Qué será de nosotros: cómo la IA transforma la humanidad

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2025

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Plaza y Valdés
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En 1934 tanto Turing como la mayor parte de los mejores matemáticos estaban convencidos de que los humanos desarrollábamos tareas imposibles para las máquinas y que la inteligencia era un rasgo exclusivo del alma humana. De esta manera, nuestra hegemonía en el universo quedaba garantizada. Pero algo hizo cambiar de opinión a Turing, algo que no le ocurrió solo a él, sino a toda Gran Bretaña: la Segunda Guerra Mundial. En el Canal de la Mancha los submarinos alemanes estaban hundiendo toneladas de suministros que necesitaba Gran Bretaña, y el gobierno británico reaccionó reuniendo en Bletchley Park, un pequeño pueblo alejado de Londres, a un grupo de criptoanalistas y matemáticos, entre los que se encontraba Turing, para intentar descifrar las comunicaciones de los submarinos. El trabajo de Turing y sus colaboradores dio origen a las primeras máquinas computadoras, que resultaron determinantes en el desarrollo de la guerra y en la victoria final de las tropas aliadas. Fue entonces cuando Turing tomó conciencia de las enormes posibilidades que ofrecían los sistemas computacionales. Pasada la guerra comienza a pensar en la construcción de máquinas inteligentes. En 1950 publica su famoso artículo “Maquinaria computacional e inteligencia”, en el que se atreve a afirmar que a comienzos del siglo XXI habría máquinas que se comportarían como humanos. Con ello no trataba de predecir el futuro de la humanidad, sino más bien embarcar a las sucesivas generaciones de científicos en un proyecto, que debería extenderse durante muchas décadas, consistente en reducir los comportamientos humanos a algoritmos, y en idear máquinas capaces de procesarlos. De esta manera conseguiríamos máquinas que se comportasen exactamente como los humanos, es decir, máquinas inteligentes. Fue un poco más tarde, en 1956, cuando ese proyecto recibió el nombre concreto de “Inteligencia Artificial”. Pero Turing no solo veía que la inteligencia humana se podía reducir a algoritmos, sino que todo en la naturaleza era el producto de algoritmos que se repetían de forma incesante en todos los niveles y por todos los rincones, desde los elementos más simples hasta la formación de órganos, plantas, animales y todos los fenómenos naturales. La formación de las líneas de costa, los terremotos, los huracanes, las cadenas montañosas, las olas del mar, el ritmo cardiaco, las proteínas, los panales de abejas, los vasos sanguíneos, un corazón, un pulmón …, son el resultado de la frenética actividad de algoritmos muy simples y repetitivos. Toda la naturaleza, en definitiva, se comporta como una inmensa máquina computadora capaz de procesar algoritmos de una manera brutal. Lo que trato de mostrar en este trabajo es que Turing comprendía que la inteligencia es el producto de algoritmos que operan en los niveles inferiores de la naturaleza y siguen operando en niveles superiores hasta que surgen las plantas, los animales, los humanos y, cuando se da el suficiente nivel de complejidad, la inteligencia.

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