunidad internacional, cuando los israelíes y los americanos sionistas empiezan a desarrollar una narrativa en la que culpan del éxodo palestino a los líderes del Alto Comité Árabe, del Ejército Árabe de Liberación o de la misma Liga Árabe, haciéndolos, por tanto, responsables de su reparación. Khalidi señala a Joseph Schechtman, sionista revisionista, experto en migraciones, secretario y amigo cercano de Jabotisnky, como el principal responsable de difundir esta idea en varios panfletos aparecidos en el Israel Information Center de Nueva York y en su obra posterior de 1952 titulada The Arab Refugee Problem. Contrariamente a esta narrativa, Khalidi afirma (2005, pág. 49) que “la ofensiva sionista que causó el éxodo árabe fue una mezcla de guerra psicológica y terrorista”159, aduciendo que la guerra psicológica se dio de manera general y de manera preliminar a un ataque, expandiendo información acerca de supuestas enfermedades que traían las tropas árabes, mala preparación y coordinación, falta de armamento, la matanza ocurrida en Deir Yassin, etc. Fue también Khalidi (1988) el que estableció la periodización de la guerra que ha resultado ganadora del consenso historiográfico general, tanto entre israelíes, como entre árabes y palestinos. Según Khalidi pueden establecerse dos periodos principales en la guerra: uno que va desde diciembre de 1947 a mayo de 1948, caracterizado por la oposición armada entre judíos y palestinos, con el interim que supuso el mes de abril, en el que los judíos pasaron a la ofensiva implementando el Plan Dalet con el fin de hacer efectiva la partición del territorio; y un nuevo periodo de guerra convencional que se prolonga desde mayo de 1948 a mediados de 1949, en el que se enfrentaron ejércitos de cinco Estados árabes con el Tzahal160, creado por el gobierno provisional de Israel mediante la Orden nº 4 el 26 de mayo de 1948. A pesar de los intentos árabes o palestinos por esclarecer los hechos que tuvieron lugar durante la guerra de 1948, no fue sino hasta el final de los años 80 del pasado siglo, cuando la nueva corriente de la historiografía israelí conocida como “nuevos historiadores” comenzaron a emerger y a ofrecer la visión crítica post-sionista que tendría un mayor impacto a la hora de desmontar los discursos tradicionales. Ello coincidió con la desclasificación de archivos del ejército y con un nuevo contexto geopolítico internacional más favorecedor marcado por la crítica a la invasión del Líbano de 1982, la 159 Traducción propia 160 Fuerzas de Defensa de Israel 440 Intifada de 1988 y el fin de la Guerra Fría y la apertura del proceso de paz con los palestinos en 1993. Sobre esta nueva historiografía no me extenderé mucho, puesto que ya ha sido analizada en el capítulo 4 de esta tesis. Tan sólo recordaré que los principales representantes de esta nueva corriente son Simha Flapan (1987); Benny Morris (1987, 2004 y 2008); Ilán Pappe (1988, 1992) y Avi Shlaim (1988) que es quien quizás ha efectuado el análisis más internacional, poniendo sobre las estructuras políticas regionales intra-árabes gran parte de la responsabilidad en el curso de la guerra y del conflicto. Picadou (2008) recoge la opinión con respecto a esta nueva historiografía post-sionista de autores palestinos como Clovis Maksoud, Sharif Kanaana, ‘Abd el-Qader Yassin o Fuad Mughrabi, y afirma que estos la siguen viendo como un intento israelí de lavar su conciencia y de poner fin sólo a los mitos más indignantes y sangrantes sobre los orígenes, las consecuencias y las responsabilidades de la guerra de 1948. Estos autores palestinos, a los que cabría añadir Nur Masalha (1992, 2020), se resisten a ver el problema del éxodo palestino como un mero producto de la guerra y tratan de buscar explicaciones mucho más estructurales, situando a la ideología sionista de la transferencia, claramente concebida en respuesta a la Comisión Peel de 1936, como la fuerza estructurante con mayor peso sobre los acontecimientos que tuvieron lugar durante el enfrentamiento bélico de 1948. 6.3. Periodización y evolución de la guerra de 1947-49 y sus implicaciones geopolíticas Una de las cuestiones más complejas a la hora de trazar las líneas de causalidad que conducen a la cristalización del Estado desde la perspectiva de la sociología histórica es establecer una periodización puramente diacrónica, ya que muchos de los acontecimientos transformadores se encuentran entrelazados, con repercusiones de distinta intensidad y alcance sobre las fuentes de poder social y porque las sociedades nunca se encuentran del todo institucionalizadas, a pesar de que algunas de sus estructuras puedan señalar ciertos momentos de cristalización. En el caso de la guerra de 1947-49, nuestro análisis no será por ello puramente diacrónico, ni un relato meramente descriptivo de los hechos, sino que nos servirá como hilo conductor para ir entramando historia y análisis sociológico. Nuestra asunción es que esta guerra se trata de un momento neo- episódico, ya que, a partir de esta guerra y sus episodios, se puede entender toda la historia de Israel y su paulatina cristalización, tanto desde el punto de vista ideológico, como 441 económico, militar o político. La guerra de 1947-49 es, en este sentido, tanto un punto de llegada como de partida, es decir, un núcleo de inflexión que consolida una trayectoria social ya iniciada en el Yishuv bajo el Imperio británico, pero que opera como una trazadora de nuevas vías de la historia posterior, tanto de Israel como del conflicto en general. Algunas de esas vías fueron consecuencias inesperadas de los resultados y dinámicas impredecibles de la guerra. Otras fueron consecuencias lógicas y racionales de acontecimientos y decisiones anteriores. Todas ellas, sin embargo, operaron dentro de estructuras de distinta naturaleza que limitaron, a la vez que posibilitaron, acciones y decisiones. Nuestra tarea aquí será desvelarlas y tratar de presentarlas partiendo de nuestro enfoque integrador. A pesar de que nuestro análisis no será estrictamente cronológico, sí que utilizaremos la periodización que sobre esta guerra más consenso ha alcanzado para ir desmenuzando, a partir de sus distintas etapas, momentos de configuración parcialmente autónomos de la historia posterior de Israel y de la manera en que en torno a ella se han ido configurando las distintas redes y fuentes de poder. La periodización más general de la guerra de 1947- 49 divide al conflicto en dos grandes fases de escalada, una intracomunitaria y otra interestatal, que a su vez se subdividen en un total de cinco etapas sucesivas, siguiendo la historiografía militar general de autores como Ben Arieh (2020). Las dos primeras etapas, que coinciden con el periodo de guerra civil o intracomunitaria, se extienden desde diciembre de 1947 hasta el 1 de abril de 1948 y desde el 1 de abril hasta el 14 de mayo de 1948. Las tres últimas etapas forman parte de la fase de guerra interestatal y abarcan desde el 15 de mayo de 1948 hasta la conclusión de la guerra con la firma de los armisticios, periodo en el que se produce la guerra entre Israel, Irak, Transjordania, Egipto, Líbano y Siria. 6.3.1. La primera etapa: Vive la France! o la persistencia de la competencia inter- imperial europea. Como hemos anunciado, la primera etapa de la guerra transcurre entre los meses de diciembre de 1947 y marzo de 1948 y tiene lugar, principalmente, en poblaciones de carácter mixto, en la defensa de asentamientos judíos aislados que quedaban dentro de las tierras asignadas a los árabes o en el control de las carreteras y vías de comunicación, siendo muchos de los enfrentamientos operaciones de represalias por ataques previos iniciados por una u otra comunidad. 442 Cuando el 26 de septiembre de 1947, Gran Bretaña anunció que abandonaría Palestina como potencia mandataria el 14 de mayo de 1948, independientemente de la decisión que tomara Naciones Unidas siguiendo las recomendaciones del recién creado Comité Especial de Naciones Unidas para Palestina (UNSCOP, por sus siglas en inglés), el sionismo desplegó una intensa actividad diplomática, a fin de recabar los votos suficientes para obtener una mayoría de dos tercios en la Asamblea General de Naciones Unidas. En esta votación, el apoyo de Francia y de sus Estados más próximos (Bélgica, Luxemburgo y Países Bajos), resultaría decisivo para inclinar la balanza del lado sionista, por lo que la diplomacia judía norteamericana solicitó a Bernard Baruch, el filántropo, hombre de negocios y consejero político de los presidentes Wilson y Roosevelt y a quien Truman había nombrado embajador ante la Comisión de la Energía Atómica de las Naciones Unidas, que ejerciera de intermediario frente al representante permanente francés ante Naciones Unidas, Alexandre Parodi. Baruch, que era un simpatizante del Irgún y de su lobby norteamericano American League for a Free Palestine, presionó a Parodi para obtener el voto francés a cambio de garantizar la continuidad de la ayuda económica norteamericana a través del Plan Marshall, que acababa de entrar en vigor. Cuando el 29 de noviembre se celebró la votación en la Asamblea General y el plan de partición logró el apoyo de los dos tercios de la cámara, con 33 votos a favor, 11 en contra (lo que incluía a todos los Estados árabes) y la abstención de Inglaterra, en las calles de Tel Aviv se recibió la notica al grito de: Vive la France! (Barr, 2011 pág. 492 y 495). La Resolución 181 establecía la partición del territorio del Mandato británico en dos, con una unión económica, adjudicando el 54% de la superficie para el Yishuv (si bien gran parte de este territorio se encontraba en el desierto del Neguev) y el 46% restante para el Estado árabe-palestino. La inconsistencia demográfica sobre la que se basó la partición y que afectará la legitimidad de su principio democrático fue que en las tierras asignadas a los árabes solamente vivían 10.000 judíos, mientras que los judíos únicamente representaban el 55% de la población en las tierras que les habían sido asignadas por Naciones Unidas. Con esas cifras, se hacía prácticamente imposible mantener el carácter judeo-nacional del Estado. 443 Mapa 5.1. Plan de Partición de la ONU 1947161 161 Recuperado de: United Nations Cartographic Section - m0103_1b.gif on PLAN OF PARTITION 444 Además, Jerusalén sería tratada como un corpus separatum, un enclave encomendado a una administración fiduciaria internacional. Mapa 5.2. Jerusalén, corpus separatum162 La votación de la Resolución 181, que establecía también la retirada gradual de las fuerzas armadas británicas durante un periodo de cinco meses, exacerbó la violencia intracomunitaria en Palestina, culminando con una serie de ataques terroristas perpetrados por el Irgún durante el mes de diciembre, siendo el más notorio el llevado a cabo contra la refinería petrolera de Haifa, en el que fallecieron numerosos trabajadores. La matanza desencadenó una serie de actos de venganza en los que murieron decenas de árabes y de judíos, principalmente en esta ciudad. Esos acontecimientos incitaron el despertar de un antiguo enemigo del sionismo y héroe nacionalista sirio, Fawzi al-Qawuqji, quien entró en Palestina a principios de enero desde Siria, con cientos de árabes armados miembros de sus fuerzas irregulares. La popularidad de al-Qawuqji llevó a la Liga Árabe a proponerlo como jefe del Ejército de Liberación Árabe (ELA), cuestión a la que se opuso el gran Muftí, que había nombrado a un pariente, Abd al-Qadir al-Husayni como jefe del denominado “Ejército de la Guerra Santa”, reclutado en buena parte con voluntarios provenientes de Egipto. Se habían abierto de este modo dos frentes contra el sionismo, dando cuenta de la compleja fragilidad de la unión árabe frente al mismo. 162 Recuperado de: http://unispal.un.org/UNISPAL.NSF/0/651C804E6815FB28852575DF004B7C4C 445 A partir de ahí, la guerra contra el Yishuv se dividió en esta época en un frente al norte de Galilea, liderado por Qawuqji, frente a su rival al-Husayni, que mantendría sus fuerzas en torno a la ciudad de Jerusalén. La confrontación civil llegó a tal nivel que el 16 de febrero de 1948, el Comité Especial de Naciones Unidas para Palestina informó de que en los tres meses siguientes al voto de la Resolución 181 se habían asesinado o herido a 2.778 personas: Tabla 5.1. Cifras de muertos y heridos en Palestina en los tres meses siguientes al voto de la Resolución 181163 El voto favorable de Francia en la Asamblea General de Naciones Unidas no sólo sirvió para aprobar la Resolución 181, sino que supuso la representación de un apoyo más profundo y estratégico a la causa sionista, que contribuiría a la escalada del conflicto y que pasaba, en esos momentos, por su colaboración para armar al Yishuv y, dentro de este, al combativo Irgún, la única fuerza sionista que había mostrado una frontal oposición a los planes de Abdalá de Jordania de construir una gran Siria anexionándose territorios que el revisionismo consideraba irrenunciables como parte del histórico “Gran Israel”. Resulta necesario introducir aquí un exordio sobre el papel de los hachemíes en este conflicto. Abdalá I de Jordania, que recibió Transjordania como feudo por parte de los británicos en 1921 debido a la implicación de su familia en la organización de la rebelión árabe contra el Imperio otomano durante la Primera Guerra Mundial, estaba destinado a gobernar sobre una franja de desierto que conectaba las dos zonas principales de influencia británica en la región: Irak y Palestina. Transjordania se convirtió así en una de esas entidades políticas que operan como intermediarias, estableciendo relaciones clientelares entre imperios y poblaciones locales, al mismo modo en que lo había hecho el Yishuv, siendo su papel principal el de proveer de un ejército local al Imperio británico, 163 UNISPAL, recuperado de: https://www.un.org/unispal/document/auto-insert-187427/ 446 la Legión Árabe, armado, entrenado y comandado por los ellos mismos bajo la autoridad del teniente general Sir John Bagot Glubb (1936-1956). Abdalá era apodado como “Mr. Bevin’s Little King” y se convirtió por ello en un interlocutor clave con el que negociar el futuro del Yishuv en Palestina y su conversión en un nuevo Estado. Esto explica que ya, desde el año de 1946, Elías Sasson, el futuro ministro y experto árabe de la Agencia Judía, iniciara las conversaciones secretas con el monarca hachemí que derivarían en el mito de la connivencia jordano-sionista, mediante el cual, los judíos aceptarían la anexión hachemí de los territorios árabes de Cisjordania a cambio del respeto a la soberanía judía sobre el resto del territorio judío del Mandato. La intención de Abdalá de anexionarse Cisjordania respondía a su ambición política de crear un País del Sham bajo su mandato, una “Gran Siria” que comprendiera la mayoría de Palestina, Siria, Líbano, Transjordania e Irak, lugar donde gobernaba su hermano, supliendo con ello la traición británica al proyecto de su padre de crear un gran Estado árabe. Si la construcción, de la central hidroeléctrica de Pinjas Rutenberg en Naharayim (hebreo) o Baqoura (árabe) había marcado un importante hito en el desarrollo infraestructural del Yishuv y en su inserción dentro de la estructura imperial británica a principios de la década de 1930, el 17 de noviembre de 1947, la estación sería el testigo excepcional de un cambio de época, que indicaría el fin del gobierno británico sobre Palestina y de su posición como poder colonial. Fue en Naharayim donde tuvo lugar el primero de una serie de encuentros secretos que mantuvo la líder de la Agencia Judía, Golda Meyerson (posteriormente Meir), con el rey Abdalá de Jordania, a fin de explorar la postura jordana con respecto al Plan de Partición que se votaría en la Asamblea General de Naciones Unidas el 29 de noviembre de 1947. Según recoge Sachar (2010, pág. 322) el rey Abdalá manifestó entonces su predisposición a anexionarse los territorios que fueran asignados a los árabes por la Asamblea General, ya que no deseaba verlos en manos de uno de sus acérrimos rivales: el muftí de Jerusalén. Para el rey Abdalá, hijo del jerife de la Meca y hermano del príncipe Faisal que había liderado la revuelta árabe contra los otomanos, el control sobre Jerusalén supondría, además del fortalecimiento a su legitimidad, una victoria simbólica para su familia, que había sido expulsada del Hijaz y perdido el control sobre Meca y Medina tras la conquista saudí de 1924-25. Además, ese mismo año, Abdalá había firmado con Irak un tratado de amistad y alianza y había promovido una secesión drusa en Siria, por lo que Francia tenía buenos motivos para pensar que la posibilidad de construir su proyecto político de la “Gran Siria” no 447 parecía quimérico, salvo por el obstáculo que suponía la falta de apoyo a este proyecto por parte del resto de los Estados árabes de la región. No obstante, algunos historiadores críticos con esta visión marcadamente colonial de la connivencia jordano-sionista, como Avraham Sela, (1992, pág. 627) aseguran que la evolución de la “guerra informal” que aconteció entre árabes y judíos desde diciembre de 1947 hasta mayo de 1948 tuvo unas repercusiones tales, que hicieron cambiar sustancialmente la naturaleza del acuerdo jordano-sionista y su estrategia de dividirse Palestina incruentamente. Tal y como el mismo Ben-Gurión asumió en su alocución a la Knesset tras la firma del acuerdo de Rodas con Jordania, fueron consideraciones políticas y demográficas las que motivaron la decisión de no continuar con la ofensiva sobre Jerusalén o Cisjordania164. A lo que sí contribuyó, no obstante, fue a inclinar los códigos geopolíticos165 franceses a favor del sionismo, ya que la victoria de Abdalá hubiera beneficiado los planes británicos de continuar con su influencia en la región por otros medios. Gracias al apoyo francés y previendo que la guerra con los árabes sería inevitable, Ehud Avriel empezó a adquirir armas en París durante el mismo mes de noviembre de 1947 y fue allí donde entró en contacto con un contratista checoslovaco que le ofreció el aprovisionamiento que tan urgentemente necesitaba la Haganá. Los checoslovacos exigieron que el contrato se realizara de gobierno a gobierno, por lo que el concurso de Francia, país de tránsito de las armas, resultó fundamental para sellar el acuerdo. Ignorando el embargo de armas que había sido decretado por Estados Unidos en diciembre de 1948 como resultado de la escalada de violencia en Palestina, Francia, a través de su ministro de asuntos exteriores, Georges Bidault, aprobó un paquete de venta de 26 millones de dólares para armar a 8.000 de los soldados con los que contaba la Haganá. El descubrimiento de un cargamento de documentos secretos que los británicos estaban retirando de sus posiciones en Palestina y en los que el propio Bevin dejaba claro la intención británica de apoyar a Abdalá para continuar manteniendo su influencia sobre el territorio, terminó de convencer a los franceses de la conveniencia de apoyar directa, aunque discretamente, al sionismo, animados por la templada reacción que su voto a favor 164 “The Constituent Assembly First Knesset 1949-1951, Armistice Agreements with Egypt, Lebanon, and Jordan”, Sitting 20 -- 4 April 1949, Jerusalem Center for Public Affairs, recuperado de: https://www.jcpa.org/art/knesset2.htm 165 Un código geopolítico hace referencia a los cálculos que realizan los Estados con respecto a: (i) ¿quién es mi amigo?; (ii) ¿quién es mi enemigo?; (iii) ¿qué hago para mantener a mis actuales o potenciales amigos cerca?; (iv) ¿qué hago para disuadir a mis enemigos y mantenerlos lejos? Y (v) ¿Cómo justifico los cuatro cálculos anteriores frente a mi audiencia doméstica e internacional? (Flint, 2017, pág.52) 448 de la Resolución 181 había producido en Argelia, su principal preocupación (Barr, 2012, pág. 497). Si Abdalá salía victorioso y terminaba anexionándose los territorios árabes de Palestina podría llegar a controlar un pasillo que desembocara en Gaza, lo que unido al acuerdo que había firmado con Gran Bretaña para mantener durante 25 años tropas británicas desplegadas en el país, hubiera dado a esta última el acceso al Mediterráneo, obteniendo una clara ventaja geoestratégica con respecto a Francia sobre el control de su orilla oriental y, por ende, del Canal de Suez. Desde enero a marzo de 1948, la guerra está caracterizada por una estrategia ofensiva árabe-palestina y una posición eminentemente defensiva del Yishuv, convencido de que no podría lanzar una ofensiva a gran escala hasta que la retirada de las tropas británicas se hubiera completado más ampliamente. De hecho, las intervenciones británicas que ocurrieron simultáneamente a su retirada de Palestina favorecieron paradójicamente al Yishuv, ya que estaban encaminadas a proteger sus asentamientos de ataques o a asegurar los convoyes de aprovisionamiento que circulaban, principalmente, por la carretera de Jerusalén. Algo que cambió decisivamente el curso de la guerra y abrió la posibilidad de una ofensiva sionista a gran escala fue el apoyo económico recibido por la diáspora estadounidense, motivado en buena parte por el fervor nacionalista que había supuesto para Estados Unidos su participación en la Segunda Guerra Mundial y por la tragedia del Holocausto, en la que habían sido asesinados muchos de los familiares europeos de los judíos asentados en Norteamérica. Una vez más, las redes transnacionales del sionismo suponen un factor explicativo de su éxito. En un tur de recaudación de fondos de emergencia organizado por la OS entre enero y marzo de 1948, Golda Meir fue capaz de recaudar 50 millones de dólares para armar a la Haganá. En un segundo tour, durante mayo a junio de 1948 lograría recaudar otros 50 millones de dólares. Como recoge Morris (2008, pág. 85), estos fondos fueron esenciales para pagar las armas checoslovacas que asegurarían la victoria sionista entre los meses de abril a octubre de 1948. En contraste con la eficiencia, la alta organización y la solidaridad internacional que el movimiento sionista fue capaz de desplegar, los árabes carecían de una estructura organizativa colectiva semejante, y su solidaridad se demostró, principalmente, por medio de la llegada de voluntarios, aunque no de forma tan masiva como habrían esperado los propios sionistas. 449 6.3.1.1. La debilidad de las estructuras árabes: un análisis sobre la frágil solidaridad de la Liga Árabe y su papel en la guerra de 1947-49 Puesto que una de las razones que siempre se han argumentado para explicar la derrota árabe en esta guerra es la falta de organización y coordinación de su respuesta y la rivalidad intra-árabe, resulta necesario aquí hacer un inciso acerca de los orígenes de la organización de la solidaridad colectiva del mundo árabe y tratar de encontrar en ellos los orígenes de su falta de eficiencia. Como hemos visto en secciones anteriores, en muchas ocasiones, acontecimientos históricos generan reorganizaciones de las redes de poder para responder de una manera más eficiente a los retos planteados. Durante la Segunda Guerra Mundial, los británicos solicitaron a los árabes su apoyo en el esfuerzo bélico que suponía enfrentar a Hitler en el famoso discurso pronunciado por Eden en Mansion House en mayo de 1941. Como cita Khadduri (1946, pág. 90), a cambio, los británicos ofrecieron su pleno apoyo a la unidad árabe: "The Arab World has made great strides since the settlement reached at the end of the last war, and many Arab thinkers desire for the Arab peoples a greater degree of unity than they now enjoy. In reaching out towards this unity, they hope for our support. No such appeal from our friends should go unanswered. It seems to me both natural and right that the cultural economic ties, too, should be strengthened. His Majesty's Government for their part will give their full support to any scheme that comma general approval." Fue esta esperanza de apoyo a la unidad, la que impulsó el inicio de las negociaciones para formar una unión panárabe, que se concretó con la firma del Protocolo de Alejandría de 1944, germen para la futura institucionalización de la Liga. Tras una nueva traición británica a este proyecto de unidad, los retos simultáneos de la descolonización y el enfrentamiento con el sionismo fueron los principales motores que incitaron la necesidad de impulsar una organización política que representara la solidaridad y unión del mundo árabe. Fue así como nació la Liga Árabe en 1945 con sede en El Cairo, una confederación de Estados que se propuso como objetivo fomentar la coordinación entre sus miembros para gestionar materias de interés común. Sus miembros fundadores fueron Egipto, Irak, Líbano, Arabia Saudí, Siria, Transjordania y Yemen y las principales cuestiones que preocupaban a la Liga en el momento de su fundación eras disputas territoriales que habían surgido tras el proceso de descolonización y sobre las cuales planeaba la sombra de la partición de Palestina. 450 Las principales críticas a la actuación de la Liga y, que tuvieron su epitome en el papel que jugó en la guerra de 1947-49, provienen de su falta de unión y de buena gobernanza, en cuyo corazón se sitúa un déficit democrático relacionado con la representación popular y el autoritarismo de sus líderes que afecta, no sólo a la Liga, sino a toda la región en general. Junto con cuestiones relacionadas con la cooperación en los ámbitos de la economía, la comunicación, la cultura o el bienestar social, sus miembros también contemplaban la cooperación militar en cuestiones relacionadas con la seguridad, así como el arbitraje para la resolución pacífica de disputas originadas entre sus miembros y entre estos y terceros Estados. Este acuerdo de cooperación militar fue ampliado en 1950 con la firma del Tratado Conjunto de Defensa y Cooperación Económica que establecía la creación de dos de los órganos más importantes de la institución: el Consejo Conjunto de Defensa y el Consejo Económico166. Este tratado, al igual que la OTAN, establecía que una agresión a un Estado miembro sería considerada como una agresión a todos ellos. No obstante, la Liga no contempla ningún mecanismo de cumplimiento obligado o cesión de soberanía para sus miembros, por lo que, como señalan Masters y Sergie (2020) citando al profesor Mohamad Bazi, la Liga Árabe se ha convertido en una “sociedad de debate glorificada”167 y la unidad árabe o unidad de la umma en uno de sus mitos fundacionales. Tal vez sea por tratarse de un mito más que de una realidad, por lo que la unidad ha sido tan difícil de contemplar de manera continuada a lo largo de la historia. El nacionalismo árabe o panarabismo, nació en oposición a la autoridad del Imperio otomano y a su estrategia de “otomanización” impulsada en el siglo XIX como reacción a la desintegración de su imperio. Sin embargo, el mayor catalizador de la unidad árabe surgió a raíz de la lucha contra el sionismo y la defensa de Palestina en la guerra de 1948, que constituyó la primera gran acción de la Liga y que acabó, como es bien sabido en el “gran desastre”. Este desastre, encarnado en más de cuatro millones de refugiados, permaneció como una herida abierta en el conflicto entre árabes e israelíes que acabaría por decidir el futuro de Palestina en las décadas posteriores. Frente a estas evidencias, la pregunta que caben hacerse es ¿por qué la unidad del sionismo fue superior a la unidad del panarabismo? ¿está la unidad árabe condenada a persistir como un mito y a estrellarse en el asfalto de la realidad? ¿sobre qué tipo de sociedad debe asentarse la unidad política? ¿Existen dentro de las sociedades árabes 166 Rebautizado como Consejo Económico y Social en 1980 167 Traducción propia, en Masters y Sergie (2020): “The Arab League”, Council of Foreign Relations, Backgrounder. Recuperado de:, https://www.cfr.org/backgrounder/arab-league 451 estructuras subyacentes que han impedido consolidar la cooperación? ¿cuáles han sido más determinantes a la hora de explicar su fracaso para hacer frente al reto del sionismo? ¿qué tiene que ocurrir para que las relaciones inter-estatales sean funcionales en Oriente Medio? Según Gause (1999) las causas subyacentes del fracaso de la unidad política en el mundo árabe pueden resumirse en tres. En primer lugar, en el ámbito ideológico, la existencia de dos principios ordenantes de la unidad política como el islamismo y el panarabismo, constituyen un desafío a cualquier organización basada en la soberanía estatal como la propia Liga Árabe. En este sentido, la Liga se vio siempre a sí misma como una institución transitoria en el camino de construcción de la unidad Panarabista. Esto explica por qué la Liga ha tenido éxito a la hora de apoyar a miembros que han tenido disputas con Estados no miembros, mientras que ha sido bastante ineficaz a la hora de resolver disputas entre miembros. La solidaridad, por tanto, la ha construido siempre frente a fuera en lugar de hacia dentro. Esta solidaridad proviene de una necesidad genuina de auto preservación frente a la dominación y a la modernidad homogeneizadora occidental, representada para ellos en el Yishuv y en Israel. En este sentido, la diferencia con el sionismo es que este se construyó sobre la base de una solidaridad genuina hacia dentro y frente a fuera. Esta solidaridad no era, sin embargo, un sentimiento laxo o desestructurado, sino que estaba incardinada en organizaciones de carácter transnacional que facilitaban la movilización de recursos y la transmisión de mensajes a gran escala. En segundo lugar, la organización sociopolítica de corte medieval sobre la que se basó el Imperio otomano hasta las reformas del Tanzimat facilitó un modelo de organización política basada en lo que Mann (1986) denomina como “una civilización de múltiples actores de poder”, caracterizada por la multipolaridad y por lo que Brown (2001) denomina el equilibrio de la “homeostasis”, que ha hecho a la región proclive a organizarse mediante actos de equilibrio a la hora de establecer alianzas regionales. Ello explica por qué la Liga Árabe ha funcionado más como un lugar de escenificación de equilibrios que como una gestora de conflictos. El hecho de que en la guerra de 1948 existieran además del frente contra Israel, frentes árabes simultáneos debilitó la posibilidad de unión política y militar. Como hemos visto y veremos más adelante, en torno a la ciudad de Jerusalén, existieron en realidad tres frentes de contienda: uno entre árabes y sionistas; otro entre hachemíes y huseinis por controlar Jerusalén y convertirla en el centro del mundo musulmán bajo el poder de sus respectivas dinastías y liderazgos y otro entre los sirios y los hachemíes, que se disputaban la soberanía sobre el Sham. De 452 hecho, fue Siria la que presionó a Egipto para que entrara en guerra a fin de equilibrar las aspiraciones de Transjordania en la región, convirtiendo a ambos Estados en rivales. La cuestión de poder construir una unidad dentro de esta disparidad de intereses se multiplicó con el inicio de la Guerra Fría y sus estructuras de poder como el Consejo de Seguridad de la ONU o la propia Asamblea General, lo que supuso la inclusión de una nueva variable que marcaría limitaciones al alcance de esta unidad. Al caer bajo la competencia de la ONU cuestiones susceptibles de afectar la paz internacional y al tratarse el conflicto árabe-israelí de una cuestión en el que imperios y potencias han tenido intereses políticos y económicos muy sensibles, se han acabado imponiendo soluciones a conflictos locales que provienen de organizaciones ajenas a la región. Desde la Resolución 181 a la 242 o el Acuerdo Tripartito de 1950 con el que se garantiza la paz y se salvaguardan las fronteras, han sido todos imposiciones de la ONU y sus órganos, muchos de los cuales han sido meramente duplicados por la Liga Árabe, pero sin la misma capacidad de imponer sus decisiones. Israel, sin embargo, entró en la organización con una sola voz y siempre pudo ser mucho más autónomo a la hora de escoger su política exterior. En tercer lugar, la relaciones Estado-sociedad han sido también decisivas. La mayoría de los Estados de Oriente Medio que entraron en guerra con Israel comenzaron como ficciones jurídicas con unas fronteras provenientes del colonialismo, pero con muy escaso poder infraestructural, lo que provocó un serio déficit democrático y un sentido de lealtad hacia el Estado muy débil por parte de sus ciudadanos. El miedo a la sedición y a las revueltas y el deseo de asentar la soberanía a cualquier precio provocaron un incremento de los poderes despóticos del Estado y de sus élites, enarbolados en aras de la construcción nacional y de la amenaza que la existencia de Israel suponía. El desarrollo del aparato opresor del Estado ha impedido que actores no-estatales (sociales) pudieran permear sobre sus estructuras e influir sobre las políticas de este, lo que explica el declive de movimientos panarabistas (sobre todo a raíz de la derrota de 1967), el reconocimiento unilateral de Israel por parte de Estados como Egipto o Jordania o incluso la estabilidad de regímenes seculares frente al empuje del islamismo tras la revolución iraní de 1979. En este sentido, la incapacidad para construir una unión política sólida proviene de la diversidad de Estados, de la distancia entre sus élites y la ciudadanía y de sus dispares condiciones políticas y socioeconómicas (monarquías, repúblicas, laicos, islamistas, economías rentistas, economías subdesarrolladas, etc.) En contraste, en el sionismo pareció existir una suerte de “consenso constitucional” en torno a lo que se consideraba como “bien común”, la salvaguarda y seguridad de todos los judíos, alentado por 453 ideologías socialistas colectivistas y por una relación especial con la diáspora en la que se estableció un nexo de conexión según el cual, el bienestar y el empoderamiento de la Diáspora pasaban por el bienestar y el empoderamiento de Israel. En este caso, el proyecto era mucho más democrático. Junto a estas estructuras persiste una, de carácter ideológico-cultural y relacionada con la esencia misma del poder, que ha sido tal vez la más difícil de superar y la que ha impedido la construcción de una unidad política más eficiente, capaz de equipararse con el sionismo. Según Ajami (1992) el mundo árabe, en su confrontación con el poder occidental, ha asumido a la modernidad en forma de objetos, de tecnología, pero no de procesos, lo que hubiera supuesto un acercamiento a la racionalidad occidental y a su modelo político organizacional. Esta dificultad para adoptar modelos organizacionales occidentales se encuentra relacionada con una cuestión más vinculada con relaciones de dominación que con una incapacidad intrínseca cultural. La dificultad, señalada desde el post-estructuralismo de Foucault, afirma que todo poder engendra resistencia, aunque esa resistencia lleve, en algunas ocasiones, a la autodestrucción. Como señalan Masters y Sergie (2020, párr. 10) citando a Charles D. Smith en su libro Palestine and the Arab Conflict: “Many, especially of the younger generation, saw Israel’s existence as symbolic of Arab humiliation at the hands of a superior power relying on Western technology that they were denied. Here there existed a desire for revenge coupled with the fear of Israeli military might and possible future expansion.” Frente a esta resistencia al poder, la Liga Árabe basó su estrategia en el voluntarismo de aquellos que quisieron unirse al Ejército de Liberación Árabe, como contrapeso al Ejército de la Guerra Santa organizado por el Muftí, cuya estrategia no se basó en la solidaridad árabe sino en la afirmación y reconocimiento de su autoridad para liderar la resistencia. Se calcula que entre enero y marzo de 1948, unos 8.000 voluntarios procedentes de Irak, Siria y Egipto cruzaron las fronteras de Palestina para unirse a las milicias locales árabes, al Ejército de Liberación Árabe o a los contingentes de los Hermanos Musulmanes en el sur, los únicos que habían recibido cierto entrenamiento militar por parte del ejército egipcio en los campos de Marsa, Matruh y Hakstap. Sin embargo, para aquellos contingentes de voluntarios que llegaron desde el Magreb, ni la Liga ni los Estados árabes individuales tenían la capacidad operativa ni el poder 454 económico de organizarlos en la defensa de Palestina, por lo que la mayoría sufrieron la deportación. Aunque hacia finales de marzo, debido a la escasez de armas en posesión de los judíos, los árabes parecían mucho más fuertes, en realidad su organización era mucho más débil, debido a la desunión, a la falta de liderazgo y a la disparidad de intereses en el conflicto ya aludida. De hecho, como señala Picadou (2008), buena parte de la historiografía árabe sobre la guerra de 1947-49 la sitúan dentro de un continuo histórico a largo plazo en el que han tratado de dilucidar tanto las responsabilidades de Israel sobre las consecuencias de la misma como las causas de su derrota que fue política antes que militar. Como bien ilustra este punto Shlaim en su obra Collusion across the Jordan (1988, pág. 174), tras una reunión mantenida por la Liga Árabe para decidir la táctica a seguir en la guerra contra el Yishuv, un oficial británico de la Legión Árabe preguntó a un oficial iraquí cómo había ido el encuentro, a lo que éste respondió: “Espléndido. Todos estamos de acuerdo en luchar por separado”. 6.3.2. La segunda etapa: la operación Nachson y el Plan Dalet como parte de la estrategia de transferencia ¿agente o estructura? La segunda etapa de la guerra se produce entre principios del mes de abril y el 14 de mayo de 1948 y supone un giro decisivo en el curso de la confrontación. Los hechos más significativos que tuvieron lugar a nivel de conquistas territoriales fueron: - Las conocidas batallas de Mishmar Haemek y Ramat Yohanan - La conquista de Tiberiades y Haifa - El lanzamiento de la operación Yifath, que aseguró el control de la Alta y la Baja Galilea, así como su lado occidental, que concluyó con la captura sionista de San Juan de Arce y Safed - Por último, se pone en marcha la operación Hametz, que culmina con la conquista de Yafo, la ofensiva por el control del corredor de Jerusalén y la operación Kilshon, con la que concluye esta etapa. La transformación operativa más significativa es que durante esta etapa el Yishuv pasa de la defensiva a la ofensiva, desarrollando simultáneamente, la operación Nachson y el Plan 455 Dalet. La operación Nachson168 se desarrolló a partir del 1 de abril de 1948, a consecuencia del sitio que los árabes habían conseguido imponer sobre los barrios y distritos judíos de Jerusalén, en los que residían aproximadamente 100.000 judíos. La situación para estos residentes era desesperada, ya que dependían del agua y las provisiones que llegaban de la costa y cuya única carretera de aprovisionamiento se situaba bajo control árabe. La operación pretendía por tanto abrir un corredor seguro que uniera la costa con la zona montañosa que rodeaba Jerusalén. La única manera de asegurar ese corredor era mediante la conquista territorial, haciéndose con el control de las poblaciones árabes que rodeaban la carretera. La consecución de este objetivo requirió un cambio organizacional en las filas de la Haganá, lo que la acabó convirtiendo en un verdadero ejército, ya que, frente a milicias populares u otras formas organizativas, es la forma de organización más efectiva para conseguir la conquista de territorios y su posterior pacificación. A estos efectos, la Haganá se reorganizó formando una brigada de 1.500 efectivos divididos en tres batallones. Un batallón sería responsable de tomar el área entre Hulda y Latrún, en la planicie costera, mientras que un segundo tomaría el área desde Latrún hasta Kiryat Anavim, a 18 Km de Jerusalén, mientras que el tercero permanecería en la reserva. Mapa 5.3. Área de la batalla de Latrún durante la operación Nachson169 168 La operación Nachson se llamó así en memoria de Nachshon Ben-Aminadav, el jefe de la tribu de Judá que, según la tradición, fue el primero en cruzar por el camino Partido del Mar Rojo que abrió Moisés. Vemos con ello como el sionismo empleó, sucesivamente, mitos bíblicos para construir su proyecto y narrativa de refundación nacional. 169 Recuperado de: https://en-academic.com/pictures/enwiki/78/Nachshon.GIF 456 El control de la costa que supuso el éxito de la operación Nachson permitió al Yishuv poder controlar la llegada de armas checoslovacas que empezaron a descargarse en lugares clandestinos a partir del 1 de abril de 1948. Además de ello, la operación fue fundamental por dos motivos. En primer lugar, porque tuvo un efecto psicológico devastador sobre las fuerzas árabes presentes en el terreno y, en segundo lugar, porque fue la primera vez en que la Haganá lanzó un ataque ofensivo con el objetivo de hacerse con el control exclusivo de un territorio estratégico, preparando con ello el camino para la implementación del Plan Dalet. Este plan terminaría de culminar la conquista de territorios necesaria para preparar la defensa estratégica frente a la ofensiva árabe conjunta que se esperaba tras producirse el fin del Mandato británico. Simultáneamente al sitio de Jerusalén, en el norte de Palestina, Fawzi al-Qawukji dirigía el Ejército Árabe de Liberación (EAL) en el triángulo formado por Nablus, Jenin y Tulkarem, que había sido el epicentro de la insurgencia durante la Gran Revuelta árabe de 1936-39. Entretanto, en la aldea estratégica de Qastel, a seis kilómetros de Jerusalén (actual Mevazeret Zion), se encontraban las fuerzas de Abdul Qadir al-Husayni, custodiando la carretera Jerusalén-Yafo. Sin embargo, debido a la escasez de armamento con el que contaba, éste no pudo resistir por mucho tiempo el envite del Palmaj, ya que ni los sirios ni los jordanos se mostraron dispuestos a ceder sus propias armas a un ejército liderado por un pariente del Muftí. Cuando el Palmaj tomó al fin la aldea el 3 de abril, Abdul Qadir declaró: “Todos sois unos traidores”. “La historia recogerá que vosotros perdisteis Palestina” (Barr, 2011, pág. 621). Unos días después de esta declaración moriría en un tiroteo intentando recuperar Qastel. La muerte de Abdul Qadir produjo un efecto desmoralizador en las tropas palestinas, cuyas fuerzas militares no estaban habituadas a las técnicas de la guerra moderna profesional, sino a batallas tribales en las que la lealtad al jefe de la tribu o de la fuerza militar era el principal elemento cohesionador. Su entierro multitudinario se celebró en Jerusalén el 9 de abril, recibiendo los honores del primer mártir de la guerra contra Israel. Ese mismo día, fuerzas del Irgún y Lehi atacaron Deir Yassin, al oeste de Jerusalén, matando a 250 personas, en el que se considera como el primer acto de asesinato en masa, saqueo, mutilaciones y violaciones de la guerra (Morris, 2004, pág. 116). Las noticias de la matanza de Deir Yassin se propagaron rápidamente por toda Palestina y se la considera una de las causas principales que provocó el éxodo masivo de palestinos que tuvo lugar desde abril de 1948 en adelante. En realidad, el éxodo ya había comenzado antes, cuando 457 palestinos pertenecientes a las clases medias acomodadas comenzaron a abandonar Palestina ante la escalada de violencia que se percibía desde el mes de diciembre de 1947, llegando a suponer un total de 100.000 exiliados (Morris, 2004, pág. 67). Cuatro días después de la matanza de Deir Yassin, los árabes se vengarían haciendo explotar un convoy con 70 médicos, enfermeras y estudiantes que se dirigía al hospital de Hadassa en el Monte Scopus. Entre el 21 y el 22 de abril, coincidiendo con la retirada británica de Haifa, los judíos empezaron a expulsar deliberadamente a los árabes de la ciudad (Barr, 2001, pág. 508). De hecho, la Haganá se pasó días advirtiendo a los árabes de Haifa de que se marcharan antes de que fuera demasiado tarde hasta que, finalmente, puso en marcha la operación “tijeras” y entró en el puerto con la orden de “matar a cualquier árabe e incendiar las propiedades que opusieran resistencia”. Tras el éxito de esta operación, los judíos se hicieron con el control de Haifa. Hacia finales de abril, controlaban también Tiberiades y Yafo. Tabla 5.2. Comunidades árabes capturadas durante la operación Nachson170 Como ya hemos anunciado, la ofensiva desplegada por la Haganá durante este periodo estuvo dirigida por las directrices contenidas en el que se conoce como Plan Dalet o Plan 170 Recuperado de: https://enacademic.com/dic.nsf/enwiki/165189#Palestinian_communities_captured_ during_Operation_Nachshon 458 D, nombre dado al plan general de operaciones militares desplegadas con el objetivo de asegurar, antes de la finalización del Mandato, que los territorios asignados por Naciones Unidas en el plan de partición se encontraran bajo el control efectivo de las fuerzas de la Haganá, afianzando tanto la defensa de las fronteras como la defensa de la población judía que había quedado en territorios inicialmente asignado a los palestinos, anticipándose así a la invasión árabe conjunta que llegaría tras la finalización del Mandato. Para los árabes de Palestina, estas ofensivas supusieron la destrucción de sus comunidades y la expulsión y pauperización de poblaciones enteras convertidas a partir de entonces en refugiados. Para el Yishuv supuso la culminación de una política de hechos consumados, calculada para afianzar por medios militares, la partición del territorio y asegurar la efectividad de la proclamación unilateral del Estado de Israel. Por lo que se desprende de un informe elaborado por los servicios de inteligencia de las Fuerzas de Defensa de Israel, sin duda, las operaciones de hostigamiento por parte de las fuerzas judías fueron la principal causa del éxodo palestino171. Según el informe, al menos el 55% del total de los emigrantes refugiados se fueron debido a operaciones directas del ejército israelí y al temor de las consecuencias de las mismas. El 15% de la emigración se produjo debido a acciones de las fuerzas paramilitares israelíes, principalmente el Irgún y Lehi. Estas operaciones se produjeron sobre todo en las zonas costeras como Tel-Aviv y Yafo, aunque también se dieron en Jerusalén. Según el mencionado informe, el 70% de la emigración en aquellos meses se debió exclusivamente a la acción de las fuerzas militares o paramilitares judías. La emigración debida a la conocida “llamada al exilio” de los líderes árabes, como frecuentemente ha argumentado Israel, causó únicamente el 5% del éxodo total. Si observamos además la posibilidad de que el número de familias palestinas con radio para escuchar esos mensajes era poco elevado, especialmente entre las poblaciones rurales, el argumento resulta aún menos verosímil. El Plan Dalet se desarrolló con urgencia ante la posibilidad de que Estados Unidos cambiara su posicionamiento y reconsiderara la opción de la partición, imponiendo un fideicomiso internacional sobre toda Palestina. En una reunión del Consejo de Seguridad el 24 de febrero ya se había debatido esta posibilidad, sugerida por Francia, argumentando que el Plan de Partición ya estaba muerto y que se debería contemplar algún tipo de 171 Así pues, los primeros meses de este conflicto causó el desplazamiento de 500.000 refugiados. Se ha defendido que no hubo una auténtica política de expulsión por parte de Israel hasta que los ejércitos árabes entran en guerra. Para el tratamiento de la nueva historiografía israelí al respecto ver la excelente obra de B. Morris, The Birth of the Palestinian Refugee Problem, 1947-1949, Cambridge, 1988. 459 gobierno internacional fideicomiso hasta que las partes pudieran llegar a un acuerdo. De hecho, el 5 de marzo, Francia anunció que retiraba su apoyo al Plan de Partición y el 20 de marzo, el secretario de Estado norteamericano G. Marshall convocó a los medios para anunciar esta propuesta y contactó al gabinete británico para ver si ellos estaban dispuestos a asumirla. La negativa británica, sin embargo, paró esta iniciativa (Barr, 2011, págs. 502-503) El 1 de abril, el Consejo de Seguridad de la ONU aceptó la propuesta de EE. UU. de convocar una nueva reunión de la Asamblea General para debatir sobre el futuro de Palestina. Truman prefería que fuera este órgano y no él mismo presionado por la OS a través de Weizmann el que tomara las decisiones. Weizmann, el 25 de marzo, había publicado una carta abierta en la prensa norteamericana pidiendo la intervención de EE. UU. Los judíos iniciaron así una campaña para forzar a la administración norteamericana a apoyar la partición y la creación de un Estado judío. Fue así como el 16 de abril se reunió la Asamblea General por un periodo extraordinario de un mes, mientras se recibían informes de la UNSCOP enfatizando la falta de colaboración con las autoridades del Mandato que se estaban retirando mientras dejaban Palestina en una completa situación de caos. Sin embargo, la propuesta norteamericana de imponer un fideicomiso tampoco encontró el consenso necesario en las Naciones Unidas. Por ello, el 24 de abril, el Consejo de Seguridad solicitó a los cónsules de EE. UU., Francia y Bélgica que supervisaran la creación de un comité de tregua, mientras que Washington trataba de persuadir a Gran Bretaña para que permaneciera en Palestina por algún tiempo más, a lo que esta se negó. Estando, así las cosas, quedaba claro que el destino de Palestina había quedado fuera del control de la comunidad internacional y que se libraría dentro de sus fronteras a sangre y fuego. Para asegurar la consecución del Estado judío, el Yishuv puso en marcha dos objetivos que consideraron imprescindibles: abatir la resistencia palestina y provocar un éxodo masivo de civiles, que llegaría a alcanzar la cifra de 700.000 refugiados (Picadou, 2008). 460 Mapa 5.4. Refugiados palestinos desplazados de áreas rurales y urbanas172 172 Recuperado de: http://rethinkingschools.org/wp-content/uploads/2021/02/Palestine_Docs-and-Qs.pdf 461 6.3.2.1. El significado del Plan Dalet para el sionismo: el galut y la doctrina de la transferencia Una de las cuestiones más controvertidas en referencia a las consecuencias del Plan Dalet, es la responsabilidad israelí sobre el éxodo Palestino y establecer si, realmente, el éxodo fue un producto de la dinámica de la guerra o si existía un “plan maestro” sionista que contemplaba como necesaria y deseable esta posibilidad. La diatriba sobre la responsabilidad por el acto de limpieza étnica que tuvo lugar en Palestina a consecuencia del Plan Dalet y otras operaciones militares durante la guerra de 1947-49 es tal vez, la cuestión más difícil de asumir por parte de Israel, pero la que presenta aspectos más interesantes para examinar la influencia del poder ideológico, económico, político o militar en un acto semejante. Autores como Masalha (1992), que otorgan un poder estructurante a la ideología sionista sobre todos los demás aspectos del conflicto y Morris (1987 y 2004) que achaca la limpieza étnica a acciones de combate circunstanciales nos llaman a tratar de encontrar un camino intermedio entre ideología y circunstancia, aunque ninguna debería eximir del intento de establecer reparaciones. El aspecto más controvertido en este sentido lo ofrece tal vez el concepto de “masacre” desarrollado por Saleh ‘Abd el-Jawad (2007, pág. 59-127) con sus nueve tipologías y su registro de 70 actos de masacres perpetrados durante la guerra de 1947-49 por fuerzas militares o paramilitares israelíes o judías quien lo define como: “the killing of unarmed civilians or combatants who have surrendered and who have come under the authority of the conquering force, by an armed military or para-military force. Massacres also involve the use of lethal force in a variety of forms (terror attacks, aerial bombardment, “reprisals” etc.) against civilians, unrelated to military necessity, but nevertheless occurring in the context of a total war and with the aim of producing ethnic cleansing.” (Jawad, 2007, pág. 75) La cuestión de la intencionalidad y el patrón de actividades de coacción es más importante que el número de víctimas a la hora de establecer si hubo una política intencionada de causar el terror y el consecuente éxodo palestino o si este fue un producto de las circunstancias de la guerra. Puesto que está demostrado que la mayoría de los genocidios son producto de una escalada de violencia generada por motivos eminentemente políticos en la que raramente suele existir un plan previo de limpieza étnica, resulta más productivo analizar el patrón de actividades que llevaron a cometer actos de limpieza étnica, y entre los cuales se encuentran aspectos ideológicos, económicos, militares o políticos, todos ellos relacionados con la modernidad occidental (Mann, 2004). Además, autores como Sanbar (1984) han puesto el acento más en el porqué de la derrota palestina que en el 462 porqué de las masacres o actos de violencia israelíes, argumentando que si la revuelta árabe de 1936-39 no hubiera acabado con la total supresión del primer movimiento nacional palestino y si se hubiera podido superar el faccionalismo de sus élites y la falta de institucionalización de la sociedad palestina con respecto al Yishuv, el movimiento de resistencia política palestino hubiera tenido un arraigo social más estructurado en 1948 y la Nakba no hubiera alcanzado las dimensiones de una catástrofe semejante. El acto de limpieza étnica de la guerra fue por tanto un acto que suponía el último peldaño de una escalera que conduciría a la creación de un Estado judío, sustentada por las tabicas estructurales del post-colonialismo en Oriente Medio y del sionismo estructurado en una comunidad cuasi-global. En opinión de Khalidi (1988, págs. 10 y 11), aunque los laboristas nunca hablaron públicamente de transferencia, sí discutieron en los círculos más íntimos del sionismo esta posibilidad, señalando la existencia de correspondencia entre Arlosoroff y Jaim Weizmann ya en 1932 o entre Harold Laski (presidente del Partido Laborista) y Felix Frankfurter en EE. UU., en 1931, en el que apunta que el problema económico de Palestina nunca se resolverá hasta que Gran Bretaña decida transferir a la población árabe a Transjordania. Adicionalmente, las conclusiones extraídas por la Comisión Peel en 1937 ya señalaban la idea de efectuar un intercambio de territorios y de población, ya sea de acuerdo mutuo o impuesto. La diferencia entre laboristas, revisionistas y generalistas sobre la idea de la transferencia en la década que precedió a la guerra no es tanto una cuestión relacionada con la viabilidad o legitimidad de la transferencia, sino sobre quién debía efectuarla y por qué medios. Por lo demás, parecía existir un consenso en torno a la idea de que la transferencia era algo inevitable y condición sine qua non para el establecimiento de la soberanía judía sobre el territorio. Con respecto a los medios y los sujetos para llevarla a cabo, los generalistas pensaban que la transferencia debían realizarla los británicos; los laboristas buscaban un acuerdo con los árabes (de ahí las conversaciones con el Rey Abdalá) y los revisionistas pensaban, siendo en su análisis los más realistas, que la transferencia sólo podría realizarse mediante la fuerza de las armas. Como trataremos de presentar a continuación, la realización del Plan Dalet que condujo a la transferencia forzosa fue un producto de dos circunstancias: por un lado, fue una consecuencia directa de la escalada de violencia que derivó en guerra civil entre diciembre de 1947 y mediados de mayo de 1948, motivada por el control estratégico de los territorios que ofrecieran una mayor capacidad defensiva a la Haganá y, por otro lado, debe entenderse, no sólo dentro de la confrontación armada, sino dentro del proceso de 463 construcción estatal y de afirmación de la autoridad política nacional que estaba teniendo lugar. La cuestión de la autoridad política estaba estrechamente relacionada con dos dimensiones que hacen referencia a los componentes principales de todo Estado: la población y el territorio. Según la doctrina nacionalista de la autodeterminación, el ejercicio de la autoridad política requería la presencia de una mayoría democrática sobre un territorio que pudiera defender y donde pudiera ejercer su soberanía con exclusividad. Ello requería transformar por completo la balanza demográfica y convertir a los judíos en una mayoría sustancial que pudiera obtener el reconocimiento legítimo de su derecho a gobernarse a sí mismo como Estado de y para los judíos. El modo de conseguir estos objetivos enfrentaba principalmente al laborismo con el Irgún, cuyas tesis nacionalistas- militaristas, que defendían la urgencia de proclamar un Estado judío por cualquier medio, habían salido reforzadas de la Segunda Guerra Mundial, y parecían ofrecer una respuesta más efectiva al problema sionista que la ortodoxia laborista, más pragmática y estratégica, aún no había asumido, y que el liberalismo institucionalista de los generalistas rechazaba por principio. Desde un punto de vista más materialista y vinculado con la relación entre poder económico y poder político, el Plan Dalet respondía al dilema que sobre la propiedad de la tierra planteaba el plan de partición propuesto por Naciones Unidas. Según la división consensuada internacionalmente, el 90% de la tierra en manos de los judíos se encontraba dentro del territorio otorgado por el plan de partición, pero, sin embargo, la gran mayoría de la tierra cultivable en esa área era propiedad privada de árabes palestinos, por lo que no podía transferirse en modo de propiedad pública al nuevo Estado. De los trece millones y medio de dunam que les habían sido asignados, seis millones estaban en el desierto y sólo siete millones y medio eran cultivables. De estos, tan sólo un millón y medio estaban en manos judías. De los seis millones restantes, el Fondo Nacional judío calculaba que podía comprar unos tres millones sin tener que desplazar a población o causar perjuicio a los palestinos. Eso dejaba en manos de los judíos, en el mejor de los casos, el 60% de la tierra cultivable, por lo que se presentaba el dilema de si resultaría viable, tanto a nivel político como económico, crear un Estado judío en el que buena parte de su tierra cultivable estaría en manos ajenas, comprometiendo con ello su capacidad de absorción de nuevos inmigrantes. 464 6.3.2.2. Consecuencias derivadas del Plan Dalet para los árabes de Israel. Donde dice “persona” quiere decir “árabe”: el peaje orweliano de la democracia en Israel. La reconfiguración territorial que trajo consigo la guerra de 1947-49 tuvo profundas repercusiones para aquella población de origen árabe que había permanecido dentro de los territorios conquistados por el nuevo Estado y que pasarían a ostentar una nueva identidad y estatus político. A continuación, analizaremos las dos principales repercusiones a nivel político y económico y cómo ambas se institucionalizaron por medio de los Reglamentos de Emergencia en Israel o Reglamentos de Defensa. Los Reglamentos de Defensa (Emergency Regulations) fueron heredados del Mandato británico y habían sido concebidos principalmente como medidas legislativas extraordinarias que daban a las autoridades militares del mandato “carta blanca” y mayor flexibilidad de actuación para contener la Revuelta árabe de 1936-39 desde diversos ámbitos (judicial, militar…) y que se había extendido desde Palestina a todo el Levante y a Egipto. El hecho de que la guerra finalizara sin un acuerdo de paz sino mediante la firma de armisticios, ofreció un argumento a Israel para identificar a los árabes que habían quedado dentro de los nuevos territorios anexionados como “potenciales enemigos”, negándoles derechos básicos de protección y ciudadanía. La cristalización de Israel en una doble estructura jurídico-política que distingue normas básicas a aplicar dentro de su propio territorio, donde vive una mayoría de población judía, y aquellas que se aplican en los territorios ocupados militarmente, donde ejerce una soberanía informal, pero de carácter muy intensivo, con un poder de penetración social mucho mayor que cualquier otra de las fuerzas estructurantes, lo ha convertido en una suerte de imperio segregacionista. Ello significa que existe una distinción territorial entre un centro y una periferia, basado en criterios étnico-demográficos además de geográficos, y que esta segregación territorial forma el corpus de una segregación social más amplia, que ha acabado enjaulando a sus ciudadanos dentro de espacios jurídico-territoriales completamente separados, ejerciendo en los territorios de mayoría árabe una soberanía territorial directa y no negociada (poder despótico), sin llegar a construir los poderes infraestructurales que van más allá de la vigilancia y el control y que integran y vertebran a ciudadanos y territorios dentro de una sola unidad política. Los Reglamentos de Defensa contienen provisiones que han permitido al Estado de Israel la expropiación de tierras de propiedad árabe, la expulsión de palestinos, la regulación de 465 la circulación o movimiento de personas y la represión de la formación de movimientos políticos de expresión identitaria dentro de Israel o de autodeterminación política en los territorios ocupados. Todos están sujetos a la definición oficial de “terrorismo” tal y como es designado por el Estado. Junto con la Ley de Retorno de 1951 constituyen las espinas dorsales de la estructura política israelí basada en su carácter judío. Es decir, ninguna de estas provisiones legales podría cambiarse sin alterar fundamentalmente esta característica de exclusivo arraigo étnico. Los Reglamentos de Defensa constituyen el respaldo jurídico que permite perpetuar un permanente Estado de excepción, haciendo de la crisis el pilar de la estructura del Estado. Los reglamentos que establecían un gobierno militar fueron impuestos sobre los árabes israelíes desde 1950 a 1966 y continúan vigentes en los territorios ocupados, ya que los israelíes alegaron que, en realidad, las Regulaciones de Defensa (Emergencia) de 1945 impuestas por los británicos y publicadas en el Boletín Oficial de Palestina (Palestine Gazette) nunca había sido suprimidas por Egipto o Jordania, por lo que continuaban en vigor. Las regulaciones forman la base de la Gobernación Militar Israelí en los territorios. A pesar de que Israel promulgó en 1981 la “Ley de Administración Civil” como consecuencia de la firma del tratado de paz de Camp David con Egipto para ejercer funciones y atender responsabilidades de carácter civil-burocrático en los territorios, esta fue siempre supeditada a la gobernación militar y a las necesidades operativas del Shin Bet, la agencia de seguridad interna de Israel. De hecho, la Administración Civil está subordinada al Coordinador de Actividades de Gobierno en los Territorios, perteneciente al Ministerio de Defensa de Israel. Los Reglamentos de Defensa fueron incorporados como parte de la legislación israelí por el Consejo de Estado Provisional, constituido tras la declaración de independencia y fueron empleados para suprimir a la oposición del revisionismo radical (como sucedió con el grupo paramilitar Lehi, tras el asesinato del Conde Bernardotte) o para la gestión y control de los territorios incorporados al nuevo Estado donde existía una alta concentración de población árabe, a fin de facilitar la desintegración de las comunidades y la judaización del territorio. El gobierno militar impuesto en estos territorios antes de la finalización de la guerra (12 de diciembre de 1948) estuvo en vigor en localidades de mayoría árabe como Nazaret, Galilea Oriental, ciudades de la costa como Ramla-Lydda o Yafo y en los centros poblacionales del Neguev. El Ministerio de Defensa nombró a tres gobernadores militares con jurisdicción en la zona norte (Galilea), centro (el triángulo 466 de ciudades árabes conquistadas durante la cuarta etapa de la guerra) y el sur (Neguev). Como señala Barreñada (2004, pág. 231): “de este modo se colocó bajo control de las autoridades militares entre el 75 y el 85% de los árabes que permanecieron en Israel; solamente fueron eximidos los árabes de las localidades mixtas y a los que habitaban zonas de menor riesgo […] Dotado de poderes legislativos, ejecutivos y judiciales el gobierno militar constituía un Estado en el interior del Estado, encargado de aplicar las disposiciones de seguridad y el mantenimiento del orden público.” Los Reglamentos de Defensa y el Gobierno militar permitieron a los gobernadores militares ejercer amplios poderes tanto punitivos como no punitivos o preventivos. A su completa discreción, y sin que fuera necesaria autorización judicial previa, podían encarcelar indefinidamente a un individuo; podían juzgarlo estableciendo tribunales militares, sobre cuyas sentencias raramente se podía ejercer el derecho de apelación (ya que la autoridad suprema era el propio Ministro de Defensa); podían prohibir viajar dentro o fuera de Israel o expulsar a un individuo permanentemente del país, imponer arrestos domiciliarios o detenciones administrativas indefinidas, por las que un individuo era obligado a presentarse en una comisaría de policía varias veces al día; podían ordenar registros, imponer la censura sobre libros y periódicos, prohibir a cualquiera hacer uso de su propiedad privada, incluyendo la demolición de casas y el embargo de propiedades; podían ordenar el cierre de territorios y la consiguiente imposición del toque de queda en los mismos, así como prohibir buscar o aceptar ciertos trabajos. Todas estas acciones, podían llevarse a cabo a nivel individual o colectivamente, sin que tuvieran que especificarse las personas concernidas, ya fueran nativos o no (Dror, 1972). Todas estas políticas de alienación y desposesión culminan en 1950, cuando se promulga la Ley de Propiedad de los Ausentes que benefició a los nuevos inmigrantes judíos llegados desde países musulmanes, mientras que privó de la posibilidad de reivindicar sus posesiones a los palestinos exiliados o a los árabes clasificados como “presentes- ausentes” (López Alonso, 2004), desplazados internos que sin embargo habían quedado dentro de las nuevas fronteras de Israel. Ambas leyes estaban dirigidas a “asegurar lo que los fundadores del sionismo siempre han querido, es decir: que a los judíos se les garantice, por el mero hecho de serlo, los derechos y privilegios que les permitan hacer a Palestina tan judía como Inglaterra es inglesa” (Weizmann, 1921, en Dror, 1972). Esta concepción esconde el totalitarismo que disuelve la separación entre sociedad y Estado, quedando este identificado con el cuerpo mayoritario que constituye a la nación y convirtiéndose en el último garante de la propiedad de la tierra y de su conservación. 467 Como señala Dror (1972), aunque en los Reglamentos de Defensa se empleara el lenguaje jurídico positivo y se hablara de “personas” afectadas en términos generales, en realidad, querían decir “árabes”. El principio de universalidad de las leyes se restringía, en la práctica, a una aplicabilidad étnica. Al igual que en la novela “1984” de Orwell el régimen del Gran Hermano empleaba eufemismos paradójicos como “la libertad es la esclavitud” o “la guerra es la paz” para ejercer el control social, Israel empleó el eufemismo de “personas” para hablar de “árabes” al imponerles medidas legislativas altamente represivas. Así, se han registrado numerosos casos de deportaciones desde las zonas fronterizas a Gaza basándose en los poderes otorgados por estos reglamentos. Particularmente notorias son las de Ashkelon (1950), Batat (1950) 13 aldeas en la región de Wadi Ara (1951) varias familias de Rechnia (1953) o la tribu el Bakaba deportada a Siria. (Dror, 1972) A principios de los sesenta, esta máquina militar burocrática se había vuelto una herramienta corrupta de control de la facción laborista Ben-Gurión-Dayan-Peres (Dror, 1972). Las otras facciones rivales se opusieron a este monopolio hasta que, tras la caída de Ben-Gurión en las elecciones de 1963, el sistema militar fue reemplazado por uno policial-civil en 1966, aunque en realidad la ley continúa vigente y el gobierno militar sí continuó existiendo en los territorios ocupados tras la guerra de 1967. Además de cuestiones relacionadas con la propiedad de la tierra, otro desafío que se presentó a Israel tras la conquista de territorios eminentemente árabes fue lo relacionado con el ejercicio de la autoridad política y la práctica imperialista de destruir sus estructuras de poder para garantizar una dominación más pacífica y efectiva. Así, en su intento de asimilación de las poblaciones palestinas que habían permanecido bajo control israelí, se llevó a cabo una reforma de la organización política tradicional palestina – la hamula- basada en un sistema de parentesco donde los más influyentes ejercían el liderazgo bajo la forma del mujtar o jefe de la hamula173 . Esta reforma causó que saliera beneficiada una nueva elite política palestina que votaba en un principio al partido laborista o Mapai y que se benefició de la política de reformas que Israel había introducido en la tradicional hamula. Así, otra fundamental amenaza a la población palestina tras el establecimiento del Estado de Israel provenía, además de por la compra o confiscación de tierras, por el hecho de un cambio de líderes en las comunidades palestinas y la consiguiente alteración del estatus del movimiento sionista en el seno de dichas comunidades. 173 Es algo parecido a nuestra figura del alcalde. 468 Michael Shalev ha demostrado como la inmigración masiva de judíos provenientes de países árabes y musulmanes incentivó una política discriminatoria hacia los árabes que habían quedado en territorio controlado por Israel y que se habían convertido en ciudadanos del Estado. Las altas tasas de desempleo que existían a principios de los años 50 condujeron al Estado y al Histadrut a diseñar una política de trabajo judío, tanto en el sector público como en el privado, de igual modo al que había existido durante el Yishuv, prohibiéndose a los árabes de Israel acceder a trabajos reservados para judíos. Esta limitación se fue levantando poco a poco durante la década de los sesenta, al mejorar las cifras de desempleo, aprovechando la remesa árabe de trabajo barato para el beneficio de la economía judeo-israelí, principalmente en el sector de la construcción, permitiéndoseles integrar en el Histadrut. (Lockman, 2012, pág. 28). La mano de obra árabe se convirtió en una característica permanente de la economía judía a pesar del mantenimiento de una barrera importante entre ambas comunidades. Independientemente de los beneficios económicos producidos por esta transacción, la evidencia demostró que el sentimiento de alienación y enemistad puede desarrollarse incluso en un contexto de mutuas ventajas económicas. Puesto que el sionismo anhelaba la restauración de la soberanía del pueblo judío sobre la tierra de Palestina, las confrontaciones entre judíos y árabes permanecerán porque tales aspiraciones van en contra de los deseos de aquellos que hasta hace cincuenta y cinco años eran los dueños de la tierra y que actualmente se encuentran, en su mayoría, en el exilio. El papel que las restricciones impuestas por los Reglamentos de Seguridad han tenido sobre la estructura política de Israel fue claramente expresada por Ben-Gurión en una alocución a la Knesset donde explicaba que “el régimen militar existe para la defensa del derecho al asentamiento judío en cualquier lugar” (Dror, 1972). La encarnación legal de esta idea política tuvo su máxima expresión en dos documentos legales: la Ley de Retorno de 1950, mediante la cual se permitía a cualquier persona conversa o con un abuelo judío emigrar y establecerse en Israel; y la Ley de Ciudadanía de 1952, que establecía los requisitos necesarios para ostentar la ciudadanía israelí, que dependían de la afiliación religiosa y derogaban todas las provisiones sobre nacionalidad palestina efectuadas por las autoridades del Mandato británico. Los residentes no judíos de Israel podían adquirir la ciudadanía si cumplían varios requisitos: (i) residir en Israel en 1952; (ii) haber sido nacionales del Mandato británico antes de 1948; (iii) haberse registrado como residentes de Israel desde febrero de 1949 y (iv) si no habían abandonado el país antes de reclamar la ciudadanía. Es decir, la ley estaba diseñada para impedir el retorno de los refugiados 469 que habían abandonado los territorios que Israel adquirió tras la guerra de 1947-49. Aunque estas provisiones dejaron en el limbo legal a cientos de árabes que habían abandonado sus residencias durante la guerra pero que habían vuelto antes de la proclamación de la ley, su situación fue regularizada con la enmienda a la Ley de Ciudadanía de 1980. Cuestión distinta fue la suerte que sufrieron los árabes residentes en Jerusalén Este tras la ocupación de ésta por Israel como consecuencia de la guerra de 1967, y la anexión como resultado de la proclamación de la Ley de Jerusalén de 1980. Estos ciudadanos árabes obtuvieron el estatus de residentes permanentes, mediante el cual pueden vivir y trabajar en Israel, disfrutar de servicios sociales y votar en las elecciones locales, pero no pueden votar en las nacionales u ostentar un pasaporte israelí, aunque pueden solicitar la obtención de la ciudadanía. En definitiva, disfrutan del mismo estatus que cualquier otro extranjero no judío residiendo en Israel. De hecho, este estatus puede revocarse y desde 1967, más de 14.000 permisos han sido revocados. Este estatus ha obligado a estos ciudadanos a permanecer en una especie de limbo jurídico apátrida que aún continúa vigente. La inclusión de los ciudadanos no judíos en pie de igualdad continúa, paradójicamente, perpetuando el galut sobre el que tanto laboristas como revisionistas habían montado sus mitos fundacionales, describiendo la situación de indefensión en la que se encontraban los judíos en la diáspora gentil y del que hablaremos en la siguiente sección. La única diferencia es que esta vez son ellos los perpetradores de esta discriminación y los perpetuadores de este estatus. Por medio de dar un estatus especial a la mayoría judía y a todos los inmigrantes judíos, el 20% de la minoría árabe del país no ha disfrutado completamente de los beneficios de la democracia y la igualdad174. La experiencia israelí ha demostrado que, a pesar de los intentos de “reeducación” de la población árabe que se produjeron durante los primeros años de existencia estatal, sigue existiendo una marcada animosidad anti-israelí entre aquellos sectores de la población más educados y, principalmente, aquellos que han sido educados en universidades o escuelas israelíes y que gozan de la ciudadanía del Estado. La razón parece ser bastante lógica. Éstos son más conscientes, por estar más integrados en el sistema, de que los ciudadanos judíos gozan de ciertos privilegios que a ellos se les niega y sufren discriminación a la hora de optar a 174 Ver al respecto el trabajo de Alan Dowty, Consociationalism and Ethnic Democracy: Israeli Arabs in Comparative Perspective, en David Levi-Faur, Gabriel Sheffer and David Vogel (eds.) Israel: Dynamics of Change and Continuity, Londres, 1999, págs. 169-182 470 ciertos trabajos cualificados, para los que todavía parece existir una práctica informal de preferencia por el “trabajo judío”. Según Yiftael (2006), el discurso post-sionista que se ha producido en años recientes ha argumentado que el Estado de Israel tiene que someterse a un proceso de redefinición si es que quiere dejar de ser una etnocracia y considerarse plenamente “democrático” Para ello, tendría que abandonar su identidad como Estado judío y pasar a definirse como un Estado de todos sus ciudadanos. Solamente este último puede ser una democracia verdaderamente participativa. La noción de Israel como un Estado de todos sus ciudadanos en vez de como un Estado sionista podría asimismo provocar una redefinición del núcleo básico del conflicto árabe-israelí. 6.3.2.3 El Plan Dalet y las diferencias entre laborismo y revisionismo Como ya hemos afirmado, el Plan Dalet fue en realidad una respuesta tanto a la disyuntiva de la propiedad de la tierra que la partición planteaba como al revisionismo del Irgún, que se había vuelto mucho más radical bajo el liderazgo de Menájem Beguín, quien tachaba al laborismo de tibieza y de no defender con asertividad los verdaderos intereses del Estado, que pasaban por el ejercicio del poder y la necesidad de reclamar bajo su soberanía los territorios históricos que se encontraba a ambos lados del Jordán. La cuestión que más influyó a la hora de incrementar la rivalidad entre las corrientes laborista y revisionista del sionismo fue el genocidio judío perpetrado durante la Segunda Guerra Mundial. Si, como afirma Mann, el poder de toda ideología proviene de su capacidad para explicar un mundo en crisis y de proponer alternativas que parezcan plausibles (aunque su veracidad no se puede demostrar), los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial relacionados con el genocidio judío convirtieron a las tesis del revisionismo en argumentos mucho más convincentes. La tesis revisionista acerca del mundo y de las relaciones internacionales tiene un elemento profundamente realista, al creer en una concepción hobbesiana del ser humano como un lupus est homo homini (el hombre es un lobo para el hombre), en la que el conflicto se sitúa en el centro mismo de la interacción social. Esta idea llevó a Jabotisnky a sostener que el poder militar era el instrumento más importante del poder del Estado y de la política internacional, alejándose con ello de la visión infraestructuralista que había desarrollado el laborismo en el Yishuv. Ello no le impidió, no obstante, creer en la instrumentalización de la diplomacia y a esta actividad dedicó gran parte de sus esfuerzos, 471 tanto en Estados Unidos como en Europa oriental, principal centro de reclutamiento juvenil del sionismo revisionista. Su actividad diplomática para conseguir la creación de la Legión Judía durante la Primera Guerra Mundial atestigua de la convicción de sus principios. Lo relevante en este sentido es que tanto el laborismo como el revisionismo estuvieron basados en un mito común, el Galut, referido a la condición judía diaspórica y apátrida. Según este mito los judíos, cuando dependían del poder político de otros para subsistir, se veían forzados necesariamente a mostrar sumisión al poder establecido, lo que les había llevado durante siglos a tolerar con aceptación la discriminación, la persecución y la violencia. Sin embargo, ambas corrientes diferían en lo referente al tipo de hombre nuevo y de comunidad política que la soberanía les iba a permitir construir. Mientras que el laborismo ponía un mayor énfasis en la creación de una sociedad igualitaria por medio del trabajo, el revisionismo veía en la conquista de la tierra y el uso de la fuerza los mayores elementos de ruptura con el pasado y los únicos medios de construir una identidad nueva. Si el laborismo, como hemos presentado en la sección anterior, construyó un impresionante entramado de poder infraestructural gracias a su monopolio sobre el trabajo y las instituciones políticas del sionismo con el objetivo de construir su idea de sociedad perfecta basada en el igualitarismo, los valores socialistas, el trabajo agrícola, la autosuficiencia y la democracia participativa; los revisionistas buscaron empoderar a la nación, no a la sociedad. El poder de la nación y del Estado, entendido como un ejercicio distributivo o despótico, se convirtió en la aspiración suprema del revisionismo. El poder no era instrumental, no era un medio, sino un fin. Era el valor supremo que definía la identidad social del nuevo judío, su ethos: un Estado todopoderoso y expansivo. En un Estado como ese, el poder nacional, el territorio y la identidad eran inseparables (Peleg, 2005, pág. 132). Como señala Peleg (2005), el leitmotiv del territorialismo maximalista ha permanecido constante en la derecha israelí desde 1922. De hecho, lo que estuvo en juego durante la guerra de 1947 a 1948, además de la propia subsistencia del Yishuv, fue una lucha interna en el seno del sionismo por la conquista de la identidad nacional y sus elementos estructural-simbólicos, es decir, una batalla por la hegemonía nacionalista. La cuestión territorial para el revisionismo, que veía al Israel bíblico que se extendía a ambas orillas del Jordán como un legado histórico sobre el que los judíos tenían un derecho legítimo y al que era un deber no renunciar; formaba parte de su concepción de identidad judía y nacional, una parte esencial de su comunidad imaginada y un artículo de fe irrenunciable. 