Margin calls: pensare in grande
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2019
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Editoriale Domus
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La primera pauta que nos conduce a establecer una línea de investigación es el hecho de discriminar arquitectura como “resultado” y arquitectura como “actividad”. Desde el discurso del proyecto de diseño arquitectónico no es frecuente realizar esta disquisición, puesto que, generalmente, lo que atañe al arquitecto es la faceta de creación de las ideas (sus bases), el cómo las desarrolla (su proceso) y el cómo las resuelve (su resultado). A partir de ahí, el proyecto entra en carga con la realidad y el arquitecto deja de actuar —aunque en muchas ocasiones pueda interesarle— con el medio.
Sin embargo, si nos distanciamos de los planteamientos de la propia arquitectura y nos abrimos a los que corresponden a las bases del diseño de proyectos (entendiendo “diseño” en toda su amplitud), encontramos la siguiente consideración: se puede diseñar buscando un resultado que, “en un proyecto de diseño, se plasma en productos, servicios, interiores, edificios o medios digitales presentes en la vida de las personas”. Pero también se puede diseñar desde otro foco, que es el que corresponde a “un proceso que se centra en las personas y en la resolución del problemas, un proceso que también requiere de una gestión y que constituye la faceta adicional de la gestión del diseño”.
He aquí, por tanto, dos posibles facetas para un proyecto arquitectónico:
- un resultado (edificio o intervención espacial, de cualquier escala o naturaleza)
- una actividad (acorde a un problema existente).
¿Qué es lo que diferenciaría al primer planteamiento respecto al segundo? Que, en el primer caso, la búsqueda del resultado proviene de un proceso en el que se responde a un interlocutor específico, sea privado o público, individuo o grupo, y que establece y fija unos requisitos de partida a los que solemos reconocerlos como “el programa” de necesidades, junto a un presupuesto fijo o aproximativo. Es decir, un externo decide qué se va a hacer, para qué debería servir y cuánto va a costar.
Sin embargo, en el segundo posicionamiento, la arquitectura actúa como otras áreas del diseño, en la que “el encargo” proviene de una reflexión sobre una necesidad presente en la realidad que es la que propulsa una iniciativa, a la que, precisamente “el diseño” ofrece una solución. Aquí ya surge, por tanto, una de las diferencias claras: hemos pasado del “Diseño basado en el usuario” al “Diseño Universal”. ¿En qué consiste esta diferencia?. El primero corresponde a “cualquier ámbito (del diseño) donde resulta esencial un conocimiento profundo de los usuarios finales para que el proyecto tenga éxito. En este enfoque, la investigación está presente a lo largo de todo el proceso creativo para que aporte conocimientos valiosos sobre necesidades, los comportamientos y las expectativas de público receptor”. Pensemos en cualquier promoción de viviendas; aunque el arquitecto no vaya a conocer personalmente a los futuros inquilinos, la promotora se encargará de “fijar” el perfil (mediante herramientas de márketing y mecanismos similares comerciales) de esos futuros usuarios e impondrá al arquitecto requisitos que considere esenciales para que “aumentar la satisfacción del usuario final con un producto o un servicio, una experiencia o una marca”. En este sentido, el diseño centrado en el usuario “suele ponerse en práctica para actividades comerciales, pero también puede ser guía de proyectos sociales. El diseño centrado en el usuario se dirige a un público específico y aspira a desarrollar un proyecto que satisfaga las necesidades de dicho público”.
Frente a esta estrategia, la del “diseño universal” no resulta discordante, ya que también conlleva una “ investigación en profundidad del comportamiento y un proceso iterativo, pero aspira a abordar las necesidades de todas las personas, independientemente de su capacidad, edad, educación o bagaje cultural”. Es decir, la diferencia se establece en que, frente a “la especificidad del enfoque centrado en el usuario”, el diseño universal “evita la segmentación del público receptor. Su fin es crear piezas y sistemas de diseño que sirvan para todos”. En esta faceta, que puede interpretarse desde un planteamiento sociopolítico, resultan completamente preponderante “los principios de accesibilidad y acceso” sobre los principios “estéticos y económicos”.
En este contexto, entendemos "Urbanism and Architecture of Scarcity" (urbanismo y arquitectura de la escasez) desde el "scarcity value", es decir, “lo que tiene valor por lo escaso que es”. Ahí es donde encontramos una oportunidad de trabajo en las prácticas contemporáneas que se diferencia de la arquitectura de primera necesidad o de emergencia en localizaciones desfavorecidas, sean de cooperación o prácticas de emergencia, y de la que podemos encontrar ejemplos a escala global que consideramos de interés.
Antes de comenzar a analizar algunos de los planteamientos de distintos casos, podemos afinar los factores que caracterizan las estrategias de trabajo dentro del marco del "Urbanism and Architecture of Scarcity", al que nosotros interpretamos como “Prácticas de diseño arquitectónico universal basadas en la aplicación de principios mínimos esenciales”.
1. Las propuestas que en arquitectura trabajan con principios mínimos tienen sus bases en limitaciones económicas, y estas limitaciones son también un motor que incita a la búsqueda de soluciones ajustadas a unas necesidades básicas. Sin embargo, el que se manejen presupuestos mínimos no es una causa determinante porque no asegura que el planteamiento de diseño sea universal.
2. Lo que sí resulta esclarecedor sería el cambio de condiciones de cualquier intervención de diseño universal es que:
- la necesidad exista porque sea una cuestión de contexto (climática, social, política, etcétera…);
- y que el tiempo de ejecución sea afín a que esa sea una necesidad masiva o creciente, es decir, la flexibilidad de adaptación a personas a las que pueda servirles, frente a la especificidad de las propuestas que responden al “diseño centrado en el usuario”; que los medios materiales sean coherentes a los recursos económicos y al marco de producción, también tiene que ver con que estén limitados a las posibilidades existententes entre los materiales locales, propios del área de trabajo, o, al menos, a los que puedan conseguirse con facilidad mediante medios de distribución asequibles (siempre será mejor por tierra, por ejemplo, mediante transporte rodado).