472 De hecho, fue esta cuestión misma la que provocó la dimisión de Jabotinsky de la Ejecutiva Sionista en 1935. Este argumento ganó mucha fuerza en EEUU, donde el revisionismo había construido una red de organizaciones operativas y bien conectadas como la New Zionist Organization of America, fundada por el propio Jabotinsky y presidida a partir de 1948 por Ben Zion Netanyahu (padre del ex primer ministro del Likud), o las entidades asociadas al grupo Bergson del Irgún como la American Friends for a Jewish Palestine, el Organizing Committee of Illegal Immigration o el Committee for a Jewish Army of Stateless and Palestinian Jews que ya han sido mencionadas. De hecho, el lobby israelí en América debe su existencia al revisionismo mucho más que al laborismo. Fue sólo un reajuste táctico lo que hizo renunciar al revisionismo de su objetivo de extender la soberanía a las dos orillas del Jordán. Así la fórmula política empleada por el revisionismo pasó a ser la de un Estado judío a “ambas orillas del Jordán” a un “Estado judío sobre toda la tierra de Israel”. Ilan Peleg lo llama un acto de realismo constructivista. (2005, pág. 127-29) No obstante, en el corazón mismo del acto de limpieza étnica de Palestina que llevó a cabo Israel a consecuencia de la guerra de 1947-49 yace una paradoja. La negativa palestina a ceder parte de su territorio y la condición demográfica existente sólo permitió la constitución de un Estado judío mediante el uso de la coacción y de la fuerza; pero este mismo hecho ha contribuido a su sentido de inseguridad y, hasta la guerra de 1967, a su proyección de debilidad. Israel no se siente seguro porque es un Estado judío, construido territorialmente sobre la imposición de la fuerza militar y la necesidad de mantener una mayoría judía, y es esta misma inseguridad la que le ha conducido a forjar su sentido de identidad nacional militarista y a practicar políticas expansionistas, llevándole a supeditar los valores del igualitarismo al poder del Estado y al mantenimiento de la unidad de la nación. El gran desasosiego que ha acompañado al Estado de Israel durante toda su historia es que, a pesar de todos los intentos por construir narrativas legitimadoras, no ha conseguido persuadir o seducir por completo, ya que, mientras que los palestinos sigan reclamando su derecho al territorio, sólo logrará imponerse mediante la coacción o la violencia, por lo que la fundamentación de su autoridad política, la fuente de su aceptación y legitimidad, ya no podía provenir de su habilidad para convencer sino de su capacidad para vencer. Además de ello, las críticas de muchos Estados a actuaciones israelíes relacionadas con la gestión del territorio y de su propiedad han contribuido aún más a proyectar esta imagen de desvalimiento y a tener que fundamentar su democracia sobre el valor máximo de la defensa y el patriotismo. Este problema se hizo 473 particularmente agudo durante los años 50 y 60, ya que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas mantuvieron un consenso sobre el derecho al retorno de los refugiados palestinos según la Resolución 194. Únicamente será a partir de la guerra de 1967 cuando Estados Unidos cambie su posición al respecto, ejemplificada en la Resolución 242 del Consejo de Seguridad del 22 de noviembre de 1967, en la que la cuestión de los refugiados ya es tratada como un “problema” y en la que se demanda renunciar a todo reclamo territorial. Fue la aceptación de que la seguridad y viabilidad del Estado sólo podría garantizarse mediante el empleo de la violencia organizada a nivel nacional la que contribuyó a crear un consenso tácito entre el laborismo, el sionismo religioso y el revisionismo sobre el propósito y el poder del Estado. En este sentido, la guerra de 1947-49 junto con la construcción de la memoria del Holocausto, fueron las que mayormente contribuyeron a crear, por primera vez, una verdadera política de Estado. Si el Yishuv había asentado las bases para la construcción de los poderes infraestructurales del Estado, la Guerra de 1947- 49 había construido su poder despótico. A partir de entonces, la pugna por el dominio y la hegemonía política en Israel no se libraría entre el laborismo y el liberalismo generalista, sino entre el laborismo y sus principales oponentes a izquierda y derecha: Mapam y el revisionismo del Herut respectivamente. Esta rivalidad tuvo su punto de inflexión en la guerra de 1967, de cuya complejidad geopolítica hablaremos más tarde, pero que ahora analizaremos desde el punto de vista de la problemática que supuso la ocupación territorial, la limpieza étnica y su impacto en el sistema de partidos en Israel ya que abrió el camino para el sorpasso del Likud. La guerra que tuvo lugar entre Egipto, Siria, Jordania e Israel del 5 al 10 de junio de 1967 puede considerarse, con respecto a las implicaciones territoriales y poblacionales, una continuación de la guerra de 1947-49. Para el Herut, el poder nacional, el territorio y la identidad eran inseparables e históricamente habían reclamado el derecho inalienable de los judíos a ejercer la soberanía sobre los territorios posicionados a ambos lados del Jordán que en el pasado habían sido dominados por los ancestros bíblicos. Se trataba, de algún modo, de devolver a la vida al Malchut Yisrael o Reino de Israel, no tanto en su forma monárquica de Estado sino en su poder territorial concebido en la fórmula del “Gran Israel”. Esta aspiración de ser los responsables de restaurar la historia les dio un sentido de propósito mucho más intransigente y territorialmente maximalista, con su énfasis en el poder como el elemento central de la política internacional, frente al cual se situaba el laborismo, mucho más 474 dispuesto a alcanzar acuerdos pragmáticos dirigidos por su preocupación por ser aceptados y reconocidos internacionalmente. La guerra de 1967, por primera vez en la historia, ofreció la posibilidad de realizar el sueño del Gran Israel, por lo que el debate político y geoestratégico se centró en determinar qué hacer con los territorios conquistados a Egipto (Gaza y el Sinaí), Siria (Los Altos del Golán) y Jordania (Cisjordania y Jerusalén). No obstante, la aspiración a dominar las dos orillas fue transformada por los hechos, y la ocupación restringió el territorio del Gran Israel imaginado por el revisionismo a la orilla occidental del Jordán, mostrando con ello como las naciones y sus elementos simbólicos son construidos y transformados en el tiempo gracias a los cambios que se operan en sus configuraciones de poder. Mapa 5.5. Territorios ocupados por Israel desde 1967175 175 Recuperado de: https://www.un.org/unispal/document/auto-insert-201336/ 475 Menájem Beguín había liderado el movimiento revisionista y el Irgún desde 1943, pero a diferencia de Jabotinsky, compartía un legado tanto judío (provenía de una familia de rabinos ortodoxa) como sionista, que se vio además directamente impactado por el Holocausto, ya que muchos de sus familiares polacos perecieron en los campos de exterminio lo que contribuyó a inflamar su ardor hipernacionalista. En este sentido, Beguín representaba una facción de la derecha sionista mucho más radical que la que había representado el propio Jabotisnky, con quien se había enemistado a raíz de la decisión de este último de excluir a Transjordania del Mandato británico de Palestina. Su radicalismo provenía del violento antisemitismo experimentado por él y otros jóvenes militantes de Betar, adheridos a la derecha sionista en Europa oriental, así como de la falta de compromiso de los británicos con los objetivos sionistas en Palestina. Como señala Peleg (2005, pág. 132), Beguín fue un “producto del nacionalismo hebreo militante que emergió de las profundidades de la desesperación del Galut”, lo que llevó a él y a otros de su generación, a creer más en un sionismo militarista que en un sionismo político. Podríamos afirmar que Jabotinsky era tanto un imperialista como un liberal, mientras que Beguín, al emerger de la experiencia traumática del judaísmo europeo de la Segunda Guerra Mundial, tendió a establecer una conexión entre la herencia del Holocausto y el conflicto palestino-israelí, viendo el rechazo hacia los judíos en términos más cósmicos y universalistas, estableciendo el conflicto como una consecuencia inevitable de la relación entre el judío y el gentil. Esta visión metafísica del conflicto cerró las puertas a toda posibilidad de acuerdo político. El rechazo y la crítica lanzada por parte de la comunidad internacional hacia Israel tras la ocupación de Gaza y Cisjordania en 1967, creando un nuevo éxodo palestino que alcanzaría, según cifras oficiales de la ONU, los 300.000 refugiados176, provocó una nueva radicalización del movimiento revisionista y su interpretación de la relación con el “mundo exterior”. Como señala Peleg (2005, pág. 137), a partir de entonces surgió la tendencia a equiparar “pro-palestino” con “anti- semita”. A esta tendencia a equiparar la relación con los árabes con la totalidad de las relaciones conflictivas del mundo gentil se unió una inclinación táctica a no reconocer su carácter nacional y negarles cualquier derecho a ejercer la soberanía como colectivo, negándoles cualquier aspiración al control territorial. Esto acabó de situar al revisionismo en un mundo de “totalidades”, situado en ese momento permanente de manifestación del poder 176 https://www.un.org/unispal/document/auto-insert-198325/ 476 político en el que se produce su distinción más característica: la división del mundo entre el amigo y el enemigo, perpetuando el conflicto como un momento permanente de fundación nacional. 6.3.2.4. El muro de hierro con el mundo árabe: la primera política de Estado “El único modo de alcanzar un acuerdo (con los árabes) es establecer un muro de hierro -lo que significa, una fuerza en Eretz Yisrael que no pueda ser destruida por ninguna influencia árabe” (Jabotinsky, 1923)177. Esta afirmación pronunciada por Jabotinsky en 1923 se convirtió, tras la guerra de 1967, en la fórmula -aunque no reconocida- empleada por el Partido Laborista Israelí para dirigir la política del Estado con los palestinos y con el mundo árabe, consistente en emplear la superioridad militar como un activo en las negociaciones y en la política de hechos consumados con respecto a la anexión de territorios y a la superioridad de Israel. Lo que ocurrió a partir de esta guerra con respecto a la anexión de territorios fue una reconfiguración de la hegemonía nacionalista y su definición de comunidad, protagonizada por la rivalidad entre el laborismo y el revisionismo (Shelef, 2004). Podríamos afirmar que, dentro de esta rivalidad, el laborismo salió vencedor de la guerra de 1947-49, gracias a los compromisos territoriales que estableció, que le permitieron cerrar la guerra dentro de sus fronteras y centrarse en la construcción estatal durante las dos primeras décadas de su existencia. Sin embargo, el revisionismo saldría como vencedor de la guerra de octubre de 1973, a raíz de la cual emergió con fuerza para ejercer el relevo en la hegemonía nacional, ganando legitimidad en el espectro ideológico- político gracias a su renuncia táctica a la orilla oriental del Jordán y a su visión trágica de la interminable hostilidad hacia los judíos, reforzada por el componente religioso- cósmico que se otorgó por ambas partes a esta guerra, convirtiéndola en la guerra del Ramadán o guerra del Yom Kipur. Autores como Avi Shlaim han trabajado sobre la relación entre revisionismo y laborismo y han concluido con que ambos han acabado convergiendo en las tesis de Jabotinsky. En sus relaciones con los árabes, Jabotinsky había propuesto una fórmula basada en dos fases: una primera, basada en el uso de la fuerza y la superioridad militar, en la que se compeliera a los árabes a aceptar la supremacía del sionismo y a convencerlos de la imposibilidad de su derrota, aceptando con moderación y realismo esta evidencia; y otra 177 https://knesset.gov.il/vip/jabotinsky/eng/Revisionist_eng.html 477 segunda fase en la que, a partir de esa posición de fuerza, se negociara con ellos el futuro de su estatus y derechos nacionales en Palestina. Shlaim señala como la historiografía clásica de autores como Yehoshafat Harkabi (Arab Strategies and Israel’s Response) retrató siempre al sionismo y a su militarismo como si hubiera sido algo completamente reactivo a la oposición árabe y como si no hubiera habido una estrategia detrás de dominación que asumía (aunque no proclamaba) la inevitabilidad de la violencia. En contraste con esta visión Shlaim defiende que, prácticamente desde la década de 1920, el sionismo ha desarrollado una estrategia de defensa frente a los árabes conocida como “el muro de hierro”, formulada por Jabotinsky, consistente en el empleo del poder militar para obtener fines políticos (2012, pág. 81). Esta estrategia sirve para explicar la política exterior y de defensa de Israel desde el Yishuv hasta nuestros días, convirtiéndose en la política de Estado hacia la que han convergido las corrientes laboristas y revisionistas en Israel. La respuesta a la pregunta sobre si los árabes de Palestina formaban en realidad una comunidad nacional con aspiraciones legítimas a formar su propio Estado y qué estatus tendrían dentro del futuro Estado judío la ofreció Jabotisnky en dos artículos publicado en 1923 y titulados “El muro de hierro” y “La moralidad del muro de Hierro”, que se convirtieron en el manifiesto político de su movimiento. En él, Jabotinsky señala cómo los medios no siempre están en consonancia con los fines que se persiguen, es decir, aunque el fin sea pacífico, los medios para conseguirlo no siempre lo son. Lo que determinará, según él, los medios empleados, no será la actitud sionista hacia los árabes, sino la actitud de los árabes hacia el sionismo. En el mencionado artículo Jabotinsky escribió: “Every indigenous people will resist alien settlers as long as they see any hope of ridding themselves of the danger of foreign settlement. This is how the Arabs will behave and go on behaving so long as they possess a gleam of hope that they can prevent ‘Palestine’ from becoming the Land of Israel.” (Shlaim, 2012, pág. 82) El diagnóstico no pudo ser más certero. La solución tampoco pudo ser más drástica: la única opción para la supervivencia del sionismo será construir un muro de hierro impenetrable, construyendo un Estado con un poder autónomo fuera de toda influencia árabe, aunque ofreciendo a éstos determinadas garantías para satisfacer sus aspiraciones. Jabotinsky aspiraba a una coexistencia pacífica como dos entidades separadas, pero siempre desde la posición de fuerza que la ventaja militar pudiera ofrecer al sionismo para lograr imponer su autonomía y objetivos en caso de encontrar resistencia. El revisionismo justificó el empleo de la fuerza afirmando la superioridad moral del sionismo, basándose 478 en que hasta las “naciones civilizadas” habían reconocido tal derecho al pueblo judío, como así había quedado patente en la Declaración Balfour o en el Mandato sobre Palestina de la Sociedad de Naciones. El futuro que él visionaba era un Estado judío en el que los árabes gozaran de autonomía política. Antes de la guerra de 1947-49, la diferencia entre el laborismo y el sionismo era meramente táctica: los primeros querían desarrollar la soberanía judía mediante el asentamiento gradual y la inmigración, los segundos mediante la construcción de una poderosa fuerza militar. La guerra contribuyó, sin embargo, a debilitar la estrategia laborista y a afirmar la revisionista y ambas corrientes terminaros por converger en la necesidad de afirmar la superioridad militar. El error de Jabotinsky fue creer que la aceptación de la realidad sobre el terreno proveniente de la superioridad militar sionista haría aflorar el liderazgo más moderado y pragmático palestino. Ocurrió, más bien al contrario. La superioridad militar demostrada por el sionismo y el Estado de Israel en la guerra de 1947-49 fomentó la rivalidad intra-árabe por romperlo, convirtiéndose en una importante fuente de legitimidad para los regímenes en la región hasta la gran derrota de 1967. La victoria israelí en la guerra de 1967 supuso la consecución de la fase primera del plan de Jabotinsky para lidiar con el “problema árabe” y otorgó a los israelíes la posibilidad de avanzar hacia la fase segunda: la firma de la paz sobre la base de la derrota árabe y el reconocimiento de su superioridad militar. Todo ello tuvo su formalización en la firma de la paz con Egipto en 1979 y en la derrota laborista de 1977, momento en el que el partido ya se había fracturado en torno a la ocupación militar de los territorios palestinos y el dilema estratégico que generó entre los territorialistas minimalistas y maximalistas dentro del laborismo. Fue en medio de esta falta de consenso en la que el movimiento de los colonos, inserto en el sionismo religioso, se abrió paso, particularmente en Judea y Samaria, el corazón del Israel bíblico. A partir de entonces, la estrategia de la anexión se convirtió en la tercera etapa de la nueva estrategia sionista y a partir del gobierno de Beguín se defendería entre los círculos más próximos al revisionismo y al sionismo religioso que Judea y Samaria, en realidad, no habían sido conquistadas, sino liberadas. La diplomacia de Ben-Gurión consistió en ganar tiempo. Mientras que Jabotinsky llevaba presionando para que se efectuara la declaración de independencia desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Ben-Gurión prefirió esperar hasta que la superioridad militar ofreciera las suficientes garantías para su éxito. Sus declaraciones públicas sobre la búsqueda de un entendimiento fueron muy útiles para preparar a la opinión pública internacional a aceptar la tesis de que las acciones del sionismo sólo constituían una 479 respuesta a la agresión y el rechazo árabe. Sin embargo, en realidad para él el ethos defensivo del sionismo estaba inextricablemente unido al ethos ofensivo. La concepción geoestratégica de Ben-Gurión que subyace a su lectura del conflicto es que el Estado judío constituye, en realidad, la vanguardia de Occidente en Oriente Medio, donde permanece permanentemente enfrentado con el Oriente bárbaro, por lo que aspiró a aproximar, lo máximo posible, el Estado judío a los intereses de las potencias occidentales: primero a Gran Bretaña y después a Francia y Estados Unidos. Esta noción se convirtió también en una política de Estado y en el principal hilo conductor de su política exterior durante la Guerra Fría: Israel sería el principal activo estratégico de Occidente en Oriente Medio. 6.3.2.5. El Holocausto y su impacto sobre el mundo judío: El segundo Israel y las reparaciones de Alemania como la segunda gran política de Estado Así como el surgimiento del sionismo no puede entenderse sin los grandes procesos migratorios forzados o voluntarios que formaron parte de la extensión del modelo del Estado-nación en Europa oriental y occidental durante todo el siglo XIX, su continuidad en el siglo XX no puede comprenderse sin los fenómenos históricos que impulsaron sus sucesivas migraciones: las crisis del capitalismo, el auge de los Estados-nación y el rechazo hacia la permanencia del imperialismo que suponía la creación del Estado de Israel en el mundo árabe. En un caso, la migración judía responde a un fenómeno anti- semita, en el otro, anti-sionista, aunque la retórica de las élites nacionalistas árabes y el componente identitario religioso lo transformará, en algunos lugares del mundo árabe, en profundamente antisemita tras la derrota de 1948-49. No obstante, conviene resaltar que las migraciones judías procedentes de países árabes tras la creación del Estado de Israel no sólo han impactado sobre su sociedad, sino sobre el resto de las comunidades de la diáspora, demostrando con ello que el sionismo no sólo debe observarse como un fenómeno colonial o de autodeterminación nacional, sino que también hay que observarlo como un fenómeno migratorio de carácter global, provocado por la universalización de los Estados-nación mono-étnicos que se impusieron durante el proceso de descolonización y autodeterminación política tras la Segunda Guerra Mundial. Estas migraciones llevaron consigo una reconfiguración de los centros de poder referenciales dentro del judaísmo. Con la práctica destrucción de la judeidad europea tras la Shoá, la vanguardia del poder judío se trasladó, definitivamente, de Europa a 480 Norteamérica, quedando únicamente un importante reducto de influencia en Francia, nutrida por la emigración judía proveniente de sus antiguas colonias norteafricanas durante la década de 1950 y 1960, particularmente de Marruecos, Túnez y Argelia. Por ejemplo, en este último país, el 90% de su población judía emigraría a Francia tras la independencia (Rayman, 2015). El impacto de la emigración judía norteafricana en Francia ha sido ampliamente estudiado por la profesora de la Universidad de Brown, Maud S. Mandel en su obra Muslims and Jews in France: History of a Conflict (2014). Como la profesora Mandel señala, los judíos franceses de origen norteafricano han sido más proclives a posicionarse políticamente a partir de una identidad étnica diferenciada, evidenciándose notablemente en el apoyo a Israel durante la guerra de junio de 1967, teniendo, desde entonces, una influencia significativa sobre el sionismo, pasando, junto con Estados Unidos, a conformar los dos principales lugares de apoyo de la diáspora judía hacia Israel. A continuación, presentaremos cómo se produjo esta evolución y en qué manera el Estado de Israel se convirtió en el Estado refugio de todas las comunidades judías del mundo a la vez que en el máximo representante político de aquello que les afecta a nivel global, sellando el destino de unas comunidades con otras, sin que a partir de entonces funcionen o incluso puedan entenderse de manera completamente autónoma, tanto en su espectro ideológico como organizativo. Todas las fuerzas sociales que estaban presentes en el mundo judío hacia 1948 quedarán ahora, de algún modo, atrapadas por las fronteras del nuevo Estado, tanto dentro de Israel como en la diáspora. Si el Holocausto había supuesto, en la narrativa del Herut, una confirmación de sus hipótesis existencialistas y había disuelto, de algún modo, la brecha táctico-ideológica con el laborismo en cuanto a los medios para conseguir un Estado, las reparaciones por las víctimas negociadas con la Alemania de Adenauer por Moshe Sharett y Ben-Gurión y concluidas en un tratado firmado el 10 de septiembre de 1952, abrirán una nueva brecha ideológica tanto a la derecha como a la izquierda del laborismo, llegando a alcanzar también a las organizaciones judías de la diáspora. A fin de comprender el contexto en el que se produjeron las reparaciones, resulta necesario exponer el entorno socioeconómico en el que se encontraba Israel entre 1949 y 1952, ya que fue este el que principalmente impulsó el desarrollo de las mismas. Los costes del reasentamiento y asimilación de las masas de población judeo-árabes provocaron, no solamente la necesidad de negociar con el “gran Satán”, sino la necesidad de “renegociar” el ethos sionista para asimilar a sus nuevos pobladores, lo que generaría repercusiones que irían más allá del malestar generado por las reparaciones en 1952. 481 Antes de entrar a analizar su proceso en detalle y su impacto sobre el poder ideológico, nos detendremos para examinar el impacto de las migraciones de judíos árabes sobre el Estado, cerrando la reflexión con la presentación de la idea del Holocausto como factor de integración. 6.3.2.6. El impacto de la estrategia de transferencia para los judíos de países árabes o musulmanes y su implicación sobre Israel. Si durante las décadas precedentes, la principal preocupación del laborismo en el Yishuv había sido la construcción de su poder infraestructural, el principal desafío a partir de su fundación sería como construir las estructuras del nuevo Estado sobre una infraestructura poblacional que dobló su número en apenas dos años. Desde la declaración de independencia hasta finales de 1951, 700.000 emigrantes judíos aproximadamente llegaron a Israel sumándose a los 650.000 ya presentes en el país. De entre ellos, el 50%, aproximadamente, provenía de Europa, siendo en su mayoría sobrevivientes del Holocausto con el estatus de “personas desplazadas”. El 50% restante provenía de países árabes que se vieron forzados a emigrar a Israel a consecuencia de las campañas antijudías lanzadas por sus dirigentes desde enero de 1948. Esta emigración fue una repercusión inintencionada del Plan de Partición y de la guerra de 1947-49, que produjo una nueva limpieza étnica y afectó principalmente a tres comunidades que eligieron Israel como destino principal: la comunidad judía de Libia (31.000); la comunidad iraquí, (125.000) y la yemení (50.000). Junto a ellas llegaron emigrantes judíos procedentes de Marruecos, Egipto, Túnez, Turquía, Irán o India, aunque en menor medida. De este modo, la población de origen oriental o mizrají pasó de constituir el 23% de la población a comienzos de los cincuenta, es decir, unas 70.000 personas, a sumar unos 400.000 a finales de los sesenta (Meir-Glitzenstein, 2018, págs. 114-115). Estas persecuciones, que incluían la confiscación de propiedades, leyes que prohibían el sionismo bajo pena capital (Irak) u ocasionales pogromos, provocaron que tuvieran que llevarse a cabo costosas operaciones de reasentamiento como las conocidas “Operación Alfombra Mágica”, para salvar a judíos del Yemen o la “Operación Ali Baba” para salvar a judíos de Irak. Las persecuciones que se desataron contribuyeron, en parte, a la destrucción de una idea 482 extendida de que los judíos habían vivido mejor bajo regímenes musulmanes que cristianos178. En Israel, un joven estado con recursos muy limitados, los inmigrantes de origen europeo eran asimilados con mayor facilidad, mientras que los orientales se integraban más complicadamente y llegaron a transformar por completo a su sociedad. En 1972 había un total de 600.000 judíos nacidos en países musulmanes y desde mediados de los sesenta ya constituían la mitad de la población. La actitud de la antigua sociedad israelí occidental hacia la nueva población era bastante hostil debido a diversas razones entre las cuales podríamos destacar las siguientes: (i) bajos niveles de alfabetización; (ii) nulo conocimiento del hebreo moderno y empleo de lenguas no europeas como el árabe o el ladino; (iii) bajo nivel socioeconómico que requería destinar grandes recursos para su asimilación; (iv) prejuicios culturales con respecto a su arabización, inteligencia y preparación para luchar por la causa sionista y contribuir a su economía desde empleos industriales y no manuales; (v) temor a que ni siquiera sus hijos fueran capaces de asimilar la cultura occidental sionista de las élites del Estado. En definitiva, la emigración masiva de judíos de países árabes generó una serie de problemáticas no sólo relacionadas con la presión sobre los escasos recursos asistenciales del Estado, sino también sobre la propia composición étnica y homogeneidad cultural del mismo, provocando problemas de asimilación que degenerarían en una estratificación social étnicamente diferenciada y en el establecimiento de una suerte de ciudadanos de segunda clase, vistos como culturalmente inferiores y acogidos con cierto paternalismo colonial. Como señala Conor Cruise O’Brien “para los sionistas de origen europeo no era posible en la práctica enseñar el sionismo a los judíos orientales sin intentar europeizarlos”179. La discriminación y el sentimiento de alienación de esta población con respecto a los emigrantes askenazíes cambiarían, en el curso de tres décadas, la representatividad política de la nación, asestando el golpe de gracia a la hegemonía del laborismo askenazí y abriendo la puerta a una nueva etapa de consolidación de la derecha 178 La verdad es que, lejos de ser aceptados y respetados, las comunidades judías habían sido meramente toleradas a través del pago de los impuestos especiales (jizya) que les conferían un estatus de súbditos especiales (dhimmis). Esta tolerancia, sin embargo, fue cierta tan sólo hasta la época de la Ilustración. Después se les acusó de colaborar con los regímenes occidentales que habían pasado a la conquista colonial del mundo árabe. 179 Traducción propia. O’Brien (1986): The Siege: The Saga of Israel and Zionism, Londres, Faber & Faber., pág. 347 483 sionista en Israel, marcada por la cooptación de la comunidad sefardí y por su voto de protesta frente al laborismo elitista (Dowti, 1998, pág. 153-54) La manera en que los judíos orientales trataron de integrarse en la nueva sociedad israelí ofrece algunas características peculiares. Paradójicamente, las actitudes de los inmigrantes judíos mizrajíes hacia los árabes eran muy hostiles debido a un intento excesivo por asimilar la nueva cultura a la que “volvían”. El conflicto árabe-israelí sirvió de elemento integrador para los nuevos inmigrantes que llegaron a Israel desde países de cultura oriental. El enemigo común representado por los árabes era visto como una amenaza para las vidas y la condición estatal de la que ahora gozaban todos los judíos en Israel. Incluso algunos de los judíos orientales llegaron a admitir que la aceptación del liderazgo askenazi en Israel era principalmente una cuestión de supervivencia. El conflicto árabe-israelí se convirtió así en un elemento aglutinador entre ambas sociedades librándoles de posibles enfrentamientos más violentos en el seno de Israel180. Esta forma particular de integración produjo un giro hacia la derecha política además de aportar un elemento mesiánico al sionismo. A la vista de los judíos orientales, la derecha israelí no podía ser asociada con el laborismo askenazi, laico y sionista, que se había encargado de la construcción de Israel puesto que la opción política heredera del movimiento revisionista de Jabotinsky había sido deslegitimizada y en cierta manera estigmatizada del poder político en Israel. Estos nuevos inmigrantes no vieron pues en la derecha a un enemigo o a la representación de una clase social que se pensaba superior, sino que empezaron a asociarlo, especialmente tras la victoria de sus líderes en la guerra de los Seis Días, a un movimiento más respetuoso con la religión y contestatario del sionismo europeo y europeizante dominante. La sensación de malestar y descontento de la población sefardí o mizrají alcanzó su cumbre en 1971 protagonizado por las protestas de los Panteras Negras en Jerusalén. Este movimiento contestatario surgió en la periferia de las grandes ciudades israelíes donde habitaban los judíos orientales en claro contraste con las zonas residenciales y mucho más acomodadas de los judíos de origen occidental. Este sentimiento de exclusión que tenía un origen socioeconómico era también trasladado a la esfera política. Esto explica el gran éxito que los políticos de origen oriental tienen en las elecciones municipales, en claro contraste con el monopolio casi exclusivo de judíos askenazies en posiciones gubernamentales de carácter central. Los líderes políticos de origen occidental 180 Esta es la hipótesis defendida en el libro de C.C. O’Brien, The Siege: The Saga of Israel and Zionism, Londres: Weidenfeld and Nicolson, 1986, pp.333-361. 484 justificaban esta exclusión aludiendo a la falta de práctica y cultura democrática que los judíos orientales tenían debido a haber pasado la mayoría de sus vidas en regímenes autocráticos y nada participativos. Sin embargo, existen motivos de origen cultural y, en cierta medida racistas, que justifican así mismo, la exclusión política de posiciones de liderazgo más comprometidas para judíos orientales. Los diferentes acontecimientos históricos que tuvieron lugar a raíz de la guerra de los Seis Días unidos a los cambios demográficos experimentados por el crecimiento de la población judía oriental supondrían un giro a la derecha en la política exterior israelí hasta tal punto que, algunos autores, consideran que la clave para el futuro éxito de unas negociaciones de paz entre israelíes y árabes es que éstas sean conducidas por judíos orientales. Ellos aceptarían un acuerdo de paz liderado por Likud, como los acuerdos de Camp David con Egipto, pero no liderado por los laboristas, como ha sido el caso de los acuerdos de Oslo o los últimos intentos llevados a cabo por Ehud Barak181. 6.3.2.7. El impacto sobre Israel de las reparaciones alemanas en el contexto de la llegada de los nuevos emigrantes judíos. Un aspecto relevante con respecto a estas olas migratorias de judíos provenientes de países árabes, como señala Meir-Glitzenstein (2018, pág. 115), es que su llegada fue percibida en términos apocalípticos, como una señal del final de los tiempos y de la ansiada redención mesiánica del pueblo de Israel en Sion. A nivel ideológico, este acontecimiento ayudó a cimentar una narrativa histórica que podía establecer una continuidad entre la destrucción del Segundo Templo y el sionismo moderno, entre los aspectos trascendentales e inmanentes del sionismo laico, estableciendo un nexo entre el Holocausto europeo y los pogromos árabes y el derecho de todo judíos a emigrar y encontrar refugio en Israel, no sólo como solución al anti-semitismo, sino como una solución a las crisis socio-económicas que afectaran a los judíos. Esta idea pasó a formar parte del ethos de la nación y a ser transmitida como parte de su sistema de valores nacionalistas. Una vez más se demuestra con ello como la ideología es contingente a los hechos y cómo un acontecimiento inesperado de la historia, consecuencia de los resultados de la guerra, puede fortalecer una narrativa que legitime opciones políticas determinadas. 181 Ver Ibid, pág. 360. 485 La cuestión de las reparaciones alemanas debe ser entendida en este contexto. A fin de asegurar la viabilidad y la continuidad del Estado, Israel necesitaba desesperadamente obtener fondos económicos que le ayudaran a absorber a esas olas migratorias masivas en un contexto de conflicto armado, aunque esos fondos provinieran de su mayor enemigo. La oposición a negociar reparaciones con Alemania provenía, por un lado, de la izquierda sionista marxista del Mapam pro-soviético y del Partido Comunista de Israel, que argumentaban razones políticas y morales para rechazar la indemnización alemana. Políticamente, aceptar las reparaciones era un acto de claudicación frente al bloque imperialista-capitalista, que construía sus redes de influencia y de poder a base de subvenciones a la economía y a la defensa y que pretendía el reconocimiento de la RFA (República Federal Alemana) como un Estado legítimo, bastión del anticomunismo en Europa. A nivel moral, aceptar dinero de sangre constituía una violación a la memoria de sus víctimas. Desde la derecha sionista, el Herut argumentaba que establecer tratos con los “amalecitas” contemporáneos afectaría la honorabilidad de la nación. Para ellos se trataba de una lucha existencial por la supervivencia y el honor nacional. Cualquiera que pactara con el mal, acabaría siendo partícipe de su naturaleza. Dentro de Mapai también había oposición, principalmente la proveniente de supervivientes del Holocausto. Aun así, defendieron las negociaciones tanto por motivos prácticos como ideológicos. Los intereses materiales del Estado en aceptar las reparaciones provenían de su penosa situación económica. Desde el punto de vista geopolítico, el contexto de la Guerra Fría influyó también en su decisión. Moshe Sharett, el entonces ministro de asuntos exteriores que llegaría a ser primer ministro de Israel entre 1953 y 1955, estaba convencido de que Estados Unidos y el bloque occidental tenían un gran interés en que la RFA se reintegrara dentro de la Europa democrática como parte de su estrategia de contención del comunismo y, si no lo hacían en ese momento, sería muy difícil hacerlo en el futuro. A nivel moral, Mapai argumentaba que las reparaciones no eran en modo alguno una forma que tenía Alemania de expiar su culpa, sino el reconocimiento de esta. Además, consentir que los asesinos hereden la propiedad de los masacrados constituían una ofensa aún mayor sobre las víctimas. A nivel político argumentaban que la mejor respuesta a Hitler había sido la formación del Estado de Israel por lo que su legitimidad pasaba también porque el mayor enemigo del pueblo judío reconociera su papel como un Estado independiente, el representante político de su pueblo, su defensor y guardián de sus intereses. 486 A diferencia de las indemnizaciones de guerra, que son generalmente impuestas por las naciones vencedoras a los vencidos, en el caso de Alemania, éstas fueron ofrecidas a iniciativa propia y constituyen un intento de “normalizar” su reincorporación a la comunidad de naciones democráticas. Tuvieron su origen en una nota emitida por Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia a Israel y al resto de los 44 países miembros de la ONU el 24 de octubre de 1950, en el que anunciaban su intención de finalizar formalmente el estado de guerra con Alemania y que Israel debía intentar hacer lo mismo. El 16 de enero de 1951 Israel respondió con una nota dirigida a las cuatro potencias ocupantes afirmando que aún no se encontraba moralmente preparada para dar ese paso, pero que pedía a las mismas que contemplaran la posibilidad de solicitar en su nombre reparaciones para los judíos asesinados por Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. En esa primera nota únicamente contemplaron que se tomaran medidas para que se permitiera a las personas desposeídas de su propiedad y que hubieran abandonado Alemania, reclamar su restitución y que se les otorgara la posibilidad legal de transferir dinero y bienes al exterior. No fue hasta el 12 de marzo de 1951 cuando Israel dirigió una nueva nota a las potencias ocupantes demandando reparaciones a Alemania por un valor de 1.500 millones de marcos en compensación por la “gigantic massacre and spoliation of European Jewry under the Nazis’ y como contribución al restablecimiento de medio millón de supervivientes en Israel (P.G. 1954, pág. 260). El inicio de las negociaciones, así como la respuesta alemana se llevaron a cabo por mediación de Nahum Goldman, presidente del Congreso Judío Mundial ya que, para Israel, dirigirse directamente a la RFA era aún una cuestión tabú y sobre, todo, no quería dar a entender que las negociaciones suponían de algún modo una indemnización moral, porque la masacre era irreparable, sino simplemente una compensación por haber tenido que absorber a los refugiados judíos provenientes de Europa. Las indemnizaciones alcanzaron la suma de 3.000 millones de marcos, a desembolsar por un periodo de 12 años, no sólo a Israel, sino a las comunidades judías que se habían congregado en la conferencia sobre “Reclamaciones Materiales Judías contra Alemania”. Las indemnizaciones debían pagarse en bienes capitales e irían acompañadas de una legislación que estableciera la forma en que las víctimas del nazismo podían exigir la restitución de los bienes expoliados a los judíos asesinados o perseguidos por el Tercer Reich. El tratado incluía cláusulas que prohibía que esos bienes, en el caso de Israel, volvieran a salir del Estado, a fin de ofrecer garantías a los Estados árabes, de que Israel no utilizaría ese dinero para comprar armas y continuar con sus políticas territoriales 487 expansivas. Los árabes tuvieron éxito en prolongar la ratificación del tratado que finalmente ocurrió en marzo de 1953. La postura árabe, dirigida oficialmente a través de la Liga Árabe mediante canales diplomáticos y amenazas de boicot económico a los círculos de negocio más importantes de Alemania, era que las reparaciones constituían una violación de la neutralidad, a lo que Alemania respondió negativamente, afirmando que no estaba exportando armas sino dinero que no podía emplearse en comprar bienes fuera de Israel (P.G. 1954, pág.269). El debate que tuvo lugar en la Knesset el 7 de enero de 1952 en el que Moshe Sharett, buscó la aprobación parlamentaria a la decisión de iniciar negociaciones directas con Alemania es representativo tanto de su talante negociador como de la actitud pragmática que ha caracterizado a la corriente laborista y a buena parte del sionismo desde sus orígenes. Sharett defendió la necesidad de iniciar negociaciones directas porque la iniciativa había partido de Alemania y porque no podían dejar los interese vitales del Estado en manos de un intermediario que en realidad era un representante de la diáspora. La condición diaspórica había terminado, ahora tocaba ejercer la política desde las instituciones del Estado. Sharett demostró que no existía una contradicción entre un enfoque racional del interés político y la defensa de valores morales, que no debían confundirse, como afirma Weitz (2011, pág. 21) con un romanticismo espúreo, llevado a cabo mediante quimeras y misticismos. Esta postura de Sharett permanece intacta desde las negociaciones sobre la partición de Palestina a raíz de la Comisión Peel hasta las negociaciones con Alemania. La visión de que el ejercicio de la soberanía requería tomar decisiones impopulares y que muchas veces implicaban escoger el menor de entre dos males era una manera de prevenir que “el misticismo sionista nos impidiera obtener los beneficios y las oportunidades que la realidad nos presenta” ya que este misticismo era “el enemigo de la realización sionista”182. El primer ministro David Ben-Gurión compartía esta visión y consideraba a las decisiones críticas que implicaban la responsabilidad de la soberanía como la principal diferencia entre pertenecer a un Estado propio y la condición diaspórica. Lo relevante de ambos es que su pragmatismo contenía aspectos ideológicos y su ideología fue evolucionando hasta incorporar aspectos pragmáticos, colocando siempre a los intereses vitales del Estado por encima de cualquier 182 Traducción propia en Weitz, Y. (2011): “The Reparation Negotiations in Israeli Politics.: An Introduction” en Y. Sharett (Ed.), The Reparations Controversy: The Jewish State and German Money in the Shadow of the Holocaust 1951-1952 (1st ed., pp. 1–22). De Gruyter. http://www.jstor.org/stable/j.ctvbkjzj1.6 488 otra consideración. Sharett concluyó su discurso afirmando que “nada será perdonado. Nada será olvidado por las generaciones venideras, quizás por toda la eternidad”183. La política que Israel desarrolló sobre la memoria del Holocausto, su transmisión y su conmemoración dan cuenta de ello. 6.3.2.8. El Holocausto como integración Desde la fundación del Estado, Israel ha proyectado hacia el exterior una imagen de sí mismo como un país rodeado por estados enemigos y continuamente amenazado por sus vecinos, que se encuentra solo y aislado en el escenario internacional y en la región de Oriente Medio en particular. Dentro de este aislamiento, tanto la geografía como la demografía han jugado un papel importante en la construcción social del discurso sobre la seguridad. Con respecto a la geografía, esta forma parte de las características invariables del Estado. Las pequeñas dimensiones de Israel en relación al resto de países de Oriente Medio es un componente geo-regional fundamental para alimentar este discurso. La noción de un pequeño Israel, tanto en términos de territorio como de población, es usado como la representación de la nación asediada, que sólo cuenta consigo misma para defenderse frente al exterior. Existen dos temas recurrentes en los discursos geopolíticos más tradicionales de Israel. El primero es el del Holocausto o Shoá y su conmemoración como una indicación de lo que sucedió y podría volver a suceder cuando el pueblo judío se encontraba indefenso y sin un Estado propio. El segundo es el de la necesidad de mantener un Estado judío independiente, dotado de una fuerte capacidad militar disuasoria, que asegure que un hecho como el Holocausto no volverá a tener lugar jamás. Las guerras y cada hecho de agresión son utilizados como parte de un mensaje socialmente construido para mostrar, tanto a los ciudadanos israelíes como a la comunidad internacional, que Israel está constantemente amenazado y que debe tomar medidas para defenderse si quiere sobrevivir. Durante los años de formación del Estado de Israel que nos ocupa, el Holocausto se convirtió en el gran elemento de cohesión de la sociedad israelí. Incluso hasta bien entrados los años 70, muchos jóvenes pensaban que era posible que algo como la Shoá volviera a suceder. Los líderes políticos del momento se dieron cuenta de la importancia 183 Traducción propia (Ibid) 489 crucial que el Holocausto tenía como elemento aglutinador para prevenir las tendencias centrífugas y antagónicas que tenían lugar en el seno de la sociedad israelí. Recién creado el Estado de Israel se abre un gran foso entre las antiguas y las nuevas generaciones concernientes a su visión del sionismo. Las nuevas generaciones tenían que enfrentar realidades muchos más hostiles que las antiguas y no podían olvidar, en contra del idealismo sionista de la primera aliyá, que el gran Muftí de Jerusalén había colaborado con Berlín durante la Segunda Guerra Mundial. Así, el Holocausto sirvió para condicionar la percepción y el comportamiento hostil hacia los vecinos árabes de Israel. Los líderes políticos laboristas y, especialmente, Ben-Gurión, vieron la necesidad de construir un concepto de identidad nacional que fuera capaz de englobar a los distintos estratos socioeconómicos y culturales y que pudiera reconciliar a las antiguas generaciones con las nuevas. La Shoá servirá como catalizador de todas estas tendencias y será el punto de unión donde se hacen converger las experiencias históricas comunes de persecución y sobre el que se construye un sistema de defensa estatal con un fuerte apoyo social basado en el lema: “nunca más”. El rechazo gentil por los judíos se proyecta como una enfermedad incurable y la asimilación como una ilusión. El Holocausto sirvió como elemento aglutinador entre dos generaciones, así como elemento de cohesión entre la población askenazi y sefardí a pesar del hecho de que la población sefardí no hubiera sufrido nunca un exterminio semejante. Sin embargo, producía un sentimiento de solidaridad hacia los judíos europeos que sí lo habían sufrido. El Holocausto sirvió además de mediador entre el Estado de Israel y la diáspora judía, especialmente en Estados Unidos, de donde provinieron los grandes fondos para la construcción del Estado de Israel. Además, contribuyó a la creación en Estados Unidos de un lobby bastante importante que jugará un papel decisivo en la política exterior norteamericana para la zona, sobre todo en el período 1957-1967. El Holocausto, a la vez que subrayaba la necesidad de crear un Estado fuerte y soberano, con un ejército poderoso, desacreditaba y menospreciaba, hasta cierto punto, la imagen del judío indefenso y sin Estado. Durante los años cincuenta, se vio la necesidad de cambiar la concepción que de los supervivientes del Holocausto había en Israel. Hasta entonces, la imagen que los judíos israelíes tenían de aquellos judíos que habían pasado por la experiencia de un campo de concentración era una especie de Buchenwald vs. Varsovia. Mientras que se ensalzaba la heroicidad de los judíos polacos que habían resistido en el gueto de Varsovia, se veía a los supervivientes como débiles e incluso cobardes. Incluso en el monumento que se 490 encuentra en Yad Vashem en Jerusalén, la escultura que representa a unos y a otros pone de relieve la heroicidad que inspiraban unos y la lástima o desamparo que inspiraban los otros. El juicio público que se celebró a Eichman en Israel en 1961 sirvió para sacar a luz los testimonios, muchas veces silenciados por el dolor, de aquellos sobrevivientes que pasaron por el horror nazi. A partir de aquel acontecimiento podríamos afirmar que se produjeron dos fenómenos. Por un lado, la sociedad israelí fue capaz de comprender el horror que experimentaron los supervivientes del Holocausto y comenzaron a cambiar su imagen de mártires a auténticos héroes por haber sido capaces de sobrevivir a aquel infierno. Por otra, se consolidó el sentimiento de que no había nada que garantizara que un hecho semejante no podría volver a suceder y que, por tanto, la forma de luchar contra la amenaza existencial era tener un Estado militarmente fuerte. El hecho decisivo del Holocausto ha contribuido a que el discurso geopolítico en Israel se haya desarrollado, durante los últimos cincuenta años, en torno a nociones de seguridad y seguridad colectiva. El discurso interno ha sabido utilizar esto como un medio de creación de consenso nacional y de socialización de jóvenes generaciones de israelíes preparándolos para la lucha. Ha sido el conflicto israelí-palestino y las amenazas consiguientes a la seguridad las que han demostrado ser el único y principal cimiento sobre el que la sociedad israelí ha permanecido unida. Así, el discurso del miedo y de las amenazas es usado en un intento de crear una única identidad nacional en torno a nociones de seguridad. Como he mencionado anteriormente, el tema recurrente en este discurso es el del Holocausto y su memoria para asegurar que “nunca más” un acontecimiento de tal magnitud vuelva a tener lugar. Esta concepción ha evolucionado al mismo tiempo que lo hacía la realidad de Israel como Estado, durante cuyo período, se ha visto envuelto en cinco guerras interestatales, muchas de las cuales han sido percibidas como guerras defensivas contra agresiones externas y las cuales han garantizado la continuidad del Estado en una región hostil. Defender a la patria de todos aquellos que vinieran a amenazar su existencia se convirtió en la última forma de heroísmo (Newman, 1998)184. El mito de Masada lleva consigo la noción de morir en defensa del país. “Es bueno morir por mi tierra”, es un dicho atribuido a Trumpeldor en la batalla de Tel Hai, que ha sido 184 Ver al respecto el excelente artículo de D. Newman, Citizenship, Identity and Location. The Changing Discourse of Israeli Politics, en K. Dodds & D. Atkinson (eds.), Geopolitical Traditions? Critical Histories of a Century of Geopolitical Thought, Londres, Routledge, 1998. 491 usado junto con el mito de Masada para enfocar la bravura militar y el heroísmo, muy a menudo a expensas de otros mensajes sociales, culturales o morales. La principal paradoja en esta continua percepción de la propia identidad y la seguridad es el hecho de que Israel despliega su fuerza militar y su obvia superioridad mientras que, al mismo tiempo, enfatiza la amenaza a la seguridad como parte del discurso nacional enfocado a justificar acciones y políticas que no serían normalmente apoyadas por la comunidad nacional e internacional. Así, las fuerzas militares israelíes, su ocupación continuada de gran parte de Cisjordania y de los Altos del Golán y la zona de seguridad del sur del Líbano, sus demandas de asistencia y ayudas internacionales son interpretadas como el resultado de una debilidad estructural, en lugar de como las bases de un país fuerte, que es como gran parte del mundo percibe a Israel. Para conseguir ser fuerte, Israel se representa a sí mismo como débil, tanto a nivel interno como a nivel externo. Por medio de esta auto-representación de Israel como aislado y amenazado, el Estado ha conseguido incrementar su capacidad de disuasión militar con la asistencia directa de la mayoría de la población, que se identifica con la necesidad de combatir de forma colectiva aquellas amenazas percibidas como tales. El hecho de que la misma amenaza percibida esté basada en la realidad objetiva de cinco guerras desde el mismo establecimiento del Estado en 1948 significa que la interpretación subjetiva de esa realidad continúa siendo una en la que el Estado enfrentará, por siempre, la amenaza a su propia existencia. La militarización de la lucha Palestina a partir de la creación de la OLP, continuó alimentando este discurso, desacreditando sus aspiraciones nacionalistas por el empleo de medios terroristas para llevarlos a cabo. Fue así como Israel transformó el conflicto palestino de una cuestión política a una cuestión de seguridad. Dicho esto, la paradoja con la que nos enfrentamos ha sido expuesta por C. López Alonso en su ensayo Israel: Shoah y Nakba (2004) en el que habla de la existencia de “comunidades de sufrimiento”, aludiendo a Edward Said (1997), en las que una gran tragedia ha supuesto, si no su momento fundacional, sí al menos una parte inseparable de su identidad y memoria colectiva, tanto para palestinos como para judíos. También ha servido para instrumentalizar o justificar ciertos comportamientos, como puede contemplarse desde la misma Declaración de Independencia, en la que Ben-Gurión afirma que la Shoá no hubiera ocurrido de haber existido un Estado judío. O bien como imperativo moral, como se demostró durante la matanza inintencionada de Kfar Qasim (1956), que supuso un revulsivo moral en la que algunos israelíes llegaron a compararse con los nazis, capaces masacrar sólo porque obedecían órdenes. Aunque sobre todo 492 establece un nexo entre la muerte del judaísmo, que representa la Shoá, y el resurgir o tekuma que representa la creación de Israel (López Alonso, 2004). Israel necesitó efectuar una tarea de pedagogía nacional tanto para honrar a las víctimas como para reconocer a los supervivientes e integrar el Holocausto como parte de la memoria de aquellos que ni siquiera lo habían sufrido. El juicio a Eichmann en 1961 brindó esa oportunidad, pudiendo revertir, de alguna manera, un camino de conmemoración mucho más nacionalista que nacional que se había iniciado en 1951, con la institucionalización de su conmemoración. La fecha escogida, sin embargo, no coincide con el 27 de enero, día de la liberación de Auschwitz, como lo ha establecido la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto185, sino que en Israel se conmemora el 19 de abril (adaptado al calendario hebreo), día en que se produce el levantamiento del Gueto de Varsovia. Ello es significativo de la visión que sobre el Holocausto se tenía en Israel hasta 1961, en el que lo heroico no era haber sido liberado, sino haber luchado hasta la muerte por tu propia liberación. Para honrar e incorporar la memoria de los judíos asesinados en Europa se establece en 1953 Yad Vashem, que literalmente significa “un monumento y un nombre”, concediendo la nacionalidad israelí a los seis millones que han muerto y que ahora han pasado a formar parte de Israel. López Alonso (2004) recuerda como en la Ley de 1953 que establece la Autoridad para el Recuerdo de los Mártires y Héroes del Holocausto, se contempla la construcción del museo en el Monte Herzl y se decide situar, en su parte oriental, el cementerio para los soldados caídos en las guerras de Israel, estableciendo así un nexo imprescindible entre el Holocausto y la historia de Israel, entre una muerte sin propósito y una llena de sentido: dulce et decorum est pro patria mori. Pero como se ha aludido, el momento de inflexión se produce en 1961 a raíz del juicio público efectuado en Israel a Adolf Eichmann, un Obersturmbannführer de las SS (Schutzstaffel), organizador de las deportaciones masivas a los campos de exterminio de Polonia y uno de los ejecutores logísticos de la “solución final”. El juicio televisado, al que asiste Hannah Arendt y que dará lugar a la publicación de su famosa obra Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal (1963), contó con la colaboración 185 La Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto reúne a representantes de 31 “gobiernos y expertos a fin de reforzar, impulsar y promover la educación, la memoria y la investigación en todo el mundo sobre el Holocausto, así como de mantener los compromisos de la Declaración de Estocolmo de 2000”. https://www.holocaustremembrance.com/es/resources/working-definitions-charters/definicion-del- antisemitismo-de-la-alianza-internacional 493 de 100 testigos y gracias a ellos, los judíos que no habían sufrido la Shoá pudieron conocer la dimensión de la tragedia y la despersonalización del terror nazi. En definitiva, sirvió como un elemento cohesionador, muy útil para terminar de sellar la integración, no sólo de las nuevas generaciones, sino de aquellos judíos que habían llegado a Israel expulsados de países árabes. Asimismo, reforzó el papel de Israel como portavoz y representante de todos los judíos, tal y como había sucedido, aunque en menor medida, con las reparaciones de Alemania. También sirvió para sensibilizar en el exterior a la opinión pública internacional, quienes a partir de entonces mostrarían mayores simpatías hacia Israel. 6.3.2.9. El Impacto del Holocausto en la estructura internacional El terror nazi, sus crímenes de guerra y el genocidio cometido contra los judíos y otros colectivos de Europa dejaron una impronta profunda en el sistema de valores de la humanidad, alterando concepciones filosóficas, ideológicas y organizacionales que cambiaron, para bien, las estructuras internacionales, dando lugar a organizaciones como la ONU o el Tribunal Internacional de Justicia y creando todo un corpus legal enteramente nuevo en el que el derecho a la vida presidía por sobre todos los demás. A fin de preservar este derecho se elaboró doctrinalmente el concepto de “la responsabilidad de proteger”. Esta nueva idea penetró el sistema de valores de Occidente y con él en el de las propias comunidades judías. Si anteriormente la mayoría de sus 18 millones había permanecido indiferentes o contrarios al proyecto sionista, ahora, el sionismo pasó a formar parte de su ethos y el apoyo incondicional a Israel pasó a formar parte de su sistema de valores e identidad colectiva, convirtiéndose en una fuerza política poderosa, que daría lugar a una profunda reorganización de las comunidades y sus fines, creando nuevas organizaciones, como The United Jewish Organisations (USA), The Association of Jewish Refugees (Reino Unido) o el CRIF (Conseil Représentatif des Institutions Juives de France) o transformando las ya existentes en verdaderos lobbies o grupos de presión en favor de Israel. Incluso aunque la mayoría de los judíos no tuvieran intención de emigrar a Israel, el apoyo al Estado judío se volvió mayoritario. En el mundo árabe, la percepción e interpretación del Holocausto también ha sufrido una profunda transformación. Desde su adherencia a los Protocolos de los Sabios de Sión, originalmente publicado en 1902 por la Rusia zarista para justificar sus pogromos, pero reeditado y traducido por primera vez al árabe en Egipto en los años veinte del pasado 494 siglo, la organización de los Hermanos Musulmanes fue la principal responsable de diseminar un mensaje anti-semita y de incluso regalar ediciones de Mein Kampf o de los Protocolos en la Conferencia Parlamentaria de Países Árabes y Musulmanes (1938). El Gran Muftí de Jerusalén, Haj Amin al-Husseini y el líder de los Hermanos Musulmanes, Hasan al-Banna, establecieron una larga alianza que culminó con el ya aludido acercamiento del Muftí al régimen nazi. Como señala López Alonso (2004), los propios palestinos han pasado por una fase de minimización o negacionismo, ejemplificado por la obra de R. Garaudy Los mitos fundadores de la política israelí (1995); a una fase en la que se plantea la cuestión del Holocausto y su sufrimiento en términos universalistas; a otra en la que han tratado de establecer paralelismos entre su Nakba y el Holocausto (Said, 1997), afirmando que el juicio a Eichmann ayudó a entender en qué consistía un crimen contra la humanidad, pero que la desposesión y expulsión de los palestinos de su tierra era otro acto de limpieza étnica que también podría considerarse crimen contra la humanidad. Como señala López Alonso, la identificación ha llegado hasta tal punto que algunos palestinos se consideran a sí mismos los “nuevos judíos”. Ahora bien, como ella misma indica, “Ni la Shoá ni la Nakba son iguales, ni pueden igualarse, aunque su entramado es innegable”. Con el fin de esclarecer sus similitudes y diferencias, en el análisis contenido en la sección 4 de este capítulo, presentaremos, desde el punto de vista de la sociología histórica, un examen de la limpieza étnica que tuvo lugar en Palestina en 1947-49 y que terminó de completarse en 1967. El objetivo es ayudar a entender el fenómeno eminentemente moderno de la limpieza étnica como un subproducto de una estructura mucho más amplia, que aúna elementos simbólicos con otros de carácter político, militar y económico, para concluir que, cualquier sociedad expuesta a las mismas circunstancias, es susceptible de cometer limpiezas étnicas y masacres. Estos actos no son ajenos a nuestra tradición política, sino que representan el lado más oscuro de nuestras democracias (Mann, 2004). Efectuar su análisis es importante ya que, como señala López Alonso (Ibid) citando y traduciendo a E. Said: “mientras no se haga la conexión entre el modo en que la tragedia judía condujo directamente a la catástrofe palestina, digamos que por “necesidad” –más que por voluntad pura– no podremos coexistir como dos comunidades de sufrimiento separado e incomunicable”. 495 6.4. La tercera etapa: la apertura de los tres frentes que ocasionaron la reconfiguración geopolítica de Oriente Medio La tercera etapa se inicia con la declaración unilateral de independencia el 14 de mayo y con la invasión árabe del día siguiente, y se extiende hasta la proclamación de la primera tregua el 11 de junio, gracias a la mediación de Naciones Unidas. La Declaración de Independencia unilateral que leyó Ben-Gurión el 14 de mayo de 1948 señala un punto de inflexión para el análisis del poder social en el Yishuv, al convertirlo en un actor estatal, confiriéndole poder político para la organización social dentro de su territorio y reclamando su capacidad agencial para actuar y configurar el orden geopolítico internacional. Este hecho solemne, simboliza, hasta cierto punto, un nuevo comienzo, aunque no supone una revolución o ruptura radical con el orden anterior. Lo que se llevó a cabo fue, estrictamente, una revolución política, en el sentido de que se centralizaron las relaciones políticas sobre el territorio, que ahora emanaban desde un centro institucionalmente diferenciado de las estructuras internacionales del Mandato, de la diáspora y de la OS; y que reclamaba cierto grado de autoridad para la regulación normativa, respaldada por el control sobre la organización de la fuerza física. El ejemplo más claro de continuidad con respecto al orden social anterior es la segregación étnico- económica-nacional entre judíos y árabes, sólo que ahora, esa segregación sería institucionalizada en forma de leyes básicas, de entre las cuales, la Ley de Retorno (5 de julio de 1950) y la Ley de Propiedad de Ausentes (1950) o la Ley marcial o gobierno administrativo militar, en vigor desde 1948 a 1966 y que tendrá su acto más violento en la masacre de Kafr Qasim de 1956, serán las más significativas. Con respecto al ámbito exterior, los principales desafíos a nivel internacional que enfrentó Israel durante los años inmediatamente posteriores a su independencia provenían de dos niveles diferentes. En el contexto global, el fin del imperialismo europeo y el declive de la influencia británica en la región obligó a Israel a buscar el apoyo y “patronazgo” de nuevos actores. El nuevo sistema bipolar que emergió tras la Segunda Guerra Mundial con la política mundial dividida en bloques llevó a Israel a redireccionar su política exterior desde una posición de no-identificación a una posición de proximidad a una de las potencias: los Estados Unidos. A nivel regional y como resultado de la guerra de 1948, las relaciones de Israel con los Estados vecinos estuvieron caracterizadas por una situación de conflicto permanente, ya que los armisticios de 1949 detuvieron la guerra, pero no sirvieron para acordar la paz. 496 Antes de que Ben-Gurión proclamara unilateralmente el nacimiento del Estado de Israel y los Estados árabes comenzaran su guerra formal, el Plan de Partición no era ya más que papel mojado y un evento muy grave había ensombrecido la moral del Yishuv: la caída del bloque Etzion el 12 de mayo. El bloque Etzion estaba compuesto por cuatro asentamientos (Kfar Etzion, Masu’ot Yitzhak, Ein Tzurim y Revadim) que habían quedado aislados tras el plan de partición y cuya única vía de comunicación era una pequeña línea aérea. Uno de los momentos más significativos fue cuando la Legión Árabe jordana, acompañada de combatientes locales, atacó sus posiciones el 4 de mayo, en represalia por el intento del Bloque de bloquear el transporte de materiales que estaba siendo trasladado al frente de Jerusalén, donde la ciudad y sus 100.000 habitantes judíos habían sido sitiados. El aislamiento y el hostigamiento del Bloque produjo una especie de síndrome de Masada ya que, siguiendo el principio estratégico establecido por la Haganá de que “todo el país es un solo frente y todos sus habitantes son sus combatientes” no se permitió la evacuación de ninguno de sus efectivos basándose en la idea de que la caída de un asentamiento provocaría la pérdida de muchos otros. Cuando, finalmente, el 13 de mayo la Legión Árabe logró romper sus puestos de defensa y penetrar en el Bloque, la totalidad de los habitantes de Kfar Etzion fueron masacrados. Sólo sobrevivieron 4. El resto de los asentamientos se rindió y sus habitantes fueron hechos prisioneros de guerra. La caída del Bloque produjo una gran conmoción entre el Alto Mando de la Haganá y en el Yishuv en general. El 12 de abril el Comité del Ejecutivo Sionista junto con el Consejo Nacional decidieron nombrar un consejo estatal provisional, Mo’etzet Ha’am o consejo nacional, con poderes legislativos, y un gobierno temporal, Minhelet Ha’am, o administración nacional, dotado de poderes ejecutivos y presidido por David Ben-Gurión como primer ministro y ministro de defensa simultáneamente. La primera decisión que tuvo que tomar el gobierno provisional fue evaluar qué hacer ante la inminente retirada de los británicos. Se decidió adelantar la declaración de independencia al día mismo en que concluía el Mandato, para evitar que cayera en shabat. La declaración se leería desde el Museo de Tel Aviv. Los árabes amenazaron con que, si eso se producía, ellos invadirían Palestina al día siguiente. Siete países árabes presentaron juntos su declaración: Egipto, Jordania, Siria, Líbano, Irak, Arabia Saudí y Yemen. El Estado más decisivo para el futuro de Palestina sería Jordania, con quienes los sionistas llevaban reuniéndose desde 1946 y con quien Golda Meyerson (Meir) se reunió por última vez el 2 de mayo de 1948 para intentar que Jordania 497 no se uniera a la ofensiva árabe conjunta. Sin embargo, el éxito de la Haganá en su ofensiva del mes de abril, en la que había extendido considerablemente las ciudades y territorios bajo su control y la llegada de refugiados que relataban las atrocidades crearon en Jordania y en el resto de los Estados fronterizos un estado de opinión pública que requería poner freno a la expansión del Yishuv. Hacia el 12 de mayo tuvo lugar un encuentro del Gobierno provisional con Yigael Yadin, el oficial jefe de operaciones de la Haganá en la que este conocidamente manifestó su opinión de que los judíos tenían el 50% de posibilidades de ganar la guerra puesto que veía el equilibrio de fuerzas militares muy parejas: a pesar de la superioridad árabe en armas y hombres, el Yishuv se encontraba mucho mejor organizado y contaba con un único centro de decisión. Fue entonces cuando llegó la propuesta de tregua efectuada por el Alto Comisionado británico con el respaldo de los tres cónsules (EE.UU. Francia y Bélgica), que habían quedado como responsables de Jerusalén una vez concluido el Mandato. Esta propuesta de tregua implicaba retrasar la proclamación del Estado de Israel, por lo que el gobierno provisional decidió rechazarla por 6 votos a favor y 4 en contra. Según Ben Arieh (pág. 630) Ben-Gurión ganó su estatus como gran estratega y líder carismático gracias a esta decisión, a partir de la cual comenzó a conocérsele como “el único entre su generación”, motivada en realidad por las noticias que habían llegado de Gush Etzion y por el fracaso de Meyerson en disuadir al Rey Abdalá para que no se uniera a la alianza de guerra árabe. La lectura de la Declaración de independencia el 14 de mayo cambió el curso de la guerra, entrando ahora en una nueva etapa de la confrontación, marcada por la intervención de ejércitos estatales. Poco después de las seis de la tarde del 14 de mayo, siguiendo una petición efectuada por Weizmann en una carta del 12 de mayo, el presidente Truman reconocía al Estado de Israel, a pesar de que sus fronteras aún no habían sido definidas. Tres días después, la Unión Soviética haría lo mismo. A partir de entonces, el nuevo gobierno tendría que gestionar una guerra y tomar decisiones sobre todas las cuestiones relativas al nuevo Estado. A partir de la declaración de independencia el frente de Jerusalén se reactivó y la Legión Árabe inició una nueva ofensiva. El desastre de Gush Etzion provocó el fin de la prohibición de la no evacuación, por lo que se organizó el traslado de aquellos habitantes judíos que habían quedado atrapados tras las líneas enemigas, como aquellos residentes del norte del Mar Muerto y de otras áreas adyacentes. Mientras tanto, se inició una ofensiva en Jerusalén que la mantendría bajo el bombardeo continuo de la artillería durante casi un mes, hasta la imposición de la primera tregua el 11 de junio. Los ataques provenían del norte y del centro de Jerusalén, pero fueron importantes los del sur, donde 498 un ejército de fuerzas irregulares de los Hermanos Musulmanes egipcios penetró en el kibutz Ramat Rahel, aunque finalmente pudo quedarse bajo el control de Israel. También fue atacado el Monte Scopus, cortando la carretera que lo unía con Sheik Jarrah, por lo que permaneció como un enclave judío dentro de territorio árabe hasta la guerra de 1967, quedando la comunicación con el resto de Israel garantizada mediante el envío de convoyes con el permiso de las autoridades jordanas. Esto provocó la dispersión de la sede de la Universidad Hebrea por toda la Jerusalén occidental (hasta que finalmente fue trasladada al nuevo campus de Givat Ram en 1958). No obstante, la peor parte en la ofensiva sobre Jerusalén la sufrió el barrio judío de la ciudad vieja que, a pesar de una tentativa del Palmaj, cayó bajo el ataque de la Legión Árabe y sus habitantes fueron hechos prisioneros de guerra. El barrio judío permanecería bajo control jordano hasta la guerra de 1967 y ningún judío pudo acceder al Muro de las Lamentaciones hasta entonces. De hecho, la recuperación o” liberación” de Jerusalén en esa guerra fue uno de los mayores actos de simbolismo heroico que desarrolló la narrativa sionista con posterioridad, ya que siempre la proyectaron como la “capital eterna” de su Estado. Quizás uno de los errores tácticos que permitió el control árabe de Jerusalén fue lo ocurrido en el área de Latrún, un enclave-fortaleza británico que dominaba la carretera que unía Jerusalén con el lado occidental, cuando las fuerzas judías que luchaban por dominar el lugar recibieron la orden de dirigirse hacia el sur para unirse en la ofensiva del frente abierto por Egipto. La toma de Latrún facilitó el sitio impuesto a los 100.000 habitantes judíos de Jerusalén, considerándose uno de los peores episodios de la guerra para la moral nacional judía. Mientras tanto, Siria abrió su frente en el norte, penetrando en Palestina a través de los Altos del Golán, produciéndose el bombardeo de asentamientos judíos localizados en el valle del Jordán y tomando la estación de aguas localizada en el río Yarmuk o la estación de policía de Tzemah, aunque la batalla principal se produjo por el puente situado al norte del kibutz Degania Alef, aunque consiguieron defender la posición gracias a la llegada de artillería que ayudó a repeler el ataque sirio. A partir de entonces, los sirios no seguirían avanzando por esta ruta, dirigiéndose entonces hacia el área de Mishmar HaYarden. Los sirios se coordinaron con los iraquíes en su ofensiva sobre el Valle del Jordán, ya que éstos intentaban cruzar el río para aproximarse al cruce de Megido. La estrategia siria era llegar a Tiberiades y Nazaret, el principal centro de población árabe y desde allí dirigirse hasta Haifa para recuperar ambas ciudades. Tras el fracaso iraquí de avanzar cruzando el río Jordán, se replegaron a un área controlada por Jordania sobre las ciudades de Nablus, 499 Yenín y Tulkarem. Las fuerzas israelíes decidieron adelantarse y atacar Yenín, controlando primero los pueblos árabes situados en las carreteras de acceso a la ciudad. Esta táctica de ocupar pueblos árabes situados en los márgenes de las vías de comunicación fue una estrategia que se desarrolló durante toda la guerra y que constituyó tanto la base de su éxito y como del éxodo palestino que provocó. No obstante, la toma de Yenín fracasó. Animados por esta derrota los iraquíes intentaron avanzar desde Nablús hacia la costa, para lo cual el control de Tulkarem resultaba esencial, ya que controlaba la carretera que unía Nablús y Yenín con la costa. A falta de fuerzas suficientes para entrar en Tulkarem, los israelíes decidieron intentar el control de pueblos más pequeños como Qaqun o Tantura. En el frente norte, el problema era como evitar una ofensiva libanesa desde la ciudad árabe de Malkiyya, lo que hubiera bastado a estos para controlar la región nororiental de la Galilea. Este problema defensivo ya había sido previsto por la Haganá el mismo día de declarar la independencia, por lo que iniciaron una ofensiva preventiva, aunque no consiguieron tomar la ciudad. Lo que sí consiguieron fue prevenir el avance libanés gracias a la conquista de las instalaciones policiales de Nabi-Yusha y otras áreas situadas en territorio sirio y libanés. Los sirios y los libaneses coordinaron sus fuerzas en la última etapa de esta ofensiva, gracias a la cual los libaneses lograron hacerse con el control de Malkiyya, ayudando así a las fuerzas de Qawuqji a desplegarse por la Galilea. No obstante, a partir de ahí y hasta finales de octubre de 1948 los libaneses evitaron nuevas acciones ofensivas y su apoyo consistió simplemente en proveer de material y logística a las fuerzas de Qawuqji. Los sirios, por su lado intentaron hacerse con el control de asentamientos judíos localizados en la franja de Galilea, como Ein Gev, pero fueron repelidos y no pudieron continuar su avance. Con respecto al frente sur, los primeros combatientes egipcios que entraron en Palestina antes del 14 de mayo provenían de los Hermanos Musulmanes, por lo que, cuando Egipto entra en la guerra, lo primero que hace su ejército es incorporarlos a las fuerzas regulares y ponerlos bajo su mando. Unificadas sus fuerzas lucharon por mantener la fortaleza policial de Iraq Suweidan para cuya conquista el Tzahal necesitó atacar en 8 ocasiones, ganándose así el nombre de “el monstruo de la montaña”. La conquista de esta fortaleza resultó clave para garantizar el control y la vigilancia de todo el Neguev, ya que desde ella se controlaba la carretera del interior y la carretera Majdel-Bait Jebrin. No obstante, los egipcios lograron tomar Yad Mordechai, abriendo con ello el camino hacia el norte, a la vez que las fuerzas de los Hermanos Musulmanes lograban avanzar en la misma 500 dirección, pero desde la ciudad de Beersheba. Para contener esta ofensiva, los israelíes emplearon la misma estrategia de invadir poblaciones árabes en los márgenes de las principales vías de comunicación. Sin embargo, esencial para contener el avance egipcio fue la posibilidad de contar con los primeros aviones de combate israelíes que salieron del aeropuerto militar de Tel Nof, cuatro Messerschmitts, que infringieron un golpe moral sobre las fuerzas egipcias que decidieron frenar la ofensiva hacia el norte y mantener el estatus quo en el frente sur, lo que le permitió aislar al Neguev del resto de territorios controlados por Israel hasta que se proclamó la primera tregua el 11 de junio de 1948. Si hemos denominado a esta sección “la reconfiguración geopolítica de Oriente Medio es porque la apertura de los tres frentes simultáneos al norte, al este y al sur de Israel marcarían, en adelante, el esquema de las relaciones regionales que conformarían el núcleo del conflicto árabe israelí y la lucha por hacerse con el control de la región desde comienzos de 1949 hasta 1979. El control estratégico de estas fronteras por parte de Israel da sentido, por sí misma, al concepto mismo de geopolítica, entendida como “la lucha por el control de entidades geográficas con una dimensión internacional global y el uso de esas entidades geográficas para lograr una ventaja política” (Flint, 2017, pág. 16)186. Esta definición puede expandirse centrándonos en los medios organizacionales que necesitan desarrollarse para controlar entidades geográficas, entre ellas los Estados. Siendo así, a esta definición añadiríamos que la geopolítica es “la identificación de los recursos, prácticas y representaciones que permiten o facilitan el control de entidades geográficas con objetivos políticos, incluyendo el control de los recursos” (Flint, 2017, pág. 40). Las sucesivas guerras de 1956, 1967 y 1973 son guerras iniciadas y fomentadas por la competencia sobre el control de los recursos que las sucesivas conquistas territoriales ofrecieron a Israel y que por su localización geográfica resultaron claves para garantizar su viabilidad: el agua del Jordán y sus afluentes y el control de los pasos marítimos que rompían el aislamiento al que los países árabes habían sometido a Israel. Con la incorporación de la dimensión geopolítica, el Estado de Israel ganó autonomía en los dos vértices que Michael Mann considera como los elementos más distintivos de ejercicio del poder político: su dimensión interna (construcción de la unidad nacional y de su entramado institucional-representativo, su poder infraestructural) y su dimensión exterior, su proyección más allá de sus fronteras, en las que Israel pasó de ser una periferia dentro de un imperio a convertirse él mismo en una suerte de imperio expansionista, 186 Traducción propia 501 basado en el militarismo de su nuevo Estado-nación. A continuación, presentaremos la institución que hizo posible esta transformación. 6.4.1. El nacimiento del Tzahal y la industria de defensa de Israel Uno de los principales impactos sobre las estructuras del nuevo Estado que provocó esta nueva fase de la guerra fue el impulso que supuso para la reorganización del poder militar y para el monopolio del laborismo sobre el mismo, afianzando con ello la alianza entre el poder político y el poder militar tan característica del Estado moderno. Como ya hemos apuntado, al igual que todo fenómeno social, las guerras generan propiedades emergentes propias, que afectan la configuración de las redes de poder. En el caso de Israel, esto afectó tanto a su poder militar como a su poder político e ideológico. Desde el punto de vista militar, la Haganá y su cuerpo de élite, el Palmaj, sufrieron una reconfiguración que ayudó a organizar esta fuerza bajo los parámetros de cualquier ejército moderno, estableciendo una cadena de mando única, organizada en brigadas y batallones de alta movilidad que, gracias a la política de reclutamiento nacional puesta en marcha en diciembre de 1947187, lo transformaron en una fuerza militar con numerosos recursos humanos, motivados y altamente efectiva. Hacia finales de marzo, los sionistas contaban ya con tres brigadas del Palmaj, su fuerza de reacción rápida y seis brigadas del KHISH (infantería ligera) que operaban en cada una de las seis áreas en las que se había dividido el territorio judío. A estos efectivos había que sumar dos brigadas del Irgún que, aunque coordinadas de manera conjunta, operaban separadamente. Además, contaban con una fuerza de guarnición o cuerpo de guardia, la KHIM, y una fuerza policial de asentamientos de 12.000 efectivos armados, junto con los batallones de jóvenes Gadna y los colonos armados. En definitiva, el Yishuv contaba en total con una fuerza de 35.000 efectivos, de los cuales, entre 15.000 y 18.000 eran combatientes y 20.000 guarnicioneros. Junto con la reorganización de los efectivos de combate, el poder militar estuvo también sustentado por el incremento en la producción de su naciente industria militar que, según recoge Khalidi (1988, pág. 14), llegó a doblar su producción de 100 a 200 metralletas al día, así como su munición: 400.000 rondas de munición de 9mm, 150.000 granadas Mills, 30.000 proyectiles de mortero por mes. 187 La política de reclutamiento afectaba a todo hombre o mujer entre 17 y 25 años, aunque hacia el 30 de marzo de 1948 esa edad se extendió hasta los 35 años 502 Junto a la reorganización de su ejército, la guerra de 1948 provocó también el fortalecimiento de su incipiente industria de defensa que, hasta la fecha, se había efectuado de manera clandestina en la fábrica de municiones del Instituto Ayalon (1945), sito en el kibutz homónimo, que producía dos millones y medio de balas para los fusiles Sten (británicos). La fabricación de armas para la Haganá estaba centralizada por el gobierno provisional y tras la creación de las Fuerzas de Defensa de Israel el 26 de mayo de 1948, la producción armamentística se impulsó considerablemente, pasando de ser una industria clandestina a convertirse en una verdadera industria nacional. De este proceso de centralización nacieron las tres principales industrias de defensa estatales con las que hoy cuenta Israel: las Industrias Militares de Israel Ltd. (1948), la Industria Aeronáutica de Israel (1953) y el Sistema de Defensa Avanzado Rafael, originalmente el Science Corps o HEMED (1948), dedicada a la investigación en tecnología de defensa. Las Industrias Militares de Israel se convirtieron en la corporación estatal de defensa más importante del país, siendo su principal proveedor armamentístico y llegando a fabricar modelos propios como el famoso sub-fusil Uzi o los morteros de diseño y fabricación propia Davidka. No obstante, el gran salto cualitativo se produciría a raíz de la guerra de 1967, momento en el que las Industrias Militares de Israel pasaron de fabricar pequeñas armas y municiones a sistemas militares altamente sofisticados como el carro de combate Merkava, el avión de combate Kfir o los icónicos misiles Gabriel, Shafrir y Python. Desde entonces, el sector militar- industrial se convirtió en el sector de crecimiento más rápido del Estado y en la década de los ochenta ocupaba al 25% del total de los trabajadores industriales del país (Mintz, 1985, pág. 623). A raíz de esta guerra, Francia impuso un embargo a la venta de armas a Israel, que incluía sus aviones Mirage, lo que provocó que redirigiera su adquisición a Estados Unidos, que se convirtió en su principal proveedor de naves y armas para el combate aéreo, a la vez que impulsaba su autonomía invirtiendo en su industria de defensa. Así, la que había sido la Industria Aeronáutica de Israel, fundada en 1953 como centro de mantenimiento, ensamblaje y reparaciones, se convirtió en un centro de investigación y desarrollo de capacidad aérea, creando sus primeros aviones Kfir, Arava y Nesher. La relación entre la Industria Aeronáutica de Israel y sus proveedores estadounidenses, favoreció la colaboración entre ambas industrias pasando de subcontratar mano de obra a formar empresas conjuntas con Boeing y Lockheed-Martin. La industria pasó de tener 4.000 503 trabajadores a contar con 14.000 a finales de los años ochenta188. En la actualidad, existen aproximadamente 150 compañías de defensa en Israel, algunas de ellas de tamaño medio como Elbit Systems o el Grupo Tadiran, que trabajan principalmente en el ámbito de los componentes electrónicos de la defensa, aunque las tres mayores, ya mencionadas, continúan siendo de propiedad pública. En total, la industria de defensa de Israel emplea a cerca de 50.000 personas, muchas de las cuales provienen del ejército, aportando su experiencia de combate a la I+D+i, lo que hace de la industria de defensa de Israel una de las más competitivas del mundo. A nivel de exportaciones representa la mayor industria de exportación del país con una diversificación hacia tecnologías de doble uso basadas en un alto componentes de I+D+i que ha convertido al país en la potencia tecnológica sobre la que se basa la Start-up nation. El término “complejo industrial-militar” fue acuñado por C. Wright Mills en 1956, aunque adquirió mayor popularidad a raíz del discurso de despedida de Eisenhower en el que advertía de la creciente influencia del complejo militar-industrial más allá de los intereses propios de la defensa nacional. El complejo está formado por una coalición de grupos de poder interesados en incrementar el gasto público en defensa y que comparten por ello intereses económicos, políticos e institucionales. La principal característica de los Estados que poseen importantes complejos militares-industriales es que sus responsables suelen ocupar posiciones relevantes en las estructuras estatales, donde ejercen sus funciones de manera coordinada con la industria, por lo que el poder político, el poder militar y el poder económico se retroalimentan y sostienen mutuamente, dirigiendo la estrategia de seguridad nacional hacia una preparación para la guerra constante, favorecida por la disposición de fondos públicos. Como señala Mintz citando a Reich, el complejo militar industrial es una función de la economía capitalista, no de la geopolítica, por lo que el gasto en defensa se mantiene alto independientemente de los cambios geoestratégicos que puedan producirse en el entorno internacional (Mintz, 2008, pág. 103). En el caso de Israel, el desarrollo de su industria militar ha sido impulsado por dos circunstancias: en primer lugar, la interrupción del suministro por los frecuentes embargos que ha sufrido a consecuencia del conflicto (1947, 1967) y, en segundo lugar, por el conflicto mismo, que ha convertido a la defensa en un interés vital para la subsistencia del Estado. El hecho de que el Estado posea la mayoría y, desde luego, las 188 Recuperado de: https://www.jewishvirtuallibrary.org/israeli-defense-industry 504 más relevantes de sus compañías e industrias de defensa constituye una principal diferencia con respecto a otros complejos como el estadounidense, que tienen una mayor participación privada, y que están por tanto más expuestos a “conspiraciones” o connivencias público-privadas. No obstante, como trataremos de presentar a continuación, la concentración de la industria de defensa en grandes conglomerados o holdings de negocios ha facilitado la permeabilidad entre sus élites económicas, burocráticas y políticas que comparten espacios de interacción en consejos de administración y en foros estatales. 6.4.2. Derivadas económicas de la industria de defensa para la evolución de la economía estatista-nacionalista-capitalista de Israel Israel constituye un magnífico ejemplo de una economía de desarrollo tardío, que ha sido capaz de prosperar adoptando y promoviendo avances tecnológicos y científicos, adaptándolos a las condiciones locales de su mercado nacional y a su aspiración de construir un Estado judío integrado en la economía global. No obstante, el éxito de su desarrollo reside en una mezcla de capital humano y capital financiero (Samuelson & Nordhaus, 1999: 536) que han llevado al Estado a basar su economía en la producción y exportación de tecnología, buena parte de ella derivada de la industria de defensa, dentro de una tendencia a la concentración empresarial-industrial en grandes corporaciones o grupos de negocio. A continuación, presentaremos las características principales de este tipo de economía de holdings, las singularidades de su modelo organizativo y, por último, el papel y el peso de la industria de defensa de Israel dentro de ella. Para ello me basaré en el estudio de Daniel Maman contenido en su artículo The Social Organization of the Israeli Economy (1998), así como en otros economistas que han analizado el modelo corporativo de Israel. La historia de la economía israelí presenta una transición desde un modelo centralizado por sectores a un no sectorial a partir de los años 60, manifestado por un menor grado de prevalencia del Estado en su ordenación. A partir de los años 60 asistimos a una polarización de la economía en la que redes de grandes corporaciones, protagonizadas por grupos poderosos intersectoriales, coexisten con otras empresas más pequeñas. Esto es una característica compartida por muchas economías, tanto en países en desarrollo como en países desarrollados ya que forma parte de la estructura misma del capitalismo internacional. Desde una perspectiva comparada, otras economías emergentes de 505 desarrollo tardío como Japón, Corea del Sur o Taiwán, presentan peculiaridades organizacionales semejantes a la economía israelí, caracterizadas por una primera fase de centralización estatal y una segunda en la que dominan grandes grupos de negocio o corporaciones. En el caso de Israel, ello es debido tanto a causas endógenas, relacionadas con su historia, como exógenas, relacionadas con las características estructurales del capitalismo moderno y la estrecha correlación entre el poder político y el económico en el seno del Estado. Granovetter (2010, pág. 429) define a las corporaciones como "a collection of firms bond together in some formal or informal way". Las empresas que forman parte de las corporaciones mantienen por ello un nivel intermedio de conexión entre ellas, yendo más allá de alianzas estratégicas a corto plazo, pero sin llegar a una vinculación legal que las consolide como una sola entidad. Las organizaciones empresariales más representativas de este modelo son los holdings empresariales, fideicomisos, cárteles estables y otro tipo de coaliciones más o menos permanentes en el tiempo. Los estudios sobre el surgimiento de estos holdings empresariales se centran en el análisis de tres variables: (i) las imperfecciones del mercado; (ii) la herencia cultural y (iii) la economía política.  Con respecto a las imperfecciones del mercado, a veces son respuestas a problemas económicos coyunturales, mientras que otras emergen porque constituyen una ventaja comparativa. Las explicaciones culturales se centran en la importancia de la familia o costumbres relacionadas con el derecho de herencia, como en Taiwán, Corea del Sur o China, aunque la principal debilidad de la explicación cultural es que la cultura permea todos los aspectos de la vida y pierde por ello su valor explicativo.  Las explicaciones surgidas a partir de la economía política sugieren que la emergencia y dominio de los grupos de negocio hay que buscarlos en relaciones particulares entre el Estado y la sociedad. Por ello, es mejor centrarse en las particularidades de la estructura organizacional de las empresas de negocio, como afirman Hamilton y Biggart (1988).  Por ejemplo, aspectos como las políticas de promoción de la industrialización, la participación del Estado en las esferas públicas y privadas de la economía, (control del acceso a divisas extranjeras, créditos bancarios a bajo interés, concesiones sobre impuestos, control de precios, control fiscal, etc.) u otras que podrían afectar las elecciones estratégicas de las grandes corporaciones o grupos de negocio.  El Estado también puede crear, como en Japón, poderes intermedios fuertes y marcadamente autónomos.  El Estado juega aquí el papel de arena y árbitro en la disputa entre intereses, es un coordinador.  En este tipo de economías los grupos de negocio son independientes 506 del control estatal, aunque se sirven de su papel normativo, por lo que la relación Estado- grupo de negocio es, según Maman (1998), una de partenariado cooperativo. A este análisis hay que sumarle el contexto histórico específico en el que surgen estos grupos.  Maman afirma en este sentido que, en el caso de Israel, ha sido una combinación de factores políticos y económicos, así como la relación sociedad-Estado los que explican y han llevado al surgimiento de grupos de negocio dominantes. Según Maman, la historia de la organización social de la economía israelí se divide en dos grandes periodos: el centralizado-sectorial y el dual. El sectorial se extiende desde el Yishuv hasta mediados de los 60. En el Yishuv, la economía estaba fuertemente sectorializada y marcada por las necesidades que el Mandato británico imponía sobre el Yishuv, como hemos visto en el caso de la industria del diamante. Existía una curiosa convergencia entre grupos políticos y sectores económicos que operaban en una triada formada por el sector privado, el Histadrut, y el sector público o nacional, gestionado por la Agencia Judía. (Reuveny, 1993). La creación del Estado en 1948 produjo en la organización económica consecuencias muy relevantes al asumir el Estado y sus organizaciones el papel de actor central de la economía. Hacia mediados de los sesenta esta estructura centralizada-sectorializada cambió paulatinamente hacia una estructura dual, en la que coexistían pequeñas empresas y trabajadores autónomos junto a grandes compañías.  Esta transformación de la organización social de la economía fue el resultado de un proceso de concentración empresarial, como consecuencia de la importante recesión acontecida en los 60, la guerra de 1967 y 1973 y la hiperinflación de finales de los 70, que trajo consigo el hundimiento de muchas empresas y negocios, así como de los ingresos provenientes de la industria armamentística.  Así, desde principios de los 70, el núcleo de la economía israelí ha estado formado por una concentración de empresas que juntas acumulan la mayoría del PIB y del capital del país y que emplean a importantes sectores de la población (Aharoni, 1991). En la cima de la economía israelí existen 6 grandes grupos de negocio o sociedades holding: 1. El grupo Koor (hasta 1983 era del Histadrut y desde 1996 lo posee Bank Hapoalim y el grupo de corporaciones internacionales Shamrock) 2. Bank Hapoalim (hasta 1983 lo poseía el Histadrut) 3. Bank Leumi (hasta los 80 lo poseía la Organización Sionista Mundial) 4. El grupo I.D.B. de la familia Recanati (Israel Discount Bank) Desde 1996 el Estado de Israel de iure posee el Banco Hapoalim, junto con el Histadrut, el Banco Leumi, junto con la OSM, y el Discount Bank junto con la familia Recanati. 507 5. El grupo Clal (asociación entre Bank Hapoalim y grupo I.D.B.) 6. El grupo Eizenberg, de la familia homónima y que desde 1995 también posee el grupo Israel Chemical (ICL), previamente una empresa estatal. A pesar de los cambios relativos a los títulos de propiedad de estos grupos, la transición a una economía privada o semiprivada no ha debilitado su dominio en la economía israelí, sino que, más bien al contrario, lo ha fortalecido. Además, estos seis grupos están divididos, a grandes rasgos, en tres tipos de conglomerados de negocio: 1. Los industriales, como por ejemplo Koor, que poseen empresas y participaciones exclusivamente en el sector industrial. 2. Los financieros, protagonizados por los grandes bancos Hapoalim y Leumi, con importantes participaciones en sectores tan diversos como la industria, la construcción, los seguros, el transporte, la energía y las infraestructuras. 3. Los multisectoriales, como I.D.B., Clal y Eizenberg. I.D.B., por ejemplo, posee instituciones financieras, empresas del sector industrial, empresas de transporte, y empresas energéticas y de infraestructuras.  Cada grupo está compuesto por numerosas empresas. Koor, por ejemplo, englobaba a unas 300 en 1986 y Clal a 100. La principal característica organizativa es que cada empresa tiene su personalidad jurídica independiente y se gestionan de manera autónoma. La posesión directa y las decisiones, sin embargo, pertenecen al holding empresarial y la empresa matriz de cada grupo posee a todos los holdings empresariales. Este patrón estructural de autoridad vertical es una característica de todos los grupos de negocio presentes en Israel. Esta hegemonía de sociedades holding dentro de la economía israelí se encuentra reforzada por la presencia de vínculos intergrupales basados en relaciones de negocio y en participaciones en compañías de alto riesgo. Algunas operan como confederaciones de socios entre grupos -copartnerships- (grupo Clal, Delek, Nesher); otras se dan entre grupos de negocio y otras empresas grandes como Teva, y otras son empresas conjuntas de carácter público-privado que son política y económicamente las más importantes, como, por ejemplo, Zim o el Industrial Bank. Estos grupos de negocio no se relacionan exclusivamente mediante operaciones mercantiles o de negocio, sino que también mantienen otros vínculos sociales. Así, los directores-gestores de un grupo de negocio pueden sentarse en los consejos de administración de empresas de otros grupos y los directivos de empresas compartidas por varios grupos de negocio sirven como enlaces institucionales entre gestores o directivos 508 de los diversos grupos. De igual manera existen ciertos foros políticos que se convierten en lugares de encuentro entre organizaciones estatales y no estatales, permitiendo con ello influir sobre la toma de decisiones y vinculando a directivos de diferentes grupos de negocio con otros miembros de la élite económica y política. Con respecto al análisis de los factores políticos y económicos que han llevado a la emergencia de grandes grupos de negocio y holdings en Israel, Maman (1998, pág. 94) atribuye la emergencia de estos grupos tanto a factores intencionados - como resultado de políticas y acciones de las instituciones estatales- como a las consecuencias no intencionadas de estas políticas.  Al igual que en otros países de reciente industrialización, las instituciones estatales tuvieron, durante los primeros años de existencia estatal, un papel muy destacado en la dirección de la economía. El Estado fue el principal responsable de la industrialización desde los años cincuenta, el gran impulsor del complejo militar-industrial a mediados de los sesenta y el gran actor de las políticas de privatización de los ochenta. Aun así, junto al desarrollo de grandes políticas de desarrollo intencionadas, también surgieron consecuencias inintencionadas en reacción a inputs provenientes del exterior. Así, a comienzos de los años sesenta, los bancos israelíes ya habían empezado a extender su actividad hacia sectores no financieros, favoreciendo con ello la creación de holdings empresariales. Citando a Heth (1994, pág. 151-5) Maman señala que esto se debió a dos hechos principalmente. En primer lugar, los beneficios provenientes de la actividad financiera habitual disminuyeron debido a una política de contención monetaria del banco central y a que los bancos comerciales comenzaron a invertir en sectores no financieros como resultado del boom económico de mediados de los 50. A ello contribuyó la bonanza de la bolsa de valores tras la devaluación de 1962. Esta prosperidad otorgó a los bancos una nueva oportunidad para incrementar su capital.  La recesión de los sesenta fue una política estatal intencionada y se la considera como el punto de inflexión que consolidó la concentración de la actividad económica en grandes grupos empresariales, así como su polarización con respecto a las PYMES, siendo particularmente intenso desde 1967 a 1973 (Bichler, 1973). Ello explica el incremento de empresas con más de 300 trabajadores en esta misma época, que pasó de sumar 72 en 1964-1965 a 164 en 1983-85. La aportación del crédito bancario a grandes empresas también creció fuertemente en este periodo pasando del 82 % en 1960 al 91 % en 1972. Igualmente, la contribución de las grandes empresas al total de la producción industrial creció de un 73 % en 1969 a 81% en 1972. Las medidas de recuperación de la recesión 509 incluyeron también fusiones y adquisiciones de la que empezaron a surgir los grandes grupos empresariales. (Aharoni, 1991 y Heth, 1994) En definitiva, factores económicos como el cierre de muchos negocios y empresas tras la recesión de los sesenta, la hiperinflación de finales de los setenta o la crisis de mediados de los ochenta, así como el rápido crecimiento de los noventa también contribuyeron en buena medida a la tendencia hacia la concentración económica en grandes conglomerados. Continuando con los factores políticos, Maman parte de la base de que, en el caso de Israel, tanto las instituciones estatales como los grandes grupos de negocio se han convertido en los principales actores de su estructura político-económica. El Estado, al que considera el actor más importante, está compuesto a su vez de múltiples organizaciones, instituciones burocráticas y empresas económicas que funcionan como redes de poder político, con conexiones entre burócratas, gestores económicos y responsables políticos. Maman señala tres factores que han llevado al gran protagonismo del Estado en la economía de Israel durante la década de 1950 y comienzos de 1960 y que se encuentran relacionadas con esa red que conecta a gestores públicos y privados con los fondos estatales disponibles: 1. Las organizaciones estatales han estado implicadas en la gestión de la economía de forma más intensa de lo que ocurre en la mayoría de las democracias occidentales. El dominio de las organizaciones estatales en la economía ha implicado, según Maman, que muchas veces han sido consideraciones políticas las que han dictado la actividad económica. El autor, además, atribuye esta estrecha intervención del Estado en la economía como uno de los principales factores para la emergencia de los grandes grupos de negocio. 2. El Estado de Israel ha contado con un vasto elenco de recursos de capital provenientes del exterior, ya sea en forma de donaciones de la diáspora, de ayuda económica-militar, o de reparaciones. Esta acumulación de capital provocó que las grandes empresas empezaran a adquirir otras empresas, hasta formar grandes grupos. 3. El reto de mantener una estructura social democrática en un contexto de conflicto militar perpetuo junto con la necesidad de absorber periódicas olas migratorias han conducido a una excesiva concentración de poder y de recursos en manos del Estado (Ben-Porath,1986, pág. 233-258) Estos hechos derivaron en una acumulación de capital significativa en manos de grandes empresas que utilizaron este capital para comprar a otras empresas. Dentro de estas, el 510 sector financiero también terminó de consolidarse a mediados de los 50 y también sufrió un proceso de concentración en detrimento de otras organizaciones de crédito cooperativistas que pasaron de ser 95 en 1954 a ser 29 en 1960, llegando a integrarse muchas de ellas dentro de grandes bancos comerciales como Leumi, Discount o Hapoalim. Como señala Meir Heth (1994, p. 52), a consecuencia de estas fusiones, hacia 1961, los tres grandes bancos controlaban dos tercios del sector financiero de Israel. Particularmente significativo fue el crecimiento del banco Hapoalim, que en 1956-57 creció un 48%, sus acciones 200% y el número de sucursales pasó de 19 a 82 (Maman, 1998, pág. 95). El éxito de la industria militar a partir de finales de los 60, contribuyó también, junto con las políticas de desarrollo estatales, a la polarización de la economía y a la hegemonía de los grandes grupos de negocio. La guerra de 1967 fue el acontecimiento decisivo que marcó esta nueva dirección, probando con ello la tesis de Mann de que el poder militar también es productivo (keynesianismo militar) y no sólo sangra los recursos del Estado. Como consecuencia de esa guerra y de la carrera armamentística en Oriente Medio, se produjo un incremento sustancial del presupuesto de defensa en Israel y el embargo de armas decretado por Francia, fomentó la doctrina de la autosuficiencia y de la necesidad de impulsar el desarrollo de la industria militar israelí.  Con ello se produjo no sólo la nacionalización del poder militar, sino también de la I+D+i asociada a la tecnología de la defensa. Esta doctrina defendía que el aprovisionamiento de armas y municiones debía efectuarse por los productores locales. Así fue como, a partir de 1967, la industria de defensa de Israel se convirtió en la industria central del país. Maman señala que, a principios de los 80 ya ocupaba el 25 % de la mano de obra industrial (mientras que en 1955 esa cifra apenas representaba el 3,7%); el 28% de las exportaciones eran productos derivados de esta industria (13 % en 1972). En 1984, la mayoría de la I+D en Israel (65%) provenía del sector de la defensa, en contraste con el 13 % de la industria civil y más del 50% de ingenieros y científicos tenían empleos en este sector, de los que aproximadamente un 25 o 30% efectuaban I+D. (Maman, 1998, pág. 95). Muchas de las empresas del sector de la defensa son grandes holdings con posiciones estratégicas dentro de los grandes grupos de negocio y muchas de ellas están participadas o las posee enteramente el Estado. Por ejemplo, como ya hemos referido anteriormente, el Estado de Israel es dueño de la Israel Aircraft Industries, the Israeli Military Industry (Taas) y de la Armament Development Authority (Rafael). El grupo Koor posee empresas como Tadiran, Soltam y Telrad; el grupo I.D.B. es dueño de Elbit e Iscar Ballads; y el 511 grupo Clal posee Urdan Industries y Vulcan Industries. Mintz (1985, pág. 9-28) señalaba en un estudio sobre el grupo Koor, referido por Maman, que hacía 1982, el 50% de los empleados del grupo (de un total de 34.500) trabajaban en industrias relacionadas con la defensa; el 17 % de sus ventas locales se producían en el ámbito de la defensa y un 20 % de las exportaciones tenían su origen en la misma industria. Todo ello lleva a los diversos autores y economistas a afirmar que, desde mediados de los 60 y a partir de la guerra de 1973 la industria de defensa se convirtió en el gran motor de la economía israelí.  Sin embargo, las corporaciones de la industria de defensa dependen en gran medida de los presupuestos de defensa del Estado, convirtiéndose el gasto público en defensa en el factor clave para el fomento de la prosperidad y la hegemonía de los grandes grupos de negocio en Israel.  Esta enorme dependencia tiene una doble dimensión, ya que, en los años 80, fue la principal responsable de la crisis económica que afectó a estos grandes grupos, lo cual tuvo su fiel reflejo en el plan de estabilización de 1985 para reducir la inflación y retornar la economía hacia comportamientos más predecibles.  Una de las medidas adoptadas en este plan fue un recorte sustancial en el presupuesto de defensa. Estos recortes a nivel nacional, junto con una crisis profunda en el mercado exterior de la defensa, arrastraron a la industria y a algunos de los grandes grupos de negocio - señaladamente el grupo Koor- hacia una crisis económica profunda y sin precedentes.  La posición central de los grandes grupos empresariales en la economía se mantuvo y creció incluso durante los años de mayor inflación (1974-1984), la llamada "década perdida de la economía israelí ", convirtiéndose para ellos en la "década dorada", en la que los dos únicos sectores que continuaron creciendo fueron el sector de la defensa y el financiero.  El sesgo militar de los grandes grupos empresariales fue el principal responsable de la expansión durante estos años de hiperinflación, produciendo unos beneficios netos considerables a estos grupos. La militarización de las grandes empresas y la dependencia del presupuesto de defensa se convirtieron en características esenciales de desarrollo y la expansión económica en Israel, pudiendo observarse en el siguiente cuadro esa diferencia entre el gasto en defensa (la línea de abajo) y la producción (la línea de arriba) (Bichler y Nitzan, 1996 pag. 56 - 57) 512 Tabla 5.3. La economía de guerra de Israel189 La elevada inflación ayudó a los grandes grupos a consolidar su posición en la economía ya que la hiperinflación permite a las empresas obtener grandes beneficios mediante la manipulación financiera, saliendo particularmente beneficiado el sector bancario. Hacia 1980, su contribución al PIB era del 50% más que en 1975 y los beneficios netos colectivos de los tres grandes bancos aumentaron cuatro veces en términos reales durante el mismo período.  (Shalev, 1992) Esta estructura basada en grandes grupos empresariales o holdings no se correspondía con la imagen ideal ni con los objetivos iniciales de las elites estatales laboristas. Tanto los líderes políticos como los grandes burócratas favorecieron una estructura dispersa y pluralista de la economía y emprendieron acciones para conseguirla. Por ejemplo, a finales de los 50, la élite política estatal junto con los líderes de Mapai en el Histadrut dividieron el conglomerado Solel Boneth para hacerlo más participativo y evitar una excesiva acumulación empresarial. A principios de los 70, el ministro de economía Pinjas Sapir, lanzó la iniciativa de crear un nuevo banco, el “First International Bank” con el fin de fomentar la competitividad en el sector financiero e impedir la concentración. Sin 189189 Bichler y Nitzan, 1996 pag. 56 513 embargo, las medidas que estos mismos líderes tomaron con respecto a la devaluación de la moneda y la recesión en los sesenta provocaron la concentración de las entidades financieras, siendo este el punto de inflexión más importante para el tránsito de una economía centralizada a una dual marcada por la coexistencia de grandes grupos de negocio a un extremo del sistema económico, y pequeñas y medianas empresas de carácter privado, al otro. En conclusión, las relaciones entre el poder político, el poder militar y el poder económico-financiero han sido las decisivas a la hora de marcar la cristalización económica de Israel, caracterizada por la toma de decisiones racionales efectuadas desde el poder político, pero con consecuencias imprevistas debido a las opciones que, para hacer frente a las medidas impuestas, tomaron los principales protagonistas del poder económico, que optaron por fusionarse y formar grandes conglomerados en torno a las principales instituciones financieras del país. El poder ideológico en este sentido ha tenido un papel menos relevante, puesto que, llegado el caso, el poder económico ha sido capaz de romper con los límites de sus estructuras. Sí ha tenido peso, sin embargo, para el protagonismo y la centralidad de la industria militar, en la que la necesidad de la defensa y la construcción de una identidad nacional basada en la misma ha contribuido a privilegiar a esta industria lo que, unido a la perpetuidad del conflicto, la ha convertido en el poder clave del país, en torno al cual se estructuran muchas de sus instituciones y sobre la que se basa buena parte de su prosperidad económica. Asimismo, el poder ideológico también ha tenido peso a la hora de facilitar la acumulación de capital proveniente de la diáspora, ya que el apoyo financiero al único Estado judío del mundo ha contribuido grandemente a su prosperidad. Por último, las estructuras geopolíticas también han contribuido a su evolución económica, facilitando la recepción de ayuda financiera exterior, convirtiendo a Israel en el mayor receptor de ayuda militar de Estados Unidos a cambio de su papel de contención del nacionalismo árabe o del terrorismo yihadista. El impacto que la guerra ha tenido sobre la economía de Israel puede verse perfectamente reflejado en esta gráfica del Banco Mundial: 514 Tabla 5.4. Banco Mundial: Crecimiento del PIB anual190 Este gráfico muestra cómo las guerras en Israel han hecho crecer su PIB desde 1967. Si observamos la evolución de la línea del PIB, vemos que se producen grandes picos coincidiendo con episodios bélicos, siendo los más significativos el de 1967 y 1973, precisamente el momento de mayor transformación socioeconómica que ha sufrido Israel hasta la década de los noventa. La existencia de una estrecha relación e interdependencia entre su complejo militar- industrial, su economía y su estructura política indica que un cambio en el complejo militar-industrial, en su sistema de innovación y desarrollo económico, alteraría significativamente estas otras estructuras y viceversa. Basándonos en estudios empíricos de Lissak y en los análisis de Mintz y de Maman podríamos afirmar que, en el caso de Israel, existe una convergencia de intereses entre las élites políticas, industriales y militares con respecto a la expansión de la economía de la defensa, la fabricación y la exportación, independientemente de que su origen sea ideológico o no. Los principales responsables del complejo militar-industrial israelí no lo perciben únicamente como una 190World Bank national accounts data, and OECD National Accounts data files. License : CC BY-4.0 Recuperado de: https://data.worldbank.org/indicator/NY.GDP.MKTP.KD.ZG?locations=IL 515 cuestión de “misión nacional” sino también en términos de intereses económicos por parte de las corporaciones y sus directores (Mintz, 1985, pág. 631). Es decir, no es que el Estado posea un complejo militar-industrial, sino que, podríamos afirmar de manera algo radical, que el Estado israelí y su sociedad, en la que la seguridad es consensual y forma el epicentro de su identidad colectiva, forman en sí un complejo militar-industrial. 6.5. La cuarta etapa: el Altalena y la “mamlachtiut" La cuarta etapa durará desde el 11 de junio al 9 de julio coincidiendo con la proclamación de la primera tregua pactada gracias a la intermediación de Naciones Unidas y con la famosa batalla de los 10 días, dirigida contra la Legión árabe jordana por el control sobre Jerusalén y lo que se conoció como el camino de Burma. Cuando la tregua fue proclamada Jordania ya se había hecho con el control del área situada entre Yenín y Hebrón, incluyendo dentro de ella a la Jerusalén oriental y a la ciudad vieja. Durante este tiempo, Gran Bretaña inició una campaña en el Consejo de Seguridad para pactar una tregua, a la vez que impuso un embargo sobre la venta de armas a todas las partes en conflicto. Siguiendo las directrices británicas, las Naciones Unidas nombró el 21 de mayo a un mediador, el conde Folke Bernardotte, confiándole dos misiones: lograr y supervisar un alto el fuego y buscar las bases para una solución pacífica al conflicto. En sus esfuerzos el conde Bernardotte contó con la asistencia personal del diplomático estadounidense, Ralph Bunche. Tras llegar a El Cairo el 28 de mayo, logró acordar una fecha para el inicio de la tregua, el viernes 11 de junio. Se pactó que la tregua duraría 4 semanas, concluyendo el 9 de julio. Ambas partes en conflicto aprovecharon esta tregua para reorganizar sus fuerzas y rearmarse. Relacionado con la cuestión del rearme se sitúa uno de los episodios más relevantes de la guerra relacionados con la construcción en paralelo del poder nacional y que llevó al revisionismo y al laborismo al borde de un enfrentamiento civil. Se trata del famoso episodio del hundimiento del buque Altalena. Aunque el episodio haya tenido una lectura en clave interna, sus implicaciones geopolíticas son significativas, puesto que está relacionada con la rivalidad entre Francia e Inglaterra por ejercer control e influencia en la región aún después de la finalización del Mandato. Como recoge Barr (2011, págs. 505-506), a pesar del embargo de armas impuesto por Estados Unidos a todas las partes en conflicto en diciembre de 1947, tanto Gran Bretaña como Francia, consiguieron burlarlo. Gran Bretaña armando a Abdalá de Jordania y Francia armando al Irgún, ya que su proyecto de Estado judío a ambas orillas del Jordán era el más efectivo 516 para minar la capacidad de control británica en la región. Coincidiendo con el debate en el Consejo de Seguridad sobre la finalización del Plan de Partición y la propuesta francesa de organizar un fideicomiso internacional, el 25 de marzo de 1948, Shmuel Ariel, el representante del Irgún en París envió al gobierno un documento requiriendo la ayuda francesa para armar a dos brigadas del Irgún y proveer de una base en territorio francés a una de ellas, hasta que fueran llamadas a filas tras el 14 de mayo. El Irgún intentó así un reacercamiento a Francia después de que esta hubiera requisado el 5 de marzo un cargamento de armas en un puerto de Marsella y hubiera detenido a los traficantes, en su mayoría miembros del Irgún. Lo que hizo cambiar de opinión a Francia fue recibir noticias, a través de su representante en Palestina, René de Lacharrière, de que Gran Bretaña estaba armando a Abdalá, de que el Irgún, que en ese momento era una fuerza decisiva en Palestina, tomaría el boicot francés como un signo de hostilidad en un momento en que contar con armas era cuestión de vida o muerte y, sobre todo que, hasta entonces, las actividades del Irgún, habían beneficiado indirectamente a Francia. En ese momento, el principal rival con el que había que contar para contrarrestar los planes de Abdalá de construir una gran Siria respaldado por Inglaterra era el Irgún y su proyecto de fundar un Estado judío a ambos lados del Jordán. Fue así como, a finales de mayo, el ministro de Asuntos Exteriores francés firmó un acuerdo secreto con el Irgún, mediante el cual, Francia financiaría con 153 millones de francos al Irgún, a cambio de garantizar su influencia en el nuevo Estado judío. Las armas francesas fueron embarcadas en Port- de- Bouc a bordo de un buque de carga llamado Altalena, capitaneado por un judío veterano de la guerra del Pacífico, Monroe Fein, a principios de junio. En el buque viajaban, además, cerca de un millar de efectivos dispuestos a integrarse en las brigadas que el Irgún había organizado en Palestina. Al recibir las noticias sobre la salida del buque el 11 de junio, el mismo día del inicio de la tregua, el gobierno provisional demandó que, a su llegada, las armas fueran puestas inmediatamente al servicio del gobierno y de las recién creadas Fuerzas de Defensa de Israel y que sus efectivos fueran integrados a filas, no como milicias del Irgún, sino como combatientes del Tzahal. El buque llegó finalmente el 20 de junio a la playa de Kfar Vitkin, un lugar más discreto que Tel Aviv para burlar la supervisión de la tregua impuesta por la ONU. Ante la petición de Ben- Gurión, Beguín respondió con condiciones: en primer lugar, que el 20% de las armas fueran destinadas a armar al batallón del Irgún que estaba desplegado en esos momentos en el frente de Jerusalén y que luchaba de manera independiente; y en segundo lugar, que el resto de las armas fuera destinada a equipar a las unidades del Irgún que acababan de 517 incorporarse a las recientemente creadas Fuerzas de Defensa de Israel. Esta última petición fue rechazada de pleno por Ben-Gurión, que no estaba dispuesto a reforzar la existencia de un ejército dentro de otro ejército. Tras desembarcar las armas en Kfar Vitkin, Ben-Gurión exigió a Beguín que las pusiera de inmediato a disposición del gobierno provisional y el envió un ultimátum al que debía responder en 10 minutos advirtiéndole de que, si no lo hacía, tenían todas las vías de comunicación cercanas a Kfar Vitkin interceptadas y que darían orden de disparar si fuera necesario. Beguín nunca respondió a este ultimátum y finalmente comenzó un intercambio de fuego entre miembros del Irgún apostados en el barco y en la orilla y miembros de las Fuerzas de Defensa de Israel. Mientras tanto, Beguín consiguió abordar el buque y, una vez a bordo, dio orden para que este se dirigiera a las playas de Tel Aviv, donde había convocado a varios cientos de sus seguidores, entre ellos combatientes que sólo unas semanas antes se habían unido a las fuerzas del Tzahal. La operación parecía un golpe de Estado en toda regla. A medida que el barco se aproximaba a la costa las corvetas de la marina israelí comenzaron a disparar y la artillería del Tzahal y efectivos del Palmaj comandados por Yitzhak Rabin, abrieron fuego resultando 16 miembros del Irgún y 3 miembros el Palmaj muertos. Rabin escribió en sus memorias que el Palmaj respondió a los disparos dirigidos contra sus cuarteles que provenían tanto del barco, como de las milicias del Irgún que Beguín había apostado en la orilla de Tel Aviv. En su diario relata cómo un combatiente del Irgún le increpó preguntando ¿por qué estáis disparando a judíos? A lo que él le respondió “cuando los judíos dejen de dispararnos, nosotros dejaremos de disparar a los judíos”, sintiéndose en paz con la orden dada por Ben-Gurión (Oren, 2011). A pesar de las órdenes, muchos soldados se negaron a disparar, alegando que no habían llegado hasta allí para matar a otros judíos. La batalla se extendió a la orilla de Tel Aviv y la ciudad se convirtió durante un día en un campo de combate entre fuerzas del Irgún y fuerzas del Ejército israelí, hasta que, finalmente, se pactó una tregua el 22 de junio por la tarde. Inmediatamente después, se produjeron detenciones masivas de los soldados del Irgún que habían abandonado sus unidades para luchar junto a sus correligionarios en las playas de Tel Aviv, las unidades del Irgún dentro del Tzahal fueron disueltas y sus miembros dispersados en distintas unidades. A partir de entonces, todos los soldados jurarían lealtad al Estado de Israel. Además de contener la insurrección del Irgún, la elección del Palmaj para realizar la operación responde también a un intento de Ben-Gurión de poner bajo su autoridad a su principal rival, el Mapam, partido al que pertenecían muchos de los miembros y líderes 518 de la unidad de choque. No hay que olvidar, que en las primeras elecciones celebradas en Israel en 1949 el Mapam se convirtió en la segunda fuerza política más votada, seguida del Herut y del Frente Religioso, por lo que era necesario enviar un mensaje a los rivales que podían disputarle su hegemonía de que la razón de Estado que prevalecería a partir de entonces sería la idea del “mamlachtiut" término en hebreo que denota la cualidad de actuar de manera soberana, que ha pasado luego a los libros de historia de Israel como “algo que se emplea cuando la nación atraviesa momentos de crisis que requieren de individuos y facciones la capacidad de trascender lealtades partidistas”191 (Romirowsky, 2019). Con la sumisión del Irgún y de Beguín a la autoridad del nuevo gobierno, Ben- Gurión quiso en realidad prevenir que el Irgún saliera fortalecido de la guerra y tratara de imponer su visión territorial, lo que hubiera puesto en peligro al joven Estado, ya que Inglaterra (y probablemente Estados Unidos) hubieran entrado inmediatamente en el conflicto en defensa de la integridad territorial de Jordania, respaldados, además, por la legalidad internacional. La eliminación de la disidencia es un acto de soberanía propio de Estados que surgen de procesos revolucionarios y, en este sentido, Israel no fue una excepción. Lo que no siempre ocurre, pero Israel si hizo, fue la institucionalización de la misma dentro del Estado. En cualquier caso, mientras que Naciones Unidas creaba la Organización de Supervisión de la Tregua y el conde Bernardotte intentaba desde Rodas proponer un nuevo plan basándose en la anexión de parte del territorio árabe-palestino a Transjordania, así como el Neguev, Jerusalén y otros territorios del sur, el Tzahal aprovecho para rearmarse con el excedente de armas que había quedado disponible tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial, suministrado por la fábrica Skoda en Checoslovaquia. La propuesta, firmada y presentada el 27 de junio estuvo en realidad influida por los intereses británicos en la región ya que, además de las anexiones territoriales de Transjordania, contemplaba que el puerto de Haifa y la sección final del oleoducto, así como el aeropuerto de Lydda, tendrían la categoría de “zonas libres”. La oferta de Bernardotte fue rechazada más o menos directamente por ambas partes y lo único que consiguió fue el compromiso de crear una zona desmilitarizada en el Monte Scopus, que abarcaba la zona de la Universidad Hebrea, el hospital Hadassah y el hospital Auguste Victoria. Bernardotte retiró a sus observadores el 8 de julio y el 9 concluyó oficialmente la tregua. 191 Traducción propia 519 La peor parte de este periodo la sufrió la ciudad de Jerusalén por la falta de abastecimiento y provisiones, incluso agua, debido al bloqueo árabe gracias a su control del enclave de Latrun que dominaba la carretera que unía Tel Aviv y Jerusalén. Debido a ello, la estrategia fue utilizar un camino alternativo, que se convirtió en la famosa “carretera de Burma” que, en buena medida, salvó a la población judía de Jerusalén que ya estaba comenzando a abandonar la ciudad. No obstante, el objetivo de conquistar Latrun permaneció en los planes estratégicos del Tzahal y, sirviendo a este motivo lanzaron la “Operación Dani”, en honor a su comandante, Dani Mass, con el propósito de asegurar el control de las ciudades estratégicas de Lydda y Ramla, que podían amenazar Tel Aviv, y de intentar hacerse con el control de Latrun y continuar hasta el norte hacia Ramala, desde donde también se podrían aproximar hacia Jerusalén. Moshe Dayan consiguió conquistar Lydda y dos días después, el 12 de julio, se conquistó Ramle, forzando el éxodo masivo de su población árabe a territorio jordano. La conquista judía de Lydda provocó una renovada agitación en el Consejo de Seguridad y se empezó a discutir, bajo presión británica, la posibilidad de imponer una segunda tregua. Tras cinco intentos fallidos, el plan de conquistar Latrun y Ramala, bajo control de la legión jordana, tuvo que posponerse hasta después de la segunda tregua. La estrategia alternativa fue la de ir conquistando pueblos pequeños al sur de la carretera Latrun-Jerusalén, así como otros cercanos al noreste de Petah Tikva que le darían el control del río Yarkon, que abastecía de agua a Jerusalén. Sin embargo, el intento de conquistar la ciudad tuvo lugar durante 10 días que comenzaron poco antes de finalizar la primera tregua en el marco de la operación Kedem. El fracaso en avanzar más allá del monte Herzl y llegar a la ciudad vieja pospuso la operación hasta después de la segunda tregua, iniciada el 18 de julio. Mientras tanto, en el frente norte y dentro de la operación Brosh, los israelíes intentaron sin éxito reconquistar el paso de Mishmar HaYarden, que los sirios habían capturado previamente. El paso permanecería en manos sirias hasta la firma de los armisticios, momento en el que fue devuelto a Israel para convertirse en una zona desmilitarizada. Los iraquíes, por su lado, se apostaron en Jenin impidiendo el avance israelí que tuvo que retirarse a unas líneas defensivas más alejadas de la ciudad, convirtiéndose esta en la frontera hasta la firma de los armisticios. Qawuqji, por su parte, lanzó una importante ofensiva para conseguir conquistar el asentamiento de Sejerah desde el cual se controlaba la carretera que unía el triángulo de Nazaret-Eilabum-Maghar, conectando Nazareth con el resto de los pueblos árabes de la Galilea. La operación Dekel, por su parte, también intentó durante estos 10 días hacerse 520 con el control de pueblos árabes situados en la parte más elevada de la cadena montañosa que divide la Galilea de la costa, a fin de ganar una mayor capacidad defensiva. La operación fue la de mayor éxito durante estos diez días, en buena parte, gracias a la cooperación con los drusos, por lo cual sus poblaciones no sufrieron daño. El 16 de Julio los israelíes lograron conquistar la ciudad de Nazaret y nombrar un gobernador militar provisional. Los pueblos árabes cercanos también se rindieron, estableciéndose una línea fronteriza a lo largo de la vega de Beit Nefutah, al norte de la cual se situaron las fuerzas árabes que también se habían retirado de Sejerah. La operación Shoter (policía), por su parte, se llevó a cabo en la zona drusa del Monte Carmelo, cercano a Haifa. Los pueblos drusos habían hecho un acuerdo con las autoridades israelíes por lo que no fueron atacados, no así con algunos pueblos árabes que opusieron resistencia atacando la carretera Tel Aviv-Haifa y que formaron un pequeño triángulo que finalmente fue conquistado por Israel produciendo la evacuación de la ciudad (enmascarada como una operación policial de mantenimiento del orden porque se efectuó a comienzos de la segunda tregua) y una nueva ola de refugiados que se dirigieron a Wadi ‘Ara y de allí a Jordania o incluso a Irak, donde fueron asistidos por las tropas iraquíes. Por último, el frente sur y el desierto del Neguev, supuso el frente más duro para los israelíes durante estos diez días de interludio entre la primera y la segunda tregua, ya que los egipcios tomaron la iniciativa comenzando los ataques un día antes del final de la tregua, sin dar tiempo a los israelíes a lanzar sus planes de conquista dentro de la operación An-Far (Anti-Faruk). Los egipcios se hicieron con el control de puestos judíos situados en las inmediaciones de la carretera del interior del Neguev con la intersección Majdal-Bait-Jebrin, aislando y cortando el Neguev del territorio controlado por Israel. A pesar de los contraataques del Tzahal en Kfar Darom y Be’erot Yitzhak y de la puesta en marcha de la operación Mavet LaPolesh (Muerte al Invasor), los israelíes no fueron capaces aún de romper el aislamiento al que los judíos habían sometido al Neguev. Sin embargo, la importancia de este acuerdo estratégico para el desarrollo de la guerra ha sido puesto en duda por historiadores como Avraham Sela (1992), que argumentan que la fragmentación del teatro de operaciones árabe era tan compleja que resulta cuestionable el establecimiento de una alianza inquebrantable entre Jordania y los líderes sionistas respaldado por Gran Bretaña, cuestionando con ello el mito de la “connivencia sionista- jordana”. Para un análisis más acertado, resulta inevitable examinar la guerra dentro del conjunto de relaciones regionales árabes, así como la interferencia de las fuerzas árabes irregulares, que pocos historiadores mencionan como un actor relevante en esta guerra. 521 Además, tampoco hay que olvidar la implicación de Francia que, desde el final de la guerra en 1945, había sido uno de los mayores apoyos de la causa sionista en la región en su táctica de rivalidad hacia Inglaterra. (Barr, 2011 pág. 431-32). A riesgo de que la intervención de Francia en apoyo a los sionistas por su rivalidad con Inglaterra pueda verse como una interpretación demasiado colonialista de los resultados de 1948, merece la pena detenerse brevemente en este análisis, puesto que trataremos de demostrar cómo el resultado de la guerra no fue en absoluto el producto de una decisión racional de costes- beneficios entre el sionismo y Jordania, sino que en los resultados de la misma influyeron múltiples factores y causalidades que hicieron de esta guerra, no sólo un producto del colonialismo, sino un producto de la guerra en sí y de las disputas que en torno a ella surgieron entre los distintos actores que participaron. La guerra llegó a enfrentar a ambos bandos por el control sobre Jerusalén en la “batalla de los diez días” que transcurrió desde el 9 al 18 de julio de 1948, y que concluiría con la división de la ciudad y la firma del Acuerdo de Rodas en marzo de 1949. La idea de que la partición de Palestina que surgió tras la firma del armisticio con Jordania fue la consecuencia de un acuerdo previo sobre el cual la evolución de la guerra no tuvo ningún impacto, favorece aquellas tesis que mantienen la naturaleza colonialista de la empresa sionista. Sin embargo, hay que tener también en cuenta las limitaciones provenientes de las estructuras políticas internacionales y regionales que influyeron sobre el proceso de toma de decisiones. La idea de que las fuerzas sionistas se encontraban en una posición de superioridad una vez superada la amenaza existencial tras consolidar el control del aprovisionamiento de la Jerusalén judía mediante la “carretera de Burma” y de que podían haber continuado con la ofensiva capturando toda la ciudad y el triángulo árabe Nablús- Jenin-Tulkarem, de no haber sido por el acuerdo tácito que existía con el Rey Abdalá, se basa en un análisis demasiado racional de oportunidades y costes. La intervención de las grandes potencias y de las Naciones Unidas, sobre cuya legitimidad se basaba la existencia del Estado judío, tuvieron también un peso en esta decisión, particularmente por las presiones recibidas durante la segunda tregua, en vigor desde el 18 de julio (la primera, orquestada por el Conde Bernardotte, había estado en vigor desde el 21 de mayo al 9 de julio). El apoyo británico al rey Abdalá, a quien veían como la última alternativa para mantener cierto control sobre Oriente Medio y el Canal, junto con el respaldo estadounidense al plan Bernardotte, que abogaba por el retorno de los refugiados palestinos y el establecimiento de un Neguev árabe, tuvieron un peso decisivo. Ello explica la opción por concentrarse en el control del Neguev, bajo dominio egipcio, 522 mientras mantenían el estatus quo en Jerusalén y el triángulo de Cisjordania, bajo la convicción de que la toma de Jerusalén por parte judía hubiera implicado la inmediata intervención de las potencias internacionales. Las elecciones a la Casa Blanca en octubre de 1948 también tuvieron su efecto. Ello prueba la capacidad del Estado de influir en las estructuras internacionales. 6.6. La quinta etapa: la Línea Verde La quinta etapa está marcada por la entrada en vigor de la segunda tregua impuesta por Naciones Unidas el 18 de julio y concluirá el 7 de enero de 1949 y se caracteriza por ser una etapa eminentemente ofensiva para Israel. A diferencia de las etapas anteriores, en las que se luchaba en dos o tres frentes simultáneamente, en esta etapa se van escogiendo frentes uno por uno y es siempre Israel el iniciador, violando la tregua sistemáticamente. La diferencia entre la primera y la segunda tregua es que la primera tenía una finalización concreta, de cuatro semanas, mientras que, en la segunda, la propuesta de Bernardotte fue extenderla por otras cuatro semanas, cuestión a la que los árabes se negaron. El Consejo de Seguridad decidió entonces extenderla sine die y sancionar a los que violaran los términos de la misma, solicitando a Bernardotte que lanzara una nueva propuesta de mediación, aunque los términos de partido fueron similares a su propuesta anterior, sin tener en cuenta los términos de la partición de la Resolución 181. El 16 de septiembre, Bernardotte presentó su propuesta y nuevo informe de situación a la Secretaría General de Naciones Unidas, incluyendo esta vez un mandato internacional sobre Jerusalén y, de nuevo, que el Neguev fuera anexionado por Jordania. Al día siguiente, fue asesinado a tiros mientras circulaba por Jerusalén en su coche por efectivos de Lehi, el grupo secesionista del Irgún. A pesar de que las autoridades militares que en ese momento, ejercían su autoridad en la Jerusalén judía iniciaron una investigación, los culpables nunca fueron detenidos y las unidades de Lehi y del Irgún que operaban por su cuenta en la ciudad fueron definitivamente incorporadas a la estructura del Tzahal. La ofensiva israelí en esta etapa comenzó en el frente sur, dentro de la Operación Yoav, la mayor desplegada hasta el momento, justificada por la negativa egipcia a dejar pasar a convoyes israelíes durante la tregua para aliviar la situación de los asentamientos judíos que habían quedado aislados en el Neguev. En realidad, lo que los israelíes pretendían era romper su aislamiento y volver a unirlo con su territorio mediante un corredor, así como, si la ocasión se presentaba, expulsar a los egipcios del desierto definitivamente. El 523 15 de octubre comenzó la ofensiva, que contó con efectivos del Tzahal provenientes de todas las regiones del territorio con apoyo aéreo. El Tzahal finalmente logró atacar con éxito el puesto de Huleiqat, rompiendo el aislamiento y abriendo una ruta hacia el Neguev, y dejando a los egipcios al este del mismo aislados del resto de sus fuerzas. El 20 de octubre consiguieron por fin tomar la ciudad de Beersheba gracias a la apertura de las nuevas rutas. Antes de la conclusión de la operación Yoav, otra nueva operación llamada El-Hahar (Hacia la montaña) fue lanzada para la conquista de pueblos árabes al sur de la vía férrea Lydda-Jerusalén hasta detenerse a apenas 10 Km. de Belén, pero la presión de Naciones Unidas concluyó con un alto el fuego el 22 de octubre. Sin embargo, el corredor de separación de Majdal-Bait Jebrin que los israelíes habían conseguido dividir en dos, formó lo que se conoció como “Bolsillo de Faluja”, que dejó a un batallón egipcio completamente aislado en esta ciudad. La franja de pueblos que unía Isdud con Bait Hanun también fue evacuada de su población árabe, completando la ofensiva hacia el 28 de octubre. Inmediatamente después, entre el 29 y el 31 de octubre, se lanzó la Operación Hiram sobre Galilea, con el fin de derrotar a las fuerzas voluntarias de Qawuqji que aún resistían al norte de la vega de Beit Netufah y que iniciaron una ofensiva contra el asentamiento judío de Manarah, dando a Israel el pretexto que necesitaba para romper la tregua. La operación duró apenas 60 horas, después de trasladar a 4 brigadas del Tzahal al norte con el fin de rodear a las fuerzas de Qawuqji y crear una línea defensiva estable en el norte. El ataque fue un éxito y las fuerzas voluntarias fueron obligadas a retirarse por un camino de tierra hacia Líbano, en la que se transformó en la “carretera de Qawuqji” dejando tras de sí buena parte de su equipamiento pesado no apto para atravesar ese camino. Con ello se completó el control israelí de toda la Galilea, que llegó a ocupar varios pueblos del sur del Líbano, concluyendo con el armisticio firmado con Líbano y Siria. Con respecto a Jerusalén, la noche del 17 al 18 de agosto, fuerzas de los Hermanos Musulmanes trataron de entrar en una zona desmilitarizada cerca de la antigua Government House británica, con el fin de romper el cerco que los separaba de las fuerzas egipcias que habían quedado aisladas en el Neguev. La operación no tuvo éxito y la vía del tren a Jerusalén sirvió de frontera hasta la firma del armisticio con Egipto, momento en el cual se permitió a las fuerzas de los Hermanos Musulmanes volver a su país de origen. 524 6.6.1. La batalla contra Egipto y la conquista de la Península del Sinaí: el nacimiento del panarabismo como política de Estado y la configuración del sistema de relaciones estatales de la Guerra Fría. Los israelíes, en el sur, decidieron una vez más intentar la conquista de la estación de policía de Iraq Suweidan, el “monstruo de la colina”, al oeste del “bolsillo de Faluja” concluyendo con éxito la operación el 9 de noviembre. Según Ben-Arieh (2020, pág. 668) esta derrota egipcia sembró la semilla para el golpe de Estado de los Oficiales Libres en 1952, ya que el oficial jefe de operaciones del batallón egipcio sitiado en Al-Faluja era Gamal Abdel Nasser. En Palestina pudo ser testigo de la falta de preparación del ejército egipcio, convirtiéndose, junto con el resto de los combatientes, en héroes nacionales que habían resistido aislados, hasta el último momento, por la defensa de Al-Faluja. Posteriormente, sería el oficial del ejército enviado por Egipto a negociar el armisticio de Rodas, en febrero de 1949, cuyos términos tildó como una humillación, al haber cedido a Israel el control sobre el golfo de Áqaba. El cálido recibimiento que sintieron por parte del pueblo egipcio a su vuelta de la guerra contrastaba con la indiferencia que recibieron por parte del gobierno, indiferencia impuesta por los británicos, lo que terminó de convencerle de que era necesario forzar un cambio de gobierno. Además, la victoria del golpe de Estado del jefe Mayor del Ejército sirio, el general kurdo Husni al-Za'im, frente a la frágil democracia parlamentaria siria que había perdido la guerra frente a Israel, terminó de animarle a iniciar un movimiento semejante en Egipto. Además de la operación Yoav, otras dos operaciones, Lot y Assaf, esta última contra el ejército egipcio apostado en Gaza, terminaron de preparar el terreno para la operación definitiva, la Operación Horev. El 19 de octubre el Consejo de Seguridad impuso un alto el fuego en el Neguev mientras se discutía los términos presentados en la segunda propuesta de Bernardotte (que ahora lideraba su asistente Bunche), que, como se ha señalado, contemplaban el control árabe sobre el desierto. La situación era peligrosa puesto que, aunque la mayoría de las grandes potencias había reconocido a Israel, sus fronteras no habían sido reconocidas. Puesto que los egipcios no habían aceptado el alto el fuego impuesto por Naciones unidas, el 22 de diciembre Israel lanzó su ofensiva sobre Gaza, siendo muy costosa en términos de vidas. Tras la conquista de Nitzanah, el ejército israelí pudo penetrar en la Península del Sinaí donde atacaron las bases de Bir al-Hama y El-Arish. El 29 de diciembre de 1948 el Consejo de Seguridad dictó una nueva resolución pidiendo un alto el fuego inmediato y la retirada israelí de la Península. Gran Bretaña 525 envió cinco aviones de reconocimiento para comprobar que las tropas israelíes efectivamente se estaban retirando, pero los cinco aviones fueron derribados por la aviación israelí. Gran Bretaña entonces amenazó con intervenir en el conflicto basándose en la alianza militar franco-británica que ambos Estados habían firmado en 1936. Israel aceptó entonces retirarse del Sinaí y mandó a sus tropas replegarse tras la línea fronteriza del Mandato británico. Sin embargo, los egipcios permanecieron en Gaza, por lo que los israelíes se vieron con derecho de lanzar una segunda ofensiva dentro de la operación Horev para controlar el paso de Rafah, donde los egipcios habían instalado sus cuarteles generales, aislando a Gaza de la Península del Sinaí, a fin de forzar a los egipcios a aceptar un alto el fuego. La noche del 6 al 7 de enero los israelíes consiguieron dominar el paso, por lo que a Egipto no le quedó más remedio que solicitar un alto el fuego el mismo 7 de enero. Las negociaciones finales que condujeron al armisticio israelí-egipcio comenzaron en Rodas el 12 de enero, lugar donde se encontraba la sede del mediador de Naciones Unidas, Ralph Bunche, ya mencionado. Las negociaciones concluyeron con la firma del armisticio el 24 de febrero de 1949. Se trataba del primer armisticio firmado entre Israel y un país árabe. A pesar de la firma de este armisticio, dos situaciones derivadas de esta guerra y del poder autónomo del Estado egipcio sobre su territorio serían las principales responsables de dos conflictos que surgieron con posterioridad: la guerra o crisis del Sinaí de 1956 y la guerra de junio de 1967. Ambos son reverberaciones de la guerra de 1947-49 y del resultado del frente abierto con Egipto. El control egipcio sobre Gaza le permitió contar con una fuente de muyahidines que el gran líder nacionalista Nasser utilizaría como peones en diversas incursiones organizadas desde la franja hacia territorio israelí, organizando escaramuzas y causando víctimas por las dos partes. La escalada de las escaramuzas fue argumentada por Israel como un ataque a su soberanía territorial. Además de ello, la localización del Canal de Suez en territorio egipcio y la ocupación de las islas de Tiran y Sanafir en 1949 le otorgarían la llave al paso de barcos israelíes por la zona, lo que, tras la conquista israelí de Umm Rashrash (actual Eilat) el 10 de marzo, dos semanas después de la firma del armisticio, abrió un nuevo frente de confrontación entre ambos Estados. Los ataques de muyahidines desde Gaza y el Sinaí y el cierre de Suez y de los estrechos de Tirán al paso de barcos israelíes serían argumentados como causas legítimas a las dos guerras preventivas lanzadas por Israel en 1956 (con la connivencia franco-británica) y 1967. 526 6.6.2. La operación Uvdá y la cuestión jordana. Simultáneamente a las negociaciones del cese de hostilidades con Egipto, algunas conversaciones preliminares de paz con Líbano tuvieron lugar en Ras al-Naqura y con Transjordania en Jerusalén y Amán. Las más complejas fueron las negociaciones con Abdalá, ya que aún mantenía sus pretensiones de anexionarse el sur del desierto del Neguev, frente a lo cual, los israelíes adujeron que formaba parte de los territorios otorgados por Naciones Unidas a los judíos en la Resolución 181, incluyendo un pequeño extremo del golfo de Áqaba, donde los israelíes fundarían la ciudad de Eilat, su única salida al Mar Rojo. En realidad, detrás de las pretensiones anexionistas del rey hachemí, se encontraban los intereses del menguante Imperio británico, que deseaba construir un pasillo que uniera Egipto con Jordania. El desacuerdo con Jordania precipitó la puesta en marcha de la operación Uvdá, a fin de conquistar definitivamente el sur del Neguev y su parte del golfo de Áqaba. Tras avanzar sin mucha resistencia, hacia el 10 de marzo, las tropas israelíes alcanzaron el puesto de policía de Umm Rashrash (actual Eilat) e izaron la bandera israelí. Simultáneamente se dirigieron hacia la conquista de Ein Guedi, el oasis situado en la ribera occidental del Mar Muerto, lo que les daría un mayor control sobre el área. La operación combinaba una ofensiva marítima, dirigida desde Sodoma, y otra terrestre, dirigida desde Beersheba, hasta que, finalmente, conquistando ladera tras ladera, el 8 de marzo de 1949 se hicieron con el control de toda el área del Ein Guedi, incluyendo la antigua fortaleza de Masada, construida por el Rey Herodes y sitiada por los romanos en el año 70 que, desde entonces, pasaría a ser el escenario heroico del ritual simbólico- nacionalista más importante del nuevo Estado. Fue Moshé Dayan, siendo jefe del Estado Mayor, el que instituyó que Masada sería el lugar donde cada año, los soldados israelíes del cuerpo blindado jurarían fidelidad a la patria tras el cumplimiento de su entrenamiento militar básico en el Tzahal, prometiendo morir antes que rendir su soberanía: “Masada no caerá de nuevo”. El control del Neguev constituyó el germen del conflicto latente que permaneció abierto en el frente sur hasta la Crisis de Suez de 1956. En el frente norte, Israel y Líbano firmaron un armisticio el 23 de marzo de 1949 en Rosh Hanikra, devolviéndole los 14 pueblos que había capturado durante la operación Hiram. Con ello, la antigua frontera del Mandato se estableció como la nueva frontera del norte de Israel. Con respecto al centro, a pesar de que el frente que mantenían abierto Israel y Jordania no se había movido prácticamente de las líneas marcadas durante la segunda tregua en 527 torno a Cisjordania y Jerusalén, el proceso de negociación del armisticio fue el más duro y largo. Entre ambos se instituyó una larga línea serpenteante que dividía abruptamente el territorio con mayoría árabe de Cisjordania del territorio con mayoría judía que quedaba al oeste, haciendo de Jerusalén una ciudad dividida en torno a líneas geográficas y étnicas. Los puntos en conflicto que surgieron fueron muchos. La retirada iraquí sin que mediara la firma de un armisticio ofreció a Israel una importante ventaja para sus reclamaciones territoriales en Samaria occidental, incluyendo los pueblos y aldeas árabes que se extendían desde Kafr Qasim en el sur hasta Wadi ‘Ara en el norte, extendiendo así una franja de tierra baldía que proporcionó a Israel un buen puesto defensivo, a la vez que permitió a Jordania entrar en la zona abandonada por los iraquíes. Jordania intentó en vano atraer el apoyo internacional para sus demandas territoriales, por lo que se vio obligada a claudicar frente a las condiciones de los israelíes. Aunque el tratado hablaba de intercambios territoriales, estos en realidad sólo se produjeron en torno a la vía ferroviaria de Jerusalén. El armisticio fue finalmente concluido en Rodas el 3 de abril de 1949. Por último, el alto el fuego con Siria concluyó el 20 de julio de 1949, tras tres meses y medio de difíciles y arduas negociaciones, ya que Siria controlaba parte del terreno que había sido otorgado a los judíos por el Plan de Partición de Naciones Unidas, en concreto el bloque de Mishmar HaYarden y tierras al este del Mar de Galilea, justo en la desembocadura del Jordán, junto con la meseta de Banias al este del kibutz Dan. Fue sólo bajo presión de los mediadores internacionales y bajo las amenazas de Israel que Siria finalmente aceptó retirarse por detrás de las fronteras acordadas internacionalmente a cambio de que la zona fuera declarada una zona desmilitarizada. Gracias a este acuerdo, pudo concluirse el armisticio, firmado en una tienda en medio de una tierra de nadie cercana a Mahanaim. Los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia se comprometieron en una Declaración Tripartita firmada el 25 de mayo de 1950 a garantizar las fronteras que, de facto, habían surgido entre Israel y sus vecinos árabes como producto de los armisticios que pusieron fin a la guerra, comprometiéndose a intervenir en caso de violación de las mismas, ya fuera dentro o fuera del marco de Naciones Unidas. Asimismo, las tres potencias se comprometían a restringir su venta de armas para evitar que se produjera una escalada armamentística en la región. La línea verde había sido trazada. 528 Mapa 5.6. La Línea Verde o líneas de armisticio acordadas tras la guerra de 1947-49192 Ello marcaba el final de la guerra por Palestina de 1947-49 que había reconfigurado tanto geográfica como étnicamente el mapa de la región. El Oriente Medio de los Estados- 192 Naciones Unidas. Recuperado de: https://digitallibrary.un.org/record/686123?ln=en 529 Nación, del concierto con los imperios y de los conflictos sin resolver había emergido del humo de sus cenizas. 530 Segunda Parte. La guerra de 1947-49 y de 1967 en el contexto de la sociología histórica 6.7. La ideología de la transferencia como parte del proceso de estatalización Como en toda guerra, la cuestión de establecer la responsabilidad sobre la misma, así como sobre sus resultados, resulta decisiva para legitimar actuaciones y decisiones, entender las consecuencias de la paz y las narrativas histórico-políticas que en torno a sus agentes (perpetradores y víctimas) se crean, todas ellas relacionadas con el afilado problema de la moralidad de la guerra como acto social. Desde el punto de vista de la sociología histórica, la guerra constituye un fenómeno social en el que convergen distintas combinaciones de las redes de interacción formadas en torno a las cuatro fuentes del poder social, con una significante prevalencia del poder militar, por lo que respecta a sus formas y medios organizacionales. La guerra no es más que la organización social de la violencia letal y concentrada que puede ser llevada a cabo por ejércitos, fuerzas de seguridad o grupos paramilitares extra-estatales (Mann, 2004, pág. 32). No es, por ello, un acontecimiento “extra-social”, que deba tratarse como una anomalía, sino que forma parte del complejo de interacciones que conforma todo fenómeno social. La guerra está presente en cualquier cultura o grupo humano “civilizacional”. En el caso que nos atañe, las guerras de 1947-49 y 1967 produjeron unas consecuencias tan traumáticas para el pueblo palestino (en contraste con el fortalecimiento de la asertividad política y social que imperó en Israel), que ha dejado una impronta que continúa conmemorándose cada 15 de mayo en el día de la Nakba, el gran desastre. Lo que aconteció durante los 18 meses que aproximadamente duró la guerra de 1947-49 fue un proceso que está relacionado con la crisis misma del Estado-nación europeo y con la forma en que ha establecido la autoridad política sobre la base de la representación democrática de las mayorías: la construcción de la unidad nacional por medio de la homogeneidad del cuerpo político. Es decir, la estatalización o transformación de una comunidad imaginada (Anderson, 1983) en una comunidad política con derechos exclusivos sobre un territorio. La estatalización se ha edificado históricamente sobre procesos de homogeneización social, construidos a partir de dinámicas asimilacionistas, impuestas por parte de la cultura o nación mayoritaria o bien, mediante la expulsión de los elementos que se consideran exógenos a la nación, transfiriendo grupos étnicos o poblaciones indeseadas a otros territorios. La implementación de la teoría de la transferencia por parte de judíos que habían sufrido el Holocausto y la persecución y 531 habían sido víctimas ellos mismos de procesos de limpieza étnica, no demuestra la existencia de un plan malévolo, ideado de antemano por los líderes sionistas para expulsar a los palestinos, o que el sionismo sea inherentemente racista y genocida. Lo que demuestra es que cualquier cultura, cuando se dan una combinación de circunstancias sociopolíticas concretas, puede cometer actos de “limpieza étnica”, porque han sido parte inherente de la construcción de las estructuras políticas modernas de las cuales, el sionismo, forma parte. En esta sección, contrastaremos, en primer lugar, las ocho hipótesis de Mann expuestas en la obra The Dark side of Democracy, que van de lo más general a lo particular, y que constituyen el eje central de su idea: la limpieza étnica forma parte de nuestra civilización y cualquiera puede cometerla. Para ello nos centraremos en las circunstancias estructurales que abrieron el camino hacia la puesta en marcha del “plan de transferencia”, debatido en los órganos de poder del sionismo desde 1936 y que la dinámica de la guerra transformó en un verdadero acto de expulsión, desposesión e intercambio poblacional, dando origen al problema de los refugiados palestinos y a la cristalización de Israel en un Estado estratificado en base a criterios étnico-nacionalistas. Por último, señalaremos la combinación de fuentes del poder ideológico, económico, militar y político que hicieron de este resultado contingente, algo extremadamente probable. 6.7.1. Hipótesis para la explicación de la limpieza étnica y la ideología de la transferencia en Israel193 1. La primera hipótesis de la que parte Mann es que los actos de limpieza étnica son un fenómeno eminentemente moderno porque constituyen el lado oscuro de la democracia. Ello no significa que Estados no democráticos puedan cometer actos de limpieza, sino que la democracia ofrece siempre la posibilidad de que la mayoría pueda tiranizar a la minoría, especialmente en entornos multiétnicos. Esta hipótesis, por su misma formulación, contiene dos hipótesis. Una hace referencia al concepto de modernidad y otra al de democracia. Cuando se dice que es un fenómeno eminentemente moderno no significa que antes no se hayan cometido masacres étnicas, sino que en la modernidad se han dado con más frecuencia y de manera más destructiva. Se calcula que 70 millones de personas murieron en el siglo XX como producto de limpiezas étnicas, lo que da cuenta 193 Los enunciados de todas las hipótesis presentadas están traducidos por la autora a partir de la formulación de las mismas por Michael Mann en la obra The Dark Side of Democracy (2004), págs.2-10. 532 de las dimensiones. Ello es así porque en las guerras convencionales del pasado siglo se identificaba a pueblos enteros como el enemigo. Si en la Primera Guerra Mundial, el 10% de las víctimas eran civiles, en la Segunda Guerra Mundial esa cifra alcanzó el 50% y en los años 90 del pasado siglo el 80%. A partir de la Segunda Guerra Mundial, las guerras civiles (con un alto componente étnico en su mayoría) han sido los principales asesinos de la humanidad. En muchas ocasiones se han iniciado guerras sin un claro componente étnico, pero las circunstancias de las mismas los han exacerbado, como la intervención de las grandes potencias. El nacionalismo ha sido a menudo culpable de muchas de estas guerras, pero Mann señala cómo este sólo ha resultado peligroso al entretejerse con aspiraciones democráticas dentro del Estado-nación, cuando el demos de democracia ha sido identificado, más que con un procedimiento de elección de la autoridad política, con la identificación de un pueblo con el Estado. Según esta idea sólo un grupo étnico, mayoritario, tendría derecho a gobernar. La relación más cercana que Mann ha encontrado entre democracia y limpieza étnica ha ocurrido al analizar comparativamente las democracias de colonos. En determinados contextos estas han sido particularmente asesinas. Mientras más han controlado los colonos las instituciones de la colonia, más atroz ha sido la limpieza. Según Mann las limpiezas étnicas son más susceptibles de suceder cuando los Estados han accedido recientemente a formas democráticas, mientras que en democracias consolidadas, la coacción institucionalizada se emplea más frecuentemente para suprimir a las minorías. Los regímenes autoritarios suelen emplear con más frecuencia técnicas de “divide y gobierna” para someter a las minorías, aunque también hay algunos que se desvían de esta práctica movilizando a las mayorías dentro de partidos de masas en contra de las minorías “enemigas”. Constatación de hipótesis. Como hemos ido desmenuzando a lo largo de esta tesis, en el caso de Israel, la ideología que sustentó su creación partía de supuestos eminentemente nacionalistas, respondiendo precisamente a los desafíos de la modernidad europea y su propio proceso de construcción nacional-estatal, que no consiguió integrar con éxito a las minorías judías dentro de sus propios Estados, ya que el Estado surgió, precisamente, de la fragmentación de imperios multinacionales en Europa central y oriental, la gran cuna del sionismo. Como hemos visto, el sionismo tuvo también problemas a la hora de integrar a su propia disidencia y el faccionalismo imperó en el movimiento, como pudimos observar al analizar el cisma revisionista y como hemos adelantado al hablar 533 sobre los judíos provenientes de países árabes. La propia división de su sistema de partidos es eminentemente étnica o religiosa, sin que las cuestiones socioeconómicas hayan sido las decisivas a la hora de explicar el comportamiento electoral en Israel. Además de ello, la equiparación entre grupo étnico y Estado ha favorecido que cualquier opción hacia el multinacionalismo sea vista como una amenaza existencial a la continuidad misma, no del Estado, sino del propio pueblo o nación. Con respecto a la identificación del pueblo con el enemigo, hemos visto como la elaboración de mitos fundacionales como el galut o la equiparación posterior entre el gran enemigo europeo (Alemania) y el gran enemigo árabe, han favorecido la identificación de todo el pueblo palestino (incluso los que quedaron dentro de las fronteras de Israel) como el enemigo a abatir, en un juego de suma cero en el que sólo puede quedar uno. La idea preconcebida de que los árabes forman una sola nación, como el propio panarabismo nasserista se encargó de difundir, favoreció también esta concepción, facilitando la expansión del mito de que Israel es débil y está rodeado de un mar de enemigos árabes, por lo que no le ha quedado más remedio que autoafirmar su identidad política y su derecho a la tierra por medio de la fuerza. Además de ello, la superioridad numérica y territorial de los árabes concebidos como una sóla nación, ha llevado a Israel a seguir proyectando su estatus de minoría, aunque esto también le ha servido para blanquear la guerra de 1947-49 con la pátina de la legítima autodeterminación. En el caso de Oriente Medio, además, fue la intervención temprana de las potencias coloniales europeas la primera que exacerbó las diferencias étnicas, al “clasificar” a las poblaciones en base a criterios religioso-culturales, equiparando el derecho a la representación de las mismas frente a las autoridades del Mandato con la pertenencia a un grupo religioso y/o étnico, favoreciendo así el surgimiento de un sistema político sectario. Con respecto a la relación entre el control institucional de la colonia y el nivel de violencia desplegada contra los nativos, en el caso de Israel puede verse contrastado perfectamente. El monopolio del poder militar que construyó Israel desde diciembre de 1947 hasta finales de 1948 gracias a la gradual evacuación de los británicos del Mandato y a la reorganización que efectuó de su fuerza militar para poder lanzar una campaña ofensiva durante abril de 1947 (Plan Dalet) le otorgó una capacidad destructora con la que no había contado anteriormente. Además de ello, la separación de su economía de la economía palestina le proporcionó la necesaria autonomía organizativa y estructuración social para no depender, en ningún modo, del funcionamiento de la economía palestina o de las economías árabes vecinas, por lo que estuvo menos sujeto a consideraciones de 534 interdependencia económica que, de otro modo, hubieran supuesto un límite racional para sus acciones. Los palestinos, sin embargo, tenían una economía mucho más débil y desestructurada y, como hemos visto, la mayoría de su liderazgo más moderado y racional había sido desintegrado, por lo que estaba más sujeto al apoyo exterior de los Estados de la región. En la guerra de 1967, cuando se vuelve a producir el segundo ciclo de limpieza étnica, Israel es ya un Estado, que controla por completo todas las instituciones de la “colonia”, por lo que los palestinos, bajo soberanía jordana o egipcia, no pudieron hacer nada para prevenir la Naksa, la recaída. En cuanto a la relación entre el nivel de institucionalización democrática y los actos de limpieza étnica, en el caso de Israel, esta hipótesis tiene una doble conclusión: o bien Israel nunca ha sido una verdadera democracia y eso explica su capacidad para emprender campañas de limpieza étnica como una opción política o bien se trata de una excepción, como muchos académicos defienden, al sostener la tesis de que Israel es único, tanto por su proceso de formación como de institucionalización, por lo que no puede compararse con otras democracias en los mismos términos. Nuestro análisis es que ha sido la alta movilización de la sociedad israelí y el voluntarismo que la ha caracterizado desde la época del Yishuv, la que ha favorecido que el régimen de partido único que ha monopolizado las instituciones políticas y económicas desde los años treinta, haya facilitado una movilización militar masiva, organizada socialmente, muy motivada y efectiva a la hora de conquistar territorios y someter a la población considerada como enemiga. A pesar de contar con un sistema político basado en elecciones libres, la concentración de poder en un solo partido en las máximas instituciones del Estado (políticas y económicas) y el personalismo del liderazgo del primer ministro y sus acólitos, que a menudo ejercían de ministros de defensa o de relaciones exteriores (como la triada Ben-Gurión-Dayan-Peres que lideró la guerra de 1956) favoreció el surgimiento de tendencias autoritarias. Además de ello, la institucionalización de una burocracia militar y de la seguridad que se encarga de gestionar la ocupación junto con una socialización centrada en la seguridad y en la presencia de una amenaza existencial latente, ha favorecido el control social y la capacidad del gobierno de perpetuar la ocupación “de espaldas a su sociedad”. Por último, el Estado de Israel ha empleado sus poderes redistributivos para otorgar beneficios a aquellos ciudadanos dispuestos a normalizar la ocupación trasladándose a vivir a áreas situadas más allá de la línea verde, lo que ha contribuido aún más a normalizar y a considerarse socialmente aceptable, la desposesión y la colonización. En el caso de Israel, ha sido precisamente su capacidad de 535 penetración social y la idea de que el judío necesita al Estado para sobrevivir, la que ha favorecido esta connivencia. Estado y sociedad han sido socios en la desposesión, para bien y para mal. A pesar de que Israel ha sido el perpetrador de la limpieza étnica en Palestina, y a riesgo de no hipotetizar en exceso, sí conviene evaluar si la escalada del conflicto y su tinte étnico-territorial, hubiera producido un efecto de limpieza parecido en caso de que los árabes hubieran triunfado en la guerra de 1947-49. Dada la falta de una completa consolidación democrática de los regímenes que entraron en guerra con Israel y la proyección ideológica del conflicto con los sionistas en términos apocalípticos e identitarios, el único freno que hubiera existido a la perpetración de un acto semejante hubiera sido la propia rivalidad intra-árabe o la intervención de alguna gran potencia en la defensa de Israel. Lo cual nos indica que la limpieza étnica requiere de una organización social y logística de la cual carecían los árabes y sería por ello y no por algún imperativo moral superior, por lo que no pudieron cometer un acto semejante. 2. La segunda hipótesis es que la hostilidad étnica crece allá donde la etnicidad triunfa sobre la clase como la principal forma de estratificación social, capturando y canalizando en el proceso los sentimientos de clase hacia el nacionalismo. Constatación de hipótesis. En el caso del Yishuv, tanto la política de compra de tierras como la política de trabajo judío contribuyó a la construcción de dos economías paralelas, una desarrollada e industrial y otra eminentemente agrícola que eran el reflejo de sus respectivas sociedades. La identificación del judío sionista con el rico colono que viene a desposeer y a acabar con un modo de vida ancestral y la generación de una conciencia simultáneamente de clase (proletaria) y nacional (palestina) entre la comunidad árabe, favoreció el desarrollo del conflicto y la escalada de violencia, identificando clase (capitalista) y nación (judeo-imperialista) con la identidad enemiga. En el posterior desarrollo de Israel, la discriminación política y económica que han sufrido los palestinos de los territorios o los propios árabes israelíes hasta el año 1966, ha contribuido a perpetuar esta identificación, sembrando la animadversión entre ambas comunidades y facilitando, en el contexto de la Guerra Fría, el apoyo de una u otra potencia a las distintas partes en conflicto, añadiendo una dimensión geopolítica al conflicto socioeconómico. 536 3. La tercera hipótesis es que la zona de peligro que lleva a la limpieza étnica ocurre cuando (i) existen movimientos que afirman representar a dos grupos étnicos antiguos que reivindican su propio Estado sobre todo o parte del mismo territorio y (ii) esta reivindicación es percibida por ambos como legítima y con posibilidades de ser implementada. Constatación de hipótesis. Esta hipótesis hace referencia al debate que es a menudo el centro de discusiones constitucionales sobre la fundamentación histórica de la legitimidad política. ¿Hasta qué punto debe ser la historia una fuente de legitimidad para la creación de un nuevo Estado? En el caso de Israel, la legitimidad de su reivindicación se retrotrae a dos mil años atrás, por lo que ha sido muy cuestionada y ha contribuido a la percepción del movimiento de autodeterminación sionista como una empresa meramente colonial. Sin embargo, no existe un consenso que afirme dónde deben situarse los límites cronológicos para reclamar la soberanía sobre un territorio. Sí es cierto que la presencia judía en Palestina ha sido muy testimonial y que la riqueza cultural de la vida en la diáspora y su desarrollo religioso no justifica el mito de la pobreza existencial impuesta sobre los judíos desde que fueron desarraigados de su tierra ancestral, pero stricto sensu, no hay una justificación jurídica que, desde el derecho internacional o constitucional pueda afirmar que no tengan derecho a reclamar la vuelta al que consideran su patria ancestral. Ahora bien, los hechos consumados de la historia hubieran hecho por sí mismos desistir de esta quimera de no haber sido por la segunda de las condiciones expuesta por Mann en esta hipótesis: la posibilidad de su realización. La emergencia del sionismo en la época de auge del colonialismo europeo a finales del siglo XIX junto con las conexiones globales del judaísmo occidental inmerso en redes transnacionales imperialistas y capitalistas, hicieron que la empresa sionista pareciera factible a ojos de los activistas y sus benefactores. El sionismo surgió y prosperó porque pudo, porque contó con los medios técnicos, ideológicos y económicos que lo hicieron posible. Con respecto a los árabes palestinos, ellos no necesitaron justificar su conexión con la tierra, puesto que habían vivido en ella durante siglos. Su único punto débil era que llevaban cinco siglos sometidos a la autoridad del Imperio otomano y nunca manifestaron la existencia de un movimiento político nacional estructurado. Fueron los británicos los principales responsables de fomentar la idea de que la empresa de la autodeterminación era posible en Palestina. Fueron ellos, junto con los franceses, los que diseminaron en Oriente Medio la ideología nacionalista, fueron sus promesas las que agitaron el 537 independentismo árabe frente al Imperio otomano y fueron las traiciones a esas promesas las que fomentaron la diseminación de un sentimiento anti-imperialista y anti- intervencionista, convirtiendo a las sociedades árabes a un nacionalismo transnacionalista combativo, contradictorio y paradójico. Ello explica el mito de la solidaridad árabe, en contradicción con la realidad de los intereses particularistas de las élites surgidas tras la descolonización, así como la compleja relación entre la identidad árabe y la musulmana, que han conformado las estructuras sobre las que han pivotado las posibilidades reales de la soberanía palestina. La combinación de ambas circunstancias, pueblos históricos con reivindicación sobre un mismo territorio junto con la percepción de que alcanzar su independencia política es factible, ha sido una importante dinámica que ha contribuido a la escalada que degeneró en la expulsión árabe de Palestina. Mientras más factible era la posibilidad de la independencia, como ocurrió tras el voto favorable del Plan de Partición, mas se incitó la ofensiva por parte de Israel y más se fortaleció la resistencia armada y la ofensiva árabe- palestina, lo que desencadenó la perpetración de masacres o actos de expulsión y limpieza étnica. 4. La cuarta hipótesis se desprende de la tercera. El culmen de la limpieza asesina se alcanza cuando se dan uno de los siguientes escenarios: (i) la parte más débil de la contienda es reforzada e impulsada a luchar en lugar de a someterse (puesto que la sumisión reduce la mortandad del conflicto) creyendo que llegará ayuda del exterior, frecuentemente de un Estado vecino o de un Estado cuna del grupo étnico combatiente o (ii) la parte más fuerte en el conflicto cree que posee un poder militar y una legitimidad ideológica tan inmensos que puede permitirse imponer sobre su Estado “limpiado” o sobre sí mismo, algo de riesgo moral o físico, como ocurre en los casos de potencias coloniales. Constatación de hipótesis. En el caso de la guerra de 1947-49 la limpieza étnica ocurrió dentro del primer escenario. A pesar de que durante muchos años se presentó esta guerra como una batalla de David (Israel) contra Goliat (Estados árabes), investigaciones recientes han demostrado que el balance de fuerzas no era tan desigual. De hecho, cuando en la víspera del comienzo de la Guerra Ben-Gurión le preguntó a su jefe de operaciones Yigael Yadin, las posibilidades de obtener la victoria, este le dijo que la perspectiva era de un 50%. Lo que impulsó la escalada que alcanzó la contienda fue la resistencia 538 palestina a aceptar el plan de Partición presentado por Naciones Unidas, en la creencia de que la unión militar de los Estados árabes frente a Israel le otorgaría la victoria. Tal y como hemos presentado, esta expectativa se vio pronto defraudada, cuando los palestinos entendieron que los Estados árabes estaban allí para luchar por sus propios intereses sobre Palestina y, muy notablemente, frenar los proyectos expansionistas de Abdalá de Jordania. Los resultados de la batalla de Qastel del 3 de abril, en plena ofensiva israelí, de la que ya hemos hablado, es significativa de este escenario. No sólo los palestinos entendieron los límites del apoyo de las fuerzas árabes. También los israelíes, lo cual condicionó que alimentaran la percepción de que aquella era una guerra que podían ganar. A medida que el curso de la guerra avanzaba y, sobre todo a raíz de la primera tregua cuando comienzan a llegar las armas de Checoslovaquia, el escenario se vuelve más como en la segunda hipótesis: Israel piensa que tiene grandes posibilidades de ganar y moviliza todos sus recursos para hacerlo, tanto ideológicos como militares, a sabiendas de que la guerra iba a ser costosa en vidas. En el caso de la limpieza que se produjo en la guerra de 1967, el escenario fue más bien el segundo. Israel lanzó una ofensiva preventiva contra los Estados árabes vecinos (Egipto, Jordania y Siria) ya que dos de ellos, Egipto y Siria, se habían rearmado gracias al apoyo soviético. El objetivo era restarles el tiempo requerido para hacerse con el control operativo y funcional de todo el arsenal que habían recibido. En este sentido, la gran estrategia de Israel ha sido siempre basar sus ofensivas en la superioridad militar, sometiendo a la fuerza y destruyendo las expectativas palestinas de que en algún momento podían ganar con el fin de asegurar la sumisión. La resistencia palestina dirigida desde el exilio a partir de la guerra de 1967 nos muestra una mezcla de ambos escenarios: convencidos de que no podrán vencer a Israel en el corto plazo en el ámbito militar, empiezan a organizar un tipo de resistencia armada basada en el terrorismo con repercusión internacional, a fin de influir en la opinión pública, combinando esta resistencia con escaramuzas propias de una guerra de guerrillas en el interior. La respuesta israelí ante esta estrategia es siempre endurecer la opresión, vigilar y castigar, gracias al aparato militar-burocrático que despliega en los territorios ocupados basado en la imposición intermitente de cercos, toques de queda, límites a la libre circulación, a la libre empresa, expropiaciones forzosas, etc., no tanto por creer poseer una legitimidad que sabe que es cuestionada desde la legalidad internacional y que sólo recibe apoyo en el interior de Israel (aunque no unánime) y en la diáspora, sino meramente porque puede y porque no cuenta con incentivos racionales (presión suficiente por parte del exterior) ni con 539 límites estructurales lo suficientemente sólidos que le obliguen a practicar la contención. De hecho, la ocupación militar de Cisjordania y Gaza, lo que facilitó fue más bien la legitimación de las corrientes territorialistas maximalistas (Partido Nacional Religioso y Herut-Likud) lo que reforzó una situación que colocó al conflicto en el segundo de los escenarios descritos. 5. La quinta hipótesis establece que la llegada al límite en que se produce la limpieza étnica ocurre cuando el Estado que ejerce la soberanía sobre el territorio en disputa ha sufrido una faccionalización y radicalización por encontrarse en un entorno geopolítico inestable que generalmente es proclive a la guerra. Constatación de hipótesis. En el caso de esta hipótesis, a lo largo de toda la historia del conflicto que hemos analizado desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta la guerra de 1947-49, hemos visto como las tensiones interétnicas e incluso los pogromos ocurrían intermitentemente y de manera cíclica, sin que alcanzaran cotas de limpieza étnica masivas, gracias a la gestión de los mismos por parte del Mandato británico y de los sistemas de vigilancia y defensa organizados por el Yishuv. El único episodio de violencia planificada y organizada ocurrió durante la Revuelta Árabe de 1936-39, pero la supresión de la misma por parte del Mandato británico fue tan efectiva y brutal que no pudo escalar hacia un conflicto étnico que alcanzara las proporciones de una verdadera “limpieza”. Aunque el liderazgo palestino había sufrido una radicalización provocada por un contexto histórico marcado por la lucha anti-colonial en la región liderada por Egipto y Siria, la radicalización mayor en el campo sionista ocurrió a consecuencia de la Segunda Guerra Mundial y la proclamación del Libro Blanco británico de 1939. Aunque ya desde 1936, al inicio de la Revuelta Árabe, comenzó a discutirse en los círculos sionistas la inevitabilidad de la transferencia de la población palestina a los Estados árabes vecinos, la asunción de que dicha transferencia no podría ocurrir más que por la fuerza de las armas y que los sionistas estaban dispuestos a pagar ese precio con su sangre, creció con la llegada de refugiados de la Segunda Guerra Mundial y supervivientes del Holocausto. No porque estos fueran particularmente fanáticos y radicales (muchos se convirtieron al sionismo en los campos de desplazados) sino porque el Holocausto reforzó las tesis revisionistas más extremistas acerca de los peligros de la vida en la diáspora y la necesidad de contar con un Estado militarmente fuerte que llevara a cabo una suerte de redención mesiánica por medio de la conquista. En definitiva, si la lucha anticolonial 540 había radicalizado a las facciones palestinas (aunque fueron suprimidas con éxito) la Segunda Guerra Mundial fue la que radicalizó al Yishuv. En lo que más disiente esta hipótesis de la contrastación empírica en los casos de Israel-Palestina es que Mann sostiene que ese entorno geopolítico inestable muchas veces no está relacionado con el conflicto étnico que genera el acto de limpieza y, en el caso de la guerra de 1947-49, en ambos casos, los conflictos geopolíticos que incidieron sobre la radicalización sí están estrechamente relacionados con las reivindicaciones nacionalistas de ambos grupos. Caso distinto es la guerra de 1967, que es el producto de una escalada ocurrida durante la década previa, momento en el que ya estamos inmersos en un contexto de Guerra Fría y en el que las partes en conflicto se han radicalizado alimentadas por el apoyo táctico- militar de ambos bloques, cuyos intereses (expansión o contención del comunismo) no están relacionados con las reivindicaciones nacionalistas de ninguna de las dos partes. Lo que sí se puede contrastar en el caso de la guerra de 1967 en consonancia con la hipótesis de Mann y que está relacionado con la irracionalidad del conflicto bélico (puesto que cuando una parte lo empieza nunca está completamente segura de cómo va a terminar), es que la ocupación indefinida de los territorios no fue algo previamente planificado, sino más bien el producto de la euforia de la victoria, que alimentó aún más la visión revisionista de que alcanzar el Gran Israel era posible y no simplemente una anhelo fuera de la realidad defendido por una facción de radicales. A partir de la ocupación y, particularmente, tras el statu quo que se institucionaliza a partir de la firma del Tratado de Paz con Egipto, a lo que asistimos es a un conflicto de baja intensidad que se estabiliza, con picos ocasionales de violencia y/o terrorismo, pero totalmente asumibles y gestionables por el Estado que ejerce la soberanía en los territorios en disputa. Lo que esto ocasionará en Israel es una relación directa entre la situación en los territorios y en el conflicto israelí-palestino en general y la estabilidad política en el país, uniendo inextricablemente la evolución del conflicto a la política interna en Israel. 6. La sexta hipótesis afirma que la limpieza étnica raramente es la intención inicial de los perpetradores y que generalmente surge como un “Plan C”, cuando las dos previas respuestas a un conflicto étnico fracasan a la hora de producir los resultados esperados. En la primera respuesta o “plan A” se intenta una solución negociada y premeditada al conflicto étnico, en términos de compromiso o bien de represión directa. El “Plan B” es una adaptación más radical del “Plan A”, concebida de manera más apresurada ante la creciente violencia y la desestabilización política. Cuando ambos fallan, los 541 planificadores radicalizan su respuesta hasta alcanzar el nivel de limpieza étnica. Se trata de la escalada lógica de una ideología que contempla desde el inicio librarse de un grupo étnico y cuando las medidas implementadas van fallando, se radicalizan hasta llegar al extremo del asesinato. En otras ocasiones, esta escalada es más contingente y es el producto de circunstancias y de situaciones subjetivas de autopercepción, como ocurrió en el caso del genocidio armenio. Constatación de hipótesis. En el caso de Israel-Palestina, a lo largo de esta tesis hemos ido presentando cómo el proyecto colonial contemplaba, en su fase más inicial, una idea algo ingenua de que el desarrollo económico que la colonización judía de Palestina podía aportar a los “nativos” árabes haría a estos aceptar de buen grado, su presencia y control sobre Palestina. Esta idea provenía de la ideología imperialista occidental que defendía la responsabilidad del hombre blanco de civilizar y llevar el progreso a los “nativos”, así como de su superioridad moral para someterlos “por su propio bien”. La constatación de que los árabes no aceptarían la sumisión al dominio judío fue temprana, exacerbada por la política de “trabajo judío” impuesta por el laborismo en el Yishuv. Esta política puede considerarse como el primer “Plan A”: el establecimiento de dos sociedades paralelas fundadas sobre la desestructuración socioeconómica de Palestina y la estructuración económica de una nueva sociedad engarzada en los circuitos de praxis del capitalismo moderno y del Imperio británico. La escalada que llevó al “Plan B” tuvo lugar a consecuencia de la Revuelta Árabe de 1936-39 cuando, frente a la constatación de la fuerza que había alcanzado el movimiento nacionalista palestino, en connivencia con el Imperio británico, el Yishuv inicia una nueva etapa de militarismo ofensivo que, aunque controlado y dirigido por las autoridades militares del Mandato, le proporciona una autonomía organizativa y un adiestramiento militar lo suficientemente amplio como para, a raíz del rechazo radical del Plan de Partición (que muchos judíos ven como una “concesión a los árabes” más que a sí mismos), estos puedan escalar la ofensiva empleando tácticas terroristas o de guerrillas, hasta que pongan en marcha la ofensiva final conocida como Plan Dalet (Plan C), diseñada en el mes de marzo e implementada en el mes de abril, con el fin de hacer efectiva por la fuerza, las provisiones contenidas en el Plan de Partición y expulsar por la fuerza a la población palestina de aquellas localidades que se consideran esenciales para garantizar el control del territorio y las principales vías de comunicación. Sin embargo, como hemos visto en secciones anteriores, el gran éxito de la ofensiva hace posible al Yishuv que pueda controlar y 542 extender su dominio a territorios adicionales a los inicialmente asignados para estos en el Plan de Partición, incrementando con ello las olas de refugiados y exiliados palestinos. En el caso de la guerra de 1967, la expulsión de palestinos, desproporcionada en términos de la duración del conflicto y las operaciones militares en los distintos frentes, puede explicarse como una continuación de la doctrina ideológica de la transferencia forzosa iniciada en la guerra de 1947-49, así como de una política deliberada que continúa negando el derecho al retorno de aquellos palestinos que salen de territorios que pasan, a consecuencia de la guerra, a estar bajo control israelí. Incluso, más que el hecho de que Egipto amenazara a Israel con una retórica violenta de limpieza étnica, existen autores de la época como Machover y Hanegbi (Bobber, 1972) que piensan que fue más la irrupción de Fatah en el tablero político en 1966, que amenazaba con desbloquear el estatus quo conseguido en 1949 y 1956, lo que provocó que Israel, aun sabiendo que Egipto, en realidad, no quería ni estaba preparado para un conflicto, iniciara una guerra preventiva. El surgimiento de Fatah como un movimiento nacionalista palestino independiente de Egipto, contrario a Jordania y, aunque asentado en Siria, independiente también de su gobierno, suponía una amenaza mayor para Israel que los tres ejércitos árabes confabulados para su destrucción, ya que el gran objetivo de Israel era invisibilizar y destruir cualquier iniciativa Palestina que pudiera estructurar en torno así, una fuerza nacionalista lo suficientemente amplia y persistente que pusiera en riesgo la judeización del territorio. La reaparición de un actor palestino independiente hubiera devuelto a Israel a la situación de 1947. Negociar con Fatah hubiera supuesto el reconocimiento de su legitimidad política y eso suponía una amenaza para Israel mucho mayor que la amenaza retórica existencial lanzada desde los micrófonos egipcios. Fue así como Israel amenazó a Siria, forzando a Egipto salir en su defensa honrando su propia retórica panarabista, presionado por las soflamas jordana y saudí, que deseaban ver a Egipto caer en su propia trampa. La estrategia israelí de iniciar una guerra defensiva contra Egipto se inserta en la estrategia más amplia puesta en marcha por el movimiento sionista desde la época del Yishuv, basada en una desposesión gradual: primero de la tierra, luego del trabajo y finalmente del territorio; obtenida sin el consentimiento árabe-palestino y por medio de una política de hechos consumados. Una vez alcanzados estos “hechos”, la estrategia sería conseguir la aquiescencia de algunos de los imperios de la época (ya sea el británico, el francés o el estadounidense) para asegurarlos por la fuerza o la coacción. En consonancia con el interaccionismo estructural simbólico, esta estrategia de ir creando estructuras 543 políticas y hechos consumados mediante la sumisión de actores más débiles en colaboración con otros más poderosos se encuentra también insertada en una estructura ideológico-simbólica que sirve para lograr la aceptación de las opciones geopolíticas de las élites y que se encuentra anclada en el dicho judío de que “de generación en generación, se levantan para destruirnos”. Como señalan Machover y Hanegbi (Bobber, 1972) esta ideología se encuentra anclada en una filosofía de la historia que ha buscado consistentemente entender el destino judío como algo separado o incluso en contraposición, con el destino de los “gentiles”. Ha sido esta división del mundo y de la historia en términos étnicos la que ha facilitado, legitimado y justificado todas las guerras de Israel y sus actos de limpieza étnica. Ello explica por qué el número de palestinos expulsados de manera forzosa durante la guerra (unos 145.000 según la UNRWA194) no es tanto como el número de aquellos a los que no se les permite volver. 7. La séptima hipótesis establece que existen tres niveles principales de perpetradores: (i) élites radicales que dirigen regímenes de un solo partido; (ii) bandas de militantes que forman grupos paramilitares violentos y (iii) la población general, que provee de un apoyo popular masivo, aunque no necesariamente mayoritario, al acto de limpieza étnica. Según Mann, la limpieza étnica tiene un mayor eco en entornos que combinan nacionalismo, estatismo y violencia. Los principales sectores de población que los cometen son refugiados étnicos y personas que habitan en regiones fronterizas amenazadas; los que más dependen del Estado para su subsistencia y la formación de sus valores; los que viven y trabajan en sectores periféricos de la economía, que generan conflictos de clase; aquellos que han sido socializados en la aceptación de la violencia física como manera de resolver problemas sociales o alcanzar el desarrollo personal - soldados, policías, criminales, hooligans o ciertos deportistas-; los que se sienten atraídos por la ideología machista, como hombres jóvenes luchando por encontrar su lugar en el mundo, a menudo liderados por hombres mayores que fueron socializados como jóvenes en una fase más temprana de la escalada de violencia. Por ello, los principales ejes de la estratificación relacionada con la limpieza étnica son la región, el sector económico, el género y la edad. Constatación de hipótesis. Esta hipótesis es, tal vez, en la que pueden encontrarse mayores similitudes entre árabes, palestinos y judíos israelíes. Un proceso de 194 UNRWA Remembers 1967. (1987). Journal of Palestine Studies, 17(1), 179–182. https://doi.org/10.2307/2536673 544 radicalización de las élites puede observarse en ambos campos, instigado por el entorno geopolítico de las dos guerras mundiales y, muy notablemente, por la guerra fría. Si bien Israel no ha sido oficialmente un Estado de partido único, la hegemonía laborista de las primeras décadas, lo ha hecho funcionar como tal. El caso de Egipto, tras la llegada al poder de Nasser o de los propios palestinos, tras el monopolio de la representatividad política ostentado por el Muftí tras la Revuelta Árabe, hacen eco de esta tendencia hacia construir poderes hegemónicos en todos los bandos, que han favorecido la diseminación de narrativas sobre la destrucción física de ambas comunidades que han acabado por ser aceptadas o normalizadas por el grueso de la población, percibiendo a los disidentes como traidores. En el caso de Israel, el hecho no es que no existiera oposición al laborismo sionista, sino que existía un consenso básico desarrollado por sus propios mitos fundacionales, de que la conquista de la tierra y la supervivencia del Estado se enmarcaba en un juego de suma cero frente a los palestinos (con mínimas excepciones provenientes del Partido Comunista o de los partidos religiosos anti-sionistas). Con respecto al segundo tipo de perpetradores, en el caso de Israel, resulta evidente la relación entre la existencia de grupos paramilitares como Lehi o el Irgún y el cometimiento de masacres genocidas como las que conocidamente tuvieron lugar en Deir Yassin y otras poblaciones árabes durante la guerra. Estos grupos son además muy dados a la venganza y la contraofensiva, por lo que su actuación facilita que se produzca una escalada en el conflicto. En el caso árabe, las fuerzas irregulares de Fawzi al-Qawuqji, que ejecutaron atentados, sabotajes y asesinatos durante la Revuelta Árabe y durante los primeros meses de 1948, son también un ejemplo de este tipo de actuaciones. Con respecto a la población general como perpetradores, en el caso de ambas sociedades surge la cuestión del papel más importante de los “consentidores”. En ambas, se da una diferencia entre población civil y población combatiente, por lo que los episodios de matanzas entre civiles son muy excepcionales195. Como ya hemos aludido anteriormente, la combinación entre nacionalismo, estatismo y violencia es propia de procesos de descolonización de los que surgen regímenes inestables, en procesos de institucionalización, que tienden a interpretar el poder del Estado en términos de superioridad militar, ya que, en muchas ocasiones, la independencia ha sido obtenida mediante métodos violentos. Es cierto que, en el caso palestino, no podemos hablar de un estatismo, puesto que nunca han contado con una estructura política estatal, sino de un nacionalismo “paraestatal”, colaborando con otros 195 En una fase más temprana del conflicto si se dio este episodio en 1920, en el conocido como Pogromo de Jerusalén del que ya hemos hablado. 545 Estados vecinos como Egipto, Jordania o Siria, sustentado por la ideología de la unidad de la árabe. Un ejemplo de ello es el Ejército de Liberación Palestino, fundado en 1968 por la OLP, pero integrado formalmente en los ejércitos árabes vecinos. Por último, con respecto al perfil de los perpetradores, la primera tipología (refugiados étnicos o habitantes de zonas fronterizas) encaja perfectamente con el tipo de combatientes de la Haganá y de las Fuerzas de Defensa de Israel durante la guerra de 1947-49, ya que muchos de sus efectivos provenían de los campos de desplazados que se instauraron tras la Segunda Guerra Mundial o habían llegado a Israel por medio de la Aliyá Bet. La política israelí de fomentar el asentamiento de nuevos inmigrantes en zonas fronterizas tras la guerra facilitó también que estos fueran integrados en el Tzahal y lucharan en las guerras de 1956 y 1967, a fin de consolidar su recién adquirido estatus (por muy precario que este fuera). Por otro lado, la socialización israelí en el Holocausto de la que ya hemos hablado fomentó que cualquier judío pudiera sentirse como un refugiado, por lo que no hacía falta haberlo sido para sentir el peso de la amenaza existencias sobre tu cabeza. En el caso palestino, la cantera de refugiados dispuestos a luchar y a morir por Palestina en una guerra genocida se nutrió de aquellos expulsados por Israel que vivían en los campos de Jordania, Siria y Líbano. Fueron éstos los que nutrieron las filas de los grupos políticos y paramilitares palestinos que lucharon contra Israel bajo el paraguas de la OLP durante la segunda mitad de la década de los sesenta, setenta y ochenta, utilizando a los Estados vecinos como bases operativas hasta que, durante los años ochenta, los propios habitantes de los territorios ocupados comienzan a organizar una resistencia armada local desde dentro de los campos de Gaza o Cisjordania. Para finalizar con el análisis del perfil concluiremos afirmando que la longevidad del conflicto ha facilitado que se reproduzcan canteras de hombres jóvenes liderados por hombres mayores que fueron socializados como jóvenes en una fase más temprana de la escalada de violencia. La perpetuación del conflicto, la escalada de la violencia y la militarización de ambas sociedades ha favorecido que se transmitan los mitos de amenazas existenciales e inseguridad, así como los relatos sobre humillaciones (Holocausto, Nakba y Naksa) y que estos hayan pasado a formar parte de una socialización basada en la aceptación de la violencia física como manera de resolver problemas sociales o incluso de alcanzar el desarrollo personal196. 196 Como ocurre en el caso de Israel con el servicio en el ejército, que otorga privilegios fiscales o asistenciales y que ha sido para muchos israelíes un ascensor social imprescindible para alcanzar los 546 8. La última hipótesis expuesta por Mann afirma que la gente ordinaria es llevada a cometer actos de limpieza étnica por estructuras sociales normales. Se requiere por ello una sociología del poder más que la elaboración de una psicología de los perpetradores para entender un acto de limpieza étnica. Constatación de hipótesis. Como Hannah Arendt observó durante el juicio a Eichmann y afirma el psicólogo Charny (en Mann, 2004, pág. 9): “los asesinos en masa de la humanidad son generalmente seres humanos corrientes – lo que llamamos gente normal […]“197. El análisis del caso judío o israelí contra los palestinos o el caso más reciente de los armenios contra los azeríes demuestra que, cualquiera, cuando forma parte de una población expuesta a las condiciones analizadas en las hipótesis anteriores, es capaz de cometer actos semejantes, incluso si ellos mismos han sido víctimas de actos similares. Lo que facilita que esta acción colectiva aniquiladora se despliegue, es algo mucho más relacionado con la modernidad de lo que creemos. Aunque esta hipótesis no se pueda afirmar como una ley universal, puesto que los casos de limpieza étnica no han sido tan numerosos como para poder establecer generalizaciones, sí que podemos intentar aproximarnos a su comprensión, elevando una vez más el objeto de nuestro análisis, examinando en qué macroestructuras de poder se encuentran enraizadas acciones semejantes en la Edad Contemporánea. 6.7.2. Un análisis de las consecuencias de las guerras de 1947-49 y 1967 desde el punto de vista del modelo IEMP de Michael Mann. Como hemos afirmado, desde el punto de vista de la sociología histórica, el análisis de los acontecimientos y convulsiones que llevaron al éxodo masivo de refugiados palestinos durante la guerra requiere ampliar la escala de nuestro análisis y observar en qué macroestructuras vigentes en la época se enmarcaron estos acontecimientos y como interactuaron entre sí. Si, como hemos visto, buena parte de la historiografía palestina ha tratado de encontrar las claves en estructuras relacionadas con la ideología sionista, el puestos de decisión más importantes tanto en el sector público como en el privado. En el caso palestino, los subsidios y sueldos ofrecidos a los combatientes o el prestigio de la figura del shahid (mártir) han jugado el mismo papel. 197 Traducción de S.S. 547 esquema de las fuentes del poder social nos obliga a poner nuestro foco en estructuras y procesos de carácter geopolítico más amplios y que sitúan a la guerra por la partición de Palestina en un momento de transición entre el declive de antiguas estructuras de poder y la aparición de otras nuevas dentro del marco de interacción de las cuatro fuentes del poder social. Esas estructuras en transición son eminentemente políticas a la vez que ideológicas y provienen del proceso de descolonización que acarreó consigo el fin del imperialismo colonial europeo y la imposición del Estado-nación como nuevo modelo universal de organización política. Además de ello, el momento histórico coincide con el surgimiento de estructuras nuevas que saldrían de ese proceso de transición y que están relacionadas con la globalización del nuevo Imperio norteamericano surgido de la Segunda Guerra Mundial y la proyección hacia todo el globo de su interés nacional capitalista en competición con el interés comunista soviético. Dentro de estas estructuras, la popularización del Estado-nación y su concepto de mayoría étnico-democrática será la que cuente con un mayor efecto causal sobre el fenómeno de limpieza étnica que tuvo lugar en Palestina. Así, la guerra de 1947-49, que consolidó el reconocimiento internacional del Estado de Israel, debe observarse en el marco de la popularización de una concepción organicista del Estado, en el que este se entiende como la encarnación institucional de una sola nación, que ejerce su derecho a la autonomía y a su reconocimiento como una persona jurídica diferenciada en base al principio de la mayoría democrática. La cuestión problemática proviene de la interpretación que el nacionalismo ha efectuado del principio técnico-organizativo de democracia. Si en la antigüedad clásica, cuando surge el gobierno democrático, este se basa en el demos, que no es más que una estratificación socioeconómica de clase masculina, en el siglo XX, una parte de la doctrina y de la práctica política transformará el demos en el etnos y justificará la asignación de derechos y privilegios provenientes de monopolizar los recursos de poder del Estado solamente a aquellos miembros del cuerpo social que pertenezcan al grupo étnico-cultural mayoritariamente dominante. Este grupo étnico, con conciencia y aspiraciones políticas, es visto como inherentemente legítimo para detentar el poder y se erige en representante de la nación no en base al principio democrático de representación, sino al principio de identidad, fusionándose así Estado y nación de manera orgánica, ya que ambos comparten una sola identidad. Esta idea, que surge con fuerza en Europa oriental y del sur tras la Primera Guerra Mundial y que el derecho internacional ampara mediante el principio wilsoniano de autodeterminación consagrado en la Sociedad de Naciones, será la responsable de originar millones de desplazados y de provocar los 548 intercambios de población que finalmente han consolidado el mapa demográfico y político de Europa, Oriente Medio, África y buena parte de la Asia colonizada. Es decir, esta concepción del poder político provocó una campaña masiva de “limpieza étnica” que homogeneizó a las sociedades y a sus Estados y que es en gran medida responsable del proceso de naturalización del “enjaulamiento” social que ha traído consigo el Estado- nación. Esta idea política se convirtió en la estructura política prevalente que se impuso en Europa tras la Primera Guerra Mundial y la desmembración de sus imperios continentales. Pocas veces en la historia ha tenido la paz un precio tan alto, que terminaría de cobrar sus víctimas en aquellos territorios bajo procesos de descolonización tras la Segunda Guerra Mundial. Como recoge Michael Mann (2004, pág. 67), el Tratado de Versalles reemplazó los imperios multinacionales ruso, austrohúngaro y otomano con una docena de nuevos Estados basados en el gobierno de grupos nacionales mayoritarios. Estos grupos debían representar, al menos, el 65% de la población (con la sola excepción de Yugoslavia y Checoslovaquia), otorgándose el plazo de un año para que todos aquellos nacionales que no estuvieran satisfechos y así lo desearan, pudieran cambiarse de Estado. Esto se hizo con la expectativa de que las minorías se movieran voluntariamente a aquellos Estados en los que pudieran formar parte de la mayoría étnico-cultural. Las minorías que decidieran permanecer en sus residencias de origen se arriesgaban a que las autoridades de los nuevos Estados respetaran los derechos de las minorías estipulados en otro tratado que se firmó explícitamente para este propósito, pero no sucedió así, y la Sociedad de Naciones no tenía ni la autoridad ni los medios para hacer que estos tratados se respetaran. Incluso el secretario general de la Sociedad de Naciones apuntó, de manera muy reveladora, a que el destino de las minorías tras el Tratado de Versalles podía resumirse en estos puntos: “the revision of frontiers to minimize minorities; emigration and population exchange; “physical slaughter”; or changes in constitutions away from the nation-state” (Mann, 2004, pág. 67). Si la Primera Guerra Mundial había provocado una gran afluencia de refugiados, la paz los multiplicó. Se calcula que hacia 1926, existían en Europa cerca de 10 millones de refugiados, que incluían el millón y medio que intercambiaron Grecia y Turquía, 280.000 entre Grecia y Bulgaria, 2 millones de polacos, 2 millones de rusos y ucranianos, cerca de un millón de alemanes, 250.000 húngaros y 200.000 estonios, letonios y lituanos. Si a comienzos de la Primera Guerra Mundial 60 millones de europeos vivían bajo la autoridad de algún gobierno extranjero, hacia la década de 1920, sólo 25 millones lo estaban, de los cuales, más de 6 millones acabarían siendo exterminados por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. El intercambio 549 poblacional se veía, desde el punto de vista europeo y norteamericano, como una solución razonable al problema de las minorías y su integración dentro de los Estados-nación (Mann, págs. 2004, 67-8) Esta noción se universalizó a partir del proceso de descolonización operado tras la Segunda Guerra Mundial, que contenía el principio wilsoniano del derecho de autodeterminación y que está en el germen de la guerra por el control de Palestina y de la dramática reconfiguración étnica que se produjo dentro de su territorio. El Tratado de Versalles supuso la primera plataforma internacional del sionismo, gracias a la influencia que pudieron ejercer los líderes sionistas británicos frente a las tesis francesas anti- sionistas y fue la primera vez en la historia moderna en que se los trató como una minoría nacional. No obstante, el tratado destapó también la caja de los truenos del nacionalismo y de la humillación alemana, cuyas repercusiones son bien conocidas. Aunque a lo largo de la historia se han registrado episodios en los que situaciones de conflicto étnico han escalado a la perpetración de asesinatos y violencia masiva, como hemos expuesto, el fenómeno de la limpieza étnica es algo esencialmente moderno y que está relacionado con la esencia misma de nuestra concepción democrática y político- estatal. Desde el punto de vista de las cuatro fuentes del poder social y basándose en un estudio histórico y comparativo de episodios de genocidio durante el proceso de colonización del continente americano, el genocidio armenio, el genocidio judío perpetrado por los nazis, las purgas y asesinatos de clase del comunismo en la Unión Soviética, China o Camboya o los más recientes genocidios acontecidos en la antigua Yugoslavia o en Ruanda, Mann (2004) establece una serie de relaciones causales entre limpieza étnica y fuentes de poder. A continuación, efectuaremos un análisis de las mismas para observar hasta qué punto pueden corresponderse con los acontecimientos que sucedieron durante la guerra de 1947-49 con el fin de evaluar si el éxodo palestino se integra o desvía de otros procesos históricos similares que han concluido con la completa reconfiguración demográfica de territorios. Nuestra intención es demostrar que la limpieza étnica que se produjo en Palestina no es sólo un producto del sionismo como tal, sino que necesitamos incorporar el análisis de otros factores que llevaron necesariamente al mismo. Para ello desmenuzaremos, una vez más, la interrelación entre las cuatro fuentes de poder social. 6.7.2.1. El poder ideológico y su impacto sobre el éxodo palestino 550 El poder ideológico hace referencia a la capacidad de movilizar valores, normas y rituales en las sociedades humanas. Su característica principal es su indemostrabilidad, ya que no se trata de fenómenos empíricos, como el conocimiento científico, y su aceptación viene determinada por ofrecer explicaciones plausibles acerca del mundo en un tiempo histórico determinado. Estas explicaciones son reinterpretadas de manera activa, produciendo lo que se denomina ampliamente con el término de “cultura”, aunque a nuestros efectos preferimos utilizar el término “ideología”. El conflicto étnico es muy ideológico ya que la ideología resulta útil para crear comunidades (imaginadas) que de otra forma la experiencia no nos permitiría fundamentar. La pregunta que por tanto deberíamos hacernos es: ¿cuál es la teoría causal que estima en qué circunstancias particulares y por qué mecanismos surge una ideología que genera odio hacia otras identidades étnicas? ¿Cómo se orienta la razón hacia los valores? Para responder a estas preguntas resulta necesario analizar los medios organizacionales mediante los cuales se transmite una ideología, así como el medio social en el que surgen. En el capítulo anterior hemos presentado como el sionismo era, esencialmente, un movimiento transnacional, con divisiones internas provenientes de los diferentes contextos socioespaciales de sus dirigentes, divididos en diferentes facciones según su nivel de inclusión en los Estados de los que formaban parte. Así, los sionistas generalistas pertenecían mayoritariamente a Estados en los que los judíos no estaban totalmente excluidos de los derechos de ciudadanía o estratos sociales de poder, por lo que su visión era mucho más reformista y moderada en sus medios organizacionales, priorizando la modernización y buscando el consenso y la integración en estructuras de poder ya existentes, como imperios, organizaciones internacionales, etc. Los sionistas laboristas y revisionistas, contrariamente, provenían en su mayoría del Imperio ruso, en el que los judíos ocupaban posiciones mucho más marginales, sufrían episodios esporádicos de violencia armada y estaban excluidos, mayoritariamente, de las organizaciones de poder social. Los medios organizacionales que pusieron en marcha estos judíos eran por ello mucho más revolucionarios, destinados a transformar las estructuras sociales y las grandes estructuras de poder y dirigidos por una “gran teoría” acerca del orden social mucho más utópica y orgánica, coincidente con dos de los movimientos sociopolíticos más característicos de principios del siglo XX europeo: el fascismo y el socialismo. El sionismo religioso, por su lado, provenía en su mayoría de la antigua mancomunidad lituano-polaca, con una tradición de autogobierno, pero inmersa en un entorno sociopolítico caracterizado por el auge del nacionalismo polaco y lituano, aunando una 551 visión nacionalista-revolucionaria con un conservadurismo social destinado a preservar la identidad religiosa como el elemento de conexión entre el pasado y el presente, esencial en toda ideología nacionalista. El éxito de la ideología sionista a partir de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto provino de su capacidad de crear una concepción omnicomprensiva del mundo y del lugar de los judíos dentro de él, ofreciendo a estos un sentido de totalidad que culminaría con la creación de su propio Estado. Ofreció una gran teoría que, en contraste con el bundismo y otras corrientes socialistas o comunistas transnacionalistas, que abogaban por la inclusión de los judíos en estos movimientos transnacionales, promovía la separación y la autodeterminación como única solución, alentados por los principios wilsonianos que marcaron la paz del periodo de entreguerras y la exclusión previa que de las comunidades judías habían hecho los Estados europeos orientales, fomentadas por un sentimiento antisemita ancestral. Fue esta exclusión la que provocó el surgimiento de un sentimiento de unión y dotó de una fuerza social sin precedentes a las comunidades judías europeas, aunque adoptó, en este proceso, el “color” del Estado del que habían sido excluidos. Por ello, hemos argumentado, que el sionismo es un producto eminentemente europeo y que su carácter revolucionario provino de la exclusión de los judíos europeos orientales que formarían su vanguardia y constituirían la generación de los padres fundadores del Estado de Israel. Las ideologías, según Mann, se transmiten por medio de redes de comunicación en las que algunos poseen mayor conocimiento y poder de persuasión que otros, siendo capaces de movilizar a grupos sociales y a medios de comunicación ofreciendo explicaciones y soluciones a problemas concretos. Por tanto, las ideologías que justifican limpiezas étnicas están ancladas en conflictos históricos reales, progresivos, aunque bien es cierto que compiten con otras alternativas ideológicas. Las ideologías rivales están muy reñidas en las fases iniciales de la escalada del conflicto y para que las etno-nacionalistas triunfen, el control de los medios de comunicación resulta esencial, ya que son estos junto con la educación obligatoria, los que mayormente contribuyen a la construcción de la identidad nacional. El sionismo nació en la gran era de la prensa, coincidiendo con el resurgir de la lengua hebrea como elemento de identificación nacional, contribuyendo con ello a crear una comunidad judía de la palabra escrita, organizada en torno a una red de publicaciones que fueron muy populares en la Europa oriental y que conectaban comunidades alejadas tanto cultural como geográficamente. La prensa se convirtió así en un instrumento para la 552 consecución del objetivo nacional. Pero no era el único medio para diseminar la ideología del moderno nacionalismo judío. Si, como hemos visto, 1936 marcó el comienzo de la revuelta árabe que cambiaría para siempre el equilibrio de poder entre el Yishuv y los árabes por el control de Palestina, este fue también precisamente el año en que comenzaron las primeras emisoras de radio en hebreo, que fueron vistas por los líderes sionistas como un instrumento esencial para la diseminación social de su agenda política. Como señala E. Soffer en su estudio sobre los medios de comunicación en Israel y su influencia en el nacionalismo (2015.pág. 2), la instrumentalización del hebreo como lengua de transmisión cultural y nacional fue vista tan relevante por parte del liderazgo sionista laborista, que éste intentó retrasar todo lo posible la llegada de la televisión a Israel, a fin de proteger de la influencia externa al uso del hebreo y a la naciente cultura nacional. El hecho de que durante el Mandato británico la prensa fuera una prensa dominada tanto por los partidos como por la iniciativa privada, fomentó la rivalidad por hacerse con el monopolio de las infraestructuras e instituciones de poder ideológico que se estaban construyendo simultáneamente en el Yishuv, convirtiendo así a la prensa y su control editorial en un elemento de construcción nacional. Hacia 1939 existían en el Yishuv 9 periódicos en hebreo, 18 semanales, 6 quincenales y 34 revistas mensuales. La prensa actuó en estos años como un factor centrípeto, unificando bajo un único símbolo de transmisión cultural (el hebreo) a las diversas olas de inmigrantes que llegaban a Palestina, introduciéndolas en el debate público y exponiéndolas a los valores sionistas. Sin embargo y, al mismo tiempo, la prensa partidista también actuó durante los años del Mandato como una fuerza centrípeta, ya que representaba a partidos que, debido a la escasa centralización del poder político, actuaban cumpliendo un amplio número de funciones como actividades culturales, asistenciales o de carácter económico, basadas en la pertenencia voluntaria de sus miembros. Esta falta de poder coercitivo, con la que sí cuenta el Estado para enjaular a sus ciudadanos dentro de sus fronteras e instituciones, fomentó el faccionalismo político y la rivalidad para atraer a nuevos miembros y seguidores. La política desarrollada en el Mandato era pues una política de seducción y destinada a diseminar ideas políticas, mucho más populista que la institucionalizada estatal que se desarrolló años después. Como señala Soffer la prensa era percibida como un instrumento esencial para establecer el Estado judío. “The newspaper was perceived as a factor that could consolidate a party’s grip as a political and ideological entity” (2015, págs. 29-30) 553 El periódico partidista de mayor tirada en el Yishuv durante el Mandato era propiedad de las organizaciones de poder mayoritarias: el partido laborista Mapai y su sindicato el Histadrut. Se llamaba Davar y se fundó en 1925, asumiendo un papel educativo y de diseminación ideológica del sionismo laborista, actuando como portavoz de las agendas del Histadrut y del partido laborista. Como indica Soffer, David Ben-Gurión veía a Davar como un importante canal de comunicación con el público y mantuvo que se debía apoyar su publicación, aunque no fuera económicamente viable. De hecho, hubo denuncias por parte de ciertos sectores críticos del laborismo de ser empleado por las élites del partido para transmitir sus propios mensajes, sin dejar espacio a voces críticas dentro del movimiento. Fue así como surgió en 1943 el periódico Al HaMishmar (En guardia), como el órgano de diseminación de ideas de HaShomer HaTzair, la oposición socialista a Mapai de las que provenían muchos de los kibutznik del Yishuv. Otros partidos opositores al laborismo fundaron también periódicos a modo de plataforma para difundir sus ideas y programas políticos. Desde el campo del sionismo religioso, HaMizrahi lanzó la publicación de HaTzofeh (El Vigilante), que sostenía la creación de un Estado judío bajo las normas de la Halajá (ley judía) y defendía los valores de la educación religiosa tradicional. Los revisionistas de Jabotinsky también fundaron un periódico propio en 1931 llamado Doar HaYom (El correo de hoy), al que le siguieron HaYarden (El Jordán), en 1934 y HaMashkif (El Observador) en 1938, que defendían el fin de la diáspora y el establecimiento por la fuerza del Estado de Israel a ambas orillas del Jordán. En 1939, HaMashkif llegó a vender 2.000 ejemplares diarios, aunque nunca consiguió el éxito de Davar, que llegó ese mismo año a las 15.000 copias diarias o HaBoker (La Mañana), la voz del sionismo liberal generalista, desde el que lanzaba su oposición mordaz al Mandato británico, a las instituciones del Yishuv y al laborismo y que llegó a vender 5.000 copias al día (Soffer, 2015, pág. 30). Durante los años del Mandato, la alianza entre la prensa y el sistema político era muy estrecha, llegando a ser el principal medio de fortalecimiento del poder ideológico. Este hecho llegó a ser fundamental en la rivalidad entre el revisionismo y el laborismo tras la Segunda Guerra Mundial. Por un lado, la unión de ambos durante la formación del Movimiento de Resistencia Judía otorgó al revisionismo un espacio institucional de legitimidad que hasta entonces no había tenido. Por otro, el cumplimiento de las predicciones de Jabotinsky sobre los peligros de la vida diaspórica que el Holocausto confirmó, otorgaron a su ideología una percepción de veracidad mucho mayor que la que había desarrollado el laborismo durante sus años de colaboración con los británicos y su 554 percepción del Holocausto como una desgracia ocurrida a unos judíos víctimas de su circunstancia. Para el laborismo, el Holocausto suponía una oportunidad de renacimiento en el nuevo Israel, enfatizando así la diferencia entre la identidad del judío de la diáspora y la identidad del nuevo israelí. El revisionismo del Herut y del Irgún, liderado por Beguín desde 1943, mucho más nacionalista y radical en algunos aspectos que el propio Jabotinsky, desarrolló una narrativa en la que interpretaba el Holocausto en términos de su rivalidad con el laborismo dominante, acusando al mismo de haber abandonado a los judíos europeos a su suerte, a pesar de las advertencias de peligro que incesantemente se habían encargado de diseminar en la prensa del Yishuv. Por tanto, los acontecimientos que sucedieron durante la puesta en práctica del Plan Dalet y las olas de éxodos que sucedieron hasta la finalización de la guerra se entienden más ampliamente si los ponemos a la luz de las rivalidades internas de los partidos políticos sionistas por liderar el camino hacia la independencia. El cuestionamiento que de la estrategia laborista y liberal realiza el revisionismo, cuya ideología de afirmación nacional y territorial defendía el empleo del poder militar y la imposición de su voluntad nacional por la fuerza, salió fortalecida de la conciencia de debilidad que había supuesto el Holocausto. El freno que para el laborismo había supuesto la presencia del Imperio británico en Palestina y la búsqueda del patronazgo alternativo de una gran potencia para la realización nacional judía se desvaneció tras los acontecimientos que sucedieron a la votación de la Resolución 181 y a la propuesta de mediación contenida en el Plan Bernadotte, que abogaba por el retorno de los refugiados palestinos. La conveniencia de poner en marcha una política de hechos consumados sobre el terreno asegurando que los territorios asignados a los judíos quedaban vaciados de la mayoría de su población árabe era vista como la única forma de garantizar la viabilidad de un Estado judío. El hecho de que el laborismo e incluso Weizmann, desde 1937 y a raíz de las conclusiones de la comisión Peel, ya hablaran abiertamente de la cuestión de la “transferencia” de palestinos no indica que hubieran ideado de antemano un plan para su expulsión violenta y forzosa, aunque esta siempre se considerara como un último recurso. La búsqueda de una solución pactada entre el laborismo y el rey Abdalá desde 1946 da cuenta de la voluntad del laborismo de contar con la aquiescencia árabe para su proyecto. Más que en el sionismo en sí, la idea de la transferencia y su poder como ideología se sustentó sobre la experiencia judía durante su existencia como minoría en la Europa oriental y muy notablemente la terminó de rematar el Holocausto. Lo que sí demuestra el laborismo, y en esto está más relacionado con el imperialismo colonial europeo, es la absoluta falta de reconocimiento 555 del nacionalismo palestino, así como su aspiración a construir su propio Estado. La expulsión de los palestinos fue un hecho trágico que ocurrió en un contexto de construcción nacional en la que la parte más fuerte estaba asentando sus estructuras de poder como nuevo Estado y en la que el monopolio y el ejercicio de la violencia para la defensa nacional constituía la primera prueba del poder despótico e infraestructural del nuevo Estado. La lucha por este monopolio llevó al borde de la guerra civil dentro del Estado judío a laboristas y revisionistas, como se pudo comprobar en el episodio del Altalena. Fue esta rivalidad y el deseo laborista de imponerse la que proporcionó el resorte y la motivación para adoptar muchas de las tesis revisionistas con respecto al poder de la nación, aunque siempre mantuvo su estrategia de ver al territorio como un medio y no como un fin en sí mismo. Esta aproximación a las tesis del revisionismo sobre el poder contribuyó a crear un centro de poder político hacia el que, con el tiempo, convergerían los distintos partidos políticos de Israel. Esto hace cierto la afirmación de Mann de que las ideologías que justifican limpiezas étnicas están ancladas en conflictos históricos reales, que escalan gradualmente, aunque en ese proceso compitan con otras alternativas. Si en la sección anterior observamos cómo el poder ideológico tuvo una capacidad estructurante algo superior al resto de fuentes debido al impacto del surgimiento de la clase y la nación y su acomodación sionista, en la segunda mitad del siglo XX, el poder ideológico variará, tratando de acomodar ahora explicaciones que den cuenta de la interconexión entre capitalismo, Estados-nación e imperios. Tal vez sea el poder ideológico el más contingente de todos, puesto que cambia a medida que lo hacen los desafíos sociales que enfrentamos. 6.7.2.2. El poder económico Mann afirma que todos los casos de limpieza étnica están relacionados con algún interés material y en el enfrentamiento de intereses económicos colectivos contrarios. El conflicto escala a conflicto étnico cuando los sentimientos de clase son desplazados hacia relaciones étnicas. El grupo oprimido percibe al otro como una nación explotadora imperial y se considera a sí mismo como una nación proletaria explotada. El explotador ve a su autoridad como portadora de la civilización a grupos étnicos inferiores. La defensa de este imperio frente a amenazas revolucionarias provenientes de la base social (abajo) se llama “revisionismo imperial”. 556 La desviación de sentimientos de clase hacia el odio étnico ocurre con frecuencia en economías de nicho étnicas, donde las minorías ocupan determinados lugares dentro de la división del trabajo. Los peores casos de violencia étnica ocurren cuando las clases populares desvían su resentimiento hacia grupos de intermediarios capitalistas. También ocurren cuando los mercados están limitados por monopolios (como el mercado de trabajo en el Yishuv), ya sea en economías muy estatalizadas o en propiedades de la tierra exclusivistas, como también ocurrió en el Yishuv (Mann, 2004, pág. 31). Aquí, el control del Estado se convierte en la única manera de garantizar la prosperidad económica, intensificando con ello el impulso etnonacionalista. Cuando las sociedades y sus economías son eminentemente agrarias, la posesión de la tierra es vista como una amenaza existencial. Por ello, Mann afirma que los asentamientos coloniales han producido muchos genocidios relacionados con la posesión de la tierra. Al ser esta un recurso finito, la competencia sobre el control de la misma se vuelve a menudo letal. No ocurre así, de manera tan señalada y abrupta, cuando la competencia es por eXena10ll capital o el trabajo. La apropiación de la tierra junto con la expulsión del trabajo nativo ha traído aparejado, con frecuencia, el genocidio o el etnocidio, por lo que Mann afirma que las limpiezas étnicas coloniales están mayormente dominadas por conflictos relacionados con los recursos de poder económico. Cuando el vencedor es militarmente más fuerte también puede asegurarse el botín de sus bienes, añadiendo un componente económico más al conflicto (Ley de Propietarios Ausentes). Cuando las sanciones ideológicas y políticas nos lo permiten, la extracción del botín está garantizada. Cuando los grupos se identifican a sí mismos y a sus intereses económicos en términos étnicos, la etnicidad triunfa sobre la clase. Pero esto requiere que los capitalistas, trabajadores, pequeña burguesía, propietarios de tierra y otras clases económicas pertenecientes a un mismo grupo étnico, compartan intereses económicos. Esto no es una tarea ideológica fácil, pero el sionismo lo consiguió. La nación no ha triunfado generalmente sobre la clase en la modernidad. Los nacionalistas han tenido que triunfar sobre los socialistas o liberales argumentando que los conflictos nacionales de clase eran mucho más que una cuestión puramente material. En este sentido resulta interesante el argumento expuesto por Z. Lockman (2012) en un artículo en el que mantiene un diálogo crítico con Gershon Shafir, quien había afirmado que la cuestión demográfica y el estatus de minoría en Palestina había sido lo que había 557 llevado al laborismo sionista a imponer su estrategia de separación económica mediante la imposición del “trabajo judío” y que fue esto mismo lo que los llevó a aceptar el hecho inevitable de la partición del territorio. Lockman argumenta, sin embargo, que la expulsión o la huida de árabes palestinos de aquellos territorios que los judíos van conquistando y controlando durante la guerra de 1947-49 se explica, precisamente, como una estrategia para escapar de las limitaciones que al establecimiento de un Estado judío democrático suponía la estructura demográfica de palestina. Fue este un proceso en el que, además, oficiales militares y responsables políticos del sionismo laborista tuvieron un papel decisivo. Si, como se ha visto, Ben-Gurión y otros líderes laboristas se contuvieron en su expansión hacia Cisjordania, no fue tanto por salvaguardar el hecho demográfico relacionado con el establecimiento de un Estado-nación democrático, sino porque eso le hubiera supuesto entrar en un conflicto con Jordania, lo que habría supuesto que Gran Bretaña, Estados Unidos y la Unión Soviética habrían entrado también en el conflicto. Lockman señala que debemos reformular la línea de causalidad establecida por Shafir al señalar el factor demográfico como el elemento decisivo que ha llevado a todas las políticas de desposesión de la tierra y del trabajo palestino que ha efectuado el sionismo y admitir que, a largo plazo, la imposición del desplazamiento o la eliminación física de los palestinos constituía una escalada más dentro de la estrategia global de separación del trabajo y dominación colonial. “The precondition for achieving the (metaphorical) conquest of labor was the (military) conquest of the land and the displacement of most of its Palestinian inhabitants.” (Lockman, 2012, pág. 31) La separación política y económica que constituyó la base del desarrollo económico y político del Yishuv durante los años del Mandato británico no podría haber sido suficiente, por sí misma, para establecer un Estado judío viable y con capacidad económica y territorial para absorber a nuevos emigrantes. Requerimientos basados en la defensa estratégica tuvieron también un peso crucial y pusieron sobre la mesa la evidencia de que, en última instancia, el poder político, esencialmente territorial, centralizado y monopolístico, requeriría para su realización de un ejercicio de la violencia y la coacción a gran escala, con el objetivo de desplazar al máximo número de nativos posibles y de subordinar a aquellos que quedaran dentro de las fronteras del nuevo Estado. El establecimiento del Estado de Israel en 1948 como un Estado judío, otorgó al Estado de Israel de nuevos poderes, principalmente intensivos (movilización y compromiso nacional), extensivos (incrementando su capacidad para organizar a la diáspora en su 558 servicio) y autoritarios (institucionalizando la dominación por medio del derecho y la violencia). La exclusión y la expropiación de la propiedad árabe que siguió a la guerra de 1947-49 vino motivada por la necesidad de incrementar la capacidad de absorción a la vez que por la necesidad de judaizar la propiedad árabe-palestina lo máximo posible, no sólo de aquellos que habían huido de sus tierras, sino también de algunos de los que quedaron dentro de las nuevas fronteras. Esta conquista y judaización de la tierra culminaría con la guerra de junio de 1967, que supondría una nueva fase de apropiación y asentamiento en Palestina, dando origen al conflicto sobre los territorios ocupados. Aunque el maximalismo territorial del sionismo revisionista fue el que, desde el principio, más abiertamente aspiró a la extensión del territorio a ambos lados del Jordán, la aquiescencia del laborismo y su tibieza a la hora de tratar los primeros asentamientos ilegales, han convertido a la desposesión en una verdadera política de Estado. Lockman (2012, pág. 34) concluye que es la lógica colonial del modelo de asentamiento puro y su insistencia en mantener un Estado predominantemente judío, la que requiere de la expansión territorial y del reasentamiento poblacional como las dos caras de Jano. La resistencia palestina a la estrategia de hechos consumados con las que operó el laborismo sionista ha sido la que ha otorgado al conflicto su naturaleza eminentemente política, ya que ha requerido de la centralización y concertación de la violencia armada en ambas sociedades, creando en el proceso los principales elementos que conforman la naturaleza de lo político en el sentido “schmitiano” de la palabra: la conquista de la tierra y la distinción entre amigo y enemigo. Se trata, por tanto, de un problema de naturaleza eminentemente política, ya que requiere de la imposición de la dominación o la colaboración forzosa a la población no judía que se resista tanto dentro, como fuera de sus fronteras, llevando muchas veces a contenerla dentro de cantones divididos por fronteras físicas, mucho más fáciles de dominar. Para Israel, asegurar la estabilidad y viabilidad del Estado requería romper las estructuras de acción colectiva de sus oponentes y, en este sentido, la expropiación de sus recursos de poder ideológicos, económicos, militares y políticos. El sionismo intentó la expropiación de los recursos de poder ideológico de los palestinos creando una narrativa de la guerra diseñada para culpabilizar a los palestinos y a los árabes de su propio destino, al haber rechazado la legitimidad de una resolución internacional y al haber atacado primero a Israel, invisibilizando posteriormente su cultura y judeizando el territorio conquistado. Se apropió de los recursos económicos desposeyéndoles de sus tierras, 559 derribando sus casas y condenándoles al exilio. Se apropió de sus recursos militares desarmando a la población y prohibiéndoles el entrenamiento militar otorgado a aquellos que sí se consideraban aptos para servir en las Fuerzas de Defensa de Israel (como los drusos). Por último, se les privó de sus recursos políticos ahondando en la desmovilización que siguió a la represión ejercida por los británicos, en connivencia con los judíos durante la revuelta de 1936-39. La desmovilización política de la población árabe israelí o la deslegitimación de la árabe palestina han sido las estrategias puestas en marcha por el gobierno de Israel desde 1948. 6.7.2.3. El poder militar Como ya hemos presentado en el capítulo tercero, el poder militar se define como la organización social de la violencia letal y concentrada. Ejércitos, fuerzas policiales y grupos paramilitares extra-estatales han sido históricamente sus principales agentes en la modernidad. El poder militar resultó altamente relevante para llevar a cabo la ideología de la transferencia en la última fase de escalada del conflicto que, como hemos dicho, comenzó en el mes de abril de 1948. Tal y como hemos presentado, aunque el éxodo palestino comenzó con la huida de las clases más acomodadas en el mes de diciembre de 1947, las deportaciones más masivas fueron ejecutadas durante la guerra o poco después de la firma de los armisticios, entre 1950 y 1953, cuando el Estado mono-nacional se estaba configurando y cuando la confusión y el miedo aún eran latentes, como ocurrió con la deportación de los habitantes árabes de Ashkelon a Gaza. De hecho, las guerras civiles con un fuerte componente étnico son muy peligrosas para los grupos étnicos que quedan atrapados en las líneas enemigas. Mann señala como el apetito de “limpieza” se ve incrementado cuando puede realizarse a un coste militar muy bajo y sin temor a las represalias. Ello explica que Israel no cometiera deportaciones masivas o masacres en 1948 ni en Jerusalén ni en Gaza, puesto que temía que, tocar esas ciudades provocara la intervención de Estados Unidos en defensa de Transjordania o Egipto (por el miedo a que este último pudiera provocar una intervención más directa de la URSS en el conflicto). Este apetito de limpieza fue favorecido, por otro lado, por la instauración de un aparato militar-burocrático al servicio de la aplicación de los Reglamentos de Defensa, proclamados por los británicos durante el Mandato y vigentes dentro de Israel hasta 1966. La separación de las dos sociedades basada en el establecimiento de dos economías durante el Yishuv, se ahondaba ahora separando dos órdenes jurídicos: uno de carácter 560 civil, democrático y garantista, para aquellos territorios con mayoría judía, y otro de carácter marcial para aquellos pueblos de mayoría árabe, contribuyendo a la militarización de Israel, basada en el “uso persistente de la violencia militar organizada para perseguir fines sociales” (Mann, 1996, pp.221-239). El desarrollo del militarismo por una sociedad se encuentra estrechamente relacionado con el nivel de atracción y movilización de masas que el Estado sea capaz de forjar. Además, se encuentra también relacionado con otros mecanismos sociales e influido por otros factores de naturaleza no militar como el desarrollo económico del país (nivel de industrialización), la guerra a gran escala y nociones de representación política popular. Estos mecanismos sociales, que generan proyectos de movilización de masas, hacen al pueblo mucho más relevante en el estudio de las relaciones de poder a nivel macro. Así, el militarismo del Estado judío se ha llevado a cabo mediante la conscripción nacional obligatoria (con importantes excepciones como los árabes o los religiosos ultraortodoxos), aunque la legitimidad que ha alcanzado el Estado y la eficaz socialización de sus ciudadanos en la ideología de la defensa ha llevado a que esta se haya convertido en una cooperación forzosa generalmente aceptada, así como en un poderoso agente de estratificación social a la vez que de integración nacional. El militarismo en Israel ha sido, además, un producto de la política del Estado orientada a reprimir a los enemigos interiores y que se ha desplegado en acciones transfronterizas. Aunque Israel ha predicado insistentemente la naturaleza defensiva de su militarismo se puede argumentar que el concepto de guerra preventiva, frecuentemente empleado por Israel (como fue en la guerra de 1956 o 1967), es de naturaleza tan agresiva como el de la guerra ofensiva. Esta militarización fue favorecida por el empleo de una defensa eminentemente terrestre. Según sociólogos como Sckocpol (1979) o Tilly (1990), las potencias militares con un alto componente de defensa terrestre se encuentran más propensas a desarrollar gobiernos autoritarios que las potencias navales o las que están basadas en algún otro poder militar. En el caso de Israel, el autoritarismo sólo lo desarrolló frente a su población árabe (aunque es cierto que, paulatinamente, ha ido integrando más a los árabes de Israel) o para el gobierno de los territorios ocupados militarmente en junio de 1967, mientras que para la población judía ha operado como una democracia funcional de corte occidental. Con respecto al caso de las guerras de 1947-49 y 1967, existieron componentes dentro de las mismas que facilitaron que fueran especialmente cruentas con la población civil, como fue el caso de las matanzas de Deir Yassin o del Bloque Etzion en 1948. El hecho de que 561 se trate de guerras altamente ideologizadas contribuye a que las normas de derecho que generalmente rigen las confrontaciones bélicas y que protegen a los civiles no hayan sido respetadas, al convertir a estos en potenciales enemigos. Peleg (2005, pág. 138) señala como el lenguaje deshumanizado para referirse a los palestinos no ha sido algo excepcional en aquellos líderes con líneas más duras como Beguín, que se refería a los palestinos como “nazis” y el 8 de junio de 1982, en un discurso en la Knesset, los describía como “animales de dos piernas”. Asimismo, su jefe de Estado Mayor, el general Eitan, se refería a los palestinos como “cucarachas drogadas”. Otro componente importante del poder militar que ha afectado el curso del conflicto israelí-palestino tiene que ver con la efectividad de los ejércitos para instaurar sitios prolongados. La ocupación militar de Gaza y Cisjordania y la autoridad israelí para cerrar a discreción poblaciones enteras y prohibir el contacto entre comunidades ha favorecido lo que Mann denomina los incentivos para el saqueo (2004, pág. 32). La única diferencia es que, en esta ocasión, el saqueo no es efectuado de manera espontánea o desorganizada, sino con la sanción legal del Estado mediante procesos burocráticos y leyes que han facilitado la sanción legal de sus actos de apropiación de tierras o bienes, institucionalizada por medio de la Ley de Propietarios Ausentes (1950) u otras disposiciones legales semejantes. Ello ha fomentado una concepción patrimonialista del Estado, redistribuyendo la tierra expropiándola de manos árabes-palestinas y otorgándolas al Custodio de la Propiedad Ausente, nombrado por el Ministerio de Hacienda; o bien a la figura del Custodio General, eufemismos con los que el Estado blanqueo sus actividades de saqueo bajo la autoridad del Ministerio de Justicia de Israel. Por último, el desarrollo de tácticas de guerrilla o de atentados terroristas perpetrados por organizaciones palestinas para luchar contra la ocupación (como el Frente Popular para la Liberación de Palestina, la Organización Abu Nidal o posteriormente Hamas) también ha favorecido la matanza de civiles israelíes indiscriminada, así como que el ejército de Israel, superior en recursos fijos y enfrentado a un enemigo mucho más movible, haya tenido que atacar asentamientos o poblaciones civiles para forzar a las milicias organizadas o grupos terroristas a una defensa más estática. La imposibilidad de contener de otro modo estos ataques debido al amplio apoyo social de los mismos en los territorios, ha fomentado el uso de una represión de tipo ejemplarizante por parte de Israel, lo que explica el recurso frecuentemente empleado por las fuerzas de seguridad de Israel de detener a parientes de terroristas o demoler las casas de sus familiares. La vigilancia y el control intensivos a los que Israel ha sometido a los habitantes de los territorios ocupados 562 tras la guerra de 1967 ha fomentado la investigación en la tecnología militar dirigida al empleo de satélites, telecomunicaciones, tecnologías de la información, drones, etc., con el objetivo de impedir llevar a cabo atentados terroristas dentro de Israel. Este desarrollo ha sido uno de esos productos inintencionados de la guerra, imprevisible durante los seis días que duró la confrontación, pero cuyo desarrollo se ha convertido en uno de los motores económicos del Estado, gracias también a su empleo en aplicaciones civiles. Las guerras de Israel, por su carácter internacional, han contribuido al fortalecimiento del Estado y a la interpenetración con la sociedad civil. La interdependencia entre sociedad y Estado ha sido un producto directo del desarrollo del poder militar, debido a la existencia de impuestos elevados para financiar las necesidades de la defensa y a la imposición de un largo servicio militar obligatorio (32 meses para los hombres y 24 para las mujeres), por lo que, al contrario que sucede en la mayoría de Estados europeos en los que la política exterior no forma el núcleo de la contienda electoral, en el caso de Israel, muchas de las divisiones políticas, así como su separación entre derecha e izquierda, vienen determinadas por las posturas de los diferentes partidos en relación a la gestión del conflicto y a la política exterior de Israel. 6.7.2.4. El poder político Mann define al poder político como la regulación territorial centralizada de la vida social. Es inherentemente territorial, autoritario y monopolístico, por lo que es muy susceptible de degenerar en violencia cuando existen reivindicaciones rivales para el ejercicio de la soberanía política sobre un mismo territorio. Basándose en datos del Minority at Risks Project198, Mann afirma que las variables que mejor explican la comisión de actos de violencia y limpieza étnica provienen de motivaciones políticas y son particularmente frecuentes donde se dan las siguientes circunstancias: (i) cuando ha habido recientemente protestas de carácter político durante los últimos cinco años; (ii) cuando esas protestas ocurren dentro de un régimen inestable, dividido y represivo; (iii) cuando existe una grado elevado de concentración poblacional que facilita la organización; (iv) cuando existe una organización política de carácter extensivo y (v) cuando las partes enfrentadas cuentan con el apoyo de simpatizantes extranjeros. (Mann, 2004, pág. 33) 198 Universidad de Maryland, http://www.mar.umd.edu 563 En el caso del Mandato británico sobre Palestina, la última década de su existencia se caracterizó por la presencia de todos estos componentes, tal vez con ligeras variaciones. En primer lugar, los actos de protesta provenientes de las comunidades judía y palestina fueron frecuentes desde 1936, y como hemos visto, tuvieron su origen en la llegada de masas de judíos huidos de la represión nazi durante la década de los treinta, que favorecían las posibilidades de obtener un Estado judío sobre territorio que los palestinos consideraban como propio y que ejercían una presión excesiva sobre los escasos recursos. Unos protestaban por la llegada y otros por las prohibiciones a la llegada. La escalada de las protestas se intensificó tras el paréntesis de la Segunda Guerra Mundial, y dieron origen al caos social que favoreció la salida de las autoridades británicas de Palestina. En segundo lugar, el régimen policial que había instaurado el Mandato y que, como ya hemos referido, convirtió a Palestina en un gran cuartel, facilitó que se fomentara la opción militar para obligar a negociar a británicos y palestinos y salir así del estatus quo político. La inestabilidad del régimen del Mandato, cuya metrópolis estaba económicamente arruinada por la guerra, facilitó que Gran Bretaña decidiera abandonar su séptimo dominio, ante la imposibilidad de continuar gestionándolo de manera segura, precipitando con ello el declive de su maltrecho imperio. En tercer lugar, la concentración poblacional en pueblos y asentamientos étnicamente homogéneos (con la excepción de poblaciones mixtas como Haifa, Yafo o Safed) favorecieron los actos de limpieza que tuvieron lugar durante la guerra de 1947-49, así como su posterior control, ya que resultaba fácil expulsar a poblaciones enteras (muchas de las aldeas árabes no superaban algunos centenares de habitantes), destruir o quedarse con sus propiedades y judaizar a los pueblos que quedaban desiertos posteriormente para invisibilizar los orígenes étnicos de la misma. En cuarto lugar, el carácter extensivo tanto de la diáspora judía como de la resistencia árabe favoreció que ambas comunidades se sintieran respaldadas y consideraran que valía la pena luchar por un objetivo que parecía alcanzable y para el cual, contaban con el apoyo de sus “hermanos” en la fe o en la identidad cultural. Así, las redes transnacionalistas del sionismo o del panarabismo alimentaron la reivindicación de la soberanía territorial, erigiéndose en representantes o defensores de los intereses rivales de ambas comunidades en el exterior. Por último, aunque tal vez esta característica ha estado más presente en el lado palestino que en el israelí, la violencia masiva generada por el conflicto político fue exacerbada por la intervención de los ejércitos árabes que representaban a Estados con intereses divergentes sobre Palestina. Además de ello, cuando la Guerra Fría llevó a Oriente Medio, el apoyo de las potencias rivales a las 564 distintas partes en conflicto favoreció también la escalada de violencia que fue responsable de las guerras de 1956, 1967 y 1973. Como señala Mann, en contraste con la ideología, que está basada en la aquiescencia del individuo y que, por lo tanto, es parcialmente privada y sustancialmente voluntaria; a diferencia de la economía, que permite escoger entre opciones de mercado o con el poder militar, que está normalmente institucionalizado y se encuentra lejos de nuestras experiencias cotidianas; todos somos obligados, sin embargo, a vivir bajo el poder político. Todos tenemos que someternos, de manera rutinaria, a la regulación de un Estado y no podemos elegir cuál. Por ello, las reivindicaciones rivales a la soberanía son las que requieren un compromiso más difícil y las que conducen con mayor probabilidad, a cometer actos de violencia y de limpieza asesina. La esencia del problema para Israel radica en que los sionistas, se veían a sí mismos y a su Estado, como los garantes últimos de la seguridad y del destino final al que acabaría aspirando todo judío, por lo que la emigración al mismo constituía la máxima aspiración, independientemente de las repercusiones políticas para los copropietarios de la tierra. La fórmula económica que limitaba la emigración reguló, de algún modo, el conflicto entre ambas comunidades. Pero esta fórmula, contenida en los artículos 2 y 6 del Mandato en 1922, cuando la inmigración judía sólo alcanzaba unos pocos miles, se volvió imposible de asumir a partir de 1932, cuando empezó la emigración de refugiados judíos de Alemania, llegando a alcanzar los 62.000 en 1935. Las consideraciones económicas pasaron aquí a un segundo plano y las políticas, derivadas de la fricción entre nacionalismos rivales, dominaron, a partir de entonces, el conflicto entre judíos y árabes sobre Palestina. Como señala Cohen (1977, pág. 380), incluso aunque durante los años de la Revuelta Árabe, previos a la guerra de 1947-49, hubo algunos intentos genuinos de llegar a un entendimiento, en última instancia, tanto árabes como judíos entendieron que lo que estaba en juego era el control sobre Palestina y ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder, independientemente de su número de habitantes o de sus capacidades económicas. Por ello, las relaciones de poder político son, en último término, decisivas. Los judíos se refugian con desesperación en su Estado, fundándolo sobre una mística de pueblo o nación que no deja de ser un producto histórico. El nacionalismo sionista pretendió establecer el principio político de la democracia sobre la institucionalización de un Estado nacional heredero de una teocracia absolutista, que había escogido al pueblo hebreo para encarnar su Estado de derecho en forma de ley divina. Esta forma política generatriz no 565 podía producir salvo un Estado absolutista, en el sentido de estar fundado sobre la totalidad de la nación judía pensada idealmente como principio democrático, recurriendo a la violencia y a la coacción, si fuera necesario, para preservar esa unidad y homogeneidad ideal, ya que el quebrantamiento de esa unidad era percibido como una amenaza existencial. Sobre esta piedra angular edificó, a partir de 1948, todas sus instituciones, sobre la base de que la democracia sólo puede ser nacional, es decir, sólo puede basarse en la unidad de correspondencia entre nación y Estado. El sionismo creó en torno a sí un nuevo complejo social: la nación judía con conciencia de sí misma y que trata de apoderarse de su propio destino erigiéndose en cuerpo político, en Estado judío. Si Israel no ha conseguido otorgarse una constitución es precisamente porque esta doctrina política ideal no ha conseguido sustentarse sobre la realidad política ya que, para ser puramente democrático y unitario, hubiera necesitado contar con la conversión de los musulmanes y con la conversión a la unidad de la pluralidad de tradiciones judías que empezaron a concentrarse en Israel. La guerra de 1947-49 es, en este sentido, el intento de hacer efectiva la homogeneidad nacional, como base para la construcción institucional democrática. Es decir, afirmó el objetivo sionista de crear un solo centro de poder asegurándose de que las minorías nunca puedan erigirse en mayorías. Para conseguir este objetivo era esencial que perdieran toda opción al poder, sometiéndose, voluntariamente o por la fuerza, a una voluntad política ajena. El gran problema en el caso de Israel es que, las únicas opciones para construir la homogeneidad en un Estado nacionalista son la segregación o la asimilación. La asimilación es compleja, porque requeriría la conversión, por lo que la vía más factible ha sido la segregación. La perpetuación del conflicto armado ha sido instrumental para Israel, porque le ha permitido perpetuar la segregación y proyectarla como única vía posible de convivencia bajo el dominio de una sola nación. Necesitó acontecimientos políticos reales (guerras) para afirmar su condición de nación judía y la imposibilidad de escapar a esa fórmula sin arriesgar la continuidad de su existencia misma. El dilema entre los principios universalistas del socialismo y los particularistas del nacionalismo se resolvieron en los momentos de crisis. En el instante decisivo, en la guerra o en la crisis, es donde el laborismo socialista traiciona sus verdaderos principios y recae en soluciones nacionalistas, imponiendo mediante la coacción el verdadero sustento de su poder político: la nación judía. El sionismo laborista se convierte así en un nacionalismo étnico interclasista, entretejido entre los intersticios de otros conflictos 566 nacionalistas (intra-arabes) y étnicos (kurdos, duros, chiíes y siniestro, etc.) presentes en la región, y sobre cuya evolución acabará incidiendo. Los momentos en los que más claramente se manifiesta el poder político dentro del Estado serán los momentos en los que las tensiones sociales alcanzan un alto grado de intensidad, cuando se cuestionan los principios organizacionales de la cooperación social, politizando con ello todas las relaciones. De aquí surge la cuestión de si el Estado es un momento del poder político o un lugar en el que se dirimen conflictos de intereses. Como ya hemos afirmado en el capítulo 2 de esta tesis: “Todo poder político activo aspira a organizar y actuar la cooperación social-territorial según sus intenciones. Pero este objetivo sólo lo puede alcanzar un poder político si se transforma en poder estatal”, es decir, si tiene a su disposición el orden jurídico establecido por órganos estatales o supraestatales, así como sus recursos e infraestructuras para el ejercicio del poder. 567 Tercera Parte: de la guerra de 1956 a la guerra de 1973 6.8. Auge y declive de los imperios informales en la región Podemos afirmar que la guerra de independencia constituyó a la vez un final y un principio. Fue el final de una fase de construcción de autonomía nacional y cristalización estatal y fue el comienzo de una serie de conflictos de carácter geopolítico que nadie hubiera podido predecir a finales de 1947, precisamente porque ocurrió en un tiempo transicional con las nuevas estructuras geopolíticas en construcción y en vías de institucionalización. La guerra de 1956, sin embargo, no supuso ni un principio ni un final, sino una continuación de los conflictos inacabados en la guerra de 1947-49 que generaron buena parte de la inestabilidad y de los enfrentamientos bélicos que trufaron la región durante las tres décadas siguientes. El periodo histórico comprendido entre los años 1949 y 1967 resulta decisivo para entender la confluencia de las distintas redes de poder que finalmente cristalizarán en el reconocimiento internacional del Estado de Israel y en la firma de los armisticios concluidos en julio de 1949. Al final de ese mismo año tienen lugar las primeras elecciones en Israel. Ben-Gurión es nombrado primer ministro y es a la vez ministro de Defensa. Weizmann es nombrado presidente del Estado, aunque se trataba de una figura puramente ceremonial. Durante este primer año se pone de manifiesto la incapacidad de acordar una constitución para Israel y se adopta una fórmula de autodeterminación gradual, dejando las cuestiones más espinosas como las relaciones entre religión y Estado bajo una situación de permanente “statu quo” (ver pág. 147). Internacionalmente, en este mismo año se produce la Conferencia de Lausanne, organizada por la Comisión Conciliadora de la Asamblea General de Naciones Unidas, compuesta por USA, Francia y Turquía. Israel acepta la paz sólo a cambio de un reconocimiento seguro y permanente de sus fronteras. Los Estados árabes pedían la vuelta de los refugiados y la retirada israelí a las fronteras trazadas en la Resolución 181 del 29 de noviembre. La conferencia fue un completo fracaso. A partir de entonces, Israel se concentra en intentar establecer sus relaciones con las superpotencias USA, URSS y Gran Bretaña, aunque el Estado judío mantiene su neutralidad sin tomar parte aún por ningún bando puesto que, por distintas razones, necesitaba el apoyo de las dos superpotencias. En 1950, Israel traslada la sede del gobierno a Jerusalén desafiando así la resolución de Naciones Unidas que abogaba por la internacionalización de la ciudad. En abril de ese 568 mismo año, el Rey Abdalá de Jordania se anexiona Jerusalén Este y Cisjordania y llama a su nuevo estado el Reino Hachemita de Jordania, estableciéndose un modus vivendi entre Israel y Jordania basado en el mantenimiento de intereses mutuos, principalmente, el rechazo a la internacionalización de Jerusalén y a la soberanía jordana de Cisjordania. En este mismo año se produce un importante giro en la política exterior israelí provocado por dos acontecimientos importantes. En primer lugar, la Declaración Tripartita entre USA, Francia y Gran Bretaña para regular la venta de armas a la región y el mantenimiento de las fronteras del armisticio. En segundo lugar, la Guerra de Corea marcó decisivamente el alineamiento israelí-norteamericano, tras lo cual, la URSS tomará una posición pro-árabe y anti-israelí. Por lo que respecta a la evolución política de los Estados árabes, hay que señalar como acontecimiento clave la muerte en septiembre de1951del Rey Abdalah, asesinado en Jerusalén Este a manos de seguidores de Haj Amin, (muftí de Jerusalén) no por negociar con Israel, sino por sus intentos de anexión de Cisjordania. El inicio de la guerra fría en Oriente Medio sólo sirvió para demostrar que la única cosa que los árabes tenían en común era Israel. Si en estas fechas se producía un giro en la política exterior israelí, lo mismo ocurría en la política exterior egipcia, que pretendía en estos momentos tomar el liderazgo político del mundo árabe contra Occidente. Así, se produce el cierre del Canal de Suez, del Golfo de Aqaba y del estrecho de Tiran a todos los barcos portadores de bandera israelí. Este cambio vino a consolidarse tras el golpe de Estado en Egipto por parte de los Oficiales Libres el 23 de Julio de 1952 liderado por Gamal Abdel Nasser. Su doctrina política, el nasserismo, pretendía reconciliar los principios del socialismo adaptándolos a las circunstancias y tradición especiales de los países árabes o del panarabismo. La naturaleza del conflicto, eminentemente territorial y nacionalista, surgido de un proceso de descolonización que enfrentaba a dos comunidades étnicas rivales pero con grados desiguales de desarrollo político-institucional, hizo que tuvieran lugar, entre 1947 y 1967, al menos tres conflictos armados simultáneamente: uno entre judíos y palestinos por consolidar o destruir la fórmula de partición territorial con la que Naciones Unidas intentó apaciguar el avispero creado por el Mandato británico; otro entre el sionismo y el panarabismo, de carácter interestatal, que puso a prueba la efectividad de la Liga Árabe, la voluntad de unión y la capacidad de coordinación de sus Estados miembros, reconfigurando la política regional de los Estados árabes durante las dos décadas siguientes; y, por último, un conflicto civil entre las facciones laboristas y revisionistas del sionismo, simbolizado en el episodio del Altalena, del que el laborismo saldría 569 triunfante, consolidando su monopolio sobre todas las fuentes del poder social, que cristalizarían en el Estado de partido único que de facto gobernó Israel hasta 1977. Aunque el enfrentamiento militar entre las facciones rivales del sionismo concluyó con la creación del Estado, su rivalidad ideológica siempre permaneció latente, marcando la senda del conflicto y su evolución hacia las tesis territorialistas y populistas del futuro Likud. Además de las propiedades emergentes que la propia naturaleza política del conflicto generó entre israelíes, árabes y palestinos, resulta necesario volver a escalar nuestro análisis y entender la evolución de esta guerra en el marco de las transformaciones que se generaron dentro de las estructuras internacionales durante la Guerra Fría y que concluirían, tras el conflicto por el Canal de Suez de1956, con la transición del dominio y la rivalidad franco-británica por el control de la región, hacia el dominio y la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética, únicos imperios que quedaron en pie tras la Segunda Guerra Mundial. En esta guerra pueden observarse los últimos intentos de los imperios coloniales de Francia y Gran Bretaña por mantener su supremacía geopolítica sobre el Levante, inmersos como estaban ambos, en sendos procesos de desestructuración imperial-colonial. En este contexto, el conflicto de Suez fue en realidad una guerra inter-imperial, puesto que todas las partes en conflicto: Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos, Israel y Egipto, eran en realidad o imperios en declive o imperios en expansión, sólo que en distinta medida. De los imperios ajenos a la región, Francia y Gran Bretaña eran claramente imperios en declive, que habían salido de la Segunda Guerra Mundial muy debilitados, pero que aún mantenían intereses imperialistas sobre la región, principalmente derivados del control del petróleo y sus infraestructuras de comunicación. El petróleo era la materia prima en torno a la cual se estructuraba su rivalidad y la de ambos con respecto a Estados Unidos, que en esos momentos era un imperio en expansión que tenía como único contrapeso a un imperio eminentemente territorial, pero con una gran capacidad de penetración ideológica: la Unión Soviética. La rivalidad entre Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos, tiene su origen, como la mayoría de los conflictos en Oriente Medio, en la Primera Guerra Mundial, y se encuentra institucionalizada en la figura de un tratado internacional: el Acuerdo del Petróleo de San Remo (1920); y anclada a la vida económica de la época en una biografía judía: la de Sir Marcus Samuel Moss, primer vizconde de Bearsted. 570 6.8.1. Sir Marcus Samuel Moss y la competencia inter-imperial por hacerse con el oro negro de Oriente Medio Sir Marcus Samuel (1853-1927) era hijo de Marcus Samuel, un comerciante de origen judeo-iraquí afincado en Londres y fundador de la empresa M. Samuel & Co, dedicada a la importación y exportación de productos del lejano oriente. Comenzó su negocio modestamente, con una tienda de antigüedades y curiosidades cerca de la Torre de Londres, trayendo productos de artesanía asiáticos, entre los más populares, conchas asiáticas que en ese momento se cotizaban mucho en el mercado de la decoración, así como cajas de madera pintadas con conchas que luego vendía en los resorts más visitados de la costa inglesa. Incorporó el arroz a sus importaciones y hacia 1860 amplió su negocio a la exportación. En ese momento Asia se estaba abriendo al mundo, por lo que su negocio en el lejano oriente se extendía desde Japón hasta Ceilán, China o las Islas Filipinas (Green, 2018). Siguiendo el modelo de negocios de dinastías familiares tan al uso en la época, el hermano menor, Samuel Samuel, fue enviado a Japón a controlar el negocio. Allí, junto a su hermano mayor Marcus, fundó la compañía Samuel & Samuel Co., a finales del siglo XIX, contribuyendo decisivamente a la modernización e industrialización de Japón. Ambos fueron los primeros en fomentar, en el país asiático, el comercio del carbón y la venta de maquinaria industrial, así como los primeros en emitir un préstamo en libras de oro al Imperio japonés en 1897, vinculando la exportación de maquinaria industrial con la financiación de la deuda. Desde Japón, extendieron sus exportaciones de maquinaria a otros lugares de Asia que se incorporaban a la modernidad y al desarrollo industrial. Fue debido a estas actividades de exportación de maquinaria cuando Marcus Samuel se dio cuenta de la creciente dependencia del petróleo que se estaba generando en Asia y decidió así expandir su negocio a este sector. La oportunidad le sobrevino de mano de los Rothschild franceses, quienes habían recibido los derechos de prospección y extracción del petróleo en la región caucásica del Imperio ruso, pero no tenían los medios para transportarlo y comercializarlo. Fue en 1891, cuando consiguió un contrato exclusivo con los Rothschild para vender el queroseno de la Bnito (acrónimo ruso de la Caspian and Black Sea Oil Company), fundada por los Rothschild en 1883, al este del Canal de Suez. Sería tras un viaje ese mismo año a los campos de Azerbaiyán, cuando a Marcus Samuel le sobrevino la idea de transportar ese petróleo desde el Mar Caspio hasta Asia a través del Canal de Suez, operativo desde 1869. Las limitaciones técnicas del Canal de Suez con respecto a la seguridad de los barcos llevaron a Samuel a 571 tener que idear un nuevo modelo de barco petrolero, diseñado por él mismo, y al que llamó Murex, en honor a un tipo de molusco del Indo-Pacífico, de cuyo modelo encargó 8 reproducciones. El nuevo barco contemplaba la utilización de la bodega y del propio volumen de carga como tanque de almacenamiento, sin tener que transportar el petróleo en barriles separados, que eran inseguros y ocupaban mucho espacio. Esta bodega se podía limpiar con vapor una vez vaciada de petróleo, lo que permitía a los barcos regresar de Asia cargados de mercancías en lugar de vacíos, optimizando con ello los costes del transporte. El Murex cruzó por primera vez el Canal de Suez en 1892, revolucionando la industria del transporte de petróleo (Green, 2018). Su principal competidor era la Standard Oil (1870), que comercializaba el queroseno en unas latas azules que se convirtieron en emblemáticas en la época. Para distinguirse de la Standar Oil y afianzar su propia marca, la compañía de Samuel creó unas latas rojas muy llamativas y, su modelo tuvo tanto éxito, que hacia 1896 ya era el sector de negocio que mayores beneficios reportaba a los hermanos Samuel quienes montaron una nueva compañía en 1897 a la que llamaron Shell Transport and Trading Company, en memoria del negocio de importación de conchas que había iniciado su padre. Siguiendo esta idea, a todos los barcos que inventaban para mejorar la capacidad de carga de los anteriores, los bautizaban con nombres de moluscos (Murex, Conch, Clam, etc.). A través de ella monopolizaron el comercio de queroseno con Asia y abrieron su primera refinería en BalikPapan, en la Borneo holandesa. En 1901, el mismo año en que se descubrió petróleo en Texas, Marcus Samuel hizo el negocio de su vida, al conseguir la concesión del transporte y distribución de petróleo de su principal competidora, la Standard Oil. Un competidor menor, la Royal Dutch (compañía holandesa estatal), había comenzado por entonces a construir sus propios petroleros y había logrado construir su propia red de organización de ventas en Asia, dejando inservible a la mitad de la flota de Shell. Ambas compañías llegaron a un acuerdo y en 1907 se fusionaron formando el Royal Dutch Shell Group, que se expandió rápidamente a Asia, Rusia, Rumanía, Venezuela, Méjico y Estados Unidos, a lo que siguió la adquisición, en 1912, de la compañía Bnito de los Rothschild. El negocio del petróleo y el combustible se convirtió en el negocio de mayor expansión de la época y controlarlo era controlar la producción industrial capitalista internacional y el suministro de energía de las mayores potencias navales del momento. La exploración y prospección petrolera se convirtió en “el Dorado” del capitalismo del primer cuarto del siglo XX y sus aplicaciones permitieron batir récords de velocidad y exploración de 572 nuevos confines: el combustible Shell alimentó los barcos que ayudaron a los exploradores Ernest Shackleton y Scott a explorar el Ártico y llenó el tanque de combustible del avión de Louis Bleriot, el primero en cruzar el Canal de la Mancha y de Alcock y Brown, los primeros en realizar un vuelo transatlántico en 1919. Durante la Primera Guerra Mundial Shell se convirtió en el principal distribuidor de combustible del ejército británico y puso todos sus barcos, incluyendo el Murex, a disposición de la armada británica, ejemplificando con ello, la borrosa separación entre nacionalismo y capitalismo que ha existido desde el siglo XIX y que ya vimos en la industria del diamante199. Debido a su servicio al imperio durante la Primera Guerra Mundial, la reina de Inglaterra otorgó a Marcus Samuel el título de primer Barón Bearsted de Maidstone en 1921, elevado a primer vizconde de Bearsted en 1925. La implicación de la Royal Dutch Shell en Oriente Medio se enmarca en las prospecciones de Mesopotamia que comenzaron a realizarse durante la primera década del siglo XX con la implicación del sultán otomano y los bancos y compañías alemanas que estaban contribuyendo en la construcción de la línea ferroviaria Berlín-Bagdad, mediante la cual, los alemanes buscaban tener su propio acceso al Golfo Pérsico. Los británicos inmediatamente presionaron a Estambul para conseguir concesiones para la prospección, creando en 1911 una compañía británica llamada African and Easter Concession Ltd., con el fin de intentar reconciliar los intereses de Alemania y Gran Bretaña. En 1912, esta compañía se convirtió en la Turkish Petroleum Company (TPC), compuesta por grandes compañías y entidades financieras europeas entre las que se incluían el Deutsche Bank (fundado en 1870 por tres emprendedores entre los que se encontraba el financiero judío Ludwig Bamberger); la Anglo-Saxon Oil Company (compañía subsidiaria de Royal Dutch Shell); el Banco Nacional de Turquía; el hombre de negocios armenio Calouste Gulbenkian y la Anglo-Persian Oil Company que, hacia 1914 controlaba el 50% de las acciones de la TPC. Los planes de exploración y las concesiones otorgadas por el sultán Mehmed V se frenaron debido al estallido de la Primera Guerra Mundial pero, cuando las potencias vencedoras de la misma se reunieron en la Conferencia de San Remo (1920) para sancionar legalmente la partición del Imperio otomano entre Francia y Gran Bretaña, acordada previamente en el Tratado de Versalles, la participación del Banco Nacional de Turquía dentro de la TPC fue considerada, a 199 Toda la información sobre la historia de la compañía Shell está extraída del archivo de divulgación histórica de la página web de la compañía en: https://www.shell.com/about-us/our-heritage/our-company- history.html 573 instancias de Francia, como parte del botín de guerra. Fue así como se alcanzó el Acuerdo del Petróleo de San Remo (1920), mediante el cual Francia, motivada por su deseo de crear una empresa petrolera que compitiera con las grandes compañías británicas o americanas200, obtuvo un 25% de participación en la TPC, mientras que la Anglo-Persian Oil Company disfrutaba de un 47.5%, la Anglo Saxon Petroleum Company un 22.5% y Calouste Gulbenkian el 5% restante. Este acuerdo molestó en sobremanera a Estados Unidos, cuyas compañías petroleras demandaban el reconocimiento de su derecho a participar en las prospecciones de Oriente Medio, bajo el temor de que la venta de petróleo barato provocara una baja en el precio del crudo norteamericano. A fin de buscar una solución a la tensión generada entre Gran Bretaña y Estado Unidos por este asunto, en 1928 se reorganizó la TPC para incluir a la Near East Developmente Corporation (consorcio americano compuesto por Jersey Standard, Socony, Gulf Oil, la Pan-American Petroleum and Transport Company, y la Atlantic Refining, aunque durante la década de los treinta Jersey Standard y Socony compraron las acciones de la Near East Development Corporation al resto de compañías). Este hecho desembocó en la firma del Acuerdo de la Línea Roja de 1928 que ya se ha mencionado en la sección anterior, en el que Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos se comprometieron a un acto de “equilibrio de potencias” entre las grandes compañías petroleras que monopolizaron el comercio y la extracción de petróleo en Oriente Medio hasta que se iniciaron, en la década de los 70, los grandes procesos de nacionalización. El acuerdo de la línea roja mantenía el equilibrio y reparto de las ganancias entre las empresas firmantes, que formaron el primer cartel del petróleo en Oriente Medio, hasta que en 1960 se creó el segundo cártel, la Organización de Países Exportadores de Petróleo. Sin embargo, el acuerdo no evitaba que otras compañías pudieran hacerse con nuevas concesiones en la región, como así ocurrió con Socal en 1928, cuando obtuvo una concesión en Bahrein o posteriormente en 1933, cuando obtuvo una adicional del gobierno saudí en al-Hasa. En 1936, la Texas Oil Company adquirió el 50% de las acciones de la California Arabian Standard Oil Company, subsidiaria de Socal, que pasó a ser Aramco en 1944. Cuando en 1946 Socal y Texaco invitaron a la Jersey Standar y a 200 Las grandes compañías británicas y norteamericanas formaron un grupo conocido como las Siete Hermanas, que se repartieron los beneficios del petróleo de Oriente Medio durante décadas. Estas siete compañías eran (1) Standard Oil Company of New Jersey ( actual Exxon), la Standard Oil Company of New York (Socony y más tarde Mobil hasta su fusion con Exxon), la Standard Oil Company of California (Socal, rebautizada como Chevron), la Texas Oil Company (posteriormente Texaco), Gulf Oil (fusionada posteriormente con Chevron), la Anglo-Persian (posteriormente British Petroleum), y la Royal Dutch Shell. 574 Socony a unirse a ellas como socias en Aramco, las compañías británicas y francesas que firmaron el Acuerdo de la Línea Roja se negaron, por lo que las compañías norteamericanas solicitaron al gobierno de Estado Unidos que presionara (es decir, que presionara a Francia y Gran Bretaña) para que se modificaran los términos del Acuerdo. Francia protestó enérgicamente, pero hacia noviembre de 1948 se avino y trató de buscar un acuerdo a cambio de incrementar su participación en la Irak Petroleum Company. Como consecuencia, las fronteras del acuerdo fueron rediseñadas para excluir del mismo a Arabia Saudí, Yemen, Bahréin, Egipto, Israel y Cisjordania. Con este acuerdo se abría una nueva etapa de una mayor implicación norteamericana en la región. Junto con la venta de la seguridad, el petróleo conformaría un pilar esencial de su imperio informal en Oriente Medio. 6.8.2. Estados Unidos: nuevo imperio informal Si, como hemos presentado hasta ahora, la competencia entre Francia y Gran Bretaña marcó muchos de los acontecimientos que tuvieron lugar en Oriente Medio hasta la Segunda Guerra Mundial, a partir de ahora, la incursión de Estados Unidos en el tablero introducirá una nueva rivalidad, protagonizada por Gran Bretaña y Estados Unidos. La Segunda Guerra Mundial supuso el golpe definitivo a la estructuración imperial europea y asiática que había dominado el ámbito internacional. En el nuevo orden mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética, ambos con su particular organización imperial capitalista y comunista respectivamente, serían los nuevos vertebradores que marcarían la organización del poder económico, ideológico, militar y geopolítico durante el periodo popularmente conocido como Guerra Fría (1945-1989). En este contexto, Estados Unidos fue el actor que más reforzado salió de una guerra que no había causado, con unas fuerzas armadas que, en el momento de la desmovilización contaban con tres millones y medio de efectivos, diseminados por bases militares a lo largo y ancho del planeta y que consumían la mitad del presupuesto de defensa mundial. Económicamente, el país representaba el 50% del PIB mundial, protagonizaba un tercio de las exportaciones y poseía dos tercios de las reservas de oro existentes. Este nuevo escenario, protagonizado por el poder militar y económico estadounidense, unido a sendos procesos de descolonización, planteó nuevas responsabilidades y oportunidades de poder e influencia para los EE. UU., dejando su consecuente impronta en las estructuras internacionales que emergieron de la Segunda Guerra Mundial. Así, en el 575 nuevo contexto histórico post-bélico, el capitalismo reemplazaría a la expansión territorial-militar propia del imperialismo anterior y el escenario geopolítico descansará ahora sobre tres pilares que marcaron esta nueva etapa de la globalización: (i) la expansión y profundización de las estructuras capitalistas transnacionales; (ii) la universalización del Estado-nación a consecuencia del proceso de descolonización; y (iii) la consolidación del Imperio norteamericano como un imperio informal global. EE. UU. emergió de la guerra con la idea clara de que el comercio libre requería de instituciones de seguridad colectiva lideradas por ellos. Únicamente la URSS se interponía, con su modelo de desarrollo económico-social alternativo y sus extensas capacidades militares, como el rival a las aspiraciones imperialistas norteamericanas, convirtiéndose ambas potencias en los auténticos brokers o agentes de la seguridad internacional, institucionalizado este papel mediante el establecimiento del derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas (ONU). 6.8.3. El globalismo nacionalista de Estados Unidos: imperio informal y teoría imperial según M. Mann. Conviene realizar en este punto unas precisiones conceptuales acerca del término imperio e imperio informal que hemos venido anunciando hasta ahora. Se entiende por imperio toda aquella organización política que ejerce el expansionismo territorial mediante la fuerza de las armas, creando en este proceso lo que podríamos denominar “sociedades a gran escala” (Mann, 2012c, pág. 17). Los imperios, con su particular combinación de poder político y poder militar, han sido la forma política dominante durante la mayor parte de la historia de la humanidad, hasta que la guerra, curso inevitable en el proceso de expansión imperial, resultó demasiado destructiva y totalizadora como para poder justificar la utilidad social de los imperios de dominación. El desarrollo del imperio en la Edad Moderna, impulsado por la expansión transoceánica, añadió un elemento geográfico a su carácter organizativo: la existencia de un centro de poder político (metrópolis) y de regiones geográficas periféricas, otorgando pleno significado a la palabra geopolítica. Partiendo de esta nueva circunstancia, Mann (2012c, pág. 17) define el imperio como: un sistema de gobierno centralizado y jerárquico, adquirido y mantenido mediante la coacción a través de la cual un territorio domina los territorios periféricos, sirve como 576 intermediario para sus principales interacciones, y canaliza los recursos desde y entre las periferias En un sentido geopolítico, la expansión de los imperios se explica por una combinación de fuerzas ideológicas, económicas y militares que provienen del centro o núcleo del imperio, de dentro de la periferia y del sistema de relaciones internacionales en general. Las principales teorías sobre el ejercicio de la autoridad política relacionadas con las estructuras de poder imperiales establecen dos tipos ideales que pivotan sobre el eje de la centralización del control: el imperio directo y el indirecto. En la forma de dominación de imperio directo, los territorios conquistados son incorporados al núcleo político territorial, como sucedió con el Imperio romano en su apogeo, estando caracterizados por una forma de dominación más despótica al inicio de la conquista, y que se va volviendo más institucionalizada e infraestructural con el paso del tiempo, sostenida por un poder económico e ideológico difuso. Puesto que el mantenimiento del imperio directo requería la presencia de un importante número de colonos y eran caros de mantener, paulatinamente, los imperios modernos tendieron hacia el ejercicio de formas más deslocalizadas de ejercicio del poder, es decir, tendieron hacia formas más indirectas. La forma de imperio indirecto es aquella en la que el núcleo o centro imperial retiene la soberanía política pero los gobernantes de la periferia pueden ejercer cierto grado de autonomía y capacidad negociadora para acordar el reparto del poder. En los imperios indirectos se mantiene la coacción militar, aunque el Estado imperial gobierna de manera más tenue y con menor grado de poder despótico e infraestructural. Los locales ocupan la mayoría de las posiciones en la seguridad y en la administración local y provincial, mientras que el Estado colonial domina el poder político central, sus relaciones exteriores y el monopolio del poder militar, necesario para hacer frente a eventuales revueltas, permitiendo, no obstante, cierto grado de tolerancia por las formas económicas, políticas y culturales locales tradicionales (Mann, 2012c, pág.18). En ningún otro lugar como en Oriente Medio, han sido los imperios indirectos las formas políticas históricas dominantes, por lo que existe una larga tradición de reparto y negociación del poder político y económico. Muy notablemente, el Imperio otomano, del que recoge su huella el actual Oriente Medio, es un ejemplo de imperio indirecto (Popescu, 2017) y es sobre sus instituciones sobre las que los imperios europeos primero, y el estadounidense después, construyen sus estrategias de penetración y control, mediante distintas combinaciones de coacción y empoderamiento de élites locales afines, es decir, mediante la cooptación. 577 Si bien tanto Gran Bretaña, como Francia, Rusia o, en menor medida, Alemania ejercieron el control indirecto en diferentes periodos históricos sobre entidades políticas de la región201, los intereses económicos e imperativos geoestratégicos fueron siempre los dominantes, al menos hasta que el Imperio otomano se unió a las potencias centrales durante la Primera Guerra Mundial, pasando la “cuestión oriental” a formar parte de los intereses vitales de las potencias aliadas, facilitando con ello la ocupación militar franco- británica y un control más directo de la región, que hasta entonces había prevenido la estructura institucional del Imperio otomano. El modelo de control impuesto por el sistema de mandatos de las Naciones Unidas en el Tratado de Sèvres (1920), estaba destinado a garantizar el estatus quo y el equilibrio de poder entre Francia y Gran Bretaña, por lo que, la supuesta agenda transformadora o los factores normativos que legitimaron los Mandatos, nunca se consideraron prioritarios en la región más allá del campo teórico. El control ejercido por Francia y Gran Bretaña se destinó a garantizar sus respectivos intereses económicos, centrados en la hegemonía de la extracción y distribución del petróleo a partir de su descubrimiento en la región en 1908, y a sofocar las periódicas revueltas provocadas por cambios demográficos, la creciente urbanización, desigualdad económica y auge nacionalista (principalmente en Egipto, Siria y Palestina). Este panorama de control indirecto cambió radicalmente tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial y el colapso de los imperios europeos, teniendo su símbolo más evidente en la Crisis de Suez de 1956 cuando, como veremos, Estados Unidos conminó a Francia y Gran Bretaña a retirar sus tropas del Canal, a través de una resolución de Naciones Unidas y con la aquiescencia de la URSS. A partir de entonces podemos afirmar que ni EE. UU. ni la URSS han ejercido nunca un tipo de control directo o indirecto en Oriente Medio, sino que su dominio ha variado en una secuencia que Mann denomina de conquista- retirada (2013, pág. 23), empleando grados diferentes de imperialismo informal y hegemonía, aunque esta última no puede considerarse como una forma estrictamente imperial, ya que no conlleva la coacción militar202. Mientras que los imperios directos o indirectos están basados en la posesión u ocupación de territorios delimitados (colonias), el imperialismo informal no requiere la ocupación 201 Notablemente, Gran Bretaña en Egipto, Palestina e Irak. 202 La hegemonía es entendida aquí en el sentido Gramsciano de liderazgo rutinario de un poder dominante sobre otros. El poder dominante es percibido como legítimo o “normal”. No requiere de la coacción abierta y se inserta dentro de las prácticas cotidianas de los habitantes de la periferia (Mann, 2012c pág. 20) 578 efectiva de territorios, permitiendo con ello una soberanía formal, aunque severamente limitada por el uso de la coacción militar, política o económica. Un imperio informal, al modo del estadounidense o soviético, es aquella organización en la que, existiendo un poder político situado en el núcleo, se permite a los poderes políticos periféricos desarrollar un cierto modo de soberanía formal, pero significativamente limitada en su autonomía por el empleo de la intimidación militar o económica (Mann, 2013, págs. 86- 87). Según Mann, por el tipo de coacción empleada, los imperios informales se podrían dividir en 3 subtipos: (i) el imperio informal de la cañonera, caracterizado por intervenciones militares intensas pero breves, sobre territorios no colonizados pero sobre los que se pretende influir; (ii) el imperio informal mediante representantes o proxies locales, ejerciendo una especie de subcontratación de la coacción a cambio de la concesión de ayuda económica o militar (incluyendo operaciones militares encubiertas a través de los servicios secretos como ocurrió en Irán en 1952); y (iii) el imperialismo económico, en el que la coacción militar se sustituye por la coacción económica, mediante la intervención en las economías periféricas a través de “ajustes estructurales” impuestos por las organizaciones financieras internacionales que él mismo lidera. Conviene precisar aquí que estos modelos imperiales son tipos ideales y en la realidad, diversos imperios, y muy notablemente Estados Unidos, han combinado más de una de estas formas de dominación. En el caso de Oriente Medio, EE. UU. ha ejercido la hegemonía a través de instituciones internacionales de seguridad como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas o la OTAN; en el ámbito económico-financiero a través del dólar en el sistema Bretton Woods y subproductos como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional y en el ámbito comercial, a través del GATT203. Su imperio informal lo ha desarrollado, sin embargo, interviniendo militarmente para defender o instalar regímenes clientelares (como en Irán, Iraq, Israel, Arabia Saudí o Kuwait) de los que se ha servido para ejercer el control geoestratégico mediante la asistencia militar directa o el establecimiento y retención de bases militares en sus territorios. La mayoría de las ocasiones ha dominado mediante el uso de proxies204 y de forma deslocalizada, motivado en sus objetivos por la defensa del capitalismo mucho más 203 El bloque soviético también mantuvo su imperialismo informal, aunque con más subordinación que hegemonía, y fue por ello menos rico en proliferación organizacional, destacando únicamente el Pacto de Varsovia (en el ámbito militar-defensivo) y el COMECON en el ámbito económico, del cual sólo algunos Estados de Oriente Medio como Irak o Yemen del Sur alcanzaron el estatus de observadores. 204 En esta tesis traduciremos el término inglés proxy como delegado. 579 que por la defensa de la democracia, ya que la prosperidad de América ha sido asociada a la prosperidad de la economía global por parte de sus élites políticas y económicas. Por ello, como señala Mann (2013, págs. 24-25), el principal objetivo en la delineación de su política exterior y de su intervencionismo militar y económico en la región fue siempre la defensa de la libertad económica (entendida como libertad de empresa) frente al comunismo. Ello explica por qué, el 4 de agosto de 1944, Roosevelt resumiera el contenido del acuerdo Petrolero Angloamericano con las siguientes palabras: “El petróleo persa…es suyo. Compartiremos el petróleo de Irak y Kuwait. Respecto al de Arabia Saudita, es nuestro”205. Este acuerdo fue el preámbulo del sellado a la vuelta de Yalta entre Roosevelt y el rey Abdelaziz Ibn Saúd a bordo del crucero USS Quincy. El encuentro que tuvo lugar el día de San Valentín y que garantizaba a Estados Unidos un acceso barato al petróleo saudí, fue el símbolo de un idilio que perduraría sin fisuras hasta 1973 (y más allá a pesar de la momentánea fisura), y que fundamentaría la política norteamericana de los dos pilares o Twin Pillars en la región, consistente en impedir que los principales productores de petróleo -Arabia Saudí e Irán- controlaran por entero la producción petrolera en el Golfo, a la vez que sirvieran de guardianes locales frente al expansionismo soviético en la región. Para ello, Estados Unidos se convertiría en el garante de su seguridad, ofreciendo la venta de sus armas y la construcción de bases aéreas gestionadas por los EE. UU., como ejemplifica la Dhahran Airfield, construida a 7 kilómetros de los mayores pozos de extracción de la Arabian American Oil Company (ARAMCO). Este interés geoeconómico por regiones remotas constituía una suerte de “globalismo nacionalista” que no entendía de límites geográficos, ya que los intereses de los Estados Unidos eran simbólicamente extendidos a lo largo y ancho del planeta y convertían cualquier amenaza lejana en una cercana (Mann, 2013, pág. 26). 6.8.4. El caso de Palestina dentro del marco de la teoría de imperios de Mann El caso de Palestina e Israel ofrecen ciertas problemáticas a la hora de adaptar estos modelos ideales al tipo de dominación que existió desde que se instituyó el Mandato británico sobre Palestina hasta su finalización en 1948 y el que se instituyó desde 1956 hasta prácticamente la actualidad. 205 https://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/04/150331_iwonder_historia_petroleo_finde_dv 580 El Mandato sobre Palestina no era, en teoría, parte del Imperio británico, por lo que su dominación hubo de situarse bajo los límites de la legalidad internacional emanada de las estructuras globales de la Primera Guerra Mundial, principalmente la Sociedad de Naciones. Eso significó, no tanto un cambio en el tipo de dominación, cuanto la sujeción de ésta al escrutinio público y a las normas del derecho internacional. El Mandato estuvo caracterizado por ello por un difícil equilibrio entre el ejercicio de la soberanía imperial británica, la salvaguarda de sus intereses económicos y las estructuras de la nueva gobernanza mundial. Podríamos afirmar, por tanto, que se trataba de un tipo de imperio indirecto, pero con ciertos elementos de imperio informal de proxies. A continuación, explicaremos el porqué de nuestra afirmación, deteniéndonos primero en el análisis conceptual de proxies y guerras proxy, traducidas al castellano frecuentemente como guerras de poder, por delegación, por procuración o por terceros. En esta tesis, emplearemos el término guerras por delegación para referirnos a este tipo de fenómenos que tuvieron su más clara expresión durante la Guerra Fría. La intervención de las superpotencias en las guerras regionales que se llevaron a cabo en este periodo se convirtieron en el sustituto que permitió prevenir la confrontación directa en la era nuclear. Como señala Bar-Siman-Tov (1984, pág. 272) una guerra por delegación es aquella en la que una parte lucha contra otra a petición de un tercero. Esta petición es la condición sine qua non para que podamos hablar propiamente de una guerra por delegación. En términos generales, las guerras por delegación pueden realizarse de dos formas. En la primera de ellas, el escenario está conformado por la existencia de una guerra regional entre Estados antagónicos, apoyados indirectamente mediante asistencia militar por una o por más superpotencias (suministrando armas, inteligencia o entrenamiento militar), pero sin que sus propias fuerzas se vean implicadas en la guerra. El principal objetivo de la superpotencia es hacer avanzar sus intereses regionales, globales o políticos, reduciendo el riesgo para sus propias tropas o para su prestigio internacional. Como veremos, este será el caso en las sucesivas guerras árabes-israelíes (aunque la venta de material bélico estadounidense a Israel no se producirá hasta la administración Kennedy), a excepción de una intervención soviética limitada en la guerra de desgaste entre Israel y Egipto de 1969- 70. En la segunda modalidad de guerra por delegación, las potencias externas intervienen de manera directa si el Estado o la facción a la que apoyan pierde o está en riesgo de perder la guerra (a pesar del suministro de armas), a fin de alcanzar objetivos que generalmente van más allá de los intereses del Estado o facción local, como fue el caso 581 en la guerra de Vietnam o de Corea (Bar-Siman-Tov, 1984, págs. 263-4). Consecuentemente, las guerras por delegación sugieren la existencia de un tipo específico de relación o alianza clientelar en la que un Estado más poderoso obliga o impulsa a otro a luchar por él, es decir, el Estado poderoso actúa como catalizador. El uso de un delegado cumple la función de resolver una crisis evitando un eventual desgaste de la gran potencia frente a la opinión pública, a la vez que permite sortear el coste de una intervención militar directa. Como en toda relación entre agentes dentro del conjunto de relaciones de los imperios informales, las actuaciones por delegación están caracterizadas por una asimetría entre lo que la gran potencia ofrece y los “servicios” que el delegado le presta, por lo que cierta relación de compromiso con la pequeña potencia o Estado delegado resulta esencial. Paradójicamente, esta relación asimétrica es la que ha permitido a los Estados de Oriente Medio manipular su debilidad y forzar la intervención de una gran potencia a fin de eludir una derrota militar. Como veremos más adelante, el caso de Egipto con la Unión Soviética, o de Israel con Francia durante la Guerra de 1956 es un claro ejemplo de ello. Impulsar a una gran potencia a intervenir o a ofrecer garantías de asistencia militar contribuyó a aumentar la autonomía de los Estados más débiles, en lugar de provocar su mero sometimiento. En el caso de la guerra de 1956, el ejemplo más paradigmático de guerra por delegación, Gran Bretaña y Francia actuaron como catalizadores de la intervención israelí, otorgándoles con ello la posibilidad de legitimar su propia intervención directa en la guerra. Sin embargo, el cambio que esta circunstancia produjo en la confrontación, la convirtió en una guerra de dimensiones internacionales, concluyendo con la intervención contundente de los Estados Unidos para poner fin a la misma y prevenir una escalada. En el caso del imperio informal mediante delegados, la durabilidad de la alianza depende de la permanencia de los intereses en común. Tanto con ocasión de la crisis de Suez como en la posterior intervención norteamericana en la guerra sirio-jordana de 1970, el paso de un apoyo informal a uno más abiertamente directo fue ocasional, retornando al tipo de control informal del delegado una vez se aseguraron los intereses de la gran potencia en la región. En definitiva, el imperio mediante delegados se basa en una relación de tipo clientelar, caracterizada por la instrumentalidad, la asimetría y la reciprocidad, en la que la gran potencia ofrece sus recursos para proteger y ayudar materialmente al Estado delegado o catalizado a cambio de la prestación de un servicio (generalmente, su disponibilidad a actuar militarmente cuando sea requerido por la potencia catalizadora). La reciprocidad constituye por tanto, un elemento esencial en este tipo de relación 582 informal, ya que ayuda a entender la interdependencia generada entre una gran potencia y un Estado como Israel. Los beneficios que uno y otro actor obtiene de la relación varían profundamente, pero la gran potencia o Estado catalizador debe sentir siempre que es capaz de controlar a su delegado para que sus objetivos no se vean perjudicados. En la relación Estados Unidos-Israel, por ejemplo, se ha tendido a sobredimensionar la influencia del lobby judío norteamericano y el “secuestro” que muchas veces ha efectuado de la política exterior estadounidense en Oriente Medio (Mearsheimer, J. J. y Stephen W., 2007). En realidad, más allá del peso electoral de los judíos norteamericanos, existían otros intereses como la contención del panarabismo o el panislamismo republicano que han prevalecido en su alianza estratégica. La percepción norteamericana ha sido que, en este sentido, Israel era un socio fiable con el que compartía intereses relacionados con el orden regional, aunque los beneficios que ambos han obtenido de esta relación hayan sido asimétricos. Como señala Bar-Siman-Tov, “mientras que los socios tengan algo que ofrecerse el uno al otro y en tanto que el intercambio sea valorado mutuamente, el nexo delegado-catalizador tiende a persistir”206 (1984, pág. 270). Partiendo de este análisis podemos concluir que, durante la época del Mandato sobre Palestina, la relación de dominio fue la propia de un imperio indirecto, porque Gran Bretaña dominó el reparto del poder político y el poder militar, con vistas a asegurar sus intereses económicos y geoestratégicos. Sin embargo, su apoyo a los hachemíes y su respaldo a la creación de un hogar nacional judío mediante la inclusión de la Declaración Balfour en el sistema de Mandatos, contribuyó a fomentar el ejercicio de un imperio informal por medio de delegados, alterando con ello las negociaciones sobre el reparto del poder propias de los imperios indirectos, que son más estables y percibidas con mayor legitimidad por parte de los “nativos”, al no estar basadas en la coacción y el sometimiento a un poder ajeno, sino en el sometimiento a un poder local a cambio de prebendas y del ejercicio de la coacción por parte de éste. El imperio mediante proxies o delegados es el más inestable de todos porque el empoderamiento de los delegados lleva a menudo a éstos a desafiar a la autoridad del imperio si son capaces de desarrollar suficiente autonomía y de concentrar suficientes recursos de poder. Por eso, la política británica en la región durante el sistema de Mandatos estuvo centrada en impedir que ninguno de sus delegados o proxies generara la autonomía suficiente para cuestionar su autoridad e intereses: a los judíos les negó la legitimidad política que la demografía les 206 Traducción propia. 583 hubiera otorgado limitando la inmigración; y a los árabes-palestinos la estructuración de un liderazgo fuerte que hubiera creado un nacionalismo cohesionado y una autoridad política legítima. La transición de este modelo imperial al modelo informal norteamericano tuvo su momento de inflexión en el periodo que se extendió desde 1949 hasta la Crisis de Suez de 1956 y estuvo influido por las contradicciones en las que entró el Reino Unido durante su proceso de declive imperial en la región, ejemplificado por su gestión de la desmilitarización del Canal de Suez y su propuesta de creación del Pacto de Bagdad. Tanto Egipto como Israel surgieron de este proceso de descolonización mediante revoluciones nacionalistas. El nacionalismo egipcio, surgido en parte de las cenizas de la guerra de 1948, llevó a Nasser a abanderar la causa del Panarabismo, intentando erigirse como el poder hegemónico en la región. Aunque, como hemos visto, la hegemonía no es exactamente un tipo de imperio, ya que no se impone mediante la violencia, sí hizo uso de la misma para dirigirla contra los principales enemigos del panarabismo: Israel, Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. A su favor jugaba la demografía, puesto que era el Estado árabe con mayor población de Oriente Medio, así como una economía que por aquel entonces era de las más fuertes de la región, junto con un ejército que había obligado a abdicar al impopular rey Faruk y que gozaba de un amplio apoyo social. Israel, por su parte, aspiraba a consolidar sus fronteras y a imponer su reconocimiento en la región erigiéndose como una potencia militar en expansión, capaz de imponer una realidad política sobre el terreno de los hechos, empleando para convencer el argumento de la superioridad militar y el desarrollo económico. Es decir, un imperio expansionista en toda regla. O imperio o destierro es nuestra interpretación de los hechos que, desde el punto de vista israelí, desembocaron en la guerra de 1956. 6.9. El fin de los tratados imperiales de dominación que desembocaron en la guerra de 1956 Las relaciones formales entre Egipto y el Imperio británico se enmarcaban, desde 1936, en los términos establecidos en el Tratado anglo-egipcio, que puso fin a los 54 años de ocupación británica, así como en la Convención de Constantinopla de 1888, que establecía el tránsito libre por el C anal tanto en tiempos de paz como de guerra y la prohibición de usar el bloqueo de este como un arma de guerra. No obstante, los términos del Tratado anglo-egipcio contemplaban el establecimiento de una alianza militar por un 584 periodo adicional de 20 años, lo que daba el derecho a Gran Bretaña de imponer, en caso de emergencia, la ley marcial y la censura y permitía a los británicos organizar un despliegue de hasta 10.000 efectivos de tropa y 400 pilotos de la fuerza aérea en la zona del Canal, al menos hasta que Egipto pudiera hacerse cargo de mantener la seguridad en la zona. El Tratado contemplaba también el mantenimiento de una base naval en Alejandría por un período de 8 años. Aunque el Tratado recibió numerosas críticas por parte de sectores nacionalistas de la sociedad egipcia, sí permitió al gobierno asumir pleno control administrativo sobre su ejército, permitiendo mediante una serie de reformas reglamentarias, abrir la institución al ingreso de sectores más amplios de la población egipcia. Fue así como se permitió a perfiles como el de Gamal Abdel Nasser, de origen humilde, que llegaran a ser oficiales del ejército. 6.9.1. La inclusión de Egipto en las nuevas estructuras imperiales de la Guerra Fría. La guerra de Corea y la extensión de la contención a Oriente Medio: el origen de la estrategia de los “twin pillars” En pleno auge de la doctrina Truman, la situación de inestabilidad y el descontento social llegó un punto en que los americanos temieron que este estado de agitación pudiera conducir a una revolución radical que llevara al país por la senda del comunismo. Hacia 1950 se extendió en parte del mundo árabe un estado de opinión según el cual “The Arabs would rather become a Soviet Republic to being Judaised by the United States” y se conminaba a Egipto a seguir el camino de la neutralidad marcado por Nehru en la India (Holland, 1996, pág. 8) Esta política de neutralidad pudo comprobarse durante la votación de la Resolución del Consejo de Seguridad, en la que Estados Unidos pedía la intervención en la guerra de Corea. Egipto e India se abstuvieron. La votación fue una confirmación de cuánto podía perjudicar a los Estados Unidos la extensión de la neutralidad en Oriente Medio. Las primeras derrotas norteamericanas en la guerra desprestigiaron a EE. UU. frente a los líderes egipcios, muy respetuosos de la fuerza militar. Según Holland fue la guerra de Corea la que hizo cambiar por completo la política norteamericana hacia Oriente Medio, transformando la táctica de la contención. Hasta entonces, la doctrina Truman había previsto que el núcleo de la contención debía centrarse en Europa, para lo cual se ideó la creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en 1949. La guerra de Corea, sin embargo, globalizó la amenaza y, por tanto, la extensión de la contención a todo el planeta, en el cual, Oriente Medio jugaba un 585 papel fundamental por resultar clave para el mantenimiento energético del capitalismo industrial internacional. Con esta estrategia en mente, Estados Unidos y Gran Bretaña idearon la creación del Pacto de Bagdad, una organización de defensa mutua inspirada en la OTAN, para lo cual, resultaría esencial que Gran Bretaña mantuviera sus bases militares en Egipto, en caso de que fuera necesario emplearlas frente a los soviéticos. La planificación militar conjunta angloamericana constituía el núcleo de esta estrategia basada en una alianza de intereses. Sin embargo, esta decisión produjo el efecto contrario del esperado, ya que se hizo con completo desdén hacia los cambios estructurales que estaban teniendo lugar en Egipto y en Oriente Medio en ese momento y que pasaban por la construcción de una identidad nacional y colectiva, marcada por la herida de la derrota frente a Israel. El pacto abrió así la puerta hacia la militarización de Oriente Medio, convirtiendo a la región en un nuevo cliente para el mercado de la seguridad norteamericano. La nueva estrategia angloamericana se basaba en sustituir la presencia británica en Jordania, Irak y Egipto con otro tipo de alianza militar amparada por ambas potencias, a cambio de ayuda técnica, económica y militar. La base de todo el entramado pasaba por crear un Comando Aliado en Egipto, contraviniendo con ello la regla esencial del imperio indirecto en Oriente Medio: cualquier decisión geoestratégica debe tener en cuenta los intereses locales. Los árabes no resultaron, al fin y al cabo, tan fáciles de seducir. Fue el secretario de Estado McGhee, ideólogo de este plan, el que estableció una ronda de consultas con los líderes árabes para conocer su opinión frete al plan de creación de una nueva alianza defensiva frente al comunismo. Los árabes recibieron la propuesta sin mucho entusiasmo, argumentando que tenían cuestiones más acuciantes que resolver que el comunismo: expulsar a Israel y a los británicos (Holland, 1996, pág. 10 y 11). La táctica americana pasaba por crear una red de aliados estables y comprometidos, bajo la órbita y protección de Estados Unidos, como lo habían hecho en Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Bajo la estela dejada por el Plan Marshall, los americanos estaban convencidos de que, si aportaban prosperidad económica y garantizaban la seguridad militar en la región, los regímenes árabes perderían cualquier incentivo de aproximación al modelo soviético. Holland relata como los propios militares estadounidenses presentaron reservas a este modelo de intervención, ya que pensaban que proveer de ayuda militar a unos Estados cuyos ejércitos serían totalmente ineficientes en una hipotética guerra frente a la URSS era un desperdicio de recursos. De hecho, según él, no fueron los militares, sino civiles, importantes hombres de negocio como el Subsecretario de Estado de Asuntos 586 Económicos, William L. Clayton o el embajador George C. McGhee207, los principales ideólogos y responsables de la militarización, no sólo de Oriente Medio, sino de la Guerra Fría en general. De hecho, Marshall extrajo buena parte de su inspiración para lanzar su famoso plan a partir de un memorándum de 15 puntos escrito por Clayton después de un viaje por Europa en marzo de 1947 en el que reclamaba una mayor implicación de Estados Unidos en las cuestiones mundiales para prevenir la expansión del comunismo: “The reins of world leadership are fast slipping from Britain's competent, but now very weak hands. These reins will be picked up either by the United States or by Russia. If by Russia, there will almost certainly be a war in the next decade or so, with the odds against us. If by the United States, war can almost certainly be prevented”208 Este nuevo modelo de intervencionismo explica, en el caso de oriente Medio, cómo Estados Unidos, asumió, en realidad, el vacío de poder dejado por Gran Bretaña y ello explica la rivalidad que surgió entre ambos por ejercer a su modo el control de la región. En cualquier caso, ambos tipos de imperialismo estaban sustentados sobre una arquitectura de la desigualdad y la superioridad occidental, una asunción de los Estados árabes como débiles e ineficientes, en necesidad de amparo pero, sobre todo, dirección. Al final, paradójicamente, la política de ayuda militar para garantizar la seguridad frente a Rusia fue menos efectiva para atraer el apoyo de los Estados árabes que la política de préstamos e intercambios utilizada en la región por la URSS. Los árabes parecían más inclinados a colaborar cuando eran tratados como iguales en una relación de asociación que cuando entraban en relaciones de patronazgo en las que se veían a sí mismos como las marionetas de los imperios occidentales. No obstante, esta percepción de “debilidad” fue aprovechada, particularmente por Egipto, para afianzar su autonomía. Sabiendo que por sí sólo se encontraba en una posición de debilidad para resistirse a los intereses británicos, buscó la implicación norteamericana en sus conversaciones con estos para llegar a un acuerdo sobre seguridad. Habiendo entendido el temor que el comunismo inspiraba a los americanos, se convencieron de que, llegado el momento, los americanos acabarían presionando a los británicos en favor de Egipto, con tal de mantenerles bajo su órbita y evitar que cayeran bajo seducción soviética. Algo parecido ocurrió con la implicación norteamericana en Arabia Saudí tras la conclusión del pacto entre el gobierno 207 George C. McGuee empezó su carrera como hombre de negocios en la industria del petróleo, sector en el que amasó una considerable fortuna. Durante la Segunda Guerra Mundial fue reclutado como oficial de inteligencia en la marina y tras la conclusión de esta el Subsecretario de Estado William L. Clayton, le contrató para encomendarle la misión de llevar hasta Grecia, Turquía y otros países de África 400 millones de dólares en ayuda económica y militar 208 Untitled Memorandum, 5 March 1947, Folder: Marshall Plan Memos, 1947, Box 60, Papers of William L. Clayton, Harry S. Truman Presidential Library, Independence, Missouri. 587 saudí y ARAMCO en 1950, según el cual, ambos se repartirían las ganancias a un 50%. Este pacto, al que los británicos apodaron “la bomba McGhee”, acabó irritando profundamente sus intereses, ya que pusieron en peligro sus concesiones, basadas en repartos mucho menos lucrativos para los Estados de la región. Los americanos, inmersos en la guerra de Corea, necesitaban que el petróleo fluyera hacia Asia y temían un ataque soviético directo a los campos de petróleo o, como mínimo, una intervención subversiva en los países productores. Ello le llevó a romper su antigua política de no implicación y a mediar directamente en las negociaciones entre ARAMCO y Arabia Saudí, recomendando al gobierno británico hacer lo mismo con respecto a sus concesiones en Irán e Irak. La relación entre el acuerdo sellado entre ARAMCO y los saudíes y lo sucedido en Irán un año después confirmaría los temores británicos, ya que los iraníes solicitaron renegociar las concesiones hechas a la Anglo-Persian Oil Company (a partir de 1935 Anglo-Iranian Oil Company) en el Tratado Gas-Golshayan de 1933 que estipulaban una cuota fija a Irán de cuatro libras por cada tonelada de petróleo crudo exportada durante un período de 60 años, quedando las exportaciones bajo el control exclusivo británico. Fue así como en 1951 el primer ministro Mohammad Sa'ed, presentó al XV Parlamento de Irán un anexo que contenía la propuesta de renegociación, siendo presidente de la comisión del petróleo, Mohammad Mossadegh. El Parlamento se negó a ratificar el acuerdo y las cláusulas abusivas fueron publicadas, lo que costó a Sa’ed su dimisión como primer ministro. Le sucedió en el cargo Ali Mansur, quien tuvo igualmente que dimitir tras insistir, presionado por los británicos, en la ratificación. El jefe del ejército, Haj Ali Razmara tuvo que asumir entonces el cargo de primer ministro, corriendo la misma suerte, y siendo asesinado poco después por un grupo de radicales religiosos hasta que, finalmente, el 24 de abril de 1951, Mossadegh asumió el cargo tras ser elegido democráticamente y con la promesa de llevar a cabo la nacionalización del petróleo iraní. Gran Bretaña respondió imponiendo un boicot al petróleo iraní, amenazando con instigar la separación del Juzestán, cerrando los bancos británicos y exigiendo la devolución de la deuda nacional y de los préstamos otorgados a los comerciantes iraníes. No obstante, la nacionalización fue anunciada en marzo de 1951 coincidiendo con las mismas fechas de un viaje de McGhee por Oriente Medio en el que se encontró con el Sah, pero, viendo el apoyo popular a la nacionalización, decidió asumir una postura neutral (aunque sí defendió el pago de compensaciones), lo que perjudicó notablemente a Gran Bretaña, a quien se dio un plazo de seis meses para que sus trabajadores en la compañía petrolera 588 abandonaran el país. Gran Bretaña escaló entonces el conflicto, prohibiendo la venta de petróleo, llevando el caso ante la Corte Internacional y ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y amenazó con enviar a su armada. Ante la presión norteamericana, cuya prioridad era luchar en el frente coreano, los británicos tuvieron que bajar el tono de sus amenazas. Mossadegh defendió el caso de la nacionalización ante el Consejo de Seguridad, donde consiguió que China y la URSS vetaran las sanciones a Irán y donde trató de tranquilizar los temores del presidente Truman, prometiéndole que no impediría la producción de petróleo. También defendió el caso ante la Corte Internacional de La Haya, la cual, en julio de 1952, dictaminó que no tenía competencias para dirimir esta cuestión. El apoyo popular a Mossadegh creció tanto que, a pesar de haber presentado su renuncia en julio de 1952 por su enfrentamiento con el Sha, éste no tuvo más remedio que restituirlo respondiendo a las movilizaciones populares que se organizaron en su apoyo. La humillación británica solamente fue resarcida llevando el país a la ruina, lo que hizo a Mossadegh perder su apoyo popular hasta que, en agosto de 1953, se ejecutó la operación Ajax, organizada por el MI6 y la CIA, derrocando a Mossadegh en un golpe de Estado para erigir al autócrata Sah como el líder supremo de Irán y renegociar el acuerdo petrolero. Estados Unidos no podía permitirse marginar a uno de sus principales aliados en la guerra de Corea, que había amenazado con retirarle su apoyo, aunque hubo de esperar a un cambio de administración con Eisenhower y a que terminara la guerra para resolver los asuntos que habían quedado pendientes en Oriente Medio. El golpe de Estado en Irán y sus buenas relaciones con el gobierno saudí abrió la posibilidad para que, a principios de los años setenta del pasado siglo, Estados Unidos ideara su política de los “pilares gemelos” o twin pillars, organizando una venta masiva de armas a Irán y a Arabia Saudí para que ejercieran de defensores del anti-comunismo en la región. Una vez más, acontecimientos devenidos del eclipse del Imperio británico y la implicación de Estados Unidos en otra guerra asiática, esta vez la Guerra de Vietnam, provocarían cambios estructurales en la arquitectura de la seguridad de la región que no se verían alterados hasta la Revolución iraní de 1979. El abandono de Gran Bretaña de sus últimas colonias del Golfo Pérsico en 1971 pondría fin a 150 de dominación en la región. Se trató de un proceso paulatino, derivado del desastre que supuso para el Imperio británico la Crisis del Sinaí de 1956 y de presiones financieras que cuestionaban la rentabilidad del imperio. Comenzaría con el fin de la monarquía aliada hachemí de Irak en 1958, la independencia de Kuwait en 1961, el fin del protectorado de Adén en 1967 y concluirá con la independencia de Omán, Bahréin y Qatar en 1971. Ante la impopularidad 589 que supondría frente a la opinión pública norteamericana destinar a soldados americanos al Golfo para suplir el vacío de poder que había dejado Gran Bretaña, Estados Unidos decidió idear una política exterior basada en la subcontratación de la seguridad a Arabia Saudí e Irán, con el fin de evitar la expansión del comunismo en la región o de sus regímenes afines. Estos serían los dos pilares sobre los que Estados unidos diseñaría su política exterior en la región hasta 1979 y los guardianes de los intereses norteamericanos en el Golfo. 6.9.2. La reverberación egipcia del terremoto persa: el golpe de Estado de los Oficiales Libres y el contexto geopolítico que llevó a la crisis de Suez. El golpe de Estado contra Mossadegh no fue el único ideado por Estados Unidos en la región. Tuvieron oportunidad de ensayarlo antes, ya que otra revuelta popular de carácter nacionalista en Egipto amenazó igualmente entre 1951 y 1952 con desestabilizar a otro país clave para garantizar la seguridad de la región: el Egipto de Faruk. La derrota en la guerra de 1947-49 había supuesto para el gobierno egipcio y su monarquía un importante desgaste, que afectó particularmente la desafección de un grupo de oficiales del ejército de rango medio conocido como los Oficiales Libres, liderado por el héroe de guerra y coronel Gamal Abdel Nasser. Desde el final de la guerra de 1947-49, la agitación de la opinión pública egipcia frente a la monarquía del Rey Faruk había ido en aumento, con protestas en las calles por la corrupción y la ineficiencia de su gobierno. Frente a esto, en 1951, el partido Wafd, principal fuerza política anti-monárquica, decidió abolir unilateralmente el Tratado anglo-egipcio, dando cuenta de la tensión abierta entre la monarquía, el Imperio británico aún presente y el liderazgo del Wafd, que en 1936 había alcanzado el 89% de los votos. Sin embargo, a pesar de este apoyo popular masivo, sectores acomodaticios dentro del partido Wafd fueron ineficientes a la hora de afirmar la autonomía egipcia frente a Gran Bretaña, así como de construir el poder infraestructural suficiente que le hubiera permitido consolidar su apoyo popular. Según recoge Holland (1996, pág. 13), entre el propio gobierno egipcio y la CIA se transmitió la idea de que radicales religiosos de los Hermanos Musulmanes, podrían estar planeando asesinar a miembros del gobierno como había ocurrido en Irán. Ante esto, los miembros del gobierno del Wafd manifestaron que cualquier acuerdo con los británicos que no pasara por el control egipcio del Sudán y por obtener grandes sumas de ayuda extranjera no apaciguaría a las fuerzas radicales egipcias. Sobre estas demandas planeaba también la 590 exigencia de nacionalizar el Canal de Suez. La retórica anticolonial de McGuee había agitado las fuerzas de aquellos que querían ver a toda costa a los británicos fuera de Egipto. Fue así como la Agencia Central de Inteligencia, dirigida por Allen Dulles, bajo la secretaría de Estado de Dean Acheson diseñó la que se conoce como “Operación FF”209 con el objetivo de organizar una “revolución pacífica” presionando al rey para que emprendiera el camino de las reformas antes de que las protestas derivaran en una revolución violenta. Ante la reticencia del rey a reformar la corte y el gobierno de manera significativa, el proyecto norteamericano cambió de estrategia y se centró ahora en controlar el proceso de su derrocamiento. Egipto se pondría así bajo el mando de una dictadura “progresista”, abierta a la interferencia norteamericana y con el rey a la cabeza. Tras un proceso de preparación y de agitación de la opinión dentro del propio ejército egipcio, el 23 de julio de 1952, asistidos por el agente de la C.I.A. Kermit Roosevelt (nieto del presidente Roosevelt y responsable asimismo del golpe de Estado en Irán), los Oficiales Libres liderados por Mohamed Naguib y Gamal Abdel Nasser, iniciaron su revolución nacionalista, obligando al rey a abdicar en su cuarto hijo, el príncipe Fuad II, siendo este apenas un bebé. En 1953 fue proclamada oficialmente la República. Los americanos ayudaron a los egipcios a montar su propia Agencia General de Inteligencia (Al-Mukhabarat el Aam) y contribuyeron a asentar la revolución financiando propaganda a través de una potente estación de radio: Voice of the Arabs, empleada por Nasser para difundir propaganda panarabista por toda la región. La idea de establecer con los nuevos gobernantes egipcios un pacto que garantizara la seguridad en la región frente al expansionismo soviético mediante un Comando conjunto controlado por EE.UU. y basado en la seducción por medio de la ayuda económica y las armas no gustó a la CIA, que advirtió a la administración Truman de que las estructuras estatales de la región eran tan débiles que no tendrían la capacidad suficiente para absorber de manera eficiente toda la ayuda ni serían capaces de ofrecer un servicio militar efectivo llegado el caso. Visto en perspectiva, la insistencia angloamericana en establecer un Comando de Oriente Medio como alianza defensiva frente a la URSS, pero manteniendo las bases británicas en sustitución de los términos del acuerdo anglo-egipcio 209 La “Operación FF” es en realidad un acrónimo de “Fat Fucker”, que significa “puto gordo” nombre dado por los americanos a la operación en referencia al sobrepeso del Rey Farouk. Ver Holland, M.F. (1996, pág. 25) 591 de 1936, parece un acto de torpe imperialismo y una infravaloración del sentimiento anti- británico. Además, presionar a Egipto para que aceptara entrar en ese pacto no haría más que reforzar su posición negociadora, ya que sentiría la urgencia con la que EE. UU. quería llenar el vacío de poder que la retirada británica dejaría en la región y no tendría más que mirar hacia el Este soviético para subir su cotización en la bolsa de la Guerra Fría. La oferta de ayuda económica y militar a cambio de la entrada de Egipto en el Comando de Oriente Medio fue efectuada en octubre de 1951. La imposición norteamericana de esta política de “nuevo reparto” en la que Egipto sería considerado como país prioritario, marcó, durante la Guerra Fría, la dinámica de las relaciones exteriores norteamericanas en Oriente Medio y en el mundo subdesarrollado en general. El secretario de Estado Dean Acheson advirtió que dar un trato preferencial a Egipto significaría hacerlo a expensas de Israel y de Arabia Saudí, aunque pensaba, al igual que lo hacían los israelíes, que apaciguar a Egipto sería clave para lograr la aceptación de Israel por parte de todos los demás Estados árabes de la región (Holland, 1996, pág 13). La oferta norteamericana fue aceptada por Faruk, en contra del Wafd, por lo que el rey amenazó con cesar al gobierno. Antes de que eso ocurriera el Wafd anunció la finalización del Acuerdo Anglo-Egipcio de 1936 y del Acuerdo de Condominio sobre Sudán de 1899. Ambas medidas recibieron una aclamación popular, por lo que el Rey se vio obligado a retirar su demanda de dimisión. La presentación del acuerdo en ese momento político tan delicado constituyó un importante error de cálculo de la política exterior norteamericana. Ante esta situación, los británicos decidieron permanecer en el Canal, lo quisieran los egipcios o no. El fracaso británico en Irán y en Egipto contribuiría al cambio de gobierno británico: Winston Churchill y su partido ganaron las elecciones por un estrecho margen con un discurso mucho más duro y asertivo en política exterior. El fracaso de Faruk en hacer que el gobierno del Wafd aceptara la entrada de Egipto en la nueva estrategia de seguridad angloamericana también le costaría el trono. Tras el derrocamiento de Faruk, se abre en Egipto un período de dos años de gobierno de los Oficiales Libres con el general Muhammad Naguib a la cabeza. A pesar de ocupar el puesto de primer ministro y presidente de Egipto a partir de la proclamación de la República en 1953, Naguib no era el hombre fuerte del gobierno, sino su ministro de interior, Gamal Abdel Nasser. Naguib había sido “reclutado” para la revolución porque los Oficiales Libres necesitaban una figura de mayor rango que fuera capaz de atraer el apoyo al golpe de los altos mandos del Ejército egipcio, muy jerarquizado, pero en cuanto 592 que quiso imponer su criterio frente al Consejo de los Oficiales Libres, Nasser le hizo la vida imposible acusándole de ser un autócrata y de colaboración con los Hermanos Musulmanes. A fin de prevenir una escalada que llevaría a su destitución o a algo peor, Naguib decidió presentar su renuncia en noviembre de 1954. La proclamación de la República en Egipto en 1953 coincidió con una etapa de mayor implicación norteamericana en la región, protagonizada por el secretario de Estado Foster Dulles, adalid de la lucha anti-comunista, coincidiendo con la negociación de la retirada de las tropas británicas del Canal de Suez, prevista para 1956. Los británicos necesitaban cerrar un nuevo pacto de defensa en la región que pudiera ofrecerles la cobertura política que necesitaban para poder seguir manteniendo la mayor de sus bases militares en el exterior. La Organización para la Defensa de Oriente Medio que los americanos tenían en mente estaba pensada para enfrentar una eventual amenaza soviética, por lo que necesitaban organizar a los países de la región para servir a este propósito, montando un arco defensivo que sería, en última instancia, el nexo de unión entre la OTAN (1949) y la proyectada SEATO (1955, Organización del Tratado de Sureste Asiático). La organización sería controlada por Gran Bretaña, con mucha más experiencia en la región, y por EE. UU. Fue la implicación de Gran Bretaña, principalmente, la que causó el rechazo frontal de la propuesta por los egipcios, que veían en la misma una prolongación de la ocupación. El fracaso de las negociaciones para una salida pactada de Gran Bretaña había conducido a los fedayines egipcios a organizar ataques y sabotajes a la base británica del Canal, incrementando con ello la escalada de tensión, que llevó a los egipcios a reforzar sus posiciones militares en El Cairo y Alejandría ante la amenaza inminente de que Gran Bretaña pudiera decidir invadirlas. Una nueva guerra en Oriente Medio se divisaba en el horizonte. Esto convenció a Dulles de que su propuesta de crear una Organización para la Defensa de Oriente Medio con Egipto como base principal, no tendría mucho éxito. Ante ello, Dulles pensó en una alternativa menos formal, the Northern Tier, que comprendía a países como Turquía, Irak, Siria o Pakistán, mucho más preocupados por el avance del comunismo de lo que parecía estar Egipto. Para los británicos, esto significó que los americanos se desentendían de sus problemas en Egipto, aunque éstos en realidad seguían preocupados por si la URSS aprovechaba la oportunidad para intentar penetrar en la región a través de Egipto aprovechando el hueco que dejarían los británicos. Convencidos de la animosidad que los egipcios y otros en la región mostraban por los británicos y viendo que la presencia británica en la región podía ser más un factor de inestabilidad que de estabilidad, hicieron lo posible para hacerse cargo 593 de la situación y presentar a los Estados Unidos como la gran alternativa a Gran Bretaña en la región. Desde el punto de vista británico, el gran error norteamericano consistió en hacer entender a los egipcios que éstos estaban dispuestos a facilitarles la adquisición de armas. Barr relata cómo a raíz del ofrecimiento de una pistola como un regalo secreto de Eisenhower a Naguib, este interpretó que se trataba, en realidad, de una promesa norteamericana de cubrir la acuciante necesidad que tenía Egipto de armar a su ejército para hacer frente a Gran Bretaña (Barr, 2018, pág. 258). Eisenhower formalizó la oferta en una carta en julio de 1953, causando un gran malestar en Gran Bretaña, ya que la posición de Egipto durante las negociaciones de la retirada del Canal se vería ahora reforzada. De las tres condiciones que se pusieron para la retirada del Canal, la que más inaceptable resultó para Egipto fue el mantenimiento del uniforme del ejército británico de los técnicos que se quedaran manteniendo la base hasta su completa retirada. Ello hubiera significado una humillación nacional para Nasser y a los británicos le hubieran dado la oportunidad de iniciar una “guerra justa” en caso de que la base sufriera ataques de mano de los muyahidines. Para los americanos, lo importante no era un uniforme, sino alcanzar un acuerdo sobre la disponibilidad de la base para el futuro y pensaron que, en realidad, los ingleses nunca habían tenido muchas ganas de concluir un acuerdo. Frente a la falta de apoyo norteamericano y la amenaza de que los fedayines egipcios pudieran atacarles con armas norteamericanas si el compromiso de Eisenhower de armar a los egipcios se llevaba a cabo, los ingleses filtraron la noticia al New York Times, con la esperanza de que el lobby demócrata judío pro-israelí, presionara a Eisenhower para que éste reconsiderara su decisión. Los americanos decidieron entonces volver a utilizar a su exitoso espía, Kim Roosevelt, para intentar alcanzar un acuerdo con Nasser. En el mes de enero de 1954 consiguió de este un compromiso para permitir la utilización de la base del Canal en caso de que Turquía fuera atacada. A cambio, los británicos renunciaban a la cuestión de los uniformes y la base sería mantenida por ingenieros civiles. Alcanzado un acuerdo en junio de 1954 que preveía el abandono de la base de Suez para el 20 de junio de 1956, los británicos entendieron que debían renunciar a su estrategia anterior de presionar a los egipcios presentando un frente común angloamericano. La estrategia norteamericana de negociar acuerdos de ayuda militar con Estados aliados de Gran Bretaña en la región como Irak o Pakistán daba cuenta de la prioridad norteamericana de contener el comunismo, más que de ayudar a Gran Bretaña a mantener su imperio en la región. Lo único que los británicos obtuvieron de los americanos fue un compromiso de utilizar la ayuda militar prometida a Nasser, si fuera necesario, para forzar a Egipto a 594 cumplir su parte del acuerdo sobre la retirada de Suez. Y ello fue así porque los americanos necesitaban la ayuda de los británicos para concluir el acuerdo de creación de la SEATO. El acuerdo anglo-egipcio de 1954 preveía la retirada británica del canal durante un periodo de 20 meses, y el mantenimiento de ingenieros civiles en la base por un periodo de 8 años, durante el cual los británicos se reservaban el derecho de volver a usarla si Egipto, Turquía o cualquier país del pacto de seguridad de la Liga Árabe era atacado. La promesa de la ayuda militar estadounidense había ayudado a sellar el acuerdo, pero existió un impedimento que convirtió al mismo en papel mojado. La Mutual Security Act estadounidense impedía al gobierno americano vender armas a cualquier país a no ser que este firmara un pacto de seguridad con EE. UU. mediante el cual debían permitir la presencia de consejeros militares norteamericanos. Nasser vio en ello otra forma de imperialismo y, puesto que se acababa de librar del yugo británico, no estaba dispuesto ahora a dejarse arrastrar por otro “amo”. Fue así como Egipto comunicó que renunciaba a las armas americanas. Para no contrariar en exceso a los egipcios, Eisenhower prometió destinar a armas 5 millones de dólares, camuflándolos como parte del paquete de 40 millones en ayuda para construir infraestructuras que había prometido a Egipto. Sin embargo, los egipcios necesitaban armas con urgencia por lo que no descartaron conseguirlas por otros medios. A pesar de que Dulles había presionado a los británicos e intentado seducir a los egipcios para que ambos llegaran a un acuerdo eliminando así un foco de tensión que los soviéticos pudieran aprovechar, la necesidad de armas y la incapacidad norteamericana de proveerlas abrió otro inesperado: los egipcios empezaron a virar peligrosamente al Este en busca de las mismas. Entre tanto, los británicos empezaron a ver con preocupación la asertividad norteamericana en la región y cómo, la estrategia de construir una franja norte de contención del comunismo podría dejarles fuera del tablero de Oriente Medio si dejaban a los americanos que ocuparan su lugar. La firma de un acuerdo entre Pakistán y Turquía en abril de 1954 y la promesa americana de ayuda militar a Pakistán e Irak mediante la venta de armas contribuyó a alimentar su suspicacia, y a intentar afianzar su relación con los dos aliados sobre los que aún podía ejercer cierta influencia: los hachemíes de Irak y Jordania. El problema es que en ambos países Gran Bretaña era muy impopular y sólo podía mantener su influencia mediante el acuerdo con sus élites, lo que le llevó a tomar una postura mucho más firme en algunas cuestiones para no perder su influencia en la región. En Irak, Gran Bretaña contaba con las bases de Shaiba y Habbaniyah y en Jordania 595 con la legión árabe comandada por Glubb, pero se vería obligada a intervenir en su defensa en caso de que fuera atacada y la sombra israelí pendía, así, como una espada de Damocles. Por ello mismo, los británicos se centraron, a partir de 1954, en presionar para avanzar un posible acuerdo de paz árabe-israelí. Fue así como, en diciembre de 1954, los americanos y británicos lanzaron la “operación alfa”, a fin de tratar de imponer un acuerdo de paz entre Israel y Egipto. Británicos y americanos tenían intereses distintos en el acuerdo. Los británicos pretendían quitar una amenaza a su estrategia de reacercamiento a Jordania, y los americanos estaban interesados por el anticomunismo y por cuestiones relacionadas con la política interna norteamericana. Es decir, eliminado el segundo bloque más importante de tensión, se eliminaba la posibilidad de que Rusia lo empleara para avanzar sus propios intereses en la región. Por otro lado, la firma de un acuerdo de paz árabe-israelí hubiera eliminado la influencia del lobby judío, restando poder y protagonismo a unos rivales demócratas nada desdeñables. Un giro del destino acabó beneficiando a los intereses británicos: la vuelta de Nuri al- Said como primer ministro de Irak en 1954. Nuri al-Said temía a Nasser y sus pretensiones panarabistas en la región, por lo que era un aliado frente a Egipto. En su estrategia de desbancarlo de la posición de liderazgo que había obtenido a raíz de la firma del acuerdo sobre Suez, al-Said pensó que aliarse con Pakistán y arrastrar en la maniobra a Siria y al Líbano, dejaría a Egipto totalmente aislado. Fue así como se abrió el camino para la creación del Pacto de Bagdad. En noviembre de 1954 Nuri visitó a Adnan Menderes, primer ministro turco, para transmitirle su intención de adherirse al pacto turco-pakistaní. En enero de 1955, Menderes le devolvió la visita en Bagdad y juntos emitieron un comunicado donde anunciaban la firma de un próximo acuerdo de defensa mutua abierto a la participación de otros Estados. Los británicos vieron inmediatamente su oportunidad de intervenir frente a Estados Unidos, que no podría hacerlo sin ofender a Israel y a su lobby judeo-americano. Cuando los egipcios fueron informados de la firma del acuerdo turco-paquistaní-iraquí, montaron en cólera y la prensa egipcia comenzó una campaña de difamación contra Nuri, a quien llamaron “el amigo del amigo de Israel” y convocaron una reunión urgente de la Liga Árabe. Finalmente consiguieron que ni Siria ni Líbano se adhirieran al acuerdo, pero anunció que abandonaría el pacto de seguridad de la Liga Árabe si Nuri firmaba el acuerdo anunciado con Pakistán y Turquía (Barr, 2018, pág. 271) Finalmente Irak firmó el acuerdo pese a Nasser y éste tuvo que comerse sus palabras, llegando a desarrollar un odio casi patológico por Irak. 596 Las cosas se complicaron más para Nasser cuando los israelíes empezaron a responder a ataques de los fedayines de Gaza. El 28 de febrero de 1955 atacaron Gaza matando a 38 personas, en represalia por la ejecución egipcia de varios agentes que trabajaban para Israel, pero dejó al descubierto la debilidad militar egipcia. Las desavenencias entre EE. UU. y el Imperio británico se acentuaron cuando Dulles pidió a Eden que no presionara a Irak para entrar en el pacto turco-iraquí, a fin de no molestar en exceso a Nasser y no poner en peligro a Israel al insistir en querer incluir también en el acuerdo a Siria, Líbano y Jordania. Finalmente, el 4 de abril de 1955, Gran Bretaña se unió a la alianza formando el conocido como Pacto de Bagdad. La nueva situación en su vecindad, junto con la adquisición israelí de nuevo armamento proporcionado por Francia convenció a Nasser de la necesidad de encontrar con urgencia un proveedor. La firma del pacto también había alertado a los soviéticos por lo que ahora estaban más dispuestos a vender armas a Egipto a cambio de arroz y de algodón. Nasser intentó utilizar la amenaza soviética para presionar a los EE. UU. una vez más, a la vez que se dejaba acercar a la URSS, a fin de poder, finalmente, aseverar su autonomía. Según Barr, la idea de que tanto la URSS como EE. UU. estaban a disposición de Egipto era sólo una ilusión, ya que su propia retórica anti-imperialista le había limitado su capacidad de decidir al comprometerle a mantener una postura anti-occidental y no aceptar ningún tipo de control. Finalmente, el ministro de asuntos exteriores soviético, Shepilov, ofreció a Nasser la venta de 200 carros de combate y 100 aviones de combate y bombarderos. Si esta oferta llegaba a conocerse por los israelíes, los americanos temían que estos iniciaran una nueva ofensiva que obligara a estos a tomar partido en su defensa, lo que les haría perder buena parte de su poder como mediadores en el conflicto. Para contrarrestar esta amenaza decidió hacer público el deseo de lanzar una iniciativa de paz árabe-israelí. Sus temores se cumplieron. El 22 de agosto de 1955, las tropas israelíes invadieron la Franja de Gaza a lo que los egipcios respondieron con incursiones de fedayines que llegaron hasta las afueras de Tel Aviv matando a 11 personas. Los israelíes respondieron matando a 36 personas en Gaza. La iniciativa Alfa murió en el intento. Esta nueva escalada precipitó el cierre del acuerdo de venta de armas soviéticas a Egipto y unió por el camino a los intereses británicos y americanos por desbancar del poder a Nasser. Según Barr, los británicos malinterpretaron este acercamiento entendiéndolo como la disposición americana a invadir Egipto si fuera necesario. (2018, pág. 280) En vistas a esta nueva circunstancia y equilibrio de poder en la región, los británicos decidieron cambiar drásticamente su política anterior y empezar a actuar de manera más 597 autónoma en la región, sin tener que contar necesariamente, con el respaldo norteamericano para tomar decisiones. El camino a la crisis de Suez estaba allanado. La disputa sobre el oasis de Buraimi sembró la semilla que convenció a los británicos de que, efectivamente, podían actuar solos. Buraimi se encontraba situado al sureste de la Península arábiga, entre Qatar, Abu Dabi y Arabia Saudí y estos últimos lo reclamaban para sí. En 1954, Gran Bretaña aún ejercía su protectorado sobre Qatar y Abu Dabi y cuando pidió al sultanato de Omán ayuda para contrarrestar las fuerzas que Arabia Saudí había enviado para tomar Buraimi, ésta amenazó con llevar la cuestión al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Finalmente decidieron poner la cuestión bajo arbitraje internacional con dos representantes escogidos por cada parte y tres completamente neutrales. A fin de ganar el caso, los saudíes comenzaron una campaña de soborno a los árbitros por lo que los británicos decidieron abandonar la opción del arbitraje, reocupar Buraimi por la fuerza y afrontar la posibilidad de un enfrentamiento armado con el aliado más importante de Estados Unidos en la región. Fue así como lanzaron la Operación Bonaparte retomando el control del oasis. Lo importante de la crisis de Buraimi fue que, por primera vez, los británicos actuaron sin haber informado previamente a los norteamericanos. La cuestión de Buraimi se convirtió en una cuestión de prestigio para el Imperio británico poniendo a prueba su capacidad de proteger a sus clientes locales. Los imperios necesitan ganar guerras para poder mantener su dominación. Por otro lado, Buraimi hizo a los británicos conscientes del nivel al que habían llegado los saudíes en los sobornos y la compra de voluntades y cómo habían desarrollado una política exterior construida a base de petrodólares provenientes de Aramco. La cuestión fue llevada a la primera reunión del Pacto de Bagdad en noviembre de 1955 en la que Nuri también anunció que estaba preocupado por los recientes acontecimientos en Siria, donde Shukri Quwatly había ganado las elecciones recientemente gracias al patronazgo saudí y egipcio, estando convencidos de que detrás de Quwatly estaba el cheque saudí, ya que la primera medida que Quwatly anunció fue la renegociación de los derechos de tránsito del petróleo de la Iraq Petroleum Company. Otro país abierto a la chequera saudí era Jordania, con su influyente y caprichosa reina Zein, quien ejercía la regencia debido a la minoría de edad del rey Hussein. En el Líbano, igualmente, los saudíes estaban chantajeando a su primer ministro para que no aceptara entrar en el Pacto de Bagdad. La entrada de estos países en el Pacto de Bagdad se convirtió en una cuestión vital para la continuación del imperio en la región y alejarlos de la peligrosa influencia saudí que luchaba por crear su hegemonía regional con la política de la chequera. 598 Frente a esto, los británicos comenzaron a presionar a Jordania para que entrara en el Pacto amenazándoles con retirarles la subvención de 12 millones de libras que empleaban para mantener a la Legión árabe, exponiéndolos así a una posible invasión israelí, si no lo hacían e incentivándolos con recibir 25 millones de libras al año si lo hacían. Sin embargo, al igual que había sucedido en Egipto con el rey Faruk, en Jordania parecía existir también una división entre la corona y el gobierno y Parlamento. La expulsión de palestinos de Israel ocurrida a raíz de la guerra de 1947-49 y la anexión de Cisjordania alteró notablemente el equilibrio de poder que el rey Abdalá había establecido entre la corona y las tres tribus beduinas más influyentes del territorio. Ahora, la mayoría de la población de Jordania era palestina y tenían a cuatro representantes en el gobierno. Los palestinos compartían con los egipcios su aversión al Imperio británico, a quienes veían como unos traidores pro-sionistas, por lo que presionaron al rey para que no aceptara unirse al Pacto de Bagdad bajo ninguna circunstancia. Entre tanto que Egipto mantuviera su posición beligerante frene a Israel, Jordania estaría bajo su influencia. De hecho, la propaganda anti-Pacto de Bagdad emitida por Nasser en la radio provocó una serie de revueltas en Amán y Cisjordania que obligaron al rey a emplear a la Legión Árabe para sofocarlas y a cesar a su primer ministro. Estos hechos acontecidos en diciembre de 1955 convencieron al rey de la imposibilidad de adherirse al pacto sin pagar un alto precio político, por lo que acabó nombrando a un primer ministro que abiertamente rechazaba la entrada en el Pacto. Gran Bretaña había perdido con ello a uno de sus principales clientes en la región, verificado, sólo unos meses más tarde, con la expulsión de Pasha Glubb como jefe del ejército jordano el 1 de marzo de 1956. Poco tiempo después encontraron evidencias de que Arabia Saudí había estado detrás de las revueltas y había enviado en camiones de la ARAMCO una fuerza de 3000 efectivos a la frontera con Jordania dispuesta a entrar en el país en caso de que fuera necesario. Gran Bretaña respondió enviando dos batallones de paracaidistas a Chipre y moviendo a sus efectivos de la base de Habbaniyah en Irak a Amán. En el Parlamento inglés, Lloyd admitió que Gran Bretaña se jugaba el todo por el todo: “no less than the economic survival of Britain. For if we lose out in the Middle East, we lose the oil. If we lose the oil, we cannot live.” (Barr, 2018, pág. 294) La tensión entre Gran Bretaña y EE. UU. se disolvió un poco durante la cumbre bilateral organizada en enero de 1956, en la que Eisenhower pareció mostrar una postura de mayor simpatía hacia la preocupación británica por Arabia Saudí y su renta petrolera. Ambos Estados acordaron hacer algo por un método sutil: utilizar a la opinión pública para 599 demandar incrementar el gasto saudí en infraestructuras y servicios públicos, en lugar de dedicarlo a comprar lealtades de Estados económicamente débiles. Con este fin, emplearon a un periodista del Daily Telegraph que había servido en el Ejecutivo de Operaciones Especiales durante la Segunda Guerra Mundial, para que escribiera un artículo diciendo que, tras un viaje a Arabia Saudí, había detectado mucho malestar por parte de la población por la falta de carreteras, hospitales y otras infraestructuras, criticando a los consejeros sirios y palestinos que instigaban al Rey a gastar el dinero del petróleo en financiar la subversión. El hermano del rey saudí, Faisal, se situaba a la cabeza de los críticos con la monarquía y se empezaron a esparcir rumores acerca de su intención de derrocar a su hermano tras un viaje de Faisal a Egipto. La pérdida de Jordania a consecuencia de la presión ejercida para que entrara en el Pacto de Bagdad le había costado al primer ministro británico Eden mucho criticismo en el Parlamento inglés. Eden estaba convencido (erróneamente) de que había sido Nasser el que había influido sobre el joven rey para que este se resistiera al Pacto. A partir de entonces, Nasser se convirtió en su archienemigo y su derribo en su máximo objetivo. 6.9.3. La nacionalización del Canal de Suez y la operación Mosquetero A tan sólo unos meses de las elecciones presidenciales, Eisenhower quería presentar algunos resultados concretos en el proceso de paz árabe-israelí, por lo que su administración se centró en presionar a Nasser para que aceptara los términos del plan Alfa y este se comprometiera a hablar con los israelíes a cambio de ayuda económica para construir infraestructuras. Sin embargo, Nasser sabía que su propia retórica inflamatoria había creado un estado de opinión pública totalmente contrario a Israel y que cualquier intento de acercamiento sería percibido como una claudicación que acabaría costándole la vida. La situación comenzó a tensarse, porque los americanos estaban convencidos de que la paz en la región pasaba por Egipto y por Nasser y por eso se habían preocupado por construir su prestigio regalándole la “Voz de los Árabes”. Según recoge Barr (2018, pág. 233) los orígenes de la Crisis de Suez se encuentran en un telegrama dirigido por Lloyd a Eden en el que daba cuenta de que el propio Dulles pensaba que la única solución al impase planteado por Egipto era “tirar a Nasser por la borda”. Eden lo interpretó como una coincidencia de intereses en organizar un golpe y derrocar a Nasser, al modo en que lo habían hecho en Irán. La noticia de que, además, Nasser estaba contemplando nacionalizar sectores de su economía a cambio de la recepción de armas soviéticas junto 600 con informes de inteligencia que apuntaban a que Egipto planeaba atacar Israel una vez se retiraran las últimas tropas británicas en junio, hicieron subir las alarmas en Downing Street. Gran Bretaña, Francia y Estados unidos se habían comprometido en la Declaración Tripartita de 1950 a intervenir en caso de que se produjera una violación de las fronteras del armisticio y la perspectiva de luchar del lado de Israel acabaría con todas las buenas relaciones que Gran Bretaña aún mantenía con algunos de los Estados árabes de la región. Para tratar de evitar este escenario la secretaría de Estado británica ideó un plan para aislar internacionalmente a Nasser y desprestigiar su popularidad dentro de Egipto. Su idea era aislarlo reforzando a los aliados del Pacto de Bagdad, promoviendo el acercamiento entre los hachemíes de Irak y Jordania, reorganizando el gobierno sirio y rompiendo el acercamiento entre Arabia Saudí y Egipto. Para desacreditarlo frente a la opinión pública egipcia, los británicos usarían a los sudaneses para originar un conflicto sobre las aguas del Nilo, retirar su oferta de financiación de la construcción de la presa de Asuán y provocar la agitación entre sus oponentes. En cualquier caso, Eden dejó claro que Nasser tenía que salir del pule vivo o muerto (Barr, 2018, pág. 233) Los americanos, por su lado, estaban diseñando un plan alternativo, al que esta vez llamaron “Omega”. En muchos aspectos como el aislamiento internacional, se parecía al británico, pero su plan no contemplaba algo tan radical como la eliminación de Nasser, sino transferir su apoyo a otro Estado árabe que fuera más amigable y cercano a los intereses norteamericanos en la región. Para Eisenhower, ese Estado era Arabia Saudí. Eisenhower veía al Rey Saud como un potencial líder espiritual del mundo árabe y alguien capaz de imponer la paz con Israel. Para los británicos Arabia Saudí estaba en el núcleo de todos sus problemas en la región, ya que había convertido a Siria y Egipto en sus Estados clientes y habían llegado a las armas por el control de Buraimi. De hecho, el plan del MI6 para derrocar a Nasser pasaba por el derrocamiento previo del Rey Saud. En este aspecto, las estrategias de británicos y americanos no podían ser más opuestas. A fin de prevenir la desestabilización que ambos golpes causarían en la región Barr recoge cómo agentes de la CIA telegrafiaron a Nasser en abril para advertirle de que los británicos estaban planeando derrocarle “a la Mossadeq”. Igualmente, los americanos advirtieron a los británicos de que no veían con buenos ojos instigar un golpe en Siria para derrocar a Quwatli, el principal cliente de Arabia Saudí en el Levante. Según ellos, era mejor esperar, ya que sus informes de inteligencia les habían informado de que algo se tramaba dentro del propio país y que no duraría mucho en el poder. Efectivamente hubo un cambio de gobierno, pero la izquierda baazista salió reforzada del cambio y 601 cuando anunciaron su deseo de formalizar una unión con Egipto e invitaron al ministro de asuntos exteriores soviético al país, los americanos pensaron que tal vez intervenir en Siria no era algo tan descabellado y aceleraron, simultáneamente, su plan para aislar a Nasser. El primer paso que dieron fue seducir al rey Husein de Jordania, a quienes saudíes y egipcios, según los rumores, estaban planeando derrocar. Para ello, el 16 de julio de 1956, Him Roosevelt y su primo (también agente de la CIA) visitaron al rey y le ofrecieron un pago mensual de 15.000 dólares para comprar armas. El apoyo norteamericano a Jordania desincentivaría a los británicos, además, de iniciar cualquier movimiento de manera unilateral en Siria (Barr, 2018, pág. 312-13) Los esfuerzos americanos se concentraron entonces en separar a los saudíes de los egipcios, para lo cual difundieron la idea de que los egipcios planeaban un complot junto con su hermano Faisal para derrocarlo. De hecho, en mayo de 1955, seguidores del Rey habían descubierto un complot para asesinarle por parte de miembros del ejército que habían sido entrenados en Egipto. Por ello mismo, poco les costó a los americanos convencer al rey Saud de que lo que en verdad planeaba Nasser era “egiptizar” el ejército saudí para ponerlo bajo su control, gracias al pacto militar que habían firmado ambos en 1955, con el fin de reducir el alcance del Pacto de Bagdad, que veían como un intento británico de empoderar a los hachemíes. Los americanos no tuvieron que insistir mucho para despertar en Saud el peligro que para la continuidad de su liderazgo representaba Nasser a quien el año antes se había recibido en Jedda al grito de “No hay más Dios que Alá y Nasser es el amado de Dios”210. Saud quería liderar y no construir su liderazgo a la sombra del de Nasser. Los efectos de la propaganda anti-nasserista americana se hicieron sentir cuando Arabia Saudí, a pesar de la presión egipcia, se negó a reconocer a la República Popular China, como sí lo había hecho Nasser en el mes de mayo. Además de ello, acabó expulsando a los consejeros militares egipcios del país y dejó de presionar a las monarquías hachemíes al entender que, en realidad, la propaganda antimonárquica egipcia acabaría perjudicándole a él mismo y a su propio régimen. El último peldaño para aislar a Nasser, lo subieron americanos y británicos al retirar el apoyo que habían dado en diciembre de 1955 a la construcción de la presa de Asuán. Los egipcios habían solicitado a la URSS el resto del dinero que les faltaba y americanos y 210 Traducción propia de “there is no God but Allah, and Nasser is beloved by God ...” Report No. 7 (1) copy of a report to Damascus, 25 de julio de 1956, Wilson Center Digital Archive https://digitalarchive.wilsoncenter.org/document/176105 602 británicos temían que, con ello, los soviéticos se llevaran también el contrato de construcción. Los Estados Unidos justificaron su retirada del proyecto esgrimiendo que no confiaban plenamente en la solvencia egipcia para devolver el préstamo, lo cual humilló a Nasser. Una vez retirada la subvención angloamericana, a los soviéticos se les presentó el dilema de tener que ofrecer ellos el 100% del préstamo para la financiación, pero los rusos tampoco confiaban en la solvencia de Egipto, por lo que decidieron también retirar la financiación. Ante esta disyuntiva, que suponía un duro revés para el proyecto modernizador de Egipto y para su prestigio como líder del mundo árabe, Nasser decidió poner en marcha el mayor golpe de efecto con el que contaba y anunciar la nacionalización del Canal de Suez la noche del 26 de julio de 1956. La noticia fue recibida con júbilo y expectación por parte del pueblo egipcio, aunque Nasser sabía que era una acción que no iba a quedar sin respuesta. Nasser vendió la idea de que los 100 millones de dólares al año que la Compañía del Canal de Suez producía, reducirían la necesidad de financiación exterior del país, aunque lo que Nasser no calculó es que, en realidad, los ingresos netos de la compañía se reducían a 30 millones de dólares. La nacionalización del Canal fue percibida como una amenaza existencial por parte del primer ministro británico Anthony Eden, ya que dos tercios del petróleo que consumían llegaba a las islas británicas a través de Suez. La amenaza existencial provenía además de la idea de que, si Nasser conseguía extender su influencia hasta los países productores de petróleo, podría privar a Gran Bretaña de la adquisición de petróleo en libras esterlinas, provocando con ello la extinción de sus reservas de oro, al tener que emplearlas para comprar dólares. Gran Bretaña calculaba que este extremo podría producirse en apenas dos años. El miedo británico a que esto pudiera producirse señala, en realidad, el gran cambio de paradigma que en las relaciones internacionales y en el capitalismo mundial había efectuado la Segunda Guerra Mundial y el entramado institucional que había construido Estados unidos como nuevo imperio global. El poder migró de una orilla del Atlántico a la otra. La dominación norteamericana sobre el sistema Bretton Woods con la hegemonía del dólar estadounidense como moneda de referencia internacional había situado al resto de monedas en una situación de dependencia y este hecho explica el temor justificado que sentía Gran Bretaña por el ascenso a la hegemonía de Oriente Medio del anti-británico Nasser. Además, las relaciones entre el poder político, el económico y el militar pueden observarse en la aseveración británica de que la línea de causalidad que iría desde tener que comprar el petróleo en dólares hasta producir un déficit en la balanza de pagos y 603 llegar a la bancarrota, pasaba por no permitirse pagar su defensa, lo que en palabras del secretario permanente de relaciones exterior Kirkpatrick supondría que “a country which cannot provide for its defence is finished.” (Barr, 2018, pág. 320) Fue a partir del anuncio de nacionalización del Canal cuando Gran Bretaña empezó a calcular las posibilidades de lanzar una ofensiva militar frente a Nasser. La opción de hacerlo a través de Chipre era la única posibilidad, pero los preparativos requerirían al menos seis semanas. Fue así como se decidió lanzar la “Operación Mosquetero” en coordinación con el ejército francés. La operación anglo-francesa se desarrollaría en tres fases: un bombardeo aéreo masivo, una segunda fase de actividad propagandística y una tercera en la que penetrarían a Egipto a través de Port Said, avanzando desde el sur hasta llegar a la zona del Canal. Para convencer a los norteamericanos de apoyar esta ofensiva, Gran Bretaña advirtió de que, si Nasser cortaba el petróleo a Europa occidental, iban a necesitar recurrir al petróleo norteamericano, lo que provocaría dentro de EE.UU. recortes en el suministro, algo muy impopular en plena campaña presidencial, con las elecciones previstas para el próximo 6 de noviembre. La administración norteamericana, sin embargo, había interpretado el movimiento de Nasser como un acto de desesperación más que como una amenaza o desafío a la hegemonía occidental. Los americanos pensaban que Nasser no tenía capacidades o intenciones de bloquear el Canal, mientras que una invasión británica sí lo provocaría, por lo que intentó imponer primero la vía diplomática convocando una conferencia de los principales países afectados. Sin embargo, la determinación británica de entrar en guerra hizo que EE. UU. considerara unirse también, aunque sólo fuera para controlar que la escalada no derivara en una Tercera Guerra Mundial. Los americanos señalaron a los británicos que cualquier acción militar debía contar con el apoyo “moral” estadounidense y que existía el riesgo de que la operación derivara en una guerra de guerrillas expuesta a la influencia soviética. La táctica americana era retrasar la operación, por lo que la conferencia de partes afectadas por la nacionalización se convocó en Londres para el 16 de agosto, con la idea de consensuar algún tipo de autoridad internacional que se hiciera cargo de la gestión del Canal. Sin embargo, la opinión pública británica era contraria a una operación militar para salvar Suez, por lo que el gobierno de Eden, se empeñaría, a partir de entonces, en buscar un “casus belli” que revistiera de legitimidad a la campaña. Los británicos esperaban que Egipto les ofreciera ese casus belli cerrando el paso libre a los barcos que se negaran a pagar los derechos de tránsito del canal, lo cual no había hecho hasta entonces, mostrando un comportamiento cauto. Pero cuando a principios de septiembre Nasser se negó a 604 aceptar la proposición de imponer una autoridad internacional sobre el canal, la opción de la lucha armada resurgió en las cancillerías franco-británicas. Eden comparaba a Nasser con Hitler y Mussolini y afirmaba que había que contenerle a cualquier precio, mientras que los americanos temían la reverberación que una acción armada pudiera tener en Oriente Medio y cómo la URSS podría valerse de la misma para intervenir en la región. Los americanos estaban convencidos de que los británicos sobreestimaban el poder y la influencia que Nasser tenía en realidad y pensaban que un ataque de Occidente a Nasser podría encumbrar su liderazgo más que cualquier otra cosa. Los americanos propusieron llevar el caso al Consejo de Seguridad y crear una Asociación de Usuarios del Canal para su gestión, pero dejaron claro que no estaban dispuestos a emprender una acción armada conjunta. En un acto de provocación, los británicos decidieron poner a prueba por su cuenta la capacidad de respuesta de los pilotos egipcios del Canal con la “Operación Amontonar” (Pile-up) posicionando a 50 barcos británicos y pidiendo paso simultáneo para los mismos a través del Canal. Los pilotos egipcios, sin embargo, gestionaron la situación con gran éxito y Nasser declaró que si, finalmente un incidente ocurría y los británicos decidían invadir el Canal, estaba dispuesto a lanzar una guerra de guerrillas y desfavorecer todos los intereses británicos en la región. A finales de septiembre, los británicos seguían necesitando un casus belli a la vez que contar con la aquiescencia norteamericana. A mediados de octubre, tres semanas antes de las elecciones norteamericanas, lo conseguirían. Fueron los franceses los que brindaron esa posibilidad a Gran Bretaña. Gracias a la relación privilegiada que mantenían con Israel tras convertirse en su principal financiador de armas tras la guerra de 1947-49, los franceses sabían que la tensión en la frontera con Jordania iba en aumento, ya que el ejército jordano permitía a fedayines egipcios el uso de su territorio para atacar a Israel. En septiembre, 7 soldados israelíes habían muerto en Jerusalén, por lo que, temiendo las represalias, Jordania había pedido ayuda militar a Irak. Finalmente, el 10 de octubre de 1956, los israelíes lanzaron un ataque que dejó la cifra de 100 muertos, por lo que los franceses se habían comprometido a ayudar a los israelíes solicitando a los británicos, que intercedieran presionando a los iraquíes para que no enviaran más tropas a Jordania a fin de no provocar a los israelíes a una escalada. Fue durante la reunión que mantuvieron con Eden solicitando su intercesión cuando los franceses sugirieron a los británicos usar a Israel para atacar a Egipto (Barr, 2018, pág. 333). Los británicos sugirieron el uso del Acuerdo Tripartito para justificarlo, ya que Egipto había anunciado recientemente que se 605 desvinculaba del acuerdo y no requería de tropas británicas para su protección frente a Israel. Los franceses presentaron entonces el plan: ambos animarían a Israel a atacar a Egipto llegando hasta la zona del Canal y entonces Francia e Inglaterra intervendrían para separar a las partes contendientes reocupando ellos mismos la zona. Además, los británicos habían recibido informes de inteligencia que aseguraban que Egipto estaba tratando de derrocar a las monarquías de Irak y Libia, dos Estados en los que los británicos aún conservaban bases militares, y estaban utilizando a Siria para almacenar armas provenientes de la URSS. Nasser había jugado bien sus cartas incitando a su mayor enemigo, Israel, contra su principal rival, Jordania, sembrando la inquietud en Londres, comprometida, por virtud del acuerdo anglo-jordano, a defender a un país con el que ya ni siquiera podía contar como aliado. El plan de los franceses eludía la reacción norteamericana pasándola por alto, ya que pensaban que la inminencia de las elecciones estadounidenses haría muy impopular que EE.UU. se negara a permitir a Israel atacar a Egipto en legítima defensa. Fue por ello mismo que Dulles pidió a los británicos que no hicieran nada hasta pasado el 6 de noviembre, aunque no tuvieron mucho éxito en su demanda. Mollet y Eden se reunieron en París el 16 de octubre y ultimaron los acuerdos para la operación conjunta. La victoria de los nacionalistas en Jordania (partidarios de Nasser) en las elecciones del 21 de octubre, ofreció un incentivo más a los británicos para adelantar la operación, eliminar la amenaza egipcia y neutralizar a Jordania. Además, el rey Husein anunció tres días más tarde que Jordania, Egipto y Siria habían firmado la formación de una alianza militar bajo las órdenes de Egipto y se encontraba preparado para atacar a Israel. Era ahora o nunca. Mientras tanto, el 22 de octubre volvieron a reunirse en París Lloyd y Pineau. Esta vez, Ben-Gurión y el jefe del Estado Mayor israelí, Moshé Dayan, les acompañaban. Los israelíes y los británicos no coincidieron en quién debía atacar primero. Los israelíes pensaban que el ataque debía ser conjunto, mientras que los británicos preferían que comenzara Israel e irrumpir en medio de la lucha. Los franceses, interesados en forzar un cambio de régimen en Egipto para que este dejara de instigar a los argelinos a organizar una revuelta independentista anti-francesa, ofrecieron a los israelíes posicionar sus aviones de combate en la costa israelí y utilizar a sus pilotos para apoyar el ataque aéreo, lo que tranquilizó a Israel a la hora de tomar la iniciativa. Acordaron que, tras un ataque masivo israelí, franceses y británicos intervendrían en 36 horas, pero para ello era necesario que los israelíes llegaran hasta el Canal. Fue así como franceses, británicos e israelíes firmaron el Protocolo de Sèvres, según el cual, Israel atacaría a Egipto 606 provocando la intervención franco-británica que conminaría a ambas partes a retirarse a una distancia de 10 millas (16 Km.) del Canal. Este movimiento dejaría a Egipto en la disyuntiva de obedecer a la presión franco-británica, disminuyendo con ello su prestigio, o a no seguirla y provocar la intervención militar conjunta para salvaguardar el Canal. Los británicos sabían que esta operación era desfavorable para sus intereses desde cuatro puntos de vista: (i) podía ofender a los americanos, (ii) favorecería a Israel, (iii) supondrían una violación del Acuerdo Tripartito y (iv) no contaba con el respaldo de Naciones Unidas. Aun así, decidieron seguir adelante y buscaron el acuerdo del ex primer ministro egipcio exiliado en Beirut, Ali Maher, para sustituir a Nasser llegado el caso. Frente a los informes de inteligencia recibidos por los americanos donde se decía que los israelíes estaban preparando una ofensiva por el sur, en lugar de por el este, los británicos intentaron hacer creer a los americanos que eso era imposible y que, en realidad, los preparativos eran para atacar a Jordania y que por eso los británicos habían enviado barcos desde Malta y que no creían que fuera un interés francés estimular a los israelíes a entrar en guerra con Egipto. Los americanos lo creyeron, pero el 29 de octubre los primeros paracaidistas israelíes descendían sobre el Paso de Mitla, en la Península del Sinaí, a 72 Km. al Este de Suez, originando una guerra que, en el contexto “caliente” de la guerra Fría y con la rebelión anti-soviética de Hungría, los americanos no deseaban. Francia y Gran Bretaña emitieron su comunicado conjunto de intervención 36 horas después, como habían acordado. En respuesta, el 31 de octubre Eisenhower intentó pasar una resolución del Consejo de Seguridad que llamaba al fin de las hostilidades, pero obtuvo el veto de Francia y Gran Bretaña, por lo que emitió un comunicado ordenando a todas las partes un alto el fuego. No es de extrañar que Estados Unidos estuviera furioso, ya que había construido su liderazgo internacional, en parte, vendiéndose como el campeón de la descolonización. A pesar de sus diferencias, la Unión Soviética secundó esta demanda, porque ella también había vendido su liderazgo mundial con un discurso anti-imperialista. Además de ello, Siria había demostrado su apoyo a Egipto saboteando el oleoducto de la Irak Petroleum Company amenazando el suministro de petróleo y en plena guerra había ido a Moscú a pactar un acuerdo de asistencia militar. En realidad, nadie quería verse arrastrado a una guerra que tenía muchas posibilidades de escalar y de alcanzar a todo el mundo árabe, afectando severamente una economía mundial basada en la disposición de fuentes energéticas baratas y accesibles211. Había que volver al status quo anterior y evitar 211 Un proceso de nacionalizaciones de las industrias petroleras en respuesta a la agresión contra Egipto dañaría particularmente a Europa occidental, que dependía en un 80-90% del petróleo árabe-iraní. 607 una posible Tercera Guerra Mundial, ya que la URSS había amenazado con intervenir si no se imponía un alto el fuego en Port Said. Barr señala cómo el propio Dulles, en una carta dirigida al Embajador norteamericano en París, indica que el principal error de cálculo de británicos y franceses había consistido en sobreestimar la simpatía que hacia Israel sentía la administración norteamericana y la verdadera influencia que el lobby judío tenía en la política de Estados Unidos (Barr, 2018, pág. 343). El error de cálculo provino también de las finanzas del imperio: Gran Bretaña sólo tenía reservas de petróleo para aguantar un embargo durante 6 semanas y su economía dependía totalmente de su capacidad para financiarse en los mercados de divisas internacionales. Israel por su parte quería la guerra. Los años que transcurren entre 1952 y 1956 constituyen el período más crítico y peligroso de la historia de Israel hasta nuestros días puesto que no puede contar por entero con el apoyo de ninguna de las dos superpotencias de la Guerra Fría y los Estados Unidos comienzan, bajo la administración de Eisenhower y Dulles, una política de aproximación a Egipto y otros regímenes árabes como el hachemita de Jordania. Necesita por ello el apoyo de otras potencias que compartan su mismo interés por someter a Egipto a un control militar. Esta guerra sirvió además para afianzar la posición de los halcones laboristas representados por el propio primer ministro, Ben-Gurión, Pinjas Lavon (ministro de defensa de 1954 a 1955), Moshé Dayan, (jefe del Estado Mayor de la Defensa desde 1953 a 1958) y Shimon Peres (director general del Ministerio de Defensa desde 1953 a 1959). Las semillas de la guerra, en realidad, habían comenzado a plantarse por Israel desde 1954, cuando a través de una operación encubierta conocida como “Operación Susannah”, la unidad 131, compuesta en su mayoría por judíos de origen egipcio, efectuó actos de sabotaje contra propiedades estadounidenses y británicas en Alejandría y El Cairo, a fin de obligar a Estados Unidos y a los británicos que apoyaban la retirada de Egipto, a reconsiderar sus posiciones, ya que Israel temía que la retirada británica sirviera para insuflar más el extremismo egipcio contra Israel. La retirada británica supondría además que lo único que mediaría entre Egipto y una hipotética invasión de Israel serían las tierras desérticas de la Península del Sinaí. Fue durante una de estas operaciones encubiertas, en las que los israelíes trataron de culpar a los nazis en una operación de bandera falsa, como los egipcios detuvieron a uno de sus miembros, en cuyo piso encontraron información sobre todos los componentes de la unidad 131. Paradójicamente, aunque el objetivo de la operación de basaba en desacreditar a las fuerzas de seguridad egipcias pretendiendo que los ataques procedían 608 de células de los Hermanos Musulmanes y manifestar sus deficiencias para hacerse con el control efectivo de la seguridad en el Canal, la interceptación egipcia y el descubrimiento de la trama produjo el efecto contrario. El fracaso de la operación costó la vida de cuatro de los miembros de la unidad: dos se suicidaron en la cárcel y otros dos fueron ejecutados por las autoridades egipcias. También le costó el puesto a Pinjas Lavon, quien fue forzado a dimitir cuando las noticias sobre el fiasco llegaron a Israel, sustituido poco después por el propio Ben-Gurión, asumiendo la cartera de defensa. La operación, realizada a espaldas del moderado primer ministro Moshe Sharett, acabó costándole el puesto también a él, teniendo que dimitir el 3 de noviembre de 1955 y siendo sustituido en la cancillería por Golda Meir, lo cual significó un mayor control de Ben-Gurión sobre las relaciones exteriores de Israel, lo que demuestra el alcance del faccionalismo político dentro del laborismo entre los políticos de la línea dura y los moderados, ya presente durante la época del Yishuv. Los resultados de la guerra son bien conocidos. Supuso una victoria militar para Francia, Gran Bretaña e Israel, ya que consiguieron alcanzar sus objetivos y llegar al Canal, pero fue una derrota política para los tres en todos los sentidos. Nasser no fue derrocado, sino que ganó aún más popularidad como líder del mundo árabe y siguió diseminando un mensaje profundamente anti-occidental y anti-israelí. Gran Bretaña dio por perdido su liderazgo mundial como potencia imperial. Incluso su gran aliado, Estados Unidos, amenazó con dañar su economía vendiendo los bonos en libras esterlinas que poseía si no se retiraba del Canal. Anthony Eden acabó dimitiendo muy cuestionado y por motivos de salud el 9 de enero de 1957. Israel, por su parte, fue obligado a retirarse del Sinaí, aunque obtuvo de Egipto un compromiso (vulnerado después) de no incitar ataques de fedayines en territorio israelí. Además de ello, las Naciones Unidas (FENU212) desplegaron una fuerza de interposición en el Sinaí, lo que le daría a Israel algo de respiro hasta la guerra de 1967. No obstante, el compromiso de Egipto de no cerrar el Canal de Suez y los estrechos de Tirán a la navegación de barcos israelíes, principal causa “justa” para lanzar las ofensivas bélicas contra Egipto en 1956 y 1967 se obtuvo, de forma fehaciente, únicamente tras la firma del tratado de paz egipcio-israelí de 1979. Nasser había fallecido por un infarto 9 años antes, desacreditado por una nueva derrota militar frente a Israel que esta vez no pudo capitalizar políticamente. 212 Fuerza de Emergencia de las Naciones Unidas 609 Israel por su parte consiguió al menos que el 5 de enero de 1957, Estados Unidos anunciara la doctrina Eisenhower de contrarrestar el comunismo en Oriente Medio. Como consecuencia de esta garantía, en marzo de 1957 Israel se retiraría de la Franja de Gaza, que había mantenido ocupada, y aceptó que se colocaran efectivos de las Fuerzas de Emergencia de Naciones Unidas entre la Franja de Gaza e Israel, así como en Sharm al- Sheikh. Con respecto a los palestinos, su actitud hacia la gestión del conflicto con Israel cambiaría radicalmente a partir de los años sesenta, particularmente tras la ocupación efectuada por Israel del Sinaí y de la Franja de Gaza en 1956, demostrando la vulnerabilidad de las defensas egipcias. Si Israel había desarrollado una doctrina de autosuficiencia militar, los palestinos acabarían desarrollando la misma estrategia, primero en el ámbito político y seguidamente, en el ámbito militar. Fue así como crearon entre 1958 y 1959 Al-Fatah, el Movimiento de Liberación Nacional Palestino liderado por Yasir Arafat desde Kuwait. Su principal periódico y medio propagandístico, Filastinuna comenzó a editarse por la misma época desde Beirut y el primer líder árabe en reconocer su representatividad y el objetivo de construir un Estado propiamente palestino fue Abdul-Karim Qassim desde Irak en 1961, convirtiendo así el apoyo a la causa palestina en una de las cuestiones vertebrales de la política intra-árabe en la región, desacreditando con ello al panarabismo liderado por Nasser, que había hecho fracasar la República Árabe Unida ese mismo año. La reentrada del nacionalismo palestino al tablero de ajedrez político marcaría, muy particularmente a partir de la definitiva derrota panarabista en la guerra de 1967, una renovada dimensión anti-imperialista en la lucha por Palestina, poniendo de relieve el carácter expansionista del Estado de Israel, ocupando desde entonces el conflicto con los palestinos una parte central de las relaciones de Israel con otros Estados, así como de su política interior y de seguridad. 6.9.4. Estados Unidos y su imperio informal mediante proxies en Oriente Medio ¿Imperio o interdependencia? El orden imperial impuesto por Estados Unidos en Oriente Medio durante la década de 1950 se inserta, ideológicamente, en dos doctrinas: la doctrina Truman y la doctrina Eisenhower, ambas enmarcadas en la corriente doctrinal de la Guerra Fría y en su objetivo de contención del comunismo. En enero de 1957 Eisenhower crearía las condiciones dentro de Estados Unidos para dar cobertura legal a su doctrina, solicitando al Congreso 610 permiso para desviar fondos provenientes del Mutual Security Act a fin de distribuir ayuda militar y económica en Oriente Medio con mayor discreción. Asimismo, solicitó tener completa libertad para comprometer a las fuerzas militares de los Estados Unidos en la defensa de cualquier país que enfrentara una agresión armada directa por parte de cualquier Estado controlado por el comunismo internacional213. Se impusieron métodos de control político y militar con el objetivo de asegurar la producción y circulación del petróleo y las líneas de defensa frente al expansionismo de la potencia rival, pero el hecho de que ni Estados unidos ni la URSS hubieran intentado nunca un método de control directo disuadió a ambas potencias de realizar ningún tipo de actos de conquista en Oriente Medio. Los únicos actos de este tipo que se efectuaron en la época procedían de actores regionales como Israel, Jordania, Egipto o Irak. Por tanto, los actos de poder que ambos imperios de la Guerra Fría desplegaron en la región se basaban en el establecimiento de un equilibrio entre proxies, limitando las intervenciones directas al envío de armas durante situaciones de conflicto como ocurrió en Egipto o Siria, que formaron parte de sus principales Estados-clientes en la región junto con la Libia de Gadafi, el Irak de Saddam Husein o la OLP de Yasir Arafat. Salvo momentos puntuales durante las guerras de 1956, 1967 y 1973, la mayoría de sus intervenciones en la región se realizaron mediante la asistencia económica, técnica y militar. Esta última incluía el entrenamiento de ejércitos árabes, como en Egipto hasta 1972, o la venta de armas, como la famosa venta de armas “checas” en 1955 a Egipto o las de 1956 a Siria, que tanto preocuparon a Estados Unidos como para organizar un golpe de Estado. Aunque la venta de armas a Egipto comenzó a negociarse en 1949, no fue hasta que Gran Bretaña lanzó su iniciativa de crear el Pacto de Bagdad en 1955 cuando la URSS concluyó el acuerdo con Egipto y la armada soviética se convirtió en una presencia regular en el Mediterráneo a partir de entonces. Según recoge Yair Even (2016), la posibilidad de que la Unión Soviética desplegara tropas disfrazadas de “voluntarios” en Siria era un subterfugio considerado como nada desdeñable por parte de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia o Israel durante la primera década de la Guerra Fría, ya que la URSS ya había utilizado esta práctica durante la guerra de Corea. Sin embargo, la URSS nunca estuvo interesada en provocar innecesariamente la intervención de Estados Unidos y su ayuda se limitó al envío de instructores, aunque raramente a pilotos de combate (salvo tal vez en la guerra de Yemen, en la de Irak contra los kurdos o en la guerra de desgaste entre Israel y Egipto 213 “overt armed aggression from any nation controlled by International Communism.” (Barr, 2018, pág. 356) 611 en la zona del Canal de Suez a fines de los años sesenta y principios de los setenta). Por parte de Estados Unidos, las intervenciones directas se limitaron a intervenir en aquellos casos en los que había un peligro de interrupción del suministro de petróleo. Su política de imperio mediante proxies se materializó, al igual que en otras zonas del mundo, mediante la orquestación de golpes de Estado y el establecimiento de regímenes clientelares. Esto se verá muy notablemente, en el caso de Oriente Medio, en los golpes orquestados en Egipto (1952), Irán (1953) y Siria (1949). La coincidencia de gobiernos conservadores en Estados Unidos (Eisenhower) y en Reino Unido (Churchill) favoreció que ambas administraciones interpretaran revoluciones de carácter nacionalista como la de Mossadegh en Irán o la de Nasser en Egipto, como una amenaza a la estabilidad social y económica que podría desembocar en la expansión del comunismo, al igual que había ocurrido con China o Corea. No obstante, otros proxis en la región no necesitaron cambios de régimen y eran atraídos mediante acuerdos de explotación petroleros o ayuda militar, como fueron los casos de Arabia Saudí e Israel. En estas coyunturas se generaron relaciones más de interdependencia que de sumisión o control. Estados Unidos contó con Arabia Saudí y con Irán, sus “twin pilllars”, para la defensa de sus intereses en la región, aunque las políticas modernizadoras del Sha y su corte pro-occidental siempre hicieron de Irán, hasta 1979, su aliado más fiable, aunque también el más limitado, ya que por su condición persa y chií nunca pudo extender su hegemonía al resto de la región. La relación privilegiada con Israel ocurriría a partir de la administración Kennedy, basada en una mezcla de interés por contener al Egipto pro-soviético y por una afinidad religiosa- cultural relacionada con el electorado protestante evangélico. En base a ello, los israelíes fueron representados en la cultura americana como bravos colonos que tienen que defender su Estado de hordas primitivas en cumplimiento de una misión salvífica. Su buena organización, una vez más, hizo a los lobbies judíos ser muy poderosos en Nueva York o Florida y las administraciones americanas consideraban a estos distritos electorales claves para ganar unas elecciones. Sin embargo, tal y como hemos presentado nuestra apreciación de los hechos, la relación privilegiada con Israel se encuentra más inmersa en las estructuras internacionales generadas por la competencia inter-imperial y por la Guerra Fría que en cuestiones de política doméstica estadounidense. La intervención de Francia y de la República Checa armando a Israel durante la Guerra de 1947-49 y la presión británica para continuar sus aspiraciones imperialistas en la región mediante la creación del Pacto de Bagdad, provocaron una escalada armamentística en Oriente Medio que terminaron de completar las dos principales superpotencias del 612 momento: Estados Unidos y la URSS. La prioridad en contener el expansionismo de Siria, Egipto e Irak (este último a partir del golpe de Estado baazista de 1963), cercanos a la URSS, fue la que favoreció la aproximación estadounidense a Israel. En esta dinámica de la contención propia de la Guerra Fría, tanto Estados Unidos como la Unión Soviética penetraron en una región donde no existían grandes ejércitos e inmersa en sendos proyectos de construcción nacional. Tanto Estados Unidos y sus aliados como la Unión Soviética presentaron sus modelos de construcción nacional y ofrecieron ayuda material para realizarlos: unos extendían cheques basándose en el capitalismo y el libre mercado democrático y otros concedían préstamos defendiendo un modelo social igualitario basado en la coacción individual y en el control centralizado de la economía. Los árabes, sin embargo, habían ideado su propio modelo: el panarabismo, que llamaba a la unión política; y el socialismo árabe o baazismo, más centrado en la libertad, la independencia y las reformas socioeconómicas, que en los valores marxistas clásicos. Este modelo no gustaba por completo a ninguna de las dos superpotencias, porque la unidad árabe dificultaba su capacidad de control y penetración. Por ello, centraron su interés, no tanto en gestionar su política interior y su modelo de desarrollo económico como en asegurar una política exterior afín, en la que no contemplaban la “positiva neutralidad” defendida por los árabes quienes, habiendo salido de procesos coloniales, no se sentían inclinados a dejarse sujetar bajo un nuevo yugo, equiparando justicia con independencia. Sin embargo, los jóvenes Estados de la región, no contaban con estructuras estatales lo suficientemente fuertes como para resistir e imponer su autonomía y se vieron arrastrados a jugar en un tablero de suma cero, en el que la victoria de uno pasaba por el fracaso y la derrota del otro. En este juego, ejemplificado en la Crisis de Suez, se esperaba que Israel actuara como la gran cañonera de Occidente en la región, aplacando rebeliones militares y provocando los grandes reveses del panarabismo. Su victoria en las sucesivas guerras árabe-israelíes que tuvieron lugar desde 1947 a 1973 era una victoria de las armas francesas y estadounidenses frente al mercado de armas soviético. La victoria o fracaso de Israel o de sus Estados árabes vecinos eran percibidos como la victoria o fracaso del poder militar de uno u otro bloque. De hecho, el inicio de la aproximación americana hacia Israel iniciado con Kennedy en 1962 y basado en la venta de aviones y sistemas de defensa aérea Hawk, ocurrió como una reacción norteamericana a la venta soviética de carros de combate y bombarderos de largo alcance a Egipto. Hasta entonces, los intereses americanos en la región habían priorizado el mantenimiento del statu quo en la creencia de que armar a Israel provocaría el rearme árabe abasteciéndose con armas soviéticas o 613 chinas y podría llevar a una peligrosa escalada en la que ambas superpotencias se verían involucradas de manera directa. En definitiva, había que mantener a la Guerra Fría lo más fría posible, ya que la presencia de petróleo en la región constituía una amenaza existencial lo suficientemente poderosa como para conducir a una peligrosa Tercera Guerra Mundial. A partir de la venta de armas a Israel, la influencia norteamericana en el mundo árabe se debilitó y con la creación del cártel de la OPEC en 1962 también lo hizo el poder de las compañías petroleras norteamericanas en la región. Michael Mann afirma que el apoyo norteamericano a Israel ha estado por encima de cuestiones económicas o intereses capitalistas y señala que Israel es la prueba de que Estados Unidos no siempre ha ejercido su imperio en defensa del capitalismo (Mann, 2013, pág. 123-24). Basándonos en nuestro análisis de la crisis de Suez y sus repercusiones posteriores para la seguridad en la región durante la Guerra Fría, nuestra conclusión es más bien que, con respecto a Oriente Medio, los intereses de las industrias petroleras norteamericanas, al estar sujetos a procesos de nacionalización locales, generaban más interdependencia que dominación y no resultaron ser tan efectivos a la hora de crear aliados fácilmente manejables. Las empresas petroleras nunca lograron que el gobierno estadounidense ejerciera su imperio imponiendo la coacción militar en beneficio de este sector. Al menos en este periodo, Estados Unidos optó mayoritariamente por la negociación diplomática y por la resolución de conflictos relativos a la nacionalización en organizaciones internacionales como Naciones Unidas o tribunales de arbitraje internacional. Sin embargo, el negocio de la seguridad y la extensión de las redes (capitalistas) de la industria militar norteamericana, eran más efectivas para generar relaciones exteriores de dependencia, influencia y dominación, porque se trataban de instrumentos híbridos que aunaban el poder político con el económico y el militar. La estructura de seguridad de la Guerra Fría, edificada sobre el principio de la contención y la disuasión, generó una red de negocios lucrativos en el sector de la defensa que trabajaba al servicio de los fines del Estado, por lo que eran capaces de solventar las barreras comerciales que existían en EE. UU. para otros productos o las restricciones financieras del presupuesto nacional. Las subvenciones a la defensa se convirtieron así en un instrumento de proyección geopolítica a la vez que económica, llegando a representar el 2,2% del PIB de Estados Unidos (Thrall y Dorminey, 2018). El acceso a las subvenciones por parte de terceros Estados estaba sujeto a normas y restricciones contenidas en la Mutual Security Act, vigente desde 1951 a 1961, que lanzó el mayor programa norteamericano de ayuda exterior hasta la fecha. 614 Había reemplazado al Plan Marshall y a su vez fue reemplazada por la Foreign Assistance Act de 1961. Estas leyes constituyen un modelo de ejercicio imperial que aúna las cuatro fuentes de poder social. Si observamos su subtítulo a la luz de estas fuentes entenderemos mejor el por qué: “An Act to maintain the security and promote the foreign policy and provide for the general welfare of the United States by furnishing assistance to friendly nations in the interest of international peace and security”214 Ideológicamente, está influida por la obsesión de las administraciones norteamericanas de Truman y Eisenhower de contener al comunismo y por la idea de que cualquier amenaza lejana es una amenaza cercana. Como señala Westad en su estudio sobre cómo la ideología de la Guerra Fría creó al Tercer Mundo (2005), fue el propio concepto de la idea de modernidad, del que tanto la URSS como los Estados Unidos se sentían herederos, el que provocó sus intervenciones en el mundo en desarrollo. Unos se veían a sí mismos como el Imperio de la libertad y los otros como el Imperio de la justicia, pero ambos se creían con la responsabilidad de cambiar el mundo cambiando la mentalidad de las élites y atrayéndolas hacia sus propios modelos. La coincidencia del conservadurismo imperante tanto en EE. UU. como en Gran Bretaña durante la década de los cincuenta llevó a equiparar la defensa de la seguridad y el orden con la defensa de la libertad, viendo en la extensión de esta última la fuerza natural que había empujado a la historia de la humanidad. No podía haber libertad (sobre todo libertad de empresa y de mercado) sin la garantía de una extensa red de seguridad y sin la paz social que provenía bien de imponer un orden mediante medios coactivos o bien disolviendo las diferencias por medio de un orden liberal. Ello implica que Estados Unidos requería liderar una red de Estados colaboradores que erigieran una valla de contención frente al modelo comunista alternativo, que propugnaba la justicia a costa de la eliminación de la propiedad privada y la libertad de empresa. A nivel económico, el desarrollo de la industria de defensa y la carrera armamentística de la Guerra Fría ha supuesto uno de los principales motores de la innovación científica y técnica y uno de los principales responsables del modelo de desarrollo I+D+i que continúa vigente en la actualidad. A pesar de que pueda resultar paradójico por sus fines destructivos y letales, es un modelo muy social, que requiere la cooperación de amplios sectores civiles-militares, y que está caracterizado por el desarrollo de tecnologías de 214Se puede ver el acta completa en: https://www.govinfo.gov/content/pkg/STATUTE- 65/pdf/STATUTE-65-Pg373.pdf 615 doble uso, que revierten en el bienestar y empoderamiento social y cuyos beneficios se han extendido globalmente (el uso de internet es siempre el ejemplo más citado). Políticamente, la regulación y el respaldo del Estado a la industria de las armas ha producido una suerte de capitalismo estatista en este sector, llegando a fusionarse el poder político con el poder militar y el poder económico. Aunque muchas de las empresas de la defensa son de carácter privado o semi-privado, la mayoría de sus clientes son Estados que emplean sus productos para su propio autoconsumo o como instrumentos de su proyección geopolítica si ellos son los productores y otros los consumidores. Tal y como se recoge en el acta del Congreso en la que se presentó la Ley de Seguridad Mutua, el congresista John M. Vorys de Ohio afirmó: “military aid to nations who will fight on our side is sound economy." Por último, con respecto al poder militar, la organización de la defensa mediante el rearme de proxies que servirán de contención frente a posibles amenazas era visto, no como una provocación a la escalada, sino como un instrumento de disuasión. Según James P. Richards, congresista de Carolina del Sur y presidente del comité de asuntos exteriores, “the Mutual Security Act was intended not to fight a war but to prevent a war”.215 La cuestión con respecto a Oriente Medio y al Estado de Israel es si esta línea de actuación geopolítica fue realmente efectiva para contener el comunismo y construir su red de colaboradores y proxies en la región. Durante el periodo que hemos analizado, desde 1948 a 1956 aproximadamente, el intento de imponer el Pacto de Bagdad en Estados como Jordania, Siria y Egipto fue totalmente contraproducente, ya que contribuyó a fomentar un mayor anti-imperialismo occidental. Asimismo, la condición impuesta a Egipto para recibir la ayuda militar y económica bajo los términos de la Ley de Seguridad Mutua implicaba el establecimiento previo de un pacto de seguridad con los EE. UU. y la aceptación de la presencia de sus “consejeros” militares, lo que veían como una seria restricción a su autonomía y una vuelta al imperialismo precedente. Una vez más el nacionalismo postcolonial jugó su papel de freno al imperialismo en la región. La pérdida de influencia sobre los Estados republicanos de la región se tornó en la construcción de una estrategia de seguridad basada en el apoyo a monarquías autoritarias y tradicionalistas, que acabaron por desacreditar el compromiso democrático ideológico del Imperio estadounidense, contribuyendo a su cristalización como el Imperio de la libertad 215 Congressional Record. (2022, mayo 15). https://www.congress.gov/bound-congressional- record/1951/08/17/97/house-section/article/10197-10298 616 capitalista y el orden militarista, relegando en aras de la seguridad y la estabilidad, su compromiso con el antiimperialismo y la autodeterminación de principios del siglo XX. No obstante, la URSS tampoco pudo llenar nunca por completo el vacío de influencia dejado por Estados Unidos y Europa en estos países, en el sentido de que, salvo el caso de Yemen o la brevísima república kurda de Mahabad, nunca se establecieron regímenes liderados por un Comintern. Es cierto que, con la muerte de Stalin se abrió una etapa de política exterior mucho menos intervencionista y basada en el establecimiento de relaciones bilaterales, de gobierno a gobierno, sin que estos necesariamente hubieran de tener lazos políticos con el comunismo soviético, como fue el caso de Nasser en Egipto o Nehru en India. Además, el instrumento de proyección exterior más empleado por la URSS eran préstamos, no concesiones condicionadas, lo que dejaba más margen de autonomía a los Estados que los recibían, ya que su propósito de exportar la revolución o de conseguir la revolución comunista internacional bajo el liderazgo pragmático de Nikita Khrushev y Bulganin fue a menudo supeditado a otros objetivos. Su intención con la venta de armas checas a Egipto, por ejemplo, estaba más dirigida a “pescar” dividendos en las agitadas aguas del Oriente Medio postcolonial que a iniciar una confrontación a gran escala contra el capitalismo. Su estrategia era más la desestabilización encaminada a perjudicar a los intereses del Occidente capitalista que en promover, por medios militares, cambios de régimen o revoluciones comunistas que no pudiera dominar. Ambos imperios, en definitiva, estaban encaminados a generar relaciones de dependencia basadas en la ayuda militar y en la defensa. La respuesta militar dada por Gran Bretaña y Francia en connivencia con Israel a la nacionalización del Canal convenció a Egipto, a Siria y a muchos países del tercer mundo de la necesidad de prepararse para repeler futuras intervenciones imperialistas consiguiendo armas de la URSS o de cualquiera de sus Estados aliados (Westad, 2005, pág. 105). Esta escalada de armamento en la región incentivada por la rivalidad entre las dos potencias y sus proxies durante la década de 1950 provocó que Oriente Medio pasara a ser el principal importador de armas del mundo en desarrollo en el periodo comprendido entre 1963 y 1972, representando el 24% del total, pasando a suponer el 59% en la década posterior (Bennet, 1985, pág. 746). La industria militar es el ejemplo más predominante de la politización del capitalismo en esta época al aunar beneficios económicos con mayores capacidades de influencia y dominación. La estrategia de penetración imperialista norteamericana fracasó en Oriente Medio debido a la afinidad estadounidense por Israel y por regímenes conservadores autocráticos 617 y con rentas petroleras alienó del dominio estadounidense a la mayoría de la “calle árabe”. Así, la estrategia de aislar a Nasser fracasó estrepitosamente hasta que éste se vio abocado a su propio Vietnam en Yemen. Tampoco pudo Estados Unidos presentarse como un bróker de la paz entre árabes e israelíes hasta la muerte de Nasser y la firma de los acuerdos de paz de Camp David en 1978, debido a las ambiciones hegemónicas del nasserismo, basadas en el anti-imperialismo occidental, y debido a la soberanía de la seguridad y el expansionismo intransigente israelí. Por suerte para el bloque occidental, la deriva autoritaria en la que se sumergieron los Estados árabes nacidos de revoluciones panarabistas o baazistas protagonizadas por militares, también provocaron la pérdida del apoyo social de las mismas y, por ende, la influencia soviética en Oriente Medio. La complejidad y la diversidad sociopolítica de la región, así como la prioridad dada a la contención durante la Guerra Fría, no favorecieron que Estados Unidos pudiera desarrollar una política exterior coherente, lo que le hizo caer en contradicciones que minarían su prestigio construido durante la Segunda Guerra Mundial como el campeón de la democracia y el guardián del mundo libre. En su proceso de desprestigio, los principales proxies de Estados Unidos en la región se fueron volviendo también contra Israel: Egipto, Jordania, Arabia Saudí, Irak y posteriormente Irán, produciendo una especie de efecto rebote. El nacionalismo globalista de Estados Unidos le había impedido ver, sin embargo, que los límites a su poder e influencia imperial en Oriente Medio provenían a su vez de la ideología del nacionalismo árabe, israelí, turco o persa. El nacionalismo constituyó la salvaguarda de la autonomía nacional frente al imperialismo político y económico, aunque, paradójicamente, se convirtió también en el principal de sus problemas y en su mayor debilidad a la hora de articular sociedades democráticas y cohesionadas, capaces de gestionar la diversidad, debilitando en el proceso la legitimidad de los Estados de la región. A pesar de los expuesto hasta ahora, la estructura geopolítica de la Guerra Fría no es la única línea de causalidad que debe establecerse para entender el Israel y el Oriente Medio actual. En este sentido, resulta particularmente interesante observar, desde el punto de vista de la Teoría del Estado de Mann, en qué manera la cristalización de los diferentes Estados-nación de la región, producida durante el periodo de descolonización, provocó el surgimiento de una dinámica de relaciones intrarregionales, afectada por sus propios procesos de construcción nacional. Desde un punto de vista nacionalista-identitario, las relaciones intrarregionales estuvieron marcadas por una dinámica centro-periferia, en la 618 que los países no árabes de la periferia (Israel, Turquía e Irán) jugaron un papel fundamental como contrapesos al surgimiento de una potencia hegemónica árabe en la región. Los tres eran regímenes muy nacionalistas y capaces de movilizar a su población en acciones colectivas que les generaron mucha mayor autonomía que el resto de los Estados de Oriente Medio. Por otro lado, desde un punto de vista de la forma política del Estado y de la construcción nacional, en el núcleo árabe se originó una dinámica basada en la división entre monarquías y repúblicas, con las primeras siendo apoyadas eminentemente por Estados Unidos y las segundas por la Unión Soviética, como ya se ha expuesto anteriormente. Esta segunda dinámica estuvo protagonizada por la rivalidad entre Arabia Saudí y Egipto, que intentaron construir su autoridad política presentándose como la vanguardia de una unidad árabe, panislámica y panárabe respectivamente, y que llegaron a enfrentarse por medio de proxies en la guerra Civil de Yemen del Norte (1962- 1970). El problema para Estados Unidos devino en que la falta de apoyo de la población a sus regímenes clientelares monárquicos, convirtieron a éstos en verdaderas autocracias y satrapías, cuestionando con ello su papel auto atribuido de líder del mundo libre. Para la URSS, la naturaleza autoritaria y militarista degenerada por el nasserismo en Egipto o el baazismo en Irak y Sira no supuso una contradicción tan flagrante, puesto que el discurso anti-imperialista hacía compatible la defensa de la independencia frente al exterior con la opresión interior postrevolucionaria, favorecida por el militarismo de sus élites. La falta de democratización en la zona, que debilitó el poder autónomo de los Estados, no sólo provino, a partir de la descolonización, de factores exógenos relacionados con la penetración imperial en las estructuras de seguridad de la región, sino que también vino provocada por factores endógenos provenientes de la existencia de estructuras económicas rentistas y de estructuras sociales basadas en la autoridad de terratenientes tribales, sostenidas por la propiedad de grandes latifundios. Las economías rentistas impidieron el surgimiento de una sociedad civil construida en torno al pago de impuestos y al establecimiento tanto de la finalidad como de los límites del Estado. En el caso de los terratenientes, el limitado alcance de las reformas agrarias y de propiedad de la tierra, junto con la resiliencia social del tribalismo y la debilidad de los poderes infraestructurales del Estado, impidió la construcción de una autoridad nacional percibida como legítima. El reparto de poder se efectuó mediante la cooptación y el clientelismo de las élites, no mediante métodos democráticos-liberales. Ello generó Estados despóticamente fuertes, pero infraestructuralmente débiles, con poca autonomía y 619 capacidad de penetración social, lo que impidió la creación de sociedades cohesionadas y afines al Estado. A ello coadyuvó la persistencia del conflicto árabe-israelí, que exacerbó la carrera armamentística, pero no fue su causa principal. La prueba empírica que nos ayuda a sostener esta hipótesis proviene de la guerra de 1947-49, que fue una guerra tanto contra Israel como contra otros árabes, enraizada en antiguas disputas entre dinastías rivales, como los hachemíes y los saudíes o entre estos y el republicanismo del Levante Mediterráneo. La volatilidad de estos Estados hizo que ni la URSS ni EE. UU. acabaran de encontrar aliados 100% fiables en esta región. Esto también acabó por afectar a Israel, ya que la pérdida de un aliado norteamericano significaba, inmediatamente, la adición de un nuevo enemigo para Israel, como fue el caso de Irán. Su proximidad a los imperios europeos primero y a Estados Unidos después, conectó su política exterior con la de estos, para bien y para mal. También ocurría lo contrario. Los Estados Unidos, por ejemplo, “adquirieron” Turquía, que se convirtió, durante años, en uno de los principales aliados de Israel en la región. Los estadounidenses se ganaron su apoyo tras impedir el éxito de la república kurda de Mahabad (1949), al norte del Irán ocupado por los soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial, en la frontera entre Azerbaiyán y Turquía. Esta república (que duró apenas un año) había sido incentivada por Stalin y defendida por el Ejército Rojo, a fin de crear un Estado marioneta de la URSS en la zona. La cercanía de la amenaza soviética aproximó a Turquía al eje pro-occidental y justificó su inclusión en la OTAN en 1952, aunque su carácter como Estado musulmán dificultaba que pudiera utilizarse para atacar a otro Estado musulmán llegado el caso. Arabia Saudí se convirtió desde 1945 en su Estado cliente más importante y en el más anti-comunista de todos, intercambiando petróleo por seguridad, en el acuerdo firmado por Roosevelt y el rey Ibn Saúd ya mencionado. El acuerdo garantizaba el acceso al petróleo que conformaba una sexta parte de las importaciones estadounidenses, aportando enormes beneficios a una red de empresas americanas y saudíes relacionadas con la industria petrolera. Además, el acuerdo preveía la inversión de los beneficios del petróleo en la economía estadounidense, fijados ya con la inclusión de Arabia Saudí en la Ley para Promover la Defensa de los Estados Unidos (Lend-Lease Act, 1941) y sellando a partir de 1945 el acuerdo tácito de “petróleo a cambio de seguridad”, formalizado en 1951 con la firma del Acuerdo de Asistencia y Defensa Mutua. Este acuerdo sellaría la dependencia de Arabia Saudí de la prosperidad norteamericana y de su paraguas de seguridad, que incluía 50 billones de dólares en equipamiento y entrenamiento militar por parte de 620 Estados Unidos, lo que otorgó a éstos la capacidad de influir sobre la producción petrolera saudí para garantizar la estabilidad de los precios llegado el caso. El único límite que existió a esta relación simbiótica fue la publicidad de la misma ya que, por motivos de política doméstica y opinión pública regional, la relación ha permanecido casi siempre tan fuera del escrutinio público como ha sido posible. Por ello, Estados Unidos nunca ha podido utilizar a Arabia Saudí abiertamente en sus intervenciones políticas en la región, salvo excepciones como el caso Irán-Contra o en la financiación de muyahidines en la lucha contra los soviéticos en Afganistán, adonde éstos habían dirigido su atención tras el declive de Nasser. La invasión soviética de Afganistán abre una nueva etapa de resistencia anti-imperialista en la que el freno a su influencia no provendrá de nacionalismos locales o panarabismos regionales, sino del islamismo salafista. Pero para entender este proceso debemos hacer referencia al último de los conflictos analizados en esta tesis: la guerra de 1973. 6.9.5. Impacto regional de la creación del Estado de Israel y su influencia en la militarización de Oriente Medio Al hablar de la creación del Estado de Israel es importante entender las imbricaciones del conflicto israelí-palestino y árabe-israelí, ya que Israel ha hecho guerras, pero las guerras también han hecho a Israel. Los resultados de las distintas guerras, siempre impredecibles, han moldeado tanto la política nacional como la internacional-regional, dando como resultado un tipo de Estado que, por su imbricación social proveniente de la inmigración, ha desarrollado una estrategia de construcción nacional dirigida por el Estado y sus élites hacia la sociedad, de arriba hacia abajo, pero también de abajo hacia arriba. Su conflictividad territorial ha generado cuatro de las cuestiones que mayor impacto tendrán sobre las estructuras sociopolíticas de la región: (i) conflictos territoriales derivados del proceso de descolonización regional y de un trazado de fronteras provisional, caracterizado por anexiones irregulares; (ii) cambios demográficos producidos por la adopción de un modelo mono-nacionalista de Estado, de los que se derivarían la expulsión y el desplazamiento de refugiados palestinos y de judíos provenientes de países árabes; (iii) la incorporación del elemento religioso al control político sobre el territorio, particularmente en la ciudad de Jerusalén y, por último, (iv) la emergencia de una nueva reconfiguración geopolítica basada en la militarización y el concepto de seguridad propio de la Guerra Fría. 621 El impacto de las derrotas árabes de 1948 y 1967, unido a otros problemas políticos estructurales surgidos a partir de la descolonización, iniciarían un periodo de revoluciones políticas y cambios de régimen que coincidieron con el auge del socialismo árabe y su posterior declive. Así, tendremos cambios sistémicos en Egipto (1952), Irán (1953), Iraq (1958) o Siria (1949) en los que se incluyen magnicidios como el asesinato del rey Abdalá en Jordania (1951) o el del primer ministro libanés, Riad Bey al-Sohl, también en Jordania. Todos estos cambios están caracterizados por la instauración de gobiernos militares o con un alto grado de componente militar, es decir, de movilización social violenta y organizada, que en el caso de Oriente Medio representan el primer motor de modernización en la región y una de sus fuentes principales de construcción del poder autónomo frente a la intervención colonialista. Los regímenes militares intentaron presentarse como instrumentales para reestablecer la capacidad de evolución de las sociedades árabes, osificadas por los sectores religiosos y caciquiles más tradicionales, de lo cual, el fracaso en Palestina había constituido el epitome de la crisis histórica sobre la que pivotaba el mundo árabe. Desafortunadamente, la derrota en Palestina provocó también el descrédito de los regímenes que habían adoptado instituciones parlamentarias liberales, heredadas del sistema de Mandatos o del colonialismo, instaurando en su lugar regímenes pretorianos, que permearon el resto de las fuentes de poder social, hiriendo de muerte al futuro de la democracia en la región. Por ello, en el estudio de Oriente Medio durante este periodo conviene considerar al poder militar como un aspecto separado del poder político. Ello es así por cuatro motivos: 1. En primer lugar, la co-constitución que parece existir entre poder político y poder militar en Oriente Medio es, en realidad, una muestra de la capacidad estructurante del poder militar sobre el poder político cuando se producen determinadas circunstancias: (i) cuando se trata de Estados que surgen de episodios de expansionismo territorial con fronteras recientes; (ii) cuando los procesos de construcción nacional han estado dirigidos por valores militaristas que consideran al poder militar como el máximo garante del poder del Estado, con una alta influencia de sus modelos sociales organizacionales (como en el fascismo); (iii) cuando un importante componente de su economía está condicionada por la existencia de una amenaza existencial; (iv) cuando recibe apoyo militar del exterior por considerarse que el Estado cumple una función clave para la seguridad en su región o en el ámbito internacional y (iv) cuando sus fuerzas de seguridad son inter-clasistas, acomodando los intereses de múltiples sectores sociales que no encuentran un fácil acomodo en los procesos de homogeneización socioeconómica y sociopolítica que 622 normalmente tienen lugar dentro de otras instituciones del Estado o bien porque éste no ejerce convenientemente su poder distributivo. 2. El segundo motivo por el que conviene separar el poder militar del poder político en Oriente Medio se debe a la existencia de fuerzas armadas no estatales (guerrillas, milicias, grupos terroristas, etc.) Estas fuerzas constituyen un verdadero desafío al poder político cuando se dan dos circunstancias: (i) en primer lugar, cuando el principal objetivo de su creación surge de un deseo de romper con el estatus quo que el poder político tiende a crear al dirigir el aparato represor del Estado contra aquellos elementos que precisamente desean romperlo y; (ii) en segundo lugar, cuando a la eficacia de ejércitos convencionales queda cuestionada para alcanzar objetivos militares. La existencia de las fuerzas árabes irregulares, de las milicias palestinas que operan dentro de la OLP o de los grupos paramilitares judíos pre-estatales y post-estatales (colonos kahanistas), son, en nuestro caso, un reflejo de esta realidad. 3. En tercer lugar, por el gran declive de guerras interestatales y el considerable aumento de guerras civiles a consecuencia de procesos de descolonización, particularmente en África, Asia y Oriente Medio. La Segunda Guerra Mundial y el proceso de descolonización fueron los acontecimientos históricos que marcaron este cambio de paradigma y que en el caso de Israel y Palestina se ha prolongado hasta nuestros días, ya que, a pesar de su reconocimiento como tal, la naturaleza no estatal de Palestina hace que se trate de un conflicto asimétrico en el que un Estado se enfrenta a milicias armadas que no responden exclusivamente a un ente político territorialmente centralizado, unificado y autónomo. 4. En cuarto lugar, por la demostrada función histórica que ha tenido el poder militar en la conquista de nuevos territorios. Este último punto resulta clave para entender el poder militar en Israel y su influencia sobre el poder político, ya que la conquista de territorios adicionales a los que fueron inicialmente asignados por Naciones Unidas contribuyó a cambiar la naturaleza del Estado en Israel, así como a reforzar su carácter nacionalista- militarista. 6.9.6. La guerra de 1956: la formación de una tradición en política exterior Los acontecimientos históricos a nivel internacional durante estos años se enmarcan en el arquetipo del juego de alianzas, diplomacia y negociaciones secretas que han dominado las relaciones internacionales en Oriente Medio e Israel desde los “calientes” comienzos de la Guerra Fría hasta la actualidad. En esta sección nos centraremos en el análisis de la 623 política exterior de Israel como estudio de caso para ilustrar el dilema “estructura-agente”. Por ello, valoraremos la influencia de la arquitectura social de Israel en la formulación de su política exterior. Esta investigación se centrará en el periodo que va de 1948 a 1956, que representan años decisivos en la formación del Estado de Israel, en los que su política exterior estuvo influenciada por las restricciones que imponían tanto su estructura doméstica-estatal como la exterior o internacional. Estas restricciones provenían de un elenco de aspectos diferentes como el sistema internacional bipolar, la ideología nacionalista-sionista y un creciente militarismo estatal condicionado por la seguridad nacional y la hegemonía geopolítica. El análisis de estos condicionantes frente al concepto de poder agencial internacional del Estado nos permitirá afirmar si el retorno del Estado podría, al menos, afirmarse en el caso de la política exterior de Israel. A continuación, examinaremos el entrelazado de los poderes ideológico y militar en el Estado en Israel y cómo éstos han influido en su poder agencial y en el trazado de sus prioridades en política exterior, que acabarán cristalizando en lo que se ha denominado “la tradición de la política exterior de Israel”. La crisis de Suez puso de relieve dos cuestiones que marcarían el curso de la Guerra Fría en la región hasta 1979. Por un lado, la imposibilidad de conseguir que los árabes aceptasen la legitimidad del Estado de Israel y su derecho a existir. Esto fue así incluso entre aquellos países pro-imperialistas o pro-occidentales como la Jordania de Husein o el Irak de Nuri Said. Por otro, el impacto de la Guerra Fría en Oriente Medio, que la crisis de Suez acabó de exacerbar, abriendo una brecha aún mayor entre los Estados pro- soviéticos y aquellos a los que convenía prolongar el patronazgo occidental. La falta de legitimidad del Estado en general provocó que incluso los más cercanos a Occidente desarrollaran un discurso vehementemente anti-israelí, en respuesta a la presión de las masas y a los impulsos populistas que nacían de la “calle árabe” alimentado por el discurso anti-imperialista de los círculos de influencia de la URSS. La legitimidad política dentro del mundo árabe se convirtió en una variable dependiente del grado de rechazo a Israel. Por ello, la lucha contra Israel se tornó, a partir de Suez, en una lucha eminentemente anti-imperialista, que prolongaba la desunión y la brecha entre países árabes a la vez que estos utilizaban la bipolaridad de la Guerra Fría para obtener bienes capitales provenientes de los respectivos imperios y extendían su influencia en la región. El cortejo hacia los Estados árabes y la ambivalencia demostrada por Gran Bretaña y Francia primero, y por Estados Unidos después (sobre todo hacia Egipto), hizo que Israel desarrollara una especie de doctrina de la autosuficiencia, contando únicamente con sus 624 recursos y los recursos de poder de la diáspora judía para defender sus intereses. Como señala N. Israeli (1972), una de las consecuencias más inmediata de la doctrina de la autosuficiencia fue la insistencia por parte de Ben-Gurión y sus pupilos, Moshé Dayan y Shimon Peres, en la necesidad de desarrollar capacidades nucleares disuasorias, a sabiendas de que ello antagonizaría a los Estados Unidos. Una vez más, fue Francia la que apoyó a Israel en esta empresa, ofreciéndole la asistencia técnica y económica necesaria. Ben-Gurión empezó así a construir un pequeño arsenal nuclear secreto, independiente del control de los Estados Unidos, lo que originó una tremenda presión por parte de éstos cuando se enteraron. Aún hoy en día se dirime si la dimisión de Ben-Gurión el 16 de junio de 1963 fue por las presiones norteamericanas de la administración Kennedy o por el escándalo del caso de espionaje Lavón. Sea como fuere, la cuestión es que Ben-Gurión fue reemplazado por Levi Eshkol, de un talante mucho más moderado y que paralizó por unos años el programa de desarrollo nuclear con el conocido Memorándum de Entendimiento Eshkol-Komer (1965), a cambio de recibir sustancial ayuda militar por parte de EE.UU. y la promesa de que éste respetaría y defendería el statu quo territorial surgido de 1947-49. Sin embargo, cuando en 1967 Nasser volvió a cerrar los estrechos de Tiran al paso de la navegación israelí, los Estados Unidos de Johnson, enfrascados ya en la fase álgida de la guerra de Vietnam (1955-1975), no quisieron inmiscuirse directamente en la guerra enviando tropas, por el temor a la reacción de los Estados árabes, manteniendo únicamente un apoyo armamentístico táctico. Este hecho confirmó la doctrina de la autosuficiencia elaborada por Ben-Gurión, que hasta entonces ha constituido la espina dorsal de la defensa de Israel en Oriente Medio. Desmenuzaremos a continuación los aspectos del poder ideológico y del poder militar que más ampliamente han influido sobre el desarrollo de esta doctrina. 6.9.6.1. El poder ideológico y su influencia en la política exterior de Israel Como ya hemos afirmado en secciones precedentes, el poder ideológico proviene de la necesidad de dotar de significado a la vida tanto individual como social. Este significado puede ser de carácter trascendental, como es el caso de la religión, o inmanente, como es el caso de las “religiones” seculares como el nacionalismo. Generalmente, la persona o grupo de personas que controlan una ideología que propugna ofrecer una asignación de sentido a la vida (ya sea individual o social) se encuentra en una posición más ventajosa para lograr el poder social, es decir, la capacidad de influir en el comportamiento de otros. 625 Este poder adopta dos formas organizacionales principales. La primera corresponde a ideologías como el cristianismo o el judaísmo, que son socio-espacialmente trascendentales. Esto significa que la ideología crece por encima de las fronteras socioespaciales existentes y llega a múltiples sociedades (como se ejemplifica por las relaciones de Israel con la Diáspora o con el cristianismo sionista anglosajón). La segunda corresponde a ideologías que ofrecen una “moral inmanente”. En este sentido, la ideología existe como un factor aglutinador y legitimador de una comunidad existente. Contribuye a aportar un sentido de unidad y de propósito común, proclive a formar sociedades étnicamente diferenciadas. El nacionalismo constituye el mejor ejemplo de este tipo de ideología. El caso de Israel ofrece una mezcla particular de ambos, recurriendo al sionismo secular para defender una forma particular de Estado a nivel nacional y recurriendo a los valores tradicionales judíos a nivel internacional, al reclamar la asistencia y apoyo económico- político de la diáspora judía. Esta combinación ideológica ha sido frecuentemente manipulada por las élites estatales según lo requería la situación internacional. Por ello, podríamos establecer dos patrones que han caracterizado el entrelazamiento de ideología y poder político en Israel. Estos patrones son el personalismo y el pragmatismo o tacticismo. El personalismo hace referencia a la tendencia a concentrar las decisiones políticas en las manos de un líder fuerte, conformando una especie de cesarismo. Ideológicamente, implica la definición de la ortodoxia sionista a través de la visión de una élite de líderes que fueron actores importantes durante los años del Yishuv y los primeros años de existencia estatal, principalmente, Jaim Weizman, David Ben-Gurión y Moshe Sharet, como afirma G. Sheffer (1980). El pragmatismo o tacticismo hace referencia a una actitud de resolución de problemas reactiva y a corto plazo, que hace frente a los problemas conforme van surgiendo, pero que no es preventiva ni estratégica. El pragmatismo ha fomentado la preferencia por políticas tendentes al status quo que han influido, de manera negativa y a largo plazo, algunos aspectos de la política interior de Israel, así como la gestión de su política exterior y del interminable conflicto palestino-israelí. Ello se debe, tal vez, a que políticas de más largo alcance en el tiempo requieren de consensos políticos que en el fracturado mapa político de Israel son difíciles de obtener, Como afirma E. Karsh (2000), en Israel, la ideología que sustentó la formación del Estado fue vista por sus adherentes como una ideología de renacimiento nacional y emancipación 626 tras siglos de dispersión geográfica y de existencia minoritaria. Simultáneamente fue vista por sus oponentes como una forma de colonialismo a través de la cual la población autóctona fue desarraigada y desplazada como resultado de la emigración europea. El sionismo fue simultáneamente una ideología de construcción nacional y de construcción estatal. Ello no implica que existiera un consenso generalizado con respecto a la forma y contenido del sionismo. El significado del sionismo fue siempre cuestionado y precisó del acuerdo de las élites militares, políticas y religiosas del Estado. Estas élites se fueron conformando entorno a redes de poder hegemónicas que fijaron los términos de la identidad política y nacional. Por ello, aunque la ideología y los términos para la formación estatal fueron monopolizados por un partido único, Mapai, este operaba dentro de una red de poder difuso, ejercida mediante la persuasión y la apelación a la legitimidad; aunque también colectivo e intensivo, al requerir la colaboración entre las élites políticas y la acomodación de las diferencias entre las mismas tanto dentro de las fronteras de Israel como en la diáspora. Aunque Israel no alcanzó su independencia hasta después de la Segunda Guerra Mundial, su sistema político fue institucionalizado durante el período de entreguerras por una élite política formada principalmente en la Rusia pre-revolucionaria y revolucionaria. Hacia el tiempo de la independencia, la ideología de la élite política era una mezcla controvertida de marxismo revolucionario, nacionalismo continental y mesianismo secularizado, lo que pone en entredicho la existencia de una única “racionalidad” en el trazado de su política exterior. Esta generación de líderes revolucionarios y laicos tuvieron que hacer frente a diversas fuerzas políticas y religiosas opositoras dentro de Palestina. En primer lugar, el secularismo sionista entró en conflicto con el establishment religioso ortodoxo. Algunas de las corrientes más ortodoxas se oponían a la creación de un Estado, mientras que versiones de la ortodoxia más nacionalistas apoyaban la idea de la creación de un Estado judío, guiado por los principios de la religión judía. Por otro lado, el conflicto de intereses con la población árabe autóctona también supuso un obstáculo para la empresa sionista. Por último, la complicada integración de los judíos sefardíes y orientales que emigraron a Israel desde países del Magreb y Oriente Medio dificultaron la posibilidad de crear un consenso nacional con respecto a la forma de Estado (religioso vs. secular; capitalista vs. socialista, etc.) y la identidad de la nación. Por tanto, podríamos trazar una imagen de la sociedad israelí durante las primeras décadas de existencia estatal a través del análisis de tres fracturas o clivajes diferentes: (i) étnico-político-religioso, caracterizado por la 627 confrontación entre judíos y árabes; (ii) religioso, caracterizada por la fragmentación entre judíos laicos y judíos religiosos-ortodoxos o religiosos-nacionalistas; y (iii) étnico- cultural, caracterizada por la división entre judíos askenazíes y judíos sefardíes o mizrajíes. Estas fracturas sociales dieron origen a diferentes identidades nacionales que el Estado tuvo que acomodar e intentar compatibilizar. En términos generales, los judíos que residieron en Israel durante este período tuvieron que definirse con relación a tres identidades: israelí, judío y/o sionista. Sin embargo, la situación se hace aún más compleja si tenemos en cuenta que ninguna de estas categorías identitarias era portadora de una significación única y compartida, hasta el punto de que algunas de estas colectividades se identificaban principalmente con el Estado, mientras que otras se identificaban primeramente con grupos al margen del Estado. La cuestión de la identidad nacional era incluso más problemática para los palestinos con ciudadanía israelí, denominados oficialmente árabes israelíes, debido a la falta de identificación democrática con las autoridades políticas de Israel y a la falta de una presencia efectiva en las instituciones sociales y políticas del nuevo Estado. La imposibilidad o falta de voluntad de acomodar las reivindicaciones árabes en el proyecto político del Estado tuvieron un fuerte impacto en la política exterior de Israel durante estos años. Así, mientras que las autoridades israelíes negociaban cuestiones internas de manera colectiva, las relaciones exteriores se enfocaron como un “juego de suma cero” en el que ambas partes luchaban e intentaban maximizar sus capacidades a la vez que intentaban debilitar la posición de la otra. Debido al hecho de que la población árabe fue excluida de la creación del orden político por su identificación con el enemigo árabe y palestino y a la práctica segregacionista practicada por el Yishuv bajo el lema del “trabajo judío”, únicamente dos de las tres fracturas mencionadas con anterioridad tuvieron un impacto significativo en la creación y posterior evolución del sistema político israelí, quedando la fractura entre judíos y árabes de Israel invisibilizada en la formación de gobiernos y coaliciones parlamentarias. Según A. Dowty (1999), en la historia de Israel se pueden establecer tres etapas según la manera en que las diferentes fuerzas sociales han encontrado su lugar en la arena política. La primera etapa, que abarca desde el ascenso del laborismo en el Yishuv hasta finales de la década de los cincuenta, estuvo caracterizada por prácticas consociacionales y centrada en la prioridad por mantener el estatus quo social. En línea con el modelo de A. Lijphart (1984), durante este período se emplearon métodos informales para alcanzar compromisos importantes entre las diferentes élites sociales organizadas en redes de 628 poder, principalmente entre los sionistas seculares y religiosos. Durante este periodo los partidos políticos jugaron un papel central. El segundo período está caracterizado por métodos propios de la democracia consensual, en el que las prácticas no oficiales del periodo anterior se institucionalizan formalmente en los órganos políticos del Estado. Este período, caracterizado por una estabilidad relativa debido a la consolidación de un partido hegemónico sobrevivió hasta el advenimiento de la guerra de junio de 1967. Como afirma S. Smooha (1997), las prácticas consociacionales y consensuales contribuyeron a fortalecer más que a debilitar al Estado, al promover una praxis política favorecedora de dinámicas y procesos democráticos por medio de la representación y acomodo de intereses sociales divergentes en la arena política. Es en este sentido en el que Mann afirma que el nivel de autonomía del Estado es una variable dependiente de su nivel de integración en la sociedad. El monopolio de las instituciones del Estado por la élite del partido político Mapai, otorgó estabilidad a las redes de poder político, aunque también contribuyó a la concentración del poder en un solo actor, en un solo partido. Esta fusión de partido y Estado estuvo reforzada por el hecho de que los trabajadores asociados al sindicato conectado con Mapai, el Histadrut, fueron los principales constructores de las infraestructuras públicas del Estado, tanto de carácter asistencial como de comunicación y vertebración del territorio. Por ello, las fronteras entre el Estado y el partido Mapai, entre el orden político y la ideología oficial, se tornaron muy porosas. Hasta la guerra de 1973, existió una cuasi completa identificación del Estado con Mapai. La fortaleza de Mapai y la debilidad parlamentaria de la oposición política revisionista o religiosa proveyeron de un alto grado de estabilidad a las instituciones políticas. Esta estabilidad política resultó ser crucial para el establecimiento de una cultura política democrática. Por ello, contradiciendo el enfoque weberiano que caracteriza a los Estados modernos por la separación entre los “valores del Estado” y los “valores de la sociedad”, la infusión de poderes y valores sociales dentro de la burocracia estatal se convirtió en una fuente de fortaleza en lugar de resultar una debilidad. Por todo ello podemos concluir que el proceso de formación estatal de Israel contribuyó a la emergencia de dos praxis políticas que han prevalecido en la política exterior israelí desde entonces. La primera es una inclinación hacia el personalismo y el gobierno autoritario, porque se lo considera más efectivo a la hora de lidiar con las divisiones sociales o crisis nacionales. Por ello, aunque las divisiones sociales están estructuradas en torno a procedimientos de negociaciones tanto formales (institucionalizadas) como 629 informales con miembros de élites rivales organizadas en redes de poder, la presencia de un líder fuerte capaz de dictar e imponer los intereses del Estado cuando la situación lo requiere, ha sido una constante en la práctica política de Israel, particularmente en el periodo histórico sobre el que trabaja esta tesis. La segunda práctica política particularmente característica de este período ha sido su tendencia al pragmatismo o tacticismo. Esta tendencia ha estado caracterizada por el empleo de estrategias cortoplacistas o de políticas tendentes a preservar el estatus quo social. En el primer caso, el Estado resuelve los problemas conforme se van presentando, es decir, en lugar de tener una política proactiva, mantiene una reactiva. El segundo se ha convertido en una manera de postergar las medidas encaminadas a la solución del problema, lo que ha favorecido una falta de institucionalización de los grandes consensos políticos que normalmente se encuentran presentes en las constituciones liberales. Por ello, los debates constitucionales han sido pospuestos cuando cuestiones delicadas como la definición del Estado en términos religiosos o seculares han aparecido y amenazado con desestabilizar el sistema. Como consecuencia de ello, se ha dañado el sistema político y se ha fragmentado a largo plazo el consenso social. 6.9.6.2. Las relaciones entre el poder ideológico y el poder militar en el diseño de la política exterior de Israel: las claves de su autonomía. La conocida cita de Moshé Dayan que afirma que Israel no tiene una política exterior sino una política de defensa señala una constante en la política de Israel durante el reinado del laborismo. El monopolio del Gobierno por Mapai durante las primeras décadas del Estado ganó legitimidad tras los logros de la guerra de 1948. Es una característica propia de la política israelí y de la mayoría de los Estados de Oriente Medio, donde persisten regímenes muy autoritarios, que los movimientos ideológicos ganen respaldo social tras la consecución de una victoria bélica, lo que demuestra las tesis de Mann acerca de la promiscuidad de las fuentes de poder. La reconfiguración ideológica que la victoria de 1949 supuso, incrementó el nacionalismo y el militarismo de Mapai, ya que estos eran mucho más efectivos que el propio socialismo para explicar la victoria de Israel y posicionarlo frente a su nueva situación como Estado independiente. Así, Israel ha combinado al Estado y a la nación de diversas maneras a lo largo de su historia. La ideología nacional-sionista que prevaleció, en gran medida creada y manipulada por Ben- Gurión, recalcó la importancia de combatir al enemigo y el honor de morir por la patria. 630 La difusión del mito de Masada y el acontecimiento histórico del Holocausto contribuyó a la aceptación social general de esta idea. El monopolio de Mapai causó el ostracismo de ideologías que desafiaban el centralismo y el mito unificador del Estado-nación propuesto por el proyecto sionista oficial. Comunistas, liberales y algunos grupos religiosos o minorías étnicas eran vistos como “traidores” a la nación, puesto que unos ensalzaban el internacionalismo y otros fomentaban conflictos sociales de carácter divisivo. Debido a su situación geopolítica y su falta de integración en la región dentro de fronteras seguras e internacionalmente reconocidas, las cuestiones relacionadas con la seguridad han marcado buena parte de la agenda exterior a lo largo de su historia. Como ya hemos apuntado, la lucha entre derecha e izquierda se centró en el programa sionista y en los medios empleados para la obtención de la soberanía y la constitución de un Estado judío. La izquierda era monopolística, nacionalista y combativa. La derecha se guiaba por objetivos territoriales maximalistas y una visión mesiánica sobre la naturaleza del Estado y su poder de redención. No obstante, como afirma D. Vital (1980) en su análisis sobre las estrategias objetivas y subjetivas de la política exterior de Israel, ambas coincidían en la necesidad de quebrar la estructura internacional preexistente por medio de recursos ideológicos, religiosos o nacional-normativos, cuestionando con ello la idea realista de que los Estados más débiles sólo pueden afirmar su autonomía desde una política de “bandwagon” o seguidismo de las grandes potencias. La política exterior de Israel no es, en este sentido, meramente reactiva, respondiendo a los estímulos externos y a las limitaciones y requerimientos de la estructura internacional, sino que combina aspectos reactivos con otros proactivos, por lo que los debates internos sobre la política exterior de Israel han pivotado en torno a estos dos extremos. Por un lado, la corriente laborista dominante buscaba derivar la acción exterior a partir de estímulos y acontecimientos del entorno, evitando institucionalizar cualquier práctica que le restara capacidad de respuesta en un momento de crisis. Esta visión pragmática y reactiva, se encuentra ejemplarizada por el primer ministro y líder laborista, David Ben- Gurión y por los que fueron sus ministros de asuntos exteriores, Moshé Sharett y Golda Meir. Por otro lado, estaban aquéllos que buscaban derivar la acción exterior de ideologías completamente ajenas al entorno y a las estructuras internacionales, ejemplarizado por las corrientes revisionistas y los defensores del “Gran Israel”. Así, según D. Vital (1980, pág. 31) “el gran fracaso nacional, en definitiva, ha sido un fracaso de la imaginación política”, en el sentido de que las nuevas élites sionistas, muchas de 631 ellas nacidas en Israel, no han sabido renovarse y han adoptados visiones del mundo heredadas por las corrientes sionistas pre-estatales, quedando el movimiento ideológicamente osificado en concepciones antiguas sobre la vida en la diáspora y la amenaza existencial, lo que tampoco ha favorecido el desarrollo de una política coherente con respecto a los territorios ocupados en la guerra de 1967. Esta visión es compartida por M. Brecher (1972, págs.542-565) en su obra sobre los procesos que rigen la formulación de la política exterior de Israel. La inclinación general de la política israelí hacia el personalismo y el pragmatismo tiene también su efecto en los patrones que ha seguido su política exterior. Resulta interesante a este respecto analizar una serie de conferencias que fueron pronunciadas en la Universidad de Tel Aviv por académicos y funcionarios del ministerio de asuntos exteriores con ocasión del trigésimo aniversario de la creación del Estado de Israel, compiladas en un solo volumen por Asher Arian en 1980 titulado Israel a Developing Society. En él es fácil distinguir las inquietudes de la época con respecto a los éxitos y fracasos del Estado de Israel, vislumbrándose una cierta cristalización identificada por A. S. Klieman (1980, págs.33-58), como los cuatro patrones que han caracterizado la acción exterior de Israel durante la época pre-estatal y que aún continuaban presentes en Israel tres décadas después de su creación: el personalismo, el pragmatismo, la doctrina de “una única superpotencia” y la no interferencia en cuestiones intra-árabes en Oriente Medio. En cuanto al personalismo, éste ha sido un patrón fundamental que ha caracterizado a la política exterior de Israel desde sus inicios (Brownstein, 1977). A consecuencia de ello, su política exterior estuvo altamente politizada, siendo eminentemente reactiva y asistemática, dependiendo del cambio de líderes en los gabinetes. Un grupo pequeño de líderes nacionales y de profesionales de la diplomacia dirigieron la acción exterior tras probar sus habilidades para escalar dentro de la jerarquía sionista del Yishuv y de la Agencia Judía para la Tierra de Israel. Este hecho hunde sus raíces en la naturaleza informal, desestructurada y experimental del Estado en su proceso de construcción. El énfasis de la política exterior israelí en el contacto personal y directo entre los primeros ministros tiene su reflejo más directo en la desvalorización o pérdida de categoría de los ministros de Asuntos Exteriores. Debido al énfasis en la necesidad de proteger y garantizar la seguridad interna y externa del país, el principal rival del ministro de Asuntos Exteriores en el diseño de la política exterior ha sido el ministro de Defensa. Y. Dinstein (1980, págs. 95-96) llega a afirmar que el papel del ministro de Asuntos Exteriores en Israel consiste en ser un mero informante en las reuniones semanales del 632 gabinete de ministros. Esto significa que la política exterior de Israel no es formulada en el ministerio de asuntos exteriores sino en las oficinas y gabinetes asociados al primer ministro, como se reflejó en la creación del Gabinete de Seguridad en 2001. Esta tendencia tuvo su experiencia más cercana durante la guerra de octubre de 1973, en la que la primera ministra Golda Meir nombró arbitrariamente a un gabinete de guerra para tomar decisiones de emergencia que serían posteriormente refrendadas por el gobierno. Este gabinete llegó a conocerse por “la cocina de Golda”, dado que las reuniones secretas se llevaban a cabo en la cocina de la vivienda de Golda Meir, señalando así su carácter personalista, improvisado e informal. De esta manera, el ministro de Asuntos Exteriores en Israel se convirtió en un mero portavoz, pero no en un hacedor de la política exterior de Israel. Otro ejemplo de esta tendencia fueron las negociaciones secretas entre Jordania e Israel que tuvieron lugar en 1949 y que ya han sido comentadas. Ben-Gurión encomendó esta misión tanto a su ministro de Asuntos Exteriores como a su ministro de Defensa. La inclusión de Moshé Dayan en las conversaciones con el rey Abdulah, proviene de la falta de confianza de Ben-Gurión en el sentimentalismo y moderación de Moshé Sharett. Aunque las conversaciones con Amman no resultaron ser satisfactorias, la inclusión de Moshé Dayan en ellas, abrió el camino de una larga tradición de implicación del ministro de Defensa en las cuestiones relacionadas con la política exterior. En esta misma línea, conviene destacar que el Parlamento israelí o Knesset, ha jugado un papel muy poco relevante en el proceso de toma de decisiones sobre política exterior, aunque podemos aducir que ello responde a una tendencia general de las democracias modernas en las que el ejecutivo ha sobrepasado al cuerpo legislativo en sus atribuciones e influencia en la formulación de políticas. En cuanto al pragmatismo, la flexibilidad diplomática es otra de las características de la política exterior en Israel. El ejemplo más citado por tratarse del más radical con respecto a esta tendencia son las negociaciones sobre las reparaciones alemanas a la que ya hemos aludido. Así, en 1951-1952, Israel estableció negociaciones directas con la Alemania occidental que concluyeron en los acuerdos de reparación de 1953 y en el acuerdo armamentístico de finales de esa misma década (1959), que culminaría con el establecimiento oficial de relaciones diplomáticas en 1965. Este pragmatismo se enmarca en la comúnmente conocida realpolitik. Así, aunque Ben-Gurión siempre defendió la autosuficiencia judía, consideraciones basadas en la realpolitik, explican los intentos de Ben-Gurión de establecer un pacto de defensa mutua con los Estados Unidos en el verano 633 de 1955, con vistas a disuadir a los países árabes de la idea de un posible ataque a Israel. Sin embargo, cuando la administración norteamericana presidida por el general Eisenhower se resistió a efectuar un acercamiento al Estado judío, Israel dirigió su mirada hacia otros aliados potenciales que estuvieran dispuestos a colaborar militarmente con Israel. Como resultado, Israel buscó el acercamiento con Gran Bretaña y Francia durante la campaña bélica del Canal de Suez en 1956. Estos ejemplos demuestran cómo Israel ha hecho uso de las estructuras domésticas e internacionales para adquirir su objetivo prioritario durante esta época: la autonomía, la supervivencia y la viabilidad como Estado en el ámbito internacional. Por un lado, Israel usó las estructuras internacionales para aplicar una estrategia de escape de las estructuras sociales internas que imponían las fracturas entre judíos askenazíes y mizrajíes o de las presiones provenientes del judaísmo religioso ortodoxo, priorizando la seguridad sobre cualquier otro conflicto que pudiera repercutir sobre el interés nacional. Asimismo, utilizó las estructuras de la diáspora norteamericana para presionar a la gran superpotencia de la Guerra Fría en favor de sus intereses. Por otro lado, Israel empleó sus estructuras domésticas basadas en la permanencia de un voluntarismo revolucionario instigado por sus élites a través de los medios de comunicación, la educación o el servicio militar para integrar a aquellos colectivos que no hubieran sido socializados previamente en los valores del sionismo. Así los judíos mizrajíes abrazaron un sionismo extremo en su búsqueda de integración en la nueva sociedad de acogida, uniendo de este modo al corpus social del Estado bajo el concepto de una nación sitiada y en guerra permanente. La contribución de estos judíos al “Fondo de Defensa” en la “guerra buscada” en la que se convirtió la Campaña del Sinaí resulta significativo de esta tendencia. Lo interesante de este pragmatismo es que podía ser aplicado para una medida y su contraria, como demostró el repliegue táctico posterior de las tropas del Sinaí cuando se sintió presionado por Estados Unidos y el resto de la comunidad internacional en marzo de 1957. A pesar de su tendencia hacia el pragmatismo y la flexibilidad diplomática, Israel ha mostrado un alto grado de estabilidad en dos cuestiones de capital importancia para su acción exterior: su posición con respecto a la rivalidad entre las dos grandes potencias hegemónicas de la Guerra Fría, que como hemos visto, constituye una de las estructuras internacionales del siglo XX más relevantes a la hora de determinar la acción exterior de los Estados en esta época, y su posición con respecto a la política en Oriente Medio y a las relaciones entre los Estados en la región, particularmente por lo que respecta a la 634 autodeterminación política del pueblo palestino. A continuación, analizaremos las repercusiones de ambas. En relación con la doctrina de una única superpotencia dentro de la rivalidad de la Guerra Fría, Israel mostró, en un principio, una voluntad de no alineamiento o no identificación. Sin embargo, mientras que Ben-Gurión predicaba las ventajas de la no identificación, hacia julio de 1950, Israel ya había apoyado a Occidente dando el visto bueno a las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a favor de emprender una acción militar conjunta para repeler la invasión de Corea del Sur. Esta ambigüedad proviene de la incapacidad de Israel de gestionar un aislamiento extremo dentro de un entorno geopolítico hostil. En este caso, las estructuras internacionales actuaron como entidades limitativas que forzaron a Israel a abandonar –al menos en la práctica, cuanto no en la retórica- una política de no identificación. La asociación de Israel con Occidente está basada en una ideología política compartida, anclada en la convicción de que la democracia es mucho más beneficiosa que el totalitarismo para los judíos, tanto fuera como dentro de Israel. El acercamiento ideológico y político a Occidente fue visto como conveniente para Israel debido a las crecientes demandas sociales provenientes de la inmigración, el desarrollo económico y la seguridad. La satisfacción de estas demandas requería tanto la cooperación como la dependencia de potencias externas. Como afirma Klieman (1980, págs. 43-49), los líderes israelíes llegaron a la conclusión de que resultaba imposible escapar por completo de los límites y condicionantes de las estructuras globales. Por ello, intereses divergentes fundamentales entre Israel y la URSS relativos al papel de esta en Oriente Medio y a los derechos de los judíos rusos a emigrar, justificaron la inclinación de Israel hacia Occidente y su distanciamiento de la órbita soviética. Por último, otro motivo importante que explica el acercamiento de Israel hacia Occidente es la idea de que el apoyo o “apadrinamiento” de una superpotencia proveería a la causa sionista de la necesaria legitimidad ante la comunidad internacional, ofrecería el amparo y protección militar frente a eventuales ataques y promovería su expansión económica. Ello requería integrar en su política exterior a sus redes de poder ideológico, militar y económico. Asimismo, haría a los países árabes ser conscientes de que la oposición sistemática a Israel ya no era una opción sin consecuencias. En lo relativo a la integración en las estructuras internacionales con vistas a incrementar el reconocimiento y el poder agencial de Israel, esta ha sido una preocupación constante de su acción diplomática desde la época pre-estatal. El razonamiento de que Israel nunca podrá dominar por sí mismo estructuras internacionales concebidas para salvaguardar el 635 poder, la influencia y el control de Estados más poderosos ayuda a entender la conexión de Israel con Gran Bretaña durante la época del Mandato en Palestina. Junto con otros líderes políticos (incluyendo a los rivales revisionistas), Jaim Weizmann deseaba hacer que Gran Bretaña creyera que apoyar la causa sionista era beneficioso para los intereses del Imperio británico y para el equilibrio de poderes en Oriente Medio. Por ello, el Yishuv estuvo dispuesto a colaborar con Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, incluso a pesar de las restricciones a la inmigración judía propuesta en el Libro Blanco o White Paper. En este caso, los intereses a corto plazo (independencia nacional) se impusieron sobre otras consideraciones a más largo plazo. No obstante, la conexión británica fue rescindida hacia 1945-1947 y decayó con el final del Mandato británico sobre Palestina, ya que Gran Bretaña dejó de ser un socio preferente para Israel. En resumen, la amenaza del aislamiento, la afinidad ideológica, la incompatibilidad con los intereses soviéticos y la necesidad de obtener legitimidad y reconocimiento internacional empujaron a Israel a buscar el apoyo de una única superpotencia occidental. Alternativas a este enfoque de política exterior incluyeron los intentos de obtener objetivos sionistas por medio de foros multilaterales, principalmente los de Naciones Unidas. Sin embargo, esta opción fue descartada tan pronto como Israel adquirió su independencia. Lo que yace tras esta concepción de “una única superpotencia” es la consciencia de que el movimiento sionista necesitaba del apoyo exterior para obtener sus fines, ya que el reconocimiento a su legitimidad únicamente podría provenir del exterior. Este apoyo exterior debía basarse en la legitimidad de Israel, en la protección frente a los Estados árabes y en la disuasión proveniente del apoyo militar. Además, buscar el apoyo de una gran superpotencia era una manera de asegurar que ninguno de ellos actuará de manera concertada en contra del otro o impondrá un arreglo o solución sobre el otro, tal y como fue percibido tras la campaña militar del Sinaí en 1956. La retirada del Sinaí en 1957 constituye un ejemplo de astucia diplomática a través del ejercicio de la prudencia, proactividad y originalidad. La dependencia de la protección de un Estado extranjero puede percibirse como una rendición de la autonomía estatal y algo propio de Estados pequeños o débiles. Sin embargo, la cooperación con otro Estado es una forma de incrementar los poderes colectivos del Estado, aumentando su autonomía, siempre y cuando esta relación sea lo más simétrica posible y constituya una relación en el que ambos ganan poder y autonomía. Esto es debido al hecho de que la cooperación requiere la extensión de relaciones de poder colectivo que, como hemos visto, hace que el poder llegue a la 636 cúspide de su eficiencia al desarrollarse en ambientes asociativos. Por ello, aunque la dependencia de una potencia extranjera pueda imponer ciertas limitaciones a la acción exterior de Israel, también incrementó su poder de influencia en la geopolítica de Oriente Medio, llegando a veces a ser el eje central sobre el que pivotaban las relaciones entre los Estados de la región. Por último, con respecto a la posición de Israel dentro del juego geopolítico de Oriente Medio, la no interferencia en la política regional árabe ha sido otro de los rasgos que ha caracterizado la política exterior de Israel durante este periodo. La intervención de Israel en cuestiones de política inter-árabes podría haber sido percibido como un intento de explotar las tensiones internas del mundo árabe con vistas a dominar la geopolítica de la región. Esto habría creado una imagen negativa de Israel en el exterior y habría dificultado aún más su imagen de Estado imperialista. La retirada voluntaria de Israel de los asuntos propios de la región ha sido interpretada por los Estados árabes como un reflejo de la falta de conexión entre Israel y Oriente Medio. Esto explica los intentos de Israel de contrarrestar estas opiniones por medio del establecimiento de una alianza tácita con Jordania desde 1921 hasta el asesinato de Abdalá en 1951. Por otro lado, esta falta de implicación de Israel en los asuntos relativos a Oriente Medio ha tenido un impacto negativo en las relaciones árabe-israelíes haciendo que, durante las primeras décadas, Israel vea con displicencia el establecimiento de cualquier acuerdo con los Estados árabes vecinos. Sin embargo, para evitar su exclusión total de las cuestiones que afectan a su entorno regional, se llegaron a establecer acuerdos en la década de los cincuenta con los dos únicos Estados no árabes de la región: Irán y Turquía. En resumen, el hecho de que el movimiento sionista declarara tener una misión circunscrita exclusivamente a los judíos de Palestina descartó la idea de una redención universal más amplia, como la defensa de los derechos humanos. Esta tradición autorreferencial proviene de los años de la diáspora, y ha tenido una influencia en el desarrollo de las relaciones interestatales en la región. Según Alan Dowty, (1999) “los judíos son un pueblo que viven según sus tradiciones, aunque se rebelen contra ellas”. Esta idea alcanzó también al sionismo, puesto que es la respuesta judía al problema de la modernidad. A pesar de la competencia con otras ideologías rivales, como el comunismo, el liberalismo o los fundamentalismos religiosos, el movimiento sionista y los judíos de Israel se vieron a sí mismos respondiendo “judíamente” a los desafíos que enfrentaban (Dowty, 1999, pág. 1). Sasson Sofer (1998) comparte la misma visión cuando afirmó que “la sociedad judía de Palestina no puede comprenderse sin referencia a los principios de 637 autogobierno que distinguían a la comunidad judía europea tradicional: separación del entorno, un profundo sentido de solidaridad, la coacción colectiva del individuo sin necesidad de sanciones o legislación formal, una relación virtualmente instrumental hacia la autoridad y una actitud ambivalente hacia la ley y el Gobierno. No hay razón para pensar que esta tradición se desvaneciera al emigrar a Palestina”. Por tanto, se puede concluir que la experiencia de la diáspora junto con el imperativo de garantizar la supervivencia nacional tras el Holocausto, constituyen los factores determinantes de la praxis política israelí. Es así dentro del Estado, donde Ben-Gurión moldeó la creación de una identidad nacional basada en la seguridad y las expectativas de los ciudadanos israelíes hacia su nación: la protección contra las amenazas externas. Por ello, las nociones de seguridad han prevalecido sobre nociones de justicia o secularismo. Esto mismo ocurre en la interacción de Israel con otros Estados. El énfasis de Israel sobre cuestiones relativas a la defensa y la seguridad en sus relaciones exteriores han priorizado las diferencias, en lugar de los intereses comunes, tanto en el diseño de su política exterior como en las prioridades de su agenda diplomática internacional. 6.10. La consolidación como potencia militar en la región y el camino hacia el “Gran Israel”: 1956-1967 Tan sólo un año después de la finalización de la guerra del Sinaí, se produjeron nuevos cambios en la situación geoestratégica de Oriente Medio que reconfigurarían de nuevo las alianzas en la región. Por una parte, el 1 de febrero de1958 Egipto y Siria forman la República Árabe Unida, experiencia que sólo duraría tres años, pero que se encargaría de poner en práctica el ideal de expandir una comunidad árabe basada en la umma. Por otro lado, se produce poco después el derrocamiento de la monarquía en Irak y casi simultáneamente, Estados Unidos, siguiendo la doctrina Eisenhower, manda marines al Líbano para evitar que cayera también bajo influencia soviética. Los aliados británicos, por su parte, mandarían tropas británicas a Jordania para servir al mismo propósito que los marines estadounidenses en el Líbano: contrarrestar la expansión soviética en Oriente Medio. Los años siguientes son años de grandes cambios en la zona y de reestructuración de fuerzas y alianzas. El 24 de marzo de 1959 Irak abandona el Pacto de Bagdad, y se rebautiza como Organización del Tratado Central (CENTO). Esto supone un gran desafío para el expansionismo de la influencia occidental en la zona. Además, como ya se ha 638 anunciado anteriormente, ese mismo año Yasser Arafat y otros colegas en Kuwait forman Fatah, un grupo nacional Palestino, auspiciado por Siria y Egipto con la intención de desmarcarse de Jordania, Estado afín a Occidente, e intentar organizar la lucha por la liberación de Palestina de manera autónoma. En 1961 ocurren nuevos cambios en el mapa político. Por un lado, Kuwait accede a la independencia y, por otro, Siria se retira de la RAU o República Árabe Unida, poniendo fin al breve período en que ambas repúblicas habían formado una unión política. A partir de entonces Siria tratará de cobrar protagonismo en la región, desligándose cada vez más de su alineamiento con Egipto y tratando de dirigir, desde sus cuarteles, la lucha por el pueblo palestino. Siguiendo con este panorama de cambios rápidos, en septiembre de 1962 comienza la guerra civil en Yemen, un lugar más de confrontación en el escenario de la Guerra Fría en Oriente Medio, con Arabia Saudí y la facción angloamericana apoyando a los realistas; y las tropas de Nasser y el régimen soviético apoyando a los republicanos. Ante este escenario de peligro latente para Israel, en septiembre de 1962 se produce la primera venta de armas estadounidenses. El período de la administración Kennedy, que transcurre entre 1961 y 1963, supuso un punto de inflexión en la orientación de la política exterior de Estados Unidos e Israel, que continuará profundizándose tras la guerra de 1967. Así, será durante la era Johnson entre 1963 y 1968, cuando se produzca una relación especialmente estrecha entre ambas administraciones. En medio de todo este panorama de juego de alianzas e intereses estratégicos, se celebra en enero de 1964 la Conferencia de la Cumbre de la Liga Árabe donde se establece la Organización para la liberación de Palestina (OLP) y se planea desviar la cabecera del río Jordán. El agua, un elemento más de importancia geoestratégica crucial para la zona, especialmente para Siria, Jordania e Israel, se convierte en un objeto de confrontación entre estos Estados fronterizos. La cuestión de la competición por el agua se remonta a 1953, cuando Israel inicia los planes para la construcción del Acueducto Nacional de Israel, que transportaría agua desde las zonas fluviales del norte a las desérticas del sur, añadiendo una nueva dimensión geopolítica al conflicto, esta vez derivada del control de un recurso natural. El proyecto requería la desviación de las aguas de la cabecera del Jordán y del lago Tiberiades, lo que provocó grandes tensiones con los países fronterizos, particularmente con Siria, que veía en ello un claro acto de agresión y de expansionismo israelí. 639 Mapa 5.7. La cuenca del río Jordán216 Israel comenzó a desviar agua desde la zona desmilitarizada que separaba Israel de Siria tras la firma de los armisticios de 1949, lo que requirió la mediación de Naciones Unidas una vez fracasado el Plan Johnston217 de mediación para el reparto del agua apadrinado por Eisenhower. Siria respondió en 1965 con las obras del nuevo “Plan de desvío de aguas de cabecera del Rio Jordán”, apadrinado por la Liga Árabe, que planeaba desviar el 35% del agua del acueducto israelí, argumentando que el desvío del agua efectuado por Israel podía considerarse como una amenaza existencial ya que favorecería su economía y su capacidad de absorción de nuevos inmigrantes a expensas de los intereses de los propios palestinos expulsados de Israel a consecuencia de la guerra de 1947-49. Sin embargo, ataques repetidos de Israel a Siria en abril de 1967, obligaron a ésta a abandonar su proyecto de desviación de las aguas del Jordán, aunque la presencia siria en la zona sería aprovechada más tarde para justificar los ataques israelíes que dieron lugar a la guerra de 1967. Una vez que la OLP cobra fuerza patrocinada desde el exterior por los Estados árabes más influyentes económicamente, en mayo de 1964 se celebra la conferencia para la fundación de la OLP en Jerusalén Este. Este hecho supondría la apertura de una segunda etapa de lucha israelí en dos frentes: contra la OLP y en la guerra de desgaste que había dejado tras de si la Campaña de Suez. Con respecto al primero de los frentes, en 1965 se 216Libiszewski, S., recuperado de: http://www.mideastweb.org/water.htm 217 Plan hidráulico unificado del valle del río Jordán o Plan Unificado de 1955 640 produce el primer ataque de Fatah a intereses israelíes en un intento de sabotaje contra la compañía del transporte de agua nacional israelí que acabamos de aludir. Con respecto al segundo, Israel ve con bastante cautela la firma del Pacto de defensa mutua entre Egipto y Siria tras la llegada al poder del partido baazista en Siria, con una ideología bastante afín al socialismo panarabista de Nasser. Desde comienzos del año 1967, Israel empieza a prepararse para llevar a cabo una nueva confrontación con los países árabes vecinos, que culmina en el ataque a las obras del Plan de desvío de aguas ya mencionado en abril de 1967, constituyendo el primer enfrentamiento armado de esta década entre Siria e Israel. La situación se vuelve bastante tensa y en Israel las opiniones se dividen entre los partidarios de tomar la iniciativa en el comienzo de la guerra y aquellos que piensan que deberían esperar a ser atacados en primer lugar para legitimar la actuación como una guerra defensiva. La ocasión vino de la mano de Nasser, cuando el 20 de mayo de 1967 pide la retirada de las Fuerzas de Emergencia de Naciones Unidas de la franja de Gaza y cierra el Golfo de Aqaba a los barcos israelíes. Israel tiene en su poder el casus belli que él mismo había declarado ante la Asamblea General de Naciones Unidas diez años antes. Ante la inminencia de la guerra, el 30 de mayo de 1967 Egipto y Jordania firman un pacto de defensa mutua. Tanto israelíes como jordanos sabían que Jordania no tenía ningún interés en participar en esta guerra, sin embargo, si había algo que estaba claro era que, en Oriente Medio, una vez que un Estado árabe decidía emprender una guerra contra Israel, el resto no podía negarse a colaborar. Hussein de Jordania había aprendido muy bien esta lección del asesinato de su abuelo. Tampoco se puede afirmar con rotundidad que Nasser tuviera interés en iniciar una confrontación de este tipo, sabedor como era, de que su ejército no estaba lo suficientemente preparado como para hacer frente a Israel. Sin embargo, las presiones sirias para llevar a cabo el ataque y a las que Nasser debía atender puesto que Siria rivalizaba con Egipto por la hegemonía ideológica del mundo árabe, unido a la retórica nasserista que había prometido al pueblo egipcio la liberación de los “hermanos” palestinos, la convirtieron en su propia trampa, haciendo que Nasser se precipitara en un conflicto que él mismo no deseaba en ese momento. La guerra de los Seis Días ha sido comúnmente referida como uno de los ejemplos más brillantes de estrategia militar. Sin embargo, para no extendernos demasiado, obviaremos detalles y mencionaremos únicamente que, en apenas cinco días, Israel se hace con el control de Jerusalén Este, Cisjordania, la Franja de Gaza, el Sinaí y los Altos del Golán. El 5 de junio de 1967 Israel ataca Egipto y después Siria y Jordania. Ya el 7 de junio, 641 Israel captura Jerusalén Este y el 10 de junio conquista a Siria los Altos del Golán. Ese mismo día se proclama un alto el fuego y se pone fin a la guerra relámpago que transformó por completo el panorama político, social e histórico del Estado de Israel. Una vez terminada la guerra, los primeros cambios con respecto a la soberanía israelí sobre los nuevos territorios no se hacen esperar. El 28 de junio de 1967, Israel extiende su jurisdicción desde Jerusalén Oeste a Jerusalén Este y el 24 de septiembre del mismo año, Israel aprueba el primer asentamiento judío en Cisjordania. Mientras que en el Estado judío el sueño del “Gran Israel” se hacía realidad, legitimando una opción política que hasta entonces había permanecido en la sombra, y los partidos religiosos se nacionalizaban virando hacia posturas nacionalistas más extremas, un sentimiento de euforia embargaba a todo el país, ajenos tal vez, a la desaprobación internacional de la ocupación militar y las consecuencias negativas que para Israel arrastraría la ocupación militar de Gaza y Cisjordania, con poblaciones mayoritariamente árabes. La ocupación de los territorios proporcionó a Israel una nueva baza para usar en la mesa de negociaciones con el pueblo palestino y los demás Estados árabes. Así, el 22 de noviembre de 1967, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprueba por unanimidad la histórica Resolución 242 donde se propone la fórmula land for peace o “paz por territorios”, que servirá de base para futuras negociaciones como los acuerdos de paz de Camp David con Egipto o el malogrado proceso de Oslo. En este punto cabe mencionar el argumento esgrimido con frecuencia por parte de las autoridades israelíes sobre el significado último de esta resolución, ya que, en su versión en inglés, la resolución afirma como principio fundamental para la consecución de la paz en su artículo 1 (i) “Withdrawal of Israel armed forces from territories occupied in the recent conflict.” Según los israelíes, la resolución no especifica que tengan que ser todos los territorios ni menciona de cuáles en particular tiene que retirarse. La versión en francés, sin embargo, habla de “Retrait des forces armeés israéliennes des territories ocupées lors du récent conflit”218. En este caso la resolución no deja lugar a dudas de que se refiere a todos los territorios que Israel ocupó y que se encontraban tras las líneas de armisticio firmadas en 1949. No obstante, en términos históricos, para la región de Oriente Medio, la guerra de 1967 no puede considerarse una trazadora de nuevas vías en el mismo sentido en que lo fue la guerra de 1947-49 ya que simplemente intensificó dinámicas y exacerbó problemáticas 218 Ambas versiones recuperadas de Naciones Unidas (United Nations Peacemaker): https://peacemaker.un.org/middle-east-resolution242 642 ya existentes, como el expansionismo territorial israelí a costa del desplazamiento de población palestina, la continuación de un proceso de limpieza étnica, la consolidación de la supremacía militar israelí en la región y su alianza estratégica con Estados Unidos, el declive del panarabismo (que ya había comenzado desde la intervención egipcia en Yemen), la interconexión entre religión y nacionalismo (tanto árabe como israelí) que siempre fue bastante fluida, etc. La guerra, sin restarle importancia, fue más bien el momento de consolidación de dinámicas puestas en marcha en la primera gran guerra de Israel, que afectó al Estado en términos estratégicos, porque consiguió mayor profundidad defensiva, y en términos de deslegitimación y descrédito, al permitir la colonización de territorios adquiridos de manera ilegal según las normas del derecho internacional. Lo paradójico fue que, en términos de seguridad, eliminó las amenazas de unas fronteras indefendibles, pero creó otras nuevas provenientes de fundamentalismos violentos de todo tipo, que contribuyeron a añadir un fuerte componente religioso al caldo de cultivo del conflicto. La señal de que la guerra no produjo un cambio en el conflicto fueron las declaraciones de Nasser en la Conferencia de Jartum en el mes de agosto de 1967. En la resolución de la conferencia publicada el 1 de septiembre se anunciaba la próxima guerra: “no reconocimiento, no paz, no negociación con Israel”. Lo que fue tomado por la fuerza, será restituido por la fuerza. 6.11. El impacto de la guerra de junio de 1967 sobre el sistema político israelí El sistema electoral es decisivo para determinar el grado de realización de la idea de democracia. ¿A quién debe considerarse electo? Esta es la pregunta esencial a la que responde todo sistema electoral. La mayoría es el resultado de una integración y esa integración es función de los partidos políticos. El principio mayoritario, esencial a la democracia, sólo puede funcionar si la integración política forma un grupo que comprenda más de la mitad de los electores - mayoría absoluta -219, de ahí la necesidad de pactar con otras fuerzas políticas para conseguir esa necesaria mayoría que haga posible el funcionamiento del sistema, particularmente, la función legislativa y ejecutiva del mismo. Hay que resaltar desde el principio, que es fundamental para la coherencia del sistema que se apliquen los mismos criterios de elección tanto para las elecciones generales como para las primarias que se realizan dentro de cada partido, de cuyo 219 Kelsen, H. (1995) Teoría General del Derecho y del Estado, UNAM: México. 643 resultado dependerá el tipo de liderazgo del que saldrán los candidatos en las elecciones estatales. La elección basada en un sistema proporcional garantiza que la fuerza relativa de los partidos en la asamblea representativa sea la misma que en el cuerpo electoral. La estructura política de la primera refleja la del segundo. Además, con este sistema no hay ganadores ni perdedores. El sistema de la representación proporcional es la aproximación más grande posible al ideal de la autodeterminación dentro de una democracia representativa y, por tanto, el más democrático de los sistemas electorales. Este fue el sistema que adoptó Israel durante los primeros casi 50 años de su existencia basado en un sistema proporcional puro heredado de la tradición política durante el mandato británico. Este sistema, ideado para ser lo más representativo posible de todos los intereses sociales, es sin embargo muy poco eficiente en sociedades muy heterogéneas. Así, el sistema que funcionó de manera aceptable durante los primeros treinta años de vida del Estado fracasó en el momento en que Mapai pierde su papel como partido dominante. Como ya he expuesto con anterioridad, el sistema de partidos israelí se caracteriza durante sus primeros años por el protagonismo de un solo partido, Mapai, el partido laborista heredero de la tradición sionista y de los padres fundadores del Estado de Israel. El hecho de que fuera el partido dominante en Israel durante tanto tiempo tiene múltiples explicaciones. La derecha, representada por la fuerza de los revisionistas del Herut era concebida como ilegítima, debido a su pasado oposicionista y a su diferente visión del sionismo, caracterizada por un territorialismo maximalista. El resto de las fuerzas políticas, tanto a la izquierda como a la derecha, no representaban una oposición al monopolio de Mapai, y eran integradas mediante éste en el sistema por medio de alianzas postelectorales. Esta situación provocó la emergencia de partidos bisagra, formados principalmente por partidos religiosos, especialmente el Partido Nacionalista Religioso jugaron un papel muy importante para el mantenimiento del régimen laborista. Este sistema permanece intacto hasta 1967. Varios factores pueden explicar las causas de este cambio en el sistema de partidos que trajo como consecuencia una mayor fragmentación y aparición de nuevas alternativas en el poder: - “La guerra de los Seis Días” produjo la aparición de un fenómeno que se repetiría en el futuro: los gobiernos de unidad nacional. En momentos de crisis, el gobierno en el poder necesita buscar apoyo en las principales fuerzas políticas del Parlamento para legitimar la toma de decisiones que afectan tan directamente a la supervivencia y al futuro del Estado. Así, por primera vez en la historia de Israel, 644 la fuerza política del Herut accede al poder y alcanza legitimidad como alternativa política frente a la ciudadanía. - Las victorias militares de la guerra, protagonizadas por militares afines al partido de la oposición, cambiaron la imagen de la derecha israelí frente a los electores. Esta victoria militar supuso, asimismo, un cambio en la perspectiva de la población y de los partidos que hasta entonces no tenían un carácter marcadamente nacionalista. El sueño del “Gran Israel” de la derecha revisionista parecía hacerse realidad y se hacía realidad gracias a la colaboración de diferentes fuerzas políticas que habían permanecido en la sombra de la oposición hasta entonces. Se produjo así un doble cambio en el sistema de partidos. Por un lado, aparecen dos partidos, iguales en fuerza, que pasan a ser el centro a través del cual se organizan los resultados electorales, convirtiéndose en los partidos pivotes del sistema electoral. Por otro lado, los partidos religiosos se radicalizan y se vuelven más nacionalistas. Numerosos estudios sobre procesos transicionales afirman que una democracia no está lo suficientemente consolidada hasta que no se produce una alternancia en el poder. Este cambio supuso para Israel un paso más en la maduración como Estado democrático, aunque todo proceso de maduración trae consigo nuevas dificultades y responsabilidades y el caso de Israel no fue una excepción, resultando cada vez más difícil establecer coaliciones duraderas que permitieran la gobernabilidad. Al perder los partidos su función integradora ya no hay mayoría posible con la que gobernar o legislar porque el electorado está tan dividido que ya no es capaz de formar mayorías. Este es el principal problema técnico-político con el que se enfrentó Israel a partir de esta guerra y que derivaría en el intento de reforma electoral que dio origen a la Segunda República en 1992. Todo este proceso no se explica sin tener en cuenta un cambio en los valores y perspectivas sociales, económicas y políticas de los ciudadanos israelíes. Junto a las reivindicaciones de la población judía de origen árabe que organiza su lucha civil en el movimiento de los Panteras Negras (1971), el enorme progreso económico y enriquecimiento de las clases medias, vino acompañado de un aumento de los valores individuales. Israel, en este sentido, no es una excepción al fenómeno que se produce en todas las sociedades occidentales modernas desde mediados del pasado siglo con la disolución de las ideologías, la pérdida de la conciencia de clase gracias a los beneficios del Estado de bienestar, etc. De este modo, se pasó de un deseo de realización colectiva 645 a un deseo de realización individual. Ir al ejército, por ejemplo, se vuelve cada vez menos necesario para alcanzar los peldaños más altos de la escala social. Por otra parte, la cuestión de la división entre derecha e izquierda deja de ser una cuestión meramente socioeconómica y pasa a ser una cuestión de política exterior concerniente a los territorios y al proceso de paz. La cuestión de la seguridad se convirtió en una cuestión de identidad nacional. Así si la toma de decisiones concernientes a los territorios y a la seguridad que había estado hasta entonces inspirada por planteamientos estratégicos, a partir de la guerra de 1973 pasará a estar inspirada por dimensiones etno-nacionalistas, como suele ocurrir en tiempos de privaciones o amenazas a la supervivencia o al bienestar.220 Esta dinámica afecta al tipo de liderazgo político requerido por sociedades con valores individualistas. El líder político, para ganar las elecciones primarias, ya no tiene que ser leal al partido o a su grupo sino popular. En el modelo de democracia de consenso, los líderes son de carácter carismático y saben cómo usar el poder institucional para su preservación política y están especialmente interesados en hacer que el mecanismo funcione, puesto que de ello depende su supervivencia como políticos. Este fue el caso de Ben-Gurión durante los primeros años de existencia del Estado, empeñado constantemente en cambiar la ideología del partido hacia posturas más conservadoras y liberales. En el modelo de la democracia corporativa que nace a finales de los años sesenta en Israel como producto del nuevo sistema político, surge una nueva especie de líderes que deben su carrera a los antiguos líderes políticos que las promocionan. Estos nuevos líderes son menos carismáticos y más conservadores. Aceptan los mecanismos consociacionales que ya estaban en marcha y no son capaces de construir una elite – elite cartel - política. Un ejemplo de este tipo de líderes es Golda Meir. En el sistema político neo corporativista, los líderes provienen de organizaciones estatales como el ejército o la administración. Muestran por tanto una alta lealtad al sistema, no al partido. Se necesita tan sólo entender el sistema para convertirse en un buen líder. Un ejemplo de este tipo de nuevos líderes lo encontramos en personajes como Isaac Rabin, Shimon Peres o Ehud Barak. 220 Shmuel Sandler, The State of Israel, the Land of Israel. The Statist and Ethnonational Dimensions of Foreign Policy, Westport: Greenwood Press, 1993, pp. 263-273, 235-258. 646 El grupo más joven de líderes que llegó con la tercera aliyá (1919-23) estaba muy influenciado por las ideas de la Revolución Rusa de 1917. Una simbiosis muy particular emergió entre estos y los representantes de la segunda aliyá, los padres fundadores. Aquellos en el grupo más antiguo eran hombres de Estado, tomaban las decisiones fundamentales y las ponían en práctica. El grupo más joven, por otro lado, controlaba la maquinaria del partido, era leal a los líderes de éste, trabajaban para ellos y dependían de ellos para el avance satisfactorio de sus carreras políticas. Así, el grupo más joven aseguraba la perpetuidad del grupo más viejo en la escena política, puesto que los altos líderes eran asimismo dependientes del partido para su proyección. Es por ello por lo que, con la desaparición de los antiguos líderes de la escena política durante los años setenta, se produjo una crisis de sucesión y estas relaciones informales jerárquicas de solidaridad y de división del trabajo, no pudieron ser transferidas fácilmente desde la antigua generación política a una nueva. Este hecho permitió a la derecha emerger en el escenario político por primera vez desde el establecimiento del estado y causó una tremenda inestabilidad en el sistema. En el Herut, Menájem Beguín e Isaac Shamir fueron los últimos de la generación más antigua que aún permanecían activos en la política durante la década de los setenta y su liderazgo no fue desafiado por sus compañeros políticos. Durante los años 40, las nuevas generaciones no querían implicarse demasiado en política al contrario de lo que habían hecho sus padres y preferían enrolarse en las fuerzas armadas causando la aparición de una nueva clase política: la clase de las fuerzas armadas. Es por ello por lo que en los sesenta coincidieron dos procesos sociales complementarios entre sí: la jubilación del antiguo liderazgo político y la jubilación anticipada de lideres militares de mediana edad gracias a las políticas de jubilación de las Fuerzas de Defensa Israelíes. Así, el vértice de la pirámide política se quedó vacío y presuroso de aceptar a la nueva fuerza social militar emergente. A medida que el porcentaje de los nacidos en Israel aumentaba, su incidencia en la Knesset o parlamento israelí también incrementaba. Sin embargo, el foco de poder político y de dominio en la Knesset estaba mayoritariamente en manos de aquéllos con un origen europeo. Así, de los 37 signatarios de la declaración de independencia que eran miembros del Comité Nacional y posteriormente lo fueron del Consejo Provisional Estatal, 35 eran de origen centro y este europeo. A medida que la proporción de la población iba cambiando se introdujeron más miembros con un origen étnico distinto en las listas de los partidos. 647 La predisposición a favor de personas de origen europeo se nota aún más fuertemente en la composición de los gobiernos en Israel. La explicación de aquellos que justifican el sistema es que los judíos sefardíes o mizrajíes no estaban acostumbrados a operar dentro de instituciones democráticas y, por tanto, no estaban lo suficientemente preparados como para asumir posiciones de autoridad en el gobierno del país. La discriminación continuó y la victoria de líderes políticos mizrajíes ocurre con más frecuencia en elecciones municipales que en elecciones nacionales. 6.12. La guerra de 1973: un momento neoepisódico221 “The concept of crisis has become the fundamental mode of interpreting historical time” (Koselleck, R., & Richter, M. W, 2006, pág. 371) Esta sección aborda la relación entre las transformaciones que a comienzos de la década de los setenta tuvieron lugar en las instituciones macro-históricas que dominaron el orden global post-1945, y las que tuvieron lugar en Oriente Medio en el mismo periodo, analizando, desde la perspectiva de la sociología histórica cómo el capitalismo, los Estados-nación y los imperios informales de la Guerra Fría incidieron en las órbitas del desarrollo económico, político, militar e ideológico de la región. Para ello, retomaré el concepto de “eventful temporality” de W. Sewell, quien define los acontecimientos históricos como una suerte de sucesos que, juzgados después de un tiempo, pueden considerarse como transformadores de las estructuras (2005, pág 100 y 114-23) y el concepto “neo-episódico” de Mann (2012ª, pág. x), quien sostiene que los cambios históricos se producen por estallidos intermitentes que transforman las estructuras fundamentales de la sociedad, formadas por actores colectivos agrupados en torno a la distribución de los principales recursos de poder (militar, político, económico e ideológico). Recordemos que, según Mann, los cambios en esta distribución de poder pueden generar transformaciones históricas que no siempre emanan de la propia evolución institucional o estructural (mucho más lenta), sino que también pueden provenir de las consecuencias inintencionadas de una acción, de acontecimientos externos 221 Una sección de este artículo formaba parte de una ponencia presentada en la reunión anual de la Asociación de Historiadores del Presente. “El ámbito de lo posible. crisis y reconstrucciones en el último medio siglo (1970-2020)” celebrado en Sevilla en febrero de 2022. 648 inesperados, o de estructuras de poder existentes, emergiendo de manera intersticial y novedosa. La guerra de octubre de 1973, huyendo de toda teleología, puede considerarse, en este sentido, un acontecimiento “neo-episódico” de primera magnitud. Ello es así desde una doble perspectiva: Por un lado, a nivel internacional, recoge las consecuencias de otro conflicto bélico, la guerra de Vietnam, que había incidentalmente depreciado el valor del dólar e impulsado la salida de EE. UU. del sistema Bretton Woods en 1971, alterando con ello las reglas del comercio internacional y debilitando la hegemonía estadounidense sobre el capitalismo mundial. Este hecho, unido a una creciente dependencia del petróleo de Oriente Medio y a una mayor asertividad de la CEE (Comunidad Económica Europea) frente a Estados Unidos, debilitó su capacidad de reacción frente al embargo petrolero liderado en 1973 por Arabia Saudí en el marco de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo), aupando con ello el liderazgo y el poder del wahabismo en la región y dando con ello el carpetazo final al proyecto pan-arabista. Por otro lado, las consecuencias transformadoras de esta guerra provienen de una paradoja: la OPAEC (Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo), creada en 1968 con la intención se separar la producción del petróleo de cuestiones políticas derivadas de la guerra de 1967, al fomentar una unión política basada en intereses económicos comunes, lo que provocó fue la servidumbre de los grandes proyectos políticos (panarabistas o panislamistas) con respecto al poder económico. La rivalidad por la hegemonía no provendría, a partir de entonces, de proyectos políticos estructurados en torno al liderazgo de la identidad cultural árabe o islámica, sino que la rivalidad provendría de aquellos Estados con suficiente renta petrolera para financiar los costes de sus aspiraciones imperialistas en la región y su poder autónomo para generar inestabilidad en los mercados internacionales: Arabia Saudí, Iraq, Irán y Libia. Cada uno de ellos defendería un objetivo político para ejercer el liderazgo en la región: (i) extender el islamismo wahabí; (ii) la creación de un nuevo y poderoso Estado baazista proveniente de la unión política de Siria e Iraq bajo el liderazgo político-militar iraquí; (iii) la exportación de la teocracia revolucionaria islámica iraní a partir de 1979 o (iv) la vía de la “tercera teoría universal”, el sincretismo con que Gadafi denominaba a su extraña mezcla entre socialismo, capitalismo, arabismo e islamismo que incluía un proyecto de unificación política entre Libia, Egipto y Siria. De este nuevo tablero surgirían, intersticialmente, nuevos actores que representarían, como ningún otro hasta entonces, la 649 fusión de lo económico, lo político y lo ideológico en la región. Estos nuevos actores serían los grupos insurgentes, terroristas e islamistas que, financiados por petrodólares inyectados desde Occidente, se convirtieron en importantes receptores del superávit en la región. Fue este patrocinio el que permitió a algunos Estados intentar controlar la articulación de un discurso sin contenido de clase y de simbología supraestatal, incrementando con ello su capacidad de crear, dominar y controlar a proxies y, por ende, la capacidad para transformar las estructuras geopolíticas y diplomáticas de la región. La consecuencia inintencionada de este giro provocado por la subcontratación y descentralización del poder político-militar sería el incremento en el poder autónomo de estos grupos, que se convertirían en la fuerza social con mayor poder infraestructural en la región, desbancando la penetración del imperio informal estadounidense, añadiendo una nueva dimensión al conflicto árabe-israelí, fomentando el sectarismo y creando estructuras proto-estatales que, basadas en la economía sumergida, le permitirían alcanzar un grado importante de autonomía con respecto a los intereses de sus patrocinadores. Los actores que contribuirían intersticialmente a esta evolución fueron, principalmente, los Hermanos Musulmanes y la OLP. Este giro inesperado, que auparía al islamismo yihadista y al empleo del terrorismo, alcanzaría su paroxismo el 11 de septiembre de 2001. Para entonces, su influencia y alcance eran ya globales. Para analizar estos sucesos y su coyuntura abordaré, en primer lugar, la incardinación del imperio informal estadounidense en Oriente Medio en el periodo histórico que comprende desde finales de la Segunda Guerra Mundial hasta 1979, coincidiendo con el final de la Détente y otros acontecimientos críticos que cambiaron los códigos geopolíticos en la región. En segundo lugar, abordaré la naturaleza de la crisis de 1973 y el boicot petrolero desencadenado por la guerra de Yom Kipur o guerra del Ramadán, así como su impacto en el núcleo de los imperios informales (Estados Unidos y la Unión Soviética), su periferia (Oriente Medio) y el sistema de relaciones internacionales en general. Por último, abordaré una de las consecuencias más llamativas de este momento crítico: el protagonismo de nuevos actores que bien surgieron intersticialmente o que se vieron fortalecidos al convertirse en importantes destinatarios de los excedentes petroleros. Estos actores vertebraron la insurgencia anti-occidental y anti-israelí en la región, combinando el patrocinio estatal con una creciente autonomía financiera y organizacional, sustentada por una extensa red tráficos ilícitos que dieron forma a la economía sumergida de la región. 650 6.12.1. Contextualización histórica y teórica: imperio informal, globalizaciones rivales y estructura geopolítica de Oriente Medio tras la Segunda Guerra Mundial Como hemos ido exponiendo a lo largo de esta tesis, el imperialismo ha sido el elemento central de la modernidad política, a la vez que el principal responsable de la fragmentación de la globalización en los siglos XIX y XX. Esta fragmentación, ocasionó una fractura racial, económica y “civilizacional”, dominada por el intento europeo de explicar y legitimar su superioridad (sobre todo, la de sus medios de coacción) sobre el resto del planeta. Esta situación, que tuvo su epitome en la Gran Guerra, sufrió un cambio drástico a partir de 1945 con el fin de la Segunda Guerra Mundial, coincidiendo con el golpe definitivo a la estructuración imperial europea y asiática que había dominado el ámbito internacional. La Guerra Fría fue por ello una época marcada por la extensión y búsqueda del equilibrio entre globalizaciones rivales, que dieron lugar a geografías ad hoc, caracterizadas por la existencia de un “mundo libre”, bajo la hegemonía de EE. UU. y uno “comunista”, que situaba bajo la hegemonía soviética a todos aquellos Estados nacionalistas o grupos insurgentes que hubieran abrazado el comunismo como su proyecto político y que mostraran un anti-occidentalismo militante. Esta geografía dual Este-Oeste fracturó la globalización en dos polos opuestos, a la vez que ocultaba la verdadera línea divisoria que fragmentaba el mundo entre un Norte desarrollado y un Sur subdesarrollado. ¿Qué lugar ocupaba Oriente Medio en este marco de globalizaciones rivales? Podría afirmarse que un lugar central en la periferia de tres mundos: el este, el oeste y el sur; un lugar desde el cual reclamaba su posición particular como líder del tercermundismo, a la vez que intentaba manipular a su favor los intereses que movían a los núcleos de ambas globalizaciones. Fue así como la rivalidad americano-soviética por el control de este “rimland”, marcó las relaciones entre el núcleo de los dos imperios informales y la periferia que ocupaban los Estados de Oriente Medio, fragmentados por identidades comunitarias supraestatales y anti-imperiales, debilitando políticamente a la región y convirtiéndola en un ejemplo de lo que Brown denomina “penetrated system” (Hinnebush, 2003, pág. 3). Hacia 1973, los Estados de Oriente Medio se encontraban estructurados en dos grandes bloques, alineados por sus posiciones con respecto a la Guerra Fría y a su postura beligerante hacia Israel. Por un lado, existía un bloque de repúblicas socialistas arabistas, 651 compuesto principalmente por Egipto, Siria e Irak, liderado por oficiales del ejército que habían depuesto a las desprestigiadas monarquías respaldadas por Occidente y que comenzaron a recibir la asistencia militar de la Unión Soviética, que veía en ello una forma de controlar e influir sobre su periferia musulmana caucásica y de Asia Central. Los soviéticos apoyaron a fuerzas políticas que provenían de los principales centros urbanos y que habían construido su legitimidad partiendo de objetivos más progresistas, basados en el desarrollo económico, la identidad árabe y el rechazo al imperialismo e intervencionismo europeo en la región, del cual Israel constituía su ejemplo más señalado, aunque con el tiempo se convirtieran en verdaderas autocracias despóticas. Los casos del Egipto de Nasser (1954-1970) o del baazismo en Siria (1963-presente) e Iraq (1968- 2003), constituyen los ejemplos más significativos. Por otro lado, existía un bloque compuesto por monarquías tribales de distinto signo, que dominaban con mano de hierro sobre Estados rentistas en torno a las orillas del Golfo Pérsico y que mantenían posturas mucho más cercanas a Estados Unidos. Como ya se ha señalado con anterioridad, Irán, con su monarquía pro-occidental laica y Arabia Saudí, con su interpretación wahabita del islam, constituyeron los dos pilares de la seguridad norteamericana en la región, al menos hasta la revolución iraní de 1979. En este puzle político en el que los Estados árabes luchaban por terminar de asentar su autonomía, Turquía, Irán e Israel fueron tal vez los únicos regímenes no árabes que con su nacionalismo identitario fueron capaces de movilizar un mayor espectro de apoyo colectivo, popular e inter-clasista. A pesar de los intentos norteamericano y soviéticos por estructurar la región en torno a sus intereses, será precisamente en el juego de relaciones de equilibrio entre el núcleo árabe de Estados de la región y esta periferia no-árabe, donde se integren muchos de los conflictos que asolaron la región durante la Guerra Fría (Hinnebush, 2003, pág. 1), particularmente la guerra de 1973. Tenemos pues una maquinaria que funciona alentada por dos motores: la rivalidad geoeconómica entre capitalismo y comunismo y la rivalidad identitaria árabe y/o musulmán vs. no árabe. Estas dinámicas sustentadas por un modelo productivo internacional dependiente del petróleo convirtieron a los Estados de Oriente Medio en auténticos “brokers” de la política internacional en este periodo. 652 6.12.2. 1973: símbolo de un cambio de paradigma en la región ¿Qué cambios se produjeron a consecuencia de la guerra de 1973 que resultan claves para entender el Oriente Medio actual? ¿En qué sentido podemos afirmar que el boicot petrolero supuso un momento neo-episódico en las relaciones entre Occidente y el mundo musulmán? ¿Por qué el imperio informal de Estados Unidos salió más debilitado de esta crisis? Para responder a estas preguntas en esta sección analizaré, en primer lugar, los cambios que se produjeron en las relaciones EE.UU.-URSS en la década de los setenta y cómo resultan relevantes para entender su impacto sobre la región, es decir, el telón de fondo internacional. A continuación, abordaré el análisis de los cambios estructurales que entorno al poder ideológico, económico, político y militar cristalizaron en esta década y hasta qué punto estos cambios contribuyeron a la emergencia de un nuevo actor intersticial que cambió la región (y hasta cierto punto el mundo) para siempre: el islamismo yihadista. Los años setenta son los años de la détente. La URSS y EE. UU. alcanzan la paridad nuclear, llegando a difuminarse la contraposición de intereses militares entre los bloques, limitando con ello las capacidades basadas en la defensa tradicional o la disuasión que había alcanzado su límite MAD (Mutually Assured Destruction) y que culminaron con los acuerdos SALT (1972 y 1979) y el Tratado sobre misiles antibalísticos (1972). Este nuevo escenario, unido a los fracasos militares e impopularidad de la guerra de Vietnam, habían llevado a los Estados Unidos a realizar un cambio de medios en su objetivo por extender el control de su imperio informal, optando ahora por convertirse en contratantes de intervenciones armadas. Es decir, decidieron deslocalizar y privatizar parte de sus capacidades militares, aprovechando la ventaja que supone armar y entrenar a grupos locales, al modo en que lo habían hecho los franceses en Indochina en 1949. Aunque la détente trajo consigo positivos avances para la desnuclearización de la guerra convencional, no pudo evitar “la continuación de la guerra por otros medios”, tejiendo en el proceso una red paralela de grupos armados insurgentes y contrainsurgentes no estatales que, apoyados por las dos super-potencias y sus aliados tradicionales, dominaron la intervención en las nuevas guerras civiles internacionales, sobre todo a partir de 1979. Así, el Tercer Mundo y los Estados no alineados, se convierten en los nuevos escenarios de lucha por establecer el equilibrio hegemónico entre las dos superpotencias y será en estos territorios, donde se concentre la mayor parte de la violencia armada que tuvo lugar 653 durante la Guerra Fría y en la que el imperio informal que tejieron Estados Unidos y la URSS utilizó distintas modalidades de coacción según el caso, con una alta prevalencia del imperio económico o de proxies. Tanto América Latina (caso de La Contra en Nicaragua que luego derivaría en el escándalo Contra-Irán) como Oriente Medio concentraron el mayor número de intervenciones de este tipo en la década de los setenta y ochenta, en la que se extendió la formula del Estado sponsor o Estado patrocinador y las guerras por delegación222, sobre todo a raíz del fracaso de los ejércitos árabes convencionales en la guerra de 1967. Los principales acontecimientos que demuestran una proliferación de guerras por delegación protagonizadas, en muchas ocasiones, por grupos armados no estatales son: - La guerra civil jordana o el Septiembre Negro (1970-71), que enfrentó al reino hachemita de Jordania con la OLP financiada por Libia, Siria y exiliados palestinos en Arabia Saudí. - La guerra de Yemen (1972) en la que Yemen del Norte fue apoyado por Arabia Saudí, Jordania, Egipto, Irán, Reino Unido y los Estados Unidos, y el Yemen del sur por la URSS, Checoslovaquia, Iraq, Libia y Cuba - La guerra de octubre de 1973, que enfrentó a Egipto y Siria (apoyados por la URSS) con Israel, apoyado por Estados Unidos - El conflicto del río Shatt al-Arab entre Irán e Iraq, en el que Irán apoyó a las milicias kurdas iraquíes ayudados por Estados Unidos e Israel. - La guerra civil libanesa, producto indirecto del Septiembre Negro jordano, que enfrentó sectariamente a facciones chiíes, apoyados por Irán, con facciones maronitas, apoyadas por Occidente e Israel y la OLP y otros grupos de izquierdas panarabistas, apoyadas por la URSS y Estados afines en la región (1975-1990). De esta guerra, surgiría en 1985, Hezbolá. - El conflicto kurdo-turco (1978-presente) protagonizado por la lucha entre el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) y el gobierno turco, con sus reverberaciones en Iraq y Siria. De entre todos ellos, la guerra Civil Libanesa y la guerra de 1973 constituyen, bajo nuestro punto de vista, los conflictos que mayor capacidad de transformación estructural 222 Diversos expertos consideran que la financiación estatal de grupos terroristas o paramilitares ha evolucionado en tres fases: una inicial, que alcanzó su pico en los años 70 y 80 del pasado siglo; una intermedia, durante los años 90 y hasta el 2001; y una de baja recurrencia que comenzó en 2001 y que llega hasta el presente. (Ver Collins, S.D. (2014) “State Sponsored Terrorism: In Decline, Yet Still a Potent Threat”, Politics and Policy, Vol. 42, Issue 1, pág. 131) 654 tuvieron sobre la región, aunque, por su repercusión internacional, la guerra de 1973 merece el apelativo de “punto de inflexión”. A continuación, se explicará por qué. 6.12.3. La guerra de 1973, el boicot petrolero de la OPEP y su impacto en el imperio informal La elección de 1973 como la fecha bisagra que marca un cambio en las dinámicas regionales que contribuyeron a modificar las estructuras económicas y políticas internacionales se encuentra en la línea de análisis que Gilles Kepel desarrolla en su obra Salir del Caos, recientemente publicada (2018). Kepel sostiene que la inyección financiera de petrodólares proveniente del incremento del precio del crudo impuesto por los países de la OPEP liderados por Arabia Saudí el 17 de octubre de 1973, constituye la clave que explica el auge del islamismo yihadista en Oriente Medio y su posterior internacionalización. Ese excedente de capital, unido a su relación privilegiada con Estados Unidos, permitió a Arabia Saudí financiar la diseminación mundial de su credo oficial wahabita, empoderando intersticialmente a grupos que, a partir de la guerra de Afganistán de 1979, protagonizarían la evolución hacia el wahabismo/salafismo yihadista, promoviendo la radicalización y convirtiendo el músculo financiero saudí en fuente de legitimidad e influencia política en todo el mundo musulmán suní. Esta evolución se enmarca, no obstante, en el contexto de otras transformaciones políticas relacionadas con el fracaso último del nacionalismo árabe y del pan-arabismo secular representados por Siria y Egipto, quienes con el apoyo de la URSS y un nutrido elenco de países árabes, llevarían a cabo entre el 6 y el 25 de octubre de 1973, la popularmente conocida como guerra del Yom Kippur o guerra del Ramadán, señalando con ello el cariz religioso que, a partir de entonces, se introduciría en la resistencia frente a la penetración del imperialismo occidental. Como es ampliamente conocido, la guerra comenzó cuando en la madrugada del 6 de octubre, tropas sirias y egipcias cruzaron con sus respectivos ejércitos la purple line, nombre por el que se conocía a la línea de alto el fuego fijada tras la derrota árabe en la guerra de 1967, acometiendo un ataque por sorpresa que les daría, en los primeros días de la contienda, una considerable ventaja estratégica. El objetivo militar era recuperar los territorios perdidos por Egipto y Siria en 1967, siendo estos la península del Sinaí y los Altos del Golán respectivamente, a la vez que aumentar la popularidad y legitimidad de ambos regímenes. Tras tres días en los que Israel movilizó a su ejército y reservistas, el 655 Tzahal pudo contener la ofensiva sirio-egipcia y comenzar un período de cuatro días de contraofensiva, en las que logró contener el avance egipcio y recuperar el control efectivo sobre los Altos del Golán, llegando incluso a abrir un pasillo que le permitió a la artillería israelí bombardear el extrarradio de Damasco. Simultáneamente, aprovechando un error táctico de Sadat, lograría dividir las líneas ofensivas egipcias en el Sinaí y cruzar la península hasta llegar a las inmediaciones del Canal de Suez. A pesar de las debilidades en estos flancos, un tercer frente otorgaría a Egipto una ventaja geoestratégica de máxima importancia sobre Israel: el bloqueo de los estrechos de Bab el Mandeb, cortando con ello las líneas de aprovisionamiento procedentes de África, el Golfo Pérsico o Asia. El bloqueo del estrecho obligó a los israelíes a emplear sus reservas de petróleo mientras esperaban la llegada de nuevos aprovisionamientos circunvalando el Cabo de Buena Esperanza. Fue precisamente el estrangulamiento de Israel desde Suez y Bab el Mandeb simultáneamente, el que provocaría la intervención de Estados Unidos, enfrentando con ello a las dos super-potencias de la Guerra Fría, que no habían estado tan cerca de una confrontación armada directa desde la crisis de los misiles de Cuba de 1962. Ello explica por qué, tan solo dos horas después del inicio de la guerra, Estados Unidos solicitó el cese de las hostilidades y la vuelta a las fronteras previas al 6 de octubre. A instancias de EE. UU., el Consejo de Seguridad se reunió el 8 y 9 de octubre, aunque las posturas de sus miembros divergían de la petición inicial de Washington, ya que Francia y Gran Bretaña solicitaron meramente un alto el fuego, alineándose claramente del lado árabe. La Unión Soviética fue mucho más abierta en su posicionamiento pro- árabe, llamando directamente a la retirada de Israel a las fronteras previas a 1967 y llamándoles “nido de gánsteres asesinos” (Sachar, 2010, pág. 767). Desde el 9 de octubre, la URSS prestaría apoyo táctico para enviar armas y piezas militares a Palmira o El Cairo, llegando a recibir hasta 30 vuelos al día (Sachar, 2010, pág. 768). Henry Kissinger, el secretario de Estado norteamericano y gran arquitecto de la détente, no esperaba la magnitud que alcanzó el apoyo soviético al bloque árabe y cómo contribuyó a inflamar las llamas de la guerra en la región, transformándola en una demostración de fuerza y de prestigio soviético. Paralizada cualquier acción desde Naciones Unidas, la única salida que quedaba era el enfrentamiento bipolar, evidenciando con ello el fracaso de la détente. Por ello, respondiendo a la petición del embajador israelí en Washington, Simcha Dinitz, Kissinger, aunque de manera prudente para no despertar en exceso las animosidades árabes (de quienes dependían para la importación de petróleo) o las sospechas soviéticas, permitió a aviones civiles de El Al, volar hasta EE. UU. para transportar munición y 656 piezas de repuesto. La estrategia ideada se basaba en conseguir un punto muerto en la guerra sin humillar innecesariamente a Sadat, a quien se consideraba clave para garantizar la paz en la región. Hacia el 10 de octubre, sin embargo, un nuevo actor emergió de los desiertos de arabia para otorgar un cariz híbrido a esta guerra: el petróleo. A pesar de las dudas expresadas por el embajador soviético en Washington, Anatoly Dobrynin, sobre la conveniencia de romper el equilibrio de fuerzas alcanzado, el ministro de defensa ruso, Marshal Andrei Gretchko, hizo un llamamiento a todas las naciones árabes para proveer con más tropas y medios de transporte a los ejércitos egipcio y sirio; y lo que es más importante, Pravda hizo un llamamiento para que los árabes hicieran uso del bloqueo petrolero, instándoles incluso a que retiraran sus depósitos de billones de dólares de los bancos occidentales (Sachar, 2010, pág. 768). La intrusión en la economía, amenazaban el prestigio y el liderazgo político y militar del Imperio estadounidense, cuyo poder pasaba por bloquear la penetración soviética en Oriente Medio, contando para ello con los bastiones saudí e iraní. Sin embargo, el apoyo tácito a Israel debilitó esta posibilidad, convencidos de la ventaja de poder contar con el poder de disuasión que ofrecía Israel para evitar una implicación militar directa de Estados Unidos en la región, empleando para ello a la “cañonera” israelí frente al nacionalismo árabe pro-soviético. Lo que Estados Unidos no previó fue la incompatibilidad de esta estrategia con la doctrina de los dos pilares, según la cual, el interés estratégico en la región pasaba por contar con el consenso de Arabia Saudí e Irán, a fin de garantizar el abastecimiento petrolero que le permitiría asegurar sus suministros y mantener la hegemonía sobre sus aliados, principalmente Europa y Japón. El equilibrio que garantizaban los dos pilares se rompió con la incorporación de Israel al juego estratégico. Ya en mayo de 1973, el rey Faisal advirtió a Nixon de que necesitaba contar con aliados árabes para poder defender los intereses de EE. UU. en la OPEP y que “no podría encontrar a esos aliados en tanto que continuara apoyando la ocupación israelí de tierras árabes” (Benis, 2001, párr. 11). Sin embargo, Nixon no contaba con suficientes apoyos en el Congreso para presionar a Israel, además de que había que dejar claro a los árabes que necesitaban algo más que armas soviéticas para lograr una victoria en la región. La reacción de los Estados árabes no se hizo esperar. El 16 de octubre de 1973, la OPAEC, más Egipto, Siria, Túnez e Irán, decretaron el cese de las exportaciones de petróleo a los países que habían apoyado a Israel en la ofensiva, lo que afectó principalmente a Estados 657 Unidos y Países Bajos, incrementando los precios del crudo con el consiguiente efecto inflacionista y un descenso en la producción industrial que llevó al capitalismo occidental a una profunda crisis económica. Este embargo supuso el fin de la hegemonía angloamericana sobre la industria petrolera de Oriente Medio, que había ejercido gracias al fuerte monopolio de sus compañías extractoras en el mercado internacional y que se apoyaba sobre el control político de Estados aliados, interviniendo con coacciones ocasionales cuando algún colaborador se mostraba recalcitrante, como ocurrió en Irak (1941), Irán (1953), Egipto (1942), Jordania y Líbano (1958); o afianzando su control militar mediante el establecimiento de bases en Libia, Egipto, Irán, Bahréin y Arabia Saudí (Isawi, 1978, pág. 5). Este dominio imperialista se sostenía además mediante la dependencia de las inversiones y las relaciones comerciales mayoritarias con Occidente, así como mediante lazos ideológicos forjados con las élites pro-occidentales. El impacto del boicot petrolero sobre las estructuras de poder internacionales fue tal que hay autores como Isawi (1978), que hablan de una oscilación del poder en detrimento de Norteamérica, evidenciado por el alcance de la paridad armamentística con respecto a la URSS, por el surgimiento incipiente de los mercados asiáticos y por la creciente asertividad política y desconfianza con respecto a Estados Unidos de los miembros del bloque de la Comunidad Económica Europea, quienes prefirieron negociar directamente con los Estados productores las condiciones de suministro (Isawi, 1978, págs. 6 y 14). Además de ello, un mayor acercamiento entre el rey Faisal y Sadat, resultó clave para terminar de afianzar el cambio de paradigma en las relaciones regionales. El rey Faisal de Arabia Saudí, preocupado por afianzar su liderazgo nacional y regional, vio en la intervención en el conflicto árabe-israelí una manera de afianzar su legitimidad, desbancando así el monopolio de la representación panarabista de la causa palestina, lo que explica también el apoyo que ofreció a la OLP (y en particular a Fatah), cuando sus bases fueron expulsadas de Jordania en 1971. Además, su apoyo económico y militar a Egipto, retiraría a este de la influencia de Gadafi, a quien consideraba un líder poco fiable. Faisal estaba convencido de que el conflicto israelí-palestino generaba inestabilidad, guerras y revueltas, y que la mejor manera de atajarlo era presionar a Estados Unidos con el arma del petróleo para que obligara a Israel a retirarse de los territorios ocupados. No obstante, conviene señalar que, además del papel de pivote que jugó Arabia Saudí dentro del cártel de la OPEP, fue la convergencia de intereses económicos relacionados con la financiación de proyectos de desarrollo masivo, lo que motivó el acuerdo para imponer 658 el embargo entre el núcleo árabe y la periferia no árabe de la OPEP (Venezuela, Irán, Indonesia o Nigeria) (Isawi, 1978, pág. 13). La presión llevó a Estados Unidos y la URSS a sentarse a negociar y, tras una actividad frenética emprendida por Kissinger para alcanzar un consenso entre las partes respaldado internacionalmente en lo que se conoce como shuttle diplomacy, el 22 de octubre ambas superpotencias lograron un acuerdo en Ginebra para llamar a un alto el fuego e iniciar conversaciones de paz en el Consejo de Seguridad, que proclamó en días sucesivos las resoluciones 338, 339 y 340, presionando con ello a Israel a aceptar el cese de las hostilidades. Aunque la guerra concluyó con dos acuerdos por separado entre Israel y Egipto (Acuerdo de Separación de Fuerzas del Sinaí de 18 de enero de 1974) y entre Siria e Israel (Acuerdo de retirada y alto el fuego de 31 de mayo de 1974), las repercusiones imprevistas de la intervención de la OPEP en el conflicto serían sin duda las que demostraron tener un mayor poder estructurante sobre la región. La guerra de 1973 fue la última guerra interestatal árabe-israelí, entrando, a partir de entonces, en una nueva fase de conflictos armados marcados por la intervención de actores político-militares no estatales que se convertirán en los nuevos proxies de la región. Entre ellos, los Hermanos Musulmanes y la OLP destacarán por su capacidad de penetración y la eficacia de sus medios, estructurando en torno a ellos la solidaridad árabe-musulmana y transformando la lucha armada frente al imperio informal y su representante (Israel) en una lucha insurgente por la independencia en la región, sostenida por un músculo financiero sin precedentes. 6.12.4. 1973 y la Hidra de Lerna de la insurgencia en Oriente Medio El hecho de que la inyección de petrodólares a consecuencias del boicot de 1973 provocara el enriquecimiento de los países exportadores de petróleo es de sobra conocido. La manera en la que ese excedente incrementó la autonomía de los Estados en Oriente Medio otorgándoles modos alternativos de influencia o poder con respecto a aquellos empleados tradicionalmente por Occidente para dominar a sus colonias o someter a sus zonas de influencia es, tal vez, menos conocido. Y el hecho de que esos métodos (entre los que se encuentran la elaboración de propaganda y narrativas anti-occidentales, tácticas y estrategias de la guerra híbrida o métodos capitalistas de inversión y blanqueo) se insertaran, a modo de quintas columnas, en estructuras ideológicas, económicas y geopolíticas dominadas por Occidente y acabaran por cuestionarlas y transformarlas han pasado bastante más inadvertidas. 659 La década de los setenta es, en Oriente Medio, la década de la emergencia insurgente. De entre los intersticios de la descolonización europea y la penetración de las estructuras económicas y geopolíticas de la Guerra Fría, surgió el Oriente Medio contemporáneo, caracterizado por una pugna entre élites económicas, militares e ideológicas por hacerse con el control de los recursos y la hegemonía en la región, desbancando a antiguas élites y estableciendo relaciones clientelares de interdependencia con respecto a grupos subcontratados para el ejercicio de la violencia. Los trazadores de estas nuevas vías de actuación política que transformaron a la insurgencia en símbolo de independencia a la vez que en un lucrativo negocio basado en redes transnacionales de penetración política, financiación económica y difusión ideológica fueron la OLP y los Hermanos Musulmanes. La OLP es una organización paraguas, formada por una coalición de partidos políticos (en su mayoría panarabistas de izquierdas) y grupos paramilitares creada por el Consejo Nacional Palestino en Jerusalén en 1964. Nacida bajo los auspicios de la Liga Árabe, logrará gradualmente deshacerse del sometimiento de su causa a la causa de los Estados de la región y a partir de 1974, será considerada por la ONU como el único representante legítimo del pueblo palestino. Su propósito fundacional era triple: (i) organizar la lucha armada contra el Estado de Israel a través de la creación del Ejército por la Liberación de Palestina; (ii) propiciar el retorno de los refugiados palestinos que habían huido a consecuencia de las guerras de 1948 y 1967 y (iii) conseguir la autodeterminación del pueblo palestino. A pesar de su institucionalización como actor político, el ascenso de la OLP en el ámbito regional se enmarca, una vez más, en las aspiraciones hegemónicas de Egipto, en su intento de cooptación de la causa palestina y en su paulatino declive en la región. Así, tras la derrota simbólica del panarabismo liderado por Nasser en la guerra de 1967, cobran fuerza dentro del seno de la OLP dos facciones rivales que, apoyadas por distintos Estados, amenazan con hacer perder la influencia que Egipto tenía sobre la organización, marcando el nuevo cariz de la rivalidad intra-palestina. Se trata de Fatah, surgida de una organización clandestina relacionada con los Hermanos Musulmanes y con el Alto Comité Árabe, aunque ahora respaldada por Arabia Saudí y Kuwait; y el Movimiento Nacionalista Árabe, del que emergería en Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), respaldado por Irak. Ambos se caracterizaron por el empleo de tácticas eficaces de guerrilla contra Israel valiéndose de las armas proporcionadas por la URSS o Libia. Fueron la popularidad de sus acciones, el crecimiento de sus activos económicos 660 obtenidos de forma autónoma y su creciente legitimidad entre la opinión pública árabe, las que consiguieron convertirles en verdaderos brokers o agentes de la rivalidad intra- árabe regional. La OLP y la defensa de la causa palestina supuso, a partir de 1973, un nuevo obstáculo para la aceptación del imperio informal estadounidense en la región, denunciando su marcada proximidad con Israel, internacionalizando el conflicto con sus operaciones terroristas en el exterior y cambiando el rumbo de la solidaridad árabe, convirtiendo a la causa palestina en el disputado monopolio legitimador de los dos grandes poderes que surgirían de esta crisis gracias a la riqueza petrolera: Irán y Arabia Saudí. Paradójicamente, el auge de ambos acabaría causando el declive de la OLP, islamizando el conflicto y dando origen a un nuevo agente rival intra-palestino: el Movimiento de Resistencia Islámica (Hamas), inspirado en los Hermanos Musulmanes. Con respecto a estos últimos, la Sociedad de los Hermanos Musulmanes, establecida por el maestro Hasan al Bana en Ismailía en 1928, ha sido el modelo paradigmático de organización de la resistencia social (tanto armada como pacífica) frente a la corrupción y aquiescencia de los regímenes pro-occidentales que surgieron del proceso de descolonización tanto en Egipto, como en el resto de la región. Su estructura se basa en la predicación religioso-política y en la práctica de la piedad a través de la creación de una extensa red de servicios asistenciales con implantación local dedicados a la educación, el deporte, la salud pública, las pensiones o las empresas de negocios. Ello ha convertido a esta entidad y a sus organizaciones afines en verdaderos agentes económicos y políticos, llegando a adoptar estructuras semi-estatales y transformándose en ocasiones en Estados dentro del Estado. En su celo por imponer un Estado islámico basado en la sharía bajo la fórmula de “el islam es la solución”, el objetivo reformista de la Hermandad evolucionó hasta extender una tupida red de negocios que, basados en la economía islámica, legitimarían la financiación de la lucha armada a través de su “aparato secreto” de reclutamiento militar. Como explicaré a continuación, esta metamorfosis funcional fue propiciada por acontecimientos relacionados con la política interna egipcia y su rivalidad con Arabia Saudí. Tras el intento de asesinato de Nasser por parte de miembros de la Hermandad en 1954, buena parte de su inteligencia es forzada al exilio, siendo entonces acogidos por el reino saudita, donde se convertirán, a partir de la derrota panarabista de 1967, en un aliado fundamental para extender su influencia, propagando el islamismo wahabita y la lucha anti-comunista en la región. La clandestinidad, el exilio y la instrumentalización saudí de 661 sus objetivos, terminarán por transformar a la Hermandad en la representante de los valores del azaque (caridad), del takfirismo223 y de la yihad, defendiendo su uso, no sólo contra Occidente, sino contra aquellos regímenes musulmanes acusados de vivir en la jahiliyya224, profundizando con ello la fractura política de la región entre laicistas nacionalistas e islamistas legitimistas. La Hermandad encontró pronto enraizamiento en la sociedad saudí ya que, el elevado nivel educativo de sus militantes (muchos de ellos formados en la famosa Universidad de Al-Azhar), sería aprovechado para impulsar la dinámica modernizadora del joven país, pasando a engrosar las filas de educadores, académicos, burócratas o ingenieros que conformarían la nueva inteligencia saudí. Por otro lado, la cooptación que de la Hermandad hizo el presidente egipcio Sadat en su esfuerzo por incrementar su legitimidad tras la muerte de Nasser en 1970, terminó por extender los tentáculos de la hidra en la región, hasta que, en 1979, la instrumentalización de los Hermanos Musulmanes por parte de Arabia Saudí y Estados Unidos para reclutar a mujahidines que pelearan para contener la propagación del comunismo en Afganistán siguiendo la doctrina de la contrainsurgencia, convirtió a la Hermandad en un verdadero agente transnacional, prolongando sus brazos organizativos y financieros más allá de los límites de la región. La capacidad de penetración social de ambas organizaciones, gracias al establecimiento de redes de poder ideológicas (institucionalizadas en mezquitas, escuelas, universidades y centros culturales y de pensamiento); económicas (empleando las instituciones que regulan-o desregulan- el capitalismo financiero internacional o controlando tráficos ilícitos); militares (organizando la defensa y el alcance de sus objetivos con la contratación y reclutamiento de combatientes); y políticas (mediante la creación de partidos políticos con representación en las instituciones estatales o paraestatales) durante la Guerra Fría, ha promovido una relación de simbiosis entre estos grupos, los Estados de la región y el imperio informal estadounidense a partir de 1979 (ya que el soviético siempre fue más reticente a tratar con musulmanes radicales debido a sus propias minorías musulmanas). Paradójicamente, ello ha incrementado la autonomía, influencia y maniobrabilidad de estos grupos, esgrimiendo, cuando ha contribuido a sus fines, su papel como agitadores revolucionarios y estructuradores de las fuerzas sociales de la región, creando en este proceso la Hidra de Lerna que ha acabado cuestionando la estrategia 223 Acusación de un musulmán a otro musulmán de apostasía 224 Edad de la ignorancia, previa al islam y la predicación de Mahoma 662 estadounidense en Oriente Medio, la fiabilidad y legitimidad de sus aliados y su continuidad como imperio informal en el siglo XXI. 6.12.5. Recapitulación: la crisis del imperio informal y los dos modelos de emergencia intersticial A lo largo de este capítulo se ha presentado una visión de la crisis de 1973 profundamente transformadora, incidiendo en su impacto sobre las estructuras económicas, políticas y diplomáticas de la región, que acabarían por transformar, en ese proceso el poder de penetración de los imperios informales de la Guerra Fría, principalmente el de Estados Unidos. El resultado más inmediato de la crisis económica internacional y de los límites que se impusieron al control de los Estados Unidos en la región, fue el fortalecimiento de actores no estatales, representados por los Hermanos Musulmanes y la OLP, quienes se convertirían en sendos beneficiarios del excedente de petrodólares en la región, acabando con el statu quo de las monarquías del golfo sobre el que se asentaba la estrategia de penetración imperial de los dos pilares. Tras el fracaso del panarabismo, el caso de los Hermanos Musulmanes y los grupos incardinados en la OLP resultan representativos de este empoderamiento, ya que, a pesar de sus divergencias ideológicas, su operatividad y medios organizacionales han sido tomados como modelos de independencia, solidaridad y resistencia frente al imperialismo occidental. Ambas organizaciones son ejemplos de la emergencia intersticial que caracteriza los procesos de crisis, puesto que ambas emergen de los intersticios de las luchas por el poder frente a la colonización y descolonización, pivotando su intento de cooptación desde Egipto y el levante hacia la península arábiga y el golfo pérsico, desde el centro que históricamente ha protagonizado la vida política de la región hasta la periferia que protagoniza, desde la década de los setenta, su auge económico y geoestratégico. Ambas organizaciones, no obstante, han demostrado la superioridad de los fines económicos sobre los político-ideológicos, exhibiendo un pragmatismo maquiavélico (en el buen sentido del término) para el establecimiento de alianzas (como los Hermanos Musulmanes y EE. UU. durante la guerra de Afganistán o la OLP con los islamistas saudíes), explotando en su propio beneficio su papel de proxies en la región. El equilibrio entre su función como proxies y su autoafirmación como actores independientes se encuentra en el fortalecimiento de su autonomía financiera que, a pesar del denodado rechazo hacia Occidente, se encuentra incardinada en las estructuras económicas del capitalismo financiero internacional, que le ha permitido, hasta el ataque 663 a las Torres Gemelas en 2001, blanquear capitales, invertir en activos y financiar proyectos que escapaban al control occidental gracias a la propia desregularización del sector que se inició en los años setenta. Como toda emergencia intersticial, este proceso de “privatización” de la violencia propio de la Guerra Fría tuvo una consecuencia inesperada. Surgido del fracaso de un proyecto político transnacional laico que para el imperio informal amenazaba su control en la región, sus repercusiones globales fueron del todo imprevistas y contrarias a la supervivencia del imperio informal: el auge del islamismo yihadista en Oriente Medio y su posterior internacionalización. Los modelos de organización, financiación, sacrificio, lucha y martirio ya estaban presentes. La guerra contra el terror, que inauguró el siglo XXI, ha sido la consecuencia más inmediata de estos procesos. El caos que se ha generado en la región, la más terrible de las aporías. 6.13. Conclusión a modo de corolario: Michael Man’s On War y la soterocracia El análisis de las guerras internacionales de Israel nos ha resultado útil para examinar un aspecto importante en la teoría de Michael Mann: hasta qué punto las guerras son racionales, ya sea en sus fines o en el cálculo de sus medios; o hasta qué punto son erráticas y conducidas por la voluntad, las creencias o sentimientos de una élite minoritaria y cohesionada en torno al control del Estado, sin que en muchas ocasiones sea necesario contar con un amplio apoyo popular. Mann afirma que los humanos tienen una racionalidad errática o que intentan ser racionales en un contexto irracional, poblado de emociones e ideologías y dotado de una racionalidad únicamente instrumental.225 En este sentido, todas las guerras de Israel han sido puramente irracionales. A pesar de que las cuatro guerras interestatales entre Israel y sus vecinos árabes sean tratadas como distintos episodios de un mismo conflicto, sí podemos establecer una distinción entre las dos primeras y las dos últimas, aunque, como hemos tratado de presentar, todas ellas se originaron en la guerra de 1947-49 que dividió a Palestina. Las dos primeras son, desde una perspectiva global, guerras relacionadas con el colonialismo y con procesos de descolonización, que marcarán el final de la era de los imperios europeos, que se extendió, aproximadamente, desde 1870 hasta principios de la década de 1960 y que concluyó, entre otros factores, debido a la ausencia de nativos dispuestos a colaborar bajo la forma de “gobernantes-clientes” o, si lo hacían, como el en caso del 225 Conferencia de Michael Mann via zoom ofrecida por la Universidad de Berkely el 8 de marzo de 2022. Recuperado de: https://sociology.berkeley.edu/michael-mann-war-rational-evidence-through-ages 664 Yishuv o los Estados árabes hachemitas, era por la existencia en su territorio de sociedades profundamente divididas en torno a clivajes religiosos o étnicos, muy proclives a la desestabilización y al desarrollo de guerras civiles. Como ya hemos señalado, el declive de los imperios europeos ocurrió, de manera síncrona, a la universalización del Estado- nación y, paradójicamente, fueron estos mismos imperios los que llevaron a las colonias las semillas del nacionalismo que provocaría su eventual destrucción. En el caso de las guerras de 1967 y 1973, estas son consecuencias de fuerzas que operan tanto dentro de Israel, como dentro de las sociedades árabes del momento y del Oriente Medio de la Guerra Fría, pero que vuelven a trazar su origen en la guerra de 1947-49. Aunque para Israel una fue una guerra preventiva y la otra defensiva, sus repercusiones fueron mucho más allá de las fronteras del Estado, transformando a las estructuras regionales e internacionales tanto como a las propias instituciones políticas de Israel. Con respecto a estas últimas, tal y como hemos presentado a lo largo de este capítulo, la resiliencia de Israel a pesar de vivir en un estado de crisis permanente, es un producto de su eficiente función como ordenador de la vida social, así como por su carácter de redistribuidor de los recursos ideológicos, militares y económicos, tanto los propios, como los de la diáspora, cuestión que es particularmente relevante en un Estado compuesto mayoritariamente por emigrantes, muchos de ellos refugiados. Las funciones del Estado han sido tan relevantes para su supervivencia, que la mayoría de su población se identifica con una identidad nacional antes que con una religiosa o étnica particularista. En este sentido, el origen del conflicto por Palestina o Eretz Israel, tanto en el caso de Israel, como en el caso de los Estados árabes, estriba en la existencia de concepciones rivales acerca de lo que esa identidad nacional comporta y de la voluntad de construir, a partir de esa concepción, un poder hegemónico, estableciendo una cristalización política que señala sus límites físicos, humanos y culturales, pero que presupone su legítima aceptación. En las diferentes secciones que hemos ido presentando hemos visto que, en el caso de Israel, ese límite identitario lo ha construido en torno a un concepto que ha permeado todas las fuentes de poder social, estructurando las relaciones entre las mismas y siendo la línea roja que ha marcado su cristalización en un Estado nacionalista- expansionista-capitalista y militarista. Ese concepto es el de la seguridad. Sobre ella se ha basado el gran poder autónomo del Estado por lo que no resulta exagerado denominar a Israel como una verdadera soterocracia226. Entendemos por este término un Estado cuya 226 El nombre griego “Sóter” hace referencia a la personificación o daimon de la seguridad, la conservación y la liberación de cualquier daño, asociado a Zeus protector y posteriormente adoptado 665 funcionalidad se encuentra imbricada en una amenaza existencial y que convierte a la seguridad en su arché, principio y origen de sus acciones, tanto dentro, como fuera de sus fronteras. En este último sentido, el consenso que ha construido Israel en la diáspora con respecto a su funcionalidad y legitimidad, le ha permitido construir una hegemonía ideológica en torno a la cual ha articulado lo que podríamos llamar una sociedad judía a gran escala, que tiene en Israel un nuevo centro político-identitario. Esta construcción de una sociedad a gran escala, junto con su expansionismo hacia el exterior ya sea mediante la conquista directa de territorios o mediante la coacción bajo la amenaza de su cañonera, lo ha convertido en un imperio informal en sí mismo. Por otro lado, la permanente búsqueda de un patrón o gran potencia internacional, motivada también por el deseo de incrementar su seguridad, lo han convertido en lo que denominaremos un imperio soterocrático por delegación. En una entrevista concedida en marzo de 2022 sobre su última obra en preparación On War, Mann concluye, basándose en análisis empíricos acerca de los procesos de toma de decisión en guerras a lo largo de la historia, que la mayoría de ellas son irracionales y que no van precedidas de un cálculo sobre costes y beneficios, exceptuando aquellas guerras imperiales en las que el equilibrio de fuerzas era muy superior para la potencia imperial. La mejor prueba de la irracionalidad de las guerras es que la mayoría de los Estados que participan en ellas acaban desapareciendo. Según Mann, si se nos ha transmitido una visión “realista” acerca de los motivos racionales de la guerra es porque los supervivientes de las mismas nos han transmitido una visión de la guerra gloriosa. Como afirma nuestro autor: “there is no genetic programming that leads human to make war, but a human nature that entwines reason, emotion, and ideology is likely to make war”227. Es esta mezcla de diferentes naturalezas presente en toda acción humana la que favorece la creación de mitos, entre los cuales se encuentran los mitos fundacionales de todos los Estados, que provienen en su mayoría de un intento de explicar guerras y conflictos, historias de resistencia y heroísmo, pero que esconden con frecuencia, las repercusiones sobre sus víctimas. En este capítulo hemos tratado de presentar como, el Estado de Israel, no ha sido en este sentido una excepción. como título por varios gobernantes griegos durante la época helenística. Ver: Diccionario didáctico interactivo griego-español, Recuperado de: https://www.dicciogriego.es/index.php#esp?lema=1013&n=1013&s=salvador%20(de) 227 Entrevista a Michael Mann efectuada por Maya Adereth y Neil Warner de Phenomenal World, 22 de marzo de 2022, https://www.versobooks.com/blogs/5292-power-states-and-wars 666 Capítulo VII. Conclusiones Tras el análisis efectuado a la luz de la sociología histórica, si tuviéramos que elegir una frase de cierre para la presente tesis sería esta: el examen histórico del caso de Israel demuestra que lo determinante para que una ideología logre producir un cambio y el éxito en sus fines es la coherencia entre ideas y organización. A continuación, recapitularemos el por qué. Comenzábamos esta tesis con una reflexión acerca de la teoría de las relaciones internacionales, en la que presentábamos los principales debates ontológicos y epistemológicos de la disciplina, así como la división esencial entre teorías normativas y explicativas de la realidad. De entre estas últimas, recordábamos a su vez, las diferencias entre aquellas que pretendían explicar la realidad internacional centrándose en determinar su objeto de estudio (actores y/o estructuras) y aquellas que lo hacían definiendo su objeto de estudio a partir de la epistemología (positivistas o post-positivistas). Concluíamos que, en realidad, casi todas las teorías combinan todas estas dimensiones, siendo la diferencia una cuestión de énfasis. En el caso de la sociología histórica, hemos visto que ese énfasis se sitúa sobre el objeto, señalando la co-constitución de agentes y estructuras, es decir, las formas organizacionales de la interacción social. En este sentido, hemos orientado nuestra estrategia de investigación a hallar o identificar los mecanismos por medio de los cuales las sociedades reproducen sus modelos de interacción o cambian radicalmente la trayectoria de los mismos. Dentro de este objetivo general, nuestra estrategia ha estado sustentada sobre tres pilares analíticos, consistentes en observar a nuestro objeto de estudio desde un punto de vista extensivo a la vez que intensivo para, finalmente, tratar de probar o refutar las regularidades causales de la historia presentadas por Mann. A continuación, abordaremos de manera sucinta, algunos de nuestros principales hallazgos: - Con respecto al carácter extensivo de nuestra estrategia de investigación, hemos comenzado presentando un modelo o enfoque de carácter general deductivo, que puede emplearse para explicar casos históricos diferentes. Para nosotros, ese modelo era el propuesto por Michael Mann, tanto en Las Fuentes del Poder Social, como en posteriores escritos como El lado oscuro de la democracia (The Dark Side of Democracy). En ambos, la premisa teórica parte de una concepción general de agentes y estructuras que son el resultado de múltiples redes de interacción, formadas en torno a las cuatro fuentes principales de poder social: el poder ideológico, el económico, el militar y el político (IEMP). Según este 667 enfoque, las instituciones (entendidas como la consolidación o cristalización de las estructuras) no son estáticas, sino que varían en concordancia con las funciones asignadas a las mismas, derivadas de las necesidades sociales de un momento histórico concreto. Un cambio en una de ellas puede afectar la trayectoria de las demás y este cambio en las instituciones puede producirse como fruto de dinámicas internas o externas, abriendo momentos de crisis que producen efectos a largo plazo y de las que surgen, intersticialmente, nuevos actores y reconfiguraciones de poder. Este marco nos ha servido para realizar el recorrido analítico que va desde los orígenes del sionismo hasta 1973. En este sentido, tal y como hemos mostrado, el sionismo representa un momento de transformación dentro del proceso de institucionalización de las comunidades judías europeas, una emergencia intersticial, marcada por una crisis de autoridad en el interior de las mismas, que las seculariza y las orienta hacia la consecución de objetivos no trascendentales. Este impulso viene también promovido por causas externas a las comunidades y que tienen que ver con el surgimiento de dos nuevos actores de poder que las trascienden: la clase y la nación. Ello provocó que las comunidades se reorganizaran reenfocando sus recursos de poder (IEMP), dirigiéndolos ahora a la formación de nuevas organizaciones de carácter híbrido, como el bundismo o el sionismo. Ambas ofrecen respuestas verosímiles para los retos de la vida judía en Europa, pero el énfasis sionista en la nación, así como su secularización de mitos religiosos, generó una cohesión interclasista que el bundismo nunca pudo producir, lo que permite explicar que acabara por desaparecer subsumido en movimientos marxistas más universalistas. Posteriormente, con los avances del sionismo y el establecimiento del Estado de Israel, se produce una nueva reconfiguración. Desde los primeros congresos sionistas celebrados en Basilea, hemos presentado cómo el movimiento, liderado en un principio por clases medias liberales más o menos secularizadas, acaba centralizando su liderazgo y sus principales instituciones financieras en Gran Bretaña, particularmente tras la Primera Guerra Mundial y la derrota de Alemania. Este nuevo centro de influencia determinaría el apoyo británico al movimiento que, impulsado por los contactos políticos de las élites británicas judías, consiguió enraizarse a partir de la Declaración Balfour, en los intereses geoestratégicos de Gran Bretaña en Oriente Medio, siendo determinante para el fortalecimiento del sionismo su papel como subalterno del Imperio británico en Palestina. Así, dentro 668 del Yishuv, se van territorializando instituciones como la Agencia Judía, promovida por necesidades de gobierno dentro del Mandato británico. En este sentido, hemos tratado de señalar cómo el nacionalismo que se desarrolló en el Mandato británico a uno y otro lado del Jordán fue un producto directo del Imperialismo británico, por lo que Imperialismo y nacionalismo no serían términos antitéticos, sino que más bien, se encuentran engarzados en una dinámica de centralización-descentralización del poder político a la que hacíamos alusión en la figura 2.8. al exponer nuestro marco teórico. Ello le otorgará una autonomía mayor al movimiento sionista y una mejor capacidad de adaptar los fines a los medios locales disponibles, reconfigurando con ello la ideología sionista y creando en el proceso una corriente hegemónica que se irá haciendo con el control de las principales organizaciones de poder: el laborismo sionista. El laborismo de Mapai fortalecerá su hegemonía mediante el monopolio de las principales organizaciones de poder, acaparando la mayoría de los puestos de decisión tanto en la Organización Sionista como en la Agencia Judía y creando instituciones propias como el sindicato nacional Histadrut, instrumental a la hora de crear las condiciones para el trabajo judío en Palestina y la promoción de las primeas infraestructuras que facilitarían la viabilidad de su desarrollo colonial. A nivel ideológico, supondrá el principal contrapeso frente al revisionismo del Herut o el sionismo religioso de HaMizrachi, extendiendo su dominio gracias a la profusión de publicaciones y diarios del partido en hebreo. El apoyo a la creación de una cultura en hebreo será el principal elemento que le diferencie con respecto a su mayor rival en la diáspora, el sionismo cultural y el liberal, más abierto al uso de otras lenguas, aunque la disputa acabará de zanjarse en la ya aludida “guerra de las lenguas”. En el ámbito económico también se observan patrones similares a otros proyectos coloniales, que se efectúan gracias a la acumulación de capital en la metrópoli, a su inserción dentro de circuitos de praxis coloniales (como hemos demostrado con la industria del diamante) y gracias a la actuación de inversores y financieros que crean entidades especializadas en el desarrollo colonial, como el Fondo Nacional Judío o la Asociación de Colonización Judía de Palestina (PICA). Además, en el ámbito de las relaciones exteriores, la integración del Yishuv en las estructuras de dominación británicas en la región, favorecerá que, sobre todo en el período de descolonización que sigue a la Segunda Guerra Mundial, los lazos entre sus principales subalternos, el Yishuv y Transjordania, se 669 afiancen gracias a la convergencia de intereses comunes relacionadas con el control territorial de Cisjordania y con la aceptación del futuro Estado de Israel en la región. Por otro lado, también en el ámbito exterior, la territorialización del movimiento sionista en Palestina provocó que las organizaciones judías de la diáspora, a partir de la creación del Estado, recondujeran sus actividades para incluir la defensa de Israel y la incorporación de la patria judía como parte de su identidad contemporánea, a sus ámbitos de actividades, hasta el punto de equiparar anti- israelismo con antisemitismo. - En segundo lugar, por centrarnos en un solo caso como objeto de estudio, nuestra estrategia de investigación ha sido también de carácter intensivo, desarrollando conceptos útiles para interpretar históricamente nuestro caso concreto, como nuestra idea de imperio soterocrático por delegación, que condensa la cristalización última de Israel como un Estado expansionista, que ha construido una sociedad a gran escala junto con la diáspora, asentado sobre el término omnicomprensivo de seguridad e inserto en las redes imperiales de Gran Bretaña, primero, y de EE. UU. después. Consideramos que en este concepto están subsumidos otros términos como el de “etnocracia” (Estado judío), “Estado refugio” o “nación en armas”, que han sido empleados por otros académicos para definir al Estado de Israel desde otras disciplinas, pero que, en nuestra opinión, no eran capaces de sintetizar la cristalización del Estado tanto en su dimensión interna como exterior. - Por último, con respecto a la identificación de regularidades causales y patrones de interacción, esta estrategia la hemos desarrollado al hilo del análisis del fenómeno político de la limpieza étnica, consustancial a la modernidad, que ha generado sociedades capaces de cometer asesinatos en masa, deportaciones masivas o actos de represión de grupos étnicos considerados como rivales y ajenos a la identidad mayoritaria que reclama el control sobre las instituciones del Estado y sus recursos de poder. A través de la constatación de las ocho hipótesis de Mann expuestas en su obra El lado oscuro de la democracia hemos verificado que, en el caso de Israel y Palestina, pudo observarse una escalada en el conflicto que generó (o degeneró) en un acto masivo de expulsión, que bien puede considerarse 670 como un acto de limpieza étnica, similar a otros presentes en la historia europea o universal reciente. Aunque en el caso de Israel no se produjeron masacres tan masivas, sus actos de expulsión forzosa responden al mismo principio de identificación orgánica entre Estado y nación. En nuestro análisis hemos podido demostrar que actos similares han tenido lugar a lo largo de toda la historia europea en el siglo XX y, de forma masiva, tras la Primera y Segunda Guerras Mundiales. Asimismo, estableciendo una comparativa con el genocidio armenio, se ha comprobado cómo el hecho de haber sido víctima de un genocidio no exime de cometer las mismas atrocidades. Víctima y perpetrador pueden coincidir incluso en la misma generación. Los armenios, que habían sido víctimas del proceso de construcción nacional del Estado turco, cometieron actos de limpieza con la minoría azerí y los supervivientes del Holocausto que sirvieron en el Tzahal, hicieron los mismo en el caso del pueblo palestino (pág. 542). Partiendo de estas estrategias analíticas generales, a lo largo de esta tesis hemos desarrollado una narrativa zigzagueante, que frecuentemente iba del análisis histórico a la teoría y de la teoría, al estudio de caso, definiendo y redefiniendo nuestro marco explicativo al hilo del desarrollo histórico que íbamos narrando. Para ello, hemos incluido también en el análisis el impacto organizacional que la creación del Estado de Israel y del Mandato británico tuvo sobre la sociedad palestina y sobre los pueblos árabes limítrofes, ya que, como hemos señalado, a pesar de las narrativas que han enfatizado una historia de Israel separada o aislada de su entorno político, la evolución de la misma no se entiende sin tener en cuenta cómo ambas sociedades, la palestina y la israelí, se han co-constituido en una dinámica de dominación basada sobre prácticas profundamente coloniales. La principal innovación, en este sentido, es que la narración no ha sido estrictamente síncrona, sino asíncrona, hecho inevitable al hablar de sociología histórica, puesto que las causas de eventos que ocurren simultáneamente tienen, con frecuencia, un origen espaciotemporal distinto al momento en que ambas coinciden. Ello ha sido así, por ejemplo, al hablar de la importancia de la educación en Israel y, en general, para el pueblo judío, momento en el que, para explicar la prioridad dada en Israel al desarrollo de instituciones académicas, hemos tenido que retraernos siglos atrás, o al hablar de las diferencias entre revisionismo y laborismo a partir del ascenso de Beguín, momento en que hemos tenido que retrotraernos a la vida diaspórica en Europa. Este requerimiento discursivo ha moldeado los límites de nuestra metodología que ha combinado distintos 671 métodos para analizar la tríada estructura-agencia-contingencia. Así, nuestra metodología ha combinado lo experimental, con lo experiencial y con lo “ocurrencial”, si se me permite el uso de esta expresión tan irrespetuosa con el buen castellano. Expondremos, a continuación, los principales hallazgos en cada una de ellas. - La metodología experimental, que en nuestro caso se ha basado en el análisis de fuentes secundarias, así como de discursos, declaraciones públicas o textos legales, nos ha permitido investigar patrones manifiestos en la estructura social, tanto del Yishuv como posteriormente del Estado de Israel, en los que se han podido identificar, más que modelos organizacionales propios, readaptaciones efectuadas a la luz de las grandes macroestructuras de poder de la época. Así, el capitalismo, los imperios y los Estados-nación dejaron su impronta en el proyecto sionista, alterando su trayectoria y provocando nuevas reconfiguraciones de poder. Las publicaciones de Levontin, por ejemplo, defendiendo una gestión transnacional, en la que estuvieran representados los intereses de la clase financiera judía dentro de un modelo capitalista de desarrollo económico para el Yishuv, constituyen un buen ejemplo de la influencia del capitalismo sobre el movimiento. Igualmente, el establecimiento de la industria nacional del diamante demuestra la influencia del Imperialismo capitalista británico, así como una cierta tendencia a desarrollar circuitos de praxis judíos, asentados sobre una tradición de redes comerciales y de contactos comunales transnacionales. Estos patrones de interacción han reforzado y refuerzan, aún hoy en día, la cohesión social, no sólo entre los judíos de Israel “enjaulados” dentro de sus fronteras, sino también entre éstos y la diáspora. Otro ejemplo paradigmático con el que hemos podido demostrar el peso de las estructuras de poder macrohistóricas sobre el movimiento sionista proviene de la extracción social aristocrática de sus grandes filántropos y las posiciones que ocupaban dentro de los imperios del momento. Muchos de ellos, nombrados lores por sus servicios al Imperio británico acabaron utilizando su influencia política para participar en conferencias políticas o foros internacionales, promover la causa sionista o ejercer su poder económico para construir infraestructuras necesarias en el Yishuv, que acabarían beneficiando al Imperio británico al consolidar sus poderes infraestructurales sobre Palestina. La historia que se encuentra detrás de la Declaración Balfour que narramos en esta tesis, en la que también se ha presentado la influencia de las estructuras judías 672 locales, ofrece una muestra del poder de éstas sobre el individuo y la propia organización sionista. - Con respecto a la metodología experiencial, en diversos momentos del trabajo hemos traído a colación biografías de personajes que sintetizan una época, en cuyas acciones pueden observarse los principales condicionantes y dilemas a los que tuvieron que hacer frente en su militancia sionista, y que han sido escogidas por representar distintos momentos de su proceso de cristalización. Así, las historias de Jaim Weizmann, Pinjas Rutemberg o Marcus Samuel, nos han aportado, desde lo particular, enseñanzas acerca de los límites y oportunidades impuestos por las estructuras: en el caso de Jaim Weizmann, hemos visto cómo su inclusión en redes de poder de carácter científico y político-diplomático, facilitaron la consecución de la Declaración Balfour; Pinjas Rutemberg tuvo que romper sus lazos con los comunistas rusos para evitar la deportación, la prisión o la muerte, y fue gracias a esta eventualidad como tuvo que emigrar de Rusia y pudo formarse como ingeniero para luego convencer a los británicos de la necesidad de invertir en las infraestructuras energéticas que modernizarían el Yishuv. Marcus Samuel, por otro lado, es un buen ejemplo de cómo avances tecnológicos son capaces de efectuar cambios históricos de largo alcance. Su contribución al diseño de barcos petroleros más eficientes revolucionó el comercio de este producto, a la vez que asentó el camino para la dominación colonial de esta materia prima. Los tres ilustran cómo los agentes tienen capacidad para influir, de distinta manera, sobre las estructuras más o menos institucionalizadas de una sociedad, trazando nuevas vías y abriendo nuevos caminos para la acción colectiva. - Por último, nuestra metodología ha intentado identificar y resaltar ciertos eventos por encima de otros, problematizándolos en algunos casos, a fin de poder reconstruir la estructura y la agencia a partir del acontecimiento, de la ocurrencia histórica, demostrando su capacidad estructurante para tender nuevas vías en el desarrollo histórico. En este sentido, hemos podido observar el gran poder reconfigurador que tienen las guerras, por tratarse de fenómenos sociales en los que se emplea la fuerza letal como medio de resolver disputas. En el caso que nos ocupa, tanto las dos guerras mundiales como la guerra de 1947-49 son las que mayor poder de reestructuración han demostrado sobre el movimiento sionista y el Estado de Israel. En el caso de la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, la 673 desmembración del Imperio otomano y el reparto de sus territorios entre Francia y Gran Bretaña, amparada por una nueva reconfiguración del orden mundial a través del principio de autodeterminación y del sistema de Mandatos de la Sociedad de Naciones, facilitó la inserción del movimiento sionista dentro de la estructura imperial británica, facilitando la supervivencia del Yishuv y creando unas estructuras de poder político, económico y militar semiautónomas, de las que posteriormente surgirían las primeras instituciones del Estado de Israel. La Segunda Guerra Mundial, como hemos visto, contribuyó con la destrucción de la judeidad europea a crear las condiciones de aceptación de la causa sionista en la opinión pública internacional, reforzando, por otro lado, la urgencia por alcanzar la autonomía y la independencia en el Yishuv, aunque con ello salieran más reforzadas las tesis revisionistas sobre los medios necesarios para alcanzarlas. Además, la reconfiguración del orden mundial bipolar y el surgimiento de Estados Unidos como la potencia hegemónica en Occidente, articulada mediante una red de organizaciones internacionales de carácter político, económico y militar, forzaron a un nuevo cambio de estrategia y a la búsqueda del apoyo norteamericano. El auge de Estados Unidos como nuevo imperio informal en la región trasladó, definitivamente, el centro de poder del sionismo de Europa a América, alterando los códigos geopolíticos de Israel, que a partir de su acercamiento a la administración norteamericana en los años sesenta, originarían incoherencias en la estrategia estadounidense de los Twin Pillars hasta que finalmente, esa estructura de seguridad frente al comunismo acabara disolviéndose tras el embargo petrolero de 1973 y tras la revolución iraní de 1979. La guerra de 1947-49, en este sentido, ha sido tratada como el gran acontecimiento estructurante para el futuro de Israel en la región. Para demostrarlo, nuestra propuesta metodológica ha sido dividir la guerra en sus fases de campaña y explicar, al hilo de cada una de ellas, los principales acontecimientos y combinaciones de fuentes de poder que, a nuestro entender, han tenido un mayor impacto sobre el desarrollo de las fuentes de poder, tanto de la sociedad israelí como de su articulación dentro del nuevo Estado. Esta guerra la hemos tratado, por tanto, como un momento neo-episódico, ya que, “a partir de sus episodios, se puede entender toda la historia de Israel y su paulatina cristalización, tanto desde el punto de vista ideológico, como económico, militar o político” (pág. 437). Durante las dos primeras etapas, que coinciden con el periodo de guerra civil o 674 intracomunitaria y que se extienden desde diciembre de 1947 hasta el 14 de mayo de 1948, se configuran estructuras como la unidad territorial del Estado mono- étnico, el expansionismo territorial basado en la conquista. La guerra, en esta fase, también tendrá su impacto sobre el lado árabe y palestino, poniendo en evidencia la frágil estructura de la sociedad palestina, así como de instituciones regionales como la Liga Árabe, evidenciando una fisura entre los hachemitas y el resto de los poderes de la región, que priorizan el mantenimiento de su recién alcanzada independencia sobre cualquier proyecto de construcción política transnacionalista. La segunda etapa resulta particularmente decisiva, puesto que es en la que se pone en marcha el Plan Dalet, que inicia una estrategia de transferencia y de judeización de Palestina que perdura hasta la actualidad, sustentada por leyes como la Ley de Propietarios Ausentes ya aludida. Esta etapa nos sirve además para señalar la relación entre la expulsión palestina y la expulsión de judíos de países árabes, que llegaron en masa a Israel alterando completamente su composición étnico-demográfica. Presentamos cómo este hecho propició el acercamiento de Israel a Alemania para negociar y acabar aceptando las reparaciones económicas, imprescindibles para hacer frente a la presión migratoria que Israel estaba sufriendo al poco de alcanzar su independencia. Al hilo de las reparaciones, nos pareció oportuno señalar cómo Israel va elaborando una memoria del Holocausto o Shoá que resultará esencial como elemento integrador de la sociedad y que resultará imprescindible para la construcción de una identidad común basada en la seguridad. Las tres últimas etapas, sin embargo, forman parte de la fase de la guerra interestatal y abarcan desde el 15 de mayo de 1948 hasta la conclusión de la guerra con la firma de los armisticios. En la tercera etapa, la guerra se organiza en tres frentes al norte, este y sur del joven Estado, que serán los que definan, en el futuro, los códigos geopolíticos de Israel con respecto a la defensa de sus fronteras y la definición de sus enemigos y cuya desestabilización marcarán las guerras del futuro: 1956, 1967 y 1973. La definición de estos tres frentes de desestabilización indica, por otro lado, la desaparición de los palestinos del mapa de batalla hasta finales de los años sesenta, momento en que la estrategia palestina se basa en atacar objetivos tanto en el interior como en el exterior de Israel, consiguiendo internacionalizar con ello el conflicto. Por otro lado, en esta etapa se producirá también la centralización de las fuerzas armadas de Israel y su sometimiento a un 675 solo mando de control político y militar, que concluirá en la cuarta etapa con el hundimiento del Altalena y la definitiva integración del Irgún en el Tzahal. Durante esta etapa, la necesidad de autoabastecerse de armas y munición, provocada por el decreto del embargo de armas a la región, fomentará también el nacimiento de la incipiente industria armamentística y la búsqueda de una super- potencia (Francia) al amparo de la cual consolidar sus capacidades defensivas. Es en esta etapa cuando se gesta el embrión del futuro complejo industrial-militar israelí, que tanto poder y autonomía ha otorgado a Israel y que hizo posible el establecimiento de ese “muro de hierro” frente a los árabes del que hablaba Jabotinsky y que provocó la rivalidad intra-árabe por romperlo. Por último, en la quinta etapa de la guerra, el frente de batalla se centra en el sur y la prioridad se concentra en la derrota de Egipto, el país más importante de la región en aquellos momentos. La participación de Nasser en este frente le convenció de la necesidad de propiciar un cambio político en Egipto y de incrementar las capacidades ofensivas de su ejército, liberándose del yugo británico y de su dependencia militar del mismo. Su versión del panarabismo, que le encumbraría al liderazgo árabe regional tras el golpe de Estado de los Oficiales Libres, nació y se fortaleció bajo la influencia de la humillación que supuso esta guerra, que concluyó con el trazado de una línea verde que, a partir de entonces, formaría el punto de referencia frente al cual disputar los cambios territoriales posteriores. La guerra provocó cambios violentos de gobierno en Egipto, Siria, Líbano y Jordania, pero también tendió las vías para la cristalización de Israel en ese Estado nacionalista- capitalista-militarista que lo han consolidado como ese ente soterocrático con el que concluíamos el capítulo precedente. En conclusión, a lo largo de esta tesis hemos demostrado la manera en la que agentes y estructuras interactúan movidos por el deseo de alcanzar objetivos humanos. Hemos visto que esos objetivos están influidos por las macroestructuras de poder de una época, y que éstas influyen, sin duda, en nuestras capacidades organizacionales para conseguirlos. Hemos comprobado también la imposibilidad de establecer una causa última que explique el cambio social, aunque sí es cierto que existen determinados momentos en los que una fuente de poder parece tener mayor capacidad estructurante que las demás. En el caso de Israel, las estructuras de poder militar y las económicas son las que han jugado un papel más decisivo, quedando la ideología relegada, en nuestra opinión, a una mera función 676 adaptativa de la realidad, contingente con respecto a los hechos. No obstante, hemos observado también, mediante el análisis de algunos personajes históricos, que sus decisiones acertadas o fracasadas (Nasser, Abdalá y Hussein de Jordania o Ben-Gurión) no respondían a una única racionalidad, lo que les ha permitido incidir sobre las estructuras, tanto nacionales como internacionales, y provocar un cambio. Aun así, estas decisiones eran más efectivas cuando estaban insertas o coincidían con los objetivos de una determinada potencia mundial, por lo que las estructuras de dominación de éstas han funcionado también como estructuras de habilitación. En síntesis, hemos visto que las sociedades están formadas por ciertos patrones de interacción, como la búsqueda de la seguridad o la independencia política, y que operan dentro de límites espaciales desdibujados, pero también, que son “campos de batalla confusos, sobre los cuales, múltiples redes de poder luchan por nuestras almas” (Mann, 2012 a, pág. 28). 677 BIBLIOGRAFIA Abramovitz, M. 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Tesis Sonia Sánchez Díaz PORTADA SUMARIO ÍNDICE GENERAL LISTA DE TABLAS Y CUADROS LISTA DE IMÁGENES LISTA DE MAPAS LISTA DE FIGURAS SIGLAS GLOSARIO RESUMEN INTRODUCCIÓN CAPÍTULO I. PRESENTACIÓN, ENCUADRE Y JUSTIFICACIÓN TEÓRICA: LA TAREA DE APRENDER Y DESAPRENDER CAPÍTULO II. PRESENTACIÓN DEL MODELO IEMP DE MICHAEL MANN CAPÍTULO III. CASO DE ESTUDIO: ISRAEL. PRIMERA PARTE. JUSTIFICACIÓN Y ENFOQUES TEÓRICOS SEGUNDA PARTE. UNA INNOVACIÓN METODOLÓGICA: LA APLICABILIDAD DEL MODELO IEMP AL ESTUDIO DE CASO DE ISRAEL CAPÍTULO IV. DE LOS ORÍGENES DEL SIONISMO A 1948 CAPÍTULO V. LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL Y EL MOVIMIENTO SIONISTA CAPÍTULO VI. LAS GUERRAS DE ISRAEL: DE 1947 A 1973 PRIMERA PARTE: LA GUERRA DE 1947-49 SEGUNDA PARTE. LA GUERRA DE 1947-49 Y DE 1967 EN EL CONTEXTO DE LA SOCIOLOGÍA HISTÓRICA TERCERA PARTE: DE LA GUERRA DE 1956 A LA GUERRA DE 1973 CAPÍTULO VII. CONCLUSIONES BIBLIOGRAFÍA